Argumentos para una reforma fiscal progresiva en América Latina

Por Rubén M. Lo Vuolo

Desde diversas posiciones aparentemente antagónicas se repite que el gasto social debería dirigirse a los más pobres entre los pobres, siempre y cuando hagan «esfuerzos personales». Sin embargo, los mismos sectores no hacen eje en los «más ricos» ni en quienes no registran mayores esfuerzos para obtener ingresos a la hora de pensar la estructura impositiva. Los falsos argumentos abundan en el debate fiscal y evitan una discusión seria sobre cómo construir sociedades más igualitarias en América Latina.

 

Los países latinoamericanos tienen sistemas tributarios muy regresivos y, en general, con bajos niveles de recaudación en términos comparativos. Esto se explica por la fuerte presencia de impuestos sobre los consumos y sobre los salarios, junto con la baja recaudación de impuestos sobre las riquezas e ingresos de las personas.

Este sesgo tributario no permite mejorar su reconocida distribución regresiva del ingreso y de la riqueza –el principal problema de la región— del que se desprende la desigual distribución de las oportunidades de vida que tienen las personas al nacer. La importancia de los tributos en este resultado suele oscurecerse porque el debate distributivo se concentra en el reparto salarios/ganancias y en la distribución y el nivel del gasto público.

En materia fiscal, la mayor parte de los debates se concentran en el llamado «gasto social», tanto en su nivel como en su asignación. Peor aún, la misma discusión sobre el gasto social se concentra en los programas asistenciales, pese a que representan un bajo presupuesto en el total de ese gasto. En estos programas se suele evaluar la «necesidad» y los «méritos» de quienes reciben transferencias asistenciales. Desde diversas posiciones aparentemente antagónicas se repite que el gasto social debería dirigirse a los más pobres entre los pobres, siempre y cuando hagan «esfuerzos personales» para merecer una asistencia. Sin embargo, esta visión de la «focalización» sobre los más pobres y sobre sus méritos –que acota y oculta cuestiones importantes del gasto social— no tiene correlato cuando se discuten los tributos.

Los tributos no se focalizan en los «más ricos» ni tampoco en quienes no registran mayores esfuerzos para obtener ingresos. Por ejemplo, se cobran bajos o ningún tributo a las rentas financieras y a las herencias, legados o donaciones, pese a que se reciben simplemente por ser propietarios de capital y por haber nacido en hogares con recursos (sin ningún mérito ni esfuerzo personal). Aquí el argumento es otro: si se cobra impuesto a estas expresiones de riqueza se afectará el «estímulo inversor» de estas personas pudientes, por lo que no se desarrollará empleo para quienes están obligados a trabajar para vivir. El argumento final se fundamenta en la idea de que cobrarles impuestos a los ricos terminaría perjudicando a los pobres.

Los más recientes desarrollos en la teoría y práctica de la relación entre tributación y distribución (como los de Etienne Fize, Camille Landais y Nicolas Grimprel, y Thomas Piketty, Emmanuel Saez y Gabriel Zucman) avalan estos argumentos. Por el contrario, justifican técnica, ética y políticamente la necesidad  de un sistema tributario que se sostenga en tres impuestos progresivos y comprensivos sobre: 1) las fuentes personales de ingresos; 2) la riqueza personal; 3) las herencias, legados y donaciones entre vivos.

El impuesto a los ingresos (mal llamado a las «ganancias» en Argentina) tiene un primer problema de tasas marginales que favorecen a quienes más ganan. Pero, además, cobra diferentes tasas por fuente de origen de los ingresos. Esto permite, por ejemplo, que quienes reciben ingresos de salarios y de capital puedan elegir desde que fuente declaran sus ingresos, dado que resulta muy difícil fiscalizar flujos de ingresos y consumos cuando los niveles de los mismos son muy altos. La mayor parte de los ingresos del capital se deben a aumentos del valor de los activos y muchos ingresos se declaran como retenidos en las corporaciones de las que las personas más ricas son propietarias. Esto se resolvería con un impuesto progresivo y comprensivo de todos los ingresos, sin excepciones ni tratos especiales, con adecuados mínimos exentos que favorezcan a las personas de más bajos ingresos y con tasas progresivas.

Este tributo debería complementarse con un impuesto progresivo a la riqueza también unificada para cada persona. Son múltiples los trabajos que registran que la desigualdad en la distribución de la riqueza es mayor que la desigualdad en la distribución de los ingresos. Las tendencias a concentrar recursos en los «súper ricos» están documentadas y se señala como una amenaza para el funcionamiento de las democracias. Además, existen evidencias para dudar de la legalidad del modo en que se obtienen y acrecientan muchas de las grandes fortunas, como lo demuestran los fondos ocultos en paraísos fiscales. Por los mismos argumentos previos, el impuesto a la riqueza debería ser progresivo y comprensivo de todas sus formas, para evitar la manipulación según el tipo de activo y pasivo.

Los dos tributos señalados previamente deberían conjugarse con un impuesto a la herencia, legados y donaciones. Es aquí donde la cuestión del mérito y de «igualdad de oportunidades» consagrada constitucionalmente se expone más claramente. Nadie tiene culpa ni hizo ningún mérito para nacer en un determinado lugar y en una determinada familia. La herencia explica hoy gran parte de la desigualdad distributiva inter e intrageneracional y es el elemento decisivo para entender las diferentes oportunidades que tienen las personas para desarrollar sus vidas. Quienes heredan no solo tienen mayor bienestar desde el inicio de sus vidas, sin haber hecho ningún mérito para ello, sino que también gozan de mejores oportunidades para estudiar, conseguir empleo, establecer relaciones sociales, etc. Lo contrario sucede para quienes han tenido la mala suerte de nacer en contextos de carencias de recursos.

Este punto ha sido reconocido incluso por muchos filósofos y economistas que no pueden tildarse de socializantes. Por ejemplo, John Stuart Mill señaló tempranamente que el impuesto a la herencia es el más justo, mientras que al acceder a la presidencia de la American Economic Association en 1919, Irving Fischer indicó como el mayor peligro para la democracia estadounidense la creciente concentración de la riqueza, abogando por la necesidad de un impuesto progresivo a la herencia y a los ingresos al capital.

Hasta la década de 1960 se hizo muy común la aplicación del impuesto a la herencia en los países más desarrollados, pero en las últimas décadas esta tendencia se revirtió. Hoy la herencia es una de las explicaciones centrales de las tendencias abrumadoras a la concentración de la riqueza en todo el mundo.

Algunos datos ilustran lo señalado. Mientras que en la década de 1960 la riqueza heredada con respecto al total de la riqueza nacional representaba el 35% en Francia y el 20% en Alemania, actualmente supera el 59% en ambos países. Se estima que la mitad de la población en Estados Unidos y Francia no recibe ninguna herencia y que los hijos e hijas del 50% más pobre en Francia reciben menos del 5% del total de la herencia transferida, mientras que el 10% más rico recibe entre el 50% y el 80%. En América latina no hay datos claros, pero es lógico suponer que, dada la distribución más regresiva de la riqueza y los ingresos en la región, la situación es más regresiva.

Pese a estas evidencias, el impuesto a la herencia es resistido por gran parte de las personas con el argumento de que representa un mecanismo de «movilidad social familiar»: las personas se ven estimuladas a trabajar y acumular riqueza para transferirla y mejorar las oportunidades de vida de sus descendientes. Este argumento es válido y seguramente explica comportamientos positivos de muchos grupos laborales que han logrado mejorar las oportunidades de vida de sus descendientes.

Esto, sin embargo, se resuelve fijando un piso de herencia no gravable y con medidas como la eximición de una cantidad de propiedades cuya función es ser casa de habitación familiar o la preservación del capital de empresas familiares. Pero esto no justifica la ausencia de un gravamen progresivo para quienes están en la cúpula de la distribución de riquezas. El impuesto a las herencias, legados y donaciones debería gravar todas las transferencias de este tipo realizadas a lo largo de la vida de una persona para evitar elusiones mediante fraccionamiento.

Los impuestos progresivos señalados no sólo tienen propósitos de aumentar los recursos fiscales de forma eficiente y justa, sino también permiten una mejor fiscalización conjunta, porque la información de cada uno sirve para cotejar con los otros. Esta estrategia sería mucho más potente si se coordinara internacionalmente, por lo que sería positivo que se abordara como tema central en las agendas de las diferentes y muchas veces inoperantes instancias de coordinación de políticas de los países latinoamericanos.

Pero para terminar de ser socialmente aceptables los fondos recaudados deberían asignarse de forma coherente y transparente. Para ello, se sugieren dos políticas: un ingreso universal básico y una herencia universal básica para todas las personas a partir de una determinada edad. Como referencia, en Francia se estima que, si se quiere que el 50% de los niños más pobres reciban entre 20/30% del total de la herencia anual transferida en el país, el costo sería cercano a 5% del PBI.

De este modo se podría hacer realidad los discursos vacíos de contenido que reclaman igualdad de oportunidades y movilidad social en sociedades muy desiguales. Ninguno de estos objetivos se logra con la batería de planes asistenciales condicionados y de empleo forzoso que hoy abundan en la región Mucho menos con los actuales sistemas tributarios regresivos y de baja recaudación. Ya hay suficiente evidencia para probar que la actual combinación de políticas fiscales congela la división social, favorece el control social sobre la vida de las personas y premia a quienes más tienen (muchas veces sin mayores esfuerzos).

En contraste, una reforma fiscal sostenida en los pilares señalados previamente generaría incentivos positivos para mejorar la educación, la salud y el bienestar general de todas las personas. Y permitiría recuperar cierta confianza y legitimidad en una democracia desgastada y cooptada por elites sectoriales cuyos privilegios son hereditarios.

Keynes y la izquierda

Por Michael Roberts

Las teorías de John Maynard Keynes proporcionan el marco intelectual sólido para los puntos de vista que los sindicalistas siempre han sostenido instintivamente y considerado correctos» (TUC, 1968, p. 85)

Las ideas y teorías de John Maynard Keynes todavía dominan las opiniones económicas y las propuestas políticas de los líderes del movimiento obrero en las principales economías capitalistas. Keynes es percibido como una «tercera via» entre la economía pro-capitalista del «mercado libre» mayoritaria en las universidades (y entre los asesores estratégicos gubernamentales) y lo contrario de la economía marxista, peligrosamente revolucionaria. Keynes argumentó que, con una serie juiciosa de medidas políticas, se puede hacer que el capitalismo funcione mejor y se puede gestionar para que satisfaga las necesidades de muchos, sin cuestionar la estructura social de la sociedad.

En mi blog y en otros lugares, he desarrollado una crítica amplia y detallada de la economía keynesiana. Pero baste con decir ahora que la teoría economica del libre mercado afirma que la prosperidad se logrará siempre que los capitalistas estén libres de cualquier regulación (ambiental, seguridad, salud, etc.) y de demasiados impuestos, y si los mercados se mantienen «competitivos» y libres de monopolios, particularmente el «mercado laboral», es decir, libre de sindicatos. De esa manera, los capitalistas pueden competir libremente para maximizar sus ganancias y, al hacerlo, invertirán en nuevas tecnologías para aumentar la productividad del trabajo y emplear a más trabajadores, cuyos salarios aumentarán. Todo el mundo gana.

Los keynesianos contra-argumentan que el capitalismo de libre mercado («economía de laisser-faire», lo llamó Keynes) no funciona porque la economía de mercado tiene una serie de defectos que generan una falta crónica de «demanda efectiva». Mantener bajos los salarios para aumentar las ganancias significa que los capitalistas no pueden vender toda su producción y se ven obligados periódicamente a despedir trabajadores y se produce el desempleo. Es necesario que los gobiernos intervengan y aumenten los niveles salariales y/o aumenten el gasto público para llenar el déficit de la demanda agregada. Así se creará suficiente demanda para que los capitalistas vendan sus bienes y obtengan ganancias. Por lo tanto, una gestión macro juiciosa de la economía de mercado puede beneficiar a todos.

La posición marxista es que no se trata de la falta de demanda o los bajos salarios o la desigualdad en la distribución de los ingresos, sino que es un problema del propio sistema de ganancias en la producción. La contradicción del capitalismo es que, a pesar de los esfuerzos de los capitalistas, la rentabilidad media cae con el tiempo. Esto causa crisis de producción recurrentes y regulares que no pueden resolverse con los «mercados libres» o la gestión macroeconómica keynesiana.

Esta posición marxista tiene poco tirón entre los economistas y dirigentes del movimiento obrero. La influencia dominante del pensamiento keynesiano entre la «izquierda» y en el movimiento obrero se expresó muy claramente en el Reino Unido la semana pasada en un informe del Confederación Sindical británica (TUC) sobre el estado de la economía del Reino Unido y qué hacer al respecto.

El informe fue escrito y presentado por Geoff Tily, un destacado economista del TUC. Tily es un viejo y entusiasta seguidor de Keynes, cuya obra considera radical y pertinente para resolver los problemas del capitalismo del siglo XXI. Su libro «Keynes Betrayed» (Keynes traicionado) es considerado como uno de los más destacados a la hora de argumentar que Keynes fue un reformador radical de la teoría económica y las economías de mercado.

El informe del TUC ofrece un relato poderoso (con hechos y cifras) del impactante fracaso del capital británico. Se considera que la economía británica no es solo actualmente «el enfermo de Europa», sino también del G7 y, de hecho, de las 30 principales economías del mundo, al menos según el FMI, que prevé que será la única economía importante en entrar en crisis este año.

El informe del TUC describe la economía del Reino Unido sumida en un «bucle fatal», un término utilizado por la actual portavoz laborista de economía, Rachel Reeves: «Este gobierno ha empujado nuestra economía a un bucle fatal, donde el bajo crecimiento conduce a impuestos más altos, menores inversiones, salarios reducidos y el declive de los servicios públicos. Todo lo cual volvió a afectar el crecimiento»  (Rachel Reeves, respuesta a la Declaración de Otoño, 17 de noviembre de 2022). Según el argumento del «bucle fatal», la vasta erosión de alrededor de un tercio de la economía del Reino Unido y la caida del nivel de vida de los trabajadores es consecuencia de las políticas de «austeridad» fiscal vigentes desde 2010. El informe del TUC cita al ex-marxista (ahora keynesiano) Paul Mason, quien explica así el bucle: «la oferta es deficiente, pero la causa inmediata de esta deficiencia es la demanda agregada. Esto significa que los responsables políticos en 2022 y en 2023 están intensificando la política de contracción ante la demanda agregada deficiente«.

Por lo tanto, el fracaso del capital británico se debe a las políticas de austeridad desde 2010 de reducción del gasto público que han creado una falta de demanda. Lo que le ocurrió al capital británico antes de 2010 se ignora. La respuesta política es revertir la austeridad, aumentar el gasto público y los salarios y la demanda agregada aumentará a través de lo que se llama el multiplicador keynesiano y así se restaurará el crecimiento económico. «Identificados estos mecanismos, se puede restaurar la prosperidad perdida».

El informe del TUC critica a aquellos en la izquierda que creen que la crisis actual se debe a la falta de oferta. En cambio, «lo que está mal es que la capacidad y los recursos existentes se están infrautilizando y no solo que necesitemos invertir para obtener más capacidad». El informe del TUC cita un artículo de James Meadway, quien argumenta que «el núcleo de una estrategia de izquierda hoy, incluido su programa para el medio ambiente, es la redistribución». (Meadway). Puede que no sea lo que quiere decir Meadway, pero el informe del TUC lo interpreta en el sentido de que no es necesario reemplazar el modo de producción capitalista, sino simplemente hacer que la redistribución de los ingresos y la riqueza sea más justa y la economía saltará hacia adelante.

El editorial del periódico Guardian describió, en su panegírico, que el informe del TUC «se basa en gran medida en la literatura de la ‘Nueva macroeconomía’, que a su vez recuerda las contribuciones históricas de J. A. Hobson (1858-1940) y J. M. Keynes (1883-1946). Estos enfatizaron la relación entre un rendimiento demasiado alto de la riqueza y un retorno demasiado bajo al trabajo, y las teorías de la sobreproducción y el subconsumo. En lugar de una oferta deficiente, el problema subyacente de la economía mundial es la oferta excesiva en el contexto de una demanda deficiente». En serio, ¡una oferta excesiva!

Como dice el informe del TUC, el problema es que el «desequilibrio excesivo en contra de la riqueza del trabajo distorsiona la actividad económica a través de una dislocación entre la producción agregada y el poder adquisitivo agregado. Por un lado, los salarios demasiado bajos sitúan los bienes y servicios fuera del alcance de los trabajadores. Por otro, los enormes recursos de los ricos no compensan porque están relativamente menos interesados en bienes y servicios… Por lo tanto, el consumo se queda corto y el resultado es la sobreproducción».

Por lo tanto, Tily nos presenta una teoría de crisis sin adornos basada en el subconsumo. Como él dice, la lógica de su argumento «conduce a la conclusión vital de que el subconsumo y la sobreproducción son concepciones relativas: la producción es solo excesiva en relación con el poder adquisitivo y la remuneración deficientes. Por lo tanto, se deduce que un mejor equilibrio entre el trabajo y el capital permitirá una mayor producción en un sentido absoluto. El análisis siempre ha apelado a la izquierda, sobre todo cuando inspiró el Manifiesto Laborista de 1945: la sobreproducción no es la causa de la depresión y el desempleo; el responsable es el subconsumo (mi énfasis)».

Esta simplista teoría subconsumista de las crisis fue refutada por Marx hace 160 años y se ha demostrado errónea empíricamente a lo largo del tiempo. Ni siquiera es estrictamente la teoría de Keynes. Pero aparentemente es la base del análisis actual del TUC. ¿Cuál es la causa de este subconsumo crónico? Según Tily, es que la inversión no puede ampliar la capacidad de producción si las tasas de interés, el coste de los préstamos, son demasiado altas. Keynes habría demostrado que son las altas tasas de interés establecidas por el capital financiero las que debilitan el capital productivo, no la rentabilidad subyacente del capital productivo. Como dice Tily: «El punto focal de su análisis y gran parte de su trabajo práctico fue asegurar una reducción permanente de la tasa de interés a largo plazo». De hecho, poniendo fin a la dominación del capital financiero por completo, «la eutanasia del rentista», como lo llamó Keynes.

No está claro cómo se iba a lograr esto, dado el papel en expansión del capital financiero en las economías modernas. La reforma del sector financiero a través de la «regulación» es aparentemente la medida política. ¡Buena suerte con eso! El TUC y Tily nunca abogan por la propiedad pública de los grandes bancos y el cierre de los fondos de inversión especulativos y los bancos de inversión. Tales políticas son tabú.

Además, ¿cómo explicamos por qué las muy bajas tasas de interés que Gran Bretaña ha disfrutado en los últimos 20 años no han llevado a una inversión y un crecimiento más rápidos en el sector productivo? La respuesta de Tily es que «se debe hacer una distinción entre las políticas de bajas tasas de interés de Keynes y la forma adoptada por la política monetaria en la última década. Keynes buscó tasas de interés bajas sobre todo para fortalecer la inversión en capital fijo, y previó medidas a nivel nacional en un contexto de control de capitales en la esfera internacional. Las políticas de bajas tasas de interés hoy en día se aplican en el contexto de un régimen global totalmente desregulado. En lugar de fomentar la producción nacional, se han reciclado tasas bajas para obtener beneficios altos en destinos más especulativos».

Tal vez sí, pero eso todavía plantea la pregunta: ¿por qué esta vez los bancos y las grandes empresas han invertido el crédito barato en especulación financiera y no en inversión productiva (como, según Tily, ocurrió en la Edad de Oro)? La razón seguramente es que ahora es más rentable hacer lo primero que hacer lo segundo. En la Edad de Oro después de la Segunda Guerra Mundial, la rentabilidad era alta en los sectores productivos y el sector financiero no era dominante. Es la caída de la rentabilidad lo que ha llevado al giro hacia la especulación financiera.

Curiosamente, Tily se aparta ligeramente de su punto de vista de que es la teoría de Keynes sobre las tasas de interés en lugar de la rentabilidad lo que proporciona la explicación de las crisis, cuando admite que «teóricamente, la idea (del lado de la oferta) de una tasa de ganancia decreciente todavía puede ser persuasiva y considerarse que ha sido reivindicada por los resultados de la productividad en un largo horizonte».

Y Tily acaba admitiendo que Keynes no era un reformador radical, como afirma, y que se oponía firmemente a la teoría economica marxista. «Keynes hizo publicamente comentarios estúpidos, por ejemplo en su (1925) ‘Una breve visión de Rusia’: «¿Cómo puedo adoptar un credo que, prefiriendo el barro al pez, exalta al grosero proletariado por encima de los burgueses e intelectuales que, a pesar de sus defectos, son la sal de la vida y seguramente llevan las semillas de todo progreso humano? (CW IX, p. 258) De hecho, Keynes se negó a apoyar al Partido Laborista en la década de 1930, prefiriendo a los liberales porque el Partido Laborista era «un partido de clase y esa clase no es mi clase. La guerra de clases me encontrará del lado de la burguesía educada».

En cuanto al apoyo a los aumentos salariales para resolver las crisis, Keynes no estaba tan interesado en aumentar los salarios como en buscar una solución a las crisis. «En general, un aumento en el empleo solo puede ocurrir con el acompañamiento de una disminución en la tasa de salarios reales. Por lo tanto, no estoy poniendo en duda este hecho vital que los economistas clásicos han afirmado (con la derecha) como incuestionable». De hecho, Keynes en sus últimos años hizo hincapié cada vez más en la corrección de la «teoría economica del libre mercado, lo que llamó «economía clásica«. «No creo que el tratamiento (neo) clásico funcione por sí solo o que podamos confiar en el. Necesitamos curas más rápidas y menos dolorosas. Pero a largo plazo, estas medidas funcionarán mejor y las necesitaremos menos, si el tratamiento clásico también es utilizado. Y si rechazamos el tratamiento de nuestros sistemas por completo, podemos ir de una medida a otra y nunca volver a estar en forma». Keynes 1940.

Esto es lo que dijo Keynes en sus últimos años: «Si nuestros controles centrales logran establecer un volumen agregado de producción tan cerca como sea posible del pleno empleo, la teoría clásica volverá a tener su razón a partir de este punto». Por lo tanto, una vez que se logra el pleno empleo, podemos prescindir de la planificación y la «inversión socializada» y volver a los mercados libres y a la economía y las política neoclásicas ortodoxas: «el resultado de llenar las lagunas en la teoría clásica no es eliminar el ‘Sistema manchesteriano (los mercados libres’ – MR), sino indicar la naturaleza del medio que requiere el libre despliegue de las fuerzas económicas para alcanzar la plena potencialidad de la producción».

Cuando el liberal Friedrich Hayek publicó su libro, The Road to Serfdom (El camino de la servidumbre), que predicaba que el control estatal pondría fin a la «democracia» y a la libertad de la economía de mercado, Keynes escribió a Hayek: «moral y filosóficamente me encuentro de acuerdo con prácticamente todo; y no solo de acuerdo con ello, sino  profundamente conmovido por él».

Como concluyó: «En su mayor parte, creo que el capitalismo, gestionado sabiamente, probablemente puede ser más eficiente para lograr fines económicos que cualquier sistema alternativo a la vista, pero que en sí mismo es en muchos sentidos extremadamente objetable. Nuestro problema es pensar una organización social que sea lo más eficiente posible sin ofender nuestras nociones de lo que debe ser una forma de vida satisfactoria«. El motivo de las ganancias debe permanecer: «La pérdida de beneficios puede deberse a todo tipo de causas, pero a menos que se instaure el comunismo no hay posibilidad de curar el desempleo, excepto restaurando a los empleadores una tasa de beneficio adecuada». Keynes argumentó que «la prosperidad económica depende… de una atmósfera política y social que sea favorable al empresario medio». Estos no son los comentarios de un reformador radical.

Tily y el grupo de economistas keynesianos que hablaron en la presentación del informe del TUC siempre se refieren a los días dorados de la década de 1960, cuando supuestamente las políticas keynesianas funcionaban y se estaba logrando una economía próspera a través de la gestión de la economía. Pero esto es un mito. En la década de 1970 hubo un aumento del desempleo y la inflación, junto con la caída de la rentabilidad del capital. ¿Cómo fue posible si las políticas keynesiana tenían tanto éxito?

A diferencia de Keynes, Marx penso que la clave para entender el modo de producción capitalista estaba en la naturaleza de la producción para vender mercancias en un mercado con fines de lucro. El beneficio era la clave. Pero los capitalistas tienen que usar parte de ese beneficio para pagar intereses sobre los préstamos o el alquiler de propiedades y, si estos «rentistas» (banqueros y propietarios inmobiliarios) apretaran demasiado al capitalista titular de beneficios, podrían causar sin duda una crisis de la inversión. Pero incluso si las tasas de interés son bajas o cero e incluso si los alquileres son bajos o cero, seguiría habiendo crisis, caídas y depresiones. ¿Por qué? Porque el alquiler, los intereses y las ganancias provienen del valor excedente,de la plusvalia, no al revés.

Keynes y Tily dicen que la crisis se produce como consecuencia de una falta de «demanda efectiva», es decir, una caída irrresponsable de la inversión y el consumo, y esto hace que las ganancias y los salarios disminuyan. Marx dice: empecemos por las ganancias. Si las ganancias caen, los capitalistas dejarían de invertir, despedirían a los trabajadores y los salarios bajarían y el consumo bajaría. Entonces habría una falta de demanda efectiva, como a los keynesianos les gusta decir, pero esto no se debe a una caída de los «espíritus animales», o de la «confianza» (a menudo escuchamos esa frase de los economistas, «falta de confianza»), o incluso debido a las tasas de interés «demasiado altas», sino porque los beneficios han caido. El problema radica en la naturaleza de la producción capitalista, no solo en el sector financiero.

Las políticas diseñadas para reducir las tasas de interés, o incluso para incrementar en parte el gasto del gobierno, a saber, las políticas keynesianas, no evitarían estas caídas ni siquiera pondrían en marcha la recuperación. De hecho, un mayor gasto en beneficios sociales y de desempleo podría aumentar los impuestos y los préstamos adicionales podrían aumentar las tasas de interés. Y más inversión gubernamental que reemplace o limite la inversión del sector privado podría ser perjudicial para la rentabilidad del capital. Así que las políticas keynesiana podrían incluso retrasar la recuperación económica.

De hecho, las políticas de austeridad de la mayoría de los gobiernos no son tan irracionales como piensan los keynesianos. Las políticas de austeridad son perfectamente racionales: se derivan de la necesidad de reducir los costes, en particular los costes salariales, pero también los costes de impuestos e intereses, y la necesidad de debilitar al movimiento sindical para que se puedan aumentar los beneficios. Es una política perfectamente racional desde el punto de vista del capital, y esa es la razón por la que las políticas keynesianas no se aplicaron en ninguna de sus formas en la década de 1930.

El análisis de Marx muestra que el sistema capitalista no solo sufre un «mal funcionamiento técnico» en su sector financiero (debido a las altas tasas de interés), sino que tiene contradicciones inherentes en el sector de la producción, a saber, la barrera al crecimiento causada por el propio capital. Lo que se deriva de esto es que el sistema capitalista no puede ser reformado o corregido para lograr un crecimiento económico sostenido sin auges y depresiones, debe ser reemplazado. Ese es el objetivo político real de la izquierda.

 

El mundo y la izquierda

En un análisis fundamental, Göran Therborn contextualiza las nuevas protestas de izquierdas que han surgido profusamente en todo el planeta desde el cambio de siglo

Esta nueva gama de protestas, ¿está a la altura de los desafíos que plantea un siglo caracterizado por el aumento de las desigualdades y de las tensiones geopolíticas así como por la intensificación del cambio climático tanto en América Latina, África y Asia, como en el Norte global?

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-mundo-y-la-izquierda

El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser

Por Fernando Lizárraga

El presente artículo, que Fernando Lizárraga tuvo la generosidad de hacernos llegar en condición de inédito para que lo publiquemos en nuestra sección bibliográfica/bibliófila Parley (gesto que valoramos y agradecemos), es una «reseña» del libro de Nancy Fraser Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet –and What We Can Do about It (Verso, Londres y Nueva York, 2022, 190 págs.). ¿Por qué el entrecomillado? Porque, como bien nos señalara el propio autor, “más que reseña es un resumen”. Reseña o resumen, lo cierto es que el texto de Lizárraga cumple con creces su propósito: ofrecerle al público de lengua castellana –a través de citas, paráfrasis y glosas hilvanadas de modo muy didáctico y sagaz– una visión panorámica de la última obra escrita por la pensadora marxista norteamericana, cuando aún no ha sido traducida del inglés a nuestro idioma.

El capitalismo es un sistema social caníbal. Devora ritualmente sus propias fuentes de sustento, se alimenta de seres y recursos que están en su periferia (como un agujero negro canibaliza a otros cuerpos celestes) y se come a sí mismo como el Uróboro. Con estas imágenes, Nancy Fraser inicia su nuevo libro: Capitalismo caníbal. Cómo nuestro sistema está devorando la democracia, el cuidado y el planeta –y qué podemos hacer al respecto. A lo largo de seis capítulos, Fraser ofrece una renovada visión panorámica del capitalismo, sobre coordenadas estructurales e históricas. Se trata de una mirada muy amplia y general –pero no caprichosa–, la cual es, vale decirlo, muy bienvenida. Sucede que el culto a lo micro (síntoma y peste de la posmodernidad) hace que se mire con sospecha cualquier intento de gran relato. Y Fraser se atreve a brindar precisamente eso: un gran relato con una nueva gran concepción, tanto del capitalismo (capítulos 2-5) como de un nuevo socialismo (capítulo 6). Suficiente entonces para quienes protesten que Fraser no repara en tal o cual detalle, en tal o cual dato, en tal o cual sutileza, en tal o cual frase tachada en una carta perdida que Marx le envió a su yerno. Y basta ya, también, de cosas como: “Representaciones de la lucha de clases en contexto de pandemia en el barrio que está al otro lado de la vía en la localidad de Sauce Quemado, entre el 1 y el 5 de diciembre de 2020. Una aproximación exploratoria, tentativa y preliminar”. Lo que sigue es, más bien, un apretado resumen del libro y no una reseña crítica en sentido estricto (quiero evitarme, también, la insufrible crítica de la crítica crítica).

Al concebir al capitalismo como un sistema omnívoro (capítulo 1), Fraser afirma que hace falta ampliar la concepción tradicional, predominantemente marxista, del capitalismo. Dirigiéndose a los “ancianos” (elders) del marxismo, les reprocha no haber incorporado suficientemente los reclamos raciales, ecológicos, feministas, poscoloniales, etcétera, por lo cual no pudieron captar la dimensión cabal de la crisis de nuestra época. Es la conocida acusación al economicismo que se concentra demasiado en el punto de la producción. Al mirar aquello que está detrás de Marx, Fraser observa que el capitalismo no es un sistema económico sino mucho más: un “orden social institucionalizado”. En la teoría marxista ortodoxa, dice Fraser, el capitalismo se define por la propiedad privada de los medios de producción, la existencia de un mercado laboral “libre” en un doble sentido (no esclavizado y sin medios de producción propios), la auto-expansión del valor y el predominio del mecanismo de mercado. Todo esto es lo que Marx se jactaba de haber revelado tras penetrar en la “oculta sede de la producción, en cuyo dintel se lee: ‘Prohibida la entrada salvo por negocios’”. Fraser quiere ir más allá de esa sede oculta, curiosear en lo que hay detrás y revelar que allí están las “condiciones de trasfondo” sobre las que se erigen los elementos centrales del capitalismo.

Para empezar, hay que determinar de dónde viene el capital; y aquí, siguiendo a David Harvey, Fraser afirma que la acumulación primitiva es un proceso que aún continúa. Así, marca un contraste clave entre la explotación y la expropiación; la primera es el relato visible, la segunda es la historia invisible. Hay aquí un primer cambio epistémico. El secreto dentro del secreto es que “detrás de la coerción sublimada del trabajo asalariado, reside la violencia del robo directo” (p. 8). Marx describió el proceso de expropiación, pero no lo teorizó suficientemente como condición permanente de la explotación. Para Fraser, este es el punto nodal: oculto tras lo oculto está la continua expropiación, como precondición de la explotación. La explotación, que se hace bajo la apariencia del contrato, es posible gracias a la confiscación que opera sobre otros. Escribe Fraser: “[l]os trabajadores doblemente libres transforman las saqueadas ‘materias primas’ con máquinas que son impulsadas por fuentes de energía confiscadas. Sus salarios se mantienen bajos gracias a la disponibilidad de alimento producido por trabajadores rurales endeudados, en tierras que han sido robadas, y de bienes de consumo producidos en los sweatshops por ‘otros’ no-libres y dependientes, cuyos costos de reproducción no están totalmente recompensados. La expropiación, entonces, subyace a la explotación y la vuelve rentable. Lejos de estar confinada a los inicios del sistema, es un elemento intrínseco de la sociedad capitalista, tan constitutivo y estructuralmente afincado como la explotación” (p. 15).

Esta diferenciación entre las dos «equis» (explotación y expropiación), insiste Fraser, supone una diferenciación clave en la composición de la estructura y la dinámica de clases. Por un lado, están los trabajadores explotables y, por otro, los expropiables. Los primeros gozan de derechos ciudadanos, cierta protección estatal y disponen de su fuerza de trabajo; los “otros” expropiables, en cambio, no tienen defensa y pueden ser violentados sin miramientos. Aunque son todos integrantes de las clases productoras, existen “dos categorías de persona”: los que simplemente pueden ser explotados y otros que están destinados a la expropiación. Esta, dice Fraser, es otra línea de fractura institucionalizada en el capitalismo actual, “estructuralmente enclavada como aquellas [que existen] entre producción y reproducción, sociedad y naturaleza, y cuerpo político y economía” (p. 16). Más aún, para la autora, la dupla ex–ex corresponde casi exactamente a la “línea de color global”, en cuyo Sur conceptual están las poblaciones racializadas, quienes sufren las mayores opresiones, desposesiones, genocidios y otras injusticias estructurales del imperialismo (además de sobrellevar el peso mayor de la huella ecológica del sistema).

El segundo desplazamiento epistémico va desde la producción social a la reproducción social. Esta última es, nuevamente, condición de trasfondo de la primera: incluye esencialmente el trabajo reproductivo, la interacción que produce personas y lazos sociales, y las tareas de cuidado en general. Esta oculta sede detrás de la oculta sede es precondición del capitalismo; se despliega fuera del mercado laboral, pero es necesaria para su existencia. La reproducción social, en suma, es indispensable para la producción de mercancías. Esta división está profundamente engenerizada en perjuicio de las mujeres y no es una constante histórica, sino resultado de la propia dinámica del sistema. El capitalismo caníbal, alega Fraser, no hace otra cosa que devorar las propias fuentes de la reproducción social, sin reposición, cancelando así sus propias condiciones de reproducción.

La misma lógica se aplica, en tercer lugar, a la relación con la naturaleza, la cual es canibalizada como precondición para la dinámica de producción capitalista. La naturaleza –que Fraser define en tres acepciones en el capítulo 4– es concebida como una fuente inagotable de recursos “gratuitos”, capaz de renovarse permanentemente. Marx oportunamente habló de la fractura metabólica, recuerda Fraser –quien sigue la obra ecosocialista de John Bellamy Foster y Michael Löwy, entre otros– y denunció la ineficacia y la depredación en las prácticas agrícolas. Pero la ruptura se ha hecho más aguda y los cercamientos no cesaron, puesto que el capitalismo sigue adueñándose y transformando la naturaleza, ya no con muros sino con patentes de propiedad intelectual. La crisis ecológica que este derrotero ha generado es evidente y atraviesa los diversos regímenes de acumulación capitalista en el tiempo. Por último, en el ámbito político, el capitalismo caníbal también se engulle las normas e instituciones que ha creado para su propia reproducción. La división entre el poder económico y el poder político es cada vez mayor, no solo a nivel doméstico sino –y sobre todo– a nivel internacional, de modo que la gobernanza global en manos de las grandes corporaciones mina las propias condiciones de reproducción del capital. Y esto ilumina, enfatiza Fraser, el hecho de que el ámbito político también es una de las condiciones de trasfondo sobre las que se erige la posibilidad del capitalismo.

Para Fraser, todas estas condiciones de trasfondo son “no-económicas” y es preciso situarlas en el centro de una concepción socialista, a la par de la explotación; en otras palabras, hay que resituar la narrativa marxiana sobre la explotación junto a estas cuatro narrativas de trasfondo (expropiación, reproducción social, ecología y poder político), con lo cual también pueden articularse de un modo más claro las teorías (y luchas) emancipatorias feministas, ecológicas, antiimperialistas y antirracistas. El punto, dice Fraser, consiste en comprender que el capitalismo no es simplemente un sistema económico, sino un tipo de sociedad; en rigor, la dimensión económica y mercantilizada es sólo una parte, ya que la sociedad como totalidad “depende para su existencia de zonas de no-mercantilización, que el capital canibaliza sistemáticamente” (p. 18). En suma, el capitalismo es un “orden social institucionalizado” definido por un conjunto de separaciones interrelacionadas (explotación-expropiación; producción-reproducción; economía-política; mundo humano-naturaleza).

En función de estos dominios, cada cual con su propia normatividad, también cambian la dinámica y la forma de la conflictividad. A través de su historia, en el capitalismo se han librado siempre “luchas de frontera” (boundary struggles), es decir, en torno a las delimitaciones de los dominios mencionados. Pero estas zonas no-económicas, afirma Fraser, no tienen un mero rol funcionalista, en el sentido de posibilitar la expansión constante del dominio económico y su forma específica de lucha de clases entre el capital y el trabajo; son dominios interrelacionados y que a la vez tienen sus propias ontologías de práctica social e ideas normativas. Y estas normatividades complejas, que son propias del capitalismo, constituyen zonas de disputa y no siempre con ideas anticapitalistas, advierte Fraser, ya que no son exteriores al sistema (22-23). El capitalismo como sociedad tiene una tendencia constitutiva a la propia desestabilización, esto es, a la crisis permanente y a comerse la cola, como el Uróboro.

Tenemos entonces, según Fraser, cuatro contradicciones en el capitalismo: la ecológica, la social, la política y la racial/imperial, cada una como origen de algún tipo especial de crisis, cada una vinculada inextricablemente una contradicción estructural entre la economía y las condiciones de posibilidad del sistema. Nuevamente, recalca Fraser, el sitio del conflicto es la frontera entre los distintos dominios, esto es, entre producción y reproducción, economía y política, humanidad y naturaleza, explotación y expropiación. Las luchas de frontera se dan, a diferencia de la clásica lucha de clases, sobre el punto de separación de las zonas no-económicas respecto de la economía. La lucha anticapitalista, enfatiza Fraser, “es mucho más amplia de lo que los marxistas han supuesto habitualmente” (p. 25).

Tras esta presentación general, Fraser analiza con mayor detalle cada una de las formas de canibalización, desde un eje estructural y un eje histórico, y a partir de una periodización del capitalismo que distingue cuatro etapas, a saber: capitalismo mercantil, capitalismo liberal-colonial, capitalismo administrado por el Estado, y capitalismo neoliberal globalizado o financiero. Como veremos, cada una de las contradicciones de trasfondo adquiere una forma específica en cada fase del capitalismo.

En el capítulo 2, Fraser define al capitalismo como un glotón que se regodea en el castigo sobre los pueblos racializados y, por ello, afirma que es un sistema estructuralmente racista. Fraser no ignora la gran tradición de marxismo negro, desde W. E. B. Du Bois hasta Angela Davis o Cornel West, pero el terreno parece dominado por la ya prolongada moda postestructuralista. Frente a la pregunta de si el capitalismo es necesariamente racista, la repuesta de Fraser es que existen bases estructurales para que así sea y que esto también ha variado a lo largo de la historia. La base estructural es la combinación de explotación y expropiación. El marxismo clásico vio con claridad el mecanismo estructural de la explotación y de la dominación, pero no hizo lo mismo con la opresión racial y su combinación con los anteriores, alega Fraser. Para la autora, Marx no le dio suficiente importancia al rol del trabajo no asalariado, no-libre, y dependiente, como tampoco a las configuraciones políticas que concedían ciudadanía y derechos a los asalariados, pero no hacía lo propio con otros agentes a los que les asignaba menor jerarquía. El trabajo dependiente y la sujeción política, entonces, definen la situación de expropiación. Y esta última está inextricablemente unida al racismo.

La expropiación, como confiscación de capacidades y recursos –especialmente en la periferia, pero también en las periferias internas de los núcleos capitalistas–, puede abarcar muchos activos: trabajo, tierra, energía, seres humanos con sus órganos y capacidades reproductivas, etcétera. La lógica de la expropiación es que baja los costos y aumenta las ganancias de la explotación, al obtener recursos baratos y brindar medios de subsistencia a bajo costo. Al confiscar a los sujetos dependientes puede explotar mejor a los trabajadores doblemente libres. “Detrás de Mánchester está Mississippi”, sentencia Fraser. En este punto, la política y la economía se entrecruzan para delimitar la línea de color, ya que son los estados mismos los que confieren ciertos derechos a los trabajadores libres y los niegan a los sujetos dependientes de las periferias. El sistema internacional de estados, obviamente, hace su trabajo. Y así, el núcleo en la geografía imperialista está ocupado por los trabajadores mayoritariamente blancos mientras que la periferia es el mundo racializado de no-ciudadanos, de sujetos dependientes. Fraser señala que esta situación también refleja dinámicas de lucha diferentes, ya que en el núcleo los antiguos campesinos y artesanos “se convirtieron en ciudadanos-trabajadores explotables a través de procesos históricos de compromiso de clase, que canalizaron sus luchas por la emancipación hacia sendas convergentes con los intereses del capital” (pp. 38-39). Los expropiados, en cambio, no llegaron a tal compromiso y fueron aplastados sin compasión. Esta separación contribuyó a que “la marca de la ‘raza’ [se convirtiera en un] signo de violabilidad” (p. 40).

En este tramo del capítulo 2, Fraser comienza a situar las contradicciones de trasfondo (explotación-expropiación, en este caso) dentro de los cuatro regímenes históricos de acumulación. En tiempos del capitalismo mercantil –entre los siglos XVI y XVIII–, explica la autora, se produce la expropiación que corresponde a lo que Marx llamó acumulación primitiva, esto es, la expropiación violenta de “cuerpos, trabajo, tierra y riqueza mineral” tanto en Europa como en América y África. En esta etapa, casi todos los trabajadores son dependientes; aún no ha surgido masivamente el trabajador doblemente libre. En la era de capitalismo liberal-colonial, las dos «equis» (expropiación y explotación) se vuelven más distinguibles, con la gran industria, la consolidación del proletariado industrial en el núcleo y la profundización de la opresión, expropiación y racialización de la periferia. El mundo queda claramente dividido entre los sujetos dependientes racializados de la periferia y el trabajador “blanco” explotable del núcleo. En la era del capitalismo administrado por el Estado, la combinación de las dos «equis» se torna más profunda, especialmente con el sistema de pago diferencial a favor de los blancos, es decir, con una escala salarial dual. En el núcleo, emerge el grupo que es simplemente explotado, ya que no es expropiado (excepto quizá en parte de las tareas de cuidado), mientras que la población racializada sigue siendo expropiada y explotada. En la periferia, los estados poscoloniales mantienen –con algunas excepciones– los procesos de expropiación pura. Lo novedoso, dice Fraser, es el surgimiento de casos híbridos de explotación y expropiación, que preanuncian lo que vendrá en la siguiente etapa del capitalismo.

En efecto, en el actual régimen de capitalismo financiero (o financierizado, para ser literales), se expande el híbrido expropiación/explotación y hay un cambio geográfico y demográfico de estos fenómenos. La herramienta predilecta del nuevo sistema es la deuda o el endeudamiento, de estados, comunidades y personas. En la periferia, las poblaciones son expropiadas por nuevas deudas y apropiaciones forzosas; en el centro, por la precarización del empleo que desprotege nuevamente las tareas de cuidado, volcándolas otra vez sobre las familias, las comunidades y, especialmente, las mujeres. Hay, dice Fraser, un “nueva lógica de subjetivación política” y, en consecuencia, emerge “una nueva figura, formalmente libre, pero agudamente vulnerable: el trabajador-ciudadano-expropiado-y-explotado” (p. 49), que ya no está relegado a la periferia, sino que es norma (racializada) en el régimen de acumulación financiera. Y si bien el borramiento de la distinción expropiación-explotación pareciera brindar las condiciones para poner fin al racismo, la concomitante inseguridad existencial masiva es pasto para la ansiedad y la paranoia que –alentadas de diversas maneras– exacerban el racismo. Frente a esto, cobra mayor relieve la disociación en las luchas sociales. Para Fraser, “aquello que se entendía como lucha de clases era demasiado fácilmente desconectado de las luchas contra el esclavismo, el imperialismo y el racismo, cuando no dirigido directamente contra ellas” (pp. 49-50); y lo mismo ocurría con las luchas antirracistas, que a menudo despreciaban las alianzas con las luchas laborales. La propuesta de Fraser, va de suyo, es unificar las luchas de frontera en su totalidad, de manera que haya alianzas que se opongan frontalmente al capitalismo en todos sus planos.

El capítulo 3 se centra en el capitalismo como “tragador del cuidado” e inspecciona “por qué la reproducción social es un enclave principal de la crisis capitalista”. El punto central aquí es que el capitalismo se devora las actividades de cuidado –que mantienen familias, comunidades, sostienen amistades, generan solidaridades, etc.– cuyo fin último es reponer individuos de la especie, ahora y en las futuras generaciones. El sistema capitalista se come las energías destinadas precisamente a reemplazar los individuos que el mismo sistema consume. Y este es un tema relativamente nuevo, eclipsado por el interés predominante en aspectos económicos y ecológicos, dice Fraser. Hay un colapso del cuidado (care crunch) debido a otra contradicción fundamental del capitalismo: la reproducción social es una condición de trasfondo necesaria para la acumulación, pero el sistema sólo se ocupa de consumirla y generar repetidas crisis de cuidado. Aquí se expresa, una vez más, la tendencia inherente del capitalismo a canibalizar las zonas más allá de lo económico, las zonas no-económicas o no monetizadas que son condiciones de trasfondo para su existencia. El capitalismo saca ventaja indebida de esas zonas, generando crisis tras crisis. Como las tareas de cuidado han recaído históricamente sobre las mujeres, Fraser advierte sobre la “nube de sentimientos” con que se ha revestido esta tarea y las diversas invenciones de la femineidad que la acompañaron. En general, se trata de un problema alojado en la frontera entre la lógica de la producción y la reproducción.

Al historizar esta contradicción, Fraser encuentra que, en el capitalismo mercantil, la reproducción social en la zona núcleo estaba en manos de los mismos agentes que en la sociedad feudal: las aldeas, los hogares y las redes familiares extensas, pero la conquista en la periferia efectivamente destrozó estos lazos reproductivos (con sus correspondientes y tempanas resistencias). Durante el capitalismo liberal-colonial, mujeres y niños fueron arrastrados al trabajo industrial, con la consecuente crisis de reposición de mano de obra y el escándalo moral de las clases medias en torno a la disolución de las familias obreras y la desexualización de las mujeres proletarias. Fraser subraya que Marx y Engels se equivocaron al pensar que era el final de la familia trabajadora y el comienzo de la libertad de las mujeres: en rigor, fue al revés, ya que el sistema encontró formas de reconfigurar la familia y la dominación masculina. En el núcleo europeo surgieron, entonces, mecanismos de protección de mujeres y niños, que sirvieron para estabilizar el proceso reproductivo y “defender la sociedad frente a la economía”, según la expresión de Karl Polanyi. Así, la “amadecasificación” (housewifization) y la concepción de la mujer como “ángel del hogar” vino a brindar cierta estabilidad que, por supuesto, no alcanzaba a las mujeres pobres y racializadas que no tenían cómo cubrir las exigencias de la familia victoriana. En la periferia, como siempre, no hubo contemplaciones y continuó la depredación sin freno. El feminismo naciente se encontró tironeado entre una protección social insuficiente y una tendencia a la mercantilización del cuidado. La corriente emancipatoria que buscó superar esta dicotomía no prosperó en ese momento.

Con la llegada del fordismo y el capitalismo administrado por el Estado, en la segunda posguerra, las políticas de bienestar social contribuyeron a proteger al capitalismo contra su propia tendencia autodestructiva en términos de reproducción social y, a la vez, a ahuyentar el fantasma de la revolución socialista. En muchos países, el Estado se hizo cargo de proteger la reproducción y convertir a los hogares en sitios de alto consumo de productos, con lo cual se dio una combinación de protección y mercantilización. Si a esto se añade la ampliación de ciudadanía, se tiene un compromiso de la clase trabajadora con el capital, un avance democrático, una suerte de “edad dorada” que, lógicamente, funcionaba también sobre exclusiones. Es que nunca se detuvo la expropiación en la periferia: el Norte Global se benefició en términos de reproducción social a expensas del Sur Global, que siguió proveyendo recursos y mano de obra expropiables. Pero las propias limitaciones del Estado de Bienestar y el surgimiento de la Nueva Izquierda, con su agenda emancipatoria en diversos ámbitos, pusieron en crisis el régimen de posguerra y se dio paso al momento del capitalismo financiero. Entonces, se retrajo la inversión pública en las tareas de cuidado, que volvieron a estar en manos de familias y comunidades, y las familias se transformaron en espacios de doble-ingreso (con suerte), que requerían trabajo precario para sostener la reproducción social. Y en términos de luchas sociales, en este nuevo escenario, se produce la “fatídica intersección de dos conjuntos de luchas” (p. 69): por un lado, el partido pro-mercado que buscaba la liberalización y globalización económica; por otro, los nuevos movimientos sociales progresistas con agendas contrarias a las jerarquías sexuales, raciales, religiosas, étnicas, etcétera. De esta combinación surgió, alega Fraser, el “neoliberalismo progresista, el cual celebra ‘la diversidad’, ‘la mertitocracia’ y ‘la emancipación’ mientras desmantela las protecciones sociales y re-externaliza la reproducción social. El efecto no sólo es el de abandonar a las poblaciones indefensas frente las depredaciones del capital sino también el de redefinir la emancipación en términos de mercado” (p. 69). Los movimientos emancipatorios, desde los LGBTQ, ambientalistas, antifascistas y multiculturalistas, no fueron siempre consecuentes y muchas veces prohijaron versiones afines al neoliberalismo.

En el capítulo 4, Fraser se concentra en explicar cómo la naturaleza está en las “fauces” del capitalismo y cómo una ecopolítica necesita ser trans-ambientalista y anticapitalista. El inicio de este tramo del libro es alentador: muchos movimientos sociales, feministas, antirracistas, entre otros, están incorporando la cuestión ambiental en sus reclamos. Hasta la socialdemocracia y sectores del populismo (incluido el de derecha) se suman a la tendencia. La justicia ambiental está en la cresta de la ola discursiva. En su análisis de la crisis ambiental, Fraser apela a un argumento estructural, uno histórico y, finalmente, uno político. El argumento estructural –sin negar que otros regímenes antiguos y contemporáneos han sido poco amigables con la naturaleza– afirma que el capitalismo tiene una tendencia inherente a generar crisis ambientales, ya que, como orden social institucionalizado, parasita necesariamente los dominios no-económicos –la infausta relación entre la economía y sus otros– y, entre ellos, la naturaleza misma. Dice Fraser: “[m]ás que una relación con el trabajo, entonces, el capital es también una relación con la naturaleza –una relación caníbal y extractiva, la cual consume cada vez más valor biofísico para apilar cada vez más ‘valor’, mientras descarta las ‘externalidades’ ecológicas” (p. 83). De este modo, como la naturaleza no puede renovarse ilimitadamente, el capitalismo siempre está al borde de destruir sus propias condiciones ecológicas de posibilidad.

En una formulación clave del capítulo 4, Fraser afirma: “la sociedad capitalista hace que la ‘economía’ dependa de la ‘naturaleza’, mientras las divide ontológicamente. Al exigir la máxima acumulación del valor, mientras define a la naturaleza como algo que no forma parte de éste, tal arreglo programa a la economía para desconocer los costos de reproducción ecológica que genera. Mientras esos costos aumentan exponencialmente, el efecto es el de desestabilizar los ecosistemas –y periódicamente alterar por completo el improvisado edificio de la sociedad capitalista” (p. 84). Son las cuatro “D”: el capitalismo depende, divide, desconoce y desestabiliza; es el Uróboro que se come su propia cola. Por supuesto que Fraser no desconoce la existencia de agentes responsables de todo esto, y por eso mismo enfatiza que las contradicciones reproductivas, de cuidado, políticas y económicas están interrelacionadas y reclama una ecopolítica anticapitalista. Asimismo, como en los capítulos previos, realiza un sistemático trabajo conceptual –define a la naturaleza de tres maneras, las cuales siempre están presentes– y ofrece una historización de regímenes de acumulación socioecológica, en base a tres factores: método de extracción de energía, de recursos y de disposición de residuos. El capitalismo mercantil corresponde al momento del músculo animal; el capitalismo liberal-colonial al domino del “rey carbón”; el capitalismo administrado por el Estado a la era del automóvil; y el capitalismo financiero actual a los nuevos cercamientos (derechos de propiedad y renovados extractivismos) sobre una naturaleza financierizada.

Cómo el capitalismo hace una carnicería con la democracia es el tema del capítulo 5. Tras denunciar el politicismo de ciertas corrientes postestructuralistas y de la teoría democrática, Fraser asevera que el capitalismo en todas sus formas siempre contiene contradicciones que generan crisis políticas. Precisamente, el campo de lo político, el de los poderes públicos, ha sido una de las condiciones de posibilidad no-económicas que el propio capitalismo se ha ocupado y se ocupa de desestabilizar, tanto a nivel de los estados nacionales como en el espacio geopolítico global. Para Fraser, los poderes políticos son exteriores a la economía capitalista, y la sociedad capitalista se esfuerza por profundizar esta separación, haciendo que “lo económico sea no-político y lo político sea no económico” (p. 121). Al repasar la historia de las crisis capitalistas en función de los regímenes de acumulación, la autora encuentra una constante: la puja por el trazado de límites entre los diversos dominios no económicos y la economía, esto es, las denominadas “luchas de frontera”. En la etapa mercantil, dice la autora, la separación entre economía y política era sólo parcial debido a la injerencia del absolutismo sobre los procesos económicos; en la etapa de liberal-colonial se entronizó el contrato y se clarificó la separación entre dominios. La lucha de clases en el centro significó logros políticos para los trabajadores, bajo la condición de que la democracia no se extendiera al lugar de trabajo. Nada parecido ocurrió en la periferia, donde se mantuvo la expoliación de las poblaciones subyugadas por el colonialismo. La conocida crisis de este régimen, que dio paso al capitalismo administrado por el Estado, implicó un poder público más activo para sostener las condiciones de trasfondo de reproducción del capital, bajo la creciente hegemonía de Estados Unidos. La “ciudadanía social” de esta etapa significó la domesticación de las tendencias más disruptivas, ya que se tomaron medidas para incorporar “estratos potencialmente revolucionarios, aumentando el valor de su ciudadanía y dándoles participación [stake] en el sistema” (p. 127). Lo que no cambió, una vez más, fue la expoliación de la periferia. Y en la etapa final, el capitalismo financiero reformula la relación economía-política, asestando un doble golpe: hace que las instituciones políticas sean incapaces de resolver los problemas de los ciudadanos e independiza a las instituciones globales respecto de los poderes públicos, en un proceso de des-democratización (que incluyó previamente grandes derrotas de sindicatos y también de muchos estados que se vieron compelidos a abandonar, por ejemplo, el control sobres sus monedas). Se llega, in extremis, a una situación de “gobernanza sin gobierno, lo cual significa dominación sin la hoja de higuera del consentimiento” (p. 130). En la fase más reciente del régimen financiero, dice Fraser, se está observando una crisis de la hegemonía neoliberal. La pérdida de capacidades políticas es cuestionada por los populismos y las socialdemocracias, en un intento, aunque con objetivos distintos, de recuperar algo del poder público. En este marco, no puede dejar de señalarse que el populismo de derecha es una reacción frente a la “impía alianza” de movimientos sociales ganados por el neoliberalismo para formar el ya mencionado neoliberalismo progresista.

Por fin, en el capítulo 6, Fraser afirma que, así como el capitalismo ha retornado al discurso político, lo mismo ocurre con el socialismo, en el marco de la fractura hegemónica neoliberal. Por eso mismo, así como aboga por una concepción ampliada del capitalismo, propone también una concepción ampliada del socialismo, que integre la dimensión económica con las dimensiones no-económicas, como la reproducción, el cuidado, la ecología y los poderes públicos. El capitalismo es injusto, irracional y antidemocrático: el socialismo debe superarlo, siendo justo, racional y democrático en todas las dimensiones relevantes. Debe ser “un nuevo orden social que supere no ‘sólo’ la dominación de clase sino también las asimetrías de género y sexo, la opresión racial/étnica/imperial, y la dominación política en todos los ámbitos” (p. 151), asumiendo tres tareas fundamentales: redefinir los límites de los diversos dominios sociales (fijando nuevas prioridades y creando nuevos diseños institucionales); determinar qué hacer con el excedente (si es que ha de haber alguno y, si lo hay, cuán grande ha de ser), sabiendo que a futuro habrá que pagar las cuentas que deja impagas el capitalismo; y acordar qué espacio darle al mercado (su respuesta es: sin mercado en la cima, sin mercado en la base, pero quizá algo en el medio; esto es, el mercado se permite sólo luego de que se determina la asignación macro del excedente y se asegura la provisión para las necesidades básicas). En suma, el socialismo “debe convertirse en el nombre de una alternativa genuina al sistema que está destruyendo el planeta y frustrando nuestras posibilidades de vivir bien, en libertad y democracia” (p. 157). Más aún, arenga Fraser, “ya es hora de resolver cómo matar de hambre a la bestia y poner fin de una vez por todas al capitalismo caníbal” (p. 165).

Así eliminó Estados Unidos los gasoductos Nord Stream

La Administración Biden cumplió sus amenazas: un grupo de buzos de la Marina aprovechó unas maniobras de la OTAN en el Báltico para colocar explosivos en los oleoductos y la Armada noruega los hizo detonar tres meses después lanzando una boya sonar.

Por Seymour Hersh

El Centro de Buceo y Salvamento de la Marina de EE.UU. se encuentra en un lugar tan desconocido como su nombre: en lo que una vez fue un camino rural de Panama City, una ciudad turística en auge situada en el noroeste de Florida, 112 kilómetros al sur de la frontera con Alabama. El edificio que alberga el centro es tan anodino como su ubicación: una monótona estructura de hormigón posterior a la II Guerra Mundial con el aspecto de un instituto de formación profesional de la zona oeste de Chicago. Al otro lado de lo que ahora es una carretera de cuatro carriles hay una lavandería automática y una escuela de danza.

El centro lleva décadas formando a buceadores de aguas profundas altamente cualificados que, asignados a unidades militares estadounidenses por todo el mundo, son capaces de realizar inmersiones técnicas para hacer tanto lo bueno –utilizar explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros y artefactos sin detonar– como lo malo, es decir volar plataformas petrolíferas extranjeras, obstruir válvulas de centrales eléctricas submarinas o destruir esclusas en canales de navegación cruciales. El centro de Panama City, que cuenta con la segunda piscina cubierta más grande del país, era el lugar perfecto para reclutar a los mejores, y más taciturnos, graduados de la escuela de buceo que el verano pasado cumplieron con éxito la misión que se les había autorizado a realizar a 260 pies (79,2 metros) bajo la superficie del mar Báltico.

La Guardia Costera sueca publica un video de la fuga del Nord Stream (26 de septiembre). | Fuente: Voice of America.

El pasado mes de junio, los buzos de la Armada, que operaban al amparo de un ejercicio de la OTAN ampliamente publicitado y conocido como BALTOPS 22, colocaron los explosivos que, al ser activados por control remoto tres meses después, destruyeron tres de los cuatro gasoductos Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la planificación de la operación.

Dos de los gasoductos, conocidos colectivamente como Nord Stream 1, llevaban más de una década suministrando gas natural ruso a Alemania y gran parte de Europa Occidental. El segundo par de gasoductos, denominados Nord Stream 2, se habían construido pero aún no estaban operativos. A medida que las tropas rusas se concentraban en la frontera ucraniana y se avecinaba la guerra más sangrienta en Europa desde 1945, el presidente Joseph Biden consideró que los gasoductos eran un vehículo para que Vladimir Putin utilizara el gas natural como arma para sus ambiciones políticas y territoriales.

Cuando se le pidió un comentario sobre esta historia, Adrienne Watson, portavoz de la Casa Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es falso y una completa ficción”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), escribió de forma similar: “Esta afirmación es total y absolutamente falsa”.

La decisión de Biden de sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de debate altamente secreto de ida y vuelta dentro de la comunidad de Seguridad Nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, la cuestión no era si había que llevar a cabo la misión, sino cómo hacerlo sin dejar ninguna pista abierta sobre quién era el responsable.

Había una razón burocrática vital para confiar en los graduados de la exigente escuela de submarinismo del centro de Panama City. Los buzos eran sólo de la Marina, y no miembros del Mando de las Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben ser comunicadas al Congreso e informadas con antelación a los líderes del Senado y la Cámara de Representantes, la llamada Banda de los Ocho. La Administración Biden hizo todo lo posible para evitar filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a finales de 2021 y en los primeros meses de 2022.

El presidente Biden y su equipo de política exterior –el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado para Política Exterior– habían manifestado de forma clara y coherente su hostilidad hacia los dos gasoductos, que discurrían en paralelo a lo largo de 750 millas bajo el mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia, cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de Bornholm antes de desembocar en el norte de Alemania.

Esa ruta directa, que evitaba tener que pasar por Ucrania, había sido una bendición para la economía alemana, que disfrutaba de abundante gas natural ruso barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender el gas sobrante, con beneficios, por toda Europa Occidental. Cualquier acción que pudiera atribuirse a la administración estadounidense violarían las promesas de Estados Unidos de minimizar el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.

Desde el principio, Washington y sus socios antirrusos de la OTAN consideraron que el Nord Stream 1 era una amenaza para el dominio de Occidente. El holding que lo sustenta, Nord Stream AG [cuyo presidente es el excanciller alemán Gerhard Schroeder, amigo personal de Putin], se constituyó en Suiza en 2005 en asociación con Gazprom, una empresa rusa que cotiza en bolsa y que produce enormes beneficios a sus accionistas, dominada por oligarcas conocidos por ser esclavos de Putin.

Gazprom controlaba el 51% de la empresa, mientras que cuatro empresas energéticas europeas –una en Francia, otra en los Países Bajos y dos en Alemania– compartían el 49% restante de las acciones y tenían derecho a controlar las ventas posteriores del gas natural barato a distribuidores locales en Alemania y Europa Occidental. Los beneficios de Gazprom se repartieron con el gobierno ruso, y se calcula que los ingresos estatales por gas y petróleo ascendieron en algunos años hasta el 45% del presupuesto anual de Rusia.

Los temores políticos de Estados Unidos eran fundados: Putin dispondría ahora de una importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y el resto de Europa Occidental se volverían adictos al gas natural de bajo coste suministrado por Rusia, disminuyendo al mismo tiempo la dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente lo que ocurrió. Muchos alemanes vieron el Nord Stream 1 como parte del cumplimiento de la famosa teoría de la Ostpolitik del excanciller Willy Brandt, que permitiría a la Alemania de posguerra rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en la Segunda Guerra Mundial mediante, entre otras iniciativas, la utilización del gas ruso barato para alimentar un mercado y una economía comercial prósperos en Europa Occidental.

Nord Stream 1 ya era suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero Nord Stream 2, cuya construcción finalizó en septiembre de 2021, duplicaría, si lo aprobaban los reguladores alemanes, la cantidad de gas barato a disposición de Alemania y Europa Occidental. El segundo gasoducto también proporcionaría gas suficiente para cubrir más del 50% del consumo anual de Alemania. Las tensiones entre Rusia y la OTAN no cesaban de aumentar, respaldadas por la agresiva política exterior de la Administración Biden.

La oposición al Nord Stream 2 estalló en vísperas de la toma de posesión de Biden, en enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por Ted Cruz, de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de Antony Blinken como secretario de Estado. Para entonces, un Senado unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a Blinken, “detuvo [el gasoducto] en seco”. El Gobierno alemán, presidido entonces por Angela Merkel, ejercería una enorme presión política y económica para poner en marcha el segundo oleoducto.

¿Se enfrentaría Biden a los alemanes? Blinken dijo que sí, pero añadió que no había hablado de los puntos de vista concretos del presidente entrante. “Conozco su firme convicción de que el Nord Stream 2 es una mala idea”, dijo. “Sé que nos haría utilizar todas las herramientas persuasivas que tenemos para convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no sigan adelante con él”.

Unos meses después, cuando la construcción del segundo gasoducto estaba a punto de concluir, Biden se acobardó. En mayo, en un giro sorprendente, la Administración renunció a imponer sanciones a Nord Stream AG, y un funcionario del Departamento de Estado admitió que intentar detener el gasoducto mediante sanciones y diplomacia “siempre había sido una posibilidad remota”. Entre bastidores, funcionarios de la Administración habrían instado al presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, que por entonces se enfrentaba a la amenaza de una invasión rusa, a que no criticara la medida.

Las consecuencias fueron inmediatas. Los republicanos del Senado, liderados por Cruz, anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de Biden en política exterior y retrasaron la aprobación de la ley anual de defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde, Politico describió el cambio de rumbo de Biden sobre el segundo oleoducto ruso como “la única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.

La Administración se tambaleaba, a pesar de obtener un respiro en la crisis a mediados de noviembre, cuando los reguladores energéticos alemanes suspendieron la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del gas natural se dispararon un 8% en pocos días, en medio del temor creciente en Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la posibilidad cada vez mayor de una guerra entre Rusia y Ucrania provocaran un invierno frío muy poco deseado. Washington no tenía clara la postura del recién nombrado canciller alemán, Olaf Scholz. Meses antes, tras la caída de Afganistán, Scholz había apoyado públicamente el llamamiento del presidente francés Emmanuel Macron a una política exterior europea más autónoma, en un discurso en Praga, sugiriendo claramente una menor dependencia de Washington y sus veleidades.

Durante todo ese tiempo, las tropas rusas se habían ido posicionando de forma constante y ominosa en las fronteras de Ucrania, y a finales de diciembre más de 100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y Crimea. La alarma crecía en Washington; Blinken calculó que ese despliegue de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.

La atención de la Administración volvió a centrarse en Nord Stream. Mientras Europa siguiera dependiendo de los gasoductos para obtener gas natural barato, Washington temía que países como Alemania se mostraran reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba para derrotar a Rusia.

Fue en este momento de inquietud cuando Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir un grupo interagencias para idear un plan.

Todas las opciones debían estar sobre la mesa. Pero sólo una prevalecería.

Planificación

En diciembre de 2021, dos meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania, Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién formado –hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los Departamentos de Estado y del Tesoro– y pidió recomendaciones sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.

Sería la primera de una serie de reuniones ultrasecretas, en una sala segura de la última planta del Old Executive Office Building, adyacente a la Casa Blanca, que era también la sede del President’s Foreign Intelligence Advisory Board (PFIAB). Hubo la habitual charla de idas y venidas que acabó desembocando en una pregunta preliminar crucial: ¿la recomendación que debía remitir el grupo al presidente sería reversible –como otra ronda de sanciones y restricciones monetarias– o irreversible –es decir, acciones cinéticas [eufemismo que implica una guerra activa], que no podrían deshacerse?

Lo que quedó claro para los participantes, según la fuente con conocimiento directo del proceso, es que Sullivan pretendía que el grupo presentara un plan para la destrucción de los dos gasoductos Nord Stream, y que estaba cumpliendo los deseos del presidente.

Durante las siguientes reuniones, los participantes debatieron las opciones de ataque. La Marina propuso utilizar un submarino recién estrenado para atacar directamente el oleoducto. La Fuerza Aérea discutió la posibilidad de lanzar bombas con espoletas retardadas que pudieran detonarse a distancia. La CIA argumentó que, se hiciera lo que se hiciera, tendría que ser encubierto. Todos los implicados comprendieron lo que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente. Si se podía rastrear el ataque hasta Estados Unidos, “era un acto de guerra”.

En aquel momento, la CIA estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de modales suaves que había sido subsecretario de Estado en la Administración Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia entre cuyos miembros ad hoc figuraba –por casualidad– alguien que conocía las capacidades de los buzos de aguas profundas de la Marina en Panama City. Durante las semanas siguientes, los miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan para una operación encubierta que utilizaría buzos de profundidad para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.

El precedente de 1971

Ya se había hecho antes algo parecido. En 1971, la inteligencia estadounidense se enteró por fuentes aún no reveladas de que dos importantes unidades de la Armada rusa se comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente ruso. El cable enlazaba un mando regional de la Marina con el cuartel general en Vladivostok.

Un equipo cuidadosamente seleccionado de agentes de la CIA y de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) se reunió en algún lugar de la zona de Washington, con el máximo secreto, y elaboró un plan, utilizando buzos de la Marina, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la localización del cable ruso. Los buzos colocaron en el cable un sofisticado dispositivo de escucha que interceptó con éxito el tráfico ruso y lo registró con un sistema de grabación.

La NSA se enteró de que altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su enlace de comunicaciones, charlaban con sus compañeros sin cifrar. El dispositivo de grabación y su cinta tenían que ser sustituidos mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la NSA, de 44 años, llamado Ronald Pelton, que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue delatado por un desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos sólo le pagaron 5.000 dólares por sus revelaciones sobre la operación, además de 35.000 dólares por otros datos operativos rusos que proporcionó y que nunca se hicieron públicos.

Aquel éxito submarino, cuyo nombre en clave era Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y ofreció a Estados Unidos valiosísimos datos de inteligencia sobre las intenciones y la planificación de la Armada rusa.

Aun así, el grupo interagencias se mostró inicialmente escéptico ante el entusiasmo de la CIA por un ataque encubierto en alta mar. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Las aguas del Mar Báltico estaban fuertemente patrulladas por la marina rusa, y no había plataformas petrolíferas que pudieran servir de cobertura para una operación de buceo. ¿Tendrían que ir los submarinistas a Estonia, justo al otro lado de la frontera de los muelles rusos de carga de gas natural, para entrenarse para la misión? “Eso sería una cagada”, le dijeron a la Agencia.

A lo largo de “todas estas maquinaciones”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagáis esto. Es estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.

Sin embargo, a principios de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interagencias de Sullivan: “Tenemos una manera de volar los oleoductos”.

Lo que vino después fue asombroso. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió en su despacho de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf Scholz, quien, tras algunos titubeos, militaba ahora firmemente en el equipo estadounidense. En la rueda de prensa posterior, Biden afirmó desafiante: “Si Rusia invade… ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin”.

Veinte días antes, la subsecretaria Nuland había transmitido básicamente el mismo mensaje en una reunión informativa del Departamento de Estado, con escasa cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de un modo u otro Nord Stream 2 no seguirá adelante”.

Olaf Scholz y Joe Biden, durante su reunión del 7 de febrero en la Casa Blanca. Fuente: Euronews

Varios de los que participaron en la planificación de la misión del oleoducto estaban consternados por lo que consideraban referencias indirectas al ataque.

“Era como poner una bomba atómica sobre el terreno en Tokio y decir a los japoneses ‘vamos a detonarla’”, dijo la fuente. “El plan era que las opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.

La indiscreción de Biden y Nuland, si es que fue eso, pudo haber frustrado a algunos de los planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la fuente, algunos altos cargos de la CIA concluyeron que volar el oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque el presidente acababa de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.

El plan de volar Nord Stream 1 y 2 pasó repentinamente de ser una operación encubierta que requería informar al Congreso a considerarse una operación de inteligencia altamente secreta con apoyo militar estadounidense. Según la ley, explicó la fuente, “ya no había obligación legal de informar de la operación al Congreso. Todo lo que tenían que hacer ahora era simplemente llevarla a cabo, pero seguía teniendo que ser secreta. Los rusos mantienen una vigilancia superlativa del Mar Báltico”.

Los miembros del grupo de trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca, y estaban ansiosos por saber si el presidente hablaba en serio, es decir, si la misión estaba en marcha. La fuente cuenta: “[El exembajador] Bill Burns vuelve y dice: ‘Hacedlo’”.

La operación

Noruega era el lugar perfecto para ser la base de la misión.

En los últimos años de crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental recorre 2.250 kilómetros a lo largo del océano Atlántico norte y se funde por encima del Círculo Polar Ártico con Rusia. El Pentágono ha creado puestos de trabajo y contratos muy bien remunerados, en medio de cierta controversia local, invirtiendo cientos de millones de dólares para modernizar y ampliar las instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en Noruega. Las nuevas obras incluían, sobre todo, un avanzado radar de apertura sintética en el norte, capaz de penetrar profundamente en Rusia, y que entró en funcionamiento justo cuando la Inteligencia estadounidense perdía el acceso a una serie de emplazamientos de escucha de largo alcance dentro de China.

Una base de submarinos estadounidenses recién renovada, que llevaba años en construcción, entró en funcionamiento y ahora más submarinos norteamericanos pueden colaborar estrechamente con sus colegas noruegos para vigilar y espiar un importante reducto nuclear ruso situado a unos 400 kilómetros al este, en la península de Kola. Estados Unidos también ha ampliado una base aérea noruega en el norte y ha entregado a las fuerzas aéreas noruegas una flota de aviones de patrulla P8 Poseidon fabricados por Boeing para reforzar su espionaje de largo alcance sobre todo lo relacionado con Rusia.

A cambio, el Gobierno noruego enfureció a los progresistas y a algunos moderados de su Parlamento el pasado mes de noviembre al aprobar el Acuerdo Complementario de Cooperación en materia de Defensa (SDCA). Según el nuevo convenio, el sistema judicial estadounidense tendría jurisdicción en determinadas “zonas acordadas” del norte sobre los soldados estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre aquellos ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir en el trabajo en la base.

Noruega fue uno de los signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los primeros días de la Guerra Fría. En la actualidad, el comandante supremo de la OTAN es Jens Stoltenberg, un anticomunista convencido, que fue primer ministro de Noruega durante ocho años antes de acceder a su alto cargo en la OTAN, con respaldo estadounidense, en 2014. Era un partidario de la línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia y había cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la guerra de Vietnam. Desde entonces se confía plenamente en él. “Es el guante que se ajusta a la mano estadounidense”, afirma la fuente.

De vuelta a Washington, los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odian a los rusos, y la armada noruega está llena de excelentes marineros y buceadores que tienen generaciones de experiencia en la muy rentable exploración de petróleo y gas en alta mar”, explica la fuente. También se podía confiar en ellos para mantener la misión en secreto. (Es posible que los noruegos también tuvieran otros intereses. La destrucción de Nord Stream –si los estadounidenses lo conseguían– permitiría a Noruega vender una cantidad mucho mayor de su propio gas natural a Europa).

En algún momento de marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse con el Servicio Secreto y la Marina noruegos. Una de las preguntas clave era qué punto exacto del Mar Báltico era el mejor para colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos de tuberías, estaban separados en gran parte del trayecto por poco más de un kilómetro y medio en su recorrido hacia el puerto de Greifswald, en el extremo noreste de Alemania.

La Armada noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en unas aguas poco profundas del Báltico, a pocas millas de la isla danesa de Bornholm. Allí, los dos oleoductos estaban separados por más de una milla de distancia, en un fondo marino de sólo 79,2 metros de profundidad. Los buzos, que operaban desde un cazaminas noruego clase Alta, se sumergirían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio que salía de sus tanques y colocarían cargas de C4 en los cuatro conductos con cubiertas protectoras de hormigón. Sería un trabajo tedioso, lento y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no había grandes corrientes, que habrían dificultado mucho la tarea de buceo.

Plano de la zona elegida para las explosiones.

Después de investigar un poco, los estadounidenses se decidieron.

En este punto, volvió a entrar en juego el oscuro grupo de buceo de profundidad de la Marina en Panama City. La escuela de aguas profundas, cuyos exalumnos participaron en Ivy Bells, son vistas como un lugar rural aislado poco atractivo para los graduados de élite de la Academia Naval de Annapolis, que normalmente buscan la gloria de ser destinados como Seals, piloto de caza o submarinista. Si uno debe convertirse en un “zapato negro” –es decir, un miembro del poco apetecible comando de buques de superficie– siempre habrá al menos un hueco en un destructor, crucero o buque anfibio. La menos glamurosa de todas es la guerra de minas. Sus buceadores nunca aparecen en las películas de Hollywood ni en las portadas de las revistas populares.

“Los buzos más cualificados para el buceo profundo forman una comunidad muy cerrada; los mejores fueron reclutados para la operación y se les dijo que estuvieran preparados para ser llamados por la CIA a Washington”, explica la fuente.

Los noruegos y los estadounidenses tenían la ubicación y los agentes, pero había otra preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa, que podrían informar de ello.

Dinamarca también es uno de los signatarios originales de la OTAN y es conocida en los grupos de Inteligencia por sus especiales vínculos con el Reino Unido. Suecia había solicitado su ingreso en la OTAN y había demostrado gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y de sonido submarino que rastreaban con éxito los submarinos rusos que de vez en cuando aparecían en aguas remotas del archipiélago sueco y se veían obligados a salir a la superficie.

Los noruegos se unieron a los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales sobre la posible actividad submarina en la zona. De ese modo, algún superior podría intervenir y elaborar un informe fuera de la cadena de mando, blindando así la operación del oleoducto. “Lo que se les decía y lo que sabían era deliberadamente diferente”, me dijo la fuente. (La embajada noruega, a la que se pidió un comentario sobre esta historia, no ha respondido).

Los noruegos fueron clave para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían camuflarse para que el sistema ruso los viera como parte del fondo natural, lo que requería adaptarse a la salinidad específica del agua. Los noruegos tenían una solución.

Una imagen de la isla danesa de Bornholm, en cuyas aguas se colocaron los explosivos que destruyeron las tuberías.

Los noruegos también tenían una solución para la cuestión crucial de cuándo debía tener lugar la operación. Cada mes de junio, desde hace 21 años, la Sexta Flota norteamericana, cuyo buque insignia tiene su base en Gaeta (Italia), al sur de Roma, patrocina un gran ejercicio de la OTAN en el Mar Báltico en el que participan decenas de barcos aliados de toda la región. El ejercicio de ese año, que se iba a celebrar en junio, fue bautizado como Operaciones Bálticas 22, o BALTOPS 22. Los noruegos propusieron que ésta sería la tapadera ideal para plantar las minas.

Los estadounidenses aportaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la Sexta Flota para que añadieran al programa un ejercicio de investigación y desarrollo. El ejercicio, según hizo público la Marina, implicaba a la Sexta Flota en colaboración con los “centros de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se celebraría frente a la costa de la isla de Bornholm y en él participarían equipos de buceadores de la OTAN sembrando minas, y los equipos competidores utilizarían la última tecnología submarina para encontrarlas y destruirlas.

Se trataba tanto de un ejercicio útil como de una ingeniosa tapadera. Los chicos de Panama City harían lo suyo y los explosivos C4 se colocarían al final de los BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas. Los estadounidenses y noruegos ya habrían abandonado el lugar antes de la primera explosión.

Los días corrían en la cuenta atrás. “El reloj avanzaba y nos acercábamos a la hora de la misión”, recuerda la fuente.

Y entonces… Washington se lo pensó mejor. Las bombas seguirían colocándose durante los BALTOPS22, pero a la Casa Blanca le preocupaba que el plazo de dos días para la detonación estuviera demasiado cerca del final del ejercicio y pareciera obvio que Estados Unidos había participado en la operación.

En su lugar, la Casa Blanca hizo una nueva petición: “¿Pueden los muchachos que están sobre el terreno idear alguna forma de volar los gasoductos más tarde, cuando se les ordene?”.

Algunos miembros del equipo de planificación estaban enfadados y frustrados por la aparente indecisión del presidente. Los buzos de Panama City habían practicado repetidamente la colocación del C4 en las tuberías, como harían durante los BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía que idear una forma de dar a Biden lo que quería: la posibilidad de emitir una orden de ejecución con éxito en el momento que él eligiera.

La Inmaculada Concepción

Encargarse de un cambio arbitrario y de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada a gestionar. Pero la decisión también agudizó las preocupaciones que algunos compartían sobre la necesidad, y la legalidad, de toda la operación.

Las órdenes secretas del presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la guerra de Vietnam, cuando el presidente Lyndon Johnson, enfrentado al creciente sentimiento contra la guerra, ordenó a la Agencia que violara sus estatutos –que le prohibían específicamente operar dentro de Estados Unidos– espiando a los líderes antibélicos para determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.

La Agencia acabó accediendo, y a lo largo de la década de 1970 quedó claro hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Tras los escándalos del Watergate, los periódicos revelaron que la Agencia espió a ciudadanos estadounidenses, participó en el asesinato de líderes extranjeros y socavó al gobierno socialista de Salvador Allende.

Aquellas revelaciones condujeron a una espectacular serie de comisiones de investigación a mediados de los años setenta en el Senado, dirigidas por Frank Church, de Idaho, que dejaron claro que Richard Helms, director de la Agencia en aquel momento, asumió que tenía la obligación de hacer lo que el presidente quería, incluso si eso significaba violar la ley.

Reunión entre Joe Biden y Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN. Bruselas, 2021. Fuente: OTAN

En un testimonio inédito a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “cuando actúas bajo órdenes secretas de un presidente es como si tuvieras una Concepción Inmaculada. “Tanto si está bien que la tengas como si está mal, [la CIA] trabaja bajo reglas y normas básicas diferentes a las de cualquier otra parte del Gobierno”. En esencia, estaba diciendo a los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.

Los estadounidenses que trabajaban en Noruega seguían la misma dinámica y empezaron a lidiar disciplinadamente con el nuevo problema: cómo detonar a distancia los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho más exigente de lo que pensaban en Washington. El equipo de Noruega no podía saber cuándo pulsaría el botón el presidente. ¿Sería en unas semanas, en unos meses, o en medio año o más?

El C4 fijado a los gasoductos se activaría mediante una boya de sonar lanzada por un avión con poca antelación, pero el procedimiento requería la tecnología más avanzada de procesamiento de señales. Una vez instalados, los dispositivos de temporización retardada fijados a cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse accidentalmente por la compleja mezcla de ruidos del fondo del mar Báltico, muy transitado, procedentes de barcos cercanos y lejanos; perforaciones submarinas; fenómenos sísmicos, olas e incluso criaturas marinas. Para evitarlo, la boya de sonar, una vez en su lugar, emitiría una secuencia de sonidos tonales de baja frecuencia únicos –muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano– que serían reconocidos por el temporizador y, tras unas horas de retardo preestablecidas, activarían los explosivos. (“Se necesita una señal lo bastante robusta para que ninguna otra señal pueda enviar accidentalmente un impulso que detone los explosivos”, me explica el Dr. Theodore Postol, profesor emérito de Ciencia, Tecnología y Política de seguridad nacional del MIT. Postol, que ha sido asesor científico del jefe de Operaciones Navales del Pentágono, señaló que el problema al que se enfrentaba el grupo en Noruega debido al retraso de Biden era una cuestión de azar: “Cuanto más tiempo estén los explosivos en el agua, mayor será el riesgo de que una señal aleatoria active las bombas”).

El 26 de septiembre de 2022, un avión de vigilancia P8 de la Marina noruega realizó un vuelo aparentemente rutinario y lanzó una boya de sonar. La señal se propagó bajo el agua, inicialmente al Nord Stream 2 y luego al Nord Stream 1. Pocas horas después, se activaron los explosivos C4 de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de servicio. A los pocos minutos, los charcos de gas metano que quedaban en los gasoductos destruidos podían verse esparciéndose por la superficie del agua, y el mundo se enteró de que había ocurrido algo irreversible.

Las repercusiones

Inmediatamente después del atentado contra el oleoducto, los medios de comunicación estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia fue citada repetidamente como probable culpable, tras las calculadas filtraciones de la Casa Blanca, pero sin establecer nunca un motivo claro para semejante acto de autosabotaje, más allá del castigo a Europa. Unos meses más tarde, cuando se supo que las autoridades rusas habían buscado discretamente estimaciones del coste de reparación de los oleoductos, el New York Times resumió la noticia como “complicadas teorías sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún gran periódico estadounidense profundizó en las amenazas contra los oleoductos formuladas previamente por Biden y la subsecretaria de Estado Nuland.

Aunque nunca quedó claro por qué Rusia querría destruir su propio y lucrativo oleoducto, el secretario de Estado Blinken ofreció una justificación reveladora de la acción ordenada por el presidente.

Preguntado en una conferencia de prensa el pasado septiembre sobre las consecuencias del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental, Blinken describió el momento como potencialmente bueno:

“Es una oportunidad única para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa y, por lo tanto, quitarle a Vladimir Putin el arma de la energía como medio para avanzar en sus designios imperiales. Eso es muy importante y ofrece una tremenda oportunidad estratégica para los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo esto no las sufran los ciudadanos de nuestros países ni, para el caso, de todo el mundo”.

Más recientemente, Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del más reciente de los oleoductos. En una comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado a finales de enero, dijo al senador Ted Cruz: “Al igual que usted, me complace mucho, y creo que a la Administración también, saber que el Nord Stream 2 es ahora, como a usted le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del mar”.

La fuente utiliza una expresión mucho más coloquial para calificar la decisión de Biden de sabotear más de 1.500 millas de oleoducto ruso-europeo cuando se acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente, “tengo que admitir que el tipo tiene un par de pelotas. Dijo que iba a hacerlo, y lo hizo”.

Cuando le pregunté por qué creía que los rusos no habían respondido, dijo cínicamente: “Quizá esperan tener la capacidad de hacer lo mismo que hizo Estados Unidos”.

“Es una bonita historia de primera página”, concluye la fuente. “Detrás había una operación encubierta que colocó a expertos sobre el terreno y equipamiento que funcionó con comunicaciones cifradas”

“El único fallo fue la decisión de hacerlo”.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en Substrack.

Saint-Simonistas del sur: Prebisch y Furtado

Raúl Prebisch y Celso Furtado concebían a la economía como la antesala a etapas superiores de desarrollo: en el caso del brasileño, hacia la plena democracia; en el argentino, para alcanzar la autonomía geopolítica.

Por Nicolas Allen

La ideología del desarrollismo fue el consenso al que arribaron los gobiernos latinoamericanos en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando la recomposición del capitalismo global abrió la pregunta por el camino de las economías nacionales. Las respuestas, variadas según el caso nacional, partieron de una crítica común a la doxa neoclásica reinante: las «ventajas naturales» en el centro industrial y en la periferia agroexportadora —de tecnología y de recursos primarios, respectivamente— no eran ni ventajas ni naturales desde el punto de vista de la realidad periférica.

De acuerdo con Fernando Henrique Cardoso, el apogeo del periodo desarrollista entre 1950 y fines de 1960 representó el primer aporte original de América Latina al pensamiento económico. Forjado al calor de las grandes transformaciones sociales latinoamericanas de la posguerra, será un claro ejemplo de «las ideas en su lugar» en contraposición a las «ideas fuera de lugar» de Roberto Schwarz (Cardoso, 1977: 8). La historia intelectual hace hincapié además en una ambigüedad constitutiva del pensamiento desarrollista, cuya máxima expresión se alcanzó en los dos referentes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (en adelante CEPAL). Torcuato di Tella considera que el economista argentino Raúl Prebisch «empezó y terminó como utopista, pasando por el largo sendero intermedio de la tecnocracia» (Botana et al., 1988: 12). El brasileño Celso Furtado, segundo al mando tras Prebisch en la CEPAL, incluye un epígrafe de Paul Valéry en el primer volumen de sus memorias que hace eco de esa misma concepción: «Nous sommes-nous pas une fantaisie organisée, une incohérence qui fonctionne, et un désorde qui agit?» [TR: ¿No somos acaso una fantasía organizada, una incoherencia que sirve, un desorden que funciona?].

Esa ambigüedad propia del desarrollismo se condensa alrededor de la imagen de la modernidad, como matriz organizativa de las sociedades americanas —el espíritu burocrático— y a su vez, como sociedad utópica lejana. H.W. Singer por su parte recuerda como el imperativo modernizador, emitido desde el Primer Mundo, fue reprochada de utópica en el Tercero: «los consideraron [a los de la CEPAL] un grupo de irresponsables y fanáticos, unos utópicos radicales a quienes solo les podían encomendar alguna rama intrascendente dentro de las instituciones internacionales» (Meier & Seers, 1984: 297).

Revisar tanto los encuentros como los desencuentros entre las dos figuras máximas del primer think tank continental nos permite trazar las distintas facetas de una ideología nacida bajo el signo de una dialéctica «ambivalente», entre la crítica de la modernidad como una universalidad incompleta y la puja por la progresiva realización de su totalidad mediante la integración de su «periferia» (Bauman, 2011). Por medio de su análisis será posible registrar en cada figura que nos interesa aquí una arista diferente de la polisemia que se desprende del desarrollismo en cuanto concepto; o sea, para decir con Reinhart Koselleck, su «semántica histórica». Sostenemos, por un lado, que Furtado se inspiraba en un caudal de ideas que se traducía en la acepción particular de desarrollo como sustituto laico para la más antigua noción de progreso civilizacional. En cambio, para Prebisch el desarrollo se declina como modernización weberiana, donde la planeación implica la progresiva racionalización del estado burocrático. Los dos intelectuales, en distintos grados, planteaban la economía como el escenario privilegiado de sus intervenciones y como la antesala a etapas superiores de desarrollo: en el caso de Furtado, hacia la plena democracia que tenia al desarrollo de las fuerzas productivas como condición previa; en lo que concierne a Prebisch, para alcanzar la autonomía geopolítica.

Inicios de la CEPAL

Fue en el año 1947 que la ONU comenzó a impulsar comisiones económicas regionales con metas de crecimiento especificas para cada territorio. Concebida en sus inicios para las regiones devastadas en la guerra, el Consejo Económico y Social de la ONU rindió antes las protestas de los miembros americanos y cedió la formación de una rama para el subcontinente (Dosman, 2008). Por cierto, el clima político posguerra propiciaba líneas argumentativas propicias: la destrucción de capitales por la Segunda Guerra Mundial o por la Gran Depresión, se sostenía, eran equiparables con el subdesarrollo inducido por el legado imperialista, remediables todos con algún «Plan Marshall». Como consta Carlos Altamirano, el desarrollismo surgió así como ideologema trasversal a todos los regímenes ideológicos, donde la mentalidad de les trente glorieuses se difundía con la lógica productivista-planificadora tanto en el bloque soviético como en el estado de bienestar, y incluso en el recién bautizado «Tercer Mundo» (Altamirano, 1998).

Esa nueva comisión, la CEPAL, se destacaba por las competencias políticas que la iban a colocar en relación estrecha y directa con varios gobiernos americanos. Entre 1949 y 1954, la CEPAL reunió a los más destacados economistas americanos para explicar la especificidad económica de la región. Ya en la segunda mitad del decenio, el caudal de técnicos custodiados por Presbich y Furtado había sentado la base de su propio credo desarrollista, una autentica “estructura de sentimiento” que pronto echara raíces en los gobiernos de Arturo Frondizi en Argentina, y Juscelino Kubitschek y João Goulart en Brasil.

Por cierto, la ilusión industrialista fue un tópico de larga data. Cabe remarcarse, como hace Christian Ferrer, que desde el siglo XIX hasta la actualidad casi no hubo un pensamiento utópico que no proyectara una forma de sociedad industrial como tipo ideal del futuro (Ferrer, 2011). En esta línea, el destacado precursor Alejandro Bunge había anticipado en la década del 20 que el esquema agropecuario exportador representaría una encerrona histórica para los países periféricos. Como antecedente más concreto, la crisis mundial de 1929 produjo una descolocación de las economías nacionales dentro del mercado mundial, enterrando los últimos vestigios del pensamiento librecambista finisecular. De ahí se abrieron, escribía Furtado en su Desarrollo y estancamiento, dos caminos posibles: la reversión a una economía autárquica construida sobre pilares precapitalistas —la agricultura y la artesanía—, o el camino de la industrialización y, con ella, la integración regional (Furtado, 1966).

Si bien muchos consideran la industrialización sustitutiva como sinónimo de la CEPAL, en rigor nació su inspiración a partir de una crítica a la industrialización periférica «realmente existente», de carácter excluyente y concentrado en cuanto a la distribución de los frutos de avances tecnológicos (Kay, 1991). Precisamente, el motivo para su fundación fue la cuestión de capital: como conseguirlo para dar inicio a la «fase intensiva» de la producción capitalista que alcanzara a todos los sectores económicos, y no solo los más avanzados. Mientras Furtado y Prebisch a ese fin habían propuesto una industrialización programada con una dosis de proteccionismo, el gradualismo implícito en ese planteo se fue transformando a lo largo de la década en los programas de desarrollo más acelerados de Rogelio Frigerio en Argentina y en el plan de «50 años en 5» de Kubitschek en Brasil (Altamirano, 1998; Schwarcz & Starling, 2015). Sin suficiente capitalización, se argumentaba, la brecha tecnológica entre centro y periferia volvería insuperable. Así hacia fines de la década de los años 50 e inicios de los 60 varios países latinoamericanos pactaron con las recién consolidadas multinacionales y tomaron préstamos del Banco Mundial. El pensamiento desarrollista, así nacido, se bifurcó en dos tendencias enfrentadas: una, la intervención estatal como clave del desarrollo —la opción preferida por Prebisch—, y otra, favorecida por Furtado, que planteaba la inversión de capitales extranjeros, subordinado al capital local, como fuerza propulsora (Wasserman, 2008).

Las ideas vertebrales de la CEPAL se plasmaron en El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas (1949), conocido informalmente como el «Manifiesto Prebisch». El principal problema radicaba en lo que Prebisch diagnosticó como «el deterioro en los términos de intercambio». En otros términos, era la difusión desigual de tecnología: los productos primarios de la periferia tienen una menor elasticidad que las manufactureras del centro, y ante una caída de precios, el primero no goza un aumento de demanda compensatoria como sí es el caso del segundo. Sumando a ese cuadro volátil el contraste laboral entre el centro, donde altos niveles de sindicalización garantizaban la retención de buena parte de la productividad, y que la sobra de mano de obra del sector rural deprimía los salarios de la periferia, era evidente que el comercio internacional no solo perpetuaba la asimetría entre el centro y la periferia sino que también la profundizaba.

La Guerra Fría constituyó un telón de fondo hostil en donde cualquier teoría disidente podría ser rápidamente interpretada como «alineamiento». El golpe de Estado en Guatemala de 1954 fue señal de advertencia: Prebisch observó mientras uno de los faros continentales del programa modernizador fue intervenido por la CIA, bajo el pretexto de que el Partido Comunista guatemalteco había integrado la coalición reformista encabezado por Jacobo Árbenz. De esta manera el desarrollismo se encontró tensionado entre las dos potencias mundiales en conflicto. Furtado reflexiona sobre la improbabilidad de la existencia de la CEPAL en medio de la oleada anticomunista:

[C]irculavam notícias […] de que estava para chegar um emissário do Departamento do Estado […] a probabilidade de sobrevivência era pequena […] Dada a magnitude dos interesses em confronto naqueles momentos. [Circulaban noticias […] de que estaba por llegar un emisario del Departamento del Estado […], la probabilidad de sobrevivencia era pequeña […] [d]ada la magnitud de los intereses en confrontación en aquellos momentos.] (Furtado 2014, 247)

Rechazando la subordinación a Washington, Prebisch y Furtado también se habían pronunciado en contra del modelo soviético de planificación. En ese sentido, la CEPAL contemplaba la posibilidad de que el altercado entre el Oeste y el Este —la Guerra Fría— sea desplazado en América Latina por una teoría fundamentada en el eje Norte/Sur.

Nuevas herejías

El pensamiento anticíclico de John Maynard Keynes representó el principal insumo intelectual para la CEPAL. Aún así, en la cumbre de Bretton Woods de 1944 el economista británico falló contra las economías nacionales subdesarrolladas, alegando que «no [tenían] nada para contribuir» en el debate sobre la reestructuración económica global (Dosman, 2008). El economista tucumano Prebisch tuvo la distinción de ser expresamente prohibido de la Cumbre por orden del Departamento del Estado de los Estados Unidos, una oposición que Washington quiso levantar otra vez cuando Prébisch fue elegido para tomar el cargo de Secretario de la CEPAL (Dosman, 2008; Prashad, 2007). Con razón el nuevo hegemon global se mostraba nervioso: el «caudillo intelectual», como lo apoda Joseph Hodara, planteaba que el subdesarrollo era un fenómeno político–cultural, no fatal-evolutivo, y una estructura modificable por la voluntad de los hombres. Esta caracterización también da cuenta del rasgo más distintivo de la CEPAL: su vocación tecnocrática antes que científica, donde la pretensión de crear teorías y modelos se desvanece ante un voluntarismo utópico que se inscribe dentro de una tradición intelectual que remonta a Saint-Simon en el siglo XIX y Thorstein Veblen en el XX.

Su actitud frente a las «élites de poder» le valió a Prebisch el apodo «heresiarca», término con el cual el brasileño Furtado bautizó la iconoclasia del par argentino en su búsqueda de una contra-teoría a la dominante, de «las ventajas competitivas» de tipo ricardiana (Furtado, 2014). La visión de Prebisch se plasmó en el paradigma centro-periferia, el planteo de que tanto el desarrollo como el subdesarrollo constituyen un proceso único y que las desigualdades se reproducen a través del comercio internacional. Según esa perspectiva, el patrón de desarrollo en la periferia, el «desarrollo hacia fuera», significaba que la región carecía de autonomía propia, siempre condicionada por el desarrollo del centro. Como agregará Furtado años después, ese desafío al libreto liberal fue el anuncio de una incipiente teoría antimperialista (Furtado, 2014).

El intelectual nordestino había integrado a la CEPAL primero como combatiente de la Segunda Guerra Mundial con la Fuerza Expedicionaria Brasileña y luego como investigador doctoral en Economía de la Sorbona. Su incorporación significó una ampliación de la prédica cepalina en términos de su óptica socio-histórica: como deja en evidencia su obra maestra de 1959 Formação Economica do Brasil [Formación Económica de Brasil], Furtado partió de la historia universal y el longue dureé en sus estudios. De ese modo, el pensador brasileño Celso Furtado pudo señalar entonces y a lo largo de su carrera que el subdesarrollo no era una etapa previa al desarrollo, sino un aspecto particular de desarrollo capitalista, desarticulado y con rasgos de economía dual donde conviven islas de alta productividad en un mar de pobreza y atraso tecnológico. (Furtado, 1964). Como uno de los principales afluentes de la posterior corriente dependista, Furtado pondría el acento en los patrones de consumo como factor determinante en el subdesarrollo. La tecnología importada para producir bienes de consumo acentúa la situación de dependencia, mientras el carácter intensivo del capital tiende a concentrar los ingresos y aumentar el superávit de la mano de obra. En ese esquema, el crecimiento tiende a aumentar tanto la dependencia como la explotación, y por ende el subdesarrollo, ahora entendido como la desigualdad propia de la sociedad periférica.

La formación del heresiarca

Cuando Prebisch ascendió al cargo de Secretario de la CEPAL en 1950, ya era una rara avis: hasta 1943 había manejado la economía argentina de manera casi exclusiva, y, entre tantos destacados economistas, era el único sudamericano de renombre internacional. Esa fama no le ahorró la reputación que había sembrado en la Republica Argentina como asesor de la Sociedad Rural Argentina y luego como director-fundador del Banco de la Nación durante la Década Infame: jamás pudo disociarse completamente de los regímenes conservadores. El contraste entre la notoriedad conservadora que le fue acordado por su rol en la política local y su aceptación progresista tras sucesivos periplos por la CEPAL y después por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) forma un verdadero leitmotiv en la biografía intelectual del tucumano.

La presencia del Estado arbitral en el pensamiento prebischiano marca un núcleo estable en medio de diversas influencias: el joven Prebisch mostró simpatía por los bolcheviques en cuanto pudieron desde el Estado engendrar una nueva sociedad. Del filósofo italiano Vilfredo Pareto retomó el concepto -archí-liberal- de la política como querella entre elites con el Estado como escenario privilegiado. Tulio Halperin Donghi incluso detecta una admiración por el monarquismo ilustrado (Halperin Donghi, 2007). Otra influencia destacable fue la filosofía georgista, donde el acento puesto en la redistribución de la renta como acto fundacional de la comunidad nacional vino a ser una pieza clave en el impuesto a la renta que Prebisch impulsó en su rol de Subsecretario de Hacienda bajo la presidencia provisional de Gral. José Félix Uriburu (pariente materno de Prebisch) (2007).

Si el contexto dictatorial de la década de los años 30 influyó en Prebisch la idea del soberano ilustrado como la mejor opción posible, el nacionalismo de Prebisch siguió un curso igualmente pragmático. Consideremos el hecho de que ya a principios de la década de los años 20 con la Sociedad Rural había empezado a acuñar la dicotomía centro/periferia. De esa manera, su visión nacionalista reclamaba que la política proteccionista del sector agropecuario sea extendida más allá del conjunto de países industriales en Europa Occidental y los aliados estratégicos de Washington. Aunque su colaboración con la SRA le ganara la enemistad de la izquierda argentina –para Arturo Jauretche, el economista siempre será un defensor de la primarización de la economía argentina-, queda en evidencia que Prebisch pretendía introducir en el sector terrateniente pampeano un sentido de clase que correspondería a una elite dirigencial comprometida con el bien común de la nación. En efecto, el armado de carteles de precios agropecuarios que Prebisch había militado en esos años fue lo que años después sería la formación del OPEP y la promoción transitoria de «una democracia petrolera», llamado Movimiento de Países No Alineados (Prashad, 2008).

Ocupando un pedestal entre titanes de la economía política como Keynes y el Ministro de Economía alemana Hjalmar Schacht, el argentino fue la encarnación latinoamericana más acabada de una fe ascendiente: la disciplina económica como destilación de la «ciencia del estado». Como lo explica Halperin Donghi, la creación del Banco de la Nación fue la consagración del estado argentino como “demiurgo: que se organiza a sí mismo mientras forja una sociedad nueva (Halperin Donghi, 2015). Tampoco es de extrañar que esa afirmación acompaña a Prebisch en la escena internacional, donde a través de la CEPAL y la UNCTAD intentará repetir el mismo ademán al nivel supra-estatal. Esa «estadolatría» puede explicar parte las ambivalencias políticas que le perseguiría como figura publica, o representante del régimen conservador o defensor de la causa del Tercer Mundo; el equivalente sureño del progresista Keynes, fue a menudo emparejado con el director de la economía del Tercer Reich. Como diría el mismo Prebisch: «Yo no soy un político. Soy un tecnócrata y creo en la tecnocracia, y los técnicos son neutrales en la política» (Dosman, 2008: 95).

El pupilo

El joven Furtado —casi veinte años más joven que el célebre Prebisch cuando los dos economistas se conocieron en Santiago de Chile— luchó contra el fascismo en Europa y fue el recipiente del premio Franklin D. Roosevelt por un ensayo sobre la democracia. Volvió a encontrarse en Brasil de 1945 con la salida de Getúlio Vargas y la ascendencia del «Udenismo» (União Democrática Nacional), un programa político que parecía promisorio de una apertura democrática institucional. Las memorias que Furtado escribirá años más tarde (A fantasia organizada; A fantasia desfeita) están atravesados por las preocupaciones respecto a la herencia autoritaria brasileña, y dejan ver entre tendencias autoritarias en competencia que el brasileño había llegado a la conclusión de que la socialdemocracia era el formato político que calzaba con el programa desarrollista. Notable entre los recuerdos es la fijación de Francia como ejemplo modélico: por su manera de reconstruir la economía posguerra sobre la base de una fuerte democracia social y, ejemplificado en la figura de De Gaulle, su afán de mostrarse independiente respecto al nuevo poder global hegemónico, los Estados Unidos. Las memorias dejan constancia de algunas curiosidades: ideas del marxismo y existencialismo parisino; la influencia de Fernand Braudel y la Escuela de los Annales.

A diferencia del espíritu burocrático de Prebisch, Furtado encarnaba la ideal de la intelligenstia en su acepción mannheimiana. Mientras el argentino concibió su deber en términos técnicos, Furtado encaró su tarea intelectual en términos de un promulgador de cambio social, cuya intervención podría iluminar la realidad brasileña e iniciar una refundación democrática (Halperin Donghi, 2015). Por cierto, la variante del estructuralismo perteneciente al brasileño ponderaba aspectos en que el argentino jamás mostró interés: Furtado había previsto que las altas tasas de productividad procurados por las medidas desarrollistas podrían liberar un conflicto sobre el destino de la distribución (de salarios) y redistribución (por impuestos) de la riqueza, y con ello, tensionar la democracia a favor de tendencias autoritarias. Esas ponderaciones revelan un pensamiento donde la dimensión política mantiene cierta autonomía respecto a la economía.

El nativo de Paraíba tuvo una formación humanística y compartía con otros brasileños cultos de la época un marcado interés en la identidad nacional, un tópico que en el caso argentino tendía a fundirse con el problema de la modernización. Los inicios intelectuales de Furtado, plasmados en su tesis doctoral «A economia colonial do Brasil nos séculos XVI e XVII» [La economía nacional de Brasil en los siglos XVI y XVII], retoman preocupaciones contemporáneas sobre el destino histórico brasileño. Junto con Caio Prado Junior, se suma a una línea historiográfica que esgrimía con la «tesis de feudalismo» tan corriente entre partes de la izquierda prosoviética y ciertos pensadores de la modernidad brasileña: la macroperspectiva propuesta por Furtado insistía en la conformación del país como eslabón colonial dentro sistema-mundial capitalista. Con esta trayectoria, era lógica que a Furtado le iba corresponder dentro de la CEPAL agregarle ropaje histórico a los planteos sincrónicos del maestro (Furtado, 2014).

Tal vez el contraste mayúsculo con Prebisch sea por el halo progresista del brasileño. En 1959 Furtado, desde la Superintendência do Desenvolvimento do Nordeste [Superintendencia del Desarrollo del Nordeste], tradujo la óptica cepalista del subdesarrollo a la escena nacional, adaptando sus ideas para comprender la desigualdad en el ritmo de desarrollo entre el próspero sudeste y el atrasado nordeste del país. Lograr convertir la región más indigente y postergada de la República en una entidad política de gran peso nacional fue sin duda uno de los logros del brasileño, aunque, al igual que sucedío con Prebisch, ese legado sería sometido a una contundente crítica de la izquierda brasileña: las crecientes actividades de las Ligas Camponesas en la zona dejó en evidencia que el programa reformista encontró en el órgano rural del Partido Comunista Brasileño un importante rival cuyo reproche -que la SUDENE sirvió para la expansión capitalista brasileña y que representaba los intereses industriales del sudeste- parece tener cierto fundamento (Olivieira, 1977).

El tablero político

Prebisch asumiría el puesto de director del organismo en 1950 tras su fallida postulación como miembro del Fondo Monetario Internacional. En rigor, Prebisch había caído victima de un intricado complot geopolítico: en 1949 Washington se había propuesto un fugaz acercamiento a Juan Domingo Perón, cuya antipatía mutua con Prebisch fue motivo suficiente para frustrar su nominación al FMI; no obstante la oposición desde Argentina, parece que la protesta de parte del gobierno brasileño de Gaspar Dutra y los primeros destellos de la histeria anticomunista en Washington hubieran logrado el mismo efecto (Dosman, 2008). La relaciones entre Prebisch y Brasil cambió a partir de 1951 cuando Getulio Vargas asumió el papel de defensor de la Comisión y hasta salió en su defensa ante la ofensiva de los EEUU. Prebisch había señalado en varias ocasiones su estimación del líder del Estado Novo quien había protagonizado la modernización en el campo económico del país (Halperin Donghi, 2015). En ese sentido, Furtado cobró importancia dentro del grupo, siendo cabecilla de la llamada «sección roja» de la CEPAL y director del Departamento de Desarrollo. En concreto, fue la presencia de Furtado que impulsó la primera aproximación entre Prebisch y Brasil, sentando la base para lo que sería el cruce entre asesoramiento técnico y una política económica desarrollista. En una visita al país acompañado por Furtado en 1951, Prebisch vaticinó que la economía brasileña sería ejemplo del programa desarrollista del futuro, y los diarios de San Pablo respondieron que el tucumano era «el símbolo vivo de la industrialización latinoamericana» (Dosman, 2008: 284).

Desde el palco de la Fundación Gétulio Vargas, el economista y viejo colega de Prebisch, Eugenio Gudin despotricaba contra la CEPAL. La «mística de planificación» de la CEPAL, insistía Gudin, pretendía suplantar la iniciativa privada con un modelo que quisiera desdeñar las leyes económicas universales. Gudin, en privado con Furtado, comentó que los cepalistas hubieran sido novelistas antes que economistas (Furtado, 2014). En Argentina, pese a cierta similitud con la política económica del gobierno peronista, el organismo encontró una oposición rotunda. Prebisch guardaba rencor por la estatización de su Banco Nacional en 1946 bajo Perón, cuya política industrial Prebisch encontró incoherente. La CEPAL también representó un parteaguas entre viejos colegas: Federico Pinedo, el ex- compañero de Prebisch durante el gobierno de facto Agustín P. Justo, había empezado a cuestionar los fundamentos teóricos del grupo (Altamirano, 1998). Según Pinedo, el equívoco de la doctrina cepalista fue en suponer que las economías latinoamericanas eran homogéneas y abordables con una perspectiva única. Pero la crítica de Pinedo da cuenta de una herida narcisista, y que el espectro del subdesarrollo había alterado la autoconcepción del país rioplatense que guardaba recuerdos de ser una potencia económica mundial.

1955 marcó un punto de quiebre en la relación entre Furtado y Prebisch. Parece, en parte, que Furtado no reconocía en «El Plan Prebisch» una coherente aplicación del credo desarrollista, sino un calco de los preceptos del FMI donde, en cambio, Prebisch tenía que seguir las líneas de Francia en su recuperación económica posguerra (Dosman, 2008). Furtado pronto dejaría la CEPAL, cuando Prebisch optó por suprimir un informe elaborado por el brasileño sobre la economía mexicana que discrepaba con algunos puntos del programa cepalista. El desacuerdo dejó en evidencia caminos bifurcados: Furtado se mostraba cada vez más preocupado de que la visión de Prebisch no sopesaba la cuestión nacional. Así, en 1958 el brasileño asumió un puesto en la administración pública con el gobierno de Juscelino Kubitschek, y luego con João Goulart. Con su enfoque puesto en la periférica zona del nordeste, se culminó una tendencia a pensar la especificidad de la región en un sentido más radical que aquel contemplado por Prebisch.

El argentino, por su parte, no volvería al país que ya había acogido las lecciones desarrollistas bajo el liderazgo del presidente Frondizi y su Secretario de Relaciones Económicas Rogelio Frigerio. Frigerio discrepaba con Prebisch sobre el itinerario para alcanzar una plena industrialización, pero sobre todo objetaba a la injerencia del organismo internacional. De ese modo, los años pos-CEPAL encontraron a Prebisch alejándose de la planificación económica en su recorte nacional, acercándose más a las iniciativas centradas en la ONU. Su ascenso al puesto de secretario general de la UNCTAD -organismo responsable por elevar los intereses comerciales del tercer mundo frente a los carteles financieros del primer mundo- muestra el camino inverso a Furtado: para que las economías nacionales de la periferia alcancen pleno desarrollo, era necesario intervenir en las reglas del comercio internacional desde las nuevas instituciones reguladoras (como el GATT, y posteriormente el OMC).

Una fantasía organizada

Si el desarrollismo vino a ser el programa para poner fin al atraso, la desigualdad y la dependencia, el correlativo fue la postulación de una identidad común: los pueblos subdesarrollados. Según la canónica formulación de Antonio Cândido, esa «consciencia de subdesarrollo» típica de los años 50 fue dialécticamente ligada a la puja para superar el subdesarrollo de la conciencia (1989). Como hemos notado previamente, el desarrollismo nació bajo un signo ambivalente, de esa puja por la emancipación intelectual pero a partir de un dogma plenamente antagónico, es decir, de «la transformación total de las culturas y formaciones sociales de tres continentes de acuerdo con los dictados de las del llamado Primer Mundo» (Escobar, 2007: 11).

Con la corriente marxista de la nueva teoría de dependencia, era posible tildar a Prebisch y Furtado de reformistas. Los dos asumirían de modo de autocrítica alguna parte de esa perspectiva. Como reconoce Prebisch, el error estuvo «en resistir los cambios necesarios a la estructura social» (Prebisch, 1980: 15). Por cierto, Furtado, el más avanzado de los dos por sus consideraciones sociales, no llegó a contemplar seriamente la reforma agraria desde la superintendencia del SUDENE en el nordeste de Brasil. Mientras el énfasis cepalista en el comercio global como fuente de subdesarrollo dio paso a una mirada centrada en las relaciones sociales de producción, también la crítica del capitalismo en su variante liberal se iba desplazando por una teoría crítica marxista del capitalismo tout court.

Al emitir un juicio sobre el legado de Furtado y Prebisch, vale recordar que en sus recorridos internacionales se enfrentaban a los popes de la teoría neoclásica y también con las «teorías de modernización» en alza durante la primera época de la CEPAL. Como W.W. Rostow sostenía, los países desarrollados eran tales debido a su «espíritu moderno» y que el desarrollo industrial era su destino histórico; a los países en vía de desarrollo, en cambio, les correspondería primero superar su «tradicionalismo» antes de implementar un programa industrial (Rostow, 1960). Argumentación que, con fuertes ecos werberianos en lo que respecta a la modernización y el «espíritu puritano», encontró réplica en Prebisch y Furtado.

Prebisch sentencia en su manifiesto que la industrialización tiene como fin la autonomía regional, y un modo pragmático de salir del círculo vicioso del desarrollo. La industrialización, sostenía Prebisch, «no es […] un fin en sí misma», sino el único medio de captar el progreso técnico y elevar «el nivel de vida de las masas» (Prebisch, 1949: 6). El capitalismo de masas que Furtado y Prebisch habían pregonado se fundamentó en que con inversiones estatales y la promoción del desarrollo económico pueda surgir un mercado popular con productos accesibles para la mayoría de la población y una redistribución relativa de las riquezas. A mediados de los ‘60, el surgimiento de los estados burocráticos-autoritarios en Argentina (1966) y Brasil (1964) significó que los estados desarrollistas quedaran truncos, y que la posible viabilidad del programa desarrollista se redujera a una mera conjetura histórica.