to vulgarize an falsifie until a bare lie shines.
W.S. Burroughs.
MADURO, ESCUCHA…
La “Marcha Campesina Admirable” caminó 21 días desde lo profundo de Venezuela hasta Caracas. Era para muchos chavistas un bálsamo para el ego; demostraría que el chavismo era más que la barra brava o la torcida de uno de los gobiernos más brutales y despóticos de la historia nacional sino que también era lucha y poder popular. De hecho se suponía que la marcha demostrara que las dos cosas eran ciertas, que el chavismo es leal pero luchador, rebelde pero obediente.
La marcha coincidió con la movilización de las enfermeras y de los trabajadores de Ferrominera, con las innumerables luchas cotidianas para tener agua corriente gas o electricidad. Sus reivindicaciones eran justas y, significativamente, ninguna era contra el latifundio y la agroindustria sino contra el mismo gobierno que desde los tiempos de Chávez había contemplado indiferente el asesinato de dirigentes campesinos. Para Chávez siempre hubo algo más importante de que hablar, más importante que la muerte de su propia gente.
Aunque tenían todo el derecho a la misma ira de las enfermeras o los obreros de ferrominera, de la gente que meses después duraría días alzada en Catia, Petare y Cotiza (o los Pemones que Guaidó sacrificó en Santa Elena) resultó que la admirable marcha era, finalmente, chavista y por tanto incapaz por definición de luchar contra aquello que la oprime: “Maduro Escucha, esta es también tu lucha” fue el gritito patético, destemplado, que soltaron ante las filas de la Guardia Nacional. En los días siguientes serán desmovilizados de la manera usual: ofreciendo reuniones con los dirigentes, recibiendo saludos vacíos y dejados finalmente en la misma espera indefinida, espera de perro abandonado, que es la vida de todos los chavistas.
Si hizo falta la masacre de Ezeiza y la Triple A, la bala y la tortura, para acabar con el peronismo de izquierda, para desbandar al chavismo “popular” basta con promesas y alguna reunión.
Desde el Este de Caracas y Ciudad Tiuna, el fortín de la burocracia, bien protegidos contra la crisis, los chavistas originarios -la clientela política de Juan Barreto- y los Chavistas Bravíos -la clientela politica de Elías Jaua- jugaron luego a victimizar a los participantes de la marcha campesina agitando el fantoche de un supuesto “chavismo popular” al mismo tiempo que defendían la legitimidad del gobierno que ese pueblo tiene años combatiendo.
El reto, para los que hablaban de Chavismo popular, era hacer del chavismo un ideal más que una forma concreta de gobernar -para que nunca pudiera ser cuestionado- algo que flota más allá de sus miserias, legitimarlo en la misma gente a la que oprimía. Pero los motorizados, los precarios, los trabajadores ya no sirven para eso: o combaten al chavismo o huyen de él. La clave estaba, obviamente, en “la comuna” pero la vida aburrida de los comuneros de las ciudades, repartida entre el trabajo impago y la rutina burocrática no era lo suficientemente encantadora.
Hacía falta algo más, algo afín a la perspectiva turística que, desde la Revolución Cubana, le da forma al izquierdismo: ver las cosas desde lejos, conocerlas en una visita guiada, ilusionarse con lo pintoresco, hacer de la vida ajena un mural viviente en el que el militante, conmovido, pudiera contemplar la justicia de su causa mientras toma fotos y compra souvenirs.
Ese lugar idílico ya había sido encontrado en El Maizal, estado Lara, y, desde 2017, estaba haciendo su trabajo de convencer a los confundidos de la conveniencia de “amar el poder y “desear aquello mismo que nos domina y explota”, como una hermosa y dulce mujer que fuera el argumento a favor del marido que le fractura la mandíbula.
La gente del Maizal hace perfectamente bien el papel de mujer maltratada que apoya hasta la muerte al marido maltratador: soporta pasivamente todo tipo de abusos pero sigue siendo chavista, hace críticas pero obedece y en eso se convirtió en un ejemplo no solo de los pobres que seguían el guión asignado por los funcionarios de clase media sino de como dentro de las izquierdas lo disidente y lo subalterno son incapaces de crear alternativa, solo de reproducir el aparato.
Y mientras el chavismo funcionarial, acomodado, asegura que atacar al chavismo es negar la capacidad de lucha de gente como la del Maizal es en realidad la identidad chavista misma, y más allá, el fetichismo izquierdista con el aparato, la dirigencia y el estado el que les quita la capacidad de luchar al imponer la ley de la lealtad, es decir, de la obediencia y reducirlas a lo que los atocinados y tetoncitos teóricos del chavismo han llamado “interpelación”: comunidades como la del Maizal no solo no pueden protestar, desobedecer, acusar o rebelarse, solo solicitar una y otra vez que las escuchen, apelar a la buena voluntad de la dirigencia porque, por definición, están volcadas en su propio microcosmos, sin cuestionar nunca la obediencia y la lealtad a la que están sometidos.
EL QUE PARTE Y REPARTE…
En una tradición o linaje en que entran el peronismo y el castrismo la llamada comuna chavista es simplemente una asociación vecinal (mal) integrada al aparato de estado. Y de ese aparato recibe dinero o bienes pero también órdenes: la materialidad de su vida está consumida por una relación clientelar con el estado y la ejecución interminable, del dia a la noche, de tareas de todo tipo: desde ser relleno en movilizaciones a las que ya nadie quiere ir hasta hacer el trabajo de distribuir los alimentos del CLAP.
La “comuna” más que política es policía, es decir, un reparto una administración que nunca es discutida ni cuestionada. Los ingenuos que se alegraban con la noción de democracia participativa nunca se preguntaron quién era el que asignaba las partes de esa participación a cada quien. El castrismo fue quien llevó más lejos esta tecnología de poder en que se busca que la gente invierta grandes cantidades de tiempo, esfuerzo y afecto en tareas irrelevantes como elegir un diputado a una Asamblea Nacional que no decide nada.
Si la idea en Cuba es crear una ilusión de libertad en el sistema monopartidista, en Venezuela es desconectar al chavismo de base no solo de los grandes problemas nacionales sino del gobierno de la ciudad y los territorios. Por eso el consejo local de planificación fue eliminado: aunque modesta era una instancia autónoma con algún poder sobre el presupuesto, sobre la circulación de dinero público. Es fácil ver que estos consejos no solo habrían podido dar problemas a los corruptos alcaldes y concejales sino que, en ciertas circunstancias, hubieran podido coordinarse entre si y con otras instancias para tener algún impacto en el gobierno de la ciudad.
Así, fueron reemplazados por el Consejo Comunal y la Comuna, instancias sin poder o autoridad que están cerradas a la ciudad, subordinadas primero al absurdo “Ministerio de las Comunas” y ahora al partido y las autoridades municipales, un espacio donde, de entrada, las posibilidades de juego político son muy limitadas si no nulas. Más que a un soviet o incluso a una comuna estilo chino, el consejo comunal recuerda a esa consigna del Caudillo Franco de que la verdadera participación es el trabajo: un Consejo Comunal es, en esencia, burocracia vecinal, una administración pública sumergida que gestiona la pobreza y la precariedad de los servicios públicos. Y por todo ese trabajo, sobre todo femenino, no cobran nada.
Pero las comunas “visibilizan” a millones de personas que no eran tomadas en cuenta por la clase política que gobernó hasta 1998 y de las que, hasta hoy, la mayoría de los antichavistas no tiene nada bueno que decir. Fue precisamente esa exclusión la que el chavismo aprovechó visibilizando cuando y donde quería, como los noticieros de televisión, a aquellos que no eran visibles sino en la crónica roja. Todas las banalidades de Paulo Freire quedan a plena vista: los pobres fueron finalmente incluidos pero en un aparato clientelar y solo para obedecer.
Todo el proyecto salió diseñado desde Miraflores y no tenía relación alguna con ninguna organización popular existente o con los consejos locales de planificación que la constitución establecía. Tampoco hubo debate alguno sobre formas organizativas por la sencilla razón de que el chavismo ni tiene espacios donde hacer tal debate ni la organización en general es debatida: la militancia chavista es administrativa, rutinaria, sucesión interminable de tareas y consignas decididas por la dirigencia.
De la misma forma que Chávez diseñó los consejos comunales Maduro diseño los CLAP en los que el “comunero” ya no es más que parte de una empresa logística para distribuir alimentos y el cuerpo que rellena una calle cuando un dirigente corrupto quiere hablar. Si en el periodo de Chávez el comunero podía hacerse la ilusión de gobernar su ínsula Barataria en el de Maduro se le ha dejado claro que es el empleado impago de un mediocre supermercado gubernamental.
Desde que fue creada la comuna los idiotas del chavismo de clase media pasan su vida hablando de comuna, comunero, comunito, comunalizar, etc. precisamente porque, como el soviet -y el mismo comunismo- la idea fue vaciada de una manera tan eficaz que, como decía el viejo Burroughs solo la mentira desnuda brilla. Sería mucho favor decir que la comuna chavista tiene con los soviets la misma relación que una piel de tigre tiene con un tigre, en realidad es la misma que la piel del tigre tiene con el animal print.
La mayoría de los consejos comunales y comunas sólo fueron efectivos para proyectos que mejoraran el medio ambiente y la infraestructura. También para hacer trabajo social con los casos más desesperados de enfermedad y miseria en un país que no tiene una seguridad social real, pero fueron muy deficientes a la hora de producir nada.
El fetichismo con El Maizal, inicia en que ahí sí hay producción agrícola. Incluso se podría decir que El Maizal es un espacio con una beligerancia que usualmente no tienen las comunas chavistas pues ha tenido que enfrentar todas las extorsiones y violencias que enfrenta la producción agrícola así como la violencia criminal de los gobiernos municipales. Pero fue esa excepción lo que, tristemente, terminó ratificando como regla: aunque han puesto presos a algunos de sus miembros, aunque les robaron su victoria en las elecciones municipales, pese a los múltiples y continuos atropellos el Maizal sigue y seguirá siendo chavista y leal al gobierno en unos términos que para la mayoría descreída son risibles:
A pesar de que nuestro máximo comandante en jefe Hugo Chávez en vida dio instrucciones de forma personalizada, clara, precisa y pública, algunos representantes de cargos de poder al que llegaron mediante la tarjeta electoral del chavismo, insisten en contradecir las órdenes recibidas y burlarse del legado del gigante arañero.
Los abusos e injusticias que los miembros de la Comuna el Maizal recibe del chavismo realmente existente sirven para justificar un chavismo ilusorio -”chavismo popular”- que legitima en la medida en que se queja pero permanece leal. Si el chavismo en sí es una de las ilusiones fundamentales de la izquierda en nuestros días el chavismo popular y la comuna son las ilusiones del funcionariado oportunista que no se decide a romper con Maduro y oponerse a él para no quedar desempleado.
El Maizal ha servido a ese propósito: recibe un continuo flujo de invitados y turistas internacionales, fascinó a los burócratas de la Fundación Rosa Luxemburgo y ha hecho fantasear con cultivar la tierra a gente tan obesa que no puede verse los pies. Y aunque recientemente cayó en una situación desafortunada parece ser la prueba para los que creen que se pueden combatir los errores del gobierno siéndole leal y obedeciendo sin necesidad de pasarse a la disidencia, como Marea Socialista.
EL MÉTODO
Allá en el siglo XIX la comuna era ni más ni menos que un modo de deconstruir el estado, Engels decía claramente que no podía considerarse un estado a la comuna de París: Más cercana del municipalismo de Bookchin y tal vez de Kobane que de los CDR y las comunas agrícolas chinas, abarcaba la ciudad en su conjunto y era más que un dulce fenómeno asambleísta.
La comuna del chavismo es otra cosa, no tanto falsa sino falseada un ejemplo más de las tantas formas de organización jerárquica, sin autonomía, en las que es imposible distinguir al corporativismo militar del estalinismo y al peronismo del castrismo, el problema no es solo que las comunas chavistas estén subordinadas al estado mediante el clientelismo y la obediencia, es el principio de fragmentar la ciudad en ínfimos “teatros” que corresponden a los cubículos de una oficina virtual. No importa cuántos cubículos se integren el poder lo sigue teniendo el poder ejecutivo sea municipal, estatal o nacional.
Esto es importante: porque los fenómenos moleculares, micropolíticos, de los que se habla desde hace décadas no se dan en los pequeños espacios locales sino en los grandes movimientos y redes: conciertos, batallas, manifestaciones, ciudades están llenos de fuerzas moleculares, del “devenir revolucionario de la gente” que Deleuze oponía al “futuro de la revolución” gestionado por los aparatos de captura de la izquierda.
Los pequeños espacios, por el contrario, son el mejor lugar para que se reproduzca lo mayoritario, lo molar, a través de ellos la gente se conecta con los aparatos sobre los que no tiene poder. Por eso es que todas las organizaciones jerárquicas están divididas en células que no se comunican entre sí sino con su dirección. Y si ese puede ser un buen principio para una fuerza militar, para los bomberos o una organización clandestina si se hace de él un modelo general de toda organización el resultado es tan totalitario como podría esperarse.
Por demás no se puede sacar legitimidad siempre de ser el mal menor. Por eso hacen falta todas las fantasías comunitaristas, participativas, pintoresquistas, que hacen pensar que, allá en otro lugar, se está construyendo un mundo mejor que justifica todo lo malo que es necesario hacer (como destruir el sur de Venezuela mediante la minería o asesinar a golpes a los prisioneros políticos o encarcelar dirigentes sindicales).
Las comunas chavistas son ese lado bueno que justifica todo lo malo para los izquierdistas venezolanos y extranjeros y Venezuela en si es esa islita valiente tal y como lo fue Cuba por décadas: la pantalla en que se proyectan las fantasías de una izquierda universitaria y de clase media. El Más allá, la Tierra sin Mal que justifica todos los sacrificios que, en la práctica, padecen los habitantes de la islita valiente. Los cubanos, como es sabido, son maestros en esa arte que hace de la gente que no come carne la justificación de los que la comen en demasía.
Estas fantasías son necesarias para el ecosistema y la cultura de izquierdas. Por eso los chavistas “bravíos” o “disidentes” que cobran hasta por respirar tienen el cinismo, de legitimar el chavismo en nombre de las viejitas del consejo comunal que trabajan de gratis o de los dirigentes campesinos asesinados. La misma indiferencia de los abogados del chavismo popular tanto al diseño del aparato del que son parte las comunas como a las condiciones materiales de vida de los comuneros devela de qué trata esta última y definitiva demagogia: Uno nunca los verá a protestar por el trabajo impago, sumisión a los caprichos e incompetencia de la burocracia o la precariedad en que tienen que trabajar esos comuneros que usan como excusa para sus fantasías.
Los antichavistas creen que existe un plan bolchevique maligno contra la democracia representativa, en realidad no existe un plan sino un método que se usó primero tanto contra el soviet como contra la Asamblea Constituyente. La “comuna” chavista es lo que queda luego de aplicar ese método de falsificación, destrucción y vaciamiento que, improvisado en 1918, terminó por convertirse en estándar.
Incluso los gobiernos más autoritarios -especialmente ellos- pueden justificarse en la democracia directa o el asambleísmo no solo porque son ideales para el ilusionismo político sino por su alcance limitado, su lentitud y propensión a la teatralización de la lucha política.
La gente siempre hará asambleas y concilios, el problema es si estas entran como piezas en un orden pre-definido, como usuarios sin privilegio de administrador o como una forma de hacking en ese orden. De poco sirve la más “popular” de las asambleas si no puede cuestionar el orden al que está subordinada o si no puede ejercer poder sobre algo más que sí misma: en cierto nivel nombrar autoridades, elegir comisiones y asignar tareas se convierte en un rito vacío o un simple juego.
Democracia no es un ideal moral o una forma definida de organización que podamos imitar: es el poder que se ejerce desde todos lados, vigilar al vigilante, gobernar al gobernante: El sindicato no era importante porque reuniera a los obreros en bonitas asambleas sino porque ejercía poder sobre los patrones. Si, por ejemplo, los Chalecos Amarillos en Francia tienen algún poder o influencia no es por la simple forma asamblearia sino por su capacidad de “actuar sobre las acciones de otros” incluido el gobierno francés, lo mismo puede decirse de cualquier movimiento político importante sea el Solidaridad Polaco, la Intifada o la lucha contra el apartheid.
La democracia no es una mera toma de poder, aunque no la excluye, es cambiar la relación con el estado, cosa que “olvida” frecuentemente la izquierda obsesionada con capturar el estado o capturar a los demás usando al estado. El problema es ejercer poder y crear autoridad eso es imposible si, de antemano, se acepta sin cuestionamiento un poder y una autoridad que está más allá de nuestro alcance.
Por eso el chavismo “crítico” que está reciclando los mismos corruptos de siempre como “disidencia” rara vez mencionó la lucha insumisa, realmente bravía, de las enfermeras y los obreros de Ferrominera o las rebeliones en Petare, Catia y Cotiza: ellos no estaban pidiendo al amo que se uniera a la lucha, estaban luchando contra él y por eso es que pese a que el sindicato es una estructura burocrática y vetusta, en buena medida anacrónica, en las condiciones de Venezuela, donde la precariedad es extrema y el gobierno ha tratado de eliminar la libertad sindical gremios y sindicatos terminaron por ser mucho más radicales que cualquier “comuna” simplemente por oponerse a la normalización de la miseria a la que las comunas contribuyen como parte del sistema CLAP: reclamar el derecho de comprar la comida en un supermercado como se hace en cualquier otro país con un salario mínimamente digno acabó por ser más radical que todas las utopías pintorescas de todas las misiones y comunas juntas.
Así, es la misma identidad y la organización chavistas la que les quita a los chavistas la capacidad de luchar: el chavismo consiste en una producción casi autopoiética de obediencia, de una lealtad que, como las ilusiones, es una cadena intangible. Chavismo es deuda y amor, lealtad e ilusión, “rebelión” contra una serie de enemigos malignos (burguesía, oligarquía, imperialismo) cuya condición es la obediencia primero al caudillo y luego a la oligarquía cívico-militar. Por eso la única manera de que existiera una disidencia chavista fue oponerse a los sucesores de Chávez en nombre del mismo Chávez, es decir, desplazando la obediencia a un muerto idealizado que ya no puede dar más órdenes.
“Poder Popular”, no era él de Catia, Petare Cotiza y Santa Elena alzados contra el chavismo? no fue el que Guaidó vino a desmovilizar calculadamente con su plan? en Venezuela todos sabemos que las masacres del FAES -y antes de la OLPH- no son solo parte de la forma de mantener a raya a las bandas armadas sino para aterrorizar a unos barrios que hace mucho no son chavistas ni tienen interés en ser parte de ninguna “comuna”.
Caminando hasta Ecuador, recibiendo plomo por protestar por el agua o el gas, batallando día a día contra la precariedad y la miseria, burlándose de las versiones oficiales, insultando a Maduro cada vez que se les va la luz, enterrando a sus muertos y extrañando a los que se fueron están los venezolanos que nunca aceptaron estar en el mural viviente del chavismo.
Ninguno de ellos sería capaz de gritar Maduro Escucha, esta es también tu lucha. No solo sería ridículo sino que su grito es diferente.
Dedicado a Rubén González y Rodney Alvarez. Y a mi madre, que trabaja en un consejo comunal.






