La pérdida de la memoria europea

El auge de la extrema derecha europea no puede explicarse simplemente por factores económicos y sociales. El liderazgo de Europa ha pasado a una generación sin memoria alguna de la Segunda Guerra y del fascismo. A medida que las generaciones que experimentaron la guerra han comenzado a desaparecer, también lo han hecho las exigencias normativas más amplias de la memoria.

Por Peter Verovšek

La mayor desaceleración económica desde la Gran Depresión (1929-1939) ha producido una crisis de legitimidad democrática no muy diferente a la que impulsó el surgimiento del fascismo en los años de entreguerras. Durante la era de la posguerra (1945-1989), los recuerdos de la guerra total, así como el éxito económico de la democracia liberal, aseguraron que los movimientos neofascistas siguieran siendo políticamente marginales. Sin embargo, la Gran Recesión (2007-13) ha revitalizado a la extrema derecha y la ha ubicado como una alternativa política viable. Reflexionando sobre el momento presente, China Miéville señala: «En la memoria viva no ha habido un mejor momento para ser fascista. Vivimos en una utopía: simplemente no es la nuestra».

Los movimientos neofascistas contemporáneos de Europa occidental se han basado en la retórica de sus predecesores al hablar de «recuperar el control», garantizar que «nuestra raza blanca siga existiendo» y combatir «una invasión de extranjeros». Estas resonancias políticas, combinadas con similitudes en las condiciones estructurales de la década de 1930, una crisis financiera seguida por un colapso económico que lleva a la pobreza, un alto desempleo y una migración masiva, nos han advertido de la posibilidad de un «retorno del fascismo» y nos han alertado sobre la posibilidad de que estemos viviendo una «nueva era de Weimar».

En un artículo anterior, me centré en el papel de la migración y el olvido en el surgimiento de la «democracia iliberal» en Europa central y oriental. Dinámicas similares de olvido también están presentes en la franja occidental del continente. En contraste con las explicaciones del populismo autoritario de derecha que se centran en los factores económicos o culturales, sostengo que el cambio generacional y la pérdida de memoria sobre la «guerra total» en Europa occidental, desempeñan un papel crucial en la crisis contemporánea. No es una coincidencia que el renacimiento populista haya ocurrido siete décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial.

Memoria e integración

Tras las dos guerras mundiales y el Holocausto, «nunca más» fue más que un simple lema: era un imperativo para el cambio político. Las referencias a los recuerdos colectivos de estos eventos desempeñaron un papel crucial al través de la integración europea. Las lecciones de la guerra total también inspiraron la , así como la creación del y, por lo tanto, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y las otras instituciones que anclaron la protección de los derechos fundamentales en el derecho europeo e internacional de posguerra.

Los individuos que iniciaron estas organizaciones provenían de la generación que había vivido la guerra total de Europa (1914-45) en su adultez. Esta generación fue seguida por quienes alcanzaron la mayoría de edad durante la guerra y, por lo tanto, no se responsabilizaron por ella. Cuestionaron las acciones de sus padres y las tradiciones intelectuales de sus países de origen para aceptar el legado de 1945. Los líderes de esta generación profundizaron la integración hasta el desarrollo final del mercado común, la apertura de las fronteras intraeuropeas con el Acuerdo de Schengen, la creación del euro y el empoderamiento del Parlamento Europeo.

Con el segundo milenio, el liderazgo de Europa ha pasado a una generación sin memoria de la Segunda Guerra Mundial . A medida que las generaciones que experimentaron la guerra han comenzado a desaparecer, también lo han hecho las exigencias normativas más amplias de la memoria. En lugar de impulsar una mayor integración, dentro de esta primera generación de individuos que no tienen la experiencia personal de la guerra total, se verifica una concentración de apoyo para los populistas neofascistas y autoritarios. La nostalgia que apuntala el surgimiento de este movimiento está arraigada en los propios recuerdos de esta generación de una vida mejor y supuestamente más fácil dentro de Estados nación supuestamente independientes durante el apogeo de Wirtschaftswunder («milagro económico») de la Europa occidental de los «treinta años gloriosos» (1946 a 1975).

Sin embargo, esta percepción de la «nación» económicamente independiente y políticamente soberana requiere que los estados nacionales se «imaginen en períodos en los que, de hecho, no existían». Mientras que los baby boomers de la posguerra recuerdan al Estado nacional como el lugar de la prosperidad económica, esta imagen es, en el mejor de los casos, parcial. La integración económica, política y social del continente ya estaba en marcha durante este período, aun cuando esto no siempre fue inmediatamente evidente en las experiencias cotidianas de los individuos.

De hecho, lejos de pasar del imperio a la nación y de ésta a la integración en el transcurso de la posguerra -como creen muchos euroescépticos-, Europa occidental experimentó una transición directamente del colonialismo a la integración económica después de 1945. La falsa narrativa del boom económico de la posguerra como el momento de apogeo del Estado soberano -a la que Timothy Snyder se refiere como «la fábula de la nación sabia»-, combinada con la pérdida de recuerdos personales de guerra y sufrimiento, plantea un profundo desafío a los valores e instituciones que antes protegían contra la renovación de fascismo.

Defendiendo la democracia más allá del Estado

La conciencia de la importancia del cambio generacional y la pérdida de la memoria europea para alimentar el auge de la extrema derecha es crucial para el presente. La lección de la década de 1930 es que la democracia liberal -un régimen que protege los derechos económicos, sociales, políticos y civiles de una manera «co-original» o «equiprimordial»- no puede ser preservada o desarrollada solo a través del Estado nación. Por el contrario, las instituciones internacionales desempeñan un papel crucial para garantizar que la voluntad general potencialmente jingoísta expresada en los Estados nación no pisotee los derechos de las minorías o la disidencia política.

La democracia es algo más que simples elecciones y gobierno de la mayoría: se trata de preservar la pluralidad de opiniones y el respeto por los derechos de los individuos y las minorías necesarios para que las elecciones y la toma de decisiones mayoritarias sean significativas. La historia del siglo XX muestra que la «voluntad del pueblo» solo puede funcionar correctamente dentro de las democracias restringidas que trabajan juntas para proteger los derechos humanos fundamentales.

Un marco internacional para la democracia liberal fue el objetivo central del orden global creado después de la Segunda Guerra Mundial. Ante el regreso del fascismo como una alternativa política real a la política dominante en Europa occidental, estas instituciones internacionales son esenciales para restringir las nociones nacionalistas de soberanía popular. Ahora, más que nunca.

Fuente: Social Europe

Alain de Benoist: «Vivimos una época de transición»

El pensador Alain de Benoist, pone en duda la continuidad de los partidos tradicionales: Están en vía de desaparición, asegura. También analiza la polémica ideología actual sobre derechos humanos, y la actualidad política en Brasil, Francia y España. Brinda, asimismo, su opinión sobre la Unión Europea, el Papa Francisco y el peronismo.

Por Claudio Cháves

Alain de Benoist es un filósofo y pensador francés de altísimo nivel intelectual. Nació en Tours en 1943 y es autor de ciento cinco libros y más de tres mil artículos. Prácticamente nada que haga al pensamiento occidental ha quedado fuera de su análisis, siempre incisivo y controvertido. Visitó nuestro país en cuatro oportunidades y en su última visita compartí un almuerzo junto a un pequeño grupo de intelectuales, políticamente incorrectos. Como ocurre con los creativos es muy difícil encasillar su orientación ideológica.

Señalado incorrectamente como el creador de la nueva derecha francesa, Benoist escapa a cualquier encorsetamiento dogmático. Se puede decir de él, como característica central de su pensamiento, que es un defensor a ultranza de la diversidad cultural hoy avasallada por una globalización con aroma a Wall Street y Hollywood.

A continuación el diálogo, vía mail, mantenido con el destacado pensador francés:

1- ¿Podría explicarle al lector argentino que es la «Metapolítica», ciencia en la cual usted se destaca?

– La metapolítica no es una disciplina científica, sino un método. Consiste en priorizar el trabajo sobre las ideas y en situarse entonces como observador y no como actor de la vida política.

2- La sociedad francesa actual atraviesa una crisis política que ha puesto en evidencia las movilizaciones de los «chalecos amarillos». Más allá de lo anecdótico o puntual que provocó el estallido ¿cuáles son las causas profundas del malestar y si guardan relación con las movilizaciones de los suburbios de París del año 2005?

– La causa profunda de esta revuelta popular es la enorme brecha que se ha abierto entre la mayoría de los ciudadanos franceses y las élites políticas, financieras o mediáticas que funcionan según sus propios intereses. Por un lado, lo que se denomina «Francia Periférica», y por el otro las grandes ciudades globalizadas e incorporadas a la ideología dominante, que es también, como siempre, la ideología de la clase dominante. Esto no tiene relación con los disturbios de los barrios periféricos o las típicas manifestaciones. El movimiento de los chalecos apareció por afuera de la línea divisoria derecha-izquierda, al margen de los sindicatos y de los partidos. Para encontrar precedentes, sería adecuado remontarse hasta la revolución de 1848 o a la de la Comuna de París de 1871.

3- Se habla mucho acerca de la identidad nacional. ¿Existe, es identificable? De ser así ¿cuáles serían los valores fundamentales de esa identidad en una época donde el unilateralismo cultural se impone con mucha fuerza y los medios de comunicación uniforman el mensaje?.

– La identidad nacional es una realidad indiscutible, pero compleja. Se asocia a elementos históricos, culturales y religiosos que produjeron una mentalidad y una sociabilidad específica, una forma particular de habitar el mundo. Para definirla es necesario tener en cuenta la gente, a la vez como «ethnos» y como «démos». En democracia ella implica también una frontera territorial, la cual permite distinguir entre ciudadanos y no-ciudadanos.

4- Hace años que en el campo de las ciencias políticas y sociales se ha devaluado el concepto de pueblo o colectivo social. La idea de la salvación por todos al parecer se ha hundido en el pantano de un pasado oprobioso. ¿Es así o perdura en repliegues insondables?

– Margaret Thatcher decía que «la sociedad no existe». Desde el punto de vista liberal, los pueblos, las culturas, las comunidades no existen como tales: son simples agregados de individuos deseosos de aumentar al máximo su mejor interés. La idea de finalidad de la existencia (telos) es ajena al liberalismo, tanto como la idea de bien común. Tal concepción es completamente contraria a la realidad: ninguna sociedad puede reducirse a una confrontación de intereses reglados por el contrato jurídico y el intercambio comercial.

5- La política de los derechos humanos es hoy una doctrina que abraza a todo occidente, ¿es esto bueno o malo a su buen entender? ¿Y cuáles han sido las razones de su generalización?

-La ideología de los derechos del hombre se convirtió en la nueva religión civil de nuestro tiempo. Ella se basa en la idea de derechos subjetivos: el derecho sería un atributo de la persona en tanto que ella es una persona. En la Antigüedad, por el contrario, el derecho era exterior a las personas: se definía como la igualdad en la relación. Actualmente, la invocación de «derechos humanos» contradictorios unos en comparación con otros, en continua evolución, tiene por efecto romper el vínculo social y menospreciar la política en relación a lo jurídico y lo moral.

6- En este marco de los derechos humanos, el surgimiento y valoración de minorías ¿altera el orden democrático o lo consolida? Y por otro lado ¿cómo se amalgama una sociedad donde los derechos son más importantes que las obligaciones?.

– Desde un punto de vista liberal, es lógico que los derechos precedan a los deberes, ya que no necesitan de la presencia de otros para existir. Las reivindicaciones de las minorías pueden ser legítimas, pero la dictadura de las minorías es peor aún que la dictadura de la mayoría.

7- Por algunos de sus escritos se entiende que occidente se halla en una crisis de transición: por un lado los expertos o élite gobernante y por otro la gente que desconfía o ya no cree en ellos. ¿Cómo se sale de este problema?

– En efecto, nosotros vivimos una época de transición. La ola de desconfianza generalizada, fruto de una crisis de representación, muestra que el tiempo de democracias liberales parlamentarias y representativas está a punto de terminar. Estas democracias liberales se han convertido en simples oligarquías financieras. Por todo el mundo, los viejos partidos tradicionales están en vía de desaparición. Una grieta vertical que opone el pueblo a las élites, está sustituyendo la separación horizontal izquierda-derecha que era el vector del antiguo sistema. La democracia «iliberal» orgánica y participativa, empieza a afirmarse. Estaremos completamente fuera del viejo mundo cuando este proceso sea logrado.

8- ¿Cree que el modelo político Chino u otros autoritarismos orientales están más cercanos a las necesidades de la gente?.

– No hay un modelo político universal. El modelo político chino es excelente si conviene a los chinos, pero eso no significa que convenga a los otros pueblos. A lo sumo, deberíamos señalar que este sistema indica el camino de una modernización sin occidentalización.

9- Es usted un crítico del liberalismo pues le atribuye, entre otras cosas, la sobrevaloración del individuo por sobre el conjunto social o nacional. ¿Qué le ha pasado al liberalismo que en su origen, y especialmente en Francia, fue el eje sobre el cual se constituyó la Nación, Luis XVI fue acusado de traidor a la Patria y no a la Revolución y el concepto de Fraternidad habla de unión entre hermanos?.

– El título de mi último libro es «Contra el liberalismo», lo que responde a su pregunta. En él analizo ampliamente los reproches que pueden hacerse a esta ideología derivada de la filosofía de las Luces. La Revolución francesa atribuyó a la nación las prerrogativas que anteriormente eran del rey, pero lejos está de haberse inspirado solo de autores liberales como Diderot o Condorcet. También ha sido marcada por la filosofía de Rousseau, que no es liberal, así como por el ejemplo de la Antigüedad romana. En cuanto a la fraternidad, sólo es posible sobre la base de un patrimonio común; debe haber un «padre» para que los hermanos puedan existir. Pero se trata también de una noción equivocada: la historia de la fraternidad comienza con el asesinato de Abel por su hermano Caín!.

10- En su libro «Comunismo y Nazismo» usted afirma que estas dos corrientes ideológicas son herencia del iluminismo, esto es el liberalismo. ¿Cuándo hace ésta observación en qué lugar del pensamiento filosófico se ubica?

– Sobre este punto, mi perspectiva se podría ubicar dentro de una corriente de pensamiento representada por autores tan diferentes como Pierre-Joseph Proudhon, Hannah Arendt, Ernst Jünger, George Orwell, Louis Dumont, Ivan Illich, Jean Baudrillard, Christofer Lasch, Jean-Claude Michéa.

11- ¿Cómo se encuentra hoy Europa y qué opina del crecimiento de «Vox» en Andalucía?.

– La Unión Europea se encuentra actualmente impotente y paralizada, porque ha elegido ser un gran mercado en vez de una gran potencia. Europa es, por esta razón, el teatro de un gran cambio, debido al empuje de partidos «populistas». No tengo información precisa sobre el movimiento «Vox». Sus recientes logros son un síntoma, entre otros, del cambio drástico que acabo de mencionar.

12- ¿Podría explicarnos por qué cuando Cataluña tomó la decisión de separarse de España, esto es ejercer la libertad de su autonomía, usted apoyó el separatismo que puso a España al borde de la quiebra como Estado Nacional?. ¿No hay en esta posición una contradicción en su habitual defensa de los Estados Nacionales?.

– De ninguna manera apoyé la decisión de Cataluña de separarse de España! Al contrario, pienso que no le conviene hacerlo. Pero creo que son los Catalanes quienes deben decidir por ellos mismos. Desde siempre defiendo la causa de los pueblos, lo que implica que ellos puedan, como pueblos que son, pronunciarse libremente. Esto vale tanto para los Catalanes como para los Argelinos, los Bretones, los Corsos, los Flamencos, etc. Por otra parte, yo no soy un defensor incondicional del modelo de Estado-nación, y mucho menos del jacobinismo. La aparición de naciones que puso fin al orden feudal, coincide con el surgimiento de la modernidad. A este modelo de Estado-nación, yo prefiero el modelo imperial o federal.

13- ¿Conoce usted que fue el peronismo?

– Qué pregunta! Por supuesto que conozco el peronismo y a la doctrina justicialista. Tengo una gran admiración por el ex presidente Perón y un afecto muy particular por la extraordinaria Evita.

14- ¿Tiene referencias sobre el canciller de Brasil designado por Jair Bolsonaro, Ernesto Araújo? ¿Qué opinión le merece el nombramiento y el triunfo impensado de un candidato imposible?

– La elección y el triunfo de «candidatos imposibles» constituyen otro síntoma de la vida política actual. Sobre el nuevo ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Ernesto Araújo, es por lo que se, un ultra-liberal vinculado a los intereses de los agro-negocios (la bancada ruralista) al igual que su colega de Agricultura, Tereza Cristina. El hombre fuerte del gobierno de Bolsonaro, Paulo Guedes, es también un ultra-liberal formado en la escuela de Chicago.

15- El Papa Francisco tiene un discurso que al parecer choca con la tradicional
visión liberal de la historia. Es un crítico de lo que denomina capitalismo salvaje que deja a gente fuera del sistema y al mismo tiempo dice que el dinero es estiércol del demonio. ¿Qué opinión le merece este cambio en la cima de la
Iglesia?.

– Aprecio el discurso del Papa Francisco cuando critica de manera virulenta el
capitalismo liberal y a la injusticia social. Me gusta menos cuando defiende la
inmigración masiva en los países europeos.

El ejercicio del poder

Por Bhaskar Sunkara

Para la década de 1930, los socialistas franceses ya habían perdido buena parte de su base en la clase obrera industrial a causa de la escisión comunista. El partido parecía encaminarse a una vía reformista al socialismo, pero expresaba todavía sus metas en términos explícitamente marxistas.

Al reconstruir la infraestructura del Partido Socialista (SFIO, [Sección Francesa de la Interncional Obrera]) a lo largo de los años 20, su líder, Léon Blum, se enfrentó a la cuestión de por qué y en qué condiciones entraría un socialista en el gobierno. Distinguía entre el “ejercicio del poder” (llegar al gobierno para preparar las labores preliminares del socialismo) y la “conquista del poder” (el desmantelamiento real del capitalismo). Al final, Blum se decidió por la “ocupación del poder”, para dejarlo fuera del alcance de los fascistas.

Cuando el radical judío Blum se alzó al poder en 1936, el político antisemita Xavier Vallat elevó sus quejas: “Por vez primera, esta antigua tierra galo-romana la gobernará un judío”. Justo antes de convertirse en primer ministro, una multitud derechista sacó a Blum de su coche y le golpeó casi hasta matarlo. Una fotografía suya, completamente vendado e hinchado, apareció en la portada de la revista Time el 9 de marzo de 1936.

Con el nazismo en ascenso en Europa, en esos tiempos obscuros la “ocupación del poder” parecía un objetivo bastante noble para la coalición del Frente Popular. Ocupemos ahora el poder, y aunque no podamos conseguir las reformas que queremos, podemos impedir que la derecha socave las condiciones necesarias para una futura conquista del ejercicio del poder.

Pero sucedió algo inesperado cuando el gobierno de Blum tomó posesión: se desataron las ambiciones de la gente trabajadora. No contentos con una resonante victoria electoral de los partidos del Frente Popular, los trabajadores se declararon en huelga, ocupando fábricas y paralizando la producción.

Marceau Pivert, líder de la izquierda radical de la SFIO, proclamó que “todo es posible” en el nuevo entorno. Los dirigentes empresariales pidieron a Blum que restaurarse el orden. El resultado fue una serie de reformas, los Acuerdos de Matignon, que otorgaban a los trabajadores el derecho legal a la huelga, les facilitaban formar sindicatos y ofrecían grandes aumentos salariales. Consiguieron también seguros de desempleo y dos semanas de vacaciones pagadas. Exhaustos pero alborozados, hubo millones que acudieron en masa al campo y al mar por primera vez ese verano. La dignidad que estas reformas permitieron a los trabajadores resultaba innegable. Aunque fueran producto de la rebelión de las bases, no del programa de Blum, no se podrían haber podido aplicar sin el Frente Popular en el poder.

Por supuesto, el dilema de la socialdemocracia pronto se hizo evidente: el capitalismo no es una fortaleza que pueda rodearse y tomarse por asalto baluarte tras baluarte. Es un blanco móvil y dinámico. Resulta difícil mantener movilizados a los trabajadores una vez que se han logrado avances, y el capital tiene el poder estructural de minar esos avances.

Tal como escribiría Léon Blum en Tribune poco antes de morir: “Acaso no haya tarea más difícil que la de un gobierno que trabaja en el marco de una sociedad capitalista y carece tanto del poder como del mandato de transformarlo completamente de un golpe”.

Los incrementos de mayo y junio desencadenaron una contraofensiva empresarial en torno a la aplicación de las reformas. Ante una creciente inestabilidad política, los socios de clase media de la coalición de Blum abandonaron la lucha. El líder no tenía el apoyo ni la resolución para perseguir medidas más radicales. A Blum lo echaron del poder en poco más de un año.

Conociendo la historia, ¿por qué se interesa la izquierda socialista de los Estados Unidos por Bernie Sanders? Sus metas son socialdemócratas, a diferencia del socialismo reformista de Blum. Su elección no la saludaría ninguna ola comparable de militancia de clase trabajadora. Y su campaña no gozará del apoyo de una coalición de partidos radicales: ni siquiera disponemos de un solo partido que represente los intereses de los trabajadores.

Pese a toda su resiliencia, las desigualdades del capitalismo todavía provocan resistencia. Miles de millones de personas se resienten de las injustas opciones que se les ofrecen. Pero en los Estados Unidos de hoy, carecemos de los tres ingredientes necesarios para casi cualquier avance socialista de los últimos 150 años: partidos de masas, una base activista y una clase trabajadora movilizada.

Sencillamente,  pese al prometedor revivir de las ideas socialistas, pese al reciente crecimiento de los Democratic Socialists of America, pese a la popularidad de dirigentes de izquierdas como Alexandria Ocasio-Cortez, nos encontramos en un estado de debilidad sin precedentes. Pero no podemos esperar a que aparezcan de la nada  movimientos en la calle. Tenemos que disputar las elecciones, tenemos que utilizar la oportunidad de comunicar nuestro mensaje a millones de personas. Más que eso, tenemos que ganar en realidad estas elecciones y “ejercer el poder” hoy, poniendo las bases para más cambios radicales en el futuro, a la vez que privamos a la derecha de su fuerza.

Necesitamos, dicho de otro modo, una presidencia de Bernie Sanders. Sanders aboga por exigencias socialdemócratas. Pero representan algo bastante distinto de la moderna socialdemocracia. Donde la socialdemocracia de la postguerra se transformó en herramienta para suprimir el conflicto de clase a favor de arreglos tripartitos entre empresa, trabajo y Estado, Sanders anima a una renovación del antagonismo de clase y los movimientos de abajo.

Para Sanders, el camino de la reforma discurre a través del enfrentamiento con las élites. En lugar de hablar de toda una nación que lucha junta para que se recupere la economía norteamericana y se comparta la prosperidad, y en vez de tratar de negociar un acuerdo mejor con dirigentes empresariales, de lo que se trata en el movimiento de Sanders es de crear una “revolución política” para sacarles lo que es legítimamente nuestro a  “millonarios y multimillonarios”. Su programa conduce a una polarización siguiendo líneas de clase; desde luego, apela a ello.

Sanders se formó como estudiante en la Joven Liga Socialista [Young People’s Socialist League] y gracias a la organización de sindicatos y derechos civiles. Su visión del mundo se formó gracias a este trasfondo inusual. No representa una alternativa moderada a exigencias socialistas más militantes, sino una alternativa radical a un decrépito centro liberal.

Hablando en un lenguaje comprensible (gracias a Dios, no invoca la secular terminología del socialismo europeo que invoco yo) y conectando con las necesidades y el enfado de la gente, bien puede ser que Sanders prevalezca en las venideras elecciones de 2020. Pero, ¿qué hará entonces?

Este número [de la revista Jacobin] trata de enfrentarse a esa pregunta, y al hecho de que la “socialdemocracia de lucha de clases” de Sanders resulta extraordinariamente difícil de sacar adelante. Los candidatos se enfrentan tanto a incentivos para llegar a compromisos como a una presión estructural: administrar un Estado capitalista requiere mantener la confianza del mundo de los negocios y los beneficios empresariales.

Nuestra solución es vaga, pero entraña crear cierta presión por nuestra parte. Las protestas en la calle y las huelgas pueden disciplinar a los candidatos descarriados que no sigan un orden del día redistributivo y obligue a las empresas a hacer concesiones a los reformadores una vez se les elija. Los cargos electos pueden asimismo impulsar medidas que faciliten ejecutar estas acciones.

A primera vista, la pregunta nos remite a Bernie Sanders. Pero en realidad tiene que ver con ustedes, y con el poder latente de los trabajadores para llevar el cambio a cabo.

es director de la revista norteamericana ‘Jacobin’.

Fuente:

Jacobin

Las perspectivas demográficas del capitalismo

Por Michael Roberts

Hay una característica sobresaliente de la estadística del capitalismo del siglo XXI. El capitalismo es cada vez más incapaz de desarrollar lo que Marx llamó las “fuerzas productivas” (es decir, la tecnología y la fuerza de trabajo necesarias para expandir la producción de cosas y servicios que necesita o desea la sociedad humana). Si se mide por el producto nacional bruto en todas las economías del mundo (o per capita), al capitalismo mundial le cuesta cada vez más expandirse.

Cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista hace 170 años, proclamaron el poder productivo desencadenado por la explotación capitalista de la fuerza de trabajo, con la utilización cada vez mayor de medios de producción (máquinas, tecnología, etc.) para reemplazar el trabajo humano, al tiempo que ampliaba sus tentáculos a todas las partes del globo. De hecho, el rapaz impulso por el beneficio ha llevado a una destrucción incontrolada de la naturaleza y de los recursos de la tierra que ha contaminado el planeta. Y ahora, la producción de combustibles fósiles ha provocado un calentamiento global cada vez más irreversible que está cambiando el clima de la tierra, provocando un clima extremo y desastres.

El año pasado el PIB mundial de las 195 naciones del mundo alcanzó el récord de $ 85 billones. Sorprendentemente, las tres cuartas partes correspondieron a sólo 14 economías – los pocos afortunados con un PIB per capita de más de $ 1 billón.

La población mundial también alcanzó un récord el año pasado de 7.600 millones de personas. Eso es el doble en menos de medio siglo. La población en edad de trabajar (PET) ha llegado a los 5 mil millones, pero principalmente fuera de las 12 principales economías (es decir, el G14 menos India y Brasil).

En las principales economías capitalistas, la producción se está expandiendo mucho más lentamente que antes. Como Alan Freeman ha mostrado en un artículo reciente, “el crecimiento económico del Norte industrial ha caído de forma continua, con interrupciones breves y limitadas, por lo menos desde la década de 1960. La tendencia es extremadamente fuerte e incluye a todas las grandes economías del Norte sin excepción.”  The_sixty-year_downward_trend_of_economi (1)

Como concluye Freeman: “nos enfrentamos, no sólo a una disminución de la tasa de crecimiento del PIB de un país (por ejemplo, los Estados Unidos, cuyo declive ha sido estudiado más exhaustivamente), sino de todo un grupo – los países avanzados o industrializados – cuyas tasas de crecimiento siguen la misma tendencia y de hecho, han convergido. La tendencia observada es muy probable, por lo tanto, que sea sistémica – se explica por la estructura de la economía mundial en su conjunto- y no es la consecuencia de los problemas o oscilaciones de un país en particular”.

El capitalismo no está cumpliendo con su única justificación: expandir las fuerzas productivas. Se agota. Junto a ello, la desigualdad de la riqueza y los ingresos en las principales economías es cada vez mayor, los niveles de pobreza y la brecha entre países ricos y pobres y entre la gente es cada vez mayor. Y la naturaleza y el clima están gravemente afectados.

El crecimiento económico depende de dos factores: 1) el tamaño de la mano de obra empleada y 2) la productividad de esa fuerza de trabajo. En el primer factor, hay una decadencia demográfica. Las economías capitalistas avanzadas se están quedando sin fuerza de trabajo humana. En cuanto al segundo factor, el crecimiento de la productividad de la mano de obra empleada se está desacelerando.

Por primera vez desde la aparición del capitalismo como modo de producción dominante a nivel mundial, las mayores economías del G12 vieron su población en edad de trabajar (PET) en declive. Y este descenso se acelerará, según las previsiones del Departamento de Población de las Naciones Unidas.

De las 14 economías con $ 1 billón o más de PIB, sólo hay dos – India y Brasil – donde la población en edad de trabajar crecerá en la próxima generación. Las otras 12 experimentarán una disminución de su fuerza de trabajo. Es posible que el aumento de la inmigración procedente de las regiones más pobladas pudieran permitir a los EE.UU., el Reino Unido, Canadá y Australia expandir su fuerza de trabajo por un tiempo – aunque los gobiernos de todos estos países quieren reducir la inmigración. En Japón, Alemania e Italia, la inmigración incluso no detendría la caída. En Corea del Sur, Alemania e Italia, sin inmigración, la fuerza de trabajo se reducirá en un 1% anualmente durante los próximos diez años. Por lo tanto, en igualdad de condiciones, es un 1% anual de crecimiento potencial del PIB.

Como resultado, las principales economías capitalistas tendrán una fuerza de trabajo envejecida y una población dependiente que no trabaja cada vez más importante. Actualmente, en las principales economías, las personas en edad de trabajar (15-64 años) por lo general representan el 65% de la población total.

El rápido envejecimiento de la población de Japón, sin embargo, muestra el futuro. Para el año 2030, la proporción de PET/población total disminuirá en todas partes. En aquellos países que no puedan “importar” personas en edad de trabajar cualificados disminuirá rápidamente.

Además está la productividad de esa fuerza de trabajo en declive. Si el crecimiento de la productividad pudiera acelerarse, podría compensar la contracción de la fuerza de trabajo y así sostener el crecimiento del PIB real. Pero el crecimiento de la productividad mundial se está desacelerando.

Durante los últimos 40 años y especialmente en los últimos 15 años, ha habido una desaceleración generalizada de la producción por hora trabajada en las principales economías. Para el G11 (sin China), la tasa tendencial actual es de sólo un 0,7% anual.

La tasa de productividad de Rusia está cayendo, mientras que la de Italia y el Reino Unido apenas se mueven.

Si sumamos el crecimiento potencial de la fuerza de trabajo y el crecimiento de la productividad de la mano de obra, podemos obtener un pronóstico del potencial de crecimiento del PIB real durante los próximos diez años. Y, hay que recordar, esto supone que no haya nuevas caídas en la inversión, el empleo y la producción como consecuencia de una crisis de producción capitalista.

Sin la inmigración neta, el PIB real en el bloque del G11 crecerá menos de un 1% al año, con Australia un poco mejor con el 0,9% anual, mientras que Rusia e Italia podrían sufrir una reducción anual de proporciones similares. Con la inmigración, el potencial de crecimiento anual de Australia podría llegar a las alturas embriagadoras del 1,7% anual, pero todo el resto del mundo tendría una tasa de crecimiento de -1. Aun permitiendo alguna inmigración cualificada de fuera, es poco probable que el crecimiento del PIB real para el G11 en su conjunto fuese superior al 0,5% anual.

Pero ¿por qué cae el crecimiento de la productividad en las principales economías? El rompecabezas de la productividad ha sido objeto de debate desde hace tiempo por parte de los economistas convencionales. Por un lado esta la explicación keynesiana del ‘tirón de la demanda’, según la cual el capitalismo está en estancamiento secular debido a una falta de demanda efectiva que aliente a los capitalistas a invertir en tecnologías que mejoren la productividad. Por otro está el argumento desde la oferta de que no hay disponibles suficientes tecnologías eficaces que mejoren la productividad  en las que invertir: la época de oro de la computadora, internet, etc., ha terminado y no hay nada nuevo que tenga el mismo impacto.

Pero también hay otra explicación muy sencilla.  La evidencia muestra que el crecimiento de la productividad se debe principalmente a la inversión de capital, que sustituye el trabajo con máquinas. Las máquinas impulsan la producción de cada trabajador que usa la tecnología y también reduce el número de trabajadores necesarios. Hay tres factores que explican el crecimiento de la productividad , la cantidad de trabajo empleado, la cantidad invertida en maquinaria y tecnología y el factor X de la calidad y la habilidad innovadora de la fuerza de trabajo. La contabilidad del crecimiento habitual llama a este último factor la ‘productividad total de los factores’ (PTF), y la mide como la contribución desconocida al crecimiento de la productividad más allá del capital invertido y el empleó de mano de obra.

En el caso de los EEUU, los tres factores estaban en su punto más álgido en la década ‘hi-tech’ de los 1990, pero en la década del 2000, la contribución de la inversión de capital y de la mano de obra empleada cayeron y desde la Gran Recesión y la subsiguiente Largo Depresión, los tres factores han disminuido.

Parte de la disminución de la inversión en capital y trabajo en Estados Unidos se puede atribuir a la creciente globalización, ya que las empresas estadounidenses deslocalizaron al extranjero sus fábricas y actividades. Pero la inversión en relación al PIB ha disminuido en todas las grandes economías y desde 2007 (con la excepción de China).

En 1980, tanto en las economías capitalistas avanzadas como en las ‘emergentes’ (sin China) hubo tasas de inversión en torno al 25% del PIB. Ahora las tasas promedio oscilan alrededor del 22%, una disminución de más del 10%. La tasa cayó por debajo del 20% para las economías avanzadas durante la Gran Recesión.

De hecho, el crecimiento de la productividad también se está desacelerando en las llamadas economías emergentes como China, Brasil e India.

¿Por qué la inversión en nuevas tecnologías es tan débil y por lo tanto incapaz de restaurar el crecimiento de la productividad? La razón principal de la baja inversión en las economías capitalistas es que los capitalistas no creen que es rentable invertir en nuevas tecnologías para reemplazar a la mano de obra. De hecho, en el período posterior a la Gran Recesión, en muchas de las principales economías, como los EEUU, el Reino Unido, Japón y en Europa, las empresas han preferido mantener su fuerza de trabajo y contratar nuevos trabajadores con contratos más ‘precarios’, con menos derechos no salariales, a tiempo parcial o temporales. Lo que implica tasas oficiales de desempleo muy bajas, junto con tasas de inversión pequeñas. Así, el crecimiento de la productividad es débil y en general el crecimiento del PIB real está por debajo de la media.

La manera de restaurar el crecimiento de la productividad y que las economías crezcan a un ritmo que pueda satisfacer las demandas de la gente de una vivienda digna, educación, sanidad y energías renovables es impulsar la inversión en nuevas tecnologías y en formación laboral para ellas y distribuir las ganancias a todos. Pero aquí radica la contradicción de la producción capitalista. Es una producción para el beneficio no la satisfacción de necesidades. Y el aumento de la inversión en tecnología que sustituye el trabajo que crea valor conduce a una tendencia decreciente de la rentabilidad. La necesidad de ampliar y desarrollar las fuerzas productivas entra en conflicto con la acumulación capitalista. Y resolver esa contradicción a través de crisis que eleven la rentabilidad o mediante el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo mundial es cada vez más difícil.

La tasa mundial de beneficio – la media de las 14 economías principales (beneficios como % de los activos fijos)

La fuerza de trabajo mundial disponible para ser explotada no está creciendo tan rápido, y aunque todavía hay reservas de mano de obra en África (por ejemplo, Nigeria, etc.) y en Asia, en las economías capitalistas desarrolladas la fuerza de trabajo seguirá reduciéndose. Pero el crecimiento de la productividad a través de una mayor inversión en tecnología no puede compensar si la rentabilidad sigue decreciendo tendencialmente.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/03/08/demographic-demise/

Traducción:G. Buster / sinpermiso.info

El ascenso de China a potencia mundial

Entrevista a Au Loong Yu, activista e investigador

Por Ashely Smith

El rápido ascenso de China como nuevo centro de acumulación de capital le ha llevado a entrar en conflicto creciente con EE UU. Ashley Smith, de International Socialist Review, ha entrevistado al activista y estudioso Au Loong Yu sobre la naturaleza de la transformación de China en una nueva potencia imperial y su impacto en el sistema mundial.

*

Uno de los fenómenos más importantes ocurridos en el sistema mundial en las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nueva potencia global. ¿Cómo ha sucedido esto?

El ascenso de China es el resultado de una combinación de factores desde que optó por producir dentro del capitalismo mundial en los años ochenta. En primer lugar, en contraste con el bloque soviético, China encontró una manera de sacar provecho –en un irónico giro de la historia– de su legado colonial. Gran Bretaña controlaba Hong Kong hasta 1997, Portugal controlaba Macao hasta 1999 y EE UU sigue usando a Taiwán como protectorado.

Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía mundial incluso antes de su pleno ingreso en el sistema mundial. En la era de Mao, Hong Kong proporcionaba aproximadamente un tercio de las divisas extranjeras de China. Sin Hong Kong, China no habría podido importar tanta tecnología. Después del final de la guerra fría, durante el gobierno de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng utilizó Hong Kong para obtener aún más acceso a divisas extranjeras a fin de importar todo tipo de cosas, incluida la alta tecnología, y aprovechar su mano de obra cualificada, como los profesionales de la gestión empresarial.

China utilizó Macao por primera vez como un lugar ideal para el contrabando de mercancías hacia China continental, aprovechando la notoria relación laxa de la isla con la legalidad. Y luego China usó la Casino City como una plataforma ideal para la importación y exportación de capitales. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que lo más importante a largo plazo fue su transferencia de tecnología, en primer lugar en la industria de semiconductores. Los inversionistas de Hong Kong y Taiwán también fueron una de las razones fundamentales del rápido crecimiento de las provincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guangdong.

En segundo lugar, China poseía lo que el revolucionario ruso León Trotsky llamó el “privilegio del atraso histórico”. El Partido Comunista de Mao se aprovechó del pasado precapitalista del país. Heredó un Estado absolutista fuerte que él actualizaría y usaría para su proyecto de desarrollo económico nacional. También se aprovechó de un campesinado precapitalista atomizado, que se había acostumbrado al absolutismo durante dos mil años, para exprimir su trabajo en aras a la llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, a partir de la década de 1980, el Estado chino reclutó esta fuerza de trabajo del campo y la trasladó a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en las zonas de producción para la exportación. Hicieron que casi 300 millones de migrantes rurales trabajaran como esclavos en fábricas en pésimas condiciones. Por lo tanto, el atraso del Estado absolutista de China y las relaciones de clase ofrecieron a la clase dirigente china ventajas para desarrollar tanto el capitalismo estatal como el privado.

El atraso de China también le permitió saltar etapas de desarrollo al reemplazar los medios y métodos de desarrollo arcaicos por otros capitalistas más avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción por parte de China de alta tecnología en las telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas más avanzadas, comenzando primero con el uso de líneas telefónicas para la comunicación en línea, instaló cables de fibra óptica en todo el país casi de una tacada.

La dirección china estaba muy interesada en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, quería asegurarse de que el país no fuera invadido y colonizado como lo había sido cien años antes. Por otro lado, por razones ofensivas, el Partido Comunista quiere recuperar su condición de gran potencia, reanudando su llamada dinastía celestial. A resultas de todos estos factores, China ha logrado una modernización capitalista que en otros países llevó todo un siglo.

China es ahora la segunda economía más grande del mundo. Pero es un proceso contradictorio: por un lado, muchas multinacionales son responsables de su crecimiento, ya sea directamente o a través de la subcontratación de empresas taiwanesas y chinas, y por otro, China está desarrollando rápidamente sus propias industrias como campeonas nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y debilidades?

En mi libro China’s Rise (El ascenso de China) sostengo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Uno es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero en los últimos treinta años, inicialmente en industrias que requieren mucha mano de obra y, más recientemente, en industrias intensivas en capital. Esto impulsó el desarrollo de China, pero la mantuvo en la parte inferior de la cadena de valor global, incluso en alta tecnología, como la fábrica del mundo. El capital chino recauda la parte más pequeña del beneficio, la mayor parte del cual se va a EE UU, Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todos los componentes, que en su mayoría se diseñan y fabrican fuera del país.

Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el principio, el Estado ha dirigido muy conscientemente la economía, financiando la investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, que ahora representa más del 50 % del PIB. En las cúpulas dirigentes de la economía, el Estado mantiene el control a través de empresas estatales. Y recurre sistemáticamente a la ingeniería inversa para copiar la tecnología occidental a fin de desarrollar sus propias industrias.

China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo por la extensión de su territorio, sino también por su población. Desde la década de 1990, ha podido practicar la división del trabajo en tres partes del país. Guangdong tiene una zona de producción para la exportación, intensiva en mano de obra. El delta de Zhejiang también está orientado a la exportación, pero es mucho más intensivo en capital. Alrededor de Pekín se ha desarrollado una industria de alta tecnología, comunicaciones y aeronáutica. Esta diversificación forma parte de la estrategia consciente del Estado para desarrollarse como potencia económica.

Al mismo tiempo, China también tiene sus puntos débiles. Si nos fijamos en su PIB, es la segunda economía más grande del mundo. Pero si se mide el PIB per cápita, sigue siendo un país de renta media. Incluso vemos debilidades en sectores en los que está alcanzando a las potencias capitalistas avanzadas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, que ahora es una marca mundial, no lo desarrollaron únicamente los propios científicos chinos, sino, sobre todo, 400 científicos japoneses contratados por la empresa. Esto demuestra que China dependía y sigue dependiendo en gran medida de los recursos humanos extranjeros para la investigación y desarrollo.

Otro ejemplo de debilidad se reveló cuando la empresa china de telecomunicaciones ZTE fue acusada por el gobierno de Trump de violar sus sanciones comerciales contra Irán y Corea del Norte. Trump impuso una prohibición comercial a la compañía, negándole el acceso a programas y componentes de alta tecnología diseñados en EE UU, amenazando a la compañía con el colapso de la noche a la mañana. Xi y Trump llegaron finalmente a un acuerdo para salvar la empresa, pero la crisis que sufrió ZTE demuestra que el desarrollo dependiente de China sigue siendo un problema real.

Este es el problema que China está tratando de superar. Pero incluso en alta tecnología, donde su intención es ponerse al día, su tecnología de semiconductores se halla dos o tres generaciones por detrás de la de EE UU. Está tratando de superar este retraso con un aumento espectacular de la inversión en investigación y desarrollo, pero si observamos detenidamente el gran número de patentes chinas, en su mayoría aún no corresponden a la alta tecnología, sino a otros sectores. Por lo tanto, China todavía sufre de debilidad tecnológica indígena. Donde está reduciendo distancias muy rápidamente es en inteligencia artificial, y esta es un área que a EE UU le preocupa mucho, no solo en términos de competencia económica, sino también militar, donde la inteligencia artificial desempeña un papel cada vez más central.

Encima de estas debilidades económicas, China tiene puntos débiles políticos. China no tiene un sistema de gobierno que garantice la sucesión pacífica del poder de un gobernante a otro. Deng Xiaoping había establecido un sistema de limitación de mandatos de la dirección colectiva que comenzó a resolver este problema sucesorio. Xi ha abolido este sistema y ha restablecido la regla de la autocracia sin limitación de mandatos. Esto podría dar pie a más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizando el régimen y comprometiendo potencialmente su ascenso económico.

Xi ha cambiado radicalmente de estrategia de China dentro del sistema mundial, prescindiendo del enfoque prudente defendido por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué procede Xi de esta manera y cuál es su programa para afirmar a China como gran potencia?

Lo primero que hay que entender es la tensión existente en el seno del Partido Comunista Chino (PCC) en torno a su proyecto en el mundo. El PCC es una gran contradicción. Por un lado, es una fuerza favorable a la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un componente muy fuerte de la cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de los conflictos entre camarillas dentro del régimen.

A principios de la década de 1990 hubo un debate en la cúpula de la burocracia sobre qué camarilla de gobernantes debería tener el poder. Una de ellas es la que llaman los de sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el Estado después de 1949: la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi llegó al poder, la prensa habla del regreso a “nuestra sangre”, lo que significa que la sangre de la antigua dirección se ha reencarnado en la segunda generación.

La otra camarilla es la de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron dirigentes revolucionarios. Eran intelectuales o personas que culminaron una buena educación y que ascendieron en la jerarquía. Por lo general, su ascenso pasa a través de la Liga de Jóvenes Comunistas. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado repetida y públicamente a la Liga en los últimos años. El conflicto entre los nobles de sangre azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos camarillas han estado en tensión durante dos mil años de absolutismo y gobierno burocrático.

Entre los mandarines hay algunos que provienen de orígenes más humildes –como Wen Jiabao, que gobernó China de 2003 a 2013– y que son un poco más liberales. Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de la democracia representativa de Occidente, argumentando que ideas occidentales como los derechos humanos encerraban algún tipo de universalidad. Por supuesto, esto tenía sobre todo un carácter retórico, pero es muy diferente de Xi, que trata la democracia y los llamados valores occidentales con desprecio. Acabó ganando en esta lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul gobernarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del Estado en el país, convertir China en una gran potencia en el extranjero y afirmar su poder en el mundo, a veces desafiando a EE UU.

Sin embargo, después de la crisis de ZTE, Xi llevó a cabo cierta retirada táctica porque esa crisis expuso las debilidades persistentes de China y el peligro de presentarse demasiado pronto como una gran potencia. De hecho, hubo un alud de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, que había argumentado que China ya era un rival económico y militar de EE UU y que, por lo tanto, podía desafiar a Washington por el liderazgo en el mundo. ZTE demostró que simplemente no es cierto que China esté al mismo nivel que EE UU. Desde entonces, muchos liberales salieron a criticar a Hu. A otro erudito liberal conocido, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron vetados el año pasado, se le permitió publicar oficialmente su discurso en línea.

Por entonces ya había un encendido debate entre los expertos en diplomacia. Los partidarios de la línea dura abogaban por una posición más dura en relación con EE UU. Los liberales, sin embargo, argumentaron que el orden internacional es un templo y que mientras pueda acomodar el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir este templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Esta ala diplomática fue marginada cuando Xi optó por apoyar la línea dura, pero recientemente vuelve a escucharse su voz. Desde el conflicto en torno a ZTE y la guerra comercial, Xi ha hecho algunos ajustes tácticos y se ha distanciado un poco de su anterior declaración descarada sobre la condición de gran potencia de China.

¿Hasta qué punto se trata de una retirada temporal? Asimismo, ¿cómo encajan los proyectos China 2025 y Nueva Ruta de la Seda en la perspectiva a más largo plazo de Xi de alcanzar la condición de gran potencia?

Permíteme decir claramente que Xi es un sangre azul reaccionario. Él y el resto de su camarilla están decididos a restaurar la hegemonía del pasado imperial de China y reconstruir la llamada dinastía celestial. El Estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial para justificar su proyecto de convertirse en una gran potencia. No renunciarán fácilmente a su estrategia a largo plazo.

La camarilla de Xi también es consciente de que, antes de que China pueda alcanzar su ambición imperial, tiene que eliminar su legado colonial, es decir, apoderarse de Taiwán y cumplir primero la tarea histórica del PCC de la unificación nacional. Pero esto le enfrentará necesariamente a EE UU, tarde o temprano. Por lo tanto, el problema de Taiwán contiene al mismo tiempo la dimensión de autodefensa de China (incluso EE UU reconoce que Taiwán es parte de China) y una rivalidad interimperialista. Para unificarse con Taiwán, por no hablar de una ambición global, Pekín tiene que superar primero las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.

Ahí es donde entran en juego los proyectos China 2025 y Nueva Ruta de la Seda. A través de China 2025 pretenden desarrollar su capacidad tecnológica independiente y ascender en la cadena de valor global. Quieren usar la Nueva Ruta de la Seda para construir infraestructuras en toda Eurasia en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debemos dejar claro que la Nueva Ruta de la Seda también es un síntoma de los problemas de sobreproducción y sobrecapacidad de China. Están utilizándola para absorber todo este excedente de capacidad. Pero de todos modos, ambos proyectos son centrales en el proyecto imperialista chino.

Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender el ascenso de China. Algunos han argumentado que es un modelo y un aliado para el desarrollo del tercer mundo. Otros ven a China como un Estado subordinado dentro de un imperio informal estadounidense que gobierna el capitalismo neoliberal mundial. Otros lo ven como un poder imperial en ascenso. ¿Cuál es tu punto de vista?

China no puede ser un modelo para los países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy singulares que he mencionado antes y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China forma parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando vemos que da un paso al frente y dice que está dispuesta a reemplazar a EE UU como guardiana de la globalización del libre comercio.

Pero decir que China forma parte del capitalismo neoliberal no refleja el cuadro completo. China es una potencia singular de capitalismo de Estado y expansionista que no está dispuesta a ser un socio de segunda clase de EE UU. Forma parte, por lo tanto, del neoliberalismo global y es también una potencia capitalista de Estado que ocupa un lugar propio. Esta combinación peculiar significa que se beneficia del orden neoliberal y al mismo tiempo representa un desafío para él y para el Estado norteamericano que lo supervisa.

Irónicamente, el capital occidental es responsable de esta situación. Sus Estados y sus capitales entendieron demasiado tarde el desafío que suponía China. Afluyeron masivamente para invertir en el sector privado o en empresas conjuntas con las empresas estatales chinas. Pero no se dieron cuenta del todo de que el Estado chino siempre está detrás de empresas aparentemente privadas. En China, incluso si una empresa es realmente privada, debe rendirse a las exigencias que le impone el Estado.

El Estado chino ha utilizado esta inversión privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar a desafiar al capital estadounidense, japonés y europeo. Por lo tanto, es ingenuo acusar al Estado chino y al capital privado de robar propiedad intelectual. Eso es lo que planeaban hacer desde el principio. De este modo, los Estados capitalistas avanzados y las empresas multinacionales facilitaron la aparición de China como una potencia imperial en ascenso. Su peculiar naturaleza capitalista de Estado hace que sea particularmente agresiva y trate de reducir distancias y desafiar a las potencias que invirtieron en ella.

En EE UU, ambos partidos capitalistas están cada vez más de acuerdo en que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto EE UU como China están agitando el nacionalismo contra el adversario. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE UU y China?

Hace algunos años, muchos comentaristas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o enfrentarse a ella. Lo llamaron una lucha entre “acariciadores de pandas contra cazadores de dragones”. Hoy, los cazadores de dragones ocupan el sillón del piloto de la diplomacia estadounidense. Es cierto que existe un consenso creciente entre Demócratas y Republicanos en contra de China. Incluso destacados liberales estadounidenses atacan a China en estos días. Pero antes que nada, muchos de estos políticos liberales tienen la culpa de que se haya llegado a esta situación. Recuerda que después de la masacre de Tiananmen en 1989, políticos liberales como Bill Clinton en EE UU y Tony Blair en Gran Bretaña perdonaron al Partido Comunista Chino, restablecieron las relaciones comerciales y alentaron inversiones masivas en el país.

Por supuesto, se trataba de llenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que obtuvieron grandes beneficios gracias a la explotación de la mano de obra barata en las fábricas chinas. Pero también creyeron de veras, aunque ingenuamente, que una mayor inversión llevaría a China a aceptar la condición de Estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal mundial, y que se democratizaría a imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el ascenso de China como rival.

Los dos bandos de acariciadores de pandas y cazadores de dragones también cuentan con sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales en el ámbitgo de la política exterior. Además, las tres escuelas tienen sus propios acariciadores de pandas y cazadores de dragones, que también podrían llamarse optimistas y pesimistas. Dentro del campo optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras que los internacionalistas liberales pensaban que el comercio democratizaría a China, en cambio, los realistas creían que por mucho que China tuviera sus propias ambiciones estatales para desafiar a EE UU, todavía era demasiado débil para hacerlo. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que las relaciones internacionales son el resultado de ideas y valores y de la interacción social, y al igual que los liberales, opinan que la participación económica y social transformaría a China.

En el pasado, la mayoría de la clase política estadounidense profesaba la visión de los liberales optimistas. Los liberales estaban cegados por su creencia de que el comercio podría convertir a China en un país democrático. El ascenso de China ha hecho que todas las visiones optimistas entraran en crisis debido a que sus predicciones han resultado ser erróneas. China se ha convertido en una potencia creciente que ha comenzado a reducir distancias y desafiar a EE UU.

Ahora es el bando pesimista de estas tres escuelas el que está ganando terreno. Los liberales pesimistas creen ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los realistas pesimistas creen que China se está fortaleciendo rápidamente y que nunca aceptará un compromiso con respecto a Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es inflexible con sus propios valores y se negará a cambiar.

Sin embargo, si bien la escuela pesimista ha demostrado que tenía razón, también adolece de una gran debilidad: asume que la hegemonía de EE UU está justificada y es correcta, no se da cuenta del hecho de que EE UU es en realidad cómplice del gobierno autoritario de China y su régimen de explotación y, por supuesto, nunca analiza cómo la colaboración y rivalidad entre EE UU y China ocurren dentro de una forma profundamente contradictoria y volátil del capitalismo mundial y, en relación con esto, dentro de todo un conjunto de relaciones de clase globales. Esto no debería sorprendernos; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.

China está siguiendo una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del PCC, de su aspiración a convertirse en una gran potencia y sus demandas en el mar del Sur de China. Pero no creo que sea correcto pensar que China y EE UU se hallan en el mismo plano. China es un caso especial en este momento; su ascenso tiene dos caras. Una es lo que tienen en común ambos países: son capitalistas e imperialistas.

La otra cara es que China es el primer país imperialista que previamente había sido un país semicolonial. Eso es muy diferente de EE UU o cualquier otro país imperialista. Conviene tener esto en cuenta en nuestro análisis para comprender cómo funciona China en el mundo. Para China siempre existen dos niveles de cuestiones. Uno de ellos es la legítima defensa de un antiguo país colonial según el Derecho internacional. No debemos olvidar que en los años noventa unos aviones de combate estadounidenses sobrevolaron la frontera meridional del país y se estrellaron contra un avión chino, matando a su piloto. Este tipo de sucesos recuerdan lógicamente a los chinos su doloroso pasado colonial.

Hasta hace poco, el Reino Unido controlaba Hong Kong, y el capital internacional todavía ejerce una enorme influencia allí. Recientemente salió a la luz un ejemplo de la influencia imperialista occidental: un informe reveló que justo antes de que el Reino Unido se retirara de Hong Kong, disolvieron su policía secreta y reasignaron a sus miembros a la Comisión Independiente contra la Corrupción (ICAC). La ICAC goza de gran popularidad aquí, ya que hace de Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero es el jefe del gobierno de Hong Kong, anteriormente nombrado desde Londres y ahora elegido desde Pekín, quien nombra al comisionado, mientras que la gente no tiene absolutamente ninguna influencia sobre él.

Pekín estaba muy preocupada de que la ICAC también pudiera servir para disciplinar al Estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 el ICAC procesó a Liu Jinbao, el jefe del Banco de China en Hong Kong. Parece que Beijing está tratando de tomar el control de la ICAC, pero esta lucha de poder no trasciende al público. Por supuesto, deberíamos estar contentos de que la ICAC persiga a personas como Liu Jinbao, pero también debemos reconocer que el imperialismo occidental puede utilizarlo para implementar sus planes. Al mismo tiempo, la consolidación del control de Pekín beneficiará al Estado y a los capitalistas chinos, pero no servirá a los intereses de las masas trabajadoras chinas.

Existen otros remanentes del pasado colonial. EE UU básicamente mantiene a Taiwán como un protectorado. Por supuesto, deberíamos oponernos a la amenaza de China de invadir Taiwán; debemos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero también debemos ver que EE UU usará Taiwán como herramienta para promover sus intereses. Esta es la desventaja del legado colonial que hace que el PCC se comporte a la defensiva ante el imperialismo estadounidense.

China es un país imperialista emergente, pero tiene debilidades fundamentales. Diría que el PCC tiene que superar obstáculos fundamentales antes de que China pueda convertirse en un país imperialista estable y sostenible. Es muy importante ver no solo los puntos en común entre EE UU y China como países imperialistas, sino también las particularidades de esta última.

Está claro que para los socialistas estadounidenses, nuestro principal deber es oponernos al imperialismo de EE UU y construir solidaridad con los trabajadores chinos. Eso significa que debemos oponernos a la implacable represión del Estado chino, no solo contra la derecha, sino también contra los progresistas e incluso el movimiento obrero. No debemos caer en la trampa campista de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo contemplas esta situación?

Debemos combatir la mentira utilizada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chinos han robado los puestos de trabajo a los trabajadores de EE UU. Esto no es verdad. Las personas que realmente tienen el poder de decidir no son los trabajadores chinos, sino los capitalistas estadounidenses, como Apple, que hace que sus teléfonos se ensamblen en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. En realidad, son víctimas, no personas a las que se deba culpar por la pérdida de empleos en EE UU.

Y como ya he dicho, Clinton, no los gobernantes ni los trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de esos puestos de trabajo. Fue el gobierno de Clinton el que colaboró con el régimen asesino de China después de los sucesos de la plaza de Tiananmen para permitir que las grandes empresas estadounidenses invirtieran en China a escala masiva. Y cuando se perdieron los empleos en EE UU, los que surgieron en China en realidad no eran en absoluto el mismo tipo de empleos. Los puestos de trabajo estadounidenses que se perdieron en el sector del automóvil y el acero estaban sindicados y tenían buenos salarios y prestaciones, mientras que los creados en China no son más que trabajos duros y mal pagados. Independientemente de sus conflictos actuales, los principales líderes de EE UU y China, no los trabajadores de ninguno de los dos países, pusieron en práctica el miserable orden mundial neoliberal.

Una cosa que hemos hecho aquí en EE UU es ayudar a organizar visitas a los trabajadores chinos en huelga para que podamos construir solidaridad entre los trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Hay otras ideas e iniciativas que podamos tomar? Existe un peligro real de que el nacionalismo sirva en ambos países para enfrentar a los trabajadores de uno y otro país. Parece que evitar esto es muy importante. ¿Qué piensas?

Es importante que la izquierda en el resto del mundo reconozca que el capitalismo chino tiene un legado colonial que todavía existe en la actualidad. Entonces, cuando analizamos las relaciones entre China y EE UU, debemos distinguir aquellas partes legítimas del patriotismo de las que agita el PCC. Hay un elemento de patriotismo de sentido común entre la gente que es fruto del último siglo de intervención imperial por parte de Japón, las potencias europeas y EE UU.

Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, sino que debemos distinguirlo del nacionalismo reaccionario del PCC. Y, sin duda, Xi está tratando de alentar el nacionalismo en apoyo de sus aspiraciones de gran potencia, al igual que los gobernantes estadounidenses están haciendo lo mismo para cultivar el apoyo popular al objetivo de su régimen de contener a China.

Entre la gente corriente, el nacionalismo ha estado declinando en lugar de aumentar, porque la gente desprecia al PCC, y son más quienes ahora no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo divertido de esto es un reciente sondeo de opinión que preguntó si la gente apoyaría a China en una guerra con EE UU. La respuesta de los internautas en línea fue muy interesante. Uno de ellos dijo: “Sí, apoyo la guerra de China contra EE UU, pero primero apoyamos que se envíe a luchar a los miembros del Buró Político, luego a los del Comité Central y después a todo el PCC. Y cuando ganen o pierdan, al menos seremos libres.” Los censores, por supuesto, eliminaron inmediatamente estos comentarios, pero es una indicación de la profunda insatisfacción con el régimen.

Eso significa que existe una base entre los trabajadores chinos para construir la solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero eso requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esa posición creará confianza entre los trabajadores chinos.

Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La marina de EE UU acaba de enviar dos buques de guerra a través del Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que os oponéis al proyecto imperialista de EE UU con respecto a Taiwán, aunque también se debe reconocer el derecho de Taiwán a comprar armas a EE UU. Si el pueblo chino percibe una sólida posición antiimperialista de la izquierda estadounidense, podrá comprender nuestros intereses internacionales comunes contra el imperialismo estadounidense y chino.

Fuente: https://isreview.org/issue/112/chinas-rise-world-power.

Traducción: viento sur

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14676

Lyes Menacer: “El régimen argelino no es capaz de reformarse a sí mismo, solo busca sobrevivir”

Claves para entender la crisis del régimen en Argelia tras la renuncia del presidente Abdelaziz Buteflika, en el poder desde 1999.

Por Ricard González

La crisis política abierta en Argelia a raíz de la intención del presidente Abdelaziz Bouteflika de presentarse a la reelección no tiene visos de terminar. Ni tan siquiera su renuncia y la promesa de una transición tutelada ha aplacado a la calle. Lyes Menacer (Argel, 1979), consultor político y periodista del diario Liberté, uno de los principales medios independientes del país, ha conversado por teléfono con El Salto para compartir su análisis sobre la situación y cuáles son los posibles escenarios de futuro.

¿Cómo valora la manifestación del pasado viernes?

Ha sido gigantesca, igual o mayor que las anteriores. El mensaje que le ha dirigido el pueblo al régimen es muy claro: debéis dejar el poder, no creemos en la sinceridad de vuestras promesas de transición democrática. Las concesiones del pasado lunes no han convencido a nadie. Era de esperar una reacción así. De hecho, horas después del anuncio de Bouteflika, ya había gente manifestándose en varios puntos del país en contra de su mantenimiento en el poder. La idea de suspender las elecciones y prolongar el mandato de Bouteflika es inconstitucional. Solo se puede hacer en caso de guerra, y no lo estamos.

¿Había previsto que el anuncio de Bouteflika de presentarse a la reelección generaría un movimiento de protesta tan amplio?

No, creo que es algo que nadie previó, ni el régimen, ni la oposición, ni los propios manifestantes. En 2011, durante las primaveras árabes, hubo algunas manifestaciones aquí, pero muy pequeñas. Entonces, la cosa aún no estaba madura. Las primeras protestas fueron convocadas por internautas anónimos a quienes tocó el amor propio la candidatura de Bouteflika. Nadie se las tomó muy en serio. La gente pensó que era cosa de chicos. Pensábamos que el régimen había destruido completamente el tejido social independiente. Pero estábamos equivocados.

¿Hay algún partido o grupo que lidere las manifestaciones?

No, es un movimiento sin líderes que ha ido creciendo e incorporando prácticamente todos los sectores de la sociedad: estudiantes, jueces, funcionarios, emprendedores, etc. En las protestas, es muy numerosa la presencia de jóvenes que no vivieron el llamado “decenio negro” [la guerra civil de los años 90]. El único presidente que han conocido en toda su vida es Bouteflika, y están hartos. Hartos de no encontrar trabajo, de no tener derecho a divertirse, de que su país esté desconectado del mundo. Argelia es una pequeña Corea del Norte, si bien el régimen aquí es más flexible.

¿Quién gobierna realmente Argelia?

No lo sabemos, la opacidad es total, pero lo que está claro es que no es el presidente Bouteflika. Su salud no se lo permite. Aquí se conoce como “le pouvoir” la coalición de instituciones y lobbies que gobiernan el país. Parece que el hermano pequeño de Bouteflika, Saïd, tiene mucho poder. Pero también lo tienen la jerarquía del Ejército, liderada por el Jefe del Estado Mayor, Ahmed Gaid Salah, así como un grupo de oligarcas muy ricos, al estilo ruso. Esta configuración de los poderes fácticos es diferente a la que puso a Bouteflika en el poder. Por ejemplo, el presidente neutralizó a los servicios secretos, que antes eran muy influyentes. De forma que los actuales poderes fácticos saben que necesitan a Bouteflika, por eso lo presentaron a pesar de estar gravemente enfermo.

¿Cuál es la estrategia del régimen después de renunciar a la reelecciónde Bouteflika?

Quiere ganar tiempo con promesas de una transición a la democracia para aplacar a la calle. Al ver que era imposible imponer el quinto mandato de Bouteflika, quieren alargar su cuarto mandato. Esta hoja de ruta que han presentado, y que incluye una conferencia nacional, ya la habían presentado antes, solo que querían aplicarla después de las elecciones. El problema es que este régimen no se puede reformar a sí mismo, solo busca sobrevivir como sea. ¿Cómo es posible tomarse en serio sus promesas de democratización si el nuevo primer ministro, Nurredin Bedoui, era el ministro del Interior que reprimía las manifestaciones?

¿Cree que el pueblo se dará por satisfecha con estas promesas?

No, me parece que las protestas no van a desinflarse porque la gente no cree en las sinceridad del régimen.

¿Cuál es la hoja de ruta que usted defiende?

Los partidos de la oposición han pedido que Bouteflika se retire definitivamente, y que se cree un Gobierno de unidad nacional. Luego se deberían celebrar elecciones y redactar una nueva Constitución que garantice el establecimiento de un sistema democrático.

¿Cómo ven los manifestantes a los partidos de la oposición? ¿Creen que les representan?

No, son críticos con ellos porque durante muchos años han jugado el juego del régimen. Por ejemplo, se presentaban a las elecciones presidenciales anteriores, también en las legislativas. Ahora bien, creo que nadie se engaña y sabe que, en una fase más adelantada del proceso, estos partidos deberán tomar el relevo y asumir un papel importante en la construcción del nuevo orden político.

¿Existe algún partido que esté capitalizando las protestas?

No, no se percibe que haya un partido más popular que el resto. Todas las fuerzas políticas se subieron a este tren cuando ya estaba en marcha.

¿Cree que se podría repetir el mismo escenario de 1991: una victoria islamista en las urnas y un golpe de Estado?

No creo que sea probable. Los partidos islamistas tienen un cierto seguimiento, pero dudo que puedan ganar las elecciones. La gente está marcada por lo que pasó durante la guerra civil, y cómo se comportaron estos partidos. Además, los islamistas están divididos. Eso no significa que no haya una mayor religiosidad que antes, y que los clérigos sean influyentes. Pero no lo son en el ámbito político. Además, los más conservadores, los salafistas, están en contra de las protestas.

¿Qué escenario prevé para las próximas semanas?

Sinceramente, no lo sé porque este régimen es imprevisible. Es necesario que las protestas continúen siendo pacíficas, para no justificar una represión policial. Será importante ver también cómo se posiciona finalmente la comunidad internacional. De momento, ha optado por el silencio. Solo Francia se ha manifestado.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/argelia/lyes-menacer-regimen-argelino-incapaz-reforma-solo-sobrevivir