«El ingreso mínimo vital es una de las políticas sociales más estúpidas que uno puede imaginar”

Entrevista a Guy Standing

Se lo considera el padre del concepto precariado, una nueva clase social, proletaria, que surge tras la crisis del 2008 y se define por su inestabilidad laboral. Una clase que crece cada día más. Guy Standing es economista, profesor en la Universidad de Londres y lleva más de 30 años defendiendo la viabilidad de la renta básica universal para combatir la pobreza y las desigualdades. Recibe a ARA en el Palau de la Generalitat, donde después tiene prevista una reunión al respecto con el presidente Aragonés. No para. Antes ya ha dado conferencias en el Observatorio Social de la Fundación La Caixa, de la mano de la Red Renta Básica. «Tú, siendo mujer y periodista eres –más que probablemente– parte del precariado. Ya sabes eso, ¿verdad?», advierte.

Si después de la crisis del ladrillo y la banca ya estábamos mal, ¿cómo estamos ahora?

— Estamos en un momento muy peligroso política y socialmente, intensificado por la pandemia. Pero los políticos no aprenden; no han aprendido a escuchar al precariado y por eso, en esencia, estamos replicando lo que ya ocurrió en los inicios de 1930: todo puede virar hacia el progresismo o hacia la extrema derecha. Los políticos de izquierdas deben tener el coraje de utilizar un nuevo vocabulario, un nuevo lenguaje, de realizar una nueva agenda.

¿Una agenda enfocada a esta nueva clase social?

—  Sí. El precariado no ha dejado de crecer en los últimos diez años, sobre todo entre los más jóvenes. Los políticos deben entender cuáles son las aspiraciones del precariado, y no sólo sus miedos. Por una parte, temen no encontrar trabajo, no poder formar una familia, no tener una casa… pero, por otra, esta nueva clase social también reclama otra manera de vivir, más en favor del bien común y construyendo más red y más ecologismo. Vamos hacia un precariado que ya no se avergüenza de serlo. Ya no se sienten sólo unas víctimas: también buscan un futuro mejor, una sociedad mejor y un sistema de redistribución de la mejor riqueza.

¿Deberían también los políticos incluir a los colectivos más invisibilizados en su agenda? ¿Aquellos que no se tienen en cuenta como parte de la economía o la política como los sinhogar o las mujeres que se dedican a los cuidados familiares?

— Totalmente. Debemos reconceptualizar lo que entendemos por trabajo. Que el trabajo que realizan las mujeres, con los cuidados de pequeños y mayores, no cuente en términos de PIB es una locura; es sexista, es engañoso y es distorsionador. Y como ésta, muchas otras actividades. Como consecuencia de no tener en cuenta esto, los políticos ponen mal el foco, en los intereses erróneos y en generar puestos de trabajo mayoritariamente malos, alienadores y poco productivos, trabajos inútiles y mal pagados. Y mientras tanto hay personas que están trabajando muchísimo, cuidando de niños y personas mayores o haciendo voluntariados y otras tareas que no cuentan. Es ridículo.

¿Y cómo les hacemos cambiar este foco? ¿Votando distinto?

— Deben cambiar las estadísticas. Las que tenemos ahora dan una visión muy distorsionada de la realidad y con una visión sesgada tienes agendas y políticas mal enfocadas. Cambiar las estadísticas también es una manera de hacer política porque es necesario ver la realidad tal y como es. Un ejemplo: es más fácil y eficiente que, en lugar de intentar crear puestos de trabajo verdes, como quieren hacer los líderes presentes en la COP26, nos liberen de parte del tiempo de trabajo. Esto nos permitiría cuidar nuestro entorno más cercano, y esto es más ecológico.

Usted lleva 30 años teorizando sobre la renta básica universal y ahora parece más cerca que nunca. En España existe el ingreso mínimo vital (IMV), y en Catalunya, la renta garantizada de ciudadanía (RGC). Y ahora el Gobierno incluso se plantea iniciar un plan piloto de renta básica el próximo año. ¿Qué fórmula es mejor?

— El ingreso mínimo vital es una de las políticas sociales más estúpidas que uno puede imaginar: primero porque se basa en la unidad familiar y no en los individuos y segundo porque está condicionada a los recursos. Este tipo de ayudas deben ser universales y sin condicionantes. Todo el mundo debe recibirla y todo el mundo debe saber que el otro la recibe. Actualmente hay unos 80 pilotos en todo el mundo de renta básica universal y todos han dado resultados consistentes. Y lo importante es que, con esta ayuda, mejora la salud mental y la física, porque reduce el estrés y rebaja las exigencias del cuerpo. Si eres parte del precariado sufres inseguridad crónica y tienes problemas de salud mental por el estrés. Y lo peor es que quien lo sufre no vive sus consecuencias hasta muchos años después. Empiezan a tener problemas cardíacos, problemas de presión arterial, inicios de diabetes… enfermedades que sólo aparecen 20 o 30 años después. Los psicólogos nos dicen claramente que cuando vives con inseguridad crónica los niveles de inteligencia caen. No hace falta ser Einstein para entender esto. Si los políticos siempre van buscando medidas que den seguridad y estabilidad, ¡nada da más seguridad que la renta básica!

Ahora qué sé que cree que el IMV es una política estúpida…

— Un mero gesto, para ser educado.

¿Qué piensa de la RGC que tenemos en Cataluña?

— Que se hizo con buena voluntad, pero le falta más coraje. Debe ser universal. Si se desea, se puede financiar grabando más a las grandes fortunas.

¿Y no estamos muy lejos de esa idea?

— Los políticos están lejos de todo. Dicen que no podría mantenerse una renta universal y al mismo tiempo recortan tasas a las empresas, hacen barra libre de dinero a los bancos y los rescatan. Es una locura intelectual, pero hecho expresamente: los políticos sirven a quienes necesitan. Hay que acabar con el sistema que alimenta a los rentistas, aquellos que ganan dinero porque tienen propiedades o dinero. Aquellos que hacen dinero mientras duermen. Mi mensaje a los políticos jóvenes es que hace falta coraje y plantarles cara.

¿Está hablando también del problema de la vivienda?

— Por supuesto. La situación es imposible para el precariado que no se puede permitir una casa a menos que tengan el banco de papá y mamá. El sistema es disfuncional y, si no lo desmantelamos y paramos las ganancias de los rentistas, los precios seguirán arriba.

¿Y están los políticos actuales preparados para poner en el centro a personas precarias en lugar de intereses económicos?

— Si no lo hacen, pronto serán historia.

¿Y podría empezar a cambiarse mentalidades desde la educación, desde pequeños? ¿O la emergencia social no nos deja tanto tiempo?

— Es la pregunta más importante. Hemos reducido la educación, que ha pasado de ser una experiencia liberadora que convierte a las personas en mejores ciudadanos a ser un proceso acomodaticio que prepara a las personas para el trabajo. Les enseñamos a ser parte del precariado. Debemos empezar a asumir y cambiar para que la educación sea emancipadora y no alienadora.

(La entrevista la realizó Natàlia Vila).

es profesor titular e investigador en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Uno de sus últimos libros es «La renta básica» (Pasado y Presente). El epílogo de este libro, escrito por David Casassas y Daniel Raventós, puede descargarse aquí: http://www.sinpermiso.info/textos/la-viabilidad-de-la-renta-basica-en-el-reino-de-espana

Fuente:

https://www.ara.cat/societat/emergencia-social/renda-basica-universal-millora-salut-fisica-mental-perque-reduc-l-estres_128_4172244.html

Traducción:Roger Tallaferro

“No existe una idea buena y moral que el capital no pueda apropiarse y convertir en algo horrendo”

Entrevista a DAVID HARVEY / GEÓGRAFO Y TEÓRICO SOCIAL MARXISTA

Por Daniel Denvir (Jacobin)

Ha pasado más de siglo y medio desde que Karl Marx publicara el primer volumen de El capital. Es una obra enorme e intimidante que muchos lectores podrían sentirse tentados de pasar por alto; el erudito radical David Harvey cree que no deberían hacerlo.

Harvey lleva décadas impartiendo clases sobre El capital. Sus populares cursos sobre los tres volúmenes del libro están disponibles de forma gratuita en la red y los han visitado millones de personas de todo el mundo. El último libro de Harvey, Marx, El capital y la locura de la razón económica, es una guía más breve de los tres volúmenes. En él se ocupa de la irracionalidad inherente a un sistema capitalista cuyo funcionamiento se supone que es todo lo contrario.

Harvey habló con Daniel Denvir para el podcast The Dig, de Jacobin Radio, acerca del libro, las energías a un tiempo creativas y destructivas del capital, el cambio climático y de por qué sigue mereciendo la pena luchar con El Capital.

Lleva bastante tiempo impartiendo clases sobre El capital. Describa brevemente los tres volúmenes.

Marx entra mucho en los detalles y a veces es difícil hacerse una idea exacta del concepto general que aborda El capital. Pero en realidad es sencillo. Los capitalistas empiezan el día con cierta cantidad de dinero, llevan ese dinero al mercado y compran algunas mercancías como medios de producción y mano de obra, y las ponen a trabajar en un proceso laboral que produce una nueva mercancía. Esa nueva mercancía se vende por dinero más un beneficio. Después, ese beneficio se redistribuye de varias maneras, en forma de rentas e intereses, y circula de nuevo hacia ese dinero, que inicia el ciclo de producción nuevamente.

Es un proceso de circulación. Y los tres volúmenes de El capital tratan diferentes aspectos de dicho proceso. El primero se ocupa de la producción. El segundo trata de la circulación y lo que llamamos “realización”: la forma en que la mercancía se convierte de nuevo en dinero. Y el tercero se ocupa de la distribución: cuánto dinero va al propietario, cuánto al financiero y cuánto al comerciante antes de que todo se dé la vuelta y regrese al proceso de circulación.

Eso es lo que trato de enseñar de modo que la gente entienda las relaciones entre los tres volúmenes de El capital y no se pierda totalmente en un volumen o en partes de ellos.

En ciertos aspectos difiere de otros estudiosos de Marx. Una diferencia importante es que presta mucha atención a los volúmenes dos y tres, mientras que a muchos especialistas de Marx les interesa principalmente el primer volumen. ¿Por qué?

Son importantes porque lo dice Marx. En el volumen uno básicamente dice: “En el volumen uno me ocupo de esto, en el volumen dos me ocupo de aquello y en el volumen tres me ocupo de lo de más allá”. Está claro que en la mente de Marx existía la idea de la totalidad de la circulación del capital. Su plan era dividirlo en estas tres partes en tres volúmenes. De modo que sigo lo que Marx dice que hace. Ahora bien, el problema, por supuesto, es que los volúmenes dos y tres nunca se completaron, y no son tan satisfactorios como el volumen uno.

El otro problema es que el volumen uno es una obra maestra literaria, mientras que los volúmenes dos y tres son más técnicos y más difíciles de seguir. De modo que puedo entender por qué, si la gente quiere leer a Marx con cierta alegría y placer, se quede con el volumen uno. Pero lo que quiero decir es: “No, si verdaderamente quieres entender su concepto del capital, no puedes quedarte con que se trata de una simple cuestión de producción. Se trata de circulación. Se trata de llevarlo al mercado y venderlo, después se trata de distribuir las ganancias”.

Uno de los motivos de su importancia es que lo necesitamos para comprender esta dinámica de expansión constante que alienta el capitalismo, lo que usted llama un “mal infinito”, citando a Hegel. Explique qué es ese “mal infinito”.

La idea del “mal infinito” aparece en el volumen uno. El sistema tiene que expandirse porque todo consiste en ganar dinero, en generar lo que Marx llamó una “plusvalía”, y la plusvalía luego se reinvierte en la creación de más plusvalía. De modo que el capital se basa en un crecimiento constante.

Y lo que hace es lo siguiente: si creces un 3 % al año constantemente, llegas a un punto en que la cantidad de crecimiento necesario es absolutamente enorme. En la época de Marx hay mucho espacio en el mundo para expandirse, mientras que en estos momentos estamos hablando de una tasa de crecimiento compuesto del 3 % en todo que está acaeciendo en China, el sur de Asia y América Latina. Y surge el problema: ¿hacia dónde te vas a expandir? Ese es el mal infinito que se está gestando.

En el volumen tres, Marx dice que tal vez la única forma en que puede expandirse es mediante la expansión monetaria. Porque con el dinero no hay límite. Si hablamos de usar cemento o algo así, hay un límite físico de la cantidad que se puede producir. Pero con el dinero, simplemente se pueden agregar ceros a la oferta monetaria global.

Si nos fijamos en lo que hicimos después de la crisis de 2008, agregamos ceros a la oferta monetaria mediante algo llamado “flexibilización cuantitativa”. Ese dinero regresó después a los mercados de valores y después a las burbujas de activos, especialmente en los mercados inmobiliarios. Ahora tenemos una situación extraña en la que, en cada área metropolitana del mundo que he visitado, hay un gran auge de la construcción y de los precios de los activos inmobiliarios –todo lo cual está siendo impulsado por el hecho de que se está generando dinero que no sabe a dónde ir, excepto a la especulación y al valor de los activos–.

Tiene formación de geógrafo y para usted la explicación que ofrece Marx sobre el capitalismo es fundamentalmente la de lidiar con problemas de espacio y tiempo. El dinero y el crédito son formas de resolver estos problemas. Explique por qué estos dos ejes de espacio y tiempo son tan críticos.

Por ejemplo, el tipo de interés consiste en un descuento en el futuro. Y pedir prestado consiste en hipotecar el futuro. La deuda es hipotecar la producción futura. De este modo, el futuro está hipotecado porque tenemos que pagar nuestras deudas. Pregúntele a cualquier estudiante que deba 200.000 dólares: su futuro está hipotecado porque tiene que pagar esa deuda. Esa hipoteca sobre el futuro es una parte esencial de lo que trata El capital.

El tema del espacio tiene cabida porque a medida que comienzas a expandirte, siempre existe la posibilidad de que si no puedes expandirte en un espacio determinado, cojas tu capital y te vayas a otro espacio. Por ejemplo, en el siglo XIX, Gran Bretaña estaba produciendo una gran cantidad de capital excedente por lo que una gran parte fluía hacia América del Norte, otra a través de América Latina y otra hacia Sudáfrica. De modo que en esto hay un factor geográfico.

La expansión del sistema consiste en conseguir lo que yo llamo “soluciones espaciales”. Tienes un problema: tienes un exceso de capital. ¿Qué vas a hacer al respecto? Bueno, tienes una solución espacial, lo cual significa que sales y construyes algo en otro lugar del mundo. En un continente “inestable” como Norteamérica en el siglo XIX hay una enorme cantidad de lugares en los que se puede expandir. Pero ahora Norteamérica está bastante cubierta.

La reorganización espacial no consiste simplemente en  expandirse. También consiste en reconstruir. Logramos la desindustrialización de Estados Unidos y Europa, y después la reconfiguración de una zona a través de la remodelación urbana, de modo que las fábricas de algodón en Massachusetts se convierten en bloques de apartamentos.

En estos momentos nos estamos quedando sin espacio y tiempo. Ese es uno de los grandes problemas del capitalismo contemporáneo.

Ha hablado de un futuro que está siendo hipotecado. Ese término se ajusta muy bien a las deudas sobre las viviendas, obviamente.

Por eso creo que el término “hipotecar” es muy interesante. Millones de personas perdieron sus casas con la crisis. Se les hipotecó el futuro. Pero al mismo tiempo, la economía del endeudamiento no ha desaparecido. Se podía pensar que después de 2007-2008 habría una pausa en la creación de deuda. Pero, en realidad, lo que se ve es un enorme aumento de la deuda.

El capitalismo contemporáneo nos carga cada vez con más deuda. Eso debería preocuparnos a todos. ¿Cómo se amortizará? ¿Y con qué medios? ¿Y vamos a acabar con más y más creación de dinero, que después no tiene adónde ir excepto a la especulación y el valor de los activos?

Ahí es cuando empezamos a construir para que las personas inviertan, no para que las personas vivan. Una de las cosas más asombrosas de la China contemporánea, por ejemplo, es que se han construido ciudades enteras que aún no se han habitado. Sin embargo, la gente las ha comprado porque es una buena inversión.

Es precisamente ese tema del crédito lo que le llevó a tomar prestada una frase de Jacques Derrida: “La locura de la razón económica”. Coloquialmente se apela a la locura y la demencia para estigmatizar o atribuir un carácter patológico a las personas con enfermedades mentales. Pero lo que nos muestra Marx, y lo que nos muestra su libro, es que lo realmente demencial es el sistema.

La mejor forma de medirlo es observar lo que sucede en una crisis. El capital provoca crisis periódicamente. Una de las características de una crisis es que hay un excedente de mano de obra –personas desempleadas que no saben cómo subsistir–  al tiempo que excedentes de capital que no parecen encontrar un lugar donde colocarse para obtener una rentabilidad adecuada. Tienes estos dos excedentes uno al lado del otro en una situación en la que la necesidad social es crónica.

Necesitamos juntar capital y trabajo para efectivamente crear algo. Pero no se puede hacer porque lo que se quiere crear no es rentable, y si no es rentable, el capital no lo hace. Se pone en huelga. De modo que terminamos con capital excedente y mano de obra excedente, uno al lado de la otra. Es el colmo de la irracionalidad.

Se nos enseña que el sistema económico capitalista es sumamente racional. Pero no lo es. De hecho, genera increíbles sinrazones.

Recientemente, usted escribió en Jacobin que Marx rompió con los socialistas moralistas como Proudhon, Fourier, Saint-Simon y Robert Owen. ¿Quiénes eran estos socialistas y por qué y cómo se apartó Marx de ellos?

En las primeras etapas del desarrollo capitalista hubo problemas obvios de condiciones de trabajo. Personas razonables, incluidos los profesionales y la burguesía, comenzaron a mirar esto con horror. Se desarrolló una especie de repugnancia moral contra el industrialismo. Muchos de los primeros socialistas eran moralistas, en el buen sentido del término, y expresaron su indignación afirmando que podemos construir una sociedad alternativa basada en el bienestar comunitario y la solidaridad social y cuestiones de ese tipo.

Marx examinó la situación y dijo que, en realidad, el problema con el capital no es que sea inmoral. El problema con el capital es que es casi amoral. Tratar de confrontarlo con la razón moral nunca va a llegar muy lejos porque el sistema se genera y se reproduce a sí mismo. Tenemos que lidiar con esa autorreproducción del sistema.

Marx adoptó una visión mucho más científica del capital y dijo: ahora necesitamos reemplazar todo el sistema. No se trata solo de arreglar las fábricas, tenemos que lidiar con el capital.

¿Ha visto El joven Karl Marx?

He visto la película y la obra de teatro. Marx es un personaje de su tiempo y creo que es interesante mirarlo desde esa perspectiva.

Pero lo que quiero decir es que hay que fijarse en cómo, con su fuerza motriz, nos aprisiona a todos en deudas –seguimos en una sociedad que se mueve por la acumulación de capital. Marx elaboró un razonamiento partiendo de las particularidades de su tiempo, habló de la dinámica de la acumulación de capital y señaló su carácter contradictorio–. Marx decía que debemos ir más allá de la protesta moral. Se trata de describir un proceso sistemático con el que debemos lidiar y cuya dinámica debemos comprender. Porque, de lo contrario, la gente intenta crear algún tipo de reforma moral, y entonces es el capital quien se apropia de la reforma moral.

Es verdaderamente fantástico que tengamos Internet, algo que en un principio todo el mundo pensó que sería una gran tecnología liberadora que conferiría gran libertad a los seres humanos. Y fíjate lo que ha pasado. Está dominada por unos cuantos monopolios que recopilan nuestros datos y se los entregan a todo tipo de personajes sórdidos que los utilizan con fines políticos.

Algo que comenzó como una verdadera tecnología liberadora de repente se convierte en un vehículo de represión y opresión. Si se pregunta: “¿cómo ha ocurrido?”, se responde que ha sido causa de algunas personas malvadas o, como Marx, que el carácter sistémico del capital siempre hace eso.

No existe una idea buena y moral que el capital no pueda apropiarse y convertir en algo horrendo. Casi todos los modelos utópicos que han aparecido en el horizonte durante los últimos cien años se han convertido en una distopía por la dinámica capitalista. Eso es lo que apunta Marx, que dice: “Tienes que lidiar con ese proceso. Si no lo haces, no crearás un mundo alternativo que pueda ofrecer libertad a todos los seres humanos”.

Hablemos de las contradicciones de ese proceso. Marx fue un feroz crítico del capitalismo, pero también fue un admirador de su capacidad de destrucción creativa. Pensaba, por ejemplo, que el capitalismo era una gran mejora con respecto al feudalismo. ¿Cómo deberíamos considerar esa capacidad destructiva en la actualidad? Gran parte de lo que destruye el capitalismo es bastante obvio. Por otro lado, debemos tener en cuenta el aumento de los ingresos en lugares como China e India y ese gigantesco proceso de construcción de infraestructuras que se está dando en países como aquellos. ¿Cómo aborda usted estos procesos contradictorios?

Tienes razón al mencionar esto porque Marx no es un mero crítico del capitalismo, también admira algunas de las cosas que construye el capitalismo. Para Marx esa es la mayor contradicción de todas.

El capital ha desarrollado la capacidad, desde el punto de vista tecnológico y organizativo, de crear un mundo mucho mejor. Pero lo hace a través de relaciones sociales de dominación en lugar de emancipación. Esa es la contradicción principal. Y Marx insiste: “¿Por qué no usamos toda esta capacidad tecnológica y organizativa para crear un mundo liberador, en lugar de uno que consista en la dominación?”

Una contradicción relacionada con esta es el modo en que los marxistas debían de considerar el debate actual en torno a la globalización, que se ha vuelto más confuso y confuso que nunca. ¿Cómo cree que la izquierda debería contemplar el debate sobre el proteccionismo de Trump de forma que difiera del dedo acusador de los economistas convencionales?

En realidad Marx aprobaba la globalización. En el Manifiesto Comunista hay un pasaje maravilloso que trata de ello. Lo ve como potencialmente emancipatorio. Pero, nuevamente, la pregunta es por qué no se aprovechan esas posibilidades emancipadoras. ¿Por qué se utilizan como medio de dominación de una clase sobre otra? Sí, es cierto que algunas personas en el mundo han mejorado sus ingresos, pero ocho hombres poseen misma riqueza que aproximadamente el 50 % de la población mundial.

Marx dice que tenemos que hacer algo al respecto. Pero, al hacerlo, no hay que ponerse nostálgicos y decir: “Queremos volver al feudalismo” o “queremos vivir de la tierra”. Tenemos que pensar en un futuro progresista que emplee todas las tecnologías que tenemos, pero con un propósito social en lugar de aumentar la riqueza y el poder que cada vez se concentran en menos manos.

Que es la razón por la que Marx rompió con sus contemporáneos socialistas románticos. En cuanto a lo que las teorías económicas liberales y los economistas convencionales pasan por alto sobre todo esto, usted cita un pasaje de Marx: “Cada motivo que ellos” –los economistas– “exponen  contra la crisis es una contradicción exorcizada y, por lo tanto, una contradicción real, que puede provocar una crisis. El deseo de convencerse de la inexistencia de contradicciones es al mismo tiempo la expresión de un deseo piadoso de que las contradicciones, que están realmente presentes, no existan”. ¿Qué se propone hacer la economía dominante? ¿Y qué omiten u ocultan en el proceso?

Odian las contradicciones. No encaja con su visión del mundo. A los economistas les encanta afrontar lo que llaman problemas, y los problemas tienen solución. Las contradicciones no. Permanecen contigo todo el tiempo y, por tanto, tienes que gestionarlas.

Se intensifican en lo que Marx llamó “contradicciones absolutas”. ¿Cómo afrontan los economistas el hecho de que en las crisis de las décadas de 1930 o 1970 o en la más reciente el capital excedente y la mano de obra excedente se encuentren uno junto a la otra y nadie parezca tener la menor idea de cómo volver a unirlos para que puedan trabajar con fines socialmente productivos?

Keynes intentó hacer algo al respecto. Pero, por lo general, los economistas no tienen idea de cómo lidiar con estas contradicciones mientras que Marx sostiene que esa contradicción está en la esencia de la acumulación de capital. Y esa contradicción provoca periódicamente esas crisis que se cobran vidas y crean miseria.

Es necesario abordar ese tipo de fenómenos. Y la economía no tiene una buena forma de plantearlos.

En cuanto a esa contradicción, en su libro especifica que “el capital excedente y la mano de obra excedente coexisten sin que aparentemente haya forma de volver a unirlos”. Después de la crisis reciente, ¿cómo se reencontraron esos dos elementos –el capital excedente y la mano de obra excedente–,  y el modo en lo hicieron ha derivado en una nueva forma de capitalismo, distinta de la que prevalecía antes de la crisis? ¿Seguimos viviendo bajo el neoliberalismo o ha echado raíces algo nuevo?

La respuesta a la crisis de 2007-2008 fue, en la mayor parte del mundo –excepto China–, redoblar la apuesta hacia una política de austeridad neoliberal. Lo cual empeoró las cosas. Desde entonces hemos sufrido más recortes. No ha funcionado muy bien. El desempleo ha ido bajando lentamente en Estados Unidos, pero por supuesto se ha disparado en lugares como Brasil y Argentina.

Y el crecimiento de los salarios es bastante lento.

Sí, los salarios no se han movido. Después está lo que ha estado haciendo la administración de Trump. En primer lugar, ha seguido algunas políticas muy neoliberales. El presupuesto que aprobaron hace casi un año es un documento puramente neoliberal. Básicamente beneficia a los tenedores de bonos y a los propietarios de capital, y el resto ha quedado al margen. Y lo otro que ha pasado es la desregulación, que tanto gusta a los neoliberales. La administración Trump ha redoblado la desregulación: del medio ambiente, las leyes laborales y todo lo demás. Así que en realidad se han duplicado las soluciones neoliberales.

El argumento neoliberal tuvo mucha legitimidad en las décadas de 1980 y 1990 como algo que, de alguna manera, era liberador. Pero ya nadie se lo cree. Todo el mundo se da cuenta de que es una estafa en la que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.

Sin embargo, estamos empezando a ver el posible surgimiento de un proteccionismo-autarquía etnonacionalista, que es un modelo diferente. Y no encaja muy bien con los ideales neoliberales. Podríamos dirigirnos hacia algo mucho menos agradable que el neoliberalismo, la división del mundo en facciones guerreras y proteccionistas que luchan entre sí por el comercio y todo lo demás.

El argumento de alguien como Steve Bannon es que debemos proteger a los trabajadores estadounidenses de la competencia en el mercado laboral limitando la inmigración. En lugar de culpar al capital, culpa a los inmigrantes. El segundo argumento es sostener que también podemos obtener apoyo de esa población mediante la imposición de aranceles y culpando a la competencia china.

En efecto, tienes una política de derecha que está ganando mucho apoyo por ser antiinmigrante y antideslocalización. Pero el hecho es que el mayor problema de los trabajos no es la deslocalización, sino el cambio tecnológico. Alrededor del 60 o 70 % del desempleo que se generó a partir de la década de 1980 se debió al cambio tecnológico. Quizás el 20 o el 30 % se debió a la deslocalización.

Pero la derecha ahora tiene una política. Esa política no solo se está dando en Estados Unidos, se da en Hungría, India, hasta cierto punto en Rusia. La política autoritaria y etnonacionalista está comenzando a dividir el mundo capitalista en facciones en guerra. Sabemos lo que sucedió con ese tipo de cosas en la década de 1930, algo que debería preocuparnos mucho a todos. No es una respuesta al dilema del capital. En la medida en que el etnonacionalismo conquiste al neoliberalismo, nos espera un mundo aún más feo del que ya hemos vivido.

Estas contradicciones son importantes dentro de la coalición conservadora que gobierna en Estados Unidos, pero creo que es un error que la gente las vea como nuevas. Han estado latentes durante mucho tiempo.

Ah, sí. Por ejemplo, en Gran Bretaña, a finales de la década de 1960, un discurso de Enoch Powell hablaba de “ríos de sangre” si continuábamos con aquellas políticas de inmigración. El fervor antiinmigrante existe desde hace mucho tiempo.

Pero durante las décadas de 1980 y 1990 se las arreglaron para mantenerlo en secreto porque había suficiente dinamismo en la economía capitalista global para que la gente dijera: “Este régimen de comercio abierto y libre, y unas políticas de inmigración razonablemente benignas funcionan”. Desde entonces ha avanzado mucho en la otra dirección.

Ha mencionado el enorme poder de la automatización. ¿Qué dice Marx sobre la automatización y qué opina usted de ella? ¿Está realmente cerca el final del trabajo?

Vine a Estados Unidos en 1969 y fui a Baltimore. Allí había una enorme fábrica de hierro y acero que empleaba a unas treinta y siete mil personas. En 1990, la acería seguía produciendo la misma cantidad de acero, pero empleaba a unas cinco mil personas. Ahora el trabajo en acero prácticamente ha desaparecido. La cuestión es que en la manufactura, la automatización eliminó los empleos en masa por todas partes, muy rápido. La izquierda pasó mucho tiempo tratando de defender esos empleos y luchó desde la retaguardia contra la automatización.

Fue una estrategia incorrecta por dos razones. La automatización venía de todos modos y era un caso perdido. En segundo lugar, no veo por qué la izquierda debería oponerse absolutamente a la automatización. La postura de Marx, en la medida en que tuviera alguna, sería que deberíamos hacer uso de esta inteligencia artificial y automatización, pero de modo que aliviara la carga de trabajo.

La izquierda debería estar trabajando por una política que diga: “Damos la bienvenida a la inteligencia artificial y la automatización, pero para que nos proporcionen mucho más tiempo libre”. Uno de los grandes puntos que sugiere Marx es que el tiempo libre es una de las cosas más emancipadoras que podemos tener. Suya es esta bonita frase: el reino de la libertad comienza cuando se deja atrás el reino de la necesidad. Imagínese un mundo en el que se pudieran cubrir las necesidades. Trabajar uno o dos días a la semana, y el resto del tiempo es tiempo libre.

Ahora bien, disfrutamos de todas las innovaciones que ahorran trabajo en el proceso laboral y también en el hogar. Pero si se le pregunta a la gente si tiene más tiempo libre del que tenía antes, la respuesta es: “No, tengo menos tiempo libre”. Hay que organizar todo esto de modo que tengamos todo el tiempo libre posible, de forma que un miércoles a las cinco en punto puedas ir a hacer lo que quieras. Este es el tipo de sociedad imaginada que Marx tiene en mente. Y es una idea obvia.

Lo que nos detiene es que todo eso se utilice para apuntalar las ganancias de Google y Amazon. Hasta que no nos ocupemos de las relaciones sociales y de las relaciones de clase que hay detrás de todo esto, no podremos utilizar esos fantásticos dispositivos y oportunidades de modo que beneficien a todo el mundo.

¿Qué opina de los programas de renta básica universal?

En Silicon Valley quieren una renta básica universal para que la gente tenga suficiente dinero para pagar Netflix, eso es todo. ¿Qué mundo es ese? Hablamos de una distopía. La renta básica universal es una cosa, el problema es Silicon Valley y toda esa gente que está acaparando los medios de comunicación y entretenimiento.

En algún momento la renta básica universal podría incluirse en la agenda, pero no es una de mis máximas prioridades políticas. De hecho, hay aspectos que tienen unos riesgos muy negativos, tal y como sugiere el modelo de Silicon Valley.

¿Cree que el cambio climático pone límites claros a la expansión permanente que requiere el capitalismo o el capitalismo podrá capear la crisis climática intacto, en detrimento de los demás?

El capital podría capear la crisis del cambio climático. De hecho, si nos fijamos en los desastres climáticos, el capital puede convertir esto en lo que Naomi Klein llama “capitalismo de desastres”. Hay un desastre, y bueno, hay que reconstruir. Eso ofrece muchas oportunidades al capital para recuperarse de los desastres climáticos de manera rentable.

Desde el punto de vista humanitario creo que no saldremos nada bien de esto. Pero el capital es diferente. El capital puede salir bien parado de estas cosas y mientras sea rentable, lo harán.

Hablemos de resistencia. Usted escribe que la producción y el consumo son dos facetas centrales del capitalismo y que “las luchas sociales y políticas contra el poder del capital, dentro de la totalidad de la circulación del capital, toman diferentes formas y exigen diferentes tipos de alianzas estratégicas si quieren tener éxito”. ¿Cómo deberíamos plantearnos la relación entre las luchas laborales, por una parte, y las luchas contra el estado –contra el encarcelamiento masivo, contra los desalojos de los terratenientes o los préstamos abusivos–  por la otra?

Una de las virtudes de considerar el capital como una totalidad y pensar en todos los aspectos de la circulación del capital es que se identifican diferentes escenarios de lucha. Por ejemplo, la cuestión medioambiental. Marx habla de la relación metabólica con la naturaleza. Por lo tanto, las luchas por la relación con la naturaleza se vuelven políticamente significativas. En este momento muchas personas que están preocupadas por el tema ambiental dirán: “Podemos lidiar con esto sin afrontar la acumulación de capital”.

Me opongo a eso. En algún momento tendremos que lidiar con la acumulación de capital, que es un crecimiento de aproximadamente el 3 % eternamente, como un claro problema ambiental. No va a haber una solución al problema ambiental sin afrontar la acumulación de capital.

También hay otros aspectos. El capital se ha centrado durante mucho tiempo en la creación de nuevos intereses, necesidades y deseos. Consiste en la creación de consumismo. Acabo de regresar de China y en los tres o cuatro años que llevo viajando a China he notado el enorme aumento del consumismo. Esto es lo que el Banco Mundial y el FMI aconsejaban a los chinos hace veinte años diciendo: “Estáis ahorrando demasiado y no consumís suficiente”. Así que ahora los chinos se han comprometido a hacerlo iniciando una verdadera sociedad de consumo, pero eso significa que los intereses, necesidades y deseos de la gente están siendo transformados. Hace veinte años en China lo que querías, necesitabas y deseabas era una bicicleta y ahora necesitas un automóvil.

Hay varias formas de hacerlo. Los publicistas tienen un papel fundamental, pero aún más importante es la creación de estilos de vida completamente nuevos. Por ejemplo, una de las formas en que el capital solventó el problema, en 1945 en Estados Unidos, fue a través del desarrollo de barrios residenciales, que es la creación de un estilo de vida completamente nuevo. De hecho, lo que vemos es la creación de estilos de vida no se eligen.

Todos tenemos teléfonos móviles. Es la creación de un estilo de vida, y ese estilo de vida no es algo en lo que se elija entrar o salir individualmente; tengo que tener un móvil, aunque no sé cómo funciona ese maldito cacharro.

No es que en el pasado alguien deseara, quisiera o necesitara un teléfono móvil. Nació por una razón en particular, y el capital encontró una forma de organizar un estilo de vida a su alrededor. Ahora estamos atrapados en ese estilo de vida, y eso es todo. Como el proceso de desarrollo de barrios residenciales que he mencionado antes. ¿Qué se necesita en los barrios residenciales? Se necesita una cortadora de césped. Si hubieras sido listo, en 1945 te habrías metido en la producción de cortadoras de césped porque todo el mundo tenía que tener una cortadora de césped para cortar el césped.

Ahora bien, hay revueltas en contra de ciertas cosas que están ocurriendo. La gente empieza a decir: “Oye, queremos hacer algo diferente”. Encuentro pequeñas comunidades por todas partes, en zonas urbanas y también en zonas rurales, donde la gente está tratando de establecer un estilo de vida diferente. Las que más me interesan son aquellas que utilizan las nuevas tecnologías, como el móvil e internet, para crear un estilo de vida alternativo con formas de relaciones sociales distintas a las características de las corporaciones con estructuras jerárquicas de poder que encontramos en nuestra vida diaria.

Luchar por un estilo de vida es bastante diferente a luchar por los salarios o las condiciones laborales en una fábrica. Sin embargo, desde una perspectiva global, existe una relación entre estas diferentes luchas. Me interesa que la gente vea cómo las luchas por el medio ambiente, por la creación de nuevos intereses, necesidades y deseos y el consumismo están relacionadas con las formas de producción. Si se unen todas estas cosas, se obtiene una imagen global de lo que es una sociedad capitalista y de los diferentes tipos de insatisfacciones y alienaciones que existen en los diferentes componentes de la circulación del capital que Marx identifica.

¿Cómo ve la relación entre las luchas contra el racismo y estas luchas contra la producción y el consumo?

Según el lugar del mundo del que hablemos estas preguntas son fundamentales. Aquí en Estados Unidos es un problema muy importante. No te encuentras con el mismo problema si observas lo que está sucediendo en China. Pero aquí las relaciones sociales siempre están afectadas por cuestiones de género, raza, religión, etnia y cosas por el estilo.

Por lo tanto, no se puede tratar la cuestión de la creación de estilos de vida o la producción de intereses, necesidades y deseos sin abordar la cuestión de qué sucede en los mercados de vivienda racializados y cómo la cuestión racial se utiliza de diversas formas. Por ejemplo, cuando me mudé por primera vez a Baltimore, una de las cosas que estaba sucediendo era el éxito de taquilla: el uso, por parte de la industria inmobiliaria, de disparidades raciales para forzar la fuga de blancos y capitalizar la alta rotación en el mercado de la vivienda como una forma de obtener ventajas económicas.

Las cuestiones de género que surgen en torno a cuestiones de reproducción social también son primordiales en una sociedad capitalista independientemente del lugar donde te encuentres. Estos problemas están integrados en la acumulación de capital.

Cuando hablo de esto a menudo me meto en problemas porque parece que la acumulación de capital es más importante que estos otros aspectos. La respuesta es que no, no es eso. Pero los antirracistas tienen que lidiar con la forma en que la acumulación de capital interfiere en la política antirracista. Y la relación entre este proceso de acumulación y la perpetuación de las distinciones raciales.

Aquí, en Estados Unidos, tenemos todo un conjunto de preguntas de este tipo, que son primordiales. Pero, de nuevo, ¿pueden manejarse sin llegar a abordar la forma en que la acumulación de capital está fomentando y perpetuando algunas de estas diferencias? La respuesta a eso, para mí, es no. No creo que eso sea posible. Hasta cierto punto los antirracistas también tienen que ser anticapitalistas si quieren llegar a la verdadera raíz de muchos de los problemas.

Es famoso por su trabajo académico, pero quizás se le conozca más como profesor de la obra de Marx. ¿Por qué cree que es importante que la gente de izquierdas fuera del mundo académico se involucre en el trabajo de Marx?

Cuando estás involucrado en acción política y activismo generalmente tienes un objetivo muy específico. Por ejemplo, el envenenamiento por pintura con plomo en el centro de la ciudad. Te estás organizando para ver qué hacer con el hecho de que el 20 % de los niños del centro de la ciudad de Baltimore sufran envenenamiento por pintura con plomo. Estás involucrado en una batalla legal y en peleas con los lobbies de los propietarios y con todo tipo de oponentes. La mayoría de la gente que conozco que está involucrada en activismos de ese tipo están tan absortas en los detalles de lo que están haciendo que a menudo se olvidan de dónde se encuentran en el cuadro general, de las luchas de una ciudad y mucho menos del mundo.

A menudo te das cuenta de que la gente necesita ayuda del exterior. Ese asunto de la pintura con plomo es mucho más fácil de manejar si las personas involucradas pertenecen al sistema educativo, que ven niños en las escuelas con problemas de envenenamiento por pintura con plomo. Empiezas a construir alianzas. Y cuantas más alianzas construyas, más poderosa será tu acción.

Trato de no sermonear a la gente sobre lo que debería pensar, sino de crear un marco de pensamiento para que la gente vea dónde se encuentra en el conjunto de las relaciones complicadas que conforman la sociedad contemporánea. De este modo, la gente puede formar alianzas en torno a los temas que les preocupa y, al mismo tiempo, movilizar sus propios recursos para ayudar a otras personas en sus alianzas.

Me gusta construir alianzas. Para construir alianzas debes tener una imagen de conjunto de lo que es una sociedad capitalista. En la medida en que consigas algo de eso estudiando a Marx, creo que es útil.

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Traducción de Paloma Farré.

Esta entrevista se publicó originalmente en Jacobin.

«Lamentablemente la década 2014-2024 será una nueva década perdida y posiblemente con consecuencias aun peores que la crisis de los ochenta»

Entrevista a Decio Machado

Por Eirný Traustason / Tímarit Nemenda Háskólinn í Reykjavík

Decio Machado es uno de los analistas políticos referenciales para entender lo que hoy sucede en América Latina.  A su vez, la Fundación Nómada -institución no gubernamental que dirige- está enfocada en el análisis geopolítico bajo una mirada desde el Sur. Su visita a Europa y relación con nosotros está enmarcada en el estudio sobre transiciones energéticas que dicha organización realiza en la actualidad en diferentes países latinoamericanos, siendo a su vez un hub de confluencia de pensamientos diversos donde se desarrollan múltiples investigaciones con un claro compromiso por la promoción del conocimiento abierto y el libre acceso a la información.

Empecemos por Ecuador, tu lugar de residencia y sede oficial de la Fundación Nómada. A punto de cumplirse los primeros seis meses de gobierno del presidente Guillermo Lasso, ¿cuál es la coyuntura política que vive el país?

El presidente Lasso llegó al palacio presidencial con unos compromisos de gobierno muy concretos y que podríamos resumir en dinamizar la economía del país y generar dos millones de puestos de empleo incrementando la inversión extranjera, expandiendo el sector agrícola mediante préstamos a bajo interés, aumentando la producción petrolera y ampliando la frontera extractivista en general. Esas fueron sus promesas electorales y más allá de lo anterior, debe cumplir también con una agenda foránea fondomonetarista heredada de la anterior gestión del ex presidente Lenín Moreno y cuyo eje central es la eliminación de un déficit fiscal existente de forma permanente desde el año 2009.

En este contexto y hasta el momento, la administración Lasso ha cumplido con éxito la masificación del proceso de vacunación en el país y poco más. Hablan de la creación de 275.000 nuevos empleos pero eso ni se ve ni se siente en las economías familiares, los servicios sociales siguen deteriorándose cada vez más, la economía nacional continua semiestancada desde el año 2015, el número de pobres asciende ya a 6 millones de ecuatorianos en una población de apenas 17.6 millones de personas, la gente siente que la inseguridad ciudadana crece día a día y el Estado está perdiendo la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado como habrás podido apreciar en las recientes noticias que han recorrido el mundo relacionadas con la violencia en las cárceles del Ecuador. En paralelo, las políticas de rigidez fiscal basadas en la austeridad y recorte del gasto público le actúan en contra de la ansiada recuperación económica y la generación de puestos de trabajo, y como ya sabemos es difícil encontrar casos exitosos de aplicación de programas del FMI. Ustedes mismos saldaron de forma anticipada, en 2015, el programa de rescate que les brindó el FMI tras la crisis de 2008 con el fin de poder implementar políticas económicas soberanas sin estar condicionados por dicha institución multilateral financiera.

Guillermo Lasso es un presidente de perfil conservador rodeado de asesores neoliberales y el neoliberalismo es una ideología contraria al equilibrio social. Su concepción monetaria privilegia variables monetarias sobre las que se vinculan con la economía real. Personalmente creo que Lasso es un presidente que, a diferencia del anterior, de verdad pretende gobernar pero aún no sabe como hacerlo y tampoco le ayuda mucho el equipo que tiene a su alrededor. Veremos si con el tiempo es capaz de tomar las riendas del país o si se constata de forma definitiva las incapacidades hasta ahora demostradas.

¿Cuál es la situación en este momento del presidente Lasso respecto a la investigación de los Pandora Papers?

El Legislativo ecuatoriano, en el ejercicio de su competencia en materia de fiscalización, emprendió desde una de las comisiones legislativas una investigación que hace pocos días derivó en un informe en el cual se considera que el presidente Lasso incumplió con la ley vigente que prohíbe a candidatos y funcionarios públicos tener inversiones en paraísos fiscales.

Pese a que la calidad del informe elaborado deja mucho que desear si parece que hay documentos que comprometerían al mandatario ecuatoriano, aunque la cosa no irá a mayores por no existir los votos suficientes en el pleno de dicha institución para destituir al presidente de la república. Para entender el porqué de lo anterior hay que considerar tres asuntos: en primer lugar, la impaciencia de determinados dirigentes del movimiento indígena (movimiento social más importante del país) les hizo convocar prematuramente una movilización contra las políticas económicas del gobierno que no cumplió con las expectativas generadas, lo que desincentivó el voto destituyente de algunos legisladores que siempre buscan acomodarse a como sople el viento; en segundo lugar, pese a que el Pachakutik (organización política del movimiento indígena) presida la Asamblea Nacional en coalición con una organización política de corte social liberal llamada Izquierda Democrática, ambas fuerzas se muestran incapaces de posicionar y conducir la agenda legislativa, condición por la cual es la tendencia correísta la que capitalizó el protagonismo en la elaboración del informe affaireLasso-Pandora Papers, condición que no ayuda dado el nivel de resistencia que para muchos genera esta sensibilidad política; por último, cabe señalar que los sectores de oposición que le apostaron estratégicamente a este informe se equivocaron, pues la inmensa mayoría de la población ecuatoriana tiene sus preocupaciones cotidianas centradas en poder cubrir sus necesidades familiares, en cuestiones de supervivencia, lo que hace que poco les importe en este momento el supuesto «testaferrismo» familiar de presidente Lasso en Panamá.

En resumen, el desgaste político que en este corto tiempo ya acumula el presidente Guillermo Lasso poco tiene que ver con los Pandora Papers, sino que está vinculado a su incapacidad de presentar una adecuada hoja de ruta para sacar al país de la crisis multifacética en la que se encuentra. Salvará políticamente este round, pero es un gobierno que comete errores de forma permanente, que hasta ahora demuestra escasas capacidades de gestión y que está muy mal asesorado, motivo por lo cual asistiremos a nuevas crisis en los próximos meses y esta de ver su desenlace final.

Dices que el correísmo genera muchas resistencias pero tiene el bloque de legisladores numéricamente más importante del Legislativo. ¿Cómo es esto?

En efecto, el correísmo es la tendencia política con mayor apoyo social entre las existentes en el país, siendo también la más cohesionada internamente y posiblemente la que dispone de los mejores cuadros políticos nacionales. Entre estos destacan varias figuras jóvenes, mujeres y hombres que por su edad tuvieron un nivel de protagonismo secundario durante la década de gobierno del ex presidente Rafael Correa (2007-2017), pero a los que en la actualidad se les imposibilita desarrollar la transición hacia un nuevo estadio que esta corriente política necesita.

Mientras el progresismo ecuatoriano no sea capaz de superar su pasado inmediato, darle las gracias a su líder histórico pero seguir avanzando con nuevos liderazgos, dejar de hablar del pasado y a sí mismos para mirar al futuro y conectar con el conjunto de los sectores populares, democratizarse internamente, romper con sectarismos y hacer autocrítica en los capítulos necesarios respecto a sus políticas y relación con otras organizaciones políticas y sociales de la izquierda durante su período de gestión del poder, difícilmente se podrán salir de la política de bloqueo a la que han sido sometidos en los últimos años en el país. Su drama está en que siendo la principal fuerza política del Ecuador necesitan de alianzas con otros sectores para poder volver a ganar una elecciones presidenciales. Solos no llegan.

El presidente Lasso habla de conspiraciones políticas cuya finalidad sería la desestabilización del sistema democrático nacional y su destitución como presidente de la república. ¿Es eso cierto?

La política es una disputa por el sentido que la ciudadanía le da a la realidad en la que vive en cada momento. En dicha contienda se enfrentan relatos y discursos compitiendo por ser hegemónicos. En la lucha discursiva conceptos como que es cierto o incierto no nos ayudan a entender la coyuntura. En política un relato es cierto si produce efectos tales como si lo fuera, siendo cierto o no. Lo que se busca es consenso entorno a un identificación, ese es juego de la política institucional. Lo juega el presidente Lasso y también lo juega la oposición.

Avanzando hacia una visión más regional, América Latina es el territorio más golpeado por la pandemia. La región venía con un débil desempeño, bajo crecimiento económico promedio y un desarrollo muy limitado de los indicadores sociales desde antes del impacto del Covid, situación que evidentemente empeoró con la parálisis económica derivada de la pandemia. Para alcanzar el ritmo de crecimiento necesario para hacer avanzar a la región se debe llevar a cabo reformas urgentes en el ámbito de la infraestructura, la educación, la salud, la política energética y la innovación, además de encarar los nuevos desafíos planteados por el cambio climático. ¿Ves condiciones para ello?

Desde un análisis histórico los indicadores de crecimiento económico en América Latina se han caracterizado por su alta volatilidad y sus ciclos de aceleración/desaceleración están vinculados al precio de los commodities en los mercados globales. Esto hace que la inversión extranjera esté asociada a la especulación y proyectos de bajo riesgo con escasa rentabilidad social.

En un momento como este la región necesita con urgencia medidas que permitan sostener y ampliar sus mecanismos de protección social e impulsar programas de ingreso básico universal, desarrollar políticas públicas que sean generadoras de empleo, apoyar el emprendimiento y en especial aquellos con enfoque en la transformación de la matriz productiva, dotar a las pequeñas y medianas empresas de un amplio abanico de créditos a bajo tipo de interés regulando las tasas del sector financiero privado y reprogramando pagos de impuestos, dotar de formación calificada a los trabajadores por sectores concretos de la economía, reformar políticas fiscales equilibrándolas con justicia social, quien más gana más debe pagar y quien más ganó anteriormente debe en este momento arrimar el hombro mediante el pago de impuestos especiales, incentivar la productividad de los trabajadores, blindar a las economías nacionales de los impactos externos, fomentar el desarrollo de determinadas infraestructuras y trabajar en el marco de la industrialización y la innovación tecnológica bajo criterios ambientales y de género.

Sin embargo y más allá del deber ser, a lo que asistimos es a una tormenta perfecta que combina crisis en la cadena de suministros, aumento del precio de las materiales primas -alimentos y energía de manera singular-, depreciación de las monedas latinoamericanas a la par de cierta recuperación pospandémica del consumo. América Latina será la región con la tasa de inflación más alta del planeta al cierre del 2021 pero con bajo crecimiento, lo que define un horizonte inmediato lleno de nubarrones y fuertes tensiones sociales.

Para realizar todo lo anteriormente descrito necesitas incrementar el gasto público, sin embargo en la región se imponen políticas de austeridad y recortes del gasto, condición que actúa de forma nefasta provocando que el total de ingresos descienda. Lamentablemente la década 2014-2024 será una nueva década perdida y posiblemente con consecuencias aun peores que la crisis de la década de 1980 debido a costes antes no existentes como el que ocasiona el cambio climático.

Hablemos del cambio climático entonces. Nos consta que la fundación que diriges ha estado muy cercana al desarrollo de la COP26 y tu has calificado públicamente su resultado como decepcionante. ¿Cómo atisbas el futuro inmediato en este sentido?

Primero aclarar que nosotros no estuvimos en Glasgow, sino que profesionalmente trabajamos en el ámbito de apoyar la conformación de agendas sensatas por parte de algunos países del Sur global en momentos previos a la COP26.

En segundo lugar, no se puede analizar el encuentro de Glasgow sin antes hacer una reflexión respecto al fracaso que han significado este tipo de convenciones desde la Cumbre de la Tierra celebrada en Rio de Janeiro en 1992 hasta nuestros días, pasando por el Protocolo de Kioto en 1997 o el Acuerdo de París en 2015. Recordemos entonces como en 1995 se acordó el Mandato de Berlín que exige a sus miembros reducir emisiones, como en Kioto se estableció reducir en un 5% global las emisiones de seis gases de efecto invernadero y se planteó por primera vez una arquitectura del mercado de carbono, agenda por cierto que sería sustituida diez años después en Bali dado su fracaso en materia de cumplimientos, adoptándose posteriormente en Copenhague acuerdos para mantener por debajo de los 2 ºC el aumento de la temperatura global, la creación de un Fondo Verde para el Clima en Cancún que solo sirvió para el business, la extensión del Protocolo de Kioto hasta 2020 en Doha dada su anterior inoperancia, la limitación del aumento de temperatura a 1,5 ºC en París porque la cosa seguía yendo de mal en peor, la construcción fallida de los mercados de carbono de Madrid y ahora esta tomadura de pelo en Glasgow respecto a la eliminación del carbón y los combustibles fósiles.

Tanto las organizaciones no gubernamentales globales de perfil ambientalista, como los gobiernos y las corporaciones transnacionales implicadas son conscientes de que los compromisos adquiridos en la COP26 no evitaran el desastre climatológico. Sin políticas agresivas es imposible que en 2030 las emisiones globales de gases de efecto invernadero se reduzcan en un 45% desde los niveles del 2010. Para ello habría que eliminar el uso del carbón y reducir de forma contundente las emisiones de metano, pero no hay voluntad para ello. La energía es geopolítica y además su demanda está directamente conectada al modelo de desarrollo global, si este no cambia nunca cambiarán las lógicas de macro consumo energético. De hecho, la demanda global de energía habrá aumentado entorno al 5% al finalizar el presente año, lo que implica que habremos recuperado la tendencia crecimiento anterior tan solo interrumpida durante el período de pandemia. Estamos ante un sinfín respecto al cual, más allá de estrategias onegeísticas de construcción de personajes con incidencia mediática -las Thunbergs, Gualingas o Nakates- o toma consciencia la ciudadanía mundial y se involucra exigiendo acciones inmediatas o los actores detentadores del poder global nos llevarán prematuramente al colapso.

Sin embargo, si algo nos enseñó la pandemia Covid-19 es que tanto el ser humano como la sociedad en su conjunto tienen capacidad de adaptarse a nuevas circunstancias, aquellas a las que nos condiciona la coyuntura y el entorno. ¿No crees que podamos reconducir el modelo de producción, desarrollo y consumo instalado hasta el momento?

Con todos mis respetos a algunas y algunos economistas de postín que nos diseñan guías de como reformar el capitalismo, debe decir que aun no hemos visto el coletazo final de la pandemia y no me refiero a temas relacionados con la salud, sino al ámbito económico. Desde nuestro punto de vista, los bancos centrales de las principales economías del planeta hicieron lo que podían y tenían que hacer a la hora de implementar medidas que evitaran la hecatombe del sistema económico global durante el período de pandemia. Dicho esto, digo también que resulta algo naif pensar que se pueden crear programas de estímulo fiscal de la envergadura de los puestos en marcha recientemente, financiados con dinero proveniente de la nada, sin que todo ello no produzca efectos posteriores. No busco con esto plantear un aburridísimo debate ideológico de esos a los que nos tienen acostumbrados los economistas de la escuela clásica frente a los neokeynesianos o viceversa, sino más bien un análisis sobre los límites del sistema económico capitalista global.

En la actualidad el aumento de la masa monetaria no tiene precedentes, el nivel de endeudamiento de las empresas y los Estados está en máximos históricos y, además, consecuencia de la disminución de la mano de obra y el abandono de las infraestructuras, asistimos a una crisis de los canales de distribución globales que tiene su correspondiente impacto en los precios de materias primas, commodities, componentes industriales, tarifas energéticas y demás que terminan generando inflación y repercutiendo en los bolsillos de la gente. Más allá de que la inflación sea el impuesto no estatal más injusto que existe, el incremento inflacionario del que en la actualidad nos hablan los medios de comunicación posiblemente no sea el real porque está sometido a la manipulación hedónica, buscándose ocultar su real envergadura.

Al cierre del año 2020 se hablaba de una deuda mundial de 255 billones de dólares, un 355% del PIB global y esta deuda, tanto pública como privada, ha seguido creciendo en el presente año. El sistema global se sostiene sobre la ficción/fricción de la deuda, la deuda global está hoy por encima de los existentes en 2007 y no sería de extrañar, dadas las condiciones generales, que en 2022 asistamos a una crisis de deuda soberana en los países emergentes. A lo anterior hay que sumar que el mercado bursátil global está muy inflado fruto de un crecimiento acelerado que ni es sostenible ni es real. Todo esto es fruto de la especulación pero evidentemente está lógica tiene límites.

Limitándonos al análisis de los Estados Unidos, donde en el mercado inmobiliario se ha alcanzado una relación precio de la vivienda versus ingreso promedio familiar muy similar al existente momentos antes de la crisis subprime, basta hacer el ejercicio de sumar la capitalización bursátil de todas las acciones estadounidenses combinadas que cotizan en bolsa y dividirlo por la última cifra trimestral de su PIB para ver la distancia existente entre la valorización de su mercado de capitales y el tamaño real de la economía estadounidense. Nuestro análisis es que estamos en la fase avanzada de una nueva burbuja financiera, a las puertas de una próxima crisis de los mercados financieros, la cual será profundamente dolorosa y conllevará correcciones que podrían alcanzar hasta el 40%.

Frente a todo lo anterior, los países del Sur necesitan dotarse de políticas económicas contracíclicas, proteger con cobertura social a sus poblaciones y levantar defensas frente a los impactos en sus economías derivadas de procesos externos.

Los (supuestos) límites del capitalismo

Por Raúl Zibechi

Durante mucho tiempo una parte de los marxistas aseguraron que el capitalismo tiene límites estructurales y económicos, fincados en leyes que harían inevitable su (auto) destrucción.

Esas leyes son inmanentes al sistema y se relacionan con aspectos centrales del funcionamiento de la economía, como la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, analizada por Marx en El capital.

Esta tesis dio pie a que algunos intelectuales hablaran del derrumbe del sistema, siempre como consecuencia de sus propias contradicciones.

Más recientemente, no pocos pensadores sostienen que el capitalismo tiene límites ambientales que lo llevarían a destruirse o por lo menos a cambiar sus aspectos más depredadores, cuando en realidad lo que tiene límites es la propia vida en el planeta y, muy en particular, la de la mitad pobre y humillada de su población.

Hoy sabemos que el capitalismo no tiene límites. Ni siquiera las revoluciones han podido erradicar este sistema ya que, una y otra vez, en el seno de las sociedades posrevolucionarias se expanden relaciones sociales capitalistas y desde dentro del Estado resurge la clase burguesa encargada de hacerlas prosperar.

La expropiación de los medios de producción y de cambio fue, y seguirá siendo, un paso central para destruir el sistema, pero, a más de un siglo de la revolución rusa, sabemos que es insuficiente, si no existe un control comunitario de esos medios y del poder político encargado de gestionarlos.

También sabemos que la acción colectiva organizada (lucha de clases, de géneros y de colores de piel, contra las opresiones y los opresores) es decisiva para destruir el sistema, pero esta formulación también resulta parcial e insuficiente, aunque verdadera.

La actualización del pensamiento sobre el fin del capitalismo, no puede sino ir de la mano de las resistencias y construcciones de los pueblos, de modo muy particular de zapatistas y kurdos de Rojava, de los pueblos originarios de diversos territorios de nuestra América, pero también de los pueblos negros y campesinos, y en algunos casos de lo que hacemos en las periferias urbanas.

Algunos puntos parecen centrales para superar este desafío.

El primero es que el capitalismo es un sistema global, que abarca todo el planeta y debe expandirse permanentemente para no colapsar. Como nos enseña Fernand Braudel, la escala fue importante en la implantación del capitalismo, de ahí la importancia de la conquista de América, ya que le permitió, a un sistema embrionario, desplegar sus alas.

Las luchas y resistencias locales son importantes, pueden incluso doblegar al capitalismo a esa escala, pero para acabar con el sistema es imprescindible la alianza/coordinación con movimientos en todos los continentes. De ahí la tremenda importancia de la Gira por la Vida que estos días realiza el EZLN en Europa.

El segundo es que no se destruye el sistema de una vez para siempre, como debatimos durante el seminario El pensamiento crítico frente a la Hidra capitalista, en mayo de 2015. Pero aquí hay un aspecto que nos desafía profundamente: sólo la lucha constante y permanente, puede asfixiar el capitalismo. No se lo corta de un tajo, como las cabezas de la Hidra, sino de otro modo.

En rigor, debemos decir que no sabemos exactamente cómo terminar con el capitalismo, porque nunca se ha logrado. Pero vamos intuyendo que las condiciones para su continuidad y/o resurgimiento deben acotarse, someterse a control estricto, no por un partido o un Estado, sino por las comunidades y pueblos organizados.

El tercer punto es que no se puede derrotar el capitalismo si a la vez no se construye otro mundo, otras relaciones sociales. Ese mundo otro o nuevo, no es un lugar de llegada, sino un modo de vivir que en su cotidianidad impide la continuidad del capitalismo. Las formas de vida, las relaciones sociales, los espacios que seamos capaces de crear, deben existir de tal modo que estén en lucha permanente contra el capitalismo.

El cuarto es que, mientras exista Estado, habrá chance de que el capitalismo vuelva a expandirse. En contra de lo que pregona cierto pensamiento, digamos progresista o de izquierda, el Estado no es una herramienta neutra. Los poderes de abajo, que son poderes no estatales y autónomos, nacen y existen para evitar que se expandan las relaciones capitalistas. Son, por tanto, poderes por y para la lucha anticapitalista.

Finalmente, el mundo nuevo posterior al capitalismo no es un lugar de llegada, no es un paraíso donde se practica el buen vivir, sino un espacio de lucha en el que, probablemente, los pueblos, las mujeres, las disidencias y las personas de abajo en general, estaremos en mejores condiciones para seguir construyendo mundos diversos y heterogéneos.

Creo que si dejamos de luchar y de construir lo nuevo, el capitalismo renace, incluso en el mundo otro. El relato del Viejo Antonio que dice que la lucha es como un círculo, que empieza un día pero nunca termina, tiene enorme actualidad.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2021/11/19/opinion/021a1pol

Entrevista con Albert Ettinger. “EE.UU quiere contener a China para sostener su propia posición global”

Por Andrea Turi

El Centro de Estudios sobre Eurasia y el Mediterráneo entrevistó a Albert Ettinger sobre los acontecimientos que animaron las regiones de Xinjiang , Tíbet y Hong Kong, pero también sobre la situación internacional y las relaciones entre la República Popular China y Estados Unidos .

Sr. Ettinger, gracias por su disponibilidad. Nuestra “entrevista” se incluirá en el Focus que el Centro de Estudios sobre Eurasia y el Mediterráneo está llevando a cabo en Xinjiang. Antes de pasar a esta región autónoma de China, me gustaría aprovechar su profundo conocimiento de otra región autónoma de la República Popular China, el Tíbet.
Hoy se habla mucho menos del Tíbet que en el pasado. ¿Qué pasó mientras tanto y, sobre todo, por qué se ha calmado el revuelo mediático? El Tíbet está en un “baño de agua”, pero ¿volverá pronto el tema a ocupar un lugar en la propaganda anti-china promovida por Occidente?

La impresión de que el Tíbet ha sido dejado de lado a favor de Xinjiang en la propaganda anti-china de nuestros principales medios de comunicación occidentales ciertamente no es falsa. Esto se debe a varias causas.

Primero, hay una evolución en el propio Tíbet. Los últimos disturbios orquestados por Washington y Dharamsala, donde reside el “gobierno tibetano en el exilio”, datan de 2008. El espectacular boom económico en el Tíbet, debido a la ayuda masiva y las grandes obras de infraestructura por parte del estado chino, ha hecho que se vuelva cada vez más difícil. para describir al Tíbet como “el infierno en la tierra”. Luego, la narrativa de “1,2 millones de muertes tibetanas”, “genocidio” y “etnocidio” fue seriamente cuestionada incluso dentro del círculo de partidarios de la “causa tibetana”.

Pero sobre todo el Tíbet es menos importante que Xinjiang desde un punto de vista geoestratégico: más rica y poblada, esta última región juega un papel esencial en el gran proyecto chino de la “Nueva Ruta de la Seda”. El movimiento separatista uigur tiene la ventaja de tener estrechos vínculos con el islamismo político, el yihadismo internacional, el pan-turquismo y el extremismo de derecha turco (los “lobos grises”). Su potencial de daño y, por lo tanto, las posibilidades de desestabilizar Xinjiang son mucho mayores que la situación en el Tíbet.

Esto no significa que la “cuestión tibetana” ya no juegue ningún papel.

El Tíbet siempre puede volver al centro de la interferencia de Estados Unidos en los asuntos internos de China. Este será ciertamente el caso cuando muera el actual Dalai Lama y cuando sea necesario nombrar un nuevo líder espiritual lamaísta. Hasta hace poco, Estados Unidos ha tomado iniciativas sobre este tema que han recibido cierta cobertura mediática. A fines de 2019, Sam Brownback, nombrado “Embajador de buena voluntad de los Estados Unidos para la libertad religiosa en el mundo” por Donald Trump, afirmó que “Estados Unidos quiere que la ONU se involucre rápidamente en la elección del próximo Dalai Lama para evitar que China influya en la proceso de designación “.

A fines de 2020, el Senado de los Estados Unidos adoptó una ley que incluye sanciones contra cualquier funcionario chino que intente identificar e instalar a un Dalai Lama aprobado por el gobierno chino. Esta Ley de Política y Apoyo Tibetano de 2020 (TPSA, por sus siglas en inglés) también prevé prohibir a China cualquier nueva apertura de un consulado en los Estados Unidos hasta que Estados Unidos haya recibido autorización para abrir una misión diplomática en Lhasa, Tibet.

¿Qué importancia y qué papel jugó el Tíbet en la estrategia hegemónica de las fuerzas occidentales en la región?

El Tíbet fue objeto de lo que los historiadores llaman el Gran Juego en el siglo XIX y principios del XX. El Imperio Británico y la Rusia zarista se enfrentaron en una lucha por expandir sus respectivas esferas de influencia en Asia Central. En cuanto al Tíbet, una región bajo soberanía china pero cuyo control ha escapado gradualmente a una China imperial en pleno declive y atacada por todos lados por potencias extranjeras imperialistas, fueron los británicos quienes prevalecieron. Desde su colonia india, lanzaron una invasión militar en 1903/1904 que llevó a la captura de Lhasa.

1911 vio la caída de la dinastía manchú en China, seguida de un período de disturbios internos y guerras civiles y, en particular, la invasión japonesa. Por lo tanto, durante unos 40 años, el Tíbet ha tenido lo que en Occidente se llamó “independencia de facto”. Sin embargo, ningún país lo ha reconocido nunca como independiente, ni siquiera sus líderes británicos. Y cuando el gobierno tibetano de Lhasa comenzó a “coquetear” con el Japón militarista y la Alemania nazi (que estableció contactos amistosos con los círculos gobernantes de Lhasa a través de una expedición de las SS en 1939), los países del pacto anti-Komintern que, por ejemplo, habían reconocido oficialmente el estado títere de Manchoukuo, no le concedieron este favor.

El interés de Estados Unidos en el Tíbet se remonta a la década de 1940. Pero fue solo después de la victoria comunista en la guerra civil china que los estadounidenses intervinieron directamente, primero a nivel diplomático (ya en 1950, pidieron al Dalai Lama que abandonara el Tíbet y se refugiara en Sri Lanka o en los Estados Unidos). , luego a partir de 1956, cuando comenzaron a entrenar militarmente a combatientes tibetanos anticomunistas, primero en la isla Saipan en las Islas Marianas, luego en Camp Hale, Colorado, además de enviar paracaidistas, equipo militar y suministros a los rebeldes. En 1959, la CIA jugó un papel importante en la huida del Dalai Lama a la India y el establecimiento de un “gobierno en el exilio”.

Luego, la CIA estableció un campo terrorista en Nepal en la región de Mustang que existió hasta la década de 1970, pero dejó de apoyar a los combatientes anticomunistas tibetanos después de la normalización de las relaciones chino-estadounidenses por parte de Nixon. Esto muestra claramente que el apoyo dado al separatismo tibetano por Estados Unidos depende de la situación política internacional y solo de los intereses estadounidenses.

A Washington nunca le ha importado realmente el destino de sus mercenarios extranjeros.

Ha publicado un libro en italiano “ Free Tibet? Relaciones sociales e ideología en el país del lamaísmo real ”en el que, pase el término, ¿derroca por completo las verdades dogmáticas de la desinformación que los medios de comunicación transmiten sobre esta comunidad autónoma? Por otro lado, ¿puede indicar las interpretaciones al público que quiere liberarse de una historia mediática y política teñida de fuertes tintes de propaganda anti-china?

El libro que cita es el primero de dos libros complementarios que originalmente estaban destinados a formar un solo volumen. Desafortunadamente, “¿Tíbet libre?” es el único de los dos que se ha traducido al italiano.

Allí examiné lo que se sabe sobre el antiguo Tíbet sobre la base de los testimonios de viajeros y exploradores extranjeros, sobre la base de los estudios de eruditos occidentales autorizados, como el profesor estadounidense Melvyn C. Goldstein, y sobre la base de hechos admitidos por personalidades del exilio tibetano: el Dalai Lama, su hermano mayor Thubten Norbu, su ex médico personal, etc.

Mi conclusión fue, en pocas palabras, que el antiguo Tíbet vivía bajo un régimen feudal que mantenía a la gran mayoría de los tibetanos en un estado difícilmente imaginable de penuria y servidumbre, con una esperanza de vida de alrededor de 30 años, un presupuesto de víctimas infantiles extremas, 95 por ciento. analfabetismo … y una pequeña clase dominante que vivía en un lujo obsceno y tenía derecho a la vida o la muerte sobre sus súbditos.

Además, en lo que respecta a la desinformación en Occidente, basta con comparar las ediciones en francés o inglés del famoso libro de Heinrich Harrer sobre sus “Siete años en el Tíbet” con el original en alemán para ver que se han eliminado pasajes enteros para ocultar del lector, cualquier cosa que no se ajuste a la imagen positiva que nos gustaría dar del Tíbet bajo los Dalai Lamas.

El segundo libro es más “político”, ya que traza la historia del Tíbet en el siglo XX y aborda temas como el apoyo estadounidense a los contrarrevolucionarios tibetanos, los eventos de 1959 con la huida del Dalai Lama, el llamado colonialismo chino y el presunto genocidio de tibetanos.

Empecé a hablar del Tíbet porque me gustaría preguntarle si, en su opinión, hay un hilo conductor que une los eventos que han “animado” al Tíbet, Hong Kong y Xinjiang. ¿Qué importancia tienen estas otras dos regiones, qué importancia tienen estas otras dos regiones, qué fuerzas están operando allí y con qué propósito?

El acercamiento que haces entre el Tíbet y Xinjiang es muy relevante. Estamos siendo testigos de una política de Estados Unidos hacia China que es tanto la continuación de su política anticomunista en el siglo pasado como un resurgimiento de las políticas de las antiguas potencias coloniales.

Cabe recordar que Estados Unidos apoyó y armó abrumadoramente al Partido Nacionalista Chino (Kuomintang) durante la guerra civil que libró contra los comunistas; si intervinieron militarmente en Corea, también fue para contener a la “China roja”. Lo mismo ocurre con la guerra de Vietnam, Laos y Camboya.

Ellos financiaron, armaron y entrenaron a los terroristas tibetanos de Chushi Gangdrug. No es de extrañar, entonces, que apoyen a los separatistas uigures del WUC y que hayan eliminado a los yihadistas del ETIM / TIP de su lista oficial de organizaciones terroristas.

Para luchar contra China, EE.UU. está alimentando el separatismo de algunas minorías étnicas y el particularismo combinado con la xenofobia anti-china de una parte de la población de Hong Kong.

Así resumen la estrategia de los imperialistas japoneses de la década de 1930 que pretendían desmembrar a China presentándose como el defensor de las etnias que vivían en su periferia: manchúes en “Manchoukouo”, mongoles en Mongolia Interior (“Mengjiang”) y finalmente los tibetanos en el Tíbet.

En Xinjiang, la estrategia estadounidense de desestabilización puede aprovechar el hecho de que las tendencias separatistas han existido allí durante algún tiempo, como lo demuestran las dos repúblicas efímeras del “Turquestán Oriental”: la “República Islámica Turca del Turquestán Oriental” de 1933 limitada al vecindad de Kashgar y la segunda “República de Turkestán Oriental” bajo la influencia soviética en el norte (finales de 1944-1949).

En ambos casos, solo una pequeña parte del territorio de Xinjiang estaba controlada por las fuerzas separatistas.

La República Popular China creó la Región Autónoma Uigur de Xinjiang precisamente para tener en cuenta las peculiaridades de esta tierra habitada principalmente por minorías étnicas. Recuerdo que estas minorías y sus derechos están consagrados en la constitución china y también han disfrutado (y todavía disfrutan) de importantes privilegios sobre el grupo étnico mayoritario, los Han. Sus idiomas han sido privilegiados en la educación, no han estado sujetos a la política de “un hijo” impuesta a la población Han, se han beneficiado y aún se benefician de la “discriminación positiva” en los exámenes nacionales, que son tan importantes como parte de el sistema de méritos chino.

Sin embargo, el rápido desarrollo económico de China, que comenzó en las zonas costeras, ha tardado en llegar a regiones periféricas como el Tíbet y Xinjiang, especialmente las zonas rurales. El subdesarrollo económico fue, evidentemente, una causa de descontento. A esto se suma el rechazo de la fuerte inmigración Han a Xinjiang desde 1949 y la sensación de falta de oportunidades económicas debido a la falta de conocimiento del mandarín. Esta es una consecuencia casi inevitable de la prioridad dada a la lengua minoritaria en el sistema educativo. Es por eso que el gobierno chino ha insistido recientemente en que todos los ciudadanos chinos, incluidas las minorías, aprendan el idioma nacional (mejor).

Otros factores del subdesarrollo entre las poblaciones musulmanas de Xinjiang son la condición tradicional de las mujeres y las familias numerosas. El gobierno chino ha comenzado a abordar estos problemas promoviendo las actividades salariales de las mujeres y difundiendo el control de la natalidad y la planificación familiar, medidas que les han valido acusaciones de “trabajo forzoso”, “genocidio cultural” y “genocidio” por “esterilización forzada”.

Los intentos de Estados Unidos de desestabilizar Xinjiang podrían beneficiarse aún más de la existencia de las diásporas uigur y kazaja. Como en el caso del Tíbet, los miembros de estos grupos étnicos huyeron de China durante la victoria de la revolución comunista.

Es aquí donde encontramos las raíces del WUC: el padre fundador de este movimiento separatista, Isa Yusuf Alptekin, se refugió en Turquía donde estableció estrechos contactos con extremistas de derecha seguidores de la ideología pan-turca (“lobos grises” ).

Su hijo, Erkin Alptekin, fundó la WUC con el apoyo de Washington y fue su primer presidente. Turquía también ha estado directamente involucrada en el terrorismo uigur en China y en el extranjero. Los terroristas uigures capturados en el sudeste asiático tenían pasaportes turcos en su poder, pero sobre todo: los miles de yihadistas ETIM / TIP que luchan en Siria no podrían haberse aglomerado allí sin la complicidad de las autoridades turcas.

Antes de Siria, Al Qaeda entrenó en Afganistán a otra generación de terroristas uigures durante la guerra contra el ejército soviético.

Sabemos quién apoyó y armó a los “mujahedin” afganos y quién luego utilizó el yihadismo para destruir Libia y tratar de derrocar a Assad en Siria. El terrorismo en Xinjiang comenzó con el regreso a casa de yihadistas respaldados por Estados Unidos desde Afganistán.

En cuanto a Hong Kong, que es un importante centro financiero, lo que se nos ha presentado como un movimiento pacífico por la “democracia” ha sido, al menos en sus componentes más radicales, un movimiento fascista y violento impulsado y controlado remotamente por Washington.

Nuestros medios no han insistido en la xenofobia de la prensa de Hong Kong de un Jimmy Lai que prontamente calificó a los compatriotas del continente como langostas dispuestas a invadir y devastar la ciudad, ni en los daños materiales causados ​​por los alborotadores que destruyeron sistemáticamente la infraestructura (al establecer fuego a estaciones de metro, devastación del parlamento y universidades técnicas, etc.), ni en ataques físicos, con armas letales, contra opositores políticos, internos chinos y policías, ni en sus amenazas contra familiares de policías u opositores.

La interferencia de Washington en los asuntos de Hong Kong (y por lo tanto de China) fue obvia: contactos tanto clandestinos como oficiales entre diplomáticos o políticos estadounidenses y líderes de los disturbios, estímulo a los alborotadores, banderas estadounidenses y británicas ondeando por ellos, etc.

El New Endowment for Democracy (NED) ha inyectado decenas de millones de dólares en capacitación y apoyo material para los separatistas.

El terreno de Hong Kong era propicio para un intento de desestabilización: su peso económico decayó a favor de la cercana ciudad de Shenzhen, y para ello tuvo que afrontar crecientes dificultades económicas. Los jóvenes tienen dificultades para encontrar un trabajo o una vivienda dignos. A estas dificultades se suma un sentimiento de superioridad hacia los chinos del continente y un particularismo que deriva del hecho de que no se comparte realmente el mismo idioma (el “chino” se divide en ocho grandes grupos dialectales y el cantonés que se habla en Hong Kong). es muy diferente del idioma oficial chino, el putonghua o mandarín), ni de la historia reciente en sí misma (debido a la colonización británica).

Los jóvenes de Hong Kong fueron educados en un sistema escolar diferente y con un espíritu más “occidental”. Además, no olvidemos que Hong Kong ha sido durante mucho tiempo un bastión anticomunista y una guarida de espías. Sus tríadas (crimen organizado) jugaron un papel importante en la exfiltración por parte de la inteligencia occidental de los líderes del movimiento de protesta de la Plaza de Tiananmen en 1989.

“ China nunca ha intentado colonizar el resto del mundo; al contrario, fue víctima del colonialismo. Quiere recuperar el lugar que le corresponde en un mundo multipolar, pero no busca la hegemonía y la dominación mundial “

Ha seguido de cerca la campaña de propaganda que comenzó hace unos años, con un primer pico en la expulsión de China de la “periodista” francesa Ursula Gauthier. Los medios de comunicación todavía hoy hablan de Xinjiang. ¿Qué está pasando con Xinjiang? ¿Qué despertó el reciente y fuerte interés de Occidente en esta región autónoma de China? Estamos ante dos perspectivas diferentes, por supuesto. ¿De qué está hablando Beijing cuando habla de Xinjiang? ¿De qué está hablando Washington cuando habla de Xinjiang?

A la periodista francesa de la que habla no se le extendió su visa porque había herido los sentimientos de cientos de millones de chinos al negar abiertamente la existencia del terrorismo uigur. Trivializó y justificó la violencia terrorista, llamándola resistencia y una reacción normal a la “opresión china”. De hecho, el terrorismo yihadista ha matado y herido a más personas en Xinjiang y China que en Francia.

Ya he mencionado la importancia de Xinjiang para el proyecto “Nueva Ruta de la Seda”. Es un proyecto visto por Washington como una seria amenaza para la hegemonía estadounidense. Por tanto, deben utilizarse todos los medios para contrarrestarlo.

Beijing, especialmente en la última década, ha hecho un esfuerzo espectacular en el desarrollo de Xinjiang, a través de inversiones masivas en infraestructura y desarrollo económico en general. La región está conectada con el resto de China por carretera y tren de alta velocidad. Como parte del Programa Nacional de Reducción de la Pobreza, se ha mejorado significativamente la situación de las poblaciones más pobres de las zonas rurales del sur de Xinjiang. Sacar a las personas de la pobreza es un objetivo que no se logra mediante obsequios o subsidios, sino proporcionándoles una mejor formación profesional, una mejor educación, puestos de trabajo en la industria o el sector de servicios.

En Occidente, la propaganda anti-china pinta este desarrollo y todas estas medidas en una caricatura. Durante casi 40 años, nuestras grandes multinacionales y clases dominantes se han beneficiado enormemente de la mano de obra china barata, los trabajadores migrantes de las zonas rurales que se han trasladado a los centros urbanos industrializados y las zonas costeras. Sabemos que sus condiciones de vida y de trabajo distaban mucho de ser envidiables. Ahora, cuando China trata de dar trabajos relativamente bien remunerados a personas ociosas de las zonas pobres de Xinjiang, hay un grito de “trabajo forzoso”. Esfuerzos para mejorar la atención de la salud, promoción de la planificación familiar,

Al mismo tiempo, el gobierno chino se ha visto obligado a tomar medidas sustanciales para combatir el terrorismo y el separatismo y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Razón de más para que Occidente clame por la represión, la vigilancia generalizada y las violaciones de derechos humanos. Tendemos a olvidar que el mayor, más general, sofisticado y costoso sistema de vigilancia y espionaje lo practican a escala mundial agencias de inteligencia estadounidenses como la NSA, en asociación con empresas estadounidenses como Google.

En sus artículos recientes, habla abiertamente de una nueva guerra fría desatada por la administración Trump contra China, que se presta tanto a la pandemia como a la “represión” china en Hong Kong y Xinjiang. ¿Hasta dónde llegará Washington y qué iniciativas tomará Beijing?

Por el momento, la “guerra fría” librada por Estados Unidos y sus satélites tiene que ver principalmente con la propaganda y la economía. Al presionar a sus “aliados” europeos, Estados Unidos ha logrado excluir a Huawei de instalar redes 5G en Gran Bretaña, Francia y Alemania, por ejemplo. Quieren dañar la economía china golpeando los buques insignia de su industria de alta tecnología.

Su objetivo proclamado es sobre todo “desacoplar” las economías de los países occidentales de China. Los estrechos lazos económicos que existen en una economía ampliamente globalizada previenen o al menos dificultan medidas de guerra económica más drásticas y efectivas contra China, ya que corren el riesgo de extenderse a las economías occidentales.

Lo mismo ocurre con un posible conflicto militar. Pero creo que será imposible “desacoplar” las economías y aislar a China. Lo que se ha logrado con la Unión Soviética y el Bloque del Este no se puede lograr con China, cuya economía es mucho más fuerte y los vínculos con la economía mundial están mucho más desarrollados. Las sanciones occidentales tendrán el efecto contrario al esperado: China será más independiente en su economía, desarrollo tecnológico e investigación científica.

La administración Biden, no contenta con las continuas políticas agresivas de Trump hacia China, acaba de anunciar un programa de armas extremadamente ambicioso y costoso. Esto aumenta el temor de que la “guerra fría” algún día se vuelva “caliente”.

Y una guerra así, aunque sea limitada, entre Occidente y China correría el riesgo de conducir a una tercera guerra mundial. Esta es una visión de horror que difícilmente podemos imaginar, pero no debemos olvidar que dentro del Pentágono, los estrategas del género “Doctor Strangelove” retratados en la famosa película de Stanley Kubrick nunca han fallado.

En el libro “ La lógica del poder. América, guerra, control del mundo ”, John Mearsheimer, al hablar de las posibles estrategias implementadas por las potencias para obtener la hegemonía regional, señala una, la de” sangrar “: en esta estrategia un Estado no actúa directamente contra el adversario sino que lucha para asegurar que la guerra en la que está involucrada sea prolongada y mortal.

Mearsheimer tiene el mérito de hablar abiertamente sobre las reflexiones estratégicas que circulan o se debaten en Washington. La estrategia de la que habla es la que se aplicó en Afganistán en la década de 1980 y que contribuyó en gran medida al colapso de la Unión Soviética. Pero China no es la Unión Soviética, y es poco probable que Occidente pueda atraerlo a un conflicto comparable a la guerra soviética en Afganistán. Además, esta estrategia no tuvo el éxito esperado ni siquiera en Rusia, con las guerras de Chechenia.

Ha habido un grave problema terrorista en Xinjiang, pero la región se ha estabilizado y pacificado, y el peligro de un resurgimiento del terrorismo parece por el momento excluido, a pesar de los miles de yihadistas uigures que luchan en Siria y que quisieran reintroducir su “guerra .sagrado “en Xinjiang. De hecho, los servicios de seguridad chinos parecen tener los medios y las herramientas para evitar la infiltración de terroristas.

Además, la mejora de las condiciones de vida de la población musulmana en Xinjiang dificulta el reclutamiento de terroristas. Es por eso que la actual propaganda occidental tiene como objetivo provocar sanciones económicas contra la industria y la agricultura en la región. Un empeoramiento de las condiciones de vida de las poblaciones aumentaría las “posibilidades” de contratar al ETIM / TIP y al WUC.

La estrategia de cerco de China está casi desplegada en el suelo, falta el frente norte. ¿Podría Mongolia Interior, donde ya ha habido las primeras señales, ser el próximo brote de disturbios organizados contra el gobierno de Beijing?

En mi opinión, Mongolia Interior difícilmente puede convertirse en un nuevo semillero de terroristas. A diferencia de Xinjiang, no tiene fronteras con países como Afganistán, Tayikistán, Kirguistán y Kazajstán. Sí, hubo tendencias separatistas, pero no estamos tratando con fuerzas internacionales como el islamismo político y el movimiento panturco y neo-otomano. Además, la etnia mongol representa solo el 17% de la población, mientras que el 80% son Han.

Recientemente traté con Hong Kong y escribí una serie de artículos sobre la interferencia extranjera en los asuntos internos de China, señalando que es esencial comprender la dinámica que mueve los eventos para comprender que siempre existe una dinámica titiritero-titiritero vinculada a un flujo de fondos externos. . ¿Se puede aplicar el modelo de “ seguir el dinero ” también a Xinjiang para comprender mejor lo que está sucediendo en esta región autónoma de China? ¿Quién trabaja realmente sobre el terreno en Xinjiang, qué organizaciones?

Mencioné el Congreso Mundial Uigur (WUC), que funciona como una organización coordinadora de varias organizaciones separatistas uigures en el extranjero. Oficialmente, su sede está en Alemania, pero sus organizaciones secundarias más activas están en Estados Unidos. La WUC y sus organizaciones afiliadas, como la Asociación Estadounidense Uigur (UAA) y el Proyecto de Derechos Humanos Uigur, son financiadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos a través de New Endowment for Democracy.

Como reveló el periodista canadiense Ajit Singh, “la UAA ha recibido millones de dólares en fondos” de NED, la agencia estadounidense de cambio de régimen que actúa como el brazo “legal” de la CIA. En palabras de Nury Turkel, ex presidente de la UAA, la NED ha “brindado un apoyo excepcional”, “valiosos consejos y asistencia” y “fondos esenciales” a esta organización.

Además, la UAA “trabaja en estrecha colaboración con el gobierno de los Estados Unidos”, sobre todo con el Departamento de Estado, el Comité Ejecutivo del Congreso sobre China (CCCB) y la Comisión de Derechos Humanos del Congreso. Según la investigación de Ajit Singh, las organizaciones uigures en Estados Unidos están dirigidas por “operadores del Estado de Seguridad Nacional de Estados Unidos, incluidos empleados del gobierno de Estados Unidos, Radio Free Asia y el complejo industrial militar”.

Los combatientes de ETIM / TIP son parte del movimiento terrorista islámico internacional conocido como Al-Qaeda y DAECH (IS). En el contexto de la guerra en Siria, tenían (y todavía tienen) el apoyo de Turquía, miembro de la OTAN. Y sabemos cómo Washington ha podido utilizar a los yihadistas como mercenarios contra sus adversarios, desde la guerra contra el ejército soviético en Afganistán, la guerra en Bosnia, la guerra en Libia …

En Xinjiang, ¿es el terrorismo heterofinanciado un medio abandonado de desestabilización o podría reaparecer en caso de necesidad?

No veo cómo habría sido abandonado. El imperialismo estadounidense ha utilizado a terroristas extranjeros y mercenarios a su sueldo durante más de medio siglo. Recuerda a los mercenarios cubanos de Bahía de Cochinos, los combatientes hmong reclutados por la CIA en Laos, la Contra de Nicaragua, etc.

Se dedica a analizar información para resaltar la información errónea que se le transmite. Les pregunto, entre los periodistas, ¿hay más ignorancia, prejuicio o disposición a manipular?

Admito que me cuesta creer la honestidad intelectual de la mayoría de nuestros reporteros. La profesión promueve o más bien requiere la conformidad política y una fuerte propensión a alinearse con la ideología dominante. Dicho esto, es probable que el prejuicio y la ignorancia sean tan frecuentes entre los periodistas como entre otras profesiones.

Pero permítame citar a alguien con más experiencia que yo para responder a su pregunta. Es precisamente una periodista que se ha rebelado contra la “esclavitud mediática” francesa (y que ha visto destrozada su carrera por su testarudez en querer mantener su libertad intelectual y su honestidad). Él relata: “Una vez un colega de Le Monde me dijo que ni una sola vez, en el periódico donde había trabajado durante casi un cuarto de siglo, uno de sus artículos había sido ideológicamente correcto, como tampoco se le ordenó que no divulgara tal información o retirar esta sentencia condenatoria. Me asombré, porque mi experiencia, y la de muchos periodistas que conozco, fue todo lo contrario. De ello dedujo que en nuestra profesión reinaba la libertad real. Bastante, Llegué a la conclusión de que su cerebro era como un carrusel donde, desde los albores de los tiempos, un caballo ciego ha estado girando, incapaz de ver la más mínima apertura hacia lo desconocido “. (Aude Lancelin, “Le Monde Libre”).

¿Nos enfrentamos a lo que el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, dijo que era la mentira del siglo inventada por las fuerzas antichinas respaldadas por Estados Unidos en Xinjiang?

Quizás, pero hay que recordar que ya ha habido otras mentiras que podrían reclamar este título, y no es casualidad que provengan de las mismas fuentes: las “armas de destrucción masiva” de Saddam, su implicación en los atentados del 11 de septiembre. , su complicidad con Al-Qaeda, las violaciones organizadas del ejército de Gadafi facilitadas por la distribución de viagra a las tropas, etc. Estas mentiras del siglo XXI no tienen nada que envidiar a las del XX. Basta pensar en las mentiras de las incubadoras en Kuwait, la supuesta “masacre de Timisoara”, el supuesto “plan de herradura” serbio en Kosovo, etc.

El nivel de acusaciones contra Beijing ha aumentado: desde acusaciones de violación de los derechos humanos del pueblo uigur hasta acusaciones de genocidio total.
¿Qué está buscando Estados Unidos – porque, seamos sinceros, Occidente está jugando un juego que solo Washington tiene interés en jugar – con esta estrategia?

Estados Unidos quiere detener el ascenso de China para mantener su hegemonía global, que se completó después de la caída de la Unión Soviética. Durante mucho tiempo esta hegemonía no fue impugnada por ninguna potencia rival.

Bajo Biden, exigen (o presionan) a sus “aliados” para que formen bajo su liderazgo un frente común contra China percibido como la mayor amenaza para la sostenibilidad de su dominación global. Por lo tanto, se invita a los europeos a defender la hegemonía estadounidense y el “orden” internacional definido por su líder en el extranjero. ¿Es lo mejor para ellos?

Al respecto, en el último libro de Maxime Vivas hay una frase que en primera lectura puede ser anónima pero que es un resumen de lo que está sucediendo actualmente con respecto a Xinjiang: “esta batalla de los estadounidenses no es nuestra”.
¿Han abandonado realmente los países europeos cualquier perspectiva de autonomía y defensa de sus derechos para arrodillarse ante la voluntad del padre-amo norteamericano? ¿Hasta qué punto está dispuesto Occidente a seguir un declive que parece imparable y, sobre todo, cuándo se da cuenta de ello?
Después de todo, el mundo contado por los occidentales ya no existe.

Desafortunadamente, Estados Unidos tiene tal influencia en Europa que a menudo se las arregla para hacer que actúe en contra de sus propios intereses. Un ejemplo es el acuerdo nuclear con Irán. Cuando la administración Trump lo destruyó unilateralmente, los principales países europeos querían salvarlo y salvaguardar sus lazos económicos con Irán. No lo han logrado. Cuando, más recientemente, Alemania y Francia propusieron una reunión cumbre con el presidente ruso Putin, algunos países lograron que la propuesta fuera rechazada. Actualmente, las fuerzas más “atlantistas” están intentando sabotear el Acuerdo Integral de Inversión (AGI) entre la Unión Europea y China. El Parlamento Europeo ha bloqueado su ratificación.

Hay muchos otros ejemplos que podrían citarse, como el acuerdo del gasoducto Nordstream 2 y la presión de Washington para que los países europeos aumenten sus ya sobredimensionados presupuestos militares.

Como señala Frédéric Pierucci, el exjefe de una de las sucursales de Alstom tomado como rehén en abril de 2013 por Estados Unidos para obligar a este gigante de la industria francesa a pagar una multa gigantesca y venderse a la competencia, los países europeos han acordado someterse a la ‘pax americana ‘(…) Durante casi veinte años, Europa se ha dejado tomar como rehén. Las mayores empresas de Alemania, Francia, Italia, Suecia, Holanda, Bélgica, Inglaterra han sido condenadas una tras otra por corrupción o delitos bancarios, o por incumplimiento de un embargo. Y así, decenas de miles de millones de multas terminaron en manos del Tesoro de Estados Unidos. En el epílogo de su libro “La trampa americana”, cita al expresidente francés François Mitterrand que, al final de su mandato, (…) acertó con esta frase premonitoria: “Francia no sabe, pero estamos en guerra con Estados Unidos. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra aparentemente inmortal y, sin embargo, una guerra a muerte ”.

Solo tenemos que reemplazar “Francia” por “Europa” o, mejor aún, “el resto del mundo” para tener una visión más global y justa de esta “guerra”.

Hay un hecho extraño en todo el reciente asunto de Xinjiang: Estados Unidos está persiguiendo a China pero analizando los datos de exportación, vemos que los dos países continúan haciendo negocios entre sí, el otro en detrimento de Europa que, por el contrario , con las sanciones buscadas por Washington -que obviamente se cuida de no aplicar- está perdiendo terreno y sobre todo beneficios económicos. ¿Cómo podemos explicarlo?

Esto confirma que el imperio estadounidense actúa en interés del imperio estadounidense. Los productores alemanes, franceses, japoneses e italianos son sus competidores. Baste recordar el espionaje industrial estadounidense y la presión estadounidense sobre empresas como Airbus, el principal competidor de Boeing.

De Gaulle dijo: “China es algo enorme. Ella está ahí. Vivir como si no existiera es estar ciego, sobre todo porque existe cada vez más ”. ¿Sigue siendo válida la proclamación?

El peso no solo de China, sino de los llamados “países emergentes” ha aumentado de forma espectacular.

El mundo está cambiando radicalmente. China está desempeñando un papel cada vez más importante en las relaciones internacionales. No me refiero solo a su peso económico.

Lo que se llama Occidente, Europa y América del Norte, ya no es el centro de gravedad del planeta. La política exterior europea debería tener esto en cuenta en lugar de recurrir a una visión del mundo que se remonta a la Guerra Fría contra la URSS.

China no es una amenaza para Europa, no aspira a la hegemonía global y no busca imponer su sistema al resto del mundo como lo hacen otros. Sin duda, es un competidor, pero al mismo tiempo un socio económico de primera importancia.

¿Qué no puede o no puede entender el oeste de China?

Quizás China sea simplemente diferente. Tiene otra historia, otra civilización, otras tradiciones, otra filosofía. China no es Estados Unidos, ni Alemania, ni Gran Bretaña, ni Francia o Italia.

Quizás China sea simplemente diferente. Tiene otra historia, otra civilización, otras tradiciones, otra filosofía. China no es Estados Unidos, ni Alemania, ni Gran Bretaña, ni Francia o Italia.

Tengo la impresión de que en Occidente generalmente pensamos que China es como nosotros, solo que peor. Las potencias europeas colonizaron el resto del mundo, libraron guerras interminables por la conquista de nuevos territorios, inventaron la ideología de la superioridad de la civilización “cristiana” occidental, luego el “racismo científico” para justificar la esclavitud y la explotación colonial.

China nunca ha intentado colonizar el resto del mundo; al contrario, fue víctima del colonialismo. Quiere recuperar el lugar que le corresponde en un mundo multipolar, pero no busca la hegemonía y la dominación mundial.

Las potencias occidentales culpan fácilmente a China de lo que han sido sus fallas durante siglos. Fueron ellos quienes practicaron el colonialismo, la esclavitud y el trabajo forzoso, el genocidio, la conversión y asimilación forzadas, la destrucción de civilizaciones y culturas extranjeras. Tengo la impresión de que, al mirar a China, muchos occidentales solo ven su propio autorretrato.

¿Cómo le va a Occidente? ¿Todavía hay espacio para el pensamiento unipolar estadounidense o estamos viviendo en los últimos días del imperio?

Occidente lo está haciendo bastante mal. La crisis económica y financiera y la crisis de salud de Covid 19 que no puede controlar dan fe de ello.

A nivel mundial, su peso económico y su influencia política e ideológica están disminuyendo rápidamente. La elección de Trump a la presidencia destacó el lamentable estado de la “democracia” y las instituciones estadounidenses, y abrió los ojos de muchos a la enorme brecha que existe entre la realidad y el “sueño americano”. Los “demócratas” con Biden han presentado programas ambiciosos, pero su realización corre el riesgo de chocar con las deficiencias del sistema económico y político estadounidense. Veremos qué pueden lograr.

En cuanto a una Europa desunida, víctima de una ampliación prematura e imprudente, vive crisis política tras crisis y es incapaz de resolver los males que la golpean desde hace mucho tiempo, por ejemplo la brecha que se ha ensanchado entre las economías del norte. y el sur de Europa, o el desempleo juvenil particularmente severo en los países mediterráneos. El manejo catastrófico de la crisis de Covid 19 por parte de la mayoría de los gobiernos no ha ayudado a las cosas.

El declive de Occidente es difícil de refutar, pero es relativo y se produce con el tiempo. Salvo imprevistos que puedan precipitar el curso de la historia (como fue la actual crisis sanitaria con sus repercusiones económicas y políticas), se trata de una evolución que durará algunas décadas. Las clases dominantes de Estados Unidos y sus aliados europeos todavía creen que pueden cambiar el rumbo de la historia. De ahí el peligro de una intensificación de la Guerra Fría que ya está en marcha y que podría desembocar en conflictos armados.

¿Qué desarrollos espera en el futuro cercano, en las relaciones entre China y Estados Unidos, y cuál, en cambio, espera?

No tengo una bola de cristal y no creo que pueda predecir el futuro, ni siquiera el futuro cercano. Pero sin duda cabe esperar una intensificación de los conflictos y rivalidades. Espero que Europa no vincule su destino indefinidamente al del Imperio americano y que acepte y encuentre su lugar en el nuevo orden mundial multipolar que está surgiendo.

ALBERT ETTINGER  nació en Differdonge en 1952, en el corazón de la producción de acero de Luxemburgo. Estudió historia, germanística y filología románica y después del primer examen estatal trabajó como asistente de investigación en la Universidad de Trier, donde se graduó con honores con una tesis sobre Thomas Mann. Más tarde enseñó en escuelas secundarias y preparatorias en Luxemburgo. Se ha ocupado del tema del Tíbet durante muchos años

Foucault nunca está en paz

Los temas más importantes abordados por Michel Foucault dejaron de estar en los márgenes para convertirse en los principales problemas de la vida política. El pensador francés es disputado por izquierda y por derecha. Pero, ¿cuáles fueron sus enseñanzas?

Por Michael C. Behrent

De repente, parece que todo el mundo tiene algo para decir sobre Michel Foucault. Y no necesariamente cosas buenas. Después de haber disfrutado de un recorrido de décadas durante el cual sirvió como referencia multiuso en las humanidades y en las ciencias sociales, el filósofo francés está siendo reconsiderado tanto por la derecha como por la izquierda.

Como era de esperarse, durante mucho tiempo la derecha acusó a Foucault de consentir una variedad de patologías de la izquierda. Algunos conservadores incluso hicieron de él un chivo expiatorio de males que van desde el nihilismo ocioso hasta el totalitarismo woke. Sin embargo, en algunas zonas de la derecha está surgiendo una nueva y extraña estima por Foucault. Los conservadores han coqueteado con la idea de que la hostilidad de Foucault hacia la política confesional podría convertirlo en un escudo útil contra los «guerreros de la justicia social». Esta conjetura se vio reforzada durante la pandemia de covid-19, cuando la crítica de Foucault a la «biopolítica» –su término para referirse a la significación política que han cobrado las cuestiones médicas y de salud pública en los tiempos modernos– proporcionó un arma útil para atacar la lealtad progresista a la ciencia.

En paralelo al mayor prestigio que Foucault fue ganando en el ámbito de la derecha, en la izquierda su imagen su fue debilitando. Hace una década, la atención de la izquierda se centraba en si las elaboraciones de Foucault sobre el neoliberalismo en la década de 1970 sugerían que sus compromisos filosóficos armonizaban con la emergente ideología del libre mercado: hostil al Estado, opuesta al poder disciplinario y tolerante con comportamientos que antes se consideraban inmorales. (Recientemente, el centro de la crítica de la izquierda, al igual que el de su contraparte conservadora, se ha desplazado a la política cultural. En ese marco, los teóricos sociales Mitchell Dean y Daniel Zamora sostienen que la politización de Foucault del individualismo inspiró las excentricidades confesionales de la «cultura woke», que busca superar los males de la sociedad haciendo de la reforma de uno mismo el horizonte último del proyecto. Al mismo tiempo, el prestigio de Foucault resultó erosionado tras las recientes afirmaciones de que habría pagado a menores de edad por sexo mientras vivía en Túnez durante la década de 1960. Estas acusaciones han hecho que se preste más atención a los pasajes de sus escritos en los que, al igual que otros pensadores radicales de su época, cuestionaba la necesidad de una edad legal de consentimiento sexual.

¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué Foucault parece ahora un contemporáneo, casi 40 años después de su muerte? ¿Por qué los partidarios de la izquierdase vuelven contra él? ¿Y por qué algunos conservadores lo adoptan?

En primer lugar, el debate actual sobre las implicancias políticas del pensamiento de Foucault es sintomático de nuestra política trastocada, en la que los populistas se presentan como radicales contraculturales. En segundo lugar, nuestro discurso público más ambicioso se basa cada vez más en ideas que solían estar confinadas a la academia o a pequeños círculos intelectuales. Esto es especialmente cierto en el caso de las ideas progresistas –el «privilegio blanco», la teoría de género, la teoría crítica de la raza–, pero también en el de la derecha, como se observa en la creciente familiaridad de los jóvenes conservadores con los cánones del pensamiento nacionalista e incluso fascista. A medida que la cultura académica se filtra en el debate político, no es de extrañar que un pensador de la talla de Foucault sea arrojado a la mezcla.

En tercer lugar, y lo que es más importante, los primeros años del siglo XXI se han vuelto foucaultianos. Pensemos en los temas que Foucault ayudó a introducir como objetos de reflexión filosófica: la enfermedad mental, la salud pública, las identidades de género y transgénero, la normalización y la anormalidad, la vigilancia, el individualismo. Estos temas, confinados anteriormente en los márgenes del pensamiento político, se volvieron grandes preocupaciones con una importante repercusión en la vida cotidiana, en el mundo occidental y fuera de él.

El problema es que se ha vuelto demasiado fácil confundir el objeto de estudio foucaultiano con el pensamiento de Foucault. En los debates que lo invocan, a menudo se pasan por alto las fuentes más profundas de su filosofía. En consecuencia, Foucault parece a la vez ultracontemporáneo y –utilizando un término de su filósofo preferido, Friedrich Nietzsche– curiosamente «intempestivo» (es decir, fuera de moda o inportuno).

La reputación de Foucault está revestida de una gruesa capa de interpretaciones polémicas y apropiaciones partidistas. Hace un siglo, las teorías de Karl Marx se encontraron en una situación similar, ya que su interpretación se convirtió en motivo de controversia en el floreciente movimiento socialista. Tras la revolución bolchevique, el filósofo húngaro Georg Lukács se sintió obligado a preguntar: «¿Qué es el marxismo ortodoxo?». Por extraño que parezca, una pregunta similar podría hacerse respecto de Foucault. ¿Qué es el foucaultismo ortodoxo? ¿Qué es lo que Foucault ha enseñado realmente?

Foucault fue un pensador proteico cuyos intereses cambiaron con frecuencia a lo largo de sus 30 años de carrera. Aunque sostuvo diversas opiniones, no debemos olvidar que, en el fondo, era un filósofo, no un historiador (a pesar del carácter histórico de su pensamiento) ni un ideólogo o un comentarista político.

Aristóteles comenzó su Metafísica con la siguiente afirmación: «Todos los hombres desean por naturaleza saber». En primer lugar, Foucault intentó explorar esta afirmación, no como una verdad autoevidente, sino como una idea que debe resultar extraña y sorprendente. No le interesa investigar el problema tradicional de la epistemología («¿Qué es el conocimiento?») sino una cuestión cultural: «¿Por qué valoramos el conocimiento?». En su ensayo «Sobre verdad y mentira en sentido extramoral», Nietzsche escribió: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal: pero, a fin de cuentas, solo un minuto». Estas palabras captan el espíritu –si no el tono– de la búsqueda de Foucault. ¿Por qué nuestra sed de conocimiento abarca tantas actividades humanas? ¿Cómo sería vivir sin ser poseído por la voluntad de saber?

El origen de los interrogantes de Foucault se halla en su temprano compromiso con lo que se conoce como el idealismo alemán. Comenzando con Immanuel Kant a fines del siglo XVIII, los pensadores de esta tradición hicieron hincapié en el modo en que la conciencia da forma al mundo. Kant afirmaba que si uno puede ver un paisaje es porque su conciencia tiene una concepción del espacio y el tiempo, y también de categorías lógicas como la unidad y la pluralidad. Los idealistas posteriores, entre los que destaca G.W.F. Hegel, batallaron con la relación entre el «sujeto» (es decir, la conciencia) y los «objetos» (la realidad exterior). Mientras que algunos idealistas de otras escuelas filosóficas hacían afirmaciones extravagantes sobre la subjetividad, reduciendo la realidad objetiva a productos de la imaginación del ser, la preocupación principal de los idealistas alemanes era comprender qué hace que los objetos sean accesibles a la conciencia, cómo podemos conocer nuestro mundo.

El idealismo alemán proporcionó a Foucault su vocabulario filosófico básico. Su originalidad radica en la transposición del marco del idealismo alemán a las problemáticas históricas y culturales. En Historia de la locura en la época clásica, Foucault demostró que la enfermedad mental surgió como objeto solo a partir del desarrollo de una forma de subjetividad enraizada en la ciencia empírica. En El nacimiento de la clínica, examinó el tipo de sujeto necesario para el surgimiento de la medicina moderna, en concreto, uno capaz de entender la enfermedad como algo inmanente a los cuerpos mortales. Según Foucault, tanto el sujeto como los objetos –la conciencia y la realidad externa– están determinados por la historia. Aunque a menudo se pensó que era un relativista, nunca afirmó que la verdad variara de una perspectiva a otra. Sostenía que lo que cuenta como verdad cambia con el tiempo, aunque en un momento dado esta pueda asumir un carácter fijo e inexpugnable. A su manera idiosincrásica, Foucault fue el último idealista alemán.

Foucault también suscribió un relato histórico distinto en el que el advenimiento de lo que él llamaba «humanismo» (o, en términos más técnicos, antropología filosófica) fue el punto de inflexión decisivo de la historia moderna, y no estuvo exento de problemas. Una lectura superficial de Foucault lleva a muchos a concluir que, a través de este relato, el pensador francés denunciaba las falsas pretensiones de universalidad enarboladas en nombre de la humanidad (por ejemplo, la forma en que la «humanidad» incorpora supuestos etnocéntricos o de género) o sugería que el humanismo era un discurso falsamente emancipador que incorporaba astutamente formas perniciosas de poder. Quizás Foucault estaba de acuerdo con estas afirmaciones, pero no eran las razones de su antihumanismo filosófico. En sus libros de la década de 1960, los escritos de Foucault siempre comienzan con paradigmas arraigados en una cosmovisión esencialmente religiosa (en la Edad Media, por ejemplo, o en el Renacimiento) y culminan con una perspectiva científica moderna, en la que el conocimiento queda confinado en los límites del entendimiento humano. Contrarios a la idea de que Foucault es un pensador de «discontinuidades»(idea que el propio Foucault fomentó como para cubrir sus huellas), estos relatos históricos son a menudo patentemente teleológicos. De hecho, siguen el esquema histórico popularizado por Auguste Comte, el apóstol decimonónico del positivismo: se empieza con el conocimiento teológico (la realidad como creación de Dios), se pasa a la metafísica (en la que la realidad está ligada a un mundo intangible de entidades racionales), y finalmente se llega al conocimiento positivo o científico (la realidad como hechos captados por la mente humana). Para esta representación, Foucault aprovechó las ideas de Martin Heidegger, concretamente su afirmación de que el conocimiento científico está supeditado a una concepción de los seres humanos como «sujetos» cuyas capacidades de comprensión son esencialmente finitas. Una criatura limitada (en lugar de un creador infinito) solo puede captar el mundo como sujeto, es decir, como una conciencia con horizontes necesariamente delimitados.

Lo que intrigaba a Foucault era que esta aparente humildad epistemológica subyacía a una enorme expansión de la autoridad cultural del conocimiento: nunca fue tan importante el conocimiento como cuando los seres humanos lamentaron sus límites intelectuales inherentes. Y así, las experiencias que antes se creían fuera del ámbito del conocimiento se convirtieron en objetos de conocimiento científico: fenómenos contaminados por la finitud humana en lugar de atributos de un universo trascendente. La locura se convirtió en enfermedad mental, la muerte impulsó la expansión del conocimiento médico, el lenguaje se entendió como una red navegable solo para la criatura que la había tejido. El fatídico proyecto de basar el conocimiento en la finitud humana ha prolongado, paradójicamente, ese momento «más mendaz» de la historia del mundo mucho más allá de su minuto asignado.

Foucault quería romper la adicción cultural al conocimiento. Este objetivo sobresale más claramente en su historia de la sexualidad. Aunque creía que la sexualidad es una construcción social, su idea más fundamental era que la sexualidad moderna había hecho un «pacto fáustico» con la verdad. Lo que más nos gusta del sexo es entenderlo: hablar del deseo, analizarlo, diseccionarlo, explorarlo. La afirmación de Foucault de que Occidente abrazó una «ciencia sexual», mientras que Oriente cultivó un «arte erótico», expresa –a pesar de su craso orientalismo, y tal vez a causa de él– su más profunda preocupación por lo que sería experimentar el sexo sin verlo como indicador de algún secreto elusivo sobre nosotros mismos. Esta es la base de su declaración programática de que deberíamos volver a familiarizarnos con «los cuerpos y los placeres». El sexo, especuló Foucault, podría convertirse en un ámbito de experiencia emancipado de la voluntad de saber.

Sus pronunciamientos sobre la política siguieron una línea similar. A menudo se lo asocia con una evaluación sombría de la sociedad moderna, en la que el poder, lejos de limitarse al Estado y a la economía, se difunde a través de una red de instituciones disciplinarias: escuelas, hospitales, servicios sociales, asilos y prisiones, entre otros. Muchos están familiarizados con la afirmación de Foucault de que la autoridad que ejercen estas instituciones se deriva de sus pretensiones de conocimiento especializado, que él denominó sucintamente «poder-saber». Pero, para Foucault, este argumento era solo una parte de un marco más amplio. Insistió sin cesar en que, aunque el poder es una fuerza omnipresente en nuestras vidas colectivas, siempre se manifiesta en luchas concretas. Quería que viéramos prácticas como el disciplinamiento militar de los cuerpos o la relación entre terapeutas y pacientes como algo parecido a combates cuerpo a cuerpo, más que al control orwelliano del pensamiento. El poder siempre implica un esfuerzo por controlar la conducta de alguien: encontrar el punto de apoyo adecuado, identificar las vulnerabilidades, crear incentivos para el cumplimiento.

Foucault no era neoliberal, pero creía que el neoliberalismo planteaba cuestiones importantes. En concreto, se preguntaba por la capacidad de los Estados de Bienestar para tomar decisiones totalmente racionales en materia de salud sobre millones de personas. En una entrevista de 1983, reflexionaba: «Tomemos el ejemplo de la diálisis: ¿cuántos enfermos son puestos en diálisis, a cuántos otros se les niega el acceso? Imagínese lo que ocurriría si se expusieran los motivos detrás de estas decisiones, lo que daría lugar a una especie de desigualdad de trato. Saldrían a la luz decisiones escandalosas». Lo que Foucault quiere decir no es que la ciencia sea verdadera ni falsa (o simplemente «construida»), sino que las invocaciones a la ciencia rara vez resolverán las disputas políticas, porque incluso cuestiones tan aparentemente basadas en la ciencia como la salud pública están de hecho repletas de supuestos e intereses no científicos.

Si bien para Foucault el poder y el conocimiento siempre estuvieron entrelazados, también sostenía que había que desintelectualizar el poder. Esta es una de las muchas razones por las que era escéptico del marxismo. En lugar de cuestionar la pretensión del marxismo de ser una ciencia, Foucault argumentaba que el problema del marxismo era querer ser una ciencia. Su argumento no era que el conocimiento no tuviera cabida en las luchas políticas, sino que la política siempre se vincula irreductiblemente con el poder, y es preferible reconocer francamente este hecho a creer que el conocimiento nos limpia de algún modo la mancha del poder.

A pesar del cinismo que a menudo se asocia a este punto de vista, me sorprende que no se lo considere un exceso de optimismo: para Foucault, el corolario necesario de la afirmación de que todas las relaciones están saturadas de poder es que a su vez todas son, en principio, reversibles. Tal como proponía Hegel, no existen las relaciones entre amo y esclavo en las que los amos, por el simple hecho de dominar a sus esclavos, no pongan en riesgo su autoridad. Además, las conclusiones de Foucault sobre el poder encajan con sus ideas sobre el sexo: del mismo modo que los cuerpos y los placeres deben evitar ser utilizados para realizar interminables análisis sobre la sexualidad, en política debemos perseguir las luchas abiertas por el poder como alternativa al poder-saber.

Si alguna vez le hubieran preguntado a Foucault sin rodeos si era relativista, quizás habría respondido: «Tan solo si fuera posible superar la voluntad de verdad». Foucault nos invita a ver la verdad no como la estructura de la realidad, sino como un artefacto cultural, algo que fabrican los humanos. Esto no significa que la verdad no exista: la ciencia revela las leyes del universo físico; la estadística identifica patrones en grandes números; el arte puede presentar una imagen del mundo o expresar emociones interiores. De hecho, el problema de Foucault con la verdad es precisamente que esta existe, y existe de un modo muy intenso. Aunque la reciente publicación de Foucault Confesiones de la carne (cuarto y último volumen de la Historia de la sexualidad) se puede leer como una condena de las prácticas confesionales, también muestra que la confesión se extendió entre los primeros ascetas cristianos porque era emocionante. La verdad no solo nos la imponen las relaciones de poder, también nos parece excitante.

Paul Veyne, amigo de Foucault, comentó una vez que, mientras que a Heidegger le interesaba la base ontológica de la verdad y a Ludwig Wittgenstein el significado de la verdad, la pregunta de Foucault era por qué la verdad es tan falsa. Sin duda, esto se refiere al reconocimiento de Foucault de que la verdad está contaminada por el poder y sus criterios cambian con el tiempo. Pero lo que está en juego en esta afirmación es todavía más importante. Foucault exige que nos cuestionemos el valor que asignamos a la verdad: incluso si esta nos permite llevar la vida que deseamos.

Esto nos devuelve al presente. En muchos sentidos, todos somos foucaultianos en la actualidad, por el modo en que pensamos sobre el género, la normalización, la psiquiatría, el confinamiento, la vigilancia. Pero rara vez ha estado la política tan intoxicada de verdad como hoy, en ambos lados del espectro político. Por muy ofensivo que resulte para las sensibilidades liberales, las teorías conspirativas de la derecha, como QAnon y Stop the Steal [Detengan el robo], participan en una política de la verdad. Esto no significa que sus afirmaciones sean plausibles, sino que sus aspiraciones de eficacia se basan en «estar en lo cierto». (Este pasaje, de alguna manera, es la esencia de la crítica foucaultiana). En una línea más académica, Jordan Peterson también sitúa la verdad en el centro del debate político cuando acusa a los «guerreros de la justicia social» –inspirados por lo que él llama absurdamente el «posmodernismo» foucaultiano– de ignorar la ruda justicia de las jerarquías naturales identificadas por la ciencia evolutiva.

Esta voluntad de verdad no se limita en absoluto a la derecha. Si en la izquierda aspiramos a una comprensión más amplia de la salud mental, si valoramos las identidades transgénero y si promovemos instituciones que abrazan la heterogeneidad, es generalmente porque nos parecen verdaderas, justificadas en lo que sabemos. Incluso la metáfora que está en la base del término «woke» (despierto/consciente) está impregnada de nociones de verdad: una pizca de cristianismo de «nuevo nacimiento» mezclada con un reconocimiento ilustrado del mundo tal como es. La concepción de la historia defendida por muchos en la izquierda en los últimos años no busca simplemente explorar relatos alternativos, sino conseguir que el pasado estadounidense –y la esclavitud, sobre todo– sea el «correcto». «Creer en la ciencia», el mantra liberal de la pandemia, también se basa en la opinión de que la verdad debería poder resolver los desacuerdos políticos claves de una vez por todas. Resulta sorprendente que la izquierda contemporánea recurra a casi todas las formas de verdad –cristiana, ilustrada, científica– sobre las que Foucault lanzó su mirada crítica.

Sin embargo, en la medida en que se pueda siquiera especular sobre estas cosas, imagino que Foucault habría apoyado iniciativas como el Proyecto 1619 –una iniciativa de The New York Times en 2019 que se proponía «replantear la historia del país colocando las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los afroestadounidenses en el centro mismo del relato histórico nacional de Estados Unidos» y las habría considerado alineadas con sus genealogías del poder, por no hablar de su política de liberación. Era, como es comúnmente reconocido, muy consciente de cómo las narrativas históricas a menudo excluyen a determinados individuos y reconocía el poder de narrar la historia desde el punto de vista de los grupos marginados.

Pero el proyecto más profundo de Foucault de destetarnos de nuestra adicción a la verdad es tan ajeno a nuestro presente como lo fue a su propia época. «Decir la verdad al poder», una idea que parece más relevante que nunca, parece tener un aire agradablemente foucaultiano. De hecho, la lección de Foucault es más precisa (aunque algo tautológica) como «combatir el poder con el poder». Como saben los activistas sindicales y comunitarios, el conocimiento solo llega hasta cierto punto: la tarea de la organización consiste en enfrentarse al poder allí donde se manifiesta, como el lugar de trabajo o las normativas de vivienda, y limitar sus efectos mediante el aprovechamiento estratégico de la fuerza colectiva. Como observó una vez el criptofoucaultiano Saul Alinsky, «nadie puede negociar sin el poder de obligar a negociar». Si la política es fundamentalmente una cuestión de poder, ¿qué plusvalía obtenemos al pretender también tener razón?

Estas preguntas son tan difíciles de plantear hoy como en cualquier otro momento. Y así, mientras seguimos discutiendo sobre un Foucault semificcionalizado, el verdadero filósofo sigue siendo más intempestivo quenunca.