La soledad de los movimientos anti-sistémicos

Los últimos cinco años han sido de permanente crecimiento de las derechas, de crisis y retrocesos de los progresismos y las izquierdas, y de estancamiento y fragilidad crecientes de los movimientos sociales. Sin embargo, las organizaciones de base están mostrando que son las únicas con capacidad para sostenerse en medio de la ofensiva derechista y si logran sobrevivir, podrán crear las condiciones para una contraofensiva popular desde abajo. Cambios que no sucederán en el corto plazo.

“Estamos solos”, dijo y repitió el subcomandante insurgente Moisés en el caracol de La Realidad, durante la celebración de 25 aniversario del alzamiento zapatista, el pasado 1 de enero. “Estamos solos como hace veinticinco años”, enfatizó. “Salimos a despertar al pueblo de México y al mundo, solos, y hoy veinticinco años después vemos que estamos solos…”.

Como puede observarse, la dirección zapatista no se engaña ante la nueva coyuntura signada por el triunfo del progresista Andrés Manuel López Obrador. “Si hemos logrado algo, es por nuestro trabajo, y si tenemos error, también es nuestra falla. Pero es nuestro trabajo, nadie nos lo dijo, nadie nos lo enseñó, es nuestro trabajo”, siguió Moisés ante un amplio despliegue de milicianos y milicianas. Estaba mentando los trabajos autónomos que han permitido que cientos de miles de indígenas (agrupados en más de mil comunidades, 34 municipios y cinco regiones) vivan de otro modo, donde es el pueblo quien manda y el gobierno autónomo el que obedece.

La importancia de las palabras de Moisés son dobles: hace una lectura de la realidad sin concesiones, para concluir que hoy las fuerzas anti-capitalistas son minoritarias y están aisladas. Estamos aislados en todo el mundo y en toda la región latinoamericana. Sería desastroso que se volcaran a alguna suerte de triunfalismo, como esos partidos que siempre repiten que están avanzando, que no experimentan retrocesos, que las cosas van bien, cuando la realidad es la contraria y rompe los ojos.

La segunda cuestión, es el empeño en resistir. La determinación zapatista está exenta de cálculos de costes y beneficios, se afirma en las propias capacidades sin buscar atajos electorales y, quizá lo más importante, le apuesta al largo plazo, a que maduren las condiciones para retomar la iniciativa. ¿Acaso no fueron estos, desde siempre, los parámetros en los que se movió la izquierda, hasta que las tentaciones del poder retorcieron los principios éticos para convertirlos en puro posibilismo?

Una nueva derecha militante y militarista

La crisis de 2008 fue un parteaguas para la humanidad de abajo. Los de arriba decidieron dar un golpe de timón, de similar profundidad al de 1973, en las postrimerías de la revolución de 1968, cuando decidieron poner fin al Estado del Bienestar y se lanzaron al desmonte de las conquistas de la clase trabajadora. Ahora están desmontando el sistema democrático, decidieron que ya no gobiernan para toda la población sino apenas para un 30-40 por ciento.

Debemos comprender de qué se trata esta nueva gobernabilidad al estilo Trump, Duque y Bolsonaro, que gana adeptos en las elites. Se gobierna para el 1 por ciento, sin lugar a dudas, pero se integran los intereses de las clases medias altas y un sector de las clases medias, lo que representa alrededor de un tercio de la población. Para llegar a la mitad del electorado, se utilizan los medios masivos y el miedo a la delincuencia y, ahora también, el temor a que tus hijos sean gais o lesbianas o no se limiten a una sexualidad binaria.

En palabras del periodista brasileño Antonio Martins, estamos ante un nuevo escenario. “Lo que permite el ascenso de la ultraderecha no es un fenómeno superficial. La producción y las relaciones sociales están, hace décadas, en transformación veloz. Este proceso se acelerará, con el avance de la inteligencia artificial, la robótica, la genética y la nanotecnología (Outras Palavras, 09-01-2019).

Cambios que están generando muchos temores en muchas personas, que se vuelcan a la ultraderecha como forma de encontrar seguridades. Como dijo la ministra de la Familia en Brasil, ahora los niños volverán a vestir de azul y las niñas de rosa. Pero hay otro cambio adicional, relativo al conflicto social: “los viejos programas de enfrentamiento al capital se han vuelto ineficaces”, explica Martins.

“Es precisamente el impulso del capital para expandirse, para quebrar las viejas regulaciones que le impone límites, lo que da origen a fenómenos como Bolsonaro. El aumento continuo y brutal de las desigualdades, que en poco tiempo llegarán a la esfera biológica. La reducción de internet a una máquina de vigilancia, comercio y control. Las ejecuciones de millares de adversarios sin ser juzgados, por medio de drones, y la destrucción de Estados nacionales como Libia, perpetrada por “centristas” o “centro izquierdistas como Barack Obama, Hillary Clinton e François Hollande”, sentencia el periodista.

Los partidos hegemónicos de la izquierda están por fuera de estos debates. Las reacciones mayoritarias al genocidio que está perpetrando el gobierno de Daniel Ortega, lo demuestra de forma palmaria. En Brasil, durante la campaña electoral, Lula y la dirección del PT prefirieron facilitar el triunfo de Bolsonaro antes que abrirse a una confluencia con el centro-izquierda de Ciro Gomes que era el único candidato capaz de vencerlo. Perdieron, pero mantuvieron el control de la izquierda. Cristina Fernández se mueve en función de evitar la cárcel, para lo que necesita ser la cabeza de la oposición a Macri, aún corriendo el enorme riesgo de que éste gane las elecciones de octubre.

La política de la pequeñez y el aferrarse al poder, real o ilusorio, es el peor camino porque facilita el ascenso de las derechas.

El peor período de los movimientos

Reconozcamos la realidad: estamos mal, somos débiles y los poderes tienen la iniciativa en todos los terrenos, menos en la ética. Para completar el cuadro, no hay fuerzas políticas ni sociales capaces de revertir esta situación en el corto plazo. En suma, no podemos jugar nuestras escasas fuerzas en lances electorales, por ejemplo, o en batallas inmediatas.

“Tal vez”, destaca el propio Martins, “valga más la pena apostar en los embriones de alternativa real al sistema, de que en una improbable regeneración de los partidos institucionales, para enfrentar a Bolsonaro. Como en el pos-64, la resistencia fue tramada en las bases de la sociedad, mientras la oposición institucional se rendía”. Hace referencia al golpe de Estado militar de 1964, que arrasó con las instituciones y con la izquierda. Pero en ese tiempo oscuro, se crearon las condiciones para el nacimiento –apenas una década después– del Movimiento Sin Tierra, del Partido de los Trabajadores y la central sindical CUT.

Esa es la historia de toda América Latina. Nos hacemos fuertes en los tiempos oscuros de represión y militarismo, crecemos y acumulamos fuerzas que luego las derrochamos en el juego institucional. Las comunidades eclesiales de base y la educación popular estuvieron en la base de muchos movimientos, aunque no constituyeron grandes aparatos sino prácticas contra-hegemónicas.

Desde la década de 1980, esa es nuestra realidad: apostamos todo a las elecciones, a reformas constitucionales, a una legislación que es letra muerta y, en tanto, desarmamos nuestros poderes que son la única garantía frente a los opresores.

En este recodo de la historia, debemos analizar varios aspectos relacionados con los movimientos anti-sistémicos.

El primero es que los grandes movimientos están muy débiles, en particular los movimientos urbanos y los campesinos. Las políticas sociales de los gobiernos progresistas y conservadores han formado camadas enteras de dirigentes y militantes que aspiran a incrustarse en el aparato estatal, a negociar para conseguir beneficios que hagan la vida menos penosa y terminan subordinando a los colectivos a las agendas de arriba.

Lo segundo es que la sangría de los movimientos hacia el terreno institucional y electoral ha sido enormemente dañina. Buena parte de lo construido en la década de 1990, y aún antes, fue despilfarrado en la dinámica electoral. Sin olvidar que algunos movimientos fueron destruidos o debilitados desde los gobiernos progresistas, como es el caso de Ecuador y Bolivia, pero también de Argentina y Brasil. De ese modo los progresismos cavaron su propia tumba, ya que anularon a los actores colectivos que habían estado en la base de su crecimiento político y electoral.

Lo tercero es que podemos detectar tres movimientos en ascenso: mujeres, pueblos originarios y afros. Allí donde estos movimientos son relativamente fuertes (zapatistas y mapuche, favelas y palenques de Brasil y Colombia, Ni Una menos, etc.) han crecido por fuera de los marcos institucionales, haciendo carne en los problemas cotidianos de los pueblos y sectores sociales.

Sobrevivir y crecer a la intemperie

Pese a todas las dificultades, el futuro depende de lo que nosotros y nosotras hagamos, de los caminos que tomemos, de la decisión y entereza con que afrontemos este período oscuro de la historia. “Y estamos demostrando una vez más y lo vamos a tener que cumplir, estamos demostrando que sí es posible lo que se ve y lo que se siente que es imposible”, aseguró Moisés.

Observo dos grandes desafíos, uno teórico o estratégico y otro ético-político.

El primero se relaciona con los objetivos y los medios para alcanzarlos, algo que pasa previamente por una determinada lectura de la realidad. La tarea actual no puede consistir en prepararse para tomar el poder. Sería repetir un camino que nos lleva al fracaso. Tenemos tres grandes desafíos teóricos: el Estado como eje de nuestros objetivos, el economicismo que nos lleva a pensar que el capitalismo es economía y la creencia en el progreso y el crecimiento, graves errores que provienen del positivismo.

Respecto al Estado, el tema que merece acalorados debates en la actualidad, las reflexiones del dirigentes kurdo Abdullah Öcalan pueden ayudarnos a hacer balance. La toma del Estado –asegura en el segundo tomo del Manifiesto por una Civilización Democrática– termina por “pervertir al revolucionario más fiel”. Remata el razonamiento con una balance histórico: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Lo cual no depende de la calidad de los dirigentes, sino de una cuestión de cultura política.

La segunda cuestión es la ética. Invito a los lectores y a los militantes a releer las Tesis sobre la historia de Walter Benjamin, en particular la octava. De ella hemos retenido las dos primeras frases y olvidado la tercera, que a mi modo de ver es la fundamental. “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello”. Hasta allí conceptos que se han convertido en sentido común para buera parte de los activistas.

Luego señala: “Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo”. ¿Qué quiere decir Benjamin con esta enigmática frase? Lo primero, es que no conozco reflexiones sobre esta frase, aunque las hay y muchas sobre las dos primeras.

A mi modo ver, Benjamin nos dice que sólo si aprendemos a vivir bajo el estado de excepción, a la intemperie, por fuera de las protecciones estatales, obtendremos los recursos éticos, organizativos y políticos para enfrentar al enemigo. Es una invitación a revolucionar nuestra cultura política, a salirnos de los paraguas institucionales. Sólo así estaremos en condiciones de luchar, recuperando, como señala en la tesis XII, tanto el odio como la capacidad de sacrificio que hemos perdido en el conformismo de la vida a la sombra del Estado.

Memorias del otro comunismo

Sobre Daniel Bensaïd y Antonio Negri

Por Brais Fernández

En las décadas de los 60 y 70 surgió una nueva generación política y, por tanto, también una nueva tipología de revolucionario occidental, forjado en experiencias y prácticas diferentes a las que había construido la tradición de la tercera internacional. Daniel Bensaïd (1946-2010) y Antonio Negri (1933) son buenos ejemplos de esos intelectuales-militantes sesentayochistas, no solo por haber vivido el Acontecimiento, sino por sus trayectorias previas, herederas del marxismo disidente, y por sus trayectorias posteriores, llenas de fidelidad al comunismo. Algo que sin duda contrasta con la ola de renegados, creyéndose herejes, que aprovecharon el declive del ciclo insurreccional para, en nombre de la nueva filosofía y de su propia libertad para enriquecerse, volver a la comodidad de la sociedad oficial. La reciente publicación en castellano de las memorias de ambos es una buena oportunidad para reflexionar en torno a dos trayectorias y proyectos que, sin llegar a cruzarse, representan un hilo subterráneo herético, aquel que se guía por la máxima de Ernest Bloch de que “solo un ateo puede ser un buen cristiano”. En este texto, después de las correspondientes presentaciones de ambos autores, trataremos de explorar las intersecciones, bifurcaciones y particularidades de sus legados y trayectorias.

La historia de un marrano

Daniel Bensaïd nació en Toulouse (Francia) en 1946. De origen judío-argelino (un judío no judío, como decía Deustcher), nace y vive en una familia vinculada al Partido Comunista Francés. En las décadas previas a 1968, el PCF era un partido-comunidad, fuertemente anclado en la vida cotidiana de una clase obrera sin problemas de identidad, pero relegada a ser una “clase de orgullosos productores”. La traducción política de esta posición de clase era contradictoria, similar a la que desempeñó la vieja socialdemocracia alemana. Mientras por una parte el PCF representaba la dignidad del ser obrero, también representaba el ser obrero bajo el capitalismo; es decir, la asunción de un rol tendente al corporativismo reformista, objetivamente insertado dentro del orden del capital. Desde los años 30, el PCF fue responsable de una política represiva hacia los sectores radicalizados del movimiento obrero. Desde las huelgas descontroladas bajo el Frente Popular, frenadas con difamaciones y brutalidad, hasta el bochornoso papel en la descolonización de Argelia, el PCF, atrapado entre el esencialismo obrerista y el frentepopulismo patriotero, se revela cada vez más como un partido de orden ante ciertos sectores radicalizados. Sartre expresó esa frustración, de forma quizás exagerada afirmando que el PCF no hacía la revolución porque no quería hacer la revolución. Exagerada desde el punto de vista del materialismo histórico, subjetivista como les solía ocurrir a los existencialistas metidos a marxistas, pero acertada y valiosa en la descripción del sentimiento de una generación.

Bensaïd descubre el comunismo subterráneo de la mano de Alain Krivine, Henri Weber y otros militantes que, inspirados por las luchas en el tercer mundo, descubren lo que Michael Löwy (otro de ellos, quizás el más original) llamó marxismo olvidado. Conectan con una tradición maldita por excelencia, el trotskismo. Sus premisas: la revolución permanente (esto es, la imposibilidad de resolver las contradicciones del capitalismo dentro de los propios marcos capitalistas y, por tanto, el carácter socialista de la revolución), internacionalismo (la necesidad de responder en un marco global a un capital que tiende inexorablemente a mundializarse), crítica despiadada a la burocracia (rescatar al marxismo del monstruo estalinista).

Se encuentran con gente como Pierre Frank o Ernest Mandel, algunos muy marcados por la experiencia de la Oposición de Izquierdas en los años 30, otros por los debates de la Cuarta Internacional en los años 50, debates de gran calidad teórica, pero caracterizados por un cierto dogmatismo producto de su desconexión con la praxis de las masas, encuadradas en los grandes partidos obreros reformistas. Pero el trotskismo francés tiene una particularidad: su conexión libertaria con la experiencia surrealista a través de personajes como André Breton o Pierre Naville. Estas extrañas conexiones facilitan a la generación de Bensaïd un mestizaje abierto con las nuevas realidades. Se identifican con Rosa Luxemburg, con el Che Guevara, con Vietnam o con Ben Bella. Ese mestizaje entre lo viejo y lo nuevo es lo que posibilita la experiencia de la Ligue francesa, una de las experiencias más serias, duraderas e innovadoras de la extrema izquierda, a medio camino entre la herencia del marxismo clásico, el marxismo occidental y las nuevas aportaciones críticas que proyectaba Perry Anderson en las conclusiones de sus Consideraciones sobre el marxismo occidental. La práctica teórica de Daniel Bensaïd sintetiza de manera singular esa búsqueda marrana (en términos judaicos, los marranos eran los que vivían manteniendo viva y reviviendo la vieja tradición) que lo llevan a mezclar, de una forma muy peculiar, su marxismo con la tradición romántica de Lukacs, Bloch o Benjamin, dando lugar a una de las obras más originales de las últimas décadas. Un comunismo de la voluntad, mesiánico y a veces profundamente metafórico; donde la espontaneidad convive con la recuperación rigurosa de los problemas de la estrategia revolucionaria: hegemonía, clase, poder, partido y articulación antagonista.

Las aventuras de un operaísta

Antonio Toni Negri nace en Padua (Italia) en 1933. Hijo de toda la problemática antifascista, sus primeros pasos políticos están marcados por su socialización entre los sectores católicos humanistas. A pesar de que hoy nos resulte difícil imaginarlo, la Iglesia que describe Negri no se componía solo de una gerontocracia cupular degenerada y encerrada en sí misma; era también una articulación de comunidades insertadas en la sociedad y, por lo tanto, atravesada por sus debates y sus contradicciones. Solo así se explica la radicalización de ciertos sectores de la juventud católica; un éxodo en busca de respuestas para problemas que dentro de la Iglesia se podían plantear, pero no resolver.

Negri se vincula al Partido Socialista (llega a ser concejal), en donde resisten algunos reductos revolucionarios, como el liderado por el fundador del operaísmo (obrerismo) Raniero Panzieri. En principio, el operaísmo aparece como una forma de relacionarse directamente con la clase obrera de las grandes fábricas a través de la coinvestigación entre intelectuales y trabajadores. Progresivamente toma forma de corpus teórico-político. Su premisa se basa en el axioma de que es el capital variable (la clase obrera) el que condiciona el desarrollo del capital: se trata de buscar la tendencia de lucha más avanzada, pues es la que determinará la respuesta del capital, incluido el desarrollo tecnológico. A partir de esa premisa, el operaísmodesarrolla una serie de problemáticas particulares que los llevará, en un determinado momento, a posiciones políticas similares a las que habían sostenido viejos consejistas como Korsch o Mattick en los años 20 y 30. Una política en donde la lucha de clases desencadena las crisis y donde el capital es incapaz de resolver la crisis por sí mismo y solo puede cerrarla a la manera de Schumpeter, pero en este caso destruyendo el capital variable en vez del constante.

El operaísmo evoluciona en dos direcciones diferentes. Tronti (sin duda, el más dotado y brillante de ese grupo) y Assor Rosa reingresan en el PCI, el gran partido populista de la clase obrera italiana: “siempre con la mayoría”, se justificarán. Negri y otros inician una experiencia que les llevará desde el operaísmo leninista de Potere Operaio a lo que luego fue conocido como la Autonomía Obrera. La evolución teórica de Negri es paralela a esa trayectoria militante: a sus excelentes estudios sobre el Estado se suma una preocupación por la constitución material de la clase (del obrero masa al obrero social) y por las temáticas típicas de las apuestas insurreccionales. Mientras que las memorias de Bensaïd llegan hasta 2000, las de Negri se detienen en su detención en 1979: queda pendiente el propio relato de su posterior evolución posoperaísta, influido por el posestructuralismo.

Paralelismos: cruces y separaciones durante la década revolucionaria

Sería de una gran pereza intelectual, y sobre todo política, leer las memorias de Bensaïd y de Negri diluyendo la singularidad de su pensamiento dentro de las corrientes en las que desarrollaron su militancia. No por el esnobismo de los que creen que los desarrollos teóricos militantes, partisanos, son inferiores por ser de parte. Todo lo contrario: la fuerza de un pensamiento se mide por su capacidad de insertarse en la acción colectiva: el ser parte de no debilita, es lo que posibilita la fuerza de la idea. El problema es que dentro de las partes siempre hay debate, tensión. Las memorias de cualquier intelectual militante siempre son la narración de esas discusiones, con la praxis, con las ideas, dentro de su propia corriente y también con otras. Por eso, las memorias políticas son un género particularmente interesante: ayudan a entender lo que los textos colectivos no pueden, no saben o no quieren decir.

Tanto Bensaïd como Negri son comunistas desde la periferia, a contracorriente, extraparlamentarios, no solo porque desarrollen su práctica política fuera de la representación, sino porque lo hacen contra los grandes representantes de la clase obrera, los partidos comunistas. Lo hacen no solo contra sus organizaciones, sino contra sus referentes intelectuales: contra Althusser en el caso de Bensaïd, contra Gramsci en el caso de Negri. Por suerte, en las memorias siempre hay espacio para las disculpas. Ambos se autocritican de su pasada beligerancia contra ambos pensadores. Sin disculparse por su beligerancia, contextualizan el fragor de la batalla, en la que discutieron menos contra sus ideas que contra lo que representaban, esto es, el uso espurio de la sofisticación teórica de ambos pensadores para justificar una línea política que se separaba cada vez más del horizonte socialista.

La relación entre el extraparlamentarismo y los grandes partidos de la clase obrera siempre aparece como problemática. Bensaïd es heredero de la tradición del frente único: consciente de que la fuerza de los revolucionarios no es capaz de mover al conjunto de la clase obrera, busca una y otra vez alianzas con los sectores agrupados en el reformismo obrero, intentando desarrollar una dialéctica de luchas concretas que, a través de una experiencia común, permita desbordar el conservadurismo de las burocracias dirigentes. Negri, sin embargo, parece sentir rechazo a relacionarse de cualquier manera con el PCI. Expresa su incomodidad ante los intentos de algunos de sus compañeros por incidir (desde fuera) en el interior del partido: su propuesta estratégica tiende a primar más la afirmación de la autonomía que la búsqueda de la hegemonía.

Ambos se enfrentan a la cuestión de la organización, la cuestión del partido. La propuesta de Bensaïd oscila entre el luxemburguismo (construir el partido a través de las luchas) y un ultraleninismo, en ocasiones exagerado, en polémica precisamente contra un espontaneísmo que, según los jóvenes cuartistas [de la IV Internacional], impedía llegar preparados organizativa y políticamente a las coyunturas y los saltos revolucionarios. La LCR francesa acaba por conformarse como una organización partidaria muy activa en el mundo intelectual y cultural, en los movimientos sociales, muy visible en la esfera pública, con un discurso fuertemente obrerista pero una implantación relativa (aunque no desdeñable) en un mundo obrero muy dominado por el PCF: una suerte de proyecto leninista libertario, que diría el propio Bensaïd, que nunca llega a dar el salto a construir una organización de masas.

Desde su responsabilidad de secretario nacional de Potere Operaio, Toni Negri asume tareas de organización sorprendentes para quienes desconozcan su trayectoria. Durante todo el largo 69 italiano, Negri se plantea una y otra vez el problema de dar el salto desde la organización de las luchas a una organización política obrera que fuese una expresión directa del conflicto de clases. Un problema que, como él mismo reconoce, no terminan de resolver ni Potere Operaio ni el resto de grupos italianos, aunque consiguen mantener una estructura viva, sorprendentemente flexible y multiforme a lo largo de una década. Esta es una de las grandes diferencias entre las formaciones sociales francesa e italiana a lo largo de los años 70: mientras en Francia se estabilizan las formas organizativas de la izquierda y del movimiento obrero hasta la profunda crisis en la que entra la izquierda cuando fracasa el primer Programa Común, en Italia las reinvenciones son constantes hasta 1977 y el declive inexorable del PCI tras la derrota de la última gran huelga de la Fiat en Turín, en 1981.

Leyendo las memorias de ambos, aparece una y otra vez el problema de la violencia y de la insurrección, el problema del enfrentamiento frontal con los aparatos del Estado. Eran tiempos de apuestas duras, sin concesiones, en donde la máxima leninista de destruir el Estado burgués dominaba las estrategias de la extrema izquierda. Gramsci y sus propuestas hegemonistas no se leían en clave revolucionaria: aparecían, como ya hemos dicho más arriba, como una justificación del apalancamiento de los partidos obreros dentro del orden burgués, sobre todo en el caso italiano, pues el PCF, célebre por su pereza y tosquedad teórica, ni se molestaba en teorizar su política. Bensaïd piensa la década revolucionaria desde el paralelismo con la Revolución rusa: si el 68 fue 1905 (un ensayo general, tal y como escribió con Henri Weber), la tarea era prepararse para una situación revolucionaria como la de 1917. Negri, aunque no lo explicite (hay muchas referencias a Marx y pocas referencias a las grandes experiencias revolucionarias internacionales en sus memorias), parece pensar más en el proceso alemán que se da entre 1918 y 1923, en donde un gran desorden proletario impedía al Estado suturar la crisis y estabilizar la situación: “Construir el partido de la insurrección”, decía el himno de Potere Operaio, con la melodía de la Varsoviana de fondo.

Visto en perspectiva, y a pesar de la sofisticación teórica con la que ambos justificaron sus estrategias, quizás esta sea la parte que más choca de sus experiencias. No por el valor moral que esconden, ni porque no tuvieran sentido para los militantes que las vivieron. Decir eso sería de una arrogancia injusta e injustificable. Pero leyendo sus memorias, cabe cuestionarse el por qué toda una generación revolucionaria tendió a ignorar y en ocasiones despreciar experiencias contemporáneas de movilización de masas basadas en la longue durée de la lucha y la desobediencia civil no-violenta como, por ejemplo, el movimiento por los derechos civiles en EE UU, mucho más acordes con las sociedades densas y llenas de casamatas que Gramsci había intuido en sus Quaderni. Aunque nos fascinen los desfiles poderosos de la LCR y su capacidad de enfrentamiento callejero o las manifestaciones armadas de la Autonomía, uno no puede dejar de pensar: ¿en qué bucle estarían metidos, al menos durante todo un periodo, para pensar que esas técnicas de lucha iban a generar la suficiente fuerza y potencia para vencer a un adversario que, además de una estructura de poder capaz de integrar a amplios sectores de los subalternos, contaba con el monopolio intacto de la violencia? De nuevo, hay autocrítica en su relato: nuestra tarea, nuestra obligación es recogerla para evitar romantizarla.

Porque, por ejemplo, hay un problema estratégico que ha reaparecido en la historia. Por ahora solo ha aparecido en sociedades marcadas por un desarrollo desigual y combinado, en formaciones sociales híbridas como Siria o Nicaragua, pero en estos tiempos de profunda crisis, la historia puede volver en cualquier sitio en sus peores formas. Nos referimos, por supuesto, al problema de la guerra civil. Y ahí, por mucha admiración que sintamos por las trayectorias y planteamientos de la generación revolucionaria de los años 60, no podemos dejar de señalar una ruptura: la tarea de los revolucionarios cuando empieza un proceso revolucionario no es prepararse para la guerra civil, es generar una relación de fuerzas entre las clases que sea capaz de evitarla. La forma de encauzar los conflictos sociales también determina su resolución.

Lo doloroso y erróneo de esta deriva se intuye, se lee, a veces explícita y a veces implícitamente en ambas biografías militantes. En el caso de la extrema izquierda italiana, el fin de la experiencia de la Autonomía, ahogada en el delirio de las Brigate Rosse a pesar de los intentos de Negri por evitar que el asunto degenerase en esa dirección, fue una experiencia traumática. La fase neofoquista de la Cuarta Internacional de Bensaïd es también un episodio trágico en esa organización y que ha producido reflexiones autocríticas muy interesantes por parte de esa corriente, sobre todo en el caso de Bensaïd, con respecto a la experiencia argentina, la cual vivió muy de cerca.

Comunistas sin comunismo

Marx y Engels llamaban comunismo al “movimiento real que anula y supera el actual estado de las cosas”. ¿Qué hace un comunista en lo que Manuel Sacristán llamaba el mientras tanto, un mientras tanto que no es un interregno, sino que es un momento de la ofensiva del capital, en donde la posibilidad del comunismo parece desvanecerse? La actividad de Bensaïd y de Negri durante los 80, hasta la reactivación de ofensiva social a finales de los 90, se centró en una actualización de sus respectivos postulados teóricos y en tratar de mantener vivo el legado de sus marxismos, hasta que otra generación pudiera recoger el testigo.

Con la derrota del movimiento obrero y el auge del neoliberalismo se produce un cambio de tendencia en la lucha de clases que también va acompañado de una alteración en los temas, las problemáticas y las referencias teóricas. Surge una nueva articulación entre cultura y sociedad (o nueva lógica cultural) que llamamos posmodernismo; a su expresión teórica en el ámbito del pensamiento crítico lo llamamos posestructuralismo. Es importante esta diferenciación a la hora de analizar la historia del marxismo y de los marxistas, porque sin ella podría parecer que existe la posibilidad de un marxismo extemporáneo, que no esté imbuido en los problemas de la lógica cultural posmoderna. Incluso las reacciones más antiposmodernas son una muestra de esa imposibilidad de abstraerse, ya que se ven obligadas a negar el sujeto que impugnan y, por lo tanto, a reconocer su existencia. Con el posestructuralismo, la relación es más compleja: se puede percibir o bien como una justificación en clave hegeliana y celebratoria del orden posmoderno (si es real, es racional) o más bien como una justificación ideológica a derribar, ya que mistifica una nueva articulación de las relaciones de poder en la sociedad.

La toma de posición ante el nuevo paradigma, su influencia y su delimitación atravesó a todos los marxistas de la época, sin excepción. El debate en torno a la posmodernidad y el neoliberalismo no era simplemente especulativo; era un debate que obligaba también a replantear el contenido de los conceptos-base en torno a los que se habían movido los proyectos revolucionarios desde los años 60: la centralidad de la clase obrera, el propio concepto de clase y su composición, la relación entre Estado-Nación, la globalización y el rol del capital financiero, la emergencia de nuevos movimientos que ya no estaban dispuestos a asumir un papel secundario…

Tanto Negri como Bensaïd asumen durante estos años la tarea de conectar el legado de sus corrientes a estos nuevos problemas. Negri, que había tenido una estrecha relación con Deleuze y Guattari, centrará buena parte de sus reflexiones teórico-estratégicas durante los años 90 en tratar de actualizar el concepto de clase, como ya había ensayado en su Del obrero masa al obrero social. Lo hará partiendo de una idea clave en la tradición operaísta, el concepto de composición de clase. Retomando al Marx de los Gründrisse, pero aplicándolo a la clase en vez de al capital, Negri llega a la conclusión de que la generación de valor ha ampliado su campo de producción a través de la expansión del rol cognitivo en el trabajo. La multitud pasa a sustituir a la clase obrera como composición de clase productiva predominante en el posfordismo: la matriz dominante de la multitud se traslada al cognitariado. Negri, siguiendo la metáfora posestructuralista, asume que la nueva composición de clase adquiere una forma rizomática, bajo una relación capitalista en la que el poder se diluye en una articulación pospolítica, que el Estado ya no es capaz de vertebrar. Su conclusión estratégica, propuesta en Imperio, es consecuente con esa caracterización: se trata de construir líneas de fuga sistémicas para la multitud. A pesar de que esta etapa de Negri contiene ciertas sugerencias e intuiciones siempre interesantes y, sobre todo, un lenguaje que fascinó a buena parte de la generación activista del movimiento antiglobalización, la debilidad de sus propuestas estratégicas contrasta con la fuerza de su pensamiento en los años 70, pues más allá de apelaciones abstractas a la creatividad de las multitudes, carece de traslación en el plano de la organización política.

El planteamiento de Bensaïd parte del reconocimiento de que la derrota obrera ante el neoliberalismo ha abierto una nueva situación histórica. Entendiendo que la caída de la URSS ha puesto en crisis la idea de comunismo, inicia un proceso de recuperación de la idea de estrategia revolucionaria, retomando a autores como Walter Benjamin y en diálogo con las nuevas corrientes críticas, como el pensamiento de Jacques Derrida y sus reflexiones en torno a Marx. Partiendo de la problemática gramsciana de la articulación, Bensaïd trata de pensar cómo construir un sujeto anticapitalista que reconozca la pluralidad de la clase, pero que sea capaz de unificarse en el plano político en torno a un horizonte común. Esta propuesta de Bensaïd ha tenido repercusiones en las más estratégicas nacidas en el último periodo de luchas. Un buen ejemplo de ello es la propuesta que podemos leer en el Manifiesto de un feminismo para el 99% de Nancy Fraser, Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya, en donde se plantea la necesidad de articular un nuevo proyecto político anticapitalista y de clase en torno a su sector más avanzado, en este caso la lucha feminista de las mujeres. Esa ontología política de la lucha es característica de la reconstrucción estratégica bensaïdiana: la de un proyecto anticapitalista pasa siempre por su capacidad de dotarse de una forma política.

En Consideraciones sobre el marxismo occidental Perry Anderson esbozaba una tipología del intelectual neomarxista, que se caracterizaba por su separación de la praxis del movimiento obrero, circunscribiendo su reflexión teórica a campos como la filosofía. Lo peculiar de Bensaïd y Negri es su carácter híbrido: su vinculación a las luchas, su papel de dirigentes en corrientes comunistas heréticas y sus reflexiones en el terreno de la teoría marxista producen un nuevo tipo de intelectual, a medio camino entre el militante revolucionario y el filósofo. Precisamente eso es lo más interesante de sus memorias: a través de su relato, trayectoria y reflexiones, imaginar el tipo de intelectual orgánico que pueda retomar una nueva potencia comunista.

Brais Fernández es miembro de la redacción de viento sur y militante de Anticapitalistas

Referencias

Bensaïd, Daniel (2018) Una lenta impaciencia. Barcelona: Sylone y viento sur.

Negri, Antonio (2018) Historia de un comunista. Madrid: Traficantes de Sueños.

 

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Marcio Tascheto

 

 

LA PRODUCCIÓN BIOPOLÍTICA DE LA METRÓPOLI CONTEMPORÁNEA

Comencemos por el análisis de las transformaciones del trabajo en la metrópoli contemporánea y, con ese objetivo, nos permitimos retomar algunos parágrafos de lo que escribimos en 2014[ii], en la cercanía inmediata de la gran huelga metropolitana que fue el levantamiento de Junio de 2013 en Brasil[iii]. Cuando queremos aprehender las transformaciones del trabajo, “la condición postmoderna aparece como siendo, por un lado, resultado de las luchas obreras contra lo moderno y su disciplina fabril y, por el otro, como el nuevo terreno de lucha, (o sea), de las luchas de un nuevo tipo de trabajo: inmaterial! A su vez, la centralidad del trabajo inmaterial es el hecho de un doble movimiento: ella se refiere a un proceso de valorización que tiende a salir de la fábrica y esparcirse por las redes sociales de circulación y reproducción, además de la relación salarial ; al mismo tiempo, el trabajo inmaterial es el resultado de la recomposición del trabajo material (manual) de ejecución con el trabajo (intelectual) de concepción «. Esto significa que el “trabajo se torna inmaterial porque pasa a ser productor directo de valor por medio de sus dimensiones biopolíticas”. La afirmación del paradigma del trabajo inmaterial “no significa que el trabajo material desaparezca (aunque en algunas regiones del mundo haya disminuido de una manera brutal), sino que el valor que el genera depende de sus dimensiones inmateriales, del alma del trabajo encarnada en el cuerpo del trabajador[iv]. Tenemos aquí una definición de las dimensiones inmateriales del trabajo que indica al mismo tiempo los nuevos mecanismos de explotación. Estos se articulan a lo largo de dos ejes complementarios (sin embargo, muchas veces paralelos) de desvalorización del trabajo material (con los efectos de deflación salarial emblematicamente comandados por la inclusión de centenas de millones de trabajadores chinos en la producción global) y de no reconocimiento del trabajo cognitivo. Si abandonamos las metáforas del trabajo humano como las de las hormigas (o el “ocio” de las cigarras[v]) y desarrollamos aquella de la colmena podremos ver que – además de la producción del excedente de miel (inicialmente destinado al autoconsumo, la crianza de las reinas y de las futuras abejas, así como a la ganancia del apicultor), la construcción de la red material de los compartimentos de la colmena en cera- es la construcción de la red cognitiva del territorio que sirve a la colecta del polen de flor en flor la que interesa. La metáfora del trabajo inmaterial es aquella de una sociedad polen, en la cual la generación de valor acontece dentro de la aleatoriedad de sus dinámicas integradas de producción y circulación[vi]. El valor es generado en las relaciones de las abejas polinizadoras, pero la renta continúa ligada al trabajo productor de excedente de miel por la abeja obrera». Mientras que el espacio de la colmena es aquel de la fábrica, el espacio de la polinización es el de las redes que dibujan las metrópolis y que las conectan entre sí.

Una vez más aparecen las dimensiones biopolíticas del trabajo inmaterial: “ellas son el hecho de la recomposición de la mente y de la mano en el cuerpo del trabajador que, cooperando con los otros cuerpos en el seno de una “población”, produce la vida a partir de la vida. En ese sentido, la producción pasa a ser una generación. La actividad de polinización aparece como una multitud de singularidades que cooperan entre si manteniéndose como tales. Pero la polinización no es una evolución natural. Se trata de algo artificial y hasta contra natura: inter-especifica. La polinización necesita de instituciones que reconozcan el intercambio de una red como res nullius: que es de todos y de todos, sea ella la comunidad de Internet o la Reserva Indígena de la Raposa Serra do Sol en Roraima. Al mismo tiempo, la polinización es el hecho de una actividad –ir de flor en flor- no finalizada donde el fun (la felicidad o el amor como formas superiores del conocimiento) es un indicador de valor en cuanto construcción de sentido, construcción de mundo: un suplemento de ser. Acabamos de ver cómo, en el pasaje del trabajo material al trabajo inmaterial, acontece la metamorfosis completa del propio concepto de producción. La producción dice respecto a la vida y se torna generación. A su vez, la reproducción –terreno tradicional de generación de la vida- se vuelve producción: es en ese sentido que podemos decir que el trabajo pasar por un devenir mujer. Se trata de un doble movimiento. Por un lado, la vida –entendida como bios (o sea, como vida social)- se torna inmediatamente productiva. Por el otro, esa misma metamorfosis se vuelve el terreno del conflicto, pero de otro tipo de conflicto entre la nueva composición del trabajo que ella supone (y no más determina) y el régimen de acumulación que pasa a explotarla”. Un nuevo sujeto antagonista que emerge no más de la centralidad de las fábricas, sino que de la dispersión de las luchas en el territorio de la ciudad, enfrentando la velocización blasé con las armas de la dispersión multitudinaria, parece ocupar el escenario de perspectivas forjadas en el corazón de la polis del siglo XXI. El control del “medio”, como control de la población, en los dispositivos de seguridad, se acopla al modelo de producción flexible, difuso, comunicativo y cognitivo del capitalismo en red y financiero. La velocidad de estos enfrentamientos en la composición de otros ritmos y movimientos que abren huecos en el muro de la velocidad movilizadora del capital, transforma la velocidad en el espacio de una “heterotopía” (FOUCAULT, 2014)

Se vuelve posible enfrentar el individualismo blasé de la velocización, inflexión móvil de deudas, mediatizaciones, inseguridad y derrotismo, con la aceleración de la ruptura de las luchas urbanas por una ciudad común. La vampirización de las multitudes y el cercenamiento de la circulación parecen constituir el lugar de la plusvalía maquínica en el capitalismo post fordista. Del mismo modo que de la suma de la antítesis parece brotar la suma de resistencias en el locus privilegiado de la explotación, la ciudad. Si el trabajo se volvió difuso y la ciudad el adensamiento de la dispersión en intensificación de la producción, las heterotopías de una multitud dispersa, actuando en las redes y calles, en las infovías y vías, parece ser el nuevo espacio de las luchas. El capitalismo post fordista sabe capturar los flujos de una velocidad que se le escapa, construyendo procesos de subjetivación que alimentan una circulación cada vez más sitiada. Sin embargo, no es capaz de contener la profusión de formas de vida (a pesar de alimentarse de ellas) que no paran de nacer entre desterritorialización y reterritorialización. Las dimensiones paradojales de la producción biopolítica dicen respecto al hecho de que el “afuera” no existe más, o sea que las lineas de estriamiento, los “muros” hoy no están más en los límites y en las fronteras, sino que dentro de las metrópolis y de las subjetividades.

 

LA SUBLEVACIÓN DE LOS TRABAJADORES METROPOLITANOS

La sublevación de Junio de 2013 continua viva y, como aconteció con el movimiento de 1968, continuara por décadas movilizando todo tipo de narrativas. Se dice que esas narrativas “están en disputa”. Nosotros pensamos que no. La historia que interesa es aquella que Hannah Arendt llamaba de acción libre[vii]. No existe historia de Junio que no sea interna a Junio, exactamente como Junio vive en las páginas del libro de Bruno Cava[viii] escritas en el devenir del acontecimiento, anticipando en la determinación de las primeras manifestaciones las movilizaciones oceánicas y la difusión de las ocupaciones que seguirán. Como en el Ulises de Joyce, estamos en un infinito presente. La inactualidad de Junio está contenida en el propio Junio, una vez no agota el potencial de las luchas en el espacio temporal de un mes o un día. De la misma que el Bloonsday  se repite año a año, el Junio brasileño se repitió hasta cuando acontecía, menos por el conflicto de narrativas y más por  la profusión de alternativas. Toda una arquitectura temporal que ilustra el choque de las potencias subjetivas al interior de las metrópolis.

Muchos se preguntan lo que resta de Junio e, en la realidad, todo lo que nos queda es Junio y solo Junio. Junio no es nada, pero precisa volverse alguna cosa[ix]. Es en dentro de este resto, que es lo es todo, que necesitamos avanzar. Como escribieron Alexandre Mendes y Clarissa Naback, “es imposible intentar comprender la actual situación del gran impasse político en el Brasil sin la clave explicativa de Junio de 2013”[x]. Con la salvedad que lo “actual” aquí, no opaca la reserva de inactual que caracterizo Junio. Si 1968 no acabo en 1968, Junio no acabo en junio. Todo lo que queda es Junio, pero Junio (en parte)  fue restaurado y la subjetividad que el produjo desmantelada por una tremenda operación de poder. Entender y aprehender los dispositivos que desempeñaron ese papel es fundamental para enfrentar la crisis dentro de la cual estamos sumidos y sobre todo para colocarla en una perspectiva más amplia. Es con ese objetivo que queremos, en este pequeño ensayo, volver a algunos de los debates sobre Junio. Esquematizando podemos decir que hay tres grandes lineas de narración y atravesamiento de Junio de 2013: la narrativa interna de Junio como evento radical e irrepresentable que llevo a la multitud al desierto; aquella que hizo de Junio apenas el primer momento de movilizaciones que continuaran en 2015 y 2016, después de la estafa electoral de octubre de 2014, y acabaran consiguiendo el impeachment de Dilma Rousseff; tenemos finalmente a aquellas que movilizan a la izquierda de poder y atribuyen Junio a una operación de desestabilización del gobierno “progresista”, orquestada por fuerzas más o menos “ocultas” (el testimonio del ex Prefecto de São Paulo –Fernando Haddad, del PT – es representativa de esa narrativa[xi]).

Se trata, como bien apunta Pablo Ortellado[xii], de los esfuerzos que intentan negarlo. Así y todo, hay un cuarto grupo de interpretaciones: ellas movilizan todo el arsenal conceptual de la filosofía de la diferencia y hasta de la antropofagia politica para aprehender Junio con su potencia. Al mismo tiempo, paradojalmente, autores de esos abordajes participan de la domesticación de Junio haciendo de el algo que cabe dentro de la defensa de la “izquierda” como idea abstracta y del PT (y de su gobierno en general) como realidad especifica de esa izquierda. Esas narrativas constituyen uno de los triunfos de la izquierda de poder y se concretan, antes, en la forma del voto crítico, después, el movimiento contra el golpe que no hubo[xiii]. De todas las narrativas que tienen en mira atravesar Junio, esta es la más insidiosa porque su dispositivo es interno a una de las dinámicas de Junio y fue fundamental para que –usando la bella anticipación de Paulo Arantes – “después de Junio la paz (será) total”[xiv]. Dicho de otra manera, esa narrativa es una de aquellas que participan en construir muros dentro de la subjetividad.

NADIE CONTRA POLIFEMO?

El alzamiento de Junio incomoda porque no encaja en ningún esquema teorico o político predefinido y eso por ser irrepresentable y capaz de juntar gran legitimidad y radicalidad. Durante uno de los actos en São Paulo, interrogada por un periodista que quería saber algo sobre su identidad politica o móvil ideológico, una manifestante respondió: “escribe ahí, yo soy nadie”. El episodio no pasó desapercibido a los lectores de la filosofía de Giorgio Agamben. El filósofo Peter Pal Pelbart escribió así uno de los más leídos y tal vez más bellos comentarios de Junio: El Movimiento Passe Livre desde el inicio tuvo, con su pauta restringida, una sabiduría politica inigualable. (El MPL, continua Pelbart,) sabe hasta como driblar magistralmente las emboscadas policiales de los reporteros que deseaban escudriñar la identidad personal de sus miembros (<anota aí, eu sou ninguém> decía una de las militantes del grupo)”. Pelbart observo en ello la malicia de Odiseo” y, en ella, una confirmación de la filosofía politica de Agamben y eso porque el episodio habría confirmado “como cierta desubjetivación  es una condicion para la politica hoy –Agamben ya lo decía, los poderes no saben qué hacer con la ‘singularidad cualquiera’, con aquellos que apenas tienen un nombre (…)”[xv]. En la realidad, como veremos, el poder (sobre todo cuando es atravesado por la ideología residual más eficaz de la izquierda) sabe perfectamente lo que hacer en ese caso: buscara darle un nombre a esas singularidades cualquiera también. La cuestion es como y cuando consigue realizar esa operación de manera eficaz, o sea por dentro mismo de la subjetividad y no solo superficialmente, en la propaganda. Esto no trae de vuelta a las reflexiones sobre ese episodio de la manifestante que parecía repetir la astucia de Ulises (ahora el de Homero) ante el Estado-Polifemo. Otro lector de Agamben, Paulo Arantes, apoyándose en el comentario de Pelbart, prontamente percibió la dimensión homérica de la situación en la cual “la lucha por hacer cada vez más común lo que es común, al contagiar el propio nombre común de quien lucha, desatará los ‘dispositivos’ que se lanzan sobre él»[xvi]. Parecía que esta afirmacion resumía entonces la radicalización del acontecimiento, un acontecimiento no marcado por su potencia, sino que por su impotencia, al punto de rehusarse a todo tipo de subjetivacion, a cualquier operación de nominación, de normalización. La manifestante, dice Arantes, “resucito en pleno tumulto, la astucia de Ulises con el propio nombre , Odiseo (Nadie)”[xvii]. Entonces, “nadie” en italiano se dice nessuno (el latín ne ipse uno se vuelve en italiano: nessuno, neppure uno) y significa que no hay ni siquiera un “uno”. Existe, pues, otra dimensión de esta afirmacion: una negación del uno  que puede ser afirmacion de la multiplicidad. Si pasamos a otra lengua neolatina, el francés, nadie se dice “personne”, que significa al mismo tiempo nadie y “persona” y nos recuerda que la negación del uno (el rechazo de tener un nombre propio, de ser una persona) puede en la realidad ser una manera de reafirmar el… uno y con él la persona: la negación de la subjetividad no deja de ser una subjetividad o, en otros términos, la cuestion que se plantea es si la alternativa esta incluso entre subjetivacion y desubjetivación o si es en el propio terreno de la subjetividad que la lucha se da. Recordemos lo que planteaba Maurice Merleau-Ponty: “Quien juzgara que la línea es verdadera, que la situación es verdadera, que la historia es verdadera? La respuesta marxista es: ‘personne’, quiere decir el Partido (…)[xviii]. Es decir, si en medio de la vieja prosodia (la tónica) del poder, podemos encontrar las cacofonías (aquella que Oswald Andrade llamaba la “lengua sin arcaísmos, sin erudición. Natural y neológica. La contribución millonaria de todos los errores. Como hablamos. Como somos”[xix]) necesarias hacia otros procesos de subjetivacion. Cabe, pues, preguntar si no tenemos ahí de nuevo una de las negaciones de Junio de 2013, aunque articulada en el terreno del control y no de la disciplina, que va por dentro de Junio y no se limita a su represión. Retomamos la lectura del comentario de Pelbart sobre Junio, en particular cuando el elogia al MPL porque el “supo cómo y cuándo comenzar, supo sustentar lo que fue suscitando, supo apartarse de aquello que le sonaba como una infiltración indebida, supo retirarse en el momento cierto, supo cómo continuar a pesar de esa retirada táctica”[xx]. De repente, lo que era espontaneo, horizontal y “sin nombre” hasta el punto de rehusarse a la subjetivarse aparece como un dispositivo dotado no solo de un nombre propio (el Movimiento Pase Libre –MPL), sino que de una articulación, bien definida y soberana, de estrategias y tácticas, con sus colores y símbolos, hasta el punto de saber “cuando retirarse”. Siendo que esas dos lineas funcionan como el filtro que decide hasta que momento el movimiento merece o no el sello de autenticidad, cuando una presencia es “indebida” y puede entonces ser juzgada como “infiltrado”. Junio era sí esa subjetividad cualquiera, pero habia, por lo visto, “infiltrados” que podían estropear todo: era una subjetividad cualquiera, pero habia alguien que no era cualquiera. Pero entonces, quienes serían esos “infiltrados” y, sobretodo, quien decide quien es infiltrado y quien no lo es, quien es alguien y quien es cualquiera? De quien los infiltrados serian, entonces, el nombre? O cual sería el nombre que designa a los infiltrados? Inútil recordar que la clasificación de determinados segmentos de m movimientos y manifestaciones de masas en términos de “infiltración” se remonta a una vieja tradición, inclusive y sobretodo de la izquierda (reformista o stalinista), destinada a expurgar las calles o las asambleas de los “elementos” indeseables a la línea que hegemoniza no la dinámica de las calles, sino que los dispositivos que la controlan: la historia nos recuerda así que si la socialdemocracia alemana de Gustav Noske asesino a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en 1919 al paso que el bolchevismo ruso de Lenin y Trotsky masacro los consejos (los soviets) de Kronstadt poco después, en 1921 (confirmando así la pertinencia de las críticas de Rosa Luxemburgo al golpe bolchevique de 1917)[xxi]. En su artículo Pelbart vuelve a elogiar la “subjetividad cualquiera”. Él se recuerda de aquel “hombre solitario y anónimo que interrumpió la fila de tanques en la Plaza de Tian’anmen hacer años atrás” y se pregunta: “quien era el, que representaba él, como luchar contra el riesgo de que un nadie pueda transformarse en un insurgente? De ahí nace la prisa en encajar a los manifestantes en una categoría”[xxii]. Entonces, acontece que esa prisa por “encajar” a los manifestantes en alguna categoría, por ejemplo trazando el diferencial entre los que serían “pacíficos”  y los que serían “vándalos”, los que serían de izquierda y los que serían de derecha (con derecho a ser denominados “coxinhas”) es la mismísima, prisa, que los separa en personas legítimamente presentes en las calles y los otros que constituirían una “infiltración indebida”: siendo que esa es claramente de aquellas que no querían banderas rojas o decidían tomar por asalto la sede de la Prefectura ocupada por el petista Fernando Haddad. No encontramos en esa línea de narración los gérmenes de la restauración de Junio que aconteció en octubre de 2014, cuando los portadores de esa lectura olvidaron la desubjetivación y, vistiendo las camisas rojas de la campaña electoral de Dilma y Temer, fueron al TUCA de la PUC de São Paulo para aplaudir a la Presidente y candidata Dilma que reivindicaba el mote gobiernista de la copa: “no van a tener protesta”? Los jóvenes autonomistas del MPL fueron, sí, el estopín de Junio y eso en la medida en que eran la memoria viva de los levantamientos del “buzu” desde el inicio de la década del 2000 y hasta más antiguos, como aquel que recuerda Pablo Arantes, en 1935 en Natal[xxiii]. Pero el levantamiento de Junio no fue –ni un poco- limitado al MPL, ni fue del MPL y aún menos por él. No es casualidad, las manifestaciones comenzaran antes en Porto Alegre (en abril, donde los poderes públicos retrocederán),  desplazándose a São Paulo donde se masificaran en respuesta a la represión y –esparciéndose como un rastro de pólvora por el país entero –vinieron a Rio, donde la cuestion de los transportes fue apenas uno de los puntos de programa que colocaban los temas de los megaeventos, de las remociones, de la lucha contra la coalición de gobierno PT y PMDB y contra la corrupción. Cuando finalmente Haddad, Alckmin, Cabral y Paes (prefectos y gobernadores de  São Paulo y de Rio de Janeiro) anunciaran la cancelación del aumento de los 20 centavos, las manifestaciones continuaran: aún mayores y más radicales. La salida del MPL tuvo el efecto pacificador solo en São Paulo y esta acontece, además, en base a una presión de chantaje extremadamente violento organizado por la “izquierda” gobiernista y no solo eso: después de dos semanas de casi parálisis, con sus militantes de base participando del tumulto, el PT y el gobiernismo movilizaran un gigantesco aparato institucional  y conseguirán comenzar un trabajo de pacificación que llegara a su auge, en términos represivos, durante la copa del mundo y, en términos de destrucción de la subjetividad, con la movilización del  <voto crítico> en la estafa electoral de octubre de 2014”. Tal como el cineasta de Angelopoulos presenta en el film Ojos de Ulises (retitulado en Brasil como “Una mirada cada día”), la parada fragmentaria por dentro del túnel épocal de Junio remite a una odisea por el país de origen. En medio de la guerra de imágenes en el juego de espejos de la actualidad, encontrar a los hermanos Manikia (especie de hermanos Lumiére griegos) no garantiza ninguna narrativa primera, sino que el despojamiento de los escombros del pasado que bloquea el futuro de Brasil. La búsqueda de la pacificación de las fuerzas salvajes que se rebelaron en cuanto potencia viva de la multitud metropolitana en el seno de la fábrica del siglo XXI, la ciudad, es representativa de los dispositivos de encaje que el biopoder moviliza para contener la indignación difusa. Con el fin de hacer girar un solo cinematógrafo en la pantalla del presente, aunque dividida en dos partes de la misma moneda, la máquina de ficciones fue derrotada por su propio éxito. Si Junio fue la pesadilla del gobiernismo, la victoria (parcial) del gobiernismo sobre Junio, fue y es su mayor derrota. Como en la escena de los paraguas de Angelopoulos, imagen bellísima de la plasticidad del tiempo en la imagen, Junio fue paralizado pero no dejo de producir devenires. Bloom, Polifemo y el Ulises cineasta de Angelopoulos triangulan los signos de Junio escribiendo yo no soy nadie en tanto multiplicidad.

 

“ECCE HOMO”

Por medio de la lengua francesa, descubrimos que nadie y persona pueden ser sinónimos: personne. Y esto nos lleva directamente a la crítica de los derechos humanos realizada por Simone Weil. La filosofa francesa es una figura emblemática de mediados del siglo XX: fuertemente comprometida con la crítica obrera del capitalismo, ella al mismo tiempo es extremadamente lucida ante el totalitarismo stalinista y nazista (era muy próxima a Boris Souvarine, uno de los primeros comunistas que, desde 1930, criticaba severamente no solo al stalinismo emergente, sino que al propio bolchevismo, inclusive a Trotsky)[xxiv]. En 1943, el último año de su breve vida (ella murió a los 34 años), Simone Weil escribió un texto que es un grito contra la ideología de los derechos humanos y su base jurídica y filosófica romana. No es una crítica ideológica y aún menos académica. Es un grito contra la incapacidad de los países de los “derechos humanos” de resistir la expansión del nazi-fascismo. Simone hace dos grandes afirmaciones iniciales: “En cada hombre existe algo sagrado. Pero no es la persona. No es ni siquiera la persona humana. Es el, ese hombre, simplemente”[xxv]. No es la “persona” que salva, sino que “lo que, en un ser humano, es impersonal. Todo lo que es impersonal en el hombre es sagrado, y solo eso”[xxvi]. Los derechos de la persona no protegen al hombre, sino solamente a la persona humana: “he aquí un transeúnte en la calle (…). No es ni su persona, tampoco la persona humana en él lo que me es sagrado. Es él. Él entero. Los brazos, los ojos, los pensamiento, todo. No dañare nada de ese todo sin infinitos escrúpulos”. Ese hombre es sagrado en tanto tal y, entonces, no lo puedo dominar, esclavizar, violentar. Al contrario, si fuese la “persona la que es sagrada en el para mí, yo (continua Simone), podría fácilmente perforar sus ojos. Una vez ciego, el será una persona humana tanto como antes. No habría perjudicado en nada a la persona humana en él. Apenas habría destruido sus ojos”. Exiliada por causa de la invasión nazi a Francia, ante el dolor de la guerra, de los campos de concentración y de exterminio, ya debilitada físicamente, la filósofa se interroga con fuerza sobre la tragedia del hombre y del humanismo. Lo que abrió el camino a todo tipo de tiranía, dice Simone Weil, fue haber tomado “como regla de la moral pública una noción  -los derechos de la persona humana – imposible de ser definida y concebida”[xxvii]. Son dos nociones insuficientes: aquella de derecho y aquella de persona humana. Es preciso que sea el hombre en todas sus dimensiones, el hombre como vida que sea sagrado y, entonces, respetado de manera que “solo les será hecho el bien y no el mal”. La fuente de lo sagrado, dirá ella, es el bien: “únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien”[xxviii]. Y el bien aparece en el grito de aquel que sufre y se rebela. Franz Fanon, en medio de los desplazamientos de la guerra civil de 1939 en guerra colonial, escribió algo muy cercano: “Existe una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, (…) de donde el auténtico surgimiento puede tomar nacimiento. En la mayoría de esos casos, los Negros no tienen el beneficio de realizar ese descenso a los verdaderos infiernos”[xxix]. Ante el mal se rebela el grito de aquel que sufre, de aquel que protesta contra la injusticia. Aquí ya tenemos la dimensión de la propuesta de la filósofa y su tentativa de entender la tragedia de la guerra civil europea que ella vivenciaba: “(…) las perturbaciones, como la guerra y la guerra civil, que vacían las existencias humanas de su realidad, que parecen hacer de ellas fantoches, son intoxicantes. Es por eso también que la esclavitud es tan agradable para los señores”. En la guerra civil se generaliza la situación que vive el esclavo: “habiendo sufrido golpes demás, esa parte del corazón que el mal infringido hace gritar de sorpresa parece muerta”. La guerra recuerda a la esclavitud y los campos de concentración (los gulags soviéticos y los lager nazis) recuerdan a la fábrica. La crítica de Weil al sistema de dominación de la persona sobre el hombre tiene como referencia la fábrica moderna, entendida como una situación que no se encuentra muy lejos del “limite del horror. Cada ser humano dentro de ella es continuamente asediado, robado por la intervención de voluntades extranjeras y al mismo tiempo el alma está en el frio, en el sufrimiento y el abandono”. Simone continua: “degradar el trabajo es un sacrilegio exactamente como pisar una hostia con los pies es un sacrilegio”[xxx]. Lo que interesa, lo que realmente está interesado en la libertad, además de la inteligencia, es “esa parte del corazón que grita contra el mal”. Un grito que no es escuchado en la vida pública dominada por el juego de los partidos, de los sindicatos, de las iglesias. Cuando la libertad de expresion es reducida a libertad de propaganda para las organizaciones de ese tipo, las únicas partes del alma humana (ante ella usaba el término “corazón”) que merecen expresarse no son las libres de hacerlo. Llegamos a un punto decisivo. Sin perder de vista la pesadilla totalitaria, Weil critica la democracia formal, donde es el juego de los partidos el que determina las reglas de distribución del poder. Si es verdad que “nosotros no conocemos otras formas”, esto no significa ningún fatalismo, sino que “precisamos, pues, inventar otra cosa”[xxxi]. Como dijimos, no se trata de una crítica abstracta, sino que de procurar las razones de la derrota ante el nazismo y el comunismo también. En este horizonte, Weil avanza en la crítica del totalitarismo y de la democracia formal como dos mecanismos especulares, exactamente en el juego que ellos establecen, vía los partidos, entre los individuos (las personas) y las formaciones colectivas. Esto le permite bien aprehender el conflicto entre las “democracias” y la Alemania nazi (y, podríamos complementar con la URSS stalinista). “La lucha entre la Alemania y Francia en 1940 (no) era principalmente una lucha entre la barbarie y la civilización, entre el mal y el bien” sino que entre dos errores. En ese pasaje, Simone establece un diferencial en la relacion a lo sagrado basado en el clivaje que separa el individualismo del holismo, lo individual de lo colectivo. Weil dice que la persona participa en lo sagrado pero que la colectividad: “No solo la colectividad es extranjera a lo sagrado, sino que engaña proporcionándole una falsa imitación”. Ella define así los dos errores que es preciso evitar mediante la invención de nuevas instituciones: aquella que atribuye a la colectividad un carácter sagrado y consiste en la idolatría (el nazi-fascismo, pero también el comunismo) y aquel que consiste en preocuparse solo del florecimiento de la persona y pierde totalmente el sentido de lo sagrado (las democracias burguesas con su individualismo hipócrita). No solo las democracias liberales dominan al hombre en nombre de la persona, sino que también son más débiles que aquella (forma de gobierno) donde la persona ya se precipito dentro de la colectividad[xxxii]: “la victoria del primer error (aquel que deriva de la sacralización del colectivo) no es una sorpresa, (el) es por si solo más fuerte”. Cornelius Castoriadis, algo más tarde que Simone, también pensaba que el Nazismo (y el colectivismo en general) eran más dinámicos, mas “vivo” que las democracias burguesas: “Las guerras no acontecen entre maquinas, sino que entre hombres y más precisamente entre sociedades”. En seguida, el hace la diferencia entre las fuerzas muertas y las fuerzas vivas que caracterizan esas sociedades. Las fuerzas muertas son aquellas que constituyen la relación estática de fuerzas: volumen y cantidad de armamentos, número de hombres en los ejércitos, etc. Las fuerzas vivas comprenden más las posibilidades de utilización activa de los factores geoestratégicos y sobretodo sociopolíticos, la integración y la organización de las potencialidades de una sociedad a la vista de la guerra, las motivaciones y las capacidades de las capas dominantes y la actitud de las poblaciones… …es en función de las relaciones de fuerzas vivas que los franco ingleses fueron derrotados en 1939-1940 y no en función de las relaciones de fuerzas muertas[xxxiii]. Para Simone, en la base de esta división entre fuerzas vivas y fuerzas muertas está el estatuto del «derecho». El derecho es en realidad, dice, sólo el nombre de la fuerza: «los romanos, que habían entendido, como Hitler, que la fuerza sólo tiene la plenitud de la eficacia cuando está vestida de alguna idea, usan la noción de derecho con ese fin». No es verdad, dice Simone, que el nazismo no respeta el derecho, por el contrario, la Alemania nazista se sirvió a satisfacción de sus reivindicaciones de nación proletaria para no reconocer, «a los que subyuga, otro derecho que no sea el de obedecer»[xxxiv]. Simone Weil está intentando, para usar la expresión de Hannah Arendt, «aprender» de esa «lección (que) comenzó en 1933»[xxxv] y de la que la filósofa francesa no tuvo la oportunidad de ver el fin. El pensamiento de Simone llega aquí a una inflexión que nos permite volver a nuestro debate contemporáneo. Por un lado, ella aprehende la fuerza de la recomposición de lo sagrado y de los sentidos en el colectivo, ante una centralidad de la persona que acaba perdiendo el horizonte del sentido. Por el otro, pensando dentro de la derrota (la pérdida de lo sagrado por la hegemonía de los derechos de la persona) que acaba de convertirse en derrota de la democracia liberal por la criminal imitación de lo sagrado producida por la idolatría de la colectividad, Simone no ve salida, sino en una fuga fuera del individual y del colectivo por medio de una «elevación por encima del personal para penetrar en lo impersonal». «Son aquellos que penetraron en el dominio del impersonal encuentran una responsabilidad vis-à-vis de todos los seres humanos (…). Esta responsabilidad no es proteger en ellos a la persona, sino lo que la persona contiene de frágiles posibilidades de paso en lo impersonal»[xxxvi]. Ante la explotación capitalista y el horror colectivista, la lucidez de Simone busca en la salida, tal vez una salida mística. La persona, por naturaleza, es sometida a la «bestia colectiva» pues el derecho, por naturaleza, depende de la fuerza: ante eso, Simone Weil parece sólo ver otra fuerza, el «brillo del espíritu»[xxxvii]. ¿Qué quiere decir con eso?

 

“HOMO SACER”?

Está claro que, en Simone Weil y sobretodo en ese pequeño texto, el filósofo italiano Giorgio Agamben, que uso la ambigüedad de la noción romana de Homo Sacer para problematizar las relaciones entre vida y politica, entre zoé (nuda vida) y bios (vida social) ve una gran anticipación y sobretodo una confirmación. En Simone, el encuentra los esfuerzos para huir de las trampas interligadas del derecho subjetivo y de la persona[xxxviii]. Según Agamben, Simone postula que el bien (lo sagrado) que funda la justicia no es el bien que se hace, sino aquel que se espera[xxxix]. La ética, estaría, entonces, del lado de la impotencia (esperar por el bien) y no de la potencia “hacer el bien”: hacer el bien es siempre una operación de poder, del derecho como uso de la fuerza. El poder, dice Agamben, es siempre soberano, es siempre dominación[xl]. El sujeto moderno estaría en la convergencia, contradictoria, entre 3 dimensiones: la máscara del teatro, la personalidad jurídica y la teología uni-trinitaria[xli]. La aceptación incondicional de la infelicidad marcaría el umbral más allá del cual la experiencia de una forma no degradada de energía y de vida se torna posible… una politica y una ética solo son posibles a partir de ese umbral, pero está claro –subraya Agamben- que ella no consiguió encontrar nombres para lo que ella procuraba[xlii]. Pero entonces, ese “espíritu, ese “brillo” del cual ella habla tal vez sea algo diferente o por lo menos nos abra lineas de fuga para pensar esa diferencia. Por ejemplo, cuando ella se colocaba en el horizonte franciscano: “no imaginamos a San Francisco de Asís hablar de derecho”[xliii]. El terreno franciscano es aquel que va más allá de la reivindicación de un derecho para la persona, afirmando la produccion biopolítica de humanidad: no la llorosa pelea de las reivindicaciones, sino que el grito que brota de las entrañas. No la reivindicación de los mismos valores (pedido absurdo de distribución igual de los privilegios, dice ella) pero la produccion de otros valores, necesariamente impersonales. Existe un pasaje extremadamente interesante del esfuerzo de la filósofa por definir un clivaje, algo así como una condicion ética verdadera, de crítica del totalitarismo colectivista y al mismo tiempo de falsa solución “democrática”. El clivaje esta esbozado en la oposición que Weil pasa a diseñar entre la “opinión” y la “verdad”. Por un lado, “todo espíritu preso por el lenguaje es capaz solamente de opiniones”. Por el otro, “todo espíritu se tornó capaz de aprehender pensamientos inexpresables a causa de la multitud de relaciones que en ellos se combinan, aunque más rigurosos y más luminosos de lo que expresa el lenguaje más preciso, todo espíritu que llego a ese nivel ya reside en la verdad[xliv]. Aunque le faltan los nombres adecuados, pero ella avanza en un terreno extremadamente innovador, que está lejos de limitarse a un platonismo espiritual (como muchos dicen). Dicho de otra manera, aunque pueda parecer platónico, es el terreno necesario ante el horror del totalitarismo y de la insuficiencia de la democracia formal. El logos se opone a la vivencia no solo porque es abstracto sino que también porque reduce la riqueza múltiple de la experiencia al uno. La verdad está del lado de la multiplicidad en cuanto vivencia de lo que es menor, pobre, humilde: no se entra en la verdad sin haber atravesado su propio aniquilamiento, sin haber vivido mucho tiempo en un estado de extrema y total humillación. De la misma manera que la verdad es otra cosa que la opinión, la desgracia es otra cosa que el sufrimiento. La desgracia, la infelicidad es una manera de moler el alma; el hombre que es tomado por este (dispositivo) es como el obrero arrebatado por los dientes de una maquinaria: no es más que una cosa rasgada y sanguinolenta. Entonces, la condicion para el pasaje a la verdad es esta humillación total y extrema, una muerte del alma, la condicion obrera donde el trabajo vivo es dominado por el trabajo muerto[xlv]. Este aniquilamiento extremo es la clave del misterio y del brillo de la belleza. Tanto la desgracia es fea, cuanto bella es la expresion de la verdadera infelicidad. Aquí Simone cita a Homero y el libro de Job, tanto como las narrativas de la Pasión en los Evangelios: “el brillo de la belleza se esparce sobre la infelicidad por la luz del espíritu de justicia y de amor”. “Todo lo que procede del amor puro e iluminado por el esplendor de la belleza”[xlvi]. En lugar de derecho, persona y democracia, Simone coloca la triple Justicia, verdad y belleza. Simone concluye: “Arriba de las instituciones destinadas a proteger el derecho, las personas y las libertades democráticas, es preciso inventar otras destinadas a discernir y abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad. Es necesario inventarlas porque ellas son desconocidas y es imposible dudar que ellas sean indispensables”[xlvii]. Lo que se acostumbra olvidar en los gritos del Estado-Polifemo, es no solo que nadie fue responsable, sino que su ojo fue vaciado. Hay una reflexión otra de la misma época que aquella de Simone, posiblemente aún más interna al abismo de la derrota. Se trata de lo que Antoine de Saint- Exupéry  escribió de su experiencia de piloto de guerra de la aviación francesa, en 1939, poco antes de desaparecer con su avión en combate contra el invasor alemán: “No se trata solo de la guerra, sino que, sobretodo, de la derrota: lo que significa arriesgar la vida cuando el país (en el caso de Francia en 1939) ya fue derrotado? Saint-Exupéry pilota un avión de reconocimiento, sin cobertura de cazas y con gran probabilidad de ser derribado. Sobrevuela las concentraciones de tropas y material de guerra del invasor alemán para tomar fotografías y tener informaciones que –si consigue volver- no tendrá a quien encaminar. Pero la significación esta en esa misma inutilidad del combate: en la falta de significación. Misión imposible, ‘patria derrotada’, muerte cierta: que hacer al borde del abismo? La respuesta está en una simple invitación a sentarse a la mesa, junto con los compañeros que aun sobrevive en la hacienda del campesino que alberga la escuadrilla. Sentado a la mesa, Saint-Exupéry escribe: ‘Adquirí un nuevo lazo. Reforcé en mí este sentimiento de comunidad. Tengo derecho de sentarme a su mesa y de quedarme con ellos. Ese derecho se compra muy caro, pero él vale muy caro: el derecho de ser’. De donde viene ese valor, ese no tener precio del derecho de ser? Saint-Exupéry explica: ‘Yo me juegue toda mi carne en la aventura, y jugué para perder’. De este modo, jugándose el cuerpo en la lucha, Antoine de Saint- Exupéry adquiere ‘el derecho de sentirse tranquilo, es decir de participar, de tener un lazo, comunicar, recibir y dar, recibir este amor’. El amor verdadero es, pues, una ‘red de lazos que hace devenir’. La noción de cultura y herencia aparece así de manera simple y potente, en el medio de algo como una misa sagrada y profana. ‘El campesino que distribuyo el pan en silencio [hace] el ejercicio de un culto: ese compartir’. Una vez más la noción de valor es movilizada: ‘El sabor del pan compartido no tiene igual’. El culto del común se vuelve de este modo la explicación del sentido de una lucha ya perdida, pero que vale la pena ser combatida porque ella produce sentidos: ‘Luche por la luz particular en la cual se transfigura el pan de los campos en mi País’. El común, lo que acontece es otra economia, una economia del común, en la cual la riqueza se produce en la y por la multiplicación de los lazos: ‘Cuando el campesino distribuyo el pan, el no dio nada. El compartió y troco. El mismo trigo circulo en nosotros. El campesino no se volvió más pobre. Él se enriqueció porque él se nutrió de un pan mejor: el pan de la comunidad’. La riqueza esta en otro lugar: en los lazos y en el sentido que constituye la comunidad y que la comunidad construye. La victoria y el heroísmo también están en otro lugar: ‘Con certeza, nosotros ya estamos derrotados. Todo se desmorona. Pero yo continuo sintiendo la tranquilidad del vencedor’. Es importante enfatizar: el no escribió esto después de la guerra, después de la liberación de Francia. Por el contrario, el escribió sin perspectiva alguna de  una victoria que la guerra no le dejaría el tiempo de ver, pues desaparecerá junto con su avión algún tiempo después en otra misión. Saint-Exupéry complementa: ‘Cualquiera que lleva en su corazón una catedral a construir, ya es un vencedor’. Y la catedral, decía Roland Barthes, es “una gran creación de una época, concebida apasionadamente por artistas desconocidos, consumida en su imagen, si no es en su uso, por un pueblo entero que se apropia en ella de un objeto perfectamente mágico’[xlviii]. La victoria está en la comunidad y el amor que la funda: ‘Nosotros sentimos el calor de los lazos: he aquí porque ya somos victoriosos: porque nuestra comunidad ya no es sensible. Una cultura, una civilización precisa mantener su fermento”. El humanismo es amenazado, derrotado por haber perdido su fermento y por procurar explicar su derrota por la molicie de los fieles”[xlix]

 

EU SOU NINGUÉM, EU SOU PERSONNE

Otra filósofa, Hannah Arendt, el discurso que pronunció en Copenhague –en 1975- cuando recibió del gobierno danés el premio Sonning por su “contribución a la civilización europea”. Ella aceptaba el premio como muestra de su estimación por la singular resistencia danesa ante los nazis y al mismo tiempo estaba incomoda por el estatuto de “personalidad” que eso acababa atribuyéndole. Aun reconociéndose judía por nacimiento, Hannah manifiesta su rechazo a todo tipo de identidad, pues “(yo) nunca desee pertenecer”. Luego ella explicita como la resistencia que el gobierno y el pueblo danés sostienen durante la ocupación nazi de Europa constituyen un “ejemplo extremadamente instructivo del poder inherente a la acción no violenta y a la resistencia ante un adversario dotado de medios ampliamente superiores para ejercer la violencia”. Una lucha que permitió salvar a prácticamente todos los judíos que vivían en Dinamarca, inclusive a los alemanes que allí se habían refugiado. Los daneses hicieron del derecho de asilo algo sagrado y, ante el pedido nazista de entregar a los refugiados alemanes, responderán que, habiendo sido ellos despojados de la ciudadanía alemana, no podrían ser más tratados como tales (como alemanes)[l]. En seguida, en la parte final de su agradecimiento, Arendt confiesa la crisis de identidad que la recepción del premio le provoca y pregunta: “Que es lo que los dioses deben haber tenido en la cabeza para incitarlos a seleccionar para honrar públicamente a alguien, como yo, que no es una personalidad publica y no tiene ninguna ambición por serlo?”[li]. De este modo, ella recorre la etimología de la palabra “persona”, “adaptada casi sin cambios a partir del latín persona por las lenguas europeas (…)”. Hannah continua, “Persona remite a la máscara del actor que cubría su rostro ‘personal’ (personelle) de individuo e indicaba al espectador el papel en el cual actuaba durante la pieza. La máscara concebida para la pieza y por ella determinada, tenía una larga abertura a la altura de la boca, por la cual podía pasar la voz individual  y desnuda del actor”. La palabra persona viene del sonido que pasa por la abertura: personare es el verbo del cual persona, la máscara, es el nombre”. Arendt continua explicando que los “Romanos fueron los primeros en usar el nombre en sentido metafórico; en el derecho romano, la persona era alguien que poseía derechos cívicos, en oposición a la palabra homo, denotando alguien que era simplemente miembro de la especie humana, ciertamente diferente de un animal, pero sin cualificaciones ni distinciones específicas, de manera que homo, como el griego anthropos, era frecuentemente usado con desprecio para designar gente que no era protegida por ninguna ley”. De este modo, “la máscara romana corresponde con gran precisión a nuestra manera de aparecer en una sociedad de la cual nosotros somos los ciudadanos, quiere decir donde no somos iguales en el espacio público establecido y reservado a la palabra politica y a los actos políticos, pero donde nosotros somos aceptados en cuanto individuos que gozan de derechos específicos, pero de manera alguna en cuanto seres humanos como tales”. La persona no es el hombre genérico, sino aquel que tiene un “papel” en el teatro de la vida social. El interés de esta noción, dice Hannah en ese discurso, está en el hecho de que los papeles o las máscaras que tenemos que aceptar y hasta procurar si queremos participar del teatro del mundo no son fijos, son “intercambiables” y, en ese sentido, no nos atan a ninguna conciencia dada, a algo que el lodo humano cargaría en ella misma definitivamente. Al contrario, cuando “los eventos para los cuales la máscara fue concebida pasen (…) seremos libres de cambiar por los papeles y máscaras que la gran pieza que es el mundo pueda proponer”[lii]. Cambiar de máscaras y de papeles no es solo una manifestación de libertad relativa y pieza dentro de la cual estamos, y sobretodo no caer en la tentación de un reconocimiento condicionado al ser “como eso o aquello, quiere decir como algo que fundamentalmente no somos”[liii]. Por un lado, Hannah, nos da una bella definición de como el derecho y los derechos se van constituyendo no sobre la base del conocimiento genérico de la humanidad, sino que del papel atribuido socialmente al hombre, de la máscara que el porta y le permite entonces volverse una persona jurídicamente reconocida, algo que reencontramos en la construcción de los derechos… del trabajo y, detrás de ellos, de los derechos del trabajador, de aquel que porta su máscara. Por el otro, ella no se siente prisionera de ese dispositivo de subjetivacion y afirma que es posible cambiar de papel, mudar de mascara y, por qué no, diremos nosotros, tirar la máscara. Es la máscara la que funda a la persona y, entonces, la persona es siempre una persona jurídica. La máscara separa al sujeto del cuerpo. El cuerpo, el solo cuerpo (el esclavo, el extranjero, la mujer, el indígena) no tienen como actuar jurídicamente, el necesita de un señor, de un padre, de un marido. La noción de persona es fruto de la separación de la condicion humana y la subordinación a su existencia como figura de un papel social y, entonces, de relaciones reducidas a cambios cualitativos y de tipo comercial. Así la persona ya nace como persona “jurídica” y el derecho (inclusive aquel de la persona) como derecho comercial (del trabajo asalariado y de la propiedad privada)[liv]. Pero eso no significa que, para una crítica eficaz de las relaciones de poder, la gente tenga como condicion en la vida desnuda (sin mascara), la impotencia de la desubjetivación. Pero el hombre sin mascara es también, como decía Fanon, el “Negro (que) no es un hombre”[lv] y por eso se procura una máscara blanca. Por el contrario, ese afuera del “no soy nadie” acaba en su contrario llevándonos de una vez por todas hacia la persona (personne) y sus identidades. Si Hannah afirma que es posible cambiar de mascara nosotros tenemos que decir que es podemos cambiar las máscaras  (por ejemplo, como Carl Einstein analizaba las máscaras africanas como “inhumanas e impersonales”)[lvi].

 

YO NO SOY NADIE

No sabemos con certeza lo que el manifestante declaro al periodista, pero osamos decir que ella hablo de una manera mucho menos homérica y mucho más popular y eficaz. Por otra parte, nadie (!) dice “yo soy nadie”, es mucho más probable que diga “yo no soy nadie” y de ese modo niega al mismo el nombre y la máscara que le es atribuida por el poder. El movimiento de Junio de 2013 cambio de máscaras y al mismo tiempo cambio las máscaras. Dos son las dimensiones de este desplazamiento: por un lado, ante la represión que el Estado practicaba siguiendo su rutinaria brutalidad, resistía y vestía las máscaras de la lucha; por el otro, quien ponía las máscaras de la lucha era la multitud constituida por la “emergencia salvaje de la clase sin nombre”. Una de las más grandes novedades de Junio, no fue tanto que las máscaras de Guy Fawkes saldrían de la pantalla del cine (o del filme V de Venganza), sino que los jóvenes colocaran sus camisetas en el rostro y pasaran a resistir –de manera no violenta – la violencia y la represión. Después de las oceánicas manifestaciones semi-insurreccionales, Rio de Janeiro fue teatro (!) de la multiplicación casi diaria de las manifestaciones y de las ocupaciones, en particular con la Ocupación de la Cámara y él Ocupa Cabral (en Leblon, frente de la residencia de Cabral). En julio (siempre en 2013) , por primera vez, las lacrimógenas, las bombas de efecto moral, las balas de goma y las barricadas suceden en pleno Leblon y hasta en Ipanema, en una mezcla inédita de mar y gas en las playas de las tarjetas postales de Rio. En octubre, tres veces (el día 1°, 7 y 15) el centro de Rio fue nuevamente teatro de manifestaciones de decenas de miles de personas en torno de la lucha de los profesores y del Ocupa Cámara y de verdaderas batallas campales que se diseminaran por todo el centro de la ciudad. Ante eso, el propio Paulo Arantes escribe: “Así, el spray de pimienta y las balas de goma se añadieron al Paquete de Ilegalidad”[lvii]. Se trata, por un lado, de la creación de una Comisión Especial de Investigación de Actos de Vandalismo, llamada CEIV y, por el otro, de una serie de Leyes estatales y/o federales destinadas a la represión de las manifestaciones callejeras. La CEIV será declarada inconstitucional, pero dejo frutos: diversos requerimientos policiales instaurados bajo secreto. En el plano legal, fue promulgada la Ley de Asociaciones Criminales (Ley 12.850 de 2 de agosto de 2013), fue reactivada la Ley de Seguridad Nacional de 1983 (n° 7.170) y, a nivel estadual de Rio de Janeiro, fue votada la Ley llamada De las Máscaras[lviii]. Las máscaras de Junio rompieron el juego del espectáculo montado por el PT y la coalición de global players que tocaban el proyecto de País Mayor, o sea la renovación de la potencia “n” de la práctica colonial de depredación del país. Este quiebre no es fruto de ninguna ingeniería, de ningún proyecto específico, sino que de un devenir general de la inteligencia que rompe los juegos de máscaras que la sociedad industrial impuso desde arriba de la sociedad burguesa o colonial. Las mascar de Junio son insoportables porque quiebran el juego del espectáculo y afirman la potencia biopolítica del trabajo metropolitano. Las máscaras de Junio fueron posibles porque ellas tenían como base la “emergencia salvaje de la clase sin nombre”. Una vez más la máscara aparece como terreno de lucha, como cuando ella aparece en términos de mascara negativa, piel negra que aprisiona a los negros en el racismo blanco, esclavos del aparecer de ellos[lix]

 

LA CONSTITUCION DE LA CLASE SIN NOMBRE

Si lo que procuramos es el fermento, la cultura viva, es porque pensamos y sabemos que él, como decía Merleau-Ponty, “ser” no es ni el imperio de la lógica, ni el imperio del lenguaje, aun menos de las banderas y otros tótems, sino que de los actos y “el acto esencial –para el piloto de guerra que lucha derrotado- es el sacrificio”. Nosotros diremos que el acto esencial es la lucha, el éxodo: “pues no se trata ni de una amputación, ni de una penitencia, sino que de la dadiva de sí mismo al ser del cual pretendemos reclamarnos”: un territorio, una ciudad, una favela! Luchando por un territorio, “habiendo sacrificado una parte de sí mismo a ese territorio”, habiendo luchado para salvarlo y sudado para volverlo más bello, podremos entender ese territorio, tener “amor” por el: un territorio que no será la suma de los intereses, sino que la suma de las dadivas. Tenemos en este momento dos pistas de trabajo. En primer lugar, la herencia como fermento no tiene precio: qué valor es ese? Entre intereses (juros) y dadivas, cual es el papel del común entre los dos? Con una anticipación de un año (en 2012), un joven jurista de la PUC de São Paulo, consiguió proponer un abordaje muy original del debate sobre la nueva composición de clase oriunda del periodo “lulista”[lx]. En un debate realizado en la Casa Rui Barbosa, Hugo Albuquerque afirmo: “Una clase sin nombre asciende de modo salvaje, dejando el debate político brasileño en llamas. Y decimos que ella no tiene nombre justamente por tener tantos, por haber tanta insistencia en el hecho de que ella precisa tener uno: clase C, nueva clase media, subproletariado, consumitariado, proletariado adinerado, batalladores y tantos otros posibles e imaginables. Pero ella asume a todos y, del mismo modo, los rechaza plenamente, sobrecargando la maquina paranoica de identificación”[lxi]. La cuestion del “nombre” es en realidad el hecho de una batalla de una composición del trabajo que mantiene múltiple (no se deja homogeneizar) y que no cabe en los papeles que las máscaras profesionales le atribuyen (el ejemplo de las fotos en KorpoBraz). Albuquerque continua: “El hecho de que esta clase tenga tantos nombres y, a final de cuentas, no tenga ninguno alude al punto clave de esta charla: la importancia del nombre como forma de control y dominio, toda vez que solo puede ser sometido a una orden aquel que, antes de todo, tiene un nombre propio que permita la boca que ordena circunscribir, previamente, su capacidad de acción – y, añadimos, solo no sucumbe a la maquina paranoica de identificación aquello que detiene una potencia inmensa y es capaz de hacer; y por inmenso entendemos, al modo de Spinoza, no aquello que es muy grande [sentido metafórico], sino que aquello que escapa a la regla de las leyes de la métrica [sentido literal]; lo inmenso es una excepción a la medida, es aquello que no es sintetizable por la máquina de medir (que, finalmente, es la misma de identificar), lo que, en este presente, se expresa como una excepción a la ley universal de la identificación, declarada por la virtuosidad del devenir de una clase. Se trata de una excepción, en el campo social, como es el movimiento Anonymous en Internet”. Ante Junio, el gobierno y en el PT, se preguntaban: por qué tanta insatisfacción en un escenario de relativa inclusión social de millones de brasileños?[lxii] Por qué tantas manifestaciones en un momento en que la crisis del capitalismo no solo paso de largo por la economia brasileña, sino que también configuro una oportunidad para su afirmacion nacionalista en el mercado mundial? Difícil aceptas estas preguntas como sinceras: en Brasil, la cuestion no es (y nunca fue) “ por qué la revuelta?”, sino que “por qué no la revuelta?” En Junio de 2013, la clase sin nombre apareció como un proceso de produccion de subjetividad irrepresentable y por eso “sin nombre”, al no ser que esa no fuese la performance absoluta de su praxis (Virno). Aquí, reencontramos la centralidad paradoxal de los pobres en toda su magnitud. El capitalismo cognitivo que se desdobla en el Sur (y en Brasil con particular dinamismo) moviliza a los pobres (los “excluidos”, y al proletariado y al “subproletariado” metropolitanos) en cuanto tales: sin previamente homogeneizarlo

 

Traducción del portugués al español Santiago De Arcos-Halyburton

 

 

REFERENCIAS

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[i] Publicado originalmente en: v14, n2, 2017, Maio-Agosto, Dossiê Biopolítica

[ii] Se trata de algunos parágrafos de Giuseppe Cocco, Korpobraz. Por uma política dos corpos, Mauad, Rio de Janeiro, 2014.

[iii] Sobre el  levantamiento de Jjunio de 2013 vease Bruno Cava e Giuseppe Cocco (orgs.), Amanhã vai ser Maior, Anna Blume, São Paulo, 2014.

[iv] Quienes usaron esa metafora por primera vez fueron Yves Clot, Jean-Yves Rochex e Yves Schwartz, Les caprices des flux. Les mutations technologiques du point de vue de ceux qui les vivent, Matrice, 1990.

[v] Aquella que  Marcelo Neri moviliza como referente “moral” al  cual anclar su concepto de

“nova classe média”, ver arriba.

[vi] Ver Yann Moulier Boutang, Le capitalisme cognitif, La Nouvelle Grande Transformation,

Amsterdam, Paris, 2007., cap.VII e Yann Moulier Boutang, L’abeille et l’économiste, Carnets Nord, Paris, 2010.

[vii] Jerome Kohn, Préface, en Hannah Arendt, Responsability and Judgment (2003), Payot, Paris, 2009. Traducción al francês de Jean-Luc Fidel, p.29.

[viii] Bruno Cava, A multidão foi ao Deserto, Anna Blume, São Paulo, 2013.

[ix] Como un “soneto nulo” de Mallarmé, reúne la dispersión de fuerzas en un extraño engendramiento del futuro, esto es, “(…) de la fuerza y existencia poetica solamente aquello que existe fuera de todo (y fuera del libro que es ese todo), pero, haciendo de este modo, la descubre el proprio centro delo libro” (Blanchot, 2005, p. 329).

[x]“Vertigens de junho”, en Uninomade/Brasil, 21 de marzo de 2016,  http://uninomade.net/tenda/vertigens-de-junho/

[xi] Fernando Haddad, “ Vivi en la piel lo que aprendi en los libros”, Revista Piauí, edição 129, Junho de 2017, disponible en http://piaui.folha.uol.com.br/materia/vivi-na-pele-o-que-aprendi-nos-livros/

[xii] Pablo Ortellado, “A negação de junho: quatro anos depois”, Folha de São Paulo, 13 de Junho de 2017.

[xiii] Giuseppe Cocco, “Ceci n’est pas un coup d’état”, Multitudes, n. 64, outubro de 2016, “O Golpe que não houve”, Uninomade-Brasil, http://uninomade.net/tenda/o-golpe-que-nao-houve/tradução de Clarissa Moreira.

[xiv] Paulo Arantes dedica al levantamiento de Junio un capitulo inedito, “Depois de junho a paz será total”, O Novo Tempo do Mundo, Coleção Estado de Sítio, Boitempo, São Paulo, 2014.

[xv] Peter Pál Pebart, “Anota aí: eu sou ninguém”, Folha de São Paulo, 19 de julho de 2013, p. A3. Aqui usamos una versión mas larga, publicada por la Gazeta do Povo

[xvi] Paulo Arantes, “Depois de junho a paz será total”, cit., nota n. 119, pg. 426.

[xvii] Ibid.

[xviii] Les aventures de la dialectique (1955), Gallimard, Folio, Paris, 2000, p.164.

[xix] “Manifesto-Pau Brasil”, Correio da Manhã, 18 de março de 1924, disponíble en http://www.tanto.com.br/manifestopaubrasil.htm

[xx] Pelbart, cit.,

[xxi] Rosa Luxemburg, Crítica de la revolución rusa (1918-1921), traducción al español (Argentnina) de José Aricó, Ed. Quadrata, Buenos Aires, 2005.

[xxii] Ibid., grifos nuestros.

[xxiii] Cit., p. 408.

[xxiv] Boris Souvarine, L’Urss en 1930, (1929), Ivrea, Paris, 1997.

[xxv] Ibid., p. 26.

[xxvi] ibid. p. 34.

[xxvii] ibid. p. 27.

[xxviii] Ibid., p. 28.

[xxix] Franz Fanon, “Peau Noire, Masques Blancs” (1952), Oeuvres, La découverte, Paris, 2011, p. 64.

[xxx] Ibid., pp. 45-6.

[xxxi] Ibid., p. 33, Grifos nuestros.

[xxxii] Ibid., p. 42.

[xxxiii] Devant la guerre “ (1981), en Cornelius Castoriadis, Guerre et théorie de la guerre – Écrits politiques – 1945 – 1997, VI, (Enrique Escobar, Myrto Gondicas e Pascal Vernay Orgs.) Ed. Du Sandre, Paris, pp. 113-4.

[xxxiv] Ibid. pp. 50-1.

[xxxv] Hannah Arendt, “Responsabilité personnelle et régime dictatorila”, in Responsabilité et jugement, 2003, Payot & Rivages, Poche, Paris, 2009, p. 63.

[xxxvi] Ibid. pp. 40-1.

[xxxvii] ibid. p. 49.

[xxxviii] “Ella estaba claramente pensando, recuerda Agamben, (1) las insuficiencias del marxismo y del movimento obrero (ensayo de 1938 sobre las contradicciones del marxismo de 1938) (2) la inadaptacion absoluta de las instituciones democráticas (notes sur la suppression générale du parti politique) (3) a irresistível emergência do nazismo e a degeneração do bolchevismo em tirania (a ruptura com Trotski em 1933 (L’école émancipée)”, ibid.

[xxxix] Giorgio Agamben, “Au-delà du droit et de la personne”, In Simone Weil, cit., p. 10.

[xl] Giorgio Agamben, Homo Sacer. Il potere sovrano e la nuda vida, Einaudi, Milão, 1995.

[xli] p. 16.

[xlii] Agamben, (22)

[xliii] Ibid. p. 53.

[xliv] Ibid., pp. 68-9.

[xlv] ibid. 70.

[xlvi] ibid., p.75.

[xlvii] ibid. p. 87.

[xlviii] Este famoso texto de Roland Barthes, escrito entre 1954 e 1956, compara las catedrales al automovil, lo que no quita absolutamente nada a la fuerza del mito constituído por una obra  colectiva. Mythologies. Paris: Seuil, 1957, p. 150.

[xlix] Estoy aqui usando algunos parágrafos de Giuseppe Cocco, “Hélio Oiticica depois de Junho de 2013: na Trama da Terra que Treme”, in Barbara Szaniecki e Giuseppe Cocco (orgs.), Hélio Oiticica, para além dos mitos, Prefeitura do Rio e R&L, Rio de Janeiro, 2016.

[l] Hannah Arendt, Prológue (1975), Responsability and Judgment (2003), Responsabilité et jugement, Payot, paris, 2009. Traducción de Jean-Luc Fidel, p. 45.

[li] Ibid., p. 50.

[lii] Ibid., p. 53.

[liii] Ibid., grifos de la autora.

[liv] Ibid., pp. 48-9.

[lv] Fanon, p.63.

[lvi] Carl Einstein, Negerplastik (1915), traduccion de Fernando Scheibe e Inês de Araújo, Editora UFSC, Florianopolis, 2011,p. 57.

[lvii] Cit., p. 363, nota12.

[lviii] La Ley estadual es la n. 6.528 de 11 de noviembre de 2013. El dia 15 de octubre, basada en la Lei das Associações Criminosas, la polícia de Rio detuvo a 200 manifestantes del Ocupa Câmara e intento procesar a 64 de ellos bajo la nueva ley. Curiosamente, son los miembros del ejecutivo y del legislativo que implementaran esas Leyes y la Ceiv que – entre 2016 e 2017 – acabaran sendo apresados o conducidos a interrogatorios por corrupción y formacion de asociacion criminal.

[lix] Fanon, cit., p. 158

[lx]Usamos el término de «lulismo» en términos diferentes del artículo inicial de André Singer. Curiosamente, Singer lo usó para definir una inflexión negativa del gobierno del PT y al mismo tiempo siempre se mantuvo como un gran defensor de ese gobierno y de la figura carismática de su «jefe», Lula. «Nosotros usamos el término de Lulismo como definición de la ambivalencia (o incluso ambiguidad) del gobierno de Lula, entre un eje totalmente estatal (que llamamos «lulismo de Estado») y otro, que llamamos «lulismo salvaje». Hemos desarrollado este análisis en Bruno Cava e Giuseppe Cocco, Vogliamo tutto, cit. Esses mesmos temas estão presentes no documento coletivo da Rede Universidade Nômade Brasil, Quando a Trama da Terra Treme (…).

[lxi] Hugo Albuquerque, “A ascensão selvagem da classe sem nome”, Conferencia na Casa de Rui Barbosa, 6 de septieme de 2012, disponible en UniNômade Brasil y O Descurvo,  ttp://uninomade.net/tenda/a-ascensao-selvagem-da-classe-sem-nome/

[lxii] Retomamos aqui algunos parágrafos de Giuseppe Cocco, Korpobraz, cit.

¿Para qué sirve la universidad?

Por Claudio Lomnitz

En los albores de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña tenía menos de una veintena de universidades. Las de viejo cuño: Oxford, Cambridge, St. Andrews, Glasgow, Edimburgo, Aberdeen; y las formadas en el siglos XIX y a inicios del XX: Durham, la Universidad de Londres, Birmingham, Manchester, Liverpool, Leeds, Sheffield, Queens y Reading.

Sin embargo, ese puñado de universidades tuvo un papel determinante en que Inglaterra le ganara la guerra a Alemania. Así, por ejemplo, el físico que inventó el radar, que hizo posible que la Royal Airforce triunfara sobre la Luftwaffe, fue estudiante —y luego profesor— en Saint Andrews. La descodificación de las señales secretas de los alemanes, desarrollada en Bletchley Park, fue realizada por matemáticos, lingüistas y filósofos de Oxford y Cambridge. La diplomacia británica pasaba toda por esas universidades y se nutría de ellas, como lo hacían también las armadurías y la ingeniería. Sin sus universidades Inglaterra hubiera perdido la guerra.

Vale la pena recordar esto hoy porque en México se ha entendido la función de la universidad, en primer lugar, como un espacio de ascenso o de reproducción de clase. Y se sabe que, en efecto, las universidades son espacios de formación de clase. Pero no son sólo eso.

Universidad

Ilustración: Patricio Betteo

Volvamos un momento al ejemplo británico de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Las universidades británicas eran elitistas. Muchas de ellas —sobre todo las más antiguas, como Oxford y Cambridge— tenían a la reproducción de la clase dominante como una de sus funciones más importantes. Otras, como las llamadas “red brick universities”, fundadas en el siglo XIX, formaban profesionales en contextos urbanos, y con eso ayudaban a consolidar a sectores medios emergentes. Cierto. Pero esas instituciones no tenían como su fin específico ni la movilidad de clase ni su reproducción, sino la educación y la investigación al más alto nivel. La reproducción de clase tenía que pasar por ese filtro y, con ello, los conocimientos y experiencias adquiridas ahí se convertían, para muchos, en el fin real de sus vidas.

Pongo el ejemplo de Charles Darwin, que es a la vez excepcional y paradigmático. El padre de Charles Darwin era un médico bastante adinerado. Influido por un anhelo de reproducción familiar (y de clase) Charles se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Edimburgo, pero ahí se apasionó por asuntos científicos, que lo llevaron a abandonar la medicina. Esto molestó bastante a su padre, quien optó por sacar a su hijo de la Universidad de Edimburgo y mandarlo a Cambridge, para que se formara como pastor anglicano. Evidentemente, Charles tampoco se volvió pastor, sino que continuó con su pasión de naturalista. Lo demás ya lo conocemos todos. La universidad —aun la más elitista del mundo— no fue nunca sólo un sitio de reproducción social, sino que fue siempre y ante todo un sitio de transformación personal a través del libre estudio. El resultado de esta suma de cambios personales fue, a su vez, que la universidad se volvió un espacio privilegiado de transformación social.

En México la universidad ha sido entendida ante todo como un espacio ya sea de ascenso social o de reproducción social. Es por eso que hoy la certificación pareciera ser más importante que la experiencia universitaria —los estudios, la vida estudiantil, el contacto con los profesores. De ahí sale, también, la idea de que cualquier evaluación que tenga consecuencias prácticas en la vida del estudiante es “punitiva”. Si la universidad es selectiva, se dice correctamente, será elitista. Y si es elitista, se continúa, ya equivocadamente, su único fin será la reproducción de la elite. Por lo tanto (sigue el razonamiento), si la universidad no tiene “evaluación punitiva” (o, dicho de otra forma, si no tiene sistemas de evaluación que tengan consecuencias prácticas para el estudiante), será un espacio igualitario y de ascenso social, porque todos los que estudien ahí saldrán con el mismo certificado. La magia de la certificación habrá borrado las diferencias entre las clases sociales.

La opinión general que hay sobre la educación superior en México está equivocada. La universidad no es sólo un mecanismo de ascenso o de reproducción de clase. La universidad es, en primer lugar, un sitio de formación de estudiantes —lo que significa de transformación de los estudiantes— y, por eso justamente, es un espacio privilegiado para la creación intelectual que termina siendo fundamental para la sociedad en su conjunto: Inglaterra hubiera perdido la guerra con Alemania sin Oxford y Cambridge.

Felizmente, México no tiene a una guerra internacional en su horizonte, pero sí enfrenta una genuina emergencia colectiva: el cambio climático y la crisis ambiental. México enfrenta también una guerra interna. ¿Y cómo le hace frente el gobierno a estos retos? ¿Le apuesta, acaso, a consolidar sus centros de pensamiento? De ninguna manera. El gobierno sigue creyendo que la educación superior se debate entre dos modelos: el de la reproducción de clase y el del ascenso social, y este gobierno le ha apostado todo al del ascenso social, vaciando la universidad de todo contenido. El sumum de esta política ha sido la adopción oficial de la fórmula equivocada de “evaluación punitiva”, y la consecuencia de este imaginario educativo es la creación de cien universidades que, entre todas, no suman a una.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Gramsci no tiene la culpa

La discusión política se ha intensificado en los últimos meses, gracias a los continuos anuncios gubernamentales, pero eso no significa que vivamos en una sociedad más politizada. De hecho, podría ser el síntoma de una ciudadanía que pierde injerencia en los asuntos públicos.
Por Alberto Fernández
El 17 de marzo de 2019, el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó el fin del neoliberalismo en México. Las semanas previas había estado comunicando a la sociedad no solo su peculiar definición del término “neoliberalismo”, sino también enlistando todos los males que trajo consigo, desde la corrupción y los divorcios hasta las desapariciones forzadas, pasando por todos los problemas económicos que aquejan al país.

El anuncio del fin del neoliberalismo y su reemplazo por el “posneoliberalismo” no ha traído consigo un saludable debate sobre los saldos de un modelo económico y las alternativas a seguir en los próximos años, sino una multiplicación ad infinitum de “relatos”, algunos tan efímeros como un hashtagde las redes sociales, que buscan etiquetar a aliados y adversarios en uno y otro lado del término. “Neoliberales” son la reforma educativa de 2013, los críticos de izquierda del presidente y los capos del narco. “Posneoliberales” pueden ser los performances de la senadora Jesusa Rodríguez contra los tacos de carnitas, la cancelación de programas sociales y las funciones mañaneras del presidente y la prensa.

Vale la pena preguntarse si este mundo de relatos y posicionamientos instantáneos contribuye a generar la base de información y debate público para una mayor participación de la ciudadanía en los asuntos públicos o si, por el contrario, los temas que son relevantes para los ciudadanos en lo individual o los grupos organizados se diluyen en los intercambios de epítetos, generando así una despolitización de la sociedad.

Con la llegada a la presidencia de López Obrador, México entra en un movimiento mundial cuyo objetivo común explícito ha sido la ruptura de la “hegemonía neoliberal”. Lo que este ensayo aborda no es cómo ese objetivo se traduce en el diseño e implementación de un programa económico alternativo al neoliberalismo, sino cómo el mero intento de trascender la hegemonía neoliberal y construir una “contrahegemonía” ha influido en el modo en que se entiende la política y se politiza a grupos sociales o audiencias.

Hegemonía y contrahegemonía en América Latina

La “hegemonía”, según la definición clásica de Antonio Gramsci, se refiere al conjunto de medios no coercitivos que emplea la clase en el poder para mantener dominadas a las clases subalternas. Por ello, todo proyecto revolucionario necesita erigir su contrahegemonía cultural como complemento de la batalla en el plano del poder político y el modelo económico.

De acuerdo con Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, la teoría de Gramsci sobre la hegemonía surgió como una respuesta a un no evento: los levantamientos revolucionarios por parte del proletariado, que la teoría marxista de la historia consideraba inevitables, simplemente no ocurrieron. En la medida en que el marxismo anterior a Gramsci, como ideología oficial de los regímenes del llamado socialismo real, fue perdiendo atractivo en el repertorio ideológico y estratégico de los movimientos de izquierda, el campo de los estudios culturales ofreció un refugio para los teóricos de la hegemonía y un espacio para experimentar en el terreno de la literatura, las artes y la producción cultural en general.

Mouffe y Laclau trajeron de vuelta el concepto de “hegemonía” a la lucha por el poder político justo a tiempo para incidir en dos cosas: en la crítica del neoliberalismo como pensamiento “hegemónico” y en la construcción de una contrahegemonía que respondiera a la etapa neoliberal. El resultado es la teoría populista, en que la contrahegemonía se construye alrededor de una demanda que predomina (“hegemoniza”) sobre las demás. A su vez, el discurso populista cementa un bloque popular, enfrentado irreductiblemente al bloque del poder, ante el cual se define por contraste, para producir nuevos valores y modelos de gestión pública.

Podemos en España fue el primer movimiento explícitamente populista, fundado por jóvenes profesores universitarios bien versados en la teoría. El chavismo nunca reclamó para sí el manto intelectual laclauiano, pero la lógica con la que construyó su identidad política es casi un tipo de ideal populista. Más directo fue el involucramiento de Ernesto Laclau como asesor de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández en Argentina. Kirchner, un oscuro gobernador de los páramos australes, logró consolidar un poderoso bloque popular una vez en el poder, ubicando a una omnipresente “oligarquía” como el enemigo irreductible.

En otros países latinoamericanos, el impacto de la teoría laclauiana fue menos obvio, pero varios de sus elementos son discernibles en la política de confrontación permanente de Rafael Correa, la creación de una coalición fuera de los ejes tradicionales izquierda-derecha que llevó a Daniel Ortega de regreso al poder y, por supuesto, la exitosa estrategia de López Obrador, con su “mafia del poder” como némesis y la postulación de la lucha anticorrupción como “significante vacío” y centro de todo discurso público.

Al denunciar que la despolitización de las decisiones de política económica constituía un secuestro de la democracia, la contrahegemonía posneoliberal se ha propuesto repolitizar todos los aspectos de la vida pública y aún más. Toda interacción social se ha convertido en un espacio para construir la contrahegemonía. La pregunta es si esta hiperpolitización logra acrecentar la participación ciudadana en la toma de decisiones o, por el contrario, diluye y banaliza la energía cívica, disminuyendo la capacidad de la sociedad de incidir en las políticas de gobierno y aumentando la discrecionalidad de los políticos y funcionarios públicos.

La batalla por la hegemonía y la guerra de relatos

Además de la filosofía de Gramsci, el populismo de Laclau descansa en gran medida en la vieja semiología de Ferdinand de Saussure, las teorías de los actos discursivos y la función performativa del lenguaje, especialmente John L. Austin y Roland Barthes. La función creadora del discurso es un pilar fundamental del populismo. En ella radica su capacidad de politizar masivamente a individuos y grupos sociales, pero también es el origen de sus excesos.

El discurso populista no se conforma con complementar la capacidad descriptiva del lenguaje con el recurso performativo, sino que cancela la función descriptiva del discurso y la sustituye por la pura performatividad. Cuando el dirigente populista proclama que “el pueblo rechaza completamente a la mafia del poder”, esas palabras no se refieren a ningún grupo determinado y comprensible que exista fuera de dicho enunciado: un grupo particular de ciudadanos, un segmento socioeconómico mensurable. El discurso por sí solo crea al “pueblo” y a la “mafia del poder”, al tiempo que postula su oposición irreductible.

Así, el discurso político abandona los juicios de hecho o de valor y entra con ello en el terreno del “relato”. La “contrahegemonía” así construida es un edificio de relatos diametralmente opuestos al relato “hegemónico” del “poder”. Incluso las políticas públicas pueden ser un espacio para el despliegue de esta lógica política. Por ejemplo, el memorando del presidente López Obrador para, de acuerdo con su anuncio, cancelar la reforma educativa de 2013, sin ninguna fundamentación jurídica y fácilmente impugnable ante los tribunales, era solo un performance dirigido a sus seguidores para movilizar el apoyo bajo un discurso compartido, que describía la reforma impugnada y la que ellos promovían en términos absolutamente contrarios.

El filósofo Slavoj Žižek suele defender la utilidad táctica, y por ende coyuntural y temporal, de los recursos discursivos populistas. En la práctica, el populismo es un instrumento muy a la mano para prender la chispa de la politización. Como he mencionado con anterioridad, una de las críticas más comunes que la izquierda hace al neoliberalismo es su pretensión de despolitizar la toma de decisiones en materia de política económica bajo el entendido de que esta es una esfera de conocimiento especializado, “científico” y basado en verdades autoevidentes. Frente a esta hegemonía del pensamiento económico científico y escépticamente despolitizado –expresada también como un sistema de valores centrado en el logro y la independencia individuales, el retiro del Estado y la mercantilización de bienes sociales como la salud y la educación–, el movimiento contrahegemónico busca posicionar un relato en las antípodas del primero. Para Žižek, este primer acto es en cierta medida insurreccional dado que facilita la irrupción de sectores sociales previamente excluidos del debate “científico” sobre la economía y produce una sacudida democrática (“telúrica”, la llama Podemos).

En la práctica, sin embargo, posicionar un relato contrahegemónico, a fin de revertir los excesos excluyentes de cierto pensamiento hegemónico, termina destruyendo los cimientos que le son comunes con otras áreas de la actividad humana. Así, el relato contrahegemónico no se limita a desmontar el monopolio que ejercen los científicos sociales en la discusión de diversos problemas, sino que ataca al pensamiento científico en general, al que se acusa de “racionalista, hegemónico y colonizador”.

En el terreno de las instituciones políticas, la vieja crítica de la izquierda al “excesivo” apego de los liberales a los aspectos “formales” de la democracia y el abandono de sus aspectos “sustantivos” se traduce en la abolición de toda pretensión de formalidad.

Esta actitud, que inicia como escepticismo y crítica saludables, no hacia las ciencias sociales, las instituciones o los procesos democráticos formales en sí, sino a su pretendida infalibilidad y sus usos excluyentes, acaba por destruir toda forma de validación del discurso público exterior a este y a las fuentes de la legitimidad política. El resultado es una aturdidora guerra de relatos.

Saldos de la hiperpolitización

En la construcción de relatos contrahegemónicos “desde abajo” toda vivencia individual tiene valor narrativo. Las redes sociales permiten la reproducción ad infinitum de cada perspectiva personal, pero no existen mecanismos ampliamente aceptados que permitan el filtro, la agregación, la sistematización y la representación de lo individual de manera que propicie una comunicación con referentes y criterios de validación comunes. Cada enunciado personal tiene valor absoluto, por supuesto para quien lo emite, pero también para los que comparten el mismo espacio público. Por ello, el discurso político de nuestros días está lleno no solo de relatos banales, sino que, peor aún, adolece de una falsa equivalencia que, por ejemplo, otorga igual valor a una descripción científica sobre la vacunación que a la opinión de alguien que “siente” que las vacunas son dañinas.

Todo ello, traducido en términos políticos, significa que, si bien los relatos contrahegemónicos de nuestros días parecen fomentar una radical redistribución horizontal de la acción política, en realidad podríamos estar viviendo un momento de despolitización masiva. Convertir, como lo hacen las redes sociales, cada interacción en un sitio de competencia, en primer lugar, por imponer una serie de conceptos y significados, ha traído consigo que los contenidos concretos del discurso político se hayan diluido. En una época en que cualquiera puede obtener información en un tiempo mucho menor a lo que tardaba un experto hace cinco décadas, nuestros debates son bastante desinformados.

La consecuencia no es para ignorarse. Reducidas las formas sustantivas en que el ciudadano puede incidir en las decisiones políticas, el poder parece estar involucionando a su forma más primigenia. En Venezuela, el primer país de la marea rosa donde triunfó esta contrahegemonía, cada día trae consigo batallas apocalípticas donde el único objetivo es sobrevivir. El país de los círculos bolivarianos, comités de barrio y otras tantas formas de supuesta democracia directa, es ahora el primer ejemplo de una sociedad pospolítica, en la medida en que los sitios tradicionales de la incidencia política –las instituciones, las políticas públicas, el debate público– han dejado prácticamente de existir. A su vez, Estados Unidos tiene una tradición de solidez institucional mucho más larga que la de Venezuela, pero está viviendo el colapso de su esfera pública a nivel nacional y sus ámbitos de gobierno ya no pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en qué constituye un delito. El caso estadounidense, como otros casos de populismo xenofóbico de ultraderecha –Hungría, Polonia, Brasil y otros más–, debería ser una seria llamada de atención para quienes piensan que el populismo es una forma viable de repolitización desde la izquierda.

En México estamos aún lejos de los casos extremos de colapso político o degeneración acelerada del debate público, pero sí podemos estar a las puertas de una despolitización generalizada. La prisa del presidente López Obrador por “hacer historia” antes de que la historia transcurra puede empezar a revertir los procesos de participación ciudadana que con tanto esfuerzo se fueron construyendo desde hace varias décadas. Al banalizar y pervertir mecanismos de participación social, como las consultas ciudadanas, despojándolos de todo apego a los procedimientos establecidos, el presidente está en los hechos despolitizando la toma de decisiones sobre proyectos de infraestructura.

De la misma manera, al convertir cada conferencia de prensa mañanera en una plataforma para emitir su relato sin la posibilidad de contrastar datos y rendir cuentas, López Obrador está socavando la interlocución posible del poder con la sociedad. Todo ello, mientras repite sin cansancio sus edictos sobre el fin del neoliberalismo. Quizá no haya habido gobernante alguno en América Latina y el mundo que se haya tomado menos la molestia de sustituir el relato neoliberal por otro que tuviera un mínimo de coherencia. Sus certificados de muerte al neoliberalismo no son más que una demostración de fuerza, aunque en los hechos la contrahegemonía lopezobradorista sea casi indistinguible de la vieja hegemonía neoliberal, solo que con guirnaldas de flores.

El eterno regreso de la sociedad civil

Gramsci no tiene la culpa, así como tampoco la tuvo Marx. En la actualidad somos testigos de la vulgarización de la teoría de la contrahegemonía, entendida como la simple proliferación de relatos diametralmente opuestos a lo que sea que se diga desde el poder, más cuando a quienes ostentan ese poder se les cuelga el sambenito de “neoliberales”. Esto no es muy diferente a la forma en que la vieja teoría marxista de la historia se enseñaba, en las escuelas de cuadros, como mero “determinismo histórico”.

Pero la atomización de los relatos es también la fragmentación de la sociedad civil. El individuo, desprovisto de la urgencia de hacer causa común con sus semejantes para hacer oír su opinión o defender sus intereses, se atrinchera en su zona de hiperactivismo. Paradójicamente, su capacidad de incidencia es inversamente proporcional a la visibilidad de sus enunciados. ¿Cómo revertir esta situación?

En primer lugar, resistiendo la urgencia de la satisfacción inmediata. La multiplicación de los relatos se basa en la capacidad de reacción instantánea, con una fuerza equivalente, pero en el sentido opuesto. Si el relato contrario dice “blanco”, el hiperactivista dice “negro” sin pensársela mucho. La estrategia de (re)politización de nuestros días debe comenzar por introducir algún tipo de mediación entre la exposición de un relato y su respuesta. Esto implicaría crear o retomar espacios que permitan tanto el acceso a la información, como su validación, análisis y procesamiento. El propósito sería generar respuestas colectivas donde la perspectiva individual se oriente hacia un interés general. Esta ha sido siempre la función de la membresía en organizaciones como los sindicatos, las asociaciones vecinales, las agrupaciones profesionales, etcétera. Ello requiere recuperar a la sociedad civil como sitio de agregación y representación de intereses y formación de una opinión pública informada.

Aunque el presidente está decidido a repetir un mismo relato ramplón cada día hasta que se acepte que ha “hecho historia”, y a la vez gobernar mediante la llana imposición, su gestión tiene distintas tendencias, algunas de las cuales, como la política laboral, pueden revitalizar la representación eficaz y democrática de los intereses. Fortalecer esa vía y abrir otras similares es una forma de contrarrestar la dilución de la política en el mar de los relatos y de prevenir la despolitización de la sociedad. Salir de la oposición hegemonía/contrahegemonía que reduce la política a la confrontación frontal permanente.

Una sociedad civil efectivamente politizada a través de una robusta tradición de debate sustantivo, representación de intereses y capacidad de llamar a cuentas al poder, no se presta a ser cooptada en la lógica simplista de aliado versus adversario. Ese es el antídoto tanto para la guerra de relatos vacuos, como para la reinstauración del poder bruto. ~

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/revista/gramsci-no-tiene-la-culpa

Dónde perdimos la brújula

Por Raúl Zibechi

Los asesinatos de la brasileña Marielle Franco (marzo de 2018) y de la hondureña Berta Cáceres (marzo de 2016) fueron crímenes políticos, algo en lo que coinciden movimientos, partidos de izquierda e intelectuales progresistas. Ambas eran mujeres de abajo y del color de la tierra, feministas que resistían el patriarcado y el capitalismo. Con toda razón se achacaron sus crímenes a la alianza entre empresas multinacionales, gobiernos y milicias paramilitares, que en cada país adquiere formas distintas pero siempre favorecen al 1 por ciento más poderoso.

La vida del campesino náhuatl Samir Flores tenía muchas similitudes con las de Berta y Marielle: nació abajo y resistió el capitalismo neoliberal que en su tierra (Amilcingo, Morelos) se concreta en grandes obras de infraestructura, igual que en Honduras, donde Berta resistió un proyecto hidroeléctrico para el desarrollo del país. Tres personas que vivieron y murieron de pie, defendiendo la dignidad de sus pueblos convertidos en obstáculo para la acumulación de capital.

Siendo los contextos de los crímenes tan similares, debe entenderse porqué académicos y profesionales que se dicen progresistas, establecen diferencias y exigen no politizar el asesinato de Samir, al que consideran además una cuestión policial. Tres crímenes de Estado, como los de Ayotzinapa, de los cuales siempre hemos responsabilizado a los gobiernos en turno.

Lo único que justificaría un tratamiento diferente es que en Brasil y Honduras se trata de gobiernos de derecha, acusados de complicidad con los crímenes, mientras en México el discurso progresista del actual gobierno (que no sus acciones), lo exculparían de cualquier responsabilidad. A mi modo de ver, estamos ante un argumento mezquino y pobre.

Es evidente que los discursos y las palabras no pueden modificar los hechos y, sobre todo, no tiene sentido aplicar raseros diferentes a situaciones similares. Si Ayotzinapa fue responsabilidad del gobierno de Peña Nieto, si Marielle y Berta fueron responsabilidad de sus respectivos gobiernos, no hay modo de eludir la responsabilidad del asesinato de Samir.

Por ese camino se llega a una extravío de difícil retorno, lindero con la aberración. El mayor desatino de las izquierdas del continente se llama, por ahora, Nicaragua. Daniel Ortega no pierde oportunidad de mentar su supuesto antimperialismo, mientras su gobierno, según reciente informe de Amnistía Internacional, sigue instaurando un ambiente de terror, donde cualquier intento por ejercer la libertad de expresión y el derecho a reunión pacífica es castigado con represión (https://bit.ly/2GyYFvy).

La comandante sandinista Mónica Baltodano denuncia las penosas condiciones carcelarias de los presos, enfermos por el consumo de aguas putrefactas y condiciones sanitarias lamentables. Según Baltodano, nunca hubo tal cantidad de presos en Nicaragua, que sufren peores condiciones que los presos de Somoza como lo fue ella misma (https://bit.ly/2IgjVqC).

En Nicaragua se tortura a los detenidos con los métodos salvajes de las dictaduras (https://bit.ly/2wCEJmQ). Pero buena parte de la izquierda sigue apoyando al régimen neosomocista de Ortega, incluyendo algunos intelectuales. En este periodo incierto de decadencia imperial y de las izquierdas, las palabras no valen nada o, parafraseando al poeta, ciertas voces valen menos, mucho menos que el orín de los perros.

Se ha convertido en norma que las palabras enmascaren realidades que se pretenden ocultar, porque resulta incómodo aceptarlas.

El progresismo es, en primer lugar, una construcción discursiva. Solamente discursiva porque no produce cambios estructurales. La clave de cualquier transformación verdadera no es otra que el poder popular, las decisiones que emanan de los de abajo, no las políticas de arriba, por más revolucionarias que se digan. Este punto es tan decisivo, que podría incluso definirse revolución no por la toma del poder, sino por la organización masiva de los de abajo, del modo que decidan.

En segundo lugar, el centro del conflicto del progresismo es contra los pueblos y no contra el capital y las derechas, como pretenden los intelectuales progres. Este punto es nodal y es el que permite establecer diferencias entre los progresismos (acomodados a la relación de fuerzas heredadas y limitados a gestionar lo existente) y otros procesos que, mal que bien, pretenden superar el estado actual de las cosas.

Los enemigos que ataca el progresismo, son el pueblo mapuche (al que se le aplicó la ley antiterrorista), los movimientos de junio de 2013 en Brasil, y los pueblos originarios, en general y ahora los de México en particular, entre los más evidentes.

La brújula que se perdió es la ética. Que no se recupera con discursos sino escuchando a los pueblos, aceptando sus decisiones colectivas que, nunca en cinco siglos, pudieron ser encajonadas en envases institucionales. Lo demás es verborrea hueca que sólo pretende amparar a los de arriba ninguneando a los pueblos.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2019/06/07/opinion/018a2pol