Max Horkheimer to Henryk Grossmann, New York [Excerpt From a letter]1
[Pacific Palisades, 20.1.1943]
El interés que persigo aquí es muy claro, a saber, el intento de lograr una verdadera explicación y concreción de la teoría de clases de la que no tengo que decirle que de ninguna manera se encuentra acabada. En realidad, se trata de la dialéctica de la legit[imidad], con todo lo que ella significa para las relaciones de propiedad. Explicar en qué medida la clase fue desde siempre una personificación de los rackets* no significa otra cosa que aportar las pruebas de que en esta sociedad la universalidad del derecho desaparece cada vez más bajo la inmediatez de la dominación, de la que dicha universalidad había funcionado desde siempre como su racionalización. Esta convicción extiende finalmente la crítica de la efectividad real del intercambio libre y justo a todo ese ámbito que la ciencia burguesa denomina sociología, o sea, a todas las formas sociales bajo las cuales los seres humanos tienen que vivir. Hasta dónde se puede llevar concretamente dicha convicción es algo que no me atrevo a anticipar, pero creo que merece ser considerado de modo preciso. Una cuestión como, por ejemplo, la de la “influencia de los rackets” en las viejas instituciones de la democracia europea, es frente a ella secundaria, puesto que los rackets no deben aparecer como un poder más allá del sistema sino como la forma realmente determinante de la dominación de clase misma. Solo en el sentido de esta consideración he entendido lo que usted denominó inicialmente la investigación de lo particular, pero no como una reflexión empírico-sociológica de cómo, por ejemplo, los poderes ilegales podrían “influir” en los legales. En aquel tiempo entendí que usted quería explicar cómo el concepto de acumulación originaria no se refiere acaso únicamente a un período temprano sino a cada una de las fases de la economía burguesa. El sujeto de esta acumulación originaria eran los grupos dentro de las clases que, según el modelo de los rackets, luchaban entre sí por la plusvalía extraí- da, tal como se manifiesta en el enfrentamiento de cada uno de los grupos dominantes, así como en muchas guerras de la historia mundial.
Me había parecido especialmente prometedor un análisis semejante de la acumulación originaria, tanto más cuanto en él probablemente se habría mostrado que, a pesar de toda legalidad, estos mismos grupos formados según el modelo de los rackets, que son determinantes en el reparto de la plusvalía, también influyen en su extracción, en la producción. Pero con ello se habría puesto el fundamento para un establecimiento de la unidad de producción y distribución, subrayada con razón de forma repetida: mientras que la producción determina la distribución, al mismo tiempo aquella es influenciada por esta. ¿No tenemos que percibir detrás de las formas que obstaculizan la producción de una determinada sociedad a partir de un momento histórico, a esas agrupaciones que se forman en la lucha por el reparto del botín? No ignoro ni por un instante que al principio los grupos son determinados por los requisitos materiales de la producción en un modo de producción dado; los sectores I y II 2, así como las secciones dentro de cada sector, constituyen en su forma objetiva el esbozo para las así llamadas funciones sociológicas. Pero, por otro lado, los tecnócratas, con todas sus limitaciones, han enfatiza- do una cosa con razón, que en la sociedad de clases la forma del valor de uso no puede ser efectiva racionalmente en ningún ámbito. Si se busca el fundamento para esta restricción, que se expresa directamente en los valores de cambio, en las relaciones de propiedad, entonces hay que ocuparse de su dinámica en la que, creo, el concepto de los rackets juega un papel decisivo. Tan correcto es deducir el concepto de clase, y todo lo que está relacionado con él, en una época determinada de la estructura técnica de la producción en esa época, como resulta insuficiente una conceptualización semejante si no concede a la clase condicionada de esta manera ninguna tendencia propia inscrita en su esencia específica. De otro modo, la teoría se vería ante la tarea imposible de tener que deducir de la forma inequívoca y concluyente las diferenciaciones y luchas dentro de la clase a partir la forma objetiva de la producción, lo que, en mi opinión, sería una tarea imposible y mal planteada. La suposición ingenua de la licitud lógica de una forma tan lineal y deductiva de la teoría, que se completa normalmente a través de la introducción ingenua desde fuera de circunstancias no deducibles, es decir, como hechos ateóricos, pertenece a aquellas suposiciones que todavía tenemos que superar. En Nueva York creí que usted habría entendido mis reflexiones sobre la teoría de clases como un paso en esta dirección y que quería potenciarlas a través de sus reflexiones sobre la acumulación originaria. Me entristece haberme equivocado en eso.
Su manuscrito sobre el concepto de desarrollo 3 contiene algún que otro detalle histórico de cuya comunicación le estoy agradecido. El planteamiento del problema puede parecer sugestivo y productivo, especialmente en este país. Creo, y le deseo, que el estudio será valorado como una aportación histórica valiosa. Mi objeción, sin duda bastante más seria, consiste en el fondo en que allí donde no se trata de su configuración sumamente detallada de las diferentes teorías económicas sino de las cuestiones que normalmente reciben el título de interpretación de la historia materialista, usted cae víctima de un primitivismo que convierte a Marx en un “científico social” hasta que realmente no se diferencia en absoluto del positivismo progresista, de los empiristas estrechos de miras. Para mí es simplemente imposible entender de cualquier otra forma diferente la reverencia ante Jones 4 a costa de Hegel. Tan solo que usted sea capaz de hablar de “sociologización”5 de la economía sin estremecerse de horror, si no ya ante la palabra, por lo menos ante la compañía a la que se asocia, y que usted mismo incluso cita, es para mí incomprensible. Usted sabe mejor que yo que los críticos de la economía política han mirado con desprecio a la obra de los fundadores de la sociología como el intento absolutamente impotente de una síntesis científica que no se podría poner al lado de Hegel; en esto Comte y Spencer tenían por lo menos otro calibre que Sombart 6 y Troeltsch. Una síntesis es lo que parece importarle también a usted mismo y es capaz de realizarla verdaderamente después de una nítida distinción de los méritos que hay que poner en la cuenta personal de Marx, quien por lo demás resulta de la unión de Saint-Simon, de Sismondi, de Jones, además naturalmente de la economía política clásica y de una dosis sospechosa de Hegel, de forma parecida a como se incluye a los filósofos en los libros de texto tradicionales. Creo que este punto de vista propio de la historia del pensamiento, que hace de Marx un eslabón en la larga cadena de economistas cada vez mejores, con o sin “sociologización”, sigue resultando poco adecuado al nivel al que él ha elevado la teoría, aun cuando en aquella carta a Weydemeyer 7 señalara una vez de modo ocasional los nuevos puntos de su doctrina en oposición a los heredados. ¿Qué cree usted que hubiera dicho él del empeño bienintencionado de ver su principal contribución en la“sociologización” e “historización” 8, cuando en realidad por todas partes es lo más antisociológica posible: insistir en la pregunta “¿quién tuvo un pensamiento en primer lugar?” o “¿qué novedad muestra esta investigación?”, o sea, el problema de la prioridad que usted, por lo que se refiere al “evolucionismo”, resuelve en perjuicio de Hegel, se dejaría aplicar evidentemente en una forma tan vergonzosa también a Marx. Basta con desmontar un razonamiento teórico solo el tiempo suficiente para descubrir que cada elemento aparece ya en algún otro sitio diferente. Yo mismo en su lugar en todo caso no me habría detenido en Saint-Simon y Condorcet sino que, por lo menos, habría retrocedido hasta el apreciado Vico 9, que por lo menos ha llevado hasta una claridad notable no sólo el concepto de desarrollo en la historia sino también el papel que juega la relación de clases en el proceso histórico, y difícilmente habría confundido los “directores técnicos y comerciales de la industria” 10 con los proletarios, como St. Simon. Ya sólo el principio de Vico en el que caracteriza “el desarrollo de las cosas humanas”: “primero fueron los bosques, luego las cabañas, luego las ciudades y, por último, las academias” 11, sugiere una idea más profunda del entrelazamiento de los momentos económico, social e ideológico a como puede encontrarse por ejemplo en Condorcet, sin mencionar las grandes intuiciones sobre la historicidad de la sociedad que Vico ha inaugurado a pesar de su aferrarse a la vieja doctrina de los ciclos y a pesar de su popularidad entre los estudiantes de sociología. Le suplico, por lo me- nos, cambiar o borrar la frase sobre el “punto fundamental en el cual Marx se une con Sismondi y Jones contra Hegel, un punto que no debe ser ignorado al adscribir influencia hegeliana a la ‘historización’ de la economía”12, una frase que, de hecho, por desgracia es más adecuada al espíritu de su estudio de lo que me gustaría reconocer. Aquí usted hace una concesión completamente indigna por su parte al aparato oficial de la historia de las ideas, que hace décadas hizo desaparecer lo“fundamental” en un ciego cálculo de la superficie.
Es completamente superfluo, y una aberración dentro del terreno de los des- cubrimientos de la ciencia natural, buscar nuevos “elementos” en la filosofía de la historia burguesa. Si las teorías sobre la plusvalía, en el contexto de una considera- ción teórica objetiva, conceden a Jones y Sismondi que estos, a diferencia del resto de los economistas, destacan “la determinación de la forma social del capital como lo esencial”13 y atribuyen las diferencias entre el modo de producción capitalista y otros a esta determinación, de ello no se debería hacer una línea divisoria de la his- toria de la filosofía de la historia. El intento que usted emprende en esta dirección me podría inducir casi a la tesis contraria: es sorprendente cómo, en realidad, los filósofos de la sociedad burgueses desde Aristóteles, el cual era un auténtico bur- gués si no se entiende al burgués de una forma tozudamente economicista, han dicho lo mismo una y otra vez, y precisamente la doctrina del desarrollo y del progreso continuo pertenece a las verdaderas invariantes burguesas, a las ideologías que deberíamos examinar de cerca y no saludar con fanfarrias como fases previas hacia la verdad finalmente conquistada. Si usted hubiera estudiado mis trabajos de los últimos años con una mirada a estas cosas, tal vez habría dudado de su creencia en un progreso ininterrumpido en la historia de las ideas. De acuerdo con la defensa de un pensamiento dinámico en general, su texto parece presuponer un concepto de Ilustración, el cual trae a la memoria las fórmulas del Romanticismo contra el pensamiento sin conciencia histórica del siglo dieciocho y su supuesto “racionalismo”. Todo ilustrado respetable, sobre todo Helvetius, sabía exactamente que lo negativo en la historia no es un asunto de mero error sino de relaciones reales, y la filosofía académica alemana en realidad no ha atacado al así llamado racionalismo de la Ilustración porque carecía de profundidad histórica, sino porque los alemanes sintieron en la posición de la Ilustración hacia la historia un elemento de resistencia que creían poder vencer solo a través del culto a lo meramente existente, es decir, a los hechos históricos, hasta que finalmente, en la figura del positivismo, la Ilustración y ese tipo de filosofía de la historia histórica llegaron a un acuerdo en el culto de lo dado. Tanto en Roscher 14 como en Savigny 15 usted ya encuentra estos dos momentos, la glorificación de lo histórico y el endurecimiento del conocimiento en los hechos, el uno cerca del otro. Me equivocaría mucho si esto fuera de otra manera en Jones, el amigo y seguidor de Malthus. Si Marx se sirve de él contra Ricardo, eso hay que entenderlo en parte en el sentido irónico de que para el dialéctico el reaccionario también tiene siempre razón contra el hombre de progreso, y si usted se remite al hecho de que Marx ha dedicado a Jones 70 páginas, también debería mencionar al mismo tiempo que a esto precede un libro sobre Ricardo de por lo menos 350. Si usted le concede a mi juicio lo más mínimo, suprima la frase en la que usted le reconoce al reverendo y funcionario inglés, por el hecho de haber escrito contra los especuladores de bolsa judíos, un “coraje”16 especial, solo porque sus propios colegas lucharon en aquel tiempo contra la explicación científica de la creación.
El momento hegeliano decisivo en la crítica de la economía política no es el de la dinámica o el desarrollo. Justo en esto lo ha querido convertir la historiografía burguesa. Más bien, la experiencia hegeliana en Marx consiste realmente en pensar juntas esa violencia de lo puramente fáctico y la posibilidad de su superación mediante su propio principio. Me parece que su polémica contra la idea de un Marx hegeliano se remonta a una idea falsa de Hegel. Por ello, si “la introducción de la idea de evolución se llevó a cabo bajo el influjo de Hegel” 17, de lo cual quiero ocuparme más tarde, no es en absoluto importante, sino más bien que [esta] se obtuvo del concepto hegeliano de la idea que se despliega y determinada como contradicción. El idealismo objetivo de Hegel, que entiende justamente la idea como la totalidad y no como la esfera especial de la conciencia, tiene como consecuencia que, en Hegel, algo así como una oposición entre la teoría y la realidad de la historia no juega ningún papel en absoluto. Su imagen de Hegel es ya la que se ha producido precisamente bajo la presión del positivismo, en la reducción de la dialéctica hegeliana al espíritu como la esfera de la superestructura cultural: usted polemiza contra Hegel como si fuera Dilthey. La amplificación de la idea como totalidad en Hegel, que ya Feuerbach sometió con razón a crítica, era por otro lado el motor para el conocimiento dialéctico de la realidad: la historia real no está como una masa de hechos frente a la conciencia, la cual contendría solamente estructura lógica, tendencia, razón e irracionalidad, contradicción, síntesis y otras cosas parecidas, mientras que la realidad sería una suma de hechos en la que esas determinaciones, así como todo orden en general, serían introducidas con posterioridad. Superar el carácter absoluto de esta oposición, en que se basaba toda la filosofía más reciente, pero especialmente la inglesa, fue la tarea de la obra de Hegel, sin la cual no se entiende ni el método de Marx ni ninguna de sus categorías decisivas. Este momento hegeliano hace también que los críticos de “El Capital”no solo se escandalicen por este o aquel elemento histórico-dogmático sino por el estilo y la estructura de su teoría. Si M., en las diferencias entre valor de uso y valor, intercambio justo e intercambio de la mercancía fuerza de trabajo, fuerzas y formas de la producción, plan en la fábrica y plan en la sociedad, etc., hubiera reconocido únicamente diferencias o exclusivamente “tensiones” y no contradicciones más o menos objetivas que se despliegan como irreconciliables, que empujan hacia su superación en formas superiores (de lo cual se deriva la idea de tendencia) y se comportan en general como conceptos, entonces en ningún caso habría sido tan escandaloso. Toda esta concepción según la cual los antagonismos, negaciones, superaciones deben ser objetivas en lugar de meras formas de hablar metafóricas, que trasladarían algo espiritual en forma figurada a la cosa, es una atrocidad para los teóricos oficiales por las razones más profundas y ellos interpretan de forma completamente sincera al materialista Marx y al idealista Hegel como unos mitólogos animistas que proyectarían en la materia las representaciones de la conciencia como los primitivos proyectan los demonios en la naturaleza. Estos señores querrían tener los mayores reconocimientos como científicos. Sin embargo, como es sabido, llevan las anteojeras filosóficas que el estudiante ya debe llevar puestas si, a fin de cuentas, quiere hacer el doctorado; reprochan a la metafísica un antropomorfismo totalmente desinhibido y olvidan con ello que el anthropos, del que debe provenir el orden lógico junto con todas las diferenciaciones conceptuales, opera al mismo tiempo como el sujeto burgués hipostasiado en el absoluto. ¡Y esto no debería ser un principio dogmático – solo porque esté oculto en lugar de estar admitido sinceramente! La hipostatización consiste aquí precisamente en que toda pregunta por la relación es conducida en último lugar siempre hasta el individuo científico, como si este justamente fuera el último, el famoso comienzo absoluto que Kant procuró combatir en la dialéctica trascendental18. La falsa creencia en este principio absoluto se encuentra todavía al parecer en ideas tan avanzadas como la teoría axiomática de las ciencias naturales, en tanto que no se presenta únicamente como una información sobre los modos de actuación intelectuales de algunos investigadores de la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, quiere eliminar el pensamiento filosófico o, más bien, ponerse en su lugar. Esta superstición se encuentra ante todo en cualquier establecimiento de un par de principios de la lógica tradicional como si se tratara de principios superiores, definitivos, incondicionales, tras los cuales no sería posible volver a plantear ninguna cuestión. Bien entendido, que esto no impide en absoluto que los sabios en cuestión, en tanto científicos empíricos, puedan proporcionar contribuciones importantes sobre la dependencia del individuo de las relaciones materiales, sociales y psicológicas; esto solo muestra que el sentido de sus principios, de hecho, de todas sus categorías y más aun naturalmente de sus así llamadas convicciones ideológicas, golpea a su ciencia en la cara.
En lo que respecta a la idea de desarrollo, se deduce de todo esto que el despliegue del concepto no es en absoluto, tal y como usted piensa, lo simplemente contrario de un acontecer objetivo. Para Hegel, en efecto, el concepto es lo “interno”de las cosas, esto es, aquello como lo que las reconocemos en la teoría. Pero la línea divisoria inalterable entre el conocer y la naturaleza, entre ser y concepto, que incluso Spinoza, a través de una unificación sin mediaciones, no ha superado, es solo una expresión del hecho de que los burgueses despreciaron profundamente, a pesar de toda exaltación, tanto el espíritu como la naturaleza, en tanto que, en el fondo de su corazón, vieron en esta solamente el material sin sentido e indiferente del que sacar beneficio, y en aquel el medio para ello. Con el desarrollo de la comprensión de que precisamente lo que llamamos concepto y esencia no es ninguna fantasmagoría sino, en cada caso, la cosa misma, Hegel le dio a la teoría la seriedad que convirtió a los más grandes en sus discípulos. El concepto de desarrollo, no importa los descubrimientos que puedan haber sido hechos en su nombre, filosóficamente continúa siendo una simple metáfora, una ficción intelectual inofensiva, mientras se mantenga en pie la separación pre-hegeliana de concepto y realidad: en ese caso el concepto de desarrollo es simplemente un concepto en sentido subjetivo, una especie de plan de producción de la ciencia por medio del cual los hechos en sí mismos desconectados son conectados con una finalidad ad majorem negotii gloriam. Precisamente por el hecho de que la doctrina del desarrollo solo en determinadas figuras filosóficas se vuelve más incómoda que muchas otras teorías científicas, los ataques contra ella en cuanto hipótesis científica fueron llevados a cabo en su mayoría por los clérigos más ignorantes, mientras que los más inteligentes sabían que no tenían nada que temer de los descubrimientos científicos mientras estos se mantuvieran dentro de una filosofía que separaba diligentemente el cono- cimiento y la cosa. Entre los inteligentes se cuenta también el propio Darwin, que como pensador burgués se sentía respaldado más allá de toda contradicción religiosa por “distinguidos naturalistas y filósofos”, entre ellos [Karl] Vogt y Büchner 19,“y especialmente por Haeckel”20 (ver su introducción a Descent of Man21). Pero la broma se termina una vez que, con Hegel, el concepto es trasladado a la cosa misma, y con ello se pone en cuestión la licencia que se toman tanto la religión como otras opiniones privadas al hacer pasar sus mitologías por objetivas. Es decir, que solo entonces el proceso histórico objetivo se convierte en aquella interacción de necesidad y libertad en la que la escisión, solo en apariencia puramente romántica, de la naturaleza consigo misma, sobre la que aquellos señores creían fácilmente consolarse, se revela en la civilización tan racional y en la irremediable contradicción de la realidad social como su figura más desarrolla. En esta el mundo del concepto se convierte en aquella totalidad negativa que se mantiene viva a sí misma con una perpetua destrucción, en la totalidad que solo es ella misma en su destrucción. Por muy metafísica que suene esta interpretación en Hegel, ella es la que, aunque modificada y precisada, pervive en Marx –y, en efecto, el fascismo es el capitalismo total, que existe en su negación. Aunque las categorías de la economía se pueden, de hecho, acomodar y acercar hasta tal punto a las de la ciencia establecida que resulte de ello al final una especie de economía nacional absoluta, es una competencia que solo puede ser absorbida gracias a su mediación, si se exorciza de ellas el espíritu. Fue la dialéctica la que superó la concepción narcisista de la naturaleza sobrenatural del ser humano junto con la noción agnóstico-masoquista de la impotencia del conocimiento. Ella ha roto, en su forma idealista, pero especialmente en la materialista, con aquella filosofía que trata como invariantes la conciencia y el ser, el concepto y la realidad, la esencia y la apariencia, el espíritu y la naturaleza, el pensamiento y el acontecer, en pocas palabras, todas las categorías decisivas, situándolas antinómicamente unas junto a otras y poniéndolas en relación de forma externa y mecánica. Pero también para los marxistas alemanes siempre fue mucho más cómodo depurar a Marx del veneno hegeliano para situarlo en la línea de los científicos sociales serios que indigestarse con ello. Solo que créame: con la desintoxicación del veneno termina la vida de la teoría misma.
Si la clave en el proceso de la objetividad ha de buscarse en el movimiento del concepto, entonces, de entre las obras de Hegel, es la Lógica, mucho más que la Filosofía de la Historia o de la Naturaleza, la que los economistas tendrían que estudiar en primer lugar. Las definiciones de Hegel se acercan tanto más a la dialéctica materialista cuanto más estrictamente se mantienen en el ámbito del pensa- miento puro, y esto porque precisamente su pureza expresa de la forma más perfecta la esencia del mundo burgués como sistema, porque es la que más revela de él. No es casualidad que el pensador materialista que más seriamente reflexionó sobre estas cuestiones le hiciera a la Lógica, y no a la Filosofía de la Historia, aquellas anotaciones al margen22. Fue él quien quiso hacer obligatorio el estudio de la Lógica, y el que, si bien no con la fineza propia del especialista, sí con la mayor decisión, fue en busca de las consecuencias del positivismo de tipo machtiano 23. Es en este sentido leninista en el que tuvo lugar el ataque a la inclinación lukácsiana a aplicar la dialéctica no a la objetividad en su totalidad, sino solo a la del espíritu24, tal y como se solía escuchar por Heidelberg. ¡Sin embargo usted entiende la doctrina hegeliana según la cual el desarrollo sería el desarrollo del concepto como si él hubiese negado lo objetivo del mismo, y en especial incluso lo histórico! Cuando usted, en su esfuerzo por fundamentar todo esto, presupone como algo obvio el significado vulgar del término “concepto”, entonces eso es como cuando se le quisiera hacer a Marx el reproche de que él habría negado la naturaleza económica de las relaciones de clases porque, después de todo, la explotación significa algo moral o psicológico o a cualquier otra cosa –en lugar de deducir el significado a partir de su propia obra. Usted escribe que tenía por falsas las opiniones de Marcuse sobre la doctrina hegeliana de la historia, y que “no había encontrado para una opinión semejante ninguna prueba en Hegel”25. Probablemente sea también por eso que usted, en una publicación dedicada entre otros a Hegel, no cita ninguno de los libros de Marcuse sobre él 26, ni tampoco cualquier otro trabajo procedente de nuestro círculo, sino que se remite al párroco reaccionario Lasson 27, bajo cuya égida los rusos fueron excluidos de los congresos sobre Hegel. Usted lo presenta al público americano “como un moderno estudioso de Hegel” 28, mientras que, sin embargo, ya desde hace veinte años era bien sabido tanto en las universidades ale- manas como en las otras que la mayor preocupación del señor Lasson era desbara- tar toda idea progresista en Hegel, reconciliándolo con la Iglesia y con todo lo de- más que seguía siendo reaccionario en Alemania. De él toma usted también el parágrafo 249 de la Filosofía de la Naturaleza, tan citado por todos los hegelianos reaccionarios, el cual, precisamente porque en su rotundidad presupone la comprensión de todo lo precedente y un íntimo conocimiento del lenguaje hegeliano, puede ser tergiversado de manera especialmente sencilla en el sentido ya indicado. En realidad, esto significa que aquellos que desean reducir el desarrollo de manera positivista a una sucesión de hechos, ignoran por completo su naturaleza radical, ya que el desarrollo no se traduce en que una cosa se siga meramente de otra, sino que atañe a la esencia más íntima de las cosas, a través de la cual ellas se convierten en algo distinto mientras continúan siendo, a pesar de todo, las mismas. De esta forma, por ejemplo, unos períodos económicos no sustituyen simplemente a otros–tal y como opinan los economistas no dialécticos–, lo mismo el capitalismo se modifica permaneciendo el mismo, idéntico, va más allá de sí mismo y, con todo, en el fascismo continúa siendo aún el mismo, y en verdad solo entonces es él mismo. Este es el cambio “en sí”, el cambio interno, conceptual, que Hegel siempre sostiene contra aquella interpretación del desarrollo que simplemente aísla esta- dios que se siguen cronológicamente para después conectarlos a través de la palabra “derivan”, en la medida en que pone de relieve algunos aspectos de la Fase A que deben ser la causa de la Fase B.
Usted se lo pone demasiado fácil a sí mismo cuando, por una parte, caracteriza el “nuevo y dinámico enfoque” cuyo “portavoz” 29 sería Marx, con palabras del pro- pio Marx en el sentido de que los fenómenos sociales no contendrían elementos fijos y eternos, y que su “concepto”, su esencia, debe ser captada por ello en su movimiento, y por otra parte quiere sustituir a Hegel, cuya doctrina consiste en la explicación de este punto de vista, por Jones, el cual con toda probabilidad habría condenado la polémica presentada por usted contra la definición30. No se puede dar por sentado, en la página 2631, que el concepto sea algo subjetivo, algo del pensamiento, y por ello separar con esmero la lógica de la doctrina de la historia“objetiva”, y después, en la página 3432, elogiar a Marx por su método, según el cual la esencia del concepto tiene que ser descubierta en los acontecimientos sociales objetivos, donde usted, dicho sea de paso, como resultado de su proceder exclusivamente interpretativo, parece entender la oposición entre los atributos transitorios y las esencias tan rígidamente como firme y fijable por medio de definiciones sería, según su parecer, la oposición entre la lógica y la teoría de la historia. Cuando usted dice que el “historicismo” de Marx consistiría en la realización de una “teoría del cambio social”33, algo que yo sin embargo tomo por un lapsus linguae sociologista, que, sin que usted sea consciente de ello, adapta Marx a Ogburn 34, lo que sí debería en cambio saber es que la lógica de Hegel representa, en efecto, una teoría del cambio, tanto de las transformaciones objetivas como subjetivas, la más profunda que ha conocido la historia del pensamiento hasta hoy. Hegel recoge la opinión popular de que “el entendimiento, la razón, se encuentra en el mundo objetivo, que el espíritu y la naturaleza tienen leyes universales según las cuales se realizan su vida y sus cambios”35, y luego busca presentar las determinaciones de ese acontecer de forma abstracta, es decir, sin la inclusión del material empírico diferenciado según los distintos campos. La lógica (no la correspondiente obra de Hegel, que por supuesto es mucho más rica, sino la disciplina a la que él se refiere), se relaciona con la disciplina de la filosofía del derecho o de la historia como el principio se relaciona con su cumplimiento, el tema con su implementación en un material concreto, como las etapas históricas se relacionan con la idea, como la cosa con su núcleo –de forma totalmente análoga a como el proceso social empírico infinitamente diverso se ha relacionado con los momentos centrales que, según su propia exposición, Marx caracterizó a través de teorías especiales en él. Así al menos se presenta la relación cuando se prescinde de las conexiones propiamente dialécticas entre los diferentes ámbitos. La Lógica hegeliana, así como la Fenomenología y los trabajos tardíos, contienen toda una plétora de teorías sobre el desarrollo objetivo en todos los campos de la naturaleza humana y no-humana, e incluso aquellas que nos negamos a reconocer me parece que pueden compararse en originalidad y fuerza a las de sus evolucionistas. No es que yo quiera hacer de Hegel un marxista y atribuirle el famoso poner del revés 36. Solo quiero prevenirlo de malinterpretar la diferencia, con la ayuda de Lasson y un par de citas frívolas, de tal forma que Hegel termine en la filosofía de la historia materialista como un elemento más al lado de Jones y Sismondi.
Mis sentimientos en contra de su trabajo se basan en que encuentro que la con- vencionalidad de lo que usted dice en este texto entra en manifiesta contradicción no solo con su pretensión teórica, sino también con todo lo que es necesario hacer si no queremos repetir simplemente clichés teóricos y darnos de bruces contra eventuales descubrimientos históricos. Ser radical, tal y como más o menos leí una vez en un escritor bien conocido por ambos, significa pensar las cosas desde la raíz 37: encuentro, sin embargo, que en ninguna de las cuestiones que en usted se refieren al concepto de dinámica histórica puede hablarse en absoluto de un radi- calismo así, sino que se ha limitado a asumirlas tal y como es habitual entre aquellos progresistas que llaman místico 38 a Hegel y a Nietzsche romántico. Creo, en todo caso, que mientras esto continúe así, con otras palabras, que mientras el marxismo no se distinga teóricamente de una manera explícita del positivismo (y para lograrlo la praxis y las metas no son suficientes, sino que la separación afecta a la entera estructura de la teoría), el marxismo sucumbe realmente al positivismo también en el sentido de que no será otra cosa que una rama del anticuado aparato científico. Si uno lee su texto con detenimiento, encuentra que la entusiasta degradación del autor de El capital a científico social que usted lleva a cabo tiene una parte apologética en lo que respecta a la historia, que es apenas refrenada por el contenido de la tesis. El concepto de tendencia objetiva se pervierte en sus manos en un medio para darle la razón a los victoriosos e ignorar así lo decisivo, que la teoría y la praxis no solo están en contra de la más reciente injusticia, sino en contra de la injusticia que es la historia misma. De Sismondi, cuya atroz teoría de la literatura usted por lo demás presenta sin encontrar tiempo para una sola palabra crítica, dice: “Dejando de lado la clásica evaluación de esas tempranas econo- mías como irracionales, él mostró la justificación histórica de su existencia”39. Pero es precisamente en la confusión de la teoría con la justificación donde reside el error capital de Hegel –y es exactamente aquí donde es usted un hegeliano. ¿O piensa acaso que, por ejemplo, la prueba de la necesidad objetiva del fascismo, que como un vórtice atrae hacia sí todas las corrientes del capitalismo tardío, no podría aducirse igual de bien en todas las fases previas, y quizá incluso mejor? Marx combatió el utopismo no porque se hubiera comprometido en su lugar con la tendencia objetiva, sino porque la utopía le parecía al alcance de la mano sobre la base de esa tendencia.
Traducción del alemán de Dailos de Armas y Cristopher Morales
Notas:
1 La carta se conserva en el archivo de Max Horkheimer [M.H.] solo en la forma de una copia con papel carbón de un escrito a máquina. Esta lleva por título “Carta a H. Grossmann / 20 de enero de 1943 / extracto”. Se trata solo de una transcripción parcial –claramente de las partes teóricamente relevantes de la carta, con la omisión de las observaciones introductorias y conclusivas–, como se indica a través de puntos suspensivos al principio y al final.
En lo que respecta al contenido de la carta, se inscribe en la teoría de los rackets en la que M. H. estuvo trabajando desde principios de los años cuarenta; cf. la carta escrita a Löwenthal del 16.10.1942, así como, en especial, la primera versión del artículo terminado en 1943 “Zur Soziologie der Klassenverhältnisse” [Para una sociología de las relaciones de clase] (HGS 12, 1985, págs. 75 y ss.). En la esperanza de encontrar un apoyo decisivo para esto en los estudios de Grossmann sobre Marx y el marxismo, M. H. se vio aparentemente decepcionado. En último término, atribuyó esto a reduccionismos de especialista que achacaba a la interpretación que Grossmann tenía de Marx. Este reproche fue desarrollado en la presente carta basándose en su artículo “The Evolutionist Revolt against Classical Economics”, que parece haber leído en forma de manuscrito (este aparecería solo nueve meses más tarde en The Journal of Political Economy, Chicago, 1943, Bd. LI, Nr. 5, octubre de 1943, págs. 381-396, y Nr. 6, diciembre de 1943, págs. 506-522; en alemán:“Die evolutionistische Revolte gegen die klassische Ökonomie”, en Henryk GROSSMANN, Aufsätze zur Krisentheorie, Frankfurt a.M.: Neue Kritik, 1971, págs. 165ss.). En último término, de lo que trataba la crítica a Grossmann –y lo que hace de esta carta algo tan especialmente significativo– era la defensa de la orientación filosófica de la Teoría Crítica de la sociedad (vinculada a Hegel) frente a la tendencia a su sociologización en una perspectiva específica en esa disciplina.
El contexto en el que se encuentra esta carta no se hace evidente a partir de la correspondencia que se conserva entre M. H. y Grossmann, sino, más bien, a partir del intercambio epistolar de M. H. con Pollock, Löwenthal y Kirchheimer. En la primera recopilación de la correspondencia ambas cartas de referencia se han perdido. El legado de Grossmann, en el que se supone que deberían en- contrarse, hasta el momento se considera perdido. Como se desprende de los otros intercambios epistolares citados, M. H. no envió la carta en primer lugar a Grossmann, sino en forma de copia, tanto a Pollock como a Löwenthal, a los que pedía una opinión sobre el tema, así como sobre si debía mandarla o no.
En la carta del 21.1.1943 a Löwenthal se lee: “Adjunta encontrará una carta a Grossmann. Se trata de la respuesta a su segunda carta en la cual él se queja de nuevo sobre Pollock en los términos más insoportables. Como recordará, respondí a su primera carta con mucha más paciencia y educación, pero considero que ahora merece una respuesta más franca. Dado que él ha incluido su artículo sobre el concepto de desarrollo, que es el trabajo más corrompido que puede imaginarse, he pensado que podría ser una buena idea darle mi opinión sincera sobre él. De otro modo, volverá a decir que solo nos preocupamos y ayudamos a nuestros propios estudios, gastando dinero en secretarias, ediciones mimeografiadas, etc., mientras que él debe escribir sus obras maestras en las condiciones más difíciles. Tuve que sacarle de dudas sobre mi opinión en relación con lo que ha estado haciendo en los últimos años. / Por favor […] dígame si piensa que hay formulaciones particularmente arriesgadas con respecto a la izquierda o la derecha. Una de las páginas sobre la que tengo dudas es la mención de Nietzsche en la página 9, línea 7 contando desde abajo [aquí, tras la nota al pie número 30], ya que él es el anatema para todos los bandos. Por otra parte, creo que deberíamos ser francos y admitir que no se puede escribir sobre problemas filosóficos sin no saber otra cosa de Nietzsche salvo que era un romántico” (Max Horkheimer Archiv [MHA]: VI 16.105).
En la carta del 22.1.1943 a Pollock M. H. añadía sobre esto: “Está claro que esta carta no ha sido escrita solo para Grossmann, sino con el fin de definir ciertas ideas básicas sobre la dialéctica que a menudo se olvidan entre gente como él” (MHA: VI 33.334).
Una vez más, M. H mencionaba el asunto en una carta a Kirchheimer del 8.2.1943: “Entretanto, Grossmann me ha escrito una larga carta con los viejos e infundados ataques a Pollock y con algunas dudas sobre la teoría de los rackets. También me ha mandado su artículo sobre el concepto de desarrollo. Me parece que le debía una exposición franca de cómo me siento, no solo en lo que respecta a los ataques, sino antes que nada en relación a su punto de vista teórico actual, el cual, pienso, es la raíz de los malentendidos” (MHA: VI 11.316).
El 28 y el 29.1.1943 Pollock y Löwenthal ya habían comunicado respectivamente que no tenían ninguna objeción contra el envío de la carta a Grossmann. Que este efectivamente recibió la carta es algo que se infiere de la carta de Kirchheimer a M. H. del 15.2.1943, en la que en realidad no se describe la reacción de Grossmann, sino la valoración que hace Kirchheimer de la misma: “He leído con gran interés y satisfacción la copia de su carta a Grossmann. Él no me mostró su manuscrito [“The Evolutionist Revolt against Classical Economics”], pero, a juzgar por sus reacciones a su carta, me temo que ya no tiene capacidad para comprender el desplazamiento de nivel de su enfoque”(MHA: VI 11.314).
Sobre la respuesta de Grossmann escribe finalmente M. H. en una carta a Löwenthal el 19.2.1943: “Hoy he recibido una carta de 22 páginas de Grossmann. Su reacción a mi carta, aunque tan desquiciada como siempre, no fue indecente. Deja entrever una inteligencia rota, pero todavía relativamente honesta. Por supuesto él no acepta mis críticas, pero al menos intenta llevar a cabo una discusión teórica. No voy a responder, al menos no hasta que usted esté aquí” (MHA: VI 16.64).
En efecto, en la versión impresa se encuentran todas las formulaciones incriminadas por M. H. (con una única excepción; cf. nota 20), lo que debe ser atribuido a la rigidez de Grossmann cono- cida a partir de otras fuentes.
* La palabra racket se usaba en EEUU para referirse a una actividad deshonesta o ilegal, por ejemplo, el chantaje o la estafa, y tiene aquí la connotación de grupo que actúa con métodos gansteriles [Nota de los coord. del número].
2 Ver la carta del 6.11.1936, nota 2, en HGS 15, 1995, pág. 716 [Marx caracteriza la producción de medios de producción como sector I y la producción de medios de consumo como sector II de la reproducción del capital; cf. Karl MARX, El capital, T. 2, capítulo 21].
3 Enryk GROSSMANN, “The Evolutionist Revolt against Classical Economics”, op. cit. (ver nota 1).
4 Richard Jones (1790-1855), economista político inglés, profesor en Londres en 1832, entre 1835- 1855 en Haileybury, funcionario de tributos entre 1836-1851.
5 Enryk GROSSMANN, op. cit., ed. ing., págs. 381s.; ed. alem., págs. 168s.; el mismo Grossmann era allí parcialmente crítico, sin embargo, con cómo había sido utilizado el concepto de “sociologización” de la economía nacional en la recepción marxista de entonces.
6 Werner Sombart (1863-1941), economista, sociólogo y filósofo de la cultura, profesor en 1890 en Breslau, entre 1906-1931 en Berlín. En un primer momento Sombart estuvo cerca del marxismo, rechazándolo más tarde de manera absoluta por la impresión causada por la Revolución Rusa.
7 Karl MARX, carta a Joseph Weydemeyer del 5.3.1852, en Karl MARX y Friedrich ENGELS, Werke, Tomo 28, Berlin: Dietz, 1963, pág. 508.
8 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 382; en ed. alem. pág. 169.
9 Giovanni Battista Vico (1668-1744), filósofo italiano, profesor de retórica en Nápoles en 1698, historiador de la corte en 1734.
10 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 393; en ed. alem. pág. 184.
11 Giovanni Battista VICO, Die neue Wissenschaft über die gemeinschaftliche Natur der Völker (1744), traducción al alemán por Erich Auerbach (1924), Berlín, sin fecha, pág. 100.
12 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 514; en ed. alem. pág. 202.
13 Karl MARX, Theorien über den Mehrwert, vol. III, Stuttgart: J.H.W. Dietz, 31919, pág. 484, citado por Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 513, en ed. alem. pág. 200.
14 Wilhelm Georg Friedrich Roscher (1817-1894), economista político, profesor en Göttingen en 1843, en 1848 en Leipzig.
15 Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), abogado y hombre de estado prusiano, fundador de la“Escuela histórica del derecho”, profesor en 1800 en Marburg, en 1808 en Landshut, entre 1810-42 en Berlín.
16 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 513; en ed. alem., pág. 201.
17 Esta cita probablemente se refiera a una carta anterior de Grossmann que no se conserva. Esto es lo que sugiere otra cita en alemán, señalada en la nota 18.
18 Immanuel KANT, Kritik der reinen Vernunft, I., Zweiter Teil, Zweite Abteilung.
19 Ludwig Büchner (1824-1889), médico y escritor, de los más populares defensores del materialismo de su época.
20 Ernst Haeckel (1834-1919), médico y biólogo, representante popular del materialismo metafísico- filosófico.
21 Charles DARWIN, Die Abstammung des Menschen und die geschlechtliche Zuchtwahl, traducción de J. Victor Carus, 6a ed., Stuttgart: E. Schweizerbart’sche Verlagshandlung, 61902, pág. 3.
22 Vladimir Ilich LENIN, Konspekt zu Hegels “Wissenschaft der Logik” (título añadido posteriormente por los editores del Instituto para el marxismo-leninismo; publicado partir del legado inédito en 1929); en Vladimir Ilich LENIN, Werke, Tomo 28, Berlin: Dietz, 1971, págs. 77 y ss.
23 Vladimir Ilich LENIN, Materialismus und Empiriocritizismus, (1908, ed. alemana de 1927).
24 Cf. Georg LUKÁCS, Geschichte und Klassenbewußtsein, Berlin: Malik-Verlag, 1923, págs. 156 y ss.
25 Cf. nota 12.
26 Henryk Grossmann se había referido efectivamente a Razón y revolución de Marcuse, aunque solo de una manera preliminar y marginal, con la frase: “Hegel, en cambio, defendía la posición de que la historia había alcanzado su culminación en aquella época, y que la idea y la realidad habían encontrado un suelo común” (op. cit., pág. 383, nota 13; en ed. alem., pág. 169).
27 Georg Lasson (1862-1932). Hijo del filósofo Adolf Lasson, párroco evangélico en Berlín, editor de las Sämtliche Werken de Hegel (1905 y ss.).
28 Esta formulación se encuentra ausente en la versión impresa.
29 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 517; ed. alem., pág. 206.
30 Lo que se menciona aquí es el rechazo de las definiciones hegelianas por parte de Marx en cuanto fijaciones inapropiadas de constelaciones meramente parciales o variables; cf. Henry GROSSMANN, ibid.
31 Ibid., pág. 515; ed. alem., pág. 203.
32 Ibid., pág. 517; ed. alem., pág. 206.
33 Ibid., pág. 518; ed. alem., pág. 207.
34 William F. Ogburn (1886-1959, sociólogo, en 1914 profesor en Nueva York, en 1927 en Chicago), que fundamentalmente intentó ofrecer una explicación del cambio social (teoría del “lag cultural”).
35 Georg Wilhelm Friedrich HEGEL, Wissenschaft der Logik, Hamburg: Meiner, 1934, Tomo I, Intro- ducción, pág. 32.
36 “La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no le impidió de ningún modo ser el primero en presentar sus formas generales de una forma consciente y comprehensiva. En él la dialéctica se encuentra, sin embargo, cabeza abajo. Se le debe dar la vuelta para encontrar el núcleo racional dentro de ese envoltorio místico.” (Karl MARX, Das Kapital, Tomo I, Epílogo a la segunda edición, en: Karl MARX y Friedrich ENGELS, Werke, Tomo 23, Berlin: Dietz, 1962, pág. 27).
37 Karl MARX, “Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie”, en: Id., Die Frühschriften, Stuttgart: Kräner, 1964, pág. 216.
38 Sin embargo, el propio Marx utiliza este término (en el sentido del mistificador): cf. nota 36.
39 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 396; ed. alem., pág. 188.

