Bong Joon-ho: «Todo, hasta nuestro olor corporal, es un asunto de clase»

Hablamos con el cineasta surcoreano director de ‘Parásitos’, la aclamada Palma de Oro en el último Festival de Cannes

Por Nando Salvá

Desde que se dio a conocer internacionalmente gracias a ‘Memories of murder’ (2003) y ‘The Host’ (2006), se ha confirmado como un maestro a la hora de juguetear con los géneros -mezclando la comedia negra con el cine de monstruos, la sátira política con el ‘actioner’ y la intriga policial con el ‘slapstick’- con el fin de explorar diversas formas de fealdad humana. Eso mismo vuelve a hacer en su mejor película, ‘Parásitos’, por la que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes. En ella convierte la división de clases en puro vitriolo mientras contempla a una familia pobre que se infiltra gradualmente en la vida cotidiana de una familia rica.

Sucedió mientras rodaba ‘Rompenieves’ (2013), que ya era una película sobre la oposición entre ricos y pobres. Quise ahondar en el tema, y se me ocurrió hacerlo a partir de la idea de infiltración. Cuando yo era joven, di clases particulares a un niño rico. Cuando iba a su casa me sentía intruso de un mundo al que no pertenecía. Aquella mansión era impresionante, incluso tenía una sauna en el segundo piso. Y yo pensaba en lo divertido que sería si mis amigos pudieran colarse conmigo en la casa.

En realidad, los asuntos de clase están presentes en todo su cine. ¿Qué le lleva a explorarlos una y otra vez?

Porque afectan a todas nuestras interacciones. Intentamos ignorarlos porque nos incomodan, pero no hay manera. Cuando nos presentan a alguien, de forma instintiva reparamos en la ropa que viste, en si su teléfono es de gama alta o si su reloj o su bolsa son caros. Y, si nos acercamos lo suficiente, incluso nos fijamos en cómo huelen. Todo, hasta nuestro olor corporal, es un asunto de clase.

¿Es casual que tantas películas coreanas de éxito recientes hablen de desigualdades económicas? 

Es un problema terrible en todo el mundo, pero especialmente serio en Corea del Sur. El país experimentó un crecimiento económico bestial durante la dictadura de Park Chung-hee, que se preocupó mucho por asuntos financieros y muy poco por las libertades civiles, y estimuló las diferencias de clase. En nuestra sociedad, los ricos y los pobres rara vez se encuentran. Viven en diferentes vecindarios, van a restaurantes distintos. ‘Parásitos’ trata de los escasos momentos en los que los ricos y los pobres se acercan tanto que, de nuevo, pueden olerse los unos a los otros. Nadie construyó conscientemente el muro, pero existe y es muy frágil; si colapsa, puede suceder lo peor.

Disculpe la pregunta obvia: ¿quiénes son los parásitos en su película?

A primera vista, son la familia pobre, porque se infiltran en la familia rica para chupar su sangre. Pero los ricos no pueden vivir su vida sin depender de los demás, así que también son parásitos. ¿Y quién es responsable de esta degeneración generalizada? ¿Y de dónde proviene esa brecha que separa a una clase de la otra? De eso trata la película. La familia pobre es lo suficientemente inteligente y hábil como para prosperar en muchos trabajos, pero el sistema no le da la oportunidad de hacerlo.

Casi toda la película transcurre o bien en la casa de una familia o bien en la de la otra. ¿Complicó esa limitación espacial el rodaje?

Para nada, las limitaciones me inspiran. Y, al contrario, me pongo muy nervioso cuando tengo infinitas posibilidades. Mi anterior película, ‘Okja’ (2017), empezaba en las montañas coreanas y acababa en Manhattan, y estaba llena de efectos especiales. Era una película épica, y sus complicaciones técnicas me dejaron exhausto. No me arrepiento, pero esta vez he podido dedicar toda mi energía a los personajes y la historia. Y así es como quiero que mi cine siga siendo.

‘Parásitos’ cuenta una tragedia, pero mientras la ve uno no puede parar de reír. ¿Le parece bonito?

Soy un sádico, lo siento, me gusta hacer que el público sufra mientras se divierte, que se rían a pesar de que saben que está mal hacerlo. Además, la vida real no es solo tragedia o solo comedia, sino una combinación, ¿verdad? Al menos así la veo yo. Por eso, mis películas también son así.

Otro rasgo distintivo de su cine es la mezcla constante de géneros. Suele decirse que, en lugar de pertenecer a un género concreto, sus películas son un género en sí mismas. ¿Qué le parece?

Me encanta. Para mí el cine de género es como el aire que respiro, lo he mamado desde niño. Pero cuando estoy rodando una película o montándola, en ningún momento me pregunto: ¿de qué género es esta historia? ¿Qué convenciones narrativas debería respetar? Algunos ven mis películas como comedias negras; otros, como críticas sociales; otros, como cine de acción. Pues bien: son todo eso a la vez. Con razón me cuesta tanto escribirlas.

¿Cuánto le cuesta?

Tanto que, mientras escribo un guion, mi familia llega a odiarme. Me comporto como un neurótico, un gruñón y un tirano. Mi esposa me sugiere que tome ansiolíticos, pero seguro que las pastillas me impedirían escribir. Y lo peor es que nunca me quedo contento con el resultado. Soy muy cruel con mis películas. Cada vez que veo ‘Parásitos’, sin ir más lejos, no dejo de preguntarme por qué no rodé esta o aquella escena de otra manera.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20191024/entrevista-bong-joon-ho-estreno-pelicula-parasitos-7698845

Ángela Davis: Vivir luchando

Su imagen con afro ha sido representada hasta el abuso, y forma parte de la historia contemporánea. Angela Davis no solo es un símbolo del afrofeminismo y la lucha antirracista en todo el planeta, también es un icono cultural estadounidense, un personaje histórico y una pensadora de primera línea. 

Hija de un mecánico de coches y una profesora de escuela, nació en Birmingham, Alabama, el 26 de enero de 1944. El lugar donde vivía la familia era llamado «Dynamite Hill» (Colina Dinamita) por el gran número de casas de afroamericanos asaltadas por el Ku Klux Klan. Su madre tambien fue activista a favor de los derechos civiles y había estado activa en el NAACP, antes de que dicha organización fuera proscrita en Birmingham.

Davis asistió a escuelas segregadas en Birmingham. Cuando tenía 14 años se benefició de un programa de una organización religiosa progresista que permitía a estudiantes negrosos del sur ir a estudiar a escuelas del norte. Angela Davis pudo de esta manera ir a Nueva York y asistir a una escuela progresista en Greenwich Village, donde varios de los profesores estaban en la lista negra durante la terrible «caza de brujas» hoover-macarthista. Este ambiente radical le permitió introducirse en el estudio del socialismo.

En 1961 Davis se matriculó en la Universidad Brandeis en Boston, Massachusetts, para estudiar francés. En el verano de 1962 ella viajó por primera vez a Europa, para participar en el VIII Festival Mundial de la Juventud cebrado en Helsinki, Finlandia. Allí puso conocer a otros jovenes con ideas revolucionarias parecidas a las suyas e intercambiar experiencias.

La carrera incluía un año en La Sorbona, en París. Poco después de volver a los Estados Unidos pudo acordarse de la lucha por los derechos civiles que se estaba llevando a cabo en su ciudad natal cuando cuatro muchachas que conocía fueron asesinadas en la explosión de la Iglesia Baptista de Birmingham, en setiembre de 1963, un hecho que marcaría decisivamente su manera de pensar y su trayectoria posterior.

Después de graduarse en la Universidad Brandeis en 1965 con resultados sobresalientes, pasó dos años en Alemania, en la facultad de filosofía de la Universidad Frankfurt. Allí realizo numerosas actividades pese a que le resultaba complicado el idioma alemán, y asistió a clases de Adorno y otros importantes pensadores socialistas de la llamada Escuela Crítica de Frankfurt. Tambien entró en contanto con los movimientos juveniles, como la Liga de Estudiantes Socialistas (SDS).

29032-2013-Com-Angela-Davis-613X463Sin embargo los acontecimientos se estaban precipitando en Estados Unidos, con el movimiento de derechos civiles, el surgimiento del partido de las Panteras Negras, y las protestas contra la Guerra de Vietnam, así que regreso en 1967 a su país. Se instaló en San Diego, y siguió estudiando filosofía en la Universidad de California donde en ese momento estaba trabajando Herbert Marcuse. Davis recibió una gran influencia de Marcuse, especialmente su idea de que era un deber del individuo rebelarse en contra del sistema. Marcuse está considerado el «padre espiritual» del Mayo del 68francés.

En 1967 Davis se unió al Comité Coordinador Estudiantil NoViolento (SNCC) y al Partido de los Panteras Negras, y en 1968 también se involucró con el Partido Comunista Estadunidense.

En 1969 realizó un viaje a Cuba, donde quedó impresionada por la Revolución, al igual que otros muchos intelectuales de la época. De ese viaje sacó la conclusión que ha guiado su pensamiento de que la lucha contra el racismo y a favor del socialismo eran algo inseparable.

Angela Davis empezó a trabajar a finales de los 60 como profesora de filosofía en la Universidad de California. Cuando en 1969, el FBI (dirigido por  Edgar Hoover) informó a las autoridades de California (donde el gobernador era Ronald Reagan) de que ella era miembro del Partido Comunista Estadunidense, rescindieron su contrato. Esta suspensión levantó grandes protestas en la comunidad universitaria por lo que tenía de represiva, ilegal e injusta.


Ángela Davis en la Tienda de Afroféminas



Davis participó en la campaña para mejorar las condiciones en las cárceles. Se interesó especialmente en el caso de George Jackson y W.L. Nolan, dos afroamericanos que establecieron una sucursal de las Panteras Negras mientras estaban en la prisión Soledad en California. El 13 de enero de 1970, W.L. Nolan y otros dos prisioneros negros fueron asesinados por uno de los carceleros. Unos días después el Jurado del Condado de Monterrey determinó que el guarda había cometido un «homicidio justificable». Cuando poco después, un guarda fue encontrado asesinado, George Jackson y otros dos prisioneros, John Cluchette y Fleeta Drumgo, fueron acusados de su muerte. Se argumentó que buscaban vengarse de la muerte de su amigo W.L. Nolan.

El 21 de agosto de 1971 George Jackson fue asesinado en el patio de la prisión de San Quintín. Llevaba una pistola automática 9mm y los oficiales dijeron que trataba de fugarse. Estos hechos son confusos y nunca se han aclarado. George había publicado ese año desde la carcel un libro titulado «Soledad Brother: The Prison Letters».

El 7 de agosto de 1970, el hermano de George Jackson, Jonathan, de 17 años, irrumpió en la corte del Condado Marin acampañado de otros dos jovenes armados con ametralladoras y tras tomar como rehenes al juez Harold Haley y a otras personas, demandó que George Jackson, John Cluchette y Fleeta Drumgo fueran liberados. El conflicto acabo de forma sangrienta con un tiroteo con la policía en el que acabaron muertos dos de los tres asaltantes entre ellos Jonathan, así como el juez Haley, además de resultar varias personas más heridas.

Aunque Angela Davis no estuvo en el lugar de los hechos, la policía dijo que las armas usadas por Jonathan durante el asalto estaban registradas a su nombre, por lo que orderaron su inmediata detención.

Entonces Davis se dio a la fuga y el FBI la nombró como una de las «criminales más buscadas». Fue arrestada dos meses después en un motel neoyorquino, y la metieron en la carcel, primero en Nueva York y más tarde la trasladaron a California donde debía resolverse su caso. Durante el tiempo que permaneció en prisión ella no dejo su activismo político y de luchar por mejorar las condiciones de los presos. En 1971, estando en la carcel, se publicó su libro «If They Come in the Morning».

El encarcelamiento de Angela Davis movilizó a personas de todo el mundo pidiendo su libertad, y la campaña «FREE ANGELA» fue uno de los episodios más importantes de los movimientos de protesta en la primera mitad de los 70.

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Angela Davis en la conferencia del año pasado en Barcelona

Como resultado de esta presión en febrero de 1972 se permitió a Angela Davis salir de la carcel en espera del juicio. El juicio se celebró poco despues y concluyo el 4 de junio con un veredicto de inocencia, siendo absuelta de todos los cargos. Había estado 16 meses en la carcel.

Aunque Reagan pretendía que nunca volviera a dar clases, la movilización y la presión popular forzaron el cambio de actitud y permitieron a Angela Davis retornar a la Universidad de California y seguir dando clases con normalidad.

Davis también trabajó como conferenciante de estudios afroamericanos en el Claremont Collegede 1975 a 1977.

En 1979 visitó la extinta Unión Soviética donde fue recibida con entusiasmo y recibió el Premio Lenin de la Paz. Además fue nombrada profesora honoraria en la Universidad de Moscú. En 1980 y 1984, Davis fue candidata a la vicepresidencia de Estados Unidos por el Partido Comunista.

Visita a la unión soviética
Angela Davis en su visita e la U.R.S.S.

Hoy en día Angela Davis continua su labor a favor de los colectivos discriminados, pacifistas y feministas. Recorre el mundo dando conferencias y talleres, utilizando su fama mundial para mejorar nuestro mundo. Una vez dijo: «No, no soy feminista, soy una revolucionaria negra». Hoy en día su pensamiento ha evolucionado y desde luego se nombra feminista.

Vídeo de una reciente visita a Brasil de Angela Davis. Estas imágenes expresan mejor que nada lo que significa esta mujer en el contexto de nuestra lucha:

Angela Davis es un mito, un icono del siglo XX. Su pelo afro y su estética la han transcendido, haciéndola en demasiadas ocasiones víctima de ello, ya que muchas veces su mensaje se trivializa. Pero a pesar de ello ha escrito algunos de los textosfundamentales del pensamiento afrofeminista («If They Come in the Morning: Voices of Resistance» 1971, «Angela Davis: An Autobiography» 1974, «Women, Race and Class» 1981 y «Women, Culture, and Politics» 1989) y que si eres una mujer interesada por el feminismo y la lucha antirracista deberías leer.

Davis ha vivido una vida en primera línea de la historia y ha contribuido de manera decisiva a empezar a cambiar el mundo.


Redacción Afroféminas

ELECCIONES O NO ELECCIONES EN VENEZUELA: CUENTOS DE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

por Jeudiel Martínez

I
Los antichavistas están ahora ante el dilema de participar o no en elecciones, parlamentarias en este caso. Lo más probable es que los hagan porque como hay unas encuestas por ahí que dicen que la gente está es dispuesta a votar pues están diciendo «!!! repampanos, es hora de ir a las urnas!!!», al menos eso dice la oposición de las buenas almas, que ve la política como un capítulo del manual de urbanidad de Carreño y que espera que el chavismo «entre en razón» o «acepte la realidad».

Por supuesto no hay ninguna reflexión sobre el problema de fondo de que, luego de 2017, su estrategia fue desmovilizante y enfocada en una diplomacia que no funcionó y que lo que ocurre hoy no solo es obra y resultado del chavismo sino de varios fracasos adicionales de la oposición…pero «el pasado es pasado» dirían ellos, y hay que enfrentar el presente. Ya tienen un precedente de haber dañado seriamente al país por abstenerse en 2005, en elecciones parlamentarias, un perjuicio tan grande al menos como el paro petrolero y el Golpe de Abril . Desde entonces en vez de considerar cada situación por separado, en general, lo que han hecho es aplicar un principio moral «siempre hay que participar en elecciones», o “no hay garantías con esta dictadura” ellos se sienten muy preclaros al decir esas cosas, se escandalizan de que alguien les diga lo contrario…

Pero cómo son estas elecciones a diferencia de las de 2005?. Hasta ese año, incluso hasta 2012 las elecciones eran transparentes PORQUE EL CHAVISMO NO ERA UNA DICTADURA solo un gobierno autoritario y ventajista, más monarquia que tirania, si nos ponemos clasicos…el acuerdo con Carter y la necesidad de regularizar las relaciones con EEUU les obligó a crear un sistema electoral que, aunque controlado por ellos, era auditable. Es que no podían eliminar las elecciones y, además, no querian hacerlo, tenian confianza en ganarlas gracias a Chávez porque ese era un régimen plebiscitario (de ahí la importancia capital del clientelismo y la corrupción masivas)…por eso es que luego de 2008, cuando ya sabían que no eran invulnerables electoralmente, modificaron la ley electoral iniciando una tendencia en que se trata no de eliminar la oposición sino de tenerla contenida, limitada.

Pero lo que pasó luego de 2015, sin Chávez y sin petrodólares, ya no es un simple fraude: es una FALSIFICACIÓN DE LA ELECCIÓN al estilo de la constituyente. Compiten los candidatos que el chavismo quiere, en las condiciones que quiere, aquellos que son adversos son descartados y los que concurren ya tienen, inevitablemente, un tinte y un discurso colaboracionista…peor aún: luego de lo que pasó en la Asamblea Nacional, donde empezaron a usar políticos sobornados como proxies, parece que la táctica ahora será usar partidos y candidatos falsos de oposición, esto incluye que el Tribunal Supremo le entregue el control de partidos de oposición como Primero Justicia a sectores de esos partidos que han hecho “acuerdos” con el chavismo…Esto no debería ser necesario explicarlo luego de la constituyente y la elección de Maduro: más que un fraude del resultado es falsificar la elección como se falsifica un billete, en una jugada digna de simulacro y simulación de Baudrillard.

Estas elecciones que son de verdad joyas de lo que los mismos chavistas llaman “guerra híbrida” son un juego, una burla, Maduro podría sonreír y guiñar el ojo a la gente como diciendo “claro que no son elecciones” porque si la gente NO CREE en las elecciones los únicos que van a votar son los chavistas del aparato, los fanáticos y los desesperados, y luego el gobierno y la izquierda global y Rusia, etc. podrán decir que el chavismo recuperó la mayoria con 50% de los votos así hayan votado 20 personas…Pero incluso si la gente va, y vota, además de que los candidatos están filtrados y no hay control del resultado, ahora está la posibilidad de que los supuestos candidatos y partidos de oposición sean comparsas al estilo de Luis Parra.

II
Semejante jugada que, aunque burda, es muy, muy astuta, y particularmente difícil de entender para estos liberales de corte normativo, moralista, que componen la oposición moderada que lo resuelven todo con normas de urbanidad “cómo no vamos a ir a elecciones si somos demócratas”. No olvidemos cómo el chavismo juega con esta gente tan excelente pero también tan leguleya de las ONG y los derechos humanos: esconden a Requesens y todos se vuelven locos hablando de desaparición forzada, cuando se les dice que simplemente está incomunicado invocan miles de definicos, acuerdos y reglamentos…y entonces los chavistas lo aparecen como burlándose de ellos de la misma manera en que los adultos juegan con los niños “robándole la nariz” o algo así…

Es cierto que hay una veta más “pragmática”, si eso es posible, de la oposición venezolana y pasa por la idea de que Maduro “tiene” que hacer elecciones. Estos “tiene” le dan una enorme seguridad a los antichavistas: Trump “tiene” que intervenir en Venezuela, decían hace un año, porque razones de prestigio y porque “no puede” dejar operar el terrorismo desde Venezuela…resulta que Trump es quien decide lo que Trump tiene que hacer y, cómo lo descubrieron en Kobane y en Corea del Norte, no es para satisfacer las expectativas (imaginarias) de otros.

De los “tiene” de la oposición moderada, aquel de “estamos condenados a dialogar” es legendario, y prueba que en este sector hay un moralismo y un normativismo que, simplemente, no termina de dejarlos acceder a la realidad, es decir, a entender la naturaleza del chavismo. En esa veta entran las declaraciones recientes del politólogo John Magdaleno: “El oficialismo debe restituir las garantías si quiere sobrevivir a largo plazo” que son de lo más notables porque desconoce el hecho, evidente, de que el oficialismo ha sobrevivido hasta este punto suspendiendo y arrebatando todo tipo de garantías.

Es verdad que para una clase política, autoritaria o no, una negociación -como Nicaragua en el 89 la reforma neoliberal- puede ser el mejor camino para estabilizar un gobierno tiránico, yo mismo creí eso hasta 2018, cuando la REALIDAD me mostró claramente otra cosa. Pero gente como Magdaleno por un lado no entiende que el chavismo no está dispuesto a hacer eso, que no lo ha hecho, y por el otro, que eso ya deja ver una RACIONALIDAD en el chavismo que es distinta a la de los políticos tradicionales, incluso autoritarios, y que se ha demostrado efectiva para mantenerse en el poder: lo que distingue el periodo de Maduro del de Chávez es que Maduro se ha librado cada vez más de la razón burocrática y estatista, gubernamental, para concentrarse en una semejante a la del crimen organizado, de la guerra en red en la que, indudablemente, son eficientes.

La frase “en el largo plazo” por si sola lo dice todo sobre esa incapacidad de entender al adversario pues el chavismo, y esto se ha demostrado, una y otra y otra vez, no piensa en el largo plazo, siempre está improvisando, cree que cada dia, cada mes y cada año de sobrevivencia es una victoria y que largo plazo del chavismo se hace sumando cortos plazos. El chavismo es survivalista.

Habiendo tenido éxito hasta ahora en mantenerse en el poder, porque habrían de cambiar de estrategia?. El año pasado, con las sanciones a todo vapor, tras una conspiración en su contra desde lo más alto del comando militar, habiendo enfrentado revueltas populares los primeros meses del año no cedió en nada…porque habría de hacerlo ahora que está a la ofensiva?

Así que Maduro no “tiene” que hacer lo que la oposición piensa que tiene que hacer, ellos pasaron todo el año diciendo que “tenía” que dialogar o negociar y simplemente usó las charlas para ganar tiempo descartando las elecciones presidenciales. Ahora se dice que, para normalizar un poco la situación económica, “tiene” que tener un parlamento que apruebe endeudamientos, presupuestos, etc. y Maduro lo sabe: va a elegir un parlamento títere que haga eso mismo y, si no le resulta, si ese parlamento no va a ser reconocido internacionalmente, entonces seguirá esquivando las sanciones como lo ha hecho desde el año pasado, sanciones que, dicho sea de paso, están aflojando ahora que hay poderosas fuerzas haciendo lobby a favor del chavismo pues, una vez más, Trump no tiene que calcular cómo los venezolanos creen que debe sino como A ÉL LE CONVIENE y hay gente convenciendo de que le conviene mantener a las petroleras americanas en Venezuela Rudolph Giuliani y la Chevron están ya abogando por él. La red chavista abarca grandes empresas y gobiernos en europa mientras las buenas almas hablan de cómo “tiene” que hacer elecciones…

III

Según Magdaleno han estudiado centenares de casos de transición democrática. Uno solo puede preguntarse si en algunos de ellos quede registro de una oposición que descarta, por completo, la idea de que la población se movilice para tener algún control sobre su propio destino. Las luchas contra regímenes como chavista toman años, a veces décadas, y pasan por periodos de desmovilización y removilización, a veces arrancan desde cero. Poblaciones depauperadas como la de Rumania y Haití derrocaron a sus opresores y otras, como la palestina, aunque usualmente derrotadas nunca dejan de movilizarse en algún grado. Pero, como hemos dicho antes, todas las tendencias del antichavismo rechazaron la movilización como opción luego de 2017 sin entender qué pasó entonces y como, ellos mismos, jugaron un papel en el fracaso de una rebelión que enfrentaba condiciones muy adversas.

Movilizar a la gente es para los antichavistas tan imposible como tocar el sol con el dedo, la desmovilización se ha convertido casi en un axioma y se pueden contar con los dedos de las manos las personas que siquiera la mencionan.

En el caso de las elecciones parlamentarias esto es muy importante porque, sin movilización, no hay posibilidad alguna de que sean más que una falsificación. Sin embargo muchos las ven como una suerte de apertura aún cuando no lo sea: es cierto que, estando bajo presión, gobiernos autoritarios o totalitarios hacen elecciones sea porque han tenido que ceder sea como maniobra para manejar esas presiones. En ese caso se puede hablar, efectivamente, de una oportunidad para ocupar espacios. Pero este no es el caso: el chavismo está a la ofensiva y es quien quiere ocupar el espacio del poder legislativo para avanzar en su normalización (a su manera africana claro está) que, en este punto, ya es la tendencia.

En este caso, sin ser binario, se plantean dos opciones claras: si las elecciones son tan adulteradas como las otras dos anteriores la gente se abstendrá masivamente y no querrá nada tener que ver con ellas. Si no lo son, si inspiran alguna confianza e incluso, si alguna oposición real participa (eso en este punto lo decide el chavismo) es bastante difícil creer que el chavismo va a permitir un resultado como el de 2015. Diputados reales de oposición pueden quedar allí, en minoría, sólo para que el gobierno pueda decir que las elecciones fueron libres. Pero, en este punto, lo que ocurra depende por completo de cómo el gobierno las quiera diseñar y el chavismo, repitamos, no está en un periodo de repliegue, de concesiones, ni nada de eso.

Es difícil ver una razón para que no actúen con la misma determinación y saña ante esas elecciones como lo hicieron para tomar control de la vieja Asamblea Nacional…que se los impide? Las sanciones a las que han sobrevivido y que hasta han logrado aflojar un poco?, no vino un patrullero americano a traer la noticia de que habían sido levantadas sanciones contra el Banco Central?

Henrique Capriles ha hecho una aproximación un poco más pragmática y un poco menos sumisa al asunto hablando de las elecciones en relación a la movilización política planteando combinar las dos vías. Eso, en general, es posible pero habría que ver las circunstancias en que se den las elecciones: movilizar la gente por esa vía implica que habrá candidatos en los que la gente podrá verter su descontento, como hizo en 2015, seguir el proceso y si cree que hay fraude salir a las calles…pero puede ser que esta sea una versión parlamentaria de la elección presidencial de 2018 (y los últimos acontecimientos indican que puede ser así) o el número de candidatos de oposición reales sea demasiado pequeño para cambiar nada y queden allí, solo para que la gente se ilusione con que hizo algo.

En ese contexto hay quien habla de presionar o negociar con el gobierno sobre el proceso electoral, sobre el CNE nuevo, etc. pero como si, dicen los mismos antichavistas, el país está desmovilizado?. Las esperanzas se basan, por completo, en presiones externas que no se sabe si ocurrirán o si serán efectivas. Por demás, incluso si el chavismo renueva el CNE y mete otras figuras que no estén en su nómina, todavía queda el Tribunal Supremo de Justicia y la constituyente disponibles para vetar partidos y candidatos o entregar los partidos de oposición a quien les convenga, para aprobar leyes o reglamentos a conveniencia, etc.

Entonces qué es lo que hace la diferencia, pragmáticamente hablando? No las elecciones en sí sino las presiones y fuerzas que actúan contra y sobre el chavismo antes, durante y después de ellas. Para los que todavía tienen el fetichismo por Trump o la llamada “comunidad internacional” eso puede tener sentido pero hasta ahora ninguna presión externa ha sido eficaz para hacer que el chavismo cambie o negocie su monopolio del poder político: lo más probable es que haga su simulacro electoral y, si no le resulta, seguirá improvisando. El rango de lo que los chavistas consideran que es conveniente o útil es muy limitado: la constituyente sirvió para iniciar una estabilización política y terminar el ciclo de rebelión, las presidenciales para mantener a Maduro en el poder, en ambos casos, había mejores alternativas que desecharon y muchos efectos adversos con los que lidiaron en su momento, porque el objetivo era siempre muy específico y enfocado en el corto plazo.

Pero incluso si se hicieran elecciones transparentes donde la oposición tiene mayoría: no volveríamos al mismo punto de 2019? Que un poder legislativo haga leyes y pueda limitar el poder del ejecutivo requiere una institucionalidad que Venezuela no tiene, que pueda oponerse de otras maneras implica que pueda invocar fuerzas que le apoyen…

Así, el asunto siempre vuelve al de las fuerzas. Lo único que justifica estas elecciones, luego de todas las obscenidades que han ocurrido, es la vaga expectativa que la coyuntura sirva para movilizar a la gente…pues el problema es aquel que los antichavistas sean moderados (colaboracionistas?) o radicales (radicales en que o de que?) no quieren pensar: a la vez las fracturas en la red del poder chavista y la movilización de fuerzas sin las cuales no ocurre transición política alguna excepto que, como en argentina, el régimen se desmorone.

Si se descartan esas dos hipótesis solo quedan opciones como el Éxodo, la lucha por la sobrevivencia, y la resistencia cotidiana que, de ser cierto que Venezuela es el único país de la tierra donde la gente es completamente incapaz de luchar por su libertad (ahora o en el futuro) son las únicas que quedan….

Porque este ciclo de ya veinte años de ilusiones y desilusiones antichavistas, de depresiones desmovilizantes seguidas de expectativas ilusorias, me parece, nos lo podemos ahorrar…

Una historia de tres ciudades

Por David Harvey

Una casa es una cosa bastante simple. Pero también es una mercancía, lo que significa que abunda «en sutilezas metafísicas y sutilezas teológicas», como dijo Marx en una ocasión. Crecí en una casa en un barrio obrero seguro y respetable de Gran Bretaña después de 1945. La casa era un valor de uso – firme en su ordinariez-. Constituía un espacio seguro, aunque bastante represivo, en el que comer, dormir, socializar, leer cuentos, hacer los deberes o escuchar la radio; un lugar en el que la familia, con todas sus complejidades y tensiones internas, podía vivir y relacionarse sin demasiadas interferencias externas. Las relaciones con los vecinos eran cordiales y de apoyo, pero no íntimas. Esta era la ciudad del valor de uso.

Sin embargo, recuerdo el día en que se pagó la hipoteca. Hubo una leve celebración. La casa, me di cuenta entonces, tenía un valor de cambio que podía ser transmitido a las generaciones futuras (como yo). Pero eso nunca fue un tema de conversación. No muy lejos había urbanizaciones de viviendas sociales. A mí me parecían buenas, pero cuando salí con una chica de allí mi madre lo desaprobó rotundamente: eran personas irresponsables en las que no se podía confiar, dijo. Pero también ellos parecían tener una vivienda segura en un entorno no demasiado malo -aunque algo soso-. Escuchábamos los mismos programas de radio y los niños jugaban a los mismos juegos en la calle. Pero en época de elecciones apoyaron a los laboristas. En mi barrio había algunos carteles, algunos laboristas pero también algunos conservadores. La propiedad de viviendas de la clase trabajadora, promovida desde la década de 1890 en adelante en Gran Bretaña, siempre había sido un instrumento de control social y de defensa contra el bolchevismo. En Estados Unidos dicen: «los propietarios de viviendas con deudas no van a la huelga».

En los años 80 el énfasis cambió. Margaret Thatcher vendió las viviendas sociales y la gente se preocupó más apasionadamente por el valor de cambio de sus casas. Las empresas de construcción que promovían la propiedad de la vivienda dejaron de ser instituciones de la clase trabajadora local y se convirtieron en algo más parecido a los bancos. En 1981, casi un tercio de todas las casas de Gran Bretaña pertenecían al sector público, pero en 2016 esta cifra había caído a menos del 7%. En un mundo neoliberal ideal no debería haber viviendas sociales. Como sostiene Colin Crouch, “los inquilinos de viviendas sociales son el residuo no deseado de un pasado pre-neoliberal”. Se nos dio la oportunidad de ser una democracia propietaria. Se intercambiaban casas para alquilar o arreglar. Entonces tal vez la gente podría mudarse a un barrio de mayor estatus. El énfasis estaba en mejorar la casa como valor de intercambio, como una forma de ahorro y como un lugar para aumentar la riqueza personal. La riqueza individual en la propiedad de la vivienda era un tema común de conversación. La «gentuza» (como la gente de color o los inmigrantes) se mantendría al margen para proteger el valor de las propiedades del vecindario. La segregación se hizo más estricta y florecieron las comunidades cerradas. Se cerraron los espacios y se agotaron los bienes comunes urbanos.

A finales de siglo el énfasis cambió de nuevo. La casa fue vista como un instrumento de acumulación de capital y ganancia especulativa. Se convirtió en un cajero automático del que la gente podía extraer riqueza refinanciando sus hipotecas. El crédito y la liquidez se extendieron a través de los mercados inmobiliarios, llevando los precios de la vivienda de un lado a otro. Pero detrás de este cambio surgió un poder mucho más monstruoso. La atención no se centró en la casa sino en la tierra en la que se encontraba. La brecha entre el valor actual de la tierra y el valor bajo, el mejor y más alto uso atrajo a los inversores. Para realizar esta ganancia especulativa, los usos existentes tenían que ser desplazados y los ocupantes actuales desalojados, o bien los residentes actuales tenían que pagar alquileres de tierra más altos por el privilegio de permanecer en el lugar.

Se pueden encontrar ejemplos dramáticos en todas las grandes regiones metropolitanas del mundo. Tomemos el caso de China. El precio de la tierra se quintuplicó en China entre 2004 y 2015. Antes de 2008, el valor de la tierra representaba un promedio del 37% de los precios de la vivienda en Beijing. Después de 2010, ese porcentaje ha aumentado hasta el 60%. En todas partes, las poblaciones de bajos ingresos se vieron obligadas a abandonar el país o se vieron agobiadas por el aumento vertiginoso de los alquileres. «Millones», escribió Dinny McMahon en su libro La Gran Muralla de la Deuda de China, «han sido excluidos de los mercados de la vivienda en las ciudades en las que viven, y la situación sólo va a empeorar».

Marx no se habría sorprendido. «La pobreza es una fuente más fructífera para el alquiler de casas que las minas de Potosí para sus propietarios», dijo. La propiedad de la tierra tiene un poder enorme que le permite «excluir a los trabajadores que luchan por los salarios de la tierra misma como su lugar de residencia». Es, continuó observando, “el alquiler de la tierra y no la casa lo que es objeto de especulación”.

En muchos barrios, las poblaciones de bajos ingresos han sido desalojadas para dar paso a oportunidades de inversión de alto nivel, condominios caros y conversiones a nuevos usos, como Airbnb. Ya no era el mero valor de cambio lo que impulsaba la actividad del mercado de la vivienda, sino la búsqueda de la acumulación de capital mediante la manipulación de los mercados de la vivienda. El rápido aumento de los precios de los bienes inmuebles parece beneficiar a los propietarios de las viviendas, pero los principales beneficiarios son, de hecho, los bancos, las instituciones de crédito y los grandes conglomerados y fondos de cobertura que se han unido al juego especulativo.

Esto se hizo evidente cuando llegó la crisis. Los bancos fueron rescatados y los propietarios de viviendas fueron alimento para los tiburones de la bolsa. En los Estados Unidos millones de personas perdieron sus casas por ejecución hipotecaria en 2007-10, mientras que en el sector de los alquileres el ritmo de los desalojos de poblaciones de bajos ingresos se aceleró en todas partes, con consecuencias sociales devastadoras. Los fondos de cobertura y las empresas de capital privado compraron las viviendas embargadas a precios de venta al público y ahora están haciendo una matanza financiera en sus operaciones. En lo que quedaba del sector público, la austeridad condujo al mantenimiento diferido y al deterioro del parque de viviendas hasta el punto de que, según nos dijeron, sólo la privatización mejoraría las cosas. Los privatizadores resultaron ser especialistas en desalojos, por lo que se aceleró la conversión de viviendas asequibles para poblaciones de bajos ingresos en viviendas lucrativas basadas en el mercado.

Esta es la ciudad de la ganancia especulativa: la ocupación se vuelve inestable y efímera, las solidaridades sociales y los puntos en común de los barrios se desintegran, y la gente de la inmobiliaria marca barrios de lujo, a menudo cerrados, con cualidades ficticias de vida superior. Esto se ha convertido incluso en una profesión a tiempo completo: «imaginería urbana», lo llaman. La realidad es que las relaciones sociales se deshilachan, con resultados aterradores. Glyn Robbins dice de la ola de crímenes que está arrasando Londres: «Las políticas urbanas neoliberales y orientadas al beneficio han producido ciudades en las que muchos jóvenes sienten literalmente que no tienen cabida. Les resulta casi imposible encontrar un hogar que puedan pagar en las comunidades donde nacieron, frustrando su capacidad de desarrollar una vida independiente. Sus redes sociales, su sentido de pertenencia y el respeto del mundo adulto se han visto afectados hasta el límite. Nada podría estar más perfectamente calculado para crear una situación en la que los jóvenes no se preocupen, ni por la vida de los demás, ni por la suya propia». Este es un mundo diferente al que yo crecí. Pero la casa sigue siendo una casa.

Diferentes formas de valor siempre han coexistido incómodamente dentro de la forma de la mercancía. Su coevolución dentro de la historia reciente de los mercados de la vivienda ha culminado en el actual punto muerto en el que estas reglas de valoración especulativa hacen que más de la mitad de la población del planeta Tierra no pueda encontrar un lugar decente para vivir en un entorno de vida decente debido al poder hegemónico del capital sobre los mercados de la tierra y de la propiedad. No tiene por qué ser así. Limpiando mi despacho recientemente, me encontré con un folleto publicado por el Consejo Metropolitano de la Vivienda de Nueva York en 1978. El título era Housing in the Public Domain (Vivienda en el dominio público): La única solución. En 1978 el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los Estados Unidos tenía un presupuesto de 83 mil millones de dólares para ayudar a buscar esa solución. Cooperativas de capital limitado e incluso fideicomisos de tierras comunitarias estaban surgiendo en la mayoría de las grandes ciudades para ofrecer soluciones que no eran de mercado. Para 1983 el presupuesto del HUD había sido reducido a $18 billones solo para ser abolido en la década de 1990 durante los años de Clinton. Cuarenta años después, me encuentro reflexionando sobre las desastrosas consecuencias mundiales de no perseguir resueltamente la solución obvia: la vivienda en el dominio público. El valor de uso debe ser lo primero.

David Harvey es profesor de Antropología y Geografía en el Graduate Center de la City University of New York (CUNY), director del Center for Place, Culture and Politics, y autor de numerosos libros, el más reciente de los cuales es Seventeen Contradictions and the End of Capitalism (Profile Press, Londres, y Oxford University Press, Nueva York, 2014). Lleva enseñando ‘El Capital’ de Karl Marx durante más de 40 años.
Fuente:
https://tribunemag.co.uk/2019/01/a-tale-of-three-cities
Traducción: Pol Tramuns

Una nueva democracia en red

Por Manuel Castells

La nueva sociedad red.

La sociedad red es la estructura social de nuestro tiempo, la trama de nuestras vidas, como lo fue antaño la sociedad industrial. Se fue formando en las dos últimas décadas del siglo XX, y se ha ido desplegando en el conjunto de la actividad humana hasta transformar todo lo que hacemos, vivimos y sentimos. No es que la tecnología nos determine. Ha sido la interacción entre cambios culturales, sociales, geopolíticos con una de las mayores revoluciones tecnológicas de la historia, la que transforma información y comunicación. El resultado ha sido que vivimos de forma cotidiana en una red de redes, locales y globales, en todas las dimensiones de nuestra vida.

Recordemos que en 1996 había 40 millones de usuarios de internet, hoy hay 4.200 millones. Y que en 1991 los números de teléfono móvil eran 16 millones. Hoy son más de 7.000 millones. Las redes sociales, que hoy ocupan el centro mediático, cultural y político de nuestras sociedades (4.000 millones de usuarios), se iniciaron hace menos de dos décadas (Friendster 2002, Facebook 2004).

Pero lo más significativo es que las redes digitales, que van más allá de internet porque los mercados financieros o las comu­nicaciones militares tienen otras redes especializadas, están entrando ahora en un proceso de aceleración tecnológica y sofisticación de su uso. La conectividad se transforma a partir de las redes 5G (y 6G ya en preparación), que incrementan exponencialmente la velocidad, volumen y latencia (tiempo de respuesta) de la conexión. Y la eclosión de la inteligencia artificial en la gestión de las máquinas parece ahora una realidad. Porque son las máquinas capaces de aprender y decidir, más que los humanos, las que necesitan el nuevo potencial de conectividad. Cada uno de nuestros ám­bitos de actividad está siendo modificado por esta transformación tecnológica, social y organizativa.

La empresa red, cuyo nacimiento identifiqué en los noventa en Silicon Valley, se ha convertido en la organización económica más eficiente y competitiva, que elimina gradualmente formas tradicionales, jerárquicas e inadaptadas a mercados globales cambiantes. Las consecuencias sociales y ambientales no están predeterminadas por la tecnología. Todo depende de cómo se haga la gestión de la inevitable transición tecnológica.

Se suprimen viejos empleos, pero surgen extraordinarios mercados laborales de nuevas posibilidades a condición de que nuestras instituciones educativas adapten su oferta a la nueva demanda.

En Estados Unidos, en medio de la transformación tecnológica el paro está por debajo del 4%, aunque muchos empleos son precarios. Pero eso es fruto de políticas neoliberales, porque en Escandinavia, al mismo nivel tecnológico, el paro es muy limitado y las condiciones laborales y derechos sindicales son mejores que en la Europa del sur.

La tecnología de redes tampoco nos acerca a la paz. Nuestra más antigua Némesis, la guerra, multiplica su potencial destructivo, con enjambres de drones capaces de decidir sus itinerarios y objetivos, y descargar sus letales misiles. Como Estados Unidos lleva la delantera, otras potencias se adentran en la guerra de las máquinas. Y quienes no son potencias exploran alternativas de confrontación asimétrica con el terrorismo en el horizonte. La prevención de esa amenaza lleva a la vigilancia sistémica de todos los humanos. Y mientras, la autodestrucción de nuestra habitabilidad en el planeta avanza. Habrá que investigarlo, pero ¿es casualidad que los devastadores incendios de Australia, donde han muerto mil millones de animales, se produzcan en la región en que la capa de ozono se ha hecho más tenue?

Nuestra ciencia nos dice por qué y cómo vamos a morir, pero a la mayoría de los gobiernos les da igual, unos prefieren no creérselo (como Trump o Bolsonaro) y otros esperan que sean los demás quienes asuman los costes de la transición ecológica (como es el caso de India y en menor grado China). Por eso la gestión de la inevitable transición tecnológica y el uso de la ciencia para preservar la vida son esenciales. Y por eso la política es más importante que nunca, a condición de superar las diatribas ideológicas y los intereses partidistas. O sea, que se trate de una nueva política.

Sin embargo, según investigué hace algún tiempo, la capacidad de comunicación de redes digitales autónomas también se incrementa simultáneamente. Movimientos sociales en red, autonomía de crítica, descentralización de la comunicación superando el monopolio de los medios tradicionales se constituyeron en embriones de una nueva democracia en red.

Así ha sido en un principio, pero los poderes fácticos de todo tipo han sabido reaccionar, con inmensos recursos, han penetrado las redes, con desinformación, con manipulación y han conseguido grandes victorias, como la elección de Bolsonaro o los sesgos pro-Trump en las elecciones estadounidenses.

O sea, que las redes sociales no son el ámbito de la libertad, sino el espacio de lucha por la libertad.

La nueva sociedad red es la que ya se ha desplegado por completo en todo lo que hacemos, somos y sentimos. Nos guste o no. Y el único antídoto contra sus efectos perversos es la afirmación de valores humanos y de solidaridad con otras especies y el planeta, a partir de una formación informada, y mediante una movilización cotidiana contra la ignorancia y la maldad institucionalizadas.

Publicado en: La Vanguardia

Imaginemos un mundo sin capitalismo

Por Yanis Varoufakis

2019 fue un año pésimo para los anticapitalistas, pero también lo fue para el capitalismo. ¿Es posible avanzar hacia una sociedad realmente liberal, poscapitalista, tecnológicamente avanzada? ¿Cómo puede desarrollarse una «imaginación poscapitalista» en esta nueva década?

Imaginemos un mundo sin capitalismo

Los anticapitalistas tuvieron un año pésimo. Pero el capitalismo también.

Si bien la derrota del Partido Laborista de Jeremy Corbyn en el Reino Unido el pasado diciembre le restó impulso a la izquierda radical, particularmente en Estados Unidos (donde ya están cerca las primarias para la elección presidencial), el capitalismo recibió críticas desde lugares insospechados. Milmillonarios, ejecutivos empresariales y hasta la prensa financiera se han unido a intelectuales y líderes comunitarios en una sinfonía de lamentos por la brutalidad, insensibilidad e insostenibilidad del capitalismo rentista. La imposibilidad de seguir haciendo negocios como siempre parece ser una idea muy difundida, incluso en las juntas directivas de las corporaciones más poderosas.

Cada vez más presionados y justificadamente culposos, los ultrarricos (o al menos, los más razonables entre ellos) se sienten amenazados por la aplastante precariedad en que se está hundiendo la mayoría. Como predijo Karl Marx, forman una minoría con poder supremo que se muestra incapaz de dirigir sociedades polarizadas que no pueden garantizar una existencia digna a quienes no poseen activos.

Atrincherados en sus comunidades cerradas, los más inteligentes de los riquérrimos defienden un nuevo «» e incluso piden impuestos más altos para los de su clase. Comprenden que la democracia y el Estado redistributivo son la mejor póliza de seguro posible. Pero ¡ay!, al mismo tiempo temen que, como clase, esté en su naturaleza evitar el pago de la prima.

Los remedios propuestos van de insignificantes a ridículos. La idea de que las juntas directivas no piensen solamente en el valor para los accionistas sería maravillosa si no fuera por un detalle: la remuneración y la designación de las juntas son decisión exclusiva de los accionistas. Asimismo, los llamados a limitar el poder exorbitante de las finanzas serían estupendos si no fuera por el hecho de que la mayoría de las corporaciones responden a las instituciones financieras que poseen el grueso de sus acciones.

Confrontar el capitalismo rentista y crear empresas para las que la responsabilidad social no sea solamente un truco publicitario demanda nada menos que reescribir el derecho de sociedades. Para comprender la magnitud de la tarea, conviene volver al momento de la historia en que la aparición de la acción negociable convirtió el capitalismo en un arma y preguntarnos: ¿estamos listos para corregir ese «error»?

Ese momento ocurrió el 24 de septiembre de 1599. En un edificio de madera a las afueras de Moorgate Fields, no muy lejos de donde Shakespeare estaba ocupado terminando Hamlet, se fundaba la Compañía de las Indias Orientales, un nuevo tipo de empresa cuya propiedad se subdividió en minúsculos fragmentos que podían comprarse y venderse libremente.

Las acciones negociables hicieron posible la aparición de corporaciones privadas más grandes y más poderosas que los Estados. La hipocresía fatal del liberalismo fue usar el elogio de los virtuosos carniceros, panaderos y cerveceros del vecindario para defender a los peores enemigos del libre mercado: las Compañías de las Indias Orientales, que nada saben de comunidades ni de ética, que deciden precios, devoran competidores, corrompen gobiernos y convierten la libertad en farsa.

Luego, hacia fines del siglo XIX, con la formación de las primeras megaempresas interconectadas (como Edison, General Electric y Bell), el genio liberado por la acción negociable dio un paso más. Como ni bancos ni inversores tenían dinero suficiente para alimentar el motor de esas nuevas megaempresas conectadas, apareció el megabanco, en la forma de un cártel mundial de bancos y oscuros fondos, cada uno con accionistas propios.

Se creó entonces un nivel nunca antes visto de deuda para transferir valor al presente, con la esperanza de que las ganancias fueran suficientes para pagarle al futuro. El resultado lógico: megafinanzas, megacapital, megafondos de pensiones, megacrisis financieras. Las debacles de 1929 y 2008, el ascenso imparable de las grandes tecnológicas y los demás ingredientes del malestar actual contra el capitalismo se volvieron ineludibles.

En este sistema, las voces que se alzan para pedir un capitalismo más amable son solo modas pasajeras, sobre todo en la realidad posterior a 2008, que dejó claro que megaempresas y megabancos tienen el control total de la sociedad. A menos que estemos dispuestos a anular la creación de 1599, la acción negociable, no habrá cambios apreciables en la distribución actual del poder y la riqueza. Para imaginar cómo podría ser en la práctica superar el capitalismo, hay que reconsiderar el modelo de propiedad de las corporaciones.

Imaginemos que las acciones fueran como un derecho a voto, que no se puede comprar ni vender. Así como al ingresar en la universidad uno recibe el carné de la biblioteca, el personal nuevo de las empresas recibirá una única acción por persona que garantiza el derecho a emitir un único voto en elecciones abiertas a todos los accionistas, en las que se decidirán todos los asuntos de la corporación: desde las cuestiones de gestión y planificación hasta la distribución de ganancias netas y bonificaciones.

De pronto, la distinción entre ganancias y salarios ya no tiene sentido, y a las corporaciones se las baja a un nivel que estimula la competencia en el mercado. A cada persona que nace, el banco central le otorga automáticamente un fondo fiduciario (o una cuenta personal de capital), donde periódicamente se deposita un dividendo básico universal. Al llegar la adolescencia, el banco central añade una cuenta corriente gratuita.

Los trabajadores cambian de empresa con total libertad, llevándose consigo el capital de su fondo fiduciario, que pueden prestar a la empresa para la que trabajan o a otras. Como no hay necesidad de turbopotenciar las acciones con la emisión de capital ficticio a gran escala, las finanzas se vuelven deliciosamente aburridas (y estables). Los Estados eliminan los impuestos personales y a las ventas, y solamente gravan las ganancias corporativas, la tierra y las actividades perjudiciales para el bien público.

Pero ya hemos soñado suficiente. La idea es sugerir, en este año nuevo, las posibilidades maravillosas de una sociedad realmente liberal, poscapitalista, tecnológicamente avanzada. Los que se niegan a imaginarla serán esclavos del absurdo que señaló mi amigo Slavoj Žižek: tener más facilidad para concebir el fin del mundo que para imaginar la vida después del capitalismo.

Traducción: Esteban Flamini

Fuente: Project Syndicate