Una introducción a la vida no fascista

Texto de Michel Foucault que sirve como introducción al libro «Anti-Edipo» de Deleuze y Guattari.

El Anti-Edipo: Una introducción a la vida no fascista

Durante los años 1945-1965 (pienso en Europa), había una determinada manera correcta de pensar, un cierto estilo de discurso político, una cierta ética para intelectuales. Había que tutearse con Marx, no dejar que los sueños vagabundeasen demasiado lejos de Freud, y tratar los sistemas de signos – el significante –  con  el mayor respeto. Esas eran las tres condiciones que convertían en aceptable esta singular ocupación que consiste en escribir y enunciar una parte de verdad acerca de sí mismo y de su época.

Después vinieron cinco años breves, apasionados, cinco años de júbilo y de enigma. A las puertas de nuestro mundo, Vietnam, evidentemente, y el primer gran golpe asestado a los poderes constituidos. Pero aquí, dentro de nuestras murallas, ¿qué estaba ocurriendo, exactamente?¿ Una amalgama de política revolucionaria  anti-represiva?¿ Una guerra librada en dos frentes, el de la explotación social y la represión psíquica?¿Una escalada de la libido, modulada por el conflicto de clases? Es posible. De todos modos, es a partir de esta interpretación familiar y dualista que se ha pretendido explicar los acontecimientos de esos años. El sueño que, entre la Primera Guerra Mundial y el advenimiento del fascismo, mantuvo bajo su encanto a las fracciones más utópicas de Europa – la Alemania de Wilhem Reich y la Francia de los surrealistas – había regresado para arrebolar a la mismísima realidad: Marx y Freud iluminados por una sola incandescencia.

Pero, ¿fue realmente esto lo que ocurrió? ¿Fue realmente una recuperación del proyecto utópico de los años treinta, esta vez a la escala de la práctica histórica? ¿O bien, por el contrario, hubo un movimiento hacia luchas políticas que ya no se adecuaban al modelo prescrito por la tradición marxista?¿Hacia una  experiencia y una tecnología del deseo que habían dejado de ser freudianas? Es cierto que los viejos estandartes fueron enarbolados una vez más, pero el combate se desplazó y ganó nuevas zonas.

El Anti-Edipo muestra en primer lugar, la extensión del terreno cubierto. Pero es mucho más que eso. No derrocha su caudal en denigrar viejos ídolos, si bien es cierto que se divierte mucho con Freud. Y, sobre todo, nos incita a ir más lejos.

Sería un error leer el Anti-Edipo como la nueva referencia teórica, es decir, esa famosa teoría que tan a menudo nos ha sido anunciada: la que todo lo englobará, esa absolutamente totalizadora y tranquilizante; esa, se nos asegura, “que tanto necesitamos” en esta época de dispersión y de especialización, de donde “la esperanza” ha desaparecido. No hay que buscar una “filosofía” en esta extraordinaria profusión de nociones nuevas de conceptos-sorpresas. El Anti-Edipo no es un Hegel relumbroso.

Yo creo que la mejor manera de leer el Anti-Edipo, consiste en abordarlo como un “arte”, en el sentido en que se habla de “arte erótico”, por ejemplo. Apoyándose en las nociones, en apariencia abstractas, de multiplicidades, flujos, dispositivos y ramificaciones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista aporta respuestas a preguntas concretas. Preguntas que se preocupan menos del por qué de las cosas que de su cómo. ¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿De qué manera el deseo puede y debe desplegar sus fuerzas en la esfera de lo político e intensificarse en el proceso de derrumbamiento del orden establecido? Ars erotica, ars theoretica, ars politica.

De allí los tres adversarios a los cuales el Anti-Edipo se halla confrontado: Tres adversarios que no poseen la misma fuerza, que representan grados diversos de amenaza, y que el libro combate con diferentes medios.

1. Los ascetas políticos, los militantes morosos, los terroristas de la teoría, aquellos que quisieran preservar el orden puro de la política y del discurso político. Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad.

2. Los lamentables técnicos del deseo – los psicoanalistas y semiólogos – que registran cada signo y cada síntoma y que desearán reducir la organización múltiple del deseo a la ley binaria de la estructura y de la carencia.

3. Por último, el enemigo mayor, el adversario estratégico (ya que la oposición de el Anti-Edipo con sus otros enemigos constituye más bien un combate táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y de Mussolini – que tan bien supo movilizar y utilizar el deseo de las masas- sino también el fascismo que existe en todos nosotros, que habita en nuestros espíritus y está presente en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder,  desear esa cosa misma que nos domina y nos explota.

Yo diría que el Anti-Edipo (ojalá que sus autores me perdonen) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia desde hace mucho tiempo (y de ahí, tal vez, la razón por la cual su éxito que no se limita a un “lectorado” en particular: ser anti-Edipo se ha convertido en un estilo de vida, en un modo de pensar y de vivir).

¿Cómo hacer para no convertirse en fascista incluso cuando (sobre todo cuando) se cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos, de nuestros corazones y placeres, ese  mismo?  ¿Cómo arrancar ese fascismo incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las trazas de la carne que se habían introducido en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, en cambio, acechan las más ínfimas partículas del fascismo en el cuerpo.

Rindiendo un modesto homenaje a San Francisco de Sales (1) podría decirse que el Anti-Edipo es una introducción a la vida no fascista.

Este arte de vivir contrario a todas las formas de fascismo, ya estén instaladas o próximas de serlo, van acompañadas de un cierto número de principios esenciales, que yo resumiría como sigue si tuviera que convertir este gran libro en un manual o una guía de la vida cotidiana:

– Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.

– Incrementad  la acción, el pensamiento y los deseos mediante proliferación, yuxtaposición y disyunción, antes que por subdivisión y jerarquización piramidal.

– Liberaos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la carencia, la laguna) que el pensamiento occidental ha sacralizado durante  tanto tiempo como forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid aquello que es positivo y múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, las disposiciones móviles a los sistemas. Considerad que lo que es productivo no es sedentario sino móvil.

– No imaginéis que haya que ser triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Es el vínculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representación) el que posee una fuerza revolucionaria.

-No utilicéis el pensamiento para dar a una práctica política el valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si no fuera más que pura especulación. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como un multiplicador de las formas y de los dominios de intervención de la acción política.

– No exijáis a la política que restablezca los “derechos” del individuo tal cual han sido definidos por el filosofo. El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es “desindividualizar” por la multiplicación y el desplazamiento, por la suma de combinaciones diferentes. El grupo no debe ser el vínculo orgánico que une a individuos jerarquizados, sino un constante generador de “desindividualización”.

– No os enamoréis del poder.

– Podría incluso decirse que Deleuze y Guattari aman tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos del poder vinculados a su propio discurso. De ahí los juegos y las trampas que encontramos un poco en todo el libro, y que convierten su traducción en un auténtico tour de force. Pero no se trata de las trampas familiares de la retórica, aquellas que tratan de seducir al lector sin que éste sea consciente de la manipulación, y que terminan por ganarlo para la causa de los autores, contra su voluntad. Las acechanzas de el Anti-Edipo son las del humor: otras tantas invitaciones a dejarse expulsar, a despedirse del texto dando un portazo. El libro hace a menudo pensar que no se trata de otra cosa que de humor y de juego, allí donde, sin embargo, ocurre algo esencial, algo tremendamente serio: el acoso de todas las formas del fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos aplastan, hasta las  formas más pequeñas que instauran la amarga tiranía de nuestras vidas cotidianas.
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(1) Hombre de Iglesia del S. XVII, que fue obispo de Ginebra. Es conocido por su Introducción a la vida devota.
(*) Este texto de Michel Foucault sirvió de prefacio a la edición estadounidense de Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, , de Gilles Deleuze y Félix Guattari, publicada en 1977. Formará parte de Dits et écrits, antología de textos de Michel Foucault, que aparecerá en 1989 en Gallimard, ( tomado de “Magazine Littéraire”). Publicado en español en Cuadernos de Marcha, Montevideo; también en: M. Foucault (F. Álvarez Uría y J. Varela, editores), 2010, Foucault. Obras esenciales, Paidós, Barcelona, pp. 673-676.

El presente texto procede de: http://www.psicologiagrupal.cl/documentos/articulos/antiedipo.html

Sobre la relación entre género y clase

ENTREVISTA A TITHI BHATTACHARYA

Por Paula Varela

Tithi Bhattacharya es marxista, feminista y profesora de historia de la Universidad de Purdue, en el Estado de Indiana (EE. UU.). En 2017 editó Social Reproduction Theory. Remapping Class, Recentering Opression, libro que tiene la particularidad de proponerse como una visión marxista de la Teoría de la Reproducción Social. Aquí presentamos una charla en la que nos expone sus puntos de vista sobre las relaciones entre clase y género, las posibilidades de un feminismo anticapitalista y la búsqueda de fortalecer la clase obrera.

IdZ: En tu libro decís: “estoy proponiendo aquí tres cosas: (a) una reafirmación teórica sobre la clase trabajadora como sujeto revolucionario; (b) una más amplia definición sobre la clase trabajadora que aquella que refiere a la/os asalariadas/os; (c) una reconsideración de la lucha de clases que incluya a las luchas más allá de los salarios y las condiciones laborales”. Me gustaría organizar la entrevista en torno a esa afirmación. Primero, la idea de la clase obrera como sujeto revolucionario no es una posición muy habitual en el feminismo en general, e imagino que tampoco es generalizada en el feminismo del 99 %. ¿Qué significa la defensa de esa propuesta en el marco de los debates del feminismo en la actualidad?

Bueno, gracias por la pregunta porque considero que es muy importante. No creo que haya una contradicción entre este punto de vista del poder de la clase obrera o la potencialidad de la clase obrera para cambiar el mundo, y el feminismo del 99 %, surgido en 2016 a partir de la Huelga de Mujeres [1]. Porque nació precisamente para establecer esta idea del poder de la clase obrera. Porque particularmente en Estados Unidos y el norte de Europa, pero también en vastas regiones del mundo (yo trabajo de forma muy cercana con el feminismo de India de donde provengo), la idea de feminismo que se gestó durante el neoliberalismo fue la que construyó esta vaga figura del “empowerment”. Esa idea de “empoderamiento” evita la pregunta de quién es la que se empodera y para qué fines, esas son las preguntas que el neoliberalismo silencia. Entonces, el feminismo se volvió algo cercano a la idea de “empoderamiento” de las mujeres, lo que, en términos reales, se transformó en la idea de éxito de un sector muy pequeño de las mujeres de todo el mundo: éxito como políticas, éxito como mujeres de negocios, éxito como CEO, etc. Cuando las mujeres escalan estas posiciones y tienen éxito, eso es considerado un éxito para el feminismo. Mientras que el verdadero problema es que, para la gran mayoría de las mujeres en todo el mundo; el neoliberalismo significó un empobrecimiento absoluto de las condiciones de vida y las condiciones de trabajo. Entonces, si el feminismo quiere convertirse en una amenaza para el sexismo y la violencia capitalistas, en lugar de ser una cierva del desarrollo capitalista, entonces tiene que ser un feminismo anticapitalista. Esta forma de entender el feminismo está estrechamente ligada a la cuestión del poder de la clase obrera. Creo que hay un problema teórico y un problema político que hay que abordar. El teórico es que, durante mucho tiempo, tanto en las concepciones liberales de clase y clase obrera, como en la autopercepción de la clase trabajadora, ha habido una separación teórica entre lo que son considerados problemas de clase y lo que son cuestiones de opresión social. Las mujeres, las minorías étnicas o, más aún, las personas trans, no son vistas como miembros de una clase, entonces somos comprendidas por nuestra opresión más que por nuestra pertenencia de clase. Pienso que este es un problema que la Teoría de la Reproducción Social, como está planteado en el libro, trata de sacar a la luz. Trata de disputar que las percepciones de género, de raza, de discapacidad, etc. deben ser comprendidas como parte de la cuestión de clase y no como asuntos separados. Esa es la parte teórica. Las conclusiones estratégicas que una saca es que todas esas cuestiones son cuestiones de lucha de clases. Las luchas que desafían la opresión social, también son luchas de clases. Entonces, para mí la concepción de que la lucha de clases está limitada a luchas por aumentos salariales o luchas dentro de los lugares de trabajo, debe ser combatida. En la etapa neoliberal, las condiciones de vida empeoraron junto a las condiciones laborales. Las dos están relacionadas, de hecho la vulnerabilidad de las condiciones de vida te hace más vulnerable en el lugar de trabajo. Si no tenés seguridad migratoria, es más fácil para el patrón despedirte. O si sos mujer, también es más fácil para el jefe acosarte. Por ejemplo, en relación a la cuestión migratoria: la lucha contra cuotas migratorias (“immigration rates”) no se puede separar de la lucha por la sindicalización, porque las dos son luchas que van de la mano. Esa es la consecuencia estratégica: en el libro intentamos tener un entendimiento más integral de la clase trabajadora, que integre cuestiones de raza, género, igualdad u opresión social entendido como un todo.

IdZ: En relación a esta comprensión más integral de la clase trabajadora, en el libro vos planteás que es una “ampliación” de la definición de clase, pero yo me pregunto: ¿una ampliación respecto de qué definición de clase trabajadora? ¿La de Marx? ¿La de cierto marxismo? ¿La de la mayoría de los sindicalistas?

Bueno, en el libro hay mucho uso de la palabra o del prefijo “re”, porque entendemos a esta comprensión teórica no tanto como algo nuevo sino más bien como una recuperación de las tradiciones marxistas clásicas. La idea central es que, en el Volumen I de El Capital (en el conjunto de los tres volúmenes de El Capital) y en varios otros lugares, Marx desarrolla una comprensión del motor del capitalismo. ¿Cuál es esa dinámica que impulsa el sistema hacia adelante? El motor se ubica en la producción de mercancías por parte de la clase obrera en el lugar de trabajo, que permite al capitalista extraer plusvalía a través de ese proceso. Así que no es un proceso extra económico como los modos de producción anteriores. Es y se hace a través de la explotación y la extracción de ganancias y plusvalía, a través de hacer que la trabajadora [2] trabaje más tiempo o más intensivamente para que el patrón obtenga sus ganancias. Así que este es el punto de partida y el motor del capitalismo. Pero hay varias partes de la obra de Marx, por ejemplo, La Ideología Alemana, donde Marx y Engels dicen básicamente que ese es el modo que la trabajadora tiene de vivir, de subsistir, en algún sentido, ese es el comienzo del sistema: la trabajadora tiene que estar separada de sus medios de subsistencia, porque si todos tuviéramos acceso a reproducir nuestras vidas, no tendríamos que trabajar para nuestros jefes. Nadie iría a un trabajo horrible de 9:00 a 5:00 o incluso cada vez más horas, si tuviéramos acceso a producir nuestra propia comida y sostener nuestras propias vidas. En un momento particular de la historia del capitalismo, la clase obrera fue separada o violentamente arrancada de sus medios de reproducción, razón por la cual la obrera pasa a depender del capitalista para reproducir su vida. Por eso vende su fuerza de trabajo o su capacidad de trabajar: para ganarse la vida. En la historia del capitalismo, la cuestión comienza cuando la trabajadora empieza a trabajar, es decir, se toma a la fuerza de trabajo como un hecho dado. En Teoría de la Reproducción Social doy un paso atrás y digo: “la fuerza de trabajo no es dada, tiene que ser reproducida”. Hay numerosos procesos sociales que entran en esa reproducción de la fuerza de trabajo. No está dada. Porque si tomáramos la fuerza de trabajo como un hecho dado, entonces la fuerza de trabajo de cada humano sería exclusivamente la fuerza de trabajo portada al nacer. Pero, obviamente, la fuerza de trabajo no se reduce a esa fuerza “primera”: es formada, moldeada, producida y perfeccionada por nosotras dentro de la familia y dentro de las redes sociales a las que pertenecemos por muchos años. Ninguno de estos son procesos naturales. Todos estos son procesos sociales. La Teoría de la Reproducción Social nos hace mirarlos. Me gusta pensarla como un mecanismo teórico extremadamente elaborado para desenvolver: estamos desenvolviendo constantemente todas las categorías naturalizadas, filosóficas y políticas, que el capitalismo nos presenta. Entonces tenemos la pregunta de qué tipo de procesos sociales producen la fuerza de trabajo. Lo que es obvio es que hay un proceso biológico: das a luz y después sos socializada. En la mayoría de las familias no socializamos a nuestras hijas (tal vez deberíamos empezar dentro del movimiento feminista), diciendo: el matrimonio o la monogamia son terribles. Algunas de nosotras obviamente hablamos con nuestras hijas sobre estas cosas una vez que son lo suficientemente maduras para manejar estas preguntas. Pero no empezamos por ahí. En otras palabras: socializamos a la niña en relaciones sociales capitalistas. Luego socializamos a la niña en las escuelas, en los centros de salud. Y cuando menciono estos mecanismos de socialización más institucionales, inmediatamente nos damos cuenta de que están segmentados. Ciertos barrios tienen ciertos tipos de escuelas y otros tienen mejores escuelas.

Así que estamos hablando de la reproducción diferencial de la fuerza de trabajo: una parte de la fuerza de trabajo es preparada o socializada para ir a Harvard, mientras que otra parte de la fuerza de trabajo es preparada y socializada para convertirse en un trabajador de la construcción. Así que de nuevo, cuando decimos que la fuerza de trabajo se reproduce no es un proceso simple. Necesitamos mirar las varias instituciones sociales que reproducen la fuerza de trabajo. Entonces empezamos a entender que la reproducción de la fuerza de trabajo es también la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Ambos están intrínsecamente relacionados. La producción de mercancías en el lugar de trabajo y la producción de mano de obra o de la trabajadora fuera del lugar de trabajo, son procesos relacionados. De lo contrario, las relaciones sociales capitalistas se volverían inestables. Así pues, para asegurar su propia estabilidad tiene que haber una conexión sistémica entre cómo se reproduce la fuerza de trabajo, en qué lugares, etc. Por ejemplo, la familia basada en el parentesco tiene que ser estable para que la próxima generación pueda ser socializada. Las feministas en Argentina son una gran inspiración en este momento porque esa es precisamente una de las cosas que ustedes están combatiendo. Nuestras hermanas en las calles están luchando contra el hecho de que los políticos capitalistas y la Iglesia Católica están básicamente presionando por un fortalecimiento de la unidad familiar a través de la cuestión del aborto, diciendo que las mujeres tienen que ser madres. Es una comprensión forzada de la relación de las mujeres con sus cuerpos, con nuestros cuerpos y con la unidad familiar. Obviamente, Argentina no está sola en esto. Todos los países capitalistas tienen una agenda “pro-familia”, es solo una cuestión de hasta qué punto presionan con eso en nuestras gargantas.

IdZ: En relación con esto, porque en Argentina, la cúpula de la CGT salió a plantear la preocupación por los costos que significaría para las obras sociales la legalización del aborto (argumento que, por cierto, ya habían planteado sectores de la derecha como la vice Presidenta Michetti) ¿Vos consideras que el derecho al aborto es un derecho que tienen que levantar los sindicatos?

Absolutamente. Creo que los sindicatos –no solo los sindicatos, sino cualquier sector del movimiento obrero, tengan o no organización sindical– deberían ocuparse de la cuestión del aborto. Sin derechos sobre nuestra capacidad reproductiva, tenemos derechos reducidos sobre nuestra capacidad productiva. Esas batallas no pueden separarse en absoluto. Y creo que estamos más débiles tanto en el movimiento feminista como en el movimiento obrero si los sindicatos se niegan a luchar por nuestros derechos reproductivos. Lo mismo pasa con el racismo: si los sindicatos no toman estas luchas, se debilitan. El derecho al aborto es un terreno muy importante de empoderamiento para las mujeres de la clase trabajadora. No sé cuáles son las cifras en Argentina, pero en Estados Unidos es una batalla de clases directa: la gente rica puede pagar el aborto, esa es la simple verdad. Parentalidad Planificada (Planned Parenthood) es la institución que más ayuda en el aborto (en los EE. UU.) y ha estado recibiendo mucha violencia del Estado y de los antiabortistas en general. La gran mayoría de las mujeres que acceden a los servicios de Parentalidad Planificada son pobres y de color, el 60 % son mujeres de color. Se trata de una cuestión de clase directa para las mujeres de la clase trabajadora. Y si se piensa en esto, la cuestión de dar a luz a una niña o no dar a luz a una niña es completamente una cuestión de la clase trabajadora. ¿Cómo vas a alimentar a la niña? Esa es la primera pregunta y está directamente ligada a qué tipo de trabajo tenés , que a su vez, está relacionada con el tipo de atención médica a la que podes acceder. ¿Realmente podes dar a luz? ¿Podes gestar durante nueve meses para dar a luz? ¿Dispones de atención médica para gestar al bebé y dar a luz? Una vez que nazca el bebé ¿Cómo diablos lo vas a alimentar? ¿Tenes un hogar para ella? También está ligado a otros problemas ¿Se te quitará el bebé en la frontera por las autoridades migratorias, como lo está haciendo Trump? Todos estos son problemas reproductivos. No están separados, porque el nacimiento de un bebé no es solo una cuestión de mujeres. Son las mujeres y los cuerpos identificados como femeninos los que dan a luz (porque los hombres trans también lo hacen), pero la cuestión de la parentalidad es completamente una cuestión social.

IdZ: En el libro vos planteás que el circuito de la reproducción de la fuerza de trabajo (terreno en el que aparecen todas estas cuestiones que son propias de la clase obrera aunque no suela verse de ese modo) está subordinado al circuito de la producción. ¿Podrías precisar esa relación? ¿Qué significa esta subordinación?

En términos marxistas, para decirlo simplemente, la fuerza de trabajo de los trabajadores se aprovecha para producir mercancías en el lugar de trabajo, pero la reproducción de esa fuerza de trabajo ocurre fuera del circuito de producción de mercancías. Entonces esos dos circuitos están obviamente conectados de la manera en que hablamos antes, pero son circuitos separados. Son circuitos relacionados pero separados. ¿Cuáles son las características de esta separación? Dentro del lugar de trabajo, el capital tiene el control y la dominación total sobre las actividades de los trabajadores. Pero ese no es el caso en la reproducción de la fuerza de trabajo. El capitalismo, por supuesto, en la medida en que es una totalidad global sistémica, tiene influencia y dominio sobre el circuito de reproducción de la fuerza de trabajo, pero no tiene control total. Por ejemplo, aunque a la mayoría de los políticos capitalistas les gustaría, en realidad no pueden entrar en nuestros hogares y dictar cómo vivimos, lo intentan de varias maneras, por ejemplo, con la prohibición del aborto legal, las leyes que justifican la violación y otras expresiones de sexismo. Estas son diversas formas en que el capitalismo intenta controlar el circuito de la reproducción. Pero simplemente no tiene control total. Así que no importa cuáles sean las leyes de aborto, no importa qué tan fuerte sea la Iglesia Católica, las mujeres y los hombres todavía tienen sexo por placer, no solo tienen sexo para reproducirse. Las mujeres jóvenes todavía encuentran placer al decir “no, yo no seré una mujer heterosexual, soy lesbiana o soy una persona trans”, de modo que los seres humanos expresan constantemente su potencial humano real en innumerables formas, más allá de lo que el capitalismo considera normativo o correcto. Esas cosas suceden todo el tiempo. Por cierto, no digo que ser lesbiana o ser una persona trans sea en sí mismo un desafío para el capitalismo. Por supuesto que no lo es, puede volverse un desafío al capitalismo si se transforma en un movimiento, pero una persona individual que se convierte en trans no necesariamente es un desafío al capitalismo. Lo que trato de señalar es que estas relaciones sociales, estos desarrollos emocionales afectivos continúan a pesar de los intentos de los capitalistas por regularlos o dominarlos. Y la razón por la cual la dominación o regulación nunca es completa y siempre está en formación y resistencia, es por la forma en que se configura el sistema: el capitalismo no tiene control total sobre la reproducción de la fuerza de trabajo. Tiene que dejar que las trabajadoras se ocupen de su propia reproducción social y determinen la mejor forma de encajar en este sistema. Debido a esa laxitud y a que hay un cierto grado de autonomía, es que pueden ocurrir todo tipo de cosas subversivas en esta esfera. De nuevo, con esto no estoy diciendo que en la esfera del trabajo no ocurren cosas subversivas: una huelga es exactamente eso. Estoy diciendo que allí la subversión se enfrenta al control directo del capital, mientras que en la esfera de la reproducción social las subversiones y las afirmaciones suceden a pesar de este control del capital mucho menos pleno.

IdZ: Esta idea de pensar la lucha de clases en el terreno de la reproducción social obliga, creo, a la pregunta por lo que el sociólogo John Womack llamó “posición estratégica” para designar aquellas posiciones dentro del circuito productivo en las que los trabajadores tenían más poder de fuego, es decir, aquellas posiciones en las que, del modo más económico en términos de su fuerza, causaban el mayor daño al capital. ¿Cuál es la relación entre estos dos territorios de lucha de clases (el de la producción y el de la reproducción) para vos desde el punto de vista de las posiciones estratégicas? ¿Son equivalentes desde el punto de vista de la capacidad de daño de la clase trabajadora? ¿Es lo mismo una huelga en una fábrica, en un subterráneo que en un barrio?

Como marxista, creo que el mayor poder de la clase trabajadora está en el lugar de trabajo. Es ahí donde el colectivo de clase es más fuerte y es ahí donde tiene la capacidad de dañar o colapsar este sistema. Y es así porque, en el lugar de trabajo, si el trabajador deja de trabajar, está parando el motor del sistema que es la extracción de la plusvalía. Todo el resto existe para que el sistema extraiga plusvalía. Si detiene esta extracción de plusvalía, el sistema debe cerrarse. Entonces, sí, creo que la importancia estratégica del lugar de trabajo es diferente y es mucho más poderosa que las luchas no laborales. Eso en términos de lo que es más perjudicial para el sistema en su conjunto. Sin embargo, no podemos ver el asunto de una forma estática, como si hubiera estadios de la lucha. La razón por la que creo que esta es muy importante en este momento es porque globalmente el poder de los sindicatos y, por lo tanto, el poder de los trabajadores en el lugar de trabajo, no solo disminuyó sino que en grandes franjas del globo, no existe. Por ejemplo, en dos de las economías más grandes, India y China, el poder de los sindicatos en los lugares de trabajo es mínimo. Hay un vasto sector informal en India donde la gente nunca ha oído hablar de los sindicatos. Así que estamos hablando de un período de 40 años en el que el capital ha librado una batalla implacable contra los sindicatos en el lugar de trabajo y ha disminuido su poder. Ante ese tipo de circunstancias podemos decir dos cosas como militantes: podemos decir “clase, nosotros vamos a esperar el momento mítico dorado en el que los sindicatos sean reconstruidos”; esa es una posición de izquierda que sostiene que todo el poder debe provenir de los sindicatos, motivo por el cual todas las luchas deben ser para reconstruir el movimiento sindical, y eso es todo en lo que hay que enfocarse y concentrarse, cualquier otra lucha debe estar subordinada a esa lucha. La posición del ala derecha sería que la clase trabajadora está terminada, ya no habrá una lucha colectiva contra el capital porque el movimiento sindical ha terminado. Esas son las dos respuestas posibles a la posición debilitada de la clase trabajadora en el lugar de trabajo. Creo que nosotras, como feministas marxistas, tenemos un punto de vista diferente. Decimos: “¿por qué la gente va a trabajar?”. La gente no va a trabajar para tener dinero. La gente va a trabajar para vivir. Entonces, la forma salarial es una mediación entre el ser humano y su existencia, su manutención. Los salarios son un medio, por eso la gente se concentra en el salario. Creo que, como marxistas, a veces olvidamos y, los jefes de los sindicatos definitivamente se olvidan, que no es el salario lo que preocupa al trabajador. Lo que le preocupa es lo que el salario permite conseguir, que es la vida. Cuando las condiciones de vida empeoran para la clase trabajadora, la lucha estalla. No importa que la clase trabajadora no pueda luchar en el lugar de trabajo porque el poder colectivo se ha debilitado, la clase trabajadora sigue luchando en los barrios, en las luchas por la renta, por el agua potable, y esas luchas creo que construyen la confianza de la clase como un todo, de manera que luego esa confianza pueda volver a expresarse en el lugar de trabajo. Como marxistas, si se tiene una visión a largo plazo, se observa que el desarrollo de la conciencia de la clase trabajadora puede ocurrir de innumerables maneras. Puede suceder que, en forma simultánea, se desarrollen huelgas en el lugar de trabajo junto con el desarrollo de movimientos sociales. Puede suceder también que no haya movimientos sociales sino solo luchas en el lugar de trabajo, una ola de huelgas que se traduzca en un movimiento social, por ejemplo, en un movimiento antiimperialista. Pero lo contrario también puede ocurrir: si extendés la herramienta de la huelga más allá del lugar de trabajo, los movimientos sociales pueden construir confianza en la clase obrera para que la huelga retorne al lugar de trabajo, para que hagan paro en el lugar de la producción. Por ejemplo, si a un trabajador cuyo principal problema es la vivienda (el alquiler) va el sindicato y le propone organizarse en su lugar de trabajo, quizás el trabajador piensa (influido por el discurso liberal): “No veo mi interés en unirme al sindicato”. Pero supongamos que el propietario de la casa lo echa a patadas, el trabajador es madre o padre, y su familia y su vida se ven amenazadas, y entonces viene el sindicato y dice que lo va a ayudar a organizarse contra el propietario en su barrio. Entonces el trabajador podría pensar: “OK, esto es realmente sobre mi vida. Quiero trabajar con este sindicato porque esta situación es una basura”. Ahí es donde se genera la confianza en el sindicato. Y entonces, cuando el sindicato va y dice “si tenemos salarios más altos, entonces será más fácil tener acceso a mejores viviendas…”, entonces el trabajador podría considerar unirse al sindicato porque ahora el sindicato ha participado en duras luchas sociales para tener su confianza. Y creo que este tipo de “sindicalismo de lucha de clases” es el camino a seguir en el período neoliberal, porque el movimiento sindical ha sido tan atacado en el lugar de trabajo en todo el mundo, que para reconstruirlo no podemos limitar nuestra imaginación y nuestros horizontes políticos a el lugar de trabajo solamente. Debemos dirigirnos al trabajador en su mundo de la vida entera. Y es por eso que la cuestión del aborto se vuelve importante…

IdZ: Iba a preguntarte justamente eso. En esta dinámica que va desde afuera del lugar de trabajo hacia adentro, desde movimientos por reclamos que en principio no se presentan como propios de la clase obrera (aunque lo son), hacia la organización y la lucha en la producción como centro neurálgico del capitalismo ¿vos considerás que las mujeres tienen un rol especial que cumplir, un rol protagónico? Pienso en el hecho de que las mujeres son la mitad de la clase obrera, son el 70 u 80 % en los trabajos de la reproducción social, ¿creés que eso abre la posibilidad de pensar a las mujeres como vanguardia de una reconstrucción de la clase obrera? ¿O creés que esa puede ser una hipótesis esencialista?

No creo que sea esencialista en absoluto. Creo que es importante porque hace al tipo de cosas que discutimos anteriormente. Ante todo, está la cuestión numérica de que una mayoría de las trabajadoras son mujeres y están en todos los sectores. Eso ya es un tema que tenemos que tener en cuenta. Pero creo que hay un problema estructural más profundo que hace que las luchas tengan tanta marca de género, estén tan generizadas en los últimos años: el problema estructural es que el neoliberalismo en estos 40 años ha llevado adelante un ataque cruel contra los estándares de vida de las trabajadoras: salud, pensiones, escuelas, privatización de los servicios públicos. La privatización de todos los recursos que los seres humanos necesitamos para reproducirnos, ha estado a la vanguardia de los ataques neoliberales, eso significa que durante 40 años nuestra capacidad de reproducción ha sido atacada por el neoliberalismo y, debido al sexismo, las mujeres han cargado con la peor parte de estos ataques. Cuando privatizan tu agua las personas más afectadas son las mujeres, cuando cerras las escuelas, las mujeres son las más afectadas, cuando el sistema de salud se privatiza o directamente se cierra, las mujeres (que son las que asumen las tareas del cuidado en las familias y en los barrios), son las más afectadas. Entonces, desde hace 40 años que el neoliberalismo viene atacando a la reproducción social, lo cual ha tenido consecuencias fuertemente generizadas, y creo que se debe hablar mucho más de esto en los sindicatos, entre los marxistas y la gente de izquierda. El 2008 fue la gota que rebalsó el vaso del consenso neoliberal, la crisis se instaló en “la casa” del capitalismo. Pero si nos fijamos en los movimientos anteriores, de diez años antes de 2008 y diez años después de 2008, verán cuán intensamente generizados son. A menudo, o son dirigidos por mujeres, o la gran mayoría de los participantes en estos movimientos sociales son mujeres, y los problemas que plantean son todos temas que tienen graves consecuencias para las mujeres. Pero no estamos hablando de cuestiones necesariamente feministas. Es por eso que creo que el feminismo del 99 % tiene perfecto sentido, porque no se puede hablar de mejorar la situación de las mujeres, a menos que se ataque al sistema mismo que crea esas condiciones de humillación para las mujeres. Y ese sistema es el capitalismo. Entonces, no se puede fortalecer al feminismo en el mundo de hoy si no es un feminismo que sea también anticapitalista, porque todos estos temas de los que estamos hablando no son cuestiones feministas, sino que son cuestiones fuertemente relacionadas con el género, lo que las convierte en cuestiones feministas. Creo que debemos descartar la idea de que el feminismo se trata solo de mujeres. El feminismo se trata de género y el género está en el corazón de cómo el capitalismo se reproduce a sí mismo. Así que a menos que los hombres, las mujeres y las personas de todas las sexualidades y elecciones y habilidades se unan en esta batalla, el feminismo no se fortalece. Si vos planteas un feminismo que es solo para mujeres cis, o solo para ciudadanos, eso no es feminismo, porque al hacerlo fortaleces el sistema. Si luchas solo por mujeres cis, realmente fortaleces la familia capitalista y las ideas hetero-normativas de parentesco, que a su vez serán las ideas que se vuelvan en tu contra. Por lo tanto, como persona cis te conviene luchar por los derechos trans, pero no por una “buena moral”, sino porque tu interés está ligado a eso, porque luchar por eso debilita el sistema como un todo, y por lo tanto, tus condiciones mejoran cuando el sistema se debilita. Así que esta es la razón por la que creo que la pregunta acerca de qué es un “tema feminista” debe ser una pregunta constante, porque creo que todos los temas anticapitalistas son en realidad cuestiones feministas.

IDZ: Por último, quisiera terminar la entrevista con tu opinión sobre un proceso que creo que está muy relacionado con lo que estamos hablando: las huelgas docentes en EE.UU. que, de febrero en adelante, se expandieron por distintos Estados formando lo que llamaron la “Primavera docente”. Tres preguntas: ¿Por qué ahora? ¿Por qué en el sector de la educación pública? ¿Por qué las mujeres a la cabeza?

Bueno, voy a comenzar por el final. El 77% de todos las docentes de EE. UU. son mujeres. Eso es un hecho. En algunos Estados el porcentaje es más del 80%. Entonces, que la mayoría de las huelguistas hayan sido mujeres responde a ese hecho. ¿Por qué ahora? Porque en los últimos 40 años, el neoliberalismo ha atacado a la educación y ha intentado diversas maneras de privatizar la educación, debilitar a las docentes en su lugar de trabajo, debilitar a los grandes sindicatos de docentes y, básicamente, atacar el trabajo mismo de la enseñanza. Cuando las personas se convierten en maestras es porque realmente les gusta enseñar a los niños, y creo que debemos tomar eso en serio. No es solo una especie de esfuerzo emocional que las maestras hacen, es realmente una alegría y un orgullo que las personas sienten en su labor de enseñar, de dar forma a una mente joven. Y cada política que se ha llevado adelante para las escuelas públicas (y que es bipartidista, de George Bush a Barack Obama) ha socavado la capacidad de la docente para hacer justamente eso: disfrutar de formar y enseñar en sus propias aulas. Por ejemplo, los tests estandarizados como modo de medir la performance docente: todas esas políticas son herramientas que intentan controlar el proceso de enseñanza a nivel del aula. Y a nivel macro, hay fuertes recortes de fondos para la educación pública , que obliga a las escuelas a cerrar y obliga a las maestras a que abandonen sus trabajos porque se vuelve inviable para una persona enseñar, mantener una familia y tener una vida. En definitiva, durante los últimos 40 años ha habido un fuerte ataque a la profesión docente que estaba destinado a llegar a un punto crítico en algún momento. Creo que la elección de Donald Trump sacudió todos estos temas juntos de un modo que no había sido hecho antes. Es decir, todos estos pequeños ingredientes ya existían, Donald Trump no los inventó. Pero creo que intensificó los procesos políticamente y el reclamo docente comenzó a jugar un papel muy importante. Y el género tiene una importancia vital en esto y no es solo porque la gran mayoría de las maestras son mujeres, sino porque la enseñanza, por desgracia, es considerada un trabajo de mujeres. Yo pasé un tiempo en West Virginia cuando estalló la huelga. Estuve en Kentucky también. Y la clase dominante entendió mucho más rápido que nosotras la importancia del género en estas huelgas. Ellos usaron todo tipo de epítetos sexistas para descalificar a las maestras. En West Virginia, a las maestras las llamaban “Dumb Bunnies” (“conejos estúpidos”, en referencia a la serie de libros infantiles), para decir que eran conejitos estúpidos que saltaban sin saber lo que estaban haciendo. En respuesta, las maestras se vistieron de conejitas rosas e hicieron una manifestación en la capital: “ok, somos conejitos estúpidos”. Así que, por un lado, tenés eso. Pero además tenés otro tema: el catalizador de la huelga de West Virginia fue el ataque a las jubilaciones docentes. Una de las conquistas que las maestras mantenían en el marco de todas estas políticas contra la educación pública era la jubilación y el servicio de salud. Como son empleos estatales, aún conservan esos derechos. Pero esta última ronda de ataques también fueron contra la jubilación. Entonces, primero, el salario no es lo suficientemente bueno; segundo, las condiciones de trabajo son humillantes, pero incluso si aguantabas todo eso, una vez que te retirabas tenías, al menos, una jubilación que te permitía pasar la última etapa de tu vida de modo tranquilo. Eso fue quitado para las maestras en West Virginia. Y como se sabe, cuando se trata de la tercera edad, el género juega un rol particular porque son las mujeres las que se encargan del cuidado de las personas mayores. Por lo tanto, afecta a las mujeres de maneras particulares. Pero también el tema de la salud adoptó carácter de género en West Virginia. Se les dijo a las maestras que tendrían que cumplir con ciertos estándares para acceder a la atención médica. Y para ello tendrían que llevar un dispositivo en la muñeca que controlaría todos sus ritmos y capacidades biológicas. Y sobre la base de ese control, se determinaría la cantidad del monto a pagar por el seguro de salud. Entonces, una mujer de 40 años, sería monitoreada de acuerdo con la misma escala que una mujer de 70 años con cirugía de rodilla y que un hombre de 25 años. ¿Quién es más vital entre el hombre de 25 años, la mujer de 47 años o la mujer de 70 años? Quien fuera más vital pagaría menos. De ese modo es que tratan de vincular la atención médica y las jubilaciones a los ritmos biológicos. Obviamente, eso se convirtió en un tema fuertemente de género. Estos fueron algunos de los problemas que desencadenaron la huelga en West Virginia. Pero creo que la verdadera pregunta que debemos hacernos es por qué se extendió la huelga. Porque si, como dijeron los políticos, se trataba de un problema local, entonces debería haberse quedado en West Virginia. Pero se extendió porque es un problema sistémico. Esta ha sido la condición docente en los EE. UU. en los últimos 40 años. Lo que West Virginia demostró fue que podemos ganar. Y eso sucedió contra todo pronóstico. La dirección del sindicato estaba en contra de las maestras, los políticos republicanos estaban en contra de las maestras, los Demócratas estaban pidiendo a las maestras que terminaran el conflicto por menos. Y, sin embargo, las maestras organizadas en la base en el lugar de trabajo se mantuvieron firmes contra todas estas fuerzas y ganaron. Y ese dulce sabor de la victoria fue lo que convenció a todas estas otras maestras de que se puede lograr. Esta idea de que «se puede lograr» se perdió en el movimiento obrero y en el horizonte de imaginación y de conciencia de la clase obrera de los EE. UU. durante mucho tiempo. Así que ahora, si miras lo que ocurre en los EE. UU., West Virginia no solo puso de pie a las maestras, puso en huelga a las trabajadores de las aerolíneas, activó las huelgas de UPS (servicio de correo). De repente hay un clima en el aire de que “puede suceder”, de que “podemos ganar”. Esa conciencia está, repentinamente, de vuelta en el aire y creo que es muy muy importante reconocer el papel de una lucha en el lugar de trabajo en un pequeño Estado, el poder y el potencial que tiene una vez que gana.

NOTAS AL PIE
[1Véase “Nancy Fraser: el feminismo del 99 % y la era Trump”, La Izquierda Diario, 29/3/2017.
[2Durante la entrevista, Tithi Bhattacharya utiliza el género femenino para referirse a una trabajadora mujer, varón o de cualquier género. Dado que en castellano los plurales tiene género, hemos decidido utilizar “trabajadoras” para referirnos a trabajadoras mujeres, varones o de cualquier género.

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Sobre-la-relacion-entre-genero-y-clase

Silvia Federici: “Que nuestro bienestar no se construya sobre el sufrimiento de los otros”

Nacida en la Italia fascista, la escritora, profesora y activista dice de sí misma que fue “feminista antes de tiempo”. Al tiempo que es una de las figuras más relevantes en el desarrollo del feminismo de las últimas décadas, Federici también es una pensadora cuyos cuestionamientos radicales al Estado capitalista alientan a replantearse a fondo cómo estamos habitando el mundo y hacia qué desastre nos encaminaríamos de seguir así.

Por Alejandra Guillén

Laura está enojada porque siente que su familia la trata como servidumbre y porque su marido sí pudo jubilarse y ella no podrá hacerlo; sigue siendo la única responsable de cocinar, de limpiar la casa y de cuidar de todos. Es tapatía y fue educada para servir a su marido y a sus hijos. Pero desde hace tiempo este rol le parece injusto. Por eso, haber escuchado en Guadalajara a la feminista Silvia Federici le “cambió la vida”, pues entendió que el trabajo doméstico no pagado se ha justificado en nombre del amor romántico y que éste ha sido el sostén del funcionamiento del sistema capitalista.

Silvia Federici centró su charla del 2 de marzo en la guerra contra las mujeres y las nuevas formas de acumulación capitalista,1 precisamente en uno de los estados con más desaparecidas2 y que ocupa los primeros lugares de violencia contra ellas.3 Al inicio de la conferencia señaló que el capitalismo tiene distintas formas de violencia, pero que ella analiza la particularidad de la violencia sexista porque es necesario entenderla para poder combatirla. En su libro Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria (Traficantes de Sueños, 2010),probablemente el más difundido en México, la feminista italoestadounidense explica que la transición del feudalismo al capitalismo se basó en la guerra contra las mujeres a lo largo de tres siglos de la caza de brujas, periodo en el que se construyó la posición de la mujer como sirvienta de los hombres y se destruyó un universo de prácticas incompatibles con la disciplina del trabajo capitalista. Así, las mujeres tuvieron que depender económicamente de su pareja y se generó un intercambio de servicios sexuales: “es clásico, es sexo por dinero, te apoyo y tú me das tus servicios. Es así en la prostitución y en el matrimonio. En la relación matrimonial, la mujer está empobrecida; el pacto empieza al lamentarte de tu pobreza. Ellos dicen: ‘No te lamentes, tú sé mi sirvienta, yo te doy dinero si te conviertes en mi esclava’. Pero esa naturalización de la violencia se rompió con el movimiento feminista”.

Su pensamiento ha germinado porque su propuesta antipatriarcal y anticapitalista es provocadora, moviliza a muchas que, como Laura, comienzan a cuestionar las relaciones de dominación en su vida cotidiana.

Silvia Federici

Una de las pruebas a las mujeres acusadas de brujería se hacía en una balanza pública. Los frailes aseguraban que las brujas pesaban muy poco porque montaban escobas; si la mujer pesaba menos de cinco kilos, era una bruja. Muchas veces las balanzas, como era previsible, estaban alteradas para que así fuera. Foto: Archivo.

Silvia Federici nació en Parma, Italia, en 1942. En los años sesenta se mudó a Estados Unidos a estudiar Filosofía en la Universidad de Buffalo, y participó en cuatro movimientos que se entrelazaban: el estudiantil, el pacifista, el feminista y el que peleaba por los derechos civiles. Su feminismo es peculiar, ya que se nutre del pensamiento de la autonomía obrera italiana, del pensamiento anticolonial y de su propia experiencia en el feminismo. Con el Colectivo Feminista Internacional impulsó la campaña Wages for Housework (Salario para el Trabajo Doméstico), que rechazaba el trabajo doméstico como destino natural de las mujeres. En el libro Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas (2013) explica que pasó 40 años lidiando con el problema del trabajo reproductivo y rebelándose contra éste, al menos como estaba configurado en el capitalismo. En los años ochenta trabajó como profesora interina en la Universidad de Port Harcourt, en Nigeria, donde atestiguó la instrumentación de las políticas neoliberales y sus efectos “devastadores”, y comenzó a observar los nuevos procesos de colonización y de cercamiento de tierras en todo el mundo.

En África también amplió su atención más allá del trabajo doméstico, a la agricultura de subsistencia, y descubrió la gran fuerza e importancia del acceso de las mujeres a la tierra por ser ésta la base material esencial para sobrevivir. Este vínculo con la tierra es lo que explica también por qué las mujeres han encabezado por años la defensa de los territorios, pues sin la tierra y sin la naturaleza no hay futuro.

En las últimas décadas, Silvia Federici, también profesora de la Hofstra University de Nueva York, ha comenzado a usar el concepto de la política de lo común, inspirada en parte en el levantamiento zapatista en 1994, en el fracaso del modelo de lucha por el poder para construir una alternativa al capitalismo y en la historia de comunidades y pueblos que antes del capitalismo vivieron como sociedades solidarias y autoorganizadas. Lo común abarca el agua, el aire, la tierra, los servicios comunes, las lenguas, las producciones colectivas de culturas antiguas, y la inquietud es cómo construir una política de los comunes para constituir los cimientos de una economía no capitalista. Su perspectiva de los comunes, vista desde el feminismo, consiste en reconstruir lo colectivo, los tejidos sociales, la cooperación, juntar lo dividido (con el otro, con la naturaleza), como una necesidad de la nueva etapa de la guerra contra el capitalismo. Y esto implica rechazar que nuestra reproducción tenga lugar a expensas del resto de los comunes y de los bienes comunes del planeta, “que nuestro bienestar no se construya sobre el sufrimiento de los otros”.

Tu infancia transcurrió en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo influyó eso en el pensamiento feminista y anticapitalista que desarrollaste posteriormente?

Nací en un periodo muy dramático, en abril de 1942. En enero empezaron los campos de la muerte en Alemania y yo nací en Italia, un país fascista. La primera memoria de mi vida es la memoria de la guerra, de los bombardeos, tengo imágenes de bombas que caen, memorias conectadas con los cuartos, con la oscuridad, con tratar de escapar de los bombardeos. Y también tengo imágenes de gran ansiedad, de la gente que corre. Mi infancia fue prácticamente un continuo escuchar la historia de mi familia, una historia de desastre, del terror de despertar en la noche con el cielo rojo. Mi mamá me contaba que siempre se iba a dormir con ropa, con la maleta lista para huir porque tenía dos niñas. ¡Tanta historia! Yo crecí en Parma, ciudad con tradición antifascista: en 1922 hubo días de guerra urbana, el proletariado hizo barricadas para impedir que los fascistas entraran. Fui a la prepa en una ciudad comunista, en la región de Emilia. Todo esto ha tenido influencia en mi vida; tuve una politización instintiva, pues con mi papá se hablaba de política, de fascismo. Él era maestro de historia, hablé mucho con él de filosofía. Mi familia es antifascista, él era un liberal antifascista, crecí con todo eso, tuve un proceso de politización con él. Era anticlerical: yo llegaba de la iglesia con mi mamá y me preguntaba: “¿Qué ha dicho el cura?”, luego hacía una crítica. Entonces, tuve una politización inmediata.

En periodos de guerra, cuando se lucha por la vida, ¿por qué es común que las mujeres vayan adelante?

Nunca reflexioné sobre esto cuando estaba chica, pero ahora puedo ver que la vida se sustentaba a través de las mujeres, porque, en el periodo en que huimos de los bombardeos, mi papá nos llevó a una granja, al campo, con unos pocos animales, y eran las manos de mujeres las que nos permitieron siempre contar con comida. En la ciudad, la comida era racionada, en el campo no. Cuando regresábamos a la ciudad, mi mamá podía contar con comida porque tenía una hermana que trabajaba en el campo. Mi mamá me recordaba que durante la guerra no sufrimos la fame(hambre), porque estaban mi tía, las mujeres de la granja, porque en el campo se podía comer. Las mujeres siguieron sembrando, y, sí, ocultando gente también.

Silvia Federici

Lucy Burns fue una sufragista estadounidense y defensora de los derechos de las mujeres. Activista apasionada y fundadora del Partido Nacional de la Mujer. Burns fue arrestada mientras protestaba en la Casa Blanca y fue enviada a Occoquan Workhouse. En la cárcel, Burns se unió a Alice Paul y muchas otras mujeres en huelgas de hambre afirmando que eran presas políticas. Ser encarcelada no detuvo el activismo de Burns. Desde el interior del asilo organizó protestas con otras presas y también ayudó a organizar y distribuir uno de los primeros documentos que definían el estado de las presas políticas. Se circuló a través de agujeros en las paredes hasta que cada sufragista prisionera lo hubiera  firmado. Cuando los funcionarios de la prisión se dieron cuenta de lo que Burns estaba haciendo, la transfirieron a una cárcel del distrito y la pusieron en confinamiento solitario. Foto: Lucy_Burns_in_Occoquan_Workhouse

Parece importante que en las luchas también exista un vínculo con la tierra porque, de entrada, permite la autogestión alimentaria

Sí, sí, sí, mucho, mucho. La historia de mi infancia, mi formación cultural y política, tiene dos partes muy contrastantes: la guerra y mi relación con el campo, porque el periodo en el que mi papá decidió llevarnos al campo para escapar de los bombardeos fue una maravilla. Después de que la guerra terminó, regresé por varios años porque estaba enamorada del campo, completamente enamorada. Para mí, el campo era el opuesto de la guerra. Fíjate, era una niña de dos, tres años, y luego regresé a los seis, siete años a encontrar animales, cuando empecé a crecer me dieron la tarea de salir por la mañana a buscar los huevos; fue un momento tan mágico, impactante, igual que ver la vendemmia, cuando se cosechan las uvas, cuando todos van al campo, porque, antes de la guerra, Italia era bastante agrícola. Todo cambió con el milagro económico, la industrialización, la guerra potenció la urbanización. Este lugar, que no es distante de donde mi familia ha vivido, es mágico. ¡Las mujeres cultivaban tantas cosas! Vegetales, flores, tenían animales, un puerco, gallinas, una vaca, árboles de manzanas. La vida allá era ver el cielo con todas las estrellas, ver cuando desgranaban el maíz en forma muy rústica, con todas las mujeres hablando, cantando, con luz de candela, era una cosa increíble, mágica, de otro mundo. Nunca lo he olvidado. Tengo una pasión muy fuerte por el campo, por el verde, por los ríos, por las hojas. Para mí, los árboles son dioses, entonces creo que este vínculo con el campo ha sido el otro componente muy fuerte de mi política; y tengo gran recelo con la tecnología capitalista, soy muy lenta para entusiasmarme con ella. Ahora tengo 76 años y es el primer viaje en el que traigo un celular (para estar pendiente de la salud de un ser querido). Soy tecnológicamente atrasada porque pienso en el costo ambiental de todo, para mí cada primavera es una cosa mágica, ver las flores. La magia de la naturaleza nunca me ha abandonado. No he olvidado que ésa es la magia más grande que tenemos en el mundo, antes que la tecnología. Pensar que en la tierra están todos los colores, que hay una inmensa creatividad de la tierra.

¿Ese vínculo que perdimos es parte de lo que nos tiene desvinculados de la vida?

Sí, claro, este proceso es una temática de mi trabajo: que el desarrollo capitalista es una forma de empobrecimiento en todos los sentidos. Es económico porque el capitalismo no produce riqueza para la mayoría, produce escasez con despojo: si no nos expropian, no pueden obligarnos a trabajar por un salario. A los que tienen foresta, bosque, comida, agua, no los pueden obligar a trabajar; entonces primero deben empobrecernos, despojarnos. Ésa es toda la lección de Marx, de cómo se crean poblaciones de trabajadores que no tienen nada, que no tienen tierra, para provocar escasez, pobreza estructural. La condición estructural del capitalismo es empobrecernos económicamente, pero también produce otro tipo de escasez al separarnos de la naturaleza, de los animales; nos separan de los otros, nos enseñan a tener miedo de los otros, a no ver que los otros son un enriquecimiento. Este individualismo es un empobrecimiento inmenso que nos hace vulnerables a tantas formas de explotación; es como que han cortado nuestra conexión con el mundo, con el mundo de los otros, con los animales, así que somos pequeñitos, vulnerables, ansiosos y empobrecidos, hemos perdido los poderes. Miles de años atrás, en regiones como Babilonia, hoy Irak, descubrieron las constelaciones con sólo observar el cielo, sin telescopio; en la Polinesia navegaban de noche sin luna porque conocían la ondulación de las olas, con su cuerpo podían comprender la ondulación de la ola y dirigir la barca. Son poderes que vienen de la profunda conexión con la naturaleza que hemos perdido totalmente, como la capacidad de orientarse en la foresta (el bosque) mirando el vuelo de los pájaros, de las estrellas, el sol, son todas cosas que hemos perdido. Entonces, me parece importante desnaturalizar la idea de que sin el capitalismo no podemos vivir.

¿Qué elementos debe tener el regreso a la tierra para recuperar la imaginación en cualquier lucha anticapitalista, antiestatista?

El regreso a la tierra no sólo es un factor económico de sobrevivencia, es también un factor espiritual, porque regresar a la tierra significa reconectarse con todo un mundo de fuerzas más grandes que nosotros. Es comprender las primeras cosas, que es algo más grande que el capitalismo. En segundo lugar, ahí hay una inmensa creatividad y variedad, porque la tierra es un proceso de creación continua, entonces hay que comprender que estamos en un mundo que es un organismo viviente; porque la tierra no es solamente materia en movimiento, es animada, tiene su creatividad.

Silvia Federici

“El capitalismo también depende del trabajo doméstico”, reza el cartel, a propósito del trabajo de cuidados que realizan muchas mujeres. Foto: collections.museumca.org.jpg.

¿Qué te dio la intuición y el olfato para desarrollar tu obra Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria?

Muy simple, llegó porque estábamos… ¡Ah!, ¿te he mostrado? Sólo un momento… [Silvia va a su habitación y regresa con un librito donde hay fotografías y memorias de su participación en la lucha feminista en Estados Unidos.] Hicimos una campaña del análisis del trabajo doméstico, diciendo que no es natural de las mujeres. En ese entonces muchas mujeres nos criticaban porque decían: “La casa es el área de la sociedad donde no está el capitalismo”, se idealizaba como un espacio libre de relación capitalista. La otra crítica que nos hacían era que la casa era un lugar atrasado, precapitalista; los socialistas nos acusaban porque decían que la casa era una herencia precapitalista, entonces las mujeres debían luchar, salir. Así empecé un análisis de la historia, que me gusta mucho, porque quería comprender. Mirando el presente podía ver que el trabajo en casa no tenía nada de natural. Con los marxistas está la historia de la industrialización, pero no la historia del trabajo doméstico, de la reproducción de la vida. Hay un capítulo donde Marx habla de cómo se reproduce la fuerza de trabajo: los trabajadores buscan el salario y compran las necesidades de la vida. Pero nunca habla del trabajo de reproducción, y pues yo pensaba que era importante mostrar cómo el capitalismo se ha construido. Entonces empecé a estudiar el siglo XIX, el siglo XVIII, y vi que para comprender tenía que partir del principio, ir a antes del capitalismo, porque necesitaba comprender cuál era la reproducción de la vida antes del capitalismo. Así empecé a estudiar el periodo feudal, el periodo de la acumulación originaria, de la caza de brujas.

Un factor que encontré en el camino es el concepto de la strega, que es la bruja en italiano. El personaje de la strega, palabra latina, que es un pájaro, legendario, de manos verdes, vuela en la noche y cuando emite un grito muy funesto es como un anuncio de muerte. La presencia de lastrega en Italia está presente en muchos dialectos, en lenguas reales… Bueno, esta figura también era parte de la vida cotidiana, porque mi mamá, cuando quería decirme que no tenía el pelo bien, que la ropa no estaba bien, que no me había puesto en forma decente para salir, decía: “Pareces una strega”. Es algo muy vivo en la sociedad, es una figura mala, que sirve para disciplinarte.

Después, en el trabajo histórico, encontré el panfleto de dos americanas, Barbara Ehrenreich y Deirdre English,4 que menciono en el libro, que interpretaba la figura de la strega como la curandera; decía: “con el desarrollo de la profesión médica se mata a mujeres acusándolas de stregas, de curanderas”. Esto me impresionó mucho porque el panfleto empieza con una cronología que dice: “la caza de brujas se desarrolló en los siglos XVII, XVIII”, y dije: “Es la fundación originaria del capital, es el periodo de la acumulación originaria, de la Conquista de América”. Entonces me puse a estudiar seriamente la caza de brujas y comprendí que sí es parte de la transición del mundo feudal al desarrollo del capitalismo. Así empecé a conectar estas cosas.

Hay resistencia a la idea de que se puede vivir sin Estado, se cree que es el único modelo en el que podemos vivir…

El Estado es una creación bastante reciente, porque, por miles de años, las comunidades eran autogestionadas, o muchas veces había sistema de explotación a través de tributo, pero no era el Estado como hoy, que no es sólo el gobierno: está la organización de la salud, de lo público, de la educación, tiene tantas trancas, es el Estado tentacular, como el pulpo, que incluye el capital. Fui a Nigeria. En este lugar, antes de la colonización de los ingleses, no estaba el Estado, eran todas comunidades interconectadas, autogestionadas. Esta idea de que no podemos vivir sin Estado —bueno, el Estado y el capital, porque el Estado es la traducción política del capitalismo— es tan fuerte que liberarse de ella tiene que ser un programa a largo plazo. Lo que no comparto es la visión marxista, porque Marx es contradictorio, piensa que el futuro debe ser una sociedad de productores libres; también, que una sociedad más justa sin explotación del trabajo debe ser una sociedad sin Estado. Pero pienso que es un periodo intermedio de la dictadura del proletariado, porque hasta ahora eso ha sido un gran fracaso, ha sido un capitalismo de Estado, por eso no comparto esta visión. Por eso, para mí se debe empezar a trabajar de abajo, porque si vamos a esperar al Estado, ¡no! Ya el Estado, para muchas personas, no da nada, sólo militarización, en gran parte del mundo es solamente una fuerza opresiva, no es una fuente de sustento. Hay que comprender que el común es la única garantía de sobrevivencia, porque el Estado te mata, no te da vivienda, salud, no te da educación, no te da nada, sólo opresión, cárceles, narcos.

Silvia Federici

Manifestación por la liberación de la mujer el 26 de agosto de 1970 en Nueva York. En la imagen, una mujer sostiene un cartel que reza: “Nosotras representamos a las mujeres negras y del tercer mundo, las más explotadas y oprimidas en la raza humana”. Foto: Keystone.

¿Coincides con esta perspectiva de que en países como Colombia o México la guerra del narcotráfico es una estrategia de contrainsurgencia?

Claro, es una estrategia de contrainsurgencia, y en Colombia no se ha acabado con los acuerdos de paz. No es paz, la paz es parte del modelo económico.

Acá en México, lo que ocurre es que en la sierra y otros lugares hay trabajo forzado, esclavitud, poblaciones desplazadas o asesinadas por no querer trabajar para las empresas del narcotráfico.

Lo que pasa es que no tenemos mente histórica, porque tienen un programa a largo plazo. La gran agencia del capital internacional, y las agencias como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, son parte del nuevo Estado internacional, porque el capitalismo necesita un Estado internacional, con los viejos y los nuevos conquistadores, la comunidad europea, el gobierno de Estados Unidos. Ellos son los grandes protagonistas del capital y tienen un plan, que para mí es vaciar el campo, vaciar todas las regiones que producen formas de sustento (las playas, los mares, los campos, los bosques), para obligar a todos a urbanizarse, pues así pueden controlar las formas básicas de sustento: controlando esto, imponen la forma de explotación que quieren, obligándonos a urbanizarnos en megaciudades que son campos de concentración: ahí nos pueden controlar bien. Creo que esto que dices es que se está reinventando la economía de la plantación. A los que saquen del campo, de las áreas costeras, es a los que pueden obligar a trabajar con salarios más bajos, en condiciones de nueva esclavitud, por eso vacían los territorios. Su plan es que cualquier acceso directo debe ser eliminado, y a quien no acepte, lo matan. Te permiten estar como sirviente, como nuevo esclavo, con salario bajo, sin reglas, te pueden despedir cuando quieran. Esta visión no es pesimista, es realista porque ya sucede. Donde hay obstáculos hacen guerra, terror de Estado.

Sobre los cuerpos, las desapariciones, el despojo en México…

Acabo de leer un manuscrito para el que escribí un prólogo, de una compañera de España, acerca de cómo los periodistas interpretan la violencia contra las mujeres; ella trabaja con un caso de 1996, cuando tres muchachas desaparecieron y las encontraron muertas. Es un análisis fuerte y contundente de cómo los medios las convierten en acusadas, porque estaban afuera en la noche; sus cuerpos habían sido torturados para inyectarles miedo. Y, cuando lees, no dicen cómo fue posible, cuáles son las condiciones para que esto pase: se naturaliza el comportamiento de los hombres. Ella también cuestiona el término desaparición, porque oculta la violencia del acontecimiento.

Lo que vemos es tecnificación de la desaparición en varios sentidos, desde prácticas
de narcos hasta administración de cuerpos para su no identificación; parece que está planeado…

Sí, sí, ¿has leído a Rita Segato? Sí, que anuncia, que tortura; es fuerte, es violencia que no busca ocultarse; antes se ocultaba, ahora se publicita. Esto te dice qué nivel de impunidad tienen, de seguridad: ¿por qué la publicidad? Dan a la policía evidencias, pero no tienen miedo. Pueden contar con la impunidad, así que quieren publicidad con el cadáver. Es nueva violencia, pedagógica, que manda mensajes, como dice Rita Segato; es violencia de manual, científica, pensada; es sangre fría, han pensado cómo aterrorizar científicamente. Cómo agredir a niños, a mujeres, para enviar un mensaje más terrible: “No tenemos límites”.

Silvia Federici 

Página de la revista Life de abril de 1976. En ella se puede apreciar a Silivia Federici (la cuarta de izquierda a derecha en la línea frontal), encabezando una serie de protestas por el trabajo no remunerado.

¿Cómo te imaginas tu liberación, la liberación en colectivo?

Yo no la imagino en un futuro utópico, la imagino ahora. La liberación ha sido entrar en el feminismo. Para mí, es trabajar con mujeres, conectarme con mujeres, comprender cosas. Yo misma he cambiado, me siento apoyada. El movimiento feminista en general se ha apoyado para crear identidades más fluidas, para combatir la identidad capitalista de la feminidad y de la masculinidad, aunque muchas veces en Estados Unidos hay jóvenes que ven el hecho de ser mujer como identidad degradante. No, yo estoy contenta de ser mujer, hemos luchado para cambiar lo que significa ser mujer. Una mujer, no en el sentido capitalista, porque ha sido un terreno de lucha en que el movimiento feminista se ha desarrollado para cuestionar la definición de ser mujer. Hemos cambiado, mi concepción de ser mujer ha cambiado con los años: cuando era pequeña, de 10, 11 años, me molestaba ser mujer, mucho, mucho. Yo he vivido la crisis de mi cuerpo, la feminización de mi cuerpo, el pecho que se forma, como una verdadera derrota. Sentía que ser mujer era muy desvalorizado, porque crecí en una sociedad que vivió 20 años en el fascismo, con una concepción militar de la vida, la masculinización más fea, la visión de la mujer como máquina para crear soldados. Para mí, esta cultura continuaba, no terminó con el fin de la guerra. Y ahora no, no siento el problema de ser mujer, porque me he sumado a la lucha de la mujer y hemos cambiado lo que significa ser mujer, hemos luchado. Hemos visto el poder de las mujeres.

¿Qué concepción tenías de la mujer y cuál tienes hoy?

Es una genealogía, de poco a poco. Yo fui feminista antes de tiempo; por eso, cuando salió el movimiento, ¡pum!, yo ya estaba ahí, porque tenía la clara percepción de que ser mujer era un límite a tu posibilidad de vida, que había expectativas que no podía reconocer. Nunca he deseado tener hijos, y bueno, para mi mamá era natural que podía casarme, tener hijos, no lo contrario; pero yo pronto empecé a ver que las mujeres sufren más y por eso son las más fuertes. Este antagonismo con los hombres lo tenía muy marcado. También, cuando me enamoraba, siempre sentía que me molestaba la relación con los hombres y una parte de mí siempre pensaba: “¿Por qué las mujeres tienen una carga más grande que los hombres? Deben ser más fuertes para poder continuar”. Y recuerdo un pequeño poema de un poeta italiano que habla de sufrimiento, parecía una lamentación de mujeres. Me impactó tanto… Estas cosas me han dado un sentido de las mujeres como colectividad, que tenían algo en común, que es el sufrimiento, el lamento, y a la vez son más fuertes.

Silvia Federici

¿Por qué es importante reconstruir la idea del amor romántico?

La parte amorosa es muy problemática; es muy importante cambiarla porque todo esto del amor romántico, la desesperación que las mujeres viven, el ocultamiento del trabajo no pagado a través de la ideología del amor romántico… He escrito un artículo que se llama Salarios contra el trabajo doméstico,5 porque hay toda una educación ideológica; a las mujeres nos han enseñado a estimarnos a partir de que un hombre te quiera o no te quiera; si te dejan te sientes desvalorizada, porque nos han enseñado que la vida es servir a los hombres; uno que te diga: “¡Ah, tú eres una mujer fantástica, una mujer especial”, es el pago por la jornada de trabajo en casa. Esto crea una dinámica perversa. La mujer puede hacer otras actividades, tener otras fuentes de valor, sobre todo colectivas. Hay que superar la idea de que un hombre significa tu vida, y dar prioridad al amor con otras compañeras y no con un hombre. Si te identificas con las otras compañeras cuyo bienestar es tu bienestar, no puedes perderte en esta competencia por un hombre que te ha dejado o no, lo digo por experiencia personal, porque todas hemos crecido más que vosotras, porque vengo de una generación en la que el amor romántico era la estrella. El feminismo me ha cambiado mucho, mucho; los celos, desesperarse por el amor… me ha cambiado mucho, es parte de la transformación necesaria.

En tus charlas dijiste que tampoco es que los hombres sean monstruos, sino que hay que entender la raíz histórica del despojo de tierras, y que a cambio les dieron a mujeres a su servicio.

Sí, son víctimas ellos también, por eso no quiero ser igual que ellos, porque no creo que los hombres sean un modelo de vida. Cuando hablan de la idea de la igualdad de los hombres, ¿cuáles hombres? ¿Trump o los jóvenes afros en cárceles? ¿Cuáles hombres? Porque cuando dicen: “Queremos ese lugar”, ya tienen la percepción de un tipo de hombre, con buen salario, con buen nivel de vida, pero hay hombres que no tienen nada. Igualdad, ¿con qué? ¿Con quién? ¿Qué modelo de vida quieren? m.

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1. En el Auditorio Salvador Allende del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, como parte de las actividades de la Cátedra Jorge Alonso. Antes, ese mismo día, impartió la conferencia “Feminismo y política de los comunes” en el ITESO.

2. En Jalisco, el reporte es de mil 279 mujeres desaparecidas y es el segundo estado con más casos, después del Estado de México, de acuerdo con la nota “Jalisco, segundo estado con mujeres desaparecidas”, de Darwin Franco Migues, publicada en Número Cero el 13 de febrero de 2018.

3. En la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (2016), Jalisco ocupa el quinto sitio de violencia contra las mujeres, y entre todas, la de pareja es la más frecuente: 47 de cada 100 mujeres mayores de 15 años han sufrido agresiones por parte de su pareja.

4. Autoras de Witches, Midwives and Nurses: a History of Women Healers, Old Westbury, Feminist Press, 1973.

5. Publicado por primera vez en Wages Against Housework, Falling Wall Press, 1975.

 

Marx y la crisis de la democracia

Por Michael R. Krätke

Democracia y capitalismo eran y son una pareja difícil, su relación no es, de ningún modo, tan evidente e indisoluble como se supone vulgarmente. El “capitalismo democrático” establecido después de 1945 en Europa occidental y Norteamérica también ha entrado en crisis en sus países centrales, donde, en un plazo previsible, se podría establecer un capitalismo sin democracia política.

En su larga historia, el capitalismo ha ido de la mano de formas variadas de estado y gobierno (ciudades estado, monarquías, estados absolutos, estados corporativos, despotismos…). Sólo en pocos países capitalistas se pudo establecer una república democrática: en los EEUU, Suiza, Francia. En muchos países capitalistas europeos se impuso, por primera vez, una república democrática con sufragio universal después de la Primera Guerra Mundial. Pocas fueron duraderas. La historia de la democracia en el capitalismo ha sido, hasta nuestro tiempo,  una historia de desintegración y hundimiento. La democracia se encuentra en peligro, las repúblicas pueden hundirse, golpes de estado bonapartistas, golpes militares, rupturas constitucionales o guerras civiles pueden llevar a formas de estado y gobierno autoritarias, totalmente compatibles con el capitalismo.

Históricamente, el “capitalismo democrático” aparece más como la excepción que como la regla. Según los estándares (europeos) habituales, actualmente se considera que, de los 192 estados reconocidos como soberanos, son en torno a sesenta los que funcionan como democracias representativas. En muchos otros predomina, en el mejor de los casos, una “democracia aparente”. En el sistema capitalista mundial, a día de hoy coexisten algunas variantes del “capitalismo democrático” con muchas variedades de un capitalismo absolutamente “no democrático”.

La República Popular China nos ofrece un ejemplo importante de capitalismo que se las arregla sin democracia en sentido occidental, un ejemplo de una economía y una sociedad controladas y tuteladas por el estado, de régimen autoritario de partido único, de estado policial militar, que, sin embargo, sólo selectivamente recurre a la violencia abierta. La forma híbrida china de capitalismo privado dirigido y vigilado por el estado va de la mano de una forma de estado y gobierno no democrática, que restringe toda la vida pública de ese gigantesco país al marco de un partido monopolista de estado.

La “crítica de la política” de Marx

A pesar de que Marx no dejó ninguna teoría sistemática del estado, sino sólo fragmentos de una teoría política, entendía de la política de su tiempo. Apenas hay acontecimiento o movimiento político de su tiempo que no estudiara y comentara. Políticamente, antes de hacerse socialista y comunista, Marx era un demócrata radical. Observó con exactitud todos los movimientos, en muchos de los cuales participó, y estudió la situación política de los países democráticos de la época. Investigó al detalle tres constituciones democráticas modernas de los albores de la república burguesa: la Constitución francesa revolucionaria de 1792 (Primera República), la de la Segunda República francesa (también conocida como república de febrero), de 1848, en la versión original y en la revisada de 1851, y la Constitución liberal democrática española de 1811-12 (en España conocida como la Pepa). La Constitución de Cádiz se considera, aún hoy, el ejemplo modélico de forma de transición entre estado liberal y democrático con jefe monárquico.(1)

En dos escritos, Las luchas de clases en Francia entre 1848 y 1850, de 1850, y El 18 de brumario de Luis Bonaparte, de 1852, Marx estudió a fondo la breve historia de la Segunda República francesa, de 1848, surgida de una revuelta política contra la monarquía borbónica restaurada, y derrocada por el golpe de estado de Luis Napoleón, de diciembre de 1851. Esta república se basaba en el sufragio igual, universal y directo, sólo para los hombres adultos, con independencia de las diferencias de posesiones o propiedades. Marx consideraba altamente inestable la combinación de capitalismo y democracia. Con ello se había sembrado una gran contradicción, entre la igualdad formal de los derechos políticos y libertades de los ciudadanos y su desigualdad económica y social efectiva, que no se daba solamente entre ciudadanos individuales, sino también entre las grandes clases de la sociedad burguesa. Es decir, la república democrática civiliza las formas de la lucha política, sustituye la guerra civil y la lucha en la calle por la lucha electoral y el debate público. Pero “las clases cuya esclavitud social [la Constitución] tiene que perpetuar, proletariado, campesinos, pequeños burgueses, con el sufragio universal se apoderan del poder político”. “Y a la clase cuyo viejo poder social [la Constitución] sanciona, la burguesía, le quita la garantía de ese poder. Restringe su dominio a condiciones democráticas, que contribuyen en todo momento a la victoria de las clases enemigas y cuestionan las bases de la propia sociedad burguesa.”(2)

En el siglo xix, la democracia era aún una idea escandalosa y contestada; en el mejor de los casos, se consideraba un experimento político peligroso. Precisamente lo que temían los liberales contrarios a la democracia era lo que esperaban de ella Marx y Engels: que, tarde o temprano, hiciera estallar esta contradicción. En la república democrática, en “esta última forma de estado de la sociedad burguesa”, la lucha de clases se tendría que librar definitivamente, hasta el final.(3)

Marxistas posteriores continuaron este análisis: ¿cómo es posible que se haya implantado una república democrática, exigida, de hecho, por el movimiento obrero, al que proporciona libertad de movimientos y un terreno de juego político y le permite utilizar con éxito elecciones y parlamentos para influir en la legislación y la política del estado? La respuesta (de Kautsky, Otto Bauer y otros): la clase dominante domina, pero no gobierna y, para dominar, no le hace falta estar en el gobierno. Para influir en la lucha política y en el proceso de toma de decisiones políticas conforme a sus objetivos, puede confiar en su poder social y económico, puede utilizar a los medios de comunicación de masas y a los partidos agrarios burgueses de masas, así como a la clase de los políticos y funcionarios profesionales. Favorecida por la religión cotidiana del capitalismo, dirige con éxito la lucha por la hegemonía en la sociedad burguesa, ahora en una república democrática, y respeta sin problemas la igualdad de derechos políticos. Tiene que hacerlo porque, en esta forma política, en democracia, toda dominación de una minoría sólo es posible como “gobierno de la mayoría”, que debe basarse en una mayoría de electores, adictos y gente que le apoye. Por lo tanto, sin dominio de la burguesía no puede haber democracia estable, aun menos formarse bloques duraderos, como los que representan los partidos agrarios burgueses de masas de ideología democrática, que siempre agrupan a campesinos.(4) Hay democracia mientras los advenedizos proletarios no tengan éxito político y no se hagan demasiado fuertes y pongan en riesgo la hegemonía burguesa. Incluso entonces aun podría durar un rato un frágil “equilibrio de las fuerzas de clases”, que permita a los adversarios mantener la forma de la república democrática con sufragio universal.

Crisis de la democracia, crisis del capitalismo

En 1936 apareció una de las últimas grandes obras de la época del marxismo clásico, el libro de Otto Bauer ¿Entre dos guerras mundiales? El autor, teórico dirigente del austromarxismo y del marxismo, con huella socialdemócrata, enlaza los análisis de tres crisis: la del capitalismo, la de la democracia y la del socialismo.

Sin la crisis económica mundial, dice Bauer, la democracia no habría entrado en crisis en Alemania y Austria. Las crisis de posguerra y, después, la crisis económica mundial que estalló en otoño de 1929 debilitaron la creencia de las masas populares en el estado democrático, que ya no les podía o quería ayudar. Igualmente hicieron tambalearse la creencia del pueblo en la invulnerabilidad del orden capitalista —y, con ello, de la hegemonía de la burguesía. En la crisis, los capitalistas ya no estaban dispuestos a mantener aquellos “compromisos y concesiones con los que han de pagar su dominio en democracia”, ni se encontraban en situación de poderlo hacer. Como su hegemonía había quedado tocada, habrían tenido que realizar muchas más concesiones y llegar a muchos más compromisos que entonces, cosa que no querían hacer ni podían permitirse. Se volvieron contra el orden democrático, que era un obstáculo para cargar una crisis política sobre las espaldas de las grandes masas.(5) Derechos políticos iguales y la posición de poder en el estado basada en ellos, incluso los elementos como una seguridad social para todos, que el movimiento obrero reformista había impuesto en el marco del estado democrático, eran obstáculos reales para una política anticrisis totalmente favorable a los intereses de los capitalistas.

Semejantemente, puede suponerse que la gran crisis económica mundial que comenzó en  2007-2008 como una crisis financiera mundial también está relacionada con la aparición actual de crisis en las democracias parlamentarias de los países capitalistas centrales. Y la crisis de la socialdemocracia europea, su evidente decadencia en casi todos los países europeos, es una parte de esta crisis de la democracia. Y es que la creencia del pueblo en la efectividad de una política reformista que también beneficie a las clases de abajo forma parte de la cultura política de una democracia burguesa operativa. Sin esta creencia popular, sin mejoras tangibles de la situación de la mayoría de la población que se encuentra en crisis, no se puede avanzar por la vía reformista “socialdemócrata”, para contener, es decir, mantener latente, la gran contradicción de la democracia apuntada por Marx.

La crisis del “capitalismo democrático” hoy

Entre los científicos sociales de todos los colores predomina un amplio consenso en torno a que el orden del “capitalismo democrático” de posguerra, tan estable durante mucho tiempo, ha tocado a su fin. Parece que la disposición y voluntad de la clase dominante en punto al cumplimiento de los compromisos y concesiones con que había comprado su dominio en los países capitalistas centrales durante la posguerra desapareció, como muy tarde, durante el período de crisis 1971-1984. La pregunta es, empero, por qué pasó tanto tiempo —a saber, más de 25 años— hasta que se evidenció la crisis de la democracia. Colin Crouch lo explica con un proceso de lenta erosión de la democracia, que deja intactas las formas externas de las instituciones democráticas (elecciones, partidos, parlamento, opinión pública…), mientras las decisiones reales quedan cada vez más en manos de oligarcas capitalistas.(6) Sin embargo, este lento proceso fue acompañado de algunas maniobras de cambio espectaculares, con las que, si bien no se cuestionaban las instituciones democráticas, se anunciaba un cambio político y se reabría la lucha por la hegemonía, con una ideología política nueva, al menos parcialmente, e incluso de extrema derecha: el neoliberalismo. Margaret Thatcher, Ronald Reagan e incluso Helmut Kohl fueron vistos y elogiados por sus partidarios como precursores de un cambio ideológico y pioneros de otra forma de hacer política.

El cambio hacia un “estatismo autoritario” que muchos marxistas habían previsto de momento  no se ha producido. Wolfgang Streeck, con la vista puesta en la crisis política que comenzó en  2007-2008, ha constatado que, tras una breve fase de política financiera expansiva, se ha impuesto una política de austeridad estricta —con el foco en la consolidación del presupuesto público—, al menos en los países de la zona euro. Lo considera la continuación de la marcha atrás iniciada por las clases dominantes en la década de 1970 contra el capitalismo de posguerra embridado por el estado social. Con razón, Streeck constata que la globalización del capitalismo nuevamente acelerada en la década de 1990 ha dado un impulso adicional a este ataque frontal al estado social y a la lucha por la hegemonía de la visión neoliberal del mundo.(7) Sin embargo, los síntomas de una crisis de la democracia política son bastante nuevos: por doquier surgen movimientos populistas contra la vieja política y las viejas elites establecidas, pero (con excepciones) no son, en modo alguno, antidemocráticos o anticapitalistas. La crisis del “capitalismo democrático” del presente parece consistir en que ni a los viejos partidos de masas burgueses-pequeño burgueses de la derecha ni a los partidos de masas pequeño burgueses-proletarios de la izquierda se les ha ocurrido nada para la gran crisis de 2007-2008, salvo la eterna repetición de viejas formas vacías. Pero cuando los grandes opositores sociales carecen de ideas, resulta difícil luchar por la hegemonía; un compromiso político sólo puede hallarse entre posiciones hasta cierto punto distinguibles de manera clara. En este vacío que dejan un neoliberalismo y una socialdemocracia desacreditados, emergen con fuerza toda suerte de aforismos y utopías radicales más o menos salvajes y de todo punto inconsistentes. Sin embargo, la creencia en la democracia está de todo menos muerta, mientras que la creencia en el capitalismo como el mejor de los órdenes pensables está dañada. No es un mal punto de partida para una izquierda en Europa, siempre y cuando se le vuelva a ocurrir algo que valga la pena desear y querer.

(Este texto es una versión castellana y ampliada de un artículo publicado por su autor en la revista Nous Horitzons, nº 218, que conmemora el bicentenario del nacimiento de Karl Marx).

Notas:

(1) Marx había estudiado derecho en Berlín, sobre todo con discípulos de Hegel y el profesor de derecho público Eduard Gans. Dicho sea de paso, en la carrera de derecho de su época también se estudiaba el cameralismo, tal y como se llamaba entonces la economía política en Alemania. Marx estableció su primera relación con la economía política entre los cameralistas y Hegel, que era un excelente conocedor y crítico de los economistas clásicos ingleses.

(2) Karl Marx, «Die Klassenkämpfe in Frankreich 1848 bis 1850», Karl Marx y Friedrich Engels, Werke (MEW), vol. 7, p. 43.

(3) Karl Marx, «Kritik des Gothaer Programms», MEW, vol. 19, p. 29.

(4) Otto Bauer, «Kapitalsherrschaft in der Demokratie», Werkausgabe, vol. 9, pp. 202-219.

(5) Véase Otto Bauer, «Zwischen zwei Weltkriegen?», Werkausgabe, vol. 4, pp. 134-35.

(6) Véase Colin Crouch, Post-Democracy, Cambridge, 2005.

(7) Véase Wolfgang Streeck, Buying Time. The Delayed Crisis of Democratic Capitalism, Londres, 2016.

 

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/marx-y-la-crisis-de-la-democracia

Rita Segato: “Lo personal fue transformado, pero no lo político”

La destacada investigadora Rita Segato ha propuesto una nueva mirada teórica para entender la violencia contra las mujeres desde una perspectiva multidisciplinaria que combina los estudios de género y decoloniales, así como la antropología. Gracias al Fondo Cátedras para Profesores Visitantes de Posgrado 2018, llegó a la PUCP a realizar diversas actividades académicas.

Por Suny Sime

¿Cuáles son los vínculos entre esta fase apocalíptica del capitalismo, que usted propone, y la violencia creciente contra las mujeres?

Este brote feminicida en nuestros países es un síntoma de la época. Por un lado, todas estas medidas que hemos conseguido que los Estados consideren para frenar el feminicidio y los crímenes de género no han sido eficaces: estas formas de violencia continúan ocurriendo, además están en aumento. Por otro lado, la concentración de la riqueza ha llegado a tal extremo que debemos empezar a hablar de un mundo de dueños y que provoca inevitablemente la falencia institucional. Hoy hay una hipertrofia de esta ‘dueñidad’, que precariza la vida de mucha gente. Y, en el caso de los hombres, vulnera lo que tienen que mostrar al mundo, específicamente a los ojos de otros hombres, como su potencia y carácter de dominio sobre los territorios que considera suyos (su casa, su mujer, su familia). La respuesta a esa vulneración es la violencia masculina. Para expresar su masculinidad, a muchos hombres hoy solo les queda la violencia y en su forma extrema.

Lo que usted dice se puede ver en Perú. En Madre de Dios, hay mucha explotación minera, sobre todo ilegal, y trata de personas. ¿Por qué los lugares de explotación minera, de hidrocarburos o de grandes obras están acompañados siempre por la instalación de burdeles y trata?

La explicación del sentido común es que ahí hay muchos hombres solos, que necesitan remedios para su libido desatada. Yo no creo mucho en esto. Porque la prostitución no se puede comprender fuera del negocio de los dueños, tiene una dimensión económica. Pero no solo eso, el prostíbulo es una de las grandes escuelas, entre comillas, donde se ejerce la ‘pedagogía de la crueldad’ y donde el sujeto masculino se deshumaniza al deshumanizar a las mujeres como objetos consumibles. Hay un doble efecto. Y ese consumidor deshumanizado es la mano de obra que hoy las grandes empresas necesitan.

Usted dice que esta precarización, fruto del capitalismo, empuja a estos hombres a ser más violentos. ¿Podríamos decir que es a raíz de la colonialidad que estamos como estamos?

Mis análisis y resultados me llevan a decir que es imposible pensar en sociedades humanas sin algún nivel de asimetría patriarcal. Pero el patriarcado precolonial, o en medios comunales, es muy distinto al que hoy conocemos, moderno y poscolonial. Y como Aníbal Quijano, a quien considero mi maestro y el sociólogo más importante del mundo en el último cuarto del siglo pasado, pienso que la colonialidad establece un nuevo patrón de trabajo y de relaciones sociales, que funda nuestras ideas sobre progreso, desarrollo, modernidad, capital y subsiste hasta ahora. En esta época, se ha ido agravando y ha entrado en una de sus fases más destructivas.

Por un lado, se alcanzó el voto universal, y hoy se lucha por paridad y alternancia; por otro lado, las cifras de agresiones sexuales y feminicidios aumentan. ¿Qué piensa de estas políticas de igualdad dentro del sistema dominante?

Creo que la lucha es en todos los frentes. No es que debamos abandonar el campo estatal. Hasta ahora no hemos visto muchos frutos de esa tendencia del feminismo que pretende ocupar espacios de poder, pero no es para que desaparezca. Pensamos que entramos al Estado y lo capturamos, pero acaba capturándonos y nos masculiniza. Impone su patrón político. En los 60 y 70, dijimos que lo personal es político y transformamos completamente lo personal. Las mujeres intentamos, con mucha imaginación, transformar nuestros afectos, nuestra sexualidad, nos profesionalizamos, es decir nos transformamos a nosotras. Lo personal fue transformado, pero no lo político. Y creo que esa es la principal característica de nuestro tiempo: ahora comienza la transformación de lo político. ¿Es suficiente entrar al Estado? ¿O necesitamos transformar toda la política con nuestras prácticas?

Fuente: https://puntoedu.pucp.edu.pe/entrevistas/lo-personal-fue-transformado-pero-no-lo-politico/

Hoy autonomía significa buscar lo común

La voluminosa obra del militante y pensador italiano Antonio “Toni” Negri destaca en el marxismo del siglo XX por su defensa de la autonomía de las luchas obreras y su caracterización de las transformaciones del capitalismo contemporáneo. En las últimas décadas, libros como Marx más allá de Marx, Imperio, o el recientemente publicado Assembly, han sido claves en la construcción teórica y política de una nueva izquierda anticapitalista, crítica de las formas jerárquicas de la organización y de las renuncias socialdemócratas al ideal comunista.
En esta entrevista, Antonio Negri discute sobre los procesos sociales y políticos contemporáneos, repasa el renacimiento de los populismos de derecha, la traición de la socialdemocracia y la emergencia de una nueva autonomía y participación. Con la generosidad que emana del compromiso, Negri compartió algunas de sus ideas en esta entrevista realizada para Cuadernos de Coyuntura, durante el Coloquio Internacional de Teoría Crítica realizado en la Universidad Católica de Valparaíso en mayo del presente año.

Dinámicas y luchas globales: Estados Unidos, Europa y Latinoamérica

Entrevistadores (E): A propósito del nuevo escenario político global y sus alternativas, particularmente en torno a Trump. ¿Cómo explicas su triunfo y el uso del populismo como estrategia política por la derecha?

Antonio Negri (AN): El populismo es un efecto del neoliberalismo. Ante el desastre de una mundialización hegemonizada plenamente por el neoliberalismo, al que solo unos pocos países algo han podido resistir defendiendo algunas dimensiones cualitativas de la vida, el proletariado ha quedado sin defensa. El previo bloque de defensa de conquistas del proletariado, construido desde finales de la guerra hasta finales de los ochenta, fue destruido a la vez que emerge, con Blair, un socialismo que adhiere a ese proceso pensando que el neoliberalismo podía generar riquezas que luego podrían dividirse. Sin embargo, ha habido una impresionante creación de riqueza sin distribución alguna hasta la crisis del 2007-2008.

En ese marco, se puede entender que entre los votantes de Trump y Le Pen hay fracciones viejas de población racista y fascistas que existen en todas partes, sin embargo, estos votantes provienen fundamentalmente de estratos de población excluidos del desarrollo, lo que es responsabilidad de la socialdemocracia. A los liberales no se les puede acusar por el liberalismo, pero la socialdemocracia sí es responsable de haber dado el giro que genera la exclusión y permite la emergencia populista.

Solo la reorganización de un gran movimiento socialista, agresivo y fuerte, que corresponda a la nueva constitución proletaria, puede permitirnos salir de esta situación. Es necesario insistir en que este nuevo movimiento no puede contentarse con resultados electorales, este es un movimiento que debe introducir un proceso de reconstitución excepcional, radical. Para ello es necesario imaginar, de forma más concreta que utópica, un nuevo sistema que pueda dirimir quién dirige las industrias y las relaciones sociales más importantes, qué tipo de disfrute de la vida y extracción de valor social pueden generar un contrapoder efectivo para alcanzar la emancipación. Necesitamos hacer esas preguntas para pensar transformaciones radicales.

E: En esa línea, la experiencia de cierta izquierda europea, no del todo lejana a una política populista, parece mostrar los límites de una estrategia que se centre en la toma del Estado. Pensamos, por supuesto, en los procesos de España y Grecia. ¿Cómo pensar la izquierda en Europa después de esas experiencias?

AN: La pregunta por la izquierda europea es muy complicada, dados sus distintos estratos. Por una parte, hay un estrato dominante de tipo socialdemócrata, característico de los años ochenta y noventa y ejemplificado por Blair en Inglaterra, Hollande en Francia, Renzi en Italia y la mayoría de los socialdemócratas alemanes. Por otra parte, sigue resistiendo un estrato residual de la socialdemocracia más antigua que viene de la refundación comunista y resiste con figuras como Mélenchon en Francia, Corbyn en Inglaterra y sectores de la Linke alemana. A ello se suma un tercer estrato, más moderno, que emerge con una nueva clase trabajadora, que yo llamo multitud. Esto es un proletariado nuevo de tipo móvil, flexible y cooperativo, vinculado particularmente al trabajo inmaterial y feminizado. Este nuevo tipo de trabajo ha construido un nuevo tipo de pensamiento, de subjetividades y de movimientos, como los movimientos autónomos en Italia.

Ese tipo de movimientos se dio de manera muy fuerte en España y Grecia. Por ejemplo en Grecia, en torno a la batalla de la migración, el que era un hotel de lujo ha sido ocupado y transformado en el espacio de trabajo donde migrantes producen distintas iniciativas. Es un nuevo tipo de soviet. En España, por otra parte, estos movimientos fueron fuertes en distintas comunas. Aunque, es difícil hacerles un juicio, pero creo que a nivel local terminan quedando bloqueados. Solo cuando produzcan cierta unidad europea podrán tener una importancia decisiva.

Dentro de los procesos electorales que se mencionan, los resultados son distintos una vez que se disputan las elecciones. La experiencia de Syriza ha sido muy dura. Nació con los movimientos de inicios de los 2000, adquirió fuerza el 2013 y su éxito electoral terminó siendo, tras el quiebre con Alemania, suicida, ya que las instituciones europeas crearon la posibilidad de un desastre. Con respecto a Podemos tengo un juicio más positivo, particularmente sobre lo que están haciendo los compañeros alrededor de Barcelona. Es una experiencia seria, importante. Sin embargo, creo que siguen teniendo el problema de no querer definirse. Les falta una dialéctica social interna entre base e institución, la que ha quedado algo bloqueada por la dificultad de combinar todas las variables del discurso político, las que no se reducen al discurso entre los de abajo y los de arriba. Antes bien, hay otras condiciones, como el problema de la nacionalidad española en el contexto de las luchas de vascos y catalanes, además de la pregunta por las relaciones con los socialistas si acaso se desea tomar el poder. Creo que su límite fundamental está siendo apuntar al gobierno antes que abrir y profundizar la capacidad de expansión de los movimientos sociales que emergieron tras la movilización de los indignados.

Con ello no quiero afirmar que las elecciones sean inútiles. Al contrario, son absolutamente necesarias, ya que a las instituciones se les puede dar tanto un uso demoníaco como un uso proletario. El desafío está en mantenerlas abiertas a nuevas formas y contenidos, vincularlas a movimientos sociales de tipo cooperativo en lugar de limitarse a instituciones representativas, para gestar una cooperación que no se reduzca al contacto de un movimiento con otro, sino que pueda ir generando consensos entre sus fuerzas.

E: A propósito de tales usos de las instituciones. Ante la emergencia de gobiernos de izquierda en América Latina, usted escribió un libro hace poco más de una década. ¿Qué opinión tiene hoy de esas experiencias políticas y sus transformaciones?

AN: Ha habido una gran transformación de América Latina a partir de los años noventa, liderada por Brasil, dada la dimensión y fuerza del país. Allí se dio una revolución muy extraña, muy calmada, pero con efectos importantes en el mundo. Brasil desarrolló una política de crecimiento y redistribución que llevó a América Latina al terreno mundial. Ya no es más el patio trasero de los Estados Unidos, es un continente inserto en la globalización. En Argentina esto también ha sido central, gracias a su inteligencia para ir estableciendo relaciones Sur-Sur que van rompiendo la jerarquía del norte. Hay datos positivos, en Brasil hubo millones que salieron de la pobreza, pero también hubo procesos de reformas que fueron totalmente bloqueados.

Creo que hay que comprender esos procesos dentro de la globalización en general, la que ha desarrollado sistemas de redistribución de riqueza siempre en niveles nacionales, salvo en los proyectos de construir una banca de perspectiva continental. Los grandes bloques continentales, como América Latina, podrían haber construido unidad recíproca, pero hoy más bien parece darse la tendencia contraria, incluso con perspectiva de guerra. Como América Latina se suma a ese proceso como un bloque de constitución más tardía, tuvo una presencia más débil y una caída enorme en los años recientes en países como Argentina, Brasil o Venezuela, caso donde la crisis no es solo del gobierno, sino de todo un modelo social muy anclado en el paradigma del siglo XX.

Creo que solamente podrá retomarse el proceso de transformación si Argentina o Brasil pueden volver a hacerlo. Hoy se dan movimientos interesantes que defienden algo del bienestar social, tanto en términos de la producción como de la reproducción, lo que es una idea muy notable porque implica asumir que una sociedad capitalista no es solo un orden de producción, sino también de reproducción social. Esto es clave para ir generando conexiones entre las luchas. Cuando las mujeres se asumen como obreras de la reproducción, con perspectiva feminista, se abre una clave revolucionaria fundamental que comprende que los trabajadores ya no son solo los obreros. Aparecen entonces cuestiones importantes dentro de la construcción de un modelo de la emancipación, vinculadas a la crianza, la educación, la salud y otras formas de reproducción social. Esta relación recíproca entre reproducción y producción es fundamental en un modelo de liberación capaz de asumir la producción de la vida dentro de la dimensión de clase.

E: También dentro del contexto latinoamericano. ¿Cómo evalúa los gobiernos que han tratado de encarar, desde otra perspectiva, la transformación del Estado nacional a partir de cierta conexión con el movimiento indígena, como en Ecuador y Bolivia?

AN: En Ecuador, Correa ha desarrollado una política que ha frenado a un movimiento indígena que había abierto un camino, ya que ha priorizado la alianza con las transnacionales, favoreciendo la explotación del petróleo y la destrucción de los bosques. Esto ha quebrado el tejido que había llevado a Correa al poder, siendo algo muy peligroso. En Bolivia, en cambio, se ha hecho un gran esfuerzo para hacer cambios constitucionales que asuman la multiplicidad constitutiva del pueblo, de una multitud abigarrada como ha sido considerada, en la que conviven tradiciones y leyes indígenas con la vieja clase obrera, los campesinos cocaleros y las nuevas poblaciones urbanas, con todas las tensiones que allí se dan. La Constitución boliviana enfrenta estos problemas, es una experiencia extraordinaria. Ciertamente, subsisten problemas ecológicos enormes, sobre todo desde la perspectiva de grupos más jóvenes que buscan construir, junto con una nueva política, una nueva ética.

Ideas para la transformación: Marxismo, partido y autonomía

E: ¿Cómo entiende hoy la pregunta por la construcción de un movimiento político?

AN: Yo creo que no hay que partir preguntándose por la construcción discursiva, sino por qué es el movimiento social, en qué se ha transformado. Esto es algo que, por ejemplo, el movimiento de los indignados ha comprendido, asumiendo el nuevo tipo de proletariado antes descrito y la necesidad de comprender su complejidad. Es necesario partir preguntándose cuánto es posible construir en común al interior de este tipo de proletariado. Esta pregunta es previa a la organización del Partido y su lucha electoral e institucional. La prioridad debe estar en el trabajo político de base, en la construcción de laboratorios de lucha que puedan ver desde abajo el desarrollo capitalista y luchar contra él.

E: ¿Qué elementos de la tradición marxista, en esa dirección, pueden ser de interés hoy para pensar lo común?

AN: Es muy importante la concepción del capitalismo que hay en Marx, quien explica que sin la presencia del trabajo obrero, el capital no existe. El capital no es una esencia necesaria, solo existe porque explota al trabajador. Si no hay trabajador, no hay más capital, ya que el capital es trabajo muerto que succiona trabajo vivo. El capital es modificado por el comportamiento del trabajador. Por este motivo, cuando se analiza el capitalismo es necesario preguntarse cómo se comporta la clase trabajadora. En el caso del capitalismo contemporáneo, cómo se comporta, organiza y lucha la multitud.

En el balance de cada país, debemos siempre preguntarnos a qué intereses sirve cada cuestión. El poder está siempre un punto de vista en la lucha de clases, los patrones luchan contra nosotros porque eso les trae beneficios. Cada vez que dicen que algo les interesa a todos, es falso, o al menos algo vinculado a sus intereses particulares en la lucha de clases.

E: ¿Cómo evalúa, en esa línea, el trabajo de movimientos contemporáneos que interpretan el marxismo de Gramsci en clave populista?

AN: La interpretación de Gramsci es siempre compleja. En Italia, el Partido Comunista italiano construye tras su muerte un Gramsci leninista, ligado al centralismo democrático, clásico de los Partidos Comunistas europeos, que terminaban presentándolo como un defensor de un Partido fuerte y centralizado desde el cual construir grandes alianzas. Posteriormente, pasó de ser interpretado como un teórico de la dictadura del proletariado a ser leído como un teórico de la sociedad civil, como sucede en la lectura, muy difundida en Italia, de Norberto Bobbio. Allí aparece una noción de hegemonía de la sociedad civil que evita la cuestión de la lucha de clases, lo que desfigura el concepto gramsciano de hegemonía.

Hoy existe una nueva avanzada de interpretaciones no clasistas de Gramsci, como la de Laclau, cuya interpretación del capitalismo es muy distinta a las lecturas vinculadas al marxismo y el obrerismo. Laclau interpretó al Gramsci del Partido Comunista italiano con un psicoanálisis social muy frágil e inconsistente. La lectura de Laclau, y algunas líneas de Podemos, pueden llevarnos hacia resultados desastrosos. Creo que respecto de Podemos hay un cierto equilibrio, más práctico que teórico, en su desarrollo. Son compañeros muy inteligentes, muy cercanos a la realidad social, que destacan sobre todo en administraciones locales. En particular, el caso de Barcelona es muy importante. Podemos es una gran experiencia de novedad que debe ser estudiada a fondo. El discurso a la Laclau, en cambio, puede terminar siendo peligroso y desviar una experiencia seria.

En Gramsci, en particular dentro del discurso del obrerismo podemos destacar un análisis como el de Americanismo y fordismo. Allí presenta un análisis de las transformaciones de la clase obrera y el tipo de hegemonía que está en juego en la composición técnica y política de este proletariado. Este es un elemento absolutamente central en Gramsci. Otros conceptos como los de contrahegemonía o revolución pasiva permiten leer las transformaciones de la clase obrera en situación de subordinación. Creo que esos análisis se distancian de una interpretación de Gramsci como teórico de la autonomía de la política.

E: Frente a esa noción de la autonomía y considerando el diagnóstico que sus libros brindan acerca de la creciente interdependencia económica, financiera y política del mundo. ¿Qué significado político le podríamos dar hoy día a la noción de autonomía?

AN: La autonomía política siempre es una noción muy complicada, por ende, es preciso indagar el concepto en términos concretos. Hoy autonomía significa buscar lo común. Este es el verdadero problema para ver con luces marxianas: dónde y cómo se produce y reproduce lo común, asumiendo que la cooperación productiva se ha vuelto fundamental. Estas formas de cooperación en la producción y reproducción deben ir acompañadas de una toma de conciencia que no puede ser representada, pero debe ser organizada, adquiriendo un carácter político. Esto es hoy autonomía, lo que no tiene nada de anárquico. La instituciónesfundamental.

Entrevista realizada por  Alejandro Fielbaum, publicada en Cuadernos de Coyuntura