El anticapitalismo de Erik Olin Wright

Por Fernando Manuel Suárez

El libro póstumo del sociólogo posmarxista Erik Olin Wright propone una política de erosión del capitalismo que combina elementos de distintas corrientes de la izquierda. Pero, a la vez, deja en evidencia los obstáculos del anticapitalismo en el siglo XXI.

El fantasma del comunismo ya no recorre Europa, pero está en boca de la mayoría de los representantes de las nuevas —y no tan nuevas— derechas del mundo. Cualquier medida, gesto, asunto, dirigente o actitud puede ser reputada sin más de comunista, socialista o un epíteto semejante. Incluso el otrora sobreutilizado rótulo de «populista» parece estar perdiendo centralidad ante este avance. El mentado fin de las ideologías, que azuzaron autores tan disímiles como Herbert Marcuse o Daniel Bell, parece no haber sido tal.

Las izquierdas, como se ha repetido hasta el hartazgo, están en crisis. En parte, esa es una situación parcialmente inmanente a ellas. No hay período histórico en el que no se registre debate sobre la «crisis de la izquierda» ni en el que el debate no gire en torno a las formas en las que podría producirse una recuperación de su hegemonía. En momentos en los que su potencia entra en declive, la crisis también se ve impulsada por lo que Norberto Bobbio definió como la contradicción entre el programa igualitario y la realidad de desigualdad. La conciencia de las desigualdades –ya no solo circunscriptas a la economía o a la clase— y la incapacidad de las izquierdas para ofrecer respuestas, se refleja en repliegues electorales de los partidos socialistas o comunistas tradicionales, en fragmentación y dispersión política, así como en estrategias defensivas que derivan en conservadurismos y pragmatismos adaptativos que diluyen las aristas más radicales de los programas. Los resultados electorales son solo la punta del iceberg de un problema más profundo y las respuestas ante esa situación tampoco resultan homogéneas: si es falta de radicalidad o exceso de ella; si el problema es que las izquierdas han prestado demasiada atención a la política de la identidad o, quizá, demasiado poca; si el problema es que se ha dado la espalda a la clase obrera o que, en su defecto, no tiene ningún sentido seguir hablando a algo que ya no existe más (si es que alguna vez existió); si el problema ha sido el exceso de ortodoxia o, en contraste, una defección ideológica absoluta. Se trata de buscar alternativas, pero: ¿dónde? ¿con quiénes? ¿en base a qué ideas?

Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI (Akal, 2020), el libro póstumo de Erik Olin Wright, es, en este contexto, casi un oasis en el desierto. Con formato semejante al de un panfleto político —sin referencias eruditas ni bibliografía—, el sociólogo estadounidense fallecido en 2019, víctima de una leucemia, busca identificar las piezas dispersas que podrían forjar una nueva izquierda para nuestro tiempo. Wright parte de una premisa sencilla y cara a la tradición marxista con la que, hasta sus últimos días, aunque de forma heterodoxa, se seguía identificando: las fuentes para la superación del actual sistema social, económico y político ya anidan en forma de germen dentro de él. Si bien el capitalismo ha demostrado ser capaz de generar mecanismos eficaces para regenerarse y neutralizar a quienes intentan derribarlo, esto no implica que esa situación vaya a mantenerse de ese modo en el tiempo. Para Wright, la acción política de las izquierdas tiene, por eso mismo, un sentido específico.

La noción de «anticapitalismo» utilizada por Olin Wright es extensa e incluye las más diversas estrategias que, en un sentido u otro, atenten contra la lógica imperante y asuman al capitalismo como el antagonista principal de un proyecto democrático e igualitario. Esas estrategias, mensuradas por el propio autor, no solo no han sido históricamente complementarias, sino que han entrado en colisión entre sí. Se ha intentado «aplastar» al capitalismo (como soñó el socialismo revolucionario), «desmantelar» el capitalismo (por lo que bregaron los socialistas democráticos), «domesticar» al capitalismo (como ensayaron los socialdemócratas y progresistas del siglo XX), «resistir» al capitalismo (como hicieron los sindicatos o movimientos sociales) o «huir» del capitalismo (como las cooperativas o las iniciativas de la economía social). El fracaso histórico de cada una de estas alternativas —o los límites que estas estrategias encontraron en la acción política concreta— no obedeció, según Olin Wright, a sus falencias particulares, sino a su falta de articulación. El problema no residía en las estrategias en sí, sino en haber sido pensadas como opciones antagónicas y excluyentes entre sí. Para «erosionar» al capitalismo, sostiene el autor, es necesario pensarlas en conjunto, en un marco que permita desplegar la potencia de cada una de ellas, golpeando desde arriba y desde abajo, sin prisa y sin pausa.

Este punto de partida le ofrece a Wright un amplio repertorio de opciones políticas, pero, también es cierto, le resta originalidad. A pesar de ser un libro que se ubica en el siglo XXI, su prédica exuda siglo XX. Sus actores y sus problemas no parecen empalmar bien con el vértigo que vivimos. La de Wright es una apuesta, quizá por sus propias marcas generacionales, a un futuro de no muy largo plazo. Como en su anterior libro Construyendo utopías reales, que en cierto modo sirve de sustento teórico y empírico a este, el realismo pregonado va en desmedro de la imaginación. En favor del autor, nuestro presente es lo suficientemente angustiante como para darle la importancia que merece.

Las propuestas desplegadas por Olin Wright no son particularmente novedosas, aunque sí puede serlo la forma en la que el autor las despliega. La apuesta por la conjugación de estrategias abona a un proyecto de transformación mucho más radical que lo que podría derivar de la acción excluyente de cada una de ellas. Si cada una de las estrategias puede, por sí misma, atenuar alguna de las aristas más dañinas del capitalismo en base a lógicas o valores que lo contravienen, es la acción y la acumulación mancomunada de esas estrategias la que podría posibilitar un cambio de mayor envergadura y, tal vez, sin que lo percibamos de modo directo. Como el propio Wright nos advierte: «Una reforma que socavase directamente el capitalismo, promoviendo alternativas anticapitalistas sin proporcionarle ninguna ventaja positiva, sería perpetuamente vulnerable a ser desmantelada cada vez que menguara el poder de las fuerzas progresistas».

Erik Olin Wright confiaba en que la combinación entre una renta básica universal —destinada a neutralizar los aspectos más extorsivos de la explotación capitalista— pueda combinarse con la expansión de prácticas cooperativistas y de la economía social y popular, y derivar en una progresiva democratización de las propias empresas capitalistas. Esta mirada societalista, afín a una de las muchas versiones en que se pensó un socialismo de mercado, debía guardar un lugar especial en la ecuación para el Estado y, por tanto, para la política en su sentido más tradicional. El Estado no solo debería ser el proveedor y garante principal de algunos bienes y servicios básicos, sino también el estimulador y el promotor de otro tipo de prácticas económicas y sociales (además de ser el administrador lógico de la renta básica). Como buen intelectual poscomunista, Wright no pone la confianza en el Estado sin antes habilitar un subterfugio democrático.

La radicalidad democrática es la piedra angular de gran parte del pensamiento de la izquierda contemporánea y Erik Olin Wright no es la excepción. El imperativo igualitario de la democracia, reforzado con un llamamiento a la participación y a la deliberación, es el modo de compensar y atenuar los rasgos más autoritarios de las estructuras de poder realmente existentes. Democratizar es la tarea. Democratizar las empresas, democratizar el Estado, democratizar la propia democracia. Una confianza un tanto voluntarista en los procedimientos y, en última instancia, en la participación ciudadana: una antropología positiva llevada a sus últimas consecuencias. Allí anida el optimismo de Wright y su apuesta, pero subestima el componente de indeterminación de la dinámica democrática llevada al extremo. La experimentación democrática puede ser una buena fórmula para la innovación, pero resulta difícil clausurar en exceso la apuesta programática. Más democracia puede no redundar en más izquierda. La democracia parte de la premisa de la igualdad, pero no siempre la ha profundizado en la práctica. Siempre se puede objetar su deriva en base a criterios normativos, pero la política suele ser cruel con esas pretensiones.

El último problema que ataca Erik Olin Wright es, como bien advierte Michael Burawoy en el epilogo del libro, ciertamente paradójico. Tras una vida de dedicarse a analizar, teorizar y desmenuzar la categoría de clase, tan central para el marxismo, Wright encuentra un atolladero al momento de pensar quién podría a llevar adelante esta transformación por la que él apostaba. Una sociedad fragmentada y tabicada por miles de particularidades, sumado al vector de individuación que nos legó el liberalismo, no resulta un escenario propicio para encontrar actores políticos con la suficiente homogeneidad y fuerza como para propiciar por sí mismos un cambio radical. El cruce de identidades, intereses y valores puede ser fuente de confluencia, pero lo cierto es que resulta ser un caldo de cultivo de discordia. Como advertía el propio Wright: «Cualquier esfuerzo por construir un robusto actor colectivo anticapitalista debe superar la complejidad de estas identidades múltiples y entrecruzadas que comparten valores emancipadores subyacentes, pero no obstante tienen intereses identitarios específicos». Conformar la base común es una tarea política e, incluso más, ideológica. De lo que se trata es de impulsar valores con alguna capacidad de articular y universalizar ese sentimiento compartido de desazón frente a las desigualdades y la injusticia.

Los valores presentados por Olin Wright no son, de hecho, muy originales. Apela a los clásicos binomios genéricos de igualdad/equidad, libertad/democracia y comunidad/solidaridad. Sí, es un llamado a volver a las bases y a las fuentes. Pero, una vez más, lo que parecía genérico logra transformarse en complejo. La apelación a los valores de Olin Wright no constituye un ademán nostálgico, sino una vocación por el realismo. En definitiva, apuesta a estrategias «que eviten tanto el falso optimismo de las ilusiones como el incapacitante pesimismo». De eso se tratan, según el autor, las utopías reales. De eso se trata el anticapitalismo posible.

Cómo ser anticapitalista en el siglo XXI es un libro de ideas. Olin Wright, sin embargo, no desconoce los límites de la tarea intelectual. Lejos de buscar construir un socialismo de puras ideas, afirma que solo la política emancipatoria —y no las ideas emancipatorias— puede dar resultados. Pero la imaginación es necesaria. En cierta medida, el avance del capitalismo y del mercado ha llegado a puntos inéditos no solo por carencias políticas de las izquierdas, sino también por la falta de ideas y de horizontes. El último llamamiento de Erik Olin Wright se trató justamente de eso. De plantearnos que «hay que pensar más para hacer mejor». Quizá sea tiempo de asumir el desafío.

Judith Butler: ‘Necesitamos repensar la categoría de mujer’

Judith Butler, la autora del innovador libro Gender Trouble dice que no debería sorprendernos que la categoría de mujer se expanda para incluir a las mujeres trans. La entrevistó para The Guardian la historiadora queer Jules Joanne Gleeson, coeditora de Transgender Marxism.

Han pasado 31 años desde el lanzamiento de Gender Trouble. ¿Qué pretendías lograr con el libro?

Estaba destinado a ser una crítica de los supuestos heterosexuales dentro del feminismo, pero resultó ser más sobre las categorías de género. Por ejemplo, lo que significa ser mujer no es igual de una década a otra. La categoría de mujer puede cambiar y cambia, y necesitamos que sea así. Políticamente, asegurar mayores libertades para las mujeres requiere que reconsideremos la categoría de “mujer” para incluir esas nuevas posibilidades. El significado histórico del género puede cambiar a medida que se recrean, rechazan o recrean sus normas.

Por lo tanto, no debería sorprendernos, ni oponernos, cuando la categoría de mujer se expanda para incluir a las mujeres trans. Y dado que también estamos a favor de imaginar futuros alternativos de masculinidad, deberíamos estar preparados e incluso satisfechos de ver qué están haciendo los hombres trans con la categoría de “hombre”.

Hablemos de la idea central de «performatividad» de Gender Trouble. Esta sigue siendo una visión controvertida de cómo funciona el género ¿qué tenías en mente?

En ese momento estaba interesada en una serie de debates académicos sobre actos de habla. Los actos de habla «performativos» son aquellos que hacen que algo suceda o buscan crear una nueva realidad. Cuando un juez dicta una sentencia, por ejemplo, produce una nueva realidad y, por lo general, tiene la autoridad para hacer que eso suceda. Pero, ¿decimos que el juez es todopoderoso? ¿O el juez está citando un conjunto de convenciones, siguiendo un conjunto de procedimientos? Si es lo último, entonces el juez está invocando un poder que no le pertenece como persona, sino como autoridad designada. Su acto se convierte en una cita: repiten un protocolo establecido.

¿Cómo se relaciona eso con el género?

Hace más de 30 años sugerí que las personas, conscientemente o no, están citando convenciones de género cuando afirman estar expresando su propia realidad interior o incluso cuando dicen que se están creando a sí mismas de nuevo. Me pareció que ninguno de nosotros escapa por completo a las normas culturales.

Al mismo tiempo, ninguno de nosotros está totalmente determinado por normas culturales. El género se convierte entonces en una negociación, una lucha, una forma de lidiar con las limitaciones históricas y hacer nuevas realidades. Cuando somos “niñas”, entramos en un reino de niña que se ha construido durante mucho tiempo: una serie de convenciones, a veces contradictorias, que establecen la condición de niña dentro de la sociedad. No lo elegimos simplemente. Y no solo se nos impone. Pero esa realidad social puede cambiar, y lo hace.

Los queers de hoy a menudo hablan de que el género se «asigna al nacer». ¿Pero tu interpretación parece bastante diferente?

El género es una tarea que no ocurre una sola vez: está en curso. Se nos asigna un sexo al nacer y luego siguen una serie de expectativas que continúan «asignándonos» el género. Los poderes que hacen eso son parte de un aparato de género que asigna y reasigna normas a los cuerpos, los organiza socialmente, pero también los anima en direcciones contrarias a esas normas.

Quizás deberíamos pensar en el género como algo que se impone al nacer, a través de la asignación de sexo y todas las suposiciones culturales que suelen acompañarlo. Sin embargo, el género también es lo que se crea en el camino: podemos asumir el poder de la asignación, convertirlo en autoasignación, lo que puede incluir la reasignación de sexo a nivel legal y médico.

Los argumentos en torno a la identidad se han convertido en el centro de gran parte de nuestra política en estos días. Como alguien escéptico de las categorías de identidad estables, ¿qué opinas de eso?

Creo que importa mucho cómo entendemos esa «centralidad». Mi propia opinión política es que la identidad no debería ser la base de la política. Alianza, coalición y solidaridad son los términos clave para una izquierda en expansión. Y necesitamos saber contra qué estamos luchando y por qué, y mantener ese enfoque.

Es imperativo que trabajemos a través de las diferencias y que construyamos narrativas complejas del poder social. Relatos que nos ayuden a construir vínculos entre los pobres, los precarios, los desposeídos, las gentes LGBTQI +, los trabajadores y todos aquellos sometidos al racismo y la subyugación colonial. Estos no siempre son grupos o identidades separadas, sino formas de subyugación superpuestas e interconectadas que se oponen al racismo, la misoginia, la homofobia, la transfobia, pero también al capitalismo y sus destrucciones, incluida la destrucción de la Tierra y las formas de vida indígenas.

Teóricos como Asad Haider han adoptado su teoría para abordar las divisiones raciales en los Estados Unidos . Haider enfatiza su visión de la formación de la identidad como continua y siempre desarraigada. Pero, ¿la derecha no suele anotarse victorias impulsando una visión mucho más estable de la identidad?

La derecha busca desesperadamente recuperar formas de identidad que han sido cuestionadas con razón. Al mismo tiempo, tienden a reducir los movimientos por la justicia racial a políticas de “identidad”, o caricaturizar los movimientos por la libertad sexual o contra la violencia sexual como obsesionados únicamente por la “identidad”. De hecho, estos movimientos se preocupan principalmente por redefinir lo que la justicia, la igualdad y la libertad pueden y deben significar. De esta manera, son esenciales para cualquier movimiento democrático radical, por lo que debemos rechazar esas caricaturas.

Por lo tanto, ¿qué significa eso para la izquierda? Si basamos nuestros puntos de vista solo en identidades particulares, no estoy segura de que podamos captar la complejidad de nuestro mundo social y económico o construir el tipo de análisis o alianza necesarios para realizar los ideales de justicia radical, igualdad y libertad. Al mismo tiempo, marcar la identidad es una forma de aclarar cómo las coaliciones deben cambiar para responder mejor a las opresiones interrelacionadas.

Hoy en día, a menudo escuchamos lo importante que es escuchar a quienes tienen una ‘experiencia vivida’ de opresión. El filósofo político Olúfémi O Táíwò ha advertido que las nobles intenciones de ‘descentrar’ perspectivas privilegiadas pueden fácilmente resultar contraproducentes.

Sí, es importante reconocer que, si bien una persona blanca no puede pretender representar la experiencia de los negros, eso no es motivo para que la gente blanca no haga nada en asuntos de raza, negándose a intervenir en absoluto. Nadie necesita representar toda la experiencia negra para rastrear, exponer y oponerse al racismo sistémico, y pedir a otros que hagan lo mismo.

Si los blancos se preocupan exclusivamente por nuestro propio privilegio, corremos el riesgo de ensimismarnos.  Definitivamente no necesitamos más gente blanca enfocandose sobre ellos mismos: eso simplemente recentraliza la blancura y se opone al trabajo antiracista.

¿Cómo ha influido tu propia identidad de género en tu teoría política?

Mi sensación es que mi “identidad de género”, sea la que sea, me la definió mi familia, así como una variedad de autoridades escolares y médicas. Con cierta dificultad encontré la forma de hacerme con el lenguaje utilizado para definirme y derrotarme.

Sigo pensando que los pronombres me vienen de otros, lo que me parece interesante, ya que recibo una variedad de ellos, por lo que siempre me sorprende e impresiona un poco cuando las personas deciden sus propios pronombres o incluso cuando me preguntan qué pronombres prefiero. No tengo una respuesta fácil, aunque estoy disfrutando del mundo de “ellos”. Cuando escribí Gender Trouble, no había una categoría para «no binario», pero ahora no veo cómo no puedo estar en esa categoría.

A menudo ha sido el objetivo de protestas en todo el mundo. En 2014, manifestantes contra el matrimonio homosexual en Francia marcharon por las calles denunciando la teoría del género En 2017, fuiste quemada en efigie por manifestantes cristianos evangélicos en Brasil que gritaban ‘llevate tu ideología al infierno’. ¿Qué opinas de eso?

El movimiento de ideología anti-género, un movimiento global, insiste en que el sexo es biológico y real, o que el sexo está distribuido por Dios, y que el género es una ficción destructiva , que va tanto contra el “hombre” como la “civilización” y “Dios”. La política anti-género ha sido reforzada por el Vaticano y las iglesias evangélicas y apostólicas más conservadoras en varios continentes, pero también por los neoliberales en Francia y en otros lugares que necesitan la familia normativa para absorber la aniquilación del estado de bienestar.

Este movimiento es a la vez antifeminista, homofóbico y transfóbico, y se opone tanto a la libertad reproductiva como a los derechos trans. Busca censurar los programas de estudios de género, sacar el género de la educación pública, un tema tan importante de discutir para los jóvenes. Y revertir importantes éxitos legales y legislativos en materia de libertad sexual, igualdad de género y leyes contra la discriminación de género y la violencia sexual.

Siempre has enfatizado que tu teoría de género no solo se basa en el debate académico, sino también en tus propios años de participación en comunidades de lesbianas y gays. Desde principios de la década de 1990, te has convertido en una pensadora influyente en estos círculos. ¿Cuánto has cambiado desde que saliste del armario?

Oh, nunca salí del armario. Mis padres me expulsaron de él a la edad de 14 años. Por lo tanto, me han identificado de diversas maneras como marimacho, queer, trans durante más de 50 años.

Ciertamente me sentí influida por los bares de gays y lesbianas que frecuentaba con demasiada frecuencia a fines de la década de 1970 y principios de la de 1980, y también estaba preocupada por los desafíos que enfrentan los bisexuales para ganar aceptación. Me reuní con grupos intersexuales para comprender su lucha contra el sistema médico y finalmente llegué a pensar más detenidamente sobre la diferencia entre drag, transgénero y género en general. Siempre he estado involucrada en grupos activistas no académicos, y eso es una parte constante de mi vida.

¿Qué tipo de problemas estaban siendo abordados por la política radical de gays y lesbianas antes de que surgiera la palabra ‘queer’?

Las manifestaciones de mi juventud fueron sin duda sobre el derecho a salir del armario, la lucha contra la discriminación y la patologización y la violencia, tanto doméstica como pública. Luchamos contra la patologización psiquiátrica y sus consecuencias carcelarias. Pero también luchamos por un derecho colectivo a vivir el propio cuerpo en público sin temor a la violencia, el derecho a llorar abiertamente las vidas y los amores que se perdieron. Y esta lucha tomó una forma muy dramática una vez que llegó el VIH y surgió Act Up.

Queer fue, para mí, nunca una identidad, sino una forma de afiliarse a la lucha contra la homofobia. Comenzó como un movimiento opuesto a la vigilancia de la identidad, oponiéndose a la policía, de hecho.

Estas protestas se centraron en los derechos a la atención médica, la educación, las libertades públicas y en oponerse a la discriminación y la violencia: queríamos vivir en un mundo donde se pudiera respirar, moverse y amar más fácilmente. Pero también imaginamos y creamos nuevas formas de parentesco, comunidad y solidaridad, por muy rebeldes que pudieran ser.

Fui a manifestaciones pero también trabajé en derechos humanos internacionales, entendiendo cuáles eran esos límites. Y llegué a comprender que las coaliciones más amplias que se oponen igualmente al racismo, la injusticia económica y el colonialismo eran esenciales para cualquier política queer. Vemos cómo funciona esto ahora en grupos de marxismo queer, como Queers por la justicia económica y racial, queers contra el apartheid, ‘alQaws, el grupo palestino contra la ocupación y la homofobia.

¿Cómo se compara la vida política hoy?

Hoy aprecio especialmente los movimientos queer y feministas que se dedican a la salud y la educación como bienes públicos, que son anticapitalistas, comprometidos con la lucha por la justicia racial, los derechos de las personas con discapacidad, las libertades políticas palestinas y que se oponen a la destrucción de la Tierra y los pueblos indígenas, como se evidencia en el trabajo de Jasbir Puar, Sara Ahmed, Silvia Federici, Angela Davis, el trabajo de Ni Una Menos y la abolición del feminismo. Ahora existe una visión más amplia, aunque es un momento de gran desesperación, ya que vemos que las desigualdades económicas mundiales se intensifican bajo la pandemia.

Muchos teóricos de género han escrito sobre el impacto directo de su trabajo en ellos, desde el tímido relato de Julia Serano sobre su asistencia a una lectura de poesía que incluía la línea ‘Fuck Judith Butler!’, Hasta la profunda reflexión de Jordy Rosenberg ‘Gender Trouble on Mother’s Day’ . ¿Cómo te has sentido  personalmente al convertirte en una celebridad intelectual?

He encontrado una manera de vivir con mi nombre. Eso ha demostrado ser muy útil. Sé que muchas personas queer y trans se sienten muy bien con sus nombres y lo respeto. Pero mi supervivencia probablemente dependa de mi capacidad para vivir a distancia de mi nombre.

Profesora de la Universidad de California en Berkeley, es autora de El género en disputa: Feminismo y la subversión de la identidad (1990) y Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del sexo (1993). Activista social en el movimiento LGTBIQ y de solidaridad con Palestina.

Fuente:

https://www.theguardian.com/lifeandstyle/2021/sep/07/judith-butler-interview-gender

Traducción:Enrique García

Salir de la discusión política

Por Amador Fernández-Savater

Se habla mucho de política, en las redes y en los bares. Se comenta la coyuntura, se toma partido, se denuncia y se critica al de enfrente. Hay cadenas de televisión que sustituyen incluso el entretenimiento (prensa rosa, etc.) por la tertulia política y con buenos resultados. Los sociólogos lo interpretan como una señal de la “buena salud democrática” de nuestra sociedad.

¿Seguro? ¿Podemos medir el interés por la “cosa común” a través de la intensidad de la discusión política?

Pienso lo contrario. La discusión política se ha convertido en un entretenimiento despolitizador más, como la prensa rosa pero tomándose por algo distinto. Quienes se alejan de las tertulias no son necesariamente ajenos a la política –indiferentes o “antipolíticos”–, sino a la discusión política como lenguaje. Tal vez en ellos resida la esperanza de inventar otro habla, otro idioma para tratar las cosas comunes.

¿Qué es la discusión política?

Sigo la descripción que hace el filósofo Jean-Claude Milner: en la discusión política, los que no tienen ninguna capacidad de decisión se ponen a hablar como si la tuvieran. Los gobernados se colocan imaginariamente en la posición de los gobernantes. Ya sea para alabarlos o para censurarlos: “Deberían haber hecho esto”, “habría que hacer lo otro”. Se toman por lo que no son.

La discusión política nos encierra en una especie de teatro a la antigua: la escena presenta lo que puede y no puede verse, la platea discute sobre algo que está alejado y a distancia, los afectos de los espectadores son afectos miméticos. Una degradación de la vieja catarsis: reír, llorar y temblar ante la suerte de personajes que no somos nosotros.

La discusión política es el lenguaje dominante de la política en tiempos de hegemonía de la comunicación. Desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, todos lo hablan. Es la famosa “batalla cultural” que quieren ganar desde Ayuso hasta Iglesias: gobernar los afectos miméticos. Los contenidos cambian de unos a otros, pero la sintaxis es la misma. Y ella manda.

¿Cómo despolitiza la discusión política?

En primer lugar, la discusión política es un lenguaje sin mucha lógica (se toma partido a priori por uno de los bandos en disputa) y apenas sin consecuencias: las opiniones no tienen implicaciones vitales para el sujeto que las emite.

El que opina no se desplaza. La opinión es gratuita. Opinamos de hecho para no hacernos cargo de lo que exige un discurso propio. La opinión corta el vínculo entre palabra y existencia. Pero solo ese vínculo es transformador.

En segundo lugar, la discusión política funciona como compensación. Compensa (satisfaciendo imaginariamente) la falta de democracia real, la exclusión de la mayoría de los lugares de decisión sobre los asuntos comunes. Esa compensación borra la herida de nuestras democracias: una división brutal entre gobernantes y gobernados.

La mimética hace soportable el malestar de esa división. La gente no decide sobre nada, pero puede discutir de todo en las redes sociales. Twitter asegura hoy la paz social.

¿Cómo salir de la discusión política?

Hay que salir de la mimética, dejar de tomarse por el señor de algo cuando uno solo es carne de cañón de las decisiones de otros.

¿Cómo? ¿A través del silencio? Callarse es un derecho y en el silencio habitan potencias, pero no es obligatorio. Hay otras vías. En lugar de colocarse imaginariamente en un lugar que no se ocupa, se puede hablar y pensar desde dónde se está. El que no decide deja de hablar entonces como si decidiera. Inventa otro idioma y otro pensamiento: un razonamiento estratégico.

La estrategia es el reino de las consecuencias y las implicaciones: si piensas gratuitamente, si desvinculas pensamiento y situación, pensamiento y acción, eres aplastado y punto. Razonar estratégicamente no tiene nada que ver con criticar. La crítica es el combustible de la discusión política: no cambia, no desplaza, no mueve nada. La estrategia consiste en construir una fuerza, por ejemplo la fuerza mediante la cual el débil –el gobernado, el que no decide– se hace capaz de arrancar victorias al fuerte.

El pensamiento estratégico abre y muestra la herida de la división social. Rompe la ilusión de un todo unido entre gobernantes y gobernados. No compensa, no calma, no entretiene.

El débil habla entonces sin usar la sintaxis de los fuertes. Habla desde donde está, a partir de la situación en la que se encuentra, aquí y ahora. No simula una fuerza que no tiene, sino que construye fuerza propia. Entra en el territorio de la comunicación (como este artículo) como la guerrilla penetra en territorio enemigo: a su aire, sin serle dependiente. Escoge sus temas, aparece y desaparece, denuncia o calla, apoya o retira el apoyo a algún personaje de la escena pero sin alienarse a nadie. Lo contrario de un hooligan de partido, de un enamorado del líder. Patea el tablero donde se juega la partida mimética. No hace el mimo, no hace el memo.

Referencias:

Por una política de los seres parlantes, Jean-Claude Milner, Grama ediciones (2013).

Fuente: CTXT

Lukács y Mészáros: dos miradas sobre la ideología, la ciencia y la filosofía

La recuperación de Lukács por Mészáros siempre tiene un halo crítico con quién fue su propio maestro :: La ausencia de «El Capital de nuestros días»

Por Sergio Daniel Guiana

El artículo se presenta se propone indagar acerca de la relación existente entre ideología, ciencia y filosofía en el pensamiento de György Lukács e István Mészáros. Sin dudas, una temática tan amplia no podría ser agotada, ni extensiva ni intensivamente, en este trabajo, pero si presentar algunos de los resultados alcanzados, que forman parte de una investigación más amplia, acerca de la unidad y diferencia en ambos pensadores.

Ambos filósofos se conocieron en Hungría a finales de la década del cuarenta, tornándose Mészáros asistente de Lukács. La participación en la Asociación de Escritores y en la revolución húngara de 1956 llevó al primero al exilio, en Italia y luego en Inglaterra, y al segundo, por su participación como Ministro de Cultura del gobierno de Nagy, a una deportación en Rumania, volviendo a Hungría, luego de peligrar su vida, cinco meses después. El exilio de uno y la deportación de otro, mismo con posturas diferenciadas acerca del balance y los resultados de los acontecimientos húngaros de 1956, no supuso una interrupción en el intercambio intelectual entre ambos pensadores, que continuó hasta la muerte de Lukács en 1971.

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Cómo vivir solos: filosofía de la deserción

Por Peter Pal Pelbart

Este título es un juego de palabras a partir del Cómo vivir juntos de Roland Barthes, e inspirado en una escena de la que fui testigo, a comienzos de los años ochenta, en una clase de Deleuze en París. En una de tantas, uno de los asistentes, tal vez un paciente de Guattari de la clínica La Borde, interrumpió la disertación para preguntar por qué hoy en día se dejaba a las personas tan solas, por qué era tan difícil comunicarse. Deleuze respondió gentilmente: el problema no es que nos dejan solos, es que no nos dejan lo suficientemente solos. No puedo imaginarme qué provocó esta respuesta zen al afligido interlocutor. Venida, por otro lado, de alguien que definió el trabajo del profesor como el de reconciliar al alumno con su soledad. De cualquier modo, Deleuze no se cansó de escribir que sufrimos un exceso de comunicación, que estamos “atravesados de palabras inútiles, de una cantidad demente de palabras e imágenes”, y que sería mejor crear “vacuolas de soledad y de silencio” para que por fin se tenga algo que decir.(1) El hecho es que Deleuze nunca dejó de reivindicar la soledad absoluta. Incluso en los personajes que privilegia a lo largo de su obra, vemos con cuánta insistencia vuelve este tema. Tomemos el caso de Bartleby, el escribiente descrito por Melville, que ante cada orden de su patrón, responde: I Would prefer not to, “Preferiría no hacerlo”. Con esta frase lacónica alborota su entorno. El abogado oscila entre la piedad y el rechazo frente a este empleado plantado detrás del biombo, pálido y flaco, hecho un alma en pena, que por poco no habla, ni come, que nunca sale, al que es imposible sacar de ahí, y que sólo repite: preferiría no hacerlo. Con su pasividad desmonta los resortes del sentido que garantizan la dialéctica del mundo y hace que todo se ponga a correr, en una desterritorialización del lenguaje, de los lugares, de las funciones, de los hábitos. Desde el fondo de su soledad, dice Deleuze, tales individuos no revelan sólo el rechazo de una sociabilidad envenenada, sino que son un llamado a una solidaridad nueva, invocación de una comunidad por venir.
Cuántos lo intentaron, y por las vías más tortuosas. Dado que Roland Barthes, en su texto Cómo vivir juntos, se permitió revelar su fantasía personal de comunidad, a saber, el monasterio en el monte Athos, yo también me permito tomar un ejemplo demodé, venido del campo psiquiátrico. Reclusión por reclusión, cada uno con su fantasía.
Pues bien, Jean Oury, que dirigió junto con Félix Guattari la clínica La Borde, prácticamente se internó con sus pacientes en ese castillo antiguo y decadente. La cuestión que lo asedió por el resto de su vida no es indiferente a los Bartlebys que cruzamos en cada esquina, este gran manicomio posmoderno que es el nuestro: ¿Cómo sostener un colectivo que preserve la dimensión de la singularidad? (2) ¿Cómo crear espacios heterogéneos, con tonalidades propias, atmósferas distintas, en los que cada uno se enganche a su modo? ¿Cómo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atención que permita el contacto y preserve la alteridad? ¿Cómo dar lugar al azar, sin programarlo? ¿Cómo sostener una “gentileza” que permita la emergencia de un hablar allí donde crece el desierto afectivo?
Cuando describió La Borde, Marie Depuse se refirió a una comunidad hecha de suavidad, no obstante macerada en el roce con el dolor.
Estos sujetos necesitan hasta del polvillo para protegerse de la violencia del día. Por eso, cuando se barre, es preciso hacerlo despacito. “Es mientras se gira en torno a sus camas, que se recogen las migas, que se tocan sus sábanas, su cuerpo, que tienen lugar los diálogos más suaves, la conversación infinita entre aquellos que temen la luz y aquellos otros que toman sobre sí la miseria de la noche.” Ninguna utopía aséptica, tal vez porque el psicótico está ahí, feliz o infelizmente, para recordarnos que hay algo en el mundo empírico que gira en falso (Oury). (3) Es verdad que todo esto parece pertenecer a un pasado casi proustiano. Pero el propio Guattari nunca dejó de reconocer su deuda para con esa experiencia colectiva y su esfuerzo por conferir la “marca de singularidad a los mínimos gestos y encuentros”.(4) Hasta confiesa que, a partir de ese momento, pudo “soñar con aquello en lo que podría convertirse la vida en los conglomerados urbanos, en las escuelas, en los hospitales”,(5) si los agenciamientos colectivos fuesen sometidos a un “tratamiento barroco” semejante. Pero nuestro presente está lejos de seguir tal dirección, incluso y sobre todo en este capitalismo en red que enaltece al máximo las conexiones y las monitorea y modula con finalidades vampirescas. Aún así, deberíamos poder distinguir estas toneladas de “soledad negativa” producidas en gran escala, de aquello que Katz llamó “soledad positiva”, que consiste en resistir a un socialitarismo despótico, y desafiar la tiranía de los intercambios productivos y de la circulación social. En estos desenganches se esbozan, a veces, subjetividades precarias, máquinas célibes, gestos adversos a cualquier reinscripción social.
Me permito mencionar una anécdota de la Compañía Teatral Ueinzz, integrada por pacientes de salud mental y en ese momento de gira en el Festival de Teatro de Curitiba. Uno de los actores, instalado en el sofá del salón del lujoso hotel, posa su taza de café en la mesa y abre el diario. Yo lo observo de lejos, en ese contexto poco habitual de un Festival Internacional, y me digo: podría ser Artaud, o algún actor polaco leyendo en el diario la crítica sobre su obra. En eso, miro para abajo y veo en el dedo gordo de uno de sus pies un bloque de uña amarilla retorcida saltando fuera de la chancleta. Como quien dice: “no se acerquen”. Quizás quepa aquí la bella definición de Deleuze-Guattari: el territorio es primeramente la distancia crítica entre dos seres de la misma especie; marcar sus distancias.(6) El bloque animal y monstruoso, la uña indomable, signo de lo inhumano, es su distancia, su soledad, pero también su firma. Dejo para otro momento, claro, las uñas de Deleuze.
El dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky creó un personaje que ilustra con humor esta misma reivindicación. La preocupación constante de Poroto es saber cómo va a escapar de las situaciones que se presentan: dónde se va a sentar en una fiesta para poder escabullirse sin ser visto, qué coartada va a inventar para deshacerse de un conocido. (7) Y llega a exclamar esta frase implacable, verdadero puñetazo al estómago de muchos psicoanalistas:“…basta de vínculos, sólo contigüidad de velocidades”. ¿No tendremos ahí el esbozo de algo propio de nuestro universo, tan lejos de aquel otro en que todos interrumpían sus cosas para “discutir la relación”? Una subjetividad más esquizo, fluida, de vecindad y resonancia, de distancias y encuentros, más que de vinculación y pertenencia. Más propia, tal vez, de una sociedad de control y sus mecanismos flexibles de monitoreo, que de una sociedad disciplinaria y su lógica rígida de pertenencia y filiación.
En un pequeño libro titulado La comunidad que viene, (8) Agamben recoge un efecto de esta mutación. Evoca una resistencia proveniente, no como antes, de una clase, de un partido, de un sindicato, de un grupo, de una minoría, sino de una subjetividad cualquiera, de cualquiera, como aquel que desafía un tanque en la Plaza Tiananmen, que ya no se define por su pertenencia a una identidad específica, sea de un grupo político o de un movimiento social. Es lo que el estado no puede tolerar, dice, es la singularidad cualquiera, que no hace valer un lazo social, que declina toda pertenencia, pero que justamente por eso manifiesta su ser común. Es la condición, según Agamben, de toda política futura. TambiénChatelet reivindicaba el heroísmo del individuo cualquiera, el gesto excepcional del hombre común que impulsa en el colectivo individuaciones nuevas, en contraposición a la mediocridad del hombre medio, que Zizek llama Homo Otarius.
¿O habría que acompañar a Lazzarato en la definición que hace de nuestro presente no tanto por la hegemonía del trabajo inmaterial, como por la difusión, por la contaminación de los comportamientos minoritarios, de las prácticas de contra-conducta?(9) Lo cual engendra procesos de bifurcación en relación con la subjetividad dominante: singularizaciones inauditas, agenciamientos insólitos, tanto dentro como fuera de la red. Visto así, la naturaleza de la resistencia sería indisociable de la cooperación productiva contemporánea y de su proceso colectivo. En este sentido, puede tener razón Sloterdijk cuando sugiere que ya no giramos en torno a los términos de soledad y alistamiento, como hace unas décadas, sino a los de cooperación y comunicación. Es una lástima que cuando cuestiona nuestro solipsismo antropológico con su teorización de las esferas, para contestar al primado del individualismo ontológico, recurra a una metafísica del doble, del ser-dos. (10) Barthes, en el texto al que hice referencia antes, al menos deja su reflexión en suspenso, aunque siga siendo dicotómico. Puesto que cuando evoca lo colectivo, incluso depurado de colectivismo, recurre a la soledad que nos salvaría de la opresión comunitarista. Y cuando se apresta al escape solitario, evoca lo colectivo como una protección compensatoria: “Ser extranjero es inevitable, necesario, deseable, salvo cuando cae la noche”.(11) Como si el vivir-juntos sirviese sólo “para afrontar juntos la tristeza de la noche”. ¿Será así?
Es hora de volver a Deleuze. ¿Qué soledad absoluta es esa que reivindica, por ejemplo, cuando se refiere a Nietzsche, a Kafka, a Godard? Es la soledad más poblada del mundo.(12) Lo que importa es que desde el fondo de ella se puedan multiplicar los encuentros. No necesariamente con personas, sino con movimientos, ideas, acontecimientos, entidades. “Somos desiertos, pero poblados de tribus… Pasamos nuestro tiempo acomodando esas tribus, disponiéndolas de otro modo, eliminando algunas de ellas, haciendo prosperar otras. Y todas estas poblaciones, todas estas multitudes no impiden el desierto, que es nuestra propia ascesis; al contrario, ellas lo habitan, pasan por él, sobre él […] El desierto, la experimentación sobre sí mismo, es nuestra única identidad, nuestra única alternativa para todas las combinaciones que nos habitan.”(13)
Cuánta fascinación ejercían sobre él estos tipos solitarios, y al mismo tiempo hombres de grupo, de banda… Aún cuando lleven un nombre propio, este nombre designa primero un agenciamiento colectivo. El punto más singular abriéndose a la mayor multiplicidad: rizoma. Por eso cabe salir del “agujero negro de nuestro Yo” donde nos alojamos con nuestros sentimientos y pasiones, deshacer el rostro, tornarse imperceptible, y pintarse con los colores del mundo (14) (Lawrence)… La soledad más absoluta, a favor de la despersonalización más radical, para establecer otra conexión con los flujos del mundo… “El máximo de soledad deseante y el máximo de socius”. (15) O como en Godard: estar solo pero ser parte de una asociación de malhechores; en cualquier caso, la deserción, la traición (a la familia, a la clase, a la patria, a la condición de autor), se sirve de la soledad como de un medio de encuentro, en una línea de fuga creadora.(16) Así, tal soledad es cualquier cosa menos un solipsismo: es la forma por la cual se deserta a la forma del yo y sus compromisos infames, a favor de otra conexión con el socius y el cosmos. De modo que el desafío del solitario, contrariamente a cualquier reclusión autista, aún cuando se llame Poroto o Bartleby, incluso cuando termine en un hospicio, es siempre encontrar o reencontrar un máximo de conexiones, extender lo más lejos posible el hilo de sus “simpatías” vivas (Lawrence).(17)
Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teoría del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extrínsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de él, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: “Yo soy Apis, Yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japonés, un extranjero, un desconocido, yo soy un pájaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el árbol de Tolstoi con sus raíces”,(18) dice Nijinski. Encontrar puede ser, también, envolver aquello o a aquél que uno se encuentra, de donde la pregunta de Deleuze: “¿Cómo puede un ser apoderarse de otro en su mundo, conservando o respetando, sin embargo, las relaciones y mundos que le son propios?”.(19) A partir de esta distancia, que Deleuze llamó “cortesía”, Oury “gentileza”, Barthes “delicadeza”, Guattari “suavidad”, hay al mismo tiempo separación, ir-y-venir, sobrevuelo, contaminación, envolvimiento mutuo, devenir recíproco.(20) También podría llamársela simpatía: una acción a distancia de una fuerza sobre otra.(21) Ni fusión, ni dialéctica intersubjetiva, ni metafísica de la alteridad, sino distancias, resonancias, síntesis disyuntivas. Con esto Deleuze relanza el vivir-solo en una dirección inusitada. Una ecología subjetiva precisaría sostener tal disparidad de mundos, de puntos de vista, de modo tal que cada singularidad preservase, no sólo su inoperancia, sino también su potencia de afectar y de envolver en el inmenso juego del mundo. Sin lo cual cada ser zozobra en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpatía que lo hace vivir.
Como se ve, a pesar de lo extravagante del título de este texto, no pretendí presentar un manual de autoayuda sobre cómo vivir solos en tiempos sombríos. Quería partir de las vidas precarias, de los desertores anónimos, de los suicidados de la sociedad para problematizar sus soledades y también, desde el fondo de éstas, los gestos evanescentes que inventan una simpatía y hasta una solidaridad, en el contexto biopolítico contemporáneo. Entre un Bartleby, un Poroto o uno de nuestros locos, veo a veces esbozos de lo que podría llamarse una comunidad incierta, no sin conexión con eso que obsesionó a la segunda mitad del siglo XX, de Bataille a Agamben, a saber: la comunidad de los que no tienen comunidad, la comunidad de los solteros, la comunidad inoperante, la comunidad imposible, la comunidad del juego, la comunidad que viene. Lo que Barthes llamó “socialismo de las distancias”, o un socialismo (palabra caída en desuso) tal como Chatêlet redefinió: “…a cada cual según su singularidad”. Una cosa es segura: frente a la comunidad terrible que se propagó por el planeta, hecha de vigilancia recíproca y frivolidad, estos seres necesitan de su soledad para ensayar su bifurcación loca, y conquistar el lugar de sus simpatías.
Notas:
(1). Gilles Deleuze, Conversaciones, Valencia, Pre-Textos, 1995, p. 275.
(2). Jean Oury, Seminaire de Sainte Anne, París, Du Scarabée, 1986, p. 9.
(3). J. Oury, Seminaire, op. cit., p. 41.
(4). Félix Guattari, Caosmosis, Buenos Aires, Manantial, 1996: “Está claro, acá, que no propongo la Clínica La Borde como un modelo ideal. Pero creo que esa experiencia, a pesar de sus defectos y sus insuficiencias, tuvo y todavía tiene el mérito de colocar problemas y de indicar direcciones axiológicas por las cuales la psiquiatría puede redefinir su especificidad”.
(5). F. Guattari, Ibíd.
(6). G. Deleuze y F. Guattari, Mil Mesetas, Valencia, Pre-Textos, 2002.
(7). Eduardo Pavlovsky, Poroto, Buenos Aires, Búsqueda de Ayllu, 1996.
(8). Giorgio Agamben, La comunidad que viene, Valencia, Pre-Textos, 2006.
(9). Maurizio Lazzarato, Políticas del acontecimiento, Buenos Aires, Tinta Limón, 2006.
(10). Peter Sloterdijk, Esferas I, Madrid, Siruela, 2009.
(11). Roland Barthes, Cómo vivir juntos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
(12). G. Deleuze, Diálogos, Valencia, Pre-Textos, 1980, p. 10.
(13). G. Deleuze, Ibíd., pp. 15-16.
(14). G. Deleuze, Ibíd., pp. 55-56.
(15). F. Guatari, Écrits pour l’Anti-Oedipe, París, Lignes & Manifestes, 2004, p. 446.
(16). G. Deleuze, Diálogos, op. cit., p. 14.
(17). G. Deleuze, Crítica y clínica, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 67. [Traducción ligeramente modificada].
(18). Vaslav Nijinsky, Diario, citado en El Anti-Edipo, Barcelona, Paidós, 1995, p. 83.
(19). G. Deleuze, Spinoza: filosofía práctica, Buenos Aires, Tusquets, 2004.
(20). François Zourabichvili, Deleuze, una filosofía del acontecimiento, Buenos Aires, Amorrortu, 2004, p. 138. “Devenir”: “La gran idea es, por lo tanto, que los puntos de vista no divergen sin implicarse mutuamente, sin que cada uno ‘devenga’ el otro en un intercambio desigual que no equivale a una permutación”.
(21). M. Lazzaratto, Puissances de l’invention, París, Seuil, 2002, p. 98.

Por un extractivismo antropofago

por Giuseppe Cocco

En su libro sobre el afro-pesismismo, Frank B. Wilderson III, escribe: “Es verdad que sufrimos todos la dominación capitalista. Pero deberíamos utilizar el espacio abierto por la organización política orientada a objetivos reformistas – por ejemplo, detener la brutalidad policial y poner fin a las políticas de inmigración racistas – como una oportunidad para explorar problemas para los que no hay soluciones coherentes». Wilderson está buscando un nuevo paradigma de la opresión: una violencia «Anti-Negro» para la cual «no existe una forma consistente de reparación». Nuestro objetivo aquí no es entrar en los méritos de la búsqueda de Wilderson de una esencia del antagonismo. Sin embargo, nos interesa su esfuerzo por captar los límites de las narrativas de opresión y permanecer dentro de la incoherencia de las soluciones. En otras palabras: nos interesa pensar la crítica y la acción política no como «soluciones», sino como luchas que, al mismo tiempo, construyen espacios (abiertos) y relanzan el debate sobre los enigmas (la incoherencia), que sin embargo permanecerán.

NARRATIVA FANTASIOSA

El 10 de noviembre de 2014, un blog italiano publicó un artículo sobre la situación electoral sudamericana y los gobiernos que definimos como progresistas. El tono fue triunfalista: «[…] el triunfo de las fuerzas en el gobierno (PT en Brasil, MAS en Bolivia y FA en Uruguay, con sus respectivas coaliciones) permite afirmar la persistencia del ciclo político “progresista”. Aquí están los tres elementos de homologación del post-operaismo dentro de la narrativa hegemónica que pretende darnos una solución coherente: los gobiernos del llamado ciclo progresista se caracterizan por su antineoliberalismo; los resultados electorales (de ese momento) muestran su estabilidad; el modelo de desarrollo y los logros sociales que promueven tendrán continuidad. Esquematizando aún más, la narrativa se resume de la siguiente manera: «Los gobiernos son progresistas, aunque extractivistas».

No es difícil constatar, no solo que el triunfalismo estaba fuera de lugar, sino que la predicción en sí estaba equivocada: ya se habían agotado todas las experiencias en todos los niveles y se podía ver desde ese momento: en una entrevista que hizo Gigi Roggero con Barbara Szaniecki y yo en Medellín (Colombia), el 23 de octubre de 2014, estábamos hablando del peligroso «deseo (de la izquierda) de tener un enemigo fascista». Volvimos a decir: “Hoy tenemos una situación económica muy difícil en Brasil que podría conducir a una crisis el próximo año, con una tasa de interés muy alta y una inflación superior a lo que dicen las estadísticas. Esto sugiere el contexto de impasse en el que se encuentra Argentina y la crisis social y política generalizada en Venezuela ”. Un poco más tarde, el 6 de diciembre de 2014, Bruno Cava y yo, en otro artículo, decíamos: «La reelección de Dilma, además de ser una victoria pírrica, acelera el vaciamiento total del «ciclo progresista» en Brasil». Al mismo tiempo, la «pacificación del movimiento (de junio de 2013) abre enormes espacios para una gestión derechista de la crisis política y económica». El artículo propuesto fue acusado de presentar «narrativas fantasiosas» por uno de los principales editores del blog y descartado sin ceremonias.

¿Cómo explicar este rechazo a la situación material y al sacrosanto análisis de tendencias? La primera explicación es que no solo fueron los gobiernos llamados «progresistas» los que se agotaron, sino también el post-operaismo finalmente capturado por la doxa de la izquierda no global: la crítica del neoliberalismo finalmente ha reemplazado a la investigación (es decir, la reflexión a partir de las luchas) sobre las transformaciones del trabajo, el valor y el capitalismo. La segunda explicación es que la búsqueda de un «afuera» muestra una fuerza de gravedad irresistible. Nos parece que la lógica del «afuera» (y su teodicea que reduce las luchas a una consecuencia del conflicto fundamental que opone el bien al mal) se alimenta de las inconsistencias y debilidades de la crítica: es decir, ante los impasses que la propia crítica promueve, la solución será producir figuras -tan claras como quiméricas- del enemigo: imperialismo, neoliberalismo, extractivismo, hibridación, etc. Así, las narrativas que a su vez no serían «fantasiosas» son las que hacen de los gobiernos progresistas víctimas de conspiraciones (el llamado «golpe» que habría sido el juicio político a Dilma Roussef y el contra el intento de Evo Morales de imponer su reelección mediante fraude en Bolivia, sin mencionar el régimen cubano siempre justificado a priori por el embargo estadounidense) o el agotamiento del ciclo de las materias primas. La conspiración fascista solo recuperará la de la izquierda y la utilizará, desafortunadamente con éxito, para sus propios fines.

La única crítica admisible a los llamados gobiernos progresistas es la referida a su extractivismo. Pero esta crítica es débil porque en realidad los gobiernos han fracasado no (solo) por el extractivismo sino sobre todo por cómo intentaron salir de él construyendo un exterior post-neoliberal. La realidad es que los gobiernos sudamericanos han oscilado entre el realismo cínico (la continuidad del neoliberalismo) y la reproducción de la deriva socialista de todos los tiempos.

Para salir de estos impasses, parece crucial abordar dos temas importantes e interdependientes: el de la colonialidad del poder y el de la relación entre las luchas indígenas y la composición de clases. La clave que usamos para hacer esto es la de la actualización de la antropofagia cultural y política brasileña, es decir, el uso de la metáfora propuesta por el Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade para afirmar una relación con la alteridad que apunta a la incorporación y no a la exclusión. En él, el extractivismo («depredación») juega un papel central pero invertido respecto de aquello neocolonial.

En otras palabras, la antropofagia cultural y política brasileña puede ayudarnos a pensar en otro extractivismo, aquel mestizaje antropófago de cultura y naturaleza.

ANTROPOFAGIA Y COLONIALIDAD

De hecho, al discutir las diferencias entre la colonialidad andina y la antropofagia política brasileña, un colega británico me sugirió que el desafío actual sería «descolonizar la antropofagia». Al contrario, me parece que deberíamos «canibalizar lo decolonial». En cualquier caso, esta disyunción me parece productiva.

La narrativa decolonial está atravesada por una serie de ambivalencias. Por un lado, la noción de colonialidad del poder es útil para recordar que los estados formados en la descolonización se han convertido en agentes de una colonización interna que destruye tanto la diversidad cultural como la natural y perpetua – en las diversas formas de racismo – el legado de la esclavitud. Por otro lado, es una narrativa que, paradójicamente, puede utilizarse dentro de un horizonte soberano y, por tanto, legitimar proyectos de desarrollo nacional, los mismos que han chocado con los movimientos de los que la decolonialidad quisiera ser el abanderado. De aquí se deriva una segunda ambivalencia: mientras las luchas decoloniales diseccionan diagonalmente las relaciones sociales de poder y conocimiento, la narrativa decolonial produce oposiciones dialécticas y verticales: el Sur y el Norte, el Oeste y el resto, en un mundo que estaría compuesto por tanta sociedad, tan homogénea como las «civilizaciones» de las que Samuel Huntington previó el choque.

Nos parece que el problema radica en la separación entre la condición colonial y el proceso de luchas decoloniales. La condición colonial se convierte en pura determinación de las relaciones de dominación y por tanto de una opresión a la que responderían las luchas de los «oprimidos». En esta segunda y dialéctica determinación de las luchas se abre la trampa del regreso de un esencialismo homogeneizador. Como siempre, la tentación de responder a la lógica homogeneizadora de la dominación con un exceso de identidad puede parecer un atajo efectivo, pero conduce a dos callejones sin salida: cuando no funciona, la ilusión de una simplificación de las condiciones de movilización se evapora en el rostro de la creciente fragmentación que determina; cuando funciona, es peor: acaba produciendo relaciones de dominación aún más cerradas que las que queríamos… decolonizar.

SERINGUEIROS: EL EXTRACTIVISMO ANTROPÓFAGO

Para comprender las nuevas relaciones que se han establecido entre las luchas de los pueblos de la selva y la defensa de la Amazonía, la antropóloga brasileña Manuela Carneiro da Cunha señala dos vías de reflexión: por un lado, denuncia «las extrañas convergencias de la izquierda con los militares que ven a los pueblos amazónicos como una amenaza a la soberanía nacional y/o un obstáculo al desarrollo (nacional) ”; por otro lado, analiza las luchas de los seringueiros (los trabajadores que extraen látex de los árboles del bosque) como una duplicación mimética de las luchas indígenas. Los seringueiros han logrado establecer una serie de conexiones: con el bosque del que se han convertido en defensores para continuar con su labor; con las luchas indígenas de las que retomaron el tema de las reservas, transformándolas en recursos extractivos; y finalmente, con los pobres urbanizados, como en el caso de la joven maestra Marina Silva, que luego se convirtió en senadora y ministra de Medio Ambiente del primer gobierno de Lula.

Las luchas de los seringueiros han construido nuevas alianzas locales y globales al mismo tiempo. Chico Mendes lo pagará con su vida (fue asesinado en 1988), pero las alianzas transversales, las conexiones inauguradas por los seringueiros brasileños han seguido extendiéndose, cavando como topos y emergiendo aquí y allá en el planeta. Anne L. Tsing habla de una «colaboración Brasil-Norteamérica (que) formó los elementos» de un dispositivo que luego fue «rediseñado en Malasia y aplicado en Indonesia».

Volvamos a Manuela da Cunha ya la línea divisoria sutil pero decisiva que propone entre «cultura» (entre comillas) y cultura. Esto le permite cubrir las complejas relaciones entre los conocimientos tradicionales y los derechos intelectuales. El punto de partida es el de los cantos de ida y de vuelta: «las guajiras, colombianas y milongas son (productos) coloniales introducidos en España, resultado de la apropiación y transformación de los géneros musicales flamencos practicados en las colonias – hoy Cuba, Colombia y Argentina. De ahí el hecho de que se les conozca como canciones de retorno». Por tanto, la situación poscolonial no se limita a las antiguas colonias, sino que también afecta a las antiguas metrópolis. Da Cunha subraya, por tanto, que las categorías analíticas creadas en el centro y exportadas al resto del mundo vuelven ahora a las metrópolis, incluso en las maletas de cartón de los inmigrantes.

Una de estas categorías es la de «cultura». Cultura y «cultura» continúan en esta dinámica de ida y vuelta precisamente porque las pretensiones de los pueblos originarios sobre su conocimiento no son en modo alguno la inversa dialéctica de la forma occidental de controlar su conocimiento: «El imaginario occidental» piensa que, en contraste con nuestra concepción individual, la cultura y el saber de los indígenas deben ser necesariamente fruto de un autor colectivo y de procesos endógenos. Los indios del Amazonas, por otro lado, piensan en «sus culturas como exógenas, obtenidas de otra persona». Su forma de ser no occidental es ingerir la cultura occidental.

Mientras el horizonte decolonial afirma una exterioridad que escaparía a cualquier tipo de extractivismo, «la tendencia indígena [es] a atribuir bienes culturales y saberes fundamentales a otros grupos, como si la cultura de cada grupo fuera producto de la apropiación, de la depredación cultural y por tanto de cualquier tipo de extractivismo.

Las luchas decoloniales de los indígenas trazan caminos que el discurso decolonial y la búsqueda de un «afuera» ignoran. Intentemos, pues, profundizar el debate sobre la antropofagia cultural y política brasileña y el capitalismo contemporáneo.

¿UN CAPITALISMO CANIBAL?

En Histoire du Lynx, Claude Lévi-Strauss habla de una cultura como un préstamo (como depredación) en la apertura al otro: «en lugar de mantener su distancia de las forestales, silvicultura, los amazónicos muestran un extraordinario apetito por el Otro y por sus joyas, alcanzando así los extremos caníbales». En Tristes Tropiques (1955), Lévi-Strauss afirma que hay dos tipos de sociedad, los caníbales (que ven en la absorción de ciertos individuos con formas fantásticas) la única forma de neutralizarlos e incluso sacar provecho de ellos y los que practican la antropoemia (desde el griego emein, vomitar): «ante el mismo problema, eligen la solución contraria, [expulsan] a estos seres formidables del cuerpo social, aislándolos temporal o permanentemente». Para muchos, el capitalismo contemporáneo se convertiría en caníbal. El capitalismo neoliberal habría devorado la propia antropofagia. Así, algunos se preguntan: «ante la devoración generalizada a la que estamos constantemente sometidos, ¿cuál es el lugar del vómito, de la excreción, del no?». ¿Es el capitalismo contemporáneo realmente caníbal? ¿Solo tenemos la oportunidad de reconstituir un afuera? ¿Deberíamos, por tanto, decolonizar la antropofagia?

La relación entre antropofagia (inclusión) y antropoemia (exclusión) no es dialéctica, en el sentido de que no se desarrolla de forma binaria y no tiene una síntesis necesaria. Lo que caracteriza al capitalismo contemporáneo es el hecho de que estas dos dimensiones, estas dos modalidades, ya no se articulan por la separación sino por la modulación del control, una modulación típica del hibridismo brasileño. Es en la modulación (y no en sus dos extremos) donde debemos buscar respuestas y pistas para que la crítica de las relaciones de poder sea efectiva. La modulación de la inclusión y la exclusión funciona como una trampa: el capitalismo contemporáneo es tan inclusivo que parece antropofágico y, al mismo tiempo, la resistencia parece asentarse en los márgenes, con un «no» antropoémico que ha acabado abriendo el camino a un nueva ola de rechazo del otro

Para resolver estos enigmas, algunos intentan abrir la antropofagia poética y política de Oswald en dos dimensiones opuestas: habría una «antropofagia activa» y una que sería «reactiva». La antropofagia «activa» sería aquella capaz de «crear desde la zambullida en el caos» mientras que la «reactiva» se hace sobre la «negación del caos», como «mero consumo de mundos disponibles en el mercado de ideas e imágenes». Lejos de escapar de las trampas del capitalismo flexible y de las modulaciones de la sociedad controladora, la separación del concepto de «antropofagia» en dos términos opuestos (creativo y reactivo) lo reduce a un elemento de mediaciones que, de esta manera, se vuelve «necesario «. Decir que el capitalismo flexible es un «zombi caníbal» termina afirmando su capacidad de modulación como cancelación de conflictos.

A través de la antropofagia política y cultural, Oswald afirmó el punto de vista de una otredad amerindia que le permitió romper radicalmente con Occidente (y en particular con el desarrollismo nacional de izquierda) sin dejar de intercambiar puntos de vista con la altermodernidad europea: la de las luchas. Por tanto, es necesario mantener la díada que propuso Claude Lévi-Strauss entre «antropofagia» y «antropoemia» y por ello revisar no el concepto de antropofagia, sino el de antropoemia y por lo tanto el decolonial: el capitalismo contemporáneo no es antropofágico, sino parasitario. , un dispositivo de captura.

INDIOS Y POBRES

El debate sobre el decolonialismo y la antropofagia está atravesado por otra fractura que se puede resumir con el chiste de un antropólogo brasileño: “Los pobres son los otros para ser asimilados (inclusión). El indio es el otro que pretende seguir siendo diferente ”. El «buen vivir» asumido por los movimientos indígenas andinos estaría, por tanto, del lado de una «exclusión» ya no impuesta, sino elegida. Se produciría entonces una «vieja fractura difícil de soldar entre dos izquierdas muy distintas: la que piensa en el indio como pobre (y) la que piensa en el pobre como indio». ¿Qué nos dicen las luchas reales de los indios? Hemos visto que circulan sin descanso entre el «ida y vuelta», la antropofagia, entre cultura y «cultura».

Ahora podemos ver que, mientras intentaban bloquear la construcción de la gran represa de Belo Monte en el Amazonas, los indios Xingu solicitaron una larga lista de bienes, calificados de «extravagantes» por los medios de comunicación. «Queremos todo»: Amarok, Hilux, L 200, F 4000, camiones, automóviles, autobuses, motocicletas, botes, grandes cuentas bancarias y 1300 bueyes, 500 de los cuales son de la raza Nellore, y luego muchos I-Phone, I-Pad y otras «i» de la A a la Z. Este es exactamente el tema de Oswald: «Quiero todo lo que no es mío», «Quiero comer galletas de lujo». Las luchas indígenas, como las de los trabajadores, destruyen los límites y cadenas que los atan a la lógica de las proporciones y la contabilidad. Es rompiendo los límites que nos unen (y que nos obligan a destruir la naturaleza) que podremos democratizar la hibridación de cultura y naturaleza. Esto nos devuelve a la cuestión de la hibridación y el decolonialismo.

Claude Lévi-Strauss, en una conferencia celebrada en Tokio en 1986, resumió en estos términos la transformación civilizadora que vio en la reestructuración capitalista: mientras que en el mundo industrial había una tendencia a transformar a los hombres en máquinas, en el posfordismo la tendencia es transformar máquinas en hombres: «El progreso de la electrónica […] sugiere que algún día será posible pasar de una civilización que ha inaugurado el desarrollo histórico, pero teniendo que reducir a los hombres al estado de máquinas, a una civilización que es capaz -ya que estamos empezando a tratar con robots-  de transformar las máquinas en hombres ». Quizás Lévi-Strauss estuvo influenciado por la literatura sociológica que atribuía el desempeño industrial de Japón a sus altos niveles de robotización. La robotización permitiría que «la cultura [recibiera] la tarea completa de progresar [y así] la sociedad se liberaría de una maldición milenaria que la obligaría a esclavizar a los hombres para el progreso».

Habría una liberación técnicamente posible de la maldición del trabajo. El horizonte de esta emancipación es precisamente el de la superación de los dualismos que oponen cultura a naturaleza, hombre-animal a máquina. No en el paso de un polo a otro, sino en la hibridación, en la transgresión de las fronteras ontológicas, como propone el «manifiesto cyborg» de Donna Haraway, en el horizonte del «placer que nace de la deconstrucción de las fronteras y la responsabilidad de su reconstrucción». Ya en la década de 1950 Oswald de Andrade escribió: «el Robot es un ideal […] porque es alrededor del Robot que la civilización se construye hoy. El esclavo desaparecerá sólo cuando los automatismos lo sustituyan, es decir, cuando los husillos funcionen solos ». João Guimarães Rosa habló del mismo horizonte: «Llegará un día, declaró Riobaldo, en que la gente podrá acostarse en una hamaca o en una cama, y ​​las azadas saldrán solas a desyerbar el campo».

Pero, ¿qué ha sucedido realmente en las últimas décadas en la relación entre tecnología y trabajo? El capitalismo contemporáneo se define por sus redes (globales), su valor intangible (cognitivo) y su gobernanza (financiera). Si el valor se ha vuelto intangible, el trabajo se ha vuelto inmaterial, donde su inmaterialidad no es sinónimo de «intelectualidad», sino de recomposición de las funciones intelectuales y manuales en el cuerpo del trabajador y del trabajador en las redes y en las calles.

En efecto, en la transición del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo, no ha habido el vuelco esperado e incluso deseado por Claude Lévi-Strauss del proceso de transformación de los hombres en máquinas al proceso de transformación de las máquinas en hombres. No son los robots los que liberan al hombre del trabajo y de la naturaleza de la razón instrumental. Por el contrario, la automatización de las fábricas ha dado lugar a nuevas formas de esclavitud, ya que la línea robótica opera a partir de un trabajo recompuesto (intangible: intelectual y manual) que depende del nivel de subjetividad: es el «alma» misma la que esta siendo explotada. Esta «alma» concierne a las dimensiones lingüísticas del trabajo y, por tanto, al milagro de la palabra como encuentro del alma y el cuerpo: motricidad e inteligencia inseparables. El conflicto que ya está surgiendo es por los procesos de colonización del cerebro y los afectos.

Por tanto, lo que cambia radicalmente es la relación entre «inclusión y exclusión». En la perspectiva de este cambio, la relación entre antropofagia y antropoemia puede matizar el nuevo tipo de conflicto: el que atraviesa esta modulación de la relación entre inclusión y exclusión y que podemos llamar la centralidad paradójica de los pobres: por un lado , brasilianización como «destrucción» del mundo, por otro el devenir-Brasil como invención del mundo. Por un lado, la «brasilianización» y la antropoemia: fragmentación social, exclusión interminable (de los pobres como pobres), el indio asesinado por el indio, el inmigrante haitiano deportado, el boliviano clandestino esclavizado por los proveedores de la multinacional Zara en Sao Paulo, la destrucción de la Amazonía, la guerra molecular en las favelas contra los negros y hasta el gobierno militar construido por la presidencia fascista de Bolsonaro. Por otro lado, el devenir-Brasil del mundo que es necesariamente un devenir seringueiro, de una depredación antropófaga que es la del devenir amazónico del propio Brasil.

En la brasilianización, el capitalismo mundial aparece como una doble catástrofe: ¡social y ambiental! La figura del pobre coincide exactamente con la de una «materia prima», «el indio que ha perdido»: el extractivismo alimenta el desarrollismo y el extractivismo al desarrollismo. Convertirse en Brasil, en cambio, es antropofagia: la renovación de lo que dijo Oswald de Andrade sobre la capital paulista: «São Paulo debe su grandeza a la inmigración de fuerzas vivas de los cuatro rincones del globo», en otros palabras, a la hibridación universal. La figura del pobre aquí es pura diferencia, hibridación, multiplicidad. El extractivismo se vuelve antropófago: el devenir-Amazonia de Brasil.

Los pobres no son una figura de necesidades, sino de deseo y «al deseo no le falta nada». Es decir, «todo es una máquina» y los pobres son esta figura de «hombres que se sumergen más en la vida […] que son la vida misma»: hombres que «comen poco, duermen poco, tienen pocas posesiones». Entre los pobres coinciden la producción social y la producción del deseo: ya no hay hombre ni naturaleza, sino procesos que producen uno en el otro.

La hibridación es esta estructura biopolítica y maquínica: no es un resultado, sino el terreno mismo de las luchas, las que logran superar el enigma de la construcción nacional. Fue en torno a la construcción de una nación, para el Estado independiente, que las oligarquías «criollas» utilizaron inicialmente el racismo para excluir a los elementos impuros y, a principios del siglo XX, adoptaron la retórica del mestizaje para demostrar que la nación tenía un pueblo: al hacer esto, redujeron la hibridación a un resultado, fijando el proceso.

Si el decolonial tiene razón al denunciar la persistencia de un racismo extremadamente violento bajo la retórica del mestizaje, no debemos correr el mismo riesgo de fortalecer el horizonte de una construcción nacional («soberana»). El mestizaje es un hecho y no es, en sí mismo, colonial o poscolonial. Por un lado, la construcción colonial y soberana –aunque se la llame antiimperialista– reduce al mestizo a su captura antropoémica como el todo homogéneo de un pueblo: una sola raza mestiza, es decir, gris (que en Brasil se define por el término «pardo»). Por otro lado, tenemos el arco iris de la diferencia: la continua multiplicación antropófaga de colores y culturas, las multitudes de pobres que luchan en la selva y en la metrópoli y canibalizan lo decolonial.

Traducción del italiano: Santiago de Arcos-Halyburton

Texto publicado originalmente el 9 de septiembre 2021 en: https://www.machina-deriveapprodi.com/post/per-un-estrattivismo-antropofago