Lamento boliviano o sobre la otra servidumbre

por Jeudiel Martinez

Estoy viendo que hasta las publicaciones trotskistas -tan patéticas como tristes- están hablando escandalizadas del golpe en Bolivia. Como hace mucho tiempo los marxistas abandonaron el análisis político en favor de una especie de moralismo, de un escándalo perpetuo contra la derecha , entonces eso no extraña. El problema es que, en este caso, incluso si uno creyera en la acción del enemigo malo-malo, de la gente mala-mala, tendría que preguntarse no sólo como las acciones de Evo Morales les abrieron las puertas sino sobre la legitimidad de esta idea de la reelección indefinida que viene derecho desde el siglo XIX.

El hecho es que, para esta gente, el resultado -el derrocamiento de Evo- agota todo el análisis: Evo renunció presionado y las protestas las dirigía la derecha. Es como un titular que dijera “un hombre muere” y algunos gritaran “asesinos!!!” el hombre pudo suicidarse, tal vez la mujer lo mató porque estaba harta de sus golpes, tal vez lo mató por su dinero o, tal vez, simplemente manejó borracho o le busco pleito a quien no debía…pero la cadena causal y sus condiciones, es lo que la izquierda quiere borrar con los gritos de “golpe” y la victimización de los poderosos, entonces no hace falta ningún tipo de análisis sobre porque los militares bolivianos hicieron eso (además de, tal vez, decir que “siempre fueron” de derechas), porque las protestas fueron tan vastas y porque la derecha pudo hegemonizarlas. Es decir, la condena moral reemplazó al análisis político: nunca, no importa lo que haga el gobierno, la gente no debe participar en una protesta que pueda ser apoyada o capitalizada por la derecha igual que las muchachas no deben tener sexo antes del matrimonio. Es decir, incluso esta izquierda “disidente”, las micro-camarillas de marxistas esclarecidos creen que la gente tiene que soportar cualquier cosa porque “qué dirá la gente, que somos de derecha?”

Pero el colmo de la miseria no es la narrativa sobre Bolivia sino sobre el fallido 2017 Venezolano: cuando revuelta contra Maduro la mayoría de los marxistas venezolanos, e incluso de la izquierda “crítica” no veían en la gente que protestaba, incluso los jóvenes, más que derechistas “atacando las conquistas de los trabajadores”, yo he tenido que oir a gente que sin temor a insultar su propia inteligencia dice que un muchacho de 20 que se exponía al plomo de la Guardia Nacional, lo hacía solo por odio a la izquierda o a las conquistas de los trabajadores…de verdad alguien que protesta, arriesgando la vida, en un país en ese nivel de miseria y descomposición lo hace porque “es de derecha”?. Por eso es que gente como Mantovani, en representación de la “disidencia mantenida” dijo ante la prensa europea que toda la gente que pasó por la ordalía de 2017 eran…derechistas. Y nada más.

A nadie se le ocurre lo obvio: que en países donde gobierna la izquierda no solo la gente es empujada, reactivamente a la derecha, sino que -más importante- la izquierda no tiene NADA QUE DECIR sobre todo si, como en Venezuela, se rehúsan llamar tiranía a la tiranía. En fin, es más simple creer estas cosas que entender que cualquier venezolano se moriría de la risa con la idea de que Maduro es neoliberal o el de Chávez no era verdadero socialismo: el purismo moralista les excusa de entender porque no tienen nada que decirle a la gente o de entender una situación en que el gobierno de Bolivia prácticamente estaba dándole a la derecha la legitimación que había perdido.

En el fondo incluso lo que la izquierda “disidente” quiere es que no se luche contra gobiernos de izquierda, se pueden, como no, hacer reivindicaciones sociales pero nunca disputar el poder político, es decir, ante Maduro o Morales solo se puede ser reformista, pero en el momento en que se cuestiona la continuidad en el poder de la izquierda ya se ha pasado para el campo de la “derecha”…es apenas anecdótico decir que marxistas de hace 70 años se habrían reído de esta idea de rechazar una revuelta en vez de tratar de conducirla: la izquierda postrera y el marxismo postrero de nuestros tiempos ya no tienen la fuerza para eso y están sujetos a los gobiernos de izquierda (la mayoritaria, la dominante, la nacional-popular, castrista…monárquica) por una especie de “lealtad negativa” que les impide radicalizarse…..es fácil ver el resultado: como la gente común, libre de la prisión ideológica, no tiene formas de hacerse excusas ante el autoritarismo o el desastre la izquierda queda, o aislada, o sirviendo de comparsa a gobiernos caídos o en crisis, como esa gente de minorías que los candidatos gringos ponen en el fondo cuando hay que tomarse una foto…y no es eso tambíen servidumbre voluntaria?.

La teoría de las ondas largas y la tecnología contemporánea

Por François Chesnais

En julio-agosto de 2007, con el cierre, que pasó casi desapercibido, de filiales de fondos de alto riesgo de grandes bancos, comenzaba la crisis económica y financiera mundial de 2007-2009, llamada en EE UU y países anglófonos la Great Recession. Más de doce años después, la economía capitalista mundial no conoce todavía una recuperación de la acumulación, medida en líneas generales por el nivel del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. A diferencia de la gran mayoría de las economías europeas y de Japón, EE UU ha conocido una breve alza cíclica que ha creado ilusión pero ya ha terminado. A este lado del Atlántico, la contracción del PIB alemán durante dos trimestres se considera como el signo anunciador de una recesión en la principal economía de la zona euro 1/. La proyección más reciente del FMI confirma un movimiento de descenso de la tasa de crecimiento del PIB para las economías del G7 que ya no es compensado por los países emergentes (China incluida). Los años 2012-2016, cuando estos últimos tiraban bien que mal del crecimiento mundial, ya no son más que un recuerdo.

Este artículo deja de lado las finanzas y la financiarización y trata de la teoría de las ondas largas, que se abordaron brevemente en un artículo anterior en A l’Encontre 2/, centrándose en el lugar que ocupa la tecnología. El objetivo es ver en qué sentido las características de las dominantes tecnologías contemporáneas de la informatización y la automatización (TIC) pueden ayudar a comprender el momento actual del sistema capitalista mundial. El artículo procede a una relectura de los dos principales autores que se han ocupado de la teoría de las ondas largas, Joseph Schumpeter y, en el marco marxista, Ernest Mandel. En su libro de 1980 Long Waves of Capitalist Development. A Marxist Interpretation Mandel se preguntaba por qué los marxistas, que habían estado en el origen de la teoría, se habían desinteresado después dejando el campo libre a los neo-schumpeterianos 3/. El escaso eco de la muy tardía publicación de este libro en francés, con el título Les ondes longues du capitalisme 4/, acompañado de un largo postfacio de Michel Husson 5/, no dio respuesta a su pregunta. Tal vez tenga relación con el desinterés de los economistas marxistas por la tecnología, expresada hoy en la casi ausencia de trabajos económicos sobre la informatización y la automatización. He encontrado un único artículo reciente en inglés 6/]. En 2015, en un artículo que rozaba el tema, Henri Wilno habló de la pertinencia potencial de los trabajos sobre las ondas largas y concluyó que estaba potencialmente abierto un vasto programa de investigación 7/. Las referencias a los libros de Mandel eran demasiado breves como para incitar a los lectores a profundizar en ellos. Citaremos aquí extensos pasajes, y también de aquellos investigadores-militantes que han comentado la gran edición francesa de SpätKapitalismus (en español: El capitalismo tardío, México, Era, 1979).

La teoría de las ondas largas

Comencemos por el origen marxista vigorosamente reivindicado por Mandel. No es seguro que la teoría marxista de las ondas largas hubiera nacido sin los comentarios que Trotsky hizo en 1923 a cuenta de los trabajos del historiador económico ruso N. D. Kondratieff (víctima más tarde del gran Terror estalinista) 8/. Según Kondratieff, el movimiento del capitalismo implicaba grandes ciclos (que señaló estadísticamente) de una cincuentena de años, en los que la fase de contracción resultante del agotamiento de las fuerzas que habían empujado la expansión precedente era seguida necesariamente de una recuperación, cuyo carácter era de alguna medida automático. La tesis de Kondratieff tenía implicaciones a la hora de apreciar la situación económica y por tanto política mundial de los años 1920, y por consiguiente para la estrategia de la III Internacional 9/. Siguiendo los trabajos de Parvus 10/, un militante ruso de la Segunda internacional, Trotsky acepta la idea de ciclos largos (que denomina ondas largas) con dos fases, una fase de expansión y una fase de contracción. Su aportación consiste en sostener que si las causas del fin de la expansión son endógenas al movimiento de acumulación del capital, el paso a una nueva larga fase expansiva sólo puede resultar de factores externos. En una carta de 1923, La curva del desarrollo capitalista, enumera tres: la adquisición de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales así como las guerras y las revoluciones:

“En lo que se refiere a los segmentos de la curva capitalista de desarrollo que el profesor Kondratiev propone designar también como ciclos, su carácter y su duración vienen determinados no por el juego interno de las fuerzas capitalistas, sino por las condiciones externas que encauzan su desarrollo. La adquisición de nuevos países y continentes, el descubrimiento de nuevos recursos naturales y, a su paso, los acontecimientos de orden superestructural tan importantes como son las guerras y las revoluciones, determinan el carácter y la sucesión de las fases de ascenso, estancamiento o declive del desarrollo capitalista. (…) En el momento actual es imposible prever hasta qué grado se iluminará tal o cual sección de la historia y cuáles serán sus primeras luces, por medio de una investigación materialista procedente de un estudio concreto de la curva capitalista y de la interrelación de esta última con todos los aspectos de la vida social” 11/.

La idea de que la adquisición de nuevos países y continentes sea externa al movimiento del capitalismo fue corregida por el propio Trotsky en el prólogo a la edición francesa de La revolución permanente. Allí insiste en la necesidad impuesta a los países capitalistas de orientarse hacia el mercado exterior: “La evolución del capitalismo (…) ha hecho del todo necesaria una extensión sistemática de su base. En el curso de su desarrollo y, por consiguiente, en el curso de la lucha contra sus propias contradicciones internas, cada capitalismo nacional se vuelve cada vez más hacia las reservas del mercado exterior, es decir, de la economía mundial”. Las presiones exteriores del siglo XIX fueron tanto transoceánicas (Inglaterra hacia India, Argentina, etc.) como continentales (la frontera estadounidense). Las guerras y las revoluciones se consideran externas. El caso más claro es la fase de expansión provocada por la Segunda Guerra mundial que se inició en los Estados Unidos en 1942 y en los otros países después de 1945-48. Por último, el descubrimiento de nuevos recursos naturales, que Mandel extendió con toda razón a las principales innovaciones tecnológicas, aunque no figuran en la lista de Trotsky.

En base a sus trabajos estadísticos, Kondratieff propuso una periodización del primer y segundo ciclo y de la fase ascendente del tercero que lleva su nombre. Fue aceptada con ligeras correcciones por Schumpeter en Business Cycles, así como por Ernest Mandel en Le troisième âge du capitalisme 12/ y después en Long Waves of Capitalism Development 13/. Francisco Louça propuso un término medio entre distintas periodizaciones en este cuadro:

Periodización de las cuatro ondas largas

Fase ascendente Fase descendente
Primera onda larga 1789-1816 1816-1847
Segunda onda larga 1848-1873 1873-1896
Tercera onda larga 1896-1919 1920-1939/45
Cuarta onda larga 1940/45-1967/73 1968/73-¿?

Fuente: Francisco Louça, Introducción a la edición francesa de Long Waves of Capitalist Development

El signo de interrogación de la parte baja de la columna de la derecha corresponde a la cuestión planteada por Mandel, a la que nos referiremos más adelante: “si se puede deducir de la teoría de las ondas largas que una nueva onda larga expansionista vaya a suceder a la actual larga depresión” 14/. Observando hoy día los factores externos enumerados por Trotsky, no se ve cuál podría estar en el origen de una quinta onda. En los años 1990 China ofreció de forma muy pasajera al capital una última frontera, antes de orientarse ella misma hacia el mercado exterior, en este caso un mercado mundial con muy débil crecimiento y concurrencia exacerbada. Pese a las grandes tensiones en Oriente Medio, no está a la orden del día una guerra y, de todas formas, salvo desliz, no tendría la amplitud destructiva para propulsar el inicio de una nueva onda larga. Queda la hipótesis explorada por Mandel de una revolución tecnológica que podría eventualmente llevar a una fase de expansión. El progreso de la automatización lleva a responder más que nunca de forma negativa. Hagamos antes un desvío por Marx y Schumpeter.

Marx: el maquinismo, de la ciencia y la tecnología a la formación de un sistema técnico que atraviesa todas las actividades

En la sección primera del célebre capítulo del libro primero de El Capital sobre el maquinismo y la gran industria se encuentra un análisis de la génesis y posterior toma de poder total de un sistema técnico que puede ayudar a comprender el de la informática durante los últimos ochenta años. Voy a comentar algunos extractos 15/.

Marx destaca ante todo el papel jugado por la ciencia y la tecnología:

«(….) los primeros elementos científicos y técnicos (de la gran industria) fueron desarrollados poco a poco durante la época de las manufacturas. Las hilaturas de telar continuo (throstle mills) de Arkwright, desde su origen, se movían con agua. Pero el empleo casi exclusivo de esta fuerza oponía dificultades cada vez mayores. Era imposible aumentarla a voluntad o suplir su insuficiencia. A veces fallaba y era de naturaleza puramente local. Sólo con la máquina a vapor de doble cilindro de Watt (double-acting steam-engine) se descubrió un primer motor capaz de engendrar por sí mismo su propia fuerza motriz consumiendo agua y carbón y cuya potencia estuviera enteramente regulada por el hombre. Móvil y medio de locomoción, urbana y no rústica como la rueda hidráulica, permitía concentrar la producción en las ciudades en lugar de diseminarla por el campo. En fin, es universal en su aplicación técnica y su uso depende relativamente poco de las circunstancias locales. El genio de Watt se muestra en los considerandos de la patente de 1784. No describía su máquina como una invención destinada a fines particulares, sino como el agente general de la gran industria. Presiente aplicaciones, como el martillo de vapor por ejemplo, que no fueron introducidas hasta medio siglo después. Aunque duda de que la máquina de vapor pueda ser aplicada a la navegación. Sus sucesores, Boulton y Watt, expusieron en el palacio de la industria de Londres, en 1851, una de las más colosales máquinas de vapor para la navegación marítima”.

El segundo tema es la autonomización de la máquina:

“Una vez transformadas las herramientas de instrumentos manuales del hombre en instrumentos del aparato mecánico, el motor adquiere por su parte una forma independiente, completamente emancipada de los límites de la fuerza humana. La máquina-herramienta aislada, tal como la habíamos estudiado hasta ahora, cae por ello mismo al rango de un simple órgano del mecanismo de operaciones. Un solo motor puede en adelante poner en movimiento varias máquinas-herramientas. Con el número creciente de máquinas-herramientas a las que se debe simultáneamente dar propulsión, el motor crece mientras la transmisión se metamorfosea en un cuerpo tan vasto como complicado (…).

El sistema de máquinas propiamente dicho sólo reemplaza a la máquina independiente cuando el objeto de trabajo ha recorrido sucesivamente una serie de distintos procesos graduados ejecutados por una cadena de máquinas-herramientas diferentes, aunque combinadas unas con otras. (…) Las herramientas especiales de los diferentes obreros en una manufactura de lana por ejemplo, las del batidor, el cardador, el doblador, el hilador, etc., se transforman en otras tantas máquinas-herramientas especiales donde cada una forma un órgano particular en el sistema del mecanismo combinado”.

Así emerge el gran autómata:

“Un sistema de maquinismo forma por sí mismo un gran autómata, desde que es puesto en movimiento por un primer motor que se mueve a sí mismo. El sistema de máquinas-herramientas automáticas recibe su movimiento por transmisión de un autómata central, es la forma más desarrollada del maquinismo productivo. La máquina aislada ha sido reemplazada por un monstruo mecánico cuyo gigantesco armazón llena edificios enteros. Su fuerza demoníaca, disimulada de entrada por el movimiento cadencioso y casi solemne de sus enormes miembros, estalla en la danza febril y vertiginosa de sus innumerables órganos de operación (…).

El sistema se vuelve objetivo, es decir emancipado de las facultades individuales del obrero; el proceso total es considerado en sí mismo, analizado en sus principios constituyentes y sus diferentes fases, y el problema que consiste en ejecutar cada proceso parcial y en conectar los diversos procesos parciales entre ellos, se resuelve por medio de la mecánica, de la química, etc., lo que no obsta desde luego para que la concepción teórica deba ser perfeccionada por una experiencia práctica acumulada a gran escala”.

La dependencia inicial de los capitalistas respecto a los obreros especializados:

“Las grandes invenciones de Vaucanson, de Arkwright, de Watt, etc., sólo podían ser aplicadas porque el período manufacturero había legado un número considerable de obreros mecánicos hábiles. (….) Aparte del alto precio de las máquinas fabricadas de esta manera –y éste es asunto del capitalista industrial–, el progreso de industrias ya basadas en el modo de producción mecánica y su introducción en nuevas ramas quedan sometidas a una única condición, el aumento de obreros especialistas, cuyo número, por la naturaleza casi artística del trabajo, sólo podía aumentar lentamente”.

Había que superarla:

“Las dimensiones crecientes del motor y de la transmisión, la variedad de máquinas-herramientas, su construcción cada vez más complicada, la regularidad matemática que exigían el número, la multiformidad y la delicadeza de sus elementos constitutivos a medida que se apartan del modelo proporcionado por el telar, ya incompatible con las formas prescritas por sus funciones puramente mecánicas, el progreso del sistema automático y el empleo de un material difícil de manejar, el hierro por ejemplo, en lugar de la madera –la solución a todos estos problemas, que las circunstancias hacían aparecer sucesivamente, tropezó sin cesar con los límites personales que el propio trabajador colectivo de la manufactura no sabía superar. Máquinas como la moderna prensa de impresión, el telar de vapor y la máquina cardadora, no habrían podido ser proporcionadas por la manufactura”.

También está el tema del proceso obligatorio de difusión:

“La transformación del modo de producción en una esfera industrial arrastra una transformación análoga en otra. Se percibe en primer lugar en las ramas industriales, que se entrelazan como fases de un proceso de conjunto, aunque la división social del trabajo las haya separado, y transformado sus productos en otras tantas mercancías independientes. Así la hilatura mecánica hizo necesario el tejido mecánico, y ambos llevaron la revolución mecánico-química a la lavandería, la imprenta y la tintorería. También la revolución en el hilado del algodón provocó la invención de la desmotadora para separar las fibras de esta planta de sus semillas, invención que hizo posible la producción de algodón a la inmensa escala que hoy día se ha vuelto indispensable (…).

La revolución en la industria y la agricultura ha necesitado una revolución en las condiciones generales del proceso de producción social, es decir en los medios de comunicación y de transporte. [Éstos] eran completamente insuficientes para cubrir las necesidades de la producción manufacturera, con su división ampliada del trabajo social, su concentración de obreros y de medios de trabajo, sus mercados coloniales, por lo que hubo que transformarlos. (…) los medios de comunicación y de transporte legados por el período manufacturero se convirtieron en obstáculos insoportables para la gran industria con la febril velocidad de su producción centuplicada, su lanzamiento continuo de capitales y de trabajadores de una esfera de producción a otra y las nuevas condiciones del mercado universal que había creado. (…) el servicio de comunicación y de transporte fue poco a poco adaptado a las exigencias de la gran industria, por medio de un sistema de barcos de vapor, ferrocarriles y telégrafos. Las enormes masas de hierro que desde entonces hubo que forjar, soldar, cortar, perforar y modelar exigieron máquinas monstruosas cuya creación estaba vedada al trabajo manufacturero”

Con el nombre de revolución industrial, ésta fue la revolución tecnológica correspondiente al primer ciclo Kondratieff y a la primera onda del cuadro de Louça.

Schumpeter: la innovación y no la ciencia y la tecnología como fuerza motriz de los ciclos largos

La primera formulación de la relación entre tecnología y ciclos largos es de Schumpeter. En el grueso libro Business Cycles que publicó en 1939, hace de los ciclos largos un elemento central de su teoría del desarrollo del capitalismo en periodo largo o teoría de la evolución (título de su primer libro de 1912 16/). Busca el apoyo de Marx: “mantenemos (y en este sentido completamente de acuerdo con Marx) que el progreso tecnológico está en la esencia misma de la empresa capitalista y no puede ser separado de ella” 17/. A diferencia, casi cualitativa, de cómo Marx examinó el progreso técnico en relación con la producción de la plusvalía y vio en el maquinismo “la captura del conjunto de las ciencias al servicio del capital” 18/, Schumpeter introduce una importante distinción entre innovación e invención, llegando a escribir que “es absolutamente indiferente que una innovación implique o no una novedad científica. Aunque la mayor parte de las innovaciones puedan ser atribuidas a una determinada conquista en el ámbito de los conocimientos teóricos o prácticos, hay muchas en que no es así”19/. Escrito en 1939, habría hecho falta sobre todo hablar de aquellas en las que sí era el caso. Era el momento en que la gran apertura científica de los años 1900-1910 (la relatividad general de Einstein y la física cuántica de Max Planck) encontraban su aplicación en Alemania y en EE UU en el ámbito militar, desembocando en la fisión nuclear.

La definición de innovación de Schumpeter es muy amplia, puesto que incluye “los cambios tecnológicos en la producción de productos ya utilizados (subrayado mío), la apertura de nuevos mercados o de nuevas fuentes de aprovisionamiento, la taylorización del trabajo, la mejora en el mantenimiento de los materiales, la creación de nuevas organizaciones comerciales como los grandes almacenes, en resumen, toda manera diferente de hacer en el ámbito de la vida económica” 20/. La relación de estas formas de cambio con los ciclos Kondratieff está en que no son acontecimientos aislados y no se reparten uniformemente en el tiempo. “Tienen tendencia a venir en racimos, en primer lugar porque algunas de las empresas, y después la mayoría, siguen la estela de las innovaciones exitosas; y también porque las innovaciones tienen tendencia a concentrarse en algunos sectores y en su proximidad» 21/. Las series estadísticas que le sirven para corroborarlo, corrigiendo un poco la periodización de Kondratieff, privilegian claramente a EE UU y lo mismo ocurre con las innovaciones estudiadas. Así, la construcción de ferrocarriles, que se extienden durante un ciclo y medio (o sea unos ochenta años) pierde su cualidad de innovación –en el sentido de novedad– para conservar la de vector de muy importantes inversiones que sirven de alguna medida de espina dorsal de la acumulación estadounidense en un larguísimo período. Así también, aunque en EE UU la introducción de la taylorización del trabajo data del tercer Kondratieff, hay que esperar a después de la Segunda Guerra Mundial, o sea, al cuarto, para que se adopte en Europa. Los efectos de racimo deben hacerse a una escala tal que “las perturbaciones sean grandes, en el sentido de que perturban el sistema existente, no pueden ser absorbidas suavemente y suponen un proceso específico de adaptación” 22/. Las perturbaciones a las que se ve forzada a adaptarse la sociedad son pilotadas por los industriales que se benefician de ellas: “el automóvil nunca habría adquirido su actual importancia y convertido en un reformador de la vida cotidiana si se hubiera quedado en lo que era hace treinta años y si no hubiera logrado modelar las condiciones ambientales —las carreteras, entre otras — necesarias para su propio desarrollo” 23/.

Destaquemos que Schumpeter, igual que Mandel más tarde, insiste en que “es de la mayor importancia dominar la historia económica de la época, del país o de la industria (….) antes de sacar una conclusión del comportamiento de las series cronológicas. La historia general (social, política y cultural), la historia económica, y más en particular la historia industrial no son sólo indispensables sino en realidad son los más importantes en contribuir a la comprensión de nuestro problema. Todos los demás materiales y métodos, estadísticos y teóricos, están sometidos a ellas y no sirven para nada sin ellas” 24/. Schumpeter designa al primer Kondratieff con el nombre de “burgués” porque “los intereses y las actitudes de las clases industriales y comerciales han controlado las políticas y todas las expresiones culturales más que en ningún otro período anterior o posterior” 25/. Utiliza la etiqueta neo-mercantilista para caracterizar el segundo Kondratieff en el que hay “dos tipos de cambios: uno representado por síntomas como el recrudecimiento de la protección (en EE UU la tarifa Dingley de 1897) y el aumento de los gastos de armamento; el otro por síntomas como el nuevo espíritu de la legislación fiscal y social (en Alemania los seguros sociales alcanzaron 1,1 billones de marcos en 1913), la creciente marea política del radicalismo y el socialismo, el crecimiento y la evolución de las actitudes del sindicalismo, etc.» 26/. Schumpeter no encontró nombre para el tercer Kondratieff (la tercera onda larga en el cuadro de Louça).

Las tecnologías portadoras de la segunda revolución industrial

Sin tomar posición sobre la teoría de Schumpeter, el economista historiador Robert Gordon trabajó en la misma dirección. En el caso de EE UU, estudió las tecnologías que nacieron en la fase de declive de la segunda onda del cuadro de Louça antes de desarrollarse a lo largo de la tercera. Publicó primero un rotundo estudio para el Nacional Bureau of Economic Research sobre el debilitamiento de la innovación estadounidense 27/, antes de convertirlo en libro 28/. Después sintetizó las conclusiones de sus investigaciones en un nuevo estudio en respuesta a las críticas recibidas 29/. Incluye una parte sobre la segunda revolución industrial y otra sobre la tercera y la actualmente en curso de las tecnologías de la informática y de la comunicación (TIC). Con algunas diferencias temporales y especificidades nacionales, su análisis vale también para los países de Europa occidental.

Para Gordon, “las tres tecnologías de uso general fundamentales de la segunda revolución industrial que dieron nacimiento a decenas de invenciones que cambiaron la vida” han sido la electricidad, el motor de combustión interna y la telegrafía sin hilos. Edison produjo la primera bombilla eléctrica en 1879 y distribuyó electricidad a clientes del bajo Manhattan en 1882, una revolución que hacía posible los ascensores, los edificios de gran altura, las herramientas eléctricas fijas y portátiles, los aparatos domésticos y también la climatización, transformando la vida y el trabajo de los americanos. Karl Benz produjo el primer motor fiable de combustión interna en Alemania, su primera patente data de 1886, la primera fábrica estadounidense Oldsmobile se abrió en 1896. En fin, la telegrafía sin hilos inventada en 1879 por un inglés de nombre Hughes, pero patentada por Marconi desde 1897, permitió a EE UU estar conectado con Europa en 1901.

En EE UU la electricidad tuvo poco impacto antes de 1900, salvo en los grandes almacenes. Pero después de 1900, la utilización de la electricidad despegó a tal velocidad que en 1929 prácticamente todas las viviendas urbanas estaban ya conectadas a la electricidad. El primer rascacielos (Woolworth) se terminó en 1913 y la mayor parte de Manhattan se volvió vertical en 1929. Entre 1890 y 1930, los hogares americanos se beneficiaron progresivamente de la electricidad, del gas, del teléfono, del agua corriente y de las conducciones de aguas residuales. El agua corriente y el alcantarillado contribuyeron a la primera fase de la liberación de las mujeres, y también permitieron el descenso de la mortalidad infantil en la primera mitad del siglo XX. En el caso del automóvil, hubo un periodo de gestación mientras las invenciones permitían combinar la potencia del motor de combustión interna con la frágil estructura inicial inspirada en los vehículos arrastrados por caballos, desarrollando las transmisiones, los frenos y otros componentes esenciales. Partiendo de cero en 1900, en 1929 la proporción de vehículos automóviles en los hogares americanos había alcanzado el 89 por ciento. Ese mismo año el 93% de los agricultores de Iowa poseía un vehículo de motor. No hay que olvidar el papel de la Segunda Guerra Mundial, en la que Gordon destaca los efectos “de aprendizaje de alta intensidad por la práctica” de los gastos militares. La Segunda Guerra Mundial dio a EE UU su primer avión a reacción (el Bell P-59), la penicilina producida industrialmente y la energía nuclear. Más importante aún, fábricas como los astilleros de Henry Kaiser enseñaron a gestores y a obreros cómo acelerar radicalmente la producción.

Según Gordon, hay tres aspectos a destacar en la segunda revolución industrial. El primero es su naturaleza multidimensional. Al contrario del carácter unidimensional de la revolución de los TIC (examinada más adelante), las innovaciones de la segunda revolución industrial se añadieron unas a otras: la electricidad y sus repercusiones; el agua corriente y el alcantarillado; los vehículos automóviles y sus invenciones complementarias como las autopistas, los desplazamientos personales y los supermercados; las diversiones del fonógrafo a la radio, la televisión y el cine; la salud pública y la reducción de la mortalidad; y una revolución en las condiciones de trabajo que eliminó el trabajo de los niños y cambió la vida laboral, de brutal y breve pasó a ser algo menos exigente físicamente, al menos en la forma. El segundo aspecto a destacar es que todo ocurrió a la vez. Todas estas transformaciones, que se superpusieron unas sobre otras, apenas existían en 1880 pero estaban casi terminadas en la América urbana en 1929. El tercer aspecto es que hasta 1972 el progreso económico consistió principalmente en la consolidación de los aspectos incompletos de la segunda revolución industrial por medio de numerosas invenciones subsidiarias y complementarias: difusión de aparatos domésticos en los años 1950, invención de la televisión para completar la radio y el cine, extensión de la climatización desde el marco comercial al residencial, construcción de la red de carreteras interestatal entre 1958 y 1972, y por último el desarrollo del transporte aéreo civil, de su minúscula área inicial en 1940 a su uso profesional y personal, acabando con el pleno equipamiento en aviones a reacción de la aviación civil que Gordon sitúa en 1972.

Las revoluciones tecnológicas en El capitalismo tardío

Mandel situó la estrecha asociación de las ondas largas con los grandes cambios tecnológicos en el marco teórico marxista. Al igual que Trotsky, endogenizó su fase de contracción y añadió a los factores de recuperación y de expansión los cambios científicos y tecnológicos. En el postfacio a su obra, Jesús Albarracín y Pedro Montes escribieron que su trabajo sobre las ondas largas puede ser considerado como la “principal aportación de Mandel al marxismo contemporáneo” 30/. La constatación de los cambios de periodo o de fase ya se encuentra en Engels, y más tarde en los grandes teóricos revolucionarios de los años 1910-1925: la de los años 1880-1890, de la que Engels comenta el importante papel jugado por las comunicaciones en la extensión del mercado mundial; el paso del capitalismo de libre competencia al de los monopolios, cuyos rasgos formuló Lenin en El Imperialismo, estadio superior del capitalismo. Según Albarracín y Montes la aportación de Mandel consiste en ofrecer una solución al siguiente problema teórico:

“En la literatura marxista tradicional, la dinámica del capitalismo venía definida por dos movimientos diferentes. Por un lado, el ciclo vital como régimen social, determinado por las leyes de desarrollo del modo de producción (crecimiento de la composición orgánica del capital, formación del ejército de reserva industrial, caída tendencial de la tasa de ganancia, progreso tecnológico). Por otro, los movimientos a corto plazo, determinados por las crisis periódicas. Para Marx, ambos movimientos no eran independientes y, sobre todo, no podían concebirse como fenómenos mecánicos. A largo plazo, la caída de la tasa de ganancia era inevitable, pero una serie de factores (el aumento de la tasa de explotación, el imperialismo, el aumento de la velocidad de rotación del capital, etc.) podía contrarrestar esta caída durante un cierto lapso de tiempo, de manera que las leyes de desarrollo capitalista no podían ser utilizadas como si fueran una piedra filosofal para comprender el capitalismo en cada periodo histórico. (….) No era posible por tanto formular una teoría general de las crisis industriales periódicas que sirviera tanto para el capitalismo de la primera mitad del siglo XIX, por ejemplo, como para el posterior a la Segunda Guerra mundial” 31/.

Al igual que Schumpeter, el análisis de Mandel parte del ciclo decenal con sus crisis bastante regulares atribuidas por Marx en parte a la duración de la vida media de las máquinas. El grado de severidad de estas crisis va a depender de la fase en que se producen dentro del movimiento más largo, el de largas ondas cuya fase de expansión se presenta como “un periodo de acumulación del capital bruscamente acelerado” que sigue a “un período de innovación técnica radical” 32/. Así, “la historia del capitalismo aparece no sólo como una sucesión de ciclos industriales de 7-10 años, sino también de periodos más largos de cincuenta años” cuya cronología se muestra en el cuadro de Louça. Cada uno corresponde a una revolución tecnológica: la revolución industrial caracterizada por la sustitución de la energía hidráulica por la máquina de vapor; la revolución tecnológica del motor de vapor producido mecánicamente (las máquinas-herramientas); la revolución tecnológica de la química, de la electricidad y del motor de explosión; en fin, la revolución tecnológica en curso en el momento en que escribe Mandel (que denomina la tercera) de la “control generalizado por medio de máquinas con equipo electrónico» 33/.

En cada periodo, la revolución tecnológica que comienza va a provocar un “alza brusca de la tasa de ganancia debida a cuatro causas en diversas combinaciones: descenso brusco de la composición orgánica media del capital; elevación brusca de la tasa de plusvalía subsiguiente a una derrota radical de la clase obrera; descenso brusco del precio de algunos elementos del capital constante; acortamiento brusco del ciclo de renovación del capital constante” 34/. El paso de la fase de expansión a la fase de contracción se produce en el momento en que el alza de la composición orgánica del capital conduce al descenso de la tasa media de ganancia, y después de la inversión. La sub-inversión que sigue tiene por consecuencia “la puesta en barbecho del capital”, al que se recurrirá cuando comience la siguiente revolución tecnológica. Mandel no contempla que el capital en barbecho sea captado por los bancos y que la acumulación financiera se alce contra la acumulación real. No mide las consecuencias del endeudamiento del Tercer Mundo a partir de 1978. Hay que esperar al postfacio de Albarracín y Montes en la edición de 1997 de su obra para que se aborde la “hipertrofia financiera” 35/.

En cambio, dedicar desde 1972 un capítulo entero a la penetración en la producción del “control generalizado por medio de máquinas con equipo electrónico”, de los “procesos de producción accionados sin intervención de la mano del hombre” 36/, o sea, la automatización en sus formas iniciales, era la demostración de que seguía muy de cerca la evolución de las tecnologías. Analizando los rasgos de la “tercera revolución tecnológica”, Mandel muestra que los procesos informatizados tienen su origen en el sector militar; por una parte, en el armamento nuclear donde “toman la forma de una necesidad fisiológica absoluta; por otra, en la defensa aérea que exige la acumulación de datos para poder sacar conclusiones casi instantáneas” 37/. En EE UU, y después en Europa y Japón, la aplicación industrial del “tratamiento electrónico de los datos” fue introducida en la industria química y después en un número creciente de industrias en las que la reducción de costes salariales directos por “eliminación radical del trabajo vivo del proceso de producción se ha convertido en un objetivo central para el capital”. General Motors comenzó a utilizar robots en sus fábricas a partir de 1961.

No es posible hablar aquí del conjunto de rasgos y consecuencias de la tercera revolución tecnológica descritas por Mandel. Estoy obligado a remitir a los lectores al libro. Pero hay una dimensión que le parece de tal importancia que habla de ella en 1981 en su prefacio a la edición inglesa del libro III de El Capital: “la extensión de la automatización más allá de un umbral conduce, inevitablemente, primero a un descenso del volumen total del valor producido, después a un descenso del volumen total de la plusvalía producida”. Saca de ahí conclusiones extremadamente pesimistas:

“La barbarie, como resultado posible del hundimiento del sistema, es hoy día una perspectiva mucho más concreta y precisa de lo que era en los años veinte y treinta. Los mismos horrores de Auschwitz y de Hiroshima parecerán ligeros en comparación con los horrores a los que una degradación continua del sistema confrontará a la humanidad. En estas circunstancias, la lucha por una salida socialista adquiere la importancia de una lucha por la supervivencia misma de la civilización humana y de la raza humana” 38/.

Las ondas largas del capitalismo: informatización, automatización, crecimiento y ganancia

En el libro con ese título (aparecido en francés en 2015) Mandel continúa el análisis de los efectos de la informatización y de la automatización (que denomina robotismo) planteando las cuestiones de manera menos dramática. Se pregunta si “a pesar del declive histórico del sistema capitalista, éste podría todavía repetir su milagro de 1940 (48) y, tras un largo período de limpieza durante los años 1970, 1980 y 1990, abrir un nuevo periodo de expansión acelerada comparable al del periodo 1893-1913, o incluso al del periodo 1948-1968”. O, por el contrario, “la explosión violenta (que Mandel sitúa en la crisis en dos tiempos de los años 1970) de las contradicciones internas del modo de producción capitalista después de un largo período en que fueron reprimidas implica que la nueva onda larga de estancamiento relativo o de débil crecimiento está ahí para quedarse por un periodo indeterminado” 39/. La respuesta es que sí: las cifras estadounidenses, cuya fiabilidad es superior a todas las demás, muestran que éste es el caso. La fase descendente de la cuarta onda del cuadro 1 comienza en 1978. El descenso del ritmo de acumulación expresado aproximadamente por la tasa de crecimiento se contrarrestó al principio por las medidas coordinadas por Paul Volker en 1980-1982 antes de que se instalase un ritmo del 5%, a pesar de los efectos de arrastre de las inversiones directas en el extranjero de los grupos industriales y comerciales estadounidenses en China, a pesar de las inversiones ligadas a la nueva economía, y a pesar del recurso masivo al endeudamiento que permitió retrasar la crisis hasta 2007-2008. Diez años después del fin de la Great Recession, la tasa de crecimiento tal como la define la contabilidad nacional estadounidense apenas supera el 4%.

Gráfico 2

Tasa de crecimiento del PIB de los Estados Unidos 1930-2017

Fuente: https://www.multpl.com/us-gdp-growth-rate

En la recapitulación teórica incluida al comienzo de su libro, Mandel escribe que una «verdadera revolución tecnológica implica una revisión radical de las técnicas de base en todos los ámbitos de la producción y de la distribución capitalistas, incluidos los transportes y las telecomunicaciones» 40/. Como ya se ha visto más arriba, esta revisión comenzó en los años 1940. Lo que comienza en 1995 es “un nuevo salto adelante cualitativo en la automatización (es decir, una transición masiva de la semi-automatización a la automatización)”, añadiendo que “también las técnicas de ingeniería genética pueden conducir a innovaciones radicales en la agricultura, la farmacéutica, el equipamiento científico, y en otra veintena de ramas industriales”. Su hipótesis es la siguiente:

“Una sustitución radical de máquinas por hombres (la nueva ola de automatización puede ser calificada de robotismo) implicaría de forma casi inevitable una reducción masiva del empleo productivo total. Dicha reducción radical del trabajo productivo implicaría muy probablemente un fuerte descenso de la masa de plusvalía, aun cuando un nuevo progreso de la productividad del trabajo y una tendencia al estancamiento o incluso al descenso de los salarios reales deberían hacer aumentar fuertemente el total de plusvalía relativa (la fracción de la semana de trabajo total durante la cual los trabajadores producen el equivalente a los bienes que compran con su salario). En estas condiciones, un aumento de la tasa de plusvalía sólo puede ser relativo, en ningún caso proporcional a los nuevos y enormes gastos necesarios para financiar el robotismo. La tasa de ganancia no experimentaría un gran aumento», pero para los trabajadores “el resultado global de un salto cualitativo hacia delante en la automatización (de hecho, la transición de la semi-automatización a la automatización) sería un aumento radical del desempleo permanente (…), la aplicación generalizada de los microprocesadores llevaría a la supresión radical de empleos en el trabajo de oficina, la administración, las telecomunicaciones e incluso la enseñanza. Profesiones enteras como contables, consultores informáticos y empleados bancarios serían devastadas si no completamente suprimidas” 41/.

Veamos primero el progreso de la automatización y la destrucción de empleos y después la evolución de la tasa de ganancia. Uno de los primeros estudios realizados por dos investigadores de la universidad de Oxford en 2013 42/ estimaba que el 47% de los oficios en EE UU podría ser ejercido por máquinas automatizadas. A este estudio le han seguido otros muchos. Las conclusiones difieren un tanto de uno a otro, pero todos van en el mismo sentido. El ritmo es más lento que “un salto adelante cualitativo”. El estudio publicado en 2017 por McKinsey estimaba que el 55% de los empleos japoneses, el 46% de los empleos estadounidenses y el 46% de los empleos de las cinco mayores economías europeas desaparecerán a causa de la informatización del trabajo antes de 2030 43/. El más reciente y más conservador es el publicado por la OCDE en abril de 2019, según el cual la informatización y la robotización harían desaparecer el 14% de los empleos de aquí a veinte años. La OCDE define los empleos con “alto riesgo de automatización” (en amarillo en la figura 4) como los que tienen al menos un 70% de posibilidades de ser robotizados. Los empleos que corren un riesgo de “cambio significativo” son los que tienen entre el 50% y el 70% de posibilidades de ser automatizados. Los principales sectores de empleo afectados son aquellos que la OCDE define como medianamente cualificados, “cuya naturaleza rutinaria hace bastante fácil la codificación en une serie de instrucciones que una máquina puede cumplir”. Dicho de otra manera, los obreros cualificados, operadores de máquinas, trabajadores en cadenas de montaje, o incluso los asalariados que realizan tareas de secretariado.

Gráfico 3

Efectos de la automatización de los empleos en los países de la OCDE

El estudio de la OCDE incluye también el siguiente gráfico sobre la producción (lo que significa también la utilización) de robots industriales. El crecimiento fue muy lento antes de acelerarse en 2011 y sobre todo a partir de 2014.

Gráfico 4

Número de robots industriales producidos anualmente, en millares de unidades (2000-2017)

La cuestión del ritmo del movimiento de robotización ha sido abordada por Moody 44/. La desarrollaré de forma más completa: la decisión de una empresa de recurrir a robots en sus fábricas o de introducir en los sectores de servicios técnicas informatizadas muy eficientes, y por tanto reducir el número de sus asalariados, depende de un conjunto de factores: el nivel salarial, la intensidad de la concurrencia, la rentabilidad prevista de la inversión. Estos factores vienen configurados por la mundialización del capital. Así, puede ser más ventajoso para una empresa deslocalizar una fábrica hacia un país con bajos salarios en vez de invertir en robots. Así mismo, la acentuación de la precarización del trabajo con sus efectos sobre los salarios puede ralentizar la informatización de algunos empleos de servicios.

Los efectos sobre la tasa de ganancia de haber recurrido a procesos informatizados y automatizados pueden ralentizar el progreso de su adopción. Volviendo al esquema teórico de Mandel, el progreso de la informatización y la automatización tiene como tendencia:

1) una elevación de la composición orgánica media del capital;

2) una elevación efectiva de la tasa de plusvalía como consecuencia de la mundialización del ejército de reserva industrial como consecuencia de la mundialización y desreglamentación del capital;

3) una reducción del precio de elementos del capital constante; y

4) un acortamiento del ciclo de su renovación. Puede ocurrir que los últimos no contrarresten a los otros tres en los efectos de la elevación de la composición orgánica.

Husson tiene su propia manera de medir la tasa de ganancia y de concluir en su alza 45/. En esto, como en Finance Capital Today, me pondré del lado de los economistas anglófonos, como Michael Roberts (severamente juzgado por Wilno en un artículo de 2015) de quien tomo el siguiente gráfico.

Gráfico 5

Movimiento de la tasa de ganancia en EE UU (conjunto de la economía 1949-2015)

Siguiendo el comentario de Roberts sobre este gráfico, “la tasa de ganancia corresponde a la fórmula de Marx s/c+v, o sea la plusvalía en relación al capital constante y al capital variable, midiendo el capital constante a precios históricos y a precios corrientes. El periodo tiene cuatro fases: la edad de oro tras la Segunda Guerra mundial que alcanza su cénit en 1965; la crisis de rentabilidad de los años 1970 que alcanza su punto más bajo en 1980-1982; después, el periodo neoliberal de recuperación y de estabilización de la rentabilidad; por último, el periodo todavía en curso de volatilidad y ligera baja”. El gran inconveniente de la tasa de ganancia media es que oculta el desfase abierto en la rentabilidad entre las empresas tomadas en su conjunto y los grupos cotizados en bolsa en Standard & Poor 500, que se benefician de estar a la vez en posición de mando en las cadenas de valor mundiales y de tener mejores condiciones para colocar ventajosamente en los mercados financieros las ganancias no reinvertidas. Estos grupos están a su vez jerarquizados. Así, en 1975 los cien primeros grupos cotizados en Standard & Poor 500 distribuían el 50,1% del total de dividendos y en 2015 el 68,7% 46/.

Roberts es el único en proponer una estimación del movimiento de la composición orgánica del capital. En el gráfico 6 aparecen las estimaciones para los dos últimos sub-períodos a comparar. Las estimaciones tienden a corroborar la posición de Mandel, a la que no hace referencia Roberts.

Gráfico 6

Movimiento de la composición orgánica en EE UU (1946-2015)

(OCC = composición orgánica del capital, ROSV = tasa de plusvalía, ROP = tasa de ganancia)

La tercera revolución industrial y la productividad

Es crucial distinguir entre la profundidad de la penetración de la informática en forma de recurso a programas cada vez más eficaces y el efecto que tiene sobre la reproducción ampliada y el crecimiento mundiales. Bajo el título “Dueños del mundo”, la edición del 5 de octubre de 2019 del semanario de la City The Economist se inquieta por el papel pronto preponderante de los programas informáticos en las decisiones de inversión financiera en un número creciente de mercados. Pero al mismo tiempo la tasa de crecimiento del PIB está apática. A finales de los años 1980, el muy conocido economista americano Robert Solow declaró que “se ven ordenadores por todas partes, salvo en los indicadores de productividad”, comentario conocido después con el nombre de paradoja de Solow. La aceleración del crecimiento durante la nueva economía de la segunda mitad de los años 1990 le aportó un desmentido provisional, pero después las cifras le han dado la razón. El gráfico 7 referido a cinco países muestra cómo el crecimiento cesa hacia 2004, salvo para Corea del Sur. Se suceden dos mesetas, la primera hasta 2007 para los cuatro “viejos países industriales, la segunda situada más abajo que la primera después de 2008 y para todos los países, incluida Corea.

Gráfico 7

Un motor de crecimiento renqueante

Fuente: Noah Smith https://www.bloomberg.com/opinion/articles/2018-12-04/maybe-we-have-the-economic-growth-equación-backward

Patrick Artus ha expresado la perplejidad compartida por muchos: “No se comprende bien por qué, a pesar del desarrollo de lo digital y del esfuerzo de investigación y de innovación, los aumentos de productividad disminuyen y el crecimiento a largo plazo se vuelve débil, en resumen no se sabe ya analizar la situación a largo plazo de las economías” 47/. Precisemos que la tasa de productividad depende de la cantidad de trabajo empleado, de la cantidad invertida en máquinas y equipamientos informáticos, así como de un factor llamado residual resultante de la eficacia con que son empleados trabajo y capital físico combinados. Una vez más debemos a Roberts un gráfico que muestra esta descomposición para diferentes subperiodos en EE UU, el último de los cuales conoce una caída espectacular de la productividad.

Figure 8

EE UU contribución de los tres componentes a la producción, aparte de la agricultura

En su análisis de la tercera revolución industrial Gordon da una explicación para EE UU que resumo aquí 48/. El crecimiento de la productividad de la segunda mitad de los años 1990 ha sido un paréntesis debido a un descenso sin precedentes y nunca repetido del coste de la velocidad y de la capacidad de memoria de los ordenadores, así como a un aumento nunca igualado de la parte del PIB dedicada a la inversión en los TIC. Ésta disminuyó con el crack bursátil de 2000-2002, pero el crecimiento de la productividad continuó siendo fuerte hasta 2004 a causa del desfase entre la producción y la compra de equipos informáticos y la curva de aprendizaje que permite utilizarlos de manera eficaz y productiva 49/. El efecto Internet de los años 1996-2004 sólo dio un empujón temporal al crecimiento de la productividad. La crisis de 2007 abre el periodo de fuerte descenso calculado por Roberts. Las tecnologías introducidas –desde el salto adelante de la miniaturización (microprocesador) y de los volúmenes de cálculo y de transferencia de datos– durante los años 1980 del Capitalismo tardío se componen de: 1) el ordenador personal con sus múltiples posibilidades, 2) la digitalización de códigos de barras, 3) las ventanillas automáticas bancarias, 4) la televisión por cable y por satélite, 5) Internet, el correo electrónico, la comunicación en la Web, 6) el comercio electrónico (con sus efectos sobre múltiples sistemas de distribución), las diversas redes sociales, 7) los teléfonos móviles, los teléfonos inteligentes, 8) los diversos sistemas de reserva en línea, de gestión de cadenas de aprovisionamiento, las múltiples plataformas de interrelación (del taxi a la distribución de comidas pasando por áreas de la llamada administración pública, incluyendo los catálogos digitalizados de las bibliotecas).

Tecnologías con efectos macroeconómicos difíciles de superar. Las controversias sobre el impacto de los nuevos avances se refieren a los pequeños robots, la inteligencia artificial, la impresión 3D y los vehículos sin conductor. La aparición en el mercado de EE UU de un pequeño robot muy barato, 25.000 dólares, el Baxter, levantó una gran polvareda. La posición de Gordon sobre los robots es la misma que la de los estudios arriba citados. Será un proceso largo y gradual antes de que los robots, fuera de los sectores manufactureros (sin excluir de este sector en sentido amplio la relación entre la automatización de la genómica y la farmacéutica) y los almacenes de grupos como Amazon, sustituyan al empleo en los sectores de servicios o de la construcción.

La impresión 3D es una innovación que vale para operaciones puntuales, como la producción de una corona en un gabinete dental en lugar de tener que enviar un molde a un especialista externo. La impresión 3D responde a la producción personalizada más que a la producción masiva. Puede aumentar la productividad en los laboratorios de concepción que crean modelos de nuevos productos, pero no tendrá incidencia macroeconómica. En cuanto al Big Data la mayor parte de los usos son juegos de suma cero. La cantidad de datos electrónicos aumenta de manera exponencial desde hace décadas. Pero la ralentización del crecimiento de la productividad americana ha coincidido con la introducción de los smartphones y de los iPads que tratan enormes cantidades de datos.

El coche sin conductor ofrece ventajas realmente menores respecto a la invención del coche, o a las mejoras de la seguridad que han reducido por tres las muertes por mil vehículos desde 1950. Se puede distinguir entre los coches y los camiones. La gente utiliza el coche para ir de A a B. En relación con las posibilidades ya ofrecidas en telefonía, Internet y música, se podrá mirar una pantalla de ordenador y crear un e-mail. Los camiones sin conductor podrían aumentar la productividad respecto a la muy pequeña categoría de empleos de camioneros en los Estados (unos 3,5 millones). Sin embargo, conducir de un lugar a otro sólo es la mitad del trabajo de los camioneros. Los chóferes de UPS saltan del camión, buscan los paquetes y los entregan en las empresas y en las residencias, sabiendo si hay que dejar los paquetes en el porche delantero o en un escondite del porche trasero. Los camiones de mayoristas llegan a los supermercados y se detienen en los muelles de descarga. Los chóferes son responsables de cargar los palés. Y Gordon acaba señalando que a pesar de la revolución informática el almacenamiento de los productos en las estanterías se hace por humanos y no por robots.

Para concluir

En lo que me concierne, la respuesta a la pregunta de Mandel es que se ha instalado definitivamente una “nueva larga ola de estancamiento relativo o de débil crecimiento”. Roberts es más circunspecto: “Sigue en curso la fase descendente del ciclo capitalista mundial. Puede haber por tanto vida para el capitalismo mundial, aunque en este momento vaya a ritmo lento”50/. Wilno concluía su artículo de 2015 diciendo que estaba potencialmente abierto un vasto programa de investigación. Habría que incluir ahí el intento de diseñar la configuración técnica, económica y geopolítica de la producción de la informática pero también de su utilización con fines de control social. La recogida y tratamiento masivo de datos proporcionan al capital y a los Estados una capacidad sin precedente de control político, y el Partido Comunista chino aparece claramente en cabeza. En fin, hoy en día la amenaza de barbarie que atormentaba a Mandel no viene del descenso del volumen total de la plusvalía producida. Está en el plano del cambio climático y del agotamiento de los recursos naturales vitales donde “la lucha por una salida socialista adquiere la importancia de una lucha por la supervivencia misma de la civilización humana y de la raza humana” 51/. Esta lucha comienza por el continuo combate teórico principista contra las fuerzas políticas que, aún bienintencionadas, no reconocen el fundamento capitalista del antropoceno y, por tanto, el necesario carácter radicalmente anticapitalista de la lucha en el terreno de las condiciones eco-esféricas de la reproducción social.

François Chesnais es economista y autor de varias obras sobre la mundialización y financiarización de la economía

http://alencontre.org/economie/la-theorie-des-ondes-longues-et-la-technologie-contemporaine-ii.html

http://alencontre.org/economie/la-theorie-des-ondes-longues-et-la-technologie-contemporaine-ii.html

Traducción: Javier Garitazelaia para viento sur

Notas

1/ www.lemonde.fr/economie/article/2019/08/14/le-pib-allemand-se-contracte-de-0-1-au-deuxieme-trimestre-conformement-aux-attentes_5499271_3234.html

2/ https://alencontre.org/economie/de-nouveau-sur-limpasse-económica-historique-du-capitalisme-mondial.html

3/ Ernest Mandel, Long Waves of Capitalist Development, A Marxist Interpretación, Verso, London, 1980, p.1 (edición en castellano: Las ondas largas del desarrollo capitalista, traducción de Javier Maestro, Madrid, Siglo XXI de España, 1986).

4/ Ernest Mandel, Les ondes longues du capitalisme, Editions Syllepse, Paris, 2014.

5/ www.contretemps.eu/a-lire-la-postface-de-les-ondes-longues-du-developpement-du-capitalisme-de-ernest-mandel/

6/ Kim Moody, High Tech, Low Growth: Robots and the Future of Work, https://brill.com/view/journals/hima/26/4/article-p3_1.xml

7/ Es el caso del artículo de Henri Wilno de 2015, www.npa2009.org/idees/tenter-de-comprendre-la-phase-actuelle-du-capitalisme-un-retour-sur-les-ondes-longues

8/ Nicolai Dimitrievitch Kondratieff fue director en los años 1920 del Instituto de coyuntura de la URSS en Moscú. Fue detenido en 1930 bajo la acusación de introducir métodos burgueses en la planificación y de sabotear la agricultura. Pasó ocho años en campos de concentración antes de ser fusilado en 1938. Ver Nicolai Kondratieff, Les grands cycles de la conjoncture, edición organizada y presentada por Louis Fontvielle, Economica, París, 1992.

9/ Francisco Louça informa de este debate en su introducción al libro de Mandel en la segunda edición en inglés de 1995.

11/ Sobre Parvus, ver Mandel, Le troisième âge du capitalisme, traducción francesa de Spätkapitalismus (1972), Les Editions de la Passion, Paris, 1997, pp.101-102 y la introducción de Francisco Louça ya citada.

11/ https://www.marxists.org/francais/trotsky/oeuvres/1923/04/lt19230421.htm

12/ Ernest Mandel, Le troisième age du capitalisme, pp.107-109.

13/ Ernest Mandel, Long Waves of Capitalist Development, op. cit., p.82

14/ Ernest Mandel, Long Waves of Capitalist Development, op. cit., p.6.

15/ Extractos de la primera sección de El Capital, libro primero. El análisis minucioso de la organización de la explotación y la maximización del plusvalor producido y apropiado por el capital se hace en la sección III.

16/ Para la traducción francesa ver Joseph Schumpeter, La théorie de l’évolución économique, Dalloz, Paris, 1935 con una introducción de François Perroux.

17/ Joseph Schumpeter, Business Cycles, A Theoretical, Historical and Statistical Analysis of the Capitalist Process, 1939 en la versión abreviada con una introducción de Rendigs Fels, p.16. http://classiques.uqac.ca/classiques/Schumpeter_joseph/business_cycles/schumpeter_business_cycles.pdf

18/ “La invención se vuelve un oficio y la aplicación de la ciencia a la producción inmediata se convierte en sí misma en un punto determinante para la ciencia, que la solicita”. Marx, Manuscrits de 1857-58, los llamados Grundrisse, Editions Sociales, Paris, 2011, p. 660.

19/ Schumpeter, Business Cycles, p.82.

20/ Schumpeter, Business Cycles, p.82.

21/ Schumpeter, Business Cycles, p.98.

22/ Ibid.

23/ Schumpeter, Business Cycles, p.174.

24/ ] Schumpeter, Business Cycles, p.20.

25/ Schumpeter, Business Cycles, p.243.

26/ Schumpeter, Business Cycles, p.294.

27/ Robert J. Gordon “Is U. S. Economic Growth Over? Faltering Innovación Confronts the Six Headwinds,” NBER Working Paper 18315, Agosto 2012.

28/ Robert J. Gordon, The Rise and Fall of American Growth: The U.S. Standard of Living Since the Civil War. Princeton University Press. 2016.

29/ Robert J Gordon, “The Demise of U.S. Economic Growth: Restatement, Rebuttal, and Reflections”, NBER Working Paper No. 19895, Febrero 2014. https://www.nber.org/papers/w19895.pdf

30/ Jesús Albarracín y Pedro Montes, Postface de 1996, p .519 (versión en castellano en http://www.anticapitalistas.org/spip.php?article22116&id_syndic_article=2439

31/ Albarracín y Montes, Postface, p .516

32/ Le troisième âge du capitalisme, p .95.

33/ ] Le troisième âge du capitalisme, p .100.

34/ Le troisième âge du capitalisme, p .96.

35/ Albarracín y Montes, Postface, p.529.

36/ Le troisième âge du capitalisme, p.155.

37/ Ibid.

38/ Mandel, “Introducción al libro III de El Capital”, Penguin, Londres, 1981, pp. 87-89.

39/ Long Waves of Capitalist Development, A Marxist Interpretación, p.83. Todas las citas están traducidas de la edición inglesa disponible en PDF. https://libcom.org/files/ernest-mandel-long-waves-of-capitalist-development-a-marxist-interpretación.pdf

40/ Long Waves of Capitalist Development, A Marxist Interpretación, p.19.

41/ Long Waves of Capitalist Development, A Marxist Interpretación, p.83-85

42/ https://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/academic/The_Future_of_Employment.pdf

43/ https://www.mckinsey.com/ /media/mckinsey/featured%20insights/Digital%20Disrupción/Harnessing%20automación%20for%20a%20future%20that%20works/MGI-A-future-that-works-Executive-summary.ashx

44/ Ver Kim Moody, High Tech, Low Growth.

45/ Ver su artículo de 2010 en Inprecor http://hussonet.free.fr/debaprof.pdf , así como su recensión de Finance Capital Today https://www.contretemps.eu/husson-chesnais-capital-financier-limites-capitalisme/

46/ Ver el interesante y poco citado artículo de Kathleen Kahle y René Stulz , “Is the US Public Corporation in Trouble?”, Journal of Economic Perspectives, Vol.31, N°3, 2017 //pubs.aeaweb.org/doi/pdfplus/10.1257/jep.31.3.67

47/ Citado por Michel Husson en su artículo de marzo de 2018 (https://www.vientosur.info/spip.php?article13626)

48/ Gordon, The Demise of U.S. Economic Growth, 2014 op.cit.

49/ Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, The Second Machine Age, New York, Norton, 2014.

50/ ] https://thenextrecession.wordpress.com/2016/02/14/robert-j-gordon-and-the-rise-and-fall-of-american-capitalism/

51/ Mandel, “Introducción a la edición inglesa del libro III de El Capital”, op.cit

Nuevos retos en el análisis del conflicto Capital-Vida

Reflexiones sobre la economía colaborativa y el capitalismo de las emociones

La irrupción de las nuevas (y no tan nuevas) tecnologías de la comunicación están transformando profundamente nuestros esquemas sociales, nuestras relaciones y los modelos de producción. El presente texto nace bajo el objetivo de una revisión feminista de estas transformaciones, insinuando interrelación entre la economía colaborativa y lanoción de Capitalismo de las emociones.

Por Irati Mogollón García

1. Introducción

Si torcemos la vista atrás, viendo los cambios que en la última década hemos vivido, centrados en las sociedades occidentales conocidas como el norte global, el vértigo que podríamos sentir al principio del estómago resulta, cuanto menos, considerable. Quizás, al igual que nuestros mayores con su distintiva frase de “antes todo esto era campo”, nosotras y nosotros también podríamos memorar aquellos años en los que nuestro mundo se desarrollaba sin internet y sin los Smartphone. Las diferencias entre el abismo de los cambios que vivieron nuestras generaciones pasadas frente a la nuestra, sin embargo, pudieran residir en un factor concreto: la intensa velocidad de los acontecimientos.

Si echamos unas breves cuentas, podemos apreciar que los móviles con pantallas táctiles llegaron a popularizarse en el 2011, aplicaciones como WhatsApp o Facebook llegaron en el 2009 y 2004 respectivamente y portales de video como YouTube, por su parte, en 2005. Si bien internet ya suma 40 años de edad con su creación en 1972, lo verdaderamente impactante es cómo estas tecnologías o dispositivos han transformado las formas de relacionarnos, los procesos de producción, los modelos de empleo y las formas de sostener la vida que teníamos en cuestión de años. La velocidad de los acontecimientos es tal, que hoy día nos vemos en la necesidad de relatar los sucesos en años y no en décadas. Éstas transformaciones, junto con el estallido de la crisis global o lo que algunas denominan como reestructuración capitalista global (Albarracín, 2010) a mediados del 2007/8 nos lleva a preguntarnos sobre cuáles son los retos de sostenibilidad de la vida a los que nos enfrentamos en el presente o futuro más inmediato.

Si bien las siguientes líneas son escasas para relatar los múltiples procesos que toman parte en este archipiélago de realidades, a continuación, apostamos por introducir ciertos debates en la arena del análisis y coloquio social actual desde un enfoque de sostenibilidad de la vida en el centro. Para ello, se parte de un breve repaso teórico a los conceptos de sostenibilidad de la vida, conflicto Capital-Vida y la acumulación capitalista dentro de lo que se han denominado como nuevos cercamientos en el conflicto Capital- Vida. Después, se abre el diálogo entre la economía colaborativa y las emociones, situando ciertos matices de las relaciones entre esos dos elementos y observando cómo se transforman las relaciones laborales desde esas prácticas emocionales. Más adelante, se introduce un último aliciente en la ecuación elaborada, el del pensamiento positivo como piedra angular para esta narrativa del alegato hacia lo colaborativo y lo emotivo de la escena social. En este último apartado se evidencia que no cualquier emoción vale en la nueva fórmula de la(s) Economía(s) Colaborativa(s)1 y los conflictos que ésta suscita. Finalmente, a modo de cierre presentaremos unas brevísimas conclusiones y reflexiones al aire para seguir alimentando y aportando en los debates colectivos actuales.

2. Nuevos cercamientos en el conflicto Capital-Vida

El enfoque desde el que se pretende trabajar nace gracias a las innumerables propuestas que feministas y ecofeministas llevaron a cabo (Carrasco, 2001; Orozco, 2006; Herrero, 2013; Federici, 2018) en una convergencia teórica surgida desde los movimientos sociales y las afluencias académicas (Carrasco, Borderías, Torns, 2011). Ésta mirada parte de la crítica a favor de descentralizar la referencia del marco de trabajo asalariado (Himmelweit, 1995) y el proceso de producción de mercancías como único indicador de bienestar social y riqueza. Se reivindica que en el centro del análisis socioeconómico se deben situar las necesidades sociales y bienestares producidos, tanto como marco de análisis, como a modo de objetivo (Benería, 1999; Picchio, 1999; Carrasco, Borderías, Torns, 2011; Orozco, 2006).

Por ello, se apuesta no solamente por el uso de la noción de cuidados (Thomas, 1993; Carrasco, 1991; Hochschild, 1995; Daly y Lewis, 2000; Benería, 2008; Carrasquer, 2013) sino también por visibilizar el proceso de sostenibilidad de la vida y el conflicto existente entre el Capital y la Vida a la hora de sostenerla. Puesto que, como señala Amaia Pérez Orozco (2012) es “el propio proyecto modernizador, la idea misma de desarrollo, progreso y crecimiento” (Orozco, 2012) lo que está hoy en día en crisis con su precariedad y vulnerabilidad (Carrasco, 2017; Picchio, 2009; Orozco 2014; Herrero, 2013) junto con la aparición de los nuevos riesgos sociales (Taylor-Gooby, 2004) y la profunda crisis de los cuidados (Izquierdo, 2003; Picchio, 2009; Dalla Costa, 2009; Carrasquer, 2013).

En esta noción de conflicto entre el Capital y la Vida se amplía el concepto de Vida, también haciendo referencia a la naturaleza, más allá de la vida humana. Entre sus teóricas ecofeministas conocidas encontramos a Vandana Shiva, Maria Mies, Ariel Salleh o Yayo Herrero, que subrayan las similitudes entre el trato existente con la naturaleza y el trato que se tiene con las mujeres. Dicho paralelismo no se constituirá desde los discursos de la esencia femenina y su relación con la naturaleza, por el contrario, en sus trabajos subrayan que a ambas se las constituye como recursos. Recursos que son extraídos y utilizados por y para el hombre en los ciclos de producción capitalistas, pero sin ninguna clase de agencia ni reconocimiento de valor propio. Esta omisión de la capacidad productiva y creativa de la naturaleza y de las mujeres, será la clave de su expolio.

Por ello, desde el ecofeminismo se denunció el modelo de economía y desarrollo actual, pues en ellos quedan completamente excluidos el debate de la vida humana y los límites ecológicos de este planeta que las doctrinas liberales se niegan a reconocer. Señalan, junto con las economistas feministas, que el ecofeminismo “trastoca las bases fundamentales del paradigma económico capitalista y desvela que su lógica es incompatible con la de un mundo sostenible y justo” (Herrero, 2016: 8).

Para finalizar, otra arista más del conflicto Capital-Vida que quisiéramos visibilizar a la hora de plantear esta reflexión colectiva sobre las Economías Colaborativas y el papel de las emociones en la coyuntura actual es el de los nuevos cercamientos de los comunes (Ostrom, 1990) o los nuevos modelos de acumulación primitva u originaria (Federici, 2010; Hartsock, 2011).

Karl Marx (1867), en el primer volumen de su famosa obra de El Capital, nos planteó el término de acumulación originaria o acumulación primitiva, para explicar cómo se generaron las condiciones previas en la creación del capitalismo actual. En este sentido, hacía referencia al ejercicio de privatización de los medios de producción desarrollado entre los siglos XIV y XVI. Este ejercicio de privatización y expropiación, desembocó en lo que serían futuros trabajadores y trabajadoras sin medios. Afectó sobre todo a las grandes masas rurales, destruyendo de forma violenta y abusiva las formas tradicionales de derechos de acceso de la población a los medios de producción y recursos naturales como son los derechos comunales, el expolio de América, la vinculación de los siervos a la tierra, etc.

Con su obra y posteriores aportaciones teóricas, al hilo de la acumulación originaria (Harvey, 2003; Federicci, 2018), se evidenció que la riqueza de las naciones europeas y estadounidenses no podía comprenderse sin el expolio y la violencia ejercida hacia los territorios africanos, asiáticos y latinoamericanos. Son los siglos de esclavismo, genocidios y expolios de los regímenes coloniales, los que marcan los hitos en los que se fundamenta la riqueza de las naciones y el modelo de desarrollo capitalista actual.

En 2003, David Harvey planteó la teoría de una nueva fase de esa acumulación marxista conocida como acumulación por desposesión. Haciendo referencia sobre todo a una fase de sobreacumulación del capital, subraya la mercantilización de ámbitos hasta entonces cerrados al mercado. Nos relata cómo en occidente, con el método de acumulación originaria y bajo el objetivo de mantener el capitalismo actual, se han ido sistemáticamente aplicando ejercicios de acumulación por desposesión como las privatizaciones de empresas públicas, las trampas de la deuda, la redistribución de la renta y las especulaciones financieras generadas a partir de las multitudinarias crisis desde 1970 hasta la más actual del 2008.

Estas teorías sirven para comprender las bases sobre las cuales se escribe y reescribe el capitalismo en sus multitudinarias fases y su conflicto permanente con la vida. A esta idea de rapiña capitalista de las esferas de la vida, se le da una vuelta de tuerca de la mano de multitud de feministas (Federici, 2010; Hartsock, 2011; Ezquerra, 2012), al construir una correlación entre los conceptos de acumulación originaria y acumulación por desposesión, con el papel de las mujeres no asalariadas y el papel de producción/reproducción de capitales en el espacio doméstico. De este modo, Silvia Federici (2010), en su reconocido libro “El Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”, hace visible lo que se denomina como un nuevo campo de acumulación y de batalla: los cuerpos de las mujeres. Con esta idea, se plantea no solamente el expolio de los medios de producción materiales, sino también el expolio de los medios de reproducción materiales (cocinar, limpiar…) e inmateriales (afectos, atenciones, cuidados, educación…) del ámbito de lo privado y lo femenino.

Dándole una última revisión crítica al concepto, Nancy Hartsock (2011), en “A New Moment of Primitive Accumulation”, apunta que la actual acumulación por desposesión es la de una ruptura del contrato social, o la reestructuración de las relaciones entre Estado y Sociedad, que posibilita un nuevo cercamiento de los comunes y nuevas esferas de mercantilización. Esto nos permite realizar una lectura diferente y transversal de los procesos de reestructuración del Estado de Bienestar que se están realizando a partir de la crisis mundial del 2007 y la multitud de recortes en salud, educación, transportes… ejecutados en nombre de la austeridad en nuestros entornos más cercanos.

3. El diálogo entre la economía colaborativa y las emociones

Nos encontramos ante un escenario de crisis estructural en el cual podemos afirmar que los alegatos hacia el discurso colaborativo van en aumento. Se palpa un estallido de los proyectos de “lo co-”, entendiendo dicha abreviatura por resumen de movimientos y proyectos comunitarios, colaborativos y cooperativos. Los cambios e incertidumbres acaecidos junto con toda la respuesta movilizadora social activada ante ese descontento, han llevado a legitimar escenarios colaborativos como territorios de proximidad y sostenibilidad deseados por una parte amplia de la población2. Éstos movimientos han compartido escena, sin embargo, con la aparición de una nueva ola de emprendizaje encarnada en las famosas Start Ups que, apoyadas en el soporte tecnológico de las nuevas tecnologías y plataformas de internet, ofrecen un modelo de producción y consumo casi instantáneo, con pocos mediadores y de alta adaptabilidad al consumidor que también ha recibido el nombre de Economía Colaborativa y Consumo Colaborativo. Estos procesos coetáneos viven polémicos e interesantes mestizajes, de los cuales destacaremos uno en concreto: el papel de las emociones en las economías colaborativas.

Una de las hipótesis más polémicas con las que abrimos el debate subyace en la propuesta de la autora estadounidense Eva Illouz (2011) que presenta las coincidencias no intencionales que han surgido entre el feminismo y la terapia positivista. Ejercicios que ha llevado según la autora, sobre todo a las clases medias, a comportamientos metódicos y de control emocional ejercidos mediante el intelecto.

Estos diversos actores [feministas, terapeutas, compañías farmacéuticas…], han convergido en la creación de un ámbito de acción en el cual la salud mental y emocional es la principal mercancía que circula, un ámbito que marca a su vez los límites de un “campo emocional”, esto es, una esfera de la vida social en la que el Estado, la academia, distintos segmentos de las industrias culturales, grupos de profesionales acreditados por el Estado y por las universidades y el gran mercado de los medicamentos y la cultura popular se han cruzado y han creado un dominio de acción con su propio lenguaje, sus propias reglas, sus propios objetos y sus propios límites (Illouz, 2011: 219).

En la nueva era del trabajo contemporáneo y lo que podemos considerar como subuque insignia (la Economía Colaborativa), la flexibilidad, la adaptabilidad al consumidor y la rapidez de las demandas de mercado son elementos indispensables. El paradigma del “tiempo es oro”, difundido por Benjamin Frankling queda obsoleto y transformado en la idea de que todo aquello que no está en movimiento, es dinero perdido(Mogollon y Legarreta, 2015). En resumen, el mantra que la Economía Colaborativa ha sabido recoger es el de que aquello que no se mueve, es un activo en desuso.

Consideramos estos empleos novedosos de lo colaborativo como la punta de lanza de prácticas laborales que poco a poco se van extendiendo en el mercado-laboral global. Éstos van, a su vez e indiscutiblemente, de la mano de lo que se denomina como Nuevas Economías de la Comunicación o Capitalismo Tecnológico como una de las facetas de este poliforme capitalismo que también se denomina financiero, deudocrático, ecocida etc., Centrándonos sin embargo en esta pequeña vertiente, una de las primeras referencias al respecto serán las de Joseph Pine y James Gilmore (1991), los cuales en su obra introdujeron el término economías de la experiencia, siendo así precursores de toda la ola de la economía colaborativa y capitalismo de las emociones (Hochschild, 1995, Illouz, 2011) que acontecería en las siguientes décadas. De este modo, en estas Economías Colaborativas serán los beneficios intangibles que ofrecen los nuevos modelos laborales los que aportan un valor distintivo (Revista Opciones, 2013). Nos referimos a las experiencias, los tejidos sociales momentáneos y fugaces que emergen, las emociones que implican, la sensación de exclusividad y novedad del consumo… Destacan los ejercicios de prosumición que ofrecen la capacidad de creación del producto entre los productores y los consumidores del mismo (Gill, 2016) al instante, y la red que se teje entre los consumidores y los productores a ambos lados de la transacción (Diaz-foncea, Marcuello, y Monreal, 2015).

Pareciera que, en estas últimas décadas de historia contemporánea, el valor y significado de las emociones en la sociedad, se encuentra en un proceso de cambio de posicionamiento y estatus social. Las emociones han pasado de ser un tema tabú (nexo de unión del ser humano a su parte más irracional e instintiva que ha de ser reprimida), a uno de los temas de conversación y teorización más demandados por la audiencia. Evidencian estas transformaciones, entre otros, el surgimiento de “los nuevos modelos de liderazgos” o “las nuevas masculinidades”, en los cuales emociones como la empatía, la calma, la amabilidad y el cuidado hacia las personas y los grupos, cobran relevancia frente a la severidad, racionalidad, autoritarismo, seriedad y arrogancia prevalentes de modelos anteriores.

La masificación de los libros de autoayuda, han llevado a algunos colectivos como Espai en Blanc3 (2007), a hablar de sociedad terapéutica. Elena Berberana (2018), arroja datos esclarecedores al respecto en la revista digital Libre Mercado al describirnos cómo, en 2016, se llegaron a vender 9.9 millones de ejemplares registrados en la temática de autoayuda y desarrollo personal, cuya facturación ascendió a 119 millones de euros4. Mientras, los ejemplares dedicados a la divulgación, psicología, salud mental y medicina, alcanzaron las cifras de 135, 5 millones de euros. En total, desde el 2012 hasta el 2017, se habla de un incremento anual del 2,6 % en dichas materias.

Las hipótesis sobre las causas de la emocionalización de la vida pública varían; desde las teorías de la socióloga Patricia Clough (2007), que sitúa dicho fenómeno en la postguerra y sus efectos en la cultura, la política y la economía, pasando por autoras como Corinne Squire (2001), que hablan de sociedades afectivas, hasta referentes como Eva Illouz (2007:227-228), que definen como capitalismo emocional a esta nueva era social. Dentro de las ciencias sociales, por su parte, se hace referencia al Giro afectivo o affective turn, éste viene a poner en relieve la crítica propiciada por Brian Massumi (2002) y reivindica el ejercicio Spinozano de dejarse afectar y ser afectado en las ciencias sociales. Se podría resumir como “El rescate de las emociones del secuestro biologicista, del uso y estudio exclusivo de las ciencias duras” (Alí y Giazu, 2013: 104).

De este modo, podemos concluir que las emociones están cada vez más presentes y que vienen, sin duda, para quedarse. El impacto de las emociones en el ámbito laboral, sin embargo, no será del mismo calibre en todas las áreas, y es, una vez más, en la Economía Colaborativa, donde observamos una mayor resiliencia a adoptar prácticas discursivas emocionales muy marcadas frente a otras instituciones como pueden ser, por ejemplo, las administraciones públicas, entre otras.

En este camino, las teorías sobre el valor de las emociones y los trabajos domésticos, la ética de los cuidados y los afectos planteados por el feminismo que permitieron ampliar el imaginario social son en estos tiempos absorbidas y disputadas dentro de una cultura global en la cual todas las utopías sobre la felicidad se encuentran atravesadas por el consumo (Ehrenreich, 2011). El consumo, a su vez, pasa a ser entendido como experiencia, elemento que le dará un matiz inmaterial y emotivo diferenciador a las absorciones capitalistas. Se genera un cruce entre emoción y lógica instrumental, se reorganizan las culturas emocionales, haciendo que “el individuo económico se volviera emocional y que las emociones se vincularan de manera más estrecha con la acción instrumental” (Illouz, 2007; 43).

Tal y como resumen Eudald Espluga, Berta Gómez y Santo Tomás (2018) al calor de estas instrumentalizaciones emocionales en un artículo para el diario El Salto en su edición digital, el alineamiento entre la ética de los cuidados y los nuevos discursos de la empresa que se generan en estas Economías Colaborativas es profundo y trastoca de forma radical los significados y contenidos de la intimidad, las emociones y los cuidados:

no sólo la comunicación se ha transformado en un intercambio interesado de información; también el reconocimiento de la fragilidad y la dependencia ha dado paso a ideales más complejos de autosuficiencia; la imaginación y el pensamiento narrativo se han convertido en formas de capital creativo; la atención y la confianza son vistas como competencias para mejorar la eficiencia de un equipo y no como un espacio de resistencia a la lógica del mercado; y la autonomía, lejos de ser entendida como la capacidad de tejer nuevas relaciones, se define como la posibilidad de aislarse de los demás.

En nuestro marco de análisis, subrayamos el papel y disputa de emociones como elapego, la pasión y el deseo hacia el trabajo-empleo dentro del entramado de absorciones e instrumentalizaciones capitalistas propiciadas por el mundo de lo colaborativo, pues, como veremos a continuación en el tercer apartado, no todas las emociones tendrán el mismo peso o aceptación social. Así mismo, en el marco de los empleos de las Economías Colaborativas las actividades laborales rebosan el espacio laboral para introducirse de lleno en un aspecto de peso de la vida de sus participantes, no solamente a nivel de recursos materiales y poder adquisitivo, sino también a nivel psicológico-emocional. Son las energías comunicativas, las capacidades creativas, la pasión, el humor, el ingenio, la empatía, lo más brillante de las capacidades intelectuales y vitales, lo que se pone a disposición de la empresa en todo el proceso productivo y laboral. Como consecuencia, “la empresa (independientemente de la relación jurídica entre propiedad y trabajo) tiende a ser el núcleo en torno al cual se infiltra el deseo, el objeto de una inversión ya no solo económica, sino también psíquica” (Morini, 2014: 93). Uno de los alegatos o iconos más característicos en este sentido abanderado por las Economías Colaborativas son las famosas frases de Confucio sobre “Escoge un trabajo que te guste, y nunca tendrás que trabajar ni un solo día más en tu vida” o la de Winston Churchill de “Esfuerzo continuo, no fuerza o inteligencia, es la clave para liberar nuestro potencial”.

Esta atención en el control afectivo y las reglas emocionales (feeling rules), no es algo novedoso, aunque sí es destacable el incremento y expansión de su interés gracias al avance y fama de esta Economía Colaborativa. Arlie Hochschild (2001), nos habla de cómo cada situación social induce a un conjunto de emociones en los actores sociales, pautadas y normativizadas, que especifican la intensidad, dirección y duración del sentimiento. Evoca un sinfín de situaciones sociales (rupturas, embarazos, discusiones, situaciones dramáticas…), en las cuales se encuentran social e implícitamente marcados los plazos y sentimientos específicos que ha de tener cada individuo. De este modo, visibiliza cómo se encuentran estipulados los códigos de la cultura emocional de cada sociedad como, por ejemplo, cuánto es el plazo de “lamento” por la ruptura de una relación y cuándo se está siendo “exagerado/a”, cómo ha de sentirse una mujer que acaba de ser madre en los primeros años de su bebé (emocionada, extasiada, agradecida, completada…) o cómo no ha de sentirse (harta, depresiva, enojada, asqueada, arrepentida…). En este último caso, un libro altamente recomendable que refleja los mecanismos de control afectivo y reglas emocionales en el universo maternal, es el de “Madres arrepentidas: una mirada radical a la maternidad y sus falacias sociales” (Donath, 2016) y su estudio sobre la maternidad desafecta.

En el marco de la Economía Colaborativa el control social arremete de forma exquisita en materia sentimental y afectiva, apropiándose y contorneando dimensiones emocionales de la vida, pues no bastará con ser eficaz en el trabajo y respetuoso en las relaciones, habrá de ser motivador, apasionado, cercano, carismática, efectiva, asertiva… Esta vinculación entre emoción y ejercicio productivo, genera lo que diversas autoras definirán como la reconquista del tiempo de vida por parte del capital (Valenzuela y Bruquetas, 2015; Berardi, 2016).

Permite ampliar el trabajo-empleo y la producción a cualquier hora del día gracias al innegable apoyo de dos dispositivos decisivos: el teléfono móvil e internet. Estos abren en canal la intimidad y el tiempo libre de las personas trabajadoras, convirtiéndolas en localizables en todo momento y lugar, susceptibles a ser llamadas a desarrollar su función productiva. De hecho, la instantaneidad del consumo y de la atención individualizada hacia la demanda del cliente se convierte en estas Economías Colaborativas en un rasgo distintivo y necesario de la relación entre consumidora y productora. De este modo, se pavimenta la opción de “absorber cada átomo posible de tiempo productivo en el momento exacto en que el ciclo productivo lo necesita, y así disponer de la jornada entera del trabajador, remunerando tan solo los momentos en los que es celulizado” (Berardi, 2016).

Como consecuencia de esa invasión por parte del capital, observamos el fenómeno de la colonización del cliente (Gold y Mustafa, 2013), recogido sobre todo en las y los trabajadores freelance. Nos retratan a una trabajadora de lo colaborativo que no es capaz de controlar los ciclos de demanda de trabajos, completamente dualizada entre el estrés de mantener la demanda y llegar a los plazos de forma óptima y la auto-culpabilización cuando esta decrece y el trabajo comienza a no ir como necesita. Igualmente, junto con la competitividad extrema, también se narra la “realización frecuente de trabajos «para comer» poco gratificantes y poco creativos” (Ortega, 2018: 28)

En estos empleos colaborativos se observa cómo acontece la transformación del tiempo de trabajo, que muta de ser un trabajo estipulado dentro de cierta jornada laboral (partida, continuada, a turnos, nocturna…) y su posibilidad de horas extra, a ser un tiempo de trabajo informe, basado en el ideal del sujeto de rendimiento total (Chul Han, 2012). Este modelo de trabajador o trabajadora BBVAh5 se caracteriza por tener una productividad siempre lineal, autónoma y ascendente. Un tiempo de trabajo hecho a imagen y semejanza de una trabajadora que no enferma, que no tiene que cuidar a nadie, sin altibajos, inagotable, en constante formación, motivación y disponibilidad.

A este fenómeno de flexibilidad total de la jornada laboral y su expansión a cualquier hora del día de la vida de sus trabajadoras se lo conocerá bajo el modelo 24/7: 24 horas al día, 7 días a la semana proclamado desde un movimiento difundido por los hackers de Silicon Valley en los años noventa bajo su lema de “24 hours a week and I love it” (Crary, 2014). Dicho modelo será sin lugar a dudas el del trabajo icónico dentro de la Economía Colaborativa y el Capitalismo Tecnológico, aquel caracterizado por una pasión y amor hacia la jornada laboral total, el trabajo esclavo bajo sumisión voluntaria en nombre de la pasión y la ilusión de un proyecto de vida mercantilizado. El 24/7 ha sido un modelo laboral polémico desde sus inicios, pues en ciertos sectores liberales se ha presentado como la medida de conciliación ideal, mientras que otros lo situaban como modelo de explotación absoluta. En cualquiera de las posiciones, se evidencia que este representa una interesante paradoja para los empleos colaborativos, de autopromoción y emprendizaje social, que rodean las capas más jóvenes de la sociedad. Puesto que, ¿cómo no extender la jornada laboral si estos trabajos se encuentran vinculados a emociones tan positivas y expansivas como la pasión, la auto-realización, la solidaridad, el deseo o el apego? ¿Cómo dejar de hacer algo que no considero mi empleo, sino mi pasión, mi hobbie? ¿Cómo poner límites si mis compañeros de trabajo son casi más que amigos, sonmi tribu, mi familia?6

Una de las consecuencias detectadas ante esta expansión de la jornada laboralapasionante y que busca ser intencionalmente apasionada, se percibe en la tendencia que torna el tiempo de vida (ocio, cuidados, amores, amistades, tiempo libre…), en dinámicas de producción y adquisición de conocimientos y experiencias relacionadas directamente con el ámbito laboral (Capacitación, 24/7). Así mismo, las agendas de las personas que participan en estos modelos de trabajos novedosos de la Economía Colaborativa rebosan congresos, encuentros, memes, charlas, películas, cenas, teatros, artículos, incluso conciertos y talk shows insertos dentro de las temáticas laborales pertinentes. Contenidos que no están intrínsecamente unidos a las actividades empresariales, pero que forman parte del universo laboral que rodea a dichas actividades productivas. Todo ello desemboca en un proceso en el cual la empresa acaba definiendo la vida de la trabajadora, desdibujando la diferencia entre la creatividad laboral y personal (Ross, 2003). Como apunta Stefano Harney y Fred Moten (2013), se trata del plusvalor total de la vida y la reconquista capitalista del tiempo de vida. Así mismo, “La puesta a producir de emociones, sentimientos, toda la vida extra-laboral, las redes territoriales y sociales, significa en la práctica que a la persona se la hace productiva por su mera existencia.” (Hoschild, 2008; 93).

Inspirada en la tesis de Charles Wright Mills que allá por 1951 hablaba delalienamiento que sufrían las clases medias trabajadoras estadounidenses con el fenómeno de alienación- burocrática generada en los trabajadores de “cuello blanco”, Arlie Hochschild (1983), nos hablará de una nueva paradoja de alienación. En ésta, al vender mediante nuestro trabajo y consumo nuestra personalidad, nos implicamos en un proceso de auto-extrañamiento cada vez más común en los sistemas del capitalismo avanzado.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando el extrañamiento o la alienación no es completada? ¿Qué es lo que sucede cuando no se obtienen los comportamientos emocionales exigidos? ¿Cuándo sentimos algo que supuestamente no nos está permitido o no es acertado sentir? ¿Cuándo las emociones consideradas como negativas (el mal humor, los nervios, el estrés, la pena…) invaden nuestras relaciones sociales? ¿Cuándo surgen brechas de disconformidad en ese pensamiento positivo apasionado y proactivo?

La autora, una vez más, analiza esos casos para definirlos como momentos dedisonancias o desviaciones emocionales (Hochschild, 1983). Momentos en los que la rabia, el enfado, el cansancio, la tristeza, los nervios, la ansiedad, etc. desbordan las situaciones pautadas. Es justamente en ese hito, ante estas desviaciones, donde surgen nuevas formas de disciplinamiento emocional de la esfera humana que hasta la fecha no habían sido capturados por los manuales de empresa y recursos humanos: la gestión emocional o el emotion management dentro del marco de la retórica positivista.

Un positivismo arrollador, que empapa desde frases decorativas del hogar (cuadros, cojines, tazas de café…) vendidas por grandes superficies como Ikea, hasta frases de tatuajes-mainstream con los que la gente marca su cuerpo de por vida, pasando por publicaciones de fotografías en las redes sociales llenas de mensajes motivacionales adscritos a alguna eminencia pública (escritores, actrices, poetas, físicos…).

Como trabajaremos en las siguientes líneas, el mensaje de estos procesos de gestión emocional es contundente: no basta con hacer algo, hay que sentirlo y, si no es así, “«tratamos de sentir algo», hacemos esfuerzos por modificar nuestros estados emocionales” (Bericat, 2000:161-162). Es justamente en ese momento donde la creciente demanda de manuales de autoayuda, el mind fullness, las metodologías participativas y colaborativas, las terapias gestlálquicas, las gestiones grupales, las inteligencias colectivas, los facilitadores grupales o coach-es, cobran relevancia dentro del proceso productivo capitalista.

4. Un último aliciente: El pensamiento positivo

La psicopolítica neoliberal es una política inteligente que busca agradar en lugar de someter

(Han, 2014: 57).

el poder se legitima siendo afectivo y efectivo

(Espluga, Gómez y Tomás, 2018).

El pensamiento positivo como corriente dominante que se filtra en una infinidad de corrientes psicoterapéuticas masificadas (mindfullness, coaching, PNL, Gestalt…), presenta conceptos en contraposición como, por ejemplo, mirar a las abundancias en vez de a las carencias, promover la positividad en vez de la negatividad, buscar el aprendizaje en vez del fracaso etc.

Si bien las emociones toman un papel central para la producción de capitales sobre todo en las Economías Colaborativas y los mercados dibujados bajo el Capitalismo Tecnológico, como ya se ha comentado, no todas las emociones tendrán el mismo peso y reconocimiento en el marco actual de los modelos laborales de lo co-. Serán emociones como la pasión, el apego, la felicidad, la confianza, la ilusión, la empatía o la dulzura, las que primarán frente a la tristeza, el dolor, la frustración, el enfado o la rabia. Para poder sostener esta jerarquía emocional, la gestión emocional o el emotion managment, cobrará un papel central, destacando la corriente teórica del Pensamiento Positivo (Ehrenreich, 2011) como aparato de control y doma emocional.

Esta corriente de pensamiento ha popularizado tanto los discursos de austeridad y positividad, como los del cálculo racional de las emociones. En consecuencia, el espacio público y laboral de estas Economías Colaborativas se encuentra repleto de discursos semejantes a “solo con sacrificios se consiguen los sueños”, “Es difícil, pero caminando juntas lo conseguiremos”, “creo que esa persona es tóxica para ti”, “renovarse o morir”, “despréndete de la gente con actitud negativa pues son agujeros emocionales”, “salir de la zona de confort”, “es duro, pero no cambiaría nada de mi trabajo porque me aporta mucho” o “los retos y las caídas te harán crecer como persona, desde la comodidad no se construye nada nuevo”.

De la mano de estos discursos, las jóvenes y no tan jóvenes trabajadoras y trabajadores colaborativos, se introducen en la maraña de prácticas de autopromoción y consumo, invirtiendo en promesas de mejores futuros y convirtiendo en trabajo laproducción de sí mismos (Morini, 2014). Uno de los mantras más consolidado al respecto en la Economía Colaborativa es el de “yo soy mi propia marca” o “yo soy la mejor publicidad de mí mismo”. Así mismo, las plataformas digitales se convierten en centrales en la autopromoción del trabajo de cada uno y el estatus social pasa por abrir los focos de la escena digital a cierta parte de lo que hasta el momento se consideraba intimidad; desde las vacaciones con los amigos en un festival, hasta la foto de la comida de hoy pasando por “marcas deportivas” propias como son el mapa del recorrido y cuántos kilómetros se ha corrido en su hora de deporte, todo se transforma en “publicable”. Boltanski y Chiapello (2002) al respecto afirman que este tipo de corrientes generan lo que definen como sumisión voluntaria, dado que en la actualidad el individuo, bajo una sobre- estimulación constante, comparte y produce información en torno a sí mismo sin necesidad de tener que extraerla a la fuerza o comprar dicha mercancía. Como recogíamos en líneas anteriores, estas lógicas positivistas, apoyadas en los novedosos dispositivos tecnológicos de Internet y los Smartphone-s permiten abrir en canal la intimidad y el tiempo libre de las personas trabajadoras, transformando todo momento vital en susceptible a desarrollar su función productiva. De este modo, en la Economía Colaborativa ya no será necesario ni siquiera el uso de una página web, bastará con tener una bonita cuenta de Instagram, Twitter o Facebook siempre activa y disponible para cualquier demanda de consumo.

Este nuevo orden biopolítico, se impulsa por “el nacimiento y consolidación de la psicología, cuya principal característica es gobernar la vida por medio del discurso terapéutico” (Zapata, 2019; 87). Como consecuencia, lo que desde este orden discursivo positivista y colaborativo se nos transmite es la idea de que será el individuo o la persona (el hiper-protagonismo del yo), la única responsable de las acciones para emprender y cambiar las situaciones de sufrimiento que la rodean. A su vez, al generarse esa individualización de la responsabilidad social, la patologización de cada situación resultará más sencilla, dado que comenzará a interpretarse la desigualdad social y económica y todos “esos malestares sociales encarnados como una mala salud emocional de individuos concretos” (Zapata, 2019: 88), y es que no hay más contabilizar las escasas posibilidades que tienen los sindicatos tradicionales para articularse en estas cooperativas e incluso grandes empresas como Uber, AIRBNB, Cabify o Amazon de lo “Colaborativo”.

Esta idea de que es la trabajadora la única responsable de su situación laboral y vital conectará con lo que para nosotras es la cara oculta del artefacto emocional de las prácticas discursivas del pensamiento positivo: la culpa. Una culpa que asume la narrativa de “no haber creído lo suficiente en el proyecto”, “no haberse esforzado cuando tocaba”, “no haber tenido esa genial idea” o “no ser lo suficientemente genuina en lo tuyo”.

Volviendo a las palabras referentes de Arlie Hochschild (2001), cuando entra en juego la gestión emocional tan característica de las prácticas de la Economía Colaborativa, ésta deja de ser considerada un acto privado para convertirse en Trabajos emocionales que cada individuo deberá realizar, comprendido dentro del orden de habilidades laborales y de capacitación. Los sindicatos de trabajadoras y trabajadores quedan relegados frente a los grupos de trabajo tipo comunicación grupal, charlas motivacionales como las famosas Charlas Ted, los talleres con terapeutas o coaches grupales, etc. De este modo, los conflictos laborales y las situaciones materiales son atajados, modificando “directamente el sentimiento por medio de cambios en nuestro foco perceptivo sobre la situación, o por acciones fisiológicas, como puede ser respirar profundamente para calmarse” (Bericay, 2000: 163). En resumidas cuentas, dado que la estructura social y sus condiciones materiales se convierten en innegociables en estas Economías Colaborativas y ante la crisis estructural actual, el planteamiento transmitido insta a transformar la manera que tenemos de ver dichas situaciones (pensamientos) o la forma en que tenemos de sostenerla en el momento (prácticas).

Las corrientes del pensamiento positivo se pavimentan en la idea de que cada cualobtiene en la medida en la que emana. Bajo esta idea de acción-reacción racional tan básica, se recoge el argumento de que el beneficio del usuario se sitúa en el centro, incluso por encima de, en ciertos casos, los ingresos de la propia empresa. Todo ello, bajo la promesa de que “… si el usuario está contento, la demanda crecerá y la rentabilidad llegará antes o después.” (C.Otto, extraido de El Confidencial el 23/07/2018). De este modo, es el trabajador o empresaria la que “atrae” lo que quiere en su negocio y no espera a que llegue “fortuitamente”.

Ciertamente, esta promesa rememora la teoría de la filtración defendida por los economistas neoliberales, que postula que la riqueza acumulada de los grandes capitales es positiva para toda la sociedad, puesto que finalmente estas grandes fortunas terminan filtrándose, “de alguna forma”, a todas las clases sociales. Con esta hipótesis se pavimenta la idea de que las grandes riquezas terminan “equilibrándose” en una riqueza colectiva. Esta teoría fue ampliamente rebatida por diversos economistas, entre los que se encontraba Joseph Stiglitz, que afirmó justamente que “el crecimiento no beneficia necesariamente a todos” (Sitglitz, 2002;108). Puesto que la equidad y la igualdad, son postulados que recorren otros caminos político-económicos que se alejan del laissez faire, laissez passer económico liberal.

Otra idea latente que recoge el pensamiento positivo es la de austeridad y sacrificio.Gracias a lo que hemos denominado como “el cuento colaborativo de la lechera”, se permite abrir las puertas de par en par a la normalización de la precarización de las condiciones laborales. Se alcanza mediante el ejercicio constante de relativización de los sueldos percibidos y los horarios de trabajo. Ejercicio encumbrado gracias a los discursos que enarbolan otros tipos de remuneración, como pueden ser el reconocimiento social, las experiencias curriculares, el capital simbólico, o el enriquecimiento vital del trabajo (Florida, 2010). Se encarna en el que podríamos denominar como el síndrome del eterno becario, esa figura laboral cuyo sueldo o condiciones laborales son precarias, pero son justificadas bajo el argumento de que al fin y al cabo se está obteniendo experiencia, conocimientos, habilidades y currículum para el trabajo estable del futuro.

Aquí podemos observar cómo se rozan las paradojas de los modelos económicos más salvajes de la Economía Colaborativa con las teorías de los movimientos feministas. Mientras estas últimas proclaman la valorización de otros elementos más allá del dinero, como puede ser el reconocimiento social, el crecimiento personal, las vivencias, las compatibilidades temporales y conocimientos adquiridos etc. el Capitalismo Tecnológico se los apropia para justificar y perpetuar la pauperización laboral de sus trabajadoras.

La otra moneda de la precarización serán las nuevas vías de estigmatización de los cuerpos (López, 2016). Siendo afectados los cuerpos más vulnerables e inadaptables a jornadas laborales infinitas o con responsabilidades familiares7 que les impiden incurrir en la disponibilidad total hacia la empresa. Disponibilidad indispensable en el ejercicio de colaborar, de cercanía, de predisposición que presentan estos empleos, que llevan a poder responder, por ejemplo, una ráfaga de e-mail de última hora a las 00:30 de la noche desde nuestro Smart-Watch o a poder tomarse unas cañas post-reunión de trabajo a las 20:00 de la tarde en la que se debate sobre asuntos laborales y promociones. Dicha estigmatización de los cuerpos, profundiza los privilegios de los sujetos de rendimiento total (BBVAh), pues no todo el mundo puede estar con una disponibilidad 24/7 hacia el empleo, sobre todo en caso de responsabilidades de cuidados en primera persona o a terceras personas (familiares con enfermedades crónicas, criaturas etc.). Esto provoca, por una parte, que tanto las personas con responsabilidades de cuidado como los cuerpos predecibles de culturas laborales antiguas y menos eficientes, sean “políticamente neutralizados, por su escasa posibilidad de «reutilización» y su incapacidad para producir «ciclos cortos de rendimiento máximo»” (Landa y Marengo, 2010; 82).

La precarización de las condiciones laborales en esta Economía Colaborativa cambia el tablero de la estabilidad deseada y las proclamas de derechos. Así, lo que a principios de siglo era una queja, como puede ser el mileurismo, hoy en día torna a ser un escenario deseado. El salario se desestructura, y el impacto en las condiciones de vida de este cambio es total. A diferencia de los “caros y tradicionales puestos de trabajo” (Piñeiro, Suriñach y Fernández, 2017: 106), la responsabilidad de la cobertura asistencial de la jubilación, vacaciones pagadas o enfermedad, se desdibuja de los denominadoscostos indirectos del trabajo, generando así una individualización de los costes y los riesgos de ser empleada y empleado. Como resultado tenemos un proceso que abarca territorios más amplios que los colaborativos, pero que sin duda los empapa, puesto que:

Corremos el riesgo de pasar del autoritarismo financiero, a la nueva tiranía de los algoritmos y las plataformas, que bajo la apariencia de la economía de la colaboración y de la ilusión de la promesa de la libertad digital, monopolizan y priorizan la información según sus intereses, además de precarizar los mercados laborales (Solanilla, 21/11/2018).

Como ya se ha apuntado, los riesgos que encarnan estas precarizaciones de las condiciones de trabajo de las Economías Colaborativas tan icretumban en la creciente despolitización de los espacios laborales y la constante “omisión de la capacidad de hacer pensable la conexión entre la vulnerabilidad en el trabajo y relaciones políticas de desigualdad” (Serrano y Fernández: 2018, 207). La atomización política del entorno laboral va en aumento y los conflictos colectivos se ven cada vez reducidos, en mayor medida, a vías judiciales individuales, con la consecutiva pérdida de músculo sociopolítico de las y los trabajadores de cada sector. Encontramos cada vez una mayor deriva de la lucha sindical por la mejora de los convenios colectivos a la vía judicial privada para la resolución puntual de una problemática laboral concreta8.

Barbara Ehrenreich (2011), en “Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo”, nos narra cómo la nueva gramática del pensamiento positivo anglosajón y, sobre todo, estadounidense desenfoca el desempleo hasta plantearlo como unaoportunidad de crecimiento personal. Se trata, ni más ni menos, de la narrativa y justificación de situaciones dolorosas en nombre del crecimiento personal. Hace especial hincapié en los discursos que discurren sobre que “esto me ha pasado porque tenía que aprender algo de esta situación”, para subrayar la idea de la individualización de las responsabilidades que acabamos de trabajar, atribuyendo a las corrientes de Pensamiento Positivo, por ejemplo, que planteen el encontrar trabajo como “una cuestión de actitud”. Este optimismo obligatorio o alegría obligatoria de la que nos hablará es la que presenta la total capacidad del mundo de los pensamientos para cambiar la realidad material (Ehrenreich, 2011). La autora realiza una dura crítica a este modelo, sobre todo en términos morales, al plantear que individualizar la totalidad de los sucesos sociales a espaldas de cada una de las personas que sufren consecuencias estructurales es mezquino y cruel. Propone, como contraparte, un realismo profundo (Radical Suggestion Realism) basado en un análisis desde las condiciones de realidad y capacidades propias, que impulse, pero no asfixie la capacidad y voluntad individual y colectiva.

5. Algunas conclusiones

Dado que a lo largo del texto se han querido dar múltiples brochazos para poder ampliar los elementos del debate en torno al conflicto Capital-Vida, enumeraremos algunas conclusiones al respecto, pero, sobre todo, cerramos el presente artículo lanzando a la arena del debate incógnitas que consideramos interesantes.

Primero, concluimos que la Economía Colaborativa, con sus modelos laborales y económicos, es el ejemplo más marcado del proceso de capitalización del mundo de la vida. Se trata del buque insignia, la punta de lanza de un proceso global de diferentes ritmos, pero cuya representación y su divulgación ha venido de la mano del que puede considerarse como “cajón de sastre de lo colaborativo”. A este respecto, intuimos, al igual que apuntan diversas autoras, que se está produciendo una nueva oleada de acumulación por desposesión, generada por un desplazamiento de la relación capital/trabajo hacia unarelación capital/vida (Corsani, 2002) con características muy específicas e íntimamente relacionada con el sector de vanguardia de la Economía Colaborativa.

En resumen, dentro de la maquinaria de absorción del capitalismo tecnológico, el trabajo-empleo resulta insuficiente para el capital, éste necesita nuevos territorios de absorción, y escoge la vida, con sus relaciones de mayor intimidad, creatividad y cuidados, como nueva relación económica de captura. Estos espacios de vida se extienden como apéndices de la jornada laboral continuada 24/7, apoyándose en emociones tan pegajosas y positivas como la pasión y la felicidad como elementos de sumisión voluntaria hacia una producción y sujetos de rendimiento total. Consideramos que, desde el feminismo y la economía feminista, deberíamos plantear estos escenarios como nuevos retos para el debate sobre los límites de la vida; ¿cuáles son los límites temporales, límites emocionales, límites relacionales… que nos permitirán dibujar unas líneas rojas necesarias para la sostenibilidad de la vida? ¿Cómo identificarlos y consensuarlos? ¿Mediante qué sujetos (sindicatos, estado, trabajadoras, consumidoras…)?

En un mundo donde cada vez con mayor impunidad “todo vale” en el ejercicio de la producción de mercancías, consideramos que se debe reivindicar una negativa profunda y unas necesarias divisiones entre lo que es mercantilizable y lo que no a la hora de hablar de la vida. Y es que, si queremos vidas vivibles y sostenibles con condiciones laborales dignas, vamos a tener que ir sentando precedentes en lo que a la digitalización de las relaciones sociales y laborales se refiere. Este proceso, sin embargo, presenta múltiples dificultades, pues podría concluirse en una primera lectura superficial de los hechos, que las emociones o los empleos colaborativos son, de por sí, los “demonios” de nuestra sociedad contemporánea. Por el contrario, consideramos que es el acento, o la pregunta de ¿al servicio de qué disponemos nuestras emociones y nuestra ética colaborativa? lo que debe situarse en el centro del debate social.

Destacamos, por ejemplo, dentro del debate sobre la digitalización de las condiciones laborales la polémica en torno a las horas extra, pues en la economía colaborativa se extiende el universo laboral hacia actividades como el networking, la capacitación-formación e innovación constante, el valor de la inmediatez… uno de los riesgos adscritos a estas características reside en la ingente cantidad de horas extra no pagadas que acarrea. En tal caso, el debate sobre los límites se dirigiría hacia ¿puede ser el o la trabajadora en todo momento celulizable? ¿tiene el o la trabajadora derecho a tener una jornada laboral definida y pautada? ¿cómo establecer en la era de las nuevas tecnologías horarios laborales sostenibles? ¿tiene la trabajadora derecho a ser apática, distante, correcta o ha de ser siempre cercana, alegre, afectuosa?

La segunda conclusión remarcable será la de la individualización de la responsabilidad social, que consideramos piedra angular en la precarización de la vida y las condiciones laborales en este modelo de Economías Colaborativas. La lectura de los acontecimientos vira, y nuestras condiciones laborales y vitales no concuerdan con las narrativas sobre la explotación, ya no tenemos conflictos laborales derivados, entre otros, del roce del proceso de producción, intereses de extracción y los ritmos del mercado. Por el contrario, lo que tendremos en estas economías digitales es gente tóxica o gusanos emocionales, personas que no se han trabajado sus emociones y que necesitan cambiar el foco para poder avanzar en la vida, para verla de una forma más positiva. Una vez más, no quisiéramos caer en falsas dicotomías al respecto y queremos ser muy contundentes en este matiz: consideramos que trabajar las emociones individual y colectivamente es un ejercicio necesario y positivo para el crecimiento personal y colectivo en el proceso de generar espacios y vidas más vivibles e inteligencias colectivas saludables. Sin embargo, este proceso no puede pasar por negar las condiciones materiales y simbólicas en las que se desarrollan los trabajos y las vidas en general. Se debe interpelar, de este modo, no solo al individuo y sus actitudes como factores necesarios del cambio, sino también se ha de apostar por transformar o mejorar las condiciones de vida en el proceso desde una politización de lo cotidiano y lo personal. Si no actuamos en estos parámetros, cabe el riesgo de terminar normalizando e individualizando condiciones laborales precarias y llenas de dominación, extracción y expolio.

Para destacar nuestra tercera conclusión, nos gustaría visibilizar una disputa o lucha que hay entre el sujeto de esta nueva economía colaborativa y el sujeto trabajador clásico, contraposición polémica propuesta por ciertos autores (Ortega, 2018). La figura del emprendedor se propone, en esta línea, cual actualización del sujeto hecho a sí mismo (self made man) o BBVAh, despuntando como nuevo modelo laboral, dispuesto a derrocar a lo que considera la lacra del empleado asalariado (Ortega, 2018). Presenta a este empleado asalariado como enjambre de burócratas, ineficientes, ralentizadores del progreso, corporativistas y descuidados. Pareciera que, en los discursos emprendedores, incluso se acusa al trabajador/a asalariada de la crisis económica actual, pues vivieron por encima de sus posibilidades, siendo los y las emprendedoras la única solución a la crisis de las sociedades del empleo (Prieto, 2000). Se concluye que en el discurso emprendedor que inunda la actualidad, el asalariado/a se enfrenta con su máximo representante de la retórica parasitaria: el viejo burócrata.

Ante estos imaginarios, surge la idea del empleo emprendedor, colaborativo, cooperativo, participativo y digitalizado. Fresco, dinámico, joven, atrevido, adaptado, fluido, innovador, valiente, soñador, con el palet de madera como icono de esta era y la estética denominada vintage de colores pastel… Nos gustaría proponer el debate sobre ¿qué hay detrás de este discurso de contraposición? ¿Cuáles son las características de esta nueva era de capitalismo tecnológico que marida con el capitalismo de las emociones y las teorías del new age terapéutico como el pensamiento positivo? Y, sobre todo, ¿qué consecuencias trae el modelo de emprendizaje en las condiciones de vida de las personas que lo llevan a cabo?

A modo de cuarta conclusión, apuntamos a toda la retórica sobre el emotional managment como potencial herramienta disciplinadora, contenedor emocional y social de situaciones de profunda precariedad. No quisiéramos plantear una visión catastrofista en la que hablar de las emociones sea per se un ejercicio de alienación y absorción capitalista de nuestras capacidades y emotividades, más sí reivindicamos el necesario ejercicio de perdida de la inocencia ante estos escenarios. Dado que la maquinaria de absorción capitalista tiene el potencial de abastecerse de retóricas feministas en torno a los cuidados, la conciliación, la igualdad, la pasión, el trabajo colectivo e incluso la responsabilidad con el medio ambiente y transformarlas para su capitalización. Un ejemplo bastante icónico de este tipo de estrategias son los denominados Washing-s o procesos de lavado, pinkwashing, greenwashing, blackwashing, entre otros, o los sistemas de ocultación de malas prácticas y estrategias retrógradas bajo rostros amigables hacia ciertos movimientos sociales como el ecologismo, el movimiento LGTB etc. En este sentido, si nuestro objetivo es poner la sostenibilidad de la vida en el centro de la actividad social, uno de los caminos por recorrer reside en convertir nuestras empresas y espacios laborales profundamente en entornos más vivibles, y no, por el contrario, nuestras vidas y luchas personales y colectivas más laborables, empresarializables o consumibles.

Entendemos por vivibles el desarrollo de espacios más humanos y resilientes ante las vulnerabilidades y necesidades colectivas e individuales que nos acompañan a lo largo de toda la vida en diferente medida. Destacamos, en este punto, la desprotección y falta de recursos colectivos que identificamos para leer estas relaciones peligrosas de doma emocional y manipulación en el entorno laboral y en el consumo. No es un debate menor, pues el nivel de fidelización y sumisión voluntaria que generan tanto las empresas como las marcas al atravesar todo el proceso con una estrategia emocional de alta intensidad es considerable. Volvemos a lanzar preguntas al aire al respecto ¿Cómo tomar conciencia y empoderarse en este tipo de dinámicas de retóricas tan seductoras?, ¿Cómo analizar las consecuencias de vendernos experiencias en vez de productos?

Finalmente, reflexionando sobre las posibles estrategias de sostenibilidad de la vida a recorrer en estas novedosas etapas del conflicto Capital-Vida, quisiéramos traer la provocadora tesis planteada por Alfredo Macías (2017): en esta fase del capitalismo, las personas se encuentran condicionadas por categorías abstractas y cotidianas que pautan su comportamiento, por lo tanto, mirar a los partidos políticos a la hora de buscar soluciones será un ejercicio inacabado. Se defiende, de este modo, que solamente basándonos en un análisis profundo de las tendencias y comportamientos actuales (lógicas relacionales, de consumo y ejercicios emocionales, entre otras) podremos plantear soluciones integrales.

NOTAS:

1 El término de Economía Colaborativa es una noción de reciente producción ciertamente abstracta, pero con características específicas a su vez. Por ello, aun sabiendo que no hay una sola Economía Colaborativa, que no existe una definición monolítica respecto a la misma, utilizaremos en pos de la fluidez narrativa el singular de este término que se entiende abstracto y ciertamente plural, pero que comparte una amplia amalgama de características las cuales nos permiten hablar en parámetros individuales.

2 Estas dinámicas hacia lo co- se reflejan en los proyectos como Los Movimientos colectivos de Repoblación Rural como la Red Ibérica de Ecoaldeas (RIE) en su labor para acabar con la despoblación rural planteando proyectos de vida sostenibles y colectivos. Sindicatos de inquilinas, movimientos pro- viviendas comunitarias o cohousings que plantean la vida en comunidad imbricando arquitectura y comunidad vecinal. Las cooperativas de consumidores de energía (SomEnergia, Goiener) o la alianza contra la pobreza energética, en lo referente a la colectivización y aprovisionamiento del derecho a la energía. El surgimiento de sindicatos de manteros, sindicatos de trabajadoras del hogar (SindiHogar, Territorio Doméstico) y sindicatos de prostitutas que abren nuevos debates sobre el concepto trabajo y la regularización/protección de los derechos laborales. Las redes de soberanía alimentaria y soberanía lingüística (Errigora), redes de consumo de proximidad (Km0) y cestas ecológicas (Bajo el Asfalto Está la Huerta, Me Planto, Berton Bertokoa…) que plantean el abastecimiento de pueblos y ciudades desde la sostenibilidad ecológica y el compromiso colectivo.

3 Colectivo de pensamiento crítico, colectivo y experimental creado en Les Naus (Barcelona) en el 2002. Se autodefine como brecha entre el activismo y la academia, la teoría y la práctica (ver Spainblanc.net).

4 Datos del jefe de prensa de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) Gerardo de Miguel, en 2016.

5 Este término resume los privilegios que en nuestras sociedades patriarcales actuales destilan algunas categorías sociales frente a otras. Es un eje central de la literatura de la economía feminista pues permite identificar al sujeto-ideal portador de privilegios de la economía actual centrada en los sujetos Blancos, Burgueses, Varones, Adultos y heterosexuales y bebe de numerosos debates de los Congresos de Economía Feminista, aunque su popularización se debe a Amaia Pérez Orozco (2014). Este tipo ideal se presenta incluso en cuerpos leídos hegemónicamente como mujeres, pues es una estrategia central la de adoptar posiciones y actitudes masculinizadas (aplazar la maternidad o negarla, utilizar una voz más grave, vestimenta andrógina o neutra etc.) para obtener los privilegios de poder que ofrece el acercarse a ese sujeto- ideal androcéntrico tan icónico en nuestras sociedades del empleo (Prieto, 2000).

6 Los nudos o debates formulados en materia de incógnitas han sido extraídos en ciertas ocasiones y deducidos en otras tantas gracias al trabajo de campo realizado en el marco de la Tesis Doctoral que se estállevando a cabo “Estrategias Colectivas de Sostenibilidad de la Vida en Tiempos de Crisis” por la autora a cargo de la tutorización de Matxalen Legarreta Iza y Mertxe Larrañaga Sarriegi.

7 Queremos hacer consciente la decisión de la no utilización del término “carga familiar” pues consideramos que implica una significación que no compartimos ideológicamente. Si a las responsabilidades del trabajo- empleo no se les llama “cargas laborales” por muy forzosas en tiempo, energía y dedicación que sean, consideramos que el ejercicio de las diferentes dependencias y cuidados merece compartir la misma categoría semiótica.

8 Esta reflexión corresponde es fruto de un debate colectivo mantenido con Arritxu Larrañaga, abogada laboralista y sindicalista del sindicato LAB.

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Evidencia empírica contra la microeconomía neoclásica (y sus implicaciones políticas)

Por Oscar Planells

La teoría microeconómica estándar, la que se enseña por defecto en las facultades de economía de todo el mundo, parte de una premisa clara y concisa: todo individuo se mueve exclusivamente por sus intereses particulares, y lo hace de manera racional (es decir, calculando los medios más eficientes para lograr sus objetivos). Así pues, tal perspectiva entiende que “al tomar una decisión cualquiera, todos intentamos maximizar nuestras utilidades esperadas sin que nos importen los intereses de las otras personas. La utilidad esperada de una acción se define como el producto de su utilidad subjetiva por la probabilidad de éxito de la acción en cuestión” (Bunge, 2009: 91).

Los economistas han asentado y confiado tanto en esta premisa psicológica que han construido en base a ella gran parte de sus teoremas y de su producción académica en general. Esto resulta más preocupante cuando tenemos en cuenta que, en la mayoría de facultades de economía, los estudiantes no reciben ningún tipo de formación en metodología científica, filosofía de la ciencia o realización de experimentos; más bien al contrario, les enseñan la materia como una rama de las matemáticas, como una “ciencia dura” (Bunge, 2009: 91) que no precisa ya de una validación empírica de sus premisas (Gintis et al., 2005: 6).

Pero lo cierto es que tal axioma, en las últimas décadas, se ha visto minado por la evidencia empírica en los dos flancos que lo constituyen: tanto la idea de que los individuos son maximizadores racionales, como la idea de que son maximizadores racionales de su utilidad particular. Pero esto, claro, no ha desanimado a los apóstoles de tal teoría a seguir predicándola con miopía dogmática, surgiendo así nuevos monaguillos a lo largo y ancho del globo (normalmente, con alguna nueva palabreja o pseudoteoría bajo el brazo, pero siempre con la altivez de quien ni siquiera se plantea revisar las premisas de su pensamiento). No en vano, Mario Bunge, con tono irónico, categoriza a la microeconomía clásica como “el más ilustre de los cadáveres intelectuales” (Bunge, 2009: 148). Efectivamente, cada vez se acumula más evidencia empírica y transcultural de que los seres humanos no somos ni egocéntricos ni maximizadores racionales a la hora de tomar nuestras decisiones. En este artículo me limitaré a tratar la primera cuestión (el egocentrismo), señalando porqué tendríamos que sospechar de tal idea, así como haciendo un breve apunte acerca de la relación de ello con la filosofía política y el diseño institucional.

Pero antes, sería útil hacer una aclaración terminológica. Yo aquí me referiré a “egocentrismo” en el sentido de que las decisiones se toman en base al interés exclusivamente particular, es decir, sin tomar en consideración el interés de terceras personas u otros motivos de tipo social (se podría argüir a favor del uso de otros términos, pero no entraré en esta cuestión). Así, es habitual la confusión de tal enfoque egocéntrico con el individualismo metodológico. Pero este último, en realidad, se limita a defender la idea bastante evidente (y quizás por eso, sistemáticamente ignorada por ciertas corrientes sociológicas) de que todo análisis de tipo social debería fundamentarse primero de todo en los individuos y sus motivaciones, preferencias y razones para actuar e interactuar de una u otra manera. Así, tal concepto se circunscribe plenamente al ámbito meramente metodológico: no hace asunciones sustanciales acerca del aparato motivacional de los agentes, se limita a afirmar que estos deben ser el “microfundamento” de toda teoría social falsable (y por lo tanto, seria). Esto no deja de ser una definición rudimentaria, pero útil a efectos de distinguir conceptos. Nótese que el axioma egocéntrico de la microeconomía neoclásica practica tal individualismo metodológico pero, además, integra asunciones sustanciales acerca de las motivaciones de los individuos: que estas son, necesariamente, de tipo egocéntrico (en el sentido que hemos definido).

En todo caso, ¿qué significa ser egocéntrico en las decisiones cotidianas? Tal noción puede derivar fácilmente en una premisa tautológica, de manera que, con la intención de encajar cualquier observación empírica en el modelo, se ensanche de tal manera la noción de “egocentrismo” que esta acabe abarcando todo tipo de motivación y, por lo tanto, acabe siendo una noción estéril, seca, sin ningún poder explicativo. Así, los actos de altruismo públicos (como por ejemplo la filantropía) se explicarían según algunos economistas por el interés en ganar estatus o en ser envidiado; la cooperación respecto a un bien común, por su parte, se explicaría porque sirve para ganarse una fama de cooperador que puede ser útil en futuras interacciones sociales o económicas para el individuo en cuestión, etc. Como indica Elster (2011: 11), tal tipo de teorías, que suelen acabar forzando “extrañas producciones mentales”, han pecado a menudo de un ánimo de falsa “sofisticación” entre los economistas, según el cual aquellos que explican ciertos fenómenos mediante motivaciones altruistas de los actores serían unos ingenuos, y aquellos que fuerzan la interpretación para encontrar motivaciones egocéntricas, en cambio, serían economistas sofisticados e ingeniosos (o aún más, añadiríamos: ¡héroes de la economía neoclásica ortodoxa!). Para hacernos una idea de a qué extravagantes teorías puede llevar este axioma cuando se lo defiende con activismo pseudocientífico, Elster nos ofrece un breve listado de respuestas que ciertos economistas han dado a fenómenos sociales que, a primera vista, se explicarían por una motivación altruista (Elster, 2011: 12).

Pregunta: ¿Por qué un emigrante a menudo hace envíos de dinero a sus familiares que se quedaron en su país de origen?

Respuesta [del economista “sofisticado”]: Para desanimarlos de emigrar, lo que podría hacer bajar su salario.

Pregunta: ¿Por qué los padres eligen ayudar a sus hijos por medio de legados testamentarios en vez de donaciones inter vivos?

Respuesta: Con el fin de dividir para vencer: extraer el máximo esfuerzo de sus herederos dejando flotar la incertidumbre hasta el último momento.

Pregunta: ¿Por qué un gran número de individuos contribuyen a obras caritativas incluso cuando nadie los está observando?

Respuesta: A fin de comprarse por este medio un sentimiento de superioridad moral.

Pasemos ahora a la cuestión de las motivaciones no egoístas. En este punto, hay que ir con cautela: no podemos hablar de “motivaciones puras”, puesto que el aparato motivacional es una cuestión de extrema complejidad y dependiente de muchos factores, a día de hoy opaca (o translúcida, siendo más optimistas) a los psicólogos (pues, de hecho, a menudo la motivación de cierta acción no es transparente ni al propio agente que la lleva a cabo). En todo caso, sí que es posible plantear un esbozo de diferentes tipos de motivaciones que podemos encontrar en los individuos.

Nociones clave para comenzar este esbozo son las de interés y desinterés. Cuando pensamos en el “interés” como motivación, pensamos en un individuo que toma decisiones en base a qué utilidad particular le proveerán. Cuando pensamos en el “desinterés”, nos viene a la cabeza todo lo contrario: un individuo altruista. Pero en realidad, podemos distinguir muchas formas de desinterés. Una de ellas, por ejemplo, es la de un juez que no tiene ningún tipo de interés particular en el resultado de un juicio del que se tiene que encargar, por lo que simplemente no tiene ningún incentivo para intentar sesgarlo. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés de facto (2011: 73-78). El desinterés también se puede entender como un sacrificio consciente y más o menos reflexivo del propio interés en favor de un bien considerado más importante. Pero nótese que esto puede tomar la forma de altruismo, entendido como preocupación genuina por el bienestar o interés de otras personas, pero también puede consistir en defender una causa supraindividual más allá del coste personal que ello tenga, ya sea algo como la búsqueda de la verdad o algo como la “gloria de la patria”. En este sentido, sería igual de “desinteresado” en esta acepción un científico dedicado al progreso de la ciencia que un kamikaze estrellando su avión contra un objetivo enemigo. Así pues, hay que tener en cuenta que se tiene que utilizar la noción del “desinterés” como algo moralmente neutro (ibídem: 30), pues puede tomar muchas formas, y muchas de ellas no son precisamente deseables. Elster denomina a esta forma de desinterés desinterés por elección (ibídem: 78-87). Más adelante, haré mención a la tercera forma de desinterés esbozada por Elster: el desinterés por negligencia.

Otra noción importante es la de reciprocidad. Dentro de esta, tenemos que desdoblar el concepto entre reciprocidad débil (compatible con el modelo de la microeconomía neoclásica) y reciprocidad fuerte (incompatible). En cuanto a la primera: en las últimas décadas se han llevado a cabo estudios experimentales que, de la mano de la teoría de juegos, han analizado cuáles son las mejores estrategias en aquellos contextos en que un conjunto de individuos tiene que cooperar para obtener el mejor resultado posible para ellos mismos. En tales experimentos, está comprobado que la mejor estrategia posible por parte de los individuos es la tit-for-tat, que en castellano se podría traducir como “toma y daca”, pero no entraremos ahora en esta cuestión. Lo que quiero resaltar aquí es que, como se puede apreciar, este planteamiento parte igualmente de la idea de que los individuos buscan maximizar su utilidad particular en las interacciones sociales, por lo que aunque apele a la noción de “reciprocidad”, no se trata de una motivación genuina por cooperar o de un compromiso moral con la igualdad o la justicia, sino de una motivación egoísta que, simplemente, incorpora en la ecuación la ineludible interacción humana. Podemos entender estos desarrollos, pues, como un modelo más realista y sofisticado de la teoría del homo economicus, pues tiene en cuenta que en muchos contextos los individuos no entran en interacciones económicas de tipo casual, sino que, todo lo contrario, se adentran en relaciones de interacciones repetidas, en las que es necesario o preferible ganarse la confianza de los demás.

Pero una noción muy diferente es la de la “reciprocidad fuerte”, entendida como “predisposición a cooperar con los otros, y de castigar (con un coste personal, si es necesario) a aquellos que violan las normas de cooperación, incluso si es inverosímil esperar que estos costes sean recuperados más adelante” (Gintis et al., 2005: 8). Esta es pues una forma de motivación que va más allá del interés egocéntrico de los individuos, puesto que es indisociable, como veremos, de la sociabilidad y de la moralidad.

Para calibrar tal forma de reciprocidad, los investigadores usan, habitualmente, los juegos anónimos o los de tirada única, es decir, juegos en que desde una óptica meramente egoísta, en ningún caso está en el propio interés cooperar con el otro (pues si es una interacción anónima, no tenemos que temer por posibles sanciones sociales; si es un juego de tirada única, ya no nos interesa, desde una óptica egocéntrica, ganarnos la confianza del otro individuo a largo plazo). Pioneros en este ámbito han sido un conjunto de investigadores del Instituto por la Investigación Empírica en Economía de la Universidad de Zúrich, liderados por Fehr, que han realizado múltiples experimentos para extraer conclusiones sobre este tipo de cuestiones. Podemos poner como ejemplo el “juego del ultimátum”. En este, el Jugador A tiene a su disposición una cantidad de, por ejemplo, 10 unidades, y de estas tiene que ofrecer como mínimo 1 al Jugador B, quedándose él el resto, pero el Jugador B se guarda la opción de rechazar la oferta, quedándose los dos, en este caso, con las manos vacías. Así pues, desde la perspectiva neoclásica, el resultado previsible es que el Jugador A ofrezca 1 unidad al B y se quede las 9 restantes, pues para B es mejor 1 que 0 (cantidad que se llevaría en caso de rechazar la oferta de A, sea cual sea), y por tanto aceptaría tal oferta sin duda alguna.

Pero la realidad muestra resultados muy diferentes. En experimentos realizados en los últimos años, en que los jugadores se juegan dinero real, se ha demostrado que la mayoría de individuos que hacen de Jugador A ofrecen a B 5 unidades, y que en la mayoría de casos en que A ofrece a B tres o menos unidades, B las rechaza, a pesar de que esto implique quedarse sin nada. Esto, claro, se podría explicar en base a lo que Elster denomina “desinterés por negligencia”, es decir, aquella situación en la que el Jugador B emprende una acción contra su propio interés no por una elección meditada, sino llevado por una emoción irracional e irreflexiva (en este caso, de ira contra el Jugador A, por una oferta considerada como injusta). Pero la otra lectura es que, justamente, el Jugador B tiene una motivación esencialmente social, en cuanto que el rechazo de una oferta igual o inferior a 3 unidades se entiende como una violación de la norma social de reciprocidad (Gintis et al., 2005: 12).

Otro experimento de gran interés es el “juego del mercado laboral”. En este, un grupo de individuos adoptan al azar el papel de empresario o trabajador, teniendo cada grupo el mismo número de individuos, y pudiendo cada empresario contratar a máximo un trabajador. Cada empresario, al contratar un trabajador, le comunica su salario (s) y el nivel de esfuerzo (e) que espera a cambio. Así, los beneficios del empresario son 100e – s, y los del trabajador s – e (siendo e un número entre 0,1 y 1, y s un número entre 1 y 100). El quid de este juego, empero, es que, una vez contratado, el empresario no tiene ningún mecanismo de control sobre el trabajador (y ya sabemos de la importancia que otorgan los economistas a los problemas de principal-agente). Así, si seguimos los planteamientos de la microeconomía neoclásica, el trabajador, sea cual sea su sueldo, hará el mínimo esfuerzo (0,1), pues esto maximiza su utilidad y, por tanto, el empresario, sabiendo esto, ofrece el sueldo mínimo (1), pues también quiere maximizar la suya (ibídem: 13). Pero de nuevo, la realidad empírica muestra otro cuadro. A continuación se puede apreciar un gráfico de los resultados obtenidos (ibídem: 14).

Cómo se puede apreciar, cuando los empresarios confiaban en los trabajadores, ofreciendo salarios más altos a pesar de que fuera arriesgado para ellos, estos respondían con un mayor esfuerzo (a pesar de que ya tenían el salario plenamente asegurado). Esto muestra, por un lado, el poder de la reciprocidad fuerte, pero por otro, sus límites. Efectivamente, a pesar de que el esfuerzo medio de los trabajadores es notablemente mayor que el predicho por la teoría neoclásica ortodoxa, no se llega tampoco al esfuerzo prometido, lo cual nos pone en aviso para adoptar una postura mixta, según la cual los individuos no son ni puramente egocéntricos ni puramente reciprocadores o altruistas, sino una mezcla compleja que depende de muchos factores.

Todo esto tiene su lectura en el terreno de la filosofía política. Tradicionalmente, el liberalismo parte del axioma egocéntrico y, por lo tanto, determina que cualquier institución social tiene que estar diseñada dando por supuesto que, sea cual sea su diseño, el individuo intentará maximizar su utilidad particular (piénsese en la “Fábula de las abejas” de Mandeville, que lleva por subtítulo “Vicios privados, beneficios públicos”). Pero esto implica, claro, claudicar ante la idea de que la moralidad y las motivaciones pro-sociales no juegan ningún papel en la motivación de los individuos. En contra de tal idea, Gintis et al. (ibídem: 4) se preguntan si no se debería prestar más atención a tal tipo de evidencia empírica contra los supuestos de la microeconomía neoclásica para diseñar instituciones y políticas públicas alternativas a las actuales.

De lo contrario, tendremos que aceptar, junto a los economistas neoclásicos y sus acólitos, que no es posible, por ejemplo, la aplicación de una renta básica universal, pues tal política sería parasitada por una masa de individuos que, teniendo ya su existencia material garantizada, se limitarían a recibir pasivamente una renta incondicional, sin ninguna motivación para trabajar o contribuir a la sociedad (contra la creciente evidencia que desmiente tales postulados). También tendremos que acatar, de la mano de esos mismos sectores (e ignorando a Ostrom), la supuesta imposibilidad de toda forma de gestión colectiva de los bienes comunes, arrodillándonos pues a la propiedad privada como única solución a tales dilemas. Y podríamos seguir con la lista: habría que apoyar también, junto a ciertos tertulianos juntapalabras, la asistencia social de mínimos con comprobación de recursos, los copagos sanitarios contra el “riesgo moral”, una legislación laboral que facilite el despido ante posibles polizones (free-riders), etc. Sin duda, parece un precio difícil de pagar para la izquierda.

Bibliografía

Bunge, M. (2009). Filosofía Política: solidaridad, cooperación y democracia integral. Barcelona: Gedisa.

Elster, J. (2011). El desinterés. Tratado crítico del hombre económico (I). México DF: Siglo XXI Editores.

Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (2005). Moral Sentiments and Material Interests: Origins, Evidence, and Consequences. En Gintis, H., Bowles, S., Boyd, R., i Fehr, R. (ed.). Moral Sentiments and Material Interests: The Foundations of Cooperation in Economic Life. Cambridge, Massachusetts: The MIT Press.

(Este texto es una adaptación de un artículo, originalmente en catalán, publicado en el primer número de la revista Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària.)

Oscar Planells Graduado en Ciencias Políticas y estudiante de Sociología. Miembro del Comité Editorial de «Audens: Revista estudiantil d’anàlisi interdisciplinària».
Fuente:
www.sinpermiso.info

Deuda corporativa, estímulos fiscales y la próxima recesión

Por Michael Roberts

La deuda de las corporaciones en las principales economías ha aumentado desde el final de la Gran Recesión en 2009. Con la desaceleración del crecimiento global y la posibilidad de que una recesión global se repita diez años después de la última, la deuda de las corporaciones pronto será tan onerosa para un número importante de grande de compañías como para desencadenar una ronda de bancarrotas corporativas. A continuación, los bancos tendrán un fuerte aumento de préstamos morosos. Lo que podría llevar a una nueva crisis crediticia, ya que los bancos se niegan a prestarse entre sí.

Esa restricción crediticia se produjo brevemente el mes pasado, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos se vio obligada a inyectar más de $ 50 mil millones en el sistema bancario para revertir un aumento muy brusco de las tasas de interés interbancarias, ya que los bancos con exceso de liquidez rechazaron ayudar a los más débiles. La causa de esa contracción monetaria fue un aumento de la oferta de bonos del gobierno a medida que la administración Trump emitió más para cubrir su creciente déficit presupuestario. Algunos bancos no pudieron financiar las compras a las que se comprometieron sin pedir prestado. A medida que las reservas bancarias depositadas en los bancos centrales en EE. UU., Europa y Japón han aumentado, el volumen del mercado monetario interbancario ha disminuido.

Como resultado de esta conmoción en los mercados crediticios, la Fed ha regresado al mercado para comprar letras del Tesoro a corto plazo para restablecer la liquidez bancaria. Después de poner fin a la flexibilización cuantitativa (QE, comprar bonos) y comenzar a subir su tasa de interés política el año pasado, la Fed tuvo que dar marcha atrás, reducir las tasas y volver a utilizar la QE. Más de la mitad de los bancos centrales están ahora relajando la presión, la mayor proporción desde las secuelas de la crisis financiera. Durante el tercer trimestre de 2019, el 58% de los bancos centrales redujeron las tasas de interés.

En su último informe de Estabilidad Financiera Global, el FMI expresó su preocupación de que: “las corporaciones en ocho economías importantes están asumiendo más deuda, y su capacidad para servirla se está debilitando. Hemos analizado el impacto potencial de una desaceleración económica material, cuya gravedad equivaldría a la mitad de la crisis financiera mundial de 2007-08 y nuestra conclusión es preocupante: la deuda de las empresas que no pueden cubrir los servicios de los intereses con ganancias, lo que llamamos deuda corporativo de riesgo, podría aumentar hasta los $ 19 billones. Eso es casi el 40 por ciento de la deuda corporativa total en las economías que hemos estudiado, que incluyen Estados Unidos, China y algunas economías europeas».

Y en los mercados emergentes: “la deuda externa está aumentando en las economías emergentes y fronterizas a medida que atraen los flujos de capital de las economías avanzadas, donde las tasas de interés son más bajas. La deuda externa media ha aumentado al 160 por ciento de las exportaciones desde el 100 por ciento en 2008 en las economías de mercados emergentes. Un fuerte ajuste de las condiciones financieras y mayores costes de endeudamiento dificultarían el pago de sus deudas». Tobias Adrian y Fabio Natalucci, dos altos funcionarios del FMI responsables del Informe de Estabilidad Financiera Global, señalan: «Un fuerte y repentino ajuste de las condiciones de financiación podría desenmascarar estas vulnerabilidades y ejercer presión sobre la valoración de los precios de los activos «.

Hace tiempo que he sugerido (años) que la deuda corporativa podría ser el desencadenante financiero de una nueva recesión. Fue así con la deuda del sector inmobiliario (hipotecas de alto riesgo) en 2007-8; ahora podría ser la deuda corporativa (a través de ‘préstamos apalancados’, es decir, de compañías de crédito ya cargadas de deuda).

Parece que el FMI se apunta ahora a esa hipótesis. El ex economista jefe de Goldman Sachs y ahora columnista del FT, Gavyn Davies, también subraya este creciente riesgo. Davies comenta: “Argumenté en marzo que este problema aún no era peligroso, pero que probablemente fui demasiado complaciente”. Y lo fue, dice, porque “aunque las relaciones de deuda e ingresos de las empresas estadounidenses ya estaban cerca de sus picos históricos, otros aspectos de los balances y los flujos financieros de las empresas estaban en mejor situación. Los márgenes de beneficio todavía eran bastante sólidos, el saldo financiero neto del sector corporativo tenía un superávit cómodo, los ratios entre tasas de interés e ingresos eran bajas y las de deuda y bonos eran saludables». Pero ahora:»En los últimos seis meses, la situación de las finanzas corporativas en los Estados Unidos se ha vuelto más preocupante Al igual que en otras economías importantes, los márgenes de ganancia se han visto sometidos a una creciente presión a la baja, porque los costes salariales de los productores han aumentado más rápidamente que los precios de venta al consumidor».

Como resultado de la reducción de los márgenes de ganancias y la desaceleración del crecimiento de los ingresos, se estima que las ganancias de las compañías del S&P 500 han caído en los últimos 12 meses, por debajo de su crecimiento del 20 por ciento en 2018. Además, el crecimiento de las ganancias de las grandes compañías del El S&P 500, incluidas las ganancias en el extranjero, ha sido mucho más alto que la cifra para todo el sector empresarial en la economía nacional. Esas cifras muestran que las ganancias en los Estados Unidos han aumentado solo un 6 por ciento en los últimos tres años, en comparación con un aumento del 50 por ciento para el S&P 500. ¡Y las ganancias del sector no financiero son en realidad más bajas que en 2014! Es una recesión de ganancias.

En un artículo anterior a Davies, analicé los resultados de ganancias de las 500 principales compañías por su valor del mercado de valores en los EE. UU., S & P-500. Con casi todos los resultados para el segundo trimestre de 2019 que finaliza en junio, las ganancias totales aumentaron solo un 0.5% y los ingresos por ventas aumentaron solo un 4.7%. Después de tener en cuenta la inflación real, las ganancias reales fueron negativas y los ingresos apenas positivos. Y eso es para las 500 principales empresas. Para las empresas más pequeñas, la situación es aún peor. Las ganancias cayeron más del 10% respecto al año pasado y los ingresos aumentaron solo un 2.2%, o se mantuvieron estables después de descontar la inflación. Excluyendo el sector financiero, las ganancias bajarían un 21%. Un análisis por sectores muestra que el sector minorista obtuvo mejores resultados en la medida que el consumidor estadounidense siguió gastando, junto con el sector financiero. Pero sectores productivos como la tecnología tuvieron una caída del 6,3% en sus ganancias. Y esa es la clave. En el primer semestre de 2019, las ganancias están en territorio negativo en comparación con un aumento del 23% en el primer semestre de 2018. Y el pronóstico para las ganancias del tercer trimestre es una caída adicional del 4.3% interanual.

Davies reconoce que: “El deterioro en el crecimiento de las ganancias ha sido acompañado por un comportamiento financiero corporativo más agresivo, mientras que la inversión de capital real para expandir la capacidad productiva se ha reducido. Según el informe de estabilidad del FMI, las recompras de acciones, los dividendos y las actividades de fusión y adquisición, financiadas con préstamos apalancados y bonos de alto rendimiento, han aumentado en 2019. Estas actividades se han extendido a las pequeñas y medianas empresas, que según el FMI son particularmente vulnerable cuando se trata de ganancias». Exactamente. A medida que cae la rentabilidad (y ahora incluso la masa de ganancias), las compañías han tratado de contrarrestar esto con especulación financiera. Las grandes empresas pueden gracias a sus considerables reservas de efectivo, pero no las empresas más pequeñas que no acumulan tanto efectivo.

Davies llega a la conclusión que defendí hace algún tiempo. “Aisladas de otros shocks económicos, es poco probable que tales debilidades financieras de las empresas desencadenen una recesión, pero ciertamente podrían exacerbar los efectos de otros shocks contractivos. Esto es lo que sucedió en 2008, cuando un choque de tamaño mediano en el mercado de hipotecas de alto riesgo causó una enorme caída en la actividad económica. El impacto de las disputas comerciales en la confianza empresarial, que se ha estado derrumbando en los últimos meses, es la amenaza actual más obvia”.

Al mismo tiempo que Davies llegó a esta conclusión, el economista jefe para Estados Unidos del banco Societe Generale, Stephen Gallagher, argumentó que las recesiones estadounidenses suelen ir precedidas de una erosión en los márgenes de ganancias corporativas o ganancias por dólar de ingresos. Los costos generalmente aumentan cerca del final del ciclo, mientras que las ventas se estabilizan. Hay un ciclo de ganancias, algo que mis lectores conocen bien. El ciclo actual del margen de beneficio (la línea azul en el gráfico siguiente) está llegando al punto de recesión. El gráfico muestra la tendencia histórica de los márgenes de beneficio en varias etapas del ciclo económico, así como los márgenes en este ciclo.

Gallagher señala que los márgenes de ganancias de EEUU se han reducido desde 2016. «La erosión en los márgenes es la clave de la dinámica del ciclo económico», dice Gallagher. “Si Estados Unidos entra en una recesión en 2020, es muy probable que la historia lo considere como una recesión por guerra comercial. Pero las tensiones comerciales son solo el catalizador, no la causa principal”, dice. «Con un telón de fondo de expectativas débiles de ganancias, la incertidumbre comercial plantea serios desafíos a la planificación empresarial», argumenta Gallagher. «En un entorno de márgenes de beneficio mucho más fuertes, la misma incertidumbre comercial probablemente representaría un factor menos disuasorio».

Como historiador económico y autor de Crashed, Adam Tooze tuiteó : “ ¿Qué pasaría si orientásemos nuestro análisis del ciclo económico hacia lo que presumiblemente es el impulsor básico de la actividad comercial, es decir, las ganancias de las empresas, en lugar de factores intermedios que pueden o no afectar seriamente esas ganancias, por ejemplo los aranceles?” Exactamente. Un colapso financiero o una guerra comercial no conducen a una recesión económica, a menos que ya existan problemas serios con la rentabilidad del capital.

No son solo Gavyn Davies y el FMI los que se están dando cuenta del riesgo financiero y de la deuda. En un discurso pronunciado el 25 de septiembre, el gobernador de la Fed, Lael Brainard, dijo que «la adopción de riesgos financieros por parte de las empresas estadounidenses en forma de distribución de beneficios y fusiones y adquisiciones ha aumentado, en contraste con unos gastos de capital moderados». Los aumentos repentinos de riesgos financieros generalmente preceden a las recesiones económicas. A medida que se acumulan las pérdidas comerciales y aumentan la morosidad y los incumplimientos, los bancos están menos dispuestos, o no pueden, prestar. Esta dinámica se retro-alimenta». Por lo tanto, la Fed debe actuar con una nueva tanda de flexibilización monetaria:»La Fed decidirá si activa su amortiguador de capital anticíclico en noviembre. Este mecanismo permite a la Fed exigir a los bancos más grandes de la nación que aumenten las reservas de capital en el momento en que surjan tensiones económicas”.

En Japón, es la misma historia. El presidente del Banco de Japón, Kuroda, pidió una combinación de medidas para impulsar el crecimiento económico. Volvió a lo que solía llamarse las tres flechas de Abenomics: flexibilización monetaria, gasto fiscal flexible y reformas estructurales para aumentar el potencial de crecimiento a largo plazo del país. Kuroda todavía cree que los bancos centrales pueden salvarnos de la recesión, si bien los gobiernos también deberían ayudar con medidas de estímulo fiscal. “Estamos equipados con kits de herramientas no convencionales, por lo que no es necesario ser demasiado pesimista sobre la efectividad de la política monetaria. Kuroda insinuó una mayor flexibilización a principios de este mes.

Pero, como he defendido en detalle anteriormente, la flexibilización de la política monetaria no ha logrado restaurar las tasas de crecimiento anteriores a 2007 y ahora no puede detener la recesión que se avecina. De hecho, las tasas de interés a nivel mundial están en mínimos históricos, e incluso negativos en muchas economías importantes y, sin embargo, la economía mundial sigue desacelerando.

En la reciente reunión del FMI y el Banco Mundial, el ex gobernador del Banco de Inglaterra durante la Gran Recesión, Mervyn King, calculó que «la economía mundial está andando sonámbula hacia una nueva crisis financiera porque la economía convencional y las instituciones oficiales todavía no han cambiado sus ideas complacientes y erróneas de antes de la última crisis. Al apegarnos a la nueva ortodoxia de la política monetaria y pretender que hemos conseguido que el sistema bancario sea seguro, estamos caminando sonámbulos hacia esa crisis». King continua: «la resistencia al nuevo pensamiento significa que crece la amenaza de una repetición del caos del período 2008-09”. Esto es notable por parte de King, quien antes de 2007 había comentado lo bien que iba la economía mundial: «una buena década», la llamó. Él también estaba atrapado entonces en el ‘viejo pensamiento’.

Haciéndose eco de mi propio punto de vista de lo que llamo la Larga Depresión, King dice ahora que la economía mundial estaba atrapada en una ‘trampa de bajo crecimiento’ y que la recuperación de la depresión de 2008-09 fue más débil que después de la Gran Depresión. «Tras la Gran Inflación, la Gran Estabilidad y la Gran Recesión, hemos entrado en el Gran Estancamiento». King apoya la posición expresada regularmente por el ex Secretario del Tesoro keynesiano, Larry Summers, sobre el concepto de estancamiento secular, un período permanente de bajo crecimiento en el qué tasas de interés muy bajas son inútiles.

Si la política monetaria ahora es inútil a pesar de las vanas esperanzas de Powell en la Reserva Federal o Kuroda en el Banco de Japón, ¿qué se debe hacer? King afirma que el problema es «un patrón distorsionado de demanda y producción», es decir, una inversión excesiva en China y Alemania y una inversión insuficiente en otros lugares. Tiene que haber un cambio global del ahorro y la inversión. Pero aparte de la pregunta obvia de cómo podría lograrse tal cambio sin la cooperación internacional, el problema no es un «desequilibrio global». Ha habido desequilibrio durante décadas. Los Estados Unidos, el Reino Unido, etc., han tenido déficits en cuenta corriente regularmente, mientras que Alemania, Japón y China han tenido superávit. Y sin embargo, ha tenido lugar crecimiento económico. La causa de las crisis regulares y recurrentes se puede encontrar en los argumentos de Gavyn Davies, no en los de Mervyn King.

En todas partes, ya sea entre economistas convencionales o instituciones oficiales, el clamor ahora es el ‘estímulo fiscal’. Por ejemplo, Laurence Boone y Marco Buti, economistas de la OCDE, exigen aquí y ahora: la búsqueda de una combinación de políticas más equilibrada . “Si bien se reconoce en general que la política monetaria se enfrenta a restricciones cada vez mayores, la política fiscal y las reformas estructurales deben desempeñar un papel más importante. En particular, la política fiscal podría ser más favorable, especialmente en la zona euro. Emprender el tipo correcto de inversión pública ahora, en infraestructura, educación o para mitigar el cambio climático, estimularía nuestras economías y contribuiría a hacerlas más fuertes y más sostenibles».

Tal como Keynes afirmó que sería necesario en la Gran Depresión de la década de 1930, ahora, cuando la Larga Depresión entra en su décimo año, la respuesta es un mayor gasto público, recortes de impuestos y déficit presupuestarios (y no se preocupen más por el aumento de la deuda pública). Pero así como el estímulo fiscal no funcionó en la década de 1930 (en su lugar, se necesitó una guerra mundial y que los gobiernos tomaran el control del ahorro y la inversión), tampoco funcionará esta vez. Y eso asumiendo que los políticos lo intenten incluso.

El estímulo fiscal y la «gestión de la economía» por los gobiernos son la piedra de toque del pensamiento keynesiano y poskeynesiano, incluida la llamada Teoría Monetaria Moderna (MMT). La única diferencia real entre el estímulo keynesiano y la MMT es que esta último cree que se puede hacer sin emitir bonos para financiarlo: basta ‘imprimir dinero’.

Lo verdaderamente chocante es que incluso algunos marxistas consideran que el estímulo fiscal y más gasto público es todo lo que necesitamos para evitar una nueva recesión. La cuestión de la caída de la rentabilidad y de las ganancias subrayada por Gavyn Davies aparentemente no es relevante en absoluto. La rentabilidad del capital no juega un papel clave para ellos en este sistema capitalista de producción por lucro. Pero las ganancias provienen de la inversión, no viceversa. Así que, todo lo que tenemos que hacer es impulsar la inversión.

Tomemos un artículo reciente de John Weeks, un veterano economista de izquierdas (¿marxista?) que escribió un artículo brillante en la década de 1980 ( John Weeks sobre el subconsumo) que mostraba que la teoría de las crisis marxista no tenía nada que ver con la falta de demanda efectiva causada por el bajo consumo de los trabajadores. Weeks es ahora el coordinador del Progressive Economy Forum, un grupo de expertos de izquierda. Ahora escribe: «Las economías de mercado requieren una gestión de políticas: (como) nos enseñó Keynes». Como se ve en la Edad de Oro de la década de 1960, cuando los responsables de las políticas económicas siguieron a Keynes e intervinieron con medidas fiscales para gestionar la economía, hubo un alto nivel económico de crecimiento sin crisis. Pero cuando los gobiernos neoliberales abandonaron las políticas keynesianas, surgió la crisis.

Weeks ahora argumenta que “las economías capitalistas sufren periódicamente una inestabilidad extrema, siendo el ejemplo más reciente la Gran Crisis Financiera de finales de la década de 2000. Estos momentos de inestabilidad extrema, recesiones y depresiones, son el resultado … de «fallos» de la demanda privada; específicamente, la volatilidad de la inversión privada y, en menor medida, la demanda de exportación ”. Weeks señala correctamente que es la volatilidad de la inversión lo que causa auges y caídas, no el consumo privado. Pero, ¿qué causa los cambios en la inversión? Weeks ofrece una respuesta keynesiana directa: “La inestabilidad resulta porque las inversiones se realizan anticipando las condiciones económicas futuras, que son inciertas. «Por lo tanto, es la incertidumbre sobre el futuro, una causa subjetiva, y nada tiene que ver con la imagen objetiva de la rentabilidad real de la inversión.

Si Weeks (y los keynesianos) tienen razón, entonces, de hecho, “el gasto público (puede) servir para compensar la inestabilidad inherente de la demanda privada. Esta es la esencia de la política fiscal “anticíclica»: el gobierno central aumenta su gasto cuando la demanda privada disminuye, y aumenta los impuestos cuando los gastos privados crean presiones inflacionarias excesivas. Durante 1950-1970 ese fue el consenso político, y coincidió con la «edad de oro del capitalismo».

Pero está equivocado. Primero, la edad de oro no llegó a su fin porque se abandonaran las políticas keynesianas; por el contrario, las políticas keynesianas fueron abandonadas porque la Edad de Oro llegó a su fin. Y eso se debió a que la rentabilidad del capital se hundió seriamente desde finales de los años sesenta hasta principios de los ochenta en todas las principales economías capitalistas. Como resultado, la inversión fue volátil y las economías sufrieron varias crisis. Lejos de que la gestión de la demanda keynesiana detuviera estos cambios cíclicos, incluso en las décadas de 1950 y 1960, en realidad los exacerbaron. Al menos esa era la opinión del principal economista keynesiano británico de la década de 1960, Christopher Dow, quien resumió en su monumental historia del período: «Las principales fluctuaciones en la tasa de crecimiento de la demanda y la producción en los años posteriores a 1952 fueron, por lo tanto, principalmente debidas a la política del gobierno. Este no fue el efecto deseado; en cada fase, debe suponerse, la política fue más lejos de lo previsto, como a su vez la corrección de esos efectos. En lo que respecta a las condiciones internas, la política presupuestaria y monetaria no lograron estabilizar y, por el contrario, debe considerarse que fueron desestabilizadoras sin duda alguna” (JCR Dow, The Management of the British Economy, 1964).

En segundo lugar, la inversión no precede a las ganancias, sino viceversa en una economía capitalista. No es la falta de demanda privada lo que causa una crisis; pero una crisis es solo eso: una falta de demanda efectiva. Pero esta crisis de «realización», para usar el término de Marx, es el resultado de la crisis de rentabilidad. Ahí es donde debería comenzar un análisis correcto sobre las causas de las crisis, como ahora sugieren Davies y Tooze. Yo y otros hemos presentado la explicación teórica (marxista) y pruebas empíricas de esta conexión causal. Los keynesianos pueden negarlo, pero parece que incluso los economistas convencionales como Gavyn Davies se han dado cuenta de esta conexión causal. Si esto es correcto, los intentos de evitar una nueva depresión utilizando políticas fiscales no frenarán o revertirán la caída de las ganancias e inversiones corporativas y, por lo tanto. no evitarán una nueva depresión.

Ya existe una recesión manufacturera global. La economía alemana en su conjunto está en recesión virtual, según su propio banco central, el Bundesbank. China está creciendo a su ritmo más lento en casi 30 años. Los detonantes para una depresión mundial se multiplican. Tenemos disturbios y protestas contra los recortes de austeridad en varias ‘economías emergentes’ a medida que la desaceleración global afecta a las exportaciones y los ingresos: en el Líbano, en Ecuador, en Chile, en el empobrecido Haití. Al mismo tiempo, las economías emergentes más grandes están en crisis (Argentina, Turquía) o estancadas (Brasil, México, Sudáfrica).

Incluso en los Estados Unidos, la principal economía capitalista avanzada con mejores resultados, el crecimiento se está desacelerando, mientras que la inversión y las ganancias están cayendo. Y en este contexto, una de las principales empresas de Estados Unidos está en serios problemas. La parada técnica del 737 Max jet después de dos accidentes trágicos ha disminuido silenciosamente el crecimiento de EEUU, ha reducido la productividad y ha reducido las ganancias de varias compañías estadounidenses. Boeing no es una compañía ordinaria. Es el mayor exportador industrial de Estados Unidos y un empleador privado muy grande. Sus productos cuestan cientos de millones de dólares y requieren miles de proveedores. No es de extrañar que la parada técnica del avión de mayor venta de Boeing tenga efectos en toda la economía. Los economistas redujeron el crecimiento de Boeing en alrededor de 0.25 puntos porcentuales en el segundo trimestre, mientras que el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca estimó que el daño fue aún mayor: los problemas de Boeing redujeron el PIB de marzo a junio en 0.4 puntos porcentuales.

La política monetaria y fiscal será inútil a la hora de detener el tsunami económico que se avecina.

Michael Roberts es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:

Corporate debt, fiscal stimulus and the next recession


Traducción: G. Buster / sinpermiso.info

Convivir no nos tiene que llevar a la guerra entre nosotros o contra el planeta

Entrevista a Jed Purdy

La naturaleza a veces se trata como algo separado de la política, algo que podemos dar por sentado mientras luchamos por cuestiones humanas. El cambio climático ha convertido la naturaleza en algo político (o eso parece).

Pero Jedediah Purdy nos recuerda que, de hecho, siempre ha sido así. Durante dos décadas, Purdy, profesor de derecho en la Universidad de Columbia, ha investigado las creencias políticas que conforman nuestras comprensiones de la naturaleza, los conflictos que se juegan, literalmente, en la superficie de la tierra, y la política humana que rehace el mundo no-humano que hay a nuestro alrededor. En su nuevo libro, This Land Is Our Land: The Struggle for a New Commonwealth, aborda la cuestión de qué significa pertenecer a una tierra (a un país, a una nación, a un lugar) y qué significa convivir con otros en tiempos de nacionalismo y nativismo renovados.

Alyssa Battistoni de Jacobin ha hablado recientemente con Purdy sobre capitalismo y ecología, sobre vida en común y cuidados, y sobre el significado del trabajo ante la crisis ecológica.

AB: El subtítulo del libro es “la lucha por una nueva república [commonwealth][1]”, y antes has dicho que nos enfrentamos a una elección entre “república o barbarie”, haciéndote eco de la famosa frase de Rosa Luxemburgo, “socialismo o barbarie”. ¿A qué te refieres aquí con “república”?

JP: Uso “república” para capturar una visión moral de la economía política. La idea es que convivir en este lugar no nos debería llevar a la guerra entre nosotros o contra el planeta. Yo no debería verme impelido a considerarte como una competidora a batir o como una oportunidad de beneficio a explotar. Mi vida segura no debería depender de tu fracaso o de tu endeudamiento o de tu explotación. Una república honraría todo aquel trabajo bueno y necesario: los cuidados, la enseñanza, la asistencia de los ancianos, las ocupaciones que producen alimento –el tipo de trabajo que hace que el mundo funcione–. Y la república tiene una dimensión ecológica: nuestras vidas cotidianas no deberían, en conjunto, destruir el mundo vivo que nos rodea.

Una república sería una especie de opuesto del mundo económico que tenemos ahora, que nos lanza a una tragedia constante. Solamente vivir ya implica agotar el planeta y, a menudo, abusar de otros: mediante la economía de pequeños encargos, mediante cadenas de suministro explotadoras, mediante una economía que es desigual y, para tanta gente, aterradora y peligrosa.

El libro comienza con algunos impulsos morales que son pre-políticos y pre-ideológicos: ¡aunque sostengo que tiene algunas implicaciones políticas e ideológicas evidentes! Quería comenzar por esto y no por las discusiones que, por ejemplo, sugiere el concepto de ecosocialismo: propiedad pública o cooperativas, internacionalismo o globalismo, el papel de los mercados, etc. También quiero que el libro sea una invitación a personas que comienzan fuera de un marco socialista pero que se reconocen a sí mismos en esta descripción sobre qué va mal en nuestra economía política y cómo podría ser diferente. Siempre he sostenido que, sin las tradiciones socialistas, la política anda coja, pero nunca ha sido mi vocabulario de referencia. Quiero que un lector de Wendell Berry comience conmigo y vea que preocuparse por el planeta significa ser político a escala global. Quiero que un liberal curioso por Greta Thumberg o un progresista con buenas intenciones vean que la política distributiva y el entorno construido se encuentran en el corazón de la política medioambiental del siglo XXI y de que tenemos que pelear por la concepción del valor en nuestra economía. Y quiero plantear a los socialistas que la política igualitarista es necesariamente un radicalismo sobre el planeta en sí mismo y la tierra que hay en él.

AB: En el libro hay una interacción fascinante entre lo material y el significado: tal y como dices, “las ideas están enmarañadas en roca y barro”. Tengo algunas preguntas al respecto.

Primero, ¿cómo piensas la relación entre ganancia material y significado en relación con el trabajo? ¿Y cómo debería afectar eso a la manera en la que pensamos sobre empleos verdes y su atractivo para las personas que han trabajado en industrias extractivas? Tu discurso, supongo, sugiere que la sustitución de los empleos verdes por los empleos extractivos no debiera ser tan directa.

JP: Toda la política es política de la identidad. Toda la política es también política de lo material. Y toda la política es política medioambiental. Este libro es un ejercicio para intentar mantener todas esas premisas a la vez en una misma perspectiva.

Provengo de gente para la que su trabajo lo es todo. El mayor piropo que podrías recibir de mi abuelo, granjero, y de muchos de mis vecinos cuando crecía en Virginia Occidental, era que te lo habías currado en un día duro de trabajo. Hay mucha identidad ahí, para bien o para mal, la cosa va de si eres o no una persona que trabaja.

Esto es muy masculino (aunque en los Apalaches las mujeres han trabajado fuera del hogar desde hace tiempo, y hoy en la mayoría de los casos ambos miembros de la pareja trabajan fuera de la granja). Es literalmente colonial: extraer valor de la tierra era el corazón de la ideología que decía que los europeos tenían derecho a este lugar.

Pero también hay otra cara de la moneda. La cosa iba de cuidar: de la familia, de los animales, incluso de la tierra. Un buen granjero no agota la tierra. Y hay algo sobre agotar tu cuerpo para que el mundo continúe, devolviéndole todo lo que tienes al polvo del que provienes, lo cual es, en cierto sentido, poético. Asimismo, estimar el trabajo era parte de por qué eran republicanos por el trabajo libre, por qué al abuelo de mi abuelo, un pequeño granjero, le volaron el tímpano combatiendo a los confederados en Gettysburg. Así que hay elementos en la tradición del trabajo que pienso que casi cualquiera podría admirar, y que la izquierda en particular podría ver con buenos ojos.

Resulta cruel el modo en que el ideal dominante de trabajo prepara a la gente para identificarse con tipos particulares de empleo que después la destrucción creativa del capitalismo torna inútiles. Atas la identidad de la gente a una forma de vida que está construida alrededor de un tipo específico de trabajo en cierta industria y luego liquidas la industria y el trabajo, y les dejas solo con sus identidades. ¿Qué esperas que hagan? ¿Qué se muevan a Los Ángeles y que hagan castings para un programa de tele sobre los Apalaches?

Una parte de la socialdemocracia y del socialismo trata de la desmercantilización de la reproducción social, la desvinculación de tu habilidad para seguir existiendo (y ayudar al resto a que sigan existiendo) de la cuestión de si produces un beneficio para alguien mientras lo haces. Otra parte es que el trabajo no debería ser una mercancía pura. Trabajo no es solo cómo produce una economía; es parte de qué produce una economía, parte de una forma de vida. Parte de la razón por la que algunos trabajos deberían existir es que es bueno que existan: algunos tipos de cuidados, algunos tipos de agricultura y mantenimiento, ciertos tipos de actividades creativas. Parte de lo que hace bueno al trabajo es que sea necesario: para sostener una comunidad, una cultura, una familia, un territorio. La rentabilidad no ha sido un buen indicador de esto. Dejar que cualquier mercado de trabajo determine exactamente qué trabajo se hace implica una enorme decisión sobre cómo van a ir las vidas de las personas. Y la crueldad de nuestro mercado es que le dice a la gente: “No eres rentable, por eso no se te necesita”. Descartamos seres humanos y lo llamamos eficiencia.

AB: Escribes con fuerza sobre la impotencia económica entendida como la incapacidad para controlar tu entorno, ilustrado en particular por Amity and Prosperity de Eliza Griswold: impotencia económica significa que tienes que vivir con agua contaminada, niños enfermos, etc. Es un ejemplo maravilloso de cómo en los “asuntos medioambientales” hay economía y poder de manera realmente profunda; y no solemos hablar de ellos en esos términos. ¿Cómo podemos traer esas conexiones más cerca en el discurso político?

JP: Ha habido mucha reticencia ha hablar de vulnerabilidad en la política estadounidense, excepto en términos de seguridad nacional y terror, lo cual activa el miedo y entonces inmediatamente se transforma en una promesa de protección total. Una cosa interesante de la campaña de 2016 de Trump fue cuando dijo: “Estáis en peligro, vuestra vida se encuentra amenazada”. Por supuesto, aquello consistía sobre todo en una recuperación de la política racista de ley y orden para su agenda antimigratoria. Pero también habló de los estragos de la epidemia de opioides y de las pérdidas de empleo. Aquello fue un gran distanciamiento de la política del Partido Republicano y le ayudó a ganar. No estoy alabando a Trump, ni mucho menos. Pero en cierto sentido la respuesta que ha recibido es también la evidencia de ganas de escuchar a políticos que dejen de decir “América ya es grandiosa y también lo es tu vida”. La evidencia mucho más importante es la de la campaña de 2016 de Sanders. Pero merece la pena apreciar que este agotamiento del optimismo cruel norteamericano no solo existe entre gente que ya es de izquierdas.

El mito de que podemos estar seguros a solas, en nuestros propios hogares y coches, se cae a trizas de nuevo, como ocurrió al final de la última Gilded Age[el último tercio del XIX en EE. UU.]. Cuando lees a progresistas y a otros radicales de la primera década del siglo XX todos dicen, “en la frontera [en el Oeste], en la economía de antes de la Guerra de Secesión, era posible imaginar ser independiente. Pero ahora estamos subyugados por enormes poderes económicos y necesitamos acción social para someterlos y restaurar la libertad y la seguridad personal. La interdependencia es clave para una forma de independencia más compleja”. Eso es lo que nosotros decimos de nuevo. Ese es el punto de partida de la nueva política progresista y del nuevo socialismo democrático.

Lo que es potente en esta forma de hacer política es dar nombre a la vulnerabilidad y entonces convertirla inmediatamente en una afirmación de poder: puedes cambiar el mundo, democráticamente, para hacerlo menos aterrador y para hacer tu vida menos temerosa.

AB: La infraestructura es un tema principal del libro, pero con esto no solo te refieres a invertir en carreteras o puentes. En su lugar, estás interesado en los 30 billones de toneladas de “tecnosfera”: el entorno construido que hemos creado y que ahora es tan necesario para nuestra supervivencia como el agua y el aire. ¿Implica esto que si construimos nuevas infraestructuras (por ejemplo, trenes de alta velocidad en lugar de autovías) estamos también construyendo una nueva idea de lo que significa ser estadounidense? ¿Cómo deberíamos pensar la política de infraestructura a la luz de esta visión más expansiva?

JP: Sí, eso es exactamente cierto. Haciendo el mundo es como nos hacemos a nosotros mismos.

Uno de los principales argumentos en This Land es que los seres humanos son una especie que requiere infraestructuras: nuestros poderes, nuestra sociabilidad, nuestra naturaleza como criaturas viviendo en este planeta, están todas determinadas de maneras profundas por cómo construimos nuestro entorno, el cual pesa alrededor de 3000 toneladas por persona de media global (así que piensa cuánto es aquí, en Estados Unidos). Hacemos todo lo que hacemos –movernos, participar en la vida económica y cultural, conseguir nuestra comida y nuestro cobijo– a través de estos sistemas pesados, complejos e intensivos en energía.

Y piensa cuánta identidad presupone nuestro entorno construido. El libertarianismo estadounidense, el individualismo, tal y como se desarrolló en el siglo XX, era individualismo de autovía, individualismo de coche y conductor. Y la imagen dominante de la responsabilidad adulta es suburbana o de urbanización de extrarradio: posees una casa, separada de las otras casas, pero conectada por esas pesadas redes de carreteras, tuberías y cables, y conduces desde y hacia ella.

Una de las cosas que hacen todas estas infraestructuras es ocultar la interdependencia: crean la impresión de que puedes arreglártelas tú solo o estar a salvo en el hogar familiar, cuando en realidad estás tan entubado, cableado y enmarcado con el resto como una abeja en una colmena. El negacionismo está construido sobre este orden de cosas. Y aunque es un mundo hecho por personas, cuando naces en él, solamente es el mundo. Pensar una vía fuera de él requiere un esfuerzo, o hacer política que para salir de él y reconstruirlo.

Así que sí, una infraestructura que revela y educa en la interdependencia implicaría cosas harto distintas. Los trenes y los autobuses hacen esto (los buses tienen menos encanto estético, pero deberíamos intentar cambiarlo: son más flexibles en sus rutas, y son mucho más baratos), en parte porque usan caminos ya existentes. Debería haber muchos autobuses gratuitos, muchos. Y metros gratuitos. Tan gratuitos como las aceras –o las autovías–, lo cual significa socialmente financiadas.

Una de las cosas que me entusiasma de haberme mudado con mi familia de Durham a Nueva York es que nuestro hijo ya no tendrá un patio trasero en casa, sino que tendrá muchos parques infantiles municipales. Crecerá concibiendo el juego como algo compartido, público. Por supuesto, nosotros también haremos un uso intensivo de los parques. ¡Pero esos también son públicos! Existe una infraestructura de la soledad.

AB: Escribes que “el negacionismo climático en EE. UU. no es tanto sobre ciencia como sobre quién te gobierna: es una manera de rechazar las afirmaciones de extranjeros, instituciones internacionales (más imaginadas que reales) y de la pobreza global, y es una manera de aferrarse a una soberanía estrecha que las mareas amenazan arrastrar”. También discutes que hay un negacionismo liberal: la posición que dice que solamente tenemos que volver a 2015, que todo iba bien entonces. Pero, de hecho, dices que esa perspectiva ha negado muchas verdades de la historia estadounidense durante mucho tiempo. ¿Puedes explicarnos algo más sobre cómo piensas que podemos trabajar sobre todas estas maneras múltiples y contradictorias de ver el mundo?

JP: Negacionismo solía significar meramente anti-empirismo, lo cual, obviamente, lo ponía en una posición débil y defensiva, incluso cuando parecía que acumulaba muchas victorias. Pero esto lo subestima de manera significativa. El trumpismo y otros nacionalismos son inquietantemente creativos y generativos en respuesta a las condiciones de crisis ecológica y escasez de recursos: proponen, y hasta cierto punto construyen, nuevas concepciones de identidad nacional que son más excluyentes, más militarizadas, y que racionalizan una posición que limita tu obligación moral en la frontera, o a lo largo de diversas líneas internas que demarcan un adentro y un afuera, amigo y enemigo. El muro es un monumento a esto. Y el acto de campaña de Trump con Narendra Modi en Houston, que atrajo a 50.000 personas, es otro recordatorio de que una internacional nacionalista no es ninguna paradoja: solo necesita un enemigo común, como por ejemplo los musulmanes. Modi despotricó contra Pakistán, algo que encantó tanto a Trump como a la audiencia.

El núcleo del negacionismo contra el que discuto en este libro es la negación de que todos estamos aquí, hipotéticamente con los mismos derechos sobre el planeta, y que tenemos que crear maneras de convivir aquí. Ese es el comienzo de la política democrática. Puedes decir que la política comienza aceptando la realidad de otros y reconociendo la necesidad de poner en práctica formas de convivencia, y la democracia añade el reconocimiento de nuestra igualdad.

La razón por la que empleo tanto espacio en el libro tratando de elaborar un retrato empático, pero crítico, de la política de los yacimientos de carbón y del movimiento popular por las tierras públicas es, en parte, para combatir cierto tipo de aplicaciones del principio amigo-enemigo por parte de la izquierda liberal, que dice que simplemente podemos descartar a toda esa gente. Esto es demasiado crudo. No tenemos que persuadir o hacernos amigos de nadie, es cierto; sólo tenemos que hacer mayorías. Pero también tenemos que crear un mundo para compartir con todos los que están aquí, que tenga alguna clase de espacio para diferentes perspectivas y experiencias, diferentes maneras de sentirse arraigado al trabajo y al lugar. Mirar a otros a través de quienes son, de donde están, es el punto de partida para tratar de construir con ellos o con sus hijos solidaridades de nuevo cuño. La militancia en los yacimientos de carbón tuvo la versión de los Mineros por la democracia, que tuvo algo de verde y fue profundamente radical.

Luego está también el negacionismo más simple de los partidarios de Joe Biden: ¡solo tenemos que volver a 2015! Como si la creciente desigualdad, la encarcelación masiva, los ataques al derecho a voto, las guerras horribles e inacabables –por nombrar solo algunos temas– no estuvieran ocurriendo y no hubieran contribuido al nihilismo general y la indignación inconclusa en las que Trump prosperó. Los liberales ahora se acogen a George W. Bush como el último buen republicano, pero Trump es el ello inconsciente de la era Bush. No tiene éxito sin la islamofobia en el ambiente, sin el nacionalismo de golpearse el pecho, sin la beligerancia dominante del mundo y sin una política que pone “la seguridad” en el corazón de su pretensión de gobierno. Lo único que Trump ha hecho es coger estas premisas y hacerlas rudamente explícitas.

En este sentido, él es la parte más vulnerable de la cultura del famoseo y la abundancia que Obama cabalgó con tanta elegancia. Si celebras lo rico y lo famoso, bueno, es difícil no dar cierta licencia a su submundo. Trump es horrible y horripilante, y ejemplifica mucho de lo que ha estado ocurriendo en el país durante nuestras vidas.

AB: Escribes sobre las luchas alrededor de las tierras del oeste del país y creo que el significado de esas batallas en el alzamiento de cierta clase de nueva derecha es subestimado frecuentemente. Trump, al intentar abrir la posibilidad de la minería de carbón y uranio y la extracción de petróleo en el Bears Ears National Monument, atrajo bastante atención, pero esto no consistió tanto en una rotura con el pasado como en la culminación de una larga historia de activismo conservador contra la intervención federal sobre los usos de la tierra, a menudo argumentando en favor de la protección medioambiental. ¿Puedes contarnos algo más de las disputas de tierras en el oeste? ¿Qué sugiere la arraigada resistencia al Estado federal sobre el futuro de las políticas climáticas federales?

JP: ¡Sí! Desde que se crearon las tierras públicas federales ha habido una política continua y autorenovadora de localismo colono. Cuando la tala en los bosques nacionales fue regulada por primera vez en 1878, la gente salió a decir lo mismo que los Bundys y quienes les apoyaban salieron a decir en invierno de 2016 [léelo aquí en Sin Permiso]: el gobierno federal está convirtiendo el oeste en una colonia, una parte esencial de la libertad consistía en talar y minar la tierra, y la tierra pertenecía a la gente que la trabajaba. Es una faceta resistente de la política estadounidense y siempre ha encontrado defensores entre los políticos del oeste y conservadores del resto del país. Ronald Reagan se llamaba a sí mismo “rebelde sagebrush”, refiriéndose a la versión setentera de este movimiento político, que actuó contra la aplicación de nuevas leyes medioambientales en las tierras públicas y contra el aumento de la planificación del Bureau of Land Management.

Como con cualquier localismo, esto es en parte sobre quién habla por la región y la comunidad y quién la gobierna. En el libro afirmo que el gobierno regional de Utah ha hecho mucho por apoyar las luchas locales contra el Bears Ears Monument; y que es una región de minoría anglosajona que ha sido manipulada durante décadas para producir mayorías anglosajonas constantes. Y la mayoría de las tribus locales apoyaban el monumento. Así que “local” era una construcción política tan artificial –y tan indirecta– como “la América de Trump”, que emergía del colegio electoral incluso cuando no podía ganar una pluralidad de votos y cuando nunca ha tenido apoyo mayoritario.

Me preocupa que el modo en que el gobierno federal nunca ha sido capaz de generar legitimidad en partes del oeste colono pueda ser un presagio. Si los progresistas ganaran el Congreso y la Casa Blanca, se enfrentarían a la tarea de generar consenso real y conformidad. Creo que podríamos ver esfuerzos directos a nivel de los estados para anular iniciativas progresistas, puede que apoyados por la Corte Suprema.

Si conservadores que gobiernan unos pocos estados, o muchos estados, comienzan a negarse a obedecer una ley federal porque lleva el nombre de Alexandra Ocasio-Cortez, verdaderamente nos encontramos en terreno de crisis constitucional. Por otro lado, si Trump o un trumpista gana, no es difícil imaginar que estados como California se moverán para anular, por ejemplo, una política migratoria del estado federal. Si crees que la estrategia progresista es crear mayorías para usar un Estado fuerte y aplicar políticas igualitarias, entonces es realmente preocupante cuando la fragmentación significa que no puedes hacer que las decisiones de la mayoría se impongan. Porque las victorias de la mayoría es lo que posee una izquierda democrática.

AB: Mirando a otra historia política, escribes sobre el “largo movimiento por la justicia ambiental”, el cual ves que se extiende atrás en el tiempo, hasta los defensores de la salud pública durante el cambio de siglo que se preocupaban por la salud de los trabajadores industriales. Sugieres que podemos portar ese legado hasta hoy, digamos, en las batallas contra el vertido en lagos de los desechos de las granjas de cerdos en Carolina del Norte. ¿Nos puedes decir algo más sobre esto y sobre dónde ves el largo movimiento por la justicia ambiental hoy?

JP: Los pioneros en la investigación en toxinas que estructuró la Primavera silenciosa fueron estudiantes de toxinas industriales y condiciones del lugar de trabajo, y radicales sindicales. (Y además, algunos de los más importantes fueron mujeres, como Alice Hamilton, una activista progresista y académica que fue la primera mujer con plaza permanente en Harvard, así como otras líderes de base).

El activista por la naturaleza indudablemente más importante, Robert Marshall, fue un planificador del New Deal y un socialista. Él y Benton MacKaye, que diseñó el Appalachian Trail, fueron defensores de la planificación paisajística regional como parte de un programa más amplio de planificación económica. La anomalía histórica, en cierto sentido, es el foco relativamente estrecho del ecologismo mainstream que se consolidó en la década de los 70 y comienzos de los 80. En el libro escribo sobre cómo ocurrió aquello, incluyendo las financiaciones clave de la Ford Foundation y la muerte repentina del líder de la UAW Walter Reuther, quien había ayudado a fundar el primer Día de la Tierra y quería construir una coalición sindical-ecologista centrada en la justicia social y en el lugar de trabajo y en el medioambiente construido.

Así que la política medioambiental ha sido sobre poder, distribución, el moldeamiento de la vida económica y la construcción del medioambiente. El alcance del Green New Deal no es nada nuevo: es una vuelta a la convención. Y cualquiera que vea como periféricas las demandas de justicia ambiental está cometiendo un error: estas demandas hablan de las cuestiones centrales.

AB: ¿Qué conclusión debemos sacar sobre el surgimiento del ecologismo mainstream justo cuando la era de posguerra de relativa prosperidad, igualdad, etc., comienza a decaer? ¿Es sólo una coicidencia que el ambientalismo sea, tal y como tú dices, la última bocanada de la era del New Deal?

JP: Lo que a mi me impresiona del ecologismo de finales de los 60 y comienzos de los 70 es la mezcla de pensamiento apocalíptico con confianza en uno mismo.

Por otro lado, las revistas y periódicos mainstream escribían sobre el fin de la vida en la Tierra, la necesidad de renunciar al paradigma tecnológico de la vida humana, asuntos verdaderamente radicales. Por otro lado, el Congreso –¡el Congreso!– estuvo a la altura del reto. Y así vino, en menos de una década, la gran legislación medioambiental. Cualesquiera que fueran sus limitaciones, cambió de veras la economía política estadounidense, creando una nueva base nacional de salud y seguridad, cambió los deberes de los propietarios de la tierra y de los empleadores.

Lo que todavía no había ocurrido son los más de cuarenta años de asedio al Estado intervencionista que han erosionado sus capacidades reales y han socavado la confianza en él. Ahora tenemos la previsión de la catástrofe con una confianza enormemente reducida sobre qué podemos hacer al respecto. Esa es una fórmula para el pánico.

AB: En el Reino Unido, algunos trabajos recientes han llamado la atención sobre el hecho de que el 50% de la tierra en Inglaterra la posee el 1% de la población. En los Estados Unidos tendemos a hablar menos sobre quién posee la tierra y más sobre cosas como la posesión de vivienda, probablemente porque no tenemos la misma historia de una aristocracia terrateniente; ¿pero deberíamos hablar sobre quién posee la tierra?

JP: ¡En algunos casos! La tierra de cultivo, que en Estados Unidos ha estado en ocasiones notablemente distribuida, está siendo comprada por fondos de inversión y grandes empresas. Empuja a los granjeros de grano un escalón más cerca del tipo de contrato de servidumbre en el que los granjeros avícolas y porcinos ya están atrapados, llevando a acabo operaciones en las que las compañías integradas verticalmente poseen a los animales y toman las decisiones, mientras que los granjeros básicamente realizan –o supervisan– el trabajo y asumen los riesgos.

En Virginia Occidental y Kentucky mucha tierra con carbón pertenece a compañías extractivas, y la historia del subdesarrollo y la explotación allí muestra lo que ocurre cuando el beneficio se va fuera de la región, el capital nunca se desarrolla allí y los locales no tienen control sobre sus propios recursos productivos. También es importante que casi un tercio de la superficie estadounidense son tierras de titularidad pública, la cual puede ser administrada hacia una visión política del bien común. Eso incluye parques y naturaleza, pero también, en estos momentos, mucha minería y perforaciones, generalmente bajo condiciones que son muy favorables para las compañías energéticas. Pero podríamos estar haciendo cosas bien diferentes con esa tierra.

AB: Hablando de otra cosa: ¿puedo presionar tu argumento según el cual esta tierra (estadounidense) pertenece igual y originalmente a todos? ¿Qué hay de las reivindicaciones indígenas de tierra?

JP: En un sentido moral, la tierra no pertenece a nadie, pero en un sentido práctico el Estado y el sistema jurídico que surgieron de la colonización serán el foro en el que reivindicaciones indígenas y de otros tipos se decidirán políticamente. No existe un afuera. Por eso es tan importante disputar las condiciones de ese foro y tratar de alinearlo con un proyecto igualitario e inclusivo.

A pequeña escala, el monumento Bears Ears que los localistas de derechas atacaron en Utah era un modelo de lo que una política de tierras públicas podría hacer para cultivar algo de justicia democrática en relación con las reivindicaciones indígenas. El monumento se instituyó de modo que varias tribus locales que habían participado en su diseño pudieran tener un papel central en cómo gobernarlo. Eso difícilmente es una reparación, pero es un cambio de cuyo proyecto participa la tierra.

Algunos de los otros cientos de millones de acres de tierras públicas federales podrían ser dispuestas para la administración y prácticas indígenas. Debe haber pluralismo en quién puede reclamar esa tierra: los descendientes de los colonos han estado ahí durante generaciones y las tierras públicas han de rendir cuentas con toda la comunidad política; pero las tierras públicas toman forma a través de proyectos particulares, como la naturaleza, y ahí no hay razón para que no pudieran haber decenas de millones de acres de tierras públicas principalmente indígenas –no reservas, sino áreas rurales que sean administradas mediante una profunda implicación indígena de acuerdo a lo que articulan ellos como sus proyectos–.

AB: Me parece que ahora mismo tomamos decisiones basándonos casi por completo en el valor económico; y estoy de acuerdo en que, tal y como indicas, “nuestra economía infravalora [la reproducción social] igual que infravalora el mundo natural”. ¿Cómo podemos valorar más estas cosas tan necesarias? ¿Y podemos verdaderamente imaginar ese tipo de cambio de valores ocurriendo bajo el capitalismo?

JP: Hay al menos tres maneras de pensar el capitalismo en relación con la crisis ecológica. Primero, los mercados capitalistas dependen de cosas que ellos mismos ni producen ni preservan, por razones arraigadas (o reflejadas) en su estructura de precios: estas cosas son tratadas como “gratuitas” o son saqueadas y obtenidas por la fuerza. Así que el capitalismo tal y como está estructurado ahora es insostenible porque está construido para agotar los elementos que necesita (y cualquier otra cosa necesita) para continuar existiendo.

Otra forma de pensarlo es a través del imperativo del crecimiento. El modelo de retorno de la inversión de la lógica económica depende del crecimiento. Al final, choca con límites ecológicos, no importa cuanta eficiencia se haya ganado por el camino. Tiene que haber una manera de que en el futuro que cambie nuestro estándar de valor hacia recompensas intrínsecas, tiempo libre, literalmente la actividad libre de estar con nuestros jóvenes para ayudarles a crecer, de estar con nuestros ancianos para aprender de ellos y enriquecer sus últimos años. Nos podemos permitir la modestia privada y el lujo público; no nos podemos permitir el lujo privado y la austeridad pública.

Una tercera cosa es que los mercados colonizan todos los otros dominios de la vida. Colonizan la política. Mercantilizan la crianza de niños y el cuidado de ancianos. Mercantilizan el aprendizaje, la sociabilidad y el amor. Y la mercantilización universal hace mucho más difícil crear un mundo desmercantilizado, la clase de mundo que podemos tener indefinidamente.

Las distorsiones son extraordinarias. Estamos criando un bebé y ver de primera mano cuán difícil es, hace incluso más chocante que nuevos padres y madres sean lanzados al mercado para ambas cosas: vivir y cuidar del bebé. Esta economía convierte una situación buena –progenitores y descendientes– en transacciones mercantiles controvertidas y estresantes. (Y esto es para la gente relativamente privilegiada que “hace malabares” entre trabajo y familia). Una cultura que tiene esta actitud hacia la reproducción de veras me parece una que no se preocupa de si puede continuar existiendo.



[1] N. del T.: durante todo el texto se ha usado “república” para vertir al castellano la voz inglesa “commonwealth”. La otra posible traducción, “mancomunidad”, no capta ni mucho menos el uso idiosincrásico y político que el autor pretende dar a “commonwealth”. Recuérdese que “commonweal” (literalmente, “bien común”) y luego “commonwealth” (“riqueza común”) fueron los términos favoritos para traducir el latín “res publica” en el inglés renacentista. Primero para identificar cualquier comunidad política en general y progresivamente para identificar un tipo republicano de gobierno, especialmente tras la Commonwealth establecida después de la ejecución de Carlos I, entre 1649 y 1660 (ya en 1652 el conservador Robert Filmer se quejaba de que “tantos ignorantes” hubieran hecho una apropiación plebeya y antimonárquica del vocablo “Commonwealth”, para él tan políticamente neutro como lo fueron “res publica” para Jean Bodin o “república” para Baltasar Gracián, meros sinónimos de lo que hoy llamamos “Estado”). Por otro lado, la resignificación político-económica radical, no ajena a la historia, que Purdy pretende otorgar a “commonwealth” es del todo congruente con la resignificación democratizante del vocablo “república” que se hace actualmente desde diversos lugares del Reino de España, la revista Sin Permiso entre ellos.

 

Es profesor en la Universidad de Columbia. Su investigación se desarrolla en la intersección entre filosofía política, derecho y economía política.

Fuente:

https://jacobinmag.com/2019/10/jedediah-purdy-this-land-environment-climate-change-denialism-ecology

Traducción:David Guerrero