Anatomía del nuevo neoliberalismo

El desorden global
Por Pierre Dardot y Christian Laval

Desde hace una decena de años viene anunciándose regularmente el fin del neoliberalismo: la crisis financiera mundial de 2008 se presentó como el último estertor de su agonía, después le tocó el turno a la crisis griega en Europa (al menos hasta julio de 2015), sin olvidar, por supuesto, el seísmo causado por la elección de Donald Trump en EE UU en noviembre de 2016, seguido del referéndum sobre el Brexit en marzo de 2017. El hecho de que Gran Bretaña y EE UU, que fueron tierras de promisión del neoliberalismo en tiempos de Thatcher y Reagan, parezcan darle la espalda mediante una reacción nacionalista tan repentina, marcó los espíritus debido a su alcance simbólico. Después, en octubre de 2018, se produjo la elección de Jair Bolsonaro, quien promete tanto el retorno de la dictadura como la aplicación de un programa neoliberal de una violencia y una amplitud muy parecidas a las de los Chicago boys de Pinochet.

El neoliberalismo no solo sobrevive como sistema de poder, sino que se refuerza. Hay que comprender esta singular radicalización, lo que implica discernir el carácter tanto plástico como plural del neoliberalismo. Pero hace falta ir más lejos todavía y percatarse del sentido de las transformaciones actuales del neoliberalismo, es decir, la especificidad de lo que aquí llamamos el nuevo neoliberalismo.

La crisis como modo de gobierno

Recordemos de entrada qué significa el concepto de neoliberalismo, que pierde gran parte de su pertinencia cuando se emplea de forma confusa, como sucede a menudo. No se trata tan solo de políticas económicas monetaristas o austeritarias, de la mercantilización de las relaciones sociales o de la dictadura de los mercados financieros. Se trata más fundamentalmente de una racionalidad política que se ha vuelto mundial y que consiste en imponer por parte de los gobiernos, en la economía, en la sociedad y en el propio Estado, la lógica del capital hasta convertirla en la forma de las subjetividades y la norma de las existencias.

Proyecto radical e incluso, si se quiere, revolucionario, el neoliberalismo no se confunde, por tanto, con un conservadurismo que se contenta con reproducir las estructuras desigualitarias establecidas. A través del juego de las relaciones internacionales de competencia y dominación y de la mediación de las grandes organizaciones de gobernanza mundial (FMI, Banco Mundial, Unión Europea, etc.), este modo de gobierno se ha convertido con el tiempo en un verdadero sistema mundial de poder, comandado por el imperativo de su propio mantenimiento.

Lo que caracteriza este modo de gobierno es que se alimenta y se radicaliza por medio de sus propias crisis. El neoliberalismo solo se sostiene y se refuerza porque gobierna mediante la crisis. En efecto, desde la década de 1970, el neoliberalismo se nutre de las crisis económicas y sociales que genera. Su respuesta es invariable: en vez de poner en tela de juicio la lógica que las ha provocado, hay que llevar todavía más lejos esa misma lógica y tratar de reforzarla indefinidamente. Si la austeridad genera déficit presupuestario, hay que añadir una dosis suplementaria. Si la competencia destruye el tejido industrial o desertifica regiones, hay que agudizarla todavía más entre las empresas, entre los territorios, entre las ciudades. Si los servicios públicos no cumplen ya su misión, hay que vaciar esta última de todo contenido y privar a los servicios de los medios que precisan. Si las rebajas de impuestos para los ricos o las empresas no dan los resultados esperados, hay que profundizar todavía más en ellas, etc.

Este gobierno mediante la crisis solo es posible, claro está, porque el neoliberalismo se ha vuelto sistémico. Toda crisis económica, como la de 2008, se interpreta en los términos del sistema y solo recibe respuestas que sean compatibles con el mismo. La ausencia de alternativas no es tan solo la manifestación de un dogmatismo en el plano intelectual, sino la expresión de un funcionamiento sistémico a escala mundial. Al amparo de la globalización y/o al reforzar la Unión Europea, los Estados han impuesto múltiples reglas e imperativos que los llevan a reaccionar en el sentido del sistema.

Pero lo que es más reciente y sin duda merece nuestra atención es que ahora se nutre de las reacciones negativas que provoca en el plano político, que se refuerza con la misma hostilidad política que suscita. Estamos asistiendo a una de sus metamorfosis, y no es la menos peligrosa. El neoliberalismo ya no necesita su imagen liberal o democrática, como en los buenos tiempos de lo que hay que llamar con razón el neoliberalismo clásico. Esta imagen incluso se ha convertido en un obstáculo para su dominación, cosa que únicamente es posible porque el gobierno neoliberal no duda en instrumentalizar los resentimientos de un amplio sector de la población, falto de identidad nacional y de protección por el Estado, dirigiéndolos contra chivos expiatorios.

En el pasado, el neoliberalismo se ha asociado a menudo a la apertura, al progreso, a las libertades individuales, al Estado de derecho. Actualmente se conjuga con el cierre de fronteras, la construcción de muros, el culto a la nación y la soberanía del Estado, la ofensiva declarada contra los derechos humanos, acusados de poner en peligro la seguridad. ¿Cómo es posible esta metamorfosis del neoliberalismo?

Trumpismo y fascismo

Trump marca incontestablemente un hito en la historia del neoliberalismo mundial. Esta mutación no afecta únicamente a EE UU, sino a todos los gobiernos, cada vez más numerosos, que manifiestan tendencias nacionalistas, autoritarias y xenófobas hasta el punto de asumir la referencia al fascismo, como en el caso de Matteo Salvini, o a la dictadura militar en el de Bolsonaro. Lo fundamental es comprender que estos gobiernos no se oponen para nada al neoliberalismo como modo de poder. Al contrario, reducen los impuestos a los más ricos, recortan las ayudas sociales y aceleran las desregulaciones, particularmente en materia financiera o ecológica. Estos gobiernos autoritarios, de los que forma parte cada vez más la extrema derecha, asumen en realidad el carácter absolutista e hiperautoritario del neoliberalismo.

Para comprender esta transformación, primero conviene evitar dos errores. El más antiguo consiste en confundir el neoliberalismo con el ultraliberalismo, el libertarismo, el retorno a Adam Smith o el fin del Estado, etc. Como ya nos enseñó hace mucho tiempo Michel Foucault, el neoliberalismo es un modo de gobierno muy activo, que no tiene mucho que ver con el Estado mínimo pasivo del liberalismo clásico. Desde este punto de vista, la novedad no consiste en el grado de intervención del Estado ni en su carácter coercitivo. Lo nuevo es que el antidemocratismo innato del neoliberalismo, manifiesto en algunos de sus grandes teóricos, como Friedrich Hayek, se plasma hoy en un cuestionamiento político cada vez más abierto y radical de los principios y las formas de la democracia liberal.

El segundo error, más reciente, consiste en explicar que nos hallamos ante un nuevo fascismo neoliberal, o bien ante un momento neofascista del neoliberalismo 2/. Que sea por lo menos azaroso, si no peligroso políticamente, hablar con Chantal Mouffe de un momento populista para presentar mejor el populismo como un remedio al neoliberalismo, esto está fuera de toda duda. Que haga falta desenmascarar la impostura de un Emmanuel Macron, quien se presenta como el único recurso contra la democracia iliberal de Viktor Orbán y consortes, esto también es cierto. Pero, ¿acaso esto justifica que se mezcle en un mismo fenómeno político el ascenso de las extremas derechas y la deriva autoritaria del neoliberalismo?

La asimilación es a todas luces problemática: ¿cómo identificar si no es mediante una analogía superficial el Estado total tan característico del fascismo y la difusión generalizada del modelo de mercado y de la empresa en el conjunto de la sociedad? En el fondo, si esta asimilación permite arrojar luz, centrándonos en el fenómeno Trump, sobre cierto número de rasgos del nuevo neoliberalismo, al mismo tiempo enmascara su individualidad histórica. La inflación semántica en torno al fascismo tiene sin duda efectos críticos, pero tiende a ahogar los fenómenos a la vez complejos y singulares en generalizaciones poco pertinentes, que a su vez no pueden sino dar lugar a un desarme político.

Para Henry Giroux 3/, por ejemplo, el fascismo neoliberal es una “formación económico-política específica” que mezcla ortodoxia económica, militarismo, desprecio por las instituciones y las leyes, supremacismo blanco, machismo, odio a los intelectuales y amoralismo. Giroux toma prestada del historiador del fascismo Robert Paxton (2009) la idea de que el fascismo se apoya en pasiones movilizadoras que volvemos a encontrar en el fascismo neoliberal: amor al jefe, hipernacionalismo, fantasmas racistas, desprecio por lo débil, lo inferior, lo extranjero, desdén por los derechos y la dignidad de las personas, violencia hacia los adversarios, etc.

Si bien hallamos todos estos ingredientes en el trumpismo y más todavía en el bolsonarismo brasileño, ¿acaso no se nos escapa su especificidad con respecto al fascismo histórico? Paxton admite que “Trump retoma varios motivos típicamente fascistas”, pero ve en él sobre todo los rasgos más comunes de una “dictadura plutocrática” 4/. Porque también existen grandes diferencias con el fascismo: no impone el partido único ni la prohibición de toda oposición y de toda disidencia, no moviliza y encuadra a las masas en organizaciones jerárquicas obligatorias, no establece el corporativismo profesional, no practica liturgias de una religión laica, no preconiza el ideal del ciudadano soldado totalmente consagrado al Estado total, etc. (Gentile, 2004).

A este respecto, todo paralelismo con el final de la década de 1930 en EE UU es engañoso, por mucho que Trump haya hecho suyo el lema de America first, el nombre dado por Charles Lindbergh a la organización fundada en octubre de 1940 para promover una política aislacionista frente al intervencionismo de Roosevelt. Trump no convierte en realidad la ficción escrita por Philip Roth (2005), quien imaginó que Lindbergh triunfaría sobre Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940. Ocurre que Trump no es a Clinton o a Obama lo que fue Lindbergh a Roosevelt y que en este sentido toda analogía es endeble. Si Trump puja cada vez más en la escalada antiestablishment para halagar a su clientela electoral, no trata, sin embargo, de suscitar revueltas antisemitas, contrariamente al Lindbergh de la novela, inspirada directamente en el ejemplo nazi.

Pero, sobre todo, no estamos viviendo un momento polanyiano, como cree Robert Kuttner (2018), caracterizado por la recuperación del control de los mercados por los poderes fascistas ante los estragos causados por el no intervencionismo. En cierto sentido ocurre todo lo contrario, y el caso es bastante más paradójico. Trump pretende ser el campeón de la racionalidad empresarial, incluso en su manera de llevar a cabo su política tanto interior como exterior. Vivimos el momento en que el neoliberalismo segrega desde el interior una forma política original que combina autoritarismo antidemocrático, nacionalismo económico y racionalidad capitalista ampliada.

Una crisis profunda de la democracia liberal

Para comprender la mutación actual del neoliberalismo y evitar confundirla con su fin es preciso tener una concepción dinámica del mismo. Tres o cuatro decenios de neoliberalización han afectado profundamente a la propia sociedad, instalando en todos los aspectos de las relaciones sociales situaciones de rivalidad, de precariedad, de incertidumbre, de empobrecimiento absoluto y relativo. La generalización de la competencia en las economías, así como, indirectamente, en el trabajo asalariado, en las leyes y en las instituciones que enmarcan la actividad económica, ha tenido efectos destructivos en la condición de los personas asalariadas, que se han sentido abandonadas y traicionadas. Las defensas colectivas de la sociedad, a su vez, se han debilitado. Los sindicatos, en particular, han perdido fuerza y legitimidad.

Los colectivos de trabajo se han descompuesto a menudo por efecto de una gestión empresarial muy individualizadora. La participación política ya no tiene sentido ante la ausencia de opciones alternativas muy diferentes. Por cierto, la socialdemocracia, adherida a la racionalidad dominante, está en vías de desaparición en un gran número de países. En suma, el neoliberalismo ha generado lo que Gramsci llamó monstruos mediante un doble proceso de desafiliación de la comunidad política y de adhesión a principios etnoidentitarios y autoritarios, que ponen en tela de juicio el funcionamiento normal de las democracias liberales. Lo trágico del neoliberalismo es que, en nombre de la razón suprema del capital, ha atacado los fundamentos mismos de la vida social, tal como se habían formulado e impuesto en la época moderna a través de la crítica social e intelectual.

Por decirlo de manera un tanto esquemática, la puesta en práctica de los principios más elementales de la democracia liberal comportó rápidamente bastantes más concesiones a las masas que lo que podía aceptar el liberalismo clásico. Este es el sentido de lo que se llamó justicia social o también democracia social, a las que no cesó de vituperar precisamente la cohorte de teóricos neoliberales. Al querer convertir la sociedad en un orden de la competencia que solo conocería hombres económicos o capitales humanos en lucha unos contra otros, socavaron las bases mismas de la vida social y política en las sociedades modernas, especialmente debido a la progresión del resentimiento y de la cólera que semejante mutación no podía dejar de provocar.

¿Cómo extrañarse entonces ante la respuesta de la masa de perdedores al establecimiento de este orden competitivo? Al ver degradarse sus condiciones y desaparecer sus puntos de apoyo y de referencia colectivos, se refugian en la abstención política o en el voto de protesta, que es ante todo un llamamiento a la protección contra las amenazas que pesan sobre su vida y su futuro. En pocas palabras, el neoliberalismo ha engendrado una crisis profunda de la democracia liberal-social, cuya manifestación más evidente es el fuerte ascenso de los regímenes autoritarios y de los partidos de extrema derecha, respaldados por una parte amplia de las clases populares nacionales. Hemos dejado atrás la época de la posguerra fría, en la que todavía se podía creer en la extensión mundial del modelo de democracia de mercado.

Asistimos ahora, y de forma acelerada, a un proceso inverso de salida de la democracia o de desdemocratización, por retomar la justa expresión de Wendy Brown. A los periodistas les gusta mezclar en el vasto marasmo de un populismo antisistema a la extrema derecha y a la izquierda radical. No ven que la canalización y la explotación de esta cólera y de estos resentimientos por la extrema derecha dan a luz un nuevo neoliberalismo, aún más agresivo, aún más militarizado, aún más violento, del que Trump es tanto el estandarte como la caricatura.

El nuevo neoliberalismo

Lo que aquí llamamos nuevo neoliberalismo es una versión original de la racionalidad neoliberal en la medida que ha adoptado abiertamente el paradigma de la guerra contra la población, apoyándose, para legitimarse, en la cólera de esa misma población e invocando incluso una soberanía popular dirigida contra las élites, contra la globalización o contra la Unión Europea, según los casos. En otras palabras, una variante contemporánea del poder neoliberal ha hecho suya la retórica del soberanismo y ha adoptado un estilo populista para reforzar y radicalizar el dominio del capital sobre la sociedad. En el fondo es como si el neoliberalismo aprovechara la crisis de la democracia liberal-social que ha provocado y que no cesa de agravar para imponer mejor la lógica del capital sobre la sociedad.

Esta recuperación de la cólera y de los resentimientos requiere sin duda, para llevarse a cabo efectivamente, el carisma de un líder capaz de encarnar la síntesis, antaño improbable, de un nacionalismo económico, una liberalización de los mecanismos económicos y financieros y una política sistemáticamente proempresarial. Sin embargo, actualmente todas las formas nacionales del neoliberalismo experimentan una transformación de conjunto, de la que el trumpismo nos ofrece la forma casi pura. Esta transformación acentúa uno de los aspectos genéricos del neoliberalismo, su carácter intrínsecamente estratégico. Porque no olvidemos que el neoliberalismo no es conservadurismo. Es un paradigma gubernamental cuyo principio es la guerra contra las estructuras arcaicas y las fuerzas retrógradas que se resisten a la expansión de la racionalidad capitalista y, más ampliamente, la lucha por imponer una lógica normativa a poblaciones que no la quieren.

Para alcanzar sus objetivos, este poder emplea todos los medios que le resultan necesarios, la propaganda de los medios, la legitimación por la ciencia económica, el chantaje y la mentira, el incumplimiento de las promesas, la corrupción sistémica de las élites, etc. Pero una de sus palancas preferidas es el recurso a las vías de la legalidad, léase de la Constitución, de manera que cada vez más resulte irreversible el marco en el que deben moverse todos los actores. Una legalidad que evidentemente es de geometría variable, siempre más favorable a los intereses de las clases ricas que a los de las demás. No hace falta recurrir, al estilo antiguo, a los golpes de Estado militares para poner en práctica los preceptos de la escuela de Chicago si se puede poner un cerrojo al sistema político, como en Brasil, mediante un golpe parlamentario y judicial: este último permitió, por ejemplo, al presidente Temer congelar durante 20 años los gastos sociales (sobre todo a expensas de la sanidad pública y de la universidad). En realidad, el brasileño no es un caso aislado, por mucho que los resortes de la maniobra sean allí más visibles que en otras partes, sobre todo después de la victoria de Bolsonaro como punto de llegada del proceso. El fenómeno, más allá de sus variantes nacionales, es general: es en el interior del marco formal del sistema político representativo donde se establecen dispositivos antidemocráticos de una temible eficacia corrosiva.

Un gobierno de guerra civil

La lógica neoliberal contiene en sí misma una declaración de guerra a todas las fuerzas de resistencia a las reformas en todos los estratos de la sociedad. El lenguaje vigente entre los gobernantes de todos los niveles no engaña: la población entera ha de sentirse movilizada por la guerra económica, y las reformas del derecho laboral y de la protección social se llevan a cabo precisamente para favorecer el enrolamiento universal en esa guerra. Tanto en el plano simbólico como en el institucional se produce un cambio desde el momento en que el principio de competitividad adquiere un carácter casi constitucional. Puesto que estamos en guerra, los principios de la división de poderes, de los derechos humanos y de la soberanía del pueblo ya solo tienen un valor relativo. En otras palabras, la democracia liberal-social tiende progresivamente a vaciarse para pasar a no ser más que la envoltura jurídico-política de un gobierno de guerra. Quienes se oponen a la neoliberalización se sitúan fuera del espacio público legítimo, son malos patriotas, cuando no traidores.

Esta matriz estratégica de las transformaciones económicas y sociales, muy cercana a un modelo naturalizado de guerra civil, se junta con otra tradición, esta más genuinamente militar y policial, que declara la seguridad nacional la prioridad de todos los objetivos gubernamentales. El neoliberalismo y el securitarismo de Estado hicieron buenas migas desde muy temprano. El debilitamiento de las libertades públicas del Estado de derecho y la extensión concomitante de los poderes policiales se han acentuado con la guerra contra la delincuencia y la guerra contra la droga de la década de 1970. Pero fue sobre todo después de que se declarara la guerra mundial contra el terrorismo, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo el despliegue de un conjunto de medidas y dispositivos que violan abiertamente las reglas de protección de las libertades en la democracia liberal, llegando incluso a incorporar en la ley la vigilancia masiva de la población, la legalización del encarcelamiento sin juicio o el uso sistemático de la tortura.

Para Bernard E. Harcourt (2018), este modelo de gobierno, que consiste en “hacer la guerra a toda la ciudadanía”, procede en línea directa de las estrategias militares contrainsurgentes puestas a punto por el ejército francés en Indochina y en Argelia, transmitidas a los especialistas estadounidenses de la lucha anticomunista y practicadas por sus aliados, especialmente en América Latina o en el sudeste asiático. Hoy, la “contrarrevolución sin revolución”, como la denomina Harcourt, busca reducir por todos los medios a un enemigo interior y exterior omnipresente, que tiene más bien cara de yihadista, pero que puede adoptar muchas otras caras (estudiantes, ecologistas, campesinos, jóvenes negros en EE UU o jóvenes de los suburbios en Francia, y tal vez, sobre todo en estos momentos, migrantes ilegales, preferentemente musulmanes). Y para llevar a buen término esta guerra contra el enemigo, conviene que el poder, por un lado, militarice a la policía y, por otro, acumule una masa de informaciones sobre toda la población con el fin de conjurar toda rebelión posible. En suma, el terrorismo de Estado se halla de nuevo en plena progresión, incluso cuando la amenaza comunista, que le había servido de justificación durante la Guerra Fría, ha desaparecido.

La imbricación de estas dos dimensiones, la radicalización de la estrategia neoliberal y el paradigma militar de la guerra contrainsurgente, a partir de la misma matriz de guerra civil, constituye actualmente el principal acelerador de la salida de la democracia. Este enlace solo es posible gracias a la habilidad con que cierto número de responsables políticos de la derecha, aunque también de la izquierda, se dedican a canalizar mediante un estilo populista los resentimientos y el odio hacia los enemigos electivos, prometiendo a las masas orden y protección a cambio de su adhesión a la política neoliberal autoritaria.

El neoliberalismo de Macron

Sin embargo, ¿no es exagerado meter todas las formas de neoliberalismo en el mismo saco de un nuevo neoliberalismo? Existen tensiones muy fuertes a escala mundial o europea entre lo que hay que calificar de tipos nacionales diferentes de neoliberalismo. Sin duda no asimilaríamos a Trudeau, Merkel o Macron con Trump, Erdogan, Orbán, Salvini o Bolsonaro. Unos todavía permanecen fieles a una forma de competencia comercial supuestamente leal, cuando Trump ha decidido cambiar las reglas de la competencia, transformando esta última en guerra comercial al servicio de la grandeza de EE UU (“America is Great Again”); unos invocan todavía, de palabra, los derechos humanos, la división de poderes, la tolerancia y la igualdad de derechos de las personas, cuando a los otros todo esto les trae sin cuidado; unos pretenden mostrar una actitud humana ante los migrantes (algunos muy hipócritamente), cuando los otros no tienen escrúpulos a la hora de rechazarlos y repatriarlos. Por tanto, conviene diferenciar el modelo neoliberal.

El macronismo no es trumpismo, aunque solo fuera por las historias y las estructuras políticas nacionales en las que se inscriben. Macron se presentó como el baluarte frente al populismo de extrema derecha de Marine Le Pen, como su aparente antítesis. Aparente, porque Macron y Le Pen, si no son personas idénticas, en realidad son perfectamente complementarias. Uno hace de baluarte cuando la otra acepta ponerse los hábitos del espantajo, lo que permite al primero presentarse como garante de las libertades y de los valores humanos. Si es preciso, como ocurre hoy en los preparativos para las elecciones europeas, Macron se dedica a ensanchar artificialmente la supuesta diferencia entre los partidarios de la democracia liberal y la democracia iliberal del estilo de Orbán, para que la gente crea más fácilmente que la Unión Europea se sitúa como tal en el lado de la democracia liberal.

Sin embargo, tal vez no se haya percibido suficientemente el estilo populista de Macron, quien ha podido parecer una simple mascarada por parte de un puro producto de la élite política y financiera francesa. La denuncia del viejo mundo de los partidos, el rechazo del sistema, la evocación ritual del pueblo de Francia, todo esto era quizá suficientemente superficial, o incluso grotesco, pero no por ello ha dejado de hacer gala del empleo de un método característico, precisamente, del nuevo neoliberalismo, el de la recuperación de la cólera contra el sistema neoliberal. No obstante, el macronismo no tenía el espacio político para tocar esta música durante mucho tiempo. Pronto se reveló como lo que era y lo que hacía.

En línea con los gobiernos franceses precedentes, pero de manera más declarada o menos vergonzante, Macron asocia al nombre de Europa la violencia económica más cruda y más cínica contra la gente asalariada, pensionista, funcionaria y la asistida, así como la violencia policial más sistemática contra las manifestaciones de oponentes, como se vio, en particular, en Notre-Dame-des-Landes y contra las personas migrantes. Todas las manifestaciones sindicales o estudiantiles, incluso las más pacíficas, son reprimidas sistemáticamente por una policía pertrechada hasta los dientes, cuyas nuevas maniobras y técnicas de fuerza están pensadas para aterrorizar a quienes se manifiestan e intimidar al resto de la población.

El caso de Macron está entre los más interesantes para completar el retrato del nuevo neoliberalismo. Llevando más lejos todavía la identificación del Estado con la empresa privada, hasta el punto de pretender hacer de Francia una start-up nation, no cesa de centralizar el poder en sus manos y llega incluso a promover un cambio constitucional que convalidará el debilitamiento del Parlamento en nombre de la eficacia. La diferencia con Sarkozy en este punto salta a la vista: mientras que este último se explayaba en declaraciones provocadoras, al tiempo que afectaba un estilo relajado en el ejercicio de su función, Macron pretende devolver todo su lustre y toda su solemnidad a la función presidencial. De este modo conjuga un despotismo de empresa con la subyugación de las instituciones de la democracia representativa en beneficio exclusivo del poder ejecutivo. Se ha hablado con razón de bonapartismo para caracterizarle, no solo por la manera en cómo tomó el poder acabando con los viejos partidos gubernamentales, sino también a causa de su desprecio manifiesto por todos los contrapoderes. La novedad que ha introducido en esta antigua tradición bonapartista es justamente una verdadera gobernanza de empresa. El macronismo es un bonapartismo empresarial.

El aspecto autoritario y vertical de su modo de gobierno encaja perfectamente en el marco de un nuevo neoliberalismo más violento y agresivo, a imagen y semejanza de la guerra librada contra los enemigos de la seguridad nacional. ¿Acaso una de las medidas más emblemáticas de Macron no ha sido la inclusión en la ley ordinaria, en octubre de 2017, de disposiciones excepcionales del estado de emergencia declarado tras los atentados de noviembre de 2015?

La aplicación de la ley en contra de la democracia

No cabe descartar que se produzca en Occidente un momento polanyiano, es decir, una solución verdaderamente fascista, tanto en el centro como en la periferia, sobre todo si se produce una nueva crisis de la amplitud de la de 2008. El acceso al poder de la extrema derecha en Italia es un toque de advertencia suplementario. Mientras tanto, en este momento que prevalece hasta nueva orden, estamos asistiendo a una exacerbación del neoliberalismo, que conjuga la mayor libertad del capital con ataques cada vez más profundos contra la democracia liberal-social, tanto en el ámbito económico y social como en el terreno judicial y policial. ¿Hay que contentarse con retomar el tópico crítico de que el estado de excepción se ha convertido en regla?

Al argumento de origen schmittiano del estado de excepción permanente, retomado por Giorgio Agamben, que supone una suspensión pura y simple del Estado de derecho, debemos oponer los hechos observables: el nuevo gobierno neoliberal se implanta y cristaliza con la promulgación de medidas de guerra económica y policial. Dado que las crisis sociales, económicas y políticas son permanentes, corresponde a la legislación establecer las reglas válidas de forma permanente que permitan a los gobiernos responder a ellas en todo momento e incluso prevenirlas. De este modo, las crisis y urgencias han permitido el nacimiento de lo que Harcourt denomina un “nuevo estado de legalidad”, que legaliza lo que hasta ahora no eran más que medidas de emergencia o respuestas coyunturales de política económica o social. Más que con un estado de excepción que opone reglas y excepciones, nos las tenemos que ver con una transformación progresiva y harto sutil del Estado de derecho, que ha incorporado a su legislación la situación de doble guerra económica y policial a la que nos han conducido los gobiernos.

A decir verdad, los gobernantes no están totalmente desprovistos para legitimar intelectualmente semejante transformación. La doctrina neoliberal ya había elaborado el principio de esta concepción del Estado de derecho. Así, Hayek subordinaba explícitamente el Estado de derecho a la ley: según él, la ley no designa cualquier norma, sino exclusivamente el tipo de reglas de conducta que son aplicables a todas las personas por igual, incluidos los personajes públicos. Lo que caracteriza propiamente a la ley es, por tanto, la universalidad formal, que excluye toda forma de excepción. Por consiguiente, el verdadero Estado de derecho es el Estado de derecho material (materieller Rechtsstaat), que requiere de la acción del Estado la sumisión a una norma aplicable a todas las personas en virtud de su carácter formal. No basta con que una acción del Estado esté autorizada por la legalidad vigente, al margen de la clase de normas de las que se deriva. En otras palabras, se trata de crear no un sistema de excepción, sino más bien un sistema de normas que prohíba la excepción. Y dado que la guerra económica y policial no tiene fin y reclama cada vez más medidas de coerción, el sistema de leyes que legalizan las medidas de guerra económica y policial ha de extenderse por fuerza más allá de toda limitación.

Por decirlo de otra manera, ya no hay freno al ejercicio del poder neoliberal por medio de la ley, en la misma medida que la ley se ha convertido en el instrumento privilegiado de la lucha del neoliberalismo contra la democracia. El Estado de derecho no está siendo abolido desde fuera, sino destruido desde dentro para hacer de él un arma de guerra contra la población y al servicio de los dominantes. El proyecto de ley de Macron sobre la reforma de las pensiones es, a este respecto, ejemplar: de conformidad con la exigencia de universalidad formal, su principio es que un euro cotizado otorga exactamente el mismo derecho a todos, sea cual sea su condición social. En virtud de este principio está prohibido, por tanto, tener en cuenta la penosidad de las condiciones de trabajo en el cálculo de la cuantía de la pensión. También en esta cuestión salta a la vista la diferencia entre Sarkozy y Macron: mientras que el primero hizo aprobar una ley tras otra sin que les siguieran sendos decretos de aplicación, el segundo se preocupa mucho de la aplicación de las leyes.

Ahí se sitúa la diferencia entre reformar y transformar, tan cara a Macron: la transformación neoliberal de la sociedad requiere la continuidad de la aplicación en el tiempo y no puede contentarse con los efectos del anuncio sin más. Además, este modo de proceder comporta una ventaja inapreciable: una vez aprobada una ley, los gobiernos pueden esquivar su parte de responsabilidad so pretexto de que se limitan a aplicar la ley. En el fondo, el nuevo neoliberalismo es la continuación de lo antiguo en clave peor. El marco normativo global que inserta a individuos e instituciones dentro de una lógica de guerra implacable se refuerza cada vez más y acaba progresivamente con la capacidad de resistencia, desactivando lo colectivo. Esta naturaleza antidemocrática del sistema neoliberal explica en gran parte la espiral sin fin de la crisis y la aceleración ante nuestros ojos del proceso de desdemocratización, por el cual la democracia se vacía de su sustancia sin que se suprima formalmente.

Pierre Dardot es filósofo y Christian Laval es sociólogo. Ambos son coautores, entre otras obras, de La nueva razón del mundo y Común

Traducción: viento sur

Referencias

Gentile, Emilio (2004) Fascismo: historia e interpretación. Madrid: Alianza.

Harcourt, Bernard E. (2018) The Counterrevolution, How Our Government Went to War against its Own Citizens. Nueva York: Basic Books.

Kuttner, Robert (2018) Can democracy survive Global Capitalism? Nueva York/Londres: WW. Norton & Company.

Paxton, Robert O. (2009) Anatomía del fascismo. Madrid: Capitán Swing.

Roth, Philip (2005) La conjura contra América. Barcelona: Mondadori.

Notas:

1/ Prefacio a la traducción en inglés, publicada por la editorial Verso, de La pesadilla que no acaba nunca (Gedisa, 2017), obra publicada originalmente por La Découverte, París, en 2016.

2/ Éric Fassin, “Le moment néofasciste du néolibéralisme”, Mediapart, 29 de junio de 2018, https://blogs.mediapart.fr/eric-fassin/blog/290618/le-moment-neofasciste-du-neoliberalisme .

3/ Henry Giroux, Neoliberal Fascism and the Echoes of History, https://www.truthdig.com/articles/neoliberal-fascism-and-the-echoes-of-history/ , 08/09/2018.

4/ Robert O. Paxton, “Le régime de Trump est une ploutocratie”, Le Monde, 6 de marzo de 2017.

Fuente: https://vientosur.info/spip.php?article14984

Raúl Zibechi: “Los movimientos sociales son los únicos que pueden impedir la barbarización a la que nos conduce el sistema capitalista”

Por Lluís Català Oltra, José M. Copete Fernández

Raúl Zibechi es un periodista y activista uruguayo, y un prolífico ensayista al que cuesta seguir el ritmo: veinte libros publicados, unos treinta y cinco capítulos en libros colectivos, gran cantidad de artículos, así como charlas y clases grabadas en video y subidas a las redes sociales… Ha colaborado en diversas publicaciones latinoamericanas como el diario mexicano La Jornada o el semanario uruguayo Brecha, y su militancia en los Tupamaros en los setenta le obligó a exiliarse. Asimismo, el alcance de su pensamiento ha motivado la aparición de libros y escritos de análisis sobre su obra o apoyados en ella. A pesar de todo, no le gusta definirse como un intelectual, pero está claro que Zibechi es un referente en el análisis de los movimientos sociales en América Latina y sus contextos sociales y culturales. Sus escritos están llenos de metáforas y referencias a la tierra y lo que emana de ella: arroyos, comunidades, desde abajo… incluso de debajo de ella. Expresiones como «las formas de pensamiento que emanan de nuestro subsuelo» indican un reconocimiento a las luchas por la emancipación económica o geopolítica, pero también un proceso de liberación epistemológico y cosmológico del eurocentrismo imperante y una puesta en valor de los saberes y las formas de pensamiento que afloran de las raíces de los pueblos indígenas, las comunidades campesinas, las barriadas periféricas y la gente sin poder que se organiza en resistencia frente a las formas de explotación y opresión a las que están sometidas. Esta puesta en valor, como él indica, ha de hacerse de manera crítica y sin idealizaciones, ya que estos saberes, como todos, pueden estar contaminados por múltiples sesgos.

Conversamos con Raúl Zibechi en su visita a la Universitat d’Alacant para dar un seminario de sobre movimientos sociales en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. En la charla previa a la entrevista comprendemos que Raúl es una persona que busca entender al interlocutor y aprender a través del diálogo allá donde vaya; nos pregunta, nos escucha con interés sobre cuestiones locales. No es de extrañar, por lo tanto, que sus análisis estén tan apoyados en la geopolítica y la información de alcance global como en retazos de vida cotidiana que se dan en la escala local, pero que alimentan de nuevo su visión global. En la entrevista le devolvemos la intención y profundizamos sobre todo en la situación de Latinoamérica.

José María Copete (JMC): Uno de tus últimos libros (Los desbordes populares desde abajo) aborda el ciclo de protestas que va desde 1959 a 1973 para el caso de América Latina, lo que en términos generales se denomina mayo del 68. ¿Por qué un libro sobre aquel período cinco décadas después?, ¿qué tenemos que aprender de aquella experiencia?

Raúl Zibechi (RZ): Bueno, primero porque cuando se habla de la “Revolución mundial del

68”, en palabras de Wallerstein (1989), la mirada está demasiado centrada en París, cuando creo que fue un proceso global, que además se caracteriza por comenzar en la periferia para expresarse después en el centro. Concretamente arranca con la Revolución de Cuba, la independencia de Argelia, la Guerra de Vietnam… Incluso dentro de países como EE UU la protesta estudiantil contra la Guerra de Vietnam es precedida por la lucha por los derechos civiles, con aquel discurso de Martin Luther King, “I have a dream…”, o la lucha del pueblo negro liderada por las Panteras Negras. Por tanto, me interesaba poner el acento en aquello que no estaba tan explícito en los estudios, en los periódicos, en el relato que se ha ido contando en estos cincuenta años, justo cuando se cumplían cincuenta años. Y me parecía que era importante hacer hincapié en dos cuestiones:

1º) Que pasaron cosas bien importantes en la periferia del mundo, en este caso en América Latina, que fueron incluso causa de la respuesta represiva de los gobiernos. Por ejemplo, Chile era un país con un enorme movimiento popular: la mitad de Santiago cuando llega Allende al poder en 1970 eran campamentos de gente que había tomado tierras y estaba construyendo sus viviendas. Y esa potencia del movimiento popular me parecía que era importante reflejarla, porque fue común a muchas partes de América Latina. E incluso hubo corrientes de pensamiento asociadas muy potentes, como la teología de la liberación o la educación popular.

2º) Porque en ese período se empiezan a ensayar construcciones territoriales ligadas a movimientos que después toman mucha fuerza: campesinos, indígenas (algunos de ellos sin tierra) y movimientos urbanos.

Creo que era importante exponer ambos temas. Cuando uno observa lo que pasó en un campamento famoso de Chile en los setenta, Nueva La Habana, donde coincidía mucha gente del MIR [Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile], ve que había muchas construcciones que son las que ahora se están desplegando, a pesar de que eran muy pequeñas e incipientes. Eran construcciones en el terreno de la educación, de la salud, de la justicia incluso, que, de alguna manera, partieron de gente que no esperó que los Estados cubriesen determinadas carencias y las empezó a desarrollar desde abajo. En algunos casos de forma organizada y en otros de manera espontánea y desorganizada. En definitiva, son experiencias iniciales de movimientos populares que me parece que hay que recoger.

JMC: Me ha resultado interesante en tu libro precisamente la idea de “desborde popular desde abajo”…

RZ: El concepto de desborde no lo he acuñado yo, sino un antropólogo peruano en los años ochenta, José Matos Mar (1984), que tiene un trabajo muy interesante sobre cómo la migración andina fue un “desborde”. ¿Qué se desborda? Bueno, se desborda la trama urbana, se desborda el panóptico como forma de control. Y eso también es universal, porque, por ejemplo, en Italia tuvimos la lucha antipsiquiátrica, liderada por Franco Basaglia (2013). Entre otras cosas, la idea del desborde es útil para comprender que también las izquierdas fueron desbordadas, que también las instituciones de la izquierda (sindicatos, partidos, etc.) fueron desbordadas. Y esta idea, vista desde dentro, desde quienes están desbordando, permite comprender una lógica que no es irracional; se proponen otras racionalidades que podemos compartir o no, pero que implican la autoconstrucción de sujetos que también, en segunda instancia, construyen ciudad, ciudadanía; que construyen, desde abajo y con otras lógicas, formas de vida alternativas respecto a las hegemónicas. Ese desborde modificó muchas cosas en América Latina. Incluso forzó a las izquierdas a reinventarse. Por ejemplo, el PT [Partido dos Trabalhadores] de Brasil es producto de esos desbordes, porque es el primer gran partido de América Latina que se construye desde abajo, a partir de los sindicatos (donde estaba Lula da Silva), pero también a partir de las comunidades eclesiales de base y de otras instancias. Los propios Sin Tierra empiezan también en esa época. Vemos la aparición de un nuevo sindicalismo, movimientos sociales nuevos, con fuerte arraigo territorial, que obligan, en cierta medida, a que las izquierdas estén en sintonía con eso que está pasando. Se produce entonces un diálogo muy fecundo entre la actividad social y las izquierdas. ¿Que luego han discurrido por diferentes caminos, como se ha podido ver con Lula y el PT? Eso es otra historia. Pero ubicados en ese período, desde los sesenta hasta incluso los ochenta, vemos una nueva configuración que va a ser muy productiva. El mismo PT, cuando llega a los primeros gobiernos municipales, implementa aquello que en su día fue muy importante, el presupuesto participativo, en el que la población, organizada en asambleas por barrios, podía modificar a qué se destinaban los recursos públicos, y dar prioridad a cosas que hasta ese momento no habían tenido atención por parte de los poderes públicos.

JMC: Respecto al libro Los arroyos cuando bajan: Los desafíos del zapatismo, del cual acaba de salir la segunda edición, ¿por qué comprender el zapatismo es importante para quienes aspiramos a una nueva sociedad?

RZ: Bueno, primero porque es un movimiento de nuevo cuño también. Es un movimiento que en los momentos iniciales debe corregir su rumbo, porque no hay que olvidar que quienes llegan a la selva Lacandona son militantes marxistas-guevaristas vanguardistas. Marcos, en una de las primeras entrevistas que concede, explica que tuvieron que hacer lo que los indígenas querían; éstos les dijeron: “aquí quien manda es la comunidad; si tú quieres reclutar a alguien de la comunidad para tu causa, es la comunidad quien toma las decisiones, no una persona individual”. Entonces, hay una lógica, por decirlo de alguna manera, comunitaria, “no occidental” (en términos clásicos, porque eso también está transformándose en Europa), en la cual las vías de cambiar el mundo son otras, que no están muy definidas o demasiado claramente estipuladas, pero se van abriendo camino. Mi lectura es que, desde la Revolución Francesa y, sobre todo, desde la Comuna de París, la izquierda se ha dotado de una estrategia, que es la estrategia de la organización firme y férrea. Los partidos aparecen a partir de la Comuna para disputar el poder y desarrollar lo que se llama la “estrategia en dos pasos” (Wallerstein, 2002): conquistar el poder y luego transformar el mundo. Hace un siglo se consiguió por primera vez, en Rusia, y a lo largo de este siglo ha sido posible en varios países importantes, como China. En esas experiencias ha sido posible el primer paso, pero no el segundo. A mí modo de ver (y sé que esto es muy polémico, pero hay que plantearlo como un escenario de debate), esa estrategia está agotada; no es que no haya que tomar el poder, pero la estrategia está agotada. Y, entonces, los caminos que recorren los pueblos indígenas y, cada vez más, campesinos sin tierras y algunas periferias urbanas, en un diálogo virtual con las feministas, van en la línea de ir modificando nuestro lugar en el mundo, creando nuestros propios espacios y (aunque no me guste la palabra) “empoderándonos”. En ese recorrido, quizá en algún momento sea posible desplazar del poder a quienes actualmente lo detentan, pero no nos organizamos exclusivamente para eso, porque en vez de una única estrategia hay como dos pies que caminan: se van creando espacios, poderes locales, y ya se verá si eso conduce a algo más.

Esto pasa en México, en el Estado de Oaxaca, por ejemplo, y no es casualidad, porque es un Estado con unos 500 municipios y, de ellos, unos 400 no se gobiernan por el resultado de las elecciones clásicas entre partidos, sino por “usos y costumbres”: la asamblea de la comunidad decide quiénes van a ser alcaldes, por cuánto tiempo, si son renovados los que había, etc. Y el poder central de México lo tiene que aceptar y, de hecho, lo acepta. Los zapatistas lo que han hecho es que a los niveles “comunidad” y “municipio” han añadido otro más, “región”, que es el que afecta a su influencia territorial. Aquí hay algo que podría ser denominado “estrategia” si ese término no remitiese a algo excesivamente pulido y terminado (no creo que lo sea). Sería más bien una búsqueda, un recorrido, en el cual la construcción de espacio o poder propio, no necesariamente está destinada a competir con el Estado<href=»#_ftn1″ name=»_ftnref1″ title=»»>[1] (los zapatistas utilizan la bandera mexicana, por ejemplo), sino más bien a plantear alternativas a la de los “dos pasos”.</href=»#_ftn1″>

Ése sería el fondo del tema, pero luego hay otras cosas que serían también interesantes, como, por ejemplo, que es un ejército que no usa armas. Han abandonado la idea de la revolución armada. Con esto de Marichuy [candidata zapatista y, por extensión del Congreso Nacional Indígena, a las elecciones presidenciales de 2018] y la campaña que han hecho, hay un paso importante ahí. Afirmaron que mientras sea posible no van a utilizar armas. Y si vienen, utilizarán el poder de la masa para frenarlos. Hasta ahora lo han conseguido, aunque nadie sabe si mañana puede haber un desastre tremendo. Es la apuesta que han hecho también otros pueblos indígenas de América Latina, particularmente los nasa del Cauca colombiano, que tienen una guardia indígena, elegida, igual que los zapatistas, por las comunidades. Cuando entran los paramilitares a su territorio reconocido constitucionalmente y, por ejemplo, secuestran a alguien, van todos en masa con sus bastones de mando e intentan recuperarlos, a veces con éxito. Se busca defender el espacio, no confrontar con el otro. En la confrontación entienden que se pierde, porque tienen menos recursos, pero también porque la militarización jerarquiza. En la lucha por la emancipación, no quieren militarizarse. De hecho, después de 1994, los zapatistas no utilizaron más las armas. Las tienen, saben manejarlas, pero no las utilizan o, si lo hacen, sería sólo en última instancia. Es una apuesta ético-política y plantea también los límites de lo que fue en su día la militarización del campo revolucionario a partir de la guerra civil que vivió Rusia. El leninismo y después el estalinismo tomaron este camino dramático en el cual el Ejército Rojo terminó pareciéndose mucho al otro ejército, al zarista. No en vano, el Ejército Rojo, fundado por Trotsky, incorporó 30.000 oficiales zaristas a sus filas, para hacerlo más eficiente. Con esto, tienes finalmente un aparato que no puede ser muy emancipatorio…

Bueno, en definitiva, aquí hay un diálogo, que puede que no esté planteado todavía en los términos en los que yo he apuntado, pero por la vía de los hechos se va abriendo camino.

JMC: Respecto a la coyuntura actual de América Latina, a grandes rasgos, ¿puedes describirnos cuál es el papel que los movimientos populares pueden jugar?

RZ: Podría tener un impulso inicial de decirte “No tengo la menor idea”, porque es un tema bien complejo, pero, sí hay que apuntar que:

1º) Después de la intervención de Rusia, aliado de Siria e Irán, EE UU (junto a sus aliados Israel y Arabia Saudita) sufre un retroceso en Oriente Medio, y se ve obligado a irse de algunos frentes. EE UU también tiene problemas en el mar del Sur de China, donde no es fácil que mantenga la influencia que tenía, aunque no haya abandonado completamente. Y en su decadencia hegemónica, EE UU está obligado a reposicionarse con mucha fuerza en América Latina y, particularmente, en el Caribe (en México ya está muy bien posicionado). No pueden volver a sufrir lo que experimentaron en los embates de los últimos diez años de gobiernos progresistas de la región, especialmente el de Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia.

2º) América Latina es un escenario de disputa entre las dos grandes potencias hegemónicas de hoy, China y EE UU, y los movimientos populares no harían bien, y no parecen que lo estén haciendo por ahora, en pegarse a alguna de las dos potencias hegemónicas. Ninguna de las dos es emancipatoria, aunque haya todavía compañeros de izquierda que piensan que China o incluso Rusia tienen un papel positivo, pero yo ahí comparto las posiciones de Santiago Alba Rico (2016), que creo que es muy lúcido, sobre todo cuando la guerra de Siria y la Primavera Árabe sus posiciones creo que son enteramente compartibles. Yo creo que los movimientos tienen que buscar una tercera opción. Creo que el zapatismo está en eso y también otros movimientos.

El principal problema al que se enfrentan los sectores populares en América Latina es el riesgo de una guerra civil en Venezuela, que hay que evitar a toda costa. Creo que no es apoyable Guaidó y toda la intervención extranjera que está habiendo, y no es apoyable Maduro. Creo que la militarización, el autoritarismo, la corrupción, apoyarse en las fuerzas armadas de forma demasiado marcada… Todo eso lleva a los movimientos a tener que buscar otro camino. Y en Venezuela son muy poquitos los que lo están buscando, pero hay quienes están en ello. Y en general, en América Latina, el principal problema que enfrentan los movimientos populares es el brutal avance de las derechas. Tienen que trabajar en espacios en los que hay una alianza entre los paramilitares, los narcos y las iglesias evangélicas, y Brasil es un claro ejemplo de ello. Es una alianza demencial, con mucha fuerza y que mueve dinero. Los movimientos están atrapados en este panorama y tienen enormes dificultades para mantenerse organizados. Los movimientos de los años noventa, por ejemplo, los Sin Tierra, que fueron muy fuertes, hoy están debilitados. Pero también hay que subrayar que está apareciendo un nuevo liderazgo de mujeres jóvenes. Todo el movimiento que acompañó y sigue acompañando el caso de Marielle Franco<href=»#_ftn2″ name=»_ftnref2″ title=»»>[2], que fue asesinada, está en esa línea y se mueve en ese escenario militarizado de gran dificultad. Hay un debate muy potente en los movimientos sobre si conviene que vuelvan gobiernos “progresistas” del estilo de Lula o Kirchner, si se defienden gobiernos como el de Evo Morales, o si hay que buscar un camino propio. Es una situación complicada y, salvo el movimiento de mujeres, que es el más importante hoy y está a la ofensiva, los demás están muy a la defensiva, porque el panorama deja poco margen de maniobra y las dudas son muchas.</href=»#_ftn2″>

Lluís Català (LC): En cualquier caso, ¿no crees que los movimientos sociales de América

Latina están retados a posicionarse en el caso de Venezuela, a decantarse en algún sentido?

RZ: Sí, efectivamente, están retados a eso. Pero yo creo que ahí hay que diferenciar dos aspectos:

1º) La intervención en Venezuela es intolerable, es un límite que no se debe pasar, y en ese sentido, hay que defender a Venezuela igual que se defiende a Cuba, independientemente de que estés o no de acuerdo con el régimen. Es una actitud de principios: la soberanía nacional es inviolable. Aquí no hay mucha duda, y creo que prácticamente todos los movimientos sociales de la región lo tienen claro.

2º) El otro punto es el que plantea más duda y donde se está produciendo el debate entre quienes, además de defender la soberanía de Venezuela, defienden al régimen, y quienes son más críticos con el régimen o, como mínimo, no se pronuncian.

Esto último es un punto delicado. Una parte importante de las izquierdas latinoamericanas ha optado por el apoyo a Maduro, pero no todos los movimientos lo apoyan y son capaces de separar los dos puntos que he mencionado.

LC: Y en Bolivia, ¿tú crees que está al caer una situación análoga a la que se vive en Venezuela?

RZ: No. Tú vas a Bolivia y los supermercados tienen de todo, hay una relativa prosperidad, no es una situación económica boyante, pero sí razonablemente buena. La apuesta económica que ha hecho el gobierno de Evo [Morales] es muy distinta a la que hizo Chávez. Claro, Bolivia no tiene la mayor reserva de petróleo del mundo y eso condiciona mucho en el caso de Venezuela. En definitiva, en Bolivia la situación es muy distinta, incluso considerando que Evo puede perder las próximas elecciones. En Bolivia la situación de los sectores populares ha mejorado muchísimo bajo el gobierno de Evo.

LC: Es digno de destacar, porque Bolivia había sido siempre el país en peores condiciones de vida de Sudamérica. Ahora seguramente sea Venezuela, ¿no?

RZ: Sí, sin duda, es Venezuela, aunque en Ecuador y en Argentina las cosas tampoco andan muy bien, pero ésa ya es otra historia. En Bolivia no creo que se vaya a producir el tipo de confrontación que se está produciendo en Venezuela. Al menos aparentemente, aunque luego, claro, se puede dar una sucesión de acontecimientos que acaben en una situación catastrófica. En Bolivia, además, han tenido la inteligencia, aunque eso plantease dificultades desde el punto de vista ideológico, de hacer una alianza con la oligarquía terrateniente agroexportadora de Santa Cruz, que es la zona más rica y la que exporta todo el grano, soja, sobre todo, que se cultiva allí. Hay una agroindustria importante y el otro sector de explotación es la minería, pero está sobre todo en manos de multinacionales. Bolivia, en definitiva, ha sido otra experiencia totalmente distinta. Tampoco hay un intento, como sí hizo Chávez, de construir un poder popular, transitar hacia una economía nueva, expropiar una cantidad enorme de empresas extranjeras, amparados en ese monstruo, que es PDVSA [Petróleos de Venezuela, SA], la empresa estatal petrolera, que es inmanejable, lo era antes y lo sigue siendo ahora, aunque haya cambiado algo.

LC: Pasando a otro orden de cosas y saliendo quizá un poco del marco regional de América Latina, ampliando la visión a la escala mundial, Andrés Piqueras, aquí en España, le ha dado vueltas a las capacidades que tienen los sujetos colectivos de oponer un proyecto alternativo al del poder y sistema capitalista, quizá de momento con un horizonte algo sombrío. Ahora mismo, ¿ves tú algún resquicio por donde esto se pueda sustanciar o vamos directos a la barbarie?

RZ: Yo creo precisamente que los movimientos son los únicos que pueden evitar la barbarización. Dicho eso, también hay que decir que las experiencias alternativas con las que contamos en América Latina son más bien locales. Y en general, salvo algunas pocas, son experiencias de un tipo. Por ejemplo, puede haber buenas experiencias y de cierta dimensión de cultivos orgánicos. Y de éstas hay muchas, en México hay más de 2.000 experiencias entre pesca, miel, café… Pero suelen ser de una única cosa; son pocas las experiencias en las cuales hay un entramado de diversidad de producciones y, además, de salud alternativa, de educación alternativa, canales propios de comercialización… De eso hay muy poco: yo diría que algunos asentamientos Sin Tierra; el Movimiento Sin Tierra tiene entre 3.000 y 5.000 asentamientos, depende de cómo cuenten, pero que tengan una experiencia más de conjunto puede haber 100, como mucho 200. También está la experiencia zapatista, que tiene bastante variedad, con bastante fuerza en salud y justicia, menos alternativa en educación. O están los nasa de Colombia, algunas experiencias argentinas con más de un producto y cierta organización, alguna en Bolivia, Paraguay, Perú… Pero hay que ser sinceros, aunque sean una alternativa y puedan serlo más claramente en un futuro, los movimientos hoy no lo están siendo y no hay una construcción de suficiente diversidad y alcance. Son un puñado de experiencias muy valiosas e interesantes, pero insuficientes para ser consideradas una alternativa en su conjunto al sistema. Más allá de los discursivo, claro, porque en lo discursivo todos podemos ser alternativos…

LC: Desde este punto de vista, si no hay una conexión más o menos rápida entre todas estas experiencias, y dando por hecho que el agotamiento del sistema es inminente (en lo ecológico, en lo referente a la capacidad del sistema de acumular valor, etc.), sí que podemos estar un poco al borde de la barbarización, ¿no? A no ser que haya una respuesta global rápida y contundente que no se ve asomar por ningún lado…

RZ: Cuando los zapatistas nos convocaron hace cuatro años a este encuentro que llamaron La hidra capitalista, nos decían a todos los que íbamos con nuestras ponencias: “Bueno, ustedes hagan de vigías y díganos qué es lo que ven en el horizonte”. Efectivamente, vemos la tormenta que se aproxima, y frente a la gravedad de lo que viene y la escasez de lo construido para darle respuesta, queda claro que la dificultad está ahí, como ellos mismos planteaban. ¿Nos alcanzará el tiempo?, ¿nos alcanzará lo que hemos construido para sobrevivir a esto? Había un compañero de los que estaban allí en las mesas que, conversando, decía: “¿Qué pasará si mañana hay un colapso hídrico en una ciudad grande? La gente en masa se vendrá a nuestras comunidades, donde tenemos agua y recursos naturales. ¿Y qué hacemos?, ¿los rechazamos a tiros? Acogerlos a todos no podemos…”. Y ese “¿qué hacemos?” me parece que es una pregunta bien interesante, porque lo que está diciendo es que hay un desfase entre la gravedad de la crisis sistémica (que no se sabe cuándo estallará definitivamente, pero que puede hacerlo) y lo que tenemos construido. Sí, estamos en un nivel de retraso enorme, quizá porque el desafío es muy grande. Y sobre eso, creo que hay poca conciencia. Uno puede leer el libro del colapso de [Ramón Fernández-Durán y] Luis González (2018) o el de Carlos Taibo (2017) u otros, y puede pensar: “el colapso vendrá en diez años, en cincuenta o lo que sea, pero es inminente”; al fin y al cabo, en el tiempo histórico, cincuenta años no son tantos. Y nosotros, ¿seremos capaces de construir arcas de Noé que nos permitan sobrevivir a esta tremenda situación? Hoy, yo diría que sobrevivirían nada más que un puñadito más pequeño aún que el de esas experiencias que he mencionado. Porque sí hay grupos que tienen esa variedad de construcciones, pero piensa sólo en el tema del agua: en Sao Paulo hay dos millones de habitantes que no tienen agua, y en Ciudad de México otro tanto. Podrías decir: “eso es sólo el 10% o menos en el caso de México”. Sí, pero tiene que ir todos los días un camión con el agua. Y el día que no va o que lo asaltan porque están desesperados por el agua, un montón de gente no la tiene. Es una muestra a pequeña escala de lo que puede suceder a escala planetaria. Por tanto, la cosa está complicada, y muy especialmente en las ciudades. Los movimientos campesinos o rurales tienen otras posibilidades, otros recursos. Aquí mismo, en Alicante o en Valencia, si la cosa se complicase, en el entorno rural seguramente habría más capacidad para subsistir…

LC: Sí, lo único es que no hay apropiación colectiva de nada…

RZ: Claro, y las multinacionales sí que tienen mapeadas las fuentes de agua, y las van comprando, si no las han comprado ya en su mayoría. Entre las clases dominantes y los sectores populares organizados en movimientos, hay un desfase muy fuerte.

LC: Hace cosa de un año viniste también a Alicante y pudimos oírte ambos en una charla. Ahí comentaste que el gran movimiento social actual podía ser el movimiento feminista, ¿qué elementos apoyan esta afirmación?

RZ: Bueno, primero porque es un movimiento muy activo, muy creativo, que ha sido capaz de llegar donde ha llegado sin tutelas de partidos, ni de Estados… Se podría decir que es un movimiento que tiene autonomía, porque involucra a una generación muy joven, muchas de ellas son chicas de alrededor de veinte años, que se manifiestan en su cotidianeidad con una potencia muy grande. Y luego están siendo capaces de poner en cuestión el patriarcado en muchas de sus manifestaciones, no sólo el machismo y la violencia. Es un movimiento que está subiendo enormemente, pero todo lo que sube suele bajar; no pueden convocar indefinidamente cada año el doble de manifestantes que el año anterior. Entonces el gran desafío es lo que pase cuando el movimiento baje. Ése será el momento clave, el momento en que hará falta plantearse objetivos y estrategias, quizá no muy ambiciosos, pero sí más allá de lo inmediato, más allá de la violencia que sufren, más allá del 8 de marzo… Y es ahí donde entramos en el mismo problema que comentábamos antes para los movimientos sociales. Yo creo que, de alguna manera, y no le estoy queriendo dar línea a nadie, el movimiento feminista va a terminar territorializándose, arraigando en espacios físicos donde las mujeres, ya en sus grupos, comiencen a trabajar con otros actores en la generación de espacios propios. Pero también puede pasar lo que pasó con una parte mayoritaria del movimiento gay, que terminó siendo atrapado por el mercado y, en cierta medida, también por el Estado. Eso pasó en mi país [Uruguay] y lo he visto también en otros países. Ha acabado siendo un movimiento que reivindica el matrimonio gay y pocas cosas más, y ha acabado muy dependiente de otras lógicas que no son la lucha antisistémica. Ese tipo de cosas pueden pasar, los movimientos pueden caer fácilmente en la lógica del sistema. Esperemos que no sea así.

JMC: En tu obra, haces análisis que tienen en cuenta la perspectiva global, pero sobre todo la perspectiva local. Utilizas muchos sinónimos y conceptos que vienen a significar la relación con la tierra, el territorio, arraigarse, comunidad, incluso subsuelo (“formas de pensamiento que vienen del subsuelo”), todos ellos conceptos que indican territorialidad, localidad. Frente a esto, o al mismo tiempo que esto, me gustaría que nos comentases qué papel crees que va a jugar o está jugando Internet en los movimientos populares, teniendo en cuenta que Internet, de alguna manera, modifica lo local, rompe las fronteras de la propia comunidad.

RZ: Estoy tentado de contestarte como Zhou Enlai [primer ministro de la República Popular China bajo la presidencia de Mao Zedong] respondió a un periodista que le preguntaba: “¿Qué balance hace de la Revolución Francesa?” y Zhou Enlai, buen chino y buen provocador, le dijo “Es demasiado pronto para saberlo”. Bueno, llevamos poco tiempo con Internet, veinte años o poco más. Evidentemente hay un cambio e Internet ha sido un multiplicador, un conector importante de sensibilidades, de convocatorias… de muchas cosas. No me imagino o no me quiero imaginar un mundo en el cual los poderes lleguen a limitar el uso de Internet de tal forma que sus posibilidades se agoten. Pero eso hay que tenerlo en cuenta. Finalmente, en Internet no lo controlamos nosotros. Ya hay una experiencia tremenda en China, país donde tú no puedes navegar por cualquier página y además están desarrollando su propia red. En China tienen prohibido entrar a cierto tipo de páginas, entre las cuales la pornografía, pero también otras que implican la limitación de la libertad de expresión. En Occidente no está tan limitada, pero también. Uno cuando habla con Richard Stallman [fundador del movimiento del software libre] se entera de que hay filtros y límites que desconocemos. En cualquier caso, si no llegara a producirse esa tremenda limitación, hay quien dice que la Revolución Francesa es hija de la imprenta; Gutenberg jugó un papel sin quererlo en la Revolución Francesa, porque las ideas impresas volaban ya a la velocidad de las carrozas, y probablemente Internet pueda llegar a jugar un papel similar. Puede permitir y, de hecho, ya está permitiendo, que ideas, que surgen en las ciudades, como esto del feminismo, vuelen a un pueblo remoto de la sierra, y no en el tiempo en el que lo hacían antes, que eran meses y años, sino en días. Por tanto, esa modificación de lo local que tú apuntas, tiene que ver con la velocidad y la aceleración de la experiencia histórica. Eso lo trabaja Giovanni Arrighi en el libro Adam Smith en Pekín (2007). Hay una aceleración del tiempo social histórico, y procesos que, insisto, antes demoraban años en ser comprendidos y asimilados lejos del epicentro, hoy llegan muy rápido. Eso, por un lado, es muy bueno, porque permite que el movimiento social se multiplique, pero tiene problemas también, porque a veces las cosas llegan de forma crítica. En alguna medida, Bolsonaro ganó las elecciones de Brasil por las redes sociales, supo usarlas muy bien. Y aquí en España, Ciudadanos y Vox parece que también lo están haciendo bien, con equipos destinados a eso. Hay cambios evidentes, pero no todos para bien. Desde lo que a nosotros nos interesa, que son los movimientos sociales, brinda posibilidades que antes no existían, está claro.

LC: Para terminar, ¿en qué sentido dices en alguna de tus obras que los movimientos pueden actuar como sujetos anticoloniales?

RZ: Sin remontarme a Fanon (1963) y la lucha anticolonial, lo que yo veo, por lo menos en América Latina, tiene que ver con esta recolonización del planeta que está haciendo el capital, y que es a lo que hace referencia Harvey (2005) con su “acumulación por despojo”. El análisis de Harvey, que yo comparto, llevado a las zonas de pobreza, tanto en la periferia como en las bolsas existentes en países centrales, se vive como una guerra, como una agresión. Los zapatistas hablan de Cuarta Guerra Mundial, en vez de acumulación por despojo, que me parece que es lo que vive un pueblo indígena. Y si lo trasladas a la especulación del ladrillo, que es lo más parecido en el Estado español, ves como a algunos habitantes de las periferias se sienten agredidos. Errekaleor, que es la experiencia de Vitoria-Gasteiz en la que se ocupan unas viviendas de un barrio obrero que iban a ser demolidas para crear una zona de ampliación nueva (ver Pérez, 2017), es una de tantas respuestas a todo esto. Las personas afectadas por la acumulación por despojo tienen un color de piel distinto, una situación estructural distinta, etc. En síntesis, quiero entender que este revival de Fanon y el anticolonialismo tiene que ver con la etapa actual, más depredadora, de acumulación del sistema capitalista.

Lluís Català Oltra (Universitat d’Alacant), José María Copete Fernández

DISJUNTIVA-Crítica de les Ciències Socials, volum 0 núm. 1
http://rua.ua.es/dspace/handle/10045/90554

Notas:

1/ Salvo si el Estado agrede y en ese caso se defenderían

2/ Socióloga, feminista, concejala izquierdista de Rio de Janeiro, activista por los derechos de las mujeres negras de las favelas, fue asesinada a principios de 2018.

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Bibliografía surgida en conversación

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Basaglia, F. (2013). La condena de ser loco y pobre. Alternativas al manicomio. Buenos Aires: Topía.

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Pérez, I. (2017). Errekaleor. Reiniciando un mundo mejor. Libre Pensamiento, 92, 58-63. http://librepensamiento.org/wp-content/uploads/2018/02/LP-92.pdf (visita el 24-3-2019).

Piqueras, A. (2017). La tragedia de nuestro tiempo: la destrucción de la sociedad y la naturaleza por el capital. Análisis de la fase actual del capitalismo. Madrid: Anthropos.

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Zibechi, R. (2019). Los arroyos cuando bajan: Los desafíos del zapatismo. Vitoria-Gasteiz: Zambra-Baladre (2ª edición).

Fuente: vientosur.info

La vía muerta de Ernesto Laclau

Contra la razón populista
Por Stathis Kouvelakis

[Los trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, muy discutidos en el ámbito académico desde hace varios años, se han extendido al ámbito político y han generado debates en el seno de la izquierda latinoamericana y europea.

En este texto, Stathis Kouvelakis se dedica a deconstruir la racionalidad de la política teorizada por Laclau bajo el término populismo. Con ese objetivo, propone discutir tres tesis:

* La democracia radical propuesta por Laclau se base en el principio de una autolimitación que excluye cualquier idea de ruptura con el orden socio-económico capitalista y con los principios de la democracia liberal, que asimila a una empresa de tipo totalitario..

* Contrariamente a lo que afirma Laclau es la lucha de clases la que actúa como agente de dereificación del sujeto político y no la razón populista.

* La lógica hegemónica que alienta la razón populista no se corresponde con el objeto de la misma por dos razones: a) dado su estricto formalismo, adolece de una indeterminación de principio frente a cualquier movimiento real; b) No puede informar de sus propios efectos; por ej., de su transformación en posición hegemónica de poder. CT]

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La crítica postmarxista del marxismo

Influenciado por la experiencia política de su país, Argentina, y por su compromiso en una corriente socialista del movimiento peronista, Laclau emerge en el ámbito intelectual como un marxista en la estela de Althusser y Poulantzas, planteando la cuestión de la ideología en el centro de la comprensión de la especificidad de los fenómenos políticos 1/. En los años 1980, junto a Chantal Mouffe, pone en marcha su aggiornamento teórico postmarxista como una contribución a la estrategia socialista; aunque volveremos ampliamente sobre ello, sitúan el socialismo como elemento de un proyecto de democracia radical. Esta toma de posición parece tanto más novedosa en la medida que despliega una densa terminología que Gramsci calificaría de subversiva, saturada de antagonismos, de cadenas de equivalencia, de articulaciones contingentes y otras posiciones subjetivas con una ostentosa radicalidad. Sin embargo, el sentido de esta radicalidad aparece de entrada como profundamente diferente al que la estrategia socialista, en sus diversas versiones, le ha atribuido; a saber: la ruptura con el capitalismo.

A lo largo de los capítulos de su libro, el fundamento teórico en el que se basa esta tradición, es decir, el marxismo, es objeto de una demolición total, orientada a demostrar su deficiencia fundamental; deficiencia que portan el conjunto de intelectuales y dirigentes que se reclaman de ella, más allá de la diversidad de sus puntos de vista. Enunciada de forma sintética, esta deficiencia sería la siguiente: en tanto que proyecto, movimiento y teoría política, el marxismo se basa en el presupuesto de un sujeto histórico-social unificado: la clase obrera encargada de una misión revolucionaria. Por otra parte, la unidad del sujeto en cuestión se basa en una visión determinista de las relaciones sociales, según la cual la centralidad de la lucha (y la consciencia) de clase está garantizada por la determinación en última instancia de la economía, hipótesis fundadora del materialismo histórico.

A partir de esta determinación, el marxismo pensó poder deducir, como una consecuencia necesaria, la existencia de un sujeto dotado de una consciencia de clase orientado a poner fin al capitalismo. En una palabra, el marxismo adolecería de fundamentalismo, término básico en la crítica postmarxista del marxismo, y debido a ello cada vez sería menos adecuado para comprender las formas de subjetivación y las coyunturas políticas contemporáneas. En otras palabras, el fundamentalismo no es más que un intento, ilusorio en el terreno analítico y vano en el terreno práctico, para superar la indeterminación de lo social y la descentralización de las formas de subjetivación. Frente a ello, el postmarxista pone por delante el papel constitutivo de las articulaciones discursivas, totalmente ajenas a lo social y las únicas susceptibles de superar, de un modo parcial, contingente y temporal, su estallido inherente y dar lugar a formas de subjetivación.

De este modo, el punto de vista postmarxista permite comprender la pluralidad irreductible de los sujetos políticos que suceden a la difunta centralidad obrera. A saber, los nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, movimientos de minorías), contribuyendo positivamente a su emergencia. Por ello, de lo que se trata es de clarificar el horizonte que se desprende de estos movimientos en el marco teórico enunciado. En otros términos: ¿cuál es el contenido preciso de la democracia radical que trata de integrar, pero sobre todo superar, la perspectiva del socialismo? Y, más en general, ¿cómo estructurar la relación entre ese social constitutivamente carente de unidad y la interpelación discursiva exterior que parece concentrar en ella las energías políticas de lo que ya no tenemos derecho de nombrar: la totalidad social?

Derrotar al capitalismo: entre el sinsentido y la tentación totalitaria

La publicación de «Hegemonía y estrategia socialista» desencadenó vivas polémica que se referían tanto al carácter discursivo de su ontología social como al abandono de la política de clase en beneficio de los nuevos movimientos sociales. Algunos incluso vieron en ello la conclusión lógica de la refundación del marxismo emprendida en Francia por Althusser y que tuvo su prolongación en los trabajos sobre las clases sociales de Poulantzas. Otros se focalizaron en la extravagancia conceptual del post-marxismo; es decir, su constructivismo integral en base a recordar de forma razonable las tesis marxistas sobre la determinación de la economía o la centralidad del conflicto de clases. La demostración consiste entonces a exonerar a estos últimos de los reproches de reduccionismo y a sustraerlos al chantaje del todo o nada (el determinismo integral o la contingencia absoluta, la continuidad totalmente fundamentalista o la singularidad fluida de las construcciones hegemónicas, etc.) al que les someten Laclau y Mouffe 2/. Con la perspectiva del tiempo, se puede decir que estos debates expresan más la falta de energía teórica y política propia de los años 1980 que una confrontación como la que pudo suscitar el revisionismo de finales del siglo XIX y principios del XX. De todos modos, el reflujo del movimiento obrero y, en sentido inverso, el auge de los nuevos movimientos sociales, desarrollándose sobre ejes distintos de la lucha de clases, incluso en ruptura con ella, parecían confirmar la validez del giro postmarxista. Por ello el debate se desplazó rápidamente hacia el terreno definido por el propio Laclau y Mouffe: el del contenido del proyecto de democracia radical anunciado por su libro programático.

A partir de los años 1990, Laclau reorientó su posición para superar lo que percibió como un límite de su punto de vista anterior. En efecto, la crítica del fundamentalismo clasista apareció como una adhesión, típicamente posmoderna, a la fragmentación de las formas de subjetivación que deriva de la explosión de los particularismos que actúan en las lógicas sociales dominantes. Por ello, el acento se desplazó hacia las formas de construcción de un nuevo sujeto político, desconectado de cualquier presupuesto fundamentalista pero, al mismo tiempo, portador de un proyecto unificador, capaz de tomar el relevo al movimiento obrero. En sus grandes líneas, esta nueva articulación de los universal y lo particular reposa sobre el despliegue de la lógica hegemónica en tanto que vía de acceso a lo global, definido como espacio vacío, i.e. desprovisto de un contenido predeterminado, que lo particular intenta llenar sin lograrlo jamás 3/. Este intento totalmente necesario pero imposible es justo lo que impide cualquier cierre de la perspectiva de universalización en un sentido fundamentalista, como la noción del proletariado en tanto que encarnación de la clase revolucionaria. El reconocimiento del carácter limitado del sujeto política implica también romper con el doble postulado del pensamiento de la emancipación, entendido este en su sentido amplio, que engloba a la vez la ilustración y la tradición socialista que vino después: el de la ruptura dicotómica entre un antes y un después separados por un «acto fundacional plenamente revolucionario» de la sociedad, acto necesario para alcanzar una nueva sociedad «plenamente transparente«, que eliminaría el conflicto y, más en general, la «alteridad radical». El primer aspecto se refuta en nombre de la antinomia entre, de una parte, la exigencia de radicalidad en la ruptura que presupone la existencia de un terreno (ground) común, antes y después de la revolución, sobre el que se opera la transformación radical en cuestión, y por otra, del cruce, de la discontinuidad que separa estos dos momentos y los hace inconmensurables 4/. El rechazo del segundo postulado parte de la necesidad de admitir «incluso la posibilidad de la eliminación de la alteridad radical» preconizada por la gran historia de la Salvación emancipatoria y su sustitución por las «dicotomías parciales y precarias constitutivas del tejido social (the social fabric)» de la que son portadores los «nuevos movimientos sociales» 5/. Así pues, se trata de aceptar la «naturaleza plural y fragmentada de las sociedades contemporáneas» y de inscribirla, para la puesta en pie de la lógica universalizadora esbozada previamente, en un espacio de equivalencia que «haga posible la construcción de una nueva esfera pública» 6/.

Será preciso esperar a finales de los años 1990 y a la emergencia de las diferenciaciones cada vez más agudas del lado de los intelectuales inicialmente agrupados, errónea o acertadamente, en el seno del postmarxismo y/o del postestructuralismopara que se pueda desarrollar un verdadero debate sobre estas tesis. En ese sentido, los intercambios entre Laclau, Žižek y Butler a finales de los años 1990 marcan un punto de inflexión 7/. A menudo, su dimensión polémica deja aparecer líneas de confrontación en las que lo que está en juego va más allá de las discusiones puramente especulativas sobre la ontología de lo social. Sin duda, por primera vez tras la polémica intramarxista de los años 1980 se cuestiona el significado de la puesta en cuestión del capitalismo.

Es Laclau quien plantea los términos del debate: hablar de ruptura con el capitalismo no es más que un significante carente de una referencia real; razonar de esa manera no es más que un residuo de la visión clasista-fundamentalista del mundo social. Para él, la cuestión crucial se debería formular de la siguiente manera: «¿Cuán sistemático es el sistema? 8/. A partir de ahí presenta dos soluciones: de un lado, la creencia en «leyes endógenas de desarrollo» que supuestamente garantizan la «destrucción del sistema», bien mediante su propio hundimiento o como resultado de la no menos mítica misión revolucionaria del proletariado; de otra, la comprensión de la sistematicidad en tanto que «construcción hegemónica», efecto totalmente contingente de dispositivos discursivos.

Evidentemente, planteada en estos términos, no cabe ninguna duda de cual debe ser la respuesta. ¿Quién de entre nosotros osaría defender una mezcla (totalmente incoherente por lo demás) de ingenuo determinismo y de creencia mesiánica sobre la misión del proletariado frente al encanto de la apertura, de la contingencia y de la pluralidad de posiciones subjetivas? Por ello, prosigue Laclau, la distinción que hace Žižek entre «luchas internas en el sistema» y «luchas para cambiar el sistema» carece de pertinencia: «esas afirmaciones no significan nada… su anticapitalismo [de Žižek] no es mas que una cháchara vacía… Sus llamamientos a derrocar el capitalismo y a terminar con la democracia liberal no tienen ningún sentido» 9/. La idea de una puesta en cuestión, al mismo tiempo, de la economía capitalista y de la democracia liberal suscite en el teórico argentino una verdadero estallido de ira. De ese modo, Žižek se ve acusado de querer retornar a los «regímenes burocráticos comunistas de Europa del Este en los que vivió» y, de ese modo, traicionar su propio pasado de disidente en la ex Yugoslavia titista.

Si descartamos sus polémicas formulaciones, ¿cuáles son las razones de fondo que le llevan a esta conclusión? Como hemos visto, Laclau rechaza por principio la idea «dicotómica» de la ruptura revolucionaria así como la visión de una sociedad emancipada que haya superado la «ambigüedad inherente a todas las relaciones antagónicas». Rechazando toda idea de cierre,defiende mantener una. «relación antagónica» en la que se trataría de «hacer actuar a los dos partes [a fin de] producir resultados que impidan a uno de ellos acapararlos de forma exclusiva» 10/. Hacia delante, el cambio social se debe pensar como un «desplazamiento de las relaciones entre los elementos; algunos internos y otros externos a lo que es el sistema». ¿Cómo interpretar estas alambicadas formulaciones? El resto de sus comentarios permite verlo más claro: «Cabría hacerse las siguientes preguntas: ¿Cómo es posible mantener una economía de mercado que sea compatible con un alto grado de control social del proceso de producción? ¿Qué tipo de reestructuración de las instituciones democráticas liberales se necesita para que el control democrático sea efectivo y no degenere en lo que podría ser la regulación de una burocracia todopoderosa? ¿Cómo debe concebirse la democratización para que tenga efectos políticos globales que sean, no obstante, compatibles con el pluralismo social y cultural existente en una sociedad dada?» 11/.

Más aún que la necesidad de preservar la economía de mercado, eufemismo habitual para designar el capitalismo, economía en la que las «instituciones democráticas liberales» se presentan como complemento indisociable y (mediando alguna restructuración) como única modalidad posible de la democracia sin más, es sin duda la última cuestión la más reveladora del contenido del proyecto intelectual de Laclau. En efecto, concibe la democracia radical como un proceso de extensión y de generalización de la lógica liberal-democrática a un creciente número de espacios sociopolíticos. Pero, atención: esta radicalización no debe superar determinados límites; precisamente aquellos que condicionan, en palabras de Laclau, el «pluralismo social y culturas en una determinada sociedad«; es decir, en buena lógica liberal, la economía de mercado y la propiedad privada.

Ya en un libro de 1985, Laclau y Mouffe planteaban una tensión constitutiva entre igualdad y libertad y remarcaban la necesidad de «equilibrar» la primera a través de la segunda para garantizar el carácter «plural» de la democracia 12/. Lo que les llevaba a la posición bien conocida desde las diatribas lanzadas por Edmund Burke y los intelectuales liberales ante la Revolución francesas, según la cual, la «lógica del totalitarismo» estaría en el seno de «todo intento de democracia radical», en la medida que la lógica expansiva de esa le empujar a «instaurar un centro que elimina radicalmente la lógica de la autonomía y reconstituye alrededor del mismo la totalidad del cuerpo social»< 13/.

Si el socialismo se inscribe en la continuidad de la radicalización del proyecto democrático que encarnó la Revolución francesa y, más en concreto, su ala jacobina, su presunto fracaso solo puede llevar a la exigencia de una autolimitación de la democracia. Desde el punto de vista de Laclau y Mouffe, de la misma forma que François Furet, el «totalitarismo jacobino» continúa siendo el riesgo inherente a todo proceso democrático, un riesgo del que nos puede proteger la creación de una «esfera pública común» 14/. Así pues, democracia radical, ma non troppo…

Una vez superada la lógica totalitaria del jacobinismo y de su heredero marxista, la «principal cuestión política» es la de elegir entre la «proliferación de los particularismos» (o su «unificación autoritaria», que no es sino la otra cara de la moneda) y los «nuevos proyectos emancipadores compatibles con la compleja multiplicidad de las diferencias que configurar la estructura (the fabric) interna de la sociedad actual» 15/. Esta insistencia en la «compatibilidad» del cambio social deseable con la estructura de las relaciones sociales existentes, definida a través del eufemismo típico del liberalismo como «el pluralismo de intereses», es muy sintomática. Los acentos «totalizantes» de la nueva problemática, que integra de forma selectiva elementos de la dialéctica clásica de lo particular y lo universal, no modifica lo más mínimo la orientación global, según la cual la cuestión reside en preservar como una riqueza esta «complejización de lo social» 16/ que caracteriza el actual orden social. Sobre todo, porque la plasticidad atribuida a este orden es casi ilimitada porque autoriza un despliegue continuo «siempre precario e irreversible» del proceso hegemónico que constituye «el punto de partida de la democracia moderna» 17/. Dicho de otro modo, todo pasa como si ningún obstáculo de orden estructural, dependiente precisamente de esta «heterogeneidad de lo social» no limitara la apertura al desafío permanente de todo «contenido» fijo que supuestamente caracteriza a la «sociedad democrática».

Incluso podríamos decir que, en ese sentido, Laclau va aún más lejos en su reformulación de la temática «antitotalitaria» en relación a sus tesis anteriores. En los años 1980, se trataba, en buena lógica liberal, de contrapesar y contener la lógica igualitaria por la de la «libertad». En la conclusión de un ensayo publicado inicialmente en 1992, llamaba a liberarse de la noción totalizante, dicotómica y escatológica de «emancipación» en beneficio de la de «libertad» 18/. En adelante, es la lógica de la propia libertad la que se debe auto limitar para no obstaculizar el «pluralismo»: «la completa realización de la libertad equivaldría a la muerte de la libertad, porque se habría eliminado en su seno toda posibilidad de disenso». La conclusión sigue siendo fundamentalmente la misma: «la división social, el antagonismo y su necesaria consecuencia –el poder- son las verdaderas condiciones de una libertad que no elimina la particularidad» 19/. Es por ello que Laclau declara que «incluso si mi preferencia es por una sociedad liberal-democrático-socialista, para mí está claro que si, en determinadas circunstancias, me veo obligado a elegir una de las tres, me inclinaría incontestablemente por la democracia» 20/. Una democracia que, como lo hemos visto, se plantea como inseparable de la «competencia entre grupos» y del «pluralismo de intereses» inherentes a la «economía de mercado». Subordinar la igualdad a la libertad y el socialismo a la democracia, eh ahí el fondo del argumento que concibe la relación entre esos términos como ineluctablemente antinómica. El «nuevo imaginario político» de esta «democracia radical», constantemente sometida a autolimitarse, sigue siendo totalmente interna al del liberalismo. Nos encontramos pues, y es necesario remarcarlo, en las antípodas de los permanentes intentos de los marxistas heterodoxos por repensar la relación inmanente entre socialismo y democracia, bien sean el Lukács de El Hombre y la democracia, que redefinía el proyecto socialista como una democratización de la vida cotidiana atacando el núcleo de las relaciones de producción, o del último Poulantzas 21/, del que en un principio Laclau se pretendía su continuador, que disecaba el «estatismo autoritario» impulsado por el neoliberalismo ascendente y planteaba el socialismo como el único porvenir posible de las conquistas democráticas arrancadas a los de arriba por las clases subalternas.

La razón populista o la hegemonía como formalismo vacío

La reformulación del proyecto de Laclau en términos de «razón populista» 22/ se puede comprender como una profundización de su investigación sobre las condiciones para llegar a la universalidad no-substancial de los sujetos de la política. Si se le compara con el manifiesto postmarxista de 1985, el cambio de tono es grande. A partir de ahora, en el centro del debate se sitúa la racionalidad propia de la política como construcción de sujetos unificadores, de «pueblos» o, de forma más exacta, de configuraciones siempre singulares, construidas en la contingencia de las coyunturas, del «pueblo». Por decirlo de otra forma, el «populismo» tal como lo define Laclau no es un régimen, ni un movimiento político particular, se reclame o no de esta denominación. El populismo no nos remite a ningún contenido social o político predeterminado; es la forma misma de constitución de lo político; una forma vacía que una pluralidad de «contenidos» trataran de llenar y ocupar –mediante una construcción hegemónica- sin jamás agotarla. Al contrario de lo que afirman sus detractores, esta forma es racional, muestra incluso una profunda racionalidad de la política moderna. En su núcleo se aloja un proceso de universalización provocado por el exceso irreprimible de «exigencias democráticas» particulares que surgen de la heterogeneidad de una sociedad diferenciada, en cualquier sistema sociopolítico dado. Este exceso revela a su vez la imposibilidad irreductible de una totalidad a satisfacer el conjunto de exigencias que se le plantean: una de ellas, al menos, chocará con la inadmisibilidad. De esta forma se abre la posibilidad de una «cadena de equivalencias» que permite a esta reivindicación particular entrar en resonancia con otras y romper con la «lógica diferencial», que consiste en tratar y satisfacer, cada una de las demandas tomadas por separado en forma de serie.

El «pueblo» se constituye en esta lógica metonímica en la que la parte se convierte en el nombre de la totalidad. La nominación se presenta así como el acto constitutivo de la política, que atestigua su carácter fundamentalmente discursivo. Pero la tensión entre la lógica diferencial y la de la equivalencia continúa irreductible: nada puede (¿o no debería?) eliminar la «diferencia», la singularidad. El «pueblo» sigue siendo una totalidad no completa, derivada de la imposibilidad de «concluir» en un modo de gestión la heterogeneidad constitutiva de lo social –o, sería necesario añadir, del fracaso a abolirla en un modo «totalitario». Se trata de una construcción regida por principio por la contingencia y la indefinición. La lógica inmanente a esta forma de vacío de la política no es otra cosa que la «hegemonía», que adquiere aquí una extensión máxima y se convierte en coextensiva de la racionalidad política o, lo que es lo mismo, de la «razón populista».

Detengámonos un momento sobre la acción definitoria, acto fundacional como acabamos de ver, que erige al «pueblo» como sujeto político. Según Laclau, no sería fruto de una operación conceptual (de conocimiento) porque eso llevaría a presuponer la unidad a priori de ese sujeto, una unidad directamente derivada de la inmanencia del funcionamiento social; o sea, un fundamentalismo. La acción definitoria es a la vez integralmente constitutiva y radicalmente contingente: la «heterogeneidad» de lo social significa que la reivindicación en torno a la que se puede establecer la cadena de equivalencia puede surgir de una multiplicidad de espacios (de «puntos de antagonismo»), sin jerarquía o posición privilegiada preestablecida: según las situaciones, se puede tratar de una lucha obrera, de una reivindicación nacional o social, del antirracismo o de la actitud ante un conflicto armado. Dicho de otra manera, el punto nodal es en sí mismo un elemento de la lucha hegemónica, de un discurso que le constituye «ontológicamente», y no un derivado o la expresión de una lógica de unificación preexistente, de un contenido «óntico» determinado y, muy particularmente, de una supuesta «determinación en última instancia por la economía».

El «populismo», entendido como el proceso genérico de constitución del sujeto-pueblo de la política, comporta por consiguiente una triple dimensión:

– La unificación de una pluralidad de demandas en una cadena de equivalencias que hace de la particularidad el nombre mismo de la totalidad perforada, sin por ello anular su particularidad, impidiendo con ello toda fijación definitiva, o substancial, de esta identidad unificada. Para decirlo con otras palabras, las particularidades no se suprimen en una unidad confusa, sino que se articulan en una cadena que produce, ella misma, una lucha contingente.

– Trazar una línea de demarcación que separa dos campos, el «pueblo» y su «adversario», dejando claro que ahí tampoco es inmutable esta línea, porque depende tanto de la modalidad sobre la que se establecer la hegemonía popular y el principio de exclusión que se deriva de ella, como de la capacidad del sistema para integrar las reivindicaciones que se le exigen, separándolas de la cadena en la que se articulan.

– La consolidación de la cadena de equivalencia en una identidad que es a la vez ruptura, el surgimiento de una singularidad inédita a través del acto de nominación y el establecimiento de una nueva disposición. En efecto, la dinámica hegemónica de la que es portador este sujeto reacciona a una dislocación sistémica e inscribe la pluralidad de las reivindicaciones en una misma superficie discursiva y simbólica. Se supone que esta consolidación supera el seudodilema del cambio gradual («reforma»)-revolución en beneficio de una exigencia fundamental, pero de tipo estrictamente transcendental-formal, irreductible a un contenido determinado: el de una opción a favor de un orden, de un «conjunto discursivo/institucional que asegure su propia supervivencia a largo plazo» 23/.

Seguramente, en la «razón populista» del último Laclau se puede reconocer una fenomenología general de la constitución política de identidades de grupos que emergen, al son de las coyunturas, a la escena histórica. Pero, justamente, el carácter descriptivo y formal asumido de este punto de vista plantea una cuestión fundamental: el de su estatus crítico; es decir, de su capacidad para orientar hacia alguna opción determinada, sea la que fuera. Rechazando la categoría dialéctica hegeiana de «negación determinada» 24/, Laclau propone explícitamente un marco transcendental, deducible a priori, de la forma de la lógica política como tal.

Autorreferencial, la construcción discursiva de la hegemonía se convierte así en la instancia constitutiva de todo movimiento político, independientemente de su orientación. E incluso si la mayoría de los «populismos» que analiza, desde los reformadores estadounidenses de finales del siglo XIX al comunismo italiano de la época de Togliatti y de la Larga Marcha de las tropas de Mao, al peronismo de su país de origen, son más bien de izquierdas, no por ello deja de ser cierto que se sitúan en el mismo continuum que los fascismos, los movimientos autoritarios y xenófobos: en sentido estricto, muestras una misma tipología 25/. Más en concreto, la reivindicación específica que permita articular una cadena de equivalencia puede consistir tanto en la exigencia del fin de las discriminaciones racionales como en el antisemitismo, en la liberación nacional como en el expansionismo colonial, en la reivindicación de un Estado social o en el populismo autoritario de Thatcher y de sus seguidores. La única salvaguardia, la distancia de lo social que es preservar negativamente la «apertura» y la «indeterminación»: para ser compatible con la democracia, la lógica hegemónica se debe autolimitar para embridar cualquier voluntad de «sutura de lo social» que no puede conducir mas que a los totalitarismos.

Más allá de esta delimitación negativa, típicamente liberal, de la democracia, ¿en qué consiste la aportación del proceso hegemónico? El mismo reposa en la construcción de una fractura entre el «sujeto popular» y el «enemigo», que le hace propenso a consideraciones de «contenido», siempre susceptibles de desbordes totalitarios, fascistas o comunistas. Según Laclau, la «reivindicación democrática» que conduce a una cadena de equivalencias se define como tal de forma «estrictamente descriptiva»; es decir, formal, sin prejuzgar en nada su contenido y, en concreto, su contenido social. Es democrática en la medida que se plantea al sistema por una «especie u otra de gente sin recursos», lo que le confiere una «dimensión igualitaria» o, más exactamente, «igualitaria». Así, por ejemplo, el enunciado antisemita «en tanto que no-judíos todos somos iguales» es tan «democrático» como el enunciado totalmente contrario: «nosotros somos todos judíos alemanes» (excluyendo por tanto a los nazis y sus semejantes). Ambas cumplen la misma función reveladora de la imposible completitud de la totalidad social 26/. Esta definición puramente formal trata de expurgar de todo rastro de fundamentalismo, es decir de determinación socio-económica, la lógica política, de la que el «populismo» es el nombre. Sin embargo, más allá de rechazo de cualquier objetivo anticapitalista, esta concepción no logra captar la especificidad de la lógica «populista» que consiste en, como bien lo señaló Slavoj Žižek en la externalización del antagonismo social 27/: la fractura que divide al «pueblo-sujeto» de su «adversario» se concibe de entrada como una frontera que opone un «elemento externo», patológico e intrusivo, a un «pueblo» cosificado, exigiendo la vuelta a un funcionamiento «normal» de la totalidad social. Retomando los ejemplos que cita el propio Laclau, lo que hace del discurso cartistas un discurso populista es el hecho de que opone al cuerpo de los «verdaderos productores» (obreros, artesanos, independientes) una minoría de «vagos y parásitos», que acaparan la riqueza y se apropian del Estado gracias al sufragio censitario 28/. Del mismo modo, el discurso de los «progresistas» estadounidenses de finales del siglo XIX, o del movimiento peronista, opone un pueblo de gente ordinaria y humilde a minorías de «acaparadores», «oligarcas» vistos como monstruosas excrecencias del cuerpo, que ante todo es un cuerpo nacional, fundamentalmente sano29/. Las consignas de los populistas contemporáneos no innovan nada, opongan el «pueblo» a la «casta» o a la «oligarquía»; incluso en las versiones contemporáneas del fascismo, a las «élites mundializadas» y a la «sumersión migratoria».

Vayamos más lejos: lo que es específico de los movimientos «revolucionarios» (en su sentido concreto: portadores de una puesta en cuestión del conjunto del orden social existente) es que, justamente, no se constituyen en torno a «reivindicaciones», presuponiendo el Otro de un sistema apto o no para satisfacerlas 30/, sino en torno a «consignas» que apuntan al sistema condensando los puntos de ruptura de su lógica de conjunto tal y como emergen en la coyuntura 31/. Y esta condensación es algo muy distinto a la simple «transparencia» de un supuesto principio unificador, interno a lo social, como lo sugiere Laclau cuando polemiza con el marxismo 32/: unifica el conocimiento de la situación con la definición de la tarea política que corresponde a la singularidad de la coyuntura. La consigna cristaliza «el análisis concreto de la situación concreta», para decirlo como Lenin, en la medida en que interviene para transformarla, produciendo efectos inéditos de subjetivación (de «cuerpos políticos») y modificando las líneas de demarcación. En otras palabras, cuando los actores implicados actúan se hacen cargo de la misma para actuar y modificar la relación de fuerzas y el curso de los acontecimientos. El «efecto-consigna» indica de ese modo la materialidad del discurso, que hace de ella un principio activo y no el «reflejo» pasivo de una substrato preconstituido, supera la fractura entre el nombre y el concepto, la acción y el conocimiento. Se refiere a su inscripción en una situación concreta, su articulación a una cadena de prácticas hechas de cuerpos en movimiento, de instituciones, de actos de lenguaje, de modalidades de acción; en resumen, de prácticas materiales que no podrían reducirse a una «multiplicidad» informe, no estructurada.

Es por ello que lo propio de los movimientos revolucionarios que se referencias en la lucha de clases y no en la simple oposición entre el «pueblo» y sus «enemigos», reside precisamente en su concepción del sujeto de la política como entidad contradictoria, no cosificada. Hay «contradicciones en el seno del pueblo», para hablar como Mao, lo que puede significar también: el «pueblo» no es otra cosa que el conjunto (estructurado) de sus contradicciones 33/. Para decirlo de otra manera, si cualquier movilización política es, a un grado u otro, inevitablemente interclasista, lo propio de un movimiento «populista» será de negar las contradicciones inherentes a esa diferenciación interna. La referencia al «pueblo» deja entonces de operar como un operador de unificación política de los grupos subalternos y se convierte en un vector de neutralización ideológica del antagonismo fundamental. De ahí el papel decisivo, en los movimientos propiamente «populistas», del jefe carismático, que a menudo le confiere al movimiento su nombre (peronismo, kemalismo, etc.). Contrariamente a lo que afirma Laclau, es la referencia a las contradicciones de clase lo que actúa como operador de la deconstrucción de la unidad reificada de la «gente» proyectada por la «razón populista», sin plegarla por lo demás a la perdida «pureza» de las oposiciones de clase, que no tiene sentido más que a un alto nivel de abstracción analítica. También es ella la que permite analizar la naturaleza compuesta de estas fuerzas, identificar sus polaridades y contradicciones y, finalmente, decidir sobre su potencial anticapitalista. Un potencial que se refiere a la complejidad de las configuraciones de clase que actúan en cada situación y no solo al resultado contingente de una lucha alrededor de un significante flotante.

¿Hegemonía sin poder?

En las elaboraciones marxistas originales, las de Lenin y Gramsci, la noción de hegemonía se pensable de entrada en la perspectiva de la conquista (y el ejercicio) del poder por el bloque histórico de los subalternos portadores de una idea nueva de organización de la sociedad y de la civilización. Desde este punto de vista, la «lógica hegemónica» de Laclau procede mediante una doble inversión. Por una parte, como lo hemos visto, para evitar caer en la trampa totalitaria, rechaza toda idea de transformar la estructura de las relaciones socio-económicas; por otro, y es a este aspecto al que tenemos que prestar atención, elude la cuestión de la conquista del poder del Estado para preservar el juego flexible y perpetuamente «reversible» de los poderes difusos en el seno de la «sociedad civil». Ahora bien, en una perspectiva de construcción hegemónica, parece difícil contentarse con construir discursivamente al adversario en el campo aislado de la confrontación política. En un momento u otro, la propia dinámica de la hegemonía planteará inevitablemente, si es que las palabras tienes aún un sentido, la cuestión de desplazarle del poder; es decir, de reemplazar una forma de hegemonía por otra. Dicho de otra manera, desencadenando una dinámica de hegemonía, el [sujeto] desfavorecido no puede permanecer eternamente como tal; llega un momento en el que, si logra adquirir la hegemonía, sale de su condición subalterna para acceder a una posición hegemónica de poder.

Es cierto que, en ocasiones, Laclau se refiere favorablemente al punto de vista de Sorel (o del Sorel leído por el joven Walter Benjamin) sobre la «huelga general revolucionaria» distinta de la «huelga general política» en el sentido que su objetivo no es «un cambio del sistema de poder» sino «la destrucción del poder como tal» 34/. Enfrentándose a la «propia forma del poder» se convierte en portadora de un objetivo propiamente universal. Ahora bien, los movimientos populistas que cita Laclau son, en su totalidad, movimientos orientados hacia la conquista del poder político, habiéndolo ejercido de forma concreta en ocasiones, y en ningún caso a experiencias libertarias orientadas a «destruir el poder» o a construir relaciones sociales alternativas en el seno de espacios autónomos liberados del estado. El peronismo, en cuyo seno inicio su militancia y que ha estado siempre en el centro de su reflexión, constituye su hipótesis. Así pues surge la sospecha: ¿las categorías de Laclau no son inadecuadas al objetivo que se plantea, es decir, a la comprensión de las dinámicas que permiten (o no) tener éxito a un «populismo opositor», o sea, transformarse en «populismo en el poder»?

Sigamos; la discusión propuesta en La razón populista del caso turco, es sin duda el ejemplo más revelador al respecto. Según Laclau, «el populismo de Ataturk presupone una comunidad unificada, desprovista de fisuras internas» 35/ en la medida en que se basa en la congruencia entre una concepción «solidaria», corporativa de la estructura social, y un nacionalismo que «pone el acento en una identidad homogénea y la supresión de cualquier particularismo diferencial». Este nacionalismo da forma al «estatismo» del proyecto kemalista, que extiende el área de intervención legítima del Estado al conjunto de las esferas sociales. No obstante la conclusión que se extrae de este análisis no puede sino sorprendernos. Ataturk habría sido «incapaz de seguir una vía populista» porque «su homogeneización de la nación realizó no a través de las cadenas de equivalencia entre las exigencias democráticas efectivas, sino a través de una imposición autoritaria» 36/. No fue sino «durante la guerra de la independencia que se dio tras la primera guerra mundial que el kemalismo se apoyó, en cierta medida, en la movilización de masas» 37/. La debilidad de estas distinciones salta a la vista: ¿podemos imaginar una «homogeneización de la nación» que se realice sin la intervención «desde arriba», es decir del Estado, y que se base en la articulación de demandas que vienen de «abajo»? ¿Existe una discontinuidad total entre el kemalismo previo a la toma del poder y el que llegó a tomar las riendas del Estado, o más bien, por el contrario, no habría que ver en esta trayectoria un caso ejemplar de la dinámica de los movimientos nacional-populistas? En definitiva, ¿representa Ataturk una desviación de la «razón populista» o, por el contrario, una excelente ilustración de su profundad verdad?

Esta incapacidad para dar cuenta de un verdadero cambio de la hegemonía, en el sentido gramsciano de un bloque en el poder que sucede a otro, resulta aún más chocante cuando Laclau se inventa una oposición totalmente ajena al intelectual comunista italiano, entre el «convertirse en Estado» de un grupo subalterno y la «conquista del poder» 38/.

La aporía de «convertirse en Estado» de la «razón populista» reducida a una gramática formal de la constitución de las subjetividades encuentra su contraparte en la incapacidad a explicar el movimiento opuesto; es decir, la lógica de la desintegración del bloque populista. Según él, la configuración populista deja de ser operativa cuando se impone la lógica diferenciadora, mostrándose capaz de quebrar la cadena de equivalencia, extrayendo de la cadena de equivalencia un o, por interacción sucesiva, varias de las exigencias que integra en su actividad de gestión. Es en estos términos en los que analiza, a partir de los trabajos de Gareth Stedman Jones, el fracaso del cartismo: la transformación de las políticas estatales a partir de finales de los años 1840, en el sentido de la adopción de una legislación social y de una regulación de las fuerzas del mercado, hizo inoperante el discurso cartista clásico, que politizaba las demandas particulares a través de la oposición frontal al Estado asimilado en bloque al enemigo. «Dando satisfacción a demandas sociales individuales« 39/, el Estado quebró las cadenas de equivalencia, los lazos creados entre la clase trabajadora y las clases medias y las modalidades de construcción discursiva de una articulación hegemónica. A partir de ahí, las demandas obreras estarán formuladas por el sindicalismo moderno, en tanto que demandas sectoriales, con el objetivo de llegar a una negociación en el marco delimitado por la acción del Estado. La «hegemonía burguesa» se construye así, «infaliblemente», a través de la «primacía de la lógica de la diferenciación frente a la lógica de la equivalencia» 40/. No habría mucho que objetar a este análisis, nada origina por otra parte, si no fuera porque lo propio dela hegemonía burguesa basada en la «negociación diferencial de las demandas en el seno de un Estado social amplio» 41/, consiste en que no integra, como lo desearía Laclau, de forma discreta «demandas individuales» sino cadenas de equivalencia, lógicas sociales coherentes y expansivas, en la medida que sean compatibles con las bases de las relaciones capitalistas. Lo que distingue la forma política del «Estado social» keynesiano de una simple suma de concesiones puntuales a las reivindicaciones de las clases populares reside precisamente en la coherencia, es verdad que relativa y no desprovista de limitaciones internas, de un compromiso social que durante décadas garantizó la estabilidad del «Estado social».

Esta realidad incontestable muestra la dimensión profundamente problemática de la categoría de «exigencia democrática»: en tanto que demanda dirigía a Otro (el sistema, el poder, el grupo dominante, etc.) no puede imaginar su propia transformación hegemónica, su superación/abolición al «convertirse en Estado». Además, no puede concebir las demandas en cuestión mas que como forma de singularidades diferenciadas, desprovistas de relaciones internas, sin encontrar un principio de puesta en relación y de unificación mas que a través de un discurso exterior a ellas mismas, que es el único que permite superar la supuesta «heterogeneidad radical de lo social». Dicho de otro modo, no permite pensar los fundamentos de las demandas en cuestión en las relaciones sociales y, por consiguiente, la relación entre la política y las condiciones socio-económicas, que Laclau aglomera en la expresión comodín «heterogeneidad de lo social». Esta heterogeneidad se presenta como un dato casi-natural, que no se puede transformar materialmente, sino solamente rearticular en un plano simbólico, es decir, definido de forma diferente a través de un significante vacío, susceptible de representar la incompletitud de la totalidad social. La distancia entre esa posición y la reducción de la empresa hegemónica a una cuestión fundamentalmente retórica se reduce a poco, y parece que Laclau la atraviesa cuando convierte la capacidad de los discursos a suscitar cierto tipo de «imaginario político» en el factor determinante para el resultado de una lucha política 42/. De ese modo resulta impensable no solo una intervención política «revolucionaria» orientada a revertir el sistema, sino también un auténtico proyecto reformista/social-demócrata en el que el potencial hegemónico se base ante todo en su capacidad para modificar los aspectos fundamentales de la relación capital/trabajo en un sentido favorable a las clases dominadas.

La artimaña de la razón postmarxista

En el fondo del problema encontramos la posición «ontológica» fundamental de Laclau, que simboliza su giro postmarxista, según el cual todo pensamiento de la objetividad social, que le confiera una estructura interna contradictoria (por consiguiente, transformable) sería sinónimo de postulados «fundamentalistas», incompatibles con la dimensión constitutiva de las articulaciones simbólicas y políticas. A esta concepción, que se supone que el marxismo comparte con otras corrientes de pensamiento, se opone la tesis según la cual «el antagonismo no es inherente a las relaciones de producción sino que se establece entre las relaciones de producción y una identidad que le es exterior« 43/. Curiosamente, esta concepción de las relaciones de producción como ajenas al antagonismo lleva a Laclau a acusa al marxismo de querer «derivar[la coherencia del capitalismo en tanto que formación social] de su propia lógica endógena», ella misma «fruto del análisis lógico de las contradicciones implícitas de la forma-mercancía» 44/. Esta extravagante acusación –sería muy difícil encontrar un solo análisis marxista, incluso los más economicistas vulgares, que pretenda derivar la dominación de clase en el seno de una formación social de un simple análisis lógico-dialéctico de las formas más abstractas del modo de producción- sirve aquí de cortafuegos a una aporía interna a su propia construcción: su incapacidad para pensar los movimientos hegemónicos enfrentándose a lo que Laclau reconoce sin embargo como una «evidencia»; a saber, que la «centralidad de la economía… es el resultado del hecho evidente de que la reproducción material de la sociedad repercute más que otras instancias sobre los procesos sociales» 45/. «Hecho evidente» pero sin embargo impensado. Sin duda, he aquí por qué el «nombre de los nombres» que debía otorgar la clave de la racionalidad política, es decir el «pueblo», a fin de cuentas no tiene ninguna justificación. Porque, una de dos: o bien el pueblo marca un tipo de positividad proteiforme, garantizando un tipo de permanencia a el mismo de la substancia «popular», solución rechazada por Laclau –a pesar de sus repetidos guiños a términos como el de «plebe» o «desposeídos»- porque contraviene al «anti-fundamentalismo» de principio; o bien, como lo afirma explícitamente, estamos ante una discontinuidad entre configuraciones subjetivas absolutamente singular 46/, cuyo único elemento común está en la continuidad del nombre que se le otorga por el hecho de constituirlos en sujetos de la política. Lo que significaría que el nombre de «pueblo» constituye un elemento común, el único pero en un sentido puramente formal, de la subjetivación política moderna tal como emerge de la Revolución francesa a la Gran Marcha, de Octubre del 17 al peronismo, del comunismo occidental del período de los «Treinta Gloriosos» a los movimientos de extrema derecha actuales. Afirmación de la que lo menos que se puede decir es que resulta difícil a demostrar… Por lo tanto, no es por azar que el libro que teoriza la «razón populista» se contente de enumerar con premuera «ejemplos» concretos, rápidamente yuxtapuestos, sin detenerse demasiado en el análisis de situaciones específicas y de las verdaderas secuencias históricas.

La dificultad de esta elaboración para dar cuenta de su propia posición, en otros términos, su déficit reflexivo y de contenido crítico, se muestra de forma clara. En efecto, unas veces Laclau pretende que lo único que hace él es «describir» las demandas, proponer una «tipología» de los procesos políticos autorreferenciales, contingentes y singulares; otras, recurre lo que se habría que calificar de intento de determinación de los procesos en cuestión por tendencias atribuidas a la evolución social; es decir, a una forma de objetividad preexistente a las operaciones discursivas de constitución de lo social 47/. Así pues, se plantea la cuestión de la coherencia de las críticas dirigidas al marxismo. Porque una de dos: o el marxismo está superado, sin más, en tanto que teorización correcta de un momento histórico ya superado, el de una sociedad «más homogénea» que la que vivimos actualmente 48/, o está viciado de «fundamentalismo» desde el principio, porque se basa en una ontología social errónea (reductora, determinista, teleológica, etc.).

Cierto, se puede decir que Laclau jamás ha negado «una efectividad histórica a la lógica de las posiciones estructurales diferenciadas» contentándose con diferenciarla de la idea de una «infraestructura que puede determinar, por ella misma, las leyes del movimiento de la sociedad» 49/. Pero, en ese caso ¿cómo relacionamos la «ontología social» centrada en el discurso que sirve de base para todo el enfoque de este bosquejo alusivo a la teoría del cambio histórico? En efecto, Laclau parece admitir que es el «capitalismo globalizado» la «etiqueta sobre la que se pueden subsumir… las condiciones interdependiente» que son «la causa del desplazamiento del equilibrio creciente a favor de la heterogeneidad [social]» 50/. Y continúa señalando que «no podemos comprender el capitalismo como una realidad puramente económica, sino como un complejo en el que las determinaciones políticas, militares, tecnológicas y otras, cada una de ellas con su propia lógica y una cierta autonomía, forman parte del movimiento de conjunto. En otros términos, la heterogeneidad forma parte fundamental del capitalismo»51/. Una tesis nada original y que lleva, para citar un comentario hecho por Marc Saint-Upery a «plantearse si realmente teníamos necesidad de toda esta maquinaria teórica para llega a conclusiones tan poco impresionantes» 52/.

Este recurso, en apariencia paradójico, a una «ontología» de lo social tan trivial como incompatible con la razón (de ser) populista no se puede comprender mas que como un intento de dar contenido, una apariencia de concreción, a categorías que han naufragado en una mala abstracción. Por una inversión irónica final, es una especie de «marxismo espectral», de una variante particularmente evolucionistas e historicista; en dos palabras: un marxismo «vulgar» en el preciso sentido que Marx calificaba de «vulgar» la economía política que sucedió a los «clásicos», que vienen a abrazar un «postmarxismo» empeñándose en liquidar la idea misma de la revolución.

24/06/2019

http://www.contretemps.eu/raison-populiste-impasses-laclau/

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Cf. Su primer libro fue publicado en inglés: Politics and Ideology in Marxist Theory, New Left Books, Londres, 1977 – reedición Verso, Londres & New York, 2011.

2/ Cf. respectivamente Ellen Meiksins-Wood, The Retreat from Class. A New « True » Socialism, Verso, Londres & New York, 1986 y Norman Geras, Discourses of Extremity. Radical Ethics and Post-Marxist Extravagances, Verso, Londres & New York, 1990. Cf. También la respuesta de Laclau y Mouffe, «Post-Marxism Without Apologies», New Left Review, I/166, noviembre-diciembre 1987, p. 79-106.

3/ Cf. Sobre todo, Ernesto Laclau, Emancipation(s), Verso, Londres & New York, 2007 (1ª edición 1996).

4/ Ibid. p. 4.

5/ Ibid. P. 17.

6/ Ibid. p. 65.

7/ Judith Butler, Ernesto Laclau, Slavoj Žižek, en Contingencia, Hegemonía, Universalidad. Recordemos que los primeros trabajos de Slavoj Žižek en lengua inglesa fueron publicado en la colección dirigida por Laclau en ediciones Verso y él mismo era citado asiduamente como lacaniano idiosincrático por las figuras de proa del postmarxismo.

8/ Ernesto Laclau, «Construyendo la universalidad», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 292.

<9/ Cf. respectivamente, Ernesto Laclau, «Structure, History and the Political», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 206 y «Construyendo Universalidad», ibid., p. 290.

10/ en Contingencia, Hegemonía, Universalidad. 28 : «la ambigüedad, en tanto tal, jamás puede ser resuelta».

11/ Laclau, «Construyendo la universalidad», en en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 293 – subrayados míos.

12/ Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista, , p. 184.

13/ Ernesto Laclau, «Structure, History and the Political», op. cit., p. 186.

14/ Op. cit., p. 65.

15/ Ernesto Laclau, «Identidad y Hegemonía», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad, op. cit., p. 86.

<16/ «Una sociedad democrática no es aquella en la que el mejor contenido domina de forma sin ser cuestionada, sino más bien, una sociedad en la que nada está definitivamente asentado y donde siempre existe la posibilidad del reto», Emancipation(s), op. cit., p. 100.

17/ «Como la sociedad cambia con el paso del tiempo, este proceso de identificación [del significante vacío] siempre será precario y reversible, diversos proyectos o voluntades tratarán de hegemonizar los significantes vacíos de la comunidad ausente. El reconocimiento de la naturaleza constitutiva de esta brecha y su institucionalización constituyen el punto de partida de la democracia moderna», p. 46.

18/ «Quizás podamos decir que actualmente estamos el cabo de la emancipación y al inicio de la libertad», ibid., p. 18

19/ Laclau, «Estructura, Historia y Política», op. cit., p. 208. Žižek ha puesto de relieve el estricto paralelismo con la posición kantiana de la necesaria limitación de las capacidades humanas en tanto que condición positiva de la libertad. Cf. Slavoj Žižek, «Mantener el lugar», en Contingencia, Hegemonía, Universalidad , op. cit. p. 320.

20/ Emancipation(s), op. cit., p. 121

21/ > Nicos Poulantzas, El Estado, el poder y el socialismo,.

22/ Ernesto Laclau, La razón populista.

23/ Ibid., p. 89.

24/ «Aquí no estamos frente a la «negación determinada» en el sentido hegeliano: mientas que ésta es producto de la positividad aparente de los concreto y que circula a través de contenidos siempre determinados, nuestra noción de la negatividad depende del fracaso en la constitución de cualquier determinación», Emancipation(s), op. cit., p. 14. En este retorcido juego de manos todo sucede como si este fracaso pudiera prescindir de un término en relación al cual se presenta como un fracaso y que le determina.

25/ «No existe intervención política que, en cierta medida, no sea populista… voy a señalar fenómenos aparentemente dispares en el marco de un continuum que permitirá hacer la compasión entre ellos…»ibid., p. 154 et p. 175. «Hay que señalar que el nivel de populismo de una intervención no tiene nada que ver con su contenido o su orientación, sino sólo con la «extensión [alcanzada] por la cadena de equivalencias que unifica las demandas sociales», ibid., p. 154.

26/ «Estas demandas están dirigidas al sistema por desfavorecidos de un espacio u otro y en ellas existe implícita una dimensión igualitaria; su emergencia presupone una forma de exclusión o falta», ibid. p. 125.

27/ Cf. Slavoj Žižek, «A Leninist Gesture Today. Against the Populist Temptation», en Sebastian Budgen, Stathis Kouvelakis, Slavoj Žižek (dir.), Lenin Reloaded. Toward a Politics of Truth, Duke University Press, Durham, 2007, p. 81 y ss.

28/ > La razón populisa,.

29/ Ibid., p. 201-208 et p. 214-222. La forma de insertar el significante nacional en los discursos políticos sirve incontestablemente como revelador de la división más profunda de lo que da a entender el espectro de variaciones internas de una matriz populista«.

30/ «Sin embargo, esta experiencia inicial no es simplemente la de una falta. La falta, como lo hemos visto, está relacionada a una demanda no satisfecha. Pero ello implica incluir en la explicación al poder que no ha satisfecha la demanda. Una demanda se dirige siempre a alguien»ibid., p. 85-86.

31/ Cf. El célebre texto de Lenin, «A propósito de las consignas» en Œuvres complètes, t. 25, Editions Progreso, Moscou,1971, p. 198-206,y el comentario indispensable de Jean-Jacques Lecercle, Une philosophie marxiste du langage, Paris, PUF, 2004, p. 94-100.

32/ La razón populista.

33/ Lo que, dicho sea de paso, permite trazar una línea demarcatoria entre el marxista que, sin duda, ha utilizado de forma más empática el término pueblo, Stalin, inventor del sintagma-clave del discurso sociético. «todo el pueblo» (se suponía que el Estado soviético era el de todo el pueblo y no sólo la dictadura del proletariado), y que el pueblo de Lenin, de Gramsci o de Mao, que designa formas políticas de unificación tendencial (y sólo tendencial) subalternas en una configuración dada de contradicciones de clase; p. ej, en una coyuntura.

34/ Emancipation(s), op. cit., p. 31-32.

35/ La razón populista

36/ Ibid.

37/ Ibid.

38/ Ibid.

39/ Ibid.

40/ > Ibid., p. 93.

41/ Ibid., p. 92.

42/ Laclau afirma, por ejemplo, que la ventaja que actualmente detentan las fuerzas de la derecha sobre las de la izquierda se debe a que las primeras se mueven a nivel de un determinado imaginario político, mientras que las segundas están replegadas en un discurso moral sobre derechos, o que la derrota duradera de los Republicanos en EE UU depende de una «reacticulación drástic del imaginario político», ibid. p. 138.

43/ Ibid., p. 149. Subrayado mío.

44/ Ibid., p. 235.

45/ Ibid. p. 237.

46/ «La historia es más bien una sucesión discontinua de formaciones hegemónicas que no se pueden ordenar mas que mediante un relato que transcienda su historicidad contingente», ibid., p. 226.

47/ Cf. Por ejemplo: «vivimos en un terreno histórico en el que la proliferación de puntor de ruptura y de antagonismos exige de manera creciente formas políticas de reagregación», ibid. p. 230 – subrayado mío. Ciertamente, Laclau se apresura a subrayar que no se trata de «lógicas sociales subjacentes sino de actos en el sentido previamente descrito» (ibid.). No es menos cierto que esta tendencia crciente no se puede reducir a la contingencia indeterminadas de actos discontinuos y singulares; de ahí la necesidad de referirse a la categoría «capitalismo» (Cf. También: «el capitalismo mundializado crea una miríada de puntos de r uptura y antagonismo» ibid., p. 150 – subrayado mío) e incluso concluir con esta sorprendente afirmación fundamentalista : «la heterogeneidad pertenece al fundamento del capitalismo» (ibid., p. 230) !

48/ Por ejemplo, en esta formulación: Nuestras sociedades son menos homogéneas que las que fueron formuladas en los modelos marxistas… la disolución de la metafísica de la presencia no es una solo una operación intelectual. Se inscribe profundamente en la experiencia del las últimas décadas» Emancipation(s), op. cit., p. 82.

49/ Ibid.

50/ La razón populista.

51/ Ibid.

52/ Marc Saint-Upery, «Y a-t-il une vie après le postmarxisme ?», Revue Internationale des Livres et des Idées, n° 12, juillet 2009, disponible sur http://www.revuedeslivres.fr/y-a-t-il-une-vie-apres-le-postmarxisme-marc-saint-upery/

Fuente: vientos.info

Un temor alemán

Por Francisco Louça

El caso es que la exposición real de los activos de riesgo de Deutsche Bank es al menos de 288.000 millones de euros. Mucha gente se acuerda de Lehman Brothers.

¿A la cuarta la vencida? La dirección de Deutsche Bank (DB) promete el éxito del plan de reestructuración, con 18.000 despidos y una reducción de la unidad de inversión, y se centrará en la venta al por menor. Las razones de emergencia son la pérdida de € 2,8 mil millones en el último trimestre, con el valor de las acciones en el nivel más bajo en 149 años. Pero el iceberg es más profundo, y no ha sido suficiente una reciente recapitalización de 30 mil millones de euros y un primer ‘banco malo’. Por eso, el miedo invade los circuitos financieros. El FMI no utiliza medias palabras, considera a DB como el banco que supone el mayor riesgo sistémico.

Las buenas noticias no son tantas…

El Gobierno alemán trata el caso como un peligro a su soberanía, pero es dudoso que tenga los medios para salvar el banco si el pánico estalla. Ha fallado todo lo que ha intentado, como presionar al banco para una fusión con su competidor, Commerzbank. Sin embargo, dos grandes bancos, el UBS suizo y el holandés ING, han indicaron que podrían proponer una fusión, que en realidad sería la compra de los restos de DB después de su quiebra – el problema es que alguien tiene que pagar la factura.

La magnitud del problema ni siquiera es fácil de medir. El DB tiene 24 millones de clientes, un banco postal y el mayor gestor de activos de Alemania. Tenía la ambición de ser el motor alemán de la globalización, se salvó siempre y quién se acuerda del rescate de Grecia sabe de lo que se trata. Pero tiene una deuda tóxica colosal. Por eso, quiere crear un nuevo ‘banco malo’ con 74 mil millones de euros en activos, más de lo que se pensaba hace unas semanas. El caso es que la exposición real a los activos de riesgo será al menos de 288.000 millones de euros (el valor nacional de sus derivados es 12 veces mayor, el triple del PIB europeo, pero dice poco acerca del valor real).

…Y las malas son pésimas

Es importante entender cómo el banco llegó a estos valores astronómicos. Tal vez el mecanismo más importante haya sido especializarse en la inversión especulativa con una inundación de liquidez en dólares, que sigue siendo la moneda de referencia para dos tercios del comercio mundial, utilizando diversos instrumentos cada vez más arriesgados. Uno de ellos son los productos derivados como swaps de divisas: el DB firma con otro banco un contrato para asegurar el cambio de euros por dólares a un precio fijo a largo plazo. Y ese banco presta en dólares, que no tiene en sus arcas, sabiendo que los puede obtener del DB siempre que lo necesite, mediante este contrato. La pirámide va creciendo mientras tanto, muchos agentes financieros y bancos utilizan el mismo procedimiento y por lo tanto la expansión financiera y la liquidez de las últimas décadas se ha apoyado en esta ficción. El DB quería ser el mayor banco europeo para competir con los bancos de EE UU apostando al cambio de divisas y acumulando una montaña de deudas.

El banco se convirtió así en el epicentro del negocio. Y de esa manera llegó a acumular los 288.000 millones de euros. Por eso, el banco ha tratado en la última década de limpiar esta cuenta, pero sin éxito. Al colocar en el ‘banco malo’ una parte del riesgo quiere vender estos contratos a precio de saldo, pero el juego de manos no evita que tenga que registrar en sus balances las perdidas, aún sabiendo que el gobierno, incluso si quisiera, no puede cubrir el déficit, porque el agujero puede llegar a superar treinta años del superávit corriente masivo de Alemania. Es demasiado grande y por eso mucha gente se acuerda de Lehman Brothers. Quizás este abismo sea mayor.

catedrático de economía de la Universidad de Lisboa, ex parlamentario y miembro del Bloco de Esquerda, actualmente es Consejero de Estado.

Fuente: «Express»

Traducción G. Buster / sinpermiso.info

El PCCH y el Ancien Régime

Por Peter Nolan

Es imposible leer hoy la correspondencia de un intendente del ancien régime, tanto a sus superiores como a sus subordinados, sin tener la fuerte sensación de que la similitud de las instituciones hace que los gestores de aquel tiempo se parezcan mucho a los de nuestros días. Parecen acercarse los unos a los otros a través del abismo de la Revolución que los separa […]. Más vale que dejemos de sorprendernos ante la pasmosa facilidad con que la centralización fue restablecida en Francia a comienzos de este siglo. Los hombres de 1789 habían dado la vuelta al edificio, pero sus cimientos se habían mantenido intactos en los mismos corazones de sus destructores. Sobre esas bases fueron capaces de reconstruirlo, dándole una solidez que nunca antes había tenido.

Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución, 1856.

El colapso de la Unión Soviética tuvo un profundo impacto en el pensamiento chino sobre la ideología política, las ins- tituciones y el desarrollo1. Las desastrosas consecuencias que tuvo en Rusia la desaparición del PCUS en términos de bienestar social fue un factor que fortaleció la determinación por parte de Pekín de resistir la presión externa e interna para que evolucionara hacia la democracia parlamentaria. ¿Cuál fue el motivo de que el Partido Comunista de la Unión Soviética se desintegrase, mientras que el Partido Comunista de China (PCCH) fue capaz de sobrevivir y robustecer su posición? La espectacular divergencia en las trayectorias de las dos superpotencias comunistas ha tenido un significado incalculable para la economía política global del siglo XXI, con efectos que potencialmente se proyectarán en el futuro a largo plazo.

Ambos regímenes tenían un punto de partida común en el sistema económico político que se estableció en Rusia entre 1917 y 1921. Sus rasgos esenciales (el monopolio del control político en manos del Partido, la propiedad estatal de los medios de producción, el control estatal sobre el comercio y las finanzas) fueron concebidos durante los años de violencia extrema y de lucha por la supervivencia del emergente régimen bolchevique durante la Guerra Civil rusa. En el momento de su fundación en 1921 el Partido Comunista de China adoptó básicamente la misma estructura política y el mismo planteamiento en términos de organización económica que su homólogo soviético. Tal y como lo expresó Xi Jinping en 2017: «Las salvas de la Revolución de Octubre trajeron el marxismo-leninismo a China. En la verdad científica del marxismo-leninismo, los progresistas chinos vieron una solución a los problemas de China»2.

Tanto en la URSS como en China, la guerra civil y la lucha por la super- vivencia nacional contra una potencia invasora –respectivamente, la Alemania nazi y el Japón imperial– fortalecieron los aspectos centralistas y disciplinarios del Partido Comunista. En ambos países, el periodo de la Nueva Política Económica –a principios de la década de 1920, bajo la dirección de Lenin, y a principios de la década de 1950, bajo la dirección de Mao– modificó temporalmente el planteamiento de la estrategia económica, pero la filosofía de «la economía en su conjunto como una sola fábrica», incluyendo la organización de la población rural en granjas colectivas, fue rápidamente restablecida como el factor decisivo de la organización económica a ambos lados del río Amur. Este sistema económico «estalinista», unido al control político de carácter monolítico por parte del aparato del Partido, continuaron en vigor en China hasta la muerte de Mao en 1976, y en Rusia, hasta el ascenso de Gorbachov a la secretaría general del pcus en 1985.

La estructura política de los zares

Sin embargo, los rasgos comunes de los sistemas político-económicos de las dos potencias comunistas ocultaban diferencias profundas en cuanto a la naturaleza de sus regímenes previos a la revolución. En el caso del PCUS, el ancien régime no era otro que el Estado ruso establecido a partir del siglo XVII por el diminuto Principado de Moscú mediante una larga serie de conquistas militares. Esta estructura política expansionista estaba dirigida por un gobierno centralizado y autoritario equipado con un gran ejército, necesario antes que nada para mantener unido un territorio vasto, poco poblado y étnicamente diverso, con fuertes e inherentes tendencias separatistas, y que a continuación habría de ser puesto a prueba en feroces guerras con los países vecinos: la Gran Guerra del Norte contra el poderoso Estado sueco entre 1700 y 1721, la invasión napoleónica de 1812, la Guerra de Crimea contra Francia, Gran Bretaña y el Imperio otomano en la década de 1850 y la Guerra ruso-japonesa de 1904. La Primera Guerra Mundial fue el último y más devastador de una larga serie de conflictos entre la Rusia imperial y sus grandes potencias rivales.

En términos sociales, los estratos superiores de los estamentos civil y militar zaristas estaban compuestos por la clase terrateniente, que dependía del soberano para la adjudicación y protección de sus posesiones. Esta franja de población, al igual que la mayor parte del clero, siguió siendo por lo general analfabeta durante todo el siglo XVII. Rusia tenía una tradición escrita bastante pobre, con muy poco espacio parael pensamiento ético o filosófico acerca del papel de la clase dirigente. La posición de la Iglesia ortodoxa se reducía a la de ser una rama subordinada del Estado, el cual designaba y pagaba a sus sacerdotes y altos cargos. La masa de campesinos, infantería para el ejército, se mantenía virtualmente en la esclavitud, e incluso después de la emancipación de 1861 siguieron siendo siervos. Aunque el país poseía un sistema de comercio interno altamente desarrollado, el control que se ejercía sobre la clase mercantil era estrecho. El régimen zarista estableció monopolios estatales para los mercaderes, impuso sistemáticos gravámenes fiscales sobre sus beneficios para mantener la hacienda pública y tomó medidas para evitar la formación de ciudades comerciales de consideración.

Si bien es cierto que una parte importante de la cultura rusa se deriva de la interacción con el Mediterráneo oriental y Asia central, a partir de Pedro el Grande los dirigentes del país se preocuparon sobre todo por absorber las tecnologías y la cultura de Europa Occidental. Este impulso quedó reflejado en la arquitectura de San Petersburgo, en la adopción de la lengua francesa por parte de las clases altas terratenientes y en la orientación de los estratos intelectuales que surgieron en el siglo XIX.

Esta intelectualidad asimiló con entusiasmo las ideas políticas de Europa Occidental y gran parte de su actividad política y literaria era crítica con el autoritarismo zarista. La tensión entre la intelectualidad y el Estado perduraría durante el periodo soviético. Si bien es cierto que la industria capitalista creció entre 1890 y 1914, se mantuvo circunscrita en su mayor parte al área de San Petersburgo, y su papel en el conjunto de la economía política del zarismo hasta la llegada al poder de los bolcheviques fue marginal. La preocupación principal de la clase dirigente pre-revolucionaria de terratenientes y oficiales militares fue la de mantener elcontrol sobre el imperio y sobre las masas campesinas. Su burocraciaera relativamente pequeña. Sabía poco acerca del funcionamiento de laeconomía de mercado y tenía un profundo complejo de inferioridad en relación con la cultura europea occidental.

La noción de una economía no de mercado basada en la propiedad común de los medios de producción era un aspecto central de la ideo- logía del Partido Comunista en la Unión Soviética. Se puso en práctica durante el periodo del comunismo de guerra, entre 1918 y 1921, y graciasa ello se logró levantar un enorme baluarte industrial que veinte años más tarde detendría el avance nazi en Eurasia3. Sin embargo, cuando la dirección del pcus perdió la fe en el comunismo perdió completamente el rumbo. Ante la disyuntiva de emprender una vía bajo condiciones nuevas, carecía de cualquier noción de lo que los chinos llaman «la otra orilla del río», es decir, la situación concreta que se pretende alcanzar. Los únicos recursos que la historia pre-revolucionaria de Moscú podía ofrecer eran visiones idealizadas de la política occidental y de la economía de libre mercado.

Recursos para el viaje

En esa misma coyuntura, el pcch podía recurrir a los abundantes recur- sos que sí ofrecía el ancien régime chino. En contraste con Moscovia –que antes del siglo xiv era poco más que una fortaleza de madera–, durante milenios el centro del Estado en el este de China, económicamente desarrollado y densamente poblado, ofreció una base firme durante largos periodos de gobierno político estable, incluso mientras el control sobre los territorios exteriores con asentamientos superficiales crecía y menguaba según el momento. El PCCH se vio asimismo fortalecido por la larga tradición político-filosófica de la burocracia china, a cuyos funcionarios-intelectuales se les inculcaba sistemáticamente el deber de «servir al pueblo», así como la obligación moral que Mencio imponía a aquellos que «primero alcanzan la comprensión»4.

Esta filosofía se hallaba profundamente incrustada en el pensamiento de la burocracia tradicional, y estaba igualmente arraigada en la ideología del pcch. Yang Changji, el profesor de Mao Zedong en Changsha entre 1913 y 1919 que dejó una «fortísima impresión» en el futuro líder, creía fervientemente que los intelectuales tenían un deber especial a la hora de poner el destino del país por encima de sus deseos individuales5. «Servir al pueblo» –wei renmin fuwu– es una consigna central del Partido, cuyo eco se ha venido sintiendo, desde el discurso de Mao de septiembre de 1944, cinco años antes de la proclamación de la República Popular, hasta el grueso de los discursos de XI6. Casi sobra decir que a lo largo de la historia china fueron pocos los burócratas, si es que hubo alguno, que estuvieron a la altura de los altos estándares de abnegación, coraje y responsabilidad que se esperaban del funcionario público ideal. Entre 2012 y 2017, la Comisión central para la inspección disciplinaria del PCCH emprendió acciones contra 1,4 millones de miembros delPartido, con el fin de poner coto a la corrupción rampante que se había extendido dentro de la organización a la sombra del crecimiento de la «economía de mercado» (tal y como se la conoce en China), muy especialmente en el gigantesco sector inmobiliario.

La idea de una economía no de mercado, con una propiedad colectiva de los bienes, también tiene orígenes antiguos en China, que se remontan a las palabras atribuidas a Confucio en el Libro de los ritos, que es una compilación del siglo II a. C. de textos más tempranos. Resulta evidente que Confucio tenía en mente un mundo ideal, donde la benevolencia sería el principio rector. Sin embargo, la naturaleza de los derechos de propiedad en un mundo semejante es una cuestión objeto de debate7. De hecho, el pasaje clave en este sentido es ambiguo: da dao zhi xing ye, tian xia wei gong. Según el filósofo de la era republicana Feng Youlanesta frase debe interpretarse como: «En los tiempos en que se practi- caba el gran Tao, el mundo era común para todos»8. El erudito japonés Tsuchida Kyoson, contemporáneo suyo, la convirtió en: «Cuando el Gran Camino se realice, el mundo entero será poseído por todos».

Una generación anterior a la de Feng Youlan, el pensador utópico Kang Youwei, monárquico constitucional y líder del movimiento reformista de 1898, había propuesto ya una lectura similar de Confucio. En su Da Tong Shu [Libro de la gran armonía] Kang describió una sociedad en la que «toda la industria sería de control público» y «todo el comercio estaría bajo el control del ministerio de Comercio del gobierno». La planificación económica se llevaría a cabo a escala mundial, con el fin de«prevenir los males de la infraproducción y de la superproducción». En las zonas rurales, «toda la tierra será de propiedad y gestión públicas», al tiempo que la planificación se extendería a cada detalle, incluyendo las pautas laborales, que serían ejecutadas «como si fueran órdenes militares»9. Mao estaba absolutamente familiarizado con el Da Tong Shu y defendía que la única forma de lograr la «armonía universal» pasaba por una república popular dirigida por la clase obrera10. Muchos de los rasgos del Da Tong Shu son similares a las medidas que se implementaron bajo el liderazgo de Mao entre 1956 y 1976, en medio de una oposición feroz en el seno del PCCH. De hecho, las ideas del Antiguo Régimen en China, que se remontaban al mundo anterior a la dinastía Qin, aparecen con mucha más frecuencia que las ideas de Marx en los discursos y escritos de Mao. Es cierto que el Manifiesto Comunista dejó en él una profunda impronta, y que también se sirvió profusamente de los escritos de Marx sobre la Comuna de París y de su Crítica del Programa de Gotha. Pero más allá de ello, al parecer no llevó a cabo un estudio sistemático de la obra de Marx. Es posible que la implementación bajo el liderazgo de Mao de un sistema económico que virtualmente eliminaba el mercado se inspirara más en las corrientes radicales de la historia del pensamiento chino que en El capital.

Nuevos edificios, viejos cimientos

Desde mediados de la década de 1950 y hasta fines de la de 1970, elgrueso de la propiedad en China era, de una u otra forma, propiedad común. En diciembre de 1978, al comienzo del proceso de reforma, el PCCH tomó la decisión de abandonar «la orilla maoísta» del río –es decir, una economía controlada administrativamente, con la posesión común de la propiedad– y cruzar al otro lado. La naturaleza de ese otro ladoquedó en aquel momento por definir. Sin embargo, mientras China se embarcaba en ese viaje, el desarrollo gradual de la «economía de mercado» interactuó con la reintegración de la tradición más antigua del pensamiento político e ideológico chino.

La historia de China como Estado se remonta a la dinastía Qin en el siglo III a. C. Sus tradiciones filosóficas llegan mucho más atrás en el tiempo, hasta la dinastía Zhou (entre el siglo xi a. C. y el 221 a. C.). Los «cimientos» del ancien régime que inspiraron al PCCH incluyen la larga historia de la burocracia china, basada en una tradición literaria y filosófica sofisticada y codificada en el sistema de revisión imperial. Satisfacerlas necesidades de la mayoría de la población se entendía como unprincipio político filosófico y una tarea clave de la burocracia consistíaen estimular el mercado con vistas a lograr la prosperidad económica. Esta relación la formuló de forma célebre Guan Zhong (720-645 a. C.), el reputado canciller del Estado de la dinastía Qi, en el periodo de laPrimavera y el Otoño de la historia china (771-476 a. C.). En el texto que firma se argumenta que todo el mundo se beneficiaría de un mercadoque funcionara a pleno rendimiento; pero también, que «no se debería permitir que el mercado por sí solo decida sobre la abundancia o escasez de mercancías». Hay una «forma correcta» para hacer esto, que el Guan Zi denomina «gestionar el mercado»11.

Había otras escuelas de pensamiento, pero las que propugnaban puntos de vista como los expuestos en los «Discursos sobre la sal y el hierro» (81 a. C.), que defendían que China debía regresar a una edad de oro del trueque, «cuando la población vivía feliz y exigía poco», rara vez influyeron en la corriente principal de la política estatal. Lejos de eliminar el mercado, el Estado buscaba una y otra vez la manera de lograr que funcionara más eficazmente a través de una regulación pragmática e inteligente, sirviéndose para ello de un amplio abanico de obras públicas, que incluían la conservación del agua y la infraestructura de transportes; recurriendo a la estabilización de los precios de los productos básicos; optando por el desarrollo de programas para aliviar las hambrunas; u organizando el apoyo a la difusión del conocimiento a través de enciclopedias y otros textos escritos.

Bajo este sistema, durante dos milenios China fue un líder mundial en innovación promovida por el mercado. Entre sus invenciones se cuentan el arnés equino, el papel y la imprenta, la metalurgia avanzada mediante el empleo de altos hornos, la porcelana, las armas de metal tubulares, la pólvora para uso militar, la brújula marítima, el timón de popa, los compartimentos estancos para buques y las puertas de esclusa de canal. Los componentes clave del motor de vapor, el pistón de doble acción y la con- versión del movimiento rotatorio en movimiento rectilíneo –los avances primordiales de la revolución industrial británica– se desarrollaron de forma independiente en China12. La intelectualidad china constituía el núcleo del sistema burocrático; trabajar en su seno era perfectamente compatible con la crítica severa de la forma en que operaba el funciona- riado, si bien dicha crítica rara vez buscaba derribar el propio sistema. Durante esta larga historia, el objetivo del Estado era apoyar la economía haciéndose cargo de funciones clave que el mercado era incapaz de asumir; el mercado era siempre objeto de regulación por parte de un Estado guiado por principios filosóficos.

El planteamiento que siguieron los líderes chinos desde 1978 ha mante- nido una relación tangible con esta tradición. Desde el principio del proceso de reforma y de «apertura», Deng Xiaoping dejó claro que en adelante China debía seguir una vía pragmática y experimental en lo tocante a las relaciones entre el Estado y el mercado. No debía dejarse que el mercado actuara solo, sin directrices, pero el Estado no debía dejar de «buscar la verdad de los hechos» en relación con las contribuciones del mercado y del propio Estado al sistema económico. En los momentos inmediatamente posteriores al trauma del 4 de junio de 1989, Jiang Zemin reiteraba: «El grado, el método y el alcance de la combinación entre la economía planificada y la regulación a través del mercado deben ser constantemente ajustados y perfeccionados en función de la situación real»13. Dentro de la filosofía política del ancien régime, esta perspectiva pragmática sugiere que el camino correcto para regular el mercado implica una búsqueda no ideológica del equilibrio y la interacción entre el yin del Estado éticamente orientado y el yang de la competencia del mercado. El famoso pasaje del Libro de los ritos puede leerse como un fundamento filosófico de este enfoque. Tal y como sugería Wu Gouzheng, puede interpretarse en estos términos: «Cuando el gran principio predomina, el mundo entero se orienta hacia el bien común»14.

Vías alternativas

En décadas recientes ha tenido lugar en China un encendido debate en torno a la naturaleza de la historia del país y de sus tradiciones intelectuales, consideradas en sí mismas y en su relación con las de Occidente. El carácter específico de esta discusión puede apreciarse en la disposición de los intelectuales chinos, y también en el seno del PCCH, para combinar reflexiones acerca de su propio pasado con investigaciones sobre la historia y la filosofía de Occidente, en un intento de discernir los contornos de «la otra orilla». En esto seguían los pasos de Mao, autor de esta célebre cita: «Usa el pasado para servir al presente, y usa lo extranjero para servir a China». El maestro de Mao, Yang Changji, fue pionero en el esfuerzo por establecer un vínculo estrecho con las tradiciones intelectuales occidentales. En la obra de Adam Smith, los líderes actuales de China apreciaron una preocupación similar con respecto a las relaciones entre Estado y mercado. Como es sabido, en La riqueza de las naciones Smith analizó la contribución de la mano invisible de la libre competencia mercantil al progreso social y económico de Occidente. Sin embargo, tanto en aquella obra como, sobre todo, en su Teoría de los sentimientos morales, Smith también explicaba que el mercado, abandonado a su suerte, produce resultados profundamente problemáticos que afectan a la desigualdad, al carácter del trabajo, a la búsqueda de la felicidad y a los fundamentos éticos de la sociedad.

Desde 1978 esta filosofía se ha incorporado a la visión de los dirigentes chinos, en su propósito de integrar la mano visible de la regulación pública y la mano invisible de la competencia mercantil al hilo de un proceso de experimentación continua, que parte del método consistente en combinar la «serpiente» de la regulación con el «erizo» de la libre competencia. Por el camino ha habido innumerables dificultades, y sinduda habrá más. Sin embargo, el balance logrado por China durante este periodo ha sido notable. Entre 1980 y 2018, su participación en el PIB mundial ha pasado del 2,3 al 18,5 por 100, mientras que durante ese mismo periodo la participación de la UE ha caído del 30,1 al 16,2 por 10015. China ha cultivado un formidable elenco de empresas de titularidad pública, así como de poderosas contrapartes privadas. Las principales empresas chinas van camino de convertirse en compañías globalmente competitivas, con tecnologías, marcas y reputaciones punteras a escala mundial. El crecimiento económico ha sido la base que ha sustentado el prodigioso avance logrado en China en términos de bienestar material y cultural de la población. La expansión de los sistemas de infraestructuras físicas y sociales del país –transportes, electricidad, telecomunicaciones, agua y alcantarillado– ha contribuido a mejorar enormemente las condiciones de vida del grueso de la población. Un gigantesco programa de construcción de viviendas ha ayudado a proporcionar hogares decentes y seguridad personal a los habitantes de las ciudades, cuyo número ha crecido exponencialmente. La ampliación de los servicios en materia de sanidad y educación ha supuesto una contribución vital al bienestar de las masas.

El «rejuvenecimiento nacional» de China está íntimamente ligado a una larga historia que pasa simultáneamente por regular y estimular el mercado. No es difícil ver por qué los dirigentes chinos creen que esta experiencia puede suponer una contribución relevante a una filosofía política que promueva la regulación inteligente y pragmática del sistema económico global en aras del interés común durante las próximas décadas e, incluso, durante los próximos siglos. El programa de reformas y apertura del PCCH hizo creer a muchos analistas occidentales que en el siglo XXI Occidente dominaría a China. Estas impresiones se afianzaron, cuando China se integró en la OMC en 2001, pero han resultado ser una ilusión. La forma en que China se relaciona con Occidente sigue siendo una cuestión abierta. Todavía está por decidirse hasta qué punto «absorberá al mundo exterior» [xishou wailai] en lugar de «integrarse en él» [ronghe wailai]. El resultado no dependerá únicamente de China, sino también de Occidente.

La naturaleza radicalmente diferente del ancien régime en China y en Rusia es uno de los factores clave que explican la supervivencia y la prosperidad del PCCH, por un lado, y la desintegración del PCUS, por otro.Esta diferencia se ha intensificado cada vez más, a medida que China abandonaba las políticas de la era maoísta. Durante el periodo transcurrido desde 1978, la naturaleza de «la otra orilla del río» se ha vuelto cada vez más clara. No coincide con la «doctrina de la propiedad común», ogongchan zhuyi. Por el contrario, el mercado juega un papel central a la hora de estimular la economía, al tiempo que una regulación pública pragmática, que tiene al pcch en su centro, intenta garantizar que el mercado sirva a las necesidades del conjunto de la población. Con independencia de si la propiedad es privada, estatal, cooperativa o mixta, dicha propiedad será objeto de regulación por el partido y por el gobierno en aras del interés común. Conforme a esta visión, «ir tanteando las piedras para cruzar el río» se ha revelado como una vía hacia la reforma en dirección a la otra orilla, una vía que podría describirse como una modalidad de da tong zhu yi, esto es, de «gran armonismo» o, tal vez, de gran «mancomunitarismo», basada en la antigua noción china de burocracia meritocrática, que regula el sistema económico en interés del conjunto de la población. China tiene aún un largo camino por recorrer y por delante grandes desafíos internos y externos. Sin embargo, los líderes de China y el pueblo chino han sido capaces de discernir cada vez con más claridad las grandes líneas de la «otra orilla» en su búsqueda colectiva de una «vía» en medio de un mundo convulso.

 

Notas:

1 Agradezco al Dr. Zhang Jin las largas conversaciones acerca de los asuntos planteados en este artículo.

2 Xi Jinping, «Speech at the 19th Congress of the Communist Party of China», 2017.

3 László Szamuely, First Models of the Socialist Economic System: Principles and Theories, Budapest, 1974.

4 El filósofo confucionista Mencio, o Meng Zi, que vivió en el siglo iv a. C., había planteado el problema en estos términos: «Entre las gentes del cielo yo soy de los primeros en despertar. He de despertar a este pueblo a través del Camino. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?», Mencius, trad. D. C. Lau, Londres, 1970, libro v, parte A, sección 7.

5 Yang Changji citaba los preceptos de Fan Zhongyan, ministro de un emperador Song del siglo xi: «Soporta las penurias y la amargura antes que los demás, disfruta del confort y de la felicidad después de los demás» [xian tian xia zhi you er you, hou tian xia zhi le er le].

6 Mao Zedong, «Serve the People» [8 de septiembre de 1944], Selected Readings from Mao Tse-tung, Pekín, 1971; Xi Jinping, The Governance of China, Pekín, 2014, p. 30; ed. cast.: Obras escogidas de Mas-Tse-Tung, Madrid, 1974.

7 L. G. Thompson, «Introduction», The One-World Philosophy of Kang Yu-wei, Londres, 1958, pp. 27-29.

8 Fung Yu-lan [Feng Youlan], A Short History of Chinese Philosophy, ed. Derk Bodde, Nueva York, 1948, p. 202.

9 El Da Tong Shu fue publicado en chino en forma abreviada en 1913 y en su versióncompleta en 1935, ocho años después de la muerte de Kang Youwei.

10 Mao Zedong, «On the People’s Democratic Dictatorship» [1949], en Selected Readings, 1971.

11 Guan Zhong, The Guan Zi, trad. por Zhai Jiangyue, 4 vols., Guangxi, 2005, capítulo 5, cheng ma.

12 Joseph Needham, «The Prenatal History of the Steam Engine», en Clerks and Craftsmen in China and the West, Cambridge, 1970.

13 Jiang Zemin, «Speech at the Meeting in Celebration of the 40th Anniversary of the Founding of the People’s Republic of China», 29 de septiembre de 1989,Departamento de Investigación de la literatura del Partido, Comité Central del Partido Comunista de China, Major Documents of the People’s Republic of China, Pekín, 1991.

14 Wu Kuo-cheng [Wu Guozheng], Ancient Chinese Political Thought, Shanghái, 1933, p. 299.

15 FMI, World Economic Outlook Database, base de datos, 2018.

Publicado en New Left Review 115  (Marzo-Abril 2019)

Colapsología: todas las derivas ideológicas son posibles

Entrevista a Daniel Tanuro

«Los numerosos efectos del desarreglo climático están a la vista. La no linealidad de este proceso sume las proyecciones futuras en la incertidumbre, pero no cabe duda de que el modelo económico dominante es una de sus causas principales». Ingeniero agrónomo jubilado y autor de El imposible capitalismo verde, Daniel Tanuro defiende una alternativa ecosocialista: una ruptura radical con el productivismo, que ha impregnado durante mucho tiempo las corrientes socialistas mayoritarias. Pero de la urgencia a la catástrofe, a veces no hay más que un paso, que la colapsología da sin vacilar: sus partidarios afirman que el hundimiento de la civilización que conocemos tendrá lugar en un futuro muy cercano, y que será demasiado tarde para contrarrestarlo. Tanuro lo niega; discutimos.

Ballast: Una vez escribió usted que “el ecosocialismo es distinto de una etiqueta nueva sobre una botella vieja”. ¿Qué tiene de singular esta frase?

Tanuro: Una ruptura radical con la idea de que el socialismo es necesario para “liberar las fuerzas productivas materiales de las trabas capitalistas” y permitir así su “desarrollo ilimitado”, condición de la emancipación humana mediante “la dominación de la naturaleza”. Es cierto que en Marx, un investigador de pensamiento abierto, las fórmulas prometeicas se enmarcan o se compensan en un naturalismo sincero y un análisis que destapa el carácter destructivo del capitalismo. En El Capital, escribe que “la única libertad posible es que el hombre social, los productores asociados, gestionen racionalmente su intercambio de materia con la naturaleza y lo hagan en las condiciones más dignas, más acordes con su naturaleza humana”.

John Bellamy Foster ve en esta fórmula la marca de una “ecología marxiana”, aunque, en primer lugar, esta ecología es una estribación colateral apenas atendida por el propio Marx. En segundo lugar, sobre todo, los marxistas ulteriores abandonaron esa estribación para recaer en fórmulas estereotipadas y mecanicistas sobre el progreso. Hay algunas excepciones –Walter Benjamin es la más notable–, pero no han dejado de ser marginales. La degeneración estalinista no basta para explicar esta realidad. La crítica tiene que cavar más hondo. Hace falta eliminar, sin anacronismos, pero sin piedad, las concepciones que han contaminado el marxismo con “escorias productivistas”, como decía Daniel Bensaïd. Esta labor ha adquirido ahora una importancia notable, por la simple razón de que una respuesta socialista no productivista es la única alternativa a la catástrofe ecológica que crece a ojos vista.

Ballast: En su obra Tout peut changer, usted entiende que Naomi Klein oscila “entre una alternativa anticapitalista autogestionada y descentralizada, de tipo ecosocialista y ecofeminista […] y un proyecto de capitalismo verde regulado, basado en una economía mixta relocalizada e impregnada de una ideología de esmero y prudencia”. ¿Interviene esta oscilación también en los partidos de la izquierda crítica que en todo el mundo aspiran al poder?

Tanuro: Toda la “izquierda crítica”, como dice usted, se enfrenta, en efecto, a este terrible problema: hay un abismo entre el programa anticapitalista muy radical que es objetivamente indispensable para detener la catástrofe climática, por un lado, y el nivel de conciencia de la inmensa mayoría de la humanidad, por otro. Pero Naomi Klein, en su libro, tiene el inmenso mérito de reconocer abiertamente la dificultad: “No tengo ninguna duda de la necesidad de adoptar medidas radicales –escribe–, pero todos los días me pregunto si son políticamente factibles”.

En el contexto de su pregunta, esta vacilación me parece más bien positiva. Por un lado, esta franqueza lúcida les falta a muchos partidos; por otro, Klein no se deja encerrar en la viabilidad política: por mucho que alabe, equivocadamente, la Energiewende[1] alemana (en el contexto norteamericano, es perdonable), insiste sobre todo, con razón, en la importancia estratégica de la acción directa no violenta contra los proyectos fósiles-extractivistas y llama a una coordinación internacional de la Blockadia[2]. En estas dos cuestiones, ella es más avanzada, más revolucionaria y más coherente que la mayoría de partidos de la llamada izquierda crítica. Puesto que aspiran al poder, estos partidos minimizan el radicalismo de las medidas que hay que adoptar. En particular, evitan la necesidad absoluta de reducir la producción material y el transporte para alcanzar los niveles necesarios de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esta es la crítica principal que hay que hacer a la propuesta de Green New Deal formulada en EE UU por Alexandria Ocasio-Cortez, por ejemplo. La misma crítica hay que hacerla en mi país al Partido del Trabajo de Bélgica (PTB), que ha conseguido dar un paso adelante notable, pero que se contenta, ante el cambio climático, con prometer transportes gratuitos y una revolución del hidrógeno[3]. Una cosa es avanzar reivindicaciones parciales, acordes con un determinado nivel de conciencia, con el fin de impulsar un proceso de radicalización mediante la lucha y de comenzar a tender un puente sobre el abismo; y otra cosa es hacer creer que la concreción de estas reivindicaciones parciales por parte de cualquier gobierno bastará para impedir que la catástrofe se convierta en cataclismo. Porque no es cierto. Para tener un 50 % de probabilidades de limitar el calentamiento a 1,5 °C sin recurrir a tecnologías de aprendices de brujo, es preciso que las emisiones netas mundiales de CO2disminuyan un 58 % de aquí a 2030, y un 100 % de aquí a 2050, y sean negativas a partir de entonces. Es rigurosamente imposible alcanzar estos objetivos, o siquiera acercarse a ellos, sin una ruptura anticapitalista revolucionaria. Topamos aquí de nuevo con la cuestión del crecimiento.

Ballast: El productivismo ha atraído históricamente a numerosas corrientes de izquierda desde hace dos siglos[4]. ¿Cómo cataloga usted esta noción en su reflexión?

Tanuro: En efecto, las concepciones productivistas han sido históricamente hegemónicas en la izquierda. De todos modos, todavía no hay una definición clara del término. El sistema soviético debe calificarse, sin duda, de productivista, pero se trataba de un productivismo burocrático absurdo: estaba basado en la defensa de los privilegios parasitarios de la casta en el poder, no en las relaciones de producción. Ese productivismo tiene que ver con el pensamiento de Marx tanto como la Inquisición tiene que ver con el mensaje de Jesucristo: nada.

En las primeras páginas de El Capital, la comparación de los dos movimientos M-D-M’ y D-M-D’[5] lleva a Marx a la conclusión de que el segundo, que define el capitalismo, implica por fuerza una tendencia al desarrollo sin fin. Esta tendencia está en la base del capitalismo porque se deriva de su objetivo fundamental: la producción de (sobre)valor abstracto[6]. Lógicamente, sustituirla por la producción de valores de uso debería por tanto ponerle fin. En sus Teorías de la plusvalía, Marx retoma la cuestión desde otro ángulo, más técnico: la competencia por el beneficio da lugar a un aumento fantástico del capital fijo, y por tanto a un lock-in[7] tecnológico duradero, y por tanto a una obligación despótica de producir; por cierto que el lock-in del capital en el sistema energético fósil es un buen ejemplo de ello. Concluyendo el razonamiento, señala la tendencia del capital a “producir por producir, que implica asimismo consumir por consumir”. Producir por producir podría ser una buena definición del productivismo.

En este sentido, Marx no es productivista, a pesar de sus ambigüedades prometeicas. Sin embargo, a este respecto, cabe dudar de que algún o alguna marxista no lo haya sido: ¿acaso su propósito no era la instauración de una economía basada en la satisfacción de las necesidades humanas reales mediante la producción de valores de uso? Ahí vemos que la cuestión no es tan sencilla. De hecho, la voluntad productivista en la izquierda no remite al producir por producir, sino a la idea estratégica de que el capital, al desarrollar las fuerzas productivas, acerca la humanidad a la emancipación socialista, al reino de la libertad. Ahora bien, más allá de cierto estadio, lo cierto es lo contrario. Por tanto, tal vez sería conveniente distinguir el productivismo de lo que podríamos llamar la ideología productivista de dominio sobre la naturaleza, o la ideología instrumental del progreso técnico ilimitado.

En mi opinión, esta ideología es hegemónica en la izquierda desde hace dos siglos. Pero no es fácil combatirla, pues no solo tiene sus raíces en la lógica económica del capital, sino también en la situación esquizofrénica que impone esta lógica a las personas explotadas, obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta dura realidad fundamenta el productivismo en la socialdemocracia gestora y en las organizaciones sindicales reformistas, para las que el empleo depende del crecimiento. Como ecosocialistas, nos situamos dentro de la continuidad del Marx ecologista cuando oponemos la idea de que urge producir menos y repartir más, especialmente repartir el trabajo necesario.

Ballast: Una corriente marxista ha podido sostener la idea de que el capitalismo acabaría hundiéndose bajo el peso de sus propias contradicciones económicas. Ciertas críticas ecológicas del capitalismo retoman a veces este tipo de discurso con acentos teleológicos[8], afirmando que el conjunto de la sociedad termoindustrial chocará con límites –físicos, naturales– y se hundirá. ¿El ecosocialismo no se plantea este horizonte?

Tanuro: En efecto, hay marxistas que han sostenido esta idea mecanicista de que la dinámica de acumulación conduciría automáticamente al colapso del capitalismo. Este fue particularmente el caso, en el periodo de entreguerras, de un autor alemán, Henryk Grossman, que hizo de ello un verdadero dogma. Existen efectivamente muchas similitudes entre esta teoría y la del colapso ecológico inevitable de la sociedad termoindustrial, que defienden actualmente determinadas corrientes verdes. Por cierto que no es casualidad que recientemente haya reaparecido una pequeña corriente marxista colapsista en el mundo hispanohablante, especialmente en América Latina.

Los ecosocialistas, por su parte, rechazan este fatalismo del colapso. Que la situación es gravísima es del todo evidente. Pero el capitalismo no se hundirá por sí mismo, no bajo el peso de sus contradicciones internas, ni debido a la crisis ecológica. Al contrario, su lógica lleva a sectores de las clases dominantes a plantear medios neomalthusianos, bárbaros, para salvarse y salvar sus privilegios. Frente a esta amenaza muy concreta, temo que el fatalismo del colapso inevitable haga cundir la resignación. Lo que necesitamos urgentemente es lucha, solidaridad y esperanza.

Ballast: Hay ecosocialistas que critican el término antropoceno porque según ellos invisibiliza el papel del capitalismo y prefieren utilizar el de capitaloceno. En nuestro 7º número en papel, Agnès Sinaï nos dijo: “El capitalismo es una explicación necesaria, pero no suficiente, del antropoceno. Representa una dimensión histórica del industrialismo, pero no explica la fascinación por el átomo, la velocidad, las armas o los hipermercados”. Qué opina usted al respecto?

Tanuro: Discuto el concepto de antropoceno, pero no lo combato. Tomo nota del mismo como conclusión a la que llegan los geólogos a partir de sus criterios de geólogos: el ascenso del nivel de los mares, los elementos radiactivos, los miles de compuestos químicos artificiales y la pérdida brutal de biodiversidad dejarán en la corteza terrestre huellas significativas de la actividad humana. Los geólogos consideran que esto marca la entrada del planeta en una nueva era geológica. Quienes se oponen al concepto de antropoceno no contestan esta conclusión. Por tanto, el problema es semántico.

Es cierto que hablar de capitaloceno permite señalar la responsabilidad principal del capital en la destrucción ecológica. Pero la medalla tiene un reverso: se invisibiliza la responsabilidad de los países del llamado socialismo real. Una responsabilidad que no es menor: recordemos que antes de la caída del muro, Alemania Oriental y Checoslovaquia eran los países del mundo que más gases de efecto invernadero emitían por habitante. Cabe preguntarse también sobre la utilidad de este escamoteo, justo en el momento en que necesitamos comprender por qué estos países fueron productivistas, para no recaer en el mismo atolladero…

En mi opinión, la cuestión clave no es la semántica, sino la datación. Si los geólogos son coherentes con sus criterios de geólogos, entonces el cambio de era no se produce antes de la segunda mitad del siglo XX, lo que significa que las interpretaciones misantrópicas del término antropoceno no son de recibo: no es la especie humana la responsable, sino su modo de producción histórico. Este aspecto es decisivo, pues el peligro de una misantropía esencialista, basada en una seudociencia, es muy real hoy en día y se desarrolla al amparo de la creciente barbarie capitalista. Al mismo tiempo, es evidente que el hecho objetivo del cambio de era no pone fin al debate. Por el contrario, lo abre, y salta a la vista que, a partir de los argumentos a favor y en contra, los criterios de los geólogos no encajan, o en todo caso son insuficientes, por la simple razón de que las causas del cambio de era no son naturales, sino sociales. De ahí la necesidad de la crítica y de la intervención de las ciencias humanas y sociales: historia, sociología e economía.

Ballast: Desde un punto de vista económico, ¿cómo conciliar las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de nuestros sistemas productivos –ante todo, la energía– y cierto decrecimiento del Producto Interior Bruto (PIB)?

Tanuro: Me parece que la pregunta no está bien planteada. Por un lado, el PIB no es un indicador pertinente. Es imperativo, para permanecer dentro de los parámetros ecológicos, reducir masivamente las emisiones de gases de efecto invernadero, y por tanto la extracción, el transporte y la transformación de materias, con el consumo de energía que implican. Por consiguiente, la transición socioeconómica debe enmarcarse en indicadores físicos.

Por otro lado, y sobre todo, son precisamente las gigantescas inversiones necesarias para la transformación de los sistemas productivos, en particular del sistema energético, las que hacen que el decrecimiento en cuestión sea indispensable. La transición, en efecto, no consiste en decir que un sistema B podría funcionar como alternativa al sistema A, sino en indicar el camino que lleva de A a B. El sistema energético fósil no es adaptable a las fuentes renovables. Por tanto, hay que llevarlo al desguace lo antes posible y construir un sistema nuevo. La tarea es inmensa y requiere inevitablemente grandes cantidades de energía. Hoy, globalmente, esta energía es fósil en un 80 %, es decir, fuente de emisiones de CO2. En otras palabras: si todo lo demás se mantiene igual, la propia transición será la causa de emisiones suplementarias.

Ahora bien, estas deben empezar a disminuir de inmediato, y muy radicalmente, como ya he dicho. En el marco de la lógica capitalista de acumulación, el problea es rigurosamente insoluble. Si dejamos de lado el negacionismo climático de Trump y Bolsonaro, la única respuesta del sistema consiste en desarrollar tecnologías insuficientes, inciertas y peligrosas, como la energía nuclear y la bioenergía con captura y secuestro del carbono (BECCS). En vez de hacer todo lo posible para no sobrepasar el umbral de peligrosidad de 1,5 °C, se opta por sobrepasar este umbral con la esperanza de que estas tecnologías permitirán enfriar la Tierra posteriormente. Es una locura integral, un sinsentido absoluto.

Sin embargo, el capitalismo verde se orienta hoy hacia estas soluciones de aprendiz de brujo. ¿Por qué? Porque la única manera racional de equilibrar la ecuación climática es intolerable para él. ¿En que consistiría? Habría que decretar una movilización general, establecer un inventario de todas las producciones inútiles o peligrosas, de todos los transportes inútiles, y suprimirlos lisa y llanamente –sin indemnizar a los accionistas– hasta alcanzar la necesaria reducción de las emisiones. Ni que decir tiene que esta operación requiere medidas draconianas, en particular la socialización de los sectores de la energía y del crédito, la reducción masiva del tiempo de trabajo sin pérdida salarial, la reconversión del personal en las actividades útiles con garantía de renta y el desarrollo de servicios públicos democráticos.

Ballast: Se ha dicho que el decrecimiento es una palabra proyectil. La colapsología, por la atracción que ejerce, inclusive entre personas o grupos sociales pocos politizados, ¿es una palabra imán?

Tanuro: Pero ¿una palabra imán que lleva adónde? Todo el problema radica ahí. Los colapsólogos no son siempre muy claros: hay matices y variantes en su discurso. Pero, en definitiva, siempre suelen recuperar la afirmación de que el colapso es inevitable y que la única respuesta consiste en crear pequeñas comunidades resilientes, ya que no habrá otra manera de sobrevivir después del apocalipsis. En su última obra, Une autre fin du monde est possible, Pablo Servigne y sus amigos escriben incluso que el colapso es como la enfermedad de Hutchinson, una enfermedad degenerativa, hereditaria y mortal: hay que aceptarla y dejar de luchar… En vez de identificar el capitalismo como la causa principal –no digo que sea la única– de la destrucción ecológica, naturalizan las relaciones sociales y hacen planear sobre nuestras cabezas una amenaza de tintes bíblicos. A partir de ahí son posibles todas las derivas ideológicas, y Otro fin del mundo, eso sí, no falta…

Dicho esto, la atracción que ejerce la colapsología es innegable, y no unilateralmente negativa. Se explica, claro está, por la angustia ante las terribles amenazas que comporta la destrucción del planeta, y habrá que agradecer a los colapsólogos que hayan contribuido a informar de la gravedad de la situación. Sin embargo, esta atracción también responde, en algunas personas, a la toma de conciencia política de la necesidad de romper profundamente con la sociedad actual, su productivismo y su fetichismo de la mercancía. Hay ahí una paradoja: si bien parecen incapaces de explicar por qué el capitalismo es tan destructor, los colapsólogos se hacen eco de sectores sociales, especialmente jóvenes, que buscan respuestas anticapitalistas.

Por tanto, me parece importante que con vistas a estos sectores haya debate. En particular, creo que es crucial explicar que la visión de inspiración anarquista de un colapso del capitalismo que abra la vía a la sociedad autogestionaria basada en las comunidades locales no permite hacer frente a los desafíos globales de la transición. La complejidad de esos desafíos requiere una acción planificada. Soy totalmente partidario de las ideas de autogestión descentralizada, pero la transición exige tanto la centralización como la descentralización, la planificación y la autoactividad. La historia ha mostrado los riesgos terribles de degeneración propios de esta combinación de contrarios. Pero la burocratización no podrá evitarse proyectándose, más allá de la transición, en un futuro autogestionario sin Estado ni partidos… Hace falta un programa para combatirla.

Ballast: Al considerar que algunos de ellos naturalizan las relaciones sociales, usted ha reprochado a los colapsólogos de “caer en la regresión arcaica”…

Tanuro: No digo que la naturalización de las relaciones sociales lleve inevitablemente a la regresión arcaica, sino que la favorece indiscutiblemente. Si no se identifica la gran responsabilidad histórica del capitalismo, ¿a qué podemos agarrarnos, dónde está la salida posible? Para algunos, no hay ninguna; la Tierra sufre una enfermedad que se llama humanidad y no sanará hasta que sea eliminada esa raza. Es, por desgracia, la conclusión cínica de James Lovelock al final de su libro sobre la hipótesis Gaia, por ejemplo.

Claro que no debemos clasificar a los colapsólogos entre los cínicos. La salida, para ellos, sería psicológica: deberíamos pasar por una fase de duelo, redescubrir nuestro inconsciente colectivo y nuestros arquetipos, especialmente los arquetipos masculinos y femeninos, desaparecidos desde la prehistoria. Para ello deberíamos practicar rituales encaminados a reencontrar al salvaje que llevamos dentro. En suma, la clave del porvenir habría que buscarla en el pasado más remoto, de conformidad con las elucubraciones reaccionarias de Carl Gustav Jung. Esto es lo que entiendo por regresión arcaica. No obstante, esta cohabita con otras tendencias, como la ecoespiritualidad. La colapsología está atravesada de numerosas contradicciones.

Ballast: A la vista de las decenas de años de inacción por parte de los poderes establecidos y de la correlación de fuerzas actual, cabe temer que se mantenga el statu quo, una situación en que las cosas siguen su curso y nada cambia. ¿Acaso hablar de colapsos para calificar las catástrofes que se derivarían de ello no refleja en todo caso cierto pragmatismo?

Tanuro: Si se emplea el condicional, como hace usted, y se habla de colapsos, en plural, y de catástrofes, en plural, como hace usted, el pesimismo es sin duda una forma de lucidez. Pero no es esto lo que hacen los colapsólogos: no hablan de colapsos, sino del Colapso absoluto, y este superconcepto absorbe todo indistintamente. Desde los colapsos bursátiles hasta los de los batracios y los insectos, todos los fenómenos se juntan como para anunciar el fin del mundo.

El recurso sistemático a referencias científicas confiere a este discurso una apariencia de rigor, pero no hay nada de nada. En primer lugar, porque seleccionan las referencias, pero sobre todo porque hay un vicio de método. Podemos “apoyarnos en los dos modos cognitivos, que son la razón y la intuición”, como escriben Servigne y sus amigos. Pero con una condición: que la razón trate de abarcar tanto la destrucción antrópica del medioambiente, por un lado, como la responsabilidad concreta de la forma social histórica responsable hoy de esta destrucción, por otro. Sin articular estas dos vertientes de la realidad, cuantos más datos se acumulen sobre la destrucción, tanto más la pregunta planteada al público –¿Adónde le dice su intuición que nos lleva esto?– tendrá posibilidades se obtener la respuesta deseada: “Todo se hundirá”. Sin conciencia social, la intuición está sesgada, el razonamiento es circular y se practica la pseudociencia.

Ballast: En 2007 y posteriormente, usted ha criticado el libro del científico Jared Diamond, Colapso, que fue un éxito de ventas. Usted rebate la idea de que el crecimiento demográfico es un factor que sobredetermina la crisis medioambiental: ¿puede explicarnos por qué?

Tanuro: Es evidente que la demografía es un elemento de la ecuación medioambiental. Lo que he criticado en Diamond, entre otras cosas, es su intento de erigir la demografía en el factor sobredeterminante, la explicación en última instancia de los llamados colapsos de sociedades humanas, y por consiguiente en la palanca principal de una política encaminada a evitarlos. Después, las críticas que formulé se han visto ampliamente confirmadas por numerosos trabajos científicos. En particular, se ha demostrado de manera incontestable que la explicación del colapso de la Isla de Pascua que propuso Diamond (la teoría del ecocidio por parte de una población que había sobrepasado la capacidad de carga del ecosistema y que presenta todos los signos de una hibris delirante) no era de punta a cabo más que una trama de contraverdades creadas con toda clase de elementos. Lejos de ser los brutos imbéciles descritos por Diamond, los rapa nui (nombre polinesio de los pascuanos) habían desplegado tesoros de inteligencia para proteger el medioambiente de su isla, inclusive, si fuera necesario, contra sus propios errores.

Fueron las incursiones esclavistas y el colonialismo los que destruyeron aquella notable civilización y arruinaron definitivamente el ecosistema. Pero esta verdad tiene dificultades para salir del pozo, sobre todo en Francia, donde las más altas autoridades del Estado siguen promoviendo el libro Colapso, el gran éxito de Diamond. Espero que los colapsólogos acaben distanciándose de este personaje reaccionario y racista.

21/06/2019

https://www.revue-ballast.fr/daniel-tanuro-collapsologie-toutes-les-derives-ideologiques-sont-possibles/

Traducción: viento sur


[1] Cambio energético, en alemán. Energiewende es el nombre del programa de transición energética de Alemania. Las dos principales medidas que prevé son el abandono de la energía nuclear en 2022 y una generación eléctrica a partir de fuentes 100 % renovables en 2050.

[2] Movimientos de resistencia de todo el mundo contra las industrias de energías fósiles.

[3] El hidrógeno se propone a veces como una solución energética, especialmente para los vehículos: una pila de combustible transforma el hidrógeno en electricidad. Véase “El falso milagro de la ‘revolución del hidrógeno’”, Viento Surhttps://vientosur.info/spip.php?article14486

[4] Véase Serge Audier, L’Âge productiviste, La Découverte, 2019.

[5] Para Marx, la forma inicial de circulación de mercancías tiene lugar de acuerdo con el siguiente proceso: una mercancía se cambia por dinero, que a su vez se cambia por otra mercancía (es el ciclo M-D-M’). Pero existe otra forma de circulación del capital: el dinero se transforma en mercancía, que a su vez se retransforma en dinero (D-M-D’). En el primer caso, el dinero no es más que un medio de intercambio de mercancías; en el segundo, el dinero es la finalidad misma de la circulación.

[6] En la teoría marxista, el trabajo está en el origen de la producción de valor. Este se define por el trabajo abstracto, el tiempo de trabajo medio socialmente necesario para producir una mercancía. Al trabajador solamente le pagan la parte necesaria para su supervivencia: el excedente constituye el sobrevalor (o la plusvalía) que se apropia el capitalista.

[7] Enclavamiento.

[8] Doctrina que considera que todo, en el mundo, tiene una finalidad [un objetivo].

Publicado por revista Ballast