Christian Ferrer: “El anarquismo siempre ha sido un yacimiento inagotable de ideas y personalidades”

Por Fernanda Sánchez Jaramillo

 

FSJ: ¿Por qué habla usted en pasado cuando describe a los anarquistas como aves de tormenta?CF: Aunque no por completo, ya ha quedado atrás el tiempo en que solía imaginarse a los anarquistas como seres nocturnos, sino lunáticos, propensos a la violencia. Es cierto que los anarquistas estuvieron presentes en todas las tormentas de la historia –¿acaso no se descargan sobre la población todos los días?–, pero mayormente su labor fue evangelizadora y provechosa.

Bibliotecas y sindicatos abundaron mucho más que conspiraciones y abalanzos. Si bien la figura del “ave de las tormentas” es poderosa, quizás los anarquistas hubieran preferido ser recordados como aves del paraíso –anunciadoras de un mundo con menos dolor–.

En todo caso, siguen aquí. Aprendieron a sobrevivir, como el ave fénix, porque no se ha inventado, en todo el siglo XX, y tampoco en lo que llevamos del actual, una teoría más radical que la anarquista que explique la existencia del poder separado de la comunidad.

FSJ: ¿Es el anarquismo en su concepto un ideal petrificado?

CF: En todos los movimientos políticos o corrientes de ideas hay ujieres que cuidan de las cajitas de cristal, y el anarquismo no es la excepción, algo entendible, porque en su momento debieron encajar derrotas descomunales. Pero el anarquismo siempre ha sido un yacimiento inagotable de ideas y personalidades.

Ha demostrado ser heterogéneo, ubicuo, sin comando central, muy próximo a problemas nacientes que otros miran a la distancia –ecología, antiespecismo, veganismo, antimoralismo, etcétera–. Su signo es la fluidez desconcertante y la riada ocasionalmente rampante: la petrificación nunca termina de cuajar. Por lo demás, los anarquistas siempre han sido una minoría demográfica –incluso en su mejor momento–. Su gran logro es la influencia que dejan a su paso –que a veces no es notoria a simple vista–.

FSJ: En los años 20, anarquistas europeos llegaron a Colombia y Argentina e influenciaron las luchas de los trabajadores en ambos países. ¿Cuál es el impacto de los anarquistas, que constituyeron una ala de la F.O.R.A. Argentina en los años 20?

CF: En verdad, los anarquistas tuvieron presencia notoria en Argentina a partir del año 1890, y su poder e influencia perduraron hasta la década de 1930. En Colombia el impacto fue menor que el del caso argentino. Dejaron un legado: la importancia de la organización sindical, la tradición de lucha social, el recuerdo de una serie de propuestas que implicaban una revolución cultural más que política o gremial. Nada de eso se pierde: unos recuperan sus vestigios, otros renuevan las antiguas consignas, y otros más actualizan sus logros.

FSJ: ¿Qué espacio de acción tienen los anarquistas y sus ideas en medio de la crisis argentina?

CF: Los anarquistas son pocos, su espacio de acción es limitado. Hacen lo que pueden.

FSJ: En Argentina, en el pasado, los anarquistas eran expropiadores, huelguistas, ecologistas radicales. ¿Cómo caracterizaría a los anarquistas hoy?

CF: Como personas a las que no les gusta mandar ni obedecer, y que, en el mejor de los casos, son escuchados como aquellos que van a la raíz de los malestares sociales.

FSJ: ¿Qué tan viable es una revolución personal como la propone el anarquismo en medio de un modelo que excluye lo distinto?

CF: El “sistema” no excluye lo distinto –como antes–, lo integra “homeopáticamente”. En Occidente se pretende incluir a los excluidos en un sistema social que produce exclusión. Es la ambición “declarada” de todos los partidos políticos. Entonces se mide el dolor –hay expertos estatales en hacerlo– y se conceden subsidios, paliativos, y también derechos que no ponen en entredicho la vieja costumbre de unos de lucrar con el trabajo de los demás o de compeler a la mayoría a subordinarse a los mandatos sociales que convienen a los que la pasan bien a costa del malestar de los más.

FSJ: ¿Por qué la sociedad le teme a los anarquistas?

CF: Cuando casi todos desean escalar los peldaños de la pirámide –la imagen de la sociedad jerárquica, desde muy antiguo– con la necia ilusión de llegar a lo alto, aquellos que pretenden derrumbarla no suelen ser entendidos. Difícilmente haya escucha cuando los idólatras atienden a los espectáculos y retóricas de los señores que están apoltronados en el vértice superior.

Theodor Adorno. La inteligencia es una categoría moral

Por Grupo Akal

Nacido en Frankfurt en 1903, las dos pasiones de Theodor Adorno desde temprana edad fueron la filosofía y la música, a la que se dedicaron su madre y su tía. Ya en la universidad, Adorno estudió musicología y filosofía, licenciándose en 1924. Aunque tenía ambiciones como compositor, los reveses en su carrera musical le inclinaron cada vez más hacia la filosofía. Sus dos pasiones convergieron en el ámbito de la crítica a la industria que rodea a la cultura popular, manifiesta en Über Jazz (Sobre el Jazz), conocido y polémico ensayo que Adorno publicó en 1936.

En 1938, en pleno auge del nazismo en Alemania, emigró a Nueva York, trasladándose luego a Los Ángeles, donde fue profesor de la Universidad de California. Regresó a Alemania una vez acabada la Segunda Guerra Mundial y ocupó una cátedra en Frankfurt. Adorno falleció a los 66 años durante unas vacaciones en Suiza.

  • Obras principales
  • 1949 Filosofía de la nueva música.
  • 1951 Minima Moralia.
  • 1966 Dialéctica negativa.
  • 1970 Teoría estética.

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La inteligencia es una categoría moral

  • Rama: Ética
  • Orientación: Escuela de Frankfurt
  • Antes
  • Siglo I d.C. San Pablo escribe y reflexiona sobre ser «necio por Cristo».
  • 500–1450 En la Europa medieval se populariza la visión alternativa del mundo representada por la idea de «locura santa» .
  • Siglo XX El auge global de los diversos medios de comunicación de masas plantea nuevas cuestiones éticas.
  • Después
  • 1994 El neurólogo portugués Antonio Damasio publica El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano.
  • Siglo XXI Slavoj Žižek estudia la dimensión política, social y ética de la cultura popular.

En Occidente la figura del loco santo goza de una larga tradición, pues se remonta hasta la epístola de san Pablo a los corintios en la que pide a sus seguidores que sean «necios por Cristo». A lo largo de la Edad Media esta idea acabó tomando la forma del santo insensato o carente de inteligencia, pero moralmente virtuoso o puro.

En su libro Minima Moralia, el filósofo alemán Theodor Adorno cuestiona esta antigua tradición, encuentra sospechoso todo afán de, según sus palabras, «absolver y beatificar al tonto», y quiere proponer que la bondad atañe a todo nuestro ser, tanto al sentimiento como al entendimiento.

El problema con la idea del necio o loco santo, según Adorno, es que nos divide en partes diferentes, y con ello nos vuelve incapaces de actuar con buen criterio, cuando, de hecho, el juicio se mide en función del grado en que logramos conciliar sentimiento y entendimiento. La perspectiva de Adorno implica que los actos malvados no son meros fracasos del sentimiento, sino también de la inteligencia y el entendimiento.

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El entretenimiento televisivo es, según Adorno, intrínsecamente peligroso porque distorsiona el mundo y nos imbuye de estereotipos y visiones sesgadas que vamos adoptando como propios.

Adorno fue miembro de la Escuela de Frankfurt, un grupo de filósofos interesados en el desarrollo del capitalismo. Por ello, condenó los medios de comunicación de masas como la televisión y la radio, sosteniendo que habían causado una erosión tanto de la inteligencia como del sentimiento, así como una pérdida de la capacidad de elegir y hacer juicios morales. Si optamos por apagar nuestros cerebros viendo los grandes éxitos de taquilla (en la medida en seamos capaces ya de optar, dadas las condiciones culturales en las que vivimos), para Adorno se trata de una opción moral. La cultura popular, en su opinión, no solamente nos vuelve estúpidos, sino también incapaces de actuar con un criterio moral.

Emociones esenciales

La capacidad de juzgar se mide por la cohesión del yo. Theodor AdornAdorno defiende que el error contrario a imaginar que puede existir tal cosa como un necio santo es imaginar que podemos realizar juicios sobre la sola base de la inteligencia, sin tener en cuenta la emoción. El caso puede darse en un tribunal, cuando los jueces piden al jurado que dejen a un lado toda emoción con el fin de alcanzar un veredicto ecuánime. Al entender de Adorno, sin embargo, tenemos las mismas posibilidades de tomar decisiones o emitir juicios correctos si prescindimos de las emociones que si prescindimos de la inteligencia. Cuando el último rastro de emoción ha sido eliminado de nuestro pensamiento, escribe, ya no queda nada en lo que pensar, y la idea de que la inteligencia pueda beneficiarse de la ausencia de emoción es simplemente errónea. En consecuencia, Adorno opina que la ciencia, que es un tipo de conocimiento que no hace referencia a las emociones, ha tenido sobre nosotros un efecto deshumanizador, al igual que la cultura popular.

De una forma inesperada, puede que sea la ciencia la que acabe demostrando el acierto de la postura de Adorno en relación con la separación entre inteligencia y emoción: desde la década de 1990, científicos como Antonio Damasio han estudiado las emociones y el cerebro, y han aportado pruebas crecientes de los numerosos mecanismos por medio de los cuales las emociones guían la toma de decisiones. En definitiva, a fin de juzgar acertadamente o sencillamente poder juzgar, debemos emplear la emoción y la inteligencia.

El texto de esta entrada es un fragmento de “El libro de la Filosofía

Defensoras de la Pachamama

por Raúl Zibechi

En Ecuador las explotaciones mineras enfrentan una creciente resistencia indígena y popular. Protagonizado por las mujeres, el movimiento se ha convertido en la principal oposición a los megaemprendimientos. Las victorias que cosecha en los planos social y judicial lo han puesto en el centro del escenario político de las regiones andinas.

“Sin las mujeres no habría resistencia a la minería ni movimiento social”, enfatiza uno de los mayores de la ronda, que va creciendo alrededor del fogón en el que se cocinan empanadas. El fuego arde pegado al camino de tierra que conduce a la mina Río Blanco, donde la comunidad San Pedro de Yumate mantiene un bloqueo permanente del paso de maquinaria y vehículos de la empresa minera. La treintena de personas que integramos la ronda, a casi 3 mil metros de altura, rodeados por un bosque húmedo semitropical, estamos distribuidos de forma asimétrica. En una punta los varones, hablamos, analizamos y seguimos hablando. En tanto, las mujeres, la mayoría del grupo, se afanan en torno al fogón armando empanadas de queso y banano, dorándolas sobre el aceite y disponiendo los trastos para comer y beber.

Adornando las construcciones donde los comuneros se cobijan de la lluvia y el frío, se destacan grandes murales multicolores y una pintada que reza: “¡Fuera, chinos!”. Una casilla y una barrera de control completan el cierre del camino. “Este lugar nació el 8 de mayo de 2018, cuando las comunidades de la zona se organizaron para quemar el campamento minero”, explica Paul, de 27 años, quien luce una sonrisa tan estridente como su sombrero rojo. Yumate pertenece a la parroquia de Molleturo, de unos 15 mil habitantes, centro de una región que incluye 72 comunidades. “El levantamiento lo hicieron unas 30 comunidades y todo empezó hace muchos años, por un grupo de mujeres que se llaman pachamamas, campesinas mayores de la parroquia”, explica Klever, otro joven que se regocija relatando su historia.

CHINOS CONTRA EL PÁRAMO.

“4.000 m.s.n.m.”, advierte un cartel instalado en el punto más alto de la carretera que conduce de Cuenca hasta Guayaquil, en un punto que llaman Tres Cruces. Todo el camino es cuesta arriba por una excelente carretera que atraviesa el Parque Nacional de Cajas, un enorme macizo de páramo que, como dicen los comuneros, es una verdadera fábrica de agua. Por cierto, el agua de la colonial Cuenca (medio millón de habitantes) es pura, cristalina y potable, algo ya casi imposible en las ciudades latinoamericanas.

El recorrido de una hora se hace demasiado corto. Decenas de cataratas caen a la vera del camino, otras tantas se observan a la distancia, desplomándose de las montañas verticales a las que sólo acceden cóndores y halcones, y se esconden lagos glaciares y hasta mil fuentes de agua. Gloria tiene un pequeño restaurante cerca de Tres Cruces y conoce el páramo desde hace tres décadas. “El parque tiene unas 280 lagunas, pero hace tres años militarizaron toda la región”, se queja, “por la cuestión de la minería”.

El “control comunitario” para impedir el tránsito queda bastante más abajo, cuando la serranía se trasmuta en selva de altura y aparecen las frutas, los plátanos y los castaños, donde las petulantes orquídeas y las bromelias altaneras pavonean sus colores. “Aquí pasaban unas 20 volquetas cada día, que nos robaron 330 toneladas de minerales”, insiste Paul debajo de un poncho demasiado holgado.

La minera Río Blanco debería ser una anomalía en Ecuador, después de que el Mandato Constituyente de 2008, o Mandato Minero, ordenara dejar sin efecto las concesiones que afectan fuentes de agua y zonas protegidas. Sin embargo, entre 2016 y 2017 el gobierno de Rafael Correa anunció la reapertura del catastro minero con concesiones por casi 3 millones de hectáreas, lo que representa el 11 por ciento del territorio nacional. Una doble anomalía, si se quiere, porque el referéndum constitucional convocado por el actual presidente, Lenín Moreno, en febrero de 2018, incluyó una pregunta sobre la prohibición de la minería metálica “en áreas protegidas, zonas intangibles y centros urbanos”, que fue respondida afirmativamente por el 68 por ciento de los votantes.

Pese a todo, la minería es una realidad omnipresente. En 2017 Ecuador ganó dos premios internacionales, concedidos por fundaciones mineras, como Mejor País en Desarrollo Minero y País más Innovador en esa área. La provincia de Azuay, en el sur, cuya capital es Cuenca, se lleva la palma de la resistencia a ese modelo: “Las comunidades de Kimsacocha y Río Blanco llevan ya una década resistiendo a la minería”, explica la economista Nataly Torres, que integra el Colectivo de Geografía Crítica. Ambas minas están localizadas en áreas protegidas, donde nacen cinco ríos que riegan la provincia. Los dos proyectos pretenden extraer oro. En 2013, Río Blanco fue adquirida por Ecuagoldmining, perteneciente al consorcio chino Junefield. El dragón asiático es el mayor inversor en minería en Ecuador, superando a Canadá.

Según la socióloga Lina Solano, de la Universidad de Cuenca, en la región del Cajas, en Azuay, se registran los mismos impactos negativos que conlleva la minería en toda América Latina: vulneración de los derechos humanos, militarización, criminalización de la protesta, división de las comunidades y pesadas consecuencias ambientales.

TRIUNFOS QUE ANIMAN.

En agosto de 2018 la Corte Provincial de Azuay dictaminó la suspensión del proyecto Río Blanco, que entraba en la etapa de explotación. La justicia contempló la petición de medidas de protección interpuestas por los habitantes de la parroquia de Molleturo. Pero no llegaron a esta instancia sólo mediante el papeleo judicial, sino a través de una larga pelea casa por casa y persona por persona.

“En 2017 se hizo el primer paro de la comunidad de Río Blanco”, relata Paul. “Pero vimos que la empresa compraba a los dirigentes, porque había una conciencia de que esta lucha era similar a la que se hace por los derechos laborales, que siempre termina en negociación y acuerdo.” Cuando asumieron esa realidad, tomaron otro camino. Lo primero fue apostarles a las mujeres mayores y a la naturaleza.

“De noche marchaba con mi amigo Ismael a escuchar las lagunas, desafiando el frío tremendo, hasta que las lagunas nos empezaron a hablar”, sigue Paul, golpeando el poncho como para sacarse el frío. “Tenía 23 años y cuando regresé a mi casa, no sé por qué, me puse a escuchar una grabación que se llama Entre la luz y la sombra, que después supe que era del subcomandante Marcos.” Descerraja una sonrisa traviesa, pero no para de hablar, repitiendo como un mantra la palabra “autonomía”.

“Durante año y medio un pequeño grupo nos dedicamos a caminar y recorrer las comunidades, golpeando puertas, hablando con cada familia sobre lo que se nos venía con la minera.” Descubrieron que era el modo de establecer lazos de confianza para proseguir la resistencia, con base en relaciones cara a cara, sin representantes que luego se venden. De alguna manera, es la forma de recrear la construcción de comunidad, una tradición que todos respetan y con la que se identifican.

Cuando decidieron quemar el campamento minero, “una acción colectiva sin heridos ni muertos”, las mujeres ocuparon la primera fila y arrostraron a los policías que protegían el lugar, que pronto desistieron ante la firmeza femenina. “Nadie en sus casas” era la consigna, y pasaron tres días en el monte hasta que los mandos militares aplacaron la rabia. Están convencidos de que las comunidades tomaron la decisión, extraordinaria en sus vidas, cuando comprobaron que era verdad que el agua de las lagunas estaba cambiando por la mina. “La naturaleza es muy potente”, sentencia Daniel, el único varón que colabora con las empanadas, quizá por su especial sensibilidad de músico pelilargo.

Ahora que la mina está parcialmente detenida, aunque la empresa estableció otro acceso algo más abajo, han decidido construir porque, dicen, no pueden sostenerse sólo a base de resistir. En setiembre inaugurarán el primer “colegio autónomo”, en Río Blanco, con docentes voluntarios de la ciudad, porque “ellos usaban las escuelas como centro de adoctrinamiento minero”. Saben que las cosas van para largo, porque la minera de Río Blanco está entre los cinco proyectos estratégicos definidos por el Estado ecuatoriano. De modo que sienten la paralización como algo momentáneo, que se levantará apenas bajen los brazos. Además de la escuela, decidieron crear una huerta comunitaria que les permita mantener el espíritu colectivo e iniciar el larguísimo camino hacia la soberanía alimentaria.

AMAS DE CASA Y COMADRONAS.

“Ya no confiamos en los hombres”, escupe Yoana, 20 años, mientras aparta a la pequeña que quiere trepar, una vez más, sobre la espalda de la madre. El veterano Manuel Huamán recoge el desafío frunciendo los pliegues de su frente: “El valor más grande en la organización son las mujeres. Nosotros vamos atrasito nomás”. En San Pedro de Yumate todos han podido comprobar que cuando las papas queman, cuando los militares apuntan, ellas siguen firmes. Alguien vuelve a mentar a las pachamamas, un nombre casi mítico, para explicar la fuerza inquebrantable de las mujeres. Daniel, el músico, explica: “La clave son las comadronas. Mi abuela era comadrona, y puedo decirte que tienen una gran autoridad simbólica y lazos muy fuertes, con los que ayudaron a nacer”. Luego destaca que las pachamamas empezaron hace 23 años, explicando en voz baja los daños que provocaría la minería al bien más apreciado, el agua. Se puede decir, entonces, que el movimiento ha nacido gradualmente, desde los vientres de las personas, alimentadas con esa agua fresca y cristalina que baja del páramo.

La creación de la organización Frente de Mujeres Defensoras de la Pachamama fue en 2008, con mujeres de las parroquias afectadas por la minería en la región del Cajas: Tarqui, Victoria del Portete y Molleteuro, y con algunas que llegaron de la ciudad de Cuenca. Muchas se habían conocido años antes en la Coordinadora Nacional por la Defensa de la Vida y la Soberanía, en tiempos de Correa, cuando arreciaba la represión y se multiplicaban las inversiones chinas. La socióloga Solano asegura que el protagonismo femenino en todas las resistencias mineras puede explicarse por “el rol que tienen en las familias y las comunidades como guardianas de la reproducción”. La posición social de las mujeres, enfatiza, les permite una comprensión de las necesidades para la supervivencia. “Cuando las fuentes de agua son afectadas, ellas deben recorrer largas distancias para abastecerse, lo que aumenta su carga de trabajo.” Además, las mineras casi no emplean mujeres, salvo para limpieza y cocina.

En la investigación para su tesis de maestría, Solano recoge testimonios de mujeres originarias sobre persecuciones policiales y enjuiciamientos, tanto de las pachamamas como del Frente de Mujeres Guardianas de la Amazonía, casi todas sin la menor experiencia organizativa previa. “Nuestra niñez era el agua, lo más era el agua del río que corría”, recuerda Francisca, de 70 años. “Era maravilloso. Comíamos agua de los pozos, íbamos a bañar en el río, el agua del río traíamos, cargábamos en los cántaros. Era una vida muy bonita”, exclama Isaura, de 72. Ambas de comunidades rurales de Tarqui y Victoria de Portete.

Cuando los citadinos decimos “el agua es vida”, formulamos un eslogan abstracto, como tantos otros. Para las comuneras, en cambio, es la vida misma. El agua es sujeto de sus vidas, como el páramo y las cumbres nevadas, las plantas y los animales. Quizá por eso los liderazgos colectivos surgen de modo natural, como los manantiales, pasando por el costado de egos y protagonismos, tan propios del mundo de los varones.

En una esquina de la ronda, mamá Laureana, en silencio, no pierde detalle de los diálogos. A sus 76 años, es una de las comadronas más experimentadas de la parroquia. Responde con un susurro, diciendo que ayudó a nacer en unos 200 partos. Lo dice sin el menor atisbo de vanidad, como si fuera la tarea que le deparó la vida. Debe ser la forma de sentir el Sumak Kawsay, el buen vivir, como le llamamos los blancos. Vida sencilla, con la naturaleza, de modo que cada actividad contribuya a reproducir la existencia colectiva.

DE LA BARRICADA AL PODER.

La nutrida asamblea en Victoria del Portete, donde en 2011 los vecinos resistían la mina Kimsacocha, era presidida desde un elevado balcón por un grupo de comuneros, entre los que destacaba, alto y erguido, Carlos Pérez Guartambel. Abogado y miembro de la organización de los kichwa de la sierra, Ecuarunari, la presidió entre 2013 y 2017, en el momento de mayor confrontación con el presidente Rafael Correa, y continuó en ese cargo hasta 2019. Se especializó en “justicia indígena” y publicó un grueso volumen con ese título. El encabezar las movilizaciones comunitarias contra la minería le valió la acusación de “terrorismo” por parte del gobierno de Correa, por “obstaculización de vías públicas”. Nos conocimos hace ocho años en Cuenca, en el Encuentro Continental por el Agua y la Pachamama, que pretendió coordinar las resistencias de la región. En la apertura lanzó un mensaje radical: “El mismo discurso de las multinacionales de una minería sustentable y responsable lo repiten Rafael Correa, en Ecuador; Juan Manuel Santos, en Colombia, y Alan García, en Perú. Ni Chávez se salva”.

Pérez Guartambel ganó las elecciones provinciales de marzo pasado y en mayo asumió la gobernación de Azuay. De esta manera, hizo pedazos los pronósticos de las encuestas que auguraban el triunfo de políticos tradicionales y se convirtió en el primer prefecto indígena de la provincia. Antes de dar ese paso, cambió su nombre por Yaku (agua, en quechua). El diario local El Mercurio asegura que “las líneas discursivas de Yaku calaron profundo tanto en redes sociales como en la esfera pública a través de su austera pero efectiva campaña”. Los medios destacan su sencillez y el hecho de que se movilice en bicicleta y se ocupe de los problemas rurales que nadie tiene entre sus prioridades. En su apasionada defensa del agua, dijo que a esta la protegen “sobre todo las mujeres indígenas, que son la clave de esta resistencia”. Agregó algo más, que quedó flotando en el aire, en referencia a los objetivos de su pueblo: “Caminamos en las huellas de nuestros antepasados”.

Es probable que la rúbrica definitoria de su gestión sea la convocatoria de una consulta provincial para frenar la minería metálica en la provincia. Como las instituciones son reacias, a principios de este mes Yaku anunció una minga para recolectar las 65 mil firmas necesarias para esa votación, es decir, el 10 por ciento del padrón electoral de Azuay. Ya hubo un referendo en marzo en su región, Kimsacocha, con un resultado abrumador: el 86 por ciento de los 15 mil vecinos dijeron no a la mina.

Pese a todo, en los movimientos de base y en las comunidades afectadas por la minería predomina el escepticismo sobre el alcance de cualquier gestión institucional, aun la que ejercen personas como Yaku, surgido del corazón de los movimientos. Cinco siglos aconsejan prudencia y los previenen de cualquier entusiasmo, sobre todo después de experimentar la “revolución ciudadana” correísta, que para muchas comunidades fue más de lo mismo: minería y militares. Las mujeres de esas comunidades atesoran la memoria colectiva que fluye entre cocinas y chacras, desde las Laureanas hasta las Yoanas. Estarán allí, como siempre, atentas y vigilantes, a veces en silencio y otras poniendo el cuerpo, para asegurar que la vida siga siendo vida, o sea, pachamama, a pesar de los pesares.

Spinoza: tercer género de conocimiento y escritura en la crisis

Por Roque Farrán

    I La crisis en todos sus géneros

¿Por qué el malestar reinante, la crisis agudizada y cronificada a más no poder, no precipitan en sublevaciones? Solo un racionalismo de los afectos puede dar cuenta de la situación actual y permitirnos entender así por dónde pasan los vectores de cambio, con paciencia, rigor y oportunidad para intervenir. Lordon cita a Spinoza para explicarnos la diversidad afectiva que nos constituye: “‘Diversos hombres pueden ser afectados de diversos modos por un solo y mismo objeto, y un solo y mismo hombre puede ser afectado por un solo y mismo objeto de diversos modos en diversos tiempos’ (Ética, III, 51). Esto es así porque las afecciones son por así decir refractadas a través de la complexión afectiva de los individuos (que Spinoza llama su ingenium). Sin embargo, la exposición de los mecanismos fundamentales de formación del ingenium individual, como huellas sedimentadas de experiencias afectivas pasadas, convoca sus prolongaciones bajo la especie de una sociología que da cuenta de los reagrupamientos de los individuos por clases de experiencias semejantes, de donde resulta la formación de ingenia (parcialmente) semejantes. A través del espesor de la estratificación social, las afecciones de la crisis económica son entonces refractadas de diferentes maneras según las diferentes clases de ingenia para producir allí sus ideas-afectos variados -es decir, sus efectos políticos-. De esta forma, la situación de crisis no está por completo constituida hasta el momento en el cual el estado de las cosas determina, a través del ingeniumdiferenciado del cuerpo social, afectos comunes de rechazo. Por una tautología creadora que es propia del mundo social, hay (plenamente) crisis cuando, de una afección económica dada, se forma la idea-afecto mayoritaria de que hay crisis.” (Frederic Lordon, La sociedad de los afectos)

Es excelente esta explicación de la crisis y sus afecciones, sobre todo si la comparamos con las tautologías pseudo-racionalistas que circulan en las argumentaciones socio-económicas más habituales. Sin embargo, uno presiente que le falta algo a la lectura lordiana de Spinoza; no solo la ontología que él mismo asume dejar en el fondo, por el momento, sino la teorización de los distintos géneros de conocimiento para pensar lo que acontece y cómo podría darse una transformación efectiva -y afectiva, claro.

Últimamente insisto mucho en esto: usemos a Spinoza para pensar la coyuntura. No hay quien haya pensado el orden de los afectos y las inercias pasionales con tanta justeza y rigor para entender el presente como el filósofo holandés (quizás Freud también, en un orden más restringido, y luego Lacan). Pero es necesario atravesar todo su pensamiento material hasta el final, y la teoría de los géneros de conocimiento resulta clave para despejar los nudos donde nos enredamos habitualmente. Vaya pues una somera actualización de dicha teoría:

  1. El primer género de conocimiento, hoy, lo representan y explotan hasta la náusea los medios masivos, pues se basan en discursos de impacto, cosas dichas u oídas, chismes y malentendidos, operaciones y fakes; en fin, es el reino de la opinión, de habladurías y maledicencias, dimes y diretes. Es por tanto un conocimiento inadecuado que reproduce lo peor.
  2. El segundo género de conocimiento funciona en cambio pensando relaciones y correlaciones, variaciones, cálculos y algoritmos, incluso axiomas y teoremas; allí, por más que estudiemos y estudiemos estadísticas y archivos a más no poder, las máquinas siempre nos llevarán la delantera, y está bien que así sea: podemos usarlas. Es un conocimiento adecuado, pero le falta captar la singularidad de las cosas y la coyuntura en que se inscriben.
  3. El tercer género del conocimiento hace entrar con todo rigor e invención la consideración de la verdadera potencia del pensamiento, la conexión con el infinito de infinitos que sitúa los asuntos humanos en su justo lugar y nos da la templanza y agudeza necesarias para captar cada cosa singular, cada modo. Hoy más que nunca, no se trata de ser especialistas en filosofía, sino de ejercer toda la potencia del pensamiento de la que somos capaces. Porque estamos en un instante de peligro extremo, acuciante por donde se lo mire. Alimentar el debate inútil en la lógica de dimes y diretes es prácticamente suicida.

La idea de Dios o de lo Real, absolutamente racional en Spinoza, nos salva de la realidad fantasmática que nos consume a diario. Tenemos que llegar cuanto antes a captar esa idea crucial y pensar así cada cosa singular desde el tercer género de conocimiento; ejercitarnos en esa potencia del alma para ordenar nuestras afecciones corporales. No tiene nada de místico ni de discusión erudita, es un asunto práctico; clave además para sostener la vida en las peores circunstancias y atisbar por dónde lo singular deja de ser una mónada individual condenada a la estupidez eterna de las regulaciones y valoraciones trascendentales. Tres citas bien anudadas de la Ética nos orientan al respecto:

  1. “Cuanto más conocemos las cosas singulares, tanto más conocemos a Dios” (Prop. XXIV).
  2. “Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita” (Def. VI).
  3. “El supremo esfuerzo del alma, y su virtud suprema, consiste en conocer las cosas según el tercer género de conocimiento” (Prop. XXV). Demostración: El tercer género de conocimiento progresa, a partir de la idea adecuada de ciertos atributos de Dios, hacia el conocimiento adecuado de la esencia de las cosas. Cuanto más entendemos las cosas de este modo, tanto más entendemos a Dios y, por ende, la suprema virtud del alma, esto es, su potencia o naturaleza suprema, o sea, su supremo esfuerzo, consiste en conocer las cosas según el tercer género de conocimiento. Q.E.D.

Por eso sostengo que hasta el más mínimo gesto, si se inscribe en el tercer género de conocimiento, puede conectarse con la potencia infinita que somos y movilizar algún cambio real.

   II Gestos de escritura

Propongo entonces, a continuación, una serie de gestos de escritura que podrían leerse como tesis o condensaciones precipitadas de aquel género tercero. Pero antes, una proposición de la Ética que da sentido a ello:

“El contento de sí mismo puede nacer de la razón, y naciendo de ella, es el mayor contento que puede darse” (Ética, Parte IV, Prop. LII). Demostración: El contento de sí mismo es una alegría que surge de la consideración que el hombre efectúa de sí mismo, y de su potencia de obrar. Ahora bien, la verdadera potencia de obrar del hombre, o sea, su virtud, es la razón misma, que el hombre considera clara y distintamente. Por consiguiente, el contento de sí mismo nace de la razón. Además, el hombre, en tanto se considera a sí mismo, no percibe clara y distintamente, o sea, adecuadamente, nada más que lo que se sigue de su propia potencia de obrar, esto es, lo que se sigue de su propia potencia de entender; y así, de esta sola consideración brota el mayor contento que darse puede. Q.E.D.

Sin contento de sí mismo y sin una investidura afectiva de la propia razón, sería imposible conectar con la potencia infinita que nos constituye y nos liga a los otros, al mundo y a las cosas.

  1. Me desperté en medio de la noche y tuve un sentimiento oceánico: yo era real. Estaba en el mundo, era parte de él, ineluctablemente. La conexión no era mística sino material, extensiva, concreta. No primaba la dilución sino la concreción. El afecto prevalente era el de cierta alegría espiritual, sin temor ni esperanza. Jamás había tenido esa experiencia. Constato al pasar que ha sido demasiado largo y tortuoso el camino para llegar hasta aquí. Sin embargo, la escritura ha sido mi guía.
  2. Siempre me fascinó la historia del aleph, el infinito matemático y el cuento de Borges en él basado: que en un cuarto insignificante y oscuro pudiera vislumbrarse el universo entero, que en cada porción de la materia existe el infinito en acto. Por eso me gusta imaginar que en un simple post también puede caber toda la sabiduría de los siglos, la condensación de bibliotecas halladas, quemadas o perdidas. Nadie sabe lo que puede un gesto de escritura.
  3. Escribo, luego existo. Ese podría ser el cogito que me singulariza. Claro que se podría interpolar, también, el pienso: escribo para pensar, luego existo. O incluso, en rigor, formularlo en su simultaneidad anudada: escribo = pienso = existo. Por eso no puedo aconsejar a nadie sobre la escritura y sus formas, sus tiempos y modos. No hay reglas. Así que solo diría esto: escribe, no importa qué ni cómo, escribe y algo empezará a tomar forma, existencia, vida, materia. Donde sea, confía en la escritura, ella te sacará del pozo infame de la significación.
  4. La verdadera partición de lo sensible divide la mirada en dos: pone un ojo en el infinito que somos, en cada porción de la materia extendida hacia el universo entero, y otro ojo en el inconsciente que habremos sido, puntual y evanescente, en lo que nos duele de cada parte de nuestro cuerpo presente. A veces siento con intensidad esas dos fuerzas tirando para cada lado; lo escribo para no dejarme arrastrar por ellas, para no petrificarme. Y diría también, al revés de Lacan: Si no pueden hacer un lugar al infinito, tener una experiencia de la eternidad que los atraviese en cuerpo y alma, ¿cómo diablos podrían soportar la vida que llevan?
  5. Hay dos modos de asumir la muerte de Dios y sus correlatos trascendentes; dos modos, digo: el vacío y el infinito. Nadie soporta demasiado tiempo el vacío, por eso quienes montan allí su escena privilegiada terminan volviéndose cínicos o canallas. Pero el infinito es aun más aterrador, allí nos encuentra el espacio abierto hacia la locura o la libertad (no son lo mismo: la primera es una creencia absoluta, la segunda una práctica concreta). Entre uno mismo y los otros, hay infinito; entre las cosas y uno mismo, hay infinito; entre uno y mismo, hay infinito. Sólo un nudo bien hecho entre esos términos, al menos tres, permite sostenernos con coraje y cierta liviandad, cierta alegría que adviene en el ejercicio del tiempo y la eternidad.
  6. El intelecto material implica desindividualizar la función de la inteligencia, pero no suprimir el modo singular de asumirla. Por eso, se puede decir que no hay intelectuales, sólo hay nudos y algunos les ponemos la firma, el cuerpo, el pensamiento y además afrontamos las violencias institucionales que ello conlleva: asumirlos. Porque a un nudo real, después de todo, hay que hacerlo y re-anudarlo incesantemente con otros, en distintos lugares, tiempos y niveles. Entre el infinito y el inconsciente, la vida y la muerte, la apertura y la repetición, la convalecencia y la excomunión, lo que nos desvela y nos duerme, gestos de amor y amistad nos sostienen, deseos de deseos, tramas y desenlaces, nudos que se multiplican, con falta o sin ella, con acuerdos y desacuerdos, aciertos y errores, risas y temblores, porque la materialidad de esos gestos nos hace en cada momento, y nos salva. Así nos vamos haciendo y deshaciendo, en el tiempo, aunque hay puntos decisivos…
  7. Propongo el siguiente ejercicio espiritual o ejercicio de imaginación materialista: Haz cada cosa que tengas que hacer o quieras hacer, producción, intervención o comunicación, como si fuese la última vez que la harías sobre la faz de la tierra, con ese ánimo, con esa actitud, con esa apertura y osadía. Porque probablemente, sea en verdad la última. Lo decisivo, siempre, no es convencer a los indecisos de tomar partido, sino poder tocar con un gesto cualquiera ese infinito o potencia que se nos sustrae, antes de que la pobreza más extrema nos convenza que nunca estuvo en realidad a nuestro alcance.

Soluciones para el “capitalismo democrático”

El autor, Nobel de Economía, aboga por reducir las desigualdades para salvar el sistema económico
Por Angus Deaton
Estamos a punto de comenzar a elaborar un informe significativo, ambicioso y sin plazo definido sobre las desigualdades. Reuniremos a un distinguido grupo de académicos y escritores procedentes de diversas disciplinas, cada uno reflexionará sobre la desigualdad de una manera diferente y, entre todos, cubriremos un amplio abanico de perspectivas metodológicas, políticas y filosóficas. En una primera etapa, que ya está en curso, el panel de coordinación ha pedido a cada miembro de ese amplio grupo que escriba sobre un aspecto u otro del asunto que nos ocupa; ese esfuerzo colectivo será uno de nuestros productos principales. En una segunda etapa, el panel escribirá un volumen de síntesis. Reflexionaremos sobre las desigualdades de manera general (adviertan el uso que hago del plural “desigualdades”, en lugar del singular “desigualdad”) y no nos limitaremos a las habituales preocupaciones económicas que se expresan mediante medidas de distribución de los ingresos y la riqueza, por importantes que estas sean. El foco principal se situará en el Reino Unido, aunque existe una gran cantidad de opiniones y pruebas recientes sobre otros países, en particular de Estados Unidos, Escandinavia y otros países europeos. Tendremos que determinar su relevancia de forma constante, aunque a menudo también pediremos a los autores o a una combinación de ellos que establezcan vínculos.

Como nunca antes en lo que llevo de vida, la gente se muestra inquieta por la desigualdad. En 2016, Theresa May, en su primer discurso como primera ministra, afirmó: “Creemos en una unión no solo de las naciones del Reino Unido, sino de todos nuestros ciudadanos, de cada uno de nosotros, seamos quienes seamos y vengamos de donde vengamos. Eso significa luchar contra la ardiente injusticia según la cual, si naces pobre, morirás nueve años de media antes que los demás”. Jeremy Corbyn realizó un llamamiento a favor de una nueva economía que aborde lo que él denominó “la repulsiva desigualdad de Gran Bretaña”. El presidente Obama afirmó que el reto definitivo de nuestra era, en su opinión, era asegurarnos de que la economía de Estados Unidos funciona para todos los estadounidenses. En todo el mundo rico, no solo en EE.UU., grandes grupos de personas están cuestionándose en la actualidad si sus economías funcionan para ellos. Lo mismo se puede decir de la política. Dos tercios de los estadounidenses sin estudios universitarios creen que votar no sirve para nada porque las elecciones están amañadas para favorecer a las grandes empresas y a los ricos. El Reino Unido está más dividido que nunca y, también allí, muchas personas creen que su voz no cuenta ni en Bruselas ni en Westminster. Además, uno de los grandes milagros del siglo XX, el de la mortalidad decreciente y una mayor esperanza de vida ya no llega a todo el mundo y hoy en día está perdiendo fuelle o invirtiendo su tendencia.

Sin embargo, cuando la gente dice que está preocupada por la desigualdad, con frecuencia no queda claro a qué se refiere o por qué le importa. Los economistas creen estar seguros de lo que dicen cuando hablan de desigualdad, y elaboran gráficos con coeficientes de Gini sobre ingresos y riqueza. Y cuando otros científicos sociales afirman que sus preocupaciones son más amplias, los economistas (entre los que me incluyo) a menudo nos hemos mostrado demasiado dispuestos a decirles que no saben de lo que hablan. Lo que nos gustaría hacer con este informe, a pesar del numeroso contingente de economistas, es hacernos una idea más clara de qué es exactamente lo que preocupa a la gente en relación con la desigualdad.

También reflexionaremos sobre cómo se podrían abordar las preocupaciones sobre desigualdad y qué preocupaciones tienen que ser abordadas. Si la preocupación por la desigualdad se debe sencillamente a la envidia (como afirma con frecuencia la derecha) quizá sea mejor abordar la preocupación que la desigualdad. Si la desigualdad proviene de unos incentivos que funcionan para unos pocos, pero que benefician a muchos, entonces puede que tengamos que documentar mejor la necesidad de los incentivos y qué es lo que hacen por la economía en su conjunto. Si la gente trabajadora sale perdiendo porque la gobernanza corporativa está configurada para favorecer a los accionistas en lugar de a los trabajadores, o porque la reducción en el número de sindicatos ha favorecido al capital más que al trabajo y está mermando los sueldos de los trabajadores para favorecer a los accionistas y los ejecutivos, entonces tenemos que cambiar las reglas. ¿Por qué son las innumerables diferencias entre hombres y mujeres tan persistentes y tan difíciles de eliminar?

Si tenemos en cuenta que este es solo el principio, quizá resulte presuntuoso por mi parte decir algo sustancial a estas alturas. Pero lo que voy a decir es lo que personalmente pienso, o al menos lo que pienso ahora mismo, aunque espero poder cambiar de opinión conforme avancemos, ya que no coordinaría este informe si no esperara que eso sucediera. También puede que esté demasiado influenciado por mi propio trabajo, en particular mi reciente trabajo con Anne Case que versa principalmente sobre Estados Unidos, aunque hemos reflexionado bastante sobre cómo afecta también al Reino Unido.

Aun a riesgo de sonar grandilocuente, creo que las desigualdades actuales son una señal de que el capitalismo democrático está amenazado y no solo en Estados Unidos, donde los nubarrones son más negros, sino en una gran parte del mundo rico, en el que la política, la economía y la sanidad están cambiando de maneras inquietantes. No creo que el capitalismo democrático sea irreparable, ni que deba ser sustituido; creo firmemente en lo que el capitalismo ha hecho, no solo con los habitualmente citados miles de millones que han salido de la pobreza en el último medio siglo, sino con el resto de nosotros que hemos salido de la pobreza y la privación en los últimos dos siglos y medio. El capitalismo democrático también nos proporciona nuestros trabajos y la cornucopia de bienes y servicios que damos por sentados. Y Milton Friedman, cuya visión soñadora del capitalismo es principalmente responsable, no estaba totalmente equivocado cuando ensalzó la libertad que pueden brindar los libres mercados. No obstante, la historia no ha sido amable con su visión de que la igualdad estaba garantizada si se utilizaban los mercados para conseguir la libertad.

Pero tenemos que reflexionar sobre posibles soluciones para el capitalismo democrático, ya sea arreglando lo que está roto, o realizando cambios para ahuyentar las amenazas; de hecho, creo que aquellos de nosotros que creemos en el capitalismo democrático deberíamos tomar la iniciativa a la hora de hacer reparaciones. Tal como está, el capitalismo no está cumpliendo con lo prometido para grandes sectores de la población; en Estados Unidos, donde las desigualdades son más nítidas, los salarios reales para los hombres sin licenciaturas llevan bajando desde hace medio siglo, incluso cuando el PIB per cápita ha crecido de manera sólida. Las tasas de mortalidad han crecido entre las personas con niveles educativos más bajos y con edades comprendidas entre 25 y 64 años y, en gran parte como consecuencia de ello, la esperanza de vida para la población en su conjunto lleva disminuyendo tres años consecutivos. Es la primera vez que se produce un retroceso de ese tipo desde el fin de la Primera Guerra Mundial y la gran epidemia de gripe. Los estadounidenses con un menor nivel de estudios están muriendo por su propia mano, ya sea por suicidio, por enfermedades hepáticas alcohólicas o por sobredosis de drogas. La morbilidad también está creciendo y también están sufriendo una epidemia de dolor crónico que, para muchas personas, convierte el día a día en una miseria.

En el Reino Unido, estas desigualdades no son tan patentes, al menos no todavía, aunque el salario real promedio no ha subido desde hace más de una década. Una década es mucho mejor que cinco décadas, pero seguramente no queramos esperar para saber si se reproducirá en el Reino Unido la experiencia estadounidense. En los últimos años, también se han producido prolongados períodos de estancamiento de los salarios reales en Italia y Alemania. En esos países, la creciente y generalizada prosperidad tampoco está llegando a todo el mundo. Como ya he mencionado con anterioridad, la democracia no parece que esté funcionando para todos. La sensación de estar quedándose atrás, de no estar representado en Westminster, es muy parecida a la sensación de no estar representado en Washington.

En el consejo de ministros de Clement Attlee en 1945 (el gabinete que sacó adelante el informe Beveridge y que desarrolló el primer Estado del bienestar moderno), había siete hombres que habían comenzado su vida laboral trabajando con las manos. Cuando los diputados laboristas de Glasgow viajaron hacia Londres, se reunieron bandas de música y coros para despedirlos como si partieran a la guerra, puesto que a eso iban. Solo un 3% de los diputados elegidos en 2015 había sido en alguna ocasión un obrero manual, en comparación con un 16% tan solo en 1979. El movimiento sindical, que llegó a engendrar talentos como los que formaron parte del gabinete de Attlee, ha sido desmantelado como consecuencia del éxito de la meritocracia de posguerra. Hoy en día, los guerreros de Attlee habrían ido a la universidad y se habrían convertido en otro tipo de profesionales; nunca habrían bajado a las trincheras laborales, ni habrían pertenecido a un sindicato. La meritocracia tiene muchas virtudes, pero como predijo Michael Young en 1958, ha privado a los que no aprobaron los exámenes no solo del estatus social y de los mayores ingresos que proporcionan los títulos universitarios, sino hasta del tipo de representación política que se obtiene teniendo gente como ellos en el Parlamento. Young escribió: “La negociación sobre la distribución del gasto nacional es una batalla de ingenios, y la derrota acaecerá sobre aquellos cuyos hijos más inteligentes se hayan pasado al enemigo”. Al grupo con un nivel educativo más bajo los denominaba “los populistas”, mientras que estos, a su vez, denominaban a las élites “la hipocresía”.

¿Qué nos dice la historia sobre esto? Como es lógico, esto ya lo hemos vivido. Hubo otros episodios en los que el capitalismo parecía estar roto, pero se reparó, ya fuera por sí solo, con políticas intencionales o con una combinación de ambos métodos.

A comienzos del siglo XIX en el Reino Unido, la desigualdad era inmensa si la comparamos con la que existe en la actualidad. Los terratenientes hereditarios no solo eran ricos, sino que también controlaban el Parlamento mediante un sufragio rigurosamente limitado. Después de 1815, las famosas Leyes de los cereales prohibieron la importación de grano hasta que el precio interno subió tanto que la gente corrió el riesgo de morir de hambre; los elevados precios del trigo, aunque perjudicaran a la gente corriente, beneficiaban claramente a la aristocracia terrateniente, que vivía de las rentas que generaba la restricción a las importaciones. La Revolución Industrial había comenzado, era un caldo de innovación e invención y la renta nacional estaba creciendo. Así y todo, la gente trabajadora no se estaba beneficiando. Las tasas de mortalidad aumentaron a medida que la gente se desplazaba de un relativamente saludable campo a unas ciudades apestosas e insalubres. Cada generación de reclutas militares era más baja que la anterior al empeorar la nutrición que recibían durante su infancia, por no tener lo suficiente para comer y por los insultos nutricionales que suponían las condiciones insalubres. Cayó la asistencia a la iglesia y esto eliminó una de las principales fuentes de comunidad y apoyo para la gente trabajadora, aunque solo fuera porque las iglesias se encontraban en el campo y no en las nuevas ciudades industriales. Los salarios se estancaron y así permanecieron durante medio siglo. Las ganancias crecieron y la proporción de los beneficios en relación con la renta nacional creció a costa del trabajo. Habría sido difícil pronosticar un resultado positivo de todo este proceso.

Sin embargo, a finales de siglo, las Leyes de los cereales quedaron abolidas, las rentas y las fortunas de los aristócratas se desplomaron junto con el precio mundial del trigo. Las Actas de Reforma ampliaron el sufragio, que pasó de incluir a uno de cada diez hombres a principios de siglo a más de la mitad a finales del mismo; aunque el sufragio femenino tendría que esperar hasta 1918. Los salarios comenzaron a subir en 1850, y comenzó la disminución de la mortalidad que duraría más de cien años. Todo esto sucedió sin que el Estado se desintegrara, sin una guerra, ni una pandemia, sino mediante un cambio gradual en las instituciones que dio paso poco a poco a las exigencias de aquellos que se habían quedado rezagados.

La Edad Dorada de Estados Unidos es otro ejemplo que también demuestra que se pueden cambiar las reglas fundamentales del juego. En la época progresista se aprobaron cuatro enmiendas constitucionales, y todas se diseñaron para reducir un tipo u otro de desigualdad. Una de ellas estableció el impuesto sobre la renta, otra otorgó el voto a las mujeres, otra prohibió el alcohol (algo que apoyaban firmemente las mujeres, que consideraban que el abuso de alcohol era un instrumento de opresión en su contra) y otra estableció una reforma electoral que instauró la elección directa de los senadores, en lugar de que los órganos legislativos de cada estado los nombraran, como se hacía con anterioridad, ya que por lo general las empresas dominaban esos organismos.

He mencionado anteriormente el ejemplo que me viene a la cabeza con mayor facilidad: el Estado de bienestar moderno que construyó el gobierno de Attlee tras la Segunda Guerra Mundial. La Gran Depresión, al igual que el estancamiento de los salarios a principios de la década de 1800, dio pie a una amplia literatura sobre cómo modificar o abolir el capitalismo y, según una de las versiones de la historia, fue el gobierno de Attlee el que domesticó a la bestia para poder suministrar el crecimiento compartido sin precedentes en el que crecimos la mayoría de nosotros. Hace poco, Joe Stiglitz escribió que él creció en la edad dorada del capitalismo aunque, como señalaba de forma irónica, solo tiempo después se dio cuenta de que había sido una edad dorada. Y, lógicamente, no fue una edad dorada (al menos en términos de estándares de vida materiales o en términos de salud), aunque quizá sí lo fuera en términos de las reglas del juego que permitieron que la creciente prosperidad se compartiera de forma generalizada. No creo que nadie pueda afirmar que la parte final de la década de 1940 fuera una edad dorada en el Reino Unido. Había racionamiento del pan, racionamiento del petróleo y para un joven Angus Deaton, la terrible privación del dulce, pero la red de protección que se construyó en aquellos años desempeñó un papel muy importante en el reparto equitativo y quizá incluso a la hora de ayudar a generar la prosperidad que estaba por venir.

Esa red de protección hace la misma falta hoy en día. La globalización y la automatización suponen un reto tan grande en la actualidad como el que suponían a principios del siglo XIX. Las redes de protección hacen más falta cuando los cambios se producen rápidamente y esta es una de las razones de que a Estados Unidos le esté yendo mucho peor que a los países ricos europeos (de forma más evidente en cuanto a muertes por desesperación), pero lo que sucede en la actualidad también representa una amenaza real para el Reino Unido y para Europa.

Lo que sostenemos Anne Case y yo en nuestro nuevo libro es que los hombres y mujeres blancos de Estados Unidos con menor nivel educativo han sufrido una creciente merma de su calidad de vida que comenzó en la década de 1970, y que se hace patente desde 1990 en el mayor número de muertes por suicidio, enfermedades hepáticas alcohólicas y sobredosis de fármacos. Los afroamericanos experimentaron una catástrofe similar 30 años antes y la mejora que se produjo en sus vidas desde entonces les ha protegido en cierto modo. Frente a la globalización y la innovación, muchos de nosotros alegaríamos que las políticas estadounidenses, en lugar de amortiguar el daño causado a la gente trabajadora, han contribuido a empeorar sus vidas al permitir que prolifere la búsqueda de rentas, que disminuya la participación del trabajo, que empeoren las condiciones de trabajo y remuneración y que cambie el marco legal para que las empresas salgan ganando más que los trabajadores. La desigualdad ha crecido no solo como consecuencia de la riqueza que generan la innovación o la creación, sino también por las cesiones que han hecho los trabajadores. No es la desigualdad en sí la que está perjudicando a las personas, sino los mecanismos de enriquecimiento.

¿Cuán amenazante es esto para el Reino Unido? Algunos de estos mecanismos de enriquecimiento no están operativos en este país. Estados Unidos malgasta aproximadamente un billón de dólares al año en un sistema de atención sanitaria que es muy bueno a la hora de enriquecer a los proveedores, a los hospitales, a los fabricantes de dispositivos y a las empresas farmacéuticas, pero muy malo a la hora de proporcionar atención médica. El Reino Unido no tiene ese problema. Estados Unidos ha autorizado a las empresas farmacéuticas a vender opioides al gran público, también para el dolor crónico, lo que ha resultado en una epidemia de adicciones cuyo número de víctimas mortales supera el número de fallecimientos de estadounidenses que hubo durante las dos guerras mundiales juntas. En el Reino Unido también se consumen opioides, pero normalmente en los hospitales, y no por parte del público en general. Sin embargo, los productores de opioides están siguiendo el modelo de los fabricantes de tabaco y se están esforzando, tras el bloqueo que han sufrido en Estados Unidos, por expandirse hacia el exterior. Purdue Pharma tiene una filial, Mundipharma, que hace campaña en público a favor del gran alivio del dolor que según ellos los opioides pueden aportar. Mientras escribo esto, Matt Hancock, el ministro de Salud, ha declarado: “Las cosas en el Reino Unido no están tan mal como en Estados Unidos, pero debemos actuar con prontitud para proteger a la gente del lado oscuro de los analgésicos”. El reportaje que realizó la BBC sobre este asunto mostró un gráfico en el que se apreciaba la tremenda desigualdad geográfica en cuanto a recetas de opioides en Inglaterra, y se veía como su número era cinco veces superior en Cumbria y en el noreste que en Londres. Como demuestra la nota informativa que acompañaba a su presentación, las muertes por desesperación están aumentando en el Reino Unido, en particular en las zonas menos prósperas, al igual que sucede en otros países de habla inglesa, aunque los números (y las tasas de mortalidad) son pequeños en comparación con los de Estados Unidos.

¿Y qué sucede con los salarios? Estados Unidos posee una industria de cabildeo muy poderosa, que en el Reino Unido no es tan voluminosa, o al menos no de forma tan visible. (En Estados Unidos esa industria tampoco era tan poderosa antes de 1970, así que en el Reino Unido todavía podría suceder). Al igual que en Estados Unidos, los sindicatos en el Reino Unido han perdido mucha influencia, un menoscabo que muchas personas han aplaudido, aunque el poder compensatorio que tenían en las juntas empresariales habría protegido los salarios y las condiciones laborales. Los sindicatos proporcionaron una vida social y un poder político para muchas personas que tienen menos de ambas en la actualidad. La sustitución del capitalismo de accionistas por la maximización del valor accionarial está ampliamente extendida en Estados Unidos y también se puede observar en el Reino Unido. Paul Collier señaló que Imperial Chemical Industries, antaño la joya de la corona de la industria británica, solía presumir de que “nuestro objetivo es ser la mejor empresa química del mundo”, aunque, después de que se perdiera en 2006 por adquisiciones y fusiones, el eslogan ya había cambiado a “nuestro objetivo es maximizar el valor de nuestras acciones”.

En el Reino Unido, al igual que en Estados Unidos, a algunas ciudades y zonas urbanas les está yendo mejor que a otras, y la facilidad de movimiento que solía mantener estas diferencias bajo control parece haberse reducido significativamente. No hay en Estados Unidos ninguna ciudad que sea tan dominante ni tan singularmente próspera como Londres en el Reino Unido.

La disfunción política en el Reino Unido es diferente, pero existe un denominador común según el cual muchos votantes creen que no están bien representados. Asimismo, existen claras diferencias entre los diversos grupos, siendo la edad, la educación, la etnia, el sexo y la geografía factores importantes en ambos países.

Creo que la existencia de gente haciéndose rica es una cosa positiva, sobre todo cuando eso aporta prosperidad a los demás. Pero el otro tipo de enriquecimiento, el de “apropiación” en lugar de “creación”, las prácticas rentistas en lugar de crear algo, el enriquecimiento de unos pocos a costa de la mayoría y eliminar la libertad del libre mercado es burlarse de la democracia. En ese mundo, la desigualdad y la miseria son amigos íntimos.

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Angus Stewart Deaton es un economista y académico angloestadounidense. En 2015 recibió el Premio Nobel de Economía e ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. @DeatonAngus

Este discurso, pronunciado en la presentación del futuro informe IFS Deaton sobre inequidad económica y social en Reino Unido, se publicó originalmente en ProMarket y The Institute for Fiscal Studies

Politica del síntoma: leer y escribir como política

Por Lila María Feldman // Psicoanalista y escritora.

A les psicoanalistas, Freud nos enseñó a leer, inventó un nuevo modo de leer, leyendo síntomas y sueños. Inventó un método para leer y escribir, para escuchar y narrar,  creó esa extraña conversación hecha de silencios y palabras, que se produce entre la asociación libre y la atención flotante. Para crear esa conversación tuvo que desprenderse del discurso médico, de la hipnosis y la sugestión, y nutrirse de lecturas literarias y filosóficas, que lo llevaron a desplegar un escritura cercana a lo ensayístico-poético.
Introducir el uso del diván como propuesta para correr la mirada, y sacar la mano con la que presionaba la frente de los pacientes (para propiciar el surgimiento de recuerdos y posibilitar la “abreacción” del afecto ligado al trauma), fueron hitos fundantes de la terapia psicoanalítica como territorio hecho fundamentalmente de palabras. La cura psicoanalítica no es pastoral, no tiene que ver con convencer ni encarrilar, ni con producir “confesiones”. La verdad del inconsciente tampoco es propiedad del analista, ni existe a priori como un tesoro escondido a descubrir. La verdad se trabaja, se construye, aparece, nos sorprende, no se la puede anticipar ni dominar.
El síntoma, dije en un texto anterior, es mensaje. Mensaje pero no oráculo, no es destino. Es retorno de lo reprimido pero también es creación. Ser capaces de “leer” síntomas implica poder desviarnos de los saberes instituidos, de recortar esa lectura del discurso médico, religioso, académico o escolar,  de cualquier orden hegemónico y normativizante, o incluso del ‘sentido común’.
No hay lectura universal, y entonces leer es también una operación subjetivante. Leer y escribir es extraer de un enigma su potencia, sin agotarlo, es transformar el “percibir” en “concebir” (leyendo a Spinoza).
Leer, a partir del psicoanálisis, enseña que lo auténtico es en principio lo más extraño, extranjero, a la vez propio y ajeno.
Leemos en los márgenes, en los olvidos, en lo confuso, en el error, en el sueño, en el síntoma, en el cuerpo, leemos sus inscripciones pulsionales y deseantes. Pero leemos mejor si nos atrevemos a escribir una experiencia.
Dije también en otro lugar que el sueño “escribe bien con lo que recuerda mal”. Toda escritura es una mala lectura (escribe Eduardo Müller leyendo a Harold Bloom), una lectura no textual, no fiel ni servil, no obediente ni dogmática, de aquello que hemos leído y ha sabido tocarnos. Escribir es convertirse en autor de lo que se ha leído. El síntoma requiere también malas lecturas, fecundas, para poder mutar a otras escrituras, menos sufrientes.
Leer es romper los encantamientos hipnóticos y la obediencia de la sugestión. Ésta última, es una lectura impropia, vaciada, impuesta. Espejismo. Una lectura inútil. Un poder inútil, porque no nos toca, no deviene escritura, a lo sumo produce ecolalias.
Leer es subvertir la temporalidad cronológica y lineal, el tiempo de los relojes. Leemos el pasado como si fuera un texto que nunca ha sido escrito. La historia no es acumulación, porque “el pasado es el lugar donde siguen pasando cosas” (Rodrigo Fresan). La historia demanda interminables lecturas y (re)escrituras. Leer entonces restituye el tiempo a la historia, a cada historia singular, y a la Historia con mayúscula también.  La bella paradoja de que el pasado existe, adquiere existencia, cuando encontramos un modo de leerlo. Por eso, una vez más, afirmamos que leer es un acto político.
Walter Benjamin decía que “vidente” es quien, en relación al pasado, puede recuperar algo que no está historizado. Una reserva heredada que se actualiza y que moviliza estrategias nuevas. Pasado, presente y futuro, agrego, no están cerrados, porque leemos. Leer amplia lo que somos capaces de ver, en todas esas direcciones.

Tanto en el campo de lo singular como en lo colectivo, nunca leemos ni escribimos solos. Siempre es con otros. Pero leer, en suma, si nos lleva a escribir, otorga y devueve derechos  -y responsabilidad- de autor.

Fuente: http://lobosuelto.com/politica-del-sintoma-leer-y-escribir-como-politica-lila-maria-feldman/