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Estas son las razones por las que debemos oponernos a la Cuarentena General

22abr-20
Publicada el 22 abril, 2020 1
por admin

por Jeudiel Martínez

La ilusión  de la Cuarentena General es que todos nos metemos en pijama en la casa, pasamos tiempo con la familia y nos lavamos las manos todo el tiempo mientras dejamos que el virus se muera: hasta agosto dicen algunos o más tiempo. Luego saldremos, como los animales del Arca de Noé, a un nuevo mundo donde ya no se puede abrazar o dar la mano, las citas son online y los niños se fabrican in vitro…

Es el fetichismo en el poder del confinamiento que no es menor que el fetichismo de Trump o Bolsonaro con la hidroxicloroquina, pero tambíen es la convicción de que, colectivamente,  no podemos hacer otra cosa que escondernos debajo de la mesa hasta que pase el diluvio. El “bravo nuevo mundo” que nos anuncia una nueva raza de profetas no está hecho de posibilidades sino de inhibiciones, limitaciones y tristezas.

 En torno de aquella ilusión y de esta profecía ha nacido algo que podríamos llamar “cuarentenismo” una moral basada en la fé absoluta en el confinamiento y en la certeza de que quienes no lo defienden son irresponsables o partidarios de la muerte. 

Pero que pasa si el cuarentenismo es la ilusión de los que tienen la opción de confinarse??.

Que pasa si la cuarentena indefinida es imposible para buena parte, si no la mayoría, de la población mundial?:

Qué pasa con los que no pueden quedarse en casa por razones económicas o no tienen un espacio adecuado para hacerlo??

Que ocurre si el confinamiento general, no es suficiente para contener el virus?.

Que pasa si  en varios países no ha sido necesario para derrotarlo?.

Que pasa si la cuarentena general es imposible, inefectiva e indeseable??.

Y para creer todo esto tenemos buenas razones.

Las razones

1. LA CUARENTENA GENERAL NO ES LO QUE ESTÁ CONTENIENDO LA EPIDEMIA.

Suecia, Hong-Kong, Taiwan, Alemania, Singapur y  Japón han contenido la epidemia sin cuarentena general, solo con  la detección y aislamiento sistemático de los contagiados.. Nueva Zelanda tiene una cuarentena severísima pero “ENFATIZA EL AISLAMIENTO DE CASOS Y LA CUARENTENA DE CONTACTOS PARA ‘ELIMINAR’ LAS CADENAS DE TRANSMISIÓN”  algo parecido a lo hecho en China.

Lo que tienen en común los países que contuvieron la epidemia, hayan impuesto o no una cuarentena general, es la aplicación de test masivos, la detección sistemática de los contagiados  y de los que han tenido contacto con ellos seguida de  su aislamiento total.

Como la clave no está en la reclusión forzada de la población no debe extrañar que en Alemania y Nueva Zelanda se deje que la gente salga a hacer ejercicio y en Japón, donde recientemente se declaró la emergencia, el primer ministro ha dicho que “aunque declaremos el estado de emergencia, NO CERRAREMOS CIUDADES COMO SE VE EN OTROS PAÍSES. Los expertos nos han dicho que no hay necesidad de tal paso“.

2. EN LA CUARENTENA GENERAL EL CONTAGIO NO SE DETIENE, CONTINUA DENTRO DE LAS CASAS ( Y AHÍ ES TODAVÍA PEOR).

“¿Alguien se plantea el problema de por qué, A PESAR DE TODAS ESTAS MEDIDAS RESTRICTIVAS, SEGUIMOS VIENDO INFECCIONES? ¿si toda esta gente que está enferma en casa está infectando a otros miembros de su familia? le dijo a Al Jazeera el micro-biólogo italiano Andrea Crisanti, miembro del Imperial College.

En la misma entrevista  agregó : “en lugar de decir a las personas con síntomas leves que se aislaran en casa, las autoridades DEBERÍAN HABER ESTABLECIDO CENTROS PARA SEPARARLAS DE SUS FAMILIAS, como se hizo en China, donde la epidemia se originó en diciembre”.  

En efecto para hoy,  13 de Abril, Italia está estancada en una meseta de unos 4000 casos nuevos al día. A diferencia de China, Nueva Zelanda, Singapur, Corea, etc. donde el contagio disminuyó dramáticamente en Italia  la tasa de contagio se mantiene estable.  Por contraste en  el pequeño pueblo de  Vo’ Euganeo Crisanti logró que las autoridades aplicaran otra estrategia: le hizo test a todos los habitantes, aisló a todos los contagiados, y erradicó la enfermedad en un par de semanas.

Sergio Romana, el maestro de Crisanti ,  comparte con su alumno la impresión de que en Vo Euganeo “FUE EL AISLAMIENTO DE LOS ASINTOMÁTICOS POSITIVOS lo que frenó la epidemia”  pero agrega algo inquietante:  “creemos que CUANDO EL VIRUS CIRCULA MUCHAS VECES POR EL MISMO AMBIENTE, POTENCIA SU ACCIÓN...” 

En pocas palabras: sin una estrategia para detectar los infectados dentro de las casas la Cuarentena General solo reemplaza el contagio puertas afuera en uno puertas adentro, más reducido si, pero persistente y más potente y dañino. Recientemente estudios en China mostraron que el virus se esparce hasta 4 metros al lado de los contagiados…es fácil imaginarse el efecto que un contagiado asintomático tiene sobre sus parientes a lo largo de los días…

3. La Cuarentena General no es para todos incluso si quieren hacerla. 

Millones de personas no pueden confinarse sea porque tienen que salir a trabajar, sea porque no tienen el espacio para hacerlo: “La idea es que todos tengamos una casa individual, un poco burguesa, en la que podamos refugiarnos cuando haya una pandemia o un desastre natural” (…) “pero lo que veo en los barrios pobres no es para nada eso. Existe una realidad rodeada de condiciones insalubres, pero no solo eso. EN ESTE TIPO DE BARRIOS, HAY CASAS EN LAS QUE VIVEN CUATRO O CINCO PERSONAS POR HABITACIÓN, POR EJEMPLO“.

Esto es lo que dice el sociólogo Hamza Esmili sobre los banlieue los suburbios franceses 

Ahora hagamos un ejercicio  e imaginemos    el alcance del contagio puertas adentro en las favelas, barrios  y “villas” de América Latina  donde las condiciones sanitarias son todavía peores que las de cualquier barriada europea:   hectáreas de casas apenas separadas,  llenas de familias que comparten el mismo espacio muchas veces sin agua corriente.  Si todavía falta bastante para que se agote la capacidad del virus de seguir contagiando en las bien urbanizadas Italia y España, cuándo se agotará  en los titánicos complejos de favelas de Río y São Paulo o incluso en los de Antímano y  Petare en Venezuela??.

Además ningún estado latinoamericano (o del mundo) tiene la capacidad de mantener  el confinamiento en esas inmensas barriadas populares  (y por eso los poderes establecidos de la favela están intentando sus propias regulaciones más inteligentes que las de los gobiernos).

Pero incluso si, invocando algún poder milagroso,  los gobiernos lograrán confinar millones de favelados y precarios y, por otro a milagro todavía más grande aún, ellos no se siguieran contagiando en el encierro: qué sería de la vida de esas personas durante esos largos, larguísimos meses? que comerían, de que vivirían??.

4. LA CUARENTENA GENERAL EXACERBA LAS DESIGUALDADES 

Pero la vivienda  no es la única razón por la que  el lockdown  solo abarca a una parte de la población. Hay otro problema:  los que prestan los “servicios esenciales” no son grupos reducidos,  son millones,  no solo se trata de  los trabajadores de la circulación y los servicios públicos sino los agricultores, obreros, etc., que siguen sometidos al riesgo del contagio.

Los pobres quedan divididos por la Cuarentena General entre trabajadores autónomos que se quedan sin ingresos y empleados precarios que siguen expuestos al virus.  De hecho hay  segmentos de la población que tienen que estar expuestos para que otras puedan resguardarse -y no se trata solo de los trabajadores sanitarios.

Que no toda la población puede estar en cuarentena y que toda la que está en cuarentena no está protegida contra el contagio es la muestra más clara de las limitaciones de la Cuarentena General.

Pero el problema no es solo ese sino el daño masivo que el confinamiento forzado es capaz de hacer…

5. EN EL TERCER MUNDO LA CUARENTENA GENERAL ES COMO UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.

Para los más pobres un lockdown es devastador instantáneamente y  solo es cuestión de semanas o meses para que esa bomba caiga sobre la clase media.  En realidad la gran masa de la población está aprisionada entre el contagio y el  hambre.  En América Latina la mayoría de los trabajadores son autónomos, precarios o trabajan en el sector servicios y no tienen reservas para más de una semana. En general los migrantes de todo tipo son las primeras víctimas de la cuarentena como los hindúes y los venezolanos expulsados de sus viviendas por no poder pagar alquiler  y porque, con las calles vacías, no pueden hacer dinero.

Los gobiernos parecen tomar las medidas improvisadamente, imponiendo la cuarentena antes de saber qué hacer: Maduro decretó un paquete de medidas que no puede cumplir pues la economía venezolana está arruinada  y Alberto Fernández algunas bastante insuficientes o problemáticas. En Colombia no se ha hecho casi nada y en América Latina muchos países son gobiernos regionales, locales u organizaciones civiles o comunitarias las que tratan de contener el desastre repartiendo alimentos.

Dado el tamaño de la población pobre y precaria haría falta una política muy bien pensada para acompañar una Cuarentena General y nadie en América Latina parece tenerla.

6. ES UNA AMENAZA CONTRA  LAS LIBERTADES.

El gobierno de Venezuela anuncia que la gasolina está racionada por tiempo indefinido, Orbán acaba con los restos del estado de derecho en Hungría, y Duterte decreta la muerte para el que viola la cuarentena.  Los cuarentenistas denuncian, con razón, el negacionismo de Trump y Bolsonaro pero frecuentemente olvidan mencionar que muchos gobiernos, todaṽía más autoritarios que esos, han visto en la cuarentena  la clave no sólo para permanecer en el poder por tiempo indefinido sino para tomar  un control total o casi total sobre la vida de la población.

En este momento Venezuela, un caso extremo, no se diferencia mucho de Corea del Norte y no está claro cuándo será levantada la cuarentena pues el propósito de la misma es racionar la gasolina y restringir los movimientos de la población. Que el que es probablemente el gobierno más necropolítico del mundo (es decir que se beneficia de dejar morir o exponer a la muerte a la población)  sea radicalmente cuarentenista es algo que se ha discutido muy poco…

Otro aspecto sistemáticamente ignorado por los cuarentenistas es el enorme poder que policías y militares adquieren con la Cuarentena: en la India palizas y en Venezuela le entregó a la siniestra Guardia Nacional el control total de la gasolina. Además la policía tiene la autoridad de encarcelar al que no lleve máscaras. En todo el Sur Global la cuarentena trajo un aumento de la brutalidad policial .

Pero, en realidad,  el encerrar a la población en países como estos es tan  difícil de lograr y tan dañino cuando se logra que, en la práctica, la cuarentena muchas veces es relajada  o ignorada: Alberto Fernández anunció flexibilizaciones de la cuarentena y en Venezuela muchas veces  no se cumple. Algunos medios hablan de una situación caótica en Manila.  Parece que, incapaces de concebir o de aplicar medidas coherentes, muchos países van a aprisionar a la población entre órdenes contradictorias y, en general, entre los males de la cuarentena y los del contagio.

Memorias del Tercermundismo.

Alberto Fernández resumió muy bien la posición cuarentenista:  el contagio masivo “va a ocurrir” pero “Si nos quedamos en casa va a ser más lento” y: Cuanto más lento sea el contagio, más posibilidades de atención a la gente y menos posibilidades de que el virus mate” .

Este es el estándar de la posición cuarententista, completamente reactiva, y opuesta a la proactiva de los países que han  buscado formas o de suprimir la curva de contagio radicalmente o trabajando activamente para achatarla lo más rápido posible.

Pero, nos dicen, eso no es lo que nos toca a nosotros: esto no es Singapur ni Corea, ni Alemania ni Nueva Zelanda, a nosotros, sudamericanos, la cuarentena es lo que nos toca.

“es lo que nos toca” tiene una larga historia en el esperpento latinoamericano: nos tocaban dictaduras militares porque no estamos listos para las elecciones, nos tocaban gendarmes necesarios para protegernos de nuestros propios impulsos raciales….nos tocaban periodos especiales y dictaduras de partido por el cerco imperialista y  resignarnos a “democracias imperfectas” (corruptas y elitistas) para no retroceder a las dictaduras. Ahora nos dicen que una lucha pro-activa y efectiva contra el corona virus tampoco nos toca porque no somos coreanos…en fin, siempre se nos pide paciencia  para lo menos malo en medio de una lenta transición a lo bueno.

En esa perspectiva, derechos humanos, presidentes que no sean saqueadores y policías que no sean ladrones y asesinos entran en el terreno de lo utópico porque no somos Suizos, Suecos o Coreanos.

En realidad las elecciones, los sindicatos, los derechos laborales y las libertades básicas nos tocaron gracias a la gente que no aceptó que esas cosas estuvieran fuera de nuestro alcance… y eso aplica también para la lucha contra esta  pandemia  (y todas las que China seguirá disparándonos en los próximos años).

Como hemos visto, combatir el Corona virus no tiene nada que ver con aplicar una cuarentena general y el encierro forzado de toda la población, un encierro  a la vez imposible, inútil e indeseable que mientras más tiempo se trate de mantener será más desastroso.

El problema no son las normas de distanciamiento social, la prohibición de eventos deportivos y conciertos o incluso la disminución de la actividad económica: todo esto es necesario para eliminar las aglomeraciones. El problema, como señalan repetidamente epidemiólogos chinos e italianos es aplicar una política pro-activa de detectar los contagiados y aislarlos…en ese contexto si se puede esperar a que aparezca, primero algún fármaco que combata al virus y luego una vacuna.

Pero la condición de eso sería la aplicación del test masivo que es muy raro en América Latina y todo el Tercer Mundo.

Las razones no son solo materiales, de falta de equipos: hay resistencia de doctores que todavía creen que es una herramienta clínica y no de seguridad, burocracias sanitarias  y pura y llana incomprensión de su importancia pese a que expertos chinos, que combatieron el virus en Wuhan, han dicho claramente que : «SI UN PAÍS PRIORIZA A LOS PACIENTES GRAVES EN LAS PRUEBAS Y TRATAMIENTO, SU TASA DE LETALIDAD SERÁ MÁS ALTA. En un país donde las pruebas son más comunes y hay muchos pacientes leves detectados y puestos bajo cuarentena, LA TASA SERÁ MÁS BAJA»

Así o más claro??

Un cuarentenista más sutil podría decir que el “quédate en casa” es una “idea reguladora” o un estándar, es decir, todo el mundo no va a hacerlo pero la idea es que la mayor cantidad posible lo haga…en realidad incluso como idea reguladora el Cuarentenismo es deficiente porque no separa contagiados y saludables.   “Máximo de circulación con el mínimo de aglomeración” o “Detectar el máximo de contagiados, aislar al máximo de detectados” serian estándares o ideas mucho mejores pues derivan de experiencias exitosas.

Entonces, es falso que en América Latina no se pueda hacer otra cosa que encerrar a la gente en la casa, lavarse las manos, y declara enemigo público número uno al que sale a estirar las piernas:  de hecho la mayoría de los países del continente tienen todavía alguna capacidad de actuar decisivamente en tres áreas:

  1. Implementando progresivamente los test masivos, no solo para tener una imagen del contagio y su evolución sino para que cada quien pueda tomar las medidas necesarias (no solo aislarse en su casa sino de sus familiares, por ejemplo). especialmente necesario es ir  a las zonas más pobres y vulnerables y aplicarlo masivamente eligiendo algún método de muestreo.
  2. Crear la infraestructura sanitaria para que los contagiados, incluso los asintomáticos,  puedan confinarse sin esparcir el virus, eso incluye entrar activamente en favelas y barriadas no solo a hacer test y sacar a los contagiados sino a llevar agua e infraestructura sanitaria.
  3. Tomar decisivamente medidas económicas, especialmente a. Una renta básica para la mayoría de la población que equivalga a un salario mínimo b. Subsidio de alquileres y servicios públicos c. producción local de insumos y equipos sanitarios.

Es cierto que todo esto es difícil y que hay grandes obstáculos -incluidas nuevas formas de rapiña y piratería que hacen difícil adquirir insumos sanitarios- pero es falso que no se pueda hacer nada, por ejemplo:

  • En periodos de contracción en que la circulación de dinero ha disminuido  medidas de expansión controlada del gasto que aumentan  la circulación de dinero no generan inflación,
  • Se pueden empezar a aplicar progresivamente  más test y chequeos  mientras se construyen infraestructuras para la cuarentena (hoteles y posadas podrían ser usados si son adaptados adecuadamente dándole un impulso al empleo)
  • Los gobiernos pueden combinarse con los grupos de profesionales y las comunidades populares que se están organizando para combatir el virus.

En general es necesaria una actitud mucho más pro-activa en la salud pública. La salud, como todos los servicios públicos, no son gastos sino producción. Y ea producción de salud debe  llegar a donde no ha estado nunca antes. Esa era la virtud de las Misiones Sociales de Chávez, virtud  que es independiente de que fueran usadas para el  clientelismo y el control social o de que se usara la salud preventiva como muleta para un sistema de salud decadente y quebrado en vez de renovarlo.

Nada impide que se hagan experiencias parecidas sacando el componente clientelar y caudillista y fortaleciendo áreas en que las Misiones siempre fueron muy débiles (tecnología, comunicaciones, etc)

Pero el cuarentenismo que espera que el virus desaparezca si la gente se mete en su casa y se lava las manos no es más que la continuación de una lógica sanitaria, “biopolítica” que ya era reactiva: no llevar la salud, hacerla fluir sino esperar a la enfermedad para contenerla (cuando se puede) pero no se le puede apostar al “quédate en casa” la lucha contra el corona virus mientras se mata de hambre los pobres, los precarios y los inmigrantes: no solo tenemos derecho a saber si estamos contagiados y a poder aislarnos sin perjudicar a nadie en condiciones sanitarias sino que ningún gobierno tiene derecho a decirle “quédate en casa” a una persona que no tiene dinero para comer o pagar el alquiler…

No olvidemos que tanto los que niegan la epidemia como los que imponen las cuarentenas no pasan hambre e, incluso si el virus los alcanza, siempre tienen siempre trato preferencial: el virus es democrático pero nuestro mundo no lo es, no todavía.

Entre tanto:

‘Tem que se mover, não pode ficar sentado‘

Infectados entre nosotros

22abr-20
Publicada el 22 abril, 202022 abril, 2020 1
por admin

por Samuel Pulido

“Se tendrán que imponer controles globales/
y un órgano de gobierno mundial, para hacerlos cumplir/
Las crisis precipitan el cambio

Quiero idear un virus/
Para traer graves dificultades a tu entorno/
Aplastar tus corporaciones con un toque suave 
(…)

Los últimos punkies deambulan como monjes enmascarados”
Virus (2000) — Deltron 3030

En la segunda semana de marzo de 2020, los mapas digitales que visualizan el número acumulado de casos confirmados de personas afectadas por la infección respiratoria aguda COVID-19 todavía mostraban tres grandes círculos, que destacaban sobre todos los demás: China, Irán y e Italia. De alguna manera, el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2), el virus causante del COVID-19, estaba dibujando una estela irregular a lo largo de la antigua ruta de la seda, por la que desde antiguo transitaron caravanas comerciales en una globalización temprana. Los italianos importaron seda de Persia y de China hasta aproximadamente mediados del siglo XIV, cuando se desintegró el último iljanato mongol, por luchas intestinas y como consecuencia de otro microorganismo letal (yersinia pestis) que luego arrasaría Europa, donde se conoció como la Peste Negra. Según una teoría muy difundida hasta hace tiempos recientes, su origen también se situaría en China. Hubei, epicentro del COVID-19 en 2020, ya fue devastada en 1331 por una epidemia que algunos autores identificaron con la misma Peste que llegó a Italia en 1348. Sin embargo, investigaciones recientes descartan esta conexión y sugieren que el foco de la Peste Negra se sitúa más bien entre Asia Central, el Cáucaso y la Crimea asediada por la Horda de Oro mongola.

Sea como fuere, lo cierto es que los imperios mongoles habían unificado temporalmente una significativa porción de Eurasia y que a partir de ahí las ciudades-Estado italianas como Génova y Venecia, que mantenían estrechas relaciones comerciales con aquéllos, actuaron como focos de transmisión del virus en Europa occidental. Así pues, se calcula que entre el 30 y el 50% de la población europea falleció en Europa por la enfermedad (hasta dos tercios en algunas urbes), dislocando las relaciones de clase y acelerando de paso el fin del feudalismo. En su declive, el hundimiento demográfico provocó escasez de mano de obra en muchas zonas, incrementos salariales (allí donde se trabajaba con jornales), y estrategias institucionales de control de la movilidad rural-urbana. Las ciudades-Estado del norte y centro de Italia (Venecia, Florencia, Génova y Milán) llegaron a conformar el primer sub-sistema regional capitalista, no sin conflictos que no pueden entenderse sin los estragos causados por la Peste Negra. En 1355 una revuelta antioligárquica derribó el Régimen de los Nueve en Siena y en Florencia, afectada además por el crash financiero de 1340, se produjo la primera rebelión de trabajadores manufactureros de la historia, la revuelta de los ciompi (1378), de corto recorrido.

La Peste Negra, junto con sus réplicas cíclicas en plagas sucesivas durante los siglos posteriores, marcó en Europa una auténtica cesura histórica entre el Medievo y el Renacimiento. Obviamente, no fue la causa de la transición pero sí un factor clave. Desde entonces, ninguna otra plaga ha tenido un impacto sistémico comparable. Podríamos mencionar también la “Gran Mortandad” en Canarias, Caribe y América, tras la conquista por parte de los colonizadores europeos, que entre otras cosas trajeron consigo enfermedades y plagas, como la propia peste bubónica, desconocidas para las poblaciones indígenas. Sin embargo, en el caso de la expansión ibérica en el Atlántico, el descenso demográfico obedece a un conjunto de factores entre los que figuran también la guerra y la servidumbre. Por sí sola, la Peste Negra marcó profundamente la economía, la sociedad y la cultura europeas, en definitiva, la propia psique de los europeos de entonces, como quedó reflejado en el arte. La Peste coincidió además con el inicio de un período de temperaturas relativamente frescas en el hemisferio norte entre los siglos XV a XIX (la “pequeña edad de hielo”), a la que según un estudio reciente (2019) habría contribuido también la citada desaparición de buena parte de la población indígena americana durante el siglo XV.

La enfermedad

Conforme pasan los días arraiga la sensación, reforzada por las medidas extraordinarias adoptadas por prácticamente todos los gobiernos del mundo, de que con el COVID-19 nos encontramos ante un acontecimiento con unas implicaciones sistémicas comparables a las de la vieja Peste, en un contexto de cambio climático diferente, uno que está derivando en un calentamiento global del planeta. Las alusiones a la Segunda Guerra Mundial o a Chernóbil (de China, del neoliberalismo) nos remiten a conmociones conocidas que sin embargo no parece que ayuden mucho para aprehender lo que estamos viviendo. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, habló de una crisis humana sin precedentes, para dar cuenta de la escala de su repercusión. Pero, ¿en qué medida es así? Y, sobre todo, ¿de qué manera las respuestas que estamos dando ahora determinarán el futuro?

En principio, se supone que el coronavirus SARS-CoV-2 tiene una capacidad de propagación menor que otros virus, como el del sarampión. A pesar de ello, el SARS-CoV-2 se ha difundido a gran velocidad por todo el globo, por una intensa movilidad humana facilitada por las modernas redes de transporte y de comunicación. Si la Peste Negra tardó unos siete años en extenderse por Europa, y la gripe española unos dos años en propagarse por buena parte del mundo, en apenas tres meses el COVID-19 ha hecho su aparición oficial en la práctica totalidad de las jurisdicciones que forman parte de las Naciones Unidas. Por lo que vamos aprendiendo, este coronavirus puede aguantar hasta 72 horas en determinadas superficies si ha habido contacto, y sus síntomas no aparecen de inmediato, de modo que una persona puede transmitirlo inadvertidamente antes de sentir dichos síntomas e incluso días después de que desaparezcan los mismos. Personas que no muestran síntomas también pueden transmitirlo. Asimismo, un reciente estudio muestra que, a diferencia del SARS-CoV (2003), se pueden alcanzar altas concentraciones del virus en la garganta, no solo en los pulmones, lo que facilita su transmisión por vía aérea.

Asimismo, aunque el SARS-CoV-2 sea de por sí menos letal que la bacteria que provoca la Peste, el síndrome respiratorio agudo severo que provoca en los pacientes puede tener consecuencias graves en un gran número de personas de edad avanzada o con afecciones previas y que por ello requieren hospitalización. También conocemos casos de personas más jovenes que, aún sin afecciones conocidas, han desarrollado neumonías. Es decir, podemos llegar a tener un número lo suficientemente significativo de pacientes como para provocar el colapso de aquellos sistemas sanitarios que carezcan de la organización y de los recursos adecuados, y la correlativa desatención de otros problemas de salud pública. En su comparecencia pública del pasado 30 de enero, hace ya una eternidad, el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba: “nuestra mayor preocupación es que el virus se propague en países con sistemas de salud menos robustos y poco preparados para enfrentarse a esta amenaza”. Entonces todavía se pensaba que la transmisión por parte de personas asintomáticas era rara y pocos en Europa o en Estados Unidos pensaron en aquel momento que sus propios países se encontraban en esa lista potencial. Un día después de dicha comparecencia la Comisión Europea preguntó a los 27 Estados miembros de la Unión Europea si necesitaban mascarillas y otros equipamientos sanitarios. Ninguno respondió. Salvo notables excepciones, el principio de precaución cedió en muchos casos ante una arrogancia neocolonial y en otros ante posiciones eugenésicas de mercado. Según fuimos conociendo más acerca del nuevo coronavirus, parecía cada vez más claro que la combinación de sociedades con un importante porcentaje de población de más de sesenta y cinco años de edad -entre el 18 y el 22% en Europa-, y de unos sistemas públicos de salud basados en una red de atención primaria importante y una alta rotación hospitalaria, poco preparados para epidemias de esta dimensión, sobre todo si han sido degradados tras años de recortes, privatizaciones y precarización, podían generar un cóctel explosivo. Como así ha sido en muchos casos.

Esta es una gran novedad con respecto a las epidemias de siglos anteriores: lo que hasta ahora ha evitado que aquéllas pudieran volver a reproducirse como en el pasado se encuentra bajo amenaza, en un período en el que el capitalismo depende, más que nunca, de la producción y reproducción de la vida social. O dicho de otro modo, está en juego lo que asegura las vidas productivas de quienes con su trabajo, su cooperación y su consumo contribuyen a la acumulación de capital, bajo el comando de las finanzas. La robotización y la informatización no han eliminado esta realidad. Por más que excluya, el capitalismo primero necesita incorporar vidas en su proceso productivo. La otra gran novedad, vinculada con la anterior, ha sido la reacción de los Estados.

El remedio

En general, los gobiernos han intervenido a regañadientes, abordando una pandemia de manera gradual, sin anticipar problemas de suministros sanitarios ni coordinarse entre ellos, con un ojo puesto en los países competidores, resistiéndose a tomar decisiones que pudieran comprometer el crecimiento del producto interior bruto, de los beneficios empresariales y, en su caso, el apoyo electoral. La propia China demoró inicialmente su respuesta al tardar dos meses en cerrar la metrópolis de Wuhan desde que se detectó el nuevo virus, aunque en su descargo cabe agregar que inicialmente no se conocía su funcionamiento y solo a mediados de enero se confirmó su transmisión entre humanos. En cualquier caso, la reacción china y la de otros países asiáticos como Corea del Sur parece que ha sido relativamente efectiva, al menos en comparación con lo sucedido en Europa o Estados Unidos. Políticos con un proyecto soberanista como Donald Trump o Boris Johnson, se opusieron en un principio a intervenir activamente para atajar la difusión del virus. No obstante, una vez que se constató el incremento del número de afectados y de hospitalizaciones, la saturación de los servicios sanitarios, junto con la presión social (y monetaria, como se evidenció en el caso británico), es cuando los gobiernos, uno tras otro, terminaron por decretar -y esto es lo novedoso- medidas restrictivas en un grado, extensión y simultaneidad jamás vistas antes en la historia de la humanidad.

El repertorio de medidas gubernamentales destinadas a frenar la propagación del SARS-CoV-2 incluye: el aseguramiento de la distancia física (incluyendo el cierre de escuelas y otros servicios públicos); restricciones de la movilidad humana (controles fronterizos e internos, suspensión de vuelos); cuarentenas; confinamiento, y el cierre de sectores económicos enteros. Aunque la implementación efectiva ha sido desigual, lo cierto es que a principios de abril más de la mitad de la población mundial vivía en países en los que los gobiernos habían promovido o impuesto diferentes medidas restrictivas o de confinamiento. 166 Estados han cerrado sus fronteras (77 de manera completa y unos 89 de manera parcial). La organización ACAPS estima que más o menos por las mismas fechas unos 57 Estados habían decretado estados de emergencia, de alarma o similares, de los cuales 22 en Europa. Según UNESCO, los cierres de las escuelas afectan al 91% de los estudiantes de primaria y secundaria de todo el mundo, recurriendo a métodos de enseñanza virtual cuando ello es posible.

La consecuencia inmediata de todo ello ha sido un doble shock económico de demanda y de oferta que ha desplomado la actividad productiva en todo el mundo, a partir de sus principales centros económicos: China, la Eurozona y Estados Unidos. Lo cual ha disparado los niveles de desempleo y provocado una fuerte contracción del crédito. Para mitigar las consecuencias económicas de la lucha contra la pandemia, a finales de marzo más de 65 países habían adoptado diferentes paquetes de medidas fiscales. Entre las herramientas más comunes, figuran esquemas de préstamos para empresas y avales públicos para aumentar la liquidez, moratorias hipotecarias y fiscales, subsidios temporales de desempleo (incluyendo ERTEs), transferencias monetarias directas a grupos vulnerables, cambios en prácticas y reglamentaciones laborales (teletrabajo), regularizaciones provisionales de la población migrante en situación irregular (Portugal), limitaciones en la exportación de suministros médicos y productos esenciales, etc.

Todo ello con la cobertura de la compra masiva de bonos por parte de los bancos centrales, que ha evitado por ahora el desplome financiero, y, por lo que a la UE se refiere, con la flexibilización del Pacto de Estabilidad y del régimen de ayudas de Estado para permitir un mayor gasto público y un mayor endeudamiento. El problema es que países como Italia, España o Grecia, parten de niveles altos de deuda pública, como resultado de las transferencias intraeuropeas de los pobres hacia los ricos por medio de ese mecanismo de “tortura” social conocido como “austeridad”. De todos los gobiernos de la UE es Alemania, país central de la eurozona, quien ha llevado a cabo la intervención pública más contundente, con un paquete que, entre gasto público inmediato, aplazamiento de impuestos y contribuciones, más créditos, avales y garantías, se elevará en 2020 a unos 750 mil millones de euros. Claro que Alemania, por aquello de las asimetrías de la Eurozona, continúa cobrando por emitir deuda (sus bonos tienen rendimiento negativo). Por su parte, Estados Unidos aprobó un paquete de ayudas de unos 2.200 mil millones de dólares, el mayor de su historia, mientras que la Reserva Federal recientemente anunció otros 2.300 mil millones de dólares en préstamos a hogares y empresas. Cifras mareantes que sin embargo comprenden más crédito que gasto público efectivo y que no acaban de aportar ni estabilidad ni certeza.

Los gobiernos que han impuesto los patrones más duros, como el italiano o el español, esperan que la cuarentena sea limitada en el tiempo, que el bloqueo económico vaya aliviándose poco a poco y que finalmente haya un rebote en forma de V de victoria. Algunos países europeos ya están levantando varias restricciones antes de que termine el mes de abril, lo que quizás sea precipitado sin una inmunización amplia en las respectivas poblaciones. Este deseo de reactivación no parece tener muy en cuenta las disrupciones en las cadenas globales de valor ni el hecho de que la progresiva reactivación de un país no irá a la par con la situación en países de los que se depende en términos de comercio de mercancías y servicios. España, tan dependiente del turismo y de la construcción, con un mercado laboral flexibilizado y una elevada tasa de mortalidad empresarial, sufrirá en todo caso un golpe terrible. En el caso de la UE, su futuro inmediato dependerá de la preservación del mercado único, hoy cuarteado con la reintroducción de restricciones fronterizas al interior de la zona Schengen, de la cobertura que pueda continuar prestando el Banco Central Europeo para evitar que se ensanche el diferencial de rentabilidad de las primas de riesgo, y de las políticas fiscales que finalmente lleven a cabo los gobiernos nacionales a falta de una intervención comunitaria potente, imposible con un presupuesto que apenas alcanza el 1% de la Renta Nacional Bruta europea. Tampoco está claro con qué intensidad China, que durante el primer trimestre de 2020 habrá sufrido su primera contracción económica desde el final de la revolución cultural en 1976, recuperará la senda del crecimiento y cuándo, teniendo en cuenta el descenso de la demanda mundial. La Organización Mundial del Comercio (OMC) calcula que el comercio mundial puede caer hasta un 32% en 2020.

La doble crisis sanitaria y económica puede tener también un fuerte impacto en los denominados países “emergentes” o “en desarrollo” y en los países más pobres, que hoy dependen más de China que hace diez años. Los primeros han sufrido en lo que llevamos de año una fuga de capitales de más de 90.000 millones de dólares, mayor que la de la crisis financiera de 2008–2009 según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Habrá que seguir lo que sucede en cuatro potencias sub-regionales: Brasil, Turquía, India y Sudáfrica. Para poder afrontar la pandemia y la depresión económica, estos países deberán incrementar aún más sus déficits, sus niveles de deuda y aprobar estímulos monetarios, lo que complicará la defensa del valor de sus monedas locales, que han venido cayendo en las últimas semanas. Aunque la pobreza en términos absolutos y relativos -incluyendo la pobreza extrema- aumentará en todo el mundo, se estima que las regiones más afectadas por dichos incrementos serán África (tanto al norte como al sur del Sáhara), Oriente Medio y el sur de Asia. Muchos de esos países son exportadores de materias primas cuyos precios -al menos en hidrocarburos y metales- ya están cayendo, primero por la guerra de precios del petróleo y ahora por el descenso de la demanda, lo que debilita sus monedas y encarece su deuda externa. Los países más pobres carecen de espacio fiscal para llevar a cabo políticas propias de estímulo o para permitirse cuarentenas prolongadas. A ello que se añade la interrupción del envío de remesas, vitales en muchos países, por parte de millones de trabajadores migrantes. Por lo pronto, aunque la relativa menor incidencia estadística del COVID-19 en dichos países puede estar relacionada con la aparición tardía de la enfermedad y con la ausencia de diagnósticos en gran número, la tendencia en abril es inequívocamente al alza. La UE, preocupada por una extensión de la pandemia en su periferia sur y suroriental, ya ha propuesto una reasignación presupuestaria de los vigentes programas de ayuda.

Pese a los llamamientos a la unidad nacional o de la humanidad, estos no pueden ocultar los sesgos de clase, de raza y de género sobre los que se estructura el sistema en el que ha nacido el SARS-CoV-2. Ni las restricciones, ni el acceso a los servicios sanitarios o educativos, ni las ayudas económicas, se aplican a todos por igual. Mientras las elites políticas y económicas no han tenido problemas para ser diagnosticados o priorizados en la atención médica, muchos trabajadores han tenido que conformarse con recurrir a consultas telefónicas, cuando no se han visto obligados a acudir a sus puestos, sin la suficiente protección, a los pocos días de que se disipen los síntomas. En Nueva York, la letalidad es incomparablemente mayor entre hispanos y afroamericanos. El teletrabajo puede servir para determinados medios profesionales, pero no para los trabajadores sanitarios o para muchos trabajos de los que dependen los sectores populares, incluyendo la población migrante. Tampoco todas las familias disponen de los mismos recursos digitales para la educación a distancia. El encierro domiciliario facilita además la violencia machista.

El bloqueo económico está incrementando el número de hogares sin ingresos provenientes del empleo formal, muchos de los cuales se verán excluidos de las magras transferencias económicas condicionadas que se vienen anunciando. Una cosa son los anuncios, otra lo que se publica en los diarios oficiales, y otra muy distinta será la implementación. En España empezamos a comprobar cómo el coronavirus se ceba en los barrios con menos recursos. Las personas migrantes y refugiadas, que han visto aún más restringida su movilidad y que en los lugares donde se encuentran carecen de todos los derechos de que disponen los ciudadanos “plenos”, son especialmente vulnerables. Por no hablar del potencial incremento del contagio y de la mortalidad en los campos de refugiados, ya sea en las islas griegas o en el mayor campo del mundo, el que alberga a los rohinyá en Cox’s Bazar, Bangladesh. En fin, mucha gente trabaja en la llamada “economía informal” -a nivel mundial, son de hecho la mayoría– y vive al día en áreas urbanas densamente pobladas, sin protección social y sin acceso a servicios adecuados de salud, sobre todo en los países más pobres.

Convalecencia

Así pues, 2020 será el año del hundimiento de la economía mundial, una gran recesión que en esta ocasión no tiene origen financiero sino biopolítico, pero que en el corto-medio plazo puede tener importantes repercusiones financieras, pese al optimismo que venden grupos financieros como BlackRock. Desde hace un tiempo diversos inversores y analistas venían esperando una recesión que las últimas previsiones situaban a finales de 2020, aunque por motivos diferentes y sobre la base de un contagio financiero desde Estados Unidos o quizás desde China. Desde el crash de 2008-2009 la “recuperación” de la economía mundial había dependido, por un lado, de las continuas transfusiones financieras de los bancos centrales, que cobraron nuevo impulso en 2019 en Estados Unidos y en la Eurozona precisamente por los nubarrones que se avistaban en el horizonte. El año pasado el declive de la producción manufacturera en Alemania o la abultada deuda china transmitían señales preocupantes. Por otro lado, y relacionado con lo anterior, la recuperación de la pasada década vino también de la mano de una intensificación de diversas formas de extractivismo: desde la explotación agroindustrial o minera que está convirtiendo la selva amazónica en una sabana hasta el desarrollo oligopolístico de las plataformas digitales (las FAANG o Big Tech).

La nueva gran recesión mundial tendrá la particularidad de haber sido inducida por los propios gobiernos, de manera caótica y casi simultánea, para aplicar una auténtica cura de caballo al capitalismo. Todo ello con el beneplácito de las finanzas, principales beneficiarias de los diferentes planes de estímulo y que encarnan los intereses del capital colectivo, y no tanto de los capitalistas nacionales o individuales, que presionan para que se retomen las actividades “no esenciales”. Este peculiar cierre patronal, esto es, ordenado desde arriba, aunque con una cooperación necesaria desde abajo, en una acción colectiva global inédita, tiene lugar después de tres años de reducción de las tasas de crecimiento del PIB mundial (3,2% en 2017, 3% en 2018, 2,9% en 2019), en parte debido a la guerra comercial instigada por Donald Trump para reajustar las cadenas globales de valor en términos neosoberanistas, en un contexto de desaceleración continuada de la economía china que viene de más lejos y a la que ha contribuido también la reducción del consumo interno (6,1% de crecimiento del PIB en 2019, el ritmo más bajo de los últimos 29 años, frente al 10,6% alcanzado en 2010).

El desplome será de los que hacen época. Desde 1950 se han producido cuatro recesiones mundiales: en 1976, en 1982, en 1991 y en 2009. Este período básicamente coincide con el desarrollo del neoliberalismo, como respuesta a la dificultad de mantener elevadas tasas de beneficio por parte del capital. De las cuatro, la de 2009 fue la más intensa de todas ellas y afectó especialmente a las economías avanzadas del norte, Estados Unidos y Europa, poniendo fin al tipo de globalización intensa que se desarrolló desde la implosión del bloque soviético. La gravedad de la nueva recesión económica que apenas comienza vendrá determinada por la dislocación de las cadenas de producción, del transporte, del comercio, por la retroalimentación de su impacto en las finanzas públicas, y por la caprichosa multiplicación de un virus que ignora todo lo anterior. Es, además, cualitativamente distinta de las anteriores, por enmarcarse dentro de una crisis más amplia y profunda, la de la creciente vulnerabilidad de la especie humana ante la degradación capitalista de los ecosistemas en los que se desenvuelve. Dicha degradación, que en los últimos años ha alcanzado cotas realmente alarmantes, es la que facilita la transmisión zoonótica de nuevos virus y la aceleración del calentamiento global. En este juego de muñecas rusas que es la prolongada crisis del sistema-mundo capitalista, en el que una crisis destapa otra crisis, el virus ha vuelto a poner en evidencia una crisis irresuelta de gobernanza global y supranacional, agravada por la irremediable incertidumbre en la que nos deja el coronavirus.

Aparte de la liquidez masiva que están inyectando los principales bancos centrales, el peso de la gestión de toda esta situación está en manos de unos gobiernos nacionales que afrontaron el advenimiento del SARS-CoV-2 frágiles fiscalmente y debilitados políticamente. A la creciente fragmentación y volatilidad política en cada país, fenómeno que en los países occidentales se agudizó especialmente desde la última recesión, se unió en 2019 un espectacular incremento de las protestas y revueltas populares por todo el mundo, con demandas sociales, de libertades o contra la corrupción, según los países. Esta tendencia se esperaba que se intensificase en 2020, pero las reacciones gubernamentales para atajar el virus la han parado en seco, al menos por el momento. No debería sorprender por tanto la desconfianza generalizada hacia las autoridades, que por lo general se han parapetado detrás de los expertos sanitarios para justificar sus decisiones, en especial las medidas más autoritarias destinadas a asegurar el confinamiento. Con todo, los gobiernos tratan de hacer de la necesidad virtud, tratando de reforzar su legitimidad y la de sus instituciones de seguridad mediante una épica de la movilización en torno a la “guerra contra el virus”. Pero la gobernanza científica, depolíticas racionales basadas en la evidencia (evidence-based policies), tiene sus límites.

De un tiempo a esta parte, toda política termina siendo política de crisis, de urgencia, de emergencia, como si solo así fuera posible lograr consensos y saltarse límites constitucionales: crisis migratoria, urgencia antiterrorista, emergencia climática. Los movimientos sociales no han sido ajenos a este marco mental. Para declarar una emergencia más clásica, como la de una epidemia, se necesitan datos con los que operar. Pero si la estadística es un saber consustancial al Estado moderno y a su capacidad para legitimarse y ejercer el control sobre una determinada población, sabemos que los datos oficiales sobre el coronavirus no reflejan toda la realidad de su expansión o la tasa real de letalidad, lo que no facilita la confianza. El número real de afectados -con síntomas o sin ellos- podría ser cinco, diez o veinte veces superior, según los lugares, al número de casos confirmados que actualizan diariamente la OMS o la John Hopkins University, lo que complica la comparación entre países que emplean criterios diferentes o simplemente no disponen de las mismas capacidades estadísticas. Algo parecido sucede con el número de muertes: si la tasa de letalidad debe ser menor que la calculada a partir de los casos confirmados, teniendo en cuenta el número de casos asintomáticos no contabilizados, los datos disponibles necesitarán complementarse con los datos de exceso de mortalidad cuando estén disponibles.

Momentos tambaleantes, abiertos e inciertos como éste nos muestran al emperador en toda su desnudez. “No podemos volver a la normalidad porque la normalidad era el problema”, “la economía del mundo se tambalea porque estamos comprando solo lo que necesitamos”, podemos leer estos días. Muchas cosas que nos parecían normales de pronto se nos vuelven obsoletas, ajenas. Incluyendo nuestro lenguaje, que vuelve a oscilar entre un tono apocalíptico y uno cínico, atrapado en las gramáticas del siglo XX. El énfasis en una interpretación estereotipada del neoliberalismo, manifiesta en el regocijo por la intervención estatal, como si el aquél no hubiera consistido en una reorientación de las funciones del Estado desde el Estado, con cambios significativos desde 2009, dificulta la comprensión del capitalismo actual y la elaboración de estrategias políticas emancipadoras. Las recientes derrotas de los veteranos candidatos de la izquierda neokeynesiana en Reino Unido (Corbyn) y en Estados Unidos (Sanders), con los respectivos aparatos partidistas funcionando como auténticos sumideros de movilización activista, abren nuevos escenarios que tardarán un tiempo en madurar. Y allí donde la izquierda gobierna, como en España, apenas puede aportar un barniz social que no va a compensar la detracción de recursos por la vía financiera, y ello pese a contar con condiciones europeas algo más favorables, en comparación con 2015.

La alteración de nuestra rutina cotidiana también genera otras formas de habitar y sentir el mundo, lo que puede tomar diferentes direcciones. Por un lado, se desarrollan prácticas creativas de conversación, de cooperación y de apoyo mutuo -económico, psicológico- que permean nuestras subjetividades. Algunas luchas democratizadoras continúan por otros medios, aunque afectadas por el disciplinamiento sanitario y, en el caso español, aún bajo el influjo de la restauración partitocrática, entre un gobierno socialmente “sensible” al que se interpela y la amenaza ultraderechista. Esto es, lejos de constituir contrapoderes autónomos. El rechazo de muchos a una vuelta al trabajo sin garantías de seguridad hace que algunos negocios mantengan el cierre o el teletrabajo: en este caso se trataría de cierres desde abajo, forzados por la presión de sus trabajadores y trabajadoras (lo que anticipó la hibernación económica total decretada por el gobierno español durante unos días, antes de semana santa). Muchos presos se han amotinado en cárceles de diferentes países, hasta que algunos gobiernos han comenzado a facilitar la libertad de algunos reclusos. Las personas migrantes reclaman regularización de derechos, el fin de los centros de detención y de las deportaciones. Las huelgas de alquileres, si bien de alcance limitado, así como la renovada discusión sobre una renta básica universal (o de cuarentena), prefiguran un conflicto más amplio en torno a la renta financiera y la desigualdad del ingreso. Y, atravesando todo lo anterior, ¿cómo nos concebiremos a nosotros mismos y a nuestro entorno después de haber vivido y respirado otra ciudad?

Otra dirección, menos esperanzadora, es la que se apoya en afectos como el miedo y el resentimiento, que pueden llegar a expresarse con un lenguaje de odio. Del miedo se sirven tanto el neoliberalismo como el neofascismo, pero en el segundo caso el miedo a un otro percibido como amenaza es lo que, al crear una particular forma de identidad y pertenencia, reconduce la ansiedad por el posible descenso social, por el reemplazo cultural, o por una hipotética eliminación física. Y el coronavirus convierte a cualquiera en una amenaza vital, no solo a los sospechosos habituales, lo cual no deja de ser una paradójica y perversa democratización. La actitud policial de muchos vecinos y vecinas en las situaciones de cuarentena nos da una idea de lo que puede fermentarse. Si a ello unimos la prevalencia de una cultura del resentimiento en las redes sociales, no es de extrañar que sean las derechas radicales las que, con sus contenidos, sean bulos o no, vayan ganando terreno en todo tipo de plataformas digitales. “El neofascismo cosecha la acumulación algorítmica de los sentimientos en forma de identificación por medio de tormentas de comentarios”, sostiene Richard Seymour en su último libro antes del coronavirus. El distanciamiento físico, el confinamiento y el teletrabajo nos vuelve aún más adictos a la máquina algorítmica y cronófaga. Una máquina controlada por unas plataformas corporativas que pueden acabar siendo las grandes ganadoras de la crisis en curso, alejándonos de la ruptura ludita que propone el citado autor. ¿Cómo nos percibiremos a nosotros mismos y a los demás, después de haber vivido la militarización de nuestras calles y de nuestros cuerpos?

El futuro

De un modo u otro, tanto la enfermedad como el remedio nos dejarán cicatrices, cuya profundidad dependerá de la duración y virulencia de la pandemia y sus nuevas oleadas; del tiempo de prolongación, o de reiteración, de los recortes de derechos y libertades; del impacto desigual de la recesión económica y del futuro reembolso de la deuda pública que se infla. Al progresivo relajamiento del actual confinamiento, nos preparan las autoridades, seguirá una panoplia de medidas disciplinarias y de control, con ciclos de cierre y apertura según vuelvan a producirse picos de contagio o para evitarlos, al menos hasta que haya una vacuna disponible. Tarde o temprano los acreedores reclamarán el ajuste para asegurarse el cobro de los títulos adquiridos hoy. Desde un punto de vista estrictamente sanitario, la relajación de las restricciones requiere un aumento sustancial de la capacidad de realización de diagnósticos (de detección del virus, de inmunidad) y el aislamiento de los casos que se detecten, así como el refuerzo de los equipamientos, de respiradores, de material de protección, lo que depende de cierta reindustrialización local de la oferta de estos productos.

Nuestra futura convivencia con las diferentes cepas del coronavirus y con sus estragos socioeconómicos, mientras aumenta la temperatura del planeta, está llena de incógnitas que solo se podrán resolver con el tiempo. Si el COVID-19 contribuye a una transición sistémica como hizo la Peste Negra hace casi siete siglos, o a una nueva gran transformación del capitalismo, será porque exacerba y altera elementos de una crisis sistémica que ya estaba en marcha, superponiéndose a ellos o desvelándolos, en todo caso sacudiendo nuestras coordenadas políticas. ¿Serán las sociedades envejecidas de los antiguos polos occidentales del capitalismo neoliberal las principales afectadas, social y demográficamente, desplazando aún más el centro de gravedad económico hacia oriente y hacia el sur? Contrariamente al modelo propuesto por Giovanni Arrighi, el fin de la hegemonía global de Estados Unidos no ha terminado de consagrar la entronización de China con un papel equivalente, pero quizás sea cuestión de tiempo. A pesar de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, es improbable que vuelva a producirse un desacoplamiento este-oeste como en el siglo XX durante la guerra fría, básicamente porque China está integrada en la economía mundial como nunca lo hizo la Unión Soviética.

Las funciones del Estado pueden volver a mutar, al compás de las exigencias de prevención y de control epidémico, del tratamiento de sus efectos secundarios económicos. Habrá que ver de qué manera, teniendo en cuenta la actual correlación de las citadas debilidades, de gobiernos como de las propias organizaciones sociales y populares, en muchos países. Tampoco está claro que un reforzamiento social (o social-policial) del Estado implique necesariamente su desgajamiento de marcos supranacionales, habida cuenta de que la descoordinación entre Estados contribuye tanto a la propagación del virus como al agravamiento de la recesión. En este sentido, no deja de resultar irónico que la secretaria británica de comercio reclame mayor coordinación internacional y apertura comercial. De hecho, históricamente a las plagas de la Modernidad no les sucedieron procesos de “desglobalización”, sino más bien lo contrario. ¿Forzará esta crisis la articulación de algún nuevo tipo de multilateralismo, se profundizará la integración política europea, y si es así podrán ser estos marcos de gobernanza más democráticos que las actuales o más autoritarios? ¿O por el contrario se acentuará la disgregación nacional, con reagrupaciones dinámicas en torno a potencias hegemónicas regionales?

Creo que esta reflexión macro es necesaria, pero reconozco que por sí sola abruma y no tiene por qué ayudar a la acción colectiva en estos momentos de cambio. Debe complementarse con otras preguntas -algunas incómodas- que nos conciernen directamente. ¿Podremos en estas condiciones relanzar movimientos políticos, redes u organizaciones que puedan conectar a la escala de las transformaciones planetarias, a partir de las lecciones del pasado reciente? Frente a la previsible proliferación de conflictos, de baja y alta intensidad, sobre la redistribución del ingreso pero también sobre la propiedad, la producción y lo común ¿cómo encauzarlos en sentido emancipador?

A diferencia del siglo XIV, hoy somos capaces de compartir información de forma masiva, de mantener una conversación global y de reproducir repertorios de protesta. Y, sin embargo, resulta notable cómo en el momento de la historia en el que estamos más conectados globalmente, sea tan difícil la articulación de movimientos transformadores transnacionales. Pienso que algo tiene que ver con el nacional-soberanismo que predomina entre las izquierdas institucionales y con el fin del monopolio euroamericano como foco de irradiación cultural mundial. En la década pasada, la principal explosión política con una onda expansiva global provino de los países árabes en 2011, pero no fue posible realizar una traducción apropiada que pudiera componer vínculos políticos de alcance regional o mundial, si excluimos la excepción yihadista.

Pero también tiene que ver con las persistentes problemáticas de la estrategia y de la organización, maltrechas en España tras las agridulces experiencias del pasado ciclo político, y que adquieren nuevos matices en tiempos de confinamiento, de control digital de nuestra intimidad y de nuestros movimientos, de justificación de abusos policiales por nuestro bien. Debemos reconocer las fuertes divergencias que existen en un campo político que solo se unifica, y cada vez con más problemas, por vía electoral. Aquí todos interpretamos el acontecimiento desde nuestros respectivos bagajes, que no deberían convertirse en anteojeras. ¿Qué desgarros políticos -y personales- viviremos cuando llegue el momento de tomar decisiones, de preferir unos caminos y no otros? ¿Qué alianzas serán viables? ¿Podremos consolidar la pluralidad de iniciativas solidarias que surjan para sobrevivir, en formas organizativas democráticas que adquieran cierta autonomía y puedan perdurar en el tiempo?

¿Cómo reorganizaremos nuestras vidas, nosotros, los infectados de hoy y de mañana?

Fotografía: Un hombre con mascarilla viaja solo en el metro de Bruselas (marzo de 2020). Francisco Seco/AP

Publicado originalmente en: https://medium.com/@quilombosfera/infectados-entre-nosotros-7748f8e632a6

Una pregunta

21abr-20
Publicada el 21 abril, 2020
por admin

Por Giorgio Agamben

La plaga marcó para la ciudad el comienzo de la corrupción… Nadie estaba dispuesto a perseverar en lo que antes consideraba bueno, porque creía que tal vez podría morir antes de llegar a él.
Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 53.

Me gustaría compartir con los que quieran una pregunta en la que no he dejado de pensar desde hace más de un mes. ¿Cómo puede ser que un país entero se haya derrumbado ética y políticamente ante una enfermedad sin darse cuenta? Las palabras que utilicé para formular esta pregunta fueron consideradas cuidadosamente una por una. La medida de la abdicación a los propios principios éticos y políticos es, de hecho, muy simple: se trata de cuál es el límite más allá del cual uno no está dispuesto a renunciar a ellos. Creo que el lector que se tome la molestia de considerar los siguientes puntos tendrá que estar de acuerdo en que -sin darse cuenta o pretender no darse cuenta- el umbral que separa a la humanidad de la barbarie ha sido cruzado.

1) El primer punto, quizás el más serio, se refiere a los cuerpos de las personas muertas. ¿Cómo podíamos aceptar, sólo en nombre de un riesgo que no se podía especificar, que nuestros seres queridos y los seres humanos en general no sólo murieran solos, sino -algo que nunca había sucedido antes en la historia, desde Antígona hasta hoy- que sus cuerpos fueran quemados sin un funeral?

2) Entonces aceptamos sin demasiados problemas, sólo en nombre de un riesgo que no se podía especificar, limitar nuestra libertad de movimiento a un grado que nunca antes había ocurrido en la historia del país, ni siquiera durante las dos guerras mundiales (el toque de queda durante la guerra estaba limitado a ciertas horas). Por lo tanto, aceptamos, sólo en nombre de un riesgo que no podía ser especificado, suspender nuestra amistad y amor, porque nuestro prójimo se había convertido en una posible fuente de contagio.

3) Esto podría suceder -y aquí tocamos la raíz del fenómeno- porque hemos dividido la unidad de nuestra experiencia vital, que es siempre inseparablemente corpórea y espiritual a la vez, en una entidad puramente biológica por un lado y una vida afectiva y cultural por el otro. Ivan Illich mostró, y David Cayley lo recordó recientemente, las responsabilidades de la medicina moderna en esta escisión, que se da por sentada y que es en cambio la mayor de las abstracciones. Soy muy consciente de que esta abstracción ha sido lograda por la ciencia moderna a través de dispositivos de reanimación, que pueden mantener un cuerpo en un estado de vida vegetativa pura.

Pero si esta condición se extiende más allá de los límites espaciales y temporales que le son propios, como se intenta hacer hoy, y se convierte en una especie de principio de comportamiento social, caemos en contradicciones de las que no hay salida.

Sé que alguien se apresurará a responder que se trata de una condición limitada de tiempo, después de la cual todo volverá como antes. Es verdaderamente singular que esto sólo pueda repetirse de mala fe, ya que las mismas autoridades que proclamaron la emergencia no dejan de recordarnos que cuando la emergencia termine, las mismas directivas deben seguir siendo observadas y que el “distanciamiento social”, como se ha llamado con un eufemismo significativo, será el nuevo principio de organización de la sociedad. Y, en cualquier caso, lo que, de buena o mala fe, uno ha aceptado sufrir no podrá ser cancelado.

No puedo en este punto, ya que he acusado a las responsabilidades de cada uno de nosotros, dejar de mencionar las responsabilidades aún más graves de aquellos que habrían tenido la tarea de velar por la dignidad humana. En primer lugar, la Iglesia, que al convertirse en la sierva de la ciencia, que se ha convertido en la verdadera religión de nuestro tiempo, ha renunciado radicalmente a sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazó a los leprosos. Ha olvidado que una de las obras de misericordia es visitar a los enfermos. Ha olvidado que los mártires enseñan que uno debe estar dispuesto a sacrificar su vida antes que la fe y que renunciar al prójimo significa renunciar a la fe. Otra categoría que ha fallado en sus deberes es la de los juristas. Hace tiempo que estamos acostumbrados al uso imprudente de los decretos de emergencia mediante los cuales el poder ejecutivo sustituye al legislativo, aboliendo ese principio de separación de poderes que define la democracia. Pero en este caso se han superado todos los límites y se tiene la impresión de que las palabras del Primer Ministro y del Jefe de Protección Civil se han convertido inmediatamente en ley, como se decía para las del Führer. Y no vemos cómo, habiendo agotado el plazo de validez de los decretos de emergencia, las limitaciones de la libertad pueden ser, como se anuncia, mantenidas. ¿Por qué medios legales? ¿Con un estado de excepción permanente? Es tarea de los juristas verificar que se respeten las reglas de la constitución, pero los juristas permanecen en silencio. Quare silete iuristae in munere vestro?

Sé que invariablemente habrá alguien que responda que el grave sacrificio se hizo en nombre de los principios morales. Me gustaría recordarles que Eichmann, aparentemente de buena fe, nunca se cansó de repetir que había hecho lo que había hecho según su conciencia, para obedecer lo que creía que eran los preceptos de la moralidad kantiana. Una norma que establece que hay que renunciar al bien para salvar el bien es tan falsa y contradictoria como una que, para proteger la libertad, requiere que se renuncie a ella.

Capitalismo, reproducción y cuarentena

21abr-20
Publicada el 21 abril, 2020
por admin

Por Silvia Federici

Nosotras como feministas, los movimientos de mujeres en todo el mundo, hace muchísimos años venimos repitiendo que este sistema no garantiza nuestro futuro, no garantiza nuestra vida. Este sistema nos está matando de tantas formas diferentes pero conectadas: nos está matando con la agricultura industrializada, con la comida que nos da diabetes. En el 2019 más de 4 millones de personas murieron de diabetes en el mundo por esta comida fast food tan venenosa. Y también la contaminación de las aguas, los pesticidas. Entonces las mujeres del mundo, campesinas, indígenas, urbanas, son la primera línea en la lucha por una sociedad diferente. Por una reproducción que nos da vida, nos da futuro, que nos nutre, que no nos va a matar.

Es muy importante decir que esta pandemia hace muy visible, muy evidente, lo que pasa cada día con la guerra, con los desahucios, con las deslocalizaciones, las expropiaciones, la gente que es expulsada de su campo, con la contaminación del medio ambiente, la destrucción de la naturaleza. Otro ejemplo es el aumento de la desesperación. Hoy se habla en Estados Unidos de que 20 mil personas murieron por el coronavirus. Es terrible, es terrorífico. Solamente el año pasado 48 mil personas se suicidaron. Se suicidaron porque esta vida siempre es más triste, siempre es más difícil.

Como siempre, las que más sufren son las mujeres. Hoy podemos ver que son la primera línea como trabajadoras de cuidado (enfermeras, cajeras en las tiendas). Y también el incremento de trabajo en la casa, tener a los hijos, no transmitirles miedo, protegerlos de esta amenaza.

Todo esto pone en el centro, hace muy visible, la importancia de la reproducción. Reproducción es una palabra que todavía hace referencia a muchísimas realidades diferentes pero conectadas. Reproducción es el cuidado, las crianzas, cocinar, acompañar a los enfermos. Y también el cuidado de la naturaleza. Es la agricultura sustentable, donde las mujeres son las primeras trabajadoras. Una agricultura que no termina en el lucro, sino en el sustento de su familia. Es así que pueden controlar que lo que entra al cuerpo no te va a matar, te va a nutrir. Esta agricultura industrializada nos ha dado el cáncer, muchísimas enfermedades que son completamente derivadas de un modelo basado en el lucro. No es como la pequeña agricultura, donde la gente trabajaba con una relación muy directa con la naturaleza. Esta globalización, esta división internacional de la producción basada en el lucro no tiene ningún sentido: buscar la manzana que llega de China o de miles de kilómetros.

Entonces podemos ver que la reproducción es el terreno estratégico fundamental para la construcción de un futuro, de una sociedad. Reproducción significa vida, significa futuro. Vivimos en un sistema capitalista que su problema fundamental, lo que lo hace insustentable, es que sistemáticamente se basa sobre la subordinación de la reproducción de la vida. La subordinación de nuestra vida, de nuestro futuro. Se basa en el lucro individual, en el lucro de las grandes compañías y corporaciones. Esto es el capitalismo. Se funda sobre la explotación del trabajo humano y la subordinación de nuestra reproducción. Se puede ver que todas las medidas políticas y económicas que ponen en acción están conformadas por esta finalidad.

Las mujeres ya están dando esta lucha. Los movimientos de mujeres son hoy estratégicamente importantes. Podemos ver que la lucha es para recuperar la medida más básica de nuestra reproducción. Que sea la riqueza social que hemos producido, que sea la tierra, que sea el control sobre el agua, sobre las selvas. Crear una forma de organización. Hay redes de mujeres que ya se están formando para fortalecer los lazos. Fortalecer no solo nuestra capacidad de resistencia al Estado, sino de imponer otro tipo de sociedad. Como se dice en España y en América Latina: una sociedad donde la vida esté en el centro. Y también crear formas de reproducción más solidarias.

Durante muchos años, con compañeras de todo el mundo hablamos de la política de los comunes. Nunca se verificó con tanta claridad este concepto. Pensar colectivamente, no individualmente. Pensar nuestra vida cotidiana, nuestro trabajo, el futuro. Pensarlo colectivamente, no como seres aislados. Ahora están intentando aislarnos en el nombre de esta epidemia. Debemos tener mucho cuidado. El miedo es que usarán la epidemia. El miedo de morir, que es muy fuerte, muy legítimo, lo usarán para continuar aislándonos, desmantelando nuestras protestas.

Es importante que desde abajo empezamos a recuperar el control de nuestra vida y a tomar decisiones colectivas. Esto signfica también que parte de nuestra lucha debe ser la de imponer al Estado como parte de la recuperación de la riqueza social. El Estado debe relocalizar los lugares donde podemos cuidar nuestra salud. Ahora solo podemos estar en la casa o en el hospital. Mucha gente tiene miedo de ir al hospital porque saben que se pueden infectar. El hospital no es solamente un espacio de cuidado de la salud. Es un lugar donde no hay insumos, donde quienes trabajan están en peligro. Entonces: la importancia de relocalizar, de tener estructuras de la comunidad, como alguna vez tuvieron muchísimos países. Antes del neoliberalismo exisitieron pequeñas clínicas, lugares, donde una persona podía ir si tenía problemas, sin necesidad de ir al hospital. En esta estructura se podía ejercitar también un mayor control sobre el tipo de cuidado que nos dan, que necesitamos. Se podría establecer un intercambio entre la gente del barrio, de la comunidad, con quienes trabajan en las instituciones. Necesitamos revitalizar esta estructura.

Hoy no es Estado sí o no. Es claro que tenemos la necesidad de usar estructuras que llegan de las instituciones, porque no tenemos alternativa. Una alternativa es comenzar a reflexionar colectivamente sobre lo que necesitamos, sobre nuestra salud, sobre la comida, sobre el territorio, sobre todas las situaciones que afectan nuestra vida. Mientras tanto, relocalizar la agricultura, la salud. Crear formas de control colectivo, de tomar decisiones de comprender.

Yo creo que es importante reflexionar sobre la realidad cotidiana antes del coronavirus. Y hablo sobre todo de Estados Unidos: en el período 2017-2018 más de 60 personas han muerto por Influenza. Y cerca de medio millón de personas murieron de cáncer. Miles y miles mueren de diabetes. Es una estadística increíble. Volviendo al comienzo: es un sistema que crea una condición de muerte permanente. Y sin hablar de la guerra: por años y años Estados Unidos y la Comunidad Europea en complicidad están creando una situación de guerra permanente que ha destruido Medio Oriente y ahora el norte de África.

Entonces: como mujeres, como feministas, ver que tenemos una mirada particularmente clara de la importancia de la reproducción de la vida. De cuáles son nuestras vulnerabilidades y cuáles son las necesidades que tenemos. Podemos ver que necesitamos una lucha muy amplia. Una lucha que conecta a las mujeres de áreas urbanas con áreas rurales para crear nuevas estructuras, nuevos lazos de solidaridad, nuevas formas de reproducción. Siempre inspiradas por el concepto de que la reproducción de la vida, la finalidad de la sociedad, debe ser el bienestar, el buen vivir y no el lucro privado.

Byung-Chul Han: vamos hacia un feudalismo digital y el modelo chino podría imponerse

18abr-20
Publicada el 18 abril, 2020 1
por admin

El filósofo coreano y ensayista bestseller alerta que el coronavirus podría llevarnos a una sociedad de vigilancia total: el control digital podría imponer el régimen chino y jaquear las libertades occidentales.

La amenaza del terrorismo ya bastante nos lleva a someternos a medidas denigrantes de seguridad en los aeropuertos sin oponer la menor resistencia. Con los brazos en alto dejamos que nos escaneen el cuerpo. Permitimos que nos palpen en busca de armas ocultas. Cada uno de nosotros es un terrorista en potencia. El virus es terrorismo que viene del aire, representa una amenaza considerablemente mayor que la del terrorismo islámico. Resulta intrínseco a la lógica de todo esto pensar que la pandemia tendrá consecuencias que transformarán al conjunto de la sociedad en una zona de seguridad, en una cuarentena permanente en la que cada uno será tratado como un potencial portador del virus.

Europa y Estados Unidos están perdiendo todo su esplendor en medio de la pandemia. Van a los tumbos. Parece que son incapaces de controlar la epidemia. En Asia, lugares como Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur o Japón supieron controlarla con relativa rapidez. ¿A qué se debe esto? ¿Qué ventajas sistémicas evidencian los países asiáticos? En Europa y en Estados Unidos el virus se encuentra con una sociedad liberal en la que se propaga sin esfuerzo. ¿Acaso el liberalismo tiene la culpa del fracaso europeo? ¿Será que el virus se siente a gusto en el sistema liberal?

Pronto se impondrá la idea de que la lucha contra la pandemia indica actuar a pequeña escala, es decir, poniendo el foco en la persona, el individuo. Pero el liberalismo no permite fácilmente un procedimiento de este tipo. Una sociedad liberal se compone de individuos con libertad de acción que no autorizan la injerencia estatal. La sola protección de datos impide la vigilancia a pequeña escala de las personas. La sociedad liberal no contempla la posibilidad de hacer de las personas, individualmente, el objeto de la vigilancia, por eso no le queda más remedio que el shutdown, con consecuencias económicas masivas. Occidente llegará pronto a una conclusión fatal: que lo único capaz de evitar el cierre total es una biopolítica que permita tener acceso ilimitado al individuo. Occidente concluirá que la protegida esfera privada es justamente lo que ofrece refugio al virus. Pero reconocer esto significa el fin del liberalismo.

Trabajadores médicos en el hospital de Dongsan en Daegu (Corea del Sur) / DPA

Trabajadores médicos en el hospital de Dongsan en Daegu (Corea del Sur) / DPA

Los asiáticos están combatiendo el virus con un rigor y una disciplina que para los europeos resulta inconcebible. La vigilancia se centra en cada persona en forma individual, y esto constituye la principal diferencia con la estrategia europea. Los rigurosos procedimientos asiáticos recuerdan a aquellas medidas disciplinarias adoptadas en la Europa del siglo XVII para combatir la epidemia de la peste. Michel Foucault las describió de manera impactante en su análisis de la sociedad disciplinaria. Las casas se cierran por fuera y las llaves se entregan a las autoridades. Se condena a muerte a quienes violan la cuarentena. Se mata a los animales que andan sueltos. La vigilancia es total. Se exige obediencia incondicional. Se vigila cada casa en forma individual. Durante los controles, todos los habitantes de una casa deben asomarse por las ventanas. A quienes viven en casas que dan a patios traseros se les asigna una ventana al frente por la cual asomarse. Llaman a cada persona por su nombre y le preguntan por su estado de salud. Quien miente se expone a la pena de muerte. Se establece un sistema de registro total. El espacio se vuelve una red anquilosada de células impermeables. Cada quien está atado a su lugar. Cualquiera que se mueva pone en riesgo su vida.

En el siglo XVII Europa devino en una sociedad disciplinaria. El poder biopolítico penetra hasta en los más mínimos detalles de la vida. Toda la sociedad se transforma en un panóptico, es atravesada por la mirada panóptica. El recuerdo de esas medidas disciplinarias se ha desvanecido por completo en Europa. En realidad, eran medidas mucho más rigurosas que las que toma China ante esta pandemia. Pero se podría decir que la Europa de los siglos XVII y XVIII es la China actual. Entretanto, China ha creado una sociedad disciplinaria digital con un sistema de crédito social que permite una vigilancia biopolítica y un control sin fisuras de la población. Ni un solo momento de la vida cotidiana escapa a la observación. Se monitorea cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. Se utilizan 200 millones de cámaras de vigilancia con reconocimiento facial. Quien cruza un semáforo en rojo, tiene contacto con personas opositoras al régimen o publica comentarios críticos en las redes sociales vive en peligro. Quienes, en cambio, compran comida sana o leen los periódicos oficialistas, son recompensados con créditos baratos, seguros de salud o visas de viaje. En China esta vigilancia total es posible porque no existe restricción alguna al intercambio de datos entre los proveedores de internet y de telefonía móvil y las autoridades. Así que el Estado sabe dónde estoy, con quién me encuentro, qué estoy haciendo en este momento, qué ando buscando, en qué pienso, qué compro, qué como. Es muy probable que en el futuro el Estado también controle la temperatura corporal, el peso, los niveles de azúcar en sangre, etc.

La vigilancia digital total de la población está demostrando ser por demás eficaz contra el virus. Cualquiera que salga de la estación de trenes de Beijing es capturado por una cámara que mide su temperatura corporal. Si tiene temperatura alta, se informa por teléfono móvil a todas las personas que iban en el mismo vagón. El sistema sabe quién, cuándo y dónde iba sentado en el tren. Y las personas potencialmente infectadas se detectan usando solo datos tecnológicos. Las redes sociales informan sobre el uso de drones para vigilar la cuarentena. Si una persona abandona clandestinamente su cuarentena, el dron vuela hacia ella y la insta a volver a casa. Incluso puede que el dron imprima una multa en el momento y la deje caer sobre su cabeza. Parece que se está produciendo un cambio de paradigma en el control de la pandemia y Occidente no termina de darse por enterado. El control de la pandemia se está digitalizando. No sólo la combaten virólogos y epidemiólogos sino también ingenieros informáticos y especialistas en big data.

Distancia. El subte en Seúl, Corea del Sur. /EFE

Distancia. El subte en Seúl, Corea del Sur. /EFE

En la lucha contra el virus, el individuo es vigilado individualmente. Una aplicación le asigna a cada persona un código QR que indica con colores su estado de salud. El color rojo indica una cuarentena de dos semanas. Solo pueden moverse libremente quienes puedan mostrar un código verde. No es solo China, otros países asiáticos también implementan la vigilancia individual. Para detectar personas potencialmente infectadas se cruzan los más diversos datos. El gobierno de Corea del Sur está considerando incluso la posibilidad de obligar a las personas que entran en cuarentena a llevar un brazalete digital que permita controlarlas las 24 horas del día. Hasta ahora ese método de vigilancia estaba reservado para quienes habían cometido delitos sexuales. De modo que, frente a la pandemia, cada individuo es tratado como un criminal en potencia.

El feudalismo digital

El modelo asiático para combatir el virus no es compatible con el liberalismo occidental. La pandemia pone en evidencia la diferencia cultural entre Asia y Europa. En Asia sigue imperando una sociedad disciplinaria, un colectivismo con fuerte tendencia al disciplinamiento. Se aplican sin más medidas disciplinarias radicales que encontrarían fuerte rechazo por parte de los europeos. No se las percibe como restricción de los derechos individuales sino como cumplimiento de deberes colectivos. Países como China y Singapur tienen un régimen autocrático. Hasta hace pocas décadas también en Corea del Sur y Taiwán prevalecían condiciones autocráticas. Los regímenes autoritarios hacen de las personas sujetos disciplinarios, las educan para la obediencia. Y Asia está marcada por el confucianismo, que dicta la obediencia incondicional a la autoridad. Todas estas peculiaridades asiáticas resultan ventajas sistémicas para contener la epidemia. ¿Será que la sociedad disciplinaria asiática terminará imponiéndose a escala global a la luz de la pandemia?

Ni siquiera es necesario remitirse a Asia para señalar el peligro que la pandemia representa para el liberalismo occidental. La vigilancia panóptica no es un fenómeno exclusivamente asiático. Ya estamos viviendo en un panóptico digital global. Las redes sociales también se parecen cada vez más a un panóptico que vigila y explota sin piedad a los usuarios. Nos exponemos voluntariamente. No entregamos nuestros datos por la fuerza sino por necesidad interior. Constantemente se nos incita a compartir nuestras opiniones, preferencias y necesidades, a comunicarnos y a contar nuestras vidas. Después, los datos son analizados por plataformas digitales dedicadas al pronóstico y a la manipulación de comportamientos, y explotados comercialmente sin tregua ni cuartel.

Incluso ellas. Un barbijo sobre la cara de una estatua en honor a las mujeres que fueron sometidas a esclavitud sexual por los japoneses. /   EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Incluso ellas. Un barbijo sobre la cara de una estatua en honor a las mujeres que fueron sometidas a esclavitud sexual por los japoneses. / EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Vivimos en un feudalismo digital. Los señores feudales digitales como Facebook nos dan la tierra y dicen: ustedes la reciben gratis, ahora árenla. ¡Y la aramos a lo loco! Al final, vienen los señores y se llevan la cosecha. Así es como se explota y vigila la totalidad de la comunicación. Es un sistema extremadamente eficiente. No existe la protesta porque vivimos en un sistema que explota la libertad en sí misma.

El capitalismo en su conjunto se está transformando en un capitalismo de vigilancia. Plataformas como Google, Facebook o Amazon nos vigilan y manipulan, con el propósito de maximizar sus ganancias. Se registra y analiza cada clic. Somos dirigidos como marionetas por hilos algorítmicos. Pero nos sentimos libres. Asistimos a una dialéctica de la libertad, que la vuelve servidumbre. ¿Esto todavía es liberalismo?

La pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿por qué toda esta vigilancia digital, que está teniendo lugar de todas formas, debería detenerse ante el virus? Es probable que la pandemia haga caer ese umbral de inhibición que venía impidiendo que la vigilancia se extendiera biopolíticamente al individuo. La pandemia nos lleva hacia un régimen de vigilancia biopolítica. No solo nuestras comunicaciones, también nuestro cuerpo, nuestro estado de salud, se está convirtiendo en objeto de vigilancia digital. La sociedad de la vigilancia digital está experimentando una expansión biopolítica.

Según Naomi Klein, autora de No Logo, el shock es un momento oportuno para instalar un nuevo sistema de dominación. El shock pandémico hará que se imponga a nivel global una biopolítica digital que se apodere de nuestro cuerpo con su sistema de control y vigilancia, una sociedad disciplinaria biopolítica que vigile permanentemente hasta nuestro estado de salud. Tampoco descartemos que vayamos a sentirnos libres en ese régimen de vigilancia biopolítica. De hecho vamos a pensar que todas estas medidas de vigilancia son en pos de nuestra propia salud. La dominación se completa en el momento en que coincide con la libertad. En medio de la conmoción causada por la pandemia, ¿se verá Occidente obligado a abandonar sus principios liberales? ¿Corremos el riesgo de volvernos una sociedad de cuarentena biopolítica que restrinja de manera permanente nuestra libertad ? ¿Es China el futuro de Europa?

Byung-Chul Han, filósofo de origen surcoreano y docente en Berlín, ha sido casi integralmente traducido al castellano. Es autor de ensayos breves como «La agonía del eros», «Enjambre», «La sociedad del cansancio» y «Topología de la violencia». Traducción del alemán: Carla Imbrogno.

Prefacio de Huelga de masas, partido y sindicatos, de Rosa Luxemburg

14abr-20
Publicada el 14 abril, 2020
por admin

Por György Lukács

El 13 de abril de 1885 nació el gran pensador marxista húngaro György Lukács. Frente a la degradación positivista del marxismo, Lukács siempre afirmó su punto de vista subjetivo y voluntarista, necesario en los momentos decisivos de la lucha.

Rosa Luxemburg no fue tan sólo una mártir de la revolución proletaria; toda su vida fue un gran combate para que el proletariado se hiciera revolucionario, para que la justa toma de conciencia de la situación de la lucha de clase, oscurecida consciente o inconscientemente, a los ojos de la clase obrera, por los oportunistas socialdemócratas, se introdujera en la conciencia del proletariado: para que la conciencia de clase así desarrollada se transformara en acción revolucionaria. De modo que Rosa Luxemburg libró las batallas más difíciles de su vida, ante todo, contra las corrientes derechistas y centristas del movimiento obrero de hoy. No es sorprendente que finalmente fueran los mercenarios de Ebert y Scheidemann los que la mataron: toda su vida se batió contra ellos, con las nobles armas de la ciencia y de la justicia; mientras que ellos trataron de imposibilitar su influencia sobre la clase obrera por medio de calumnias, intrigas y mentiras. Hasta que, finalmente, cuando todo esto fracasó, cuando Luxemburg avanzó en cabeza de las masas revolucionarias para ganar la lucha de la clase proletaria por la vía armada, la asesinaron.

Rosa Luxemburg era una verdadera dirigente del proletariado. Quizá, junto a Lenin, el único sucesor digno de Marx y de Engels. Pero como la revolución proletaria se diferencia fundamentalmente de la revolución burguesa —la del proletariado no es tan brillante como la de la burguesía, pero va más al fondo que ella, y, pese a que progresa más despacio, cambia más profundamente lo esencial de la sociedad—, de ahí se desprende que el dirigente de la revolución proletaria se diferencia profundamente del tipo de dirigente de la revolución burguesa. Este dirigente no es ni un gran demagogo, ni un orador brillante y un agitador como Danton o como Lajos Kossuth; sino que será aquel que cultive más a fondo el marxismo, la dialéctica revolucionaria, la ciencia de la lucha de clases. Aquel que, con la ayuda del marxismo, sea capaz de analizar, de valorar y de juzgar correctamente todo acontecimiento de la vida cotidiana y sea, por consiguiente, capaz de mostrar la correcta vía de acción a la clase obrera.

Pero del hecho de que el juicio sobre la situación actual y la vía designada para la acción que de él se desprende sean correctos no se deduce que las grandes masas del proletariado puedan comprenderlos de inmediato ni que deban reaccionar en la dirección adecuada. Los oportunistas, al colocar en primer plano sus propios intereses, miopes y falseadores, han envenenado, durante décadas, las reflexiones y los sentimientos de la clase obrera. La han habituado a no mirar los acontecimientos desde el punto de vista de los intereses de clase generales del proletariado, y a que, en cambio, cada cual se preocupe ante todo de sus intereses personales, es decir, aquellos que conciernen al oficio o a la fábrica en un sentido restringido. Han conseguido, con ello, oscurecer la conciencia del proletariado, dirigir a la clase obrera en una dirección oportunista y pequeñoburguesa, y educarla en este sentido.

Fue contra este oportunismo pequeñoburgués contra el que Rosa Luxemburg libró los combates más difíciles de su vida. Como agitadora, como organizadora, como periodista del diario y como teórica, en las reuniones públicas, en los diarios, en los congresos, con armas distintas, pero siempre con igual fuerza, se batió en defensa del verdadero sentido del marxismo: por la revolucionarización del proletariado. Fue en esta batalla en la que Rosa Luxemburg se hizo grande, se convirtió en una verdadera mártir del proletariado; ella y sus compañeros de lucha.

La propia Rosa Luxemburg era un gigante del pensamiento porque no sólo presentaba, con instinto certero, los peligros que encerraba el oportunismo, sino que también analizó, con un profundo conocimiento marxista, todo acontecimiento del presente: ella fue la primera en ver, con una clarividencia profética, lo esencial de la historia, y todo lo que se desprende de este conocimiento para las acciones del proletariado. Si hoy observamos la obra y la vida de Rosa Luxemburg, no podemos dejar de constatar que fue ella la primera que percibió correctamente el imperialismo como última etapa del capitalismo, y las consecuencias necesarias de éste: la guerra mundial y la revolución mundial; ella fue la que descubrió la primera y única arma eficaz a emplear contra los peligros del imperialismo: los movimientos de masas revolucionarios.

El ascenso de la lucha de clases final entre el proletariado y la burguesía, el cómo, las condiciones, las posibilidades y las armas de esta lucha de clases, he ahí el contenido de la obra y la vida de Rosa Luxemburg. En los momentos en que el movimiento obrero europeo —y sobre todo alemán— se había hundido tan profundamente en el oportunismo que éste no sólo saboteaba las acciones de modo encubierto, sino que también podía manifestarse abiertamente, y teóricamente, Rosa Luxemburg fue la primera en imponer la teoría de la revolución proletaria contra la teoría del oportunismo. Es verdad que, entonces, en contra del creador de la teoría reformista, Bernstein, también Kaustky libró una batalla teórica. Pero esas dos especies de batalla estaban separadas una de otra como el cielo de la tierra. Kautsky puso en evidencia los errores teóricos y prácticos de Bernstein, pero desconfiaba, con una prudencia inconsciente, de remover el fondo del problema. Calificaba, sin embargo, a la teoría de Bernstein en su conjunto de “desviación teórica”, que no podía ni debía analizarse más que dentro del partido. Rosa Luxemburg demostró, con una lógica decisiva y despiadada, que había que elegir. Había que elegir entre seguir siendo o dejar de ser socialista. Aquel que, como Bernstein, enseña que en el capitalismo la capacidad de adaptación aumenta cada vez más, paralelamente al desarrollo de la sociedad; y que, por consiguiente, la posibilidad de crisis económicas —si es que llegan a estallar—, así como su intensidad y su significación, decae cada vez más; aquel que pretende que la clase obrera no tiene posibilidad de tomar en sus manos el poder organizativo de la producción como no sea por medio de la lucha sindical y sin revolución; aquel que dice que la sociedad “se fusiona” pacíficamente con el socialismo, ése ha dejado de ser socialista, y ha abandonado el terreno teórico del socialismo revolucionario.

Rosa libró esta batalla todavía —en apariencia— junto a Kautsky y a otros; éstos criticaban “su tono” y no se identificaban con “sus exageraciones”, pero, “en el fondo”, según decían, estaban de acuerdo con ella. En efecto, la toma de posición oficial del partido significaba la condena del oportunismo abierto de Bernstein y otros. Pero aquello que Bernstein y otros perdían ahí, lo ganaban en la práctica. En vano declaraba el partido alemán que estaba en las posiciones del marxismo revolucionario. En la práctica, cuanto más se acercaba la crisis final del capitalismo, tanto más él se aproximaba a la posición de Bernstein, tanto más oportunista se hacía.

Contra este oportunismo, Rosa Luxemburg dio batalla en todos los terrenos —ahora ya sola, apoyada por unos pocos camaradas comprensivos y revolucionarios (Liebknecht, Mehring, Radek, Zetkin, etc.; algunos de ellos, como, por ejemplo, Pannekoek, no comprendían su toma de posición profunda). Al comienzo, Kautsky y los demás observaban los esfuerzos de Rosa Luxemburg con una objetividad “científica” elegante y “neutra”, y, luego, pasaron a serle abiertamente hostiles. El contenido de la principal obra de su vida (La acumulación del capital, publicada en 1913) es el análisis del imperialismo como etapa última y nueva del desarrollo capitalista; supone un retorno al verdadero método de Marx, y un intento de comprender, apoyándose en su espíritu, el problema de los nuevos tiempos, que los oportunistas, basándose en la letra de Marx, no podían ni querían comprender. El problema de la acumulación del capital es, en efecto, un problema vital del desarrollo capitalista. Acumular significa acrecentar la producción capitalista gracias a una parte de la ganancia producida anualmente. Esta parte es igual a aquella que queda si, de la ganancia global de un año de la clase capitalista, se resta la parte consumida en las necesidades propias de esta clase. Con este resto, amplía y desarrolla sus fábricas. La acumulación es, pues, una cuestión de valorización económica de la ganancia que supera el consumo capitalista. La cuestión está en: ¿Quién comprará estas mercancías producidas de un modo acelerado? Para todo obrero sensato, la teoría de Rosa Luxemburg resulta clara de inmediato: de la acumulación del capital se deriva necesariamente la tentativa del capital de extender el mercado de modo continuo e ininterrumpido. Dado que la capacidad de absorción del mercado interior es limitada, el capital se ve obligado a expandirse a escala internacional (de ahí el imperialismo). Pero como tarde o temprano tiene que llegarse a una situación en que todas las colonias y esferas de interés sean propiedad garantizada de determinados grupos de interés imperialistas-capitalistas, será inevitable el estallido de una batalla a vida o muerte entre estos grupos: la guerra mundial. La causa última de esta guerra está en el hecho de que todo grupo imperialista-capitalista quiere evitar la crisis definitiva a costa de otro; puesto que, para la producción capitalista creciente, no existe mercado lo bastante amplio. Dado que la guerra mundial no puede ser otra cosa que una tentativa de evitar la crisis final, y que no resuelve en absoluto la crisis en sí misma, sino que siembra los gérmenes de nuevas guerras mundiales, resulta que la guerra mundial es, necesariamente, la crisis última del capitalismo y que, por lo tanto, tiene que conducir a la revolución mundial.

En contra de esta determinación extremadamente clara, la “ciencia” del oportunismo dio una batalla tan encarnizada que no encontramos otra igual en toda la historia del pensamiento socialista. La flor y nata de la “ciencia” del oportunismo, con Otto Bauer y Hilferding a la cabeza, trató de demostrar, con argumentos, con burlas y con datos estadísticos, no tan sólo que Rosa Luxemburg se equivocaba, sino también que veía un problema allí donde no había ninguno. El problema de la acumulación del capital, según ellos, no es tal problema: el capital crea por sí mismo su propio mercado. El imperialismo es un “fenómeno efímero”, las crisis tienen un carácter “transitorio”, y, por lo tanto, el capitalismo —desde el punto de vista económico— puede incluso ser eterno. Por lo menos, es seguro que no será él mismo el que cave su propia fosa a través de su desarrollo ilimitado y técnico.

Toda teoría de la lucha de clases tiene a su práctica por criterio verdadero. Así como los oportunistas, durante largos años, no quisieron reconocer la existencia del imperialismo y la necesaria aproximación de la guerra mundial consecuente a él, del mismo modo, cuando estalló la guerra mundial, no quisieron tampoco ver en ella el desencadenamiento de la crisis mundial, y aún menos extraer consecuencias relativas a su acción. Igual que en el caso del imperialismo, tomaron la guerra por un episodio, de tal carácter que, con la desaparición de éste, volvería una vez más la situación “normal”: el tiempo de la lucha sindical, de las elecciones parlamentarias, de los congresos internacionales. Evidentemente, en estas condiciones, la Internacional de los oportunistas se hundió. Cosa que, por lo demás, ellos consideraron como un episodio. “La Internacional es un medio de paz, no de guerra”, decía el más sensato de ellos, Kautsky.

La lucha teórica y práctica de Rosa Luxemburg contra los oportunistas cosechaba en este terreno sus más difíciles y brillantes victorias. Pese a que se pasó en la cárcel la mayor parte de la guerra, fue ella la que, junto con Mehring, Liebknecht y Jogiches organizó la lucha ilegal contra la guerra. Crearon, con Mehring, la revista Internacional, y, más tarde, al ampliarse el grupo, publicaron ilegalmente las célebres cartas de Espartaco, y crearon la Liga de Espartaco. Ella fue la que, durante los primeros días, condujo a Liebknecht, que dudaba, por el buen camino; fue gracias a su clarividencia teórica que las dudas del más grande de los héroes de la lucha contra la guerra no duraron más que unos pocos días. Ella fue la que sentó las bases teóricas de toda la lucha. En su magnífico folleto titulado La crisis de la socialdemocracia, esboza una vez más un cuadro grandioso del desarrollo del imperialismo, de la significación histórica y mundial de la guerra, de la tarea del proletariado respecto a su propia misión; tarea que la socialdemocracia no había podido ni querido cumplir. Y exigió la creación de un arma necesaria para la lucha del proletariado contra el capitalismo mundial: la formación de una Internacional nueva y revolucionaria.

Porque Rosa Luxemburg no olvidó nunca la práctica al lado de la teoría. Para ella, la más profunda y cierta de las teorías tan sólo era válida en la medida en que mostraba una nueva vía para la acción del proletariado, del mismo modo que la crítica no fue para ella más que un medio para el descubrimiento de medios de lucha positivos. Rosa Luxemburg observaba la aproximación de la revolución mundial con la misma clarividencia profética que el próximo peligro de la guerra mundial. La revolución rusa de 1905-1907 despertó por un momento a la socialdemocracia europea de la pereza teórica. Bajo la influencia de la revolución rusa, incluso Kautsky y los demás creyeron que había llegado la época de la revolución, y tomaron por objeto de análisis el medio de lucha que se había manifestado allí, por primera vez y de modo brillante: la huelga de masas.

Sin embargo, entonces, como toda teoría oportunista abierta o enmascarada, ésta partió de bases falsas, llegando a resultados igualmente falsos y a la inacción. También ahí descubrió de modo decisivo la falsedad del punto de partida. Las dos corrientes oportunistas polemizaban en tomo a si era correcto (y cuándo lo era) utilizar la huelga de masas como medio de lucha. Rosa Luxemburg, en cambio, constató que la cuestión estaba incorrectamente planteada. Ya que no se trata de si se quiere o no, o para cuándo se quiere, la huelga de masas (en último análisis, la revolución), sino de qué posición adoptar ante la huelga de masas, que se desarrolla necesariamente como consecuencia del desarrollo económico: ¿Cómo conduciremos esta huelga de masas en la dirección de la revolución proletaria?

Con esta concepción, cambia radicalmente la posición relativa al problema de la organización. De acuerdo con la vieja concepción de la socialdemocracia, la organización es una premisa de la revolución: tan sólo se puede pensar en la revolución cuando la clase obrera está ya organizada de tal modo que puede realizarla con éxito. En contra de esta toma de posición, es totalmente correcta la crítica de Engels de la teoría anarquista de la huelga, según la cual o bien las coyunturas políticas no permiten la evolución de la organización perfecta, y entonces la huelga general es imposible, o bien sí la permiten, y entonces el poder del proletariado es ya tal que la huelga general es ya inútil. Rosa Luxemburg rompe, ante todo, con el concepto estricto y mecánico de la huelga general, de acuerdo con el cual ésta es una acción momentánea, bien preparada y putschista, cuyo objeto es la toma voluntaria del poder político o el de alcanzar otro objetivo político cualquiera. Demuestra, con abundante documentación histórica, que la huelga general es un proceso. La huelga no es un medio de la revolución, sino que es la revolución misma. No es la simple utilización del poder económico de la clase obrera para lograr determinados objetivos políticos, sino que la huelga general es la unidad indivisible de la lucha económica y política. Los movimientos de reivindicaciones salariales se convierten inevitablemente en luchas políticas. Además, las épocas revolucionarias se caracterizan precisamente por esta unidad indivisible. Por consiguiente, la organización no es una premisa (una condición), sino la consecuencia de la huelga general, y, por lo tanto, de la revolución. La consigna del Manifiesto comunista según la cual el proletariado se organiza como clase por la revolución ha sido claramente confirmada por la revolución rusa. Y con mayor razón cuanto que el proletariado como clase está lejos de ser idéntico a esas capas de la aristocracia obrera cuya organización es el único, o, mejor dicho, el principal objetivo del oportunismo. En cada país —y no tan sólo en la Rusia “atrasada”— hay amplias capas del proletariado (respecto a Alemania, Luxemburg enumera a los mineros, los obreros del textil, los obreros del campo) cuya organización no es posible más que por la revolución, por una vía revolucionaria. Y entonces esas capas “atrasadas”, infinitamente explotadas —precisamente porque no tienen por perder más que sus cadenas— se convierten, en la revolución, en combatientes, tan dignos de confianza, al menos, como los antiguos miembros de los sindicatos.

De este modo, puede verse bajo una nueva luz el papel del partido en la revolución. Rosa Luxemburg rechaza la toma de posición según la cual el papel del partido consiste en “hacer” la revolución, y que es idéntica en los oportunistas y en los putschistas, con un objetivo distinto, por lo menos. No por describir la huelga general revolucionaria como una explosión elemental que resulta del desarrollo económico viene a negar la significación del partido. Al contrario. Fue ella la primera —exceptuando a los rusos— en descubrir y situar en su lugar correcto el verdadero papel del partido en la revolución: la dirección de los movimientos de masas desarrollados espontáneamente.

Con este descubrimiento, Rosa Luxemburg regresa a la fuente inicial de la ciencia de la lucha de clases, ocultada durante tanto tiempo por la falsa ciencia del oportunismo: Marx. Marx define claramente, ya a comienzos de los años cincuenta, lo esencial de la revolución proletaria, en oposición a la revolución burguesa. Y entonces Rosa Luxemburg, su discípula autónoma, genial y fiel, le sigue en esta definición: la revolución proletaria no puede terminar con la toma del poder de estado, momentánea y lograda, sino que es un proceso largo y doloroso, lleno de altibajos. En contra de las preocupaciones oportunistas en cuanto a que la revolución proletaria llegue demasiado pronto y no encuentre “maduras” ni las condiciones económicas ni las del proletariado, Rosa Luxemburg demuestra, ya en los años noventa, que la revolución no puede llegar demasiado pronto, puesto que la simple existencia de las fuerzas revolucionarias del proletariado es ya consecuencia de la maduración de las condiciones económicas. Desde el punto de vista de la conservación del poder, en cambio, la revolución llega y tiene que llegar demasiado pronto. Y ello porque la madurez revolucionaria no puede adquirirla el proletariado más que por la acción revolucionaria, más que en la revolución misma.

Rosa Luxemburg, la fanática de la revolución, era una revolucionaria de mirada fanáticamente clara, liberada de toda ilusión. Cuando en noviembre de 1918 se abrieron ante ella las puertas de la cárcel, cuando las masas rebeladas empezaron a organizarse bajo la bandera de Espartaco, Rosa Luxemburg no sobrestimó en ningún momento la evolución de la revolución alemana. Sabía perfectamente que las grandes masas del proletariado alemán no estaban verdaderamente revolucionarizadas, que la revolución política (burguesa) empieza apenas a transformarse en revolución económica (proletaria). Sabía perfectamente que la insurrección de enero provocada por Noske tenía que terminar en un fracaso, y que aquel enfrentamiento representaba tan sólo una batalla preparatoria para la revolución alemana. En el momento en que los proletarios conscientes entraron en lucha, Rosa Luxemburg tenía perfecta conciencia de que la lucha no tenía salida, pero sabía conscientemente que la victoria final se acercaba; y cayó bajo los golpes de los mercenarios de Noske como mártir y heroína verdadera.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/prefacio-a-huelga-de-masas-partido-y-sindicatos/

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