Amazonia, La naturaleza se quema y la política se agota

Por Eduardo Gudynas

En los primeros días el fuego te acorrala, en los días siguientes las cenizas te entristecen. Así pueden describirse mis sensaciones en una de mis visitas años atrás a las zonas amazónicas de Brasil, Perú y Bolivia. Estas coincidieron con incendios como los que hoy causan alarma mundial.Cuando las llamas están activas, el humo inunda todo, es peligroso transitar los caminos por la poca visibilidad, hay momentos en los que cuesta respirar, la garganta se inflama y los ojos lagrimean. Cuando las llamas se apagan, el ocre y el gris dominan las escenas. Aquí y allá siguen erguidos los restos de algunos árboles, mientras que en el suelo, entre las cenizas, aparecen de tanto en tanto los cadáveres calcinados de animales que no pudieron escapar.

Esta destrucción de la fauna y la flora es lo que está repitiéndose en estos días en América del Sur. Si bien la prensa convencional insiste con los titulares sobre la Amazonia y sobre Brasil, la realidad es más compleja, y también más hiriente.

En efecto, este tipo de incendios está ocurriendo en estos momentos en por lo menos cuatro países sudamericanos; además de Brasil, afectan a Bolivia, Perú y Paraguay. A su vez, se están quemando selvas tropicales húmedas, la Amazonia, pero lo mismo está sucediendo con los bosques secos y sabanas arboladas, como la Chiquitanía en Bolivia o el Cerrado brasileño.

En los datos más recientes, el número de incendios en Brasil superó los 82 mil focos (al 26 de agosto), la cifra más alta desde 2010, y casi el doble de lo registrado en estas mismas fechas en el año anterior. En Bolivia son más de 19 mil focos (el doble que en 2018), en Paraguay más de 10 mil (manteniéndose en valores semejantes al año anterior), y en Perú más de 6 mil (un poco más del doble).

Todas las grandes regiones ecológicas del trópico y subtrópico sudamericano están afectadas por los incendios. Por ejemplo, en Brasil, aproximadamente la mitad de los focos se ubican en la Amazonia, pero casi un tercio ocurren en el Cerrado, y un 10 por ciento en los bosques atlánticos. Bolivia en estos momentos vive el drama de ver cómo enormes áreas de bosques secos e incluso su Pantanal están siendo devorados por las llamas (las pérdidas al día de hoy se estiman en 1,5 millones de hectáreas). Por lo tanto, pensar que solamente está ardiendo la Amazonia brasileña es una simplificación. Las pérdidas ecológicas en todos esos ambientes son enormes. Por ejemplo, el bosque seco de la Chiquitanía es único en su tipo en todo el continente, y se estima que más de 750 mil hectáreas ya se quemaron.

El chaqueo de ayer y la deforestación de hoy

La quema de bosques o campos, el llamado “chaqueo” en algunos sitios, ha sido una práctica tradicional realizada especialmente por pequeños campesinos e indígenas. Afectaba a pequeñas superficies en tanto estaba directamente vinculada al autoconsumo de alimentos o por limitaciones tecnológicas. Todo eso ha cambiado en las últimas décadas a medida que han llegado a las áreas tropicales y subtropicales todo tipo de colonos y empresas. Los incendios de hoy nada tienen que ver con aquellos del pasado.

En la actualidad se deforestan y queman amplias zonas, casi siempre con el propósito de liberar espacio para la ganadería extensiva, aunque en otros sitios es para la agricultura. Para hacerlo a esa mayor escala se necesitan importantes recursos materiales, como motosierras y maquinaria pesada, y mucho capital para financiar una ingeniería de trámites legales o ilegales, formales o amparados en la corrupción. Detrás de esto no están ni los indígenas ni los pequeños agricultores.

Esa presión ganadera puede ser brutal. Por ejemplo, en la zona de San Félix de Xingú (estado de Pará), se concentra un rodeo vacuno de más de 2 millones de cabezas. Factores como esos empujan a la agropecuaria convencional a las áreas naturales tropicales y subtropicales.

A su vez, la diseminación de los monocultivos, especialmente de la soja, en otras zonas de Brasil, pero también en Bolivia y Paraguay, hace que los ganaderos se desplacen hacia nuevas áreas a deforestar. Todo esto genera un enorme arco de deforestación amazónica que atraviesa América del Sur, desde la costa atlántica brasileña hasta las faldas de los Andes en Bolivia y Perú. Es una franja de casi 3 mil quilómetros de largo; una distancia similar a la que separa Madrid de Varsovia.

Bolsonarización para militarizar la Amazonia

Esta problemática se ha agravado notablemente bajo el gobierno de Jair Bolsonaro. Por un lado, recortó controles ambientales en cuestiones críticas como la deforestación, redujo el presupuesto del Ministerio del Ambiente, cesó a personal clave en las agencias del ambiente y de conservación de la biodiversidad, maniobró para que se cancelaran multas a los infractores ambientales, y mucho más.

Por otro lado, Bolsonaro y su equipo han hostigado repetidamente a los ambientalistas, indígenas y pequeños campesinos, presentándolos como trabas al progreso, potenciales criminales e incluso como responsables de los incendios. Tan sólo como ejemplo, el 27 de agosto, en la reunión con los gobernadores de los estados amazónicos, en lugar de analizar la crisis ecológica volvió a quejarse de que los indígenas ya tienen demasiadas tierras y anunció que no aprobará nuevas áreas protegidas.

Bolsonaro tampoco duda en repeler las críticas diciendo que son parte de un complot del exterior para quedarse con la Amazonia brasileña. Esa retórica tiene antecedentes desde por lo menos la década de 1970, cuando el gobierno militar se oponía a las primeras negociaciones internacionales ambientales. Bolsonaro revive parte de ese vocabulario, viene colocando a militares en puestos afectados a la gestión ambiental y ha dado señales de resucitar un programa de control militar en las fronteras amazónicas. Bajo esas condiciones, no puede sorprender que recibiera cierto respaldo de otro gobierno muy conservador, el de Ivan Duque en Colombia. Este también ha presentado un nuevo plan de desarrollo en el que la gestión ambiental pasa a ser parte de la estrategia de seguridad del Estado.

Lo geopolítica amazónica

La condición internacional de la Amazonia volvió al primer plano con la reacción internacional ante los incendios. Una circunstancia que aprovechó Emmanuel Macron, en la que hay poco de ambientalismo y mucho de oportunismo comercial y político. Pero el problema es que, por lo menos desde la década de 1980, los gobiernos brasileños por un lado insisten en el control soberano sobre su Amazonia, pero al mismo tiempo repiten que no tienen dinero para protegerla y reclaman ayudas a los países industrializados. Desde allí se construyeron diversos mecanismos, financiados especialmente por Europa.

Por ejemplo, en 1992 se inició el Programa Piloto de Protección de los Bosques Tropicales del G7 (Ppg7), que funcionó hasta 2009, con un presupuesto de más de 460 millones de dólares. Cuando se hacía lobby por esos dineros, desde Brasil se insistía en que la Amazonia era un ecosistema único en el planeta y que los países ricos debían colaborar a protegerlo. También se alentó una visión deformada, como si sólo existiera Amazonia en Brasil, dejando en segundo plano a los otros países que comparten la cuenca. De ese modo, las propias autoridades brasileñas durante al menos 30 años han contribuido a ese entrevero que ha oscilado entre una Amazonia “solo mía” a otra que sería “de toda la humanidad”.

La actual crisis ha expuesto en toda su crudeza las tensiones entre la soberanía nacional y las responsabilidades ecológicas, no sólo hacia adentro de un país, sino con sus vecinos y con la salud ecológica planetaria.

La cenizas ideológicas

El problema se vuelve más complejo cuando se entiende que las quemas y la crisis ambiental se repiten en las naciones vecinas. No sorprende que ocurra con gobiernos conservadores como los de Colombia, Perú y Paraguay. Más difícil se vuelve asumir que en Bolivia, desde posturas ideológicas que se presentan como opuestas, también se han debilitado los controles ambientales, se perdonaron las faltas a los deforestadores y se alienta el avance del agronegocio.

El gobierno de Evo Morales cita a la Pachamama, pero sus acciones concretas han sido las de promover la explotación minera, petrolera y agropecuaria, y por ello enfrenta un desastre ecológico similar. Así como Bolsonaro ataca a los ambientalistas, la administración de Morales se burla de ellos, los hostiga y ha amenazado con expulsarlos del país.

En los progresismos, la retórica se nutre de otros argumentos. Por ejemplo, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, cita a Marx y a Lenin, pero también sostiene que la protección de la naturaleza es un invento del norte y por eso no deberían ser guardabosques de nadie. Tuvieron éxito en esa promesa: no cuidaron los bosques y ahora se están incendiando. Y aunque los aderezos de sus discursos son opuestos a los de Bolsonaro, las similitudes en sus esencias dejan un gusto muy amargo.

Por todo esto, cuando se leen los titulares de la prensa en Madrid, Londres o París, siempre queda esa sensación de que realmente no están entendiendo lo que ocurre aquí en el sur. Es más sencillo atacar a Bolsonaro, en tanto es machista, racista, violento y autoritario, pero es más dificultoso asumir las serias contradicciones en otras tiendas políticas. Nos cuesta entender que estamos ante una crisis ecológica de escala continental y que ella también expresa el agotamiento de las ideologías políticas herederas de la Europa ilustrada. Las viejas políticas, todas ellas, han caducado. La cuestión es comprenderlo para construir alternativas antes de que se queme el último árbol.

* Miembro del Centro Latino Americano de Ecología Social.   https://ctxt.es/es/20190828/

 

El futuro del capitalismo y la utopía que nunca fue

Por Branko Milanovic

A propósito de The Future of Capitalism, el último libro del economista Paul Collier

 

Busto de Adam Smith en el teatro de Kirkaldy, con un grabado de la catedral de Glasgow. FUTURILLA

El último libro de Paul Collier, The Future of Capitalism , no es fácil de reseñar. A pesar de su brevedad (215 páginas) cubre un amplio espectro, desde la interpretación socioeconómica de los últimos 70 años en Occidente a apelaciones a las empresas “éticas”, las familias “éticas” e incluso un mundo “ético”, pasando por una batería de propuestas de reforma para las economías avanzadas.

La afirmación menos caritativa que cabría hacerse sería que, en ocasiones, el libro bordea (y enfatizo el término) el nacionalismo, “la eugenesia social”, los “valores familiares” de los del tipo del movimiento de la Mayoría Moral, y el conservadurismo en el sentido literal del término, ya que presenta un pasado idealizado y exhorta a retornar a él. Sin embargo, también podría afirmarse que el diagnóstico de Collier de los problemas actuales es con frecuencia preciso y expuesto con meridiana claridad, y algunas de sus recomendaciones, convincentes y sofisticadas, aunque de sentido común.

Pragmatismo y Adam Smith

Collier se presenta como un “pragmático” que lucha (1) contra ideólogos: utilitaristas, rawlsianos (que son acusados, un tanto extrañamente, de haber introducido las políticas de identidad) y marxistas, y (2) contra populistas que carecen de ideología pero que juegan con las emociones de la gente. Las primeras tres ideologías se equivocan, de acuerdo con Collier, porque siguen su propio guión, que no es adecuado para los problemas actuales. Los populistas, por otra parte, ni siquiera se preocupan por mejorar las cosas, sólo por gobernar y pasar un buen rato. En consecuencia, únicamente tiene sentido una aproximación pragmática.

LA ESFERA ECONÓMICA DE SMITH SE ESTÁ EXTENDIENDO VELOZMENTE Y “DEVORANDO” LAS ÁREAS A LAS QUE REMITE EL SMITH DE LA ‘MORAL DE LOS SENTIMIENTOS’

El pragmatismo, no obstante, es una ideología como cualquier otra. Es erróneo creer que uno está libre de trampas ideológicas sólo con afirmar que es un “pragmático”. El pragmatismo recoge las ideologías dominantes de ese día y las reordena. Como cualquier otra ideología, proporciona un marco interpretativo. Los pragmáticos son, como dijo Keynes en un contexto similar, “hombres prácticos que se creen libres de cualquier influencia intelectual, [pero] por lo general son esclavos de algún economista difunto [o ideólogo; añado]”.

El segundo pilar del libro de Collier es su interpretación de Adam Smith. La lectura que se presenta ha devenido popular recientemente e intenta “suavizar” las aristas del Adam Smith de La riqueza de las naciones (interés propio, beneficio y poder) con el Smith más agradable de la Teoría moral de los sentimientos . Este es un viejo debate que se remonta casi unos 200 años.

Hay, creo, si no dos Smith, al menos uno para dos tipos diferentes de circunstancias. El Smith de la Teoría de moral de los sentimientos está preocupado con nuestro comportamiento con la familia, amigos y la comunidad, mientras que La riqueza de las naciones se ocupa de nuestra vida económica y comportamiento como “agentes económicos” (detallo esta idea en mi próximo libro, Capitalism, Alone ). David Wotton sostiene convincentemente lo mismo en Power, Pleasure and Profit. El propio Collier dice lo mismo hacia el final de su libro (p. 174), pero en sus primeras páginas todavía argumenta que el Adam Smith de la Moral de los sentimientos puede aplicarse asimismo a la economía.

Para un economista, solo importa el Smith de La riqueza de las naciones . Los economistas no afirman (o aseguran no afirmar) tener conocimientos particularmente valiosos sobre cómo se comporta la gente fuera de la esfera económica. Por este motivo, los economistas emplean el modelo de homo economicus de Smith, que persigue solamente un beneficio monetario o, en términos más amplios, su propio provecho. Esto no excluye, por descontado, la cooperación con otros, como Collier y algunos otros escritores parecen creer. Es obvio que muchos de nuestros objetivos monetarios se consiguen mejor a través de la cooperación: me va mejor cooperando con la gente de mi universidad que montando mi propia universidad. Pero haga lo uno o lo otro, persigo mi propio interés egoísta. No hago las cosas por motivos altruistas, como quizá podría hacer en mis interacciones con mi familia o mis amigos.

Es cierto (y lo comento en Capitalism, Alone ) que bajo las condiciones de globalización hipercomercializada, la esfera económica de Smith se está extendiendo velozmente y “devorando” las áreas a las que remite el Smith de la Moral de los sentimientos . En otras palabras, la mercantilización “invade” las relaciones familiares y nuestro tiempo de ocio. Collier y yo coincidimos. Pero mientras yo pienso que esta es una característica inherente de la globalización hipercomercializada, Collier cree que las manecillas del reloj pueden retrasarse para retornar a un “mundo ético” que existió en el pasado y, al mismo tiempo, mantener la globalización tal y como es hoy. Esto no es más que una ilusión, lo que me conduce a la nostalgia de Collier.

La utopía que nunca fue

Desde el punto de vista de Collier, la socialdemocracia que trajo la época dorada de 1945-75 lo hizo por motivos éticos. En varios lugares, repite esta asombrosa afirmación: “[Roosevelt] fue elegido porque la gente reconoció que el New Deal era ético” (p. 47). El origen de la socialdemocracia descansa en un (bonito) movimiento cooperativo, argumenta, aunque, en realidad, las reformas que siguieron a la primera y segunda guerras mundiales fueron el resultado de una lucha, a menudo violenta, de un centenar de años, librada por los partidos socialdemócratas para mejorar las condiciones de los trabajadores. La socialdemocracia no surgió porque unos líderes éticos decidiesen de repente hacer “más bonito” el capitalismo. Fue porque dos guerras mundiales, la revolución bolchevique, el crecimiento de los partidos socialdemócratas y comunistas, y sus vínculos con sindicatos fuertes, provocó un cambio en el curso de la burguesía, bajo la sombra de la amenaza de desórdenes sociales y expropiaciones. El capitalismo no se transformó gracias a la benevolencia de la derecha, sino porque las clases altas, castigadas por su experiencia pasada, decidieron seguir su propio y bien formado interés: ceder algo para poder preservar más. (Para una lectura similar, véase Samuel Moyn, Avner Offer).

Esta diferencia en cómo interpretamos la historia es importante. Cuando la aplicamos a nuestros días, el punto de vista de Collier apela a la aparición de dirigentes éticos. Mi interpretación es que nada cambiará a menos que haya robustas fuerzas sociales que combatan los excesos del sector financiero, la evasión fiscal y la elevada desigualdad. Lo que importa no es la ética o los líderes éticos, sino los intereses de clase y el poder relativo.

En el relato de Collier, los ‘treinta gloriosos’ del siglo XX fueron una Arcadia donde gigantes morales recorrían la Tierra, las grandes empresas se preocupaban por sus familias y las familias eran “plenas” y “éticas”. Esta utopía no existió en verdad nunca, no al menos en el modo en que se describe en el libro. Como muchos otros, he señalado que los años de 1945 a 1975 fueron muy buenos para Occidente, tanto en términos de crecimiento y seguramente en términos de reducción de las desigualdades en riqueza y salarios. Pero no hubo ninguna Arcadia, y en muchos aspectos eran mucho peores que nuestro presente.

La “familia ética” de Collier, en la cual “el marido era la cabeza visible” (p. 103), en la que cada miembro (supuestamente) se preocupaba por los otros, y varias generaciones vivían bajo un mismo techo, era un patriarcado jerárquico que prohibía legalmente la formación de otros tipos de familias.

NADA CAMBIARÁ A MENOS QUE HAYA ROBUSTAS FUERZAS SOCIALES QUE COMBATAN LOS EXCESOS DEL SECTOR FINANCIERO, LA EVASIÓN FISCAL Y LA ELEVADA DESIGUALDAD

En Estados Unidos, la época dorada fue también la del mimetismo y el conservadurismo, una extendida discriminación racial y la desigualdad de género. Con frecuencia se olvida que durante esa época dorada Francia estuvo al borde de una guerra civil en dos ocasiones: durante la Guerra de Argelia y en 1968. España, Portugal y Grecia estaban gobernadas por regímenes cuasifascistas. Los años setenta trajeron consigo el terrorismo de la Baader-Meinhof y las Brigadas Rojas. Si aquellos años eran tan buenos y tan “éticos”, ¿por qué se produjo la rebelión universal de 1968, de París a Detroit?

Ese mundo imaginado nunca existió y es muy improbable que volvamos a él. No sólo ya porque nunca existió, sino porque nuestro mundo es completamente diferente. Collier pasa por alto el hecho de que el mundo de su juventud, al cual quiere que regresemos, era un mundo de unas descomunales diferencias de ingresos entre el primer y el tercer mundo. Por ese motivo la clase trabajadora inglesa podía (como él escribe) sentirse muy orgullosa y superior a la gente del resto del mundo. No pueden sentirse tan orgullosos y superiores ahora porque otras naciones que se les acercan. Implícitamente, se afirma que la recuperación del respeto de la clase obrera inglesa exige el retorno a la estratificación mundial de salarios.

Este libro está construido, pues, sobre arenas movedizas, al basarse en un mundo que no existió y nunca existirá. La próxima década no serán los 1945 que se imagina, no importa cuánto lo pidamos a voz en grito. Pero esto no significa que los análisis de Collier de nuestros problemas y sus recomendaciones sean equivocadas. Muchas de ellas son, en verdad, muy buenas.

Empresas éticas y familias “éticas”

Collier defiende que para ser vistas como éticas y ofrecer a sus plantillas trabajos que merezcan la pena, las empresas deberían incluir a los trabajadores en la gestión diaria, darles mucho más poder en los niveles intermedios e introducir la redistribución de beneficios. Todas estas son recomendaciones valiosas. Como Collier, creo que, además de proporcionar “mejores” trabajos, estas medidas ayudarían a incrementar los beneficios de las empresas. La cuestión, no obstante, es cuántas compañías pueden permitirse actualmente proporcionar estos trabajos que merecen la pena y son (relativamente) estables debido a los veloces cambios impulsados por la globalización. En cualquiera de los casos, la idea es correcta.

COLLIER DEFIENDE QUE PARA SER VISTAS COMO ÉTICAS Y OFRECER A SUS PLANTILLAS TRABAJOS QUE MEREZCAN LA PENA, LAS EMPRESAS DEBERÍAN INCLUIR A LOS TRABAJADORES EN LA GESTIÓN DIARIA

Collier pasa a continuación a la que, quizá, sea la recomendación más intrigante del libro, una que va más allá de la habitual: “aumentemos los impuestos e introduzcamos más impuestos progresivos.” El autor observa la enorme brecha entre las ciudades globales prósperas (como Nueva York y Londres) y las zonas de interior a sus espaldas, abandonadas. El éxito de las metrópolis se basa en las economías de escala, la especialización y la complementariedad (el beneficio de la aglomeración). La gente puede especializarse porque la demanda de habilidades especializadas es elevada (los mejores contables especializados en impuestos se encuentran en Nueva York, no en pequeñas ciudades dilapidadas). Las empresas pueden sacar provecho de las economías de escala porque la demanda es elevada, y los trabajadores especializados se benefician de la complementariedad de las habilidades de otros trabajadores con los cuales están en estrecho contacto geográfico e intelectual.

¿Quiénes son, pues, los principales ganadores del éxito de las metrópolis?, se pregunta Collier. La gente que posee suelo y viviendas (a medida que los precios de la vivienda se disparan) y los profesionales altamente cualificados que, incluso después de pagar alquileres más altos, siguen ganando más en estas ciudades globales que en cualquier otro lugar del mundo. La sugerencia de Collier, basada en su trabajo con Tony Venables, es aumentar considerablemente los impuestos sobre estos dos grupos de contribuyentes introduciendo, por ejemplo, impuestos suplementarios que podrían estar basados en su localización geográfica: impuesto a la vivienda e impuesto a las rentas altas que viven en Londres, por ejemplo.

¿Cómo se puede ayudar al resto del país para que se equipare? Utilizando el dinero recolectado en Londres o Nueva York para ofrecer subvenciones a grandes compañías del tipo clúster (como Amazon) si establecen sus negocios en ciudades menos favorecidas como Sheffield o Detroit. Se trata de una idea que puede discutirse, pero la lógica de su argumento es bastante convincente, y el tipo de impuestos sugerido por Collier tiene la ventaja de ir más allá del indiscriminado aumento de impuestos para todos. Estamos hablando aquí de impuestos con objetivos y de subvenciones con objetivos. Ésta es la parte más consistente del libro de Collier.

Soy menos entusiasta en lo que respecta a las sugerencias de Collier sobre la llamada “familia ética”. Aquí se muestra el Collier más conservador, aunque su conservadurismo social esté envuelto en el ropaje de estudios científicos que mostrarían cómo a los niños que viven en familias “plenas” con dos padres heterosexuales les va mejor que a los que viven con un solo padre o madre soltera.

SOY MENOS ENTUSIASTA EN LO QUE RESPECTA A LAS SUGERENCIAS DE COLLIER SOBRE LA LLAMADA “FAMILIA ÉTICA”. AQUÍ SE MUESTRA EL COLLIER MÁS CONSERVADOR

Lo que dice Collier implica, prácticamente que las madres deberían aguantar relaciones en las que no hay afecto, o incluso hay maltrato, para que pueda haber un padre y una madre en la familia. Este tipo de familiares, de acuerdo con el autor, debería recibir apoyo, y las guarderías deberían ser gratuitas para todos los niños (algo muy razonable). Collier también describe convincentemente las muchas ventajas que los niños de los ricos tienen, no sólo a través de la herencia, sino del capital intangible de conocimiento y de las conexiones de sus progenitores. Se ha investigado muy poco sobre este tipo de capital social heredado y espero que eso cambie porque su importancia en la vida real no es poca.

Collier exhibe una clara preferencia por la familia “estándar” e incluso por algún tipo de “eugenesia social”, por ejemplo cuando critica una política británica que proporciona vivienda de manera gratuita y, desde 1999, subsidios extraordinarios para las madres solteras, lo que ha animado “a muchas mujeres… a tener niños que no recibirán una buena educación” (p. 160).

El argumento de que los padres deberían sacrificarse (sin importar el coste psicológico) por sus hijos es asimismo peligroso. Nos lleva a la formación de la familia en el siglo XIX, cuando las mujeres vivían a menudo en matrimonios horribles debido a la presión social para que no se considerase que abandonaban o no se preocupaban de sus hijos. Esta no es una solución posible ni deseable hoy. Una familia ética debería considerar por igual los intereses de todos sus miembros, no sacrificar la felicidad de algunos (casi siempre de las madres) al resto.

El mundo ético

Collier tiene sorprendentemente poco que decir sobre el mundo ético. Su mundo ético es un mundo en buena medida cerrado a la nueva inmigración, que Collier rechaza sobre la base de la incompatibilidad cultural entre los migrantes y los nativos, un punto de vista que se remonta a Assar Lindbeck y George Borjas. Resulta interesante que no cite a ninguno de ellos ni tampoco a otros autores (el libro está dirigido a un público amplio, así que las menciones a otros autores son muy raras.)

Es desconcertante que Collier, que ha pasado más de tres décadas trabajando sobre África, no tenga casi nada que decir sobre cómo se ajusta África y la inmigración africana a este “mundo ético”. Para el autor, sólo hay dos maneras de gestionar la inmigración: en la primera, los inmigrantes o refugiados deberían permanecer en países cercanos geográficamente a los suyos: los venezolanos en Colombia, los sirios en el Líbano y Turquía, los afganos en Pakistán, y así sucesivamente. Por qué la carga de la inmigración debería recaer sobre países que con frecuencia son bastante pobres es algo que nunca se explica. Sin duda un mundo ético exigiría mucho más de los ricos.

SU MUNDO ÉTICO ES UN MUNDO EN BUENA MEDIDA CERRADO A LA NUEVA INMIGRACIÓN, QUE COLLIER RECHAZA SOBRE LA BASE DE LA INCOMPATIBILIDAD CULTURAL ENTRE LOS MIGRANTES Y LOS NATIVOS

En segundo lugar, Collier argumenta que Occidente debería ayudar a las buenas empresas a invertir en los países en desarrollo para incrementar los salarios locales y reducir la emigración. Pero no explica cómo se conseguirlo. Se menciona casi de pasada y el autor la despacha en dos frases (en dos partes diferentes del libro). Todo ello contrasta con una explicación detallada, citada más arriba, sobre cómo los gobiernos deberían incentivar y subvencionar a grandes empresas para trasladarse a ciudades menos favorecidas. ¿Podría diseñarse un esquema similar para las inversiones en África? No se dice nada.

Además, ¿dónde quedan los inmigrantes africanos que cruzan actualmente el Mediterráneo? No hay ningún país geográficamente cerca al que puedan ir (desde luego no Libia) ni pueden esperar durante años en Mali a que las empresas occidentales generen trabajo. De nuevo, nada se nos dice sobre esto. Poco sorprendentemente, Collier apoya a Emmanuel Macron –cuya política antiinmigración es bastante obvia– y a los socialdemócratas de Dinamarca, que van camino de crear un tipo de socialdemocracia nacional con la aprobación de nuevas leyes que permiten la inmigración con cuentagotas. Collier parece favorecer la fortaleza Europa, aunque no lo diga explícitamente.

Manteniendo esta postura antiinmigración, Collier defiende que la inmigración no es una parte integral de la globalización. ¿Por qué los bienes, servicios y uno de los factores de la producción (capital) pueden circular libremente mientras otro de los factores de la producción (la fuerza de trabajo) no? Ciertamente, el hecho de que el comercio esté impulsado por las ventajas comparativas y la inmigración por las absolutas (p. 194) no es una razón para oponerse a la inmigración. Uno podría oponerse al movimiento de capital con los mismos argumentos.

En conclusión, creo que Collier acierta con sus recomendaciones sobre la “empresa ética” y la divergencia entre campo y ciudad; sus sugerencias para una “familia ética” son una combinación de opiniones muy perspicaces y agudas y una visión de la familia que en ocasiones procede de una época diferente, y prácticamente nada se dice sobre qué aspecto tendría un “mundo ético”. Esto último es una enorme omisión en la era de la globalización, pero quizá Collier estaba exclusivamente interesado en cómo mejorar los Estados nación.

Este artículo se publicó en inglés en el blog del autor.

Traducción de Ángel Ferrero.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190828/Firmas/27954/paul-collier-The-Future-of-Capitalism-branko-milanovic.htm

 

Marx, pequeña guía de uso económico

Michel Husson

¿Es razonable reivindicar a un autor cuya obra principal se publicó hace 150 años? Este artículo busca primero responder a esta pregunta perfectamente legítima y luego mostrar cómo la referencia a la teoría marxista puede ayudar a interpretar el capitalismo contemporáneo e imaginar alternativas.

¿Marx un economista del pasado?

Es necesario responder a las diferentes acusaciones de arcaísmo dogmático: desde El Capital, la ciencia económica ha hecho un progreso inmenso y el capitalismo de hoy no tiene nada que ver con el que Marx estudió. Comencemos con este último argumento: obviamente sería absurdo negar que el capitalismo ha evolucionado durante dos siglos y que sus formas concretas de encarnación pueden ser muy diferentes de un país a otro. No se trata de negar estas transformaciones, sino de mostrar que se han desarrollado dentro de relaciones fundamentalmente invariables. Es más, podría argumentarse que las condiciones actuales de explotación laboral en China son, en muchos aspectos, comparables a las que prevalecían en la Inglaterra del siglo XIX.

La referencia al marxismo tiene la virtud de protegerse contra el vaivén de las últimas teorías a la moda que van sucediéndose para demostrar que todo ha cambiado y que se deben abandonar las antiguas representaciones del mundo. Pero ciertamente existe el riesgo inverso del dogmatismo que consiste en aplicar a ciegas los mismos patrones a una realidad en movimiento. Por lo tanto, el marxismo vivo debe moverse entre estos dos escollos a través de estudios y debates. Sin duda, una de las cuestiones metodológicas más importantes es distinguir los niveles de análisis: la teoría marxista del valor no permite, por ejemplo, comprender directamente la crisis de la zona euro. Se deben establecer mediaciones entre la realidad concreta y los marcos conceptuales más abstractos. La guía más clara sigue siendo (desde nuestro punto de vista) el libro del filósofo checo Karel Kosík (1967), donde resumió este método:

“1) Asimilación minuciosa de la materia, pleno dominio del material incluyendo todos los detalles históricos posibles.

2) Análisis de las diversas formas de desarrollo del material mismo.

3) Indagación de coherencia interna, es decir, determinación de la unidad de esas diversas formas de desarrollo”.

Marx sería un hombre del siglo XIX: esta es la tesis defendida por un biógrafo reciente (Husson, 2017). Otro crítico lo calificó de posricardiano menor (Brewer, 1995). Pero la ciencia económica, aun admitiendo que es una ciencia, ciertamente no es una ciencia que progresa lineal y periódicamente unificada. Por ejemplo, a diferencia de la física, diferentes paradigmas económicos continúan coexistiendo de manera conflictiva.

La economía dominante actual, llamada neoclásica, se basa en un paradigma que no difiere fundamentalmente del de las escuelas premarxistas o incluso preclásicas. En gran parte, el debate triangular entre la economía clásica (Ricardo), la economía vulgar (Say o Malthus) y la crítica de la economía política (Marx) continúa hoy en los mismos términos. Las relaciones de poder que existen entre estos tres polos han evolucionado, pero no según un esquema de eliminación de paradigmas obsoletos. En resumen, la economía dominante no domina debido a sus propios efectos de conocimiento, sino en función de relaciones de poder ideológicas y políticas más generales.

Por tomar solo un ejemplo, las teorías contemporáneas del desempleo retoman, bajo una forma modernizada, los viejos análisis sobre los pobres. El debate en Inglaterra en torno a las leyes sobre los pobres se encuentra hoy en las denuncias sobre las ayudas sociales: en lugar de aceptar los puestos de trabajo ofrecidos, la gente desempleada preferiría no hacer el esfuerzo de trabajar y vivir cómodamente de las prestaciones sociales (Husson, 2018a).

Pero el argumento de que la teoría marxista está obsoleta debido al progreso de la economía busca el efecto de eliminar al mismo tiempo cualquier referencia a la teoría del valor.

¿Un capitalismo sin teoría?

En última instancia, la pregunta a la que debe responder la teoría del valor es: ¿de dónde proviene la ganancia? En los libros de texto contemporáneos encontramos la definición de ganancia: es la diferencia entre el precio de venta y el coste de producción. Pero el misterio de la fuente del beneficio permanece intacto. Es alrededor de esta cuestión absolutamente fundamental con la que Marx abre su análisis del capitalismo en El Capital.

Antes de él, los grandes clásicos de la economía política, como Smith o Ricardo, partían de una pregunta ligeramente diferente, la del precio relativo de los bienes: ¿por qué, por ejemplo, una mesa vale el precio de cinco pantalones? Muy rápidamente, la respuesta que se impuso es que esta proporción de 1 a 5 refleja el tiempo requerido para producir un pantalón o una mesa. Esto es lo que podría llamarse la versión básica del valor-trabajo.

A continuación, estos economistas clásicos intentaron descomponer el precio de una mercancía. Además del precio de las materias primas, este precio incorpora tres categorías principales: renta, ganancias y salario. Esta fórmula trinitaria parece muy simétrica: la renta es el precio de la tierra, la ganancia es el precio del capital y los salarios son el precio del trabajo. De ahí la siguiente contradicción: por un lado, el valor de una mercancía depende de la cantidad de mano de obra requerida para su producción; pero, por otro lado, esta no solo comprende el salario.

La teoría marxista, llamada del valor-trabajo, busca escapar de esta aparente contradicción. No está de más recordar muy brevemente cómo procede Marx. El principio esencial es que el trabajo humano es la única fuente de creación de valor. Valor significa aquí el valor monetario de los bienes. Entonces nos enfrentamos a este verdadero enigma que las transformaciones del capitalismo obviamente no han hecho desaparecer: el de un sistema económico en el que las y los trabajadores producen todo el valor pero solo reciben una fracción de él en forma de salario, mientras que el resto se va a las ganancias.

Los capitalistas compran medios de producción (maquinaria, materias primas, energía, etc.) y fuerza de trabajo; producen bienes que venden y terminan con más dinero del que originalmente invirtieron.

Marx ofrece su solución, que es a la vez genial y simple (al menos a posteriori). Aplica a la fuerza de trabajo, esta mercancía un tanto peculiar, la distinción clásica que hace entre valor de uso y valor de cambio.

El salario es el precio de la fuerza del trabajo socialmente reconocido en un momento dado como necesario para su reproducción. En este sentido, el intercambio entre el asalariado que vende su fuerza de trabajo y el capitalista es, en general, una relación igual. Pero la fuerza de trabajo tiene una propiedad especial, su valor de uso, la de producir valor. El capitalista se apropia de la totalidad de este valor producido, pero restituye solo una parte de él, porque el desarrollo de la empresa hace que las y los asalariados puedan producir durante su tiempo de trabajo un valor mayor que el que recuperarán bajo la forma de salario.

Hagamos como Marx, en las primeras líneas de El Capital, y observemos a la sociedad como una “inmensa acumulación de mercancías” producidas por el trabajo humano. Podemos hacer dos pilas: la primera consiste en bienes y servicios que corresponden al consumo de los trabajadores y trabajadoras; la segunda pila incluye los llamados bienes de lujo y bienes de inversión, y corresponde a la plusvalía. El tiempo de trabajo de toda la sociedad puede a su vez dividirse en dos partes: el tiempo dedicado a producir la primera pila Marx lo denomina trabajo necesario, y el que se dedica a la producción de la segunda pila es el trabajo excedente. En el fondo, esta representación es bastante simple, pero, obviamente, para lograrla es necesario dar un paso atrás y adoptar un punto de vista social.

El análisis se complica aún más cuando se observa que el capitalismo se caracteriza por la formación de una tasa general de ganancia, en otras palabras, que el capital tiende a tener la misma rentabilidad independientemente de la rama en la que se invierte. Ricardo no logrará resolver esta dificultad. Este es el problema de la transformación (de valores en precio) que Marx resuelve al mostrar que la plusvalía se distribuye en proporción al capital comprometido. Muchos críticos han detectado aquí un error de Marx que desaparece, sin embargo, si hacemos intervenir una sucesión de períodos de producción 1/.

La gran bifurcación

La teoría marxista del valor es una extensión de las teorías de los clásicos (Smith y Ricardo) en la que resuelve sus contradicciones internas. Pero introduce una dimensión crítica fundamental: la apropiación de ganancias por parte de los capitalistas descansa en última instancia en relaciones sociales que no son ni naturales ni eternas.

Las implicaciones revolucionarias de esta teoría fueron claramente percibidas por los defensores del orden establecido. Por lo tanto, era necesario oponerle otra teoría, y esta sería la teoría marginalista o neoclásica. Uno de sus fundadores, John Bates Clark, expresó claramente la necesidad de responder a la teoría de la explotación: “Los trabajadores, se nos dice, son permanentemente desposeídos de lo que producen […]. Si esta acusación tuviera fundamento, cualquier persona dotada de razón debería hacerse socialista, y su voluntad de transformar el sistema económico expresaría su sentido de la justicia”. Para responder a esta acusación es necesario, explica Clark: “Descomponer el producto de la actividad económica en sus elementos constitutivos, para ver si el juego natural de la competencia lleva o no a atribuir a cada productor la parte exacta de riquezas que contribuye a crear” (Clark, 1899: 7).

Piero Sraffa, situado en la tradición de Ricardo, sacó una amarga conclusión de lo que llamó la degeneración de la teoría del valor. Las razones político-ideológicas para el derrocamiento de la economía clásica eran obvias para él:

“Con el ataque frontal de Marx, el surgimiento de la Internacional y la Comuna de París, se necesitaba una línea de defensa mucho más decidida (…) era necesario pasar a la utilidad, de ahí el éxito de Jevons, Menger y Walras. La economía clásica en su conjunto se estaba volviendo demasiado peligrosa: tenía que ser desechada como tal. La casa estaba en llamas y amenazaba con prender fuego a toda la estructura y los cimientos de la sociedad capitalista: la economía clásica fue inmediatamente expulsada” 2/.

Así pues, actualmente hay dos teorías del valor. Para la teoría neoclásica prevaleciente, que se enseña en todas partes, el beneficio es la remuneración de la productividad marginal del capital, de una manera simétrica al salario que premia la productividad marginal de los salarios. Para la teoría marxista el beneficio se deriva de la explotación de la fuerza de trabajo. Muchos trabajos, que rara vez se discuten hoy, han mostrado la incoherencia de la teoría dominante. Recientemente, un brillante artículo (Eatwell, 2019), que adopta una lógica poskeynesiana, concluye así: “No existe una teoría neoclásica de la tasa de ganancia”. Pero este tipo de crítica tiene problemas para abandonar el campo académico. Quizás sea más interesante mostrar cómo la referencia a la teoría del valor conduce a un análisis efectivo de los desarrollos recientes en el capitalismo.

Las ilusiones de las finanzas

La financiarización del capitalismo llevó, antes de la crisis, a una especie de euforia basada en la impresión de que las finanzas se habían convertido en una fuente autónoma de valor. Incluso entre algunos economistas heterodoxos encontramos el razonamiento según el cual los capitalistas tienen la opción de invertir ya sea en la esfera productiva o real, o en la esfera financiera. Y como las finanzas proporcionarían mayores rendimientos, esta sería la causa de una debilidad relativa en la inversión.

Estas fantasías no tienen nada de original y en Marx, especialmente en su análisis del Libro 3 de El Capital dedicado a la distribución de ganancias entre intereses y ganancias corporativas, encontramos todos los elementos para criticarlas. Marx escribe, por ejemplo: “En la idea popular, al capital dinerario, el capital que devenga interés, se lo considera aún como capital en cuanto tal, como capital por excelencia” 3/. Ciertamente, el capital financiero parece capaz de proporcionar un ingreso independientemente de la explotación de la fuerza de trabajo. Por eso, añade Marx: “Para la economía vulgar, que pretende presentar al capital como fuente autónoma del valor, de la creación de valor, esta forma le viene a pedir de boca: una forma en la cual la fuente de la ganancia ya no resulta reconocible, y en la cual el resultado del proceso capitalista de producción –separado del propio proceso– adquiere una existencia autónoma” 4/.

Este tipo de ilusión solo es posible si uno se basa en una teoría aditiva del valor, donde el ingreso nacional se construye como la suma de las remuneraciones de los diferentes factores de producción. Por el contrario, la teoría marxista es sustractiva: las formas particulares de ganancia (intereses, dividendos, rentas, etc.) son puntuaciones en una plusvalía global cuyo volumen está predeterminado. Uno puede “enriquecerse mientras duerme” solo en base a ese pinchazo operado sobre la plusvalía global, de modo que el mecanismo admite límites, los de la explotación, que es el verdadero fundamento de la bolsa de valores. La crisis marca el regreso de lo real, como un recordatorio al orden de esta dura ley del valor.

La ley del valor como brújula

La referencia a la ley del valor, si se realiza de manera crítica, no dogmática, hace posible filtrar teorías frágiles, se podría decir oportunistas, que aparecen ante nuevos fenómenos. Nos limitaremos a mencionar brevemente algunos ejemplos.

Hubo un tiempo en que algunos autores que se reclamaban del marxismo pretendían que la ley del valor estaba superada debido a las mayores tasas de ganancia para los monopolios. Sin embargo, las contrapartes tuvieron tasas de ganancia más bajas en otros sectores. Resulta gracioso que el reciente descubrimiento de este fenómeno por parte de los economistas de la corriente dominante los lleve hoy a revelar las inconsistencias de su teoría de ganancias (Husson, 2018b).

De la misma manera, tampoco es posible argumentar que podemos producir valor tecleando, como afirman algunos autores que afirman ser marxistas (Husson, 2018c). En cuanto a la llamada economía colaborativa, solo crea valor, en el sentido capitalista del término, si está sujeta a la apropiación privada que conduce a la producción de bienes. La economía de la plataforma está en la vanguardia de la modernidad, pero a menudo vuelve a los primitivos modos de extracción de la plusvalía.

El conocimiento como tal no crea valor, contrariamente a la tesis del capitalismo cognitivo (Husson, 2003). O, para usar la fórmula de Jean-Marie Harribey (2017), “no podemos pensar en el ingreso básico sin una teoría del valor”.

Finalmente, la distinción entre valor de uso y valor de cambio es fundamental para arrojar luz sobre uno de los enigmas a los que se enfrenta la economía dominante actual: las innovaciones tecnológicas no conducen a los aumentos de productividad esperados. En un artículo anterior presentamos esta explicación: “Tal vez sea esa la clave del estancamiento secular: desde luego, las innovaciones tecnológicas aumentan el bienestar de los consumidores, pero este aumento no está ligado a una producción mercantil”. He aquí, pues, unos cuantos espacios contemporáneos en los que la teoría del valor permite trabajar en un marco coherente (Husson, 2018d).

El lujo de elegir lo que no es lo más rentable

Marx avanzó esta hermosa fórmula inspirada en un panfleto anónimo: “Una nación es verdaderamente rica cuando en vez de 12 horas se trabajan 6” 5/. No hay una forma más clara de distinguir entre valor y riqueza. Es cierto que ahora existe un consenso bastante amplio de que el PIB no mide la felicidad, pero no se han sacado todas las consecuencias de esta perogrullada.

De hecho, la economía dominante ha contribuido a desdibujar esta distinción elemental al rechazar la teoría del valor-trabajo y reemplazarla por la del valor-utilidad. Para justificar una organización social impulsada por la maximización de la ganancia, fue necesario hacer aceptar la idea de que la ganancia es un indicador sintético del bienestar humano. Este es el supuesto necesario, lo que significa que, al perseguir el objetivo de maximizar el beneficio, se persigue al mismo tiempo el objetivo de maximizar el bienestar. Todo lo que pretende la economía neoclásica cuando trata de establecer que el equilibrio es lo óptimo, es lo siguiente: la ganancia es una cuantificación operativa del bienestar.

Es alrededor de la distinción entre valor y riqueza como se puede hacer emerger lo que separa al capitalismo del socialismo. Inspirándonos en el economista ruso Kantorovich, se podría decir que el programa (en el sentido de programación lineal) del capitalismo es maximizar el beneficio, mientras que el del socialismo es maximizar el bienestar, o la utilidad social. Pero esta última es multidimensional y hace falta una institución para poder definir y arbitrar las prioridades de la sociedad. Sin duda, esta democracia social es lo que ha faltado trágicamente en los llamados países del socialismo real.

De hecho, por ejemplo, en Engels encontramos una vieja teorización de la planificación socialista en un breve pasaje del Anti-Dühring, donde esboza los principios de otra forma de cálculo económico:

“Cierto que la sociedad tendrá también que saber entonces cuánto trabajo requiere la producción de cada objeto de uso. Pues tendrá que establecer el plan de producción atendiendo a los medios de producción, entre los cuales se encuentran señaladamente las fuerzas de trabajo. El plan quedará finalmente determinado por la comparación de los efectos útiles de los diversos objetos de uso entre ellos y con las cantidades de trabajo necesarias para su producción. La gente hace todo esto muy sencillamente en su casa, sin necesidad de meter de por medio el célebre valor” (Engels, 2014: 409).

También encontramos las intuiciones de un Preobrazhensky en el estrechamiento de la esfera de la economía que se limitaría rigurosamente a una función de ajuste de medios para propósitos definidos a priori:

“Con la desaparición de la ley del valor en el dominio de la realidad económica desaparece igualmente la vieja economía política. Una nueva ciencia ocupa ahora su lugar, la ciencia de la previsión de la necesidad económica en economía organizada, la ciencia que apunta –en materia de producción u otra– a obtener lo que es necesario de la manera más racional. Es una ciencia muy otra, es la tecnología social, la ciencia de la producción organizada, del trabajo organizado; la ciencia de un sistema de relaciones de producción en que las regulaciones de la vida económica se manifiestan bajo nuevas formas, en que no hay ya ‘objetivación’ de las relaciones humanas, en que el fetichismo de la mercancía desaparece con la mercancía” (Preobrazhenski, 1970: 78).

Este enfoque adquiere hoy, cuando se introducen restricciones ecológicas, una legitimidad adicional. Podríamos utilizar aquí los términos de la programación lineal para decir que el criterio de maximización de la ganancia lleva a determinados valores más allá del respeto de ciertas normas. El capitalismo pretende tenerlos en cuenta formando pseudomercados o modificando los precios referencia. Esta seudomonetarización del medio ambiente puede modular en el margen del principio de la maximización de la ganancia, pero sin ninguna relación con la escala de las reducciones de emisiones a realizar.

Por un marxismo vivo

No hemos tratado todas las cuestiones a las que puede responder la teoría marxista. Entre ellas está, obviamente, el análisis de la crisis. El campo del marxismo, sin embargo, se ve debilitado por un uso dogmático de la ley de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, propuesto como la causa última y única de la crisis. Esto dificulta una lectura más compleja inspirada por la lógica de los patrones de distribución mediante la combinación de las condiciones de producción de la plusvalía y las de su realización.

En la configuración actual del capitalismo, la pregunta esencial es probablemente esta: ¿cómo mantener o restablecer la tasa de ganancia aun cuando la productividad se ralentiza? Si ahondamos en esta pregunta, nos parece que el análisis muestra que la crisis cuestiona al capitalismo de forma más profunda que las fluctuaciones de la tasa de ganancia. Revela que este sistema económico y social ha entrado en la zona de los rendimientos decrecientes, que muestra su incapacidad para satisfacer las necesidades sociales y revela su ineficacia frente al desafío del cambio climático.

Por último, es difícil sostener una línea entre dogmatismo y pragmatismo. Sin duda, es necesario combinar ambas, en un movimiento que yo llamaría dialéctico (ya que uno es marxista). El pragmatismo es ir rascando sobre los discursos dominantes o alternativos para confrontarlos a los hechos y a las cifras, poner en cuestión las certezas, exponerse a la contradicción y la duda. Acto seguido, si logramos construir una representación adecuada y consistente, hay que atenerse a ella con una convicción al borde del… dogmatismo.

Con este razonamiento, uno podría decir paradójicamente (o dialécticamente) que el marxismo es más útil si se está dispuesto a distanciarse de él. Al final, la tarea de un o una marxista no es defender el marxismo, sino buscar cambiar el mundo, comenzando por entenderlo.

Michel Husson es economista y autor de, entre otras obras, El capitalismo en 10 lecciones (La Oveja Roja-viento sur, Madrid, 2013)

Traducción: viento sur

Notas:

1/ Véase una contribución ya antigua a esta lectura temporalista en Michel Husson [Manuel Pérez], “Valeur et prix : un essai de critique des propositions néo-ricardiennes”, Critiques de l’économie politique n°10, 1980 ; “Value and price: a critique of neo-Ricardian claims”, Capital and Class, Vol. 42, n° 3, 2018.

2/ Piero Sraffa, “La dégénérescence de la théorie de la valeur selon Sraffa”, note hussonet n°108, 13 octobre 2017.

3/ El Capital, Capítulo 23, p. 481, Ediciones Siglo XXI.

4 / Ibidem, p. 501.

5/ Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Siglo XXI, 2007, volumen 2, p. 229. Marx parafrasea el corto ensayo The Source and Remedy of the National Difficulties, del cual se sabrá más tarde que el autor es Charles Wentworth Dilke.

Referencias

Brewer, Anthony (1995) “A Minor Post-Ricardian? Marx as an Economist”, History of Political Economy, 27, 1. Disponible en http://digamoo.free.fr/brewer1995.pdf

Clark, John Bates (1899) The Distribution of Wealth. A Theory of Wages, Interest and Profit, 1899. Diponible en Eatwell, John (2019) “Cost of Production and the Theory of the Rate of Profit”, Contributions to Political Economy. Disponible en http://tankona.free.fr/eatwell19.pdf

Engels, Federico (2014 [1878]) Anti-Dühring. La revolución de la ciencia por el señor Eugen Dühring. Madrid: Fundación Federico Engels.

Harribey, Jean-Marie (2017) “Le revenu d’existence. Un remède ou un piège?”, en Revenu universel. L’état du débat, OFCE, 2017. Disponible en http://tankona.free.fr/jmhofce17.pdf

Husson, Michel (2003) “¿Hemos entrado en el capitalismo cognitivo?”, Panorama Internacional. Disponible en http://hussonet.free.fr/cognitic.pdf

(2017) “Marx, ¿un economista del siglo XIX?”, viento sur, disponible en https://www.vientosur.info/spip.php?article13140

(2018a) “Des lois anglaises sur les pauvres à la dénonciation moderne de l’assistanat” I. “D’Elisabeth à Bentham : assister ou enfermer ?” II. “De Speenhamland à la loi de 1834”, disponibles en http://alencontre.org/societe/des-lois-anglaises-sur-les-pauvres-a-la-denonciation-moderne-de-lassistanat-i.html y http://alencontre.org/societe/des-lois-anglaises-sur-les-pauvres-a-la-denonciation-moderne-de-lassistanat-ii.html

(2018b) “Les économistes néo-classiques (re)découvrent le profit”, disponible en I- http://alencontre.org/economie/les-economistes-neo-classiques-redecouvrent-le-profit.html ; II- http://alencontre.org/economie/les-economistes-neo-classiques-redecouvrent-le-profit-ii.html

(2018c) “Produire de la valeur en cliquant ?”, Alternatives économiques.

(2018d) “Pensar y medir el estancamiento secular”, disponible en www.vientosur.info/spip.php?article13626

Kosik, Karol (1967 [1963]) Dialéctica de lo concreto. México: Grijalbo.

Preobrazhenski, Eugen (1979 [1926]) La nueva economía. Barcelona: Ediciones Ariel.

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Fuente: https://www.vientosur.info/spip.php?article15058

Max Horkheimer a Henrik Grossman, Nueva York (Extracto de una carta)

Max Horkheimer to Henryk Grossmann, New York [Excerpt From a letter]1

[Pacific Palisades, 20.1.1943]

El interés que persigo aquí es muy claro, a saber, el intento de lograr una verdadera explicación y concreción de la teoría de clases de la que no tengo que decirle que de ninguna manera se encuentra acabada. En realidad, se trata de la dialéctica de la legit[imidad], con todo lo que ella significa para las relaciones de propiedad. Explicar en qué medida la clase fue desde siempre una personificación de los rackets* no significa otra cosa que aportar las pruebas de que en esta sociedad la universalidad del derecho desaparece cada vez más bajo la inmediatez de la dominación, de la que dicha universalidad había funcionado desde siempre como su racionalización. Esta convicción extiende finalmente la crítica de la efectividad real del intercambio libre y justo a todo ese ámbito que la ciencia burguesa denomina sociología, o sea, a todas las formas sociales bajo las cuales los seres humanos tienen que vivir. Hasta dónde se puede llevar concretamente dicha convicción es algo que no me atrevo a anticipar, pero creo que merece ser considerado de modo preciso. Una cuestión como, por ejemplo, la de la “influencia de los rackets” en las viejas instituciones de la democracia europea, es frente a ella secundaria, puesto que los rackets no deben aparecer como un poder más allá del sistema sino como la forma realmente determinante de la dominación de clase misma. Solo en el sentido de esta consideración he entendido lo que usted denominó inicialmente la investigación de lo particular, pero no como una reflexión empírico-sociológica de cómo, por ejemplo, los poderes ilegales podrían “influir” en los legales. En aquel tiempo entendí que usted quería explicar cómo el concepto de acumulación originaria no se refiere acaso únicamente a un período temprano sino a cada una de las fases de la economía burguesa. El sujeto de esta acumulación originaria eran los grupos dentro de las clases que, según el modelo de los rackets, luchaban entre sí por la plusvalía extraí- da, tal como se manifiesta en el enfrentamiento de cada uno de los grupos dominantes, así como en muchas guerras de la historia mundial.

Me había parecido especialmente prometedor un análisis semejante de la acumulación originaria, tanto más cuanto en él probablemente se habría mostrado que, a pesar de toda legalidad, estos mismos grupos formados según el modelo de los rackets, que son determinantes en el reparto de la plusvalía, también influyen en su extracción, en la producción. Pero con ello se habría puesto el fundamento para un establecimiento de la unidad de producción y distribución, subrayada con razón de forma repetida: mientras que la producción determina la distribución, al mismo tiempo aquella es influenciada por esta. ¿No tenemos que percibir detrás de las formas que obstaculizan la producción de una determinada sociedad a partir de un momento histórico, a esas agrupaciones que se forman en la lucha por el reparto del botín? No ignoro ni por un instante que al principio los grupos son determinados por los requisitos materiales de la producción en un modo de producción dado; los sectores I y II 2, así como las secciones dentro de cada sector, constituyen en su forma objetiva el esbozo para las así llamadas funciones sociológicas. Pero, por otro lado, los tecnócratas, con todas sus limitaciones, han enfatiza- do una cosa con razón, que en la sociedad de clases la forma del valor de uso no puede ser efectiva racionalmente en ningún ámbito. Si se busca el fundamento para esta restricción, que se expresa directamente en los valores de cambio, en las relaciones de propiedad, entonces hay que ocuparse de su dinámica en la que, creo, el concepto de los rackets juega un papel decisivo. Tan correcto es deducir el concepto de clase, y todo lo que está relacionado con él, en una época determinada de la estructura técnica de la producción en esa época, como resulta insuficiente una conceptualización semejante si no concede a la clase condicionada de esta manera ninguna tendencia propia inscrita en su esencia específica. De otro modo, la teoría se vería ante la tarea imposible de tener que deducir de la forma inequívoca y concluyente las diferenciaciones y luchas dentro de la clase a partir la forma objetiva de la producción, lo que, en mi opinión, sería una tarea imposible y mal planteada. La suposición ingenua de la licitud lógica de una forma tan lineal y deductiva de la teoría, que se completa normalmente a través de la introducción ingenua desde fuera de circunstancias no deducibles, es decir, como hechos ateóricos, pertenece a aquellas suposiciones que todavía tenemos que superar. En Nueva York creí que usted habría entendido mis reflexiones sobre la teoría de clases como un paso en esta dirección y que quería potenciarlas a través de sus reflexiones sobre la acumulación originaria. Me entristece haberme equivocado en eso.

Su manuscrito sobre el concepto de desarrollo 3 contiene algún que otro detalle histórico de cuya comunicación le estoy agradecido. El planteamiento del problema puede parecer sugestivo y productivo, especialmente en este país. Creo, y le deseo, que el estudio será valorado como una aportación histórica valiosa. Mi objeción, sin duda bastante más seria, consiste en el fondo en que allí donde no se trata de su configuración sumamente detallada de las diferentes teorías económicas sino de las cuestiones que normalmente reciben el título de interpretación de la historia materialista, usted cae víctima de un primitivismo que convierte a Marx en un “científico social” hasta que realmente no se diferencia en absoluto del positivismo progresista, de los empiristas estrechos de miras. Para mí es simplemente imposible entender de cualquier otra forma diferente la reverencia ante Jones 4 a costa de Hegel. Tan solo que usted sea capaz de hablar de “sociologización”5 de la economía sin estremecerse de horror, si no ya ante la palabra, por lo menos ante la compañía a la que se asocia, y que usted mismo incluso cita, es para mí incomprensible. Usted sabe mejor que yo que los críticos de la economía política han mirado con desprecio a la obra de los fundadores de la sociología como el intento absolutamente impotente de una síntesis científica que no se podría poner al lado de Hegel; en esto Comte y Spencer tenían por lo menos otro calibre que Sombart 6 y Troeltsch. Una síntesis es lo que parece importarle también a usted mismo y es capaz de realizarla verdaderamente después de una nítida distinción de los méritos que hay que poner en la cuenta personal de Marx, quien por lo demás resulta de la unión de Saint-Simon, de Sismondi, de Jones, además naturalmente de la economía política clásica y de una dosis sospechosa de Hegel, de forma parecida a como se incluye a los filósofos en los libros de texto tradicionales. Creo que este punto de vista propio de la historia del pensamiento, que hace de Marx un eslabón en la larga cadena de economistas cada vez mejores, con o sin “sociologización”, sigue resultando poco adecuado al nivel al que él ha elevado la teoría, aun cuando en aquella carta a Weydemeyer 7 señalara una vez de modo ocasional los nuevos puntos de su doctrina en oposición a los heredados. ¿Qué cree usted que hubiera dicho él del empeño bienintencionado de ver su principal contribución en la“sociologización” e “historización” 8, cuando en realidad por todas partes es lo más antisociológica posible: insistir en la pregunta “¿quién tuvo un pensamiento en primer lugar?” o “¿qué novedad muestra esta investigación?”, o sea, el problema de la prioridad que usted, por lo que se refiere al “evolucionismo”, resuelve en perjuicio de Hegel, se dejaría aplicar evidentemente en una forma tan vergonzosa también a Marx. Basta con desmontar un razonamiento teórico solo el tiempo suficiente para descubrir que cada elemento aparece ya en algún otro sitio diferente. Yo mismo en su lugar en todo caso no me habría detenido en Saint-Simon y Condorcet sino que, por lo menos, habría retrocedido hasta el apreciado Vico 9, que por lo menos ha llevado hasta una claridad notable no sólo el concepto de desarrollo en la historia sino también el papel que juega la relación de clases en el proceso histórico, y difícilmente habría confundido los “directores técnicos y comerciales de la industria” 10 con los proletarios, como St. Simon. Ya sólo el principio de Vico en el que caracteriza “el desarrollo de las cosas humanas”: “primero fueron los bosques, luego las cabañas, luego las ciudades y, por último, las academias” 11, sugiere una idea más profunda del entrelazamiento de los momentos económico, social e ideológico a como puede encontrarse por ejemplo en Condorcet, sin mencionar las grandes intuiciones sobre la historicidad de la sociedad que Vico ha inaugurado a pesar de su aferrarse a la vieja doctrina de los ciclos y a pesar de su popularidad entre los estudiantes de sociología. Le suplico, por lo me- nos, cambiar o borrar la frase sobre el “punto fundamental en el cual Marx se une con Sismondi y Jones contra Hegel, un punto que no debe ser ignorado al adscribir influencia hegeliana a la ‘historización’ de la economía”12, una frase que, de hecho, por desgracia es más adecuada al espíritu de su estudio de lo que me gustaría reconocer. Aquí usted hace una concesión completamente indigna por su parte al aparato oficial de la historia de las ideas, que hace décadas hizo desaparecer lo“fundamental” en un ciego cálculo de la superficie.

Es completamente superfluo, y una aberración dentro del terreno de los des- cubrimientos de la ciencia natural, buscar nuevos “elementos” en la filosofía de la historia burguesa. Si las teorías sobre la plusvalía, en el contexto de una considera- ción teórica objetiva, conceden a Jones y Sismondi que estos, a diferencia del resto de los economistas, destacan “la determinación de la forma social del capital como lo esencial”13 y atribuyen las diferencias entre el modo de producción capitalista y otros a esta determinación, de ello no se debería hacer una línea divisoria de la his- toria de la filosofía de la historia. El intento que usted emprende en esta dirección me podría inducir casi a la tesis contraria: es sorprendente cómo, en realidad, los filósofos de la sociedad burgueses desde Aristóteles, el cual era un auténtico bur- gués si no se entiende al burgués de una forma tozudamente economicista, han dicho lo mismo una y otra vez, y precisamente la doctrina del desarrollo y del progreso continuo pertenece a las verdaderas invariantes burguesas, a las ideologías que deberíamos examinar de cerca y no saludar con fanfarrias como fases previas hacia la verdad finalmente conquistada. Si usted hubiera estudiado mis trabajos de los últimos años con una mirada a estas cosas, tal vez habría dudado de su creencia en un progreso ininterrumpido en la historia de las ideas. De acuerdo con la defensa de un pensamiento dinámico en general, su texto parece presuponer un concepto de Ilustración, el cual trae a la memoria las fórmulas del Romanticismo contra el pensamiento sin conciencia histórica del siglo dieciocho y su supuesto “racionalismo”. Todo ilustrado respetable, sobre todo Helvetius, sabía exactamente que lo negativo en la historia no es un asunto de mero error sino de relaciones reales, y la filosofía académica alemana en realidad no ha atacado al así llamado racionalismo de la Ilustración porque carecía de profundidad histórica, sino porque los alemanes sintieron en la posición de la Ilustración hacia la historia un elemento de resistencia que creían poder vencer solo a través del culto a lo meramente existente, es decir, a los hechos históricos, hasta que finalmente, en la figura del positivismo, la Ilustración y ese tipo de filosofía de la historia histórica llegaron a un acuerdo en el culto de lo dado. Tanto en Roscher 14 como en Savigny 15 usted ya encuentra estos dos momentos, la glorificación de lo histórico y el endurecimiento del conocimiento en los hechos, el uno cerca del otro. Me equivocaría mucho si esto fuera de otra manera en Jones, el amigo y seguidor de Malthus. Si Marx se sirve de él contra Ricardo, eso hay que entenderlo en parte en el sentido irónico de que para el dialéctico el reaccionario también tiene siempre razón contra el hombre de progreso, y si usted se remite al hecho de que Marx ha dedicado a Jones 70 páginas, también debería mencionar al mismo tiempo que a esto precede un libro sobre Ricardo de por lo menos 350. Si usted le concede a mi juicio lo más mínimo, suprima la frase en la que usted le reconoce al reverendo y funcionario inglés, por el hecho de haber escrito contra los especuladores de bolsa judíos, un “coraje”16 especial, solo porque sus propios colegas lucharon en aquel tiempo contra la explicación científica de la creación.

El momento hegeliano decisivo en la crítica de la economía política no es el de la dinámica o el desarrollo. Justo en esto lo ha querido convertir la historiografía burguesa. Más bien, la experiencia hegeliana en Marx consiste realmente en pensar juntas esa violencia de lo puramente fáctico y la posibilidad de su superación mediante su propio principio. Me parece que su polémica contra la idea de un Marx hegeliano se remonta a una idea falsa de Hegel. Por ello, si “la introducción de la idea de evolución se llevó a cabo bajo el influjo de Hegel” 17, de lo cual quiero ocuparme más tarde, no es en absoluto importante, sino más bien que [esta] se obtuvo del concepto hegeliano de la idea que se despliega y determinada como contradicción. El idealismo objetivo de Hegel, que entiende justamente la idea como la totalidad y no como la esfera especial de la conciencia, tiene como consecuencia que, en Hegel, algo así como una oposición entre la teoría y la realidad de la historia no juega ningún papel en absoluto. Su imagen de Hegel es ya la que se ha producido precisamente bajo la presión del positivismo, en la reducción de la dialéctica hegeliana al espíritu como la esfera de la superestructura cultural: usted polemiza contra Hegel como si fuera Dilthey. La amplificación de la idea como totalidad en Hegel, que ya Feuerbach sometió con razón a crítica, era por otro lado el motor para el conocimiento dialéctico de la realidad: la historia real no está como una masa de hechos frente a la conciencia, la cual contendría solamente estructura lógica, tendencia, razón e irracionalidad, contradicción, síntesis y otras cosas parecidas, mientras que la realidad sería una suma de hechos en la que esas determinaciones, así como todo orden en general, serían introducidas con posterioridad. Superar el carácter absoluto de esta oposición, en que se basaba toda la filosofía más reciente, pero especialmente la inglesa, fue la tarea de la obra de Hegel, sin la cual no se entiende ni el método de Marx ni ninguna de sus categorías decisivas. Este momento hegeliano hace también que los críticos de “El Capital”no solo se escandalicen por este o aquel elemento histórico-dogmático sino por el estilo y la estructura de su teoría. Si M., en las diferencias entre valor de uso y valor, intercambio justo e intercambio de la mercancía fuerza de trabajo, fuerzas y formas de la producción, plan en la fábrica y plan en la sociedad, etc., hubiera reconocido únicamente diferencias o exclusivamente “tensiones” y no contradicciones más o menos objetivas que se despliegan como irreconciliables, que empujan hacia su superación en formas superiores (de lo cual se deriva la idea de tendencia) y se comportan en general como conceptos, entonces en ningún caso habría sido tan escandaloso. Toda esta concepción según la cual los antagonismos, negaciones, superaciones deben ser objetivas en lugar de meras formas de hablar metafóricas, que trasladarían algo espiritual en forma figurada a la cosa, es una atrocidad para los teóricos oficiales por las razones más profundas y ellos interpretan de forma completamente sincera al materialista Marx y al idealista Hegel como unos mitólogos animistas que proyectarían en la materia las representaciones de la conciencia como los primitivos proyectan los demonios en la naturaleza. Estos señores querrían tener los mayores reconocimientos como científicos. Sin embargo, como es sabido, llevan las anteojeras filosóficas que el estudiante ya debe llevar puestas si, a fin de cuentas, quiere hacer el doctorado; reprochan a la metafísica un antropomorfismo totalmente desinhibido y olvidan con ello que el anthropos, del que debe provenir el orden lógico junto con todas las diferenciaciones conceptuales, opera al mismo tiempo como el sujeto burgués hipostasiado en el absoluto. ¡Y esto no debería ser un principio dogmático – solo porque esté oculto en lugar de estar admitido sinceramente! La hipostatización consiste aquí precisamente en que toda pregunta por la relación es conducida en último lugar siempre hasta el individuo científico, como si este justamente fuera el último, el famoso comienzo absoluto que Kant procuró combatir en la dialéctica trascendental18. La falsa creencia en este principio absoluto se encuentra todavía al parecer en ideas tan avanzadas como la teoría axiomática de las ciencias naturales, en tanto que no se presenta únicamente como una información sobre los modos de actuación intelectuales de algunos investigadores de la naturaleza, sino que, al mismo tiempo, quiere eliminar el pensamiento filosófico o, más bien, ponerse en su lugar. Esta superstición se encuentra ante todo en cualquier establecimiento de un par de principios de la lógica tradicional como si se tratara de principios superiores, definitivos, incondicionales, tras los cuales no sería posible volver a plantear ninguna cuestión. Bien entendido, que esto no impide en absoluto que los sabios en cuestión, en tanto científicos empíricos, puedan proporcionar contribuciones importantes sobre la dependencia del individuo de las relaciones materiales, sociales y psicológicas; esto solo muestra que el sentido de sus principios, de hecho, de todas sus categorías y más aun naturalmente de sus así llamadas convicciones ideológicas, golpea a su ciencia en la cara.

En lo que respecta a la idea de desarrollo, se deduce de todo esto que el despliegue del concepto no es en absoluto, tal y como usted piensa, lo simplemente contrario de un acontecer objetivo. Para Hegel, en efecto, el concepto es lo “interno”de las cosas, esto es, aquello como lo que las reconocemos en la teoría. Pero la línea divisoria inalterable entre el conocer y la naturaleza, entre ser y concepto, que incluso Spinoza, a través de una unificación sin mediaciones, no ha superado, es solo una expresión del hecho de que los burgueses despreciaron profundamente, a pesar de toda exaltación, tanto el espíritu como la naturaleza, en tanto que, en el fondo de su corazón, vieron en esta solamente el material sin sentido e indiferente del que sacar beneficio, y en aquel el medio para ello. Con el desarrollo de la comprensión de que precisamente lo que llamamos concepto y esencia no es ninguna fantasmagoría sino, en cada caso, la cosa misma, Hegel le dio a la teoría la seriedad que convirtió a los más grandes en sus discípulos. El concepto de desarrollo, no importa los descubrimientos que puedan haber sido hechos en su nombre, filosóficamente continúa siendo una simple metáfora, una ficción intelectual inofensiva, mientras se mantenga en pie la separación pre-hegeliana de concepto y realidad: en ese caso el concepto de desarrollo es simplemente un concepto en sentido subjetivo, una especie de plan de producción de la ciencia por medio del cual los hechos en sí mismos desconectados son conectados con una finalidad ad majorem negotii gloriam. Precisamente por el hecho de que la doctrina del desarrollo solo en determinadas figuras filosóficas se vuelve más incómoda que muchas otras teorías científicas, los ataques contra ella en cuanto hipótesis científica fueron llevados a cabo en su mayoría por los clérigos más ignorantes, mientras que los más inteligentes sabían que no tenían nada que temer de los descubrimientos científicos mientras estos se mantuvieran dentro de una filosofía que separaba diligentemente el cono- cimiento y la cosa. Entre los inteligentes se cuenta también el propio Darwin, que como pensador burgués se sentía respaldado más allá de toda contradicción religiosa por “distinguidos naturalistas y filósofos”, entre ellos [Karl] Vogt y Büchner 19,“y especialmente por Haeckel”20 (ver su introducción a Descent of Man21). Pero la broma se termina una vez que, con Hegel, el concepto es trasladado a la cosa misma, y con ello se pone en cuestión la licencia que se toman tanto la religión como otras opiniones privadas al hacer pasar sus mitologías por objetivas. Es decir, que solo entonces el proceso histórico objetivo se convierte en aquella interacción de necesidad y libertad en la que la escisión, solo en apariencia puramente romántica, de la naturaleza consigo misma, sobre la que aquellos señores creían fácilmente consolarse, se revela en la civilización tan racional y en la irremediable contradicción de la realidad social como su figura más desarrolla. En esta el mundo del concepto se convierte en aquella totalidad negativa que se mantiene viva a sí misma con una perpetua destrucción, en la totalidad que solo es ella misma en su destrucción. Por muy metafísica que suene esta interpretación en Hegel, ella es la que, aunque modificada y precisada, pervive en Marx –y, en efecto, el fascismo es el capitalismo total, que existe en su negación. Aunque las categorías de la economía se pueden, de hecho, acomodar y acercar hasta tal punto a las de la ciencia establecida que resulte de ello al final una especie de economía nacional absoluta, es una competencia que solo puede ser absorbida gracias a su mediación, si se exorciza de ellas el espíritu. Fue la dialéctica la que superó la concepción narcisista de la naturaleza sobrenatural del ser humano junto con la noción agnóstico-masoquista de la impotencia del conocimiento. Ella ha roto, en su forma idealista, pero especialmente en la materialista, con aquella filosofía que trata como invariantes la conciencia y el ser, el concepto y la realidad, la esencia y la apariencia, el espíritu y la naturaleza, el pensamiento y el acontecer, en pocas palabras, todas las categorías decisivas, situándolas antinómicamente unas junto a otras y poniéndolas en relación de forma externa y mecánica. Pero también para los marxistas alemanes siempre fue mucho más cómodo depurar a Marx del veneno hegeliano para situarlo en la línea de los científicos sociales serios que indigestarse con ello. Solo que créame: con la desintoxicación del veneno termina la vida de la teoría misma.

Si la clave en el proceso de la objetividad ha de buscarse en el movimiento del concepto, entonces, de entre las obras de Hegel, es la Lógica, mucho más que la Filosofía de la Historia o de la Naturaleza, la que los economistas tendrían que estudiar en primer lugar. Las definiciones de Hegel se acercan tanto más a la dialéctica materialista cuanto más estrictamente se mantienen en el ámbito del pensa- miento puro, y esto porque precisamente su pureza expresa de la forma más perfecta la esencia del mundo burgués como sistema, porque es la que más revela de él. No es casualidad que el pensador materialista que más seriamente reflexionó sobre estas cuestiones le hiciera a la Lógica, y no a la Filosofía de la Historia, aquellas anotaciones al margen22. Fue él quien quiso hacer obligatorio el estudio de la Lógica, y el que, si bien no con la fineza propia del especialista, sí con la mayor decisión, fue en busca de las consecuencias del positivismo de tipo machtiano 23. Es en este sentido leninista en el que tuvo lugar el ataque a la inclinación lukácsiana a aplicar la dialéctica no a la objetividad en su totalidad, sino solo a la del espíritu24, tal y como se solía escuchar por Heidelberg. ¡Sin embargo usted entiende la doctrina hegeliana según la cual el desarrollo sería el desarrollo del concepto como si él hubiese negado lo objetivo del mismo, y en especial incluso lo histórico! Cuando usted, en su esfuerzo por fundamentar todo esto, presupone como algo obvio el significado vulgar del término “concepto”, entonces eso es como cuando se le quisiera hacer a Marx el reproche de que él habría negado la naturaleza económica de las relaciones de clases porque, después de todo, la explotación significa algo moral o psicológico o a cualquier otra cosa –en lugar de deducir el significado a partir de su propia obra. Usted escribe que tenía por falsas las opiniones de Marcuse sobre la doctrina hegeliana de la historia, y que “no había encontrado para una opinión semejante ninguna prueba en Hegel”25. Probablemente sea también por eso que usted, en una publicación dedicada entre otros a Hegel, no cita ninguno de los libros de Marcuse sobre él 26, ni tampoco cualquier otro trabajo procedente de nuestro círculo, sino que se remite al párroco reaccionario Lasson 27, bajo cuya égida los rusos fueron excluidos de los congresos sobre Hegel. Usted lo presenta al público americano “como un moderno estudioso de Hegel” 28, mientras que, sin embargo, ya desde hace veinte años era bien sabido tanto en las universidades ale- manas como en las otras que la mayor preocupación del señor Lasson era desbara- tar toda idea progresista en Hegel, reconciliándolo con la Iglesia y con todo lo de- más que seguía siendo reaccionario en Alemania. De él toma usted también el parágrafo 249 de la Filosofía de la Naturaleza, tan citado por todos los hegelianos reaccionarios, el cual, precisamente porque en su rotundidad presupone la comprensión de todo lo precedente y un íntimo conocimiento del lenguaje hegeliano, puede ser tergiversado de manera especialmente sencilla en el sentido ya indicado. En realidad, esto significa que aquellos que desean reducir el desarrollo de manera positivista a una sucesión de hechos, ignoran por completo su naturaleza radical, ya que el desarrollo no se traduce en que una cosa se siga meramente de otra, sino que atañe a la esencia más íntima de las cosas, a través de la cual ellas se convierten en algo distinto mientras continúan siendo, a pesar de todo, las mismas. De esta forma, por ejemplo, unos períodos económicos no sustituyen simplemente a otros–tal y como opinan los economistas no dialécticos–, lo mismo el capitalismo se modifica permaneciendo el mismo, idéntico, va más allá de sí mismo y, con todo, en el fascismo continúa siendo aún el mismo, y en verdad solo entonces es él mismo. Este es el cambio “en sí”, el cambio interno, conceptual, que Hegel siempre sostiene contra aquella interpretación del desarrollo que simplemente aísla esta- dios que se siguen cronológicamente para después conectarlos a través de la palabra “derivan”, en la medida en que pone de relieve algunos aspectos de la Fase A que deben ser la causa de la Fase B.

Usted se lo pone demasiado fácil a sí mismo cuando, por una parte, caracteriza el “nuevo y dinámico enfoque” cuyo “portavoz” 29 sería Marx, con palabras del pro- pio Marx en el sentido de que los fenómenos sociales no contendrían elementos fijos y eternos, y que su “concepto”, su esencia, debe ser captada por ello en su movimiento, y por otra parte quiere sustituir a Hegel, cuya doctrina consiste en la explicación de este punto de vista, por Jones, el cual con toda probabilidad habría condenado la polémica presentada por usted contra la definición30. No se puede dar por sentado, en la página 2631, que el concepto sea algo subjetivo, algo del pensamiento, y por ello separar con esmero la lógica de la doctrina de la historia“objetiva”, y después, en la página 3432, elogiar a Marx por su método, según el cual la esencia del concepto tiene que ser descubierta en los acontecimientos sociales objetivos, donde usted, dicho sea de paso, como resultado de su proceder exclusivamente interpretativo, parece entender la oposición entre los atributos transitorios y las esencias tan rígidamente como firme y fijable por medio de definiciones sería, según su parecer, la oposición entre la lógica y la teoría de la historia. Cuando usted dice que el “historicismo” de Marx consistiría en la realización de una “teoría del cambio social”33, algo que yo sin embargo tomo por un lapsus linguae sociologista, que, sin que usted sea consciente de ello, adapta Marx a Ogburn 34, lo que sí debería en cambio saber es que la lógica de Hegel representa, en efecto, una teoría del cambio, tanto de las transformaciones objetivas como subjetivas, la más profunda que ha conocido la historia del pensamiento hasta hoy. Hegel recoge la opinión popular de que “el entendimiento, la razón, se encuentra en el mundo objetivo, que el espíritu y la naturaleza tienen leyes universales según las cuales se realizan su vida y sus cambios”35, y luego busca presentar las determinaciones de ese acontecer de forma abstracta, es decir, sin la inclusión del material empírico diferenciado según los distintos campos. La lógica (no la correspondiente obra de Hegel, que por supuesto es mucho más rica, sino la disciplina a la que él se refiere), se relaciona con la disciplina de la filosofía del derecho o de la historia como el principio se relaciona con su cumplimiento, el tema con su implementación en un material concreto, como las etapas históricas se relacionan con la idea, como la cosa con su núcleo –de forma totalmente análoga a como el proceso social empírico infinitamente diverso se ha relacionado con los momentos centrales que, según su propia exposición, Marx caracterizó a través de teorías especiales en él. Así al menos se presenta la relación cuando se prescinde de las conexiones propiamente dialécticas entre los diferentes ámbitos. La Lógica hegeliana, así como la Fenomenología y los trabajos tardíos, contienen toda una plétora de teorías sobre el desarrollo objetivo en todos los campos de la naturaleza humana y no-humana, e incluso aquellas que nos negamos a reconocer me parece que pueden compararse en originalidad y fuerza a las de sus evolucionistas. No es que yo quiera hacer de Hegel un marxista y atribuirle el famoso poner del revés 36. Solo quiero prevenirlo de malinterpretar la diferencia, con la ayuda de Lasson y un par de citas frívolas, de tal forma que Hegel termine en la filosofía de la historia materialista como un elemento más al lado de Jones y Sismondi.

Mis sentimientos en contra de su trabajo se basan en que encuentro que la con- vencionalidad de lo que usted dice en este texto entra en manifiesta contradicción no solo con su pretensión teórica, sino también con todo lo que es necesario hacer si no queremos repetir simplemente clichés teóricos y darnos de bruces contra eventuales descubrimientos históricos. Ser radical, tal y como más o menos leí una vez en un escritor bien conocido por ambos, significa pensar las cosas desde la raíz 37: encuentro, sin embargo, que en ninguna de las cuestiones que en usted se refieren al concepto de dinámica histórica puede hablarse en absoluto de un radi- calismo así, sino que se ha limitado a asumirlas tal y como es habitual entre aquellos progresistas que llaman místico 38 a Hegel y a Nietzsche romántico. Creo, en todo caso, que mientras esto continúe así, con otras palabras, que mientras el marxismo no se distinga teóricamente de una manera explícita del positivismo (y para lograrlo la praxis y las metas no son suficientes, sino que la separación afecta a la entera estructura de la teoría), el marxismo sucumbe realmente al positivismo también en el sentido de que no será otra cosa que una rama del anticuado aparato científico. Si uno lee su texto con detenimiento, encuentra que la entusiasta degradación del autor de El capital a científico social que usted lleva a cabo tiene una parte apologética en lo que respecta a la historia, que es apenas refrenada por el contenido de la tesis. El concepto de tendencia objetiva se pervierte en sus manos en un medio para darle la razón a los victoriosos e ignorar así lo decisivo, que la teoría y la praxis no solo están en contra de la más reciente injusticia, sino en contra de la injusticia que es la historia misma. De Sismondi, cuya atroz teoría de la literatura usted por lo demás presenta sin encontrar tiempo para una sola palabra crítica, dice: “Dejando de lado la clásica evaluación de esas tempranas econo- mías como irracionales, él mostró la justificación histórica de su existencia”39. Pero es precisamente en la confusión de la teoría con la justificación donde reside el error capital de Hegel –y es exactamente aquí donde es usted un hegeliano. ¿O piensa acaso que, por ejemplo, la prueba de la necesidad objetiva del fascismo, que como un vórtice atrae hacia sí todas las corrientes del capitalismo tardío, no podría aducirse igual de bien en todas las fases previas, y quizá incluso mejor? Marx combatió el utopismo no porque se hubiera comprometido en su lugar con la tendencia objetiva, sino porque la utopía le parecía al alcance de la mano sobre la base de esa tendencia.

Traducción del alemán de Dailos de Armas y Cristopher Morales

Notas:

1 La carta se conserva en el archivo de Max Horkheimer [M.H.] solo en la forma de una copia con papel carbón de un escrito a máquina. Esta lleva por título “Carta a H. Grossmann / 20 de enero de 1943 / extracto”. Se trata solo de una transcripción parcial –claramente de las partes teóricamente relevantes de la carta, con la omisión de las observaciones introductorias y conclusivas–, como se indica a través de puntos suspensivos al principio y al final.

En lo que respecta al contenido de la carta, se inscribe en la teoría de los rackets en la que M. H. estuvo trabajando desde principios de los años cuarenta; cf. la carta escrita a Löwenthal del 16.10.1942, así como, en especial, la primera versión del artículo terminado en 1943 “Zur Soziologie der Klassenverhältnisse” [Para una sociología de las relaciones de clase] (HGS 12, 1985, págs. 75 y ss.). En la esperanza de encontrar un apoyo decisivo para esto en los estudios de Grossmann sobre Marx y el marxismo, M. H. se vio aparentemente decepcionado. En último término, atribuyó esto a reduccionismos de especialista que achacaba a la interpretación que Grossmann tenía de Marx. Este reproche fue desarrollado en la presente carta basándose en su artículo “The Evolutionist Revolt against Classical Economics”, que parece haber leído en forma de manuscrito (este aparecería solo nueve meses más tarde en The Journal of Political Economy, Chicago, 1943, Bd. LI, Nr. 5, octubre de 1943, págs. 381-396, y Nr. 6, diciembre de 1943, págs. 506-522; en alemán:“Die evolutionistische Revolte gegen die klassische Ökonomie”, en Henryk GROSSMANN, Aufsätze zur Krisentheorie, Frankfurt a.M.: Neue Kritik, 1971, págs. 165ss.). En último término, de lo que trataba la crítica a Grossmann –y lo que hace de esta carta algo tan especialmente significativo– era la defensa de la orientación filosófica de la Teoría Crítica de la sociedad (vinculada a Hegel) frente a la tendencia a su sociologización en una perspectiva específica en esa disciplina.

El contexto en el que se encuentra esta carta no se hace evidente a partir de la correspondencia que se conserva entre M. H. y Grossmann, sino, más bien, a partir del intercambio epistolar de M. H. con Pollock, Löwenthal y Kirchheimer. En la primera recopilación de la correspondencia ambas cartas de referencia se han perdido. El legado de Grossmann, en el que se supone que deberían en- contrarse, hasta el momento se considera perdido. Como se desprende de los otros intercambios epistolares citados, M. H. no envió la carta en primer lugar a Grossmann, sino en forma de copia, tanto a Pollock como a Löwenthal, a los que pedía una opinión sobre el tema, así como sobre si debía mandarla o no.

En la carta del 21.1.1943 a Löwenthal se lee: “Adjunta encontrará una carta a Grossmann. Se trata de la respuesta a su segunda carta en la cual él se queja de nuevo sobre Pollock en los términos más insoportables. Como recordará, respondí a su primera carta con mucha más paciencia y educación, pero considero que ahora merece una respuesta más franca. Dado que él ha incluido su artículo sobre el concepto de desarrollo, que es el trabajo más corrompido que puede imaginarse, he pensado que podría ser una buena idea darle mi opinión sincera sobre él. De otro modo, volverá a decir que solo nos preocupamos y ayudamos a nuestros propios estudios, gastando dinero en secretarias, ediciones mimeografiadas, etc., mientras que él debe escribir sus obras maestras en las condiciones más difíciles. Tuve que sacarle de dudas sobre mi opinión en relación con lo que ha estado haciendo en los últimos años. / Por favor […] dígame si piensa que hay formulaciones particularmente arriesgadas con respecto a la izquierda o la derecha. Una de las páginas sobre la que tengo dudas es la mención de Nietzsche en la página 9, línea 7 contando desde abajo [aquí, tras la nota al pie número 30], ya que él es el anatema para todos los bandos. Por otra parte, creo que deberíamos ser francos y admitir que no se puede escribir sobre problemas filosóficos sin no saber otra cosa de Nietzsche salvo que era un romántico” (Max Horkheimer Archiv [MHA]: VI 16.105).

En la carta del 22.1.1943 a Pollock M. H. añadía sobre esto: “Está claro que esta carta no ha sido escrita solo para Grossmann, sino con el fin de definir ciertas ideas básicas sobre la dialéctica que a menudo se olvidan entre gente como él” (MHA: VI 33.334).

Una vez más, M. H mencionaba el asunto en una carta a Kirchheimer del 8.2.1943: “Entretanto, Grossmann me ha escrito una larga carta con los viejos e infundados ataques a Pollock y con algunas dudas sobre la teoría de los rackets. También me ha mandado su artículo sobre el concepto de desarrollo. Me parece que le debía una exposición franca de cómo me siento, no solo en lo que respecta a los ataques, sino antes que nada en relación a su punto de vista teórico actual, el cual, pienso, es la raíz de los malentendidos” (MHA: VI 11.316).

El 28 y el 29.1.1943 Pollock y Löwenthal ya habían comunicado respectivamente que no tenían ninguna objeción contra el envío de la carta a Grossmann. Que este efectivamente recibió la carta es algo que se infiere de la carta de Kirchheimer a M. H. del 15.2.1943, en la que en realidad no se describe la reacción de Grossmann, sino la valoración que hace Kirchheimer de la misma: “He leído con gran interés y satisfacción la copia de su carta a Grossmann. Él no me mostró su manuscrito [“The Evolutionist Revolt against Classical Economics”], pero, a juzgar por sus reacciones a su carta, me temo que ya no tiene capacidad para comprender el desplazamiento de nivel de su enfoque”(MHA: VI 11.314).

Sobre la respuesta de Grossmann escribe finalmente M. H. en una carta a Löwenthal el 19.2.1943: “Hoy he recibido una carta de 22 páginas de Grossmann. Su reacción a mi carta, aunque tan desquiciada como siempre, no fue indecente. Deja entrever una inteligencia rota, pero todavía relativamente honesta. Por supuesto él no acepta mis críticas, pero al menos intenta llevar a cabo una discusión teórica. No voy a responder, al menos no hasta que usted esté aquí” (MHA: VI 16.64).

En efecto, en la versión impresa se encuentran todas las formulaciones incriminadas por M. H. (con una única excepción; cf. nota 20), lo que debe ser atribuido a la rigidez de Grossmann cono- cida a partir de otras fuentes.
* La palabra racket se usaba en EEUU para referirse a una actividad deshonesta o ilegal, por ejemplo, el chantaje o la estafa, y tiene aquí la connotación de grupo que actúa con métodos gansteriles [Nota de los coord. del número].

2 Ver la carta del 6.11.1936, nota 2, en HGS 15, 1995, pág. 716 [Marx caracteriza la producción de medios de producción como sector I y la producción de medios de consumo como sector II de la reproducción del capital; cf. Karl MARX, El capital, T. 2, capítulo 21].

3 Enryk GROSSMANN, “The Evolutionist Revolt against Classical Economics”, op. cit. (ver nota 1).

4 Richard Jones (1790-1855), economista político inglés, profesor en Londres en 1832, entre 1835- 1855 en Haileybury, funcionario de tributos entre 1836-1851.

5 Enryk GROSSMANN, op. cit., ed. ing., págs. 381s.; ed. alem., págs. 168s.; el mismo Grossmann era allí parcialmente crítico, sin embargo, con cómo había sido utilizado el concepto de “sociologización” de la economía nacional en la recepción marxista de entonces.

6 Werner Sombart (1863-1941), economista, sociólogo y filósofo de la cultura, profesor en 1890 en Breslau, entre 1906-1931 en Berlín. En un primer momento Sombart estuvo cerca del marxismo, rechazándolo más tarde de manera absoluta por la impresión causada por la Revolución Rusa.

7 Karl MARX, carta a Joseph Weydemeyer del 5.3.1852, en Karl MARX y Friedrich ENGELS, Werke, Tomo 28, Berlin: Dietz, 1963, pág. 508.

8 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 382; en ed. alem. pág. 169.

9 Giovanni Battista Vico (1668-1744), filósofo italiano, profesor de retórica en Nápoles en 1698, historiador de la corte en 1734.

10 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 393; en ed. alem. pág. 184.

11 Giovanni Battista VICO, Die neue Wissenschaft über die gemeinschaftliche Natur der Völker (1744), traducción al alemán por Erich Auerbach (1924), Berlín, sin fecha, pág. 100.

12 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 514; en ed. alem. pág. 202.

13 Karl MARX, Theorien über den Mehrwert, vol. III, Stuttgart: J.H.W. Dietz, 31919, pág. 484, citado por Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 513, en ed. alem. pág. 200.

14 Wilhelm Georg Friedrich Roscher (1817-1894), economista político, profesor en Göttingen en 1843, en 1848 en Leipzig.

15 Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), abogado y hombre de estado prusiano, fundador de la“Escuela histórica del derecho”, profesor en 1800 en Marburg, en 1808 en Landshut, entre 1810-42 en Berlín.

16 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 513; en ed. alem., pág. 201.

17 Esta cita probablemente se refiera a una carta anterior de Grossmann que no se conserva. Esto es lo que sugiere otra cita en alemán, señalada en la nota 18.

18 Immanuel KANT, Kritik der reinen Vernunft, I., Zweiter Teil, Zweite Abteilung.

19 Ludwig Büchner (1824-1889), médico y escritor, de los más populares defensores del materialismo de su época.

20 Ernst Haeckel (1834-1919), médico y biólogo, representante popular del materialismo metafísico- filosófico.

21 Charles DARWIN, Die Abstammung des Menschen und die geschlechtliche Zuchtwahl, traducción de J. Victor Carus, 6a ed., Stuttgart: E. Schweizerbart’sche Verlagshandlung, 61902, pág. 3.

22 Vladimir Ilich LENIN, Konspekt zu Hegels “Wissenschaft der Logik” (título añadido posteriormente por los editores del Instituto para el marxismo-leninismo; publicado partir del legado inédito en 1929); en Vladimir Ilich LENIN, Werke, Tomo 28, Berlin: Dietz, 1971, págs. 77 y ss.

23 Vladimir Ilich LENIN, Materialismus und Empiriocritizismus, (1908, ed. alemana de 1927).

24 Cf. Georg LUKÁCS, Geschichte und Klassenbewußtsein, Berlin: Malik-Verlag, 1923, págs. 156 y ss.

25 Cf. nota 12.

26 Henryk Grossmann se había referido efectivamente a Razón y revolución de Marcuse, aunque solo de una manera preliminar y marginal, con la frase: “Hegel, en cambio, defendía la posición de que la historia había alcanzado su culminación en aquella época, y que la idea y la realidad habían encontrado un suelo común” (op. cit., pág. 383, nota 13; en ed. alem., pág. 169).

27 Georg Lasson (1862-1932). Hijo del filósofo Adolf Lasson, párroco evangélico en Berlín, editor de las Sämtliche Werken de Hegel (1905 y ss.).

28 Esta formulación se encuentra ausente en la versión impresa.

29 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 517; ed. alem., pág. 206.

30 Lo que se menciona aquí es el rechazo de las definiciones hegelianas por parte de Marx en cuanto fijaciones inapropiadas de constelaciones meramente parciales o variables; cf. Henry GROSSMANN, ibid.

31 Ibid., pág. 515; ed. alem., pág. 203.

32 Ibid., pág. 517; ed. alem., pág. 206.

33 Ibid., pág. 518; ed. alem., pág. 207.

34 William F. Ogburn (1886-1959, sociólogo, en 1914 profesor en Nueva York, en 1927 en Chicago), que fundamentalmente intentó ofrecer una explicación del cambio social (teoría del “lag cultural”).

35 Georg Wilhelm Friedrich HEGEL, Wissenschaft der Logik, Hamburg: Meiner, 1934, Tomo I, Intro- ducción, pág. 32.

36 “La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel no le impidió de ningún modo ser el primero en presentar sus formas generales de una forma consciente y comprehensiva. En él la dialéctica se encuentra, sin embargo, cabeza abajo. Se le debe dar la vuelta para encontrar el núcleo racional dentro de ese envoltorio místico.” (Karl MARX, Das Kapital, Tomo I, Epílogo a la segunda edición, en: Karl MARX y Friedrich ENGELS, Werke, Tomo 23, Berlin: Dietz, 1962, pág. 27).

37 Karl MARX, “Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie”, en: Id., Die Frühschriften, Stuttgart: Kräner, 1964, pág. 216.

38 Sin embargo, el propio Marx utiliza este término (en el sentido del mistificador): cf. nota 36.

39 Henryk GROSSMANN, op. cit., pág. 396; ed. alem., pág. 188.

Deleuze y lo que nos fuerza a pensar: postulados contra la identidad

Por Silvana Vignale [1]

La filosofía no es contemplación, no es reflexión, no es comunicación, es creación. Es el arte de inventar o de crear conceptos, conceptos que nos fuercen a pensar de una manera distinta a como pensamos. Porque como dice Deleuze, “hay dos tipos de cosas: las que dejan al pensamiento tranquilo” y “las que fuerzan a pensar” (Deleuze, Diferencia y repetición, 214). Las primeras, son objetos del reconocimiento o de la legitimidad: aquellas que se dirigen a ofrecer cierta seguridad ontológica y que se identifican con una moral: una voluntad de verdad que quiere lo verdadero, que quiere lo indubitable, que quiere la certeza, que quiere lo universal –por sobre la ficción y la creación, por sobre la incertidumbre, por sobre la multiplicidad–. Las cosas que dejan al pensamiento tranquilo y persiguen la voluntad de verdad entienden ésta última como “buena voluntad”. Pero, si de lo que se trata es de hacer frente a la incertidumbre, al azar, al error, a la discontinuidad, la filosofía debe encontrarse “más allá del bien y del mal”. Las cosas que dejan tranquilo al pensamiento quieren la verdad y no la vida. Dejar al pensamiento tranquilo, es dejarlo en reposo. Además de estas cosas, para Deleuze también “hay algo en el mundo que fuerza a pensar. Ese algo es el objeto de un encuentro fundamental, y no de un reconocimiento” (Deleuze, Diferencia y repetición, 215). Un encuentro afectivo, algo que puede ser sentido, y que nos interpela, que nos fuerza a plantearlo como problema. Ya no se trata entonces de cómo aplicar metódicamente un pensamiento, sino de “hacer nacer lo que no existe todavía”.

Lo que nos fuerza a pensar Deleuze, es del orden de un acontecimiento en el pensamiento y en la historia del pensamiento. Si la tarea de la filosofía es hacer un diagnóstico de lo que somos, un diagnóstico del presente, Deleuze supo mostrar que hay conceptos que ya no nos permiten pensarnos, que no nos permiten el diagnóstico: “hombre”, “persona”, “individuo”, “sujeto”. Todas esas nociones –que no sólo son las que circulan en la anquilosada academia y en esa teoría rancia que pretende olvidarse del cuerpo, de la vida, de la experiencia-  son las que todavía nos determinan en la vida práctica: en nuestras relaciones, en el paso por las instituciones. La medicina, la pedagogía, la psicología, el derecho, nos tratan como “personas”, como “individuos”, como “hombres”: como sustancias abstractas, como rescoldos del espíritu absoluto, como res cogitans (eso que Descartes denominaba como la cosa pensante). Frente a ello, Deleuze no sólo nos fuerza a pensar lo impensado: en cuanto la filosofía no es legitimar lo que ya sabemos, como decía Foucault, sino en emprender el trabajo de cómo y si es posible pensar de otro modo, Deleuze nos fuerza a pensarnos por fuera de la identidad de un yo, y todavía más, por fuera de la identidad de un cuerpo. Porque no sólo tenemos la ilusión de la identidad de una interioridad, de una conciencia o de un alma. De eso que denominamos “yo”, en cada una de nuestras afirmaciones o interrogaciones. También tenemos la ilusión de “tener un cuerpo”. Pero un cuerpo no se tiene, un cuerpo no es “un” cuerpo. No podemos tampoco predicar una identidad permanente a la res extensa (a la cosa material, que es el cuerpo): es trasladar la ilusoria idea de la identidad de quienes somos, al cuerpo. Es realizar la misma operación metafísica y a la vez liberal de considerar el cuerpo como una cosa que nos pertenece, del orden de la propiedad privada. No se trata entonces de dicotomías, no es el alma o el cuerpo. Es la posibilidad de pensar en otras formas de individuación que no son las de la identidad y la permanencia. Somos muchos, hay una multiplicidad, hay un conjunto de infinitamente pequeños que nos pueblan. No somos, ni tenemos un cuerpo. La piel no es nuestro límite, sino una frontera afectiva, el lugar propio de los intercambios, de los flujos. El lugar desde donde comenzamos a ser con otros, y a configurarnos y reconfigurarnos con aquello que puede dominarse un afuera, o una exterioridad. Aunque no hay afuera y adentro.

Deleuze entonces, nos obliga a una ontología del presente, a un diagnóstico de lo que somos mismos a partir de otros conceptos, que buscan escapar a  los dualismos y las dicotomías. Conceptos como los de “rizoma”, “pliegue”, “inmanencia”, “haecceidad”, “cuerpo sin órganos”. De ellos he tomado algunos postulados, postulados que nos fuerzan a pensar lo impensado, que nos interpelan a percibir entre las cosas y no desde la ilusión de este “yo” que creo ser, postulados que he llamado, postulados contra la identidad.

Un rizoma tiene múltiples entradas. No le busquemos el principio, por donde empieza, no busquemos dónde termina. Se opone a toda lógica que estructura a partir de un centro o de una jerarquía absoluta. El pensamiento no tiene un tronco, conecta desde un punto cualquier otro punto. Primer postulado contra la identidad: “No tiene ni principio ni fin, siempre tiene un medio por el que crece y desborda. Constituye multiplicidades lineales de n dimensiones, sin sujeto ni objeto”. Sin sujeto ni objeto: contra toda ilusión del control del sujeto sobre lo que conoce. Deleuze avanza: de lo que se trata es de percibir por el medio, no desde el sujeto, sino entre las cosas, el medio como el sitio por el que las cosas adquieren velocidad. “Entre las cosas –dice Deleuze– no designa una relación localizable que va de la una a la otra y recíprocamente, sino una dirección perpendicular, un movimiento transversal que arrastra a la una y a  la otra, arroyo sin principio ni fin que socava las orillas y adquiere velocidad por el medio” (Deleuze y Guattari, Mil Mesetas, 29).

Socavar las orillas de la una y la otra: en cuanto no hay una grieta que efectivamente deje de un lado al sujeto y del otro al objeto. En cuanto no hay tampoco una interioridad a la cual podamos atribuirle la permanencia en el tiempo. O si la hay, es que se ha constituido y formado por ese movimiento que socavas las orillas, un pliegue de la exterioridad. Segundo postulado contra la identidad: “El afuera no es un límite petrificado, sino una materia cambiante animada de movimientos peristálticos, de pliegues y plegamientos que constituyen un adentro: no otra cosa que el afuera, sino exactamente el adentro del afuera” (Deleuze, “Foucault”, 128). El afuera de los discursos y las relaciones de fuerza que se pliegan para constituir un adentro: adentro al que denominamos “yo”, y al que concebimos, propiamente, como interioridad. Plegar el afuera es relacionar la fuerza consigo misma: pero nada de identidad, nada de sujeto. Se trata de los devenires de un movimiento, y en todo caso, al sujeto hay que continuamente crearlo como núcleo de resistencia: llegar a ser el que se es. “Lo más lejano deviene interior al transformarse en lo más próximo: la vida en los pliegues” (Deleuze, “Foucault”, 158).

Vida que no puede pensarse como “la” vida de cada quien, sino como “una vida”. Tercer postulado contra la identidad: “Una vida está en todos lados, en cada uno de los momentos que atraviesa tal o cual sujeto viviente y que miden tal o cual objeto vivido: vida inmanente portadora de  los acontecimientos o singularidades que no hacen más que actualizarse en sujetos y objetos” (Deleuze, La inmanencia: una vida…, 38). Entre la vida y la muerte hay un momento que sólo cuenta como el de una vida, y no como la vida de un individuo concreto. La vida del individuo cede ante una vida impersonal, pero no por eso deja de ser singular. Deleuze describe ese momento entre la vida y la muerte a partir del relato de Dickens, “Nuestro amigo común”, para referir ese instante en el que no cuenta el individuo sino una vida, que es puro acontecimiento, liberado de los accidentes de la vida interior, es decir, de toda subjetividad y objetividad. No es otra cosa que una haecceidad.

Una haecceidad es una forma diferente de individuación: un modo de individuación, una singularización, que no es el de una sustancia o sujeto determinados. Postulado cuarto contra la identidad: “Existe un modo de individuación muy diferente del de una persona, un sujeto, una cosa o una sustancia. El clima, el viento, la estación, la hora, no son de otra naturaleza que las cosas, los animales o las personas que los pueblan, los siguen, duermen o se despiertan en ellos” (Deleuze y Guattari, Mil mesetas 266). Entonces, la individuación de una vida no coincide con la de un sujeto individual, ni tampoco con un cuerpo, el mío propio.

La noción de Deleuze de “cuerpo sin órganos” debe entenderse en sentido crítico respecto de la idea de una persona propietaria de su cuerpo y de sus propios órganos. Quinto y último postulado contra la identidad: “Un cuerpo sin órganos no es un cuerpo vacío y desprovisto de órganos (…) el cuerpo sin órganos se opone, pues, no tanto a los órganos como a la organización de los órganos, en la medida en que ésta compondría un organismo. No es un cuerpo muerto, es un cuerpo vivo tanto más vivo, tanto más bullicioso cuanto que ha hecho desaparecer el organismo y su organización. Unas pulgas de mar saltando en la playa. Las colonias de la piel. El cuerpo lleno sin órganos es un cuerpo poblado de multiplicidades” (Deleuze y Guattari, Mil mesetas, 37). El cuerpo sin órganos no se define por la materia, o no exclusivamente: sino por zonas de intensidad, y por su desorganización. Su vitalidad no es orgánica: de allí que nadie sabe lo que un cuerpo puede. La pregunta de Spinoza ¿qué puede un cuerpo? ¿de qué es capaz? Interroga por los afectos y por los devenires: unas veces nos debilitan, en la medida en que disminuyen nuestra potencia de obrar y otras nos hacen fuertes, en la medida en que aumenta nuestra potencia. Spinoza no se asombra de tener un cuerpo, sino de lo que puede el cuerpo. Porque los cuerpos no se definen por sus órganos o funciones, como tampoco por su identidad respecto de sí mismos. Por eso no es el cuerpo contra el alma, sino superar todo dualismo y percepción que empieza en un sujeto y acaba en un objeto. Por eso, y termino aquí, con unas palabras de Deleuze, y unas de Foucault. Dice Deleuze: “Experimentad, pero no dejéis de tener en cuenta que para experimentar hace falta mucha prudencia. Vivimos en un mundo más bien desagradable, en el que no sólo las personas sino también los poderes establecidos, tienen interés en comunicarnos afectos tristes. La tristeza, los afectos tristes son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar. Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en esclavos”. En “Una introducción a la vida no fascista”, prefacio que Foucault realiza a El Antiedipo de Deleuze y Guattari, Foucault dice: “¿Cómo hacer para no convertirse en  fascista incluso cuando (sobre todo cuando)  se cree  ser un militante revolucionario? ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos, de nuestros corazones y placeres, ese  mismo?  ¿Cómo arrancar ese  fascismo  incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las trazas de la carne que se habían introducido en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari,  en cambio, acechan las más ínfimas partículas del fascismo en el cuerpo. (…) No imaginéis que haya que ser  triste para ser militante, incluso si lo que  se combate es abominable. Es el vínculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representación)  el que posee una fuerza revolucionaria”.

Bibliografía:

DELEUZE, Gilles (2006). Conversaciones. Valencia, Pre-textos. Trad. José Luis Pardo Torío.

DELEUZE, Gilles (2002). Diferencia y repetición. Buenos Aires, Amorrortu. Trad. María Silvia Delpy y Hugo Beccacece.

DELEUZE, Gilles (2008). Foucault. Buenos Aires, Paidós. Trad. José Vázquez Pérez.

DELEUZE, Gilles (2009).  “La inmanencia: una vida…”. En: GIORGi, Gabriel y Fermín Rodríguez. Ensayos sobre biopolítica; excesos de vida: Gilles Deleuze, Michel Foucault, Antonio Negri, Slavoj Žižek, Giorgio Agamben. Buenos Aires, Paidós. Trad. Fermín Rodríguez, Flavia Costa, Edgardo Castro, Javier Ferreira, Gabriel Giorgi y Ángel Gabilondo.

DELEUZE, Gilles y Félix  Guattari (2006). Mil Mesetas; capitalismo y esquizofrenia. Valencia, Pre-textos. Trad. José Vázquez Pérez.

FOUCAULT, Michel (2011): “Una introducción a la vida no fascista”, en Revista Transversales, nº 1, Buenos Aires, 2011, trad. Federico Yamamoto, pp. 32-36.

[1] Doctora en Filosofía, Investigadora Adjunta en CONICET. Contacto: svignale@mendoza-conicet.gob.ar

Fuente: http://lobosuelto.com/deleuze-y-lo-que-nos-fuerza-a-pensar-postulados-contra-la-identidad-silvana-vignale-1/

Análisis de la opresión

Por Simone Well

El 24 de agosto de 1943 moría a los 34 años la filósofa y activista francesa Simone Weil. En 1934 escribirá sobre las causas de la libertad y de la opresión social

Apartado incluido en el libro de Simone Weil ‘Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social’, escrito a finales de 1934, a sus 25 años de edad.

Se trata, en definitiva, de conocer lo que une la opresión, en general, y cada forma de opresión, en particular, al régimen de producción; dicho de otro modo, se trata de llegar a captar el mecanismo de la opresión, de llegar a comprender en virtud de qué surge, subsiste y se transforma, en virtud de qué quizá podría, teóricamente, desaparecer. Ésta es, prácticamente, una cuestión nueva. Durante siglos las almas generosas han considerado que el poder de los opresores constituía una pura y simple usurpación a la que había que intentar oponerse, bien con la simple expresión de una reprobación radical, bien con la fuerza armada, al servicio de la justicia. En las dos formas, el fracaso ha sido siempre completo; y nunca tan significativamente como cuando ha presentado apariencia de victoria, como fue el caso de la Revolución francesa, cuando, después de haber conseguido hacer desaparecer, en efecto, una cierta forma de opresión, se asistió con impotencia a la inmediata instalación de una opresión nueva.

La reflexión sobre este estrepitoso fracaso, que coronaba todos los demás, indujo a Marx a comprender que no se puede suprimir la opresión si subsisten las causas que la hacen inevitable y que estas causas residen en condiciones objetivas, es decir, materiales, de la organización social. Elaboró así una concepción de la opresión completamente nueva, no ya como usurpación de un privilegio sino como órgano de una función social. Esta función es la que consiste en desarrollar las fuerzas productivas, en la medida en que este desarrollo exige duros esfuerzos y pesadas privaciones; entre este desarrollo y la opresión social, Marx y Engels percibieron relaciones recíprocas.

En primer lugar, según ellos, la opresión se establece sólo cuando el progreso de la producción ha suscitado una división del trabajo suficiente como para que el intercambio, el mando militar y el gobierno constituyan funciones distintas; por otra parte, la opresión, una vez establecida, provoca ulteriores desarrollos de las fuerzas productivas, cambiando de forma a medida que este desarrollo lo exige, hasta el momento en el que, al llegar a ser una traba más que una ayuda, simplemente desaparece. Por brillantes que sean los análisis concretos con los que los marxistas han ilustrado este esquema y a pesar de constituir un progreso sobre las indignaciones ingenuas que han reemplazado, no se puede decir que saquen a la luz el mecanismo de la opresión. Sólo describen de ésta, y parcialmente, su nacimiento; ya que ¿por qué la división del trabajo se habrá de convertir necesariamente en opresión?

No permiten esperar, en absoluto, razonablemente su fin; porque, si Marx creyó mostrar cómo el régimen capitalista acaba dificultando la producción, ni siquiera intentó probar que, actualmente, cualquier otro régimen opresivo la dificultaría de igual modo; además se ignora por qué la opresión no podría conseguir mantenerse, incluso después de haberse convertido en factor de regresión económica. Marx omite explicar, sobre todo, por qué la opresión es invencible mientras es útil, por qué los oprimidos rebeldes nunca han conseguido fundar una sociedad no opresiva, bien sobre la base de las fuerzas productivas de su época, bien a costa de una regresión económica que difícilmente habría acrecentado su miseria; en fin, deja por completo en la sombra los principios generales del mecanismo por el que una forma de opresión es sustituida por otra.

Es más, los marxistas no sólo no han resuelto ninguno de estos problemas, ni siquiera han creído que fuera su deber formularlos. Les ha parecido que daban cuenta de la opresión social suficientemente planteando que corresponde a una función en la lucha contra la naturaleza. Además, esta correspondencia sólo la han aclarado, verdaderamente, en el régimen capitalista; en todo caso, suponer que una correspondencia tal constituye una explicación del fenómeno es aplicar, inconscientemente, a los organismos sociales el famoso principio de Lamarck, tan ininteligible como cómodo, «la función crea el órgano». La biología no comenzó a ser una ciencia hasta el momento en que Darwin sustituyó este principio por la noción de condiciones de existencia.

El progreso consiste en que la función no se considera ya como causa sino como efecto del órgano, único orden inteligible; desde entonces el papel de causa sólo se atribuye a un mecanismo ciego, el de la herencia combinada con las variaciones accidentales. En realidad, por sí mismo, este mecanismo ciego produciría al azar cualquier cosa; la adaptación del órgano a la función entra aquí en juego para limitar el azar eliminando estructuras no viables, no ya a título de tendencia misteriosa, sino en cuanto condición de existencia; y esta condición se define por la relación del organismo considerado al medio, en parte inerte y en parte vivo, que lo rodea y, muy particularmente, a los organismos semejantes que compiten con él. La adaptación, desde entonces, se concibe por relación a los seres vivos como una necesidad exterior, y ya no interna. Está claro que este esclarecedor método no sólo es válido en biología, sino siempre que nos encontremos en presencia de estructuras organizadas que no han sido organizadas por nadie. Para poder apelar a la ciencia en materia social sería necesario haber realizado, respecto al marxismo, un progreso análogo al que Darwin realizó respecto a Lamarck.

Las causas de la evolución social no deben buscarse ya en otra parte sino en los esfuerzos cotidianos de los hombres considerados como individuos. Desde luego, estos esfuerzos no se dirigen a cualquier punto; dependen, en cada caso, del temperamento, de la educación, de la rutina, de las costumbres, de los prejuicios, de las necesidades naturales o adquiridas, del entorno, y, sobre todo, de la naturaleza humana en general, término cuya difícil definición, probablemente, no significa que carezca de sentido.

Pero, dada la casi indefinida variedad de individuos, dado, sobre todo, que la naturaleza humana comporta, entre otras cosas, el poder de innovar, de crear y de superarse a uno mismo, este tejido de esfuerzos incoherentes produciría, en materia de organización social, cualquier cosa si, en este ámbito, el azar no se encontrase limitado por las condiciones de existencia a las que toda sociedad debe conformarse, so pena de ser sojuzgada o aniquilada. Los hombres que están sometidos a ellas ignoran, muy frecuentemente, estas condiciones de existencia que actúan, no imponiendo al esfuerzo de cada uno una determinada dirección, sino condenando a la ineficacia cualquier esfuerzo en la dirección vetada por ellas.

Como para todos los seres vivos, estas condiciones de existencia están determinadas, en primer lugar, por una parte, por el medio natural, por otra, por la actividad y particularmente por la competencia con otros organismos de la misma especie, es decir, al darse otros grupos sociales. Sin embargo, entra en juego también un tercer factor, a saber, la disposición del medio natural, la maquinaria, el armamento, los procedimientos de trabajo y de combate; este factor ocupa un lugar aparte por el hecho de que, si se trata de la forma de organización social, sufre de ella, a su vez, la reacción. Por lo demás, este factor es el único sobre el que los miembros de una sociedad pueden tener algún dominio. Esta ojeada es demasiado abstracta para poder guiarnos; pero si se pudiese, a partir de esta perspectiva general, llegar a análisis concretos, se posibilitaría, finalmente, el planteamiento del problema social.

La buena voluntad ilustrada de los hombres de acción en tanto que individuos es el único principio posible del progreso social; si las necesidades sociales, una vez percibidas claramente, se revelasen como fuera del alcance de esta buena voluntad del mismo modo que las que rigen los astros, nadie podría sino mirar el desarrollo de la historia como se mira el de las estaciones, haciendo lo posible por evitar, para uno mismo y para los seres queridos, la desgracia de ser tanto un instrumento como una víctima de la opresión social.

De lo contrario, en primer lugar habría que definir como límite ideal las condiciones objetivas que permitirían una organización social absolutamente libre de opresión; después, habría que buscar por qué medios y en qué medida se pueden transformar las condiciones efectivamente dadas, con el fin de aproximarlas a este ideal; encontrar cuál es la forma menos opresiva de organización social para un conjunto de condiciones objetivas determinadas; definir, en fin, en este ámbito, el poder de acción y las responsabilidades de los individuos considerados como tales. Sólo en estas condiciones la acción política podría llegar a ser algo análogo a un trabajo, en lugar de ser, como hasta ahora, bien un juego, bien una rama de la magia.