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El programa mundial de Bill Gates y cómo podemos resistir a su guerra contra la vida

21oct-20
Publicada el 21 octubre, 2020
por admin

Por Vandana Shiva

En marzo de 2015 Bill Gates enseñó la imagen de una muestra del virus de la influenza en una charla TED y dijo a la audiencia que era la imagen del mayor desastre de nuestro tiempo. La verdadera amenaza para la vida, dijo, no son los «misiles, sino los microbios». Cuando cinco años después la “pandemia” del coronavirus barrió la tierra como un tsunami volvió a utilizar el lenguaje bélico, al calificar a la “pandemia” de “guerra mundial”.

“La ‘pandemia’ del coronavirus alza contra el virus a toda la humanidad”, dijo.

En realidad, la «pandemia» no es una guerra. La «pandemia» es una consecuencia de la guerra. Una guerra contra la vida. La mentalidad mecánica relacionada con la máquina de dinero de la extracción ha creado la ilusión de un hombre separado de la naturaleza y la naturaleza como materia prima muerta e inerte para ser explotada. Pero, de hecho, somos parte del bioma. Y somos parte del viroma. Somos el bioma y el viroma. Cuando hacemos la guerra contra la biodiversidad de nuestros bosques, nuestras granjas y nuestras entrañas, nos hacemos la guerra.

La emergencia sanitaria del coronavirus es inseparable de la emergencia sanitaria que constituye la extinción, la emergencia sanitaria que constituye la destrucción de la biodiversidad y la emergencia sanitaria que constituye la crisis climática. Todas estas emergencias están vinculadas a una visión del mundo mecanicista, militarista y antropocéntrica que considera a los humanos seres separados de los demás seres y superiores a ello. Unos seres que podemos poseer, manipular y controlar. Todas estas emergencias tienen sus raíces en un modelo económico basado en la ilusión de un crecimiento ilimitado y de una codicia ilimitada, que violan los límites planetarios y destruyen la integridad de los ecosistemas y de las especies individuales.

Se producen nuevas enfermedades porque la agricultura globalizada, industrializada e ineficiente invade los hábitats, destruye los ecosistemas y manipula a los animales, a las plantas y a otros organismos sin respetar ni su integridad ni su salud. En todo el mundo nos estamos uniendo para hacer frente a la propagación de una enfermedad como el coronavirus, que hemos causado al invadir los hábitats de otras especies, manipular plantas y animales con fines comerciales y codiciosos, y practicar el monocultivo. Cuando arrasamos bosques, convertimos las granjas en monocultivos industriales cuya producción es tóxica y nutricionalmente nula, cuando nuestros alimentos se degradan debido a la transformación industrial con unos químicos sintéticos y genéticamente manipulados, cuando nos aferramos a la ilusión de que la tierra y la vida son materias primas destinadas a ser explotadas con fines de lucro, estamos, en efecto, todos unidos. Pero en lugar de unirnos con el propósito de preservar nuestra salud protegiendo la biodiversidad, la integridad y la autoorganización de todos los seres vivos, incluidos los humanos, nos hemos unido para hacer frente a una enfermedad.

Según la Organización Internacional del Trabajo, “1.600 millones de un total mundial de 2.000 millones de trabajadores de la economía informal (los más vulnerables del mercado laboral) y una mano de obra mundial de 3.300 millones de personas se enfrentan a unas considerables dificultades para ganarse la vida, debido a las medidas de confinamiento y / o porque trabajan en los sectores más afectados». Según el Programa Mundial de Alimentos, 250 millones más de personas pasarán hambre y 300.000 podrían morir diariamente. Esto también son pandemias que matan a la gente. No se pueden salvar vidas matando a la gente.

La salud concierne a la vida y a los sistemas vivos. Sin embargo, la «vida» no existe en el modelo de salud que Bill Gates y los de su calaña están promoviendo e imponiendo en el mundo. Junto con sus aliados en todo el mundo define desde arriba tanto los problemas relacionados con la salud como los medios para resolverlos. Paga para formular los problemas y después usa su influencia y su dinero para imponer sus soluciones. Y en ese proceso se enriquece aún más. El resultado de su «financiación» es la eliminación de la democracia y de la biodiversidad, de la naturaleza y de la cultura. Su “filantropía” no es solo “filantrocapitalismo”, sino “filantroimperialismo”.

La pandemia de coronavirus y el confinamiento han demostrado aún más claramente cómo se nos reduce a objetos que deben ser controlados, y nuestros cuerpos y nuestras mentes se convierte en una especie de nuevas colonias que hay que invadir. Los imperios crean colonias, las colonias reúnen los bienes comunes de las comunidades autóctonas y los transforman en fuentes de materias primas que se es traen con fines de lucro. Esta lógica lineal y extractiva es incapaz de percibir las relaciones íntimas que permiten la vida en la naturaleza. Es ciega a la diversidad, a los ciclos de renovación, a los valores de dar y compartir, así como al poder y al potencial de la autoorganización y de la ayuda mutua. Es ciega al desorden que crea y a la violencia que provoca. El confinamiento prolongado del coronavirus ha sido una experiencia de laboratorio para un futuro sin humanidad.

El 26 de marzo de 2020, en el apogeo de la pandemia del coronavirus y en medio del confinamiento, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) concedió a Microsoft una patente. La patente WO 060606 establece que «la actividad del cuerpo humano asociada a una tarea encomendada a un usuario se puede utilizar en un proceso de minería de criptomoneda …».

La «actividad corporal» que Microsoft aspira a «extraer» comprende las radiaciones emitidas por el cuerpo humano, la actividad cerebral, la circulación de los fluidos corporales, la circulación sanguínea, la actividad de órganos, los movimientos corporales (como los movimientos oculares, los movimientos faciales y los movimientos musculares), así como todas las demás actividades que se puedan detectar y representar por imágenes, ondas, señales, textos, números, grados o cualquier otra información o dato.

La patente es una exigencia de propiedad intelectual sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. En el colonialismo los colonizadores se arrogan el derecho de tomar las tierras y los recursos de los pueblos autóctonos, de eliminar su cultura y su soberanía y, en casos extremos, de exterminarlos. La patente WO 060606 es una declaración de Microsoft según la cual nuestro cuerpo y nuestra mente son sus nuevas colonias. Somos minas de «materias primas», los datos extraídos de nuestro cuerpo. En lugar de seres soberanos, espirituales, conscientes e inteligentes que toman decisiones eligiendo con sabiduría y que poseen unos valores éticos con respecto al impacto que tienen nuestras acciones en el mundo natural y social del que formamos parte y al que estamos indisolublemente vinculados, somos “usuarios «. Un «usuario» es un consumidor sin elección en el imperio digital.

Pero la visión de Gates no se limita a eso. De hecho, es todavía más siniestra: se trata de colonizar el cerebro, el cuerpo y la mente de nuestros hijos antes incluso de que hayan tenido la oportunidad de comprender cómo es la libertad y la soberanía, empezando por los más vulnerables.

En mayo de 2020 el gobernador Andrew Cuomo de Nueva York anunció que había establecido una asociación con la Fundación Gates con el objeto de «reinventar la educación». Cuomo calificó a Gates de visionario y argumentó que la «pandemia» ha creado «un momento en la historia en el que verdaderamente podemos integrar y hacer avanzar estas ideas (de Gates) […] ¿qué sentido tienen todos estos edificios, todas estas aulas físicas, con la tecnología de la que disponemos?”.

De hecho, desde hace dos décadas Gates trata de desmantelar el sistema de educación pública de los Estados Unidos. Para él, los alumnos son minas de datos. Por eso los indicadores que él promueve son la asistencia, la matrícula universitaria y los resultados de las pruebas de matemáticas y lectura, ya que se pueden cuantificar y explotar fácilmente. En esta reinvención de la educación se controlará a los niños por medio de sistemas de vigilancia para ver si prestan atención mientras se les obliga a asistir a clases de forma remota, solos en casa. Es una distopía en la que los niños nunca vuelven a la escuela, no tienen la oportunidad de jugar, no tienen amigos. Es un mundo sin sociedad, sin relaciones, sin amor ni amistad.

Cuando miro hacia el futuro en el mundo de Gates y de los barones de la tecnología veo una humanidad aún más polarizada, con grandes cantidades de personas “desechables” para las que no hay sitio en el Nuevo Imperio. Y los que fueren incluidos en el nuevo Imperio serán poco más que esclavos digitales.

Pero podemos resistir. Podemos sembrar otro futuro, mejorar nuestras democracias, reivindicar nuestros bienes comunes, regenerar la tierra como miembros vivos de la Familia de Una Tierra, rica en nuestra diversidad y libertad, una en nuestra unidad e interconectividad. Es un futuro más saludable, uno por el que debemos luchar, uno que debemos reivindicar.

Estamos al borde de un precipicio de la extinción. ¿Dejaremos que una máquina de codicia que no conoce límites y es incapaz de detener su colonización y su destrucción extinga nuestra humanidad conformada por seres vivos, conscientes, inteligentes y autónomos? ¿O detendremos la máquina y defenderemos nuestra humanidad, nuestra libertad y nuestra autonomía para proteger la vida en la tierra?

Este artículo es el epílogo del último libro de Vandana Shiva Oneness vs. the 1%: Shattering Illusions, Seeding Freedom (Chelsea Green Publishing, agosto de 2020) y se reproduce con permiso del editor. Editorial Popular ha publicado en castellano este libro (El planeta es de todos, Madrid, Editorial Popular, 2019, traducción de Rodolfo Lastra Muela), aunque sin este epílogo.

Traducción de Susana Merino para Rebelión

Fuente:https://www.mondialisation.ca/le–programme–mondial–de–bill–gates–et–comment–nous–pouvonsresister–a–sa–guerre–contre–la–vie/5649999

Sobre la tradición radical negra

18oct-20
Publicada el 18 octubre, 2020
por admin

Entrevista a Angela Davis

Por Alex Lubin y Gaye Theresa Johnson

Futures of Black Radicalism [Futuros del radicalismo negro] (Verso, 2020) es una obra que reúne a militantes, académicos y pensadores de la tradición radical negra como un reconocimiento y celebración de las obras de Cedric J. Robinson, quien fuera el primero en definir el término. Los ensayos recogidos en el libro miran hacia el pasado, el presente y el futuro del radicalismo negro, así como a las influencias que ha ejercido en otros movimientos sociales. El «capitalismo racial», otra potente idea desarrollada por Robinson, conecta con los movimientos sociales internacionales de hoy, explorando las conexiones entre la resistencia negra y el anticapitalismo. En esta entrevista, Angela Davis, una de las participantes del libro, aborda varios tópicos de esta tradición política e intelectual. Davis es filósofa y activista, autora de Mujeres, raza y clase [1981] (Akal, Barcelona, 2004), Women, Culture, and Politics [Mujeres, cultura y política] (Random House, Nueva York, 1989) y Abolition Democracy: Beyond Prisons, Torture, and Empire [Democracia de abolición. Más allá de las cárceles, la tortura y el imperio] (Seven Stories Press, Nueva York, 2005).

En su investigación se ha centrado en el abolicionismo carcelario, el feminismo negro, la cultura popular y el blues, y el internacionalismo negro, con una mirada a Palestina. ¿En qué sentido se inspira este libro en la tradición radical negra, a la vez que la desarrolla?

Cedric Robinson nos desafió a pensar sobre el papel de los teóricos y activistas radicales negros en la formación de las historias sociales y culturales que nos motivan a vincular nuestras ideas y nuestras prácticas políticas con profundas críticas al capitalismo racial. Me alegra haber vivido lo suficiente como para ver cómo las generaciones más jóvenes de académicos y activistas comenzaron a desarrollar su propia noción de tradición radical negra. El marxismo negro desarrolló una importante genealogía que giraba en torno del trabajo de C.L.R. James, W.E.B. Du Bois y Richard Wright. Como ha señalado H.L.T. Quan, si miramos el trabajo de Robinson en su conjunto, incluidos Black Movements in America [Movimientos negros en Estados Unidos] (1997) y An Anthropology of Marxism [Una antropología del marxismo] (2001), no podemos dejar de observar lo centrales que han sido las mujeres a la hora de forjar una tradición radical negra. Quan dice que cuando le preguntan por qué en su trabajo hay un enfoque tan central en el papel de la mujer y su resistencia, Robinson responde: «¿Por qué no? Toda resistencia, en efecto, se manifiesta en el género, se manifiesta como género. El género es de hecho un lenguaje de opresión [y] un lenguaje de resistencia»1.

He aprendido mucho de Robinson respecto a los usos de la historia: formas de teorizar la historia, o de permitir que se teorice, que son cruciales para nuestra comprensión del presente y para nuestra capacidad de concebir colectivamente un futuro más habitable. Cedric ha explicado que sus notables excavaciones en la historia emanan de la asunción de objetivos políticos en el presente. Siento mucha afinidad con su enfoque desde la primera vez que leí su libro sobre el marxismo negro. El primer artículo que publiqué, escrito mientras estaba en la cárcel, centrado en las mujeres negras y la esclavitud, fue un esfuerzo por refutar el discurso dañino, pero cada vez más popular, sobre el matriarcado negro, tal y como se representaba a través de informes oficiales del gobierno, así como a través de ideas masculinistas generalizadas (como la necesidad de jerarquías de liderazgo basadas en el género, diseñadas para garantizar el predominio de los hombres negros) que circulaban dentro del movimiento negro a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970. Aunque no era así como estaba enfocando mi trabajo en ese momento, ciertamente no dudaría hoy en vincular esa investigación con el esfuerzo de hacer más visible una tradición radical negra y feminista.

Los estudios críticos sobre prisiones en un marco explícitamente abolicionista se sitúan dentro de la tradición radical negra, tanto a través de su reconocida relación genealógica con el periodo de la historia estadounidense que llamamos Reconstrucción Radical como, por supuesto, a través de su relación con el trabajo de W.E.B. Du Bois y el feminismo negro histórico. El trabajo de Sarah Haley, Kelly Lytle Hernández y una nueva y emocionante generación de estudiosos, al vincular su valiosa investigación con su activismo, está ayudando a revitalizar la tradición radical negra.

Parece que con cada generación de activismo antirracista, un estrecho nacionalismo negro regresa como un ave fénix para reclamar la lealtad de nuestros movimientos. El trabajo de Cedric fue inspirado en parte por su deseo de responder al estrecho nacionalismo negro de la era de su (y mi) juventud. Es extremadamente frustrante presenciar el resurgimiento de formas de nacionalismo que no solo son contraproducentes, sino que además contravienen lo que debería ser nuestro objetivo: el florecimiento negro y, por lo tanto, humano. Al mismo tiempo, es emocionante presenciar las formas en que las nuevas formaciones juveniles, Black Lives Matter, Black Youth Project 100 (byp100), Dream Defenders, están ayudando a dar forma a un nuevo internacionalismo negro influido por las feministas y que resalta el valor de las teorías y prácticas queer.

¿Cuál es su balance del movimiento Black Lives Matter, particularmente a la luz de su participación en el Partido Pantera Negra durante la década de 1970? ¿Black Lives Matter, en su opinión, tiene un análisis y una teoría de la libertad consistente? ¿Ve alguna similitud entre ambos movimientos?

Cuando consideramos la relación entre el Partido Pantera Negra y el movimiento Black Lives Matter, parece que las décadas y generaciones que separan a uno de otro crean una inconmensurabilidad que es consecuencia de los cambios económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Cambios que hacen que el momento contemporáneo sea tan diferente en muchos aspectos importantes de lo que fueron los años 60. Por eso quizás debemos buscar conexiones entre ambos movimientos que se revelan no tanto en las similitudes, sino más bien en sus diferencias radicales.

El Partido Pantera Negra surgió como una respuesta a la ocupación policial de las comunidades de Oakland, California y las zonas negras urbanas de todo el país. Fue un gesto brillante por parte de Huey Newton y Bobby Seale patrullar los barrios con armas y tratados de derecho para vigilar a la policía. Al mismo tiempo, su estrategia también estaba inspirada en el surgimiento de luchas guerrilleras en Cuba, los ejércitos de liberación en el sur de África y Oriente Medio, o la exitosa resistencia del Frente de Liberación Nacional en Vietnam. En retrospectiva, esto también refleja un fracaso para reconocer, como dijo Audre Lorde, que «las herramientas del amo nunca desmantelarán su casa». De alguna manera, el uso de las armas, aunque principalmente como símbolo de resistencia, transmitió el mensaje de que se podía desafiar a la policía de forma eficaz mediante estrategias policiales.

El hashtag #BlackLivesMatter, desarrollado por Patrisse Cullors, Alicia Garza y Opal Tometi tras el asesinato de Trayvon Martin por parte de un guardia, comenzó a transformarse en una red como respuesta directa a las crecientes protestas en Ferguson, Missouri, que manifestaron un deseo colectivo de exigir justicia para Mike Brown y para todas las vidas negras sacrificadas en el altar del terror racista de la policía. Al pedirnos que resistiéramos radicalmente a la violencia racista en el corazón de las estructuras y estrategias policiales, Black Lives Matter reconoció desde el principio que, si queríamos avanzar de un modo colectivo hacia una nueva idea de justicia, tendríamos que colocar la demanda de desmilitarizar a la policía en el centro de nuestros esfuerzos. En última instancia, esta reflexión está vinculada a un enfoque que exige la abolición de la vigilancia policial tal como la conocemos y experimentamos, planteando la forma en que las estrategias policiales se han transnacionalizado dentro de los circuitos que vinculan a los pequeños departamentos de policía de eeuu con Israel, que domina este campo a través de la policía militarizada asociada a la ocupación de Palestina.

Aprecio el análisis más complejo que adoptan muchos activistas de Black Lives Matter porque refleja con precisión una lectura histórica que es capaz de construir, asumir y criticar radicalmente los activismos y las teorías antirracistas del pasado. Mientras que el Partido Pantera Negra intentó, a veces sin éxito, abrazar los feminismos emergentes y lo que luego se denominó el movimiento de liberación gay, los líderes y activistas de Black Lives Matter han desarrollado enfoques que abordan de manera más productiva las teorías y prácticas feministas y queer. Pero las teorías de la libertad son siempre tentativas. He aprendido de Cedric Robinson que cualquier teoría o estrategia política que pretenda poseer una teoría total de la libertad, o una que pueda entenderse categóricamente, no ha tenido en cuenta la multiplicidad de posibilidades. Esto significa que tal vez una teoría de la libertad solo puede representarse de manera evocativa en el reino de la cultura.

Su investigación más reciente se centra en la cuestión de Palestina y su conexión con el movimiento de liberación negro. ¿Cuándo se hizo evidente esta conexión y qué circunstancias, o coyunturas, hicieron posible esta idea?

En realidad, mis conferencias y entrevistas más recientes reflejan una comprensión cada vez más extendida de la necesidad de un marco internacionalista, dentro del cual la tarea en curso de desmantelar las estructuras del racismo, el heteropatriarcado y la injusticia económica dentro de eeuu puede ser más duradera y más relevante. En mi propia trayectoria política, Palestina siempre ha ocupado un lugar fundamental, precisamente por las similitudes entre Israel y eeuu: su colonialismo y sus procesos de limpieza étnica con respecto a los pueblos indígenas, sus sistemas de segregación, su uso de la ley, sus sistemas para promover la represión sistemática, etc. A menudo señalo que mi toma de conciencia sobre la situación de Palestina se remonta a mis años de licenciatura en la Universidad de Brandeis, que fue fundada el mismo año que el Estado de Israel. Además, durante mi propio encarcelamiento, recibí el apoyo de los presos políticos palestinos, así como de abogados israelíes defensores de palestinos.

En 1973, cuando asistí al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Berlín (en la República Democrática Alemana), tuve la oportunidad de conocer a Yasser Arafat, quien siempre reconoció la relación entre la lucha palestina y la lucha por la libertad negra en eeuu. Como el Che Guevara, Fidel Castro, Patrice Lumumba y Amílcar Cabral, Arafat fue una figura venerada dentro del movimiento negro de liberación. En aquella época, el internacionalismo comunista –en África, Oriente Medio, Europa, Asia, Australia, América del Sur y el Caribe– era una fuerza poderosa. Yo seguramente habría seguido una trayectoria diferente si este internacionalismo no hubiera jugado un papel tan importante.

Los encuentros entre las luchas de liberación negra en eeuu y los movimientos contra la ocupación israelí de Palestina tienen una larga historia. El libro de Alex Lubin, Geographies of Liberation: The Making of an Afro-Arab Political Imaginary [Geografías de la liberación. La creación de un imaginario político afro-árabe] intenta cartografiar aspectos importantes de esta historia. Sin embargo, a menudo no es en el ámbito explícitamente político donde se descubren los momentos de contacto. Como destacó Cedric Robinson, a veces estos operan en el ámbito cultural. Por supuesto, Freedom Dreams: The Making of the Black Radical Imagination [Sueños de libertad. La creación de la imaginación radical negra], de Robin Kelley, sitúa el campo del surrealismo como una zona de contacto especialmente productiva. A fines del siglo xx, fue la poeta feminista negra June Jordan quien puso en primer plano el tema de la ocupación de Palestina. A pesar de los ataques que sufrió por parte del sionismo, y de perder temporalmente su amistad con Adrienne Rich2 (quien más tarde también se convirtió en crítica de la ocupación), June se volvió una poderosa defensora de Palestina. En su poesía encarnó la causa de la liberación negra y palestina: «Nací una mujer negra / y ahora me he convertido en palestina / contra la risa implacable del mal / cada vez hay menos espacio para vivir / ¿y dónde están mis seres queridos? / Es hora de regresar a casa»3.

En un momento en que las feministas negras intentaban crear estrategias basadas en lo que ahora llamamos interseccionalidad, June, que representaba lo mejor de la tradición radical negra, nos enseñó sobre el potencial de las afinidades políticas más allá de las fronteras nacionales, culturales y supuestamente raciales, ayudándonos a imaginar futuros más habitables.

Como he señalado en muchas ocasiones, tuve la impresión de que entendí completamente la ocupación cuando en 2011 me uní a una delegación de activistas académicas feministas indígenas y de mujeres de color en Cisjordania y Jerusalén Este. Aunque todas nosotras ya estábamos vinculadas al movimiento de solidaridad, todas estábamos completamente conmocionadas por lo poco que realmente sabíamos sobre la violencia cotidiana de la ocupación. Al concluir nuestra visita, decidimos colectivamente dedicar nuestras energías a participar en la campaña Boicot, Desinversiones y Sanciones (bds) y ayudar a elevar la conciencia de nuestros diversos grupos con respecto al papel de eeuu en el mantenimiento de la ocupación militar. Así que sigo profundamente conectada a este proyecto, con Chandra Mohanty, Beverly Guy-Sheall, Barbara Ransby, Gina Dent y las otras compañeras de la delegación.

En los años posteriores a nuestro viaje, muchas otras delegaciones de académicos y activistas han visitado Palestina y han ayudado a acelerar, ampliar e intensificar el movimiento de solidaridad. En la medida en que los impulsores del movimiento de bds se han inspirado en la campaña contra el apartheid de Sudáfrica, los activistas estadounidenses han señalado que se pueden extraer lecciones profundas de aquella política de boicot. Muchas organizaciones y movimientos dentro de eeuu han visto cómo la incorporación de estrategias anti-apartheid a sus agendas transformaba radicalmente su propio trabajo. La campaña contra el apartheid no solo ayudó a fortalecer los esfuerzos internacionales para acabar con el estado de apartheid, sino que también revitalizó y enriqueció muchos movimientos nacionales contra el racismo, la misoginia y la injusticia económica.

De la misma manera, la solidaridad con Palestina tiene el potencial de transformar y ampliar la conciencia política de nuestros movimientos contemporáneos. Los activistas de Black Lives Matter y otros vinculados con este momento histórico tan importante demuestran una creciente conciencia colectiva en este terreno que puede desempeñar un papel importante en obligar a otros sectores del activismo por la justicia social a asumir la causa de la solidaridad palestina, en concreto, el bds. Las alianzas en los campus universitarios que incluyen a organizaciones estudiantiles negras, Students for Justice in Palestine [Estudiantes por la Justicia en Palestina] y los Jewish Voice for Peace [Voz Judía por la Paz] nos recuerdan la profunda necesidad de unir los esfuerzos antirracistas y desafiar la islamofobia y el antisemitismo mediante la resistencia global a las políticas y prácticas de apartheid del Estado de Israel.

Teórica e ideológicamente, Palestina también nos ha ayudado a ampliar nuestra visión de la abolición, entendida como la abolición del encarcelamiento y la vigilancia. La experiencia de Palestina nos empuja a revisitar conceptos como el de «Estado carcelario» para comprender seriamente las vicisitudes cotidianas de la ocupación y la vigilancia por parte no solo de las fuerzas israelíes, sino también de la Autoridad Palestina. Esto, a su vez, ha estimulado otras vías de investigación sobre los usos del encarcelamiento y su papel, por ejemplo, en la perpetuación de nociones binarias con respecto al género y en la naturalización de la segregación basada en la capacidad física, mental e intelectual.

¿Qué tipo de movimientos sociales pueden o deberían existir en la coyuntura actual, teniendo en cuenta la hegemonía global estadounidense, las relaciones económicas neoliberales, la contrainsurgencia militarizada dentro del país y el «daltonismo» racial?

En un momento en que el discurso popular está cambiando rápidamente, en respuesta directa a las presiones que emanan de las protestas sostenidas contra la violencia estatal y de las prácticas de representación vinculadas a las nuevas tecnologías de comunicación, sugiero que necesitamos movimientos que presten tanta atención a la educación política popular como a las movilizaciones que han logrado colocar la violencia policial y el encarcelamiento masivo en la agenda política nacional. Creo que esto significa tratar de forjar un análisis de la coyuntura actual que extraiga lecciones importantes de los ciclos relativamente recientes, que han llevado nuestra conciencia colectiva más allá de los límites anteriores. En otras palabras, necesitamos movimientos que estén preparados para resistir las inevitables presiones hacia la asimilación. El movimiento Occupy nos permitió desarrollar un vocabulario anticapitalista: el 99% frente al 1% es un concepto que se ha incorporado al lenguaje popular. La cuestión no es solo cómo preservar este vocabulario, como hizo, por ejemplo, la plataforma de Bernie Sanders, sino también cómo construir sobre esto o enriquecerlo con la idea del capitalismo racial, lo cual no puede expresarse en términos que asuman la homogeneidad que siempre subyace al racismo.

Cedric Robinson nunca dejó de investigar ideas, productos culturales y movimientos políticos del pasado. Intentó comprender por qué coexistieron las trayectorias de asimilación y resistencia en los movimientos negros de liberación en eeuu. Las estrategias asimilacionistas que dejan intactas las circunstancias y las estructuras que perpetúan la exclusión y la marginación siempre se han ofrecido como la alternativa más razonable a la abolición, que, por supuesto, no solo requiere resistencia y desmantelamiento, sino también reinvenciones y reconstrucciones radicales.

Quizás este sea el momento de crear las bases para un nuevo partido político, uno que hable con un número mucho mayor de personas de las que los partidos políticos progresistas tradicionales han demostrado ser capaces de hacer. Este partido tendría que estar orgánicamente vinculado a la gama de movimientos radicales que emergieron tras el surgimiento del capitalismo global. Al reflexionar sobre el valor del trabajo de Robinson en relación con el activismo radical contemporáneo, me parece que este partido tendría que estar anclado en la idea del capitalismo racial: sería antirracista, anticapitalista, feminista y abolicionista. Pero lo más importante de todo, tendría que reconocer la prioridad de los movimientos en el terreno, movimientos que reconocen la interseccionalidad de los problemas actuales, movimientos que son lo suficientemente abiertos como para permitir la aparición futura de problemas, ideas y movimientos que ni siquiera podemos empezar a imaginar hoy.

¿Usted hace una distinción, en su investigación y activismo, entre el marxismo y el «marxismo negro»?

He pasado la mayor parte de mi vida estudiando las ideas marxistas y me he identificado con grupos que no solo han asumido las críticas inspiradas por los marxistas sobre el orden socioeconómico dominante, sino que también han luchado por comprender la relación coconstitutiva entre el racismo y el capitalismo. Habiendo seguido especialmente las teorías y prácticas de los comunistas negros y antiimperialistas en eeuu, África, el Caribe y otras partes del mundo, y habiendo trabajado durante varios años dentro del Partido Comunista con una formación negra que tomó como referencia al Che Guevara y a Patrice Lumumba, el marxismo, desde mi punto de vista, siempre ha sido un método y un objeto de crítica. En consecuencia, no necesariamente veo las expresiones «marxismo» y «marxismo negro» como opuestas.Me tomo muy en serio los argumentos de Robinson en Black Marxism: The Making of the Black Radical Tradition [Marxismo negro. La creación de la tradición radical negra]4. Si asumimos la centralidad incuestionable de Occidente y de su desarrollo económico, filosófico y cultural, entonces los modos económicos, las historias intelectuales, las religiones y las culturas asociadas a África, Asia y los pueblos indígenas no serán reconocidos como dimensiones significativas de la humanidad. El concepto mismo de humanidad siempre ocultará una racialización interna y clandestina, que excluirá las posibilidades de igualdad racial. Huelga decir que el marxismo está firmemente anclado en esta tradición de la Ilustración. Los brillantes análisis de Robinson revelaron nuevas formas de pensar y actuar generadas precisamente a través de los encuentros entre el marxismo y los intelectuales y activistas negros, que ayudaron a constituir la tradición radical negra.

El concepto asociado al marxismo negro que considero más productivo y potencialmente más transformador es el de «capitalismo racial». Aunque Capitalismo y esclavitud de Eric Williams se publicó en 1944, los esfuerzos académicos que exploran esta relación han permanecido relativamente en los márgenes5. Con suerte, las nuevas investigaciones sobre el capitalismo y la esclavitud ayudarán a legitimar aún más la noción de capitalismo racial. Si bien es importante reconocer el papel fundamental que desempeñó la esclavitud en la consolidación histórica del capitalismo, los desarrollos más recientes vinculados al capitalismo global no se pueden comprender adecuadamente si se ignora la dimensión racial del capitalismo.

Nota: la versión original de esta entrevista en inglés se publicó en el blog de Verso Books y fue traducida por la revista Viento Sur. Revisión de la traducción: Pablo Stefanoni.

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Ratas

Ernesto Semán
  • 1.H.L.T. Quan: «Geniuses of Resistance: Feminist Consciousness and the Black Radical Tradition» en Race & Class vol. 47 N° 2, 2005.
  • 2.Poeta, intelectual, crítica, feminista y activista lesbiana estadounidense (1929-2012) [N. del E.].
  • 3.«I was born a Black woman / and now / I am become a Palestinian / against the relentless laughter of evil / there is less and less living room / and where are my loved ones? / It is time to make our way home».
  • 4.De próxima publicación en español por Traficantes de Sueños.
  • 5.Hay edición en español: Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.
En este artículo

  • black lives matter
  • capitalismo racial
  • estados unidos
  • radicalismo negro
Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 289, Septiembre – Octubre 2020, ISSN: 0251-3552

La desigualdad amenaza la sobrevivencia de la humanidad

10oct-20
Publicada el 10 octubre, 2020
por admin

por Raúl Zibechi

La desigualdad se ha convertido en el principal problema de la humanidad, tan grave que abarca desde la esfera económica y la social hasta la política, estando detrás de las crisis de gobernabilidad que afecta a buena parte del mundo occidental y, de modo muy particular, a América Latina.

La violencia institucional y policial, como mostró el asesinato de George Floyd, y la desestabilización política que viven numerosos países, están estrechamente ligadas al crecimiento exponencial de la desigualdad en una parte sustancial del planeta.

El editor jefe de la revista médica británica The Lancet, una de las más prestigiosas en su especialidad, acaba de lanzar un artículo polémico que aborda precisamente esta cuestión, a propósito de la pandemia de coronavirus. En «Fuera de línea: el COVID-19 no es una pandemia», publicado el 26 de setiembre, Richard Horton cuestiona que se aborde el coronavirus sólo como una enfermedad infecciosa.

En un segundo artículo del 3 de octubre, avanza que entre los científicos, «el consenso inicial sobre cómo manejar la propagación del virus se ha desintegrado», lo que agrava hasta niveles peligrosos la capacidad de enfrentarlo.

En el primer articulo citado, Horton no niega que exista una pandemia, sino sostiene que estamos ante dos tipos de enfermedades que «interactúan dentro de poblaciones específicas: la infección por el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo severo [SARS-CoV-2] y una serie de enfermedades no transmisibles [ENT]».

Horton busca complejizar la situación para enfrentarla mejor, rehuyendo miradas simplificadoras, tan afines a los grandes medios. Apunta que la agregación de ambas enfermedades «en un contexto de disparidad social y económica, exacerba los efectos adversos de cada enfermedad».

La conjunción de diversas enfermedades, lo lleva a recuperar el concepto de sindemia, acuñado por el antropólogo médico Merrill Singer en la década de 1990, para abordar las interacciones biológicas y sociales en la salud humana. Para combatir eficazmente el COVID-19, «atacar las ENT será un requisito previo para una contención exitosa».

¿Qué son las ENT? Un conjunto de enfermedades crónicas como hipertensión, obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades cardiovasculares y respiratorias. «El número total de personas que viven con enfermedades crónicas está aumentando», sostiene Horton.

Entre la población de los países pobres, a esas enfermedades crónicas (que son básicamente enfermedades de raíz social), deben agregarse «mordeduras de serpientes, epilepsia, enfermedad renal y anemia». La conclusión es que «la búsqueda de una solución puramente biomédica para COVID-19 fracasará», por más vacunas que se difundan, si no se abordan los «orígenes sociales de la pandemia».

Este es tal vez uno de los análisis más integrales difundidos recientemente: «Acercase a COVID-19 como una sindemia invitará a una visión más amplia, que abarque la educación, el empleo, la vivienda, la alimentación y el medio ambiente».

Por eso destaca que «si los gobiernos no diseñan políticas y programas para revertir las profundas disparidades, nuestras sociedades nunca estarán verdaderamente seguras contra la COVID-19». Este enfoque sistémico que debería desembocar en un tratamiento integral del problema de salud, no se focaliza sólo en la medicina clínica.

Sin embargo, las sociedades están caminando en un sentido opuesto al necesario, por lo menos en dos aspectos: el crecimiento exponencial de la desigualdad durante la pandemia y la persistencia en focalizar los problemas en las urgencias sanitarias, dejando de lado los demás enfoques. Ambos aspectos agravan a mediano plazo la situación.

El informe del periódico El Economista, del 7 de octubre, titulado «Los más ricos disparan su fortuna a cifra récord tras el confinamiento», asegura que «las grandes fortunas aprovecharon el rally de las bolsas para incrementar su riqueza en un 27,5% entre mayo y julio, hasta alcanzar un nuevo máximo de 10,2 billones de dólares».

Los datos se basan en un estudio elaborado por UBS y Pricewaterhouse Coopers (PwC), que agrega que al comienzo de la pandemia hubo una disminución en la concentración de la riqueza, que fue rápidamente revertida por la especulación financiera en las bolsas.

En 2014 había 917 mil millonarios en el mundo (personas que acumulan más de mil millones de dólares), cifra que ahora trepó a 2.189, la más alta que se recuerda. Uno de los aspectos más notables es lo que el informe denomina como «la gran polarización» entre las fortunas de los más ricos, «con sectores como la industria y la tecnología, con ganancias del 44,4% y el 41,3%» durante la pandemia.

​El crecimiento de la riqueza está cada vez más concentrado en pocos sectores. Algo similar sucede con los países. Las grandes fortunas crecieron de modo muy particular en China y Estados Unidos, pero también en Francia, Canadá y Alemania. De 2009 a la fecha, la fortuna de los milmillonarios en EEUU se multiplicó casi por tres, en tanto la de China creció 12 veces, ya que partía de estándares más bajos. Como en todos los rubros, los ricos de China están alcanzando a los de EEUU a pasos acelerados.

Se imponen algunas reflexiones en base a estos datos.

La primera es que todo indica que la desigualdad seguirá creciendo a un ritmo frenético. Las dos primeras potencias, EEUU y China, no muestran mayores diferencias en cuanto al crecimiento de los multimillonarios y de la desigualdad. Esta realidad marca un cambio con lo sucedido en la primera mitad del siglo XX, cuando el ascenso de URSS encarnaba a una nación donde la desigualdad era sensiblemente menor que la que existía en Occidente.

La segunda, es que la humanidad ya no parece en condiciones de frenar su marcha hacia el abismo. Si salimos de la pandemia actual sin haber modificado la lógica estrecha con la que se abordan los problemas de salud, y además se agravan las desigualdades en el planeta, podemos dar por seguro que habrá nuevas pandemias, cada vez más depredadoras y mortales.

Ciertamente, no son buenas noticias. Algunos pensamos que sólo una potente irrupción de los sectores populares para mover el tablero del poder, como sucedió en las primeras décadas del siglo XX, es capaz de modificar esta marcha hacia el abismo.

Pensar en tiempos de pandemia

04oct-20
Publicada el 4 octubre, 2020
por admin

Por Denise Najmanovich

No estamos aislados. Nunca lo estaremos. Por el contrario, si algo nos ha mostrado esta pandemia es lo ligados que estamos, lo profundamente entramados y no sólo entre humanos sino con todas las criaturas y entidades de la naturaleza. Estamos unidos, tal vez más unidos que nunca, aunque no podamos movernos como antes. Lo que estamos viviendo no es aislamiento, sino geolocalización (en fácil, cada uno en su casa, si la tiene). El éxito que ha tenido la denominación “asilamiento social” nos muestra la fuerza que aún tienen el pensamiento moderno y sus ilusiones individualistas  y antropocéntricas que nos hacen creer que trascendimos la naturaleza, que estamos enfrentados a ella y que podemos, e incluso debemos, dominarla. Este modo de concebir la humanidad no sólo invisibiliza nuestras raíces, nuestra pertenencia y participación en la trama de la naturaleza, sino que también nos impide darnos cuenta (y agradecer) a todos aquellos que  hoy con su actividad sostienen, nutren y cuidan la vida de todos: personal de salud, sin duda, pero también agricultores, distribuidores de alimentos y medicamentos, barrenderos, cuidadores de casas, de ancianos y tantísimos otros humanos y no humanos como la red de plantas que produce oxígeno y los animales que colaboran en la dispersión de las semillas.  Nosotros los humanos nos movemos menos, pero esto ha hecho que muchas otras especies ganaran movilidad, ya que los ecosistemas viven en un equilibrio dinámico que expresa una paradójica armonía tensa, generativa, robusta y vulnerable a la vez, siempre creativa y por lo tanto parcialmente destructiva.

Por eso hoy, más que nunca, tenemos que dejar atrás las falsas y peligrosas ilusiones de independencia. Lo más importante que podemos aprender de esta pandemia es que no vivimos aislados –ni ahora ni nunca-, porque la vida es siempre convivencia, influencia y afectación mutua. No hay aislamiento alguno:  han variado los modos de la presencia, la expresión de los afectos, los medios de interactuar, las formas de circular. Lo que se ha modificado es la dinámica vincular y las formas del lazo, se han generado otros encuentros y modos distintos de entretejernos: ahora tengo más tiempo para cuidar de mis plantas, y doy clases por internet. Nosotros estamos más quietos pero los ecosistemas siguen fluyendo y si somos capaces de entender lo que ha sucedido, podremos utilizar el dolorosísimo aprendizaje  para no volver a ese modo de vida que nos quieren hacer creer que es la “normalidad” cuando se trata una “normalización” impuesta por las élites que son las únicas que se benefician del modo de existencia extractivo y depredador de la modernidad y de estos tiempos convulsos que Bauman bautizó como “modernidad líquida” (2003). Un modo de vivir  que concibe todo como recurso y mercancía, que basado en un saber mecanicista ha sido incapaz de comprender la vida y sólo ha deseado someterla. Es desde esa concepción y las prácticas productivistas que promueve que las corporaciones globales han depredado el planeta. Esta  pandemia ha sido una de muchas nefastas  consecuencias, pues está genéticamente ligada a un modelo productivo (basado en la devastación de los bosques, la fractura y agotamiento de los suelos, el emponzoñamiento de los ríos, los incendios  indiscriminados) que en nombre de un supuesto (y falaz) progreso económico está hiriendo de muerte al planeta y a nosotros en él.

Nos han  educado para creer que somos la cumbre de la creación, que estamos enfrentados a la naturaleza, que la hemos trascendido gracias a la razón, que debemos enseñorearnos de ella. Así hemos dado rienda suelta a la codicia corporativa, que presenta la mera acumulación monetaria como crecimiento. Así hemos confundido los caprichos de las élites dominantes con necesidades universales humanas, el éxito con la felicidad y el buen vivir con el mucho poseer.

Un diminuto virus vino a recordarnos que nuestra independencia es una vana y peligrosa ilusión, que somos una criatura entre otras y que no hay dueños de la vida. Tal vez el desafío más importante que tengamos sea el de aprender a pensar y a vivir de un  modo no predatorio, entendiendo que somos parte y no amos de la tierra, y que nuestro destino está enlazado al de lo demás.

La cuarta herida narcisista: Ciegos a nuestra ceguera

“Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: Aprender.”  (Yourcenar,1999)

Si algo podemos aprender de estos tiempos catastróficos es que la vida no tiene compartimentos estancos, ni seres aislados. Hemos estado ciegos a la interconexión de la naturaleza. No hemos sabido pensarnos como parte, ni comprender la importancia de la convivencia entre los diversos ecosistemas y también al interior de cada uno de ellos. Se trata ahora de entender lo que Edgar Morin vine planteándonos desde hace décadas:

el fenómeno que nosotros llamamos “Naturaleza” no es más que la extraordinaria solidaridad de sistemas encabalgados,  edificándose los unos sobre los otros, por los otros, con y también contra los otros: la Naturaleza son los sistemas de sistemas, en rosario, en racimos, en pólipos, en matorrales, en archipiélagos. (1977)

La luz cegadora del iluminismo, convirtió todo en objeto y también en recurso. La concepción mecanicista, disociada y desvitalizada de la ciencia moderna, se forjó bajo la ilusión de que el hombre podía adueñarse de la naturaleza. Por eso es preciso renunciar a la creencia de que somos una excepción y aceptar  esta  cuarta herida narcisista que nos impone un diminuto y a la vez poderosísimo virus. Primero Copérnico nos invitó a abandonar la creencia de la tierra como el centro del universo, luego Darwin, nos instó a aceptar que somos un animal entre otros y finalmente Freud, abrió la experiencia humana para acoger los territorios del inconsciente. Hoy,  cuando creíamos controlarlo todo, la pandemia nos ha mostrado lo fútiles y dañinas que son la pretensiones de dominación. Así nos invita y hasta diría que nos exige dejar de lado el absurdo protagonismo que nos hemos conferido, abandonar la postura antropocéntrica para entendernos como parte de la trama de la vida. Vida que no es propiedad de ninguna criatura y que  nadie  puede dominar.

Para entender esta pandemia es preciso repensarlo todo: nuestra concepción de la humanidad, los vínculos dentro de nosotros y con otros –que nunca son completamente ajenos-, así como las complejidades, devenires y tensiones de la vida en común. Para emprender esta tarea necesitamos salir de los corralitos disciplinarios, aprender a ver las conexiones: ¿cuáles son los vínculos entre el virus, el agronegocio y el tráfico de fauna? ¿Qué relación tienen las pandemias con la tala indiscriminada, la industrialización del campo y la megaminería que están devastando el planeta? ¿Qué tiene que ver la megalomanía corporativa global con la eliminación de las regulaciones  que protegían la vida?

Desde los postulados del modelo mecánico-racional se supone que la productividad genera crecimiento económico cuando la experiencia nos ha enseñado que  se trata sólo de un modo de acaparamiento y avara acumulación de las élites para las que el otro (tanto humano como no-humano) es un mero recurso, un objeto a utilizar. Para los abordajes de la complejidad que promuevo el otro es un compañero convivencial que me puede potenciar tanto como despotenciar, pero cuya existencia es tan legítima como la  mía. No somos los amos de la tierra, somos terranos como todas las criaturas. Ni siquiera somos protagonistas, somos parte entre partes de la vibrante, activa y creativa trama de la vida.  Para reparar y expandir la vida postpandemia necesitamos gestar otro modo de pensar que nos permita entender el juego de los vínculos (Najmanovich, 2005), entender sus ritmos, sus tensiones, sus producciones, sus sinergias e inhibiciones, sus diversidades y su generatividad.

En su excelente texto Componer con Gaia Jordi Carmona Hurtado (2020) plantea que “la naturaleza se ha vuelto un agente histórico”. En una conversación virtual le comenté que para mí siempre lo ha sido, y siempre lo será. De ella venimos y en ella nos disolveremos. A mi entender, y creo que acordamos en ello, lo que está ocurriendo es que el Coronavirus nos permite hacer visible lo que siempre ha estado allí pero que nuestro entrenamiento cultural no nos permitió percibir ni pensar: que no somos los directores de la orquesta universal.  Por eso el desafío actual es aprender a prestar atención a los vínculos, las mediaciones, los equilibrios dinámicos, las armonías tensas, del vivir entramados en lugar de seguir intentando encajar la vida en la grilla de lo ya sabido. Seguir los consejos de Heráclito cuando nos advertía que había que “esperar lo inesperado; porque lo inesperado es difícil y arduo” (1997). Extraordinaria paradoja que hoy resulta imprescindible aprender a habitar para poder ser partícipes activos en la construcción de un modo de existencia que ponga en el centro la vida y comprenda el valor primordial del cuidado mutuo para evitar que se repitan las catástrofes y para que en lugar de generar destrucción, cegados por el eufemismo de la producción, empecemos a ser parte de la curación de este planeta herido.

Pasados varios meses desde las primeras noticias sobre este virus que todo lo ha trastornado, recién estamos empezando a atar algunos cabos, que lentamente dan lugar a un paisaje para el que no estábamos preparados. Nos damos cuenta que no supimos ver los indicios ni escuchar las múltiples señales de alarma que, recién ahora, sabemos que existieron y que fueron desatendidas por aquellos que detentan posiciones de poder.

Crónica de una pandemia anunciada

Les propongo ahora un pequeño recorrido para pensar cómo se generó esta catástrofe, para ver cuántas señales de alarma fueron pasadas por alto y ‑sobre todo- para salir del foco estrecho al que nos condenan los análisis disociados. Desde luego que sólo podremos dar algunos trazos pero serán más que suficientes para empezar a percibir la matriz generativa de esta pandemia, y muchas de las epidemias que la precedieron y que no fueron tenidas en cuenta como merecían ya que afectaron sobre todo a países alejados del Norte Global.

Esta pandemia que ya ha costado cientos de miles de muertos y millones de contagiados no es una desgracia que nos ha caído del cielo, ni es el producto de un lamentable azar, ni tampoco un castigo divino (discurso infaltable de algún obispo  apocalíptico tratando de cosechar almas para su rebaño).  Como todo lo que existe es el resultado de un proceso generativo que es preciso entender. Algo que nunca lograremos si quedamos cautivos de las noticias sensacionalistas sobre  “mercados exóticos” de China (que buscan azuzar la xenofobia) mientras se elude informar que esos mercados, si bien existen y juegan un papel en esta historia, son sólo una parte del tráfico ilegal de especies que mueve entre 8.000 y 20.000 millones de euros al año. En la siguiente enumeración podemos ver algunas de los muchísimas alertas que ningún gobernante del planeta quiso escuchar:

2007 Artículo de investigadores de la Universidad de Hong Kong en Clinical Microbiology Reviews alertando sobre el peligro de un brote de coronavirus

2008 Informe de la CIA que preveía una pandemia aproximadamente para el 2025.

2012 Libro de David Quammen Derrame: Infecciones animales y la próxima pandemia humana

2015 Charla TED de Bill Gates indicando que no estábamos preparados para la próxima pandemia

2016 Libro Megagranjas, Megagripe de Robert Wallace

2019 Reporte de la OMS informando sobre la posibilidad de una pandemia causada por un patógeno respiratorio letal.

Todos estos informes fueron públicos, muchos de agencias gubernamentales, otros de muy reconocidos especialistas y no faltaron los personajes hipermediáticos como Bill Gates a quienes escucharon millones de personas. Todos ellos no dejaban lugar a duda sobre el rol estelar que tendrían las pandemias en siglo XXI.  El texto de David Quammen (2012) fue distinguido como el libro científico del año por el New York Times. En su texto predice con claridad que la próxima pandemia sería producida más o menos para esta época por un virus zoonótico. Veamos con un poco de detalle esta cuestión, pues es crucial para comprender lo que nos está sucediendo, cómo llegó a producirse y por qué no se hizo nada para evitarlo. La palabra “derrame” que utiliza en el título de su libro  es un término técnico que utilizan los biólogos para dar cuenta de lo que ocurre cuando un microorganismo pasa de su ecosistema habitual a infectar al ser humano. Desde luego que el virus no se va de paseo a visitar el mundo. Su dispersión se debe a que la actividad de las empresas extractivas, especialmente pero no exclusivamente del agronegocio,  arrasan los equilibrios dinámicos de los ecosistemas.

El mismísimo Bill Gates dio públicamente la voz de alarma sobre las pandemias que se venían en el año 2015 en una conferencia que al día del hoy escucharon varias decenas de millones de personas. En ella señaló claramente que la epidemia de Ébola  tenía que ser tomada como una alarma temprana, que pronto habría otras, probablemente peores. Desde luego no dijo nada del agronegocio, sino de la necesidad de otros emprendimientos en el área de salud…y no es casual porque él mismo está hoy embarcado en la producción agrícola de alta tecnología y utilización intensiva de agrotóxicos que producirán las enfermedades que luego sus empresas de salud van a curar (sólo para aquellos que puedan pagarlo).

El biólogo Robert G. Wallace en su libro Big farms, Big Flu (2016) trazó con claridad  la conexión entre las nuevas pautas de la producción agropecuaria y la etiología de las epidemias que se han desatado en las últimas décadas. Su trabajo resulta central para comprender  que el Covid‑19 no es un incidente aislado. Si focalizamos sólo en el virus en el mejor de los casos tendremos una vacuna para éste, pero las megacorporaciones globales seguirán depredando el planeta y habrá  brotes de otros virus (locales o globales, pero siempre muy letales), en un círculo vicioso infernal.

Si alguno cree que ya el panorama no puede ser peor, he de terminar este apartado mencionando el valiosísimo trabajo de Dennis Carroll, quien dirigió la Unidad De Influenza Pandémica y Amenazas Emergentes en la Agencia Federal para el Desarrollo Internacional (USAID) durante casi 15 años. En un reportaje reciente el investigador norteamericano sostuvo: “Sabíamos que esto iba a suceder. Podría haber sido este coronavirus… u otro virus de la influenza. Pero ahora sabemos que la frecuencia se está intensificando” (Carroll, 2020). La respuesta de Trump fue desfinanciar la agencia, lo mismo que hizo con la del cambio climático. Carroll sostiene que uno de los mayores obstáculos para entender lo que sucede es que “desafía a las personas a pensar de manera diferente”. Necesitamos aprender a percibir los paisajes vitales, revitalizar el pensamiento y los modos de convivencia en lugar de quedar cautivos de los modelos disociados y mecánicos del productivismo global y de las concepciones competitivas y guerreras que le son propias.

Lo que la metáfora de la guerra nos impide ver

“La guerra como metáfora moral es limitada, limitante y peligrosa. Al reducir las opciones de acción a ‘una guerra contra’ lo que sea que sea, divide el mundo en Yo o Nosotros (bueno) y Ellos o Él (malo) y reduce la complejidad ética y la riqueza moral de nuestra vida a Sí/No, Prendido/Apagado. Esto es pueril, engañoso y degradante”. (Le Guin, 2003)

Nuestra cultura suele entender la paz como mera ausencia de guerra, no tenemos ninguna definición afirmativa de las experiencias o situaciones pacíficas. Tan solo imaginamos que son estados completamente libres de conflictos, de desacuerdos, de disonancias. Algo que cualquiera que piense un segundo notará que no sólo es falso en relación a su experiencia, sino también imposible. La otra versión que tenemos de la paz, es aún más absurda, porque suele entenderse como imperturbabilidad: una vida libre de influencias, afecciones, emociones y deseos. Si tal fuera el caso, y por suerte no lo es, sólo podría hallarse en los cementerios. Como nadie se vería tentado a esa excursión macabra para encontrar la paz deseada, se nos ofrecen refugios ilusorios, ideales perfectos donde reina una armonía paradisíaca, donde se acoplan las “medias naranjas”, y hallan una imperturbable felicidad las  almas gemelas. En la vida política esto se expresa en la pretensión de lograr un  consenso unánime, una convivencia sin tensiones, una seguridad sin fisuras. En la medicina esta mirada ha llevado a que se impusiera la más absurda definición de salud que se haya podido producir: “La salud es un estado de perfecto (completo) bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad” (OMS, 1946). Esta perfección-completud no tiene el más mínimo sentido en relación a un ser vivo, siempre en devenir en el encuentro con otros, con los que puede lograr  un equilibrio complejo, fluido, tenso, generativo. La pretensión paradisíaca nos ha llevado a concebir la medicina como una guerra perpetua contra cualquier agente que perturbe ese ideal inalcanzable y así nos ha impedido ver la potencia (re)generativa de la vida y de los vínculos, así como el valor del cuidado mutuo.

Macrón, Trump, Bolsonaro, entre otros dirigentes mundiales, han hecho  un (patético) llamamiento a la guerra contra un enemigo invisible. La respuesta más lograda que he leído es la de  Arundhati Roy:

…si fuera una guerra de verdad, ¿quién estaría mejor preparado que Estados Unidos? Si no fueran mascarillas y guantes lo que necesitaran sus soldados de primera línea, sino fusiles, bombas inteligentes, armas anti-búnker, submarinos, aviones de combate y bombas nucleares, ¿habría escasez? (2020)

Solo me resta destacar que si fuera una guerra está claro que no han sido estos líderes los que han triunfado.

Por suerte no es un destino obligado el de quedar cautivos de las metáforas guerreras aun cuando son muy pregnantes en nuestra cultura, no sólo en la política, sino también en la medicina, como mostró hace décadas Susan Sontag en su excelente libro La enfermedad y sus metáforas (2003). Las células invaden, los anticuerpos son el ejército de defensa, bombardeamos el tumor con rayos, o recurrimos al arsenal químico, etc.

Cuando concebimos la vida como un combate,  gestamos un escenario plano, un foco estrecho, una perspectiva pobre (y triste) para  pensar y comprender la salud y la convivencia que son indisociables. Lamentablemente ésta es nuestra herencia cultural: tanto en la teoría política, que a partir de Hobbes sostiene la idea del “hombre lobo del hombre” (1983), como en la teoría evolutiva que describe el vivir como una lucha por la existencia.

Nadie en sus cabales negará las tensiones, conflictos, combates que se dan en el vivir, pero tampoco dejará de percibir la ternura, la ayuda mutua, el cuidado, la generatividad y fecundidad de la naturaleza y de todas sus criaturas, incluidos nosotros.

Si cerramos el foco de nuestra percepción limitando nuestro pensamiento al “ataque” viral, quedarán en la neblina las preguntas por la causa de la pandemia y con ellas perderemos la oportunidad de evitar otras. Pero  no sólo eso, nuestra vida quedará reducida al temor a la muerte y a lucha contra ella. Una vida raquítica y precaria, que no busca el bien vivir-convivir sino el evitar morir. Una vida aterrada por el temor al otro, al que siempre se ha de considerar ajeno.

Muchos de los saberes ancestrales y también muchos desarrollos del pensamiento contemporáneo han hecho lugar a la complejidad comprendiendo la naturaleza toda como una matriz generativa en lugar de quedar cautivos en los modelos ideales de la ciencia y la filosofía mecanicista.  Hoy más que nunca, ante el cataclismo de una enfermedad global y muchos otros desastres debidos al cambio climático y la explotación extrema, es vital cambiar paradigmas y, más ampliamente, transformar completamente nuestra relación con la naturaleza, aprender a cuidar y expandir la vida, reducir el daño que está generando esta pandemia y evitar otras en el futuro.

La narrativa guerrera siempre ha sido central en nuestra cultura, como muestran los aforismos invertidos de Von Clausewitz (2015)  “La guerra es la política continuada por otros medios” y Foucault (1992) “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Lamentablemente la metáfora del combate y de la competencia (que es una ritualización de la guerra) permeó toda la cultura: desde la historia y la biología, hasta la medicina, especialmente a partir de la focalización en la lucha contra los microbios. Para citar sólo algunos ejemplos de las últimas décadas los líderes mundiales  han declarado la guerra al cáncer, a las drogas, a la pobreza, al terrorismo, al crimen, ¡incluso a la violencia!. Ya sabemos los resultados de estas cruzadas que no han hecho otra cosa que que intentar apagar el fuego con gasolina. No ha de extrañarnos, pues la metáfora de la guerra anula la complejidad, limitando las vías de cuidado y curación. Lo que nos lleva a preguntarnos cómo es que se mantiene incólume cuando su aplicación casi siempre ha fracasado.

Su simplicidad es parte de su éxito, pero también es crucial comprender la faceta afectiva: la promoción simultánea del miedo, que es el afecto menos afín al pensamiento y el ansia de conquista.  Al construir un mundo de enfrentamientos absolutos que buscan la subyugación o la aniquilación del otro,  todo se reduce a los vencedores y los vencidos, los líderes y los seguidores, los héroes y los villanos. Un mundo en blanco y negro, muy diferente a nuestra caleidoscópica existencia, pero que crea una narrativa poderosa: el otro es absolutamente ajeno y necesariamente un enemigo. Como dijo uno de los personajes de Sartre: “El infierno son los otros” (2004). ¿Lo  son?

Tejiendo la convivencia: armonías generativas tensas e intensas

Hemos heredado un modo de pensar basado en modelos mecánicos, abstractos e ideales que ha descuartizado la investigación en contextos estancos y que al hacerlo nos ha impedido comprender los vínculos, las tramas, los flujos, las tensiones, la diversidad de composiciones. En fin, hemos quedado ciegos a la complejidad del vivir-convivir que también es devenir (evolución creativa, bien diferente al domesticado e ilusorio progreso lineal mecánico).

La vida, sin embargo, no puede pensarse desde esta mirada esencialista que presupone pureza, y menos aún desde la versión mecánica de la modernidad que se sostiene en la ilusión de independencia. La vida nace, deviene y muere, en el encuentro con otros, gracias a otros y también contra otros, en entrecambio con otros. Propongo utilizar el término entrecambio para dar cuenta de que no se trata meramente de una interacción exterior, sino de una transformación mutua. Necesitamos a los otros para nutrirnos, para crecer, para procrear, para aprender, para respirar…para todo lo que implica el vivir que es siempre convivir.

Los poetas lo han expresado mejor que nadie, uniendo la belleza y el sentido como en estas palabras de  Octavio Paz:

la vida no es de nadie, todos somos la vida (…)
soy otro cuando soy, los actos míos
son más míos si son también de todos,
para que pueda ser he de ser otro,
salir de mí, buscarme entre los otros,
los otros que no son si yo no existo,
los otros que me dan plena existencia,
no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,
la vida es otra… (1960)

Nuestra relación con los otros no es la de la pura lucha y enemistad, aunque a veces puedan darse enfrentamientos. Vivir es ser acogido en un nido ecológico cuidado por otros y la vida se sostiene y expande a través de los encuentros potenciadores. Esto es lo que la metáfora de la guerra y su estética dicotómica nos impiden ver: que no existen enemigos ni amigos absolutos (porque en la vida no hay absoluto), que todo depende de lo que se geste en el vínculo, que –además‑ es dinámico. Que la vitalidad y la hospitalidad al otro son primarias, y la defensa necesaria pero subsidiaria.

Focalizar en el amigo versus elbenemigo hace que queden en la penumbra o, peor aún,  que resulten invisibilizados los amantes, los amigos “con derechos”, los contactos, los conocidos, los compañeros, los hermanos de sangre, la fratría y/o sororidad elegida, los rivales, los simbiontes, los amigos que devinieron  enemigos, los enemigos que se volvieron amigos, los actos generosos de los enemigos, algunos  comportamientos mezquinos de los amigos, y un largo etcétera. No se trata de salir de la captura del negro y blanco por albergar solamente a grises –que desde luego  es una apertura valiosa-, ni tampoco promuevo la remanida estrategia de buscar  un justo medio que también sostiene la pureza de los extremos. Mi propuesta es aprender a percibir y pensar la radical, multicolor, caleidoscópica diversidad en permanente mixtura, composición y descomposición que nos ofrece la naturaleza. Abrirnos a otras percepciones y sentidos con sus sutilizas y matices porque saber viene de “sabor” y la experiencia humana es la de un cuerpo vivo complejo que puede ser afectado de muchos modos y pensar en diferentes cuerdas.

Nuestra cultura esencialista no ha soportado nunca  la impermanencia. Esa que hermosamente describía Heráclito cuando afirmaba que “nunca nos bañamos dos veces en el mismo río…” y continuaba afirmado (aunque la divulgación mutiló la cita): “…y las almas se disuelven en la aguas” (1977). Tanto le tememos  que la Real Academia de la Lengua Española ni siquiera admite la existencia de este término, que igual ha sido y sigue siendo muy utilizado por los que amamos el pensamiento más que los mandatos de sus majestades. Hemos sido criados en el  temor al cambio, y el pavor a la alteridad. Nos asusta la ambigüedad, y nos cuesta comprender la permeabilidad. Tenemos enormes dificultades para pensar la generatividad  y pánico a la contaminación. La ilusión de independencia y autodeterminación nos ha llevado a demonizar la influencia hasta tal punto que la gripe primero se llamó influenza.

La “influencia”, está ligada al fluir, a la vida errante, a lo que no se deja atrapar en una categoría, a lo que altera (temor de los temores) por eso es incompatible con la pureza inmutable del Ser. Nuestra civilización está no sólo fundada, sino fundamentada en la creencia en un Ser puro, en una esencia eterna e inmutable, imperturbable. Así nace también el ideal de invulnerabilidad incompatible con la vida. Nuestra relación con la alteración, la transformación, la errancia (que de allí proviene “error”), ha sido siempre la de concebirlas como patologías, defectos, faltas, vicios a ser evitados o combatidos. Al menos por la mirada hegemónica, pero la vida siempre pugna por salir y fluir, así que existieron muchos que  han preferido el fluir de la vida al agua estancada del Ser.

En la actualidad están desarrollándose una gran variedad de abordajes complejos que hibridan ciencia, arte, filosofía, saberes comunitarios, sabidurías ancestrales en alegre y promiscuo mestizaje.  Modos de investigar y actuar que no disocian la teoría y la práctica, ni la ciencia del saber comunitario,  que buscan generar sentidos que nos permiten comprender la potencia generativa de la naturaleza y tejer con ella un modo de convivencia cuidadoso. En un trayecto fecundo fueron tejiéndose saberes que nos permiten comprender la potencia de la naturaleza sin reducirla a un modelo único, dando lugar a múltiples facetas de la poiesis vital, del vínculo tenso entre el ser vivo y el ambiente en el que estamos embebidos, junto a una inmensa variedad de especies amigas y también de posibles venenos y predadores. Esta perspectiva no dicotómica nos está permitiendo pensar armonías generativas muy distintas al modelo de equilibrio estático del mecanicismo, al monocorde acuerdo total, o al acople mecánico de la llave y la cerradura que son las armonías monótonas, paradisíacas e ilusorias  que ofrece la cultura esencialista en todas sus versiones (desde la Antigua Grecia hasta la Modernidad). La armonía generativa es paradójica: acorde y discorde a la vez, capaz de albergar la simbiosis y también el parasitismo, de gestar múltiples modos de colaborar que no se oponen a algunas formas de competir. Una danza de composiciones y descomposiciones, de modos de potenciarnos y también de dañarnos, que van configurando  una inmensa variedad de alianzas y parentescos raros (Haraway, 2019).

En este paisaje complejo y vital, nada es en sí dañino o beneficioso, todo depende de múltiples factores, a diferencia de la máquina para la cual todo elemento extraño es destructivo ya que no puede ni aprender ni desarrollarse. En el vivir, los otros son límite y posibilidad a la vez, peligro y sinergia. Nada puede ni busca crecer ilimitadamente, salvo en la imaginación megalómana de las élites globales.

Los virus pueden ser considerados un ejemplo maravilloso de la ambigüedad, ya que es imposible dar una respuesta unívoca a la pregunta ¿son los virus seres vivos?, que tiene una deliciosa, y también ambigua, respuesta: puede ser, a veces, depende de la localización. Lo mismo sucede con este cuestionamiento que ante tanta cruzada guerrera  es imprescindible hacerse: ¿son los virus enemigos? Menuda desgracia sería si lo fueran, se calcula que hay 1031 virus en nuestro planeta, más que estrellas en el universo (Wu, 2020). Pero esto no es lo más sorprendente: como muestra la investigación de las últimas décadas sobre el microbioma en nuestro cuerpo hay entre dos y diez veces más microorganismos que células humanas. No sólo co-evolucionamos con otros diferentes a nosotros, sino que nuestro propio cuerpo es una activa comunidad, un ecosistema diverso en permanente transformación. Como sostiene Ed Yong:

El cuerpo humano alberga billones de microbios que conforman todo un mundo en simbiosis con su entorno. Estos microscópicos y multitudinarios compañeros vitales no solo moldean nuestros órganos, nos protegen de enfermedades, e influyen en nuestro comportamiento, sino que resultan clave a la hora de entender el funcionamiento de la vida (…) Todos los conceptos que usan los ecólogos para describir los ecosistemas de escala continental que vemos a través de los satélites también se aplican a los ecosistemas de nuestros cuerpos, que vemos a través de los microscopios (2017).

Antes que él, lo dijo el poeta Walt Whitman (2001):

Yo soy inmenso…y contengo multitudes

La ciencia recién ahora comienza a atisbar el carácter ecosistémico de la naturaleza y de nuestra propia existencia, y a comprender que la pureza es estéril y que la vida gesta y anida en la fecundidad vincular. Todo en el vivir son encuentros, pero tanto la metáfora de la guerra como la mecanicista, nos han hecho ciegos a las composiciones sinérgicas (aquellas que nos potencian), pues sólo ven “peces grandes que se comen a los chicos”. La versión de la teoría evolucionista centrada en la competencia, que cada día está más cuestionada en el ámbito científico, nos ha impedido comprender el valor crucial de la ayuda mutua y la simbiosis en la vida personal y colectiva. El temor a la otredad –fuera y dentro de cada uno- ha llevado a focalizar y destacar sólo  los encuentros destructivos o despotenciadores.

Sin embargo, la experiencia nos ha enseñado a todos que hay vínculos potenciadores, nutritivos, reparadores. Que hay tanta o más ayuda mutua que competencia, más simbiosis que depredación, como desde hace décadas viene planteando Lynn Margulis y hoy aceptan las nuevas corrientes de la biología resignificando y remodelando radicalmente las concepciones evolutivas (Margulis, y Sagan, 1995).

Personas y bacterias, virus y seres inorgánicos, ninguno es un veneno en sí mismo, sino que lo es para alguien, en ciertas composiciones. Ni el SARS‑CoV–2, ni ningún otro. Sabemos desde antaño que no existe veneno sino dosis (lo que vale para los virus y cualquier otra sustancia). Nada es dañino, ni beneficioso, en  sí mismo. Es en el vínculo vivo,  actual y situado, que algo me fortalece o me lastima, me inhibe o me potencia. Y eso cambia con el tiempo, con el contexto, con el modo de poner el cuerpo, con la configuración de la comunidad…con todas y cada una de las dimensiones de la vida.

Nuevos paradigmas están revolucionando el campo de la inmunología que también fue construido desde la metáfora de la guerra y la exclusión del otro (lo que no resulta asombroso cuando recordamos que algunos de sus padres fundadores, como Sir Macfarlane Burnet, fueron miembros activos de las sociedades eugenésicas). En las últimas décadas diversos investigadores han propuesto miradas que salen de la perspectiva disociada y batalladora del Yo vs. No‑Yo. Francisco Varela (2000) nos invita a pensar el sistema inmune como un tipo de sistema cognitivo que organiza el sí mismo corporal,  actividad que no se realiza  en contra de otros, sino nutriéndose de muchos y, por supuesto, también defendiéndose de los dañinos. En éste sentido ha sido particularmente valiosa la “Teoría del peligro” de Polly Matzinger (2002). En lugar de seguir la metáfora de la guerra, ella gestó un modelo inmunológico que plantea que el sistema inmune responde a señales de peligro que se producen cuando somos dañados y no a la mera  extrañeza o ajenidad. En lugar de un enfrentamiento entre el Yo y un No-Yo (absolutos, esenciales e inmutables) el sistema inmunológico se ocupa de cuidar la vida de un ser que vive entre otros, con otros, gracias a otros, y no necesariamente (aunque a veces sí sea el caso) contra otros. Su propuesta permite explicar por qué el sistema inmune no ataca la comida que sin duda está formada por cuerpos extraños al organismo y tampoco a un feto sano o los miles de millones de microorganismos que viven en simbiosis dentro nuestro. Al mismo tiempo permite comprender por qué  no responde defensivamente cuando lo foráneo no es dañino, y también ataca cuando algo propio lo es, como en los fenómenos de autoinmunidad.

Estas nuevas miradas son cruciales para comprender nuestra propia existencia como ecosistemas complejos en los que no existe un yo esencial, sino  una composición vital siempre en curso, un trayecto abierto de construcción de sí, no exento de peligros ni de sinergias. Los seres vivos generan dinámicamente su propia coherencia vital en armonización tensa con otros, muchos de los cuales son colaboradores, algunos devienen simbiontes esenciales para la vida y otros la ponen en peligro.

Para comprender el vivir-convivir tenemos que poder albergar todo aquello que hemos intentando eludir o combatir: el entrecambio, la afección e influencia mutua, la co-evolución, el linaje de transformaciones (no somos los mismos de ayer ni seremos idénticos mañana). No tiene sentido “sumar” o meramente “agregar” lo que habíamos expulsado. Es preciso reconfigurar completamente nuestro modo de conocer, de concebir lo vivo, de entender la naturaleza incluidos nosotros en ella.

A modo de inconclusión

La estupidez consiste en querer concluir.

(Flaubert, 2010)

Un virus zoonótico recorre el mundo generando una de las mayores catástrofes de las últimas décadas. Los líderes mundiales han planteado el problema en términos de guerra y cruzada sanitaria, pero no es ésta la única mirada posible. En lugar de quedar cautivos en las concepciones militaristas-mecanicistas podemos plantar y cultivar otro territorio problemático.

La pandemia no es el resultado de la mera existencia de un virus patógeno, sino de un modo de existencia que facilita su difusión y que limita las estrategias de cuidado. Si hacemos lugar a la complejidad de la vida y el pensar veremos que esta pandemia es más bien un síntoma de una enfermedad mucho más grave aún que he denominado “productivitis”: una dolencia generada por el modelo  social basado en la expansión ilimitada de la producción y el consumo que promueve para ello un modelo de negocios predador cada vez más intenso caracterizado por las Megagranjas, Megaemprendimientos, Megaminería, Meganegocios, propios de la Megalomanía del pensamiento racionalista patriarcal que jamás ha comprendido la vitalidad de la vida.

Los valores privilegiados por las Megacorporaciones (sin distinción ideológica) son la maximización, la optimización y la eficiencia concebidos desde un modelo mecánico combinado con un esquema financiero en el que la naturaleza y sus dinámicas no tienen lugar. Estos sistemas no crecen, tan sólo “incrementan” (ganancias, propiedades, dinero, todo aquello que se puede cuantificar). Este modo de pensar no acepta límite alguno a su carrera hacia el abismo y buena parte de su producción es despilfarro, acumulación ociosa que en la mayoría  de los casos es inútil pero muchísimas veces resulta tóxica o letal.

El arrasamiento de los equilibrios dinámicos de los ecosistemas no es un daño colateral de la aplicación de su modelo, es inherente a él e inevitable. Esta vez la consecuencia ha sido una pandemia, en otras oportunidades han sido desastres climáticos, envenenamiento de los ríos, y muchas otras catástrofes que se han agudizado en las últimas décadas. Si, además, consideramos que sus políticas eficientistas desmantelaron los sistemas de salud y más ampliamente los lazos de cuidado en la mayoría de los países del Norte Global, podremos entender las inmensa cantidad de muertos que se ha cobrado la pandemia en los países que presumían de ricos. La combinación letal de productivitis y eficientitis es la responsable tanto de la propagación del virus como de su letalidad, ya que contagiarse no implica enfermarse y el curso de la enfermedad depende de los cuidados que podemos desplegar. Los recortes en salud, para hacer más eficiente el sistema, tuvieron éxito, y su triunfo es nuestra desgracia porque  muchos de los contagios se debieron a que las élites hicieron todo lo posible para no cerrar sus fábricas o las cerraron cuando ya la situación era catastrófica y las muertes no fueron el resultado directo de la infectividad vital sino de que una parte muy importante de la población no puede acceder a los servicios médicos necesarios.

La productividad y la eficiencia son medidas de rango estrecho que privilegian ciertos valores como la ganancia, el “ahorro” de tiempo cronológico, la cantidad de productos, a costa de otros que resultan invisibilizados o desvalorizados. Entre ellos todo lo que no entre en su sistema de medidas: la belleza, el cuidado de la naturaleza –incluyendo en ella a los trabajadores-, el lazo comunitario, etc. La invención y la imposición de la obsolescencia programada son muestras más que claras de la concepción de la excelencia eficientista.

La megalomanía corporativa nos hechiza con grande narraciones, con gestas heroicas, ahora recargadas en la versión CEO. En ellas el protagonista está preocupado sólo por su meta, y no se hace responsable de lo que destruye en el camino para obtener el triunfo. Su eficiencia se basa en la extracción y explotación de otros –humanos y no humanos- “externalizando” los problemas. La corporación global produce consumiendo agua que paga a precios irrisorios y luego elimina sus desechos sobre los ríos que nutren a los seres vivos. Destruye los equilibrios ecosistémicos para imponer su modelo productivo, pero esta depredación no entra  en sus costos, sino en los nuestros.  Por supuesto que su sistema de publicidad mediático mundial no destaca estos aspectos, sino que se expresa con bellas palabras creando una versión contemporánea de los patriarcales cantares de gesta. Revisten su accionar de gestos heroicos, de avances tecnológicos, de innovaciones imparables, de emprendedimientos invulnerables, de crecimiento económico y  progreso. Pero no pueden evitar que muchos veamos el lado oscuro de la productivitis que nos está matando de diversos modos: generando devastación y pandemias, pero también hambre (porque la industrialización del campo no ha mejorado ni un poco este flagelo mundial), jornadas interminables de trabajo cada vez más precario, desfinanciación y desmantelamiento de todas las protecciones y cuidados sociales.

Si queremos gestar un modo de existencia potenciador para todos es preciso volver a poner en el centro la vida y la convivencialidad. Para ello es preciso cambiar no sólo de paradigmas, sino todo nuestro modo de pensar-sentir-actuar para abandonar la autopista productivista que nos lleva al abismo y empezar a gestar un caminar convivencial, como proponía Ivan Illich (2011), en el que las herramientas, industrias, dispositivos, sistemas sirvan para  potenciar la vida singular y común, a diferencia del sistema  productivista en el que la vida es un recurso para el sistema.  Hoy la propuesta de convivencia puede pensarse de forma aún más amplia, por eso me gusta hibridarla con el ecofeminismo de Haraway que amplía la convivencialidad para abarcar las relaciones con lo no‑humano.

A mi entender, la cuestión crucial que emerge cuando pensamos la pandemia desde la complejidad es la necesidad de transformar los modos de existencia para que la gestión esté al servicio de la gestación y no al revés como impone el modelo patriarcal corporativo global (ya sea capitalista neoliberal, chino, ruso, o cualquier otro).

Podemos hacer de esta pandemia, que solo es uno de los muchos síntomas  de la catástrofe planetaria generada por la productivitis humana, un punto de bifurcación para salir de la captura mecanicista-racionalista y empezar a habitar la trama de la vida. En ella el crecimiento nunca es mero incremento, sino transformación en el encuentro porque a diferencia de las máquinas los seres vivos crecen (lo que implica múltiples transformaciones) en la convivencia con otros regulándose y adaptándose mutuamente.

Los seres vivos somos a la vez vulnerables y robustos, lo que para nuestra cultura dicotómica resulta impensable pero es muy fácil de entender cuando salimos de sus grillas. Somos vulnerables porque vivir es convivir y podemos ser afectados de muchas maneras. La gran mayoría son potenciadoras y eso hace que la vida sea robusta, que pueda perseverar en la existencia, y seguir la dinámica generativa y regeneradora. Por supuesto, la otra cara de esta vulnerabilidad es que también habrá encuentros que nos hieran o destruyan. Al comprenderlo podemos cultivar el arte de los buenos encuentros, habitar la vida desde el cuidado mutuo, desplegar nuestra vitalidad y no solo evitar los daños.

La megalómana ilusión de invulnerabilidad puede tener un éxito circunstancial pero a la larga siempre ha sido lo que más nos ha debilitado, pues este modo de vivir que persigue el incremento ilimitado no sólo es iluso sino también suicida. En la trama de la vida todo desarrollo tiene como límite el de los demás, ya sea como potenciación mutua, como constricción, o como daño o destrucción. Vivir implica siempre que nos co-adaptamos, co-evolucionamos, con-vivimos regulándonos mutuamente. La vida no es productiva, es poiética y por lo tanto: viable, fecunda, fértil, gestante, creativa, fructífera. Ningún ser vivo busca ni precisa de un crecimiento ilimitado, ningún sistema viable puede lograrlo.

La vida es siempre vulnerable porque es afectación mutua. Esa vulnerabilidad no es fragilidad, es permeabilidad y apertura. Por eso puede ser generativa y re-generativa, precisamente porque no es un sistema cerrado, sino un sistema abierto,  permeable capaz de incorporar a otros, de metamorfosearse y  aprender.

Sólo podremos reparar el daño de la productivitis, desarrollarnos y desplegar la potencia vital desde perspectivas convivenciales (que nunca son ni abstractas ni  únicas). Para ellos será preciso soltar el lastre del consumo, sus desigualdades y sus  excesos,  para promover formas nutricias y al mismo tiempo frugales (desde  el consumo de alimentos hasta el de noticias, pasando por deshacer el hechizo de que cada nuevo gadget o invento es un avance ¿hacia dónde?, ¿para quién?)

La ecología convivencial de los cuidados es también una mirada feminista que honra la complejidad y por ello nos invita a desertar del patriarcado, sus guerras y sus cantares de gestas, para emprender un camino que nos permita ser parte del cuidado de este planeta herido. No negamos la producción, la resignificamos como poiesis y la ponemos al servicio de la trama de la vida. No buscamos la eficiencia, que siempre se mide por algún parámetro arbitrario, sino la vitalidad. No precisamos ganar porque la vida es fecunda y no necesita protagonistas porque  en ella todos podemos disfrutar de ser parte del ensamble.

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Paul Laverty: “La memoria es crucial. Y es algo bien distinto a la nostalgia”

04oct-20
Publicada el 4 octubre, 2020 2
por admin

Por Álvaro Guzmán Bastida y Héctor Muniente Sariñena

En un momento de nuestra charla, Paul Laverty (Calcuta, 1957) despega su mirada incandescente de los ojos de su interlocutor, ofreciéndole un respiro, y se gira ligeramente para señalar a un grupo de trabajadores latinos al otro lado del ventanal de un café neoyorquino. “Antes de que llegaseis me ha pasado la mañana hablando con esos chicos”, cuenta. “Están construyendo una casa. Son una inspiración tremenda. Les pagan por día, y cobran ciento cincuenta dólares. ¿Por qué no hablamos de eso, de sus historias, de cómo llegaron hasta aquí? Miradlos. No hablan una palabra de inglés y me han dicho que llegan a casa después de las once de la noche todos los días. ¿Cómo van a tener tiempo de ver a sus hijos? La situación más aparentemente anodina puede traer consigo una enorme riqueza para el guionista”.

La escena retrata a Laverty, un apasionado del oficio de guionista, que irradia entusiasmo por las historias y sus portadores anónimos. Colaborador ingénito de Ken Loach, con quien ha conseguido dos palmas de oro, su filmografía ofrece un repaso a los conflictos sociales más importantes de los últimos treinta años. Siempre con el foco puesto en los de abajo, ha abordado la alienación de la juventud en la Gran Bretaña desindustrializada e infestada de drogas (Felices dieciséis), la explotación de los inmigrantes (En un mundo libre), la privatización de la guerra (Route Irish), el desguace del estado del bienestar (Yo, Daniel Blake) o, en su última película, Sorry we missed you, la precarización del trabajo en la era de Uber y Amazon. También se ha enfrentado, con similar sed de justicia, a cuestiones históricas como la Guerra de Independencia de Irlanda (El viento que agita la cebada) y el pillaje imperial de América (También la lluvia). Laverty, en el Nueva York inmediatamente previo a la pandemia para una proyección de su último filme, repasa para CTXT gran parte de su trayectoria, cómo llegó al cine a través del activismo pro derechos humanos y el periodismo, y ofrece a regañadientes algunas claves sobre su oficio. Pero, ante todo, como su admirado Eduardo Galeano, habla de fútbol.

Para empezar, hablemos de Dios. Usted nació en Calcuta, en la India, en tiempos de la Madre Teresa. Después fue a Roma a estudiar para hacerse sacerdote. Más tarde se mudó a Nicaragua en pleno apogeo de la teología de la liberación. Y su obra como guionista está llena de motivos que se pueden considerar religiosos, como la redención, el perdón, o incluso el martirio. ¿Qué papel juega la religión en su trabajo y en su vida?

La respuesta directa es que no lo sé. Pier Paolo Pasolini decía que, después de hacerse comunista, tenía “nostalgia de la fe”. Pero supongo que, de algún modo extraño, ha tenido un papel importante en mi faceta de escritor. Aunque uno nunca sabe. Porque me mandaron al seminario a los doce años. El motivo fue que había suspendido el examen del eleven-plus, el que hacen los chicos antes de cumplir los doce. Y si suspendes ese examen, te mandan a la escuela técnica, y terminas de carpintero o fontanero o trabajador del metal en una fábrica. Si apruebas, vas al instituto.  Así que mi hermano y yo suspendimos. Andy es disléxico y cree que yo lo soy también. O a lo mejor es que somos medio tontos, yo qué sé. Bueno, el caso es que mi madre y mi padre pensaron: “¿Por qué no te haces cura?”  Como mi primo había ido al seminario y te daban una equipación de fútbol preciosa, roja y azul, dije: “Bueno, venga, vamos a probar”. Así que ingresé en el seminario. Creo que mis padres solo buscaban darnos una educación mejor. La ironía del asunto es que nos enseñaban curas que no habían estudiado las materias sobre las que daban clase, así que eran unos profesores horribles.

Pero lo que sí había era una tremenda disciplina, también para el estudio. Después de aquella experiencia a los doce años fui a la Universidad Gregoriana y estudié filosofía, también con los jesuitas. Así que todo mi mundo giraba en torno al adoctrinamiento. Muchos de ellos eran curas de clase trabajadora, de descendencia irlandesa. Todo estaba cargado de contradicciones. Por un lado, el amar al prójimo como a uno mismo y todas esas nociones estaban muy arraigadas, pero también predominaba un catolicismo simplista, en el que todo era blanco o negro. Llegó un momento en el que no pude aguantar la claustrofobia de todo aquello y, para resumir, me echaron. Lo interesante del asunto es que ahora, como escritor, me fascinan no el blanco y el negro, sino los grises. Y además aquello hizo que creciera en mí una enorme curiosidad, porque tenía veinte años, me sentía como un galgo en una jaula y me moría de ganas de ver el mundo. Creo que crecer en el seno de la iglesia me dio una enorme curiosidad, además de permitirme ver lo que hay ahí dentro, empezando por el adoctrinamiento.

Por eso me parece que casi todo lo que se ha escrito sobre los abusos o la crueldad, como Las Hermanas de la Magdalena, no termina de enfocar bien la cuestión. No tienen curiosidad por cómo esta gente se convirtió en lo que son. Los ven como “los malos”, y creo que hay algo mucho más sutil que entra en juego. ¿Cómo llegan a ese punto? ¿Cómo y por qué cierran filas?

Y creo que tenéis razón al poner el foco sobre todas las cuestiones que mencionáis, como la redención, el perdón y la furia. Una de mis citas favoritas la escribió San Agustín hace 1500 años, pero bien la podría haber cantado Woody Guthrie. Dice así: “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la ira y la valentía. La ira ante el estado de las cosas y la valentía, para cambiarlas”. Se trata de una emoción genuinamente humana, que vale tanto para el político como el cura o el activista agnóstico. Yo no soy una persona religiosa, pero estoy empapado de ese mundo de solidaridad, porque creo que saca lo mejor de nosotros.

Además, me fascinan algunas nociones de la Iglesia, como un documento reciente del papa Francisco sobre el medio ambiente. Vale muchísimo la pena hacerse con él. Obviamente, hay cosas con las que no estoy de acuerdo, porque es un texto católico. Pero el análisis que hace es brillante. Habla sobre la solidaridad entre generaciones. No soy religioso, pero me fascina una institución enorme, con mil millones de personas, dentro de la cual hay un monumental debate. Steve Bannon quiere cargarse al Papa. Es un católico radical de extrema derecha. Hay hijos de puta horribles y crueles ahí dentro, que quieren destruir la teología de la liberación. Juan Pablo II quería acabar con los teólogos de la liberación, los quiso humillar en Nicaragua. Pero por otro lado están jesuitas como el padre Gorostiaga en Centroamérica, que eran más bien marxistas, y muchas de las comunidades cristianas que conocía en El Salvador, gente maravillosa. Estaban siendo torturados y señalados por los escuadrones de la muerte, y eran revolucionarios a su manera. Todo eso me fascina.

Eso nos lleva a otra institución que está en disputa, como es la familia. Margaret Thatcher dijo, célebremente: “La sociedad no existe. Solo existen hombres y mujeres individuales y las familias, peleando cada cual por sus intereses”. Nos resulta irónico, pero también productivo, que la familia es un lugar de refugio, que ofrece soluciones para los personajes de sus películas. ¿Qué denota eso acerca del mundo en el que vivimos y de la izquierda hoy en día?

Bueno, no puede negarse la importancia que tiene la familia en nuestras vidas. Y, dramáticamente, como escritor, te da muchísima gasolina, ¿no os parece? Se trata de gente que se quiere y se odia y está llena de contradicciones. Mirad lo que hicimos en El viento que agita la cebada (2006), donde dos hermanos se aman hasta destrozarse el uno al otro.

En Sorry We Missed You, se trata de una familia que se quiere, que hace todo lo posible por mantenerse a flote, pero vive enredada en la crisis de la austeridad. Como no pudieron subirse al barco de la vivienda en propiedad cuando el crédito era barato por no tener para un depósito, están jodidos. Y así están cientos de miles de familias en el Reino Unido ahora mismo, mientras que se ha dejado irse de rositas a las instituciones financieras después de 2008. Así que buscábamos visualizar a una pequeña familia de estas, y hacerlo desde el punto de vista del niño de dieciséis años que pelea con su madre y con su padre. Yo tengo un chaval de dieciséis. Te vuelven loco. Pero también hay unos lazos enormes por debajo de todo eso, basados en los cuidados. Además, con la familia están los lazos de la clase, el código postal, la educación, el género. Son cuestiones muy importantes, que nos sirven de esquema para la vida. Así que terminas abordándolos, aunque sea por accidente. También el qué sucede si uno no tiene una familia, lo duro que puede llegar a ser. Tuvimos una historia llamada La parte de los Ángeles (2012), en la que el joven protagonista, Paul, no tiene familia. Sus padres son adictos. Y si no tienes ese sentido de seguridad en tu entorno, si estás solo, el sentido del mundo se hace muy diferente, especialmente si tienes orígenes humildes, estás mucho más expuesto. Si te sucede algo insospechado, se te puede llevar por delante.

Es curioso que nuestra generación, la que vive con la gig economy y la precarización del trabajo, los recortes y los contratos de cero horas, tenga que ver cómo una pareja como usted y Ken Loach nos cuenten historias sobre ese mundo. ¿Cómo encuentra de salud a su género, el del cine social y político?

Bueno, es cierto que estamos contando historias sobre la gig economy. Pero estoy seguro de que hay un montón de gente joven a la que le gustaría hacerlo, y que probablemente lo haría mejor que nosotros porque les está tocando vivir en ella, pero nunca se les da la oportunidad. Así que la pregunta es: ¿Quién comisiona? El asunto siempre termina en las grandes corporaciones, en el dinero y el poder. No paro de conocer a gente que, estoy seguro, tiene ideas brillantes. ¿Tendrán la oportunidad de llevarlas a cabo? Es una cuestión diferente. Porque hay un jodido commissioner que dicta lo que se produce.  ¿Por qué se marginaliza a las mujeres? Las cosas están cambiando, pero: ¿Con que frecuencia vemos el trabajo de los estudiantes negros en pantalla? Incluso después de que se haga la película, ¿quién tiene acceso a ella? Es otra cuestión fundamental, la de la distribución. Nosotros tenemos mucha suerte, porque hacemos películas de bajo presupuesto. Eso quiere decir que terminan siendo bastante rentables. Nadie gana una fortuna, pero todo el mundo recupera su dinero, lo que nos permite hacer la siguiente película.

Usted no estudió cine, ¿verdad?

No, no. Lo que sucedió fue que gané una beca Fullbright por accidente para ir a estudiar a la USC, en Los Ángeles. Alguien presentó un guion mío sin que me enterara. Y me eligieron. Entrevistaron a cinco candidatos y terminé ganando yo. Cuando por fin fui, Ken me propuso hacer juntos Tierra y libertad (1995). Me dijo: “Vuelve y la hacemos”. Y yo: “No hombre, acabo de llegar”. Pero al final dije: “A la mierda, vuelvo”. Así que volví, hicimos Tierra y libertad, y luego regresé a estudiar a la USC, y resultó ser un puto coñazo. Pero me habían dado una beca enorme y no tenía nada de dinero. Estaba pelado. Así que utilicé el dinero de la beca para vivir en el centro de Los Ángeles, en un lugar que era una puta locura, MacArthur Park. Ahí es donde entré en contacto con la organización Justicia para los Conserjes y terminé escribiendo el guion de Pan y rosas (2000). Para eso sirvió el dinero.

¿Cómo empezó a trabajar con Ken Loach?

Yo trabajaba como activista en Nicaragua. Y, cuando volví de viaje al Reino Unido, estaba harto de escribir informes pro derechos humanos y de hacer periodismo. Me dije: “Quiero ver si soy capaz de trascender el periodismo”. Me pagaba una ONG escocesa minúscula. Me daban ciento cincuenta dólares al mes y, con eso, como activista iba tirando. Luego trabajé para una organización nicaragüense, hablaba a delegaciones, viajaba al campo, monitorizaba violaciones de derechos humanos, e intentamos alimentar el debate con lo que estaba pasando. Pero era cada vez más difícil, porque los derechos humanos se habían politizado mucho. Es como ahora con Siria, que todos niegan todo lo que sucede. En fin, viajaba a zonas en guerra, entrevistaba a gente que había sido asaltada por las Contras. Pero siempre terminaba hablando con periodistas. Así que al final dije: “A la mierda. Voy a escribir una película sobre esto”. Así que me compré un libro sobre el tratamiento cinematográfico que, por cierto, sigo sin entender qué es un puto tratamiento, pero escribí uno. Y se lo mandé a cientos de personas. La mayoría ni respondieron. Los que lo hicieron, me dijeron: “Estarás de broma. Una zona de guerra, todo en español, sin infraestructura… Y nunca has escrito un guion”.  Pero Ken me contestó la carta y me dijo: “Si pasas por Londres, vente a tomar el té”.

¿No se conocían?

No, no, no. Le escribí así, de la nada. Eso sí: Me preparé muy, pero que muy bien. Trabajé muy duro en aquel texto. Lo que no sabía era que una cosa es decir que vas a hacer algo en un tratamiento, y otra muy distinta es el jodido guión. Pero bueno, el caso es que Margaret Thatcher acababa de desregular los autobuses y me costó un pico bajar de Glasgow a Londres. Así que voy a tomarme el té con Ken y me dice: “Es una apuesta arriesgada, pero: ¿Por qué no intentas escribir el guión y me lo pasas?” La verdad es que estaba fascinado con todo lo que había visto en Centroamérica. Como todo el mundo, tenía mucha curiosidad por Nicaragua. Por aquel entonces era la segunda prioridad nacional de Estados Unidos en temas de política exterior, por detrás solo de la Unión Soviética. Es algo increíble. Todo porque querían machacar la Revolución para que no se expandiera por el resto de América Latina. Bueno, pues escribí la primera mitad de La canción de Carla(1996). Me salió disparado, como un tiro. Fue como probar por primera vez una droga, porque en lugar de explicar lo que vas a hacer, tienes que inventarte un protagonista, darle un trabajo, escribir una escena, un diálogo… Me dio un subidón, que todavía no se me ha ido. Vuelve cada vez que me siento a escribir.

¿Cómo logró hacerlo? ¿Qué leyó para prepararse?

Me compré un montón de libros, sobre todo de escritura de guiones. Y la mayoría resultaron ser una mierda, según recuerdo. Estaba todo lleno de reglas y regulaciones. Pero creo que se pueden aprender técnicas para escribir, aprender sobre el conflicto y demás. Hay buenos talleres para esas cosas.

Lo que diría es que en todas estas películas, en especial Yo, Daniel Blake (2016) y Sorry We Missed You(2019), lo que había aprendido como periodista resultó importantísimo, para llegar al fondo de los asuntos, para indagar, para seguir mis instintos, descubrir lo que hay detrás de las cosas. Todo eso es fundamental. Son habilidades clave. Y luego te olvidas de todo eso y te pones a escribir de manera dramática.

Hay una breve escena en Sorry We Missed You en la que se entrecruzan varios de los asuntos que hemos tratado. En ella, un policía regaña al adolescente protagonista por un pequeño acto de vandalismo, pero acto seguido le dice, con gran cercanía, que tiene suerte de tener un padre que le quiere y le cuida. Hablando de grises, se trata de un personaje muy complejo, por pequeño que sea su papel. Por un lado, representa la autoridad y de su posición se desprende una clara carga ideológica. Pero también se convierte en una suerte de héroe para el padre en el momento en que le muestra solidaridad y empatía. ¿Cómo se escribe un personaje así?

Normalmente, nuestros guiones son prácticamente idénticos a lo que se ve en la película. El actor se llama Cleggy, y es un policía de verdad. Un hombre verdaderamente adorable. Justo antes de empezar a rodar la escena, le dije: “Supongo que has hecho esto un montón de veces”. Y me dice: “Sí, muchísimas”. Entonces le dije: “Bueno, pues hazlo como lo harías tú”. Y terminó diciendo casi lo mismo que habíamos escrito, pero con mucha pasión. Me sorprendió. Por eso les dije el otro día a los estudiantes de la escuela de cine de Columbia en una charla: “Documentaos, y la gente os sorprenderá”.

Porque si uno hace su trabajo y se documenta, descubre que la gente está llena de contradicciones. Por eso creo que escuchar es fundamental para escribir. No porque vayas a copiar lo que escuchas, sino porque a veces abre un sentido de la percepción al que no llegarías por ti mismo.

Hicimos una película llamada Route Irish (2010), que trata sobre los soldados que vuelven de la Guerra de Irak, muchos de los cuales habían estado allí como mercenarios, contratistas de la guerra. Lo que me interesaba era, en realidad, cómo se está privatizando la guerra. Si los matan, ni siquiera los cuentan. Quería hablar con los soldados que volvían a casa, así que me dirigí a una organización en Escocia que trata con el síndrome de estrés postraumático. Conocí a gente increíble ahí, gente verdaderamente dañada. Pero el momento de la verdad llegó cuando hablé con una vieja enfermera, que estaba en su último día de trabajo. Le dije: “Dios mío, ¿cuánto tiempo llevas trabajando con esta gente?” Era una mujer maravillosa. Y entonces me dijo algo que nunca olvidaré. Estaba hablando con los soldados, y entonces se giró y dijo: “La mayoría de estos hombres están de luto por lo que un día fueron”. Y pensé: “¡Joder! Ese sí que es un viaje, ¿eh?” Y eso me abrió los ojos a toda la historia. Por eso creo que todo el trabajo periodístico es importantísimo. Eso no se aprende en la puta escuela de cine. Hay que ir allí y escucharlos, hablar con ellos.

Usted escribe en un tiempo de derrota histórica para la izquierda. ¿Hasta qué medida se encuentra en la paradójica tesitura de reapropiarse de espacios e instituciones que asociamos tradicionalmente con la derecha? Nos referimos no solo a la familia, de la que ya hemos hablado, sino incluso al trabajo asalariado en un estadio anterior al de la gig economy. ¿Hay lugar para la nostalgia en la política y la escritura revolucionarias?

Dejadme que haga una distinción. Creo que la nostalgia es tremendamente peligrosa. Hollywood y el Reino Unido se especializan en la nostalgia. Se especializan en el sentimentalismo enfermizo, en presentar un futuro del color de rosa. Esa es la mierda bidimensional sentimentaloide que vemos salir de Gran Bretaña, en especial, con un sinfín de historias sobre los ricos y los poderosos, en una sociedad que desprende clasismo por todas partes. Estas historias están empapadas de ese clasismo. Ya sabéis a qué me refiero, al señor de la casa y la pobre sirvienta y todo eso.

La memoria, por otro lado, es crucial. Es algo bien distinto a la nostalgia. La memoria es testaruda. Kundera dijo: “La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Es una frase fantástica. Y es absolutamente verdadera, porque él se crió en una sociedad totalitaria, así que sabe cómo se reescribe la historia.

Hace unos años, hicimos un cortometraje de once minutos y medio. Es sobre el 11 de septiembre. El otro día se lo pusimos a los estudiantes de Columbia y no sabían de qué se trataba. Saben qué es su 11-S, pero el otro, en el que su país machacó a Allende. Por eso es tan importante la memoria. ¿Qué hizo Estados Unidos en América Latina? Avasallar a todas las instituciones democráticas que pudo, desde periódicos a organizaciones de base o sindicatos. Las socavaron. Trataron de destruirlas. Si recuerdas eso, puedes luchar contra toda la mierda esa de la exportación de la democracia y el estado de derecho. El gran relato de Gran Bretaña es que exportó civilización y el estado de derecho por todo el Imperio Británico. Por eso se pusieron furibundos cuando sacamos El viento que agita la cebada. Por eso es tan importante la distinción.

Vivimos un momento de renacer del nacionalismo, en el que son posibles desde el Brexit al fundamentalismo hindú de Modi en la India o Trump, y en el que en España Vox pide abiertamente a Mel Gibson que haga una película sobre Blas de Lezo, el almirante imperial de la Armada. ¿Por qué decide abordar un guionista como usted la historia? ¿Cuál es su método para escribir sobre la misma?

¿De verdad le pidieron eso a Mel Gibson? Sería bien fácil subvertir eso, ¿no os parece? Sería divertidísimo. Pues hemos hecho dos películas verdaderamente históricas, También la lluvia (2010) y El viento que agita la cebada. Son empresas complejísimas, la verdad, porque hay que entender en profundidad la historia, que es fascinante, pero lleva mucho esfuerzo.  Así que es una ardua tarea. También la lluvia la escribí primero como una pieza histórica, basada en la obra de Howard Zinn. En realidad fue Noam Chomsky el que me puso en contacto con Howard. Howard había visto Pan y rosas y le había encantado. Así que me contó que HBO le había propuesto hacer seis películas inspiradas en su libro La otra historia de los Estados Unidos y me dijo: “¿Quieres escribir la primera”

Y yo pensé: “¡Joder!” Porque me había leído el libro hacía veinte años y me encantaba. Me apasionaba Howard, pero estaba trabajando muchísimo con Ken, así que sentía una responsabilidad inmensa. Así que me puse a trabajar como una puta mula. Leía y estudiaba sin parar. Y Howard me decía: “Deja de leer. Empieza a escribir de una puñetera vez”. En fin, resumiendo, él quería que empezásemos por Colón. Y a mí me interesaba Colón y esas primeras cartas, pero los que realmente me cautivaron fueron Bartolomé de las Casas y Antonio de Montesinos. Aquel sermón de navidad de 1511 me sigue volando la cabeza.

Así que Howard me mandó una carta diciendo: “Van a hacer el casting. La película sale adelante, bla bla bla…” Y el presupuesto era enorme. Entonces, al día siguiente, volvió a escribirme Howard diciendo: “De pronto, HBO lo ha cancelado”. No sabía por qué. Era poco después del 11-S. Le parecía que a lo mejor no querían tratar temas controvertidos, o lo que fuera. Yo que sé. El caso es que aquel proyecto murió.

Pero usted no lo abandonó y lo retomó casi una década después, esta vez sin HBO y con su compañera, Icíar Bollaín, en la dirección. ¿Por qué siguió empeñado en llevar a cabo el proyecto?

Después de todo aquel trabajo, no podía dejarlo. Y, sobre todo, aquel discurso de Antonio de Montesinos me volvía a la cabeza una y otra vez. No me dejaba en paz. Tenéis que leerlo.  Es increíble. Lo que hicieron entonces fue tratar de prohibirlo. Cuando dio el sermón, un domingo, todos los líderes coloniales se pusieron furiosos. Dijeron: “Más te vale distanciarte de él”. Pero los curas dominicos se reunieron y decidieron predicarlo incluso con más fuerza. Así que trataron de censurarlo, y aquí estamos hablando de él cinco siglos después.

Hay un gran riesgo cuando abordas un tema histórico, porque te puedes perder en los detalles. ¿Cómo se quitaban el hábito? ¿Qué aspecto van a tener? La comunidad indígena ya no está allí. El idioma ha muerto. Icíar estuvo brillante. Cuanto más lo analizábamos históricamente, más me daba cuenta de que estábamos completamente minados por el medio. Así que dije: “¿Y si lo vemos desde una perspectiva moderna?” Así que le di un giro. Y, de pronto, todo se abrió en canal.

Hay una escena que me encanta cómo resolvió Icíar. El equipo de rodaje contrata a unas madres indígenas para que ahoguen, como actrices, a sus hijos. Lo están filmando. Y entonces las madres se niegan porque ni se las pasa por la cabeza hacerlo. Les dicen: “Pero lo tenéis que hacer para la película, porque esto sucedió realmente”. Y ellas contestan: “Nos da igual. Hay cosas más importantes que su película”. Lo que hace el público es meterse de verdad en la mente de esta gente que en el siglo XV tuvo la fuerza necesaria para ahogar a sus hijos. Y eso desencadena un horror diez veces mayor que si lo hubiéramos hecho desde la perspectiva histórica.

Los héroes de sus películas tienden a ser idealistas que terminan perdiendo. ¿Hay lugar para los finales felices en el mundo el que vivimos?

Nunca los llamaría héroes. En ningún caso. No podría escribir sobre ellos si los llamara así. Pero creo que cada caso es diferente. En En un mundo libre (2007), la protagonista es dura como un clavo. Es brutal.  Y termina donde ella quería. Alguien como el protagonista de Buscando a Eric (2009), la peliculita que hicimos sobre fútbol, es un pobre hombre que tiene ataques de pánico, que se está desmoronando, pero como se refugia en su comunidad termina rodeado de afecto y se abre camino. Lo mismo que La parte de los Ángeles. Y luego están los que son finales abiertos, como Mi nombre es Joe (1998). Casi lo consigue, y al final no sabemos qué va a pasar en esa relación. En Pan y rosas terminan ganando la huelga, aunque la expulsan. Y quedan las tragedias, como la de Irlanda, con un hermano que termina ejecutando al otro.  Y fue una verdadera tragedia, porque Irlanda se convirtió en un pantano infectado de curas, como dice uno de los personajes en la película. Si hubiera ganado el bando reaccionario habrían convertido a Irlanda en otra España de los años 30. Así que cada una de nuestras historias es diferente.

En mi experiencia, nunca es blanco o negro. Las victorias nunca son definitivas. Y las derrotas, por mucho que lo sean, casi nunca terminan de derrotarnos. Yo, Daniel Blake es una tragedia, pero lo es porque nos encontramos con una situación trágica, así que quisimos hacer algo que tuviera ese peso. Sorry we missed you, es una tragedia. El personaje está prisionero, como un ratón en una rueda. Está atrapado económicamente por completo. Pero es un personaje con un arco bien definido, porque terminan calándoles las sandeces que le habían enseñado al entrar en la empresa. Se había tragado toda esa falsa conciencia.

Insertar un mensaje político, o en clave de justicia, es un reto difícil para muchos escritores y cineastas. ¿Cómo consigue el difícil equilibrio entre no ser excesivamente didáctico y resultar demasiado sutil? ¿Podría hablar sobre su proceso para crear drama a partir de la vida real?

Bueno, si planeas transmitir un mensaje, estás muerto. La gente no para de decirme: “¿Por qué no haces una película sobre Cuba?”. Bueno, acabamos de hacer una. Pero: “¿Por qué no haces una sobre Palestina? ¿Por qué no haces esto o lo otro?”. Lo dicen como si el asunto convirtiera en buena la historia. Nunca ha sido así y nunca lo será. Lo que hay que hacer es encontrar una manera brillante de abordar todas esas cosas, pero si es simplemente un mensaje, es muy difícil que funcione, porque la gente es inmune a los mensajes, porque son propaganda. Por eso hay que contar una gran historia. Así que para mí y para Ken, a pesar de lo que dicen, la historia viene primero y siempre será así.

Con Pan y rosas, después de ponerme en contacto con Justicia para los Conserjes, fui allí. Viajé a Juárez y hablé con todas las jóvenes de las maquiladoras. Pero mi personaje favorito era la hermana, que justo al final traiciona a las sindicalistas. Me encantaba ese personaje porque la entendía. No se fía de nadie porque la ha explotado absolutamente todo el mundo.

Siempre te va a terminar atrayendo el material por el que te sientes verdaderamente apasionado, pero la construcción de la historia debe ser lo primero, por delante de las cuestiones políticas. Y luego está el asunto de hasta qué punto algo es político. Me cuido mucho de calificar a una película de “política” o “no política”, porque es una manera de alienar al público de tu historia. La gente dice: “Ay, Dios, eso son deberes. Qué pereza”. Pero luego llega una película enorme de derechas y es “entretenimiento”. Como Peligro inminente(1994), el tipo que es un héroe en la CIA porque consigue vencer al malo dentro de la organización. Todo extraído de un libro de Tom Clancy, que era el autor favorito de Ronnie Reagan. Y van y dicen que es entretenimiento. No hombre no, eso es una película política. Así que huyamos de esas definiciones.

Siguiendo con ese tema, Rafael Azcona solía decir, parafraseando a Cesare Zavattini, que “el neorrealismo murió el día que los guionistas dejaron de ir en tranvía”. ¿De dónde surgen sus ideas? ¿Qué clase de trabajo de campo hace? ¿Qué lee para llegar a la premisa y a los personajes de la historia?

Qué buena cita. Me encanta. Es buenísima. Pues bueno, H.G. Wells se quedaba todo el día sentado y sin salir de la habitación, así que cada cual tiene su manera de hacerlo. Depende de la historia que quieras contar. Pero las ideas surgen de todas partes. Estamos rodeados de ellas.

Buscando a Eric, sin ir más lejos, fue un accidente. Cantona vino a vernos y nos dijo que quería hacer una historia real sobre un aficionado que le siguió del Leeds al Manchester United. Y a mí aquello no me interesaba en absoluto. Tenía esta imagen grabada de Eric Cantona, que era como un dios para los aficionados del Manchester United. Su presencia en el campo, su concepto de sí mismo, era increíble. Me acuerdo de un gol que marcó, que usamos en la película, y que fue la obra de un genio. Es una pared que hace con Brian McClair y la clava en la escuadra izquierda. Y entonces va y saca el pecho, se gira a todo el estadio y dice: “Aquí estoy yo”. Era intelecto, inteligencia, arrogancia, habilidad, todo aunándose en una preciosa comunión. Y en ese momento pensé: ¿Y si lo juntáramos con un pobre hombre que es exactamente lo contrario, que tiene ataques de pánico, que no sabe bien quién es, que está destruido? Y se me ocurrió que se encontrasen en su imaginación.

¿De dónde vino aquella idea? Pues no lo sé. Pero llevaba mucho tiempo queriendo hacer una historia sobre abuelos, y entonces supongo que mi cerebro juntó las dos cosas por accidente. Así que fui a por Eric y le dije: “¿Qué te parece no ser el Eric real, sino vivir en la imaginación de alguien, de un tipo que ha fumado demasiado y tiene ataques de pánico y viene a verte para encontrarse?”. Se partió de risa y dijo: “Venga, vamos a por ello”. Y entonces se lo conté a Ken y me dijo: “Adelante”. Así que, ya veis, fue un completo accidente.

¿Qué le parece el fútbol de hoy, en el que los plutócratas de todo el mundo se compran equipos?

Me parte el corazón. Mira el Liverpool, propiedad de unos putos americanos. Y el Manchester City, se han comprado un equipazo, plagado de talento. Es una contradicción enorme. Me encanta el fútbol que hace Guardiola. Me vuelve loco. Pero cuando ves que destrozan al Norwich, que les meten un 6-0… El dinero lo destruye absolutamente todo. Y todo este lío del mundial. Me está matando. No voy a poder ver el próximo mundial. No lo veré, por mucho que ame profundamente el fútbol. ¿Cuántos trabajadores han muerto construyendo los estadios? Es que no voy a verlo. No puedo. Me va a partir el puto corazón y estaré atento todo el rato, a lo mejor lo oigo por la radio. ¡Eso sí que es un personaje cómico! Alguien que no puede aguantar la putada de no ver el mundial. Me siento como un Don Quijote patético, pero no voy a ver el jodido mundial y me va a matar.

Otro Rafael, el novelista Rafael Chirbes, decía que la ficción es el campo de batalla del imaginario colectivo. Eso trae a colación la cuestión de la distancia entre la audiencia que se pretende que tenga una película u obra de arte y su audiencia real. ¿Para quién escribe?

Es otra pregunta muy interesante, pero creo que parte de una premisa que es falsa al menos en parte. Os voy a contar una anécdota que ilustra a qué me refiero: La derecha detesta nuestras películas, especialmente cuando ganan la Palma de Oro. Gente como el político Michael Gove se volvió loca con El viento que agita la cebada. Se volvieron locos de verdad. Y decían una y otra vez: “Ahí están estos, escribiendo para la clase media, para que la gente que aparece en sus películas nunca las vea”. Al cabo de un tiempo, visité una cárcel juvenil con la película La parte de los Ángeles y había un chico pelirrojo que nos hacía de guía. Me di cuenta de que sus compañeros le llamaban Pinball. Entonces me giré y le dije: “¿Pinball? ¿Cómo es que te llaman Pinball?”. Y dice: “Ah, viene de esa película, Felices dieciséis (2002)”.  No sabía que yo había escrito el guión. Y va y me dice: “A todo el mundo como yo que termina aquí le acaban llamando Pinball porque vemos la película sin parar”. Estábamos en una prisión. Obviamente, no habían ido al cine a verlo, pero esas películas terminan llegando a la gente sobre cuyas vidas tratan. Los encuentran de alguna manera.

Así que nunca me he sentado y dicho: “¿Cuál es la audiencia de esto que voy a escribir?”. En primer lugar, creo que sería una tontería, porque: ¿Quién tiene una audiencia? La idea de que os puedo juntar a vosotros dos, que podéis tener gustos completamente distintos, de que puedes saber quién es tu audiencia y lo que quiere… No somos máquinas. Por eso el drama es tan impredecible. Nunca sabes qué conmoverá a la gente. Obviamente, es algo que tienes presente mientras construyes un guión, porque al final funciona como un argumento. Tienes que ser honesto con los personajes. En otras palabras, cuando estoy escribiendo el primer borrador de un guión, me siento como si estuviera viendo la película. Y a veces me conmuevo, o me enfado muchísimo. Me trastorna mucho emocionalmente escribir, porque me hace vivirlo por primera vez. Así que yo soy la jodida audiencia. Eso es. Y luego espero que, si tiene sentido para mí, lo tenga para otros.

Por último: ha escrito con éxito veinte películas que son obras dramáticas con un trasfondo político y social ¿Qué consejo le daría a jóvenes escritores que tengan el mismo compromiso que usted pero no sepan por dónde empezar?

Ay, Dios. No lo sé. Es algo que me siempre me incomoda. En Columbia, siempre anuncian estas charlas como “clases maestras”. Y me han invitado a muchas, en todo el mundo. El otro día les dije: “Puedo ir, pero si lo llamáis ‘clase maestra’, no me presento”. ¿Cómo va a ser una clase maestra? Un budista zen, un cinturón negro de Karate o un cirujano, esos son maestros. Todo lo que yo puedo hacer es compartir errores y experiencias. Y cada cual hace esto a su manera y tiene su talento. Lo que yo tengo es una curiosidad devoradora.

Así que lo único que puedo decir es: escribe sobre lo que realmente te importa porque entonces tendrás fuerzas para trabajar como una puta mula y puede que encuentres algo interesante. Yo solo hago eso. Hay gente que podría recibir una comisión, dedicarle un tiempo y entregarla, como un profesional. La gente me pide una y otra vez que adapte los trabajos de otros. Pero se le iría el misterio al asunto. Para mí esto es un viaje, una aventura. La gente joven lo que tiene que hacer al escribir es intentar encontrar una forma imaginativa de contar la historia, algo inesperado, sobre todo ahora que hay tanta competencia. Y otra cosa muy, pero que muy importante es que, si vas a trabajar en cine, tienes que colaborar. Encuentra un socio, sé leal a él y trabajad juntos. Y no le enseñes el guión a todo hijo de vecino y recibas comentarios de veinte personas diferentes. Ken es director y yo escritor. Nos encontramos a mitad de camino como cineastas. Rebecca (O’Brien) es productora. Nos permite llevar a cabo nuestro trabajo. Y nos unimos los tres, trabajando juntos desde hace muchísimo tiempo. Cada uno tenemos habilidades diferentes, pero la lealtad es para con el proyecto, por encima de los egos.

Así que si puedes, encuentra a gente con la que encontrarte así y trabajar, alguien que crea en ti y en quien tú creas, con quien quieras pasar el tiempo, que te alimente y te enriquezca, que tenga una sensibilidad parecida a la tuya. Pero si no encuentras buenos colaboradores, la experiencia será atroz. Yo tuve mucha suerte. Aunque es cierto que escribí a doscientos directores y productores, y la mayoría me dijo que no. Y el único que contestó fue Ken. Así que más te vale trabajar como una mula para buscarte la suerte.

Así que el principal consejo que nos ha dado es que no veamos el mundial

Eso es. Ya sabéis quién es Eduardo Galeano. No apagues la grabadora, que esto es lo más importante que os voy a contar en la entrevista. Lo conocí muchos años después de haberme leído Las venas abiertas de América Latina como joven activista en Nicaragua. Me fascinó y me leí todos sus libros. Así que, años después nos presentó un director peruano encantador, Javier Corcuera. Y fuimos a comer algo cuando pasaba por Madrid. Era un tipo divertidísimo. No hacía otra cosa que hablar de fútbol. Claro, él escribió el libro más bonito que hay sobre fútbol, El fútbol a sol y sombra. Y dijo: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”. Y es verdad, porque la gente que cambia de equipo no es aficionada de verdad. Sólo puedes tener un equipo.

Lo veré a través del ojo de una cerradura.

Ya le pasaremos un informe.

Nunca debí haber dicho eso. Va a ser una tortura…

Fuente: https://ctxt.es/es/20201001/Culturas/33643/Alvaro-Guzman-Hector-Muniente-entrevista-Paul-Laverty-guionista.htm

Necesidad y dificultad del encuentro

27sep-20
Publicada el 27 septiembre, 2020
por admin

Por Amador Fernández-Savater

Cómo orientarse en lo que pasa? Es una pregunta clásica de la filosofía: ¿cómo orientarse en el pensamiento y en la historia? Su actualidad es muy evidente.

¿Cómo orientarnos hoy en la masa de datos, rumores, estados de ánimo más o menos manipulados, en medio de una situación abierta y completamente inédita? ¿Cómo leer e interpretar esos datos, qué relación hay entre los datos y las decisiones gubernamentales? ¿Exactamente en nombre de qué se están tomando las decisiones? ¿La salud, la economía? Pero, ¿qué salud y qué economía?

Las dificultades para orientarse generan hoy estupor y parálisis por abajo: renunciamos finalmente a entender, es tanta la complejidad, y delegamos en “los que saben”. ¿Quiénes? Los especialistas de la cosa pública: expertos políticos y sanitarios. Renunciamos a transformar la situación y nos las arreglamos como podemos -entre el miedo, la resignación y la pillería.

Tenemos la intuición de que tanto los datos como las interpretaciones se nos sirven “cocinadas” en función de los intereses del momento: minimizar el alcance del virus para reactivar la economía / maximizarlo para vendernos protección a cambio de miedo y sumisión. Negación y disuasión. Pero, ¿cómo ir más allá de la mera sospecha crítica? En una palabra: ¿cómo pensar en estas circunstancias? ¿Y cómo actuar conforme a lo que pensamos?

Vamos a repasar algunos posibles elementos de respuesta en tres autores contemporáneos: Cornelius Castoriadis, Guy Debord y Hannah Arendt.

Castoriadis

En la obra del filósofo griego Cornelius Castoriadis, una idea central es que no hay expertos en política.

La política, el ejercicio de pensar y decidir juntos sobre la vida en común, no admite una ciencia, un saber universal y necesario. Se decide en función de valores que son creaciones imaginarias sociales -siempre particulares y contingentes- y que ninguna razón puede fundamentar del todo. La definición de una “vida buena” es una apuesta, una invención. Es decir, no hay naturaleza humana que realizar, ni tampoco una idea de Bien Común escrita desde siempre en el cielo de las ideas. Lo humano es creación permanente de sentido sobre un fondo trágico de sinsentido, interrogación infinita y apertura de la historia.

No hay Ciencia o Razón de la política, sólo hay razones u opiniones. No todas valen lo mismo, dice Castoriadis, pero -he aquí la dificultad- no hay procedimiento a priori para decidir entre ellas. La subordinación del criterio político -particular y contingente- a un punto de vista científico -universal y necesario- supone la cancelación misma de la política democrática.

En una verdadera democracia, el experto puede aportar su saber específico (tekhné) a la elaboración colectiva de un juicio y un criterio, pero no determinar una decisión. La misma configuración del problema es un asunto social. Es decir: la política no consiste sólo en la elaboración colectiva de respuestas a problemas dados, sino en la construcción misma de esos problemas. La construcción del sentido de lo que pasa. Por esa razón, dice Castoriadis, el juez de un experto no puede ser otro experto, sino la propia colectividad de los afectados por las decisiones que se toman.

Nada más lejos de la situación actual, donde nos limitamos a obedecer las decisiones tomadas por los expertos de la cosa pública. Podemos desde luego legitimar con nuestro asentimiento las decisiones que nos parezcan más razonables, pero no confundamos esa adhesión con una forma de participación. El espacio de pensamiento y decisión con respecto a los asuntos más comunes de la vida cotidiana está hoy cerrado, no es participable. Al parecer no tenemos nada que aportar salvo caos y confusión. Mejor mantenernos apartados, callados, sumisos.

Debord 

Guy Debord acuñó la célebre fórmula de “sociedad del espectáculo” para referirse a la sociedad contemporánea. ¿En qué consiste?

El espectáculo detenta “el monopolio de las apariencias”, esto es, el monopolio sobre lo que se percibe, lo que puede decirse acerca de lo que se percibe, lo que se puede hacer al respecto o en consecuencia. (La sociedad del espectáculo) “es el momento en que la imagen elegida por otro se ha convertido en la principal relación con el mundo”.

Ese monopolio es un monólogo autorreferencial y sin réplica, que incluye distintas opciones -distintas mercancías, distintos canales, distintos partidos- pero todas dentro del mismo marco de lo visible y pensable. Como cantaban los Housemartins, “nos dicen que hay distintos puntos de vista, pero sólo son los distintos tonos de una misma tristeza”.

“El espectáculo es lo opuesto a la lógica” dice Debord en una frase llena de implicaciones. ¿A qué lógica se refiere? A la capacidad de captar inmediatamente lo importante, lo menos importante, lo irrelevante; lo incompatible y lo complementario, lo que tal enunciado implica, lo que impide. Esa lógica sólo se ha formado socialmente en el diálogo y la comunicación directa.

Se aprende a pensar pensando en común, escuchando y engarzando nuestra palabra con la del otro, activando la atención para aportar al hilo del razonamiento que se construye en el entre de la conversación, captando las sombras de nuestros puntos de vista gracias a las críticas de otros puntos de vista, alcanzando así una posición más fuerte, más incluyente. “La verdad”, dice Debord, “es la totalidad de los sentidos posibles”.

Pero el espectáculo es una luz sin sombra. No tolera ninguna alteridad desde la que ser criticado, nunca admite mirarse desde afuera. Dice verlo todo, representar la totalidad. Como espectadores, en condiciones de aislamiento, aferrados a nuestras identidades, nos volvemos literalmente estúpidos. Incapaces de pensar, es decir, de salir de nosotros mismos, ese “nosotros mismos” -opiniones, gustos, emociones- que sólo es una opción más en un menú prestablecido.

En pandemia, el espectáculo se ha vuelto “espectáculo del horror”: el periodismo mainstream se reduce al conteo morboso de los casos de contagio, la polémica política y la culpabilización y polarización social (jóvenes, inmigrantes, pobres). El pensamiento jamás roza un medio de comunicación, incluyendo a los medios “progres” y sus tertulianos “críticos”. Pensar no es denunciar o polemizar, sino elaborar un juego nuevo de preguntas y respuestas: nuevos modos de ver e, incluso, nuevos objetos que ver. Eso ocurre en lo común y lo común no existe en los medios de comunicación, sólo una sucesión de monólogos llamados “tertulias”.

Los historiadores de una sociedad emancipada futura se preguntarán cómo pudo la nuestra colocar en su mismo corazón un dispositivo tan estupidizante e irracional como los medios de comunicación. Y leerán a  Guy Debord.

Arendt

Según Hannah Arendt, el primer paso en la pérdida de la libertad es “la privación de un lugar en el mundo que haga significativas a las opiniones y efectivas a las acciones”.

Es lo que pasa en el caso de las redes sociales: se pueden opinar mil cosas distintas, pero no son significativas porque no están ligadas a una acción, a un gesto, a un cuerpo, a un comportamiento, a un mundo compartido, a un terreno común.

Ese “lugar” es lo que permite que los actos y las palabras estén ligados, que “las palabras no estén vacías y los hechos no sean brutales, que las palabras no se empleen para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usen para violar y destruir, sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades”. Habitar ese lugar nos permite recuperar nuestro poder de hacer y rehacer el mundo común,  todo lo contrario de la política de los políticos (palabras vacías, empleadas para velar realidades, etc.).

Sin lugar no es posible pensar. Y en esa disociación entre palabras y actos empezamos a disparatar. Los fenómenos totalitarios, según Arendt, son típicamente modernos: arraigan en el suelo de la atomización y la soledad de masas, donde han sido destruidas las comunidades políticas estables y los territorios comunes. Allí nacen las “teorías de la conspiración”, como la conspiración judía, que conectan todos los hechos en una gran teoría explicadora: el plan total, la gran paranoia. El sentido común se crea en elemento de lo común.

Cuidar de qué vida

Hoy tenemos como nunca necesidad de pensar. Para orientarnos en lo que pasa, para salir del estupor y la parálisis. Y sólo se piensa, como hemos visto, en el encuentro. No se trata sólo de “entender lo que pasa” a un nivel abstracto, sino de preguntarnos qué vida queremos y cómo se protege. Cómo queremos que sean las escuelas, los barrios, el trabajo, etc. No hay orientación sin deseo, no hay pensamiento sin un querer.

Cuanto más sepamos sobre el virus, mejor. Pero ninguna explicación “racional” y “objetiva” nos dirá qué debemos hacer al respecto, qué sentido tiene su intrusión para nosotros, cómo debemos vivir. El problema y la respuesta son, como decía Castoriadis, una creación, una invención, una apuesta.

El “lugar” de que hablaba Hannah Arendt puede ser, no sólo una comunidad o un territorio dado, sino una pregunta: ¿qué vida queremos, cómo cuidarla? Podemos incluso decir esto: la pregunta inventa el lugar y la comunidad. La pregunta convoca y reúne a quienes se sienten afectados, aparece en un espacio dado -escuela, barrio, centro de salud- pero a la vez lo reorganiza, crea nuevas conexiones, abre una situación de pensamiento, de aprendizaje, de lucha.

En esas situaciones se elaboran voces autónomas que pueden intervenir en la coyuntura, agujerando el “monopolio de las apariencias” (político-mediático-experto) que reina sin réplica. Voces que hablan desde la vida pero sin moverse de la vida, a diferencia de los que pretenden legislar sobre ella a distancia.

Se trata de romper todas las las separaciones que debilitan, las barreras por funciones y roles (entre trabajadores, entre trabajadores y usuarios), creando nuevas asociaciones en torno a problemas y aprendizajes, incluyendo a “expertos en saber” y a “expertos en experiencia” en igualdad, sin jerarquías.

Necesitamos pensar y se piensa en el encuentro. Pero el encuentro se ha vuelto hoy un desafío mayor. No sólo porque estén prácticamente prohibidas las reuniones, sino porque hay que crear un espacio de reunión -o de manifestación, etc.- cuidadoso e inclusivo, donde los diferentes se encuentren al seguro. Los modos de hacer  prefiguran lo que se reclama y se quiere. Lo que había hasta ahora no alcanza. Es precisa una nueva sensibilidad política.

Amador Fernández-Savater publica ahora Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política (Ned ediciones)

Fuente: El Diario España

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