Enzo Traverso: “En el siglo XX no sólo hubo totalitarismos y genocidios, sino también revoluciones”

El historiador italiano presentó su nuevo libro «Melancolía de izquierda», en el que da cuenta de cómo después de 1989 y la caída del Muro se hizo difícil pensar en una superación del capitalismo

Por Diego Rojas

Si el historiador estudia la evolución de las sociedades, ¿cómo pensarla una vez que el siglo XX se cerró con el planteo del fin de la historia, la derrota de las revoluciones y el reinado de lo fragmentario y la micropolítica? Enzo Traverso –docente en la universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos, autor del best-seller La historia como campo de batalla y reconocido como uno de los más importantes historiadores de la actualidad– se hace estas preguntas en Melancolía de izquierda (Fondo de Cultura Económica), su nuevo libro, que reúne ensayos sobre esta situación paradójica a la que se enfrenta el historiador, cuando no el militante (Traverso es también un militante socialista que interviene desde el campo intelectual).

La melancolía implica una contemplación particular, ya que no trata de mirar la historia para pertrecharse de herramientas hacia el futuro, sino que la estudia en una situación de permanencia. La «melancolía» era considerada en el medioevo, primero, como un mal orgánico, fisiológico; luego, se transformó en una actitud hacia la existencia, hacia la vida, una virtud. Con esa mirada melancólica, ¿es posible preguntarse sobre cómo cambiar hoy el mundo? Walter Benjamin, el pensador alemán que conjugó a Marx con el Talmud, decía que el historiador debía pensar el «instante del peligro» para poder encausar una obra. Hoy, desde esta baldosa inestable de los tiempos, Traverso visitó el país invitado por la Universidad de San Martín, el Cedinci –que reúne los archivos de la historia de la izquierda y el movimiento obrero con gran prepotencia de trabajo– y la Fundación Rosa Luxemburgo para dar una serie de conferencias acerca de este problema. Traverso conversó con Infobae Cultura sobre estos tópicos.

–En su libro subyace una falta que, quizás, pueda ser resumida en la frase de Frederic Jameson: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo».

–Ese pasaje fue escrito por Jameson en la década de los noventa, algunos años después de la caída del muro de Berlín. Comparto el diagnóstico por la situación que se creó luego de la caída del «socialismo realmente existente», pero estoy convencido que en este siglo XXI surgirán nuevas utopías. Estamos en un periodo de transición. Esta época está más cargada de miedo que de esperanza. El siglo XX estaba cargado de proyecciones utópicas hacia el futuro, que iba a ser de emancipación, de liberación. Hoy se piensa al futuro en términos de catástrofes ecológicas, por ejemplo, posibles, y eso hace difícil pensarlo.

La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado

–Ante esta dificultad de pensar el futuro usted remarca el rol predominante de las políticas de la memoria.

–Se habla mucho de memoria, una categoría que era marginal a lo largo del siglo XX hasta los años ochenta. No se hablaba de «memoria» ni en literatura ni en las ciencias sociales. Luego, la memoria se volvió en un elemento central en nuestras culturas. Pero se dibuja al siglo XX como el siglo de las guerras, los totalitarismos y genocidios, que claramente son una dimensión fundamental para leer al siglo XX, sin embargo esa focalización obsesiva en las víctimas es muy selectiva y a veces se transforma en un prisma deformante. El siglo XX no sólo fue el siglo de las guerras y los totalitarismos, sino que también fue el siglo de las revoluciones, de las olas emancipatorias, fue el siglo de la descolonización en todos los continentes. La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado. Y el mundo de hoy rompió la manera en que la memoria de esas revoluciones era transmitida. La memoria de izquierda era transmitida a través de marcos sociales propios del movimiento obrero como sindicatos, partidos. El mundo de hoy produjo el fin de las grandes concentraciones industriales, la precariedad laboral. Los partidos se convirtieron en máquinas electorales y eso produce que la memoria sea muy selectiva, desarrollada por los medios de comunicación y la industria cultural. Si el siglo XX es considerado el siglo de los horrores totalitarios fascistas y comunistas, eso implica una apología del orden dominante hoy, que estaría plasmado por la economía de mercado y la democracia liberal postulados como el mejor de los mundos.

–¿Hay una responsabilidad de cierta izquierda, que no denunció lo que hoy se conoce como «totalitarismo comunista»?

–Comparto la interpretación de Isaac Deutscher, historiador polaco que realizó su obra en Inglaterra, que detectó el retrato del anticomunista como un intelectual que muchas veces era comunista y luego transformó en una misión explicar al mundo cómo de malo era el comunismo. Su visión de «el bien contra el mal» no había cambiado, antes decía que la URSS era el paraíso y el capitalismo era el mal, ahora invertía las posiciones.

–Pero, más allá del discurso, ¿no sigue existiendo la lucha de clases?

–Las revoluciones árabes, por ejemplo, que derrocaron dictaduras y fueron interrumpidas por la guerra civil en Libia, tenían un límite porque no sabían cómo seguir avanzando. Ahora, la declinación de este movimiento, la integración de estos movimientos en un esquema de poder también afecta a las corrientes que plantean una superación del estado de las cosas.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

–En su libro usted rescata manifestaciones culturales o artísticas que tienen potencia para mostrar el estado de las cosas. También toma a la película Tierra y libertad, de Ken Loach, que recupera un horizonte más clásico.

–El éxito de Tierra y libertad está vinculado a su capacidad de mostrar cómo el siglo pasado fue un siglo de esperanzas y acciones revolucionarias. Permite dibujar una visión diferente del pasado. Pero no es ingenua. Muestra una revolución derrotada no sólo por el enemigo, sino por sus propias contradicciones. Reconstruye el conflicto entre los revolucionarios y el estalinismo. Espero que haya otras películas que estimulen una reflexión crítica sobre el pasado.

–¿Qué queda de la hermandad de las vanguardias artísticas y las políticas que se vieron a comienzos del siglo XX con la actualidad?

–El arte en toda época es un vector privilegiado en la conformación de un imaginario. Los sueños inconscientes de la sociedad muchas veces se expresan en la creación artística. Pero ahora la reificación del arte en el mercado es tan fuerte que esas posibilidades son ocultadas. En mi libro escribo sobre la bohemia del siglo XIX, que creo es actual. Hoy muchos artistas son bohemios, crean en condiciones de marginalidad, pero con mucha potencia. En movimientos como Ocuppy Wall Street había muchos artistas involucrados en esos movimientos. Hoy se puede ver eso en revistas como Jacobin en los Estados Unidos, cuya contribución es significativa.

–En las últimas elecciones hubo diputados «socialistas demócratas».

–Yo vivo en los Estados Unidos y veo que esas corrientes se adhieren al Partido Demócrata por una cuestión funcional, para poder inscribirse en la política que llegue a las mayorías. Saben que el Partido Demócrata es uno de los pilares del capitalismo estadounidense, y no es por capitulación que integran ese partido, sino que es un cálculo político para poder desarrollarse a través de ese canal. No digo que no plantee un problema o que no sea una estrategia polémica, sino que observo que lo hacen de manera consciente.

–Una de sus actividades en la Argentina está organizada por el Cedinci, que es un centro de archivo de la memoria histórica de la clase obrera y la izquierda argentinas. ¿Existen fenómenos parecidos en Estados Unidos?

–Espero que aparezcan, pero lo que hay en Estados Unidos son universidades con archivos muy ricos del movimiento obrero, pero que no son centros de reflexión sobre esos movimientos. Sólo recopilan archivos. En Cornell, donde trabajo, hay un archivo muy grande sobre los sindicatos. Pero no hay instituciones como el Cedinci, que tienen un perfil intelectual y una actividad de esa naturaleza.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)

-¿Cómo ve la intelectualidad de izquierda en Europa la situación en la Argentina, en cuanto al lugar de la izquierda?

–Se ve con mucho interés, atención y simpatía. Pero desde afuera se ve que la tensión está copada por el macrismo y el peronismo. Se ve que este polo de izquierda está ocultado por esa dominación binaria. Lo que puede ser interesante es que en la Argentina hay una búsqueda de cambio que no sea la invención de algo totalmente nuevo, que nace con un corte radical con el pasado, sino que hay una nueva izquierda que se plantea como una continuidad de una raíz histórica. El problema es que en la Argentina hay esa recomposición que no es directa del gran movimiento de masas como puede verse, por ejemplo, en España con Podemos, que es el producto más perfilado del movimiento de «indignados». Vamos a ver qué pasará en los próximos años.

Fuente: https://www.infobae.com/cultura/2018/11/18/enzo-traverso-en-el-siglo-xx-no-solo-hubo-totalitarismos-y-genocidios-sino-tambien-revoluciones/?outputType=amp-type&__twitter_impression=true

¿Qué es un empleo útil?

Por Michel Husson

Esta pregunta carece de fundamento a priori: no se hubiera creado un empleo si fuera inútil y es igualmente útil para quien lo ejerce, ya que le proporciona un ingreso. Pero la pregunta se vuelve relevante si se plantea al nivel del conjunto de la sociedad. La pregunta entonces es: ¿qué es un trabajo socialmente útil?

Los trabajos improductivos no son inútiles

La economía política se ha enfrentado a esta pregunta durante mucho tiempo, pero desde un ángulo algo sesgado, preguntándose quiénes son los trabajadores productivos. Esta distinción entre trabajo productivo e improductivo tiene una larga historia, que se remonta a François Quesnay. En su famoso Cuadro económico 1/, plantea que «la nación se reduce a tres clases de ciudadanos: la clase productiva, la clase de los propietarios y la clase estéril». La clase productiva se define estrechamente, como «la que nos hace renacer por la cultura del territorio las riquezas anuales de la nación. La clase de propietarios incluye al soberano, los terratenientes y los decimadores»[encargados de cobrar el diezmo]. Sigue habiendo la clase definida como «estéril» que agrupa «a todos los ciudadanos ocupados con otros servicios y con otras obras que no sean las de la agricultura». Para la llamada escuela fisiocrática (que algunos llamaron la «secta de los economistas»), la tierra es, por lo tanto, la única fuente de riqueza gracias a su capacidad «milagrosa», y solo el trabajo de la tierra es productivo.

Obviamente, Marx no podía adherirse a esta definición estrecha de trabajo productivo, pero reconoció en Quesnay el gran mérito de haber analizado el circuito económico en términos de clases sociales. El error cometido por Quesnay puede, en cierta medida, explicarse por la realidad de su tiempo. Pero también expresa un sesgo ideológico al querer legitimar la utilidad social del gasto de los ricos. En un borrador de artículo para la Enciclopedia 2/ que permanecerá en el estado de borrador, Quesnay tuvo esta excelente fórmula: «Es necesario dejar a los ricos la libertad de gastos (…) La persona rica que disfruta de su riqueza, la devuelve a la sociedad. ¡No debemos molestar a los ricos en el disfrute de su riqueza o de sus ingresos, ya que es el disfrute de la riqueza lo que da origen y perpetúa la riqueza!» Vemos que la teoría de la escorrentía es… una vuelta a las fuentes.

Un poco más tarde, Quesnay, imagina un diálogo con un hipotético M. H. que sugiere que «es el trabajo del obrero lo que ha producido el valor de mercado de [la] mercancía». Quesnay no está convencido, e insiste nuevamente en las virtudes del consumo de los ricos: «Los ricos son por su disfrute los dispensadores de los gastos con los que pagan a los trabajadores; les harían mucho daño si trabajaran para ganar este gasto, y se lo harían a sí mismos realizando un trabajo penoso que sería para ellos una disminución del disfrute para ellos; porque lo que es penoso es la privación del disfrute satisfactorio. Así, no obtendrían el mayor aumento posible de disfrute por la mayor reducción posible de gasto» 3/. Estamos de acuerdo en que este desarrollo es admirable: los ricos perjudicarían a los trabajadores si se entregasen a un trabajo pesado.

En La riqueza de las naciones, Adam Smith realiza un ataque bastante cáustico a Quesnay: «El sistema que representa el producto de la tierra como la única fuente de ingresos y riqueza de un país por lo que yo sé nunca ha sido adoptado por ninguna nación, y existe ahora solo en Francia, en las especulaciones de un pequeño número de hombres de gran conocimiento y talento distinguido. Seguramente no vale la pena discutir durante mucho tiempo los errores de una teoría que nunca se ha puesto en práctica y que probablemente nunca hará daño en ningún lugar del mundo” 4/. Para él, el error capital de este sistema es, obviamente, presentar a «la clase de artesanos, fabricantes y comerciantes, como totalmente estéril e improductiva” 5/.

La distinción de Adam Smith entre trabajo productivo e improductivo se refiere explícitamente a la teoría del valor: «Existe un tipo de trabajo que se suma al valor del objeto sobre el que se ejerce; Hay otro que no tiene el mismo efecto. El primero, que produce un valor, puede llamarse trabajo productivo; el último trabajo no productivo « 6/. En su mayor parte, el trabajo no productivo es, para Smith, el de los proveedores de servicios, especialmente los empleados domésticos.

Karl Marx discutirá en profundidad el análisis de Smith y propondrá su propia definición de trabajo productivo, de acuerdo con su modelo teórico: «desde el punto de vista capitalista, solo el trabajo que crea un valor agregado es productivo». El trabajo improductivo es en consecuencia definido como trabajo «que no se intercambia por capital” 7/. Una definición similar se encuentra en El Capital: «Ahí [en el capitalismo] el objetivo determinante de la producción es la plusvalía. Por lo tanto, se supone que solo es productivo el trabajador que le da una plusvalía al capitalista o cuyo trabajo fecunda al capital» 8/. Sin embargo, Marx adopta en otra parte una definición más estrecha; por ejemplo, el trabajo en el comercio o el transporte es para él improductivo: «las funciones puras del capital en la esfera de la circulación no producen valor ni plusvalía” 9/.

Este embrollo ha generado una abundante literatura dedicada a la exégesis de los textos, a menudo contradictorios, de Marx sobre esta cuestión. Una de las mejores síntesis se puede encontrar en un artículo antiguo de John Harrison 10/. El autor no es un marxista ortodoxo: para él, querer «mantener un concepto solo porque aparece en los escritos de Marx es reducir el marxismo a un dogma». Y no hay que quejarse: «El intento de Marx de definir científicamente la categoría de trabajo improductivo empleada por el capital fue fundamentalmente mal concebido». La integración de este concepto en el sistema teórico de Marx lleva a muchas inconsistencias: por ejemplo, los llamados trabajadores improductivos no se verían afectados por la explotación.

En su notable discusión sobre esta temática 11/, Christophe Darmangeat finalmente retiene solo una definición estricta de los trabajadores productivos: son «aquellos cuyo salario se paga con la renta» y admite que la importancia de esta distinción en el interior del sector capitalista «ha contribuido a oscurecer el alcance, incluso su misma existencia». La distinción productivo/no productivo no puede, en última instancia, servir de criterio para evaluar la utilidad de los empleos. Sin embargo, Harrison señaló otro problema metodológico, planteando la hipótesis de que Marx definió implícitamente el trabajo improductivo como «superfluo en un sistema de producción hipotético más racional». Es esta pista la que proporciona una base crítica para la noción de utilidad de los trabajos.

El desglose del valor

En su libro, en el que defiende las desventajas del mercado 12/, Roger Bootle introduce una fructífera distinción entre empleos creativos y empleos distributivos, que no es sin relación con la que Marx trató de establecer entre trabajo productivo y trabajo improductivo. Para simplificar, los trabajadores creativos crean valor, mientras que los trabajadores distributivos son empleados para capturar este valor en beneficio de una u otra entidad, en una lógica de competencia generalizada.

Adair Turner ha retomado recientemente esta distinción y habla de empleos de «suma cero» 13/ porque mueven valor sin crearlo. El ejemplo típico es el de las actividades de marketing y publicidad que pretenden convencernos de que «el producto A es mejor que el producto B.» Turner esboza un catálogo a la Prevert de los empleos que clasifica en esta categoría:

  • los ciberdelincuentes y los ciberexpertos empleados para contrarrestar sus ataques;
  • los abogados especializados en divorcios o en derecho de la compensación por accidente, error médico o malversación financiera;
  • los abogados de negocios que protegen los derechos de propiedad intelectual;
  • los contables y los abogados fiscales empleados en la optimización de impuestos, y los funcionarios asignados a su control;
  • los intermediarios financieros y los gestores de activos;
  • los consultores, reguladores financieros y responsables de conformidad (compliance officers);
  • los banqueros de negocios, abogados y altos directivos que administran las finanzas corporativas, a menudo sin creación duradera de valor.
  • los lobistas y comunicadores.

Gerentes, supervisores, anunciantes, consultores: ¿todos inútiles?

Pero, después de todo, estos trabajos de suma cero son útiles porque están adaptados al sistema de la competencia realmente existente. Así que esa categoría solo realmente tiene sentido, como sugirió Harrison, en referencia a otra sociedad que habría reducido esos costos falsos de la competencia. Abre de todos modos una reflexión que puede desarrollarse en varios niveles.

Se podría así incluir en los empleos de suma cero a algunos de los dedicados a la gestión de lo que eufemísticamente se llaman recursos humanos. Sin embargo, los nuevos métodos de gestión conducen a un rápido crecimiento de los puestos de trabajo correspondientes. Este es el punto de partida de las experiencias de las empresas liberadas, de las que la mejor conocida es probablemente Favi. Jean-François Zobrist, el jefe de la empresa y promotor del experimento, basó su proyecto en la observación de una jerarquía hipertrofiada dedicada al control de los productores. A menudo se refiere a un estudio de 2007 que afirma que «las empresas industriales tienen una estructura de costes que se distribuye en un 75% en costes directos y en un 25% en costes indirectos». Por lo tanto, eliminó la jerarquía, así como un gran número de funciones de apoyo que no contribuyen directamente a la producción. El balance de estas experiencias es, sin duda, discutible, pero su punto de partida es el crecimiento, considerado como excesivo, de los empleos de encuadramiento y de control.

[Presentación de Favi por Favi: «FAVI, bajo el liderazgo de su ex Director, Jean-François Zobrist , desarrolló en la década de 1980 una organización centrada en el CLIENTE, donde la estructura desaparece para garantizar una escucha completa de los equipos autónomos y responsables. Una gestión atípica que aboga por la búsqueda permanente del Amor del cliente, la confianza en el Hombre y la innovación . Red. A l’Encontre]

En la muy seria Harvard Business Review, dos economistas especializados en gestión intentaron cuantificar esta inflación jerárquica 14/. Localizaron 24 millones de gerentes, gestores y otros supervisores en los Estados Unidos, o sea el 18% del empleo (y casi el 30% de la masa salarial). Tomando como referencia a las empresas más parsimoniosas, llegaron a la conclusión de que este número podría reducirse a la mitad. También consideraron que la mitad de las reuniones internas, a las que los otros asalariados dedican aproximadamente el 16% de su tiempo, son una pérdida de tiempo, lo que equivale a casi 9 millones de empleos de tiempo completo. En total son 21.4 millones de empleados que «sin su culpa, crean poco o ningún valor económico».

Esta es una explicación de la paradoja de Robert Solow. A nivel de taller u oficina, los trabajadores/trabajadoras (y los consultores) observan muy concretamente el crecimiento de la productividad, pero como señaló Robert Solow hace 30 años, ello no se ve en las estadísticas macroeconómicas. Esta evaporación podría así explicarse porque la productividad percibida se evalúa solo en relación con los trabajos creativos, mientras se olvidan los trabajos distributivos.

El valor social del empleo

Otro tema digno de mención es la relación entre utilidad social y remuneración. Este es el nuevo camino explorado por tres investigadores de la New Economic Foundation, basado en una evaluación del valor social de varias profesiones 15/. Utilizan la metodología denominada «retorno social de la inversión» (Social Returns on Investment) desarrollado por la Oficina del Gabinete británico 16/. Se trata de evaluar el desempeño de cada profesión comparando lo que aporta a la sociedad y lo que le cuesta. Es cierto que el método es cuestionable porque se basa en el supuesto de que uno puede monetizar los efectos útiles -o dañinos-, de diferentes actividades. Pero se implementa de manera razonada y el mensaje que entrega es esclarecedor.

Entre las seis profesiones examinadas, dos pueden contrastarse aquí, en los dos polos de la escala social: por un lado, un trabajador de reciclaje y, por otro lado, un banquero de negocios. La primera reduce la contaminación y trata los residuos. En cada caso, se propone una valoración: por ejemplo, el CO2 ahorrado se valora en 51 libras por tonelada, tomando la estimación del informe Stern. Resultado: el producto social de este trabajador, pagado 13.650 libras, está evaluado en 151.152 libras. La relación entre su valor social y su salario es, por lo tanto, de 11 a 1.

El balance de los banqueros de la City es, por otra parte, francamente negativo. Por supuesto, crean valor que se puede medir por la contribución del sector al PIB y a las finanzas públicas; pero destruyen mucho más, debido a la crisis financiera que ayudaron a provocar. En total, «mientras ganan entre £500.000 y £10 millones, los banqueros de la City destruyen 7 libras de valor social por cada libra de valor creado».

Este método de evaluación es cuestionable, pero permite probar la intuición según la cual los salarios asociados a los diversos tipos de empleo no están relacionados con su utilidad social. Se podrían multiplicar los ejemplos: así, un ingeniero proveniente de una gran escuela ganará dos o tres veces más en el sector privado para desarrollar tecnologías más o menos inútiles que en la investigación fundamental.

Empleos de mierda y empleos estúpidos

Roger Bootle se arriesga a una conjetura bastante divertida para explicar por qué los intermediarios financieros merecenganar tanto: «su trabajo es tan embrutecedor que sólo el dinero puede justificarlo, y es necesario que se lleven un montón para aliviar sus sufrimientos». Probablemente es también por esta razón que su remuneración se llama eufemísticamente compensación. Esta sugerencia, por supuesto, evoca los análisis mordaces de David Graeber. En su libro Bullshit Jobs 17/, propone el concepto de trabajos estúpidos que definen como «una forma de empleo remunerado que es tan completamente inútil, superflua o perjudicial que ni siquiera el asalariado puede justificar su existencia».

Graeber, sin embargo, introduce una distinción conceptual entre estos trabajos estúpidos (bullshit jobs) y los trabajos de mierda: «Ahora tenemos que abordar otra distinción fundamental: entre los trabajos que no tienen sentido y los que son simplemente trabajos sucios. Llamaré a los segundos trabajos de mierda, como se hace comúnmente. Evoco esta cuestión solo porque es muy común que los confundamos, y es extraño, porque no se parecen en nada. Incluso se podría decir que son diametralmente opuestos. Los trabajos estúpidos a menudo están muy bien pagados y ofrecen excelentes condiciones de trabajo, pero no sirven para nada. Los trabajos de mierda, en su mayor parte, consisten en tareas que son necesarias e indiscutiblemente beneficiosas para la sociedad; solo que los que están a su cargo están mal pagados y mal tratados».

Aquí encontramos la pala de Bootle que, por lo tanto, proporcionaría así un apoyo socio-psicológico para la clase de trabajo estúpido: solo una buena compensación los haría aceptables, ya que son inútiles. Y también existe la idea de una desconexión entre el valor social de los empleos y su salario: los empleos estúpidos son «indiscutiblemente beneficiosos para la sociedad» pero están mal pagados. Esta es la pregunta que ya planteó Keynes: «¿Durante cuánto tiempo será necesario pagar a los hombres de la City de forma tan desproporcionada con lo que otros ganan por servicios no menos útiles o penosos que realizan para la sociedad?» 18/.

¿Quién crea valor?

Está claro que los trabajos útiles y los productivos son dos categorías que no se superponen. Detrás de estas tipologías, encontramos el problema del valor. Para usar la tabla de lectura marxista, un trabajo es útil cuando produce un valor de uso; es productivo si aumenta el valor de cambio de los bienes. Por ejemplo, el trabajo de los funcionarios públicos es útil, pero no productivo en el sentido que Marx da a este término.

Este punto de vista, sin embargo, ha sido discutido por Jean-Marie Harribey 19/, quien argumenta que hay dos formas de validar el trabajo: «hay un segundo espacio de validación del trabajo colectivo y, por lo tanto, aplicando la definición general de Marx, un segundo espacio de creación de valor, que tiene la asombrosa peculiaridad de estar destinado no al capital sino a la sociedad en su conjunto. La gran diferencia con la validación social del trabajo necesario para producir una mercancía es que el que menciono no proviene del mercado sino de la decisión política de responder a las necesidades sociales y de dedicar recursos materiales (inversión) y fuerzas de trabajo. Si estas se encuentran disponibles, al lado del producto monetario mercantil se agrega un producto monetario que no mercantil” 20/. Para Harribey, el trabajo de los funcionarios públicos crea un «valor monetario no mercantil»: son, en este sentido, productivos.

Se puede criticar esta teorización 21/, pero hay que reconocer que este debate es en gran parte casuístico: nadie niega utilidad social de los funcionarios, independientemente de que creen o no «valor monetario». Sin embargo, esta discusión tiene el mérito de plantear la cuestión de los métodos de validación del trabajo: en el caso de los empleos públicos, reenvía claramente a las opciones políticas. Queda por entender cómo se validan los empleos en el sector mercantil. Para los economistas dominantes, es la magia de los mercados libres lo que opera: los puestos de trabajo se crean de acuerdo con la combinación óptima de las elecciones realizadas por un lado por los consumidores, por el otro por los productores. Pero no todos los consumidores son iguales y la validación de los empleos está condicionada por la distribución de la demanda social y, por lo tanto, de los ingresos. Por eso, como hemos visto con Quesnay, los precursores de la teoría moderna de la escorrentíacomenzaron con una apología del consumo de los ricos.

Empleo y consumo de los ricos

Por tanto, debemos regresar, esta vez a Thomas Malthus, porque revela los verdaderos fundamentos de teorizaciones muy contemporáneas. Malthus desea el bien de la humanidad: «Es muy deseable que las clases trabajadoras estén bien pagadas, por una razón mucho más importante que todas las consideraciones relacionadas con la riqueza; quiero decir, por la felicidad de la gran masa de la sociedad «, dice con la mano en el corazón.

Desafortunadamente, eso no es posible, ya que no todas las demandas se pueden aceptar: «Si cada trabajador consumiera el doble del trigo que consume ahora, tal aumento de la demanda, lejos de fomentar la riqueza, haría probablemente abandonar el cultivo de muchas tierras y provocaría una gran disminución del comercio interno y externo» 22/.

Para evitar los terribles efectos de un aumento en los salarios, Malthus se hace el abogado de los ricos y de su función social: consiste en proporcionar puestos de trabajo para los necesitados. Malthus es, por lo tanto, el promotor de una teoría interesante que demuestra la necesidad de una clase de consumidores improductivos para crear empleos, pero más bien de los empleos domésticos, como explica en su estilo inimitable: «Los sirvientes son agentes sin los cuales las clases media y alta no podrían usar sus recursos para el beneficio de la industria… Notemos además que los servicios personales, domésticos o puramente intelectuales, pagados voluntariamente, se distinguen esencialmente del trabajo necesario para la producción. Se les paga sobre la renta y no sobre el capital: no tienen ninguna tendencia a aumentar los gastos de producción y a reducir las ganancias» 23/.

La untuosidad hipócrita del pastor Malthus obviamente atraerá la ira de Marx, incluso si no niega la realidad de los fenómenos. Los progresos de la productividad hacen posible «emplear progresivamente a una parte considerable de la clase obrera en servicios improductivos, y reproducir, en particular, en una proporción cada vez mayor, bajo el nombre de la clase doméstica, compuesta de lacayos, cocheros, cocineros, sirvientas, etc., a los antiguos esclavos domésticos». Esta acumulación de riqueza entre los ricos «da a luz a nuevas necesidades de lujo con nuevos medios para satisfacerlas (…) En otras palabras, la producción de lujo aumenta « 24/.

Un siglo y medio nos separa de estas referencias académicas. ¿Pero cómo no ver su actualidad? Basta, por ejemplo, aproximar Malthus a André Gorz en un atajo vertiginoso. En un artículo de 1990, Gorz escribió: «Durante las dos o tres o cuatro horas pasadas cortando el pasto, paseando al perro, comprando y limpiando, comprando el periódico o cuidando a los niños, estas horas se transfieren, contra pago, a un proveedor de servicios. No hace nada que cualquiera no pueda hacer por sí mismo también. Simplemente, libera dos o cuatro horas de tiempo permitiendo comprarle dos o cuatro horas de su tiempo (…) Comprar el tiempo de alguien para aumentar sus propios ocios o su comodidad, no es otra cosa, en efecto, que comprar el trabajo de sirviente (…) Pero, ¿quién tiene interés, quién tiene los medios para pagar los beneficios de los nuevos sirvientes? «25/.

Y si regresamos a Malthus, recurrimos al mismo análisis: «No hay nadie que, con un ingreso de quinientas libras o más, consienta en tener casas, ricos muebles, ropa, caballos y vehículos, si uno tiene que barrer sus propios apartamentos, cepillarse y lavar sus muebles y ropas, preparar sus propios caballos, finalmente cocinar y vigilar la despensa». Además, estos servicios presentan, una vez más, el beneficio adicional de no tener «ninguna tendencia a aumentar los costos de producción y disminuir los beneficio” 26/.

Un último retorno a Gorz hace posible cerrar el círculo: «El desarrollo de servicios personales, por lo tanto, solo es posible en un contexto de creciente desigualdad social, donde una parte de la población monopoliza las actividades bien remuneradas y obliga a otra parte a asumir el papel de sirviente « 27/.

Consumo de los ricos y empleo

Por lo tanto, la continuidad es clara entre las teorizaciones de Malthus y la realidad del capitalismo contemporáneo, en el que los empleos de unas y unos dependen de la riqueza de los demás. Por eso debemos preguntarnos «¿quién trabaja para quién?» Al igual que lo hicieron tres sociólogos en 1979 que demostraron, en particular, que «el consumo de bienes de lujo, que se refiere, en mayor o menor medida, a una familia de cada dos, moviliza a uno de cada diez trabajadores” 28/.

En línea con este trabajo, realizamos un pequeño ejercicio de comparación entre los trabajos de servicios personales y la participación en el ingreso nacional del 10% más rico 29/. De hecho, se ha establecido que ellos son los que se benefician ante todo de las ventajas fiscales vinculadas a este tipo de empleo: «La mitad más modesta de la población se benefició en 2012 de solo el 6,6% del total de estos gastos fiscales, mientras que el decil más rico se benefició con más del 43,5% del subsidio fiscal total « 30/.

Desde finales de la década de 1990, el número de asalariadas y asalariados del sector, así como el número total de horas de trabajo, aumentaron regularmente hasta la entrada en crisis, que llevó a una disminución. Pero encontramos un perfil similar para el 10% más rico. Una simple ecuación econométrica valida esta correlación: los empleos de servicios personales dependen de la fortuna de los más ricos.

Ya hemos mencionado 31/ este sorprendente ejemplo del reinicio del astillero de La Ciotat (ciudad portuaria próxima a Marsella, ndt), ahora dedicado al mantenimiento de yates de lujo. El artículo terminaba con una frase del Papa Francisco criticando la «confianza bruta e ingenua en la bondad de los que detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico dominante» 32/, que está en la base de la teoría de la filtración.

Una pequeña fábula ecológica y social

Puesto que se acerca el final del año, reproducimos aquí, como conclusión, una fábula escrita durante las vacaciones de Navidad de 2007. Su punto de partida es la observación de que los ricos, en promedio, contaminan más. Eso es cierto a nivel mundial 33/, pero también dentro de un país como Francia. Los cálculos del INSEE muestran así que: «El 20% de los hogares más ricos inducen, a través de sus compras, el 29% de las emisiones de CO2, mientras que el 20% de los más modestos inducen solo el 11%» 34/.

Imaginemos un país que produce y consume solo automóviles. Esta sociedad está compuesta por 80 asalariados/as y 20 rentistas. Cada rentista percibe un ingreso que es el doble que el de un asalariado/a. Lo dedica a la compra de un 4×4 que es dos veces más caro de producir y dos veces más contaminante que cada uno de los 80 coches que consumen las y los 80 asalariadas. Imaginemos ahora una especie de cumbre de Grenelle (referencia a los Acuerdos suscritos entre el gobierno Pompidou, las organizaciones patronales y los sindicatos, que tuvieron lugar en Grenelle, barrio del suroeste de París, y que supusieron el final del movimiento huelguístico de mayo del 68 en Francia, ndt) [alusión a la Grenelle del medio ambiente que comenzó en 2007] que reduce a la mitad los ingresos de los rentistas, de modo que no pueden comprar más que automóviles normales, como los asalariados.

Hagamos las cuentas: el PIB, que ascendía a 120 (dado que el 4×4 contaba el doble), cae a 100. Por tanto, hay un decrecimiento del 20%. El tiempo de trabajo de las asalariadas se reduce en la misma proporción, pero su número no ha cambiado. Y como los 4×4 eran dos veces más contaminantes, las emisiones totales de CO2 también se redujeron en un 20%. La única diferencia radica en la distribución de los ingresos: la proporción de los salarios aumenta del 66,6% (80 de 120) al 80% (80 de 100) y la de los rentistas disminuye en contrapartida.

Esta fábula se inspiró en las reacciones muy hostiles de Angela Merkel a una decisión de la Comisión Europea que fijó para 2012 un umbral máximo de emisiones de CO2 para los automóviles. Como la industria automovilística alemana está especializada en sedanes de lujo muy grandes (más contaminantes), se ha considerado que esta medida estuvo dirigida a la industria alemana. Es por eso que esta fábula imagina un mundo improbable que produce y consume solo automóviles. Obviamente, se pueden hacer estas hipótesis más en conformidad con la realidad. Pero ello no cambiará cualitativamente sus enseñanzas. La primera es que existe un fuerte vínculo entre el modo de consumo y la distribución del ingreso. Al modificar este último, podemos eliminar algunos de los consumos dañinos: los 4×4 y otros de grandes cilindradas son inútiles socialmente y nefastos ecológicamente.

En cuanto al decrecimiento, no podemos hacer un proyecto sin analizar el contenido social del PIB. En nuestra fábula, la restricción de los ingresos destinados a la compra de los 4×4 lleva al decrecimiento. Pero también habría habido decrecimiento si el salario se hubiera reducido a la mitad: el PIB se habría reducido en un tercio, con una parte salarial cayendo al 50%.

Finalmente, la articulación de las opciones ecológicas y sociales plantea la cuestión de una verdadera democracia. En nuestro ejemplo, tenemos que comparar, por un lado, la libertad de los rentistas para conducir en 4×4 en lugar de un sencillo automóvil y, por otro, el aumento en las emisiones de CO2 que sufre el conjunto de la sociedad. El bienestar no mercantil de menores emisiones de CO2 debería ser internalizado, como dicen los economistas, para que pueda compararse con la satisfacción mercantil de los rentistas. Sin embargo, la democracia actual hace que este tipo de elección sea casi imposible, tan fuerte es la incautación de los poseedores sobre sus formas de expresión.

Imaginemos en fin una Europa sin 4×4, Mercedes, BMW, Porsche, Lexus y otros grandes coches. Los ricos contaminarán menos, al menos en esta forma. Sus frustraciones serán compensadas por un bienestar social y ecológico adicional: menos CO2 y menos tiempo de trabajo. Pero del empleo, ¿qué se dirá? Frente a este tipo de objeción es como medimos la preponderancia de lo que el Papa Francisco llama «confianza burda e ingenua (…) en los mecanismos sacralizados del sistema económico dominante». Si dejamos de producir los bienes y servicios innecesarios, el tiempo dedicado a su producción también sería inútil y podría transformarse en tiempo libre. Pero esto supone una vez más recortar en la misma proporción la parte de las riquezas que corresponde a estos consumos inútiles.

El desafío climático, por tanto, necesita de una profunda transformación del modo de satisfacción de las necesidades sociales. Ello implica desarrollar la oferta de servicios colectivos (salud, educación, etc.) menos voraces en energía, reubicando actividades que reducen los costos de transporte, mejorando la vivienda y los espacios sociales, etc. Como el consumo mercantil a menudo solo es un sustituto de la satisfacción de las necesidades sociales básicas, la extensión del tiempo libre y la provisión de instalaciones comunitarias aparecen como requisitos previos de una transformación de los patrones de consumo. Esta concepción, que puede describirse como materialista, se opone claramente a la denuncia de los consumidores, privados de alternativas reales, y a las soluciones mercantiles ineficientes y socialmente regresivas, como la ecotasa. Pero todo esto, como hemos visto, implica un cambio radical en la distribución de los ingresos.

6/11/2018

http://alencontre.org/laune/economie-politique-quest-ce-quun-emploi-utile.html

Notas

1/ François Quesnay, “Analyse de la formule arithmétique du Tableau Economique”, Journal de l’agriculture, du commerce & des finances, juin 1766, p. 11-41.

2/ François Quesnay, “Hommes”, projet d’article pour l’Encyclopédie, 1757, reproducido en: Revue d’histoire des doctrines économiques et sociales, Vol. 1 (1908), p. 78-79,

3/ François Quesnay, “Dialogue sur les travaux des artisans”, Journal de l’agriculture, novembre 1766 dans Oeuvres économiques et philosophiques, Jules Peelman, Paris, 1888 p. 536-535.

4/ Adam Smith, Recherches sur la nature et les causes de la richesse des nations, Flammarion, tome 2, 1991 [1776], p. 291. (Adam Smith, La riqueza de las naciones, Alianza Editorial, 2011)

5/ ídem, p. 294.

6/ ídem, tome 1, p. 417.

7/ Karl Marx, Teorías sobre la plusvalía. Primera Parte, Crítica, 1977)

8/ Karl Marx, El Capital, Libro 1, tome 2, Ediciones Siglo XXI .

9/ Karl Marx, El Capital, Libro 3, Ediciones Siglo XXI.

10/ John Harrison, “Productive and Unproductive Labour in Marx’s Political Economy”, Bulletin of the Conference of Socialist Economists, Autumn 1973.

11/ Christophe Darmangeat, Le Profit déchiffré. Trois essais d’économie marxiste, Paris, La Ville brûle, 2016 ; ver también esta síntesis del autor: “De quoi le travail productif est-il le nom ?”, Les Possibles n° 15, décembre 2017.

12/ Bootle Roger, The Trouble with Markets. Saving Capitalism from Itself, 2009.

13/ Adair Turner, “Capitalism in the age of robots: work, income and wealth in the 21st-century”, 10 de abril de 2018. Ver también: Adair Turner, “L’économie à somme nulle”, Alternatives économiques, 12 de septiembre de 2018.

14/ Gary Hamel &Michele Zanini, “Excess Management Is Costing the U.S. $3 Trillion Per Year”, Harvard Business Review, September 5, 2016.

15/ Eilis Lawlor, Helen Kersley, Susan Steed, “A Bit Rich. Calculating the real value to society of different professions”, New Economic Foundation, Londres, 2009.

16/ UK Cabinet Office, A Guide to Social Return on Investment, 2012.

17/ David Graeber, Bullshit Jobs, Les Liens qui Libèrent, 2018, p. 43.

18/ John Maynard Keynes, India Currency & Finance,1913, p.192.

19/ Jean-Marie Harribey, La richesse, la valeur et l’inestimable, Les Liens qui Libèrent, 2013.

20/ Jean-Marie Harribey, “Les deux espaces de valorisation en tension”, ContreTemps, 19 de julio de 2016.

21/ Ver por ejemplo: Christophe Darmangeat, “Les fonctionnaires productifs de revenu ?”, ContreTemps, 18 de mayo de 2016 ; Michel Husson, “Comptabilité nationale et valeur non marchande”, note hussonet n°103, 18 de octubre de 2016.

22/ Thomas R. Malthus, Principios de economía política, Fondo de Cultura Económica, 1998.

23/ Ídem,.

24/ Marx, El Capital, Libro 1, Tomo 2, Edictorial Siglo XXI.

25/ André Gorz, “Pourquoi la société salariale a besoin de nouveaux valets”, Le Monde diplomatique, junio 1990, p. 22-23.

26/ Malthus, op. cit., p. 336.

27/ André Gorz, André Gorz, La metamorfosis del trabajo, Editorial Sistema, 1994.

28/ Christian Baudelot, Roger Establet et Jacques Toiser, Qui travaille pour qui ?, François Maspero, 1979.

29/ Michel Husson, “Services à la personne et répartition des revenus”, note hussonet n°129, 19 de octubre de 2018.

30/ Clément Carbonnier, Nathalie Morel, “Etude sur les politiques d’exemptions fiscales et sociales pour les services à la personne”, LIEPP Policy Brief n°38, 2018.

31/ Michel Husson, “L’art d’ignorer les pauvres”, A l’encontre , 13 de mayo de 2017.

32/ François, Exhortation apostolique Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, p. 48.

33/ Lucas Chancel et Thomas Piketty, “Carbone et inégalité: de Kyoto à Paris”, Paris School of Economics, noviembre de 2015.

34/ Fabrice Lenglart, Christophe Lesieur, Jean-Louis Pasquier, “Les émissions de CO2 du circuit économique en France”, en : Insee, L’économie française, edición 2010.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14372

Juliet Mitchell: “Yo sigo siendo feminista marxista, que es algo que no está de moda”

Conversamos con Juliet Mitchell, psicoanalista y feminista marxista británica, activista durante la segunda ola feminista y autora de Women, the longest revolution. Actualmente, dicta clases en las universidades de Cambridge y Londres.

Juliet Mitchell eligió el viejo teatro The Old Vic para esta conversación. Google Maps indica que la estación más cercana a ese teatro en el sur de Londres es Waterloo, como la batalla en la que Napoleón fue derrotado por el Duque de Wellington. A Mitchell le da gracia la pregunta sobre el nombre y menciona el intento frustrado de cambiarlo. En 2018, toda la zona que rodea el teatro sigue llevando el sello de la vieja superioridad imperial.

Nació en Nueva Zelanda, pero desde muy chica vive en Inglaterra. Aunque tiene casi 80 años, sigue dando clases en la Universidad de Londres y en Cambridge, donde fundó el Centro de Estudios de Género. La segunda ola feminista la encontró en la Universidad de Leeds y Reading cuando comenzó a dictar clases. Fue parte del puñado de estudiantes y profesoras que convocaron a la primera Conferencia Nacional del Movimiento de Liberación de las Mujeres en el Ruskin College de Oxford, junto con las historiadoras Sheila Rowbotham, Anna Davin y Catherine Hall. La conferencia contó con la presencia de 600 mujeres y se discutieron cuatro demandas: igualdad salarial, iguales oportunidades de trabajo y estudio, anticonceptivos gratuitos y derecho al aborto libre y guarderías durante las 24 horas. Esta conferencia sería la primera de diez que concentrarían los debates y definiciones del movimiento.

Aunque comenzó su carrera en Literatura, siguió su camino político y académico por el psicoanálisis, en particular en relación con el feminismo. Además de su activismo feminista, y como parte de ese movimiento, reflexionó sobre los lazos que se desarrollaban entre la lucha contra la opresión y otros movimientos que se rebelaron contra el capitalismo. Autodefinida como feminista marxista, uno de sus (pocos) textos más conocidos nació como artículo para la legendaria New Left Review en 1966, “Women: The Longest Revolution” (Mujeres: la revolución más larga). El ensayo buceaba en diferentes teorías feministas, con el objetivo de rescatar los puntos más agudos de la tendencia socialista, minoritaria pero con una importante presencia en el movimiento feminista. Quizás sin saberlo, compartía algo del camino de Lise Vogel que también buscaba retomar el análisis marxista para enriquecer el punto de vista feminista, cuya máxima expresión fue Marxismo y la opresión de la mujer: hacia una teoría unitaria (1983).

Feminismos, ayer y hoy

Desde los primeros intercambios, habla de su trabajo sobre las relaciones entre hermanos y hermanas, que en inglés se mencionan con una palabra sin género: siblings, porque considera que son poco exploradas. Y aunque aclara que no conoce los debates en todos los países, sabe del movimiento por el aborto legal que sacudió a nuestro país durante 2018, y hace muchas preguntas para intentar captar algo de su alcance. El inicio de la conversación se da por la situación actual del feminismo y el movimiento de mujeres.

Creo que el feminismo siempre ha sido un movimiento de protesta combinado y heterogéneo, y tenemos que aceptar que es así, en lugar de restringir lo que yo creo que es el feminismo para mí. Por el ejemplo, el Me Too es algo combinado, tengo críticas, creo que fue en gran medida individualista, tanto los varones defendiéndose a ellos mismos como las mujeres acusándolos, cuando era algo que necesitaba colectivo (las mujeres deberían haberse organizado como grupo, y la gente podría presentar lo que le había pasado y tomar decisiones colectivas, eso sería lo negativo para mí. Sin embargo, creo que fue algo muy valiente. La denuncia que se hizo contra Kavanaugh [el juez acusado nominado a la Corte Suprema de EE. UU. de abuso sexual] me parece muy buena […] Creo que tenemos que buscar los aspectos positivos de lo que hacen las mujeres, lo que no quiere decir que no hagamos críticas, desde nuestras perspectivas.

Aparece rápido en la conversación la comparación entre la segunda ola feminista en los años 1970 –que buscaba conquistar derechos– y este momento en el que, después años de ampliación de derechos –con una mayor presencia de las mujeres en casi todos los ámbitos, incluso con mujeres en posiciones de poder–, los movimientos que se desarrollaron –como Ni Una Menos de Argentina o Me Too en EE. UU.–, renovaron las fuerzas del movimiento de mujeres, pero con una matriz de carácter defensivo (violencia, femicidios, abusos). Mitchell reconoce un elemento similar a otros momentos históricos,

Creo que siempre existe un momento antifeminista después de un movimiento tan expansivo [se refiere a la segunda ola]. Por ejemplo, cuando hicimos el centro de estudios género en Cambridge, era un momento contra el feminismo. En ese momento dijimos, “ya no se puede pelear en el valle, porque ahí solo es discusión contra el antifeminismo, el debate se vuelve repetitivo y ya no es dinámico”, y entonces pensamos qué hacemos mientras pasa este momento, cómo debatimos, y como estábamos en Cambridge, empezamos a pensar otra agenda y creamos un programa sobre las mujeres. […] En ese momento cambiamos el nombre del centro a estudios de género porque en ese momento, la historiadora Joan W. Scott había escrito el artículo “El género: una categoría útil para el análisis histórico” (American Historical Review, 1986), y no podíamos usar “mujer” como una categoría para analizar los procesos. Ella después cambió de opinión, pero nosotras seguimos pensamos que género es una categoría útil.
Creo que ahora estamos en una posición diferente, creo que esta posición defensiva porque es contra algo que no afrontamos correctamente antes…

Esta reflexión no es aislada. De hecho existen innumerables discusiones en los momentos de cambio, como el que vivimos, especialmente alrededor de la violencia machista, los abusos sexuales, incluso las violaciones, que en otros momentos de la historia estuvieron naturalizados en diferentes grados. Es un proceso muy contradictorio, donde el Estado, las clases dominantes y los medios de comunicación no son neutrales, toman aspectos del discurso feminista en general o el “sentido común” igualitario de esta época. En este semanario hemos recorrido el debate que abrieron los escraches en Argentina o las denuncias que motorizaron el Me Too.

Acerca de este momento, ella reafirma que a pesar de que se pueda definir como defensivo, ve que el machismo está expuesto y “no es posible volver atrás”. Justamente, esta idea de que es imposible “volver atrás” es lo que deja en evidencia las contradicciones de un escenario en el que existen derechos formales, producto de décadas de movilizaciones y concesiones que se vieron obligadas a dar las clases dominantes, y persisten la violencia y la opresión. A la vez, solo una parte de las mujeres (u otros sectores oprimidos) puede acceder a ellos, mientras para la mayoría, materialmente, sigue siendo muy difícil. Juliet Mitchell comenta que muchas mujeres, “siguen teniendo miedo de los hombres, nadie dice que no podés usar esos derechos”. Y puede existir un componente de miedo, pero el mayor contraste existe entre la convicción de muchas mujeres que creen (y han escuchado durante años) que la igualdad es un hecho, pero en la “vida real” esa igualdad está muy condicionada por la pertenencia de clase, por el lugar donde viven, las medidas de austeridad o medidas de ajuste de los gobiernos. Y la violencia machista, que persiste, es uno de los ejemplos más crudos de esa contradicción, porque se sigue reproduciendo incluso cuando existen tantos derechos como nunca antes. Ante este panorama, conversamos sobre un ejemplo cotidiano, la posibilidad de romper una relación en la que una mujer ya no quiere estar. Si las mujeres no tienen trabajo o tienen una vivienda, ese derecho es un poco un papel mojado, ¿cómo podrían divorciarse?

Claro, no pueden sobrevivir. Claro, tampoco existe la paridad salarial acá [en el Reino Unido], en algunos casos las mujeres llegan a cobrar el 60 % del salario de un varón, cambia mucho según el trabajo. Por ejemplo, ahora en mi facultad hay una pelea para que las trabajadoras de limpieza cobren lo mismo que sus compañeros porque están divididos en el trabajo dentro y fuera del edificio. Me recuerda a la lucha por la ley de paridad salarial de 1968, de las trabajadoras de Ford, que estaban relegadas a los trabajos menos calificados (…) Las cosas cambiaron desde la segunda ola feminista, ha habido muchas conquistas, y de alguna forma creo que hay que ver incluso en este momento defensivo un aspecto de “conquista”, porque se puede mostrar [lo conquistado], es de lo que se trata hacer un balance. Y, espero que no pero, te dicen “no empieces análisis de clase”, “no empieces con el análisis de género”… Que no son lo mismo, pueden estar mezclados pero hay que pensar a través de los dos, no solo a través de uno de ellos. Para el marxismo, creo que de lo que se trata es de pensarlo dialécticamente, materialmente.

Feministas, discursos e ideas

“Yo sigo siendo una feminista marxista, como vos, que es algo que no está de moda en esta parte del mundo”, subraya Juliet Mitchell, cuando habla de algo que repetirá en otros momentos, que es la poca presencia de las corrientes marxistas en el movimiento feminista británico.

Trabajo y vivo en Cambridge, donde puse en pie un centro género, es una universidad muy clasista, tanto Oxford como Cambridge son universidades de clase. Mis amigas y amigos siempre están preocupados por la diversidad, dicen, “Debemos tener más estudiantes negros, más estudiantes LGBT”; pero no se puede tener diversidad sin un análisis de clase para empezar. Por ejemplo hay un rumor de que en Oxford ingresaron más estudiantes negros y descubrieron que la mayoría eran “príncipes nigerianos”. ¿Qué quiero decir? Que eran varones, de clases altas y provenientes de la educación privada.

La anécdota lleva la conversación a cómo las democracias capitalistas utilizaron el discurso de la diversidad que, en parte mostraba conquistas de las personas LGBT como derechos civiles y la pelea contra muchos prejuicios, pero a la vez era utilizado muy hábilmente para invisibilizar otras diferencias, que se hunden en el corazón mismo de una sociedad organizada alrededor de la explotación del trabajo asalariado y la división en clases. La referencia a la descripción que hizo la filósofa y feminista estadounidense Nancy Fraser, con el nombre de “neoliberalismo progresista”, es casi inevitable. Pero rápidamente la charla encuentra otro cauce y va hacia Brasil que, para Mitchell, es junto al avance de la ultraderecha en Europa uno de los desafíos urgentes para el feminismo y el marxismo:

Creo que necesitamos un nuevo análisis, frente este nuevo ascenso del fascismo y el lugar de las mujeres en ese discurso. Por ejemplo, pienso en dos amigas que fueron a la embajada de Brasil a votar, fue algo intimidante: había un grupo de mujeres protestando y un grupo de hombres con remeras estampadas con armas, les gritaban cosas como “Putas, váyanse de acá” […] En Brasil creo que se movilizaron 4 millones de mujeres, pero hay mujeres también oponiéndose a eso; siempre existe esa dinámica, siempre hay antimujeres entre las mujeres. Creo que es algo para analizar. Como marxistas creo que nos tenemos que preguntar cuál es la relación entre el fascismo del capitalismo tardío y el ataque a las mujeres…

Esa reflexión también podría plantearse en el sentido inverso y sería válido. Es el caso de las movilizaciones de mujeres que sirvieron como canal de un descontento mucho más amplio que las “agendas” o las demandas que originan esas movilizaciones. Un ejemplo es la Marcha de Mujeres contra Donald Trump, cuando recién asumía la presidencia en Estados Unidos, o la propia movilización en Argentina contra la violencia machista o por el derecho al aborto legal que, en diferentes momentos, mezcló diferentes elementos que las hicieron masivas. Esto fue parte de la reflexión que abrimos luego de las marchas masivas el 8M de 2017.

Volvemos momentáneamente a la comparación de los momentos históricos y reflexiona sobre los discursos y las ideologías con más peso en el feminismo,

No creo que estemos retrocediendo, creo que está pasando otra cosa, que es un momento diferente. Y definitivamente tiene que ver con el movimiento de mujeres, con el feminismo, y es muy bueno que haya espacio para corrientes feministas marxistas, es muy alentador. Acá [en el Reino Unido] no hay corrientes feministas marxistas, el movimiento está bastante hegemonizado por las teorías queer… Por supuesto, existen intereses y demandas más que legítimas.

Esto dispara un cuestionario rápido y recíproco sobre las corrientes políticas y perspectivas, especialmente sobre el peso de las visiones que realizan críticas certeras a las políticas identitarias o el discurso del feminismo liberal y sin embargo, con una radicalidad aparente, abandonan la exigencia de derechos democráticos en el capitalismo y la lucha por transformar de raíz el orden social, lo cual desemboca inevitablemente en salidas individualistas.

Sí, ese es un punto muy interesante, y además muchas corrientes así como el posmodernismo terminan en visiones políticamente anarquistas, que creo que Marx que tenía razón cuando señalaba al anarquismo como la otra cara de una misma moneda con respecto a la burguesía. Lo mismo ocurre con el individualismo, como te decía al principio, una de mis preocupaciones con el movimiento Me Too que es muy individualista. Una vez que entrás en el individualismo, pocas cosas buenas pasan. En un sentido, el sujeto del feminismo, que son las mujeres, desaparece para convertirse en individuos. Existe esta idea de “Me quiero aislar”, bueno hacé lo que quieras […] Creo que tenemos que ser capaces de lograr cambios en las instituciones, en el sentido de lo que sucede en Argentina donde quieren cambiar la ley sobre el derecho al aborto. Tiene que ver con eso y también con qué balance o relación de fuerzas hay detrás de esas instituciones…

“Creo que hay algo de fuerza en esta posición defensiva, hay algo positivo. Porque es una fuerza que unifica”, señala Mitchell volviendo al problema de los motores de los movimientos actuales. Y aunque compartimos la visión de que son movimientos que tienen la potencia de desnudar la desigualdad y la persistencia de la violencia, volvemos sobre el problema de empezar desde un punto de demasiado bajo. Ante esto, Mitchell responde que, “Claro, cuando hablo de lo positivo del momento defensivo, me refiero sobre todo a una cuestión de análisis”.

Como psicoanalista, Mitchell trabajó sobre muchos temas relacionados con la sexualidad femenina, la maternidad y el lugar de las mujeres en la familia. La mayoría de sus trabajos son previos a la crisis actual de la reproducción social a un nivel sistémico en el capitalismo, sin embargo sostiene que,

El capitalismo idealiza la maternidad, por un lado, y la hace imposible, por el otro. Y ahora esa combinación idealización-imposibilidad es cada vez más fuerte, por ejemplo acá [en el Reino Unido] es cada vez más difícil para más y más mujeres convertirse en madres, cada vez crece más la brecha entre ricos y pobres. Y simplemente es imposible, pero a la vez la maternidad es el único lugar donde se les permite capacidad de acción o elección a las mujeres. Es decir, son sujetos de elección en la maternidad y en ningún otro lugar. Pero no se dan las condiciones para que puedas realizar esa capacidad de elegir […] La socialización del cuidado y la crianza de niñas y niños es muy buena, en comparación con una familia aislada. No puedo estar más a favor de los jardines de infantes. Y el sistema de Bowbly [se refiere al psicoanalista John Bowbly, creador de la teoría del apego para la crianza, N. de R.] era un sinsentido de la segunda posguerra [cuando existió una política fuerte para que las mujeres regresaran hogar después de haber ingresado masivamente en la fuerza laboral por falta de mano de obra masculina, N. de R.]. Yo crecí en la guerra, ninguno de nosotros tenía a su mamá en casa, todas trabajaban, y estábamos bien, crecíamos juntos. Creo que una instancia colectiva es esencial para niñas y niños. La maternidad, en cambio, se construye de forma aislada y ese es el problema, no es que haya algún problema en ser madre. La maternidad no fue siempre algo aislado, en las sociedades basadas en la agricultura no era algo aislado. Desde el siglo XX se fue aislando, centrada en algo individual, y a eso se suma, otra vez, que no existen condiciones para una maternidad aislada, es un ideal inalcanzable, que en realidad no es un ideal. Insisto mucho en la colectivización de la crianza, es parte de mi visión marxista. El gran problema de las mujeres siempre ha sido el aislamiento. Y el único lugar donde se les permite ser sujeto es la maternidad, que es una ocupación de 24 horas y completamente aislada.

Cuando estamos cerca de terminar la conversación y el bar del teatro Old Vic se llena de gente y crece el murmullo, conversamos su ensayo de mediados de los años 1960, The Longest Revolution, y la vigencia o no de una de las ideas que desarrolla alrededor de la “conciencia feminista”:

Creo, entonces, que necesitamos desarrollar nuestra conciencia feminista al máximo, y al mismo tiempo transformarla mediante un análisis socialista científico de nuestra opresión. Los dos procesos deben avanzar de forma simultánea –la conciencia feminista no se desarrollará “naturalmente” en socialista, ni debería hacerlo: ambas coexisten y deben trabajarse juntas. Si solo desarrollamos la conciencia feminista… lo que conseguiremos es, no una conciencia política, sino el equivalente al chauvinismo nacional de las naciones del tercer mundo o el economicismo entre las organizaciones obreras; una mirada que se ve a sí misma, que solo ve el funcionamiento interno de un segmento; los intereses de ese segmento. La conciencia política responde a todas las formas de opresión.

¿Sigue pensando así?

Sí, sigo pensándolo. Sí, absolutamente. Pero sobre la cuestión de por qué hay más ataques a las mujeres, creo que hay pensarlo en este momento, que es diferente […] No es que toda opresión sea parte de la misma opresión, pero hay que observarlo en su tiempo, y los tiempos son diferentes. Y el lugar de las mujeres en esta situación las pone en un lugar de vanguardia en la lucha de la opresión, porque están en un lugar de “vanguardia” al ser atacadas. Y no es que eso sea más importante que otra cosa en ningún sentido, pero políticamente, creo que las mujeres están en una posición estratégica importante en este momento […] Y eso era diferente en el momento que escribí ese texto, a mediados de los años 1960 y no estábamos en una situación así, más bien una gran parte del país atravesaba un momento bastante liberador […] Por qué hoy hay un retroceso en el derecho al aborto, en los derechos de las mujeres. Creo que siempre por debajo de la idealización, como la que el capitalismo construye alrededor de las mujeres y la maternidad, hay un ataque tanto a la maternidad como al derecho al aborto, porque lo que está bajo ataque es el derecho de las mujeres a decidir.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Yo-sigo-siendo-feminista-marxista-que-es-algo-que-no-esta-de-moda?utm_content=buffer50540&utm_medium=social&utm_source=twitter.com&utm_campaign=buffer

Pulso China vs Estados Unidos y sus impactos globales

Por Decio Machado / Consultor político internacional, miembro de la Universidad Nómada del Sur y del Grupo de Estudios de Geopolítica Crítica de América Latina

Las relaciones entre Estados Unidos y China nunca han estado más deterioradas desde que se restablecieran las relaciones diplomáticas entre los dos países tras el viaje de Richard Nixon a Pekín en 1972. De hecho, el editorial del pasado viernes del Financial Times califica la actual crisis entre ambos países como el acontecimiento más importante en lo que llevamos del siglo XXI.

Sería Henry Kissinger, uno de los protagonistas de aquella reconciliación diplomática, quien definiría la colaboración entre Estados Unidos y China como “básica para la estabilidad y la paz del mundo”. En su libro “On China”, cuya primera edición fue publicada en Estados Unidos en 2011 por la editorial Penguin Press, Kissinger -un anticomunista visceral responsable de varios episodios de las guerras secretas de la CIA en diferentes partes del planeta- escribiría: “una guerra fría entre los dos países detendría el progreso durante una generación a uno y otro lado del Pacífico”.

Estas relaciones se mantuvieron sólidas desde entonces hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Tan sólidas que incluso un gobierno como el del presidente George H. Bush -responsable de la primera invasión a Irak- decidió presionar a su Congreso con el fin de amortiguar las iniciales duras sanciones impuestas contra el gigante asiático cuando en 1989 su Gobierno masacró a cerca de un millar de personas tras unas movilizaciones críticas con el régimen.

La visión dura y pragmática que Kissinger refleja en su libro tras los sucesos de la Plaza de Tiananmén, propia de un hombre que ha formado parte de tramas tan execrables en nuestra región como los golpes de Estado en Chile (1973) o Argentina (1976), le hace indicar algo que ha marcado durante los últimos 45 años la relación de Estados Unidos con la República Popular China: “inicialmente los estadounidenses insistían en que las instituciones democráticas eran necesarias para que hubiera una compatibilidad de intereses nacionales. Esa proposición -que surge de un artículo de fe de muchos analistas estadounidenses- era difícil de demostrar a partir de la experiencia histórica”.

Pese a que Kissinger sea responsable de varios planes represivos de carácter geopolítico como lo fue la Operación Cóndor, su posición como una de las figuras más relevantes de la diplomacia estadounidense le permitió comprender que China nunca asumiría de forma voluntaria un rol secundario en la jerarquía internacional. De hecho, en su obra anteriormente reseñada, Kissinger indica en sus últimos párrafos que “los estadounidenses no tienen que estar de acuerdo con el análisis chino para comprender que darle lecciones a un país con una historia de milenios sobre su necesidad de ´madurar´ puede resultar innecesariamente molesto”.

Pues bien, todas las elucubraciones de este referente de la diplomacia estadounidense se fueron al traste con la llegada de Donald Trump al Despacho Oval. En marzo de 2018 el presidente de los Estados Unidos comenzó a imponer aranceles sobre productos chinos bajo el artículo 301 de la Ley de Comercio de 1974, argumentando un historial de “prácticas desleales de comercio” y el robo de propiedad intelectual. Como reacción y el paralelo a cada medida de la administración Trump, Beijing ha ido escalando sus penalizaciones a los productos estadounidenses.

La guerra comercial entre los Estados Unidos y China, las dos mayores economías mundiales, impactan sobre la economía global haciendo que esta crezca más lentamente de lo esperado. Según la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, esta crisis costará a China 0,6 puntos porcentuales de crecimiento respecto a estimaciones anteriores, mientras que Estados Unidos dejará de crecer otros 0,2 puntos porcentuales.

Los nubarrones sobre la economía global son ya presentes. La Organización Mundial del Comercio (OMC) desveló en su última asamblea anual que el tráfico de mercancías y servicios caerá un 17% y que el PIB mundial lo hará en 1,9 puntos porcentuales si de aquí a fin de año se sigue escalando en esta guerra comercial.

Lo anterior supondría que la caída del comercio global estaría ostensiblemente por encima de lo sucedido en 2008 y 2009, momentos de la última crisis económica mundial. Así las cosas, la riqueza del planeta mermaría en 1,52 billones de dólares, el equivalente a sacar a Rusia del PIB mundial.

Pese a lo anterior, el impacto de esta guerra comercial en el año 2018 se considera moderado, siendo en 2019 cuando las cifras de intercambio de mercancías podrían sufrir un golpe definido fruto de la política proteccionistas estadounidense y las reacciones chinas a esta.

Inicialmente parece que la República Popular China sería la gran perjudicada a corto plazo en este conflicto, pero diversos análisis económicos de prospectiva vienen a indicar que posteriormente será los Estados Unidos el país más golpeado: Washington tendrá que afrontar las tensiones comerciales tanto dentro como fuera del país, y también el fin del paquete fiscal impulsado por Trump. Estimaciones de las instituciones de Bretton Woods indican que a la postre se reducirá el crecimiento estadounidense en un 2,5% del PIB.

En todo caso y a nivel global, una guerra comercial de estas características genera una escalada de tensiones que plantea riesgos claros para las economías de todos los países. A corto plazo, las disputas comerciales podrían tener un impacto indirecto considerable en las inversiones globales y domésticas por efecto de aumento de la incertidumbre. Estamos, si ambos países no llegan a un acuerdo en el corto plazo, ante un debilitamiento del sistema multilateral de intercambio.

En paralelo, los gerentes de fondos de inversión tienen también expectativas muy poco optimistas respecto a la evolución de la economía global. Los inversiones se encuentran sentados sobre sacas de dinero disponible pero frente a un clima de gran incertidumbre por las tensiones comerciales y la política de incremento de las tasas de interés impulsada desde la Reserva Federal (FED).

Sin embargo y más allá de todo esto, la guerra comercial no es la única causante directa del deterioro del comercio mundial. Un estudio de Internationale Nederlanden Groep indica que existe una ralentización de la producción mundial de manufacturas -la producción crecía un 0,3% mensual en 2017 y hoy esta tasa se redujo a la mitad-, lo que está influyendo también en la desaceleración de las transacciones.

La escalada no es inevitable y varios organismos multilaterales intentan incidir sobre el magnate televisivo con el fin de reconducir el actual camino de confrontación adoptado adoptado por Estados Unidos.

Trump se equivoca creyendo que Estados Unidos aun tiene capacidad de frustrar el “sueño chino”, tratando de contener el creciente poder económico y geopolítico chino… esto generará a la larga una lógica de conflicto que podría llegar a ser incluso militar.

Pese a los deseos trumpianos, el orden mundial con el que cerró el pasado siglo ya no es válido. El crecimiento de China necesariamente altera el viejo equilibrio, o más bien desequilibrio, global. Desde una visión inteligente, el nuevo desafío estadounidense debería basarse en acomodar su poder dentro del nuevo orden mundial en conformación respetando los actualizados intereses de China.

El pulso actual entre ambas potencias tiene afectación y dimensiones globales. De esta manera, Washington acusa a Beijing de articular ciber ataques, de robo de propiedad intelectual y califica a China como una amenaza para la cadena de sumidero de materiales para el ejército norteamericano. Mientras a su vez, Beijing niega que su “surgimiento pacífico” esconda una intención hegemónica ni expansionista, pese a que el estilo de mando de Xi Jinping indique lo contrario.

Europa a su vez tiembla viendo como la One Belt One Road (nueva ruta de la seda) significará su desplazamiento ante un territorio que se convertirá en un nuevo referente para las inversiones económicas y la disputa por la hegemonía geopolítica. La respuesta de Beijing es sencilla: las grandes potencias emergentes también tienen intereses internacionales legítimos, ya sea para proteger sus inversiones en el extranjero o para salvaguardar las rutas de aprovisionamiento. La República Popular China agrega además a su discurso que su huella militar en el extranjero sigue siendo pequeña en relación a su rol económico global.

Ankica Čakardić: “Crítica de Rosa Luxemburgo del feminismo burgués y de la primera tentativa de teoría de la reproducción social”

Ankica Čakardić es profesora auxiliar en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Zagreb y directora del departamento de Filosofía Social y Filosofía del Género. El foco de sus investigaciones incluye la crítica marxista de la teoría social del contrato, la crítica política del marxismo, el feminismo marxista, la crítica luxemburguiana de la economía política y la historia de las luchas de las mujeres en Yugoslavia. Actualmente está ultimando un libro sobre la historia social del capitalismo, Hobbes y Locke. Una versión más larga de este artículo fue presentada en la conferencia de Historical Materialism de Londres en 2017, publicada en el número 25.4 como “De la Teoría de la Acumulación a la teoría de la Reproducción Social: Un ejemplo del feminismo Luxemburguiano”, disponible aquí.

La acumulación del capital

Luxemburgo no escribió muchos textos sobre la llamada “cuestión de la mujer”.1 Sin embargo, eso no significa que su trabajo deba ser omitido de la historia del feminismo revolucionario. Por el contrario, sería erróneo afirmar que sus trabajos, específicamente, su crítica de la economía política carecen de referencias para el desarrollo de una política feminista progresista y la emancipación de las mujeres, a través de la historia y hoy en día. A partir de varios ensayos de Luxemburgo sobre “la cuestión de la mujer” y varias tesis clave de su obra La acumulación del capital, intentaremos llevar la teoría de Luxemburgo un poco más lejos. ¿Es posible hablar de un feminismo Luxemburguista? ¿Qué utilidad tiene la crítica de Luxemburgo del feminismo burgués?

En vísperas de la Primera Guerra Mundial, tras cerca de quince años de preparación, Rosa Luxemburgo publicó La acumulación del capital (Berlín, 1913), su trabajo teórico más acabado y uno de los trabajos más relevantes y originales de los clásicos de la economía marxista.2 La acumulación del capital: Una contribución a una explicación económica del imperialismorepresentaba la continuación de su Introducción a la economía política que Luxemburgo escribió preparando sus conferencias sobre economía política, impartidas entre 1906 y 1916 en la escuela del Partido Socialdemócrata alemán.3 Exponiendo brevemente, La acumulación del capitalpretendía estudiar y explicar científicamente las condiciones del proceso de monopolización del capital, la reproducción ampliada y el imperialismo, teniendo en cuenta la relación dinámica entre la espacialidad capitalista y no capitalista. Luxemburgo sostenía que Marx había descuidado la determinación espacial del capital, centrando su crítica del capital exclusivamente en la cuestión temporal, es decir, únicamente en el “tiempo” de la dinámica interna de la reproducción capitalista. En cambio, el enfoque de Luxemburgo intentaba demostrar que el núcleo interno del capital consiste en la impulsión a consumir lo externo a él: los estratos no capitalistas.4 La meta de Luxemburgo era articular su propia teoría de la reproducción ampliada y de la crítica de la economía clásica, que contendría no sólo una dimensión temporal sino también el “análisis de la dimensión espacial”. Esta determinación espacial de la acumulación capitalista Peter Hudis la ha llamado “la dialéctica de la espacialidad”.5

Amigos y enemigos vertieron agudas críticas sobre Luxemburgo por señalar lo que ella consideraba “deslumbrantes inconsistencias” del enfoque de Marx del problema de la acumulacion y de la reproducción ampliada en el segundo volumen de El Capital 6. En una carta dirigida a Franz Mehring donde se refería a las críticas de la acumulación del capital, escribió:

En general, estaba prevenida de que el libro encontraría resistencias a corto plazo; desafortunadamente, nuestro “marxismo” predominante, como el de algun viejo chocho, tiene miedo de cualquier brisa de aire fresco en el pensamiento, y sabía que al principio tendría que enfrentar muchas luchas.7

Lenin indicó que Luxemburgo ”había deformado a Marx”,8 y su trabajo fue interpretado como revisionista, a pesar de haber liderado una vehemente ofensiva contra estas tendencias dentro del SPD alemán. En oposición a los socialdemócratas agrupados alrededor de los “epígonos” y de la oportunista práctica política que pretendía ”corregir” a Marx abandonando gradualmente los principios socialistas de la acción revolucionaria y del internacionalismo, Luxemburgo insistió en aferrarse a un pensamiento marxista vivo para ofrecer respuestas y explicaciones más exactas a una crisis económica cada vez mayor y de los nuevos hechos que aparecían en la vida económica. Mientras que los trabajos de Luxemburgo sobre la organización política, la filosofía revolucionaria, el nacionalismo o el militarismo son analizados a menudo por los eruditos, pocos autores han intentado proporcionar una retrospectiva sistemática de la teoría económica y de la herencia de Luxemburgo, o que ofrezca un análisis contemporáneo de la economía política luxemburguiana.9 En palabras de Ingo Schmidt: “Los izquierdistas interesados en el trabajo de Luxemburgo han estudiado su política pero han dedicado poco tiempo a su análisis económico”.10

Aunque La acumulación del capital topó con severas críticas desde su publicación, procedentes de los elementos reformistas oportunistas y del revisionismo del SPD, así como las procedentes de los marxistas ortodoxos conducidos por Karl Kautsky, no sólo fue criticado su trabajo en el marxismo como fuertemente sospechoso. Estas críticas, a menudo naturalizando argumentos conservadores de psicología barata, minaron la credibilidad del trabajo de Luxemburgo y la expusieron como una inepta e insuficientemente familiarizada con los textos marxistas. Un buen ejemplo de este tipo de crítica lo proporciona Werner Sombart, que indicó en su Der proletarische Sozialismus:

Los socialistas más enojados son los que cargan con el resentimiento más fuerte. Esto es típico: el alma sedienta de sangre, venenosa de Rosa Luxemburgo se había cargado con un resentimiento cuádruple: como mujer, como extranjera, como judía y como lisiada.11

Incluso en el seno del partido comunista alemán fue tildada como “la sífilis de la Comintern”, y Weber una vez habló de Rosa Luxemburgo como alguien “[propia] de un parque zoológico’.12 Dunayevskaya escribe:

Un chauvinismo masculino virulento impregnó el partido entero, incluyendo a August Bebel, el autor de “La mujer y el socialismo” -quién había creado un mito sobre sí mismo como auténtico feminista- y Karl Kautsky, el teórico principal de la Internacional.13

El análisis social del género de Dunayevskaya también cita un fragmento de una carta donde Víctor Adler escribe a August Bebel a propósito de Luxemburgo:

La perra venenosa todavía hará mucho daño, tanto más porque es tan lista como un mono [blitzgescheit] mientras que, por otra parte, carece totalmente de sentido de la responsabilidad y su única motivación es un deseo irrefrenable de autojustificación.14

Estaba en cuestión, evidentemente, cierto tipo de táctica de las políticas conservadoras que ascendieron a atacar a las mujeres prominentes, que en este caso incluyeron un serio abandono del trabajo de Luxemburgo basándose en la biología: el hecho de que ella era una mujer. Aunque este importante aspecto de la historia social y del género no será discutido en profundidad aquí, su ubicuidad necesita ser considerada al discutir las numerosas críticas pseudo-teóricas de La acumulación del capital y de Luxemburgo como mujer teórica, profesora y revolucionaria.

Si los análisis feministas de los trabajos de Luxemburgo en general son raros, más raros son aún los contactos feministas con La acumulación del capital.15 Si hay algún interés en la interpretación feminista del trabajo de Luxemburgo, se acota generalmente a su vida personal y de vez en cuando a su teoría. Luxemburgo, que no escribió mucho sobre la “cuestión de la mujer”, contribuyó ciertamente al hecho de que la mayoría de las interpretaciones del feminismo de Luxemburgo esté ligado a los episodios de su vida e intimidad. Éstos son, naturalmente, bastantes, temas cruciales, especialmente si consideramos que  tradicionalmente la historiografía ha evitado hablar de las mujeres y sus experiencias. Sin embargo, intentemos responder a esta pregunta: ¿qué pueden decirnos los textos y los discursos escritos de Luxemburgo acerca de la “cuestión de la mujer” sobre su feminismo ?

¿Qué utilidad tiene la crítica de Luxemburgo del feminismo burgués?

Luxemburgo no se dedicó exclusivamente a organizar grupos de trabajadoras; su trabajo en ese campo fue ensombrecido por el hecho de que ella trabajó generalmente entre bambalinas. Apoyó fervientemente el trabajo de organización del movimiento de las mujeres socialistas, entendiendo la importancia y las dificultades de la vida laboral para la emancipación femenina. A menudo demostró su ayuda en este ámbito cooperando con su cercana amiga Clara Zetkin. En una de las cartas dirigidas a Zetkin podemos leer cómo está interesada y excitada cuando se unió al movimiento de las mujeres: “¿Cuándo va a escribirme esa extensa carta sobre el movimiento de las mujeres? De hecho se lo ruego ni que sea una sola carta!”16 Referente a su interés en el movimiento de las mujeres, Luxemburgo señaló en uno de sus discursos: “Sólo puedo estar maravillada con la camarada Zetkin que carga sobre sus hombros tamaña cantidad de trabajo”.17 Finalmente, aunque raramente se reconoció como feminista, en una carta a Luise Kautsky escribió: “¿Asistirá a la conferencia de las mujeres? ¡Imagínese, me he convertido en una feminista!”18 Además del hecho de que trabajaba “detrás del escenario” y en privado mostraba interés sobre la “cuestión de la mujer”, también se implicó en una discusión abierta referente al problema de la clase frente al movimiento de las mujeres. En un discurso de 1912 titulado “El sufragio de las mujeres y la lucha de clases”, Luxemburgo criticó el feminismo burgués y asertivamente señaló:

La monarquía y la negación de derechos a las mujeres se han convertido en las herramientas más importantes de la clase dominante capitalista…. Si era una cuestión de señoras burguesas votando, el estado capitalista no podría contar con nada más que el apoyo efectivo de la reacción. La mayoría de mujeres burguesas que actúan como leonas en la lucha contra los “privilegios masculinos” balarían como corderos dóciles en el campo de la reacción conservadora y clerical si obtenían el derecho al sufragio.19

La cuestión del sufragio de las mujeres junto con la filosofía del concepto moderno de la ley basado en las premisas de los derechos individuales desempeñó un papel importante en la llamada gran transición del feudalismo al capitalismo. Para Rosa Luxemburgo, la cuestión del sufragio de las mujeres es táctica, pues formula, en sus propias palabras, la madurez política alcanzada entre las mujeres proletarias. Prosigue subrayando que no se trata de apoyar el derecho al voto como una reivindicación aislada significativa y completa en sí, la cuestión es apoyar el sufragio universal a fin de que el movimiento de mujeres socialistas pueda llevar más allá una estrategia de lucha por la emancipación de las mujeres y de la clase obrera en general. Sin embargo, la estrategia legal liberal de conquistar el sufragio ni incluía a todas las clases ni aspiraba a derrocar el sistema capitalista. Para Luxemburgo, la metafísica de los derechos individuales en el marco de un proyecto político liberal sirve sobre todo para proteger la propiedad privada y la acumulación del capital. Los derechos liberales no reflexionan sobre las condiciones sociales materiales reales, se colocan simplemente por encima de ellas, como algo abstracto y nominal, haciendo imposible su puesta en práctica o un uso real de tales derechos. Como ella argumentó despectivamente: “Se trata de una basura meramente formalista tantas veces manoseada y repetida que ya no conserva ningún significado práctico”.20

Luxemburgo rechazó la definición tradicional de los derechos civiles en todo sentido, incluyendo la lucha por el sufragio de las mujeres y señaló su parecido con la lucha para la autodeterminación nacional:

La dialéctica histórica ha demostrado que no existen las verdades eternas y que no existe ningún `derecho’…. En palabras de Engels, “Aquello que es bueno aquí y ahora es malo en cualquier otra parte, y viceversa” -o, aquello correcto y razonable bajo determinadas circunstancias se convierte en un sinsentido y absurdidad bajo otras. El materialismo histórico nos ha enseñado que el contenido real de estas verdades eternas, derechos y fórmulas están únicamente determinados por las condiciones sociales materiales del ambiente de una época histórica dada.21

Lo que Rosa Luxemburgo sugiere en la cita, mencionada en “El sufragio de las mujeres y la lucha de clases”, pertenece a los problemas clásicos suscitados y discutidos inicialmente en el marco del feminismo socialista a partir de finales del siglo XVIII y principios del XIX: el papel del feminismo burgués en la reproducción del capitalismo y el uso de los objetivos feministas como medio para obtener ganancias. Siempre que el capitalismo está en crisis o necesita “aliados” para su restauración o para la acumulación del capital posterior, integra a los “otros” marginados en su forma política liberal legal, sean las mujeres, los niños, las razas no blancas, o las personas LGBTIQ -quienquiera que esté disponible o sea potencialmente útil para continuar con la mercantilización:

Uno de las condiciones fundamentales para la acumulación es la provisión de trabajo vivo que encaje con sus requerimientos y que el capital pone en movimiento… El aumento progresivo del capital variable que acompaña la acumulación debe por lo tanto expresarse en el empleo de una mano de obra cada vez mayor. ¿De dónde procede esta fuerza de trabajo adicional ?22

Según la teoría económica de Luxemburgo, el modo capitalista de producción se reproduce creando plusvalías, la apropiación de las cuales sólo se puede acelerar mediante la extensión concomitante de la superproducción que genera. Por lo tanto, es necesario asegurarse que la producción sea reproducida en un volumen mayor que antes, y esto significa que la expansión del capital es la ley absoluta que gobierna la supervivencia de cualquier capitalista individual. En La acumulación del capital Rosa Luxemburgo establece las premisas para entender el capitalismo como una relación social que permanentemente produce crisis y que necesariamente ha de hacer frente a los límites objetivos de la demanda y la autoexpansión. En este sentido, desarrolló una teoría del imperialismo basada en el análisis del proceso de la producción social y de la acumulación del capital observada en varias “formaciones no capitalistas”:

No puede haber ninguna duda de que la explicación de la raíz económica del imperialismo debe derivarse y ponerse en armonía con [una comprensión correcta de] las leyes de la acumulación de capital, para el imperialismo en general y de acuerdo con la observación empírica universal no es otra cosa que un método específico de acumulación … La esencia del imperialismo consiste precisamente en la expansión del capital de los antiguos países capitalistas a nuevas regiones y en la lucha económica y política competitiva entre aquellos por nuevas áreas. 23

A diferencia de Marx, que resumió la acumulación real por países capitalistas específicos y sus relaciones a través del comercio exterior, Luxemburgo afirma que la reproducción ampliada no debería discutirse en el contexto de una sociedad capitalista de tipo ideal.24 Para facilitar la comprensión de la reproducción ampliada, Marx abstrae el comercio exterior y examina una nación aislada, para presentar cómo se realiza la plusvalía en una sociedad capitalista ideal dominada por la ley del valor que es una ley del mercado mundial..25 Luxemburgo discrepa con Marx, que analiza las relaciones del valor en la circulación del capital y de la reproducción sociales desatendiendo las características específicas del proceso de producción que crea mercancías. Así, el mercado funciona ‘totalmente’, es decir, en un análisis general del proceso capitalista de la circulación asumimos que ocurre la venta directamente, ‘sin la intervención de un comerciante’.

Marx desea demostrar que una porción substancial del plusvalor es absorbida por el capital como tal, en vez de por individuos concretos. La pregunta no es el ’quién’ sino ‘qué’ consume las mercancías excedentes. Luxemburgo, por otra parte, analiza la acumulación del capital a partir del  intercambio internacional de mercancías entre sistemas capitalistas y no capitalistas. A pesar de las objeciones, Luxemburgo se da cuenta de que el análisis de Marx del problema del capital variable es la base para establecer el problema de la ley de la acumulación del capital, que es la clave de su teoría económico-social. Igualmente, ese argumento permite entender la importante distinción entre trabajo productivo y no productivo,26 sin la cual sería casi imposible entender la teoría de la reproducción social como una reacción específica a la economía neoclásica y su alianza con el feminismo liberal. Precisamente por esta razón en La acumulación del capitalLuxemburgo cita a Marx:

La población que trabaja puede aumentar, cuando los trabajadores previamente improductivos se transforman en productivos, o los segmentos de la población que no trabajaban previamente, por ejemplo las mujeres y los niños, o los pobres, son introducidos en el proceso de producción.27

Este tipo de economía y de inclusión liberal de la “población trabajadora” obviamente tiene poco potencial democrático y carece de aspiración emancipatoria de la clase oprimida. Los derechos se localizan, muy cautelosamente, en una base identitaria (por oposición al nivel social material) y exclusivamente según la fórmula diseñada prioritariamente para salvaguardar la reproducción del modo de producción capitalista. Las mujeres burguesas desde principios del siglo XIX no han tenido la abolición del sistema de clases en mente; al contrario, lo apoyan. Por otra parte, el feminismo burgués defiende el capitalismo y ocupa una posición de clase y desatiende los derechos de las mujeres de la clase obrera. Los procesos de acumulación del capital, el estado moderno,  las aspiraciones del liberalismo y luego el movimiento feminista burgués han recorrido la misma trayectoria:

En un nivel formal, los derechos políticos de las mujeres se constituyen con notable armonía con el estado burgués. Los ejemplos de Finlandia, de los estados americanos, de algunos municipios, todos demuestran que ninguna política de igualdad de derechos para las mujeres ha tumbado el estado; no disputa la dominación del capital.28

Luxemburgo explica que el papel del movimiento sufragista es reaccionario no sólo debido a la ausencia de apoyo de las mujeres burguesas a la lucha por los derechos de los trabajadores y trabajadoras y los derechos sociales de las mujeres proletarias, sino también debido a su participación activa en la defensa de la opresión de las mujeres que nace de las relaciones sociales basadas en el trabajo reproductivo femenino  dentro de la esfera del hogar. El punto metodológico central de la teoría de la economía de Luxemburgo reside en el choque asertivo con la economía política clásica. Por lo tanto, no debe sorprender que los temas de su crítica también incluyan precisamente esos fenómenos y procesos sociales que permiten al capitalismo-liberalismo, el papel de la burguesía en la transición de la monarquía feudal al capitalismo. Los derechos, las leyes y los contratos sociales de hoy día son las instituciones que desempeñaron un papel formal histórico clave en la implantación del capitalismo.29 Pero también el feminismo burgués hace una parte importante en el mantenimiento de la estructura de clases capitalista. Por una parte, las demandas de las mujeres de clase burguesa reclaman el derecho político al voto solamente para las mujeres de la clase dominante y desde un punto de vista individualista no tienen ningún interés en abordar la posición de las mujeres en general o las causas de clase de la opresión de las mujeres. En la opinión de Luxemburgo, el papel de las mujeres burguesas es muy importante y mantiene una presencia activa en la perpetuación de las relaciones sociales establecidas:

Aparte de las pocas que tienen trabajos o profesiones, las mujeres de la burguesía no participan en la producción social. No son nada más que co-consumidoras del valor excedente que sus hombres extraen del proletariado.30

Oponiendo las metas de mujeres burguesas a las metas apoyadas por las mujeres proletarias Luxemburgo clarifica que el problema aquí no es sólo relativo al género, un “problema de la mujer”, sino también un problema relacionado con la clase. Hablar de las mujeres en general fingiendo universalidad no es válido, porque el análisis del género sin el análisis de la clase es reduccionista. Las mujeres que pertenecen a las clases más altas en su mayoría no participan en la producción en el marco de procesos de mercado pero consumen el plusvalor, que  ha sido drenado mediante la explotación de la clase obrera; así su papel en la reproducción de relaciones sociales es de “naturaleza parasitaria”:

Son parásitos de los parásitos del cuerpo social. Y los co-consumidores al defender su “derecho” a la vida parásitaria son generalmente aún más rabiosos y crueles que los agentes directos de la clase dominante y de la explotación.31

Así, Luxemburgo agrega, el único papel social de las mujeres burguesas es mantener y reproducir el orden existente; no son aliados en la lucha por la emancipación:

Las mujeres de las clases propietarias siempre defenderán fanáticamente la explotación y la esclavitud de la clase trabajadora gracias a la cual ellas reciben indirectamente los medios para su existencia social inútil.32

Luxemburgo no está sola en su afilada crítica del feminismo burgués. Clara Zetkin y Alexandra Kollontai, entre otras, contribuyeron enormemente, en especial si consideramos su punto de vista hacia las actitudes reaccionarias de las mujeres liberales en la emancipación de mujeres. Las demandas universales de las mujeres socialistas se presentaron como el efecto de motivaciones y de causas materiales sociales, encontrando en última instancia más en común con los hombres que pertenecían a su misma clase que con las mujeres de una clase más alta. Esto fue a pesar del hecho de que, históricamente, la aparición de las mujeres en el mercado laboral se veía con frecuencia como un intento de introducir una competencia más barata para la fuerza de trabajo masculina, lo que a su vez influía en la disminución del precio de la mano de obra. En vista del problema de la mano de obra femenina, las mujeres socialistas señalan que la carga de trabajo de las mujeres es agravada además por el trabajo reproductivo dentro de la esfera del hogar. Se podría casi hablar de la “primera ola” de la teoría de la reproducción social, cuando Zetkin indica: “Las mujeres están doblemente oprimidas, por el capitalismo y por su dependencia en la vida familiar”.33  Un ejemplo tan brillante proviene también de la interpretación de Luxemburgo del papel social de la familia. Refiriendose a Engels, en un discurso de 1912 distinguió entre el trabajo en la esfera del mercado y el trabajo en la esfera doméstica, asentando de este modo las bases iniciales de la teoría de la reproducción social:

Este tipo de trabajo [educar a los niños, o sus tareas domésticas] no es productivo en el sentido de la economía capitalista actual, sin importar cuán enorme sea el sacrificio y la energía invertidos, los mil pequeños esfuerzos que suman. Esto no es más que asunto privado del trabajador, su felicidad y bendición, y por esta razón no existe para nuestra sociedad actual. Mientras el capitalismo y el sistema del salario gobiernen, sólo se considerará productivo el tipo de trabajo que produzca plusvalor, que cree el beneficio del capitalista. Desde este punto de vista, la bailarina de music-hall cuyas piernas arrastran ganancias al bolsillo de su empleador es una trabajadora productiva, mientras que todo el trabajo de las mujeres y madres proletarias en las cuatro paredes de sus hogares se considera improductivo. Esto suena brutal e insano, pero corresponde exactamente a la brutalidad y la locura de nuestra economía capitalista actual. Y ver esta realidad brutal claramente y agudamente es la primera tarea de la mujer proletaria.34

Luxemburgo subraya el problema analítico clave que enfrentamos si vamos a atribuir la desventaja de la posición de las mujeres simplemente a la ideología del “antagonismo” entre mujeres y hombres, en lugar de al modo de producción capitalista. Esa advertencia ilustra cuán equivocada y reductiva es, según Luxemburgo, interpretar la opresión de las mujeres transhistóricamente y en línea con el feminismo liberal, en lugar de interpretarla como un producto del antagonismo entre el capital y el trabajo. Esa advertencia ilustra cómo es incorrecto y reductor, según Luxemburgo, interpretar la opresión de las mujeres transhistoricamente conforme al feminismo liberal, en vez de interpretarlo como producto del antagonismo entre el capital y el trabajo:

La reivindicación de igualdad de las mujeres, cuando se acuerda entre las mujeres burguesas, es pura ideología de grupos débiles sin raíces materiales, una farsa del antagonismo entre hombre y mujer, una excentricidad si se quiere. Esta es la naturaleza farsante del movimiento sufragista. 35

A medida que el neoliberalismo explota con éxito el género para los intereses de clase del capital, nos enfrentamos a una importante tarea de diseñar estrategias anticapitalistas basadas en la resistencia al mercado y su reproducción, concentrándonos simultáneamente en la esfera doméstica y los procesos reproductivos dentro del marco del modo de producción capitalista. En un momento en que los análisis sistemáticos de la relación entre el mercado y el estado -en el nivel nacional o internacional- son puntos de partida necesarios para una discusión de cualquier alternativa a corto o a largo plazo al modo del capitalista de la producción, la crítica de Luxemburgo del feminismo burgués y su conexión con la teoría social de la reproducción parecen presentar no sólo una referencia introductoria valiosa, sino también un modelo político bien adaptado a las alianzas organizativas entre estructuras paralelas y alinear sus metas progresivas.

Referencias

Adler, Georg, Peter Hudis and Annelies Laschitza (eds.) 2011, The Letters of Rosa Luxemburg, translated by George Shriver, London: Verso.

Arrighi, Giovanni 2004, ‘Spatial and Other “Fixes” of Historical Capitalism’, Journal of World-Systems Research, 10, 2: 527–39.

Bellofiore, Riccardo 2010, ‘Finance and the Realization Problem in Rosa Luxemburg: A Circuitist Reappraisal’, available at: <https://libcom.org/library/finance-realization-problem-rosa-luxemburg-%E2%80%98circuitist%E2%80%99-reappraisal-riccardo-bellfiore-m>.

Bellofiore, Riccardo, Ewa Karwowski and Jan Toporowski (eds.) 2014, The Legacy of Rosa Luxemburg, Oskar Lange and Michał Kalecki: Volume 1 of Essays in Honour of Tadeusz Kowalik, Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Bulajić, Žarko 1954, ‘Predgovor našem izdanju [An Introduction to the Yugoslav Edition]’, in Roza Luksemburg, edited by Paul Frelih [Paul Frölich], Belgrade: Izdavačko preduzeće ‘Rad’.

Cámara Izquierdo, Sergio 2006, ‘A Value-oriented Distinction between Productive and Unproductive Labour’, Capital & Class, 30, 3: 37–63.

Cox, Robert 1983, ‘Gramsci, Hegemony, and International Relations: An Essay in Method’, Millennium: Journal of International Studies, 12: 49–56.

Day, Richard B. and Daniel Gaido (eds.) 2012, Discovering Imperialism: Social Democracy to World War I, Historical Materialism Book Series, Leiden: Brill.

Dunayevskaya, Raya 1981, Rosa Luxemburg, Women’s Liberation, and Marx’s Philosophy of Revolution, Atlantic Highlands, NJ.: Humanities Press.

Federici, Silvia 2004, Caliban and the Witch: Women, the Body and Primitive Accumulation, New York: Autonomedia.

Gavrić, Milan 1955, ‘Predgovor [Introduction]’, in Akumulacija kapitala: Prilog ekonomskom objašnjenju imperijalizma [The Accumulation of Capital: A Contribution to an Economic Explanation of Imperialism] by Rosa Luxemburg, Belgrade: Kultura.

Harvey, David 2001, ‘The Geography of Capitalist Accumulation: A Reconstruction of Marx’s Theory’, in Spaces of Capital: Towards a Critical Geography, Edinburgh: Edinburgh University Press.

Harvey, David 2003, The New Imperialism, Oxford: Oxford University Press.

Harvey, David 2005, A Brief History of Neoliberalism, Oxford: Oxford University Press.

Harvey, David 2006, The Limits to Capital, New Edition, London: Verso.

Harvey, David 2014, Seventeen Contradictions and the End of Capitalism, London: Profile Books.

Haug, Frigga 2007, Rosa Luxemburg und die Kunst der Politik, Hamburg: Argument-Verlag.

Hudis, Peter 2014, ‘The Dialectic of the Spatial Determination of Capital: Rosa Luxemburg’s Accumulation of Capital Reconsidered’, Logos Journal, available at: <http://logosjournal.com/2014/hudis/&gt;.

Hudis, Peter (ed.) 2013, The Complete Works of Rosa Luxemburg. Volume I: Economic Writings 1, translated by David Fernbach, Joseph Fracchia and George Shriver, London: Verso.

Hudis, Peter and Kevin B. Anderson (eds.) 2004, The Rosa Luxemburg Reader, New York: Monthly Review Press.

Hudis, Peter and Paul Le Blanc (eds.) 2015, The Complete Works of Rosa Luxemburg. Volume II: Economic Writings 2, translated by Nicholas Gray and George Shriver, London: Verso.

Kowalik, Tadeusz 2014 [1971/2012], Rosa Luxemburg: Theory of Accumulation and Imperialism, translated and edited by Jan Toporowski and Hanna Szymborska, Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Krätke, Michael R. 2006, ‘The Luxemburg Debate: The Beginnings of Marxian Macro-Economics’, available at: <http://kapacc.blog.rosalux.de/files/2014/03/Luxemburg-debate.pdf>.

Luxemburg, Rosa 1975 [1925], Uvod u nacionalnu ekonomiju [Introduction to National Economy], Zagreb: Centar za kulturnu djelatnost omladine.

Luxemburg, Rosa 1976 [1909], ‘The National Question’, in The National Question: Selected Writings, edited by Horace B. Davis, New York: Monthly Review Press.

Luxemburg, Rosa 2003 [1913/51], The Accumulation of Capital, translated by Agnes Schwarzschild, London: Routledge.

Luxemburg, Rosa 2004a [1902], ‘A Tactical Question’, in Hudis and Anderson (eds.) 2004.

Luxemburg, Rosa 2004b [1904], ‘The Proletarian Woman’, in Hudis and Anderson (eds.) 2004.

Luxemburg, Rosa 2004c [1907], ‘Address to the International Socialist Women’s Conference’, in Hudis and Anderson (eds.) 2004.

Luxemburg, Rosa 2004d [1912], ‘Women’s Suffrage and Class Struggle’, in Hudis and Anderson (eds.) 2004.

Luxemburg, Rosa 2015a [1913], ‘The Accumulation of Capital: A Contribution to the Economic Theory of Imperialism’, in Hudis and Le Blanc (eds.) 2015.

Luxemburg, Rosa 2015b [1921], ‘The Accumulation of Capital, Or, What the Epigones Have Made Out of Marx’s Theory – An Anti-Critique’, in Hudis and Le Blanc (eds.) 2015.

Marx, Karl 1982 [1867], Capital: A Critique of Political Economy. Volume One, translated by Ben Fowkes, Harmondsworth: Penguin.

Marx, Karl 1991 [1893], Capital: A Critique of Political Economy. Volume Three, translated by David Fernbach, Harmondsworth: Penguin.

Marx, Karl 1992 [1885], Capital: A Critique of Political Economy. Volume Two, translated by David Fernbach, Harmondsworth: Penguin.

Panitch, Leo and Sam Gindin 2003, ‘Global Capitalism and American Empire’, in Socialist Register 2004: The New Imperial Challenge, edited by Leo Panitch and Colin Leys, London: Merlin Press.

Ping, He 2014, ‘Rosa Luxemburg’s Theories on Capitalism’s Crises: A Review of The Accumulation of Capital’, available at: <http://kapacc.blog.rosalux.de/files/2014/02/RLs-theory-of-crisis-EN-WL1.pdf>.

Quiroga, Manuel and Daniel Gaido 2013, ‘The Early Reception of Rosa Luxemburg’s Theory of Imperialism’, Capital & Class, 37, 3: 437–55.

Riddell, John 2014, ‘Clara Zetkin in the Lion’s Den’, John Riddell: Marxist Essays and Commentaries, 12 January, available at: <https://johnriddell.wordpress.com/2014/01/12/clara-zetkin-in-the-lions-den/>.

Sassen, Saskia 2010, ‘A Savage Sorting of Winners and Losers: Contemporary Versions of Primitive Accumulation’, Globalizations, 7, 1–2: 23–50.

Savran, Sungur and Ahmet E. Tonak 1999, ‘Productive and Unproductive Labour: An Attempt at Clarification and Classification’, Capital & Class, 23, 2: 113–52.

Schmidt, Ingo 2014, ‘Rosa Luxemburg: Economics for a New Socialist Project’, New Politics, Summer, available at: <http://newpol.org/content/rosa-luxemburg-economics-%E2%80%A8for-new-socialist-project>.

Thomas, Peter D. 2006, ‘Being Max Weber’, New Left Review, II, 41: 147–58.

Tomidajewicz, Janusz J. 2014, ‘“The Accumulation of Capital” of Rosa Luxemburg, and Systemic and Structural Reasons for the Present Crisis’, in Economic Crisis and Political Economy. Volume 2 of Essays in Honour of Tadeusz Kowalik, edited by Riccardo Bellofiore, Ewa Karwowski and Jan Toporowski, Basingstoke: Palgrave Macmillan.

Wood, Ellen Meiksins 2012, Liberty and Property: A Social History of Western Political Thought from Renaissance to Enlightenment, London: Verso.

Notas

1 Restringiéndonos a las traducciones disponibles en inglés, se pueden identificar varios trabajos/discursos del período de 1902 a 1914 en relación con la “cuestión de la mujer”: ‘A Tactical Question’ (1902), ‘Address to the International Socialist Women’s Conference’ (1907), ‘Women’s Suffrage and Class Struggle’ (1912) y ‘The Proletarian Woman’ (1914).  Todos ellos incluidos en Hudis and Anderson (eds.) 2004.

2 Luxemburg 2015a.

3 In Hudis (ed.) 2013.

4 Hudis 2014.

5 Ibid.

6 Véanse las críticas de Anton Pannekoek, Gustav Eckstein, Otto Bauer y Karl Kautsky en Day and Gaido (eds.) 2012. Por otro lado, también hubo respuestas positivas; véase la reseña de Franz Mehring donde dice: “Si bien algunos rechazan el trabajo como un completo fracaso, incluso denunciándolo como una compilación inútil, otros lo consideran el fenómeno más significativo en la literatura socialista desde que Marx y Engels tomaron la pluma. Este revisor pertenece por completo al segundo grupo. ‘(Day and Gaido (eds.) 2012, p 746.)

7 Adler, Hudis and Laschitza (eds.) 2011, p. 324.

8 Quoted in Day and Gaido (eds.) 2012, p. 677.

9 Ciertamente las excepciones son Kowalik 2014; Hudis 2014; Bellofiore, Karwowski y Toporowski (eds.) 2014; Ping 2014; y Bellofiore 2010. Además, podemos hablar de varios tipos de aplicaciones de la dialéctica de la espacialidad de Luxemburgo a diferentes teorías del “nuevo imperialismo” que definitivamente no son análisis sistemáticos de la teoría del imperialismo de Luxemburgo (y nos abstendremos de discutir aquí la calidad de cada una de ellos), comparar: Harvey 2001, 2003, 2005, 2006, 2014; Federici 2004; Sassen 2010; Arrighi 2004; Panitch y Gindin 2003; Cox 1983. El tema del imperialismo es una parte integral de las nuevas teorías críticas y tiene una larga historia, desde Hobson y Lenin a través de Luxemburgo, Bujarin y Guevara, hasta Fanon.

10 Schmidt 2014.

11 Quoted in Bulajić 1954, p. VIII.

12 Quoted in Thomas 2006, p. 154.

13 Dunayevskaya 1981, p. 27.

14 Ibid.

15 Debemos tener en cuenta las contribuciones de Haug 2007 y Dunayevskaya 1981.

16 Adler, Hudis and Laschitza (eds.) 2011, p. 153.

17 Luxemburg 2004c, p. 237.

18 Cited in Dunayevskaya 1981, p. 95.

19 Luxemburg 2004d, p. 240.

20 Luxemburg 2004a, p. 235.

21 Luxemburg 1976, p. 111.

22 Luxemburg 2015a, p. 330.

23 Luxemburg 2015b, pp. 449–50.

24 Plantea una pregunta que critica directamente a Marx y sus “esquemas sin sangre” de las relaciones entre los dos departamentos (c + v + s) del segundo volumen de El Capital: “¿Cómo entonces uno puede concebir correctamente este proceso y sus leyes internas de movimiento? mediante el uso de una ficción teórica incruenta que declara que todo este entorno, y los conflictos e interacciones dentro de él, son inexistentes? ‘Ver Luxemburgo 2015b, p. 450. Como lo subraya Krätke 2006, p. 22: “Cualquier esfuerzo por mejorar o ampliar los esquemas marxistas es inútil. En su opinión, los esquemas de reproducción marxistas eran fundamentalmente defectuosos y ninguna reformulación podría salvarlos “.

25 Aunque Luxemburgo correctamente afirma que Marx no trata en detalle el comercio exterior, ella ignora el hecho de que Marx colocó inequívocamente a la sociedad que investigó y analizó en el contexto de la economía global: “La producción capitalista nunca existe sin el comercio exterior. Si se presupone la reproducción anual normal en una escala determinada, también se supone junto con esto que el comercio exterior reemplaza los artículos nacionales únicamente por los de otro uso o formas naturales, sin afectar … las proporciones de valor … Llevar el comercio exterior a un análisis del valor del producto reproducido anualmente puede, por lo tanto, confundir las cosas, sin proporcionar ningún factor nuevo ni al problema ni a su solución “. Véase Marx 1992, p. 546

26 La diferencia entre el trabajo productivo y el no productivo se interpreta a través del concepto de Marx, pero también a través de una elaboración de Savran y Tonak 1999 y Cámara Izquierdo 2006. Los autores afirman que la diferencia antes mencionada presenta la base para entender el capitalismo en su conjunto y particularmente en el análisis de rasgos específicos del capitalismo del siglo XX. El énfasis está en la dualidad del problema, dependiendo de si nos referimos al “trabajo productivo en general” o “trabajo productivo para el capital”. Esta distinción se considera muy importante para comprender la relación entre el trabajo reproductivo (doméstico) y el problema del trabajo no productivo.

27 Luxemburg 2015b, p. 587.

28 Luxemburg 2004b, p. 244.

29 Para una elaboración más detallada de un enfoque sociohistórico de la teoría liberal occidental y el pensamiento político moderno, con énfasis en la “transición”, compárese Wood 2012.

30 Luxemburg 2004d, p. 240.

31 Ibid.

32 Ibid.

33 Cited in Riddell 2014.

34 Luxemburg 2004d, p. 241.

35 Luxemburg 2004b, p. 243.

Traducción de Isabel Benítez para Marxismo Crítico

Fuente: Historical Materialism

Joseph Stiglitz: “El poder del mercado es abuso de poder”

ÁLVARO GUZMÁN BASTIDA / IGNASI GOZALO SALELLAS / HÉCTOR MUNIENTE SARIÑENA
El mundo parece decidido a dejar a Joseph Stiglitz en fuera de juego. Después de asesorar al gobierno de Bill Clinton y liderar el Banco Mundial a mediados y finales de los años noventa, y de ganar un Premio Nobel en 2001, el economista de la Universidad de Columbia pasó a ser uno de los críticos más agudos tanto del abandono de la clase trabajadora por parte del Partido Demócrata como –de manera clave– de las desigualdades y desequilibrios de poder originados por la globalización en los países del Sur. En estas apareció Donald Trump. Y Stiglitz volvió a estar a la altura de las circunstancias, profundizando y ensanchando si cabe el nivel de su crítica. ¿Cómo es posible que el mismo sistema contra el que había arremetido por dejar de lado a los pobres de África y los campesinos de América Latina alumbrara una monstruosidad política que decía hablar en nombre de los “olvidados” de Estados Unidos? ¿Podía ser América la perdedora de un sistema que creó y se esforzó en imponer? Stiglitz, que ha actualizado su libro más influyente, El Malestar de la globalización para abordar tamañas novedades, recibe a CTXT en su oficina del norte de Manhattan para departir sobre la guerra comercial con China, la insuficiencia de un análisis geopolítico de la globalización que deje de lado cuestiones de clase y la urgencia de la protección social como antídoto al ascenso de reaccionarios y neoproteccionistas.

La última vez que hablamos, en la primavera de 2016, tenía mucho que decir sobre la crisis de la desigualdad en Estados Unidos, las fallas de la recuperación tras la crisis económica. Sin duda, el gran acontecimiento tras aquella conversación fue el ascenso político de Donald Trump. ¿Cree que este tiene una explicación económica? ¿Cuál es, por así decirlo, el sustrato material en el que echó raíces Trump?

Cualquier cosa tan compleja como Trump no puede explicarse sólo a través de la economía. Pero sí creo que hay un factor económico subyacente, y es la realidad de la que ya hablaba entonces y que ha empeorado desde entonces: a grandes sectores de la sociedad estadounidense, en especial de los hombres estadounidenses, no les ha ido bien últimamente. Por ejemplo, los ingresos medios de los trabajadores hombres a tiempo completo –y quienes trabajan a tiempo completo tienen suerte hoy en día– son más bajos hoy que hace cuarenta y dos años. Los salarios reales de la gente de abajo están al mismo nivel que hace sesenta años. Son estadísticas demoledoras, que reflejan medio siglo de estancamiento para sectores muy amplios del país, mientras que a unos pocos de arriba les ha ido muy, pero que muy bien. Antes prácticamente todos los jóvenes podían esperar vivir mejor que sus padres. Hoy sólo la mitad de los jóvenes puede hacerlo. De modo que, para la mayoría de los estadounidenses, la noción de progreso se ha esfumado.

Los niveles de salud, de esperanza de vida, de EE.UU. están decayendo. Y entre los hombres blancos que no tienen que estudios universitarios, el declive es aún más abrupto. Gran parte de esto se debe a lo que Anne Case y Angus Deaton llaman “muertes por desesperación”: suicidios, sobredosis de drogas, alcoholismo. Estos son síntomas extremos de una enfermedad social, y por debajo de todo esto subyace el proceso de desindustrialización que ha dejado abandonado a gran parte de Estados Unidos.

El momento decisivo de esta historia quizá fuera la última crisis financiera, porque supuso el golpe definitivo a la industria. La gente perdió su casa, su empleo. Perdió la esperanza. Y, al mismo tiempo que sucedía esto, el Estado gastó cientos de miles de millones de dólares en rescatar a los banqueros que habían causado el problema. Era inevitable que surgiera el mantra del “el partido está amañado”. Y lo hizo por la izquierda –con el movimiento Occupy Wall Street– y por la derecha, con Trump.

Resulta curioso que triunfe un mensaje que presenta a EE.UU. como el perdedor de la globalización. Como usted mismo señala, Estados Unidos sigue siendo el poder hegemónico mundial, tiene una supremacía militar a escala global sin precedentes y es el único país con poder de veto en el Fondo Monetario Internacional. ¿De verdad es el perdedor de la globalización?

No. Eso es lo que dice Trump, pero Trump es famoso por su enorme ignorancia y no entiende absolutamente nada, exceptuando su intuición sobre los lamentos subyacentes, y cómo jugar con las ansiedades de la gente. De modo que decir “los tratados comerciales son injustos” forma parte de ese echar la culpa a los otros. Yo he visto cómo se negociaban todos esos acuerdos y una cosa está clarísima: los Estados Unidos dictan en esencia los términos de esos acuerdos. Son tratados diseñados por EE.UU.

También conecta el ascenso de Trump con una suerte de retroceso global en la influencia de EE.UU., medida con parámetros tan dispares como el poder blando o el equilibrio de poderes económicos. ¿Es Trump un síntoma del declive imperial estadounidense?

Es posible ver la coyuntura actual como nuestro “momento Tucídides”, aquel en el que Persia entró en declive en relación con Grecia en un momento de gran agitación global, de conflicto. Y hay síntomas de eso que estaban presentes ya con Obama. Sin ir más lejos, el Acuerdo Transpacífico (TPP, en sus siglas en inglés), un tratado comercial urdido para contener el poder de China estuvo francamente mal diseñado. No era un buen acuerdo comercial, ni siquiera desde le punto de vista de EE.UU.

La geoeconomía y la geopolítica nos dicen que China ha pasado de ser un país muy pequeño a tener poder adquisitivo que ya es –en términos reales– mayor que el de Estados Unidos. Pero incluso medido en los parámetros de tipo de cambio habituales, en treinta años su economía será mucho más grande que la de EE.UU. De pronto, la gente se despierta ante una realidad nueva: desde la caída del Muro de Berlín hasta la caída de Lehman Brothers, dominamos el mundo. Y ahora el modelo estadounidense no tiene el brillo ni el dominio que tuvo durante ese largo periodo.

Gran parte de su análisis de la globalización hasta la elección de Trump se centraba en los efectos negativos de esta, en especial en el Sur del planeta y en los países en desarrollo. Y en esto irrumpe Trump quien, según usted “lanza una granada de mano al sistema económico global”. Habrá algunos –incluso entre quienes leen y admiran su trabajo—que digan, “¿y qué tiene eso de malo? Que se hunda un sistema que ha creado tantas injusticias” ¿Qué se les escapa a quienes piensan así?

La llegada de Trump ha hecho a mucha gente repensar cuidadosamente qué tiene de bueno y de malo la globalización. Cuando uno ve en peligro un sistema, empieza a valorarlo. Setecientos cuarenta millones de chinos han salido de la pobreza, el movimiento más grande de gente que abandona la pobreza en un periodo tan corto de tiempo probablemente de la historia de la humanidad. Y la globalización ha jugado un papel muy importante en ese proceso. El crecimiento de la clase media en África, India, China… Ahí también ha tenido mucho que ver la globalización. De acuerdo con algunos parámetros, la desigualdad a nivel global ha descendido. Y ahí, de nuevo, la globalización ha jugado un papel importante, pese a que la desigualdad haya aumentado mucho en EE.UU. o en Europa.

MEDIDO EN LOS PARÁMETROS DE TIPO DE CAMBIO HABITUALES, EN TREINTA AÑOS LA ECONOMÍA CHINA SERÁ MUCHO MÁS GRANDE QUE LA DE EE.UU.

Pero por encima de eso, la manera de pensar en ello es la siguiente: no concebimos la posibilidad de gobernar nuestras economías nacionales sin un Estado de derecho. Si vamos a comerciar, necesitamos reglas. La alternativa a un sistema basado en reglas es la ley de la jungla. Dicho esto, en nuestras democracias, siempre luchamos por conseguir las leyes adecuadas. El feudalismo era un Estado de derecho, pero no era un Estado de derecho demasiado bueno, sino que otorgaba todo el poder a unas pocas personas que tenían una enorme capacidad para abusar de él. Lo mismo sucede en el sector financiero, donde reina el abuso de poder, o con el poder de mercado, que es abuso de poder. Conocemos cómo se redactan leyes que dan ventaja a la minoría a expensas de la mayoría, pero en nuestras democracias, luchamos para tener marcos legales que protegen a los débiles frente a los fuertes y por tener un estado de derecho justo. Y eso es lo que estoy empeñado en lograr a escala global.

¿Quiere decir que la manera en la que Trump, y tantos otros a izquierda y derecha, observan la globalización, enfrentando a unos países con otros, es miope? ¿Propone un análisis más ‘de clase’ para entender la globalización?

En primer lugar, digo, sí, es un análisis más ‘de clase’. Se le puede llamar de clase o de intereses corporativos contra intereses de los trabajadores, pero va muy en esa línea. Es esa la división que viene operando a nivel global. Pero también digo que la idea de Trump de que el mundo es, en definitiva, un juego de suma cero es fundamentalmente errónea. Si gestionamos la globalización de la manera adecuada, es un juego de suma positiva. Si China crece comprará más bienes nuestros y nos irá mejor al poder comprar más bienes suyos, así que seremos más prósperos tanto ellos como nosotros.

I.G.

En su crítica a los cuarenta años de globalización y el malestar que genera, ahora desde una perspectiva diferente, escribe sobre cómo la noción hegemónica de ‘libre comercio’ impulsada por derecha e izquierda en todo el mundo es en realidad confusa. Habla, en su lugar, del ‘comercio dirigido’. ¿Dirigido por quién? ¿Para lograr qué?

La manera en la que intento resumirlo es la siguiente: si realmente tuviéramos libre comercio, sería muy sencillo. Se eliminan todas las barreras al comercio, los aranceles, los subsidios. Si se tratara de eso, los acuerdos serían muy cortos. En las recientes negociaciones para revisar el NAFTA, se eliminó directamente la expresión “libre comercio”. Al menos en eso Trump ha sido honesto: este asunto tiene que ver con todo menos con el libre comercio. Por fin reconocen que estamos ante un comercio dirigido para favorecer ciertos intereses particulares.

Ni siquiera está claro que los trabajadores del automóvil vayan a salir beneficiados. Los costes de las empresas automovilísticas van a aumentar. Y esos aumentos en costes van a verse reflejados en los precios, por lo que la demanda de coches estadounidenses descenderá, al ser estos menos competitivos así que no está claro quién saldrá ganando con todo esto. Tampoco lo está en el asunto de los aranceles sobre el acero: los consumidores de acero van a empobrecerse, y hay muchos más trabajadores que utilizan el acero que aquellos que lo producen, así que los trabajadores en su conjunto van a empobrecerse.

Detengámonos por un segundo en esa gente que dice que ha sufrido los daños de la globalización en sus carnes. ¿Cree que Trump cumplirá lo que prometió a esa gente?

No, no. En absoluto. Van a empobrecerse y ya estamos empezando a verlo. Su reforma fiscal va a aumentar los impuestos para la mayoría de gente del segundo, tercer y cuarto quintil cuando se termine de implementar; es decir, para la clase media. Otros trece millones de estadounidenses van a quedarse sin sanidad por culpa de esta reforma fiscal, en un país en el que la esperanza de vida ya está en declive. El déficit comercial está alcanzando nuevas cotas, en parte por culpa de las políticas macroeconómicas que Trump está implementando.

Ahora bien, la parte positiva de todo eso es que estimula la economía, al menos a corto plazo. No es sostenible, pero se ha estimulado la economía, y el desempleo ha bajado. Y quizá, llegados a cierto punto, eso haga que suban los salarios un poco. Es algo que empezamos a ver, pero resulta notable lo mal que están las cosas en lo relativo a los salarios. Y eso se debe a que, incluso con el estímulo que se ha generado, ¿quiénes son los ganadores de la reforma fiscal? Los promotores inmobiliarios. ¿Y quiénes son los grandes perdedores? La educación y los gobiernos locales.

Pero usted también ha dicho que el proyecto de reindustrializar EE.UU. o cualquier otro país del centro desarrollado de Occidente es algo anacrónico.

Exacto. La productividad en la industria ha superado en tanto a los niveles de demanda que el empleo en manufactura a nivel global está descendiendo. Somos víctimas de nuestro propio éxito. Hace sólo 75 o 100 años, era necesaria el 70% de la población para producir la comida necesaria para alimentarnos. Hoy, basta con el 2 o el 3%. Nadie diría: “Para que la economía avance, el 70% de la población debería volver a las granjas”. No podemos hacer eso, ni debemos, y yo veo la manufactura de la misma manera. El desempleo en EE.UU. se reduce hasta el 8 o 9% y puede que aumente algo el nivel de producción industrial, pero la harán los robots. No va a crecer el empleo en ese sector. Esa es la realidad económica, y me gustaría que nos centrásemos en crear una economía para el siglo veintiuno, y no remontarnos a otro momento histórico y empeñarnos en hacer algo que no es posible.

Ha mencionado un par de veces a China, así como los efectos que podría tener un aumento del comercio con una China cada vez más poderosa. China es también la mayor tenedora de la deuda estadounidense. ¿Nos aproximamos a una guerra comercial global con China?

Sí, desgraciadamente. Yo fui muy ingenuo al pensar, como tantos, “¿cómo van a dejar que suceda algo así las grandes empresas, que son las que gobiernan EE.UU. desde hace mucho tiempo?” Esas empresas se cuentan entre las perdedoras de todo esto. Pero en los tiempos que corren hay que dejar a un lado todas las teorías políticas y sí, Trump, parece decidido a llevarnos inexorablemente a una guerra comercial. Y la manera en la que lo está haciendo me lleva a pensar que durará mucho tiempo. Lo digo por lo siguiente: hace demandas a las que China no puede acceder.

Históricamente, EE.UU. ha pedido a China que abra sus mercados de seguros y financieros, y es algo que China podría llegar a aceptar. Hay mucho que negociar, pero se puede transigir y llegar a acuerdos. Pero hoy EE.UU. exige a China que renuncie a sus objetivos de convertirse en un país avanzado para 2025. Ningún país aceptaría esa demanda.

¿Cuáles serían las consecuencias de una guerra comercial entre EE.UU. y China?

Somos países enormemente interdependientes. El motivo por el que compramos tanta ropa y otros artículos de China es porque resulta mucho más barato. Lo que sucederá es que compraremos productos textiles de otros países, no que los fabriquemos en EE.UU. Puede que tengamos robots fabricando productos textiles, pero no demasiados. Simplemente, se los compraremos a Bangladesh, Sri Lanka o Vietnam. Esto no va a resultarles de ayuda a los trabajadores estadounidenses. Simplemente, nuestros consumidores pagarán más caro, de manera que no tendremos más empleo, sino más gastos. Hasta un 10 o 20%.

Ha dicho antes algo sobre que no esperaba que esto sucediera porque las grandes empresas no lo querrían, y estas tienen un poder desmedido en EE.UU. Es cierto que Trump no era el candidato favorito de Wall Street o Silicon Valley, pero resulta difícil imaginárselo gobernando contra la gente que financia a su partido. ¿Estamos ante una ruptura dentro de la clase dominante de EE.UU.?

Bueno, hay un par de aspectos interesantes en este asunto. Las grandes corporaciones estadounidenses han estado bastante más calladas en torno a esto de lo que me hubiera podido imaginar. Y hay dos hipótesis sobre el por qué: una es que le tienen miedo a Trump, a sus tuits. La otra es que, durante veinte años, han visto a China como una mina de oro. Podían producir allí pagando salarios bajos, sin tener que atenerse a ningún estándar medioambiental y con competencia muy limitada. Eso ha cambiado. Los controles medioambientales han aumentado, los sueldos han subido, y la competencia dentro de China se ha acrecentado, de modo que ya no están ante la mina de oro de antaño.

Pero sí que hay una división, una ruptura, en el seno del Partido Republicano. Es algo que vemos de manera más vociferante en lo que atañe a los hermanos Koch, los multimillonarios donantes del Tea Party. Son grandes adalides de salir del acuerdo climático de París, de deshacerse de todo tipo de regulaciones, pero también son decididamente internacionalistas.

¿Cree que Trump está abriendo una camino político nuevo en lo relativo al sistema global? ¿O vivimos un impás entre los últimos cuarenta años de globalización y una nueva etapa?

No. Creo que Trump representa una versión inequívocamente estadounidense de lo que es una tendencia global de nativismo envuelto en sí mismo, antiinmigrante y escéptico para con la globalización, pero nadie quiere vivir sin su iPhone, no pagar un 50% más por su ropa. Así que no creo que nos repleguemos de la globalización tal y como la conocemos. Sin embargo, está claro que ya hemos obtenido la mayoría de los beneficios de la integración global y los próximos pasos muy probablemente no sean tan fructíferos, sino que pueden resultar los más duros.

Este giro neoproteccionista, desde Trump al ‘Brexit’, tiene su faceta comercial, pero también cuenta con un componente de gran hostilidad a la inmigración, que se propone criminalizar y limitar. ¿Qué consecuencias económicas tendrán esas políticas? 

De una manera u otra, esas políticas suponen una vuelta a algo que fue central en el Partido Republicano durante mucho tiempo: el aislacionismo, el hacer que América se repliegue sobre sí misma. Pero estamos hablando del periodo anterior a las dos guerras mundiales, antes de que EE.UU. se conviertiera en el poder global que es hoy en día. EE.UU. ha jugado un papel clave en el intento de coordinar la globalización, de apoyar un sistema basado en las reglas del juego, por mucho que yo no esté de acuerdo con las reglas que se ha tratado de imponer al resto. Y, si, en lugar de hacer eso, EE.UU. se vuelve una potencia aislacionista y enemiga del derecho internacional, eso tendrá consecuencias profundas para el avance del Estado de derecho a nivel mundial. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para bien o para mal, estuvimos en el centro de todo. Y ahora, con Trump, parece que nos retiramos.

Tras escuchar su análisis sobre cómo las grandes empresas se benefician de la globalización a expensas de los trabajadores, o de cómo los hermanos Koch son partidarios del internacionalismo, algunos podrían verse tentados por propuestas que pasen por un programa progresista que incluya ciertos elementos proteccionistas. Entiendo que usted está en contra de esta vía progresista-proteccionista. ¿Por qué?

Lo que necesitamos es protección social sin proteccionismo. Me importan la protección social y mantener una economía dinámica, que se reenfoque hacia sectores más dinámicos. Y eso requiere políticas de empleo activas, políticas industriales y protección social. Los países no pueden quedarse a merced del capital que entra y sale de la noche al día. Cuando decía que las reglas del juego las han diseñado las corporaciones, ese es un buen ejemplo. Creo que debemos gestionar la globalización, incluidos sus riesgos, lo cual implica reconocer que no todo el mundo se va a beneficiar de ella. Debemos asegurarnos de que la manera en que la gestionamos beneficia a la mayoría.

¿Cómo se derrota, pues, no sólo a Trump sino al ‘trumpismo’? ¿Qué hacer?

Para mí, la respuesta es la agenda progresista socialdemócrata. La gente no va a tener confianza si lo que le decimos es: “No se preocupe por el comercio; protegeremos su puesto de trabajo”. Eso ya no resulta creíble. Quizá lo hubiera sido hace cuarenta años; hoy ya no. En cambio, si lo que se presenta es un marco económico de lo que llamamos estado de bienestar y se plantea que, pese a la globalización, pese a los cambios tecnológicos, tendrás que trabajar pero a cambio te garantizamos un alto grado de protección, la gente será mucho más receptiva. Y creo que otra clave pasa por aumentar el grado de apertura y transparencia democrática en nuestros gobiernos, porque demasiados de estos acuerdos se gestan en secreto y sin una discusión pública adecuada.

Lo fundamental es que la gente entienda que el Estado se preocupa por ella y está comprometido con asegurarse de que todo el mundo en nuestro país pueda alcanzar un nivel de vida de clase media, siempre que estén dispuestos a trabajar, y que a cambio les garantizaremos un empleo, una capacitación, les garantizaremos las oportunidades. La protección social le da a la gente la confianza necesaria para estar abierto no solo a la globalización, sino también a los retos que se vienen con los cambios tecnológicos del futuro.

Fuente: https://ctxt.es/es/20181114/Politica/22832/joseph-stiglitz-economista-donald-trump-reindustrializacion-eeuu.htm