La crítica de la democracia burguesa en Rosa Luxemburg

Por Michael Löwy

Nota de edición: En su discusión sobre la democracia, Rosa Luxemburg se separa del optimismo fácil de la religión del progreso democrático: la ilusión en una democratización creciente de las sociedades “civilizadas”. Su posición es poco conocida y a menudo olvidada.

*

Son conocidas la defensa de la democracia socialista y la crítica a los bolcheviques en el folleto de Rosa Luxemburg sobre la Revolución Rusa (1918). Lo que es menos conocido, y a menudo olvidado, es su crítica de la democracia burguesa, sus límites, sus contradicciones, su carácter limitado y mezquino. Intentaremos seguir este argumento crítico en algunos de sus escritos políticos, sin ninguna pretensión de exhaustividad.

Debemos partir, para esta discusión, de ¿Reforma o revolución? (1898), uno de los textos fundadores del socialismo revolucionario moderno, en que esta problemática es abordada de un modo más intenso. Este brillante ensayo, obra de una joven casi desconocida en la época, es una síntesis única entre la pasión revolucionaria y la racionalidad discursiva; sembrado de destellos de ironía y de intuiciones fulminantes, sigue teniendo, más de un siglo después, una sorprendente actualidad. Pero no está libre de fallas; ante todo, en la polémica económica con Bernstein, donde se despliega una suerte de fatalismo optimista: la creencia en la inevitabilidad del derrumbe (Zusammenbruch) económico del capitalismo. Dicho sea de paso, es una opinión que se encuentra aún en nuestros días en cantidad de marxistas que anuncian que la actual crisis financiera del capitalismo es “la última” y significa la decadencia definitiva del sistema… Me parece que Walter Benjamin, que conoció la Gran Crisis de 1929 y sus secuelas, formuló la conclusión más pertinente sobre este terreno: “La experiencia de nuestra generación: el capitalismo no morirá de muerte natural” (Benjamin, 2000: 681).

Entretanto, en su discusión sobre la democracia, Rosa Luxemburg se separa del optimismo fácil de la religión del progreso democrático –la ilusión en una democratización creciente de las sociedades “civilizadas” – dominante en su época, tanto entre los liberales como entre los socialistas; ese es, por lo demás, uno de los puntos fuertes de su argumento. Por otro lado, en su análisis de la democracia burguesa, no se encuentra trazo alguno de economicismo; se manifiesta aquí, en toda su fuerza, lo que Lukács llamaba (1923) el principio revolucionario en el terreno del método: la categoría dialéctica de totalidad (Lukács, 1960: 48). La cuestión de la democracia es abordada por Rosa Luxemburg desde la perspectiva de la totalidad histórica en movimiento, donde economía, sociedad, lucha de clases, Estado, política e ideología son momentos inseparables del proceso concreto.

Dialéctica del Estado burgués

El análisis eminentemente dialéctico del Estado burgués y sus formas democráticas por parte de Rosa Luxemburg le permite a esta escapar tanto de las aproximaciones social-liberales (¡Bernstein!), que niegan su carácter burgués, como de las de un cierto marxismo vulgar que no toma en cuenta la importancia de la democracia. Fiel a la teoría marxista del Estado, Rosa Luxemburg insiste sobre su carácter de “Estado de clase”. Pero añade inmediatamente: “hay que tomar esta afirmación, no en un sentido absoluto y rígido, sino en un sentido dialéctico”. ¿Qué quiere decir esto? Por un lado, que el Estado “asume sin duda funciones de interés general en el sentido del desarrollo social”; pero, al mismo tiempo, no lo hace sino “en la medida en que el interés general y el social coinciden con los intereses de la clase dominante”. La universalidad del Estado se ve, entonces, severamente limitada y, en una medida amplia, negada por su carácter de clase (Luxemburg, 1978a: 39).

Otro aspecto de esta dialéctica es la contradicción entre la forma democrática y el contenido de clase: “las instituciones formalmente democráticas no son, en cuanto a su contenido, otra cosa que instrumentos de los intereses de la clase dominante”. Pero ella no se limita a esta constatación, que es un locus clásico del marxismo; no solo no desprecia Luxemburg la forma democrática, sino que muestra que dicha forma puede entrar en contradicción con el contenido burgués: “Existen pruebas concretas de esto: en el momento en que la democracia tiene la tendencia a negar su carácter de clase y a transformarse en instrumento de verdaderos intereses del pueblo, las propias formas democráticas son sacrificadas por la burguesía y por su representación de Estado” (ibíd.: 43). La historia del siglo XX está atravesada de un extremo al otro por ejemplos de ese género de “sacrificio”, desde la Guerra Civil Española hasta el golpe de Estado de 1973 en Chile; no son excepciones, sino antes bien la regla. Rosa Luxemburg había previsto en 1898, con una agudeza impresionante, lo que habría de pasar a lo largo de todo el siglo siguiente.

A la visión idílica de la historia como “Progreso” ininterrumpido, como evolución necesaria de la humanidad hacia la democracia y, sobre todo, al mito de una conexión intrínseca entre capitalismo y democracia, ella opone un análisis sobrio y sin ilusiones de la diversidad de regímenes políticos:

El desarrollo ininterrumpido de la democracia que el revisionismo, siguiendo el ejemplo del liberalismo burgués, toma por ley fundamental de la historia humana, o al menos de la historia moderna, se revela, cuando se lo examina de cerca, como un espejismo. No es posible establecer relaciones universales y absolutas entre el desarrollo del capitalismo y la democracia. El régimen político es en cada ocasión el resultado del conjunto de factores políticos, tanto internos como externos; dentro de esos límites, presenta todos los diferentes grados de la escala, desde la monarquía absoluta hasta la república democrática (ibíd.: 67 y s.).

Lo que ella no podía prever es, claro, el surgimiento de formas de Estado autoritarias aún peores que las monarquías: los regímenes fascistas y las dictaduras militares que se desarrollaron en los países capitalistas –tanto del centro como de la periferia– a lo largo de todo el siglo XX. Pero ella tiene el mérito de ser una de las escasas figuras, en el movimiento obrero y socialista, que desconfiaron de la ideología del Progreso (con una “P” mayúscula), común a los liberales burgueses y a una buena parte de la izquierda, y que pusieron en evidencia la perfecta compatibilidad del capitalismo con formas políticas radicalmente antidemocráticas.

Bernstein, partidario convencido de la ideología del Progreso, cree en una evolución irreversible de las sociedades modernas hacia más democracia y, por qué no, hacia más socialismo. Ahora bien, Rosa Luxemburg observa que “el Estado, es decir, la organización política, y las relaciones de propiedad, es decir, la organización jurídica del capitalismo, se tornan cada vez más capitalistas, y no cada vez más socialistas” (ibíd.: 43). Puede verse, una vez más, que la oposición entre la izquierda y la derecha en la Socialdemocracia corresponde al antagonismo entre la fe en el Progreso ineluctable de los países “civilizados” y la apuesta por la revolución social.

No solo no existe una afinidad particular entre la burguesía y la democracia, sino que a menudo es en lucha contra esta clase que tienen lugar los avances democráticos:

En Bélgica, en fin, la conquista democrática del movimiento obrero, el sufragio universal, es un efecto de la debilidad del militarismo y, en consecuencia, de la situación geográfica y política particular de Bélgica y, sobre todo, ese “bocado de democracia” es adquirido, no por la burgue­sía, sino contra ella (ibíd.: 67).

¿Se trata solo del caso de Bélgica, o más bien de una tendencia histórica general? Rosa Luxemburg parece inclinarse por la segunda hipótesis y considerar que la única garantía para la democracia es la fuerza del movimiento obrero:

El movimiento obrero socialista es hoy en día el único soporte de la democracia; no existe otro. Se verá que no es la suerte del movimiento socialista la que está ligada a la democracia burguesa, sino, inversamente, que la suerte de la democracia está ligada al movimiento socialista. Se constatará que las oportunidades de la democracia no están ligadas al hecho de que la clase obrera renuncia a la lucha por su emancipación, sino, al contrario, al hecho de que el movimiento socialista sea lo bastante poderoso para combatir las consecuencias reaccionarias de la política mundial y de la traición de la burguesía.

Aquel que desee el fortalecimiento de la democracia deberá desear igualmente el fortalecimiento, y no el debilitamiento, del movimiento socialista; renunciar a la lucha por el socialismo es renunciar, al mismo tiempo, al movimiento obrero y a la propia democracia (ibíd.: 70).

En otros términos, la democracia es, a ojos de Rosa Luxemburg, un valor esencial que el movimiento socialista debe poner a salvo de sus adversarios reaccionarios, entre los cuales se encuentra la burguesía, siempre dispuesta a traicionar sus proclamas democráticas si sus intereses lo exigen. Hemos visto anteriormente ejemplos de esta sobria constatación. ¿Qué quiere decir la referencia a las “consecuencias reaccionarias de la política mundial”? Se trata, sin duda, de una referencia a las guerras imperialistas y/o coloniales, que no dejarán de reducir o suprimir los avances democráticos de los países en conflicto. Volveremos luego sobre esta problemática.

La sorprendente afirmación según la cual la suerte de la democracia está ligada a la del movimiento obrero y socialista ha sido también confirmada por la historia de las décadas siguientes: la derrota de la izquierda socialista –a causa de sus divisiones, de sus errores o de su debilidad– en Italia, en Alemania, en Austria, en España ha conducido al triunfo del fascismo, con el apoyo de las principales fuerzas de la burguesía, y a la abolición de toda forma de democracia, durante largos años (en España, durante décadas).

La relación entre el movimiento obrero y la democracia es eminentemente dialéctica: la democracia tiene necesidad del movimiento socialista, y vicecersa; la lucha del proletariado tiene necesidad de la democracia para desarrollarse:

La democracia es quizás inútil, o incluso molesta para la burguesía hoy en día; para la clase trabajadora, es necesaria e incluso indispensable. Es necesaria porque crea las formas políticas (autoadministración, derecho al sufragio, etcétera) que servirán al proletariado de trampolín y de apoyo en su lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad burguesa. Pero es también indispensable porque solo luchando por la democracia y ejerciendo sus derechos tomará conciencia el proletariado de sus intereses de clase y de sus misiones históricas (ibíd.: 76).

La formulación de Rosa Luxemburg es compleja. En un primer momento, ella parece afirmar que es gracias a la democracia que la clase trabajadora puede luchar para transformar la sociedad. ¿Querría decir eso que, en los países no democráticos, esta lucha no es posible? Al contrario, insiste la revolucionaria polaca; es en la lucha por la democracia que se desarrolla la conciencia de clase. Ella piensa sin duda en países como la Rusia zarista –comprendida en ella Polonia–, donde la democracia aún no existe, y donde la conciencia revolucionaria se despierta precisamente en el combate democrático. Es lo que se vería pocos años más tarde, en la revolución rusa de 1905. Pero ella también piensa, probablemente, en la Alemania Guillermina, donde la lucha por la democracia estaba lejos de hallarse concluida y encuentra en el movimiento socialista a su principal sujeto histórico. En todo caso, lejos de despreciar las “formas democráticas”, que distingue de su instrumentación y manipulación burguesas, ella asocia estrechamente el destino de aquellas al del movimiento obrero.

¿Cuáles son, entonces, las formas democráticas importantes? En 1898, ella menciona sobre todo tres: el sufragio universal, la república democrática, la autoadministración; más tarde –por ejemplo, a propósito de la Revolución Rusa en 1918–, ella agregará las libertades democráticas: libertad de expresión, de prensa, de organización. ¿Y qué del Parlamento? Rosa Luxemburg no rechaza la representación democrática en cuanto tal, pero desconfía del parlamentarismo en su forma actual: lo considera “un instrumento específico del Estado de clase burgués; un medio para hacer que maduren y se desarrollen las contradicciones capitalistas” (ibíd.: 43). Ella volverá sobre este debate pocos años más tarde, en artículos polémicos contra Jaurès y los socialistas franceses, a los que ella acusa de querer llegar al socialismo pasando por el “pantano apacible […] de un parlamentarismo senil” (Luxemburg, 1971b: 223). La degradación de esta institución se revela en la sumisión al poder ejecutivo: “La idea, en sí misma racional, de que el gobierno no debe dejar de ser el instrumento de la mayoría de la representación popular, es transformado en su contrario por la práctica del parlamentarismo burgués, a saber: la dependencia servil de la representación popular respecto de la supervivencia del gobierno actual” (ibíd.: 228). Ella saluda, en este contexto, a los socialistas revolucionarios franceses, que comprendieron que la acción legislativa en el Parlamento –útil para arrebatar algunas leyes favorables para los trabajadores– no puede sustituir a la organización del proletariado para conquistar, a través de medios revolucionarios, del poder político.

Reaparecen argumentos análogos en un ensayo de 1904 sobre “La Socialdemocracia y el parlamentarismo”. Con la ironía mordaz que torna tan eléctricas sus polémicas, ella cuestiona el “cretinismo parlamentario”, es decir, la ilusión según la cual el parlamento es el eje central de la vida social y la fuerza motriz de la historia universal. La realidad es totalmente diferente: las fuerzas gigantescas de la historia mundial actúan muy bien fuera de las cámaras legislativas burguesas. Lejos de ser el producto absoluto del Progreso democrático, el parlamentarismo es una forma histórica determinada de la dominación de clase burguesa. Al mismo tiempo, en un movimiento dialéctico –Rosa Luxemburg cita a Hegel–, con el ascenso del movimiento socialista, el Parlamento puede devenir en “uno de los instrumentos más poderosos e indispensables de la lucha de clases” obrera, en cuanto tribuna de las masas populares; un lugar de agitación para el programa de la revolución socialista. Pero no se podrá defender eficazmente la democracia, y al propio Parlamento, contra las maquinaciones reaccionarias sino a través de la acción extraparlamentaria del proletariado. La acción directa de las masas proletarias “en la calle” –por ejemplo, bajo la forma de la huelga general– es la mejor defensa de cara a las amenazas que pesan sobre el sufragio universal. En suma, el desafío, para los socialistas, es convencer a “las masas trabajadoras de que cuenten cada vez más con sus propias fuerzas y su acción autónoma y de que ya no consideren las luchas parlamentarias como el eje central de la vida política” (Luxemburg, 1978c: 25, 29, 34-36). Volveremos sobre esto.

Las contradicciones de la democracia burguesa: militarismo, colonialismo

Las democracias burguesas “realmente existentes” se caracterizan por dos dimensiones profundamente antidemocráticas, estrechamente ligadas: el militarismo y el colonialismo. En el primer caso, se trata de una institución, el ejército, de carácter jerárquico, autoritario y reaccionario, que constituye una suerte de Estado absolutista en el seno del Estado democrático. En el segundo, se trata de la imposición, por la fuerza de las armas, de una dictadura a los pueblos colonizados por los imperios occidentales. Como recuerda Rosa Luxemburg en ¿Reforma o revolución?, su carácter de clase obliga al Estado burgués, incluso democrático, a acentuar cada vez más su actividad coercitiva en dominios que solo sirven a los intereses de la burguesía: “a saber, el militarismo y la política aduanera y colonial” (Luxemburg, 1978a: 42). La denuncia de esta “actividad coercitiva”, militarista e imperialista, será uno de los ejes de la crítica de Rosa Luxemburg al Estado burgués.

Desde el punto de vista capitalista,

el militarismo actualmente se ha vuelto indispensable desde tres puntos de vista: 1) sirve para defender intereses nacionales en competencia contra otros grupos nacionales; 2) constituye un dominio de inversión privilegiado, tanto para el capital financiero como para el capital industrial; y 3) le es útil en el interior para asegurar su dominación de clase sobre el pueblo trabajador […]. Dos rasgos específicos caracterizan al militarismo actual: primero, su desarrollo general y concurrente en todos los países; se diría que se ve impulsado a crecer por una fuerza motriz interna y autónoma: fenómeno desconocido todavía hace algunas décadas; segundo, el carácter fatal, inevitable de la explosión inminente, aunque se ignoren tanto la ocasión que la desencadenará como los Estados que serán afectados en primera instancia, el objeto del conflicto y todas las demás circunstancias (ibíd.: 41).

Como se ve, Rosa Luxemburg había previsto, en 1898, una guerra mundial suscitada por la competencia entre potencias capitalistas nacionales y por la dinámica incontrolable del militarismo. Es una de esas intuiciones fulgurantes que atraviesan el texto de ¿Reforma o revolución?, aun cuando, desde luego, ella no podía prever las “circunstancias” del conflicto.

Militarismo en el plano interno y expansión colonial en el externo están estrechamente ligados y conducen a una decadencia, una degradación, una degeneración de la democracia burguesa:

A causa del desarrollo de la economía mundial, del agravamiento y la generalización de la competencia por el mercado mundial, el militarismo y la supremacía naval, instrumentos de la política mundial, se han convertido en un factor decisivo de la vida exterior e interior de los grandes Estados. Entretanto, si la política mundial y el militarismo representan una tendencia ascendente de la fase actual del capitalismo, la democracia burguesa debe ahora lógicamente entrar en una fase descendente. En Alemania, la era de los grandes armamentos, que data de 1893, y la política mundial inaugurada por la toma de Kiao-chou han tenido como compensación dos sacrificios pagados por la democracia burguesa: la descomposición del liberalismo y el pasaje del Partido de Centro desde la oposición al gobierno (ibíd.: 69).

A lo largo del siglo XX, habría de asistirse a otros “sacrificios” de la democracia, exigidos por el militarismo –tanto en Europa (España, Grecia) como en América Latina– mucho más graves y dramáticos que los ejemplos aquí citados. Sin embargo, el análisis de Rosa Luxemburg es más amplio: ella se da cuenta de que el peso creciente del ejército en la vida política de las democracias burguesas se deriva, no solo de la competencia imperialista, sino también de un factor interno a las sociedades burguesas: la escalada de las luchas obreras. En un artículo antimilitarista de 1914, ella pone en evidencia dos tendencias profundas que fortalecen la preponderancia de las instituciones militares en los Estados burgueses.

Esas dos tendencias son, por un lado, el imperialismo, que conlleva un aumento masivo del ejército, el culto de la violencia militar salvaje y una actitud dominante y arbitraria del militarismo de cara a la legislación; por el otro, el movimiento obrero, que conoce un desarrollo igualmente masivo, acentuando los antagonismos de clase y provocando la intervención cada vez más frecuente del ejército contra el proletariado en lucha (Luxemburg, 1978d: 41).

Esta “violencia militar salvaje” se ejerce, en el cuadro de las políticas imperialistas, ante todo sobre los pueblos colonizados, sometidos a una brutal opresión que no tiene nada de “democrática”. La democracia burguesa produce, en su política colonial, formas de dominación autocrática, dictatorial. La cuestión del colonialismo es evocada, pero poco desarrollada en ¿Reforma o revolución? Pero poco después, en un artículo de 1902 sobre la Martinica, Rosa Luxemburg denunciará las masacres del colonialismo francés en Madagascar, las guerras de conquista de los Estados Unidos en Filipinas o de Inglaterra en África; finalmente, las agresiones contra los chinos cometidas, de común acuerdo, por franceses e ingleses, rusos y alemanes, italianos y estadounidenses (cf. Luxemburg, 1970: 250 y s.).

Ella volverá a menudo sobre los crímenes del colonialismo, en particular, en La acumulación del capital (1913). Retomando el hilo de la crítica implacable de la política colonial en el capítulo sobre la acumulación originaria en el volumen I de El capital, ella observa entretanto que no se trata de un momento “inicial”, sino de una tendencia permanente del capital: “Aquí no se trata ya de una acumulación originaria; el proceso continúa hasta nuestros días. Cada expansión colonial va necesariamente acompañada de esta guerra obstinada del capital contra las condiciones sociales y económicas de los indígenas, así como del saqueo violento de sus medios de producción y de su fuerza de trabajo” (Luxemburg, 1990: 318 y s.). De esto se derivan la ocupación militar permanente de las colonias y la represión brutal de sus insurrecciones, cuyos ejemplos clásicos son el colonialismo inglés en la India y el francés en Argelia. De hecho, esta acumulación originaria permanente prosigue hoy en día, en el siglo XXI, con métodos distintos, pero no menos feroces que los del colonialismo clásico.

Rosa Luxemburg menciona también, en La acumulación del capital, el caso concreto de lo que se podría llamar el colonialismo interno de la mayor democracia burguesa moderna, los Estados Unidos: con ayuda del ferrocarril, en el marco de la gran conquista del Oeste, se expulsó y exterminó a los indígenas con armas de fuego, aguardiente y sífilis, y se encerró a los supervivientes, como a bestias salvajes, en “reservas” (cf. ibíd.: 344, 350). Otro ejemplo trágico de las contradicciones de la “democracia burguesa”.

Democracia y conquista del poder: el golpe de martillo de la revolución

Volvamos a ¿Reforma o revolución? para examinar ahora la problemática de la relación entre democracia y conquista del poder. Bernstein y sus amigos “revisionistas” creían en la posibilidad de cambiar la sociedad gracias a reformas graduales, en el marco de las instituciones de la democracia burguesa; ante todo, el Parlamento, donde la Socialdemocracia podría un día tornarse mayoritaria. Por las razones que mencionamos más arriba, Rosa Luxemburg no puede menos que rechazar esta estrategia:

Marx y Engels jamás pusieron en duda la necesidad de conquista del poder político por parte del proletariado. Estaba reservado a Bernstein considerar el estanque de ranas del parlamentarismo burgués como el instrumento llamado a realizar el cambio social más formidable de la historia, a saber: la transformación de las estructuras capitalistas en estructuras socialistas (Luxemburg, 1978a: 77).

Esta conquista revolucionaria del poder será democrática, no porque se realizará en el marco de las instituciones de la democracia burguesa, sino porque será la acción colectiva de la gran mayoría popular: “Es esa toda la diferencia entre los golpes de Estado al estilo blanquista, ejecutados por ‘una minoría activa’, provocados en cualquier momento y, de hecho, siempre de manera inoportuna, y la conquista del poder político por parte de la gran masa popular consciente” (ibíd.: 78).

Continuando su polémica, ella ironiza respecto de la línea reformista de Bernstein y sugiere un argumento capital para justificar la necesidad de una acción revolucionaria:

Fourier había tenido la ocurrencia fantástica de transformar, gracias al sistema de los falansterios, toda el agua de los mares del globo en limonada. Pero la idea de Bernstein de transformar, vertiendo progresivamente botellas de limonada reformistas, el mar de la amargura capitalista en el agua dulce del socialismo, es tal vez más banal, pero no menos fantástica.

Las relaciones de producción de la sociedad capitalista se aproximan cada vez más a las relaciones de producción de la sociedad socialista. Como revancha, sus relaciones políticas y jurídicas erigen, entre la sociedad capitalista y la sociedad socialista, un muro cada vez más alto. Ese muro no solo no será echado por tierra por las reformas sociales ni por la democracia, sino que, al contrario, estas lo reafirman y consolidan. Lo que podrá derribarlo es solo el golpe de martillo de la revolución, es decir, la conquista del poder político por parte del proletariado (ibíd.: 44).

La imagen del “golpe de martillo” hace pensar inmediatamente en la afirmación de Marx en sus escritos sobre la Comuna de París (1871), en los que hace referencia a la necesidad, por parte del proletariado revolucionario, de “quebrar” el aparato de Estado capitalista. La idea es esencialmente idéntica, aun cuando Rosa Luxemburg no cita esos textos de Marx. Ese “golpe de martillo” se torna aún más indispensable cuando se considera el papel creciente del militarismo y del ejército en el sistema político. ¿En qué consiste concretamente? ¿Por qué medios puede realizarse esta conquista del poder? ¿Qué estrategia o táctica revolucionarias propone Rosa Luxemburg? No es un tema desarrollado en ¿Reforma o revolución?, pero aquí y allá ella da a entender que los métodos revolucionarios “clásicos” –la insurrección, las barricadas– no deben ser excluidos. Ahora, no solo los revisionistas, sino también la dirección del Partido Socialdemócrata alemán se refirieron con insistencia al prefacio escrito por Friedrich Engels en 1895 a la reedición de la obra de Marx La lucha de clases en Francia entre 1848 y 1850 (1850); en ese texto, el viejo dirigente parece considerar que esos métodos de lucha se volvieron obsoletos a raíz de los progresos del arte militar –los cañones y los fusiles modernos–, que conceden ventaja al ejército.

De hecho, el texto original de Engels era mucho menos categórico; la versión publicada fue considerablemente “edulcorada” por la dirección del partido (algo que ignoraba Rosa Luxemburg). De hecho, Engels se mostró indignado ante esta manipulación; en una carta a Kautsky del 1° de abril de 1895, escribió: “para mi sorpresa, veo hoy en el Vorwärts un extracto de mi introducción reproducida sin mi consentimiento, y dispuesto de tal manera que aparezco en él como un pacífico adorador de la legalidad a todo precio. Por ende, desearía tanto más que la introducción aparezca sin recortes en Neue Zeit, a fin de que sea borrada esta impresión vergonzosa”. Friedrich Engels murió algunos meses después; el texto íntegro jamás apareció en Neue Zeit ni, por supuesto, en la reedición del libro de Marx. Fue preciso esperar a la Revolución de Octubre para que fuera, por fin, publicado en la década de 1920 (cf. Bottigelli, 1948). He aquí la respuesta de Rosa Luxemburg al argumento “legalista”:

Cuando Engels, en el prefacio a La lucha de clases en Francia, revisaba la táctica del movimiento obrero moderno, oponiendo a las barricadas la lucha legal, no tenía en vita –y cada línea de este prefacio lo demuestra– el problema de la conquista definitiva del poder político, sino el de la lucha cotidiana actual. No analizaba la actitud del proletariado de cara al Estado capitalista en el momento de la toma del poder, sino su actitud en el marco del Estado capitalista. En una palabra, Engels daba las directivas al proletariado oprimido, y no al proletariado victorioso (Luxemburg, 1978a: 75 y s.).

De hecho, su interpretación es muy discutible… ¡No se trata, en Engels, del papel de las barricadas en la “lucha cotidiana actual”! Lo que resulta interesante, en este pasaje, es la actitud de la autora de ¿Reforma o revolución? frente a la cuestión de los métodos de lucha “armada”, “insurreccional”, “ilegal” –métodos tradicionales de las revoluciones, desde 1789 a 1871–, que ella se niega a excluir del arsenal político del proletariado. Ella no estaba equivocada, pues todos los combates revolucionarios del siglo XX, victoriosos o vencidos –las dos Revoluciones Rusas (1905, 1917), la Revolución Mexicana (1910-19), la Revolución Alemana (1918-19), la Revolución Española (1936-37) y la Revolución Cubana (1959-61), para no citar otros ejemplos– hicieron uso de esos métodos “ilegales” y “extraparlamentarios”.

Pero el método revolucionario que cuenta con el favor de Luxemburg es, como se sabe, la huelga de masas, esa “forma natural y espontánea de toda gran acción revolucionaria del proletariado”. De hecho, se trata de un movimiento en el cual se multiplica una gran diversidad de iniciativas de lucha: huelgas económicas y políticas, huelgas de manifestación o de combate, huelgas de masas y huelgas parciales, luchas reivindicativas pacíficas o batallas en las calles, combates de barricadas, “un océano de fenómenos, eternamente nuevos y fluctuantes”. Ciertamente, la huelga de masas “no reemplaza ni vuelve superfluos los enfrentamientos directos y brutales en la calle”; con todo, la experiencia rusa de 1905 muestra que “el combate de barricadas, el enfrentamiento directo con las fuerzas armadas del Estado, no constituye, en la revolución actual, otra cosa que el punto culminante, que una fase del proceso de la lucha de masas proletaria” (Luxemburg, 1976: 127 y s.; 154). El enfrentamiento no es eliminado, sino situado en el “punto culminante” de la lucha, lo que le concede, evidentemente, un papel importante.

Rosa Luxemburg volverá sobre este texto de Engels –en su versión edulcorada por la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán, la única conocida en su época–, que decididamente la incomoda, en su discurso durante el Congreso Fundacional del Partido Comunista Alemán (Spartakusbund) en diciembre de 1918. Esta vez, no se trata de pretender, como en 1898, que la “Introducción” de 1895 no se refiere sino a la “lucha cotidiana actual”: “Con todos los conocimientos de especialistas de que disponía en el dominio de la ciencia militar, Engels les demuestra aquí […] que es perfectamente vano creer que el pueblo trabajador puede hacer revoluciones en las calles y salir victorioso”. Él estaba equivocado, y este documento ha servido, observa ella, para reducir la actividad del Partido exclusivamente al terreno parlamentario. Sin excluir una “utilización revolucionaria de la Asamblea Nacional” como tribuna, ella ve en la toma del poder por parte de los consejos de obreros y soldados, como en Rusia en octubre de 1917, el camino a seguir (cf. Luxemburg, 1978b: 106-108).

Rosa Luxemburg no proporciona recetas; ella apuesta a la inventiva del movimiento revolucionario; se limita a esta sobria constatación: la democracia es indispensable, no porque ella vuelve inútil la conquista del poder político por parte del proletariado; al contrario, ella vuelve necesaria y al mismo tiempo posible esta toma del poder”. Ahora bien, esta conquista del poder pasa por una ruptura institucional, por un proceso radical de subversión, capaz de derribar el muro jurídico y político del Estado capitalista: el “golpe de martillo” de la revolución.

Democracia socialista y democracia burguesa (1918)

No vamos a discutir aquí la cuestión de la democracia en el socialismo, que escapa a nuestra temática; lo que nos interesa aquí es lo que escribe Rosa Luxemburg en su texto sobre la Revolución Rusa a propósito de la democracia burguesa. Es importante subrayar que, en el manuscrito de 1918, la crítica fraternal de los errores de los bolcheviques en el terreno de la democracia no significa de ningún modo la adhesión de Rosa Luxemburg a la democracia burguesa. Se dice explícitamente: la tarea histórica del proletariado es “crear, en lugar de la democracia burguesa, una democracia socialista”. Veamos de más cerca su argumento, en polémica con Trotsky:

“En cuanto marxistas, jamás hemos sido idólatras de la democracia formal” escribe Trotsky. Seguramente, jamás hemos sido idólatras de la democracia formal. Pero tampoco del socialismo y del marxismo; jamás hemos sido idólatras. ¿Se infiere de esto que tengamos el derecho, a la manera de Cunow-Lensch-Parvus, de deshacernos del socialismo o del marxismo cuando nos incomodan? Trotsky y Lenin son la negación viva de esta cuestión.

Jamás hemos sido idólatras de la democracia formal; esto no quiere decir sino una cosa: siempre hemos distinguido el núcleo social de la forma política de la democracia burguesa; siempre hemos desenmascarado el duro núcleo de desigualdad y de servidumbre social que se oculta bajo el dulce envoltorio de la igualdad y de la libertad formales, no para rechazarlo, sino para incitar a la clase obrera a no contentarse con ese envoltorio y, por el contrario, conquistar el poder político a fin de llenarlo de un contenido social nuevo. La tarea histórica que incumbe al proletariado, una vez en el poder, es crear, en lugar de la democracia burguesa, la democracia socialista, y no suprimir toda democracia (Luxemburg, 1971a: 87 y s.).

Rosa Luxemburg retoma aquí la distinción “clásica”, ya formulada en ¿Reforma o revolución?, entre la forma democrática, la igualdad y la libertad formales, y el contenido burgués, la desigualdad y el liberticidio; pero esta vez ella afirma claramente la solución: ni democracia burguesa, ni dictadura de una élite revolucionaria, sino una democracia socialista con un contenido social nuevo.

Rosa Luxemburg había previsto, ya en 1914, “la intervención del ejército contra el proletariado en lucha”. Como se sabe, en enero de 1919, Leo Jogisches, Karl Liebknecht y muchos otros espartaquistas serán asesinados, víctimas de esta “violencia militar salvaje” que ella había denunciado; eso tuvo lugar en el marco de una respetable democracia (burguesa) constitucional. Lo que Rosa Luxemburg no había previsto siquiera en sus peores pesadillas era que esos asesinatos políticos a manos de militares contrarrevolucionarios tendrían lugar bajo la égida de un gobierno dirigido por el Partido Socialdemoócrata Alemán…

Bibliografía

Benjamin, Walter, Paris, capitale du XIXème siècle. Le Livre des Passages. París: Ed. Du Cerf, 2000.

Bottigelli, Émile, “Avertissement”. En: Marx, Karl, La Lutte de Classes en France 1848-1850. París: Editions Sociales, 1948, pp. 9-20.

Lukacs, György, Histoire et Conscience de Classe) (1923). París: Ed. de Minuit, 1960.

Luxemburg, Rosa, Rosa Luxemburg, “Martinique” (1902). En: –, Gesammelte Werke 1/2. Berlín: Dietz, 1970.

–, “La Révolution Russe” (1918). En: –, Oeuvres II (écrits politiques 1917-1918). París: Maspero, 1971 [1971a].

–, Le Socialisme en France 1898-1912. Presentación de Daniel Guérin París: Belfond, 1971 [1971b].

–, “Grève de masses, parti et syndicat” (1906). Trad.: Irène Petit. En: –, Œuvres I. París: Maspero, 1976.

–, “Réforme ou Révolution?” (1898). Trad.: Irène Petit. En: –, Œuvres I. París: Ed. Maspero, 1978 [1978a].

–, “Notre programme et la situation politique” (1918), Œuvres I [1978b].

–, “Social-démocratie et parlementarisme” (1904). En: –, L’Etat bourgeois et la Révolution. Compil. de Carlos Rossi. París: Petite collection La Brèche, 1978 [1978c].

–, “Le revers de la médaille” (abril de 1914). En: –, L’Etat bourgeois et la révolution [1978d].

–, Die Akkumulation des Kapitals (1913). En: –, Gesammelte Werke 5. Berlín: Dietz, 1990.

Notas:

** “Le coup de marteau de la révolution”. La critique de la démocratie bourgeoise chez Rosa Luxemburg”. Artículo enviado por el autor para su publicación en este número de Herramienta. Trad. de Silvia N. Labado.

* * Michael Löwy es Director de investigación emérito en el Centre National de la Recherche Scientifique (Centro Nacional de Investigación Científica); fue profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales). Sus obras fueron publicadas en 24 idiomas. Ediciones Herramienta y El Colectivo publicaron, en 2010, su libro La teoría de la revolución en el joven Marx y en 2011, Ecosocialismo, la alternativa radical a la catástrofe ecológica capitalista. Es miembro del Consejo Asesor de la Revista Herramienta, donde ha realizado numerosas contribuciones. Fue publicado recientemente en Ediciones Herramienta su libro, escrito en colaboración con Olivier Besancenot, Afinidades revolucionarias. Nuestras estrellas rojas y negras. Por una solidaridad entre marxistas y libertarios (2018) .

Publicado originalmente en el nº 62 de la revista Herramienta, invierno 2019

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/la-critica-de-la-democracia-burguesa-en-rosa-luxemburg/

Elogio de la Primera Línea[1]

por Santiago de Arcos-Halyburton

 

La Primera Línea es la línea que separa la paz multitudinaria de su paz, la paz del orden y el miedo. Existe una pacificación de los cuerpos, una muerte del deseo y es procurada mediante la imposición violenta del modo de vida neoliberal: violencia y más violencia. Los créditos de consumo, el CAE, inmobiliarios, la comida comprada al debo en los supermercados; la especulación inmobiliaria; el transporte público concebido como una maquinaria medieval de tortura; la salud para que los pobres mueran en las salas de espera y la educación para los que patean piedras en las esquinas libertarias de los barrios pobres y las poblaciones.

La Primera Línea es la ruptura definitiva con el orden, no es aséptica ni bien portada, por el contrario, es sudorosa, tan fea como la marginalidad que viven los jóvenes que la componen, los pobres, esos que han sido marginados completamente del mercado de la educación o el trabajo. Pero ellos son la creatividad que cuestiona el orden capitalista, el del partido, al Frente Amplio. Son la violencia como autodefensa y también como ataque, por qué no? Por qué no se puede pasar a la ofensiva?

La violencia en una manifestación es el concierto de los muchos que quiere trastocar todo, debería ser una declaración de guerra al orden y a la paz que nos impone el capital, la paz de la subordinación a la violencia estatal-público-privada. Somos explotados por diferentes circuitos de valorización, y esa violencia es ejercida día a día sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros deseos de vivir.

Cuando se condena la violencia, venga de donde venga, solo se está apelando a la pacificación de los cuerpos revoltados, se exige que esos cuerpos acepten un concordato de reformas, una mediación frenteamplista entre la subversión del orden constituida por la multitud y el capital. Esa mediación es destruida por la Primera Línea, materialmente, haciendo estallar por los aires ese concepto de pacificación, esa mistificación, posibilitando construir la comunidad que deseamos.

El Frente Amplio, los Boric, los Jackson, las Beatriz Sánchez y los Carlos Ruiz, gozan su presente cattivo, su pasión triste y espuria, sus acuerdos aún pueden ser peores para la multitud. Son obsecuentes con el poder, obedientes con el capital, genuflexos ante las instituciones que la banca y las finanzas han construido para salvaguardar su Estado. Otros hablan estúpidamente, desde una revista que se llama a sí misma “una revista de izquierda”, sobre la necesidad de “la herramienta partidaria necesaria para impulsar de manera radical la lucha con un programa que sintetizara las demandas históricas de estas dos décadas de lucha (…)”, sin querer entender que las movilizaciones son también contra toda representación, contra toda mediación burocrática por mas revolucionaria que diga ser (ya vemos en lo que terminan estos “progresismos”…firmando junto a Kast un acuerdo de pacificación de las luchas). Lo hacen, además, analizando desde la óptica del obrero masa fordista, desde la posibilidad de un keynesianismo imposible, su lucha es por un estado benefactor que, of course, nos lleve a Monte Caramelo del capitalismo de estado, algún día, Gulag mediante; no quieren darse cuenta de que el capitalismo cognitivo destruyó esa figura transformando la fábrica en una fábrica difusa, diseminando a todos los rincones de la vida la producción de plusvalía, creando al mismo tiempo una diseminación del proletariado a toda la ciudad, subsunción real del capital le llamaba Marx; estos piensan en el orden, en el control sobre los cuerpos deseantes, de los que ellos denominan subalternos, eso somos para ellos…guiables, sodomisables… pero no alcanzan a captar el momento de movilización productiva de los pobres, que la violencia desatada en las calles,  en estos días, ES el crisol donde se funde el poder constituyente de los comuneros en lucha, un contrapoder que viene a destruir todo mando, toda representación, al plantearse las luchas como una asamblea que legisla en el instante. Su llamado es a colonizar las luchas, ejercer control sobre los “inorgánicos”. Pues bien, entiendan de una vez que es contra ese control que también se dan las luchas, las mujeres, los jóvenes, los que sobran, esos que rompen esquinas en las poblaciones y a quienes el capital no ha dejado más espacio de socialización que las bandas de narcos y las drogas…entiendan que es la potencia plebeya de la multitud, es el sudor de los cuerpos morenos y de cabellos negros la que estalla en cada pedrada, en cada rostro encapuchado.

Estos días hemos gozado, sí, gozado de la protección de la Primera Línea, de su energía que como un dinamo nos envuelve en su potencia, nos contamina de su afecto que impulsa la resistencia radical en la lucha que se descoloniza, abriendo una nueva brecha, no solo en los muros del poder, sino que también en los muros de la representación. Ellos, la Primera Línea, son una potencia de vida, que establece un común de barricada, un afecto, el deseo de lanzarse al albur de la travesía que significa la acción directa. Ellos, los capuchas, son el mayor obstáculo que esta “izquierda”,  bien portada y bien pensante, tiene para apropiarse de la potencia constituyente de la multitud, porque la consideran peligrosa, demasiado autónoma de sus fumaderos del opio partidario.

La Primera Línea es insumisa, móvil, son las mil flores en acción que se agencian en una lucha liberadora que ha roto con las banderas y sus desfiles anodinos, la capucha aterroriza al poder, no negocia, es derrotada o triunfa, no puede ser usada, ni representada, es la multitud en sí y para sí, una amenaza viva para las dirigencias burocráticas.

En la Primera Línea, si bien hay rabia, no existe el odio, ellos son la expresión del afecto, del amor que explota y lo inunda todo cuando la violencia se transforma en un acto de acción colectiva contra el capital y sus representantes.

 

Notas

[1] Primera Línea es el nombre que toma en Chile, a partir de las movilizaciones de octubre de 2019, el Black Bloc, con características diferentes del europeo y muy cercano a los agenciamientos brasileños y al del movimiento de Hong Kong. Nace al calor de esas movilizaciones, constituyendo una orgánica inorgánica que solo existe en la barricada para desaparecer en el anonimato de sus rostros enmascarados y en la no organización como corpus, muchos ni siquiera se conocen entre ellos, solo se reconocen en la calle a partir de la acción.

Nancy Fraser: teoría crítica del capitalismo

Crítica desde la crisis

Que vivimos tiempos de crisis capitalista no es una novedad para nadie. Al menos desde el estallido financiero de 2008, el análisis del capitalismo, que parecía olvidado en buena parte de la teoría social y también de la acción política, ha vuelto al centro de la escena. Tal vez, algo ande mal con el capitalismo como tal. De la mano de este “retorno” de la crítica del capital, Marx y el marxismo han vuelto a gozar de cierta legitimidad teórica, aunque más no sea en una versión limitada, como herramientas intelectuales para el análisis de la crisis económica. Sin embargo, también asistimos a una significativa multiplicación, fragmentación y heterogeneidad de los conflictos sociales. Lejos de las predicciones del marxismo tradicional sobre la creciente homogeneización subjetiva de las capas proletarias bajo las presiones del dinamismo sistémico, el conflicto social de nuestro tiempo aparece irreductiblemente heterogéneo en su interior. Mientras que el poder de los sindicatos, como órganos tradicionales de la clase, ha sido debilitado por décadas de neoliberalismo, han cobrado importancia varios movimientos sociales centrados en el género, el racismo, la naturaleza, la vivienda y las formas de habitar las ciudades, el acceso al agua y otras necesidades básicas, los servicios públicos, etc. La crisis capitalista, estructural como es, parece generar múltiples respuestas, pero que permanecen marcadas por la heterogeneidad y la multiplicidad. Articular el momento objetivo de crisis sistémica con el momento subjetivo de multiplicidad de luchas a veces fragmentarias es un desafío de peso para el momento presente.

Las cosas no son más simples en el plano de la teoría. El marxismo tradicional, a pesar del retorno a la crítica del capital, es una teoría ampliamente desacreditada. Se lo ha cuestionado, sobre todo desde las tribunas posestructuralistas, por tener una mirada reduccionista de la clase (incapaz de dar cuenta de ejes de dominación social atravesados como el género o la raza), un historicismo eurocéntrico (una filosofía de la historia progresista basada en el desarrollo de las fuerzas productivas) y una teoría del sujeto demasiado ligada a la modernidad (que ve a la naturaleza como mera materia disponible para ser dominada por el sujeto). Sin embargo, la mayoría de las “teorías de relevo” en competencia con el marxismo tradicional han tendido a desconocer sin más al capitalismo como objeto de crítica. Este es el caso, por ejemplo, el posmarxismo de Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, en el mejor de los casos una teoría de la autonomía de lo político con respecto a lo social. En la propia teoría crítica de la sociedad (Jürgen Habermas, Axel Honneth), parece que encontramos herramientas para diagnosticar y combatir algunas patologías sociales de la modernidad, pero no al capitalismo como tal en cuanto ensamble sistemático.

Producir una nueva gran teoría social, abarcadora y amplia de miras, capaz de vérselas con la pluralidad de conflictos sociales sin retroceder a los reduccionismos y esencialismos del marxismo tradicional, y volviendo a poner al capitalismo como tal en el centro de la discusión, parece un desafío intelectual de primer orden para nuestro tiempo. Nancy Fraser ha recogido el guante. Sus intervenciones más inmediatamente políticas de los últimos años son mejor conocidas (por ejemplo, Fraser, 2018, Fraser, 2019). Ha cuestionado el “neoliberalismo progresista”, que se caracterizó por la alianza entre avance de la mercantilización e incorporación domesticada de demandas de reconocimiento de algunos movimientos sociales en las décadas pasadas. Contra esta peligrosa alianza, Fraser ha propugnado por la construcción de un populismo de izquierdas que reúna demandas emancipatorias en todos los planos con una fuerte crítica económica de las desigualdades sociales. Sin embargo, las bases teóricas de sus intervenciones políticas permanecen menos conocidas. Es precisamente en los trabajos teóricos de los últimos años donde Fraser desarrolla una teoría ampliada del capitalismo vigorosa. En este artículo intentaré presentar los rudimentos de esa teoría.

Fraser hizo un primer giro a la teoría del capitalismo en un trabajo sobre Karl Ponaly en 2012, dando con formulaciones más completas en el artículo “Behind Marx’s Hidden Abode” (2014) y el libro co-escrito con Rahel Jaeggi, Capitalism. A Conversation in Critical Theory (2018, traducido al castellano en 2019). Sabemos que Marx dirigió su atención a la “morada oculta de la producción” detrás de las escenas superficiales del intercambio de equivalentes, desentrañando la explotación y la dominación de clase tras las promesas de igualdad y libertad del capitalismo. Con Marx, pero más allá de Marx, Fraser encuentra nuevas “moradas ocultas” detrás de la producción de valor: la reproducción social, no reconocida como trabajo y realizada gratuitamente, en buena medida en los hogares y por mujeres; la naturaleza, introducida en la dinámica capitalista periódicamente mediante nuevas anexiones y mercantilizaciones; la expropiación de comunidades racializadas, no reconocidas plenamente en el derecho ni siquiera en los términos del trabajo asalariado; la política, que provee marcos institucionales indispensables –pero potencialmente conflictivos– para el sostenimiento de la acumulación. Estos ámbitos configuran la ontología social internamete diferenciada del capitalismo. Se trata de un único orden social, pero que no posee una lógica unitaria (por ejemplo, la valorización o la mercantilización), sino lógicas diversificadas conforme divisiones institucionalesque portan también diferentes criterios normativos. El capitalismo es entonces algo más que un sistema económico basado en la clase, es un orden institucional que también se estructura de manera racista y patriarcal, que agudiza la separación entre humanidad y naturaleza y que hace posible, al tiempo que constriñe, demandas democráticas y transformadoras.

Finalmente, el capitalismo es un orden institucional históricamente cambiante. Las fronteras institucionales que lo caracterizan no son estáticas. Cada una de ellas es propensa a la crisis y renegociable. Las grandes fases históricas del capitalismo (el liberalismo del siglo XIX, el capitalismo administrado por el estado de posguerra, el neoliberalismo actual) es una estabilización provisoria de las contradicciones dinámicas y los conflictos de límites del orden institucional. Esto significa que cada fase del capitalismo debe estabilizar la dinámica de la acumulación, con su perpetua propensión a crisis. Pero también debe articularla con las otras dimensiones institucionales: la reproducción social, la relación con la naturaleza, la expropiación de comunidades y la política, generando sucesivas formas de equilibrio precario. Hoy, la última gran fase del capitalismo, el neoliberalismo, está en crisis en todos los planos (la acumulación, la reproducción social, la nueva ronda de expropiaciones, la legitimidad democrática, la relación con la naturaleza). Esto explica que, junto con la lucha de clases o como elemento imbricado con ella, aparezcan nuevas “luchas por los límites” (boundarie struggles) en todos los ámbitos del orden institucional. La teoría ampliada del capitalismo permite abordar la crisis contemporánea, tornando inteligibles los vínculos entre la dinámica de la crisis y los conflictos sociales abiertos, dando lugar a nuevas maneras de comprender los procesos y a nuevas perspectivas para intervenir en ellos.

Hacia una teoría ampliada del capitalismo

En sus conversaciones con Jaeggi, Fraser avanza una primera definición “ortodoxa” del capitalismo para, sobre esa base, construir caracterizaciones más complejas. El capitalismo supone 1) la división de la sociedad entre una clase de productores y una de propietarios; 2) la mercantilización institucionalizada del trabajo asalariado; 3) la dinámica compulsiva del capital como valor que se valoriza; 4) la alocación del excedente social y los factores de producción mediante el mercado (Fraser y Jaeggi, 2018: 41). El capital es caracterizado como “sujeto” del proceso de valorización (Fraser y Jaeggi, 2018: 31), en cuanto su dinámica recursiva y automatizada toma a los seres humanos como sus “peones”. Asimismo, esa dinámica de acumulación tiene por presupuestos la división de la sociedad en clases y la compra-venta de la fuerza de trabajo. Estos cuatro rasgos iniciales pretenden dar cuenta del carácter históricamente determinado de la sociedad capitalista, de su especificidad histórica o de los rasgos singulares que la caracterizan y diferencian de otras formas sociales preexistentes.

Ahora bien, ni la dinámica de la valorización, ni la venta de fuerza de trabajo como mercancía, ni la división de la sociedad en clases bastan para caracterizar al capitalismo, una forma social que excede estructuralmente a la relación de capital y sus ramificaciones internas. Sencillamente, “la sociedad no puede ser mercancías hasta el final [all the way down]” (Fraser, 2012: 1). Por el contrario, hay “condiciones de posibilidad” no mercantiles para la existencia de mercancías (Fraser, 2012: 8). Siguiendo críticamente a Karl Polanyi, Fraser cuestiona la tesis de la universalización capitalista de la forma mercancía, con sus patrones objetivos y subjetivos (2014: 5). Por el contrario, el marco institucional del capitalismo produce una diferenciación de ámbitos que son las “condiciones de trasfondo” [background conditions] del proceso de valorización.

Fraser retoma, para pensar esas condiciones de trasfondo, cierta metodología desplegada por Marx en el estudio de la acumulacion originaria. Esta investigación nos lleva de la explotación del trabajo doblemente libre a la expropiación de las comunidades campesinas, la historia de las enclosures y la instauración por medios político-estatales, directos y violentos, de las clases sociales en sentido moderno. Aparecen entonces condiciones de posibilidad (históricas) de la acumulación, que no se resumen en su dinámica intrínseca como tal. Fraser retoma este argumento pero le da un giro sincrónico: las “condiciones de trasfondo” de la acumulación no son solamente su presupuestos históricos. Son, en cambio, sus condiciones simultáneas de eficacia y permanencia, en una lógica de primer plano y trasfondo [foreground/background] que permite ampliar la concepción del capitalismo y encontrar “moradas ocultas” tras la producción de valor. Hay un marco institucional que debe funcionar simultáneamente con la acumulación para que ésta tenga eficacia.

La reproducción social

La primera condición de trasfondo o división institucional del capitalismo que Fraser destaca, siguiendo al marxismo feminista, es la reproducción social. En la sociedad capitalista, la reproducción de la fuerza de trabajo es realizada en buena medida (aunque no totalmente) en un marco no mercantilizado, en el ámbito doméstico y predominantemente por mujeres. Este trabajo reproductivo es “absolutamente necesario para la existencia de trabajo asalariado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 45). Incluye también los procesos de subjetivación básicos que dan lugar a la formación de comunidades y la interacción social significativa. La división entre producción de mercancías y reproducción social es una condición “completamente generizada” del capitalismo (Fraser y Jaeggi, 2018: 46). Esta división institucional también es históricamente específica: en otras sociedades históricas, la actividad social y económica se orienta directamente a la producción para la subsistencia como tal, no separándose en los ámbitos escindidos de la producción de valor y la reproducción social. La reproducción social delimita una condición de trasfondo no mercantilizada del mercado capitalista, que posee dinámicas normativas propias.

En el artículo “Contradictions of Capital and Care”, Fraser sostiene que el capitalismo tiene una profunda, estructural, tendencia a la crisis de reproducción social (2016a: 100). Las contradicciones sistémicas del capitalismo no se despliegan solamente dentro de la acumulación de capital (caída de la tasa de ganancia, sobreproducción, etc). El capitalismo posee contradicciones estructurales y tendencias a la crisis también en la interacción entre el ámbito de la reproducción social y la producción de mercancías. “Por una parte, la reproducción social es una condición de posibilidad para la acumulación de capital sostenida, por la otra, la orientación del capitalismo a la acumulación ilimitada tiende a desestabilizar el proceso de reproducción social en el que se basa” (Fraser, 2016a: 100). La separación entre producción de mercancías masculinizada y reproducción social feminizada conlleva una relación contradictoria entre las dos (Fraser, 2016a: 103). Esta combinación de separación, dependencia y rechazo es fuente de constante inestabilidad social, en cuanto la dinámica de la acumulación tiende a socavar las bases de la reproducción social que, al mismo tiempo, presupone como su condición institucional.

La expropiación y el racismo

La segunda condición institucional del capitalismo está vinculada con el imperialismo y el racismo, “integrales a la sociedad capitalista, tan integrales como la dominación de género” (Fraser y Jaeggi, 2018: 55). El capitalismo no suprime las jerarquías de estatus (Fraser y Jaeggi, 2018: 57) ni instituye sin más la explotación de clase basada en la igualdad jurídica. Por el contrario, marca políticamente a algunos sujetos como menos-que-proletarios: sujetos que ni siquiera van a ser reconocidxs como jurídicamente libres e iguales y por lo tanto pueden ser objeto de expropiaciones directas y violentas. La constitución política de estos sujetos está marcada de cabo a rabo por la racialización y el imperialismo. “Mientras que los trabajadores explotados reciben el estatus de individuos libres portadores de derechos (…) aquellos sometidos a expropiación son constituidos como seres dependientes, no-libres, despojados de derechos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 56). Como dice la autora en “Expropiation and Explotation in Racialized Capitalism”, el Estado capitalista fuerza cada vez una división entre “trabajadores-ciudadanos” y “sujetos dependientes, expropiables” (Fraser, 2016b: 163).

Las dinámicas de racialización se organizan de manera transnacional, delimitando núcleos y periferias globales del capitalismo, al tiempo que expropiación y la explotación coexisten a veces en un mismo territorio. La expropiación, nuevamente, no es una condición histórica pretérita cancelada en la historia posterior del capitalismo. Es uno de sus mecanismos constantes, “acumulación por otros medios” de “bruta confiscación –de trabajo, ciertamente, pero también de tierra, animales, herramientas, depósitos de energía y hasta de seres humanos, sus capacidades sexuales y reproductivas, sus hijos y órganos corporales” (Fraser y Jaeggi, 2018: 55). La expropiación es entonces una background condition de la explotación tanto como la reproducción social.

La separación sociedad/naturaleza

El capitalismo instituye una relación dual (de separación y anexión) con la naturaleza. La convierte en un recurso cuyo valor es a la vez “presupuesto y denegado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 50). Los capitalistas la expropian “sin costo”, tratándola como una materia libremente disponible y aprovechable. La constante anexión de la naturaleza, como fuente de riquezas y vertedero de deshechos, acompaña a la acumulación de capital continuamente. Estas anexiones permanentes y crecientes, al mismo tiempo, vienen acompañadas de una agudización de la frontera que separa sociedad y naturaleza. “El capitalismo asume (en efecto, inaugura) una división tajante entre un reino natural, concebido como provisión gratis, no producida, de ‘materiales brutos’, y un reino económico, concebido como la esfera del valor, producido por y para seres humanos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 50). Con esto se endurece la distinción previa entre humanidad y naturaleza, que tiene una larga tradición en el pensamiento occidental.

El capitalismo, además de cursos paradojales, tiende a producir contradicciones ecológicas. Presupone la disponibilidad libre y en principio infinita de la naturaleza como recurso. Pero también desestabiliza la ecología, minando sus propias condiciones de posibildiad cada vez. Nuevamente, las contradicciones del capitalismo no se limitan a la acumulación de capital. Incluyen las contradicciones entre la acumulación y sus condiciones de posibilidad o de trasfondo, en este caso, las condiciones ecológicas.

Economía y política

La última condición de trasfondo del capitalismo es la política. Simplemente, la acumulación presupone lógicamente un poder público separado, que tercie en las relaciones contractuales (incluida la salarial, condición de la explotación). Esto configura una separación entre economía y política que es también específica del capitalismo (en otras sociedades históricas es normal ver al poder político y el económico fusionados inmediatamente). La diferenciación entre economía y política, por lo tanto, es estructuralmente necesaria para el capitalismo. Al mismo tiempo, la política se constituye sobre criterios normativos no-idénticos a los económicos, “principios de democracia, ciudadanía igualitaria e interés público, por muy restrictivos o excluyentes que puedan ser a veces” (Fraser y Jaeggi, 2018: 64).

La división entre política y economía, estructurante del capitalismo como tal, hace posible el funcionamiento “automatizado” de la acumulación como “compulsión silenciosa” (Fraser y Jaeggi, 2018: 53). Al mismo tiempo, acá emerge la posibilidad de la contradicción entre capitalismo y democracia, como fue tematizada por Ellen Meiksins Wood. En efecto, la desigualdad de clase y la regulación compulsiva de la economía tienden a socavar a la política y su autonomía. La legitimación democrática es entonces puesta en cuestión, o mejor, se vuelve periódicametne incompatible con los imperativos de la acumulación. Se ponen de manifiesto “las contradicciones específicamente políticas de la sociedad capitalista –el hecho de que su economía simultáneamente se basa en y tiende a desestabilizar a los poderes públicos” (Fraser y Jaeggi, 2018: 54). Fraser ha profundizado estas tesis en el artículo “Legitimation Crisis?” (2015), donde retoma algunas herramientas del análisis de Jürgen Habermas para analizar la crisis política del capitalismo neoliberal. “La lógica de sistema de la economía capitalista está profundamente arraigada en la sustancia del poder público y la consume desde adentro. Desestabilizando sus propias condiciones políticas de posibilidad, el régimen actual no solo amenaza con destruirse a sí mismo, sino también a la única fuerza que podría transformarlo” (Fraser, 2015: 188).

Historicidad de las fronteras

Arriba reconstruí el marco institucional del capitalismo como tal, con sus divisiones constitutivas entre producción y reproducción, explotación y expropiación, sociedad y naturaleza, economía y política. Estas divisiones, inherentemente capitalistas, tienen una historia interna de articulaciones y renegociaciones. El capitalismo como orden institucional no es estático. Ha atravesado una serie de fases donde sus divisiones institucionales, que encierran propensiones a la crisis, fueron estabilizadas temporalmente.

Por ejemplo, durante el capitalismo liberal, especialmente hasta la crisis de 1929, en los países del centro primó un modelo de reproducción social basado en “esferas separadas” (Fraser y Jaeggi, 2018: 107). La familia, como unidad de reproducción de la fuerza de trabajo, se encontraba separada del mercado y escasamente atendida por medidas estatales. Durante el capitalismo administrado estatalmente de la posguerra este modelo fue reemplazado. El poder de estado se dedicó directamente a administrar la reproducción social, garantizando servicios públicos en la salud, el cuidado de niños, la educación (Fraser y Jaeggi, 2018: 108). Al mismo tiempo, se instituyó el “salario familiar”, con el que “debía pagarse a un trabajador varón industrial lo suficiente para mantener a toda su familia” (Fraser y Jaeggi, 2018: 109). Esta forma de reproducción social “fordista” garantizó salarios altos y bienestar obrero, al menos en el centro global, pero al precio de reforzar los patrones familiares patriarcales y heteronormativos supuestos en el salario familiar. Finalmente, con el neoliberalismo se difundió el modelo de “familia de dos asalariados” [two-earner family]. En esta fase se condensaron ambiguamente las presiones a la baja de salarios exigidas por la acumulación ante la baja de productividad y las demandas feministas y LGBT contra las opresiones condensadas en el formato familiar fordista. Se erigió así el “orden de género del capitalismo financiarizado” (Fraser y Jaeggi, 2018: 111), que a su vez estaría en crisis actualmente, en un marco de crisis general del capitalismo neoliberal. “Este régimen promueve la desinversión estatal y corporativa del bienestar social, al tiempo que recluta mujeres en la fuerza de trabajo paga –extrernalizando el trabajo de cuidados en familias y comunidades mientras reduce su capacidad para realizarlo” (Fraser, 2016: 112).

Las consideraciones de arriba podrían repetirse para las otras divisiones institucionales del capitalismo. En todos los casos, vemos cómo cada fase histórica afecta al conjunto del orden institucional, redibujando las fronteras entre ámbitos. Nuevas formas de imperialismo, de anexión de la naturaleza y de articulación economía/política se dibujan también en cada caso. Con estos intentos sucesivos, todos ellos precarios y contestables, el capitalismo logra estabilizar transitoriamente sus contradicciones sistémicas, augurando en cada caso nuevas fases de crisis y reconfiguraciones generales.

Proyectos emancipatorios y luchas sociales

Contra la vieja tesis de Lukács que postulaba una tendencia a la universalización de la forma mercancía en el capitalismo (Fraser y Jaeggi, 2018: 65), Fraser enfatiza las gramáticas propias y las ontologías diferenciadasde cada una de las condiciones de trasfondo del capitalismo, construyendo una topografía societal compleja. La política no se rige por la lógica de la mercancía, la reproducción social no se rige por la dinámica de la acumulación, etc. Esto no significa que esas divisiones institucionales variopintas sean reservorios puros de una normatividad emancipatoria: muchas veces, sus oposiciones dinámicas con respecto a la economía capitalista plasman complementariedades sistémicas, madrigueras conservadoras y otras trampas dualistas. Sin embargo, marcan una normatividad alternativa (a veces complementaria, a veces en conflicto) con respecto a la valorización del valor.

Las divisiones institucionales del capitalismo dan lugar a luchas por los límites [boundarie struggles]. En diferentes contextos, las personas pelean colectivamente por redefinir, rediscutir y a veces también defender las fronteras entre ámbitos institucionales. Por momentos, tratan de proteger fronteras heredadas, por ejempplo contra los avances de la mercantilización (luchas defensivas, Fraser y Jaeggi, 2018: 213). También, retomando un vocabulario que desarrolló en trabajos previos (2006), Fraser distingue luchas por los límites afirmativas y transformadoras. Las primeras buscan situar en otro punto la localización social de una frontera dada, sin discutir la existencia de esa forntera como tal (por ejemplo, discutir la inclusión de las mujeres en el trabajo asalariado o de poblaciones racializadas en la ciudadanía estatal). Las segundas objetan la existencia de algunas fronteras institucionales como tales (por ejemplo, proyectos radicales de transformación social que busquen abolir las separación entre producción y reproducción, entre política y economía, etc.). Finalmente, como Fraser viene sosteniendo desde los años ‘90, la propia distinción entre luchas afirmativas y transformadoras se complica en la práctica, donde son posibles reformas no reformistas, afirmativas bajo un criterio estricto, pero que “dan lugar a efectos transformadores porque alteran las relaciones de poder y, por lo tanto, abrir un camino para nuevas luchas que se vuelven cada vez más radicales” (Fraser y Jaeggi, 2018: 214).

Al mismo tiempo, Fraser nos advierte contra los peligros de dos imaginarios extremos y simétricos: el liquidacionismo y el prohibicionismo. El primero busca “eliminar una frontera del todo”, mientras que el segundo intenta “hacer impenetrable” una frontera dada (Fraser y Jaeggi, 2018: 215). Ejemplos peligrosos de liquidacionismo se encuentran en el intento soviético por eliminar la frontera entre economía y política, que condujo a las dificultades sistémicas de la economía planificada; así como en algunas experimentaciones fascistas de instrumentalización estatal de la reproducción social y biológica. El prohibicionismo se encuentra, en cambio, “en aquellas feministas que buscan prohibir toda mercantilización del sexo, la reproducción y el trabajo de cuidados” (Fraser y Jaeggi, 2018: 215). En estos casos se asume que cierto ámbito de la existencia (la reproducción social) es inherentemente no mercantilizable. De un lado, liquidar toda frontera institucional puede ser peligroso, del otro lado, decretar la sacralidad de las fronteras puede resultar conservador y paralizante. Fraser recomienda mantener una actitud abierta y contextual, capaz de pensar renegociaciones y redefiniciones de fronteras, militando por una “nueva y más democrática” manera de trazarlas (Fraser y Jaeggi, 2018: 216).

Las consideraciones anteriores se enmarcan en otra caracterización de las luchas sociales en el capitalismo. Reformulando las ideas de Karl Polanyi, Fraser distingue un “triple movimiento” entre mercantilización, protección social y emancipación (Fraser y Jaeggi, 2018: 231). El ciclo fordista estuvo, en buena medida, marcado por la alianza entre protección social y mercantilización, en detrimento de la emancipación social (lo que se plasmó en las presuposiciones hetero-patriarcales del salario familiar, entre otras cosas). El capitalismo neoliberal, en cambio, significó una curiosa alianza de mercantilización y emancipación, que incorporó parte de las críticas y demandas emancipatorias de la nueva izquierda de los años ‘60 y los movimientos sociales, muchas veces “desplazándose hacia formas individualistas y meritocráticas de enmarcar sus agendas” (Fraser y Jaeggi, 2018: 241). Esto marcó un período de neoliberalismo progresista donde la expansión del mercado pareció ofrecer oportunidades a versiones domesticadas de los movimientos sociales. Las estabilizaciones sistémicas parecen posibles cuando se alían dos de los tres posibles movimientos capitalistas, en detrimento de un tercero. En esos casos es posible condensar dinámicas de lucha en sentido de un ordenamiento social provisorio pero viable. Una articulación disruptiva de movimientos generales y luchas de fronteras (incluida la de clases) podría dar lugar a una transición a una nueva articulación institucional o, incluso, a una ruptura con el capitalismo como tal.

La situación actual

Los análisis del presente de Fraser son más conocidos. Se trata de una intelectual políticamente activa, que interviene permanentemente en la prensa y ha producido varios artículos de lectura coyuntural. No voy a reponer sus posiciones más inmediatamente políticas en detalle por razones de espacio. Baste, por el momento, decir que para Fraser asistimos a la crisis del neoliberalismo progresista (cuyo signo sería, en el contexto de Estados Unidos, la victoria electoral de Donald Trump sobre Hillary Clinton), enmarcada en una crisis general del capitalismo financiarizado. Esta situación marca la apertura de un nuevo período de inestabilidad y conflicto. Las nuevas derechas populistas emergen de esta crisis, proponiendo una posible salida regresiva de la situación, que apunta a estabilizar el capitalismo bajo nuevos patrones de dominación. Frente a este contexto, Fraser llama a construir una nueva alianza de emancipación y protección social, que supere los límites del neoliberalismo progresista y enfrente a las derechas conservadoras.

Mi instinto es aprovechar el momento y pasar a la ofensiva (…) Ni el neoliberalismo hiper-reaccionario ni el progresista serán capaces de (re)establecer una hegemonía segura en el período que viene y enfrentamos un interregno caótico e inestable (…). Podría haber una apertura para la construcción de un bloque contrahegemónico en torno al proyecto del populismo progresivo. Combinando en un único proyecto una orientación económica igualitaria y pro-clase obrera con una orientación inclusiva y no jerárquica al reconocimiento, tendríamos al menos una oportunidad de pelear para unir al conjunto de la clase trabajadora(Fraser y Jaeggi, 2018: 257).

En este trabajo traté de reconstruir las nuevas exploraciones teóricas que subyacen a este tipo de propuestas. En los últimos años Fraser produjo una teoría ampliada del capitalismo, que no se limita a la economía en sentido restrictivo. En cambio, se fija en las divisiones institucionales constitutivas de esta forma social e histórica. Esto le permite reconfigurar los límites de la lucha de clases (o, al menos, de las luchas potencialmente anticapitalistas) para abarcar también las luchas por los límites, que buscan redefinir, reorganizar o impugnar las fronteras sociales. Esta teoría capta el carácter históricamente determinado del capitalismo, así como su dinamismo interno. Finalmente, se trata de una teoría capaz de iluminar la crisis del presente, caracterizando su multidimensionalidad (que atraviesa a todas las dimensiones institucionales) y bosquejando algunas perspectivas para la intervención política en nuestro tiempo.

Bibliografía

Fraser, Nancy (2012) “Can Society be Commodities All the Way Down? Polanyian reflections on capitalist crisis” publicado en Archive Ouverte de Sciences de l’Homme et la Societé, https://halshs.archives-ouvertes.fr/halshs-00725060

Fraser, Nancy (2014) “Behind Marx’s Hidden Abode. For an Expanded Conception of Capitalism” en New Left Review, 86, 55-72.

Fraser, Nancy (2015) “Legitimation Crisis? On the Political Contradictions of Financialized Capitalism” en Critical Historical Studies, 3:1, 163-178.

Fraser, Nancy (2016a) “Contradictions of Capital and Care” en New Left Review, 100, 99-117.

Fraser, Nancy (2016b) “Expropiation and Explotation in Racialized Capitalism: A Reply to Michael Dawson” en Critical Historical Studies, 2:2, 157-189.

Fraser, Nancy y Jaeggi, Rahel (2018) Capitalism. A Conversation in Critical Theory, Cambridge: Polity.

Fraser, Nancy (2018) “¿Podemos entender el populismo sin llamarlo fascista? Entrevista”, disponible online:http://www.sinpermiso.info/textos/podemos-entender-el-populismo-sin-llamarlo-fascista-entrevista

Fraser, Nancy (2019) ¡Contrahegemonía ya!, Buenos Aires: Siglo XXI.

Carlos Ruiz Encina: «En Chile se está gestando un gran cambio histórico»

por Bárbara Schijman

A un mes de uno de los movimientos sociales más extraordinarios de la historia de Chile, el investigador analiza las causas de la protesta, las demandas de la calle tras décadas de promesas incumplidas y la resistencia del gobierno de Sebastián Piñera para tomar medidas a la altura.

 

Carlos Ruiz Encina es sociólogo, doctor en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Chile, y Presidente de la Fundación Nodo XXI, centro de pensamiento ligado al Frente Amplio (FA). En diálogo con Página/12, Ruiz Encina explica por qué era previsible que la calle explotara como lo hizo, quiénes son los nuevos actores sociales en el marco de este «gran cambio histórico», y las agendas de corto y largo plazo. La mercantilización de la vida, la urgencia de evitar «las provocaciones de la derecha y aferrarse a la democracia», y su preocupación ante las masivas violaciones a los derechos humanos.

–El 18 de octubre último estalló la crisis política y social más profunda de las últimas décadas en Chile. ¿Sorprendió la magnitud de las manifestaciones que le siguieron o era previsible que en algún momento sucediera algo semejante?

–Sí y no a la vez. Por un lado, tengamos presente que anteriormente se dio una serie de manifestaciones con más de un millón de personas contra el sistema de pensiones, tuvimos el 8 de marzo más grande de todo América Latina, y la marcha del orgullo gay, que fue gigantesca. Hay un malestar que viene en crecimiento desde 2006, desde la marcha de los estudiantes en adelante. Por otro, hay cierta elite chilena conservadora que sí dice “fuimos sorprendidos”. En realidad, lo que sucede es que no han querido ver. Al mismo tiempo es cierto que se trata de una dimensión completamente nueva; esto no es la simple sumatoria de lo anterior. Se terminaron de articular ciertas demandas, como las demandas por la soberanía de las pensiones y las luchas por la soberanía y el control del agua, en contra de su privatización. Nuestra vida social cotidiana es de las más privatizadas, mientras el nivel de incertidumbre es enorme: la tasa de rotación de los empleos es altísima, la protección de servicios estatales es completamente inexistente, etc. Como decía un cartel por ahí: “no son treinta pesos, son treinta años”. Esto limpia todos los gobiernos para atrás. Los fondos del gasto social estatal se entregan a concesionarios privados que ofrecen estos servicios. Clínicas privadas, universidades privadas… Es el sistema neoliberal del voucher que terminó creando un capitalismo de servicio público. Este tipo de privatización en el resto de América Latina no existe. Todos conocen sobre privatizaciones de telefonías y líneas aéreas, pero no de servicios sociales. Es importante que esto se sepa para comprender por qué la gente explotó como lo hizo.

–En virtud de la envergadura de los acontecimientos, ¿puede considerarse un cambio de clivaje en Chile, en el sentido de un antes y un después en su historia?

–Chile no vuelve atrás. Hasta aquí fue el tiempo en que las reformas neoliberales gozaron de algún nivel de imposición por la fuerza, y que gozaban de cierta efectividad. En este momento la desobediencia civil ha rebasado todo ese tipo de marco y no hay vuelta atrás. En Chile se está gestando un gran cambio histórico. Y uno de los sujetos que empieza a tomar forma es una suerte de nuevo pueblo chileno, que no es el pueblo del siglo XX, no es el pueblo de los obreros industriales y de la clase media desarrollista; esos sectores fueron desmantelados por la transformación neoliberal. Este es el pueblo que engendró el neoliberalismo, y de alguna manera su propio engendro se empezó a poner de a pie. Si en este país fue donde nació el neoliberalismo es posible que sea también en este país donde primero se lo sepulte. Es claro que desde que se generó la transición a la democracia funcionaba mucho en Chile el temor a lo que se llamaba «la regresión autoritaria». De alguna manera eso contenía las protestas. El modelo económico de Pinochet no se modificó en la transición; se hizo una reforma del sistema político pero no del sistema económico. Al contrario, las privatizaciones se profundizaron. Esta cuestión está arrasando con moros y cristianos. Hoy en las marchas no hay banderas de ningún partido. Hay una sociedad que se quiere hacer ver, porque la política estuvo muy encerrada. La distancia entre política y sociedad es muy grande. La participación electoral ronda el 40%. Los segundos gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han tenido un respaldo de menos del 25% del total del electorado potencial. No hay grandes mayorías políticas. Y en ese gigantesco divorcio entre política y sociedad fue apareciendo todo esto. La última encuesta de la Universidad de Chile indica un respaldo del 83% de la población a la protesta. La gente explotó más allá de ser de izquierda o derecha. Hasta hay gente de acuerdo con Pinochet que hoy sale a protestar.

–¿Y esto por qué?

–Porque terminaron convirtiendo en mercancía cosas de nuestra reproducción de la vida cotidiana. La vejez es una mercancía en este momento. Entonces ya nadie sabe qué tipo de vejez va a tener. Te venden mucho acerca de nuevas clases medias, pero basta que alguien se enferme para que caiga tres o cuatro estratos. Tal grado de volatilidad genera en el individuo una gran crisis de incertidumbre.

–Estos nuevos modos de manifestación exigen nuevos modos de representación. ¿Qué debería revisar la izquierda para volver a ser la referente política de muchas de estas demandas?

–La izquierda tiene que dejar atrás algunas fórmulas del siglo XX. Hoy estamos lidiando, por un lado, con una demanda de derechos sociales universales, que implica poner más Estado en ciertos puntos; por otro, el mismo individuo está pidiendo una mayor autonomía individual. En este punto, la izquierda históricamente no ha sabido lidiar con las demandas de autonomía individual. Para decirlo bien autocríticamente, el precio a pagar por la igualdad en el siglo XX era sacrificar la libertad. Eso hoy no funciona; tenemos una sociedad distinta. Además, de alguna manera, el ciclo capitalista neoliberal en Chile cambió toda la estructura de clases. Ya no está la vieja clase obrera industrial -por eso es que no se ven sindicatos en las marchas, ni tampoco está la vieja clase media desarrollista, porque todo eso ha sido desmantelado y expulsado del Estado. Tenemos que hablarle a otro pueblo y a otro panorama social. El desafío de la izquierda es apropiarnos del presente, de esta nueva geografía social que está explotando con sus demandas, con sus nuevos factores culturales, y no seguir más bien en una especie de repliegue identitario en una cueva donde los que se reúnen son los convencidos de siempre. Hoy hay que salir a la calle. Necesitamos una nueva izquierda para un nuevo pueblo.

–En diversos sectores y países Chile gozaba de buena reputación económica internacional. De alguna manera, la protesta social desnudó la fuerte desigualdad social y le sacó el disfraz al «oasis» defendido por Piñera.

–La paradoja chilena, que confunde afuera, plantea lo siguiente: al mismo tiempo que disminuye la pobreza aumenta la desigualdad. Es cierto que disminuyó la pobreza y que ya no es la de niños sin zapatos. Pero creció la desigualdad en paralelo. Hay un sector que se apodera de todo ese crecimiento de una manera brutal. Y contra eso se está rebelando esta historia. La oposición que se crea entre este nuevo pueblo y esta nueva neo-oligarquización neoliberal es distinta al conflicto social que hayamos podido tener en el siglo XX. El «oasis» de Piñera es uno en el que está su casa y la de sus vecinos. Hay un nivel de mercantilización y privatización de la vida que, en nombre de la libertad que nos trajo el neoliberalismo, nos terminó robando la soberanía y el control de nuestras propias vidas. La Concertación no privatizó, pero concesionó. Los gobiernos de la Concertación fueron simplemente neoliberales. En Chile no existe nada público hace ya mucho tiempo. Y entonces, en esa distancia entre política y sociedad, la situación explota con estos niveles que han sido advertidos de inorganicidad política. Aquí es donde empieza a ocurrir algo interesante, que tiene que ver con la aparición de un enjambre de nuevas coordinadoras.

–¿Coordinadoras en tanto nuevos actores sociales?

–Diferentes a los viejos actores sociales. Me refiero a las coordinadoras de la soberanía del agua, de las pensiones, las distintas coordinadoras feministas, etc. Coordinadoras que responden a nuevos focos de conflicto propios de este siglo de expansión capitalista de fines del siglo XX. Chile es un laboratorio, por el nivel extremo al que han llegado estas cosas. Se empiezan a constituir nuevas formas de organización para responder a esas cuestiones. Se verá en qué medida madurarán o no como los grandes actores sociales de este período, pero es indiscutible que son quienes más efectividad tienen para llamar a las marchas. En cambio, las viejas centrales sindicales en este momento no movilizan a nadie. Lo que ocurre en las calles es impresionante. Chile ya despertó. Las versiones más lucidas del empresariado deberían darse cuenta de que si quieren paz social eso tiene un costo y tienen que meterse las manos en el bolsillo. En algunos sectores empresariales esa discusión está transcurriendo, pero todavía no hay una claridad con cómo enfrentar esta situación. El sistema de presiones que se expresa arriba de la figura presidencial es tremendo. Piñera pasó de decir que escuchó al pueblo a decir que estábamos en guerra.

–Se habla de 22 personas fallecidas, más de 2 mil heridos y 6 mil detenidos. ¿Hay registros de esto?

–Es muy preocupante. Recién ahora se están construyendo los registros de lo ocurrido. Tenemos una delicada situación con los derechos humanos. Las cifras que se manejan a este respecto son muy dispares e indeterminadas. Los casos más emblemáticos en el último tiempo son los de pérdida de visión; un alto número de jóvenes víctima de trauma ocular por el uso de balines disparados directamente a la cara. Hay una cosa conservadora contra la adolescencia que es brutal. Se habla también de violaciones masivas a muchachas jóvenes en cuarteles policiales y centros de detención. Lamentablemente la sociedad ha tenido que pagar un costo muy grande para empezar a sacarse de encima una Constitución que va para 40 años.

–Sobre este último punto, el jueves 14 se llegó a un acuerdo parlamentario para una nueva Constitución. ¿Cómo cree que seguirá todo a partir de este anuncio?

–Lo que queda claro es que el pueblo chileno no está pidiendo ser representado sino que está exigiendo participar. Por lo tanto, el tema de una nueva Constitución tiene que llevar a formas de participación muy relevantes. El cómo no es secundario. La oferta presidencial apunta más bien a una especie de reforma constitucional encerrada en el Parlamento. De modo que es muy difícil que así vayan a resolver los instintos de movilización popular. El gobierno continúa con una defensa cerrada del modelo socioeconómico, de las ventajas y privilegios que establece para una casta muy pequeña. Eso deja las cosas en muy mal pie para poder vislumbrar avances hacia cualquier acuerdo social mayor. Es necesario avanzar también en una agenda de corto plazo, más allá de una agenda de mediano plazo.

–¿Qué cuestiones debería atender cada una?

–Por un lado, hay una agenda de mediano plazo, que es sobre la que se está insistiendo y que tiene que ver en el fondo con deshacernos de la Constitución que nos heredó Pinochet. Transformar esa Constitución significa una discusión sobre cómo cambiar el modelo de desarrollo, el tipo de inversión extranjera, y cómo construir derechos sociales sobre ciertas cosas mercantilizadas de la vida, entre otros puntos. Pero una nueva Constitución no va a estar operando en el corto plazo; hay que avanzar pero sabiendo que es de mediano plazo. Y habrá que buscar los mecanismos participativos, en medio de la crisis de legitimidad de las instituciones políticas, que permitan dar garantías de modificar ese camino. Por otro lado se necesita una agenda corta, en la que se atiendan cuestiones muy concretas como la cuenta de la gente a fin de mes, los precios de los medicamentos, el acceso a los ahorros de los fondos de pensión… Porque en nombre de la libertad no nos dejan acceder a nuestros fondos de pensiones. Hay 37 mil enfermos terminales que no tienen acceso a sus fondos de pensiones de ahorro. Se trata de abrir un nuevo ciclo histórico, con un cambio de modelo de desarrollo, con una reforma al sistema de Estado y un cambio de régimen político. En torno a esa posibilidad de liderar un horizonte para ese ciclo histórico es donde van a tener que madurar ciertos liderazgos políticos. Ahí se va a probar realmente cuál empieza a ser la izquierda del siglo XXI.

–Con la aprobación de Piñera en un 13%, ¿cómo imagina los meses venideros del gobierno?

–Su situación es muy precaria. Un régimen político tan marcadamente presidencialista como el chileno está en este momento con una figura presidencial muy débil; el panorama es de un régimen presidencialista sin presidente. Algunos días atrás anunció la promulgación de más leyes represivas, con formas de detención mucho más arbitrarias de las que ya teníamos, un repliegue autoritario que no facilita llegar a un diálogo. De momento la situación es muy cerrada. Quedan no pocos intersticios para aventuras más autoritarias, sobre todo de sectores más de ultraderecha. No creo que pueda haber una hegemonía muy larga de ese tipo de aventuras, pero sí puede haber una situación de dos o tres semanas muy negras. De ahí que la protesta social tenga que ser muy responsable, porque tiene que entender que la única vía para resolver sus problemas, sus intereses sociales, es la democracia. Cierto empresariado no la está defendiendo y el presidente tampoco. Nosotros somos los que tenemos que evitar las provocaciones de la derecha y aferrarnos a la democracia.

–Señala que hoy la defensa de la democracia en Chile está en manos del pueblo. En paralelo, en la últimas horas se perpetró un golpe de Estado en Bolivia.

–De manera muy clara, hay que condenar cualquier aventura golpista. En América Latina sabemos a un precio muy alto lo que eso significa. La injerencia militar, y en particular esas oligarquías racistas que hay en Bolivia, son condenables de manera irrestricta. A esto añadiría, y lo haría como un reclamo a las fuerzas progresistas y de izquierda en general, que tenemos que reflexionar acerca de por qué pasan estas cuestiones. Una reflexión que no existió, por ejemplo, sobre lo sucedido en Nicaragua. Cómo se terminan desvirtuando ciertos procesos de transformación popular. En el caso boliviano hay un ensanchamiento y una mayor complejidad de la alianza social sobre la que se sostenía el proyecto de transformación que no fue adecuadamente incorporada en los últimos años en términos políticos y de participación. Por lo tanto ahí se produce también cierta dosis de resquebrajamiento de esa alianza social de sustento político, y esto lo aprovechan el militarismo, las oligarquías racistas y la que nunca falta en América Latina, la injerencia extranjera.

Guaidó y la rebelión obediente

por Jeudiel Martinez

 

No tengo paciencia para Guaidó. Muchos no la tenemos. Procesamos la repulsión que nos causa compartiendo o haciendo memes sobre él. Creer que Guaidó significa algo, que significó algo es una estupidez, pero una que atraviesa a todo el espectro político en este continente.

Pero Guaidó siempre fue un vacío, un pretexto, un instrumento.

Personalmente no me gusta Guaidó porque es solo un político y no me gustan los políticos, que en este punto de la historia cada vez sirven para menos: no saben hacer, como los técnicos, no tienen ideas, como los asesores, no luchan como activistas y militantes y solo tienen la facultad de decidir por los demás.

En segundo lugar, porque Guaidó, caricatura de sí mismo, ahora se vuelve, melancólicamente, sobre el momento en que pudo hacer todo pero no hizo nada: hace 9 meses solo tenía que invocar el artículo 350 y convocar una movilización continua y masiva cuya finalidad fuera pedir a militares y policías que desconocieran a Maduro…

No tenía que haber violencia necesariamente, solo se trataba de ir a la calle y mantenerse continuamente solicitando a los militares que desconocieran al gobierno: “no obedecemos órdenes del alto mando militar o de la presidencia de la república” …pero movilización continua, como la de Argelia, Hong-Kong, Haití, Ecuador, etc. de los civiles convocando a los militares como ciudadanos, venezolanos, gente del común: «tú no tienes hambre?, tu madre no necesita medicinas?, tú estás de acuerdo con la corrupción? con las masacres del FAES?», y no sobre la vía de la lealtad a un presidentico prefabricado, imitación a la vez de Chávez y de Obama, repitiendo toda la misma basura monárquica del chavismo: «a quien eres leal?» «quien es tu presidente?»

Más cuerpos en la calle de los que el chavismo puede matar, más deserciones de la que puede reemplazar, más conflictos internos de los que los que puede negociar mientras el mundo se cierra a su alrededor y les presiona…

Eso era todo. Pero no, Guadocito, Guaidocín, King Guaidó, primero de su nombre, ha sido el último monigote del “cesarismo democrático” venezolano: llegó pidiendo lealtad y reconocimiento diciendo que tenía un plan (NO TENÍA) y el respaldo de la «comunidad internacional» y se inventó esta idea, enrevesada, absurda, de la entrada de la ayuda internacional.

Muchos creímos que, con tanta alharaca, de verdad EEUU estaba dispuesto a la presión militar (movilizar la flota, un bombardeo de alguna cosa, un desembarco en algún lado) pero resultó que nadie estaba dispuesto a eso: “pura bulla” dicen los caribeños y en eso Trump no fue menos bullicioso que Guaidó quien creyó que hacer entrar un camión por Cúcuta era más efectivo que una movilización general en Caracas.

Y sacrificó al pueblo Pemón en su aventura mal diseñada.

Entonces Guaidó, King of the Clowns and the Posers, desmovilizó las fuerzas que nos quedaban…Y para qué?:

2017 había sido el año de la revuelta de los jóvenes y las clases medias, 2018 de los sindicatos y los militares y policías de rango medio, en 2019 tuvimos sendos alzamientos en tres favelas de Caracas…y todo fue desmovilizado…por la idea de esa fecha mágica en que la “ayuda” tambíen mágica ( o milagrosa porque la magia tiene sus razones y cobra sus costos) haría caer a Maduro.

Teníamos fuerzas para otra acometida contra un chavismo cada vez más débil pero, sobre todo dividido?, habríamos logrado acelerar y masificar la deserción de militares y policías y las rupturas en el alto gobierno?.

Nunca lo sabremos.

Y NUNCA debemos a olvidar a los antichavistas diciéndonos que éramos débiles, que estábamos jodidos, que dábamos lástima, que necesitábamos salvación de otros…haciendo memes de Trump como si fuera un prócer de la independencia, HUMILLÁNDOSE ante él en twitter (si esos mismos Alt Right que hablan de la masculinidad amenazada pero que tienen tan poca)…hay algo más abyecto que esa obediencia, que esa cobardia? Que es la misma que se pasea ahora por Chile limpiando la calle para Lord Piñera y doblando la espalda “pos si patroncito, no deje el comunismo pasar patroncito”? Eco y gemelo de la obediencia chavista, izquierdista: “pos si patroncito, es la guerra económica, el sabotaje eléctrico, derrocaron al Evo por el litio patroncito”…

Guaidó es el producto de dos cosas: la política de las elites y la subjetividad antichavista, que es, como el chavismo, una forma de la Servidumbre Voluntaria.

El antichavismo es una REACCIÓN desesperada al chavismo, es amorfo por naturaleza, es decir, no tiene la capacidad ni de formarse ni de metamorfosearse, golem fallido , sin memoria o duración, nació desesperado piensa solo en lo inmediato, en fechas milagrosas en que todo acaba rápidamente, en un poder trascendente que se manifiesta como ángel o superhéroe y termina de resolver la crisis. El tiempo del chavismo es la suma de ese cortoplacismo y esa desesperación.

(Una vez, en una clase, le expliqué a los alumnos que las movilizaciones democráticas duran meses y a veces años, les hablé de cuánto costó sacar a Pinochet de Chile, acabar con el Apartheid…Me miraban con ojos horrorizados e incrédulos: les resultaba inconcebible una lucha política que no se resuelve en unos pocos días o mediante una solución milagrosa…)

Respecto a lo otro Guaidó es producto de una dirigencia política que no tiene experiencia en luchas u organización de bases, que tampoco tiene preparación académica o técnica, es decir, de figuras o «figurines» que ocupan cargos en nombre de intereses organizados en agendas.

El departamento de Estado lo fabricó, y constreñido por la cultura política antichavista y por su misma naturaleza de figurín político en vez de decir: «ahora o nunca: este es el último chance, vamos a la calle y no volvamos hasta que esto termine» dijo «el 23 todo se va a resolver, los militares lo resolverán, la comunidad internacional (los gringos) lo resolverán».

La confianza estaba hacia afuera y hacia arriba. La promesa era, como la del chavismo en sus buenos tiempos, no tener que pagar ningún precio o hacer ningún esfuerzo. Como SIEMPRE ocurre con los antichavistas vino la decepción y la desmovilización, el mismo ciclo maniaco-depresivo.

Y todas las piezas de la rebelión, que estaban allí, nunca se juntaron: deserción constante de militares, movilización de civiles, protesta continua, incluso -como vimos el 30 de abril- ruptura en la misma cúpula chavista.

Contrario a lo que cree la izquierda conformista, que no habla de rebelión contra el chavismo sino de protesta social (porque de la revuelta contra Maduro no puede salir la «dictadura del proletariado», es decir, la de los 4 ilusos que no son proletarios pero hablan de ellos todo el tiempo ) contrariamente al antichavismo que, rastrero as usual, pedía una transición larga -lo más larga posible- de los democráticos dirigentes que tienen años bebiendo del dinero de Odebrecht, Derwick y banqueros como Meherzane la situación venezolana requería una transición corta, renovación de los poderes públicos, ELECCIONES GENERALES que nos sacaran del gobierno de facto, de la tiranía, y permitieran multiplicar la movilización de forma que el destino del país no quedará en manos de la clase política QUE ES TODA CORRUPTA.

En estas condiciones no se trata de poner en el palacio a alguien agradable, chevere, que nos representase: la elección es un fin en sí mismo porque afirma la libertad, es decir, afirma que ninguna parcialidad política es dueña del estado…así como la competencia económica limita el poder de los empresarios las elecciones libres limita el de los políticos…

Pero la lucha política, en particular la democrática, es más que eso.

Estrictamente hablando LA DEMOCRACIA TERMINA CUANDO COMIENZA LA REPRESENTACIÓN y entre los monárquicos de izquierda o derecha o los liberales solo tenemos para escoger entre representación total o parcial, absoluta o relativa…incluso en el caso de liberales y neoliberales, una libertad producida “alopoieticamente” (desde afuera y usualmente desde arriba como el mercado) por el estado y las elites políticas que, de esa manera, programan la libertad un poco más abierta un poco más estrecha, sea que se trate de estas monarquías caudillistas en que el corporativismo (consejos comunales, misiones, partido) producen el Cuerpo Político del gobernante, sea en regímenes liberales en que la limitación de poderes define campos de libertad mucho más amplios pero igualmente predefinidos y limitados por la representación política y, por tanto, no ajenos a un estatismo fundamental y a diferentes gradientes de policialización y autoritarismo, como lo demuestra la historia reciente de muchos países desarrollados ( y la propensión de los liberales y neoliberales a apoyar regímenes autoritarios -desde dictaduras norteafricanas al pinochetismo o el neoestalinismo chino)

Ante delegar el poder (y la fulana “dictadura del proletariado” es una mera delegación a menos que se proceda a la disolución constante del estado y del mismo partido) o limitar al poder estatal está la opción de EJERCER EL PODER DIRECTAMENTE, que es lo que es la democracia como procedimiento o práctica y no como ideal moral (que es como se le entiende mayoritariamente): un ciclo virtuoso en que la libertad (el poder) se produce a sí misma, se limita y se expande a si misma, y no es predefinida por quien quiera que crea que tiene una conciencia superior o tenga los medios para programar la vida ajena…

La vida es un poder que se organiza a sí mismo y por si mismo, incluso de formas complejas, sin ningún dios o diosecillo, leninista o constitucionalista que le imponga un “diseño inteligente”. Esto es lo que, en definitiva, hizo la clase obrera inglesa -y luego alemana, etc- cuando se apropió -devoró- de los instrumentos de una política liberal, concebida por y para la burguesía creando el primer movimiento político moderno.

Las relaciones con las elites politicas en nuestros tiempos no es tan diferente de una relación de explotación en la que la gente del común es algo así como un prosumidor que provee las elites de materia, energía e información (votos, cuerpos movilizables, signos, ideas, trabajo afectivo etc) que en unos casos sigue el modelo del funcionario público y en otro de usuario de redes sociales. Chavismo y antichavismo corresponden a uno y otro modelo.

La infeliz venezuela, incapaz de la movilización constante que han logrado países más pobres como Haití y Sudán o la de países más ricos y sofisticados como Francia y Hong-kong, que tiene 30 años de atraso en movilización, donde solo los políticos tienen capacidad de convocar, donde la gente tiene casi las mismas ideas políticas del siglo XIX (“tiene que llegar alguien”) que puede tener que ver con estas discusiones?:

Pues tiene que ver respecto a 3 cosas:

-Que una movilización constante como la que se vive en otros países del continente y del mundo hubiera generado la presión interna para acelerar las rupturas de la élite chavista impidiendo el proceso de normalización del chavismo que ha ocurrido en los últimos meses. (Adicionalmente es más difícil para las élites y oligarquías antichavistas alargar y alargar la transición si, como en Chile o Argelia, hay una multitud movilizada que sabe lo que quiere aunque sea vagamente, es decir, que hay que renovar de arriba a abajo los poderes públicos)
-Que, con una transición breve y un nuevo gobierno, en el peor de los casos habría sido posible cierto nivel de recuperación del nivel de vida, de las libertades públicas, etc. recibir préstamos ayudas, operaciones humanitarias de largo alcance, aplicar otras políticas monetarias etc. Eso era lo importante y no la absolutamente ridícula idea de la izquierda venezolana de que al chavismo le habría sucedido “otro gobierno burgués”: en Venezuela, hay una correlación directa entre tiranía y colapso y la situación actual lo que demanda es el fin de ambos, precisamente, para hacer posible una movilización más vasta que no es posible ante la combinación de tiranía, “guerra sin guerra” y colapso general.
-Que, en el mejor de los casos, como pasó luego de la Huelga-rebelión venezolana del 36 la movilización (que no es solo poner gente en la calle) habría establecido el marco dentro del cual las diferente elites y dirigencias políticas tendrían que operar, es decir, habría sido posible “gobernar al gobernante” que es la base del radicalismo propiamente democrático: en esas condiciones ya habría sido ya posible pensar en proyectos más vastos de cambios en el estado y la esfera pública, generar nuevas jefaturas, organizaciones, instancias de gobierno y organización etc. en un ambiente un poco más rico que la penuria económica, cultural y política actual, en fin, otra situación en que habrían sido posibles otras cosas.

Pero no va a ser venezuela, un país devastado y donde todavía se piensa en términos partidistas y caudillistas donde los problemas de la movilización política contemporánea se van a resolver ( insurreccionalismos, falta de memoria, estructura y duración, nuevas formas de dirección etc )

Con el “Plan Guaidó” (que no es más que una simple consigna) tal vez la última posibilidad de una revuelta se perdió y vino una aceleración de la descomposición del país que redujo dramáticamente el campo de lo posible, y ahora las dos opciones políticas en venezuela son estas:

-La fantasía de la Alt Right de que los EEUU eliminen al chavismo y conviertan a Venezuela en una suerte de Disneylandia , fantasía que viene, ante todo, del narcisismo de nuestra clase media alta y los círculos universitarios neoliberales y derechistas que han venido convergiendo en los últimos años (no olvidar que en países como Venezuela el neoliberalismo usualmente se presenta como el MÉTODO de sectores políticamente y socialmente conservadores, es decir, el neoliberalismo en sí no es de derecha pero los neoliberales suelen serlo).

-La de otros liberales, no capturados por la derecha y centroizquierdistas que dicen -estúpidamente- que “estamos condenados a negociar”, que se sienten bien consigo mismos, tan civilizados, hablando de “diálogo” y negociación, como si una negociación fuera otra cosa que la continuación de un conflicto por otros medios, es decir, una forma menos costosa de resolver una lucha. (.Pero cómo puede negociar alguien que no puede luchar y, por tanto, elevar los costos del contrario?, como se puede pedir “entienda que debe negociar” alguien que entiende perfectamente su situación pero solo quiere puede alargar su tiempo en el poder?.)

El hecho es que la población no tiene medios de presión: solo los EEUU. Y como las prioridades de los EEUU no son las de los venezolanos ellos han diseñado una situación a la medida de sus intereses en que a veces presionan a otras potencias a través de Venezuela, o la usan como propaganda electoral, o simplemente la ponen en cuarentena, en ese Cuarto Mundo en que han estado Zimbabwe y Cuba sin que cambie nada excepto por la aceleración del despotismo y la degradación.

Ahora, a casi un año de su juramentación, Guaidó trata de hacer lo que ni hizo entre enero y marzo, que es algo que el país (luego de los mega-apagones, el recrudecimiento de la crisis y un millón de inmigrantes más) seguramente ya no puede.

Como otros gobiernos parecidos el chavismo puede caer debido a una crisis inesperada o una ruptura en la cúpula. Puede hasta que finalmente acepten alguna negociación que cambie lo menos posible las cosas…pero hasta ahora la tendencia es que Maduro, como Mugabe, se extienda en el tiempo gestionando la descomposición y la ruina.

La responsabilidad de eso es de todos los venezolanos pero, muy en particular, la de que no hayamos podido dar una última batalla es del antichavismo, de la dirigencia política “opositora” y de una cultura de servidumbre voluntaria a la que Guaidó representa tan bien como Chávez.

Debemos recordar cómo, en ese momento decisivo, el antichavismo, incluso en sus tendencias más liberales, eligió esa servidumbre antes que la rebelión: como se prefirió el culto a los líderes que la amistad con los iguales, la fé en poderes salvadores más que la confianza en los demás: la elección entre buscar la deserción militar por la vía del reconocimiento a Guaidó como presidente y no por el llamado directo de los civiles a los militares en las calles construyendo una confianza mutua es una elección muy clara: Guaidó, trató de reemplazar a Chávez como Rey-sacerdote invocando el poder de los dioses aeronavales y haciendo fluir la “ayuda humanitaria” y el dinero de los activos venezolanos confiscados.

No olvidemos nunca los planes absurdos y enrevesados de Guaidó, sus bobadas de candidato eterno, pero tampoco el culto a la personalidad, la sumisión abyecta que despertó y que incluso la oposición a Guaidó dentro del antichavismo se manifestó como sumisión aún más abyecta a Trump como si en la hora más desesperada el antichavismo se disolviera en lo que es la esencia misma del chavismo: la rebelión obediente que se hace en nombre del buen amo contra el malo o el peor.

Y por haber sido así, no importa a qué extremos de vileza llegue el chavismo o cuanta gente pueda movilizar Guaidó, parece imposible que pueda hacer otra cosa que mirar con melancolía a ese momento en que todo pudo ser diferente.

En Venezuela hace falta más que una marcha multitudinaria sino una movilización oceánica y continua que vaya más allá de los límites sociales y geográficos del antichavismo, un verdadero salto de confianza, casi de fé que desborde la capacidad chavista de aterrorizar y reprimir y, por tanto, de la oportunidad a los militares de desobedecer y obligue a la cúpula chavista a tomar una decisión (no porque “entienden” sino porque no les queda otra) ….semejante cosa solo ocurriría más allá -e incluso a pesar -de Guaidó que tiene meses como un zombie, sin pena ni gloria diciendo consignas vacías o porque el chavismo, finalmente, pierda la habilidad de cabalgar el colapso y se disuelva en él.

Sea como sea ninguna de las cosas ocurrirá por Guaidó: o la gente, como en 2017, usa sus convocatorias para reagruparse y va más allá de la movilización antichavista (que siempre es o turba vengativa o masa inerte y pasiva) o factores en la dirigencia chavista encuentran la oportunidad para salir de Maduro (como ocurrió el 30 de Abril en una conspiración planeada por Manuel Cristopher, el jefe de la policía política, en la que Guaidó y López eran poco más que adornos, convidados de palo, o representantes de los intereses de EEUU).

Como Guaidó, no es rey de barajas sino de memes, esto será decidido por la fortuna o por la virtud de otros. Especialmente esos otros a los que él y toda la casta política venezolana ha pasado veinte años quitándole el control de su destino.

El desconcierto boliviano

Por Oscar Vega Camacho

1.

Los recientes sucesos en Bolivia vuelven a desafiar a los modos de entender y nombrar lo que ocurre en la actualidad. Como también a las formas de situarnos y orientarnos en los fluctuantes campos de batalla y en las evanescentes fronteras donde se disputan el hacer y el sentido de la política. Buscando en los hilos sueltos voy a comenzar con una cita de René Zavaleta Mercado de Las masas de noviembre, publicado en 1983 donde reflexionaba acerca del golpe militar de 1980, ya casi al final, apuntaba:

“En cualquier forma, la historia política se desarrolló rebasando de un modo largo la más bien modesta capacidad de análisis de la izquierda, enferma ahora como antes no sólo de tristes ideas sino de un antiintelectualismo que se diría militante. Las explicaciones, como es sabido, giraron en lo básico en torno a la intervención argentina y la cuestión de la cocaína. Una causa emergente (los argentinos, la cocaína) habría alterado -a su juicio- un curso de las cosas que de otra manera habría estado a salvo. Así de ocasional sería la historia del país. Los hechos enseñan más bien que Bolivia contenía al mismo tiempo grandes masas activas y también reflejos estáticos profundos. Las estructuras sociales, incluso la boliviana, suelen ser más conservadoras de lo que parecen y hay siempre un poderoso conjunto de medios reaccionarios en cada país. En este caso, la propia revolución democrática había ido concediendo los medios para el montaje del aparato que actuó sin éxito con Natusch y con éxito con García Meza.”

El recurso a buscar solamente en las causas emergentes y, ante todo, ocasionales como son el cómo y el por qué de un golpe de Estado, termina conduciendo a una reducción de los hechos, generando nebulosas convicciones para encubrir y eludir un curso de las cosas, o, como el polémico ensayista le gusta decir: “Así de ocasional sería la historia del país”. Porque están justamente empecinados a mantenerse cegados ante la realidad y se han inmunizado ante la memoria y la historia que los constituye, desplegando sus “tristes ideas” como incapacidades de un mínimo sentido crítico del orden de las cosas y mucho menos de las palabras.

Con esta cita no vamos a pretender explicar el desconcierto boliviano, pero nos puede ayudar a advertir y a empezar a recoger algunos hilos que puedan reorientar nuestras perspectivas para poder abordar y considerar la densidad de las diferentes temporalidades históricas puestas en juego. Es decir, al menos pongamos a valorar las subjetividades y los acontecimientos en sus propias dimensiones, sin tener que reducirlos a sujetos y hechos pasivos de poderosas fuerzas oscuras que pueden definir el destino y hacerlo manifiesto. Pues si, tenemos que recurrir a René Zavaleta Mercado, como un mínimo homenaje a un pensador intempestivo que, por supuesto, en su tiempo y en la actualidad, en sus diferentes intervenciones siempre incomodó y desacomodó a aquellas firmes tribunas con que se autodenominan de izquierda.

Pero no solamente pudo ironizar en torno a estas argumentaciones y explicaciones sobre las astucias del golpe de Estado, sino también precisó que no es suficiente utilizarlo como un indice de comprehension para querer oponerlo al gobierno democrático, porque desde la perspectiva de lo nacional-popular aquellas valorizaciones cobraban completamente otros sentidos, a partir de las acciones materiales que persiguieron y ejecutaron. Con lo cual,

nuevamente desordenaba el tablero y el orden histórico instituido por la hegemonía de clase y cultura dominante. Porque, para Zavaleta Mercado, plantearse un posicionamiento en la actualidad, es siempre en términos de procesos y tendencias, que puedan poner en consideración las densidades históricas y las temporalidades políticas que se juegan, con la urgencia de una perspectiva de lucha y emancipación.

2.

Los tiempos han cambiando radicalmente desde aquellas fechas y también las condiciones de las luchas, pero aún se mantienen tercamente en el transcurso temporal un orden de las cosas y una repartición de lo cognoscible. De esta manera, se establecieron continuidades y rupturas, y sé fueron configurando las disputas en los usos de la memoria y la historia. Esto es lo que se ha puesto en juego al tratar a la descolonización como proyecto político de emancipación. Y con la experiencia del proceso constituyente en Bolivia, que tuvo la fuerza y la capacidad para abrir horizontes y orientaciones a transitar. Esta es la potencia boliviana, que en su momento pudo imprimir y proyectar horizontes y sentidos a experimentar al nombrar: plurinacional, autonomía, vivir bien, pluralismo e interculturalidad. Que aún puedan ser potentes palabras vivas, que vibran y designan proyectos posibles de modos de vida y de vivir, es parte de lo que está en juego hoy en día.

Por lo tanto, quiero comenzar y subrayar fuertemente el profundo carácter colectivo y deliberativo con que se fue construyendo aquel horizonte constituyente y señalar que una vez promulgado como la nueva constitución, con todas las revisiones y cambios que requirió para su negociación y pacto con los opositores, se mantendrá presente la estructura y los componentes de transformación estatal. Pero una vez promulgado en 2009 y elegido Evo Morales con una muy amplia votación para su implementación a partir de 2010, no se optó por encaminar una transformación estatal sino por la continuidad y crecimiento del aparato estatal existente. Fue el momento de la encrucijada de los caminos a seguir. En consecuencia, se dio por finalizado el tiempo de deliberación y participación de la parte gubernamental, ya que ahora se iniciaba un tiempo para trabajar y vigorizar lo sé tenia, de cuidar el status quo, por lo que, ahora correspondía gestionar y administrar como fieles y buenos burócratas el supuesto nuevo ámbito estatal. Con solo el cambio de nombres y nomenclatura la política constitucional ya estaba finalmente realizada, con lo que se estaba eludiendo la profundidad y la magnitud de la crisis de la forma Estado-nación que heredamos y ahora sostenemos.

Se ha ahondando en una crisis persistente que cuando se manifestaba era tratada como meras deficiencias y descoordinaciones de políticas institucionales que podían ser rápidamente corregidas, aunque en efecto tenían continuamente interpelaciones sobre la ineficacia y corrupción como un modo atávico de cultura institucional publica. Desde ese punto vista, el lo publico, la dimensión institucional y gestión administrativa, no se transformo, quizás creció en volumen y papeleo, y mas bien con el estatismo centralista terminó reforzando y acentuando su papel de autoridad, y se impone como función estrictamente normativa. Todos aquellos cuidados que en el proceso constituyente eran las claves para poder democratizar los espacios y las instancias publicas, sociales y culturales son barridos y silenciados en la prácticas institucionales y cotidianas. De esta manera, todo aquel aparato estatal debía desmontarse para descolonizarlo persistirá y en sus propias entrañas termina cultivando su veneno y su posibles agonías, o, como apuntaba Zavaleta Mercado, “concediendo los medios para el montaje de su aparato”.

3.

Es necesario poder distinguir los distintos tiempos en el proceso politico boliviano que se abren y visibilizan en ascenso desde el 2000 y se configuran con capacidad de poder constituyente desde 2003 con la Agenda de Octubre. El rápido ascenso y amplio triunfo electoral de Evo Morales en 2005 es a través del compromiso con está Agenda, como también las principales tareas gubernamentales en la primera gestión presidencial: instalación de la Asamblea Constituyente, la denominada nacionalización de los recursos hidrocarburos, y el inicio de los juicios de responsabilidad a autoridades de gobiernos pasados. Pero a partir de la promulgación de la Constitución y las nuevas configuraciones de alianzas y pactos para encaminar las nuevas elecciones, se gesta un primer profundo cambio de correlación de fuerzas y perspectivas para las tareas primordiales estatales, ahora en concordancia con aquellos núcleos de poder económico, territorial y empresarial, en especial agroindustrial. Este sera el nuevo rostro progresista de la nueva gestión y de la construcción de la Agenda 2025, que apuntará a la modernización de la sociedad y estatal, apostando al salto de la industrialización de los recursos naturales y en convertir al país en el principal exportador de energía de la región. Toda la agenda de los movimientos indigenas campesinos originarios empieza a desplazarse y trastocarse, las distintas organizaciones se encuentran en la urgencia de reelaborar sus estrategias o empezar a enfrentarse nuevamente ante el poder estatal. En esa tendencia gubernamental los conflictos sociales cambian de escenario y protagonistas: desde las heridas del TIPNIS en 2011hasta las luchas actuales de Tariquía en el Chaco.

Será también un tiempo en el que se optará más por un aparato de la maquinaria electoral del partido, ahora con toda la fortaleza de ser un partido oficial, ante las organizaciones sociales e indigenas que planteaban políticas constitucionales de transformación. Quizás, en esta opción radica el núcleo principal del escándalo por corrupción del FONDIAC en 2015, que terminó catapultando a toda una generación de dirigentes indigenas que activaron y participaron en el proceso constituyente, dejando un camino más despejado e instrumental para el MAS como el partido político hegemónico. De esta manera, las organizaciones se encontraron cada vez más en una situación de subordinación y funcionalidad, o sino terminaban siendo desplazadas y fragmentadas, e incluso duplicadas, y consecuentemente perdiendo cada vez la articulación y la rotación entre dirigentes y base.

4.

El escenario en la gestión presidencial que comenzó en 2016 cambio radicalmente y se visibilizo con los resultados del referéndum para modificar la constitución y poder habilitar una nueva candidatura para las próximas elecciones. No solamente perdió en el resultado del referendum sino que se encamino a una estrategia legal para poder imponer su voluntad. Y efectivamente, el panorama de la dinámicas sociales y económicas de la ultima década estaban modificando la fluidez y la trama cultural y organizativa del escenario político, nuevas subjetividades y también nuevas . Es decir, el cómo poder leer no solamente el resultado del referendum después de resultados tan alentadores de las elecciones presidenciales meses antes, porque la pregunta fue también para los votantes el por qué tan pronto, apenas iniciada está nueva gestión presidencial, vamos a tener que decidir el rumbo de las próximas elecciones de cuatro años más adelante, qué estamos poniendo en juego o es que no llegaremos con la robustez suficiente en los próximos años. Porque, para estos votantes, no solamente se creaban mayores incertidumbres y recelos hacia la clase política, la brecha entre gobernantes y gobernados, sino también la experiencia evidenciaba que las justas electorales y consultas no estaban contribuyendo a dirimir sus asuntos, ni intereses, y mucho menos horizontes políticos, mas bien estaban siendo rehenes de las exigencias por los reacomodos y prebendalismos que suscitaban.

Estas son las consecuencias de la despolitización organizada y promovida estatalmente, ahora repetían es un tiempo de las clases medias y las ciudades en crecimiento, como si fueran las palabras claves para poder tratar y debatir lo que sucede en Bolivia. Con el sentimiento de que como nos va tan bien en la lectura económica somos la envidia de los países vecinos, al parecer nuestras preocupaciones y deseos finalmente se modernizaron. Estos son “los tristes pensamientos” con que nos teníamos que desempeñar los siguientes años y esforzarnos para poder en explicar que el curso de las cosas que empezaba a desbordar al ámbito estatal y a las dinámicas de la sociedad, por lo cual, no es casual que empiezan a surgir nuevas fronteras para la lucha política con el ascenso de los movimientos ecológicos y feministas, y quizás más tibiamente con respecto a lo público y los servicios.

En estas condiciones la erosión del sustento social de Evo Morales y de las iniciativas partidarias, que en este panorama tan agudo de despolitización ensayaran buscar una reelección presidencial con unas campañas electorales que declaraban ser los únicos garantes de la estabilidad política y el crecimiento económico. Cuando en el mundo globalizado se estaban desatando las furias nacionalistas y las defensas del proteccionismo económico, culpabilizando el malgasto de los derechos sociales y el privilegiar a las minorías, y condenando al aislamiento y traslado de los inmigrantes. En Bolivia podíamos enorgullecernos de nuestros logros estadísticos y del reconocimiento en los organismos internacionales, dejamos de ser pobres, o, al menos, la pobreza extrema. Cuando el orden de las cosas, la dureza de la realidad nos estaba interpelando cotidianamente, de qué milagro boliviano podíamos aferrarnos cuando el sueldo no alcanzaba para el mes, si es que se tenia sueldo porque el mayor porcentaje del trabajo es precario y extremadamente competitivo, los servicios no dan garantías y ni beneficios sociales, pues, había que endeudarse. Somos finalmente con esta forzada modernización una población mayoritariamente de precarios y de endeudados. ¿Qué horizontes pueden prometer? ¿Estabilidad y crecimiento, acaso se les puede creer?

Estos son algunos de los nudos donde se gesta aquella incredulidad e inconformidad en un momento electoral, también ayudara a vislumbrar la cuestión generacional que dará cuerpo a las resistencias ante el malestar del fraude electoral. Son los jóvenes, como decimos para poder visibilizarlos, cuando son la mayoría de la población en nuestros países sudamericanos. Pues, si ellos pusieron el cuerpo para que la rebelión y protesta pacífica pudiera sostenerse durante días, semanas. Las luces y los micrófonos mediáticos se enfocaban para captar las figuras de las voces políticas, que podían admirarse y agradecer la entrega de los jóvenes pero no pasaban de allí, ya que si no son convertidos en capital votante, no quieren sus usos, ni sus practicas, y mucho menos sus solidaridades y redes. Persisten aquellas visiones de la sociedad tradicional que son “jóvenes”, es decir, son materia dócil que hay que enderezar con los valores instituidos, porque también son fácilmente susceptibles de descarrilarse o abrazar ajenos idealismos. Es decir, hay que formarlos, hay que hacerlos. Allí radica el desencuentro generacional, social y cultural que está emergiendo con diferentes facetas en Bolivia y en todo Sudamérica, y tendremos que aprender a ver y a escuchar si queremos politizar estos mundos imposibles.

Un componente decisivo en el marco de lo que denominó la rebelión ciudadana pacífica serán la rearticulacion de los comités cívicos, como la vertiente más fuerte de lo anti-político. Se presentan como no-politicos para poder ejercer la mayor incidencia con efectos politicos, la vena de que son ciudadanos cualquiera que lo hacen por convicción cívica y patriótica, nos da los elementos básicos de su procedencia y su proceder en la tradición más cristalina del poder urbano y comercial, como también familiar y patriarcal. No es necesario para nuestro propósito deslindar más los asombros y peligros que conllevan, pero si señalar un regreso rearticulado y con mucha capacidad de dirimir en próximos espacios y actores de la escena política. Esta es la vertiente conservadora y reaccionaria, que para muchos habíamos finalmente abandonado y superado, pero su regreso intempestivo y tan seguro estaba cobijado por la profunda

despolitización desplegada desde el aparato estatal y alimentado por la extensión que han cobrado las iglesias de todo signo como las redes más firmes para las multiples estrategias de sobrevivencia de una sociedad precarizada y endeudada.

5.

El desconcierto es generalizado en Bolivia, pero también fuera de sus fronteras. Es decir, estamos en el desconcierto globalizado, viviendo, si puede decir así, en las ruinas del neoliberalismo -como titula su reciente libro Wendy Brown- porque no ha sido solamente el paso de aquel torbellino neoliberal con recetas de ajustes estructurales y libre comercio, sino también se ha mudado a un sutil y poderoso despliegue tecnológico de comportamientos y deseos para poder producir subjetividades. En ese sentido, en Sudamerica y en Bolivia nos hemos modernizado y han jugado un rol decisivo los denominados gobiernos progresistas porque nos hemos contemporanizado globalmente finalmente y han sido estos gobiernos progresistas los instrumentos más idóneos y sutiles para su plena implementación y despliegue a través de toda la sociedad. Lo que tenemos ahora son las hilachas y fragmentos sociales, un abigarramiento extendido -que quién sabe si Zavaleta Mercado lo preveía- en las ruinas del neoliberalismo que están activando y replanteando los posibles horizontes de emancipación. La furia ya está en la calle, pero también la alegría de estar y conversar poder para tejer los mundos y vidas por venir.

El desconcierto boliviano no es motivo de tristeza ni desengaño ni decepción, es efectivamente un tiempo de “tristes ideas”, con la imposición de cívicos, valores y biblias, y también con personajes muy cuestionables en el rol de politicos. Plantearse, que es pasajero, que es un gobierno de transición y que las próximas elecciones son la vía institucional para poder vislumbrar y dirimir las condiciones de vida y sus modos de gestionar las decisiones que continuamente afectan a todos y a todo. No está en la cabeza ni el corazón y mucho menos en el estomago, pero nuestro voto, ya sabemos, es obligatorio, tenemos que asistir religiosamente ante la urna. Podemos ser alegres aún …

Para poder combatir y resistir en las ruinas del neoliberalismo hay que utilizar todos los recursos que heredamos en la lucha, sin memoria y sin dignidad como nos enseñan las luchas indigenas y afroamericanas, no hay cuerpo que resista y pueda caminar, hablar, producir y crear. Para ello, tenemos que modificar nuestras escalas y perspectivas para poder producir múltiples subjetividades felices y creativas, como nos vienen enseñando en su ascenso los movimientos feministas, la potencia y la fuerza se produce al advertir la vulnerabilidad y fragilidad del cuerpo, de la vida y lo viviente, para así poder generar, producir y crear las disponibilidades y ductilidades en lazos, redes y comunes. Paso a paso, en la casa, barrio, comunidad, territorio, ciudad, naciones, pueblos, un otro mundo a inventar.

El desconcierto puede ser también la oportunidad para crear los caminos por venir.