Servigne: «El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar o sufrirlo»

El autor de ‘Colapsología’ cree que mantener la civilización termoindustrial actual es una utopía

Por Justo Barranco

La utopía desde hace siglos, desde Platón, Tomás Moro o Fourier con sus falansterios igualitaristas, se ha dedicado a imaginar cómo transformar el mundo. En cambio hoy, advierten los autores de Colapsología (Arpa editorial), la utopía es pensar que el mundo puede aguantar tal y como lo conocemos en estos momentos. No lo creen, ven el actual sistema al borde del colapso, que no significa al borde del apocalipsis ni del fin del mundo, puntualizan. Pero tampoco se trata de una crisis pasajera.

Pablo Servigne y Raphaël Stevens subrayan que colapso significa que es más que probable que una mayoría de la población en un futuro cercano ya no contará con las necesidades básicas –agua, alimentación, energía, vivienda– cubiertas a precio razonable. Y lo que venga después será un proceso largo de conflictos en mucho peores condiciones que si nos hubiéramos preparado para el cambio.

PARIS, FRANCE - JULY 06 : Pablo Servigne, collapsology leader and Yvan Saint-Jours, author and director at the YpyPyp editions specializing in issues of autonomy are photographed for Paris Match walking barefoot on a wooded path, at the GoodPlanet foundation in the Bois de Boulogne in Paris, France. (photo by Philippe Petit/Paris Match via Getty Images)

Pablo Servigne, coautor de ‘Colapsología’

Una serie para el colapso. En Francia sus ideas y las de otros pensadores han generado incluso una fascinante serie, El colapso . Una serie que comienza con la falta de cada vez más productos en los supermercados, cortes eléctricos, escasez de la gasolina y, en breve, una sociedad que empieza a desintegrarse social y políticamente y a luchar entre sí por los recursos. Los más ricos tienen islas fortificadas.

Colapso y pandemia. Servigne explica que la colapsología es un intento de unir la abundante información científica repartida entre muchas disciplinas para dar sentido al mundo que vivimos. Lejos de la literatura apocalíptica y de los creyentes en el progreso que aseguran que el mercado y la tecnología lo arreglan todo, han querido, afirma, “mostrar la complejidad del tema, los puntos de inflexión, de irreversibilidad o que el colapso puede llegar antes de lo previsto”. Subraya que estudian los choques sistémicos y que “la pandemia no es sólo una crisis sanitaria, la provocan la economía, la política, los problemas de biodiversidad, la mundialización, la tala de árboles o destruir el sistema de salud con el modelo neoliberal. Todo unido crea la crisis, que a su vez tiene muchos efectos ecosistémicos, sociales y políticos”.

«Cada vez habrá más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes»

El desarrollo sostenible ya se acabó. “Todo está conectado, es lo que queremos decir –prosigue–, y nuestro mensaje es que en la situación actual, en el antropoceno, en el que las acciones humanas han alterado el clima, habrá cada vez más y más choques sistémicos como la pandemia y serán cada vez más violentos y frecuentes. Hay que aprender a vivir con ello, es el gran clic que hay que hacer, porque es muy tarde para el desarrollo sostenible”.

Populismo y colapso. “Uno de los factores claves de la caída -continúa Servigne– son las malas decisiones de las élites. Y cuando la gente comienza a sentir el caos cada vez más quieren un regreso al orden, la figura del padre, dictadores, hombres autoritarios. Que provocan cada vez más caos. Un intento de volver a un estado al que no volveremos. Falta un nuevo imaginario. El retorno a lo normal es un mito como el del crecimiento infinito. El colapso es una imagen potente, pero le falta otra mitad, el renacimiento, crear nuevos horizontes”.

«Las renovables no bastarán para cambiar la situación. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles»

El fin de la civilización termoindustrial. Porque lo que para el autor está claro es que se acaba la civilización termoindustrial. “El holoceno fue un periodo muy estable climáticamente que duró 10.000 años y permitió la invención de las ciudades y la civilización. Hoy nos hemos salido de la ruta, para la agricultura es catastrófico, porque es la ciencia de la vida basada en la predictibilidad y sólo habrá terreno desconocido. Y las renovables no bastarán para cambiarlo. Nuestra civilización se basa en la potencia de las energías fósiles. Nunca ha habido una transición de unas energías a otras, las utilizamos todas, carbón, nuclear, renovables y una inmensa cantidad de energía fósil irreemplazable. Y ni una fuente de energía infinita resolvería ya el cambio climático ni las especies desaparecidas. Ya tenemos trayectorias irreversibles”.

Decrecer. “El nivel de vida va a bajar, y se puede anticipar y hacerlo menos desagradable o sufrirlo con guerras, enfermedades y hambre. Hay un riesgo serio de degradación de las condiciones de vida más rápido de lo previsto, aunque todo está abierto aún. Y el decrecimiento es una política de anticipación, aprender a compartir, no tanto para los ricos y mínimo vital para los pobres”.

«‘Mad Max’ es el estadio cuatro del hundimiento, sería lo que pasa en Libia hoy»

¿Es posible ‘Mad Max’?Mad Max es el estadio cuatro del hundimiento, lo que pasa hoy en Libia, gente en el desierto con kalashnikovs, hundimiento de las instituciones, luchas de clanes y por el petróleo. Es una posibilidad. Hay cinco estadios: primero el hundimiento financiero, sin dinero en los cajeros, como Argentina en 2001. Puede quedarse ahí o degenerar en hundimiento económico: nada en los súper, como Cuba en los noventa. Y eso puede derivar en colapso político: como Rusia en los 90, con vuelta de las mafias. Y en hundimiento social, como en Mad Max . Son los colapsos, en plural, y no son blanco o negro. No todos los países saldrán igual de ellos, dependerá de cómo actúen”.

¿Cuándo? “Ya tenemos los desastres aquí. Hay margen de maniobra, pero ya hay guerras por el clima, refugiados climáticos, catástrofes nucleares, enormes incendios, crisis financieras sucesivas, y esto se puede acelerar. Y las elites no invierten en resiliencia, en redundancia, en cuidados para atravesar este siglo de tempestades con el menor sufrimiento. El Estado del bienestar es un invento genial y lo destruimos desde hace 40 años”, concluye.

La Vanguardia

Las urgencias y el pragmatismo demolieron el pensamiento crítico

Por Raúl Zibechi

Una de las principales características del pensamiento crítico fue siempre la capacidad de mirar largo y lejos, de otear por encima de los árboles para divisar el horizonte. Esa mirada larga ha sido la brújula que no se perdía ni siquiera en las peores situaciones. En momentos de guerras y genocidios, la esperanza provenía de la convicción de que se sigue caminando en la dirección elegida.

Por lo tanto, cultivar la memoria es una cuestión básica, casi un instinto para sobrevivir y crecer. No para aferrase al pasado sino para afirmar las raíces, la cosmovisión, la cultura, la identidad que nos permiten seguir siendo y caminar, caminar, caminar….

El pensamiento crítico se viene ahogando en la inmediatez, se pierde en la sucesión de coyunturas en las que apuesta por el mal menor, ruta casi segura para perderse en el laberinto de los flujos de información, sin contexto ni jerarquización. El sistema aprendió a bombardearnos con datos, con las últimas informaciones que sobreabundan en medio de la escasez casi absoluta de ideas diferentes a las hegemónicas.

Estos años buena parte de la izquierda y de la academia la emprendieron contra Trump. Lógico y natural. Pero parecen haber olvidado que algunos de los desarrollos más oprobiosos vienen de los años de Barack Obama, el progresista que inició la guerra en Siria, que promovió el golpe de Estado en Egipto y decenas de intervenciones contra los pueblos en América Latina, Asia y África.

Dedicar todos los análisis a las coyunturas implica dejar de lado los factores estructurales. De ese modo, no pocos analistas que presumen de un pensamiento crítico, “olvidan” que los gobiernos progresistas profundizaron el extractivismo (acumulación por despojo o cuarta guerra mundial). Cuando los incendios en la Amazonia, esta corriente mayoritaria atacaba a Bolsonaro (con toda razón), pero no quiso mirar que bajo el gobierno de Evo Morales sucedía exactamente lo mismo.

Sinceramente, no veo la menor urgencia en que retornen gobiernos progresistas que ya han mostrado los límites de las administraciones que encabezaron. En Bolivia, señala Rafael Bautista, era necesario derrotar a la derecha y la gente lo hizo, pero “la usurpación que hace el MAS de la victoria popular, creyendo que fue obra exclusivamente suya la recuperación democrática, está conduciendo a ese desencantamiento que es lo que, precisamente, sucedió previamente para que el golpe pasado sea legitimado por una revuelta social” (Alai, 4 de enero de 2021).

Si el pensamiento crítico naufraga en la cortedad de miras, ha optado también por culpar de todos los problemas a la derecha. De este modo, al amputarse la autocrítica con la excusa de no dar argumentos al adversario, queda impedido de aprender de los errores, de confrontar abiertamente y debatir en colectivo para llegar a conclusiones comunitarias que orienten la acción.

¿Dónde están las autocríticas del brasileño PT, del MAS de Eco o de Alianza País de Rafael Correa? Para evitar el debate acuñaron la idea de “golpe”, que se aplica en cualquier coyuntura que sea adversa. O de “traición”, para dar cuenta de casos tan sonados como los del ecuatoriano Lenin Moreno y el uruguayo Luis Almagro, olvidando que fueron elegidos por Correa y Mujica respectivamente.

Podría seguir argumentando situaciones y conceptos que han desviado o impedido los debates y, peor, los aprendizajes siempre necesarios. Hay un punto, empero, en el que seguimos atascados sin poder avanzar, ni tender puentes, ni hacer balances. Me refiero al papel del Estado en los procesos revolucionarios.

Algunos nos negamos a considerar que los Estados estén en el centro del horizonte emancipatorio, mientras muchos otros no conciben la acción política por fuera de la institución estatal. No es un asunto menor. Es el rompeolas contra el que se estrellarán las futuras generaciones, incluyendo los movimientos indígenas y feministas, los más pujantes en estos años.

Se viene difuminando una idea nefasta que dice: si las personas, los colectivos o los movimientos adecuados llegan al Estado, por ese sólo hecho lo modifican, cambian su carácter. Como si el Estado fuera una herramienta neutra, utilizable tanto para oprimir y reprimir como para liberar pueblos y ajustar cuentas con la clase dominante.

La experiencia histórica, desde la revolución rusa hasta los últimos gobiernos progresistas, habla por sí sola. Pero al parecer recordar y hacer balance es un ejercicio demasiado pesado para un pensamiento indolente, que busca acurrucarse en la tibieza de las comodidades antes que acampar a la intemperie.

La política sudamericana como péndulo inestable

Por Salvador Schavelzon

 Sudamérica terminaba 2019 con revueltas en las calles e inestabilidad política. La inestabilidad mostraba un campo de indefinición sin tendencia común ni nuevo paradigma que unificara la política regional en una única dirección. Al margen de la economía, con situaciones variables en los distintos países, lo que parecía una constante es que los arreglos políticos e institucionales que acompañaron al neoliberalismo en las últimas décadas, tanto en sus versiones de liberalismo pro mercado, como en la socialdemocracia o el progresismo, se muestran agotadas. 

Vuelcos de los electores a la derecha o a la izquierda, con alto nivel de votos “contra” todos los gobiernos, muestra también que no hay un nuevo modelo que consiga estabilizar o traer un control político de las instituciones para ningún lado. Los llamados populismos, de izquierda y de derecha, aparecen como síntoma más que como solución y las calles en varios países muestran que tiempos de movilización desordenada mantendrán el tablero político en movimiento. 

La inestabilidad trae también realineamientos que cortan transversalmente ejes de lectura política y solidaridad anteriores. Esta época dejará marcas en el porvenir político, ya latentes en las controversias que acompañan la vida política. Así como el chavismo, el gobierno de Salvador Allende, el plebiscito uruguayo sobre privatizaciones en 1992, Israel, la caída de la Unión Soviética, hechos recientes como la caída del PT y de Evo Morales, el crédito para propuestas como las de López Obrador o el Frente Amplio que en algunos proponen en Brasil para derrotar a Bolsonaro, formarán parte de las discusiones de la izquierda latinoamericana con interpretaciones divergentes. 

La pandemia, por otra parte, desde su inicio mostró distintas reacciones y sensibilidades que suspendieron también ejes políticos anteriores. El panorama muestra distintas prioridades, entre el llamado al cuidado auto-organizado de los de abajo, el cuestionamiento crítico de medidas de disciplinamiento, la búsqueda de brechas para expresar el descontento político o abrir camino a lucha social priorizando o no, en cada caso, la oposición a los gobiernos de turno.

Asumiremos aquí un lugar en estos debates con un primer gesto de entender la respuesta a la pandemia como un momento más de un proceso político que no altera totalmente su curso, y no como evento que exige reorganizar la concepción de cada pieza política del sistema. Grandes frentes o la vuelta al Estado que aparece en un horizonte post pandémico, por ahora no pueden mencionarse como cambio político concreto y no afectan la forma de gobierno construida en las últimas décadas. 

El neoliberalismo hoy carece de alternativas o transformaciones que lo desafíen. Su debilidad constitutiva no se convierte en cuestionamiento de su viabilidad, porque ya nace conviviendo con esa fragilidad. Donde sí vemos abertura y dinamismo, con volatilidad, es en el orden de los estilos de gestión, con fuertes cuestionamientos de autoridades establecidas, la aparición de nuevas figuras políticas y también propuestas de nuevos pactos, nuevas articulaciones, intentos políticos de representar los cambios internos al capitalismo que parecen ser un hecho.

Todos los poderes reinantes, de cualquier tendencia, son cuestionados o tienen su orden de gobierno dificultada, sea desde las calles o desde las instituciones políticas. La falta de alternativas políticas hace, así, que sean las crisis de gobierno el escalón donde por ahora la crisis del régimen se manifiesta. Una crisis más profunda abre una gran interrogación, pertinente incluso para pensar la actual pandemia, en su relación que va más allá de las instituciones liberales, republicanas, y obliga a preguntarnos por el modelo de organización económica y de vida en que se sustenta la sociedad industrial contemporánea. 

En Sudamérica, gobiernos de izquierda sólo fueron posibles sin cuestionamientos más profundos. Pero tampoco es posible hoy mantener las condiciones de posibilidad política de la década del progresismo, con bonanza económica, reducción de la pobreza, políticas sociales y aumento del consumo en base al aprovechamiento de precios altos de commodities con una apuesta por la expansión de soja, la megaminería, etc. La incapacidad de estos gobiernos para impedir el aumento de la desigualdad, la precariedad y la dependencia financiera, además de la destrucción medioambiental y de la impotencia frente a modelos de salud y educación privatizados, hacen a este modelo también no deseable ni suficiente.  

Pero el quiebre actual va más allá de la viabilidad de una etapa post progresista. La crisis nos lleva más atrás, y la obsolescencia remite incluso a la democratización de la década del 80, con los pactos postdictadura que definieron el rumbo político posterior con la conformación de una o más élites políticas hoy desafiadas. El juego de gobiernos neoliberales y progresistas que se sucedieron desde entonces, conformando un arreglo entre derecha y progresismo, está quebrado. 

Siguiendo los resultados electorales de varios países podemos ver que las victorias son de fuerzas políticas nuevas o renovadas: Macri, Bolsonaro, Alberto Fernández, López Obrador, Lenin Moreno, por distintos caminos, son más liberales, más populistas, más moderados, o más extremistas que los campos políticos que reemplazan. Ni siquiera el kirchnerismo, con Cristina en la vicepresidencia, o la candidatura del ministro de economía de los gobiernos de Evo Morales, en Bolivia, pueden ser leídos como continuidad.  

La reciente movilización norteamericana, y las de Ecuador, Colombia y Chile, al menos, en sudamérica, con movilización indígena, formación de asambleas, enfrentamiento con la policía en las calles, y politización generalizada, permiten que las luchas sean también un elemento en la escena política de inestabilidad, que a depender de las fuerzas institucionales,  el esfuerzo siempre será el de sepultar cualquier discusión más profunda o que vaya más allá del enfrentamiento mediático en que el sistema hace de cuenta que representa la totalidad.

Fuera del juego político consagrado en las últimas décadas, oponiendo opciones sociales a opciones de mercado sin cuestionar los acuerdos comunes, hay un mundo inmenso desde donde es posible visualizar la gravedad de gobiernos al servicio de modelos destructivos y de explotación, cuya versión de izquierda no evita un ritmo de muerte sobre el territorio, y la versión derechista sólo avanza sobre los pasos ya iniciados por los que ahora le son oposición. Este lugar, es también el de la lucha posible, donde no hay alternativas ya visibles de salida del momento actual, pero donde se imagina una ruptura con las formas actuales del capitalismo.

 

Derecha y progresismo.

En su dimensión más radical, este momento de ruptura con los consensos de la democracia se expresa en Brasil con el bolsonarismo, en su reivindicación y emulación del pensamiento de la derecha más recalcitrante, con elementos importados de la guerra fría, con gestos antidemocráticos explícitos que remiten al lenguaje de la guerra interna del aparato de represión del tiempo de la dictadura contra las organizaciones de izquierda, y a la negación de las políticas de inclusión de minorías o educación y derechos plurales. Esta postura rompe con el consenso democrático de la democracia neoliberal que primó hasta recientemente, como retorno al tiempo anterior a ese consenso. Si bien en términos de modelo económico se intensifica el neoliberalismo, sin la idea de protección del fascismo clásico, en términos políticos hay una ruptura con el consenso salido de la Constitución de 1988.

Reivindicaciones públicas de torturadores de la dictadura, ataques a los poderes constituidos del legislativo y judicial, como apelo populista y conservador al mismo tiempo, alineado con las nuevas derechas de Europa y Estados Unidos, recoge también las agendas conservadoras de iglesias evangélicas, con hincapié en el orden securitario de liberación del porte de armas, violencia policial institucional, encarcelamiento en masa y cercanía con milicias paramilitares. 

En otro elemento de ruptura con los consensos democráticos anteriores, durante la (no) gestión de la pandemia en Brasil, esta actitud se tradujo en la minimización negacionista de la amenaza viral, desafiando el consenso global de emergencia sanitaria, y defendiendo de forma cínica la necesidad de mantener la economía en funcionamiento. En su expresión de ruptura con la democracia multipartidaria anterior, frente a la cual Bolsonaro mantiene distancia, el gobierno de Brasil es conformado por una combinación de actores y discursos que combinan sectores ideológicos antimodernos, militares, empresarios y muchos vínculos con un capitalismo de empresarios que ocupan territorios y explotan recursos naturales no renovables, con rapiña económica y negocios ilegales.

Esta embestida no es ajena a las alianzas gobernantes o de la derecha latinoamericana en México, Colombia, Perú, etc. Pero es una forma particularmente radicalizada que aprovecha la caida de una socialdemocracia liberal débil, que en los últimos años gobernaba con apoyo político de sectores políticos conservadores. Gobernadores del peronismo de derecha en Argentina, base parlamentaria de “bala, biblia y ganado” en Brasil, empresarios del Oriente de Bolivia que rápidamente ocuparon la presidencia en la última crisis de aquel país. La izquierda habían tomado un camino de derechización con ajustes de austeridad, tratados bilaterales de libre comercio, represión de movimientos sociales y distancia con las agendas que lo vieron llegar al poder o que este campo ahora defiende desde banderas históricas como la reforma agraria hasta las agendas de inclusión, que alianzas conservadoras no permitían, o incluso distribución de riqueza con tasación de fortunas o impuestos que se beneficien del avance de la financiarización de la vida social.  

La socialdemocracia perdió apoyo social, como queda visible en la falta de movilización frente a su caída. Campañas anticorrupción que la comprometían y fueron mediáticamente difundidas le hicieron mella, pero también debe observarse el progresivo acercamiento hacia el centro político o la derecha, asumiendo agendas conservadoras como las citadas, además de militarización, inacción frente a la desregulación y pérdida de derechos del trabajo, aceptación de políticas de género, educación sexual y salud reproductiva conservadoras impuestas por aliados religiosos.

Cualquier movimiento que busque entonces reconquistar espacio para los de abajo, debe tomar nota del movimiento que representa el bolsonarismo contra el consenso y la izquierda del sistema. Con signo político opuesto, debe ser el lugar de cualquier proyecto radical de transformación la crítica de los consensos y poderes institucionales de la democracia burguesa, ligada a prácticas empresariales corruptas y destrucción del ambiente con afán de lucro. La seducción que Bolsonaro ejerce sobre clases populares, sólo podrá deshacerse si una posición no reaccionaria, no nacionalista y alejada de una visión de mundo jerárquica y homogeneizadora pueda ser capaz de impugnar el consenso que gobernó la región en las últimas décadas. Debe poder encarnar un lugar anti sistema, esta vez auténtico y, por lo tanto, no neoliberal. 

Este movimiento no ha ocurrido y el efecto bolsonaro es más bien el de una izquierda o progresismo que defiende las instituciones republicanas en crisis, o esperar de ellas una reacción contra el ataque que Bolsonaro representa, y desde ese lugar construye nuevas alianzas de amplio espectro, abarcando por supuesto el del empresariado neoliberal.

Gestión de la Pandemia y progresismo 

Frente a la barbarie bolsonarista el progresismo reemplazado encuentra un brújula en Argentina. El país se encuentra económicamente mucho más comprometido que Brasil y otros países de la región, con inflación y devaluación constante desde hace años. Muy dependiente de exportaciones primarias y con un Estado con dificultades de enfrentar sus compromisos financieros con bancos y con la población. Pero políticamente encontró con la gestión de la pandemia un liderazgo gubernamental fuerte. 

La victoria de Alberto Fernández frente a Mauricio Macri en 2019 ocurrió en una elección disputada y a la sombra de Cristina Kirchner. O dejando a Cristina Kirchner en la sombra frente a parte del electorado que la rechaza. Fue el fuerte rechazo contra Macri que lo llevó a la presidencia así como el fuerte rechazo contra Cristina había llegado a Macri al mismo lugar cuatro años atrás. Pero la apuesta por la respuesta dura frente a la pandemia que no evitó escenificación performática sobre el papel cuidador del Estado, con la presidencia coordinando cada detalle de su implementación, resultó en que la figura de Cristina Kirchner quedase atrás e incluso líderes de la oposición se sumaran y fueran fotografiados junto a él en la tarea de enfrentar el coronavirus.

Posición acertada política y sanitariamente, de hecho presenta un contraste con Brasil, que también no deja de ser explotado política y mediáticamente desde Argentina. El contraste de Argentina con Brasil y Chile -pero no así Uruguay y Paraguay, que tuvieron mejor respuesta estadística- no deja de emular la competición futbolística y tal vez algo aún más bélico, con cierres de fronteras y lecturas nacionalistas que reconfortan espíritus que encuentran satisfacción en un Estado pensado como poderoso y superior. En realidad, la apuesta populista del peronismo no es diferente a la que Trump, que cierra fronteras para viajes de personas de Brasil o plantea una oposición con China; y del propio Bolsonaro, que ya se refirió a Argentina despectivamente a partir de sus preferencias políticas que son tratadas como pasaporte para el deterioro económico y la corrupción. 

El tema es que todo el lenguaje y escenificación nacionalista nace como reflejo fácil cuando, en la búsqueda del enemigo para antagonizar, tenemos una visible discusión abierta sobre modelos políticos y estamos envueltos en la contabilización de cadáveres, operaciones logísticas y internacionales para garantizar el funcionamiento del sistema sanitario, y ante un primer plano del control estatal para garantizar el lockdown, la preparación de hospitales de campaña y la fabricación militar de remedios o vacunas en gran escala. Es el tiempo de expertos médicos y logísticos, también religiosos y responsables de seguridad gubernamental. 

Pasando el primer impacto, donde algo nuevo exigió un reacomodamiento, vemos como la lógica de la pandemia no es más que una intensificación o continuidad alterada de posiciones políticas anteriores, sea en agendas empresarias de concentración, creación de nuevos mercados, o en las oposiciones buscando elementos de movilización, cuestionamiento de poderes establecidos, junto a medios de comunicación que también mantienen intactas sus narrativas buscadoras de audiencia. 

En Brasil, como si el gobierno Bolsonaro no buscara justamente un vacío especulador de gobierno, al inicio de la pandemia se llegó a interpretar que el gobierno real estuviera en manos de militares, y no del presidente. Hay 3 mil cargos políticos en manos de esta fuerza, además de tres generales con funciones ministeriales de coordinación. El Jefe de la Casa Civil (Jefe de Gabinete o ministro articulador) en manos del general retirado Braga Netto juega este papel ambiguo de coordinar políticas a las que el gobierno decidió oponerse.  Pero al margen de invocaciones fuera de lugar del Plan Marshall y especulaciones sin sustento sobre interés militar en desplazar a Bolsonaro, el gobierno muestra cierta lógica en el retiro continuo de funciones estatales de cuidado y presencia estatal.

Aunque la pandemia redujo el apoyo a Bolsonaro, que debió deshacerse de sus ministros más populares (de la salud, durante la pandemia y de justicia, en un conflicto por el intento de control de las investigaciones policiales) sería un error no partir de su popularidad para cualquier análisis. Esto, junto al conservadurismo del congreso, lo blindan de una destitución, que mal es propuesta por la débil oposición, sin fuerza moral y política para superarlo. Mientras la oposición es solamente una crítica desde el consenso democrático de elites anteriormente vigente, o una indignación frente a la desidia, el bolsonarismo se fortalece y siente autorizado como fuerza autopercibida como de intervención anti izquierdista y anti estatal. 

La oposición, que enfrenta la salud de la enfermedad, el bien y el mal, la civilización y la barbarie, Brasil de Argentina, se encuentran a veces por el peor camino. No el de la crítica anti-sistema, que buscaría superar el consenso de la desigual democracia del capitalismo sudamericano, sino el de una derechización generalizada. En Brasil, vemos los gobiernos estatales (provinciales) que se mantuvieron en manos del PT o el progresismo (como Flavio Dino y Rui Costa, en Bahía y Maranhao), no sorprende ver que sus iniciativas se acercan a la agenda conservadora que eligió a Bolsonaro: militarización de la educación, represión de movimientos campesinos (ver denuncias de CPT contra Dino), políticas de salud impulsadas por evangélicos con propuestas de internación compulsiva de usuarios de drogas, y la apuesta por el agronegocio, el desarrollo predatorio con gran minería, trenes, etc. Lo mismo podía verse entre aliados del kirchnerismo en las provincias o en la composición del voto progresista en todos los países, apuntando a una clase media a la que se promete inclusión vía consumo, sin servicios sociales de calidad. 

Una izquierda que no sigue el camino del autoritarismo conservador, como Haddad en Brasil, Luis Arce en Bolivia, López Obrador en México y Alberto Fernández, por otra parte, se ubican en un centro liberal, con discurso más o menos populista, cerca de sectores políticos que el progresismo reemplazó se opuso cuando gobierno, mostrando políticamente la realidad del consenso que las nuevas derechas extremistas cuestionan, y terreno fértil para que un nuevo capitalismo lleve adelante planes de reconversión y cambios pensados a la medida de los negocios y el mercado, y no de la deliberación colectiva, la democracia en sentido amplio y las mayorías. Mucho menos de los trabajadores que sufren con precariedad esos cambios.

La idea de que el consenso todavía es posible, con adaptaciones como la autodefinición de Alberto Fernández como progresista liberal, o la ilusión de que todos caben en un discurso formulado para la “clase media”, es uno de los elementos de una crisis que no muestra caminos políticos fértiles o con horizontes más allá de la crisis. Más hacia la izquierda, no hay expresiones partidarias que expresen la movilización y el foco es el mismo que el progresismo, de oposición discursiva y electoral contra Bolsonaro, Macri, el gobierno transitorio de Bolivia. En Argentina hace tiempo que el kirchnerismo, junto a la oposición a Macri, englobaron a buena parte de la izquierda. En Brasil, la nueva izquierda es identificada con Guilherme Boulos del MTST (Sin Techo), ex candidato a presidente del PSOL; Marcelo Freixo, del mismo partido y que representa la lucha contra las milicias hoy empoderadas desde el gobierno; cuya fuerza y energía gira en torno de la disputa electoral y partidaria más que en la disputa social. Estas opciones, a las que pueden comparase el Frente Amplio de Perú y Chile, como nuevas izquierdas que, a pesar de la plena conciencia del fracaso del progresismo, se reencuentran rápidamente con la izquierda de gobierno, incorporados a la lógica parlamentaria, y en agendas que legitiman el juego del sistema de forma bien comportada. 

La continuidad del progresismo con las bases del modelo económico y el consenso neoliberal se observa como posición de gobierno. En Argentina, la apuesta política a la reactivación de la megaminería de Vaca Muerta, declarada como prioridad a pocos días de asumir el gobierno de Fernández-Fernández. O la apuesta de Alberto Fernández por un posicionamiento moderado, de no intensificar las álgidas tensiones que recorren la política, observable incluso en una medida que podría dar espacio para la movilización. La distancia pandémica, así, parece formar parte del estilo político que no sólo contrasta con el interés por los bombos, calles y militancia que los Kirchner cultivaban, sino que también la forma en que se interviene en una gran empresa cerealera con riesgo de quiebra y acusada de especulación financiera, no es cuestionando la lógica agroexportadora, de gestión empresarial ligada al envenenamiento transgénico, la concentración de la propiedad agraria, y el ahogo de pequeños productores. 

Cuando Bolsonaro desplaza al PT y Alberto se enfrenta al macrismo, muchos sueñan con una época de oro de 10 años atrás. El control político del progresismo en estos y otros países, sin embargo, no permitió avanzar de forma estructural sobre los grandes problemas. No hace falta de mucho para entender cómo la oposición antisistémica de Bolsonaro es falaciosa y no representa ni siquiera la lucha anticorrupción. Se muestra necesario entonces hacer un esfuerzo mayor y volver a los momentos de las grandes protestas donde realmente se abrieron momentos de discusión general sobre el rumbo político: el 2001-2002 en Argentina, 2013 en Brasil, el periodo de 2000 a 2005 en Bolivia, el Caracazo de 1989 en Venezuela o las movilizaciones indígenas en Ecuador. Algo de eso parecía empezar a dibujarse en 2019.

Inestabilidad regional y fin del consenso 

El caso de Venezuela es particular, se adelantó en la inestabilidad, con un pico de conflicto político poco tiempo atrás, ahora se convirtió en un lánguido deterioro decadente, sin que las fuerzas de oposición puedan derribar al gobierno ni este recuperar su estrella y revertir el desastre económico. También se encuentra en impasse sin un consenso o modelo político que funcione y se imponga como alternativa, pero en lugar de cambios guiados por renovaciones electorales, vive una inercia de la situación anterior, vivida de forma rígida. 

La derecha derivada del uribismo también encuentra popularidad en Colombia, pero en 2019 se encontró con un crecimiento en las marchas en su contra, sumándose al ciclo de movilizaciones. Estabilidad política y estabilidad del modelo político se muestran como variables independientes. Genera cambios de liderazgo y legitimidad política de signo variado, con renovación en Argentina, ruptura en Brasil, cuestionamiento sin alternativas en Chile y movilización en otros países incluso con fortaleza de sus gobiernos anteriores. En México, a contramano del progresismo del sur, López Obrador tiene aire para hablar de Estado de Bienestar, pero sin que esto sea viable concretamente y sin poder evitar ser parte de la misma crisis neoliberal que lleva populistas de derecha al gobierno en otros países.

El consenso que cae es el del modelo económico de la democracia neoliberal, sea administrado por la derecha o la izquierda. El juego político institucional tiende a moverse entre la extrema derecha y el centro, entre gestión posible y ruptura conservadora. La falta de modelo político desde la izquierda  muestra que, como gobierno, el sistema sólo se mantiene con ajustes, militarización y represión. Pasa a ser anecdótico si desde la presidencia se cita a Salvador Allende y el Che Guevara como en México, con el poder empresarial dentro del gabinete de ministros, o si se asume una identidad ultraliberal, con militantes enarbolando banderas norteamericanas, como en Brasil. Lo ideológico, en esta coyuntura, también está disociado del modelo político y económico que se opta por administrar. 

La necesidad de cambio de paradigma quedó clara en Ecuador con la revuelta de varios días en septiembre, con protagonismo indígena, que se enfrentó al gobierno sin que el correísmo apareciera como alternativa. De hecho, los indígenas dejaron claro que no luchaban por la vuelta de quien había invadido sus territorios con proyectos militarizados de mineración de capital Chino. Las protestas aumentaban en Colombia, sin que tampoco una fuerza opositora emerja con fuerza, en un caso de gobierno de derecha que en la respuesta a la pandemia aumentó su popularidad. La vuelta de la derecha en Uruguay y su persistencia en Paraguay y Perú, también no permite trazar constantes porque la respuesta al coronavirus fue dispar. Como en Bolivia, en estos países nuevas y viejas derechas también hacen parte de un juego inestable donde el progresismo tampoco salió de la cancha, y puede retornar.

El debilitamiento electoral del progresismo, con simultáneo crecimiento electoral de la derecha en varios países, obliga a descartar las visiones que entienden la caída de Morales, Lula y Cristina (en 2015) como operaciones orquestadas directamente por el intervencionismo norteamericano, que sin embargo hubiera ahorrado a Nicolás Maduro, que en realidad es el régimen más contestado y geopolíticamente opuesto a Washington. 

En el ojo de la tormenta de la crisis neoliberal debemos ver como por detrás de la institucionalidad y la ideología, se impone una realidad precaria de explotación como realidad de millones que, bajo ningún gobierno de izquierda o de derecha, podrán aspirar a seguridad social, salud y educación de calidad. Apenas sectores privilegiados de la sociedad cuentan con estos servicios y las viejas estructuras sindicales se muestran mayormente incorporadas a la gestión capitalista o ligados al campo de disputa electoral sin capacidad para sumar a la protesta social. 

En una crisis sistémica que es también civilizacional, una resistencia desde el campo del trabajo, con nuevas formas de organizarse y luchar, se suma a luchas anti raciales con epicentro en Estados Unidos, y da lugar también a resistencias territoriales, urbanas, rurales y selváticas que cuestionan el modelo de desarrollo y en todo el continente ha mostrado fuertes procesos de lucha contra gran minería e intervenciones estatal-empresarias que significan directamente en la desaparición de formas de vida para enriquecimiento privado, como base material de formas de vida mercantilizadas y no disociadas de la explotación y forma de vida urbana en las periferias.  

Si Argentina y Brasil contrastan como dos búsquedas de canalizar el descontento coo vuelta al progresismo o escape del mismo por el camino de la peor derecha, Chile y Bolivia se oponen también como inestabilidad desde las calles con signo político opuesto. La continuidad del Evismo, que ganó una nueva elección en 2019 y podría volver a hacerlo frente a Jeanine, aunque le costaría imponerse en segunda vuelta, muestra que nada garantizado para la derecha, que en Chile, ganando elecciones con apoyo popular un estallido social le muestra continuamente la puerta de la calle.

Chile entre nueva Constitución y Protesta

Chile fue donde la inestabilidad política de la crisis del régimen encontró un camino de movilización con millones en las calles. Un estallido social se inició el 18 de octubre de 2019 con una acción contra el aumento del pasaje de estudiantes secundarios, que se convirtió en un levantamiento social generalizado contra el presidente, de enfrentamiento en barrios y el centro de la ciudad con la policía, y como movimiento por una nueva Constitución. Este proceso atravesó el verano y sólo se interrumpió con la pandemia. Aunque inicialmente el gobierno no impuso un lockdown estricto, los efectos sobre la movilización y sus protestas semanales fue de interrupción inmediata. 

El saldo fue miles de presos políticos, formación de asambleas en todo el país que podrán rearticularse y la apertura de un proceso deliberativo que sólo parcialmente se encaminó por el camino constituyente. La convocatoria a un referendo y elección de Constituyente, pospuesto de mayo para septiembre por la pandemia, nace de un acuerdo entre el gobierno derechista de Sebastián Piñera y la oposición, incluyendo la tercera fuerza, del Frente Amplio, que nace de las movilizaciones estudiantiles. El llamado a “dejar atrás la Constitución de Pinochet”, de 1981, muestra como el viejo consenso neoliberal bajo el cual también gobernó el partido socialista y con apoyo del partido comunista, está roto. 

La realidad, sin embargo, es que la fuerza de la calle muestra como desalineado con los deseos mayoritarios el acuerdo que dio lugar a una nueva Constituyente, donde por el modo de aprobación, la derecha tendrá poder de veto garantizado. Será una Constitución firmada por los actores políticos dominantes en las últimas décadas, a lo que se suma el Frente Amplio, lo que permite esperar que las calles vayan a ocuparse nuevamente en el caso de que una nueva Constitución de hecho se haga realidad. En ese escenario, el propio poder empresario toma distancia de Piñera y el camino más represivo, viendo con buenos ojos una nueva Constitución, que interrumpa las protestas y le de nueva viabilidad al neoliberalismo chileno. Por el otro lado, cualquier moderación del gobierno de derecha es aprovechada por la extrema derecha, de José Antonio Kast, en la línea de la incorrección política y reavivamiento de discurso anticomunista ultra conservador con tintes fascistas. 

El consenso entonces enfrenta resistencia en Chile, pero esa resistencia no tiene una solución u horizonte político. La duda es si la solución del sistema, con viejos y nuevos actores políticos cerrará la grieta entre la política y la gente, hoy abierta. Para eso no debemos ver solamente las protestas. El problemas es la informalidad, las mayorías no sindicalizadas, el trabajo precario, las poblaciones tradicionales y las agendas contrarias al desarrollo capitalista. El riesgo de la via Constituyente, iniciada por Bachelet sin apoyo pero que con el estallido social cobró impulso, es que sin respuestas reales a la crisis y sin alterar las bases del modelo, más allá de declaraciones simbólicas como ocurrió en Bolivia, permita una sobreviva a un modelo social que hoy por hoy sólo se mantiene con dura represión.

El problema no es diferente en los otros países. El consenso democrático de las últimas décadas es también el del desarrollo capitalista y en eso no se difiere tampoco de las nuevas derechas y las nuevas izquierdas. No hay fuerzas políticas que representen políticamente estas discusiones, sólo luchas, algunas muy potentes e inspiradoras, en toda latinoamérica, que muestran que de hecho el consenso no es invencible, aunque esto no signifique que hay un modelo viable esperando del otro lado de la movilización. El llamado a la vuelta del Estado, puede mostrar la fragilidad del sistema de salud estatal, pero no es bajo ningún concepto una superación del neoliberalismo militarizado y precarizador, más que como discurso electoral de los progresismos.

Bolivia.

En Bolivia, las elecciones del 20 de octubre de 2019 fueron seguidas de tres semanas de protestas sociales. El contexto era una postulación de Evo Morales muy cuestionada, contraria al mandato de la Constitución que él apoyó en 2009 y opuesta a lo votado por la población en un referéndum en 2016, en que el No a la reforma de la constitución para permitir una nueva reelección triunfó en la primer derrota electoral de Evo Morales desde 2005. A esto se sumó un conteo de votos que abrió margen a sospechas de fraude, que derivaron en la recomendación de realización de nuevas elecciones por parte de la OEA, convocada por el gobierno para auditar la elección. La continuación de las protestas con amotinamiento policial derivó en que la Central Obrera Boliviana y, especialmente, el ejército, que no asumiría una represión sangrienta como la de 2003, que derivó en la llegada del MAS al gobierno, pidieran la renuncia de Evo Morales. 

El 11 de noviembre, Evo Morales, su vicepresidente y autoridades máximas del congreso, controlado por el partido de gobierno, renuncian y parten para el exilio. Poco después asumiría la senadora opositora Jeanine Áñez sin apoyo mayoritario del congreso pero sí del ejército y sin enfrentar movilización masiva. Este gobierno se constituye en hecho consumado y pasa a ser legitimado incluso por la mayoría congresal, del partido de Evo Morales, que busca convocar rápidamente elecciones. La pandemia abre espacio para que Áñez suspenda las elecciones y prolongue su gobierno, al mismo tiempo en que se postula como candidata presidencial para elecciones finalmente fijadas para septiembre.  

Como Lula y el Kirchnerismo, Evo Morales mantiene un caudal considerable de apoyo electoral, suficiente para seguir siendo una fuerza política de peso, aunque con dificultades para imponerse electoralmente. Más allá de la política electoral polarizada, gobiernos de más de diez años sufrieron también el desgaste de la crisis de gubernamentalidad neoliberal. En Bolivia, la aceptación del modelo que se traducía en alianzas con sector empresarial del agronegocio y una apuesta comunicacional dirigida a la clase media, buscando que políticas sociales y renta del gas se tradujera en consumo y movimiento económico en las ciudades. La movilización social que posibilitó al MAS llegar al gobierno y aprobar una nueva Constitución fue substituida por propaganda estatal y afianzamiento de las instituciones tradicionales sin nada de “descolonización” en su funcionamiento.

El deterioro del apoyo electoral de los primeros diez años de gobierno, marcaron la caída del evismo ubicando a Bolivia en el mapa de la inestabilidad sudamericana que al llegar la pandemia se debate entre un gobierno de derecha que debe mantener apoyo entre los anteriores votantes del MAS, la posible vuelta del progresismo con un candidato moderado que podría compararse con el “progresista liberal” de la definición de Alberto Fernández, buscando burlar la imagen negativa como equilibrista donde tampoco surge fuerza para superar el consenso neoliberal que, a su vez, sólo puede ser administrado con cada vez más costo político. 

Quizás la fuerza que mantiene Evo Morales todavía pueda evitar un gobierno de extrema derecha en Bolivia cuando se normalice la situación institucional. De hecho, como en Argentina, el voto boliviano es progresista mucho más que conservador, a diferencia de Perú, Colombia o Brasil. Pero al margen de la épica comunicativa, ya no hay esperanzas de cambio profundo en el MAS y su retroceso electoral pone a Bolivia también en la senda de la inestabilidad y alternancia entre izquierdas o socialdemocracias moderadas, sin fuerza para enfrentarse al poder económico y las pautas que este establece desde el mercado, incluso en las transformaciones que se visualizan mejor en tiempo de pandemia. 

Aunque sea real el matiz entre un neoliberalismo asumido y conservador, y un progresismo que no rompe con el neoliberalismo y busca posicionar al Estado como interventor, en Bolivia como en otras partes la vieja derecha institucional y el progresismo son parte del mismo consenso. El triunfo de Evo Morales en 2005 era algo nuevo, porque venía de las calles y la movilización social. Pero el camino seguido una vez estabilizada la disputa por el poder a fuerza de votos, con una aprobación de Constitución negociada con la derecha en el congreso (no habilitado inicialmente a esto), muestra un destino común que también es riesgo para las movilizaciones de Chile y otros lugares. 

¿Cómo se ejerce el poder?

«Vivir en sociedad es, de todas formas, vivir de manera que sea posible actuar los unos sobre la acción de los otros. Una sociedad sin «relaciones de poder» no puede ser más que una abstracción.» Michel Foucault

Por Michel Foucault

Para algunos, interrogarse sobre el «cómo» del poder significaría limitarse a describir sus efectos sin relacionarlos nunca ni con causas ni con una naturaleza. Eso sería hacer de ese poder una sustancia misteriosa que no queremos investigar en sí misma, sin duda porque preferimos no «poner en cuestión». En este proceder, del que no se da razón, ellos sospechan un fatalismo. Pero su misma desconfianza ¿no muestra que ellos suponen que el Poder es algo que existe con su origen de una parte, su naturaleza de otra y, en fin, sus manifestaciones?
Si concedo un cierto privilegio provisional a la cuestión del «cómo», no es que quiera eliminar la cuestión del «qué» y del «por qué». Es para plantearlas de otro modo; mejor aún: para saber si es legítimo imaginar un «Poder» que une en sí un qué, un por qué y un cómo. Hablando sin rodeos, diría que comenzar el análisis por el «cómo» es introducir la sospecha de que el «Poder» como tal no existe; es preguntarse en todo caso a qué contenidos asignables se puede apuntar cuando se hace uso de ese término majestuoso, globalizante y sustantificador; es sospechar que se deja escapar un conjunto de realidades muy complejas cuando se da vueltas indefinidamente sobre la doble cuestión: ¿Qué es el Poder? y ¿de dónde viene? La modesta cuestión, completamente llana y empírica: ¿Cómo ocurre?, enviada como exploradora, no tiene por función hacer pasar de contrabando una «metafísica», o una «ontología» del poder, sino intentar una investigación crítica en la temática del poder.
1. «Cómo», no en el sentido de «¿cómo se manifiesta?», sino de ¿cómo se ejerce? Y, «¿qué ocurre cuando los individuos ejercen, como se dice, su poder sobre otros?»
De este «poder», hay que distinguir, en primer lugar, el que se ejerce sobre las cosas, y que proporciona la capacidad de modificarlas, de utilizarlas, de consumirlas o de destruirlas —un poder que remite a aptitudes directamente inscritas en el cuerpo o mediatizadas por recursos instrumentales. Digamos que aquí se trata de «capacidad». Lo que caracteriza, en cambio, al «poder» que se trata de analizar aquí, es que pone en juego relaciones entre individuos (o entre grupos). Pues no hay que engañarse: si se habla del poder de las leyes, de las instituciones o de las ideologías, si se habla de estructuras o de mecanismos de poder, es solamente en la medida en que se supone que «algunos» ejercen un poder sobre otros. El término «poder» designa relaciones entre «participantes» (y, por esto, no pienso en un sistema de juego, sino simplemente, y permaneciendo por el momento en la mayor generalidad, en un conjunto de acciones que se inducen y se responden las unas a las otras).
Hay que distinguir también las relaciones de poder de las relaciones de comunicación que transmiten una información a través de una lengua, un sistema de signos o cualquier otro medio simbólico. Sin duda comunicar es siempre una cierta manera de actuar sobre el otro o los otros. Pero la producción y la puesta en circulación de elementos significantes puede bien tener por objetivo o por consecuencia efectos de poder; estos no son simplemente un aspecto de aquellas. Pasen o no a través de sistemas de comunicación, las relaciones de poder tienen su especificidad.
«Relaciones de poder», «relaciones de comunicación», «capacidades objetivas», no deben, pues, confundirse. Lo que no quiere decir que se trate de tres dominios separados, y que, por una parte, esté el dominio de las cosas, de la técnica finalista, del trabajo y de la transformación de lo real, por otra, el de los signos, de la comunicación, de la reciprocidad y de la fabricación del sentido, y, finalmente, el de los medios de coerción, de la desigualdad y de la acción de los hombres sobre los hombres. Se trata de tres tipos de relaciones que, de hecho, están siempre imbricadas unas en otras, proporcionándose apoyo recíproco y sirviéndose mutuamente de instrumento. La puesta en práctica de capacidades objetivas en sus formas más elementales implica relaciones de comunicación (se trate de información previa o de trabajo compartido); está también vinculada a relaciones de poder (se trate de tareas obligatorias, de gestos impuestos por una tradición o un aprendizaje, de subdivisiones o de reparto más o menos obligatorio de trabajo). Las relaciones de comunicación implican actividades finalistas (aunque no fuera más que la «correcta» puesta en circulación de los elementos significantes) y, por el mero hecho de que modifican el campo informativo de los participantes, inducen efectos de poder. En cuanto a las relaciones de poder propiamente dichas, se ejercen en una parte extremadamente importante a través de la producción y el intercambio de signos; y no son apenas disociables tampoco de las actividades finalistas, se trate de las que permiten el ejercicio de ese poder (como las técnicas de adiestramiento, los procedimientos de dominación, las maneras de obtener obediencia), o de aquellas que apelan, para desarrollarse, a relaciones de poder (como en la división del trabajo y la jerarquía de las tareas).
Por supuesto, la coordinación entre estos tres tipos de relaciones no es ni uniforme ni constante. No hay en una sociedad dada un tipo general de equilibrio entre las actividades finalistas, los sistemas de comunicación y las relaciones de poder. Hay más bien diversas formas, diversos lugares, diversas circunstancias u ocasiones en que esas interrelaciones se establecen sobre un modelo específico. Pero hay también «bloques» en los cuales el ajuste de las capacidades, las redes de comunicación y las relaciones de poder constituyen sistemas reglados y concertados. Sea, por ejemplo, una institución escolar: su disposición espacial, el reglamento meticuloso que rige su vida interna, las diferentes actividades que se organizan en ella, los diversos personajes que allí viven o se encuentran, cada uno con una función, un lugar, un rostro bien definido; todo eso constituye un «bloque» de capacidadcomunicación-poder. La actividad que asegura el aprendizaje y la adquisición de las aptitudes o de los tipos de comportamiento se desarrolla ahí a través de todo un conjunto de comunicaciones regladas (lecciones, preguntas y respuestas, órdenes, exhortaciones, signos codificados de obediencia, marcas diferenciales del «valor» de cada uno y de los niveles de saber) y a través de toda una serie de procedimientos de poder (encierro, vigilancia, recompensa y castigo, jerarquía piramidal).
Estos bloques donde la puesta en práctica de capacidades técnicas, el juego de las comunicaciones y las relaciones de poder son ajustados los unos a los otros según fórmulas pensadas, constituyen lo que se puede llamar, ampliando un poco el sentido de la palabra, «disciplinas». El análisis empírico de algunas disciplinas tal como se han constituido históricamente presenta, por eso mismo, un cierto interés. En primer lugar, porque las disciplinas muestran, según esquemas artificialmente claros y decantados, la manera en la que pueden articularse, unos sobre otros, los sistemas de finalidad objetiva, de comunicaciones y de poder. Porque muestran también diferentes modelos de articulaciones (ya con preminencia de las relaciones de poder y de obediencia, como en las disciplinas de tipo monástico o de tipo penitenciario, ya con preminencia de las actividades finalistas como en las disciplinas de talleres o de hospitales, ya con preminencia de las relaciones de comunicación como en las disciplinas de aprendizaje; ya también con una saturación de los tres tipos de relaciones como quizá en la disciplina militar, donde una plétora de signos marca hasta la redundancia relaciones de poder densas y cuidadosamente calculadas para procurar un cierto número de efectos técnicos).
Y lo que hay que entender por el disciplinamiento de las sociedades desde el siglo XVIII en Europa no es, por supuesto, que los individuos que forman parte de ellas se vuelvan cada vez más obedientes, ni que aquellas empiecen a asemejarse a cuarteles, escuelas o prisiones, sino que en ellas se ha buscado un ajuste cada vez mejor controlado —cada vez más racional y económico— entre las actividades productivas, las redes de comunicación y el juego de las relaciones de poder.
Abordar el tema del poder por un análisis del «cómo» es, pues, operar, en relación a la suposición de un «Poder» fundamental, varios desplazamientos críticos. Significa adoptar por objeto de análisis las relaciones de poder y no un poder; relaciones de poder que son distintas tanto de las capacidades objetivas como de las relaciones de comunicación; relaciones de poder, en fin, que pueden tomarse en la diversidad de sus encadenamientos con esas capacidades y esas relaciones.
2. ¿En qué consiste la especificidad de las relaciones de poder?
El ejercicio del poder no es simplemente una relación entre participantes individuales o colectivos; es un modo de acción de algunos sobre algunos otros. Lo que quiere decir, claro está, que no hay algo como el «Poder» o un «poder» que pueda existir globalmente, masivamente o en estado difuso, concentrado o distribuido: no hay más poder que el ejercido por los «unos» sobre los «otros»; el poder no existe más que en acto, incluso si se inscribe en un campo de posibilidades dispersas que se apoya en estructuras permanentes. Eso quiere decir también que el poder no es del orden del consentimiento; no es en sí mismo renuncia a una libertad, transferencia de derecho, poder de todos y de cada uno delegado a algunos (lo que no impide que el consentimiento pueda ser una condición para que la relación de poder exista y se mantenga); la relación de poder puede ser el efecto de un consentimiento anterior o permanente; no es, en su propia naturaleza, la manifestación de un consenso.
¿Quiere esto decir que haya que buscar el carácter propio de las relaciones de poder en una violencia que sería su forma primitiva, su secreto permanente y su último recurso —lo que aparece, en última instancia, como su verdad, cuando se ve obligado a quitarse la máscara y mostrarse tal cual es? De hecho, lo que define una relación de poder es un modo de acción que no actúa directa e inmediatamente sobre los otros, sino que actúa sobre la propia acción de éstos. Una acción sobre la acción, sobre acciones eventuales, o actuales, futuras o presentes. Una relación de violencia actúa sobre un cuerpo, sobre cosas: fuerza, pliega, quiebra, destruye; cierra todas las posibilidades; no tiene, pues, en torno a ella otro polo que el de la pasividad; y si encuentra una resistencia no tiene otra opción que intentar reducirla. Una relación de poder, en cambio, se articula sobre dos elementos que le son indispensables para ser precisamente una relación de poder: que «el otro» (aquel sobre el que esta se ejerce) sea claramente reconocido y mantenido hasta el final como sujeto de acción; y que se abra, ante la relación de poder, todo un campo de respuestas, reacciones, efectos e invenciones posibles.
La puesta en juego de relaciones de poder no es más exclusiva del uso de la violencia que de la adquisición de los consentimientos; sin duda ningún ejercicio del poder puede prescindir del uno y de la otra, ni, frecuentemente, de los dos a la vez. Pero, aunque son sus instrumentos o sus efectos, no constituyen su principio ni tampoco su naturaleza. El ejercicio del poder puede suscitar tanta aceptación como se quiera: puede acumular los muertos y protegerse tras todas las amenazas que pueda imaginar. No es en sí mismo una violencia que sepa a veces ocultarse, o un consentimiento que implícitamente se reconduzca. Es un conjunto de acciones sobre acciones posibles: opera sobre el campo de posibilidad en donde viene a inscribirse el comportamiento de sujetos actuantes; incita, induce, disuade, facilita o hace más difícil, amplía o limita, vuelve más o menos probable; en el extremo, obliga o impide absolutamente; pero es siempre una manera de actuar sobre uno o varios sujetos actuantes y sobre lo que hacen o son capaces de hacer. Una acción sobre acciones.
El término «conducta» a pesar de su equivocidad misma es quizá uno de los que mejor permiten aprehender lo que hay de específico en las relaciones de poder. La «conducta» es a la vez el acto de «llevar» a los otros (según mecanismos de coerción más o menos estrictos) y la manera de comportarse en un campo más o menos abierto de posibilidades. El ejercicio del poder consiste en «conducir conductas» y en disponer la probabilidad. El poder, en el fondo, es menos del orden del enfrentamiento entre dos adversarios, o del compromiso del uno respecto del otro, que del orden del «gobierno». Hay que dejar a esta palabra la significación amplísima que tenía en el siglo XVI . No se refería solo a estructuras políticas y a la gestión de los Estados, sino que designaba la manera de dirigir la conducta de individuos o de grupos: gobierno de los niños, de las almas, de las comunidades, de las familias, de los enfermos. No abarcaba simplemente formas instituidas y legítimas de sujeción [assujettissement] política o económica; sino modos de acción más o menos pensados y calculados, pero todos destinados a actuar sobre las posibilidades de acción de otros individuos. Gobernar, en este sentido, es estructurar el campo de acción eventual de los otros. El modo de relación propia del poder no habría, pues, que buscarlo del lado de la violencia y de la lucha, ni del lado del contrato y del lazo voluntario (que todo lo más pueden ser sus instrumentos), sino del lado de este modo de acción singular — ni guerrera ni jurídica— que es el gobierno.
Cuando se define el ejercicio del poder como un modo de acción sobre las acciones de los otros, cuando se lo caracteriza por el «gobierno» de los hombres los unos por los otros —en el sentido más amplio de esta palabra— se incluye un elemento muy importante: el de la libertad. El poder no se ejerce más que sobre «sujetos libres» y en tanto que son «libres» —entendemos por ello sujetos individuales o colectivos que tienen ante sí un campo de posibilidades, donde pueden tener lugar varias conductas, varias reacciones y diversos modos de comportamiento. Allí donde las determinaciones están saturadas no hay relaciones de poder: la esclavitud no es una relación de poder cuando el hombre está encadenado (se trata entonces de una relación física de coerción) sino justamente cuando puede desplazarse y, en el extremo, escapar. No hay pues un cara a cara del poder y la libertad, con una relación de exclusión entre sí (donde quiera que el poder se ejerza la libertad desaparece), sino un juego mucho más complejo: en ese juego, la libertad va a aparecer claramente como condición de existencia del poder (a la vez su condición previa, puesto que es necesario que haya libertad para que el poder se ejerza, y también su soporte permanente puesto que si se hurtase enteramente al poder que se ejerce sobre ella este desaparecería por ese mismo hecho y debería encontrar un sustituto en la coerción pura y simple de la violencia); pero aparece también como lo que no podrá más que oponerse a un ejercicio del poder que tiende a fin de cuentas a determinarla enteramente.
La relación de poder y la insumisión de la libertad no pueden, pues, ser separadas. El problema central del poder no es el de la «servidumbre voluntaria» (¿cómo podemos desear ser esclavos?): en el corazón de la relación de poder, «provocándola» sin cesar, están la renuencia del querer y la intransitividad de la libertad. Más que de un «antagonismo» esencial, sería mejor hablar de un «agonismo» —de una relación que es a la vez de incitación recíproca y de lucha— menos de una oposición término a término que los bloquea uno frente a otro que de una provocación permanente.
3. ¿Cómo analizar la relación de poder?
Se puede, quiero decir, es perfectamente legítimo analizarla en instituciones muy determinadas; estas constituyen un observatorio privilegiado para captarlas [las relaciones de poder], diversificadas, concentradas, puestas en orden y llevadas, al parecer, a su más alto punto de eficacia; es ahí, en una primera aproximación, donde se puede esperar ver aparecer la forma y la lógica de sus mecanismos elementales. Sin embargo, el análisis de las relaciones de poder en espacios institucionales cerrados presenta un cierto número de inconvenientes. En primer lugar, el hecho de que una parte importante de los mecanismos puestos en práctica por una institución estén destinados a asegurar su propia conservación comporta el riesgo de descifrar, sobre todo en las relaciones de poder «intra-institucionales», funciones esencialmente reproductivas. En segundo lugar, uno se expone, al analizar las relaciones de poder a partir de las instituciones, a buscar en estas la explicación y el origen de aquellas, es decir, en suma, a explicar el poder por el poder. Y en fin, en la medida en que las instituciones actúan esencialmente por la puesta en juego de dos elementos: reglas (explícitas o silenciosas) y un aparato, a riesgo de dar a la una y al otro un privilegio exagerado en la relación de poder y, por tanto, no ver en esta más que modulaciones de la ley y de la coerción.
No se trata de negar la importancia de las instituciones en la disposición de las relaciones de poder, sino de sugerir que es preciso, más bien, analizar las instituciones a partir de las relaciones de poder y no a la inversa, y que el punto de anclaje fundamental de estas, aun si toman cuerpo y se cristalizan en una institución, hay que buscarlo más acá de ella.
Volvamos a hablar de la definición según la cual el ejercicio del poder sería una manera para unos de estructurar el campo de acción posible de los otros. Lo que sería, entonces, lo propio de una relación de poder es que sería un modo de acción sobre acciones. Es decir, que las relaciones de poder arraigan hondo en el nexo social, y que no conforman por encima de la «sociedad» una estructura suplementaria cuya radical desaparición quizá podría soñarse. Vivir en sociedad es, de todas formas, vivir de manera que sea posible actuar los unos sobre la acción de los otros. Una sociedad sin «relaciones de poder» no puede ser más que una abstracción. Lo que, dicho sea de paso, hace todavía más necesario políticamente el análisis de lo que son en una sociedad dada, de su formación histórica, de lo que las torna sólidas o frágiles, de las condiciones que son necesarias para transformar unas y abolir las otras. Pues decir que no puede haber sociedad sin relación de poder no quiere decir ni que las que existen sean necesarias, ni que, de todos modos, el «Poder» constituya, en el corazón de las sociedades, una fatalidad ineludible; sino que el análisis, la elaboración, la puesta en cuestión recurrente de las relaciones de poder, y del «agonismo» entre relaciones de poder e intransitividad de la libertad, son una tarea política incesante, e incluso que esa es la tarea política inherente a toda existencia social.
Concretamente, el análisis de las relaciones de poder exige que se establezca un cierto número de puntos:
1) El sistema de las diferenciaciones que permiten actuar sobre las acciones de los otros: diferencias jurídicas o tradicionales de posición y de privilegio; diferencias económicas en la apropiación de las riquezas y de los bienes, diferencias de lugar en los procesos de producción, diferencias lingüísticas o culturales, diferencias en el saber hacer y en las competencias, etc. Toda relación de poder pone en práctica diferencias que son para ella a la vez condiciones y efectos.
2) El tipo de objetivos perseguidos por los que actúan sobre la acción de los otros: mantenimiento de privilegios, acumulación de beneficios, puesta en práctica de autoridad estatutaria, ejercicio de una función o de un oficio.
3) Las modalidades instrumentales: según que el poder sea ejercido mediante la amenaza de las armas, por los efectos de la palabra, a través de las diferencias económicas, por mecanismos más o menos complejos de control, por sistemas de vigilancia, con o sin archivos, según reglas explícitas o no, permanentes o modificables, con o sin dispositivos materiales, etc.
4) Las formas de institucionalización: estas pueden mezclar disposiciones tradicionales, estructuras jurídicas, fenómenos de hábito o de moda (como se ve en las relaciones de poder que atraviesan la institución familiar); pueden también tomar el aspecto de un dispositivo cerrado sobre sí mismo con sus lugares específicos, sus reglamentos propios, sus estructuras jerárquicas cuidadosamente diseñadas, y una relativa autonomía funcional (como en las instituciones escolares o militares); pueden formar sistemas muy complejos dotados de aparatos múltiples, como en el caso del Estado, que tiene por función constituir la envoltura general, la instancia de control global, el principio de regulación y, en una cierta medida, también de distribución de todas las relaciones de poder en un conjunto social dado.
5) Los grados de racionalización: pues la puesta en juego de relaciones de poder como acción sobre un campo de posibilidad puede ser más o menos elaborada en función de la eficacia de los instrumentos y de la certeza del resultado (refinamientos tecnológicos mayores o menores en el ejercicio del poder) o incluso en función del coste eventual (se trate del coste económico de los medios puestos en práctica o el coste «de respuesta» constituido por las resistencias encontradas). El ejercicio del poder no es un hecho bruto, un dato institucional, o una estructura que se mantenga o se destruya; se elabora, se transforma, se organiza, se dota de procedimientos más o menos adecuados.
Se ve por qué el análisis de las relaciones de poder en una sociedad no puede reducirse al estudio de una serie de instituciones, ni siquiera al estudio de todas las que merecerían el nombre de «política». Las relaciones de poder enraízan en el conjunto de la red social. Esto no quiere decir, sin embargo, que haya un principio de Poder primero y fundamental que domine hasta el menor elemento de la sociedad, sino que, a partir de esta posibilidad de acción sobre la acción de los otros que es coextensiva a toda relación social, de las múltiples formas de disparidad individual, objetivos, instrumentaciones dadas sobre nosotros y sobre los otros, institucionalización más o menos sectorial o global, organización más o menos pensada, se definen las diferentes formas de poder. Las formas y los lugares de «gobierno» de los hombres unos por otros son múltiples en una sociedad; se superponen, se entrecruzan, se limitan y se anulan a veces, se refuerzan en otros casos. Que el Estado en las sociedades contemporáneas no es simplemente una de las formas o uno de los lugares —aunque fuese el más importante— sino que de una cierta manera todos los demás tipos de relación de poder se refieren a él, es un hecho cierto. Pero esto no es porque cada una se derive de él. Es más bien porque se ha producido una estatalización continua de las relaciones de poder (aunque no haya tomado la misma forma en el orden pedagógico, judicial, económico, familiar). En el sentido esta vez restringido de la palabra «gobierno», se podría decir que las relaciones de poder han sido progresivamente gubernamentalizadas [gouvernementalisées], es decir, elaboradas, racionalizadas y centralizadas en la forma o bajo la caución de las instituciones estatales.
4. Relaciones de poder y relaciones estratégicas
La palabra estrategia se emplea normalmente en tres sentidos. En primer lugar, para designar la elección de los medios empleados para llegar a un fin; se trata de la racionalidad puesta en práctica para lograr un objetivo. [En segundo lugar,] para designar la manera en la que un participante, en un juego dado, actúa en función de lo que piensa que será la acción de los otros, y de lo que considera que los otros pensarán que es la suya; en suma, la manera en que se intenta tener ventaja sobre el otro. Y finalmente, para designar el conjunto de los procedimientos utilizados en un enfrentamiento con el fin de privar al adversario de sus medios de combate y obligarle a renunciar a la lucha; se trata entonces de los medios destinados a obtener la victoria. Estos tres sentidos se reúnen en las situaciones de enfrentamiento — guerra o juego— donde el objetivo es actuar sobre un adversario de tal manera que la lucha sea para él imposible. La estrategia se define entonces por la elección de las soluciones «ganadoras». Pero hay que tener presente que se trata aquí de un tipo muy particular de situación, y que hay otras en las que es preciso mantener la distinción entre los diferentes sentidos de la palabra estrategia En el primer sentido indicado, se puede llamar «estrategia de poder» al conjunto de los medios puestos en práctica para hacer funcionar o para mantener un dispositivo de poder. Se puede también hablar de estrategia propia de las relaciones de poder en la medida en que estas constituyen modos de acción sobre la acción posible, eventual, supuesta, de otros. Se puede, pues, descifrar en términos de «estrategias» los mecanismos puestos en práctica en las relaciones de poder. Pero el punto más importante es, evidentemente, la relación entre relaciones de poder y estrategias de enfrentamiento. Pues si es verdad que en el corazón de las relaciones de poder y como condición permanente de su existencia hay una «insumisión» y libertades esencialmente renuentes, no hay relación de poder sin resistencia, sin escapatoria o huida, sin inversión eventual; toda relación de poder implica, pues, al menos de manera virtual, una estrategia de lucha, sin que, sin embargo, vengan a superponerse, a perder su especificidad y finalmente a confundirse. Constituyen una para otra una especie de límite permanente, de punto de inversión posible. Una relación de enfrentamiento encuentra su término, su momento final (y la victoria de uno de los dos adversarios) cuando el juego de las relaciones antagonistas viene a ser sustituido por los mecanismos estables por los que uno puede conducir de manera bastante constante y con suficiente certidumbre la conducta de los otros; para una relación de enfrentamiento, desde el momento en que ya no es de lucha a muerte, la fijación de una relación de poder constituye un punto de mira —a la vez su consumación y su propia puesta en suspenso. Y a la inversa, para una relación de poder, la estrategia de lucha constituye también ella una frontera: aquella en que la inducción calculada de las conductas en los otros ya no puede ir más allá de la réplica a su propia acción. Como no podría haber ahí relaciones de poder sin puntos de insumisión que por definición le escapan, toda intensificación, toda extensión de las relaciones de poder para someterlos no pueden sino conducir a los límites del ejercicio del poder; este encuentra, entonces, su tope ya en un tipo de acción que reduce al otro a la impotencia total (una «victoria» sobre el adversario sustituye al ejercicio del poder), ya en un cambio de aquellos a los que se gobierna y su transformación en adversarios. En suma, toda estrategia de enfrentamiento sueña con convertirse en relación de poder; y toda relación de poder tiende, tanto si sigue su propia línea de desarrollo como si evita resistencias frontales, a convertirse en estrategia ganadora.
De hecho, entre relación de poder y estrategia de lucha hay una apelación recíproca, encadenamiento indefinido e inversión perpetua. A cada instante la relación de poder puede convertirse, y en ciertos puntos se convierte, en un enfrentamiento entre adversarios. A cada instante también las relaciones de antagonismo, en una sociedad dada, dan lugar a la puesta en práctica de mecanismos de poder. Inestabilidad, pues, que hace que los mismos procesos, los mismos acontecimientos, las mismas transformaciones puedan descifrarse tanto en el interior de una historia de luchas como en la de las relaciones y de los dispositivos de poder. No serán ni los mismos elementos significativos, ni los mismos encadenamientos ni los mismos tipos de inteligibilidad los que aparecerán, aunque se refieran al mismo tejido histórico y aunque cada uno de los dos análisis deba reenviar al otro. Y es justamente la interferencia de las dos lecturas la que hace aparecer esos fenómenos fundamentales de «dominación» que presenta la historia de una gran parte de las sociedades humanas. La dominación es una estructura global de poder de la que se pueden encontrar a veces las ramificaciones y las consecuencias hasta en la trama más tenue de la sociedad; pero es al mismo tiempo una situación estratégica más o menos adquirida y consolidada en un enfrentamiento de largo alcance histórico entre adversarios. Puede bien ocurrir que un hecho de dominación no sea más que la transcripción de uno de los mecanismos de poder de una relación de enfrentamiento y sus consecuencias (una estructura política derivada de una invasión); puede también que una relación de lucha entre dos adversarios sea el efecto del desarrollo de relaciones de poder con los límites y divisiones que conlleva. Pero lo que hace de la dominación de un grupo, de una casta o de una clase, y de las resistencias o revueltas que encara, un fenómeno central en la historia de las sociedades es que manifiestan bajo una forma global y masiva, a escala del cuerpo social entero, el engranaje de relaciones de poder con las relaciones estratégicas, y sus efectos de arrastre recíproco.

La economía ni se abre ni se cierra (de cómo el lenguaje, y su degradación, crean ideología)

Por Koldo Unceta

Llevamos tiempo discutiendo sobre la degradación paulatina del lenguaje. Mucho se ha dicho sobre como la cultura digital dominante ha ido generando un léxico crecientemente empobrecido frente a aquel, mucho más matizado, que imperaba en la cultura anterior basada en medios impresos. Sin embargo, parece que, en algunos aspectos, el empobrecimiento y la confusión en el uso del lenguaje son independientes del medio de expresión. Así, durante los meses transcurridos desde que empezó la pandemia, se ha venido produciendo una notable degradación o trivialización en la utilización de algunos términos, como «economía», cuyo uso ha derivado en expresiones, vacías y/o carentes por completo de significado.

En efecto, venimos asistiendo -en mi caso con estupor- al uso de expresiones que reducen y limitan constantemente el ámbito de lo económico, que en los últimos tiempos han llegado a cristalizar en términos como «abrir» o «cerrar» la economía para referir la apertura o cierre temporal de algunos negocios.

Como es sabido, la economía no es otra cosa que la administración o la gestión de los bienes y servicios que precisa la existencia social a lo largo del tiempo para hacer posible la reproducción de la vida humana. En la medida en que hablamos de administrar, de organizar -lo cual se puede hacer de diferentes maneras-, hablamos de un ámbito de debate, de análisis, o de una ciencia social –la economía- que se ocupa de estudiar esas diferentes maneras de administrar los bienes y servicios disponibles, tratando de identificar aquellas que son más eficientes.

De acuerdo a todo ello, es importante tener en cuenta dos aspectos clave a la hora de pensar en términos económicos, o de delimitar el ámbito de lo económico. El primero de ellos tiene que ver con el hecho de que el mundo económico no se reduce a la esfera de lo mercantil. El mercado es una parte de la economía – sin duda muy importante-, pero la economía no se reduce al mercado, pues hay un sinfín de actividades económicas que no se canalizan a través del mismo.

Como ya señalara Polanyi hace casi 80 años, en esa magnífica obra que fue La gran transformación (1), los seres humanos han venido relacionándose e integrándose socialmente mediante tres formas principales que, a lo largo de la historia, han servido para vertebrar y organizar la sociedad de cara a lograr su sustento y su reproducción mediante algún tipo de interacción institucionalizada: la reciprocidad (colaboración mutua, trabajo comunitario, economía familiar, etc.); la redistribución (basada en el reconocimiento de un tercero -el estado u otro tipo de institución- con capacidad de centralizar y repartir con arreglo a algún patrón redistributivo sustentado en la costumbre o en la Ley); y el intercambio a través del mercado (que ha adoptado muy diferentes formas a lo largo de la historia en unos y otros tipos de sociedades, y que supone la posibilidad de una relación entre puntos dispersos o fortuitos del sistema, a partir de un sistema basado en los precios).

Todas estas formas de integración social, de vertebrar u organizar la sociedad mediante una interacción institucionalizada, no se plantean de manera aislada, sino que han coexistido en el seno de casi todas las sociedades. Ciertamente, en la actual economía de mercado, esta última institución –al revés de lo ocurrido en otros contextos históricos y culturales– es claramente hegemónica, y condiciona el funciona- miento social en su conjunto. Pese a ello, y aunque en franca desigualdad, hoy persisten muchas formas de relación no mercantiles cuyo funcionamiento sigue siendo fundamental para la reproducción social. En con- secuencia, es completamente absurdo decir que se cierra o se abre la economía cuando las autoridades deciden limitar el funcionamiento de negocios, comercios o empresas, pues la economía es mucho más que el mercado.

En cualquier caso, el paulatino reduccionismo en el uso del lenguaje económico no es algo nuevo. Se trata de un asunto que viene de lejos y que, de algún modo, tiene relación con un segundo tema que, aunque se encuentra bastante relacionado con el ya apuntado del mercado, merece la pena ser señalado específicamente. Me refiero a la necesidad de contemplar no solo la dimensión productiva de la economía, sino también sus aspectos relacionados con la reproducción. Economía productiva y economía reproductiva son, en efecto, dos universos inseparables e interrelacionados, aunque las corrientes económicas dominantes prescindan de ello, reduciendo todas sus consideraciones y prescripciones al ámbito de la producción. De ese modo, queda sistemáticamente fuera del análisis una gran parte de la economía relacionada con los cuidados y otros aspectos relativos a la reproducción social.

Una de los elementos que, a lo largo de las últimas décadas, más han contribuido a esa marginación de la economía reproductiva es la centralidad adquirida en la elaboración del discurso económico por la noción de crecimiento y su consideración como sinónimo de bienestar. El argumento, sin duda atractivo para el pensamiento económico, es bastante simple: se parte de que el bienestar de las personas se encuentra vinculado a la satisfacción de sus necesidades. A partir de ahí se considera que, aunque el conjunto de necesidades humanas puede ser muy amplio, solo las que son de tipo material son objetivables y cuantificables, medibles. De acuerdo a ello, cuantificar su capacidad productiva nos daría una idea del bienestar alcanzado por una sociedad. Finalmente, como la producción, para poder ser sumada, no puede medirse en toneladas, en litros o en otro tipo de magnitud semejante, la única manera de saber cuánto se produce es medirlo en dinero. De esa forma, el valor monetario de las cosas es lo que acabó, hace ya muchos años, moldeando la noción de producción, y definiendo la idea de crecimiento económico como incremento del PIB/hab.

Desde entonces, nos hemos acostumbrado a oír que «la economía crece», o que «la economía mejora», como sinónimo de un incremento del valor de la producción mercantil (pues sólo lo que adquiere valor en el mercado puede expresarse en dinero). No importa que, paralelamente a ese incremento de la producción, puedan estar empeorando datos fundamentales para evaluar la marcha del sistema económico como la desigualdad, el desempleo, la precariedad, o la calidad de los servicios públicos. La economía «mejora» si se incrementa el valor de lo que produce.

Todo este despropósito tiene mucho que ver con el constante reduccionismo que se ha producido en la consideración de la economía, confundiéndola muchas veces con la crematística, y desprendiéndole de gran parte de su significado original. Los objetivos de la economía (de la correcta administración de los recursos) parecen haberse reducido a la búsqueda del crecimiento económico -como varita mágica que todo lo soluciona, aunque aumente el deterioro social y ambiental-, o a un aumento de la rentabilidad financiera, aunque todo ello se produzca a costa de una menor eficiencia social o ecológica.

Pero lo que resulta ya completamente extravagante es esta nueva expresión según la cual un gobierno puede «abrir» o «cerrar» la economía, en vez de señalar que se permiten o se prohíben temporalmente algunas actividades económicas. La cosa podría pasar por anecdótica si no fuera porque tal expresión tiene un efecto perverso sobre la consideración general de los problemas y las necesidades sociales. Al decir que se abre o se cierra «la economía», para señalar que se regula el funcionamiento de distintas empresas o de determinados negocios, se está, de hecho, desconsiderando la importancia económica de una enorme cantidad de actividades que contribuyen decisivamente al funcionamiento social y a la reproducción de la vida humana.

La realidad es que el hecho de que se cierre un bar o un restaurante no implica que la gente deje de beber o de comer. Significa simplemente que no lo hace a través del mercado, pagando un plus porque le sirvan una bebida o le cocinen la comida. El hecho de que cierren una lavandería, no quiere decir que la gente deje de lavar su ropa. Significa simplemente que debe lavarla en su casa. Y así podríamos poner miles de ejemplos de actividades económicas, fundamentales para el funcionamiento social, que no desaparecen porque se cierren ciertos negocios. Desde el punto de vista económico, tanto significado tiene producir lechugas para autoconsumo que comprarlas en la tienda de comestibles; cobrar una pensión de la Seguridad Social que un salario proveniente de una empresa; o colaborar para el cuidado de un anciano en el hogar que pagar para que lo cuiden en una residencia gestionada por un fondo de inversión…

Y es que la gestión y administración de los recursos no tiene que ver únicamente con el ámbito productivo, ni se reduce a las actividades mercantiles. La vida económica es mucho más que aquella que fluye a través del mercado. Hay mucha gente que cultiva su huerta, que cuida a su familia o a sus amigos, que comparte su tiempo en actividades de voluntariado, que realiza todo tipo de trabajos domésticos o de otra índole, que, en definitiva, aporta un enorme valor desde el punto de vista económico y social, sin que ello tenga necesariamente un componente mercantil. Hay también muchos servicios públicos, que no se rigen por las leyes del mercado, y cuya existencia es fundamental para el sistema económico. El mercado representa una parte de la actividad económica -ciertamente cada vez mayor, dado el acelerado proceso de mercantilización de nuestras sociedades-, pero no es «la economía» en su conjunto. Es absurdo por tanto hablar de que la economía «se abre» o «se cierra» porque se supriman, se abran, o se cierren unos u otros negocios o empresas. Lo lógico sería hablar del cese o del cierre de determinadas actividades, pero no del cese o el cierre de «la economía», pues decir eso es una barbaridad carente por completo de sentido.

El proceso de acelerada mercantilización al que asistimos necesita de, y se basa en, una ideología de mercado, a la vez que la desconsideración de la esfera reproductiva de la economía requiere poner la producción en el centro de todo el análisis. Y para este propósito, el lenguaje resulta fundamental y constituye un arma poderosa para afirmar esa ideología. Por ello, lo que hemos observado en los últimos meses no es sino una vuelta de tuerca más en la misma dirección.

La izquierda, incluidos la mayoría de sus economistas, fue ya seducida en su momento por el poderoso atractivo intelectual de una consideración de lo económico reducida al ámbito de lo cuantificable en términos monetarios, dejando fuera del análisis aspectos fundamentales de la economía indispensables para la reproducción social. Las consecuencias de todo ello no han dejado de manifestarse negativamente en las últimas décadas. Por ello, sorprende que, de nuevo, esa misma izquierda, permanezca otra vez ajena a esta extravagante degradación del lenguaje que permite, como si tal cosa, hablar de economías que «se abren» y que «se cierran». De esa forma, la izquierda vuelve a abandonar un terreno fundamental de confrontación ideológica, como es el del lenguaje, favoreciendo la ausencia de rigor, y contribuyendo al desconcierto general.

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(1) Karl Polanyi (1944), La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Hay ediciones recientes, como la de Fondo de Cultura Económica, 2018, con Prólogo de Joseph E. Stiglitz e Introducción de Fred Block.

Negritud es revuelta: Aimé Césaire hoy

Negro soy, negro me quedo (La Vorágine, 2020) nos muestra un Césaire contemporáneo y vivo. Un intelectual honesto, que asume sus decisiones políticas —sus luces y sombras—, invitándonos a recuperar lo mejor de su legado.

Por Mario Espinoza Pino
“Mi boca será la boca de las desdichas que no tienen boca; mi voz, la libertad de aquellas que se desploman en el calabozo de la desesperación”. Aimé Césaire (1913 – 2008), pensador, poeta y político martiniqués, escribía estos versos en 1939, al borde de la Segunda Guerra Mundial. Son versos de su primer poemario, Cuaderno de retorno al país natal, cuya fuerza retrata tanto la impronta de su pensamiento como lo convulso de la época que le tocó vivir. Pero Césaire no fue un testigo pasivo de su tiempo. Como intelectual y militante ayudó a forjar una etapa histórica llena de esperanza. Su figura no puede disociarse de los procesos de descolonización de mediados del siglo XX y de la emergencia del Tercer Mundo: una grieta en la política de bloques de la Guerra Fría que buscó su propio horizonte. Una vía hacia la justicia social y la liberación más allá del capitalismo y del socialismo realmente existente.

Una de sus obras más importantes y conocidas, el Discurso sobre el colonialismo (1950), no dejaba de apelar a lo que sucedería en Bandung cinco años después de su publicación: “Precisamos crear una sociedad nueva, con la ayuda de todos nuestros hermanos esclavos, enriquecida por toda la potencia productiva moderna, cálida por toda la fraternidad antigua”. Aquella conferencia alumbrará el Movimiento de los países no alineados, impulsado por los líderes Gamal Abdel Nasser (Egipto), Jawaharlal Nehru (India) y Sukarno (Indonesia). Un espacio que federaba de forma conjunta las actividades de muchas ex colonias que acababan de lograr la independencia, y entre cuyos objetivos estaba oponerse al racismo, el imperialismo y el neocolonialismo de las potencias occidentales. El movimiento tomará cuerpo en la Conferencia de Belgrado (1961) y alcanzará su zenit a mediados de los 70. Después irá configurándose como un influyente foro internacional, pero ya lejos del impulso utópico con el que lo vio nacer Césaire.

Probablemente el Césaire que más conozcamos sea el de este período: el padre del movimiento de la negritud, el intelectual crítico que puso a Europa frente al espejo de su propia barbarie e hipocresía. “Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda” —escribió en su discurso—, mostrando que la Europa imperial y capitalista era un proyecto “moral y espiritualmente indefendible”. Que Hitler hubiese nacido en su seno no era ninguna sorpresa: sólo hacía falta mirar la violencia del colonialismo en África, Asia o América Latina. La solidaridad entre el fascismo y la empresa colonial era profunda.

Hoy aquel manifiesto anticolonial de Césaire sigue siendo más que actual. Especialmente en medio de una pandemia que ha hecho saltar por los aires las costuras del norte y el sur globales, visibilizando de manera cruda la desigualdad y el racismo que sostienen un capitalismo cada vez más decadente y depredador. Y es que las imágenes de la muerte del afroamericano George Floyd, asfixiado en Minneápolis bajo la rodilla de un policía blanco, o los cientos de muertes en el mar Mediterráneo que sacuden las costas españolas, revelan una siniestra continuidad con la realidad colonial que denunciara el pensador martiniqués.

Pero más allá de este Césaire épico y reconocible, hay otro al que no se le ha prestado demasiada atención. Es el hombre que aparece en Negro soy, negro me quedo (La Vorágine, 2020) en conversación con Françoise Vergès, feminista y militante decolonial. Un intelectual y político en la recta final de su vida —todo pasión contenida— que revive el pasado gracias al don de la memoria. En este diálogo con Vergès, mantenido en 2004, traza un itinerario biográfico por toda su vida, por sus etapas de formación, su obra y papel como diputado y alcalde de Fort-de-France. A través de las idas y venidas del intercambio, descubrimos nuevas facetas del trabajo crítico de un pensador netamente contemporáneo e incólume en sus posiciones antirracistas. Ello llevará a Vergès a proponernos una lectura poscolonial de su discurso en el apéndice que cierra el libro.

Quien no me comprenda tampoco comprenderá el rugido del tigre

Salpicado de política, poesía y teatro, el diálogo entre Césaire y Vergès se despliega página tras página como una breve autobiografía. El pensador martiniqués rememora sus primeros pasos en la isla antillana, su formación en el Liceo Schoelcher y su temprano rechazo hacia la cultura pequeñoburguesa local. Aquel entorno, vivido como asfixiante por un joven Césaire, pronto sería abandonado por una promesa de liberación intelectual en Francia. Ya en París, en el Liceo Louis-le-Grand, trabará una duradera amistad con Léopold Sedar Senghor, poeta y futuro presidente de la República de Senegal. “¿Qué somos en este mundo blanco?”, se preguntaban ambos mientras leían a Victor Hugo y Rimbaud junto a la obras de Langston Hughes y Claude McKay. Fue gracias a estos poetas de la Harlem Renaissance que el joven martiniqués comenzó a dar respuestas a sus preguntas iniciales, afirmando junto a ellos su pertenencia a una cultura negra.

Césaire buscará una identidad negra por debajo de las capas de la civilización europea, rompiendo con las jerarquías de reconocimiento cultural establecidas. Había que buscar al negro y preguntarse radicalmente por la identidad y lo específico de una cultura —una cultura marcada por la esclavitud—. Esta posición, que puede ilustrarse con la expresión “Negro soy, negro me quedo”, cuestionaba la doctrina de la asimilación promovida por Francia en relación con los habitantes de sus colonias. Para el intelectual martiniqués, encontrarse a uno mismo era algo previo a mantener cualquier diálogo con la cultura de la metrópoli. Y es que para Césaire, asimilación siempre fue sinónimo de alienación. Algo ya claro en sus textos de 1935, como Negrerías: juventud negra y asimilación: “Servidumbre y asimilación se parecen: son dos formas de pasividad […] Emancipación es, por el contrario, acción y creación. La juventud negra quiere actuar y crear”. La negritud era también dignidad, combate y revuelta.

Militante comunista, Césaire abandonará el Partido Comunista Francés (PCF) en 1956 debido a las posiciones asimilacionistas y nacionalistas del partido. Preocupado por alinearse con la URSS en política exterior, el PCF no sólo relegaba la cuestión colonial a un segundo plano, sino que su papel en la Guerra de Argelia (1954 – 1962) y su apoyo a Guy Mollet, enfrentado al Frente de Liberación Nacional de Argelia, demostraron que estaba preso del imaginario colonial francés. En su conocida Carta a Maurice Thorez (1956), el militante e intelectual reivindica la negritud y denuncia el chovinismo inveterado del partido comunista, que lo llevaba a situar la cuestión colonial como algo subordinado al conflicto entre burgueses y proletarios en la metrópoli. Césaire no abandonará los ideales socialistas, pero asumirá que la liberación de los colonizados y el objetivo de la emancipación universal no podía provenir de un universalismo blanco y eurocéntrico. Por muy de izquierdas que pretendiese ser.

En medio de la conversación, Vergès trata un punto delicado en la vida política del intelectual martiniqués. Una cuestión paradójica: su papel en la ley de “departamentalización” de la Martinica actual. Como diputado, Césaire defendió en 1946 una vía intermedia entre la independencia y la asimilación de Martinica a la República Francesa. Desde un punto de vista pragmático, el político martiniqués pretendía conservar la autonomía del territorio —que tendría representación propia en la República y un modelo de autogobierno— al tiempo que buscaba equiparar los derechos de los martiniqueses a los de los franceses de la metrópoli. Césaire consideró que la independencia era imposible dada la difícil situación económica y social de Martinica, y entendió que era preferible forzar legalmente a la metrópoli a tratarles como ciudadanos europeos. Ese reconocimiento les serviría para obtener ayudas, recursos y presionar por los derechos que les habían sido negados durante la época colonial. Este “pecado” —así lo denomina Vergès— costó a Césaire varias críticas a lo largo de su vida. No sólo por la promesas incumplidas de parte de la República francesa, sino por las tensiones que introdujo esta apuesta en su compromiso militante.

¿Césaire poscolonial?

En uno de los momentos más interesantes del diálogo, Vergès pregunta a Césaire por la revolución haitiana y los procesos de descolonización. También por la soledad del líder de los movimientos de emancipación colonial tras el momento épico de la independencia. Estas cuestiones, abordadas en su biografía de Toussaint Louverture y en la obra teatral del dramaturgo antillano —La tragedia del rey Cristophe y Una temporada en el Congo—, esbozan la difícil situación política de las “poscolonias”. Un momento marcado por la separación cada vez mayor de las élites, los intelectuales y el pueblo, así como por las terribles circunstancias sociales tras el triunfo de la liberación nacional. Cristophe expresa la figura del dirigente que quiere llegar lejos demasiado rápido, revirtiendo la desigualdad de los colonizados a través de una exigencia sobrehumana a los suyos. Cabe recordar, siguiendo a Frantz Fanon, la problemática que aquella coyuntura planteaba a los nuevos Estados poscoloniales: o una autarquía regresiva en un contexto de miseria, o una renovada dependencia de las viejas metrópolis a través del mercado, la deuda y los planes de ajuste. De ahí la importancia de las luchas por la reparación y la unidad de los pueblos liberados –una unidad que Césaire expresa como anhelo en la entrevista–.

Vergès insta a desarrollar una relectura de Césaire desde el contexto actual, desde un horizonte poscolonial. Su “apéndice” a la entrevista resulta interesante en muchos sentidos. Para empezar, es una soberbia introducción a la poscolonialidad como teoría, crítica y situación histórica. Lo poscolonial emerge como cuestionamiento de dos promesas: las de la Ilustración y la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y el nacionalismo tercermundista de los movimientos anticoloniales —con su nuevo humanismo y reparación de la dignidad—. Su crítica se dirige tanto a las formas de exclusión y violencia de la situación colonial, como a las desplegadas en el momento nacional. Ambas temporalidades se entrecruzan y proyectan hacia el presente a través de diversas relaciones de poder —en la República francesa, en los Estados poscoloniales—. En este sentido, la crítica poscolonial lo es también de las nuevas formas de disciplinamiento, racismo y sumisión provocadas por el capitalismo globalizado. Un discurso que toma como eje los sujetos subalternos en las ex colonias y las viejas metrópolis europeas. Y lo hace sin nostalgia por las viejas identidades “puras” de un pasado ancestral, sino más bien afrontando el irreversible mestizaje y la criollización contemporáneos. Un paisaje que lejos de ser armónico, se revela como conflictivo.

Césaire —dirá Vergès— es un autor poscolonial en la medida en que cuestiona el universalismo blanco y visibiliza la violencia que instituyó lo colonial, situando la matriz del colonialismo en Europa. Su mirada permite mostrar los relieves desiguales de las cartografías sociales que atraviesan las viejas metrópolis y las antiguas colonias, descifrando los fracasos de un universalismo formal que perpetúa exclusión, estigmatización, violencia y miseria sobre los cuerpos racializados. Su pensamiento ayuda a desvelar los sistemas de clasificación social actuales, amplificados por el neoliberalismo y por una pandemia que entiende de raza, género y clase. Por otro lado, Vergès sitúa el legado de Césaire frente a la memoria francesa sobre la esclavitud y las propias prácticas coloniales de la República en las Antillas. La historia francesa pasa por encima de la esclavitud, borrando sus huellas y sus efectos. De modo que al final la abolición de la esclavitud (1848) no forma parte de los grandes relatos que constituyen la identidad francesa. Sin embargo, el racismo y las consecuencias de la misma perseveran por debajo del relato oficial. El pensamiento moderno repudiará reconocer al esclavo y al colonizado como figuras propias, pero no dejan de ser “el doble monstruoso del hombre moderno y civilizado, pero su doble al fin y al cabo” —dirá Vergès—.

Al igual que con la esclavitud, el debate sobre la ley sobre la departamentalización de las Antillas (1946) pasó desapercibido en Francia, sólo quedó reflejado de manera parcial por algunos medios. Como señala Vergès, la cuestión planteada en los debates por la departamentalización sigue siendo muy actual: ¿Cómo combinar igualdad y alteridad en un mismo territorio? ¿Cómo integrar ambas dimensiones en una ciudadanía plena para todo el mundo? Es decir ¿puede la República ser diversa? La memoria también es selectiva aquí, incluso a la hora de abordar los procesos de emancipación, iluminando los más épicos (Argelia) frente a otros poco románticos, como la transformación de las Antillas en Distritos y Territorios de Ultramar. El fondo no cuestionado que imposibilita el lazo entre igualdad y alteridad en Europa es la cuestión racial, el racismo y la pervivencia de las jerarquías raciales tras la descolonización —algo que otros autores, como Aníbal Quijano, han denominado como colonialidad del poder—.

Negro soy, negro me quedo nos muestra un Césaire contemporáneo y vivo. Un intelectual honesto, que asume sus decisiones políticas —sus luces y sombras—, invitándonos a recuperar lo mejor de su legado. Françoise Vergès hace una excelente labor proyectando el discurso del martiniqués sobre un presente lleno de incertidumbres, atravesado por un racismo cada vez más crudo. Brilla también su reflexión original sobre las violentas asimetrías de la era poscolonial. Un mundo en el que miles de migrantes son discriminados o mueren en las costas de Europa tras un trayecto inhumano (”Y el África gigantescamente reptando hasta el pie hispánico de Europa, con su desnudez donde la Muerte siega a grandes hozadas”, escribió Césaire en su primer poemario). Resta por llevar a cabo el proyecto que Césaire siempre acarició, el de un humanismo integral, el de un universalismo radicalmente diferente: “Mi concepción de lo universal es la de un universal depositario de todo lo particular, depositario de todos los particulares, profundización y coexistencia de todos los particulares”. Un universal que sólo podrá realizarse desde abajo: tejiendo alianzas subalternas, solidaridades diversas que luchen por abolir el racismo y la barbarie que produce el capitalismo racial en que vivimos. Toda una tarea. Pero tal y como están las cosas, parece cuestión de supervivencia.

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