Francia: Chalecos amarillos, de una Navidad a otra

Por Toni Negri

Pasamos la Navidad entre una huelga general y otra. Más de la mitad de las ferrovías están bloqueadas, y los Metros otro tanto. Hasta ahora tres gigantescas jornadas de lucha han bloqueado literalmente Francia, y Paris en particular. El año pasado por estas fechas sólo estaban los chalecos amarilloshaciendo alboroto. Después de un año, son muchos quienes se preguntan frente a estas enormes manifestaciones cuál ha sido el efecto de los chalecos amarillos en la masificación de las luchas sociales en Francia.

Se sabe que el tema del disenso hoy es el sistema jubilatorio. El gobierno quiere sustituir el sistema actual (de reparto) por un sistema a puntos, atribuyendo a esta operación un fin solidario, dado que, en su discurso,  serían eliminadas las diferencias «corporativas» en los regímenes de pensiones. En los hechos, la reforma Macron es una típica reforma neoliberal, enfocada a individualizar el tratamiento jubilatorio y a subordinarlo a la gobernanza, es decir a la capacidad de controlar y eventualmente reducir el «salario diferido» (del Welfare y de las pensiones), a variables dependientes del desarrollo capitalista. Te imponen una máquina empresarial para explotarte incluso cuando has envejecido en la explotación. La guinda en esta torta navideña es el aumento de la edad jubilatoria de 60 a 64 años.

Se dice que el rechazo a esta reforma ha sido masivo. Pero la cosa más interesante de notar es que la huelga sobre las pensiones contiene muchos otros frentes de rechazo y lucha. Más allá del sector del transporte ferroviario y metropolitano, están empeñados en la lucha los y las docentes, los hospitales y el mundo de la investigación, es decir todos aquellos sectores, sobre todo en Francia, «públicos». Se puede entonces afirmar que estas huelgas y estas manifestaciones, esta resistencia que agita hasta el fondo la sociedad francesa, no son simplemente contra el nuevo modo de funcionamiento, sino contra la liquidación (de parte del Estado) de lo público.

Vieja batalla, se dirá. Y a la vez no. Es aquí que los chalecos amarillos han cualificado la lucha de un modo nuevo. Subrayando que la defensa de lo público, cuando se la hace contra el Estado, deviene afirmación de lo común.

Lo común es la forma de vida y la figura de contrapoder que los chalecos amarillos han introducido en Francia en la lucha de clases. Allí donde la protesta contra el costo de la vida, el rechazo a la redistribución de los ingresos por medio de la inequidad fiscal, la denuncia de la explotación y la exclusión vienen asumidos como objetivo de lucha con el fin de construir una forma de vida común, y se proponen como contrapoder respecto a la destrucción de «lo público» que las élites neoliberales persiguen. Proponiendo lo común como objetivo, los chalecos amarillos han constituido la fuerza de gravedad de este ciclo de luchas. Y hasta aquí, han caracterizado siempre más intensamente el desarrollo del movimiento, en sus formas así como en sus objetivos.

En cuanto a las formas, los chalecos amarillos han mostrado que la convergencia entre las luchas, además de masificar el movimiento debería producir (como dice un volante de los de Belville) «efectos de multiplicación, de divergencia y de exploración de manifestaciones salvajes». Es lo que ha acaecido en estas jornadas de lucha, en las cuales, al lado de las grandes manifestaciones, se han tomado miles de otras iniciativas, en los territorios, en las autopistas, en las escuelas y en todos lados. No podemos enumerarlas todas, pero van de los bloqueos de carreteras a la interrupción del suministro de energía eléctrica, de las huelgas salvajes en las grandes áreas logísticas al bloqueo de los puertos, etc.

Pero más importante aún es lo que ha sucedido en las marchas sindicales. En los años pasados, delante de cada marcha sindical, en las innumerables ocasiones de lucha de los trabajadores, se formaba una «cabeza» que podía andar entre los 500 y 5000 militantes. En contraste con aquellos quietos paseos sindicales, esta marcha ofrecía otra música. Hoy ella es absorbida por la gran manifestación, antes sindical, hoy marcha del común. Un común variopinto, diverso y colorido, sólido y fuerte, capaz de expresar formas de vida alternativas al neoliberalismo. Este es el efecto fundamental de un año de luchas de los chalecos amarillos -y no es un efecto de hegemonía (nada más lejano del estilo de los y las chalecos amarillos), sino un efecto de gravedad-.

Un último elemento de cuanto está aconteciendo aquí en Francia en los últimos días, sobre todo en la última manifestación del 17/12 (seguramente justo por el nuevo atractivo de masa producto de la nueva figura de la marcha), es que ha reaparecido una componente social, otras veces demasiado recalcitrante a los ceremoniales sindicales: el precariado cognitivo. Esta componente tiene una enorme consistencia pero también una radical dificultad para aceptar las liturgias. La recomposición de clase de esta componente no solo es importante sino necesaria: ella abre una  nueva figura política de las luchas, un advenimiento difícil que ya la lucha sobre las pensiones de estas semanas nos pone delante. Tarea de estas luchas es injertar en el viejo pero siempre ágil cuerpo de los trabajadores y trabajadoras de los servicios urbanos, a estos reclutas de la cooperación cognitiva, multitudinaria y asalariada. Si este experimento prospera, de esta lucha contra el macronismo se podrá decir: «¡bien excavado viejo topo!”

Pero volvamos a nosotros. No hay señales de desmovilización en perspectiva. Se espera incluso un acrecentamiento de la lucha, con la participación directa de las poblaciones, de los sindicatos de los y las docentes y del personal hospitalario. La lucha continúa. Después de la semana navideña se retomará más fuerte y dura. ¿Sobre qué objetivos? El retiro del «proyecto de sistema» relativo a la jubilación, sí, pero también la desestabilización del bloque económico-político hoy en el poder.

Macron parece querer la «graduación Thatcher» a través de este conflicto, como en aquel que Thatcher ganó contra los mineros. Pero la situación es muy diferente. Aquí no hay un sector en lucha, sino una población (a pesar de la tremenda dificultad no solo con el transporte, el apoyo a la lucha no baja del 60 %). Una población, una sociedad de trabajadores y trabajadoras que parece siempre más capaz de oponer un altísimo grado de subjetivación y un deseo incontenible al rediseño macroniano del régimen capitalista.

La lucha continúa, ¡feliz Navidad!

(1933) filósofo y pensador postmarxista italiano, coautor de la obra «Imperio», así como por sus trabajos alrededor de la figura de Spinoza. Negri fundó el grupo político Potere Operaio en 1969. Fue acusado a finales de los años 1970 de diversos cargos, entre ellos, de ser miembro del grupo Brigadas Rojas, e insurrección contra el Estado, y condenado por su participación en dos atentados. Negri huyó a Francia. En 1997, después de alcanzar un acuerdo con el fiscal, que redujo su tiempo en prisión de 30 a 13 años, regresó a Italia para finalizar su condena. Muchos de sus libros más influyentes fueron publicados mientras estaba en la cárcel. Reside en París.

Fuente:

http://www.euronomade.info/?p=12809

Traducción:Diego Ortolani Delfino

Raúl Zibechi: El modelo extractivista como causa del contexto latinoamericano actual

Frente al golpe de Estado en Bolivia y la crisis social, económica y política que gobierna en varios países de Latinoamérica, el periodista uruguayo Raúl Zibechi, entrevistado por Enredando las mañanas, hace foco en el extractivismo como causa fundamental de grandes conflictos actuales.

AUDIO descargar

“Lo que es común a gobiernos conservadores y progresistas es que ambos son neoliberales. Es un modelo económico basado en el despojo de los territorios, en la transformación de la naturaleza en mercancías, para lo cual es necesario desplazar poblaciones, contaminar y llevar a cabo un modelo extractivo de acumulación por despojo (soja, minería a cielo abierto, grandes obras de infraestructura, especulación inmobiliaria urbana). Ese modelo unos lo administran de un modo y otros de otro, pero el modelo es el mismo. Ahora en Argentina por ejemplo, el tema de la soja y el glifosato no entran en discusión con el cambio de gobierno”.

Zibechi afirma que, independientemente de los gobiernos, lo que está estallando en países como Bolivia, Nicaragua, Brasil y Chile es la crisis que genera el modelo extractivista, que genera un fuerte enriquecimiento del 1%, polarización social, una situación de exclusión y empobrecimiento de las mayorías. El resultado: menos posibilidad de gobernabilidad, ya que las condiciones que impone el modelo son insostenibles, muy duras y excluyentes. Como ejemplo pone lo que pasa en Uruguay: “la mitad de los asalariados tiene un ingreso menor a dos salarios mínimos. No alcanza para vivir”

En cuanto al contexto actual boliviano, el periodista remonta sus causas también a hechos referidos al modelo extractivista, partiendo de una crisis del MAS que comienza en el año 2011 cuando se intentó hacer la carretera que pasaba por reservas naturales del país, el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis) territorio indígena. Esta carretera estaba financiada por Brasil para la importación de commodities. “Eso es el modelo extractivo. Ahí comienza la crisis. Ahí se produce un enorme movimiento popular de base indígena para detener la carretera. Y a partir de ahí, los dos grandes movimientos  que habían estado involucrados en esa marcha son perseguidos por el gobierno del MAS”. Eso lo suma a algunos desaciertos posteriores del gobierno de Evo Morales, como el haber desoído el referendo de 2016 que proponía su reelección, habiendo modificado órganos del contralor para poder presentarse.

En 2013 Raúl Zibechi había hablado del fin del ciclo progresista, teniendo en cuenta que lo que viniera luego no iba a tener gobernabilidad: “Se evaporó la gobernabilidad porque las bases materiales de la gobernabilidad, que fue lo que Maristella Svampa llamó el consenso de las commodities, se terminó porque las guerras comerciales en el mundo después de las crisis de 2008 son muy agudas, particularmente entre China y Estados Unidos, y porque en la región latinoamericana, la fuerza que han adquirido los movimientos populares hacen que no sean aplicables paquetes de ajuste por parte de ningún gobierno”.

De este modo, el periodista y pensador uruguayo explicó para Enredando las Mañanas cómo la profundización del modelo extractivo está en el trasfondo de la crisis del MAS en Bolivia, y de otros conflictos latinoamericanos actuales.

La segunda ola de la rendición de cuentas algorítmica

Por Frank Pasquale

Durante la última década, la rendición de cuentas de los sistemas basados en el uso de algoritmos se ha convertido en una importante preocupación para los científicos sociales, informáticos, periodistas y abogados. Se han producido filtraciones que han dado lugar a debates vibrantes sobre la imposición de penas en base al uso de algoritmos. Los investigadores han expuesto casos de gigantes tecnológicos que muestran las mismas ofertas de trabajo con salarios más bajos a las mujeres, que discriminan a los ancianos, que implementan patrones oscuros y capciosos que engañan a los consumidores para que compren cosas, y que manipulan a los usuarios para que caigan en agujeros de contenido fanático. Aquellos legisladores comprometidos con la defensa de lo público han comenzado a trabajar en la transparencia algorítmica y en la justicia en la red, basándose en el trabajo de académicos del ámbito del Derecho, que reclaman un proceso tecnológico justo, neutralidad de las plataformas y principios de no-discriminación.

Esta labor política está surgiendo a medida que los expertos traducen la investigación académica y las demandas de los activistas en leyes y reglamentos. Los legisladores están proponiendo proyectos de ley que requieren estándares básicos de transparencia y de auditoría de los algoritmos. Estamos comenzando un largo camino para asegurar que los procesos de contratación y de cobertura financiera basados en el uso de inteligencia artificial (IA) no se utilicen si tienen un impacto discriminatorio en las comunidades históricamente vulnerables. Y así como esta “primera ola” de investigación y de activismo sobre la rendición de cuentas algorítmica ha apuntado a los sistemas existentes, una “segunda ola” emergente se ocupa de cuestiones más estructurales. Ambas olas serán esenciales para asegurar una economía política de la tecnología más justa y genuinamente emancipadora.

Aunque hubo un primer momento de enamoramiento por la evaluación computacional de las personas, muchos —incluyendo miembros del establishment corporativo y gubernamental— reconocen ahora que los datos pueden estar sesgados, o ser inexactos o inapropiados. Los académicos han establecido espacios institucionales como el evento anual “Fairness, Accountability, and Transparency in Machine Learning”, con el objetivo de que programadores, juristas y científicos sociales interactúen regularmente y puedan abordar preocupaciones relativas a la justicia social. Cuando las empresas y los gobiernos anuncian planes para utilizar IA, se presentan desafíos y se reclaman auditorías. En algunos casos esto da lugar a verdaderos cambios políticos. Por poner un ejemplo, el gobierno Liberal australiano ha revertido recientemente algunas políticas de “robodebt” (que consiste en el uso de programas informáticos automatizados para la recuperación de deudas) y, finalmente, ha tenido que echarse atrás ante la justificada indignación provocada.

Todos estos avances son el resultado de una “primera ola” (tomando prestada una periodización familiar en la historia del feminismo) de promoción e investigación acerca de la rendición de cuentas algorítmica. Estas son acciones vitales, y deben prolongarse indefinidamente —debe haber una constante vigilancia del uso de IA en los sistemas socio-técnicos, que son con demasiada frecuencia los legisladores no reconocidos de nuestro acceso diario a la información, al capital, e incluso a las citas amorosas—. Sin embargo, como han advertido Julia Powles y Helen Nissenbaum, no podemos detenernos en esta primera ola. Ellas plantean las siguientes preguntas:

¿Qué sistemas vale realmente la pena crear? ¿Cuáles son los problemas más urgentes a abordar? ¿Quién está mejor posicionado para crear estos sistemas? ¿Y quién toma la decisión de hacerlo? Necesitamos auténticos mecanismos de rendición de cuentas, ajenos a las empresas y accesibles para los ciudadanos. Cualquier sistema de IA que se integre en la vida de las personas debe ser objeto de contestación, de rendición de cuentas y de reparación ante los ciudadanos y los representantes del interés público.

Mientras que la primera ola de rendición de cuentas algorítmica se centra en la mejora de los sistemas existentes, una segunda ola de investigación cuestiona si estos deben ser utilizados —y, en caso afirmativo, quién debe gobernarlos—.

Por ejemplo, en lo que respecta al reconocimiento facial, los investigadores de la primera ola han demostrado que muchos sistemas no están preparados para identificar correctamente los rostros de las minorías. Estos investigadores se centran en hacer que el reconocimiento facial sea más inclusivo, asegurándose de que tenga el mismo índice de éxito para las minorías que para las mayorías. Sin embargo, investigadores y defensores de la segunda ola se han preguntado lo siguiente: ¿Si estos sistemas se utilizan a menudo para la opresión o la estratificación social, debe ser la inclusión el objetivo? ¿No es mejor prohibirlos, o al menos asegurar que sólo se autoricen para usos socialmente productivos?

Las preocupaciones de la segunda ola son todavía más profundas en relación al uso de la IA para la “clasificación facial”, que ha sido promovida como un mecanismo capaz (o inminentemente capaz) de reconocer la orientación sexual, las tendencias criminales y el riesgo de mortalidad a partir de imágenes de rostros.

No basta con que la comunidad investigadora recopile los porqués de “la inferencia facial de las tendencias criminales”. Cuando esta inferencia se realiza a partir de un conjunto de datos pequeño o sesgado, es poco probable que proporcione pistas contundentes sobre quién tiene más probabilidades de cometer un delito. En todo caso, deberíamos cuestionarnos también si este tipo de investigación debe o no tener cabida en nuestra sociedad.

Debemos esperar que esta diferenciación entre las preocupaciones de la primera y la segunda ola nos ponga al corriente también de las discusiones sobre la aplicación de la IA y de la robótica en el campo de la medicina. Para algunos investigadores que están desarrollando aplicaciones de salud mental, por ejemplo, las preocupaciones de la primera ola de rendición de cuentas algorítmica se centrarán en si un corpus lingüístico de estímulos y respuestas se adapta adecuadamente a diversas comunidades con distintos acentos y formas de auto-presentarse.

Los críticos de la segunda pueden introducir un enfoque más jurídico y económico-político que cuestione si dichas aplicaciones están alterando prematuramente los mercados (y la profesión) de atención a la salud mental. El objetivo entonces sería acelerar la sustitución de software barato (si es limitado) por profesionales expertos y empáticos, lo cual requiere una mayor inversión. Estas cuestiones laborales son ya un asunto básico en la regulación de las plataformas sociales. Predigo, en este caso, que se extenderán a muchas áreas de la investigación sobre la rendición de cuentas de los algoritmos, a medida que los críticos exploren quién se está beneficiando (y quién está asumiendo la responsabilidad) de la recopilación, el análisis y el uso de los datos.

Por último (en lo que respecta a este post), podemos apreciar una división en la regulación financiera. Las voces del establishment han aclamado la tecnología financiera (fintech) como una forma revolucionaria de incluir a más individuos en el sistema financiero. Dados los sesgos en la valoración crediticia realizada en base a datos “marginales” o “alternativos” (como el uso de los medios sociales), las clases dirigentes se sienten relativamente cómodas con algunas intervenciones “anti-sesgo” básicas.

Pero también deberíamos hacernos preguntas más amplias sobre cuándo la “inclusión financiera” puede ser depredadora o alarmante (como la vigilancia 24/7), o generar subordinaciones de poder interesadas (como en el caso de una aplicación india de fintech, que reduce la “puntuación” de personas implicadas en actividades políticas). ¿Qué sucede cuando la tecnología financiera permite una forma de “deuda perpetua”? Kevin P. Donovan y Emma Park han estudiadoeste problema en Kenia:

A pesar de ser pequeños, los préstamos tienen un coste elevado, a veces de hasta el 100% anualizado. Como nos dijo un nairobiano, estas aplicaciones “te dan dinero poco a poco, y luego van a por tu cuello”. No es el único que valora así el “fintech”, la industria de la tecnología financiera en expansión que proporciona préstamos a través de aplicaciones móviles. Durante nuestra investigación, estos regímenes de endeudamiento emergentes han sido calificados como “catastróficos”, una “crisis” y un gran “problema social”. Los periódicos informan de que las aplicaciones móviles de préstamos son la base de una ola de desorden doméstico, violencia e incluso suicidios.

Como ha argumentado Abbye Atkinson, debemos reconsiderar cuál es el ámbito de aplicación adecuado del “crédito como prestación social”. A veces solo aporta el cruel optimismo de un espejismo de Horatio Alger (o, peor aún, la crueldad optimista que caracteriza la psico-política del capitalismo tardío). Así como las razones económicas pueden ser racionalizadas, el entusiasmo por la cobertura financiera “basada en la inteligencia artificial” tiende a ocultar las dinámicas problemáticas de las finanzas. De hecho, si no se ponen en tela de juicio, la economía convencional y la IA podrían conferir una pátina de legitimidad a ciertos sistemas sociales quebrantados.

En la actualidad, la primera y la segunda olas de responsabilidad algorítmica son en gran medida complementarias. La primera ola ha identificado y corregido problemas claros en la IA y ha aumentado la conciencia pública de sus sesgos y sus límites. La segunda ola ha ayudado a ralentizar el despliegue de la IA y la robótica lo suficiente como para que la primera ola tenga más tiempo y espacio para desplegar reformas constructivas. Es muy posible que en el futuro se produzcan enfrentamientos entre los que quieren reparar, y los que están abiertos a poner fin o limitar la evaluación computacional de las personas. Por ejemplo: los que se comprometen a reducir los índices de error de los sistemas de reconocimiento facial para las minorías pueden querer añadir más rostros de minorías a esas bases de datos, mientras que los que encuentran opresivo el reconocimiento facial se resistirán a esa “reforma”, al considerarla una forma más de inclusión depredadora. Pero, por ahora, considero que ambas olas comparten un objetivo común: hacer que los sistemas socio-técnicos sean más sensibles a las comunidades vulnerables.

es profesor de derecho en la Facultad de Derecho Francis King Carey de la Universidad de Maryland.

Fuente:

https://lpeblog.org/2019/11/25/the-second-wave-of-algorithmic-accountability/#more-3051

Traducción:Sara Suárez Gonzalo

Más allá de Corbyn y otros profetas desarmados, revivir la democracia

por Juan Domingo Sánchez Estop

 

1.

El impulso para escribir el presente texto surgió de la lectura de un muy interesante análisis de Ignacio Sánchez-Cuenca sobre la debilidad actual de la izquierda a la luz de la derrota laborista publicado en el periódico Infolibre bajo el título: «La derrota de Corbyn y algo más». El autor retoma en su artículo toda una serie de observaciones que efectuó en otros libros y artículos sobre la diferencia derecha-izquierda y la «superioridad moral de la izquierda». Muchas de esas observaciones son pertinentes, pero resultan algo nostálgicas, pues son aplicables a un marco político en que la oposición derecha-izquierda era aún significativa y podía tener consecuencias efectivas sobre el reparto del poder y de la riqueza como el que existió mal que bien desde los años 50 a fines de los 70 en Europa, cuando existían aún sindicatos, movimientos sociales y partidos de izquierda fuertes. Por consiguiente, la conclusión del artículo solo puede ser pesimista:

2.

Me temo que, como el propio autor reconoce, no estamos ya en aquella cada vez más lejana situación en que la dicotomía derecha-izquierda era operativa, pues hace ya más de cuatro décadas que la capacidad de decisión de los gobiernos se ha venido estrechando crecientemente frente al poder decisivo de unos mercados financieros ante los que Estados, empresas y particulares están endeudados. La revolución neoliberal ha transformado a los distintos actores del drama, Estados, empresarios, trabajadores, sindicatos, partidos etc. haciéndolos irreconocibles.

En primer lugar, el neoliberalismo ha sustituido las viejas oposiciones socialdemócratas y ordoliberales entre el mundo del trabajo y los detentores del capital por una divisoria enteramente ajena a la anterior entre los «stakeholders« y los «shareholders««Stakeholders« son aquí el conjunto de agentes que tienen un interés (stake) en la vida de la empresa o de la sociedad: trabajadores, representados por los sindicatos, empresarios, técnicos y gestores de la producción, Estados y otras administraciones públicas que velan por las normas que rigen la producción, etc. «Shareholders« son, en cambio, los titulares de acciones (shares), y por extensión, de obligaciones, títulos de deuda y demás valores financieros. El neoliberalismo parte de la constatación de que los sujetos que encarnan intereses (stakeholders) ejercen un permanente chantaje sobre los detentores de títulos a través de un bloque constituido por los sindicatos, los empresarios, los técnicos y gestores de las empresas y el propio Estado, bloque cuya acción conduce al sistema capitalista hacia un rumbo «socialista» conforme a la predicción realizada por Schumpeter. Más de un eurocomunista de los años 70 creyó en este tipo de socialismo nacido del desarrollo interno del capitalismo fordista y sin ninguna perspectiva real de transición al comunismo. El neoliberalismo se afirma como baluarte frente a esta deriva. La ingeniería social neoliberal tiene por objetivo que los titulares de activos financieros obtengan el máximo posible de remuneración por sus títulos, lo cual redundaría en una mayor eficacia del sistema económico, lo cual terminaría por beneficiar al conjunto de la sociedad.

La financiarización de la economía, caracterizada por la hegemonía del capital financiero sobre cualquier otra forma de capital, afecta así a todos los actores: tanto los particulares como las empresas o los Estados se encuentran sometidos al capital financiero en cuanto endeudados y deben «hacer méritos» antes sus acreedores para poder acceder al crédito. Entre estos «méritos» está el que un Estado rebaje normas sociales o ecológicas o reduzca impuestos sobre el capital, o el que una empresa reduzca los sueldos reales, despida o externalice su producción para rebajar costes. El sistema financiero sustituye de esta manera al Estado en las tareas de planificación del capital, quedando al Estado fundamentalmente funciones ideológicas de justificación del régimen o abiertamente represivas.

3.

Todo esto significa que en una sociedad en régimen de endeudamiento estructural los elementos fundamentales de la representación democrática saltan por los aires y la oposición derecha-izquierda acaba viéndose sustituida por la oposición entre dos o varios populismos que a partir de la nostalgia de una representación política eficaz, unida a la impotencia efectiva ante los poderes económicos reales, produce una crítica vacía y moralista de la representación y un culto simplista del líder. Italia ya mostró en los años 80 cuáles eran las características fundamentales de este modelo.

La democracia como espacio de juego que negociaba intereses sociales se vio sustituida por una competición por el poder entre partidos-empresa, reduciéndose el espacio público a un nuevo mercado. En este mercado, la propaganda por la imagen junto a los eslóganes vacíos juegan un papel fundamental y el debate público sobre realidades sociales tiende a desvanecerse. Tal vez el momento culminante de este ascenso de la manipulación política a expensas del pluralismo democrático fuera la campaña de manipulación masiva destinada a imponer a las poblaciones la guerra de Iraq. Una campaña en la que a la movilización ciudadana respondió una movilización masiva de mentiras descaradas por parte del poder, sin parangón alguno fuera de los regímenes abiertamente totalitarios. Esta degradación del espacio público representa en realidad la destrucción de este.

Según Kant el espacio público se oponía a lo que él denominaba espacio «privado». Este último se caracterizaba por un uso «privado» de la razón consistente en someter a esta a los imperativos de un mando exterior sea el del Estado, de un jefe administrativo, de un mando militar o un superior religioso. En el espacio público la razón tenía por el contrario un uso «público» por el cual cada sujeto contrastaba sus puntos de vista racionales con los de los demás siguiendo un principio de estricta libertad y sin someterse a ningún mando. Puede decirse hoy que ese espacio público que heredaron de la Ilustración las democracias liberales ha dejado de existir, pues la prensa y los demás medios de comunicación están sometidos a intereses privados que dictan sus órdenes de forma directa o implícita a los periodistas y otros agentes de la opinión pública. La verdad se convierte de este modo en verdad «privada» que no es posible contrastar con otras en un debate público auténtico. Cada grupo emite sus mensajes de propaganda, pero los mensajes de propaganda no pueden debatirse desde nociones comunes o desde una confianza racional en la posibilidad de que el discurso humano tenga por correlato una realidad objetiva con estructuras de las que podamos tener una comprensión compartida. La violencia de la propaganda destruye el espacio público y desvirtúa la opinión pública, cuando no es la propaganda por la violencia (de particulares o privada-estatal) la que viene a restablecer el orden, a disciplinar a los sujetos de la deuda.

4.

Tal vez la traducción populista de la oposición derecha-izquierda en términos de lucha de diversas élites por la obediencia de las masas no sea la única posibilidad de desarrollo político de nuestras democracias. El destino de la democracia no puede reducirse a una radicalización de la competición de partidos-empresa por el voto ciudadano sobre un trasfondo de ascenso de la irracionalidad. Existe otra posibilidad más radical e interesante, apuntada tal vez de pasada en el artículo de Ignacio Sánchez-Cuenca: la oposición entre representación y democracia efectiva, en la que el segundo término, sin eliminar el primero que es un aspecto indispensable de toda política, se traduce por un despliegue multiniveles de la participación popular y el establecimiento de marcos para que esta pueda tener efectos reales. Para ello es necesario en primerísimo lugar dar una batalla cultural contra la información manipuladora y retomar frente a la manipulación generalizada la lucha ilustrada por la centralidad de la verdad en el discurso público. Esta lucha ya está dándose hoy, y de manera ejemplar, en Finlandia. Esto implica también, evidentemente, una reintroducción en la política de un auténtico espacio público, en otras palabras un regreso de la multitud al lugar que hoy ocupan el individuo aislado o su reverso tenebroso que es la masa. La multitud es el concepto básico de un sistema político libre según Spinoza: el gobierno de la multitud se opone al gobierno de uno. Todo régimen político, todo poder político está basado en la potencia de la multitud, esto es en la capacidad de acción colectiva de una multitud variopinta de sujetos. Un gobernante solo tiene poder cuando puede contar para sus fines con la potencia de los muchos y diversos. Este poder puede ser detentado por uno, por pocos o por todos, siendo respectivamente una monarquía, una aristocracia o una democracia, pero en cualquiera de los casos su capacidad de ser racional depende directamente de la posibilidad que tengan los muchos de participar en la toma de decisiones, de la posibilidad de que se dé un amplio debate público pluralista. La participación de la multitud es un elemento democratizador transversal a todas las formas políticas, incluida la democracia, un régimen de todos que no debe convertirse nunca en el de un Uno colectivo.

5.

Esta reintroducción no es una chifladura «democratista» como gustan decir los distintos populistas o los constitucionalistas acorazados, sino que puede darse en las formas más clásicas del debate parlamentario, el cual ha demostrado últimamente que puede ser mucho más pluralista y abierto a una multitud efectiva de opiniones que el «debate» en redes manipulado por bots y alimentado por nuestra propia estupidez de individuos aislados. Las reglas del debate parlamentario y el respeto a los hechos comprobados así como a las normas constitucionales permitieron echar a Salvini del gobierno en Italia y obligaron a Johnson a suspender el Parlamento en el Reino Unido para llevar adelante sus planes de toma del poder mediante la manipulación y la propaganda. El parlamento no lo es todo, aunque sea una pieza clave de la democracia cuando funciona de manera coherente con sus propios principios, esto es dentro del respeto del pluralismo efectivo y asumiendo la posibilidad de una racionalidad común dentro de su diversidad.

La multitud puede participar también efectivamente en otros muchos contextos extraparlamentarios que son decisivos para la recuperación de una democracia de abajo a arriba, en la cual los ciudadanos tengan la posibilidad de serlo efectivamente en una variedad de niveles, desde su barrio, a su municipio, su región, etc., pero también a una escala superior a la de los Estados nación en la que se plantean cuestiones tan decisivas como las relacionadas con la ecología y el cambio climático que bajo ningún concepto deben abandonarse a la ilusión de «soberanía» que encarnan, muy a pesar de la realidad material que cada día los contradice, nuestros infelices Estados.

6.

Una ampliación de la base efectiva de la democracia supondría la creación de mecanismos de participación eficaces y con capacidad de decisión efectiva, con protocolos de funcionamiento basados en hechos y respetuosos de reglas racionales. Estos protocolos deben ser al menos tan rigurosos como los parlamentarios. Esta devolución de la capacidad de decisión a la multitud es una urgencia de nuestra época, que puede y debe combinarse con el desarrollo de mecanismos eficaces de intervención social en los mercados financieros destinados a atenuar la presión de estos sobre los nuevos espacios de democracia. Creemos que sin esta intervención el desarrollo de la participación puede ser completamente vano y decorativo como las «consultas» que realiza el régimen neoliberal. Las mayorías sociales tienen que poder actuar en las instancias de planificación decisivas de la economía mundial que son hoy los mercados financieros con instrumentos propios como la propiedad de acciones y otros títulos y mediante la constitución -propuesta recientemente por Michel Feher en su excelente libro Le temps des investis: essai sur la nouvelle question sociale, Paris, La Découverte, 2017- de unas auténticas «agencias de calificación populares» capaces de intervenir e interferir de manera eficaz en el funcionamiento de los mercados financieros usando los propios mecanismos de los que esos mismos se valen contra particulares, empresas y gobiernos: la advertencia, el rumor, la amenaza…. y provocando caídas en los valores contrarios a intereses sociales y ecológicos básicos.

No está claro que una corriente política capaz de hacer revivir la democracia de esa manera pudiera llamarse «izquierda», pero sin duda su oposición al orden actual, a diferencia de las distintas izquierdas tanto radicales como posibilistas, podría tener sentido, estructuras institucionales reales e instrumentos. Armas y dinero, decía Maquiavelo y no solo profetas desarmados como ha terminado esa última esperanza de la izquierda que ha sido, con todos sus indudables méritos, Jeremy Corbyn.

*Juan Domingo Sánchez Estop, antiguo académico de Historia de la Filosofía en la Complutense; activista del área de la Autonomía, cercana a Toni Negri; traductor y estudioso de Spinoza; Althusser es otro de sus grandes temas, sobre el que versa su tesis doctoral recién terminada: «Spinoza dans Althusser». Innumerables son sus artículos sobre variados temas.

¿Y si socializamos el sector financiero?

Entrevista a Grace Blakeley

Por Daniel Koop

Su nuevo libro, Stolen [Robado], lleva el subtítulo Cómo salvar al mundo de la financiarización. Entonces, comencemos con una pregunta simple: ¿por qué la financiarización es, ante todo, un problema?

La definición más conocida de financiarización es el crecimiento de los incentivos financieros, los mercados financieros, los actores financieros y las instituciones financieras en el funcionamiento de las economías internacionales y nacionales. Y es un proceso que puede analizarse a través de diferentes perspectivas.

Yo analizo esto como una lógica que gobierna la acumulación económica: un régimen de crecimiento particular. Sostengo que haber trasladado la lógica de las finanzas –la lógica de la creación de crédito, la banca, la inversión y la administración del dinero– a otras áreas de la economía ha transformado la actividad económica, particularmente en el Reino Unido.

Usted habla del crecimiento guiado por las finanzas. ¿Lo opuesto a eso sería el crecimiento en la economía real?

Sí, también se podría considerar el crecimiento del sector financiero como opuesto al crecimiento de la economía real. Pero mi enfoque es diferente y tiene mucho más en común con el pensamiento marxista, que considera el crecimiento del capitalismo financiero como resultado del desarrollo natural del capitalismo.

En el libro examino la financiarización del hogar, las empresas y el Estado. Y cuando se mira desde esa perspectiva, los problemas estructurales se vuelven bastante claros. La financiarización de las empresas conduce al dominio de la ideología del shareholder value (valor para el accionista) y del gobierno corporativo, y esto es impuesto por quienes administran el dinero.

Estos grandes inversores institucionales tienen ahora un papel más importante que antes en la economía. E imponen esta forma muy particular de organizar las empresas: los intereses de los accionistas y los acreedores se colocan por delante de los de los trabajadores. Además, la distribución de fondos a corto plazo entre los accionistas tiene prioridad sobre la inversión a largo plazo en capital fijo.

A través de procesos como adquisiciones y fusiones, las empresas generan un poder monopólico que agrava el problema de los bajos niveles de inversión. Porque las extraordinarias ganancias generadas por los monopolios provienen del control y la reducción de la inversión. Y esto les otorga a estas empresas un enorme poder tanto en la economía internacional como en la de cada país, ya se trate de Estados, trabajadores u otras secciones del mercado.

Y a menudo, toman grandes montos de deuda, lo que las hace relativamente inestables. El gigantesco aumento de la deuda de las empresas en el Reino Unido y Estados Unidos es un resultado directo de ese modelo y de la tendencia a pedir préstamos. No invertir, sino pedir préstamos con el objetivo de impulsar los precios de las acciones.

¿Y qué pasa con los hogares?

Analizo esto mediante la noción de keynesianismo privatizado. Básicamente, se trata del reemplazo de la deuda pública por deuda privada. El problema que genera el crecimiento guiado por las finanzas es que la tendencia a la disminución del crecimiento de los salarios y a la caída de la inversión en este modelo de crecimiento guiado por las finanzas podría llevar a un déficit de la demanda agregada.

La forma en que se estabiliza el sistema es a través del keynesianismo privatizado. Entonces, en lugar de combatir ese déficit de demanda con gasto público, lo que hay es una proliferación de la deuda privada. Entonces, es la deuda privada no asegurada lo que suele reemplazar el crecimiento salarial para permitir que los consumidores compren mercancías.

Luego tenemos la financiarización del Estado. ¿A qué se refiere con eso?

Sí, ya no tenemos un Estado que esté pensando en el endeudamiento público del mismo modo en que lo hizo durante el apogeo del keynesianismo, que esté pensando en restringir los mercados financieros mediante controles de crédito y de cambio. Y ya no tenemos un Estado que esté pensando en una adecuada regulación financiera.

El creciente predominio de las finanzas lleva a la financiarización del Estado, en forma de iniciativas de financiamiento privado. Es el Estado diciéndoles a los inversores privados: gasten en mi nombre. Finalmente, lo que tenemos es que la toma de decisiones económicas se aparta cada vez más de la obligación democrática de rendir cuentas, lo que facilita su captura por parte de las elites financieras.

En todos estos niveles diferentes, se puede ver cómo el aumento de la financiarización conduce a estos grandes y significativos problemas. Ya sea que se esté hablando de la caída de los salarios o la caída de la inversión u observando la dinámica que impulsó la crisis financiera.

¿Cómo encaja la austeridad en su análisis? ¿Y diría usted, comparando el sector financiero en 2008 con la actualidad, que hay una gran diferencia?

En la forma en que entiendo este modelo de crecimiento guiado por las finanzas, no se trata simplemente de un conjunto de regulaciones. En realidad, se basa en un cambio en el equilibrio de poder entre las diferentes clases. Analizo la larga historia del capitalismo a través de la lente del equilibrio de poder entre trabajo y capital.

Desde este punto de vista, el surgimiento de la socialdemocracia está basado en el crecimiento del poder de la mano de obra organizada. La decadencia de ese modelo se basa en la erosión, provocada por el creciente poder del capital financiero, de muchas de las instituciones que dieron sustento al consenso de la posguerra.

Y el surgimiento del crecimiento guiado por las finanzas en la década de 1980 está relacionado con el desarrollo de los mercados financieros, el aumento de la movilidad del capital y las dificultades asociadas al mantenimiento de la paz entre el trabajo y el capital en el nivel del Estado. Todo esto desplazó el equilibrio de poder desde el trabajo hacia el capital. Y, en particular, hacia el capital financiero internacional.

Cuando se habla de austeridad, hay una clase particular que se vuelve dominante dentro del Estado y dentro de un grupo de otras instituciones. Estas personas reaccionan frente a la crisis financiera de 2008, causada por el modelo de crecimiento guiado por las finanzas, haciendo que la gente común cargara con los costos y rescatando a los bancos. El impacto que eso tiene en la economía es en gran medida negativo para la gran mayoría de los trabajadores. Mientras tanto, los que están en la cima quedan a salvo.

A partir de 2008, hemos visto que los bancos centrales bombean dinero mediante la expansión cuantitativa en la economía solo para mantenerla a flote, en lugar de que los gobiernos utilicen el dinero en inversión pública. ¿Cuál es su opinión al respecto?

El problema tiene que ver, en parte, con la propia expansión cuantitativa, pero más en profundidad con la falta de demanda que existe en todas estas economías diferentes. Otra resaca de la financiarización. Tiene que ver con la caída de los salarios, la caída de los niveles de inversión en capital fijo, el sobreendeudamiento masivo que implica que una gran parte de las ganancias tenga que destinarse a pagar deuda. Esto, combinado con la negativa de los gobiernos a gastar, está creando esta situación crónica de demanda escasa.

Los bancos centrales están intentando contrarrestarlo básicamente inflando los precios de los activos. Nunca dicen que es eso lo que están haciendo, pero obviamente es lo que la expansión cuantitativa ha generado. Esto está exacerbando, sobre todo, muchos de los problemas que nos han conducido a la actual situación.

Dada la postura del Banco Central Europeo, es posible que nunca veamos el final de la expansión cuantitativa. Lo cual tiene grandes implicancias distributivas de las que nadie está hablando en realidad.

Ahora supongamos que pudiéramos retroceder el tiempo y volver al consenso de la posguerra para revivir la socialdemocracia, regular nuevamente los bancos, etc. ¿No sería eso suficiente?

Creo que el consenso socialdemócrata, particularmente en el Reino Unido, fue un intento de silenciar las contradicciones y los conflictos entre esas dos clases.

Lo hizo de manera muy exitosa casi durante todo ese periodo. La razón por la que el compromiso fue estable durante tanto tiempo fueron las tasas de crecimiento relativamente altas y la elevada productividad. Seguimos teniendo imperialismo durante gran parte de esa era, que luego fue seguido por una forma de globalización que en muchos sentidos reproduce tipos de lógica similares.

Esto significa que había más para repartir. Cuando hay más para repartir, queda oculto el juego de suma cero que enfrentamos en momentos de crisis. Todavía hay un juego de suma cero en curso, y es únicamente entre el Norte y el Sur globales.

Pero dentro del Norte global, debido a la lógica del imperialismo y la extracción, es fácil crear lo suficiente para apaciguar a los trabajadores y al capital con un modelo en el que el Estado interviene y dice: ustedes se llevarán esto, ustedes se llevarán esto otro.

¿Es una ilusión de progreso nacional porque no está inserto en un contexto global?

Exactamente, sí. Con la crisis de la década de 1970 hay una competencia cada vez mayor con el resto del mundo y una erosión de las ganancias en el Norte global. El primer gran cambio ocurre con el primer pico en el precio del petróleo. Y, obviamente, una enorme inflación significa que habrá patrones diciendo que necesitan reducir costos y trabajadores diciendo que necesitan aumentos salariales debido a la inflación. Entonces se ve que el conflicto de clase, que es inherente a cualquiera de estos sistemas, emerge y sale a la luz.

El intento de silenciar eso solo funcionará en un contexto de abundancia. En muchos sentidos, el crecimiento guiado por las finanzas se basó en un intento similar; con la salvedad de que en lugar de que haya un Estado que media entre el capital y el trabajo, de lo que se trata es de convertir a más personas en capitalistas.

El conflicto inherente que existe dentro del capitalismo, entre el capital y el trabajo, hace que la democracia social sea muy difícil, particularmente en tiempos de escasez como los que estamos viviendo.

Quiero hacerle una segunda pregunta relacionada con el subtítulo de su libro. Si, como usted describe, la financiarización es un problema tan grande, ¿cómo podemos salvar al mundo de ella? ¿Cuál debería ser la agenda de los progresistas?

Creo que ese es probablemente el punto donde mi análisis diverge de algunas de las perspectivas más socialdemócratas. A menudo escucho que, como progresistas, estamos ganando la batalla de las ideas. La gente reconoce que es necesario regular adecuadamente las finanzas.

Está muy bien hablar sobre la batalla de las ideas, pero también es necesario hablar sobre la batalla de las calles. Creo que muchos en la izquierda socialdemócrata hacen lo que Marx criticaba de los otros filósofos alemanes, que priorizaban las ideas sobre la realidad material.

Eso genera un conjunto de problemas, porque terminamos enumerando problemas y luego simplemente proponemos soluciones. Por ejemplo, el problema es la ideología del valor para el accionista, que lleva al cortoplacismo, a bajos niveles de inversión y bajos salarios. Entonces ¿qué debemos hacer? Cambiar las leyes en materia de responsabilidad fiduciaria para los inversores institucionales, de modo que tengan que priorizar los objetivos ambientales y sociales, además de maximizar sus rendimientos.

Claro, es una buena idea, pero ¿quién lo va a hacer? ¿Dónde está la coalición de clase que puede lograrlo? Hay una razón por la cual el sistema financiero y la regulación en torno de él funcionan del modo que lo hacen. Porque hay una clase de personas que poseen todas las cosas y que hacen todas las reglas. Y es muy importante entender el capitalismo no solo como un sistema económico de propiedad, sino también como un sistema político.

Entonces, ¿en lugar de la socialdemocracia, usted quiere pasar al socialismo democrático? ¿Y qué ideas concretas implicaría eso?

Sí, ir hacia el socialismo democrático como alternativa ideológica al neoliberalismo requiere un cambio en el equilibrio de las fuerzas de clase. Y el surgimiento y desarrollo de un movimiento que pueda defender e imponer esas ideas.

Podríamos socializar el sector financiero teniendo un banco público nacional de inversiones, un sistema de banca pública minorista y una administración de activos de las personas, que sería una administración de activos de bajo control y propiedad democráticos, que invierta nuestros ahorros colectivos: por ejemplo, los activos de un fondo soberano o fondos de pensiones.

Y sumarle mecanismos para limitar el poder del sector financiero privado: controles de cambio, controles de crédito y otras formas de regulación macroprudencial. Junto con medidas para impulsar el poder de los trabajadores: eliminando las leyes antisindicales, desmercantilizando los medios de subsistencia. En síntesis, es necesario que creemos una sociedad en la que todo lo que necesitamos para sobrevivir sea gratis o muy barato al momento de usarlo.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Fuente: https://www.ips-journal.eu/regions/global/article/show/we-could-socialise-the-financial-sector-3911/

 

Venezuela: ¿Una dolarización «antiimperialista»? O cómo desapareció el dinero

Por Manuel Sutherland

El gobierno bolivariano se ha caracterizado por un verbo «antiyanqui» inusualmente encendido. En los últimos tres años, los vituperios contra todo lo que representa Estados Unidos han sido más que recurrentes, debido al franco apoyo de Donald Trump a la oposición más beligerante. Por todo ello y por las espinosas sanciones económicas impuestas desde Washington, ha sido muy fácil lanzar permanentemente acusaciones de «sabotaje» y de «guerra económica». Para los seguidores más entusiastas del gobierno, el dólar estadounidense representa así el cúmulo de todos los males económicos de una nación sacudida por el colapso macroeconómico más profundo de su historia.

Para los «guerreros económicos» de Nicolás Maduro, todos los males se achacan a la nefanda influencia del dólar en la economía venezolana, que de manera consuetudinaria ataca a la moneda nacional hasta depreciarla por completo. Esta pérdida de valor del bolívar sería la culpable de la hiperinflación, la baja de salarios y la crisis en general. Así las cosas, en 2018 aseguraban que el aumento en 42.000% de la base monetaria, exclusivamente emitida por el Banco Central de Venezuela (BCV), no tenía nada que ver con la hiperinflación; es decir, no importa cuánto dinero se lance a la calle, su influencia en los niveles de precios sería cero.

De tal forma, se vendió la tesis de que el dólar es la punta de lanza del ataque imperial contra la Patria. Que el gobierno haya aumentado la base monetaria en más de 2.400.000% en los dos últimos años sería irrelevante. Blandiendo esta tesis, parte de la izquierda se ha volcado a justificar todos los problemas de la economía local con el argumento de que el dólar ahoga y enajena a la población venezolana. Este es, precisamente, el caballito de batalla ideológico de los gobiernos cuya inestabilidad económica es objeto de estudio y chanza.

El petro y la criptomoneda estatal que derrotaría al dólar

Hasta hace poco el mismo presidente Maduro hablaba del «narcodólar», «dólar criminal» y «dólar golpista». Con ahínco firmó decretos en favor de eliminar el dólar como moneda de cambio en el país e invirtió ingentes recursos en lanzar una criptomoneda, el petro. El petro estaría atado a las cotizaciones de varios commodities de exportación y no se iba a poder «minar» como una criptomoneda normal, porque estaría respaldado en las reservas de petróleo del país. La idea es que el petro fuera un medio de pago confiable y estable, aunque estuviera atado a un bien de precio muy volátil: el petróleo, cuyo valor, dicho sea de paso, disminuyó en más de 50% en el periodo 2008-2019.

El petro es una idea llamativa pero con una pésima ejecución y diseño. Desde un principio pareció ser otro de los planes mágicos de salvación económica (como el plan de cría de «conejos urbanos») y que haría recuperar el salario mínimo en el país, que entre 2001 y 2019 pasó de 401 dólares a 7 dólares mensuales. Luego de ese inusual devenir crematístico, casi nada nuevo ha pasado en ese ámbito.

Un viraje radical: el dólar como «bendición»

A contrapelo de los sesudos análisis de economistas ortodoxos que aseguraban que Venezuela iba a terminar en una suerte de comunismo norcoreano, el gobierno ha experimentado desde agosto de 2018 un serio, aunque vergonzante, viraje «liberal». En el marco de la segunda reconversión monetaria del chavismo, cuando se le quitaron cinco ceros al bolívar (hace diez años se le habían quitado tres ceros), se lanzó el nuevo «bolívar soberano» y se prometió una ortodoxia presupuestaria severa. Déficit cero y disciplina fiscal emergieron de pronto en el discurso de Maduro, aunque poco después haría exactamente lo contrario, incrementando en 3.600% el ingreso mínimo legal, con un aumento sideral de la emisión de dinero sin respaldo. Pocos meses más tarde procedería a decretar la libre convertibilidad de la moneda, la importación sin mayores requisitos y la plena legalidad del comercio en divisas extranjeras.

Sin duda alguna, hubo tres sucesos que empujaron a Maduro a esta apertura. El primero es la radical hecatombe de la economía. En sus manos, el PIB cayó 50% entre 2013 y 2018, y más grave aún fue la caída interanual reflejada en el primer trimestre de 2019: -26 %. En segundo lugar, el apagón de marzo de 2019 dejó a millones de personas sin poder comprar, ya que el dinero en efectivo (bolívares) es extremadamente escaso, y sin electricidad era imposible comprar en comercios habilitados con puntos de venta electrónicos. Esto impulsó a los comercios a recibir casi cualquier forma de pago. En tercer lugar, el gobierno sufrió los fuertes embates de las sanciones económicas y la insurrección continua del ala más radical de la oposición. Todo ello aceleró los cambios fundamentales hacia una apertura que venía gestándose poco a poco, contradiciendo a un ala de la izquierda que esperaba (ahora sí) la «profundización de la revolución».

Lo que comenzó como una «medida de emergencia» fue mutando en una cotidianidad dolarizada, que llegó al paroxismo con las afirmaciones de Maduro en una entrevista en televisión nacional, en la que enunció sin ambages: «Yo no lo veo mal, no lo veo mal (…). Me declaro pecador (…) es autorregulación necesaria de una economía que se niega a rendirse. (…) Hay que evaluar cómo ese proceso de lo que llaman ‘dolarización’ puede servir para la recuperación y el despliegue de las fuerzas productivas del país y el funcionamiento de la economía. Es una válvula de escape».

Luego de 15 años de férreo control cambiario, de infinidad de convenios cambiarios y de múltiples organismos de gestión (CADIVI, SITME, SICAD, SIMADI I, SIMADI II, DIPRO, DICOM, etc.), ahora el gobierno bolivariano «descubría» que la creciente dolarización informal del país es una bendición. Y el «dólar criminal» pasó a ser un elemento positivo para la economía.

La tremebunda escasez que todos pensaban que aumentaría, por la crisis o por las sanciones, ha disminuido considerablemente. Poco a poco se observa un importante crecimiento en la oferta de bienes y servicios. Muchos empresarios ven en la oportunidad de emprender o rescatar viejos negocios que tenían mercados potenciales. La veloz carrera por posicionarse en ellos ha impulsado a muchos a arriesgarse con cierto éxito. El vigoroso incremento de «bodegones» repletos de mercancías importadas parece reflejar una demanda capaz de comprarlos en dólares. Ello ha llamado la atención a empresarios nacionales, que saben que producir en el país es mucho más económico que importar, debido a los bajos salarios, la energía barata, etc. Ni hablar de los bajos impuestos y la nulidad total en cuanto a tributos y normas relativas a la cuestión ecológica. Esto se articula con la paulatina apertura económica del gobierno, lo que, de conjunto, augura una leve recuperación económica o rebote luego de la histórica caída del PIB en el primer trimestre de 2019.

La dolarización esconde la destrucción del bolívar

El júbilo de Maduro y de sus más cercanos colaboradores con la dolarización informal y desreglamentada no deja de ser sorprendente. Los más connotados patriotas no se preocupan ahora por la pérdida de soberanía monetaria y de libertad económica que implica una dolarización. Parece que no se dan cuenta de que la destrucción del bolívar no es sino la forma monetaria que toma la devastación económica: la ruina del poder adquisitivo, de la precaria seguridad social, de los ahorros y de los fondos que millones guardaban para su vejez. Evidentemente, la hiperinflación como expresión de la pérdida total del valor de la moneda ha empobrecido a millones, destruido hogares y empujado a más de cuatro millones de personas a la emigración. Estamos hablando de casi un sexto de la población total.

Los números de la aniquilación dineraria son realmente impresionantes. En estos días, apenas se posee como circulante en bolívares un equivalente de 700 millones de dólares (a la cotización del dólar oficial). Hace ocho años esa misma liquidez monetaria en bolívares equivalía a 44.000 millones de dólares. Si se mide per cápita, la liquidez monetaria por habitante ronda los 22 dólares. Países como Trinidad y Tobago tienen cerca de 11.000 dólares en ese indicador. La escasez de bolívares asfixia terriblemente a la economía. Sin suficientes medios de pago, la recuperación estructural, torpedeada por las sanciones económicas de Estados Unidos, es completamente imposible.

Algunos datos del colapso 

La depreciación del bolívar con respecto al dólar compete al gobierno central, que con mano de hierro dirige el BCV. El desastroso resultado de los indicadores no puede ser achacado a las sanciones de Trump ni al «bloqueo». Países como Cuba, Corea del Norte o Irán, fuertemente sancionados, no tienen ni 1% de la inflación que tiene Venezuela. Así la responsabilidad por el caos monetario es enteramente interna.

Siendo sucintos, la inflación acumulada en los últimos 24 meses (de septiembre de 2017 a septiembre de 2019) alcanza la cifra de 17.665.911,53%. Estos números, que reflejan el incremento de los precios en más de 17.000.000%, son oficiales ya que surgen del BCV. Si observamos la inflación desde septiembre de 2013 hasta septiembre de 2019 (la última disponible el 11 de diciembre de 2019), notamos que la inflación acumulada alcanzó la cifra de 1.195.117.764,02%. Si, más de 1.100.000.000% (BCV).

Aterrizando en el tipo de cambio, no es difícil ver cómo el bolívar se ha depreciado en casi 100%, con respecto al dólar. En los dos últimos años (de diciembre de 2017 a diciembre de 2019), el tipo de cambio ha aumentado 4.140.709,75%. Si hacemos la medición desde 2013 hasta 2019 (diciembre a diciembre), el tipo de cambio ha aumentado en 7.208.437.400,34%.

Lumpencapitalismo

La voraz hiperinflación que destruyó el bolívar (que es plenamente recuperable) impuso esta dolarización anárquica. Según casi todas las estimaciones, la cantidad de dólares es quizás unas ocho veces más grande que la cantidad de bolívares. Las entradas de divisas por remesas, narcotráfico, corrupción (por las sanciones ya no se fugan tantas divisas) y contrabando de gasolina y minería ilegal han hecho que frecuentemente se pague hasta lo más mínimo en dólares. Esta nueva realidad ha horadado la autoestima de muchas personas que perciben salarios de alrededor de 15 dólares mensuales, mucho más alto que el mínimo, y que ven cómo una pequeña parte de la sociedad compra carros de 200.000 dólares, come caviar y paga oficinas de lujo.

Las clases que magistralmente bosquejó Karl Marx según sus atributos productivos parecen reducirse en el imaginario venezolano a dos: los que ganan en divisas y los que reciben bolívares (los pobres). Florece la importación de lujo y la producción nacional desfallece. Un lumpencapitalismo se erige así entre la mar de ilegalidades, evasiones y bandas armadas extractivistas que se han hecho «empresarias» a fuerza de crímenes de todo tipo. El Estado se ausenta y se retrae. Los controles absurdos se abandonan de facto, pero con ellos las regulaciones necesarias también desaparecen. Reina el descontrol y se profundiza la desigualdad del ingreso en niveles nunca antes conocidos.

Aun así, podría haber alternativas a la debacle. Urge un programa de emergencia económica alejado de los intereses inmediatos de los bandos en pugna. Sindicatos, ONG, universidades y algunos partidos podrían trabajar en un plan que ordene y coloque en el centro a los trabajadores y las trabajadoras venezolanos y sus condiciones de vida, para luego impulsar un plan alternativo de mayor envergadura que reordene la vida económica y social del país.

es economista, magister scientiarum en Ingeniería Industrial y director del Centro de Investigación y Formación Obrera (CIFO).

Fuente:

https://nuso.org