La superstición del salario

Por Ezequiel Gatto

El entrevistador se asoma al vértigo de algo que se disemina en esta crónica de la charla con el filósofo Franco Berardi, Bifo, quien habló del futuro sombrío sin abandonar el goce político.

I

Es uno de esos atardeceres que justifican vivir en esta ciudad. Franco Berardi, Claudia –su compañera– y yo, caminamos por calle Catamarca mientras conversamos. Bifo dice que éste era un buen momento para venir porque en unos años le será más difícil. Tiene 69 años. Calcula su propia muerte para decidir los movimientos que hace. Le digo que me alegra que haya decidido conocer Rosario. Cuando llegamos a la puerta del sindicato le explico rápidamente lo que sé de la vida actual y reciente de Empleados de Comercio. Entramos a la sala donde junto a Adriano Peirone conversaremos públicamente con Bifo invitados por la Facultad Libre. Noto que ríe, parece alegre de estar acá. Saluda, lo saludan. Mientras proceso mis nervios como puedo, le cuento a esta pareja de italianos que, como ellos, viví en Bologna. “Un año como repositor de jugos en el Ipercoop de Porta Lame”, les tiro, sabiendo que es casi imposible que ese elemento tan banalmente cotidiano no les cause gracia. Explotan. Yo me río con ellos.

Asomo la cabeza por entre el telón para ver si hay gente. Está repleto. Veo amigxs, conocidxs, rostros familiares a los que no les puedo poner nombre y desconocidos. Pibxs de veinti, personas de sesenti y, nosotrxs, los casi cuarenti. Las butacas no alcanzaron así que hay gente sentada en los pasillos del teatro. Circulan mates, se alistan cuadernos y anotadores, las pantallas de algunos teléfonos blanquean las caras de sus usuarios, otros rostros están concentrados en los libros que trajeron de sus casas o acabaron de comprar. Cae sobre todxs ellxs una luz entre amarilla y naranja que me transmite tranquilidad. La luz y el sonido son factores decisivos para nuestra sensibilidad. Vuelvo a pensar en el actual cambio de la luminaria urbana de la ciudad, una mezcla de apelaciones al costo y a la seguridad está haciendo volver a la luz blanca, incandescente, omnipresente. La luz naranja relaja, la blanca estimula. ¿Más estimulación necesitamos?

Vuelvo al teatro, a la gente que fue. Me pregunto cómo habrán llegado a leer a Bifo ¿En algún colectivo u espacio político? ¿En internet? ¿En la facultad? ¿Por amigos, docentes, compañeros, libreros, editores? La producción y circulación de libros tiene muchas modalidades (impresa, digital, privativa, colaborativa, feriante): ¿por cuál de ellas habrán llegado a títulos como Generación Post Alfa (2007), Félix (2013), La sublevación (2014), El trabajo del alma (2016), Fenomenología del fin (2017)? ¿Qué inquietudes, problemas y apuestas los retuvieron en esos textos? ¿Qué leyeron de Bifo que les hizo decir “esto está buenísimo, esto me sirve”? ¿Con qué no están de acuerdo?

¿Y qué hay de la efectividad? ¿En qué química social local hay un componente bifiano activo? ¿Qué clase de traducciones han tenido lugar? Me hago estas preguntas sin demasiado ánimo de responderlas: más aún, sin deseo de responderlas. No me interesa contestarlas sino disfrutar del vértigo de algo que se disemina, se diversifica y multiplica. Es casi un goce contemplativo, un goce político contemplativo.

II

Mientras repaso las preguntas que armé, escucho aplausos. Bifo y Adriano ya están sentados en la mesa, listos para arrancar la conversación. Luego de los agradecimientos y las presentaciones, le pedimos a Bifo que empiece hablando de Futurability, su último libro todavía no publicado en español. Toma el micrófono, sabiendo que lo primero es ir al punto donde late la objeción. Abre la boca y espanta un fantasma, que no es el del comunismo:

“Algunos amigos me dicen ‘Tienes que ver un médico, las cosas que escribes son demasiado pesimistas. Tienes que estar deprimido’. La verdad es que no lo estoy. Me parece que soy un materialista, y como materialista mi tendencia, mi deseo y mi actividad no es prever el futuro. Los materialistas no son profetas. Es analizar el presente. Y cuando analizo el presente, las cosas se han vuelto muy sombrías. Y en el presente podemos, no digo leer el futuro sino individuar tendencias, fuerzas, formas imaginarias que contienen mucho de lo que no puede no desarrollarse en el tiempo que viene. Y en esta actividad me di cuenta del hecho que la década que viene está marcada: el nazismo vuelve en larga parte del mundo. No quiero ser demasiado asertivo, pero veo desde las Filipinas a Estados Unidos, a la Italia a la Hungría, a la Rusia, a la Argentina de Macri. Es una tendencia clara hacia la violencia y el regreso de la esclavitud y la guerra. Me  parece inscripto en el presente. Y como los amigos me dicen ‘Estás deprimido, querido, tiene que ver un médico’, he decidido escribir un libro donde no hablo de este futuro sombrío”.

Hubo un tiempo, hace diez años atrás, en que lo leíamos y nos parecía que estaba yendo hacia una versión posobrerista del Apocalipsis. Ahora, un colapso financiero global, una masa social que pide venganza (y ya no reparación), un cambio de gobierno y un terremoto regional que amontonó muchas cosas a la derecha después, sus indicaciones se volvieron datos de lo cotidiano. En ese escenario, creo que no sólo sus amigos lo han interpelado por lo sombrío: intuyo que él mismo decidió empezar a buscar los puntos de potencia que nos saquen de esto. Lo escucho y me acuerdo de Heráclito. Debe ser por lo de “Oscuro”, pero también por lo de pensar el cambio y ser uno mismo capaz de cambiar. Y de cambiar el modo de pensar los cambios. Futurability es la búsqueda de la posibilidad. Una pequeña revolución copernicana que pone el eje donde antes estaba el margen: “En Futurability intento analizar el presente e implícitamente definir la tendencia hacia la cual estamos andando, pero al mismo tiempo intento decir que la posibilidad no está cancelada. Si el poder es la imposición de una forma sobre las muchas posibilidades y la potencia es la energía que hace posible el desarrollo de una posibilidad, la posibilidad es un campo que tiene el carácter de ser no infinito pero múltiple, hay muchas posibilidades en cada instante”.

Ezequiel Gato, Adriano Peirone, Franco “Bifo” Berardi

III

Está lloviendo mierda, un cáncer de locura, odio y tristeza se esparce por los cuerpos y experiencias, y a veces a uno le queda la sensación que preguntar es un lujo o un bien superfluo. Me digo que no, que es también por no preguntar que se arman las catástrofes. Le preguntamos, lxs que estábamos sentados a su lado y en las butacas y el piso, por la memoria y la transmisión generacional, por la imaginación y la política, por el vínculo entre trabajo y salario, por los memes como comunicación política, por el feminismo y las alternativas, por los riesgos del desempleo en Argentina. De mi parte, hay una pregunta que hace tiempo que me gustaría hacerle a Bifo. Sobre las alternativas a la economía de las finanzas, el endeudamiento, los salarios a la baja y la expansión de cierta desalarización (que llaman emprendedurismo pero es un monotributismo precario) que no tiene nada de liberador. Sé que se la voy a hacer cuando lo escucho decir:

 ¿Qué hay de posible hoy que no podemos ver debido a la Gestalt dominante? Un desarrollo del conocimiento y la tecnología según los intereses de la mayoría de la sociedad. ¿Es una desgracia si, por la inteligencia artificial, desaparece el 50% de los empleos? No, no lo es. Es una posibilidad extremadamente rica”. Y: “Autonomía significa tener la capacidad de desarrollar la posibilidad por fuera del dominio del capital. Esto, que es muy bueno a nivel teórico, siempre choca con la respuesta que viene del capital. Por eso no se puede olvidar un elemento antagónico, pero el acento tiene que estar puesto sobre la autonomía”. Y: “¿Qué expectativas tenemos? ¿Qué estamos esperando? Aquí entra el problema de la imaginación. ¿Puedo esperar volar? No. ¿Puedo imaginar vivir en condiciones que no sean de esclavitud? Actualmente, no. Pero es posible. Es posible pero no lo vemos, es posible pero no la imaginamos”.

Entonces, le cito algo que escribió en El trabajo del alma (2016) y le pregunto sobre las experiencias y deseos poscapitalistas: “¿Detectas alternativas en ciertas formas y prácticas económicas actuales? Y ¿cómo pensás la salida del salariado, y de la deuda, que impiden el desarrollo de otras posibilidades?” Garabatea algo en su cuaderno, se toma un instante para hacer la logística de sus ideas y dice:

“Antes que nada, hay que dar una definición de riqueza. No hemos entendido bien qué significa riqueza. En el tiempo capitalista y al interior del patriarcado es esencialmente un concepto acumulativo. La acumulación como pulsión patriarcal de objetivación. Pero riqueza es la posibilidad de gozar. Parece escandaloso pero es sencillo. Además, hemos aceptado la superstición del salario, la idea de que si no trabajas no puedes sobrevivir. Es una creencia que se superpone a la realidad y transforma las posibilidades en una Gestalt. El salario es una fuerza, una imposición. Hoy ya no es necesario. La potencia de la tecnología nos ofrece la posibilidad de emanciparnos del trabajo. Yo no estoy proponiendo la pereza generalizada, lo que estoy proponiendo es una liberación de la actividad humana de la forma salarial.”

Pienso que Bifo retoma al Marx y el Engels de la Ideología Alemana cuando dan aquella célebre definición del comunismo –compuesta por dos tercios campesinos, un tercio literario y, llamativamente, cero elemento industrial: “apacentar el ganado, pescar, hacer crítica literaria”– como un tipo de organización del trabajo y la sociedad que no fuerza a quedar fijado en una posición para garantizarse la subsistencia, dando “a cada uno según sus necesidades y recibiendo de cada uno según sus posibilidades”, permitiendo el desarrollo de diferentes capacidades. Un comunismo genérico. Bifo se apuntala ahí, pero deja de lado la hipótesis esencialista de Marx, que suponía que así habíamos sido en un comienzo (el comunismo primitivo) y que la división del trabajo nos había convertido en esclavos de las separaciones humanamente producidas, que el comunismo vendría a re-unir y superar.

Sometiendo la cuestión del trabajo a la riqueza de disponer del propio tiempo, Bifo radicaliza esta versión de la actividad venciendo al trabajo y, así, toma posición frente a la otra gran perspectiva que ha definido la cultura obrera: la que reivindica al trabajo no sólo como productor de valores sino como principio identitario y modo de producir mundo. Rechazo o apropiación. Esa tensión entre la riqueza del tiempo y la cuestión del trabajo como modo de adscripción, es un aspecto que deja (o vuelve) a dejar planteado un dilema que, incluso con las grandes diferencias entre las condiciones europeas y las argentinas, no cesa de ser una tensión política fundamental.  Creo que esa discusión, ramificada de múltiples maneras y expresada en innumerables tópicos (empleo y desocupación, derechos sociales, inteligencia artificial, trabajo y feminismo, la producción no remunerada de información, renta universal, 1% vs. 99%, salario ciudadano, etc.) la seguiremos teniendo durante un buen tiempo. Me quedo pensando en que necesitamos una investigación amplia y articulada sobre las prácticas concretas que hoy construyen mundos poscapitalistas, para multiplicarlas, pensarlas, visibilizarlas; para tirar del hilo de las posibilidades, para devenir tendencia.

IV

Encontrarse con alguien que uno ha leído no siempre garantiza un buen encuentro. A veces es mejor no conocer a los autores. Los nervios, no tener nada para decirse fuera de los textos, la hosquedad y la timidez, entre tantas otras posibilidades, pueden aparecer y teñir de un gris real a la fantasía multicolor. Viceversa, llegar con expectativas muy bajas puede resolverse en una alegre sorpresa. Esta vez las expectativas eran altas y lo que sucedió nos dejó a muchxs entusiasmadxs,  pensando que un diagnóstico, aunque oscuro, si bueno, es luminoso; que algunas provocaciones son como umbrales para abrir el juego.

Durante toda la charla, presté atención a la gesticulación de Bifo. Piensa con las manos, me dije en un momento. Las usa como un actor dramático, de una obra de Shakespeare o de Fritz Lang, o como he visto en fotos que gesticulaba Foucault. Palmas hacia arriba, dedos flexionados. Forman un conjunto tenso que aferra una idea. Que no se ve, pero está ahí, entre las manos. Las ideas, pienso cuando miro a Bifo hablar, son eso que, muchas veces, hace hacer a las manos.

Fuente: http://revistarea.com/la-actividad-contra-el-trabajo/

Notas al margen sobre las Memorias de Daniel Bensaïd

Por Gilbert Achcar

Ningún intelectual ha encarnado mejor y tanto tiempo el espíritu (revolucionario) de Mayo de 1968 como Daniel Bensaïd.

Es conocida la categoría gramsciana de intelectuales orgánicos, ya sean los que produce la clase dominante con el fin de asentar su hegemonía ideológico-cultural como los que emergen en el combate contra-hegemónico llevado a cabo por las capas subversivas del orden social establecido. ¿Pero cómo calificar a Daniel, intelectual sesentayochista por excelencia, representante de un espíritu revolucionario que se apoderó del movimiento de masas en el tiempo de algunas mañanas, antes de contraerse como cuero viejo con el paso de los años hasta el punto de que en su décimo aniversario no era ya más que un recuerdo lejano en la conciencia colectiva de la gran mayoría de sus actores?

“En 1978 ya había pasado el coche-escoba de la Unión (y de la desunión) de la izquierda […] Duelo por las grandes esperanzas y entierro sin mucha pompa del cambio anunciado.» (p. 93.) Con el paso de una década a otra –1978, 1988, 1998, 2008– el Mayo de los revolucionarios de 1968 se ha visto cada vez más ahogado por la recuperación de la ideología dominante, hasta el punto de tener que resignarse a «admitir que no hay un único “espíritu de Mayo”, sino espíritus en plural, su Mayo y el nuestro, que se opone tanto a su confiscación liberal aí como a su denigración regresiva”. (p. 105.)

Las primeras páginas de las Memorias de Daniel Bensaïd expresan muy bien su indignada protesta frente al ejército de renegados y embaucadores del espíritu original del Mayo francés.

¿Cómo designar por tanto a un intelectual que representa la continuidad minoritaria de un momento fugaz de radicalización, mucho más efímero, superficial e infinitamente menos trágico que la Comuna de París, que produjo sus comunerosconvertidos con los años en antiguos, como el abuelo materno de Daniel, comunero a los catorce años? Dejando asomar un punto de orgullo, el impaciente destaca su vinculación con la tradición revolucionaria francesa por parte de esta línea materna, tanto por la experiencia real del abuelo como por el imaginario de los ascendientes de este último (“me gusta pensar que pudieron participar en aquellos primeros círculos subversivos que Marx y Engels frecuentaron en 1844, durante su estancia parisina”, p. 33).

Propondría llamarlo intelectual simbólico, remitiéndome a uno de los sentidos que los diccionarios dan al término símbolo, sentido tomado, al parecer, de una definición de Alfred de Vigny en 1830: “persona que encarna, personifica de manera ejemplar”. Daniel Bensaïd sin duda ha encarnado, personificado de manera ejemplar el Mayo 1968 francés. Ya por este mismo hecho, se situaba en la continuidad de la larga serie de irrupciones revolucionarias –1789, 1792, 1830, 1848, 1871– que marcó el tiempo largo de la Revolución francesa, como identificó François Furet a la vista de los sobresaltos del ciclo revolucionario inaugurado a finales del siglo 18.

Los actores más jóvenes de la gran revolución fallida de 1968 constituían de forma manifiesta la herencia de estos sobresaltos, mientras la masa de participantes de más edad, encuadrada por los verdaderos intelectuales orgánicos de la clase obrera francesa del momento, creía encontrarse ante un remake de la huelga general de 1936 (en la cual la conmemoración de la Comuna de París constituyó un momento álgido, dicho sea de paso), un remake en que los Acuerdos de Grenelle debían preceder a la victoria electoral de un nuevo Frente Popular en vez de sucederla, como ocurrió con los Acuerdos de Matignon en 1936. Lo cierto es que el resurgimiento de gorros frigios en las grandes mareas humanas de 1968 testimoniaba esta continuidad de la tradición revolucionaria francesa. Más allá del simple espíritu de Mayo, Daniel Bensaïd encarnaba el conjunto de esta herencia, en su punto más alto –hasta el punto de que tomó parte en la batalla del bicentenario en 1989 personificando literalmente a la Revolución, con un libro redactado en primera persona, Yo, la Revolución: Remembranzas de una bicentenaria indigna (haciendo un guiño a La Vieja Dama indigna de René Allio).

En mayo de 1968, sin embargo, Daniel se reconocía sobre todo en la figura de Ernesto CheGuevara, a media distancia de las figuras de Mao y de Trotsky que constituían con la del Che la tríada legendaria de la radicalización estudiantil – sin olvidar la tendencia libertaria que se encarnó más bien en la figura de proa de esta radicalización representada por otro Daniel, sobre el que hicieron hincapié el poder y los medios de comunicación. Resulta que los dos Daniel, Bensaïd y Cohn-Bendit, fueron los principales animadores del Movimiento del 22 de Marzo, que partiendo de Nanterre iba a encender el fuego en el llano universitario. El Judío alemán de 1968 se ha impuesto históricamente como el intelectual orgánico por excelencia de la generación real de estudiantes sesentayochistas, pasados en su gran mayoría de una erupción revolucionaria, que resultó pubertaria, al estado de bobos, cuyo horizonte insuperable se ha vuelto la mejora de las condiciones ecológicas –una generación pasada, en suma, del rojo y negro al verde pálido, cruzado con rosa claro. Por su parte, el hijo de judío argelino, de nombre árabe, el episodio glorioso de 1968 expresaba sobre todo la persistencia del espíritu revolucionario, a contra-corriente de la evolución de la masa realmente existente de sus actores; de ahí su calificación de intelectual simbólico.

Todo revolucionario que piense que su deber es hacer la revolución, según la famosa fórmula del Che, es forzosamente voluntarista, la propia expresión lo es de manera suprema, al igual que lo es, si no más, la fórmula leninista del revolucionario profesional. Daniel estuvo eminentemente impregnado de este “voluntarismo político, galvanizado por la iluminación todavía activa del acontecimiento” (p. 117). Sus años más voluntaristas cubren básicamente la primera década que va de 1968 –del Mayo francés de aspecto festivo, ocurrido justo tras la ofensiva vietnamita que inauguró este annus horribilis para el sistema capitalista mundial– al final amargo de las ilusiones, con el telón de fondo del aborto del proceso revolucionario en Portugal y, en Indochina, el paso de la imagen de un Vietnam heroico a la de una Camboya de pesadilla, que el primero no tardó en invadir. El reflujo de la gran ola de 1968 se caracterizó por la reconversión de un puñado de intelectuales sesentayochistas en profesionales del marketing de un pensamiento nulo, en palabras de Deleuze.

Los “vuelos líricos” de los futuros “nuevos filósofos” en el inmediato post-1968 fueron sin embargo mucho más “delirantes” (p. 93) que la exageración voluntarista del alcance del acontecimiento que traducía la obra redactada en caliente en 1968 por Daniel Bensaïd y Henri Weber, Mayo 68: un ensayo general, una obra cuyo título constituye por sí mismo todo un programa. De estos años de hiper-voluntarismo, Daniel habla en dos capítulos de sus Memorias, con títulos evocadores: “La historia nos mordisqueaba la nuca” –se puede apreciar la desencantada atenuación de la expresión original lanzada por Daniel, cuando la historia mordíacon buenos dientes, expresión que constituyó la “máxima de nuestra impaciencia revolucionaria” (p. 126); “El tiempo del leninismo apresurado”, cuyas raíces se sumergen en la elaboración teórica de un “(ultra) leninismo, obnubilado por el momento paroxístico de la toma del poder” (p. 127), inspirado por el Lenin de Lukacs muy articulado en torno a la actualidad de la revolución.

El gusto a plomo que dejaron estos años locos –sobre todo en la experiencia edificante que fueron las incursiones de Daniel en América Latina, en particular en Argentina, al ritmo de la ola guevarista que acabó por reproducir el fracaso boliviano del Che, sin lograr extraer las lecciones adecuadas– se vislumbra en este comentario sorprendente, casi enigmático, que cierra el capítulo titulado “La violencia domesticada”. Daniel, revolucionario impenitente, decididamente alérgico a todo legalismo, se resigna mal al abandono de la violencia revolucionaria programada: quiere más bien

“esforzarse por disciplinarla y domesticarla, lo que supone desarrollar una nueva cultura jurídica y una cultura de la propia violencia. […] Algunos códigos militares y algunas artes marciales han esbozado pasos en esta dirección” (p.232).

Durante la segunda década post-sesentayochista, Daniel partirá bajo otros cielos en busca del Graal revolucionario– sobre todo Brasil, y también México. Nuevas decepciones, con un PT brasileño que confirmó su acelerado aprendizaje de la trayectoria histórica de la social-democracia europea, pasando en pocos años del socialismo radical al reformismo electoralista, esperando insertarse en la mutación social-liberal de la era de la mundialización. Y con un dirigente campesino trotskysta mexicano que parece inspirado en la filmografía de Elia Kazan, pasando del ¡Viva Zapata! a La ley del silencio, o dicho de otra manera de dirigente campesino revolucionario a dirigente social corrupto (para completar el escenario, fue asesinado ametrallado junto a otras catorce personas en 2007). La corrupción gangrenó al México que, con la LCR francesa, fue la joya de la Cuarta Internacional, ese “bonsai de Komintern” (p.361). (La joya brasileña, organizada en forma de tendencia en el seno del PT, que le sucedió como la portadora de las esperanzas de la Internacional en América Latina, degeneró a su vez una quincena de años más tarde).

Una gran melancolía caracterizó el vigésimo aniversario de Mayo 1968, con un embalsamamiento mediático de primera clase del recuerdo de la gran rebelión, y una fiesta de la LCR con una desesperante escasa asistencia. Como por desafío, rechazo a claudicar, Daniel y Alain Krivine firmaban un Mayo sí!, con el subtítulo de Rebeldes y arrepentidos. Desafío renovado por Daniel en esas otras exequias que fueron las ceremonias del bicentenario de la Revolución francesa, que ya se ha citado antes. Pero el desafío simbólico al espíritu de los tiempos no basta para conjurarlo. El hundimiento de la URSS fue vivido por Daniel como una derrota histórica, aún estando por encima de cualquier sospecha de simpatía por el estalinismo. Lo que tenía para él un gusto a derrota era más bien el final de una época marcada por la creencia en la actualidad de la revolución en sintonía con el Octubre 1917 ruso, cuyo espíritu, se quería creer, seguía incubando como cenizas bajo el estiércol estaliniano.

“Había llegado la hora del cierre de los posibles”, escribe Daniel citando a Deleuze (p. 370), cierre aún más desmoralizador porque la uniporalidad imperial hacia la que se inclinaba el mundo tenía acentos triunfalistas, aunque hacía agua por todas partes. Este gran giro histórico es objeto de un capítulo que Daniel tituló “Vientos de torbellino”, en contra de la glorificación de los “Vientos del Este” por una minoría de la LCR y de la Internacional, dirigida por Gérard Filoche, que no tardaría en abandonar la Liga, de la que había sido uno de sus muy primeros fundadores, para unirse a la izquierda del Partido socialista. Nada expresó mejor esta divergencias de juicios sobre la caída del Muro que el intercambio de exclamaciones entre los dos protagonistas de este debate: “¡Champagne!” exclamó Filoche, en un congreso internacional reunido en 1991; “¡Champagne y Alka-Seltzer!” replicó Bensaïd, que cita esta expresión sin mencionar el intercambio en que surgió inicialmente (p.370).

Aquél fue el momento melancólico de Daniel, durante el cual redactó en tres años, “llevado por [un] impulso grafomaníaco”, lo que califica de “trilogía sobre la historia y la memoria” (p. 380): la obra sobre la Revolución, seguida de otra sobre Walter Benjamin y por fin la obra sobre Juana de Arco. Las obras de la trilogía de 1989-1991, admite Daniel, “parecen alejadas de Marx”. Se trataba, afirma, “de un recorrido paralelo, para volver mejor a la cuestión del comunismo, por el enmarañado camino de las herejías, por el desvío de la racionalidad mesiánica, por el sendero escarpado de una lógica del acontecimiento” (p. 412.) Ese momento melancólico no tardó en transformarse en apuesta melancólica, según el título de la obra que Daniel publicó en 1997 y en la que el desafío volvía a la carga. “La apuesta se vuelve melancólica cuando lo necesario y lo posible divergen” (p. 454.) Pero entonces la apuesta no es otra que la manifestación renovada, una vez más, del optimismo voluntarista que se burla del pesimismo intelectualista.

Entre tanto, Daniel había fundado en 1992 una Sociedad para resistir al espíritu de los tiempos –tema que presidirá su reflexión y sus actividades desde entonces: en 1998 publicó un breve Elogio de la resistencia al espíritu de los tiempos, en 2001 Los Irreductibles. Teoremas de la resistencia al espíritu de los tiempos, y el mismo año Resistencias. Ensayo de topología general, a la vez que lanzaba, todavía en 2001, la revista ContreTemps [Contra-Tiempo]. Esta misma noción inspira los títulos del opus magnum de Daniel, publicado en 1995 en dos volúmenes complementarios, Marx el intempestivo y La Discordancia de los tiempos – una obra que se sitúa en contra de toda visión lineal de la temporalidad y de cualquier determinismo positivista, en nombre de la pluralidad de los posibles y del papel de los imponderables. El opus magnum de 1995 es la culminación de una larga acumulación teórica en la que trabajo universitario, trabajo de formación teórica (sobre todo en la escuela internacional militante de Amsterdam) y debates internos se conjugan para producir una suma que constituye innegablemente un marxismo original y de los más ricos, según esta visión pluralista del marxismo expresada en el nombre de una colección editorial que Daniel contribuyó a lanzar: “Mil marxismos”.

El mismo año en que apareció este trabajo considerable reapareció con ímpetu el viejo topo de la lucha de clases en la superficie de esta Francia que creía haberlo enterrado definitivamente después de 1968. El otoño caliente de 1995 fue el pico más elevado de las lucha sociales hexagonales desde el Mayo francés. Precedidas por la rebelión zapatista en 1994, las huelgas de 1995 anunciaban un nuevo ciclo de luchas que la manifestación de Seattle en 1999 daría un fuerte impulso en vísperas del nuevo siglo. “El comienzo de los años ochenta fue crepuscular, es cierto. Pero las señales de la renovación aparecieron antes de lo que se imaginaba, dibujando poco a poco la forma fluctuante de un movimiento por llegar, que no tiene nombre” (p. 461).

Estos “años de renacimiento”, escribe Daniel, fueron aquellos en que “tuteó directamente a la muerte” (p. 448). Cuando estalló el otoño caliente en Francia, era considerado un cadáver andante, el año siguiente se encontró verdaderamente in articulo mortis, antes de que las triterapias vinieran a darle un nuevo plazo que no habría podido imaginar que iba a renovarse durante quince años. En esta doble recuperación imprevista e inesperada, histórica y personal, Daniel sacó una inmensa energía de resistencia, a la vez que extraía de la experiencia concreta de la mortalidad –natural e inevitablemente– una filosofía de la existencia personal definida por el carpe diem del verdadero epicurismo (y no de su caricatura vulgar). Físicamente disminuido, volcó su energía en la escritura: “A falta de poder actuar y viajar a mi manera, escribir se ha convertido en la expresión privilegiada de esta condición espectral” (p. 449); – condición de un espectro que no por ello sonríe menos (cf. La Sonrisa del espectro, aparecido en 2000).

En los quince años de vida que obtuvo de propina, para mayor felicidad de Sophie, su compañera, de sus amigos y de sus camaradas, un Daniel tanto más entrañable porque la enfermedad le había liberado “de las vanidades cotidianas, de las preocupaciones ridículas y de los cálculos de interés” y vuelto más sensible aún “a los nuevos encuentros, a las amistades, que se hacen y se deshacen” (p. 451), llegó a publicar una quincena de obras de diversa talla, todas ellas obras de combate político y filosófico, el más importante de los cuales es su Elogio de la política profana, aparecido en 2008 y dedicado a cuatro camaradas de su generación, muertos prematuramente antes que él.

Su autobiografía, Una lenta impaciencia, es una obra magnífica, en que la belleza de la escritura alumbra la confesión, poco creíble a primera vista, que hace Daniel, animal político donde los haya, cuando dice que ha llegado “a preguntarme si la política era verdaderamente mi tipo, y si no me he equivocado de vocación” (p. 451). Una aclaración confirmada por el frecuente recurso de Daniel a los préstamos literarios, poéticos y paraliterarios a lo largo de sus Memorias, hasta la conclusión tomada de André Breton justificándose por esa afirmación: “El ojo de la poesía ve en ocasiones mucho más lejos que el de la política” (p. 468). Toda la obra de Daniel Bensaïd deja transparentar esta tensión entre una vocación literaria frustrada y una vocación política abrazada en detrimento de la primera, una tensión que se encuentra en Trotsky, el revolucionario cuyo nombre llevó (y a veces sufrió) como etiqueta hasta el fin de sus días.

Sin embargo, entre los grandes revolucionarios, Daniel profesaba la admiración más tierna por Blanqui. Sentía con toda razón una gran afinidad con el Encerrado, la afinidad del intelectual simbólico portador de una tradición revolucionaria francesa que va de los Jacobinos a Mayo 1968 con quien fue uno de los principales intelectuales orgánicos de la encarnación social real de esta tradición durante seis décadas cruciales del siglo 19: Louis Auguste Blanqui, medio-poeta medio-político, que comenzó también su carera revolucionaria participando en manifestaciones estudiantiles en el Barrio Latino; Blanqui, continuador del ala izquierda babouvistea del jacobinismo y precursor del leninismo, ese otro heredero del jacobinismo.

Cualquiera que esté familiarizado con la obra de Daniel Bensaïd reconocerá hasta qué punto fue influido por la recopilación publicada en 1972 por Miguel Abensour y Valentin Pélosse, que reagrupaba obras de Blanqui enmarcadas por otros textos. Entre otras, se encontraba la Instrucción para tomar las armas, escrito de Blanqui redactado con ese espíritu hiper-voluntarista como se denomina al blanquismo, y publicado en un cara a cara con extractos de la obra de Charles Fourier; pensamientos de Blanqui publicados bajo el título de Contra el positivismo, un ataque virulento a Auguste Comte; La Eternidad por los astros, obra del tiempo de la melancolía posterior al sangriento aplastamiento de la Comuna de París (“En el fondo, esta eternidad del hombre por los astros es melancólica”, escribe el propio Blanqui al final de la obra); y también las tesis “Sobre el concepto de historia” de Walter Benjamin, vueltas a publicar entonces por primera vez en francés desde 1947, en un momento –1972– en que Benjamin no se había convertido todavía en el objeto de una moda intelectual.

Este libro de 230 páginas contenía algunos de los temas e ingredientes fundamentales que caracterizarán el pensamiento futuro de Daniel Bensaïd, un pensamiento inscrito en la eternidad real –la que profieren las obras de largo alcance, mucho más seguramente de la que profieren los astros. Y la presencia político-intelectual de Daniel no está cerca de eclipsarse. Ha salido del presente para situarse de forma duradera en la posteridad revolucionaria: ese porvenir dura largo tiempo.

6/11/2018

http://www.contretemps.eu/daniel-bensaid-intellectuel-symbolique/

¿Qué significa hoy autonomía?

Franco Berardi Bifo

Traducido del italiano de Manuel Aguilar Hendrickson

Publicado en 2003 en el Instituto Europeo de Políticas Progresivas

Subjetivación y no sujeto

No pretendo hacer una reconstrucción histórica del movimiento de autonomía, sino tan sólo tratar de comprender su especificidad histórica volviendo sobre conceptos como rechazo del trabajo y composición de clase. Los periodistas usan el término operaismo para designar un movimiento político y filosófico que apareció en Italia en los años 60. A mí no me gusta ese término porque reduce la complejidad de la realidad social al mero dato de la centralidad de los obreros industriales en la dinámica social de la modernidad tardía. La centralidad de la clase obrera ha sido uno de los grandes mitos políticos del siglo XX, pero el problema que nos tenemos que plantear es el de la autonomía del espacio social frente al dominio capitalista, y el de las diferentes composiciones culturales, políticas e imaginarias que elabora el trabajo social. Por eso prefiero emplear la expresión composicionismo para designar ese movimiento de pensamiento.

Lo que me interesa subrayar de la operación filosófica del llamado operaismo italiano es el desmontaje de la noción de sujeto que el marxismo heredó de la tradición hegeliana. En lugar del sujeto histórico, el composicionismo empieza a pensar en términos de «subjetiv/acción». El concepto de clase social no tiene una consistencia ontológica, sino que debe entenderse como un concepto vectorial. La clase social es proyección de imaginaciones y proyectos, efecto de una intención política y de una sedimentación de culturas.

Los pensadores que escribían en revistas como Classe Operaia o Potere Operaio no usaban este tipo de lenguaje, no hablaban de inversiones sociales de deseo, y se expresaban de forma mucho más leninista. Pero el gesto que realizaron produjo un cambio importante en el panorama filosófico, que desplazó la atención de la centralidad de la identidad obrera a la descentralización del proceso de subjetivación. Félix Guattari, que entró en contacto con el operaismo después de 1977 y sólo fue conocido por los pensadores de la autonomía italiana después de esa fecha, insistió siempre en la idea de que no se debería hablar de sujeto sino, más bien, de proceso de subjetivación.

Partiendo de estas observaciones podemos tratar de comprender qué significa rechazo del trabajo. Esta expresión no significa tanto el hecho obvio de que a los obreros no les gusta que les exploten, sino algo más. Significa que la reestructuración capitalista, el cambio tecnológico y la transformación general de las instituciones sociales son el producto de una acción cotidiana de sustracción de la explotación, de rechazo de la obligación de producir plusvalor y de aumentar el valor del capital a costa de reducir el valor de la vida.

Como he dicho, no me gusta la expresión operaismo por la implícita reducción a una referencia social restringida, y prefiero la palabra composicionismo. El concepto de composición social o composición de clase, ampliamente utilizado por los pensadores «operaistas», parece tener más que ver con la química que con la historia social.

Me gusta la idea de que el lugar en el que se desarrollan los procesos históricos no sea el sólido territorio rocoso de origen hegeliano, sino un ambiente químico en el que sexualidad, enfermedad y deseo se combaten, se encuentran y se mezclan y cambian continuamente el panorama. Si usamos el concepto de composición podemos comprender mejor lo que sucedió en Italia en los años 70, y podemos entender mejor qué quiere decir autonomía: no es la constitución de un sujeto, no es la identificación de los seres humanos con una figura social prefijada, sino el cambio continuo de las relaciones sociales, la identificación y la desidentificación sexual y el rechazo del trabajo. El rechazo del trabajo es un producto de la complejidad de las inversiones sociales de deseo.

En este marco, autonomía significa que la vida social no depende sólo de la regulación disciplinar impuesta por el poder económico, sino también de los desplazamientos, los deslizamientos y las disoluciones que constituyen el proceso de autocomposición de la sociedad viva. Lucha, retirada, alienación, sabotaje, líneas de fuga del sistema de dominio capitalista.
Ese es el significado de la expresión «rechazo del trabajo». Rechazo del trabajo significa muy sencillamente: «no quiero ir a trabajar porque prefiero dormir.» Esta pereza es la fuente de la inteligencia, de la tecnología y del progreso. Autonomía es la autorregulación del cuerpo social, en su independencia y en sus interacciones con la norma disciplinar.

 

Autonomía y desregulación

Hay otro aspecto de la autonomía en el que se ha profundizado poco hasta ahora. El proceso de autonomización de los trabajadores de su papel provocó un terremoto social que, a su vez, desencadenó la desregulación capitalista. La palabra desregulación apareció en la escena ideológica a finales de los años 60, e interpretó un espíritu desestructurador que venía del pensamiento libertario y antiautoritario de los decenios precedentes. Hay toda una tradición de «desreglamentación», que recorre la cultura hippy libertaria californiana, el pensamiento autónomo italiano y la epistemología deseante francesa, que predica la autonomía de la dinámica social frente al dominio estatal y autoritario. El liberalismo recoge el impulso de estas culturas y lo transforma en fanatismo de la economía. La autonomía social desencadenó la potencia del saber y la imaginación colectiva, pero el liberalismo traduce esa liberación al terreno paranoico de la competitividad.

La desregulación que entró en la escena mundial en la época de Thatcher y de Reagan puede verse como la respuesta capitalista a la autonomización respecto al orden disciplinario del trabajo industrial. Los obreros pedían libertad frente a la regulación capitalista, y el capital hizo lo mismo pero a la inversa. La libertad frente a la regulación del Estado ha resultado ser despotismo sobre el tejido social y sobre la vida cotidiana de las personas concretas. Los trabajadores pedían libertad frente a la prisión del trabajo de por vida en la fábrica industrial, y la desregulación respondió mediante la flexibilización del trabajo y la fractalización del trabajo.

El movimiento de autonomía en los años 70 puso en marcha un proceso peligroso pero indispensable. Un proceso que se desarrolló desde el rechazo social del dominio capitalista hasta la revancha capitalista que adoptó la forma de desregulación, de libertad de la empresa frente a todo control estatal, de destrucción de la protección social, de reducción y externalización de la producción, de recorte del gasto social, de desfiscalización y, finalmente, de flexibilización. El movimiento de autonomía puso en marcha, en efecto, la desestabilización del contexto social que había surgido de un siglo de presiones sindicales y regulación estatal. ¿Cometimos, acaso, un terrible error? ¿Deberíamos arrepentirnos de las acciones de disidencia y sabotaje, de autonomía y de rechazo del trabajo que parecen haber provocado la desregulación capitalista?

No, en absoluto.

Es cierto que el movimiento de autonomía anticipó la tendencia, pero la desregulación estaba inscrita en las líneas de desarrollo del capitalismo posindustrial, como le estaba en la reestructuración tecnológica de la globalización productiva.
Hay una relación estrecha entre rechazo del trabajo e informatización de las fábricas, reducción de plantillas y subcontratación, y flexibilización del proceso global de trabajo. Pero esa relación es mucho más compleja que una simple cadena de causas y efectos.

El proceso de desregulación estaba ya inscrito en el desarrollo de nuevas tecnologías que permitían a las grandes empresas lanzar el proceso de globalización. Un proceso parecido se produjo en el campo de los medios de comunicación en el mismo período.

Pensemos en las radios libres italianas de los años 70. En aquellos años en Italia existía un monopolio estatal de la telecomunicación y estaba prohibida la emisión privada. La izquierda política, en especial el PCI, denunciaba a los activistas mediáticos de Radio Alice a los que acusaba de romper el sistema público de comunicación y de abrir así el camino a los medios privados. ¿Hay que pensar que tenía razón la izquierda estatista que se oponía a al proliferación comunicativa en nombre de la defensa del sistema público? No lo creo así. Creo que la izquierda tradicional se equivocaba por varias razones. Ante todo, porque el fin del monopolio público estaba ya inscrito en la evolución de la tecnología de la comunicación. En segundo lugar, porque la libertad de expresión es mejor que la centralización estatal de los medios. En ese momento la izquierda representaba una fuerza de conservación estatista, tanto en Italia como en los países del Este de Europa. Representaba un cascarón cultural que no podía sobrevivir a la transición posindustrial. Lo mismo podemos decir respecto al fin del imperio soviético. Sabemos que la población rusa está hoy peor que hace veinte años, y que la llamada democratización ha llevado sobre todo a la destrucción de la protección social, a una pesadilla de competición agresiva, de violencia, de corrupción y de miseria existencial.

Pero la disolución del régimen socialista era inevitable, porque ese orden bloqueaba la dinámica del deseo social y porque impedía la innovación cultural. La disolución de los regímenes comunistas estaba inscrita en la composición social de la inteligencia colectiva, en el imaginario creado por los nuevos medios globales y en las inversiones colectivas de deseo. Eso explica que la intelectualidad democrática y las fuerzas culturales disidentes tomasen parte en la lucha contra los regímenes socialistas, aunque supieran que el capitalismo no sería ningún paraíso. Hoy la desregulación está devastando la que en tiempos fuera sociedad soviética, y se experimenta la explotación, la miseria y la humillación hasta un punto tal vez nunca alcanzado, pero esta transición era inevitable y, en cierto sentido, ha sido un cambio progresivo.

Desregulación no significa sólo emancipación de la empresa privada frente a la regulación estatal y reducción del gasto público y de la protección social. También significa flexibilización del trabajo. La realidad de la flexibilidad del trabajo es la otra cara de esa emancipación de la disciplina capitalista. No debemos minusvalorar la relación entre el rechazo del trabajo y la flexibilización que le ha seguido. Una de las ideas fuertes del movimiento de autonomía era que «lo precario es bello». La precariedad del trabajo es una forma de autonomía frente al trabajo regular que dura toda la vida. En los años 70 era habitual trabajar unos meses, dejar el trabajo para irse de viaje, regresar y volver a trabajar unos meses y así sucesivamente. En condiciones de pleno empleo y en presencia de una extendida cultura igualitaria, no competitiva y no consumista, es posible un estilo de vida como ése, y le sienta bien al cuerpo y al espíritu. La ofensiva neoliberal de los años 80 pretendía invertir la relación de fuerzas. Desregulación y flexibilización del trabajo han sido efecto e inversión de la autonomía obrera. Es preciso comprenderlo, y no sólo por razones históricas. Si queremos entender lo que debemos hacer hoy, en la época de la plena flexibilidad del trabajo humano que, sin embargo, es también una fase de crisis del neoliberalismo, debemos comprender cómo pudo producirse, en ese paso de los años 70 a los 80, la ocupación del campo del deseo social por un imaginario economicista y competitivo.

En los últimos decenios la informatización del sistema de máquinas ha jugado un papel crucial en la flexibilización del trabajo, junto con la intelectualización y la inmaterialización de los principales procesos productivos. La introducción de las nuevas tecnologías electrónicas y la informatización del proceso productivo han abierto el camino a la creación de una red global de infoproducción, desterritorializada, deslocalizada y despersonalizada. La red global de infoproducción se ha convertido cada vez más en sujeto del proceso productivo social, y el tejido humano de las personas que lo componen se ha fragmentado hasta disolverse. No hay ya seres humanos que trabajan, sino fragmentos de tiempo sometidos al proceso de valorización, átomos de tiempo recombinados en el proceso productivo global. Los trabajadores industriales rechazaron su papel en la fábrica y ganaron, de ese modo, libertad y autonomía frente al dominio capitalista y frente al control de su tiempo de vida. Pero ello llevó a los capitalistas a invertir en tecnologías que ahorran trabajo y a cambiar la composición técnica del proceso de trabajo, para poder expulsar a los obreros industriales y sus formas de organización autónoma y crear una nueva organización del trabajo que pudiera ser más flexible.

 

Ascenso y caída de la alianza de trabajo cognitivo y capital recombinante

Intelectualización e inmaterialización del trabajo son una cara del cambio de las formas de producción social. La otra cara es la globalización planetaria. Inmaterialidad y globalización son complementarias. La globalización es un proceso que conlleva elementos de pesada materialidad, porque el trabajo industrial no desaparece en la época posindustrial, sino que emigra hacia las zonas geográficas en las que es posible pagar salarios bajos, y en las que la legislación no protege el trabajo y favorece a la libre empresa, a costa del medio ambiente y de la sociedad. La perspectiva de una extensión planetaria del proceso de producción industrial fue previsto por Mario Tronti en un artículo aparecido en el último número de la revista Classe Operaia, en 1967.

Tronti escribía que «el fenómeno más importante de los próximos decenios hasta el fin del siglo XX será el desarrollo de la clase obrera a escala planetaria». Esta intuición no se fundaba en el análisis del proceso de producción capitalista, sino en la comprensión de las transformaciones en la composición del trabajo. La globalización y la informatización podían preverse como una consecuencia del rechazo del trabajo en los países industriales de occidente. Durante los dos últimos decenios del siglo XX hemos asistido a una especie de alianza entre capital recombinante y trabajo cognitivo. Llamo recombinante al capital que no está ligado estrechamente a una aplicación industrial particular, sino que es transferible con rapidez de un lugar a otro, de una aplicación industrial a otra, de un sector de actividad económica a otro. Se puede llamar recombinante al capital financiero que desempeñó un papel central en la política y la cultura de los años 90. La alianza de trabajo cognitivo y capital financiero ha tenido importantes efectos culturales, como la identificación ideológica del trabajo y la empresa. Los trabajadores se han visto empujados a verse a sí mismos como autoempresarios. En esa visión había algo de cierto, en el período en el que florecieron las dotcom, cuando el trabajador cognitivo podía crear su empresa invirtiendo su fuerza intelectual (una idea, un proyecto, una fórmula) como un bien que podía valorarse en términos financieros.

Era la época que Geert Lovink, en su importante libro Dark Fiber,[1] llama la de la «dotcomanía». ¿Qué fue la «dotcomanía»? La participación masiva en el ciclo de inversión financiera de los años 90 puso en marcha un proceso de autoorganización de los productores cognitivos. Los trabajadores cognitivos invertían su experiencia, su saber y su creatividad, y encontraban en el mercado de acciones los medios para crear empresas. Para muchos la forma empresa se convirtió en el punto de encuentro entre capital financiero y trabajo cognitivo de alto potencial productivo.

La ideología libertaria y liberal que dominaba la cibercultura (sobre todo norteamericana) en los años 90 idealizaba el mercado presentándolo como un entorno puro. En ese entorno, natural como la lucha por la supervivencia del más fuerte que hace posible la evolución, el trabajo encuentra los medios necesarios para valorizarse y convertirse en empresa. Una vez dejado a su dinámica propia, el sistema económico de red estaba destinado a optimizar los beneficios económicos para todos, propietarios y trabajadores, entre otras cosas porque la diferencia entre propietarios y trabajadores se hacía cada vez más imperceptible al entrar en el circuito productivo virtual.

Este modelo, teorizado por autores como Kevin Kelly y convertido por la revista Wired en una especie de Weltanschauung liberal–digital, arrogante y triunfalista, entró en quiebra a principios del nuevo milenio, junto con la new economy y buena parte del ejército de emprendedores cognitivos que habían vivido en el mundo de las dotcom. La razón de la bancarrota se halla en el hecho de que el modelo de un mercado perfectamente libre es una falsedad teórica y práctica. Lo que el neoliberalismo reforzó a largo plazo no fue el libre mercado, sino el monopolio.

En la segunda mitad de los años 90 se desarrolló una auténtica lucha de clases dentro del circuito productivo de las altas tecnologías. El devenir de la red se ha visto marcado por esa lucha, cuyo resultado aún hoy es incierto. Desde luego, la ideología de un mercado libre y natural ha resultado un engaño. La idea de que el mercado funciona como un espacio neutro de confrontación entre ideas, proyectos, calidad y utilidad de los productos ha sido barrida por la amarga verdad de la guerra que los monopolios han librado contra la multitud de trabajadores autoempresarios y contra la patética masa de microtraders.[2] La lucha por la supervivencia no ha sido ganada por el mejor o por el más afortunado, sino por el que ha sacado los cañones: los cañones de la violencia, de la rapiña, del robo sistemático, y de la violación de cualquier norma ética o legal. La alianza Bush–Gates ha sancionado la liquidación del mercado, y con ello la fase de lucha interna en la clase virtual se acabó. Una parte de la clase virtual se ha incorporado al complejo militar industrial, mientras otra (la gran mayoría) ha sido expulsada de la empresa y empujada hacia los márgenes de una proletarización abierta. En el plano cultural están emergiendo las condiciones para la formación de una consciencia social del cognitariado. Y éste podría ser el fenómeno más importante de los años próximos, la única clave que podría ofrecer soluciones al desastre.

Las dotcom han sido el laboratorio de experimentación de un modelo productivo y de un mercado. Al final el mercado ha sido conquistado y asfixiado por las grandes empresas monopolistas, y el ejército de autoemprendedores y microcapitalistas de fortuna ha sido desplumado y disuelto. Así ha comenzado una fase nueva: los grupos que alcanzaron el predominio en el ciclo de la net economy se han aliado con el grupo dominante de la old economy (el clan mafioso de Bush y Berlusconi, la industria militar y la petrolera) y el proceso de globalización productiva sufre un bloqueo. El neoliberalismo ha producido su negación y sus más entusiastas defensores se han convertido en sus víctimas marginalizadas.

Con el crash de las dotcom el trabajo cognitivo se ha separado del capital. Los artesanos digitales, los que en los años 90 se sintieron empresarios de su propio trabajo, se han dado cuenta poco a poco de que han sido engañados, desplumados y expropiados, y eso creará las condiciones de una consciencia de nuevo tipo de los trabajadores cognitivos. Se darán cuenta de que a pesar de tener toda la potencia productiva, han sido expropiados de sus frutos por una minoría de especuladores ignorantes pero hábiles en el manejo de los aspectos legales y financieros del proceso productivo. El sector improductivo de la clase virtual, los abogados y los contables, se apropia del plusvalor cognitivo producido por los físicos, los informáticos, los químicos, los escritores y los operadores mediáticos. Pero éstos podrían separarse del castillo jurídico y financiero del semiocapitalismo y construir una relación directa con la sociedad, con los usuarios. Puede que entonces se inicie el proceso de autoorganización autónoma del trabajo cognitivo. Un proceso que ya ha empezado, como lo muestran las experiencias del mediactivismo y la creación de redes de solidaridad con el trabajo migrante.

Era necesario que atravesásemos el purgatorio de las dotcom, la ilusión de una fusión entre trabajo y empresa capitalista, y también el infierno de la recesión y la guerra infinita, para poder ver emerger el problema con claridad. Por una parte, el sistema inútil y obsesivo de la acumulación financiera y la locura de la privatización del conocimiento público, herencia de la vieja economía industrial. Por otra, el trabajo cognitivo que empieza a verse como cognitariado, y empieza a construir instituciones de conocimiento, de creación, de cuidado, de invención y de educación que son autónomas del capital.

 

Fractalización, psicopatía, suicidio

En la net economy, la flexibilidad ha evolucionado hacia una forma de fractalización del trabajo. Fractalización significa fragmentación del tiempo de actividad. El trabajador ya no existe como persona. Es tan sólo un productor intercambiable de microfragmentos de semiosis recombinante que entra en el flujo continuo de la red. El capital no paga ya la disponibilidad del trabajador a ser explotado durante un período largo de tiempo, no paga ya un salario que cubra todo el campo de las necesidades económicas de una persona que trabaja. El trabajador (máquina que posee un cerebro que puede ser usado por fragmentos de tiempo) recibe un pago por su prestación puntual, ocasional, temporal. El tiempo de trabajo es fractalizado y celularizado. Las células de tiempo están en venta en la red, y las empresas pueden comprar tantas como quieran sin comprometerse en absoluto con la protección social del trabajador. El trabajo cognitivo es un océano de microscópicos fragmentos de tiempo, y la celularización es la capacidad de recombinar fragmentos de tiempo en un determinado semioproducto. El teléfono celular o móvil puede ser visto como la cadena de montaje del trabajo cognitivo.

Este es el efecto de la flexibilización y de la fractalización del trabajo: lo que era autonomía y poder político del trabajo se ha convertido en dependencia total del trabajo cognitivo respecto de la organización capitalista de la red global. Este es el núcleo central de la creación del semiocapitalismo. Lo que era rechazo del trabajo se ha convertido en dependencia completa de las emociones y del pensamiento respecto al flujo de información. Su consecuencia es una especie de desplome nervioso que afecta a la mente global y provoca lo que nos hemos acostumbrado a llamar dotcom crash. La crisis del capitalismo financiero de masas se puede ver como consecuencia del colapso de la inversión económica del deseo social. Uso la palabra colapso en un sentido que no es metafórico, sino más bien una descripción clínica de lo que está sucediendo en la mente occidental. La palabra colapso describe un auténtico hundimiento patológico del organismo psicosocial. Lo que vimos en el período inmediatamente siguiente a los primeros signos de hundimiento económico, en los primeros meses del nuevo siglo, es un fenómeno psicopático: es el colapso de la mente global. Veo la depresión económica actual como un efecto colateral de una depresión psíquica. La intensa y prolongada inversión del deseo y de las energías mentales y libidinales en el trabajo ha producido el ambiente psíquico ideal para un colapso que se está manifestando ahora en el terreno de la economía con la recesión y el retroceso de la demanda, en el terreno político en forma de agresividad militar y en el terreno cultural en forma de una tendencia suicida de masas.

La economía de la atención se ha convertido en una cuestión importante en los últimos años. Los trabajadores virtuales tienen cada vez menos tiempo de atención disponible, porque están implicados en un número creciente de tareas mentales que ocupan todo su tiempo de atención, y no tienen tiempo para dedicar a su vida, al amor, a la ternura y al afecto. Toman Viagra porque no tienen tiempo para los preliminares del sexo. La celularización ha conllevado una especie de ocupación permanente del tiempo de vida. El resultado es una psicopatologización de la relación social. Los síntomas son evidentes: millones de cajas de psicofármacos se venden en las farmacias, la epidemia de trastornos de la atención se extiende entre niños y adolescentes, el uso de fármacos como el Ritalin se hace normal, y parece extenderse una epidemia de pánico.

Una auténtica ola de comportamiento psicopático parece dominar la escena de los primeros años del nuevo milenio. El fenómeno del suicidio se extiende mucho más allá de los límites del fanatismo islámico. Desde el 11 de septiembre de 2001, el suicidio se ha convertido en el acto político crucial en la escena política global. El suicidio agresivo no debe verse sólo como un fenómeno de desesperación y de agresión, sino como una proclamación del fin. La ola de suicidios parece sugerir que el género humano está fuera de plazo, y que la desesperación se ha convertido en el modo predominante de pensamiento sobre el futuro.

¿Y entonces? No tengo respuestas que ofrecer. Lo que podemos hacer es tan sólo lo que ya estamos haciendo: la autoorganización del trabajo cognitivo es la única vía para ir más allá del presente psicopático. No creo que el mundo pueda ser gobernado por la razón. La utopía de la Ilustración ha fracasado. Pero pienso que la difusión del conocimiento autoorganizado puede crear la forma social de un número infinito de mundos autónomos. El proceso de creación de la red es tan complejo que no puede ser gobernado por la razón humana. La mente global es demasiado compleja para ser conocida y dominada por mentes locales subtotales. No podemos conocer, no podemos controlar, no podemos gobernar toda la fuerza de la mente global.
Pero podemos gobernar el proceso singular de producción de un mundo singular de vida social. Eso es hoy autonomía.


[1] Geert Lovink, Dark Fiber, MIT Press , Cambridge (Mass.), 2002.

[2] N. de T. «Micronegociantes» en acciones, o «microinversores».

Jacques Derrida: Estrategia general de la deconstrucción

Entrevista de Cristina de Peretti / Publicada en «Política y Sociedad en 1989

Jacques Derrida, pensador francés contemporáneo, pone en marcha a lo largo de sus escritos -ya muy numerosos – lo que se ha dado en llamar la «estrategia general de la deconstrucción» que, pese a lo que suele creerse erróneamente, no es tanto una crítica negativa -destructiva- de la tradición filosófica cuanto una especie de «Palanca» de intervención activa (teórica y práctica) de su ámbito problemático. Si, en el marco de esta tradición, el logofonocentrismo señala la relación necesariamente inmediata y natural del pensamiento (logos unido a la verdad y al sentido) con la voz (foné que dice el sentido), el falogocentrismo muestra, a su vez, la estrecha solidaridad que existe entre «la erección del logos paterno (el discurso, el nombre propio dinástico, rey, ley, voz, yo, velo del yo-la-verdad-hablo, etc.) y del falo “como significante privilegiado”».

En la deconstrucción como práctica textual, la diseminación, esa «imposible reapropiación (monocéntrica, paterna, familiar) del concepto y del esperma», esto es, la diseminación como lo que no vuelve al padre, supone un riguroso desplazamiento de los supuestos hermenéuticos que salvaguardan el privilegio ontológico y semántico del texto y de la autocracia del autor (como padre-creador y guardián a la vez del sentido único y verdadero del texto) y legitiman la búsqueda y garantía del origen como fundamento último de la razón patriarcal.

 

* * *

 

Usted ha declarado siempre que existe una unidad esencial entre el logocentrismo y el falocentrismo y, como consecuencia de ello, utiliza el término «falogocentrismo». A partir de esta unidad ¿piensa usted que se puede decir que la deconstrucción implica un cierto punto de vista feminista y, viceversa, que la critica feminista como crítica cultural (es decir, literaria, filosófica, política, artística, etc.), para ser realmente subversiva, debe articularse necesariamente como deconstrucción?

La unidad entre logocentrismo y falocentrismo, si existe, no es la unidad de un sistema filosófico. Por otra parte, esta unidad no es patente a simple vista: para captar lo que hace que todo logocentrismo sea un falocentrismo hay que descifrar un cierto número de signos. Este desciframiento no es simplemente una lectura semiótica: implica los protocolos y la estrategia de la deconstrucción. Debido a que la solidaridad entre logocentrismo y falocentrismo es irreductible, a que no es simplemente filosófica o no adopta sólo la forma de un sistema filosófico, he creído necesario proponer una única palabra: falogocentrismo, para subrayar de alguna manera la indisociabilidad de ambos términos.

Dicho esto, no sé si la deconstrucción implica como usted sugiere, un punto de vista feminista. ¿Por qué? Mis reservas son, en primer lugar, que no existe la deconstrucción. Hay procedimientos deconstructivos diversos y heterogéneos según las situaciones o los contextos y, de todos modos, tampoco existe un solo punto de vista feminista. Por otra parte, en el caso de que hubiera algo así como el feminismo, habría muchas posibilidades o muchos riesgos de que este feminismo, precisamente en cuanto sistema que invierte o que se propone invertir una jerarquía, reprodujese frecuentemente ciertos rasgos del falocentrismo. Por lo tanto, no creo que se pueda decir simplemente que la deconstrucción del falocentrismo implica un punto de vista feminista.

Hechas estas precisiones, es cierto que la deconstrucción desestabiliza, sin duda alguna, la jerarquía contra la cual se dirige la crítica feminista y creo que no hay deconstrucción consecuente del falogocentrismo que no implique un replanteamiento de la jerarquía falocéntrica, por tanto, en cierto modo, la toma en consideración de lo que ocurre en la llamada lucha feminista. Prefiero utilizar la expresión un poco imprecisa: «lo que ocurre en la llamada lucha feminista» antes que hablar del feminismo porque, como ya intenté mostrar muy en especial en aquel breve texto sobre Nietzsche: Eperons, ocurre con frecuencia que el feminismo no es, a su vez, más que una traducción invertida del falogocentrismo. Por todo ello, apuesto más bien por una doble estrategia. Por una parte, en nombre de una deconstrucción radical no hay que neutralizar las jerarquías y pensar que se debe abandonar el combate feminista en su forma clásica. En un cierto aspecto, hay, pues, que aceptar el feminismo en una cierta fase, en ciertas situaciones, aceptar las luchas, como usted dice, políticas, culturales y sociales del feminismo teniendo en cuenta al mismo tiempo que, a menudo, se basan todavía en presupuestos falogocéntricos y que, por lo tanto, mediante otro gesto, es preciso seguir cuestionándose dichos presupuestos. De ahí resulta una doble postura muy difícil de mantener para los hombres y yo creo que todavía más para las mujeres, para las mujeres que quieren a la vez comprometerse en un combate feminista y no renunciar a una cierta radicalidad deconstructiva. Un doble trabajo, una doble postura, a veces, suponen contradicciones, tensiones, pero creo que estas contradicciones deben ser asumidas. Es decir que en el discurso, en la práctica, hay que intentar subrayar ambos niveles, subrayarlos en el discurso, en el estilo, en la estrategia. Lo que expreso en términos un tanto abstractos puede ser muy concreto, y considero que muchas de las tensiones que se dan en el interior de los grupos feministas se aclaran más o menos explícitamente, más o menos temáticamente, por la existencia de estos dos niveles, de estos dos alcances de la crítica: una crítica feminista clásica, un combate político clásico por una parte y, por otra, un hostigamiento deconstructivo que está a otro nivel. Valores como los de la cultura, de lo literario, de lo político, de lo artístico son valores determinados en sí mismos, precisamente en este espacio falogocéntrico. Aquí también hay que tenerlo en cuenta, hay que subrayarlo. Todas las consecuencias estratégicas difíciles a las que acabo de referirme deben ser analizadas según los contextos, según las situaciones, según el grado de desarrollo de las luchas feministas en tal o cual sociedad, en tal o cual país, en tal o cual momento. Por ejemplo, la estrategia no puede ser la misma en una democracia occidental de los países industriales y en una sociedad asiática o africana que conoce, a la vez, una estructura política y un tipo de desarrollo industrial diferentes. Por lo tanto, en estos casos, hay que saber adaptarse. Incluso dentro de una misma sociedad. No es lo mismo la situación en la universidad, en una fábrica, etc. La lucidez recomienda ajustar, sin empirismo, sin relativismo, estos principios a estas situaciones.

 

¿Piensa usted que la crítica cultural feminista es una tarea que deben llevar a cabo sólo las mujeres? En el caso contrario ¿cuáles serían, en su opinión, los límites de dicha tarea realizada por los hombres?

Aquí también hay que poner en funcionamiento con mucha prudencia un buen número de distinciones. No veo por qué razón lo que usted denomina la crítica cultural feminista debe estar reservada sólo a las mujeres. No veo en absoluto lo que podría justificar semejante exclusión. Comprendo que. en ciertas situaciones, al comienzo de las luchas, etc., quizá fuera necesario no tanto excluir a los hombres de la participación en dicha crítica cultural cuanto reconstruir unas solidaridades femeninas que, en último término, conducen únicamente a marginar la actividad de los hombres en estos grupos. En mi opinión, se trata de una necesidad que sólo se puede imponer hasta cierto punto pero que no debe convertirse en regla. Por el contrario, la regla debe ser romper con semejante situación.

Usted me pregunta acerca de los límites de una crítica cultural feminista llevada a cabo por los hombres. Aquí hace falta una segunda distinción. Cuando usted habla de «los hombres» se refiere, por una parte, a la objetividad del estado civil y, por otra, a lo que se denomina la organización anatómica, es decir a todo lo que hace que reconozcamos inmediatamente —o creamos reconocer inmediatamente— la diferencia entre un hombre y una mujer Pero, como usted sabe, las cosas son, desde el punto de vista de las pulsiones de la organización fantasmática, del inconsciente —por decirlo en dos palabras—, mucho más complicadas y puede haber personas llamadas «hombres» que están mucho más preparadas, motivadas, etc., que determinadas mujeres para llevar a cabo dicha crítica cultural. Por lo tanto, habría que ver quién es el hombre, quién es la mujer y qué parte de femenino y de masculino hay en cada individuo para poder evaluar estos límites. Dicho esto, es evidente que, si confiamos en una identidad segura del hombre y de la mujer, en una diferencia sexual en cierto modo determinable y no problemática, no sé hasta qué punto se puede hablar de límites esenciales en la crítica cultural. Como acabamos de ver, la crítica cultural no puede ser radical más que si se dedica a la vez a interrogar y a perturbar o. como usted dice, a subvertir todo lo que concierne a las jerarquías falogocéntricas. Ahora bien a este respecto, la motivación que tienen los llamados «hombres» para emprender dicha deconstrucción no es forzosamente más limitada que la que tienen las mujeres porque, sin duda, el falogocentrismo rige todos los deseos bajo su ley, pero la opresión a la que somete, lo que esta jerarquía imprime o impone puede pasar tanto sobre lo que se da en llamar «los hombres» como sobre lo que se da en llamar «las mujeres».

Dado que esta crítica cultural concierne a unos discursos, a una simbólica, a una fantasmática, etc., cosas todas ellas no necesariamente ligadas o no inmediatamente ligadas a una identidad sexual marcada por la anatomía o por la objetividad del estado civil, en la medida en que se trata de discursos —en sentido amplio— de lo simbólico, de la cultura, etc., no veo por qué un sexo debe tener al respecto un poder más limitado que el otro sexo. Se puede incluso afirmar—y ésta es una de las paradojas que habría que subrayar— que, precisamente a causa de la autoridad del falogocentrismo, en ciertas situaciones, los hombres se han beneficiado de esta jerarquía y han adquirido, en determinadas situaciones, una cultura filosófica más avanzada, donde hay más hombres, digamos, que participan en la legitimidad de la cultura filosófica. Puede darse el caso, de hecho (y esto no es en absoluto un derecho sino un hecho), de que la deconstrucción del falogocentrismo esté, durante una determinada fase, representada o sostenida más a menudo por los hombres que por las mujeres. No hay por qué escandalizarse por ello. Este es «precisamente» el efecto del falogocentrismo o, incluso, de las contradicciones que estructura, de los double-binds que puede estructurar. La axiomática de la deconstrucción ha sido a menudo propuesta por los hombres. Naturalmente, esto crea a renglón seguido todo tipo de tensiones en los movimientos feministas donde ciertas mujeres creen que tienen que rechazar dicho discurso deconstructivo so pretexto de que está asociado en muchos casos a los hombres. Otras mujeres, por el contrario, piensan que prestarse a dicho rechazo es una debilidad estratégica. Como usted sabe, me refiero a cosas muy concretas. Ello puede crear problemas en los movimientos feministas. El rechazo de todo discurso asociado a un hombre puede provocar en la estrategia feminista unas crispaciones y unos debilitamientos a los cuales hay que estar atento. Como muy bien sabe, se trata de un gesto que se repite con frecuencia y que consiste en decir: «¡no! éste es el discurso de un hombre, por muy feminista que sea, no queremos el discurso de un hombre», y a menudo esto va acompañado de una regresión. Hablo de un modo muy abstracto pero usted sabe que se pueden encontrar ejemplos muy concretos.

 

¿Piensa usted que lo femenino en el sentido fuerte del término, es decir como situación genérica, existe? ¿O no? Y en este sentido, ¿cree usted que es posible elegir entre las dos formas esenciales de la teoría feminista, esto es, entre el feminismo de la igualdad —que se presentaría, quizá, como una especie de radicalización de la idea de igualdad de la Ilustración— y el feminismo de la diferencia —que pone el acento en las eventuales virtualidades de «lo femenino» a fin de apoyar unas alternativas de acción en determinados ámbitos (cultural, etc.)—?

¿Cuál de estos dos feminismos tendría, en su opinión, mayor poder de subversión?

Se trata de una cuestión esencial y muy difícil. Para dar una primera respuesta rápida, yo diría que la elección de uno de estos dos feminismos conduce al fracaso. Si optamos por el feminismo igualitario, de la Ilustración, según la política democrática clásica, si nos atenemos a él, reproduciremos una cultura que tiende a borrar las diferencias, a regular simplemente el progreso de la condición de las mujeres sobre el progreso de la condición de los hombres. Permaneceremos así en la superficie de las condiciones profesionales, sociales y políticas desembocando en una especie de interiorización del modelo masculino. Pero si nos limitamos a un feminismo de la diferencia nos arriesgamos también a reproducir una jerarquía, a hacer caso omiso de las formas de lucha política, sindical, profesional, so pretexto de que la mujer, en la medida en que es diferente y para afirmar su diferencia sexual, no tiene por qué rivalizar con los hombres en todos estos planos. También aquí nos arriesgamos a reproducir una jerarquía dada. En esta cuestión pienso que no hay que elegir.

Para volver a la primera parte de su pregunta, no creo que haya que decir libremente sí a esto, no a lo otro. No se trata de una cuestión de elección Las exigencias de la situación y las luchas feministas no son luchas que se eligen libremente. Son luchas —cuando son verdadera- mente luchas— ineludibles y, por lo tanto, poderosamente motivadas, En consecuencia, la elección está fuera de lugar Todo ello resulta muy difícil e implica un gesto doble, desdoblado y sobredeterminado, Es preciso luchar en los dos frentes a la vez, es decir luchar políticamente según unos esquemas clásicos de reivindicación a favor, pongamos por caso, de la igualdad de oportunidades. Esta era la lucha de las sufragistas: el derecho al voto, el mismo salario por igual trabajo, la participación de las mujeres en la vida pública, el acceso a los puestos de responsabilidad en todas las profesiones. La forma clásica del sindicalismo feminista, si se quiere. Y opino que es preciso que éste llegue lo más lejos posible. Se han hecho ciertos progresos, al menos en las democracias industriales de Occidente pero, como es sabido, aún es preciso realizar enormes progresos en otras sociedades y también en las nuestras.

Pero si este igualitarismo terminase por neutralizar la diferencia sexual, si terminase por borrar lo femenino como tal, dicho progreso confirmaría a la vez la jerarquía y la neutralización falogocéntrica. El falogocentrismo es una jerarquía que se presenta bajo la forma de la neutralidad. Se habla del «hombre en general» y detrás de la tapadera del hombre en general, es el hombre-varón el que se lleva el gato al agua. Si nos atuviéramos a una forma igualitarista, al estilo de la Ilustración, correríamos el riesgo de reproducir esta situación. Hoy día es preciso renovar el movimiento crítico de los Ilustrados. Con todo resultaría muy sencillo analizarlo como un movimiento falogocéntrico muy marcado. Un análisis del discurso ilustrado, en mi opinión, lo confirmaría. Por lo tanto, tampoco aquí puede adoptarse una postura sencilla. A estas preguntas no se puede contestar con un sí o con un no. Considero que con respecto a estas cuestiones no disponemos, como ocurre en una votación, de un modo binario de decidir respondiendo sí o no. El binarismo, en cuanto oposición entre el sí y el no, es precisamente lo que en este caso hay que deconstruir.

 

En su opinión, ¿cuál sería la relación de la crítica cultural feminista como deconstrucción con otras opciones con otros puntos de vista críticos con determinados grupos sociales (homosexuales minorías étnicas, etc.) marginados? ¿Opina usted que comparativamente, la crítica feminista puede constituir una lucha más subversiva, más global?

Evidentemente, con mucha frecuencia, lo que usted denomina la crítica feminista lucha contra determinados procesos de marginalización, de legitimación y, puesto que es la misma máquina social o socio-política la que opera estas marginalizaciones o estas represiones, de entrada el feminismo se solidariza con las luchas de los homosexuales o de las minorías étnicas. Todos los militantes son sensibles a esta solidaridad de minoritarios, de oprimidos, de marginados. Sin embargo. so pretexto de que estas luchas tienen a menudo un adversario común y de que hasta cierto punto hacen causa común, no hay tampoco por qué borrar las diferencias entre estos grupos y entre estas luchas, A veces, desde el punto de vista de una determinada Fantasmática, la homosexualidad puede ser anti-feminista. Puede haber una homosexualidad, una homosexualidad feminista que reproduzca los rasgos del falogocentrismo. Todo ello es muy complejo.

La palabra «global» que usted propone podría significar —en este sentido estoy dispuesto a aceptarla— que la crítica feminista, si quiere ser radical, debe dirigirse contra esa poderosa máquina que llamo falogocentrismo y que es la condición de todas estas opresiones contra las facciones dominadas de la sociedad, contra la homosexualidad, etc. Desde este punto de vista, por lo tanto, podría poseer un poder de subversión más radical, Dicho esto, es preciso estar atento a gran cantidad de pliegues. El falogocentrismo puede ser a la vez, a cierto nivel, un machismo o un androcentrismo que somete a la mujer por medio de una relación heterosexual jerarquizada. Pero también se da un componente homosexual del falogocentrismo a otro nivel al que hay que estar asimismo muy atento. Nos encontramos en medio de toda una serie combinatoria de pulsiones, de posiciones sexuales, y lo que hay que hacer es prestar mucha atención a éstas. No se puede determinar demasiado deprisa los límites de lo que se denomina heterosexualidad, hombre-mujer, etc. Lo que la deconstrucción —si algo semejante existe— nos enseña son las astucias y las argucias de todas estas categorías. Por ejemplo, hay que luchar por la liberación, por la desmarginalización, por la supresión de la represión de la homosexualidad en la sociedad sin olvidar que la homosexualidad es reprimida en nombre de un cierto fantasma homosexual, En el fondo, la policía, el ejército, la autoridad social que representa al falogocentrismo conlleva un componente homosexual a otro nivel.

 

¿Qué consecuencias políticas pueden derivarse de la crítica feminista de la cultura? ¿Cómo podrían articularse las consignas las líneas rectoras de una acción política?

No sé pensar en términos de consignas. Opino que las consignas son muy útiles pero, precisamente, una consigna se determina siempre en una situación concreta, precisa y no existen consignas generales. Así, la consigna feminista de una iraní no puede ser la consigna feminista de una católica española o la de una estudiante americana, etc. A veces pueden incluso ser contradictorias, incompatibles entre sí. Por otra parte, el término «cultura» me molesta un poco porque, justamente, una deconstrucción ambiciosa va más allá de lo cultural. Es preciso interrogar la instancia misma de lo cultural.

Como usted bien sabe, lo que me interesa sobre todo es algo que, en el pensamiento, no reconoce la cultura como la instancia última. En cierto modo, toda cultura es falogocéntrica y. quizá, lo que me parece indispensable es un movimiento que vaya más allá de dicho valor de cultura. No digo que, de una vez por todas, haya que ir más allá de la cultura sino que, constantemente hay que no perder de vista algo que no se limita a la esfera de lo cultural, incluso en un sentido muy amplio. Lo que me interesa en el pensamiento no es cultural, tampoco es científico. Por eso, en el fondo, en lo que aún puede tener de cultural, la lucha feminista sólo me interesa en parte. Llega un momento en el que, tras haberla considerado muy importante por referirse a un síntoma masivo de nuestra cultura precisamente, me parece insuficiente, Llega un momento en el que las cuestiones del pensamiento que me interesan, no digo que estén desexualizadas o que neutralicen la diferencia sexual pero sí que conservan con la diferencia sexual una relación que ya no pertenece a dicha problemática, a esas posiciones en las que el feminismo se ha desarrollado.

Hoy día, como es sabido, la cultura se convierte en el elemento que todo lo anega en los discursos generales de nuestra cultura precisamente occidental, Cuando se habla de cultura se está designando una especie de elemento oceánico que todo lo anega: la ciencia, la filosofía, las artes, las costumbres, etc. y, justamente, sin que se cuestione el modo en que este valor de cultural, con toda su historia, se ha impuesto. Entonces, la cultura ¿qué es? ¿es la Bildung, es la paideia, la colonización? ¿Pertenece a la oposición naturaleza/cultura? Este valor de cultura me molesta. Ahora existen ministerios de la cultura; a menudo se determina la cultura como lenguaje comunicacional, como lenguaje informacional y la deconstrucción del concepto de cultura me parece ser una tarea importante incluso desde el punto de vista de las luchas feministas. No utilizaré, pues, la palabra «cultura» sin comillas, sin muchas comillas.

 

Hay muchas mujeres, sobre todo en Francia y en Estados Unidos que han optado por la estrategia general de la deconstrucción para llevar a cabo su investigación filosófica o literaria, etc. ¿Qué opina en general de su trabajo?

No sé exactamente a quién se refiere pero aquí tampoco me gustaría ahogar las singularidades o los individuos en una generalidad: «las mujeres en Francia».

 

Me refiero, en Francia por ejemplo, a Sarah Kofman, a Lucette Finas, a Sylviane Agacinski…

En cada caso lo que hacen es muy diferente. Realizan un trabajo muy idiomático y, en el fondo, aunque éste sirva, en mi opinión, a una causa feminista general, no se trata de una lucha organizada y homogénea y eso mismo me parece algo muy positivo. Algunas lo realizan, como Sarah Kofman, a la vez desde el punto de vista de la filosofía y del psicoanálisis; Sylviane Agacinski leyendo a Kierkegaard; otras, como Hélene Cixous, inventando una lengua poética o unas lenguas ficcionales; Lucette Finas leyendo textos de la tradición o de la modernidad literarias. Si tuviéramos más tiempo, insistiría sobre todo en la singularidad de cada una de estas obras.

Un discurso es tanto más deconstructivo cuanto menos se refiere a la deconstrucción como un método general. La deconstrucción no es un método, no es un sistema de reglas o de procedimientos. Hay reglas limitadas, si se quiere, recurrencias pero no hay, una metodología general de la deconstrucción, El juego deconstructivo debe ser, en la mayor medida posible, idiomático, singular; debe ajustarse a una situación a un texto, a un corpus, etc., y en lo que respecta a los textos «feministas» (entre comillas) ocurre lo mismo. La relación entre dichos textos y la deconstrucción es de esta índole. No se trata de aplicar la deconstrucción al feminismo, Lo que decíamos hace un momento, al comienzo, de la deconstrucción del falogocentrismo muestra que éste no es un caso particular sobre el que aplicar la deconstrucción. En cierto modo, toda crítica del falogocentrismo es deconstructiva y feminista, toda deconstrucción comporta un elemento feminista.

 

Para terminar una pregunta que no tiene nada que ver con el feminismo. ¿Piensa usted que la a fidelidad, al pensamiento de Derrida, consiste en seguir fielmente la estrategia general de la deconstrucción o, por el contrario, considera que para ser verdaderamente fiel a Derrida, hay que intentar deconstruir a Derrida?

Es una pregunta difícil porque cuando usted pronuncia mí nombre, parece suponer que hay un sistema, un corpus o una identidad que se trata de deconstruir o no. Bajo este nombre, hay un determinado número de textos que son, a su vez, heterogéneos, múltiples, replegados sobre sí mismos… textos en medio de los cuales yo mismo me debato y que, en cierto modo, intento deconstruir. Si se quiere, la deconstrucción no se aplica a un punto central. Puede haber gestos deconstructivos dentro de un texto que se reclama de una estrategia general de la deconstrucción. Cuando escribo, una frase deconstruye, de alguna forma, a la otra. Por lo tanto, la auto-deconstrucción, aún cuando no sea nunca transparente y reflexiva, es el proceso mismo de la deconstrucción. No sólo se puede sino que hay que deconstruir a Derrida y, hasta cierto punto, yo mismo intento hacerlo.

Pero si se pensase que eso consiste en sorprender un sistema y en hallar en él el punto central a partir del cual todo podría tambalearse, ello significaría que no se lee. Semejante punto no existe. La debilidad y la fuerza de los textos deconstructivos consisten precisamente en el hecho de que no se agrupan en torno a un punto que pueda servir de palanca definitiva en una estrategia de deconstrucción en deconstrucción…

Alejandro Grimson: El fin de la globalización y el surgimiento de nuevas experiencias derechistas

Por Ulises Bosia

Dialogamos con Alejandro Grimson en una entrevista urgente. Conversamos con el antropólogo acerca del fin de la globalización, el surgimiento de nuevas experiencias derechistas en diversas partes del mundo, la necesaria construcción de una nueva mayoría en la Argentina y por supuesto, sobre la tarea que concentra hoy todas sus energías: hacer de CLACSO (el Consejo Latinoamericana de Ciencias Sociales) un espacio que aglutine voces diversas y construya pensamiento crítico a la altura de los desafíos que atraviesa la región.

Hace poco escribiste que el “neoliberalismo progresista” está en proceso de extinción y que frente a ese proceso las derechas están viviendo un proceso de mutación. ¿Cómo caracterizarías ese proceso de cambio de las derechas?

El concepto de “neoliberalismo progresista” lo planteó la filósofa del pensamiento crítico Nancy Fraser para aludir a los fenómenos del estilo que va desde Obama hasta Zapatero. En el sentido de que son programas económicos ortodoxos del Consenso de Washington con la idea de un respeto por las minorías. Muy alejado, para plantearlo de manera concreta, de lo que puede plantear un Bolsonaro, un Trump o fenómenos de ese tipo que están surgiendo. El neoliberalismo que podríamos llamar clásico de los ’90, hace crisis más temprano en América Latina que en Europa, pero después también hace crisis en Europa y Estados Unidos, y a partir de ahí se produce un fenómeno de polarización. En esa polarización surgen estas nuevas derechas que están caracterizadas por rasgos mucho más autoritarios, xenófobos, racistas, misóginos, homofóbicos, anti-migrantes. Y que incluso –aunque hay que analizar los casos porque hay variaciones- pueden o no ser parte de programas aperturistas o de otro tipo de fenómenos en el sentido económico como es el caso del Brexit, que implica un cambio en la dirección, que también podrían tener otros países europeos, en el sentido de que la tendencia a la “globalización” tal como la conocíamos hasta 2015-2016 -cuando se impone el Brexit, se impone Trump-, implica a mi juicio un tiro de gracia de la globalización tal como la conocimos desde la caída del Muro de Berlín.

Por otro lado afirmás que las “nuevas derechas” no son un fenómeno pasajero sino que expresan fuerzas sociales y culturales enraizadas en las sociedades. ¿En qué aspectos ves esa representatividad de las nuevas derechas?

Nosotros habíamos hecho estudios en el caso argentino y hay estudios en otros lugares del mundo, que muestran que en todos los contextos donde se construyó una cierta hegemonía de democracias electorales/ burguesas/ representativas hay umbrales de derechos humanos que antes del surgimiento de estas nuevas derechas se venían garantizando. Lo que mostramos nosotros en esos estudios es que existía en 2011-2012-2013 una minoría intensa, en el caso de la sociedad argentina, que era una minoría con fuertes rasgos sexistas, machistas, racistas, xenófobos. Dependiendo de las preguntas que hacíamos en una encuesta financiada por CONICET, nos daba que entre un 25 y 35% de la sociedad tenía tendencias de ese tipo. Lo que sucedía en aquel momento era que no había un discurso político que encarnara a ese sector. Lo que podríamos considerar el “babyetchecoparismo” no tenía articulación. Lo que vamos viendo en el caso de Brasil es cómo no se trata de una persona (Bolsonaro), sino de un fenómeno social: el “bolsonarismo”. Es decir, hay un sector importante de la sociedad brasileña que manifiesta aspectos fuertemente racistas, clasistas, misóginos, homofóbicos. Bolsonaro expresa hoy ese fenómeno profundamente social y cultural. Si bien en la Argentina ese cristal de que hay cosas que no pueden ser dichas, no se rompió, no se había roto en 2015/2016, está claro que hay un gradualismo de ir destruyendo los sentidos comunes democráticos, de derechos humanos, de respeto a las diferencias, etc.

En el caso del macrismo, el año pasado se desató un fuerte debate, en el que se discutió entre otras la tesis de que se trata de una nueva derecha “moderna y democrática”. ¿Cómo ves desde el presente el devenir del macrismo? ¿Pensás que puede mutar hacia una versión menos “liberal” y más “bolsonarista”? ¿Por qué no fue posible hasta ahora la construcción de una hegemonía neoliberal en nuestro país?

Creo que en ese debate que se desató sobre si el macrismo es o no es democrático, el problema es el verbo ser. Ahí pareciera que estamos discutiendo sobre Macri. Y cuando discutimos sobre fenómenos sociales y políticos no podemos discutir sobre cuál es la caracterización que tenemos solamente de una persona. Porque Bolsonaro por ahora no es posible en la Argentina porque la sociedad argentina tiene asentados otros valores. Detuvo el 2×1 hace poquísimo. Hoy no es posible. Todavía. El macrismo ganó por elecciones, correcto. ¿Eso significa que “es” democrático? Bueno, es un gobierno que ganó por elecciones. La expresión de que ES democrático implica que respeta los derechos humanos, que respeta a rajatabla los derechos de los opositores a su gobierno, que no reprime manifestaciones, que no tiene presos políticos, que repudia la posibilidad de que un opositor a su gobierno vaya preso sin pruebas. Ser democrático es eso. Yo veo que es un gobierno electo a través de los mecanismos institucionales previstos en la Constitución, que tiene rasgos autoritarios desde el primer día que se están agravando, en esta política de agravamiento gradual. Un gradualismo autoritario que intenta socavar, hay que ver si lo consigue, las bases culturales del sentido común democrático de los argentinos. Por eso es muy importante dar la batalla también en ese terreno.

Desde el punto de vista de las fuerzas democráticas, progresistas y populares poco a poco se va instalando la necesidad de una mayor articulación e incluso de un frente patriótico hacia las elecciones del año que viene. ¿Cuáles creés que son los principales desafíos para construir una nueva mayoría?

Se fue instalando poco a poco. Hubo varias personas y fuerzas que desde que asumió este gobierno, planteamos la necesidad de la unidad y trabajamos para generar espacios de conversación. Como en 2016 “Confluencia por los derechos” y muchísimas experiencias que veo con alegría que se van fortaleciendo en estos meses y estas semanas cada vez más intensamente. Me parece decisivo que haya una unidad muy amplia porque a mi juicio es categórica la prioridad en el caso argentino: la derrota electoral del macrismo y del neoliberalismo. Es decir, quiero ser claro que siempre pensé y siempre planteé la necesidad de un frente antineoliberal. Creo que eso es lo decisivo en este momento y que todas y todos los que estamos en contra de estas políticas económicas, sociales, represivas, necesitamos unirnos. La clave a mi juicio es no empezar discutiendo exclusiones, sino empezar discutiendo programas, puntos centrales de lo que necesita la Argentina en este momento. Esa tiene que ser la gran definición. Un gobierno claramente democrático, claramente nacional, claramente popular y feminista, donde se desarrollen políticas económicas y sociales que garanticen que todas y todos los argentinos queden dentro del modelo de desarrollo. No es ese el horizonte que yo veo de largo plazo en Argentina. Mis deseos son bastante más profundos, tienen que ver con realmente reducir drásticamente todas las desigualdades, de clase, de género, raciales, territoriales que hay en la Argentina. Creo que hay que ir construyendo ese horizonte emancipatorio, pero no colocarlo como un programa realizable mañana, sino unirnos para producir cambios reales, concretos, que impacten sobre la vida de la gente y a través de esos cambios potenciar la construcción de esos horizontes empancipatorios.

Por otra parte marcás que es preciso preguntarse cómo gobernar frente a la existencia de una derecha de nuevo tipo, y que eso remite a un debate que permita volver a repensar un balance de las experiencias de la oleada popular de los primeros quince años del siglo XXI en América Latina. ¿Cuáles pensás que son los rasgos críticos más importantes para pensar hoy de aquellas experiencias, en función de una nueva oleada futura?

Vengo desarrollando este tema en varios textos, es algo extenso. Básicamente el primer punto es que en varios países de América del Sur y América Latina se produjo una derrota. Cuando ocurre una derrota hay que pensar por qué se sufrió una derrota. Y por supuesto que estamos bastante de acuerdo en muchos factores objetivos que influyeron en esa derrota como es el poder mediático concentrado, el poder judicial, el hecho de que los poderosos son los poderosos, que los poderosos son la derecha, etc. Sin embargo, todo eso nosotros lo sabíamos de antes. Sin embargo con esos poderosos en su lugar y jugando hubo triunfos importantes de fuerzas progresistas, populares, de izquierda, depende los países y los términos que se quieran usar. Yo creo que hay que introducir una dimensión de la discusión de los factores subjetivos. En el sentido de cuáles son los factores que inciden para que haya una construcción política que permita darle sustentabilidad política a los procesos de transformación de carácter popular. Eso implica a mi juicio volver sobre la noción de hegemonía en el sentido de que siempre es necesario entender que la política implica una construcción y articulación de heterogeneidades donde se conceden cuestiones que no se consideran esenciales para poder preservar –y estoy casi citando a Gramsci- aquellas cuestiones que se consideran esenciales. Tiene que haber concesión, construcción de mayorías. Construcción de mayorías siempre implica reconocer la heterogeneidad constitutiva de lo popular y en ese sentido asumir que debe haber tensiones productivas al interior de una fuerza que articule las heterogeneidades de los campos populares y transformadores en los distintos países de América Latina y el Caribe. En ese sentido, en términos más conceptuales creo que hay que reconocer la relevancia de los factores subjetivos para la política: entender las dinámicas de las creencias sociales, de los sentidos comunes, de las nuevas expectativas que generan los procesos de inclusión, de cómo ir dialogando con sectores de la sociedad que son dinámicos y no van a ir agradeciendo eternamente los logros que se puedan ir obteniendo. En ese sentido, toda política por definición es necesariamente intersubjetiva.

En este contexto, y como parte de un planteo que proponés para CLACSO, ¿cuáles creés que son los principales desafíos para el pensamiento crítico en nuestra región? ¿Qué papel pensás que puede jugar la intelectualidad y las instituciones académicas comprometidas para afrontar esta disputa con las nuevas derechas?

Conociendo los mundos académicos de Nuestra América podemos decir que en la heterogeneidad de esos mundos académicos puede haber colegas que desarrollan su trabajo en función de las necesidades obvias de cualquier ser humano: tener un sustento. Eso significa dar clases, investigar, cobrar un salario, lo cual termina implicando muchas veces irse ajustando individualmente a las exigencias sistémicas de las instituciones financiadoras, etc. Sin embargo el papel de CLACSO y los pensamientos críticos tiene que ver con una dimensión distinta. Es el papel de investigación social crítica como horizonte y como tarea concreta: comprender mundos, comprender realidades para poder transformarlas. En el contexto actual debemos potenciar la tradición de los pensamientos críticos en plural para contribuir a comprender mejor cuáles son nuestros problemas, las dificultades de las sociedades en todos los planos y también las dificultades reflexivamente de los propios movimientos sociales y las propias fuerzas políticas transformadoras, las formaciones culturales emergentes, los proyectos educativos de cambio, los proyectos de comunicación contrahegemónica. En ese sentido, el desafío principal de CLACSO en esta etapa política de ascenso de la ultraderecha y del giro autoritario de las derechas que se presentaron como si fueran “democráticas” es principalmente consensuar las grandes preguntas de nuestro tiempo para que CLACSO sea un gran foro para el debate de los pensamientos críticos. No necesariamente vamos a estar de acuerdo en las respuestas a esas preguntas. Es a partir de la conversación, de la confrontación de ideas, de la discusión franca que podremos construir aportes conceptuales, culturales, económicos, políticos, que incidan de dinámicas de transformación, trabajando en articulación con los procesos y los movimientos sociales, en las dinámicas de cambio social apuntando a sociedades mucho más democráticas e igualitarias.

Fuente: https://oleada.com.ar/nuevas-mayorias/entrevista-alejandro-grimson-investigador-antropologo-clacso/

Ecuador: El presupuesto de un gobierno descompuesto

Un paso más en el retorno neoliberal

 “La dificultad radica no tanto en desarrollar nuevas ideas,

más bien en escapar de las viejas.” -John Maynard Keynes

Autores: Alberto Acosta [1] y John Cajas Guijarro [2]

Cuatro años estancados… ¡Cuatro! Entre 2014 y 2018 (según previsiones oficiales), el ingreso promedio por ecuatoriano se ha reducido de 6.347 a 6.110 dólares anuales. Resultado del estancamiento, el empleo se ha deteriorado gravemente: mientras que en diciembre de 2014 el 49,3% de la población trabajadora tenía un empleo adecuado, a septiembre de 2018 ese porcentaje apenas llegó a 39,6%. Para colmo, hay una tendencia deflacionaria que en 2017 implicó una caída anual de precios en -0,20%, situación registrada también en varios meses de 2018 (por ejemplo, -0,05% en octubre). Estancamiento, empleo deteriorado, deflación… estos son apenas tres indicadores -de muchos otros- que denotan cuán complejo es el contexto económico del país en los últimos años (si bien tal contexto no es novedad , prohibido olvidar que responde a todo el desperdicio de la década pasada ).

A esta complejidad económica se suma la débil política -sobre todo económica- del gobierno de Lenín Moreno: arrancó preocupado más de su supervivencia que del contexto económico ; luego mantuvo por varios meses una política económica indefinida entre “ planes y rata-planes ”; después claudicó dicha política en beneficio de grandes grupos económicos al aprobar la “ Ley de Fomento Productivo ” (aunque antes ya dio señas de claudicación al entregar el dinero electrónico a la banca privada así como al ceder el manejo de la economía a representantes directos del gran capital). Pero a pesar de que el morenismo ha dado pasos de sobra para consolidar el retorno neoliberal que arrancó su antecesor (incluso golpeando a los sectores sociales), aún no se ha ganado la bendición de los referentes neoliberales criollos para quienes las acciones del gobierno “se quedan cortas” .

Tal es la fragilidad política del gobierno de Moreno (contextualizada por un severo estancamiento económico), que ni siquiera ha podido consolidar con “normalidad” el típico ritual de aprobación del Presupuesto General del Estado para 2019. Por un lado, las primeras filas del debate sobre el presupuesto pertenecen a los “expertos economistas” que buscan insertar cómo sea su cosecha ideológica en la voluble política económica oficial. Por otro lado, la sociedad ocupa la platea como observadora, a ratos combativa ante problemas puntuales (como las protestas por los recortes a la educación superior ), a ratos exigiendo que la austeridad no se sobreponga a la vida (como la solicitud de financiamiento para el cuadro básico de medicamentos ), y a ratos simplemente aburrida escuchando tanto tecnicismo. Y en medio, el gobierno se tambalea incluso con desacuerdos internos que han llevado a que Moreno pida la renuncia a todo su gabinete a pretexto de “evaluarlo” (a la vez que otros aprovechan para “sacudirse” del morenismo ).

A más de evidenciar la debilidad política del gobierno, la actual discusión -y pugna- sobre el Presupuesto muestra un hecho que casi nunca se toma en cuenta: es un grave error asumir que el Presupuesto es obra de “especialistas”, para “especialistas”. En realidad, éste no es un texto “técnico” alejado de la cotidianeidad de la sociedad. Al contrario, sus asignaciones y sobre todo su ejecución influyen en gran medida sobre la vida de la gente (ejemplos evidentes son la educación, la salud o el mismo empleo).

En otras palabras, el Presupuesto es, ante todo, un documento político; de hecho, es una suerte de espejo de doble ala en donde se reflejan los múltiples intereses -tanto propios como ajenos- ante los cuales el gobierno busca dar respuesta. Por una parte, están los ingresos, es decir de dónde vendrán los recursos (aquí se evidencian pugnas como el cobro de más impuestos directos a los grandes ingresos o más impuestos indirectos al consumo, así como la ampliación o no del extractivismo). Por otra parte, están los egresos, hacia dónde serán destinados los recursos (aquí emergen pugnas como asignar mayores recursos a la inversión social o al pago de la deuda, sostener la inversión pública o el gasto corriente en sueldos, sostener los subsidios o eliminarlos). Como bisagra de ajuste entre ingresos y gastos está el financiamiento -endeudamiento, con el cual se despiertan los intereses de los mercados financieros internacionales y de quienes lucran de las necesidades de recursos del país.

Y por si no bastara toda esta interrelación de intereses, apenas aprobado un presupuesto nacen un sinfín de mecanismos -incluso legales- que permiten la manipulación de asignaciones y montos por ejecutarse (p.ej. entrega de fondos a destiempo, retrasos en la ejecución presupuestaria de instituciones que terminan gastando “cómo sea” al final del período fiscal, reversión de fondos no ejecutados, endeudamiento encubierto con proveedores del Estado, contratos complementarios y ajustes de precios en obras, contrataciones vía decreto de emergencia, entre muchos otros mecanismos).

Por tanto, el presupuesto -sea el que se discute, el que se aprueba e incluso el que se modifica cada cierto tiempo- es un documento vivo que refleja todas esas pugnas por los ingresos, gastos y financiamiento del gobierno. Pugnas que deben ser entendidas por la población entera, incluso para que ésta participe tanto de la elaboración como del control y de la ejecución presupuestarias. Tan es así que la discusión de los presupuestos es vital en democracias vigorosas. No puede ser solo un tema de “entendidos”. Justo con esta idea en mente, cabe hacer una breve lectura económico-política del Presupuesto sugerido por el gobierno de Moreno, no como cifras que suben o bajan sino, sobre todo, como reflejo de intereses que pugnan a dentelladas tajadas de un pastel que a ratos parece que ya no da más.

Así, al revisar la propuesta de Presupuesto General del Estado para 2019 vemos, en primer término, que ésta nace de un gobierno descompuesto que busca afrontar por medio de un ajuste neoliberal los desequilibrios heredados de su antecesor. Sin embargo, y quizá en concordancia con la compleja situación política del momento, aún ese intento no es suficiente como para satisfacer a los economistas OCP (ortodoxos, conservadores y prudentes), para quienes aún persiste un supuesto “ADN socialista del gobierno”. Y si bien el Presupuesto no se ajusta plenamente a las condiciones que se impondrían en caso de llegar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), está claro que la aspiración del neoliberalismo criollo es que todos los caminos lleven al Fondo

Entrando un poco al detalle de las cifras, podemos leer cada una de las alas del espejo presupuestario, es decir, de ingresos y gastos, para cerrar con la bisagra del financiamiento.

Ingresos: redistribución nula, extractivismo exacerbado y privatizaciones

Dentro de los ingresos (que la proforma presupuestaria estima en 27.137 millones de dólares, monto mayor al presupuesto codificado -es decir, ajustado- de 2018 en 2.911 millones, todo sin contar el financiamiento -es decir, endeudamiento- público), hay al menos tres puntos que merecen mención: ingresos tributarios, petroleros y por concesiones.

Sobre los ingresos tributarios, la proforma para 2019 estima obtener 15.223 millones de dólares (monto mayor al presupuesto codificado para 2018 en 160 millones de dólares). Dentro de esos ingresos por tributos llama la atención la reducción del impuesto a la renta global que se presupuesta en 4.077 millones (monto menor al presupuesto de 2018 en 273 millones), así como del impuesto al valor agregado (IVA) recaudado por el Servicio de Rentas Internas que alcanzaría los 4.651 millones (monto menor al de 2018 en 7 millones). Realmente el rubro que justifica buena parte del incremento agregado de los impuestos corresponde a IVA recaudado por la Secretaria Nacional de Aduana (SENAE), el cual alcanzaría 2.147 millones (monto mayor al presupuesto de 2018 en 309 millones).

Si se analizan estas cifras a la luz de las exoneraciones tributarias concedidas a los grandes capitales por el gobierno de Moreno a mediados de 2018 (sobre todo con la ya mencionada “ Ley de Fomento Productivo ” que exonera hasta por más de 10 años el impuesto a la renta a supuestas “nuevas inversiones”) queda claro que el morenismo no tiene intención alguna de ampliar sus recursos con impuestos progresivos que mejoren la distribución del ingreso. Al contrario, posiblemente se prevé que las exoneraciones presionen a la baja al impuesto a la renta, lo cual al parecer se compensaría con mayores recaudaciones tributarias aplicadas posiblemente a las importaciones más que al consumo interno.

Por el lado de los ingresos petroleros el escenario es aún más sombrío, con dos temas a destacar: el precio del barril de petróleo presupuestado y la estimación de las tasas futuras de extracción petrolera (extracción pues el crudo no se produce). Sobre el precio del crudo, para 2019 se lo ha presupuestado en 58,29 dólares por barril: 16,31 dólares más que el año precedente. Si bien tal expectativa de un precio mayor amplía los ingresos petroleros, también amplía el monto de los subsidios a los combustibles (tema que, por cierto, fue mal manejado por el morenismo aun cuando había alternativas ). Por tanto, el efecto neto de un mayor precio del crudo es menor al que en un inicio podría pensarse.

Además, casi evocando los fantasmas de 2015, precisamente luego de que el gobierno de Moreno presentó su proforma presupuestaria, en los mercados internacionales el precio del crudo WTI (referente para el Ecuador) cayó hasta los 50 dólares por barril, llevando a que el crudo ecuatoriano alcance alrededor de 45 dólares por barril aplicando el castigo promedio recibido en 2018. Solo esa caída ha despertado voces sugiriendo que se reestime a la baja el precio del crudo presupuestado … Sin duda la volatilidad del precio del petróleo es un tema delicado ante el cual se debe pensar en mecanismos presupuestarios que enfrenten la situación [3] , pero sin caer en la aberración neoliberal de constituir “fonditos” con el único propósito de garantizar el pago del endeudamiento externo. En el caso de constituir “fondos”, estos deberían tener como fin la estabilización económica vía políticas contracíclicas (p.ej. expandiendo líneas de crédito de emergencia a sectores vulnerables).

Pero más grave que la cuestión del precio del petróleo (que no siempre es la variable clave que define la dinámica del Presupuesto ) es la cuestión de la extracción. Con la proforma presentada se ratifica la vocación extractivista del morenismo (heredada desde hace mucho tiempo atrás y consolidada en la administración anterior). Así, se aspira a que entre 2018 y 2019 la extracción de petróleo aumente de 526 a 565 mil barriles diarios (es decir, un aumento aproximado de 192 a 206 millones de barriles al año, con un volumen de exportación que llegaría a los 151 millones de barriles), mientras que para 2020 se alcanzaría el pico de extracción con 589 mil barriles diarios (unos 215 millones al año) (ver página 19 de la Programación Presupuestaria Cuatrianual ).

Semejante salto esperado en la extracción petrolera desnuda una decisión gubernamental que atropella disposiciones legales y procesos en marcha: el gobierno se dispone a extraer el crudo del campo Ishpingo sin contar aún con la licencia ambiental, sin considerar el reclamo pendiente sobre la consulta popular planteada por el colectivo Yasunidos (que está siendo procesado en el Consejo Nacional Electoral ), rechazando de facto los reclamos formulados por mujeres amazónicas y hasta aumentando las probabilidades de un potencial genocidio de los Pueblos Indígenas en Aislamiento que habitan la zona . De hecho, para 2019 se espera incrementar la extracción petrolera en el ITT un 49% pasando de 58.119 a 114.217 barriles diarios , en donde Ishpingo contribuiría con 18.206 barriles diarios . En definitiva, el extractivismo exacerbado sería un salvavidas del morenismo, el cual aspira “comerse” todo el ITT con tal de obtener ingresos de corto plazo para sostenerse en el poder (y eso que el país aún no vive el apogeo de la quimera minera …).

Un ítem adicional que debe discutirse proviene de las concesiones, las cuales el gobierno aspira que en 2019 generen un ingreso de mil millones de dólares. De lo poco que se sabe al respecto, está la participación de organismos multilaterales como el BID, la CAF y el Banco Mundial en el “diagnóstico” de las empresas públicas así como en la potencial “monetización” de activos públicos (es decir, privatizaciones). El alcance de este proceso puede ser enorme, incluyendo a empresas públicas como CNT, Seguros Sucre, CELEC, CENEL y la Planta de almacenamiento de gas de Monteverde (cabe mencionar que solo CNT generó al Estado 220 millones en utilidades entre 2017-2018 y aun así se la busca privatizar), además de la “monetización” en los sectores vial, inmobiliario, energético, entre otros.

En definitiva, los ingresos a los que aspira el morenismo provendrán del extractivismo exacerbado, privatizaciones y un manejo tributario donde la redistribución es nula…

Gastos: salarios rígidos, inversión cayendo y otra vez el capital sobre el ser humano

Pasando a los gastos (que la proforma presupuestaria estima en 36.160 millones de dólares, monto mayor al presupuesto codificado de 2018 en 2.247 millones, incluyendo la amortización de la deuda pública y el saldo de las deudas por ventas anticipadas de petróleo), cabe destacar cuatro elementos: remuneraciones, inversión, servicio de la deuda y subsidios.

En el tema de remuneraciones, el gasto en personal se mantiene prácticamente inalterado al presupuestarse en 9.498 millones de dólares (monto inferior al presupuesto codificado de 2018 en apenas 70 millones). Esta persistencia del gasto en personal parece contradecir el discurso de austeridad del gobierno de Moreno, más cuando no se hace ninguna mención de una posible reducción -o mejor aún, eliminación- de los macrosueldos de la burocracia dorada: existirían 38.000 funcionarios que ganarían más de 5 mil dólares mensuales y que cada año consumen 2.240 millones de dólares [4] ; solo al reducir esos sueldos un 40% (dejando un promedio de 3 mil mensuales) se ahorraría cada año casi 900 millones de dólares, monto cercano a lo que el morenismo aspirara obtener por concesiones.

Por cierto, el tema del empleo y las remuneraciones en el sector público merece un análisis más cuidadoso. Decimos eso tanto por la importante heterogeneidad del empleo público como porque las remuneraciones en este sector muestran una particularidad: en ningún año del período 2008-2017 (incluyendo los años de crisis) el total de esas remuneraciones ha sufrido reducciones (ver gráfico 1). Esto podría implicar que las remuneraciones en el sector público podrían estar adquiriendo una rigidez cuasi-estructural, volviendo muy difícil su reducción (hasta en términos políticos por la reacción y la influencia que pueden tener especialmente los funcionarios de mayores sueldos).

Mientras que los gastos en remuneraciones parecen adquirir una rigidez cuasi-estructural, en cambio la inversión pública se ha convertido en la variable de ajuste del gobierno, con un presupuesto de solo 3.315 millones de dólares (monto inferior al presupuesto de 2018 en 841 millones). De hecho, al revisar los montos históricos destinados al Plan Anual de Inversiones (ver gráfico 1) se nota una contracción severa en comparación, por ejemplo, a los 8.104 millones de dólares alcanzados en 2013. Semejante caída en las inversiones públicas es preocupante y denota cuán errónea es esa lectura de que existe un “ADN socialista” dentro del gobierno (que, para colmo, en lo que va de 2018 apenas ha alcanzado una ejecución presupuestaria de 23% en lo que a inversión se refiere).

Gráfico 1. Remuneraciones y plan anual de inversiones (millones de dólares)

Nota: 2008-2017 presupuesto devengado; 2018 codificado a septiembre; 2019 proforma presupuestaria.

Fuente: Ministerio de Economía y Finanzas. Elaboración propia.

Por cierto, 2013 fue el único año en que el Plan Anual de Inversiones superó al gasto en remuneraciones, después del cual se observa una caída severa de las inversiones públicas mientras que el pago a personal continuó creciendo. Esto muestra que ya desde antes del gobierno de Moreno se prefirió enfrentar la crisis reduciendo la inversión pública en vez de reducir los elevados salarios de un buen grupo de funcionarios públicos. Quizá para efectos de una política contra-cíclica (es decir, una política que fomente la expansión en tiempos de crisis) hubiera sido deseable que más bien sean los megasueldos del sector público los que se reduzcan mientras se intentaba sostener lo mejor posible la inversión; más aún si se toma nota de que posiblemente la inversión pública tenga un mayor efecto multiplicador que el gasto en salarios (sobre todo aquellos burócratas dorados). Pero, es claro que la inversión pública tiene menores rigideces políticas y grupos de interés que la sostengan…

Otro elemento de la inversión pública que merece atención -y que, penosamente, suele considerarse como gasto en la contabilidad oficial- es la inversión social, sobre todo en educación y salud. Al revisar el Presupuesto de 2019 se nota que en el caso de salud el monto asignado se encuentra estancado en 3.097 millones de dólares (valor apenas superior en 15 millones al presupuesto de 2018); por su parte, en el caso de educación, el presupuesto se estanca en 5.351 millones (monto menor en 11 millones al presupuesto de 2018). Pero, sin duda, el aspecto que más resalta sobre el estancamiento del Presupuesto en salud y educación se observa al comparar estas magnitudes con el servicio de la deuda pública (amortizaciones e intereses): desde 2014 la suma del presupuesto en salud y educación (excepto tercer nivel) siempre ha sido menor al monto asignado al servicio de la deuda; es decir, desde 2014 el capital ha vuelto a ponerse por encima del ser humano (ver gráfico 2). De hecho, tomando datos del Banco Central del Ecuador se puede verificar que, entre 2015-2017, por cada dólar destinado a la inversión en educación y salud se ha destinado de 1,44 a 1,55 dólares al servicio de la deuda, volviendo a una tendencia típica de la vieja noche neoliberal (ver gráfico 3).

Gráfico 2. Salud, educación y servicio de la deuda (millones de dólares)

Nota: 2010-2017 presupuesto devengado; 2018 codificado a septiembre; 2019 proforma presupuestaria. “Servicio de la deuda” incluye amortizaciones de deuda y

Fuente: Ministerio de Economía y Finanzas. Elaboración propia.

Gráfico 3. Gasto en servicio de la deuda pública/gasto en salud y educación (gobierno central)

Fuente: Banco Central del Ecuador. Elaboración propia.

Aparte de esa tendencia a que el capital se sobreponga al ser humano, el estancamiento de los presupuestos de educación y salud tiene como consecuencia que se siga incumpliendo del mandato constitucional según el cual cada año el monto mínimo anual de inversiones en educación -sin considerar la educación superior- y salud debe llegar al 6% [5] y 4% [6] del PIB respectivamente: una meta que debía alcanzarse en tiempos del gobierno anterior al morenismo, pero que en los hechos no se cumplió y sigue sin cumplirse.

Finalmente, en el caso del gasto en subsidios, el Presupuesto para 2019 llega a los 6.955 millones de dólares (monto mayor en 3.485 millones al presupuesto de 2018). Aquí el subsidio de mayor incremento en el presupuesto corresponde a los combustibles, alcanzando los 4.176 millones (superando en 2.469 millones al monto de 2018). Luego sigue el restablecimiento de los aportes del Estado al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), generando un presupuesto de 1.995 millones de dólares para 2019 (aumento de 1.157 millones respecto a 2018). Después existen subsidios varios como a la vivienda, al desarrollo social, al agua potable o al agro, los cuales experimentarán un retroceso.

Toda esta estructura de subsidios muestra los múltiples conflictos que todavía debe afrontar el gobierno de Moreno aparte de los ya mencionados como, por ejemplo: eliminar o no el subsidio a los combustibles, particularmente la gasolina extra, luego del fracaso de la eliminación del subsidio de la gasolina súper (que generó un ahorro mínimo al fisco ); garantizar la contribución del 40% de las pensiones al IESS cuando con el mismo instituto se mantiene una deuda del Estado -en papeles- que se ubicaría en alrededor de los 7 mil millones de dólares (y considerando que la seguridad social está en una situación muy frágil , todo en medio del fantasma de la privatización rondando); el retroceso en subsidios a la vivienda que, junto con la contracción del plan de inversiones, vuelven cada vez más improbable la posibilidad de que el gobierno morenista cumpla con su oferta de construcción de 325 mil viviendas ; etc.

En resumen, el morenismo por el lado de los gastos enfrenta tanto una rigidez cuasi-estructural en términos del gasto en remuneraciones al mismo tiempo que se contrae drásticamente el plan anual de inversiones. Asimismo, en el gasto se observa que la inversión social en educación y salud se estanca/decae mientras que se acelera el pago del servicio de la deuda pública, con una compleja estructura de subsidios que -hasta el momento- no está siendo afrontada de forma coherente.

Saldo: endeudamiento perpetuo y, ¿buscando servir la mesa?

Cuando las alas del espejo presupuestario están desbalanceadas de modo que los gastos superan a los ingresos, la salida es obvia: se debe incrementar el financiamiento, es decir, el endeudamiento público. Así, para 2019 se ha presupuestado un financiamiento de 8.166 millones de dólares (monto ligeramente menor al de 2018 en 300 millones). Semejante situación implica que, por un año más el Ecuador deberá seguir incrementando su deuda, sobre todo externa. Pero lo más grave es que gran parte de ese financiamiento se licúa en el pago del servicio de la deuda que, para 2019, se prevé en alrededor de 8.107 millones de dólares (incluyendo saldos de preventas petroleras).

Y, para colmo, lo peor aún está por venir: para 2020, 2021 y 2022 el Ecuador deberá pagar, solo en amortización de su deuda pública, un monto acumulado de casi 20 mil millones de dólares . Para dimensionar el golpe, tómese en cuenta que a octubre de 2018 la deuda pública total llegó a 49.069 millones de dólares (35.192 millones de deuda externa y 13.876 millones de deuda interna) ; es decir, en tres años el Ecuador deberá pagar un monto equivalente al 40,7% del stock de toda la deuda pública. A ese lúgubre escenario cabe agregar las incertidumbres que rondan en la economía mundial , en especial los efectos de potenciales incrementos futuros de las tasas de interés a nivel internacional fomentados desde Estados Unidos (lo cual va a encarecer el crédito -incrementándose aún más el servicio de la deuda- además de generar movimientos adversos de capitales para los países empobrecidos).

En medio de ese horizonte tan complejo, hasta el acceso a nuevo endeudamiento para el morenismo se encuentra asfixiado, lo cual ha llevado a que el gobierno reluzca su “creatividad” consiguiendo préstamos con el Credit Suisse en noviembre de 2018 , en condiciones similares a las de un crédito contratado previamente con Goldman Sachs en septiembre ; créditos apalancados con garantías de más del 100% con bonos del Estado. A eso se suma el viaje que Moreno y su séquito harían en diciembre para suplicar nuevo financiamiento a China con el fin de cerrar el año con algo de vida . Por su parte, para 2019 el financiamiento se sostendría desde diversas fuentes: 2,9 mil millones de dólares por medio del sector financiero privado (aún no se conoce la proporción local e internacional de dicho financiamiento); 1,8 mil millones desde gobierno como China; 916 millones en multilaterales; 755 millones vía bonos en el mercado nacional.

El saldo, entonces, es claro: el Ecuador seguirá empantanándose cada vez más en una deuda eterna … Es obvio que el sucesor de Moreno -de quién muchos ya empiezan a lucubrar- evidentemente no va a querer ensuciarse políticamente con el pantano que le espera al país. Es ahí donde toma sentido aquella premonición neoliberal: “todos los caminos conducen al FMI”, caminos que -prohibido olvidar- fue el antecesor de Moreno quién los retomó ya en el 2014 para conseguir el beneplácito del Fondo destinado a la colocación de 2 mil millones de dólares en bonos del estado en el mercado financiero internacional e incluso con un “crédito de estabilización de balanza de pagos” pedido al Fondo luego del terremoto de abril de 2016 .

De ese modo, parecería que el gobierno de Moreno -y su proforma- no son más que instrumentos de transición que buscan cerrar el largo ciclo para retornar al FMI y a una nueva larga y triste noche neoliberal. Bajo tales condiciones, quizá al morenismo le importa muy poco su debilidad política… Lo que realmente parece importarle dejar la mesa servida para que el próximo inquilino de Carondelet pueda sobrevivir -al menos- sus cuatro años de gestión. ¿Cómo lograrlo? Dejando listo -y hasta firmado- un acuerdo con el Fondo, tal como ya se está haciendo en otras dimensiones como la arremetida de Tratados de Libre Comercio (TLC) que el morenismo está dispuesto a firmar aprovechando el TLC con la Unión Europea formado en 2016 ( pensando siempre en el beneficio de unos cuantos capos del comercio )…

Ese parece ser el futuro inmediato: un país hundido cada vez más en el retorno neoliberal, con un gobierno descompuesto que no le importa agonizar en los años que le quedan mientras sigue avanzando hacia el pasado, comiéndose aún más la Naturaleza, profundizando la flexibilización del trabajo, minimizando aún más la economía social y solidaria, endeudándose hasta el cuello… Todo vale con tal de llevarnos… a una nueva década perdida con aroma a eterno retorno.-

Notas:


[1] Economista ecuatoriano. Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República del Ecuador.

[2] Economista ecuatoriano. Profesor de la Universidad Central del Ecuador. Doctorante en economía del desarrollo en FLACSO-Ecuador.

[3] Por ejemplo, durante la discusión previa a la aprobación del Presupuesto se podría pensar en la construcción de múltiples versiones de éste, cada una reflejando un escenario distinto en cuanto a precios del petróleo (u otras variables macro). De esas múltiples versiones, la Asamblea podría escoger la que parezca más razonable considerando usando como apoyo las previsiones más actuales de los mercados petroleros de futuros .

[4] Dato mencionado por Eduardo Valencia en entrevista recogida por Plan V: “La proforma presupuestaria 2019: novedades y sorpresas”, noviembre 13 de 2018. Disponible en: http://www.planv.com.ec/historias/sociedad/la-proforma-presupuestaria-2019-novedades-y-sorpresas

[5] Ver transitoria decimoctava de la Constitución de Montecristi.

[6] Ver transitoria vigesimosegunda de la Constitución de Montecristi.