Virus, revueltas, capital

por Sergio Villalobos-Ruminott

 

Introducción

 

¿Qué tienen en común la serie de revueltas que han explotado en diversos lugares del mundo durante los últimos años, y la pandemia decretada por el aumento masivo de casos de contagio del COVID-19 en los últimos meses? Por supuesto, no se trata solo de un parentesco metafórico, esto es, de una analogía basada en la descripción de las revueltas y su propagación de acuerdo con las descripciones relativas a la proliferación viral. Y no porque esa metáfora esté errada o posea una carga poética restringida, pues ya lo advertía Deleuze atendiendo a la descodificación del capitalismo clásico: el mundo actual está constituido más por la axiomática inanticipable de los derrames y las proliferaciones que por la economía de los códigos y las territorializaciones monumentales, haciendo posible formas del contagio y de la imitación (Gabriel Tarde) que subvierten los modelos molares de las ciencias sociales tradicionales y sus teorías de la acción y del cambio social (Durkheim y las sociologías normativas). Sin embargo, la convergencia del virus y las revueltas va más allá, pues alude a una cierta co-pertenencia, y aún más, a una co-emergencia de ambos fenómenos. En efecto, las condiciones socio-económicas que han generado la aparición y propagación del virus son las mismas, en términos generales, que aquellas que han obligado a miles de personas, en diversos lugares del mundo, a abandonar la inercia acostumbrada y ocupar las calles en señal de descontento, saturación, rabia o desesperación frente a unas condiciones de injusticia, discriminación, violencia y precarización estructurales o, incluso, tendencialmente progresivas. Problematizar esta co-emergencia es la tarea que me propongo en las siguientes páginas, aunque sea de manera todavía preliminar.

Para esto, necesitamos primero poner en cuestión el carácter eventual o accidental de la pandemia, apuntando a su profunda imbricación con los procesos de acumulación del capitalismo neoliberal contemporáneo. Luego, en una segunda instancia, debemos poner en cuestión la idea misma de “normalidad” y las esperanzas en su recuperación, para mostrar cómo situaciones supuestamente excepcionales tales como las guerras, la proliferación de enfermedades contagiosas, las sequías e, incluso, los accidentes nucleares, son aspectos distintivos y constitutivos de la “normalidad” capitalista histórica y contemporánea. Finalmente, debemos explorar la relación entre la sostenida precarización de la vida y la condición singular de las revueltas contemporáneas, las que ya no pueden ser inscritas en la concepción normativa, universal o necesaria del cambio social, según las perspectivas evolucionistas, emancipatorias y revolucionarias clásicas. Las revueltas, en su condición inminente, no pueden ser explicadas por los presupuestos de la teoría sociológica del cambio social, pues dicha teoría tiende a concebirlas como manifestaciones anómicas y desviadas de las pautas programadas de la evolución social, pero tampoco pueden ser propiamente comprendidas desde la representación monumental de la Revolución, como ruptura y nuevo comienzo, o como acción política antisistema, orgánicamente coordinada y regulada según una organización principial de la acción que descansa en una determinada postulación de las relaciones entre teoría y praxis social, y en la integridad o “identidad para sí” de una determinada subjetividad revolucionaria. En este sentido, la pregunta por las revueltas no se refiere solo a su singularidad situacional, sino que también a su historicidad, lo que nos demanda, a fin de cuentas, una problematización de la misma relación entre existencia, temporalidad y política. En esto contexto, me atrevo a sostener que le cabe a la infrapolítica la posibilidad de captar esta historicidad sin remitirla al esquema teoría-praxis que alimenta las concepciones habituales de la política moderna.

 

Parto, entonces, por formular mi hipótesis general:

 

La intensificación actual de los procesos de acumulación, explotación y expropiación capitalista, precipitada por la desregulación neoliberal, lleva a la combinación de formas primitivas y sofisticadas de extracción de plusvalía, a la masificación de prácticas expropiadoras y al desbalance del metabolismo entre sociedad y naturaleza del que hablaba Marx, hacia una forma de producción y de explotación que atraviesa el umbral de sustentabilidad moderno, confrontándonos con la amenaza de la devastación. Dadas estas nuevas condiciones, que son el efecto de la intensificación de los mecanismos distintivos del capitalismo clásico, la teoría política del antagonismo moderno, pensado en términos de clases (burguesía / proletariado); en términos nómicos (imperialismo / colonias), o en términos identitarios (todas las luchas territorializadas en la lógica del nosotros / ellos), ya no parece dar cuenta de la singularidad de las revueltas sociales. En la medida en que el antagonismo pensado según la topología moderna de las luchas sigue remitiendo las revueltas a las directrices emanadas desde la división social o sexual del trabajo, o a la dialéctica entre hegemonía y contra-hegemonía, circunscrita al Estado nacional, o, incluso, a las variantes de la soberanía moderna (estatal / popular), sigue sin captar su singularidad. Es este desfase entre la teoría política de los antagonismos y las expresiones efectivas de las revueltas el que nos permite afirmar la pertinencia de la interrogación infrapolítica, pues desde ella el mismo antagonismo se pluraliza en una diversidad de conflictos que no necesitan restituir la lógica del conflicto central para marcar su supuesta racionalidad estratégica. Y, sin embargo, todavía sería necesario advertir que el elemento común de estos diferentes antagonismos, pensados infrapolíticamente, yace en que son, de acuerdo con sus respectivas condiciones de emergencia y expresión, conflictos afirmativos de la existencia contra la fuerza devastadora del capital.

 

Explicitar y atender a las consecuencias de esta compleja hipótesis es nuestro más inmediato cometido.

 

La pandemia como plus-valor

 

El capitalismo avanza mediante la universalización de sus condiciones de posibilidad, las que descansan en procesos de explotación y expropiación-apropiadora del uso colectivo de los bienes y recursos “naturalmente” dados al hombre. En un artículo reciente sobre la cuestión de la naturaleza y el problema el valor en Marx[1], el destacado sociólogo marxista y ecologista, John Bellamy Foster, recuerda aquellos famosos escritos de juventud de Marx relacionados con el robo de leña. Se trata de cinco intervenciones en las que el alemán critica la nueva legislación prusiana sobre la criminalización del llamado “robo de madera en los bosques de Renania” por parte de comunidades campesinas, cuestión que habría marcado un cambio en las relaciones de apropiación, en el concepto mismo de propiedad y en su relación con el crimen de la expropiación y del libre uso de los recursos naturales en esos años. Estos artículos, que aparecieron entre octubre y noviembre de 1842 en la Rheinische Zeitung[2], ya han sido destacados por su centralidad en la génesis del pensamiento económico marxista bastantes veces como para recalcar aquí su importancia, pero talvez valga la pena referir el reciente libro de Peter Linebaugh, Stop, Thief!, quien, jugando con el título, vincula ese momento cuasi “originario” de la crítica marxista y la situación actual de expropiación y explotación capitalista, masificada a nivel planetario, como una actividad criminal de destrucción del común mediante el sostenido avance de una cada vez más sofisticada división del trabajo orientada a la acumulación, y una híper-explotación de recursos, complementada, a su vez, por una tendencia a la privatización expropiadora y a la criminalización de la libre recolección y del libre uso de los bienes comunes, tales como el agua de napas subterráneas o la recolección de aguas de lluvia, prácticas que caen, cada vez más, bajo la esfera jurídica-criminológica y propietarista del capital.[3]

Tanto Bellamy Foster como Linebaugh coinciden en sindicar aquella intervención de Marx en los debates de la Dieta Renana como inaugurales de un desplazamiento que llevará al joven filósofo a profundizar en sus estudios de la economía política de su periodo, para entender la estructura profunda de las relaciones burguesas de producción, apropiación y expropiación junto a sus fundamentos teóricos, jurídicos y criminológicos. El mismo Marx, años después, en el famoso Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política (1859), reconocerá estos primeros textos como cruciales en su giro hacia la consideración de los aspectos económico-jurídicos que definen la reproducción material de la sociedad. Si, por un lado, la inteligente lectura de Bellamy Foster repara en esto, es porque gracias a la problematización marxista de la noción de propiedad y de las relaciones de apropiación, se puede ahora pensar en las consecuencias del capitalismo actual relativas a la devastación de la naturaleza, evitando caer en nociones substantivas y místicas, gracias a la posibilidad de evaluar las relaciones histórico-concretas de apropiación y de producción, que son las que explican de manera más satisfactoria los fenómenos derivados de la crisis del metabolismo clásico entre la actividad productiva humana y su entorno. Por otro lado, y en un sentido complementario, Linebaugh recurre a este momento central en el pensamiento marxista para cuestionar las ciencias sociales y jurídicas, en especial la criminología, pues estas han sido instrumentos serviciales a la lógica de apropiación capitalista, definiendo desde sus presupuestos el alcance y la naturaleza del crimen asociado con el libre uso de los recursos naturales. Linebaugh no solo nos muestra la apropiación capitalista como un “crimen” astutamente legitimado por estos saberes instrumentales, sino que también rehabilita las formas colectivas e improductivas de apropiación, aquellas que se resisten a la lógica individualista del capital, poniendo en cuestión, de paso, los usos normativos de la noción del lumpen-proletariado que sigue estando presente en una serie de discursos moralistas (desarrollistas) contemporáneos, interesados en deslegitimar formas de vida común marginales o resistentes a la lógica progresiva e híper-productiva del capital. En este sentido, Linebaugh apela, en una línea clara de parentesco con la economía moral de la multitud de E. P. Thompson, a formas de lo común que no se inscriben en el formato determinado por la actual división del trabajo, y que no solo subsisten como reservas infinitas de mano de obra para la demanda global, sino que desarrollan prácticas de empoderamiento colectivas que resisten la ley del valor capitalista.

 

Gracias a todo esto, también se hace claro el vínculo entre el avance de los procesos de acumulación, explotación y expropiación capitalista y la permanente criminalización de las formas comunes de resistencia, basadas en lógicas no individuales de la propiedad y en usos colectivos y no necesariamente productivos. Si Brecht ya había enunciado la misma sospecha, al preguntarse por la relación entre el crimen de fundar un banco y el de robarlo, hoy, según la interrogación de Linebaugh, nos encontramos frente a un avance sostenido de estos procesos de criminalización que tienen como objetivo ya no solo la privación y privatización del libre uso de los bienes, sino a las mismas expresiones sociales de resistencia. En efecto, el neoliberalismo es la última instancia, hasta hoy, de desmontaje y criminalización del común, a partir de su privatización o criminalización permanente.

 

Traigo a colación a ambos autores porque me interesa mostrar cómo, en los tempranos escritos de Marx, existe una cierta complementariedad entre la crítica del derecho burgués y la crítica del capitalismo que va mucho más allá de la simple determinación del derecho como forma de ideología dominante. Sería gracias a esta situación relativa al robo de leña que Marx comienza a problematizar la misma cuestión de la propiedad, la que vuelve a expresarse en sus diferencias con La filosofía de la miseria de Pierre Joseph Proudhon, diferencias que motivan, a su vez, ese famoso texto polémico titulado La miseria de la filosofía, escrito por Marx en 1847. La cuestión de fondo, para ir rápido al punto que nos concierne, es que Marx considera que la formulación generalizante de Proudhon no logra captar la singularidad histórica del capitalismo, en la medida en que tiende a operar con categorías pre-críticas, homogéneas o des-historizadas. El caso paradigmático está dado, precisamente, por aquella declaración de Proudhon que considera la propiedad, toda la propiedad o la propiedad en general, como un robo, precisamente porque dicha sentencia, que rememora el carácter hipotético de la imaginación contractualista clásica (Rousseau ya había postulado a la propiedad privada como el origen efectivo de la desigualdad entre los hombres, años antes), no logra captar la especificidad de las relaciones burguesas de apropiación.

 

En efecto, frente a la frase “la propiedad es un robo”, Marx, quien había observado el complejo entramado de la criminalización del robo de madera años antes, se resiste a tal generalización y apunta, mediante un proceso de historización radical, a pensar en la singularidad no solo de las formas de la propiedad moderna, en oposición a formas anteriores o pre-capitalistas, sino también, en las relaciones sociales y jurídicas de apropiación y expropiación; es decir, para Marx el problema no es la propiedad en general sino las relaciones sociales de apropiación y expropiación que fundamentan la noción moderna, burguesa, de propiedad privada, la que a su vez, no se remite única y exclusivamente a la dimensión jurídica y económica, sino que determina al ser social del hombre en términos productivistas y propietaristas. En otras palabras, la crítica de las relaciones de apropiación y expropiación devela no solo los límites jurídicos sino también el presupuesto onto-antropológico en el que se funda el modo de producción capitalista. La crítica de las relaciones de apropiación burguesas es, entonces, una crítica de la antropología productivista y de su delicado equilibrio metabólico, siempre que Marx entiende que tal equilibrio será roto, tarde o temprano, dadas las mismas disposiciones que regulan los procesos de acumulación.

Para los estudiosos marxistas, este tipo de desplazamientos desde las categorías pre-críticas de las ciencias humanas y sociales de su tiempo hacia nociones histórico-concretas debería resultar habitual, pues constituye el procedimiento distintivo de la analítica implementada por él, no solo a la sociedad capitalista de su tiempo, sino también a los discursos de “naturalización” producidos por dicha sociedad. Es decir, la llamada “crítica de la economía política” no es, principalmente, una restitución o corrección de la economía, no constituye un discurso ni económico ni disciplinario, sino que funciona como una destrucción de dicho discurso, mediante una historización permanente de sus categorías de análisis. Y esto es central para evitar tantas lecturas erróneas que insisten en inscribir la analítica marxista en dominios disciplinarios universitarios, remitiéndola a la lógica de la prueba y la refutación con la que burdamente los saberes modernos se arrogan importancia y autoridad.

 

A su vez, el momento de mayor auto-explicitación de este procedimiento de historización lo encontremos en el famoso apartado titulado El método de la economía política, generalmente publicado con los Grundrisse de 1858-59. Allí, la historización constante implica una serie de precisiones que van desde la diferencia entre el concepto tradicional y el concepto marxista de ideología, la formación del concepto “modo de producción”, las críticas a nociones generales como riqueza o población, hasta las diferenciaciones específicas, pero llenas de consecuencias, entre “bienes” y mercancía, riqueza y ganancia, trabajo y fuerza de trabajo, precio y valor, incluyendo la misma crítica de los presupuestos historicistas que determinan el capitalismo como el desenlace lógico de la historia y que perpetúan una imagen inmóvil y fetichizada de la naturaleza. En el fondo, mediante una crítica de las generalizaciones inherentes a las categorías pre-críticas de los discursos de su tiempo, Marx propone a una serie de nociones capaces de captar el complejo conjunto de variables histórico-concretas que mueven lo real, sin someterlo a esquemas evolutivos apriorísticos. Aún cuando no tengo interés en identificar este proceso de historización con el llamado materialismo histórico y/o el materialismo dialéctico[4], lo que me parece relevante de esta historización es la forma en que ella hace posible un análisis, en cada caso, no sobre la imagen invertida o ideal de los procesos sociales, sino sobre los procesos sociales mismos y su respectiva producción de imágenes.

 

He traído a colación este procedimiento de historización analítica porque es el que alimenta los desarrollos actuales del discurso eco-marxista, el que debe confrontar hoy múltiples generalizaciones e imprecisiones equivalentes a aquellas que Marx enfrentó en la economía política clásica[5]. La relevancia de esto radica en que nos permite no solo acceder al innegable problema ecológico contemporáneo, sino hacerlo más allá de las generalizaciones que abundan en los discursos humanistas sobre la destrucción del medio ambiente, el conservacionismo homogéneo e incluso, las prácticas híper-normativas relacionas con el cuidado de sí, las dietéticas y estéticas de un nuevo hombre de consumo sofisticado o ‘sustentable’, que se juntan, en el imaginario progresista contemporáneo, con las demandas identitarias y comunales de un “buen vivir” distintivo de culturas no occidentales, que estaría incontaminado por la modernidad, el capitalismo y la colonización, y por tanto, cohabitaría en el pluriverso epistemológico actual como una alternativa efectiva al capitalismo en la medida en que conserva el secreto de una forma de vida natural, reponiendo con tales aspiraciones, un cierto logocentrismo sustituto de clara filiación rousseauniana. No se trata, por supuesto, de negar la relevancia histórica de las luchas anti-coloniales, ni mucho menos restarles estatus epistemológico a los saberes “nativos” o no occidentales, sino de mostrar que sus condiciones de posibilidad vienen dadas, en cuanto discursos y alternativas, por un entramado material que sigue rigiendo la orientación general de los procesos históricos en la actualidad; entramado desde el cuál, como prueba el progresismo político latinoamericano reciente, es muy difícil substraerse.

 

Hoy más que nunca, gracias a la flexibilidad del mismo proceso de acumulación, esto es, a su capacidad de combinar, sin problemas, procesos de extracción absoluta y relativa de plusvalía, y de organizarse en términos de subsunción formal y real del trabajo al capital, además de la expansión e intensificación de los procesos de expropiación que complementan a los de explotación y expoliación, resulta una “robinsonada” desconocer la compleja dependencia de los modos de vida comunitarios respecto a la división internacional del trabajo y sus demandas de bienes, recursos naturales y/o mano de obra barata. Esto no solo marcaría el límite de los discursos naturalistas que confunden riqueza y capital, olvidando la génesis histórica del valor, sino también de los discursos decolonialistas y progresistas que no atienden a la composición orgánica del capital ni a la estructura de la renta en la actualidad. A la vez, historizar las categorías de análisis nos permite entender el fenómeno de la pandemia según una serie de procesos relativos al cambio en el patrón de acumulación derivado de la desregulación y neoliberalización de la economía, desde las últimas décadas del siglo XX.

 

De ahí entonces que presentar la pandemia como un evento inesperado o imponderable es solo el fruto de una ignorancia mayor o de una mala voluntad política. Es decir, tenemos que ser capaces de entender la complejidad de los procesos de expropiación y de acumulación del capitalismo contemporáneo no solo a nivel las consecuencias relativas a la diseminación del virus y las respectivas fallas en la infra-estructura y en los recursos para producir efectos paliativos, sino también en relación con su misma aparición. Es esto, precisamente, lo que caracteriza la condición capitalista del virus, el hecho de constituir una forma inesperada de plusvalía ‘negativa’, que, sin embargo, puede ser perfectamente re-capitalizada. Nociones tales como capitalismo del desastre y narco-acumulación, no hacen sino mostrar como la lógica flexible o axiomática del capitalismo actual, alejado de la representación monumental del capitalismo decimonónico, permite convertir acontecimientos negativos (desastres naturales, crisis financieras, crimen organizado, etc.) en oportunidades de emprendimiento que siguen e intensifican la misma extracción de plusvalía.[6] En este sentido, el COVID-19 es tanto un plusvalor inesperado, o efecto involuntario pero determinado por la misma lógica de acumulación, explotación y expropiación del capitalismo contemporáneo, como una instancia apropiada para reiniciar procesos de acumulación a partir de sus mismos efectos. Suponer entonces que estamos ante un accidente imponderable es no entender (o pretender no entender) las consecuencias de la desregulación económica, jurídica y financiera relacionada con la emergencia del neoliberalismo y con la conversión del clásico horizonte industrial en el actual horizonte financiero-especulativo regulado por los complejos militar-bancario-corporativo-mediático que mueven al mundo más allá de la clásica contención soberana del Estado nacional.

 

Zoonosis y derrame

En efecto, el llamado COVID-19, cuyos primeros casos se registraron en la ciudad de Wuhan, en la provincia de Hubei, China, corresponde a la enfermedad respiratoria causada por el coronavirus SARS-CoV-2, el segundo síndrome respiratorio severo desde el año 2002, año en que se registró el primero de estos SARS (Severe Acute Respiratory Syndrome) en China, y una de las múltiples enfermedades agrupadas bajo la categoría de enfermedades zoonóticas, es decir, derivadas del contacto inusual entre humanos y animales.[7] Entre estas enfermedades zoonóticas hay que distinguir, a su vez, las comunes (rabia, lombrices, salmonelosis, etc.) de las nuevas (entre las que están los SARS), pues en los últimos años ha habido un crecimiento exponencial de este tipo de síndromes derivado de la expansión de los procesos de acumulación relacionados con la agro-industria y la acuicultura masiva, intensificando el contacto entre humanos y animales salvajes y alterando el circuito urbano-rural de manera dramática.[8] De hecho, se estima que más del 60 % de los nuevos agentes patógenos que afectan a los humanos provienen del contacto, directo o indirecto, con animales salvajes en comunidades rurales o marginalizadas, mono-productivas y extractivas.[9] Y esta co-implicación de pobreza, marginación y enfermedad no es, en absoluto, una casualidad, sino un síntoma que expresa la intensificación de las prácticas productivas y extractivas de la economía contemporánea.

 

En tal caso, lejos de concebir el COVID-19 como un accidente natural imprevisible, habría que pensarlo como resultado de una serie de procesos relativos a la acumulación flexible del capitalismo contemporáneo, procesos que van desde el desmontaje del Estado nacional y sus infra-estructuras no productivas (hospitales, bibliotecas, parques, etc.), mediante su privatización y tercerización, hasta la creciente incorporación de espacios y territorios selváticos, alejados de las ciudades y del contacto humano, a las prácticas de la agro-industria, de la minería y del animal-farming, desbaratando el metabolismo burgués clásico (relación entre producción y recursos naturales) relativo a la destrucción-productiva capitalista y empujando los niveles de expropiación y acumulación hacia umbrales de devastación. En otras palabras, necesitamos inscribir el análisis de la pandemia en el contexto de una crítica de la economía política contemporánea, es decir, inscribirla en los procesos de híper-explotación del trabajo y de los recursos naturales, o, si se prefiere, habría que pensar la pandemia y lo que esta devela desde lo que sería una nueva teoría de los procesos de valoración del capitalismo neoliberal.

 

Es esto lo que las investigaciones en la industria alimenticia, antropología biológica, demografía económica, y muchas otras, nos señalan cuando apuntan a las consecuencias del animal-farming[10], a las transformaciones de la agro-industria[11] y la multiplicación de cultivos acuícolas convertidos en verdaderas plantaciones acuáticas[12]; pero también cuando analizamos las tendencias generales de la industria alimenticia contemporánea, la creciente demanda de especies llevadas hasta el umbral de extinción, el desarrollo paralelo de la industria química relativa al procesamiento y conservación de alimentos, la explotación de especies exóticas o protegidas, junto a los procesos generales de desregulación de la economía que, por un lado, hacen que las instancias de control de “calidad” carezcan de verdaderos criterios y procedimientos de control, mientras que, por otro lado, favorezcan la práctica de diversificación de la inversión de grandes conglomerados que, en busca de ventajas comparativas, realizan inversiones de capital en países y comunidades económicamente débiles (off-shoring), produciendo procesos flexibles de sub-proletarización y expropiación de tierras y recursos naturales.[13]

Todas estas prácticas, potenciadas por la desregulación general de la economía, generan, como consecuencia no anticipada, la emergencia y diseminación de enfermedades zoonóticas (Zoonotic Diseases), cuyas consecuencias recién comenzamos a ponderar. Wallace et al., lo dicen así:

Si nos refiriéramos solo a su expansión global, los bienes agrícolas sirven como propulsores y como nexos a través de los cuales los patógenos de origen diverso migran desde las localidades más remotas a los centros internacionales más poblados. Es aquí, y en este sentido, como nuevos agentes patógenos se infiltran en comunidades agrícolas cerradas. Mientras más larga es la cadena de abastecimiento y más amplia es la correlativa deforestación, más diversos (y exóticos) son los agentes patógenos que ingresan en la cadena alimenticia. Entre los recientes agentes patógenos que emergen o re-emergen relacionados con las granjas animales o con la industria alimenticia, originados en el dominio antropogénico, están la swine fever africana, Campylobacter, Cryptosporidium, Cyclospora, Ebola Reston, E. coli O157:H7, Hepatitis E, Listeria, Nipah virus, Q fever, Salmonella, Vibrio, Yersinia, y una variedad de nuevas variantes de la gripe, incluyendo H1N1 (2009), H1N2v, H3N2v, H5N1, H5N2, H5Nx, H6N1, H7N1, H7N3, H7N7, H7N9, and H9N2.[14]

 

Además, habría que considerar que del total de enfermedades zoonóticas hoy en día, más del 60% son nuevas y están relacionadas con esta intensificación desregulada de la expropiación, explotación y expoliación capitalista relativa a la agro-industria, el animal-farming y las plantaciones acuáticas. A esta cifra, que parece ir en un crecimiento sostenido debido a la persistencia de las prácticas que las producen, en primer lugar, y que las difuminan, en segundo lugar, se suman diversos procesos de precarización asociados con la desregulación neoliberal de la economía y con la expropiación de derechos sociales para amplios sectores poblacionales, condenados a convertirse en poblaciones desechables, migrantes forzados o víctimas de prácticas de sub- proletarización y híper-explotación. Junto a esto, desde el punto de vista biológico, estos procesos de producción intensiva, de acortamiento de los ciclos vitales y reproductivos de diversas especies para acelerar su comercialización (pollos, peces y cerdos), junto a los fenómenos de inestabilidad derivada del cambio climático, favorecen y estimulan procesos migratorios virales en busca de nuevos anfitriones con ciclos de vida más largos, es decir, también producen una mutación acelerada de los virus, convirtiéndolos en agentes patógenos cada vez más peligrosos.[15] Las respuestas neoliberales más frecuentes pasan por apostar a dos alternativas en sí mismas ineficientes: por un lado, a la industria farmacéutica y al complejo medico-industrial, que en una espiral de privatización y corporativización, se orienta a la acumulación desvergonzada y a la especulación con los precios de los medicamentes, en un mundo donde las regulaciones son prácticamente inexistentes (siendo Estados Unidos unos de los casos más lamentables). Por otro lado, a la secreta creencia en la llamada inmunidad de especie o inmunidad grupal, cuyo fundamento neo-darwinista es fácilmente visible.[16]

 

Para entender la naturaleza de la pandemia es necesario entender entonces la condición flexible de la acumulación y la expropiación en el contexto desregulado del neoliberalismo, mientras que también es necesario entender el neoliberalismo como una mutación histórica del modo de producción capitalista que termina por deshacer su organización molar o monumental en una serie de redes diversificadas inscritas en el proceso de valoración. No deja de ser sintomático que Derrames sea el título en español elegido para la compilación, en dos pequeños volúmenes, de las clases de Gilles Deleuze, en el contexto en que este, junto a Félix Guattari, escribían los famosos libros El Anti-Edipo y Mil mesetas.[17] En estas clases se aprecia, de manera notoria, la serie de elaboraciones que llevaron a la publicación de los dos tomos de Capitalismo y esquizofrenia, cuestión que, más allá del escándalo editorial, constituye una de las primeras elaboraciones atentas a la transformación del capitalismo gracias a los procesos de desregulación que comenzaban a implementarse en la sociedad europea de ese entonces y, por supuesto, en Estados Unidos. El punto de partida de este análisis era la naturaleza radical del proceso de transformación del modo de producción capitalista, que perecía reemplazar los regímenes disciplinarios y de codificación, por una nueva lógica axiomática, descentralizada y desterritorializada. Esa desterritorialización estaba programada, pero no calculada, por la nueva lógica del capital, lo que permitía hablar ahora más allá del modo de producción como sistema, monumental y universal, de una serie de derrames capitalistas, que desbordaban la misma relación entre capital y trabajo; derrames coordinados laxamente por una ley del valor flexible, la que se adaptaba sin mayores problemas a las diversas formaciones económico-sociales y sistemas políticos existente en el planeta. En pocas palabras, la lógica axiomática de los derrames había logrado globalizar el sistema capitalista, como el mismo Marx anticipaba en su época, pero no mediante una subsunción homogénea del trabajo al capital, según el modelo clásico, sino mediante la combinatoria de diversos mecanismos de expropiación, explotación, expoliación, acumulación y valoración.

 

Es en este sentido que la proliferación del virus y su configuración pandémica está ya inscrita en la misma lógica de los derrames capitalistas, pues esta figura utilizada tempranamente por Deleuze, nos permite pensar la misma desregulación precipitada por la instauración del neoliberalismo y sus políticas monetaristas, anti-estatistas, librecambistas, financieras, anti-impositivas y especulativas.

 

Normalidad y normalización

 

Sería una ilusión, sin embargo, pensar que esta lógica axiomática anuncia una novedad en el modo de producción capitalista, como si el capitalismo histórico hubiese sido una forma de vida definida por la democracia y el progreso, cuyas crisis fueron siempre de crecimiento y cuya capacidad de superación asegurara un futuro relativamente alcanzable. Lo que el neoliberalismo y sus procesos de desregulación produjeron, más bien, fue un agotamiento radical de esa imagen ideológica del capitalismo, mostrando su supuesta normalidad como un proceso de normalización, disciplinario y represivo, permanente. En efecto, el neoliberalismo termina por desechar la narrativa básica de la modernidad capitalista que consistió, en los siglos 18 y 19, y más notoriamente aún, durante la Guerra Fría, en defender la relación ‘natural’ entre capitalismo y democracia, organizando la historicidad de las sociedades según este relato providencial. La desregulación neoliberal muestra, de manera radical y cínica, que el capitalismo no sólo ha convivido y ha dependido de la esclavitud, del colonialismo, de las guerras y de la explotación de la mano de obra, sino que lo ha hecho y lo sigue haciendo sin necesidad de suturar la brutalidad de sus procesos mediante la producción de una imagen de redención o de salvación para tanto sufrimiento. Business are business, equivale entonces a decir que el predominio de la racionalidad utilitaria del homo economicus neoliberal constituye el vínculo social definitorio de la sociedad contemporánea, sin regulación y sin contrapesos. Sin embargo, la misma flexibilidad de la acumulación contemporánea no debería inducirnos a pensar que habitamos un mundo post-normativo de libertades sin límites, pues la libertad neoliberal es, quizás, la forma de normalización más acabada que hayamos experimentado históricamente, en cuanto sanciona toda resistencia como “ilógica”, “retrograda” e “irracional”, inscribiendo sus criterios en un sentido común epocal.

 

Gracias a este predominio sin contrapesos, sin contención, de la racionalidad utilitaria y de la flexibilidad de los procesos de acumulación, el precario equilibrio al que referíamos bajo la figura del metabolismo entre producción y recursos naturales, metabolismo que estaba organizado en términos de la llamada destrucción productiva capitalista (la que destruía recursos naturales para la producción de mercancías), ha llegado a un umbral de extinción en que, no habiendo nuevos territorios que conquistar, comienza a devastar los recursos más allá del equilibrio antes señalado. Esta alteración del metabolismo implica entonces que las prácticas económicas neoliberales, derramadas sobre el planeta, ya no se sosiegan ni se limitan con algún tipo de contención, y en su misma intensificación, están produciendo un agotamiento del umbral de sustentabilidad de la vida para múltiples especies y recursos. Desde la axiomática capitalista, ese agotamiento se enfrenta mediante el reemplazo de los recursos agotados por otros recursos nuevos, que pronto correrán la misma suerte, lo que nos lleva a una situación mucho mas compleja que la brutal explotación capitalista clásica. De ahí, por ejemplo, que en los actuales debates sobre las consecuencias del régimen de producción capitalista, algunos prefieran hablar de capitaloceno, más que de antropoceno, para explicar esta intensificación de la devastación planetaria por parte del sistema capitalista.[18]

 

En este contexto, interesa mostrar la co-emergencia y la copertenencia de las enfermedades zoonóticas, los procesos de híper-explotación de recursos naturales, el animal farming y las plantaciones acuáticas, los procesos integrales de deforestación y apropiación de territorios y “recursos naturales (aguas subterráneas, por ejemplo), la maquilación de la economía del off-shoring (el caso Juárez es ejemplar al respecto), los femicidios y la pauperización general de la población vinculada a la economía mediante la demanda de mano de obra no cualificada, sometida a regímenes de trabajo intensivo y extendido; a lo que habría que sumar los proceso de acumulación derivados de la guerra y del crimen, asociados con la oferta de seguridad y con los conglomerados militares y con las corporaciones de seguridad (mercenarios) que se benefician (profitan) de los conflictos bélicos, más allá de sus consecuencias para la población en general, la que afectada en sus mismas condiciones de existencia, abastece el ciclo de las migraciones forzadas en la actualidad.

 

Es decir, a la ruptura del metabolismo clásico, hay que agregar la intensificación de la explotación del trabajo, la masificación de los procesos de expropiación territorial y analizar la composición variable del capital, que combina hábilmente formas de plusvalía absoluta y relativa, intensificación tecnológica de la producción y formas de explotación del trabajo propias de la llamada acumulación primitiva u originaria del capital.[19] En este sentido, nociones tales como acumulación por desposesión, maldesarrollo y neo-extractivismo[20], responden, precisamente, a esta lógica en que la acumulación primitiva lejos de constituir una instancia originaria y superada al interior del modo de producción capitalista, se muestra como una forma de acumulación permanente, inscrita en el horizonte de sus posibilidades. Todo esto nos indica dos cosas fundamentales, primero, nunca hubo algo así como una normalidad capitalista que no estuviese constituida por la combinatoria de diversos patrones de acumulación, explotación y expropiación. Segundo, que el derrame neoliberal produce un agotamiento final de la imagen normal del capitalismo mostrándolo como un proceso permanente de represión, devastación y normalización. Esto equivale a sostener que las guerras, la miseria, la precarización de la vida, los femicidios, las dictaduras, etc., no son ni accidentes ni interrupciones del modo de producción capitalista, el que tendería al progreso y la democracia, sino que son mecanismos inherentes a sus dinámicas flexibles de acumulación y expropiación.

Sin embargo, lo que estamos viviendo en estos últimos años se debe también a la intensificación de esas dinámicas de acumulación y expropiación, las que están atravesando el umbral de sustentabilidad y desbaratando el precario equilibrio metabólico moderno, llevándonos a un horizonte de devastación generalizada de las diversas formas de vida que habitan el planeta. Una de las consecuencias más delicadas de esta devastación es la transformación radical del carácter de las luchas políticas contemporáneas, las que no pueden ser remitidas a las agendas reivindicativas, identitarias y emancipatorias clásicas, ni reducidas a una reorganización, simbólica o real, de la distribución de la riqueza. Hoy estamos presenciando la emergencia de luchas existenciales que no apuntan a una agenda económica o reformista clásica, sino a la posibilidad de la sobrevivencia en un mundo estructurado por una onto-antropología especista, heteronormativa, patriarcal, capacitista y productivista cuyas consecuencias son devastadoras. Pero esta sobrevivencia ya no puede ser pensada ni romantizada como una vida marginal o refractaria con respecto al sistema capitalista, pues el mismo sistema capitalista, en su condición ubicua y derramada, ocupa el espacio total de la existencia, obligándonos a restituir, mediante la afirmación de la vida, un conflicto sin sutura con la lógica del capital.

 

La condición existencial de las revueltas, entonces, nada tiene que ver con las concepciones modernas del conflicto social, pues impone sobre la serie de especificaciones y determinaciones de estos conflictos una simplificación paradójica. Atendidas en la singularidad de su historicidad, cada una de estas luchas resiste la traducción equivalencial que define a la lógica hegemónica de la política moderna, en términos de bloques, partidos o conglomerados; sin embargo, si por un lado son inarticulables en una cadena equivalencial o hegemónica, por otro lado, comparecen juntas a una misma dinámica definida por la devastación capitalista. De esto se siguen tres problemas relacionados:

 

  1. a) Por un lado, tal vez nunca las revueltas fueron o debieron ser pensadas desde un referente universal, pues expresaban una lógica contra-moderna, entendiendo por tal, una lógica que se substraía tanto de la vinculación onto-política de teoría y práctica universalmente formulada, como de una cierta organización principal y estratégica de la acción. De ahí se siguen las dificultades en la teoría del cambio social e, incluso, en el marxismo, para pensar la emergencia de rebeliones sociales que parecían contradecir los criterios de una política racionalmente fundada, desde las revueltas campesinas hasta las luchas estudiantiles. [21]

 

  1. b) Por otro lado, y más allá de la floja oposición entre revolución y revuelta (y atendiendo a la monumentalización de la misma revolución, que no es sino una revuelta revestida con el carácter mítico de un “origen” o nuevo comienzo), habría que pensar en las condiciones de emergencia de una serie de procesos de insubordinación social que ya no pueden ser comprendidos de acuerdo con la lógica nómico-partisana del conflicto central moderno, relativo a las batallas por la liberación nacional o socio-económica. Conflictos que expresan una rebelión casi somática con la intensificación de los procesos policiales de gubernamentalización de la vida, intensificados, precisamente, gracias a la instauración de las políticas neoliberales.[22]

 

  1. c) Y esto nos lleva al tercer problema, la necesidad de atisbar una noción de lo común, para recordar nuestra temprana referencia a Peter Linebaugh, que atendiendo a la correlación entre derecho y propiedad, o si se prefiere, a la co-implicancia entre apropiación y criminalización, nos permita pensar la cuestión de lo colectivo y del “uso común de los bienes” sin restituir una noción de comunidad basada en la lógica identitaria y, finalmente, inmunitaria propia del comunitarismo convencional. Se trata, en otras palabras, de un pensamiento de la revuelta y del común más allá de la onto-política, abierto a las formas y prácticas profanas que constituyen la historia, que son la historia, una vez que esta ha sido “liberada” de los esquemas archeo-teleológicos e identitarios propios de la filosofía de la historia del capital. Se trata, en efecto, de un pensamiento de la sociación y del ser singular-plural abierto a la posibilidad de un comunismo sucio y mundano.[23]

 

Históricamente es fácil percibir cómo a las transformaciones precipitadas por el neoliberalismo han sido acompañadas por una serie de revueltas existenciales cuyo arco histórico se abre con el famoso Mayo del 68 y con la huelga estudiantil del mismo año en México, asociada con la brutal matanza de los estudiantes en la Plaza de Tlatelolco, hasta llegar a las actuales manifestaciones contra el neoliberalismo en Chile, Colombia Haití, contra la violencia patriarcal en México o contra la violencia policial en los Estados Unidos. El pensamiento contemporáneo ha captado la singularidad de estos eventos pero, más allá de las tempranas consideraciones de Deleuze y Foucault sobre el 68, o del mismo Foucault sobre las revueltas iraníes del 79, hasta llegar a la recuperación de la monografía de Furio Jesi sobre la rebelión Espartaquista en Alemania, la cuestión del desacuerdo y la irrupción demótica en Rancière, o los debates que rodean la misma rebelión estudiantil del 68 en México, y más allá de su mitificación oficial, todavía necesitamos una cierta formalización de estas preguntas para estar a la altura de las formas inverosímiles y enrevesadas de las revueltas contemporáneas.

 

Es por todo esto que, me atrevo a sugerir, lo que define a las protestas contemporáneas es su carácter existencial, pues ya no responden necesariamente a una agenda partidaria o a un programa ideológico pre-establecido. Se trata de manifestaciones cuyo denominador común no está dado solo ni principalmente por reivindicaciones económicas o identitarias, sino por la afirmación de la existencia, en un mundo estructurado por procesos de acumulación y expropiación que terminan por precarizar radicalmente dicha existencia, hasta convertirla en vida sacrificable. En efecto, la lógica de la desregulación neoliberal opera precarizando la vida y luego normalizando dicha precariedad a partir del uso de mecanismos policiales de contención de toda forma de resistencia; mecanismos implementados por una policía que, lejos de su adscripción ideológica moderna, se mueve ahora de acuerdo con criterios auto-impuestos de eficacia y productividad, definiendo su relación con la sociedad según los protocolos de seguridad y control, en una nueva forma de guerra urbana, siempre que la desregulación neoliberal también ha operado en los aparatos represivos de Estado, marcando sus agendas ya no necesariamente según criterios ideológicos clásicos, sino según criterios de seguridad y de rentabilidad entregados por el complejo industrial-miliar-carcelario contemporáneo y sus insaciables demandas. Es esto lo que permite comprender la copertenencia al mismo horizonte histórico de, por un lado, el complejo jurídico-carcelario y el crecimiento de la reclusión penal, y, por otro lado, la sofisticación de las tecnologías de vigilancia, las que favorecen prácticas de control que incluso llegan a la excarcelación controlada por dispositivos tecnológicos que expanden el espacio carcelario al ceno de la sociedad, sometiendo a la población en general a las prerrogativas de una vigilancia plena, justificada en la misma constatación de una amenaza eterna (como la conculcación de las libertades civiles después del 2001 en Estados Unidos y la conversión del estado de excepción en forma permanente de gobierno).

Por otro lado, no olvidemos que la artimaña neoliberal por excelencia fue la de reducir el problema de la libertad a una cuestión de mercado. De ahí entonces que, desde el carácter existencial de las revueltas, la libertad vuelva a ser fundamental, pero no solo en oposición a la libertad económica, sino en oposición a toda la tecnología gubernamental de la biopolítica contemporánea y sus operaciones de control, seguridad, administración, habilitación, productivización y optimización del viviente.

 

No olvidemos tampoco que más allá de las apuestas de la biopolítica afirmativa, la que todavía depende fuertemente de una antropología productivista de la multitud y del trabajo vivo, necesitamos pensar las revueltas en su afirmación de la existencia y su libertad, contra el neoliberalismo y sus lógicas sacrificiales, precisamente porque la revuelta establece una relación al tiempo en el nudo de su inminencia, y nunca desde la demanda política convencional.

 

El caso de las recientes revueltas estadounidenses parece ser relevante porque en ellas se expresa una doble negación. Por un lado, ellas muestran la perseverancia estructural de un racismo cuyo origen es constitutivo (y no derivado) de los mismos procesos de acumulación que permitieron el desarrollo de la economía norteamericana. Por otro lado, esta racismo histórico y estructural, que no debe ser desconsiderado a la hora de pensar en los procesos de explotación y expropiación del capitalismo, se ve ahora complementado con un racismo securitario, el mismo que fundamenta las políticas públicas, la criminología oficial, el sistema carcelario y judicial, y exacerba el racismo estructural de la institución policial. Sin embargo, reducir las revueltas actuales a una reivindicación identitaria o sectorial, relativa única y exclusivamente a la población negra, es inscribirlas en las lógicas del reparto policial que definen a la democracia neoliberal contemporánea. Sería equivalente a reducir las revueltas feministas de los últimos años a una demanda política de las mujeres y para las mujeres. Sin obliterar las singularidades de estas revueltas, ni intentar elaborar una teoría general de la revuelta (toda revuelta es, en principio, una revuelta contra la Teoría), habría que mostrar cómo en ellas se juega algo mucho más relevante que una reivindicación puntual (sin descontar la legitimidad de dichas reivindicaciones), se juega un cuestionamiento radical de la lógica de la devastación que la desregulación neoliberal ha impuesto en el planeta, la misma que facilita la migración de organismos patógenos al cuerpo humano y el incremento de enfermedades zoonóticas, el cambio climático y el agotamiento de recurso naturales, la precarización de la vida y las migraciones forzadas, y, por supuesto, la metamorfosis del racismo en el contexto de una normalización securitaria cuyo objetivo no es el bienestar humano, mucho menos el equilibrio metabólico con la naturaleza, sino la protección de los procesos de acumulación y su reproducción al infinito.

 

La larga historia de injusticias, explotación y discriminación a la que ha sido sometida la población negra norteamericana no debe borrar su igualmente larga y compleja historia de formas de resistencia. Sin embargo, tampoco debemos renunciar a interrogar el carácter singular de las actuales revueltas sociales en el contexto, inédito hasta ahora, de la devastación capitalista, no por que las revueltas actuales sean una negación de las revueltas históricas, sino porque que son su intensificación, en la medida en que lejos de poder ser resueltas por una simple maniobra política, son revueltas existenciales que ponen en juego la racionalidad última del capitalismo. Es en este contexto que la infrapolítica, concernida con la posibilidad de la existencia y de la libertad, antes o a pesar de la demanda política convencional, de la identificación, de la subjetivación militante, parece posibilitar una reflexión sobre la revuelta cuya topología an-árquica se muestra más allá de los diferentes principios o archés que han organizado la historia política y la historia del pensamiento político occidental. Más allá de la inmanencia de la revuelta, la infrapolítica habita su inminencia, es decir, la virtualidad o posibilidad que se esconde en un mundo cada vez más imposible.

 

Las mismas revueltas, como prácticas de insubordinación de los cuerpos que se deciden a experimentar una forma de ser en común, ocupando la ciudad vigilada, no solo develan el rol normalizador y securitario de la policía contemporánea, descubren con esto su más burdo carácter instrumental para la reproducción infinita del capital, sino que suspenden toda lógica principia de autorización, haciendo imposible pensar a la infrapolítica como una teoría de la revuelta. Esto, por supuesto, es muy delicado, pues presentar a la infrapolítica como una teoría adecuada a momentos como estos es no haber comprendido en absoluto la insinuación infrapolítica, la que consiste, más allá de toda determinación teórica de lo real, de todo saber categorial o substantivo, en volver a pensar la relación entre existencia y libertad de modo radical. La radicalidad de este pensamiento, sin embargo, no tiene que ver con el radicalismo onto-político convencional, ese que acompañando las revueltas regenera en su interior tendencias policiales nuevas, pues habita en una dimensión intraducible a los cálculos y estrategias de la racionalidad política moderna.

 

La impotencia del pensamiento político contemporáneo consiste en no haber sido capaz de pensar la singularidad y la historicidad de las revueltas actuales, sin remitirlas a los esquemas de racionalidad y sus lógicas estratégicas. Pensar dicha historicidad es tanto entender las condiciones materiales en las que hoy se juega la lucha por la sobrevivencia y la libertad, como atender a la potencia destituyente que emana de la experiencia inminente de las revueltas.

 

Ypsilanti, June 2020.

 

NOTAS:

[1] John Bellamy Foster. “Marx, Value, and Nature.” Monthly Review: An Independent Socialist Magazine Vol. 70, No. 3: July-August 2018. Ver: (https://doi.org/10.14452/MR-070-03-2018-07_6). Ver también del mismo autor Marx’s Ecology. Materialism and Nature. New York: Monthly Review Press, 2000.

[2] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, vol. 1. New York: International Publisher, 1975. 224-63. 4

[3] Peter Linebaugh. Stop, Thief! The Commons, Enclosures, and Resistance. Oakland, California: PM Press, 2004.

[4] En otro lado, no en este, habrá que determinar la relevancia de este materialismo no dialéctico, en relación con la adjudicación heideggeriana del materialismo de Marx al horizonte hegeliano. Véase, Felipe Martínez Marzoa. La filosofía de “El Capital” de Marx. Madrid: Abada, 2018. La apuesta es grande porque contradice la recepción habitual del pensamiento de Marx, y apunta a la posibilidad de un materialismo no remitido a la noción hegeliana de trabajo como subjetivación del mundo. Una primera cuestión, sin embargo, viene dada por la necesidad de distinguir el rol de los conceptos o categorías pre-críticas y las nociones postuladas por Marx, como “para-conceptos”, “conceptos transitorios” o “defectivos” que interrumpen la circulación o la traductibilidad teórica convencional, ya que no funcionan de manera sintética ni configurativa, según el esquematismo ilustrado del entendimiento o de la razón (Kant-Hegel). Ver acá, Jacques Lezra. On the Nature of Marx’s Things. Translation as Necrophilology. New York: Fordham University Press, 2018.

[5] El ya citado texto de Bellamy Foster “Marx, Value, and Nature” desarrolla una crítica similar de este tipo de generalidades presentes en el análisis de Jason Moore en su Capitalism in the Web of Life. Ecology and the Accumulation of Capital. New York: Verso, 2015. Véase también de Bellamy Foster, Brett Clark y Richard York. The Ecological Rift. Capitalism’s War on Earth. New York: Monthly Review Press, 2010. El debate sobre la relación entre naturaleza y valor, en efecto, exige distinguir entre riqueza y capital y comprender la génesis histórica de los procesos de valoración, más allá de los conceptos convencionales de riqueza y de naturaleza.

[6]  Tomo la noción de capitalismo del desastre de Naomi Klein. The Shock Doctrine. The Rise of Disaster Capitalism. New York: Picador, 2008. Así mismo, tomo la noción de capitalismo axiomático de Gilles Deleuze y Félix Guattari. Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia 2. Valencia: Pre-Textos, 2004. Y, finalmente, la noción de narco-acumulación de mi colega Gareth Williams. Infrapolitical Passages: Global Turmoil, Narco-Accumulation, and the Post-Sovereign State. New York: Fordham University Press, 2020 (Forthcoming). Todos ellos coinciden en romper con la imagen monumental y estandarizada del modo de producción capitalista, para hacerse cargo de los permanentes giros y transiciones internas al proceso de acumulación.

[7] Véase la página oficial del World Health Organization: (https://www.who.int/ith/diseases/sars/en/). Ver también, “Zoonosis Emergence Linked to Agricultural Intensification and Environmental Change”, VV AA.: Proceedings of the national Academy of Sciences of the United States: (https://www.pnas.org/content/110/21/8399).

[8] Ver de Rob Wallace, Alex Liebman, Luis Fernando Chaves and Rodrick Wallace, “COVID-19 and the Circuits of Capital.” Monthly Review: An Independent Socialist magazine. Mayo 1, 2020:

(https://monthlyreview.org/2020/05/01/covid-19-and-circuits-of-capital/#en44backlink). Agradezco a Juan Duchesne la referencia de este texto, que sirve como base para la argumentación que desarrollo en este apartado.

[9] Véase Wallace, et al., y “Zoonoses and Marginalised Infectious Diseases of Poverty: Where do We Stand?”, Molyneux et al. Parasites & Vectors 2011, 4: 106: (http://www.parasitesandvectors.com/content/4/1/106).

[10] Véase de Mindi Schneider, “Wasting the Rural: Meat, Manure, and the Politics of Agro-Industrialization in Contemporary China”. Geoforum, Volume 78, January 2017, pp. 89-97:

(https://doi.org/10.1016/j.geoforum.2015.12.001). Además de los clásicos de Frances Moore Lappe. Diet for a Small Planet. New York: Mass market, 1991, y Eric Schlosser. Fast Food Nation: The Dark Side of the All-American Meal. New York: Houghton Mifflin Company, 2001.

[11] Para una visión geopolítica de la soya, Gustavo de L.T. Oliveira. “The geopolitics of Brazilian soybeans”. The Journal of Peasant Studies, 43:2, 348-372: (https://doi.org/10.1080/03066150.2014.992337). También de Mariano Turzi. “The Soybean Republic”. Yale Journal of International Affairs, Summer/Spring 2011. 59-68: (http://yalejournal.org/wp-content/uploads/2011/09/6.Articles_Turzi.pdf). Véase también el informativo texto de Jason Louv. Monsanto vs. the World: The Monsanto Protection Act, GMOs and Our Genetically Modified Future. New York: Ultraculture Press, 2013. Y el documental de Sarah Ferguson, The Monsanto Papers, 2018.

[12] 12 Ver de Renato A. Quiñones Marcelo Fuentes Rodrigo M. Montes Doris Soto Jorge León‐Muñoz, “Environmental Issues in Chilean Salmon Farming: A Review”. Reviews in Aquaculture (2019) 11, 375-402, como ejemplo relativo a las plantaciones salmoneras en el Sur de Chile: (https://doi.org/10.1111/raq.12337). Ver también, Adèle Mennerat, Mathias Stølen Ugelvik, Camilla Håkonsrud Jensen y Arne Skorping. “Invest More and Die Faster: The Life History of a Parasite on Intensive Farms”. Wiley Online Library, 2017: (https://doi.org/10.1111/eva.12488). Para no mencionar los innumerables estudios sobre las consecuencias para la biodiversidad y para la alimentación balanceada derivadas del cultivo de la tilapia y el camarón.

[13] Lectores de literatura latinoamericana recordarán que esta es la dinámica económica central de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la famosa novela de José María Arguedas (Editorial Universidad de Costa Rica, 1996), ubicada en la ciudad costera de Chimbote, Perú, a la que llegan capitales transnacionales para industrializar la pesca, desplazando la pesca artesanal y demandando mano de obra barata que comienza a llegar a la costa desde la sierra. El ya citado artículo de Wallace et. al “COVID-19 and the Circuits of Capital” elabora brillantemente este mismo ciclo a partir de la historia de Alicia Glen, quien trabajó para la oficina del Mayor de Nueva York encargada del proyecto de desarrollo habitacional, y que coordinó, tres años antes, las inversiones del conglomerado Golden Sachs, que en ese entonces se había apropiado de múltiples fondos estatales destinados a paliar la crisis de bienes raíces de ese momento; para limpiar esos dineros el conglomerado decidió diversificar sus inversiones con la compra de 10 poultry farms (criaderos de pollos) en las provincias de Fujian y Hunan, esta última colindante con Hubei y cercana a la famosa ciudad de Wuhan. La ironía, por puesto, es que Glen está presente en los dos extremos de este circuito, como encargada del problema habitacional de la ciudad de Nueva York y como consejera en las inversiones de Golden Sachs, que muy cercanas a la región de origen del virus, representan la lógica integral de la inversión desregulada, lógica que se exacerba si consideramos que Nueva York es, por lejos, la ciudad más afectada en el mundo por esta pandemia. Ver también “Goldman Sachs Pays US$300m For Poultry Farms”, en: South China Mourning Post:

(https://www.scmp.com/article/647749/goldman-sachs-pays-us300m-poultry-farms), donde se describen las inversiones del Deutsche Bank, para dar una idea de las nuevos nichos de inversión del capital.

[14] Wallace, et al. “COVID-19 and The Circuits of Capital”.

[15] Robert G. Wallace. “Breeding Influenza: The Political Virology of Offshore Farming”. Volume41, Issue5, November 2009. Pp. 916-951: (https://doi.org/10.1111/j.1467-8330.2009.00702.x). Ver también, Anneke Engering, Lenny Hogerwerf & Jan Slingenbergh. “Pathogen–Host–Environment Interplay and Disease Emergence” Emerging Microbes and Infections (2013) 2. (https://doi.org/10.1038/emi.2013.5), y, Jay P. Graham, Jessica H. Leibler, et. al. “The Animal-Human Interface and Infectious Disease in Industrial Food Animal Production: Rethinking Biosecurity and Biocontainment”. Public Health Reports / May–June 2008 / Volume 123. Pp. 282-99: (https://doi.org/10.1177/003335490812300309). Ver también Bryony A. Jones, Delia Grace. et. al. “Zoonosis Emergence Linked to Agricultural Intensification and Environmental Change”. PNAS May 21, 2013. 110 (21): 8399-8404: (https://doi.org/10.1073/pnas.1208059110).

[16]  Isabel Frey. “‘Herd Immunity’ is Epidemiological Neoliberalism”. Marzo 19, 2020:

(https://thequarantimes.wordpress.com/2020/03/19/herd-immunity-is-epidemiological-neoliberalism/). A la actual falta de estudios sobre el rol de las corporaciones trasnacionales y el conglomerado farmacéutico-químico y médico, habría que sumar la criminalización del uso de drogas consideradas ilegales, atendiendo a la forma misma en que se determina lo legal y lo ilegal en estos casos. Por otro lado, si el capitalismo clásico, basado en una antropología productivista y “capacitista”, discriminaba, criminalizaba y marginaba a toda forma de vida renuente a la lógica del capital, su intensificación neoliberal extiende las nociones de discapacidad y disfuncionalidad hasta hacerlas coincidir con grandes sectores poblacionales considerados como desechables.

[17] El tomo uno, Derrames. Entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires, Cactus, 2005, compila lecciones dadas entre 1971 y 1979, mientras que el segundo volumen, Derrames II. Aparatos de Estado y axiomática capitalista. Buenos Aires: Cactus, 2017, compila las lecciones que van del 1979 hasta el 1980.

[18]Jason W. Moore, ed. Anthropocene or Capitalocene? Nature, History, and the Crisis of Capitalism. Oakland, California: PM Press, 2016. Tambien, Dipesh Chakrabarty. “The Climate of History: Four Theses”. Critical Inquiry 35 (Winter 2009): 197-222.

[19] Cuestión ya anticipada por Bolívar Echeverría en sus ensayos. Ver, la sección VI, “Crítica de la economía política” (559-724) de la amplia antología de sus trabajos titulada Bolívar Echeverría. Crítica de la modernidad capitalista. La Paz: Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. 2011.

[20]Tomo noción de acumulación por desposesión de David Harvey. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press, 2007. A su vez, tomo las nociones de maldesarrollo y neo-extractivismo de Maristella Svampa y Enrique Viale. Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y el despojo. Buenos Aires: Katz Editores, 2014. Se trata de nociones descriptivas que muestran las formas de expropiación y de derogación de derechos y acceso a los bienes y usos comunes, pero que no deben ser substantivadas, a riesgo de homogeneizar la lógica axiomática de los derrames.

[21]Más allá de los muy relevantes análisis del subalternismo asiático y de Ranajit Guha en particular, pero también de la misma cuestión de la revuelta elaborada por Furio Jesi, cabe aquí simplemente mencionar la incomodidad para el pensamiento político moderno con las diversas irrupciones de la revuelta, la que es remitida a una psicología profunda de la multitud irracional y de la anarquía.

[22] Por supuesto, no es que los conflictos socio-económicos pierdan relevancia frente a las revueltas existenciales, sino que gracias a esta intensificación neoliberal de la normalización y de la optimización productivista, lo económico-social se muestra como existencial a nivel general, y no solo a nivel de un sector de la población, una clase o grupo.

[23] Jean-Luc Nancy. Ser singular-Plural. España: Arena Libros, 2006. También nuestro “Comunismo sucio”. NIERIKA. Revista de Estudios de Arte, Año 8, Núm. 15, enero-junio 2019: 99-116: (http://revistas.ibero.mx/arte/uploads/volumenes/15/pdf/Nierika_15_PDF_Final_(2).pdf).

Dinero en Helicóptero, ¡AHORA!

 

por Bruno Cava Rodrigues[1]

 

Imprimir dinero para una renta Universal

Para hacer un gasto tenemos dos opciones. Podemos gastar lo que tenemos o lo que no tenemos, al momento de gastar. En el primer caso, he recibido dinero anteriormente, como pago del salario. Por otro, tomo prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, pago intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuve. Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda interna es malo en sí mismo, que el endeudamiento generalizado no es más que una explotación traicionera. Habremos vendido el futuro a los acreedores. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, actualmente, recibe dinero que no tiene, es porque tiene algo más que lo califica como elegible para crédito. ¿Qué es lo que sería esto? Activos sociales. Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de sobregiro, tarjeta de crédito y financiamiento a largo plazo.

¿Hasta dónde puedo ampliar mi crédito? Una respuesta es: hasta donde alguien tenga que financiarte. Ese alguien que evaluará si vale la pena venderte dinero a cambio del interés, el dinero futuro. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que puedes incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, la persona (física o jurídica) reúne un grado variable de crédito personal, que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que solo existimos económicamente en redes y agregados.

Si consigues aumentar tus ingresos a lo largo del tiempo a una tasa superior a la tasa de interés de las deudas que has contraído, serás solvente. El endeudamiento fue productivo y aumentó tu demanda personal y, en consecuencia, la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que estás dispuesto a pagar/recibir contra el crédito social definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito social ante un monto de interés definido?

***

El presupuesto del gobierno funciona como el presupuesto doméstico. Esta comparación se puede hacer. El lector no necesita respaldar la analogía frente a una supuesta falacia de composición, que algunos economistas se apresuran a señalar.

Algunos hacen esto para soplar las nieblas del misterio sobre la moneda. Un curioso fenómeno pedagógico en el estudio del tema monetario es cómo, en los primeros clics, ocurre que el estudiante piensa que ha encontrado las siete claves del secreto del dinero. Esta es la receta correcta para el enlucido existencial típico de otra cultura del despertar: me desperté de mi sueño dogmático y me iluminé con una verdad oculta u ocultada, una fuente en la economía de fundamentalismos ortodoxos o heterodoxos y sus demarcaciones escolares de suma cero.

En cambio, creo que la simple intuición del dinero que tenemos en el sentido común no está lejos de la explicación compleja.

¿Por qué el presupuesto del gobierno es similar al presupuesto domestico? Porque, tal como las personas, el gobierno tiene dos formas de financiar sus gastos. Puede gastar el dinero que tiene y lo que no tiene al momento de gastar.

En el primer caso, tiene el dinero recibido previamente en la recaudación de impuestos. En el otro, pide prestado. ¿Cuál es la diferencia? En el segundo caso, paga intereses, es decir, un precio por el crédito que obtuvo.

Hay una serie de críticas que dicen que el aumento de la deuda pública es malo en sí mismo, que la deuda del gobierno no es más que una explotación traicionera. Habríamos vendido el futuro a los rentistas. Depende. Toda deuda presupone un crédito.

Si, en la actualidad, el gobierno obtiene dinero que no tiene, es porque ha calificado para poder pedir prestado. ¿Lo que sería? Su conjunto de capacidades, relaciones y actividades, que amplía el límite de la deuda pública en relación con la capacidad de recaudar impuestos, que a su vez es proporcional al producto de la economía.

¿Hasta dónde puede el gobierno expandir su crédito? Una respuesta es: en cuanto a quién tiene que financiarlo. Ese alguien que evaluará si vale la pena vender dinero al gobierno a cambio de intereses. Otra respuesta correcta: hasta el límite de lo que el gobierno puede incorporar en términos de credibilidad. Es decir, a través de relaciones, reputaciones y actividades, el gobierno reúne un grado de crédito público que, a su vez, forma parte del crédito social en su conjunto, ya que el gobierno participa en la sociedad.

Si el gobierno logra aumentar sus ingresos con el tiempo a una tasa superior a la tasa de interés, será solvente. El endeudamiento fue productivo y contribuyó a aumentar la demanda social (agregada). De un lado u otro de la respuesta, a través de la oferta o la demanda, llegamos al mismo problema, en dos formulaciones.

¿Cuál es la cantidad de interés que está dispuesto a pagar/recibir contra el crédito público definido? ¿Hasta qué límite se expande/contrae el crédito público antes de un monto de interés definido?

***

En este punto, el economista de la falacia de la composición señala que el argumento anterior tiene una trampa. ¿Por qué?

Porque cuando las personas cruzan la línea, pueden terminar sin dinero en el futuro para pagar el precio del dinero prestado en el presente. ¿Podrían incurrir en más deuda para renovar las existentes? Sí, pero la situación de insolvencia es exactamente esa bola de nieve.

Resulta que el gobierno no puede cruzar la línea. El gobierno no puede terminar sin dinero. Si el crédito que obtuvo fue en moneda nacional y el propio gobierno crea la moneda nacional, entonces la solución es trivial. Todo lo que tiene que hacer es ordenar a la casa de moneda que «encienda la máquina» (presione la tecla ‘enter’) y zas: aquí está el dinero que faltaba para pagar la deuda pública. Imprimir dinero!

Ah, pero en las democracias modernas, el banco central imprime dinero. Es verdad. Es por eso que, en el argumento, se incluye una definición ad hoc de gobierno («consolidado» o «general») que incluye al banco central. Con esta premisa, el gobierno siempre es solvente, por definición. No sería inherentemente solvente solo si la deuda estuviera en una moneda que no crea (en una economía dolarizada, en la eurozona), o cuando el gobierno mismo decide no pagar (moratoria).

La deuda pública sería un problema mal planteado. El problema es cuánto del dinero creado es capaz de estimular la demanda o la producción y terminar siendo más grande de lo que comenzó. El ciclo de vida del dinero iría desde la creación en el momento del gasto hasta el retorno al gobierno a través de impuestos, que tienen la función opuesta de destruir el dinero. El gobierno no necesita recaudar para gastar, y tampoco es que el gobierno gaste para recaudar más tarde. El problema es completamente diferente: ¿cuánto y cómo gastar y cobrar, de modo que el ciclo de vida del dinero sea creciente?

Pero hay una trampa en la trampa. Es necesario dar otro giro al tornillo de la falacia de la composición.

La diferencia en la naturaleza entre el gobierno y la persona sería el poder soberano del gobierno general para crear la moneda. Crearlo de la nada, ex nihilo. Este privilegio ontológico de la entidad gubernamental en relación con las personas tiene una larga tradición. Se remonta a las teorías del derecho divino, como la de Jean Bodin o, en la versión secularizada del contrato social, de Thomas Hobbes.

La transición entre el cielo y la tierra tiene lugar a través del principio único del poder soberano. En su versión monetaria, la teoría es la siguiente: el dinero desciende del mundo de las ideas al mundo de la realidad a través de la emisión del gobierno. Y punto. Es una teoría política que, transpuesta a la cosmología, corresponde al creacionismo religioso.

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Pero dejemos de lado la teología.

Sin el arquitrabe soberanista, el gobierno se convierte en una entidad social como las demás y la diferencia será en grado y funcionamiento, pero sin privilegios. Esto significa que las personas también creamos dinero. En términos técnicos: el crédito social endógeno es creativo.

¿Son los bancos los que monetarizan nuestro crédito o somos nosotros los que le damos confianza a la moneda bancaria?

Es el falso problema del huevo y la gallina. Desde la oferta o la demanda, la respuesta es la misma: la monetarización de la deuda es un proceso social. Y más aun: es un proceso social con un efecto multiplicador, porque en una sociedad la integración de las partes es mayor que la suma de ellas. Por así decirlo, existe el efecto multiplicador social de la moneda (me refiero a los trabajos de Nigel Dodd o Viviana Zelizer). La emisión del dinero no sale de la nada: se basa en la confianza construida día a día por las relaciones, la reputación y las actividades.

¿Por qué necesitamos bancos? Porque sin ellos, nuestro crédito social solo podría circular localmente, entre quienes nos conocen. El potencial productivo estaría limitado por la dimensión personal. Por eso es que existe la liquidez: para que la confianza personal sea integrada, con la ganancia productiva, en la confianza social global.

La monetarización del crédito lo hace impersonal y, por lo tanto, capilarizado por la sociedad. Básicamente, nunca hubo un estado de naturaleza de la economía sin dinero, como si esperara en la antesala del estado civil. El dinero siempre ha existido, porque es una condición propia de la existencia de la sociedad humana más allá de las pequeñas comunidades locales. La invención fueron los bancos, cuya función principal es proporcionar liquidez a la producción de riqueza, en otras palabras, es socializar el crédito.

Entonces, estaremos de acuerdo con el reemplazo del problema descrito anteriormente, pero no estaremos de acuerdo con el arquitrabe soberano que asume la centralidad del protagonismo estatal.

La pregunta principal realmente no debería ser sobre cuánta deuda sería correcta para un determinado nivel de crédito social o viceversa, sino sobre el ciclo de vida del dinero entre crédito y débito. En otras palabras, el problema del «cómo» organizativo a lo largo  el tiempo, que es un factor cualitativo.

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¿Qué significa todo esto en términos prácticos?

Estamos al borde de otra crisis económica. La interrupción de las actividades debido a la pandemia condujo a una caída inmediata de los ingresos actuales. Peor aún, comprometió la expectativa general en el futuro, causando aversión al riesgo y, en consecuencia, un aumento en el precio del dinero. Las personas no solo reducen el consumo, sino que evitan el financiamiento a largo plazo. Los bancos retiran sus límites de crédito, prestan con moderación. Los agentes económicos generalmente buscan activos más seguros.

Mientras tanto, la reducción de la demanda se suma al shock de oferta: las cadenas de producción son desmovilizadas porque el costo fijo no paga. La capacidad instalada disminuye y las empresas cierran, las personas son despedidas y el desempleo estalla. La desarticulación de los circuitos de oferta y demanda interrumpe la economía en su conjunto. El gobierno pierde una fracción sustancial de su  recaudación, lo que lleva al deterioro de las cuentas públicas.

Frente a este pronóstico, ha surgido un consenso inusual entre los economistas de que es necesario activar un contragolpe. Los mismos que, hace unos meses, hablaron sobre reformas de austeridad, en las circunstancias actuales, son unánimes al concluir que sería un verdadero austericidio. No hay ninguna ironía para ser utilizada aquí. Esos economistas ahora dicen que es necesario pisar el acelerador del gasto simplemente porque ha aparecido una pendiente. Por otro lado, volveríamos al status quo ante. Cuanto antes mejor.

De hecho, las diferencias y disputas entre los economistas continúan, sin embargo, se manifiestan en el «cómo hacer» el contra shock. Esas diferencias y disputas incorporan opciones políticas, pero, atención, las opciones políticas simétricamente no prescinden de explicaciones complejas de la ciencia económica integrada.

Para esquematizar, el contra shock es una naranja con tres gajos: monetaria, fiscal y social. Los tres se articulan alrededor del eje de la naranja que es el dinero. Si el crédito social es endógeno, la respuesta social, su movilización productiva, es parte esencial del problema. Así como la respuesta del gobierno, en términos de gasto (política fiscal), y la respuesta del banco central, en términos de liquidez (política monetaria / bancaria).

***

En Brasil, ¿cuál es la coordinación de competencias entre el gobierno/tesorería y el banco central? La disposición principal está en el artículo 164 de la Constitución, pero la lógica macroeconómica se ha construido gradualmente, por ejemplo, con el Plan Real (1994), el régimen de metas de inflación (1999), la Ley de Responsabilidad Fiscal (2000), Ley 11.803 (2008) etc. El artículo 164 prohíbe al BC financiar directamente al gobierno, separando la emisión de divisas de la emisión de deuda pública.

En resumen, el gobierno debe preocuparse por el equilibrio fiscal y la deuda pública es su responsabilidad, mientras que el banco central debe preocuparse por el saldo monetario y la moneda, su responsabilidad. En un lenguaje sencillo, el gobierno debe equilibrar los ingresos y los gastos y mantener la deuda pública bajo control, mientras que el banco central no puede dejar la moneda fuera de control (inflación).

Los economistas monetarios tienden a subordinar la política fiscal a la política monetaria y, por lo tanto, colocan la inflación (exceso de demanda) como un problema importante. Un pasado inflacionista-desarrollista ha estado trabajando a su favor desde el «Encilhamento»[2]. Una herencia macroeconómica especialmente maldita que va desde la construcción de Brasilia hasta la hiperinflación antes del Plan Real, así como el período más corto del desequilibrio fiscal y monetario más reciente, bajo el gobierno de Dilma.

Los economistas post keynesianos, por otro lado, tienden a subordinar la política monetaria a la política fiscal, con primacía del estímulo al  presupuesto público en la economía, colocando el desempleo (capacidad ociosa) como un problema importante. La coyuntura funciona a su favor, ya que todas las principales potencias económicas ahora se centran en recalentar la demanda.

Con la pandemia, gano enorme importancia el principio que, de que es más importante que mantener el equilibrio monetario o fiscal, que el banco central y el gobierno deben estimular la economía. La diferencia entre ellos no es solo el ‘cómo hacerlo’ y la proporción de harina y levadura, sino también el carácter a corto plazo (monetarista), a largo plazo (keynesiano) o permanente (MMT) del paquete de contra shock.

Todos están de acuerdo en que, en este escenario, el gobierno debe gastar y BC presionar por la caída del precio del dinero. Si los monetaristas entienden que el banco central debe tener un ojo puesto en los intereses y otro en la inflación, los post keynesianos dan prioridad a un tercer ojo centrado en la agenda productiva.

Es por eso que los ortodoxos entienden que no es necesario imprimir dinero, con una regulación más conservadora basada en el arroz y los frijoles de la política monetaria dentro de la estructura brasileña: reducción de las tasas de interés a corto y largo plazo, inyección  de liquidez en el mercado bancario, estímulo al crédito.

Los keynesianos, por otro lado, ven una relación más estrecha entre el gobierno y el banco central, ya que, con la crisis de 2008, el paradigma monetario ya habría sido desplazado irreversiblemente. Por lo tanto, en la práctica, ya habría financiamiento indirecto de la deuda pública a través de mecanismos tales como ‘Quantitative Easing’ o, en Brasil, las operaciones de Repos a gran escala.

Finalmente, los estatistas post keynesianos agrupados en la Modern Monetary Theory (MMT) agitan la oportunidad histórica de cortocircuitar permanentemente la emisión de divisas y la emisión de deuda pública, colapsando las funciones monetarias y fiscales en un solo presupuesto soberano. Por lo tanto, defienden la financiación directa del gasto público por parte del banco central.

***

Aquí es donde entra en juego la discusión sobre el ingreso universal, en el punto en que se cuestiona el tercer gajo: la respuesta social a la situación de crisis. Si el crédito social es endógeno y crea dinero, la consecuencia lógica es que las políticas monetaria y fiscal juntas no son suficientes para el cambio. No tiene sentido estimular la economía si la economía no responde como se esperaba o planeó. Nunca debemos perder de vista el hecho de que también somos la economía. A pesar de la jerga técnica, los economistas están hablando de nosotros.

Acordaremos con los monetaristas que la política monetaria debe estar por encima de la política fiscal, especialmente en Brasil. Principalmente, porque el gobierno es un mal empresario. Porque todavía hay mucho por evolucionar en términos de control de la ineficiencia, la corrupción y el clientelismo. La crisis de representación resultante de la crisis de 2008, que golpeó duramente a Brasil en 2013, no tiene nada que ver con una revuelta rentista contra el regreso del estado. En realidad, la crisis de representación en el siglo XXI estuvo unida desde el principio a una demanda de mejores servicios públicos, que los estados han deteriorado.

La traducción macroeconómica de junio de 2013: si el multiplicador fiscal es menor que la unidad y el multiplicador social es mayor, la diferencia en el producto es nuestro déficit en relación con la democracia.

Para bien o para mal, el largo amanecer de la creación de confianza en torno al gobierno brasileño ha recorrido una línea ascendente desde el Plan Real, en la década de 1990, que era una condición institucional para lo que vino después. Sobre todo, con el vínculo entre las políticas fiscales y sociales, en la década de 2000, cuando una fracción mayoritaria de la población se incluyó en los circuitos monetarios/bancarios, lo que nos permitió vislumbrar una democracia posible.

Sin embargo, esta confianza ganada con tanto esfuerzo se ha arruinado durante la década de 2010. No tanto por la crisis de representación, sino por la respuesta política a esta crisis, que nos paralizo en bucles infernales. Respuestas retrógradas que se traducen en un debate público anclado en el pasado, un incesante «volver a____».

Como resultado, la respuesta social se separó de la reacción de los gobiernos y amplió la brecha de la representación.

***

El acuerdo con los monetaristas, que sospechan del gobierno, termina aquí. Porque la política monetaria no puede ser un fin en sí misma, porque la estabilidad no es un fin en sí mismo, a menos que el objetivo sea mantener la posesión del dinero con quienes están en posesión del dinero hoy.

La política monetaria debe estar condicionada a la política social, que también forma parte, como uno de los tres gajos, de la política monetaria. La política monetaria debe vigilar la agenda productiva. Pero no a la agenda productiva implicada en la idea del retorno del estado, como si quisiéramos regresar al mundo anterior a 1970.

Esto va en contra no solo de la tendencia impulsora de la crisis de la representación que aumenta la desconfianza de los políticos en el gobierno, sino también del cambio estructural en el mundo del trabajo. El estado anterior a 1970 fue indexado a una realidad de la organización productiva que ya no existe.

Este es el principal problema de MMT, que no es para nada moderno: en la página 2 de la teoría esta… el  socialismo real. Un estado fuerte y planificador que prescinde de organismos reguladores intermedios. La MMT promete una ruptura del paradigma, pero, al final, quiere reconstruir el viejo paradigma. Es completamente arcaica y arcaizante, dentro de una mentalidad woke que dice mucho sobre el carácter revelador de la verdad que anuncia: el capitalismo sería una mentira bien elaborada.

La agenda productiva no debe ser organizada por el gobierno, a través de caricaturas del Plan Marshall o en el intento nostálgico de restaurar un estado de bienestar glorioso, sino a través de la respuesta social. Las políticas monetarias y fiscales deben articularse y, en última instancia, subordinarse a la política social.

La forma en que se articula el eje de los gajos será, lógicamente, la Renta Universal. En lugar de financiar al gobierno para aumentar el gasto público dentro de una agenda de productividad, como quieren los keynesianos, el objetivo debe ser que el banco central financie directamente a las personas mismas.

No se trata de tributación negativa, porque estamos hablando de emitir divisas primarias por parte del Banco Central y no renunciar a los ingresos. Un fondo para transferencias directas de dinero, Fondo del Común, administrado por representantes electos, que ya podría comenzar con el beneficio de las reservas internacionales bajo la custodia del BC.

Esto implica, como la MMT quisiera, una ruptura del paradigma. Pero de un tipo diferente. No tanto por el regreso a un mundo que ya no existe, cuyo horizonte es la nacionalización. No tanto al financiar un ‘Job Guarantee’ que convierte al gobierno en el jefe universal de la capacidad ociosa, o de un ‘People’s Quantitative Easing’ a través del gasto gubernamental. Sino más bien un escape continuo, una extensión afirmativa de la crisis de representación y el cambio estructural del trabajo, hacia una Renta Universal.

Del mismo modo que Quatitative Easing se ha perpetuado en un largo ciclo de liquidez que transformó el modelo de funcionamiento institucional, las crisis de la política y del trabajo también son crisis permanentes, que exigen la creación de respuestas.

Mucho más que un programa complementario, de asistencia o complementario a corto plazo, significa desarrollar la Bolsa Familia y el Auxilio Emergencial en una política permanente de ingresos incondicionales de la multitud. Más que eso, en un marco permanente de nueva política. La Renta Universal como programa de programas, el corazón de un nuevo paradigma de movilización productiva y de vivir bien, el commonfare.

El dinero no cae del cielo de los soberanos, emerge de las redes, hábitos y relaciones, y ahí es donde debemos construir las instituciones del futuro.

 

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

Notas:

[1] Bruno Cava Rodrigues es un investigador asociado a la red Universidade Nômade (uninomade.net). Profesor de Filosofía, ofrece cursos libres en instituciones culturales en Rio de Janeiro (Cinemateca do MAM, Casa de Rui Barbosa, Museu da República) y en São  Paulo. Es graduado en Ingeniería por el Instituto Tecnológico de Aeronáutica–ITA y en Derecho por la Universidade do Estado do Rio de Janeiro –UERJ, en la cual curso su maestría en Filosofía  del Derecho. Autor de varios libros, en 2018 publico New Neoliberalism and the Other. Biopower, antropophagy and living Money (Lanham: Lexington Books, 2018), con Giuseppe Cocco

[2] El Encilhamento fue una burbuja económica que explotó a fines de la década de 1880 y principios de la década de 1890 en Brasil, y que provocó una crisis institucional y financiera.

Carlo Ginzburg: “El uso de la guerra como metáfora allana el camino a la limitación de las libertades individuales”

Por Pablo Marín

El historiador italiano, autor del longseller El queso y los gusanos, reflexiona acerca de metáforas, conjeturas y ficciones en tiempos de Covid-19.

Adherido a una etiqueta pegajosa, la de “microhistoriador”, Carlo Ginzburg (Turín, 1939) es un especialista en la cultura popular y en las mentalidades de los siglos XVI y XVII en Europa. También, un explorador de los problemas metodológicos de su oficio, interesado como está en las relaciones de este último con otros ámbitos disciplinares.

Convertido en longseller gracias a la historia del juicio a un molinero de la región del Friuli (El queso y los gusanos, 1976), este profesor emérito en la UCLA y en la Escuela Normal Superior de Pisa, toca distintas teclas, como quedó de manifiesto en sus visitas a Chile: si en noviembre de 2008 sostuvo un encendido debate en la Biblioteca Nacional con el teórico holandés Frank Ankersmit, quien ninguneó su interés en Thomas Hobbes, diez años más tarde volvió para hablar de su libro Miedo, reverencia, terror. Releer a Hobbes hoy (traducido en 2014).

Ha pasado la pandemia en su hogar en Bolonia, aprovechando el reciente término del confinamiento para pasear junto a su esposa -enmascarillados- por un “paisaje urbano triste”. Y como es también un académico ocupado y un intelectual público, se ha visto envuelto en “conversaciones interminables por Skype”, no pocas de las cuales terminan abordando el impacto del coronavirus.

Pero una cosa es hablar como ciudadano de una emergencia sanitaria, y otra, oficiar de opinólogo. Por eso, cuando recibió de La Tercera una invitación a conversar de historia en el contexto de la crisis, se excusó en principio -“no creo que tenga nada relevante que decir sobre el tema del que todos hablan”-, pero quedó abierto a responder si se hablaba de cuestiones que conoce y que domina. En ese caso, ¿por qué no partir volviendo a Hobbes, cuyo Leviatán (1651) acaba de reaparecer localmente, en versión compendiada y con nueva traducción? ¿Por qué no echar mano, cuando el miedo se enseñorea, al filósofo que reflexionó sobre el temor como factor de subsistencia de las sociedades?

La sola mención del británico da pie para que Ginzburg reflexione sobre las posibilidades de la historia: no de profetizar, sino de advertir lo que hay de históricamente nuevo en un momento dado. También de conjeturar. Rescatando unas anotaciones de hace un par de años, comenta que alguna vez dijo que trata de aprender cosas del pasado para hacer conjeturas respecto del futuro. ¿Qué tipo de conjeturas? No de las que se elaboran acerca de acontecimientos específicos, aclara. Y prosigue:

“El conocimiento histórico puede contribuir a nuestra comprensión del mundo al familiarizarnos con sociedades distintas, con valores distintos, con distintas aproximaciones cognitivas a la realidad, con posibilidades históricas que pueden o no materializarse en el futuro. Puede considerarse la historia como un correctivo para nuestra tendencia irrefrenable a adoptar una perspectiva etnocéntrica -provinciana, por lo tanto-, que hace de nuestros puntos de vista, de nuestros valores, de nuestras actitudes, los únicos criterios para evaluar la realidad”.

De vuelta al presente, dice que le produjo un momentáneo desconcierto que su ensayo sobre Hobbes se haya vuelto contingente, que resuene, como el propio autor que lo inspira. Pero, retrospectivamente, dice que pudo entender el porqué.

Había comenzado aquella investigación sumergiéndose en una traducción que Hobbes hizo de la Historia de la Guerra del Peloponeso, de Tucídides. Este describió a Atenas devastada por una plaga, sin Dios ni ley, pero dicho en otros términos: “Ni el miedo a los dioses ni las leyes de los hombres awed any man [atemorizaban a nadie]”. Hobbes tradujo el griego apeírgein por el verbo inglés to awe -que también significa intimidar, imponer reverencia-, pero este verbo incorporaba un matiz asociado a la idea de restringir, de limitar.

Al final de su ensayo, cuenta, “la plaga reemergió, indirectamente, en una conjetura acerca del futuro: un mundo en el que la contaminación del medioambiente ha alcanzado un nivel tal que la supervivencia de la especie humana requiere la imposición de un control político intensivo y omnipresente, más omnipresente que todos los leviatanes que surgieron en el pasado”. Un futuro hipotético que con suerte, escribió Ginzburg, “nunca ocurrirá”.

Por supuesto, concede el historiador, ese futuro no es igual al del Covid-19, pero dice entender por qué se ha evocado tanto a Hobbes en el último rato: “El pasado puede ayudarnos a descifrar el presente, e incluso a imaginar un futuro posible”.

Animales metafóricos

Ginzburg ha interpretado los afiches que interpelaban a los peatones durante la I Guerra Mundial en Gran Bretaña -con sus dedos índices conminándolos a enrolarse- como una versión secularizada del llamado del Todopoderoso. Las metáforas, como la que sugiere la imagen de Lord Kitchener llamando a salvar al Rey, pueden ser territorio de la poesía, pero también están a disposición del historiador.

Somos “animales metafóricos”, observa el autor de Mitos, emblemas, indicios. Y le devuelve la mano a la poesía, citando a este respecto unos versos de Baudelaire tomados de Las flores del mal (“Es la Naturaleza templo cuyos pilares /vivos dicen a veces parlamentos arcanos; /es un bosque de símbolos que cruzan los humanos, /y aquellos les dirigen miradas familiares”). “Todo aquí es metafórico, y todo el poema trata de “correspondencias”, es decir, de metáforas”, propone Ginzburg. “Las metáforas pueden actuar sobre el espectador, empujándolo a comprar algo o incluso a inscribirse como voluntario. Pero las metáforas también pueden tener un valor cognitivo, incluso predictivo”.

“Estamos viendo la convergencia de una rebelión de clase en cuyo centro se hallan el racismo y el terrorismo racial”

Intervención de la escritora y profesora de estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton Keeanga-Yamahtta Taylor

En la mayor revuelta nacional desde la década de 1960, los manifestantes han paralizado ciudades por todo Estados Unidos durante el fin de semana posterior al asesinato de George Floyd, un hombre afroamericano en Minneapolis, a manos de la policía. “Esto no es solo la repetición de hechos pasados”, dice la académica y escritora estadounidense Keeanga-Yamahtta Taylor. “Son las consecuencias de los fracasos de este gobierno y del sistema político… para resolver estas crisis”. Taylor es profesora de estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton.

AMY GOODMAN: ¡Esto es Democracy Now!, democracianow.org, El Informe de Cuarentena. Les habla Amy Goodman desde la ciudad de Nueva York, y me acompaña mi copresentadora Nermeen Shaikh desde su casa también en la ciudad de Nueva York. Hola Nermeen.

NERMEEN SHAIKH: Buenos días, Amy. Y doy la bienvenida a nuestros oyentes y espectadores de todo el país y del mundo.

AMY GOODMAN: En la mayor revuelta nacional desde la década de 1960, los manifestantes han cerrado ciudades por todo Estados Unidos durante el fin de semana posterior al asesinato de George Floyd, el hombre afroamericano de 46 años, a manos de la policía en Minneapolis.

MANIFESTANTES: ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd! ¡Di su nombre! ¡George Floyd!

¿Qué queremos? ¡Justicia! ¿Cuándo la queremos? ¡Ahora! ¿Qué queremos? ¡Justicia! ¿Cuándo la queremos? ¡Ahora! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Si no lo obtenemos? ¡Cierra! ¿Qué queremos? ¡Justicia!

AMY GOODMAN: George Floyd murió hace una semana, el Día de los Caídos (Memorial Day), cuando el oficial de policía de Minneapolis, Derek Chauvin, lo arrestó y presionó su rodilla contra el cuello de Floyd durante casi nueve minutos mientras Floyd exclamaba repetidas veces sin apenas aliento: “No puedo respirar”; luego dejó de moverse. El viernes 29 de mayo, Chauvin fue acusado de asesinato en tercer grado y homicidio involuntario en segundo grado. Los otros tres policías implicados han sido despedidos junto con Chauvin, pero no han sido arrestados. El gobernador de Minnesota, Tim Walz, anunció que el fiscal general Keith Ellison asumirá el mando de la investigación y de cualquier acción judicial relacionada con el asesinato de George Floyd. En el cruce de Minneapolis donde mataron a Floyd, la gente levantó un monumento y lo declararon un espacio sagrado.

Mientras tanto, las protestas continuaron durante todo el fin de semana de costa a costa. La policía reaccionó con violencia ante las protestas generalizadas arrestando a más de 4.000 personas y atacando a los manifestantes con gases lacrimógenos y pelotas de goma en ciudades de todo el país. Coches y edificios de la policía ardían entre las llamas mientras miles de personas desafiaban el coronavirus y aumentaban la violencia policial al manifestarse. Las autoridades han dicho que, solo en la ciudad de Nueva York, resultaron dañados 47 vehículos de la policía. Al menos 40 ciudades han impuesto el toque de queda. La guardia nacional se ha desplegado en Minnesota, California, Illinois, Florida y otros estados. Los departamentos de policía cada vez reciben más críticas por usar una fuerza excesiva contra los manifestantes y, en al menos 50 incidentes separados, atacar a periodistas.

Las protestas se producen cuando el país se enfrenta a su mayor crisis de salud pública en generaciones y al índice de desempleo más alto desde la Gran Depresión de 1929. Durante las protestas del viernes el presidente Trump fue trasladado al búnker subterráneo de la Casa Blanca. El sábado amenazó por Twitter a los manifestantes con enviarles “perros viciosos” y “armas siniestras”. También tuiteó que iba a declarar a Antifa “organización terrorista”, a pesar de que los expertos legales afirman que carece de autoridad para declarar a una agrupación nacional “organización terrorista”, y advirtieron de que tal medida violaría la Primera Enmienda.

La indignación por la muerte de Floyd se produce después de las protestas que llevaron al arresto de dos hombres blancos el mes pasado por la muerte a tiros en febrero de Ahmaud Arbery, un hombre negro que hacía footing en Georgia, y que posteriormente llevaron al arresto de un tercer hombre, y después de que, en el mes de marzo, la policía de Louisville matara a tiros a Breonna Taylor en su casa, caso que actualmente está en manos del FBI.

Las manifestaciones han sido en su mayoría en el exterior, con muchas personas con mascarillas, por lo que no está claro si provocarán la propagación del coronavirus. Sin embargo, muchos manifestantes arrestados fueron trasladados a cárceles que son focos de covid-19.

Comenzamos con la profesora Keeanga-Yamahtta Taylor. ¿Qué opina del levantamiento popular que ha tenido lugar en todo el país y la reacción de la policía, así como a su espantoso origen el Día de los Caídos, el asesinato de George Floyd?

KEEANGA – YAMAHTTA TAYLOR: Gracias, Amy, por dejarme venir a hablar esta mañana.

Creo que parte de lo que estamos viendo son años y años de ira acumulada. Muchas personas han hecho referencia a la década de 1960, han hecho referencia al caso de Ferguson en 2014, pero creo que es importante decir que no se trata solo de la repetición de hechos pasados. Son las consecuencias de los fracasos de este gobierno y del sistema político, la incapacidad del sistema económico de este país para resolver estas crisis, que se cimentan y acumulan con el tiempo. Y estamos viendo la ebullición de eso.

Imagine lo enfadada, desesperada y llena de rabia que tiene que estar una persona para protestar en la situación de una pandemia histórica que ya ha matado a más de 103.000 estadounidenses, que ha tenido un impacto terrible y desproporcionado en las comunidades negras. Creo que han muerto 23.000 o 24.000 negros. Hablando claro, uno de cada 2.000 afroamericanos de Estados Unidos ha muerto por la covid-19. Así que imagine lo difíciles que deben de estar las cosas para que la gente salga en esas condiciones. Así, creo que la tensión acumulada en torno a la brutalidad policial, la continuación de la brutalidad policial, el abuso policial y la violencia y el asesinato han obligado a la gente a tener que soportar esas condiciones porque es obvio que, o bien nuestro gobierno no puede hacer nada al respecto, o bien el gobierno es cómplice y elige no hacer nada.

Y creo que también tenemos que añadir a eso la crisis que se está desarrollando en el país, más allá de la brutalidad policial, porque todos sabemos que los vídeos de palizas, abusos y asesinatos policiales han continuado existiendo. De este modo, el movimiento que surgió de las revueltas en Ferguson, que derivó en Black Lives Matter, las condiciones que llevaron a eso nunca dejaron de existir. Y creo que lo que lo ha reavivado, obviamente, es el linchamiento público de George Floyd hace una semana en Minneapolis, pero también las condiciones, el contexto más amplio dentro del cual se está extendiendo. Y debido a esa situación más amplia de desempleo masivo, de la muerte causada por la pandemia, esto no se trata solo de protestas contra la brutalidad policial.

Sin embargo, vemos muchos, cientos, si no miles, de jóvenes blancos en estas revueltas, lo que las convierte en verdaderas rebeliones multirraciales. Y creo que es importante. Algunos han llegado a describir la participación de los blancos como agitadores externos, o me consta que hay informes de supremacistas blancos que se infiltran en algunas manifestaciones. Y creo que son cosas a las que debemos prestar atención, hacer un seguimiento e intentar comprenderlas. Pero creo que no podemos descartar de manera generalizada la participación de los jóvenes blancos, porque tenemos que entender que lo que ha sucedido en la última década también ha destruido sus vidas. Y se ha discutido sobre ello quizás con la generación de sus padres, con la descripción de muertes por desesperación.

De este modo, sabemos que la esperanza de vida de los hombres y mujeres blancos corrientes se ha revertido, algo que, por cierto, no suele suceder en el mundo desarrollado. Y está motivado por la adicción a los opioides, el alcoholismo y el suicidio. Y así, esta generación, cuyas vidas verdaderamente… es decir, si te has graduado en la universidad, tu vida ha entrado en un paréntesis por la guerra a comienzos del siglo XXI, por la recesión y ahora por una pandemia mortal. Y de este modo, creo que estamos viendo la convergencia de una rebelión de clase en cuyo centro se hallan el racismo y el terrorismo racial. Y, en muchos sentidos, nos encontramos en un terreno desconocido para Estados Unidos.

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Esta conversación se publicó en Democracy Now.

Traducción de Paloma Farré / ctxt.es

Entrevista a Nicos Poulantzas (1979)

Por Stuart Hall y Alan Hunt

Esta entrevista fue publicada originalmente en Marxism Today en julio de 1979.

 

Nicos Poulantzas fue una de las figuras más influyentes en la renovación del marxismo europeo. Nació en Grecia y fue miembro del Partido Comunista Griego (Interior). Vivió y enseñó en París durante varias décadas. Sus escritos se centraron principalmente en la teoría del Estado y en la política, en particular en Poder político y clases sociales (1973) y Las clases en el capitalismo actual (1975). Se preocupó progresivamente por los problemas de estrategia política en las diversas condiciones del capitalismo europeo: Fascismo y dictadura (1974); La crisis de la dictadura (1976) y Estado, Poder y Socialismo (1978).

 

Sus libros son ahora muy influyentes en Gran Bretaña, pero creo que podría ser útil para la gente conocer algo más sobre su desarrollo personal, intelectual y político.

Bien, déjeme decir que mi primer encuentro con el marxismo fue a través de la cultura francesa y de Sartre, como le ocurrió a mucha gente de mi posición de clase y mi edad en Grecia. Por aquel tiempo, a la edad de 17-18 años, estaba comenzando a trabajar por mí mismo. Nos encontrábamos en un contexto de posguerra civil, con un Partido Comunista declarado ilegal, lo que permaneció hasta 1974. Las condiciones para la circulación de las ideas marxistas eran extremadamente difíciles. Resultaba imposible adquirir los textos clásicos del marxismo, así que llegué al marxismo a través de la filosofía francesa y de Sartre en particular. Cuando fui a la universidad me involucré en mi primera actividad política de izquierda con el sindicato de estudiantes. Más tarde, me incorporé a la United Democratic Left (EDA), que es una forma jurídica amplia del Partido Comunista. Por aquel tiempo, sin embargo, no era miembro del Partido Comunista.

Después de estudiar derecho, vine a Europa Occidental y continué participando activamente en la EDA. El gran problema en el interior de la EDA era que algunos de los miembros eran comunistas y otros no. Era una suerte de frente popular bajo el dominio absoluto del Partido Comunista y sin autonomía real.

Interesado por el marxismo a través de Sartre, estuve muy influenciado por Lucien Goldmann y Lukacs. Realicé mi tesis doctoral en filosofía del derecho, en la que intenté desarrollar una concepción del derecho basada en Goldmann y Lukács. Fue publicada en 1964, pero desde el instante en que fue publicada empecé a sentir las limitaciones de esa orientación en el marxismo. En ese momento, descubrí a Gramsci a través de Crítica Marxista, la revista más importante del marxismo en aquel tiempo.

Empecé también a trabajar con Althusser, mientras seguía influenciado por Gramsci, lo que generó acuerdos y desacuerdos, desde el principio, con Althusser. Nos tomaría demasiado tiempo explicar el tipo de diferencias que tenía, que no eran tanto con Althusser como con Balibar. Con los primeros textos de Althusser, principalmente filosóficos y metodológicos, yo estaba profundamente de acuerdo. Siempre he creído que Althusser comprendía la lucha de clases y sus problemas. La cuestión con el estructuralismo fue más un problema con Balibar. En Poder Político y Clases Sociales hay diferencias evidentes entre el texto de Balibar y el mío. He hablado un poco sobre estas diferencias en Las Clases sociales en el capitalismo actual.

Por otra parte, me uní al Partido Comunista de Grecia antes de la ruptura de 1968, que llegó un año después de la Dictadura de los Coroneles, y desde entonces he estado en el Partido Comunista del Interior, que se ha desplazado hacia posiciones eurocomunistas. Por otro lado, el Partido Comunista del Exterior es uno de los últimos partidos estalinistas en Europa. Lo es, quiero decir, en el sentido más fuerte: dogmatismo teórico, ausencia total de democracia interna y absoluta dependencia de la Unión Soviética.

 

Sus escritos teóricos sugieren que las alianzas políticas juegan un papel fundamental en el proyecto por un socialismo democrático. Aún así, la alianza entre el Partido Comunista Francés (PCF) y el Partido Socialista (PS) ha demostrado ser muy frágil. ¿Qué lecciones cree que podemos aprender?

Bueno, creo que el problema principal no es tanto el de las alianzas políticas entre organizaciones políticas. El problema principal, como sabemos, es la alianza política entre las clases sociales y las fracciones de clase que son representadas por aquellos partidos, porque una de las lecciones del fracaso de esta alianza en Francia es, precisamente, que ha sido vista y construida principalmente como una alianza por arriba. Uno no puede decir que fue estrictamente una alianza electoral, no lo fue porque el “Programa Común de la Izquierda” es un hecho muy significativo en la historia de la izquierda europea. No era un tipo de alianza puramente electoralista, pero, sin embargo, fue muy significativo que ninguno de estos partidos intentara construir esta alianza desde la base, es decir, entre las masas, para crear organizaciones comunes. Tuvimos algún tipo de acción común en algunas organizaciones, entre aquellas que estaban organizadas por los partidos y los sindicatos, pero nunca logramos un tipo de organización original o específica en la base que pudiera cristalizar este tipo de alianza. Esto también fue un fracaso típico del tipo de alianza del “frente popular”. En la estrategia de la Tercera Internacional, Dimitrov siempre decía que debíamos tener un tipo específico de organización de base, cristalizando este tipo de alianza. Esto no fue alcanzado durante aquel período, ni lo ha logrado el Partido Comunista de Francia o el Partido Socialista. Sin embargo, tu pregunta va mucho más lejos. Pienso que la realización de este tipo de alianza solo es posible con un cambio en el interior del Partido Comunista mismo. Está claro que mientras estés trabajando con el concepto de dictadura del proletariado no serás capaz de establecer una alianza que perdure con una pareja que sabe que será eliminada en la transición al socialismo, cuando la dictadura sea implementada. Por eso, creo que una estrategia revolucionaria hacia el socialismo democrático requiere de los cambios que se han llevado a cabo en algunos partidos comunistas de Europa Occidental, esta es una de las condiciones para lograr nuevas formas de alianzas políticas.

Ahora llegamos al problema de la socialdemocracia, que es un problema muy específico y demuestra que esta cuestión de las alianzas tiene mucho que ver con las condiciones actuales de un país concreto. Por eso, debemos ser cautos haciendo generalizaciones, ya que vemos que la socialdemocracia interpreta roles muy diferentes en los países en los que existe. Por ejemplo, no veo ninguna posibilidad de establecer alianzas políticas con el tipo de socialdemocracia existente en Alemania Occidental o en Suecia. La situación es diferente en países donde la socialdemocracia no es un partido de gobierno, como no lo ha sido durante muchos años en Francia. Además, en la actual crisis estructural del capitalismo, podemos apreciar un viraje de la socialdemocracia hacia la izquierda, que es una de las condiciones para una alianza perdurable entre el Partido Comunista y el Partido Socialista. Pienso que nunca más podremos hablar de la socialdemocracia en general, dada esta crisis estructural del capitalismo. No podemos encontrar, desde mi punto de vista, una tendencia general de la burguesía a valerse de la socialdemocracia como solución a la crisis. La burguesía tampoco tiene el poder económico en todas las sociedades para ofrecer a la clase trabajadora los tipos de compromiso necesarios para que la socialdemocracia cumpla su función política cuando está en el gobierno, especialmente en el contexto de los programas de austeridad que tenemos en Europa. No está nada claro que una solución socialdemócrata, que implica compromisos con la clase trabajadora, pueda ser llevada a cabo por la burguesía a través de la socialdemocracia en las circunstancias particulares de cada país europeo. En estas circunstancias, la socialdemocracia no tiene otra solución que aliarse con el Partido Comunista. En este tipo de contexto específico, que es muy diferente de otros tipos de situaciones, encuentras la integración de la socialdemocracia en el aparato de gobierno, como en Alemania Occidental. Prefiero no hablar de la situación en Gran Bretaña, pero en Alemania se da una situación muy peculiar porque juega un papel dominante en el Mercado Común, por lo que todavía tiene posibilidades de comprometerse con la clase trabajadora. Este no es en absoluto el caso de Italia o Francia y, muy probablemente, tampoco el de España. No deberíamos hablar hoy en día, dada la crisis estructural del capitalismo, de la socialdemocracia en general.

 

¿Cree que esto significa que ya no existe el problema del “reformismo” en general para la izquierda?

No, no quiero decir eso, especialmente dado el carácter ambiguo de la socialdemocracia, que está, por un lado, intentando lograr una modernización del capitalismo y, sin embargo, por el otro, tiene profundas raíces en la clase trabajadora. El problema que enfrenta la socialdemocracia es el de hacer una combinación de ambas. Teniendo en cuenta la crisis estructural del capitalismo, las contradicciones interimperialistas y los desarrollos desiguales, la situación de la socialdemocracia en Europa es extremadamente diferente de un país a otro. Este juego puede ser jugado en países europeos económicamente dominantes, como Alemania Occidental y Suiza, pero no por la socialdemocracia francesa o italiana. En tales coyunturas, creo que una de las soluciones para los partidos socialdemócratas es girar hacia la izquierda en una alianza con los partidos comunistas.

 

Ha mencionado la cuestión del Eurocomunismo. Es cada vez más evidente que no es un fenómeno aislado, sino que hay una serie de tendencias que reciben un mismo nombre. ¿Cree que es útil distinguir tendencias que pueden ser etiquetadas de “izquierda” y de “derecha”?

Hablamos aquí de tendencias generales y uno no debe, primero, personalizar y, segundo, fetichizar esta distinción en un fenómeno que es relativamente nuevo. Ahora, en la estrategia de la Tercera Internacional, que fue una estrategia de poder dual y choque frontal del Estado, el problema del reformismo era en algún sentido claro y simple. Todo era reformista, lo que no condujo a la creación de un poder dual y a lograr las posibilidades de un choque frontal con el Estado. Ahora, cuando hablamos de una vía democrática al socialismo democrático, dicha estrategia debe no solo transformar profundamente sino también mantener formas de democracia representativa y libertades que hemos llamado por mucho tiempo “libertades formales”, pero que no son solo “formales”. Esta democracia representativa tiene que ir al mismo tiempo de la mano con la creación de una democracia directa en la base. El primer punto es importante, si ya no podemos hablar de un choque repentino con el Estado, sino del mantenimiento y la honda profundización de las instituciones de la democracia representativa bajo el socialismo, la distinción entre el reformismo y la vía revolucionaria llegará a ser mucho más difícil de comprender, incluso si continúa existiendo.

Está muy claro que en el eurocomunismo puedes encontrar una tendencia reformista, y en este sentido se puede hablar de un eurocomunismo de izquierda y otro de derecha. Por ejemplo, creo que cuando Ellenstein habla de una revolución gradual, pacífica, legal y progresiva, nos encontramos con la forma clásica kautskiana de plantear esta pregunta. Pero ¿cuál sería la distinción adecuada entre el ala derecha y el ala izquierda del eurocomunismo? Existen varias. Lo primero de todo, la importancia que se le da a la democracia directa y a los consejos obreros, lo que siempre ha sido un continuum decisivo entre la vía revolucionaria y la reformista al socialismo. El eurocomunismo de izquierda otorga más importancia a la democracia de base. Lo segundo, es el tipo de ruptura y los tipos de transformación previstos en el propio Estado: incluso si no hablamos de “aplastar el estado”, el eurocomunismo de izquierda es muy consciente de la necesidad de la transformación radical, no solo en los aparatos ideológicos del Estado, sino también en los propios aparatos represivos. Mientras que el eurocomunismo de derecha tiende a ver esos aparatos como más o menos neutrales, y, por tanto, no concede la misma importancia a su transformación. El eurocomunismo de izquierda conserva la insistencia en el momento de ruptura con el Estado, no habla de una transformación progresiva y gradual del Estado. Es muy consciente de que habrá un punto de inflexión decisivo, que no será una guerra civil pero sí una profunda crisis del Estado, con un cambio en la relación de fuerzas dentro del propio Estado. El eurocomunismo de derecha no se toma en serio evaluar esta alternativa. Para concretar, siempre que he leído a Carrillo he visto más una posición de eurocomunismo de derecha y cuando leo a Ingrao, del PCI, he encontrado una posición del eurocomunismo de izquierda.

Creo, cada vez más, que el eurocomunismo es un fenómeno específico de las formaciones sociales capitalistas avanzadas. La problemática completa del camino al socialismo, de la vía revolucionaria al socialismo democrático, está estrechamente relacionada con esta etapa específica del desarrollo capitalista.

 

Para ustedes y para nosotros el experimento italiano del “compromiso histórico” tiene una enorme importancia. Ahora, en esta situación, ¿qué importancia le confiere a la necesidad del establishment de algún tipo de consenso nacional?

No estoy muy seguro acerca de esta concepción del consenso nacional. Los propios comunistas italianos nunca han presentado el compromiso histórico como un tipo de transición al socialismo. En ocasiones han estado cerca de decir esto, pero la mayor parte del tiempo lo han presentado como una estrategia concreta en una coyuntura concreta en Italia. No lo han presentado como un modelo general para la transición al socialismo. Ahora tenemos una segunda cuestión, la famosa cuestión planteada por Berlinguer, después del golpe de estado en Chile, sobre la importancia de un amplio consenso nacional. Bien, soy escéptico respecto a esta posición. Hay un tipo de análisis que proviene de la tradición gramsciana, y que es uno de los puntos más discutidos en Gramsci, donde sugiere que la clase trabajadora puede tener hegemonía ideológica y política antes de alcanzar el poder político. Para mí la cuestión del consenso nacional debe verse más en el proceso del socialismo democrático en lugar de como una precondición del socialismo democrático mismo. Decir que uno necesita el 80% de la gente para construir la unidad necesaria para un gobierno de izquierda es una contradicción en términos.

 

Usted es miembro del Partido Comunista Griego del Interior y quizás podríamos dirigir nuestra atención ahora a la situación en Grecia. En las elecciones del año pasado la coalición en la que su partido participó, encajó un serio revés electoral, particularmente a manos del Partido Comunista Griego ortodoxo. ¿Cuál es su análisis de esta experiencia y cómo explicaría el atractivo de la estrategia opositora del partido ortodoxo? ¿Qué lecciones pueden derivarse de lo sucedido?

Bueno, hay algunas razones generales y otras más concretas que tienen que ver con Grecia. Las razones generales tienen que ver con el análisis insuficiente y la estrategia insuficientemente coherente en el propio eurocomunismo. Si el punto de inflexión eurocomunista es tomado por un partido comunista constituido, no hay posible impugnación de este punto de inflexión, aparte de por la extrema izquierda. Pero si tienes una situación de división, con la mayoría del partido en una posición ortodoxa, la ausencia de un análisis suficiente de la estrategia revolucionaria por parte del eurocomunismo se vuelve mucho más crítica cuando tienes que lidiar con la fracción dogmática del partido. Después, tenemos razones específicas relacionadas con Grecia y que están conectadas a la cuestión de la guerra civil griega. Ha sido el Partido Comunista del Exterior, la mayoría de cuyos miembros fueron muy activos en la guerra civil y quienes estuvieron exiliados en otros países y han regresado después de 1974, el que ha tenido más capacidad de movilizar el imaginario popular de la guerra civil. Digamos que han tenido éxito en lo que Lister no pudo hacer en España porque, exactamente como dije antes, Carrillo ha sido capaz de dar un giro hacia el eurocomunismo en el propio Partido Comunista. También tiene que ver con las condiciones sociales en Grecia.

La clase obrera griega es una clase trabajadora muy débil porque la mayoría del capital de Grecia no es capital nativo, es una burguesía arraigada en el área mediterránea y en una gran capital naviera, etc. Por lo que la clase obrera griega no tiene un alto nivel de conciencia de clase. Muy ocasionalmente encontrarás en Grecia una familia en la que padre e hijo sean trabajadores. Tenemos una alta movilidad social dentro de la pequeña burguesía. Hay una parte de la clase obrera que llega a ser pequeñoburguesa, emigran y se convierten en agentes internacionales de la burguesía griega. Ya sea que vienen aquí a Londres y trabajan en compañías navales o van a América. Para mí, hay una debilidad de la clase trabajadora griega que está relacionada con el éxito actual del dogmatismo en Grecia. Y por supuesto que tiene que ver con los errores del Partido Comunista de Grecia, por ejemplo, el hecho de que, durante mucho tiempo, hemos intentado buscar la aprobación de la Unión Soviética, no siendo capaces de hacer una crítica real a la Unión Soviética y no siendo capaces de establecer una alianza real para la vía democrática al socialismo, ¡porque esperábamos que la Unión Soviética eligiera entre los dos partidos! Esto ha sido un factor muy negativo en el desarrollo del Partido Comunista de Grecia del Interior.

 

¿Podríamos pasar a algunas preguntas teóricas? Parece como si en algún momento hubo un giro decisivo con respecto al leninismo. ¿Le gustaría comentar algo sobre eso? 

¡Eso es completamente cierto! Creo que sí hay un punto de inflexión, lo he expresado en mi libro La crisis de la dictadura, y proviene de posiciones muy definidas que tomé durante el periodo de la dictadura en Grecia. Durante este periodo tuvimos dos líneas en el Partido Comunista Griego del Interior. La que era la línea de una oposición frontal (violenta o menos violenta) al régimen dictatorial de oposición frontal externa; la otra línea pensaba que se podía emplear o utilizar la contradicción interna entre las fracciones de la clase dominante y las contradicciones internas del régimen militar.

Después de seis o siete años de dictadura comencé a comprender teórica y políticamente que esta concepción de la dictadura militar estaba asociada con algunas perspectivas marxistas acerca del propio Estado. El Estado es visto como una suerte de lugar cerrado que puede ser tomado por una estrategia externa, ya sea la estrategia frontal leninista o la estrategia gramsciana de cercamiento del Estado. En su lugar, comencé a imaginar el estado como una condensación, una relación de fuerzas. Desarrollé esta idea en Las clases sociales en el capitalismo actual. Al mismo tiempo, me di cuenta del significado que esto podría tener para una estrategia de oposición con el régimen militar. También comencé a aplicar esta concepción del Estado al problema de la transición al socialismo, que se hizo más evidente en mi último libro: Estado, Poder y Socialismo. Para mí, está claro que hay una crisis, y esa crisis involucra al leninismo como tal.

Creo que la posición con respecto a Lenin no es exactamente la misma que la mía con respecto al leninismo. No creo que se pueda decir simplemente que Lenin solo tenía razón con respecto a la Unión Soviética. Una de las grandes ideas de Lenin, como estratega, y en la que creo, no es el centralismo leninista, es que Lenin era un partidario convencido de las bases y de la democracia directa de los soviets. A lo que se opuso Rosa Luxemburg en Lenin no fue a que fuera excesivamente centralista o demasiado opresivo con la clase trabajadora, sino a que rompió con todas las instituciones de la democracia representativa y únicamente dejó la institución de la democracia directa de los soviets. Creo que este es el Lenin que aún podemos emplear. Este es el Lenin de El Estado y la revolución, el Lenin más importante. Creo que este es el aspecto positivo de Lenin.

El aspecto negativo involucra toda la cuestión de la aplicación y la teorización de la dictadura del proletariado que gira en torno de la destrucción total de la democracia representativa. No es correcto decir que Lenin no tuvo la capacidad de hacer nada más debido a las condiciones de la guerra civil en la Unión Soviética, ni que no pudiera hacerlo de otra manera debido a las diferentes posiciones en el interior del partido. Creo que hay algunos elementos teóricos en el propio leninismo que estaban relacionados tanto con la situación durante el período leninista, como más tarde bajo el mando de Stalin. Definitivamente hubo elementos de centralización y una concepción del partido como herramienta de concienciación para la clase trabajadora desde fuera. Esto incluye el ¿Qué hacer?, que es un aspecto del leninismo en el que ya no creo. Además, considero que esta concepción del partido conduce directamente a la concepción del “partido-Estado”, y luego al estatismo.

 

¿Podríamos volver a la pregunta sobre Althusser? En Fascismo y dictadura haces esta crítica específica de Althusser, que él no le otorga a la lucha de clases el lugar que merece. ¿Es posible en el estructuralismo marxista de tipo althusseriano dar a la lucha de clases el lugar que merece? 

En la forma en la que ha planteado la pregunta ya ha dado la respuesta, porque ha hablado de estructuralismo. Yo no lo he hecho. Tendría que aceptar, primeramente, que hay una concepción global del althusserianismo en la que yo mismo no creo. La mayoría de nosotros tuvo muchas diferencias entre Balibar, Althusser y yo mismo, sin mencionar a otros. Teníamos enormes diferencias al principio.

Para el propio Althusser, o lo que aún se puede conservar del althusserianismo, creo que la problemática del estructuralismo es una falsa problemática aplicada a las pautas básicas del pensamiento althusseriano. No creo que sea cierto que Althusser, en sus directrices epistemológicas, realmente tenga, en la concepción teórica misma, una ausencia, debido a una imposibilidad teórica, de la historia y de la lucha de clases. Creo que hay un problema al respecto con Balibar, pero ni siquiera con todo Balibar. Por lo que diría que el estructuralismo no ha sido la verdadera esencia del althusserianismo, sino la maladie infantile. Hay algunos remanentes del estructuralismo en Althusser y en el resto de nosotros. En la coyuntura teórica en la que estábamos trabajando fue el estructuralismo contra el historicismo, fue Levi Strauss contra Sartre. Ha sido extremadamente difícil para nosotros establecer una ruptura total a partir de esas dos problemáticas. Nosotros insistimos en que para el marxismo, el peligro principal no era el estructuralismo, sino el historicismo mismo, por lo que dirigimos toda nuestra atención contra el historicismo, la problemática del sujeto, contra la problemática de Sartre y de Lukacs, y como resultado “doblamos el palo”, y por supuesto esto tuvo consecuencias en nuestra propia teoría. Por ejemplo, ha tenido consecuencias en mi libro en la distinción que hice entre “estructuras” y “prácticas”, en Poder político y clases sociales, que no discutí después en Clases sociales en el capitalismo actual. La observación que hice en Fascismo y dictadura en referencia a Althusser se refería a los aparatos ideológicos del Estado. Fue un reproche que le hice a Althusser en el contexto específico de la discusión de los aparatos ideológicos del Estado y no un reproche sobre el núcleo de la problemática que nos ocupaba en ese momento. Por lo tanto, seguiría defendiendo el papel crítico del althusserianismo en lugar del análisis sustantivo.

 

Gran parte de su obra ha estado dirigida a la cuestión del Estado y de la política, basado en el concepto de “autonomía relativa”. ¿Cuál es su valoración de la capacidad de una teoría basada en el concepto de “autonomía relativa” para lidiar con los problemas de la especificidad del Estado y la política?

Responderé a esta pregunta de manera muy sencilla porque podríamos discutirlo durante años. Es muy simple. Se debe saber si uno permanece dentro del marco marxista o no, y si lo hace, aceptar el rol determinante de lo económico en un sentido muy complejo, no de la determinación de las fuerzas de producción, sino de las relaciones de producción y la división social del trabajo. En este sentido, si permanecemos en el interior de este marco conceptual, creo que lo máximo que se puede hacer por la especificidad de la política es lo que he hecho. Lamento tener que hablar así.

No estoy en absoluto seguro de ser un correcto marxista, uno nunca está seguro. Pero si se es marxista, el papel determinante de las relaciones de producción, en un sentido muy complejo, debe significar algo. Y si se hace, solo se puede hablar de “autonomía relativa”, esta es la única solución. Hay, por supuesto, otra solución, que es no hablar del papel en todo determinante de la economía. El marco conceptual del marxismo tiene que ver con esta cosa muy confusa llamada “relaciones de producción” y su rol determinante. Si lo abandonamos podemos hablar, por supuesto, de la autonomía de la política o de otro tipo de relaciones entre lo político y lo económico.

 

Supongo que una forma de permanecer dentro del marco marxista para comprender la relación entre la política y la economía sin intentar derivar una de la otra, incluso de una manera muy compleja, es postular la noción de “las condiciones de existencia” que una práctica forma para otra. ¿Qué piensa de esta alternativa?

Por ejemplo, si se habla no de autonomía relativa, sino de “condiciones de existencia”, tal posición no escapa a la dificultad, todo lo que logra es traducir la misma dificultad a otras palabras. Si tú dices que algo es la condición de existencia o la precondición de existencia necesaria de otra instancia continúas estando dentro del marco de la autonomía relativa. Independientemente del tipo de formulación que le des, aún conservas el mismo problema central. ¿Creemos o no en un papel determinante de las relaciones de producción? Si lo hacemos, siempre vas a estar limitado en la autonomía de la política de cualquier manera que puedas expresarlo. El problema persiste: cómo encontrar la especificidad y la autonomía sin caer en la absoluta autonomía de la política. Este es el núcleo de la problemática marxista. Probablemente podemos formularlo mejor, pero esta cuestión de la determinación es el problema central del marxismo.

Se planteó la pregunta sobre la relación entre economía y política, pero, por supuesto, la cuestión también nos obliga a preguntar qué entendemos por “economía”. Una vez que incluyes la lucha de clases y examinas la autonomía relativa del Estado con respecto a la clase dominante y la lucha de clases, el problema de la economía es diferente. La pregunta alberga dos términos: política y economía, que hemos esclarecido previamente. Cuando hablo de la determinación en última instancia por la economía, ya he incluido las relaciones de producción de las clases sociales y la lucha de clases. No hay una economía como tal y luego una lucha de clases en otro nivel. Entonces, cuando hablo de la “autonomía relativa de la economía”, la economía ya tiene este otro sentido que abarca la presencia de la lucha de clases.

Además, debemos tener en cuenta un peligro adicional. Si únicamente hablamos en términos de aparatos tenemos otro peligro, el de la institucionalización. Los aparatos, después de todo, son la condensación material de las relaciones. En el famoso ejemplo, no es la iglesia la que creó la religión, es la religión la que creó la iglesia. Por lo que, si hablamos en términos de aparatos, por supuesto, podemos aclarar el debate, pero aún así lo desplazamos, porque solo podemos hablar en términos de empresas y aparatos que ya presuponen las relaciones de producción mismas.

 

En su último libro busca desarrollar la noción de “estatismo autoritario”, la cual entiendo como la intensificación del control estatal asociado con el declive de la democracia política. ¿Es esta teoría simplemente una versión más sofisticada de la tesis leninista mucho más tradicional de que el capitalismo monopolista tiende necesariamente hacia el autoritarismo? ¿No es cierto que la realidad política de la experiencia del capitalismo europeo y norteamericano es que el control estatal intensificado se ha desarrollado junto con una expansión del área de la democracia política?

Esta pregunta plantea un problema más general: ¿podemos encontrar diferencias significativas entre formas de Estado que se corresponden con las diferentes etapas del capitalismo? Es cierto que, bajo el capitalismo monopolista, como observó Lenin, el Estado ha sufrido modificaciones muy significativas que “sobrevivieron” bajo el fascismo y también bajo el New Deal. Puedes encontrar algunas características comunes sin recurrir a una identificación “simplona” de estos regímenes. En este sentido, se puede hablar en general del Estado fascista y del Estado parlamentarista como dos formas de capitalismo de Estado. Puedes encontrar algunas características comunes junto a diferencias esenciales. Lo que trataba de decir sobre el “estatismo autoritario” tenía que ver con encontrar las características generales de una nueva fase del Estado, porque creo que estamos en un punto de inflexión en la organización del Estado capitalista. Mi objetivo era encontrar una formulación que pudiera designar las características generales de este punto de inflexión, sin identificarlo con un régimen concreto. Por lo que, cuando hablo de “estatismo autoritario” no pretendo significar que la política democrática o la democracia representativa vayan a terminar. El “estatismo autoritario” puede tomar formas extremadamente diferentes. Puede tomar una forma neoliberal, como en Francia, o adoptar una forma mucho más autoritaria como en Alemania. Sin embargo, estamos presenciando un declive de la democracia representativa en el sentido clásico, sin que esto implique que haya una tendencia al fascismo. Intenté, por lo tanto, distinguir entre “estatismo autoritario” y “fascismo”.

 

Creo que mi angustia se puede expresar en términos de las implicaciones políticas que se derivan de su concepción del «estatismo autoritario». La transición democrática al socialismo con la que está comprometido depende de la posibilidad, anterior al avance del propio socialismo, de crear las condiciones para una democracia ampliada. Aún así, la posibilidad de lograr este avance democrático parecería estar más lejos como resultado del avance del “estatismo autoritario”.

Este es todo el problema. Es la cuestión de la ruptura. Lo que quiero señalar es que lo que requiere el socialismo democrático es una profundización y una extensión de las libertades, de las instituciones representativas, etc. Esto no puede ocurrir sin una profunda transformación de las condiciones sociales y económicas. Esta es la conclusión a la que llego: que no se pueda luchar por la expansión de los derechos políticos y las libertades, que es una posición defensiva contra la tendencia autoritaria del capitalismo actual. Creo que ya no podemos salvar la democracia sin profundas modificaciones de la estructura social y económica del capitalismo mismo.

 

¿Puedo pedirle que clarifique su idea de “estatismo autoritario”? ¿Es meramente una fase del “estado interventor” o es un nuevo y distinto tipo de Estado que sucede al Estado liberal y al Estado interventor?

No estoy del todo seguro porque hay “confusión” general sobre las etapas del capitalismo. En la concepción leninista había dos etapas, la primera del capitalismo industrial y la segunda del capitalismo monopolista. He sostenido la opinión de que en estas etapas podemos encontrar diferentes fases, pero no podemos hablar de una tercera etapa. Aunque ya no estoy tan seguro de esta posición. Dentro de este marco, el “estatismo autoritario” no podría ser una etapa diferente siempre que conservemos el compromiso con las dos etapas. Ahora creo que los problemas son mucho más complejos. Mi discusión anterior con ellos giró en torno a la teoría del capitalismo monopolista estatal y al debate en el interior del PCF sobre este asunto. Ahora creo que, incluso si hablamos de fases del Estado intervencionista, la actual transformación del Estado capitalista no es simplemente una fase, hay algo mucho más importante involucrado en la aparición del “estatismo autoritario”.

 

Usted tiende a hablar de la etapa actual del “estatismo autoritario” en el contexto de la intensificación de los elementos generales de la crisis política, así como de la crisis económica. Esto empieza a sonar como si usted estuviera sugiriendo que el estadío final del capitalismo ha llegado.

Si, veo el problema. Es un peligro del que no era muy consciente y que veo ahora que lo ha mencionado. Veo claramente que hay un peligro, pero quiero enfatizar que requiere que consideremos lo que queremos decir con la crisis estructural del capitalismo. En mi texto La Crisis del Estado intento analizar esta crisis estructural del capitalismo, discrepando de algunas de las concepciones del Partido Comunista Francés, e insisto en que la existencia de tal crisis no implica que no pueda resolverse.

 

¿Cuál es la conexión entre esta discusión sobre el Estado y el énfasis que usted pone en el papel del partido de masas dominante único?

He intentado decir que incluso si no tienes un partido de gobierno dominante y masivo, lo que sí encuentras es una relación entre dos partidos que pueden intercambiar poder político entre ellos. Tenía en mente el modelo alemán o incluso el británico, donde en el núcleo del aparato estatal se podía encontrar una amalgama de fuerzas laboristas o conservadoras, de los socialdemócratas y los demócratas cristianos, que tiende a funcionar como un único partido de masas de la burguesía a pesar de las diferencias que pueden existir entre ellos. Incluso si tenemos cambios ordinarios en el gobierno en este sentido, serían cambios superficiales frente a un núcleo institucionalizado de fuerzas que pertenecen a ambos partidos.

 

¿Podemos volver a la cuestión de su concepción del socialismo? Ahora se opone a una simple concepción leninista o vanguardista del partido. En el capítulo final de Estado, Poder y Socialismo, habla sobre la necesidad de combinar formas de democracia directa y formas de democracia representativa, pero no aclara cómo estas dos formas deberían ser articuladas o combinadas.

El problema es que estas cuestiones son extremadamente nuevas, y somos cada vez más conscientes de que no tenemos ninguna teoría positiva de la democracia en Marx. Tenemos la teoría de la democracia capitalista y la teoría de la dictadura del proletariado, pero realmente no disponemos de esta evaluación positiva ni de base teórica para la articulación entre democracia directa y representativa. Ahora bien, está claro que, mientras hablemos de democracia representativa, la separación relativa va a seguir existiendo entre la esfera pública y la privada. Esto nos lleva al problema más complejo de que la separación relativa del Estado no es simplemente una cuestión relacionada sólo con las relaciones de producción capitalistas. Si no está necesariamente ligada a las relaciones de producción capitalistas, entonces tal vez la cuestión de la separación relativa en las relaciones de producción capitalistas en sí se convierte en mucho más problemática. Este es el primer problema.

El segundo es el del partido de vanguardia. Debemos ser muy claros, en cuanto hablamos de una pluralidad de partidos en la transición al socialismo, y mientras nos tomemos en serio esta concepción, es evidente que no se puede «tener el pastel y comérselo». Es muy claro que en la tradición leninista (aunque el propio Lenin no tenía una concepción del sistema de partido único) la concepción del partido de vanguardia va de la mano de la concepción de la dictadura del proletariado y del sistema de partido único. No se puede, al mismo tiempo, decir que vamos a tener un pluralismo de partidos y mantener la concepción leninista del partido de vanguardia, porque tal concepción implica, o incluso requiere, el sistema de partido único. No se puede tener ambos.

Considerando la figura del partido, no estoy en absoluto seguro de que un partido político sea la mejor forma de organizar, incluso en sus diferencias, las nuevas formas de los movimientos sociales. Por ejemplo, no estoy en absoluto seguro de que debamos pedir a un partido político revolucionario que tome en consideración el problema ecológico, el problema feminista, etc. Así que el problema no es sólo tener un partido tan bueno que no sólo será político, sino que ocupará todas las esferas de la vida social y económica. Creo que esta concepción del partido como único centralizador, aunque sea una centralización muy sutil, no es necesariamente la mejor solución. Pienso, cada vez más, que debemos tener movimientos sociales autónomos cuyo tipo de organización no puede ser la misma que la de un partido político. Debe haber un movimiento feminista fuera del partido más ideal posible, porque el partido más ideal no puede incluir ese tipo de movimientos sociales por más que insistamos en que el partido revolucionario debe tener ciertas concepciones sobre la cuestión de la mujer.

En segundo lugar, ¿tiene el partido un papel central? Lo tiene, claro, mientras crea que la política y el Estado tienen un papel central. Pero entonces, mientras necesitemos algún tipo de organización, debemos tener algún tipo de centralismo o de homogeneización de las diferencias si queremos poder articular la democracia representativa con la democracia directa. Si hasta ahora este papel centralizador ha sido desempeñado por el partido único, en el futuro algunos aspectos de este papel deberán ser transferidos del partido a órganos representativos, en los que distintos partidos pueden desempeñar un papel propio. Debemos ir hacia esta diferenciación, no a una identificación entre el partido y el Estado. Y si las instituciones representativas pueden realmente desempeñar plenamente su papel, el tipo de relaciones, o de articulación, no tendrá que ser transmitida como en el pasado, a través del propio partido. En Italia, por ejemplo, en las asambleas regionales con mayorías comunistas y socialistas, la coordinación entre las formas de democracia directa, los movimientos de ciudadanos, los movimientos ecologistas por un lado, y la democracia representativa por el otro, no pasa por la centralización del propio Partido Comunista.

Un problema interesante, para el que no tenemos respuestas definitivas es (y de esto estoy profundamente seguro) que el pluralismo de partidos en el camino democrático al socialismo significa, necesariamente, cambios en la función del propio partido. No se puede tener la concepción leninista tradicional del partido y simplemente decir, al mismo tiempo, que debería haber otros partidos también. Esto no funciona.

¿Cuál debe ser la diferenciación, cuál debe ser la transformación del partido? No creo que el partido deba perderse o amalgamarse con los diferentes tipos de movimientos sociales. Pero tampoco puede el partido, como aparato de cuadros, vincular con éxito los diferentes movimientos sociales o económicos. También debemos reconsiderar la visión clásica del centralismo leninista en la que todo lo político es primario y el resto es secundario. ¿Qué es el movimiento feminista, qué es el movimiento ecológico, qué son los otros tipos de movimiento social? No se trata de meros movimientos secundarios en relación con el movimiento de la clase obrera o el partido. De lo contrario, todo se vuelve secundario. Esta cuestión de las relaciones primarias y secundarias debe ser repensada.

Si el eurocomunismo, como el propio marxismo, está en crisis, es porque estamos en una etapa experimental en la que los partidos están tratando de elaborar este tipo de estrategia diferente. Vemos lo que sucede en España, por ejemplo, o lo que sucede en Italia. Incluso en Francia estamos en crisis y es tal vez más difícil porque el PCF funciona como siempre lo ha hecho el partido francés. También es el partido el que a veces produce las mayores rupturas pero luego se echa atrás; se presenta como el partido más abierto (por ejemplo, nunca se ha visto un partido comunista tan abierto a la cuestión de las mujeres como el PCF) y como su contrario.

En este proceso hay un retroceso hacia una respuesta tradicional, lo vemos claramente en el PCF. La concepción cambiante del partido se encuentra en el corazón de estas respuestas. Hay una respuesta importante dentro de los diferentes partidos que se preguntan «a dónde nos llevan estas nuevas posiciones», y se retiran alarmados. La encuentras también en Italia, en España y en el resto de partidos. Esto no es sorprendente porque todavía no hay respuestas definitivas a estos problemas. Pero estos son los problemas a los que debemos enfrentarnos; no desaparecerán, ni podemos simplemente retirarnos a la vieja ortodoxia.

 

Traducción: Manuel Romero Fernández
Fuente: https://www.ieccs.es/2020/05/13/entrevista-de-stuart-hall-y-alan-hunt-a-nicos-poulantzas-1979/

Esto no es una pipa. (ce n’est pas de la psychanalyse)*

Por Claudia Huergo

Hablo por teléfono. Muchas horas al día. Primero buscaba un espacio de la casa. Después no podía más de la quietud. Empezaba a caminar, a desplazarme por la casa. Los paisajes sonoros cambiaban: iba dando esas claves de lectura, elles también. Eso que suena de fondo es el martillo neumático que están usando en la obra del al lado. Sí, no sé si pueden estar en obra en cuarentena.  Pero están en obra.  Eso es cadena 3, que escuchan al mango en el patio vecino. Eso un perro ladrando. No, no tengo perros. Es una sirena. Es un helicóptero. Es el ruido de la pava que comienza a hervir. ¿Es un pájaro cantando? ¿Un canario? ¿El ruido de un lavarropas? ¿Estás llorando? ¿Te alejaste del modem? No se escucha bien. Hola hola hola, ¿me escuchás? Yo no te escucho.  Se cortó. Lo último que te estaba diciendo era.  Nos vemos la semana que viene. Misma hora. Te mando un abrazo.

Tejemos complicidades. Siempre estamos en medio de algo. Todes hablamos más fuerte. Queremos compensar forzando la voz, ese hilo frágil de la presencia. Nos cansamos, hacemos mapas del agotamiento. Buscamos dónde descansar.

Sí, hay una mutación. Pienso siento y escucho con las manos, con el cuerpo, con los pies. Rabdomancia. Detesto la formula: “el contexto nos interpela”. Odio a los seres interpelados. Los que no se asumen parte del mundo. Los que arman congresos para resolver sus interpelaciones y bajar de la montaña tres meses después trayendo las tablas de ley. Vienen a decirnos qué se puede y qué no se puede. Púdranse.

Una conversación es como una jugada. Se va armando. De repente,  algo toma velocidad por el medio. Nos entusiasmamos. Alguien patea. Gol. Es una  alegría del amor. Nos queremos.

Y después. Después. Empezamos a extrañar. Ya sé que somos muchos los que esquivamos la conexión porque después nos queremos morir. Por un rato preferimos no. No nos culpo. Querernos es algo que estaba tan integrado a nuestras vidas. No nos culpo.

Me río de pensar que alguien quiera capitalizar todo esto.

Vayan, atrapen al viento.

 

*No sé francés. Usé el traductor de google.

 

Claudia Huergo.