Reinventar la política: cuatro posibles de un deseo nuevo

Alain Badiou

Fuente: Patrias y Letras

Traducido por Rolando Prats-Paez

El texto que sigue ha sido tomado de Les possibles matins de la politique (Interventions 2016- 2020) (París, Fayard. Col. Ouvertures, 2021, pp. 59-92) y corresponde a una conferencia impartida por Alain Badiou en el Institut d’études polítiques de París («Sciences Po») —sin título y sin que la fecha exacta se especifique en la obra que nos sirve de fuente y referencia—, presumiblemente en algún momento entre febrero (fecha a la que hace alusión el propio texto de la conferencia en relación con las celebraciones por el 150 aniversario de la Comuna) y abril de 2021 (fecha de impresión del libro). Que nos conste, es esta la primera vez que se traduce al español. La traducción del texto de Badiou, incluido el poema de Rimbaud a que se hace referencia, y las notas y el propio título de la conferencia son de Rolando Prats.

No fue esta la primera vez en que se invitó a Badiou a Sciences Po a dirigirles la palabra a los estudiantes. En marzo de 2018, con ocasión del bicentenario de Marx, impartió en el anfiteatro Albert Sorel de esa institución, ante un público de 200 personas, la conferencia «¿Para qué sirve el marxismo?».

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Leer a Negri

Toni Negri nos cuenta la historia apasionante de unos personajes plenamente reales a partir de un héroe —el propio Negri— captado en diversas dimensiones vitales, contextuales, militantes y filosóficas. Pero es un héroe fallido, tal como surge de leer una frase clave del libro: «He resistido y luchado toda mi vida. Ahora me toca volver a empezar».

Por DIEGO SZTULWARK

El texto a continuación es el Prólogo a la edición argentina deHistoria de un comunista, primera parte de la autobiografía del pensador y militante del movimiento autónomo italiano Toni Negri, coeditada recientemente por Tinta Limón y Traficantes de sueños.

… la historia la escriben los vencedores y la narran los vencidos.
Ricardo Piglia, 1998.

 

A Toni Negri lo leemos desde inicios de los años 90, cuando comenzaron a llegar de España las primeras traducciones de sus trabajos al castellano. Descubríamos en Fin de siglo (1992) –con introducción de Gabriel Albiac– o en Las verdades nómadas (1996), escrito en coautoría con Félix Guattari, una serie de tesis tan originales como orientadoras en un contexto de violentas transformaciones: la caracterización del llamado bloque socialista, del capitalismo mundial integrado o la querella modernidad/posmodernidad. Se abría a nuestros ojos un modo nuevo de ser de izquierda, liberado de los esquemas de los viejos partidos comunistas –en todas sus variantes, incluidas las maoístas y las trotskistas– y provisto de recursos para confrontar las tendencias a la resignación melancólica de la derrota. Filosofía y militancia se encontraban de un modo nítido en los procesos de producción de subjetividad, enraizados, a su vez, en los antagonismos de las relaciones de producción. Aquellos años de descubrimientos se completan con el estudio de un artículo suyo en particular, «John Maynard Keynes y la teoría capitalista del Estado en 1929», publicado en el segundo número de la revista El cielo por asalto (otoño de 1991), dirigida entonces por Atilio Borón y Horacio Tarcus, donde interpretaba a Keynes y al keynesianismo como respuesta reformista del capital a la amenaza de autonomía obrera, emergente con la Revolución Rusa, y al neoliberalismo como ofensiva global del capital sobre cualquier compromiso con las fuerzas del trabajo. Con dos décadas de anticipación a Imperio, Negri ponía en práctica unos procedimientos de periodización desde abajo, un método de secuenciación que permitía captar las mutaciones productivas, subjetivas e institucionales a partir de la dinámica determinante de las luchas obreras. Desde entonces hemos encontrado en los textos de Negri una serie de indicaciones vigorizantes y una cierta rigurosidad militante para atravesar transiciones de un modo particularmente fecundo.

Luego nos llegaron sus libros teóricos más sistemáticos. Sobre todo El poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad, publicado por primera vez en castellano en el año 1994, en Madrid. Maquiavelo y Foucault se convertían en operadores centrales de una apertura del campo jurídico a las prácticas populares, entendidas como productoras de sociedad. La democracia no debía reducirse a defensa y legitimación, sino a diseño y creación de un nuevo plano de instituciones, vinculadas a la praxis. Leímos esas páginas bajo los efectos de las grandes maniobras de resguardo del «poder constituido»: la reforma a la Constitución argentina en 1994 y la reelección de Menem en 1995. La obra de Negri se confirmaba como la de mayor sistematicidad teórica y militante a la hora de re-situar la lucha de clases como principio de inteligibilidad de procesos globalmente presentados como una fiesta reaccionaria en la que la praxis colectiva sobraba. Cuando más tarde leímos El tren a Finlandia (en una edición de 1990, con epílogo de Albiac), y conocimos con mayor precisión algunos de los episodios de su biografía política, ya teníamos plena conciencia del trayecto de activista, de prisionero y de fugitivo del cattivo maestro.

Ya en medio de la crisis, abierto el ciclo de luchas contra el neoliberalismo en nuestra región sudamericana, mantuvimos una larga conversación con Negri, aún preso en Roma. Le permitían estar en su casa de día, pero luego volvía a pasar la noche en la prisión. Eran los años de Imperio, que leímos antes de su publicación en castellano, en una traducción de Eduardo Sadier. Nos recibió en su casa de entonces, en el barrio de Trastévere. Compartimos una tarde entera. De allí salió «Entrevista a Toni Negri», en un libro del Colectivo Situaciones llamado Contrapoder. Una introducción, publicado en el año 2001 (Ediciones De mano en mano). Esa tarde interminable, en la que Negri hizo muchas preguntas, hablamos de la experiencia de las Cátedras Libres «Che Guevara», desarrolladas a partir de la experiencia en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, desde 1997, lo que terminó por inspirar un texto suyo –que llamó así, «Contrapoder»– que citaba con evidente complicidad a Guevara dentro del contexto de su pensamiento. Así que fuimos apasionados lectores de Imperio, manifiesto global y parteaguas en el mundo de las izquierdas, coescrito con Michael Hardt. Para el marxismo-leninismo, la postulación de la «multitud» –concepto político que da cuenta de la cooperación social de los muchos en el capitalismo global– era un concepto claudicante frente al de la clase obrera y su partido de vanguardia. Para las corrientes populistas, resultó inaceptable la idea de una compleja arquitectura del poder global que debilitaba la fuerza y por tanto la autonomía de los Estados nacionales como lugar de un pacto entre clases. A nosotrxs, en cambio, el libro nos convenía perfectamente bien, en virtud de la doble necesidad que experimentábamos: un nuevo bagaje conceptual para dar cuenta del tipo específico de protagonismo emergente de los movimientos populares y una decidida creatividad para imaginar direcciones posibles en el plano de la estrategia y la organización. Con Imperio podíamos llamar «autonomía» a la convergencia entre composición social de la revuelta, innovación de la práctica teórica y creación de nuevas tácticas concretas, y abrir un espacio de intercambios a escala trasnacional con experiencias de muchos lugares del planeta. Desde nuestra óptica Imperio no clausuraba nada, sino que abría discusiones fascinantes, proponiendo una actualización de nuestros saberes sobre el capitalismo y la política, a partir de leer a Marx con Deleuze y Guattari. Las críticas más fértiles a Imperio quizás hayan surgido de los viejos compañeros de Negri que comenzamos a leer y a publicar por esos años: Paolo Virno, Maurizio Lazzarato, Sandro Mezzadra o Franco Bifo Berardi.

Las experiencias de los gobiernos llamados «progresistas» de América Latina afectaron nuestro intercambio con Negri, que se volvió más desparejo. ¿Era posible plantear que el poder constituyente penetrara, socavara, o bien se apropiara del poder constituido, que lo ocupara y reformara desde dentro? ¿Ocurría esto en algunos países de la región, como Bolivia o Venezuela? Esas eran las preguntas que nos conectaban ahora con la serie de libros que escribiera con Michael Hardt después de Imperio –Multitud y Commonwealth, pero también Asamblea, que renueva hipótesis sobre los contrapoderes–, mientras nos dábamos el tiempo de estudiar algunos de los clásicos de Negri, como La anomalía salvaje –el spinozismo que aprendía a oponer poder a potencia– y la notable serie publicada por Akal en la colección Cuestiones de antagonismo, como Spinoza subversivoLa fábrica del sujeto (33 tesis sobre Lenin), La forma-Estado, Del obrero masa al obrero social o Marx más allá de Marx.

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Historia de un comunista es un relato detallado de una trayectoria militante de medio siglo. Esta primera parte llega a 1979. La narración en primera persona del singular, y el uso exacto de los recuerdos –en términos de fechas y nombres–, no pertenece al género literario del diario –aunque quepa imaginar ese tipo de escritura entre los materiales de base del texto–, ni al ensayo puramente reflexivo de ideas y combates. Se trata, en todo caso, de una mixtura, una composición entre registros, en la que el escritor que es Toni Negri encuentra la perspectiva adecuada para contarnos la historia apasionante de unos personajes plenamente reales, a partir de un héroe que es el propio Negri, captado en diversas dimensiones vitales, contextuales, militantes y filosóficas. Héroe fallido. Es lo que surge de leer una frase clave del libro: He resistido y luchado toda mi vida. Ahora me toca volver a empezar.

La productividad de este procedimiento –el desdoblamiento– permite organizar a la vez un recorrido en el tiempo por la historia y por los textos. Lo primero, avanzando desde las escenas de formación personal y política –la familia, las militancias antifascistas más o menos cristianas y socialistas– hasta desembocar en la constitución del universo de corrientes de la autonomía obrera (y luego postobrerista), atravesando debates universitarios y teóricos de la izquierda europea y la militancia en las fábricas, hasta llegar a la década caliente que va del 68 al 77. Lo segundo, al reconstruir al detalle la tensión coyuntural específica en la que concibió cada uno de sus textos teórico-militantes. La conexión entre contexto y lecturas, entre lucha política y escritura devela la trama y permite conocer más de cerca cómo funciona esa potencia subversiva del pensamiento que Negri busca en cada uno de sus textos. Resistir, volver a comenzar son las posiciones sucesivas del filósofo-activista que, hundido en la adversidad, persiste e insiste en un materialismo de lo común, apoyado en la filosofía de Spinoza y en la de Marx y actualizado en las tesis postobreristas y en la obra de Foucault.

Hay quizás un paralelo entre ambas líneas: la historia, vivida como descubrimiento de los mecanismos que encienden y estructuran una voluntad de transformación radical –cada grupo, cada revista–, y los textos. Los cuales a su vez se distinguen entre textos leídos, de Hegel, Lukács o Merleau-Ponty, y los ya mencionados textos escritos por él. Ambas dimensiones se fusionan, y la lucha política –lucha estratégica de fuerzas– se intersecta con el problema del conocimiento. La lucha crea perspectivas de verdad, al mismo tiempo que la verdad debe ser creada en términos de intervenciones tácticas, consignas e investigaciones teóricas de largo aliento sobre la producción en su aspecto técnico, el Estado y el orden jurídico y la constitución de la subjetividad tal y como se pone en juego en las clases sociales. Esta es también una historia enormemente inspiradora de la investigación militante.

Traducido, como otros tantos libros de Negri, por su amigo madrileño Raúl Sánchez Cedillo –autor también de las notas que acompañan esta edición de Tinta Limón y Traficantes de Sueños, esta historia seguramente tendrá un valor especial para lectores y militantes jóvenes de contextos no europeos, que, por ser más distantes de las referencias temporales y espaciales relatadas, serán proclives a poner en marcha su propia imaginación como recurso indispensable para acompañar a esta epopeya colectiva inconclusa y disfrutar del escritor que pone en juego una conciencia de balances –más que de confesiones– que procura dar cuenta de sus propias evoluciones y rupturas, como si fuera posible confirmar así el destino o la justicia de lo hecho y de lo dicho.

La situación fascista en Chile. Teología política y afectividad

Por Rodrigo Karmy Bolton

1.-El piñerismo produjo una situación fascista. Fue Piñera violó los derechos humanos como nunca antes en la historia de la transición dando un respaldo incondicional a la policía; Piñera propició una política de migración (de haitianos y venezolanos) nefasta que, contraviniendo a los propios dictámenes de la Corte Suprema, enviaba a los deportados bajo un traje que parecían ir a Guantánamo; Piñera declaró el estado de excepción constitucional para el 18 de Octubre e identificó a los pueblos en revuelta como un “enemigo poderoso” contra el que había que aplicar la fuerza policial y militar (por vez primera en la agotada transición los milicos salían a las calles); a su vez, Piñera se ha mantenido en la más profunda impunidad respecto de la corrupción de sus negocios y Piñera quien ha intensificado vía “Comando Jungla”, la posterior militarización de Wallmapu. Fue Piñera quien tomó la decisión de privilegiar a la economía sobre la vida durante los peores momentos de la pandemia exponiendo al neoliberalismo como una “religión de la muerte”, fue él quien se tomó una fotografía solo en Plaza Dignidad provocando a la simbología de la revuelta al modo de una visita turística y ha sido él, por vía de su gobierno, quien ha boicoteado sistemática y permanentemente la instauración y funcionamiento de la Convención Constitucional. Compromiso con la “democracia” no se ve por ningún lado, salvo si por “democracia” se entiende nada más que el devenir del “capital”.

Dos momentos de inflexión resultan clave: en primer lugar los acontecimientos de Iquique en los que la población migrante terminó sufriendo un ataque brutal de parte de la misma “ciudadanía”; en segundo lugar, la estrategia mediática del 18 de Octubre de 2021 que invisibilizó al clivaje octubrista “pueblo-oligarquía” para visibilizar al nuevo clivaje “violencia versus orden”. Iquique habrá sido el laboratorio de una nueva estrategia propiamente fascista implementada por el piñerismo: hacer que sea la misma “ciudadanía” que clamó contra los poderosos para el 2019, llame a los poderosos para que le defienda del crimen organizado y termine abrazando a la policía.

En vez de llenar de policías la ciudad, mejor dejarla vacía y ofrecer una impunidad tácita al crimen organizado para que aterrorice a la población. Así, será la misma ciudadanía la que desee la policía. Justamente, esta es la clave: “desear a la policía” es la territorialización afectiva lograda por la nueva estrategia de seguridad y que comienza a identificar al “migrante”, al “delincuente”, al “otro” pobre y popular como el problema de todas las cosas.

Así las cosas, fue el piñerismo digitado desde el gobierno, los medios de comunicación y sus columnistas dominicales, los que, agenciamiento tras agenciamiento, fueron construyendo una situación donde el único horizonte devino la “seguridad” y el único problema, la “violencia”. Fue el piñerismo el que posibilitó la actual “situación fascista” gracias a la territorialización afectiva por cuyo proceso las masas podrían comenzar a desear a la policía. Esa policía, la misma que quedó impune en sus casos de corrupción y que, hasta ahora, sigue impune en sus casos de violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos contra los mismos pueblos que, supuestamente, vendrían a “desearla” nuevamente. Se arrojó contra su pueblo y ahora puede ser que ese mismo pueblo objeto de su violencia, termine aclamándola.

¿Se fascistizó el pueblo, terminaron así los años de revuelta? Más bien, digamos que no se trata de un proceso ni definitivo ni irreversible, sino de una tensión inmanente entre los deseos de la revuelta y los de la policía, entre el erotismo y el terror, la esperanza y la pulsión de orden. Estos constituyen los dos puntos de circulación del deseo, los dos lugares de articulación subjetiva, si se quiere, al que los pueblos se han aferrado incansables, tal como ha ocurrido desde el primer día de la revuelta octubrista en que la prensa, sus intelectuales y los múltiples dispositivos de control quedaron estupefactos ante el incendio popular y no cesaron en su discurso de “condena a la violencia”, hasta el punto de que, tal como mencionamos, el propio Presidente la declaró su “enemigo poderoso” militarizando a la totalidad del país.

 

2.- El kastismo devino la conciencia política del piñerismo. La buena conciencia que piensa que piñerismo y kastismo se contraponen irremediablemente, en que uno sería la posibilidad de una “derecha democrática” y la otra un atávico fantasma del pinochetismo, quizás, deba ser problematizada en virtud de la historia política de los últimos 4 años de gobierno de Piñera. Como hemos visto, el piñerismo ha construido en los hechos una situación fascista que Kast ha explicitado en el discurso. Ha sido el piñerismo el que ha generado las condiciones para la fantasmal aparición de Kast o, si se quiere el kastismo deviene la verdad del piñerismo, resto inconfesado pero esencial de su maquinaria política, porque dispositivo clave de la derecha política; brazo hegemónico de la oligarquía militar-financiera que se tomó el poder en 1973.

En esta escena, el piñerismo quiso ganarlo todo. Incluso la derecha, imponiéndole un candidato de los grupos económicos que tenía de vocación de poder, pero carecía de toda inteligencia política. El síntoma de Sichel fue que su campaña consiste en hablar de sí mismo. Como si esa derecha piñerista no tuviera otra cosa que ofrecer más que un “yo” que no necesita discurso para ganar. Pero la revuelta octubrista mantiene su reverberación, entre cuyos efectos, está la disyunción que se ha producido entre democracia y capital, política y dinero. Los candidatos con mayor aporte en dinero parecen estar condenado a perder elecciones, según enseña la elección de constituyente realizada el 15 de Mayo de 2021. Ella es la marca de dicha disyunción que parece irremontable y que permea incluso a la derecha: Sichel es el candidato del empresariado, pero no de los partidos. Kast aprovechó ese vacío y lo capitalizó políticamente: penetró en los partidos desde afuera, pero siendo un antiguo conocido que posibilitó el desmembramiento de la candidatura piñerista.

Provenir desde el “afuera” que en el fondo no era más que un “dentro”, dibuja un movimiento muy interesante: Kast funciona exactamente al modo en que Freud identificó al síntoma: un retorno de lo reprimido. Lo más familiar que, sin embargo, intentó ser reprimido, vuelve una vez las imaginarias y absurdas defensas del “yo” se agotan y debilitan (Sichel).

¿Qué es lo que retorna? Siempre y nada más que el fantasma. ¿Cuál? El núcleo traumático de la violencia institucionalizada de 1973 que Kast defiende y promete restituir. Frente al piñerismo que traza sus condiciones a partir de una traición originaria al pacto oligárquico de 1973 cuando Piñera declara votar “No” en el plebiscito de 1988 y admirar a Patricio Aylwin, sometiendo así a dicho proyecto a la sombra conservadora de la Democracia Cristiana, el kastismo reivindica la autenticidad del “Si” para subrayar a la “verdadera derecha” emancipada de los últimos lastres democráticos. 1973 está vigente, sin la dependencia a la Democracia Cristiana. “Atrévete” –slogan de campaña- significa romper las ataduras del complejo democrático importado por el piñerismo haciendo que éste se transfigure en verdadero kastismo. Porque el piñerismo y el kastismo no son dos “naturalezas” distintas en la derecha, sino dos “grados” de un mismo continuum. Una misma máquina que, sin embargo, desde octubre de 2019 experimentó un leve –pero contundente- tropiezo en su andar.

La maquinaria oligárquica que se expresa en la derecha política hoy intenta –conjuntamente con las facciones del neoliberalismo progresista muy acabadas- restituir su paso y recuperar la fuerza del paraíso perdido. El fantasma de 1973 vuelve, retorna monstruosamente para conjurar los demonios del octubrismo. Pero su eficacia “liberal” fracasó, su fachada demócrata-cristiana también, sus contundencias fácticas que le hicieron ejercer una mayoría que no fue nunca, cedieron conjuntamente. Así, solo queda su núcleo fantasmático al desnudo: 1973 como la verdad de la derecha, pero, sobre todo, del Partido Neoliberal que, compuesto por la derecha y la concertación, gobernó cupularmente durante la transición.

 

3.- El ascenso de Kast expresa la activación del fantasma de Jaime Guzmán. Tal activación, se contempla al interior de una “guerra de posiciones” que, quizás, imbrica tres momentos –y uno cuarto- que no necesariamente funcionan de manera lineal: en primer lugar, desahuciar la candidatura de Sichel, conjurar el retorno del piñerismo y tomarse a la derecha como sector político para consolidar desde ahí una minoritaria pero férrea oposición al eventual gobierno de la izquierda.

En segundo lugar, pasar a segunda vuelta electoral, cuestión que sería mucho más problemático, porque implicaría un fortalecimiento político importante y, una suerte de consolidación de su “toma” que le permitiría proyectar una oposición golpista durante los 4 años de gobierno de izquierda para, en las elecciones venideras, aplicar el guión brasileño: acusar de corrupción a Apruebo-Dignidad y a su gobierno para horadarlo al punto de condicionar el triunfo inexpugnable del kastismo (no solamente de Kast) en las siguientes elecciones. Cuatro años de construcción de la situación fascista que podrán desembocar en cuatro años de gobierno fascista.

En tercer lugar, el problema más agudo, aunque mucho más improbable, lo tendríamos si Kast llegara a pasar a segunda vuelta y triunfara en el ballotage de diciembre sobre la izquierda, situación que, de llegar a tener lugar, implicaría un fortalecimiento militar y policial sin precedentes, persecuciones a supuesta “disidencia”, política, sexual, indígena, intervención en las universidades públicas, potenciación de agrupaciones paramilitares, y grupos fascistas por todo el país, así como ya no el boicot, sino el cierre definitivo de la Convención Constitucional. Pienso que la estrategia kastista –si lo hay- sabe que la segunda opción es la que resulta más plausible: pasar a segunda vuelta, tomarse el sector y proyectar una oposición absolutamente destructiva durante los 4 años de posible gobierno de izquierdas.

En cuarto lugar, el mejor de las opciones es que Kast sea un fenómeno contingente y después de las elecciones se diluya. Pero lo veo difícil, no solo por el contexto internacional donde, seguro que Vox (España) o los tentáculos de Steve Bannon han podido asesorar al fascista criollo vía sus redes sociales y pastiche ideológico, sino porque este fascista expresa el núcleo de lo que ha sido la derecha chilena desde 1973 (“1973” como cifra histórica de restitución de la derecha oligárquica hacendal).

Ahora bien, ¿cuál es la ventaja del kastismo frente al piñerismo que, finalmente el segundo terminó siendo reemplazado por el primero? Que el kastismo –como herencia de la UDI popular- tiene una mínima raigambre en ciertos sectores populares que adhieren al sionismo evangélico. Son sectores politizados, radicalmente militantes, tal como se ha demostrado en la elección de Bolsonaro (Brasil) y en la de Trump (EEUU).

En Chile, el sionismo evangélico aún no ha articulado una conciencia propiamente política, a pesar de sus intentos parlamentarios, aún muy débiles. Pero por esa misma razón, la candidatura de Kast puede catalizar dicha articulación, incluso, más allá del propio Kast. Este último podría ser tan solo un soporte de un despliegue más fuerte del sionismo evangélico con vocación hegemónica.

La convergencia del kastismo con cierto evangelismo reside en la “defensa de los valores cristianos” frente a la laxitud, corrupción y liberalismo del piñerismo. En suma, se juega la diferencia entre la gran burguesía piñerista y la pequeña burguesía kastista, donde esta última ha devenido la vanguardia de la primera, la “primera fila” en la defensa de sus intereses amenazados por el octubrismo y su institución privilegiada: la Convención Constitucional. La penetración evangélica en las filas de Kast resulta el plus decisivo frente al piñerismo y su “liberalismo”. Este último es demasiado laxo para defender la intangibilidad de los valores en juego.

La querella de la “cultura de derechas” frente al liberalismo es una vieja apuesta. La encontramos en uno de los textos más decisivos del pensamiento reaccionario español. El Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo de Juan Donoso Cortés quien fue rescatado en el siglo XX por el jurista Carl Schmitt (a veces, se nos olvida que Schmitt remite a la tradición católica hispana, antes que al nacionalsocialismo) que, a su vez, fue leído por Jaime Guzmán para investir a la otrora Junta Militar del estatuto de “poder constituyente”, según ha sido documentado por el trabajo de Renato Cristi y, desde ahí, promulgar la nueva Constitución de 1980 actualmente destituida por la revuelta.

En dicho ensayo, Donoso subraya la necesidad de volcarse sobre una dictadura católica para contrarrestar las fuerzas centrífugas abiertas por el liberalismo. Donde hay liberalismo siempre se abre la puerta por donde pueda ingresar el socialismo. La querella de Jaime Guzmán contra la Reforma Agraria impulsada por la Democracia Cristiana durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, se sostiene exactamente en el planteamiento que otrora había hecho Donoso: la liberalización abre las puertas al socialismo que, como el propio Donoso sostendrá, designa una verdadera “teología satánica” que, según él, se expresa en una escena memorable en la que, frente a Jesús y Barrabás, el pueblo judío termina eligiendo a Barrabás, el ladrón. Por eso, dice Donoso, nunca el pueblo (judío, en el fondo) puede elegir, porque siempre elige el mal.

El discurso teológico político del pensamiento reaccionario español característico de Donoso, se cristaliza hoy en Kast, quien, desde la nueva fase neoliberal, ha reactivado el fantasma guzmaniano en la derecha. A pesar que fue el piñerismo el que produjo la situación fascista, ha sido Kast quien la ha explicitado volviéndola consciencia política. Con ello, Kast ha dejado expuesto al piñerismo como una mala fuerza de contención, un gobierno débil que transó con la izquierda y que terminará por traspasarle la banda presidencial a Gabriel Boric (candidato de la izquierda), en vez que a sus correligionarios. Piñera habría terminado sus días como quien cedió a cambiar la Constitución Política y, por tanto, quien habría traicionado el legado mismo de 1973, aprovechándose de él. Por eso, si Piñera deviene el fantasma “liberal” que poco y nada puede contrarrestar el avance de la izquierda, Kast, en cambio, ofrece la restitución oligárquica de Chile en la que se juega la verdadera contención contra el socialismo. A esta restitución, Kast le llama “paz”. La activación del fantasma guzmaniano –aquél que ancla su discurso en el pensamiento reaccionario de Donoso y Schmitt- ha movilizado a la derecha política a votar Kast y ha desnudado que lo que está en juego en el Chile contemporáneo es la irrupción de la lucha de clases y su compleja política de afectos.

Nancy Fraser: “Hay una crisis generalizada, del planeta, de la humanidad, de los lazos políticos”

En una conversación pandémica, mediada por la distancia y facilitada por la comunicación virtual, la teórica crítica Nancy Fraser, feminista y marxista no ortodoxa, expuso su visión sobre la crisis general del sistema en que vivimos a nivel global y su idea de una alternativa contrahegemónica en la alianza entre las luchas por la emancipación -feministas, antirracistas, LGBTIQ+, entre otras- y por la “protección social” -más ancladas en la cuestión de clase- que podrían derivar en un “populismo de izquierda” que pueda poner un límite a la voracidad caníbal del capitalismo actual. Una mirada lúcida y entusiasta que abre horizontes cuando todo parece estar cerrado.

Por Micaela Cuesta y Marta Dillon para Página 12

Como una puesta en escena perfecta de las transformaciones a las que nos adaptamos durante la pandemia global de COVID-19, Nancy Fraser, la teórica crítica y profesora de Filosofía y Política en la New School for Social Research de Nueva York, “estuvo” en el Centro Cultural Kirchner el 22 de octubre a través de una pantalla gigante. Sólo se pudo ver su rostro, pero su amabilidad y generosidad para pensar en conjunto a pesar de las distancias estuvo bien presente. Esta intelectual lúcida y crítica del capitalismo, al que ya había descripto en “crisis general” en su libro Contrahegemonía ya (Siglo XXI, 2019), marxista no ortodoxa y feminista, tiene la capacidad no sólo de analizar la sociedad, sino también de abrir puntos de fuga, líneas de acción que permitan abrir un horizonte que las condiciones sanitarias del último tiempo parecen cerrar en desencanto. Nacida en Baltimore apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, Fraser vivió la segregación racial, participó de los movimientos antibélicos y militó el feminismo cuyas preguntas son motor de su trabajo. Feliz de estar viva en esta época, según sus propias palabras, “la más interesante desde los años 60”, Fraser dialogó, en el marco del Proyecto Ballena, con Marta Dillon -periodista de este diario- y Micaela Cuesta -socióloga y doctora en Ciencias Sociales (UBA)-, para ofrecer diagnósticos y proyecciones para que esta crisis sistémica del capitalismo pueda convertirse en oportunidad para organizar una vida más justa, más vivible, en y con la Tierra. Lo que sigue es la transcripción de esa conversación pandémica en la que pueden haberse extrañado los cuerpos, pero no las ideas.

—Marta Dillon: Usted en “Contra hegemonía ya” exponía una crisis general del capitalismo, una crisis ecológica, de reproducción, ligada también al racismo expropiador, política y económica. Todo esto que usted describe, en la pandemia quedó expuesto de una manera exponencial. Sin embargo, contra esa crisis, usted ve una posibilidad de agencia en la alianza entre movimientos sociales que luchan tanto por la emancipación y el reconocimiento como por la “protección social”, según su definición. ¿Cómo queda esta idea de contrahegemonía después de la pandemia? ¿Cómo quedan las fuerzas de los activismos con la sobrecarga de los cuerpos que efectivamente estuvieron sosteniendo la vida en común durante la pandemia?

—Nancy Fraser: Quiero subrayar exactamente lo que dijiste: la crisis del COVID-19 lo único que hizo fue, de una manera casi perversa, revelar un montón de cosas que quizás no eran tan visibles en décadas anteriores, pero que en cierta forma se unieron para revelarse. Se revelaron todas las disfunciones, las injusticias, las crisis, las dificultades. Hay una crisis absolutamente generalizada, una crisis del planeta, una crisis de la humanidad y sí, una crisis de los lazos políticos. Yo creo que lo que hizo justamente la pandemia es ayudarnos a reubicar nuestras reflexiones. Nuestras reflexiones sobre la injusticia, nuestras reflexiones sobre la irracionalidad del mundo. Pero sobre todo, nos ayudó a reubicarlas en un marco más amplio. Yo quiero que quede claro que no alcanza con decir que la pandemia expuso la importancia de la reproducción social, la importancia de las estructuras de género, la importancia de las disparidades raciales que existían ni tampoco justamente la exposición racializada a la infección y a la muerte. No alcanza, hay que ir un paso más. Porque todo está basado en el sistema social existente, en mi punto de vista del capitalismo, todo surge de ahí. Esa es la raíz de todos estos problemas y el capitalismo es el que causó el virus en primer lugar. Por la destrucción del planeta, por la deforestación, por la emisión de gases de efecto invernadero que generan el calentamiento global. Entonces todo esto está causado por el capitalismo. El capitalismo hizo que los murciélagos estuvieran en contacto con los pangolines y los pangolines con nosotros. Que fue como se terminó transmitiendo el virus a los humanos. Al mismo tiempo que sucede esto, estamos hablando de cuarenta años de neoliberalismo. Cuarenta años de neoliberalismo que debilitaron las capacidades públicas para controlar la pandemia, que justamente ese mismo neoliberalismo creó. Y que se negaron a prevenir una enorme cantidad de muertes. Sin embargo, el neoliberalismo al mismo tiempo presiona a los Estados a desinvertir. A desinvertir en estructuras de salud pública, a privatizar todas las cadenas de suministro y ponerlas en manos de las megacorporaciones. Megacorporaciones que tienen cero intereses en el bien común, el bien público y que solamente buscan la ganancia. Esto se ve claramente reflejado en la negativa a transferir las patentes y la tecnología para las vacunas.

El sistema entonces, el capitalismo, creó el virus, socava las capacidades de lidiar con una crisis como la de la pandemia y, obviamente, la crisis de las actividades de cuidado, que con los confinamientos y las cuarentenas recayeron en las casas de las personas y sobre todo en las manos de las mujeres. Todas las tareas de reproducción social en manos de las mujeres y en poblaciones racionalizadas, y también en aquellas personas pobres que se vieron aún más afectadas por las muertes y la exposición al virus.

Yo creo que la pandemia es una lección perfecta de teoría social, digamos, de todas las teorías sociales que hemos desarrollado se ven de manera perfecta gracias a la pandemia. Vemos todas las dimensiones de la irracionalidad, todas las dimensiones de la injusticia que existe.

Nancy-Fraser

—M. D.: Pero entonces, ¿qué se hace dentro de la práctica política? ¿Y qué sería el activismo post pandemia?

—N. F.: Yo dudo en utilizar la palabra post pandemia. Todavía me parece que no hay un post. Creo que tenemos que, más que nada, hablar de activismo durante la pandemia. No queda claro si todavía ha terminado y me parece que no todas las personas, por supuesto, enfrentan los mismos riesgos. Pero me parece que el punto de partida común, para un activismo, debe ser que siempre se vea bajo la lente de que la crisis es del sistema en su totalidad. No es una crisis ecológica, no es una crisis social, no es una crisis racial. No son crisis solas, aisladas o desconectadas. Es todo parte del mismo sistema que está en crisis. Obviamente, diferentes personas tendrán diferentes inquietudes, algunas van a considerar puntos más existenciales y otros no los consideran tan importantes, pero todas las luchas tienen que verse desde esta lente de la crisis más global del capitalismo. Y así es como se genera esta contrahegemonía, este contrasentido común, estas contra-tendencias. Con la capacidad de realmente imaginar una alternativa contrahegemónica.

—M. D.: Creo que los feminismos, por lo menos en el sur, tienen esa capacidad de narrar y de activar en un sentido amplio. De narrar las inequidades económicas y disputarlas, por ejemplo, a través de la herramienta de la huelga feminista que también tuvo la capacidad de interconectar diversas luchas, no sólo de reconocimiento o de Justicia, también de distribución del trabajo y la riqueza. La pregunta es ¿cómo, en este momento en que las fronteras entre el norte global y el sur global se hicieron también sanitarias, más visibles y fuertes, podemos dialogar entre los activismos y las luchas sociales entre norte y sur sin caer en diálogos colonialistas?

—N. F.: Estoy totalmente de acuerdo en esta división que existe entre los feminismos del sur global y del norte, absolutamente, y creo que, de hecho, los feminismos del sur están muchísimo más adelantados, porque tienen esta historia de colonialismo y de post imperialismo sobre sus espaldas, así que sin duda están mucho más adelantados. Me parece que, en el sur global, las mujeres han, no solamente tenido que soportar los daños a causa de su género, sino que está como todo agrupado también con daños producidos por su clase social, por su situación de, por ejemplo, campesinas o campesinos, por ser personas racializadas. Entonces llevan esta historia sobre sus espaldas y juntos generan esa fortaleza de los feminismos del sur global. Yo, desde Estados Unidos, puedo decir que conozco esta especie de feminismo aprobado por los medios de comunicación masiva, como estos feminismos, progresistas y liberales de Estados Unidos. Que son algunos de los feminismos del norte. Que yo creo que deberían aprender, tienen mucho que aprender de los feminismos del sur, y esto está claramente explicado en mi libro “Feminismo para el 99%, no para el 1%”. Se les pide mucho a los feminismos, sí. Además, con respecto a lo de si se les pide demasiado a los feminismos en el sur, creo que sí, pero que esas demandas de ser capaces de conectar con todos los sectores están planteadas también a los ecologistas radicales, al Movimiento Black Lives Matter, a los sindicatos. Yo les pido lo mismo y me parece que sí, que es mucho, que es muy difícil, pero creo que no nos queda alternativa como movimiento y si no, vamos muertos.

—Micaela Cuesta: Quisiera aprovechar también esta reflexión en torno a la pandemia, de cara al saldo que la pandemia deja. Pienso en decrecimiento económico, aumento de la pobreza y, al menos en Argentina, de reñida negociación de la deuda. Frente a esta coyuntura actual, se vuelve a hablar de la posibilidad de la implementación de la renta básica universal o del salario universal. Hay quienes sostienen que así se daría una solución extensa a una masa cada vez mayor de empobrecidos. Pero también quienes creen que implementarla sin discutir el origen de la riqueza o la fuente de financiación de esa misma renta sería hacerle el juego al capital, para decirlo rápido. Un segundo modo de ese dilema sería entre quienes creen que supondría un reconocimiento a los trabajadores precarizados y quienes creen que implementar el salario básico universal supondría precarizar aún más. ¿Cómo se podría imaginar una salida o una alternativa a este dilema?

—N. F.: Creo que lo importante es que la discusión sobre el salario universal tiene que estar dentro de una discusión más amplia. Y si lo que queremos construir es una alianza contrahegemónica más amplia, tenemos que siempre pensar en esta perspectiva, saber que el problema está en el sistema. Se hablaba en una época de “reformas no reformistas”. André Gorz hablaba de las reformas no reformistas. Es decir, son reformas que abren puertas. Esas son las reformas que queremos. Que abren puertas a condiciones materiales para después demandar mejores condiciones. Para mí ese es el marco, al menos para evaluar el salario básico universal. En Estados Unidos se están dando discusiones similares, pero me parece muy importante hablar de en qué contextos se llevan a cabo esas discusiones. Eso me parece lo más importante. ¿Están en el marco de otras reformas o están aisladas? Porque si son discusiones muy aisladas, el cambio no va a ser realmente radical y va a terminar funcionando como un subsidio a los salarios bajos simplemente. Entonces va a perpetuar, probablemente, los salarios bajos. Tiene que funcionar como puerta. También depende de qué impuestos se está sacando ese dinero para llevar a cabo la renta básica universal. Si se está distribuyendo entre la clase trabajadora, entre los que ganan un poquito y les dan a los que ganan menos, o si realmente está viniendo de un impuesto a la riqueza. Es completamente diferente en la discusión. Y también si esa renta básica es generosa, digamos, ¿es una renta suficiente para que esa persona pueda demandar mejores condiciones o solamente funciona como un subsidio? Vos me preguntabas cuál es la alternativa a este dilema. La alternativa son los bienes públicos, los bienes comunes. La gente no debería salir a comprar con esa renta básica un seguro médico o un alojamiento o una casa. Ahí se tiene que cambiar la discusión. En Estados Unidos, quizás no se está hablando tanto de renta básica, sino de, por ejemplo, la licencia por ma/paternidad. Los bienes públicos son para mí la lente, o sea, la solución ante la cual hay que ver esto. En Argentina, no lo sé específicamente, pero creo que en general lo que tiene que haber es una transición a un nuevo sistema social, donde se cubran estas necesidades básicas, y ante lo cual la solución son estos bienes públicos.

—M. C.: La pandemia nos imposibilitó en un montón de cuestiones, pero sí habilitó la continuidad de cierta “normalidad” en virtud de esta posibilidad de plataformización de la vida. O sea, todo ocurre y pasa por las plataformas. Desde modos de trabajo, de consumo, modos de reclamo, modos de organización. ¿Cómo se reconfigura la esfera pública, una de las instituciones más caras a la democracia, en el contexto de esta digitalización de la comunicación?

—N. F.: Es una pregunta difícil, pero muy interesante. Yo primero debo admitir que no uso redes sociales, soy una de esas extrañas que no usan nada de redes sociales, pero me parece que lo importante aquí es distinguir las posibilidades de estas plataformas. Y qué posibilidades tendrían estas plataformas en otra sociedad. Creo que tendrían un rol completamente diferente si viviéramos en una sociedad diferente. Hay un libro que me gusta mucho de Shoshana Zuboff, “Capitalismo de vigilancia”. En este libro habla de cómo las plataformas obviamente utilizan todo con fines lucrativos y esas plataformas son utilizadas por las corporaciones para solamente aumentar el precio de sus acciones y generar más ganancias. Nosotros pensamos que nos estamos comunicando y nos estamos comunicando, pero a la vez pasa otra cosa. Mientras nos comunicamos, Apple, Facebook y Google están uniéndose para que esa comunicación les genere ganancias. Y por eso crean estos algoritmos que alimentan no solamente en nuestros hábitos de compra, sino también nuestras preferencias políticas. Imagínense una situación donde los algoritmos no estuvieran al servicio de la ganancia. Sería un panorama completamente distinto ¿no? Además, hay que pensar en qué marco económico político se están dando estas redes sociales, digamos en qué marco económico político operan. En el ataque al Capitolio, sin dudas, tuvo un rol fundamental el tema de las redes sociales, pero también podemos decir que las redes sociales tuvieron un rol muy positivo en las imágenes que mostraban a Derek Chauvin apretando su rodilla contra el cuello de George Floyd, lo cual disparó todos los movimientos anti raciales en Estados Unidos y le dio nuevas fuerzas al movimiento Black Lives Matter. O sea, que en realidad va para ambos lados. El punto que quiero decir aquí es que no se puede rediseñar la esfera pública si los medios están controlados por gente que lo único que busca es generar ganancias.

—M. D.: Dentro de esta posible contrahegemonía, de estas alianzas entre movimientos antirracistas, feministas y sindicatos, como mencionó antes. ¿Cómo entra la tierra en tanto no recurso, sino como un agente más en esta crisis? ¿Es una variable que entra dentro de este imaginario de un populismo de izquierda que usted menciona?

—N. F.: Bueno, hay dos partes importantes de esta respuesta, en primer lugar, el tema de la tierra. La tierra es la matriz, es la base de todo, es lo que nos da aire, agua, comida, energía, materia prima, todo lo que se necesita, o sea que no hay nada más fundamental en realidad. El sistema social en el que estamos viviendo, el capitalismo, incentiva a las corporaciones a tomar lo que gusten, a cero costos de manera rápida, de manera barata, a tomar lo que quieran, a tomar la tierra, los minerales, el agua y no tener ninguna responsabilidad de reponer y de reparar lo que dañan. Cuando hablamos de la destrucción del planeta, yo no creo que esto está causado por los humanos en general ni tampoco me gusta hablar del Antropoceno. Yo creo que el monstruo acá, el malo de la película es el capitalismo, sin duda, no es la humanidad en general. La tierra como componente de una coalición política en base a tu pregunta, yo diría que simplemente hay como una miríada de grupos, de partidos, de movimientos que se ocupan de distintas cosas, pero que convergen en este punto. Son indígenas, quizás, contra la generación de gasoductos en sus tierras. Son los feminismos contra la deforestación, por ejemplo, son los movimientos ecológicos contra la pesca ilegal que atenta contra sus medios de subsistencia. Son este tipo de movimientos que convergen. Yo creo que también están esas personas que hacen como un marketing del clima y que en realidad lo único que hacen es favorecer a las corporaciones aún con políticas de descarbonización. Eso me parece que es un camino sin salida, sin duda. Entonces, cuando yo hablo de una contrahegemonía, hablo de corrientes políticas combinadas con feminismo, sindicatos, movimientos campesinos, movimientos anticoloniales, movimientos antirraciales. Que obviamente demandan una mayor importancia otorgada a la reproducción social y en las actividades de cuidado, combinados con los movimientos políticos que protegen la tierra. Es la forma en que yo pienso en una contra hegemonía.

—M. D.: ¿Y cómo describiría este populismo de izquierda, estaría dentro o fuera del capitalismo? ¿Hay un futuro por fuera del capitalismo?

—N. F.: Los populismos de izquierda, para mí, no deberían constituir un punto final. Yo al menos los veo como una etapa de transición hacia otra cosa. Creo que la crisis actual no solamente es una crisis estructural, sino que es una crisis de la hegemonía en general. Lo que sucede es que las personas empiezan a perder confianza en los partidos políticos establecidos. Empiezan a pensar como por fuera del orden normal, empiezan a pensar en alternativas y muchas veces lamentablemente gravitan hacia opciones muy nefastas como populismos de derechas, populismos autoritarios o lo que podemos llamar proto fascismo. Por suerte, los populismos de izquierda también son como una respuesta, una alternativa a esto. Una alternativa sin duda mejor, pero imperfecta. Me parece que les falta a los populismos de izquierda una visión de sociedad alternativa. Me parece que aceptan demasiado el marco nacional establecido y pierden la dimensión global que podrían tener. Mi esperanza es que los populismos de izquierda se transformen en un punto de entrada para gente que está harta, pero que decida entrar a través de ese punto y pensar otra alternativa. La pregunta clave acá me parece que es el nivel de participación y el proceso de aprendizaje que puede emprender una persona que se vuelca hacia un populismo de izquierda. Empezar un proceso de aprendizaje para enfrentar al verdadero enemigo que es el capitalismo, si permite eso, entonces me parecen que son una solución.

Ahora, me parece que hay países donde se abandona el concepto de socialismo, o se está abandonando, y yo la verdad que creo aún hoy que el socialismo continúa siendo un término y una concepción muy positiva. En Estados Unidos hay como una revitalización de este concepto, que nunca hubiera podido predecir, increíble, pero está cobrando un nuevo prestigio nuevamente. Y por suerte, el concepto de socialismo no está tan afectado como el de comunismo, porque hubo un movimiento anticomunista tan fuerte en Estados Unidos que comunismo no es una palabra muy utilizada. Pero más allá del término que se utilice, el populismo de izquierda, como respuesta espontánea, me parece que está bien, que abre posibilidades y que tiene potencial. Pero creo que los populismos de izquierda van a necesitar un poco de ayuda, probablemente de marxistas no ortodoxos y de feministas para poder quizás consolidarse mejor.

—M. D.: Usted también habló que para conseguir esta contrahegemonía habría que sumar a esos ciudadanos y ciudadanas que pendulan entre votar a opciones más democráticas y generar estos líderes populistas de derecha. ¿Con qué lenguaje se habla a quién vota a Bolsonaro o a Trump, o a estos libertarios que aparecieron muy fuertemente durante la pandemia con los discursos antivacuna o anti-medidas de aislamiento, etc.?

—N. F.: Bueno, en primer lugar, me cuesta mucho controlar mi rabia cuando hablo con un antivacunas, pero bueno, cuando saco lo mejor de mí y trato de superar esa rabia y ese enojo que me genera el movimiento antivacunas, trato de entender. Por ejemplo, los votantes de Trump o una gran mayoría de los votantes de Trump tienen quejas idóneas que malinterpretan. Culpan a la gente incorrecta, se enfocan en el punto equivocado, pero hay una queja genuina detrás de todo eso. Entonces, como punto de partida, creo que primero se debe validar el hecho de que nuestro sistema los daña. Y tratar de mostrar una alternativa o simplemente echar luz en aquellos que son realmente los enemigos y que los enemigos no son los musulmanes, no son los afroamericanos, no son los trabajadores migrantes. Sino que los enemigos son Pfizer y Facebook. Pero me parece importante también mencionar que se deben evitar las guerras culturales. Las guerras culturales no llevan a nada y creo que lo que hay que intentar es justamente hablarles como si realmente consideramos posible que se pasen de bando. Por lo menos, hablar desde esa perspectiva. No siempre es posible y puede generar frustraciones, pero se debe pensar desde esa perspectiva.

—M. D.: Me gustaría saber si usted ve alguna oportunidad en esta agudización de la crisis o, por lo menos, en este develamiento de la gran crisis general que trajo la pandemia. ¿Será que finalmente algo puede cambiar?

—N. F.: Absolutamente, estoy totalmente de acuerdo en que hay una oportunidad. Sin duda, me parece que hay muchísimas reformas importantes que surgen con la crisis. De hecho, es lo que siempre ha pasado, las reformas más importantes en la historia surgen una crisis, de gente que se cansa de la mierda de la humanidad. Y entonces va para adelante. Creo que existen oportunidades, justamente que surgen dentro de contextos. Estamos viendo muchísimo activismo, muchísimo surgimiento de los activismos, aún en el contexto pandémico, donde esto podía ser peligroso. Obviamente hay que tratar de evitar la desconexión de estos movimientos, la fragmentación en los diferentes espacios, que son cosas que pueden suceder en estos contextos. Pero a eso es a lo que se apunta y, para mí, si bien da miedo a veces pensar en el contexto, yo creo que estos son los tiempos más interesantes que se han vivido en la humanidad desde los años 60, así que estoy muy contenta de estar viva en esta época.

*Por Micaela Cuesta y Marta Dillon para Página 12 / Imagen de portada: Miguel Varela Pose.

«Aproximaciones al marxismo latinoamericano: teoría, historia y política»

Libro que reflexiona el devenir del marxismo latinoamericano a partir del pensamiento de Aníbal Quijano, Enrique Dussel, René Zavaleta Mercado y Álvaro García Linera

Por J. Fabian Cabaluz y Tomás Torres López

En rigor, se trata de un libro que visibiliza la potencia política y epistemológica del marxismo latinoamericano. Los temas que trata son, en toda línea, muy importantes para comprender en su profundidad los eventos que suceden en la región desde hace varias décadas atrás a partir de los marxismos formados y proyectados desde y para America Latina. El marxismo en la región no es una caja de resonancia de los marxismos europeos o simplemente una sucursal local del marxismo en general. America Latina y sus luchas generaron varias generaciones de marxistas con un pensamiento propio y a la vez desafiante; en esta ocasión los autores, Fabián Cabaluz y Tomás Torrez,analizan una generación de marxistas que es paralela y, en cierta forma, posterior a los teóricos de la dependencia, cuyos alcances son abordados a luz de los desafíos del presente.

Prólogo de Michael Löwy.

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Marx, historiador de la violencia de estado

Por Dimitris Fasfalis 

Lejos de ser una anomalía o excepción, la violencia estatal del momento autoritario que vivimos hoy en todo el mundo comparte múltiples vínculos con el capitalismo en su fase neoliberal. Para comprenderlos, las páginas de El Capital (1867) sobre la violencia estatal durante el nacimiento del capitalismo parecen tener un gran significado político y crítico.

El Capital es una obra única en su tipo, que mezcla diferentes tipos de enfoques, en la encrucijada de varios campos académicos. Si la economía y la filosofía son conocidas y reconocidas en este trabajo, la historia lo es mucho menos. En los extractos que siguen, Marx ofrece el ejemplo de un esfuerzo por salvar la memoria de las clases subordinadas en la larga historia del capitalismo que se basa en su teoría de la historia y la crítica social que está en el corazón de su obra.

En el capítulo XXIV de El Capital (1867), en su apartado 3, titulado «Legislación sangrienta contra los expropiados a partir del siglo XV. Leyes reduciendo el salario», Marx presenta una imagen del nacimiento del capitalismo en Europa por medio de la violencia de Estado. Escribe:

«Los contingentes expulsados de sus tierras al disolverse las huestes feudales y ser expropiados a empellones y por la fuerza formaban un proletariado libre y privado de medios de existencia, que no podía ser absorbido por las manufacturas con la misma rapidez con que aparecía en el mundo. Por otra parte, estos seres que de repente se veían lanzados fuera de su órbita acostumbrada de vida, no podían adaptarse con la misma celeridad a la disciplina de su nuevo estado. Y así, una masa de ellos fue convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos; algunos por inclinación, pero los más, obligados por las circunstancias. De aquí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictase en toda Europa Occidental una legislación sangrienta persiguiendo el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos. La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios», como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas.

En Inglaterra, esta legislación comenzó bajo el reinado de Enrique VII.

Enrique VIII, 1530: Los mendigos viejos e incapacitados para el trabajo deberán proveerse de licencia para mendigar. Para los vagabundos capaces de trabajar, por el contrario, azotes y reclusión. Se les atará a la parte trasera de un carro y se les azotará hasta que la sangre mane de su cuerpo, devolviéndolos luego, bajo juramento, a su pueblo natal o al sitio en que hayan residido durante los últimos tres años, para que «se pongan a trabajar» (to put himself to labour). ¡Qué ironía tan cruel! El acto del año 27 del reinado de Enrique VIII reitera el estatuto anterior, pero con nuevas adiciones, que lo hacen todavía más riguroso. En caso de reincidencia de vagabundaje, deberá azotarse de nuevo al culpable y cortarle media oreja; a la tercera vez que se le coja, se le ahorcará como criminal peligroso y enemigo de la sociedad. (…)

Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.

No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la creación constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo y, por ello, el salario a tono con las necesidades de crecimiento del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales. Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al obrero a merced de las «leyes naturales de la producción», es decir, puesto en dependencia del capital, dependencia que las propias condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan. Durante la génesis histórica de la producción capitalista, no ocurre aún así. La burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para «regular» los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia. Es éste un factor esencial de la llamada acumulación originaria».

(Fuente: Karl Marx, El Capital)

El marxismo suele analizar la violencia estatal desde el ángulo de la dominación de clase o desde el ángulo de opresiones específicas, como el racismo. La problemática de la dominación de clases está presente en este extracto, pero encaja más ampliamente en una teoría del cambio social y una teoría de la historia. Así, este texto también ofrece una crítica social de la ideología dominante en relación con el crimen y la delincuencia.

La historia larga de la violencia estatal

Aunque de acuerdo con Marx, el período del nacimiento del capitalismo en Europa occidental en el siglo XVI es el periodo de la historia por excelencia de la violencia del Estado contra los pobres para permitir el establecimiento del modo de producción capitalista, la lectura de este fragmento hoy nos permite establecer una narrativa histórica ligeramente diferente.

El hecho es que la violencia estatal contra los trabajadores y los pobres no se limita a un momento, una fase o una era en la historia del capitalismo. Nació con el capitalismo y continúa hasta el día de hoy. Porque esta fase de «acumulación primitiva» que Marx describe siempre continúa en algún lugar del mundo cuando llega a su fin en otro. Por lo tanto, está ligada a la expansión progresiva del capitalismo en todo el mundo desde los siglos XIX y XX. En consecuencia, desde hace más de quinientos años, la violencia estatal se ejerce sobre las poblaciones pobres, desposeídas y arrojadas a los caminos del éxodo, para permitir que se instale el capitalismo. Es aquí que el propósito de Marx revela la larga historia de esta violencia de estado que está en los orígenes del capitalismo: » De aquí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictase en toda Europa Occidental una legislación sangrienta persiguiendo el vagabundaje. De este modo, los padres de la clase obrera moderna empezaron viéndose castigados por algo de que ellos mismos eran víctimas, por verse reducidos a vagabundos y mendigos».

Al escribir esto, Marx está luchando no solo en el campo de la economía política. También es el memorialista de los desposeídos frente a la historia oficial de los opresores que reducen a los subordinados al silencio y al oprobio. Al situar el nacimiento del capitalismo en Europa en su contexto social, Marx vuelve el estigma de los pobres (mendicidad, vagancia, robo) contra la clase dominante, al mismo tiempo que documenta los crímenes originales de la burguesía europea. Marx procede así al rescate de la memoria y la rehabilitación simbólica de las clases subordinadas.

[Sobre el grabado de Jacques Callot podemos leer «Supplicium Sceleri Fraenum», que significa «Castigos en la lucha contra el crimen». La imagen va acompañada de las siguientes líneas: «Vea el lector como Justicia / Por tantas torturas diversas / Por tranquilidad del Universo / Castiga la maldad de los malvados / Tomado ejemplo de este grabado / Debes evitar todos los delitos / Para felizmente eximirte / de los efectos de los que imponen orden».]

En esta larga historia de la violencia estatal, las formas de violencia estatal legítimas han cambiado drásticamente con el tiempo en Europa y en todo el mundo. La ley que condenaba a los vagabundos bajo Enrique VIII en Inglaterra (1530) a ser azotados sólo corresponde a una forma específica y limitada en el tiempo de violencia estatal. Las luchas y las revoluciones han ampliado continuamente los derechos individuales y colectivos frente al Estado. Por tanto, han contribuido enormemente a controlar esta violencia estatal, a «civilizarla»; sin hacerla desaparecer. Una vez establecidas las relaciones sociales del capitalismo, «En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales». Las «leyes naturales» del capitalismo pueden entonces operar sin recurrir a la violencia estatal. El largo siglo XIX (1789-1914) en los mundos europeos lo atestigua.

Una violencia estatal proporcional a los trastornos del capitalismo

El interés de este texto de Marx reside entonces en su capacidad de pensar la violencia del Estado dentro de una totalidad social o, en otras palabras, insertándola en el conjunto de las relaciones sociales. El telón de fondo de la flagelación y el encarcelamiento de vagabundos en Inglaterra en el siglo XVI, están las «expropiaciones violentas y repetidas» en el campo. La celeridad y brutalidad de los cercados por los que los terratenientes ingleses se hicieron dueños de las tierras y los bienes comunes en la campiña inglesa había tenido como resultado la «creación del proletariado sin lumbre ni hogar», sin que las fábricas pudieran proporcionar les trabajo a todos. «Y así, una masa de ellos fue convirtiéndose en mendigos, salteadores y vagabundos».

¿Qué vínculo existe con el mundo actual? El capitalismo solo puede existir mediante una revolución permanente en las relaciones de producción y las relaciones sociales. Las transformaciones económicas y sociales rápidas y brutales son, por tanto, inherentes al capitalismo. Este último no puede contentarse con un mundo estable o un estado de equilibrio: su modo de existencia y reproducción son los desequilibrios y los trastornos estructurales.

La violencia estatal aparece entonces como corolario para permitir sus profundas y rápidas transformaciones. Autoritarismo, coacción, violencia policial, ideología de la seguridad, encarcelamiento masivo, estado de emergencia, creación de campos de internamiento para migrantes: tantas tendencias profundas que siguen activas en la era neoliberal que se abrió con el agotamiento de las luchas y la expansión económica a fines de la década de 1970. El aumento de la violencia estatal es, por tanto, inseparable de los trastornos económicos y sociales de los últimos cuarenta años, entre los que podemos mencionar el fin del compromiso keynesiano, la privatización desenfrenada de los bienes comunes, la financiarización de las economías capitalistas desarrolladas, la aceleración de la globalización, industrialización y urbanización de los países del sur, así como la revolución digital.

En resumen, el texto de Marx nos permite comprender que la violencia de estado es inherente igualmente al proyecto de restauración del poder de clase que es el neoliberalismo en nuestro tiempo como al nacimiento del capitalismo europeo en el siglo XVI. Marx escribe: La burguesía, que va ascendiendo, necesita y emplea todavía el poder del Estado para «regular» los salarios, es decir, para sujetarlos dentro de los límites que benefician a la extracción de plusvalía, y para alargar la jornada de trabajo y mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia». La restauración liberal llevada a cabo desde los años ochenta por los gobiernos de derecha e izquierda en Europa y en el mundo «necesita y emplea todavía el poder del Estado», en particular para » mantener al mismo obrero en el grado normal de dependencia» cuando las «leyes naturales» del mercado de trabajo ya no son suficientes y los trabajadores resisten.

Marx muestra entonces esta violencia estatal como una vía para que la clase dominante no solo establezca las relaciones sociales del capitalismo, y por lo tanto su dominación, sino también como un medio para permitir la asunción de las normas capitalistas por parte de los trabajadores. reduciendo así el uso de la coerción y la violencia. Marx escribe: «Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado». Desde el siglo XVI hasta la actualidad, esto es cierto en Europa: la asimilación de las normas capitalistas por las masas populares ha progresado al mismo tiempo que las formas de violencia estatal contra ellas han disminuido, sin excluir, sin embargo, momentos de crisis y violencia paroxísticas, como lo demuestran las masacres de trabajadores organizadas por el Partido del Orden o la violencia fascista. Además, Marx es consciente de esto cuando escribe: “Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales».

Una crítica radical de la razón liberal

En este texto, Marx finalmente somete a una crítica radical la razón liberal del libre albedrío y del individuo soberano en materia de criminalidad y delincuencia.

Lo que se hace eco directamente del discurso sobre seguridad que hoy domina los campos político y mediático. A los ojos de los gobernantes, los mendigos, los ladrones y los delincuentes tienen la libertad de elegir entre rechazar el trabajo y robar. Marx escribe sobre este tema: «La legislación los trataba como a delincuentes «voluntarios», como si dependiese de su buena voluntad el continuar trabajando en las viejas condiciones, ya abolidas». Ilusión liberal de la responsabilidad individual del crimen que invierte la responsabilidad social a expensas de las víctimas de la violencia de los ricos. Ilusión mantenida hoy por el discurso securitario de «tolerancia cero», penas máximas, «discurso firme» y el apoyo inquebrantable del mundo político a la policía, incluidos sus cuerpos más violentos como los antidisturbios. Marx, por tanto, permite emanciparse de la ideología dominante que avala la injusticia de clase, ayer como hoy, para pensar la criminalidad y la delincuencia, así como la violencia de Estado, desde el ángulo de las condiciones posibles históricas y sociales que subyacen.

En la medida en que nuestro léxico político ha visto durante el último período la adopción de estas palabras que hablan de la barbarie de nuestro tiempo – «violencia policial», «munición no letal», «granadas de aturdimiento», «brigadas antidisturbios móviles», «Centro de detención administrativa «,»trillado», «mutilación»- y en la medida en que la clase dominante todavía se niega a reconocer esta violencia estatal, el texto citado de Marx tiene un significado revolucionario.

Profesor de instituto de Historia y Geografia en París sur y colaborador de varios medios de prensa de izquierda en francés e inglés, entre ellos Contretemps.

Fuente: https://blogs.mediapart.fr/edition/fragments-de-marx/article/221021/marx-historien-de-la-violence-detat

Traducción:Enrique García / sinpermiso.info