Para leer a Spinoza

Por Francisco Fernández Buey
El viejo topo

Nota de edición: Tal día como hoy [21.02] en 1677 moría en La Haya Baruch Spinoza. Su obra fue uno de los más polémicos e influyentes proyectos de rebeldía, rechazo de todas las formas de trascendencia, confesional o metafísica, y reivindicación absoluta de la inmanencia.

Baruch Spinoza nació en Ámsterdam el 24 de noviembre de 1632 y murió en La Haya el 21 de febrero de 1677. Procedía de una familia de judíos sefardíes inmigrantes de la península ibérica y fue educado en la comunidad judía de la ciudad holandesa en una época de considerable influencia del calvinismo. En su juventud leyó a algunos de los escolásticos españoles y las obras de la filosofía judía medieval. Pero en su formación entran también la lectura de Descartes y de Hobbes, cuya influencia se percibe respectivamente en lo que serían su ontología, su teoría del conocimiento y su teoría política. También se relacionó con algunos representantes de las heterodoxias judías españolas. Debido a esto último, en 1656, Spinoza fue expulsado de la comunidad judía ortodoxa y desterrado de la ciudad. Se tiene noticia de una Apología para justificarse de su abdicación de la sinagoga, escrita en español ese mismo año, que se ha perdido.

Después de la expulsión de la sinagoga Spinoza vivió primero en las afueras de Ámsterdam. Allí, para ganarse la vida, trabajó en el pulido de lentes para observaciones astronómicas y entró en relación con cristianos liberales también considerados heterodoxos. Para ellos o por la solicitud de estos librepensadores cristianos, entre los que tuvo varios discípulos, escribió Spinoza, hacia 1660, su primera obra conocida: una Tratado corto sobre Dios, el hombre y la salvación de su alma. Este Tratado corto avanzaba, aunque con una forma distinta (en parte dialogada), algunas de las ideas centrales de lo que sería su Ética. Al parecer, se lo dictó a algún alumno discípulo y el Tratado corto quedó inconcluso. No se publicó en vida de Spinoza, aunque circularon copias entre los próximos.

Al año siguiente, en 1661, Spinoza escribió otro tratado sobre la Reforma del entendimiento, que también dejó inacabado. En Reforma del entendimiento expone Spinoza su teoría del conocimiento y aborda la cuestión del método y sus reglas con una orientación deductivista y especulativa parecida a la de Descartes. Pero se ha dicho con razón que, a diferencia de Descartes, Spinoza era un moralista y estaba más interesado en las cuestiones de la moral o ético-políticas que en las cuestiones de la física y de las ciencias particulares a ésta conectadas en la época (fisiología, anatomía, etc.).

De hecho la Reforma del entendimiento arranca con una consideración sobre la necesidad de una vida nueva, en la que Spinoza, después de denunciar la búsqueda de riquezas, honores y placeres como fines en sí, defiende que si éstos son buscados sólo como medios y no rebasan cierta medida, riquezas, honores y placeres contribuyen a alcanzar el fin que uno se propone, a saber: el bien y la verdad acordes con esta “vida nueva”. Reforma del entendimiento significa para Spinoza “curarlo” y “purificarlo” para la búsqueda de la perfección humana. Todas las ciencias particulares (desde la filosofía moral a la medicina, y desde la mecánica a ciencia de la educación) deben estar, pues, orientadas a la consecución de este único fin. De modo que de los placeres de la vida, sólo hay que tomar lo justo para conservar la salud; y en la búsqueda del dinero o de cualquier bien material, limitarse a lo estrictamente necesario para la conservación de la vida y la salud y para adaptarnos a los usos de la ciudad en todo aquello que no se oponga a nuestro fin.

En 1663, en Rijnsburg, Spinoza aceptó dar clases de filosofía a un joven estudiante de veinte años, pero al no considerarle suficientemente maduro para la comprensión de su propio sistema, se dedicó a exponerle el sistema de Descartes. De ahí surgió la redacción de sus dos obras siguientes Los principios de la filosofía de Descartes y los Pensamientos metafísicos, dictadas al joven alumno con intereses teológicos y que fueron publicadas juntas, después de que el propio Spinoza corrigiera los apuntes del alumno, ese mismo año.

Aunque los Principios y los Pensamientos son formalmente una exposición, more geométrico, de las ideas principales de la metafísica y de la teoría del conocimiento de Descartes, en estas obras Spinoza aborda ya algunas debilidades de la filosofía cartesiana y adelanta su propio punto de vista al respecto. No lo hace de una forma declaradamente crítica sino al hilo de la exposición y discusión filosófica de objeciones que se le habían hecho a Descartes. La más importante de estas objeciones se refiere al carácter circular de la argumentación de Descartes sobre la certeza fundada en la existencia de Dios. Spinoza sugiere en Los principios que no tenemos necesidad de buscar una garantía externa (transcendente) de la verdad de nuestros pensamientos, de manera que el fundamento de la ciencia no es la existencia de un Dios distinto de mí sino la presencia en mí de una idea del ser absoluto que yo no tendría si no fuera en cierto modo este mismo ser. Spinoza modifica la teoría cartesiana, cierto que para hacerla inatacable a las objeciones, pero al mismo tiempo está fundando así la teoría de la inmanencia.

Por entonces, y desde 1661, Spinoza tenía ya in mente la idea de exponer su doctrina sobre Dios según el método geométrico, que sería la primera parte de su Ética. Pero en 1663 se trasladó a Voorburg, muy cerca de la Haya, donde iba a vivir hasta 1670. En este período entró en contacto con varias personalidades influyentes de la época, como Christian Huygens o Jan de Witt y terminó la Ética. También tuvo una intensa actividad política en defensa de la república y se puso a escribir el Tratado teológico-político, cuya redacción simultaneó con la Ética. Esta obra, en la que Spinoza expuso lo esencial de su pensamiento ontológico, gnoseológico, antropológico y moral estaba ya muy avanzada hacia 1665-1666, pero el filósofo iba a seguir retocándola durante años y no se publicaría hasta 1677, poco después de su muerte. En cambio, el Tratado teológico-político se publicó en 1670. Parece probado que Spinoza retrasó la conclusión de la Ética y luego su publicación debido a los ataques de que fue víctima cuando apareció el Tratado teológico-político, a partir del cual el spinozismo empezó a ser (y no sólo en los Países Bajos) sinónimo de “materialismo ateo”. Sin embargo, copias fragmentarias de la Ética circularon entre los amigos y discípulos en vida de Spinoza.

El Tratado teológico-político [1] fue la obra más importante de Spinoza que éste pudo publicar en vida. Pero apareció de forma anónima y con nombre de editor falso. Está considerada como una defensa de la libertad de pensamiento y de la tolerancia y algunos intérpretes la consideran también una apología de la democracia. En su trasfondo se ha querido ver la influencia de Maquiavelo y de Hobbes.

En el Tratado teológico-político Spinoza critica a la teología cuando esta trata de extender su poder fuera del ámbito que le es propio; se permite una lectura histórico-crítica de la Biblia para desde ahí elaborar una nueva teoría de lo político. La Biblia es parte de la Naturaleza y los hechos que narra desde la caída de Adán también, de manera que lo que hay que hacer es una lectura racional de la misma en la que se prescinde de lo sobrenatural [2]. A partir de ahí se puede fundar una separación clara entre el ámbito de la fe (que es el dominio de la teología) y el de la razón política, que será propio de la filosofía política. A la separación de teología y política en términos racionalistas corresponde también la separación entre piedad (correlato de la fe) y verdad (correlato de la razón).

La adhesión a lo que dice la Biblia es asunto de la fe en la revelación y esto aporta indudablemente enseñanzas como el amor al prójimo y el amor a Dios. Al negar la transcendencia y el carácter personal de Dios, la revelación tiene en Spinoza un papel fundamental. Pero la extensión de lo que se sabe a partir de ahí al ámbito de la política conduce a la intolerancia de los teólogos y al dogmatismo: lo que fue saber se convierte en mero poder con las iglesias institucionalizadas (católica, judía y protestante). Spinoza mantiene que las iglesias deben renunciar a su pretensión de ejercer autoridad fuera de su dominio y someterse al poder civil, que es el único soberano. En ese caso la autoridad teológica se hace complementaria de la autoridad política y el Estado que es fuente de toda ley y de todo derecho, se hace realmente soberano.

Para mantener el Estado y para que los individuos obedezcan sus leyes es necesario que éste conceda a los individuos total libertad de pensamiento y expresión. Pues esta es la única forma en que el cuerpo político que los individuos se han dado a sí mismos, a través de un pacto o tratado para salir del estado primitivo, puede perdurar. Mediante ese pacto, y para su seguridad, los individuos han renunciado al derecho de actuar, legislar, ejercer la violencia, etc., pero no al derecho de pensar. Si el estado suprime toda libertad entonces la obediencia de los individuos pierde su justificación y esto provocará una reacción violenta que destruirá al propio Estado. En esas condiciones, por tanto, el régimen más cercano a lo natural, y al mismo tiempo fundado en la razón, es la democracia, en la que el individuo dispone de libertad de pensamiento.

Las tres cosas juntas, o sea, la lectura racional de la Biblia a través de un análisis histórico-critico (que mina el poder de los teólogos), la afirmación de la libertad de pensamiento (fuera del ámbito de las iglesias institucionalizadas y como garantía frente a la tiranía estatal) y la defensa de la democracia (en la situación histórica de Europa, en 1670) motivaron gran escándalo, lo cual obligó a Spinoza a aumentar las cautelas en lo que hace a la difusión de la Ética. De todas formas, al dar la primacía a la libertad de pensar Spinoza podía argumentar, y así lo hace realmente, que cualquier gobierno de régimen colectivo es aceptable si respeta la libertad de pensamiento y se mantiene en los límites de la razón. Esto último introduce cierta indefinición en el pensamiento político de Spinoza, particularmente a la hora de dilucidar qué sistema de gobierno aconsejaba. Este punto tampoco queda resuelto en Tratado político, su última obra, que estaba redactando meses antes de su muerte y quedó truncada justo cuando empezaba a tratar de la democracia.

En el Tratado político [3] Spinoza aborda un tema clásico. Dice nada más empezar el libro que se propone demostrar “de qué modo hay que construir una monarquía y una aristocracia para que no degeneren en tiranía y para que la paz y la libertad de los súbditos permanezcan intactas”. Y confiesa a continuación, después de criticar a filósofos y políticos y de subrayar que no hay asunto en el que la teoría discrepe tanto de la práctica, que “no pretende descubrir nada nuevo o inédito”. De hecho el Tratado político se puede leer ahora como una continuación de la Ética, no publicada todavía pero a cuyas conclusiones (y a las del Tratado teológico-político) hace Spinoza numerosas referencias. Por otra parte, sus primeros capítulos traen a la memoria afirmaciones de Maquiavelo y de Hobbes, en particular sobre: 1) la dificultad de vivir lo político según la disciplina exclusiva de la razón; 2) la ilusión que supone tratar de fundar la seguridad del Estado en la buena fe; 3) la distinción entre virtudes privadas (fortaleza de ánimo) y virtudes públicas (la principal de las cuales es la seguridad del estado); 4) la importancia del pacto o contrato, en connivencia con la razón, para que pueda hablarse propiamente de esfera política o de res publica.

En la parte dedicada a la monarquía Spinoza critica abiertamente la monarquía absoluta y en ese contexto alaba de forma explícita a Maquiavelo, del que dice que fue “agudísimo”, “sagaz” y “gran amante de la libertad”. Interpreta la obra de Maquiavelo (contra otras opiniones muy extendidas en la época) en el sentido de que “ha querido demostrar que un pueblo libre sabe guardarse de confiar su salvación a un solo hombre”. En el capítulo VI establece inequívocamente la separación entre iglesia y estado: “En lo que a la religión atañe, ninguna iglesia, en ningún caso, se construirá a expensas de las ciudades y no se promulgará ley alguna respecto de una creencia religiosa, a menos que ésta sea sediciosa y mine los fundamentos del Estado. Los fieles autorizados a practicar públicamente su culto edificarán, si quieren iglesias a sus expensas”. Luego, en el capítulo VII, reflexiona sobre en qué puede consistir una legalidad tan firme que ni siquiera el rey pueda abolirla; y establece un primer principio: “que toda ley sea voluntad explícita del rey, pero no que toda voluntad del rey sea ley”.

A la voluntad del rey opone Spinoza la voluntad de la multitud y mantiene que ésta, la multitud, no transfiere su derecho a una minoría o a un solo hombre. Y, desde luego, no transfiere libremente al rey más que aquel poder del que no se siente absolutamente dueña. No es el caso, por ejemplo del suelo y todo cuanto se vincula a él, que, según Spinoza, pertenece al conjunto de los ciudadanos. Por otra parte, para que la monarquía cuyo poder queda limitado por las asambleas, pueda garantizar la paz y la libertad de los ciudadanos Spinoza defiende la mayor igualdad posible, la limitación de los mandatos de los jueces, un ejército compuesto solamente de ciudadanos y por soldados sin soldada (o sea, no mercenario), la abolición del secreto por razón de Estado y la abolición del carácter hereditario de la Corona: “A la muerte del rey, en cierto modo el Estado muere y se vuelve del estado político al estado de naturaleza y, en consecuencia, el poder soberano recae de modo natural en el pueblo que, desde ese momento, tiene el derecho de dictar nuevas leyes y derogar las antiguas”.

Así pues, la monarquía que Spinoza concibe alternativamente a la monarquía absoluta está instituida por una multitud en plena libertad, lo que se basa en la idea de que los hombres dotados de razón no pueden renunciar jamás a su derecho hasta el punto de dejar de ser hombres y dejarse tratar como ganado

Al terminar este capítulo Spinoza pone como ejemplo digno de ser recordado “el régimen de los aragoneses, que fueron excepcionalmente fieles a sus reyes y conservaron con igual constancia las instituciones de su reino”. Concluye el capítulo VII del Tratado político diciendo que un pueblo puede, bajo el mando de un rey, gozar de una libertad bastante grande con la condición de que el poder del rey quede determinado exclusivamente por el pueblo. A partir de ahí, y desde los mismos principios, analiza en los capítulos siguientes, el régimen aristocrático para abordar finalmente la forma de gobierno denominada democrática, a la que sólo pudo dedicar ya tres páginas del capítulo XI.

En esas pocas páginas Spinoza se limita a caracterizar la democracia como una forma de gobierno en la que rige el derecho al voto para la elección libre de una asamblea suprema. Luego establece algunas restricciones a ese derecho y afirma (como también había hecho Aristóteles en La política) que es posible concebir diferentes clases de democracia, pero se limita a analizar una de esas formas: aquella en la que todos los habitantes sin excepción gozan del derecho de votar en una asamblea supremay de ostentar cargos públicos. La restricción que aquí establece es que los ciudadanos: a) no obedezcan otras leyes más que las de la patria (lo que excluye a los extranjeros); b) sean independientes; y c) sean honrados.

La implicación de la condición “ser honrado” para gozar del derecho a sufragio es que, con ella, se excluye a los criminales o a quienes han llevado una conducta vergonzosa. La principal implicación del otro criterio, el de ser independientes, es que se excluye a las mujeres y a los esclavos, en el primer caso porque dependen de sus maridos y en el segundo de sus dueños. No entra Spinoza a discutir la situación de los esclavos seguramente porque consideraba que eso estaba fuera de discusión. Pero todavía se detuvo a discutir, en un par de párrafos, una cuestión muy de la época, a saber: si las mujeres están bajo el poder de sus maridos por naturaleza o por convención, pues si lo estuvieran por convención entonces no habría razón para excluirlas del derecho a voto y del gobierno democrático. Mantiene Spinoza, aludiendo paradójicamente a la experiencia en este caso, que la condición de las mujeres procede de su debilidad natural, que son, naturalmente, inferiores y que, por tanto, no gozan de un derecho igual al de los hombres.

La Ética [4] de Spinoza está dividida en cinco libros: I] De Dios; II] De la naturaleza y origen del alma; III] Del origen y naturaleza de los afectos; IV] De la servidumbre humana o de la fuerza de los afectos, y V] De poder del entendimiento o de la libertad humana. Esa estructura y los rótulos de los varios libros pueden desconcertar al lector actual, que acostumbra a entender por ética la reflexión filosófica sobre hábitos o costumbres morales y no ve ahí ni siquiera mencionada la palabra moral. Los rótulos de los cinco libros aluden, en efecto, a cuestiones habitualmente abordadas en tratados de teología, metafísica, teoría del conocimiento o gnoseología y antropología filosófica. El desconcierto aumenta cuando se lee el subtítulo de la obra: more geometrico demonstrata; o sea, al percibir que estamos ante una Ética que trata mayormente de Dios, del alma, de los afectos y del entendimiento humano y que, además, aborda tales asuntos con intención demostrativa, a la manera de los geómetras, o sea, mediante definiciones, axiomas y proposiciones demostrativas que traen a la memoria la geometría de Euclides. Formalmente la Ética de Spinoza enlaza con el modelo cartesiano pero acentúa su forma de argumentar. Que Spinoza era consciente del desconcierto que esto podía producir en sus lectores lo prueban las palabras con que introduce el libro III, dedicado al origen y naturaleza de los efectos:

Parecerá ciertamente sorprendente que me proponga tratar de los vicios de los hombres y de sus enfermedades a la manera de los geómetras y que quiera demostrar por medio de un razonamiento riguroso lo que no cesan de proclamar contrario a la razón, vano, absurdo y digno de horror. Pero he aquí la razón en que me fondo: nada sucede en la Naturaleza que pueda atribuirse a un vicio existente en ella. La Naturaleza es siempre la misma… Por consiguiente, los afectos llamados odio, cólera, envidia, etc., considerados en sí mismos, se siguen de la misma necesidad y de la misma virtud de la Naturaleza como las demás cosas singulares… Por eso consideraré las acciones y deseos humanos como si se tratase de líneas, superficies y cuerpos sólidos.

El pensamiento de Spinoza se separa del de Descartes en varios puntos importantes. El Dios de Spinoza no es el creador transcendente, sino la naturaleza misma. De ahí la fórmula: Dios sive natura. Dios y naturaleza son la misma sustancia, la cual puede ser aprehendida por la inteligencia humana bajo dos modos o aspectos. Esta idea rompe, además, con las representaciones habituales de la divinidad de carácter antropomórfico, o sea, basadas en la atribución a la divinidad de rasgos que en principio son propios del ser humano. Dios no es la providencia organizadora, ni el padre amantísimo, ni el monarca severo, ni el juez justiciero, ni siquiera el relojero perfecto. Spinoza desmonta estas representaciones como ficciones interesadas de los humanos. Y funda así una ontología, una filosofía del ser, que se suele denominar monista (una única sustancia con dos modos o aspectos esenciales), naturalista (por la reducción de dios a la naturaleza) e inmanentista (porque no recurre a un ser transcendente para entender, explicar o comprender la naturaleza).

A continuación, y entrando en el ámbito de la teoría del conocer, Spinoza mantiene que “el orden y conexión de las ideas son los mismos que el orden y conexión de las cosas”, proposición en la que funda el principio de una inteligibilidad universal del ser. Pues el alma no es otra sustancia, una sustancia diferente del cuerpo, sino precisamente “la idea del cuerpo”. Siguiendo la misma lógica deductiva, o sea, analizando las pasiones del hombre more geometrico, Spinoza propone, con su teoría de los afectos, una antropología positiva que será el núcleo central de la ética (parte tercera de la obra). Esta antropología positiva prescinde de consideraciones moralistas o moralizantes sobre las pasiones del ser humano; parte de la consideración de que ante los asuntos humanos no hay que reír ni llorar ni indignarse, sino simplemente comprender o entender.

El deseo de los humanos es para Spinoza conatus, lo que quiere decir: esfuerzo por perseverar en su ser. No es que deseemos una cosa porque ella sea buena, es que la llamamos buena porque la deseamos. Y la deseamos porque el deseo es potencia del ser humano, potenciación del ser, cuyo desarrollo da alegría. De donde se sigue que obrar bien no es orientarse hacia un cierto ideal (más o menos irrealizable), sino realizarse a uno mismo, mientras que obrar mal tampoco es transgredir mandamientos o normas transcendentes sino perder potencia, convertirse en esclavo.

Lo primero conduce a la sabiduría, que Spinoza identifica con la beatitud; lo segundo conduce a la servidumbre. La libertad del hombre no es libre albedrío, a la manera de Descartes, pues eso sería establecer una excepción a la ley universal de la necesidad que reina en la naturaleza; libertad es conciencia de la necesidad. Y esto porque libertad y necesidad no se oponen, sino que lo que se opone es libertad y coacción. Beatitud equivale en Spinoza a “amor intelectual de Dios”, pero aclara que la beatitud no se tiene que entender como premio a la virtud, como premio por haber reducido o reprimido los apetitos sensuales, sino que la beatitud es la virtud misma, que hace posible la reducción de los apetitos, y proporciona el contento o alegría interior. La beatitud queda así vinculada al entendimiento, a la consciencia, a la razón, y lograrla supone una tarea ardua. Es una flor rara, obviamente, cosa que no debe extrañar, porque, como concluye Spinoza en la Ética, “todo lo que es hermoso es tan difícil como raro”.

Notas:

1. Traducción castellana (selección) e introducción de E. Tierno Galván, Tecnos, Madrid, 1966.

2. Un ejemplo de cómo lee Spinoza la Biblia, y en particular el episodio de la actuación de Adán, se puede ver en la carta de XIX, escrita en 1665, a Willen van Blyenbergh, quien le había consultado sobre el problema del mal (incluida en el dossier).

3. Está traducido también en el volumen indicado en la nota 1.

4. Traducción castellana de Vidal Peña, Editora Nacional, Madrid, 1980.

 

Fuente: Biblioteca Virtual Francisco Fernández Buey ( https://www.bibliotecabuey.com/2012/08/29/para-leer-a-spinoza/index.html )

 

Nuestra fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/para-leer-a-spinoza

Maristella Svampa:“El feminismo, más que un movimiento social, es la sociedad en movimiento”

Por Nazareth Castro Buzon

Intelectual anfibia y comprometida, la argentina Maristella Svampa es una de las mentes más lúcidas de la América Latina contemporánea. Con ella repasamos su trayectoria, que la llevó a investigar los movimientos sociales piqueteros en la convulsa Argentina de 2002, para más tarde prestar atención a las luchas contra el extractivismo que, con un fuerte componente ecofeminista, emergen con fuerza en todo el continente. Acaba de publicar en Argentina una obra de no ficción y de carácter autobiográfico titulada Chacra 51, en la que aborda el problema del fracking, y en noviembre llegará a las librerías mexicanas –y en breve, estará disponible on lineLas fronteras del neoextractivismo en América Latina. También hablamos con ella extensamente de su anterior ensayo, Del cambio de época al fin de ciclo, en el que hace un balance crítico de los gobiernos autodenominados progresistas, que detentaron el poder en países como Ecuador, Bolivia, Venezuela, Brasil y Argentina.

Nazaret: Querría comenzar repasando brevemente tu trayectoria profesional y vital. Estudiaste Filosofía en Córdoba y completaste tus estudios de doctorado en Sociología en Francia, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). ¿De qué forma esas experiencias fueron determinando tu pensamiento?

Maristella: En realidad, yo comencé estudiando Letras, carrera que abandoné cuando me di cuenta de que era un fraude, en la medida en que no estudiaba la literatura que a mí me interesaba en aquella época, que era la literatura rusa, italiana y latinoamericana. Quedé fascinada con los grandes sistemas de pensamiento y me fui a estudiar Filosofía a Córdoba, en una época difícil, porque eran los últimos años de la dictadura militar; por suerte, también viví el primer año de la vuelta a la vida institucional, pero hice estudios en una universidad muy tradicional con profesores de extrema derecha. Entonces, cuando terminé, traté de orientarme del lado de la filosofía política y la historia de las ideas, y ahí se me abrió el panorama de la historia y la sociología. Con quien en aquel momento era mi pareja, decidimos ir a Francia porque él era hijo de franceses y yo tenía la nacionalidad italiana, lo que facilitaba nuestra estadía como ciudadanos de primera y no de segunda clase; además la educación era pública y gratuita. Ambos ingresamos fácilmente en la EHESS. Hice una maestría en filosofía y otra en historia, y cuando terminé, cambié de director de tesis, que era Claude Lefort, que se jubilaba; hice el doctorado en Sociología por las casualidades de la vida, y entonces me puse a leer los clásicos de la sociología. Escribí una tesis que tenía un difícil encaje en una disciplina: trabajé civilización o barbarie en el imaginario latinoamericano, primero, y después, para el caso argentino. De ahí salió mi primer libro, El dilema argentino: civilización o barbarie.

Al volver a la Argentina, tu primer tema de investigación giró en torno al peronismo…

Cuando regresé a la Argentina, en el año 92, me encontré con que el neoliberalismo había permeado totalmente la sociedad argentina, y había transformado el peronismo; así que me puse a analizar esas transformaciones. Para alguien que viene de las ciencias sociales, hacer un análisis del peronismo en Argentina es obligado. En mi caso, no me interesaba caer en la antinomia peronismo/antiperonismo, sino más bien, hacer “peronología”. No es broma cuando digo  que hay que crear el posgrado de peronología! porque hay mucho por analizar sobre los peronismos realmente existentes. Yo ya había transitado el análisis del peronismo histórico, pero no había abordado las transformaciones del presente. Así me consolidé como peronóloga, y en el 97 publicamos con Danilo Martuccelli, La plaza vacía. Las transformaciones del peronismo, que fue mi segundo libro, y me dio una inmersión en los sectores populares peronistas, sindicatos y villas miseria. Aprendí a hacer trabajo de campo, entrevistas en profundidad a diferentes actores sociales. Sin quererlo, devine socióloga a través de ese estudio, que tuvo como corolario otro estudio, Desde abajo. La transformación de las identidades sociales, libro que coordiné, y en el que toda una nueva generación de antropólogos y sociólogos argentinos marcábamos una distancia con los estudios más macro, y con una impronta más ligada a los estudios de tipo etnográfico y microsociológicos. Era la una apuesta epistemológica de toda una generación, entre las que estaban Gabriel Kessler, Javier Auyero, Pablo Semán, Denis Merklen. Después hice dos trabajos más ligados a las transformaciones de la sociedad argentina: Los que ganaron. La vida en los countries y los barrios privados, dedicado a la expansión de las urbanizaciones privadas en Argentina, que hice junto a estudiantes de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Ese fenómeno ilustraba la ampliación de las desigualdades, la ruptura entre las clases medias que habían escogido este tipo de vida segregacionista, y aquellos otros que habían caído y terminaban desarrollando estrategias de supervivencias. Estábamos en lo peor del neoliberalismo; corría el año 2000.

Es decir, el momento previo al mayor estallido social de la historia reciente de la Argentina…

En diciembre de 2001, yo decidí que iba a dejar la sociología. Acababa de escribir mi primera novela, Los Reinos perdidos, que publicaría años más tarde; por sobre todas las cosas, más que la vertiente literaria, que nunca dejó de estar presente, el problema es que yo sentía que estaba haciendo una socióloga de la descomposición social. Un gran sociólogo, el mayor peronólogo argentino, Juan Carlos Torres, calificó con ese término mi trabajo en una presentación del libro  Los que ganaron. Fue a la salida de esa presentación que  yo me dije: hasta acá llego, no me voy a pasar la vida haciendo sociología de la descomposición social. En el medio, pasó la revuelta de 2001; yo salí a la calle y siento que nunca volví. En ese proceso de movilización social, sentí que eso activaba dos cosas en mí: de un lado, la necesidad de pensar en términos de compromiso público; de otro lado, la necesidad de dar cuenta de la reconfiguración positiva de las identidades sociales. Fue así que hice una apuesta por el estudio de los movimientos sociales desde una perspectiva que no apela a la neutralidad valorativa, sino desde una perspectiva anfibia, que recupera la idea de compromiso y reflexividad, de articulación con sectores populares con vocación contrahegemónica. Fue así que me puse a recorrer el país, a investigar y acompañar la experiencia de las organizaciones piqueteras.

De ese interés nace tu siguiente libro, Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras. ¿Cómo se gesta esa investigación?

En enero de 2002 decidí que tenía que investigar las organizaciones piqueteras. Le propuse a uno de mis exalumnos de maestría –hoy es un sociólogo de fuste, Sebastían Pereyra-que me acompañase y, sin financiación, comenzamos a recorrer el país. Durante el 2002, ese año extraordinario por el nivel e intensidad de las movilizaciones sociales, hicimos un largo recorrido, unas cien entrevistas. En junio, mis colegas en la universidad me llamaron y me dijeron que como ellos creían que era un trabajo importante,  iban a conseguir financiamiento. Todavía me emociono al recordarlo; no es común tal generosidad en el campo académico. Ese tipo de solidaridad existía en la UNGS, en una época muy linda, de mucha producción. Pero 2001-2002 fue para mí el parteaguas: no abandoné el hacer sociológico, pero si dejé la sociología más convencional y academicista. La Universidad me resultaba insatisfactoria. Las movilizaciones habían cambiado mi perspectiva: comencé a definirme más como intelectual que como académica, y me posicioné buscando vínculos con diferentes movimientos sociales.

 

Foto: Dafne Gentinetta
Foto: Dafne Gentinetta

Hablas de una apuesta por la investigación anfibia, comprometida social e ideológicamente. Desde entonces, ¿se ha avanzado en la búsqueda de una producción de conocimiento que salga de la torre de marfil academicista?

Creo que sí, 2002 fue un quiebre en las ciencias sociales argentinas; yo no fui la única que recuperé esa idea de compromiso político e ideológico. Algunos hacían una lectura muy dogmática entre el compromiso militante y la perspectiva académico-científica. En mi caso, quería armonizar esas dos vertientes, no me parecía imposible. Junto con otros colegas dimos la discusión en el campo académico-militante. Pero al inicio me sentía un poco como Marco Polo. Cada vez que venía de hacer trabajo de campo, sentía  que traía noticias de otros mundos… Luego hubo muchos otros, más jóvenes – yo para entonces ya tenía 40 años –, que hicieron ese tránsito sin el dramatismo que tuvo para una generación como la mía; porque no hay que olvidar que yo era producto de una extrema profesionalización y academicismo. En cambio, para los más jóvenes de ese entonces no fue una ruptura tan fuerte, sino más bien una oportunidad que abrió a puntos de vista epistemológico. Hubo una profusión de trabajos de antropólogos, sociólogos y politólogos sobre las organizaciones piqueteras; en un momento se puso de moda el tema y, durante años, fueron muchos los que acompañaron las movilizaciones. Luego bajó la espuma, y más tarde, el kirchnerismo redefinió la situación política y hubo un contingente que hizo la apuesta por la institucionalidad y tendió a ver 2001 como un quiebre político, pero menos en términos de reconfiguración positiva y más de caos y desorden. Esa lectura reduccionista de aquel período tan rico, fue otro de los grandes debates: para mí, 2001 no fue únicamente la expresión de la descomposición, del caos o de la peor crisis económica y social que vivió la Argentina, sino también de procesos de reconfiguración de las identidades sociales y políticas, una expresión del empoderamiento desde abajo.

De hecho, una de las críticas más fuertes que se han hecho tanto al kirchnerismo como a otros gobiernos progresistas latinoamericanos ha sido su actitud frente al movimiento social: pareciera que tratan de estabilizarlo o reprimirlo, pero carecen de la voluntad de compartir la escena política con movimientos que se articulan autonómamente y desde abajo…

Creo que hay que aclarar, en primer lugar, que el cambio de época – la irrupción de los gobiernos autodenominados progresistas – está muy ligado al rol de los movimientos sociales. Fueron los movimientos sociales lo que cuestionaron con sus movilizaciones las políticas neoliberales, las que condujeron a un quiebre de ese orden neoliberal, abriendo así  a la posibilidad de la emergencia de los gobiernos progresistas. En segundo lugar, el espacio contestatario ya daba cuenta de la tensión entre varias narrativas: por un lado, la matriz de izquierda tradicional, clasista, que confía en el partido y cree en la necesidad de apoderarse del aparato estatal; segundo, la narrativa campesina-indígena, que en Argentina no está muy presente, pero tuvo una gran centralidad en países como Ecuador y Bolivia; tercero, la narrativa populista o nacional-popular, que yo creo que es más bien nacional-estatal, que se articula a través de la idea de pueblo y del líder carismático; y cuarto, la narrativa autonómica o autonomista, con gran protagonismo de colectivos culturales y movimientos que tendrá una expresión más cabal en los ecologismos y los feminismos. Estas cuatro narrativas estaban en tensión, no solo aquí en Argentina sino también en Bolivia. En Argentina, en el 2002 hubo una colisión entre diferentes matrices narrativas y contestatarias; 2003 ya marca el triunfo de la narrativa populista estatal, con el ascenso del peronismo por la vía del kirchnerismo. El caso contrario es Bolivia, donde 2003 es un momento de convergencia de esas cuatro narrativas, que se sintetiza en la llamada “agenda de octubre”, esto es el proyecto de la asamblea constituyente y la nacionalización de los recursos naturales – fundamentalmente, del gas –. De todas maneras, con la ascensión de Evo [Morales] en 2006, se consolidará la matriz nacional-estatal.

¿Son populismos los progresismos?

Yo hago una lectura de los progresismos como populismos, pero en clave de complejidad. La mía es una lectura que busca dar cuenta de los matices, más aún, de la incomodidad que generan los populismos, al sintetizar una matriz que combina elementos democráticos y no democráticos. Incomodidad, porque esa ambivalencia propia de los populismos hace que uno no se sienta cómodo al tratar de asir la característica misma de los populismos, porque algunos tienden a ver sólo el costado democrático, mientras otros tienden a ver sólo el costado autoritario y poco pluralista. Asirlo en su complejidad es el desafío teórico y epistemólogo; aunque desde un punto de vista político, esto siempre genera incomodidad.

De hecho, en Argentina y en otros países se llegó a un momento de enorme polarización de las posturas, como si hacer cualquier tipo de crítica a estos gobiernos significara negar cualquier avance…

Hay que analizar la cuestión de la polarización en términos recursivos, de dinámicas políticas. En Argentina, el proceso a partir del cual se va actualizando la matriz populista se acelera después de 2008, con el conflicto entre Cristina Fernández de Kirchner y los llamados sectores del campo. Anteriormente, en los dos primeros años del gobierno de Néstor Kirchner hubo un intento tímido de transversalidad política e ideológica, en que se trató de converger con otras tradiciones y narrativas políticas, tratando de construir un espacio de izquierda/centro izquierda pluralista; pero ese proceso se dio por finalizado en 2005, cuando Kirchner negocia con el peronismo histórico, con el llamado “pejotismo”, en el del conurbano bonaerense. Ese pacto implica la actualización de los elementos más tradicionales del populismo. En esa línea, hablo para referirme a los progresismos, de populismos de alta intensidad, porque no sólo hay está presente el estilo político populista que se expresa en los liderazgos personalistas y/o carismáticos, y un tipo de relación con las masas, sino también hay un programa social, económico y una relación con el Estado típicamente populista, con políticas económicas heterodoxas y de inclusión de los sectores populares más vulnerables. Hay también  un proceso de personalización del liderazgo y de fetichización del Estado a través de la figura del líder: eso señala la captura de lo nacional-popular por lo nacional-estatal, como señalaban hace años Emilio de Ipola y Juan Carlos Portantiero. Estas son las características típicas de los populismos que América Latina conoció en los años 50 y que, con rasgos propios, se actualizan en el ciclo progresista. No sólo los Kirchner sino también Evo, [Rafael] Correa o [Hugo] Chávez, por supuesto. En mi caso, trato de analizar cómo se da ese pasaje, cómo esos progresismos que al principio alentaron grandes expectativas, de pensarlos como nuevas izquierdas, en términos de giro posneoliberal, se fueron  transformando en populismos de alta intensidad, lo cual implica reconocer que derivaron en procesos de dominación más tradicionales. Al final de ciclo progresista, lo que vemos son regímenes populistas típicos; es impactante ver eso. Esto nos obliga a volver a la historia latinoamericana, a transitar aquellas lecturas sobre los límites y déficits de los populismos históricos, que no son muy diferentes a los de estos progresismos realmente existentes.

A menudo, se ha definido a los populismos como pactos sociales, entre clases. Sin embargo, no pudieron evitar un rechazo creciente por parte de ciertos sectores. ¿Cómo se da este proceso?

La gran ambivalencia de los populismos es que, más allá del lenguaje de guerra y la retórica anti-oligárquica que lo caracteriza, por un lado desarrolla la incorporación de sectores vulnerables, pero por otro, hace el pacto con el gran capital. En América Latina los progresismos del siglo XXI hicieron el pacto con el capital extractivo, de manera más bien callada al principio, no abiertamente reconocida; pero al calor de lo que llamo el “Consenso de los Commodities”, se fueron multiplicando los proyectos extractivos, tal como puede verse plasmado en los Programas Nacionales de Desarrollo de los distintos gobiernos.  Así, se ve claramente la articulación entre progresismo y neoextractivismo, desarrollismo y pacto con el gran capital. En algunos casos, como en Brasil, no sólo fue con el capital extractivo, sino también con el capital financiero. En fin, esto hace a la ambivalencia del populismo: su comprensión conlleva un gran esfuerzo para no caer en las dicotomías. Por un lado, para no caer en la visión de [Ernesto] Laclau, que sólo ve los rasgos democráticos de los populismos – si bien me parece acertado su análisis de la hegemonía – y nos devuelve una imagen incompleta y sesgada; por otro lado, para no reducir a los populismos al  autoritarismo, el despilfarro o una pura matriz de corrupción; ésta también es una visión incompleta e interesada, ya que tiende a negar que los populismos también promovieron un lenguaje de derechos, que caló hondo en los sectores populares. Aún así, y con eso cierro la tipología, yo distingo entre los populismos plebeyos y los de clase media. No todos los populismos realmente existentes son lo mismo: no es lo mismo el populismo plebeyo de Chávez o de Evo, que implicaron procesos de democratización social, que aquellos populismos que arraigaron en Ecuador y en Argentina, donde fueron las clases medias las que tuvieron el rol central e inclusive se arrogaron la capacidad de hablar en nombre de las clases populares. El rol de La Cámpora, creado desde el Estado por Cristina, y la centralidad que adquirieron estos jóvenes de clase media en los últimos años del kirchnerismo, muestra a las claras un proceso de achicamiento en el arco de alianzas populistas, así como muestra el proceso de resubalternización de los sectores populares, habladas desde las clases medias, con capital cultural. No es que los sectores populares eran convidados de piedra, pero no tenían el rol protagónico que tuvieron con Chávez y en los primeros años del gobierno de Evo. Respecto de Evo, los  niveles de concentración del poder que hay son tales, que éste no vaciló en desconocer el referéndum de 2015 –que le negó la posibilidad de re-reelegirse-, para poder perpetuarse en el gobierno .

Esa es otra de las críticas que se han hecho a estos gobiernos. Pareciera que los progresismos no lograron salir de la inercia a perpetuarse en el poder…

Todos los progresismos latinoamericanos tuvieron ese techo. En Venezuela, el límite fue la muerte de Chávez, que en un segundo intento de reforma constitucional había logrado la reelección indefinida. Pero no es un caso único; en algún momento, casi todos los gobernantes hicieron el intento, tantearon a la sociedad para ver hasta dónde podían llegar, y se les pusieron límites. Ante la imposibilidad de sucederse a sí mismos, tuvieron que nombrar sucesores; en caso de la Argentina, el kirchnerismo no sólo nombra a un candidato débil para suceder a Cristina, sino que además es quien construye como gran adversario a Mauricio Macri, el le otorga ese lugar de centralidad. En otros países, se eligieron a s sucesores supuestamente más leales: en Ecuador, Rafael Correa dejó como sucesor a Lenín Moreno; Correa no quería nombrarlo como sucesor, pero era el que medía mejor en las encuestas; y Moreno apenas subió al poder, se distanció de Correa, y a estas horas, uno afirmaría que está más cerca de los conservadurismos que se afianzan en América Latina que de los progresismos de antaño. Pero en todo caso, ante la imposibilidad de sucederse a sí mismos, todos ellos buscaron la posibilidad de perpetuarse en el poder, como clave para salvar el proceso de cambio. Este es un dilema al que siempre nos enfrenta el populismo. En el origen del ciclo progresista, la dinámica social estaba sostenida por la acción de los movimientos sociales, ellos definían las relaciones de poder a través de las manifestaciones; al final del ciclo, todo depende del líder, y la dinámica de cambio depende de si éste se puede sostener en el poder. Y esto debería hacernos reflexionar desde las izquierdas realmente existentes. Siempre pongo el ejemplo de Bolivia en 2007, época en la cual tuve un breve pasaje por CLACSO, y llamamos a un concurso de documentales, y el que ganó era Hartos Evos Hay: la hipótesis era que había muchos líderes como Evo, que surgen desde abajo. En 2018, pocos podrían afirmar que hay muchos Evos; Evo Morales hay uno solo y éste se quiere perpetuar en el poder. Creo que esa parábola pinta el proceso: Evo rechazando el referendum de 2015, un instrumento democrático que le niega la posibilidad de volver a ser reelegido presidente, y que por esa razón, desconoce la voluntad popular y presiona sobre el Tribunal Constitucional para obtener la habilitación.

En el caso de Bolivia, pareciera que hubo dos momentos del gobierno de Evo, y que al comienzo de su mandato hubo una participación mayor del movimiento social. ¿Qué pasó?

Hasta 2009, el gobierno de Evo todavía apelaba al capital ético, si acaso de desataba un escándalo económico que comprometía a algún funcionario gubernamental. Y Evo lo apartaba de inmediato. Todavía había un protagonismo de los movimientos sociales. Es cierto que el proceso de la asamblea constituyente en Bolivia, a diferencia de Ecuador, fue muy complicado. Fue un espacio en el que los actores subalternos, sobre todo campesinos e indígenas, pudieron hacer catarsis frente al histórico racismo de esa sociedad; pero, por otro lado, fue un espacio de legitimación de las derechas. También fue un espacio en el que intervino Evo de modo decisivo  para limitar los alcances de la asamblea constituyente. Hay un libro muy interesante de Salvador Schavelzon, que también lo siguió muy de cerca, que compara el proceso boliviano y ecuatoriano. Pero no son pocos los que señalan que la institucionalización funcionó también como un proceso de expropiación del poder social, que estaba asentado en organizaciones sociales y que progresivamente fue pasando al MAS (Movimiento al Socialismo) como partido de gobierno. No olvidemos que el MAS era un partido campesino y que al llegar al gobierno y consolidarse comenzó a incluir otros sectores, incluso aquellos que venían del Oriente boliviano, y representaban lo peor de la oligarquía racista. Muchos dirigentes de movimientos sociales pasaron a tener responsabilidades como funcionarios; esto implicó un lento proceso de distanciamiento de las  demandas colectivas de autonomía, y luego, un tema no menor, es la consolidación del liderazgo de Evo, la concentración de atribuciones y el culto a la personalidad, algo que es sencillamente desalentador para pensar en términos de horizonte democrático.

¿Hasta qué punto estas situaciones revelan los límites que tiene el Estado para la transformación social?

Creo que hubiese sido diferente si los movimientos con potencial transformador hubiesen ocupado otro lugar, no optar por la institucionalización completa, no ser capturados o integrados por el Estado, sino entender que el Estado es una relación de fuerzas como decía [Nicos] Poulantzas, y que la relación implica una tensión constante pero irrenunciable entre autonomía y heteronomía. Ese desafío que se plantearon los movimientos bolivianos no fue posible; hubo algunas organizaciones que quisieron ponerse en ese espacio de tensión, con un pie adentro y otro afuera del Estado; pero el poder de absorción del populismo es muy grande. Desde América Latina, creo que es imposible pensar alternativas sin un Estado fuerte; pero es necesario reforzar la autonomía de los movimientos, algo que no se logró, salvo en el caso de los movimientos sociales de carácter antiextractivo, indígenas y no-indígenas, porque los populismos no tenían capacidad para interlocutar con ellos, debido a la colisión clara en términos de proyectos. El populismo de corte neoextractivo no podía capturar a estos movimientos, por eso la primera grieta de los progresismos latinoamericanos emerge ahí, en ese costado, en ese margen en el que se cuestiona el modelo de desarrollo y luego de democracia, en la medida en que se inicia un nuevo ciclo de violación de los derechos humanos. Pero en el caso del resto de los movimientos sociales, fueron capturados. En Bolivia, movimientos campesinos e indígenas fueron absorbidos por el estado. Evo desplazó a las cúpulas díscolas, o creó una estructura paralela, una organización afín y leal; esto es típico de los populismos de los años 50. Donde hay resistencia y proyecto de autonomía, se crea una estructura paralela que los desplaza; que fue lo que hizo Perón con el Partido Laborista. La lógica populista se construye en este espacio; es la tentación hegemonista. No sé si es estructural o contingente, si la propia dinámica de estos procesos lleva a que se exacerbe esta dimensión; pero al final del ciclo populista vemos un panorama muy similar en términos de concentración del poder, de subordinación de los actores sociales al líder, de modelo de tutela respecto de los movimientos sociales, que dejan de tener agenda propia. Aún así, si uno mira el proceso argentino y se pregunta qué ocurrió con los movimientos, se ve que el kirchnerismo tuvo una gran capacidad de incoporación de los mismos, ya que colocó en el centro una agenda de derechos humanos, una agenda ligada a la condena del terrorismo de Estado de los años 70 y a la reactivación de los sindicatos con sus demandas. Esta agenda  no contemplaba las demandas de los movimientos antiextractivos ni tampoco la de las organizaciones indígenas. El caso es que se divorcian estas dos agendas de derechos humanos.

Y de hecho, el kirchnerismo se autodefinió como el gobierno de los derechos humanos…

Minimizando y obturando otras demandas, como las de los movimientos contra la megaminería a cielo abierto, la denuncia del impacto de los agrotóxicos y después el fracking. El kirchnerismo no podía asumir estas demandas, porque estaba alineado con ese modelo neoextractivista. Entonces, hubo ahí una desconexión muy clara de dos agendas de derechos humanos. Lo que se vio entonces es que el kirchnerismo tuvo una gran capacidad de integración: incorporó a gran parte de los sectores piqueteros, de las organizaciones de derechos humanos,  de los sectores sindicales. Tres líneas de acumulación de lucha; la cuarta, ligada al neoextractivismo y las luchas indígenas irrumpía con un matriz mucho más autonomista, y mucho más localizada también, sin inmediato impacto nacional. Cuando en 2007, inclusive en 2010 cuando gana Cristina por segunda vez, el kirchnerismo todavía tenía las espaldas anchas; era una articulación de movimientos, partidos y amplios sectores sociales, un proceso que fue obra sobre todo Néstor Kirchner, que fue el gran arquitecto del populismo en Argentina, y que después fue consumado por Cristina Fernández de Kirchner, por la dimensión carismática de su liderazgo. Pero después de 2010, el kircherismo comienza a perder aliados, por ejemplo, dentro del sindicalismo, que siempre fue un aliado del peronismo, el gobierno de Cristina rompe con [Hugo] Moyano [dirigente sindical de los camioneros], que en aquel momento tenía la capacidad de parar el país desde La Quiaca a Tierra del Fuego. Cristina pasa a apoyarse sobre todo en La Cámpora, grupo de jóvenes advenedizos que irrumpieron de forma masiva después de la muerte de Néstor Kirchner. El proceso de concentración del poder en Cristina y su grupo más pequeño fue fabuloso.

¿Cómo se modifica esa situación tras la victoria de Macri a fines de 2015?

Al final de ciclo, en 2015,  antes del el triunfo de Mauricio Macri, son los movimientos socioterritoriales se forma la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular). Esas organizaciones irrumpen de modo masivo en el escenario público, en julio o agosto de 2016, cuando se da la primera marcha de Liniers a Plaza de Mayo. Fue una irrupción plebeya, con una  gran fuerza expresiva y nuevas demandas, con una propuesta de reorganización a través de la economía social. Tambien denuncian de cuales son los nuevos problemas de los sectores populares: además de la pobreza y la falta de trabajo, está el narcotráfico. LA CTEP, la CCC (Corrriente Clasista y Combativa) y otras organizaciones sociales buscarán poner en agenda un problema que fue negado e invisibilizado por el kirchnerismo; denuncian cómo los actores del narcotráfico los expulsan de los barrios y compiten con ellos en términos de reconstrucción de la identidad, por el control de las subjetividades. Se trata de una competencia en términos de biopolítica, porque el narcotráfico también tiene esa capacidad de reorganizar  y controla la vida y muerte de los sectores populares. Y ellos colocan esto en la agenda pública, de la mano del Papa Francisco y los curas villeros. Es muy interesante como proceso: de un lado, esas organizaciones que habían sido integradas por el kirchnerismo, sobrevivieron a él; y creo que sobrevivieron porque no fueron el actor fundamental, más bien un actor de reparto. Porque en última instancia siempre fueron menospreciados por el kirchnerismo: nunca fueron el actor para pensar la política, como si lo eran los sindicatos y las organizaciones de derechos humanos. Segundo, porque el empeoramiento de la situación social y económica hizo que salieran a la calle a demandar trabajo, pero también seguridad en los barrios. Muchos pensamos que los tiempos de los piqueteros habían pasado, y en realidad no son los mismos piqueteros de hace quince años. Hoy se autodenominan organizaciones sociales, pero la raíz piquetera está presente, más allá del proceso de institucionalización. El Frente Darío Santillán, organización con la cual tuve más vínculos y afinidades, implosionó al final del gobierno kirchnerismo. Desde mi perspectiva, fue  la experiencia más interesante del autonomismo, lo cual se expresaba en una gama de experiencias que iban de los bachilleratos populares a las organizaciones culturales; y penosamente estalló por cuestiones de protagonismo individual. Para mí fue la experiencia radical más interesante e innovadora por fuera del kirchnerismo, y ver que ésta se había quebrado por una cuestión de competencia de liderazgo y no por diferencias en términos de posicionamientos políticos, me dio mucha tristeza, y peor aún, me dio también indignación ver cómo la izquierda ligada al trotskismo se tomó una revancha con ellos, mostrando a través de esa ruptura que el autonomismo en sí mismo era un fracaso y que entonces ellos pasaban por ser los únicos representantes de la izquierda organizada.

En los últimos años, los movimientos de mujeres han ganado protagonismo en las calles. ¿Crees que los feminismos pueden tener la  capacidad de abanderar o estructurar el conflicto para hacerle frente al nuevo embate del neoliberalismo?

Subrayo dos puntos. El primero es que, si analizas el ciclo progresista latinoamericano, éste emerge de la mano del protagonismo indianista, con conceptos-horizonte como Autonomía, Plurinacionalidad, Buen Vivir, derechos de la naturaleza. Es el movimiento indigenista el que marca el cambio de época. Después se dará el conflicto por el lugar que tienen esos conceptos en el proceso de cambio, como sucedió en Ecuador y Bolivia. Al final del ciclo, lo que se observa es el creciente protagonismo femenino en toda América Latina. Creo que podemos hablar de un proceso que marca el pasaje del momento indianista al momento feminista, que se expresa, en primer lugar, en el protagonismo de las mujeres en las luchas contra el neoextractivismo; en la emergencia de diferentes formas de feminismos populares, algunos de los cuales se combinan con un ecofeminismo de la supervivencia, como diría Vandana Shiva, o un ecofeminismo con elementos espiritualistas. En estas experiencias de politización de las mujeres,  hay un proceso muy interesantes de descubrimiento de la voz propia, como diría Carol Gilligan, que es posible ver en las mujeres que luchan en contra de la expansión de la frontera petrolera, en contra de la megaminería o denunciando los impactos sociosanitarios del modelo sojero. Mujeres que están ahí, al pie del cañón, que se van empoderando en ese vaivén, del espacio público al espacio privado. Estamos hablando de un feminismo de los márgenes, no sólo geográficos, sino vinculado a mujeres de sectores populares, muchas veces campesinas e indígenas. En esa dinámica no pocas se reconocen como feministas, no pocas van verbalizando no sólo la dominación de las empresas, sino también la opresión patriarcal. No se da en todos los casos, pero es una tendencia. Hace poco me tocó prologar un libro sobre luchas antiextractivistas en Colombia, y descubrí diálogos muy similares que tuve con mujeres que luchan en otros países contra el neoextractivismo. En general, las mujeres de orígenes populares reniegan primero del término feminista, pero en la dinámica misma de las luchas se van identificando como tales. Por otro lado, es sobre el triple eje mujer-cuerpo-territorio, que éstas van reescribiendo el vínculo con la naturaleza, desde un enfoque relacional.  Van recreando temas que en el feminismo tradicional no aparecen; van retomando la dimensión del cuidado y la relación de interdependencia con la naturaleza. Esta dimensión ecofeminista está muy presente en feminismos populares y comunitarios que luchan contra el neoextractivismo, pero que extienden su discurso en un sentido u horizonte descolonizador. Pienso en la Red de Sanadoras en Guatemala, con Lorena Cabnal; pienso en la noción de Julieta Paredes, de la Asamblea Feminista de Bolivia, sobre el “entronque patriarcal”, que conecta los dos patriarcados, el de las comunidades indígenas, con el moderno-occidental.

¿Qué papel ha jugado Ni Una Menos en ese proceso?

La movilización ha sido y es  sobre todo plurigeneracional y tan masiva que, en ese sentido, yo sostengo que tenemos enfrente algo más que un movimiento social; en realidad, se trata de “la sociedad en movimiento”. Claro que en esta gran movilización convergieron dos olas: la primera, representada por aquellas mujeres y colectivos feministas que desde décadas vienen luchando por la ampliación de derechos; la segunda, ilustrada por la flamante vitalidad antipatriarcal de las jóvenes, jovencísimas de hoy, que está ligada a la lucha contra los feminicidios y la violencia de género. Esa gran ola arrancó con el movimiento “Ni una menos”, contra los feminicidios, hace tres años, en la cual se manifestaron abierta y masivamente muchas mujeres, y sobre todo ingresaron al campo de lucha las más jóvenes, jovencísimas, muchas de las cuales tienen entre 12 y 15 años. El 8 de marzo pasado, en el festejo del día internacional de la mujer, la gran ola reapareció, fortalecida, convertida en una imparable marea verde, frente al Congreso Nacional, y todo eso coaguló en la demanda masiva por el aborto legal, seguro y gratuito. Lo propio de la marea verde actual es que las nuevas camadas, adolescentes, traen una gran potencia y tienen mucho más desnaturalizado el poder patriarcal. Para las más jóvenes, el hecho de que los que deciden nuestro destino sean hombres, blancos, heterosexuales y mayores de 50 o 60 años, es entendido como un acto de violencia simbólica insoportable. Ellas hacen ver que hoy el rey está desnudo. Para decirlo de otro modo, aquello que las mujeres de mi generación teníamos naturalizado, hoy aparece completamente desnaturalizado en las más jóvenes, que son desenfadadas, hipercríticas y esto lo exhiben con una alegría inocultable en sus cánticos antipatriarcales. Y esto lo hacen en medio de la peor ola femininicida que hayamos conocido en toda la historia…

Tambien creo que este movimiento abre la posibilidad de un nuevo ethos feminista, en el que la crítica al patriarcado puede confluir con la idea de interdependencia y ecodependencia, la articulación entre razón y emoción, con valores del cuidado, cooperación, bienes comunes; que son temas de la agenda feminista que tienen que ver con la liberación de la humanidad, no de las mujeres únicamente. Tambien considero que el gran reto es articular el feminismo de Ni Una Menos que sale masivamente a las calles por el aborto legal; y por otro lado, los feminismos populares que nace al calor de las luchas contra el neoextractivismo donde las mujeres ponen los cuerpos en peligro, como también son cuerpos en peligro ante la repetición de los feminicidios. Si no hay articulación entre esos dos feminismos, veo difícil que se avance en la generación de un nuevo ethos; pero sí creo que estamos ante un momento feminista y todavía no se han desarrollado todas esas potencialidades.

En su diálogo con Amazonas, la ecofeminista española Yayo Herrero plantea el riesgo de ir hacia una sociedad ecofascista, si la discusión sobre la sotenibilidad ambiental no va de la mano de un cuestionamiento sobre la justicia social…

Uno de los desafíos es articular justicia ambiental con justicia social. Algo que interpela directamente al ecologismo y hace imposible cualquier deriva de ecofascismo; eso puede darse en sociedades donde están mucho más satisfechas las necesidades primarias. En América Latina el ecologismo viene desde abajo, y está muy vinculado a las luchas contra el neoextractivismo. También se está conectando con el cuestionamiento de los modelos de consumo. Por ejemplo, hay experiencias de agroecología más importantes de lo que se cree, incluso en Argentina, en medio del continente sojero hay islas de agroecología, que impulsan otro modelo.  Pero están desconectadas de las luchas contra el neoextractivismo. En realidad, apenas se está comenzando a hablar de la conexión entre el modelo de consumo y el modelo de apropiación de la naturaleza. Por eso yo insisto en utilizar la categoría de Antropoceno, que como concepto-síntesis nos obliga a pensar de forma holística e integral; y esto hace referencia a la matriz de apropiación y producción, a la matriz de consumo y de circulación de los bienes. En Argentina, como en otros países de América Latina, se pone más énfasis en el modelo de apropiación; en Europa, en el consumo – salvo ahora, con el fracking, que los europeos están confrontados a ese dilema. Hay cuestiones inherentes, de orden geopolítico, que hacen a  la geografía del consumo y a la geografía de la extracción.

Pareciera, además, que la mayor parte de la sociedad sigue siendo incapaz de pensar alternativas por fuera del paradigma hegemónico del desarrollo…

Estos tiempos de Antropoceno nos hacen conscientes de que uno de los grandes problemas tiene que ver con que la modernidad implicó la consolidación de paradigmas binarios que están en la base del modelo hegemónico. Ese paradigma moderno que separa sociedad y naturaleza, que considera el ser humano como algo independiente de la naturaleza, viene de la mano de otros paradigmas binarios,  como hombre-mujer, razón-emoción, civilización-barbarie, público-privado o humano-no humano. El paradigma binario de la modernidad es el que está siendo cuestionado. El Antropoceno implica el acoplamiento dramático entre orden cosmológico y orden social: la humanidad ve la posibilidad de que estemos ante la inminencia del fin. Eso nos obliga a un cuestionamiento filosófico y epistemológico, que está en el origen de la revalorización de los enfoques relacionales. Desde la antropología crítica, lo han venido trabajando autores como [Phillipe] Descola y [Eduardo] Viveiros de Castro. Esta revalorización de los enfoques relacionales de pueblos amazónicos, por ejemplo, está muy ligado a la crisis  ecológica. Pero, fuera de eso, la crisis interroga nuestra perspectiva epistemológica, nuestra forma de concebir la realidad. Y en esa línea, el momento indianista y feminista posibilita pensar de otro modo.

¿Qué aportan, en ese sentido, los feminismos?

Mientras que la perspectiva indianista coloca el énfasis en una visión más biocéntrica donde el buen vivir viene asociado a los derechos de la naturaleza, y por ende la armonía entre lo humano y lo no humano es central; en la feminista también está la vocación por desarrollar un enfoque relacional basado en las ideas de interdependencia y cuidado. Y vuelvo ahí a Carol Gilligan, para pensar el hecho de que lo que nos caracteriza como seres humanos es la empatía,  nuestra capacidad relacional. Sin el cuidado del otro, no podemos sobrevivir como especie; y lo que ha hecho el patriarcado ha sido disociar al hombre de esa dimensión relacional, muy vinculada al cuidado, y esencializarla respecto de la mujer. El patriarcado nos ha desconectado de algo esencial para vivir con los otros y con nosotros mismos. La desnaturalización del patriarcado y la valoración de la interdependencia y el cuidado, nos lleva a descubrir la voz propia, como una dimensión relacional central en la humanidad. Es un punto de partida interesante para pensar que las mujeres, a través de la afirmación del cuidado, la cooperación y la interdependencia, entendido como ecodependencia, pueden hacer un aporte fundamental no sólo en la crítica contra el patriarcado sino también contra el capitalismo. El enfoque relacional es esencial entonces para repensar nuestra relación con lo no humano; es la base para una ética ambiental, para un Antropoceno realmente vivible. Y es importante subrayar que la posibilidad de desarrollar otra racionalidad social y ambiental, viene de la mano de los movimientos de mujeres. A  veces en América Latina tendemos a vincularlo únicamente con los pueblos indígenas. Creo que hay que apostar a una sociedad intercultural, pensar en un horizonte plurinacional; pero al mismo tiempo, como mujeres, nosotras tenemos capacidad para colocar en la escena otro tipo de vínculo entre sociedad y naturaleza. En las mujeres está esta capacidad relacional, esta articulación entre razón y emoción; finalmente el ecofeminismo resignificó de manera positiva lo que el patriarcado significó peyorativamente.

En este momento político tan complejo, pareciera que tenemos muchos frentes abiertos, que es difícil, o imposible, enfrentar lo macro, y surge la pregunta,  ¿qué hacer?

En términos personales, a mí la perspectiva de seguir una ruta anfibia me ha resultado muy enriquecedora; navegar por diferentes aguas, transitar diferentes mundos, tratar de influir en la agenda pública, poniendo temas que no estaban presentes, ligados por ejemplo al neoextractivismo; sin embargo, no es mi momento más optimista. Inclusive, yo he estado en la creación de Plataforma 2012, un colectivo de intelectuales que apostó a  romper esa dinámica perversa que se había forjado entre kirchnerismo y antikirchnerismo, a romper con la idea de que el kircherismo hegemonizaba lo popular, o la izquierda posible; pero el actual es un momento muy delicado. Los populismos generaron gran incomodidad en nosotros, todavía hay que hacer el balance de los progresismos populistas en América Latina para repensar las izquierdas. Pero ahora estamos en una situación diferente en que el giro conservador y neoliberal se advierte cada vez más radical, más vertiginoso y acelerado; y el escenario es muy preocupante, hay muy pocos atisbos de emergencia de nuevos espacios. Todavía estamos con la inercia, con los resultados del fracaso en Argentina, y por otro lado no se ha tocado el límite del neoliberalismo. Es un momento de mucha oscuridad. Basta ver lo que sucede en Brasil con el triunfo de Bolsonaro. Antes había incomodidad, ahora hay oscuridad. En términos políticos sería un retroceso que volviera el kircherismo, y sería un suicidio que la gente siguiera apostando por Macri y el neoliberalismo; sin embargo, pese a la existencia de líneas de acumulación – territorial, feminista, sindical – no hay un campo político diferente que emerja como alternativa; y eso se nota.

Pareciera además que, con el gobierno macrista, asistimos a un aumento de la represión a la protesta social.

El gobierno de Macri ha supuesto una consolidación y profundización del modelo extractivo; y por otro lado, ha traido enormes rupturas. Se ha buscado avanzar de manera muy violenta en la flexibilización ambiental: por ejemplo, se avanza en la modificación de la Ley de Glaciares y no se respeta la Ley de Bosques; que son las dos leyes marco a nivel nacional, que colocan un límite al avance de la deforestación y de la minería. Hay provincias como en Chubut, donde quieren avanzar con la megaminería, pese a que existe una ley que lo prohíbe; en Mendoza se avanzó con el fracking, que ya se hace en Neuquén y en Río Negro, entre plantas de peras y manzanas. El sindicato de petroleros firmó un convenio en el cual blinda la explotación de no convencionales, prohibiendo el derecho de huelga… En el medio, sabemos que las poblaciones indígenas, que en Argentina no sólo sufrieron el genocidio originario sino que fueron arrinconadas en la estepa cordillerana, en territorios que no eran valorizados por el capital. Pero ahora están siendo expulsadas ante el avance de la frontera petrolera, minera, sojera, los emprendimientos turísticos. Es un panorama muy sombrío, que ya con el kircherismo había emergido pero en un marco en el cual todavía había un lenguaje de derechos, todavía podíamos disputar la agenda de los derechos humanos. El kirchnerismo tenía mala fe, sabía que lo que ocurría con los pueblos originarios era un grave problema. Para el macrismo los derechos no son un problema; hay que avanzar con la frontera del capital; la disputa está saldada. De ahí la construcción del enemigo  interno que ha sido muy gráfica con respecto a las organizaciones del pueblo mapuche. Lo que hay detrás de la demonización del pueblo mapuche es una disputa por la tierra. Y quienes están abogando por el respeto de las leyes nacionales e internacionales, ligada a los derechos indígenas, son denunciados como usurpadores y terroristas. Para terminar de blindar la explotación de hidrocarburos no convencionales, el fiscal general de Neuquén, está promoviendo incorporar a la legislación penal la figura del “conflicto ilegítimo”. El diario que publica esto acompaña el texto con una foto de un reclamo mapuche…

La expansión de la frontera sojera es también una frontera de muerte: durante el kirchnerismo hubo unos quince muertos en situaciones difusas y otros que fueron asesinatos abiertos. El avance de la represión se ha dado en todos los campos. La foto de [el dirigente de la CTEP Juan] Grabois encarcelado con los senegaleses es una postal de época. Los senegales son hostigados sistemáticamente desde hace años, producto de un racismo inveterado de la policía; son considerados una población peligrosa y sin derechos, pero de eso no se habla. Cuando uno ve esa foto, se pregunta acerca de la intencionalidad política de encarcelar a un dirigente de la talla de Grabois, si no se estará haciendo un ensayo para ver hasta dónde puede avanzar con la represión. Creo que se están tanteando los límites, impulsando el corrimiento de la represión estatal

Ese racismo inveterado del que hablas nos devuelve al binomio civilización o barbarie…

Exacto. En la barbarie caían indios, montoneros y mestizos; mientras que por otro lado se abría la puerta a la migración blanca. Es el dispositivo originario y fundacional de la Argentina, el mismo que instaló la idea de que éste es un país blanco y de clases medias, de que en efecto se habían eliminado a los indios. Y en realidad, pese a la campaña genocida, muchos indígenas sobrevivieron y fueron reclasificados como trabajadores y peones rurales. Pasaron a ser vistos como mestizos, como “cabecitas negras”. Hoy en día, esos descendientes de pueblos originarios, están revalorizando la cultura indígena, reconstruyendo su identidad en términos de indígenas. Ese proceso de indianización ha hecho que en Argentina éstos emerjan como sujeto político, y eso es emblemático en el caso de los mapuche, como espejo también del proceso que se ha dado en Chile. Hoy, la sombra del genocidio viene de la mano de los megaproyectos extractivos, de nuevo en nombre del progreso, del desarrollo. Nuevamente se busca arrinconar a esa población, se los impulsa  a que acepten compensaciones económicas o que simplemente se subordinen a los nuevos modelos de desarrollo. La continuidad del modelo colonial respecto a los pueblos originarios es clara, y el racismo inveterado aún persiste. En el 2017, cuando se generó toda una discusión tras la desaparición de Santiago Maldonado y la muerte de Rafael Nahuel en Bariloche, eso quedó muy en evidencia. Yo vengo del sur, soy de la Patagonia, vengo de un lugar que fue el núcleo duro de la llamada “campaña del Desierto”, que es el Alto Valle de Río Negro en Neuquén. En fin, hay sectores conservadores y de derecha que hablan de “falsos indios”. Por eso mi temor mayor es que en estos tiempos tan oscuros se consolide un consenso anti-indígena, asociándolos al terrorismo y a la violencia. Es difícil luchar contra esos prejuicios de las clases medias y altas; el desprecio al indígena está metido en la narrativa misma de la nación, la idea de que la nación se construyó sin los indígenas.

Lo de que “venimos de los barcos”…

Exactamente.

Quisiera terminar con una pregunta sobre tu nuevo libro, Chacra 51, que aborda los riesgos que implica el fracking o fractura hidráulica como forma extrema de extracción de combustibles fósiles. El libro lo aborda desde una perspectiva muy personal, porque el fracking llegó a tu ciudad, Allen, en la Patagonia, y más aún: a la chacra de tu abuelo, la Chacra 51. ¿Cómo fue ese proceso?

Fue algo inesperado, que ni el peor de mis enemigos me hubiera deseado. Yo ya hacía años que investigaba y combatía el modelo extractivo; encontrarme con una torre de perforación petrolera en la chacra de mi abuelo fue un gran impacto. Era 2011 y no se sabía mucho sobre el fracking y los no convencionales; esos primeros años fui una suerte de Casandra que trataba de advertir a los otros de lo que implicaba la fractura hidráulica. Después vino una etapa de lucha; se instaló YPF y en 2013 se dio la pelea en los territorios para poner la cuestión a debate público, tanto en Neuquén como en Allen. Implicó volver al lugar donde nací pero al que ya no pertenecía; fue doloroso, porque perdimos en todos los frentes. Fue muy difícil tomar la decisión de contar aquella experiencia; el golpe fue tan duro que dejé de hacer intervenciones concretas locales en Argentina, aunque seguí en otros países, como Colombia. El libro ayudó a procesar y elaborar todo aquello. La editora, Ana Laura Pérez, me lo propuso hace años pero en 2017 decidí que era tiempo de hacer algo con eso, de unir los pedazos: lo familiar, lo local, lo nacional y una perspectiva más global de la crisis socioecológica a la que nos enfrentamos. Es el libro más personal que he escrito, sin duda; escrito en primera persona, está entre la literatura, la sociología y la política.

VENEZUELA: La antipática verdad que requiere una critica a las utopías | Entrevista a Jeudiel Martínez Daza y Simón Rodríguez Porras

Natália Moraes de Carvalho.

EL 23 de enero de 2019, escuche el video grabado del desalojo de un edificio en Caracas, el autor filmaba a la multitud venezolana en protesta contra Nicolás Maduro. En la ocasión, apoyado por Donald Trump Juan Guaidó, el entonces presidente de la Asamblea Nacional, se autodeclaró presidente interino de Venezuela reivindicando artículos específicos de la constituyente. Las protestas que estallaron por el país contrastando con la reacción de los partidarios del gobierno en las redes sociales hicieron que todos los reflectores apuntaran a Venezuela. La disputa por la presidencia y dirigencia económica del país que tiene “petróleo” dicho antes del nombre propio cuenta con sanciones, amenazas de intervención militar, rivalidad de potencias económicas, críticas al gobierno Maduro y rechazo a la injerencia norteamericana.

No obstante el nuevo acontecimiento, el polvo de antiguas polémicas y el patrullaje de las discusiones sobre chavismo y madurismo volvieron a la superficie sin grandes adaptaciones, lo que hace cuestionar, ¿Cuál es el precio de la verdad en el momento en que la retórica discursiva tiene tanta utilidad?

Los entrevistados, Jeudiel Enrique Martínez Daza¹ y Simón Rodríguez Porras²  lo saben.

Esta iniciativa de entrevistar a venezolanos que investigan y viven los sucesos de Venezuela, se da por la necesidad de superar el callejón sin salida en que las discusiones referentes a Venezuela suelen terminar. No es casualidad. Se trata del momento en que, no sólo partidos políticos, sino que cada grupo selecciona información que les favorezca de forma que los escasos análisis dicen mucho más sobre el grupo que la elabora que sobre Venezuela en sí.

Justo cuando más podríamos informarnos sobre nuestros vecinos a fin de desarrollar una campaña inteligente que buscaba darles apoyo, son los venezolanos que perciben -una vez más- cuál es el material difundido a su respecto y el comportamiento que esperamos que asuman. Se dan cuenta nuevamente de que hay una larga carretera para que consigan aclarar la verdad y que este itinerario cuenta inevitablemente con la crítica de las narrativas apologéticas (de derecha e izquierda) construidas hasta entonces. Jeudiel Martínez y Simón Rodríguez manifiestan en este espacio dos visiones distintas sobre la Venezuela contemporánea, razón de recibir algunas preguntas iguales en medio de otras específicas.

Los entrevistados actúan hace algunos años haciendo análisis comprometidos, militando y vivenciando lo que les sucede a sus conocidos y compañeros muriendo, siendo asesinados o aterrorizados por un gobierno cívico-militar, ellos están entre los invisibilizados, ergo, deshumanizados, por la retorica chavista, llamándolos “imperialistas”, “terroristas”, “golpistas”o cualquier cosa que se valga para justificar la represión que denuncian.

Cuando las expectativas y utopías caen por tierra la verdad depende del enfrentamiento de quien fue silenciado.

 

SIMÓN RODRÍGUEZ PORRAS

Natália: En primer lugar, agradezco su disponibilidad en responder a las preguntas de los brasileños. La posibilidad de entrar en contacto con los principales involucrados en los eventos que asociamos es enriquecedora.

  1. Bien, la primera cuestión es para presentación y contextualización, pero también un cuidado para no recaer en generalizaciones, después de todo, estoy hablando con dos venezolanos específicos. Entonces, ¿de dónde es específicamente? ¿Cuáles son las peculiaridades regionales de este lugar que los brasileños probablemente desconocen. Siendo que construimos nuestras preferencias políticas a partir de las experiencias de donde vivimos, como se identifica dentro del espectro político, económico y social. ¿Participa de algún movimiento u organización?

Simón: Te agradezco el esfuerzo que hace para hacer llegar a los lectores brasileños la voz y la perspectiva de sectores de una oposición de izquierda que ha sido perseguida, criminalizada y que es poco conocida fuera de Venezuela. En mi caso, formó parte del Partido Socialismo y Libertad, una organización marxista con una estructura sindical importante que tuvo legalidad hasta 2016, cuando la mayoría de los partidos fueron privados de su representatividad electoral. En el momento en que se inició mi activismo en el movimiento estudiantil, presidí un centro de estudiantes en la Escuela de Música de la Universidad de los Andes y más tarde actué como profesor universitario, trabajé en medios alternativos como la ya extinta Radio Ecos y fui parte del equipo fundador del sitio laclase.info. Soy coautor del libro «¿Por qué fracasó el chavismo? Un balance desde la oposición de izquierda«que fue traducido al inglés y pronto estará en portugués por compañeros de la Corriente Socialista de los Trabajadores, una corriente interna del PSOL de Brasil. Entre los compañeros de nuestra organización están, por ejemplo, el secretario general de la Federación Unitaria de Trabajadores Petroleros de Venezuela (Federación Unitaria de Trabajadores Petroleros de Venezuela), José Bodas; también el antiguo dirigente trabajador Orlando Chirino, que fue candidato a la presidencia por nuestro partido en 2012.

Mérida es una pequeña ciudad andina, de unos cuatrocientos mil habitantes, ubicada a unos 1600 sobre el nivel del mar, en una meseta rodeada por picos de hasta cinco mil metros de altura. La Universidad de los Andes contó con 35 mil estudiantes en sus mejores tiempos, pero debido a la crisis esta cifra se ha reducido a la mitad en los últimos cuatro años. Para tener una idea del recorte presupuestario aplicado a la universidad, la Facultad de Artes actualmente tiene una asignación para gastos operativos de menos de 5 dólares para todo el año. También es una región de vocación agrícola.Durante dieciséis años el gobierno de Mérida estuvo en las manos del chavismo. Pero en el año 2009 se dieron las primeras protestas masivas contra el chavismo, antes de un racionamiento eléctrico severo que el gobierno aplicó en el interior del país. En 2014 y 2017 Mérida fue uno de los puntos en que las protestas populares contra el gobierno se radicalizaron, ya en plena crisis económica. La represión ha sido muy grande y ha afectado a la izquierda, con casos como el de la desaparición forzada del combatiente social Alcedo Mora y de los hermanos Vergel, en febrero de 2015. Hasta ahora el gobierno se negó a investigar y los familiares de las víctimas culpan a los servicios de inteligencia por el crimen.

  1. ¿Las cuestiones centrales para entender la Venezuela actual son petróleo e imperialismo como ha discutido la izquierda internacional? Para usted cuáles son marcos esenciales para entender la coyuntura y cuales son desconocidos o ignorados?

S: Maduro es odiado por la mayoría del pueblo por haber aplicado el ajuste económico más brutal de nuestra historia, sometiendo el hambre y la miseria a millones de personas mientras la burguesía chavista vive en una opulencia impúdica. Este desastre no es consecuencia de políticas «socialistas», sino de haber llevado al extremo distorsiones propias de una economía capitalista semi-colonial en que todo gira en torno a la apropiación del ingreso del petróleo. Y que para mantenerse en el poder a pesar de un repudio mayoritario, recurre cada vez más a la represión de los sectores trabajadores y populares que en un primer momento fueron la base del chavismo. Esto es lo fundamental a entender. Indudablemente la cuestión del imperialismo es muy importante, aunque en un sentido diametralmente opuesto de lo que suponen los que creen que Venezuela es un país en tránsito hacia el socialismo o con un gobierno antiimperialista. Venezuela participa en la economía capitalista mundial desde una posición subalterna como proveedor de materias primas, sobre todo de hidrocarburos, cuya explotación se lleva a cabo bajo un esquema de joint ventures con transnacionales estadounidenses, rusas, chinas y de la Unión Europea. La empresa extranjera con mayor inserción en la industria petrolera venezolana es la yanqui Chevron. Y en cuanto a las pretensiones «antiimperialistas» de Maduro, basta recordar que en enero de 2017 la empresa Citgo, propiedad del Estado Venezolano, fue una de las mayores donantes para la asunción del mando de Donald Trump.

El gobierno de Maduro no defiende la soberanía ni los recursos naturales. Al aplicar el plan del gobierno de Chávez llamado «Plan de la Patria», entregó más de cien mil kilómetros cuadrados de territorio a transnacionales para explotación de oro, coltan y otros minerales, uno de los planes de pillaje y depredación más ambiciosos de la historia de nuestro país. Entonces, para el imperialismo, no se trata de meter las manos en los recursos venezolanos, ya lo hace bajo el chavismo, sino de garantizar la continuidad del pillaje.

¿Por qué el chavismo asumió un discurso socialista si ni siquiera adoptó medidas democráticas modestas, como superar el latifundio improductivo, o nacionalizar la industria petrolera para invertir la renta en el desarrollo agrario e industrial del país? Claramente esta radicalización discursiva corresponde al contexto en que el chavismo llega al poder, representando la ruptura con los partidos del status quo. La derrota del golpe de estado apoyado por Bush en 2002 por la vía de la movilización popular es un hecho sin precedentes que muestra la validez de un proceso revolucionario abierto desde El Caracazo de 1989. Había grandes expectativas de justicia social y participación democrática en el movimiento trabajador y popular . El gobierno adaptó su discurso a estas exigencias, mientras que en la práctica impulsó una política represiva y cooptadora para emparejar a los sindicatos y las organizaciones populares, lo que a largo plazo le permitió proporcionar grandes derrotas a la clase obrera y desarticular la organización popular. Al final de cuentas, esto explica cómo Maduro consiguió reducir los salarios a menos de diez dólares al mes e imponer condiciones de trabajo de semi-esclavitud.

A pesar de la penetración de capitales rusos y chinos, Estados Unidos permaneció hasta 2018 como el mayor destino de las exportaciones venezolanas y la primera fuente de nuestras importaciones. De tal manera que Venezuela nunca dejó de estar dentro de la esfera de influencia de la mayor potencia imperialista. Además de la implicación directa de Bush en el golpe de 2002, Estados Unidos siempre mantuvo una relación cercana con la oposición de derecha. El desastre del chavismo en los últimos años ha generado la oportunidad de intervención del gobierno de EEUU que se concreta en enero de este año con el reconocimiento de Guaidó como presidente interino con las sanciones sobre el petróleo que tendrán un efecto devastador sobre una economía ya arruinada, y con las amenazas de invasión hechas por Trump, Bolton y el Comando Sur. Por eso, sin dar ningún apoyo al gobierno de Maduro, rechazamos toda la demagogia «humanitaria» de Estados Unidos y nos oponemos a su injerencia que no busca objetivos «democráticos» sino que meramente imponer un gobierno títere.

  1. ¿Venezuela vive una democracia? En mi opinión, la defensa de esta democracia y de que Maduro responde por la soberanía popular se articula principalmente en la premisa de que sus elecciones fueron legítimas. ¿Qué sucedió en este proceso?

S: La primera cosa que hay que hacer es una aclaración sobre la perspectiva marxista en la que nos insertamos, distinguimos la legalidad y la legitimidad. No concedemos legitimidad a aquellos gobiernos que sostienen un sistema económico y social injusto, basado en la explotación, intrínsecamente antidemocrático. Independientemente de cómo hayan ascendido al poder. Esto significa, es importante considerar la fisonomía del régimen, que se define a sí mismo como cívico-militar. Después de perder 66% de los escaños en el parlamento (la Asamblea Nacional, AN) en 2015, el gobierno anuló todas las funciones parlamentarias y suspendió las garantías constitucionales. Reprimió brutalmente las protestas populares de 2017 y aplicó juicios militares a civiles por protestar o por participar en los saqueos de alimentos. Impuso una Asamblea Nacional Constituyente (ANC) con el 100% de diputados miembros del oficialista PSUV. Todo ello contando con el apoyo militar.

Los militares, muchos de ellos formados en la Escuela de las Américas, encabezan ministerios, controlan PDVSA, tienen un canal de televisión, una docena de empresas entre las que destacan una empresa minera, además de controlar la red estatal de distribución de alimentos, los puertos y las fronteras. Mantienen grandes negociaciones con compras de armamento, controlan el contrabando de gasolina para Colombia, Brasil y el Caribe, un negocio lucrativo ya que es la más barata del mundo en Venezuela. En virtud de estos intereses, y no de una supuesta condición «patriota» ni mucho menos «socialista» es que los militares mantienen a Maduro en el poder, endosando las elecciones fraudulentas de 2017 y 2018, en las cuales la mayoría de los partidos opositores fueron excluidos.

El Gobierno de Maduro es un régimen dictatorial que se alejó de la propia constitución aprobada por el chavismo en 1999. Tiene decenas de presos políticos trabajadores como el dirigente sindical Rubén González o Rodney Álvarez, presos que sin haber sido condenados ni procesados ya llevan  siete años encarcelados.

  1. Tenemos en el imaginario la división de poderes en la sociedad que, al menos en teoría, debe garantizar la independencia de ciertos sectores impidiendo totalitarismos, la tríada: ejecutivo, legislativo y judicial. ¿Cual es el estado de la división de poderes en Venezuela?

S: Esta concepción liberal, sometida al examen de los hechos, no refleja otra cosa que una división de tareas en el Estado burgués de modo que sirva perfectamente a los propósitos de dominación de clase. Es decir, no es un equivalente de la democracia política en sí. En el caso de Venezuela, la casta cívico-militar controla todos los poderes, desde el punto de vista formal, incluidas las funciones ejecutiva, legislativa, judicial y electoral en la ANC.

Pero lo más importante es el servicio de quienes gobiernan. Esta concentración de poder en Venezuela está al servicio del saqueo de petróleo por parte de las transnacionales, de la imposición de salarios míseros, de perseguir cualquier disidencia, de alimentar los negocios de la burguesía chavista.

  1. ¿Un partido de izquierda e independiente como el de ustedes se encuentra amenazado en esta coyuntura? ¿Sufren la reacción de alguna izquierda que piensa que deberían defender a Maduro y el chavismo con uñas y dientes? ¿Qué estás defendiendo en este momento?

S: Nuestra organización sufrió a lo largo de esos años el asesinato de 8 militantes obreros en manos de las mafias sindicales del gobierno además de prisiones y despidos, pero ni los golpes sufridos ni las amenazas o la prohibición electoral nos desviaran de nuestro posicionamiento como socialistas. Las calumnias o ataques de esa izquierda oportunista que apoya a Maduro dando la espalda al pueblo venezolano trabajador es la que no lo lograría. Nosotros defendemos la necesidad de una solución obrera y popular independiente para salir de la crisis. Que sea la mayoría trabajadora y que se organice de forma autónoma para acertar cuentas con el gobierno y tomar su destino con sus propias manos. En este sentido, consideramos que la huelga general es una herramienta muy poderosa para poner fin al régimen cívico-militar, derrotar la intervención imperialista y recuperar muchas de las conquistas perdidas en estos años, elevando un programa económico y social que exprese las aspiraciones de las mayorías empobrecidas.

  1. Juan Guaidó surgió a los ojos del mundo con la mano en la Constitución, reivindicando ser presidente interino de Venezuela dadas las violaciones cometidas por Maduro. ¿Es considerado golpista entre los venezolanos? ¿Cómo las personas se dividen acerca de su legitimidad o ilegitimidad?

S: Guaidó era un diputado desconocido por la mayoría de los venezolanos hasta que asumió la presidencia de la Asamblea Nacional. Y cuando se proclamó presidente interino suscitó expectativas en sectores importantes de la población, para los cuales este diputado representa una posibilidad de salir de Maduro.

Se debe entender su autoproclamación como un acto político. Su base legal es muy frágil, según la constitución el presidente interino tiene por única función organizar una elección presidencial a realizarse en menos de 30 días, lo que obviamente no hará. La línea de Guaidó consiste en apoyarse en el «reconocimiento» de Estados Unidos, de la Unión Europea y de gobiernos de derecha y centro derecha latinoamericanos, en las sanciones económicas de Trump y en la amenaza de invasión militar. El propio Guaidó dijo que la posibilidad de una agresión militar está «sobre la mesa» y que un grupo de jueces opositores en el exilio hasta «autorizó» una agresión militar «humanitaria».

Declaraciones criminales que repudiamos totalmente y que demuestran el carácter totalmente subordinado a Trump que estos políticos tienen. La oposición de derecha alienta también que los militares chavistas den un golpe, intentando sobornarlos con una amnistía para delitos de corrupción, violación de derechos humanos y crímenes fiscales. El programa llamado «Plan País» es un compendio de medidas de privatización y ajuste. A todo ello se suma una clara vocación desmovilizadora, evidenciada cuando dirigentes de la oposición ‘derechista’ critican las protestas violentas de los barrios ocurridos entre el 21 y el 28 de enero, alegando que fueron protagonizados por «marginales» o «chavistas infiltrados», cuando en realidad consistieron jornadas heroicas de lucha popular cuya represión militar costó más de 30 muertos. El discurso de Guaidó apunta que la presión externa, las sanciones económicas y un golpe o una agresión militar extranjera producen lo que él llama «el cese de la usurpación». Esta narrativa fantasiosa supone que los golpistas o invasores benefactores permitirán la autodeterminación popular en elecciones libres, ocultando cínicamente las implicaciones antidemocráticas de una transición controlada por militares o invasores.

La política de Guaidó es reaccionaria como un todo y la rechazamos totalmente, tanto por sus medios como por sus fines. No son los militares o el gobierno de los Estados Unidos que deben decidir quién gobierna Venezuela, esta decisión le concierne solo al pueblo venezolano.

  1. ¿Crees que las denuncias del abuso del gobierno Maduro son intencionalmente alejadas, desconocidas o silenciadas? ¿A quién le interesa el desconocimiento de la historia y la vida de los venezolanos?

S: De un lado está el ocultamiento de todas las denuncias de la represión practicada a sectores populares por parte del gobierno y sus aliados. Las acciones represivas no se mencionan o se justifican dentro de un discurso según el cual las víctimas son en realidad agentes de derecha o del imperialismo. Esto es parte de la propaganda de guerra que el gobierno usa desde hace años. Pero también, la derecha opositora, los gobiernos y los grandes medios internacionales ocultan sistemáticamente víctimas que no son funcionales para su agenda y su discurso. Poco se habla de los presos políticos obreros, casi nada acerca de las luchas indígenas, muy radicalizadas, la lucha contra el saqueo del Arco Minero del Orinoco o la denuncia que la izquierda hace de las consecuencias de haberse realizado onerosos pagos de deuda externa a expensas de la deuda externa el hambre del pueblo. Todo esto es ocultado porque no condice con la propaganda que atribuye al chavismo un «fracaso del socialismo» o que intenta presentar la oposición de derecha como la única oposición.

  1. ¿Hay hoy adversión de parte de la población al que se refiere el socialismo, el comunismo y la revolución dado el gobierno Maduro?

S: El gobierno chavista logró manchar las banderas de la revolución socialista asociándolas a la corrupción, hipocresía, entreguismo, represión y el desastre económico. La oposición de derecha y los medios privados no pierden la oportunidad para reforzar esta falsa noción de que Chávez y Maduro fueron «socialistas». Y el apoyo oportunista de gran parte de la izquierda latinoamericana al chavismo refuerza el desprestigio del socialismo. La construcción de una izquierda revolucionaria en Venezuela y en América latina depende de su capacidad de deslindarse del chavismo y, consecuentemente, enfrentarlo.

  1. Mi amigo Julio Batista hizo preguntas que dicen por muchos: «¿Cuáles son las diferencias entre el gobierno de Chávez y Maduro? ¿Hubo conquistas con el chavismo? «¿Qué ha ido mal?» Hay quien dice que Maduro ha destruido el legado chavista.

S: El gobierno de Maduro encarna el legado de Chávez. Es constituido por ministros y altos funcionarios que en su enorme mayoría formaban parte del gobierno de Chávez. Además, aplica políticas como la entrega del Arco Minero del Orinoco que forma parte del programa del gobierno de 2012. Y, obviamente, la gestión desastrosa de la crisis es la contrapartida del período de bonanza administrado por Chávez, en el que la corrupción y el saqueo alcanzó proporciones épicas.

Chávez representa el auge y Maduro la decadencia de un mismo modelo, basado en la canalización de renta petrolera para los capitales financieros y de minería transnacionales, así como una burguesía emergente ligada al aparato estatal; las empresas conjuntas con transnacionales petroleras y mineras, subsidios a las importaciones, alianza cívico-militar, corrupción desenfrenada como parte del metabolismo político, y la apuesta en un «capitalismo multipolar» sobre la base de alianzas con regímenes reaccionarios como el de Putin en Rusia, Erdogan en Turquía, la dictadura capitalista de partido único china o la dictadura teocrática de Irán.

Gracias a la movilización popular ya los procesos de autoorganización obrera, campesina, indígena, el chavismo se vio obligado a hacer concesiones importantes a través de programas de asistencia social entre 2003 y 2007. Sin embargo, luego estos programas de salud, educación, alimentación, sus limitaciones. Chávez llegó a afirmar que esos programas competían con ganancias sociales, como los contratos colectivos de trabajo de empresas estatales, diciendo en 2009 que prefería pagar becas a madres que salarios «altos» para los trabajadores. El gobierno casi totalmente desmantelado como parte de su ajuste brutal.

Chávez gozó de un gran apoyo popular y de un prestigio personal que Maduro nunca experimentó. Pero, incluso en parte es consecuencia de mecanismos puestos en marcha durante el gobierno de Chávez, como el culto a la personalidad. Chávez era representado como un líder iluminado sin responsabilidad en las políticas erradas de su gobierno; cualquier problema se justificaba por la supuesta incompetencia o mala fe de los ministros, gobernadores, diputados, o alcaldes pro-gobierno. Una operación ideológica para salvaguardar la figura bonapartista de los cuestionamientos populares.

La represión dio un salto impresionante con Maduro, pero aún durante el gobierno de Chávez fueron presos combatientes indígenas como Sabino Romero, militares atacaban las fábricas ocupadas, la policía asesinaba huelguistas, como en la masacre de Mitsubishi en 2009, que Chávez justificó diciendo que los trabajadores estaban armados lo que las autoridades nunca comprobaron. La ruptura de las masas había comenzado ya durante el gobierno Chávez, en las elecciones parlamentarias de 2010 la oposición patronal igualó los votos con el chavismo. Con Maduro se dio el salto a una dictadura y se anuló el parlamento, aunque la retórica «cívico-militar» ya fuera parte fundamental de la doctrina chavista y miles de militares hubieran ocupado altos cargos.

El gobierno de Maduro encarna el legado de Chávez. Es constituido por ministros y altos funcionarios que en su enorme mayoría ya formaban parte del gobierno de Chávez. Además, aplica políticas como la entrega del Arco Minero de Orinoco, que forma parte del programa del gobierno de 2012. Y obviamente la gestión desastrosa de la crisis es la contrapartida de la época de bonanza que Chávez administró, en la que la corrupción y el pillaje alcanzaron proporciones épicas.

  1. Me gustaría saber si Maduro realmente habla por la base popular y manifiesta sus deseos. Y si usted cree que la atención exclusiva en el movimiento de extrema derecha en el mundo nos impide ver las razones y voluntades de la población.

S: El lenguaje que Maduro usa para dialogar con los barrios populares es el de la represión. Desde 2015 viene aplicando operaciones policiales y militares denominadas «Operación Liberación del Pueblo» en que cientos de personas fueron ejecutadas extrajudicialmente. En una operación estándar, tropas con máscaras tácticas de calaveras y armamento de guerra detienen arbitrariamente a todos los jóvenes del área, a veces hasta mil jóvenes, algunas ejecuciones son realizadas y después de algunas horas la mayoría de los detenidos es liberada. Y el gobierno notifica estos operativos fascistas. En 2014 y 2017 el uso de paramilitares para reprimir protestas en los barrios fue bastante ampliado, y desde el año pasado un cuerpo de operaciones especiales llamado FAES ganó notoriedad y es tristemente celebrado por su brutalidad, habiendo sido responsable de los ataques a los barrios en enero de este año en que más de treinta personas fueron asesinadas.

Ciertamente hay desconfianza popular de la dirigencia opositora de derecha que son a menudo vistos como burgueses ávidos de pactar con el chavismo, pero, lo principal es el odio a Maduro lo que es comprensible. En cuanto a la extrema derecha, aunque está creciendo parasitando del desastre del chavismo, todavía no es significativa. Su principal representante es María Corina Machado, que usa algunos de los lemas de Thatcher. Las pequeñas sectas de neonazis o defensores de la dictadura militar de los años 50 son totalmente marginales.

  1. Otro amigo, Henrique Rufo, presenta las siguientes cuestiones: «¿Es sabido también que las élites que tienen el control sobre la importación de algunos productos forzaron a través del sabotaje su escasez, como la población que más depende de ellos ve esta maniobra? ¿Se les aclaran los motivos?

Y la segunda parte de la pregunta: «¿Hay alguna probabilidad de que Venezuela se convierta en un Brasil si el» GuaiDog » asume? Pasando a servir en bandeja al Tío Sam?

S: El gobierno creó la leyenda del sabotaje para encubrir su propio ajuste antipopular y el desastre de su propio modelo capitalista de explotación. Incluso con el barril de petróleo por encima de cien dólares, en 2014, ya había escasez e inflación creciente. La mayor bonanza de petróleo en nuestra historia fue desperdiciada en una fabulosa fuga de capital y subsidios a las importaciones que liquidaron la mayor parte de la producción no petrolera. El gobierno le ha dado más de seis mil millones de dólares a la General Motors, por ejemplo, cuya producción actual es prácticamente cero. La fiesta de la corrupción fue realmente salvaje. A partir de 2013, para sostener los pagos de la deuda externa a los buitres financieros de Wall Street, el gobierno recurrió a un corte drástico en la importación de productos esenciales, como alimentos y medicinas. En 2018 ese corte fue más del 80%. Se suma el aumento desequilibrado de la cantidad de dinero en la economía, alimentando una espiral inflacionaria que llevaría a la hiperinflación a finales de 2017. La economía se contrajo a la mitad y la producción de petróleo, que era de más de tres millones de barriles por día en 1998, cayó para llegar a un millón de barriles por día este año. Todas estas son consecuencias de la política oficial, no de sabotaje o conspiración. Como resultado hay escasez de productos, carestías y salarios destruidos.

Aunque la mayoría de las importaciones, al menos hasta 2017, fuera privada, de 2003 hasta hoy existe un control de cambio, y es el gobierno quien decide a quién asigna dólares para importaciones y en qué cantidad. Todos los puertos y aduanas están bajo el control de los militares. Fue el gobierno el que incentivó los fraudes de importación definiendo un precio para el dólar oficial hasta cien veces menor que el precio de mercado paralelo. Tanto la superación de las importaciones en los sectores público y privado, como el recorte gubernamental en las importaciones y la caída de la producción nacional, son los factores que explican la escasez, no una conspiración.

Nosotros, los venezolanos, experimentamos un bloqueo empresarial y un sabotaje de petróleo en 2002-2003, sabemos exactamente lo que es una política de negocios golpista y esa situación no tiene ninguna semejanza con la crisis actual, cuya responsabilidad es del gobierno. En cierta medida, a partir de las limitaciones al endeudamiento estatal venezolano establecidas en agosto de 2017, y sobre todo después de las sanciones petroleras de enero de este año, se puede hablar con propiedad sobre una agresión económica externa. Pero la economía ya estaba arruinada antes de eso.

Y en cuanto a la escalada de la injerencia ‘yanqui’, que repudiamos totalmente, puede desembocar en un golpe por parte de los militares chavistas que rompan con Maduro e incluso a mediano plazo en una agresión militar por parte de Estados Unidos. El pueblo trabajador en su absoluta mayoría repudia a Maduro, puede derrotar al régimen cívico-militar por sus propios medios, con una huelga general que logre vencer a la tropa rasa del ejército para que no lo reprima. De lo contrario, lamentablemente permaneceremos como meros rehenes de la represión dictatorial y del imperialismo, de sus sanciones económicas y de su política intervencionista. Es por eso que estamos apostando por una salida independiente de los trabajadores y de la población, es la única manera de evitar la consolidación de la dictadura o que Trump imponga un gobierno títere a la fuerza.

 

JEUDIEL ENRIQUE MARTINEZ DAZA

Natália En primer lugar, agradezco su disponibilidad en responder a las preguntas de los brasileños. La posibilidad de entrar en contacto con los principales involucrados en los eventos que asociamos es enriquecedora.

  1. Bien, la primera cuestión es para presentación y contextualización, pero también un cuidado para no recaer en generalizaciones, después de todo, estoy hablando con dos venezolanos específicos. Entonces, ¿de dónde es específicamente? ¿Cuáles son las peculiaridades regionales de este lugar que los brasileños probablemente desconocen. Siendo que construimos nuestras preferencias políticas a partir de las experiencias de donde vivimos, como se identifica dentro del espectro político, económico y social. ¿Participa de algún movimiento u organización?.

Jeudiel: Las primeras particularidades serían estas:

Casi el 100% de los ingresos provienen del petróleo. Por su parte el Estado es propietario del subsuelo y de la petrolera estatal PDVSA. El parque industrial ya era muy débil antes de Chávez y después de las nacionalizaciones casi fue arruinado.

Venezuela se divide claramente en una franja norte y una sur. La norte es costera y allí vive casi toda la población de 30 millones. Hay pocos recursos de petróleo y minería, excepto, por supuesto, por el aceite del Lago Maracaibo. El resto queda en el sur, en los estados de Bolívar y Amazonas. También existe una gran disparidad de recursos hídricos: en el sur hay reservas enormes y en el norte se están agotando. El extremo oeste es el estado Zulia y los Andes, estados que deberían ser muy ricos dado su potencial agrícola, pero son muy pobres. El oriente de Venezuela es pobre y poco poblado. La población está concentrada en torno a la ciudad de Maracaibo, al oeste en Zulia y en el centro del país en torno a Caracas y sus ciudades satélites, pero también menores como Valencia y Maracay, que solía ser el corazón de la industria venezolana.

  1. Venezuela vive una democracia? A mi ver la defensa de esta democracia plena y de que Maduro respondería por la soberanía popular se pautea en la premisa de que su elección fue legítima. ¿Qué sucedió en este proceso?

J: Venezuela ha vivido un proceso de «des-democratización» muy largo. Comienza en 2007 o tal vez en 2002. Como la oposición antichavista dijo que Chávez era un dictador hay muchas personas confusas. En realidad el estado de excepción y tiranía se impusieron progresivamente, primero el chavismo fue colonizando o capturando a los poderes públicos, pero, para 2015, las elecciones eran todavía confiables y transparentes. Después de perderlas ante la oposición, agrupada en la MUD, los restos de la democracia y del estado de derecho desaparecieron: básicamente, el Tribunal Supremo, controlado por el ejecutivo, eliminó la división de poderes y desde entonces las elecciones tuvieron cada vez más distorsiones. El chavismo se levanta ya definitivamente como una tiranía en abril de 2016 y marzo de 2017. La constituyente busca sólo consolidar ese estado de las cosas. Con respecto a cosas como los Consejos Comunales, en los que la izquierda cree tanto, nunca pasaron de asambleas de favelas que no tienen poder de ningún tipo, ni siquiera en el municipio. Por el contrario, proveen fuerza de trabajo gratuita para el gobierno. En lo que se refiere a las últimas elecciones, varios partidos fueron prohibidos de participar, varios candidatos de la oposición quedaron inelegibles y la sensación de que la CNE no es confiable fue explotada. La oposición hizo el resto al desacreditar a los candidatos que se opusieron a Maduro.

  1. Usted realiza un trabajo de crítica de lo que sería una alineación ideológica de la izquierda que acaba por proyectar una lectura superficial de Venezuela. Me parece que acusamos a la extrema injerencia norteamericana, pero tenemos una mirada norteamericana de Venezuela al punto de que «estudiar su historia» significa hablar sobre el intervencionismo de Estados Unidos. Poco o nada sabemos sobre la vida en Venezuela y eso que son nuestros vecinos. Mi pregunta es: ¿Qué piensas de la campaña de la izquierda extranjera? ¿Las cuestiones centrales para entender la actual Venezuela son petróleo e imperialismo?

J: La izquierda europea es afectivamente eurocéntrica. Pero este no es el principal problema. Hay una imagen preconcebida de Venezuela incluso para otros latinoamericanos que no la conocen y sólo esperan que Venezuela confirme la propaganda que ellos ya conocen. También sucede para las personas de las derechas para quienes esta situación es conveniente. Pienso que entre los sectores politizados sólo una fracción muy pequeña se interesa por los venezolanos, para los demás, este es otro caso de intervención imperialista o fracaso del socialismo. En el caso de la izquierda los «análisis» siempre se hacen por analogía: o se explica el pasado por el futuro o, como máximo, por otro caso del presente. Pero, las personas de izquierda no se interesan en preguntar lo que pasa por aquí porque no somos importantes para ellas. Lo que les atormenta es que se cuestione la imagen que tienen de este país. La crisis en Venezuela tiene dos factores esenciales; el colapso interno y el desequilibrio regional. Es ridículo pensar que para que los Estados Unidos tenga acceso al petróleo de un país deba conquistarlo: tienen acceso a México, al Golfo Pérsico, a Nigeria y no necesitan llevar soldados allí. Además, el antiimperialismo de Chávez fue siempre verbal y nada más que verbal: hasta el 31 de enero, Estados Unidos era nuestro principal socio comercial y nuestra principal fuente de dinero. Chevron opera desde hace años en Venezuela sin problemas.

¿Qué es la crisis venezolana? Un colapso nacional que generó desequilibrio regional. Entre la caída de la producción petrolera y la fuga de capitales el país perdió una cantidad de riqueza fantástica, hay una economía de depresión que contrajo la producción y eso, junto con la pésima política fiscal, desencadenó la hiperinflación, debido a la corrupción y mala administración existe una crisis de servicios públicos. Todo esto ha hecho que millones de refugiados huyan de aquí creando un desequilibrio geopolítico regional.

Aquí no se puede hablar de un solo imperialismo: hay rusos, chinos, y hasta turcos. La deuda venezolana con China es enorme y no sabemos lo que pasó con ese dinero, Rusia tiene interés en el petróleo y Turquía en el oro. El interés de los Estados Unidos aquí es más geopolítico que económico: esta crisis surgió paralela a un período también crítico en Estados Unidos y crea para los conservadores una doble oportunidad:

1º Para reafirmar su presencia en la región en el marco de un neo-monroísmo.

2º Para fortalecer su posición y prestigio en un año de pre-campaña y en el cual será investigado por el Congreso y tal vez sometido a un impeachment. Al invertir muy poco, usted puede ganar mucho. Esta no es una situación como la de Irak: es otra combinación de la invasión de Panamá con la intervención en la ex Yugoslavia, es decir, de una agenda geopolítica con una acción oportunista para escapar de los problemas internos. La tontería de la izquierda se revela en la medida en que no entiende que lo que está sucediendo es, en cierto sentido, peor y que esta oportunidad para Estados Unidos fue causada por el extraordinario fracaso del chavismo.

  1. Es normal que digan: o usted defiende a Maduro o está defendiendo el imperialismo. ¿Está usted de acuerdo con la premisa de que criticar a Maduro en ese momento significa apoyar a Guaidó? La defensa de Maduro es el único posicionamiento legítimo para quien se considera de izquierda?

J: No veo porque alguien, de izquierda o de derecha, se encontraría en una sola posición legítima frente a cualquier cosa. Si así fuera la política no existiría: no habría nada que decidir, todo ya estaría programado. La propia idea es de un primitivismo desconcertante. Además de que es difícil entender lo que defiende la izquierda con Maduro: que entrega recursos naturales a potencias y superpotencias, mantiene a las personas en la pobreza, representa la nueva casta −la boliburguesía o burguesía bolivariana− que vive en la opulencia, que sus fuerzas matan y reprimen al pueblo. ¿Es bueno sólo porque esta contra EEUU, a pesar de los repetidos intentos de acercarse a Trump?

  1. Mi amigo Julio Batista hizo preguntas que hacen muchos: «¿Cuáles son las diferencias entre el gobierno de Chávez y Maduro? ¿Hubo conquistas con el chavismo? «¿Qué ha ido mal?» Y otra duda mía, que termina abarcando la de Júlio, cuál es el estado de los servicios públicos en Venezuela?

J: El problema con el chavismo es justamente que falló en todo. Cuando hablamos sobre el fracaso de la URSS estamos hablando de una potencia que llevó al Sputnik al espacio, que derrotó a los nazis. Cuba tiene conquistas en el campo de la seguridad y el bienestar, incluso el peronismo ha dejado cosas valiosas. Los tiranos anteriores de Venezuela dejaron carreteras y obras públicas … Chávez no dejó nada más que instalar su personal en el poder. El problema es que Chávez no tuvo políticas tales, sólo clientelismo. Él no hizo una reforma de la seguridad social y del sistema público de salud: él no diseñó un nuevo estado de bienestar o «buen vivir» simplemente utilizó el dinero del petróleo para garantizar la lealtad de las personas usando estructuras informales, las misiones, que dependían de su persona. Entonces, son los médicos cubanos que se pagan para proporcionar salud, el servicio es importado, si salen, se quedarán sin eso. Los hospitales siempre han sido precarios y fallidos. Los bienes no eran accesibles para el pueblo porque el país habría incrementado su productividad, fortaleciendo los salarios y la participación de los trabajadores en las ganancias habrían aumentado en relación al capital: simplemente se subsidiaba todo con petrodólares. Esa es una de las razones del fracaso de los servicios públicos: Chávez quería que todo fuera de gracia. En parte porque sus ideas de gobierno eran ingenuas y primitivas y en parte para que la gente dependiera de él y le debieran. Él cambió la deuda financiera del neoliberalismo por la deuda política del clientelismo. Como resultado, hay fallas eléctricas todo el tiempo, el agua corriente se agota por semanas, la distribución de gas es precaria, las líneas telefónicas estatales funcionan mal, la internet es lenta. El problema no es que sean estatales: una empresa estatal es sólo una empresa y puede funcionar bien o mal, pero con Chávez hubo ‘des-profesionalización’, el mantenimiento fue interrumpido, la administración burocratizada. Maduro, sin embargo, es un administrador peor que Chávez, más irracional e impulsivo: en 2016 ocurrieron disturbios y saqueos en el interior de Venezuela porque decidió sacar de circulación en 15 días el billete de mayor circulación, el de 100 bolívares. Desde el principio, el Estado está dividido entre grupos de poder, no hay administradores profesionales o gobernantes preparados como en China o incluso en Cuba. PDVSA, la compañía estatal de petróleo, está en manos de un militar sin experiencia en hidrocarburos. Así, el bien que Chávez hizo fue distribuir dinero del petróleo y subsidiar los servicios, y cuando el precio del barril cayó -y también la producción- el desastre arribo.

  1. ¿Cuál es el compromiso de Maduro con las banderas que él mismo levanta discursivamente? ¿Está realmente comprometido con el socialismo y la soberanía popular, pero es impedido por la agenda norteamericana?

J: Usted tiene que entender lo que es socialismo en este contexto. Aquí hay concepciones muy ingenuas sobre eso porque este es un país con un discurso político de bajísimo nivel. Las sectas marxistas dicen que Chávez no era socialista, incluso, que el socialismo nunca existió. Esto es bueno para personas bien intencionadas, pero ingenuas. Los liberales dicen que éste es otro fracaso del socialismo. El socialismo es simplemente la tendencia a la propiedad y la dirección estatal de la economía. No es un ideal y no es una maldición, hay formas mucho menos funcionales, las de planificación centralizada, y hay otras más como la de los chinos que combinan mercado y planificación que son más eficientes. También tenía el norte de Europa que era otra cosa. En realidad, no sólo el socialismo fracasó: fue un fracaso implementarlo: aquí nunca hubo nada como la planificación soviética centralizada o el «socialismo de mercado» chino. La planificación centralizada tiene procedimientos muy concretos que ni Chávez ni Maduro aplicaron y que realmente no entienden. Chávez soñaba con un socialismo de petróleo similar al argelino, pero eso nunca funcionó. Pero, sí, hubo un intento real de implementarlo, el socialismo era más que un slogan: nacionalizaciones masivas, centralización en la gestión de los servicios públicos. Lo terrible es que Chávez no tenía idea de cómo hacerlo y lo que los chavistas hacen en la práctica es nacionalizar para privatizar. Estatizaron al privado para luego privatizar el Estado: hay miles de fábricas expropiadas o inauguradas por Chávez que nunca produjeron nada. Los directores de estas fábricas, generalmente militares jubilados, se quedaban con el presupuesto, con lo que la empresa producía y hasta con las máquinas y equipamientos. En realidad, fue una imitación de socialismo que sirvió de método para saquear la riqueza pública y privada. Aquí, nacionalizar algo era ponerlo a disposición de la mafia que logró convencer a Chávez que le dejara administrarla. Lo que existe en Venezuela es lo que se llama Estado patrimonial: el tesoro público, la propia república era propiedad de Chávez y él la distribuyó: Alejandro Andrade, un sargento del ejército sin experiencia en finanzas, fue encargado del Tesoro Nacional, ahí duró años sin que nadie lo controlara enriqueciendo y enriqueciendo a sus asociados bajo los ojos de Chávez. ¿Es posible que el presidente no supiera lo que el tesorero nacional, que era su amigo personal, estaba haciendo? Maduro no negó lo que dijo Andrade, sólo pidió que fuera transferido. Andrade y otros operadores como el presidente del BCV, Nelson Merentes, usaron dinero público para beneficiar a los Kirchner, para hacer alianzas con capitalistas y banqueros… según el propio Lula, tuvo que decir a Chávez que no era dueño de Venezuela.

  1. Un número significativo de liberales utilizan Venezuela para decir que el socialismo es totalitario y que promueve el hambre considerando la crisis por la que pasa. Claro que eso refleja un profundo desconocimiento y deshonestidad, pero mi duda es si existen venezolanos que abrazan esta explicación. ¿Hay hoy aversión de parte de la población a lo que se refiere al socialismo, al comunismo y la revolución dado el gobierno de Maduro?

J: Es cierto que los liberales dicen eso. Pero en el Bloque Socialista se cometieron crímenes horribles que la izquierda, en su mayoría, no quiso reconocer ni reconocerá. Los que denuncian son considerados reaccionarios y atacados. El gulag fue real, Chernobyl fue real y es verdad que casi todos los proyectos revolucionarios del siglo XX terminaron como proyectos totalitarios. Con tan pocas personas discutiendo estos problemas, los liberales son los que tienen el campo abierto para criticar todo eso. Y sí, hay una enorme aversión por todo lo que tiene que ver con el comunismo y el socialismo. Sobre todo entre los jóvenes. Un gobierno que fracasó tan fantásticamente, que es tan corrupto y que es justificado en la izquierda y el socialismo genera un rechazo que es anti-izquierda y antisocialista. Es imposible separar esa palabra de las personas horribles que la repiten. Además, la crítica de la izquierda es débil porque aquí el discurso de la izquierda también es débil: ingenuo, moralista, sin profundidad teórica o utilidad práctica. Pero esa ola liberal o anti-estatista tiene límites: la salud y la educación pública son muy apreciadas por los venezolanos, se consideran derechos, y negar esos derechos en este contexto es muy complicado.

  1. Usted hizo un análisis comparativo de la imagen construida de Juan Guaidó y Maduro afirmando que Maduro ya se distancia y mucho de la vida del pueblo. Observando las imágenes de las protestas que llegan aquí, puede ser sólo mi impresión, claro, pero todo aquel evento coreografiado… es de un orden completamente diferente de las protestas contra Maduro. Mi duda es: ¿Cuáles son los intereses de las diferentes clases en Venezuela? ¿Quién está apoyando a Maduro? ¿Quién se está oponiendo a él?

J: Los análisis de clase tradicionales no sirven aquí. Aunque no parezca ambos lados siempre fueron poli-clasistas: siempre hubo burgueses y clases medias chavistas y algunos pobres en la oposición. Y últimamente ni estamos hablando de chavismo / antichavismo, sino del gobierno o del bloque dominante contra casi todo el país. En primer lugar, el chavismo está dividido y hay chavistas de base y dirigentes contra Maduro: el grupo Marea Socialista que administra el legendario sitio Aporrea.org están en la oposición a Maduro, ministros clave de Chávez como Jorge Giordani, Rafael Ramírez y Miguel Rodríguez Torres – que está detenido – están contra Maduro. El año pasado los sindicatos y gremios comenzaron a ser muy beligerantes contra el gobierno: enfermeros, trabajadores siderúrgicos, etc. Tan fuerte fue el conflicto que el sindicalista Rubén González fue encarcelado en la prisión de Pica. Pero lo más ridículo es realmente desconocer el ambiente de riqueza en que vive la élite chavista, como engorda mientras las personas comunes se debilitan. No existe sólo una «burguesía bolivariana», hace mucho tiempo hay una oligarquía bolivariana. En esas condiciones, el gobierno de Maduro, que es el líder y representante de esa burguesía y oligarquía, es el enemigo común de todos. Las rebeliones de las favelas de Petare y Cotiza contra el chavismo hace unas semanas terminaron con lo poco que quedaba del matrimonio de Chávez con la favela.

  1. Entonces, Maduro no puede reivindicar el apoyo de bases populares?

J: Maduro es muy odiado. Se cree, sin embargo, que el chavismo todavía abarca cerca de 25 a 30% de la población. Pero usted debe tener en cuenta que esto incluye chavistas disidentes y personas que realmente no sienten simpatía por Maduro, pero se sienten obligadas a apoyarlo para no «traicionar el proceso». Las elecciones son un ejemplo: Maduro venció con casi el 70% de los votos. Pero de acuerdo con los mismos números oficiales sólo el 46% de los votantes participaron. Es decir, de los 19 millones de venezolanos registrados para votar 6 millones votaron a Maduro. ¿Qué hicieron los otros 13 millones? Se abstuvieron o votaron en otros candidatos. Además, hay un componente clientelar en apoyo a Maduro: personas que reciben bonos, subsidios, funcionarios públicos, etc. Entonces, si Maduro tiene apoyo: son chavistas que creen en él, hay otros que lo apoyan para no «pasarse al enemigo», para «no traicionar el proceso», y, finalmente, gente que cree que su vida puede empeorar si hay cambio de gobierno. Pero, eso es 3 de cada 10 venezolanos.

  1. Aquí la gran manipulación mediática es bastante comentada. Según los defensores de Maduro hay un enorme proceso de difamación de su gobierno y de elevación de la imagen de Guaidó. Al mismo tiempo descubro, sólo ahora, en contacto con venezolanos, diversos abusos cometidos por el gobierno Maduro como las acciones de la FAES y el racionamiento de alimentos en que venezolanos tienen que declarar fidelidad a Maduro para recibir comida. ¿Cómo percibes la disputa mediática en ese momento?

J: Eso es una gran estupidez. Por dos razones. No hay nada que inventar: ningún laboratorio mediático puede inventar algo peor que lo que está ocurriendo en Venezuela: gente que come de la basura o mueren por falta de medicamentos, familias que emigran a pie hacia Colombia o Ecuador, grupos policiales de exterminio que saquean y cometen asesinatos en las favelas. A veces es peor que los enemigos muestren la verdad que una mentira. El otro problema con esta forma de ver las cosas es que esta es la era de las redes sociales y las noticias sobre Venezuela son producidas: 1º por periodistas o medios independientes a través de internet, 2º los propios venezolanos hacen videos, toman fotos o cuentan que ven en las calles. Para acompañar el cotidiano de Venezuela, El Pitazo es muy bueno. Armando info está haciendo el mejor periodismo investigativo del país. En cuanto a Guaidó, los políticos venezolanos son tan deficientes que basta encontrar uno que sea un poco más elocuente y bien presentable que los demás para tener éxito, al menos mediáticamente.

  1. Hablando ahora en proyecciones, Guaidó agita una agenda liberalizante y en Brasil acompañamos la total desmovilización de la población que se percibe hace algunos años ya, básicamente no hay movilización popular para luchar contra los retrocesos de los derechos de los trabajadores, por ejemplo. ¿Tienes alguna hipótesis de cómo será en Venezuela? ¿Corre el riesgo de que apoyar a algún político sea más que pragmático y resulte en un acomodo, en algo como «tenemos que sacrificar algunas cosas para recuperarnos»?

J: Esto es inevitable. Aquí están las mejores condiciones materiales e ideológicas para un proyecto liberal. El país está en bancarrota, necesita préstamos y ayuda, en décadas la disciplina fiscal no fue practicada, la burocracia creció desproporcionadamente y miles de empresas que no supieron administrar fueron nacionalizadas. Es más fácil para los liberales porque el discurso de la izquierda es muy ingenuo y ellos no entienden las realidades con las que nos vamos a encontrar. Sin embargo, esta expansión del liberalismo tiene límites y será un problema. La lucha de los sindicatos contra la degradación de los salarios y en defensa de los contratos colectivos ya ha comenzado. Es imposible imponer a una población tan depauperada como esta un  aumento en las tarifas de servicios públicos, simplemente no podrían pagarlas. Hablar de privatizar la salud sería una locura en un país para el que la ayuda humanitaria está siendo solicitada. Sería muy difícil aplicar en Venezuela un programa como el aplicado en Grecia después de que los venezolanos fueran victimizados en los medios. Si Maduro es derribado -y eso no es cierto, puede sobrevivir como el Mugabe sudamericano – veremos muchas luchas en torno al presupuesto, salarios y servicios públicos.

 

NOTAS:

¹: Jeudiel Enrique Martinez Daza es sociólogo y profesor en el Departamento de Teoría Social de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (Faces-UCV). Además de los análisis de coyuntura es autor del artículo «Los nacimientos de la división venezolana» y  pública en sus redes sociales críticas a los comportamientos viciados de gran parte de la izquierda extranjera. Escribe en el blog

<https://teseus.wordpress.com/?fbclid=IwAR27HJuOC8LE6d3Kjy290FbFiQ2fy_ceht6nc0qQfcrd8s__LfeemYBNhy8>.

 

²: Simón Rodríguez Porras, es compositor, coautor del libro ¿Por qué fracasó el chavismo? Un balance desde la ruptura de izquierda y miembro del Partido Socialismo y Libertad que tuvo legalidad hasta 2016, cuando la mayoría de los partidos tuvieron la representación electoral negada. Además del trabajo intelectual y partidista milita en sus redes invitando a venezolanos a movilizaciones autónomas. Escribe en el blog <http://simonrodriguezporras.blogspot.com/>.

Agradezco la contribución a este proyecto individual e independiente. ¡Deseo a los (as) compañeros (as) verdad, libertad y movilización!

 

Traducción del portugués al español: Santiago De Arcos-Halyburton

Chile: La resistencia en tierras mapuches

En tierras mapuches

Globos negros

El epicentro de la cultura y la resistencia mapuches está situado en una amplia franja entre la cordillera y el océano, las provincias Malleco y Arauco, regiones donde los conquistadores fueron rechazados, donde se conservaron las tradiciones y las comunidades que ahora están recuperando una mínima pero decisiva porción de las tierras usurpadas siglo y medio atrás.

Por Raúl Zibechi

El interminable tapiz verde se mece al compás del viento, como un oleaje amenazante a punto de engullir poblados, carreteras y gentes. Un paisaje monótono pero sedoso, salpicado aquí y allá por praderas y colinas coronadas siempre por el verde oscuro de las plantaciones de pinos. A un lado se adivina la cordillera. Al otro, la llanura deambula hacia un mar que nunca termina de decir presente.

La ciudad amanece cansina, como un pueblo grande de provincias, a medio camino entre la metrópoli histérica y la apacible aldea agraria. En el mercado Pinto, las familias se arremolinan en torno a los centenares de puestos que ofrecen verduras y frutas, carnes, mariscos y una impresionante variedad de especias, entre las que sobresale el merkén ahumado, ají molido fino, suavemente picante, que es la estrella de la cocina mapuche.

Cuando aparece una carreta tirada por bueyes con un enorme cargamento de casi cuatro metros de altura, Andrés explica que son familias vendedoras de cochayuyo, un alga de la costa del Pacífico, de gran valor alimenticio, que puede alcanzar los 15 metros. Andrés Cuyul es el presidente de la Comunidad de Historia Mapuche, un colectivo de académicos que siguen aferrados a sus territorios, que viven en terrenos en los alrededores de Temuco y continúan vinculados al movimiento mapuche.

Exclusión por ordenanza

Callejeando por el mercado a través de infinidad de puestos informales y alternando diálogos con las vendedoras se explica el conflicto con el municipio. A principios de diciembre, una ordenanza del alcalde decidió prohibir la actividad comercial ambulante en un perímetro de exclusión en torno al mercado. La particularidad es que la ordenanza impone multas tanto a quienes venden como a quienes compran sus productos.

Entre los castigados hay dos sectores: por un lado, un colectivo de 750 pequeños horticultores artesanales de áreas cercanas a Temuco y, por otro, los vendedores de cochayuyo, uno de los alimentos más apreciados por los citadinos. Cuando los agentes municipales quisieron quitarles la mercadería a familias que viajaron a pie durante diez días desde Tirúa, en la costa, los transeúntes defendieron a los vendedores y forzaron a los agentes a retirarse. Tanto las familias vendedoras de cochayuyo como las horticultoras son en general mapuches.

“Los días posteriores al asesinato de Camilo Catrillanca, toda esta zona amaneció repleta de globos negros, colgados por las vendedoras en señal de luto”, comenta Andrés en tono triunfal. Un golpe de efecto de gentes que apechugan cinco siglos de nones y mentón al viento.

De Matías a Camilo

Conocí a la mamá de Matías Catrileo por casualidad, en el penal de Temuco, cuando visitaba a los hermanos Benito y Pablo Trangol y al machi Celestino Córdova. Los hermanos fueron acusados de quemar una iglesia evangélica, pero fueron incriminados por “testigos sin rostro” y acusados de delitos de carácter “terrorista” –lo que permitió prolongar su detención preventiva–, aunque la justicia luego desestimara esta calificación. Celestino fue condenado por el delito de “incendio con resultado de muerte” que cobró la vida del matrimonio de hacendados Luchsinger-Mackay, en 2013, una hacienda que desde hace siglos quieren recuperar sus propietarias: las comunidades de la zona.

Un grupo de mujeres con atuendos tradicionales habla en voz baja en torno a los presos, en la pequeña capilla que nos cobija. Mónica Quezada, madre de Matías, asesinado por la espalda en 2008 mientras recuperaba tierras, tiene el rostro endurecido por el dolor. “Si comparo la situación actual con 11 años atrás, veo un cambio notable en nuestro pueblo”, comenta. Se refiera a la masiva y maciza movilización social que provocó en Chile el asesinato de Catrillanca, también por la espalda, el 14 de noviembre (véase “Una bala en la nuca que movió a todo un pueblo”, Brecha, 23-XI-18).

Así como el asesinato de Matías forjó una nueva camada de militantes, el de Camilo está ampliando el horizonte de todo un pueblo. Lo realmente nuevo en el Chile actual no es la centenaria lucha mapuche, sino el involucramiento de nuevas camadas de jóvenes (y no tan jóvenes) en una pelea de larga duración contra un Estado genocida y terrorista.

Simona Mayo y Ange Valderrama encarnan a la nueva generación mapuche, de mujeres jóvenes, profesionales, feministas (véase nota de Valderrama en esta cobertura). Una es miembro del Colectivo de Historia Mapuche y vive en Santiago. La otra es periodista e integra Mapuexpress, quizá la web más importante de comunicación mapuche. Participan en espacios pluriculturales, porque se están construyendo “sujetos heterogéneos”, como destaca el historiador Claudio Alvarado Lincopi, algo que no está pudiendo aceptar la izquierda, porque “en su endogamia sólo le valen sus propias tradiciones” basadas en concepciones propias de la modernidad.

Ambas aseguran que el mundo mapuche está en plena expansión, con la recuperación de tierras y de la lengua, y un apoyo que no para de crecer a lo largo del país. Simona registró la masiva reacción de la población chilena ante el asesinato de Catrillanca, con movilizaciones en por lo menos 30 ciudades, incluyendo las del lejano norte. En Santiago se contaron 100 cortes de calle, con barricadas y hogueras, durante horas, con cientos de vecinos. Muchos de los que no salieron golpearon cacerolas asomados a las ventanas, sobre todo en la periferia. En algunas zonas las movilizaciones se prolongaron durante 15 días.

Lengua y territorio

La expansión del mapudungún merecería un estudio específico. Miles de jóvenes lo aprenden, tanto en barrios populares como de clase media urbana. En la Villa Olímpica, en la comuna de Ñuñoa, barrio de clase media de Santiago, la hija de mi anfitriona estudia mapudungún en su escuela, por propia elección. Lo mismo sucede en otras tres escuelas del distrito.

La recuperación de tierras es el aspecto más evidente, y el más reprimido, de este crecimiento mapuche. La provincia Malleco es el epicentro. Es una amplia faja al norte de Temuco, desde la cordillera hasta la costa, que involucra nombres históricos y emblemáticos: Angol, Collipulli, Traiguén, Lumaco, Ercilla, Renaico. Sitios que integran la “zona roja” que concentra los conflictos desde la colonia. Allí nacieron, en la década del 90, la Coordinadora Arauco Malleco y, hace una década, la Alianza Territorial Mapuche, y funciona el parlamento Koz Koz, una organización joven y horizontal que recupera tradiciones y espacios donde se reproducen la vida y la cultura.

En esta región, y en la costera de Cañete y Tirúa, se concentró la resistencia al español, por comunidades que les propinaron las mayores derrotas que conocieron los conquistadores en las Américas. La memoria larga de los mapuches se completa con la usurpación de sus tierras en la segunda mitad del siglo XIX, en la mal llamada Pacificación de la Araucanía.

Ahora, esa memoria ha sido revitalizada por una oleada irrefrenable de recuperaciones, pero también por entregas de tierras del Estado desde los años de la reforma agraria de Salvador Allende para aplacar la bronca centenaria. La demanda de tierras corre pareja con la exigencia de autonomía, que trasmuta los terrenos en territorio mapuche autogestionado.

En algunas áreas, como el triángulo entre Ercilla, la costa de Tirúa y Loncoche (al sur), las recuperaciones de tierras van conformando una mancha de poder comunitario mapuche. En las 1.200 hectáreas del ex fundo Alaska, recuperado en 2002, viven hoy dos comunidades –Temucuicui Tradicional y Autónoma–, en tierras que fueron de la Forestal Mininco, del grupo Matte, que posee 700 mil hectáreas usurpadas a las comunidades.

Andrés y su compañero de la Comunidad de Historia Pablo Marimán reflexionan sobre los caminos que adivinan para un movimiento del que se sienten parte. Les gustaría que la identidad mapuche fuera más abierta, y no tan escorada hacia la comunidad agraria, cargada de todas sus tradiciones, incluidas pesadas herencias patriarcales y caudillistas que reproducen opresiones. Por eso tienen un ojo puesto en las ciudades, donde proliferan mapuches feministas, lesbianas y gays, profesionales y artistas, abriendo la identidad hacia la diversidad. “Pero debemos reconocer que las que sacuden al Estado chileno son las comunidades tradicionales cuando recuperan tierras”, confiesan.

El peligro de la ONG-ización de la resistencia

Arhundati Roy es una escritora y activista de la india nacida en Shillong, en el estado de Meghalaya en 1961. Ganó el Premio Booker en 1997 por su primera novela, El dios de las pequeñas cosas, la cual se volvió rápidamente el libro más vendido por una autora india no expatriada.

También es reconocida por su lucha política en contra del imperialismo, del neoliberalismo y de la globalización, y por su compromiso con la defensa de la naturaleza frente a los megaproyectos extractivistas.

A continuación les compartimos una traducción de una conferencia que dio en San Francisco, California, el 16 de agosto de 2004 acerca del efecto destructor de las ONGs en los movimientos de resistencia.


Otro peligro que amenaza a los movimientos de masas es la ONG-ización de la resistencia. Será fácil distorsionar lo que voy a decir para que parezca una acusación a todas las ONG. Eso sería falso. En las sucias aguas de las ONG de pega montadas para chupar subvenciones o eludir impuestos (en estados como Bihar se regalan como dote) también existen ONG que realizan labores valiosas. Pero es importante observar el fenómeno de las ONG en un contexto político más amplio.

En la India, por ejemplo, el apogeo de las ONG subvencionadas comenzó a finales de los años 80 y en los 90, coincidiendo con la apertura de los mercados indios al neoliberalismo. En aquel momento, el estado indio, cumpliendo los requisitos del ajuste estructural correspondiente, estaba retirando su apoyo financiero al desarrollo rural, la agricultura, la energía, el transporte y la sanidad pública. A medida que el estado abdicaba su función tradicional las ONG se pusieron a trabajar en estas áreas específicas. La diferencia, evidentemente, es que los fondos que tienen a su disposición son una fracción minúscula del recorte que se realizó en el gasto público. La mayoría de las grandes ONG subvencionadas están financiadas y patrocinadas por las agencias de ayuda y desarrollo, que a su vez dependen para su financiación de los gobiernos occidentales, el Banco Mundial, la ONU y algunas corporaciones multinacionales. Aunque no sean exactamente las mismas agencias, siguen siendo parte del mismo mundillo político que supervisa el proyecto neoliberal y que exige el recorte drástico del gasto público.

¿Cuál es la razón por la que estas agencias financian a las ONG? ¿Podría ser a causa del anticuado afán misionero? ¿Será el sentido de culpabilidad? En realidad, es algo más que eso. Las ONG dan la impresión de estar llenando el vacío creado por el estado en retirada. Sí que lo hacen, pero de forma materialmente inconsecuente. Su contribución real es que por medio de ellas se descarga la rabia política y que reparten como asistencia o caridad lo que corresponde al pueblo por derecho.

Las ONG alteran la psique pública. Convierten a las personas en víctimas desvalidas y mellan las puntas de la resistencia política. Las ONG forman una especie de parachoques entre el “sarkar” y el “public”. Entre el imperio y sus súbditos. Se han convertido en árbitros, intérpretes, mediadores.

En última instancia, las ONG son responsables de sus acciones ante los que las financian, no ante las personas con las que trabajan. Son lo que llamarían los botánicos especies indicadoras. Es como si, cuanto más devastación produzca el neoliberalismo, más ONG surgen. No hay ilustración más pertinente que el fenómeno de EEUU preparándose a invadir un país y simultáneamente preparando a las ONG para que fueran a limpiar los despojos.

Con el fin de asegurarse la financiación y conseguir que los gobiernos de los países donde trabajan les permitan actuar, las ONG tienen que presentar su trabajo dentro de un marco superficial más o menos exento de contexto histórico o político. Por lo menos, de un contexto histórico o político inconveniente.

Las llamadas de socorro apolíticas (y, por lo tanto, extremadamente políticas en realidad) que envían los países pobres y las regiones en guerra acaban por formar una imagen en la que aquellas gentes (oscuras) de aquellos países (oscuros) aparecen como víctimas patológicas. Otro indio desnutrido más, otro etíope que se muere de hambre, otro campo de refugiados afganos, otro sudanés mutilado… todos los cuales necesitan la ayuda del hombre blanco. Estas imágenes refuerzan sin querer los estereotipos racistas y reafirman las hazañas, las comodidades y la compasión (“es todo por tu bien”) de la civilización occidental. Son los misioneros seglares del mundo moderno.

A la larga, a menor escala pero de una forma más traicionera, el capital de que disponen las ONG tiene la misma función en la política alternativa que el capital especulativo que entra y sale de las economías de los países pobres: empieza a dictar el orden del día, convierte el conflicto en negociación, despolitiza a la resistencia, interfiere con los movimientos populares locales que tradicionalmente se han mantenido por sí solos. Las ONG disponen de fondos para dar empleos a personas que, de no ser así, trabajarían en los movimientos de resistencia, pero que de esta manera sienten que están haciendo algo inmediata y creativamente bueno, y encima se ganan la vida. La auténtica resistencia política no tiene atajos de esos.

La ONG-ización de la política amenaza con hacer de la resistencia un trabajo cortés, razonable, con su salario y su jornada de 9 a 5, más algunos extras. La verdadera resistencia tiene consecuencias de verdad. Y no paga salarios.


Leer Texto completo  traducido por María Fernández y revisado por Alfred Sola para ZNET.

Cómo ser un anticapitalista hoy

Por Erik Olin Wright

[Este artículo resultará a la vez útil y polémico para muchos de nuestros lectores. Por eso lo publicamos.

Por un lado, su descripción de las cuatro lógicas que han animado históricamente el anticapitalismo (destruir, domar, escapar y erosionar) nos ayuda a entender las lógicas que “no son la nuestra”, a abrir la mente a otras formas de anticapitalismo. En este sentido resulta particularmente interesante el análisis de las “utopías reales”.

Por otro lado, el autor valora cada una de estas formas de anticapitalismo y hace una propuesta de cómo pueden combinarse en una alternativa viable. Esta parte resultará polémica: “Así que, ¿cómo ser un anticapitalista en el siglo XXI? Renunciar a la fantasía de aplastar el capitalismo. El capitalismo no es dinamitable, al menos si se quiere construir realmente un futuro de emancipación… Domar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables.”

Pero no es necesario compartir esta propuesta para sacar provecho del artículo. Quienes crean que sigue siendo necesario mantener la perspectiva de destruir el capitalismo pero consideren que no es un posibilidad cercana, seguramente verán la conveniencia de combinar esta perspectiva con el reconocimiento de la utilidad de la lucha por reformas (como hacía la socialdemocracia histórica) y de construir “utopías reales” (como hacen algunas corrientes anarquistas y autónomas) como formas de ganar batallas parciales en la guerra de posiciones que hay por delante. Y en todo caso tratar de entender otras lógicas y experiencias es siempre un ejercicio saludable. Redacción.]

El anticapitalismo no es simplemente una postura moral contra la injusticia, sino que se trata de construir una alternativa.

Para muchas personas la idea de anticapitalismo parece ridícula. Después de todo, las empresas capitalistas nos han traído fantásticas innovaciones tecnológicas en los últimos años: los teléfonos inteligentes y el streaming de películas; coches sin conductor y redes sociales; pantallas Jumbotron para los partidos de fútbol y juegos de vídeo que conectan miles de jugadores de todo el mundo; cada producto de consumo concebible está disponible en Internet para una entrega a domicilio rápida; aumentos asombrosos de la productividad del trabajo gracias a las tecnologías de automatización nuevas, etc.

Y si bien es cierto que el ingreso se distribuye de manera desigual en las economías capitalistas, también es cierto que el conjunto de los bienes de consumo disponibles y asequibles para la persona media, e incluso para los pobres, se ha incrementado drásticamente en casi todas partes. Basta con comparar los Estados Unidos en el medio siglo entre 1965 y 2015: el porcentaje de estadounidenses con aire acondicionado, coche, lavadora, lavavajillas, televisor y agua corriente ha aumentado enormemente. La esperanza de vida es más larga; la mortalidad infantil, más baja.

En el siglo XXI, esta mejora de los niveles de vida básicos también se ha producido en las regiones más pobres del mundo: las condiciones materiales de millones de personas que viven en China desde que abrazó el libre mercado han mejorado de forma muy significativa. Es más, miremos lo que pasó cuando Rusia y China intentaron una alternativa al capitalismo. Aparte de la opresión política y la brutalidad de esos regímenes, fueron fracasos económicos. Así pues, si usted se preocupa por mejorar la vida de las personas, ¿cómo se puede ser anticapitalista? Ese es un relato, el relato estándar.

He aquí otro relato: el sello distintivo del capitalismo es la pobreza en medio de la abundancia. Esta no es la única cosa que va mal con el capitalismo, pero es su defecto más grave. La pobreza generalizada –especialmente entre los niños, que claramente no tienen ninguna responsabilidad de su situación– es moralmente reprobable en las sociedades ricas donde podría ser eliminada fácilmente. Sí, hay crecimiento económico, innovación tecnológica, aumento de la productividad y una difusión hacia las clases bajas de los bienes de consumo, pero junto con el crecimiento económico capitalista viene la miseria para muchos, cuyos medios de sustento han sido destruidos por el avance del capitalismo, la precariedad de los que están en la parte inferior del mercado de trabajo, y el trabajo alienante y tedioso para la mayoría.

El capitalismo ha generado enormes aumentos en la productividad y una riqueza extravagante para algunos, pero muchas personas todavía luchan para llegar a fin de mes. El capitalismo es una máquina de ampliación de la desigualdad, además de una máquina de crecimiento. Por no hablar de que cada vez es más claro que el capitalismo, impulsado por la búsqueda incesante de ganancias, está destruyendo el medio ambiente. Ambas cosas están ancladas en las realidades del capitalismo. No es una ilusión que el capitalismo ha transformado las condiciones de vida materiales en el mundo y ha aumentado enormemente la productividad humana; muchas personas se han beneficiado de esto. Pero igualmente, no es una ilusión que el capitalismo genera grandes daños y perpetúa formas innecesarias de sufrimiento humano.

La cuestión fundamental no es si en promedio han mejorado las condiciones materiales en el largo plazo en las economías capitalistas, sino más bien si, mirando hacia adelante desde este punto de la historia, las cosas serían mejores para la mayoría de la gente en un tipo alternativo de economía. Es cierto que las economías centralizadas, autoritarias, estatales de Rusia y China del siglo XX fueron en muchos aspectos fracasos económicos, pero esas no son las únicas posibilidades. Donde radica el verdadero desacuerdo –un desacuerdo fundamental– es en la cuestión de si es posible tener la productividad, la innovación y el dinamismo que vemos en el capitalismo sin tener que sufrir los daños que causa. Margaret Thatcher anunció a principios de la década de 1980 su famosa consigna “no hay alternativa”, pero dos décadas después, el Foro Social Mundial declaró “otro mundo es posible”.

Sostengo que otro mundo –uno que mejoraría las condiciones del bienestar humano para la mayoría de la gente– es sin duda posible. De hecho, elementos de este nuevo mundo ya se están creando hoy en día, y existen formas concretas para pasar de aquí a allí. El anticapitalismo es posible, no simplemente como una postura moral ante los daños y las injusticias del capitalismo global, sino como una actitud práctica hacia la construcción de una alternativa de mayor bienestar humano.

Los cuatro tipos de anticapitalismo

El capitalismo engendra anticapitalistas. A veces, la resistencia al capitalismo cristaliza en ideologías coherentes que ofrecen tanto diagnósticos sistemáticos de la fuente de los daños como prescripciones claras sobre cómo eliminarlas. En otras circunstancias, el anticapitalismo se impregna de motivaciones que a simple vista poco tienen que ver con el capitalismo, como las creencias religiosas que llevan a las personas a rechazar la modernidad y buscar refugio en comunidades aisladas. Pero siempre, siempre que exista el capitalismo, habrá descontento y resistencia de una forma u otra.

Históricamente, el anticapitalismo ha estado animado por cuatro lógicas diferentes de resistencia: destruir el capitalismo, mitigar el capitalismo, escapar del capitalismo y erosionar el capitalismo. Estas lógicas a menudo coexisten y se entremezclan, pero cada una de ellas constituye una forma distinta de dar respuesta a los daños causados por el capitalismo. Estas cuatro formas de anticapitalismo se pueden considerar como variables a lo largo de dos dimensiones. Una se refiere al objetivo de las estrategias anticapitalistas –trascender las estructuras del capitalismo o simplemente neutralizar las peores lacras del capitalismo–, mientras que la otra dimensión se refiere al objetivo principal de las estrategias: si el destino es el Estado y otras instituciones en el nivel macro del sistema o las actividades económicas de las personas, organizaciones y comunidades a nivel micro. Tomando estas dos dimensiones en conjunto obtenemos la tipología que se expone a continuación.

1. Destruir el capitalismo

Dada la forma en que el capitalismo devasta las vidas de tanta gente y dado el poder de sus clases dominantes para proteger sus intereses y defender el status quo, es fácil entender el atractivo de la idea de aplastar el capitalismo. El argumento viene a decir lo siguiente: el sistema está podrido. Todos los esfuerzos por hacer la vida tolerable dentro de él fallarán en el futuro. De vez en cuando puede que sean posibles pequeñas reformas que mejoren la vida de las personas, cuando las fuerzas populares son fuertes, pero estas mejoras serán siempre frágiles, vulnerables a los ataques y reversibles.

La idea de que el capitalismo se puede convertir en un orden social benigno, en el que la gente común puede vivir una vida floreciente, con sentido, en última instancia es una ilusión, ya que, en su esencia, el capitalismo es irreformable. La única esperanza es destruirlo, barrer los escombros y luego construir una alternativa. Como proclaman las palabras finales de la canción obrera Solidaridad para siempre: “Podemos crear un mundo nuevo a partir de las cenizas del viejo”.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo es posible para las fuerzas anticapitalistas acumular poder suficiente para destruir el capitalismo y reemplazarlo por una alternativa mejor? Esta es sin duda una tarea de enormes proporciones, porque el poder de las clases dominantes, que hace de la reforma una ilusión, también bloquea el objetivo revolucionario de una ruptura en el sistema. La teoría anticapitalista revolucionaria, inspirada por los escritos de Marx y ampliada por Lenin, Gramsci y otros, ofrece un argumento atractivo acerca de cómo podría tener lugar esto. Si bien es cierto que la mayor parte del tiempo el capitalismo parece inexpugnable, también es un sistema profundamente contradictorio, propenso a las disrupciones y crisis. A veces, esas crisis alcanzan una intensidad que hace que el sistema en su conjunto se vuelva frágil y vulnerable a los desafíos.

Las versiones más fuertes de la teoría, consideran incluso que tendencias subyacentes en las “leyes de movimiento” del capitalismo que hacen que la intensidad de este tipo de crisis que debilitan el sistema aumenten con el tiempo, por lo que a largo plazo el capitalismo se vuelve insostenible; destruye sus propias condiciones de existencia. Pero incluso si no hay una tendencia sistemática de las crisis a volverse cada vez peores, lo que se puede predecir es que periódicamente habrá intensas crisis económicas capitalistas en las cuales el sistema se vuelve vulnerable y las rupturas se hacen posibles.

Esto proporciona el contexto en el que un partido revolucionario puede conducir una movilización de masas a tomar el poder del Estado, ya sea a través de elecciones o a través de un derrocamiento violento del régimen existente. Una vez con el control del Estado, la primera tarea consiste en remodelar el Estado en sí para que sea un arma adecuada de transformación socialista, y luego usar ese poder para reprimir a la oposición de las clases dominantes y sus aliados, desmantelar las estructuras fundamentales del capitalismo y construir las instituciones necesarias para un sistema económico alternativo.

En el siglo XX, varias versiones de esta línea general de razonamiento animaron la imaginación de los revolucionarios de todo el mundo. El marxismo revolucionario infundió esperanza y optimismo a las luchas, ya que no solo significaba una condena poderosa al mundo tal como existía, sino que también proporcionaba un escenario plausible de cómo podría realizarse una alternativa emancipadora. Esto dio a la gente coraje, manteniendo la creencia de que estaban del lado de la historia y que el enorme compromiso y los sacrificios que tuvo que hacer en sus luchas contra el capitalismo ofrecía perspectivas reales de éxito. Y a veces, en raras ocasiones, estas luchas culminaron en la toma revolucionaria del poder del Estado.

Los resultados de esas revoluciones, sin embargo, nunca dieron lugar a la creación de una alternativa igualitaria, emancipadora y democrática al capitalismo. Mientras que las revoluciones realizadas en nombre del socialismo y del comunismo demostraron que era posible “construir un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo”, y que en ciertas formas específicas mejoraban las condiciones de vida materiales de la mayoría de las personas por un período de tiempo, lo que evidencian los intentos heroicos de ruptura en el siglo XX es que no producen el tipo de nuevo mundo imaginado en la ideología revolucionaria. Una cosa es acabar con las viejas instituciones; y otra muy distinta construir nuevas instituciones de emancipación a partir de las cenizas.

El motivo de que las revoluciones del siglo XX nunca dieron lugar a una emancipación humana robusta y sostenible es, por supuesto, una cuestión muy debatida. Algunas personas argumentan que el fracaso de los movimientos revolucionarios se debió a unas circunstancias desfavorables, históricamente específicas, de los intentos de ruptura de todo el sistema: revoluciones ocurridas en sociedades económicamente atrasadas, rodeadas de enemigos poderosos. Algunos sostienen que los líderes revolucionarios cometieron errores estratégicos, mientras que otros dan la culpa a las motivaciones de los dirigentes: los líderes que triunfaron en el curso de las revoluciones estuvieron motivados por deseos de estatus social y poder en lugar del empoderamiento y el bienestar de las masas.

Otros sostienen que el fracaso es intrínseco a cualquier intento de ruptura radical en un sistema social, porque hay demasiadas partes móviles, demasiada complejidad, y demasiadas consecuencias no deseadas. A resultas de ello, los intentos de ruptura del sistema tenderán inevitablemente a originar tal caos, que las élites revolucionarias, independientemente de sus motivos, se verán obligadas a recurrir a la violencia generalizada y la represión para mantener el orden social. Este tipo de violencia, a su vez, destruye la posibilidad de un proceso genuinamente democrático y participativo de construcción de una nueva sociedad.

Independientemente de qué explicación es la correcta (si es que alguna lo es), la evidencia de las tragedias revolucionarias del siglo XX muestra que destruir el capitalismo no funciona como una estrategia para la emancipación social por sí sola. Sin embargo, la idea de una ruptura revolucionaria con el capitalismo no ha desaparecido por completo. Incluso si ya no constituye una estrategia coherente de ninguna fuerza política significativa, se nutre de la frustración y la rabia de vivir en un mundo de tales desigualdades agudas y potencialidades no realizadas del bienestar humano y en un sistema político que parece cada vez más antidemocrático y e irresponsable. Para transformar realmente el capitalismo, las visiones que se basan en la ira no son suficientes; en cambio, se necesita una lógica estratégica que tenga alguna posibilidad real de alcanzar sus objetivos.

2. Domar el capitalismo

En el siglo XX, la principal alternativa a la idea de destruir el capitalismo fue la domesticación del mismo. Esta es la idea central que inspira a las corrientes anticapitalistas dentro de la izquierda de los partidos socialdemócratas. Este es su argumento básico; el capitalismo, cuando se le da rienda suelta, causa grandes daños. Genera niveles de desigualdad que son destructivas para la cohesión social; destruye puestos de trabajo tradicionales y abandona a la gente a su suerte; crea incertidumbre y riesgo para las personas y comunidades enteras; daña el medio ambiente. Estas son todas las consecuencias de las dinámicas inherentes a una economía capitalista.

Sin embargo, es posible construir instituciones paliativas capaces de neutralizar significativamente estos daños. No hay que dar rienda suelta al capitalismo; puede ser domesticado mediante políticas estatales bien elaboradas. Sin duda, esto puede implicar fuertes luchas, ya que implica la reducción de la autonomía y el poder de la clase capitalista, y no hay garantías de éxito en este tipo de luchas. La clase capitalista y sus aliados políticos afirman que los reglamentos y la redistribución concebidos para neutralizar estas presuntas lacras del capitalismo va a destruir su dinamismo, paralizar la competitividad y socavar los incentivos. Estos argumentos, sin embargo, son simplemente racionalizaciones egoístas del privilegio y del poder.

El capitalismo puede ser objeto de regulación y redistribución significativa para contrarrestar sus efectos nocivos y aun así proporcionar beneficios adecuados para que funcione. Lograr esto requiere movilización popular y voluntad política; nunca se puede confiar en la benevolencia ilustrada de las élites. Pero en las circunstancias adecuadas, es posible ganar estas batallas e imponer las restricciones necesarias para una forma más benigna del capitalismo. La idea de domesticar el capitalismo no elimina la tendencia subyacente del capitalismo a generar daños; simplemente contrarresta sus efectos. Esto es como una medicina que se ocupa de manera efectiva de los síntomas en lugar de las causas subyacentes de un problema de salud. A veces eso es suficiente. Los padres de los bebés recién nacidos se ven a menudo privados del sueño y suelen tener dolor de cabeza. Una solución es tomar una aspirina y afrontar la situación; otra es deshacerse del bebé. A veces, neutralizar el síntoma es mejor que tratar de deshacerse de la causa subyacente.

En la que a veces se llama la “edad de oro del capitalismo” –más o menos las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial–, las políticas socialdemócratas, sobre todo en aquellos lugares en los que se implementaron más a fondo, hicieron un buen trabajo moviéndose en dirección a un sistema económico más humano. Fueron tres grupos de políticas de Estado, en particular, las que contrarrestaron de manera significativa los daños del capitalismo: los riesgos graves –especialmente en torno a la salud, el empleo y los ingresos– se redujeron a través de un sistema bastante completo de la seguridad social obligatoria y financiada con fondos públicos. El Estado proporcionaba un conjunto amplio de bienes públicos (financiados por un sistema fiscal robusto) que incluía la educación básica y superior, la formación de habilidades profesionales, el transporte público, actividades culturales, instalaciones de esparcimiento, la investigación y el desarrollo y la estabilidad macroeconómica. Y, por último, el Estado creó un régimen de regulación para frenar las más graves externalidades negativas del comportamiento de los inversores y las empresas en los mercados capitalistas: la contaminación, los peligros de los productos y los riesgos laborales, el comportamiento depredador del mercado, etc.

Estas políticas no significaban que la economía dejó de ser capitalista: los capitalistas eran básicamente libres de asignar capital sobre la base de las oportunidades lucrativas del mercado, y aparte de los impuestos, se apropiaron de los beneficios generados por esas inversiones para utilizarlos como desearan. Lo que había cambiado era que el Estado asumió la responsabilidad de la corrección de las tres fallas principales de los mercados capitalistas: la vulnerabilidad individual a los riesgos, la baja provisión de bienes públicos y las externalidades negativas de la actividad económica privada que maximiza el beneficio. El resultado fue una forma de funcionamiento razonablemente buena del capitalismo con las desigualdades mitigadas y conflictos apagados. Los capitalistas pueden no haber preferido esto, pero funcionó bastante bien. El capitalismo había sido, al menos en parte, domado.

Esa fue la edad de oro, un vago recuerdo en las duras primeras décadas del siglo XXI. En todas partes, hoy en día, incluso en los bastiones de la socialdemocracia de Europa del Norte, ha habido llamamientos para hacer retroceder los derechos asociados a la seguridad social, reducir los impuestos y los bienes públicos, desregular la producción y los mercados capitalistas y privatizar los servicios públicos. En su conjunto, estas transformaciones se engloban en el llamado “neoliberalismo”. Diversos factores han contribuido a la disminución de la voluntad y la aparente capacidad del Estado para neutralizar los daños del capitalismo.

La globalización ha hecho que sea mucho más fácil para las empresas capitalistas destinar las inversiones a lugares del mundo con menos regulación y mano de obra más barata, mientras que la amenaza de la fuga de capitales, junto con una variedad de cambios tecnológicos, ha fragmentado y debilitado el movimiento obrero, mermando su capacidad de resistencia y movilización política. Combinada con la globalización, la creciente financiarización del capital ha llevado a un aumento masivo de la desigualdad de riqueza y de los ingresos, lo que a su vez ha aumentado la influencia política de los opositores al Estado socialdemócrata. En lugar de estar domado, el capitalismo se ha desatado.

Tal vez las tres décadas de la “edad de oro” fueran tan solo una anomalía histórica, un breve periodo en el que las condiciones estructurales favorables y un poder popular robusto abrieron la posibilidad de instaurar un modelo relativamente igualitario. Antes de ese periodo, el capitalismo era un sistema voraz, y bajo el neoliberalismo se ha convertido una vez más en rapaz, volviendo al estado de cosas normal para los sistemas capitalistas. Tal vez a largo plazo el capitalismo no es domesticable. Los defensores de la idea de rupturas revolucionarias con el capitalismo siempre han afirmado que domar el capitalismo era una ilusión, una distracción de la tarea de construir un movimiento político para derrocar el capitalismo.

Pero tal vez las cosas no son tan graves. La afirmación de que la globalización impone fuertes restricciones a la capacidad de los Estados para recaudar impuestos, regular el capitalismo y redistribuir la renta es un reclamo político eficaz porque la gente se lo cree, no porque las restricciones son realmente tan limitadas. En política, los límites de lo posible siempre son fruto, en parte, de la creencia en los límites de lo posible. El neoliberalismo es una ideología, respaldada por poderosas fuerzas políticas, más que un teorema científicamente exacto de los límites reales a que nos enfrentamos a la hora de hacer del mundo un lugar mejor. Si bien puede suceder que las políticas específicas que constituían el menú de la socialdemocracia en la “edad de oro” se han vuelto menos eficaces y necesitan repensarse, domesticar el capitalismo sigue siendo una expresión viable del anticapitalismo.

3. Escapar del capitalismo

Una de las respuestas más antiguas a la expansión del capitalismo consiste en escapar de su dominio. Escapar del capitalismo puede no haber cristalizado en ideologías anticapitalistas sistemáticas, pero tiene una lógica coherente: el capitalismo es un sistema demasiado poderoso para destruirlo. Domesticar verdaderamente el capitalismo requeriría un nivel de acción colectiva sostenida que no es realista y, de todos modos, el sistema en su conjunto es demasiado grande y complejo para controlarlo eficazmente. Los poderes fácticos son demasiado fuertes para desalojarlos, y siempre organizarán la oposición y defenderán sus privilegios. No se puede luchar contra el ayuntamiento. Cuanto más cambian las cosas, más permanecen igual.

Lo mejor que podemos hacer es tratar de aislarnos de los efectos dañinos del capitalismo y tal vez escapar por completo de sus estragos en algún entorno protegido. Puede que no seamos capaces de cambiar el mundo en general, pero podemos librarnos de su red de dominación y crear nuestra propia microalternativa en la que vivir y realizarnos. Este impulso de escapar se refleja en muchas respuestas conocidas a los daños del capitalismo. El movimiento de los agricultores hacia la frontera oeste en Estados Unidos en el siglo XIX fue, para muchos, una aspiración a una agricultura de subsistencia estable y autosuficiente en lugar de la producción para el mercado. Escapar el capitalismo está implícito en el lema hippie de la década de 1960, “turn on, tune in, drop out” [conecta, sintoniza, libérate]. Los esfuerzos realizados por ciertas comunidades religiosas, como los Amish, para crear fuertes barreras entre ellos y el resto de la sociedad, implicaban zafarse a sí mismos en la medida de lo posible de las presiones del mercado.

La caracterización de la familia como un «refugio en un mundo sin corazón» expresa el ideal de la familia como un espacio social no competitivo de la reciprocidad y el cuidado en el que uno puede encontrar refugio del mundo competitivo y descorazonado del capitalismo. Y, en formas limitadas en el tiempo, escapar del capitalismo aún se encarna en caminatas de larga distancia en la naturaleza salvaje. Escapar del capitalismo normalmente implica evitar el compromiso político y sin duda los esfuerzos organizados de forma colectiva por cambiar el mundo. Especialmente en el mundo de hoy, el escape es sobre todo una estrategia de estilo de vida individualista. Y a veces es una estrategia individualista dependiente de una riqueza capitalista, como en el estereotipo del exitoso banquero de Wall Street que decide “renunciar a la carrera de ratas” y trasladarse a Vermont para abrazar una vida de simplicidad voluntaria mientras vive de un fondo fiduciario amasado a base de inversiones capitalistas.

Debido a la ausencia de actividad política, es fácil descartar la estrategia de escapar del capitalismo, sobre todo cuando refleja privilegios alcanzados dentro del propio capitalismo. Es difícil ver en el senderista que camina a una región remota con su costoso equipo de senderismo para “alejarse de todo” como una expresión significativa de oposición al capitalismo. Aun así, hay ejemplos de esta actitud que tienen relación con el problema más amplio del anticapitalismo. Comunidades intencionales pueden estar motivadas por el deseo de escapar de las presiones del capitalismo, pero a veces también pueden servir de modelos para formas más colectivas, igualitarias y democráticas de la vida. Sin duda, las cooperativas, que pueden estar motivadas principalmente por el deseo de escapar de los lugares de trabajo autoritarios y de la explotación de las empresas capitalistas, también pueden convertirse en elementos de un desafío más amplio al capitalismo. El movimiento “Do It Yourself” [hazlo tú mismo] y la “economía del compartir” pueden estar motivados por los el estancamiento de las rentas individuales durante un periodo de austeridad económica, pero también pueden apuntar a formas de organización de la actividad económica que son menos dependientes del intercambio en el mercado. Y más en general, el estilo de vida voluntariamente simple puede contribuir al rechazo más amplio del consumismo y la preocupación por el crecimiento económico en el capitalismo.

4. Erosionar el capitalismo

La cuarta forma de anticapitalismo es el menos conocida. Se basa en la siguiente idea: todos los sistemas socioeconómicos son mezclas complejas de muchos tipos diferentes de estructuras económicas, relaciones y actividades. Ninguna economía ha sido –ni nunca podría ser– puramente capitalista. El capitalismo como una forma de organizar la actividad económica tiene tres componentes fundamentales: la propiedad privada del capital; la producción para el mercado con el fin de obtener beneficios; y el empleo de trabajadores que no poseen los medios de producción. Los sistemas económicos existentes combinan el capitalismo con toda una serie de otras formas de organizar la producción y distribución de bienes y servicios: directamente por los Estados; dentro de las relaciones íntimas de las familias para satisfacer las necesidades de sus miembros; a través de redes y organizaciones de base comunitaria; mediante cooperativas que pertenecen a sus miembros y son gestionadas democráticamente por ellos; a través de organizaciones no lucrativas orientadas al mercado; a través de redes peer-to-peer [de igual a igual] que participan en procesos de producción colaborativos; y muchas otras posibilidades. Algunas de estas formas de organización de las actividades económicas pueden considerarse híbridas, al combinar elementos capitalistas y elementos no capitalistas; algunas son totalmente no capitalistas y algunas son anticapitalistas. Calificamos un sistema económico complejo como este de “capitalista” cuando la dinámica capitalista es dominante en la determinación de las condiciones económicas de la vida y el acceso a los medios de sustento para la mayoría de la gente. Esa dominancia es inmensamente destructiva.

Una forma de desafiar al capitalismo es la construcción de relaciones económicas más democráticas, igualitarias y participativas en los espacios y grietas de este complejo sistema, siempre que sea posible, y luchar para ampliar y defender esos espacios. La idea de erosionar el capitalismo imagina que estas alternativas tienen el potencial, a largo plazo, de expandirse hasta el punto en que el capitalismo se ve desplazado de este papel dominante. Una analogía con un ecosistema natural podría ayudar a aclarar esta idea. Pensemos en un lago. Un lago consiste en una masa de agua dentro de un paisaje, con determinados tipos de suelo, manantiales y el clima. Una gran variedad de peces y otras criaturas viven en sus aguas, y varios tipos de plantas crecen en y alrededor de ella. En conjunto, todos estos elementos constituyen el ecosistema natural del lago. (Se trata de un «sistema» en el que todo afecta a todo lo demás en su interior, pero no es como el sistema de un solo organismo en el que todas las partes están conectadas funcionalmente en un todo coherente, estrechamente integradas.) En este ecosistema, es posible introducir una especie exótica de peces que no se encuentra «naturalmente» en el lago. Algunas especies exóticas son engullidas de inmediato. Otras pueden sobrevivir en un pequeño nicho en el lago, pero no cambian gran cosa en la vida diaria del ecosistema. Sin embargo, ocasionalmente una especie exótica puede prosperar y finalmente desplazar a las especies dominantes.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo imagina la introducción de las variedades más vigorosas de especies emancipadoras de actividad económica no capitalista en el ecosistema del capitalismo, consolidando su desarrollo mediante la protección de sus nichos y encontrando la forma de ampliar sus hábitats. La esperanza es que con el tiempo estas especies exóticas puedan extenderse fuera de sus estrechos nichos y transformar el carácter del ecosistema en su conjunto. Esta forma de pensar sobre el proceso de trascender el capitalismo es similar a la historia popular, estilizada, que se cuenta sobre la transición de las sociedades feudales precapitalistas al capitalismo en Europa. Dentro de las economías feudales, en el último período medieval, surgieron relaciones y prácticas protocapitalistas, especialmente en las ciudades. Inicialmente esto implicaba una actividad comercial, la producción artesanal regulada por los gremios y la actividad bancaria. Estas formas de actividad económica llenaban nichos y eran a menudo muy útiles para las élites feudales. A medida que se ampliaba el alcance de estas actividades en el mercado, adquirieron gradualmente un carácter más capitalistas y, en algunos lugares, erosionaron progresivamente la dominación feudal establecida en la economía en su conjunto. A través de un proceso largo, sinuoso, de varios siglos, las estructuras feudales dejaron de dominar la vida económica de algunos rincones de Europa; el feudalismo había sido erosionado. Este proceso puede haberse visto salpicado por convulsiones políticas e incluso revoluciones, pero en lugar de constituir una ruptura de las estructuras económicas, estos acontecimientos políticos han servido más para ratificar y racionalizar los cambios que ya habían tenido lugar dentro de la estructura socioeconómica.

La visión estratégica de la erosión del capitalismo ve el proceso de desplazamiento del capitalismo de su papel dominante en la economía de una manera similar: actividades económicas no capitalistas alternativas surgen en los nichos en los que sea posible dentro de una economía dominada por el capitalismo; estas actividades crecen con el tiempo, tanto de forma espontánea y, sobre todo, a resultas de una estrategia deliberada; luchas que implican reemplazar al Estado, a veces para proteger estos espacios, otras veces para facilitar nuevas posibilidades; y, finalmente, estas relaciones y actividades no capitalistas se vuelven lo suficientemente prominente en la vida de los individuos y las comunidades que el capitalismo ya no puede decirse que domina el sistema en su conjunto. Esta visión estratégica está implícita en algunas corrientes del anarquismo contemporáneo. Si el socialismo revolucionario propone que hay que utilizar el poder del Estado para destruir el capitalismo, y la socialdemocracia sostiene que el Estado capitalista puede servir para domar el capitalismo, los anarquistas en general han argumentado que es preciso evitar el Estado –tal vez incluso darle la espalda– porque al final solo puede servir de aparato de dominación, no de liberación. La única esperanza para una alternativa emancipadora al capitalismo –una alternativa que encarne los ideales de igualdad, democracia y solidaridad– es construirla desde los cimientos y trabajar para ampliar su ámbito de influencia.

Como visión estratégica, la erosión del capitalismo es a la vez atractiva y descabellada. Es atractiva porque sugiere que aun cuando el Estado parece muy poco propicio para el avance de la justicia social y el cambio social emancipatorio, todavía que se puede hacer mucho. Podemos seguir con la idea de construir un mundo nuevo, pero no sobre las cenizas del viejo, sino dentro de los intersticios del viejo. Es inverosímil porque parece tremendamente improbable que la acumulación de espacios económicos emancipatorios, dentro de una economía dominada por el capitalismo, podría desplazar alguna vez realmente el capitalismo, dado el inmenso poder y la riqueza de las grandes empresas capitalistas y la dependencia de los medios de sustento de muchas personas con respecto al buen funcionamiento del mercado capitalista. Seguramente si las formas no capitalistas de emancipación de las actividades y las relaciones económicas crecieran alguna vez hasta el punto de amenazar el dominio del capitalismo, simplemente serían aplastadas.

Erosionar el capitalismo no es una fantasía. Pero solo es plausible si se combina con la idea socialdemócrata de domar el capitalismo. Necesitamos una manera de vincular la visión de abajo arriba, la visión estratégica centrada en la sociedad del anarquismo, con la visión de arriba abajo, la lógica estratégica estatalista de la socialdemocracia. Tenemos que domar el capitalismo de manera que lo haga más erosionable, y erosionar el capitalismo de manera que lo haga más domable. Un concepto que nos ayudará a vincular estas dos corrientes de pensamiento anticapitalista es el de las utopías reales.

Utopías reales

“Utopía real” es una expresión contradictoria en sí misma. La palabra “utopía” fue acuñada por primera vez por Tomás Moro en 1516 mediante la fusión de dos prefijos griegos –eu, que significa bueno, y ou, que significa no– en una única vocal, la u, y la colocándola delante de la palabra griega que designa el lugar, topos. Utopía es así el buen lugar que no existe en ningún lugar. Es una fantasía de la perfección. Entonces, ¿cómo puede ser “real”? Puede ser realista para buscar mejoras en el mundo, pero no la perfección. De hecho, la búsqueda de la perfección puede socavar la tarea práctica de hacer del mundo un lugar mejor. Como dice el refrán, “lo mejor es enemigo de lo bueno”. Existe, pues, una tensión inherente entre lo real y lo utópico. Es precisamente esta tensión lo que intenta a capturar la idea de una “utopía real”. El punto es mantener nuestras aspiraciones más profundas de un mundo justo y humano que no existe, y a la vez participar en la tarea práctica de construir alternativas reales posibles en el mundo tal como es, que también prefigura el mundo como podría ser y que nos ayude a avanzar en esa dirección. Por tanto, las utopías reales transforman el “ningún lugar” de la utopía en el “aquí y ahora” de crear alternativas emancipatorias del mundo que podría ser en el mundo tal como es.

Utopías reales se pueden encontrar allí donde los ideales emancipatorios se encarnan en instituciones existentes y en las propuestas de nuevos diseños institucionales. Ambos son elementos constitutivos de un destino y una estrategia. He aquí algunos ejemplos.

Las cooperativas de trabajadores son una utopía real que surgió paralelamente al desarrollo del capitalismo. Tres ideales emancipatorios importantes son la igualdad, la democracia y la solidaridad. Todos ellos están obstruidos en las empresas capitalistas, donde el poder se concentra en manos de los propietarios y sus delegados, los recursos internos y las oportunidades se distribuyen de manera extremadamente desigual, y la competencia socava continuamente la solidaridad. En una cooperativa de trabajadores, todos los activos de la empresa son propiedad conjunta de los propios empleados, que también gestionan la firma según el principio de una persona, un voto, de manera democrática. En una pequeña cooperativa, esta gobernanza democrática puede ser organizada en forma de asambleas generales de todos los miembros; en las cooperativas más grandes, los trabajadores eligen delegados a los consejos de administración para supervisar la gestión.

Las cooperativas de trabajadores también pueden encarnar características más capitalistas: pueden, por ejemplo, contratar a trabajadores temporales o ser inhóspitas para los posibles miembros de determinados grupos étnicos o raciales. Las cooperativas, por lo tanto, encarnan a menudo valores bastante contradictorios. Sin embargo, tienen el potencial de contribuir a erosionar el predominio del capitalismo cuando expanden el espacio económico en el que pueden operar los ideales emancipatorios anticapitalistas. Las agrupaciones de cooperativas de trabajadores podrían constituir redes; con formas adecuadas de apoyo público, esas redes podrían ampliarse y profundizarse para constituir un sector de mercado cooperativo; ese sector podría –en ciertas circunstancias– ampliarse hasta poner en tela de juicio el predominio del capitalismo.

Las bibliotecas públicas son otro tipo de utopía real. Esto podría parecer a primera vista un ejemplo raro. Las bibliotecas son, después de todo, una institución duradera que se encuentra en todas las sociedades capitalistas. En Estados Unidos, el vasto sistema de bibliotecas públicas fue obra en gran medida de Andrew Carnegie, uno de los despiadados “barones ladrones” de la Edad Dorada. Sin duda no era anticapitalista y, en todo caso, vio su filantrópico apoyo a las bibliotecas como una manera de fortalecer el capitalismo como sistema. Sin embargo, las bibliotecas encarnan principios de acceso y distribución que son profundamente anticapitalistas. Existe una gran diferencia entre las formas en que una persona adquiere el acceso a un libro en una librería y una biblioteca.

En una librería, uno busca el libro que desea en un estante y comprueba el precio, y si se lo puede permitir y lo desea suficientemente, va a la caja, entrega la cantidad necesaria de dinero y se va con el libro. En una biblioteca, uno va al mostrador (o, más probablemente en estos días, a un terminal de ordenador) para ver si el libro está disponible, encuentra el libro, va al mostrador de registro, muestra su tarjeta de la biblioteca y se va con el libro. Si el libro ya está prestado, se inscribe en la lista de espera. En una librería, el principio de distribución es “a cada cual según su capacidad de pago”; en una biblioteca pública, el principio de distribución es “a cada uno según su necesidad”. Es más, en la biblioteca, si hay un desequilibrio entre la oferta y la demanda, aumenta la cantidad de tiempo que uno tiene que esperar hasta obtener el libro; los libros que escasean se racionan por tiempo, no por precio. Una lista de espera es un dispositivo profundamente igualitario: un día en la vida de todo el mundo se considera moralmente equivalente. Una biblioteca bien dotada de recursos tratará la longitud de la lista de espera como una señal de que se deben solicitar más ejemplares de un libro en particular.

Las bibliotecas también pueden convertirse en servicios públicos de usos múltiples, dejando de ser simples depósitos de libros. Las buenas bibliotecas proporcionan espacio público para las reuniones, a veces lugares para conciertos y otros espectáculos, y un lugar de encuentro agradable para la gente. Por supuesto, las bibliotecas también pueden ser zonas de exclusión, inhóspitas para cierto tipo de personas. Pueden ser elitistas en sus prioridades presupuestarias y en sus reglas. Las bibliotecas reales pueden reflejar por lo tanto valores bastante contradictorios. Pero en la medida en que encarnan los ideales emancipatorios de la igualdad, democracia y comunidad, las bibliotecas son una utopía real.

Un último ejemplo de una utopía real existente son las nuevas formas de producción colaborativa peer-to-peer que han surgido en la era digital. Tal vez el ejemplo más conocido es la Wikipedia. Una década después de su fundación, Wikipedia había destruido un mercado de trescientos años de edad, el de las enciclopedias; ahora es imposible producir una enciclopedia generalista comercialmente viable. Wikipedia se produce de una manera completamente no capitalista por un par de cientos de miles de editores no pagados de todo el mundo, que contribuyen al bien común global y lo ponen a la libre disposición de todos. Se financia a través de un tipo de economía de donaciones que ofrece los recursos de infraestructura necesarios. Wikipedia está llena de problemas – algunas entradas son maravillosas, otras terribles–, pero es un ejemplo extraordinario de cooperación y colaboración a muy gran escala que es altamente productiva y organizada sobre una base no capitalista. Hay muchos otros ejemplos en el mundo digital. Si imaginamos este modelo de colaboración que se extendiera al mundo de la producción de bienes, no sólo de información, entonces es posible imaginar una producción colaborativa P2P [peer to peer] invadiendo el dominio del capitalismo.

También se pueden encontrar utopías reales en las propuestas de políticas de cambio social y públicas, no solo en las instituciones realmente existentes. Este es el papel fundamental de las utopías reales en estrategias políticas a largo plazo para la justicia social y la emancipación humana. Un ejemplo es una renta básica incondicional (RBI). Una RBI proporciona simplemente a todas las personas, sin condiciones, un flujo de ingresos suficiente para cubrir las necesidades básicas. Permite un nivel de vida modesto, pero culturalmente respetable, sin lujos. De paso también resuelve el problema del hambre entre los pobres, pero lo hace de una manera que aporta un bloque de construcción de una alternativa emancipadora.

La RBI doma directamente uno de los males del capitalismo: la pobreza en medio de la abundancia. Pero también expande el potencial de erosión a largo plazo de la dominación del capitalismo mediante la canalización de recursos hacia formas no capitalistas de la actividad económica. Consideremos los efectos de una renta básica en las cooperativas de trabajadores. Una de las razones por las que las cooperativas de trabajadores son a menudo frágiles es que tienen que generar ingresos suficientes no solo para cubrir los costes de las materias de producción, sino también para proporcionar una renta básica para sus miembros.

Si se garantiza una renta básica con independencia del éxito en el mercado de la cooperativa, las cooperativas de trabajo serían mucho más robustas. Esto también significaría que supondrían menos riesgo para los préstamos de los bancos. Por lo tanto, con cierta ironía, una renta básica incondicional ayudaría a resolver un problema del mercado de crédito para las cooperativas. También potenciaría un aumento masivo de la participación en la producción colaborativa P2P y muchas otras actividades productivas que no generan ingresos propios del mercado para los participantes.

Doma y erosión

Así que, ¿cómo ser un anticapitalista en el siglo XXI?

Renunciar a la fantasía de aplastar el capitalismo. El capitalismo no es dinamitable, al menos si se quiere construir realmente un futuro de emancipación. Uno personalmente puede ser capaz de escapar del capitalismo saliéndose fuera de la red y reducir al mínimo su participación en la economía monetaria y el mercado, pero esto no es una opción atractiva para la mayoría de las personas, especialmente las que tienen hijos, y sin duda tiene poco potencial para fomentar un proceso de emancipación social más amplio.

Si uso se preocupa por la vida de los demás, de una manera u otra tiene que hacer frente a las estructuras e instituciones capitalistas. Domar y erosionar el capitalismo son las únicas opciones viables. Es necesario participar tanto en los movimientos políticos para domar al capitalismo a través de políticas públicas como en los proyectos socioeconómicos de erosionar el capitalismo a través de la expansión de formas emancipatorias de la actividad económica. Debemos renovar una democracia social progresista fuerte que no solo neutralice los daños del capitalismo, sino que también facilite iniciativas para construir utopías reales con el potencial de erosionar el predominio del capitalismo.

2/12/2015

https://www.jacobinmag.com/2015/12/erik-olin-wright-real-utopias-anticapitalism-democracy/

Erik Olin Wright es profesor de sociología en la Universidad de Wisconsin, Madison, adscrito al marxismo analítico, investigador de las relaciones de clase en el capitalismo contemporáneo y autor de muchos libros. Su último título es Alternatives to Capitalism: Proposals for a Democratic Economy.