En defensa de la Revolución Estadounidense

Por Tom Cutterham

La revolución de 1776 comenzó como una disputa baladí entre élites poderosas y despreciables. A pesar de ellas, pronto se convirtió en la estrella de los movimientos emancipadores de todo el mundo.

En el 4 de julio se celebra una declaración de guerra entre dos facciones de la clase dominante capitalista. En 1763, victorioso en su última guerra contra Francia, el Imperio Británico se encontraba ante un sinnúmero de posibilidades: ¿quién controlaría los beneficios de esta victoria, y cómo organizaría el Estado imperial tales recursos? El camino preferido por la coalición de plantadores, comerciantes y abogados que firmaron la Declaración de Independencia en 1776 era el de la inversión frente al recorte, el de la conquista frente a la paz y, en su mayor parte, el de la esclavitud frente a cualquier cosa que la amenazara. En el horizonte, oteaban una tierra que esperaba ser tomada, vendida y convertida en su propio “poderoso imperio”.

Pero la Revolución Estadounidense no podía ser sólo una guerra entre capitalistas. Huelga decir que la mayoría de los que lucharon y murieron (por no hablar de los que trabajaron para hacer posible la guerra) eran trabajadores y pequeños propietarios. Movilizar a estos hombres y mujeres, haciendo la guerra a una escala hasta entonces desconocida en las colonias, requería necesariamente la promulgación de ideas e instituciones de gran alcance, transformadoras. Dependía no sólo del consentimiento, sino también del compromiso activo, y a veces ferviente, de muchos colonos de a pie. Conseguir ese compromiso significaba ofrecer la promesa de un “nuevo orden que marcaría una época”, una república participativa en la que los derechos del “pueblo” (en la práctica, de los hombres blancos) estarían asegurados para siempre.

Una amarga guerra civil hizo estragos en las trece colonias y a lo largo de sus fronteras, despertando así ideas políticas de emancipación y autogobierno colectivo, y no sólo para los hombres blancos propietarios. Esta guerra creó las condiciones para un levantamiento masivo de los esclavizados y para nuevas alineaciones y coaliciones entre los pueblos nativos en el ámbito de la violencia imperial. Llevó a esposas, hijas, sirvientes y aprendices a cuestionar sus posiciones subordinadas en la sociedad colonial. A través de su participación en la acción colectiva, hombres y mujeres apuntalaron viejas relaciones y generaron nuevas identidades que resonaban con las promesas de libertad, dentro y fuera de los Estados Unidos. Por muy fracturadas y contradictorias que fueran, esas luchas de emancipación contribuyeron a dar forma a la nueva nación y a sus vecinos.

Por mucho que intentaran sofocar un sustrato tan pavorosamente radical, la nueva clase dirigente estadounidense se vio atrapada en la contradicción entre su llamamiento a la revolución y su necesidad de una jerarquía estable. Capitalistas refinados como Gouverneur Morris comprendieron desde el principio que el proceso de declaración de la independencia implicaría despertar a “la multitud”, como un reptil bajo el calor de una mañana de primavera; “antes del mediodía morderán”, advirtió en 1774, “no lo duden”. Sin duda, en Pensilvania y en otros lugares, los colonos de a pie estuvieron cerca de arrebatar el poder a las élites gobernantes. Hicieron uso de nuevas instituciones democráticas para redistribuir la riqueza allí donde pudieron y ejecutaron levantamientos armados contra gobernantes republicanos intransigentes.

La revolución avivó una tradición de disidencia rebelde que se remontaba al tumultuoso siglo XVII inglés, un legado que penetraría en la mitología fundacional de la flamante nación estadounidense. Inspiró a hombres como William Manning, un agricultor y tabernero que escribió su famoso libro Key of Liberty en 1799, en el que vislumbraba una contienda política de la mayoría que derrotaría “la astucia y la corrupción” de unos pocos, incluido “el adúltero Hamilton”. La Declaración de Jefferson llegó a ser un modelo para la expresión de demandas emancipatorias que él mismo despreciaba, incluyendo la más famosa, el llamamiento a la libertad de las mujeres realizado en Seneca Falls en 1848.

Al mismo tiempo, la revolución trajo consigo el establecimiento de un sistema estatal (tanto federal como local) que ayudó a los capitalistas estadounidenses a organizar la inversión, a explotar a los trabajadores y a expropiar tierras y recursos a una escala exorbitante. Durante las décadas de 1780 y 1790, los intereses mercantiles, terratenientes y esclavistas derrotaron a los incipientes movimientos democráticos, imponiendo una constitución diseñada para proteger su acceso privilegiado al poder, imposibilitando el potencial radical del momento revolucionario. En el plazo de una generación, expandieron drásticamente la economía dependiente de la esclavitud, afianzando aún más la supremacía blanca y haciendo retroceder los efímeros logros de las mujeres revolucionarias.

No es de extrañar que Frederick Douglass condenara la hipocresía de celebrar la libertad el 4 de julio, mientras que su antiguo colega William Lloyd Garrison declaraba que la Constitución era “un pacto con la muerte”. Sin embargo, su movimiento abolicionista también obtuvo el impulso de la tradición revolucionaria, que consideraba “más glorioso morir instantáneamente como hombres libres, que deseable vivir una hora como esclavos”. En la causa de la abolición de la esclavitud es sin duda donde se sintieron más agudamente las contradicciones de la revolución. Para poner fin a la esclavitud, el movimiento invocó los principios de esclavistas como Jefferson y Washington; para llevar a cabo una expropiación de la riqueza que marcó una época, movilizó a un Estado concebido y dedicado a la protección de la propiedad.

La promesa de la libertad en la igualdad sigue estando en el corazón de la Declaración, incluso cuando las celebraciones del 4 de julio de la nación estadounidense se vinculan cada vez más a un proyecto político totalmente incompatible. En el siglo XVIII, la lucha revolucionaria supuso la construcción de instituciones y alianzas que permitieron a un gran número de personas repudiar la legitimidad del orden jurídico existente. Un nuevo mundo nació dentro del viejo, moldeado y marcado de nacimiento por su lucha por emerger. No existe la pureza en la política, ni tampoco los movimientos sin contradicciones. Es bajo esa luz que debemos captar la tradición revolucionaria y brindar por el Día de la Independencia.

es profesor de Historia de los Estados Unidos en la Universidad de Birmingham (Reino Unido). Su último libro es Gentlemen Revolutionaries: Power and Justice in the New American Republic (Princeton, 2017). Su Twitter es @tomcutterham

Fuente:

https://www.jacobinmag.com/2019/07/fourth-july-american-revolution-independence-day

Traducción:Oscar Planells

Edgar Morin, filósofo clave del siglo XX, cumple 100 años

Por Manuel Ángel Vázquez Medel

Tal vez ningún pensador vivo en nuestro planeta sea tan necesario para entender el presente y afrontar con valentía y decisión el complejo futuro que nos espera como Edgar Morin. Esa frágil criatura, nacida en París un 8 de julio de 1921 (hace justo ahora un siglo) con el nombre de Edgar Nahum, hijo de judíos provenientes de Salónica con raíces sefardíes y que quedaría huérfano de madre a los 10 años, ha sido capaz de cruzar todo un siglo terrible. Lo ha hecho desde el impulso de la resiliencia, la resistencia, la aceptación de la complejidad y la incertidumbre, pero siempre desde el impulso de la esperanza.

Y nos sigue sorprendiendo, con casi cien años, desde su cuenta de Twitter, con lúcidos mensajes en los días previos a su centenario. El 3 de julio, por ejemplo, proclamaba:

“Me gusta ver las parejas mixtas: blanco-negro, blanco-amarillo, judeo-cristiano, judeo-árabe, franco-alemán, etc.”

Frente a mensajes involutivos de odio, de falsas purezas y segregaciones, de racismo o fundamentalismo religioso, de anacrónicos nacionalismos, Morin proclama la esencial mixtura de la vida, la complejidad que rige el universo, la riqueza de la diversidad, la solidaridad que debe llevarnos a construir un mundo mejor, una nueva civilización planetaria.

Un intenso siglo XX

Edgar Morin apoyó, con apenas quince años, la República Española en la terrible Guerra Civil; asumió con valor la resistencia y la oposición al nazismo, y criticó los horrores del estalinismo; vivió con intensidad el mayo francés del 68 y los ideales alternativos de los jóvenes hippies en la California de finales de los sesenta… Y hoy, cuando llega a contemplar los terribles efectos de la Pandemia del COVID 19, sabe que la realidad es compleja, que es incierta, que todo se relaciona con todo.

“Hay que aprender a enfrentar la incertidumbre, puesto que vivimos una época cambiante donde los valores son ambivalentes, donde todo está ligado. Por eso la educación del futuro debe volver sobre las incertidumbres ligadas al conocimiento”.

Itinerario intelectual

Casi podríamos ofrecer el itinerario intelectual de Morin a partir de sus principales títulos. El hombre y la muerte, El cine o el hombre imaginario y Autocrítica son sus principales obras de los años cincuenta, donde ya vemos el embrión de su visión sistémica e interactiva, profundamente creativa y crítica (también consigo mismo), y siempre centrada en la realidad concreta de los seres humanos.

Introducción a una política del hombre, así como sus diarios de las grandes experiencias de los sesenta, en la Comuna de Plōdement y en California, nos muestran ya a un Morin maduro que, desde su incorporación al Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), impulsó grandes iniciativas como las revistas Arguments o Communications.

Iniciará los setenta con El paradigma perdido: la naturaleza del hombre, tema esencial y recurrente de su profundo y rico humanismo, pero acometerá a partir de 1977 y a lo largo de tres décadas su obra magna, El método, en cinco volúmenes: 1. La naturaleza de la naturaleza; 2. La vida de la vida; 3. El conocimiento del conocimiento; 4. Las ideas; 5. La humanidad de la humanidad.

La necesidad de esta obra quedaba así formulada por él mismo:

“Buscamos un conocimiento que traduzca la complejidad de lo que se llama lo real, que respete la existencia de los seres y el misterio de las cosas, e incorpore el principio de su propio conocimiento. Necesitamos un conocimiento cuya explicación no sea mutilación y cuya acción no sea manipulación. Plantear el problema de un «método” nuevo».

Edgar Morin en la Casa de Suiza en Brasil, en 1972. Wikimedia Commons / Archivo Nacional de Brasil / Fundo Correio da Manhã

Método novedoso

La novedad de su método, riguroso, inter y transdisciplinar, flexible y abierto, ha sido también subrayada en algunas de sus obras más conocidas: Ciencia con conciencia; Introducción al pensamiento complejo; Amor, poesía, sabiduría; Los siete saberes para una educación del futuro (encargada por la UNESCO y tal vez su obra más leída, que se puede descargar gratuitamente aquí).

Hasta llegar a su verdadero testamento: La Vía para el futuro de la humanidad. Para ir machadianamente por esa vía, haciendo camino al andar, es necesario:

  1. Reconocer las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión;
  2. Conocer los principios del conocimiento pertinente;
  3. Enseñar la condición humana en toda su complejidad;
  4. Enseñar la identidad planetaria;
  5. Capacidad de afrontar las incertidumbres;
  6. La enseñanza de la comprensión y de la capacidad de interpretación;
  7. Ética del género humano, tanto en sus dimensiones individuales como sociales y como parte de la especie humana y de la naturaleza.

“La situación sobre nuestra Tierra es paradójica. Las interdependencias se han multiplicado. La conciencia de ser solidarios con su vida y con su muerte liga desde ahora a los humanos. La comunicación triunfa; el planeta está atravesado por redes, faxes, teléfonos celulares, módems, Internet. Y sin embargo, la incomprensión sigue siendo general”, nos dice Morin.

Todo está interrelacionado

Por ello necesitamos “Ciencia con conciencia”. Comunicación con ética. Aceptar la necesidad de transformarnos, en una gran metamorfosis, para que surja una nueva realidad, una nueva civilización planetaria. No basta con la revolución económica; no basta con la revolución política; no basta con la revolución tecnológica; no basta con la revolución de la educación ni solo con la revolución personal…

Todas están inter-retro-relacionadas. Todo tiene que ver con todo. Y todo cambia. Esa raíz heraclitiana de su pensamiento le ofrece una potencia extraordinaria, que Morin refuerza con otras grandes influencias: Spinoza y Pascal, Hegel, Marx y Dostoievsky, Von Neumann y Gaston Bachelard, Bateson y Castoriadis, Von Foerster y René Thom

Ciencias y Humanidades, que no pueden caminar por vías distintas, sino que deben interrelacionarse. Para construir un mundo mejor. Es el mensaje central de este sabio que nos invita –como hizo en su conversación con Stéphane Hessel– a transitar sin miedo por El camino de la esperanza.

El rostro y la muerte

Por Giorgio Agamben

El siguiente texto fue publicado por Giorgio Agamben en la Neue Zürcher Zeitung el 30 de abril de 2021. El 3 de mayo de 2021 fue retomado en su columna «Una voce» en el sitio web de la editorial italiana Quodlibet.

 

Parece que en el nuevo orden planetario que está tomando forma dos cosas, aparentemente no relacionadas, están destinadas a desaparecer por completo: el rostro y la muerte. Por el contrario, intentaremos averiguar si no están vinculadas de algún modo y cuál es el significado de su eliminación.
Que la visión del rostro propio y del rostro de los demás es una experiencia decisiva para el hombre ya lo sabían los antiguos: «Lo que se llama “rostro” —escribe Cicerón— no puede existir en ningún animal sino en el hombre» y los griegos definían al esclavo, que no es dueño de sí mismo, aproposon, literalmente «sin rostro». Ciertamente todos los seres vivos se muestran y se comunican entre sí, pero sólo el hombre hace del rostro el lugar de su reconocimiento y su verdad, el hombre es el animal que reconoce su rostro en el espejo y se refleja y reconoce en el rostro del otro. El rostro es, en este sentido, tanto la similitas, la semejanza, como la simultas, el estar juntos de los hombres. Un hombre sin rostro está necesariamente solo.
Por eso la cara es el lugar de la política. Si los hombres sólo tuvieran que comunicarse información unos a otros, siempre tal o cual cosa, nunca habría propiamente política, sólo un intercambio de mensajes. Pero como los hombres tienen ante todo que comunicar su apertura, su reconocimiento mutuo en un rostro, el rostro es la condición misma de la política, aquello en lo que se basa todo lo que los hombres se dicen e intercambian.
El rostro es en este sentido la verdadera ciudad de los hombres, el elemento político por excelencia. Al mirarse a la cara, los hombres se reconocen y se apasionan mutuamente, percibiendo similitud y diversidad, distancia y proximidad. Si no hay política animal, es porque los animales, que siempre están en lo abierto, no hacen de su exposición un problema, simplemente moran en ella sin preocuparse. Por eso no les interesan los espejos, la imagen en cuanto imagen. El hombre, en cambio, quiere reconocerse y ser reconocido, quiere apropiarse de su propia imagen, busca en ella su propia verdad. De este modo, transforma el entorno animal en un mundo, en el campo de una incesante dialéctica política.
Un país que decide renunciar a su propio rostro, cubrir con máscaras por todas partes las caras de sus ciudadanos es, pues, un país que ha cancelado cualquier dimensión política de sí mismo. En este espacio vacío, sometido en todo momento a un control sin límites, se mueven ahora individuos aislados unos de otros, que han perdido el fundamento inmediato y sensible de su comunidad y sólo pueden intercambiarse mensajes dirigidos a un nombre ya sin rostro. Y como el hombre es un animal político, la desaparición de la política significa también la eliminación de la vida: un niño que ya no puede ver el rostro de su madre al nacer corre el riesgo de ya no poder concebir sentimientos humanos.
No menos importante que la relación con el rostro es la relación con los muertos. El hombre, el animal que se reconoce en su propio rostro, es también el único que celebra el culto a los muertos. No es de extrañar, pues, que los muertos también tengan un rostro y que la cancelación del rostro vaya de la mano de la eliminación de la muerte. En Roma, el muerto participa en el mundo de los vivos a través de su imago, la imagen plasmada y pintada en cera que cada familia guardaba en el atrio de su casa. El hombre libre se define tanto por su participación en la vida política de la ciudad como por su ius imaginum, el derecho inalienable a conservar el rostro de sus antepasados y a exhibirlo públicamente en las fiestas de la comunidad. «Después del entierro y de los ritos funerarios —escribe Polibio— la imago del muerto se colocaba en el punto más visible de la casa en un relicario de madera, y esta imagen es un rostro de cera hecho a exacta semejanza tanto en forma como en color».
Estas imágenes no sólo eran objeto de una memoria privada, sino que eran el signo tangible de la alianza y la solidaridad entre los vivos y los muertos, entre pasado y presente, que formaba parte de la vida de la ciudad. Por ello, desempeñaron un papel tan importante en la vida pública que podría decirse que el derecho a las imágenes de los muertos es el laboratorio en el que se fundamenta el derecho de los vivos. Esto es tan cierto que quien era culpable de un crimen público grave perdía el derecho a la imagen. Y cuenta la leyenda que cuando Rómulo funda Roma, hace cavar una fosa —llamada mundus, «mundo»— en la que él y cada uno de sus compañeros arrojan un puñado de la tierra de la que proceden. Esta fosa se abría tres veces al año y se decía que en esos días los mani, los muertos, entraban en la ciudad y participaban en la existencia de los vivos. El mundo no es más que el umbral a través del cual se comunican los vivos y los muertos, el pasado y el presente.
Se entiende entonces por qué un mundo sin rostros no puede ser más que un mundo sin muertos. Si los vivos pierden su rostro, los muertos se convierten en meros números que, por haber sido reducidos a su pura vida biológica, deben morir solos y sin funerales. Y si el rostro es el lugar donde, antes de todo discurso, nos comunicamos con nuestros semejantes, entonces también los vivos, privados de su relación con el rostro, están, por mucho que intenten comunicarse con los dispositivos digitales, irremediablemente solos.
El proyecto planetario que pretenden imponer los gobiernos es, por lo tanto, radicalmente impolítico. Más bien propone eliminar todo elemento genuinamente político de la existencia humana, para sustituirlo por una gubernamentalidad basada únicamente en un control algorítmico. Cancelación del rostro, eliminación de los muertos y distanciamiento social son los dispositivos esenciales de esta gubernamentalidad, que, según las declaraciones concordantes de los poderosos, deberá mantenerse incluso cuando el terror sanitario disminuya. Pero una sociedad sin rostro, sin pasado y sin contacto físico es una sociedad de espectros, y como tal condenada a una ruina más o menos rápida.

“Y el Verbo se hizo carne… Una aproximación eco-vygotskiana a la adquisición del lenguaje”

Por Pablo del Río y Amelia Álvarez

Se planteaen este artículo la necesidad de articular la tradición del eco-funcionalismo biológico con la teoría vygotskiana sobre las relaciones entre las funciones naturales y las superiores y el papel central del lenguaje en el desarrollo humano. Desde la tradición eco-funcionalista, proponemos que el ser humano se ha constituido como especie gracias a y mediante la creación de un segundo entorno (Umwelt) de carácter mediado y que ha pasado por tanto a construir y habitar dos ecologías entrelazadas. Desde la tradición histórico-cultural, que explica las funciones superiores en cuanto mediadas por un complejo de psicotecnias de los procesos cognitivos y de los procesos directivos y emocionales, atribuimos al lenguaje el papel de psicotecnia estructurante. El artículo concluye estableciendo la interdependencia de los sistemas de actividad y las arquitecturas de la lengua y proponiendo el Diseño Cultural como la vía deintervención para asegurar la vitalidad de ambos. Introducimos a este respecto conceptos como el propio diseño cultural, Zona Sincrética de Representación o cerebro externo.

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Hacer viable el sistema de pensiones en Ecuador

Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada

El pasado 23 de abril el Banco Mundial hizo público un informe diagnóstico respecto a la situación actual en que se encuentra el Fondo de Pensiones del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS). Los resultados de dicho estudio reafirman alarmantes conclusiones ya existentes en informes elaborados anteriormente.

Dos de estas conclusiones destacan por su importancia: la primera de ellas indica que el sistema ecuatoriano de Seguridad Social es en estos momentos insolvente; la segunda  demuestra cuantitativamente que el Fondo de Pensiones presenta déficits de caja desde 2014, es decir, desde hace más de seis años las aportaciones de los afiliados no alcanzan para cubrir el pago de prestaciones a jubilados.

Según el informe, en el 2020 el déficit financiero del Fondo de Pensiones del IESS llegó a 1.895 millones de dólares y se proyecta que este monto alcanzará los 2.800 millones en 2025. El estudio prevé que a partir del próximo año el IESS enfrente serios problemas para cubrir las pensiones jubilares debito al paulatino agotamiento de las reservas líquidas hasta ahora existentes. En pocas palabras, de mantenerse la evolución actual la  quiebra del sistema está asegurada en pocos años.

Conceptos e historia

Los sistemas de pensiones tuvieron su origen en Europa a finales del siglo XIX. Sería Otto von Bismarck, quien gobernará Alemania entre 1871 y 1890, el impulsor del primer sistema de seguridad social moderna y pensiones públicas asegurado por el Estado. 

Otto von Bismarck, ideológicamente muy conservador, implementó estas medidas no por sensibilidad política o identificación con las causas de los trabajadores alemanes, sino como estrategia política destinada a contener la latente amenaza de un estallido revolucionario en el país tras los sucesos insurreccionales de la Comuna de París (1871) y el auge de las movilizaciones populares existente en aquel momento en Alemania.

Aunque esta iniciativa se replicó embrionariamente en otros países europeos, sería tras la Primera guerra Mundial cuando los sistemas de pensiones se expandieron y desarrollaron en otras regiones. 

En 1944 la OIT realizaría un llamamiento en favor de la aplicación universal de estas medidas y un año después la Asamblea General de Naciones Unidas incorporaría en el artículo 22 de la Declaración Universal de los Derecho Humanos su reconocimiento: “toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social”.

En Ecuador, los primeros antecedentes de institucionalización del seguro social nacional datan de 1928, conformándose la Caja de Pensiones como entidad aseguradora. Tras varias iniciativas legislativas sería en 1963 cuando quedaría consolidado el sistema del Seguro Social en el país fusionándose la Caja de Pensiones con la Caja del Seguro, conformándose así la Caja Nacional del Seguro Social. Ya en 1970 la Caja Nacional del Seguro Social sería sustituida por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, nuestro actual IESS. Posteriormente, mediante la Ley de Seguridad Social 2001-55, la cual entró en vigor el 30 de noviembre de 2001, se aseguraría a los afiliados del IESS el derecho a la jubilación siempre y cuando cumplan con los requisitos de edad pertinentes y acrediten los tiempos mínimos de imposiciones mensuales requeridas.

Derivado de lo anterior, el Fondo de Pensiones del IESS se constituyó bajo el objetivo de asegurar las pensiones jubilares a las y los trabajadores afiliados al sistema. Su financiamiento se da mediante dos vías: a) ahorros derivados de las aportaciones de las y los afiliados, y; b) aportaciones complementarias realizadas por el Estado que suponen el 40% del monto total necesario para cubrir las pensiones.

El sistema funcionó e incluso se robusteció con la incorporación de trabajadoras domésticas, la ampliación de la cobertura de salud a hijos de afiliados y la aplicación de jubilaciones especiales para maestros. La crisis del sistema de pensiones llegaría vinculada a lo que podríamos definir como el fin del ciclo de bonanza económica o “economía de hadas” que vivió Ecuador durante la primera década y media del presente siglo. La caída del precio del crudo, momento final del periodo denominado boom de los commodities (2000-2014), supuso la desaparición del excedente petrolero y el inicio de una agresiva política de endeudamiento público que implicó un fuerte crecimiento del servicio de deuda y el desfinanciamiento del Estado. 

En esta coyuntura el entonces presidente Rafael Correa optó por impulsar una medida que a corto plazo tendría resultados devastadores para el IESS y su Fondo de Pensiones. En abril del 2015 la mayoría oficialista existente en aquel momento en la Asamblea Nacional aprobaría, bajo instrucciones de Carondelet, la Ley de Justicia Laboral y Reconocimiento del Trabajo No Remunerado del Hogar. En este paquete normativo se incluía la eliminación del aporte obligatorio estatal al IESS, aunque de forma difusa en su artículo 237 se establecía la garantía del pago de las pensiones por parte del Estado únicamente cuando el IESS no contara con los recursos económicos suficientes para cumplir con dichas obligaciones.

Conscientes de que la eliminación del aporte estatal al IESS atentaba contra el artículo 371 de la Constitución, el cual dispone que las prestaciones de la seguridad social deberán financiarse -sin excepción alguna- con las contribuciones del Estado, la Corte Constitucional restituiría la obligatoriedad del aporte estatal en 2019 pero sin hacer alusión al periodo comprendido comprendido entre 2015 y la fecha de esta disposición.

Sería durante este año en curso cuando el Estado definitivamente restablecería su aporte al sistema de pensiones, quedando sin resolverse los USD 9.000 millones que el gobierno nacional debió aportar en el período comprendido entre 2015 y 2020. Sin los aportes del Estado, el IESS se vio obligado a hacer frente a sus obligaciones jubilares mediante recursos propios, lo que le fue generando un agujero financiero cada vez mayor y la extinción de sus ahorros. En la actualidad el pago de pensiones de sostiene gracias al ahorro/aportaciones de nuevos afiliados, condición que en breve implicará la inviabilidad financiera del sistema. Esta situación se ve agravada por las penurias económicas por las que atraviesa el gobierno nacional, circunstancia que limita su capacidad de inyectar fondos en el sistema de pensiones. 

A todo lo anterior debemos sumar el impacto del cambio demográfico en Ecuador, condición que implica un aumento sostenido de la proporción de adultos mayores en relación a la población total, así como el impacto de la pandemia que ha reducido notablemente los montos de recaudación debido a incremento del desempleo y los retrasos empresariales en el cumplimiento de sus aportes. Según el estudio diagnóstico del Banco Mundial, el sistema de pensiones ecuatoriano necesitaría en estos momentos a ocho afiliados contribuyendo por cada receptor de pensiones jubilado, sin embargo en la actualidad esta relación es apenas de cinco por cada pensionista y se proyecta que en 2040 será de tan sólo tres cotizantes por pensionista. 

Frente a esta situación durante la administración Moreno se decidió transformar el sistema público de jubilación actualmente existente por un modelo similar al chileno. La debilidad política y los altos niveles de deslegitimación social de Moreno y su gobierno hicieron inviable llevar a cabo la durante la anterior legislatura tal decisión, la cual implica que los recursos individuales del sistema de pensiones pasen a ser manejados por fondos privados bajo “supuestos” parámetros de rendimientos mayores a los que proporciona el sector público. En la práctica, esta medida significaría privatizar el sistema de pensiones entregando su gestión a empresas privadas que en Chile son definidas como Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Todo ello pese a que en el artículo 367 de nuestra Constitución se indique:

“El sistema de seguridad social es público y universal, no podrá privatizarse y atenderá las necesidades contingentes de la población. La protección de las contingencias se hará efectiva a través del seguro universal obligatorio y de sus regímenes especiales.”

Por su parte, desde el actual gobierno encabezado por el presidente Guillermo Lasso, en funciones apenas tres semanas, no ha realizado hasta el momento pronunciamiento alguno sobre este tema pese a que la reforma de la seguridad social forma parte de sus prioridades políticas. De hecho, en su plan de gobierno -pese a que en ningún momento aparece el término privatización- textualmente se indica: 

“El seguro de salud no puede seguir perpetuando la corrupción dentro de sus hospitales y para ello es necesaria la delegación de la administración de los mismos. Este mecanismo permitiría acabar con la corrupción, reducir los gastos ineficientes y garantizar servicios sanitarios de calidad. Esta decisión fortalecerá la administración del fondo de salud y evitará una afectación al fondo de pensiones, garantizando así jubilaciones dignas para todos.”

Así las cosas, entendamos bien qué es y como funcional el sistema chileno de pensiones…

Si existe un sistema de pensiones construido desde posiciones fuertemente ideologizadas, este es el modelo chileno. Su andamiaje parte de dos pilares conceptualmente neoliberales: exaltación del individualismo mediante la capitalización individual y firme creencia en que la gestión privada es más eficiente que la estatal incluso en cuestiones vinculadas a garantizar la protección, cobertura social y derechos humanos.

A partir de ahí, el sistema de funcionamiento del modelo chileno se convierte en algo muy simple: el trabajador contratado debe elegir en cual de las distintas AFP abrir una cuenta individual de capitalización para su ahorro jubilar y cobertura frente a posibles accidentes y enfermedades. La cuenta del trabajador capitaliza desde dos vertientes: cotizaciones/aportaciones mensuales del 10% del salario del trabajador (se elimina el aporte patronal) y los rendimientos/interés generados periódicamente por el monto de inversión acumulado en el fondo tras descuento de comisiones bancarias.

Sin duda, un modelo de estas características promociona el ahorro y el crecimiento de los mercados de capitales conformados a partir de los fondos acumulados. De hecho, el sistema de pensiones privado en Chile gestiona aproximadamente unos 200.000 millones de dólares. Sin embargo, el hecho de que la aportación de los empleadores haya sido eliminada hace que la contribución del trabajador, fijada porcentualmente en el 10% de su remuneración salarial, resulte escasa. Como resultado de lo anterior, condición que se agrava en países de salarios bajos como el nuestro, más del 80% de los pensionistas chilenos reciben en la actualidad una paga que apenas alcanza el equivalente a dos tercios del salario mínimo. 

En paralelo y como consecuencia de lo anterior, la edad efectiva de jubilación de las y los trabajadores chilenos se ha elevado sustancialmente: mientras la edad legal de retiro está fijada en 65 años para hombres y 60 años para mujeres, la edad promedio efectiva de jubilación se ha elevado hasta los 70 años para ambos sexos. Según proyecciones derivadas de estudios oficiales, la tendencia a futuro es que el monto percibido por los pensionistas sea cada vez menor y la edad de jubilación promedio real continue en ascenso.

Por último y respecto a la “supuesta” mayor eficiencia del sistema de pensiones chileno derivado de su gestión en manos de privados cabe señalar tres cuestiones: los costos de gestión de los fondos en Chile son comparativamente más elevados que los existentes en cualquier otro país de la OCDE; pese a la eliminación de los aportes patronales no se registran avances en reducción del peso de la economía informal y por lo tanto la cobertura del sistema pensiones sigue siendo muy baja en relación al volumen total de la población económica activa; y por último, pese a diferentes reformas institucionales sigue sin solucionarse la brecha existente entre las pensiones percibidas por hombres y mujeres.

Conclusiones

Derivado de todo lo anterior, van algunas notas finales para el análisis:

En primer lugar, la evolución demográfica de la sociedad ecuatoriana proyecta para el 2065 que los adultos mayores tendrán un peso cuatro veces superior al actual en relación al volumen de población total. Lo anterior implicará incremento en las partidas de gasto público destinadas al cuidado y protección de nuestros mayores, así como la necesidad de readaptar los planes de viabilidad financiera y los niveles de cobertura del sistema de pensiones con base a las nuevas realidades y con enfoque hacia escenarios futuros. 

En segundo lugar y enmarcados en la cuarta revolución industrial, tanto el sistema productivo como mundo del trabajo está sometido a una evolución/transformación acelerada que nos obliga a actualizar sistemas y modelos creados bajo parámetros y realidades ya inexistentes.

En tercer lugar y más allá del impacto derivado de la corrupción y decisiones políticas erróneas o inadecuadas, es evidente que el sistema de pensiones ecuatoriano necesita ser reformado dada su condición de inviabilidad en el corto plazo.

Un cuarto punto a considerar es que lo anterior no exime al gobierno nacional de sus responsabilidades inmediatas. El sistema de pensiones ecuatoriano no es sostenible sin las aportaciones del Estado, lo que deposita en el gobierno central la responsabilidad de asegurar su adecuado funcionamiento. 

Por último, un quinto punto a considerar y que relacionado con las alternativas. Pese a que el modelo de pensiones bajo gestión privada aplicado en Chile es concebido como lo “ideal” desde el imaginario neoliberal actualmente dominante, sus falencias son muchas y sus resultados están muy por debajo de lo que se le prometió a la sociedad chilena y expectativas generadas. El promedio mensual actual por pago de pensiones equivale apenas al 20% -en el mejor de los casos el 30%- del último salario percibido por el trabajador antes de su jubilación. Ante el clamor generalizado de emerge de masivas protestas ciudadanas, el gobierno de Sebastián Piñera se ha visto obligado a incorporar en su agenda política un compromiso de reforma de su sistema de pensiones. 

El modelo de sistema de pensiones implementado en Chile durante la dictadura militar pinochetista se muestra en la actualidad como un modelo fracasado. No cumplió sus objetivos en cuanto a cobertura (número de personas incorporadas al sistema), suficiencia (el escaso monto percibido por pensiones contribuye al incremento de la inequidad en el país) y viabilidad financiera (ni se abarató la gestión ni se incrementó la eficiencia). Motivo por el cual, más allá de criterios ideológicos, carece de sentido que  este modelo sea replicado en Ecuador.

Dicho esto y a partir de aquí, abramos el debate sobre como asegurar la viabilidad del sistema de pensiones ecuatoriano…

Rogney Piedra Arencibia: “El papel del trabajo en el desarrollo del pensamiento humano”

Resumen

El trabajo es la piedra angular en la comprensión marxista sobre el ser humano y la naturaleza de su pensamiento. Esto es cierto tanto desde el punto de vista filogenético como del ontogenético. El presente artículo intenta introducirse en esa comprensión partiendo de las ideas de Marx y Engels vistas desde el prisma de la teoría de la actividad. El pensamiento específicamente humano sólo surge cuando el individuo subjetiva las formas socio-históricamente desarrolladas de interactuar con la realidad inscritas en los objetos externos que componen el sistema de la cultura. Esta apropiación tiene lugar no sólo mediante el uso de artefactos, sino también mediante las relaciones que el individuo establece con otros seres humanos en la actividad cotidiana. Casi al final del trabajo, se hace un análisis filosófico de la experiencia educativa con niños ciego-sordo-mudos bajo la dirección de A. I. Meshcheryakov que proporciona un caso paradigmático demostrativo de las tesis sostenidas

Palabras clave

Marx; Engels; trabajo; teoría de la actividad; humanización
1. Esquema básico de la actividad humana
Marx y Engels valoraron al trabajo, al “proceso entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza” como la actividad esencial del ser humano. Por tal razón, el trabajo es para ellos “la condición eterna de la vida humana, y por tanto, independiente de las formas y modalidades de esta vida y común a todas las formas sociales por igual”. En otras palabras, para ambos, se trata de un atributo del género humano sin el cual éste dejaría de existir. La actividad transformadora de la naturaleza teleológicamente orientada hacia el producto deseado es situada, así, como la modalidad concreta-general (originaria) de todas las actividades específicamente humanas.
Esta actividad productiva constituye “el primer hecho histórico” que rompe con la evolución puramente biológica de la especie. Con su concepción sobre el trabajo, Marx y Engels logran establecer continuidad al tiempo que ruptura entre el hombre y el resto de la naturaleza8. Hay un aspecto distintivo de esta concepción que no puede dejar de analizarse: tanto para Marx como para Engels, el trabajo humano sólo aparece con los medios de trabajo creados por el propio ser humano, esto es, artefactos técnicos, herramientas. Es por ello que Marx acoge con agrado la definición de Franklin del ser humano como “toolmaking animal”.