Resistir a la melancolía de izquierda

En suma, la izquierda ha llegado a representar una política que busca proteger una serie de libertades y derechos que no confrontan ni las dominaciones contenidas en ellos ni tampoco el valor limitado de aquellas libertades y derechos en las configuraciones contemporáneas del capitalismo. Y cuando este tradicionalismo va de la mano con una pérdida de fe en la visión igualitaria tan esencial para el cuestionamiento socialista del modo de distribución capitalista, y una pérdida de fe en la visión emancipatoria fundamental para el desafío socialista al modo de producción capitalista, el problema del tradicionalismo de izquierda se vuelve de hecho muy serio. Lo que surge es una izquierda que opera sin una crítica profunda y radical del status quo, y sin una alternativa atractiva al orden de cosas existente. Pero de modo quizás aún más preocupante, es una izquierda más apegada a su imposibilidad que a su potencial fecundidad, una izquierda que se siente menos cómoda en la esperanza que en su propia marginalidad y fracaso, una izquierda que está así atrapada en una estructura de apegos melancólicos a un cierto relato de su propio pasado muerto, cuyo espíritu es fantasmal, cuya estructura de deseo es retrógrada y autoflagelante.

por Wendy Brown (traducción de Rodrigo Zamorano)

En cada época ha de hacerse el intento de ganarle de nuevo la tradición al conformismo que está a punto de avasallarla. . . . Sólo tiene el don de encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador que esté traspasado por [la idea de que] tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo cuando éste venza.

–Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia”, La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia

 

Durante las dos últimas décadas, el teórico de la cultura Stuart Hall ha insistido en que la “crisis de la izquierda” no se debe ni a las divisiones internas de la izquierda activista o académica ni tampoco a la astuta retórica o los sistemas de financiamiento de la derecha. Ha denunciado, en cambio, que esta tendencia es consecuente con el propio fracaso de la izquierda en entender el carácter de la época y en desarrollar una crítica política y una visión político-moral apropiadas para tal interpretación. Según Hall, el auge de la derecha thatcherista-reaganista fue antes un síntoma que una causa de este fracaso, tal como, para él, la actitud despectiva o recelosa de la izquierda hacia la política cultural constituye una demostración no de sus principios inquebrantables, sino de sus hábitos de pensamiento anacrónicos y de sus miedos y ansiedades ante la perspectiva de reconsiderarlos.

Pero, ¿cuál es el contenido y la dinámica de esos miedos y ansiedades? ¿Y cómo podríamos comenzar a explorarlos? Dado que es imposible analizarlos exhaustivamente en estas pocas páginas, quiero considerar tan solo una de sus dimensiones, una que muchas décadas atrás Walter Benjamin denominó “melancolía de izquierda”. Como buena parte de los lectores sabrá, Benjamin ni categóricamente ni por disposición de carácter se oponía al valor y la valencia de la tristeza en cuanto tal, así como tampoco se oponía a la posibilidad de obtener enseñanzas del rumiar las propias pérdidas. Tenía, de hecho, una desarrollada apreciación del valor productivo de la acedia, la tristeza y el duelo para el trabajo político y cultural, y en su estudio sobre Charles Baudelaire abordó la melancolía misma como una suerte de manantial creativo. Pero melancolía de izquierda es el inequívoco epíteto de Benjamin para el revolucionario aficionado que, en último término, siente más aprecio por un análisis o ideal político particular –incluso por el fracaso de ese ideal– que por la oportunidad de aprovechar las posibilidades para la transformación radical en el presente. En la enigmática insistencia de Benjamin en el valor político de una comprensión dialéctica-histórica del “tiempo-ahora”, la melancolía de izquierda no solo representa una negativa a asumir el carácter particular del presente, es decir, el fracaso de la interpretación de la historia en términos distintos al del “tiempo vacío” o “progreso”. Significa, además, un cierto narcisismo con respecto a la propia identidad y los apegos políticos pasados que excede toda investidura contemporánea en la movilización, la alianza o la transformación política.1

Lo irónico de la melancolía, desde luego, es que el apego al objeto de la sentida pérdida supera todo deseo de recuperarse, de ser aliviado y de estar libre de ella en el presente. Es esto lo que la vuelve una condición persistente o un estado, una estructura de deseo, en realidad, antes que una respuesta transitoria a la muerte o la pérdida. En su meditación de 1917 sobre la melancolía, Freud nos recuerda otra de sus singulares características: ella implica una “pérdida . . . de naturaleza más ideal [que el duelo]. El objeto tal vez no está realmente muerto, pero se perdió como objeto de amor”. Freud sugiere, además, que el sujeto melancólico a menudo no sabe exactamente qué del objeto ha sido amado y perdido: “Esto nos llevaría a referir de algún modo la melancolía a una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, a diferencia del duelo, en el cual no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida”.2 Por lo general, la pérdida que provoca la melancolía ni ha sido identificada ni es identificable. Finalmente, Freud sugiere que el sujeto melancólico –con su baja autoestima, con su desesperación, con sus pensamientos suicidas, incluso– ha desplazado el reproche dirigido al objeto alguna vez amado (un reproche por no estar a la altura de la idealización de quien ama) a sí mismo, preservando así el amor o la idealización del objeto aún cuando la pérdida de este amor la experimenta como sufrimiento.

Ahora bien, ¿por qué Benjamin usa este término, y la economía emocional que representa, para hablar de una formación específica de y en la izquierda? Benjamin nunca ofrece una formulación precisa de la melancolía de izquierda. Lo emplea, más bien, como un término oprobioso dirigido a quienes están más comprometidos con ciertos sentimientos y objetos por mucho tiempo atesorados que con las posibilidades de transformación política en el presente. Benjamin presta particular atención a las investiduras del melancólico en las “cosas”. En El origen del Trauerspiel alemán sostiene que “[t]raiciona al mundo la melancolía y lo hace justamente por mor del saber”, sugiriendo que la lealtad del melancólico convierte su verdad (“todo voto o conmemoración”) sobre el objeto amado en una cosa, tratando así al conocimiento mismo como si de una cosa se tratara. Otra versión de esta formulación: “Pero su perseverante ensimismamiento [del melancólico] asume en su contemplación las cosas muertas”. En términos más sencillos, la melancolía es fiel al “mundo de las cosas”, lo que sugiere una cierta lógica del fetichismo –con todo el conservadurismo y la retirada de las relaciones humanas que el deseo fetichista implica– contenida dentro de la lógica melancólica.3 En su crítica al poeta izquierdista de la República de Weimar, Erich Kästner, –texto donde por primera vez utiliza la frase “melancolía de izquierda”– Benjamin sugiere que los sentimientos mismos se vuelven cosas para el melancólico de izquierda, quien “se solaza tras las huellas de antiguos bienes intelectuales tanto como el burgués con la de sus bienes materiales”.4Llegamos a amar nuestras pasiones y razones de izquierda, nuestros análisis y convicciones de izquierda, más de lo que amamos el mundo existente que supuestamente buscamos transformar con estos términos, o el futuro que estaría alineado con ellos. En suma, la melancolía de izquierda es el nombre que Benjamin da a un apego luctuoso, conservador y retrógrado a un sentimiento, un análisis o una relación que se ha vuelto cosificada y congelada en el corazón del presunto izquierdista. Si Freud es de ayuda aquí, entonces esta condición supuestamente emanaría de alguna inexplicable pérdida, de algún destrozado ideal significado contemporáneamente por los términos izquierda, socialismo, movimiento o Marx.

Ciertamente las pérdidas –explicables e inexplicables– de la izquierda son muchas en nuestro tiempo. La literal desintegración de los regímenes socialistas y la legitimidad del marxismo bien puede que sean las menores entre ellas: naufragamos en la pérdida de un análisis y un movimiento unificados, en la pérdida del trabajo y la clase como predicados ineludibles del análisis y la movilización política, en la pérdida de un movimiento histórico progresivo inexorable y científico, y en la pérdida de una alternativa viable a la economía política del capitalismo. Y a las espaldas de estas pérdidas aún hay otras: carecemos de la sensación de formar parte de una comunidad de izquierda internacional y a menudo incluso local, de la convicción sobre la verdad del orden social, y de una perspectiva moral-política sólida que guíe y dé sustento al trabajo político. Sufrimos así con la sensación de que lo perdido no es solo un movimiento, sino también un momento histórico; no solo una coherencia teórica y empírica, sino también una forma de vida y un curso de búsquedas.

Muchos en la izquierda podemos admitir todo esto con franqueza, aun cuando no sepamos qué hacer al respecto. Pero en el centro vacío de todas estas pérdidas, quizás en el lugar de nuestro inconsciente político, ¿no hay también una pérdida no reconocida, a saber, la promesa de que el análisis y los compromisos de la izquierda le darían a sus adherentes un camino claro y seguro hacia lo bueno, lo correcto y lo verdadero? ¿No es acaso esta promesa la que en gran parte fundamentaba nuestro goce en ser parte de la izquierda, la que, de hecho, daba sentido a nuestro amor propio en cuanto izquierdistas y nuestro igual sentimiento hacia otros izquierdistas? Y si no es posible renunciar a este amor sin exigir una transformación radical del fundamento mismo de nuestro amor, de nuestra capacidad misma para el amor o el apego político, ¿no estamos condenados a la melancolía de izquierda, una melancolía que ciertamente tiene efectos que no solo son dolorosos, sino también autodestructivos? Freud otra vez: “Si el amor por el objeto –ese amor que no puede resignarse al par que el objeto mismo es resignado– se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo insultándolo, denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica”.5 Nuestro desafío actual sería saber quién o qué es este objeto sustituto. ¿Qué es lo que odiamos para poder preservar la idealización de aquella romántica promesa de izquierda? ¿Qué es aquello que castigamos para salvar a las viejas garantías de la izquierda de nuestra furiosa decepción?

Dos conocidas respuestas emergen de las recientes disputas y reproches en la izquierda. La primera es una serie de formaciones sociales y políticas diversamente conocidas como políticas culturales o políticas de la identidad. Aquí la acusación convencional de una parte de la izquierda es que los movimientos políticos enraizados en la identidad cultural –racial, sexual, étnica o de género– no solo suprimen la estructura fundamental de la modernidad, el capitalismo, y su formación fundamental, la clase, sino que fragmentan las energías e intereses políticos de la izquierda de tal modo que la construcción de coaliciones se torna imposible. El segundo culpable también tiene varios nombres: postestructuralismo, análisis del discurso, postmodernismo o alguna teoría literaria en boga tomada como análisis político. Los cargos por el crimen aquí también son conocidos: las teorías postfundacionales del sujeto, la verdad y los procesos sociales socavan la posibilidad de una explicación teóricamente coherente y factualmente verdadera del mundo, y también ponen en entredicho los fundamentos supuestamente objetivos de las normas de la izquierda. Juntos o por separado, estos dos fenómenos se proponen como los responsables del carácter débil, fragmentado y desorientado de la izquierda contemporánea. No hay nada nuevo en todo esto. Pero leído a través del prisma de la melancolía de izquierda, el elemento de desplazamiento en ambos conjuntos de cargos puede aparecer más claramente, ya que estaríamos forzados a preguntar: ¿qué aspectos del análisis o de la ortodoxia de la izquierda se han marchitado sin dar frutos para sus adherentes, a la vez que son puestos a resguardo de este reconocimiento por medio de la desdeñosa atención dirigida a las políticas de la identidad y el postestructuralismo? De hecho, ¿qué identificación narcisista con aquella ortodoxia es preservada en el lamento de que ella ya no garantiza el control de los izquierdistas jóvenes y que ha perdido su potencia en el campo político? ¿Qué amor por las promesas y las garantías que el análisis de la izquierda alguna vez albergó es preservado, mientras la responsabilidad por la condición lamentable de tales promesas y garantías se reparte en algunos otros culpables? ¿Y vemos también aquí cómo toma forma una cierta cualidad de cosa [a certain thingness] en la izquierda, su reificación como algo que “es”, el fantástico recuerdo de que alguna vez “fue”, en el mismo momento en el que tan claramente no es/una?

* * *

Llevemos ahora estas especulaciones sobre una izquierda melancólica de vuelta a las consideraciones más claramente políticas de Hall sobre los problemas de la izquierda contemporánea. Si Hall interpreta nuestro fracaso como izquierda en el último cuarto de siglo como un fracaso al interior de la izquierda por aprehender esta época, se trata de un fracaso que, en vez de ser rectificado, solo es reiterado por nuestras quejas contra aquellos que sí están teniendo éxito (liberales de centro, neoconservadores, la derecha) o por las quejas que nos dirigimos entre nosotros mismos (antirracistas, feministas, activistas queer, postmodernos, marxistas de viejo cuño). De acuerdo con la interpretación de Hall, este fracaso no es simplemente el resultado de haber adherido a una ortodoxia analítica particular –el determinismo del capital, la primacía de la clase–, aunque ello sea cierto. Este fracaso también es el resultado de una singular camisa de fuerza intelectual: la insistencia en un materialismo que niega la importancia del sujeto y lo subjetivo, la cuestión del estilo y la problemática del lenguaje. Y es la combinación de estos dos factores la que resulta letal: “Nuestro sectarismo”, sostiene Hall en la conclusión de El largo camino de la renovación, no solo emerge de una actitud defensiva hacia las agendas fijadas por formaciones político-económicas ya anacrónicas (las de la década de 1930 y las de 1945), sino que “[s]e debe también a una cierta idea de la política, habitada no tanto como teoría, sino como un cierto hábito mental. Seguimos pensando dentro de una lógica política unilateral e irreversible, dirigida por una entidad abstracta que llamamos lo económico o el capital, y que se despliega hasta alcanzar su fin previsto. Mientras, como ha probado claramente el thatcherismo, la política opera en realidad más cerca de la lógica del lenguaje: siempre puedes decirlo de otra forma si te esfuerzas lo suficiente”. Ciertamente el curso del capital modela las condiciones de posibilidad en la política, pero la política misma “se dirige ideológicamente, o no se dirige en absoluto”. O, según otra de las concisas formulaciones de Hall: “La política no refleja mayorías, las construye”.6

Es importante ser claros en este punto. Hall no sostiene que la ideología determina el rumbo de la globalización; propone, en cambio, que lo utiliza para tal o cual objetivo político y que, cuando tiene éxito, las estrategias políticas y económicas representadas por una ideología particular producen ciertas formaciones político-económicas en los desarrollos capitalistas globales:

Ahora estamos empezando . . . a desplazarnos hacia una sociedad posfordista –lo que algunos teóricos llaman capitalismo desorganizado, la era de la especialización flexible–. Una manera de entender estos acontecimientos es que la privatización es la forma que tiene el thatcherismo de controlar y apropiarse de este movimiento subterráneo y de hacerlo bajo una estrategia económica y política específica para construirlo dentro de los términos de una filosofía específica. Ha tenido éxito, hasta cierto punto, al alinear su lógica histórica, política, cultural y sexual con algunas de las tendencias más poderosas de la lógica del desarrollo capitalista contemporáneo. Y esto, en parte, es lo que le da su extraordinaria seguridad, su aire de complacencia ideológica: lo que hace que parezca que tiene a la historia de su lado, que su existencia equivale al curso inevitable del futuro. Pero la izquierda, en lugar de revisar sus estrategias económicas, políticas y culturales a la luz de esta lógica profunda y arraigada de dispersión y diversificación (que, después de todo, no necesariamente tiene que ser enemiga de una mayor democratización), se limita a oponer resistencia. Si el thatcherismo puede reclamarla para sí, entonces nosotros no tenemos nada que ver con ella. ¿Hay una forma más segura de condenarte al anacronismo histórico?7

Si la izquierda contemporánea a menudo se aferra a las formaciones y fórmulas de otra época –una en la que las nociones de movimientos unificados, totalidades sociales y política de clases parecían ser categorías viables del análisis político y teórico–, ello significa que literalmente se vuelve una fuerza conservadora en la historia, una que no solo lee erradamente el presente, sino que instala el tradicionalismo en el núcleo mismo de su praxis, en el lugar al que pertenecen el compromiso con el riesgo y la insurrección. Benjamin bosqueja este fenómeno en su ataque a Kästner, el objeto de su ensayo sobre la melancolía de izquierda: “Este poeta está insatisfecho, incluso es melancólico. Pero su melancolía viene de la rutina. Puesto que ser rutinario significa haber sacrificado sus idiosincrasias, haber abandonado el don de asquearse. Y eso produce melancolía”.8 En un tono distinto, Hall articula este problema en la respuesta de la izquierda al thatcherismo:

Recuerdo el momento, en las elecciones de 1979, en el que James Callaghan, quemando sus últimos cartuchos políticos, dijo, realmente impresionado con la ofensiva de Thatcher, que esta “pretendía romper en mil pedazos a la sociedad desde la raíz”. Esta era una idea impensable en el vocabulario socialdemócrata: un ataque radical al status quo. La verdad es que las ideas tradicionalistas, las ideas de la respetabilidad social y moral, han penetrado tan al fondo de la conciencia socialista que es habitual encontrar a gente comprometida con un programa político radical apoyado en sentimientos y opiniones completamente tradicionales.9

El tradicionalismo difícilmente es algo nuevo en la política de izquierda, pero se ha vuelto especialmente pronunciado y pernicioso en años recientes como consecuencia de (1) su mojigata formulación como defensa contra las “revoluciones” de Thatcher-Reagan-Gingrich (encarnadas en el desmantelamiento del estado de bienestar y la privatización de una serie de funciones y servicios públicos); (2) el desarrollo de las políticas culturales, en particular de las políticas sexuales; y (3) la desintegración de los regímenes socialistas y el severo descrédito de los objetivos políticos-económicos de la izquierda causado por esta desintegración. La combinación de estos tres fenómenos produce formulaciones de izquierda que suelen tener como contenido principal la defensa de las políticas liberales del New Deal –especialmente el estado de bienestar–, por una parte, y la defensa de las libertades civiles, por la otra. En suma, la izquierda ha llegado a representar una política que busca proteger una serie de libertades y derechos que no confrontan ni las dominaciones contenidas en ellos ni tampoco el valor limitado de aquellas libertades y derechos en las configuraciones contemporáneas del capitalismo. Y cuando este tradicionalismo va de la mano con una pérdida de fe en la visión igualitaria tan esencial para el cuestionamiento socialista del modo de distribución capitalista, y una pérdida de fe en la visión emancipatoria fundamental para el desafío socialista al modo de producción capitalista, el problema del tradicionalismo de izquierda se vuelve de hecho muy serio. Lo que surge es una izquierda que opera sin una crítica profunda y radical del status quo, y sin una alternativa atractiva al orden de cosas existente. Pero de modo quizás aún más preocupante, es una izquierda más apegada a su imposibilidad que a su potencial fecundidad, una izquierda que se siente menos cómoda en la esperanza que en su propia marginalidad y fracaso, una izquierda que está así atrapada en una estructura de apegos melancólicos a un cierto relato de su propio pasado muerto, cuyo espíritu es fantasmal, cuya estructura de deseo es retrógrada y autoflagelante.

¿Qué implicaría el deshacerse de los hábitos melancólicos y conservadores de la izquierda para fortalecerla nuevamente con un espíritu crítico y visionario radical (del latín radix, “raíz”)? Se trataría de un espíritu que abrazaría la noción de una transformación profunda y, de hecho, perturbadora de la sociedad en vez de uno que reculara ante esta posibilidad, aun cuando debemos ser conscientes de que ni la revolución total ni el progreso histórico automático nos conducirán a cuales sean las visiones reformuladas que podamos elaborar. ¿Qué esperanza política podemos albergar que no se base falsamente en la noción de que “la historia está de nuestro lado” o de que es inevitable el apego popular a cuales sean los valores que podamos desarrollar como los de una nueva perspectiva de izquierda? ¿Qué tipo de orden político y económico podemos imaginar que no sea ni estatal ni utópico, ni represivo ni libertario, ni económicamente empobrecido ni culturalmente opaco? ¿Cómo podríamos obtener sustento creativo de las ideas socialistas de dignidad, igualdad y libertad, a la vez que reconocemos que estos ideales surgieron de condiciones y posibilidades históricas que no son las del presente? Mi énfasis en la lógica melancólica de ciertas tendencias de la izquierda contemporánea no busca recomendar la terapia como vía para responder a estas preguntas. No obstante, sí sugiere que las sensaciones y los sentimientos –incluidos los de tristeza, ira y ansiedad por las promesas rotas y las orientaciones perdidas– que sostienen nuestros apegos a los análisis y los proyectos de la izquierda deben ser examinados por lo que generan con respecto a las contracaras potencialmente conservadoras e incluso autodestructivas de objetivos políticos supuestamente progresistas.

 

[* Originalmente publicado como “Resisting Left Melancholy”, boundary 2 26.3 (Otoño 1999): 19-27. Traducción de Rodrigo Zamorano Muñoz. Agradecemos la gentileza de la profesora Brown por autorizar la traducción de este ensayo.]

Notas

1 Para la fascinante formulación de Benjamin de “entonces” y “ahora” como términos políticos no comparables con “pasado” y “presente”, véanse sus notas sobre el método para la Obra de los pasajes, publicadas como “Convoluto N. ‹Fragmentos sobre teoría del conocimiento y teoría del progreso›”, en La dialéctica en suspenso. Fragmentos sobre la historia, traducción, edición y notas de Pablo Oyarzún (Santiago: LOM, 2009), 85-137.
2 Sigmund Freud, “Duelo y melancolía”, Obras completas Vol. XIV (1914-16), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu, 1992), 235-56, 243.
3 Walter Benjamin, El origen del Trauerspiel alemán, trad. Alfredo Brotons Muñoz (Madrid: Abada, 2012), 155.
4 Walter Benjamin, “Melancolía de izquierda”, La tarea del crítico, ed. Mariana Dimópulos, trad. Ariel Magnus (Santiago: Hueders, 2017), 179-86, 183.
5 Sigmund Freud, “Duelo y melancolía”
6 Stuart Hall, El largo camino de la renovación. El thatcherismo y la crisis de la izquierda, trad. Carlos Pott (Madrid: Lengua de trapo, 2018), 418-19, 420, 410.
7 Ibid., 422-23.
8 Walter Benjamin, “Melancolía de izquierda”, 180-81.
9 Op. Cit., 301. Uno podría recordar, en otro contexto, la escandalizada respuesta de James Miller a la afirmación de Michel Foucault de querer “destruir la unidad de la sociedad”, afirmación que Miller no solo arrancó del contexto de la crítica de Foucault a la totalización que la noción misma de todo social implica, sino que también trató como evidencia de un nihilismo decadente antes que como un enunciado totalmente coherente con una tradición radical de izquierda que aspira a la transformación radical de todas las prácticas sociales existentes. Véase La pasión de Michel Foucault, trad. Oscar Luis Molina S. (Santiago: Andrés Bello, 1995).

Wendy Brown es filósofa y politologa norteamericana, académica de la U. de Berkeley.

¿Qué es la deconstrucción?

Por Jacques Derrida

Hay que comprender este término, “deconstrucción”, no en el sentido de disolver o de destruir, sino en el de analizar las estructuras sedimentadas que forman el elemento discursivo, la discursividad filosófica en la que pensamos. Este analizar pasa por la lengua, por la cultura occidental, por el conjunto de lo que define nuestra pertenencia a esta historia de la filosofía.
La palabra “deconstrucción” existía ya en francés, pero su uso era muy raro. A mí me sirvió en primer lugar para traducir un par de palabras: la primera que viene de Heidegger, quien hablaba de “destrucción”, la segunda que viene de Freud, quien hablaba de “disociación”. Pero muy pronto, naturalmente, intenté señalar de qué modo, bajo la misma palabra, aquello que llamé deconstrucción no se trataba simplemente de algo heideggeriano ni freudiano. He consagrado no obstante bastantes de mis trabajos para marcar una cierta deuda tanto con Freud como con Heidegger, y al mismo tiempo una cierta reflexión sobre aquello que llamé deconstrucción.
Es por esto que soy incapaz de explicar lo que es la deconstrucción, para mí, sin recontextualizar las cosas. Fue en el momento en que el estructuralismo era dominante cuando yo me comprometí en mis tareas, y con esa palabra. La deconstrucción se trataba también de una toma de posición con respecto del estructuralismo. Por otro lado, fue en el momento en que las ciencias del lenguaje, la referencia a la lingüística y el “todo es lenguaje” eran dominantes.
Es aquí, hablo de los años 60, que la deconstrucción comenzó a constituirse como… no diría antiestructuralista, sino, en todo caso, desmarcada con respecto del estructuralismo, y protestando contra dicha autoridad del lenguaje.
Es por esto que siempre me he sorprendido y a la vez irritado ante la asimiliación tan frecuente de la deconstrucción a —¿cómo decirlo?— un “omnilingüistismo”, a un “panlingüistismo”, un “pantextualismo”. La deconstrucción comienza por lo contrario. Yo comencé protestando contra la autoridad de la linguística y del lenguaje y del logocentrismo. Siendo que para mí todo comenzó, y ha continuado, por una protesta contra la referencia lingüística, contra la autoridad del lenguaje, contra el “logocentrismo” —palabra que he repetido y recalcado—, ¿cómo puede ser que se acuse tan a menudo a la deconstrucción de ser un pensamiento para el que sólo hay lenguaje, texto, en un sentido estrecho, y no realidad? Es un contrasentido incorregible, aparentemente.
Yo no he renunciado a la palabra “deconstrucción”, porque implica la necesidad de la memoria, de la reconexión, del recuerdo de la historia de la filosofía en la que nosotros nos ubicamos, sin no obstante pensar en salir de dicha historia. Por otro lado, lleve a cabo ya muy temprano la distinción entre la clausura y el fin. Se trata de marcar la clausura de la historia, no de la metafísica globalmente — nunca he creído que haya una metafísica; esto también, es un prejuicio corriente. La idea de que haya una metafísica es un prejuicio metafísico. Hay una historia y unas rupturas en esta metafísica. Hablar de su clausura no conduce a decir que la metafísica haya terminado.
Así entonces, la deconstrucción, la experiencia deconstructiva, se coloca entre la clausura y el fin, se coloca en la reafirmación de lo filosófico, pero como apertura de una cuestión sobre la filosofía misma. Desde este punto de vista, la deconstrucción no es simplemente una filosofía, ni un conjunto de tesis, ni siquiera la pregunta sobre el Ser, en el sentido heideggeriano. De cierta manera, no es nada. No puede ser una disciplina o un método. A menudo se la presenta como un método, o se la transforma en un método, con un conjunto de reglas, de procedimientos que se pueden enseñar, etc.
No es una técnica, con sus normas y procedimientos. Desde luego pueden existir regularidades en las formas en que se colocan cierto tipo de cuestiones de estilo deconstructivo. Desde este punto de vista, creo que esto puede dar lugar a una enseñanza, tener efectos de disciplina, etc. Pero en su principio mismo, la deconstrucción no es un método. Yo mismo he intentado interrogarme sobre aquello que puede ser un método, en el sentido griego o cartesiano, en el sentido hegeliano. Pero la deconstrucción no es una metodología, es decir, la aplicación de reglas.
Si yo quisiera dar una descripción económica, elíptica, de la deconstrucción, diría que es un pensamiento del origen y de los límites de la pregunta “¿qué es…?”, la pregunta que domina toda la historia de la filosofía. Cada vez que se intenta pensar la posibilidad del “¿qué es…?”, plantear una pregunta sobre esta forma de pregunta, o de interrogarse sobre la necesidad de este lenguaje en una cierta lengua, una cierta tradición, etc., lo que se hace en ese momento sólo se presta hasta un cierto punto a la cuestión “¿qué es?”
Y esto es la diferencia de la deconstrucción. Ésta es, en efecto, una interrogación sobre todo lo que es más que una interrogación. Es por ello que vacilo todo el tiempo en servirme de esta palabra. Lleva consigo sobre todo aquello que la pregunta “¿qué es?” ha dirigido al interior de la historia de Occidente y de la filosofía occidental, es decir, prácticamente todo, desde Platón hasta Heidegger. Desde este punto de vista, en efecto, uno ya no tiene absolutamente el derecho a exigirle responder a la pregunta “¿qué eres?” o “¿qué es eso?” bajo una forma corriente.
(En el curso de una entrevista inédita del 30 de junio de 1992, Jacques Derrida dio esta larga respuesta oral).

 

Para acabar con la masacre del cuerpo

Por Felix Guattari

Cualesquiera que sean las pseudotolerancias de que haga alarde, el orden capitalista bajo todas sus formas (familia, escuela, fábricas, ejército, códigos, discursos…) continúa sometiendo toda la vida deseante, sexual y afectiva a la dictadura de su organización totalitaria fundada sobre la explotación, la propiedad, el poder masculino, la ganancia, el rendimiento…

Sin descansar, continúa su sucia tarea de castración, aplastamiento, tortura y cuadriculado del cuerpo para inscribir sus leyes en nuestras carnes, para clavar en el inconsciente sus aparatos de reproducción de la esclavitud.

A base de retenciones, estasis, lesiones o neurosis, el Estado capitalista impone sus normas, fija sus modelos, imprime sus rasgos, distribuye sus roles, difunde sus programas… Mediante todas las vías de acceso que tiene nuestro organismo, sumerge dentro de lo más profundo de nuestras vísceras sus raíces mortales, confisca nuestros órganos, desvía nuestras funciones vitales, mutila nuestros goces, somete todas las producciones vividas al control de su administración patibularia. Hace de cada individuo un lisiado, cortado de su propio cuerpo, ajeno y extraño a sus deseos.

Con ayuda de una gran cantidad de terror social que es vivido como culpabilidad individual, las fuerzas de ocupación capitalista, con su sistema cada vez más refinado de agresión, estímulo y chantaje, se ensañan en reprimir, excluir y neutralizar todas las prácticas deseantes que no tengan por efecto reproducir las formas de la dominación.

Es así que se prolonga indefinidamente el reino milenario del goce desdichado, del sacrificio, de la resignación, del masoquismo instituido, de la muerte: el reino de la castración que produce al “sujeto”[2] culpable, neurótico, laborioso, sumiso, explotable.

Este añejo mundo, que por todas partes apesta a cadáver, a nosotros nos horroriza y hemos decidido tomar la lucha revolucionaria contra la opresión capitalista allí donde está lo más profundamente arraigada: en lo vivo de nuestro CUERPO.

Es el espacio de este cuerpo con todo lo que produce de deseos lo que nosotros queremos liberar de la influencia “extranjera”. Es en este lugar que nosotros queremos “trabajar” por la liberación del espacio social. Entre ambos no existe ninguna frontera. yo me oprimo porque yo es el producto de un sistema de opresión extendido a lo largo de todas las formas de lo vivido.

La “consciencia revolucionaria” es una mistificación siempre que no pase por el “cuerpo revolucionario”, el cuerpo productor de su propia liberación.

Son las mujeres en rebelión contra el poder masculino —implantado desde hace siglos en sus propios cuerpos—, los homosexuales en rebelión contra la normalidad terrorista, los “jóvenes” en rebelión contra la autoridad patológica de los adultos, quienes han comenzado a abrir colectivamente el espacio del cuerpo a la subversión, y el espacio de la subversión a las exigencias inmediatas del cuerpo.

Son ellas y son ellos quienes han comenzado a desafiar el modo de producción de los deseos, las relaciones entre el goce y el poder, el cuerpo y el sujeto, tal como funcionan en todas las esferas de la sociedad capitalista, al igual que en los grupos militantes.

Son ellas y son ellos quienes han hecho quebrar definitivamente la vieja separación que separa “la política” de la realidad vivida, para el máximo beneficio tanto de los administradores de la sociedad burguesa como de aquellos que pretenden representar a las masas y hablar en su nombre.

Son ellas y son ellos quienes han abierto los caminos de la gran sublevación de la vida contra las instancias mortales que no cesan de insinuarse en nuestro organismo, para someter cada vez más sutilmente la producción de nuestras energías, de nuestros deseos y de nuestra realidad a los imperativos del orden establecido.

Es así que resulta trazada una nueva línea de ruptura, una nueva línea de enfrentamiento más radical y definitiva, a partir de la cual se redistribuyen necesariamente las fuerzas revolucionarias.

Ya no podemos soportar que se nos robe nuestra boca, nuestro ano, nuestro sexo, nuestros nervios, nuestros intestinos, nuestras arterias… para hacer de ellos las piezas y los engranajes de la sucia mecánica de producción del capital, la explotación y la familia.

Ya no podemos permitir que se hagan de nuestras mucosas, nuestra piel y todas nuestras superficies sensibles, unas zonas ocupadas, controladas, reglamentadas y prohibidas.

Ya no podemos soportar que nuestro sistema nervioso sirva de retransmisor al sistema de explotación capitalista, estatal y patriarcal, ni que nuestro cerebro funcione como una máquina de suplicios programada por el poder que nos cerca.

Ya no podemos sufrir el soltarnos, retener nuestras cogidas, nuestra mierda, nuestra saliva, nuestras energías, todo esto conforme a las prescripciones de la ley y sus pequeñas transgresiones controladas: nosotros queremos hacer volar en pedazos al cuerpo frígido, encarcelado y mortificado que el capitalismo no cesa de querer construir con los desechos de nuestro cuerpo viviente.

Este deseo de liberación fundamental, que permite introducirnos a una práctica revolucionaria, llama a que salgamos de los límites de nuestra “persona”, a que trastornemos en nosotros mismos al “sujeto” y a que salgamos de la sedentariedad, del “estado civil”, para atravesar los espacios del cuerpo sin fronteras y vivir así en la movilidad deseante más allá de la sexualidad, más allá de la normalidad, de sus territorios, de sus agendas.

Es en este sentido que algunos de nosotros hemos sentido la necesidad vital de liberarnos en común de la influencia que las fuerzas de aplastamiento y de captación del deseo han ejercido y ejercen sobre cada uno de nosotros en particular.

Todo aquello que hemos vivido sobre el modo de la vida personal, íntima, lo hemos tratado de abordar, explorar y vivir colectivamente. Nosotros queremos derrumbar el muro de concreto que separa, en interés de la organización social dominante, el ser del parecer, lo dicho de lo no-dicho, lo privado de lo social.

Hemos comenzado a descubrir juntos toda la mecánica de nuestras atracciones, de nuestras repulsiones, de nuestras resistencias, de nuestros orgasmos, a llevar al conocimiento común el universo de nuestras representaciones, de nuestros fetiches, de nuestras obsesiones, de nuestras fobias. “Lo inconfesable” ha devenido, para nosotros, materia de reflexión, de difusión y de explosiones políticas, en el sentido en que la política manifiesta, dentro del campo social, las aspiraciones irreductibles de “lo viviente”.

Hemos decidido romper el insoportable secreto que el poder hace caer sobre todo cuanto toca al funcionamiento real de las prácticas sensuales, sexuales y afectivas, así como lo hace caer sobre el funcionamiento real de toda práctica social que produce o reproduce las formas de la opresión.

Destruir la sexualidad

Al explorar en común nuestras historias individuales, hemos podido valorar hasta qué punto toda nuestra vida deseante estaba dominada por las leyes fundamentales de la sociedad estatal, burguesa, capitalista de tradición judeocristiana, y, en realidad, subordinada a sus reglas de eficiencia, de plusvalía y de reproducción. Al confrontar nuestras experiencias singulares, sin importar qué tan “libres” hayan podido parecernos, nos hemos percatado de que no dejábamos de conformarnos a los estereotipos de la sexualidad oficial, la cual reglamenta todas las formas de lo vivido y extiende su administración desde las camas matrimoniales hasta las habitaciones de burdeles, pasando por los baños públicos, las pistas de baile, las fábricas, los confesionarios, las sex shop, las prisiones, los colegios, los autobuses, las casas de orgías, etc… etc…

Para nosotros, esta sexualidad oficial, esta sexualidad a secas, no conlleva a un problema en torno a si queremos acondicionarla, como quien acondiciona sus condiciones de detención. Se trata de destruirla, de suprimirla, porque no es otra cosa que una máquina para castrar y recastrar indefinidamente, una máquina para reproducir en todo ser, en todo tiempo, en todo lugar, las bases del orden esclavista. La “sexualidad” es una monstruosidad, así sea en sus formas restrictivas o en sus formas llamadas “permisivas”, y está claro que el proceso de “liberalización” de las costumbres y de “erotización” promocional de la realidad social organizada y controlada por los administradores del capitalismo “avanzado”, no tienen otro objetivo que hacer más eficaz la función reproductora de la libido oficial. Lejos de reducir la miseria sexual, estos tráficos no hacen más que alargar el campo de las frustraciones y de la “carencia”, la cual permite la transformación del deseo en necesidad compulsiva de consumir a la vez que asegura la “producción de la demanda”, motor de la expresión capitalista. De la “inmaculada concepción” a la puta publicitaria, del deber conyugal a la promiscuidad voluntarista de las orgías burguesas, no existe ninguna ruptura. Es la misma censura lo que está obrando. Es la misma masacre del cuerpo deseante lo que se perpetúa. Simple cambio de estrategia.

Lo que nosotros queremos, lo que nosotros deseamos, es reventar la pantalla de la sexualidad y sus representaciones para conocer la realidad de nuestro cuerpo, de nuestro cuerpo viviente.

Eliminar el adiestramiento

A este cuerpo viviente lo queremos liberar, descuadricular, desbloquear, descongestionar, para que se libere en sí mismo todas las energías, todos los deseos y todas las intensidades aplastadas por el sistema social de inscripción y de adiestramiento.

Queremos recuperar el pleno ejercicio de cada una de nuestras funciones vitales con su potencial integral de placer.

Queremos recuperar las facultades que son verdaderamente elementales como el placer de respirar, literalmente asfixiado por las fuerzas de opresión y de contaminación; el placer de comer y de digerir, perturbado por el ritmo del rendimiento y el repugnante alimento producido y preparado según los criterios de la rentabilidad mercantil; el placer de cagar y el goce del culo sistemáticamente masacrado por el adiestramiento intrusivo de los esfínteres, mediante el cual la autoridad capitalista inscribe incluso en la carne sus principios fundamentales (relaciones de explotación, neurosis de acumulación, mística de la propiedad y de la limpieza, etc.); el placer de masturbarse alegremente sin vergüenza y sin angustia, ni por carencia o compensación, sino por el placer de masturbarse; el placer de vibrar, de murmurar, de hablar, de caminar, de moverse, de expresarse, de delirar, de cantar, de jugar con el cuerpo de todas las maneras posibles. Queremos recuperar el placer de producir el placer y de crear, despiadadamente mermado por los aparatos educativos encargados de fabricar trabajadores (consumidores obedientes).

Liberar las energías

Queremos abrir nuestro cuerpo al cuerpo del otro y de los otros, dejar pasar las vibraciones, circular las energías y combinarse los deseos para que todos y cada uno puedan dar libre curso a todas sus fantasías y a todos sus éxtasis, para que puedan vivirse al fin sin culpabilidad, sin inhibición, todas las prácticas voluptuosas individuales, duales o plurales que tenemos imperiosamente necesidad de vivir para que nuestra realidad cotidiana no sea esta lenta agonía que la civilización capitalista y burocrática impone como modelo de existencia a aquellos que ella enrola. Queremos extirpar de nuestro ser el tumor maligno de la culpabilidad, raíz milenaria de todas las opresiones.

Conocemos, evidentemente, los formidables obstáculos que tendremos que vencer para que nuestras aspiraciones no sean únicamente el sueño de una pequeña minoría de marginados. Conocemos en particular que la liberación del cuerpo, de las relaciones sensuales, sexuales, afectivas y extáticas, está indisolublemente ligada a la liberación de las mujeres y a la desaparición de todas las formas de categorías sexuales. La revolución del deseo pasa por la destrucción del poder masculino y de todos los modelos de comportamiento y de emparejamiento que aquél imponga, así como pasa por la destrucción de todas las formas de la opresión y de normalidad.

Queremos acabar con los roles y las identidades distribuidos por el Falo.

Queremos acabar con toda forma de asignación a una residencia sexual. Queremos que ya no haya entre nosotros hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, poseedores y poseídos, mayores y menores, amos y esclavos, sino humanos transexuados, autónomos, móviles y múltiples; seres con diferencias variables, capaces de intercambiar sus deseos, sus goces, sus éxtasis y sus ternuras, sin tener que hacer funcionar algún sistema de plusvalía, algún sistema de poder, si no es a modo de juego.

Partiendo del cuerpo, del cuerpo revolucionario como espacio productor de intensidades subversivas y como lugar donde se ejercen al final de cuentas todas las crueldades de la opresión, conectando la práctica política a la realidad de este cuerpo y sus funcionamientos, buscando colectivamente todas las vías de su liberación, producimos ya una nueva realidad social en la que el máximum de éxtasis se combina con el máximum de consciencia. Ésta es la única vía que puede darnos los medios para luchar directamente contra la influencia del Estado capitalista allí donde se ejerce directamente. Éste es el único paso que puede hacernos realmente fuertes contra un sistema de dominación que no cesa de desarrollar su poder, de debilitar, de fragilizar, a cada individuo para constreñirlo a suscribir sus axiomas. Para adherirlo al orden de los perros.

(Traducción del francés: Alan Esbri Cruz)

[1] Escrito publicado originalmente de manera anónima en la revista francesa Recherches n° 12, 1973, edición consagrada a una “gran enciclopedia de las homosexualidades” titulada “Tres mil millones de perversos”, en la que participaron Gilles Deleuze, Michel Foucault, Jean Genet, Guy Hocquenghem, Daniel Guérin, Jean-Paul Sartre, entre otros. El gobierno francés decomisó y destruyó los ejemplares de la revista y tomó cargos contra Félix Guattari, director de la publicación, acusándolo de “afrontar a la decencia pública”. [N. del T.

[2] Sujet significa en francés tanto “súbdito” como “sujeto”. [N. del T.]

Itinerario de un economista crítico

Entrevista a Michel Husson

[Publicamos esta entrevista realizada por la revista Savoir/Agir a Michel Husson en 2018, que da un perfil claro de su vida y obra, como parte del homenaje al camarada y amigo.]

Savoir/Agir: ¿Cómo se convirtió en economista?

Michel Husson: Creo que lo que me llevó a la economía fue un interés general por las ciencias sociales, una afición que combinaba dos elementos: preocupación por la sociedad y atracción por la cuantificación matemática. Y así, por sucesivas eliminaciones, después de haber hecho un poco de Ciencias Políticas, volví a centrarme en la economía. Entonces, tenía tres opciones: proletarizarme, convirtiéndome en profesor de secundaria, seguir la carrera universitaria, o ir al INSEE [Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos, ndt]. Elegí el INSEE en 1971. Lo que me gustó de esa opción fue estar en el aparato estatal, para poder analizarlo y criticarlo desde dentro. Y además, en comparación con la carrera universitaria, no hacía falta cortejar a ningún mandarín: bastaba con aprobar un concurso para ingresar. Así pues entré en la Dirección de la Previsión (DP) del Ministerio de Hacienda en 1975. Y ahí inicié una carrera doble, de economista profesional y de militante político que intervenía principalmente sobre las cuestiones económicas y sociales.

En tu recorrido, ¿ha intervenido el activismo político al mismo tiempo que la economía?

Sí, con 1968. Venía de provincias y evolucioné bastante rápidamente. Como estudiante en Panthéon-Assas, estaba inmerso en la cultura marxista de la época. Mi cultura marxista, creo que la adquirí como reacción a la enseñanza de la facultad. Tenía a Raymond Barre como profesor [Raymond Barre, fue Vicepresidente de la Comisión Europea y Primer Ministro de Francia entre 1976 y 1981, bajo la presidencia de Giscard D’Estaing, ndt], y recuerdo una sesión en la que hizo dos curvas para demostrar que los sindicatos impedían la consecución del pleno empleo. Son recuerdos que marcan. Además, en ese momento, el derecho y las ciencias económicas estaban mezclados, y teníamos profesores de economía que eran muy malos y animaban a buscar en otra parte. Una excepción importante, un profesor que me despertó a la economía fue Carlo Benetti, quien enseñaba en DES. Un verdadero shock intelectual: nos dio la idea de que, cuando nos interesa la historia del pensamiento económico, hay que ir a leer a los grandes autores. Nos transmitió una preocupación por el rigor.

¿Esta formación en economía marxista fue complementada con otras lecturas?

Si. Marx importaba, por supuesto, pero yo no era dogmático. Mis dos maestros en ese momento fueron sin duda André Gorz y Ernest Mandel. El Gorz que más me impresionó fue el teórico del PSU (en el que milité en esos años), el autor de Estrategia obrera y neocapitalismo [1965], el de los años 1960-70, que intentó combinar una crítica del capitalismo con elementos de estrategia coherentes con esta crítica, en definitiva la idea de un reformismo radical bastante cercano a mi entender a un programa de transición. Después, continué siguiendo el trabajo de Gorz, y algún tiempo antes de su muerte incluso tuvimos un pequeño intercambio de cartas. Mandel fue, por supuesto, el referente trotskista en cuestiones económicas y políticas. Lo que me gustaba de Mandel era que su formación, bastante ortodoxa, se combinaba con un marxismo abierto; que no era la pura repetición del dogma, el análisis infinito de los textos de Marx. Para mí fue el modelo de la aplicación de la teoría marxista a las salidas políticas. Evidentemente, sería necesario citar otros nombres. Por ejemplo, estuve influido por el equipo de la revista Critique de l’économie politique (Pierre Salama, Jacques Valier). Escribí dos o tres artículos en la revista entre 1981 y 1982, no en la primera fase (trotskista) de la revista. Luego me propusieron formar parte del comité de redacción. ¡Y dos meses después, la revista se cerró!

Usted mencionó anteriormente su ingreso en la Dirección de Previsión y hablaba de “una carrera de doble cara”. ¿Cómo fue su vida como economista del Estado y cómo se relacionaba con su compromiso político?

En la década de los setenta, todavía existían toda una serie de lugares críticos en la administración económica, que fueron eliminados progresivamente. Por mi parte, llegué a la DP en 1975, cuando Edmond Malinvaud empezó a desprenderse de todo lo demasiado subversivo (en particular de Robert Boyer): el neoclasicismo empezaba a barrer al keynesianismo hasta entonces dominante. Diría que la situación era ambivalente. Es verdad que hubo una especie de esquizofrenia: por un lado, en la DP yo ejecutaba los modelos [oficiales]; por otro, en Critique de l’économie politique, hacía una crítica de esos modelos. Pero tanto el INSEE como la DP aún dejaban espacio para la economía crítica: en el INSEE aún se realizaban estudios macro sobre el capitalismo francés, que luego podían utilizarse en discursos políticos críticos; el INSEE hacía estudios de variantes que podrían ayudar a arrojar luz sobre el debate público. El discurso crítico era, bajo ciertas condiciones, admisible en la administración económica. Tengo un ejemplo en mente: Hugues Bertrand realizó un trabajo notable al analizar la economía francesa, utilizando marcos de análisis marxistas (sección de medios de producción, sección de medios de consumo) e hizo dos versiones de este trabajo: una, propiamente marxista, en Critique de l’économie politique y otra en la revista oficial del ministerio. Estableció una especie de glosario. Por ejemplo, cuando hablaba de la composición orgánica del capital, lo traducía por “intensidad capitalística”; la tasa de explotación se convirtió, en la revista del ministerio, en “reparto de los salarios”, etc. Así que todavía podríamos usar matrices ideológicas o conceptuales marxistas, pero prestando atención a la formulación. Pero de nuevo, eso fue al final. Posteriormente todo se normalizó.

En el medio todavía bastante politizado de los economistas del Estado, ¿cuáles eran las relaciones? ¿Había proximidad política, intercambios interpartidarios bastante densos, relaciones tensas?

Había cierta cercanía, aunque no pertenecíamos a las mismas organizaciones. En la DP, apenas había economistas del PCF, con quienes existía la misma hostilidad mutua que entre el PCF y los izquierdistas. Estaba Bruno Théret, que estaba como yo en el grupo Taupe [próximo a la LCR], y Hugues Bertrand, que debía ser maoizante. Ambos se convertirían en destacados regulacionistas.

¿Y los regulacionistas precisamente? En varios textos se ha mostrado bastante crítico con ellos.

Tuvimos una relación bastante positiva con las contribuciones de los regulacionistas: Boyer era más bien un maestro, Aglietta también. Pero también una relación crítica, porque, en cierto modo, era necesario mantener la identidad marxista frente a ellos. Es cierto que he escrito artículos bastante críticos sobre la regulación, el primero en 1983, pero, por otro lado, a menudo me han tratado como un regulacionista-marxista, lo que es una relación de préstamo y al mismo tiempo de delimitación, que no excluye cierta proximidad. En esa época en todo caso. Luego hubo un cambio, cuando Boyer, Mistral y otros buscaron encontrar un nuevo modo de regulación, construido en torno a nuevas productividades, nuevos compromisos sociales, que tal vez nos parecían deseables en abstracto, pero completamente distanciados en relación con los procesos que estaban realmente en marcha.

A finales de la década de 1970 se unió a la LCR, de la que estaba cerca desde hacía algunos años. ¿Cuál fue su actividad como economista militante en ese momento? Por ejemplo, ¿contribuía a escribir los programas?

Al principio no, realmente, no. La redacción de programas, lo había hecho un poco antes, cuando estaba en el PSU, hasta 1970. No, a finales de los setenta y principios de los ochenta, recuerdo haber trabajado mucho sobre Sraffa y el problema de la transformación de los valores en precios de producción. Eso me parecía importante, útil… y político. Por supuesto, la gente no está marchando por las calles en función de la teoría del valor. Pero el argumento según el cual Marx estaba equivocado, porque su teoría del valor (en el Libro I del Capital) no se correspondía con su teoría de los precios de producción (en el Libro III), jugó un papel muy importante en los círculos académicos para desacreditar a Marx, y eso desde finales del siglo XIX. Por tanto, me pareció útil intervenir sobre esta cuestión. Escribí un manuscrito completo. Hice un artículo en Critique de l’économie politique, y este artículo no tuvo resonancia. Envié el manuscrito a varios economistas, sin efecto. Me llamó mucho la atención, porque en este debate, hay mucho chiflado que piensa que ha encontrado la solución con montañas de ecuaciones. Y pensé: tal vez soy uno de ellos. Así que lo dejé a un lado. El artículo tuvo después cierta resonancia en los Estados Unidos. Pero en ese momento fue un fracaso. Y luego, a principios de la década de 1980, comencé a escribir en la prensa de la LCR, en Critique communiste, después en Rouge, donde tenía una columna semanal. Era, por supuesto, otro registro de escritura.

¿Este compromiso partidista se doblaba con una actividad sindical?

Estaba en la CFDT. De manera espontánea, tal vez me hubiera inclinado más por la CGT, pero en ese momento habían despedido a todos los izquierdistas. Entonces me uní a la CFDT, incluso, por un tiempo, fui secretario de sección en la DP. En particular, participé en la revista Collectif, dirigida por sindicalistas de izquierda de varias centrales sindicales. Y hubo, a nivel de los sindicatos del INSEE y la DP, una época en la que solíamos trabajar juntos. En el momento de la transición a la austeridad, por ejemplo, habíamos publicado, como grupo sindical, nuestro comentario de los economistas sobre las cuentas de la nación.

Política y económicamente, la década de 1980 marcó el cambio hacia una nueva era, que tendrá la oportunidad de analizar más adelante. ¿Cuándo usted, que era a la vez economista y militante, percibió esa entrada en un sistema económico y social diferente?

El cambio de época económica, ya se había vislumbrado con la recesión anterior, la de los 70. No digo que hubiera anticipado todo, pero tenía la sensación de que algo fundamental había cambiado. En cuanto al punto de inflexión político, podemos verlo con bastante rapidez. Ya en mayo de 1981, la negativa a devaluar por principio nos apareció como una primera forma de sometimiento al sistema financiero internacional. También, muy rápidamente, hubo la voluntad confirmada del gobierno de no utilizar las nacionalizaciones como palanca política, sino solo como un medio para sanear los grandes grupos. Luego, en 1982 y 1983, el giro hacia la austeridad confirmó la tendencia.

¿Cómo reaccionó la LCR a este cambio de época?

En 1982, la Liga relanzó su comisión económica, el “grupo de trabajo económico” (GTE). La izquierda llegó al poder, comenzaba a girar hacia la austeridad y teníamos que fortalecer nuestro discurso económico. El impulso provino de la dirección de la LCR, que creó una comisión en la que se incluía especialmente a Thomas Coutrot, Norbert Holcblat, Jacques Bournay. El principio se tratada de que necesitábamos análisis concretos. Recuerdo que durante una reunión, un compañero dijo: «Deberíamos estudiar la ley del valor a nivel internacional», y todo el mundo dijo: “¡Oh no, ciertamente no!”. La idea era realmente hacer algo concreto, útil, para tratar de comprender lo que estaba pasando. El GTE, del que en la práctica fui el animador, fue una buena experiencia. Hicimos un buen trabajo de formación en el interior de la Liga, produciendo argumentarios. Quizás, la dirección podía habernos utilizado más…

¿Tenía esta actividad intelectual y militante una dimensión internacional en ese momento? Pensamos en la redes de la IVª Internacional.

Sí. Había una escuela de formación de la Cuarta en Ámsterdam. Mandel estuvo allí una o dos veces. Y los intercambios fueron muy fructíferos. Había gente como Francisco Louça, ahora líder del Bloco de izquierda en Portugal. También españoles que tenían cargos en el Banco de España, pero que practicaban el marxismo todo el día [Jesús Albarracín y Pedro Montes, ndt]. Gente de todas partes del mundo, lo que nos inmunizaba contra un cierto eurocentrismo.

En el contexto ideológico transformado de las décadas de 1980 y 1990, ¿cómo se las arregló para seguir siendo marxista?

Fue un momento difícil. Fue un poco como cruzar el desierto, hubo una especie de reflujo al que fuimos arrastrados. En el mundo intelectual, por ejemplo con la desaparición de Critique de l’économie politique. Y a nivel de organización política, por supuesto. Recuerdo una fiesta organizada por la LCR, por el 20 aniversario de mayo del 68 creo, en un descampado. Fue absolutamente deprimente. Y los efectivos militantes se desvanecieron. Hoy, en este tipo de organizaciones, la ruptura generacional es clara: hay muchos viejos y jóvenes que ingresan hoy; y en medio, nada, una especie de generación perdida, la generación de esos años. Creo que es el efecto Mitterrand, el resultado de la esperanza decepcionada de los años 80. En resumen, estábamos realmente debilitados y marginados. Pero la fuerza de la LCR estaba en su implantación en los sindicatos y en los movimientos sociales.

Usted mismo se une a los movimientos sociales, ya que a principios de los noventa se involucró fuertemente en Agir contre lo chömage (¡AC!) [(Actuar contra el paro]…

Sí, en 1993 hubo un punto de inflexión, un período de recesión bastante fuerte, con un aumento muy fuerte del desempleo, que afectó incluso a los más cualificados (eliminando así la idea de que el desempleo está vinculado a la falta de competencias). Por iniciativa de Claire Villiers y Christophe Aguiton, surgió la idea de lanzar un movimiento, que se llamó AC! (Actuar juntos contra el paro), lo más amplio posible, y yo, en esto, era el economista de guardia. Por primera vez, hice la conexión entre el trabajo económico abstracto (sobre el tiempo de trabajo, por ejemplo) y un movimiento social que necesitaba un argumentario. Se organizaron dos marchas contra el desempleo, una en Francia y la otra a nivel europeo. Después el movimiento se deshilachó. Y fueron las tesis negristas las que prevalecieron, contra el pleno empleo, contra la reducción del tiempo de trabajo. En resumen, el lema El ingreso es un derecho ganó sobre El empleo es un derecho, cuando los dos tenían que combinarse.

En estos debates en torno a las políticas de empleo, ¿qué posiciones defendía?

En el programa de Mitterrand en 1981, se dio el paso a las 35 horas… en 1985. Y nosotros fuimos los portadores de esta idea: trabajar menos para trabajar todos y todas. Pero incluso entre los partidarios de una reducción del tiempo de trabajo, los debates fueron fuertes. Durante la campaña de Juquin en 1988, ya había desacuerdos dentro del staff sobre la política de ingresos que debería asociarse con esta reducción. En 1993, vimos resurgir estos debates. Alain Lipietz defendió la idea de que era necesario compartir la masa salarial y que la reducción de la jornada laboral debía ir acompañada de una caída de los salarios. Para mí (y para otros), la idea era la contraria: que era necesario modificar la división del valor agregado entre salarios y beneficios. Pero creo que todos hemos subestimado la verdadera pregunta que era la obligación [para los patronos] de realizar contratatos compensatorias [de las horas reducidas]. Después de todo, eso era más importante que el salario. Porque si realmente hubiéramos progresado hacia el pleno empleo, eso habría cambiado el equilibrio de poder y habría permitido plantear mejor la cuestión de los salarios.

La renta garantizada más que pleno empleo, esta tesis cuyo éxito lamenta, ¿no es aproximadamente la de su maestro André Gorz?

Es complicado, porque Gorz evolucionó mucho en estos temas, especialmente en el de la renta universal. Al principio, fue crítico, pero luego se unió a esa idea. Su tesis, en Adiós al proletariado (1980) fue que uno no puede liberarse en el trabajo, que de todos modos hay una parte del trabajo heterónomo, que en el lugar de trabajo siempre habrá explotación y que es en otro lugar donde hay que liberarse. Siempre he sido crítico con Gorz en este punto: un proyecto de transformación social también significa liberarse en el trabajo. La idea de la convivencia de un ámbito [el trabajo] en el todo seguiría como antes y de un ámbito el que uno se liberaría [con la renta universal] es una estrategia, o una representación, que no es coherente. Sobre esto, pienso como Simone Weil: “nadie estaría de acuerdo en ser esclavo durante dos horas; la esclavitud, para que sea aceptada, debe durar lo suficiente cada día como para quebrar algo en el ser humano”.

Su dedicación en AC! ¿Se corresponde para vd. con una nueva era, una nueva lógica, donde los movimientos sociales reemplazarían a la forma partidaria clásica?

Cierto, eso corresponde a la entrada en una nueva fase, marcada por la movilización de 1995, luego por la formación de Attac (1998). Pero, ¿deberían estas nuevas formas de movilización reemplazar al partido? Es un debate que tuvo lugar en la LCR en ese momento, porque notamos que había una brecha entre los líderes más políticos y los que, sobre todo, estaban interviniendo en los movimientos sociales. Hay que decir que la intervención en los movimientos sociales, en ese momento, era más prometedora que la participación en las reuniones del comité central de la LCR… Entonces surgió la cuestión de la forma partido. Pero todavía tengo un antiguo trasfondo leninista, lo que me lleva a pensar que la forma de partido es necesaria para dar una dimensión global a las intervenciones locales o sectoriales.

A principios de la década de 2000, también puso sus capacidades como economista al servicio del movimiento de defensa de las pensiones.

Hubo un trabajo conjunto entre la Fundación Copernic y Attac para construir argumentarios, que inicialmente quedaron casi sin eco. Y de repente, el movimiento se apoderó de él. A pesar de la derrota final, fue un momento interesante. De repente se produjo un cruce entre el trabajo de análisis teórico y el movimiento social. Recuerdo haber tenido reuniones siniestras en febrero de 2003, con solo unas pocas personas en la sala. Y luego, unos meses más tarde, en un lugar remoto de Seine-et-Marne, una sala de 300 o 400 personas. Lo mismo nos pasó en 2005, en el momento del referéndum sobre el TCE [Tratado Constitucional Europeo].

Unas palabras sobre cómo se ce a sí mismo. Escribe en uno de sus libros: “el economista crítico debe cubrir los dos extremos”, es decir, ser científicamente sólido y capaz de ser pedagógico. ¿Cómo se logra esta hazaña y qué tipo de intervención requiere?

La imagen que tengo es la de una cadena productiva: por un lado hay incomprensibles estudios económicos, técnicos, matemáticos, y luego toda una serie de intermediarios que conducen al discurso político ordinario (por ejemplo: “hay que bajar el salario mínimo para jóvenes, ya que de lo contrario no se puede emplearles”). Mi trabajo como economista crítico es mostrar cómo pasamos de lo uno a lo otro, criticar, como economista, el razonamiento de origen, invalidar las consecuencias políticas que se desprenden. Eso es hacer un contra-informe. Es construir una contra-cadena, oponerse a la cadena dominante. Por tanto, debemos jugar con dos registros, el científico y el político. Y eso es muy difícil. Porque para el mundo académico somos demasiado militantes y para la comunidad militante somos demasiado técnicos. En cuanto al modo de exposición requerido, me parece que debemos intentar mezclar los dos. Tengo la impresión de que muchos de mis textos no son muy homogéneos, que combinan partes bastante técnicas y partes más radicales. Eso tiene que ver con esta cuestión, con esta dificultad, que sin duda no tiene solución. Pero hay que hacerlo de todos modos. Sobre las pensiones, por ejemplo, el gobierno dijo: “Habrá una gran masa de ancianos, que absorverán todos los ingresos, por lo que debemos reducir las pensiones”. Si no se tienen análisis técnicos que muestren que eso no es tan simple, uno se queda en los márgenes. Por tanto, debemos intentar poner los análisis económicos a disposición de los activistas… Los textos breves, los libros, el sitio web (hussonet.free.fr) sirven para eso.

Una de sus últimas intervenciones políticas consistió en la participación en la auditoría de la deuda griega.

De hecho, fui contactado por Éric Toussaint, que dirige el CADTM con otros. Zoé Konstantopoulou, la presidenta del Parlamento griego, había creado una comisión que tenía un estatus muy oficial para auditar la deuda del país. Fue una experiencia muy enriquecedora con gente que venía de todo el mundo, de Ecuador, Brasil, Chipre, España… no me acuerdo de más. La idea era defender la solicitud de una moratoria de la deuda. Pero este proyecto se vio afectado, aunque trabajamos muy rápido, por los acontecimientos, y en particular por el famoso referéndum de 2015.

¿Actualmente, gracias, por ejemplo, a la crisis, ve un auge del interés por Marx y el marxismo?

Al tener que debatir sobre una biografía reciente que juzga que Marx no tiene nada que aportar a un economista de nuestro tiempo, me hice esta pregunta. Para mí, lo esencial en Marx es, ante todo, la teoría del valor. Por ejemplo, creo que esto sirve aún hoy para analizar las finanzas (que para mí son una punción de valor y no una creación de valor). Y también es la convicción de que el capitalismo es fundamentalmente un destructor de la esperanza, y que solo puede funcionar de manera regresiva. Por eso, en lo que escribo se encuentra una crítica al keynesianismo, a la idea de que podríamos encontrar un resurgimiento, un dinamismo continuo, un equilibrio siempre posible. Sobre la naturaleza del capitalismo y la teoría del valor soy bastante ortodoxo. Pero en otras cuestiones económicas contemporáneas importantes, como la crisis del euro, por ejemplo, creo que no necesitamos de Marx. Por ejemplo, he discutido con marxistas ortodoxos que dicen que la crisis se debe necesariamente a la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, lo que no me convence en absoluto. Hay una anécdota sobre la relación con Marx que me impactó realmente. Trabajé y enseñé durante dos años en México (entre 1985 y 1987). Estaba haciendo un modelo de la economía mexicana en el Instituto de Estadística y descubrí que el comercio de servicios era, en última instancia, muy sensible desde el punto de vista econométrico al tipo de cambio entre el peso y el dólar. El modelo funcionó bien: cuando el peso estaba fuerte, los mexicanos ricos comprarían en Estados Unidos. Y ahí, hubo un estudiante de izquierda que me dijo conmocionado: “pero bueno, esto es una algo neoclásica”. Me llamó mucho la atención porque, claro, el arbitraje de precios relativos es neoclásico si se quiere, pero negarse a admitirlo porque no es estrictamente marxista… Para este estudiante, el marxismo se convirtió en un corsé, y le hizo incapaz de analizar los movimientos reales. Le dije que fuera a la frontera y viera a la gente haciendo cola para repostar en el otro lado.

Si no hay realmente una vuelta a Marx, ¿admite que hay, de manera más general, una vuelta al pensamiento crítico?

Estamos en una fase en la que hay una multiplicidad de cosas interesantes. Hay un florecimiento de discursos críticos, debates sobre diferentes luchas, ambientalistas, feministas, antirracistas, etc. Pero el gran problema, en mi opinión, es la coordinación o convergencia entre estos elementos. Desde este punto de vista, habiendo dejado la LCR en diciembre de 2006, me siento un poco huérfano de una organización política. Con, además, un trasfondo de pesimismo sobre el ritmo del cambio y el desafío climático. Como economista, me he divertido haciendo cálculos comparando los ahorros de CO2 que podemos hacer, el crecimiento demográfico, el posible crecimiento del PIB… Y la conclusión es que los objetivos del IPCC implican transformaciones absolutamente radicales, que lamentablemente parecen fuera de alcance.

Parece que esta consideración de los problemas ecológicos representa algo nuevo en su pensamiento. ¿De cuándo proviene? ¿De su texto sobre socialismo verde, como prefacio del libro de Daniel Tanuro (2010)?

No, es un poco antes. En una escuela de verano de la LCR, tuve una polémica con Michel Lequenne sobre el tema: ¿somos demasiados en la Tierra?. Al mismo tiempo, escribí un artículo sobre este tema en 1994, resaltando una cita de Proudhon que me pareció brillante (“sólo hay un hombre de más en la Tierra, es Malthus”). Y lo hice un poco más tarde, en 2000, en un librito titulado ¿Somos demasiados?, en el que hay toda una sección sobre ecología. Básicamente ahí es cuando la ecología entra en mi trabajo. Pertenezco a una generación que, sin embargo, ha sido bastante productivista… Siempre ha habido, entre los economistas, una crítica al contenido del crecimiento, pero el cuestionamiento de la producción en sí no tenía realmente su lugar. Y luego la evolución se ha dado progresivamente. Pero creo que este desarrollo es más una ampliación que un cambio radical. Porque en Marx ya hay algunos elementos que se pueden utilizar para una crítica ecológica. No digo, como J. Bellamy Foster, que Marx fuera un ecologista precursor, pero se pueden relacionar íntegramente los problemas sociales con los problemas ecológicos.

El proyecto de transformación social que ha llevado a cabo, como economista y como militante, está lejos -hay que admitirlo- de haber triunfado. ¿Cómo analiza este fracaso? En otras palabras: ¿qué ha faltado (y, quizás, todavía falta) en el discurso de los economistas críticos?

Contrariamente a lo que se argumenta a veces, la izquierda de la transformación social no adolece de falta de alternativas. Pero obviamente es necesario agregarles una estrategia. Desde este punto de vista, sigo inspirándome en los planteamientos de Gorz y Mandel. También llama la atención recordar que Mandel propuso en la década de 1960 una estrategia de reformas estructurales anticapitalistas, mientras que hoy cuando hablamos de “reformas estructurales” hay que entenderlas como contrarreformas. Así podemos medir el camino realizado. Pero en su mayor parte, este enfoque sigue siendo válido, en torno a dos principios: una ruptura con el orden capitalista y una bifurcación hacia otro modelo. Es un punto de división con los que llamo “revolucionaristas” que hacen planes en tres partes: 1. El capitalismo es monstruoso; 2. El keynesianismo es (en el mejor de los casos) ineficaz; 3. El capitalismo debe ser destruido. Incluso si estoy de acuerdo con estos tres puntos, falta la respuesta a esta pregunta: ¿cómo hacerlo? Cuando alguien me pregunta, por ejemplo, “¿cómo modificar el equilibrio de poder?”, descubro cada vez los límites del análisis, incluso crítico. Y pateo en contacto…

Savoir / Agir 2017/4 (N ° 42), páginas 61 a 70.

17/01/2018:
https://doi.org/10.3917/sava.042.0061

Traducción: viento sur

Crítica de la razón negra

Por Achille Mbembe

Ensayo sobre el racismo contemporáneo

Tres momentos marcan la biografía de este vertiginoso ensamblaje. El primero es el despojo llevado a cabo durante la trata atlántico entre los siglos XV y XIX, cuando hombres y mujeres originarios de África son transformados en hombres-objetos, hombres-mercancías y hombres-monedas de cambio. Prisioneros en el calabozo de las apariencias, a partir de ese instante pasan a pertenecer a otros. Víctimas de un trato hostil, pierden su nombre y su lengua; continúan siendo sujetos activos, pese a que su vida y su trabajo pertenecen a aquellos con quienes están condenados a vivir sin poder entablar relaciones humanas.

El segundo momento corresponde al nacimiento de la escritura y comienza hacia finales del siglo XVIII cuando, a través de sus propias huellas, los Negros, estos seres-cooptados-por-otros, comienzan a articular un lenguaje propio y son capaces de reivindicarse como sujetos plenos en el mundo viviente. Marcado por innumerables revueltas de esclavos y la independencia de Haití en 1804, los combates por la abolición de la trata, las descolonizaciones africanas y las luchas por los derechos civiles en los Estados Unidos, este período se completa con el desmantelamiento del apartheid durante los años finales del siglo XX.

El tercer momento, a comienzos del siglo XXI, es el de la expansión planetaria de los mercados, la privatización del mundo bajo la égida del neoliberalismo y la imbricación creciente entre la economía financiera, el complejo post-imperial y las tecnologías electrónicas y digitales.

Por primera vez en la historia de la humanidad, la palabra Negro no remite solamente a la condición que se les impuso a las personas de origen africano durante el primer capitalismo (depredaciones de distinta índole, desposesión de todo poder de autodeterminación y, sobre todo, del futuro y del tiempo, esas dos matrices de lo posible). Es esta nueva característica fungible, esta solubilidad, su institucionalización en tanto que nueva norma de existencia y su propagación al resto del planeta, lo que llamamos el devenir-negro del mundo.

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Achille Mbembe nació en Camerún en 1957. Es profesor de Historia y Política en el Wits Institute for Social and Economic Research (WISER) de la Universidad Witwatersrand de Johannesburgo. Fue profesor de historia en las universidades de Columbia (Nueva York) y de Pennsylvania; y ha dirigido, además, el Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África (CODESRIA), con sede en Dakar. Ha publicado los libros La Naissance du maquis dans le Sud-Cameroun (París, 1996), Sortir de la grande nuit. Essai sur l’Afrique decolonisée (París, 2010) y los influyentes On the Postcolony (Berkeley, 2001) y Crítica de la razón negra (París, 2013 – Barcelona, Ned Ediciones, 2016). Autor de una obra teóricamente novedosa, que renueva los debates en el marco de las teorías poscoloniales y de la colonialidad del poder.

El esquema de la reproducción del capital de Marx

Por Michael Roberts

Recientemente hice una breve presentación en un grupo de discusión de jóvenes del Partido Comunista de la India (M) sobre el esquema de la reproducción de Marx. Pensé que el tema también podría valer para una nota en mi blog.

El esquema de la reproducción de Marx se encuentra en El Capital, Volumen Dos, Parte 3, capítulos 18 a 21. ¿Que son estos esquemas de la reproducción? Se trata, como dijo Marx, de: “el proceso de circulación (que en su totalidad es una forma del proceso de reproducción)…. del capital social agregado”.  En otras palabras, cómo circula el capital (dinero y mercancías) en el nivel macro de una economía, para reproducirse y reiniciar un nuevo período de producción y acumulación de capital.

Marx muestra este proceso de circulación y reproducción dividiendo el capital social agregado en dos departamentos: uno que reproduce bienes de capital o medios de producción y otro que reproduce bienes de consumo o medios de consumo. Podría haber más departamentos, pero la división de Marx no es arbitraria porque quiere mostrar la naturaleza de clase de la acumulación y reproducción capitalista; con un departamento que produce los medios de producción del capital y otro que produce los bienes de consumo necesarios para el trabajo. Este último se puede dividir sucesivamente en un departamento de «bienes de lujo» para el propio consumo de los capitalistas, pero este subdepartamento no es analíticamente esencial en el esquema de reproducción de Marx (contrariamente a las opiniones de muchos neo-ricardianos y algunos marxistas).

¿Qué quiere mostrar Marx con el esquema de reproducción? Quiere mostrar: primero, cómo se reproduce el capital en estos dos departamentos; y segundo, quiere comparar la reproducción del capital sin acumulación extra (llamada reproducción simple) y la reproducción del capital cuando se acumula (crece), lo que él llama reproducción expandida o extendida.

Los esquemas asumen que no hay progreso tecnológico, por lo que el crecimiento (reproducción ampliada) puede ocurrir solo si se obtiene una mayor cantidad de medios de producción. Los esquemas de Marx también asumen una economía cerrada. Por lo tanto, no se pueden obtener medios de producción adicionales de ninguna reserva mantenida en almacenes, etc.

En la reproducción simple, el Departamento I (medios de producción) y el Departamento II (medios de consumo) crecen a la misma tasa (cero). A continuación se muestra una tabla tomada del excelente artículo sobre el esquema de Andrew Kliman , basado en el trabajo de Dunayevskaya.

En este ejemplo de la reproducción simple, ambos departamentos tienen el mismo tamaño. Pero, ¿de dónde obtiene el Departamento II (bienes de consumo) sus medios de producción para producir bienes de consumo equivalentes a 500 en valor? Los capitalistas de bienes de consumo en el Departamento II necesitan 250 unidades de valor de medios de producción. La respuesta es que los capitalistas de bienes de consumo compran sus medios de producción por valor de 250 a los capitalistas de bienes de capital en el Departamento I. Y eso es posible porque es la cantidad de nuevo valor producido por los capitalistas de bienes de capital en el Departamento I (v100 + s150). Así tenemos la fórmula para la reproducción simple: c2 = v1 + s1. Esto muestra cómo circula el capital entre los dos departamentos en una economía de crecimiento cero.

Pero, ¿qué pasa con una economía en crecimiento, lo que Marx llamó la reproducción amplia o expandida? El crecimiento en una economía cerrada solo es posible si se agrega un valor extra a la inversión en medios de producción. Entonces el Departamento I debe ser más grande. Eso puede suceder si algunos de los medios de producción recién producidos que habría obtenido el Departamento II se desvían al Departamento I. Esto le da al Departamento I los medios de producción adicionales que necesita.

En el ejemplo de Kliman, el Departamento I recibe 50 unidades de valor adicionales en medios de producción y la inversión del Departamento II en medios de producción se reduce en esa misma cantidad. Como resultado, dadas las mismas razones para c / vy s / v, la producción aumenta en el Departamento I a 600 y cae en el Departamento II a 400. Consulte el Año 2 a continuación.

En el año 3 siguiente, las 600 unidades de valor producidas anteriormente en medios de producción se distribuyen en la misma proporción entre los Departamentos I y II que en el Año 2. Ahora ambos departamentos han invertido más en medios de producción y así ambos pueden crecer (de un total de 1.000 en valor en el año 2 a 1.200 en el año 3.

La transición de la reproducción simple a la expandida requiere un crecimiento desequilibrado. El Departamento I debe crecer en relación con el Departamento II. Eso no significa que el sector de bienes de consumo deba declinar en terminos absolutos, excepto tal vez cuando ‘comience desde cero’ con un crecimiento cero. Posteriormente, el Departamento II puede crecer. De hecho, los dos departamentos podrían crecer al mismo ritmo, como lo hacen en los propios ejemplos de reproducción ampliada de Marx. Pero el desequilibrio relativo persistirá. El Departamento I seguirá siendo relativamente más grande que el Departamento II en la reproducción ampliada que en la reproducción simple. Así, el esquema de Marx muestra que los departamentos nunca están en «equilibrio», si queremos decir con eso que ambos tienen el mismo tamaño y deben crecer juntos al mismo ritmo.

Marx no desarrolló el esquema de la reproducción para mostrar que el capitalismo puede acumular armoniosamente o en equilibrio. Esa idea fue una visión adoptada por los marxistas después de Marx, como Bauer y Kautsky, quienes utilizaron los esquemas de reproducción para mostrar que bajo el capitalismo puede haber una acumulación sin perturbaciones y pueden evitarse las crisis. Hilferding concluyó que las crisis se deben a desproporcionalidades entre los Departamentos I y II, pero que podrían evitarse con una planificación minuciosa: “en la producción capitalista, tanto la reproducción en una escala simple como en una escala extendida pueden continuar sin perturbaciones solosi se mantienen estas proporciones’ . Por lo tanto, el capitalismo podría crecer sin crisis.

Rosa Luxemburg también malinterpretó el esquema de Marx pero desde el punto de vista opuesto. Rosa pensaba que el desequilibrio entre el tamaño del Departamento I y el Departamento II a lo largo del tiempo era la causa de las crisis porque el consumo sería insuficiente para realizar toda la producción de bienes de capital. Pensó que había un desequilibrio crónico de la inversión para el consumo que Marx no reconoció y que era clave para las crisis.

Pero el esquema de la reproducción del capital de Marx no fue diseñado para mostrar que el capital puede acumularse armoniosamente o, alternativamente, generar crisis crónicas de subconsumo. Sí, el capital no se acumula de forma armoniosa. Como dice Marx, “la oferta y la demanda nunca coinciden o si lo hacen, solo por casualidad y por lo tanto no deben ser tomadas en cuenta ni con fines científicos: se debe considerar que no sucede”. Eso quiere decir que hay “ muchas posibilidades de crisis, ya que un equilibrio es en sí mismo un accidente por la naturaleza espontánea de esta producción”. Pero si la oferta crece más rápidamente en el Departamento I que en el Departamento II, eso no implica un déficit secular crónico en la demanda efectiva, como pensaba Luxemburg. La demanda de inversión puede crecer más rápido que la demanda de los consumidores sin crisis.

La reproducción simple de Marx requiere un “equilibrio” (una igualdad) entre el nuevo valor generado en el Departamento I (vI + sI) y la demanda de capital constante del Departamento II (c2). Pero la reproducción ampliada requiere que el nuevo valor generado en el Departamento I supere la demanda de capital constante del Departamento II. Como dijo Lenin: «Marx demostró claramente en sus esquemas, la producción de los medios de producción puede y debe superar la producción de artículos de consumo».  Contrariamente a la conclusión de Luxemburg de que las crisis son causadas por el desequilibrio, Marx adoptó la opinión opuesta de que el desequilibrio era necesario para el crecimiento, de lo contrario, «no habría producción capitalista en absoluto si tuviera que desarrollarse simultánea y uniformemente en todas las esferas».

De hecho, una economía capitalista en expansión con un Departamento I más grande que el Departamento II expresa la ley general de acumulación capitalista, es decir, un aumento más rápido del capital constante sobre el capital variable, o una composición orgánica del capital en aumento.   “¡Acumula, acumula! ¡Eso claman Moisés y los profetas! … Acumulación por acumulación, producción por producción: esta fue la fórmula con la que la economía clásica expresó la misión histórica de la burguesía en el período de su dominación. Así, la economía capitalista se convierte cada vez más en un sistema de producción por la  propia producción». Como dice Marx:“Nunca servirá, por lo tanto, para representar la producción capitalista como algo que no es, es decir, como una producción que tiene como propósito inmediato el consumo de bienes o la producción de medios de disfrute, para los capitalistas. Esto sería pasar por alto el carácter específico de la producción capitalista”.

En realidad, la propia Luxemburg vio la relación entre el desequilibrio en el esquema de la reproducción y la creciente composición orgánica del capital y, por lo tanto, la ley de la rentabilidad de Marx: “El crecimiento más rápido del Departamento I frente al Departamento II es indiscutible…. También es la base de la ley fundamental de Marx de que la tasa de ganancia tiende decrecer”.  ¡Exactamente! Pero no reconoció que esto significaba que la causa de las crisis residía en la rentabilidad del capital, no en el desequilibrio entre los departamentos de la reproducción del capital. El esquema de la reproducción se abstrae de la causa de las crisis como tal, que, en la teoría de Marx, se encuentra en los factores que impulsan la caída de la rentabilidad, a saber, los cambios tecnológicos que ahorran trabajo y los aumentos concomitantes de productividad.

De hecho, cuando se piensa en ello, el esquema de la reproducción muestra la naturaleza misma del crecimiento económico, es decir, utilizar una mayor parte del valor producido en el período anterior para invertir en medios de producción y mano de obra adicionales para aumentar el valor total en el nuevo período. Esa es la lógica del esquema y empíricamente es la realidad. Kliman proporciona evidencia de que en los EEUU, la demanda de inversión es 72 veces mayor que en 1933, mientras que el PIB es solo 18 veces mayor y la demanda de consumo personal es solo 15 veces mayor (ver gráfico a continuación).

En efecto, como dice Kliman, los esquemas de reproducción proporcionan un modelo para el llamado proceso de “despegue” en la industrialización como el experimentado a principios del siglo XIX en Gran Bretaña, a finales del siglo XIX en Japón y a principios del siglo XX en Rusia. En cada caso, el resultado inmediato es que los beneficios del aumento de la producción no van principalmente a las clases que la consumirían, es decir, a los campesinos o los asalariados, sino a las ganancias de los capitalistas (Gran Bretaña) o al excedente estatal (Unión Soviética), y estos ingresos se utilizan para una mayor formación de capital. Por tanto, el esquema de reproducción se puede aplicar para comprender el proceso de crecimiento tanto en una economía capitalista como en una planificada («acumulación socialista primitiva»).

Es de esperar que una economía de rápido crecimiento tenga un crecimiento de la inversión más rápido que el del consumo. Pero eso no significa que el consumo no aumente también. Por el contrario, a medida que la inversión genera más valor, el consumo también puede expandirse más rápidamente que en economías con poca inversión y crecimiento del PIB. Un buen ejemplo de esto es el «despegue» de China. China ha tenido una relación inversión / PIB muy alta (gráfico siguiente).

Los economistas ortodoxos, especialmente los keynesianos, consideran que esta es una mala noticia para el consumo de los trabajadores y debe revertirse. Basan su caso en la supuesta baja relación entre el consumo personal y el PIB de China en comparación con las economías capitalistas avanzadas. Pero eso no es realmente cierto. Si se elimina el gasto privado en salud de la tasa de consumo de EEUU en relación con el PIB (consultar el gráfico a continuación) y, por otro lado, se agregan varios gastos de consumo social (salud, educación, transporte, etc.) a la relación de consumo personal de China, la supuesta brecha con EEUU y otros países del G7 se reduce considerablemente.

Además, contrariamente al argumento keynesiano, el crecimiento del consumo personal en China ha sido mucho más rápido que en cualquier economía capitalista avanzada en los últimos diez años. ¿Por qué? Porque la inversión y el crecimiento del PIB han sido mucho más rápidos.

El enorme ‘desequilibrio’ de la inversión en bienes de capital de China en comparación con el consumo puede haber restringido el crecimiento de los salarios, pero no en comparación con los países que no han invertido y crecido tan rápido. En la década de 2010, el crecimiento salarial en China aumentó un 73%, en comparación con con un 43% en la India, un 11% en EEUU y solo un 3% en el Reino Unido.

De hecho, incluso los modelos de crecimiento convencionales llegan a la misma conclusión que el esquema de la reproducción de Marx. En el modelo de crecimiento keynesiano de Harrod-Domar, el pleno empleo y el máximo potencial de crecimiento requieren que la inversión en cada período sea mayor que los ahorros del año anterior. Domar comenta que el modelo muestra “ que no es suficiente, en términos keynesianos, que los ahorros de ayer se inviertan hoy, o. . . que esa inversión compense el ahorro. La inversión de hoy siempre debe superar los ahorros de ayer «.

El modelo de crecimiento keynesiano habla de la «función del ahorro»; para Marx, los ahorros son ganancias porque los trabajadores no ahorran, por lo que hay un aspecto de clase en su modelo de reproducción. Para Marx, la tasa de crecimiento de la economía depende de la proporción de plusvalía que se acumula en lugar de gastarse en el consumo de los capitalistas; de la tasa de explotación del trabajo que produce la plusvalía y de la composición orgánica del capital, repartiendo la inversión relativa de los beneficios en tecnología o trabajo. El modelo keynesiano de Harrod-Domar es similar. Aquí la tasa de crecimiento depende de la “propensión marginal a ahorrar” (en términos marxistas, la cantidad de ganancias reinvertidas) y la productividad de esa inversión (en términos marxistas, la tasa de ganancia). Lo más importante, en ambos modelos son los ahorros (beneficios) del período anterior los que establecen el nivel de inversión en el período siguiente.

Pero hay una diferencia importante entre el modelo de crecimiento keynesiano y el de Marx. En ambos modelos, para que haya crecimiento, la inversión debe superar al consumo. Pero para Marx, bajo el capitalismo, el crecimiento de la inversión depende de la rentabilidad, mientras que en una economía poscapitalista, la inversión depende de las decisiones de planificación estatal. Keynes no hace tal distinción y, por lo tanto, ignora la causa real de las crisis en el capitalismo.

economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2021/07/06/marxs-reproduction-schema/

Traducción:G. Buster