Como nunca antes en lo que llevo de vida, la gente se muestra inquieta por la desigualdad. En 2016, Theresa May, en su primer discurso como primera ministra, afirmó: “Creemos en una unión no solo de las naciones del Reino Unido, sino de todos nuestros ciudadanos, de cada uno de nosotros, seamos quienes seamos y vengamos de donde vengamos. Eso significa luchar contra la ardiente injusticia según la cual, si naces pobre, morirás nueve años de media antes que los demás”. Jeremy Corbyn realizó un llamamiento a favor de una nueva economía que aborde lo que él denominó “la repulsiva desigualdad de Gran Bretaña”. El presidente Obama afirmó que el reto definitivo de nuestra era, en su opinión, era asegurarnos de que la economía de Estados Unidos funciona para todos los estadounidenses. En todo el mundo rico, no solo en EE.UU., grandes grupos de personas están cuestionándose en la actualidad si sus economías funcionan para ellos. Lo mismo se puede decir de la política. Dos tercios de los estadounidenses sin estudios universitarios creen que votar no sirve para nada porque las elecciones están amañadas para favorecer a las grandes empresas y a los ricos. El Reino Unido está más dividido que nunca y, también allí, muchas personas creen que su voz no cuenta ni en Bruselas ni en Westminster. Además, uno de los grandes milagros del siglo XX, el de la mortalidad decreciente y una mayor esperanza de vida ya no llega a todo el mundo y hoy en día está perdiendo fuelle o invirtiendo su tendencia.
Sin embargo, cuando la gente dice que está preocupada por la desigualdad, con frecuencia no queda claro a qué se refiere o por qué le importa. Los economistas creen estar seguros de lo que dicen cuando hablan de desigualdad, y elaboran gráficos con coeficientes de Gini sobre ingresos y riqueza. Y cuando otros científicos sociales afirman que sus preocupaciones son más amplias, los economistas (entre los que me incluyo) a menudo nos hemos mostrado demasiado dispuestos a decirles que no saben de lo que hablan. Lo que nos gustaría hacer con este informe, a pesar del numeroso contingente de economistas, es hacernos una idea más clara de qué es exactamente lo que preocupa a la gente en relación con la desigualdad.
También reflexionaremos sobre cómo se podrían abordar las preocupaciones sobre desigualdad y qué preocupaciones tienen que ser abordadas. Si la preocupación por la desigualdad se debe sencillamente a la envidia (como afirma con frecuencia la derecha) quizá sea mejor abordar la preocupación que la desigualdad. Si la desigualdad proviene de unos incentivos que funcionan para unos pocos, pero que benefician a muchos, entonces puede que tengamos que documentar mejor la necesidad de los incentivos y qué es lo que hacen por la economía en su conjunto. Si la gente trabajadora sale perdiendo porque la gobernanza corporativa está configurada para favorecer a los accionistas en lugar de a los trabajadores, o porque la reducción en el número de sindicatos ha favorecido al capital más que al trabajo y está mermando los sueldos de los trabajadores para favorecer a los accionistas y los ejecutivos, entonces tenemos que cambiar las reglas. ¿Por qué son las innumerables diferencias entre hombres y mujeres tan persistentes y tan difíciles de eliminar?
Si tenemos en cuenta que este es solo el principio, quizá resulte presuntuoso por mi parte decir algo sustancial a estas alturas. Pero lo que voy a decir es lo que personalmente pienso, o al menos lo que pienso ahora mismo, aunque espero poder cambiar de opinión conforme avancemos, ya que no coordinaría este informe si no esperara que eso sucediera. También puede que esté demasiado influenciado por mi propio trabajo, en particular mi reciente trabajo con Anne Case que versa principalmente sobre Estados Unidos, aunque hemos reflexionado bastante sobre cómo afecta también al Reino Unido.
Aun a riesgo de sonar grandilocuente, creo que las desigualdades actuales son una señal de que el capitalismo democrático está amenazado y no solo en Estados Unidos, donde los nubarrones son más negros, sino en una gran parte del mundo rico, en el que la política, la economía y la sanidad están cambiando de maneras inquietantes. No creo que el capitalismo democrático sea irreparable, ni que deba ser sustituido; creo firmemente en lo que el capitalismo ha hecho, no solo con los habitualmente citados miles de millones que han salido de la pobreza en el último medio siglo, sino con el resto de nosotros que hemos salido de la pobreza y la privación en los últimos dos siglos y medio. El capitalismo democrático también nos proporciona nuestros trabajos y la cornucopia de bienes y servicios que damos por sentados. Y Milton Friedman, cuya visión soñadora del capitalismo es principalmente responsable, no estaba totalmente equivocado cuando ensalzó la libertad que pueden brindar los libres mercados. No obstante, la historia no ha sido amable con su visión de que la igualdad estaba garantizada si se utilizaban los mercados para conseguir la libertad.
Pero tenemos que reflexionar sobre posibles soluciones para el capitalismo democrático, ya sea arreglando lo que está roto, o realizando cambios para ahuyentar las amenazas; de hecho, creo que aquellos de nosotros que creemos en el capitalismo democrático deberíamos tomar la iniciativa a la hora de hacer reparaciones. Tal como está, el capitalismo no está cumpliendo con lo prometido para grandes sectores de la población; en Estados Unidos, donde las desigualdades son más nítidas, los salarios reales para los hombres sin licenciaturas llevan bajando desde hace medio siglo, incluso cuando el PIB per cápita ha crecido de manera sólida. Las tasas de mortalidad han crecido entre las personas con niveles educativos más bajos y con edades comprendidas entre 25 y 64 años y, en gran parte como consecuencia de ello, la esperanza de vida para la población en su conjunto lleva disminuyendo tres años consecutivos. Es la primera vez que se produce un retroceso de ese tipo desde el fin de la Primera Guerra Mundial y la gran epidemia de gripe. Los estadounidenses con un menor nivel de estudios están muriendo por su propia mano, ya sea por suicidio, por enfermedades hepáticas alcohólicas o por sobredosis de drogas. La morbilidad también está creciendo y también están sufriendo una epidemia de dolor crónico que, para muchas personas, convierte el día a día en una miseria.
En el Reino Unido, estas desigualdades no son tan patentes, al menos no todavía, aunque el salario real promedio no ha subido desde hace más de una década. Una década es mucho mejor que cinco décadas, pero seguramente no queramos esperar para saber si se reproducirá en el Reino Unido la experiencia estadounidense. En los últimos años, también se han producido prolongados períodos de estancamiento de los salarios reales en Italia y Alemania. En esos países, la creciente y generalizada prosperidad tampoco está llegando a todo el mundo. Como ya he mencionado con anterioridad, la democracia no parece que esté funcionando para todos. La sensación de estar quedándose atrás, de no estar representado en Westminster, es muy parecida a la sensación de no estar representado en Washington.

