Tres Ecologías y Revolución Molecular: el legado del filósofo militante Félix Guattari

Por Mariano Pacheco*

Entre el “preferiría no hacerlo” melvilleano (Bartlebly), y el “lo hacemos por costumbre” delezeuziano/guattariano, me quedo con éste último. Las efemérides son una costumbre argentina, y en tiempos de redes sociales y pandemia, mucho más. No me considero, lo que se dice, un amante de las efemérides. Pero puesto a elegir, prefiero los aniversarios de natalicio que los mortuorios. Así que en función de seguir tejiendo este “secreto compromiso de  encuentro” entre las generaciones pretéritas y las actuales, como supo decir Walter Benjamin, van estas líneas rescatando la figura y algunas aristas del pensamiento de Félix Guattari, quien nació un día como hoy, 30 de abril, no en Argentina sino en Francia, hace 90 años.

I- La crítica, siempre

Con Félix Guattari –decimos Guattari para usar un nombre propio que expresa una diversidad de nombres y experiencias colectivas– la critica de la economía política, inaugurada por Karl Marx, va un paso más allá, introduciendo también la dimensión de la crítica de la economía subjetiva. Si el deseo y la producción subjetiva son del orden de la infraestructura, entonces, en los años del Capitalismo Mundial Integrado –como luego en la era del “realismo capitalista” de la que nos habla Mark Fisher– la apropiación de la producción subjetiva serán fundamentales, junto al control político y el antagonismo social nacido en el ámbito de la producción material.

Parece un matiz respecto del “marxismo clásico”, pero contiene consecuencias teórico-políticas fundamentales, puesto que desde allí Guattari va a construir su planteo de “Tres ecologías”: una “ambiental”, que replantee el vínculo entre la humanidad (acción depredatoria) y el planeta; otra “social”, atravesada por las luchas de clases; y, finalmente, una tercera dimensión, la “ecología mental”, que asume que el capitalismo, en su fase neoliberal, profundiza la angustia, la tendencia a la soledad, el individualismo y la neurosis, separando a los sujetos del campo social y privatizando el malestar. “No hay oposición entre las tres ecologías –escribe Guattari–. Toda aprehensión de un problema medioambiental postula el desarrollo de universos de valores y por lo tanto, de un compromiso ético-afectivo”.

II- La invención, por sobre todas las cosas

“Nosotros no hemos conseguido inventar una estructura política que sea capaz de desarrollar esos dos tipos de lucha al mismo tiempo; y por eso pienso, los movimientos sociales se han vaciado en lo esencial”.

Quien habla, para referirse a esta dicotomía incruenta establecida entre la micro y la macro-política, no es un militante argentino de la generación del 2001, sino Félix Guattari, en los años ochenta, reflexionando en torno a experiencias como la “Autonomía Obrera” en la Italia de fines de los setenta, y su incapacidad para evitar el aislamiento, pensar la relación entre las experiencias puntuales y la “comprensión global que las clases populares tenían de los problemas”. Así, según Guattari, las experiencias de la autonomía terminaron “replegándose sobre sí mismas”, presentándose como “tribus totalmente externas en relación con el conjunto del campo social”.

¿Por qué esta incomprensión de quienes comprendieron tan bien los cambios que habían acontecido en las sociedades capitalistas de posguerra? Quizás porque esencializaron uno de los momentos de la construcción, podríamos arriesgar. Porque redujeron la política revolucionaria a la construcción local desde abajo.

“Es preciso inventar un medio que permita la coexistencia de esas dos dimensiones. No sólo un medio práctico, un medio de intervención real, sino también un nuevo tipo de sensibilidad, un nuevo tipo de raciocinio, un nuevo tipo de teoría”, comenta Guattari, para quien, si bien lo fundamental pasa por la micropolítica (en tiempos en que poco o nada se hala sobre ella), la dimensión macropolítica no puede quedar fuera del horizonte de una analítica crítica.

En ese sentido, es un autor que presta una profunda  atención a la importancia de “desmoralizar” el análisis. “En el nivel de la micropolítica no puede funcionar una una lógica maniqueísta, a aprtir de la cual los ´buenos´ podrían hacer un agrupamiento entre sí para ir a atacar a los ´malos´”. Algo similar había anunciado ya en Mil mesetas (segundo tomo de Capitalismo y esquizofrenia), junto a Gilles Deleuze, cuando sostuvieron que en el rizoma “habita lo mejor y lo peor”.

No se trata de copiar o cambiar de modelos, sino de inventar, de “encontrar una salida”, para decirlo en los términos kafkianos de una literatura menor (la que anuncia un pueblo que falta).

III- Relaciones de fuerzas y revolución molecular

Si la “Revolución molecular” pasa para Guattari, fundamentalmente, por la transformación singular y la experimentación grupal para salirse de los “modelos dominantes de subjetivación” (sistemas modelizantes), queda claro para él –asimismo– que ningún movimiento molecular “podría sobrevivir durante mucho tiempo sin establecer una política en relación con las fuerzas existentes, con los problemas económicos, con los medios de comunicación…”. Es decir, que son los cambios en las relaciones de fuerzas (plano molar) los que pueden dar respuestas fundamentales a problemáticas que afectan a un país, como pueden ser el hambre, o el fin de una guerra en las disputas internacionales.

Esta mirada sobre la “Revolución molecular” asume lo molar como lugar de constitución de las grandes identidades, no para negarlas, sino para intervenir sobre ellas. Así, si la micropolítica pasa por ejercer una “analítica de las formaciones del deseo en el campo social”, la macropolítica pasa por operar transformaciones a nivel de las instituciones.  No se trata entonces de construir un gueto en el cual analizar los modos dominantes de subjetivación, sino de agenciar los procesos de singularización en el propio nivel en el que emergen, combinando la lucha en el frente del deseo con la lucha de clases más general. Operar una transformación en la relación entre el movimiento de autoorganziación de la actividad social y el Estado, también forma parte de la Revolución molecular, puesto que es a nivel molecular, también, en donde se expresan los modelos que hacen depender a la política de los poderes del Estado. Como todo marxista, también Guattari entiende que algo que tiene que ver con una revolución implica un “momento de irreversibilidad de un proceso”, que a su vez es proceso de “no retorno al mismo punto”.

Por eso para Guattari, la revolución es un “proceso que produce historia”, que termina con “la repetición de las mismas actitudes y de las mismas significaciones”.

Una revolución así, que duda cabe, es un proceso, una dinámica imprevisible, que apuesta a la experimentación y la creatividad, tanto en el plano singular, como colectivo.

“Conseguir que las finalidades del movimiento político en su conjunto no se reduzcan a los objetivos de toma del poder político, de reivindicaciones contra la derecha, de reivindicaciones sociales y de derechos”, escribe Guattari. Y agrega: “Conseguir que, a través de todas las dialécticas de esos procesos de autonomía en el campo social, el movimiento político desemboque en una de las finalidades fundamentales de la singularidad y la autonomía”.

No se trata entonces de oposición/exclusión, sino de conjunción, de co-existencia de dimensiones de la intervención política, y de su mutua contaminación.

*Nota publicada en La luna con gatillo

No es cierto que nada volverá a ser igual

Por Michel Houellebecq

Un poco peor, respuestas a algunos amigos…

Este confinamiento me parece la oportunidad ideal para resolver una vieja disputa entre Flaubert y Nietzsche. En algún lugar (he olvidado dónde) Flaubert dice que uno sólo piensa y escribe bien cuando está sentado. Protestas y burlas de Nietzsche (también he olvidado dónde), que llega incluso a llamarlo nihilista (lo que sucede en un momento en el que ya había empezado a utilizar la palabra de forma equivocada e indiscriminada): él mismo concibió todas sus obras caminando, todo lo que no se concibe caminando es nulo, además, siempre ha sido un “bailarín dionisíaco”, etc. Poco sospechoso de una simpatía excesiva por Nietzsche, debo, sin embargo, admitir que en este caso es más bien él quien tiene razón. Tratar de escribir si no se tiene la posibilidad, durante el día, caminar durante varias horas a un ritmo sostenido, es fuertemente desaconsejable: la tensión nerviosa acumulada no logra disolverse, los pensamientos y las imágenes siguen girando dolorosamente en la pobre cabeza del autor, que rápidamente se vuelve irritable, incluso loco.

Lo único que cuenta realmente es el ritmo mecánico, maquinal, de la marcha, que no tiene como objetivo principal hacer aparecer nuevas ideas (aunque esto pueda suceder en una segunda etapa), sino calmar los conflictos inducidos por el choque de ideas que nacen en la mesa de trabajo (y aquí es donde Flaubert no se equivoca del todo); cuando nos habla de sus elaborados diseños en las laderas rocosas del interior de Niza, en los prados de la Engadina, etc., no sólo habla de las nuevas ideas, sino también de las nuevas ideas que nacen en la mesa de trabajo; Nietzsche divaga un poco: excepto cuando se escribe una guía turística, los paisajes que atraviesa son menos importantes que el paisaje interior.

Catherine Millet (normalmente bastante parisina, pero por suerte estaba en Estagel, Pirineos Orientales, cuando llegó la orden de inmovilización). La situación actual le recuerda de manera inquietante la parte «anticipación» de uno de mis libros, La posibilidad de una isla.

Así que me dije a mí mismo que era bueno, al fin de cuentas, tener lectores. Porque no había pensado en hacer la conexión, aunque está bastante claro. Además, si pienso en el pasado, eso es exactamente lo que tenía en mente en ese momento, con respecto a la extinción de la humanidad. No hay nada como una gran película. Algo bastante sombrío. Individuos que viven aislados en sus células, sin contacto físico con sus semejantes, sólo unos pocos intercambios informáticos… todo cuesta abajo.

Emmanuel Carrère (Paris-Royan; parece haber encontrado una buena razón para desplazarse). ¿Nacerán libros interesantes, inspirados en este período? Se pregunta.

Yo también me lo pregunto. Realmente me lo preguntaba, pero en el fondo no lo creo. En la pandemia hemos tenido muchas cosas; a lo largo de los siglos las pandemias han interesado mucho a los escritores. Ahora tengo mis dudas. En primer lugar, no creo ni por medio segundo en afirmaciones como «nada volverá a ser igual». Al contrario, todo seguirá siendo exactamente igual. De hecho, el curso de esta epidemia es notablemente normal. Occidente no es para la eternidad, por derecho divino, la zona más rica y desarrollada del mundo; se acabó todo eso desde hace tiempo, no es una primicia. Si lo miramos en detalle, Francia lo está haciendo un poco mejor que España e Italia, pero no tan bien como Alemania; allí también, y eso no es una gran sorpresa.

Por otro lado, se espera que el coronavirus que tenga como resultado principal la aceleración de ciertas mutaciones en curso. Desde hace algunos años, todas las evoluciones tecnológicas, ya sean menores (video bajo demanda, pagos sin contacto) o mayores (teletrabajo, compras por Internet, redes sociales), han tenido como principal consecuencia (¿objetivo principal?) la reducción de los contactos materiales, sobre todo humanos. La epidemia de coronavirus ofrece una magnífica razón para esta fuerte tendencia: una cierta obsolescencia que parece golpear las relaciones humanas. Esto me recuerda una comparación luminosa que encontré en un texto anti-LDC escrito por un grupo de activistas llamado «Chimpancés del Futuro» (descubrí a estas personas en Internet… nunca dije que Internet sólo tuviera inconvenientes). Así que, los cito: «Pronto hacer niños tú mismo, libre y al azar, parecerá tan incongruente como hacer dedo en la ruta sin una plataforma web. Compartir coche, compartir piso, tenemos las utopías que merecemos, bueno, no importa.

Sería igual de falso decir que hemos redescubierto la tragedia, la muerte, la finitud, etc. La tendencia desde hace más de medio siglo, bien descrita por Philippe Ariès, ha sido la de ocultar la muerte tanto como sea posible; bueno, la muerte nunca ha sido tan discreta como en estas últimas semanas. Las personas mueren solas en un hospital o en las habitaciones del EHPAD (geriátricos), son inmediatamente enterradas (¿o cremadas?, la cremación está más en el espíritu de estos tiempos), sin invitar a nadie, en secreto. Muertas sin el más mínimo testimonio, las víctimas se reducen a una unidad en las estadísticas de muertes diarias, y la angustia que se propaga en la población a medida que aumenta el número total tiene algo extrañamente abstracto.

Otra figura que se ha vuelto muy importante en estas semanas es la edad de los enfermos. ¿Hasta cuándo deben ser resucitados y tratados? ¿70, 75, 80 años? Depende, aparentemente, de la parte del mundo en la que se vive; pero nunca antes se había expresado con tanta calma y desvergüenza el hecho de que la vida no tiene el mismo valor para todos; que a partir de cierta edad (¿70, 75, 80?) es un poco como si uno ya estuviera muerto.

Todas estas tendencias, como he dicho, ya existían antes del coronavirus; sólo se han manifestado con nuevas pruebas. No despertaremos, después del encierro, en un nuevo mundo; será lo mismo, sólo que un poco peor.

Revista Ignorantes 

Bifo “El capitalismo ya no es inevitable”

Por Marcelo Expósito

La filosofía activista ha priorizado durante mucho tiempo pensar la movilización a partir de las pasiones alegres. Es verdad que el feminismo nos ha alertado siempre acerca de nuestras vulnerabilidades y que las feministas se han exigido siempre reflexionar y hacer política desde ese lugar. Pero la política militante se ha pensado habitualmente como si las potencias del cuerpo fueran inagotables. El italiano Franco “Bifo” Berardi(Bolonia, 1949), sin embargo, ha tomado siempre en cuenta el papel de las pasiones tristes, el miedo, la depresión o la pulsión suicida. Dos libros suyos en particular plantean la relación entre capitalismo y enfermedad: La fábrica de la infelicidad (2000) Héroes. Asesinato masivo y suicidio (2015).

Bifo es un filósofo y un militante histórico de la idea y la práctica de la autonomía. Es recordado por su implicación en las revueltas de 1977 en Bolonia y, desde su participación en Radio Alice, la primera del movimiento de emisoras libres de Italia, se le reconoce por su activismo en la creación de medios y redes de comunicación independientes. No podría asegurar cuándo nos encontramos por primera vez en persona, pero lo tengo incorporado desde mucho tiempo atrás en mi memoria compartiendo dos tipos de situaciones: caminando juntos en manifestaciones y conversando generosamente durante horas, porque Bifoes un hombre amable y culto, siempre sorpresivamente inventivo. Durante mi cuarentena me he visto tentado a revisar su libro Fenomenología del fin (2015), cuyo título en inglés se basa en un juego de palabras: es tanto una fenomenología del “fin” como del “y”, es decir, que trata simultáneamente del punto final y de la conjunción. Inspirado por este libro tuve el impulso de charlar con él sobre cómo debemos relatar esta crisis civilizatoria a partir de los sentimientos extendidos de miedo e incluso de terror por nuestra impresión de haber llegado a un punto final, y hacerlo de una manera que no alimente los imaginarios apocalípticos en los que crecen los nuevos autoritarismos y los nuevos ecofascismos. Mantuvimos esta conversación el martes, 7 de abril de 2020.

Bifo, estás en Bolonia, ¿verdad? ¿Cómo te encuentras?

Bien, me encuentro bastante bien. Estoy en Bolonia. Tengo una casa que no está alejada de las famosas Torres de Bolonia, en el centro. La ciudad está desierta como muchas ciudades occidentales. Y orientales también.

¿Cuál es la situación en Bolonia con respecto a la región de Lombardía y otras ciudades que han sido más afectadas por la pandemia?

Bolonia está situada en la parte más al sur de la Pianura Padana, el norte de Italia conocido por ser de las zonas más fuertemente golpeadas, más que Wuhan por decirlo en términos de víctimas mortales. Pero Bolonia es la ciudad menos golpeada de la región. Es interesante observar por qué la Pianura Padana y no Nápoles o Sicilia, que se han visto afectadas mucho menos o casi nada. ¿Por qué Nueva York y no las amplias llanuras, por qué Wuhan y no otros sitios? Yo creo que el virus ha golpeado más fuerte en los lugares con más polución, donde nuestros pulmones son más débiles. Es un indicio de que las condiciones de la atmósfera han llegado a un nivel que es peligroso para el cuerpo humano. El aire es ahora magnífico en Bolonia. Puedo abrir la ventana y respirar. Soy asmático pero puedo respirar. Antes, normalmente no podía. Todos los días del año sobrepasamos los límites de contaminación ambiental establecidos por la Unión Europea. Pero desde hace unos días el aire está limpio. ¿Qué significa eso? No lo sé. O lo sé pero no lo digo [risas].

Has escrito ya dos artículos sobre la pandemia: “Crónica de la psicodeflación” y “Más allá del colapso”. La crónica contiene un par de imágenes menores que son muy conmovedoras. La primera relata cómo tomaste conciencia de tu especial vulnerabilidad en la situación actual. Nos narras una llamada telefónica de tu sobrina Tania que fue el primer toque de atención que recibiste sobre la obligación de tomarte en serio lo agresivamente contagioso que es la Covid-19. En ese instante caíste en la cuenta de tu condición especialmente vulnerable durante la pandemia: con el tono autoirónico y el humor negro que te caracterizan hablas de ti mismo como de un viejo asmático, alguien que forma parte de eso que de una manera muy ambivalente se denomina “grupo de riesgo”, una designación que lo mismo protege que estigmatiza. Más allá de la ironía, ¿cómo estás viviendo estas cuestiones en estos días? ¿Está cambiando tu manera de pensar sobre la enfermedad o la mortalidad reconciéndote atravesado de una manera tan directa por esta especial condición de fragilidad?

Mi vida cotidiana, lo confieso, no ha cambiado mucho. Viajo continuamente y eso sí ha cambiado. No puedo viajar y no sé cuándo podré ir a Barcelona. Tengo un deseo muy fuerte de ir a Barcelona pero sé que no podré hacerlo en dos, tres meses… ¿Cuánto? No lo sé. Pero, a pesar de esta diferencia, mi vida en Bolonia siempre ha sido una vida muy doméstica, tengo una casa llena de libros, puedo pintar… vivo bien acá. No salgo cuando estoy en Bolonia. Lo que ha cambiado es mi relación con la mortalidad, como tú has dicho. Y no porque antes no hubiera pensado en ella. Tengo que compartir una confidencia: he empezado este año a escribir un libro que se llama Devenir nada, lo que significa: morir. Es un libro sobre la muerte en el que estaba elaborando muchas ideas a partir de Schopenhauer, Spinoza… una especie de declaración de rechazo a la longevidad. No me gustan los viejos, no me gusto a mí mismo como viejo y no creo que haya sido una buena idea prolongar la vida humana más allá de lo que es digno. Es también una declaración de amistad a la muerte, que es algo que la modernidad ha rechazado y ha querido hacer desaparecer. Pues bien: el caso es que después empezó la pandemia y con ella me he visto obligado a pensar en la muerte de manera menos filosófica y más médica o más concreta. Y al mismo tiempo me ha entrado una especie de alegría de lo impredecible, porque en los últimos años he repetido muchas veces una idea de John Maynard Keynes en el sentido de que tenemos que hablar de lo inevitable: el capitalismo, la violencia, el totalitarismo… pero debemos hablar también de aquello que nunca se puede predecir. Voilà!, lo imprevisto ya está aquí y me ha dado una energía intelectual que ya no tenía. Porque antes me parecía que el capitalismo había ganado para siempre, que se iría transformando de manera cada vez más automática y totalitaria sin que pudiéramos hacer nada. Pero ahora lo impredecible ha abierto un nuevo escenario. Es trágico, es dramático, es brutal… pero al mismo tiempo es la apertura de un nuevo posible contra lo inevitable.

Tu sobrina te alerta sobre tu situación personal y se dispara en tu relato una segunda imagen que te trasciende como sujeto vulnerable a título individual. El objeto de su llamada es impedir una cita: evitar que tú, tu hermana Lucia y tu hermano Fabio quedéis a cenar. Nos cuentas que habéis mantenido la rutina de encontraros esporádicamente como un hábito residual de los encuentros regulares que manteníais para comer en casa de vuestra madre. Rememoras la entrada de tu madre en lo que llamas “una larga agonía” y cómo los vínculos familiares van languideciendo con ella. Siempre has puesto la subjetividad en el centro, se podría decir que has pensado casi siempre en voz alta desde “un” cuerpo. Pero nunca te había sentido adoptar este registro testimonial. ¿Qué nos está sucediendo? ¿Cómo interpretar esta emotividad general repentina, la manera en que durante la cuarentena masiva estamos poniendo de nuevo en el centro –no solamente de manera filosófica, como has dicho, sino de una manera tan material como la salud y la muerte de nuestros cuerpos– la importancia de cultivar relaciones sustanciales?

Naturalmente, la relación estrictamente familiar se vuelve importante porque es la más cercana. Pero no me gusta tanto la idea de que estaríamos volviendo a una dimensión familiar. Sí, claro: estamos en casa, quien vive en condición de pareja como yo puede disfrutar del compartir, de charlar, quien vive solo tiene que considerar la soledad como una situación que puede ser tal vez rica, tal vez triste… Pero el problema verdadero no es tanto lo que nos queda sino sobre todo lo que nos falta. Y lo que nos falta son las relaciones que tienen un sentido. Lo que a mí más me falta, tengo que decirlo, es el amigo que me vende el hachís y no puedo verlo, no sé dónde se ha metido [risas], aunque eso es sólo un pequeño dato particular. Pero a gran escala echamos de menos durante la cuarentena las relaciones que tienen un sentido porque estamos pensando desde el punto de vista de la fragilidad. Estamos reevaluando qué podrá ser la vida cuando salgamos de la cuarentena. Y desde un punto de vista intelectual no veo esta situación como una disminución. La percibo como un refinamiento y una ampliación de nuestro horizonte. Mis amigos me han dicho mil veces: “¡Tu pensamiento es depresivo!”, y ni antes era depresivo ni ahora me he vuelto de repente un tipo alegre. No. Lo que sucede es que me parece que estamos en condiciones de repensar las cosas: todo lo que era puramente habitual ha desaparecido y ahora miramos lo esencial.

Cuando salgamos, has dicho. En tu artículo evocas otra imagen que tiene una escala muy diferente de lo doméstico: la de millones de jóvenes y adolescentes ocupando el espacio público global en 2019 para alertarnos sobre la emergencia climática y exigir que detengamos el modelo también global que la provoca. ¿Cómo se relaciona esta imagen con la pandemia y su corolario, la cuarentena masiva? Es verdad que se está reflexionando suficientemente sobre la relación entre los daños que el capitalismo y en especial cuatro décadas de neoliberalismo han infligido al planeta y sus ecosistemas, y el daño que se ha ocasionado simultáneamente a las políticas públicas que deberían cuidar de la reproducción y la sostenibilidad de nuestras sociedades. Pero ¿te parece que hay algo más que decir en relación a este imaginario contradictorio que surge de la crisis terminal del neoliberalismo? Tenemos por una parte millones de cuerpos jóvenes en la plaza global y, por otra parte, millones de cuerpos confinados, todo ello dentro de un marco de consecuencias climáticas y sanitarias que se ceban sobre los cuerpos más vulnerables a una escala que no conocíamos en la historia contemporánea.

Te refieres a los movimientos Fridays for Future o Extinction Rebellion… Yo participé en la manifestación del 15 de marzo de 2019 y era una movilización de jóvenes, muy jóvenes, hasta de niños de educación primaria que gritaban palabras muy claras: “No queremos vivir en el mundo de la violencia climática que el capitalismo ha producido”, porque la palabra capitalismo estaba escrita en las pancartas de los niños. Era el capitalismo mismo lo que cuestionaban, la sociedad industrial, la sociedad patriarcal… la sociedad en la que nos llaman a vivir. En ese mismo periodo, en abril de 2019, vi una película contundente, muy fuerte de una directora libanesa que se llama Nadine Labaki. Se titula Cafarnaúm (2018) y es una película muy impresionante que cuenta la historia de un niño que le dice a un juez: quiero denunciar a mis padres porque me han traído a vivir a este mundo. Me dije: la revuelta de Greta Thunberg es muy cercana a este sentimiento de desesperación total. Después vino la Cumbre del Clima de Madrid en diciembre de 2019 y significó la total impotencia de la clase política global, su falta de voluntad, su ignorancia… Existen por supuesto los criminales como el presidente de Estados Unidos de América, pero no se trata sólo de que haya una voluntad de poder violenta, hay también un sentimiento de impotencia: “¿Qué podemos hacer?, ¿podemos parar la máquina productiva? ¡No, no podemos! ¡La máquina productiva es indispensable, sin ella morimos!”… ¡E voilà lo imprevisible! Hemos llegado a un punto en que inevitablemente la máquina productiva se detiene porque si no la paramos morimos. ¡Una paradoja extraordinaria! Si no paramos ahora la máquina de producción justamente vamos a morir a millones. Es entonces cuando la detienen. ¿Pero qué sucede más allá de pararla?

Hago una sugerencia: comprar el último número de The Economist, la revista más importante del pensamiento neoliberal. Su título es: A grim calculus, un cálculo macabro. ¿Qué es este cálculo doloroso? El periódico lo dice de manera honesta y realista: estamos obligados a parar la economía porque si no, morimos. Pero cuidado, porque morirá más gente durante los próximos cinco años por causa del parón de la economía, ya que la ruptura de las cadenas productivas y distributivas provocará efectos de desempleo, hambre, desesperación enormes. No podemos decir que The Economist esté afirmando locuras, porque cuando pensamos en el futuro sabemos que será así. Entonces, yo propongo una reflexión que hace apenas seis meses habría parecido totalmente utópica y ahora no lo es. Es verdad que si seguimos con los criterios de la economía consumista, si detenemos la economía en los términos de un capitalismo que prioriza la obtención del máximo beneficio vamos a producir inevitablemente efectos catastróficos en los próximos años.

¿Qué podemos hacer? Podemos renunciar al beneficio, a la propiedad privada, a los criterios de prioridad que son específicos del capitalismo. Lo primero que tenemos que hacer y debemos hacerlo ahora mismo es establecer qué necesitamos básicamente: la alimentación, los medicamentos, la comunicación, el afecto, el placer de hablar con los otros… las cosas a las que no podemos renunciar porque sin ellas morimos. Claro que a mí me gusta volar en avión, ¡quiero volver a volar en avión en un futuro, por favor!, pero no me resulta indispensable. Lo que sucede es que a la hora de cambiar los criterios de qué es indispensable y en el momento en que comienzan las restricciones surge un problema político: ¿cuál es la fuente de legitimidad para tomar estas decisiones?, ¿quién toma estas decisiones sobre cuáles son las prioridades? Esto constituye un mundo político totalmente nuevo que va a abrirse dentro de pocos meses o un año.

Pero al estallido financiero de 2008 le sucedió una reacción ciudadana que consistió en la revuelta de las plazas: de Tahrir a Occupy pasando por el 15M, las protestas contra las políticas de austeridad en Grecia o Portugal, los movimientos estudiantiles o juveniles en México, Colombia o Chile… Fue una fase de protestas que entre 2011-2013 potenció a gran escala una articulación entre las redes virtuales y la presencia masiva en el espacio público de las calles. Esto fue necesario para que se pudiera plantear un pulso a propósito de lo que tú llamas la fuente de legitimidad a la hora de tomar decisiones sobre las prioridades, legitimidad que en aquel momento residía exclusivamente en los gobiernos neoliberales. En un país como España esa respuesta ciudadana ha resultado muy determinante, porque la revuelta de las plazas permitió que hoy podamos estar afrontando la crisis múltiple que ha desencadenado esta pandemia en una situación donde la fuente de legitimidad es más compleja, no es solamente el criterio neoliberal. Sin embargo, aunque necesitamos continuar con ese pulso que permitiría el cambio radical de modelo que propones, no podemos volver a potenciar esa articulación entre redes y plazas. Durante un largo periodo de tiempo no será posible reeditar las formas de protesta que consisten en la ocupación masiva del espacio público, como sí fue el caso en 2011 y también en el año 2019 del que has hablado. Y por si esto no fuera suficiente problema, hoy nos enfrentamos en muchos países a gobiernos que no solamente son neoliberales sino que responden a un devenir autoritario del neoliberalismo.

Hay una diferencia fundamental entre lo que pasó después de 2008 y hoy. El colapso de 2008 fue esencialmente un colapso financiero, es decir, surgió el problema de cómo volver a establecer un equilibrio en el funcionamiento de las finanzas y por supuesto entre balance financiero y economía social. La gran novedad es que ahora, aunque las finanzas hagan todo lo que les resulta posible casi no servirá de nada. ¿De qué sirve que inyecten millones de millones de euros o de dólares si no tenemos mascarillas, respiradores, comida, cosas materiales muy concretas que son producto de la inteligencia científica humana? Sin eso, puedes tener un billón de dólares: no te sirve de nada.

Quieres decir que solamente un rescate bancario como el que palió la crisis de 2008 ya no serviría como única solución frente a la pandemia.

Claro, porque el problema fundamental es cómo volvemos a dar prioridad a lo que resulta útil, todo lo que en la historia del capitalismo ha sido progresivamente cancelado por la abstracción financiera. La historia de los últimos dos siglos ha sido la historia de la cancelación de lo concreto, del valor de uso. Y de repente el valor de uso vuelve rompiendo todas las máquinas financieras abstractas proponiendo que debemos volver a hablar de algo muy concreto. Quién paga la crisis no es el único problema. Evidentemente que si tú tienes mucho dinero puedes corromper a alguien para conseguir prioritariamente un respirador, pero a escala social el problema es qué cosas útiles necesitamos concretamente. Eso es extraordinariamente nuevo, porque la gente importante hoy no son los financieros que decidían hace diez años y a quienes no les importaba nada en absoluto cuáles eran las necesidades de la población. No: hoy son importantes los científicos, los técnicos, quienes saben producir una mascarilla, quienes saben cultivar la lechuga para la ensalada que nos vamos a comer mañana. Somos nosotros, los productores, sobre todo los productores científicos el centro del proceso de reactivación de lo concreto y lo útil.

Nos venía avisando de este colapso el movimiento contra la emergencia climática y en general la nueva ética global que exige reconsiderar la sostenibilidad del conjunto de la vida sobre el planeta de una manera no antropocéntrica. Es evidente que estamos culminando una crisis del humanismo, pero se trata de un declive fuertemente ambivalente. Por un lado, es cierto que la modernidad puso al “hombre” (un hombre, claro, muy connotado: blanco, europeo, etc.) en el centro dotándolo de un sentimiento de omnipotencia que ha resultado ser destructivo. Por otro lado no es menos verdad que el iluminismo construyó valores éticos y políticos que, precisamente al ser aniquilados por el neoliberalismo, se ha provocado la ruina de los sistemas democráticos. La herencia de la modernidad europea tiene que ser reexaminada a la luz del colonialismo o de la violencia antropocéntrica sobre el conjunto del planeta. Pero en la crisis global de la democracia el neoliberalismo deviene en monstruos autoritarios. Para hacerles frente, parece que resulta más urgente que nunca volver a reivindicar derechos humanos y valores solidarios que también constituyen una herencia histórica de la modernidad. Estas contradicciones venían siendo acuciantes en Europa durante las últimas décadas, pero parecen resultar ahora ya un problema de primer orden cuando nuestro continente se ha convertido en el epicentro mundial de esta primera pandemia del nuevo milenio.

Me parece que los nacionalistas agresivos, trumpistas, están un poco marginados en esta crisis. Yo lo veo en Italia, Salvini se ha vuelto un personaje casi ridículo. Exige que todo el mundo pueda acudir a la misa solemne de Pascua cuando el Papa Francisco ha pedido por el contrario que la gente se quede rezando a Dios en sus casas. Francisco ha estado magnífico en su aparición, en una performance artística frente a una Plaza de San Pedro vacía diciendo cosas muy profundas a nivel ontológico como que esta pandemia no es un castigo divino. ¡Dios no va a castigar a sus hijos, es un pecado social, estamos locos si pensamos que podemos estar sanos en una sociedad enferma! Francisco es un genio mientras que los derechistas parecen empobrecidos. Mira Boris Johnson. Espero que se recupere muy pronto de su enfermedad pero es el símbolo de la incompetencia existencial de la derecha global. A pesar de eso, creo que Trump va a ganar las elecciones y que los Estados Unidos van a vivir una segunda Guerra de Secesión. Los Estados Unidos están muertos, créeme. Pero esto es otro asunto…

Lo que tú planteas es que el neoliberalismo mismo va a asumir caracteres agresivos y totalitarios. No necesitará obligadamente a la derecha fascista porque el neoliberalismo, si quiere reproducir su funcionamiento, tiene que adoptar medidas totalmente represivas. Y por eso yo afirmo que tenemos que crear, de la manera más pacífica posible, las condiciones para experimentar una metodología totalmente nueva. Europa es ideal para hacerlo. Europa ha sido golpeada más fuerte que otros lugares del mundo, asiste a una crisis motivacional de la derecha –sé que existe Orban pero no me parece que importe muchísimo en este orden de cosas, para ser francos–, y España en particular es un lugar en el que el movimiento de ocupación de las plazas ha producido formas de transformación organizativa y subjetiva importantes, quizá no para cambiar el mundo por sí mismo pero sí para decir: se pueden crear formas que, ellas sí, van a cambiar el mundo desde la vida cotidiana. No desde el Parlamento, no será el Parlamento el lugar central; serán las asambleas, las asociaciones de vecinos, los médicos, los científicos que se reúnen para preguntarse: ¿qué necesitamos? Tal cosa es lo que necesitamos. Y entonces, si hay una fábrica que produce aviones militares, bueno, la cerramos. Porque necesitamos una fábrica que produzca respiradores, que produzca comida… Se tiene que cerrar el sistema militar europeo. Es algo que tenemos que decir: con el avión militar estadounidense F-35 que Italia ha comprado se pueden producir dos mil unidades de terapia intensiva para repartir. ¡Dos mil! ¡Y hemos comprado un F-35 en lugar de terapia intensiva! En el día de mañana tenemos que declarar: de acuerdo, olvidemos el pasado, como dicen los napolitanos: scurdammoce ‘o passato, simmo ‘e Napule paisà, no importa lo que haya sucedido. Lo que importa es que ahora no necesitamos aviones militares. Y entonces, no solamente el dinero sino también las energías físicas, materiales que utilizamos para producir armas, todo eso vamos a dirigirlo a la producción de alimentos, medicamentos y libros. Sería una forma de empezar, sé que estoy delirando, pero lo que intento explicar es que ahora estamos enfrentándonos a una posibilidad real, porque la alternativa es clara: o producimos aviones militares y morimos o no producimos aviones militares y vivimos.

Esto me recuerda otra idea que expresas en tu crónica sobre la psicodeflación, que el capitalismo es “una axiomática”. Se basa en axiomas que se autojustifican sin necesidad de más explicaciones, y parece claro cuáles de sus axiomas se han revelado ahora como falacias para la economía y prácticas nocivas para la subjetividad, incluso como políticas criminales para la vida sobre el planeta. Enumeras algunos de ellos: el individualismo, la agresividad, la competitividad… Les contrapones una enumeración en sentido contrario, no de axiomas sino de… ¿valores?, ¿tú los llamarías así, de esta manera tan humanista o de otra forma? En cualquier caso serían: frugalidad, decrecimiento, solidaridad, contacto… Pero sobre todo afirmas que debemos situar en el centro de la escena la idea de “igualdad”. Resulta curioso porque la igualdad es precisamente uno de los ideales centrales de la modernidad, hasta el punto de situarse en el centro mismo de la divisa republicana. ¿Adónde nos conduce tu reflexión? Si estamos de acuerdo en que atravesamos una crisis radical del humanismo, ¿se supone entonces que debemos más bien reinventar el significado de la igualdad en la era de esto que Donna Haraway denomina Chthuluceno? En el segundo artículo que has escrito sobre la pandemia, “Más allá del colapso”, reivindicas precisamente que Haraway es quien mejor ha predecido la pandemia desde la filosofía.

Hay dos aspectos que me interesan en tu pregunta. El primero es qué significa igualdad. En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y en otras constituciones de todo el mundo se afirma la igualdad. Es una igualdad política, incluso puramente formal. Ahora tenemos que pensar la igualdad desde otro punto de vista que no es, digamos, moral, es muy concreto: es el punto de vista de la frugalidad. Se trata de un punto de vista filosóficamente complicado pero muy importante, que es el de la felicidad, del placer. El placer no es tener muchas cosas. El placer es gozar del tiempo, es la condición de estar en armonía con los otros, con la naturaleza. Puede parecer banal pero lo estamos descubriendo de manera muy fuerte en estos días. Entonces, la igualdad es esencialmente una distribución igualitaria de lo que podemos producir, y en condiciones de colaboración podemos producir muchísimo, lo que cada uno necesita en el planeta y mucho más. El problema de la escasez pertenece al pasado premoderno, la modernidad ya creó las condiciones para una suficiente disponibilidad de recursos gracias a la potencia de la ciencia y de la tecnología. Por tanto, estamos hablando de una idea de igualdad no meramente ideológica ni política, sino una igualdad en el acceso a lo que resulta necesario.

El segundo aspecto de tu pregunta que me interesa y que puede hacer incluso más concreto el discurso sobre la igualdad tiene que ver con el criterio que funda la historia de la economía capitalista: el criterio del beneficio y de la acumulacíón de plusvalía, de valor abstracto. Bueno. Hay un ejemplo que me ha chocado mucho, se lo he leído a Farhad Manjoo, un tipo que escribe en el New York Times sobre tecnología. Tiene un artículo reciente sobre un tema del que se habla muchísimo, las mascarillas sanitarias que no se pueden encontrar. ¿Qué sucede en la más grande potencia económica del mundo que son los Estados Unidos de América? Tienen 4 millones de mascarillas y necesitan 3 billones en el próximo mes, de manera que tienen un 1% de lo que necesitarían. Y no lo pueden producir porque lleva tiempo construir una fábrica que pudiera hacerlas… ¿Y por qué? ¿Por qué esta locura? Pues la explicación es muy sencilla y lo reconoce el mismo New York Times: el criterio que gobierna las decisiones económicas es el de obtener el máximo beneficio. Producir mascarillas sanitarias apenas da beneficio y lo pueden hacer en China, ¿no?, donde el trabajo cuesta muy poco. El resultado es que el 80% de las mascarillas sanitarias que hay en el mundo se producen en China. Desafortunadamente, China ha tenido de repente necesidad de utilizarlas. ¿Y qué pasa después? Pues que todo el mundo está buscando un objeto indispensable pero que, gracias a la prioridad que se le ha dado al beneficio económico, no se ha producido en Estados Unidos. Por lo tanto, debemos olvidarnos de esta vieja idea de beneficio, competitividad económica y acumulación de plusvalía y empezar a valorar lo que es realmente necesario. Debemos hacer una lista: ¿qué es lo más necesario? Primero el alimento, segundo, tercero, cuarto, quinto, hasta lo centésimo… Entre las necesidades habrá también una camisa muy bella de color rosa y un avión supersónico, pero en el puesto milésimo. Tenemos ahora esta urgencia de decidir partiendo de un problema de criterio, porque se trata de un criterio de elección: primero lo útil, lo concretamente útil para la mayoría de la población. Y esto hace de la igualdad un concepto mucho más fácil de entender: hay una lista de cosas que son necesarias para todos. Después, si te gusta la camisa rosa o un pantalón negro, los pones en lista pero al final.

Te planteo una última cuestión. Hay una imagen de tu libro La sublevación (2012) que siempre tengo en el pensamiento. La utilizas para condensar todo aquello que en el ciclo de revoluciones del 68 tiene que ver con el plano subjetivo de la revuelta. Rememoras una actuación del Living Theatre en un teatro italiano donde provocaron una respiración rítmica del conjunto del auditorio que acabó convirtiéndose en un mantra. Esta imagen muy bella evoca principios de armonía relacional a través de una coordinación rítmica de los cuerpos, y pone de manifiesto que, en las revoluciones, la “conspiración” es una “co-inspiración”. El conjurarse para la revuelta consiste tanto en inspirarnos mutuamente como en respirar rítmicamente en conjunto.

Están proliferando en estas semanas las interpretaciones según las cuales este régimen de aislamiento masivo que exige la cuarentena podría ser un entrenamiento en nuevas formas de control tecnoautoritario que hipotéticamente servirían para gestionar el previsible derrumbe económico que viene de la mano con la crisis sanitaria. En “Más allá del colapso” aceptas que se trata de una posibilidad. Pero adviertes que existe otra: que los cuerpos en cuarentena interioricen una identificación psicológica entre la enfermedad y la inevitabilidad de reproducir las conexiones a distancia por causa del confinamiento. Dicho de otra manera, que podría no normalizarse la distancia impuesta en las relaciones sino que, al contrario, identificaremos psicológicamente este “distanciamiento social” con el hecho de estar enfermos. Esto significaría que quizá, después de la cuarentena masiva, las subjetividades rechacen como normal esta situación de excepcionalidad hasta el punto de que se relance un deseo colectivo de conjunción entre los cuerpos, de relacionalidad presencial. Desde este punto de vista se podría decir que durante la cuarentena y a consecuencia de eso que tú denominas el terror –que es diferente del miedo– que provoca la pandemia se está librando en nuestros propios cuerpos, en el plano psicológico y en el seno de las subjetividades el mismo pulso entre autoritarismo y reinvención de la democracia que lleva teniendo lugar de manera muy evidente al menos desde la crisis financiera de 2008.

Lo primero que debemos evidenciar es que en estos días en los que estamos obligados a hablar a través de las pantallas, la conexión se ha hecho omnipresente. Esto podría continuar después del fin de la pandemia. Pero podría también verificarse un fenómeno psicológicamente muy probable, muy comprensible: que identifiquemos la pantalla con un período triste de aislamiento. Y entonces se podría producir una vuelta de la conjunción, de la relación conjuntiva, que no significa olvidar la conexión a distancia pero sí considerarla como algo puramente instrumental. En segundo lugar, te agradezco mucho lo que has dicho y no lo habíamos preparado antes [risas], tus consideraciones sobre la respiración. Mi último libro, que todavía no ha sido publicado en castellano, se titula en inglés Breathing y en italiano Respirare. Está dedicado a la cuestión de la respiración. Nos encontramos en el interior de una crisis global de la respiración: son nuestros pulmones, es el aire contaminado el problema de hoy. Pero, al mismo tiempo, estamos descubriendo cómo la relación entre seres humanos, antes de ser una relación económica e instrumental es una relación de armonía de la respiración, de compartir un ritmo, un ritmo erótico, de la inteligencia, de la poesía, del caminar a través de la ciudad, de la noche y el día. El ritmo de la respiración. Yo estoy esperando que surja una idea igualitaria que se funde sobre la armonía planetaria de la respiración.

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Esta conversación forma parte de La pandemia en germinal. Conversaciones sobre un mundo en cuarentena, una serie producida para El Aleph. Festival de Arte y Ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con la colaboración de Galería Àngels Barcelona, La Maleta de Portbou. Revista de Humanidades y EconomíaRevista CTXT y Nodal (Noticias de América Latina y el Caribe)

Fuente: http://lobosuelto.com/entrevista-a-bifo-el-capitalismo-ya-no-es-inevitable-marcelo-exposito/

Problema de vida o muerte: El desafio político de la sociedad brasileña

por Altamir Tojal

Es muy difícil mantener la distancia y el aislamiento social, inclusive en países donde el gobierno central apoya o determina, articulando con otros poderes y niveles de la administración pública y con la sociedad. Es difícil incluso cuando todos reman en la misma dirección.

Hasta ahora, esta ha sido la única medida efectiva para contener los efectos de la pandemia del Covid 19 hasta que se creen nuevos tratamientos, medicamentos y vacunas efectivas que puedan producirse y ponerse a disposición de la población del planeta, es decir, de la humanidad.

SACRIFICIO Y RECOMPENSA

El sacrificio es grande en países que cumplen el distanciamiento y el aislamiento, pero los resultados son positivos: el «aplanamiento de la curva de contagio», la reducción de muertes y la posibilidad de tomar medidas para la expansión prudente y organizada de la circulación y el reinicio actividades económicas que tuvieron que ser suspendidas.

Esta etapa ya comenzando en China y otros países de Asia y se anuncia en Europa y en otros lugares. Los gobiernos de todas las regiones persiguen esta estrategia y trabajan para definir formas seguras y sustentables, es decir, con el menor riesgo posible de retroceso de las medidas de flexibilidad.

BRASIL A CONTRAMANO

Aquí ni siquiera llegamos a tener aislamiento efectivo. Lo que sucede es el auto-aislamiento de quienes quieren y pueden y las medidas de los gobernadores y alcaldes que restringen el movimiento de personas y algunas actividades.

En Brasil, mientras el presidente de la república actúa contra el distanciamiento y el aislamiento social y manipula políticamente la cuestión sanitaria, ya estamos experimentando un aumento del contagio que podría haberse evitado, del sufrimiento, de miles de muertes y hemos llegado al colapso del sistema de salud en muchas ciudades. Esto tiende a empeorar en las próximas semanas.

PEOR PARA LA ECONOMÍA

Es probable que el efecto sobre la economía, que ya es devastador, sea aún más severo. Ya somos el país que tiene una de las mayores devaluaciones de la moneda, uno de los peores resultados en el mercado de valores y, ciertamente, la caída del PIB en Brasil será mayor que el promedio de otros países, según lo previsto por el Banco Mundial.

El desempleo, que ya era enorme, aumentó en aproximadamente un millón de personas y el colapso de la economía informal impone a millones de trabajadores precarios el dilema de tener que elegir entre el hambre y el riesgo de enfermedad y muerte. La Renta de Emergencia aprobada aún no llega a gran parte de las personas más pobres. Las medidas de apoyo a las empresas no parecen ser suficientes para preservarlas y salvar los empleos.

SIN PROTECCIÓN SOCIAL

Todo esto significa un mayor riesgo de contagio por el virus, sufrimiento y muerte y también más dificultades para la recuperación económica.

El sistema de protección social es insuficiente en Brasil e inadecuado para los cambios sociales y económicos que han tenido lugar en el mundo durante mucho tiempo. Todo lo que no se ha hecho en las últimas décadas en términos de inversión en salud, educación e infraestructura ahora pasa la cuenta multiplicada por la gravedad de la crisis.

ACCIÓN DE GENOCIDIO

Todo indica que el presidente Jair Bolsonaro continuará actuando para agravar la crisis de salud y, en consecuencia, la situación económica del país, ya sea para tratar de evitar que su clan rinda cuentas ante la justicia o por objetivos electorales, o peor, dictatoriales. Todo esto camuflado por un discurso negacionista.

Sacó al Ministro de Salud que había estado haciendo lo correcto y empeoró el ambiente político con la maniobra que condujo a la salida del Ministro de Justicia. Hace un llamado a la población a levantarse contra las únicas medidas sanitarias que funcionan. Y no muestra signos de que cambie su línea de acción genocida.

OBJETIVOS PERSONALES Y POLÍTICOS

Por el contrario, continúa atacando las medidas de alejamiento social y aislamiento. Hace un llamado a la gente para que desobedezca a los gobernadores y alcaldes y enviste contra el Congreso Nacional, el sistema de justicia, la prensa, la ciencia, la medicina y quien se atreva a criticar y oponerse a su proyecto. La situación de los gobernadores y alcaldes es insostenible. La crisis empeora dentro de la federación y entre los poderes. Además de ser genocida, las acciones de Bolsonaro son explícitamente anti-democráticas.

Demuestra su crueldad al usar la crisis de salud, el miedo al hambre en las familias y la angustia de los empresarios en ruinas por motivos personales y políticos. Apuesta a que su dominio sobre la máquina federal, el apoyo de los sectores militar, religioso y empresarial, sus seguidores organizados y el control de un equipo poderoso en las redes sociales serán capaces de subyugar a sus oponentes y a la sociedad, compensando cualquier desgaste que su posicionamiento genocida y dictatorial podría imponer .

POR LA VIDA Y LA DEMOCRACIA

El presidente de la república no solo escapa a la responsabilidad y al juramento de defender a la población y la democracia, sino que actúa en contra del esfuerzo que la sociedad realiza para protegerse y preservarse.

La sociedad brasileña que enfrentó más de veinte años de dictadura, superó la hiperinflación, sufrió uno de los mayores ataques de corrupción que se conocen en el planeta y atraviesa un largo período de estancamiento económico, ahora enfrenta un desafío político del mismo tamaño o quizás más grande que todos estos juntos, se enfrenta a una cuestión de vida o muerte: evitar el sufrimiento y la destrucción de los compatriotas en una escala que parece impredecible, la destrucción de la economía y la asfixia de las instituciones y la democracia misma.

 

Altamir Tojal: Periodista y escritor. Publico la novela Faz que Não Vê  y la colección de cuentos Oásis Azul do Méier.

Nadie sabe lo que puede un cuerpo

por Juan Dorado

He intentado varias veces sentarme a escribir sobre lo que nos está pasando. Terminar un párrafo me causaba dolor. Lo borraba asqueado. Sentía que el gesto más filosófico debería ser mantenerse en silencio. Lo sigo sintiendo. Cada día estoy más convencido de ello. Y eso que no estoy seguro de casi nada en los días de la peste, eso que los modernos llamamos pandemia. Sin embargo, me entra una sensación de seguridad cuando pienso que los que nos dedicamos a leer y a escribir, algunos también a enseñar, deberíamos hoy desaprender la seguridad con la que emitimos juicios y opiniones sobre el presente y, cómo no, sobre el futuro. Porque no hay futuro. Jamás ha habido y no lo habrá nunca. Cuando lleguemos a él, ya no será futuro. Además, como no se cansaba de repetir Agustín García Calvo: el Futuro es de Ellos, de los esbirros del Poder, de quienes hacen planes desde Arriba.  A nosotros, los que estamos abajo, los que habitamos las minúsculas, nos va la vida en romper el Futuro: o hay Futuro, entonces habrán ganado ellos, o no lo hay, y habremos resistido y desbaratado sus planes, ya que no habrán podido cumplirlos. Y eso significará que estamos vivos, con toda la imprevisibilidad, las infinitas improbabilidades, que eso supone. Ojalá algún día nos demos cuenta de que es la ciencia de la política, no la teología, que no es de este mundo, la que debería empeñarse en estudiar los milagros de nuestra vida en común: porque somos los seres humanos, con nuestra capacidad de actuar, los que podemos desplegar continuamente lo imprevisible y lo improbable, seamos o no conscientes de las consecuencias de nuestras acciones. Esta idea no es mía, aunque la haga mía, sino que aparece en los escritos de Hannah Arendt, una mujer cuya vida atravesó los tiempos más oscuros del pasado siglo demostrando el inmenso coraje cívico de pensar sin barandillas.

No soporto, por tanto, las predicciones con las que nos atosigan a diario los medios de (in)comunicación. Si esta pandemia viral que nos mantiene distanciados a los unos de los otros nos pilló desprevenidos, dejemos de sentirnos tan seguros para prever lo que vendrá. No lo sabemos. Y eso nos angustia. Convivamos, pues, con la angustia. Que nuestros cuerpos visibles nos hayan mandado parar para evitar un mal encuentro con otro cuerpo invisible al que llamamos virus nos tiene desconcertados. Nos habíamos acostumbrado a vivir como si no fuésemos cuerpos. Y, de pronto, estamos parados y encerrados, con miedos muy concretos que nos revelan que somos carne que delira y fantasea con inmunidades abstractas. Llevamos tanto siendo movilizados por fantasías de omnipotencia que hasta hemos sido capaces de llamar Antropoceno a una era geológica. De ahí que darnos cuenta de que la más minúscula de las criaturas, migrando inconscientemente de una punta a otra del planeta, haya sido capaz de detener la maquinaria económica mundial, algo que ninguna voluntad política había conseguido desde que tenemos memoria, entrañe una herida narcisista monumental. Hasta nunca, antropocentrismo. Pero alto aquí, es durísimo encajar este golpe en nuestro amor propio: que no nos extrañe, por ello, que proliferen las creencias en las más variopintas conspiraciones antes de aceptar que lo impersonal pueda desencadenar consecuencias sociales y económicas formidables. Ya nos advirtieron quienes montaban tragedias en la antigua Atenas: la soberbia es la más letal de las pestes para el cuerpo político.

Agarrarnos desesperadamente a lo probable no nos va a decir nada sobre lo posible. Al contrario, sólo servirá para cultivar tristezas y terminar atragantándonos de impotencia. Que nos resulte más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de nuestro modo de vida, ese realismo capitalista que ha pasado a convertirse en la religión de nuestra época, asfixia la mera posibilidad de imaginar alternativas. Me ha entristecido, incluso enrabietado, leer a autores y autoras a los que admiro desde hace mucho aprovechar este acontecimiento para atrincherarse en sus ideas. Al parecer, no aguantan que lo imprevisto estropee sus teorías. Defiendo, para quien quiera escucharme, que no es el tiempo de las predicciones, sino de las ficciones, de poner en práctica nuestra imaginación radical para narrarnos de otra manera de dónde partimos y adónde queremos llegar. Quienes me conocen y me leen saben que me ilusiona la puesta en práctica de una de estas ficciones: la renta básica universal e incondicional como un nuevo derecho humano para liberarnos de esos pedagogos de la crueldad que pregonan que la vida hay que ganársela. No sé si ha llegado su tiempo, tampoco me importa demasiado, pues no conozco ningún derecho social o político que haya caído del cielo. En todo caso, tampoco considero que deba ser la conciencia de nuestra vulnerabilidad lo que nos una en una vinculación negativa: los seres humanos no somos más vulnerables que cualquier otro viviente, tampoco en eso somos excepcionales. Prefiero centrarme en lo que podemos, precisamente porque tampoco lo sabemos.

“Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo”, escribía Spinoza en el ya lejano siglo XVII, pero sabemos por experiencia que “el cuerpo, en virtud de las solas leyes de su naturaleza, puede hacer muchas cosas que resultan asombrosas a su propia alma”. Apuesto que esta bendita ignorancia de nuestra potencia, de nuestra capacidad de afectar y de ser afectados, sea lo que nos haga sentir y experimentar en común que la Realidad no es todo lo que hay.

Política anticapitalista en tiempos de coronavirus

Por David Harvey

Cuando trato de interpretar, comprender y analizar el diario flujo de noticias, tiendo a ubicar lo que está pasando con el trasfondo de dos modelos de cómo funciona el capitalismo, que son diferentes, pero se entrecruzan. El primer plano estriba en la cartografía de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos del valor del dinero en busca de beneficio a través de los diferentes “momentos” (como los denomina Marx) de la producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Se trata de un modelo de la economía capitalista como una espiral de infinita expansión y crecimiento. Se vuelve bastante complicado a medida que se va elaborando a través, por ejemplo, de las lentes de rivalidades geopolíticas, desiguales desarrollos geográficos, instituciones financieras, políticas de Estado y reconfiguraciones tecnológicas, y de la madeja siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Concibo este modelo, no obstante, como algo encastrado en un contexto más amplio de reproducción social (en hogares y comunidades), en una relación metabólica en curso y siempre en evolución con la naturaleza (incluida la “segunda naturaleza” de la urbanización y el medio construido) y toda suerte de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes que crean las poblaciones humanas de manera característica a lo largo del espacio y el tiempo. Estos “momentos” incorporan la expresión activa de aspiraciones, necesidades y deseos, el ansia de conocimiento y sentido y la búsqueda en evolución de satisfacción contra un trasfondo de cambiantes disposiciones institucionales, contestaciones políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, muertes, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo resuelto en un mundo de una marcada diversidad geográfica, cultural, social y política. Este segundo modelo constituye, como si dijéramos, mi comprensión operativa del capitalismo global como formación social distintiva, mientras que la primera se refiere a las contradicciones dentro del motor económico que mueve a esta formación social por ciertas sendas de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por vez primera acerca de un coronavirus que estaba ganando terreno en China, pensé inmediatamente en las repercusiones que tendría en la dinámica global de la acumulación de capital.

Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos y alteraciones en la continuidad del flujo de capital tendrían devaluaciones como resultado, y que, si se extendían y ahondaban las devaluaciones, eso significaría el arranque de la crisis. También era bien consciente de que China es la segunda mayor economía del mundo y que había rescatado de manera eficaz al capitalismo global en el periodo de las secuelas de 2007–8, de manera que cualquier golpe a la economía china estaba destinado a tener consecuencias graves para una economía global que ya se encontraba, en cualquier caso, en una situación arriesgada. El modelo existente de acumulación de capital ya estaba, me parecía a mí, en dificultades. Se estaban sucediendo movimientos de protesta en casi todas partes (de Santiago a Beirut), muchos de los cuales se centraban en el hecho de que el modelo económico dominante no estaba funcionando bien para la mayoría de la población. El modelo neoliberal descansa de manera creciente en capital ficticio y en una ingente expansión de la oferta de dinero y creación de deuda. Se está enfrentando ya al problema de una insuficiente demanda efectiva para realizar los valores que el capital es capaz de producir. De modo que ¿cómo podría el modelo económico dominante, con su decaída legitimidad y delicada salud, absorber y sobrevivir a los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta dependía onerosamente de cuánto pudiera durar y propagarse la alteración, pues, como señalaba Marx, la devaluación no se produce porque no se puedan vender las mercancías sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado yo la idea de “naturaleza” como algo exterior y separado de la cultura, la economía y la vida diaria. Adopto una visión más dialéctica y relacional de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones medioambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias involuntarias (como el cambio climático) y con el trasfondo de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que andan perpetuamente reconfigurando las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no hay nada que sea un desastre verdaderamente natural. Los virus van mutando todo el tiempo, a buen seguro. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en ello. En primer lugar, las condiciones ambientales incrementan la probabilidad de vigorosas mutaciones. Resulta plausible esperar, por ejemplo, que los sistemas de abastecimiento de alimentos intensivos o azarosos en las zonas subtropicales húmedas pueden contribuir a esto. Existen esos sistemas en muchos lugares, incluida China, al sur del Yangtse y en el Sudeste asiático. En segundo lugar, varían enormemente las condiciones que favorecen la rápida transmisión mediante los cuerpos receptores. Parecería que las poblaciones humanas de elevada densidad son un blanco receptor fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en grandes centros de población urbana, pero se desvanecen rápidamente en regiones escasamente pobladas. El modo en que los seres humanos interactúan unos con otros, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta al modo en que se transmiten las enfermedades. En épocas recientes, el SRAS, la gripe aviar y porcina parecen haber salido de China o del Sudeste asiático. China ha sufrido también enormemente a causa de la peste porcina, lo que ha conllevado el sacrificio de cerdos en masa y el aumento de los precios de la carne porcina. No digo todo esto para acusar a China. Hay muchos lugares más en los que son elevados los riesgos medioambientales de mutación y propagación. Puede que la “gripe española” de 1918 proviniera de Kansas y puede que África incubara el HIV/AIDS ,ny desde luego inició el virus del Nilo Occidental y el Ébola, mientras que el dengue parece florecer en América Latina. Pero las repercusiones económicas y demográficas de la difusión del virus dependen de grietas y vulnerabilidades en el modelo económico hegemónico.

No me sorprendió excesivamente que el COVID-19 se descubriera inicialmente en Wuhan (aunque no se sabe si se originó allí). Era evidente que los efectos locales serían substanciales y que, considerando que se trataba de un centro de producción de importancia, habría repercusiones económicas globales (aunque no tenía ni idea de la magnitud). La gran pregunta era cómo podrían producirse el contagio y la propagación, y cuánto duraría (hasta que se encontrara una vacuna). La experiencia previa había mostrado que uno de los inconvenientes de una globalización creciente estriba en lo imposible que resulta detener la rápida difusión internacional se nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo enormemente conectado en el que casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de potencial difusión son inmensas y están abiertas. El peligro (económico y demográfico) sería que la alteración durase un año o más.

Aunque se produjo una caída inmediata en los mercados bursátiles cuando se conocieron las primeras noticias, esto se vio seguido de un mes o más en que los mercados alcanzaron nuevas alzas. Las noticias parecían indicar que todo seguía como de costumbre, salvo en China. Parecía creerse que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, el cual terminó por contenerse con bastante rapidez y por tener una repercusión global bastante reducida, aunque tuviera una elevada tasa de mortandad y creara un pánico innecesario (visto a toro pasado) en los mercados financieros. Cuando apareció el COVID-19, la reacción dominante consistió en presentarlo como una nueva versión del SRAS, volviendo superfluo el pánico. El hecho de que la epidemia arrasara China, que se movilizó rápida y despiadadamente para contener sus repercusiones llevó asimismo al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que sucedía “por allá” y, por tanto, lejos de la vista y del pensamiento, acompañado de algunas inquietantes señales de xenofobia anti China. El clavo que con el virus pinchaba la historia, por lo demás triunfante, del crecimiento de China se recibió hasta con regocijo en ciertos círculos de la administración de Trump.

Sin embargo, comenzaron a circular historias de interrupciones de las cadenas de producción global que pasaban por Wuhan. En buena medida se ignoraron o se trataron como problema de determinadas líneas de producto o de empresas (como Apple). Las devaluaciones fueron locales y particulares y no sistémicas. Se minimizaron también las señales de caída de la demanda del consumo, aunque esas grandes empresas, como McDonald’s y Starbucks, que tenían grandes operaciones en el mercado interior chino, tuvieran que cerrar sus puertas durante un tiempo. El solapamiento del Año Nuevo chino con el brote del virus enmascaró su impacto a lo largo de enero. La autocomplacencia de esta respuesta estuvo gravemente fuera de lugar.

Las noticias iniciales de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas con un brote grave en Corea del Sur y unos cuantos focos más como Irán. Fue el brote italiano el que desató la primera reacción violenta. El derrumbe del mercado bursátil, que empezó a mediados de febrero, fue oscilando en cierto modo, pero para mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados bursátiles de todo el mundo.

El recrudecimiento exponencial de los contagios provocó una panoplia de respuestas a menudo incoherentes y con frecuencia llenas de pánico. El presidente Trump llevó a cabo una representación del intento de detener el mar frente a una marea potencial en aumento de enfermedades y muertes. Algunas de las respuestas han sido verdaderamente extrañas. Hacer que la Reserva Federal rebaje los tipos de interés a la vista de un virus parecía raro, aun cuando se reconociera que la medida estaba destinada a aliviar las repercusiones en los mercados, más que a detener el avance del virus.

En casi todas partes a las autoridades públicas y los sistemas de atención sanitaria los sorprendieron escasos de personal. Cuarenta años de neoliberalismo a lo largo de América del Norte y del Sur, y de Europa, habían dejado a la opinión pública totalmente al descubierto y mal preparada para enfrentarse a una crisis sanitaria de este género, aunque los anteriores sustos del SRAS y el Ebola proporcionaron bastantes advertencias, además de lecciones convincentes respecto a lo que habría que hacer. En muchas partes del supuesto mundo “civilizado”, los gobiernos locales y regionales, que invariablemente forman la primera línea de defensa de la salud pública y las emergencias sanitarias de este género, se habían visto privados de financiación gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las grandes empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas corporativistas tienen poco o ningún interés en investigaciones sin ánimo de lucro en enfermedades infecciosas (como es el caso de todos los coronavirus que llevan siendo bien conocidos desde los años 60). Las grandes farmacéuticas rara vez invierten en prevención. Tienen poco interés en invertir a fin de estar preparados para una crisis de salud pública. Le encanta proyectar curas. Cuantos más enfermos estemos, más dinero ganan. La prevención no contribuye al valor para los accionistas. El modelo de negocio aplicado a la provisión de salud pública eliminaba el superávit que se ocupaba de las capacidades que harían falta en una emergencia. La prevención ni siquiera era un área de trabajo lo bastante tentadora para justificar formas de asociación público-privado. El presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades [Center for Disease Control – CDC] y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemias del Consejo de Seguridad Nacional [National Security Council] con el mismo ánimo, mientras recortaba la financiación de toda la investigación, incluida la del cambio climático. Si quisiera ponerme antropomórfico y metafórico en esto, yo concluiría que el COVID-19 constituye una venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de grosero y abusivo maltrato a manos de un violento y desregulado extractivismo neoliberal.

Acaso sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, han pasado por la pandemia hasta ahora en mejor situación que Italia, aunque Irán desmienta este argumento como principio universal. Si bien ha habido muchas pruebas de que China gestionó el SRAS bastante mal, en esta ocasión el presidente Xi se movió con rapidez para ordenar transparencia tanto en la información como en la realización de pruebas, tal como hizo Corea del Sur. Con todo, se perdió en China algo de tiempo valioso (solo unos cuantos días pueden marcar la diferencia). Lo que resultó, sin embargo, notable en China, fue el confinamiento de la epidemia a la provincia de Hubei, en cuyo centro se encuentra Wuhan. La epidemia no se desplazó a Beiying o al oeste, ni siquiera más al sur. Las medidas tomadas para confinar geográficamente el virus fueron draconianas. Serían casi imposibles de reproducir en cualquier otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. Las informaciones procedentes de China sugieren que los tratamientos y las medidas fueron todo menos delicadas. Por ende, China y Singapur desplegaron su poder de vigilancia personal hasta niveles que eran invasivos y autoritarios. Pero parecen haber sido extremadamente eficaces en total, aunque si las medidas para contrarrestarlo se hubieran puesto en práctica unos pocos días antes, los modelos sugieren que se podrían haber evitado muchas muertes. Se trata de una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial existe un punto de inflexión más allá del cual la masa en ascenso queda totalmente fuera de control (nótese aquí, una vez más, la significación de la masa en relación al ritmo). El hecho de que Trump perdiera el tiempo durante tantas semanas puede todavía demostrarse costoso en vidas humanas.

Los efectos económicos se disparan ahora sin control, tanto dentro de China como más allá. Las alteraciones que operan en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustantivas de lo que se pensó en un principio.

El efecto a largo plazo puede consistir en abreviar o diversificar las cadenas de suministro mientras nos movemos hacia formas de producción menos intensivas en trabajo (con enormes implicaciones para el empleo) y una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial. La alteración de las cadenas de producción entraña prescindir o despedir trabajadores, lo que hace decrecer la demanda final, mientras la demanda de materias primas hace disminuir el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda han producido como mínimo una suave recesión.

Pero las mayores vulnerabilidades estaban en otra parte. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007–8 se han estrellado con demoledores consecuencias. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de facturación del consumo hasta acercarlo lo más posible a cero. El diluvio de inversiones en esas formas de consumismo guarda absoluta relación con la absorción máxima de volúmenes exponencialmente crecientes de capital en forma de consumismo que tuvieran el tiempo más breve posible de facturación. El turismo internacional ha sido emblemático. Las visitas internacionales se han incrementado de 800 a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería masivas inversiones de infraestructuras en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y actos culturales, etcétera. Este lugar de acumulación capitalista está hoy encallado: las líneas aéreas están cerca de la bancarrota, los hoteles están vacíos, y es inminente el desempleo masivo en los sectores de alojamiento. No es buena idea comer fuera y han cerrado en muchos lugares restaurantes y bares. Hasta la comida para llevar parece entrañar riesgos. Al vasto ejército de trabajadores de la economía “de pequeños encargos” [“gigeconomy”] o de otras formas de trabajo precario lo están poniendo en la calle sin medios visibles de sustento. Se cancelan actos tales como festivales culturales, campeonatos de fútbol y baloncesto, conciertos, congresos de negocios y profesionales, y hasta reuniones políticas con fines electorales. Se han clausurado esas formas de consumismo de “actividades”. Los ingresos de los gobiernos locales se han ido por el agujero. Y están cerrando universidades y colegios.

Buena parte del modelo innovador de consumismo capitalista resulta inservible en las actuales condiciones. Ha quedado mellado el impulso hacia lo que André Gorz describe como “consumismo compensatorio” (en el que se supone que los trabajadores alienados recobran su ánimo gracias a un paquete de vacaciones en una playa tropical).

Pero las economías capitalistas están movidas por el consumismo en un 70 o incluso un 80 %. La confianza y el sentir de los consumidores se han convertido en los últimos cuarenta años en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha visto cada vez más impulsado por la demanda y las necesidades del consumidor. Esta fuente de energía económica no se ha visto sometida a desenfrenadas fluctuaciones (con unas pocas excepciones, como la erupción del volcán islandés que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas). Pero el COVID-19 no está respaldando una desenfrenada fluctuación sino un todopoderoso derrumbe en el corazón de la forma de consumismo que domina en los países más opulentos. La forma en espiral de infinita acumulación de capital está desmoronándose hacia dentro de una parte del mundo a cualquier otra. La única cosa que puede salvarlo es un consumismo masivo financiado e inducido por los gobiernos conjurado de la nada. Esto exigirá la socialización del conjunto de la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, pero sin llamarlo socialismo.

Líneas del frente

Hay un mito conveniente según el cual las enfermedades contagiosas no reconocen clases ni otras barreras o límites sociales. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, que transcendieran las barreras de clase fue lo bastante dramático como para generar el nacimiento de un movimiento de salud e higiene públicas (que se profesionalizó) que ha perdurado hasta hoy. Que este movimiento estuviera destinado a proteger a todo el mundo o solo a las clases altas no siempre estuvo claro. Pero hoy los efectos y repercusiones diferenciales sociales y de clase cuentan otra historia. Las repercusiones económicas y sociales se filtran a través de las discriminaciones “de costumbre” que en todas partes quedan en evidencia. Para empezar, la fuerza de trabajo que se espera se ocupe de cuidar a la creciente cifra de enfermos resulta de modo característico enormemente definida en términos de género, raza y etnia en la mayoría del mundo. Es reflejo de la fuerza laboral de clase que se encuentra, por ejemplo, en aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta “nueva clase trabajadora” está en primera fila y lleva la peor parte tanto de ser la fuerza laboral que soporta mayor riesgo del virus en su trabajo o de ser despedida sin recursos, debido al repliegue económico impuesto por el virus. Está, por ejemplo, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no.

Con ello se agudiza la división lo mismo que la cuestión de quién puede permitirse aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin salario) en caso de contacto o contagio. Exactamente del mismo modo en que aprendí a denominar los terremotos de Nicaragua (1973) y Ciudad de México (1995) “temblores de clase”, el avance del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación se encubren con la retórica de que “estamos todos juntos en esto”, la práctica, sobre todo de los gobiernos nacionales, sugiere motivaciones más siniestras. La clase trabajadora contemporánea en los Estados Unidos (que comprende de modo predominante a afroamericanos, hispanos y mujeres con salario), se enfrenta al desagradable dilema de contaminarse en nombre de los cuidados y mantener los puntos claves de abastecimiento (como tiendas de comestibles) abiertos o el desempleo sin prestaciones (como una adecuada atención sanitaria). El personal asalariado (como yo mismo) trabaja desde casa y recibe su nómina igual que antes, mientras los altos ejecutivos vuelan por ahí en aviones y helicópteros privados.

La fuerza laboral ha sido socializada en casi cualquier parte del mundo desde hace mucho para que se comporte como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos, o a Dios, si algo va mal, pero no atreverse nunca a sugerir que el capitalismo pudiera ser el problema). Pero hasta los buenos sujetos neoliberales pueden ver que hay algo erróneo en la forma en la que se ha respondido a esta pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto durará esto? Podría durar más de un año, y cuanto más dure, mayor será la devaluación, incluida la de la fuerza de trabajo. Los niveles de desempleo se elevarán, casi con seguridad, a niveles comparables a los de los años 30, en ausencia de intervenciones masivas del Estado que tendrán que ir contra la tendencia liberal. Son múltiples las ramificaciones inmediatas de la economía, así como de la diaria vida social. Pero no todas son malas. En la medida en que el consumismo contemporáneo se estaba volviendo excesivo, estaba bordeando lo que describía Marx como “sobreconsumo y consumo demencial, lo que significa a su vez, [bordear] lo monstruoso y lo estrambótico, la ruina” de todo el sistema. Lo temerario de este sobreconsumo ha desempeñado un papel de primera importancia en la degradación ambiental. La cancelación de vuelos de líneas aéreas y las radicales restricciones al transporte y el movimiento han tenido consecuencias positivas en relación a las emisiones de gases de invernadero. La calidad del aire ha mejorado mucho en Wuhan, igual que lo ha hecho en muchas ciudades norteamericanas. Los lugares de ecoturismo tendrán tiempo de recobrarse de tantas pisadas. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene ese gusto por esos excesos consumistas temerarios e insensatos, podría haber algunos beneficios a largo plazo. Tener menos muertes en el monte Everest podría ser una buena cosa. Y aunque nadie lo está diciendo en voz alta, el sesgo demográfico del virus puede acabar afectando a pirámides de edad con efectos a largo plazo sobre las cargas de la Seguridad Social y al futuro del “sector de los cuidados”. Se ralentizará la vida diaria y eso será, para algunos, una bendición. Las reglas de distanciamiento social sugeridas podrían llevar, si la emergencia continúa el tiempo suficiente, a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con toda seguridad se beneficiará será lo que yo llamo la economía de “Netflix”, que da servicio, de todos modos, a los “espectadores de atracón”.

En el frente económico, las respuestas se han visto condicionadas por la forma de éxodo del derrumbe de 2007–8. Esto entrañaba una política monetaria de extraordinaria soltura emparejada con el rescate de los bancos, complementada con un aumento espectacular en el consumo productivo por una expansión masiva de inversión infraestructural en China. Esto último no se puede repetir en la escala requerida. El paquete de rescate establecido en 2008 se centró en los bancos, pero también implicó la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez resulta significativo que frente al descontento de los trabajadores y una demanda de mercado que se hunde, las tres grandes compañías automovilísticas de Detroit están cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir su papel de 2007–8, entonces la carga de salir de la actual crisis económica se desplaza ahora a los Estados Unidos, y aquí se encuentra la ironía última: las únicas medidas políticas que van a funcionar, tanto económica como políticamente, son bastante más socialistas que cualquier cosa que pudiera proponer Bernie Sanders, y esos programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara del Hacer Grande De Nuevo a Norteamérica.

Todos esos republicanos que se opusieron tan visceralmente al rescate de 2008 tendrán que tragarse sus palabras o desafiar a Donald Trump. Este último, si es sabio, cancelará las elecciones sobre la base de una emergencia y declarará el principio de una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de la “revuelta y la revolución”.