Condonar las deudas impagables

UNA ENTREVISTA CON MICHAEL HUDSON

TRADUCCIÓN: VALENTÍN HUARTE

Hace siglos que las deudas y el endeudamiento tienen efectos nocivos sobre las sociedades humanas. En el mundo antiguo, los gobernantes y sus súbditos tenían una solución: conocida como jubileo de deuda, esta práctica implicaba la supresión incondicional y periódica de toda obligación contraída. Hoy necesitamos recuperarla.

Entrevista por
Branko Marcetic

Aun cuando sea uno de los problemas más persistentes que atormentan nuestro mundo, las deudas son un hecho. La vivienda, el consumo cotidiano, en ciertos casos la educación y, si uno vive en Estados Unidos, la atención médica, dependen del endeudamiento. Uno de los resultados de esta situación son las crisis económicas periódicas a las que estamos tan acostumbrados. Cada vez que emergen estas crisis, surgen distintos pedidos que apuntan a condonar las deudas. Pero las clases dominantes y todo un ejército de «analistas» argumentan que debemos limitar esas soluciones que tienden a llevar al caos y al desorden.

No es eso lo que piensa Michael Hudson. Economista, exempleado del Chase Manhattan Bank y asesor de múltiples gobiernos, incluido el de Washington, es autor de Super Imperialism, obra importantísima en la que explica que la emergencia del sistema monetario internacional fundado en el dólar durante la época de la posguerra terminó financiando el gasto ilimitado del complejo militar estadounidense.

Hudson, quien hoy se desempeña como profesor de Economía en la Universidad de Missouri-Kansas, emprendió una investigación histórica con el fin de descubrir los orígenes de la deuda y de la propiedad privada. Conversó con Branko Marcetic, editor de Jacobin, sobre los resultados de su investigación, publicados en su libro de 2018 …and forgive them their debts: Lending, Foreclosure, and Redemption from Bronze Age Finance to the Jubilee Year. La obra abarca desde la condonación de las deudas en las sociedades antiguas hasta los importantes errores que determinan nuestra comprensión del cristianismo. La conversación fue editada en aras de la brevedad y la claridad, pero se puede escuchar completa en inglés aquí.

BM

Tu estudio de la historia humana indica que nuestra relación moderna con la deuda y la forma en que la comprendemos es bastante singular. ¿Cuál era la relación de las antiguas sociedades con la deuda y cómo la mantenían bajo control?

MH

En las sociedades antiguas casi todas las deudas eran interpersonales, eran lo que los europeos denominaban deudas tipo wergeld. Si lastimabas a alguien, si le rompías un brazo o si lo matabas, había dos opciones: o tenías un feudo, y tu familia luchaba con su familia, o el conflicto se solucionaba mediante una indemnización. Con el tiempo, el pago de la wergeld, sin importar si fuera en dinero, esclavas o ganado —estos últimos casos eran más comunes cuando el asunto era muy serio— se convirtió en la palabra para designar las deudas, la ofensa, o incluso en un sinónimo de «pecado». El sentido original del Padrenuestro en hebreo y en griego es «Perdona nuestras deudas».

En la Mesopotamia, sociedad agraria, las deudas solían contraerse contra los palacios y los templos. Las obligaciones se pagaban a lo largo de todo el año. Durante el tercer milenio de Sumeria, o el segundo de Babilonia, el cliente que asistía a un bar en el año de cosechas, emitía una especie de bono que garantizaba el derecho a animales, agua o productos agrícolas futuros: la operación era una forma de crédito. Las deudas se pagaban en especie en los locales de trillado. Una unidad de grano equivalía a una unidad de plata.

Pero sucedía que se perdieran las cosechas, que hubiera una guerra o una sequía, y entonces era imposible pagar. En esa época, como estipulaban las leyes de Hammurabi, uno decía: «Si Hadad, dios de la tormenta, viene y arruina la cosecha, entonces no es necesario pagar las deudas». Básicamente, así funcionaba la sociedad durante el tercer y segundo milenios, incluso durante la primera parte del tercero. Cuando un nuevo gobernante subía al trono, o cuando había otros motivos —se terminaba una guerra o algo por el estilo—, las deudas se cancelaban, se liberaba a los sirvientes de sus cargas para que volvieran con sus familias y se les perdonaban los compromisos que habían asumido. Pues, en caso de no condonar las deudas, ¿qué habría sucedido? Todas esas personas se hubiesen convertido de pronto en servidores del acreedor, es decir, de una persona más rica que no necesariamente gobernaba.

BM

Tu análisis también muestra que este tema ocupa el centro de las historias bíblicas con las que creemos estar tan familiarizados.

MH

De eso se trató el primer sermón de Jesús. Cuando fue a la sinagoga, extendió el pergamino de Isaías el profeta, dijo, «He venido a proclamar el año del Señor», que era el año de cancelación de las deudas —el año de jubileo— que los judíos habían adoptado de los babilonios, igual que había hecho todo el Oriente Medio. Los que tradujeron la Biblia no tenían idea de lo que significaban estas palabras. ¿Qué significa, «El año del Señor»? ¿Qué significa «deror»? En realidad, el texto habla de la condonación de las deudas.

Esto quedó claro recién cuando los asiriólogos empezaron a estudiar los mecanismos de condonación de las deudas en el Oriente Medio, del mismo modo que los antropólogos descubrieron que los pueblos originarios de América y los antiguos pueblos de Europa habían recurrido a estas prácticas para recuperar el equilibrio social. La idea era simple: ¿Cómo evitar que la sociedad se desestabilice y polarice? Cancelando las deudas.

BM

¿Cómo cambió esta actitud hacia la deuda y hacia la condonación de las deudas a lo largo de la historia?

MH

El concepto de interés no existía en Occidente. No hay rastros de él en ningún documento griego del lineal B, escritura que abarca el período de 1600 a 1200 antes de Cristo. Alrededor del siglo ocho antes de Cristo apareció por primera vez la idea de deuda que rinde interés, y los jefes tribales de repente se convirtieron en lo que algunos historiadores denominan familias mafiosas. Descubrieron un modo de monopolizar la tierra que sirvió hasta los siglos séptimo y sexto antes de Cristo. Hubo revoluciones en todas partes, sobre todo en Grecia y en Italia. Los reformadores terminaron siendo conocidos como «tiranos».

Toda la lucha de estas sociedades antiguas se reducía a lo siguiente: ¿Cómo evitar que la población cayera en la esclavitud? La preocupación de los palacios tenía sentido. Si los pequeños terratenientes que pagaban impuestos contraían deudas demasiado grandes con sus acreedores y se veían obligados a trabajar en sus tierras en vez de bajo el sistema de la corvea —es decir, en vez de construir los muros de los palacios y cavar canales de irrigación—, no serían capaces de pagar el plusproducto de granos y de trabajo que necesitaba la nobleza. Por lo tanto, los acreedores tomarían el poder.

Los gobernantes de todo el Oriente Medio y probablemente los primeros reyes de Roma, decían: «Lo único que debemos evitar es que la clase de los acreedores se convierta en una oligarquía independiente. Pues si se vuelve independiente de nosotros y se apropia del excedente económico, utilizará ese trabajo para contratar un ejército, nos derrocarán y se convertirán en el Estado».

Así que siempre existió una lucha entre el Estado que protege a la sociedad y la clase de los acreedores —la oligarquía—, que buscaba su independencia y no quería condonar las deudas. Y fue una lucha que se propagó hasta cuatro siglos antes de Cristo. Los primeros cristianos eran básicamente defensores del año de jubileo, es decir, intentaban condonar las deudas.

BM

¿Cómo se presenta la deuda y el poder creciente de los acreedores en la compleja historia de Roma?

MH

En Roma, cerca del 509 antes de Cristo, los malos reyes fueron derrocados por una oligarquía que básicamente pretendía reducir al resto de la población romana a la servidumbre. Toda la República fue un largo proceso de revueltas que apuntaban a la condonación de las deudas y a la redistribución de las tierras. Es decir, apuntaban contra la democracia. Para la oligarquía, democracia significaba que todos los acreedores eran iguales y, por lo tanto, implicaba la libertad de esclavizar al resto de la población.

En síntesis, en la Antigüedad la democracia significaba la servidumbre de la mayor parte de la población. Aristóteles es muy claro. Dice: «Muchas ciudades tienen constituciones que parecen democracias, pero en realidad son oligarquías». Y, de hecho, toda democracia —escribe Aristóteles— tiende a convertirse en una oligarquía, pues los ricos se hacen más ricos; después la oligarquía se convierte en una aristocracia hereditaria y los nobles dominan el resto de la sociedad.

Todos estos antecedentes llevan al mundo moderno, que puso fin a la condonación de las deudas, que hasta entonces había servido para liberar a las poblaciones de la esclavitud y de la servidumbre. La idea subyacente a este cambio es que la ley es inexorable.

Los historiadores de hoy suelen decir: «Bueno, chicos, el Imperio romano no estaba tan mal, miren toda la plata que hizo». Pero la riqueza estaba concentrada en el 1% de la población, mientras que el otro 99% estaba atado a la tierra. Los últimos libros del Nuevo Testamento, hasta el libro de la Revelación, dicen, más o menos: «Estamos viviendo el fin de los tiempos, es terrible, Roma es el anticristo, no hay esperanza. No podemos hacer una reforma agraria. Nunca podemos condonar las deudas por la avaricia de los ricos. No hay nada más que hacer que convertirnos en mártires y morir y esperar que las cosas mejoren en un mundo próximo, donde tal vez Jesús regrese». Toda esa idea es antirromana.

Ahora bien, toda economía es planificada. La pregunta es: ¿Quiénes la planifican? ¿Deben planificarla los acreedores, como sucedió hasta hoy? ¿O llegará un gobierno, o un gobernante, que dirá «Mi trabajo es mantener a la sociedad estable y evitar sus desgarramientos y garantizar que sobreviva y avance»? A los acreedores no les interesa esa resistencia. Sus plazos son más bien cortos.

BM

Puesto que vivimos en sociedades con altos niveles de endeudamiento, ¿qué enseñanzas nos deja tu estudio a la hora de abordar la recuperación pospandémica?

MH

La tendencia de toda economía que tiene una deuda que rinde interés es a que la deuda crezca más rápido que la economía en su conjunto. Observamos que las deudas se duplican a un ritmo demasiado acelerado y las economías nunca fueron capaces de acoplarse a él. La tendencia de la deuda en cualquier familia, empresa o economía es a crecer más rápido que la capacidad de pago, hasta que en un momento se produce una crisis. Paga se vuelve imposible. Entonces, o bien uno pierde su propiedad, o se convierte, de una u otra forma, en un esclavo de su acreedor, en el sentido de que tiene que pagar con trabajo, o con cualquier cosa que produzca. Si no se condonan las deudas, como sucedía en las sociedades antiguas de acuerdo con los preceptos religiosos, la concentración de la propiedad en manos de los acreedores se hace brutal.

Toda economía con deudas que rinden interés debe reestructurarlas en algún momento. En caso contrario, terminará siendo propiedad de un pequeño grupo de personas que están en la cima de la pirámide, como sucedía en Roma. Por eso la República romana condujo al Imperio romano. Se volvió una sociedad centralizada. La tendencia de toda economía financierizada apunta a la centralización. Cuando se centraliza la riqueza, se centralizan en manos de las clases financieras el poder político y la toma de decisiones y, en última instancia, la fuerza militar.

 

El capitalismo extraterrestre y los monstruos del desamor

Prólogo de ‘Ausencias y extravíos’ de Yayo Herrero

Por Santiago Alba Rico

Empecemos por el final, que en un libro es siempre —en el orden de la gestación y en el de la relevan cia— el título. Ausencias y extravíos, rubro de la obra de Yayo Herrero que el lector tiene entre las manos, es un felicísimo hallazgo, hasta el punto de que podría dar nombre a un poemario, si es que aceptamos la definición de Vladimir Nabokov según la cual la poesía «no es la disciplina de los pensamientos abstractos sino de las imágenes concretas». Cada una por su cuenta, las palabras «ausencia» y «extravío» fecundan y hacen germinar docenas de imágenes concretas que se arraciman en largos recorridos luminosos que enhebran la emoción, el peligro y la tradición. Por paradójico que parezca, «ausencia» es uno de los términos más llenos de cosas del diccionario: está lleno, de hecho, de todas las cosas que se pierden, que se han perdido, que ya no vemos, y por eso, tal y como sugiere el conocido soneto de Lope de Vega, la ausencia no es un descanso, como la muerte, sino que «se siente» y «duele» tan radicalmente que es difícil representarse un vínculo más poderoso con el mundo que el de su repentina desaparición.

En cuanto al «extravío», prolonga, de entrada, el campo semántico de la «ausencia», casi a modo de un pleonasmo, pues no en vano hablamos, por ejemplo, de «cosas extraviadas» o de «extraviar el camino». Ahora bien, el verbo «extraviar» y el sustantivo «extravío» no se limitan a sustituir sin más a sus vocablos afines «perder» y «pérdida»; de uno a otro se produce un desplazamiento —de lo material a lo moral— que interpela inmediatamente a la imaginación, si se quiere, en otra zona del alma, más tormentosa y comprometida: «extravío» implica, sí, la idea de des orientación ética y mental y, por extensión, de locura, demencia y desatino. Se pierde el reloj, se extravía el sentido. Que el título utilice el plural en ambos casos (Ausencias y extravíos), hace las «ausencias», por así decirlo, más tangibles y los «extravíos» menos abstractos; cada ausencia tiene su nombre propio, cada extravío su propio camino.

Ahora bien, el libro, al enlazar ambos términos por esa ligera conjunción «y», genera una nueva imagen, en la que los «extravíos» no se limitan a existir al lado de las «ausencias» sino que son su consecuencia. De manera concomitante, como por una sombra retrospectiva que el «extravío» proyecta sobre su causa, ésta —la «ausencia»— adopta de pronto una figura nueva. Yayo Herrero, en efecto, nos habla de «ausencias» cuya particularidad y peligro, al contrario de lo que ocurre con las amorosas, reside en que no «se sienten», en que no nos producen dolor y en que, precisamente por eso, ni siquiera las percibimos como «ausencias»: el extravío, finalmente, consiste en que la ausencia misma se ha ausentado y extraviado, con su materialidad aparejada, lejos del horizonte de nuestra percepción. El libro —y de ahí su potencia poética— se propone hacernos sentir dolorosamente estas ausencias como única vía para rescatar del extravío la cordura común.

Cuidado: el prologuista es vago y pedante, la autora no. Yayo Herrero —la conocemos de sobra— no se va por las ramas ni habla de misterios inasibles. Como era de esperar, como era de desear, nos habla una vez más de los cinco elementos, de la Tierra, de los vínculos concretos con las otras criaturas que pueblan el planeta, incluidos los otros seres humanos, y de los peligros que las —nos— amenazan; habla, pues, de la necesidad de «circunspección» o, en su acepción etimológica, de la urgencia de mirar atenta e intensamente a nuestro alrededor, urgencia visual indisociable a su vez de la lucha común y de la impostergable transformación del hogar compartido y sus condiciones de reproducción.

¿Qué ausencias y qué extravíos describe Yayo Herrero en este libro? Nos advierte —en seis capítulos sucesivos— de lo siguiente: si se pierde la gravedad se pierde el equilibrio; si se pierde el miedo se pierde también el valor; si se pierde de vista el horizonte se pierden las matemáticas; si se pierden los vínculos se pierde asimismo el conocimiento; si se pierde la memoria se pierde igualmente la imaginación; y —por último— si se renuncia a la responsabilidad se renuncia al mismo tiempo a la esperanza.

El primer capítulo —Ausencia de gravedad y extravío del equilibrio— resume, a mi juicio, el andamiaje antropológico de todo el libro, pero reclama imperiosa mente todos los demás. Lo resume porque dibuja con trazos muy nítidos, a partir de la experiencia concreta de los viajes espaciales y las cuitas de los astronautas, la locura prometeica de Occidente: la de un ser humano desenganchado de la gravedad terrestre y, por lo tanto, de la corporalidad misma como nudo en el que se cruzan todos los mundos posibles. De los peligros e incertidumbres de esta visión del ser humano —como «alienígena», dirá Yayo Herrero— daré cuenta en la penúltima frase de este prólogo. Ahora me importa llamar la atención sobre el modo en que esa visión, en la interpretación de la autora, convierte precisamente la ausencia en un extravío.

Yayo Herrero se detiene en el capítulo tres, por ejemplo, en la cuestión crucial del infinito y la multiplicación como motores de la rebelión capitalista contra los límites, fuente a su vez de la degradación y zapa de las condiciones de supervivencia de la humanidad. Ahora bien, esta «degradación» material es inseparable de una doble degradación: del conocimiento y de la sensibilidad. Del conocimiento porque —nos dirá en el capítulo cuatro— la ciencia «alienígena», con todas sus maravillas, ha dejado fuera la «inteligencia colectiva», elaborada a partir de trabajos y vínculos socialmente invisibles; una inteligencia colectiva —insiste— que constituye al mismo tiempo su condición olvidada de posibilidad y la única posible curación de sus excesos letales. Me gusta mucho —porque el libro está lleno de detalles narrativos enormemente efectivos— la historia de la comadreja que muerde la Máquina de Dios, esa pequeñez peluda, contingente y viva, capaz de desactivar el proyecto más avanzado de la ciencia mundial: una verdadera —digamos— «toma de tierra», símil eléctrico con el que quiero evocar a un tiempo la idea de «hacer pie», después de haber volado, y la de salvaguarda contra el peligro de la electrocución.

Pero Yayo Herrero se ocupa también —ver el capítulo dos— de la sensibilidad o, si se quiere, de su pérdida. Lo hace a través de la defensa del miedo, cuya potencia articuladora de un espacio común se olvida a menudo. Sin citarlo, Yayo Herrero nos sitúa en lo que Gunther Anders, en su famosa correspondencia con Claude Eatherly, uno de los pilotos de Hiroshima, llamaba «desnivel prometeico» y «agnosia moral». Anders le decía a Eatherly, encerrado en un psiquiátrico militar, que de todos los estadounidenses él era el único que había reaccionado al «extravío» atómico de un modo «moralmente normal y saludable». Dice Yayo Herrero: «Que la violencia machista, la crisis ecosocial, la guerras climáticas o por los recursos, el declive de la energía y materiales, la escasez inducida y la desigualdad brutal que esta genera, que todo tipo de violencia cause miedo me parece sanísimo, la verdad». No sentir miedo en este crepúsculo civilizacional sería —es— una forma de locura y el peor de los errores. El capitalismo nos anestesia a través de psicofármacos y consumo (y del imperativo de la felicidad) o del terror paralizador, umbral de las «doctrinas del shock». Vivimos, pues, entre la indiferencia y el estupor, expuestos como piezas «solteras» —sueltas— a nuestra propia inermidad, víctima y vehículo del extravío destructor. Yayo Herrero, frente a las anestesias y el terror, reivindica el carácter saludable del miedo como la primera condición del valor; la segunda —y dejo aquí el spoiler— tiene que ver con la compañía, con el hecho de sabernos acompañados de otros miedosos capaces de desculpabilizar y politizar nuestro temor: mil miedos coordinados —digámoslo así— componen precisamente eso que los humanos llamamos coraje.

Acabemos ahora por el principio. Conozco a Yayo Herrero desde hace muchos —muchos— años, he aprendido de ella tantas cosas que a veces siento la tentación de firmar algunos de mis textos con su nombre; he admirado y admiro su activismo generoso, su cálida inteligencia y, sobre todo, su carisma pedagógico. Pero si he aceptado redactar estas líneas y las he comenzado hablando de poesía es porque creo que Ausencias y extravíos supone una evolución en la obra de Yayo —ahora no puedo llamarla Herrero— y que esa evolución tiene que ver con la expresión. Yayo siempre apostó por el conocido adagio de Lessing («la máxima claridad es la máxima belleza»), de tal manera que sus conferencias y artículos eran bellos porque eran claros; porque encontramos siempre algo bello en el hecho de comprender bien —incluso de comprender bien el mal y la sombra. Pero tengo la impresión de que en este libro —que recoge y amplía seis textos ya publicados por entregas en CTXT, aun que pensados desde el principio como un entramado o bastidor—, tengo la impresión, digo, de que aquí Yayo ha comprendido que la belleza, al revés, puede aumentar a su vez la claridad. Es como si hubiese soltado un freno; como si ya no se conformara con encajar sus verbos en su activismo sino que encontrara placer —y necesitara ese placer— en explicar con un impulso nuevo lo que siempre ha explicado con rigor geométrico y maestría ingenieril (su primera formación).

Uno siente un particular placer, sí, en leer estos textos porque percibe que han sido escritos con placer. Eso se llama literatura; y la literatura está muy presente en estas páginas. En primer lugar, por la escritura misma, limpia y certera, como siempre, pero gozosamente explorativa, entre líneas, de buenas imágenes e inesperadas serendipias. La literatura está presente asimismo porque Yayo recurre a obras literarias, y no sólo científicas, a fin de sujetar e iluminar mejor sus ideas. Pensemos, por ejemplo, en el uso que hace en el capítulo dos de El bosque infinito, la ambiciosísima novela de Annie Proulx que ningún lector de Yayo debe dejar de leer. O en cómo explora el clásico de Mary Shelley, Frankenstein, en ese último capítulo sobre la responsabilidad y la esperanza: un «monstruo del desamor», llama en acertadísima y bellísima expresión a la desgraciada criatura de una ciencia irresponsable que no se hace cargo de sus propios hijos.

En definitiva, Yayo Herrero —devolvámosle el apellido para terminar profesionalmente— nos ayuda en este libro a comprender el mundo en el que vivimos, sin velos, legañas ni ansiolíticos químicos, pero con frases y argumentos que combinan el aprendizaje más duro y concreto con el placer más sensible y universal: el de las imágenes que Nabokov asociaba a la expresión poética. Plantea así, de la manera más brillante, el dilema que a mí mismo me preocupa desde hace años, y que debería preocuparnos a todos: el de la pérdida de la ética terrestre y la pugna entre terrícolas y alienígenas, de cuyo desenlace depende el destino, e incluso la supervivencia, de la especie humana.

Y ahora he aquí, abruptamente, como anticipé, la penúltima frase de este prólogo, síntesis de toda la obra, sacada de su primer capítulo: «El capitalismo», dice Yayo Herrero, «tiene una lógica extra terrestre»; afirmación a la que sigue esta pregunta inquietante: «¿Puede una sociedad de alienígenas hacerse terrícola?».

O lo que es lo mismo: ¿puede la sociedad capitalista dejar de ser capitalista? Así formulada, la frase suena casi como una pregunta retórica que invita a responder dócil y fatalmente: «no». Pero no. Este —no lo olvidemos— es un libro de Yayo Herrero y no puede acabar mal. Yayo Herrero siempre te encomienda una tarea y te señala una salida; nunca te paraliza. La cita es del primer capítulo y son seis. Concluyo, por tanto, con una última frase, tomada ahora del capítulo final, que trata de lo que aún podemos hacer y de cómo salir, todos juntos y ligeros de equipaje, del atolladero. Así nos apremia: «Responsabilidad y esperanza activa contra los monstruos del desamor».

Fuente: ctxt.es

Las nuevas caras de la derecha

Por Enzo Traverso

A lo largo de la última década, el mundo fue testigo de un aluvión de movimientos de extrema derecha. Con ellos, parecían resurgir los fantasmas de la década de 1930 y extenderse por varios continentes la sombra de una oleada neofascista o posfascista. El punto culminante se situó entre 2016 y 2018, con los triunfos electorales de Donald Trump en los Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil y, entretanto, el choque entre Marine Le Pen y Emmanuel Macron en Francia. Muchos partidos de extrema derecha llegaron al gobierno en países de la Unión Europea, y se terminaron algunas «excepciones», con la aparición de Alternativa para Alemania [Alternative für Deutschland] y el Vox en la escena política alemana y española, respectivamente, más la expansión de la Liga del Norte [Lega Nord] italiana bajo la conducción de Matteo Salvini. Se instalaron gobiernos autoritarios, nacionalistas y xenófobos por doquier, desde la Rusia de Vladímir Putin hasta la India de Narendra Modi y la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan. El mundo tomaba un rumbo sombrío: ¿neofascismo, posfascismo, populismo de extrema derecha? El debate sobre cómo llamarlo siguió abierto, pero cada cual entendía que en ese momento el fascismo era más que un área de los estudios históricos; volvía a ser una cuestión de la agenda contemporánea.

La mayoría de los observadores —y me incluyo— creían que una nueva crisis económica aceleraría drásticamente esa tendencia general y que debíamos prepararnos para un nuevo y horrible escenario. Se produjo la crisis: desde comienzos de 2020, la pandemia de COVID-19 ha sumido al planeta en una recesión global. Pero al mismo tiempo —por suerte—, nuestro calamitoso diagnóstico no se ha cumplido. Por supuesto, seguimos en medio de una crisis mundial, los movimientos de extrema derecha no han desaparecido y todavía hay varios desenlaces posibles. Sin embargo, actualmente queda en claro que ha habido un significativo retroceso en la dinámica aparentemente inexorable de fascistización. El indicador más evidente de este cambio fue la derrota de Trump en noviembre de 2020.

Si observamos desde una perspectiva general este panorama heterogéneo y contradictorio, sin limitarnos a un único país, la pandemia se muestra como la matriz de dos tendencias globales: un giro biopolítico y un giro potencialmente autoritario. Si bien hablar de una matriz tal vez sea inapropiado —por supuesto, esas tendencias existían de antemano—, no hay duda de que la pandemia las incrementó y las aceleró con vigor. Sin excepción, el giro biopolítico es bastante notorio: los gobiernos desarrollaron extraordinariamente su control sobre las poblaciones, ocupándose de nuestra vida —de nuestros cuerpos físicos, literalmente— como objetos biológicos que administrar y proteger. El futuro de la economía global depende de la eficacia de estas políticas de salud; en primer lugar, una campaña de vacunación rápida, amplia y efectiva. Apoyamos o criticamos a nuestros gobiernos según su capacidad de implementar dichas políticas sanitarias. Pero el problema tiene una segunda dimensión, que ya no nos afecta como objetos biopolíticos, sino como sujetos jurídicos y políticos, como ciudadanos.

Esta segunda dimensión es un giro potencialmente autoritario que radica en la transformación de nuestros gobiernos en «estados de excepción», en poderes políticos que limitan de manera radical nuestras libertades públicas e individuales. Desde luego, aceptamos los confinamientos y las restricciones impuestos en nombre de la seguridad colectiva, pero poco a poco advertimos que estas políticas están alterando nuestros estilos de vida, nuestras maneras de trabajar, nuestras formas de socializar e interactuar, y que en nuestras sociedades aumentan radicalmente las diferencias de clase. No es cierto que todos seamos iguales de cara al virus, dado que quedamos expuestos a él selectivamente en función de nuestro estatus social y económico, y también en función del país al cual pertenecemos. No hay duda de que la pandemia tiene un impacto mayor en el Sur Global. Esto implica desigualdades cada vez mayores en todos los niveles, y, a su vez, más desigualdades implican poderes más autoritarios. En China, la pandemia se neutralizó con medidas despóticas dignas de un gobierno orwelliano. En varios países de Europa, los confinamientos y las restricciones se implementaron mediante la aplicación de leyes antiterroristas y coincidieron con un significativo aumento de la violencia policial.

En un contexto como este, los movimientos de extrema derecha acaso parezcan buenos candidatos para liderar el giro autoritario hacia el estado de excepción. Pero hay un hecho crucial: no cuentan con credenciales serias para controlar el giro biopolítico. Como «buenos pastores», Donald Trump, Jair Bolsonaro, Narendra Modi, Marine Le Pen y Matteo Salvini no tienen credibilidad alguna.

En términos del filósofo francés Michel Foucault, podríamos decir que nadie los ve como la personificación de un «poder pastoral» efectivo. Esta es una diferencia significativa entre los actuales movimientos de extrema derecha y el fascismo clásico, y va mucho más allá de varios otros deslindes relacionados con nuestros diferentes contextos históricos. En la década de 1930, Benito Mussolini, Adolf Hitler y Francisco Franco prometían un futuro y se mostraban como una respuesta eficaz a la depresión económica, en contra de las exhaustas democracias liberales que, a los ojos de mucha gente, encarnaban los vestigios de un orden político en ruinas. Por supuesto, esta era una peligrosa ilusión —el esfuerzo por poner fin a la desocupación mediante el rearme y la guerra condujo a la catástrofe—, pero hasta la Segunda Guerra Mundial su propaganda funcionó bastante bien.

No sucede lo mismo con sus herederos. Las respuestas de Trump, Bolsonaro, Modi, Le Pen y Salvini a la pandemia consistieron simplemente en la negación, la incomprensión, la incompetencia y la ineficiencia. El primer año de pandemia nos hizo tomar una noción cada vez más aguda de que estamos frente a una emergencia global que requiere respuestas globales. Las recetas tradicionales de la extrema derecha —el nacionalismo, el retorno a valores conservadores y a la soberanía nacional, más la búsqueda de chivos expiatorios— no funcionaron en modo alguno. En Italia, Salvini, el carismático líder de la Liga nacionalista y xenófoba, se había acostumbrado a organizar manifestaciones masivas en las cuales denunciaba las terribles enfermedades que afectaban a su país: los inmigrantes, los refugiados y, por supuesto, el islam. La prédica del odio había demostrado ser un ejercicio muy popular, y Salvini estaba a la cabeza en las encuestas. Sin embargo, al cabo de algunos meses de pandemia, cuando el país era el epicentro del brote europeo y los hospitales no daban abasto, la gente empezó a llenar de elogios a los médicos y enfermeros albaneses, tunecinos y chinos que acudían en ayuda de sus colegas italianos.

Esta es la señal de un retroceso, no de una derrota o una decadencia irreversible. Estamos en medio de un proceso de transición cuyos resultados aún son desconocidos y están abiertos: o bien un New Deal del siglo XXI, capaz de enfrentar el cambio climático y revertir las transformaciones producidas por cuarenta años de neoliberalismo, o un giro a la extrema derecha que arrojará a nuestro planeta a la catástrofe anunciada. En el contexto actual, los dos resultados son perfectamente posibles.

En el siglo XX, el fascismo era un proyecto de «regeneración» de la nación, vista como una comunidad étnica y racial homogénea. Si este es el núcleo del fascismo, no sería erróneo definir los movimientos de extrema derecha de nuestros días, a pesar de tantas diferencias obvias, como los herederos del fascismo clásico. El léxico fascista ha cambiado, desde luego, y su «comunidad imaginada» exhibe nuevos características o, mejor dicho, nuevos mitos. Designa una pureza supuestamente originaria que es debido defender o restaurar contra sus enemigos: la inmigración («el gran reemplazo»), las invasiones raciales antiblancos, la corrupción de los valores tradicionales por parte del feminismo y los grupos de activismo LGBTQI, el islamismo y sus agentes (el terrorismo y el «islamoizquierdismo»), etc. Los precursores del surgimiento de esta oleada neofascista anidan en la crisis de hegemonía de las élites globales, cuyas herramientas de gobierno, heredadas de los viejos Estados-nación, parecen obsoletas y cada vez más ineficaces. Como explicaba el marxista italiano Antonio Gramsci en su revisión crítica de Nicolás Maquiavelo, la dominación es una combinación de aparatos represivos y una hegemonía cultural que permite a un régimen político mostrarse legítimo y benéfico, en vez de tiránico y opresivo. Tras varias décadas de políticas neoliberales, las clases dominantes han incrementado enormemente su riqueza y su poder, pero también han sufrido una significativa pérdida de legitimidad y de hegemonía cultural. Estas son las premisas para el ascenso del neo posfascismo: por un lado, la creciente «caída en el salvajismo» de las clases dominantes y, por otro, las extendidas tendencias autoritarias que su dominación engendra.

La definición del fascismo como un proyecto de «regeneración» de la nación capta un elemento fundamental de continuidad histórica, pero probablemente sea insuficiente. Contemplado desde una perspectiva histórica, el fascismo fue más que una forma de nacionalismo radical y una idea racista de nación. También fue una práctica de violencia política, un anticomunismo militante y una completa destrucción de la democracia. La violencia, especialmente dirigida contra la izquierda y el comunismo, fue la forma privilegiada de su acción política, y en todos los lugares donde llegó al poder —ya fuese por vías legales, como en Italia y Alemania, o por medio de un golpe militar, como en España—, el fascismo destruyó la democracia. Desde este punto de vista, los nuevos movimientos de la derecha radical tienen una relación diferente tanto con la violencia como con la democracia. Si bien pretenden defender al «pueblo» contra las élites y restablecer el orden, no quieren crear un nuevo orden político. En Europa, están más interesados en hacer valer tendencias autoritarias y nacionalistas dentro de la Unión Europea que en destruir sus instituciones. Esa es la postura de Viktor Orbán en Hungría y de Mateusz Morawiecki en Polonia, así como de Marine Le Pen en Francia y Matteo Salvini en Italia, dos líderes que en última instancia aceptaron el euro. La Liga italiana recientemente participó en un gobierno de coalición encabezado por Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo y figura prominente del neoliberalismo y las élites financieras. En la India, Brasil y los Estados Unidos, líderes de extrema derecha llegaron al poder y desplegaron tendencias autoritarias y xenófobas sin cuestionar el marco institucional de sus Estados. Bolsonaro y Trump no solo fueron incapaces de disolver el Poder Parlamentario; terminaron (o están en tren de terminar) su mandato enfrentando varios procedimientos de destitución.

El caso de Trump, el más discutido en los últimos meses, es particularmente instructivo. Su trayectoria fascista se reveló con claridad cuando al final de su presidencia se negó a admitir la derrota y buscó invalidar el resultado electoral. Sin embargo, la «insurrección» folclórica de partidarios suyos que invadieron el Capitolio no fue un golpe fascista fallido; en cambio, entrañó un intento desesperado de invalidar una elección por parte de un líder que, sin lugar a dudas, había roto las reglas más elementales de la democracia —lo cual posibilita describirlo como fascista—, pero se mostraba incapaz de señalar una alternativa política. Es indudable que Francisco Franco y Augusto Pinochet habrían considerado ese «alzamiento» del 6 de enero como una iniciativa de aficionados patéticos. Lo acontecido en el Capitolio reveló de manera indiscutible la existencia de un movimiento fascista de masas en los Estados Unidos, y en un sentido más amplio, un movimiento fascista organizado por medio de una red de milicias armadas. Aun así, este movimiento sigue muy lejos de conquistar el poder, y su consecuencia inmediata fue hundir al Partido Republicano en una profunda crisis. Trump había ganado las elecciones de 2016 como candidato de ese partido: una coalición de élites económicas, clases medias altas interesadas en los recortes impositivos, defensores de los valores conservadores, fundamentalistas cristianos y clases populares blancas empobrecidas que se sentían atraídas por un voto de protesta. Por cierto, esta coalición puede recrearse.

Sin embargo, como líder fascista de un movimiento de supremacistas blancos y nacionalistas reaccionarios, Trump no cuenta con muchas posibilidades de ser reelecto. Por añadidura, habría que entender en su contexto el movimiento fascista que lo respalda. En contraste con la milicia fascista italiana (los camisas negras) entre 1920 y 1925 o los SA [Sturmabteilung] nazis entre 1930 y 1933, que expresaban la caída del monopolio estatal de la violencia en la Italia y la Alemania de posguerra, respectivamente, las milicias de Trump son un legado envenenado de la historia estadounidense, la historia de un país donde la posesión individual de armas se considera una característica de la libertad política. Por estremecedor que resulte, esto no es el presagio de un Estado a punto de derrumbarse. En los años treinta del siglo XX, las élites industriales, financieras y militares europeas apoyaron al fascismo como solución a las crisis políticas endémicas y a la parálisis institucional; también, y sobre todo, como una defensa contra el bolchevismo. Hoy en día, respaldan al neoliberalismo. En los Estados Unidos, el establishment puede apoyar al Partido Republicano como alternativa típica al Partido Demócrata; pero el Pentágono nunca adheriría a un golpe de supremacistas blancos para impedir la elección de Joe Biden como cabeza del Poder Ejecutivo. En el llamado Viejo Mundo, el establishment está representado por la Unión Europea y se opone con firmeza a los movimientos populistas, nacionalistas y posfascistas que reclaman un retorno a las «soberanías nacionales».

El fascismo clásico nació en un continente devastado por la guerra total y se desarrolló en una atmósfera de guerras civiles, dentro de Estados profundamente inestables y con mecanismos institucionales paralizados por agudos conflictos políticos. Su radicalismo surgió de una confrontación con el bolchevismo, que le dio el carácter «revolucionario». El fascismo consistía en una ideología y un imaginario utópicos, que crearon el mito del «hombre nuevo» y la grandeza nacional. Los nuevos movimientos de extrema derecha carecen de todos esos pilares: son producto de una crisis de hegemonía que no puede compararse con el derrumbe europeo de la década de 1930; su radicalismo no incluye ni un asomo de «revolucionario», y su conservadurismo —una defensa de los valores y las culturas tradicionales, las «identidades nacionales» amenazadas y una respetabilidad burguesa opuesta a las «desviaciones» sexuales— está desprovista de la idea de futuridad que modeló de manera tan profunda las ideologías y utopías fascistas. Por eso, me parece más apropiado describirlos como posfascistas, no como neofascistas.

¿Esto significa que no existe un peligro fascista? De ningún modo. A decir verdad, si observamos el presente a través de un prisma histórico, no podemos descartar esa posibilidad. El impresionante ascenso de los movimientos, partidos y gobiernos de extrema derecha muestra con claridad que el fascismo puede convertirse en una alternativa. Pero aunque no cabe duda de que persiste la posibilidad de una nueva era posfascista, es importante señalar que la crisis económica desatada por la pandemia no la fortaleció. Así, la pretensión ultraderechista de encarnar una alternativa «antisistema» probablemente parezca menos convincente hoy en día que cinco años atrás. En última instancia, sin embargo, el futuro de los movimientos de extrema derecha no dependerá exclusivamente de su evolución interna, su orientación ideológica y sus decisiones estratégicas, ni tampoco del apoyo que puedan obtener de las élites globales. A fin de cuentas, dependerá de qué capacidad tenga la izquierda para delinear una alternativa.

Historiador, profesor de la Universidad de Cornell y autor, entre otros, de Melancolía de izquierda. Marxismo, historia y memoria (Fondo de Cultura Económica, 2018).Este texto es el prefacio a la nueva edición de Las nuevas caras de la derecha (Siglo XXI, 2021), de Enzo Traverso.

Fuente:

https://jacobinlat.com/2021/12/14/las-nuevas-caras-de-la-derecha/

La filosofía de Lukács ante la cosificación de las posibilidades

Por Ignacio Marcote

1.  Introducción.

La obra Historia y conciencia de clase, de Georg Lukács, constituye un gran ajuste de cuentas con el reformismo, al cual cuestiona principalmente dos cosas: desde el punto de vista político, haber abandonado el carácter revolucionario del marxismo, y, desde el punto de vista filosófico, haber abandonado la dialéctica en aras de un pensamiento incapaz de trascender la realidad inmediata (aun cuando sea capaz de conocerla en detalle y de operar dentro de ella).

Lukács hablaba, todavía, en nombre del marxismo ortodoxo por existir, en los primeros años de la década de 1920, una extendida confianza en el proceso revolucionario soviético. Su crítica no estuvo, pues, orientada hacia las deformaciones del marxismo presentes en dicho proceso, las cuales no harían sino agravarse con el ascenso de Stalin al poder. Habría que esperar casi veinte años para que el filósofo húngaro se pronunciara abiertamente contra ellas. Sostendremos, sin embargo, que en Historia y conciencia de clase pueden hallarse las claves que anticipan la postura de Lukács frente al estalinismo, con tal de entender que dicha postura no adoptó el camino más directo. En efecto, el “camino más directo” hubiera sido hacer extensiva al marxismo ortodoxo la crítica esgrimida contra la socialdemocracia. Será Karl Korsch quien, después de publicar en 1923 Marxismo y Filosofía, donde criticara al revisionismo en términos análogos a los de Lukács, y habiendo merecido por parte de los miembros del partido comunista idéntico repudio que aquél, acabe por reservar la categoría de “marxismo ortodoxo” al marxismo mecanicista, pretendidamente científico, que llegó a ser oficial en la URSS y que, en líneas generales, no difirió del que había primado en la Segunda Internacional. En efecto, en un complemento a dicho texto titulado “El estado de cuestión (Anticrítica)”, del año 1930, después de señalar que los argumentos esgrimidos contra su obra por socialdemócratas como Wels, presidente del Partido Socialdemócrata Alemán (quien vio en ella una herejía “comunista”), y por comunistas como Zinóviev, presidente de la Internacional Comunista (quien vio en ella una herejía “revisionista”), fueron, sin embargo, los mismos; Korsh declaraba:

Creo formar objetivamente un solo frente con Lukács en lo principal, es decir, en la actitud crítica frente a la antigua y la nueva ortodoxias marxistas –la socialdemócrata y la comunista (Korsch, 1971: 69).

El riesgo que Lukács advierte en esa postura, y que después verá en el marxismo occidental, es el de acabar dirigiendo los pasos, a la manera de Edipo, hacia el punto exacto que se quería evitar. En otras palabras, Lukács creía que, por esa vía, el marxismo bien intencionado acabaría, como la socialdemocracia, abrevando en el capitalismo y, lo que en la Europa de esos años venía a ser lo mismo, en el fascismo. En nombre de una “idea” socialista pura, añorando incluso una espontaneidad de las masas que dentro del proceso revolucionario se mostraba reticente a la institucionalización revolucionaria, no haría más que sustraerse a la construcción de la sociedad socialista. En su ensayo sobre el problema de la organización, llega a admitir, incluso, el centralismo, la disciplina y las purgas partidarias. Es el pensamiento teórico, según se desprende de su ensayo sobre la cosificación, el que puede abstraerse a los procesos abiertos en la realidad y juzgarlos con rigor matemático o rigorismo kantiano, desde una lógica pura. Pero el pensamiento que se esgrime desde la práctica (y es eso, efectivamente, la dialéctica) no puede sustraerse a las contradicciones internas con que necesariamente toda realidad, incluso la del socialismo, se presenta.

Lo que Lukács, como habremos de ver, estaba descubriendo es que la escisión sujeto-objeto que desgarrara la historia del capitalismo moderno, afecta también al marxismo, al separar esos dos momentos en la existencia misma del proletariado.  No es descabellado advertir en esa escisión el germen de degeneración de la Revolución Rusa. El mismo Trotski, cuando intente explicarse el surgimiento del estalinismo, insinuará que las “masas gigantescas” perdieron energías, acentuándose la separación entre ellas y la burocracia del partido.

El hecho de que la mira de Historia y consciencia de clase estuviera, como el “búho de Minerva”, vuelta hacia atrás, hacia los acontecimientos que tuvieron lugar en el marco de la Segunda Internacional, y no hacia adelante, le impidió explorar posibles soluciones a dicho desgarro. Es claro que no estuvo en sus propósitos brindar precisiones sobre las formas democráticas que, tanto en lo económico-estructural como en lo político, hubieran podido corresponder al socialismo. Lejos de eso, parece dejar librado al decurso histórico, y a la “recta conciencia del proletariado”, o de sus dirigentes, la resolución de dicho desgarro. Un análisis del ensayo “La cosificación y la conciencia del proletariado” nos permitirá, sin embargo, reconocer en esta obra el mérito de haber hecho un buen diagnóstico y haber abierto una perspectiva de resolución, la de las posibilidades objetivas, que, años más tarde, él y algunos seguidores suyos habrían de profundizar.

 

2. El fetichismo de la mercancía.

Habiendo cuestionado al revisionismo -en el ensayo “¿Qué es marxismo ortodoxo?- su tendencia a detenerse, tanto en el plano de la teoría como de las reivindicaciones, en la realidad inmediata del capitalismo; el primer paso del ensayo “La cosificación y la conciencia del proletariado” va a consistir en señalar lo escasamente “científica” que es esa actitud, para lo cual habrá de retomar los análisis marxianos sobre el fetichismo, a fin de mostrar el carácter “irreal” con que aquella “realidad” se presenta.

El fenómeno del fetichismo comienza con la generalización de la forma “mercancía” que sólo se consuma con el capitalismo moderno, cuando el intercambio mercantil deja de ocupar un lugar secundario para pasar a ejercer un rol central, determinante incluso de la producción (se produce para el intercambio). Como Marx explicaba en las primeras páginas de El capital, sin embargo, aunque toda mercancía contiene dos aspectos, en el intercambio mercantil se oculta el aspecto cualitativo (valor de uso). El valor de cada mercancía no es sino una determinada cantidad de trabajo humano abstracto, medido según horas de trabajo y según la media de tiempo socialmente necesario para realizar dicho trabajo. Y entre lo cualitativo que se oculta, figura el trabajo vivo, la actividad humana misma. Toda la dinámica de la sociedad tiende a aparecer como un atributo de las mercancías. Como dice Marx:

El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos del trabajo (Marx, 1999: 37).

Es por esto que el análisis económico de Marx, que se despliega, en primer lugar, en la esfera del mercado, ocupándose del valor y sus efectos (fetichismo de la mercancía, fetichismo del dinero, etc.), no se detiene allí, sino que, a diferencia de la economía política burguesa -que sí tiende sí a fijarse en los movimientos inmediatos del mercado, tratando de hallar sus “leyes”, para extraer de allí recomendaciones como la de ofrecer a los capitalistas condiciones “favorables” para la inversión, vale decir, perjudiciales para el trabajo-, se ve impulsado hacia la esfera de la producción y, por tanto, al tratamiento del otro “momento” de la mercancía “fuerza de trabajo”.

Pero no debe creerse que baste quitar la vista de la esfera del mercado y dirigirla, en un giro feuerbachiano, hacia la esfera de la producción, para ponerse a salvo de todo ese fetichismo. El resultado de una tal mirada sería igualmente “aparencial”, pues el “valor de uso” de la fuerza de trabajo sólo puede mostrarnos, tomado en su unilateralidad, trabajos individuales de hombres atomizados. Dado que el momento del intercambio aparece como determinante de la producción, con el desarrollo del capitalismo, el “trabajo abstracto”, que en un primer momento aparecía como mero producto de un cálculo mental realizado por los hombres en el mercado, irá plasmándose en la realidad, irá configurando la producción, transfiriendo su homogeneidad abstracta a los trabajos que ya no conservarán sus diferencias cualitativas. Dice Lukács:

Si se estudia el camino recorrido por el desarrollo del proceso del trabajo desde el artesanado, pasando por la cooperación y la manufactura, hasta la industria maquinista, se observa una creciente racionalización, una progresiva eliminación de las propiedades cualitativas, humanas, individuales del trabajador. (…) En esa racionalización y a consecuencia de ella se produce el tiempo de trabajo socialmente necesario, el fundamento del cálculo racional, primero como tiempo de trabajo medio registrable de modo meramente empírico, más tarde, a través de una creciente mecanización y racionalización del proceso de trabajo, como tarea objetivamente calculable que se enfrenta al trabajador con una objetividad cristalizada y conclusa (Lukács, 1985: 82).

Entonces, la abstracción originada en el mercado se traslada a la esfera de la producción, disgregando toda comunidad de productores[1], cuya cohesión pasará a ser garantizada por el mecanismo “en el que están insertos y que media sus relaciones” (Ibíd.: 16). Todas las esferas de lo visible (mercado y producción en el análisis de Marx, más todas las que agregará Lukács en su análisis) se han vuelto aparenciales, y si quisiéramos traspasar esa cáscara cósica de lo concreto, deberíamos ensanchar nuestra mirada no ya hasta abarcar alguna otra esfera de la realidad capitalista sino hasta trascender la realidad capitalista en su conjunto. Esto implica, en principio (y sólo en principio), dirigir la atención hacia los tiempos de su gestación histórica. Ya Marx señalaba que “ todo el misticismo del mundo de las mercancías, todo el encanto y el misterio que nimban los productos del trabajo basados en la producción de mercancías, se esfuman tan pronto como los desplazamos a otras formas de producción” (Marx, 1999: 41). El recurso a la historia ejerce, dentro del materialismo histórico, un rol metódico semejante a la duda en el cartesianismo, en la medida en que propugna una ruptura con los hábitos mentales adquiridos. Sin embargo, la superación del misticismo no es un mero trabajo de consciencia. El paso adelante que da Marx frente a Feuerbach (y frente a todas las filosofías que, de Nietzsche en adelante, pasarán este aporte marxiano por alto) es mostrar las abstracciones fundamentales de la sociedad como abstracciones reales, indicando con ello que la superación de las mismas no requiere un cambio de actitud sino una transformación social.

 

3. La cosificación de todas las manifestaciones de la vida.

El siguiente paso de Lukács será mostrar que el proceso de abstracción real se da en todas las manifestaciones de la vida en la sociedad burguesa, tanto objetivas cuanto subjetivas. Dice Lukács, respecto de dicho fenómeno:

Ocurre objetivamente en el sentido de que surge un mundo de cosas y relaciones cósicas cristalizado (el mundo de las mercancías y de su movimiento en el mercado), cuyas leyes, aunque paulatinamente van siendo conocidas por los hombres, se les contraponen siempre como poderes invencibles, autónomos en su actuación (Lukács, 1985: 11).

El sujeto queda, en este sentido, escindido de la objetividad, y aunque el conocimiento de la misma pueda ayudarle a sacar provecho de ella, no puede, en cambio, ayudarlo a transformarla. El hombre de la inmediatez capitalista permanece subordinado a ese orden del mundo[2]. Y, continúa la cita:

Y [ocurre] subjetivamente porque, en una economía mercantil completa, la actividad del hombre se le objetiva a él mismo, se le convierte en mercancía.

Lukács va a enfocar aquí el análisis de Marx según el cual la fuerza de trabajo del productor se convierte en mercancía, desde el punto de vista subjetivo, esto es, de cómo impacta esa escisión en la interioridad del obrero y de cada miembro de la sociedad capitalista (sin excluir al burgués).

 

3.1. La cosificación objetiva.

A la hora de extender el fenómeno del fetichismo a todas las relaciones humanas, Lukács se apoya en Weber, el cual observaba la similitud entre el proceso histórico de desarrollo del Estado moderno, concebido como empresa, y el desarrollo del capitalismo tal como lo describiera Marx. Decía Weber:

La dependencia jerárquica del obrero (…), el funcionario estatal y el militar, se debe uniformemente a que los instrumentos, las reservas y el dinero imprescindibles para la empresa y para la existencia económica se encuentran en poder del empresario en un caso y de los dueños políticos en el otro (Citado en Lukács, 1985: 22).

Se trata de la misma escisión entre el trabajador y las condiciones objetivas para su trabajo a la cual Marx concede un profundo análisis histórico en los Grundrisse  (“Formas que preceden a la producción capitalista”). Dice Weber:

En todas partes el desarrollo del estado moderno comienza cuando el príncipe inicia la expropiación de los titulares ‘privados’ de poder administrativo que junto a él existen (…). Ahora bien, en el curso de este proceso político de expropiación que, con éxito variable, se desarrolló en todos los países del mundo, han aparecido, inicialmente como servidores del príncipe, las primeras categorías de ‘políticos profesionales’ (…). Pero a los príncipes no les bastaba, naturalmente, con estos auxiliares ocasionales o semiprofesionales. Tenían que intentar la creación de un equipo dedicado plena y exclusivamente a su servicio, es decir, un cuadro de auxiliares profesionales (…). A lo largo de un desarrollo que dura ya quinientos años, el funcionario especializado según la división del trabajo ha ido creciendo paulatinamente en Europa (Weber, 1979: 91).

Esta burocratización de la institución estatal es, sin embargo, parte de un proceso más general de racionalización que ha llegado a abarcar todas las áreas de la cultura.

Lukács toma como punto de partida, pues, la analogía entre la generalización de la “racionalización” y la de la “forma mercancía”. En ambos casos se observa el paso a primer plano de lo universal abstracto y el relegamiento de lo cualitativo, del contenido concreto. Por otra parte, la actitud del sujeto escindido de esa objetividad regulada sólo puede ser meramente contemplativa. Pues es la contemplación la actitud coherente con esa universalidad abstracta de la mercancía que va forjando el mundo a su imagen y semejanza:

[Mientras la “práctica se orienta] a lo cualitativamente único y peculiar, al elemento de contenido, al sustrato material del objeto de cada caso (…), la contemplación teorética aparta precisamente de ese momento (…). La depuración teórica, el dominio teorético del objeto, culmina precisamente en la explicitación cada vez más intensa de los elementos formales desprendidos de todo contenido (Ibíd.: 59).

Así, por ejemplo, la propagación de una legalidad abstracta alcanza al sistema jurídico. Ya Weber señalaba la necesidad para la empresa capitalista de un conjunto de leyes rigurosamente sistematizado, inflexible ante “los acontecimientos singulares de la vida social” (Ibíd.: 24). Y la actitud subjetiva coherente con la sistematicidad jurídica, esto es, la actitud esperable de un juez, es la de “un autómata de aplicación de artículos cuyo funcionamiento es calculable en líneas generales” (Ibíd.: 22).

Ahora bien, además de la pérdida de contenido, lo que va a caracterizar a esta forma de conocimiento es su incapacidad para dar cuenta de la unidad del todo. Y es que la realidad misma que “refleja” se muestra incapaz de articular los momentos que la componen. Dice Lukács:

Esta racionalización del mundo, aparentemente ilimitada, que penetra hasta el ser psíquico y físico del hombre, tiene, empero, un límite en el carácter formal de su propia racionalidad (…). El desprecio de la concreción de la materia de las leyes, desprecio en el que se basa su legalidad, se refleja en la real incoherencia del sistema legal mismo, en la independencia relativamente grande que poseen esas partes las unas respecto de las otras. Esa incoherencia se revela del modo más craso en tiempo de crisis, cuya esencia – vista desde la perspectiva de estas consideraciones – estriba precisamente en que se rompe la continuidad inmediata de la transición de un sistema parcial a otro, con lo que la independencia recíproca de todos, el carácter casual de su referencialidad recíproca, se impone repentinamente a la consideración de todos los hombres (Ibíd.:  28).

Así como, con la racionalización del proceso de trabajo, el “trabajo abstracto” invadía con efecto disolvente el dominio mismo de lo cualitativo, esto es, la esfera de la producción (taylorismo); con la crisis, lo cualitativo, lo no calculado, irrumpe en la esfera del mercado, ejerciendo un efecto disolvente sobre aquella racionalización del mundo, que hasta allí se presentaba como absoluta. En otras palabras, el trabajo abstracto sólo podía configurar al trabajo concreto (recortando toda comunicación entre los trabajos racionalizados y entre éstos y los consumidores) a costa de que lo “concreto” así formalizado irrumpiera en el mercado en la forma de crisis. La crisis, pues, no es una calamidad que aconteciera repentinamente, sino que es la esencia del sistema de producción de mercancías.

Lukács, en consonancia con el análisis que viene desarrollando, amplía el alcance de esta no racionalización al señalar que el capitalismo, basado “en el cálculo económico privado, impone en toda manifestación de la vida esa correlación de detalle regulado y todo casual” (Ibíd.: 30).

El proceso de racionalización del mundo (y con él, el esfuerzo teorético por reflejarlo) encuentra, pues, su límite objetivo. Y este límite es, aunque en un sentido más general, el mismo límite con que choca el sistema de producción capitalista en su desarrollo, a saber, la crisis. Tal límite estaría indicando la necesidad de realizar un salto cualitativo, revolucionario, que supere las contradicciones propias del sistema productivo y de todas las manifestaciones del hacer y el pensar de los hombres en la sociedad capitalista.

 

3.2. La cosificación subjetiva.

El sistema de producción capitalista tiene como una de sus premisas la aparición del “trabajador libre”. Tal libertad legal (es decir, abstracta) se da como epílogo del proceso de separación del trabajador respecto de las condiciones materiales de su actividad. Así “desposeído”, el trabajador se ve en la “necesidad” de salir a ofertar en el mercado su fuerza de trabajo. Pero con esto, lo que en el análisis de la cosificación objetiva se reveló como una oposición externa al sujeto, una oposición entre él y la objetividad, aparece ahora como una escisión interna al mismo. Tal escisión, mientras aún se conserva el carácter cualitativo de la producción, resulta sólo formal, es decir, limitada a la esfera del mercado, pues una vez en el “taller”, el obrero “calificado” despliega en su actividad todo su ser: despliega ideas propias, dispone los tiempos y los modos de realizar lo que se propone, etc. Sin embargo, en la medida en que lo abstracto avanza sobre la producción, la escisión se vuelve real. Dice Lukács:

Con la descomposición moderna, ‘psicológica’ del proceso de trabajo (sistema Taylor), esta mecanización racional penetra hasta el ‘alma’ del trabajador: hasta sus cualidades psicológicas se separan de su personalidad total, se objetivan frente a él, con objeto de insertarlas en sistemas racionales especializados y reducirlas al concepto calculístico (Ibíd.: 13).

El proceso de racionalización ha penetrado en el hombre relegando, allí también, los aspectos cualitativos, a tal punto que “las propiedades y las peculiaridades humanas del trabajador se presentan cada vez más como meras fuentes de error respecto del funcionamiento racional y previamente calculado de esas leyes parciales abstractas” (Ibíd.: 14).

El trabajador, inserto dentro de un mecanismo como un engranaje más, tiene que someterse a su funcionamiento, tiene que contemplar sus leyes y sus ritmos. El hecho de que el trabajo asuma carácter “contemplativo”, por lo demás, no disminuye, sino que incrementa, su fatigosidad (tanto más si se toma en cuenta que uno de los objetivos de Taylor era la eliminación de los “tiempos muertos” dentro de la producción).

Lukács convierte este destino del trabajador en “destino típico”, en la medida en que señala que la separación de la fuerza de trabajo respecto del trabajador se repite en todas las subjetividades que integran la sociedad capitalista cuyas “cualidades y capacidades” se presentan cada vez más como “cosas”. La misma función del capitalista, a quien Marx comparaba con un personaje típico teatral, queda sometida a las leyes de la competencia. El “interés egoísta” del burgués, por consiguiente, es también una propiedad escindida de su persona, como lo era, según dijimos, el criterio del juez, mantenido al margen de toda consideración “personal”. Y lo mismo vale para el funcionario estatal, cuyas funciones quedan insertas dentro del mecanismo de un Estado racionalizado. El cumplimiento de las mismas entraña una “renuncia a sí” que, en su sentido más extremo, se configura como lo que Hegel llamara valor militar, cuya “entrega voluntaria de la realidad personal” era la expresión de las “supremas antítesis” (Hegel, 1987: 266).

Ahora, esta misma extrañación se observa en el resto de los funcionarios estatales, los cuales, tanto como los militares, hacen de ella una cuestión de “honor”. Dice Lukács:

La necesaria y plena subordinación al sistema de las relaciones cósicas en que se encuentra cada burócrata, la idea de que su ‘honor’, su ‘sentimiento de la responsabilidad’ le exige precisamente esa subordinación completa, todo muestra que la división del trabajo ha sido aquí arraigada en lo ‘ético’, al modo como el taylorismo la ha arraigado ya en lo ‘psíquico’ (Lukács, 1985: 27).

En cuanto a aquellos que llevan al mercado su saber, esto es, aquellos trabajadores cuya “fuerza de trabajo” es su pensamiento, no puede atribuírseles ningún carácter “excepcional”:

El capitalismo ha producido, con la estructuración unitaria de la economía para toda la sociedad, una estructura formalmente unitaria de la consciencia para toda esa sociedad (…). El vendedor de sus capacidades objetivadas y cosificadas no sólo es espectador del acaecer social, [no sólo es un sujeto escindido de la objetividad] (…), sino que se sume en una actitud contemplativa respecto del funcionamiento de sus propias capacidades objetivadas y cosificadas. Esta estructura se revela del modo más grotesco en el periodismo, en el cual la subjetividad misma, el saber, el temperamento, la capacidad expresiva, se convierten en un mecanismo abstracto, independiente de la personalidad del ‘propietario’ igual que de la esencia concreta material de los objetos tratados: en un mecanismo que funciona según sus propias leyes. La ‘falta de consciencia y de ideas’ de los periodistas, la prostitución de sus vivencias y de sus convicciones, sólo puede entenderse como culminación de la cosificación capitalista (Ibíd.: 27).

Ahora bien, también el filósofo, como sujeto, aparece en la inmediatez de la sociedad capitalista escindido de la objetividad. La actitud filosófica moderna parte de la aceptación de lo dado; la escisión sujeto-objeto se le presenta como un dato inamovible, y se limita a asumir dentro de ella una actitud meramente teorética. La situación se agrava aún más porque lo que la filosofía acepta como dado no es la realidad sino lo que la ciencia dice de ella. Como señala Lukács, la tendencia básica del desarrollo filosófico ha consistido en “aceptar como necesarios, como dados, los resultados y los métodos de las ciencias especiales y atribuir a la filosofía la tarea de descubrir y justificar el fundamento de la validez de esas conceptuaciones. Con lo cual la filosofía se sitúa respecto de las ciencias especiales como éstas respecto de la realidad empírica” (Ibíd.: 39). Con ello se amplía la distancia del filósofo respecto de la realidad y, por consiguiente, la posibilidad de transformar la misma.

 

4. El método matemático.

A medida que la forma mercancía se hacía omniabarcativa, a medida que la racionalidad formal iba reconfigurando toda la cultura occidental, se desarrollaba el racionalismo moderno, esfuerzo del pensamiento por alcanzar el mismo grado de generalidad que estaban adquiriendo los fenómenos. Hemos visto que el despliegue de la forma mercancía a toda la sociedad relegaba los aspectos cualitativos de la misma. La inmediatez capitalista se determinaba sólo cuantitativamente. Correlativamente, pues, el “racionalismo” asumía para sí el método matemático; reducía todo fenómeno a sus aspectos formales hasta convertirlo “en objeto de un cálculo exacto” (Ibíd.: 62). El conocimiento, lo mismo que el poder o el ordenamiento social, empezaba a ser abordado como construcción humana. Kant no habría sido el primero en atribuir a la subjetividad un rol constitutivo del conocimiento, aun cuando haya tenido el mérito de haber explicitado y haberle dado nombre a ese “giro copernicano”. Tampoco fue el primero en concebir esa subjetividad interviniente de manera abstracta, en una escisión originaria respecto del objeto, aunque fue el primero en calificarla, de forma tan ilustrativa, como “trascendental”. La subjetividad, según él, opera con ciertas categorías a priori, esto es, independientes de la experiencia que, por eso mismo, no pueden verse modificadas por ella. La subjetividad trascendental, en su proceso de conocimiento, retorna desde el objeto, si es que puede decirse que retorna, siempre idéntica a sí misma; no tiene historia.

En definitiva, para el método matemático el conocimiento debía ser producido por el hombre pero con carácter de necesario, lo cual exigía abstraer al mismo: a) de “lo dado”, porque sus determinaciones escapan constantemente a lo cognoscible a partir de ciertos principios. Bajo la influencia de Hume, será Kant el primero en querer asumir “lo dado”, conservando, no obstante, el método matemático.

b) del “devenir”, porque el decurso  del mismo escapa constantemente a lo previsible y calculable a partir de dichos principios. Será Hegel quien reintroduzca la historia aunque, ahora sí, despojándose del método matemático.

Consideraremos, en primer lugar, los desafíos que se le plantean a Kant cuando intenta asumir lo dado (el contenido) dentro del marco formal del sistema matemático. Los desafíos que se le plantean a Hegel al asumir el devenir será el paso siguiente.

 

4.1. La Crítica de la razón pura y la cosificación objetiva.

En la Crítica de la razón pura Kant explicita su principio programático: “Pensamientos sin contenidos son vacíos, intuiciones sin conceptos son ciegas” (Kant, 1945: 107). Se observa aquí la intención kantiana de asignar a lo dado en los sentidos igual estatus ontológico que a lo puesto por el entendimiento. Pero este compromiso, lejos de superar el dualismo forma-contenido, lo asume como punto de partida. Kant intentará subsumir sin más (sin contradicción) las intuiciones sensibles en la estructura formal del entendimiento. Pero es entonces cuando se le plantea el siguiente problema, que él mismo expone al comienzo del capítulo sobre el “esquematismo”:

En toda subsunción de un objeto bajo un concepto, la representación del objeto debe ser de naturaleza semejante a la del concepto (…). Pero los conceptos puros del entendimiento comparados con las intuiciones empíricas (o sensibles en general) son por completo heterogéneos (…). Es, pues, evidente que debe existir un tercer término que sea semejante por una parte a la categoría y por otra al fenómeno, y que haga posible la aplicación de la categoría al fenómeno (Kant, 1945: 148).

Kant halla esa mediación en las determinaciones trascendentales del tiempo:

Una determinación trascendental del Tiempo es homogénea a la categoría (…) en cuanto que es universal y descansa en una regla a priori. Pero por otro lado es homogénea al fenómeno en cuanto también el Tiempo está comprendido en todas las representaciones empíricas de la diversidad (Ibíd.).

Sin embargo, esa mediación presupone la noción de formas puras de la sensibilidad (espacio y tiempo), las cuales implican una cierta configuración previa de toda experiencia posible. Son determinaciones a priori de esas formas puras de la sensibilidad, sin ir más lejos, todas las leyes de la matemática y de la física moderna, juicios sintéticos a priori a los cuales habrá de ajustarse toda experiencia posible, incluso si pertenece al orden de lo personal o social. Así, “lo dado”, el contenido que Kant se propuso compatibilizar con el método matemático, resulta depurado para ello.

Frente a esta materialidad adaptada, sin embargo, asoma la pregunta por la verdadera materialidad, por “la cosa-en-sí”, que será declarada incognoscible. Conocer lo que las cosas son en sí mismas supondría poder aprehenderlas sin la mediación de nuestra facultad de conocimiento, lo cual es imposible. El programa kantiano se ve, pues, frustrado. Nuevamente el sistema matemático formal expulsa de sí al contenido.

Ahora bien, esta dificultad de captar el “contenido” de las formas con que conocemos el mundo se relaciona con la imposibilidad de captar el todo y la sustancia última de ese conocimiento (Dios, Alma, Mundo), tal como se presenta en la “Dialéctica trascendental”, donde fenómenos y noúmenos son puestos en una oposición absoluta. La “irracionalidad del todo” (su no racionalización), que en el plano económico se ponía de manifiesto a través de la crisis, en el plano gnoseológico se pone de manifiesto en las antinomias de la razón: no habiendo intuiciones con que contrastar las “ideas”-que remiten no a fenómenos delimitados en el espacio y el tiempo sino a totalidades-, careciendo por tanto de un sustrato empírico, la razón encuentra argumentos para defender una cosa y su contraria. Lo mismo puede defender, por ejemplo, que el mundo es finito o infinito. Las antinomias de la razón representan la “crisis” de la razón pura, de la formalidad de un pensamiento que sólo acusa recibo de fenómenos y hechos aislados.

Hemos visto que la forma mercancía, generalizada en la esfera del mercado, al configurar la realidad de la producción, atomizaba los trabajos particulares. A la generalidad del mercado le correspondía la fragmentación del trabajo. No debe, pues, sorprender que algo semejante ocurra en el plano gnoseológico: a la generalidad del entendimiento puro le corresponde la fragmentación de los “hechos”. El conocimiento, como el trabajo, se dividirá en campos parciales cada vez más específicos, cuya unidad sólo podrá ser pensada como una agregación de unos conocimientos a otros dentro de una progresión al infinito. El pensamiento, en su esfuerzo por abarcar todos los fenómenos, pierde de vista la captación de la totalidad. Lukács visualiza en este destino del pensamiento el destino de la sociedad que lo engendró:

La clase burguesa domina crecientemente las singularidades y los detalles de su existencia social y los somete a las formas de sus necesidades, pero, al mismo tiempo y también crecientemente, pierde la posibilidad de dominar intelectualmente la sociedad como totalidad y, por lo tanto, su calificación como clase dirigente.

Así, pues, la fortaleza del proletariado debía consistir en asumir él ese dominio intelectual y material de la totalidad social que la burguesía, desde su mismo ascenso al poder, se había mostrado incapaz de ejercer. La vuelta a Kant por parte de Bernstein ponía de manifiesto que el revisionismo renunciaba a dicha captación, renunciaba a la potencialidad proletaria de configurar el todo social. En vez de ello promovía la acumulación de conquistas aisladas dentro de las formas sociales vigentes. Y como la capacidad de fragmentación de la realidad es infinita, el “progresismo” se adentraba así en una “progresión al infinito” en la cual a cada nueva conquista le sucedería otra por conquistar, mientras la estructura subyacente de la sociedad, el orden de clases, permanecía incólume… y dispuesto a echar abajo, como a la piedra de Sísifo, los derechos conquistados.

 

4.2. La Crítica de la razón práctica y la cosificación subjetiva.

Hemos señalado que el desarrollo del racionalismo filosófico tenía su fundamento en el proceso de racionalización de la vida que se dio en la Modernidad. “La filosofía crítica moderna ha nacido de la estructura cosificada de la consciencia”, decía Lukács (Ibíd.: 40). Ahora bien, dijimos que ese proceso de cosificación se daba al mismo tiempo en dos direcciones: objetiva y subjetiva. La cosificación objetiva implicaba la separación del sujeto respecto de la objetividad, frente a la cual sólo podía asumir una actitud contemplativa. La Crítica de la razón pura constituía la expresión filosófica más acabada de esa escisión: el sujeto conocedor quedaba divorciado de lo conocido por él, la cosa-en-sí, sobre la cual nada podía decir, aunque sí pudiera ir alcanzando un conocimiento acabado de sus manifestaciones fenoménicas. La cosificación subjetiva, por su parte, implicaba la escisión en el interior mismo del sujeto, la separación de una parte de su ser que pasaba a integrarse a la naturaleza (segunda naturaleza). La Crítica de la razón práctica constituirá la expresión filosófica más acabada de esta segunda dirección del proceso cosificador. Allí el programa de Kant será superar en la esfera práctica lo que en la esfera teórica resultaba insuperable. Si en el plano gnoseológico la escisión entre el sujeto conocedor y el objeto conocido era absoluta, no debía ocurrir lo mismo en el plano práctico, donde el sujeto no sólo debe contemplar la realidad sino que debe operar sobre ella. La filosofía kantiana avanzaba así hacia una concepción de la praxis como ámbito de superación de las antinomias de la pura racionalidad. Pero la permanencia del modelo matemático de conocimiento trabaría este desarrollo. Pues la “praxis”, para ser compatible con dicho modelo, debía reunir dos requisitos: primero, quedar circunscripta dentro de la interioridad del sujeto, toda vez que la realidad “fenoménica”, en su necesariedad, resultaba refractaria a la libertad y a los fines de la razón. De esta manera, la ética kantiana asumía para sí la escisión implicada en su gnoseología: la práctica debe desinteresarse de sus efectos en la realidad.

En segundo lugar, la praxis debía ser adaptada a un sistema de máximas autoproducidas, universales y ahistóricas. Esta “praxis” devino así una actitud contemplativa. Como el obrero ante las leyes del funcionamiento de la máquina, el individuo ético quedaba subordinado a los imperativos categóricos, para cuyo cumplimiento debía sacrificar todo lo cualitativo de su ser (las inclinaciones). Lo cualitativo, también aquí, sólo podía ser causa de error. Con esto, dice Lukács, la escisión entre forma y contenido “se trasplanta al sujeto mismo: hasta el sujeto se escinde en noúmeno y fenómeno, y la escisión irresuelta, irresoluble y como irresoluble eternizada, entre libertad y necesidad penetra hasta la más íntima estructura del sujeto” (Ibíd.: 69).

 

4.3. La Crítica del juicio y los límites del arte.

Tras el “fracaso” de la Crítica de la razón práctica vemos plantearse nuevamente la necesidad de una práctica unitaria, previa a toda escisión que afecte a la subjetividad en su relación con el mundo y consigo misma. La Crítica del juicio encuentra esa praxis en el arte, cuya significación para la concepción del mundo adquirirá desde entonces una importancia que nunca antes había tenido. El principio del arte parecía asimilable a otra noción kantiana presentada, aunque marginalmente, en la Crítica de la razón pura, a saber, la del “entendimiento intuitivo”. Los sucesores inmediatos de Kant asociaron, pues, el principio del arte con el de un entendimiento productor de contenidos (de una realidad que no estuviera ya, como la realidad fenoménica, matemáticamente determinada) y quisieron conciliar en el plano estético lo que en el plano gnoseológico y ético resultaba inconciliable.

Pero he aquí el límite de este intento: si bien la racionalización del mundo y la consecuente escisión entre forma y contenido han sido operadas en la realidad, su conciliación era perseguida en la subjetividad, a través de una recepción estética del mundo, a través de un arte que nos develara la realidad oculta. Tal búsqueda seguía siendo teorética. Podía, sin embargo, querer elevarse el principio estético a principio configurador de la realidad objetiva, como un relevo de la forma mercancía, pero esto implicaba mitologizar dicho principio, exagerar su potencialidad. El arte constituye, y constituirá siempre, lo mismo que la filosofía, una determinada producción dentro de la sociedad, y no es desde una producción en particular (ni la del arte ni la de la filosofía) sino desde la producción en general, desalienándola, que aquélla podrá ser reconfigurada. Así, pues, dejando de lado las hipóstasis de un romanticismo exasperado, el principio del arte no escapa a las escisiones que atraviesan la filosofía crítica y la realidad. El desarrollo artístico del siglo XIX así lo demostró. En efecto, con el modernismo literario, con la escuela del arte por el arte, éste se volvió una objetividad con leyes propias, opuestas a la subjetividad, una especialidad más entre otras, y todo intento de superar estéticamente las contradicciones de la realidad se mostró improcedente.

 

5. El pensamiento dialéctico.

La filosofía kantiana y la de sus sucesores inmediatos dejaron como tarea a realizar la conciliación del pensamiento con la verdadera concreción de la realidad (y no con una realidad formalizada). La subjetividad y la objetividad debían conservar ambas sus derechos, sin que ninguna fuera subordinada a la otra. Este es el propósito que asume el método dialéctico a partir de Hegel. Ahora bien, la adaptación de la materia a la racionalidad formal, ocurre en la realidad misma y no meramente en los sistemas filosóficos. Así, aprehender la realidad en su verdadera concreción, en la unidad de sus momentos cualitativo y cuantitativo, requerirá “que el rígido ser cósico de los objetos del acaecer social se desvele como mera apariencia (…), o sea, que se pueda mostrar las cosas como momentos disueltos en procesos” (Ibíd.: 120). El capital, por ejemplo, tendrá que mostrarse como una apropiación en curso, la contracara exacta del proceso de enajenación del trabajo, y no ya como una realidad separada de él, subsistente por sí misma. De esta manera, al advertirse el constante fluir de lo que aparecía cristalizado, el devenir se manifiesta, en términos hegelianos, como la verdad del ser. Y en esta negación de la inmutabilidad de las formas matemáticas, cuando “‘lo verdadero’, como escribe Hegel en la Fenomenología, se ha convertido en aquel ‘torbellino báquico’ en el cual no hay ni un miembro “que no esté ebrio” (Ibíd.: 140), el  principio de la práctica, liberado de toda captura en la interioridad, puede al fin reconocerse y desplegarse. Lo verdadero, la realidad social, deja de aparecer exclusivamente como sustancia para revelarse, al mismo tiempo, como subjetividad en curso. Fue mérito de Hegel haber advertido que esa subjetividad cuya escisión respecto del mundo quedaba de esta manera desmentida, no era la del individuo, quien se enfrenta efectivamente “con la realidad objetiva como con un complejo de cosas rígidas” (Ibíd.: 140). El sujeto de la historia sólo puede ser hallado en un “nosotros”.

Pero este hallazgo, según Lukács, no será logrado de manera concluyente hasta Marx, pues Hegel, que escribió en un momento en que el proletariado no se había desarrollado suficientemente, creyó hallar esa subjetividad colectiva en el Espíritu del Mundo, el cual se realizaría en la historia a través de los Espíritus Nacionales, de los pueblos. Como Lukács observa, sin embargo, el Espíritu del Mundo sigue siendo una abstracción tan grande como el sujeto trascendental kantiano, y en cuanto a los Espíritus Nacionales, éstos, como los individuos, ven desplegarse la historia con independencia de ellos. Así, pues, el paso decisivo lo dará Marx con el reconocimiento del sujeto de la historia en el proletariado. Éste es particularidad concreta y universalidad abstracta al mismo tiempo. Pero aquí salta a la vista una de las dificultades fundamentales que debe enfrentar el marxismo y que Lukács pone en evidencia. Aun si es cierto que lo universal, vale decir, los intereses colectivos de la sociedad, se hallan encarnados en la particularidad concreta del proletariado, no deja de haber entre ambos momentos una distancia ontológica: lo universal se da allí como potencia, se da con carácter de posibilidad, hacia la cual, sin embargo, no debe creerse que la realidad actual del proletariado brote espontáneamente. “Si se intenta dar a la conciencia de clase una forma existencial inmediata –dice Lukács- se cae inevitablemente en la mitología, se piensa en una enigmática consciencia genérica (tan misteriosa como los ‘Espíritus Nacionales’ de Hegel)” (Ibíd.: 115). De esta manera, aun cuando esos aspectos converjan en el proletariado, no dejan de ser discernibles, y existe en todo momento el riesgo de que se escindan drásticamente.

Rechazado, pues, que el proletariado sea en su existencia inmediata sujeto de transformación social, habrá que explicar el proceso mediador a través del cual podrá devenirlo. Según Lukács, sólo si pone sus prácticas en referencia al porvenir, sólo si las orienta hacia la superación de la actual sociedad de clases, podrá el proletariado adquirir dimensión histórica. Es preciso señalar, sin embargo, que si esta apertura de las perspectivas proletarias implica un canto del gallo galo o un vuelo matinal del búho de Minerva, no implica en cambio una ruptura del vínculo con las condiciones objetivas. Lukács recurre, para explicar este carácter concreto de la conciencia, a la categoría hegeliana de posibilidad objetiva. “La teoría objetiva de la consciencia de clase es la teoría de su posibilidad objetiva” (Ibíd.: I, 165). Esta posibilidad objetiva está implícita en la realidad. La conciencia, a través de su elevación al punto de vista de la totalidad, no hace sino esclarecer, cuanto sea posible, esa “tendencia inmanente” (Ibíd.: 120). No estamos aquí ante ningún a priori del sujeto sino ante situaciones históricas, con toda su complejidad. Que se haya visto en esta concepción -que el propio Lukács haya llegado a ver- un “subjetivismo” constituye un triunfo del estalinismo y un desconocimiento de la dimensión ontológica que la misma supone (y que Lukács desarrollará tardíamente). La teoría de las posibilidades objetivas supone el estudio del todo social, el reconocimiento de los diversos sectores actuantes (la historia demostraría la importancia de los campesinos, los sectores medios, los movimientos sociales, etc.), si bien siempre desde la perspectiva de la reapropiación de los medios de trabajo por parte de los trabajadores. En esto consiste la conciencia del proletariado (y no ya del proletario individual, puesto que las mencionadas posibilidades son reales sólo para actores colectivos, mientras que para los individuos son sólo imposibilidades).

Ahora bien, es justamente esta complejidad del análisis la que lo aleja de lo cotidiano. Al otorgársele un sustrato objetivo, la conciencia, entendida como perspectiva de clase, logra traspasar los límites del cogito individual; puede incluso estar ausente en la conciencia individual de un número importante de trabajadores. Pero con esto encuentra un límite lo que constituía la característica propia del proletariado frente a las otras clases que la precedieron históricamente, a saber, el carácter consciente de su acción. Una tal autoconciencia pareció alcanzarse en algunas formas organizativas de la clase obrera, como la de los consejos, en los que Lukács tendió a ver “el órgano de lucha del proletariado entero, capaz de desarrollarse hasta ser órgano estatal” y hasta la “superación político-económica de la cosificación capitalista” (Lukács, 1985, Vol. I: 165). Siempre estuvo tentado a ver allí un primer ensayo de totalidad concretaque tras un largo proceso (dentro del cual la toma del poder sería un momento ineludible) podría configurar, como antaño lo hiciera la formalidad abstracta de la mercancía, la sociedad entera. Para Lukács, sin embargo, la conciencia de clase requiere un análisis permanente de la realidad, un esfuerzo y entrenamiento constantes por desentrañar las posibilidades de acción, mientras que los consejos han sido históricamente experiencias relativamente fugaces, con flujos y reflujos propios de la espontaneidad. De allí deriva la necesidad de la organización partidaria, capaz de resistir la fuerza de arrastre de una corriente en retroceso.

En el partido, entonces, el proletariado tiene su conciencia colectiva, pero la tiene enfrente, objetivada, existiendo con independencia de su cotidianidad. “En-sí” y “para-sí”, los dos momentos de la existencia del proletariado se escinden al interior mismo de la clase. Lukács constata esta fractura como “escisión dialéctica entre el objetivo singular y el objetivo final” (Ibíd.: I, 155), siendo su manifestación inmediata la de una oposición entre la clase y su partido político.

 

6. Conclusión.

El último ensayo de Historia y consciencia de clase está dedicado a la cuestión organizativa. Allí Lukács intenta mantenerse distante de dos posiciones extremas: la que atribuye incondicionalmente a las masas la “recta comprensión de la acción revolucionaria” y la que las considera inconscientes de la misma, teniendo que ser sustituidas en la acción por una minoría consciente (Ibíd.: 235). Con esto se cierra el camino recorrido en Historia y conciencia de clase. El fetichismo de la mercancía y la cosificación de todas las manifestaciones de la vida en la sociedad capitalista, eternizadas por el modo matemático, no histórico, de pensar, fueron disueltas en procesos gracias al “método” dialéctico. La estructura cosificada de la sociedad se mostró en devenir y halló un sujeto capaz de superar los antagonismos que la desgarraban: el proletariado. El aspecto crítico de este camino se presentó cuando ese sujeto desde cuya unidad más o menos compacta debía darse el salto a la nueva sociedad, se mostró también fracturado. El “realismo” y no el “idealismo” de Lukács lo llevó a aceptar ese dato. Pero aun cuando dentro de la sociedad capitalista -donde el proletariado se halla, a excepción de los períodos revolucionarios, siempre atomizado- hubiera que asumir, a la manera kantiana, esa escisión como punto de partida (junto con el carácter necesario del Partido) la misma no tenía por qué ser asumida como punto de partida de la nueva sociedad. El proceso de burocratización que, bajo influencia de Weber, pudo Lukács detectar con toda claridad en la dinámica capitalista, no fue visto por entonces, en 1923, como una amenaza para el socialismo. A través de dicho proceso, sin embargo, las posibilidades reales de desarrollar el socialismo serían ellas mismas cosificadas, deteniendo la marcha de la democratización socialista.

 

* Ignacio Marcote es profesor y licenciado en Filosofía. Desde hace años está abocado a la investigación en dos temáticas principales: el socialismo y la dialéctica. Actualmente la Editorial Biblios prepara la edición del texto La dialéctica y sus críticos. Para una comprensión del pensamiento dialéctico, en donde expone los resultados de sus investigaciones sobre el tema.

[1] Aquí empezamos a observar una diferencia de contenido entre el término “fetichismo” y el término “cosificación”. Pues mientras el primero de ellos parece alcanzar sólo a la apariencia en el mercado, el segundo abarca incluso la realidad. El término “cosificación” está indicando que las relaciones sociales no sólo aparecen como relaciones entre cosas, sino que se vuelven realmente relaciones entre cosas.

[2] Es un error típico creer que en la separación sujeto-objeto coloca a la humanidad en una actitud de dominación frente a la realidad en su conjunto y no, en todo caso, frente a ciertos aspectos aislados de la misma. La separación de la objetividad le ha arrebatado al sujeto la capacidad de controlar la totalidad. El drama de la Modernidad ha sido quedar atrapada en una dinámica del capitalismo que no controla y que vacía de contenido todos y cada uno de sus postulados. Dado este carácter pasivo más que activo de la Modernidad, constituye un error atacar los ideales modernos sin cuestionar al capitalismo, verdadera fuente de degradación de todos los principios.

 

Bibliografía básica.

Hegel, Georg Wilhelm Friedrich, Fenomenología del espíritu. Trad. de Wenceslao Roces. Bs. As.: FCE, 1992.

-, Ciencia de la lógica. Trad. de Augusta y Rodolfo Mondolfo. Bs. As.: Solar, 1993.

-, Filosofía del derecho. Trad. de Angélica Mendoza de Montero. Bs. As.: Claridad, 1987.

Kant, Immanuel, Crítica de la razón pura. Trad. de José del Perojo. Bs. As.: Sopena, 1945.

Korsch, Karl, Marxismo y filosofía.Trad. de Adolfo Sánchez Vázquez. México: Era, 1971.

Lukács, Georg, Historia y consciencia de clase. Trad. de Manuel Sacristán. Madrid: Sarpe, 1985. 2 Vols. Al menos que se especifique lo contrario, las citas corresponden al volumen II.

-, El hombre y la democracia. Trad. de Mario Prilick y Myriam Kohen. Bs. As.: Contrapunto, 1985.

Marx, Karl, El capital. Trad. de Wenceslao Roces. Bs. As.: Siglo XXI, 1999.

-, Grundrisse (1857-1858). Lineamientos fundamentales para la crítica de la economía política. Trad. de Wenceslao Roces. México: FCE, 2001.

Weber, Max, “La política como vocación”. En -, El político y el científico. Trad. de Francisco Rubio Llorente. Madrid: Alianza, 1979, págs. 81-179.

Nancy Fraser: “Estamos luchando contra el patriarcado pero también contra esos feminismos que nos llevan por el camino equivocado”

En esta entrevista, la prestigiosa intelectual feminista estadounidense cuestiona lo que llama el feminismo liberal corporativo encarnado por personalidades como Hillary Clinton o Christine Lagarde, reflexiona sobre la pandemia, advierte contra el avance del populismo de derecha y se declara contraria a la cultura de la cancelación: “Me gustaría que ‘Lolita’ se siga leyendo”, dijo

Por Ana Correa

Podríamos presentar a Nancy Fraser como una de las filósofas e intelectuales más destacadas del mundo, o decir que es una rockstar de la teoría feminista, y ambas definiciones serán apropiadas. Conocida sobre todo por sus investigaciones y teorías sobre Justicia y la globalización, sus trabajos fueron y siguen siendo citados desde hace décadas por quienes impulsan reformas en los sistemas de representación con perspectivas feministas. Fraser es reconocida internacionalmente aun por quienes son blanco de sus críticas como el sistema político internacional o el feminismo que ella llama neoliberal progresista (donde incluye cada vez que tiene oportunidad desde a Hillary Clinton hasta Christine Lagarde y a Sheryl Sandberg, la directora de operaciones Facebook.

Profesora de la New School de Nueva York, ganadora de diversos premios, enseñó en universidades prestigiosas de todo el mundo y ha recibido becas de grandes instituciones. Esta académica nacida en Baltimore distingue las etapas del feminismo de la segunda ola de EEUU en dos fases: una de lucha por la distribución y otra por el reconocimiento. Actualmente reconoce una fase superadora, que es la transnacional, y alerta sobre el peligro de que el feminismo corporativo sea funcional a un sistema capitalista que trata muy mal a las mujeres trabajadoras, a las más pobres, a las cuidadoras, a las desplazadas, y a las de color. Para Fraser, en esta etapa el feminismo debería unirse con los sectores mayoritarios y más necesitados. Para eso redactó un manifiesto que se llama Feminismo para el 99 %, que escribió junto a Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya.

Como parte de este llamamiento a unirse también con los sectores ambientalistas, Fraser propone crear una movimiento para contrarrestar la actual hegemonía capitalista. De eso habla en Contrahegemonía ya, libro que publicó Siglo XXI el año pasado, y en el que se incluyen las bases del feminismo para el 99 % y la crisis del sistema capitalista neoliberal tal como está planteado. Algunos otros libros que se consiguen en Argentina son Escalas de justicia, de Herder Editorial, Prácticas rebeldes, de Prometeo y Feminismo para el 99%, de Rara Avis.

Sobre todos estos temas y sobre la pandemia, las políticas mundiales de vacunación, el populismo de derecha y la cultura de cancelación, hablamos con Nancy Fraser vía Zoom.

Entrevista con Nancy Fraser: el cambio real

-Usted ya había anticipado que la tercera fase del feminismo, luego de la etapa de la lucha por la igualdad y del reconocimiento, iba a ser un feminismo transnacional. ¿Por qué cree que esta etapa estuvo caracterizada por la lucha contra las violencias?

-No es una pregunta fácil de responder. En teoría, podría haberse desarrollado con algún otro enfoque, podría haber sido alrededor de la libertad reproductiva o algo así. Hay ciertos elementos o contingencias en la historia y en la política que no podemos deducir literalmente de nuestras teorías. El punto es que en cualquier problema que surja o se convierta en el tema de fondo del reclamo de las mujeres, lo que cuenta es cómo se enfoca y si lleva o no a las activistas y a otros a seguir el hilo de lo que sucede para conectarse con otras cosas. Mi opinión es que no se puede entender adecuadamente, y mucho menos, luchar contra la violencia de género, si no se comprende su vínculo con la división del trabajo por género, con la explotación capitalista y la instrumentalización del trabajo de las mujeres; si no se comprende su conexión con al militarismo, y con las políticas depredatorias, con el freno a la libertad reproductiva de las mujeres, etc.

Estas cosas están conectadas, forman parte de un sistema de dominación de género, y eso a su vez es parte de un sistema aún mayor que está vinculado a la dominación racial y de clase, a la destrucción ecológica y por eso creo que ahí donde la gente comienza a luchar y a reclamar en un momento dado, depende de la situación que están viviendo y de si es una lucha que se puede volver transnacional, si se propaga. Y estas cosas, como digo, no están estrictamente determinadas por nada. Lo que importa es la capacidad de hacer conexiones y ampliar la lucha, para acoger a más personas, más preocupaciones, más regiones y más problemas. Y eso es lo que creo que es emocionante de las luchas actuales, las luchas recientes que, tienes razón, en muchos lugares se han centrado en la violencia contra las mujeres, pero han tocado una fibra tan dramática para muchas personas en todo el mundo, en continentes muy separados, de hecho, y esto nos da la oportunidad, creo, de profundizar nuestro entendimiento y de profundizar y llevar adelante una lucha más amplia, más sofisticada, más radical y, por lo tanto, de mejorar nuestras posibilidades para lograr un cambio real.

-Usted advirtió también que el crecimiento del movimiento feminista se da en un contexto en el que crecen movimientos de nuevas derechas. ¿A qué lo atribuye? ¿Cree que hay alguna manera de contrarrestarlo?

-Es sumamente interesante, quiero decir, lo primero que me gustaría observar es que no todos, pero la mayoría de estos movimientos de extrema derecha, proyectan una imagen algo regresiva, reaccionaria de la masculinidad, así hablemos de Bolsonaro en Brasil, de Viktor Orban en Hungría o del propio Donald Trump, que no está exactamente donde estaba hace algunos meses pero sigue siendo un factor de poder. En todos estos casos, no me gusta usar la frase pero sería “masculinidad tóxica”, representan una especie de retroceso a los estilos patriarcales más antiguos, a unas versiones premodernas de la masculinidad. Y eso es muy interesante porque hasta su aparición nos enfrentábamos a un un rostro diferente del poder masculino, más moderno, más burocrático, más corporativo, y eso es algo que no creo que lo hayamos podido prever, pero sí podemos entenderlo, y lo entendería personalmente como una extraña forma de rebelión populista contra el capitalismo corporativo burocrático que, dicho sea de paso, no era muy amigo de las mujeres, no era amigo de las mujeres pobres, de las mujeres de la clase trabajadora, de las mujeres de color, por ejemplo. Aunque ese capitalismo burocrático no fue amable con estas mujeres, sí logró atraer el apoyo de ciertas corrientes dominantes del feminismo, las corporaciones liberales, las Christine Legarde del mundo, las Hillary Clinton, las Sheryl Sandbergs del mundo, no sé cuál sería el ejemplo argentino para ejemplificar, pero seguro debe haber uno. De todos modos, esta tendencia de feminismo favorable a los negocios corporativos, el feminismo de “romper el techo de cristal”, estaba muy integrada en el anterior capitalismo moderno neoliberal conectado con Silicon Valley, Hollywood, Wall Street, que presentaba una imagen atractiva, y, de hecho, creo que el papel de ese feminismo corporativo fue una forma de “pinkwashing” (lavar de rosa) ese neoliberalismo, saben a lo que me refiero, para darle una especie de rostro amigable para la mujer.

A esa expresión política yo la llamo neoliberalismo progresista, básicamente ha sido sistemáticamente durante décadas hacer la vida mucho más difícil para las personas de la clase trabajadora de todos los géneros y colores y no es de sorprenderse que provoque una reacción violenta, un retroceso. Y una forma de retroceso, no la única, pero una de ellas es este nuevo populismo autoritario de derecha que, como dije, se presenta como una especie de retorno pro-iglesia pro familia, pro-patriarcado, y de esa manera, parece estar rechazando el neoliberalismo progresista, ciertamente está rechazando el componente feminista del progresismo neoliberal.

A veces se presenta, como en el caso de Trump, rechazando el período del neoliberalismo, aunque eso sea una farsa y una ilusión. De todos modos, creo que el punto de partida para un análisis feminista realmente útil es comprender el papel que jugó el feminismo corporativo para apuntalar y legitimar el neoliberalismo progresista y, por lo tanto, para ayudar a crear las condiciones para el surgimiento de esta rabiosa revuelta masculinista contra el neoliberalismo progresivo que ha traído a los Trump, los Bolsonaros, los Orbans, etc.

-La teoría de la reproducción social vs la reproducción económica, cuando fue formulada, ya partía de una asimetría entre el hombre como generador de poder económico y la mujer en el ámbito doméstico y del cuidado. La pandemia nos hizo retroceder para enfrentar esta discusión. ¿Es posible dar esta discusión sólo en términos de distribución sin reconocimiento?

-Esas categorías son útiles para analizar algunos aspectos de esta coyuntura, pero ante esta pandemia de Covid nos encontramos en una especie de tormenta perfecta de irracionalidad e injusticia capitalista, porque creo que es el punto de encuentro donde todas estas mismas hebras de irracionalidad capitalista depredadora convergen. En primer lugar, comencemos con el aspecto ecológico: hablemos de la explicación más probable de cómo el virus llegó a nosotros, a los seres humanos. El virus ha estado en murciélagos, en cuevas remotas durante mucho tiempo, y nos fue transmitido a través de algunas especies intermedias. Las especies intermedias nos han transmitido el Covid19, y lo mismo sucedió con otros SARS, con el VIH. Ahora, la cuestión es ¿por qué? ¿Por qué ahora?

Y creo que hay una respuesta sencilla. Es una combinación de deforestación tropical y cambio climático. Eso es lo que induce a esta especie a migrar, moverse y encontrarse cerca de especies con quienes no habían estado antes y, por lo tanto, a través de esas especies, a nosotros. Así que hablemos de la destrucción de la selva amazónica y de la selva tropical del este y el sur de Asia. Muchas de estas cosas parecen originarse en Asia o África, pero no es solo ahí. En cualquier caso, es este desarrollo capitalista el que está creando el impulso a las especies de migrar para acercarse a nuevos organismos estresados o acercarse repentinamente unas a otras.

Ahora, los efectos de esto habrían sido horribles para los seres humanos de cualquier manera, pero se han agravado de forma incalculable por una de las características que desarrolló este capitalismo irracional e injusto, que es el vaciado del poder público durante las últimas décadas del neoliberalismo. Lo que quiero decir es que en estas cuatro décadas, la línea compartida de nuestros recursos, nuestra salud, nuestros recursos de tratamiento, nuestras capacidades de investigación, nuestra capacidad de inventar, descubrir y producir vacunas, aumentar la producción producción de equipos de protección personal, máscaras y ventiladores, etc, todo esto ha sido privatizado, no total pero sí masivamente. Hemos entregado los recursos que necesitamos para combatir una pandemia a corporaciones e instituciones con fines de lucro que no tienen ningún interés en el bienestar público; están interesados en sus declaraciones de ganancias y en los precios de sus acciones en la Bolsa.

Puedo decir que hay un país que destacaría como una brillante excepción a esto y, puede que te sorprenda, pero es Cuba, que ahora ha producido una quinta vacuna y la reparte. Cuba no es modelo de democracia, ciertamente, pero en este punto en particular, es una contra tendencia. Entonces, tenemos a los países ricos acumulando vacunas, por un lado, y por otro sé que regiones como Latinoamérica están sufriendo por la imposibilidad de acceder a las vacunas a tiempo. Y no me refiero simplemente a los países muy pobres, quiero decir, incluso países como Argentina o Brasil. Entonces, digamos que el neoliberalismo realmente ha mermado nuestra capacidad para combatir la pandemia y, por supuesto, es completamente contraproducente. No se puede luchar contra la pandemia sólo en algunos países ricos; como bien sabemos, ante la aparición de nuevas variantes, como la Delta, eso nos va a llevar a la ruina a todos. Es completamente irracional esta forma de manejarlo.

Luego, hay un lado de la reproducción social, que ya mencionas, y que tiene que ver nuevamente con el neoliberalismo, en esencia, confiscar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestra capacidad de reproducción social. ¿Y qué hizo el neoliberalismo? Por un lado, ha exigido austeridad, por lo que los estados han recortado drásticamente el gasto en lo que llamamos reproducción social: todo lo que estaban haciendo antes en lo que respecta al cuidado de ancianos, cuidado diurno, gasto en educación, gasto en salud, etc., etc. Eso ha devuelto todo ese trabajo a las familias, a las comunidades, y sabemos lo que eso significa, a las mujeres, en general. Al mismo tiempo, ha reducido los salarios a un nivel tan bajo que ha requerido muchas más horas de trabajo asalariado remunerado por hogar, lo que ha exigido que las mujeres dediquen cada vez más de su tiempo al trabajo remunerado y también más tiempo al no remunerado.

Se recorta el gasto social, entonces se crea una gran crisis de cuidado, una enorme crisis de tiempo y una enorme crisis de atención. Lo vimos en forma tan evidente durante la pandemia cuando las escuelas cerraron e hicieron la transición al aprendizaje remoto, cuando colapsaron los recursos de cuidado de ancianos y cerraron los jardines maternales, cuando se cerraron todo tipo de servicios comunitarios. De repente, todo estaba de vuelta en los hogares. Y ahí vimos esas escenas increíbles de mujeres teniendo reuniones de trabajo por zoom desde sus autos, mientras sus hijos les golpeaban la puerta gritándoles “mami, ayudame con mi tarea de álgebra”. Es decir, un multitasking llevado a niveles de locura.

Y, por supuesto, esos son los casos de mujeres afortunadas que todavía tienen trabajos que pueden hacer de forma remota. Otras perdieron sus trabajos y sus ingresos y, como resultado, perdieron sus hogares y sus apartamentos, o los mantuvieron, pero tienen que salir a ocupar puestos de primera línea que son peligrosos e inseguros, cuando corren el riesgo de infectarse a sí mismas y a sus familias, y luego, por supuesto, sabemos qué mujeres estaban en qué situación. Dependió mucho de la clase y el color o la raza.

Luego hay una cuestión de trabajo esencial. Dejando de lado a los profesionales médicos, ¿cuál fue considerado trabajo esencial? ¿Mano de obra agrícola? ¿Mataderos, trabajo de empaque de carne? ¿Delivery y compra en almacenes? ¿Entregas de Amazon para permitir que las personas que podían quedarse en sus casa obtuvieran lo que necesitaban sin salir de casa? Eso es lo nuevo, ése es el nuevo rostro de la clase trabajadora ahora, fuertemente feminizado, fuertemente racializado. Su trabajo también es esencial, pero ellos son desechables, podrían ser enviados al peligro y si se enferman y mueren, “oh, qué lástima”.

En otras palabras, lo que estoy diciendo es que de todas estas maneras podemos ver cuán irracional es el capitalismo, cuán profundamente sexista y racializado está. Y, con todo esto, dudo en decirlo pero, no podríamos haber pedido una mejor lección de teoría social que lo que estamos viendo. Pero, ¿qué hacemos con esta lección? ¿Cómo podemos usar la lección para luchar contra este sistema que nos está matando? Entonces, sí, redistribución y reconocimiento son categorías que están bien para analizar algunos aspectos, pero creo que hay lecciones aún más profundas aquí en esta pandemia.

-¿Qué opina de la contribución del feminismo masivo a la agenda pública? ¿Cuáles son los riesgos del feminismo de élite? ¿Y cómo puede el feminismo en los países subdesarrollados querer cambiar las estructuras de producción y de Justicia, por ejemplo, si actualmente no pertenecen a ellas?

-Esa es una pregunta muy interesante e importante. Empecemos volviendo a lo que dije antes y veamos cómo un tipo de feminismo liberal corporativo, el feminismo de ‘rompamos el techo de cristal’ nos ha llevado por el camino equivocado, el feminismo que cuando habla en los medios de comunicación se centra en la meritocracia, en el management profesional de las mujeres. Ellas han ganado y han obtenido algunos beneficios de este feminismo.

Pero yo creo que la hegemonía de ese sector le ha dado al feminismo en general una mala reputación entre muchas personas y creo que eso explica por qué tenemos una reacción patológica que gana el apoyo de al menos algunos sectores de los más pobres, la clase trabajadora masculina, y creo que en realidad algunas mujeres también, por extraño que parezca, que ven en figuras como Bolsonaro a un hombre fuerte que puede protegerlas ya sea del crimen o de lo que sea. Creo que la primera tarea es disociarnos de ese feminismo y decir “no, paren, aquí estamos intentando construir otro feminismo”. Y supongo que agregaría, que desde esta perspectiva, que no hay un solo feminismo, tenemos que renunciar a esta idea de una hermandad global “la hermandad es poderosa”. No, el feminismo es un campo de discusión, está dividido por clases, está dividido por color, está dividido por ideología, y creo que lo primero es reconocer eso, y luego decir: estamos luchando por este feminismo contra ese feminismo, no sólo estamos luchando contra el patriarcado, sino que estamos luchando también contra esos feminismos que nos llevan por el camino equivocado.

Uno de mis proyectos recientes fue el llamado Feminismo para el 99%, este manifiesto que escribí en coautoría con Cinzia Arruzza y Tithi Bhattacharya y que trató de articular un camino alternativo. No es algo que simplemente inventamos. Eso está sucediendo en el mundo. Quizás le dimos un nombre a partir de Occupied Wall Street y los otros movimientos populistas de izquierda, diferentes del tipo de populistas de derecha de los que hablábamos antes. Creo que este feminismo del 99 % podría ser una especie de paraguas bajo el cual podrían estar esos feminismos de los que hablábamos antes, las mujeres que no forman parte del sistema en el sentido de que no están en el centro del poder, tal vez ni siquiera en el mercado laboral formal, y en algunos casos casos, mujeres sin papeles, migrantes. Todo un conjunto de mujeres a las que el feminismo de ‘romper el techo de cristal’ no tuvo en cuenta.

Fraser es muy dura con el feminismo representado por figuras como Hillary Clinton (REUTERS/Gonzalo Fuentes)Fraser es muy dura con el feminismo representado por figuras como Hillary Clinton (REUTERS/Gonzalo Fuentes)

Creo que aquí es donde está la esperanza y el futuro del feminismo porque hemos visto adónde nos lleva el feminismo que fue parte del neoliberalismo progresista. No solo nos lleva a un empeoramiento de las condiciones de vida de la gran mayoría de las mujeres, sino que nos lleva a Trump, a Bolsonaro y a la reacción en contra de algunos postulados feministas. Es interesante, por cierto, que hay una excepción en el populismo de derecha que es el dirigido por mujeres, por ejemplo el de Marine Le Pen, en Francia. Ese es un interesante contraejemplo de todos estos machistas y eso probablemente exige un análisis en sí mismo de la política de género francesa, que yo misma no creo que esté en condiciones de decir nada interesante, pero sí quiero marcar como algo que debería examinarse.

-Sobre el riesgo de que tengamos un feminismo haciendo foco en las políticas de reconocimiento y no de distribución. ¿Cree que quizás los reclamos de algunas feministas de querer cancelar artistas o trabajos o música es algo que nos puede distraer de un objetivo principal de cambio estructural que garantice los derechos de los más vulnerables?

-Eso es algo que me preocupa en dos niveles. Por un lado, como dijimos, confunde algunos tipos de política de representación o de símbolos que vemos en los medios, con la política. (política real, política con P mayúscula) y es una mirada que puede llevarnos detrás de cosas que nos alejan de la verdadera lucha.

Por otro lado, me preocupa que se organice un “Pensamiento de grupo” autoritario, porque sabemos que hay casos en los que se cancela a personas que no lo merecen. Los errores ocurren. Pero no hay forma de corregirlos con este modus operandi. Entonces entramos en la lógica de Trump y los QAnon, y es un terreno que me parece problemático. Lo que no quiere decir que no esté bien que Harvey Weinstein fuera a la cárcel. Y sí es algo malo que Bill Cosbyfuera liberado a causa de un detalle técnico del juicio.

-Por ejemplo, cuando se quiere cambiar el texto de un libro escrito 200 años atrás, o una película.

-Exacto. Especialmente porque pienso que tenemos que tener una mirada más compleja sobre la tradición artística, la tradición literaria, cinematográfica, tenemos que entender que todos, todo ser humano, incluso nosotros tenemos defectos, tenemos perspectivas, tenemos puntos ciegos, buenas cualidades, malas cualidades y no quiero negar ni abandonar o censurar el arte que me produce incomodidad. Hay un ejemplo al que siempre vuelvo: Lolita, deVladimir Nabokov, el libro más políticamente incorrecto que podamos imaginarnos es también una obra maestra. No quisiera prohibir la lectura de ese libro, que chicas jóvenes no lo lean porque esté prohibido, al contrario, me gustaría que se siga leyendo. Es un ejemplo de que las cosas más problemáticas y las más brillantes pueden estar entrelazadas.

El feminismo no debería ser una forma de pensamiento de grupo; el feminismo tiene que ser una lucha que ilumine todas las complejidades de nuestra vida. Incluso cuando identifica formas estructurales de opresión y dominación verdaderamente problemáticas, que exponen a jóvenes mujeres a determinados abusos, incluso abusos sexuales. Por otro lado, podemos ser capaces de entender que haya una obra de arte que hable sobre esa misma relación abusiva. Este es el mundo en el que vivimos. No soy para nada fan de la cancelación cultural.

-Hoy, en 2021, ¿quiénes son las personas que piensa que pueden liderar la contrahegemonía al neoliberalismo conservador, en EEUU y en el mundo?

-Creo que en esta situación, la propia lucha está todo el tiempo creando nuevas figuras. Puedo decir que en Estados Unidos tenemos todo tipo de gente que está emergiendo, gente de enorme talento y carisma y capacidad de liderazgo como AOC, Alexia Ocasio Cortez, por ejemplo, ella es fantástica. La semana pasada, una brillante mujer de color, llamada India Walton, acababa de ganar en efecto las primarias democráticas en Buffalo, Nueva York, para la alcaldía de la ciudad. Y debido a que es una ciudad totalmente demócrata, será la próxima alcaldesa de Buffalo, una de las ciudades más importantes del estado de Nueva York. Ella también es una socialista democrática, como Ocasio Cortez. Y éste es un nombre del que personas ajenas a ciertos círculos no habían oído hablar hasta la semana pasada, pero ahora está en la portada de todos los periódicos del país. Así que este es solo un ejemplo y cada semana hay nuevos ejemplos.

Al mismo tiempo, quiero reconocer a las figuras heroicas que han resistido durante décadas en esta lucha: a Noam Chomsky, a Angela Davis, etc. Tenemos magníficas figuras jóvenes nuevas, y luego aquellas figuras que continúan y siguen año tras año tras año. Estas son las condiciones en las que vivimos, es un tiempo intenso, un momento de una crisis social general, una crisis no solo de la economía, o de la ecología, sino de toda la civilización, de todo el orden social, y en condiciones como estas vamos a ver lo peor y también lo mejor, y lo que tenemos que hacer es tener la esperanza de que lo mejor pueda vencer a lo peor, porque están sucediendo muchas cosas malas y gente mala emergiendo también en el liderazgo.

-¿Fallamos como civilización por no tener un plan de vacunación a nivel global?

-Absolutamente. Es un indicio del absoluto fracaso, la absoluta irracionalidad y disfuncionalidad e injusticia del orden actual. Está eso, está el clima. En el mismo sistema social que está creando estas fallas, encontramos enormes avances científicos. Sabemos que las vacunas son posibles, que hay cosas que podemos hacer para combatir el cambio climático, no es que no haya soluciones, no es una fatalidad, no es que deba ser así.

Entonces, ¿dónde están las fuerzas sociales y políticas que pueden organizarse para insistir en que la estructura de poder actual tiene que irse y un sistema completamente nuevo tiene que reemplazarla? Hay soluciones, es solo que este sistema las está bloqueando: necesitamos un nuevo sistema social que pueda implementar estas respuestas.