“La dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder”

por Constanza Michelson

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”.

En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.

En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?

Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”.

Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…

Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia liberal capitalista.

¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales? 

Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles. Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto, conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por supuesto, distópica.

¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?

Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?

Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición. 

Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción “completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.

La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.

Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.

¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?

Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la diferencia entre una violencia física o mental necesaria para reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas. La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a romper sus propias reglas.

En El coraje de la desesperanza, decía que había que abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?

Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo.

¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?

Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente. Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden. Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.

Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI? 

El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental.

Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.

Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad.

Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta liberar, sigue siendo complicado. 

La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí: ¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”, pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción (sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando tenga en sus manos la “cosa en sí”.

¿Es feminista?

Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.

A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca? 

Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía.

Achille Mbembe, tras los pasos de Fanon…

Por Ignacio Navarro

En los orígenes del capitalismo lo que encontramos es un barco: un barco cargado de esclavos negros. Engranaje central y originario de un proceso de acumulación sin precedentes, a partir del siglo XV, bajo el prisma de la mercancía, África y sus habitantes se convierten en stock, en reserva de mano de obra disponible para el comercio europeo. Nunca dejará de ser paradójico que, más tarde, hacia el siglo XVIII, el apogeo de este sistema esclavista y de trata humana haya coincidido en tiempo y espacio con el esplendor de la Ilustración y sus ideales. Mientras que el discurso de la libertad echaba raíces en el continente europeo, la práctica de la esclavitud se extendía a través del Atlántico. Se decretaban los derechos del hombre y, al mismo tiempo, se consolidaba una campaña de depredación sin antecedentes. Tal vez la “paradoja del liberalismo” –tal como la acuñó Foucault en sus cursos–, esconda en su capricho el rostro delirante de la modernidad, su raíz neurótica, el filoso punto en donde asegurar la libertad implica detonarla. O, como denunciaba Franz Fanon: “Esta Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra”.

Así, volviendo sobre los perturbadores primeros pasos de la modernidad, el ensayo del filósofo camerunés Achille Mbembe se remonta a los orígenes de la razón negra, a la génesis de ese sistema de prácticas y discursos que permitieron elaborar al negro como sujeto de raza. A partir del siglo XV, con el esquema de trata esclavista en el Atlántico, luego en América, a través del sistema de plantocracias y, después, mediante la colonización de los países usurpados. “La trasnacionalización de la condición negra es, entonces, un momento constitutivo de la modernidad, mientras que el Océano Atlántico es su lugar de incubación”, apunta el autor. Una maquinaria sin precedentes de extracción de plusvalía en donde el negro esclavizado era el engranaje principal de un proceso de acumulación primitiva del capital a escala planetaria. “Las ideas modernas de libertad, igualdad, incluso de democracia son, desde esta perspectiva, históricamente inseparables de la realidad de la esclavitud”. “El capitalismo racial es el equivalente de una vasta necrópolis que descansa en el tráfico de muertos y osamentas humanas”, sentencia el autor.

Expropiación material y empobrecimiento ontológico son las señas de este proceso. Como resultado, el negro, disperso por el mundo, exento de pasado, no se reconoce a sí mismo sino a través de lo que le dijeron que era. Dialoga con la imagen de sí mismo que le dejaron los colonos al marcharse y que lo constituye en una alteridad sin reconocimiento a través de la esclavitud, la colonización y el apartheid.

Mbembe analiza el doble resultado del proceso de racialización. Al convertir al negro en un verdadero hombre-mercancía, como espacio de extracción de energía viviente sin precio ni límite, también constituyó en él un “yacimiento de fantasías” bajo el exotismo, la compasión y la supuesta misión civilizadora. La producción de sujetos de raza conduce al autor a incorporar una comprensión amplificada del excedente: el excedente económico y el excedente de sentido. Porque si por un lado el negro, esclavizado y extraído de su lugar de origen, será el excedente energético necesario para solventar la empresa que asumirá el capitalismo en su fase colonial, también, de manera paralela, se convertirá en el resto excesivo que la razón occidental moderna nunca podrá incorporar a su concepción de mundo. En su lugar florecerán todo tipo de fantasías. Una inmensa arquitectura imaginaria que, disfrazada de exotismo, colocará al negro atrapado entre la pereza y la lujuria, o, en el mejor de los casos, “tomado en adopción por el imperio de la alegría, pero abandonado por la inteligencia”.

El extractivismo colonial funciona así sobre dos planos: como plusvalor económico y como excedente de sentido. Guiado por la fabulación y el mito, el europeo monta una relación imaginaria sobre el subsidio racial mientras intenta dar cuenta de esa otredad de forma objetiva, a través del discurso de la biología política. Por eso la razón negra constituye, ante todo, una actividad primaria de fabulación: “el trabajo cotidiano que consistió en inventar, contar, y hacer circular fórmulas, textos y rituales para lograr el advenimiento del negro como sujeto de raza y exterioridad salvaje; trabajo cotidiano cuyo fin era hacer del negro un sujeto susceptible de descalificación moral y de instrumentalización práctica”.

Siguiendo a Fanon, Mbembe agrega que el racismo colonial también encontraría su respaldo fantasmático en el plano sexual: el ensañamiento sobre el cuerpo de los esclavos confirmaría un miedo primigenio a la “supuesta y alucinante potencia sexual del negro”. Así, el negro es, ante todo, su miembro. Neurosis que en realidad pondría en evidencia “el trastorno incestuoso que anida en toda conciencia racista”. Mbembe advierte que “al proyectar sus fantasías sexuales en el negro, el racista se comporta como si el negro, cuyo imago él mismo construye, existiera realmente”. Y, finalmente, la alienación surte el efecto deseado cuando las apariencias maquinadas por la raza comienzan a desempeñarse por sí mismas en el cuerpo de los condenados, como si ellos fueran los propios autores. De esa manera, el esclavo negro no solo sería una hombre-moneda, hombre-cosa, sino que también encarnaría, en ese atormentado sistema de compensación psíquica, al hombre-falo. Reducido a un pene, seguiría atrapado en una conversación ajena que nada tiene que ver con su humanidad.

El contrapunto de esta voz es la declaración autoafirmativa de una identidad que se resiste a ser nombrada desde lo ajeno: “¿Soy, en realidad, aquel qué dicen que soy?”. La cura apuntaría a poner fin a esa fisura psíquica, aquella provocada por el reflejo colonial que promovió un yo ajeno que se habría convertido en un otro. El ensayo de Mbembe propone analizar el actual “devenir negro del mundo” e interrogar el presente meditando en medio de los restos humeantes de la poscolonia. Como Fanon, que apesadumbrado pero alerta, se desengañaba: “Yo sólo quería ser un hombre entre otros hombres, y resulta que me descubrí siendo un objeto en medio de otros objetos”.

Fuente: http://lobosuelto.com/achille-mbembe-tras-los-pasos-de-fanon-ignacio-navarro/

Bolivia: Una nueva oportunidad para el progresismo latinoamericano

Por Decio Machado / Miembro del Consejo Editorial de Ecuador Today y Director Ejecutivo de la Fundación Nómada

Con más de dieciséis puntos de diferencia el Movimiento al Socialismo (MAS) recuperó su hegemonía política en Bolivia tras la jornada electoral del pasado 18 de octubre. La votación alcanzada por el binomio Lucho Arce y David Choquehuanca se sitúa ocho puntos por encima del cuestionado resultado obtenido por Evo Morales un año antes y que desencadenó la instalación de un gobierno de facto.

El resultado electoral del MAS pondría en cuestión la tesis del fraude electoral posicionada un año atrás desde la Organización de Estados Americanos (OEA), al igual que lleva al traste la estrategia diseñada entre élites económicas nacionales y el Departamento de Estado norteamericano de instaurar un período de cuatro años de estabilidad política postmasista con el ex presidente Carlos Mesa a la cabeza.

Queda por ver si realmente el nuevo Ejecutivo, que será encabezado por Arce y Choquehanca, serácapaz de implementar lógicas de renovación al interior del Gabinete tal y como se comprometieron con el pueblo boliviano, así como sacar al país de la crisis en la que se hundió tras la breve instancia del gobierno transitorio en el poder. Ni David Choquehuanca es Evo Morales, de hecho cuestionó la repostulación de este en 2019, ni Luis Arce tiene la intención de someterse al líder carismático de su movimiento. El MAS actual es un espacio en disputa y habrá que ver como se reparten las nuevas posiciones de poder para entender el pulso interno de estas nuevas corrientes.

De igual manera, el actual triunfo del MAS se da en condiciones distintas a las del 2005. Hay múltiples errores durante las gestiones gubernamentales anteriores que deben ser subsanados. De hecho, han sido múltiples los voceros de organizaciones sociales y campesinas, indígenas y no indígenas, que han manifestado profundas críticas respecto al accionar de la izquierda tradicional en el gobierno y a sus lógicas de cooptación del poder. Según muchas organizaciones del tejido social que han apoyado con el voto la candidatura de Arce y Choquehuanca, la clave de la revitalización para un nuevo proceso de cambio viene de la mano de lograr reimpulsar la capacidad de autogestión y autonomía perdida desde el frente popular durante los últimos años bajo lógicas clientelares, retomando viejas propuestas alternativas y articulando otras nuevas tanto en el ámbito político participativo como productivo, organizativo y cultural.

Pero hagamos memoria…

El 20 de octubre de 2019 se habían realizado los anteriores comicios presidenciales y legislativos en Bolivia. Aquel proceso venía cuestionado desde que Evo Morales perdiera dos años y medio antes el referéndum por una modificación constitucional mediante la cual pretendía aspirar a una nueva reelección, siendo posteriormente habilitado -bajo una lectura sumamente forzada del artículo 23 de la Convención Americana de Derechos Humanos- como candidato presidencial por el Tribunal Supremo Electoral en diciembre de 2018.

El proceso electoral del año pasado fue cuestionado bajo acusaciones de fraude electoral tanto por partidos de oposición como por diversas organizaciones del tejido social boliviano. Este hecho tiene su origen en la interrupción abrupta por casi 24 horas de la transmisión de resultados rápidos cuando el recuento alcanzaba ya el 83,76 pro ciento de los votos y Morales, pese a liderar la votación, no alcanzaba la diferencia porcentual necesaria para ganar en primera vuelta. Cuatro días después, el mismo Tribunal Supremo Electoral que había validado la candidatura de Evo Morales y Álvaro García Linera como binomio presidencial, pese a los resultados del referéndum de 2016, anunciaba con el total de votos escrutados que el MAS se imponía sin necesidad de segunda vuelta con el 47,08 por ciento de los votos frente al 36,51 por ciento de su principal opositor (en Bolivia se gana en primera vuelta si se alcanza el 40 por ciento de los votos con una diferencia del 10 por ciento sobre el segundo más votado). En paralelo, grupos opositores liderados por el líder ultraconservador santacruceño Luis Fernando Camacho se tomaban las calles y protagonizaban choques con simpatizantes del MAS que pretendían defender la legitimidad del proceso. A primeros de noviembre, ya sin el apoyo de las Fuerzas Armadas, Evo Morales se veía obligado a renunciar y abandonaba el país.

Sería a mediados de ese mismo mes cuando la vicepresidenta segunda del Senado, la abogada Jeanine Añez, asumiría -biblia en mano- la poltrona presidencial tras la renuncia de los masistas Evo Morales como presidente de la República, de Álvaro García Linera como vicepresidente, de Adriana Salvatierra como presidenta del Senado y de Victor Borda como presidente de la Cámara de Diputados. Los parlamentarios del MAS, bloque legislativo mayoritario, no participarían de aquella votación significando su rechazo a esta sucesión. Quince días después quedaban restablecidas las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Bolivia, suspendidas por once años tras la expulsión -en septiembre de 2008- del embajador estadounidense en La Paz, Philip Golberg, por conspirar junto a la oposición política nacional contra Evo Morales.

La resistencia desde sectores populares a la investidura de Añez no se mantuvo por mucho tiempo, lo que fue interpretado como un debilitamiento del músculo movilizador del MAS tras catorce años de gobierno ininterrumpido. Sin embargo, en la algarabía inicial se produjeron las masacres de Sacaba y Senkata (15 y 19 de noviembre respectivamente) protagonizadas por efectivos policiales y militares sobre la población civil y respecto a las cuales Jeanine Añez tiene responsabilidad por delitos de lesa humanidad según reciente informe de la Defensoría del Pueblo de Bolivia.

Durante su gestión, el gobierno dirigido por la conservadora Añez no pudo conducir el país de forma más desastrosa durante estos once meses de mandato. Si bien es cierto que la pandemia agravó una crisis económica que ya estaba en curso debido a la inestabilidad política generada en el país, el gobierno transitorio fue incapaz de impulsar políticas que amortiguasen el impacto de dicha crisis sobre los sectores más humildes de la población. En ese contexto, las grandes mayorías de la sociedad boliviana llegaron a las recientes elecciones añorando el crecimiento y bonanza económica que tuvo lugar durante los catorce años consecutivos de gobierno masista y especificamente bajo la gestión de Luis Arce en el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. Durante este período el PIB nacional pasó de 11.520 millones de dólares a 41.196 millones de dólares, habiéndose conseguido reducir la pobreza del 60 al 34 por ciento según datos del Banco Mundial.

En paralelo, durante los actuales once meses de gestión del gobierno de facto estallaron múltiples casos de corrupción y nepotismo en medio de la crisis sanitaria derivada por la Covid-19, lo que hizo que las denuncias de corrupción que se habían vuelto permanentes en la prensa y los juzgados contra el gobierno del MAS perdiesen valor negativo ante la ciudadanía boliviana. Tanto la gestión de la pandemia como la gestión económica del gobierno transitorio fueron en extremo deficientes. En medio del sufrimiento de la gente, con oficialmente cerca de nueve mil fallecidos por la pandemia en una población de 11.6 millones de habitantes, la vieja política retornada al poder no escatimó en escándalos de corrupción, siendo el entorno inicialmente más cercano a Jeanine Añez destituido y estando en la actualidad investigado Arturo Murillo, ministro del Interior y hombre duro del gobierno.

De igual manera, la persecución política emprendida desde el gobierno transitorio sobre altos funcionarios del gobierno de Evo Morales, líderes populares y cuadros dirigenciales del MAS convirtieron al hasta entonces partido hegemónico boliviano en víctimas y generaron inquietud y solidaridad entre el sector fundamental indígena y las clases más empobrecidas. La vuelta a las políticas neoliberales, a la inestabilidad económica y a gobiernos de corte racista existente en Bolivia antes de la llegada de Evo Morales al Palacio Quemado determinó que un amplio voto indeciso y oculto, todavía existente días antes de la jornada electoral, se inclinara definitivamente por el MAS.

Aciertos estratégicos de campaña

Frente a los analistas políticos de los grandes medios hegemónicos, quienes teorizaban un triunfo insuficiente del MAS en primera vuelta para posteriormente ser derrotados en la segunda frente a toda la oposición unida bajo el clivaje anti-Evo vs MAS, la campaña de Arce-Choquehuanca apostó por consolidar su voto fidelizado y rural. Esto implicó un modelo de campaña muy vinculado a organizaciones sociales y sindicales y con claro corte movilizador y popular. Algo que no había hecho Evo Morales en 2019 y mucho menos las oligarquías conservadoras bolivianas desde su histórica posición de desprecio a todo aquello que les pareciese indígena y/o plebeyo.

Además, Arce marcó diferencias y llegó a cuestionar en sus discursos de campaña determinadas decisiones tomadas en el gobierno de Evo Morales. Prometió un gobierno de renovación y no mantenerse en el poder por más de una legislatura, lo que a la postre implica una hoja de ruta marcadamente diferente a la de su predecesor. Lucho Arce, quien tiene más de tecnócrata que de líder caudillista, habló de conciliación nacional y desterró cualquier posibilidad de revanchismo -incluso contra quienes diseñaron el supuesto golpe de estado- durante su gestión de gobierno.

Su discurso estuvo dirigido a los fuertemente golpeados actores de la economía informal y a las clases medias bajas en riesgo de volver a caer en la pobreza, fruto del impacto económico de la pandemia. De igual manera, se azuzó en redes sociales el conflicto existente entre las tres principales candidaturas antagonistas encabezadas por Carlos Mesa, Jeanine Añez y Luis Fernando Camacho, agudizándose la división del voto conservador. La tardía retirada de la candidatura de Añez no implicó un crecimiento del voto de Mesa, el principal opositor, sino que más bien fue rentabilizado por Camacho. El Departamento de Santa Cruz, segundo bolsón más importante de votos en Bolivia y de perfil político claramente antimasista, nunca apoyó la candidatura de Carlos Mesa.

Retos inmediatos

El retroceso económico de Bolivia durante este último año, sumado al impacto en materia de salud y economía de la pandemia, el desmantelamiento de las empresas estatales, la paralización de las plantas industriales creadas por el MAS, así como la disminución de las reservas internacionales implican la necesidad de medidas inmediatas en materia económica que permitan rearticular la senda de crecimiento estable en la que estaba anteriormente el país. Bolivia está obligada a dotar de recursos al erario público para atender las múltiples demandas incumplidas en los últimos meses provenientes desde la sociedad. Se desfondaron las arcas públicas durante la gestión del gobierno transitorio y está por ver la capacidad de atracción de recursos externos por parte del nuevo gobierno masista en la próxima etapa. Replantear una política de corte neokeynesiano, sin por ello caer en las viejas lógicas hiperextractivistas  que generan conflicto social propias del pasado ciclo progresista, implica medidas creativas con ciertas dosis de pragmatismo que han de ser diseñadas por el nuevo gobierno.

A diferencia de los gobiernos de Evo y de Añez, ambos aliados tácticamente al sector del agronegocio, el Ejecutivo que encabecerá Luis Arce debe dar fin a los repetidos ecocidios de 2019 y 2020 que significaron la quema de millones de hectáreas de bosque en Bolivia. Esto implica control sobre las plantaciones comerciales destinadas a la exportación y el control sobre el cultivo de transgénicos, pese a que Arce ha planteado como pilar estratégico de su economía la producción masiva de biocombustibles.

El respeto a la autonomía de las organizaciones sociales mediante la no cooptación clientelar de estas implica una dinámica social popular democrática no existente durante la pasada gestión del poder por parte del MAS. En paralelo, desde el ámbito de la democracia formal, la independencia y separación de poderes del Estado debe ser respetada, siendo su incumplimiento uno de los pilares sobre los que armó la oposición su estrategia de desestabilización política.

Por último, es un deber de las izquierdas recuperar el discurso de la ética y la lucha contra la corrupción. Durante el ciclo progresista estas banderas se perdieron y fueron captadas de forma mentirosa por una derecha sin trayectoria histórica en este sentido. Los nuevos gobiernos progresistas en el subcontinente, Bolivia no es una excepción, deben gestionar de forma transparente y estar prestos a no caer en nuevos idilios tanto con grupos de capital nacional como internacional.

En definitiva, el progresismo latinoamericano tiene una segunda oportunidad en Bolivia. Si bien es cierto que lo que más ayudó al MAS a recuperar el poder fue la desastrosa gestión del Estado implementada durante casi once meses de gobierno transitorio, hecho que hizo que la sociedad boliviana perdonara antiguos errores en la gestión de Evo, hoy la izquierda boliviana tiene una segunda oportunidad. Dependerá de sus aprendizajes y de la capacidad de presión que se ejerza desde el tejido social organizado que esta segunda etapa de gestión masista del poder vaya a buen fin.

Fuente: https://vientosur.info/una-nueva-oportunidad-para-el-progresismo-latinoamericano/

Fue mi maestro

Por Gilles Deleuze

Tristeza de las generaciones sin “maestros”. Nuestros maestros no son sólo los profesores públicos, si bien tenemos gran necesidad de profesores. Cuando llegamos a la edad adulta, nuestros maestros son los que nos golpean con una novedad radical, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar las maneras de pensar que se corresponden con nuestra modernidad, es decir con nuestras dificultades tanto como con nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que en el arte, y aun en la verdad, hay un solo valor: la “primera mano”, la auténtica novedad de lo que decimos, la “musiquita” con la que lo decimos. Sartre fue eso para nosotros (para la generación que tenía veinte años en el momento de la Liberación). Por entonces, ¿quién si no Sartre supo decir algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas maneras de pensar? Por brillante y profunda que fuera, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía en muchos aspectos de la de Sartre (a Sartre le gustaba asimilar la existencia del hombre al no-ser de un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de la nada, decía. Pero Merleau-Ponty las consideraba pliegues, simples pliegues y plegamientos. De ese modo se distinguían un existencialismo duro y penetrante y un existencialismo más tierno, más reservado). Camus, ¡ay!, era la virtud inflada o el absurdo de segunda mano; Camus reivindicaba a los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos remitía a Lalande y a Meyerson, autores que los bachilleres conocen muy bien. Los nuevos temas, un cierto estilo nuevo, una manera nueva, polémica y agresiva, de plantear los problemas, todo eso vino de Sartre. En medio del desorden y las esperanzas de la Liberación, lo descubríamos, lo redescubríamos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, los interminables ajustes de cuentas con el marxismo, el impulso hacia una nueva novela… Si todo pasó por Sartre, no fue sólo porque como filósofo tenía un sentido genial de la totalización sino porque sabía inventar lo nuevo. Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo fueron acontecimientos: en ellos aprendíamos, después de una larga noche, la identidad entre el pensamiento y la libertad.

Los “pensadores privados” se oponen de algún modo a los “profesores públicos”. Hasta la Sorbona necesita una anti-Sorbona, y los estudiantes sólo escuchan bien a sus profesores cuando tienen también otros maestros. En su momento, Nietzsche dejó de ser profesor para convertirse en un pensador privado. También lo hizo Sartre, en otro contexto, con otra salida. Los pensadores privados tienen dos características; una especie de soledad que les pertenece siempre, cualesquiera sean las circunstancias; pero también una cierta agitación, un cierto desorden del mundo en el que surgen y en el que hablan. Y también sólo hablan en su propio nombre, sin “representar” nada; y lo que le reclaman al mundo son presencias brutas, potencias desnudas que tampoco son “representables”. Ya en ¿Qué es la literatura?, Sartre dibujaba el ideal del escritor: “El escritor retomará el mundo tal cual es, totalmente en crudo, sudoroso, maloliente, cotidiano, para presentarlo a los libertados sobre el cimiento de una libertad. No basta con concederle al escritor la libertad de decirlo todo. Es preciso que escriba para un público que tenga la libertad de cambiarlo todo, lo que significa, además de la supresión de las clases, la abolición de toda dictadura, la renovación perpetua de los cuadros, la continua perturbación del orden tan pronto como tienda a fijarse. En una palabra, la literatura es, por esencia, la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”. Desde el principio, Sartre concibió el escritor bajo la forma de un hombre como todos, que se dirige a los demás desde un solo punto de vista: su libertad. Toda su filosofía se insertaba en un movimiento especulativo que impugnaba la noción de representación, el orden mismo de la representación: la filosofía cambiaba de lugar, abandonaba la esfera del juicio, para instalarse en el mundo más colorido de lo “prejudicativo”, de lo “sub-representativo”. Sartre acababa de rechazar el Premio Nobel. Continuación práctica de la misma actitud, horror ante la idea de representar prácticamente algo, aunque sean valores espirituales o, como él dice, de institucionalizarse.

El pensador privado necesita un mundo que incluya un mínimo de desorden, aunque más no sea una esperanza revolucionaria, un grano de revolución permanente. En Sartre hay, en efecto, cierta fijación con la Liberación, con las esperanzas decepcionadas de esa época. Hizo falta la guerra de Argelia para reencontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora, y aun así en condiciones tanto más complejas cuanto que nosotros ya no éramos los oprimidos sino aquellos que debían alzarse contra sí mismos. ¡Ah, juventud! Ya no quedan más que Cuba y los maquis venezolanos. Pero, más grande aún que la soledad del pensador privado, está también la soledad de los que buscan un maestro, los que querrían un maestro y sólo podrían encontrarlo en un mundo agitado.

El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado sobre nosotros. Hasta el miedo atómico adoptó los aires de un miedo burgués. A los jóvenes, ahora, se les ofrece a Teilhard de Chardin como maestro de pensamiento. Tenemos lo que nos merecemos. Después de Sartre, no sólo Simone Weil sino la Simone Weil del simio. Y sin embargo no es que en la literatura actual no haya cosas profundamente nuevas. Citemos al voleo: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Lévi-Strauss, el teatro de Genet y de Gatti, la filosofía de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy falta es lo que Sartre supo reunir y encarnar para la generación anterior: las condiciones de una totalización: aquella en la que la política, lo imaginario, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen en los derechos de la totalidad humana. Hoy nos limitamos a subsistir, con los miembros dispersos.

Sartre decía de Kafka: “Su obra es una reacción libre y unitaria contra el mundo judeocristiano de Europa central; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etcétera”. Pero es el caso de Sartre mismo: su obra es una reacción contra el mundo burgués tal como lo pone en cuestión el comunismo. Expresa la superación de su propia situación de intelectual burgués, de ex alumno de la Escuela Normal, de novio libre, de hombre feo (puesto que Sartre a menudo se presentó de ese modo), etc.: todas cosas que se reflejan y resuenan en el movimiento de sus libros.
Hablamos de Sartre como si perteneciera a una época caduca. ¡Ay! Somos nosotros, más bien, los que hemos caducado en el orden moral y conformista de la actualidad. Sartre, al menos, nos permite la esperanza vaga de los momentos futuros, de las reanudaciones donde el pensamiento puede reformarse y rehacer sus totalidades como potencia a la vez colectiva y privada. Por eso Sartre sigue siendo nuestro maestro.
El último libro de Sartre, Crítica de la razón dialéctica, es uno de los libros más bellos y más importantes que se hayan publicado en estos últimos años. Le da a El ser y la nada su complemento necesario, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a consumar la subjetividad de la persona. Y si volvemos a pensar en El ser y la nada, es para recuperar el asombro que supimos sentir ante esa renovación de la filosofía. Hoy sabemos aún mejor que las relaciones de Sartre con Heidegger, su dependencia de Heidegger, eran falsos problemas que descansaban en malentendidos. Lo que nos impactaba de El ser y la nada era únicamente sartreano y servía para medir el aporte de Sartre: la teoría de la mala fe, donde la conciencia, en el interior de sí misma, jugaba con su doble poder de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, donde la mirada del otro bastaba para hacer vacilar el mundo y para “robármelo”; la teoría de la libertad, donde ésta se limitaba a sí mismaconstituyéndose en situaciones; el psicoanálisis existencial, donde recuperábamos las elecciones básicas de un individuo en el seno de su vida concreta. Y, cada vez, la esencia y el ejemplo entraban en relaciones complejas que le daban un nuevo estilo a la filosofía. El mozo del bar, la chica enamorada, el hombre feo, y sobre todo mi amigo Pedro-que-nunca-estaba, formaban verdaderas novelas en la obra filosófica y hacían palpitar las esencias al ritmo de sus ejemplos existenciales. Por todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de rupturas y estiramientos, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser, las viscosidades de la materia.

El rechazo del Premio Nobel fue una buena noticia. Al fin alguien que no trata de explicar la clase de paradoja deliciosa que es para un escritor, para un pensador privado, aceptar honores y representaciones públicas. Ya hay muchos astutos que tratan de sorprender a Sartre contradiciéndose: le atribuyen sentimientos de despecho porque el premio llegó demasiado tarde; le objetan que algo, de todos modos, siempre representa; le recuerdan que sus logros, de todos modos, fueron y siguen siendo logros burgueses; se sugiere que su rechazo no es razonable ni adulto; se le propone el ejemplo de aquellos que lo aceptaron rechazándolo, sin perjuicio de destinar el dinero a buenas obras. No les conviene provocarlo demasiado; Sartre es un polemista temible. No hay genio que no se parodie a sí mismo. Pero, ¿cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un viejo adaptado, una coqueta autoridad espiritual? ¿O bien querer ser el retrasado de la Liberación? ¿Verse como un académico o bien soñarse como resistente venezolano? ¿Quién no ve la diferencia de calidad, la diferencia de genio, la diferencia vital entre esas dos opciones o esas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre al amigo Pedro-que-nunca-está. Ése es el destino de este autor: hacer correr aire puro cuando habla, aun si ese aire puro, el aire de las ausencias, es difícil de respirar. 5

Publicado originalmente en la revista Arts
el 28 de noviembre de 1964. Trad. Alan Pauls.

Franco Berardi ‘Bifo’: “Tenemos que entrar en sintonía con el caos”

El filósofo italiano Franco Berardi Bifo presentó su libro El umbral. Crónicas y meditaciones, donde comparte su diario durante la pandemia y analiza la situación geopolítica que cristalizó el coronavirus.

Por Ezequiel Gatto y Diego Skliar

Bifo dice que el comienzo de la pandemia le produjo una soledad eufórica: “Se desató un tiempo tan terrible como útil. Escribir sobre mi experiencia personal ha sido una manera casi involuntaria de analizar muchos acontecimientos que pasan en el psiquismo global”. Sobre la portada del libro El umbral. Crónicas y meditaciones (Tinta Limón, 2020), donde destaca una ilustración de su autoría, cuenta que es resultado de momentos donde está “un poco nervioso” y necesita conectarse con “una esfera menos racional”. Referente del movimiento de la autonomía obrera italiana y fundador de importantes experiencias de comunicación alternativa, Bifo se transformó en una de las voces más influyentes para leer la coyuntura internacional.

¿Qué significa que el coronavirus pasó de ser un biovirus a un infovirus y por qué eso nos coloca como humanidad ante un umbral?

Tengo que anticipar el discurso a un período anterior a la explosión de la pandemia. Al final del año 2019, durante la explosión de revueltas en todo el mundo. De Hong Kong a Quito, La Paz, Santiago de Chile, Barcelona, París, Beirut. En el otoño de 2019 me pareció que se estaba verificando algo de nuevo muy espasmódico. Me pareció que estábamos ante una confusión del cuerpo global. Como si el cuerpo de las nuevas generaciones, especialmente de la generación precarizada, hubiese nacido en el interior de la aceleración telemática.

Esta generación estaba produciendo un rechazo muy violento, muy corpóreo a la sofocación. Esa sofocación es el punto de partida de todo esto. La imposibilidad de respirar que el movimiento negro expresa con las palabras “I can’t breathe”. Es el símbolo y el síntoma al mismo tiempo del efecto que 40 años de dictadura neoliberal ha producido sobre el cuerpo y el cerebro, entendido de una manera neurofisiológica casi. Es esta corporeidad conectiva la que explota sin proyecto, sin estrategia. Desde mi perspectiva, el centro de la revuelta de otoño de 2019 es Chile. Porque en Chile todo empezó. En Chile todo puede terminar. La dictadura fascista y neoliberal.

Pero la explosión fue como un estallido de locura, una convulsión. Y la convulsión anticipaba el colapso que llegó en febrero con la pandemia. En este momento es el caos lo que tenemos que interpretar. No podemos interponer fórmulas políticas del pasado. Tenemos que entrar en sintonía con el caos. Cuando se verifica una situación de caos es inútil y peligroso pensar que tenemos que hacer la guerra contra el caos. El caos se alimenta de la guerra.

Es la primera vez que se puede usar la palabra extinción en un sentido político y no biológico. Porque la extinción se ha vuelto muy probable. Lo que tenemos que hacer es captar un nuevo ritmo, a nivel sensible, a nivel de formas de vida. Es un proceso que puede ser muy largo y muy doloroso. Yo creo que la pandemia obliga a la sociedad global a buscar un ritmo sintónico con la situación caótica que 40 años de locura neoliberal han producido. Estamos en el umbral. El pasaje de la oscuridad a la luz y de la luz a la oscuridad.

¿Y qué evidenció el virus?

Cada vez más la fuerza dominante ha sido la abstracción tecnofinanciera que ha impuesto sus reglas y que ha destrozado unos estructuras de la vida social. Pero durante la pandemia nos damos cuenta de que el problema no es el dinero. Lo importante son cosas muy concretas como las estructuras sanitarias, las mascarillas, la comida. Lo que necesitamos básicamente se impone como lo que está al centro de la atención.

Entonces, la frugalidad es la palabra que mejor expresa esta vuelta a lo concreto. Frugalidad no significa pobreza significa una relación buena, feliz, entre lo que necesitamos y lo que podemos tener. Pero hay un punto que vamos a ver claramente en el futuro: solo una redistribución de la riqueza, de los recursos a nivel planetario y local podrá permitir una salida de la crisis espantosa que se está desarrollando en el mundo. Redistribución de la riqueza, frugalidad, igualdad.

Lejos de esta posibilidad, las crecientes expresiones de derecha en el mundo han negado la pandemia y pujan desde el comienzo por volver a “encender la máquina”. Lo vemos en Brasil y en Estados Unidos, donde cada vez más se habla de un proceso de guerra civil.

El fenómeno Bolsonaro es tan extremo en su vulgaridad que me hace pensar en una especie de Berlusconi en una fase de senilidad extrema. Creo que la senilidad y la impotencia son claves muy importantes para entender la ola de violencia machista y racista. En cuanto a Estados Unidos, la guerra civil se está desarrollando. Es un potencial que no se desarrolla en las calles, se desarrolla en las grandes instituciones del imperialismo estadounidense. Pero existe también una guerra racial y social que ha explotado en los últimos cuatro meses y no parará con las elecciones. Es una crisis psíquica.

Un dato esencial es la subida ininterrumpida del consumo de drogas oficiales que lleva a una intoxicación masiva, sobre todo de la población blanca senilizante. En junio se vendieron tres millones de armas de fuego, que fue una de las mercancías más vendidas durante la pandemia: hay 300 millones de armas de fuego bajo los colchones. La insurrección del movimiento norteamericano después del asesinato de George Floyd se explica en términos de reactivación psíquica del organismo pensante de la organización colectiva. Un intento subconsciente por evitar una depresión suicida en el largo plazo.

¿Cómo vivir ante la posibilidad de la extinción en el horizonte?

El problema es que el colapso no puede ser superado al interior del paradigma neoliberal. La cuestión principal que yo me pongo es la siguiente: ¿se puede imaginar vida feliz en el horizonte de la extinción? La respuesta es sí. Es la única manera para escapar de la extinción. Seguir imaginando ternura, imaginando erotismo, imaginando aventura.

Puedes ver aquí la videoconferencia completa y aquí en formato podcast.

Sátrapas y eunucos de los últimos tiempos, Notas sobre la decadencia política en la coyuntura electoral

por Raúl Prada Alcoreza

Ecocidio

La civilización moderna es ecocida, basa su desarrollo en la destrucción planetaria. El sistema mundo capitalista avanza sembrando hogueras, ampliando la frontera agrícola, incendiando bosques y talando árboles, contaminando suelos, cuencas y el aire. El ecocidio es el costo del crecimiento y el desarrollo de la economía mundo. La medida de este desarrollo capitalista es plasmada en la extensión y profundidad de las huellas ecológica, la inscripción de la muerte. La metafísica económica pretende demostrar sus “beneficios” mediante la presentación de estadísticas e indicadores macroeconómicos; de la metafísica económica pasamos a la metafísica estadística, basada en un gran equívoco de cálculo; no se toman en cuenta en los costos económicos las transferencias de costos a la naturaleza. Si se hiciera esto, no habría ganancia, quedaría el resultado con un saldo negativo, lo que se le debe a la naturaleza.

 

El desarrollo capitalista es una ilusión, una ideología, es decir, una formación discursiva de legitimación del poder, que hace de dispositivo político y conglomerado de agenciamientos concretos de poder, que son los mapas institucionales, que sostienen la geopolítica del sistema mundo capitalista. Este sistema de demolición planetaria tiene como dos versiones paradigmáticas, entre otras más difusas y mezcladas; una es la economía de la abundancia, sostenida por la expansión del mercado, el consumismo exacerbado, la extensión del crédito impagable, la inscripción de la deuda infinita, que corresponde a la forma de Estado liberal; la otra es la economía de la escasez, sostenida por los aparatos burocráticos del capitalismo de Estado, llamado socialismo real, recientemente, socialismo de mercado.  Ambos paradigmas, paradójicamente, aparentemente se contrastan y, a la vez, se complementan. Ambas versiones del sistema mundo capitalista son igualmente ecocidas. 

Cuero de anta

La sabiduría popular se expresa en los refranes populares, que conforman la herencia acumulada del sentido común. Una expresión que reclama contra el cinismo es la que dice: ¡Hay que ser cara dura! Otra cuando se interroga: ¿Con qué moral hablas? Otra, de alguna manera difundida y usada, por los menos en el pasado reciente, dice: ¡Hay que tener cuero de anta! Así mismo se señala como “cuerudo” al personaje que no aprende o que pretende seguir simulando o engañando. En las vísperas de las elecciones del 18 de octubre hay un estrato de la casta política, que se ha acostumbrado al comportamiento crápula, a la exacerbada demagogia, vacía y sin gracia, habla y acusa de un “posible fraude”. Podemos decir, acudiendo al acervo popular: ¿Con qué moral habla de fraude el maestro de los fraudes?  La impostura, la simulación y el descaro se han convertido en la práctica usual de la casta política, de “izquierda” o de “derecha”, para los tiempos bizarros de la actualidad, da los mismo, ambas expresiones discursivas hacen lo mismo en el gobierno, además de despreciar elocuentemente al pueblo, pues lo consideran su monigote o el sujeto social que está para aplaudir y escuchar todo lo que dicen los políticos, por más reiterativo que sea.

La órbita del círculo vicioso del poder

Parece incorregible la historia política, sobre todo, en su fase más decadente, ésta, la correspondiente al capitalismo tardío de la dominación del capitalismo financiero, extractivista y especulativo. La historia política no sale de su campo gravitatorio definido por las turbulencias de los diagramas de poder y las cartografías políticas, campo gravitatorio que define la órbita recurrente del círculo vicioso del poder. En las elecciones próximas, en la inmediatez de una coyuntura atrapada en sus derroteros laberínticos de la crisis múltiple del Estado, que no encuentran salida, concurren expresiones políticas que retrocedieron a la anterior Constitución, la sustituida por la Constitución vigente Plurinacional, Comunitaria y Autonómica. Una de las expresiones políticas ha mostrado patentemente lo que es, en sus gestiones de gobierno, una forma de gubernamentalidad clientelar, desbordada por la galopante corrupción, en los distintos niveles del Estado, usando el discurso demagógico de representar al pueblo, a los pobres y a los indígenas, colocándose en el centro de la victimización de variopintas conspiraciones inimaginables, deriva en el uso descomunal de los recursos del Estado para enriquecer a la burguesía rentista, la élite de la burocracia gobernante. Además, a pesar de su discurso “anti-imperialista”, se convierte en el agenciamiento encubierto de las empresas trasnacionales extractivistas.  Lo más grave ha sido el haber desmantelado sistemáticamente la Constitución, restaurando el Estado nación de la colonialidad. La otra expresión política de la compulsa electoralista es conocida por el quién fue presidente de la sustitución constitucional después del derrocamiento del gobierno de la coalición neoliberal de Gonzalo Sánchez de Losada, ahora encabeza a una alianza que ha enfrentado al partido oficialista de entonces en las dramáticas elecciones anteriores, señaladas como inconstitucionales y acusadas de un escandaloso fraude. La propuesta política gira en la restitución institucional y la pacificación, fuera de algunas propuestas medioambientalistas, no ecologistas, que es lo que corresponde dada la crisis ecológica; sin embargo, el programa de gobierno se encuentra en el horizonte de la anterior Constitución; por lo tanto, como en el caso anterior, también es inconstitucional. La tercera expresión política concurrente es más improvisada, empero basada en los estratos más calados de los prejuicios sociales y más saturados por el conservadurismo recalcitrante. De manera mucho más clara que antes, el programa político de esta alianza electoral está en contra de la Constitución vigente, mostrando, además, la calamidad de sus improvisaciones. Su propaganda se basa en que los postulantes a la presidencia y a la vicepresidencia encabezaron los 21 días de resistencia y movilización en defensa de la democracia y del voto ciudadano. Esta figura propagandista es una muestra de la desubicación política y de la falta asombrosa de objetividad, así como de principio de realidad. La historia de las movilizaciones de resistencia al régimen neopopulista comenzaron con la movilización al “gasolinazo”, continuaron con la lucha y resistencia en torno a la VIII Marcha Indígena en defensa del TIPNIS,  siguieron con la movilización contra el código inquisidor del Código penal. Las derrotas electorales del régimen clientelar se manifestaron con la victoria del voto nulo en las elecciones de magistrados, además en la derrota sufrida por Evo Morales Ayma en el referéndum constitucional. Las movilizaciones en defensa de la democracia y del voto fueron la continuidad de estos recorridos de resistencias, iniciados antes; por otra parte participaron nacional y regionalmente distintos sectores sociales y locales; para comenzar debemos mencionar a los voluntarios bomberos que empezaron a denunciar las atrocidades del gobierno pirómano y de los colonos, de los ganaderos y de la burguesía agroindustiral, comprometidos en la ampliación de la frontera agrícola. Los sectores urbanos de esta movilización fueron parte de un panorama más completo y variado de activismos y posicionamientos contra el despotismo. Los héroes son multitudes y muchedumbres sociales que enfrentaron la tiranía.   En resumen, en las elecciones próximas concurren expresiones políticas que retrocedieron al horizonte de la anterior Constitución, desconociendo la Constitución Plurinacional Comunitaria Autonómica. Esta situación, de por sí, nos muestra las estrecheces y mezquindades de los partidos políticos en la nueva coyuntura electoral.

Similitudes y contrastes en la decadencia política

¿Desde dónde interpretar lo que ocurre en   la decadencia política? Ya no sirve el esquematismo dualista de “izquierda” y “derecha”, aunque, incluso antes, era poco útil para interpretar la decadencia de las revolucione socialistas. Ahora, en la actualidad contemporánea del siglo XXI, donde se borran los límites y las delimitaciones entre expresiones políticas e ideológicas, donde lo que inscribe el sello y lo que abunda es el espectáculo mediático, no tiene sentido hablar de “izquierda” y “derecha”, pues es cuando más se parecen, digan lo que digan en sus mutuas acusaciones, que se despreocupan por la argumentación, incluso por la retórica. En el gobierno hacen lo mismo, realizan, a su manera, el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente; en sus prácticas irrumpen en los escenarios utilizando los mismos procedimientos, aunque lo hagan con distintos discursos desgarbados. Dentro del círculo vicioso del poder forman parte de los turnos o rotaciones de formas de gobierno, se señalen unos como neoliberales o se reconozcan a los otros como neopopulistas. En estas circunstancias, lo pertinente es enfocar lo que ocurre, la decadencia política, desde otro enfoque, más plausible y útil para el análisis. ¿Cuál es aconsejable?

Parecer mejor y adecuado considerar la situación de las problemáticas que atraviesan las coyunturas del periodo aciago, el de la decadencia, sobre todo, la posición que toman las organizaciones y expresiones políticas en concurrencia. La problemática más evidente es, ciertamente, la crisis ecológica; vinculada a esta crisis planetaria y a la crisis civilizatoria, se puede identificar claramente la crisis del modelo extractivista colonial, tanto del capitalismo dependiente como del capitalismo dominante mundialmente, el de la dominancia del capitalismo financiero y especulativo.    En relación a estas problemáticas, vemos que tanto las expresiones políticas de “izquierda” como de “derecha” son coincidentes; tienen como horizonte la modernidad y como fin el desarrollo, que no es otra cosa que capitalista, tanto en su versión de la escasez, la de los gobiernos del socialismo real, también de los gobiernos neopopulistas, con sus singulares diferencias, como en su versión de la abundancia consumista, la de los gobiernos liberales y neoliberales. Los llamados “gobiernos progresistas” son los que, paradójicamente, han extendido intensivamente el modelo extractivista, a pesar de hablar de la defensa de la “Madre Tierra”. Los gobiernos neoliberales que los precedieron estaban metidos en los mismo, los gobiernos neoliberales que les sucedieron, cuando, en su caso, perdieron en las elecciones, continuaron el mismo curso. Lo que se puede ver es la continuidad sinuosa de un mismo modelo económico, el de la dependencia y el demoledor extractivismo.

Ahora bien, ¿qué es lo que articula esta continuidad económica, a pesar de las aparentes diferencias discursivas? Fuera de lo obvio, de pertenecer al horizonte, estrecho ya, de la modernidad tardía, por lo tanto, de su pertenencia al sistema-mundo capitalista, hay que encontrar los mecanismos más específicos y las dinámicas moleculares, que conectan las expresiones discursivas políticas de “izquierda” y “derecha”. En la fase financiera del ciclo largo del capitalismo vigente, las estructuras y diagramas de poder se han adecuado a las formas de explotación de la especulación económica, sobre todo a la economía política del chantaje. Estas formas y diagramas de poder enlazan el lado institucional de la economía con el lado oscuro de la economía, el lado institucional del poder con el lado oscuro del poder. Si esta es la situación, la condición de posibilidad o, mejor dicho, de imposibilidad, de la economía y la política, pues se incursiona notoriamente en la anti-política y en la anti-producción, entonces, la ubicación de las formaciones discursivas en la composición singular de la formación económica social actual ha cambiado, respecto de lo que ocurría antes. Si antes, como dice Jürgen Habermas, la acción comunicativa se construía sobre la base de pretensiones de verdad, queriendo convencer sobre la validez de sus emisiones, ahora, en la fase decadente de la civilización moderna, los discursos no solo develan problemas de legitimación en el capitalismo tardío, es decir, problemas ideológicos, sino que han dejado de basarse, prácticamente, en las pretensiones de verdad; en otras palabras, no buscan convencer, sino tan solo emitirse como inercia, como repetición mediática, de publicidad y propaganda. El raciocinio, como tal, habría desaparecido completamente, si antes lo hizo parcialmente.

La manera de la conformación de los discursos políticos en la actualidad radica, preponderantemente, en la exaltación de pequeñas distinciones, aunque, incluso sean imperceptibles, en lo que respecta a las prácticas, como si fuesen contrastes abismales. También pasa por la restitución de temas correspondientes al pasado político, como si estuviesen presentes, tal cual, como lo fueron en su momento. La emisión discursiva se pronuncia como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera habido desplazamientos en las problemáticas sociales, políticas y culturales; entonces se coloca, imitativamente, en papeles anacrónicos. Lo que denota la incapacidad de actualidad, de interpretar los problemas actuales y en su singularidad de contexto y de momento. Se prefiere situarse en la figura estereotipada de un esquematismo dualista vulgar. En este tono, de estas prácticas discursivas deslucidas, se vuelve, sin imaginación, a la dualidad trasnochada de la lucha entre buenos y malos, que repite el esquematismo inicial religioso de la guerra entre fieles e infieles. Si antes se lo hacía también, sin embargo, con mayor esmero ideológico, en cambio ahora, el descuido no solo argumentativo, que brilla por su ausencia, sino también retórico, pues se emite el discurso sin ganas y sin empatía, es ampliamente notorio.

En todo caso, ¿qué es lo que se quiere encubrir, si ya no es justificar? Las prácticas de la economía política del chantaje, de la corrosión institucional y de la corrupción. En consecuencia, la exaltación de las mínimas diferencias, incluso imperceptibles, adquiere el carácter de una dramática comedia. Se quieren mostrar contrastes abismales donde apenas son diferencias de tonalidades. Hay como un malestar profundo en la política de la decadencia, una turbulencia que agita por dentro, una consciencia culpable que no se puede controlar. Por eso, los estereotipos exaltados, vueltos caricaturas, nada convincentes, convertidos en rituales mediáticos para llenar los profundos vacíos.

Fuente: https://www.bolpress.com/2020/10/15/satrapas-y-eunucos-de-los-ultimos-tiempos/