Silvia Federici: «Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo»

En encuentros y actividades organizadas por la Fundación Rosa Luxemburgo y la editorial Tinta Limón, Silvia Federici está presentando, en estos días, su libro «El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo».

Por Andrea D´Altri

Con un amable castellano, Silvia Federici recibió a un grupo de periodistas de medios alternativos y comunitarios en la sede que la Fundación Rosa Luxemburgo tiene en el barrio de Chacarita. Italiana de nacimiento, pero residente en Estados Unidos desde 1967, a dónde marchó para estudiar Filosofía, Federici tuvo una activa militancia en los años ’70 y hoy sus libros son verdaderos best-sellers para una generación de jóvenes feministas.

Son bien conocidas sus críticas al marxismo y a los partidos de izquierda, hoy concentradas en El patriarcado del salario, aunque no deja de señalar los aportes que las lecturas de Marx han hecho al feminismo y las luchas de las mujeres. Heredera de una corriente de pensamiento autonomista y recorriendo, luego, otros caminos propios y particulares, Federici inscribe su preocupación por el reconocimiento del trabajo reproductivo de las mujeres, en un feminismo anticapitalista.

Conversando con periodistas de medios alternativos

Desde el inicio de la conferencia de prensa, se deslinda de lo que ella define como un «marxismo ortodoxo que siempre miró sólo la fábrica y el proletariado industrial, invisibilizando a otros movimientos y sujetos sociales.» Pero yo tenía la oportunidad de hacer una única pregunta, así que en vez de usar ese tiempo en responder su crítica al marxismo, me preocupé porque mi interrogante obtuviera una respuesta de su parte que resultara realmente provechosa.

Mientras tanto, las compañeras periodistas continuaban este diálogo sobre su nuevo libro y sobre distintos temas de la coyuntura nacional e internacional. Una de ellas preguntó si era posible un feminismo que no fuera anticapitalista. «Hay muchos feminismos, y muchos no son anticapitalistas. En los últimos cuarenta años, desde mediados de los ’70, el feminismo se fue institucionalizando, se hizo un feminismo de Estado, un feminismo de la ONU que se presenta ahora como quién nos emancipa. Ese feminismo dominante es pro-capitalista neoliberal. Impone una agenda domesticada, usando nuestro propio lenguaje para fundamentar la incorporación de las mujeres a la economía neoliberal, siendo las más precarizadas bajo la mistificación de la emancipación.» Prosiguió: «Un feminismo que parta de la experiencia de las mujeres en su trabajo de reproducción, su trabajo doméstico, tiene que ser anticapitalista. El capitalismo sólo fue capaz de dar prosperidad para algunos sectores y por determinado tiempo limitado, mientras para la mayoría de las mujeres, nada.»

Con Silvia Federici hemos polemizado en un artículo titulado «Nosotras, el proletariado», precisamente, por la supremacía que le adjudica al trabajo reproductivo en el funcionamiento del capitalismo, al que considera más fundamental aún que a los mecanismos de extracción de plusvalía en el ámbito del trabajo extradoméstico. «El trabajo doméstico tiene una contradicción interna», dijo Federici, «porque reproduce la vida, pero en las sociedades capitalistas ese trabajo sirve para reproducir la existencia del capital, mediante la reproducción de la fuerza de trabajo. Es el trabajo más importante de la sociedad.»

Otras compañeras se adentraron en algunos de los temas que fueron debatidos durante este año en el movimiento de mujeres de Argentina, en las grandes movilizaciones del 8 de marzo y por el derecho al aborto. Hubo quien comentó sobre cómo el gobierno de Macri se había reapropiado de una agenda feminista, de manera oportunista y otra que preguntó cuál debería ser el rol de los compañeros varones en las marchas de mujeres. «Los varones que apoyan, al fondo de la marcha», respondió sonriendo Silvia Federici y eligió hablar de otra ubicación, de la ubicación política: «Deben elegir dónde se ubican en esta lucha de las mujeres: si lo harán para reafirmar las jerarquías o para abolirlas». También aprovechó para hablar de la violencia machista: «La violencia contra las mujeres es un sabotaje de la lucha anticapitalista».

«El peligro de la derecha, como la que representa Trump, es que se termina idealizando lo anterior, como Obama, del Partido Demócrata. Lo peor de las últimas décadas en Estados Unidos, lo hicieron los demócratas. La alternancia en el poder de estos dos partidos es funcional al sistema.»

Aunque la lectura de sus libros, incluido El patriarcado del salario, me había despertado varios interrogantes, a mi turno tuve que decidirme por una única pregunta y planteé que, en general, se habla de los efectos negativos de la asalarización de las mujeres, porque se incorporan a trabajos muy precarios y además cargan con la doble jornada que representa el trabajo reproductivo no remunerado; pero que, actualmente, la mitad de la clase trabajadora asalariada son mujeres. ¿Qué efectos puede tener, no sobre las mujeres que es lo que ya conocemos, sino sobre el conjunto de la clase trabajadora, sus luchas, sus organizaciones, su burocracia sindical y sus representaciones –que siempre fueron masculinizadas-, que la mitad de la clase sean mujeres? Tenía en mente el impacto que, en Argentina, está teniendo el movimiento de mujeres –mayoritariamente juvenil- entre las trabajadoras de la salud, docentes, trabajadoras de diferentes gremios y ramas de la producción y los servicios que están enfrentando el ajuste impuesto por el gobierno nacional y el FMI. Pensaba en cómo, a su vez, ellas interpelan a sus compañeros de trabajo.

«Un efecto ya inmediato es el nuevo interés de muchas mujeres sobre la socialización del trabajo reproductivo; porque se ha quebrado la ilusión de que salir de la casa para hacer otro trabajo extradoméstico es emancipatorio. En los ’70 hubo un período en que las mujeres que salían a trabajar fuera de su hogar, reclamaban tiempo para amamantar, reformas en la organización del trabajo en función de sus capacidades reproductivas. Pero mientras tanto, se estaba desmantelando la gran industria como la habíamos conocido hasta el momento. Esta temática de cómo unir las dos partes del trabajo, productivo y reproductivo, vuelve a tener importancia. Estamos asistiendo a una gran crisis de la reproducción.»

El derecho al aborto y a la maternidad, el rol reaccionario de la Iglesia católica y los sectores fundamentalistas, el avance de la derecha en el continente, la depredación de la naturaleza y muchos otros temas se fueron desplegando a lo largo de casi dos horas de conferencia de prensa. Cuando compararon a Bolsonaro de Brasil con Trump, aprovechó también para desligarse del Partido Demócrata norteamericano. «El peligro de la derecha, como la que representa Trump, es que se termina idealizando lo anterior, como Obama, del Partido Demócrata. Lo peor de las últimas décadas en Estados Unidos, lo hicieron los demócratas. La alternancia en el poder de estos dos partidos es funcional al sistema.»

Terminó la conferencia de prensa. Mientras las periodistas salían de la sala, Silvia permaneció en su silla. Pensé que podía aprovechar la ocasión para hacerle una pregunta más de la que tenía permitida. Me invitó a sentarme a su lado y seguimos conversando por más de media hora. Le planteé que me inquietaba su afirmación sobre los comedores comunitarios y otras organizaciones impulsadas por mujeres, que permiten paliar el hambre en las barriadas populares. Que si bien permitían restablecer nuevas formas de relaciones y lazos comunitarios, como ella decía, se trataba de organizaciones para la resistencia, que surgían de las necesidades más acuciantes, de la emergencia que impone el ajuste estructural de la economía; que, entonces, teníamos que pensar cómo pasar a la ofensiva, sin idealizar las formas organizacionales a las que nos empuja la miseria capitalista para sobrevivir.

Me dijo que estaba de acuerdo con que eran formas de resistencia que surgían como consecuencia de la emergencia de la crisis y me preguntó: «Pero, acaso, ¿no viven permanentemente en situaciones de emergencia las mujeres bajo este sistema?» Añadió: «Sé que, una vez que se estabiliza la situación económica, muchas mujeres vuelven al lugar donde estaban antes. Pero creo que la lucha debe ser constituyente, construir nuevos entramados y redes, desplegar la creatividad. Porque de esa manera, lo nuevo se va construyendo en la lucha misma y no hay que esperar a algún futuro lejano.»

No me dejó muy convencida; pero seguimos hablando de política. Le pregunté su opinión sobre el fenómeno Sanders en las últimas elecciones norteamericanas. Me quiso alertar de que Bernie Sanders no era verdaderamente socialista y le aclaré que yo no creía eso, pero que me parecía interesante el surgimiento de una generación de jóvenes norteamericanos abiertos a escuchar algunas ideas que, para Estados Unidos, parecían bastante radicales. «Sí, eso es cierto. Pero Sanders terminó apoyando a Hillary Clinton y el peligro es que, de ese modo, toda una generación caiga en el escepticismo y el cinismo».

Enseguida me preguntó cómo podía ser que nadie dijera más nada contra el Papa, en Argentina, cuando se sabe que Bergoglio fue indagado por casos de robos de bebé durante la dictadura militar, como también por la desaparición de dos sacerdotes de la orden jesuita. Le dije que el Papa tenía una influencia muy directa en la política nacional, que mantiene vínculos con funcionarias y funcionarios del gobierno, pero también con sectores políticos y sindicales del PJ y el kirchnerismo, con movimientos sociales. Ya estaba al tanto de que se había hecho una movilización de sectores sindicales y políticos del arco opositor, hacia la Basílica de Luján para pedir pan y trabajo. Le parecía un grave error. Para ella, criada en la Italia de posguerra, la Iglesia es sinónimo de fascismo.

Conversando con sindicalistas

Al día siguiente, Silvia Federici se reunió con mujeres sindicalistas. Las organizadoras tuvieron la amabilidad de invitarme, una vez más. Federici volvió sobre los mismos tópicos, aunque esta vez, a diferencia de la conferencia de prensa, se trató de una conversación colectiva. Nuevamente se diferenció de la izquierda partidaria, señalando que contrariamente a lo que decían las corrientes políticas, que el sujeto primario era el obrero industrial, ella sostiene que «la cadena de montaje capitalista comienza en nuestras cocinas y nuestras camas.» Remarcó que el trabajo doméstico es fundamental. «¿Por qué siendo tan importante, está invisibilizado? Por eso, porque es muy importante. Porque los patrones se verían obligados a pagarlo, no podrían acumular tanta riqueza como acumulan si fuera reconocido.» Sin embargo, contra la posibilidad de interpretar que la lucha feminista es una lucha contra los varones, añadió: «Los reales beneficiarios de este trabajo son los hambreadores, los capitalistas.»

«Cambiar esta situación implica darle más poder a las mujeres, cambiar las relaciones con los hombres. A través del salario, el capital ha delegado en los hombres, el poder de controlarnos y controlar nuestro trabajo. La violencia doméstica siempre ha sido tolerada por el Estado, en gran medida, porque es parte del disciplinamiento del trabajo doméstico.»

«Sólo el 9% de los trabajadores norteamericanos están sindicalizados. Los únicos sindicatos fuertes son los de maestras y maestros. Y es un sector estratégico porque son un punto de unión entre el mundo del salario y el mundo del hogar.»

Para Federici, este planteo que hicieron en los años ’70, cuando conformó con otras feministas la Campaña Internacional por el Salario para el Trabajo Doméstico, era «una medida para cambiar las relaciones de poder entre hombres y mujeres y empezar una lucha, pero teniendo más poder. No era la revolución. Algunas feministas nos acusaban de institucionalizar el lugar de la mujer en la casa, su encarcelamiento en el hogar. Pero nuestra respuesta era que las mujeres obreras nos decían que ya estaban encarceladas.»

Luego se refirió al papel que jugaron las profesoras y maestras en las recientes huelgas docentes en Estados Unidos. Ellas luchaban no sólo por sus reivindicaciones sino también porque se preguntaban «qué vamos a hacer con nuestros estudiantes, que no comen». Volviendo sobre el tema de los sindicatos, añadió: «Los hombres y las mujeres migrantes han encabezado las luchas en Estados Unidos, por la sindicalización. Sólo el 9% de los trabajadores norteamericanos están sindicalizados. Los únicos sindicatos fuertes son los de maestras y maestros. Y es un sector estratégico porque son un punto de unión entre el mundo del salario y el mundo del hogar.»

Aquí tuve ganas de decirle que, aún siendo de esa izquierda partidaria marxista que ella critica, teníamos acuerdo en este punto. Pero Silvia estaba en la otra punta de una larga mesa. Entre ella y yo, más de cincuenta mujeres sindicalistas, varias de ellas peronistas, kirchneristas y de otras corrientes políticas. Una expresó su adhesión a Cristina Kirchner, feliz de que la expresidenta se declarara feminista. Federici escuchó a todas atentamente y, sobre el final, volvió sobre los partidos del régimen a los que había cuestionado duramente el día anterior: «Hillary Clinton no era alternativa a Trump, porque en su política esencial eran lo mismo. Es importante desenmascarar su apropiación del feminismo. Es peligroso, porque a Trump se lo crítica abiertamente, es claro. Pero las Hillary, los Obama confunden. Eso es feminismo de la ONU. Eso para mí es más peligroso porque crea confusión y cooptación institucional.»

Quise retirarme antes de que la acusaran a Silvia de «trosquearla» con estas aseveraciones. Mientras me alejaba por la avenida Paseo Colón, me resonaba algo en lo que Federici había sido explícita y que, a pesar de nuestras diferencias, también compartimos: «El feminismo debe ser internacionalista. Los capitalistas se organizan internacionalmente, nosotras debemos hacer lo mismo.»

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Silvia-Federici-Los-capitalistas-se-organizan-internacionalmente-nosotras-debemos-hacer-lo-mismo?utm_content=buffer85c88&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

Entrevista Daniel Colson: “el anarquismo es extremadamente realista”

En el anarquismo, no se trata de ideas y leyes abstractas, codificadas y grabadas en mármol. Se trata de una determinación y de un juicio internos a cada situación , por minúscula que sea, un juicio o una evaluación inmediata, práctica y muy intuitiva, intempestiva, por ejemplo la de los milicianos españoles desertando de las columnas anarquistas en el momento mismo de su militarización.

Entre las tradiciones históricas revolucionarias, es difícil encontrar una más repleta de tesoros que el anarquismo. Las diferentes versiones del marxismo-leninismo (maoísmo, trotskismo), son hoy prácticamente “lenguas muertas”, es decir, “lenguas que no son ya la lengua materna de ningún individuo, ni la lengua de uso en ninguna comunidad natural de hablantes”. Y si algún autor de esa corrienteaún nos hace pensar hoy, como es el caso de Gramsci, es por haber tenido que inventar en su día un nuevo lenguaje (en lugar del vocabulario marxista clásico) para esquivar la censura.

Por el contrario, el anarquismo resuena intensamente con los movimientos políticos más recientes como las plazas de 2011: autoorganización, rechazo de la delegación, disgusto hacia las intrigas de palacio, atención sensible hacia todas las relaciones vitales, carácter afirmativo y no sólo reactivo, lógica no frontal o simétrica del antagonismo, etc. Y sin embargo, ese vínculo es más implícito e inconsciente que explícito. ¿Por qué? Porque hay dragones. Dragones guardianes que, hechizados por el brillo del tesoro, lo custodian de tal modo que lo sofocan y esterilizan.

Encierran el anarquismo en siglas, fechas y héroes, fetichizan la memoria, construyen identidades-fortaleza, desconfían de lo nuevo.
Se vuelven necesarios, pues, los espíritus aventureros que se atreven a burlar la vigilancia de los dragones para liberar y compartir los tesoros retenidos. Los “traductores” que devuelven la vida al anarquismo y el anarquismo a la vida, activando una memoria no nostálgica, sino inspiradora para el presente. Como por ejemplo Tomás Ibañez,  Christian Ferrer o el filósofo e historiador francés Daniel Colson.

En esta entrevista concedida a la revista francesa Ballast, Daniel Colson comparte algunos de los preciosos tesoros que ha encontrado en sus incursiones: el anarquismo como ontología y no como utopía o ideal, la visión del Estado como “resultante” de las relaciones de poder micro, el antiautoritarismo existencial como rasgo libertario, la ética anarquista como lógica de los comportamientos y los afectos, la revolución social más allá de la revolución política, el sentido de la multiplicidad, etc.
Tesoros para disfrutar y compartir, para activar en la vida y en las luchas, una vez liberados de los dragones guardianes de la ortodoxia.

Propones la idea de que el anarquismo no sería un modo de vivir, ni un estado de ánimo, sino una verdadera ontología. ¿Qué quieres decir con esto?

Hablar de ontología es hablar de lo que es, de lo que hay, de las cosas, de los hechos. Al contrario de lo que se piensa a menudo (algunos libertarios también lo hacen), el anarquismo no es un ideal o una utopía, ni tampoco una de esas ideas bellas pero irrealizables. El anarquismo es extremadamente realista. Habla de las cosas tal y como son: el caos, los accidentes, la vida y la muerte, la alegría, pero también la tristeza y el sufrimiento, las relaciones de fuerza y de poder, el azar y la necesidad, tanto de la existencia humana como del mundo y el universo que son los nuestros. En dos palabras, la “anarquía” de lo que es. El idealismo y la utopía no están del lado del anarquismo, sino del lado de las “leyes”, de las “religiones”, de los “Estados” y de los sistemas (incluso científicos) que pretenden poner orden y dar sentido al caos, doblegarlo a su lógica particular, a costa de muchos sufrimientos, violencias y obligaciones. El orden se dice a sí mismo realista, pero su realidad no es otra que la de la dominación.

¿Podrías hablarnos de esto a través de un ejemplo?

Sí, formo parte desde hace muchos años de una librería asociativa libertaria, La Gryffe. Como todas las asociaciones -esos “seres colectivos”, que diría Proudhon-, La Gryffe ha vivido (y vive) numerosos conflictos a lo largo de su dilatada historia: una multitud de pequeñas tensiones localizadas en el día a día; pero también conflictos generales (o de conjunto) más o menos dramáticos, bajo la forma de crisis periódicas en torno a la orientación y el funcionamiento de la librería o a la apropiación de la “fuerza colectiva” (Proudhon) que “resulta” de cualquier cooperación, grupo o asociación.

Esas tensiones y crisis han provocado a menudo un profundo desánimo entre los miembros de La Gryffe y entre quienes la observan desde fuera. ¿Cómo? ¿Incluso un proyecto libertario como La Gryffe no logra evitar las fricciones, los líderes y las luchas por el “poder”? ¿Qué pasaría entonces en un marco más amplio? ¿Cómo puede creerse en el proyecto anarquista si ya sus más mínimas manifestaciones y tentativas no consiguen funcionar sin complicaciones, divisiones, renuncias, impotencias y choques (incluso a veces violentos, como lo demuestra la historia del anarquismo español)?

Por supuesto, hay razones evidentes en este mundo para estar desanimado. Pero desde un punto de vista libertario, no son de este tipo. No tienen que ver con la debilidad de una utopía o ideal que se estrellaría contra la dura realidad de un mundo en el que actuar como un ángel conduce muy a menudo a comportarse como una bestia. Lejos de sorprenderse o desanimarse, los anarquistas deberían advertir que las tensiones, los conflictos, las pasiones, las rivalidades y las violencias que se pueden constatar por todas partes son justamente la prueba más concluyente de la ontología que ellos defienden: la anarquía de lo que es, la anarquía de lo que hay. Bajo la fachada de las religiones y los Estados, de la cortesía y de las apariencias, siempre espera una nueva crisis, una nueva explosión, una nueva demostración del carácter anarquista e indomable de la realidad.

El desánimo de los libertarios no tiene que ver con el diagnóstico de la realidad, sino con la dificultad para deshacerse del peso de las representaciones idealistas, con la transformación reiterada del realismo anarquista en unos principios abstractos e ideológicos comparables a los de todas las demás ideologías y religiones, morales o estatales. Una vez convertido en programa e ideal, los anarquistas se esfuerzan, como nuevos Sísifos, en aplicar el proyecto anarquista a la realidad, pero es en vano. Ni siquiera disponen del poder de las instituciones autoritarias y jerárquicas que podrían darle a su proyecto, como ocurre en los demás casos, ciertas apariencias de realidad.

¿Dónde y cómo nace la concepción anarquista de la realidad? ¿Y en tu caso personal?

El punto de partida de la concepción anarquista del mundo no radica en la filosofía o en “la cabeza” de algunos pensadores como Proudhon o Bakunin. Bakunin “se vuelve anarquista” tardíamente, bajo el efecto de los acontecimientos, de su encuentro sensible y concreto con los obreros relojeros del Jura en Suiza. El pensamiento de Proudhon, muy marcado al comienzo de su vida por la experiencia profesional en una imprenta, se debe principalmente a los acontecimientos de 1848, que transformaron profundamente, quizá no tanto a la persona que era, pero sí lo que pensaba y no dejó ya nunca de pensar.

En mi caso (mucho más modesto, evidentemente), tampoco empecé por la filosofía, sino también por unos acontecimientos (los de Mayo del 68 en este caso) que cambiaron mi vida, pero también por una serie de investigaciones históricas profundas sobre el movimiento obrero. Es decir, yo me hice interiormente anarquista en el fuego de los acontecimientos de Mayo, pero fue el contacto con la historia obrera lo que me hizo entender la amplitud y la profundidad del proyecto libertario, su manera de relacionarse con las cosas y con la vida más inmediata y material, así como la radicalidad de la revolución que este proyecto implica.

En el vocabulario de la filosofía contemporánea, se podría decir que el anarquismo constituye un horizonte de pensamiento o, de manera más amplia, un “plano de consistencia” (Deleuze). Algo “prende”, algo “cuaja” y va asociando numerosas entidades diferentes al mismo tiempo que las hace proliferar: prácticas, teorías, técnicas, expresiones, temperamentos, personalidades, modos de ser, conceptos, gestos, ideas, estéticas, etc. Proudhon propone un concepto especial para pensar este “cuajar” de hechos y fuerzas diferentes: es el concepto de “homología” (que por cierto usa también Spinoza cuando explica,  groso modo, que hay más puntos comunes entre un caballo de labranza y un buey que entre un caballo de labranza y un caballo de carreras).

Así es como se han asociado (para mí) realidades tan diferentes como la historia del movimiento obrero y El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari, entre ellas y a la vez con todo un mundo de hermanos, hermanas y primos, a veces muy lejanos: Spinoza, Leibniz, Simondon, Gabriel Tarde y muchos otros más. Y así creo que puede entenderse el concepto de “anarquía positiva” de Proudhon: un “prender”, un “cuajar” de cuerpos y sentidos, no como se solidifica el hormigón (esa es la manera del fascismo religioso y el integrismo islámico), sino más bien en el sentido de una improvisación de jazz: modos de asociación de entidades radicalmente dispares y singulares que recomponen el mundo sin dejar nunca de ser diferentes, de tener una realidad, un modo de ser y un punto de vista radicalmente irreductibles a todos los demás. Los “haces de autonomía” (Proudhon), las “libres asociaciones de fuerzas libres” (Bakunin) o la “unión libre […] de los únicos” (Stirner y Landauer) son modos de asociación que implican la autonomía absoluta de las fuerzas asociadas.

Hablabas de “anarquía positiva”. ¿Tiene esta noción de Proudhon un eco en tus libros, en tu insistencia sobre el carácter nocivo del resentimiento y de la negatividad como motores políticos, tan presentes sin embargo en los ámbitos contestatarios? En el fondo, ¿cómo luchar sin odio?

No había pensando en el sentido que le das a la palabra “positiva” en la fórmula de Proudhon. Me parece que esta palabra le servía sobre todo para distinguir entre una especie de anarquía primera, en el sentido tradicional y negativo de “an-anarquía”, de caos, y un segundo sentido, la auto-organización en el seno de ese caos, la auto-organización de ese mismo caos, mediante todo un proceso de selección de fuerzas, de disposiciones, en oposición y en equilibrio, etc. Pero, tenga que ver o no con Proudhon, tu pregunta sigue vigente y valida.

El anarquismo, estrechamente vinculado en su nacimiento a la violencia de la lucha de clases de los inicios del capitalismo industrial, no se libró de los efectos de odio, de resentimiento y de venganza que inducía dicha violencia. Pero no es el odio y el resentimiento lo que llama más la atención cuando se estudia la historia del anarquismo, especialmente de ese anarquismo obrero que fue su cuna y su horizonte.

Si uno examina la organización de los  “Caballeros del trabajo” o el contenido de los discursos de los líderes de los movimientos obreros que recriminan a su público la actitud de esclavos o de ovejas, es que el anarquismo obrero nace y se afirma, no como un movimiento de víctimas, sino de “maîtres” [amos y señores, pero también maestros y maestros artesanos], en el sentido que Nietzsche da a esa palabra. El “amo” anarquista y el “amo” nietzscheano comparten la característica decisiva de no tener ni necesitar esclavos (tanto Nietzsche como Proudhon son críticos de Hegel y de su dialéctica del amo y del esclavo).

Los “amos” de artes y oficios donde el anarquismo encuentra a muchos de sus militantes, los “amos” zapateros del Père Peinard que echan a los patrones a golpes de cinturón, etc. Habría mucho que decir sobre la complejidad y la ambivalencia de aquella actitud de “amos”, tanto en el terreno profesional como dentro de las familias obreras, a través del modelo patriarcal que defiende vigorosamente Proudhon, donde el cinturón no sólo sirve para echar a los patrones…

Los “amos” de Nietzsche y del anarquismo son afirmativos, afirmativos en la rebelión y en las fuerzas interiores que autorizan esa rebelión, incluso cuando se trata de una rebelión tan desesperada como la de los Sonderkommandos de Birkenau o de Treblinka. En Nietzsche y en el anarquismo encontramos la misma idea de una afirmación emancipadora que escapa a toda negatividad; una afirmación generosa que pretende arrastrarlo todo consigo, rehacerlo todo, como lo demuestra la idea de huelga general insurreccional y el “separatismo” que implica (“la comunidad en la fuga” de la que habla Gustav Landauer) y que uno encuentra en el viejo anarquismo obrero, pero también en muchos movimientos contemporáneos (puede leerse en este sentido A nuestros amigos, el último libro del Comité Invisible).

Creo que estás de acuerdo con el análisis que hace Foucault del poder, ¿nos puedes decir algo más al respecto?

Para Foucault, el “poder” está en todas partes: es una multitud infinita de pequeños poderes o de pequeñas relaciones de poder que se encadenan, producen y sostienen entidades más amplias (las “resultantes” de que hablan Proudhon, Bakunin, Reclus…): los Estados, las Iglesias, las leyes religiosas, el capital, Dios. Todas las micro-relaciones de poder parecen emanar de estas entidades, pero en realidad son su causa y su sostén .

Se puede lamentar que Foucault no haya tomado más en cuenta el pensamiento libertario. Pero también es lamentable el hecho de que el pensamiento libertario haya podido, no tanto en sus prácticas como en las representaciones de muchas de sus organizaciones y de sus militantes más ideológicos, hipostasiar las resultantes de las relaciones de dominación: hipostasiar el Estado, el capital, las religiones como grandes enemigas (reproduciendo la creencia de que ellas son la fuente y el origen de las relaciones de poder, cuando en realidad sólo son sus resultantes y sin ellas no son nada).

El anarquismo no nació de una teoría previa y negativa del Estado y su conveniente destrucción. De forma mucho más concreta, el anarquismo nació de la práctica y de las interacciones inmediatas y minúsculas de la Primera Internacional, del modo en que Anselmo Lorenzo y Paul Robin percibieron las relaciones de Marx con sus discípulos, por ejemplo. Son estas pequeñas interacciones, amplificadas, las que han dado sentido a una crítica más general del Estado, del Capital, de la Religión, de la Política y de los Partidos. De manera muy significativa, el movimiento libertario naciente no se definió primero como anarquista, sino como “anti-autoritario”. El anarquismo nació de prácticas y percepciones anti-autoritarias (la vertiente guerrera y combativa de la palabra “libertario”) y son esas prácticas y esas percepciones las que han continuado dándole cuerpo y sentido al anarquismo, al anarquismo obrero o al anarquismo actual, en sus componentes más vivas y menos ideológicas.

La suerte del anarquismo es que, como movimiento práctico y nacido de la práctica, tuvo enseguida, con Proudhon y Bakunin principalmente, una teoría homóloga a esas prácticas. Una teoría de la “fuerza colectiva” compuesta por otras fuerzas colectivas que producen “resultantes” que corren siempre el riesgo de volverse contra las mismas fuerzas que las han producido. Sé que es complicado, sobre todo para las mentes marcadas por las representaciones del orden dominante, pero me parece que quienes tienen las tripas (ese “otro cerebro”) o el resorte anarquista, deberían hacer el esfuerzo de leer realmente a Bakunin, a Proudhon, a Kropotkin y a tantos otros…

¿Qué podríamos encontrar en estos viejos autores?

Por ejemplo, Proudhon proporciona una batería de conceptos extremadamente ricos y esclarecedores sobre la naturaleza de las relaciones de poder. “Fuerzas”, “fuerzas colectivas”, “resultantes”, “componentes” y “composiciones”, “absolutos”, “mónadas”, etc. La gran originalidad de la teoría anarquista de inspiración proudhoniana se puede resumir en tres puntos:

1. Dar cuenta, de manera concreta, de todas las potencias que nos aplastan y dominan en el campo económico (teoría del valor), político (nacimiento y sostenimiento del Estado), ideológico y simbólico (Iglesia, Dios).
2. Dar sentido a las luchas e interacciones más inmediatas y minúsculas, frente a la visibilidad cegadora de las grandes dominaciones, como los “focos” donde se libra por doquier la guerra entre dominación y emancipación.
3. Inscribir explícitamente lo que está en juego de manera global e inmediata en lo que Proudhon llama una “nueva ontología” que funda la potencia teórica, práctica y revolucionaria del anarquismo.

Criticas el “cientificismo ingenuo y cínico” del marxismo y elogias la ética del anarquismo. ¿Cuál es esa ética? ¿Que los medios, como decía Camus, son ya fines en sí mismos? ¿Que, como declaraba Malatesta, a quien dedicaste un libro, más vale una derrota que la victoria sin principios?

Me parece que habría que precisar lo que entiendo por “principios”. En el anarquismo, no se trata de ideas y leyes abstractas, codificadas y grabadas en mármol. Se trata de una determinación y de un juicio internos a cada situación , por minúscula que sea, un juicio o una evaluación inmediata, práctica y muy intuitiva, intempestiva, por ejemplo la de los milicianos españoles desertando de las columnas anarquistas en el momento mismo de su militarización.

Camus tiene razón. Para el anarquismo, solo existen “fines” y no “medios”, fines inmediatos e innumerables: en dos palabras, la anarquía, la an-arkhe , no es la ausencia de principios, sino un exceso de principios primeros, de “absolutos” como decía Proudhon, que asociados y federados, son capaces por selección, confrontación, imitación, lógica y dinámica internas de reproducirse y propagarse por todas partes. El anarquismo se opone a cualquier lógica instrumental y utilitaria, objetiva y objetivante. Cada cosa es una fuerza singular que resulta de una composición de fuerzas igual de singulares, ellas mismas compuestas de otras fuerzas singulares.

Para criticar el anarquismo, hay quien habla de “deseo”, de “capricho” y de “subjetividades deseantes”. Pero es equivocado reducir el anarquismo a las trampas y las deformaciones del liberalismo, a la presión de consumir cada vez más objetos o mercancías de todo tipo. Para el anarquismo, los “deseos” no son los del consumo capitalista y sus individuos artificiosos, esas “unidades de codicia” de las que habla Gilles Châtelet en Vivir y pensar como puercos: “bolas de billar patéticas que en sus esfuerzos por diferenciarse se hunden cada vez en la mayor equivalencia”. Para el anarquismo, los deseos son fuerzas materiales singulares que implican y movilizan cada vez la totalidad de lo que es, bajo cierto punto de vista, según cierta configuración, un modo de ser opresivo o emancipador. “Deseos”, “fuerzas”, “voluntad de poder” (pero también “conatus”, “entelequias” y otras nociones) son conceptos que afirman, cada uno a su manera, la misma realidad, la realidad material de lo que es.

Efectivamente, al cientificismo del marxismo (a las “situaciones objetivas” decretadas e impuestas por el Partido), el anarquismo no le opone ninguna moral, ni unos principios morales, sino una “ética”, en el sentido de Spinoza. Una ética que es ante todo una etiología, una lógica de los comportamientos y de los afectos, un sentido práctico, que proviene de las cosas, los acontecimientos y las situaciones.

Una vieja querella agita los movimientos de emancipación, en el sentido amplio de la palabra: el individuo y el colectivo. Se acusa a menudo a los anarquistas de despreciar el segundo término y a los comunistas de sacrificar el primero. ¿Cómo resuelves esa cuestión?

Históricamente, el anarquismo padeció durante mucho tiempo una corriente “individualista” muy particular y que hoy, afortunadamente, casi ha desaparecido. Se volvió inútil en la medida que el propio capitalismo impuso a todo el mundo la “individualización” de los “gustos y colores” que el individualismo “anarquista” oponía a las nuevas y viejas comunidades (Iglesias, sindicatos, oficios, naciones, familias, grupos de afinidad, etc.). Este individualismo anarquista (que siempre fue marginal y que todavía perdura aquí y allá, en el terreno de la alimentación, de la procreación o de la sexualidad por ejemplo) tiene dos características negativas.

Acabamos de ver la primera: la inscripción del individualismo anarquista en el interior de las representaciones y las prácticas o los “deseos” del liberalismo capitalista hoy hegemónico. La segunda característica deriva de la primera pero va más allá. Es la creencia exorbitante en la existencia primera y auto-fundadora de un “sujeto” trascendental, dueño de sus elecciones y de sus decisiones; una creencia y un postulado extremadamente poderoso en la vida práctica (educativa, laboral, judicial…) y en el terreno de la filosofía, desde Descartes a Sartre, pasando por Kant, Husserl y muchos más.

Para los movimientos anarquistas pasados y presentes, la relación entre el individuo y el colectivo se plantea en unos términos y en un horizonte de pensamiento y acción radicalmente diferentes. La afirmación “personal”, como diría Proudhon, no tiene nada de liberal y no remite a la ficción moderna de un individuo o un sujeto trascendente, que existiría por fuera de las cosas, de las situaciones y de los acontecimientos. La inmensa mayoría de los militantes revolucionarios, orgánicamente vinculados a movimientos de masas (principalmente, el sindicalismo), pueden calificarse seguramente como “personalidades fuertes” o “individualistas”, pero ese individualismo y esa personalidad sólo tienen sentido y existencia dentro de los movimientos colectivos, dentro de las “subjetividades colectivas” de las que son a la vez el producto y una de sus componentes.

Un último comentario: para el anarquismo, no hay diferencias de naturaleza entre el “individuo” y el “grupo”. Como lo subraya Proudhon, “el individuo es un grupo”, un “compuesto de potencias” ellas mismas compuestas de otras potencias compuestas y así hasta el infinito. El “individuo es un grupo” y todo “grupo es un individuo”, una “individuación”, un “ser”, una “subjetividad”, un “absoluto”, cada vez singular y sorprendente, y sólo mediante una larga experiencia colectiva podemos captar sus fuentes y sus efectos, buenos o malos, opresivos o emancipadores.

Críticas la pertinencia de las nociones de derecha y de izquierda como “ilusiones” que sólo sirven para estafar a los ciudadanos-electores. ¿Piensas que habría que superar esa división ineficaz para comprender nuestra época, como aconsejaba Castoriadis? Hay quien te diría que es lo mismo que dice el Frente Nacional…

La distinción derecha/izquierda, así como el “ni derecha ni izquierda”, son nociones políticas y politiqueras, aunque se basen y actúen en un viejo fondo imaginario que desborda los meros dispositivos políticos. El anarquismo recusa lo político como una trampa mortal para un proyecto revolucionario que abarca la totalidad de lo que hay, que parte de esta totalidad, de todos sus componentes. A la “revolución política” (nuevo Estado, nuevos dirigentes, nueva constitución), el anarquismo opone desde el principio una revolución social y económica (“la Social”) que se distingue radicalmente de la simple y vieja revolución política. Una revolución que parte de todas las cosas, una revolución de largo recorrido que las implica a todas por igual: es “la independencia universal” y “la independencia del mundo” que cantan las viejas canciones obreras del siglo XIX. En esa lógica emancipadora, los “revolucionarios” no preguntan jamás a sus numerosos compañeros de pelea si son socialistas, de derechas, cristianos o budistas. La dinámica y la lógica emancipadora valen por sí mismas, no se exigen los compromisos ideológicos propios de los partidos, las Iglesias o las “sectas”.

Hemos visto recientemente, en España, a ciertos anarquistas mostrarse  extremadamente hostiles hacia un movimiento como Podemos y, en particular, hacia su portavoz Pablo Iglesias: ¿no hay una especie de purismo y de sectarismo en el movimiento anarquista que le condena a predicar dentro de su capilla, a hablar sólo a las minorías, a mantenerse lejos de “las masas”, por usar una palabra que no te gusta mucho?

Desconozco la naturaleza de esas críticas hacia Podemos y, por experiencia, desconfío un poco de ellas. Pero en lo que venimos diciendo creo que habría argumentos para elaborar una crítica anarquista. Podemos presenta dos características estrechamente unidas e igualmente inaceptables para el anarquismo:

1. Una solución política, ganar las elecciones, conquistar el poder del Estado.
2. Fundar su acción y esta victoria (de opinión) sobre la cantidad, sobre la “mayoría” de individuos-electores-ciudadanos, que se parecen como tales a las “bolas de billar” de Chatelet y se expresan en  grandes coreografías “de masa” que llegan después (y codifican) las movilizaciones de las multitudes heterogéneas.

Para acabar, quizá la pregunta más difícil: ¿podrías dar una breve definición del anarquismo?

Es Deleuze (y Guattari) quien, de manera aparentemente enigmática, da a mi juicio la mejor definición: la Anarquía, “una extraña unidad que sólo se reclama de lo múltiple”. Espero que lo dicho anteriormente contribuya a aclararla.

Esta es una versión parcial de la entrevista publicada por la revista francesa Ballast en febrero de 2015.

Traducción al castellano de Nicolas Bersihand.

En castellano, Daniel Colson ha publicado  Pequeño léxico filosófico del anarquismo (de Proudhon a Deleuze).

Tomado de: http://www.eldiario.es/interferencias/Daniel_Colson-anarquismo_6_567003317.html

Evocar el 68 desde las mujeres en lucha: memoria viva en tiempos de rebelión

Por Mariana Menéndez Díaz y María Noel Sosa González

La lucha de las mujeres irrumpió en los últimos años en América Latina con una extraordinaria fuerza, el Río de la Plata es uno de los epicentros de este resurgir feminista, y desde esta cuenca escribimos. En medio de la revuelta la propia lucha ha evocado la memoria, por necesidad vital de utopías y por urgencia estratégica. Una memoria viva que hemos intentado retejer escandalizadas -e incluso con angustia- ante el descubrimiento del despojo y la insistente producción de olvido. Una producción de olvido provocada desde el poder dominante y también desde los discursos dominantes en la izquierda. Silvia Rivera Cusicanqui nos ha dicho, retomando la cosmovisión andina en la búsqueda de una alteridad epistémica, que el pasado está frente a nosotrxs y es lo que podemos ver, mientras el futuro se encuentra en nuestra espaldas. Son las evocaciones del pasado las que pueden guiarnos.

Cincuenta años después, ¿qué nos evoca el 68? ¿Qué puede volver a enseñarnos desde nuestro presente? Si algo nos ha llegado es su irreverencia, su puesta en jaque de las jerarquías. Los acontecimientos de ese año – que ni empiezan ni terminan en Mayo ni en Paris- sacudieron al mundo y todavía hoy podemos sentir su eco. El primer paso, tal vez, es fugarse de la imagen congelada del 68’ parisino reducido a batalla cultural, entendida de modo limitado, para abrirlo al proceso de luchas a lo largo y ancho del mundo. En nosotras late todavía la revuelta, late el germen de lucha que queremos retomar hoy en este nuevo tiempo de rebeldía de las mujeres.

Tiempo de revuelta

Los años 60’ fueron tiempo de convulsionados en el norte y especialmente en América Latina. En Vietnam enfrentaban la invasión gringa, Praga olía a primavera, centroamérica latía en las guerrillas de la mano de la revolución cubana, en el sur también se relanzaban las luchas obreras. México se agitaba con los sucesos de Tlateloco, como cruel respuesta a las movilizaciones estudiantiles acompañadas no sólo por obreros, sino también por las madres de lxs estudiantes. Fueron también tiempos de descolonización y lucha anti rascista, años en los que avanzaron las luchas por la independencia en África y el movimiento negro en Estados Unidos.

Imanuel Wallerstein (1999) señala que si observamos el sistema mundo, han habido dos revoluciones mundiales: 1848 y 1968. Afirma que ambas fueron un fracaso histórico y un punto de inflexión. Si la revolución de 1848 pare al movimiento obrero, las revueltas del 68 abren lo que se ha denominado como “nuevos movimientos sociales”, o dicho de otro modo, abre la ventana para aires nuevos y renovados sujetos, interpelando a la “vieja izquierda”. Si vemos de forma rápida los focos de ambas parecen ser europeos, pero si miramos en detalle el 68 fue un tiempo de rebelión planetario. Podríamos decir que el entramado clase, sexo, raza tiene nudos antiguos, pero las organizaciones hasta entonces solían hacer foco en una de las dimensiones de la dominación. Desde los estudiantes, las mujeres, lxs jóvenes, las luchas anticolonialistas y el movimiento negro se abre un nuevo tiempo en las calles y en las reflexiones. Estos sujetos colectivos encarnan un cuestionamiento al sistema de dominación, a la hegemonía estadounidense, y también a las perspectivas teórico políticas emancipatorias. Construyendo profundas críticas a la tradiciones de izquierda y al modelo soviético devenido en autoritarismo letal. Señalan jerarquías hasta ahora invisibilizadas, permitiéndonos entender de manera más contundente el funcionamiento del capital. Pero sobre todo., ya no admiten esperar más. Ya no aceptan que sus problemas sean resueltos luego del gran día de la revolución.

Mirar desde esta diversidad de luchas nos señala por lo menos dos aprendizajes, la existencia de una multiplicidad de sujetos en lucha y la imperiosa tarea de insistir en descolonizar y despatriarcalizar nuestra producción de memoria y nuestras prácticas de transformación. La irrupción – antes, durante, y pos 68 – de múltiples sujetos nos ha enseñado a cultivar una mirada que reconoce la amalgama de dominaciones, que no sólo señala la explotación capitalista sino la opresión y el despojo. La urgencia por comprender que la máquina de muerte a la que nos enfrentamos se funda en la sedimentación de relaciones capitalistas patriarcales de matriz colonial. Tres aristas que no pueden pensarse escindidas sino profundamente imbricadas, que se refuerzan mutuamente anudadas por la violencia de todo tipo hacia nuestros cuerpos y nuestros territorios. Nosotras quisiéramos hoy seguir el hilo de la lucha antipatriarcal y feminista, reconocernos en ese largo linaje de mujeres en lucha, recuperar las luchas del 68’ multiplicadas en los 70’ a través de una de las más potentes revueltas de las mujeres.

68 y después: revuelta feminista 

Las mujeres en esos años no sólo comenzaron a lucir minifaldas con desenfado, sino que estaban germinando una fuerza que terminaría cuestionandolo todo. Fueron partícipes de todas las luchas, desde el movimiento negro hasta la lucha obrera, de la resistencia en Vietnam hasta protagonistas de la lucha contra la guerra, estuvieron en las guerrillas y en las luchas estudiantiles. Dinamitaron el lugar del cautiverio impuesto a la mujer para lanzarse otra vez a participar de la vida política. Pero una sensación extraña es relatada por varias protagonistas, una incomodidad que luego sería combustible emancipatorio y que abrió preguntas nuevas: ¿qué lugar nos tocó dentro de esas luchas? ¿qué tareas asumimos y nos fueron adjudicadas? ¿que voces eran escuchadas y cuáles no? ¿quienes marcaban las formas, los ritmos y las prioridades? Casi las mismas preguntas que nos hicimos nosotras, hijas de las luchas contra el neoliberalismo de los años 90’, antes de reconocernos feministas.

Coincidimos con Francesca Gargallo (2008) cuando afirma que no se puede decir sencillamente que la luchas del 68’ inventaron la liberación femenina, pero sí que existen entre ambas un vínculo insoslayable. Los últimos años de la década del 60` y los años 70’ se conocen en el feminismo como la segunda ola. Desde allí podemos encontrar los hilos que unen el 68 con la irrupción de la lucha de las mujeres. Las críticas lanzadas a la izquierda serán retomadas y amplificadas desde las experiencias feministas, ya que muchas nacieron en sus entrañas. “El deseo de vivir no se mendiga, se toma” era una de las frases grafiteadas en plena revuelta parisina, las mujeres que participaron de algún u otro modo sintieron sus efectos y se los tomaron en serio. Sus deseos y su imaginación política ya no pedirían permiso ni mendigarían.

¿Que había estado pasando en esos años en la vida de las mujeres? En 1960 se había iniciado la comercialización de la pastilla anticonceptiva en Estados Unidos y un años después ya circulaba por Europa. En 1963 se publica “La mística de la feminidad” de Betty Friedan, donde se describe “ese malestar que no tenía nombre” y que no era otra cosa que las vivencias del patriarcado que ahogaban a muchas mujeres. Aunque fuera luego criticado por ser pensado desde las mujeres blancas, urbanas y de estratos medios, el libro es de los primeros en dar cuenta de la ola feminista que estaba empezando y que luego tendrá mayor visibilidad y fuerza. Aparecen diversos grupos de mujeres, intervenciones artísticas, clínicas autogestionadas de salud, habrá poesía, música y tiempo de rebelión. Imágenes, relatos y testimonios de esa época aparecen en el documental “She is beautiful when she is angry”. Las mujeres negras serán protagonistas de las luchas antirascistas, serán oradoras, teóricas e inspiradoras de muchas otras mujeres. Angela Davis (2016) como figura icónica, entretejerá una mirada entre marxismo, antirascismo y feminismo dando impulso a la necesaria perspectiva interseccional. Por otra parte, aparecerá también una de las máximas expresiones de esos años que es el texto de Kate Millet, Política sexual, publicado en 1970. Desde allí se popularizó la frase “lo personal es político”, que da nombre y cristaliza uno de los sentidos más potentes de ese tiempo de lucha. El énfasis puesto en politizar lo cotidiano del 68 será radicalizado a través de esta consigna y las prácticas de autoconciencia que se extendían en cientos de grupos por todo el país.

Katerine MacKinnon (1995) dijo que “El feminismo es la única teoría que emerge de aquellos cuyos intereses afirma” al hacer referencia a que el método de crear conciencia -también llamado concientización en Estados Unidos o autoconciencia por las italianas- es el método por excelencia del feminismo. Muchos grupos de autoconciencia surgieron de forma más o menos espontánea, entre amigas, compañeras de universidad, vecinas. Es desde esta práctica de hablar entre mujeres, pero esta vez revalorizada, politizada y conceptualizada, que las experiencias en este tiempo de lucha cobran fuerza. En distintos formatos, con distinta frecuencia, las mujeres comenzaron a reunirse y a hablar de su experiencia como mujeres y lo hacían sólo entre ellas. Esto significaba relatar abusos, hablar de sexualidad, de hijos, de maridos y de cenas, de jefes, de sus madres y abuelas y de todo lo que en lo cotidiano y a lo largo de nuestra vida nos conforma como mujeres desde el esquema de dominación. Cada una fue encontrando en la otra señas propias, dolores ya no individuales sino colectivos y desde ahí aparece una fuerza capaz de desbordarlo todo. Lo personal es político no era un eslogan vacío, sino una clave política profundamente fértil. Ese mismo debate es el que en la actualidad recogemos, se trata de un partir de sí, para no quedarse en sí (Pérez Orozco, 2014), como un intento de no separar el cuerpo femenino de las luchas que se dan, o más bien de un partir de sí para ser con otras, para ser mujeres en lucha (Menéndez, 2017).

En Francia luego de Mayo del 68 las mujeres que estaban organizadas en distintos grupos, especialmente en grandes ciudades, crean el Movimiento de Liberación de las Mujeres. Se trató de un esfuerzo de organización política de gran alcance. La estética de la provocación y el sarcasmo que habían tenido lxs estudiantes es redoblado desde las mujeres, por ejemplo en el acto de depositar flores en la tumba del soldado desconocido, en el Arco de Triunfo de París, pero dedicándoselo a la mujer del soldado desconocido. Con las flores pusieron la inscripción “Existe alguien más desconocido que el soldado desconocido, su mujer”. Se burlaban del canon masculino con ironía, en frases como «Un hombre de cada dos es una mujer». En octubre, cuarenta mujeres, encadenadas a las rejas de la prisión de la Petite Roquette, clamaban: «Nosotras somos todas prisioneras»”. En 1971 aparece el “manifiesto de las 343”, que abre el debate sobre la legalización del aborto en el país.

De ese tiempo de lucha y en esa geografía aparecen varias mujeres que debaten desde el pensamiento de la diferencia, criticando las bases psicoanalíticas y de la teoría política, tan propias del mundo francés. Ellas cuestionan la centralidad de lo fálico en tales teorías, no por la teoría en sí, sino para denunciar lo que eso ha significado en tanto toda nuestra referencia simbólica se construye sobre lo masculino. Abren desde ese lugar el debate sobre un nuevo orden simbólico en femenino, especialmente Luce Irigaray (2007) quien aporta nuevas pistas para pensar las relaciones entre mujeres desde el espéculo, desde el mirar hacia nosotras mismas y nuestras semejanzas y ya no desde el ser lo otro, lo abyecto, o recuperando a Simone de Beauvior, reclamando ya no ser más el segundo sexo.

En Italia Carla Lonzi, desde Revuelta feminista, dará inicio también la práctica de autoconciencia y escribirá ese texto hermoso de título irreverente “Escupamos sobre Hegel” para realizar una crítica contundente al pensamiento filosófico masculino. En esa geografía existió también un intenso y prolífero debate con el marxismo y variados aportes desde el pensamiento de la diferencia sexual, también llamado feminismo de la diferencia. Especialmente desde la Librería de Milán se realizan publicaciones que teorizan desde el partir de sí (Rivera- Garretas 1997), ampliando la mirada al orden simbólico que surge desde las relaciones entre mujeres, con base en la relación primaria con la madre (Muraro, 1991). Preocupadas por una política viva, cuestionando la lógica de la representación y la igualdad en términos modernos, es decir una a la que sólo acceden los hombres, discuten sobre otros modos de producir decisión colectiva y de vivir dignamente.

También en Italia y en Estados Unidos las feministas producirán una mirada renovada sobre el marxismo, primero en el texto fundante “El poder femenino y subversión de la comunidad” de Maria Rosa Dalla Costa y Selma James (1977). Organizando a su vez la Campaña Internacional por salario para el trabajo doméstico, recopilada en parte en el libro “Wages for Housework. The New York commitee 1972 – 1977” editado recientemente por Silvia Federici.

Desde esta lucha por el salario, no como táctica sino como perspectiva, las críticas a la izquierda abiertas por el 68 serán retomadas y profundizadas. Federici (2010; 2013) por ejemplo avanzará sobre la crítica a Marx, para releer su concepción sobre la acumulación originaria y la degradación de las mujeres en la llamada transición del feudalismo al capitalismo, afirmando que esa violencia es un proceso continuo que reactualiza las formas de despojo. Así como la necesidad de comprender que la división creada entre producción y reproducción implica la invisibilización y desvalorización del trabajo reproductivo a cargo mayoritariamente de las mujeres. Estos primeros aportes abonarán luego los fértiles debates posteriores sobre la centralidad de la reproducción de la vida para repensar la transformación y la recreación de las luchas por lo común y las tramas comunitarias, poniéndose cada vez más en diálogo con la experiencia latinoamericana contemporánea para nutrirse mutuamente.

El cielo se oscurece y las estructuras de poder reaccionan a las revueltas, en ciertos lugares se les construyen diques y en otros, más colonizados, más pobres, se las liquida. Mientras tanto se da inicio al proceso de neoliberalización, que implica en nuestro sur ver estallar las dictaduras con toda su violencia. Cientos de mujeres militantes deberán marchar al exilio buscando asilo, y en esa migración forzosa muchas se encontrarán con las experiencias feministas del norte. Provocando en ellas una relectura de sus experiencias vitales y políticas a la luz de las diferencias y las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Aunque en los años 70 aquí se vivía bajo el terrorismo estatal y no hubo el mismo grado de expansión de energía feminista que en el norte, al volver y encontrándose con otras en la luchas contra la dictadura darán inicio a un nuevo movimiento de mujeres que durante la década de los 80’ recorrerá las calles las plazas y las camas, en nuestro país y en la región. Hoy que América Latina es fuente de fuerza central para la lucha de las mujeres, que desde aquí gritamos ni una menos y vivas nos queremos, y se repica de sur a norte, cuán necesario y urgente abrir el diálogo con el pasado y entre distintas geografías. Somos nietas e hijas de todas ellas, somos el presente de su irreverencia y la prueba viva de la libertad que ejercitaron y que supieron abrir para nosotras, desde esa memoria late nuestro deseo de cambiarlo todo.

Referencias

Dalla Costa, Mariarosa y James, Selma (1977) El poder de la mujer y subversión de la comunidad. México: Siglo XXI Editores.

Federici, Silvia (2010) Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta Limón.

De Beauvior, Simone. El segundo sexo. Madrid: Cátedra

Davis, Angela (2016) Mujeres, raza y clase. Madrid: Akal.

Federici, Silvia (2013) Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de sueños.

Gargallo, Franseca (2008) “1968: una revolución en la que se manifestó un nuevo feminismo”, en Le Monde Diplomatique año VI, n. 65.
Irigaray, Luce (2007) Espéculo de otra mujer. Madrid: Akal
Lonzi, Carla (1978) Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina. Buenos Aires: La pléyade

MacKinnon, Catherine (1995) Hacia una teoría feminista del Estado. Madrid: Cátedra.

Menéndez, Mariana (2018) Entre mujeres:“Nuestro deseo de cambiarlo todo”.
Apuntes sobre el re-emerger feminista en el Río de la Plata. en Apantle 3 ¿Común hacia donde?. Mexico: SOCCE.

Muraro, Luisa (1994) El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y HORAS.

Picq, Françoise (2008) El hermoso post-mayo de las mujeres. Dossiers Feministes, número 12, pp. 69-77.

Pérez Orozco, Amaia (2014) Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de sueños.

Rivera Garretas, María Milagros (1997) El fraude de la igualdad. Los grandes desafíos del feminismo hoy. Buenos Aires: Librería de las mujeres

Suárez Briones, Beatriz, Martin Lucas, Maria Belén; Fariña Busto, Maria Jesús (eds) (2000) Escribir en femenino. Barcelona: Icaria.

Wallerstein, Immanuel (1999). “1968: el gran ensayo” en Arrighi, Hopkins, Wallerstein, Movimientos Antisistémicos. Madrid: Akal.

 

Fuente: Contrahegemonía

Poder, política, autonomía

Por Cornelius Castoriadis

El autodespliegue del imaginario radical como sociedad y como historia -como lo social-histórico-sólo se hace, y no puede dejar de hacerse, en y por las dos dimensiones del instituyente y del instituido (1). La institución, en el sentido fundador, es una creación originaria del campo social-histórico -del colectivo-anónimo-que sobrepasa, como eidos, «toda producción posible de los individuos o de la subjetividad. El individuo -y los individuos- es institución, institución de una vez por todas e institución cada vez distinta en cada distinta sociedad. Es el polo cada vez específico de la imputación y de la atribución sociales establecidos según normas, sin las cuales no puede haber sociedad (2). La subjetividad, como instancia reflexiva y deliberante (como pensamiento y voluntad) es proyecto social histórico, pues el origen (acaecido dos veces, en Grecia y en Europa Occidental, bajo modalidades diferentes) es datable y localizable (3). En el núcleo de las dos, la mónada psíquica, irreductible a lo social-histórico, pero formable por éste casi ilimitadamente a condición de que la institución satisfaga algunos requisitos mínimos de la psique. El principal entre todos: nutrir a la psique de sentido diurno, lo cual se efectúa forzando e induciendo al ser humano singular, a través de un aprendizaje que empieza desde su nacimiento y que va robusteciendo su vida, invistiendo y dando sentido para sí a las partes emergidas del magma de significaciones imaginarias sociales instituidas cada vez por la sociedad y que son las que comparte con sus propias instituciones particulares (4).

Resulta evidente que lo social-histórico sobrepasa infinitamente toda «ínter-subjetividad». Este término viene a ser la hoja de parra que no logra cubrir la desnudez del pensamiento heredado a este respecto, la evidencia de su incapacidad para concebir lo social-histórico como tal. La sociedad no es reducible a la «intersubjetividad», no es un cara-a-cara indefinidamente múltiple,-pues el cara-a-cara o el espalda-a-espalda sólo pueden tener lugar entre sujetos ya socializados. Ninguna «cooperación» de sujetos sabría crear el lenguaje, por ejemplo. Y una asamblea de inconscientes nucleares sería imaginariamente más abstrusa que la peor sala de locos furiosos de un manicomio. La sociedad, en tanto que siempre ya instituida, es auto-creación y capacidad de auto-alteración, obra del imaginario radical como instituyente que se autoconstituye como sociedad constituida e imaginario social cada vez particularizado.

El individuo como tal no es, por lo tanto, «contingente» relativamente a la sociedad. Concretamente, la sociedad no es más que una mediación de encarnación y de incorporación, fragmentaria y complementaria, de su institución y de sus significaciones imaginarias, por los individuos vivos, que hablan y se mueven. La sociedad ateniense no es otra cosa que los atenienses -sin los cuales no es más que restos de un paisaje trabajado, restos de mármol y de ánforas, de inscripciones indescifrables, estatuas salvadas de las aguas en alguna parte del Mediterráneo-, pero los atenienses son sólo atenienses por el pomos de las polis. En esta relación entre una sociedad instituida que sobrepasa infinitamente la totalidad de los individuos que la «componen», pero no puede ser efectivamente más que en estado «realizado» en los individuos que ella fabrica, y en estos individuos puede verse un tipo de relación inédita y original, imposible de pensar bajo las categorías del todo y las partes, del conjunto y los elementos, de lo universal y lo particular, etc. Creándose, la sociedad crea al individuo y los individuos en y por los cuales sólo puede ser efectivamente. Pero la sociedad no es una propiedad de composición, ni un todo conteniendo otra cosa y algo más que sus partes -no sería más que por ello que sus «partes» son llamadas al ser, y a «ser así», por ese «todo» que, en consecuencia, no puede ser más que por ellas, en un tipo de relación sin analogía en ningún otro lugar, que debe ser pensada por «ella misma», a partir de «ella misma» como modelo de «sí misma» (5).

Pero a partir de aquí hay que ser muy precavidos. Se habría apenas avanzado (como algunos creen) diciendo: la sociedad hace los individuos que hacen la sociedad. La sociedad es obra del imaginario instituyente. Los individuos están hechos por la sociedad, al mismo tiempo que hacen y rehacen cada vez la sociedad instituida: en un sentido, ellos sí son sociedad. Los dos polos irreductibles son el imaginario radical instituyente -e1 campo de creación socio-histórico-, por una parte, y la psique singular, por otra. A partir de la psique, la sociedad instituida hace cada vez a los individuos -que como tales, no pueden hacer más que la sociedad que les ha hecho-. Lo cual no es más que la imaginación radical de la psique que llega a transpirar a través de los estratos sucesivos de la coraza social que es el individuo, que la recubre y la penetra hasta un cierto punto-límite insondable, ya que se da una acción de vuelta del ser humano singular sobre la sociedad-. Nótese, de entrada, que una tal acción es rarísima y en todo caso imperceptible en la casi totalidad de las sociedades, donde reina la heteronomía instituida (6), y donde, aparte del abanico de roles sociales pre-definidos, las únicas vías de manifestación reparable de la psique singular son la transgresión y la patología. Sucede de manera distinta en aquellas sociedades donde la ruptura de la heteronomía completa permite una verdadera individualización del individuo, y donde la imaginación radical de la psique singular puede a la vez encontrar o crear los medios sociales de una expresión pública original y contribuir a la autoalteración del mundo social. Y queda todavía otro aspecto por constatar, además de alteraciones social-históricas manifiestas y marcadas, sociedad e individuos se implican recíprocamente.

La institución y las significaciones imaginarias que lleva consigo y que la animan son creaciones de un mundo, el mundo de la sociedad dada, que se instaura desde el principio en la articulación entre un mundo «natural» y «sobrenatural» -más comúnmente «extrasocial» y «mundo humano» propiamente dicho-. Esta articulación puede ir desde la casi fusión imaginaria hasta la voluntad de separación más rotunda; desde la puesta de la sociedad al servicio del orden cósmico o de Dios, hasta el delirio más extremo de dominación y enseñoramiento sobre la naturaleza. Pero, en todos los casos, la «naturaleza» como la «sobrenaturaleza», son cada vez instituidas en su propio sentido como tal y en sus innombrables articulaciones, y esta articulación contempla relaciones múltiples y cruzadas con las articulaciones de la sociedad misma instauradas cada vez por su institución (7).

Creándose como eidos cada vez singular (las influencias, transmisiones históricas, continuidades, similitudes, etc., ciertamente existen y son enormes, como las preguntas que suscitan, pero no modifican en nada la situación principal y no pueden evitar la presente discusión), la sociedad se despliega en una multiplicidad de formas organizativas y organizadas. Se despliega, de entrada, como creación de un espacio y de un tiempo (de una espacialidad y de una temporalidad) que le son propias, pobladas de una cáfila de objetos «naturales», «sobrenaturales» y «humanos», vinculados por relaciones establecidas en cada ocasión por la sociedad, consideradas y sostenidas siempre sobre unas propiedades inmanentes del ser-así del mundo. Pero estas propiedades son re-creadas, elegidas, filtradas, puestas en relación y sobre todo: dotadas de sentido por la institución y las significaciones imaginarias de la sociedad dada (8).

El discurso general sobre estas articulaciones, trivialidades dadas de lado, es casi imposible: son cada vez obra de la sociedad considerada como tal, impregnada de sus significaciones imaginarías. La «materialidad», la “concreción” de tal o cual institución puede aparecer como idéntica o marcadamente similar entre dos sociedades, pero la inmersión, en cada ocasión, de esta aparente identidad material en un magma distinto de diferentes significaciones, es suficiente para alterarla en su efectividad social-histórica (así sucede con la escritura, con el mismo alfabeto, en Atenas en el 450 a. C. y en Constantinopla en el 750 de nuestra era). La constatación de la existencia de universales a través de las sociedades-lenguaje, producción de la vida material, organización de la vida sexual y de la reproducción, normas y valores, etc, -está lejos de poder fundar una «teoría» cualquiera de la sociedad y de la historia-. En efecto, no se puede negar en el interior de estas universales «formales» la existencia de otras universales más específicas: así, en lo que hace referencia al lenguaje, ciertas leyes fonológicas. Pero precisamente -como la escritura con el mismo alfabeto- estas leyes sólo conciernen a los límites del ser de la sociedad, que se despliega como sentido y significación. En el momento en que se trata de las «universales», «gramaticales» o «sintácticas», se encuentran preguntas mucho más temibles. Por ejemplo, la empresa de Chomsky debe enfrentarse a este dilema imposible: o bien las formas gramaticales (sintácticas) son totalmente indiferentes en cuanto al sentido -enunciado del que todo traductor conoce lo absurdo del mismo-; o bien éstos contienen desde el primer lenguaje humano, y no se sabe cómo, todas las significaciones que aparecerán para siempre en la historia -lo cual comporta una pesada e ingenua metafísica de la historia-. Decir que, en todo lenguaje, debe ser posible expresar la idea «John ha dado una manzana a Mary» es correcto, pero tristemente insuficiente.

Uno de los universales que podemos «deducir» de la idea de sociedad, urna vez que sabemos lo que es una sociedad y lo que es la psique, concierne a la validez efectiva (Geltung), positiva (en el sentido del «derecho positivo») del inmenso edificio instituido. ¿Qué sucede para que la institución y las instituciones (lenguajes, definición de la «realidad» y de la «verdad», maneras de hacer, trabajo, regulación sexual, permisión/prohibición, llamadas a dar la vida por la tribu o por la nación, casi siempre acogida con entusiasmo) se impongan a la psique, por esencia radicalmente rebelde a todo este pesado fárrago, que cuanto más lo perciba más repugnante le resultará? Dos vertientes se nos muestran para abordar la cuestión: la psíquica y la social.

Desde el punto de vista psíquico la fabricación social del individuo es un proceso histórico a través del cual la psique es constreñida (sea de una manera brutal o suave, es siempre por un acto que violenta su propia naturaleza) a abandonar (nunca totalmente, pero lo suficiente en cuanto necesidad/uso social) sus objetos y su mundo inicial y a investigar unos objetos, un mundo, unas reglas que están socialmente instituidas. En esto consiste el verdadero sentido del proceso de sublimación (9). El requisito mínimo para que el proceso pueda desarrollarse es que la institución ofrezca a la psique un sentido -otro tipo de sentido que el protosentido de la mónada psíquica-. El individuo social que constituye así interiorizando el mundo y las significaciones, creadas por la sociedad -interiorizando de este modo explícitamente fragmentos importantes e implícitamente su totalidad virtual por los «re-envíos» interminables que ligan magmáticamente cada fragmento de este mundo a los otros.

La vertiente social de este proceso es el conjunto de las instituciones que impregnan constantemente al ser humano desde su nacimiento, y en destacado primer lugar el otro social, generalmente pero no ineluctablemente la madre, que toma conciencia de sí estando ya ella misma socializada de una manera determinada, y el lenguaje que habla ese otro. Desde una perspectiva más abstracta, se trata de la «parte» de todas las instituciones que tiende a la escolarización, al pupilaje, a la educación de los recién llegados -lo que los griegos denominan paideia: familia, ritos, escuela, costumbre y leyes, etc.

La validez efectiva de las instituciones está así asegurada de entrada y antes que nada por el proceso mismo mediante el cual el pequeño monstruo chillón se convierte en un individuo social. Y no puede convertirse en tal más que en la medida en que ha interiorizado el proceso.

Si definimos como poder la capacidad de una instancia cualquiera (personal o impersonal) de llevar a alguno (o algunos-unos) a hacer (o no hacer) lo que, a sí mismo, no habría hecho necesariamente (o habría hecho quizá) es evidente que el mayor poder concebible es el de preformar a alguien de suerte que por símismo haga lo que se quería que hiciese sin necesidad de dominación (Herrschaft) o de poder explícito para llevarlo a… Resulta evidente que esto crea para el sujeto sometido a esa formación, a la vez la apariencia de la «espontaneidad» más completa y en la realidad estamos ante la heteronomía más total posible. En relación a este poder absoluto, todo poder explícito y toda dominación son deficientes y testimonian una caída irreversible. (En adelante hablará de poder explícito; el término dominación debe ser reservado a situaciones social-históricas específicas, ésas en las que se ha instituido una división asimétrica y antagónica del cuerpo social).

Anterior a todo poder explícito y, mucho más, anterior a toda «dominación» la institución de la sociedad ejerce un infra poder radical sobre todos los individuos que produce. Este infra-poder-manifestación y dimensión del poder instituyente del imaginario radical-no es localizable. Nunca es sólo el de un individuo o una instancia determinada. Es «ejercido» por la sociedad instituida, pero detrás de ésta se halla la sociedad instituyente, «y desde que la institución se establece, lo social instituyente se sustrae, se distancia, está ya aparte» (10). A su alrededor la sociedad instituyente, por radical que sea su creación, trabaja siempre a partir y sobre lo ya constituido, se halla siempre -salvo por un punto inaccesible en su origen- en la historia. La sociedad instituyente es, por un lado, inmensurable, pero también siempre retoma lo ya dado, siguiendo las huellas de una herencia, y tampoco entonces se sabría fijar sus límites. Todo lo que esto comporta respecto de un proyecto de autonomía y de la idea de libertad humana efectiva será tratado más adelante. Nos queda el infra-poder en cuestión, el poder instituyente que es a la vez el del imaginario instituyente, el de la sociedad instituida y el de toda la historia que encuentra en ello su salida provisional. Es pues, en cierto sentido, el poder del campo hístórico-social mismo, el poder de outis, de Nadie (11).

Tomado en sí mismo, pues, el infra-poder instituyente tal y como es ejercido por la institución, deberla ser absoluto y formar a los individuos de manera tal que estos reprodujesen eternamente el régimen que les ha producido. Es ésta, por otra parte evidente, la estricta finalidad de las instituciones existentes siempre y por todas partes. La sociedad instituida no alcanza nunca a ejercer su infra-poder como absoluto. Además es el caso de las sociedades salvajes y, más generalmente, de las sociedades que debemos llamar tradicionales-puede alcanzar a instaurar una temporalidad de la aparente repetición esencial, bajo la cual trabaja, imperceptiblemente y sobre muy largos períodos, su ineliminable historicidad (12). En tanto que absoluto y total, el infra-poder de la sociedad instituida (y, tras él, de la tradición) está, pues, abocado al fracaso. Este hecho, que aquí simplemente constatamos, se nos impone -existe la historia, existe una pluralidad de otras sociedades- y requiere ser elucidado.

Cuatro son los factores que aquí intervienen.

La sociedad crea su mundo, le concede sentido y hace provisión de significación destinada a cubrir de antemano todo cuanto pueda presentarse. El magmade significaciones imaginarias socialmente instituidas que reabsorbe potencialmente tódo cuanto pueda suceder, no puede, en principio, ser sorprendido o tomado desprevenido. En esto, evidentemente, el rol de la religión -y su función esencial para la clausura del sentido-ha sido siempre central (13) (el Holocausto se convierte en prueba de la singularidad y de la elección del pueblo judío). La organización conjuntiva-identitaria «en si ‘del mundo es no sólo suficientemente estable y «sistemática» en su primer momento para permitir la vida humana en sociedad, sino también suficientemente endeble e incompleta como para conllevar un número indefinido de creaciones social-históricas de significaciones. Los dos aspectos remiten a las dimensiones ontológicas del mundo en sí, como ninguna subjetividad trascendental, ningún lenguaje, ninguna pragmática de la comunicación sabrían hacerlo (14). Pero también el mundo, en tanto que «mundo presocial» -límite del pensamiento-, aunque en sí mismo no «significa» nada, está siempre ahí, como provisión inabarcable de alteridad, como riesgo siempre inminente de desgarrar el tejido de significaciones con el cual la sociedad lo ha revestido. El sinsentido del mundo representa siempre una amenaza posible para el sentido de la sociedad, el riesgo siempre presente de que se resquebraje el edificio social.

La sociedad fabrica los individuos a partir de una materia prima, la psique. ¿Qué hay de admirable, de entrada, en la plasticidad casi total de la psique al cuidado de la formación social a la que se supedita, o en su capacidad invencible de preservar su núcleo monádico y su imaginación radical, poniendo en jaque, al menos parcial, al adiestramiento soportado en perpetuidad? Cualquiera que sea la rigidez o cerrazón del tipo de individuo en que en ella se transforme, el ser propio e irreductible de la psique singular se manifiesta siempre -como sueño, enfermedad «psíquica», transgresión, litigio y querencia- pero también como contribución singular -raramente asignable, en las sociedades tradicionales- a la híper-lenta alteración de las maneras de hacer y de representar sociales.

La sociedad no es más que excepcionalmente -¿o nunca?- única y aislada. L.a sociedad se encuentra que existe una pluralidad indefinida de sociedades humanas, una coexistencia sincrónica y contacto entre sociedades otras. La institución de los otros y sus significaciones son siempre una amenaza mortal para las nuestras, lo que es sagrado para nosotros es abominable para ellos, y nuestro sentido les resulta el rostro mismo del sinsentido (15).

En fin, posiblemente la sociedad no pueda nunca escapar a sí misma. La sociedad instituida es siempre trabajada por la sociedad instituyente, bajo el imaginario social establecido corre siempre el imaginario radical. Es el hecho primero, bruto, del imaginario radical el que permite no ya «explicar», sino desplazar la pregunta que plantean el «se encuentra» y el «existe» anterior. La existencia de pluralidad esencial, sincrónica y diacrónica, de sociedades significa que existe imaginario instituyente.

Contra todos éstos factores que amenazan su estabilidad y su autopercepción, la institución de la sociedad siempre dispone de unas defensas y exhibiciones preestablecidas y preincorporadas. La principal entre éstas: la católica y virtual omnipotencia de su magma de significaciones. A las irrupciones del mundo bruto les serán atribuidos signos, de alguna manera serán interpretados y exorcizados. Incluso el sueño y la enfermedad. Los otros serán considerados como extranjeros, salvajes, impíos. El punto en el que las defensas de la sociedad instituida serán más débiles es, sin ninguna duda, su propio imaginario instituyente. También es éste el punto respecto al cual ha sido inventada la defensa más fuerte -la más fuerte desde hace mucho tiempo, y su duración parece extenderse al menos desde hace cien mil años-. Es la negación y la ocultación de la dimensión instituyente de la sociedad y la imputación del origen y del fundamento de la institución y de las significaciones lo que conduce a una fuente extra-social (extrasocial en relación a la sociedad efectiva, viviente: se puede tratar de los dioses o de Dios, pero también de los héroes fundadores o de los ancestros que se reencarnan continuamente en las nuevas venus). Líneas suplementarias aunque más débiles de defensa han sido creadas en los más tormentosos universos históricos. Mientras que la negación de la alteración de la sociedad o el recubrimiento de la innovación por su exilio en un pasado mítico se convierten en imposibles, lo nuevo puede ser sometido a una reducción ficticia pero eficaz mediante el «comentario» y la «interpretación» de la tradición (es el caso de las Weltreligionen, de las religiones como-históricas, y en particular de las concernientes a los mundos judíos, cristianos e islámicos).

El hecho de que todas estas defensas puedan fracasar, y en cierto sentido fracasen siempre, que puedan ocurrir crímenes, conflictos violentos insolubles, calamidades naturales que destruyan la funcionalidad de las instituciones existentes, guerras, etc., constituye una de las fuentes del poder explícito. Hay y habrá siempre una dimensión de la institución de la sociedad encargada de esta función esencial: restablecer el orden, asegurar la vida y la operación de la sociedad hacia y contra lo que en acto o en potencia la ponga en peligro.

Existe otra fuente, tan importante o más que la anterior, del poder explícito. La institución de la sociedad, y el magma de significaciones imaginarias que ella encarna, es mucho más que un montón de representaciones (o de «ideas»). La sociedad se instituye en y por las tres dimensiones indisociables: de la representación, del afecto y de la intención.

Si la parte «representativa» (lo cual no significa forzosamente representable y que pueda ser dicha) del magna de significaciones imaginarias sociales es la más difícilmente abordable, ello de entrada permanecería en un segundo plano (como a menudo en las filosofías de la historia y en las historiografías) si no apuntara más que a una historia y una hermenéutica de las «representaciones» y de las «ideas», si ignorara el magma de afectos propios de cada sociedad -su Stimmung, su «manera de vivirse y de vivir el mundo y la vida así como los vectores intencionales que tejen en conjunto la institución y la vida de la sociedad, eso a lo que podemos denominar su empuje propio y característico (que puede idealmente ser reducido, pero en realidad no lo es jamás, a su simple conservación) (16). Gracias al empuje en el pasado/presente de la sociedad habita un porvenir que está siempre por hacer. Este empuje es el que da sentido al enigma más grande de todos: eso que todavía no es pero será, otorgando a los vivos el medio de participar en la constitución o la preservación de un mundo que prolongará el sentido establecido. También mediante este empuje la innombrable pluralidad de las actividades sociales sobrepasa siempre el nivel de la simple «conservación» biológica de la especie, al mismo tiempo que se halla sometida a una jerarquización.

Ya que la ineliminable dimensión del empuj e de la sociedad hacia eso que hay que introducir, otro tipo de «desorden» en el orden social, supone, incluso en el marco más fijo y más repetitivo, que la ignorancia e incertidumbre en el porvenir no permita nunca una plena codificación previa de decisiones. El poder explícito aparece así como enraizado también en la necesidad de la decisión en cuanto a eso que queda por hacer y por no hacer en el seno de los fines (más o menos explicitados) y que el empuje de la sociedad se da como objetivo.

De este modo, si eso a lo que denominamos «poder legislativo» y «poder ejecutivo» puede permanecer enterrado en la institución (en la costumbre y la interiorización de normas supuestas como eternas), un «poder judicial» y un «poder gubernamental» deben estar explícitamente presentes, bajo cualquier forma, desde que la sociedad existe. La cuestión del pomos (y de su aplicación de una forma «mecánica», el pretendido «poder ejecutivo») puede ser recubierta por una sociedad; las cuestiones de la diké y del télos, no.

Fuese lo que fuese la articulación explícita del poder instituido, éste, lo acabamos de ver, no puede nunca ser pensado únicamente en función de la oposición «amigo-enemigo» (Karl Schmitt); no estaría tampoco reducido (no más que la dominación) al «monopolio de la violencia legítima». En la cima del monopolio de la violencia legítima, encontrarnos el monopolio de la palabra legítima; y éste está, a su vez, ordenado por el monopolio de la significación válida. El Amo de la significación sienta cátedra por encima del Amo de la violencia (17). Sólo mediante el fracaso que supone el derrumbe del edificio de significaciones instituidas puede empezar a hacerse oír la voz de las armas. Y para que la violencia pueda intervenir es necesario que la palabra -el imperativo del poder existente- asiente su poder en los «grupos de hombres armados». La cuarta compañía del regimiento Pavlovsky, la guardia de corps de Su Majestad, y el regimiento Semenovsky, son los más sólidos sostenes del trono del Zar-hasta las jornadas del 26 y 27 de febrero de 1917, cuando confraternizan con las masas y voltean las armas contra sus propios oficiales-. El ejército más poderoso del mundo no puede proteger nunca «si no» es fiel -y el fundamento último de su fidelidad es su creencia imaginaria en la legitimidad imaginaria-.

Hay y habrá siempre, pues, poder explícito en cualquier sociedad, a menos que ésta no consiga transformar sus individuos en autómatas, haciéndoles interiorizar completamente el orden instituido y construyendo una temporalidad que recubra de antemano todo el porvenir, misión imposible a tenor de lo que sabemos que está dado en la psique, en el imaginario instituyente y en el mundo.

Esta dimensión de la institución de la sociedad, relacionada con el poder explícito, o bien debido a la existencia de instancias que puedan emitir imperativos sancionables, es a lo que hay que identificar como la dimensión de lo político. A este respecto, importa poco que estas instancias se encarnen en la tribu entera, en los ancianos, en los guerreros, en el jefe, en el démos, en el Aparato burocrático o en lo que sea.

Llegados aquí conviene disipar tres confusiones . La primera, la identificación del poder explícito con el Estado. Las «sociedades sin Estado» no son «sociedades sin poder» . En éstas existe no solamente, como en todas partes, un infra-poder enorme (tanto más enorme cuanto más reducido sea el poder explícito) de la institución ya dada, sino también un poder explícito de la colectividad (o de los hechiceros, los guerreros, etc.) relativo a la diké y al télos -a los litigios y a las decisiones-. El poder explícito sao es el Estado, término y noción que debemos reservar a un eidos específico, ya que la creación histórica es de hecho casi datable y localizable. El Estado es una instancia separada de la colectividad e instituida de tal manera que asegure constantemente esta separación. El Estado es típicamente una institución secundaria.18

Propongo reservar el término Estado a aquellos casos en que éste se encuentra instituido como Aparato de Estado, lo cual comporta una «burocracia» separada, civil, clerical o militar, que es rudimentaria, es decir: una organización jerárquica con delimitación de áreas de competencia. Esta definición cubre la inmensa mayoría de organizaciones estatales conocidas y no deja fuera, por encima de sus límites, más que cosas excepcionales sobre las cuales pueden ensañarse los que olvidan que toda definición en el dominio social-histórico no va más que ós epi to polu, en la gran mayoría de las ocasiones, como diría Aristóteles. En este sentido, la polis democrática griega no es «Estado» si se considera que el poder explícito -la posición del momos, la diké, el télos– pertenecen al conjunto de los ciudadanos. Y esto explica, entre otras cosas, las dificultades de un espíritu tan potente como el de Max Weber ante la polis democrática, merecidamente subrayadas y correctamente comentadas en uno de los últimos textos de M.I. Fínley (19), 1a imposibilidad de hacer entrar la democracia ateniense en el tipo ideal de dominación «tradicional» o «racional» (tengamos presente que para Max Weber «dominación racional» y «dominación burocrática» son términos intercambiables) y sus desafortunados esfuerzos por vincular los «demagogos» atenienses a los detentadores de un poder «carismático». Los marxistas y las feministas replicarán, sin duda, aduciendo que el démos ejercía un poder sobre los esclavos y las mujeres, ya que se trataba de un Estado. Pero ¿admitirían, entonces, que los blancos de los estados del Sur de Estados Unidos eran el Estado con respecto a los esclavos negros hasta 1865? O bien ¿que los varones adultos franceses eran Estado respecto a las mujeres hasta 1945 (y, por qué no, los adultos respecto de los no adultos en la actualidad)? Ni el poder explícito ni incluso la dominación toman necesariamente la forma de Estado.

La segunda dimensión del poder explícito alude a la confusión dejo político con la institución conjunta de la sociedad. Se sabe que el término «lo político» fue introducido por Karl Schmitt (DerBegriff desPolitischen, 1928) en un sentido excesivamente estrecho y, en el caso de aceptarse lo que venimos arguyendo, esencialmente defectuoso. Asistimos en la actualidad a una tentativa inversa que consiste en pretender dilatar el sentido del término hasta permitirle absorber la institución conjunta de la sociedad. La distinción de lo político en el seno de otros «fenómenos sociales», reemplazaría, al parecer, al positivismo (por supuesto de lo que se trata no es de «fenómenos», sino de dimensiones ineliminables de institución social: lenguaje, trabajo, reproducción sexual, aprendizaje de las nuevas generaciones, religión, costumbres, «cultura» en su sentido restringido, etc.). También de esto se encargaría la política que asumiría la carga de generar las relaciones entre los seres humanos y de éstos con el mundo, la representación de la naturaleza y del tiempo, o la relación del poder y la religión. Esto no es, obviamente, nada distinto a lo que desde 1965 vengo definiendo como institución imaginaria de la sociedad y su desdoblamiento esencial en instituyente e instituido (20). Dejando de lado los gustos personales, no vemos qué beneficios se obtienen de denominar lo político a la institución catholou de la sociedad, y vemos claramente lo que se pierde. Así pues, o una cosa o la otra: bien, denominando «lo político» a eso que todo el mundo denominaría naturalmente la institución de la sociedad, se opera un cambio de vocabulario, que sin comportar nada respecto de la sustancia crea una confusión y entra en contradicción con nomina non sunt praeter necesitatem multiplicando; o bien se intenta preservar en esta sustitución las connotaciones que el término político tiene desde su creación por los griegos, es decir, que alude a decisiones explícitas y, al menos en parte, conscientes o reflexionadas; y entonces, por un extraño cambio, la lengua, la economía, la religión, la representación del mundo, se encuentran relevadas de decisiones políticas de una manera que no desaprobarían ni Charles Maurras ni Pol-Pot. Todo es política o bien no significa nada, o bien significa: todo debe ser política, salvo la decisión explícita del Soberano.

La raíz de la segunda confusión se encuentra, quizás, en la tercera. Actualmente se oye decir: Los griegos han inventado la política (21). Se puede atribuir a los griegos muchas cosas -sobre todo: muchas más cosas de las que se les atribuye habitualmente- pero ciertamente no la de la invención de la institución de la sociedad, ni siquiera del poder explícito. Los griegos no han inventado «lo» político en el sentido de la dimensión del poder explícito siempre presente en toda sociedad; han inventado o mejor, creado, «la» política, lo cual es muy distinto. En ocasiones se discute para saber en qué medida existía la política con anterioridad a los griegos. Vana querella, términos vagos, pensamiento confuso. Antes de los griegos (y después) existían intrigas, conspiraciones, tráficos de influencia, luchas sordas o declaradas para conseguir el poder explícito, hubo un arte (fantásticamente desarrollado en China), de administrar y agrandar el poder. Ocurrieron cambios explícitos y decididos de algunas instituciones -incluso de reinstituciones radicales («Moise» o, si se prefiere, Mahoma)-. Pero en estos últimos casos, el legislador alegaba un poder de instituir que era de derecho divino, fuese Profeta o Rey. Invocaba o producía los Libros Sagrados. Pero si los griegos han podido crear la política, la democracia, la filosofía, es también porque no tenían ni Libro Sagrado, ni Profetas. Tenían poetas, filósofos, legisladores y politai.

La política tal y como ha sido creada por los griegos ha comportado la puesta en tela de juicio explícita de la institución establecida de la sociedad -lo que presuponía, y esto se ve claramente afirmado en el siglo V, que al menos grandes partes de esta institución no tenían nada de «sagrado», ni de «natural», pero sustituyeron al romos-. El movimiento democrático se acerca a lo que he denominado el poder explícito y tiende a reinstituirlo. Como se sabe, lo intenta (no llega a plasmarse verdaderamente), en la mitad de las poleis. Ello no impide que se desarrolle en todas las poleis, ya que también los regímenes oligárquicos o tiránicos debían, ante él, definirse como tales, aparecer tal y como eran. Pero no se limita a esto, pretende potencialmente la re-institución global de la sociedad y esto se actualiza mediante la creación de la filosofía.Ya no se hacen más comentarios o interpretaciones de textos tradicionales o sagrados, el pensamiento griego es ipso facto cuestionado por la dimensión más importante de la institución de la sociedad: las representaciones y las normas de la tribu, y por la noción misma de verdad. Existe, siempre y en todas partes, «verdad» socialmente instituida, equivalente a la conformidad canónica de las representaciones y de los enunciados con lo que es socialmente instituido como el equivalente de «axiomas» y de «procedimientos de verificación». Es preferible denominarla simplemente corrección (Richtigkeit). Pero los griegos crean la verdad como movimiento interminable del pensamiento, poniendo constantemente a prueba sus límites y volviendo sobre sí mismo (reflexividad) y la crean como filosofía democrática: pensar no es la ocupación de los rabinos, los curas, cte., sino de los ciudadanos que quieren discutir en un espacio público creado por este mismo movimiento.

Tanto la política griega como la política kata ton. orthon logon pueden ser definidas como la actividad colectiva explícita queriendo ser lúcida (reflexiva y deliberativa), dándose como objeto la institución de la sociedad como tal . Así pues, supone una puesta al día, ciertamente parcial, del instituyente en persona (dramáticamente, pero no de una manera exclusiva, ilustrada por los momentos de revolución) (22). La creación de la política tiene lugar debido a que la institución dada de la sociedad es puesta en duda como tal y en sus diferentes aspectos y dimensiones (lo que permite descubrir rápidamente, explicitar, pero también articular– de una manera distinta la solidaridad), a partir de que una relación otra, inédita hasta entonces, se crea entre el instituyente y el instituido (23).

La política se sitúa pues de golpe, potencialmente, a un nivel a la vez radical y global, así como su vástago, la «filosofía política» clásica. Hemos dicho potencialmente ya que, como se sabe, muchas instituciones explícitas, y entre ellas, algunas que nos chocan particularmente (la esclavitud, el estatuto de la mujeres), en la práctica nunca fueron cuestionadas. Pero esta consideración no es pertinente. La creación de la democracia y de la filosofía es la creación del movimiento histórico en su origen, movimiento que se da desde el siglo VIII al siglo V, y que se acaba de hecho con el descalabro del 404.

La radicalidad de este movimiento no será menospreciada. Sin hablar de la actividad de los nomotetas, sobre la cual tenemos pocos datos fiables (pero sobre la cual muchas deducciones razonables, especialmente acerca de las colonias que empiezan a partir del siglo VIII, quedan por formular), basta con aludir a la audacia de la revolución clisteniana, que reorganizó profundamente la sociedad ateniense tradicional en vistas a una participación igualitaria y equilibrada de todos en el poder político. Las discusiones y los proyectos políticos de los siglos VI y V lo testimonian (Solón, Hipodamos, sofistas, Demócrito, Tucídides, Aristófanes, cte .), muestran claramente esta radicalidad. La institución de la sociedad es considerada como obra humana (Demócrito, Mikros Diakosmos en la transmisión de Tzetzés). Al mismo tiempo los griegos supieron muy pronto que el ser humano será aquello que hagan los nomoi de la polis (claramente formulado por Simónides, la idea fue todavía respetada en varias ocasiones como una evidencia por Aristóteles). Sabían, pues, que no existe ser humano que valga sin una polis que valga, que sea regida por el nomos apropiado. Sabían también, contrariamente a Léo Strauss, que no hay nomos «natural» (lo que en griego sería una asociación de términos contradictorios). Es el descubrimiento de lo «arbitrario» del nomos al mismo tiempo que su dimensión constitutiva para el ser humano, individual y colectivo, lo que abre la discusión interminable sobre lo justo y lo injusto y sobre el «buen régimen» (24).

Es esta radicalidad y esta conciencia de la fabricación del individuo por la sociedad en la cual vive, lo que encontramos detrás de las obras filosóficas de la decadencia -del siglo IV, de Platón y de Aristóteles-; las dirige como una Selbsh,erstaíadlich.keit -y las alimenta-. Es ésta la que permite pensar a Platón en una utopía radical y la que lleva a Aristóteles a hacer hincapié en la paideia tanto o más que en la «constitución política» en su sentido estricto. No es de ninguna manera casualidad que el renacimiento de la vida política en Europa Occidental vaya unido, con relativa rapidez, a la reaparición de «utopías» radicales. Estas utopías prueban, de entrada y antes que nada, esta conciencia: la institución es obra humana. No es por casualidad que, contrariamente a la indigencia que se observa en el seno de la «filosofía política» contemporánea, la gran filosofía política, desde Platón hasta Rousseau, haya puesto la paideia en el centro de su reflexión. Esta gran tradición-aunque en la práctica la cuestión de la educación haya preocupado siempre a los modernos- muere prácticamente con la revolución francesa. Y hay que ser beato e hipócrita a la vez, para poner mala cara y sorprenderse de que Platón haya pensado en despreciar las nomoi musicales y poéticas (el Estado decreta actualmente qué poemas tienen que aprender los niños en la escuela); que él haya tenido razón o no en hacerlo como lo hizo y hasta el grado en que quiso hacerlo, es otro asunto. Y ya volveremos a ello.

La creación por los griegos de la política y la filosofía es la primera aparición histórica del proyecto de autonomía colectiva e individual. Si queremos ser libres, debemos hacer nuestro pomos. Si queremos ser libres, nadie debe poder decirnos lo que debemos pensar.

Pero ¿de qué manera y hasta dónde queremos ser libres? Estas son las preguntas que aborda la verdadera política -cada vez más remotas en los discursos contemporáneos sobre «la política», los «derechos del hombre» o el «derecho natural»- que debemos abordar ahora.

Casi siempre y en todas partes las sociedades han vivido en la heteronomía instituida (25). En esta situación, la representación instituida de una fuente extrasocial del szomos constituye una parte integrante. El rol de la religión es, a este respecto, central: fortalece la representación de esta fuente y sus atributos, asegura que todas las significaciones-tanto del mundo como de las cosas humanas- gocen del mismo origen, cimienta esta seguridad en la creencia de que versa sobre componentes esenciales del psiquismo humano. Dicho sea de paso: la tendencia actual -de la que Max Weber es en parte responsable-de presentarla religión como un conjunto de «ideas», casi como una «ideología religiosa», conduce a resultados catastróficos, pues ignora las significaciones imaginarias religiosas, tan importantes y variables como las «representaciones» que son el efecto y el empuje religioso.

La negación de la dimensión instituyente de la sociedad, el recubrimiento del imaginario instituyente por el imaginario instituido va unido ala creación de individuos absolutamente conformados, que se viven y se piensan en la repetición (sea lo que sea aquello que puedan hacer al margen -y hacen muy poco-), pues la imaginación radical campa a sus anchas en tanto que puede hacer lo que quiere y mientras no se trate verdaderamente de individuos (compárese la similitud de esculturas de una misma dinastía egipcia con la diferencia entre Safo y Arquíloque o Bach y Haendel). Ello va unido también con la cerrazón anticipada de toda pregunta sobre el fundamento último de las creencias de la tribu y de sus leyes, así como sobre la «legitimidad» del poder explícito instituido. En este sentido, el término mismo de «legitimidad» de la dominación aplicado a las sociedades tradicionales, resulta anacrónico (y euro-céntrico o sino-céntrico). La tradición significa que la cuestión de la legitimidad de la tradición izo será planteada. Los individuos son fabricados de suerte que esta pregunta resulte para sí mismos mental y psíquicamente imposible.

La autonomía surge, como germen, desde que la pregunta explícita e ilimitada estalla, haciendo hincapié no sobre los «hechos» sino sobre las significaciones imaginarias sociales y su fundamento posible. Momento de la creación que inaugura no sólo otro tipo de sociedad sino también otro tipo de individuos. Y digo bien germen, pues la autonomía, ya sea social o individual, es un proyecto. La aparición de la pregunta ilimitada crea un eidos histérico nuevo -la reflexión en un sentido riguroso y amplio o autorreflexividad, así como el individuo que la encarna y las instituciones donde se instrumentaliza-. Lo que se pregunta, en el terreno social, es: ¿son buenas nuestras leyes? ¿Son justas? ¿Qué leyes debemos hacer? Y en un plano individual: ¿Es verdad lo que pienso? ¿Cómo puedo saber si es verdad en el caso de que lo sea? El momento del nacimiento de la filosofía no es el de la aparición de la «pregunta por el ser», sino el de la aparición de la pregunta: ¿qué debemos pensar? (La «pregunta por e1 ser» no constituye más que un momento; por otra parte, es planteada y resuelta a la vez en el Pentateuco, así como en la mayor parte de los libros sagrados.) El momento del nacimiento de la democracia y de la política, no es el reino de la ley o del derecho, ni el de los «derechos del hombre», ni siquiera el de la igualdad como tal de los ciudadanos: sino el de la aparición en el hacer efectivo de la colectividad en su puesta en tela de juicio de la ley. ¿Qué leyes debemos hacer? Es en este momento cuando nace la política y la libertad como socialhistóricamente efectiva. Nacimiento indisociable del de la filosofía (la ignorancia sistemática y de ningún modo accidental de esta indisociación es lo que falsea constantemente la mirada de Heidegger sobre los griegos así como sobre el resto).

Autonomía: auto-romos (darse) uno mismo sus leyes. Precisión apenas necesaria después de lo que hemos dicho sobre la heteronomía. Aparición de un eidos nuevo en la historia del ser: un tipo de ser que se da a sí mismo, reflexivamente, sus leyes de ser.

Esta autonomía no tiene nada que ver con la «autonomía» kantiana por múltiples razones; basta aquí con mencionar una: no se trata, para ella, de descubrir en una Razón inmutable una ley que se dará de una vez por todas -sino de interrogarse sobre la ley y sus fundamentos, y no quedarse fascinado por esta interrogación, sino hacer e instituir (así pues, decir)-. La autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social.

Llegamos a la política propiamente dicha y empezamos por el protéron pros hémas, para facilitar la comprensión: el individuo. ¿En qué sentido un individuo puede ser autónomo? Esta pregunta tiene dos aspectos: interno y extremo.

El aspecto interno: en el núcleo del individuo se encuentra una psique (inconsciente, pulsional) que no se trata ni de eliminar ni de domesticar; ello no sería simplemente imposible, de hecho supondría matar al ser humano. Y el individuo en cada momento lleva consigo, en sí, una historia que no puede ni debe «eliminar», ya que su reflexividad misma, su lucidez, son, de algún modo, el producto. La autonomía del individuo consiste precisamente en que establece otra relación entre la instancia reflexiva y las demás instancias psíquicas, así como entre su presente y la historia mediante la cual él se hace tal como es, permítele escapar de la servidumbre de la repetición, de volver sobre sí mismo, de las razones de su pensamiento y de los motivos de sus actos, guiado por la intención de la verdad y la elucidación de su deseo. Que esta autonomía pueda efectivamente alterar el comportamiento del individuo (como sabemos que lo puede hacer), quiere decir que éste ha dejado de ser puro producto de su psique, de su historia, y de la institución que lo ha formado. Dicho de otro modo, la formación de una instancia reflexiva y deliberante, de la verdadera subjetividad, libera la imaginación radical del ser humano singular como fuente de creación y de alteración y le permite alcanzar una libertad efectiva, que presupone ciertamente la indeterminación del mundo psíquico y la permeabilidad en su seno, pero conlleva también el hecho de que el sentido simplemente dado deja de ser planteado (lo cual sucede siempre cuando se trata del mundo social-histórico), y existe elección del sentido no dictado con anterioridad. Dicho de otra manera una vez más, en el- despliegue y la formación de este sentido, sea cual sea la fuente (imaginación radical creadora del ser singular o recepción de un sentido socialmente creado), la instancia reflexiva, una vez constituida, juega un rol activo y no predeterminado (26). A su alrededor, esto presupone también un mecanismo psíquico: ser autónomo implica que se le ha investido psíquicamente la libertad y la pretensión de verdad (27). Si ese no fuera el caso, no se comprendería por qué Kant se esfuerza en las Críticas, en lugar de divertirse con otra cosa. Y esta investidura psíquica -«determinación empírica»- no quita la eventual validez de las ideas contenidas en las Críticas ni la merecida admiración que nos produce el audaz anciano, ni al valor moral de su empresa. Porque desatiende todas estas consideraciones, la libertad de la filosofía heredada permanece como ficción, fantasma sin cuerpo, constructum sin interés «para nosotros, hombres distintos», según la expresión obsesivamente repetida por el mismo Kant.

El aspecto extremo nos sumerge de lleno en medio del océano socialhistórico. Yo no puedo ser libre solo, ni en cualquier sociedad (ilusión de Descartes, que pretendió olvidar que él estaba sentado sobre veintidós siglos de preguntas y de dudas, que vivía en una sociedad donde, desde hacía siglos, la Revelación como fe del carbonero dejó de funcionar, la «demostración» de la existencia de Dios se convirtió en exigible para todos aquellos que, incluso los creyentes, penaban). No se trata de la ausencia de coacción formal («opresión»), sino de la ineliminable interiorización de la institución social sin la cual no hay individuo. Para investir la libertad y la verdad, es necesario que éstas hayan ya aparecido como significaciones imaginarias sociales. Para que los individuos pretendan que surja la autonomía, es preciso que el campo social-histórico ya se haya auto-alterado de manera que permita abrir un espacio de interrogación sin límites (sin Revelación instituida, por ejemplo).Para que alguien pueda encontrar en sí mismo los recursos psíquicos y en su entorno los medios para levantarse y decir: nuestras leyes son injustas, nuestros dioses son falsos, es necesaria una auto-alteración de la institución social, obra del imaginario instituyente (el enunciado «la Ley es injusta», para un hebreo clásico es lingüísticamente imposible, o por lo menos absurda, ya que la Ley ha sido dada por Dios y la justicia es un atributo de Dios y solamente de él). Es necesario que la institución sea de tal modo que pueda permitir supuesta en tela de j uicio por la colectividad que ella hace ser y por los individuos que a ella pertenecen. Pero la encarnación concreta de la institución es esta serie de individuos que caminan, hablan, y se mueven. Se trata, pues, de un mismo hecho, en cuanto a la esencia, lo que debía surgir y surgió en Grecia a partir del siglo VIII, y en Europa Occidental a partir de los siglos XII y XIII, un nuevo tipo de sociedad y un nuevo tipo de individuos que se implican recíprocamente. No hay falange sin hoplitas, y sin hoplitas no hay falange. No hay, desde el 700, Arquíloque que pueda vanagloriarse de que habiendo tirado su escudo para darse a la fuga, ello no le acarreare perjuicio alguno (siempre podría comprar otro), ya que al no existir una sociedad de guerreros-ciudadanos a la que dar cuenta, le permitió cantar al valor y, al mismo tiempo, como poeta, hacer burla de ello. La necesaria simultaneidad de estos dos elementos en un momento de alteración histórica crea una situación impensable para la lógica heredada de la determinación. ¿Cómo formar una sociedad libre si no es a partir de individuos libres? ¿Dónde encontrar estos individuos si no han sido ya criados en la libertad? (¿Se tratará acaso de la libertad inherente a la naturaleza humana? ¿Por qué entonces ésta estuvo oculta durante milenios de despotismo, oriental o de cualquier otro tipo?) Ello nos remite al trabajo creador del imaginario instituyente como imaginario radical depositado en el colectivo anónimo.

La interiorización ineliminable de la institución remite pues al individuo al mundo social. A quien dice querer ser libre y no tener nada que ver con la institución (o, lo que es lo mismo, con la política) se les debe volver a enviar a la escuela primaria. Pero ese mismo remitirse a se hace a partir del sentido mismo del romos, de la ley: poner la propia ley para sí mismo no puede tener un sentido más que para algunas dimensiones de la vida, y ninguno para otras -no solamente éstas donde se encuentra a los otros (con los que nos podemos entender, pelear o simplemente intentar ignorarnos), sino sobre todo ésas donde encuentro la sociedad como tal, la ley social-institución.

¿Puedo decir que pongo mi ley -ya que vivo necesariamente bajo la ley de la sociedad-? Sí, sólo en un caso: si puedo decir, reflexiva y lúcidamente que esta ley es también la mía. Para que pueda decir esto no es necesario que la apruebe: basta con que haya tenido la posibilidad efectiva de participar activamente en la formación y el funcionamiento de la ley (28). La posibilidad de participar: si acepto la idea de autonomía como tal (no sólo porque resulte «buena para mí»), es porque evidentemente ninguna «demostración» puede obligar a poner en consonancia mis palabras y mis actos, la pluralidad indefinida de individuos pertenece a la sociedad conduciendo incluso a la democracia como posibilidad efectiva de participación igualitaria de todos en las actividades instituyentes del poder explícito (es inútil extenderse aquí sobre la necesaria implicación recíproca de igualdad y libertad, una vez que las dos ideas han sido pensadas con rigor, y evidenciados los sofismas mediante los cuales, desde hace mucho tiempo, se ha intentado convertirlas en términos antitéticos).

Así pues, hemos vuelto a nuestro punto de partida, pues el «poder» fundamental en una sociedad, el poder primero del que dependen todos los otros, lo que hemos denominado anteriormente el infra-poder, es el poder instituyente. Y si se deja de estar fascinado por «Constituciones» éste no es ni localizable, ni formalizable, pues pone de relieve el imaginario instituyente. La lengua, la «familia», las costumbres, las «ideas», un montón innombrable de otras cosas y su evolución escapan en lo esencial a la legislación. Por lo demás, en tanto que este poder es participable, todos participan. Todos son «actores» de la evolución de la lengua, de la familia, de las costumbres, etc.

¿Cuál ha sido pues la radicalidad de la creación de la política de los griegos? Ha consistido en que: a) una parte del poder instituyente ha sido explicitada y formalizada (concretamente, la que concierne a la legislación en sentido estricto, público = «constitucional»- así como privado), b) las instituciones han sido creadas para convertir la parte explícita de poder (comprendido el «poder político» en el sentido definido con anterioridad) participable, de ahí la participación igualitaria de todos los miembros del cuerpo político en la determinación del domos, la diké y del télos -de la legislación, de la jurisdicción del gobierno (no existe, hablando con rigor, «poder ejecutivo»: las tareas encomendadas a los esclavos en Atenas son realizadas actualmente por hombres frenéticos, animales vociferantes en espera de que el ser advenga a través de las máquinas).

Pues, planteada así la cuestión, la política ha acaparado, por lo menos en derecho, a lo político en el sentido definido con anterioridad. La estructura y el ejercicio del poder explícito se han convertido, en principio y en hecho, tanto en Atenas como en el Occidente europeo, en objeto de deliberación y de decisión colectiva (de la colectividad cada vez auto-puesta y, en hecho y en derecho, siempre necesariamente agito puesta). Pero también, y mucho más importante, la puesta en tela de juicio de la institución ¡ti Loto se ha convertido potencialmente en radical e ilin-litada. La transformación por Clístines del reparto tradicional de las tribus atenienses pertenece quizás a la historia antigua. Pero nosotros se supone que vivimos en una república; necesitaremos, pues, probablemente una «educación republicana». ¿Dónde empieza y dónde acaba la «educación» -sea o no republicana-?. Los movimientos emancipadores modernos, especialmente el movimiento obrero, pero también el movimiento de mujeres, han planteado la pregunta: ¿Puede haber democracia, puede haber igual posibilidad efectiva para todos los que quieren participar en el poder en una sociedad donde existe y se reconstituye constantemente una enorme desigualdad del poder económico, inmediatamente traducible en poder político -o bien en una sociedad que aun habiendo promulgado hace unos decenios los «derechos políticos» de las mujeres, continúa en la práctica tratándolas como «ciudadanos pasivos»? ¿Las leyes de la propiedad (privada o de «Estado») han caído del cielo? ¿En qué Sinaí han sido recogidas?

La política es proyecto de autonomía: actividad colectiva reflexionada y lúcida tendiendo a la institución global de la sociedad como tal. Para decirlo en otros términos, concierne a todo lo que, en la sociedad, es participable y compartible (29). Pues esta actividad auto-instituyente aparece así como no conociendo, y no reconociendo, de jure, ningún límite (prescindiendo de las leyes naturales y biológicas). ¿Puede y debe permanecer así?

La respuesta es negativa, tanto ontológicamente -por encima de la pregunta quid juris-, como políticamente -en prueba de esta pregunta-.

El punto de vista ontológico conduce a las reflexiones más pesadas y menos .pertinentes a propósito de la cuestión política. De todas formas la auto-institución explícita de la sociedad reencontrará siempre los límites a los que hemos aludido anteriormente. Toda institución, por más lúcida, reflexiva y deseada que sea surge del imaginario ínstituyente, que no es ni formalizable ni localizable. Toda institución, así como al revolución más radical que se pueda concebir, sucede siempre en una historia ya dada e incluso por más que tenga el proyecto alocado de hacer tabla rasa total, se encontraría que debería utilizar los objetos de la tabla para hacerla rasa. El presente transforma siempre el pasado en pasado presente, es decir el ahora adecuado no será más que la «re-interpretación» constante a partir de lo que se está creando, pensando, poniendo -pero es este pasado, no cualquier pasado, el que el presente modela a partir de su imaginario-. Toda sociedad debe proyectarse en un porvenir que es esencialmente incierto y aleatorio. Toda sociedad deberá socializar la psique de los seres que la componen, y la naturaleza de esta psique impone tanto a los modos como al contenido de esta socialización de fuerzas tan inciertas como decisivas.

Consideraciones muy pesadas y sin pertinencia política. Son profundamente análogas -y ello no se debe a un accidente- a las que; en mi vida personal, muestran que yo me hago en una historia que siempre me ha hecho ya, que mis proyectos más arduamente reflexionados pueden ser destruidos en un instante por lo que ocurre, que, viviendo, soy siempre para mí mismo una de las más poderosas fuentes de sorpresa y un enigma incomparable (pues me es muy cercano), que con mi imaginación, mis afectos, mis deseos me puedo entender pero, no puedo ni debo dominarles. Debo dominar mis actos y mis palabras, lo cual es algo muy distinto. Y, del mismo modo que estas consideraciones no me dicen nada sustancial respecto de lo que debo hacer -ya que puedo hacer todo lo que puedo hacer, pero no debo hacer cualquier cosa, y sobre lo que debo hacer, la estructura ontológica de mi temporalidad personal, por ejemplo, no me brinda ninguna ayuda-, a la vez, los límites ciertos e indefinibles que la naturaleza misma de lo social-histórico pone a la posibilidad de que una sociedad pueda establecer otra relación entre lo instituyente y lo instituido, no aporta nada sobre eso que debemos querer como institución efectiva de la sociedad donde vivimos. Del hecho de que, por ejemplo, «el muerto se agarre al vivo», como cuenta Marx, no puedo deducir ninguna política. El vivo no estaría vivo si no estuviera agarrado por el muerto -pero tampoco lo sería si lo estuviera totalmente-. ¿Qué puedo concluir respecto de la relación que una sociedad debe querer establecer, puesto que esto depende de ella, con su pasado? No puedo decir que una política que quisiera ignorar totalmente o exiliar la muerte, porque ella es contraria a la naturaleza de las cosas, estaría «abocada» al fracaso o «enloquecida»: estaría en la ilusión total en cuanto a su objetivo establecido, no serla por lo tanto nula. Estar loco no me impide existir: el totalitarismo ha existido, existe, bajo nuestra mirada intenta siempre reformar el «pasado» en función del «presente» (digamos, de pasada, que ha hecho a ultranza, sistemática y violentamente, lo que de otra manera todo el mundo hace tranquilamente, es la tarea cotidiana de periodistas, historiadores y filósofos). Y decir que el totalitarismo no puede tener éxito porque es contrario a la naturaleza de las cosas (lo cual no puede querer decir otra cosa: «naturaleza humana») es una vez más mezclar los niveles y poner como necesidad esencial lo que es un puro hecho: Hitler ha sido vencido, el comunismo no consigue, por el momento, dominar el planeta. Es todo. De puros hechos, y las explicaciones parciales que se podrían dar provienen también del orden de los puros hechos, no se deduce ninguna necesidad trascendente, ningún «sentido de la historia».

Sucede de otro modo si se adopta un punto de vista político, en prueba de la admisión que no sabemos definir los límites principales (no triviales) de la auto-institución explícita de la sociedad. Si la política es proyecto de autonomía individual y social (dos caras de lo mismo), se derivan buenas y abundantes consecuencias sustantivas. En efecto, el proyecto de autonomía debe ser puesto («aceptado», «postulado»). La idea de autonomía no puede ser fundada ni demostrada, toda fundación o demostración la presupone (ninguna «fundación» de la reflexión sin presuposición de la reflexividad). Una vez puesta puede ser razonablemente argumentada a partir de sus implicaciones y sus consecuencias. Pero puede también y, sobre todo, debe ser explicitada. Se derivan entonces consecuencias sustantivas, que dan un contenido, ciertamente parcial, a una política de la autonomía, pero le imponen también limitaciones. En efecto, se requiere, en está perspectiva, abrir lo más posible la vía a la manifestación del instituyente -y además introducir el máximo posible de reflexividad en la actividad instituyente explícita, así como en el ejercicio del poder explícito-. Pues, no hay que olvidarlo, el instituyente como tal, y sus obras, no son ni «buenas» ni «malas» -o más bien, pueden ser, desde el punto de vista de la reflexividad, el uno o el otro hasta el grado más extremo (así como la imaginación del ser humano singular)-. Resulta entonces imponderable formar instituciones convirtiendo esta reflexividad colectiva efectivamente posible e instrumentándola concretamente (las consecuencias de esto son innombrables), así como dar a todos los individuos la posibilidad efectiva máxima de participación en todo poder explícito y en la esfera más extensa posible de vida individual autónoma. Si se tiene en cuenta que la institución de la sociedad no existe más que por el hecho de estar incorporada en los individuos sociales, se puede entonces, evidentemente, justificar (fundar, si se quiere) a partir del proyecto de autonomía los «derechos del hombre», v mucho más: se puede también y sobre todo, dejando de lado las frivolidades de la filosofía política contemporánea y teniendo en cuenta a Aristóteles -la ley tiende a la «creación de la virtud total’.’ mediante prescripciones peri paideian tén pros to koin.on, relativas a la paideia orientada hacia la res pública- (30) comprender que la paideia, la educación-que comprende desde el nacimiento hasta la muertees una dimensión central de toda política de la autonomía, y reformular, corrigiéndolo, el problema de Rousseau: «Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja de toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno uniéndose a todos no obedezca por lo tanto más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes» (31). Inútil comentar la fórmula de Rousseau y su pesada dependencia de una metafísica del individuo-sustancia y de sus «propiedades». Pero veamos la verdadera formulación:

Crear las instituciones que, interiorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad.

La formulación no resultará paradójica más que a los poseedores de la concepción de la libertad-fulguración, de un para sí ficticio desligado de todo, incluso de su propia historia.

Resulta también -es una tautología- que la autonomía es, ipso facto, autolimitación. Toda limitación de la democracia no puede ser, tanto de hecho como de derecho, otra cosa que autolimitación (32). Esta autolimitación puede ser mucho más que simple exhortación, en el caso de que se encarne en la creación de individuos libres y responsables. Para la democracia no hay más que una «garantía» relativa y contingente. La menos contingente de todas se encuentra en la paideia de los ciudadanos, en la formación (siempre social) de individuos que han interiorizado a la vez la necesidad de la ley y la posibilidad de ponerla en tela de juicio, la interrogación, la reflexividad y la capacidad de deliberar la libertad y la responsabilidad.

La autonomía es pues el proyecto -y ahora nos situamos sobre un plano a la vez ontológico y político- que tiende, en un sentido amplio, a la puesta al día del poder instituyente y su explicación reflexiva (que no puede nunca ser más que parcial); y en un sentido más estricto, la reabsorción de lo político, como poder explícito, en la

política, actividad lúcida y deliberante que tiene como objeto la institución explícita de la sociedad (así como de todo poder explícito) y su función como nomos, diké, télos -legislación, jurisdicción, gobierno- hacia fines comunes y obras públicas que la sociedad se haya propuesto deliberadamente.

 

NOTAS:

Publicado en Revue de métaphysique et de morale, 1988, N°- 1.

1 C. Castoriadis, «Marxismo y teoría revolucionaria», Socialismo o barbarie, N°-3640, abril, 1964 junio, 1965, retomado posteriormente como primera parte de la Institución imaginaria de la sociedad. Citado más adelante como Castoriadis 196465 (1975), para la primera parte y Castoriadis 1975 para la segunda; véase p. 153147, 184-218 y la segunda parte, passim.

2 C. Castoriadis, 1975, cap. VI.

3 C. Castoriadis, «L’état du sujet aujourd’hui», Tropique N°- 38 (1986), pp. 13 y ss.; citado en adelante como Castoriadis, 1986. (Traducción castellana incluida en El psicoanálisis. Proyecto y elucidación, Ed. Nueva Visión, Bs. As., 1992)

4 C. Castoriadis, 1975, cap. VI y passim; también «Institution de la société et religion», Espiri4 mayo, 1982 e incluido en Los dominios del hombre. Las encrucijadas del laberinto; citado en adelante como Castoriadis, 1982 (1986).

5 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), cap. IV.
6 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 148-151; Castoriadis, 1982 (1986). 7 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 208-211; Castoriadis, 1975, cap. V. 8 Ibid.

9 C. Castoriadis, «Epilégomenes á une théorie de 1’áme…», L’inconscient, N°- 8, octubre 1968, retomado en Les carrefours du labyrinthe, París; Le Seuil, 1978; citado en adelante como Castoriadis 1968 (1978); ver pp. 59-64 y Castoriadis 1975, pp. 420-431.(Incluñido en El psicoanálisis. Proyecto y elucidación)

10 C. Castoriadís, 1964-65 (1975), p. 154 y 1975, pp. 493-498.

11 C. Castóriadis, 1968 (1978), p. 64.

12 C. Castoriadis, 1975, pp. 256-259 y 279-296.

13 C. Castoriadis,1964-65 (1975), pp.182-184,196, 201-202, 207;1975, pp. 48485; (1986), passim.

14 C. Castoriadis, 1975, cap. V; también, «Alcance ontológido de la historia de la ciencia» en Los dominios del hombre, op. cit.; citado en adelante como Castoriadis 1985 (1986).

15 C. Castoriadis, «Notations sur le racisme», Connexions, N°- 48, 1986, pp. 107118. 16 C. Castoriadis, 1975, passim.
17 C. Castoriadis, 1975, p. 416.

18 Sobre el término ver Castoriadis 1975, pp. 495-496, e «Institution premiére de la société et institutions secondes», en Y a-t-il une théorie de Pinstitution publicado por el Centre d’Etude de la Famille, 1985, pp. 105-122.

19 M. I. Finley, Sur 1’histoire ancienne, París. La Découverte,1987, cap. 6. » Max Weber et la cité greque», p. 154.-175 y 179-182. Ver también C. Castoriadis, «La polis griega y la creación de la democracia», GraduateFacultyPhilosophyJournal, New School for Social Research, New York, 1983, vol. IX, N°- 2, retomado en Los dominios del hombre, op. cit., Gedisa, Barcelona 1988, citado en adelante Castoriadis 1983 (1986); p. 290-292.

20 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 159-230; Castoriadis, 1975, passim.
21 La traductora de Politics in theAncien World de M. I. Finley tiene toda la razón al no ceder a una moda

fácil, dándole como título francés L’invention de la politique, París, Flammarion, 1985.

22 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), p. 154.

23 C. Castoriadis,1964-65 (1975), pp.130-157. También, «IIntroducción general» en La société bureaucratique, París, 1973, 10/18 (Edición española La sociedad burocrática, Tusquets, Barcelona, 1978) pp. 51-61, y1975, pp. 295-296 y 496-498.

24 C. Castoriadis, «Valeur, égalité, justice, politique: de Marx á Aristote y Aristote á nous», Textures, N°- 12-13, 1975; retomado en Les Carrefours du labyrinthe, op. cit. pp. 268-316.

25 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 148-151 y los textos citados, p. 62. 26 C. Castoriadis, 1964-65 (1975), pp. 138-146; 1986, pp. 24-39.

27 C. Castoriadis, 1968 (1978), pp. 60-64.

28 El discurso de las Leyes, en el Criton -que tengo por una simple transcripción, ciertamente admirable, de los Topo¡ y del pensamiento democrático de los atenienses-dice todo lo que puede decirse al respecto; é peithein é poiein a an kéleui (51-b) o bien le persuade (la patria, la colectividad que pone las leyes) o bien hacer lo que ella ordena. Las leyes añaden: tú siempre eres libre de partir, con todo lo que posees, (51 d -e), lo que, en rigor no resulta cierto en ningún Estado «democrático moderno».

29 Ver el texto citado en la nota de p. 63.

30 Etica a Nicomaco. E, 4, 1130 b 4-5, 25-26.

31 El contrato social, Libro I, cap. VI.

32 C. Castoriadis, «La lógica. de los magmas y la cuestión de la autonomía», en Los dominios del hombre, op. cit., pp. 417-418; también 1983 (1986), pp. 296-303.

Hannah Arendt: Revolución, sinónimo de vuelta a empezar

Por Javier Sádaba

Un texto inédito de la pensadora alemana, ‘La libertad de ser libres’, recupera la valentía de su pensamiento. Taurus publica el 8 de noviembre en España este breve ensayo iluminador.

La figura de Hannah Arendt es conocida. Y su influencia no ha dejado de crecer. Eso no quita para que sus escritos y su persona continúen siendo difíciles de clasificar. Para unos roza el pensamiento conservador, para otros habría que situarla en lo que convencionalmente llamamos izquierda y, finalmente, no son pocos los que o bien se limitan a considerarla inclasificable o espigan en muchas de las aristas y sugerencias que ofrece su pensamiento. Arendt escribió mucho, pero tal vez sus obras más conocidas tienen que ver con su análisis del totalitarismo y el dedicado a la condición humana. Aunque el más extendido y comentado sea el de Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.

Este último libro le produjo la desafección y hasta un ataque acerado de amigos judíos como ella. No toleraban que criticara el secuestro ilegal de Eichmann en Argentina por parte de los servicios secretos judíos, la formación de un tribunal lejos de ser imparcial y, sobre todo, ver en Eichmann no tanto un sádico sino un pobre hombre que se limitó a obedecer órdenes. El francés Michel Onfray, siempre provocador, ha escrito recientemente un libro en el que no sólo muestra su acuerdo con Hannah Arendt, sino que incluso minimiza el mal intencionado causado a sus víctimas por Eichmann. Éste habría seguido al pie de la letra la idea de deber y obediencia de Kant. En una interpretación sesgada y un tanto ridícula del filósofo de Konigsberg, que es otro de los pilares de nuestra autora, escribe Onfray que las enseñanzas que recibió sobre Kant le llevaron a una estricta observancia de lo que se le mandaba, de la clásica «obediencia debida». En tal obediencia debida, que no mira ni a un lado ni al otro sino simplemente al superior, consistiría la banalidad del mal. Desde Arendt, dicha idea de frivolidad se ha convertido en una referencia de una maldad idiota, rutinaria, propia de espíritus incapaces de ver más allá de las ordenes recibidas.

El libro La libertad de ser libres, escrito en el contexto del que publicó Sobre la Revolución, habría que situarlo en el final de los años 60. Se trata de una publicación póstuma, que lleva el título de un discípulo suyo y que haría justicia al texto. Tiene un epílogo de Thomas Meyer y se completa con una amplia bibliografía y sus traducciones al castellano. Las páginas de este breve libro de la que fue, cosa extraña, alumna preferida y amiga del filósofo Heidegger, un nazi sin pizca de arrepentimiento, se centran, en el concepto de revolución, de su inserción en la Historia y en la importancia que tiene no olvidarlas. Igualmente del proceso que las hace nacer y su relación, íntima, con lo que es una de las características básicas de la humanidad. Ésta no es otra que la libertad.

Comienza Arendt recordando que las revoluciones políticas no debemos confundirlas, cosa ya obvia hoy, con las evoluciones científicas o con un significado atado a la etimología. En esta concepción simple, revolución es sinónimo de volver al principio, de dar la vuelta sobre sí mismo como en un círculo. La revolución política, por el contrario, rompería tales retornos y se abriría a algo nuevo. No restaura lo viejo, sino que lo suplanta con un novum, categoría usada, en otro contexto, por el también judío y marxista cálido E. Bloch. En este sentido hay que distinguir entre lo que se deja y lo que comienza. La libertad se equipara, bien lo expuso Isaiah Berlin, a la libertad negativa o repudio de lo anterior; y a la positiva, en donde el ser libre se construye después de nuestra manera de vivir. En este sentido lo ejemplifica nuestra autora en la revolución que funda los EEUU con la que surge de la Revolución Francesa, imagen universal de las revoluciones. La primera habría acabado, con un optimismo excesivo en su interpretación, en un orden constitucional estable y de amplias libertades individuales; mientras que la segunda no sólo se frustró, sino que dio paso al terror. Y es que en la norteamericana no existían masas hambrientas deseosas de comer y de que no murieran sus hijos rodeados de miserias. En esta última, la necesidad de supervivencia habría derrotado al deseo de la creación de un espacio público de iguales. Ambas fueron puestas en marcha por personas ilustradas, con suficiente ocio como para pensar en los cambios necesarios. Otra cosa es que no comprendieran la fuerza del proceso y las consecuencias que puede traer consigo una revolución. Y es que éstas pueden salir bien o mal. Cuando salen mal, muchas de ellas no sólo vuelven a su antigua situación sino que se pueden convertir en sociedades con una inmensa crueldad. Es el caso de Hitler o Stalin. Y en otra dimensión podríamos fijarnos en la llamada Primavera Árabe.

Lo que posibilita las revoluciones, aparte de las incitaciones de los intelectuales y el hartazgo del pueblo, suele ser el vacío de poder, el agotamiento de lo existente. Es el momento, por cierto, de que la ambición de los aprovechados se aúpe en tales revoluciones y las apaguen o las perviertan.

Por otro lado, los errores e irresponsabilidades de quienes tendrían que orientarlas facilitan el debilitamiento de lo logrado o que fuerzas exteriores las aplasten.

En este breve libro se sintetizan muchos de los pensamientos de una mujer que experimentó en su propia carne las convulsiones de su siglo. Al mismo tiempo aparecen unos inteligentes y esperanzadores destellos de su talento. Las revoluciones parten de cero si son tales. Como nosotros, que somos lanzados al mundo desde la nada. Y desde ahí nos construimos con los demás. Cómo lo hagamos depende de nosotros. Es siempre una esperanza en unos seres que estamos dotados con la capacidad de recordar y actuar.

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/10/19/5bc92a29e5fdead7668b45eb.html

Abecedario de Cornelius Castoriadis

De la a de Autonomía a la z de Zapping. Una introducción al pensamiento de Cornelius Castoriadis a través de sus artículos, entrevistas en prensa y textos fundamentales.

Por Reveu Ballast

François Dosse, autor de una reciente biografía de Cornelius Castoriadis (François Dosse, Castoriadis, une vie, La Découverte, 2014, 2018), evoca una «paradoja»: ¿Cómo puede ser que un intelectual de tal «envergadura» sea hasta tal punto marginal e «ignorado» por la universidad? Celebremos más bien este «déficit de reconocimiento» institucional y mediático: es bajo estas condiciones que se desarrolla el pensamiento crítico.

Nacido en 1922, fallecido en 1997, pilar de la organización Socialisme ou Barbarie, primero trotskista y luego marxista crítico, al mismo tiempo economista y psicoanalista, revolucionario autoproclamado hasta su último aliento, este griego nacionalizado francés defendió toda su vida la autonomía.

La del cuerpo político y los individuos que lo componen. La que hay que aprender a arrancar «a las oligarquías burocráticas, empresariales y financieras» para instaurar —con la participación de la gran masa ciudadana y no únicamente del proletariado obrero— una sociedad auto-organizada, frugal, ecológica y democrática.

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Autonomía: «Es el proyecto de una sociedad donde todos los ciudadanos tienen la misma posibilidad de participar en la legislación, gobierno, jurisdicción y finalmente en la institución de la sociedad. […] Es en esto que se la puede considerar un proyecto revolucionario, ya que revolución no significa masacres, ríos de sangre, el exterminio de los chuanes [insurgentes partidarios de la monarquía que combatieron contra la I República Francesa en las regiones del oeste de Francia] o la toma del palacio de invierno».

Entrevista publicada en el n° 10 de la revista Propos, en marzo de 1993

Hay una frase maravillosa de Tucídides: hay que elegir, descansar o ser libre. Y Pericles dijo a los atenienses: Si queréis ser libres, hay que trabajar. No te puedes relajar

Deliberar: «Estos tres siglos [en referencia a la Grecia clásica] están caracterizados por la participación constante, permanente, de ciudadanos en el cuerpo político. Esto no quiere decir que fuese al 100%, pero los estudios más recientes, el de Finley, por ejemplo, muestran que cuando un asunto importante era discutido en la asamblea del pueblo de Atenas, había entre 15.000 y 20.000 personas, de un total de 30.000 ciudadanos. Hay que comprender lo que esto supone. Quiere decir que había gente que salía a las dos de la mañana de Sounión, Laurión o Maratón para llegar al amanecer al Pnyx [colina donde se situaba el areópago]. Los pritanos anunciaban que el debate era abierto. Y esto lo hacían a cambio de nada. El salario eclesiástico fue introducido mucho más tarde. Perdían una jornada de trabajo y horas de descanso para participar».

Disputa: «Veamos la disputa entre la derecha y la izquierda. Ya no tiene sentido. Unos y otros dicen lo mismo. Desde 1983, los socialistas franceses hicieron una política que luego el conservador Édouard Balladur continuó. Cuando los socialistas volvieron al poder, hicieron con Pierre Bérégovoy la misma política, que fue continuada tras el regreso de Balladur. Chirac ganó las elecciones de 1995 diciendo: voy a hacer otra cosa, e hizo lo mismo de siempre. Los responsables políticos carecen de poder. Lo único que pueden hacer es seguir la corriente, es decir, aplicar la política ultraliberal de moda».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Elegir: «La libertad es muy difícil. Porque es muy fácil dejarse llevar. El ser humano es un animal perezoso. Hay una frase maravillosa de Tucídides: hay que elegir, descansar o ser libre. Y Pericles dijo a los atenienses: Si queréis ser libres, hay que trabajar. No te puedes relajar».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

El capitalismo parece haber finalmente logrado crear el tipo de individuo que le corresponde: perpetuamente distraído

Enseñar: «Si los maestros no son capaces de inspirar a los niños el amor tanto por lo que aprenden como por el hecho de aprender, entonces no son maestros. Sin esto, se puede eventualmente salir de un instituto como un animal de concurso, no como alguien abierto al mundo y apasionado por esta enorme dimensión de la existencia humana que es el saber. Si yo he podido hacer algo en mi vida, ha sido gracias a mis padres, pero también gracias a la gran suerte de haber tenido, a lo largo de la miserable educación griega de mi infancia y adolescencia, de la decena de profesores que tuve, al menos uno del que estuve en cierto sentido enamorado».

Carrefours du labyrinthe, volume VI, Seuil, 1999.

Falso: «Ya no se trata de decir que el “proletariado” está históricamente encargado de la transformación de la sociedad, cuando este proletariado se ha vuelto una pequeña minoría, ni que las “clases asalariadas” lo están, ya que hoy en día casi todo el mundo es asalariado. La transformación de la sociedad exige hoy en día la participación de toda la población, y toda la población puede ser sensibilizada frente a esta exigencia —aparte, quizás, de entre un 3 y un 5% de individuos irreformables. Hay que insistir en otra falsa idea, profundamente arraigada en los movimientos de izquierda: la idea de que los pobres gozan de un privilegio político-histórico. Es una herencia cristiana. La lógica y la experiencia histórica muestran que la idea de tal privilegio es absurda, que los verdaderos pobres estarían más bien inclinados a doblegarse frente a los poderosos».

Une exigencepolitique et humaine, 1988 

Felicidad: «[Las personas] trabajan como animales en la fábrica o en la oficina durante la mayor parte de sus horas de vigilia, todo para lograr un aumento de 3% de su sueldo o un día más de vacaciones al año. Al final  —y esto es cada vez menos una previsión—, la felicidad humana será finalmente consumada por un monstruoso atasco, donde cada familia verá la televisión desde su coche mientras come helados producidos por el congelador del coche. El consumo en cuanto tal no tiene significado para las personas. […] En todo el mundo, los obreros esperan impacientemente durante toda la semana que llegue el domingo. Sienten la necesidad imperiosa de escapar al esclavismo físico y mental de la semana de trabajo. Esperan con impaciencia el momento en que serán dueños de su tiempo. Y descubren que la sociedad capitalista también se impone a ellos durante este tiempo».

Quelle démocratie? Écrits politiques, tome II, éditions du Sandre, 2013

Generalizado: «Es asombroso pensar que ha habido ideólogos y escritores que se han referido a la época contemporánea como una época de individualismo, cuando precisamente de lo que hay que lamentarse actualmente es de la desaparición de verdaderos individuos frente a esta suerte de conformismo generalizado».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Goce: «Un nuevo tipo antropológico de individuo emerge, definido por la avaricia, la frustración, el conformismo generalizado (lo que en el ámbito de la cultura llamamos pomposamente posmodernidad). Todo esto se ha materializado en estructuras pesadas: la carrera desquiciada y potencialmente letal de una tecnociencia autonomizada; el onanismo consumista, televisivo y publicitario; la atomización de la sociedad, la rápida obsolescencia técnica y moral de todos los productos; las riquezas que, sin cesar de crecer, se escurren entre los dedos. El capitalismo parece haber finalmente logrado crear el tipo de individuo que le corresponde: perpetuamente distraído, pasando de un goce a otro, sin memoria y sin proyecto, dispuesto a responder a todas las solicitudes de una máquina económica que, cada vez más, destruye la biosfera para producir ilusiones llamadas mercancías».

Quelledémocratie? Écritspolitiques, tome II, éditions du Sandre, 2013 

La sociedad contemporánea posee una capacidad terrible para sofocar toda verdadera divergencia, ya sea haciéndola callar o haciendo de ella un fenómeno más

Historia: «No hay progreso en la historia, salvo en un sentido instrumental. Con una bomba atómica podemos matar a mucha más gente que con un hacha de piedra, así como las matemáticas contemporáneas son infinitamente más ricas, poderosas y complejas que la aritmética de los pueblos primitivos. Pero una pintura de Picasso no vale ni más ni menos que los frescos de Lascaux y de Altamira, la música balinesa es sublime y las mitologías de todos los pueblos son de una belleza y una profundidad extraordinaria. Y si hablamos desde un punto de vista moral, no hay más que mirar lo que sucede en torno nuestro para dejar de hablar de progreso. El progreso es una significación imaginaria esencialmente capitalista por la que el mismo Marx se dejó seducir».

Entrevista en La République des Lettres, junio de 1994

Intelectual: «Pienso que la verdadera función de un intelectual no es, desde luego, estar a la vanguardia de la sociedad, sino de cuestionar lo instituido, de interrogar y criticar lo que hay. No por el placer de criticar, sino porque, sin este distanciamiento de lo instituido, simplemente no hay pensamiento. »

Conferencia impartida el 31 de mayo de 1991 en el Collège international de philosophie

Kratos: «Primero está la palabra misma: democracia, Demos, Kratos. Kratos quiere decir poder, Demos es el pueblo, así que la democracia es el poder del pueblo. En la concepción griega, esto significa que, obviamente, no es el poder de una oligarquía. También significa que es el mismo pueblo el que ejerce el poder. Es decir, se trata de democracia directa. […] En el pensamiento moderno, la idea de la democracia representativa viene acompañada de lo que habría que llamar una alienación del poder, una auto-expropiación del poder».

Entrevista con Chris Marker, L’Héritage de la chouette, 1989

Limitación: «Hemos entrado en una época de ausencia de límites en todos los aspectos, y es por esto que sentimos el deseo de infinitud. Esta liberación es, en un sentido, una gran conquista. No se trata de volver a las sociedades de repetición. Pero también hay que —esto es importante— aprender a autolimitarse, individual y colectivamente. La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no es capaz de autolimitarse».

Post-scriptum sur l’insignifiance, L’Aube, 1998

Márgenes: «La marginalidad se convierte en algo reivindicado y central, la subversión es una curiosidad interesante que completa la armonía del sistema. La sociedad contemporánea posee una capacidad terrible para sofocar toda verdadera divergencia, ya sea haciéndola callar o haciendo de ella un fenómeno más, comercializado como el resto de cosas».

Entrevista en La République des Lettres, junio 1994

Novedad: «Abandonamos los territorios colectivos, nos replegamos a una existencia individual o micro-familiar, no nos preocupamos de nada que vaya más allá del círculo reducido de intereses personales. Este movimiento es animado por las capas dominantes; no es que haya, claro está, una conspiración, pero hay toda una dinámica del sistema. Esto es la sociedad de consumo: compre una nueva televisión y cállese; compre un nuevo modelo de coche y cállese. […] Todo esto fomenta la apatía de los individuos, todo esto destruye el espacio público como espacio de actividad colectiva desde el que la gente pueda tomar las riendas de su propio destino. »

Entrevista emitida por France Culture el 30 de enero de 1982

Oprimidos: «Contrariamente al lugar común marxista, la historia de las sociedades no es la de la lucha de clases. La mayor parte del tiempo, los esclavos, los oprimidos, se quedaron en su sitio aceptando la explotación y la opresión mientras bendecían a los zares».

La Culture de l’égoïsme, con Christopher Lasch, Climats, 2012 

Poder: «La política es lo que concierne al poder en una sociedad. Siempre ha habido, hay y habrá poder en una sociedad —poder en el sentido de decisiones colectivas que adquieren un carácter obligatorio, cuya transgresión es sancionada de un modo u otro, aunque sólo sea que no matarás. […] Siempre habrá, pues, decisiones colectivas. Esas decisiones se impondrán a todo el mundo. No quiere decir que tenga que haber un Estado, pero sí un poder. Un poder que siempre ha existido —ya sea en las tribus primitivas, en las tribus descritas por el antropólogo Pierre Clastres, en las mesetas de Birmania, en China, etc. »

«La relativité du relativisme. Débat avec le MAUSS», La Revue du MAUSS, n° 13,premier semestre 1999

Regímenes occidentales: «Estos regímenes son liberales: no recurren esencialmente a la coerción, sino a una suerte de débil semi-adhesión de la población. Ésta ha sido finalmente penetrada por el imaginario capitalista: el sentido de la vida humana sería la expansión ilimitada de la producción y el consumo, el pretendido bienestar material, etc.»

Entrevista publicada en el n° 10 de la revista Propos, en marzo 1993

Más insidiosa, la impostura publicitaria no es, a la larga, menos peligrosa que la impostura totalitaria. Con medios diferentes, tanto la una como la otra destruyen la existencia de un espacio público de pensamiento

Siglo XVIII: «Y en la medida en que una teoría liberal de la constitución política se elabora y prevalece a partir de finales del siglo XVIII, ella se basa en la afirmación explícita de la imposibilidad de esta participación en las sociedades contemporáneas y en la aceptación del Estado como diferente de la comunidad política, como algo extraño a ella. […] Esta filosofía política se encuentra frente a una cuadratura del círculo: se mantiene un Estado separado del que se intenta limitar el poder, se da por sentado que los ciudadanos no pueden o no quieren, salvo excepcionalmente, ocuparse de los asuntos públicos, y al mismo tiempo se pretende fundar sobre esto un régimen que profesa la soberanía del pueblo y que se da el nombre de democracia.

A la autoorganización de la sociedad llamada civil se acaba llegando a través del mercado —siendo la dimensión esencial de la sociedad la dimensión económica—, proceso con el que la comunidad política debería evitar interferir».

La Cité et les Lois —Ce qui fait la Grèce— La création humaine, Seuil, 2008

Socialismo: «No existe el socialismo como etapa necesaria de la Historia, así como tampoco una ciencia de la sociedad que garantice su llegada y que, en manos de especialistas, pudiese guiar su construcción. El proyecto socialista es el proyecto de la creación de una nueva forma de sociedad. […] Este objetivo se puede formular en una sola palabra: la obtención de la autonomía. La autonomía implica la supresión de los grupos dominantes y las instituciones que encarnan e instrumentalizan esta dominación —en primer lugar, el Estado—, el verdadero autogobierno de colectividades, la autoorganización de la sociedad.»

Entrevista publicada en Le Monde, el 13 y 14 diciembre de 1977

Tercer mundo: «Siempre he pensado que debería haber, no tanto una síntesis posible —no me gusta demasiado ese término, que encuentro demasiado radical-socialista—, sino una superación común que combinase la cultura democrática de occidente con las etapas por venir, o que deberían venir. Es decir, una verdadera autonomía individual y colectiva de la sociedad, que conservase, recuperase y desarrollase otros valores sociales y comunitarios que subsisten —en la medida en que han subsistido— en los países del tercer mundo. Todavía existen valores tribales en África. […] Creo que es necesario que haya algo que vaya más allá, que todavía encontramos en el tercer mundo, o al menos en ciertas partes: comportamientos, tipos antropológicos, valores sociales, significaciones imaginarias, como las llamo, que podrían ser, también ellas, retomadas por este movimiento, para transformarlo, enriquecerlo y fecundarlo».

Démocratie et relativisme, Débat avec le MAUSS, Mille et une nuits, 2010

Totalitarismo: «Después del derrumbe de los regímenes totalitarios y la pulverización del marxismo-leninismo, los intelectuales occidentales en su mayoría dedican su tiempo a glorificar los regímenes occidentales como regímenes democráticos, quizás no ideales (ignoro lo que esta expresión quiere decir), pero los mejores humanamente realizables, y a afirmar que toda crítica de esta pseudo-democracia nos lleva directos al Gulag. Así tenemos una repetición interminable de la crítica del totalitarismo, que llega con 70, 60, 50, 40, 30, 20 años de retraso (muchos antitotalitarios de hoy defendían el maoísmo a principios de los años 70). Esta crítica permite silenciar los problemas candentes de nuestro tiempo: la descomposición de las sociedades occidentales, la apatía, el cinismo y la corrupción política, la destrucción del medio ambiente, la situación de los países miserables, etc.».

Entrevista en La République des Lettres, junio 1994

Victoria: «No levantarse contra la impostura, no denunciarla, es ser corresponsable de su eventual victoria. Más insidiosa, la impostura publicitaria no es, a la larga, menos peligrosa que la impostura totalitaria. Con medios diferentes, tanto la una como la otra destruyen la existencia de un espacio público de pensamiento, de confrontación, de crítica recíproca. La distancia entre las dos, por lo demás, no es tan grande, y los procedimientos de los que se valen a menudo son los mismos».

L’industrie du vide, Le Nouvel observateur, julio de 1979

George W. Bush: «Antes de la guerra [del Golfo], George Bush era considerado como un blandengue por sus conciudadanos. Ahora mismo es un héroe. Pero Estados Unidos va a encontrarse inmediatamente con verdaderos problemas internos frente a los que Bush será impotente. La crisis de la sociedad estadounidense va a continuar, con la decrepitud de las ciudades, los desgarros sociales, y el resto de cosas que se saben. También esto es lo que comienza a producirse en Europa».

Entrevista publicada en Le Monde el 19 de marzo de 1991 

Y (y griega): «Cuando la gente vota, vota cínicamente.  No cree en el programa que se le presenta, pero considera que X o Y es un mal menor con respecto a lo que Z fue en el periodo precedente”».

Publicado en la revista Parcours, les cahiers du GREP Midi-Pyrénées, n° 15-16, septiembre de 1997

Zapping: «La ecología es subversiva porque pone en cuestión el imaginario capitalista que domina el planeta. Ella recusa el motivo central según el cual nuestro destino consiste en aumentar sin descanso la producción y el consumo. Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista en el medioambiente y en la vida de los seres humanos. Esta lógica es absurda en sí misma y conduce a una imposibilidad física a escala planetaria, ya que acaba por destruir sus propias presuposiciones. No se trata solamente de la dilapidación irreversible del entorno y de recursos no remplazables. Es también la destrucción antropológica de los seres humanos, transformados en animales productores y consumidores, en zapeadores atontados».

Texto publicado en Le Nouvel Observateur del 7-15 mayo de 1992