Norman Foster: «Las ciudades son tan buenas como lo son sus líderes»

Por Pelayo de las Heras y Raquel C. Pico

La arquitectura no es solo arte o funcionalidad. También ha sido uno de los motores clave para entender los cambios sociales e incluso para propiciarlos. De hecho, en el siglo XXI, la arquitectura puede ser una de las piezas fundamentales para abordar la emergencia climática. Norman Foster (Mánchester, 1935) lo tiene muy presente. El arquitecto –uno de los grandes nombres del siglo XX y Premio Pritzker en 1999– es uno de los máximos exponentes de la innovación urbana. Al hilo de la exposición retrospectiva que le dedica el parisino Centro Pompidou, Foster desgrana qué futuro le espera a la arquitectura y, por tanto, a las ciudades que habitamos.


El coche fue el rey del siglo XX. El diseño de nuestras ciudades y nuestros edificios se hizo pensando en sus necesidades, pero, si queremos sobrevivir al calentamiento global, el automóvil no puede continuar su reinado. ¿Qué debería regir al diseño urbano y la arquitectura de este nuevo siglo?

En nuestra era, la movilidad afecta a las personas, las cosas y la información. Al mismo tiempo, estamos viviendo el auge de la inteligencia artificial, que podría tener un efecto profundo en la ciudad del futuro. Si analizamos las tendencias de cambio en la movilidad, vemos que algunas ya están aquí, mientras que otras todavía están por llegar. Nos alejamos de los combustibles fósiles y vamos hacia vehículos de propulsión eléctrica. Todo esto sucede en un momento en el que las nuevas generaciones evitan tener coche en propiedad y prefieren optar por servicios de car sharing. Además, pisando los talones a la revolución de la bicicleta, llegan las motos y las bicicletas eléctricas. De fondo, asoma la perspectiva del uso de drones para el transporte aéreo de personas y cosas. El resultado es el de menos vehículos circulando al mismo tiempo, aunque la mayoría en constante movimiento, de forma silenciosa y segura. Esto permitiría liberar grandes espacios en las ciudades que podrían utilizarse para otros fines. Los aparcamientos de varias plantas podrían quedar obsoletos y en los próximos años, por ejemplo, convertirse en huertos urbanos. En la ciencia ficción del pasado, los monorraíles eran uno de los símbolos del futuro. Hoy en día, gracias a los avances en las baterías y los sistemas de propulsión eléctrica, puede que sean una opción cuando inevitablemente se reconsidere el transporte público en términos de comodidad y densidad. Disponer de más espacio público brinda una excelente oportunidad para plantar árboles a gran escala con los que mejorar el aspecto y bajar la temperatura de las ciudades gracias a su absorción de dióxido de carbono.

La historia indica que, después de una crisis como la pandemia de la COVID-19, las ciudades salen fortalecidas. ¿Cómo cree que será el desarrollo urbano? ¿Es la ciudad verde una realidad posible?

La historia nos dice que las ciudades cambian como respuesta ante una situación de crisis gracias al uso de nuevos materiales y métodos de construcción. En todos estos casos, las ciudades se han transformado para mejor. Por ejemplo, el Gran Incendio de Londres de 1666 obligó a crear los códigos de construcción que darían origen al ADN de la ciudad georgiana, con sus elegantes hileras de casas adosadas de ladrillo a prueba de incendios. La respuesta a la epidemia de cólera de mediados del siglo XIX fue la creación del Thames Embankment y el sistema de alcantarillado, que impidió que el Támesis se convirtiera en un desagüe a cielo abierto. En el mismo siglo, la preocupación por la salud dio lugar a un aumento del número de parques y jardines públicos, como ocurrió con Central Park en Nueva York. A principios de siglo, además, el transporte se hacía a caballo, por lo que las grandes ciudades se vieron desbordadas por el estiércol que amenazaba a la población con enfermedades y malos olores. El automóvil se erigió como salvador y limpió las calles antes de que acabara convirtiéndose a su vez en el villano contaminante de nuestro tiempo. Más recientemente, los smogs de Londres o Los Ángeles en los años 50 o 70 dieron lugar a la promulgación de las leyes de aire limpio y al cambio del carbón al gas.

¿Cuál podría ser el equivalente en nuestro futuro? Antes de la pandemia predije muchas de las tendencias positivas que estamos viendo, pero ahora hay algo nuevo: una «actitud» y una voluntad, incluso una impaciencia, a nivel popular por lograr un cambio positivo en las ciudades. Prueba de ello son las iniciativas llevadas a cabo durante la pandemia, como la creación de 650 kilómetros de carril bici en París, la ampliación de las aceras en las principales arterias de Londres o la toma espontánea y ad hoc de las calles por parte del comercio y la restauración. En otro momento, cualquiera de estos cambios hubiera sido objeto de largos e intensos debates. Respecto a si una ciudad más verde es una realidad posible, veamos tres ejemplos de las últimas dos décadas. El proyecto de Madrid Río recuperó 800 hectáreas de terreno gracias a la soterración de una autopista y la construcción de un nuevo parque de 8 kilómetros de longitud. El proyecto Big Dig, en Boston, eliminó una autopista elevada para dar lugar a más de 120 hectáreas de nuevos parques y espacios abiertos. Y en Seúl, la iniciativa Cheonggyecheon permitió recuperar un río que había sido cubierto en la década de 1950 y eliminar una autopista elevada para crear 100 hectáreas de espacio recreativo público en el centro de la ciudad. Todos estos proyectos, además de crear espacios públicos útiles, reducen la contaminación, mejoran la biodiversidad, revalorizan el mercado inmobiliario, mejoran la seguridad y, sorprendentemente, mejoran el tráfico.

norman foster

El arquitecto, lápiz en mano, en la sede de la Fundación Norman Foster en Madrid. | © José Manuel Ballester

En el estreno de su retrospectiva en el Centro Pompidou habló de la necesidad de imaginar edificios y estructuras más «sanas» y que consuman «menos» y que sean, a su vez, un motivo de «celebración y de alegría». ¿Son compatibles la buena funcionalidad y la belleza en la arquitectura sostenible?

Siempre he creído en el poder beneficioso de la belleza, el placer y nuestra conexión con la naturaleza, si bien estos imperativos han sido intuitivos y subjetivos durante décadas. No ha sido hasta hace poco que en los estudios científicos se han empezado a cuantificar los beneficios tangibles de algunas de estas cualidades, como los edificios que respiran, tienen vistas o reciben luz natural. Por ejemplo, ahora sabemos que los pacientes hospitalizados que tienen vistas a un jardín se recuperan más rápidamente y reciben el alta antes que aquellos cuya cama está frente a una pared blanca. Este es el poder del diseño. Un edificio es un organismo, no una máquina. Todo nuestro trabajo se basa en la creencia de que el contacto con la belleza y la naturaleza favorece un estilo de vida más sano, tanto física como mentalmente. Si el diseño es la respuesta a las necesidades materiales y espirituales de las personas, estoy convencido de que la arquitectura de calidad que trabaja en conexión con la naturaleza puede ofrecer más y ser más hermosa.

Durante su mandato, Trump firmó un decreto por el que se establecía la arquitectura clásica como el estilo preferente para los edificios públicos. Hoy en día, sin embargo, son las modernas zonas financieras de las capitales las que suelen ser un reflejo del poder. ¿Cómo cree que se reflejará la política en la arquitectura del futuro?

No debería ser una cuestión de estilo, sino de calidad. Las ciudades son tan buenas como lo son sus líderes. En este sentido, la política, la arquitectura y el urbanismo siempre estarán conectados, como así ha sido a lo largo de la historia. En la Antigua Grecia, los médicos hacían un juramento para defender los valores éticos y los ciudadanos se comprometían a dejar la ciudad mejor de lo que la habían encontrado. Esta fue la inspiración para la declaración de las Naciones Unidas que me pidieron encabezar en San Marino en 2022. Mi intención fue invitar a todas las partes a sumarse; no solo a arquitectos e ingenieros, sino también a gestores y políticos. Sus principios de sostenibilidad e inclusión se conectan a la planificación, el diseño urbano y la arquitectura. Son los ideales que han inspirado mi trabajo y el de mis compañeros de profesión en las últimas seis décadas.

Desgraciadamente, Ucrania puede ser uno de los laboratorios urbanos del futuro. ¿Cómo se debería reconstruir un país entero según sus principios arquitectónicos?

La guerra en Ucrania es una enorme tragedia. En abril de 2022, como con- secuencia de la guerra y en el marco del Foro de Alcaldes de Naciones Unidas, el alcalde de Járkov, Ihor Terekhov, me pidió que encabezara un plan para la re- construcción de la ciudad. Desde ese momento, la Fundación Norman Foster ha estado en contacto con los líderes de la comunidad local, los arquitectos y los profesionales de Ucrania para formar un equipo de trabajo multidisciplinar de asesores internacionales. Coordinados por la fundación y por la compañía Arup, el equipo está recabando datos, definiendo estrategias urbanas a largo plazo y creando proyectos piloto para su estudio inmediato. El equipo colabora desinteresadamente y el trabajo continúa. Se trata de un proceso continuo y participativo en el que la ONU se ha implicado en todo momento.

Ha dicho en varias ocasiones que la arquitectura se reduce básicamente al diseño, y es evidente que todas las ciudades empiezan a parecerse las unas a las otras: los rascacielos son iguales en todas partes y los centros de las ciudades se parecen cada vez más (incluso tienen las mismas tiendas). ¿Ha estandarizado la globalización –y, por tanto, de alguna manera, eliminado– el diseño, el estilo y la personalidad de cada lugar?

¿Cómo se define la naturaleza de un lugar? Es como intentar usar palabras para explicar un color; en realidad, lo reconoces cuando lo ves. El sentido del lugar es aquel que sientes y experimentas, consciente o inconscientemente, cuando estás ahí. Un lugar puede conectarte con tus recuerdos, con la historia, con la comunidad, con tu destino y tu identidad. La escala es casi infinita. Sin embargo, por lo general, la creación de lugares se asocia al mundo de los espacios urbanos: la infraestructura de las calles, plazas, carreteras, parques y puentes de nuestros pueblos y ciudades. El lugar está en el espíritu, aunque no tenga un origen espiritual. En muchos casos, un viaje atrás en el tiempo proporciona las claves para avanzar hacia el futuro. Tanto si se trata de un proyecto urbanístico como de un edificio, diseñamos teniendo en cuenta el pasado para responder a las necesidades actuales, si bien anticipándonos a un futuro todavía desconocido. Esto vale tanto para la búsqueda de un «lugar» como para la arquitectura de un edificio concreto y su aportación al espacio público.

Fuente: Ethic.es

Pamela Soto: “Esta democracia sirve para elegir representantes, pero no nos permite tener una mejor vida”

Experta en la obra de María Zambrano, la investigadora chilena defiende que hay que pensar el sistema político desde la experiencia de quienes lo viven en sus márgenes

Por Antonia Laborde

La filósofa chilena Pamela Soto (48 años, Valparaíso) atiende la entrevista en lo alto de un cerro, con la ciudad-puerto de Valparaíso a los pies y el océano Pacífico en el horizonte. Antes de ahondar en sus áreas de investigación —democracia, educación y feminismo— enseña orgullosa las vistas de su localidad desde la Universidad Federico Santa María, donde comenzó a dar clases recientemente. En muchas de las ideas de la integrante de la Red de Filósofas Feministas sobre el agotamiento de la democracia representativa y la necesidad de ofrecer respuestas directas a la ciudadanía se cuela el pensamiento filosófico de la malagueña María Zambrano (1904-1991). En el año que acaba de terminar, Soto publicó María Zambrano: los tiempos de la democracia (Herder), donde repasa las cicatrices de su exilio de casi medio siglo y plantea alternativas al sistema en su forma actual.

Pregunta. ¿Por qué se interesó en estudiar la democracia?

Respuesta. Yo viví hasta la adolescencia en dictadura, en Valparaíso, una ciudad que siempre ha buscado mayor independencia en relación con Santiago. Había muchas categorías políticas que yo escuchaba de niña y que no entendía bien. Con el paso de los años se consolidaron en una mirada de cómo pensar la democracia, que yo siempre la había categorizado como algo muy positivo. Cuando empecé a dar clases sobre democracia, sin embargo, me encontré con niños de 10 años que, tras una experiencia de vida llena de marginalización en su familia, en la escuela, en el barrio, me dijeron que la democracia era injusta.

P. ¿Cómo impactó esa declaración en su trabajo?

R. Para mí ha sido el shock teórico más fuerte que he tenido. Hasta 2011 yo había pensado la categoría de democracia desde la filosofía, no desde la experiencia. Con ese diagnóstico de un niño uno se pregunta qué hemos hecho con la democracia… Al final se transforma en un significante vacío. Sirve para elegir representantes, sí, pero no está permitiendo tener una mejor vida. ¿Qué pasa cuando mi experiencia no es positiva? Ahí empecé a pensar en otras dimensiones de la democracia y no exclusivamente en un modelo de Gobierno.

P. ¿A qué conclusión ha llegado?

R. Para mí no tiene sentido tratar de llegar a la democracia griega como un ideal. Nuestro presente nos exige una democracia mucho más participativa y cotidiana. Es evidente el desgaste de esta democracia para la ciudadanía, marcada por acciones despóticas y autoritarias. En ese espacio la democracia se nos diluye y eso me preocupa.

P. ¿Cuál es ese espacio?

R. Lo pienso, por ejemplo, en la escuela, donde se mantienen relaciones muy jerárquicas. La opinión de los estudiantes siempre queda marginalizada. En el trabajo pareciera que predomina la jerarquía entre los grupos y eso siempre va a tener elementos de despotismo, ya que solo un grupo toma las decisiones. Es necesario incorporar nuevas lecturas de la democracia, si no se desvitaliza. Mi preocupación, vinculada a los hastíos y el agotamiento de la democracia representativa, tiene que ver con que cualquier decisión política llega muy lenta a nuestra vida, por lo tanto, pareciera que la política está muy fuera de nuestra cotidianidad.

P. ¿Cómo cree que nos podemos organizar mejor?

R. La categoría Estado-nación homogeniza y diluye demasiado la diferencia, por lo tanto, quedamos no representados o no nos sentimos vinculados. Es la lógica metropolitana que deja todas las diferencias de los lugares absolutamente invisibilizadas. Cuando uno habla de un territorio no se refiere al suelo, sino a las dinámicas de relación que se dan en ese lugar específico, que son superdistintas. Por eso creo que las democracias no funcionan, porque empiezan a homogeneizar y tenemos demasiadas diferencias que, si no se ven, nos perdemos.

P. ¿Qué alternativa plantea?

R. Democracias comunales, donde cada uno de los espacios ciudadanos va teniendo más impacto, de modo que yo pueda ver rápidamente una mejora. No digo que es la solución a todos nuestros problemas, sino que necesitamos formas de gobierno que permitan que la política pública llegue de forma más directa para que lo político no se vea como un segundo momento de mi vida. Hoy pareciera que la política funciona completamente ajena a lo que me pasa e impide que pueda ser colectivo, y eso genera miedo, vacío y un limbo donde no hay protección.

P. ¿La política está utilizando más la herramienta del miedo?

R. La política siempre la usa y va variando quién es el enemigo: los migrantes, la delincuencia desatada o incluso el clima. Hay un uso del control de las poblaciones muy arraigado en distintos planos relacionado con cómo las mantengo preocupadas de cosas que no tengan que ver con cómo organizarse colectivamente. El dispositivo de seguridad opera muy bien para mantener a los otros separados de mí y es la forma en que se nos vende el control del miedo. Frente a ese control podemos actuar individual o colectivamente, y mi apuesta es la segunda.

P. ¿Qué piensa del exilio?

R. La categoría de exilio nos muestra que es posible vivir sin soberano y justamente el castigo político consiste en sacarte de este contexto, de esta historia donde tú estabas, donde armaste redes. Cuando muere Franco, Zambrano dice que no estaba alegre, nadie le iba a devolver la vida que no pudo vivir, ni a los amigos que murieron ni todo lo que tenía prometido. Hay que pensar desde todas las amplitudes y recuperar las memorias que quedaron truncadas. Me preocupa que la política y pensar distinto tengan un castigo.

P. ¿Chile, a 50 años del golpe de Estado, está trabajando en recuperar la memoria?

R. No. Todavía tenemos mucho que hacer y en este año de profunda reflexión hay que seguir profundizando. Como Red de Filósofas Feministas estamos indagando sobre las filósofas exiliadas. Es vital conocer nuestra historia reciente para sentirnos parte de un lugar, habitar una ciudad, vivir en un contexto, entender qué soy. Zambrano decía que el tiempo no es lineal, es prospectivo y proyectivo a la vez, y esa experiencia vital de sentir que soy todas las mujeres que han vivido en este territorio y seré las que lo vivirán es lo que nos falta. Esa vida colectiva también del pasado y el futuro.

P. Así como, según plantea, la democracia ha perdido su significado ¿qué ha pasado con el feminismo? ¿En qué están pensando las feministas?

R. Hoy vemos una política internacional relacionada con las desigualdades de las mujeres en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. De aquí a 2050, un gran porcentaje de los empleos van a estar vinculados a estas áreas, por lo tanto, si las mujeres no ingresan a esas carreras, el nivel de desigualdad va a aumentar y eso es absolutamente preocupante. Ya no puedes pensar en política sin pensar en tecnología, que avanza y se mueve a gran velocidad.

Figure della povertà

Entrevista a Toni Negri por Francesco Raparelli, en OPERAVIVA Magazine

26 de septiembre de 2016

Francesco Raparelli: En un volumen sobre el materialismo (Kairòs, Alma Venus, Multitudo, manifestolibri, 2000), escrito en los primeros años de tu tormentoso regreso a Italia, has dedicado páginas de gran importancia (y belleza) al tema de la pobreza. Figura que se coloca entre la singular y eterna disposición del común, y el amor como potencia ontológica por excelencia. El pobre al cual te refieres, sin embargo, no tiene nada que ver con el objeto de la caridad cristiana, constituido por la pena. Es, ante todo,  sujeto biopolítico. ¿Puedes aclarar esta definición?

Toni Negri: Esta definición trae consigo dos puntos de vista. En el primero se asume que el pobre es efectivamente desnudez, utilizando un término corriente del lenguaje filosófico de hoy. Y es concretamente miseria, ignorancia, enfermedad. Esta pesadez corpórea, intelectual y moral de la pobreza es el punto que nos afecta, en primer término. En esta ocasión miramos al pobre con una tensión que no es piedad –al menos en lo que a mí respecta– sino, ante todo, curiosidad. Interés por comprender al pobre que está ante mí, y al mismo tiempo, en reconstruir la memoria del pobre que yo fui. ¿Qué cosa es el estar fuera, en el límite, en el margen? No implica una reflexión metafísica: el margen es completamente material. Y es precisamente miseria corporal, enfermedad, ignorancia, incapacidad de estar al nivel de un saber común; es exclusión, por infinitas vías.

¿Qué cosa es pues ser pobre? En nuestro tiempo, por ejemplo, me viene a la mente inmediatamente la pobreza de quien cruza con un bote las aguas del Mediterráneo y sus tormentas; que llega agotado, quemado por el sol, enfermo. Y que es ignorante, sea porque no conoce la lengua del país al que llega, sea porque está fuera de los circuitos culturales del país al que se acercó. Todo eso implica una extrema tensión física. Más que ser moral, intelectual, es corporal. Y es sobre esta tensión, sobre este momento de busca genérica de vida, de riqueza, de salario (todavía no se sabe si lo conocen como tal), sobre esta busca de un bienestar elemental, mínimo… es que se desencadena una fuerza constructiva absolutamente decisiva. Es este “lugar” que debemos buscar para comprender qué cosa es la pobreza.

La pobreza es una reducción a la desnudez, pero es también, a partir de esta reducción –y sin distinguirse de ella– una tensión de vida, un deseo, un pedido de reconocimiento, una apertura a los otros. Cuando se habla de pobreza no se trata sólo de una paradoja lógica, de empujar el concepto al límite para luego recuperar su potencia. Aunque esto sea como un nudo atragantado en nuestro intelecto, se trata esencialmente de una profundización en el bios. No es el reencuentro con un concepto, sino el reencuentro con una fuerza. La pobreza es, desde este punto de vista, tanto miseria absoluta como una fuerza.

Recordemos que esta paradoja suscita una resonancia común con (y el regreso a) nuestra tradición: el descubrimiento que, cuando se llega a la desnudez, no estamos ante una inercia, siempre estamos ante un momento creativo. En nuestra cultura materialista: de Demócrito a Epicuro, de Lucrecio a Giordano Bruno, de Spinoza a Nietzsche, de Leopardi a Deleuze, de Hölderlin a Dino Campana –ya he escrito sobre esto. Y en particular, me vienen siempre dos imágenes a la mente. La rosa de Pascal que resiste: puede estar deshojada por el viento, torcida, rota, pero persiste, está ahí. O la retama leopardiana, que es exactamente signo de actividad, nunca es simplemente un resto.

Para cualificar mejor a esta figura de la pobreza biopolítica no alcanza con decir lo que dije hasta aquí. ¿Qué es esta tensión? Es una tensión puramente demandante o es constitutiva? Evidentemente, la relación entre demandar y constituir siempre es muy equívoca. No obstante, es un vínculo que puede ser simplificado de algún modo cuando se lo asume en la corporeidad, en la vida física: es la necesidad que se transforma en deseo, como base del actuar. Desde este punto de vista es claro que no se trata simplemente de una necesidad que pide, sino de un deseo que produce. Siempre que se toma el ejemplo del migrante, que hoy es el pobre por excelencia, estamos frente a un pedido que es de producción, porque la condición en la cual se encuentra el migrante –el tener frío, tener hambre, estar en la ignorancia, ante lo ignoto, dentro de lo ignoto– se revela inmediatamente con esa pesadez y dureza de humanidad que tiene el migrante dentro de sí: es su experiencia de vida (pasada) y es su grado escolar, si lo tuvo; es la sabiduría de vida de un hombre que ha atravesado el desierto. Son determinaciones que piden resucitar. Si se quiere, hay algo de cristológico en todo esto, en este pasaje de la necesidad al deseo, de la negatividad a la potencia.

Al respecto, necesitamos retomar las grandes narraciones del nacimiento de la modernidad, a la “acumulación originaria”, como la describió Marx. Aquí viene la transformación del individuo natural que vive en la comunidad originaria, y que está sometido, esclavizado, reducido a desnudez, desgajado de las relaciones productivas en las que vivía. Es claro: reducido a la pobreza extrema, el proletario pide trabajo, la necesidad pide. Entonces la desnudez se hace producción; así se da la transformación del pobre en proletario. El pobre, en la forma antigua, no existe más, es el proletario que asume sobre sí todo el peso de la condición humana, en su desnudez. Este pobre que, introducido a un nuevo mundo de riqueza, viene reducido a una nueva pobreza. Es la pobreza de ingresar al mercado.

Este ser proletario se descubre como miseria absoluta en el mercado, dice Marx en los Grundrisse. Miseria absoluta que puede volverse riqueza, desnudez que tiene ya una implícita, constitutiva posibilidad de ser otro. Estamos en un grado más alto, si se quiere, en la consideración de la pobreza. Ya no es la dialéctica pedir-producir, simplemente es el hecho de estar preso dentro del mecanismo productivo.

En Kairos, Alma Venus, Multitudo distinguí siempre varias figuras de la pobreza. En la edad antigua está la pobreza del esclavo. Está la pobreza del proletario, y esta es miseria absoluta, pero que ya está acoplada dentro de un sistema de producción. En este pobre, en el proletario, ya hay una potencia calificada. Prosiguiendo: nos encontramos ante a una potencia que no es simplemente calificada, sino que es, en realidad, apropiante, Y en este punto probablemente el sufrimiento de ser pobre es aún más grande, porque es más alta aún la capacidad de enriquecimiento.

 

FR: Volvamos al ensayo materialista y detengámonos un instante en una afirmación tuya, tan radical como fecunda: “si no eres pobre, no puedes filosofar”. Profundiza un poco más: equiparando la pobreza contemporánea a la “docta ignorancia” humanística (y de Nicolás de Cusa): ¿podemos decir entonces que la pobreza, en un escenario en donde el lenguaje y el cerebro se han vuelto los principales instrumentos productivos, es la matriz misma del pensamiento crítico, o su condición?

TN: Volvería a la profundización de la biopolítica del pobre. Es claro que, como siempre, es una biopolítica histórica. Sin historia no hay biopolítica –a pesar de las tentativas de hacer biopolítica sin historia, bastante frecuentes en el horizonte filosófico en el que vivimos. Volvería a esta determinación histórica, eliminando toda característica teleológica, determinista o causalista del decir “historia”. Asumiendo más bien a la historia en términos puramente factuales.

Es indudable que el ser pobre dentro de un orden esclavista es algo muy distinto que el serlo en un orden industrial; y ser pobre dentro de un régimen de industria es una cosa distinta que el serlo en régimen postindustrial. En este último las cualidades biopolíticas, no sólo bióticas, ligadas a la vida, pero también aquellas ligadas a lo político, han sido profundamente transformadas. La esencia humana misma se ha vuelto un producto del trabajo, y, por lo tanto, inmanencia en el mundo del trabajo, hecho de relaciones sociales productivas y lenguaje. Es claro que, en esta condición, se es pobre principalmente en la relación con los otros. La pobreza se vuelve aislamiento y enajenación. Entonces: en la sociedad contemporánea, la pobreza (miseria, ignorancia, enfermedad) se vuelve siempre más interior, sentida en el cerebro, el lenguaje, en la comunicación. ¿Por qué? Porque el modo de producción en el cual vivimos (es decir el mundo producido), es esencialmente inmaterial, cognitivo, relacional, afectivo. La pobreza, entonces, se redefine en este nuevo contexto, y representa un fenómeno bastante más profundo que lo que ocurría en la edad industrial. Al interior de una sociedad postindustrial, caracterizada en términos de lenguaje y comunicación, ser pobre significa serlo no sólo porque falta la participación en la sociedad, sino porque se está excluido de la sociedad. No es un dato negativo sino afirmativo. No sólo ocurre que estás excluido, sino que lo sufres por un acto relacional específico. Es una exclusión que deriva del comando, de la voluntad de poner afuera, de la imposibilitación de actuar. Es entonces una pobreza que se determina sobre el terreno de la posibilidad de vivir y de no vivir.

¿Qué significa entonces, que si no sos pobre no se filosofa? Significa que si no se está dentro de la relación, una relación comunicativa, si no se está inmerso en este flujo de realidad cognitiva, dentro de este conjunto de participación y de exclusión, de sufrimiento y de alegría que determina el vivir en común, no se puede filosofar, no se puede comprender.

Esto viene junto a otro elemento, que en la temática de la pobreza siempre estuvo presente: el amor. Principalmente en el franciscanismo, pero incluso en la civilización islámica (y seguramente en otras culturas que no conocemos) emergen fenómenos análogos, y se da la profundización de la compasión por el otro en amor por el otro. Parece que aquí se redescubre una condición del origen de la humanidad en donde el padecer juntos la miseria del vivir natural, en vez de resolverse en odio de todos contra todos, se transforma en pasión común de supervivencia y de civilización. Que en el común haya amor es algo que muchos filósofos reconocen, mas pocos filósofos parecen reconocer que este amor que ha atravesado el común constituya el nombre mismo de filosofía. Si no se es pobre no se puede poner a la espalda la carga de la infelicidad del mundo. Si no se reencuentra en la pobreza el sentido del común, no se pueden proyectar formas de vida nuevas y positivas. Si no se recupera la tensión que hay en el pobre hacia superar la propria miseria, la propia ignorancia, la propia enfermedad, entonces no se puede filosofar. Siempre que se entienda por filosofar el vivir bien, el vivir libre, el amor.

En suma: cuando se dice que si no eres pobre, no puedes filosofar se dice en primer término que filosofar es actividad que se inicia dentro de lo biopolítico pobre. Segundo, que dentro de este modo de la pobreza común puede surgir, más allá de la pobreza, ese impulso a construir en qué consiste la filosofía.

FR: No hay pobreza sin “resistencia contra la represión del deseo de vivir”. En este sentido, el pobre no es sólo producto de la violencia, nunca es sólo nuda vida dispuesta por el poder soberano entendido como excepción permanente. No te parece que, en estos temas, hay una distancia considerable entre tu reconocimiento ontológico y los primeros trabajos de Foucault (pienso en la primera parte de Historia de la locura) o en el ciclo Homo sacer de Giorgio Agamben?

TN: Todo el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX, al final del “siglo breve”, fue esencialmente dominado, desde el punto de vista antropológico, por la experiencia de la guerra: Hiroshima e Auschwitz. Asimismo, por una profunda asimilación de la experiencia del fin de la racionalidad de la historia. Es el fin de la Aufklärung, su ocaso. No sólo la guerra, la crisis de la razón, sino la experiencia de la causa de todo esto: la totalización de la posesión capitalista del mundo. Esta última viene vivida como triunfo del despotismo, enajenación; por ende, como pobreza de ánimo. La Escuela de Frankfurt, desde este punto de vista, es absolutamente fundamental en la construcción del pensamiento del “fin de siglo”. En particular Adorno y Horkheimer.

El problema era, y es: cómo resistir, y cómo, eventualmente, dar vuelta a esta realidad? Te refieres a Foucault y Agamben conjuntamente. Yo encuentro en cambio una gran diferencia, aún en el primer Foucault, con respecto a lo que luego hará Agamben -en todo caso, más allá de las comparaciones, al menos con respecto a la temática que planteas. Tu insistes que en el primer Foucault, el que va de la Historia de la locura a Vigilar y castigar, hay una clausura. A mi entender, por el contrario, está siempre fuera: la locura subsiste como un punto irreductible de discontinuidad con respecto al esquema cartesiano. El discurso ‘no hay más un afuera’ está roto, se lo ve de modo fantasmático, en la presencia de la locura. En este primer Foucault hay algo de Bataille, quizás un residuo de psicoanálisis, pero es profundamente distinto a Agamben.

En Agamben el problema está negado, hay aceptación de la totalización capitalista, y hay una fuga de ella. Una fuga que poco a poco se vuelve desapropiación. No hay resistencia, si se entiende por resistencia a decir que a este mundo puede encontrársele una alternativa. Diría que en Agamben, en su desapropiación, hay algo todavía más problemático de todo cuanto, (ya bastante negativo), puede rastrearse en Heidegger. Porque en este último –si se me permite esta afirmación, quizás poco correcta desde el punto de vista filológico– todavía hay historia. Es una historia de la decadencia de nuestra civilización, representada de modo obsceno por la judeidad que corrompe el mondo. Es un fantasma de historia, que es un destino, un ocaso; pero que todavía es, de todos modos, una actitud óntica ligada al Ser. En Agamben la fuga se vuelve puramente moral, o estética o, en realidad, gestual. La desapropiación toma el nombre de pobreza. Figura conceptualmente inconsistente, la pobreza se vuelve una determinación fútil, pierde esos restos de humanidad que deben otorgarse en cualquier caso a la pobreza. No es casual que la desapropiación en Agamben vaya más allá de lo humano: se vuelca en el espacio de la animalidad, o se representa en un amor completamente erotizado. Hasta llegar –en los últimos escritos– a la exaltación del gesto privado de todo contenido. O sea que la pobreza se configura come un vaciamiento.

 

FR: Algo más sobre Giorgio Agamben. En su volumen dedicado a la pobreza y a las reglas monásticas (Altissima povertà, Neri Pozza, 2011), [1] Agamben ve en el usus pauper franciscano no sólo la renuncia a la propiedad, sino incluso, de modo más general, a la forma vitæ, la expresión ética, de una abdicatio iuris que se hace desactivación, potencia destituyente. También para ti la pobreza es expresiva, pero sin embargo en la resistencia, y en la composición amorosa, es potencia constituyente y democrática. ¿Podrías profundizar la alternativa?

TN: La desapropiación agambeniana llega hasta el punto de teorizar a la abdicatio iuris y a un vaciamiento del usus pauper. Yo objeto que el usus pauper no es sólo una forma de vida negativa, es más bien una forma de vida equilibrada ante la Naturaleza, en el vínculo entre el sí mismo y los otros. No tiene nada que ver con esa desapropiación agambeniana que poco a poco se vuelve un desistir, una abdicatio iuris et historiæ. El franciscanismo es un hecho histórico, la última, o quizás una de las últimas representaciones religiosas de la lucha contra la riqueza, contra la institución eclesiástica. Es el rechazo político de la propiedad. Y este rechazo es una interpretación de los Hechos de los Apóstoles, en donde la multitud que cree debe tener un solo corazón y una sola alma; y nadie puede afirmar que las cosas que posee sean suyas, sino que todas las cosas están en comunidad.[2] El ataque a la propiedad conducido por el franciscanismo es el elemento decisivo y está históricamente bloqueado, absorbido y usurpado por la iglesia (que lo transforma en un elemento místico, como hace Agamben); ha sido una afirmación revolucionaria de la que la iglesia se aprovecha, mistificándola, ¡Pero es una afirmación revolucionaria hasta el fondo! El

ataque a la propiedad constituye una forma de la última experiencia que se presenta, en código religioso, en el nacimiento de la Modernidad.

No podemos olvidar a esta raíz franciscana, matriz de un comportamiento rebelde, que en la rebelión pone la alegría y en la alegría un principio de comunidad. A la relación entre resistencia, alegría y comunidad la voy reconstruyendo –ya desde hace años– en la línea que de Francisco nos lleva a Maquiavelo, de Maquiavelo a Spinoza y luego hasta Marx. ¡Es un concepto potente de pobreza que es necesario de algún modo recomponer y afirmar! La crítica a Agamben, entonces, no es tanto en el terreno ontológico, sino, fundamentalmente, en el ético-político. A través de la crítica de algunas consecuencias políticas que requiere su pensamiento: por ejemplo el discurso sobre la rebelión sin fin, ritmada por el puro deseo de rebelarse. Pero esto sólo pueden hacerlo quienes no son pobres, que no tienen la necesidad de poner en cuestión el vivir –y que no conocen la materialidad de la relación necesidad-deseo. Desde este punto de vista el discurso de la desapropiación, de la simple desnudez, se vuelve siempre más vacío.

Pero hay más: al interior de la pobreza, cuando se la entiende como expresión de tensión biopolítica, se puede construir lo común. El usus pauper es sin duda una alusión fundamental a lo común. En tal perspectiva aún la abdicatio iuris puede volverse significativa: puede permitir relanzar el proyecto comunista de la extinción del Estado y del derecho, proponiéndolo como construcción que se hace desde abajo. Esto último me parece un nudo sobre el que hay que insistir. Y hacerlo justamente ahora, porque nos hallamos en una sociedad en la cual el trabajo se ha vuelto precario, en donde la pobreza es ubicua, y en la cual la propiedad ya no puede ser considerada motor de producción de la riqueza, sino que es sobre todo destrucción de la riqueza común. Si no se es pobre no se puede filosofar; si no se es pobre y no se destruye la propiedad no se puede hacer política, política activa que sirva a los otros hombres.

 

FR: En Comune (Rizzoli, 2010), el volumen que escribiste junto a Michael Hardt, ensamblaste la noción de pobreza con la de multitud. En la definición multitud de los pobres, excluida del pueblo y por lo tanto de la República de la propiedad, has trazado la genealogía alter-moderna o antimoderna –sobre la cual has insistido bastante aquí– que desde Maquiavelo, pasando por Spinoza, llega hasta Marx. Puedes precisar un poco más, más allá de la genealogía, la pertinencia de la definición?

TN: En la actual situación la pobreza se presenta bajo las formas de vivir trabajando, de la precarización, de la exclusión, articulada de distintos modos, del ciclo de la vida. Claro que superar esta situación implica la afirmación de formas de vida constituyentes, que lograron producir e instituir elementos de riqueza para todos. La pobreza es, en definitiva, principio constructivo; y sin embargo sabemos cuánto pesa, y cuánto impide moverse.

Hasta ahora hemos desarrollado un discurso que se ha movido en el plano teórico, político-ontológico. Vale la pena introducir, aunque brevemente, uno radicalmente político. Esto significa abrir inmediatamente el discurso al presente y al futuro, al por-venir. ¿Qué significa hoy, esta multitud de pobres que está ante nuestros ojos? ¿Cómo se hace para introducir, al interior de esta multitud, con nosotros mismos, la esperanza de una transformación?

Hay algunas dificultades recurrentes de las que tenemos que desembarazarnos. La primera, y más importante, es el abandono de la lucha, de la resistencia. Que puede ser un dejarse estar en afirmaciones de identidad y en comunidades perversas. Es lo que está ocurriendo un poco por doquier: empujado hacia horizontes de derecha, que derivan directamente del ser pobres; tentativas de reconquistar seguridad, transformaciones, banalizaciones, perversiones de la misma idea de lo común. En esta zona se reencuentran instancias religiosas, así como rasgos éticamente perversos, de tipo fascista. El desarrollo de la interdependencia a la cual lleva inmediatamente la idea de pobreza, se traduce, en estos casos, en perspectivas auto-castrantes, por un lado, y ferozmente agresivas, por el otro.

Lo que más llama la atención -de cualquier modo, sorprende a todos, porque es un fenómeno espantoso- es la transformación de la pobreza, de la enajenación, de la expropiación, de la expulsión, en voluntad de martirio. Una forma de vida que corresponde, lamentablemente, a la negación de la potencia de la pobreza, a su estar en tensión con el mundo.

Por el contrario, creo que hoy, en la contemporaneidad, la pobreza puede permitir -además del rechazo de la identidad, y por ende de conceptos como nación, raza, familia, etc. – concebir una inmanencia de la potencia en la relación entre los hombres. Y pensar verdaderamente -a la manera franciscana, es decir, de manera constructiva, transformando la idea de pobreza en un dispositivo práctico- para que la pobreza no sea una privación, sino un estado de tensión y de plenitud, que nos permita luchar contra todas las causas de la pobreza.

La pretensión de riqueza se presenta precisamente como resistencia, conflicto, rechazo, lucha. Es en este plano donde hay que organizar la solidaridad activa con los pobres (migrantes, underclass, excluidos). Esta es, probablemente, la forma de la lucha de clases hoy; y es, seguramente, la forma de la lucha contra el fascismo.

La desintegración de un Estado: el vórtice psicótico

El supremacismo israelí está hoy socavado por el caos mental y por el horror que no se puede soportar indefinidamente sin pagar consecuencias psíquicas

Por Franco «Bifo» Berardi

Después del pogromo del 7 de octubre se ha desencadenado una secuencia de horror y locura que se desarrolla rápida y caóticamente ante los ojos de la humanidad mediatizada.

Desde el primer momento me dio por pensar que este era el comienzo de la desintegración de Israel, una entidad colonial que las potencias occidentales (Gran Bretaña y Estados Unidos) crearon después de la guerra para compensar a las víctimas del Holocausto a costa de otros. Después de haber sufrido a manos de los europeos (alemanes, polacos, franceses, italianos, ucranianos, etc.) la violencia más aterradora, que pasó a la Historia como la Shoah, los judíos fueron enviados a afrontar una nueva guerra contra los habitantes de Palestina, con el apoyo de las potencias imperiales, que se garantizaban así un baluarte en una zona estratégica desde el punto de vista geopolítico y, sobre todo, energético.

Así comenzó una historia que sólo podía evolucionar mal y terminar peor. Setenta y cinco años de guerras, masacres, deportaciones, persecuciones, limpieza étnica, asesinatos selectivos. Luego, el 7 de octubre de 2023, el principio del fin.

Una comunidad que vive en un territorio restringido como el que se encuentra entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, lleno de armas y de hombres que se odian entre sí, no puede sobrevivir por mucho tiempo sin poner en marcha procesos caóticos que hacen la vida imposible para todos.

El supremacismo israelí está hoy socavado, más incluso que por el peligro armado de las formaciones armadas de resistencia palestina, por el caos mental y por el horror que no se puede soportar indefinidamente sin pagar consecuencias psíquicas.

Un episodio recién confirma esta hipótesis de una implosión psíquica al acecho.

El 30 de noviembre, en una parada de autobús en Jerusalén, dos palestinos bajaron de un coche y comenzaron a disparar contra la multitud, matando a tres personas. En ese momento, un joven israelí llamado Yuval Castleman, un expolicía, naturalmente armado, salta de un auto que pasa. Castleman dispara su arma contra los dos palestinos y los mata a ambos (mi información sobre este episodio proviene de The Guardian).

Un video muestra que en ese momento dos uniformados salen de un auto rojo y agarran sus armas. Confundiendo a Castleman con un atacante, uno de los dos soldados israelíes comienza a dispararle, pensando que es un terrorista. Cuando Yuval Castleman se da cuenta de la situación, se abre la chaqueta, se arroja de rodillas y levanta las manos para que vean que ya no está armado, según la reconstrucción realizada por un amigo del pobre Castleman, llamado Itkovich.

Castleman grita en hebreo: “Soy israelí”, saca su billetera para identificarse, pero le disparan sin atender razones. Poco después, Castleman muere en el Centro Médico Shaare Zedek.

Itzkovich, el amigo del desafortunado héroe israelí, que había formado parte del departamento de policía en el que el propio Castleman había servido en años anteriores, acusa a los soldados de haber violado los protocolos.

“Hay cosas que no se deben hacer, según los protocolos. Incluso si Yuval hubiera sido un terrorista, se había rendido, estaba arrodillado en el suelo y levantando las manos. Según los protocolos deberían haberlo detenido. Nunca debieron haberle disparado”.

Los protocolos, dice Izkovitch.

Este episodio muestra que es completamente normal que los soldados israelíes disparen a una persona que está arrodillada en el suelo, con las manos en alto, y que además grita palabras en hebreo: “Soy israelí”.

No importa, le dispararon. Ellos lo mataron.

El héroe Castleman está muerto.

Ciertamente, eso significa que el ejército israelí viola todas las reglas (protocolos) nacionales e internacionales, no respeta los derechos humanos y, en resumen, utiliza métodos criminales.

Pero esto no es todo lo que ese episodio implica.

Desde mi punto de vista hay otra cosa que subrayar: la gran mayoría de los israelíes han entrado en una crisis verdaderamente psicótica.

En el mes siguiente al pogromo de Hamás, hubo 180.550 solicitudes de licencias de armas, unas diez mil por día, mientras que en el período anterior fueron alrededor de 850 por día.

La política de Israel consiste en armar a ciudadanos privados, especialmente a los colonos que atacan a los palestinos todos los días en los territorios de Cisjordania.

En una conferencia tras el asesinato de Castleman, Netanyahu dijo: “En las condiciones actuales tenemos que continuar con esta política, tal vez tengamos que pagar algún precio, pero así es la vida” (literalmente: “That’s life”)”.

Naturalmente, Netanyahu miente sistemáticamente, hasta el punto de utilizar la expresión “así es la vida” cuando es evidente que debería haber dicho “así es la muerte”.

Muerte: este es el mensaje de los israelíes para todos, incluso para los propios israelíes.

La orgía de violencia desatada por las políticas colonialistas de Israel está arrastrando ahora a la propia sociedad civil israelí a un vórtice.

La trampa que los británicos idearon en 1948 para continuar el exterminio de Hitler por otros medios ha saltado.

El horror no cesa, el horror se extiende por todas partes y atrae a los mismos sembradores de horror a su vórtice.

La lengua de tus padres: la imposibilidad de lograr algo viniendo de la clase obrera

Por John Merrick

En cierto momento a finales del 2019 me vi sobrepasado por la sensación de que mi vida había llegado a un impasse. Los problemas personales y profesionales me dejaron aún más precario y desvinculado de mi entorno social inmediato de lo que nunca había estado antes; la vida que tanto me había esforzado en construir parecía desmoronarse lentamente a mi alrededor. Tenía treinta y pocos años, estaba apático e insatisfecho. Muchos de mi generación lo están. Sin embargo, la mayoría tiene una estabilidad que viene tanto del capital cultural aprendido como del heredado, un ancla familiar que les impide flotar demasiado lejos. Yo mismo he deseado a menudo tener ese tipo de anclas. Quizá por eso empecé a sentir la pérdida del hogar con más intensidad que nunca, por muy lejos que lo sintiera ahora.

Sentiría ese tirón en las situaciones más atípicas. Hablando con amigos en el pub después del trabajo, me asaltaban los recuerdos de casa y el olor a cerveza rancia en el suelo pegajoso me traía vívidos recuerdos de mi juventud; la gota de lluvia en la piel me recordaba los días y las noches que pasaba en parques y campos, haciendo novillos en la escuela y haciendo el vago. El tirón, experimentado como si me arrastrara hacia atrás en contra de cada parte de mí que había organizado conscientemente para evitarlo, me devolvía a Crewe, mi ciudad natal y donde aún vive mi familia. Obviamente, aunque de forma inconsciente, estaba buscando algo, alguna respuesta a una pregunta que aún no podía definir. Estar cerca de aquellas personas cuya presencia en los primeros años de mi vida dio forma a la persona que soy hoy, la persona que eligió escapar, ¿ofrecería algún sentido de permanencia, de pertenencia? ¿Podría llenar el agujero que amenazaba con abrirse en abismo?

Era esta nostalgia, este sentimiento de pérdida, más que cualquier ardiente deseo de volver al seno familiar, lo que me trajo de vuelta al norte. O quizás eso es solo lo que me decía a mí mismo. Había también un anhelo extraño, un anhelo de algo más (de comunidad quizás) y un sentimiento que no había experimentado antes, al menos no voluntariamente. Volver a casa siempre había sido más una obligación que un deseo. Cada seis meses más o menos oiría como crecía el tono de reprimenda en la voz de mi madre, cuando hablábamos por teléfono. A menudo en verano y después otra vez en navidad haría visitas, nunca quedándome más de unos pocos días. Pero esta vez el tirón que sentía estaba ahí.

La estación de tren de Crewe, esa famosa terminal antaño tan grandiosa y reluciente, se encuentra ahora en un estado bastante lamentable. La propia estación es, en muchos sentidos, la razón de ser de Crewe. La estación precedió a la ciudad, la llegada del ferrocarril convocó a Crewe de la nada en los campos de la llanura de Cheshire. Sin ella, y sin el trabajo que proporciona, no existiría Crewe.

La línea que viene de Londres atraviesa varios kilómetros de campiña llana antes de llegar a la ciudad. La arquitectura industrial, algunas muy antiguas y otras nuevas aunque no en mejor estado, da idea de la pujanza de la ciudad en años pasados. El estado decrépito de los edificios es quizá una señal de su futuro. Pero si es así, la propia estación es aún más premonitoria.

La relación con mi familia estaba fracturada desde hacía tiempo. No tiene nada de extraño. Me he dado cuenta de que, en contra de la imagen idealizada de las familias felices de clase media, muy pocos tenemos una vida familiar perfecta. Supongo que es aquí donde debo citar a Larkin (“Ellos te joden, tu madre y tu padre./Puede que no lo pretendan, pero lo hacen./Te llenan de los defectos que ellos tuvieron/ Y añaden algunos extra, sólo para ti”). Sin duda, mis padres contribuyeron bastante a mis muchas cagadas, pero siempre he visto el proceso que Larkin compara con la profundización de una plataforma costera como algo más ballardiano: una fachada de civismo que se desmorona, la aparentemente perfecta fachada de la familia suburbana que esconde oscuros secretos y cortinas que se mueven, cada hogar una zona de desastre potencial. En este punto también existe el peligro de caer en la narrativa habitual de la huida de la clase trabajadora, al convertir a mi familia en algo excepcional. Esto no es como en la película Hillbilly: una elegía rural, no hay una historia de mira lo jodida que está mi familia, ¿no soy maravilloso y valiente e inteligente y excepcional por haber escapade? Mi familia es una más entre miles como ella, viviendo en las mismas condiciones, arreglándoselas de la misma manera, intentando hacer algo con lo que les ha tocado. Pero aquí hay algo diferente: a muy pocas personas en estas situaciones se les da voz. No se les permite hablar, por lo que se olvida su existencia, su lugar en el mundo y en los pueblos y ciudades de Gran Bretaña.

Cuando yo era muy joven, mi familia encajaba en la categoría de «clase trabajadora respetable» que Lynsey Hanley ha descrito tan maravillosamente. Entre la capilla y el salón sindical, los trabajos estables y las familias unidas, durante generaciones habían trabajado para forjarse algo más de lo que se les había dado. Mis abuelos se enorgullecían de su laboriosidad, de su vida trabajadora, de las muchas horas dedicadas a crear algo para sus hijos y sus familias, por escasos que parecieran los resultados.

Esta forma de respetabilidad se manifiesta de maneras extrañas. Cada vez que pienso en ello, me imagino a mi abuela presumiendo ante cualquiera que pudiera oírla de que su marido, el padre de mi padre, John, no había probado una gota de alcohol en décadas. La corriente del abstemio laborioso, a menudo de inspiración metodista, fluía con fuerza por esta parte del norte, reuniendo incluso a aquellos cuyo lugar era la iglesia y no la capilla. Era una señal para los de alrededor de que, frente a “los de allí”, ya fueran los borrachos de los pubs, que desperdiciaban su vida, o incluso las élites atiborradas y borrachas, “nosotros” éramos gente trabajadora y honesta. Sin embargo, la tradición familiar, transmitida de boca en boca por primos y sobrinos, desmentía tales alardes. Cuando éramos adolescentes, siempre sabíamos exactamente dónde escondía el abuelo su paquete de seis Boddingtons en el cobertizo, sabiendo también que estaban ahí para que los cogiéramos. No se trataba de un simple odio de clase, era también un odio volcado hacia uno, un miedo a otros muy parecidos a uno mismo.

Sin embargo, cuando yo llegué, a finales de los ochenta, todo eso había empezado a desintegrarse. Mis padres eran los típicos de muchas ciudades obreras del norte que, al ver el declive del empleo industrial sólido de la generación de sus propios padres, buscaron una salida en los negocios independientes. Mi padre, diez años mayor que mi madre, era mecánico; mi madre, cocinera en la comisaría de policía local. Poco después de que naciéramos mi hermana y yo, firmaron el contrato de arrendamiento de un pub en Nantwich, vecino cercano de Crewe, pero culturalmente tan lejano como se pueda imaginar, más parecido a las bucólicas ciudades de mercado de los condados de los alrededores de Londres que a un enclave septentrional. Para ellos, de mediana edad y sin cualificaciones formales, era el último sueño de libertad. Una vida sin las limitaciones de largas horas de trabajo agotador, sin la monotonía de los desplazamientos ni el acoso constante de los superiores. Por fin podrían ser sus propios jefes, trabajar para sí mismos, construir algo para sí mismos y para sus hijos.

Sin embargo, el sueño se agrió rápidamente. A principios de la década de 2000, mi padre se declaró en quiebra. El pub, atrapado entre una población rural-urbana en declive a las afueras de Crewe, el aumento de los impuestos sobre el alcohol y los cigarrillos y el auge de cervecerías baratas como Wetherspoons, tenía pocas posibilidades. Aunque afirmar que éstas fueron las únicas causas del fracaso del pub sería ignorar tanto los cambios más amplios en la vida de la ciudad (¿por qué exactamente lugares baratos y sin alma como Wetherspoons en Crewe, a menudo clasificados como los peores del país, o incluso beber latas tibias en casa, atraían donde los caros pubs locales ya no lo hacían?), como sus fracasos empresariales fundamentales.

Desde los sueños de huida, la caída en picado hasta el fondo fue brusca. Cualquiera que haya vivido caídas tan estrepitosas puede decir que no sólo afecta a la cuenta bancaria: altera el sentido de uno mismo, la relación con el mundo, la fortaleza mental y la capacidad de recuperación. Cuando el nivel de vida cae, o incluso se despeña por el precipicio de esta manera, todas estas cosas son daños colaterales y mucha gente se ve arrastrada por el desastre. Hubo algunas medidas compensatorias, todas probadas, ninguna buena. La única que parecía pegar era la bebida. En 2019, la vida de ambos era cada vez más difícil, con mala salud, más tiempo en el pub bebiendo lo poco que tenían, viviendas precarias y conexiones aún más pobres con el mundo que les rodeaba.

Aunque mi vida familiar no tiene nada de excepcional, la experiencia de las familias de clase trabajadora sí tiene algo de excepcional. Cuando esos trabajos estables se fueron, algo tuvo que ocupar su lugar. Las familias se derrumban, caen sobre sí mismas. Pero es su carácter excepcional lo que también hace que se ignoren los problemas de la vida familiar de la clase trabajadora. Después de los años del Nuevo Laborismo, cuando la vida familiar de tantos fue patologizada como delincuente (pensemos en las representaciones culturales de aquellos años, los Little Britain y los Jade Goody llenando los horarios de todos los canales), desde entonces han retrocedido a un segundo plano, y con ese retroceso también lo ha hecho la comprensión de mucha gente de las causas de las divisiones del país.

Cuando le digo a la gente que soy de Crewe, la respuesta habitual es contar historias de largas esperas en la estación con resaca, encorvados sobre un rollo de salchicha tibio mientras esperan a que el tren, inevitablemente retrasado, les aleje de ese desdichado lugar. Esto parece haber sido un rito de paso para todos los que han viajado al norte de Stockport. Mis propias experiencias en la estación no son mucho mejores: largas esperas en el frío por trenes que nunca llegan y la expectativa de volver a mi vida lejos de allí.

Es como si, para cualquiera que no haya tenido la desgracia de crecer allí, nada definiera a la ciudad excepto su estación. En sus memorias, William Cooper, un novelista ya casi olvidado y uno de los únicos hijos famosos de la ciudad, describe Crewe como “un notable nudo ferroviario”; sólo más tarde añade algunos detalles humanos sobre el lugar (en este caso sus numerosos puentes). Habla del famoso timbre, de las filas y filas de casas uniformes para trabajadores construidas por el ferrocarril, del placer que experimentó más tarde en su vida al contar a la gente que creció con “vapor en las venas” como niño de esa ilustre ciudad ferroviaria.

También hay otros recuerdos de la estación de tren. Una o dos generaciones antes de la mía, la moda del trainspotting se apoderó de los chicos de todo el país. El hecho de que Crewe fuera un nudo ferroviario muy transitado la convertía en la meca de los chavales que, agarrados a un termo de té en una mano y con un cuaderno y un lápiz listos en la otra, esperaban a que pasara a toda velocidad el tren de las 4.30 procedente de Glasgow o los trenes de carga de los campos de carbón de Yorkshire y el sur de Gales.

Si algo hay aquí, es que Crewe es en sí misma una mera estación de paso. Para mí, al menos, y para muchos de los viajeros que atraviesan el vestíbulo de la estación. Pero no para todos. De hecho, mis padres nunca salieron de allí, y ahora rara vez lo hacen. Cuando me casé hace unos años, en Canadá, la enfermedad y la discapacidad les impidieron venir. Puede que su matrimonio se haya desvanecido, como tantas otras cosas, pero ellos siguen ahí. Atascados, dentro. En Crewe.

Unos días antes de mi regreso, mi madre me llamó desde el hospital. Desde hacía unas semanas, mi padre estaba confuso e inquieto. Su memoria iba y venía. Algunos días estaba brillante y lúcido, y otros se olvidaba de comer o beber. Confundía nombres, olvidaba lo que estaba haciendo, entraba en una habitación y volvía a salir. Su estado empeoró rápidamente. Mi madre oyó un ruido sordo en el baño y, al entrar, lo encontró desmayado en el suelo, sin poder moverse. Cuando llegó al hospital, descubrimos que había sufrido una serie de derrames cerebrales, el primero de ellos hacía 18 meses. El diagnóstico era demencia vascular, una enfermedad que afectaría gravemente a su memoria y a su capacidad para funcionar durante el resto de su vida.

A pesar de las protestas de mi madre, volví corriendo a casa. Cuando llegué, mi padre estaba sentado en la cama del hospital. Nunca le había visto tan viejo. Allí estaba, rodeado de geriatras, confuso y desorientado. Tus padres te ayudan a navegar por tu propia vida. Cuando eres niño, parecen casi sobrehumanos, invencibles. Existen en un reino sin edad, vigilándote. A medida que creces, cuando pasas por la adolescencia, puedes notar en ellos los primeros signos de envejecimiento. Cuando te vas de casa y el intervalo entre visitas se alarga, el envejecimiento se hace cada vez más visible.

Pero esta vez el envejecimiento parecía haberse acelerado mucho más de lo que yo había creído posible. Fue hace menos de una década cuando su salud empezó a deteriorarse de verdad. Una diabetes mal controlada provocó la obstrucción de las principales arterias de sus piernas y pies, hasta tal punto que unos pequeños cortes y arañazos en los dedos le provocaron gangrena. Primero le amputaron los dedos para salvarle. Luego se le inflaron artificialmente las venas: se introdujeron pequeños globos en las arterias que conectaban las piernas con el corazón y se bombeó aire para desatascarlas. Pero nada parecía funcionar. La infección se extendía cada vez más. Finalmente, le amputaron toda la pierna, justo por debajo de la rodilla. Décadas de alcoholismo y mala alimentación acabaron por alcanzarle, casi 15 años después de que su mejor amigo muriera de una insuficiencia hepática provocada por toda una vida en los pubs y bares de Cheshire. Cualquier esperanza de que esto calmara su forma de beber se desvaneció rápidamente. Casi tan pronto como le dieron el alta del hospital, con la pierna postiza y la silla de ruedas a cuestas, volvió al bar.

No sólo envejecía antes de tiempo, sino que su posición política empezaba a endurecerse.  Siempre había tenido una vena de reacción en él, pero en los últimos años había empezado a encontrar este maloliente Little Englandism[1] cada vez más presente, y cada vez más repulsivo. Décadas de rodearse de grupos variopintos de albañiles, mecánicos, comerciantes y ex policías le dieron una visión perversa de los los problemas sociales y económicos del país. Sin embargo, tuviera mi influencia sobre ellos algún efecto o no, mi familia mantuvo siempre una especie de laborismo visceral, un pequeño recordatorio de que la política que la gente conforma, y que llega a formarles, se forja en un sistema social contradictorio, a menudo opaco incluso para los que incluso para los que están en él. No parecía haber contradicción alguna entre su apoyo al Partido Laborista, o entre su conservadurismo social y yo, su hijo, cuya vida parecía tan distante.

En diciembre, su deterioro parecía casi total. Apoyado en una cama de hospital, apenas me reconocía. Me sentaba con él mientras regañaba a las enfermeras por indiscreciones imaginarias, gritándoles desde el otro lado de la sala, quejándose de la conspiración para mantenerlo, un hombre perfectamente sano, en el hospital sin ninguna razón. Uno de los aspectos más perjudiciales de la demencia es la incapacidad de quien la padece para reconocer su enfermedad. Es una afección insidiosa, que corroe los vínculos sociales, al tiempo que deja a la persona afectada ajena a sus peores síntomas. Cuando me senté a su lado, pude ver cómo se esforzaba por recordar mi nombre, cómo se le movían los engranajes. ¿Andrew? ¿Jason? Algo así. Se repetía constantemente, preguntando dónde estaba el agua o qué habíamos hecho con sus gafas. Le decía a mi madre que le llevara a casa, a pesar de que su ceguera le había impedido conducir durante los últimos cinco años.

Fue alrededor de navidad cuando por fin le permitieron volver a casa. Esta fue quizás nuestra navidad más incómoda. Yo, solo otra vez. Mi padre, confuso y olvidadizo, su confusión a menudo se convertía en ira. Los problemas menores se convertían rápidamente en grandes discusiones y peleas a gritos entre habitaciones. Se levantaban los puños. Me dijo que no quería volver a verme, que me fuera de casa y no volviera. No era la primera vez, pero sí la más grave.

Uno o dos días después pude ver el dolor en su cara. No habló de ello, pero debió de traerle recuerdos dolorosos. Tengo una familia, dos hermanastras y un hermano, a los que nunca he visto, de los que apenas he oído hablar. Conozco sus nombres, en alguna parte, aunque no puedo recordarlos. Rara vez son mencionados, excepto cuando él me dice que no quiere perderme nunca. No importa lo lejos que esté, no importa lo que pase en mi vida, él nunca quiere perderme como ha perdido a otros antes.

Todo esto me hizo revivir sentimientos que había intentado reprimir con todas mis fuerzas. A los 18 años, juré no mirar atrás. El hecho de irme de casa me liberaba de mi pasado. De adolescente, me escapaba de Crewe a las ciudades cercanas de Manchester y Stoke. Las ciudades ofrecían una sensación de posibilidad. Como el hombre de la multitud de Baudelaire, era anónimo y podía ser quien quisiera. Sin embargo, hay una forma de comunidad que ofrecen las ciudades de clase trabajadora como Crewe, una que proporciona una forma de red de seguridad social básica, por escasa que pueda parecer desde lejos. La familia y los vecinos cuidan de tus hijos por la tarde, lo que permite un respiro momentáneo en el cuidado de los niños, o te ayudan si caes enfermo o te quedas en paro. Pero tener esto significa la presencia de una vigilancia invasiva, aunque se entienda como una forma cariñosa de cuidado. La comunidad puede ser tanto libertad como subordinación, a menudo al mismo tiempo. Al crecer, fue esta sensación la que llegó a dominar. Una sensación a menudo agobiante de que no podía escapar, de que me miraban, me observaban, me cartografiaban, de que lo que hacía y cuándo lo sabía todo el mundo, de que las comunidades que se formaban en torno a mi familia me retenían. Fue esto lo que llegó a definir mi relación no sólo con la ciudad, sino también con los que me rodeaban.

Alejarse, intentar escapar de las ataduras que te mantienen tan firmemente en tu lugar, siempre se siente como una especie de rechazo. Un rechazo de quién eras y de dónde venías. Pero también es entrar en un mundo en el que nunca te sientes del todo a gusto. Aunque las universidades en las que estudié no estaban llenas de hijos e hijas precoces de las élites gobernantes, tampoco estaban llenas de los hijos de los trabajadores de manos callosas. A pesar de estar en Salford, otra zona de clase obrera en la frontera con Manchester, no pude evitar experimentar una profunda sacudida al llegar. Enseguida me di cuenta de que la escuela no sólo ofrece conocimientos. Quizá lo más importante es que transmite una confianza que nace tanto del entorno social como de la propia escuela. A los que van a las mejores escuelas se les inculca la sensación de que éste es su mundo, de que pueden hacer lo que quieran y trabajar para conseguirlo. El único sentimiento que podía ver que me llevaría allí era la evasión.

Pero cuanto más intentas huir de casa, mayor es el sentimiento de pérdida. Durante gran parte de mi vida, después de haberme marchado, intenté ocultar mi origen, mantener los hechos básicos de mi vida antes de los 18 años ocultos a todos menos a los amigos más íntimos. Construí, a base de paciente trabajo, un muro de capital cultural tras el que esconderme. Aprendí a jugar a los juegos de la clase media mejor que ellos, no porque fuera más listo, sino porque para ellos el juego estaba oculto, era lo único que conocían. Yo tuve que aprenderme las reglas.

Como tal, parecía existir en la brecha entre las clases sociales. No era ni uno de ellos, ni uno de nosotros. En la sociedad británica, la mayoría de las veces son simples significantes los que sustituyen al análisis de clase. Pensemos en los interminables artículos y reportajes de televisión llenos de entrevistas a pie de calle en cualquier ciudad del norte en la que acabe el reportero. Todo lo que se necesita para que alguien se convierta en la voz de la auténtica clase trabajadora blanca es un acento regional y una política reaccionaria. Yo había pasado años ocultando conscientemente mi acento, desarrollando una especie de voz sureña genérica, sin lugar ni clase, salpicada de vez en cuando de una “A” minúscula (todavía no me atrevo a decir “baarth” en lugar de “bath”, o “graarse” en lugar de “grass”). Me convertí en un hombre de letras, educado a todos los efectos igual que los demás en los círculos enrarecidos que empecé a frecuentar. Pero, a través de esta oclusión, de este oscurecimiento de una parte fundamental de lo que soy y de cómo llegué a ser, la sensación de pérdida de mí mismo se volvió lentamente abrumadora. Si poco más queda de las lecciones de Freud, sin duda queda la verdad de que lo reprimido siempre vuelve para atormentarnos, tanto más cuanto más intentamos reprimirlo.

Vivir sin un sentido completo de uno mismo, sin sentirse en casa en ningún sitio, es algo demasiado común. Pero quienes cambian de posición social y de clase sienten esta pérdida de forma especialmente aguda. Volver entonces, en palabras de Didier Eribon, es de algún modo “volver sobre uno mismo, redescubrir un yo anterior que ha sido a la vez preservado y negado”. Regreso a Reims, de Eribon, es quizá el mejor documento que tenemos de esta ambigüedad de pérdida y retorno, de lo que significa intentar volver a conectar con un mundo social que uno se ha esforzado tanto en negar. Eribon, sociólogo francés que creció en la ciudad obrera de Reims, comienza el libro con una pregunta sencilla: ¿por qué, cuando lleva tanto tiempo estudiando el sentimiento de vergüenza asociado a salir del armario como homosexual, no ha hecho lo mismo con la clase social? ¿Cuál es la diferencia entre clase social y sexualidad que ha abierto este abismo? Concluye que el establecimiento de una identidad o posición de sujeto conflictiva “se ha valorizado estos días… que incluso se ha fomentado fuertemente en el contexto político contemporáneo (cuando era la sexualidad lo que estaba en cuestión)». La clase, por otro lado, “era extremadamente difícil, y no recibía ningún apoyo de las categorías predominantes del discurso social”. Esto explicaba la diferencia de sus reacciones ante cada una de ellas, y su vergüenza al enfrentarse a sus orígenes obreros.

En muchos aspectos, mis orígenes son similares a los de Eribon. Ambos crecimos en antiguas zonas industriales (Eribon en Reims, al noreste de París), ambos nacimos en el seno de familias de clase trabajadora, y cada uno se debatía entre su vida como nuevo miembro de la clase media que vivía en las grandes ciudades, rodeado de quienes no compartían su mismo origen, y sus hogares perdidos. Sin embargo, hay algo particularmente francés en la obra de Eribon. Aunque yo también sentía vergüenza al revelar mi origen obrero después de haber abandonado mi hogar y haberme unido a las filas de la intelligentsia de clase media, a veces también caía en una especie de pantomima obrera, exagerando mi diferencia ante los que me rodeaban. Acentuaba los aspectos típicos de la identidad de la clase trabajadora (el acento o el tono de voz) y recordaba constantemente a los que me rodeaban que yo no era como ellos, que había crecido más allá de su mundo. Era, supongo, un esfuerzo por conseguir una forma muy particular de autenticidad en este juego de caracteres. Sin embargo, siempre estaba modulado por quienes me rodeaban. Nunca lo hacía cerca de aquellos a los que sentía que tenía que impresionar, sólo cerca de amigos o camaradas, el tipo de gente con la que tener raíces lejos de Londres y el sureste podía conferir cierto capital social. Es difícil imaginar una versión francesa de Cuatro hombres de Yorkshire, de los Monty Python, la famosa parodia de este tipo de nostalgia por los tiempos difíciles, pero, para mi vergüenza, he hecho versiones. Jugar al estereotipo, la representación de los marcadores de clase. A menudo, es más fácil ajustarse al tipo, representar las fantasías de los demás, que cuestionar tu propio lugar.

Sin embargo, también he visto lo contrario. Por lo general, cuando se trata de personas que no conozco bien y que proceden de entornos acomodados o de colegios privados, recibo una especie de confesión avergonzada de culpabilidad por su riqueza familiar. A menudo viene acompañada de la historia de cómo sus padres escatimaron y ahorraron para que fueran a la escuela pública y cómo Oxbridge no merecía la pena. Nunca he pedido tales disculpas, y disculpas son, a nadie. De hecho, cuando admito mis celos, normalmente me sorprenden: ¿cómo es posible que quieras esto? ¡Fue tan duro!

La identidad es siempre ambivalente. ¿Fue esto orgullo o vergüenza? ¿Hogar o pérdida? ¿Cómo puedes relacionarte con un mundo social que ahora parece tan extraño, a años luz de en qué y en quién te has convertido? Sin embargo, a la inversa, ese trasfondo convierte las pequeñas diferencias entre uno y quienes lo rodean en grandes abismos. El proceso es sutil y puede que los demás nunca lo reconozcan, pero los conflictos psíquicos causados por crecer en la clase trabajadora nunca desaparecen, por muy profundamente enterrados que estén. La capacidad de no sentirnos nunca capaces de superar esa división, siempre frente al otro, es una de las grandes heridas ocultas de la clase. También hay una división política que se abre en esta brecha. Para citar a Eribon: “políticamente estaba del lado de los trabajadores, pero odiaba estar atado a su mundo”. Es impactante ver tanta franqueza por parte de alguien de izquierdas, pero si admito mis peores instintos entonces conozco bien ese sentimiento. También hay algo de esto en mis propios compromisos políticos. No odiar a los trabajadores como tales, sino las condiciones en las que viven, las situaciones que se ven obligados a soportar, las que al final los hacen tan detestables. Al menos esa es la versión positiva. Estoy seguro de que hay muchos que, si alguna vez se encontraran con trabajadores, se sorprenderían, si es que no se aterrorizan. Ciertamente hay más honestidad en Eribon que en aquellos que valoran al trabajador heroico, los hombres mitológicos de mono azul que no guardan ninguna relación con la clase trabajadora real. Pero hay un tormento interior que se crea cuando aquellos a quienes uno detesta son parte del pasado, y no sólo del pasado, sino también del presente, por oculto que sea. El deseo de escapar lleva en direcciones extrañas.

Este hecho fue fácilmente percibido por mis padres. Mi madre nunca deja de comentar sobre mis intereses “extraños y maravillosos”: los libros que leo, la música que escucho e incluso la comida que como. Cuando me fui a la universidad, dejé de comer carne. Cuando era niño, las comidas eran invariablemente la combinación estándar inglesa de verduras demasiado cocidas con un trozo de cualquier carne que se ofreciera ese día (rara vez importaba mucho). Para gran molestia ahora muy comprensible de mis padres, anuncié mi decisión el día antes de venir a pasar Navidad cuando tenía 18 años y acababa de aburguesarme. Mi madre, sin tener idea de qué hacer ni de cómo sería una cena navideña vegetariana, estaba angustiada. Ahora me doy cuenta de que este paso me ayudó de alguna manera a poner cierta distancia entre quién era y quién quería ser. Esto no quiere decir que no haya vegetarianos en Crewe (estoy seguro de que hay muchos), sino que esto fue un alejamiento de mis raíces. Quería ser incomprensible para mi familia y eso lo logré.

Ningún escritor ha comprendido mejor esta división que el gran y tan añorado Mark Fisher. Sus escritos en su blog K-Punk fueron formativos para mí, como para muchos de mi generación. De todos sus escritos, siempre destaca un ensayo, sobre el grupo The Fall. En él, Fisher busca comprender el modernismo particular, muy tardío, de aquella banda post-punk de Manchester. Había sido una obseso de The Fall desde la escuela. Había algo en el autodidactismo enojado, desgarrador y surrealista del cantante Mark E. Smith, junto con el punk dentado de la banda, que me atrapó desde el principio. El propio Smith creció como un muchacho de clase trabajadora en las propiedades de Salford y pasó gran parte de su adolescencia y su veintena trabajando en trabajos ocasionales en la ciudad. Y, sin embargo, sus letras mostraban grandes destellos de profundo aprendizaje, desperdiciando “la noción de que la inteligencia, la sofisticación literaria y el experimentalismo artístico son dominio exclusivo de los privilegiados y de los formalmente educados”. Vale la pena citar a Fisher aquí en su totalidad, sobre todo porque no podría resumir la aguda y lírica escritura de Fisher en tales términos:

“Quizás todos sus escritos fueron, desde el principio, un intento de encontrar una salida a esa paradoja que enfrentan todos los aspirantes de la clase trabajadora: la imposibilidad de lograr algo viniendo de la clase de trabajadora. Quédate donde estás, habla la lengua de tus padres y no serás nada; asciende, aprende a hablar en el idioma maestro y te habrás convertido en algo, pero sólo borrando tus orígenes: ¿no es el logro precisamente ese borrado? (‘Puedes encadenar una frase: ¿cómo es posible que seas de clase trabajadora, querida?’)”.

Nada resume mejor la posición distintiva del chico de clase trabajadora que ha hecho el bien y el espacio social y psicológico ambivalente que esto produce. Pero, más que esto, Fisher vincula esta posición peculiar y particularmente dañina con otras enfermedades, entre ellas la depresión. Como escribe Fisher, “Mi depresión siempre estuvo ligada a la convicción de que literalmente no servía para nada”, y este sentimiento tiene sus raíces en una parte específica de la experiencia de la clase trabajadora, una que ninguna cantidad de capital cultural o económico podrá jamás superar o borrar. La clase deja marcas ocultas, manchas indelebles en quienes la han vivido.

La represión no es ninguna cura. Las enfermedades sólo se vuelven más fuertes, regresan con mayor agresividad cuanto más son empujadas hacia los rincones del inconsciente. Entonces, regresar a Crewe, regresar a mi familia y al mundo social que me hizo quien soy, tuvo un elemento terapéutico. Tal vez si pudiera entender de dónde soy, pensé mientras estaba sentado en esa sala húmeda en ese frío día de diciembre, con la televisión a todo volumen desde el otro lado de la habitación, ¿podría entender mejor quién soy ahora?

Algo me ha estado carcomiendo durante años, y esa es la cuestión de cómo exactamente nosotros, como representantes o apóstatas de la clase trabajadora, sus héroes que regresan o sus hijos descarriados, podemos narrar o comprender esa experiencia. Mientras iba y venía entre Londres y Crewe, mis dos vidas, sintiendo la peculiar atracción de fuerzas (tanto de repulsión como de atracción) hacia el lugar que una vez conocí, he luchado con esta pregunta. No es fácil de responder, y cuanto más leo, se vuelve incluso más difícil e indistinta la forma de una respuesta.

Después de mi visita a finales de 2019, una vez más evité ver a mis padres, quizás incluso más ahora que la condición de mi padre estaba empeorando. Y luego llegó la pandemia. Los bloqueos en todo el país hicieron que viajar fuera casi imposible, e incluso si hubiera podido aventurarme, el temor de transmitir una infección potencialmente letal a mis padres ancianos me alejó de la idea. Sin embargo, cuando llegó el verano, todo parecía un poco menos arriesgado, así que di el paso y regresé al norte. El tren que salía de Londres iba extrañamente vacío. Desde que me mudé aquí, tomo el tren más barato y lento, el que pasa por cada parada entre Milton Keynes y Stafford, y estaba acostumbrado a que se llenara de gente a medida que avanzábamos por la región central. El silencio era desconcertante, e incluso el viaje a la estación de Euston, desde donde sale el tren, fue más extraño de lo que jamás había visto, con máscaras ocultando los rostros de mis compañeros de viaje, y el ansioso distanciamiento social de Londres aún más distanciador que nunca.

Me avergüenza admitirlo ahora, pero me alegré de no quedarme con ellos esta vez. Incluso 24 horas ahora me resultan difíciles, sobre todo por la profunda vergüenza que siento al verlos así, al ser yo mismo devuelto a las vidas que viven todos los días. Yo, al igual que Eribon, los detestaba… o, al menos, tener que verlos de esta manera. ¿Quién era yo, en qué me había convertido? ¿Por qué me fui tan fácilmente?

En el viaje hasta allí, mientras observaba pasar los campos y los setos del centro de Inglaterra, leí Politics and Letters, de Raymond Williams, una colección de entrevistas con el gran crítico cultural y literario galés que había cogido de una pila de libros a mi salida de la casa. El libro es la transcripción de una serie de entrevistas que Williams hizo con la New Left Review a finales de la década de 1970 y proporciona un análisis profundo de su desarrollo personal e intelectual. Había leído el libro por primera vez unos seis años antes, una vez más lo comencé en el tren a Crewe, un hecho que solo recordé durante el viaje. En la primera ocasión, quedé hipnotizado por la visión democrática de la cultura de Williams, nacida de su educación de clase trabajadora en el país fronterizo del sur de Gales y fomentada por sus experiencias trabajando en la educación para adultos después de la guerra. Ahora, sin embargo, fue la sección sobre sus novelas, uno de los aspectos menos celebrados o incluso recordados de su obra, la que me llamó la atención.

Tres de sus primeras cuatro novelas, publicadas entre 1960 y 1979, forman una narrativa semiautobiográfica que cuenta la historia de Matthew Price y Peter Owen, dos personajes de ciudades trabajadoras de las fronteras de Gales que se convierten en profesores universitarios. Esta trilogía en sí misma puede verse como el intento de Williams de encontrar una forma adecuada para la narración de la vida de la clase trabajadora en el siglo XX. En Politics and Letters amplía este objetivo, dividiendo la historia de la novela en tres períodos. En el primero, el período del alto capitalismo y la novela realista de finales del siglo XIX, tenemos una forma que también está dominada por la burguesía a la que los escritores de la clase trabajadora consideraban observadores imparciales, escribiendo para imitar el estilo de la novela. principalmente novelistas burgueses. La segunda sigue la pauta marcada por D. H. Lawrence: la novela de fuga. Esto se expande durante las primeras décadas del siglo XX, alcanzando su apogeo con la gran proliferación de libros, obras de teatro y películas de los “jóvenes enojados” de los años cincuenta. Cada uno de estos escritores muestra la rebelión contra la clase, a menudo ejemplificando un desprecio tanto por la vida de la clase trabajadora como por la nueva clase media adinerada a la que se han unido. Lo que hizo posible esto fue el gran aumento de la movilidad social en la posguerra, una ruta de escape de la clase trabajadora que se les brindó a muchos por primera vez, ya sea a través de becas o las oportunidades educativas brindadas por las escuelas primarias, o el auge de nuevos empleos administrativos. Cada una de las novelas aquí presenta personajes que recuerdan la existencia aparentemente estática de su infancia desde la nueva posición alcanzada en el escalafón social, narrando, ya sea con desprecio, lástima o ira, el sentimiento de separación.

La tercera forma que esboza Williams es a la vez más especulativa y más ambigua. Cuando estaba componiendo su primera novela, Border Country, Williams quería encontrar una forma de corresponder a la “experiencia de incertidumbre y contradicción” que él mismo sentía en su vida, tanto ahora como entonces. Lo que más le interesaba era la “tensión continua, atravesada por emociones y relaciones muy complicadas, entre dos mundos que necesitaban volver a unirse”. Sin embargo, para ello no existía una forma adecuada; Border Country es, pues, esa búsqueda de la forma. Es la historia de Harry Price, hijo de un señalero de una ciudad fronteriza de Gales, que ahora es profesor universitario en Cambridge. Al enterarse de que su padre está enfermo, Harry regresa a la casa en la que creció y al pueblo y al mundo social que le conformaron, y al hacerlo vemos las complicadas emociones y sentimientos que provoca este regreso.

Pocas novelas desde entonces han alcanzado este nivel de innovación formal a la hora de narrar la vida de la clase obrera. Sin embargo, al hacerlo, demuestra la dificultad de contar estas historias. Regresar a Crewe, llegar a la estación de tren, ver a mis padres una vez más, ¿cómo podría transmitirse todo esto sin caricaturas, manteniendo abierta la distancia que nos separa, sin reducirla a la nada como si todo volviera a estar bien? Harry está dividido, como el propio Williams. Y es esta escisión el objeto de la novela. En las páginas finales del libro, después de la muerte de su padre y cuando Harry ha abandonado el pueblo de su infancia, nos encontramos con un retrato intensamente conmovedor de la pérdida y la dislocación. La historia se desarrolla literalmente en una serie de viajes en tren que constituyen un elemento central de la trama del libro: viajes de ida y vuelta a la ficticia ciudad galesa de Glynmawr. Al final del libro, Price recuerda aquel primer viaje suyo lejos de la ciudad, cuando “contemplaba el valle desde el tren”. Hay aquí algo tanto literal como figurado, un movimiento entre lugares y un movimiento entre realidades sociales:

“En cierto modo, acabo de terminar ese viaje… Sólo que ahora parece el final del exilio. No el regreso, sino la sensación de que el exilio ha terminado. Porque la distancia se mide, y eso es lo que importa. Midiendo la distancia, volvemos a casa”

Al volver a leer estas palabras, me ha embargado la emoción. Es una distancia que sólo conozco demasiado bien, y puedo sentir esa lucha entre dos mundos, dos existencias, dos hogares, ambos míos y, sin embargo, dentro de cada uno siento una carencia, una falta de hogar, un desamparo que se abre paso. En el tren, leyendo de nuevo estas palabras, siento que las lágrimas llenan mis ojos.

Casi 50 años después de la publicación de Border Country es difícil que esa tercera opción esté cerca de hacerse realidad. Mucho de lo que pasa por representación de la vida de la clase trabajadora en la literatura o en las memorias se queda muy corto. Ni siquiera el propio Williams lo consigue. Había pospuesto la lectura de Border Country durante muchos años, en parte porque sabía que la trama pesaría mucho en mis propios viajes emocionales, pero también por miedo a decepcionarme. El ejemplar que poseía, una vieja y maltrecha edición de Hogarth Press, lo había comprado en una librería de segunda mano de Leeds cuando tenía veintipocos años, y había hojeado sus páginas durante años antes de empezar a leerlo por fin. Quizá fue esto lo que al final me produjo tal sensación de rechazo. Tal vez esperaba demasiado del libro, pensando que me narraría literalmente mi propia vida. Los personajes me parecieron planos, la prosa pesada, a pesar de los evidentes momentos de belleza y claridad.

Sin embargo, es la conciencia de la distancia, los viajes entre mundos y lugares, lo que separa su obra de la de muchos de los que han venido después. En los últimos años se han publicado muchas memorias sobre la clase obrera. Hablando con amigos hace unos años, tras el enorme éxito de Para acabar con Eddy Bellegueule, todo el mundo parecía estar buscando al Edouard Louis británico: un nuevo escritor de la clase trabajadora que pudiera dar voz al sentimiento de injusticia de clase que sienten tantos en la Gran Bretaña contemporánea. Sin embargo, para escribir sobre la clase obrera hoy en día es casi imposible pertenecer a ella. Encontrar el tiempo y la salida para poder, en primer lugar, escribir y, a continuación, navegar por el sistema editorial, requiere un nivel de capital cultural que sugiere que uno ya no pertenece a la clase de la que habla. Volvemos, pues, a la novela de evasión.

Cuando se escribe sobre la evasión, desde la distancia, hay dos modos que resultan fáciles. El primero es la idealización del pasado. Las gafas de color de rosa encajan fácilmente, y el mundo que una vez conocimos que se ve a través de ellas es uno lleno del tipo de mundo social inmutable y estático donde todo el mundo sabe el nombre de todo el mundo, donde se puede jugar en la calle y dejar la puerta de casa sin cerrar. El segundo modo, íntimamente relacionado, es la denuncia de la condición de la clase trabajadora actual. Es el “safari de la pobreza”, la letanía de la degradación y la miseria que es el material de tantas memorias y trabajos de reportaje. Aquí vemos cómo el escritor escapó de su destino seguro, huyendo de la delincuencia, las drogas y la pobreza de su juventud hacia las soleadas tierras altas de la clase media. O bien se trata de una polémica contra la condición que empuja a tantos a ese estado, o bien es el relato de la degeneración moral de la propia clase. Sea cual sea la opción elegida, el final es el mismo. Lo fundamental es que el autor ya no está allí, y la distancia que Williams encuentra tan dolorosa y contradictoria queda relegada a un segundo plano, si es que aparece en algún sitio.

Los viajes ocupan un lugar central en los escritos de Williams sobre las clases sociales. No sólo en los viajes en tren de Harry Price hacia y desde el “exilio”, sino también en el hermoso ensayo de Williams “La cultura es algo ordinario”, en un autobús entre Hereford y la casa de su infancia en las Montañas Negras. Williams había estado visitando la catedral de Hereford y su magnífica representación medieval del mundo, el mapamundi, con sus ríos que salen del paraíso, el Arca de Noé y Jerusalén en el centro alrededor del cual se construye el mundo. Describe subir al autobús y ver al conductor y a la conductora “absortos el uno en el otro”. Tal vez se trate de un encuentro romántico, del suave coqueteo y las burlas de la lujuria, pero también podría tratarse de las absortas conversaciones de dos que “han hecho este viaje tantas veces”. No sólo el conductor y la conductora han hecho este viaje muchas veces, dice Williams, “de una forma u otra todos lo hemos hecho”. Es el viaje desde el mundo de la alta cultura (sus catedrales y obras de arte antiguas) a través del campo, pasando por torres normandas, casas de labranza, gente que trabaja la tierra, sus acerías y sus fábricas de gas y casas con terrazas grises y pedregosas. Este es el viaje que cada uno de nosotros hace, repetidamente, todos los días de su vida. Es el viaje entre culturas y mundos vitales. Para Williams, como debería ser para todos nosotros, la cultura no se limita a las altas instituciones. Más bien, “la cultura es algo ordinario”. Cada sociedad, cada comunidad, tiene su propia cultura, su propio modo de vida y formas de significado y comunicación.

Hay una visión vigorizante y democrática en estos viajes a los que nos lleva Williams. En su profunda igualación de la vida y la cultura, puedo empezar a entender mis propios viajes, el viaje que no sólo me ha dado forma, sino con el que sigo luchando: el viaje entre clases.

Tal vez incluso podríamos seguir a Williams y ver el exilio como ese viaje desde casa, desde un mundo social o habitus particular, ya sea desde una región o desde una clase, a otra. ¿Podría yo ser un exiliado? Creo que afirmarlo sería forzar demasiado la situación. Lo cierto es que sentí que me arrancaban de casa, de la comodidad. La otra cara del exilio es que, incluso al regresar, uno nunca está en casa. ¿Cómo podría hablar con mis padres como lo hacía antes? A menudo, nos sentamos en silencio, con la televisión encendida de fondo, comentarios de fútbol o telenovelas a todo volumen. ¿Podré volver alguna vez a casa?

Edward Said define el exilio como una “grieta incurable forzada entre un ser humano y un lugar nativo, entre el yo y su verdadero hogar”. Esta grieta produce una “tristeza esencial” que “nunca puede superarse”. Cómo afrontar esa tristeza es una cuestión espinosa. Todos hemos perdido algo, todos, cada uno de nosotros, hacemos viajes cada día, ya sea por elección propia o no. Para algunos, ese viaje es forzado; el tiempo, el envejecimiento, es uno de esos viajes. Nada vuelve a ser como cuando uno era niño, el pan ya no es tan dulce, el sabor de la gaseosa se vuelve menos satisfactorio con el paso de los años. Para otros es una elección, queremos alejarnos, crear algo nuevo, convertirnos en algo diferente. Sin embargo, en su lugar es fácil encontrar una nostalgia optimista por los días dorados perdidos, todos los anuncios de Hovis y el deseo de Make Britain Great Again, cada uno de los cuales intenta llenar un hueco dejado por la tristeza del exilio. Ciertamente siento la atracción por esto. Al escribir, intento, quizás con desesperación, alejarme o hacer balance de este deseo, de esta nostalgia. Tal vez sea imposible, tal vez este agujero esté siempre ahí, ardiendo en mi interior. ¿Cómo puede uno crear un hogar?

Para otros, sin embargo, esta tristeza puede convertirse fácilmente en política. El luto se convierte en melancolía, y así cuaja en resentimiento. No es sólo un hogar del que todos, inevitablemente, nos alejamos. A veces esa división se convierte en un abismo insalvable. La división se convierte en un desgarro, en un inmenso abismo que divide familias, que divide naciones.

Si algo hemos aprendido en Gran Bretaña durante la última década es que la visión que tantas veces se nos ha vendido de un país como una comunidad armoniosa, una gran familia feliz con sus políticos como figuras paternas y el pueblo como sus hijos necesitados, ha sido una mentira. Como todas las familias, Gran Bretaña está fracturada y dividida, llena de agravios mezquinos y preocupaciones legítimas, tíos odiados y padres pasivos. Y esto siempre ha sido así. Durante la década de 1990 era fácil ignorar estas desavenencias. Sin embargo, la crisis financiera de 2008, y las muchas convulsiones que la siguieron, han dejado la grieta como una herida abierta. Mientras algunos miembros de la familia pasan sus días en relativa prosperidad y comodidad, otros han sido arrojados al desguace de la historia. Y es este último grupo el que tan a menudo ha sido ignorado, olvidado. ¿Cómo hemos llegado a esta situación? ¿Cómo se ha convertido Gran Bretaña en un país tan ajeno, dividido en dos bandos opuestos que apenas se hablan?

Mientras me siento en el andén, recuerdo que la estación fue en su día una estructura bastante grandiosa. Se pueden ver fragmentos de la arquitectura victoriana, ruinas de la antigua grandeza que asoman ocasionalmente en algunos de los muchos andenes abandonados y sin uso. La mayor parte de la estación que se utiliza hoy lleva el sello del típico programa de reconstrucción de posguerra, el revestimiento y la construcción barata que resultarán familiares a los viajeros de todo el país. Para mí, sin embargo, no es más que una estación de paso, literalmente, y su opulencia decadente un símbolo del estado de la nación fuera de Londres.



[1] Las expresiones “Little England”, “Little Englander” y “Little Englandism” suelen utilizarse para describir las posiciones chovinistas y nacionalistas en el Reino Unido, favorables al Brexit, creyentes en la superioridad de la nación inglesa y reacias a todo tipo de apertura y contacto con el exterior, condensado a menudo en posiciones antiglobalistas.

 

John Merrick es un escritor y editor de Verso Books ubicado en Londres. Twitter: @johnpmerrick

Fuente:

Softpunk, 06/12/2021 https://www.softpunkmag.com/essay/the-language-of-your-fathers

La guerra es el peor negocio excepto para los asesinos

Por Francisco Louça

¿Alguna vez se ha preguntado si algún gobierno en el mundo podría atacar impunemente a otro país y en dos meses asesinar a casi 20.000 personas, la mayoría niños y mujeres, liquidar a más de un centenar de empleados de la ONU y expulsar a sus representantes, atacar a periodistas y arrestar médicos, destruir hospitales y escuelas?… si ya se ha hecho esta pregunta es porque sabe la respuesta. Sólo Netanyahu tiene derecho a liderar una coalición racista para exterminar sistemáticamente a un pueblo, obteniendo financiación y armamento de los gobiernos más poderosos, empezando por la Casa Blanca. La guerra se ha convertido en su instrumento de exterminio y la espiral de destrucción continúa incesantemente. El terrorismo tiene un faro en el mundo hoy: es Netanyahu.

Saramago escribió, mucho antes de esta orgía de muerte, que “un día se hará la historia del sufrimiento del pueblo palestino y será un monumento a la indignidad y la cobardía de los pueblos”. Quizás no podría haber imaginado los abismos de indignidad que estamos presenciando ahora.

Las dos victorias de Netanyahu

El Gobierno de Tel Aviv logró dos victorias importantes. La primera, que atrae la atención de los productores de tecnología militar, es la experimentación de nuevos instrumentos de destrucción. El más destacado es el sistema de inteligencia artificial perversamente llamado “Habsora” o “Evangelio”, que selecciona objetivos para los bombardeos.

Incremento del gasto público por sector (2013-2023)

Según un estudio de Associated Press, durante la guerra de 2014, que duró 51 días, se alcanzaron 6.000 objetivos, provocando el 89% de las muertes de civiles, incluidas 20 familias, que perdieron a más de 10 miembros. Ahora, sólo en el primer mes de combates, 15.000 objetivos fueron destruidos y, según la ONU, alrededor de una quinta parte de las víctimas pertenecen a 312 familias, que perdieron a más de 10 de sus miembros. Pero la determinación de esta mortalidad genera cierta vacilación entre los militares ocupantes, que saben mejor que nadie que están cometiendo crímenes de guerra y matando según un criterio xenófobo: el palestino debe morir. Por tanto, transferir la decisión a una máquina elimina la agencia humana, despersonaliza el misil y permite que la violencia de la ofensiva se multiplique. Netanyahu está utilizando lo que podría ser una de las principales armas del futuro, y los mercaderes de la guerra están encantados con la innovación.

La segunda victoria, quizás a medias, es la sumisión de algunos gobiernos occidentales a la invocación de un “derecho a la defensa” que proclama la legalidad del genocidio y culpa a cualquiera que se oponga a él de promover un “discurso de odio”. Una profesora de derecho de la Universidad de Chicago, Genevieve Lakier, denunció esta lógica como macartista. El caso más famoso de este mecanismo de censura fue la prohibición de la escritora Adania Shibli en la Feria de Frankfurt o la prohibición de manifestaciones propalestinas en Francia. Sin embargo, lo cierto es que en Francia se impusieron las manifestaciones y que la cultura palestina es más escuchada, como muestra de resistencia a la atrocidad. Lo que esto pone de relieve es cómo el conflicto también se produce en la opinión pública.

Después de la violencia del ataque de Hamás del 7 de octubre, que mató a unos 840 civiles y 350 soldados, condujo a la captura de 240 rehenes y, según Médicos por los Derechos Humanos de Israel, a crímenes sexuales, no asistimos a una venganza, ni mucho menos a la defensa de Israel.  Estamos ante la banalización del terror, al aplastamiento literal de un país en nombre de un objetivo imposible, ya que ninguna paz de cementerios resolverá el conflicto en Oriente Medio, ni tampoco es la intención de Netanyahu, que quiere la guerra como forma de supervivencia ante su juicio por corrupción y como cemento del Gobierno que elige la muerte como bandera.

Y mientras tanto el negocio de la muerte

La guerra en Gaza, la guerra en Ucrania, la ampliación de la OTAN, las tensiones en el Mar Meridional de China: este es el paraíso para la venta de armas. Pero ni siquiera esto explica por qué la inversión en armas supera hoy a la de la Guerra Fría, cuando la confrontación planetaria era una amenaza. La razón es otra: se trata de un espléndido negocio, protegido por una pantalla de silencio y complicidades, visible en los países europeos de la OTAN, que en diez años aumentaron el gasto militar de 145 mil millones a 215 mil millones de euros, triplicando las importaciones de armas (la mitad de EEUU).

Ahora bien, este buen negocio es una mala elección para los europeos. Un estudio publicado estas últimas semanas por un equipo de las universidades de Florencia, Milán y Newcastle, liderado por Mario Pianta, “Arming Europe”, indica que entre 2013-2023 el producto real de la Unión aumentó un 12%, el empleo un 9% y el gasto en armas el 46% (ver el gráfico para detalles de algunos países). El problema es que las armas destruyen y no crean: en el caso de Italia, estos académicos estiman el efecto sobre el producto de 1 euro de gasto militares de 0,7 euros, mientras que 1 euro en salud, educación y medio ambiente genera una variación de 1,9 euros. Para vivir mejor es mejor invertir en la vida que en la muerte.

Francisco Louça. Profesor universitario. Activista del Bloque de Izquierda de Portugal.

Texto original: https://www.esquerda.net/opiniao/guerra-e-o-pior-negocio-exceto-para-assassinos/88944

Traducción: Enrique García

Fuente: https://sinpermiso.info/textos/la-guerra-es-el-peor-negocio-excepto-para-los-asesinos