Lo que el «neoliberalismo» ya no explica: sobre cegueras conceptuales, luchas en curso y la necesidad de una reinvención democrática

por Felipe Fortes

La insistencia en tratar al “neoliberalismo” como la llave maestra para comprender una serie de transformaciones y rupturas históricas, que se intensifican con la emergencia y los efectos ya visibles del gobierno de Trump 2.0, se ha repetido, justamente, cuando esa llave se revela cada vez más ineficaz para abrir cualquier puerta. El propio escenario político ya apunta hacia mutaciones mas profundas y peligrosas. Aun así, se busca, con frecuencia, reactualizar el concepto, como si el aun pudiese dar cuenta de las nuevas formas de dominación y de las rupturas institucionales en curso.
El diagnostico de una ruptura con el neoliberalismo, para nosotros, ya no es sorprendente: vivimos, de hecho, una crisis inminente que atraviesa tres dimensiones interconectadas —de la democracia, de la globalización y de los ciclos de lucha democráticos que, en la última década, venían democratizando y globalizando, además, al propio neoliberalismo. Sin embargo, los conceptos que heredamos para describir el desorden mundial parecen cada vez menos adecuados para definir esas nuevas mutaciones. Lo que nos sorprende, entonces, es que tantos sigan repitiendo “neoliberalismo” como si aun nombrasen algo latente y vivo. De este modo, la pregunta que hacemos hoy es: ¿por qué aun insistimos en ese concepto, cuando los propios autodenominados “neoliberales” parecen haberlo abandonado como horizonte de su política? Al fin y al cabo, nos hace girar en círculos -como la danza de un trompo, que gira hasta que pierde su eje y cae- y ya no es capaz de hacer frente a la crisis actual.
Responder esta pregunta exige más que una polémica terminológica. Se trata de interrogar al propio vocabulario que compone la caja de herramientas de la crítica contemporánea y sus visibles limitaciones. El termino “neoliberalismo”, al permanecer como centro gravitacional de explicación de las transformaciones de las políticas globales, puede producir un efecto paralizante: el de mantener el análisis prisionero de un pasado -reciente, es verdad-, pero que ya no esta más en disputa, en cuanto el presente se reorganiza mediante nuevas dinámicas, más violentas, más rápidas, más difíciles de nombrar y, en nuestra perspectiva, antineoliberales (1).
Esta parálisis se torna aun mas evidente cuando recordamos que gran parte de la doxa de izquierda asimilo, voluntaria o involuntariamente, el neoliberalismo como uno de los simulacros del fin de la historia: un ciclo únicamente de derrotas, cierres y regresión, en el cual ya no habría espacio para antagonismos vivos. Con eso, se volvió incapaz de percibir la potencia de resistencia e invención que emergía, justamente, al interior de las formas ambiguas de gubernamentalidad neoliberal. Ante las transformaciones actuales, seguir usando ese termino es como intentar leer el nuevo mapa del poder con el blueprint de un edificio que acaba de colapsar.
Nuestra intención aquí no es negar la existencia o los efectos del neoliberalismo, mucho menos ignorar hasta que punto fue, por décadas, una matriz eficaz de gubernamentalidad capitalista global. En la mejor de las lecturas, inspirada en Foucault, el neoliberalismo puede ser comprendido como un dispositivo de gubernamentalidad política que, si por un lado profundizaba una lógica de comando, por el otro abría campos inesperados de subjetivación, movilización y antagonismo. No sólo la lógica de la producción de subjetividad, sino la subjetividad pensada dinámicamente como producción. Sin embargo, a diferencia de Foucault —quien lamentablemente solo vivió los albores de este proceso—, lo experimentamos en su enésima potencia y también en su inminente crisis terminal. Y esto nos permite percibir con mayor claridad la ambivalencia de su matriz.
La paradoja es conocida, pero precisa ser reafirmada: el neoliberalismo fue también el terreno de emergencia de una serie de ciclos de luchas que, en su pluralidad, dieron forma -aunque disforme – a las dinámicas que, en esa época, llamamos como alterglobalizacion. Del Occupy a la Primavera Árabe, pasando por Junio de 2013 y Maidan, lo que llamábamos neoliberalismo aparecía menos como una totalidad cerrada y mas como un campo de gubernamentalidad inestable, llena de disputas, resistencias, antagonismos e invenciones.
El problema es que es ciclo parece haberse agotado. Y tal vez -no por casualidad – 2013 haya sido el canto del cisne del neoliberalismo -del punto de vista del Brasil – en cuanto que campo de experimentación productiva de ambivalencias, en el cual, por método, interpretábamos las crisis como desestabilizaciones del sistema que proyectaban aun más lejos sus propias contradicciones, abriendo, así, brechas democráticas a lo largo del recorrido. Desde entonces, a lo que asistimos es al bloqueo de esas derivas y su inversión: la aceleración de dinámicas que ya no operan según la ambivalencia o la ambigüedad, sino que según una tentativa de cierre y destitución de ese espacio global que antes pretendíamos liberar en toda su potencia y que ahora necesitamos, ante todo, reconstruir.
Entonces, antes de definir lo que esta por venir, tenemos que preguntarnos lo que ese concepto esconde hoy. Cuando un concepto sobrevive mas por inercia que por precisión, corre el riesgo de tornarse un obstáculo: en lugar de rastrear el presente, lo encubre; en vez de abrir posibilidades, las cierra. Es este punto ciego el que no interesa explorar.
Esta reflexión nace, no de una polémica dirigida, sino que a la urgencia critica de reevaluar los nombres con que describimos las aporías del presente. Porque, en ciertos momentos, la fidelidad a la realidad exige infidelidad al vocabulario que heredamos. La pregunta, finalmente, no es mas ¿“que es el neoliberalismo?”, sino: ¿qué nos impide ver nuestro apego a este concepto? Y, más aún, ¿qué luchas reales no reconocemos cuando seguimos describiendo el mundo a través de la misma lente que ha sido arañada por los últimos veinte años?
Tal vez sea hora de retomar el gesto de Spinoza -aquel que, al pulir lentes, no solo miraba mas lejos, sino que miraba mejor, enseñando que ver el mundo exige fabricar nuevas superficies de reflexión.
“Neoliberalismo” fue, a pesar de su inflación, durante décadas, un concepto eficaz: nominó políticas, estrategias y racionalidades especificas de gobierno que marcaran la reestructuración global del capitalismo posfordista desde los años 1970. Fue, sin duda, una herramienta importante para describir una fase determinada de la articulación entre mercado, Estado y subjetividad.
Nomino con precisión los dispositivos de desregulación -conducida, contra la propia ideología del mercado, por medio de la intervención directa del Estado, en momentos específicos, como regulador de la liberalización -, de la financiarización, de la privatización de la vida y de la modulación de la conducta individual bajo la forma del emprendedurismo difuso. Pero, para cada uno de esos dispositivos, descubríamos -alegremente – sus contrarios: formas transversales de cooperación, producción y saberes no capturables, explosiones subjetivas y líneas de fuga que atravesaban los propios mecanismos de control.
El crédito, por ejemplo -aunque operase como motor de la deuda -, cargaba también una tensión interna: podía servir a la lógica de la culpabilización individual, pero igualmente abrir espacio para experimentaciones colectiva basadas en la confianza, afecto y riesgo compartido. En los barrios periféricos, entre migrantes y poblaciones racializadas, surgirán practicas informales de rotación del crédito, asociaciones de microcrédito, solidaridades financieras que desafiaban la lógica de la escasez y de la responsabilización individual. La figura del “pobre endeudado”, lejos de ser solo pasiva, rebelaba una potencia de organización económica desde abajo -que, muchas veces, escapaba al radar de la critica y a la captura institucional e, infelizmente, tampoco encontró resonancia en dinámicas institucionales capaces de traducirlas en nuevos derechos. Las instituciones, en este caso, fallaron en reconocer y acompañar la emergencia de esas subjetividades, dejando sin traducción jurídica y política formas vivas de invención social.
A contrapelo de la precarización, se abrió espacio para una multiplicidad de subjetividades móviles, femeninas, migrantes, cognitivas, que comenzaron a reconocer y polinizar mutuamente sus luchas, atravesando el desierto de las garantías en las disputas por los nuevos derechos. Plataformas y redes fueron, desde el inicio, zonas ambiguas: simultáneamente vehículos de invención política e infraestructuras de captura. Y, si su potencia de circulación y conexión nunca existió separada de la lógica de extracción y modulación, eso no impidió que fuesen atravesadas por prácticas de cooperación, creación y organización democrática descentralizada
La tensión, entonces, estaba inscrita en la propia forma del neoliberalismo. Esta era la ambivalencia radical del neoliberalismo en tanto que campo de gubernamentalidad: producía antagonismo junto a modulación, resistencia junto a captura, deseo de libertad y autonomía junto a difusión social del mando. No era un régimen de pura dominación, sino que un terreno inestable de luchas.
Hoy, sin embargo, esa fase esta en crisis, una crisis tríptica, que atraviesa simultáneamente la globalización, la democracia y las formas contemporáneas de subjetivación política. Los lazos institucionales del orden internacional se rompen a cada nuevo decreto de excepción -como los de Trump – y cada vez que los representantes electos de las democracias liberales flirtean con la fuerza bruta de regímenes autoritarios. Fue el caso de la vergonzosa ceremonia en que el presidente Lula, electo democráticamente, asistió al desfile militar de Putin, en Moscú, un gesto simbólico que, en nombre de una diplomacia pretendidamente “equilibrada”, acaba por normalizar un régimen que ataca frontalmente la soberanía y la vida democrática de otros pueblos (2).
Al mismo tiempo, muchos movimientos sociales enfrentan un impasse interno: en lugar de la continua producción de nuevos puntos de vista -un perspectivismo radical de las luchas, capaz de abrir composiciones y reorganizar estrategias -, observase frecuentemente la cristalización del gesto político de la cooperación transversal en lógicas identitarias de autodefensa, que reproducen fronteras y bloquean la creación de dinámicas comunes. La diferencia, que podría ser fuerza de invención, es transmutada en la repetición de la identidad; y la cooperación, antes experimentada como motor político, cede lugar al aislamiento estratégico y al agotamiento de las luchas en el atrincheramiento simbólico, lo que, paradojalmente, refuerza las dinámicas xenófobas y racistas de la extrema derecha.
Esas infraestructuras hibridizan lo artificial y lo orgánico -un proceso que, en sí, carga potenciales expresivos y cooperativos -, pero que hoy viene siendo capturado por una nueva arquitectura de poder orientada al cierre de las derivas democráticas. Esta reorganización opera mediante la saturación de los espacios de decisión y por la modulación de los afectos, del lenguaje y de la percepción, estrechando los horizontes de lo posible en la tentativa de someter la inteligencia algorítmica a una arquitectura de control (3). Lo que esta en curso es la explotación de un nuevo nomos global -aún inestable y no completamente mapeado-, en el cual las alianzas entre regímenes autoritarios y conglomerados tecnológicos moldean, en tiempo real, los limites de la política, del lenguaje y de la vida.
Es importante dejar claro: el problema no es la algorítmica en si -ella es, cada vez más, el nuevo campo de lucha. Es en ese plano que se reorganiza hoy la disputa por la democracia, por el lenguaje y por la imaginación política. Se trata, entonces, de una configuración emergente entre autoritarismo y tecnologías de control- algo que, por aproximación, podemos denominar como tecno fascismo. La palabra es provisoria y ya aparece en muchos contextos diferentes, pero nos parece mas que adecuada para abrir la caja-negra del presente que seguir insistiendo en un concepto -”neoliberalismo” – que ya no lo describe (4).
El efecto del uso inercial de ese concepto es el de una critica que gira en falso: ella continúa describiendo al enemigo con los mismos términos, aun cuando ya admite que las formas de dominación, los dispositivos de gubernamentalidad y, por consecuencia, los focos de resistencia se han transformado radicalmente. Persistir en una critica a lo “neoliberal” cuando ya se opera en un régimen tecno-político que, al mismo tiempo, se declara post-global -y lo hace no a través de la complacencia de las democracias liberales (que todavía están tratando de contener la marea), sino a través de la militarización y la multiplicación de zonas de guerra —, es como intentar descifrar el presente con un mapa antiguo, donde las nuevas fronteras aun no fueron trazadas.
El problema, entonces, no está en haber usado el termino, sino que en seguir usándolo como si el presente aun estuviese contenido en él. El apego a lo familiar produce un efecto de seguridad, pero también de ceguera: al mantener la critica donde ella ya no opera con eficacia, no se ve lo que esta emergiendo. Como toda lente desgastada, el concepto comienza a distorsionar en lugar de aclarar. Y, peor: se corre el riesgo de no reconocer como política y resistencia a aquello que ya esta aconteciendo, simplemente porque acontece fuera del vocabulario autorizado de la crítica. Es el caso de la resistencia ucraniana que no usa el rojo porque allí, el rojo, es el color favorito de sus verdugos.
La guerra de Ucrania representa, hoy, un divisor tanto conceptual como político. Contra toda tentación de verla apenas como un “conflicto geopolítico entre imperialismos”, lo que sucede allí es mucho mas profundo y urgente: una resistencia real, material y organizada, de una población que se moviliza para recomponer instituciones democráticas en medio de la destrucción. La resistencia ucraniana, en este caso, recoloca la política en el terreno de la inmanencia no como ideología, sino que como practica cotidiana de defensa de un deseo democrático claro: el de vivir en libertad, reconstruir instituciones y escoger sus propios aliados, inclusive el ingreso en la Unión Europea y en la OTAN. Zelensky fue electo justamente con ese mandato, que, nos guste o no, expresa un proyecto político legitimo ante un régimen autoritario que niega a Ucrania hasta el mismo derecho de existir en tanto país soberano.
Al acusar a Zelensky de ser un “payaso neoliberal”, es la propia izquierda la que acaba vistiendo la nariz roja del payaso. No se trata allí de un proyecto revolucionario trascendente, sino que, de la defensa, con las herramientas disponibles, de la continuidad de un proceso democrático ya instituido, así como precario, incompleto y marcado por contradicciones. Reconstruir las ciudades, mantener escuelas y hospitales funcionando, sustentar el vinculo colectivo bajo el trauma: ese es el gesto radical de la política en Kiev, Mykolaiv o Kharkiv.
Incluso en contextos diferentes, como la Franja de Gaza, reconocemos fuerzas que resisten a la destrucción absoluta, incluso sin un marco democrático ya establecido y atravesadas por mediaciones trágicas, como el ataque de Hamas a civiles israelíes: expresión de un fundamentalismo religioso que, en sí mismo, debería preocupar seriamente a la izquierda. La extrema violencia de los bombardeos ordenados por Netanyahu contra los palestinos -las masacres sobre la población civil, los cercos prolongados, los cortes de agua, luz y comida – y la catástrofe humanitaria en curso producen, bajo los escombros, redes de solidaridad, formas elementales de organización colectiva, tentativas concretas de sustentar la vida.
Estas formas de resistencia -diversas en sus condiciones, estrategias y horizontes – tienen en común la tentativa de sustentar la vida y recomponer vínculos políticos bajo las ruinas. Pero es justamente en Ucrania donde esa resistencia asume, de manera mas explicita, la tarea de reconstruir instituciones democráticas ya existentes, aunque frágiles y atravesadas por contradicciones. Es en ese terreno que se torna indispensable reconocer el gesto político que allí se afirma.
Reconocer ese proceso no es romantizar ningún nacionalismo, tampoco apagar las contradicciones internas de la democracia en Ucrania. Se trata de comprender que, ante la destrucción militar y simbólica conducida por Putin, la sociedad ucraniana produjo redes, formas de gobierno descentralizadas, alianzas democráticas y practicas tecno-políticas de resistencia (5). De modo paradojal, la guerra se transformó en un laboratorio de reinvención política —en que la defensa de la democracia no es una bandera abstracta, sino que un acto de sobrevivencia y de creación institucional. Incluso en medio de los escombros y los asedios, hay un gesto a la vez constituyente e instituyente —real, inmanente, político— que se opone tanto al imperialismo ruso como a la normalización de la excepción como régimen global.
Es por la lucha en Ucrania que pasa el futuro de Europa, no porque ella represente un ideal de pureza ideológica o un nuevo mesianismo, sino porque allí se torna visible la posibilidad concreta de recomponer un espacio político común en medio del colapso. La defensa de Ucrania es, en este sentido, también la defensa de Europa, en tanto proyecto federativo inconcluso y como campo en disputa donde la democracia aun puede ser ampliada, reinventada y pluralizada. Frente al ascenso de la extrema derecha, la crisis migratoria manipulada por intereses xenófobos y la erosión de la solidaridad transnacional, la experiencia ucraniana recoloca la cuestión europea como tarea política -no como bloque geo-económico cerrado, sino que como horizonte federativo abierto a la recomposición democrática entre pueblos, lenguas, culturas y luchas.
Su lucha opera en el plano de la urgencia: reconstruir ciudades, defender lenguas, mantener redes eléctricas, proteger a los niños, conectar redes civiles, reorganizar la vida común bajo bombardeo. Esta dimensión material de la resistencia es justamente lo que la crítica abstracta no consigue nominar porque no cabe en el vocabulario consagrado de la izquierda “antiimperialista” y de su foco monotemático sobre el neoliberalismo.
La negativa de amplios sectores de la crítica global, en reconocer esta lucha como política revela más sobre sus prisiones conceptuales que sobre la realidad concreta en la que la defensa de la democracia solo se vuelve posible enfrentando la brutalidad de la guerra desde dentro. Y quienes se niegan a armar a Ucrania en nombre del pacifismo abstracto también se convierten en corresponsables de la erosión del espacio democrático.
La preocupación de “no legitimar el Occidente neoliberal” se transforma, en este caso, en parálisis analítica y, en ultima instancia, en complicidad pasiva con la destrucción de los espacios que aun sostienen derechos e instituciones. Se trata no solo de un error político, sino que de una traición a la propia pretensión de pensar lo real a partir de la dinámica de las luchas y de la producción de derechos.
La pregunta, por lo tanto, no es «¿cuál es el lado correcto de la geopolítica?», sino: ¿dónde están hoy las fuerzas que intentan reconstruir, tras el colapso, las condiciones constituyentes e institucionales de la democracia?
Lo mismo aplica a la crítica de las plataformas digitales, la inteligencia artificial y la aceleración algorítmica. La tentación de fusionarlos bajo la etiqueta de «neoliberalismo digital» —o «capitalismo de vigilancia»— bloquea la pregunta más difícil y urgente: ¿qué tipo de intervención política es posible en este nuevo régimen de abstracción, control y mando? ¿Cómo podemos disputar el poder que se ejerce no solo sobre los cuerpos, sino también sobre las mentes, los datos, las conexiones, los afectos y los modelos de predicción?
La respuesta, si ha de ser estratégica, no puede basarse en la nostalgia de un Afuera. Lo que la perspectiva «afuera del neoliberalismo» nos trajo, como un caballo de Troya, fueron los regímenes de Trump y Putin. Exige, pues, la afirmación de un punto de vista inmanente en las luchas que ya están en curso: en los movimientos migratorios que escapan a la vigilancia —y a los que les importa poco o nada si están “reproduciendo una lógica neoliberal” cuando, en sus luchas, más allá de las ideologías, van a América a pelear por un pedazo del futuro, por la constitución e institución de sus derechos—; en las redes de solidaridad en medio de la multiplicación de las guerras; en los experimentos aún no nacidos de luchas algorítmicas; en los choques contra el cierre territorial y epistémico.
La política actual no se resume en la resistencia a la dominación- pasa por la invención de formas de vida que desafíen el colapso. Y esto no ocurre desde fuera, sino desde dentro de la crisis, desde dentro de la guerra, incluso para que esta no se extienda ni alcance los «márgenes» donde la paz, más que una opinión, sigue siendo, con todos sus problemas, un derecho establecido.
De esta manera, la política no solo se hace nombrando a los enemigos del pasado, sino reconociendo los conflictos del presente.
Finalmente, lo que escapa al «neoliberalismo» es la dimensión completa de la reconfiguración planetaria de las infraestructuras algorítmicas, ahora concentradas en formas del monopolio y oligopolio, operadas por las Big Tech: formas privadas post-soberanas que, no solo extraen datos, sino que modulan el deseo, el lenguaje, los comportamientos y las decisiones. Esta reorganización está vinculada al regreso de los nacionalismos como barreras activas al mercado global, produciendo una estriación del espacio mundial que interrumpe los circuitos de circulación e interdependencia que han marcado abiertamente las últimas décadas. Al mismo tiempo, se intensifica el intento de derrumbar el régimen de derechos universales, sustituyéndolo por formas selectivas de excepción y un apartheid jurídico-tecnológico. La multiplicación de zonas de guerra de alta intensidad —desde Europa del Este hasta Oriente Medio— se entrelaza con guerras comerciales, expresadas en aumentos arancelarios, sanciones unilaterales y embargos cruzados. En este escenario, el dólar —la moneda global por excelencia, sustentada por una hegemonía construida no solo sobre la fortaleza económica, sino también sobre la estabilidad institucional y la confianza depositada en las democracias liberales— comienza a perder su centralidad. Su papel no se limitaba a la convertibilidad o la reserva de valor: funcionaba como ancla monetaria para un cierto horizonte de previsibilidad global, basado en acuerdos legales, marcos multilaterales y, aunque de forma desigual, en la referencia a una base institucional democrática mínima.
El debilitamiento del dólar, en este sentido —sin que ninguna otra moneda pueda sustituirlo, ya que una moneda no se crea por decreto— no solo es un síntoma del declive de un dispositivo técnico-financiero asociado al desmoronamiento de la hegemonía estadounidense. Es, sobre todo, un indicio de la erosión de las condiciones políticas que sustentaban un tipo de articulación planetaria abierta a las disputas democráticas, a la circulación y negociación de diferencias, y que permitió el surgimiento de formas políticas transnacionales, redes insurgentes y experimentos democráticos globales.
Lo que amenaza con surgir en su lugar es un sistema fragmentado, guiado por esferas de influencia, sostenido por fuerzas mucho más letales que el dólar —o cualquier moneda—, como el pánico nuclear, eficaz precisamente en la medida en que erosiona la confianza en la democracia.
A esto se suma el surgimiento de formas de resistencia que, paradójicamente, también son acusadas de neoliberales, precisamente porque despojan a la sociedad de las apariencias ideológicas consagradas por las tradiciones. Estas son luchas que no se reconocen en fórmulas heredadas, sino que operan en un plano concreto: supervivencia, recomposición institucional, cuerpos asediados, y, por esta misma razón, escapan a la crítica que insiste en guiarse por una cartografía conceptual obsoleta.
Si hay un nombre que deba reinscribirse en el centro del debate, quizás sea otro: democracia. No como una fórmula vacía o un fetiche institucional, sino como un campo inestable de experimentación, defensa y reconstrucción. La democracia como tarea. Como proceso. Como riesgo, pero también como una garantía mínima de que es posible competir sin miedo a la muerte ni al asesinato político.
Los procesos democráticos pueden perderse, capturarse, derrotarse, pero hay que luchar por ellos y vivirlos como lo que son: campos de lucha y experimentación de la libertad, expresiones de poder constituyente e instituyente. Y por esta misma razón, necesitan ser defendidos en los lugares concretos donde se ven amenazados y reinventados: dentro de la guerra, y no fuera de ella; En Ucrania, en las batallas de las redes, con los migrantes, con quienes sufren bombardeos, en las brechas de las infraestructuras algorítmicas.
Más que acertar con el nombre, se trata de reabrir la escucha hacia dónde se mueve algo, y nombrar, aquí, no es describir: es elegir un campo de intervención inmediata. Y quizás, en este momento, el nombre más incómodo, más exigente, más olvidado, es precisamente el que más importa.
Repitámoslo, entonces: DEMOCRACIA

Felipe Fortes: es Doctor en Filosofía; investigador del pos-doctorado en el Programa Pós-Graduação de Comunicação e Cultura da UFRJ, con beca de la FAPERJ. Es miembro de los grupos de investigación Laboratório Território e Comunicação (LABTeC) y de la Rede Universidade Nômade. Con Giuseppe Cocco, dicta la catedra “Aceleração Algorítmica, Democracia e Trabalho” en el Colégio Brasileiro de Altos Estudos da UFRJ (CBAE).

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

NOTAS:

1.- Ideológicamente, muchas de las nuevas dinámicas pueden incluso presentarse bajo formas neoliberales: discursos de mercado, lenguaje empresarial, retórica de la eficiencia o la libertad individual. Pero lo que importa no es la forma ideológica en que se anuncian, sino sus implicaciones materiales. La forma de gobierno de Trump es un ejemplo paradigmático: aunque a menudo se le asocia con el «neoliberalismo», rompió con los pilares centrales de las prácticas neoliberales, adoptando políticas proteccionistas agresivas —como aranceles unilaterales contra China, Europa y México—, desmantelando acuerdos multilaterales y reestructurando el papel del Estado como agente económico nacionalista. Esto no es, por lo tanto, una continuación del neoliberalismo ni un simple cambio, sino una ruptura efectiva con su lógica —económica, jurídica y geopolítica—.

2..- Lula representa, ejemplarmente, el impasse conceptual y político que este texto pretende criticar. Al mismo tiempo que denuncia, con razón, la violencia perpetrada por Israel en Gaza, flirtea sistemáticamente con el putinismo, ya sea minimizando la responsabilidad de Rusia en la guerra en Ucrania o reiterando críticas asimétricas a Zelenski y la resistencia ucraniana. Esta postura, disfrazada de diplomacia «equilibrada», revela no neutralidad, sino una división cínica y selectiva que se niega a reconocer como política legítima la lucha de un pueblo por la autodeterminación democrática.

3.- Hemos llamado a esta forma de poder noopoder. En: COCCO, Giuseppe; FORTES, Felipe. Aceleración algorítmica, crisis de soberanía y noopolítica: la batalla por el control de las redes. Common Place – Estudios de medios, cultura y democracia, Río de Janeiro, n.º 72 (Guerras), sección “Rede Moitará”, pp. 43–70, 30 de abril de 2025. Disponible en:
https://revistas.ufrj.br/index.php/lc/article/view/68200/43224

4.- Como nos recuerda Marx, es el ser humano quien explica al mono, y no al revés. Del mismo modo, no son los residuos del neoliberalismo los que explican las transformaciones actuales del capitalismo, sino estas mismas transformaciones las que reconfiguran el significado de los elementos heredados. El emprendimiento difuso, por ejemplo, persiste, pero ya no es un vector de reorganización estructural: es un punto de partida, no un punto final. Las dinámicas que importan aquí son aquellas que desestabilizan la forma consolidada del sistema, no aquellas que, aunque incorporadas, persisten como residuos dentro de un nuevo orden social, un nuevo modo de acumulación, un nuevo nomos. Lo mismo ocurre en el campo de la inteligencia: es la hibridación entre la inteligencia humana y la artificial la que desafía y redefine lo que entendemos por inteligencia, y no al revés.

5.- Un ejemplo concreto de estas prácticas tecnopolíticas de resistencia es el desarrollo, en plena guerra, de tecnologías de desminado territorial, llevadas a cabo mediante colaboraciones público-privadas entre el gobierno ucraniano y startups locales. Estas innovaciones se guían no solo por objetivos militares, sino también por la reconstrucción civil y la protección de la población. Véase: Innovation Under Fire: Inside Ukraine’s Race to Reinvent Demining, disponible en:
https://tech.eu/2025/06/04/innovation-under-fire-inside-ukraines-race-to-reinvent-demining/

Jason W. Moore: “La historia del capitalismo es una historia de genocidios recurrentes”

Por Adrià Rodríguez (IDRA) 

Hablar con Jason W. Moore (Oregón, 1971) es hablar de capitaloceno, concepto que propuso para “ridiculizar el pensamiento autoritario que se remonta a Malthus a finales del siglo XVIII”, donde la superpoblación era la fuente de la desigualdad. Para el historiador, geógrafo y profesor de Sociología, el cambio climático es responsabilidad de la clase capitalista y de esas 150 empresas transnacionales responsables de más del 70% de las emisiones mundiales de carbono y gases de efecto invernadero desde 1850. La crisis climática, concluye, es una cuestión laboral, una guerra de clases.

En esta entrevista, Moore también desarrolla la idea de ‘naturaleza barata’ y los “los intentos, desde arriba, de devaluar la vida humana”. También analiza el genocidio en Gaza –“singular, pero no excepcional”– y facilita herramientas clave para organizar movimientos antisistémicos que puedan dar respuesta a un capitalismo en crisis.

Quisiera empezar preguntándole por el concepto que ha desarrollado de “naturaleza barata”. ¿De qué manera este concepto es relevante hoy en día para abordar la crisis ecológica?

El capitalismo es un sistema de naturaleza barata. La naturaleza barata incluye no solo los suelos y los arroyos, los campos y los bosques, sino que incluye la fuerza de trabajo humana. La historia del capitalismo, desde Colón en 1492 hasta nuestros días, es la historia de una lucha por la naturaleza barata. La naturaleza barata incluye lo que yo llamo los cuatro elementos baratos, o los cuatro baratos: trabajo barato, alimentos baratos, energía barata y materias primas baratas. Para que el capitalismo pueda superar sus crisis necesita reducir el precio de la fuerza de trabajo, los alimentos, la energía y las materias primas, y al mismo tiempo aumentar su volumen. La naturaleza barata no consiste solo en cómo los capitalistas hacen bajar el precio de estos cuatro elementos, también es un proceso de devaluación en el sentido del término en inglés “cheapening”, relativo a privar de dignidad y respeto. Esto es lo que todos los grandes imperios hicieron: devaluar la vida y el trabajo de la gran mayoría.

¿Qué implica incluir la fuerza de trabajo como parte de la naturaleza barata?

A pesar de que hoy se habla de que la humanidad es la causa del cambio climático, la realidad es que durante la mayor parte de la historia del capitalismo casi toda la humanidad fue ubicada en el reino de la naturaleza. En palabras de la gran economista política Maria Mies, el capitalismo se nutre del trabajo no remunerado de las mujeres, la naturaleza y las colonias. Las fuentes de la naturaleza barata están en la trama de la vida, pero los mecanismos para producir y extraer naturaleza barata implican la dominación y la opresión. Por lo tanto, cuando hablamos de naturaleza barata no solo nos referimos a la naturaleza biofísica y biológica, sino también a los intentos, desde arriba, de devaluar la vida humana y el conjunto de la trama de la vida.

Recientemente ha escrito sobre el fin de esta naturaleza barata, el fin del proceso histórico por el cual el capitalismo no paga sus cuentas. La economista Daniela Gabor analiza cómo los poderes públicos reducen el riesgo de los privados invirtiendo sumas de dinero cada vez mayores para desplazar la crisis ecológica. ¿Hasta qué punto podemos decir que el dinero barato es una estrategia para evitar el fin de la naturaleza barata?

Desde finales de 1980 hasta hace quizá tres años, la era neoliberal estuvo marcada por una política monetaria expansiva de dinero barato. Lo vimos en Japón, en Europa o en Estados Unidos. Hoy, eso parece haber terminado. Y esto nos dice algo importante en respuesta a su pregunta: el capitalismo nunca resuelve sus crisis. Simplemente, las desplaza de un lado a otro. Pero solo las puede desplazar moviéndose hacia nuevas fronteras de dinero barato, trabajo barato, comida barata, energía barata, materias primas baratas y residuos baratos. Todas esas fronteras hoy han sido cercadas. La fuente de la vitalidad del capitalismo era moverse hacia nuevas fronteras y luego organizar nuevas y vastas revoluciones industriales. Hoy esto ha terminado, definitivamente.

Hoy también asistimos al fin de la comida barata. Desde 2008, los precios de los alimentos se han disparado en todo el mundo, principalmente debido a que el capital huyó de la crisis de las hipotecas subprime a la bolsa de Chicago para especular con materias primas y alimentos. Los poderes públicos están invirtiendo enormes sumas de dinero para contener los precios de los alimentos, porque saben que es una de las causas del malestar social. Esto está acelerando la concentración de poder en las grandes empresas agroindustriales y acelerando la crisis ecológica, que a su vez aumenta el precio de los alimentos. ¿Cómo romper esta espiral?

Analicemos la relación del capitalismo con la agricultura. Si nos remontamos al siglo XVI podemos ver que el modelo de revolución agrícola lanzado por el capitalismo fue exitoso. Lo que hizo fue producir cada vez más alimentos con cada vez menos fuerza de trabajo. Eso liberó a la mano de obra para trabajar en fábricas y astilleros, para trasladarse a las ciudades e impulsar el desarrollo económico moderno. Todas las grandes épocas doradas, desde la inglesa y la holandesa en los siglos XVI y XVII hasta el siglo estadounidense, se basaron en una revolución agrícola que logró producir más y más alimentos para que su precio bajara, haciendo que el precio de la fuerza de trabajo también disminuyera. La relación entre la alimentación y la fuerza de trabajo es muy estrecha, ya que el precio de los alimentos condiciona el precio de la mano de obra. Esa era ha terminado. Lo sabemos por la progresiva desaceleración de la productividad agrícola en todo el mundo, especialmente en las áreas que fueron el corazón de la revolución verde, como Estados Unidos o India. La alimentación es una de las principales cuestiones políticas del presente, una cuestión de orden social y de inestabilidad política. Dos de las principales revoluciones de la historia mundial moderna, la francesa y la rusa, fueron provocadas por problemas alimentarios. El cambio climático ahora hace imposible una nueva revolución agrícola capitalista en los términos que he descrito.

Quisiera que profundizáramos en el concepto de capitaloceno y en qué propone desde un punto de vista analítico.

El antropoceno significa, literalmente, la era del hombre. Se presenta como un hecho evidente, como una nueva era geológica. En realidad, se trata de un argumento político escondido bajo el espejismo de la buena ciencia. No hay nada original en el concepto de antropoceno. No es más que un cambio de nombre del holoceno. El concepto de capitaloceno es una provocación. Es un intento de burlarse y ridiculizar el pensamiento autoritario que se remonta a Malthus a finales del siglo XVIII. Malthus pensaba que la superpoblación era la fuente de la desigualdad, lo cual era muy conveniente para él y sus amigos ricos, porque así no tenían que asumir ninguna responsabilidad por el marcado aumento de la desigualdad en Inglaterra a finales del siglo XVIII. Según su lógica, la desigualdad no era culpa de los capitalistas, de la explotación ni de los cercamientos, era culpa de la naturaleza y la ley natural, de que, según ellos, los pobres tenían demasiados hijos. Otras versiones de este argumento aparecerían posteriormente. A finales del siglo XIX, otro período de profunda revuelta social, fue el darwinismo social y la revolución eugenésica. En 1968, en el momento de las revueltas del Tercer Mundo y en el Occidente imperialista, tenemos un medioambientalismo dominante, lo que Martínez-Alier llama el medioambientalismo de los ricos. Cada vez que la clase dominante se ve amenazada, vuelve a la idea de la naturaleza y la ley natural porque es más fácil justificar ideológicamente la guerra, la violencia y la desigualdad a través de un conflicto eterno entre el hombre y la naturaleza, que explicarlo a través de una guerra de clases entre la gran mayoría, campesinos y trabajadores, y la clase capitalista.

¿Y desde un punto de vista político? ¿De qué manera diría que el capitaloceno es fundamental para las formas actuales de organización y para los movimientos antisistémicos actuales?

El capitaloceno dice que los orígenes de la crisis climática se remontan a la era de Colón. La aniquilación de las poblaciones del nuevo mundo para esclavizarlas contribuyó al severo cambio climático del siglo XVII. El capitaloceno también es una manera de decir que el cambio climático es responsabilidad de la clase capitalista, del 1% o, actualmente, del 0,1%. Y que los responsables del cambio climático tienen nombres y direcciones. Basta pensar en las 150 empresas transnacionales responsables de más del 70% de las emisiones mundiales de carbono y gases de efecto invernadero desde 1850. Al igual que con la trata de esclavos, sabemos quién es el responsable de la crisis climática. Es un crimen contra la humanidad, un ecocidio. Y los responsables deben rendir cuentas. Tienen nombres y direcciones, sabemos quién ha cometido el delito, podemos tomar medidas. Por lo tanto, el capitaloceno es una forma de señalar que los problemas de la vida planetaria y de la crisis climática pueden atribuirse a las clases capitalistas del Occidente imperial.

Antes ha mencionado la obra de Maria Mies y su análisis de cómo el capitalismo se apropia del trabajo de las colonias, de las mujeres y de la naturaleza. En su pensamiento usted ha desarrollado una idea similar, la distinción entre apropiación y explotación, que también ha hecho Nancy Fraser. Esta distinción es fundamental para construir alianzas entre el movimiento ecologista y otras luchas como las sindicales o las luchas por la vivienda ¿De qué forma piensa que esta distinción puede ser políticamente útil?

No hay luchas ecológicas separadas de la cuestión laboral. Ese es el primer argumento que deben plantear los socialistas; que la crisis climática es una cuestión laboral, como dice Matthew Huber, una guerra de clases. El racismo, el sexismo y el imperialismo existen con un solo propósito: aumentar la tasa de ganancia y ampliar las posibilidades de acumulación de la superclase planetaria. Lo que hizo Maria Mies, la gran socióloga feminista y marxista alemana, fue llamar nuestra atención sobre las dinámicas de la opresión y el trabajo no remunerado en la formación de las clases trabajadoras. El proletariado, la clase obrera, no se define solo por la relación laboral asalariada. Todos los hogares de la clase trabajadora dependen de grandes cantidades de trabajo no remunerado. Se trata de una estrategia de naturaleza barata que reduce el precio de la fuerza de trabajo. El tiempo de trabajo socialmente necesario está determinado por procesos políticos de dominación que extraen el trabajo no remunerado socialmente necesario de las mujeres, la naturaleza y las colonias. El capitalismo no es, en sentido estricto, un sistema económico. Contiene un sistema económico, pero es un sistema social que organiza la trama de vida y que va mucho más allá del control de cualquier civilización, de los ciclos solares, de la órbita de la tierra, de las erupciones volcánicas.

La crisis capitalista y ecológica se despliega a través de lo que Neil Smith describió como desarrollo desigual. Este desarrollo desigual es causa y consecuencia de la competencia interna del capital. ¿En qué punto nos encontramos 40 años después de que Neil Smith escribiera su libro?

La dinámica competitiva, que está en el corazón del capitalismo, ha terminado. En todos los principales sectores económicos del mundo dominan cuatro, quizás cinco empresas. Da igual si nos fijamos en los contratistas militares, en las grandes empresas farmacéuticas, en los medios de comunicación, en la fabricación de automóviles o en las grandes empresas tecnológicas; hay cuatro o cinco empresas por sector. Esto es lo que los estudiosos han llamado capitalismo monopolista, pero lo que vemos hoy supera su imaginación más descabellada. Entonces, ¿qué tipo de capitalismo es este? Es un capitalismo zombi. Bajo el capitalismo zombi, las bases de vitalidad han desaparecido, pero el cuerpo permanece. El capitalismo está muerto por dentro, pero permanece para alimentarse del cerebro de los vivos. Así lo ha descrito Nancy Fraser en El capitalismo caníbal.

¿Qué papel tienen los poderes públicos en sostener las contradicciones inherentes al capitalismo zombi?

Los Estados Unidos han participado en aproximadamente 170 intervenciones militares desde 1999. A medida que la crisis climática se intensifica, también lo hace la maquinaria de guerra que viene de Washington. Los ambientalistas deben tomarse esto muy en serio. La capitalización bursátil de las 50 empresas más grandes del planeta equivale al 30% de toda la actividad económica del planeta. Este es un nivel de centralización extrema y está relacionado con la asociación extremadamente interrelacionada entre el capital y los Estados. En los Estados Unidos, en la relación entre Goldman Sachs, Wall Street y la Casa Blanca, o entre Silicon Valley y la Casa Blanca, o entre los contratistas militares y la Casa Blanca, siempre vemos a las mismas personas. Esto plantea cuestiones fundamentales sobre la democracia, incluso sobre la democracia limitada que se nos ha otorgado bajo el capitalismo. En todo el mundo presenciamos una crisis de la democracia liberal que tiene sus raíces en el fin de la naturaleza barata. No se puede superar, no se superará. Lo que tendrá éxito es alguna forma de acumulación con la política al mando, que por cierto es la condición normal de la civilización antes del capitalismo.

Está hablando de la era de la guerra y de su relación con el colapso ecológico. ¿De qué manera el genocidio en Gaza está relacionado con el ecocidio?

Gaza es singular, pero no excepcional. La historia del capitalismo es una historia de genocidios recurrentes. La lógica básica del imperialismo es la de un proyecto civilizador –por supuesto, lo digo con sarcasmo– que establece dos zonas. Una zona en la que impera una regularidad similar a la de una ley en los centros imperialistas, y zonas de sacrificio en todos los demás lugares. ¿Y quién habita las zonas de sacrificio? Los salvajes –así piensan los imperialistas, así es como hablan–. Primero eran salvajes, más tarde fueron subdesarrollados. Así es como los imperios se ven a sí mismos, como civilizadores. ¿Y a quién están civilizando? A los salvajes, los humanos que no son del todo humanos, que no están preparados para los mercados, para la democracia, para la civilización. Debemos enseñarles, dicen, y si no se les puede enseñar, hay que borrarlos de la faz de la Tierra. Todo esto es, al pie de la letra, la retórica del Gobierno israelí para ejecutar sus crímenes en Gaza. Los alemanes de la Segunda Guerra Mundial tenían la misma retórica. Los británicos en la India tenían la misma retórica. Podemos dar innumerables ejemplos, ya sea del imperio estadounidense, el imperio británico o el imperio holandés antes que ellos. Esta es también la historia de los genocidios indígenas que se sucedieron durante los siglos XIX y XX en América del Norte. Esta dinámica que acabo de describir es también la dinámica de cómo se producen naturalezas baratas, cuando los seres humanos se convierten en parte de la naturaleza y se les trata como un objeto prescindible, como algo que se puede dominar en aras del beneficio.

A lo largo de su trabajo ha desarrollado el concepto de ecología-mundo, tratando de describir cómo, en las distintas eras del capitalismo, el trabajo, la energía, la alimentación y la naturaleza se combinan de diferentes maneras. ¿Qué formas de resistencia imagina o cree que necesitamos en esta etapa de la ecología-mundo?

Necesitamos todas las formas de resistencia, aún más importante, no basta con resistirse. Históricamente, la expansión y el crecimiento del capital a lo largo de los siglos permitieron un modesto proceso de reformas graduales, sobre todo en el Occidente imperial. Algunas partes de la población mundial podrían ser cooptadas dándoles unas cuantas zanahorias más, metafóricamente hablando. Cuando no tienes zanahorias, solo tienes palos. Hoy no hay más zanahorias. Y una cosa que sabemos históricamente, hay un gran libro de Walter Scheidel titulado The Great Leveler en el que se expone este punto, es que ninguna redistribución de la riqueza y el poder de los ricos a los pobres ha ocurrido nunca sin violencia. Eso no se debe a que la gente sea violenta, sino a que las clases dominantes quieren conservar su riqueza y su poder por cualquier medio necesario. El contexto del fin de la naturaleza barata plantea cuestiones políticas nuevas y espinosas para los movimientos sociales de principios del siglo XXI. Debemos desarrollar una estrategia política que vaya más allá de la política fallida del horizontalismo, para que el poder político extienda la democracia en este momento de crisis.

 

El norte global vive de las rentas intelectuales

Por Vijay Prashad

A pesar de sus rápidas innovaciones tecnológicas, el sur global sigue atrapado en regímenes de propiedad intelectual dominados por el norte global: rentas infinitas con patentes y licencias, que lo despojan de su riqueza y frenan su desarrollo.

La cifra en el gráfico anterior, basada en datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), no es una exageración. A pesar de la creciente capacidad tecnológica e industrial de los países del Sur global, las corporaciones y Estados del norte global siguen siendo dueños de las patentes de propiedad intelectual sobre productos clave, condenando al Sur a regímenes indefinidos de pagos por este concepto. Estos incluyen pagos por patentes para productos farmacéuticos, tecnologías digitales (como licencias de software e infraestructura de telecomunicaciones) y agricultura (como semillas genéticamente modificadas, fertilizantes, pesticidas y equipos). Los avances científicos y tecnológicos se han acelerado en el sur global y varios países —sobre todo en Asia— han desarrollado trenes de alta velocidad, tecnologías verdes e infraestructura de telecomunicaciones. No obstante, incluso en estos rubros, la mayoría de los países siguen pagando altas rentas a empresas del norte global dueñas de patentes críticas.

Existen cinco sectores en los que el desequilibrio en los pagos relacionados con patentes es más grave (es decir, donde los países del sur global pagan significativamente más en regalías y derechos de licencia de lo que reciben a cambio):

  1. Farmacéutica. Las patentes de medicamentos están mayoritariamente en manos de empresas de Europa, Japón y Estados Unidos. Un ejemplo reciente del alto costo para acceder a tecnologías médicas esenciales fue la importación de vacunas de ARNm durante la pandemia de COVID-19. Varios países del sur global, como Sudáfrica e India, enfrentaron demoras y costos inflados en la adquisición de vacunas debido a restricciones de patentes y escasa transferencia tecnológica. (Sudáfrica finalmente optó por comprar vacunas a los productores genéricos de India, como Cipla y el Serum Institute, lo que permitió al país ahorrar aproximadamente 133 millones de dólares en tres años).
  2. Tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Cada componente de las TIC, desde el software y el hardware hasta los semiconductores y las redes móviles, cuesta una fortuna a los países del sur global. Esto no se debe solo al precio de los productos físicos, sino también a las elevadas tarifas de licencias por las tecnologías subyacentes, que a menudo están controladas por consorcios exclusivos de patentes (grupos de empresas que gestionan y licencian conjuntamente patentes esenciales).
  3. Maquinaria industrial y tecnologías de manufactura. Las patentes de máquinas de control numérico computarizado (CNC), herramientas automatizadas para manufactura de precisión, robótica y otros equipos de precisión (claves en sectores automotriz, minero y textil) son propiedad mayoritaria de empresas del norte global. En consecuencia, los países del sur global que buscan industrializarse deben importar estas tecnologías y pagar derechos de licencia permanente, en lugar de desarrollarlas o producirlas localmente.
  4. Biotecnología agrícola. Un pequeño grupo de empresas —como DuPont, Monsanto (Bayer) y Syngenta— controla las principales biotecnologías agrícolas, incluidas las de fertilizantes, semillas genéticamente modificadas y pesticidas, todas distribuidas mediante costosos acuerdos de licencia. Este control monopólico no solo limita la capacidad de las y los agricultores del sur global para acceder o desarrollar alternativas, aumentando su dependencia de empresas extranjeras y elevando los costos de producción, sino que también socava la soberanía de las semillas y contribuye a la degradación ambiental mediante prácticas como el monocultivo, el uso excesivo de productos químicos y la pérdida de biodiversidad.
  5. Tecnología verde. Las principales innovaciones en sistemas de baterías, paneles solares y turbinas eólicas están protegidas por patentes que, en su mayoría, pertenecen a empresas del norte global, lo que impide la transferencia tecnológica. Como consecuencia, los países del sur global deben pagar tarifas de licencia exorbitantes para adoptar estas tecnologías, lo que limita su capacidad de desarrollar sistemas energéticos sostenibles de manera autónoma.

Estas desigualdades se deben en gran parte al control monopólico de las empresas del norte global sobre las innovaciones y los regímenes de propiedad intelectual, lo que impide a los países del sur global construir alternativas competitivas. La falta de capacidad de investigación y desarrollo (I+D) en las economías medianas y pequeñas del sur global juega un papel fundamental en la reproducción de estas desigualdades.

Esta falta de capacidad en I+D tiene su origen en un legado colonial que dejó a muchos países del sur global con instituciones educativas poco desarrolladas, en particular en las ciencias avanzadas. A ello se suma el patrón de migración neocolonial que empuja a estudiantes talentosos a emigrar hacia el norte global en busca de oportunidades laborales. Por último, los Estados del sur global no han logrado construir el poder político necesario para desafiar los regímenes internacionales de propiedad intelectual que protegen las ventajas obtenidas por los países y empresas del norte global en épocas anteriores.

En 1986, el norte global, liderado por Estados Unidos, impulsó la octava ronda de negociaciones del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés), también conocida como la Ronda de Uruguay. Las siete rondas de negociaciones anteriores del GATT se habían centrado principalmente en la reducción de aranceles entre los países del Atlántico y Japón, con escasa participación del mundo previamente colonizado. Pero en la Ronda de Uruguay se modificó la agenda: a cambio de acceder a los mercados del Norte, se presionó a los Estados del Sur para que derribaran barreras a la inversión, la tecnología y los servicios provenientes del Norte, y para que modificaran sus leyes de propiedad intelectual. Durante este período, las ventajas comparativas de las grandes empresas monopólicas del Norte en derechos de propiedad intelectual y servicios comenzaron a generar enormes ganancias.

Lo más relevante es que los borradores para las negociaciones de la Ronda de Uruguay no provinieron de los países que se sentaron a la mesa, sino de grupos misteriosos como la Coalición de Propiedad Intelectual y la Coalición de Negociaciones Comerciales Multilaterales. Resultó que estas coaliciones no estaban compuestas por países, sino por grupos de presión de grandes empresas monopólicas del norte global, como DuPont, Monsanto y Pfizer, que impulsaron la revisión del concepto de propiedad intelectual. Antes de la Ronda de Uruguay, las patentes podían otorgarse únicamente al proceso de innovación, permitiendo a otros individuos, empresas y países llegar al resultado final con métodos distintos, incluso mediante innovaciones de ingeniería inversa. La Ronda de Uruguay modificó este principio estableciendo que el producto final en sí mismo sería patentable, garantizando rentas al titular sin importar el proceso utilizado para obtener el resultado. Así nació el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio, o Acuerdo sobre los ADPIC (TRIPS, por sus siglas en inglés).

Diez países del sur global (Argentina, Brasil, Cuba, Egipto, India, Nicaragua, Nigeria, Perú, Tanzania y Yugoslavia), liderados por Brasil e India, se reunieron para discutir los peligros de la Ronda de Uruguay. Este Grupo de los Diez (G10) advirtió que este enfoque causaría una hambruna tecnológica en el sur global, con una transferencia mínima de tecnología a costos exorbitantes y el colapso virtual del desarrollo tecnológico local. Aunque inicialmente pareció que el G10 logró algunas concesiones, la presión ejercida por Estados Unidos fracturó al grupo. En 1989, Brasil e India cedieron y la coalición se disolvió.

El debate se trasladó entonces a los desacuerdos entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre los subsidios agrícolas. Al concluir la Ronda de Uruguay en 1994, el sur global aceptó el nuevo y nefasto régimen de propiedad intelectual y las reglas derivadas. El Acuerdo sobre los ADPIC se convirtió en el núcleo de la Organización Mundial del Comercio (OMC), fundada al año siguiente.

Nueve años después, India, Brasil y Sudáfrica crearon el bloque IBSA, exigiendo exenciones a los derechos de propiedad intelectual y licencias obligatorias para medicamentos esenciales, en particular antirretrovirales para tratar el VIH/Sida. Su esfuerzo logró que, el 30 de agosto de 2003, la OMC flexibilizara temporalmente ciertas obligaciones del Acuerdo sobre los ADPIC, permitiendo a los países sin capacidad productiva importar medicamentos genéricos bajo licencias obligatorias. Aunque esto no revirtió la lógica subyacente del Acuerdo (o principio ADPIC), se garantizó un alivio limitado para algunos fármacos. (La promesa de 2003 de las fundaciones Gates y Clinton de reducir el costo de los medicamentos contra el VIH/sida fue, en cambio, una cortina de humo para blindar el marco general del Acuerdo sobre los ADPIC). Este alineamiento inicial entre Brasil, India y Sudáfrica derivó en el bloque BRICS en 2009, tras el inicio de la Tercera Gran Depresión del Atlántico en 2007. Pese a sus iniciativas en salud y tecnología, el BRICS, no ha logrado erosionar el principio ADPIC.

Injy Aflatoun (Egipto), Fedayeen [Soldado], 1970.

En los años ochenta, varios gobiernos del sur global denunciaron lo que más tarde se conocería como biopiratería. Planteaban que muchas de las llamadas innovaciones modernas —sobre todo en agricultura y productos farmacéuticos— tenían su origen en sistemas de conocimientos tradicionales desarrollados por campesinxs y sanadorxs de África, Asia y América Latina. El argumento tuvo poco eco, salvo en casos emblemáticos —como el intento de W. R. Grace de patentar la hoja de neem del sur de Asia, y el de Phytopharm de desarrollar el hoodia, tradicionalmente usado por el pueblo san del sur de África—, la acusación de biopiratería obligó a las empresas a renunciar a sus patentes o compartir sus ganancias. El debate en torno a la biopiratería dio lugar a un tratado de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) que exige a las empresas declarar el origen de los recursos genéticos y conocimientos tradicionales utilizados en sus productos. Sin embargo, en la práctica, este tratado se incumple con frecuencia. Más allá de evidenciar que este tipo de declaraciones no se hacían en el pasado, no ha brindado ganancias sustanciales ni a las comunidades indígenas ni a los países en los que habitan. De hecho, el Acuerdo sobre los ADPIC prevalece sobre las disposiciones de la OMPI y otorga a las empresas amplios márgenes para explotar el conocimiento tradicional.

Reflexionar sobre la biopiratería y las normas de propiedad intelectual que rigen la difusión de las tecnologías verdes me lleva al mundo del poeta y exembajador mexicano Homero Aridjis, cuya obra Selva ardiendo podría servir como advertencia contra esas reglas que asfixian al mundo:

Los cielos amarillos parecen Turners tropicales.
Las palmeras danzantes son besadas por lenguas voraces.
Los monos aulladores saltan de copa en copa.
A través de las humaredas, bandadas de loros,
Con las colas quemadas, van buscando al sol,
que los mira oculto, como un ojo podrido.

Fuente: https://thetricontinental.org/es/newsletterissue/boletin-propiedad-intelectual-sur-global/

Elogio de la dificultad de Estanislao Zuleta

Estanislao Zuleta fue un intelectual colombiano reconocido por su formación autodidacta. Padawan del filosofo Fernando Gonzáles Ochoa, desde muy joven empezó a elaborar una lectura de la realidad fundamentada en un socialismo creativo, crítico de todo dogmatismo, que articulaba el pensamiento de los que el filosofó francés Paul Ricoeur denominó los maestros de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud.

El #AprendiendoCositas que compartimos en esta ocasión es uno de los ensayos más conocidos del autor: Elogio de Dificultad, una mordaz crítica a la sociedad de consumo, a la mediocridad e incluso a las militancias políticas dogmáticas y sectarias, y una defensa a la diversidad y al pensamiento crítico-complejo. Un texto de obligatoria lectura para las ciudadanías libres, que rompen con los estándares de aquella ciudadanía colombiana, cómoda con el orden social existente, a pesar de su evidente desigualdad, injusticia social y mediocridad generalizada.

ELOGIO DE LA DIFICULTAD
Por: Estanislao Zuleta

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.

Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, si no fuera porque constituyen el modelo de nuestros anhelos en la vida práctica. Aquí mismo, en los proyectos de la existencia
cotidiana, más acá del reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad garantizada, de las reconciliaciones totales, de las soluciones definitivas.

Puede decirse que nuestro problema no consiste sólo ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo.

En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global,
capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido. Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él. Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario. Son muy conocidos en la historia, desde la Antigüedad hasta hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los partidos provistos de una verdad y de una meta absolutas, las iglesias cuyos miembros han sido alcanzados por la gracia –por la desgracia– de alguna revelación.

El estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán próximos se encuentran una de otro la idealización y el terror. La idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que procurarán su conquista.

Quienes de esta manera tratan de someter la realidad al ideal, entran inevitablemente en una concepción paranoide de la verdad; en un sistema de pensamiento tal, que los que se atrevieran a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la interpretación totalitaria: sus argumentos no son argumentos sino solamente síntomas de una naturaleza dañada o bien máscaras de malignos propósitos. En lugar de discutir un razonamiento se le reduce a un juicio de pertenencia al otro –y el otro es, en este sistema, sinónimo de enemigo–, o se procede a un juicio de intenciones. Y este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el punto en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda diferencia: el que no está conmigo está contra mí, y el que no está completamente conmigo, no está conmigo.

Así como hay, según Kant, un verdadero abismo de la razón que consiste en la petición de un fundamento último e incondicionado de todas las cosas, así también hay un
verdadero abismo de la acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a la “causa” absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición o como agresión.

Ahora sabemos, por una amarga experiencia, que este abismo de la acción, con sus guerras santas y sus orgías de fraternidad, no es una característica exclusiva de ciertas épocas
del pasado o de civilizaciones atrasadas en el desarrollo científico y técnico; que puede funcionar muy bien y desplegar todos sus efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra. Sabemos que ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino, inmuniza a una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la lógica paranoide que afirma un discurso particular –todos lo son– como la designación misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.

El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada por la participación, separan un interior bueno –el grupo– y un exterior amenazador. Así como se ahorra sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad.

Y cuando digo aquí facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de formaciones colectivas, se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no aspiran a la palma del martirio. Facilidad, sin embargo, porque lo que el hombre teme por encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.

Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto. No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males menores propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado a las más caras esperanzas.

Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no pueden aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en una fusión amorosa.

No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.

Nuestro saber es el mapa de la realidad y toda línea que se separe de él sólo puede ser imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por inconfesables intereses. Desde la concepción apocalíptica de la historia, las normas y las leyes de cualquier tipo son vistas como algo demasiado abstracto y mezquino frente a la gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la promesa; y por lo tanto sólo se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en la misión incondicionada.

Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado o estimado
sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y en la dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista que además piensa que ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior.

Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquello sin lo cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosanna del aburrimiento satisfecho.

Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.

Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir, el empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él. En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso, aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura.

Él es así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado. El discurso del otro no es más que un síntoma de sus particularidades, de su raza, de su sexo, de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados.

Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo. La difícil tarea de aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra posición y a la opuesta no significa desde luego que consideremos equivalentes las doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los partidos, las clases y las naciones en conflicto.

Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza en la superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros de que no necesita, ni le conviene esa doble
falsificación con la cual, en verdad, podría defenderse cualquier cosa.

En el carnaval de miseria y derroche propios del capitalismo tardío se oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos convocaron a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto a la altura de las conquistas de la humanidad. Dostoievski nos enseñó a mirar hasta dónde van las tentaciones de tener una fácil relación interhumana: van sólo en el sentido de buscar el poder, ya que si no se puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común se produce lo que Bahro llama intereses compensatorios: la búsqueda de amos, el deseo de ser vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas del cuidado de que nuestra vida tenga un sentido Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón.

Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de los proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha fabricado. Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:

“También esta noche, Tierra, permaneciste firme.
Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor.
Y alientas otra vez en mi
la aspiración de luchar sin descanso
por una altísima existencia”.

¿Cambio de régimen en Occidente?

¿Qué tipo de reconstrucción, ahora inevitablemente radical, de la democracia liberal existente sería necesaria para acabar con las oligarquías que ha engendrado?

Por Perry Anderson

En los últimos años, el cambio de régimen se ha convertido en un término canónico. Significa el derrocamiento, típica pero no exclusivamente por los EEUU, de gobiernos de todo el mundo que no le gustan a Occidente, utilizando la fuerza militar, el bloqueo económico, la erosión ideológica o alguna combinación de estos para lograrlo.

Pero originalmente el término significaba algo muy diferente: una alteración generalizada en el propio Occidente: no la transformación repentina de un Estado-nación mediante la violencia externa, sino la instalación gradual de un nuevo orden internacional en tiempos de paz. Los pioneros de esta concepción fueron los teóricos estadounidenses que desarrollaron la idea de regímenes internacionales como resultado de acuerdos que aseguraran relaciones económicas de cooperación entre los principales estados industriales, que podían o no tomar la forma de tratados. Se creía que este último se había desarrollado a partir del liderazgo estadounidense después de la II Guerra Mundial, pero lo había trascendido con la formación de un marco consensual de transacciones mutuamente satisfactorias entre los países líderes. El manifiesto de esta idea fue Poder e interdependencia, una obra coescrita por dos pilares del establishment de la política exterior de la época, Joseph Nye y Robert Keohane, cuya primera edición -ha habido muchas- apareció en 1977.

Aunque presentado como un sistema de normas y expectativas que ayudaba a asegurar la continuidad entre las sucesivas administraciones de Washington al introducir «mayor disciplina» en la política exterior estadounidense, el estudio de Nye y Keohane no dejó dudas sobre sus beneficios para Washington. Los regímenes suelen favorecer a EEUU porque este país es la principal potencia comercial y política del mundo. Si muchos regímenes ya no existieran, EEUU seguramente querría inventarlos, como lo ha hecho. A principios de la década de 1980 se publicaron varios textos en este sentido: un simposio titulado Regímenes internacionales, editado por Stephen Krasner (1983); El propio tratado de Keohane, Después de la hegemonía (1984), y una miríada de artículos eruditos.

En la década siguiente, esta doctrina tranquilizadora sufrió una mutación, con la publicación del volumen Regime Changes: Macroeconomic Policy and Financial Regulation in Europe from the 1930s to the 1990s, editado por Douglas Forsyth y Ton Notermans, uno estadounidense, el otro holandés. El libro mantuvo, pero aclaró, la idea de un régimen internacional, precisando la variante que había prevalecido antes de la guerra, basada en el patrón oro; luego el orden forjado en Bretton Woods, que la sucedió en el período de posguerra; y finalmente esbozó el final de este último en la década de 1970. Lo que había reemplazado al mundo establecido en Bretton Woods era un conjunto de restricciones sistémicas que afectaban a todos los gobiernos, independientemente de su color, y que consistían en paquetes de políticas macroeconómicas y financieras que establecían los parámetros de posibles políticas laborales, industriales y sociales. Si el orden de posguerra había estado guiado por el objetivo de garantizar el pleno empleo, la prioridad del período posterior a Bretton Woods fue la estabilidad monetaria. El liberalismo económico clásico terminó con la Gran Depresión. El keynesianismo de posguerra había llegado a su fin con la estanflación de los años 1970. El nuevo régimen internacional marcó el reinado del neoliberalismo.

Éste era el significado original de la frase «cambio de régimen», hoy casi olvidado, borrado por la ola de intervencionismo militar que confiscó el término a principios de siglo. Una mirada a su uso revela su historia. El término, que había disminuido su uso desde su llegada en la década de 1970, aumentó repentinamente a fines de la década de 1990, multiplicándose por sesenta y convirtiéndose, como observó el historiador John Gillingham, en «el eufemismo actual para derrocar gobiernos extranjeros».

Sin embargo, la relevancia de su significado original permanece. El neoliberalismo no ha desaparecido. Sus características ahora son familiares: la desregulación de los mercados financieros y de materias primas; privatización de servicios e industrias; reducción de los impuestos corporativos y sobre el patrimonio; desgaste o marginación de los sindicatos. El objetivo de la transformación neoliberal, que comenzó en EEUU y Gran Bretaña bajo los gobiernos de Carter y Callaghan y alcanzó su máxima velocidad bajo los de Thatcher y Reagan, fue restaurar las tasas de ganancia del capital -que habían caído prácticamente en todas partes desde fines de los años 1960- y derrotar la combinación de estancamiento e inflación que se había instalado una vez que la rentabilidad había caído.

Durante un cuarto de siglo, los remedios del neoliberalismo parecieron funcionar. El crecimiento ha regresado, aunque a un ritmo marcadamente más lento que en el cuarto de siglo posterior a la II Guerra Mundial. La inflación fue la predominante. Las recesiones han sido breves y superficiales. Las tasas de beneficio se han recuperado. Los economistas y comentaristas celebraron el triunfo de lo que el futuro presidente de la Reserva Federal de EEUU, Ben Bernanke, llamó la Gran Moderación. Sin embargo, el éxito del neoliberalismo como sistema internacional no dependió de la reanudación de las inversiones a los niveles de posguerra en Occidente: esto habría requerido un aumento de la demanda económica que fue impedido por la represión salarial, un elemento central del sistema. El sistema se construyó, más bien, sobre una expansión masiva del crédito, es decir, sobre la creación de niveles sin precedentes de deuda privada, corporativa y, en última instancia, pública. En Comprar tiempo, su obra pionera de 2014, Wolfgang Streeck lo describe como un reclamo sobre recursos futuros que aún no se han producido; Marx lo llamó más directamente «capital ficticio». Finalmente, como predijo más de un crítico del sistema, la pirámide de deuda se derrumbó, provocando el colapso de 2008.

La crisis que siguió fue, como confesó Bernanke, «una amenaza para la vida» del capitalismo. En tamaño, fue totalmente comparable al crack de Wall Street de 1929. Durante el año siguiente, la producción y el comercio mundial cayeron más rápidamente que en los primeros doce meses de la Gran Depresión. Lo que siguió, sin embargo, no fue otra Gran Depresión, sino una Gran Recesión: una gran diferencia.

Un punto de partida para comprender la posición política en la que se encuentra Occidente hoy es mirar atrás a la secuencia de acontecimientos de la década de 1930. Cuando el Lunes Negro golpeó el mercado de valores estadounidense en octubre de 1929, los gobiernos conservadores estaban en el poder en EEUU, Francia y Suecia, mientras que los gobiernos socialdemócratas estaban en el poder en Gran Bretaña y Alemania. Sin embargo, todos fueron más o menos indiscriminadamente fieles a las ortodoxias económicas de la época: el compromiso con una moneda sólida -es decir, el patrón oro- y un presupuesto equilibrado, políticas que no hicieron más que profundizar y prolongar la Depresión. Sólo entre el otoño de 1932 y la primavera de 1933, un lapso de tres años o más, comenzaron a introducirse programas no convencionales para contrarrestar la situación, primero en Suecia, luego en Alemania y finalmente en EEUU. Esto correspondió a tres configuraciones políticas muy diferentes: la llegada al poder de la socialdemocracia en Suecia, del nazismo en Alemania y de un liberalismo actualizado en EEUU. Detrás de cada uno de ellos se encontraban heterodoxias preexistentes, listas para ser adoptadas por los gobernantes, como lo haría Per Albin Hansson en Suecia, Hitler en Alemania y Roosevelt en EEUU: la escuela de economía de Estocolmo, descendiente de Knut Wicksell a Ernst Wigforss, en Suecia; la valorización de las obras públicas de Hjalmar Schacht en Alemania y las inclinaciones normativas neoprogresistas de Raymond Moley, Rexford Tugwell y Adolf Berle -el «grupo de cerebros» original de la Reserva Federal- en EEUU.

Ninguno de estos sistemas estaba plenamente elaborado o era coherente. Schacht en Alemania y Keynes en Gran Bretaña habían estado en contacto entre sí desde la década de 1920, pero el keynesianismo propiamente dicho (la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero no apareció hasta 1936) no fue una contribución directa a estos experimentos, aunque todos ellos preveían un fortalecimiento del papel del Estado. Tales eran los instrumentos técnicos dispersos de la época.

Tres años de desempleo masivo habían generado poderosas fuerzas ideológicas en todos los países: un reformismo socialdemócrata mucho más audaz en la noción de Folkhemmet, la Casa del Pueblo, en Suecia; el nazismo, que se autodenominó die Bewegung, el Movimiento, en Alemania; y en EEUU el papel dinámico del comunismo estadounidense en los sindicatos y entre los intelectuales, que forzó la concesión de reformas laborales y de seguridad social por parte de una administración demócrata que por su propia voluntad difícilmente las habría implementado. Finalmente, en el contexto de los tres acontecimientos en el mundo capitalista se vislumbraba el éxito sin precedentes de la Unión Soviética al evitar el colapso, con pleno empleo y tasas de crecimiento rápido, lo que hizo que la idea de la planificación económica fuera atractiva en todo el mundo capitalista.

Sin embargo, se necesitaría un shock mucho mayor y más profundo que el desplome de Wall Street para poner fin a la depresión global a la que había conducido e institucionalizar la ruptura con las ortodoxias del liberalismo económico clásico. Fue el abismo de la II Guerra Mundial lo que lo causó. Cuando se restableció la paz, nadie podía dudar de la existencia de un sistema internacional diferente -que combinaba el patrón oro, políticas monetarias y fiscales anticíclicas, niveles altos y estables de empleo y sistemas formales de bienestar- ni del papel que las ideas de Keynes habían desempeñado en su consolidación. Después de 25 años de éxito, fue la degeneración de este régimen hacia la estanflación lo que desató el neoliberalismo.

El escenario tras el colapso de 2008 fue completamente diferente. En EEUU, la ayuda política llegó de inmediato. Bajo la administración de Obama, los bancos y las compañías de seguros fraudulentos y las empresas automotrices en quiebra fueron rescatadas con enormes infusiones de fondos públicos que nunca estuvieron disponibles para una atención médica decente, escuelas, pensiones, ferrocarriles, carreteras, aeropuertos, sin mencionar el apoyo a los ingresos de los más pobres. Se desató un estímulo fiscal masivo, ignorando la disciplina presupuestaria. Para apoyar al mercado de valores, bajo el cortés eufemismo de flexibilización cuantitativa, el banco central ha creado dinero a gran escala. En silencio y desafiando su mandato, la Reserva Federal rescató no sólo a los bancos estadounidenses en problemas, sino también a los europeos, con transacciones ocultas al Congreso y al escrutinio público, mientras el Tesoro se aseguraba -en estrecha colaboración tras bastidores con el Banco Popular de China- de que no hubiera ninguna vacilación por parte de China en comprar bonos del Tesoro.

En resumen, una vez socavadas las instituciones centrales del capital, todos los dictados de la economía neoliberal fueron arrojados al viento, con dosis de remedios megakeynesianos que superaban la propia imaginación de Keynes. En Gran Bretaña, donde la crisis golpeó más rápidamente que en otros países europeos, estos remedios llegaron hasta la nacionalización temporal de lo que el talento estadounidense para el eufemismo burocrático ha llamado «activos problemáticos «.

¿Todo esto significó un repudio del neoliberalismo y un giro hacia un nuevo régimen internacional de acumulación? En absoluto. El principio fundamental de la ideología neoliberal, acuñado por Thatcher, siempre ha sido el acrónimo femenino TINA: No hay alternativa. Aunque las medidas para dominar la crisis parecían, y en gran medida lo fueron, tabú, a juzgar por los estándares neoclásicos, en esencia se redujeron a un cuadrado matemático, o cubo, de la dinámica subyacente de la era neoliberal, a saber, la expansión continua del crédito por encima de cualquier aumento de la producción, en lo que los franceses llaman una fuite en avant -una huida hacia adelante. Así, una vez que las medidas requeridas por la emergencia estabilizaron el sistema, la lógica del neoliberalismo comenzó a avanzar nuevamente, país tras país.

En Gran Bretaña, que fue el primero en este proceso, la despiadada imposición de medidas de austeridad ha reducido el gasto de las autoridades locales a niveles miserables y ha recortado las pensiones universitarias. En España e Italia se ha revisado la legislación laboral para facilitar el despido sumario de trabajadores y aumentar el trabajo precario. En EEUU se mantuvieron los drásticos recortes de impuestos a las corporaciones y a los ricos, mientras se aceleró la desregulación en los sectores de energía y servicios financieros. En Francia, que históricamente llegó tarde a la carrera por el neoliberalismo pero ahora compite por un lugar en la vanguardia, se ha lanzado algo así como un programa thatcherista en toda regla: privatización de las industrias públicas, legislación para debilitar a los sindicatos, exenciones fiscales a las empresas, reducciones en el empleo del sector público, recortes a las pensiones, reducciones en el acceso a las universidades, aparentemente encaminándose hacia un ajuste de cuentas social en la línea del aplastamiento de los mineros por parte de Thatcher, un giro en las relaciones de clase del cual el capital británico nunca ha mirado atrás.

¿Cómo fue todo esto posible? ¿Cómo fue posible que un shock tan traumático para el sistema como la crisis financiera global y el descrédito en que inevitablemente cayeron sus principales organismos y administradores fuera seguido por un retorno tan completo a la normalidad? Dos condiciones fueron decisivas para este resultado paradójico. En primer lugar, a diferencia de la década de 1930, no había paradigmas teóricos alternativos dispuestos a socavar y reemplazar el predominio de la doctrina neoliberal. El keynesianismo, que después de 1945 se había convertido en el denominador común de lo que había sido tamizado a través de la trilladora de la guerra por las tres tendencias contendientes de la década de 1930, nunca se había recuperado de su debacle en los conflictos de clases de la década de 1970. La matematización había anestesiado desde hacía tiempo gran parte de la disciplina económica contra cualquier tipo de pensamiento original, dejando completamente marginadas anomalías como la Escuela de la Regulación en Francia o la Escuela de la Estructura Social de la Acumulación en los EEUU1. Los teoremas neoliberales de «expectativas racionales» o «equilibrio del mercado» pueden parecer hoy absurdos, pero no había mucho que pudiera reemplazarlos.

Detrás de esta ausencia intelectual -y ésta fue la segunda condición de la aparente inmunidad del neoliberalismo al deshonor- estaba la desaparición de cualquier movimiento político significativo que exigiera con fuerza la abolición o la transformación radical del capitalismo. A finales del siglo, el socialismo en sus dos variantes históricas, revolucionaria y reformista, había sido barrido de la escena en la zona atlántica. La variante revolucionaria: aparentemente, con el colapso del comunismo en la URSS y la desintegración de la propia Unión Soviética. La variante reformista: aparentemente, con la extinción de todo rastro de resistencia a los imperativos del capital en los partidos socialdemócratas de Occidente, que ahora se limitan a competir con partidos conservadores, demócrata-cristianos o liberales en su implementación. La Internacional Comunista fue clausurada ya en 1943. Sesenta años más tarde, la llamada Internacional Socialista incluyó entre sus filas al partido gobernante de la brutal dictadura militar de Mubarak en Egipto.

Sin embargo, otro aspecto de la globalización ha tenido un efecto más ambiguo. Los principios neoliberales implican la desregulación de los mercados: la libre circulación de todos los factores de producción; en otras palabras, la movilidad a través de las fronteras no sólo de bienes, servicios y capital, sino también de mano de obra. Lógicamente ello significa inmigración. En la mayoría de los países, las empresas han utilizado durante mucho tiempo a los trabajadores inmigrantes como un ejército de reserva de mano de obra de bajo costo, cuando se necesitaba oferta y las circunstancias lo permitían. Pero en el caso de los Estados, era necesario sopesar consideraciones puramente económicas frente a otras más sociales y políticas. A este respecto, Friedrich von Hayek -la mente más grande del neoliberalismo- ya había insertado una reserva, una advertencia. La inmigración, advirtió, no puede tratarse como si fuera simplemente una cuestión de mercados de factores, ya que, a menos que se controle estrictamente, podría amenazar la cohesión cultural del estado anfitrión y la estabilidad política de la sociedad misma. Thatcher también estableció un límite en este sentido.

Sin embargo, por supuesto, persistieron las presiones para importar o aceptar mano de obra extranjera barata, incluso cuando la producción se subcontrataba cada vez más en el extranjero, ya que muchos servicios domésticos o desagradables, rechazados por la población local, no podían, a diferencia de las fábricas, exportarse, sino que debían realizarse localmente. A diferencia de casi todos los demás aspectos del orden neoliberal, nunca se ha alcanzado un consenso estable en el establishment sobre esta cuestión, que ha seguido siendo un eslabón débil en la cadena TINA.

Si observamos las revueltas populistas contra el neoliberalismo, se dividen, como todos saben, en movimientos de derecha e izquierda. En este sentido, repiten el patrón de las revueltas contra el liberalismo clásico después de su debacle: fascistas a la derecha, socialdemócratas o comunistas a la izquierda. Lo que diferencia a las revueltas de hoy es la falta de ideologías o programas articulados de manera comparable, de algo que equivalga a la coherencia teórica o práctica del propio neoliberalismo. Se definen por aquello a lo que se oponen, mucho más que por aquello a lo que están a favor. ¿Contra qué protestan? El sistema neoliberal de hoy, como el de ayer, encarna tres principios: el aumento de la riqueza y de las diferencias de ingresos, la abolición del control y la representación democráticos y la desregulación de todas las transacciones económicas posibles. En resumen: desigualdad, oligarquía y movilidad de factores. Éstos son los tres objetivos centrales de los levantamientos populistas. Donde estas insurgencias divergen es en el peso que dan a cada elemento, es decir, contra qué segmento de la paleta neoliberal dirigen la mayor hostilidad. Los movimientos de derecha se centran notoriamente en el último factor, la movilidad, jugando con las reacciones xenófobas y racistas hacia los inmigrantes para ganar un amplio apoyo entre los sectores más vulnerables de la población. Los movimientos de izquierda se oponen a este movimiento, identificando la desigualdad como el principal mal. La hostilidad hacia la oligarquía política establecida es común a los populismos tanto de derecha como de izquierda.

Históricamente, existe una clara división cronológica entre estas diferentes formas del mismo fenómeno. El populismo contemporáneo surgió primero en Europa, donde todavía hoy existe la gama más amplia y diversa de movimientos.

Las fuerzas populistas de derecha se remontan a principios de la década de 1970. En Escandinavia, estas tomaron la forma de las revueltas ‘libertarias’ antiimpuestos de los Partidos del Progreso en Dinamarca y Noruega, fundados en 1972 y 1973 respectivamente. En Francia, el Frente Nacional fue fundado en 1972, pero recién a comienzos de los años 1980 obtuvo una modesta tracción electoral como partido nacionalista de derecha y antiinmigrante, con cierto atractivo para la clase trabajadora y fuertes connotaciones racistas.

Más tarde, en la misma década, el liderazgo del Partido de la Libertad en Austria fue asumido por Jörg Haider, quien adoptó una plataforma similar, mientras que más al norte surgieron los Demócratas de Suecia como un grupo de extrema derecha sobre una base xenófoba muy similar.

En la génesis de las tres formaciones hubo elementos neofascistas, que fueron desapareciendo una vez que lograron una presencia electoral significativa. En la década de 1990, surgió en Italia la Liga Norte, que tenía raíces antifascistas, surgió el UKIP en Gran Bretaña y los partidos daneses y noruegos, antaño libertarios, se convirtieron en fuerzas antiinmigrantes. A principios de la década siguiente, los Países Bajos crearon su propio Partido de la Libertad, que combinaba perspectivas libertarias e islamófobas. Diez años más tarde, Alternative für Deutschland repitió el modelo holandés en Alemania. Todos estos partidos de derecha se han pronunciado contra la corrupción política y el cierre de sus establecimientos nacionales y contra los dictados burocráticos de la Bruselas de la Unión Europea. Todos, con la única excepción de la AfD (fundada en 2013), precedieron al colapso de 2008.

Las fuerzas populistas de izquierda son mucho más recientes: surgieron recién después de la crisis financiera mundial de 2008. En Italia, el Movimiento Cinco Estrellas se remonta a 2009. En Grecia, Syriza , todavía un grupo pequeño cuando Lehman Brothers colapsó en Nueva York, se convirtió en una fuerza electoral significativa en 2012. En España, Podemos se formó en 2014. Jean-Luc Mélenchon creó La Francia Insumisa en 2016. El momento de esta ola deja claro que son las desigualdades socioeconómicas del neoliberalismo, y no su debilitamiento de las fronteras etnonacionales, las que han impulsado el populismo de izquierda. Ésta es una distinción fundamental entre los dos tipos de revuelta contra el orden actual. No se trata, sin embargo, de un abismo insalvable, pues no sólo hay una superposición general en el rechazo común a la colusión y la corrupción de los establishment políticos de cada país, sino también, en algunos casos, una contigüidad en la defensa común de los sistemas de bienestar amenazados y, en otros casos, en la preocupación por las presiones de la inmigración.

Bajo el liderazgo de Marine Le Pen, el Frente Nacional se había posicionado consistentemente a la izquierda del Partido Socialista Francés en la mayoría de las cuestiones de política interior y exterior, excepto la inmigración, al tiempo que planteaba críticas al régimen de François Hollande que a menudo eran indistinguibles de las de Mélenchon. En Italia, sin embargo, el Movimiento Cinco Estrellas, cuyo voto en el parlamento fue en general impecablemente radical, había expresado repetidamente su alarma por el creciente flujo de refugiados a Italia. Otro gesto común a casi todos los matices del populismo en Europa ha sido la rebelión contra la flagrante confiscación de la democracia por parte de las estructuras de la Unión Europea en Bruselas.

El problema, de hecho, es más general. Ningún populismo, ni de derecha ni de izquierda, ha producido aún un remedio eficaz para los males que denuncia.

En términos programáticos, los oponentes contemporáneos del neoliberalismo todavía operan en gran medida en la oscuridad. ¿Cómo podemos abordar seriamente la desigualdad sin provocar inmediatamente una huelga de capital? ¿Qué medidas se pueden prever para responder al enemigo golpe por golpe en este terreno en disputa y salir victoriosos? ¿Qué tipo de reconstrucción, ahora inevitablemente radical, de la democracia liberal existente sería necesaria para acabar con las oligarquías que ha engendrado? ¿Cómo desmantelar el Estado profundo, organizado en todos los países occidentales para la guerra imperial, clandestina o abierta?

¿Qué reconversión económica podemos imaginar para combatir el cambio climático sin empobrecer a las sociedades ya pobres de otros continentes? El hecho de que falten tantas flechas en el carcaj de una oposición seria al statu quo no es, por supuesto, sólo culpa de los populismos actuales. Refleja la contracción intelectual de la izquierda en sus largos años de retroceso desde la década de 1970 y la esterilidad, durante ese período, de lo que alguna vez fueron corrientes originales de pensamiento al margen de la corriente dominante. Se pueden citar propuestas correctivas que varían de un país a otro: el «Medicare» en EEUU, la renta garantizada para los ciudadanos en Italia, los bancos públicos de inversión en Gran Bretaña, los impuestos Tobin en Francia y otras similares. Pero en lo que se refiere a una alternativa integral e interconectada al statu quo, el armario todavía está vacío.

Si un partido o movimiento populista llega al poder ahora, basta con mirar el destino tránsfuga de Syriza en Grecia para ver el resultado probable para la izquierda -en la oposición, un rebelde contra los dictados de la UE, y en el cargo, un instrumento subordinado a ella- o para la derecha, la estandarización de la noche a la mañana de la primera presidencia de Trump, que avivó las llamas de la complacencia y la desigualdad del establishment el día de la toma de posesión y no hizo nada al respecto una vez en la Casa Blanca. Desde el punto de vista político, el neoliberalismo no ha corrido grandes riesgos.

¿Estamos presenciando finalmente la llegada de un cambio de régimen en Occidente, ya anunciado varias veces en este siglo? Éste es el mensaje de un reciente best seller de un destacado historiador estadounidense simpatizante de Biden, The Rise and Fall of the Neoliberal Order: America and the World in the Free Market Era, de Gary Gerstle, que sugiere que, desde diferentes direcciones, Sanders y Trump asestaron golpes tan efectivos a la encarnación del neoliberalismo de Hillary Clinton que, bajo el gobierno de Biden, se allanó el camino para que el equilibrio entre ricos y pobres en la sociedad estadounidense comenzara a alterarse y los beneficios de la política industrial dirigida por el gobierno se hicieran visibles para millones de personas. Admitiendo que «los vestigios del orden neoliberal permanecerán con nosotros durante años y quizás décadas», concluye sin embargo con la firme afirmación de que «el propio orden neoliberal se ha derrumbado».

En cierto sentido, una crítica aún más dura del costo socioeconómico después de Reagan viene de un ex admirador del propio Reagan, el banquero indio-estadounidense Ruchir Sharma, ex estratega global jefe de Morgan Stanley, en What Went Wrong with Capitalism. Su leitmotiv es que «las crisis financieras periódicas -que estallaron en 2001, 2008 y 2020- ahora se desarrollan en el contexto de una crisis diaria y permanente de colosal mala asignación de capital», resultado de enormes inyecciones de dinero fácil en las economías avanzadas por los bancos centrales para sostener tasas de crecimiento en constante descenso. Estos torrentes de dinero desembolsados por el Estado son la verdad última y predominante de este período. Tarde o temprano, advierte Sharma, se producirá un shock trascendental en el sistema. ¿Qué remedio podría traer? La respuesta de Sharma es: volver a un Estado más pequeño y a una moneda más estricta, la receta clásica de Mises y Hayek: el neoliberalismo hecho realidad nuevamente.

Estos veredictos contradictorios no son en sí mismos nuevos. Eric Hobsbawm proclamó «La muerte del neoliberalismo» ya en 1998. Doce años después, Colin Crouch, no menos antineolberal, llegó a la conclusión opuesta, titulando su libro sobre sus desventuras «La extraña no-muerte del neoliberalismo», una sentencia que reiteró hace un año en un texto titulado «El neoliberalismo: aún por sacudirse su envoltura mortal». Éstas fueron las conclusiones de un enemigo declarado del orden neoliberal. Jason Furman, asistente especial de Bill Clinton, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Obama y admirador del modelo de gestión de Walmart, es un convencido exponente de ello. En un artículo de fondo en Foreign Affairs, titulado «El espejismo posneoliberal», Furman lanza una vigorosa réplica a pensadores como Gerstle, atribuyendo la pérdida de la Casa Blanca por parte de los demócratas a la locura de abandonar la disciplina económica ortodoxa con vastos e incontinentes programas de gasto que no lograron sus objetivos.

Furman describe los costos y los beneficios del mandato de Biden con gran cantidad de detalles condenatorios: la inflación, el desempleo, las tasas de interés y la deuda pública fueron más altas en 2024 que en 2019. Entre 2019 y 2023, los ingresos familiares ajustados a la inflación cayeron y la tasa de pobreza aumentó. «A pesar de los esfuerzos por aumentar el crédito fiscal por hijo y el salario mínimo», continúa, «ambos eran sustancialmente más bajos, en términos reales, cuando Biden dejó el cargo que cuando lo asumió». A pesar de todo su énfasis en los trabajadores estadounidenses, Biden fue el primer presidente demócrata en un siglo que no amplió permanentemente la red de seguridad social. En resumen: «Los políticos nunca deberían volver a ignorar los principios básicos en pos de soluciones heterodoxas fantasiosas». Lo que ha sido rechazado como ortodoxia neoliberal está vivo y coleando, y ofrece la única salida.

¿Un régimen internacional que se hunde o se levanta de nuevo como Lázaro? El estancamiento en los veredictos de estos expertos tiene una contraparte en el panorama político, donde el conflicto entre el neoliberalismo y el populismo, los adversarios que se han enfrentado en todo Occidente desde principios del siglo, se ha vuelto cada vez más explosivo, como lo demuestran los acontecimientos de las últimas semanas, incluso cuando, a pesar de todos sus aparentes compromisos o reveses, el neoliberalismo conserva la ventaja. El primero ha sobrevivido sólo gracias a que continúa reproduciendo lo que amenaza con derrocarlo, mientras que el segundo ha crecido en tamaño sin avanzar ninguna estrategia significativa. El estancamiento político entre ambos no ha terminado: no se sabe cuánto durará.

¿Significa esto que hasta que un conjunto coherente de ideas económicas y políticas, comparable a los paradigmas keynesianos o hayekianos del pasado, tome forma como una forma alternativa de gestionar las sociedades contemporáneas, no podemos esperar un cambio serio en el modo de producción existente? No necesariamente. Fuera de las zonas centrales del capitalismo, se han producido al menos dos alteraciones de gran alcance sin que ninguna doctrina sistemática las haya imaginado o propuesto de antemano. Una de ellas fue la transformación de Brasil con la revolución que llevó a Getúlio Vargas al poder en 1930, cuando las exportaciones de café en las que se basaba la economía del país se desplomaron y la recuperación se inició pragmáticamente mediante la sustitución de importaciones, sin el beneficio de ninguna previsión previa (lo mismo hizo Perón en Argentina).

La otra, aún de mayor alcance, fue la transformación, después de la muerte de Mao, de la economía de China en la era de la reforma presidida por Deng Xiaoping, con el advenimiento del sistema de responsabilidad familiar en la agricultura y el inicio, por parte de las empresas urbanas y aldeanas, del estallido de crecimiento económico más espectacular y sostenido registrado en la historia -una vez más improvisado y experimental, sin teoría preexistente de ningún tipo.

¿Serán estos casos quizás demasiado exóticos como para tener alguna relevancia para el corazón del capitalismo avanzado? Lo que los hizo posibles fue la magnitud del shock y la profundidad de la crisis que sufrió cada sociedad: el colapso en Brasil, la Revolución Cultural en China, equivalentes tropicales y orientales de los golpes infligidos a la autoestima occidental en la II Guerra Mundial. Si alguna vez disminuyera la incredulidad ante la posibilidad de una alternativa en Occidente, es probable que la oportunidad fuera algo similar.

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Nota: [1] También añadiría la teoría del circuito monetario en Italia y la teoría evolutiva de los negocios y el progreso tecnológico en Gran Bretaña y los EEUU, ed.

London Review of Books

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/cambio-de-regimen-en-occidente

 

Malatesta: aventura y anarquía

“La palabra civilización sirve hoy de excusa á muchos para intentar legitimar el fraude, el robo y la opresión” es una frase de Errico Malatesta que aparece en la edición número 13 de Obrero Panadero, un periódico gremial argentino de 1899.

En su breve estancia en Argentina, Malatesta apoyó la construcción del sindicato “Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos”, una organización pequeña en principio pero que en poco tiempo se fue constituyendo en uno de los referentes históricos del sindicalismo anarquista en latinoamérica. Era 1887, y aún le quedaban 45 años de actividad política al joven italiano de 34 años.

Creció en la agitada Italia del siglo XIX, en la que se enfrentaban republicanos y monarquistas que buscaban la unificación nacional, contra monarquistas que se alineaban en favor del dominio que mantenía el imperio austro-húngaro en parte del país. En ese contexto, Errico inició la carrera de medicina, de la que se tuvo que retirar para dedicarse a distintos oficios como la mecánica o la venta callejera de comida, mientras se dedicaba a actividades de tipo político y conspirativo.

Primero republicano, luego anarquista, asumió la causa libertaria con las noticias que llegaban sobre la Comuna de París de 1871, y la inspiración que despertaba en él las ideas de Mijail Bakunin. Su vida transcurrió entre Europa, Asia y América, creando medios de comunicación y organizaciones anarquistas, o bien, sumándose a causas de liberación de países sometidos a monarquías o dominios extranjeros.

Nació en Santa Maria Maggiore, Campania, un 4 de diciembre de 1853, y falleció en roma un 22 de julio de 1932, siendo un actor, antes que un espectador, de la convulsionada transición del siglo XIX al siglo XX.

A contrapelo del anarquismo que ganaba fuerza en su tiempo, de tipo individualista y de acciones sin perspectiva estratégica, defendió la organización masiva y la formación constante, pero también la posibilidad de la unidad entre distintas tendencias.

“Sin entendimiento, sin coordinación de los esfuerzos de cada uno para una acción común y simultánea, la victoria no es materialmente posible” diría.

Se distanciaba también de quienes tomaban por libertad el simple libertinaje o el puro egoísmo. En La Anarquía, tal vez su escrito más conocido, afirmaba: “La libertad que los anarquistas queremos para nosotros mismos y para los demás, no es libertad absoluta, abstracta, metafísica, que se traduce fatalmente en la práctica, en la opresión de los débiles, sino la libertad real, la libertad posible qué es la comunidad consciente de los intereses, la solidaridad voluntaria”.

Fuera como organizador, propagandista o conferencista, ni en su vejez dejó de participar en los acontecimientos de la historia. No suscribió las esperanzas en la guerra entre potencias, y se opuso activamente a la primera guerra mundial, mientras instaba a la huelga de las y los trabajadores. Su pensamiento se guió por una concepción abierta del anarquismo antes que doctrinaria y dogmática. Esta podría ser una de sus premisas fundamentales: “la duda debe ser la posición mental de aquellos que aspiran aproximarse cada vez más a la verdad o, por lo menos, a esa porción de verdad que es posible alcanzar”.

La dictadura de Mussolini lo aisló en sus últimos días, imponiendo una suerte de prisión domiciliaria que impedía su participación en toda iniciativa que buscara la derrota del fascismo.