Clara Valverde: “El neoliberalismo aplica la necropolítica, deja morir a las personas que no son rentables”

Clara Valverde, activista política y social y escritora, presenta su nuevo libro ‘De la necropolítica neoliberal a la empatía radical’ (Icaria / Más madera) «El poder neoliberal se asegura que los incluidos no se fien de los Excluidos, que los vean como extraños, diferentes, desagradables y no se solidaricen con ellos»

Clara Valverde introduce su nuevo libro con la alusión al texto de una pintada en la pared: “Con la dictadura nos mataban. Ahora nos dejan morir”. En ‘De la necropolítica neoliberal a la empatía radical’ (‘Icaria/Más madera’) esta activista política y social y escritora sostiene que el sistema neoliberal es incompatible con la lucha contra la desigualdad. Para ella, este sistema divide la sociedad en excluidos e incluidos. Se desentiende de los primeros y atemoriza a los segundos para perpetuar y aumentar el poder y la riqueza de los privilegiados.

¿Qué tenemos que entender por “necropolítica neoliberal”?

‘Necro’ es la palabra griega para ‘muerte’. Las políticas neoliberales son unas políticas de muerte. No tanto porque los gobiernos nos maten con su policía, sino porque dejan morir a la gente con sus políticas de austeridad y exclusión. Se deja morir a los dependientes, a los sin techo, a los enfermos crónicos, a las personas en listas de espera, a los refugiados que se ahogan en el mar, a los emigrantes en los CIEs…

A los cuerpos que no son rentables para el capitalismo neoliberal, que no producen ni consumen, se les deja morir.

¿Cómo se consigue convencer a los ciudadanos de que esa “necropolítica neoliberal” les beneficia? ¿Porqué no hay una rebelión masiva contra ella?

Los que aún no están excluidos, los que aún se creen el mito de que en esta sociedad somos libres aceptan y hacen suyo lo que dicen los poderosos y su prensa: que los excluidos no son como ellos, que son una gente zarrapastrosa, sucia, rara, diferente, con mala suerte y malos hábitos. El mito que ha calado es que los excluidos se han buscado la situación que sufren.

No hay una rebeldía masiva contra las necropolíticas de los gobiernos, contra la exclusión, porque la gente que aún no está excluida no se identifica con los excluidos. Piensan “ese no soy yo”, “eso no me pasará a mí”. No se dejan identificar con el que sufre, no hay empatía radical. Y en realidad las necropolíticas nos afectan a todos. En cuanto esa persona incluida enferme será posiblemente excluida sin ingresos y sin ayuda.

En este diseño social hay ciudadanos excluidos y ciudadanos incluidos. ¿Nadie defiende a los excluidos?

Muy poca gente defiende a los excluidos. ¿Cuánta gente se organiza para apoyar a los sin hogar? ¿Cuánta gente ayuda a los ancianos o enfermos crónicos y a sus asociaciones? En la PAH hay apoyo mutuo y empatía radical pero casi todos los que están activos en la PAH son afectados ellos también por los desahucios.

Los incluidos creen estar a salvo de su expulsión del sistema pero les adviertes que en cualquier momento pueden caer en la exclusión. El temor a la exclusión ¿fomenta la insolidaridad en nuestra sociedad?

Los que ahora tienen la suerte de no estar enfermos, desahuciados, en paro, deberían pensar que la mayoría, a menos que tengan mucho capital económico, podrían llegar a ser excluidos. Pongamos que eres conductor de autobús. Si enfermas, aunque lleves cotizando años, es muy posible que el Instituto Catalán de Evaluaciones Médicas (ICAM) te dé el alta aunque estés demasiado enfermo para trabajar. Entonces, ¿qué harás? Sin poder trabajar, sin ingresos y con los gastos que una enfermedad conlleva y que no cubre la Seguridad Social…

El poder neoliberal se asegura de que los incluidos no se fíen de los excluidos, que los vean como extraños, diferentes, desagradables y no se solidaricen con ellos.

El neoliberalismo impone su necropolítica mediante la violencia. Pero ésa violencia no siempre es explícita. Dice que la más eficaz para los intereses del neoliberalismo es la ‘violencia discreta’. ¿A qué se refiere?

Por ejemplo, los recortes, la mercantilización y la privatización de la sanidad pública son una violencia discreta. No matan a tiros a los enfermos en listas de espera. Pero ¿cuántos mueren por esas listas interminables? Esas listas son tan largas porque los administradores de la sanidad pública y los políticos la han organizado de modo que la sanidad privada “chupe” de ella. Y eso tiene, como una de sus consecuencias, el sufrimiento y la muerte lenta de los enfermos que esperan.

Asegura que nos han cambiado el sentido de las palabras y que para combatir la necropolítica neoliberal hay que volver a llamar a las cosas por su nombre ¿Qué trampas del lenguaje destacaría?

Hay que llamar a las cosas por su nombre. Los políticos de derechas neoliberales, los que van de “centristas”, todos esos nos maltratan. No hay otra palabra. Es maltrato. Las condiciones laborales son malos tratos. Los recortes son malos tratos. Las leyes mordaza son malos tratos.

Hay muchas trampas lingüísticas. El que la gente haga suyas las frases-trampa de los poderosos es preocupante. Frases como “es lo que hay”, “no me puedo quejar”, “no va a ir a peor”, “no pasa nada”, etc. Y el ‘pensamiento positivo’ que hace que la gente se sienta culpable de estar enfadados con los políticos y de la situación actual.

La tolerancia es otra gran trampa. La tolerancia es muy violenta. Se intenta decir que es buena, que sí, que hay que tolerar al que es diferente. ‘Tolerar’ quiere decir ‘aguantar’ y es una posición de poder sobre el otro. “Yo te aguanto aunque seas pobre, trans, negro, autista, etc.” No, las diferencias no son para ser toleradas. Las diferencias hay que mirarlas, entender el por qué hay desigualdades entre grupos diferentes y cambiar la situación. Es necesario nombrar las desigualdades y luchar contra ellas al mismo tiempo que celebramos la diversidad.

Choca que hable de la contratación de discapacitados o del papel de las ONGs como instrumento manipulado por el neoliberalismo en interés propio.

Aquí no se habla de esto pero en muchos países, sí. Hay numerosos autores que hablan del “ONGismo” y del “Inspiración Porn”.

El ONGismo es la utilización de la comunidad para hacer el trabajo que debería hacer el gobierno con nuestro dinero. El ONGismo es un tema complejo porque la buena gente que se implica en una ONG lo hace con buenas intenciones. Pero luego son ellos los que tiene que recortar y hacer que sus empleados acepten sueldos míseros para hacer tareas que corresponden al Estado de Bienestar.

Cita algunos ejemplos de esta manipulación en la publicidad.

Hace unos años la Fundación La Caixa utilizaba personas con síndrome de Down no muy severo como ejemplos de cómo deberían ser los trabajadores. Ahora hay un anuncio de la compañía que hace lavadoras, Balay, en la que un sordomudo dice: “¡Mirad! Si un trabajador discapacitado es el mejor trabajador, sonríe y no se queja, tú, que no eres discapacitado, deberías callar, trabajar y no protestar”. Esto es un ejemplo de “Inspiración Porn”, una suerte de pornografía con los discapacitados.

Pero la realidad es que la mayoría de los discapacitados no tienen ingresos y sufren mucho. Y si consiguen un trabajo, su empresa no tiene que pagar su Seguridad Social. Es un ahorro para el jefe.

¿La necropolítica es especialmente evidente en España? Destaca que en este país se ha enterrado la memoria histórica de lo que supusieron la guerra y el franquismo, que sólo en Camboya hay más fosas comunes por abrir.

En realidad, la necropolítica se puede ver por todo el mundo. Mira la situación de violencia en México.

Pero sí, una sociedad como la nuestra que destaca a nivel mundial por la cantidad de personas desaparecidas y sin enterrar desde hace 80 años, no es una sociedad que pueda funcionar de forma humana. Tenemos a más de 100.000 abuelos y abuelas sin enterrar aún. ¿A cuántas personas de nuestra generación afecta éso directamente? ¿E indirectamente?

Andamos por los campos y las cunetas, y debajo de nuestros pies están miles y miles de personas que el gobierno, ningún gobierno, cree que merezcan ser encontrados y devueltos a sus familias. Eso produce una sociedad muy enferma.

El sistema sanitario le sirve como ejemplo perfecto de la forma de actuar de esa necropolítica neoliberal. ¿Es donde se hace más evidente su forma de actuar?

Es una de las áreas en la que más vemos el sufrimiento causado por la necropolítica, porque en el sistema sanitario se trabaja con las vidas y los cuerpos de las personas, con el sufrimiento inevitable que es parte del ser humano.

Te doy un pequeño ejemplo. Los profesionales de enfermería en hospitales en los que se ha implantado el método “Lean”, método inventado para las cadenas de montaje de coches Toyota. Dan más importancia a estar “ on time” (puntuales con la velocidad que les imponen en sus tareas, velocidad nada humana ni para el profesional ni, sobre todo, para el paciente) que a la calidad del trabajo y al bienestar de los pacientes. Dicen estar contentos si están “ on time”, ¡como si fueran conductores de la Renfe!

El método Lean se ha conseguido implantar sin que hayan protestas entre los profesionales sanitarios. De la misma manera que tantos profesionales no cuestionan Lean, tampoco cuestionan el autoritarismo y el paternalismo que ellos mismos utilizan con los enfermos.

Lo grave es que estos profesionales sanitarios son ellos también víctimas del autoritarismo y paternalismo de las administraciones sanitarias. A ellos les maltratan y se les exige que también maltraten. Finalmente, sin darse cuenta, acaban haciendo lo que llaman muchos autores “gobernar por terceros”; o sea, haciendo el trabajo sucio de los neoliberales.

Y simboliza en las enfermas de Síndromes de Sensibilización Central esa acción. ¿Por qué?

Porque los enfermos, o enfermas porque la mayoría son mujeres, adolescentes y niños, de SSC son por lo menos el 3,5% de la población -aunque los investigadores internacionales dicen que el porcentaje es mucho más alto- y cada año pierden parte de los pocos derechos que tenían. Con Boi Ruiz, los enfermos de SSC en Catalunya, dejaron de tener derecho a acceder a sus médicos. Y si el nuevo consejero sigue el acuerdo Junts Pel Sí-CUP, seguirán sin poder ver a su médico y los que enfermen ahora no podrán ser diagnosticados.

El 80% de estos enfermos viven encerrados en sus casas, en sus camas, sin ninguna ayuda sanitaria ni social. Y están demasiado enfermos para protestar, participar en movimientos sociales, etc. La mayoría enferman entre los 10 y los 30 años de edad. No han cotizado. Les espera una larga vida de pobreza y sufrimiento en la cama. Y los que han conseguido trabajar unos años y cotizar, el ICAM hace todo lo posible para que no tengan una ayuda económica. Hasta a los que han conseguido una pensión a través de los juzgados el ICAM les quita la pensión.

El antídoto contra esa necropolítica está en la voluntad de compartir. “Para sobrevivir y vivir hay que compartir”, dice. ¿Funcionará?

Las iniciativas, ideas y grupos implicados en lo común son el antídoto contra la necropolítica. Lo que el poder absoluto quiere dividir, nosotros lo tenemos que juntar. Nos tenemos que juntar enfermos, sanos, trans y todos los géneros, razas varias, ancianos, niños… Pero para hacerlo tenemos que desarrollar una empatía radical y empezar desde los espacios excluidos. No funciona que los “incluidos” inviten a los excluidos a sus movimientos. Tiene que ser al revés. Los que aún se creen incluidos necesitan ir a esos espacios intersticiales en los que habita la exclusión y empezar desde ahí.

En ese sentido quería dar las gracias a Catalunya Plural por entender que para poder tener esta conversación conmigo, que vivo en la cama el 90% del tiempo con Encefalomielitis Miálgica, lo hemos tenido que hacer a mí manera. Unos necesitan una rampa para su silla de ruedas. Otros necesitamos Skype y email.

Fuente: http://www.eldiario.es/catalunyaplural/neoliberalismo-aplica-necropolitica-personas-rentables_0_479803014.html

La extrema derecha: un fenómeno global

Por Michael Löwy.

Traducción de Nevin Siders para la Coordinadora Socialista Revolucionaria.

En los últimos años, la extrema derecha reaccionaria, autoritaria o fascista ha estado en ascenso en todo el mundo: ya gobierna la mitad de los países del mundo. Entre los casos más conocidos figuran: Trump en los Estados Unidos, Modi en la India, Orbán en Hungría, Erdoğan en Turquía, Daesh del Estado Islámico, Salvini en Italia, Duterte en las Filipinas y ahora Bolsonaro en Brasil. Pero en varios otros países tenemos gobiernos cercanos a esta tendencia, aun si no se definen así de forma tan explícita: Rusia bajo Putin, Israel con Netanyahu, Japón bajo Shinzō Abe, Austria, Polonia, Birmania, Colombia, etc. De hecho, la distinción entre estos dos grupos es completamente relativa.

“Postfascismo” no “populismo”

Esta extrema derecha tiene sus propias características en cada país: en muchos casos, como son Europa, Estados Unidos, India y Birmania “el enemigo” —es decir el chivo expiatorio— es musulmán y/o inmigrante. En ciertos países musulmanes, son las minorías religiosas de cristianos, judíos e yazidis. En algunos casos, el nacionalismo xenófobo y el racismo prevalecen, en otros el fundamentalismo religioso, o bien el odio a la izquierda, el feminismo y los homosexuales. A pesar de esta diversidad, hay algunas características comunes a la mayoría, si no a todas: el autoritarismo, el nacionalismo fundamentalista de “Deutschland über alles” y sus variantes locales: “America First”, “O Brasil acima de tudo”, etc. acompañada de intolerancia étnica (racista), violencia policial/militar como la única respuesta a los problemas sociales y el crimen. La caracterización como fascista o semifascista puede aplicarse a algunos, pero no a todos. Enzo Traverso utiliza el término “posfascismo”, que puede ser útil, ya que designa continuidad y diferencia.

Por otro lado, el concepto de “populismo” utilizado por algunos científicos políticos los medios de comunicación e incluso una parte de la izquierda, es completamente incapaz de explicar el fenómeno en cuestión y solo sirve para confundir el problema. Si en América Latina desde la década de 1930 a la de 1960 el término correspondió a algo relativamente preciso (vargaísmo, peronismo, etc.), su uso en Europa a partir de la década de 1990 es cada vez más vago e impreciso.

El populismo se define como “una posición política que apoya a la gente contra la élite”, que se puede aplicar a casi cualquier movimiento o partido político. Cuando este pseudoconcepto es aplicado a los partidos de extrema derecha, conduce voluntaria o involuntariamente a su legitimación, a hacerlos más aceptables, si no aprobatorio (¿y quién no es para las personas contra la élite?), con cautela evitando los términos problemáticos de racismo, xenofobia, fascismo, extrema derecha. El “populismo” también es utilizado de manera deliberadamente desconcertante por los ideólogos neoliberales para lograr una amalgama entre la extrema derecha y la izquierda radical, caracterizada como “populismo de derecha” y “populismo de izquierda” que se opone a las políticas neoliberales, “Europa” y así.

Hipótesis

¿Cómo explicamos este espectacular ascenso de la extrema derecha, en forma de gobiernos, pero también de partidos políticos que aún no gobiernan, pero que tienen una amplia base electoral e influyen en la vida política de países como Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, Suecia, Dinamarca, y así sucesivamente? Es difícil proponer una explicación general para fenómenos tan diferentes, que expresen contradicciones específicas de cada país o región del mundo; pero como se trata de una tendencia planetaria, al menos debemos considerar algunas hipótesis.

Una “explicación” para rechazar sería aquella que atribuye el ascenso del derecho radical a las olas migratorias, particularmente en los Estados Unidos y Europa. Los migrantes son el pretexto conveniente, la acción en el comercio de fuerzas xenófobas y racistas, pero de ninguna manera la “causa” de su éxito. Además, la extrema derecha está floreciendo en muchos países, Brasil, India, Filipinas… donde no se hace mención cualquiera de la inmigración.

La explicación más obvia, y sin duda una relevante, es que la globalización capitalista, que también es un proceso de homogeneización cultural brutal, produce y reproduce a escala mundial formas de pánico de identidad (como maneja el término Daniel Bensaïd), lo que lleva a Manifestaciones nacionalistas y / o religiosas intolerantes, y favoreciendo conflictos étnicos o confesionales. Mientras más naciones pierden su poder económico, más se proclama la inmensa gloria de la Nación “sobre todo”.

Otra explicación sería la crisis financiera del capitalismo, que ha causado depresión económica, desempleo, marginación social desde 2008. Este factor puede haber sido importante para hacer posible una victoria de Trump o Bolsonaro, pero mucho menos válido para Europa: la extrema derecha es muy poderosa en los países ricos menos afectados por la crisis, como son Austria o Suiza, mientras que en los países más afectados por la crisis como España o Portugal la izquierda y el centro izquierdo son hegemónicos, y la extrema derecha permanece marginal.

Estos procesos tienen lugar en sociedades capitalistas donde el neoliberalismo ha dominado desde la década de 1980, destruyendo los vínculos y solidaridades sociales, profundizando las desigualdades sociales, las injusticias y la concentración de la riqueza. También deberíamos tener en cuenta el debilitamiento de la izquierda comunista tras el colapso del llamado “socialismo realmente existente”, sin que otras fuerzas de izquierda más radicales logren ocupar este espacio político.

Estas explicaciones son útiles, al menos en algunos casos, pero son insuficientes. Todavía no contamos con un análisis global para un fenómeno que es global y que tiene lugar en un momento histórico particular.

¿Representa un regreso a la década de los 1930?

La historia no se repite: podemos encontrar similitudes o analogías, pero los fenómenos actuales son muy diferentes de los modelos del pasado. Por encima de todo, no tenemos, todavía, estados totalitarios comparables a los de antes de la guerra. El análisis marxista clásico del fascismo lo definió como una reacción del gran capital, con el apoyo de la pequeña burguesía, ante la amenaza revolucionaria del movimiento obrero. Uno se pregunta si esta interpretación realmente explica el auge del fascismo en Italia, Alemania y España, en los años veinte y treinta. En cualquier caso, no es relevante en el mundo de hoy, donde en ninguna parte hay una “amenaza revolucionaria”. Sin mencionar el hecho obvio de que el gran capital financiero muestra poco entusiasmo por el “nacionalismo” de la extrema derecha, aunque siempre está listo para adaptarse a él cuando sea necesario.

El fenómeno de Bolsonaro

Unas pocas palabras sobre el último episodio de esta “ola marrón” global que se haya concretado en el fenómeno Bolsonaro en Brasil. Parece el más cercano al fascismo clásico, con su culto a la violencia y el odio visceral de la izquierda y el movimiento obrero, pero a diferencia de varios partidos europeos, desde la FPO austriaca hasta la FN francesa (ahora Rassemblement national, RN), no tiene raíces en los movimientos fascistas del pasado, representados en el caso brasileño por el AIB liderado por Plinio Salgado en la década de 1930.

Tampoco convierte al racismo en su bandera principal, a diferencia de la extrema derecha europea. Ciertamente, hizo algunas declaraciones racistas, pero este no fue en absoluto el foco de su campaña. Desde este punto, se parece más bien al fascismo italiano de la década de 1920, antes de la alianza con Hitler.

Observamos varias diferencias significativas comparando a Bolsonaro con la extrema derecha europea:

  • La importancia del tema de la “lucha contra la corrupción”, el antiguo caballo de guerra de la derecha conservadora en Brasil desde la década de 1950. Bolsonaro ha logrado manipular la indignación popular legítima contra los políticos corruptos. Este tema no está ausente en el discurso de la extrema derecha en Europa, pero está lejos de ocupar un lugar central.
  • El odio por la izquierda, o el centro-izquierda (el PT brasileño), fue uno de los principales temas de movilización de Bolsonaro. Se encuentra menos en Europa, excepto en las fuerzas fascistas de las antiguas democracias populares. Pero en este caso, es una manipulación (demonización) que se refiere a una experiencia real del pasado. Nada como esto en Brasil: el discurso violentamente anticomunista de Bolsonaro no tiene nada que ver con la realidad brasileña presente o pasada. Es aún más sorprendente, ya que la Guerra Fría ha terminado durante décadas, la Unión Soviética ya no existe, y el PT obviamente no tiene nada que ver con el comunismo (en todas las definiciones posibles de este término).
  • Mientras que la extrema derecha europea denuncia la globalización neoliberal, en nombre del proteccionismo, el nacionalismo económico, en contra de las “finanzas internacionales”, Bolsonaro presentó un programa económico ultra-neoliberal: más mercado, apertura a la inversión extranjera, privatización y una alineación total con las políticas de los Estados Unidos. Esto, sin duda, explica la masiva concentración de las clases dominantes en su candidatura, una vez que se notó la impopularidad obvia del candidato de la derecha tradicional Geraldo Alckmin.

Lo que tienen en común Trump, Bolsonaro y la extrema derecha europea son tres temas de agitación sociocultural reaccionaria:

  • El autoritarismo, la adhesión a un hombre fuerte, un líder, capaz de “restaurar el orden”.
  • Una ideología represiva, el culto a la violencia policial, el llamado a la restauración de la pena de muerte y la distribución de armas a la población para su “defensa contra los delincuentes”.
  • Intolerancia contra las minorías sexuales, especialmente las personas LGBTI. Es un tema que tiene cierto éxito en convocar a sectores religiosos reaccionarios, ya sea católico en Francia o neopentecostalista en Brasil.

Estos tres temas, junto con “la guerra contra la corrupción”, fueron decisivos para la victoria de Bolsonaro, gracias a la difusión masiva de noticias falsas en las redes sociales (queda por explicar por qué tanta gente ha creído estas mentiras gigantescas). Pero aún nos falta una explicación convincente del increíble éxito de su candidatura en tan pocas semanas, a pesar de la violencia y brutalidad de sus discursos de la guerra civil, su misoginia, su falta de programas y su descarado amparo a la dictadura militar y tortura.

Antifascismo consistente

¿Cómo luchamos contra esto? Por desgracia, no existe una fórmula mágica para luchar contra esta nueva ola marrón global. El atractivo de Bernie Sanders para un Frente Antifascista Mundial es una propuesta excelente. Al mismo tiempo, deben formarse amplias coaliciones en defensa de las libertades democráticas en cada país en cuestión.

Pero también se debe considerar que el sistema capitalista, especialmente en tiempos de crisis, produce y reproduce constantemente fenómenos como el fascismo, los golpes de Estado y los regímenes autoritarios. La raíz de estas tendencias es sistémica, y la alternativa debe ser radical, es decir, anti-sistémica. En 1938, Max Horkheimer, uno de los principales pensadores de la Escuela de Teoría Crítica de Frankfurt, escribió: “Si no quieres hablar sobre el capitalismo, no tienes nada que decir sobre el fascismo”. En otras palabras, el antifascista constante es un anticapitalista.

Fuente: http://socialistarevolucionaria.org/la-extrema-derecha-un-fenomeno-global/

Toni Negri: “Hay que reanudar un discurso de reformismo duro y radical en Europa”

Por Nubia Alabao y Raúl Sánchez Cedillo

Nacido en 1933 en Padua, buena parte de la vida de Antonio Negri es historia de la Autonomía obrera italiana y de la vida política europea más vinculada a los movimientos de base. Estos días presenta en España la primera parte de sus memorias: Historia de un comunista, publicadas por Traficantes de Sueños, que comprenden desde su infancia hasta el proceso judicial que, en 1979, le llevaría a la cárcel por motivos políticos, y luego al exilio en Francia. Marxista heterodoxo, su biografía está apegada a la experiencia singular del operaísmo –un movimiento que tuvo su origen en los años 60 y que acabó siendo parte del ciclo de luchas del largo 68 italiano. Un movimiento que, además de la revuelta estudiantil, se articulaba a partir de las movilizaciones de fábrica: la vivencia y resistencia en la cadena de montaje que tuvieron su eclosión en el “otoño caliente de 1969”. En los años 70, aquellos grupos operaístas conectaron con las nuevas subjetividades que surgieron tras las revueltas sesentayochistas y los comienzos del capitalismo postindustrial –con su rechazo del trabajo asalariado y nuevas prácticas autónomas que rompían con la idea clásica de socialismo y de partido.

Buena parte de su obra ha destacado por ser una investigación sobre las posibilidades del comunismo hoy a partir de una práctica militante basada en la coinvestigación junto a los explotados y oprimidos en un mundo colonizado por el capital  En sus memorias recién publicadas encontramos un recorrido que parte de la Europa atravesada por la guerra en un mundo de nacionalismos, fascismos y colonialismos europeos que mucho tienen que decir sobre el presente.

Se acaba de publicar la primera parte de sus memorias. El libro empieza con su experiencia de la infancia marcada por la guerra: es hijo de un comunista, asesinado por los fascistas, mientras que su hermano mayor muere como voluntario fascista en los últimos años de la guerra en Italia. Es decir, una vida que comienza marcada por el dolor de la guerra, y el sacrificio de su hermano por una idea trascendente de patria y nación. ¿Qué nos puede decir esa experiencia –la de los últimos coletazos del nazifascismo en Italia– sobre el fascismo que pueda venir?

Es difícil trasladar las experiencias infantiles de una persona a una perspectiva racional sobre el futuro, porque al hacerlo las explicamos como se explica una pesadilla, que es lo que experimento si trato de considerar hoy el fascismo bajo esa luz. Prefiero más bien pensar el fascismo en términos racionales, es decir, intentando entender lo que ha sido siempre: el poder de una clase de patronos, de una clase de capitanes de industria y de las finanzas para reprimir y bloquear la lucha de clases. Para mí el fascismo fue esto. Hoy de aquella experiencia, después de más de ochenta años de vida, me queda fundamentalmente la pesadilla de una cosa que ha de ser rechazada hasta el fondo.

En el libro hablo por primera vez de mi hermano, que murió por rechazar la guerra civil diciendo que se marchaba a defender la patria contra la invasión aliada en vez de quedarse en casa, donde –en los meses inmediatamente posteriores– habría tenido que enfrentarse en la guerra civil que comenzó en Italia –lo que hoy en Italia se llama la Guerra de Resistencia, pero que fue en realidad una guerra civil–.  Nunca había hablado de la historia de mi hermano Enrico hasta bien cumplidos los ochenta años. En esos setenta años de silencio se encuentra la dureza de pensar el fascismo.

¿Qué balance puede hacer del periodo llamado de la globalización neoliberal y qué tiene que ver con la situación de avance autoritario y racista en todo el planeta?

El hecho de que el neoliberalismo –después de tantos himnos y elogios a la libertad– termine asumiendo una posición autoritaria significa que no puede seguir avanzando a menos que realice un acto de fuerza sobre las condiciones sociales para poder aplicar sus medidas. Está claro que este impulso autoritario que empieza a afirmarse de manera tan extendida en el ámbito global corresponde a una crisis en el desarrollo del neoliberalismo y esa crisis responde a su vez al fracaso de sus técnicas de invasión del mundo y de reestructuración del circuito de la producción y de la circulación de las mercancías. Se ha alcanzado un límite crítico al que el neoliberalismo no sabe responder salvo en términos autoritarios. Probablemente esto tiene que ver con límites intrínsecos a la ola neoliberal, que es un pensamiento y un proyecto que trató de superar el reformismo capitalista, el New Deal, es decir, la gran política occidental contra la Unión Soviética desde los años treinta. En los años treinta se define esa política reformista, que asume formas contrarias a los principios del liberalismo, pero dentro del capitalismo. Roosevelt se alía con los soviéticos para derrotar al fascismo – esto es algo que hay que recordar siempre.

El neoliberalismo es un intento de volver al momento anterior a Roosevelt, como si la Revolución de Octubre y el llamado “siglo breve” comprendido entre esa revolución y la caída del Muro de Berlín en 1989 y que permitió el gran desarrollo de las fuerzas productivas populares y proletarias no hubiesen existido. De este modo, dentro del neoliberalismo hay una idea profundamente regresiva: la lógica misma del proyecto trata de destruir la historia del enfrentamiento entre las clases en el siglo XX. Esto implica un elemento de violencia extrema que hoy –precisamente porque el proyecto empieza a verse en dificultades– se revela como un reclamo del fascismo, del viejo fascismo; pero que se expresa en términos completamente distintos, en una dimensión biopolítica, porque el fascismo originario surge contra el bolchevismo y hoy, en cambio, lo hace contra determinados niveles de vida conquistados por los trabajadores.

¿Qué puede enseñarnos la situación de Brasil, con la victoria de Bolsonaro –cuyo gobierno se perfila como autoritario y racista– y en qué medida implica una reacción contra los gobiernos progresistas latinoamericanos y el fin de un ciclo que se cierra definitivamente en el continente?

Es difícil establecer parangones con América Latina. El neoliberalismo tiene necesidad de una estabilización, de un esfuerzo para superar lo que E.P. Thompson llamaba “la economía moral de la multitud”, que era también la de las viejas clases de trabajadores antes y durante de Revolución Industrial. Hoy el neoliberalismo se enfrenta a una desestabilización del estado de bienestar, fundamentalmente de determinadas dimensiones biopolíticas de regulación de la sociedad –educación, sanidad, derechos reproductivos y autonomía de las mujeres, etc.– que se presentan como algo irreversible. En Brasil han sido capaces de conquistar una mayoría electoral en nombre de la denuncia de la corrupción y de la promesa de acabar con la violencia vinculada a la inseguridad ciudadana. El problema de la corrupción en Brasil es un problema completamente intrínseco a la estructura del poder; una estructura omnipresente en la que el pago de sobornos a los distintos actores del juego parlamentario es una costumbre y los procesos contra la corrupción han provocado una disgregación de la clase política y de las élites del poder.

El otro elemento, el de la seguridad, es terrible, porque supone también un elemento de disgregación y al mismo tiempo es un elemento puramente racial, de racismo, un elemento colonial reintroducido en el discurso político. Las élites blancas quieren ser absolutamente dominadoras, es el alma colonial de los dirigentes blancos en Brasil –que son minoritarios demográficamente–. Esto es algo evidente y monstruoso. Yo no sé lo que sucederá en Brasil, pero cabe decir que nunca se había llegado a un tipo de fascismo tan cruel, salvo en la época del dominio nazi.

¿Por qué el antifeminismo está teniendo un papel destacado dentro de la ideología de estos nuevos proyectos fascistas?

El odio hacia la emancipación femenina es un elemento completamente central. ¿Por qué ese odio a las mujeres? Por una razón muy sencilla,: porque la lucha de las mujeres hoy, cuando se plantea en el terreno de la reproducción, afecta a elementos fundamentales del liberalismo: al mantenimiento del concepto de familia y de herencia del liberalismo y que constituye la base misma del sistema capitalista desde el punto de vista jurídico. Propiedad, familia y herencia son elementos que forman un todo interconectado en la filosofía del derecho de Hegel, del mismo modo que propiedad, soberanía y pueblo. Así que tenemos estas dos dimensiones en torno al movimiento feminista, que conlleva por un lado, el ataque al autoritarismo, pero también al patriarcado de la propiedad de la familia y de la educación. Esto me parece completamente central, aunque este elemento antifeminista no se dé con tanta violencia en los gobiernos actuales en Europa. No hay de momento ningún ministro europeo que se haya presentado poniendo en tela de juicio todos los derechos que las mujeres han conquistado.

En su obra la reflexión sobre el común tiene un papel destacado, ¿podríamos decir que el feminismo se ha convertido en el movimiento fundamental de reconstrucción del común?

En mis trabajos el discurso feminista es bastante reciente, y aquí tengo que hacer autocrítica. En realidad lo conozco desde los años 70, cuando las compañeras con las que trabajaba en Potere Operaio teorizaron sobre el salario para el trabajo doméstico. Desde entonces pienso que la lucha de clases tiene que comprender no solo el trabajo de producción, sino también el trabajo de reproducción. Pero desde aquellos años –y aunque he introducido el punto de vista feminista en mi investigación– he hecho un discurso que ha estado fundamentalmente vinculado a la producción. Cuando he hablado de la reproducción siempre lo he hecho en general, a veces con una especie de miedo benévolo a afrontar problemas que se remitían a lo femenino porque en nuestra historia muchas veces nos hemos encontrado con el feminismo de la diferencia italiano y su actitud de exclusividad y de rechazo respecto a cualquier utilización del discurso feminista. Esta es mi experiencia: aún entendiendo las conexiones he tenido que limitar mi discurso, porque me he encontrado con esta situación de bloqueo, de limitación, donde se nos venía a decir: “tú a tu discurso, que nosotras hacemos el nuestro”.

Pero esta expresión nueva y formidable que se ha producido ahora con el movimiento feminista, ha sido para mí un suspiro de alegría, porque se presenta la posibilidad de reanudar un discurso que espero que pueda ser común. En los años 70, uno de los mayores pasos adelante dados por el operaismo en aquel periodo se dio precisamente a través de la introducción del discurso sobre el trabajo femenino. Para la hipótesis del paso del obrero masa al obrero social fueron determinantes las elaboraciones feministas y poscoloniales. El feminismo y la teoría poscolonial nos dieron una gran perspectiva para avanzar: la perspectiva de la socialización de la explotación y, por lo tanto, de una valorización basada no tanto sobre la producción sino también sobre la circulación y la reproducción.

¿Cómo analiza la emergencia de nuevas figuras políticas como la de los “Gilets jaunes” (chalecos amarillos) y cuál es su relación con un régimen neoliberal que se está radicalizando? ¿Qué nos dice esa revuelta sobre el presente de las luchas y hacia dónde apunta esta protesta?

Francia es el país en el que el neoliberalismo ha intentado con Macron poner en marcha un proyecto radical, a pesar de que la crisis del neoliberalismo ya se había hecho sentir y habían aparecido fuerzas populistas a derecha e izquierda, donde la de derechas es particularmente peligrosa.

Muchos consideran que este intento de Macron podía aportar una continuidad de las reformas neoliberales, solo que el coste se ha revelado insoportable. No se trata solo de las grandes reformas que ha impuesto: las pensiones, la reforma laboral, etc., sino que se trata de lo que en Italia se llama la pidocchieria (cicatería): un método fiscal de pequeña sustracción de rentas. Se retiran a cada salario 10, 15, 50 euros para otros proyectos: una especie de método propio de un patrono de fábrica pero aplicado al Estado y a la sociedad de una manera injuriosa y cínica. La miseria existente, sumada al rechazo de ese cinismo, han creado esta explosión impresionante. Cuando lees que el 70% de la población aprueba las acciones violentas de los “chalecos amarillos” –en un país que no es en absoluto un país fanático–, significa que hay algo que verdaderamente no funciona. Los “chalecos amarillos” suponen la denuncia de una crisis profunda de la regulación neoliberal, algo que está sucediendo en todas partes en Europa. La gente no aguanta más.

Otro elemento positivo es la unidad que se ha producido en relación a dos reivindicaciones irrenunciables: la reintroducción del impuesto sobre las grandes fortunas –que fue eliminado por Macron– y el aumento del salario –del poder adquisitivo–. Creo que no se ha llegado a la idea de una renta básica pero está virtualmente ahí, apoyada en la idea de igualdad que está presente en el movimiento: “hay que quitar a los ricos para dar a los pobres”. Se ha logrado el aumento del salario mínimo y se ha superado el techo de déficit público y fiscal: se ha vulnerado el pacto fiscal, pero no es suficiente, el movimiento continúa y crece. Ahora mismo el sistema constitucional está siendo puesto en tela de juicio por un contrapoder activo que no se reconoce en la representación, que por ahora se niega a convertirse en partido y que busca nuevas formas de organización, de expresión. Esta es hoy la situación francesa: una situación absolutamente explosiva.

 

¿Qué enseñanzas podemos extraer de la apuesta institucional que hicieron una parte de los movimientos sociales surgidos con el 15M en España y que sentaron las bases de la emergencia de Podemos y de las experiencias municipalistas?

Yo creo que las luchas preceden siempre a los movimientos del capital, y no cabe duda de que en este caso nos encontramos con esta anticipación institucional. ¿Podía representarse el movimiento del 15M de manera distinta de la forma partido? Yo esperaba que sí, porque me parecía que era una fuerza que podía expresarse a través de dos formas de contrapoder difuso: por un lado el municipalismo y, por el otro, las Mareas articuladas en torno a problemas específicos. Me parecía que esto podía ser una clave para evitar la aceleración que la construcción del partido ha producido sobre la madurez del movimiento: una aceleración que ha quemado muchas posibilidades. Esa aceleración podría justificarse si ese partido hubiera mantenido un articulación amplia con el movimiento. El partido, por el contrario se ha cerrado inevitablemente. El sistema representativo no es un sistema de representación, sino de gestión del poder. Mientras no entendamos esto, no conseguiremos inventar una democracia que funcione. Hay que superar el sistema de representación tal y como está hecho porque ha sido un sistema inventado por los liberales, un sistema adecuado a una sociedad basada en la organización de la extracción de la ganancia. Hoy con los sistemas mediáticos que tenemos esta forma de gobierno es indestructible desde dentro, no se puede atravesar. Esto es algo que sabíamos desde hace muchos años y que los teóricos liberales mismos teorizaron en este sentido.

En este contexto, una parte de la izquierda europea responde con una apuesta por lo nacional-popular. En España, por ejemplo, se está teniendo un debate sobre si la respuesta a la ultraderecha y al neoliberalismo tiene que pasar por enarbolar la bandera de la nación y de la soberanía nacional…

¡Bueno esto sí que es “la imaginación al poder”!: el intento de recomponer sobre la nostalgia del pasado –porque se trata de formas nostálgicas– algo que hoy es completamente diferente. Lo nacional-popular se basaba en la hegemonía de un partido que era un partido bolchevique, y ese partido poseía los instrumentos para subordinarse los mecanismos de producción de hegemonía cultural, como por ejemplo los sindicatos. Poseía en cierto modo las claves de la intermediación social. Esa intermediación social era posible en una realidad sumamente estratificada y en una sociedad –esto no hay que olvidarlo– completamente atrapada dentro del mecanismo reformista, porque sin reformismo no tiene sentido hablar de lo nacional popular. Era una sociedad reformista keynesiana, fordista, en la que había fuerzas sociales que podían ser mediadas a través de un discurso que, en el caso concreto de los partidos comunistas europeos, era un discurso puramente reformista de mantenimiento del orden en el interior del desarrollo capitalista basado en el crecimiento. Decidme cuáles de estas condiciones existen hoy para crear un proyecto nacional-popular: hoy no existe ninguna de las condiciones que permitirían recrear un modelo de ese tipo.

El problema organizativo radica hoy en la organización de la multitud, en grandes movimientos transversales como son el movimiento feminista, los movimientos del sindicalismo social, los movimientos de los jóvenes, etc. porque la sociedad misma ya no está estratificada, sino que el valor de la sociedad es extraído y organizado en el plano financiero. No se puede pensar sin esta dimensión, si no contemplamos la crisis del liberalismo en el plano financiero, si no pensamos la extracción del valor, la financiarización del valor y todo lo que vincula las cosas que se producen en el plano local con el ámbito mundial, con la logística mundial. El mundo hoy funciona como dos muñecas rusas, una dentro de  la otra. La primera es la globalización física del mundo: hoy la globalización ya no es una idea, sino que es algo físico, es un orden financiero, son los bancos, etc. Luego están todas las redes de energía, la energía que circula a través de tubos y cables y que es también algo físico. Por otra parte está la comunicación, la producción y circulación del dinero: un mundo que se produce con sus propias fuerzas. Pero hay algunos que creen que pueden reducir el mundo a su propio jardín soberanista y hacerse su propia casa sin tener en cuenta estos dos mundos. Dos mundos que giran en direcciones contrarias y el problema es hacer que giren juntos, que giren en la misma dirección: volver a vincular la globalización material –la estructura– a todo lo inmaterial que gira a su alrededor. Por supuesto, hoy está también la temática ecológica que atraviesa todo esto, pero sobre todo tenemos encima la guerra como un riesgo cercano.

Las revueltas que se producen en el 68 fueron objeto de una “contrarrevolución neoliberal” –en palabras de Paolo Virno–, aunque algunos de sus componentes de revuelta subjetiva han dado lugar a conquistas en derechos y formas de vida alternativas. Hoy el 68 es impugnado tanto por parte de la derecha más reaccionaria –en el nuevo fascismo de muchas partes del mundo hay componentes antifeministas, contra los derechos LGTBI, etc.– como por parte de cierta izquierda cuyo análisis es que los movimientos sociales que se han derivado en buena manera del 68 han fragmentado la clase obrera –con un concepto estático de la clase obrera – y han hecho diluirse el horizonte de emancipación. ¿Qué piensa de estas impugnaciones?

Frente a estas críticas la única respuesta es que no es cierto que el 68 haya fragmentado lo social ni nada por el estilo. El 68 fue un gran proceso de luchas obreras. En Francia hubo un millón de estudiantes en lucha, pero también diez millones de obreros industriales en huelga general durante un mes. Se trató de la última gran batalla defensiva frente al proyecto capitalista de destruir la fábrica como elemento central en la producción. Lo mismo ocurrió en Italia. Así que no fue el 68 el que fragmentó la clase obrera, antes al contrario: el 68 fue un gran movimiento de los estudiantes y de las capas intelectuales que se dirigieron a la fábrica precisamente para defenderla.

Yo creo que estas críticas se dirigen más al post 68. En el post 68 se produce una gran mutación cultural a partir de un desarrollo de las capacidades productivas de los componentes sociales de la multitud. No tiene sentido lamentarse de que la clase obrera se haya disuelto en la sociedad, porque a través de esa disolución, de ese devenir multitud, la clase obrera se ha hecho más rica en términos de productividad y ha transformado la propia producción –que estaba directamente sometida al poder de mando de los patronos en la fábrica– en algo difuso, cuyo elemento fundamental ha sido la cooperación social. Esto ha traído consigo que los instrumentos de una clase obrera que se había unificado en la fábrica hayan estallado y hayan desaparecido.

El gran defecto del movimiento obrero consistió en no haber percibido que esa diferencia estaba formándose, en no haber tenido la capacidad de adecuarse a ella. Por el contrario, los grandes movimientos autónomos siempre han seguido la pista de estas transformaciones, las han representado a pesar de toda la confusión y todas las dificultades que se han dado. ¿Por qué hoy nos quedamos estupefactos ante acontecimientos como el 15M o como los “chalecos amarillos”? ¿Quién se los esperaba? Ante estas cosas, en los movimientos autónomos siempre hemos dicho : “nosotros no las hemos creado, pero hemos organizado lo que ha venido después”.

Europa ha tenido siempre un papel importante en su pensamiento, ¿considera que todavía puede ser un espacio o una herramienta para combatir las amenazas del imperialismo, la guerra y el fascismo?

Soy un hombre del siglo XX y para mí Europa sigue siendo, a pesar de todo, un paso adelante porque creo que el significado de Europa como punto final de la guerra es algo que permanece. Ha habido demasiados muertos, muchos jóvenes que fueron a morir por nada. Esa angustia está antes que nada en la raíz de mi adhesión a Europa. Luego el proyecto europeo se ha convertido en un elemento de represión de las necesidades y los deseos, y esto supone una enorme decepción. Y hay que luchar contra esto, pero hay que luchar de manera realista, desde dentro. Tenemos que pensar que vivimos en un mundo en el que, si cae Europa, las potencias que están por encima no tardarán en comérsela. Se merendarán cada uno de nuestros países como la Troika se ha merendado a Grecia.

Europa sigue siguiendo un terreno común, de manera mucho más realista que cualquier discurso soberanista. Hasta los fascistas franceses, que eran los más duros contra el euro, se han dado cuenta de que no se puede estar en contra. Para nosotros se trata de empezar a luchar dentro en términos continentales y considerando que somos hermanos y compartimos una historia y rasgos culturales comunes. Desde el punto de vista de nuestras pasiones y necesidades, los europeos somos algo próximo. Pero es fundamental cambiar el neoliberalismo, ir más allá. Hoy la batalla no es contra Europa, sino contra el neoliberalismo y tenemos que construir alianzas en este terreno. No creo que se puedan hacer en términos de populismo o de nacional-populismo, donde los diferentes modelos de soberanismo tendrían que ponerse de acuerdo. Cuando los soberanistas italianos han tratado de conseguir el apoyo de los austríacos para resolver algún problema se los han encontrado de frente. Es un propósito completamente contradictorio.

Para encontrar una unidad hay que reanudar un discurso de reformismo duro y radical en Europa. Este es el único camino que podemos recorrer. Hay temas como los que están surgiendo ahora con la lucha de los “chalecos amarillos” que habría que recuperar a nivel europeo: una justicia fiscal radical –no puede ser que los patronos no paguen impuestos–que implique una progresividad altísima de los impuestos; una elevación del salario medio y de las rentas del trabajo y la introducción de una renta básica de ciudadanía. Estos son los elementos con los que debemos buscar el acuerdo en Europa y son también los primeros pasos para la construcción del común. El comunismo consiste en poner en común esas formas de vida en las que nos encontramos cooperando, en hacerlas capaces de un esfuerzo, de una lucha y de una construcción. Porque hoy el problema es el de la construcción del común. Cuando hoy trabajas en red, sabes perfectamente lo que es el común. ¿Cómo se gobierna esa red? Los patronos la gobiernan individualizando, se trata de gobernarla comunalizándola. Y este es un problema que parece difícil, pero en realidad no lo es tanto, pero pasa por una toma de conciencia. El común en sí ya existe, el común para sí hay que inventarlo o mejor dicho, hay que inventar el pasaje de uno a otro. Lo importante es afirmar que no será el para sí liberal el que terminemos alcanzando. De eso no cabe duda.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190116/Politica/23956/Antonio-Negri-entrevista-fascismo-europa-operaismo-Nuria-Alabao-Raul-Sanhcez-Cedillo.htm

Santiago Cadena: Los retos del gobierno de Ecuador en materia de software libre

Por: Santiago Cadena Montaluisa

 

Nuestra sociedad está enferma y necesita ser curada,

la cura es un cambio en el sistema.

 -Manifiesto Cyberpunk

 

Una de las tantas herencias que ha dejado el legado de Rafael Correa Delgado en su paso por la presidencia del Ecuador, es —sin duda— el reglamento que fue emitido a pocos días de salir del poder, concretamente el 22 de mayo de 2017, Correa firmó el Decreto Ejecutivo No. 1425,  para la adquisición de Software por parte del Sector Público, este en resumidas cuentas deroga de un plumazo el Decreto Ejecutivo No. 1014 mediante el cual se pretendía poner a Ecuador en la lista de los países que adoptaron el Software Libre como política de Estado.

 

Lenín Moreno la tiene difícil, y es que la firma desesperada de este reglamento a días de salir del poder retrata de cuerpo entero lo que fue la política dentro de los diez años de correísmo (2007-2017), una desfase entre la palabra y el hecho. Hoy el Ejecutivo, además de no poseer recursos para administrar el Estado, por esa descomunal deuda que heredó de Correa, que según cifras oficiales asciende a $ 41.893 millones. (Telégrafo, 2017), detenta una masa de burócratas resistentes al cambio. Por tanto los ajustados recursos que quedan deben canalizarse en una adecuada política de gasto público, entre la que figura la contratación de software.

 

Es un hecho que las cosas materiales generadas en una sociedad capitalista, entran a la vorágine del libre mercado y las competencias. Pero esto no pasa con el conocimiento y la información, el uso y disfrute de estos no disminuyen su valor, en el caso del Software Libre y su filosofía el compartir conocimiento no es robar como lo han pretendido hacer valer el lobby del software propietario y los defensores de los derechos de autor. Los bienes de conocimiento  —por ejemplo un libro—, no tienen competencia en su tema, de ahí que el artilugio que se usa es el de “escasez” o edición limitada, para asegurar que el precio de mercado tenga sustento.

 

Con la necesidad de Software Libre no hablamos de dos máquinas instaladas Ubuntu o “ampliar el acceso a Internet móvil” como fue uno de los ofrecimientos de campaña del hoy Primer Mandatario. Campaña en la que además hablaba de la importancia de democratizar el acceso al conocimiento, poniendo a disposición de la sociedad las infraestructuras que hacen posible el uso libre y gratuito de Internet, impulsar el uso del software libre en el Estado y sociedad (Universo, 2017). Palabras más, palabras menos, lo que importa ahora es que no queden en simples propuestas.

 

Recordemos que en esta década (2007-2017) se ha mantenido intacto el modelo de adjudicación, a las grandes corporaciones y sus representantes en Ecuador, Microsoft y otros emporios tecnológicos siguen llevándose grandes “tajadas” de los contratos públicos en las principales carteras de Estado, así como también en la educación pública. Un informe realizado por Fundación Aldhea en conjunto con la Asociación de Software Libre del Ecuador (ASLE) titulado “Software Libre en Ecuador: la necesidad de pasar del discurso a la práctica” arroja una cifra preocupante —por usar un término suave— entre 2009 y 2016 sumaron 683 millones de dólares, es decir 84.77% del total de compras en software del Estado (Aldhea, 2017), y de esta cantidad fueron beneficiadas solamente 12 empresas. Sí, es una cifra impresentable y escandalosa.

 

Pese a que la Ley Orgánica de Educación Superior en 2010, estableció como obligatorio el uso de programas y licencias Open Source para todas las universidades públicas, en estas se sigue usando software privativo, son pocos los casos que en estos diez años, han migrado al uso de Software Libre. Según cifras de la ex Secretaria de la Administración Pública estas entidades mencionadas a continuación bordean el 80% del porcentaje de migración. El Ministerio del Trabajo, el Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades, El Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador, Ministerio de Educación, el ex Ministerio Coordinador de Talento Humano y Conocimiento, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Agencia de Regulación y Control del Agua, Secretaría Nacional del Agua, Instituto Antártico Ecuatoriano, Ministerio del Interior. (SNAP, 2016). En estos casos las personas que han presionado para que se de esta migración han demostrado su compromiso con la cultura del Software Libre y, sobre todo, con el país, ahorrándole al Estado miles de dólares. ¿Pero y las demás instituciones? ¿Es mucho más cómodo esperar sentado la “asistencia” técnica de una multinacional? Comprar máquinas HP que incluyan licencias del sistema operativo Windows o usar Microsoft Exchange en lugar de Zimbra, esas prácticas distan mucho de estar en una época de austeridad.

 

Tensionando el pasado

 

En Ecuador existen acuerdos no escritos entre las grandes empresas que se reparten el mercado de ser proveedor del Estado, ejerciendo monopolios sectoriales, en un espejismo de falsa competencia que impide que las nuevas empresas, principalmente PyMES entren a disputar nuevos mercados con Software Libre.

 

Para Lenín Moreno una buena forma de desmarcarse de su predecesor es abrir el debate, obligar a las instituciones a fortalecer el repositorio de código fuente minka.gob.ec, que incluye foros de discusión y mecanismos de versionamiento. Proponer consultas vinculantes en materia de Economía Colaborativa[1]. El Estado como instrumento de reorganización social es una arma demasiado potente como para privarla de todo componente participativo que permita trazar la cancha de lo que es público, común y privado.

 

El actual momento político que vive el país, abre un horizonte en que se pueda modificar estas viejas estructuras, promover el uso e implementación de Software Libre en los sistemas y equipamientos informáticos de la administración pública, definir una normativa de utilización de estándares abiertos, la reutilización del software y el uso preferencial de programas navegadores como medios de acceso. Fortalecer el Gobierno Abierto para que las/los jóvenes puedan participar y hacer sus propuestas de gobierno y mejorar así las instituciones.

 

En otras palabras, la apuesta por la descentralización del Estado en materia de software y TICs, nos compete a todas/os; el software y las nuevas tecnologías de la información deben estar para el beneficio social y no al revés. El apoyo mutuo como consigna que nos obligue a replantear la socialización de los medios de producción, analógicos y digitales, por una verdadera revolución que reivindique las cuatro libertades esenciales (Stallman, 2004)

  • Libertad de usar el programa como desees.
  • Libertad de estudiar el código fuente del programa y realizar cambios.
  • Libertad de distribuir
  • Libertad de mejorar el programa, hacer públicas esas mejoras.

 

El conocimiento debe ser libre, abierto, horizontal y accesible a todas las personas, en ese sentido, El Ecuador debe devenir en una nueva restructuración y normativa en cuanto al uso y cumplimiento del Software Libre que defina estrategias y planes de acción que permitan la emancipación de los mismos proveedores de siempre, apoyarse en las asociaciones y grupos de que han venido trabajando en el tema, la experiencia de otras latitudes es primordial para la ejecución. En la región, Argentina es un buen referente. Leandro Monk, Presidente de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo de Tecnología, Innovación y conocimiento (Facttic) que está formada por 22 cooperativas de trabajo tecnológicas, asegura que su país ha tenido un giro en la lógica del funcionamiento de la economía, ya que no se busca maximizar el capital privado a costa del Estado, por el contrario se busca resolver necesidades comunes. (Mok, 2017)

 

El desafío es decretar de manera urgente el uso de plataformas libres y de esa manera reducir considerablemente los gastos del Estado en materia de licenciamiento; generando además encadenamientos productivos que beneficien las economías locales.

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Bibliografía

-Aldhea. (10 de Julio de 2017). La necesidad de pasar del discurso a la práctica. Retrieved 06 de Agosto de 2017 from Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos (ALDHEA): http://aldhea.org/software-libre-en-ecuador-la-necesidad-de-pasar-del-discurso-a-la-practica/

-Universo. (15 de enero de 2017). El Universo. Retrieved domingo 6 de agosto de 2017 from ¿Qué proponen los candidatos en Ecuador sobre Internet y TICs?: www.eluniverso.com/noticias/2017/01/15/nota/6000490/que-proponen-candidatos-ecuador-sobre-internet-tics

-Telégrafo. (28 de julio de 2017). El Telégrafo. Retrieved 06 de agosto de 2017 from Presidente: “Tenemos que mirar hacia adelante y superar la crisis” : http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/economia/8/lenin-moreno-transparenta-las-finanzas-publicas

-SNAP. (2016). Secreatría de la Administración Pública. From Software Libre y Software Público: http://www.administracionpublica.gob.ec/software-libre-y-software-publico/

-Stallman, R. (2004). Software libre para una sociedad libre. Madrid: Traficantes de Sueños.

-Mok. (29 de mayo de 2017). Cooperativismo y software libre experiencia en Argentina. Retrieved 05 de agosto de 2017 from https://www.youtube.com/watch?v=Sqeq1nIUvxY

[1] Este nuevo concepto es usado para englobar una serie de aspectos como son: Cultura Libre, Software Libre, Creative Commons, Consumo Alternativo, P2P, etc.

Jean-Claude Michéa, intelectual de los «chalecos amarillos

Por Yoann Duval

Le loup dans la bergerie. Droit, liberalismo et vie commune (Ed. Climats, 2018)

[El lobo en el aprisco. Derecho, liberalismo y vida común]

Los «cuerpos constituidos» [denominación en Francia de los organismos constitucionales] no son los únicos que se han estremecido a causa de los  chalecos amarillos. En los círculos serenos de las justas intelectuales, la consternación se debate con el júbilo tras cinco semanas de movilización, y este juego de pendencias le encanta, tal parece, al filósofo Jean-Claude Michéa. El ensayista recluido hoy en su granja de las Landas se ha convertido – a imagen de la filósofa belga Chantal Mouffe para «Nuit debout» – en el pensador de un movimiento tan heteróclito como contradictorio. Nacido en 1950, catedrático de Filosofía, gran lector de George Orwell, Jean-Claude Michéa fustiga de libro en libro a la «intelligentsia» progresista que, desde hace una treintena de años se ha alejado del pueblo. De Impasse Adam Smith a Complexe d’Orphée, su obra exalta la «decencia común» de las clases populares. .

Su última obra, escrita antes de la insurrección de los «chalecos amarillos», recoge los discursos dispersos  – dirán algunos que desde las franjas más reaccionarias de la derecha hasta sus amigos de antaño de la izquierda revolucionaria – y analiza las derivas de un sistema que no pisa tierra, alejado de «los que no son nada». Como admirador de George Orwell, Michéa se hace eco de reividicaciones concretas a golpe de referencias eruditas que tienen todas por objeto señalar la lenta y, según él, según él, inexorable deriva de la izquierda hacia el liberalismo e incluso hacia el macronismo.

De libro en libro, Michéa denuncia invariablemente la traición de la izquierda a sí misma. Esta traición se habría llevado a cabo, en su opinión, a partir del momento en que los «progresistas», apartándose del «pueblo», se preocuparon exclusivamente de las «minorías», identificándose con los «derechos humanos».

La adhesión de la izquierda a la vertiente política del liberalismo equivale por otro lado para Michéa a una rendición ante el liberalismo económico. Las reivindicaciones que el pensador de inamovible gorrito de lana plantea en este nuevo libro son sencillas: alimentarse, tener un techo, circular, ejercer una profesión … con toda «libertad». Todo se sucede hoy como si la «República de las pasiones tristes» no permitiera ya el ejercicio pleno de los derechos elementales.

Jean-Claude Michéa establece una doble conclusión con apariencia de profecía. Por un lado, apela al despertar de un movimiento que se diga «autónomo»: este despertar debería llevarse a cabo en oposición a los partidos progresistas que habrían olvidado la lucha social en beneficio del combate en favor de las minorías, para que se actúe por fin respondiendo a los apremios de las clases populares. Por otro lado, ofrece una llamada de atención a las élites globalizadas con el fin de que no descuiden más la angustia que carcome a esos ciudadanos olvidados. En otros términos, Michéa, como libertario decepcionado, acaricia la esperanza de que el «aprisco humano» se defienda finalmente de las garras del lobo, que para él es el capitalismo sin control.

¿Son precisamente los «chalecos amarillos» los salvadores del «aprisco humano»? Han sorprendido a todos los comentaristas, pues han surgido de la «base». Su indignación y su «inventiva», comme la califica Michéa a propósito del movimiento en una carta abierta a la página digital de Les Amis de Bartlebyy Les Crises, han encontrado un relevo en los canales no institucionalizados, las redes sociales. Sin duda se trata, en Francia, de la primera  insurrección Facebook.

Sin embargo, atempera enseguida el autor, «los lazos débiles sobre los que se apoyan estas redes hacen difícil, por no decir imposible, la institutionalización de nuevos valores o de formas políticamente duraderas». Hay que tener en cuenta asimismo la ambigúedad constitutiva del uso político de Internet que «pertenece con mayor frecuencia a las nuevas clases medias de las metrópolis». Entonces, ¿no está ya la izquierda en condiciones de concebir el sufrimiento y traducirlo en reformas concretas?

De este libro de Michéa surgen varias cuestiones esenciales, que van a sobrevivir a la probable desecación del movimiento de los «chalecos amarillos»: ¿Cómo rehacer Francia? ¿Cómo apagar los fuegos de la cólera, que por todas partes parpadean sobre las barricadas y en las rotondas ?¿Cómo volver a insuflar «subjetividad humana», como dice el autor, en un mundo en el que las decisiones las toman máquinas «axiológicamente neutras», dicho de otro modo, neutras desde el punto de vista de los valores?

Nuestra civilización, que el cineasta denomina «cibernética», reinaría sin compartir sobre nuestras economías mercantiles, privando totalmente de espacio político a un auténtico proyecto de alternativa por la izquierda. Bien conocido por su sensibilidad anarquista, Michéa propone aquí, pues, una lectura solidaria de un movimiento ambiguo. Su libre se asemeja, en resumidas cuentas, a la pira de un hombre de izquierda contra la izquierda, lo que vuelve el conjunto del empeño algo tan equívoco como las fuerzas que exalta.

periodista y fundador de la agencia Troisième Heure, ha trabajado en diarios como ‘Libération’, ‘Le Point’ y ‘Le Journal du Dimanche’, y colabora en diversos medios franceses.

Fuente: L´Express

Traducción: Lucas Antón / sinpermiso.info

Christophe Guilluy: «Con los chalecos amarillos, parece que las élites descubren a una tribu del Amazonas»

Por Eric Bonet

Entrevistamos al geógrafo Christophe Guilluy, teórico de la Francia periférica y de la fractura entre las élites y las clases populares.

 

El movimiento de los chalecos amarillos marcará un antes y un después en el mandato de Emmanuel Macron. Surgida a mediados de noviembre, esta movilización transversal mantiene su pulso con el joven presidente francés tras un aumento en el número de manifestantes el pasado 5 de enero. Y este sábado tendrá lugar el noveno fin de semana de protestas. Los chalecos amarillos sorprendieron por su carácter espontáneo y conflictivo. No obstante, la profunda fractura entre las élites francesas y las clases populares había sido descrita desde hacía años por el geógrafo y sociólogo Christophe Guilluy (Montreuil, 1964).

Curiosamente, la publicación del último libro de este polémico ensayista, No society. El fin de la clase media occidental, coincidió con la emergencia del movimiento de los chalecos amarillos. Fracturas francesas, Francia periférica, Crepúsculo de los de arriba… Los títulos de los anteriores ensayos de Guilluy ya habían fijado los conceptos que explican la crisis social y política en Francia y en otras democracias occidentales.

«Los chalecos amarillos representan el grito del pueblo que clama: existimos. No hemos desaparecidos», asegura Guilluy a Público. Durante una extensa entrevista de más de una hora y media en un café en la Plaza de la República, en el corazón del París antaño popular, ahora víctima de la gentrificación, reivindica la victoria cultural de los chalecos amarillos: «Han conseguido que muchos entiendan que el pueblo existe en Francia, de la misma forma que hay un pueblo en Reino Unido, España o Estados Unidos».

Mientras que los sindicatos y partidos de izquierda no lograron frenar las reformas neoliberales de Macron, la marea amarilla sí que obligó al joven dirigente a ceder por primera vez en su mandato. El gobierno francés renunció a aumentar los impuestos sobre el combustible y aprobó una serie de medidas, valoradas en 10.000 millones de euros, para calmar el malestar, como un aumento de 100 euros de los ingresos de aquellos que cobran los salarios más bajos o una disminución de las cotizaciones sociales para las pensiones de menos de 2.000 euros.

Sin embargo, según Guilluy, «los logros sociales no son lo más importante, sino que hemos comprendido que el pueblo no ha desaparecido y que este ya no vive en las grandes ciudades ni en el mismo lugar que las instituciones. Por primera vez en la historia, las clases populares ya no residen allí donde se crea la riqueza y los puestos de trabajo». En definitiva, los chalecos amarillos son la cristalización de la Francia periférica.

El espejo de la Francia periférica

Según este mediático geógrafo francés, hay una dicotomía entre la Francia periférica y las metrópolis francesas (París, Lyon, Toulouse, Marsella, Burdeos, etc). Mientras que las grandes ciudades concentran la creación de la riqueza y son las zonas mejor integradas en la economía global, los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas resultan las principales perjudicadas de la desindustrialización y del modelo de la globalización neoliberal. «Los habitantes de estos territorios (jóvenes, empleados, campesinos, autónomos o pensionistas) quizás no comparten una consciencia de clase, pero sí la misma percepción de los efectos negativos de la globalización», afirma Guilluy en su obra La France périphérique.

Criticado por simplista y oponer las poblaciones modestas de las grandes ciudades con la de los territorios rurales y periurbanos, el concepto de Francia periférica se ha visto, en cierta forma, corroborado con la emergencia de los chalecos amarillos. Durante la primera jornada de protestas del 17 de noviembre —la más numerosa de todas con cerca de 300.000 manifestantes—, estuvieron más movilizados los territorios rurales menos poblados en contraposición con una movilización claramente inferior en las grandes ciudades.

No obstante, la Francia periférica no es solo el reflejo de las zonas más despobladas, a diferencia de la España vacía descrita por el escritor Sergio del Molino. El concepto de Guilluy aglutina pueblos, ciudades pequeñas y medianas en las que reside el 60% de la población francesa. Tres cuartas partes de los habitantes de estos territorios pertenecen a las clases trabajadoras y populares.

«La población modesta ya no vive en grandes ciudades»

Procedente del departamento de Seine-Saint-Denis, donde se encuentran buena parte de los suburbios en el norte de París, este geógrafo empezó estudiando los barrios más pobres de esta zona. «Entonces, me di cuenta que la mayoría de la población modesta no vive en las grandes ciudades, donde los habitantes pobres de las banlieues solo representan el 7%, sino en pequeñas y medianas ciudades. Constaté que no eran ni campesinos ni habitantes urbanos, más bien una mezcla de los dos», explica Guilluy, que militó en el pasado en el Partido Comunista Francés.

Según Guilluy, los bajos precios inmobiliarios y las escasas oportunidades laborales caracterizan los territorios de la Francia periférica: «Los precios de los inmuebles nos indican quién es importante para el sistema». «El gran problema de los habitantes de estas zonas periféricas es que cuando uno tiene un trabajo en una fábrica o empresa, tendrá grandes dificultades para encontrar otro en el caso en que lo pierda. Las lógicas económicas y sociales hacen que uno ya no pueda desplazarse allí donde se crean los puestos de trabajo», añade.

Secesión de las élites

«Uno de los grandes problemas ahora en Francia es que este país puede vivir únicamente con la riqueza que se crea en París, Lyon, Toulouse, etc. De la misma forma que en España se podría vivir únicamente con la riqueza que se crea en las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid», defiende Guilluy. Este sociólogo lamenta que las élites creyeran que el pueblo iba a desaparecer porque había dejado de vivir en las grandes ciudades globalizadas. «Estas metrópolis se han convertido en las nuevas ciudadelas del siglo XXI, cuyos habitantes no ven lo que sucede allí afuera», señala.

«Cuando apareció el movimiento de los chalecos amarillos tuve la impresión de que las élites (económicas, políticas, mediáticas y culturales) estaban descubriendo a una tribu perdida del Amazonas», asegura Guilluy. Defiende que la virulencia con la que la clase dirigente reaccionó ante la emergencia de este movimiento, tachándolo de racista, homófobo y antidemocrático, se debe a la escisión entre las élites y las clases populares. «Año tras año, las lógicas económicas y geográficas permitieron a las élites separarse del pueblo», explica Guillluy, quien cita al historiador estadounidense Christopher Lasch (autor de La rebelión de las élites y la traición a la democracia), que a finales de los setenta ya empezó a alertar ante la revuelta de las élites.

Esta secesión no es solo el fruto de haber situado a las clases populares en la periferia económica y geográfica, sino también «cultural e intelectual», asevera. Según Guilluy, «No society —esta famosa afirmación de Margaret Thatcher con la que titula su último libro— significa que el pueblo no se ve representado ni por los intelectuales ni universitarios». «Resulta simbólico que los chalecos amarillos hayan recibido un apoyo marginal de las élites de la cultura y del sector del espectáculo», afirma Guilluy, quien recuerda que «una sociedad no es viable sin vínculos entre las clases intelectuales y el pueblo».

El bipartidismo representa «a una clase media que ya no existe»

Casi dos meses después de la emergencia de este movimiento de contestación, Macron sigue sin encontrar la solución a la crisis de los chalecos amarillos. «No hay una toma de consciencia del profundo malestar. Es como si no encontrara ni siquiera el lenguaje para hablar al pueblo», lamenta Guilluy. Este geógrafo explica que se reunió con el actual presidente cuando este ejercía como ministro de Economía. Le mostró el mapa de la Francia periférica y de aquellas zonas con una mayor fragilidad económica. «Me respondió: Tiene usted razón. Pero mi método consiste en mejorar el crecimiento de las grandes ciudades y de las grandes empresas. Si progresan los primeros de la cordada, lo hará el resto», explica.

«Toda la tecnocracia francesa y europea defiende esta misma idea», lamenta Guilluy respecto al apoyo de las élites a la teoría neoliberal del goteo. «¿Por qué? Porque ellos han sacralizado la economía y piensan que todo depende de ella». Según Guilluy, que apuesta por favorecer el desarrollo de la economía y las instituciones locales e introducir algunas medidas proteccionistas, «es evidente que el modelo neoliberal es insostenible desde un punto de vista social y político».

Una inestabilidad política que se ve reflejada en la crisis de los partidos tradicionales. «Las formaciones políticas fueron concebidas para representar a una clase media que ya no existe. Resulta bastante simbólico ver que el electorado que le queda a la derecha republicana o al Partido Socialista en Francia son los herederos de esta clase media. Por un lado, los jubilados (derecha); por el otro, los funcionarios (PS)», explica.

Dificultades de Podemos

Guilluy también responsabiliza a la izquierda de esta fractura entre las élites y el pueblo. «Seguí con gran interés la aparición de Podemos y creí que había una profunda reflexión sobre la necesidad de restablecer un vínculo entre las clases intelectuales y el pueblo. Pero no lo han conseguido», lamenta. Según este geógrafo, en el partido morado se ha producido un «encierre cultural y geográfico, lo que nos muestra la dificultad de la reconciliación».

«Pienso que muchos de los responsables de Podemos no supieron abandonar sus reflejos de intelectuales de izquierdas y entender que hacía falta restablecer vínculos con las clases populares en lugar de apostar por el eje izquierda-derecha», afirma Guilluy. Considera que la formación morada ha caído prisionera de sus propios votantes: «Uno de los motivos de las dificultades de la izquierda es que se ha vuelto demasiado caricatural respecto a su electorado, formado por estudiantes universitarios, intelectuales y clases medias superiores. Mayoritariamente son personas que viven en las grandes ciudades y al final uno necesita hablar a sus votantes para existir».

No obstante, según Guilluy, «no tenemos que realizar un trabajo de reeducación del pueblo, sino de las élites. Debemos acercarnos al pueblo».