La tasa de ganancia de EEUU antes del COVID

Por Michael Roberts

Cada año, analizo la cuantificación de la tasa de ganancia de EEUU. Los datos oficiales de EEUU ya están disponibles para actualizarla para 2019.Hay muchas formas de medir la tasa de ganancia (para conocer las distintas formas, consulte http://pinguet.free.fr/basu2012.pdf ). Tengo una forma de hacerlo y pueden verificar y replicar mis resultados consultando el excelente manual que explica mi método, compilado amablemente por Anders Axelsson de Suecia.

Los lectores de mi blog y de mis artículos saben que prefiero medir la tasa de ganancia a partir de la plusvalía total en una economía en relación con el capital privado total empleado en la producción. Esta es la fórmula más cercana posible a la fórmula original de Marx de s / C + v. Así que obtengo lo que llamo una cuantificación de la «economía total», basada en el ingreso nacional total (menos depreciación) para la plusvalía; los activos fijos privados netos no residenciales para el capital constante; y agregando la compensación a los empleados para el capital variable. Esto es lo que podría llamarse una tasa de ganancia general o bruta. La tasa de ganancia será menor si miramos solo al sector corporativo, o al sector corporativo no financiero, antes o después de impuestos, etc.

La mayoría de las fórmulas de cálculo marxistas excluyen cualquier cuantificación del capital variable sobre la base de que la «compensación a los empleados» (salarios más beneficios) no es un stock de capital invertido sino un flujo de capital circulante. Y no se puede medir fácilmente a partir de los datos disponibles. No estoy de acuerdo en que esto sea una restricción y G Carchedi y yo hemos escrito un trabajo inédito sobre este punto. Aun así, dado que el valor del capital fijo constante en comparación con el capital variable es de cinco a ocho veces mayor (dependiendo de si se usa una medición del coste histórica o actual), la adición de una medición del capital variable en relación al denominador no cambia la tendencia o los puntos de inflexión en la tasa de beneficio de manera significativa (aunque cambia el nivel absoluto). Esto también se aplica al resto del capital circulante, es decir a los inventarios (el stock de bienes intermedios y sin terminar), o al ‘capital en uso’. Deberían y podrían añadirse como capital circulante al denominador de la tasa de beneficio, pero no lo he hecho porque los resultados serían un poco diferentes.

Por el contrario, Brian Green ha realizado un trabajo importante de medición del capital circulante y su tasa de rotación para la economía estadounidense con el fin de incorporarlo a la cuantificación de la tasa de ganancia. Considera que esto es vital para establecer la tasa de ganancia adecuada y también como un indicador de posibles recesiones. Puede considerarse la utilidad del trabajo de Green en su sitio web aquí: https://theplanningmotive.com/ . Todo lo que diría es que agregar el capital circulante a los activos fijos en el denominador de la tasa de ganancia no afecta realmente el resultado final cuando se cuantifica la tasa de ganancia de EEUU.

En cualquier caso, mi fórmula de medir ‘toda la economía’ para la tasa de ganancia de EEUU desde 1946 hasta 2019 se ve así.

En este gráfico, he incluido mediciones basadas en costes históricos (HC) y actuales (CC) para comparar. Para obtener una explicación de por qué incluyo ambos, consulte mis artículos anteriores y mi libro, The Long Depression (el apéndice). Las dos cuantificaciones difieren particularmente en la década de 1960 y de 1990. La diferencia se debe a la inflación. Si la inflación es alta, como lo fue entre los años sesenta y finales de los ochenta, entonces la divergencia entre las fórmulas de medición con HC y CC es mayor. Cuando la inflación cae, la diferencia entre las dos fórmulas con HC y CC se reduce. De 1965 a 1982, la tasa de ganancia estadounidense cayó un 20% con la fórmula HC, pero un 35% con la CC. De 1982 a 1997, la tasa de ganancia de Estados Unidos aumentó sólo un 9% en la fórmula con HC, pero aumentó un 29% con CC. Pero durante todo el período de posguerra hasta 2019, hubo una caída secular de la tasa de ganancia de EEUU. ¡En la fórmula con HC del 31% y con CC del 31%!

De cualquier manera, los datos confirman la explicación de Marx de las tendencias en la rentabilidad. Según Marx, los cambios en la rentabilidad dependen del movimiento relativo de dos categorías marxistas en el proceso de acumulación: la composición orgánica del capital (C / v) y la tasa de plusvalía (explotación) (s / v). Desde 1946, ha habido un aumento secular en la composición orgánica del capital (medida de HC) del 60%, mientras que el principal ‘factor contrarrestante’ en la ley de Marx de la tendencia descendente de la tasa de ganancia, la tasa de plusvalía, en realidad ha caído más del 10%. Entonces, la tasa de ganancia cayó un 31%. Por el contrario, en el período denominado ‘neoliberal’ de 1982 a 1997, la tasa de plusvalía aumentó un 16%, más que la composición orgánica del capital (11%), por lo que la tasa de ganancia aumentó un 9%. Desde 1997, la tasa de ganancia de Estados Unidos ha caído alrededor del 6%, porque la composición orgánica del capital ha aumentado casi un 17%, superando el aumento de la tasa de plusvalía (3%).

Uno de los resultados implicitos de los datos es que cada recesión económica en los EEUU ha sido precedida por una caída en la tasa de ganancia y luego por una caída en la masa de ganancias. Esto es lo que cabría esperar cíclicamente de la ley de rentabilidad de Marx.

He argumentado que la rentabilidad del capital es clave para analizar si la economía capitalista está en un estado saludable o no. Si la rentabilidad cae de manera persistente, eventualmente la masa de ganancias comenzará a caer y eso desencadena un colapso de la inversión y una crisis.

En 2019, según mi fórmula de cuantificar, la rentabilidad general de EEUU cayó ligeramente en comparación con 2018. La rentabilidad en 2019 está ahora entre un 5 y un 9% por debajo del pico posterior a la Gran Recesión de 2014 y un 10% por debajo del pico anterior a la Gran Recesión de 2006. Además, la masa de ganancias cayó un 3% en 2019. De hecho, el período de 2014 a 2019 es ya el período de contracción más largo en la rentabilidad en EEUU desde 1946. Eso sugiere que la economía de EEUU ya evolucionaba hacia una depresión en 2020 antes de que la pandemia de COVID se extendiera.

En septiembre de 2020 sabemos ya que todas las principales economías del mundo (con la excepción de China) sufrirán la mayor contracción de posguerra del PIB real en 2020. ¿Pero cómo afectará eso a la tasa de ganancia en 2020? Suponiendo una caída del 7% en el PIB real de EEUU, calculo que podemos esperar una caída del 25% en la tasa de ganancia. En mi primer gráfico incluyo esa predicción en mi pronóstico para 2020. Si es correcta, la tasa de ganancia de EEUU alcanzará un nuevo mínimo de posguerra en 2020.

Es así cuantificando la economía en su conjunto. Si consideramos el sector corporativo no financiero, un proxy del sector productivo de la economía, entonces la tasa de ganancia podría caer hasta un 3%, según los datos de la Reserva Federal, el nivel más bajo desde que existen los registros de la Fed.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2020/09/13/the-us-rate-of-profit-before-the-covid/

Traducción:G. Buster

Cómo la pandemia ha acelerado la transición al postcapitalismo

Por Yanis Varoufakis

Hace unos días [el 19/08/2020] sucedió algo extraordinario. Algo que nunca había sucedido en la historia del capitalismo. En Gran Bretaña se dio la noticia de que la economía había sufrido la mayor caída de su historia, más del 22% durante los primeros 7 meses de 2020. Sorprendentemente, el mismo día, la bolsa de valores de Londres, el índice FTSE100, subió más del 2%. El mismo día, durante un tiempo en el que Estados Unidos se ha detenido y está empezando a parecer no sólo una economía en graves problemas, sino también, funestamente, un estado fallido, el índice SP500 de Wall Street batió un récord histórico.

Incapaz de contenerme, tuiteé lo siguiente:

“El capitalismo financiero se ha desacoplado de la economía capitalista, saliendo de la órbita de la Tierra, dejando tras de sí vidas y sueños rotos. Mientras el Reino Unido se hunde en la peor recesión de la historia y EE.UU. se acerca al estatus de estado fallido, el FTSE100 sube un 2% y el S&P500 rompe todos los récords.”

Antes de 2008, los mercados monetarios también se comportaban de una manera que desafiaba el humanismo. Las noticias de despidos masivos de trabajadores serían seguidas rutinariamente por fuertes subidas en el precio de las acciones de las empresas «dejando ir a sus trabajadores» –como si estuvieran preocupados por su liberación…–. Pero al menos, había una lógica capitalista en esa correlación entre los despidos y el precio de las acciones. Esa desagradable causalidad estaba anclada en las expectativas sobre los beneficios reales de una empresa. Más precisamente, la predicción de que una reducción de la masa salarial de la empresa podría, en la medida en que la pérdida de personal llevara a una reducción proporcional menor de la producción, conducir a un aumento de los beneficios y, por lo tanto, de los dividendos. La mera creencia de que había suficientes especuladores que podían formar esa expectativa particular era suficiente para provocar un aumento del precio de las acciones de las empresas que despedían a los trabajadores.

Eso fue antes de 2008. Hoy día, este vínculo entre las previsiones de beneficios y los precios de las acciones ha desaparecido y, como consecuencia, la misantropía del mercado de valores ha entrado en una nueva fase postcapitalista. Esta afirmación no es tan controvertida como puede parecer a primera vista. En medio de nuestra actual pandemia, ninguna persona en su sano juicio imagina que hay especuladores que creen que hay suficientes especuladores que pueden creer que los beneficios de las empresas en el Reino Unido o en los Estados Unidos aumentarán en cualquier momento. Y, sin embargo, compran acciones con entusiasmo. El efecto de la pandemia en nuestro mundo posterior a 2008 está creando fuerzas hasta ahora desconocidas.

En el mundo actual, sería un error intentar encontrar cualquier correlación entre lo que ocurre en el mundo real (el de los salarios, los beneficios, la producción y las ventas) y en los mercados monetarios. Hoy en día, no hay necesidad de una correlación entre las «noticias» (por ejemplo, una nota de prensa sobre que alguna gran multinacional despidió a decenas de miles) y las subidas de precios de las acciones. Mientras vemos que las bolsas de valores suben en un momento en el que las economías se hunden, sería un error pensar que los especuladores escuchan que la economía del Reino Unido, o la economía de los Estados Unidos, se ha hundido y piensan: «Genial, compremos acciones”. ¡No, la situación es mucho, mucho peor!

En el mundo posterior a 2008, a los especuladores –por primera vez en la historia– les importa un bledo la economía. Ellos, como tú y yo, pueden ver que la Covid-19 ha puesto al capitalismo en animación suspendida. Que está aplastando los márgenes de beneficio de las empresas y destruyendo las vidas y los medios de vida de muchos. Que está causando un nuevo tsunami de pobreza con efectos a largo plazo en la demanda agregada. Que demuestra en cada país y cada ciudad las profundas divisiones de clase y raza preexistentes, ya que algunos de nosotros tuvimos el privilegio de mantener las reglas de la distancia social mientras un ejército de personas trabajaba por una miseria y en riesgo de contagio para satisfacer nuestras necesidades.

No, lo que estamos viviendo ahora no es el típico desprecio capitalista por las necesidades humanas, la tendencia estándar del sistema capitalista a estar motivado únicamente por la necesidad de maximizar el beneficio o, como decimos los izquierdistas, la acumulación de capital. No, el capitalismo está ahora en una nueva y extraña fase: el socialismo para los muy, muy pocos (cortesía de los bancos centrales y los gobiernos que atienden a una pequeña oligarquía) y la austeridad estricta, junto con la cruel competencia en un entorno de feudalismo industrial y tecnológicamente avanzado para casi todos los demás.

Los eventos de esta semana en Wall Street y la City de Londres marcan este punto de inflexión –el momento histórico que los futuros historiadores sin duda elegirán para decir: fue en el verano de 2020 cuando el capitalismo financiero finalmente rompió con el mundo de la gente real, incluyendo capitalistas lo suficientemente anticuados como para tratar de sacar provecho de la producción de bienes y servicios.

Pero empecemos por el principio. ¿Cómo empezó todo?

Antes del capitalismo, la deuda aparecía al final del ciclo económico; un mero reflejo del poder de acumular los excedentes ya producidos. Bajo el feudalismo,

  • la producción venía primero, con los campesinos trabajando la tierra para plantar y cosechar cultivos.
  • La distribución seguía a la cosecha, mientras el sheriff recogía la parte del señor. Una porción de esta parte se monetizaba más tarde, cuando los hombres del señor la vendían en algún mercado.
  • La deuda sólo surgía en la última etapa del ciclo, cuando el señor prestaba su dinero a los deudores, el rey a menudo entre ellos.

El capitalismo invirtió el orden. Una vez que la mano de obra y la tierra fueron mercantilizadas, la deuda fue necesaria antes de que la producción comenzara. Los capitalistas sin tierra tuvieron que pedir prestado para arrendar trabajadores, tierras y máquinas. Sólo entonces podía comenzar la producción, produciendo ingresos cuyo reclamante residual eran los capitalistas. Por lo tanto, la deuda impulsó la primera obra del capitalismo. Sin embargo, se necesitó la segunda revolución industrial antes de que el capitalismo pudiera remodelar el mundo a su imagen y semejanza.

La invención del electromagnetismo, a partir de las famosas ecuaciones de James Clerk Maxwell, dio lugar a la primera empresa conectada a la red; Edison, por ejemplo, produjo de todo, desde centrales de generación de energía y la red eléctrica hasta la bombilla de cada casa. La financiación necesaria para construir estas megaempresas fue, naturalmente, más allá de los límites de los pequeños bancos del siglo XIX. Así nació el megabanco, como resultado de fusiones y adquisiciones, junto con una notable capacidad de crear dinero de la nada. La aglomeración de estas megaempresas y megabancos creó una nueva tecnoestructura que usurpó los mercados, las democracias y los medios de comunicación. El rugido de los años 20, que condujo a la caída de 1929, fue el resultado.

De 1933 a 1971, el capitalismo global fue administrado y planificado centralmente bajo diferentes versiones del New Deal, que incluía la economía de guerra y el sistema de Bretton Woods. Tras la desaparición de Bretton Woods a principios de los años 70, el capitalismo volvió a una versión de los años 20: Bajo el disfraz ideológico del neoliberalismo (que no era ni nuevo ni liberal), la tecnoestructura volvió a tomar el relevo de los gobiernos. El resultado fue el 1929 de nuestra generación, que ocurrió en 2008.

Tras el colapso de 2008, el capitalismo cambió drásticamente. En su intento por reflotar el sistema financiero hundido, los bancos centrales canalizaron ríos de dinero barato de deuda hacia el sector financiero, a cambio de una austeridad fiscal universal que limitó la demanda de bienes y servicios de las clases medias y bajas. Incapaces de beneficiarse de los consumidores afectados por la austeridad, las empresas y los financieros fueron conectados al constante goteo de deuda ficticia de los bancos centrales.

Cada vez que la Reserva Federal, el Banco Central Europeo o el Banco de Inglaterra inyectaban más dinero en los bancos comerciales –con la esperanza de que este dinero se prestara a empresas que a su vez crearían nuevos puestos de trabajo y líneas de productos–, el nacimiento del extraño mundo en el que ahora vivimos se acercaba un poco más. ¿Cómo? Como ejemplo, consideremos la siguiente reacción en cadena. El Banco Central Europeo extendió nueva liquidez al Deutsche Bank. El Deutsche Bank sólo podía beneficiarse de ella si encontraba a alguien a quien prestar este dinero. Dedicado al mantra del banquero «nunca prestes a alguien que necesite el dinero», el Deutsche Bank nunca lo prestaría a la «gente humilde», cuyas circunstancias se veían cada vez más disminuidas (junto con su capacidad para devolver cualquier préstamo importante); el Deutsche prefería prestárselo, por ejemplo, a Volkswagen. Pero, a su vez, los ejecutivos de Volkswagen miraron a la «gente humilde» y pensaron: «Su situación económica está empeorando, no podrán permitirse nuevos coches eléctricos de alta calidad». Y así, Volkswagen pospuso inversiones cruciales en nuevas tecnologías y en nuevos trabajos de alta calidad. Pero los ejecutivos de Volkswagen habrían sido negligentes al no aceptar los préstamos baratos ofrecidos por el Deutsche Bank. Así que los aceptaron. ¿Y qué hicieron con ese dinero recién acuñado por el BCE? Lo usaron para comprar acciones de Volkswagen en la bolsa de valores. Cuantas más acciones compraban, más alto era el valor de las acciones de Volkswagen. Y como las bonificaciones salariales de los ejecutivos de Volkswagen estaban ligadas al valor de las acciones de la compañía, se beneficiaron personalmente –mientras que, al mismo tiempo, la potencia de fuego del BCE fue verdaderamente desperdiciada desde el punto de vista de la sociedad, y de hecho del capitalismo industrial.

Este fue el proceso por el cual, de 2008 a 2020, las políticas para reflotar el sector bancario a partir de 2009 dieron lugar a la casi completa zombificación de las empresas. La Covid-19 encontró el capitalismo en este estado zombificado. Con el consumo y la producción golpeados masivamente de una vez, los gobiernos se vieron obligados a entrar en el vacío para sustituir todos los ingresos a gran escala en un momento en que la economía capitalista real tiene una escasa capacidad para generar riqueza real. El desacoplamiento de los mercados financieros de la economía real, que fue el detonante de esta charla, es una señal segura de que algo que podemos calificar indefendiblemente de postcapitalismo ya está en marcha.

Mi diferencia con otros compañeros de la izquierda es que no creo que haya ninguna garantía de que lo que sigue al capitalismo –llamémoslo, a falta de un término mejor, postcapitalismo– sea mejor. Puede ser totalmente distópico, a juzgar por los fenómenos actuales. A corto plazo, para evitar lo peor, el cambio mínimo necesario que necesitamos es un Green New Deal internacional que, comenzando con una reestructuración masiva de las deudas públicas y privadas, utilice herramientas financieras públicas para presionar los montones de liquidez existentes (por ejemplo, los fondos que impulsan los mercados monetarios) hacia el servicio público (por ejemplo, una revolución de la energía verde).

El problema que enfrentamos no es sólo que nuestros regímenes oligárquicos lucharán con uñas y dientes contra cualquier programa de este tipo. Un problema aún más difícil de resolver es que un Green New Deal internacional, del tipo al que se ha aludido anteriormente, puede ser una condición necesaria pero no es, ciertamente, una condición suficiente para crear un futuro para la humanidad por el que valga la pena luchar. ¿Podemos imaginar lo que puede ser suficiente? Mi polémico disparo de despedida es que, para que el postcapitalismo sea genuino y humanista, tenemos que negar a los bancos privados su razón de ser y acabar, de un solo golpe, con dos mercados: el mercado de trabajo y el mercado de valores.

Plenamente consciente de lo difícil que es imaginar una economía tecnológicamente avanzada que carezca de mercados de acciones y de trabajo, escribí mi próximo libro Another Now, en el que expongo el argumento de que poner fin a los mercados de trabajo y de acciones, junto con el tipo de banca comercial que se da por sentado hoy en día, es un requisito previo para una sociedad postcapitalista con mercados que funcionen, democracia auténtica y libertad personal.

Este texto es un extracto de la charla virtual con Daniel Denvir en la Lannan Foundation, el 13 de agosto de 2020.

Co-fundador del Movimiento por la Democracia en Europa (DIEM25), Yanis Varoufakis es diputado y portavoz de este grupo en el Parlamento griego y profesor de economía de la Universidad de Atenas. Es ex-ministro del Gobierno de Syriza, del que dimitió por su oposición al Tercer Memorándum UE-Grecia. Es autor, entre otros, de «El Minotauro Global».

Fuente:

https://www.yanisvaroufakis.eu/2020/08/21/something-remarkable-just-happened-this-august-how-the-pandemic-has-sped-up-the-passage-to-postcapitalism-lannan-institute-virtual-talk/

Traducción:David Guerrero

Mark Alizart: «La crisis ecológica es otra ocasión para el capitalismo»

por Silvina Friera

Entrevista al autor de «Golpe de Estado climático»

 

El filósofo está lejos de suscribir la mirada que señala el estado actual de las cosas como una crisis para el poder económico. Reconoce la desorganización de la izquierda y advierte que «muchos líderes mundiales le hacen la guerra a la ecología.»

 

“La catástrofe constituye el elemento vital y el modo normal de existencia del capitalismo en su fase final”. Esta definición de Rosa Luxemburgo aparece como epígrafe de Golpe de Estado climático, un libro fundamental del filósofo francés Mark Alizart en el que plantea que “la crisis ecológica es el golpe de suerte que el ‘capitalismo del desastre’ necesitaba para extender su control sobre la tierra entera. “Lo primero que el movimiento ecologista tiene que hacer para constituir un frente único es romper con la idea de que la crisis ecológica afecta a todo el mundo sin distinción. Esta idea tiene el efecto contrario, permitir que aquellos que objetivamente están menos concernidos por la crisis se laven las manos. No hacer nada por impedir la crisis ecológica equivale a una exterminación de masa (…) y hay que hacer que los que se adaptan a ella carguen con el oprobio”, advierte Alizart, filósofo posnietzscheano a quien se lo puede inscribir también en la tradición del marxismo y el trotskismo.

“Tenemos que volver a tomarnos el mundo como los sans-culottes se tomaron la Bastilla, como los insurgentes de 1917 se tomaron el Palacio de Invierno, puesto que este mundo es nuestro, nos pertenece y es porque nos lo han robado que no se hace justicia”, escribe Alizart (Londres, 1975) al final de Golpe de Estado climático, libro traducido por Manuela Valdivia y publicado por La Cebra, editorial independiente de Adrogué dirigida por Cristóbal Thayer y Ana Asprea, que también ha editado del mismo autor Criptocomunismo y Perros.

-¿Por qué afirmás en Golpe de Estado climático que la causa ecologista retrocede?

-¡Basta con mirar quién conduce las naciones más grandes del mundo! Trump, Putin, Xi Jinping, Modi, Scott, Johnson, sin hablar de Orban o Duterte… No solo no hay un ecologista en el cargo, sino que hay personas que, conscientemente, hacen la guerra a la ecología. Y eso a pesar de cuarenta años de difusión de la palabra ecologista. O más bien a causa de eso: saben ahora que son o ellos o los ecologistas. Ellos o la democracia. Por lo tanto, hacen lo que sea para que sean ellos. De ahora en adelante se juegan el todo por el todo.

-Los gobernantes están informados del calentamiento climático hace 40 años a través del Informe Charney. ¿En qué estadio de la “negación” del calentamiento climático estamos hoy? ¿Cómo entender la pasividad y la falta de acciones?

-Estamos en la última fase: la destrucción activa de los ecosistemas. Los locos que nos gobiernan terminaron con el climatoescepticismo. Les fue útil, pero ya pasó su tiempo. Ya no se puede ocultar a las poblaciones que el clima está en crisis. Por lo tanto, ha llegado el momento de convencerlas de que está bien que el clima esté en crisis. Es lo que Tony Abbot, el ex Primer Ministro australiano contratado por Boris Johnson para llevar adelante las negociaciones del Brexit, dijo textualmente en 2018: “el cambio climático probablemente sea bueno”.

-Es interesante cuando señalás la relación que hay entre quienes rechazan la ecología, porque la crisis ecológica amenaza esencialmente, por ahora, a las poblaciones indígenas y a los pobres de Asia, África y Medio Oriente, con el hecho de que cuando se hizo evidente que por la Covid-19 se morían los ancianos, los más pobres y los trabajadores menos calificados, varios dirigentes políticos en distintos países del mundo argumentaron que no había que sacrificar la economía por “esa gente”. ¿El lucro ilimitado empuja al capitalismo a coquetear con su propia destrucción?

-El capitalismo no coquetea nunca con su destrucción. Realmente es preciso llegar a entender eso, sino no se entiende nada. El capitalismo pasa por fases de destrucción, pero ellas son siempre creadoras, como lo ha señalado (Joseph) Schumpeter. Dicho de otro modo, la crisis ecológica es para el capitalismo sólo una ocasión para obtener más beneficios, o para obtenerlos en otra parte, cargándolos a espaldas de otras personas. La crisis ecológica no es el fin del capitalismo, es el capitalismo con menos personas, aquellos que morirán a causa de ella, los losers de la crisis ecológica, como diría Trump. Del mismo modo, la Covid no fue el fin del capitalismo: sólo condujo a una transferencia de riqueza de los pequeños comerciantes hacia Amazon.

-“¿Podrías ampliar tu afirmación “Los mega incendios de la Amazonía son nuestros incendios del Reichstag” en función del rescate que hacés de Trotsky-Luxemburgo-Marx?

-El incendio del Reichstag fue orquestado para que Hitler no perdiera las elecciones legislativas. En este incendio perpetrado por los nazis subyacía la idea de endosarle la responsabilidad del mismo a un comunista para demostrar que si su partido no era reelegido masivamente los socialistas destruirían Alemania. En este momento, una lógica similar está detrás de la exaltación de las revueltas en Estados Unidos. Trump quiere convencer a su base de que es él o el caos. Pero esta es también la lógica que se aplica a los mega incendios forestales y, de modo general, al calentamiento climático: son intentos de Golpe de Estado. Se trata de agravar la crisis climática para debilitar la democracia. Todo lleva a creer, en efecto, que con la multiplicación de los dramas ecológicos el mundo será desestabilizado por oleadas migratorias y revueltas del hambre. Pero un mundo desestabilizado es un mundo que se arma y se protege, que declara la ley marcial, que impone el toque de queda y que, últimamente, suspende sus elecciones democráticas. Trump, otra vez él, por otra parte, no ha ocultado su deseo de posponer las elecciones a causa de la Covid. Pero lo más extraordinario de todo esto es que los climatofascistas pueden apropiarse de las acusaciones de los ecologistas y decir que los responsables de la crisis climática son “el capitalismo”, la “modernidad” o “el progreso”, ¡no ellos! Entonces, de este modo, hacen un doble golpe: desestabilizan la democracia liberal y, además, ¡pueden encarcelar a los liberales y a los demócratas!

-¿Qué pueden aprender los ecologistas, en términos de activismo político, de la asociación “Act Up”?

-En la época en que apareció el Sida muchos militantes dedicaron su tiempo, en primer lugar, a acompañar a los enfermos esperando que los gobernantes y los laboratorios encontraran un remedio. Act Up nace al tomar conciencia de que este remedio no llegaría nunca porque la muerte de los homosexuales, las prostitutas, los drogradictos, los haitianos, no interesaban a los gobernantes, e incluso esas muertes les venían bien a algunos políticos. Desde entonces, Act Up decidió tomar cartas en el asunto, e ir por los laboratorios y ministerios para forzar a los científicos y a los políticos a trabajar. De la misma manera, el giro Act Up de la ecología que apoyo consiste en que los ecologistas dejen de creer que los gobernantes y los industriales van a reducir voluntariamente las emisiones de dióxido de carbono o la producción de plástico. Eso no va a suceder porque, como he dicho, hoy nos encontramos en una fase terminal en la que las naciones se sirven del clima para hacerse la guerra entre ellas y para hacer la guerra a una parte de su población. Es preciso, por lo tanto, que los ecologistas de ahora en más vayan por las empresas, los ministerios y también los laboratorios de investigación, que obliguen a las personas a hacer su trabajo.

-¿Por qué no se cuentan las muertes de la crisis ecológica? ¿Por qué no se muestra la “curva” de emisiones de carbono que tendremos que aplanar como la curva de contagios del Covid-19?

-Porque son como los muertos del Sida: invisibles. Son viejos, inmunodeprimidos, lejanos, de color… La única razón por la cual se ha mostrado tanto la curva de la Covid es porque se tenía miedo de enfermar. En Estados Unidos, ahora que se sabe que afecta más a las personas invisibles, trabajadores sociales, personas de color, Trump no la muestra más, e incluso ha dado consignas para que no se cuenten más los muertos.

-¿Qué impacto podría tener que las elecciones presidenciales en Estados Unidos las gane Joe Biden, un candidato sensible al ecologismo?

-Biden es literalmente la última chance para el planeta. Sé que puede parecer un poco dramático decirlo en estos términos, pero si el país más contaminador del planeta sigue contaminando otros cuatro años como hasta ahora, y sobre todo si no asume el liderazgo mundial en torno al clima, y no impide a los otros contaminar, será el fin.

-Greta Thunberg prometió que pronto seguirá con sus consignas e iniciativas, en pausa por la pandemia, respetando los protocolos sanitarios que sean necesarios. Las derechas en el mundo, que no suelen ser respetuosas de ningún tipo de protocolo, han salido a manifestar en las calles, sin cumplir el distanciamiento necesario, sin usar mascarillas, con un discurso conspiranoico de la pandemia. ¿Por qué las derechas están en las calles y las izquierdas en casa?

-¡Buena pregunta! Hay muchas cosas. En primer lugar, la derecha es más rica que la izquierda. El capital está de su lado, y el capital se organizó para ganar la lucha de clases y la batalla de las ideas creando todas estas redes de información que transmiten su propaganda día y noche. Ahora bien, entre esas ideas difundidas está aquella según la cual el Occidente cristiano blanco lucha en adelante por sobrevivir. Se ha dicho hasta el cansancio a los blancos norteamericanos que pronto serían una minoría; a los cristianos en todo el mundo que iban a ser superados por otras religiones, el Islam a la cabeza; a los Occidentales de manera general que sus antiguas colonias, África, India, China, iban a adelantarlos, que luchan con la fuerza loca de los condenados a muerte. Por izquierda, la organización es más débil. Las divisiones ideológicas más fuertes. Y el sentimiento de que su vida está en juego menos fuerte. Seguramente, existe el calentamiento climático pero lo esencial de la intelligentsia de izquierda es suficientemente próspera, vieja e instalada en las democracias moderadas, para no tener que sufrir sus consecuencias directas. Viéndolo bien, vacila, igual que la izquierda alemana en 1933 frente al nazismo. Hay una izquierda que se dice que, a pesar de todo, las cosas no son tan graves. Otra que se dice que frente a la violencia siempre se puede oponer el diálogo. Otra en fin que sigue estando apegada a cuestiones sociales y societales. Todo ello compone un punto de vulnerabilidad que no tiene idea de lo que le va a caer encima.

-En el último capítulo del libro, recordás un libro de Bataille, La parte maldita, en que trataba de pensar una economía humana que imitara la naturaleza, una especie de comunismo cósmico capaz de triunfar sobre el doble callejón sin salida del capitalismo y el sovietismo. ¿En qué aspectos ese proyecto político sigue siendo actual?

-Es actual en todo. Bataille estaba apasionado por la termodinámica que es la ciencia más general de los sistemas caóticos, y de la cual algunos aspectos pueden ayudar a comprender y establecer un modelo de los ecosistemas. La meteorología por ejemplo es una aplicación de las leyes de la termodinámica, de modo que el estudio del clima y de la ecología dependen también de ella. En este sentido, su comunismo cósmico era una especie de “ecología del capital”. En los años setenta, los teóricos de la bioeconomía recuperaron esta idea y profundizaron en ella. Después de algunos años, se descubre que Marx mismo pensaba que el socialismo tenía que tomar la forma de una gestión termodinámica de la economía. “El ecosocialismo” es hoy el nombre de esta corriente de pensamiento que es el único escudo contra el carbofascismo.

-¿Cómo estás viviendo esta “gran pausa” que implica la pandemia? ¿Pudiste escribir y leer o es tal la magnitud de la incertidumbre que hasta tus propios hábitos se vieron alterados?

-No, no he podido trabajar mucho. Fue una conmoción muy grande. Pero yo he visto en la pandemia, por desgracia, la confirmación de la idea central de Golpe de Estado climático. La pandemia ha sido administrada según los principios del darwinismo social. Y ahora, con posterioridad, se liberan todas las pulsiones autoritarias del Estado. La Covid no es, por desgracia, más que el tráiler del desastre climático hacia el que nos dirigimos.

Yanis Varoufakis: «El capitalismo no es compatible con la supervivencia humana»

por Guido Miguel Vassallo

La conferencia del exministro de Finanzas griego en la Internacional Progresista

El fundador del Movimiento Democracia en Europa 2025 llamó a denunciar a «las empresas multinacionales que abusan de los trabajadores». Convocó a un «nuevo acuerdo ecológico internacional» necesario para los tiempos venideros.

 

«El horizonte del postcapitalismo se está aclarando, pero resta saber si la economía postcapitalista será autoritaria y oligárquica o democrática y social», aseguró el exministro de Finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis, quien fuera el encargado de abrir la primera cumbre virtual de la Internacional Progresista el viernes pasado. «¿Qué viene después del capitalismo?», fue la pregunta que operó como disparador de su potente alegato. Varoufakis llamó a los progresistas del mundo a identificar a «las empresas multinacionales que abusan de los trabajadores» para denunciarlas a través de estrategias creativas de resistencia. También desarrolló los lineamientos principales de un «nuevo acuerdo ecológico internacional» de carácter urgente y abogó por una profunda reforma del mercado de valores global.

Uno de los grandes impulsores de la Internacional Progresista fue el Movimiento Democracia en Europa 2025 (DiEM25), cuyo referente es el propio Varoufakis. Pero su carrera política en Grecia comenzó unos años atrás. En 2015 fue elegido diputado por la coalición de izquierda Syriza, y luego se desempeñó como ministro de Finanzas. Fue miembro del primer gabinete del gobierno de Alexis Tsipras, en momentos en que Grecia afrontó la renegociación de deuda más compleja de la región: su endeudamiento pasó del 91 por ciento del PBI en 2003 al 250 por ciento en 2015. Varoufakis lideró las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, hasta su renuncia el seis de julio de 2015, por diferencias irreconciliables con el gobierno griego, que se preparaba para un feroz ajuste.

Boicot a Amazon

La Internacional Progresista, aseguró Varoufakis, debe convocar a la solidaridad de los pueblos para enfrentar los excesos del capital privado. Como ejemplo de esa situación, el dirigente griego se refirió al caso de un ex empleado de Amazon, Chris Smalls, que en el mes de mayo organizó una huelga en las instalaciones de la compañía en Nueva York, en protesta por las desfavorables condiciones laborales en las que los trabajadores debían realizar sus tareas durante la peor etapa de la pandemia de coronavirus. «Smalls saltó momentáneamente a la fama cuando se reveló que, habiéndolo despedido, los ultra ricos y super poderosos directores de Amazon usaron una larga videoconferencia para difamarlo», planteó Varoufakis.

Aunque distintas figuras de relevancia se pronunciaron en defensa de Smalls, la exposición pública del gigante tecnológico no surtió ningún efecto. «Amazon emergió del confinamiento de 2020 más rico, más fuerte y más influyente que nunca. En cuanto a Chris, una vez que sus cinco minutos de fama se desvanecieron, fue despedido y denigrado», aseguró el economista de izquierda. Valiéndose de ese caso, planteó una estrategia: «Supongamos que pudiéramos convocar a personas de todas partes del mundo para que participen en jornadas de acción de los sindicatos a nivel mundial. Podríamos combinarlas con jornadas de inacción mundial, un día en el que no visitemos el sitio web de Amazon». Para Varoufakis ese podría ser un buen comienzo para «identificar y denunciar a las empresas multinacionales que abusan de los trabajadores».

Un nuevo acuerdo verde

En otro tramo de su presentación, Varoufakis se preguntó por el plan que debería aglutinar a un movimiento progresista global. En ese sentido, llamó a planificar un «nuevo acuerdo ecológico internacional común». La lista de elementos que componen a ese nuevo acuerdo es extensa y a la vez urgente: pasar masivamente de los combustibles fósiles a las energías renovables; desarrollar transporte terrestre electrificado; disminuir sustancialmente la producción de carne; poner mayor énfasis en los cultivos de plantas orgánicas. «Todo esto va a costar al menos ocho billones de dólares al año», aseguró el docente de la Universidad de Texas.

Para destinar esos ocho billones a inversiones ecológicas, Varoufakis propuso la creación de una nueva Organización para la Cooperación Ambiental de Emergencia (OEEC por sus siglas en inglés), homónima de la original que, 75 años atrás, administraba las obras financiadas por el Plan Marshall en Europa. «Una de las principales diferencias con respecto a la década del 50 es que la tarea de hoy no es simplemente reconstruir, sino desarrollar nuevas tecnologías verdes, no volver a caer en industrias contaminantes. Ningún país por sí solo puede financiar la investigación y el desarrollo necesarios», planteó el exministro de Finanzas griego.

La utopía postcapitalista

«La gran pregunta para todos los involucrados en esta magnífica iniciativa de la Internacional Progresista es cómo podemos organizarnos sin caer presos de los escollos habituales de la burocracia dentro de las organizaciones», expresó Varoufakis. Sobre este punto, aseguró que a veces no tener una respuesta es algo bueno, porque obliga a una solución colectiva e innovadora. «Los banqueros y los fascistas han encontrado respuestas. Está bien, es más difícil para nosotros progresistas porque tenemos una aversión natural a las jerarquías, a las invasiones del patriarcado y al paternalismo. Coincido con quienes dicen que el capitalismo no es civilizado, domesticado ni compatible con la supervivencia de la humanidad», manifestó.

Al respecto, Varoufakis trajo a colación lo que ocurrió hace aproximadamente un mes, el 12 de agosto, el día en que se supo que la economía británica había sufrido su mayor recesión en la historia, con más del 20 por ciento de caída del PBI durante el segundo trimestre de 2020. Minutos más tarde, la Bolsa de Londres subió un dos por ciento. «A los mercados financieros de todo el mundo les va bastante bien en un momento en que los trabajadores y el capital industrial están sufriendo masivamente. El mundo del dinero y las finanzas están desvinculadas del mundo de la producción», argumentó. El capitalismo se dinamitó hasta tal punto que tal vez ya entramos en lo que Varoufakis llama postcapitalismo, aunque no se trate del soñado por progresistas y socialistas del mundo.

Para Varoufakis hay un mercado del que el postcapitalismo debe prescindir para alcanzar un desarrollo verdaderamente progresista: el laboral. Pero, ¿puede funcionar una economía avanzada sin él? El economista griego entiende que sí, proponiendo convertir a cada empleado en un socio igualitario con la misma acción en la empresa o fábrica para la que trabaja: «El principio de un empleado, una acción, un voto. Enmendar la ley corporativa para convertir a cada empleado en un socio igualitario». El autor de Economía sin corbata entiende que esa idea es hoy en día «tan inimaginablemente radical como lo era el sufragio universal en el siglo XIX».

«Además de la democratización de las empresas, esto traería consigo la desaparición de los mercados de valores y acabaría con la necesidad de una deuda gigantesca destinada a financiar las fusiones y adquisiciones privadas», argumentó. Ese camino evitaría la caída en un postcapitalismo autoritario y de derecha: «Una vez que emprendamos un modelo socialista de mercado liberado del poder corporativo y de la tiranía del choque entre ganancias y salarios, las personas y las comunidades podrán comenzar a imaginar nuevas formas de desplegar sus talentos y su creatividad».

“El ecosistema político ecuatoriano carece en estos momentos de actores que aporten valor agregado”

Por Isabella Silva y Victor Sepúlveda / Compas del Sur

Decía Vinicius de Moraes que “la vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”. Pues bien, encontrarse con Decio Machado en uno de nuestros aeropuertos latinoamericanos se convirtió en una oportunidad que no podíamos desaprovechar. Presentamos por lo tanto una entrevista improvisada pero profunda sobre la coyuntura global y regional de nuestro continente.

Decio Machado es un analista y consultor político hispanobrasileño residente en Ecuador, director de la Fundación Nómada y vinculado a medios de comunicación alternativa y diversos movimientos sociales latinoamericanos. Es coautor junto a Raúl Zibechi de una obra referencial, “Cambiar el mundo desde arriba: los límites del progresismo” editado en nuestro país por la editorial Quimantú, donde se analiza de forma crítica desde una visión autonomista el reciente período progresista que vivió el subcontinente. 

Empezando por una mirada desde lo global todo parece indicar que no volveremos al mundo en el que vivíamos antes del Covid-19. Habrá un antes y un después, esto que llaman “nueva normalidad” será una realidad diferente… ¿Hacia dónde vamos?

Hemos implementado a escala global un modelo productivo, de consumo y formas de gobierno que atentan directamente contra la Naturaleza, eso tiene su costo y comenzamos a sentirlo de forma directa sobre nuestros propios cuerpos y también sobre el orden político-social imperante.

No creo que esta pandemia haya actuado como un punto de inflexión que marque un antes y un después, sino más bien como un nuevo capítulo derivado de la crisis multidimensional -social, económica, ambiental y cultural- que transversaliza al sistema mundo. En este caso concreto y ciñéndonos estrictamente a la Covid-19, hablamos que una pandemia originariamente vinculada al colapso de la biodiversidad, la destrucción planetaria y el cambio climático; pero con impacto derivado en la economía, lo social y lo cultural.

No es la primera pandemia a la que se enfrenta la Humanidad, pero el alto desarrollo tecnológico y comunicacional existente en el mundo de hoy ha permitido que su impacto desnude las altas desigualdades sociales existentes en el planeta, así como el nivel de vulnerabilidad de nuestra población mayor y de los sectores socio-económicamente más débiles. Esto último se evidenció en los países del Norte desarrollado, donde tras haberse alcanzado un nivel importante de cobertura social durante el pasado siglo hoy hemos podido ver de forma brutal como las políticas de austeridad implicaron la actual crisis de los cuidados en sus sistemas de salud y una cobertura social cada vez mas insuficiente, precaria e insatisfactoria. Respecto al Sur global ni hablamos, los muertos los ponen los pobres, quienes viven en espacios urbanos sin infraestructura adecuada, hacinados en micro viviendas y en muchos casos sin agua que permita un adecuado nivel de higiene personal y familiar.

En fin, es la consecuencia del modelo capitalista que se comenzó a experimentar a partir de 1973 en Chile y en Argentina a partir de 1976 tras sus respectivos golpes de estado, y que comenzó a imperar a nivel planetario a partir de la década de 1980. Si quieres buscar el origen de todo esto, posiblemente esté en la abolición unilateral que hizo Estados Unidos en agosto de 1971 del acuerdo que fijaba el valor de todas las demás monedas al dólar, y el dólar al oro. A partir de entonces, el sistema de monedas global pasaría a ser sostenido por el dinero fiduciario y se introducirían las bases sobre las que se sustentó la fe neoliberal en la creación expansiva de dinero por parte de los bancos, la suposición de que todas las crisis son solucionarles y la idea de que las ganancias generadas en el marco de la especulación se pueden mantener de forma indefinida.

¿Cómo se sale de esta crisis económica?

El crack de 1929 y el miedo a que en aquellas condiciones hubiera un significativo ascenso del movimiento obrero generó que las élites capitalistas del mundo económicamente desarrollado se vieran obligadas a aceptar un pacto multipartes que involucró también a los Estados, élites gerenciales tanto del sector privado como de las empresas públicas y a las clases populares. Hago referencia a aquello que tuvimos a bien definir como “socialdemocracia» y que determinó que el establishment aceptara en aquel momento una limitación de sus prerrogativas sin necesariamente eliminarlas como clase. Aquello permitió, tras la crisis de 1929, la estimulación de la actividad económica bajo políticas keynesianas de recuperación y un importante impulso a los sistemas de protección social. Un proceso que duró desde el periodo entre guerras hasta la primera mitad de la década de 1970, momento en el que la productividad del trabajo dio señales de estancamiento y tasa de beneficio empresarial comenzó a descender. 

Teniendo en cuenta que la actual crisis económica implica que unos 170 países ya registren contracciones económicas de diversos orden y que estamos ante la peor situación económica mundial detectada en la historia del capitalismo desde la quiebra bursátil de 1929, se hace urgente la necesidad de articular un nuevo pacto social que al menos contemple mínimos similares al que generó los estados-providencia durante el pasado siglo. Digo esto siendo consciente que el capitalismo es un sistema evolutivamente dinámico, lo que implica mutaciones permanentes, y por lo tanto articular hoy un pacto de aquellas características conlleva dificultades y condicionantes diferentes.

Pero te diría más, incluso a nivel global y teniendo en cuenta que el poder económico actual se ubica en la región Asia-Pacífico, donde se concentra aproximadamente la mitad de la actual población mundial, se hace necesario también consensuar un nuevo orden mundial superador de viejo pacto establecido en 1945 y que situaba como eje referencial de aquel sistema mundo al entorno geopolítico aledaño al Atlántico Norte.

¿Y tienen hoy las élites dominantes un miedo similar al que tenían en la segunda década del pasado siglo de que las mayorías sociales se organicen y pongan en riesgo sus privilegios?

Si y no, me explico… Lo que desde las ciencia política hemos denominado tradicionalmente izquierda no ha sido capaz de adaptarse a la nueva situación generada por la creciente automatización de las industrias que devaluó la fuerza de trabajo obrera, desplegando a escala mundial una crisis aguda y estructural del trabajo asalariado.

El nuevo capitalismo tecnológico se articula sobre un inmenso poder de procesamiento digital que tiene la capacidad de metabolizar nuestras fuerzas vitales con una voracidad no conocida antes, lanzando y relanzando constantemente al mercado nuevas subjetividades. Esto implica que en nuestras sociedades actuales, tanto la noción de masa como la de individuo se han transformado. Hoy vivimos una lógica de integración social más asociada a la perspectiva individual y colectiva del consumo, nichos de mercado, filiación a marcas, segmentos de públicos y bancos de datos, que desde la óptica ciudadana. Incluso en este nuevo modelo de capitalismo donde las plataformas digitales y redes sociales captan nuestros datos, el producto comprado y vendido en los mercados digitales es el consumidor en sí mismo y básicamente sus sentimientos y datos. En paralelo, la virulencia de los dispositivos de exclusión socioeconómica está en aumento y tiene su efecto sobre el cada vez mayor sobrante de sociedad sin capacidad de insertarse en el nuevo sistema productivo.

Ante todo este contexto en acelerada evolución/mutación del capitalismo actual la izquierda tradicional se mueve extremadamente lento y no sabe insertar su discurso en una nueva realidad donde desapareció el viejo “sujeto revolucionario”, lo cual implica pérdida de capacidad seductora en su discurso. En paralelo, esa misma izquierda sigue sin entender que sus viejas formas organizativas de partidos de masas o del partido de cuadros/vanguardia carecen en la actualidad de validez y efectividad. En este sentido, las élites están tranquilas…

Ahora bien, lo que sí genera miedo entre las élites es que desde la llegada del presente siglo existe un cuestionamiento cada vez mayor al viejo modelo de representación democrático liberal sobre el que se sostuvo el sistema de dominación durante el pasado siglo. La cumbre de la OMC en Seattle a finales de noviembre de 1999 es el principio de una serie de movilizaciones ciudadanas de descontento que dejan a un lado la institucionalidad y el sistema organizacional de partidos, prolongándose posteriormente a través de las primaveras árabes; movimiento de los indignados; los ocuppy Wall Street, Londres y Hong Kong; junio del 2013 en Brasil; chalecos amarillos; las movilizaciones nacidas en octubre y noviembre del pasado año en Ecuador, Chile y Colombia… o las más recientes en Estados Unidos bajo la consigna black life matter.

Estos movimientos tienen un fuerte perfil horizontal y digitalmente asambleario, están desligados de la política tradicional y por lo tanto del sistema, poniendo por igual en cuestión al establishment político como al económico, y al carecer de liderazgos personales son difícilmente cooptables. Aquí las elites y su sistema de dominación si sienten un problema…

En todo caso, la disputa por el poder político aún se mantiene en el marco de lo electoral. ¿Cómo ves la coyuntura electoral de Bolivia ante los comicios presidenciales del próximo 18 de octubre?

Lo ocurrido en Bolivia durante los últimos meses refleja una coyuntura excepcional que por un lado pone en cuestión al masismo y por otro le beneficia. Ambas condiciones deben ser evaluadas en el momento actual. 

En el primero de los casos cabe señalar el desgaste acelerado y la pérdida de sustento social que vivió el gobierno de Evo Morales durante su última etapa. Este momento tiene su origen en la consulta popular por la reforma constitucional en el cual los postulados del régimen fueron derrotados y que termina en el cuestionamiento, por parte de amplios sectores de la sociedad boliviana, de su victoria electoral en las últimas elecciones presidenciales. Desde mi punto de vista, el elemento más esclarecedor de este proceso se da cuando en pleno conflicto post-electoral quienes primero se movilizan son sectores de gente muy joven para posteriormente ser ocupado ese espacio por sectores santacrucenses muy reaccionarios, mientras en paralelo el régimen no tuvo la capacidad de sostener una movilización potente por parte de las orlas que aún expresaban -al menos verbalmente- su apoyo a Evo. Sin embargo y pese a lo anterior, Bolivia ha vivido un segundo momento posterior que tiene que ver con una gestión desastrosa por parte del gobierno transicional encabezado por Jeanine Añez, lo que llevó a la institucionalidad democrática y economía nacional al traste, esto último ahora agudizado por el impacto de la Covid-19. Esto ha hecho que, pese al agotamiento del régimen anterior, en la actualidad mucha gente añore la estabilidad política y económica existente durante el periodo del masismo en el poder.

Lo anterior implica que pese a que los números cambien en función de las fuentes, la candidatura del MAS, encabezada por el binomio Luís Arce y David Choquehuanca, goza en la actualidad de la mayor intención de voto para la primera vuelta según señalan el conjunto de encuestadoras que operan en dicho país. A esta le sigue la candidatura de la alianza Comunidad Ciudadana encabezada por Carlos Mesa y bastante más atrás quedaría la actual presidenta del país,  Jeanine Añez, quien está utilizando ilegítima y desesperadamente medios y recursos del Estado para intentar reposicionar su imagen ante esta contienda.

El conflicto y la división de voto existente entre Mesa, Añez y Luis Fernando Camacho -líder de la movilizaciones santacruceñas contra Evo Morales del pasado año-, quienes rivalizan por ser la opción conservadora contra el MAS en segunda vuelta beneficia estratégicamente a la candidatura auspiciada desde el masismo. Sin embargo, también es cierto que diversas denuncias sobre actos de corrupción que implican a miembros del anterior gobierno y las recientes denuncias de pedofilia contra Evo Morales podrían estar afectando negativamente durante estas últimas semanas a la intención de voto de Luís Arce.

Para el MAS es fundamental ganar el primera vuelta, necesitan para ello llegar al 40% del voto y una ventaja de 10 puntos sobre su más cercano rival, pues en segunda vuelta sería previsible una alianza de todo el resto del abanico electoral contra ellos. Para lograr esos objetivos, el MAS, cuyo voto duro es indígena, necesita establecer una estrategia de comunicación que le permitan conectar de manera favorable con los sectores jóvenes, clases medias y profesionales urbanos. Ahí está el quid estratégico electoral de la cuestión ante el escenario político inmediato.

Faltan cinco meses para el proceso electoral presidencial y legislativo en Ecuador, país en el que resides. ¿Cómo ves la situación en un momento en el que ya se vive en fase de precalentamiento de la campaña electoral?

Ecuador vive una crisis de perfil orgánico y agotamiento del marco institucional. Digamos muy resumidamente que el conjunto de lo existente ya no es capaz de ofrecer soluciones institucionales ni una integración cultural y simbólica que satisfaga los deseos de la mayoría de la sociedad dentro del orden actualmente existente.

Si en algún momento hubo, más allá de alharacas dirigidas a la platea, un equilibrio pactado entre grupos e intereses durante la década correísta este dejó de existir tras el primer año de gestión del actual gobierno. Hoy, el discurso de los de arriba ya no convence a los de abajo…

En Ecuador tenemos un gobierno extremadamente mediocre. No es algo nuevo, pasó antes de Rafael Correa, pasó durante el último período de gestión de la década correísta y también pasa ahora aunque de forma más agudizada. Cualquier sistema político necesita de liderazgos rectores, destinados a promover el consenso multinivel de acciones colaborativas, y eso en este momento no existe en Ecuador. La política es conflicto y en las condiciones actuales no hay por donde evacuar dichos conflicto, estamos ante una olla a presión donde el deterioro económico se convierte en un látigo que azota al conjunto de la sociedad y con especial crueldad a sus capas más vulnerables.

A lo anterior debemos sumar que el fuerte divorcio existente entre ciudadanía y establishment político a lo largo y ancho del continente es aun más profundo en el caso ecuatoriano. De hecho, las movilizaciones del pasado mes de octubre reflejan un conflicto que quedó no resuelto entre el Estado y amplios sectores de la sociedad ecuatoriana. Ni los partidos políticos, ni los liderazgos convencionales, ni la influencia política de los grandes grupos económicos, ni el concubinato existente entre gobierno nacional y prensa  pudieron aplacar el furor de miles de ciudadanos a lo largo y ancho del país… La pandemia y el confinamiento salvó al gobierno de Lenín Moreno, pero gran parte de esa rabia sigue viva y tendrá una expresión electoral en febrero.

¿Un pronostico para las elecciones de febrero y abril?

El ecosistema político institucional del Ecuador carece en estos momentos de actores que aporten algún tipo de valor agregado. Existe mucha fragmentación en la intención de voto porque la gente está normativamente obligada a votar pero votará sin convicción. Faltan cinco meses para que la ciudadanía se encuentre con las urnas y en la situación actual aventurarse a hacer pronósticos es temerario pese a la gran cantidad de “analistas» que en formato hilo de 140 caracteres andan en estos momentos haciendo futurología en nuestro ecosistema digital.

En todo caso y siendo muy imprudente, mi visión en este momento es que más de la mitad de los candidatos presidenciales terminarán haciendo el ridículo obteniendo un porcentaje de voto muy marginal. De este pelotón de rezagados podría sobresalir algo la candidatura de César Montúfar, quien carente de propuestas políticas para el país se sostiene sobre ese sector del voto duro anticorreista al que le encanta el show y el espectáculo mediático amarillista. Arriba, a la cabeza de la carrera electoral, parece que habrá tres o cuatro candidaturas en disputa de los que pasarán a segunda vuelta solo dos y posiblemente por muy poco margen de diferencia. Estos serían Guillermo Lasso, quien lleva unos ocho años en campaña permanente y que pese a no haber aprendido casi nada de política en esta ocasión cuenta con el apoyo del aparato institucional del Estado; Yaku Pérez, quien perdió perfil indígena para asumir una imagen más hipster en la búsqueda del voto millenials y muy vinculado a causas especialmente ambientales; y Andrés Arauz, quien en el caso de que se imponga una posición democrática en el Consejo Nacional Electoral que le permita correr, basará su campaña en la defensa de lo que fue la gestión de la década correista pero al que no le veo con capacidad de emocionar y crecer sostenidamente entre sectores más allá a los que ya forman parte del voto decidido por la revolución ciudadana.

Sobre esto un apunte final. Teniendo en cuenta el “cabreo” generalizado de la sociedad ecuatoriana con su establishment político y teniendo en cuenta que ninguno de los políticos en cabeza se posiciona sobre el clivaje “lo nuevo frente a lo viejo” o “la antipolítica frente a la política”, todavía podría haber sitio para un cuarto candidato en discordia.

Más allá de diferencias políticas… ¿dónde ves los problemas en la candidatura de la revolución ciudadana’

Andrés Arauz es un hombre brillante pero carece de experiencia en campañas electorales. En paralelo, es presumible que el equipo que toma las decisiones en el ámbito estratégico esté fuera del país, lo que puede implicar que pierdan el pulso sobre la realidad nacional. Por último, el correísmo puede verse tentado a  repetir la matriz central de la campaña del 2006, donde le ganó a una partidocracia que entonces manejaba el poder tal y como sucede en la actualidad. Sin embargo, ya no estamos en 2006. La estrategia política se determina por el contexto y está por verse si los estrategas correistas comprenden bien esta cuestión…

El trabajo doméstico toca a su fin: una perspectiva de clase

Por Angela Davis

Tomado de: Davis, Angela (2004): Mujeres, raza y clase, Ediciones Akal, S.A., Madrid

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La infinidad de tareas que reunidas se conocen como «trabajo doméstico» —cocinar, lavar los platos, hacer la colada, hacer las camas, barrer, hacer la compra, etc.— se estima que consumen cerca de entre tres y cuatro mil horas anuales del tiempo de una ama de casa media.[1] Pero a pesar de lo asombrosas que puedan ser estas estadísticas, ni tan siquiera son un reflejo de la constante e inconmensurable atención que las madres deben prestar a sus hijos. Así como los deberes maternales de una mujer se dan siempre por sentados, el interminable trabajo de esta como ama de casa raras veces suscita expresiones de reconocimiento dentro de su propia familia. A fin de cuentas, el trabajo doméstico es prácticamente invisible: «Nadie lo nota hasta que está hecho, notamos la cama sin hacer, pero no el suelo limpio y reluciente».[2] Invisible, repetitivo, extenuante, improductivo, nada creativo: estos son los adjetivos que de manera más atinada capturan la naturaleza del trabajo doméstico.

La nueva conciencia asociada al movimiento de mujeres contemporáneo ha animado a un número creciente de mujeres a exigir que los hombres con quienes conviven asuman parte de la responsabilidad de esta penosa faena. El resultado ha sido que un número cada vez mayor de hombres ha empezado a colaborar con sus compañeras en la casa e, incluso, algunos dedican el mismo tiempo que ellas a las tareas del hogar. Pero ¿cuántos de estos hombres se han liberado de la idea de que el trabajo doméstico es un «trabajo de mujeres»? ¿Cuántos de ellos no describirían las tareas que asumen en la limpieza del hogar como una «ayuda» a sus compañeras?

Si fuera en verdad posible acabar con la idea de que el trabajo doméstico es un trabajo de mujeres y, al mismo tiempo, de redistribuirlo de modo equitativo entre mujeres y hombres, ¿estaríamos ante una solución satisfactoria?

Si se liberara de su adscripción exclusiva al sexo femenino, el trabajo doméstico ¿dejaría de ser opresivo?

Aunque la mayoría de las mujeres acogen con entusiasmo el advenimiento del «amo de casa», la desexualización del trabajo doméstico no alteraría en verdad el carácter opresivo de este trabajo. En resumidas cuentas, ni las mujeres ni los hombres deberían malgastar unas horas preciosas de sus vidas en una labor que no es ni estimulante, ni creativa, ni productiva.

Uno de los secretos más celosamente guardados en las sociedades del capitalismo avanzado se refiere a la posibilidad —real— de transformar de manera radical la naturaleza del trabajo doméstico. En efecto, una parte sustancial de las labores domésticas del ama de casa pueden ser incorporadas a la economía industrial.

En otras palabras, el carácter del trabajo doméstico no tiene por qué seguir siendo considerado, necesaria e inevitablemente, privado. Equipos de personas cualificadas y remuneradas de forma adecuada podrían desplazarse de un domicilio a otro provistos de maquinaria de ingeniería higiénica tecnológicamente avanzada y concluir, rápida y eficazmente, las tareas que el ama de casa actual realiza de manera tan ardua y primitiva.

¿Por qué nos topamos con este velo de silencio que rodea este potencial de redefinir, de manera radical, la naturaleza del trabajo doméstico? Porque la economía capitalista es, en su estructura constitutiva, hostil a la industrialización del trabajo doméstico. La socialización del trabajo doméstico obligaría al gobierno a destinar una gran cantidad de subsidios a garantizar el acceso a tales prestaciones de las familias de clase trabajadora cuya necesidad de estos servicios es más obvia. Puesto que se trata de una medida que no vaticina muchos beneficios económicos, el trabajo doméstico industrializado —al igual que todas las iniciativas no rentables— constituye una abominación para la economía capitalista. Sin embargo, la acelerada expansión de la mano de obra femenina conlleva un ascenso del número de mujeres que cada vez encuentra más difícil cumplir con su papel de ama de casa de acuerdo a los patrones tradicionales. En otras palabras, la industrialización del trabajo doméstico, junto a su socialización, se está convirtiendo en una necesidad social objetiva. El trabajo doméstico, como responsabilidad individual propia de las mujeres y como trabajo femenino desempeñado bajo unas condiciones técnicas primitivas, puede estar aproximándose, al fin, a su obsolescencia histórica.

Aunque exista la posibilidad de que el trabajo doméstico, tal y como se lo conoce en la actualidad, se esté convirtiendo en una reliquia del pasado, las actitudes sociales más generalizadas continúan ligando la eterna condición femenina a las imágenes de la escoba y el recogedor, del cubo y la fregona, del delantal y la cocina y de la olla y la sartén. Es cierto que el trabajo de las mujeres, a través de diferentes etapas históricas, ha estado ligado en general a la casa y a sus terrenos aledaños. Pero el trabajo doméstico femenino no siempre ha sido lo que es hoy, ya que como todo fenómeno social es un producto mutable de la historia. Al igual que los sistemas económicos emergen y se desintegran, el alcance y los rasgos del trabajo doméstico han experimentado transformaciones radicales. Como Friedrich Engels sostiene en su clásica obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,[3] antes del advenimiento de la propiedad privada, la desigualdad sexual no existía tal y como hoy se la conoce. Durante las primeras etapas de la historia, la división sexual del trabajo dentro del sistema de producción económica estaba regida por un criterio de complementariedad y no de jerarquía. En las sociedades donde los hombres habrían sido los responsables de la caza de animales salvajes y las mujeres, a su vez, de recolectar las verduras y las frutas silvestres, ambos sexos desempeñaron tareas económicas igualmente esenciales para la supervivencia de su comunidad. Dado que en aquellas etapas la comunidad era, en esencia, una familia extendida, el lugar central de las mujeres en la economía llevaba aparejado que ellas fueran valoradas y respetadas en calidad de miembros productivos de la comunidad.

En 1973, realicé un viaje en jeep a través de las llanuras de Masai, en el que se puso de manifiesto la centralidad de las tareas domésticas de las mujeres en las culturas precapitalistas. En un solitario camino de tierra en Tanzania me fijé en seis mujeres masai que, de manera enigmática, hacían equilibrios con una enorme madera que portaban sobre sus cabezas. Según me explicaron mis amigos de Tanzania, es probable estas mujeres estuviesen transportando el tejado de una casa a una aldea nueva que estarían construyendo. Entonces, supe que, entre los masai, las mujeres son responsables de todas las actividades domésticas y, por lo tanto, también de la construcción de las casas que su pueblo nómada cambia con frecuencia de lugar. Para las mujeres masai, el trabajo doméstico no solo conlleva cocinar, limpiar, criar a los niños, coser, etc., sino que también implica la construcción de las viviendas. A pesar de la importancia que puedan tener las funciones relativas a la cría de ganado que realizan los hombres de su pueblo, el «trabajo doméstico» de las mujeres no es ni menos productivo ni menos esencial que las contribuciones económicas de los hombres masai.

Dentro de la economía nómada y precapitalista de los masai, el trabajo doméstico de las mujeres es tan esencial para la economía como los trabajos de cría de ganado realizados por los hombres. En calidad de productoras, ellas disfrutan de un status social investido de una importancia equivalente a la de ellos. En las sociedades del capitalismo avanzado, la dimensión servil de la función de las amas de casa, que pocas veces pueden producir pruebas palpables de su trabajo, menoscaba el status social de las mujeres en general. En resumen, según la ideología burguesa, el ama de casa no es más que la sirvienta vitalicia de su marido.

La aparición de la concepción burguesa de la mujer como eterna sirvienta del hombre es en sí misma una historia reveladora. Dentro de la historia relativamente corta de Estados Unidos, el «ama de casa», en tanto que producto histórico acabado, apenas cuenta con más de un siglo de antigüedad. Durante el periodo colonial, el trabajo doméstico era por completo distinto a la rutina del trabajo diario que hoy realiza el ama de casa estadounidense.

«El trabajo de una mujer comienza cuando sale el sol y continúa bajo la lumbre hasta que ya no puede mantener los ojos abiertos. Durante dos siglos, prácticamente todo lo que una familia utilizaba o comía se producía en el hogar bajo su batuta. Ella teñía y hacía girar en la rueca el hilo con el que tejía la tela que cortaba y cosía a mano para hacer la ropa. Cultivaba gran parte de la comida que servía para alimentar a su familia y guardaba la suficiente para pasar el invierno. Hacía la mantequilla, el queso, el pan, las velas y el jabón y zurcía las medias de su familia.»[4]

En la economía agraria de la América del Norte preindustrial, una mujer que realizaba las tareas de la casa era hilandera, tejedora y costurera, además de panadera, mantequera y elaboradora de velas, de jabón, y de un largo etcétera. De hecho,

«[…] las presiones del ritmo de la producción doméstica dejaban muy poco tiempo para las labores que hoy en día identificaríamos como trabajo doméstico. Según los criterios actuales, las mujeres de la época anterior a la Revolución Industrial eran unas amas de casa descuidadas. En lugar de la limpieza diaria o semanal, se hacía la limpieza de primavera. Las comidas eran simples y repetitivas, los miembros de la familia pocas veces se cambiaban de ropa, además de dejar que la ropa sucia de la casa se acumulara, y la colada se hacía una vez al mes o, en algunos hogares, una vez cada tres meses. Y, por supuesto, dado que cada colada requería transportar y calentar muchos cubos de agua, fácilmente se descartaban unos elevados niveles de limpieza.»[5]

Más que dedicarse a la «limpieza de la casa» o a «velar por el hogar», las mujeres del periodo colonial eran expertas trabajadoras de pleno derecho dentro de una economía que se basaba en el hogar. No solo fabricaban la mayoría de los productos que precisaban sus familias, sino que también cuidaban de la salud de sus familias y de sus comunidades.

«Era responsabilidad [de las mujeres de las colonias] recoger y secar hierbas silvestres para ser utilizadas […] como medicinas; además, hacían las veces de doctoras, enfermeras y parteras dentro de su propia familia y de su comunidad.»[6]

El United States Practical Receipt Book — un popular libro de recetas colonial— contiene recetas culinarias así como de productos químicos y de medicinas caseras. Por ejemplo, para curar la tiña «hay que tomar un poco de sanguinaria del Canadá […], cortarla y ponerla en vinagre y, luego, lavar el lugar afectado con el líquido».[7]

La relevancia económica de las funciones domésticas de las mujeres en la América colonial se veía agudizada por su visible protagonismo en la actividad económica que se desarrollaba fuera de la casa. Un ejemplo de ello descansa en que solía ser aceptado que una mujer regentara una taberna.

«Las mujeres también tenían aserraderos y molinos de grano, hacían sillas de mimbre y fabricaban muebles, dirigían mataderos, estampaban tejidos de algodón y otras telas, hacían encaje y eran propietarias de mercerías y almacenes de ropa. Trabajaban en tiendas de tabaco, de fármacos (donde vendían preparados elaborados por ellas mismas) y en almacenes generales donde se vendía todo tipo de productos, desde alfileres hasta balanzas para la carne. Las mujeres montaban anteojos, confeccionaban redes y cuerdas, hacían cardas para cardar lana e, incluso, pintaban casas. A menudo eran las directoras de pompas fúnebres de la ciudad.»[8]

La irrupción de la industrialización en la época posrevolucionaria condujo a la proliferación de las fábricas en la parte nororiental del nuevo país. Las fábricas de tejidos de Nueva Inglaterra fueron las exitosas pioneras del sistema fabril. Debido a que hilar y tejer eran ocupaciones domésticas tradicionalmente femeninas, las mujeres integraron el primer contingente de mano de obra que emplearon los dueños de los talleres para manejar los nuevos telares mecánicos. Si se atiende a la subsiguiente exclusión de las mujeres del conjunto de la producción industrial, una de las mayores ironías de la historia económica de este país estriba en el hecho de que los primeros trabajadores industriales fueron mujeres.

El avance de la industrialización, en la medida en que llevó aparejado el desplazamiento de la producción económica del hogar a la fábrica, produjo la erosión sistemática de la importancia del trabajo doméstico realizado por las mujeres. Ellas fueron las perdedoras en un doble sentido: cuando sus trabajos tradicionales fueron usurpados por la floreciente industria, toda la economía salió del hogar dejando a muchas mujeres privadas, en buena medida, de ocupar papeles económicos significativos. A mediados del siglo XIX, la fábrica suministraba tejidos, velas y jabón. Incluso la mantequilla, el pan y otros productos alimenticios comenzaron a ser fabricados en serie.

«Antes de finalizar el siglo, casi no había nadie que almidonara o que hirviera su ropa sucia en una olla. En las ciudades, las mujeres compraban su pan y al menos su ropa interior ya hecha, mandaban a sus hijos a la escuela y, también, probablemente, a lavar y planchar algunas prendas de ropa fuera de casa, y debatían sobre las ventajas de la comida enlatada […]. La corriente de la industria se había abierto camino y había dejado abandonado el telar en el desván y la olla del jabón en el cobertizo.»[9]

A medida que se fue consolidando el capitalismo industrial, la escisión entre la nueva esfera económica y la antigua economía doméstica se tornó cada vez más rigurosa. Es indudable que la reubicación física de la producción económica provocada por la expansión del sistema fabril supuso una drástica transformación. Sin embargo, no fue tan radical como la revalorización generalizada de la producción que precisaba el nuevo sistema económico. Aunque los bienes producidos en el hogar eran valiosos ante todo porque satisfacían las necesidades básicas de la familia, la importancia de las mercancías producidas en la fábrica residía en su valor de cambio, es decir, en su capacidad para satisfacer la demanda de beneficios de los empresarios. Esta revalorización de la producción económica revelaba, más allá de la separación física entre el hogar y la fábrica, una separación estructural fundamental entre la economía doméstica del hogar y la economía orientada a la obtención de beneficios del capitalismo. Debido a que el trabajo doméstico no generaba beneficios, de manera necesaria fue definido como una forma inferior de trabajo frente al trabajo asalariado capitalista.

Un importante subproducto ideológico de esta radical transformación económica fue el nacimiento del «ama de casa». Las mujeres comenzaron a ser redefinidas ideológicamente como las guardianas de una devaluada vida doméstica. Sin embargo, en tanto que ideológica, esta redefinición del lugar de las mujeres estaba muy en contradicción con el ingente número de mujeres inmigrantes que engrosaban las filas de la clase trabajadora en el nordeste. En primer lugar, estas mujeres inmigrantes blancas eran asalariadas, y solo de manera secundaria, amas de casa. Además, había otras mujeres, millones de mujeres, que realizaban duras faenas fuera del hogar como productoras involuntarias de la economía esclavista en el Sur. La realidad del papel de las mujeres en la sociedad decimonónica estadounidense englobaba a mujeres blancas que empleaban su tiempo manejando las máquinas de las fábricas a cambio de salarios miserables, del mismo modo que abarcaba a mujeres negras que trabajaban bajo la coerción de la esclavitud. El «ama de casa» reflejaba una realidad parcial en la medida en que, en realidad, era un símbolo de la prosperidad económica que disfrutaban las clases medias emergentes.

Aunque el «ama de casa» hundía sus raíces en las condiciones sociales de la burguesía y de las clases medias, la ideología decimonónica instituyó a esta figura y a la madre como modelos universales de la feminidad. Desde el momento en el que la propaganda popular representaba la vocación de todas las mujeres en función de su papel en el hogar, las mujeres obligadas a trabajar para obtener un salario pasaron a ser tratadas como extraños visitantes dentro del mundo masculino de la economía pública. Al haberse salido de su esfera «natural», las mujeres no iban a ser tratadas como trabajadoras asalariadas de pleno derecho. El precio que pagaron incluía horarios dilatados, condiciones de trabajo por debajo de los mínimos normales y salarios muy insuficientes. Eran explotadas, incluso, de manera más intensa que los hombres de su misma clase. No es preciso indicar que el sexismo se reveló una fuente de salvajes sobre-beneficios para los capitalistas.

La separación estructural de la economía pública del capitalismo y de la economía privada del hogar se ha visto continuamente reforzada por el obstinado primitivismo de las labores de la casa. A pesar de la proliferación de aparatos para el hogar, el trabajo doméstico ha permanecido inalterado, en un plano cualitativo, por los avances tecnológicos propiciados por el capitalismo industrial. El trabajo doméstico todavía consume miles de horas al año al ama de casa media. En 1903, Charlotte Perkins Gilman propuso una definición del trabajo doméstico que reflejaba las sacudidas que habían transformado la estructura y el contenido del trabajo doméstico en Estados Unidos:

«La expresión ‘trabajo doméstico’ no se aplica a un tipo especial de trabajo, sino a cierto nivel de trabajo, a un estado de desarrollo que atraviesa todo tipo de trabajos. Todas las industrias fueron en algún momento ‘domésticas’, es decir, fueron realizadas en el hogar y para el beneficio de la familia. Desde aquella época remota, todas las industrias han alcanzado etapas superiores, salvo un par de ellas que nunca han abandonado su etapa primaria.»[10]

«El hogar», para Gilman, «no se ha desarrollado en proporción al resto de nuestras instituciones». La economía doméstica revela:

«[…] el mantenimiento de labores rudimentarias en una comunidad industrial moderna y el confinamiento de las mujeres en estas labores y en su limitada área de expresión.»[11]

E insiste en que el trabajo doméstico vicia la humanidad de las mujeres:

«Ella es sobradamente femenina, como el hombre es sobradamente masculino; pero ella no es humana como sí lo es él. La vida doméstica no estimula nuestra humanidad, ya que todos los rasgos característicos del progreso humano se encuentran en el exterior.»[12]

La experiencia histórica de las mujeres negras en Estados Unidos corrobora la afirmación de Gilman. A lo largo de toda la historia de este país, la mayoría de las mujeres negras ha trabajado fuera de sus hogares. Durante la esclavitud, las mujeres faenaban junto a los hombres negros en los campos donde se cultivaban el tabaco y el algodón y, cuando la industria se trasladó al Sur, se las podía ver en las fábricas de tabaco, en las refinerías de azúcar e, incluso, en los aserraderos e integrando los equipos que martilleaban el acero para construir las vías del ferrocarril. Las mujeres esclavas eran iguales que los hombres en el trabajo. El hecho de que sufrieran una penosa igualdad sexual en el trabajo hacía que disfrutaran de una mayor igualdad sexual en el hogar, de los núcleos donde residían los esclavos, que sus hermanas blancas «amas de casa».

Una consecuencia directa de su trabajo fuera de la casa —en calidad de mujeres «libres» no menos que como esclavas— radica en que el trabajo doméstico nunca ha sido el eje central de las vidas de las mujeres negras. Ellas han escapado, en gran medida, al daño psicológico que el capitalismo industrial ha infligido a las amas de casa de clase media, cuyas supuestas virtudes eran la debilidad femenina y la obediencia conyugal. Las mujeres negras difícilmente podían esforzarse por ser débiles, tenían que hacerse fuertes puesto que sus familias y su comunidad necesitaban su fortaleza para sobrevivir. La prueba de las fuerzas acumuladas que las mujeres negras han forjado gracias al trabajo, trabajo y más trabajo, se puede encontrar en las contribuciones de las muchas destacadas líderes femeninas que han emergido dentro de la comunidad negra. Harriet Tubman, Sojourner Truth, Ida Wells y Rosa Parles no son tanto mujeres negras excepcionales como arquetipos de la feminidad negra.

Sin embargo, las mujeres negras han pagado un precio muy elevado por las fuerzas que han adquirido y por la relativa independencia de la que han disfrutado. A pesar de que pocas veces han sido «solo amas de casa», nunca han dejado de realizar su trabajo doméstico. Así pues, han asumido la doble carga del trabajo asalariado y del trabajo en el hogar, una doble carga que exige siempre de las trabajadoras estar dotadas de la perseverancia de Sísifo. En 1920, W. E. B. DuBois observaba:

«[…] unas pocas mujeres nacen libres y otras alcanzan la libertad en medio de insultos y de letras escarlatas, pero a nuestras mujeres de piel negra la libertad les fue impuesta como un desprecio. Con esta libertad están comprando una independencia sin trabas y costosa, ya que, al final, el precio lo pagarán con cada uno de sus escarnios y de sus quejidos.»[13]

Al igual que los hombres negros, las mujeres negras han trabajado hasta el límite de sus fuerzas. Como ellos, han asumido las responsabilidades de sostener a sus familias. Las poco ortodoxas cualidades femeninas de la asertividad y la autosuficiencia —por las que las mujeres negras han sido con frecuencia alabadas pero, más a menudo, reprendidas— son un reflejo de su trabajo y de sus luchas fuera del hogar. Del mismo modo que sus hermanas blancas, llamadas «amas de casa», ellas han cocinado, han limpiado y han alimentado y criado a un número incalculable de niños. Sin embargo, a diferencia de las amas de casa blancas que han aprendido a contar con la seguridad económica facilitada por sus maridos, a las esposas y a las madres negras raramente se les ha brindado el tiempo y la energía para convertirse en expertas de la domesticidad.

Como sus hermanas blancas de clase obrera, que también soportan la doble carga de trabajar para vivir y de atender sus hijos y a sus maridos, las mujeres negras han necesitado ser liberadas de esta opresiva situación durante muchísimo tiempo.

En la actualidad, para las mujeres negras y para todas sus hermanas blancas de clase obrera, la idea de que la carga del trabajo doméstico y del cuidado de los hijos pueda ser descargada de sus espaldas y asumida por la sociedad contiene uno de los secretos milagrosos de la liberación de las mujeres. La atención a la infancia y la preparación de la comida deberían ser socializadas, el trabajo doméstico debería ser industrializado, y todos estos servicios deberían estar al alcance de las personas de clase trabajadora.

La escasez, cuando no la ausencia, de un debate público sobre la viabilidad de transformar el trabajo doméstico en un horizonte social da fe de los poderes cegadores de la ideología burguesa. No se trata, en absoluto, de que la función doméstica de las mujeres no haya recibido ningún tipo de atención. Por el contrario, el movimiento contemporáneo de las mujeres ha representado el trabajo doméstico como un elemento esencial de su opresión. Incluso hay un movimiento en algunos países capitalistas cuya motivación principal es la terrible situación del ama de casa. Después de haber llegado a la conclusión de que el trabajo doméstico es degradante y opresivo, primordialmente porque es un trabajo no retribuido, este movimiento ha alzado una reivindicación a favor del salario. Sus activistas sostienen que un cheque semanal del gobierno es la clave para mejorar el status del ama de casa y la posición social de las mujeres en general.

El movimiento a favor del salario para el trabajo doméstico tuvo su origen en Italia, donde se celebró su primera manifestación pública en marzo de 1974. Una de las oradoras que se dirigió a la multitud congregada en Mestre proclamó:

«La mitad de la población mundial no recibe un salario. ¡Esta es la mayor contradicción de clase que existe! Y aquí reside nuestra lucha por el salario del trabajo doméstico. Es la reivindicación estratégica; en estos momentos, se trata de la reivindicación más revolucionaria para toda la clase obrera. Si ganamos, es una victoria para la clase; si perdemos, es una derrota para la clase.»[14]

Según la estrategia de este movimiento, el salario contiene la llave de la emancipación de las amas de casa, y esta reivindicación se presenta como el eje central de la campaña para la liberación de las mujeres en general. Además, la lucha del ama de casa por el salario se proyecta sobre todo el movimiento de la clase obrera convirtiéndola en su elemento cardinal.

Los orígenes teóricos del movimiento a favor del salario para el trabajo doméstico se pueden encontrar en un ensayo escrito por Mariarosa dalla Costa titulado Las mujeres y la subversión de la comunidad[15]. En este texto, Dalla Costa defiende una redefinición de las tareas del hogar basada en su tesis de que el carácter privado de los servicios que se prestan en el hogar, en realidad, es una ilusión. Ella mantiene que el ama de casa solo parece estar atendiendo las necesidades privadas de su marido y de sus hijos porque, en realidad, los auténticos beneficiarios de sus servicios son el patrón, en esos momentos, de su marido y los futuros patrones de sus hijos.

«La mujer […] ha sido aislada en la casa, forzada a llevar a cabo un trabajo que se considera no cualificado: el trabajo de dar a luz, criar, disciplinar y servir al obrero para la producción. Su papel en el ciclo de la producción social ha permanecido invisible porque solo el producto de su trabajo, el trabajador, era visible.»[16]

La exigencia de una retribución para las amas de casa se basa en la presunción de que ellas producen una mercancía poseedora de la misma importancia y del mismo valor que las mercancías producidas por sus maridos en el trabajo. En sintonía con la lógica de Dalla Costa, el movimiento a favor de un salario para el trabajo doméstico define a las amas de casa como las creadoras de la fuerza de trabajo que los miembros de su familia venden como mercancías en el mercado capitalista.

Dalla Costa no fue la primera teórica en proponer este análisis de la opresión de las mujeres. Tanto Mary Inman en su libro In Woman’s Defense (1940)[17] como Margaret Benston en «The Political Economy of Women’s Liberation» (1969)[18] definen el trabajo doméstico de tal forma que colocan a las mujeres dentro de una clase específica de la fuerza de trabajo explotada por el capitalismo que se denomina las «amas de casa». Es indudable que las funciones procreadoras, de crianza de los niños y de mantenimiento del hogar de las mujeres hacen posible que los miembros de sus familias trabajen, es decir, que intercambien su fuerza de trabajo por salarios. Pero ¿de ello se deduce automáticamente que las mujeres en general, independiente de su raza y de su clase, pueden ser, en un plano elemental, definidas por sus funciones domésticas? ¿Se deduce automáticamente que el ama de casa es, en realidad, una trabajadora oculta dentro del proceso de producción capitalista?

Si la Revolución Industrial produjo la separación estructural entre la economía doméstica y la economía pública, el trabajo doméstico no puede ser definido como un elemento integrante de la producción capitalista. Más bien, este se encuentra ligado a la producción en tanto que precondición. En última instancia, el empresario no está preocupado por el modo en el que se produce y se sostiene la fuerza de trabajo, puesto que a él solo le preocupa su disponibilidad y su capacidad para generar beneficios. En otras palabras, el proceso de producción capitalista presupone la existencia de una masa explotable de trabajadores.

«El reemplazo de la fuerza de trabajo (de los trabajadores) no es una parte del proceso de producción social, sino un prerrequisito del mismo. Tiene lugar fuera del proceso de trabajo. Su función es la conservación de la existencia humana, que es el fin último de la producción en todas las sociedades.»[19]

En la sociedad sudafricana, donde el racismo ha llevado la explotación económica a sus límites más brutales, la economía capitalista traiciona su separación estructural de la vida doméstica de un modo en particular violento. Sencillamente, los artífices sociales del apartheid han determinado que el trabajo negro proporciona más beneficios cuando la vida doméstica está excluida por completo. Los hombres negros son considerados unidades de trabajo cuyo potencial productivo les dota de valor para la clase capitalista. Pero sus esposas y sus hijos…

«[…] son apéndices superfluos, es decir, no productivos, las mujeres no son más que accesorios de la capacidad procreadora que posee la unidad de fuerza de trabajo masculina negra.»[20]

Esta caracterización de la mujer africana como «apéndice superfluo» no tiene mucho de metáfora. A tenor de la legislación sudafricana, las mujeres negras tienen prohibida la entrada en las zonas blancas (¡el 87 por 100 del país!), que en la mayoría de los casos son las ciudades donde viven y trabajan sus maridos.

Los defensores del apartheid consideran que la vida doméstica negra en los centros industriales de Sudáfrica es superflua y carece de rentabilidad. Pero, también, que supone una amenaza.

«Los funcionarios del gobierno reconocen el papel de las mujeres en la formación de los hogares y temen que su presencia en las ciudades conduzca al establecimiento de una población negra estable.»[21]

La consolidación de familias africanas en las ciudades industrializadas es percibida como una amenaza porque la vida doméstica podría convertirse en una base para aumentar el nivel de resistencia al apartheid. Esta es la razón por la que, a un elevado número de mujeres con permisos de residencia en las zonas blancas, se les asigna vivir en residencias segregadas por un criterio sexual. Las mujeres casadas, así como las solteras, terminan viviendo en estas viviendas de construcción oficial donde la vida familiar está rigurosamente prohibida, de modo que los esposos no pueden visitarse y que ni la madre ni el padre pueden recibir visitas de sus hijos.[22]

Este intenso ataque contra las mujeres negras en Sudáfrica ya ha pasado su factura, puesto que hoy solo el 28,2 por 100 opta por el matrimonio[23]. Por razones de rentabilidad económica y de seguridad política, el apartheid está erosionando —con el objetivo evidente de destruirlo— el propio tejido de la vida doméstica negra. De este modo, el capitalismo sudafricano demuestra, de manera desgarradora, hasta qué punto la economía capitalista es dependiente del trabajo doméstico.

El gobierno no tendría por qué haber emprendido la disolución deliberada de la vida familiar en Sudáfrica si en verdad sucediera que los servicios prestados por las mujeres en el hogar fueran un elemento constitutivo, esencial, del trabajo asalariado bajo el capitalismo. El hecho de que la versión sudafricana del capitalismo pueda prescindir de la vida doméstica es una consecuencia de la separación entre la economía privada del hogar y el proceso de producción en la esfera pública que caracteriza a la sociedad capitalista en su conjunto. Todo parece indicar que resulta fútil sostener, en virtud de la lógica interna del capitalismo, que las mujeres tendrían que ser retribuidas por el trabajo doméstico.

No obstante, aun aceptando que la teoría subyacente a la reivindicación del salario padece una debilidad incurable, a un nivel político podría ser deseable insistir en que las amas de casa deben ser retribuidas. ¿No se podría apelar a un imperativo moral para fundamentar el derecho de las mujeres a cobrar por las horas que dedican al trabajo doméstico? Es probable que a muchas mujeres les suene bastante atractiva la idea de pagar un talón a las amas de casa. Pero seguro que esta atracción no duraría mucho. Porque ¿cuántas de esas mujeres estarían en verdad dispuestas a resignarse a realizar las tareas nada prometedoras e interminables del hogar solo por un salario? Tampoco está claro que un sueldo alteraría el hecho descrito por Lenin:

«[…] el banal trabajo doméstico frustra, estrangula, embrutece y degrada [a la mujer], la encadena a la cocina y al cuidado de los niños y hace que malgaste su fuerza de trabajo en una labor penosa, salvajemente improductiva, banal, irritante, embrutecedora y frustrante.»[24]

Todo indica que estos cheques salariales para las amas de casa, emitidos por el gobierno, legitimarían más esta esclavitud doméstica.

El hecho de que las mujeres que dependen para subsistir del sistema público de protección social pocas veces hayan exigido una compensación por asumir las responsabilidades domésticas ¿no es una crítica implícita al movimiento por el salario doméstico? La consigna en la que en la mayoría de las ocasiones se articula la alternativa inmediata que ellas proponen al deshumanizante sistema asistencial no ha sido «un salario para el trabajo doméstico», sino preferiblemente «una renta anual garantizada para todos». Sin embargo, su deseo a largo plazo es un empleo y un servicio de atención a la infancia público y accesible. Por lo tanto, la renta anual garantizada sirve como un seguro de desempleo hasta que no se creen más puestos de trabajo dotados de salarios adecuados y esto no vaya acompañado de un sistema de financiación pública de atención a la infancia.

La naturaleza problemática de la estrategia que consiste en exigir un «salario para el trabajo doméstico» se pone de manifiesto en las experiencias de otro grupo de mujeres. Las mujeres de la limpieza, las empleadas de hogar, o las criadas, son las que saben mejor que nadie lo que significa recibir un salario por este trabajo. La película de Ousmane Sembene titulada La Noire de… captura de modo brillante su trágica situación[25]. La protagonista de la película es una joven senegalesa que, después de intentar encontrar trabajo, se convierte en la institutriz de una familia francesa que reside en Dakar. Cuando la familia regresa a Francia, ella les acompaña llena de ilusiones. Sin embargo, al llegar a este país, no solo tiene que responsabilizarse de los niños sino que, además, tiene que cocinar, limpiar, lavar y realizar todo el resto de las tareas de la casa. No pasa mucho tiempo antes de que su inicial entusiasmo haya dejado paso a una depresión tan profunda que le lleve a rechazar la paga ofrecida por sus empleadores. El salario no puede compensar su situación sumamente parecida a la de una esclava. Como no dispone de los medios para regresar a Senegal, le embarga la desesperación y opta por el suicidio ante un destino indefinido de dedicación a cocinar, barrer, limpiar el polvo, fregar, etcétera.

En Estados Unidos, las mujeres de color —y, en especial, las mujeres negras— llevan un sinfín de décadas recibiendo salarios por el trabajo doméstico. En 1910, cuando más de la mitad de las mujeres negras tenía un empleo fuera de su hogar, una tercera parte de ellas trabajaba como empleada doméstica asalariada. En 1920 más de la mitad tenía un trabajo en el servicio doméstico y en 1930 la proporción había aumentado hasta alcanzar a tres de cada cinco[26]. Una de las consecuencias de la enorme transformación operada en el empleo femenino durante la Segunda Guerra Mundial fue el ansiado declive en el número de mujeres negras en este sector. Sin embargo, en 1960, un tercio de todas las que tenían un puesto de trabajo todavía estaba atrapada en sus ocupaciones tradicionales[27]. Su proporción en el servicio doméstico no tomó una dirección definitivamente descendente hasta que el trabajo de oficina no se volvió algo más accesible para ellas. En la actualidad la cifra se sitúa alrededor del 13 por 100.[28]

Las enervantes obligaciones domésticas descargadas sobre el conjunto de las mujeres proporcionan una muestra flagrante del poder del sexismo. A raíz de la injerencia añadida del racismo, un ingente número de mujeres negras ha tenido que hacer frente a sus propias labores del hogar y, también, a las tareas domésticas de otras mujeres. Y, en muchas ocasiones, las exigencias del trabajo en la casa de una mujer blanca han obligado a la empleada doméstica a desatender su propio hogar e incluso a sus propios hijos. Como trabajadoras del hogar asalariadas, ellas han sido llamadas a ser esposas y madres subrogadas en millones de hogares blancos.

Durante sus más de cincuenta años de esfuerzos por organizarse, las empleadas domésticas han intentado redefinir su trabajo oponiéndose al papel de ama de casa subrogada. Las labores del ama de casa son interminables e indefinidas. Lo primero que han exigido las trabajadoras del hogar es una clara delimitación de las tareas que se espera que realicen. El nombre mismo de uno de los sindicatos de empleadas domésticas más importantes en la actualidad —Técnicas del Hogar de Estados Unidos [Household Technicians of America]— incide en su rechazo a servir de amas de casa subrogadas cuyo trabajo es «simplemente las tareas propias del hogar». Mientras las trabajadoras domésticas permanezcan a la sombra del ama de casa, continuarán recibiendo salarios mucho más cercanos a la «asignación» del ama de casa que al cheque salarial de un trabajador. Según la Comisión Nacional para el Empleo Doméstico, en 1976 el salario medio de un técnico del hogar con una jornada laboral completa era solo de 2,732 dólares, y dos tercios de los mismos percibía menos de 2 dólares[29]. A pesar de que han transcurrido muchos años desde que se extendió la protección de la regulación del salario mínimo al personal empleado en el servicio doméstico, en 1976 un asombroso 40 por 100 recibía salarios muy por debajo del mínimo establecido. El movimiento a favor del salario por el trabajo doméstico asume que si las mujeres cobraran por ser amas de casa disfrutarían de un status social más elevado. Sin embargo, nada de ello se deduce del dilatado pasado de luchas protagonizado por la trabajadora doméstica retribuida, cuya condición es más paupérrima que la de ningún otro grupo de trabajadores bajo el capitalismo.

Más del 50 por 100 de las mujeres estadounidenses trabaja para mantenerse, constituyendo el 41 por 100 de la fuerza de trabajo del país. Sin embargo, hoy día, un gran número de ellas es incapaz de encontrar un empleo digno. Al igual que el racismo, el sexismo es una de las justificaciones más importantes para explicar las elevadas tasas de desempleo femenino. En realidad, muchas mujeres son «solo amas de casa» porque son trabajadoras desempleadas. Por lo tanto, ¿no cabe que sea más efectivo, para transformar el papel de «solo ama de casa», exigir empleos para las mujeres en condiciones de igualdad con los hombres y presionar para obtener servicios sociales —como, por ejemplo, de atención a la infancia— y beneficios laborales —como permisos de maternidad, etc.— que permitan a más mujeres trabajar fuera de casa? El movimiento a favor del salario por el trabajo doméstico desalienta a las mujeres a salir de casa en busca de empleo, sosteniendo que «la esclavitud en la cadena de montaje no es la liberación de la esclavitud en la pila de la cocina»[30]. No obstante, las portavoces de la campaña insisten en que no promueven la continuación del confinamiento de las mujeres dentro del entorno aislado de sus hogares. Proclaman que aunque se niegan a trabajar en el mercado capitalista per se, no desean asignar a las mujeres la responsabilidad definitiva de las tareas del hogar. En palabras de una representante estadounidense de este movimiento:

«[…] no estamos interesadas en hacer más eficiente o más productivo nuestro trabajo para el capital. Nos interesa reducir nuestro trabajo y, en último término, la negación absoluta a realizarlo. Pero mientras sigamos trabajando en la casa a cambio de nada, nadie prestará en verdad atención a cuánto tiempo trabajamos y a lo duro que lo hacemos. Porque el capital solo introduce tecnología avanzada para reducir los costes de producción después de que la clase obrera haya conseguido victorias salariales. Solo si contabilizamos nuestro coste de producir (es decir, si hacemos que no sea rentable) el capital «descubrirá» la tecnología para aminorar dicho coste. Hoy día a menudo tenemos que salir a cumplir con otro turno de trabajo para poder permitimos el lavaplatos que reduce nuestro trabajo doméstico.»[31]

Una vez que las mujeres hayan alcanzado el derecho a percibir un salario por su trabajo, podrán exigir salarios más elevados y, de este modo, obligar a los capitalistas a emprender la industrialización del trabajo doméstico. ¿Se trata de una estrategia concreta para la liberación de las mujeres o de un sueño irrealizable? ¿Cómo se supone que las mujeres van a conducir la lucha inicial por el salario? Dalla Costa recomienda la huelga de las amas de casa:

«Debemos rechazar la casa porque queremos unirnos a otras mujeres para luchar contra todas las situaciones que parten del supuesto de que las mujeres permanecerán en la casa […]. Abandonar la casa es ya una forma de lucha porque los servicios sociales que desempeñamos dejarían de ser llevados a cabo en esas condiciones.»[32]

Pero, si las mujeres han de dejar la casa, ¿adónde van a ir? ¿Cómo se unirán a otras mujeres? ¿En verdad van a dejar sus hogares movidas por el único deseo de protestar por su trabajo doméstico? ¿No es mucho más realista invitar a las mujeres a «dejar la casa» para buscar un empleo o, al menos, para participar en una campaña masiva a favor de empleos dignos para las mujeres? Por supuesto, bajo las condiciones del capitalismo el trabajo significa trabajo embrutecedor. Y, por supuesto, no es creativo y sí es alienante. Pero a pesar de todo ello, el hecho sigue siendo que en el trabajo las mujeres pueden unirse con sus hermanas —y, de hecho, con sus hermanos— en aras de desafiar a los capitalistas en el centro de producción.

Como trabajadoras, y como militantes activistas en el movimiento obrero, las mujeres pueden generar la fuerza real para luchar contra el pilar y el beneficiario del sexismo, que no es otro que el sistema capitalista monopolista.

Si la estrategia del salario para el trabajo doméstico apenas sirve para proporcionar una solución a largo plazo al problema de la opresión de las mujeres, tampoco aborda, en lo sustantivo, el profundo descontento que sienten las amas de casa. Recientes estudios sociológicos han revelado que las amas de casa actuales están más frustradas con sus vidas que en ninguna época anterior. Cuando Ann Oakley realizó una serie de entrevistas para su libro The Sociology of Housework[33], descubrió que incluso las amas de casa que en un principio parecían no estar preocupadas por su trabajo doméstico acababan expresando una honda insatisfacción. Los siguientes comentarios provenían de una mujer que tenía un empleo externo en una fábrica:

«(¿Te gusta el trabajo doméstico?). Me da igual […]. Supongo que me es indiferente porque no le dedico todo el día. Voy a trabajar y solo hago el trabajo doméstico la mitad del tiempo. Si lo hiciera durante todo el día no me gustaría; el trabajo de la mujer nunca se acaba, te pasas el día trajinando e incluso antes de irte a la cama te queda algo que hacer como vaciar ceniceros o fregar unas copas. No paras de trabajar. Todos los días lo mismo; no puedes decir cosas como que no lo vas a hacer; porque tienes que hacerlo. Como preparar la comida: se tiene que hacer porque si tú no lo haces los niños no comen […]. Supongo que te acostumbras, simplemente lo haces de manera automática […]. Soy más feliz en el trabajo que en casa.

(¿Cuáles dirías que son las peores cosas que tiene ser ama de casa?). Supongo que tienes días con la sensación de que te levantas y de que tienes que hacer las mismas cosas de siempre y de que te aburres, que estás estancada en la misma rutina. Creo si le preguntas a cualquier ama de casa, si es honesta, te dirá que la mitad del tiempo se siente como una esclava; todo el mundo piensa cuando se levanta por la mañana: «Oh no, hoy tengo que hacer las mismas cosas de siempre, hasta que me acueste por la noche». Es siempre hacer lo mismo, es un aburrimiento.»[34]

¿Los salarios disminuirán el aburrimiento? Por supuesto, esta mujer diría que no. Un ama de casa que no trabajaba fuera de su domicilio habló a Oakley del carácter obligatorio del trabajo doméstico:

«Supongo que lo peor es que tienes que hacer el trabajo porque estás en casa. Aunque tengo la opción de no hacerlo, no siento que en verdad pudiera no hacerlo porque tendría que hacerlo.»[35]

Lo más probable es que recibir un salario por hacer este trabajo agravaría la obsesión de esta mujer.

Oakley llegó a la conclusión de que el trabajo doméstico, en particular cuando ocupa toda la jornada, invade tanto la personalidad femenina que el ama de casa se torna indistinguible de su trabajo.

«El ama de casa es, en gran medida, el trabajo que realiza: por ello la separación entre los elementos subjetivos y objetivos en la situación que se crea es, en esencia, más difícil de establecer.»[36]

A menudo, el efecto psicológico es una personalidad trágicamente inmadura y abrumada por sentimientos de inferioridad. Es muy difícil que la liberación psicológica se pueda alcanzar pagando un salario al ama de casa.

Otros estudios sociológicos han confirmado la honda desilusión que sufren las amas de casa contemporáneas. En las entrevistas realizadas por Myra Feree[37] a más de cien mujeres en una comunidad obrera cercana a Boston, «casi el doble de las amas de casa, con respecto a las esposas empleadas, manifestaron estar descontentas con sus vidas». Como es lógico, la mayoría de las mujeres trabajadoras no tenían trabajos per se gratificantes: eran camareras, empleadas fabriles, mecanógrafas, dependientas en supermercados y en grandes almacenes, etc. Sin embargo, su facultad para dejar el aislamiento de sus hogares «saliendo fuera y viendo a otra gente» era tan importante para ellas como sus salarios. ¿Las amas de casa que sentían que se estaban «volviendo locas quedándose en casa» acogerían con agrado la idea de recibir un salario por volverse locas? Una mujer se lamentaba de que «quedarse en casa todo el día es como estar en la cárcel», ¿los salarios derribarían los muros de las prisiones? El único camino realista para escapar de esta cárcel es la búsqueda de un trabajo fuera del hogar.

Cada una de las más del 50 por 100 de las mujeres estadounidenses que en la actualidad trabajan es un poderoso argumento para aliviar la carga del trabajo doméstico. De hecho, los empresarios capitalistas ya han comenzado a explotar la nueva necesidad histórica de las mujeres de emanciparse de su papel de amas de casa. Innumerables y boyantes cadenas de comida rápida como McDonald y Kentucky Fried Chicken confirman el hecho de que si hay más mujeres en el trabajo ello significa que hay menos comidas preparadas en casa. Aparte de la mala calidad de la comida, de que su nivel nutritivo deje mucho que desear y de que exploten a sus trabajadores, el despliegue de estas cadenas de comida rápida llama la atención sobre el hecho de que el ama de casa está tocando a su fin. Como es natural, se necesitan nuevas instituciones sociales que asuman buena parte de sus antiguas tareas. Este es el desafío que se deriva de las copiosas filas de mujeres en la clase obrera. La demanda de una atención a la infancia universal y financiada públicamente es una consecuencia directa del creciente número de madres trabajadoras. Y a medida que más mujeres se organicen en torno a la reivindicación de que se creen más empleos —de empleos en condiciones de plena igualdad con los hombres—, de manera progresiva se irán planteando más cuestiones importantes sobre la futura viabilidad de las labores de ama de casa de las mujeres. Es muy probable que «la esclavitud en la cadena de montaje» no sea en sí misma la «liberación de la pila de la cocina», pero no cabe duda de que la cadena de montaje es el mayor incentivo para que las mujeres hagan presión para acabar con su vieja esclavitud doméstica.

La abolición del trabajo doméstico como responsabilidad exclusiva e individual femenina es un objetivo estratégico de la liberación de las mujeres. Pero la socialización de este trabajo —incluida la preparación de las comidas y el cuidado de los niños— presupone el final del reinado de la búsqueda del beneficio en la economía.

De hecho, el único paso significativo para terminar con la esclavitud doméstica se ha dado en los países socialistas.

Por lo tanto, las mujeres trabajadoras tienen un interés especial, y vital, en la lucha por el socialismo.

Bajo el capitalismo, las campañas a favor de que se creen más empleos en igualdad de condiciones con los hombres, acompañadas de movimientos a favor de instituciones que proporcionen una atención a la infancia pública y subvencionada, contienen un potencial revolucionario explosivo. Esta estrategia cuestiona la validez del capitalismo monopolista y, en última instancia, debe indicar el camino al socialismo.

Notas:

[1] A. Oakley, Woman’s Work The Housewife Past and Present, Nueva York, cit., p. 6.

[2] Barbara Ehrenreich y Deirdre English, «The Manufacture of Housework», Socialist Revolution 26, vol. 5, núm. 4 (octubre-diciembre de 1975), p. 6.

[3] Friedrich Engels, Origen of the Family, Private Property and the State, ed. e intro. de Eleanor Burke Leacock, Nueva York, International Publishers, 1973. Véase capítulo II. La introducción de Leacock a esta edición contiene numerosas observaciones esclarecedoras sobre la teoría de Engels acerca de la emergencia histórica de la dominación masculina [ed. cast.: El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, Madrid, Fundamentos, 1982].

[4] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 12.

[5] B. Ehrenreich y D. English, «Microbes and the Manufacture of Housework», cit., p. 9.

[6] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 12.

[7] Citado en R. Baxandall et al. (eds.), America’s Working Women: A Documentary History — 1600 to the Present, cit., p. 17.

[8] B. Wertheimer, We Were There: The Story of Working Women in America, cit., p. 13.

[9] B. Ehrenreich y D. English, «The Manufacture of Housework», cit, p. 10.

[10] Charlotte Perkins Gilman, The Home: Its Work and Its Influence [1903], Urbana, Chicago y Londres, University of Illinois Press, 1972, pp. 30–31.

[11] Ibíd., p. 10.

[12] Ibíd., p. 217.

[13] W. E. B. DuBois, Darkwater, cit., p. 185.

[14] Discurso pronunciado por Polga Fortunata. Citado en Wendy Edmon y Suzie Fleming (eds.), All Work and No Pay. Women, Housework and the Wages Due!, Bristol, Falling Wall Press, 1975, p. 18.

[15] Mariarosa dalla COsta y Selma James, The Power of Women and the Subversion of the Community, Bristol, Falling Wall Press, 1973 [ed. cast.: El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, México, Siglo XXI, 1975].

[16] Ibíd., p. 28.

[17] Mary Inman, In Woman’s Defense, Los Angeles, Comittee to Organize the Advancement of Women, 1940. Véase, también, de la misma autora, The Two Forms of Production Under Capitalism, Long Beach, California, publicado por la autora, 1964.

[18] Margaret Benston, «The Political Economy of Women’s Liberation», Monthly Review XXI, 4 (septiembre de 1969).

[19] «On the Economic Status of the Housewife», comentario editorial en Political Affairs LIII, 3 (marzo de 1974), p. 4.

[20] Hilda Bernstein, For TheirTriumphs and For Their Tears: Women in Apartheid South Africa, Londres, International Defence and Aid Fund, 1975, p. 13.

[21] Elizabeth Landis, «Apartheid and the Disabilities of Black Women in South África», Objective: Justice VII, 1 (enero-mayo de 1975), p. 6. Algunos fragmentos de este documento fueron publicados en Freedomways XV, 4 (1975).

[22] H. Bernstein, For Their Triumphs and For Their Tears: Women in Apartheid South Africa, cit., p. 33.

[23] E. Landis, «Apartheid and the Disabilities of Black Women in South Africa», cit., p. 6.

[24] Vladimir llich Lenin, «A Great Beginning», panfleto publicado en julio de 1919. Citado en Collected Works, vol. 29, Moscú, Progress Publishers, 1966, p. 429.

[25] Estrenada en Estados Unidos bajo el título de Black Girl.

[26] J. J. Jackson, «Black Women in a Racist Society», cit., pp. 236–237.

[27] Victor Perlo, Economics of Racism U.S.A., Roots of Black Inequality, Nueva York, International Publishers, 1975, p. 24.

[28] R. Staples, The Black Women in America, cit., p. 27.

[29] Daily World, 26 de julio de 1977, p. 29.

[30] M. Dalla Costa y S. James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, cit., p. 42.

[31] Pat Sweeney, «Wages for Housework: The Strategy for Women’s Liberation», Heresies (enero de 1977), p. 104.

[32] M. Dalla Costa y S. James, El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, cit., p. 51.

[33] Ann Oakley, The Sociology of Housework, Nueva York, Pantheon Books, 1974.

[34] Ibíd., p. 65.

[35] Ibíd., p. 44.

[36] Ibíd., p. 53.

[37] Myra Feree, Psychology Today X, 4 (septiembre de 1976), p. 76.

Fuente: https://medium.com/la-tiza/el-trabajo-dom%C3%A9stico-toca-a-su-fin-una-perspectiva-de-clase-27a19910dad1