Estrategias comerciales y tierras raras

Por Enrique Dans

Lo peor de la guerra comercial entre los Estados unidos y China es, aparte de que como toda guerra comercial es mala para todos participen o no en ella, es el hecho de que nada en ella muestra el más mínimo atisbo de sentido común.

El hecho de que el conflicto sea desencadenado por el que es, sin duda, el político más absurdo e irresponsable de la historia, hace que todo esté sujeto a una inestabilidad total: hoy te bloqueo, mañana pospongo las medidas durante tres meses, al día siguiente digo que Huawei es una terrible e intolerable amenaza para la seguridad, pero dos días después afirmo que podría ser incluida en algún tipo de acuerdo comercial.

Seamos serios: si eres una amenaza para la seguridad nacional, no se te puede incluir eventualmente en ningún acuerdo comercial, y si se te puede incluir en algún acuerdo comercial es que no eres una amenaza para la seguridad nacional. Esos dos elementos son incompatibles entre sí. Pero es que, en realidad, muy pocas cosas en este episodio tienen sentido.

¿Bloquear a Huawei? El gigante chino tiene inventario de componentes importados de los Estados Unidos suficientes como para seguir fabricando a su ritmo normal todo el resto del presente año, y tiempo más que suficiente para desarrollar la inmensa mayoría de esos componentes en China si fuera necesario. Si efectivamente llegase a ser necesario, que lo dudo infinito, eso terminaría siendo un muy mal paso para la industria norteamericana, porque habrían forzado a China a desarrollar unos componentes alternativos que, sin duda, pasarían a ser su peor pesadilla en los mercados internacionales. En caso de pretender mantener las restricciones durante u período largo de tiempo, el mayor problema para Trump no sería China ni Huawei, que carece de presiones de inversores como empresa no cotizada que es, sino su propia industria doméstica y sus pérdidas, que sí son reales. Tan solo las pérdidas en las que podría incurrir Apple son para echarse a temblar, pero hay muchas más empresas afectadas.

Google, sin ir más lejos, es otra gran perjudicada: obligada por el patético Donald Trump y sus torpes y mal calculadas acciones a restringir sus tratos con Huawei, se encuentra ahora con que ha proyectado ante todos la evidencia que menos quería proyectar: que su sistema operativo Android ya es cualquier cosa menos abierto, que ha demostrado manejarlo con mano de hierro, y que eso, obviamente, es susceptible no solo de levantar recelos en mucha gente, sino incluso de exponerla a más riesgos regulatorios de los que ha experimentado ya.

¿Puede China plantearse represalias controlando la exportación de las tierras raras utilizadas en la fabricación de componentes electrónicos? Del mismo modo que las amenazas de los Estados Unidos tienen poca base real efectiva, las de China tampoco la tienen. Las tierras raras, en realidad, ni son tan raras, ni China ha sido bendecida con una especial abundancia de las mismas. Lo único que ha convertido a China en el suministrador habitual de tierras raras para la industria ha sido que la laxa regulación medioambiental del país y su mano de obra comparativamente barata ha hecho que se convirtiese en el sitio donde resultaba menos complicado y caro extraerlas, pero en realidad, esas tierras raras se pueden extraer en muchos sitios, incluyendo la mismísima California, y una vez extraídas de la tierra, donde suelen hallarse combinadas con otros elementos, lo demás son procesos químicos razonablemente comunes y sencillos. De nuevo: ante una hipotética restricción en las exportaciones de tierras raras de China, lo que se desencadenaría sería un proceso para extraerlas en otros países – son abundantes en Australia, Brasil, Canada, India y los Estados Unidos – y la principal perjudicada sería la actual industria china.

Las restricciones artificiales son siempre malas para todos, y las guerras comerciales son, en gran medida, eso: intentos más o menos torpes de generar restricciones artificiales. Que Donald Trump crea que la geopolítica se puede manejar con técnicas ramplonas y baratas de matón de patio de colegio convierte esta guerra comercial en un episodio grotesco, absurdo y sin sentido, del que por supuesto ningún propietario de un smartphone se tiene que preocupar ni lo más mínimo (ni protestar o pedir ante autoridad alguna la reparación de unos supuestos daños completamente inexistentes). Son, simplemente, actuaciones sin sentido que se intentan esgrimir como armas arrojadizas a corto plazo, sin posibilidades reales de convertirse en restricciones duraderas que fuercen cambios en la industria que a nadie le interesan.

Nada de esto tiene sentido. En la práctica, lo mejor que se puede hacer con las erráticas decisiones y las pataletas del inquilino de la Casa Blanca es dejarlas pasar, no hacer nada ni plantear nada al respecto, y esperar a que se desarmen solas.


This post is also available in English on my Medium page, «Trade wars and rare earths«

Fuente: https://www.enriquedans.com/2019/05/estrategias-comerciales-y-tierras-raras.html

 

 

India: ¿como China o Brasil?

Por Michael Roberts

Hace cinco años que el partido nacionalista de derechas Bharatiya Janata (BJP), dirigido por Narendra Modi, volvió al poder en la Lok Sabha (parlamento) de la India. Ahora en la tercera mayor economía del mundo (en términos de PPA), más de 800 millones de indios han votado en unas elecciones que han durado seis semanas para volver a elegir a sus líderes.

El BJP gobernó antes, de 1998 a 2004. Pero el BJP demostró ser un instrumento poco fiable para el capital indio, plagado como está de ex miembros de lo que básicamente es un partido fascista religioso hindú, el Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS), una organización modelada a imagen de  las escuadras negras de Mussolini. Modi era un veterano miembro del RSS, antes de sumarse sin problemas al BJP. Sin embargo, en los últimos cinco años, Modi se presenta como el dirigente de un gobierno ‘pro-empresarial’ , que aplica lo que le gusta llamar ‘Modinomics’.

Las ‘Modinomics’ se reducen a políticas económicas neoliberales con el objetivo de aumentar la tasa de explotación del trabajo de manera que se potencia la rentabilidad del capital y haya incentivos para invertir. Para ello, Modi ha introducido nuevos impuestos a las ventas y retirado los billetes de alta denominación, en un intento de ‘demonetizar’ la economía y facilitar a los bancos un mayor control del crédito.

En los primeros años de las ‘Modinomics’ parecía que la India estaba dando un salto hacia delante, con un crecimiento del PIB real incluso más rápido que el chino y con un aumento de los ingresos de los trabajadores rurales y los agricultores, base electoral primaria del BJP, al tiempo que era apoyado por las grandes empresas y el capital indio. Pero estos primeros años han venido seguidos de problemas cada vez mayores. La mayor economía de más rápido crecimiento del mundo se enfrenta ahora a una desaceleración. Las cifras oficiales de crecimiento económico se han reducido al 6,6% en el último trimestre de 2018, el más lento en seis trimestres y ahora crece a la misma tasa que China.

Y estas cifras del PIB son dudosas de todos modos. En 2015, la oficina estadística de la India anunció repentinamente la revisión de las cifras del PIB. Elevó el crecimiento del PIB en un 2% anual de la noche a la mañana. El crecimiento nominal de la producción nacional fue ‘deflacionada’ en términos reales por un deflactor de precios basado en los precios de producción al por mayor y no en los precios al consumidor en las tiendas, por lo que la cifra del PIB real aumentó. Por otra parte, esta revisión no se aplicó a toda la serie económica, por lo que nadie sabe ya la cifra de crecimiento actual comparado  antes de 2015. Tampoco las cifras del PIB están ‘ajustadas estacionalmente’ para tomar en cuenta cualquier cambio en el número de días en un mes o un trimestre ni el clima, etc. Un ajuste estacional hubieran demostrado que el crecimiento real del PIB de la India es muy inferior a la cifra oficial. Un mejor indicador del crecimiento son los datos de producción industrial.

Las ventas de automóviles y vehículos utilitarios deportivos han caído a un mínimo de siete años. Las ventas de tractores y vehículos de dos ruedas han bajado. Los beneficios netos de 334 empresas (excluyendo los bancos y las finanzas) se han reducido un 18% anual, según el diario Financial Express. La rápida expansión de la industria de vehículos bajo el gobierno Modi había provocado predicciones de que la India pronto superaría a Japón y Alemania para convertirse en el tercer mayor mercado del mundo. Pero el mes pasado, las ventas de vehículos de pasajeros fueron un 17,7% menor que el año anterior.

El sector del automóvil se ha convertido en una de las víctimas más prominentes de una contracción del mercado de la deuda, que comenzó en el mercado ‘bancario en la sombra’ de la India en septiembre pasado, cuando la bancarrota del grupo IL & FS de infraestructuras y finanzas vaciaron los fondos de inversión. Drenaron dinero del mercado de bonos comerciales, una importante fuente de financiación para las empresas financieras no bancarias que había impulsado el crecimiento de los préstamos, conquistando la cuota de mercado de los bancos en problemas controlados por el Estado. Los llamados NBFCs han sido particularmente activos en áreas tales como créditos para vehículos y préstamos a las pequeñas empresas.

Eso no es todo. En marzo, el crecimiento de pasajeros en el mercado de la aviación de más rápido crecimiento del mundo cayó a su ritmo más lento en casi seis años. La demanda de crédito bancario se ha estancado. Hindustan Unilever, fabricante líder de productos de gran consumo en la India, ha informado que el crecimiento de sus ingresos del primer trimestre ha sido sólo del 7%, su nivel más bajo en 18 meses.

Parece que ‘boom del consumo’ de la clase media iniciado por Modi se ha agotado. Hay una caída tanto en los ingresos urbanos como rurales. El excedente agrícola ha hecho que los ingresos del sector se hayan hundido. Kaushik Basu, ex economista jefe del Banco Mundial y profesor de economía en la Universidad de Cornell, cree que la desaceleración es “mucho más grave” de lo que se creyó inicialmente. El crecimiento de las exportaciones ha sido cercano a cero durante los últimos cinco años. Y ahora el boom del consumo doméstico se está debilitando.

A diferencia de China, la India parece estar acercándose a lo que el Banco Mundial ha llamado la trampa de los ‘ingresos medios’, cuando la gran mayoría de la población permanece en la pobreza, mientras que el 10% superior vive bien y gasta, pero no hace ninguna inversión o emprende para crear empleo y ofrecer formación, educación y vivienda al resto de la población. India va a terminar como Brasil, no como China, Corea y Japón – en un callejón sin salida. Bajo Modi, el desempleo está en su punto más alto. El plan “Fabricar en la India” parece agotarse. Y Boeing, Airbus o Apple no han invertido en fábricas en la India.

Dos tercios de los trabajadores indios están empleados en pequeñas empresas con menos de diez empleados, en las que se ignoran sus derechos laborales – de hecho, a la mayoría se la paga irregularmente y con rupias en efectivo, el llamado sector ‘informal’ que evita impuestos y regulaciones. La India tiene el mayor sector ‘informal’ entre las principales ‘economías emergentes’. Sin embargo, las pequeñas empresas no son muy productivas.

De hecho, la India tiene uno de los niveles más bajos de productividad en Asia. Entre 1950 y 1980, el crecimiento de la productividad laboral media fue de un magro 1,7%. Los dos primeras décadas del nuevo milenio vio un aumento medio de más del doble, hasta el 3,8%. Fue el período cuando los sectores industriales y de servicios de la India despegaron, atrayendo mano de obra del sector agrícola menos productivo. el crecimiento de la productividad del trabajo alcanzó el 10,2% en 2010 y ha caído desde entonces. En 2016, se situó en el 4,75%. No es un buen augurio para el logro de los objetivos de crecimiento que son necesarios para elevar los niveles de vida.

La productividad se incrementaría si los campesinos generalmente subempleados pudiesen trasladarse a las ciudades y obtener puestos de trabajo industriales en las ciudades. Esta es la forma en que China ha transformado su fuerza de trabajo; por supuesto, para ser explotados mejor por el capital, pero también para aumentar la productividad y los salarios. China lo ha hecho a través de la planificación estatal de la migración laboral y mediante una enorme construcción de infraestructuras. India no puede, por lo que su tasa de urbanización está muy por detrás de China. El capital indio y extranjero todavía no pueden aprovechar plenamente las enormes reservas de mano de obra, principalmente juvenil, con fines de lucro. Como resultado, el crecimiento del empleo es patéticamente lento. Entre 10-12 millones de jóvenes se incorporan al mercado laboral cada año, pero muchos de ellos no pueden encontrar trabajo o carecen de los conocimientos adecuados.

La India es una de las sociedades más desiguales del mundo. El 1% más rico posee el 52% de la riqueza del país, de acuerdo con los últimos datos sobre la riqueza global del Credit Suisse Group. El 10% más rico de los indios han aumentado su parte del pastel del 68,8% en 2010 al 77% en 2018. En marcado contraste, la mitad inferior de la población india posee sólo el 4% de la riqueza del país.

El coeficiente de Gini es una forma de medir la desigualdad, con una lectura de 100% que denota la desigualdad perfecta, y cero indica la igualdad perfecta. De acuerdo con Credit Suisse, el coeficiente de Gini de riqueza en la India ha aumentado de 81,3% en 2013 a 85,4% en 2018, lo que demuestra la desigualdad de ingresos es muy alta y creciente.

Como subraya el informe de Credit Suisse: “A pesar de que la riqueza ha aumentado en la India, no todo el mundo ha compartido este crecimiento. Todavía existe una considerable pobreza, que se refleja en el hecho de que el 91% de la población adulta posee riqueza por debajo de $ 10.000. En el otro extremo, una pequeña fracción de la población (0,6% de los adultos) tiene un patrimonio neto de más de $ 100.000“.

Y está la cuestión de los recursos básicos necesarios para los 1.200 millones de personas. El agua subterránea bombeada mecánicamente proporciona un 85% del agua potable en la India y es la fuente principal de agua para todos los usos. La capa freática en el norte de la India está disminuyendo con una de las tasas más rápidas del mundo, y muchas áreas pueden haber comenzado a agotar sus recursos hídricos. El Banco Mundial prevé que la mayoría de los recursos hídricos subterráneos de la India alcanzarán un estado crítico dentro de los 20 años.

La gran exigencia del capital de la India es reducir el tamaño del Estado. Burocrático e ineficiente, el gobierno central y la administración de la India, así como las empresas estatales creadas en los primeros días de ‘socialismo’ a la India, han proporcionado cierta solidez a la economía de la India. Sin embargo, las multinacionales y los grandes capitalistas indios quieren que esto se acabe. El gobierno central y los estados ejecutan sus presupuestos anuales con déficits significativos, ya que subvencionan los alimentos y el combustible para millones de indios pobres. Esos déficits son financiados con préstamos y el coste de los préstamos ha reducido de manera constante los ingresos disponibles de los impuestos, dejando poco para educación, sanidad o transporte.

Los ingresos fiscales del gobierno son bajos porque las empresas indias pagan pocos impuestos y los ricos incluso menos. La desigualdad de ingresos en la India no es tan alta como en China, Brasil o Sudáfrica, pero es probable que sea más alta que el índice oficial de Gini debido a los enormes ingresos ocultos de los ricos, que han ido en aumento. Según la OCDE, la desigualdad de ingresos se ha duplicado en la India desde comienzos de 1990. El 10% más rico de los indios ganan 12 veces más dinero que el 10% más pobre, en comparación con aproximadamente seis veces en 1990.

Esta desigualdad no es responsabilidad exclusiva del gobierno Modi. Los anteriores gobiernos dirigidos por el Congreso han perpetuado esta desigualdad también – de hecho, bajo la corrupta dinastía Gandhi, las cosas han empeorado. Por eso el BJP permanece en el poder aunque pierda escaños.

El verdadero problema para el capitalismo indio es la rentabilidad decreciente de su sector empresarial. La tasa de ganancia es alta para los estándares internacionales, al igual que en muchas ‘economías emergentes’ que tienen masas de mano de obra barata llegadas de las zonas rurales. Pero, a lo largo de las décadas, el aumento de la inversión en bienes de capital en relación con el trabajo ha comenzado a crear un ejército de reserva de mano de obra además de la caída de la rentabilidad.

La rentabilidad del capital en la India había caído de manera constante (aunque desde un nivel alto de ‘mercado emergente’), incluso antes de que comenzara la crisis económica mundial. Ha caído aún más desde entonces y ahora es un 20% inferior a los niveles de la década de 1980. Los años de crecimiento de dos dígitos de la década de 2000, cuando todo el mundo hablaba de la industria de externalización de software en la India y de las nuevas compañías automotrices, no volverán sin reducciones drásticas de la proporción del valor que va al trabajo.

Fuente: Penn World Tables y Penn World Tables 9.0, cálculos del autor.

La respuesta del capital de la India, respaldada por Modi, es la privatización, los recortes en los subsidios de alimentos y combustible y un nuevo impuesto sobre las ventas, un impuesto que es la forma más regresiva para obtener ingresos fiscales, ya que golpea especialmente a los más pobres. El objetivo en este caso, como de toda política económica neoliberal, es elevar la tasa de explotación del trabajo de manera que se potencie la rentabilidad del capital y proporcione incentivos para invertir, algo que el capital de la India se niega a hacer por el momento.

Al igual que en 2014, el electorado de la India ha tenido que elegir en estas elecciones entre un partido corrupto en manos de una dinastía familiar, respaldado por grandes intereses comerciales y terrateniente y un partido nacionalista xenófobo (con cada vez más apoyo de las grandes empresas y los inversores extranjeros). Por el momento, Modi ha vuelto a ganar.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajador 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2019/05/19/india-another-china-or-another-brazil/

Traducción:G. Buster / sinpermiso.info

La nueva disputa por la hegemonía geopolítica en América Latina

Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada (Ecuador)

Terminado el ciclo progresista se ha abierto una nueva disputa por la hegemonía geopolítica en América Latina. Entender esta nueva realidad de manera adecuada requiere un análisis que aborde tanto la vertiente geoeconómica como lo que ver con la gobernanza nacional, regional y global con sus respectivos impactos en el subcontinente.

Antecedentes

El ciclo progresista se caracterizó por: a) el fortalecimiento/reposicionamiento de los Estados nación anteriormente reducidos a su mínima expresión durante el periodo neoliberal y en crisis fruto del fenómeno de la globalización; b) el modelo extractivo de producción y exportación de commodities como base de la acumulación estatal, lo que se da en un período coincidente con los más altos precios de los que estos gozaron en el mercado internacional, lo que significó los mayores ingresos recibidos por la región en su historia republicana; c) la aplicación de políticas sociales compensatorias con base en los excedentes estatales producidos por la exportación de materias primas como eje de las nuevas gobernabilidades; d) la realización de grandes obras de infraestructura como pilar de la modernización de los Estados; y, e) la articulación de un discurso soberanista enmarcado en la construcción de un bloque regional que significó un notable impulso de organismos de integración tales como ALBA, UNASUR o CELAC.

En ese contexto cada uno de los elementos anteriores requieren de un somero análisis que permita explicar el fracaso del laboratorio político progresista latinoamericano. 

En primer lugar, la nueva centralidad de los Estados frente a la sociedad devino en el debilitamiento de los movimientos sociales que habían sido los protagonistas de un período de convulsiones políticas que entre 1989 y 2005 derribó a una docena de presidentes en diferentes países de la región. En la actualidad, la implementación de políticas agresivas contra los derechos adquiridos por los trabajadores por parte de lo que se ha venido en denominar como un nuevo período de “reinstauración conservadora” carece del nivel de resistencia y organización expresados por los sectores populares durante los momentos previos al ciclo progresista.

En segundo lugar, el modelo extractivo anclado en los hidrocarburos, la minería a cielo abierto y los monocultivos como la soja fueron la clave del éxito económico y lo que permitió políticas sociales ancladas en transferencias monetarias hacia los sectores históricamente olvidados, convirtiéndose en el eje de la legitimidad progresista durante sus momentos de gloria. Sin embargo, lo anterior implicó se que haya agudizado la dependiente inserción internacional de la región como proveedores de materias primas. Las economías latinoamericanas se reprimarizaron, lo que significa mayor vulnerabilidad subordinándolas a las fluctuaciones erráticas de los mercados globales. La temporalidad del boom de los commodities hizo que dichos gobiernos nacieran en los momentos de bonanza económica latinoamericana y entraran en crisis con el fin de esta. 

Un tercer factor reseñable es que pese a la transferencia de excedentes estatales a los sectores vulnerables -políticas de subsidios- durante el ciclo progresista, América Latina sigue siendo el continente más desigual del planeta dado que no se redistribuyó la riqueza acumulada por sus élites históricamente dominantes. Aquí cabe una primera aclaración: la reducción de la pobreza en América Latina durante el período de boom de los commodities no es un proceso exclusivo de los regímenes progresistas y basta comparar para ello un par de datos: siguiendo indicadores oficiales entre 2007 y 2014 -momento de la caída de los precios de las materias primas y comienzo de la parálisis económica en diversos países del Sur Global- la pobreza medida por ingresos en el Ecuador correista se redujo del 36.7 por ciento al 22.5 por ciento mientras que en la Colombia de Uribe y Santos se pasó del 45.06 por ciento al 28.05 por ciento, es decir, la Colombia neoliberal redujo su tasa de pobreza en 3.25 puntos porcentuales más que el Ecuador del socialismo del siglo XXI. En términos globales podríamos decir que la combinación de lo que fue una creciente demanda global de recursos naturales por parte de las economías emergentes, especialmente de China, y una serie de sucesivas reducciones de los tipos de interés estadounidenses -en aras a mantener su recuperación económica tras la burbuja tecnológica de 2001- determinó que ingentes cantidades de dinero aterrizasen en los países del Sur haciendo crecer mercados emergentes a partir de 2003. De hecho, a nivel global se asistió a la racha de crecimiento económico más extendida que el mundo ha vivido en el transcurso de su historia. Entre los años 2003 y 2007 la tasa de crecimiento promedio del PIB de los países del Sur pasó de 3.6 por ciento en las dos décadas anteriores al 7.2 por ciento, quedando muy pocos países en desarrollo fuera de ese fenómeno.

En lo que respecta a los países con gobiernos denominados progresistas, durante este período y pese a las óptimas condiciones para hacerlo, no se actuó sobre los pilares estructurales de la desigualdad, lo que implica que en la actualidad el 10 por ciento más rico de la población del subcontinente concentre el 71 por ciento de la riqueza regional. El propio Banco Mundial ha elaborado informes recientes en los cuales se indica que si esta tendencia continúa, en menos de una década el 1 por ciento más rico de la región tendrá más riqueza que el 99 por ciento restante. Desde que la riqueza derivada del auge de los precios de los commodities desapareciera, allá por el año 2015, los indicadores de pobreza latinoamericanos se han vuelto a incrementar de forma paulatina. Pero más allá de que durante el ciclo progresista no se transformase la matriz de acumulación económica heredada de la era neoliberal anterior, tampoco se superó la matriz cultural colonial pese a grandilocuentes discursos de corte popular nacionalista. Un estudio realizado por Oxfam hace apenas tres años demostró que la carga impositiva para las empresas nacionales latinoamericanas seguía equivaliendo al doble de la carga efectiva soportada por las compañías transnacionales en la región.

En cuarto lugar y más allá de la enorme corrupción destapada en la asignación de contratos para la realización de megaproyectos por los gobiernos latinoamericanos en la última década y media (Club de los Contratistas en Perú, caso Odebrecht en múltiples países, descomposición al interior de Petrobras y PDVSA o sobre-precios de constructoras chinas involucradas en la realización de mega-obras en prácticamente todos los países de la región), la canalización de gran parte de estas infraestructuras estuvo vinculada de una u otra forma a lo que fue la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional (IIRSA) hoy redenominada Cosiplan dentro de la moribunda UNASUR. El desarrollo de las infraestructuras latinoamericanas en este período de insólita expansión se articuló en torno a lógicas vinculadas a la acumulación por desposesión, la nueva fase de acumulación capitalista en la región, en beneficio final del capital global centralizado fundamentalmente en el hemisferio Norte y el Asia emergente. Carreteras, ferrovías, represas, puertos, aeropuertos, hidrovías y líneas de transmisión formaron parte de una amplia cartera de megaproyectos destinados a profundizar el extractivismo a escala interamericana con sus correspondientes impactos sociales y ambientales en los territorios explotados.

Por último, hay que significar que el discurso soberanista quedó supeditado a una mayor dependencia a los mercados globales y la tan aireada refundación de -en términos bolivarianos- la Patria Grande, se enmarcó en una lógica de integración regional que quedó paralizada incluso antes del cambio hacia la nueva hegemonía política conservadora. La última cumbre con cierto dinamismo de la CELAC tuvo lugar en La Habana el 28 y 29 de enero de 2014, las comisiones de trabajo de la UNASUR prácticamente se paralizaron en el transcurrir del año 2015 y el ALBA -especialmente Petrocaribe- dejó de ser útil para los países implicados a partir de la agudización del deterioro económico de Venezuela en el año 2016. Todo ello coincidente con el impacto en las economías latinoamericanas de la caída de los precios de los commodities en los mercados internacionales. 

El posicionamiento de China en América Latina

La República Popular China se ha posicionado como un global player desde comienzos del presente siglo, fruto del proceso de reformas y apertura iniciado en diciembre de 1978 por Deng Xiaoping. En estas cuatro décadas y mediante la estrategia definida como “cruzar el río sintiendo las piedras”, el gigante asiático ha ido liberalizando de manera escalonada su economía sin privatizar masivamente sus empresas estatales. 

A inicios del siglo XXI China impulsó la estrategia “go out” mediante la cual rompió sus barreras tradicionales con respecto a la política económica externa, reafirmando su posicionamiento en el sistema económico internacional y colocando montos crecientes de capitales propios en inversiones en el exterior. Esto implicó un drástico reforzamiento de los vínculos comerciales de China con las economías emergentes y en desarrollo, entre ellas las de América Latina.  

Es así que entidades como China Development Bank y Export-Import Bank of China han financiado iniciativas de infraestructura, energía, transporte y logística en el subcontinente, si bien la mayoría de estos créditos han sido condicionados a la intervención de empresas chinas en su desarrollo y al interés estratégico de nuevo imperio asiático (creación de corrededores para el suministro de petróleo, minerales y soja hacia Asia y la modernización de instalaciones portuarias en la costa latinoamericana del Pacífico). China se ha convertido en un proveedor de capital clave para la región en los últimos años, proceso que tiene su origen con el arranque del ciclo político progresista y justificado políticamente bajo un discurso de ruptura con las instituciones de Bretton Woods. En paralelo, las necesidades de materias primas para el desarrollo industrial chino hizo que desde 2003 las economías de América Latina y Caribe, especialmente las de América de Sur, hayan considerado al gigante asiático como su principal cliente en el ámbito de la exportación de commodities.

Sin embargo y fruto de un proceso de reformas propugnadas por Beijing que tuvo su arranque a partir de 2010 -con la meta de cambiar su modelo productivo y enfocada a que el motor de la economía sea el consumo interno y no las exportaciones-, en los últimos cinco años la demanda por materias primas de China ha disminuido, motivo por el cual los asiáticos pusieron el foco en los proyectos de infraestructura latinoamericanos. Sea por inversión extranjera directa o a través de la entrega de créditos por parte de bancos chinos, la presencia del país asiático en América Latina ha ido cambiando de forma en los últimos años.

Pero si algo distingue a la diplomacia china de la occidental es que siempre han sido hábiles practicantes de la realpolitik y estudiosos de una doctrina estratégica claramente diferencia de la estadounidense. El ideal chino hace hincapié en la sutileza, la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas. Es por algo que frente al ajedrez, un juego de estrategia que surgió en Europa durante el siglo XV como evolución del juego persa shatranj y donde existen 32 piezas móviles en un tablero dividido por 64 casillas que buscan la batalla decisiva para matar el “rey”, los chinos juegan a Wei Qi -conocido en Occidente con el nombre japonés go– donde lo que se mueven son 360 piezas en 361 posiciones bajo una lógica de la batalla prolongada que busca rodear al enemigo.

Conscientes de las ingentes necesidades de recursos por parte del subcontinente, Beijing se ha asegurado de que los cambios políticos de tendencia conservadora desarrollados en los últimos años en la región no afecten a sus flujos comerciales e inversiones en los diferentes países latinoamericanos. Es más, en el segundo foro de ministros de la República Popular China, América Latina y el Caribe que se celebró en enero del 2018 en Chile, el gigante asiático se comprometió a incrementar notablemente su inserción económica en una región ya hegemonizada por gobiernos de perfil conservador.

El presidente Xi Jinping ha realizado en los últimos seis años cuatro giras por América Latina visitando 12 países, más de las realizadas por Barak Obama y Donald Trump durante la última década. Mauricio Macri, uno de los representantes del cambio de ciclo político en la región, ha sido más visitado por Xi Jinping que Nicolás Maduro, presidente de un país suministrador a China de petróleo, coltán y oro que además le debe a los créditos asiáticos el balón de oxígeno financiero gracias al que aún subsiste el gobierno bolivariano.

De esta manera, en el año 2018 el volumen del comercio bilateral entre China y América Latina alcanzó un récord de 307.400 millones de dólares, lo que implica un aumento del 18.9 por ciento respecto al año anterior. En la actualidad China es el principal socio comercial de la región, pese a que la relación entre ambos lados del Pacífico sea notablemente asimétrica: la mayoría de los países de la región mantienen déficits comerciales con China, los escasos superávits existentes se generan gracias a las ventas de productos primarios y las manufacturas chinas han desplazado a las latinoamericanas tanto en sus propios mercados como en terceros mercados. Mientras las exportaciones de América Latina a China se mueven en ratios de un 70 por ciento de bienes primarios y un 25 por ciento de manufacturas basadas en recursos naturales de bajo valor agregado, el subcontinente importa del país más poblado del mundo un 41 por ciento de manufacturas de alta tecnología y un 27 por ciento de manufacturas de tecnología media. 

En los últimos años, además del avance en obras de infraestructuras, la inversión china directa en América Latina se ha expandido también a sectores como los servicios financieros, comercio, adquisición de bienes raíces para alquiler y actividades manufactureras. Otra gran parte de esa inversión reciente se debe a fusiones o compra de empresas latinoamericanas, aunque esto no ha significado ni el aumento de capital productivo ni generación de empleo.

En el ámbito hidroeléctrico, China invertirá aproximadamente en la segunda etapa de un programa de modernización de represas hidroeléctricas Jupiá e Ilha Solterira en Brasil y la compra del 100 por ciento de la empresa hidroeléctrica Atiaia Energía. Ampliando este marco de acción la china Southern Power ha pasado a controlar el 28 por ciento de las acciones de la compañía chilena de electricidad Transelec.

En materias primas destacan dos recientes grandes inversiones regionales: Tianqi Lithium -con sede central en Chengdu, capital de la provincia china de Sichuan- se hizo con el 24 por ciento de la chilena Sociedad Química y Minera (SQM) y Chinalco -rama peruana de la firma de capitales chinos Aluminum Corp of China Ltd- expandirá su mina de cobre Toromocho en Junín.

De igual manera destacan las últimas intervenciones chinas en Panamá, país convertido en su centro de comercio y logística para América del Norte y del Sur, con quienes han firmado en menos de año y medio 47 acuerdos comerciales. En breve el Banco de China tendrá un sede regional en Ciudad de Panamá.

Otro de los ejemplos más recientes de diversificación de inversiones chinas en la región es la adquisición que hizo Didi Chuxing -una especie de Uber chino- de la empresa 99, denominada popularmente como el “Uber brasileño”. El Business Plan de Didi Chuxing en América Latina apunta a su expansión regional, combinándolo con servicios de asesoramiento en inteligencia artificial a gobiernos municipales de varias ciudades latinoamericanas. Al respecto, es destacable indicar que casi todos lo gigantes tecnológicos chinos están entrando en los mercados latinoamericanos: TCL -firma electrónica china- estableció una empresa conjunta con Radio Victoria, el mayor fabricante de productos electrónicos de Argentina; Huiyin Bockchain Venture ha invertido en el servicio argentino de procesamiento de pagos en bitcoins Ripio; y la empresa Mobike, la más grande red de bicicletas compartidas sin estaciones de aparcamiento, ha lanzado recientemente sus servicios en Ciudad de México y Santiago de Chile.

Desde una perspectiva meramente comercial los países latinoamericanos son un gran mercado de consumo donde marcas como Huawei y Xiaomi venden smartphones baratos y de alta calidad en poderosos mercados como Brasil, México, Colombia o Argentina. Sin embargo, los países latinoamericanos que no pueden ofrecer un gran mercado interno también son de interés para las tecnológicas chinas. Sin ir más lejos, las autoridades venezolanas han asignado a primeros de año a ZTE Corporation 70 millones de dólares para el desarrollo de tecnologías aplicables a la creación de un sistema nacional de identificación electrónica de los ciudadanos del país.

En paralelo y desde una perspectiva geopolítica más convencional, Beijing ha conseguido en el marco de su política denominada “Una sola China” que países como Costa Rica (2007), Panamá (2017) y República Dominicana (2018) hayan roto relaciones diplomáticas con Taiwán. En la actualidad los países en los que Taiwán mantiene embajadas en el subcontinente son escasos y carecen de importancia estratégica y económica.

Rusia en América Latina: los enemigos de mis enemigos son mis amigos

El interés de Rusia por América Latina es relativamente reciente. Tras la desaparición de la Unión Soviética (1991) los rusos no habían vuelto a mirar al subcontinente hasta el conflicto armado en Osetia del Sur, cuando la Nicaragua de Daniel Ortega (2008) e inmediatamente después la Venezuela de Hugo Chávez (2009) fueron los dos primeros países del planeta -tras el Kremlin- en reconocer la independencia de Osetia del Sur y Abjasia. Esta fuerte actividad diplomática rusa en la región volvió a repetirse en 2014 tras la crisis en Crimea y la guerra en el Donbáss (este de Ucrania), como respuesta a las correspondientes sanciones impulsadas por Washington y la Unión Europea contra Moscú.

A diferencia de China, el comercio ruso de bienes en el subcontinente es insignificante y apenas representa el 2 por ciento de toda su actividad comercial global. Su principal socio es Brasil, con un comercio bilateral de unos 4 mil millones de dólares, y en segundo lugar Venezuela, a quien compra alrededor de 1.7 mil millones de dólares de petróleo. Resto de las actividades comerciales rusas en la región es marginal y la influencia del Kremlin es prácticamente nula.

Desde una visión clásica de la geopolítica, Vladímir Putin ha buscado en los últimos años aliados estratégicos en una región cercana a Estados Unidos buscando emular las acciones realizadas por Washington en la periferia de la Federación Rusa.

Es así que Moscú le ha prestado a Venezuela unos 16 mil millones de dólares desde 2006 hasta la fecha, siendo estos préstamos reembolsados a través de envío de petróleo. En la actualidad, Venezuela está utilizando al gigante energético ruso Rosneft para evadir las actuales sanciones comerciales de Estados Unidos contra el gobierno de Nicolás Maduro. Bajo una estrategia de triangulación contable la petrolera estatal venezolana PDVSA cobra desde el pasado mes de enero -momento en el que Juan Guaidó fue parcialmente reconocido por la diplomacia internacional como presidente encargado de Venezuela- gran parte de sus facturas de venta de petróleo a través de Rosneft. Este inusual acuerdo de pago es parte de una serie de esquemas estratégicos puestos en marcha por el gobierno de Maduro para tener acceso a efectivo en medio de las sanciones internacional que en la actualidad sufre el país, incluida la venta de reservas de oro por parte de su Banco Central. De esta manera, una parte del flujo económico hacia Venezuela pasa a través del banco ruso-venezolano Evrofinance Mosnarbank, entidad financiera que desde el pasado mes de marzo ha sido colocado también bajo sanciones estadounidenses.

Estados Unidos y América Latina en el marco de la guerra comercial con China

Entre los escasos compromisos electorales de Donald Trump en materia de política exterior destaca su promesa de contener la emergencia de China a nivel global y limitar el libre comercio con Asia y América Latina. Entre ambos evidentemente existe una contradicción, pues los espacios dejados por el repliegue estadounidense a nivel global son rápidamente ocupados por los intereses chinos.

La nueva Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos, presentada en enero del 2018 por James Mattis -general que ejerciera como Secretario de Defensa hasta diciembre del pasado año-, indica que “la competencia estratégica entre los estados, no el terrorismo, es ahora la principal preocupación de seguridad nacional de Estados Unidos”. Lo anterior significa un cambio respecto al enfoque de la seguridad realizado por Washington tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, e identifica a China y Rusia como las nuevas principales amenazas, posicionando a Corea del Norte e Irán en un segundo estadio.

Bajo un plan estratégico definido como “competir, impedir y ganar”, se asevera que “los costos de no implementar esta estrategia están claros, e implicarán una disminución de la influencia global de Estados Unidos, la erosión de la cohesión entre aliados y socios, así como la reducción del acceso a mercados, lo que contribuiría al declive en la prosperidad y el modo de vida estadounidense”.

Aterrizando lo anterior a América Latina, vemos como desde marzo de 2018 -momento en que comenzara el conflicto comercial entre Estados Unidos y China- Donald Trump ha ido anunciado el recorte de la ayuda económica a Centroamérica como respuesta al flujo migratorio, ha retrotraído parcialmente los niveles de apertura del gobierno Obama respecto a Cuba, incrementó el volumen de sus amenazas respecto al cierre de la frontera con México, le espeta a Colombia que “no ha hecho nada” contra el narcotráfico y en la actualidad aplica duras sanciones económicas contra Venezuela.

Pese a que la diplomacia estadounidense ha lanzado una ofensiva en el subcontinente planteando que Washington es mejor socio comercial que China, siguen sin ser capaces de proponer una política especialmente atractiva para los gobiernos latinoamericanos, lo que demuestra la carencia de planes estratégicos enfocados a la región.

Con un enfoque que busca priorizar acuerdos comerciales bilaterales país a país -condición que se ve beneficiada por el actual desmantelamiento de las herramientas de integración regional impulsadas durante el ciclo progresista- y la reducción de su déficit comercial, Estados Unidos busca reposicionarse en la región mediante una variedad creciente de actividades económicas trasladadas al ámbito digital (online), abarcando varias tecnologías de información y comunicaciones (TIC) que tienen un impacto transformador en la manera de hacer negocios, y en la interacción de las personas entre sí y con el gobierno y las empresas. Las exportaciones de Estados Unidos relacionadas con el comercio digital están aumentando, junto con la inversión extranjera directa en esas industrias. Lo anterior indica una dura competencia frente a China por la hegemonía tecnológica en América Latina.

Sin embargo, la nueva derecha latinoamericana en el poder y la que viene camino de hacerlo en los escasos gobiernos progresistas que quedan en la región es tremendamente pragmática, y salvando el caso brasileño, tiene escaso conflicto en articular relaciones con el capital, venga este de donde venga, en aras a implementar sus nuevas políticas neoliberales.

Donde si se atisban cambios estratégicos es en la política de seguridad regional. La nueva agenda, orienta nuevamente por Estados Unidos, tiene dos características esenciales: mayor participación de inteligencia estadounidense en la lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizado, lo que a la postre tendrá su impacto en los mecanismos de control sobre la disidencia política, así como la vuelta a las maniobras militares conjuntas con operativos de apoyo de Estados Unidos, tal y como fue el caso de AmazonLog17 en territorio amazónico brasileño durante el gobierno de Michel Temer.

Esta condición implica, más temprano que tarde, que habrá una colisión entre la hegemonía militar estadounidense y la nueva hegemonía comercial china en la región. Como se canalice su desenlace es lo que está por verse…

Fuente: vientosur.info

Entrevista a Gilbert Achcar: La larga primavera árabe

Por Ashley Smith

Después de años de contrarrevolución y represión sangrienta, el mes pasado Oriente Medio comenzó a ver algún rayo de esperanza. En Argelia y Sudán se han producido manifestaciones masivas que suponen un desafío para los regímenes autocráticos de los presidentes Abdelasis Buteflika y Omar al Bashir, respectivamente. En los dos casos han tenido éxito en este sentido: ambos líderes han sido relevados, poniendo fin a décadas de control del poder. No obstante, las manifestaciones no han cesado, porque al igual que en Egipto después de la revolución de 2011, la estructura de poder fundamental que respaldaba a estos líderes se mantiene intacta. Lo mismo sucede con las condiciones materiales que subyacen a las revueltas: salarios de miseria, paro masivo, inseguridad y ausencia de perspectivas de futuro para la juventud, fenómenos inherentes al modelo de ajuste estructural impuesto por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

De este modo, las fuerzas populares se hallan en Argelia y Sudán en una posición precaria: el espectro de la contrarrevolución lanzada contra los protagonistas de la primavera árabe está al acecho. Ahora bien, los manifestantes de ahora han aprendido de las luchas recientes en la región y pueden sacar provecho de esta visión retrospectiva. Para hablar de los peligros y las esperanzas que suscitan estos hechos, la colaboradora habitual de Jacobin, Ashley Smith, ha entrevistado a Gilbert Achcar, autor de numerosos análisis y comentarios sobre la primavera árabe y la política de Oriente Medio.

Pregunta: Las revueltas de Sudán y Argelia han despertado nuevas esperanzas en Oriente Medio y el norte de África tras un largo periodo de contrarrevolución. ¿Qué está ocurriendo en estos dos países?

Respuesta: En Sudán y Argelia estamos siendo testigos de dos oleadas de movilización de masas que equivalen en magnitud a las revueltas que se produjeron en 2011. Aquello se convino en llamar la primavera árabe. Por esta razón, en los grandes medios de comunicación se habla mucho de si nos hallamos en medio de una nueva primavera árabe. En realidad, las revueltas en estos dos países son el producto de lo que he venido calificando de proceso revolucionario prolongado, que comenzó en 2011 en toda la región arabófona. La causa principal del mismo es el bloqueo social y económico creado por la combinación del neoliberalismo patrocinado por el FMI y los podridos sistemas políticos autoritarios que lo imponen en todo Oriente Medio y el norte de África. Este bloqueo genera problemas sociales sistemáticos, de los que el más importante es el desempleo juvenil.

El bloqueo causa muchos otros agravios profundos entre las poblaciones de la región, que siguen dando origen a nuevas revueltas. En Sudán, la gota que colmó el vaso fue el aumento del precio del pan después de que el Estado cortara los subsidios a instancias del FMI. En Argelia, la causa inmediata fue de carácter político; el régimen argelino intentó imponer un quinto mandato de Buteflika a pesar del hecho de que este está paralizado de medio cuerpo debido a un ictus que sufrió hace seis años. Esto chocó con las aspiraciones democráticas de la gente.

Así, de nuevo son los agravios económicos y políticos los que impulsan una nueva oleada de revueltas populares, tal como sucedió en Túnez, Egipto, Libia, Yemen, Bahréin y Siria en 2011. Esto confirma que fue un error pensar que esas revueltas eran fruto de una primavera que, al igual que la estación, duraría pocos meses y llegaría a su fin con meros cambios constitucionales o acabaría en fracaso. En realidad, todavía nos hallamos en medio de un proceso revolucionario prolongado que tiene sus raíces en la profunda crisis estructural de la región. Esto significa que no habrá ningún tipo de estabilización de la región arabófona a menos que se produzca un cambio radical de las condiciones sociales, económicas y políticas que han dado lugar a este bloqueo del desarrollo. Hasta que esto ocurra, la crisis seguirá su curso y veremos más explosiones de lucha y más ofensivas contrarrevolucionarias.

Si contemplamos el periodo posterior a la primera ola de revueltas de 2011 a 2013, hemos tenido seis años dominados por la contrarrevolución. Esta última adoptó diversas formas, pero supuso bien la consolidación de los antiguos regímenes, bien la degeneración en guerras civiles y caos. Las monarquías del Golfo sofocaron la revuelta de Bahréin desde primera hora. El régimen sirio ha triunfado de momento con su brutal campaña contrarrevolucionaria, apoyado por Irán y Rusia. El antiguo régimen recuperó el poder en Egipto con ganas. Y han estallado sendas guerras civiles en Libia y Yemen entre fuerzas igualmente reaccionarias y con la intervención criminal del reino de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Al mismo tiempo, siguen haciendo erupción diversos volcanes sociales en toda la región, puesto que los antiguos regímenes son incapaces de ofrecer una solución a las injusticias que sufre la población. Así, ha habido importantes movilizaciones sociales, a lo largo de los últimos años, en Túnez, donde se había iniciado todo el proceso de revueltas en diciembre de 2010, y después varios levantamientos sociales desde Marruecos hasta Iraq, pasando por Sudán y Jordania y, más allá de los países árabes, en Irán. Esto no tiene nada de extraño. Como han demostrado todos los procesos revolucionarios prolongados en la historia, habrá una dialéctica entre revolución y contrarrevolución mientras no se resuelvan los grandes problemas políticos y económicos. A falta de solución, corremos el riesgo de sufrir más caos y tragedias.

Pregunta: ¿Qué lecciones han aprendido los activistas que impulsan las nuevas revueltas de Sudán y Argelia de la anterior oleada de luchas?

Respuesta: Hay dos lecciones principales que han aprendido las fuerzas políticas de las experiencias del pasado. Una se refleja en su insistencia en el carácter no violento del movimiento. Tienen mucho cuidado de evitar cualquier acto que pudiera brindar al Estado la oportunidad de hacer uso de todo el abanico de medios represivos contra ellas. La primera ola de revueltas, en realidad, también insistió en lo mismo. En todas se escuchó el grito de “silmiyya, silmiyya”, que significa pacíficamente, pacíficamente, incluso en Siria. Todas intentaron recurrir exclusivamente a medios no violentos. La violencia comenzó en todas partes, sin excepción, por iniciativa de los propios regímenes. Por supuesto, enfrentado a una escalada cualitativa de la violencia estatal, el movimiento de masas no tiene más que dos opciones: una es abandonar la lucha, y la otra, defenderse.

Las guerras civiles atrajeron diversas modalidades de intervención extranjera. En Libia, la intervención de EE UU y sus aliados favoreció a los insurgentes, en un intento de apadrinar su lucha. A raíz de ello, ahora es el único Estado árabe que se ha colapsado a causa de la victoria de los insurgentes. No en vano el conjunto de la maquinaria estatal estaba vinculada orgánicamente a Muamar Gadafi y su camarilla.

Por otro lado, en Siria, la intervención extranjera, sobre todo por parte de Irán, sus intermediarios y Rusia, acudió en apoyo del régimen. Ha permitido sobrevivir al régimen de Bachar el Assad, cometer terribles masacres y destruir zonas enteras del país. La escala de atrocidades ha sido mucho peor en Siria que en ningún otro país, de momento, e incluso Yemen ocupa el segundo lugar en cuanto a magnitud de la tragedia. Allí, la intervención extranjera corre a cargo del reino saudí y los EAU al lado de uno de los bandos contrarrevolucionarios, frente a la alianza de otras dos fuerzas contrarrevolucionarias.

A la luz de estas tragedias, los nuevos movimientos de masas se han vuelto muy conscientes del riesgo de violencia y de una guerra civil apoyada desde el extranjero, y lo tienen muy en cuenta. En cierto modo, lo más sorprendente es que argelinos y sudaneses iniciaran su revuelta después de haber visto los trágicos resultados habidos en otros países. Todos los regímenes de la región han utilizado esos resultados como un potente argumento contrarrevolucionario nuevo para disuadir a sus respectivos pueblos de todo intento de rebelión. El régimen argelino advirtió explícitamente al movimiento de masas de que corría el riesgo de repetir la experiencia siria. Sin embargo, esto no ha bastado para convencer a la gente de no salir a la calle y luchar por sus aspiraciones y reivindicaciones.

La segunda lección que han aprendido los activistas sudaneses y argelinos es la de que el mando militar no es un aliado. Lo han aprendido de la experiencia en Egipto, cuyo tipo de Estado es el que más se parece al de ellos. Estos Estados tienen en común el hecho de que los militares controlan el poder político. Las fuerzas armadas no son simplemente la columna dorsal represiva del régimen, cosa que es común a todos los Estados, sino el centro de gravedad del poder político.

Los sudaneses y argelinos habían observado cómo el ejército egipcio destituyó al presidente Hosni Mubarak en 2011 a raíz del levantamiento popular, solo para restaurar el antiguo orden a la primera oportunidad. Así, cuando los militares depusieron a Buteflika en Argelia y a Bashir en Sudán, el movimiento popular sabía que eso no era suficiente. Comprendió que la destitución del presidente y sus camarillas no suponía más que eliminar la punta del iceberg, y que el grueso de este –lo que la gente llama Estado profundo–, formado especialmente por el complejo militar y de seguridad, se mantiene intacto y que mientras el poder siga en sus manos, el régimen no estará acabado.

Incluso cuando el ejército cedió el control de la jefatura del Estado durante un año en Egipto, se dedicó activamente a preparar su retorno. Y a la primera oportunidad que se les brindó, lanzaron un golpe de Estado contra el presidente electo de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, y recuperaron el pleno poder político con la coronación de Abdelfatah el Sisi. El régimen es tan autoritario ahora que hace que los egipcios añoren al anterior dictador, Mubarak.

Así, los movimientos en Sudán y Argelia han aprendido la lección de que hay que acabar con el Estado profundo. Podemos ver la diferencia entre la reacción de la revuelta egipcia a la destitución de Mubarak por los militares y la respuesta de sudaneses y argelinos a las mismas medidas con respecto a sus propios dictadores. El Egipto, la gente pensó que había triunfado y dejó de acudir a las plazas después de las celebraciones, pero en Argelia y Sudán ha dicho que no es suficiente y continúa manifestándose. Quiere acabar con todo el régimen, no solo deshacerse de algunos pocos que lo encabezan. Acabar con el régimen implica devolver el poder político a la sociedad civil por medios democráticos, que incluyen elecciones y derechos. La plena renuncia al poder por parte de los militares: esto es lo que reclama con insistencia el movimiento popular en ambos países.

Pregunta: Libia parece contrastar profundamente con los signos esperanzadores que vemos en Argelia y Sudán. Allí asistimos a una batalla encarnizada entre distintas facciones por reconstruir el poder del Estado. ¿Cómo valoras lo que está sucediendo allí?

Respuesta :Libia vivió, inmediatamente después de la caída de Gadafi, tras décadas de gobierno totalitario, un periodo de florecimiento democrático con el surgimiento de numerosos grupos políticos y oenegés, el desarrollo de la prensa y la convocatoria de elecciones, que fueron las primeras elecciones libres en el país y una de las más libres que ha conocido la región, con una notable tasa de participación. Las ganó una alianza liberal laica, que derrotó a los fundamentalistas islámicos. Entonces comenzó la contrarrevolución, al rebelarse los fundamentalistas contra el gobierno electo.

En pleno caos resultante, un antiguo jefe militar, Jalifa Haftar, lanzó una iniciativa contrarrevolucionaria para tomar el poder, respaldado por Egipto y los EAU. Sus tropas chocaron con las fuerzas fundamentalistas. En Libia ocurrió exactamente lo mismo que en Egipto, Siria y otros países en que hubo revueltas en 2011: se produjo una dinámica triangular, con un polo revolucionario enfrentado a dos rivales contrarrevolucionarios, el antiguo régimen y sus adversarios fundamentalistas islámicos. En todas partes, los progresistas quedaron marginados y la situación se embarrancó en el choque entre los dos polos contrarrevolucionarios.

Pregunta: Esta dinámica triangular que describes no parece encajar en la situación de Sudán. ¿Por qué es diferente?

Respuesta: En Sudán, el régimen de Bashir reunía en sí a ambos polos contrarrevolucionarios. Gobernó por medio del ejército, al igual que las dictaduras de Egipto o Argelia, pero al mismo tiempo lo hizo en estrecha colaboración con los fundamentalistas islámicos. Estos también formaban parte del régimen. Por eso me he referido a Bashir como una combinación de Morsi y Sisi, llamándole Morsisi.

El hecho de que los fundamentalistas islámicos formaran parte del régimen impidió que desempeñaran papel alguno en la revuelta; de hecho, la gente se rebeló en contra de ellos. Por tanto, no estaban en condiciones de apropiarse de la revuelta, tal como hicieron en Egipto, Túnez, Libia, Yemen y Siria. Esta diferencia es muy importante y ha condicionado la propia revuelta, que ha tenido que enfrentarse a los dos polos de la contrarrevolución juntos.

Esto ha ayudado a que la protesta sudanesa sea la más progresista de todas las revueltas que hemos visto hasta ahora en la región. Es la más avanzada desde el punto de vista organizativo y político. La coalición de grupos que la dirigen se denomina Fuerzas de la Declaración de Libertad y Cambio (FDLC) e incluye asociaciones profesionales y obreras que antes actuaban en la clandestinidad y partidos políticos, desde el Partido Comunista en la izquierda hasta otros musulmanes liberales, movimientos armados que combaten la opresión étnica y grupos feministas.

Estas fuerzas progresistas han definido la política de la revuelta. En particular, las organizaciones de mujeres y feministas, que han desempeñado un papel protagonista, han batallado para que las demandas feministas se incluyeran en el programa de las FDLC. Este estipula ahora, por ejemplo, que el nuevo consejo legislativo deba estar formado por un 40 % de mujeres.

Sin embargo, no debemos subestimar los retos a que se enfrentan las FDLC. La coalición está enfrascada en un tira y afloja con el ejército, que desea mantener el poder en sus manos y no conceder más que funciones subordinadas a los civiles. En cambio, las FDLC exigen que el poder soberano resida plenamente en una mayoría civil y que las fuerzas armadas se limiten a desempeñar un papel de defensa apolítico, como debería ser normal en cualquier Estado civil. De este modo, los revolucionarios sudaneses se enfrentan a los militares, que cuentan con el respaldo de todas las fuerzas regionales e internacionales de la contrarrevolución. Catar, Arabia Saudí, los EAU, Rusia y EE UU apoyan todos a los militares en este tira y afloja. Añadamos a esto a los fundamentalistas islámicos, que naturalmente apoyan al ejército.

En esta situación, la baza principal del movimiento reside en su capacidad de ganarse la simpatía de la tropa y de algunos de los suboficiales de las fuerzas armadas. Esto ha disuadido hasta ahora al ejército de sofocar la revolución a sangre y fuego. Bashir quería que el ejército aplastase la revuelta, pero sus generales se negaron, no porque sean demócratas o humanistas, desde luego, sino porque no confiaban en que la tropa seguiría sus órdenes. El mando militar sabía que una parte de los soldados y suboficiales simpatizaban con la revuelta hasta el punto de utilizar incluso sus armas para defender a los manifestantes de los ataques de matones del régimen y de la policía política. La simpatía de la tropa con el movimiento popular fue el factor determinante para que los militares se deshicieran de Bashir. Ahora, lo más importante para el movimiento es consolidar su base de apoyo en el seno de la tropa y de los suboficiales de las fuerzas armadas. El éxito o fracaso de este esfuerzo será decisivo para el devenir de la revolución.

Pregunta: ¿Por qué las fuerzas progresistas sudanesas han conseguido esta baza tan importante, a diferencia del resto de la región?

Respuesta: Las FDLC no son muy diferentes, en cuanto a su composición política, de las fuerzas progresistas de cualquier lugar de la región. Sin embargo, en esos otros lugares las fuerzas progresistas se han desacreditado al colocarse del lado de uno de los dos polos contrarrevolucionarios. Allí donde los fundamentalistas islámicos estaban en la oposición, lograron subirse al tren de la revuelta y secuestrar el movimiento gracias a su enorme superioridad de medios de que disponían en cuanto a organización, fondos y recursos mediáticos. Tenemos el ejemplo de Egipto. Allí, los Hermanos Musulmanes se pusieron a la cabeza de la revuelta popular. Propagaron ilusiones sobre el ejército en 2011. Cuando cayó Mubarak y en el periodo inmediatamente posterior, los Hermanos trabajaban mano a mano con el ejército. Esto fue de gran ayuda para el ejército a la hora de desactivar el movimiento popular.

Dado que los dos polos contrarrevolucionarios estaban unidos en Sudán, se abrió una brecha por la que pudieron irrumpir las fuerzas progresistas por sí solas. Este no es exactamente el caso en Argelia, donde las fuerzas fundamentalistas no desempeñan ningún papel visible, pero conservan una poderosa red y por tanto todavía pueden ejercer una función contrarrevolucionaria si se da la ocasión. Además, a diferencia de Sudán, en Argelia no existe un liderazgo visible de la revuelta, lo que hace que el movimiento sea tan vulnerable a la manipulación política.

Pregunta: Durante todo este proceso revolucionario, diversas potencias imperiales y regionales han intervenido de alguna manera en las revueltas, especialmente a raíz del declive relativo de EE UU debido a su derrota en Iraq, que brindó a los demás Estados un margen más amplio para defender sus propios intereses. Ahora, Donald Trump parece intentar reafirmar el poder de EE UU respaldando a aliados como Israel y Arabia Saudí y desplegando buques de guerra y bombarderos alrededor del golfo Pérsico frente a Irán. ¿Qué pretende Trump?

Respuesta: Bueno, como ocurre con todo lo que hace Trump, su política es bastante cruda, en el sentido de primitiva. El término crudo me parece especialmente adecuado en este caso, porque toda su estrategia, si es que puede llamarse así, viene determinada por el petróleo crudo. Así, se retira de Siria porque no le interesa apoyar a las guerrillas izquierdistas kurdas y porque el país apenas tiene petróleo, pero no preconiza la retirada de las tropas estadounidenses de Iraq. De hecho, cuando Trump visitó la base militar de EE UU en este país, se declaró decidido a permanecer allí. La excusa era la supuesta necesidad de vigilar a Irán, pero esto no es más que un pretexto, ya que EE UU cuenta con un montón de bases en toda la región del Golfo y con una tecnología muy sofisticada para no perder de vista a Irán.

Sin embargo, con su típico estilo nada diplomático, Trump admitió el motivo real por el que desea tener tropas en Iraq: el crudo. Declaró, efectivamente, que el petróleo era el precio que EE UU debería haber cobrado como recompensa por la invasión y la ocupación del país. Sin pelos en la lengua, dijo que “deberíamos haber tomado el petróleo de Iraq”. Así que es extremadamente crudo en este doble sentido. Por eso respalda al reino saudí y a los demás Estados clientes de Washington entre las monarquías petroleras del Golfo. Los trata como si fueran galgos y ellos lo aceptan. Ni siquiera se atreven a protestar cuando Trump los insulta abiertamente, como hizo recientemente en Wisconsin. Son meros vasallos de EE UU, que dependen del manto protector de su señor.

El mismo criterio del petróleo subyace al súbito cambio de bando de Trump en Libia. Ha revertido la que era la política estadounidense, consistente en apoyar al gobierno de Trípoli, respaldado por Naciones Unidas, declarándose de golpe y porrazo partidario de Haftar. ¿Por qué? Porque Haftar controla ahora los pozos petroleros libios. Esta es la lógica de lo que hace Trump: un imperialismo muy crudo, basado en el interés económico por encima de todo y sin ninguna clase de pretensión ideológica en términos de democracia o derechos humanos. En este sentido, y tal como declara abiertamente, envidia realmente a los gobernantes autoritarios.

Asimismo, su agresividad frente a Irán no solo se explica por el deseo de complacer a su compinche de extrema derecha, Benjamin Netanyahu, ni por alguna pretensión democrática, por supuesto, del mismo modo que su agresividad frente a Venezuela. El interés de Trump por estos dos países no puede separarse del hecho de que ambos disponen de importantes reservas de petróleo. Al margen de lo que uno piense sobre los regímenes de ambos países, hacer frente a las amenazas y gesticulaciones del gobierno de Trump es crucial, especialmente en el caso de Irán, donde el riesgo de guerra es bastante elevado.

Pregunta: Esto está claro, pero ¿qué debería hacer la izquierda internacional con respecto a Sudán?

Respuesta: Lo más urgente es la solidaridad con la revuelta, que hoy por hoy está peligrosamente aislada. Se enfrenta a un bando contrarrevolucionario unido y respaldado por todas las potencias imperiales y regionales. En esta situación, la solidaridad internacional es sumamente importante. Todo gesto de solidaridad significativo reforzará al movimiento sudanés y le infundirá ánimos. En EE UU, la clave está en denunciar el apoyo de Trump al ejército sudanés, junto con sus compinches de las monarquías petroleras. Sería importante lograr que los Demócratas, aunque solo sea por motivos electorales, cuestionaran esta política. Esto es urgente porque podría ser de gran ayuda a las FDLC en su tira y afloja con el ejército en el proceso de transición democrática del país.

El Departamento de Estado de EE UU propugna ahora un periodo de transición breve, mientras que los revolucionarios sudaneses reclaman un periodo más largo, durante el cual se establecieran instituciones civiles transitorias antes de convocar elecciones en el país. Necesitan tiempo para desarrollar sus partidos después de décadas de sufrir una intensa represión. Saben por la experiencia de Egipto y Túnez que cuanto antes se celebran elecciones, tanto más probable es que las ganen quienes cuentan con la mejor organización, mayores recursos y el respaldo internacional. En estos dos países fueron los fundamentalistas islámicos, y en Sudán es probable que sean fuerzas políticas surgidas del antiguo régimen, incluidos los Hermanos Musulmanes y los Salafistas. Cuentan con medios materiales muy superiores a los de las FDLC.

Así, es muy importante que las fuerzas políticas de izquierda en EE UU apoyen conjuntamente la revuelta sudanesa y respalden las demandas de su dirección. Esto es esencial para reconstruir una tradición de solidaridad de la izquierda internacionalista con el movimiento global de los pueblos explotados y oprimidos.

18/05/2019

https://jacobinmag.com/2019/05/Sudán-Argelia-uprising-bouteflika-al-bashir

Traducción: vientosur.info

 

El chavismo y la izquierda monárquica

Por Jeudiel Martínez

…resulta difícil creer que haya algo público en un gobierno en el que todo es de uno.

La Boetie

 

EL SECRETO DEL RÉGIMEN MONÁRQUICO

El chavismo comenzó en 1998 como una coalición cívico militar que aprovechó la crisis política para tomar el poder por la vía electoral: giraba en torno a una facción de militares retirados liderados de forma caudillista por Hugo Chávez líder del golpe del año 2002 contra el corrupto gobierno de Carlos Andrés Perez.

Desde 2005 se convirtió –con la pequeña gran ayuda de la “oposición”[1]– en un proyecto totalitario, de partido único, parecido al peronismo o los gobiernos cívico-militares del norte de África (Egipto, Argelia, Libia) y se emprendió un proceso continuo de des democratización  y Desrepublicanización que, en la práctica, convirtió al estado venezolano en un monopolio de la parcialidad chavista. A diferencia del crudo y anacrónico golpe de la oposición en 2002 el del chavismo fue una ocupación sistemática del estado: las elecciones se degradaron en plebiscitos, la constitución en un repertorio de consignas vacías,  la poca división de poderes desapareció y toda organización popular o ciudadana fue desmovilizada o cooptada ya por el chavismo ya por la oposición antichavista: las consignas y derechos eran decididas y programadas desde el palacio de gobierno.

El signo mayor de esa captura del estado por el chavismo fue la transformación de las fuerzas armadas venezolanas en “Chavistas y socialistas” es decir, que perdieran su carácter de servicio público y se convirtieran en extensiones de la personalidad del jefe de estado, leales a su persona y no a la república. Esto se expresó en una suerte de culto supersticioso a la personalidad de  Hugo Chávez, en una suerte de religiosidad cívico-militar que daba risa a los ajenos pero fascinaba a los propios.

Sin límites externos o internos las facciones que componen al chavismo y este en su conjunto  iniciaron un proceso de apropiación de riqueza pública y privada mediante políticas de nacionalizaciones y controles: nacionalizada o tomada una institución, la facción al mando procedía a controlarla, a extraer sus recursos sistemáticamente y solo respondía, por subordinación, al gobierno central y al caudillo. Divisiones de poderes, controles democráticos todos habían cesado.

En su forma paradigmática esto ocurrió en el sector eléctrico, las cárceles  (privatizadas al crimen organizado), la industria petrolera,  las empresas nacionalizadas, Cadivi, el órgano que gestionaba el monopolio estatal del dólar,  y la misma Tesorería Nacional que fue entregada a los guardaespaldas y enfermeras de Hugo Chávez. Estas  instituciones se convirtieron en medios para esquemas de extracción de recursos del estado y de la sociedad y, de facto, privatizadas.

Desde 2013, fallado ese proyecto, el chavismo se convirtió en una gestión de ese mismo fracaso aunque la coalición se convirtió en una red de intereses mucho más fragmentaria. En estas tres fases, pero sobre todo en las dos últimas, el discurso y las prácticas de izquierda han sido esenciales.

En el primer periodo se habló de «democracia participativa» porque, al ser una facción militar que venía de dar un golpe de estado, tenía que ofrecer de sobra lo que se temía que nos iba a quitar y que de hecho nos quitó. Pero luego, desde 2002 pero especialmente desde 2005, la conexión con el estado cubano y todo el discurso izquierdista se hizo esencial: sólo el discurso y las prácticas organizativas de la izquierda ofrecían, a principios de este siglo, el marco en que podía ser expresado y legitimado una toma totalitaria del poder en América Latina: para el chavismo la izquierda fue un silabario y una enorme caja de herramientas.

Entonces el problema de si el chavismo es izquierda verdadera o falsa es completamente secundario: solo la izquierda le daba los medios para organizarse y expresarse tal como solo el wahabismo se los dio al estado islámico y el aislacionismo o el nativismo americanos a Trump: si Chávez se hizo de izquierda es porque nada le convenía y nada le expresaba tanto y tan bien como las ideas del partido único y toda una larga tradición de militarismo “comandantista” centrada en el culto y la obediencia a los jefes militares.

En efecto, la ideas de  que existe gente con consciencia y gente inconsciente, masas que obedecen  y vanguardias que mandan, la obsesión con la centralización y las jerarquías eran ya propicias para un proyecto autoritario sin contar todas las décadas en que, en el seno del castrismo y el peronismo, el militarismo y el caudillismo tradicionales de américa latina entraron en aleaciones de distinto tipo con el leninismo y el estalinismo un proyecto practica y conceptualmente monárquico cuyo principio era la unidad de los poderes y el poder de uno solo.

¿PARTICIPATIVO, NO-OFICIAL, POPULAR, COMUNAL, BRAVÍO, CRITICO?… ¿O SOLO CLASE-MEDIA?

De todas estas influencias y en las condiciones venezolanas, donde el estado monopoliza la renta petrolera que es casi la única fuente de riqueza, se dio la tormenta perfecta para que surgiera un proyecto prácticamente metafísico de búsqueda de la “Unidad, Unidad, Unidad” que obsesionaba a Hugo Chávez quien exportó el esquema militar de la subordinación y la lealtad a toda la esfera pública: atravesando lo público y lo privado, el barrio pobre y la ciudad el chavismo no solo se hizo un enorme mecanismo de control sino que empezó a ser materializado en un enorme monolito que no era otra cosa sino la extensión del cuerpo y la personalidad de Hugo Chávez. Un poco como esos robots gigantes o naves espaciales que obsesionan la cultura popular japonesa el chavismo se convirtió en un enorme aparato pilotado por el caudillo, una extensión de su personalidad.  Y la materia prima para fabricar ese monolito viviente era no solo el estado sino todo el país que fue descompuesto para componerlo.

El proyecto fracasó, ya en vida del caudillo, y por eso, al contrario de lo que creen los liberales y la Alt Right venezolana el chavismo  no “planificó” esta crisis sino que la causó al descomponer el país y, desde 2013 se ha dedicado a administrarla sin intención alguna de superarla.

Sin embargo hay un chavismo que se considera representante o heredero de las expresiones menos autoritarias o más contraculturales y “criticas” de la izquierda. Estos sectores han tratado de legitimar una distinción binaria dentro del chavismo: lo habría oficialista y no oficial, burocrático y popular, conformista y crítico, habría una conexión del chavismo con las gestas nacional populares y las corrientes heterodoxas de la izquierda…

Por eso, desde  hace muchos años los elementos del chavismo que se consideran “críticos” rechazan la caracterización del chavismo como un proyecto totalitario y monárquico   señalando que “subestima al pueblo chavista” y su capacidad de actuar. En realidad este argumento, que viene los funcionarios, contratistas y rentistas profesionales del estado que constituyen la clase media del chavismo, es extremadamente cínico pues, justamente, lo que le quita a ese pueblo la capacidad de actuar es la misma identidad chavista, un medio de control, que impone un conjunto de deudas, lealtades, subordinaciones y obligaciones incompatibles con una vida democrática.

Y los chavistas críticos, bravíos y “no oficiales” lo demuestran al evitar oponerse al gobierno.

Pero lo que tenemos que preguntarnos es cuales eran los temas de discusión del chavismo “critico” entre 2007 y 2012 ¿hablaban de las cárceles privatizadas a mafias, de la corrupción masiva, los apagones, la caída de la producción industrial, la violencia, el tráfico de oro en el sur del país,  la burocracia y el autoritarismo?. Hay una sola línea de verdadera “critica” de los críticos al culto a la personalidad y el caudillismo a consignas reaccionarias y grotescas como “Chávez somos todos” o “Chávez es el pueblo”?.¿O más bien estaban pendientes de que decían los políticos de oposición, de hacer imágenes pintorescas de las “comunas”, de que tarea había puesto Chávez o de si alguien lo quería matar?

Tenemos que preguntarnos como puede haber un chavismo no oficial en estructuras como el PSUV y los Consejos Comunales que son organizadas desde arriba, que solo sirven para cumplir órdenes, que no tienen espacios de deliberación o disenso y que no tienen poder o autoridad alguna. O si es relevante si el chavismo es “popular” o no cuando es parte de los grupos parapoliciales o las estructuras clientelares.

En realidad la imagen costumbrista de las viejitas cultivando yucas o criando gallinas (porque los de clase media creen que todos los pobres son un poco campesinos) fue siempre tan funcional al régimen monárquico como lo fue la idea de que existía un “chavismo crítico”: la comuna y lo popular se convirtieron en la distracción y la excusa para el hecho de que los militares se hubieran hecho chavistas, miles de millones de dólares se fugaran, los datos más simples de la administración pública se volvieran secreto de estado y el gobierno se convirtiera en una instancia suprema e inapelable tal como los temibles “pranes” los señores de la vida y la muerte en las cárceles y las minas venezolanas.

INCAPACES DE LUCHAR

Así,  la invocación del pueblo emplazado en la comuna ha servido desde hace años para trampear distrayendo de los graves problemas de Venezuela: hablar de las “comunas” pero no del crecimiento de un crimen organizado con poderes feudales en varias partes del país,  sobre la comuna pero no sobre el saqueo de la riqueza pública y privada, el culto a la personalidad y el autoritarismo.

Pero en la práctica los consejos comunales no son más que asambleas vecinales sin poder o autoridad alguna. Diseñados desde el palacio de gobierno, organizados por el estado y subordinados a él no pueden más que recibir órdenes y a cambio de hacer  solicitudes de recursos  sin tener poder alguno sobre las alcaldías, los ministerios o las gobernaciones. La poca autonomía que tenían en el periodo de Chávez la perdieron en el de Maduro

Pero lo que hace casi criminal la mentira mil veces repetida de la existencia de unas “comunas” que construyen un mundo nuevo o de un chavismo no oficial o popular es que los miembros de los consejos comunales, especialmente mujeres,  regalan miles de horas de trabajo gratuito: sea resolviendo cuestiones administrativas, asistiendo a movilizaciones políticas, haciendo trabajo similar al que hacen trabajadores sociales en otros países y en los últimos años como trabajadores  impagos del sistema Clap, la red estatal para repartir alimentos.

Y no hay ni un solo reclamo contra eso ni el toda la literatura del chavismo critico ni de las feministas chavistas, únicas del mundo que le deben todo a un hombre.

Los chavistas de clase media, cobran por respirar, por ser amigos de un directivo y en general, solo por ser chavistas tienen sus razones para guardar silencio.

En realidad la población que no es chavista ni es parte de las estructuras y organizaciones chavistas puede protestar, cerrar calles, presionar, reclamar y en general, luchar aún en las terribles condiciones de la Venezuela actual con todos los riesgos que eso conlleva. Es libre de mandar al gobierno al carajo cuando le exige jurar lealtad a cambio de una caja con comida.

Más para los chavistas esto es imposible pues, en una larga tradición de pensamiento autoritario, no concibe la política más que identidad entre el gobernante y el gobernado, es decir, como poner a uno de los nuestros en el poder para que haga lo que nosotros haríamos si pudiéramos hacer algo o nos deje “participar” en el gobierno en la misma manera en que el público participa en los talk shows.

Los chavistas no protestan, no cierran calles, no hacen marchas, no hacen huelgas, no presionan, no denuncian, no boicotean, y en general, no tienen autonomía alguna para hacer nada pues todo el repertorio de formas de lucha democrática les está vedado pues, por supuesto, tienen que ser leales al estado y no les queda otra más que “interpelarlo”. Los que lo han tratado han terminado, sin excepciones, como disidentes o en la oposición. A veces en la cárcel.

Por eso el cierre anticlimático, trágicamente cómico de la “marcha campesina” Chavista del año pasado fue que los manifestantes gritaran, patéticamente: “Maduro, escucha, esta es también tu lucha” ejerciendo en la práctica esa “interpelación” de la que habla la burocracia chavista y no es más que ruego, petición y  búsqueda sumisa de identidad entre los que siempre están mandando y los que no les queda otra que obedecer,  no porque sea su destino sino porque han escogido ser chavistas y no pueden dejar de serlo.

En la práctica el chavismo nunca ha dejado de cerrar el camino al modo democrático que no es ni identidad, representación o participación sino aquel en que todos ejercen poder sobre todos  y el todo no está más allá de las partes que la constituyen,  personificado en un hombre o  u oficina que le asigna a cada cual la parte que le corresponde.

Tal modo, que está más allá de la paz y la guerra,  se basa en la desunión y la división de elementos que, en medio de lucha y tensión continuas, encuentran la manera de coordinarse sin unificarse y de enfrentarse sin aniquilarse. Se basa no en la unidad, sino en la división y no en la lealtad –o la enemistad- sino en la rivalidad y la amistad y con ellas, en la  libertad de buscar la alianza y la coalición más conveniente en el seno de una cosa pública que nunca está cerrada sobre sí misma y no tiene fines propios.

Imperfecta, tendencial, siempre oscilando entre la chusma y los tiranos, no es un ideal o una ilusión sino un problema no una forma sino un contenido cuya expresión es la republica, es decir, un comunidad política cuyo principio ordenador es la división y la cooperación.

El chavismo, por el contrario, supone una Unidad que no puede ser rota, personificada en un ser que decide sobre el todo, al que todos se subordinan y quien asigna las partes. Al que se le debe lealtad aun cuando no nos sea conveniente en el seno de un estado que ya no tiene nada de público porque “todo es de uno” o de unos pocos incluidas las comunas, los “batallones” y todas las organizaciones de la base chavista  que no saben lo que es elegir la directivas de su partido o sus candidatos presidenciales: en tanto que chavistas todo es decidido por ellos y se habla en nombre de ellos.

Mal podrían, desde allí, ejercer poder alguno sobre los alcaldes, gobernadores, ministros o militares. Como las niñas de antes la “comuna” es más bonita cuando está calladita o cuando hace los mandados.

Pero así como la contrapartida de la obediencia de las comunidades populares al estado eran los consejos comunales y comunas, esa parcelita del mundo donde se podía jugar a la autodeterminación cuando no se estaba cumpliendo órdenes, más arriba en la cadena alimentaria  la contrapartida de la unidad metafísica, monolítica, monárquica que se quiso imponer al país durante Hugo Chávez fuese la corrupción y en particular la fragmentación de la república  en feudos y dominios donde los esquemas de negocios de las facciones convertían la cosa pública en cosa privada y luego en capital circulante depositado en cuentas de Andorra y  Suiza o transmutado  en haciendas en  España.

Fue ese comercio entre venalidad y sumisión y esa indiferencia a todo lo que no fuera confeccionar el monolito lo que permitió que se hiciera tal saqueo de la riqueza pública y que se asistiera con tal indiferencia a la degradación de la vida común.

Y así como estos chavismos “críticos”, “bravíos”, “no oficiales” y “populares” ignoraron u ocultaron la apropiación y el saqueo e hicieron interminables excusas y legitimaciones para la degradación queda claro para el que quiera verlo que están más allá de toda redención, privados de toda virtud y, como todas las otras expresiones del chavismo –y de la corrupta oposición antichavista- funcionales a la necrocracia y ocupadas en su propia preservación.

Monárquica casi siempre y autoritaria en la mayoría de los casos a la izquierda latinoamericana, envilecida hace mucho por el culto abyecto a comandantes, presidentes, secretarios generales y otros monarcas, mal le sale cuestionar al chavismo pues  termina o solicitando su reforma o maldiciendo los malos usos para bendecir las funciones.

No extrañe Arantxa, Teruggi y todos sus embajadores vengan de cuando en cuando a Venezuela para poder asegurar que acá no pasa nada y todos viven felices, tanto como los chavistas profesionales  que comen y beben con ellos dentro de una burbuja donde no llega el colapso y la crisis.

Desechar a esa izquierda, junto al chavismo incluido el “critico”, no es hacerle el juego a la derecha, ni botar al niño y al agua a la vez,  es sacar ese niño de los miasmas que, desde hace décadas, le están ahogando. Es darles la espalda a los cómplices de uno de los más grandes crímenes de la historia de este continente y a los abogados de rebeliones que se hacen no para ser libres más sino para mejor obedecer.

 

[1] Del golpe de Abril a la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005 pasando por el paro petrolero el antichavismo no hizo nada más que destruir todo aquello que podía oponerse al poder total del chavismo.

Ajedrez vs Go en el tablero de la Geopolítica Mundial

Por Decio Machado / Universidad Nómada Sur

El ajedrez, tal y como lo conocemos, surgió en Europa durante el siglo XV, como evolución de un juego persa llamado shatranj traído por los árabes al viejo continente, el cual, a su vez, se deriva del juego indú chaturanga, cuya primera referencia literaria está en el texto épico-religioso del siglo III antes de la era cristiana conocido como el Majábharata (200.000 versos en idioma sánscrito que narra hechos posiblemente sucedidos en la India durante aquella época).

Resumir el ajedrez en pocas líneas implicar indicar que 16 piezas de distinto poder estratégico se enfrentan a otras 16 de igual orden -divididas por el color blanco y negro- en un tablero cuadriculado de 8×8 que constituye las 64 posibles posiciones que pueden ir siendo adquiridas por dichas piezas en el transcurso del juego. El objetivo es derrocar al rey del oponente, el equivalente a hacer caer el gobierno o régimen político del adversario, mediante una combinación de dominio del centro del tablero -que es donde en un primer momento se centra el combate-, protección del rey, la estructura de peones o el dominio de columnas y diagonales, intentado con todo ello debilitar el campo del contrario y proceder con posibles ataques por ambos flancos al rival. Como diría Jorge Luís Borges: “Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina, torre directa y peón ladino sobre lo negro y blanco del camino buscan y libran su batalla armada. No saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor diamantino sujeta su albedrío y su jornada…”

Sin embargo, los chinos juegan desde hace unos 2.500 años al juego del go, el cual ya aparecía en textos antiquísimos como el Lún Yǔ -conocido en Occidente como las Analectas– y que son la versión escrita de una serie de charlas que Confucio impartió a sus discípulos con sus correspondientes discusiones. Algunas leyendas sitúan el origen del go en el Emperador Yao (2337-2258 a.C.), quien solicitó a su consejero Shun que diseñase un juego que enseñara disciplina, concentración y equilibrio a su hijo Dazhu, que se supone era desjuiciado. Otras teorías sugieren que el juego fue inventado por generales y mandos del ejército chino, quienes usaban piedras para señalar posiciones de ataque en mapas rústicamente diseñados.

El objetivo del juego, cuya traducción aproximada es juego de rodear, consiste en controlar una cantidad de territorio mayor a la del oponente rodeándolo con piedras (fichas todas de igual valor en su peso estratégico). Divididas también entre colores blanco y negro para dos jugadores, donde los tableros llegan a ser de 19×19, situándose las piedras (181 negras y 180 blancas) en las intersecciones entre líneas del tablero de juego. La estrategia general del go es expandir el territorio controlado por cada jugador cada vez que sea posible, atacando así los puntos débiles del oponente y capturando sus piezas mediante el cerco o la emboscada. 

Entender las lógicas de conflicto entre Estados Unidos y China en la geopolítica actual implica entender las diferencias filosóficas de los dos juegos de estrategia afianzados culturalmente en el Occidente y Oriente del planeta.

Mientras que el ajedrez es fundamentalmente un juego de guerra, en el cual se comanda un ejército contra el del oponente, el go es un juego de control territorial. En el ajedrez es el jugador de piezas blancas quien mueve primero, considerándose esta posición como una ventaja pequeña pero significativa. En el go son las negras quien hace el primer movimiento, manifestándose de manera bastante elocuente dicha ventaja, pues al jugador blanco se le compensa con una cierta cantidad de puntos -habitualmente 6,5 puntos- por el hecho de ser el segundo en jugar. 

De igual manera, en el ajedrez los jugadores principiantes deben aplicarse en el estudio de la táctica, ya que un gran porcentaje de las partidas son decididas con base en errores de carácter táctico. En el go, pese a que los jugadores principiantes también deben estudiar problemas tácticos, el equilibrio está sesgado notablemente a favor de temas estratégicos. Es decir, los jugadores deben sopesar constantemente los asuntos tácticos de área contra los asuntos estratégicos más amplios que afectan la totalidad del tablero.

Pues bien, explicadas las diferencias entre un juego y otro, cabe indicar que las sanciones  aplicables al gigante tecnológico chino Huawei a partir del próximo mes de agosto, anunciadas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, las cuales implicarían que Google restrinja el acceso de esta compañía a su software -Android- equivalen a un movimiento de torre en ajedrez que con ayuda de su rey busca dar jaque mate al rey enemigo en un tablero vacío. 

En el trasfondo de esa cuestión está el liderazgo de la tecnología 5G, quinta generación de tecnologías de telefonía móvil, que es la sucesora de la tecnología 4G que en la actualidad aun andamos todos utilizando. La velocidad a la que permite navegar el 5G en dispositivos móviles es de 400 megabytes por segundo, lo cual permitirá que en 2020 unos 20.000 millones de objetos/máquinas estén conectados entre sí. Viviendas 100% conectadas, un mayor uso de dispositivos como wearables y tabletas, así como autos conectados, son tan solo algunos objetos que podremos ver de forma cotidiana en muy breve espacio de tiempo. Lo anterior implicará un alto desarrollo de la tecnología del Internet de las Cosas, lo que beneficiará ampliamente al sector empresarial productivo a través del uso de aplicaciones desde donde se podrá automatizar, controlar y conectar máquinas, dispositivos e interruptores por medio de internet (sensores de movimiento, de PH, de temperatura, presión y humedad para la agroindustria; detectores de humo, GPS, conteo de personas y tráfico para el sector de infraestructura; telemedicina, monitoreo de la calidad de agua, aire, tráfico y edificios y ciudades inteligentes en el sector gubernamental). También el sector financiero se verá notablemente beneficiado mediante nuevas técnicas para el monitoreo y control de cajeros automáticos, detáfonos, sistemas de alarma y apertura automática de puertas y bóvedas. De igual manera, en el sector marítimo mediante el Internet Satelital se avanzará en tecnología de rastreo, estado de carga y de productos de alto valor. 

Alegóricamente, este movimiento de torre más rey de la Administración Trump contra Huawei y posiblemente en breve también contra la compañía china Hikvision, mayor proveedor mundial de soluciones de seguridad y productos de videovigilancia -cuya capitalización bursátil ronda los 35.000 millones de dólares ahora con caídas en Bolsa- supondrá un impacto táctico sobre el objetivo de Beijing de lograr en 2025 los avances claves que le permitan en 2030 dominar el mercado tecnológico mundial, pero difícilmente operaciones proteccionistas de estas características le permitirá a Estados Unidos ganar su guerra por mantener la hegemonía global.

La mayoría de las grandes compañías tecnológicas estadounidenses hoy tienen ya en frente a su correspondiente rival chino. En e-comerce Amazon tiene su réplica en Alibaba; en smartphone Apple se las ve con Huawei; en motores de búsqueda por Internet Google tiene su espejo en Baidu, y así podríamos seguir… Las sanciones que puedan derivar de la táctica estadounidense para golpear a las nuevas tecnológicas orientales no va a hacer retroceder a Beijing de su programa “Made in China 2025”, planificado plan maestro chino con altos montos de inversión que tiene como objetivo que el gigante asiático sea el líder mundial de las nuevas tecnologías en la próxima década. Si nos remontamos al reciente origen de todo esto habría que retrotraerse al año 2005, cuando Lenovo adquirió los computadores IBM posicionándose como el referente oriental en el campo del hardware y dejando atrás a HP, Dell e incluso Apple. Sin duda, y a diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, la fusión de planificados intereses entre Estado y empresas de perfil global en China hace que la potencia emergente disfrute de ventajas estratégicas frente a los movimientos tácticos estadounidenses. Todo parecería indicar que más allá de la independencia tecnológica china, estas empresa terminarán vendiendo masivamente su tecnología al resto del mundo en detrimento de quienes todavía hoy lideran este mercado.

Al igual que las empresas tecnológicas de Estados Unidos han creado puertas traseras en sus smartphone para el espionaje de cualquier tipo, la extensión de la venta de celulares -Huawei o Xiomi entre otros- le permitirán a Beijing hacer a la larga lo mismo.

Ahora bien, más allá de la competencia estrictamente en el ámbito del liderazgo tecnológico en la cual Beijing le lleva dos años de adelanto -lo cual no es poco- a Washington respecto a la tecnología 5G, la República Popular China es ya un fuerte comprador de activos en territorios -mediante sus enormes reservas fruto de su excedente económico- que para Estados Unidos son fundamentales por ser fuentes de recursos estratégicos.

En este sentido, cabe reseñar que China no tiene la capacidad de convertirse en una potencia  energética dado que no cubre sus necesidades de demanda interna, mientras que mediante la producción de hidrocarburos no convencionales -fracturación hidráulica o fracking- Estados Unidos se ha convertido en un exportador tanto de petróleo como de gas natural. La falta de capacidad petrolera interna llevó a China a consumir cada vez más carbón de producción nacional e internacional, lo que ha implicado fuertes problemas ambientales al interior del país y pone en riesgo las metas fijadas en el Acuerdo de París dado que actualmente es el mayor emisor de gases de efecto invernadero a nivel planetario (entre 1990 y 2015, China pasó de 1,05 billones de toneladas de consuno anual de carbono a 3,97 billones y sus empresas están implicas en la construcción, financiamiento o son propietarias de aproximadamente el 16% de todas las plantas de carbón del planeta destinadas a generar energía). Conscientes, más por motivos económicos que por sensibilidad ambiental, de que están obligados a evolucionar hacia las energías renovables, los asiáticos se han convertido en un referente mundial del desarrollo de la industria de vehículos eléctricos. Se estima que este año China tendrá una cuota de entre el 4% y el 5% de parking automovilístico en formato eléctrico, lo que sin duda afectará al mercado global.

De igual manera, desde el nacimiento del patrón dólar -el cual se inicia con los acuerdos de Bretton Woods a partir de 1944- Estados Unidos goza de una ventaja exclusiva sobre el resto de las economías del mundo que le hace ser el proveedor mundial de liquidez a base de la demanda de su divisa. Esto ha permitido que los déficits por cuenta corriente no le hayan supuesto ningún problema a Washington para su estabilidad económica y que sus emisiones de deuda sean comparativamente a un menor interés, es decir, tiene acceso a una financiación más barata en referencia a aquello que el entonces ministro de finanzas francés, Valéry Giscard D´Estaing, definiera como “privilegio exorbitante”. Para que nos entendamos, en la práctica Estados Unidos hoy puede emitir billetes dólar para adquirir bienes valorados por cualquier determinado importe a otro país -87% de todas las transacciones de divisas se hacen en esa moneda-, mientras el resto del mundo tiene que producir bienes por ese mismo valor.

Esto facilita la capacidad del Departamento del Tesoro estadounidense para refinanciar los vencimientos de deuda sin mayor problema, ya que los inversores acuden sistemáticamente a este activo seguro. Es así que Washington puede refinanciar su deuda de manera sistemática sin riesgo alguno y adquirir deuda perpetua -dilema de Triffin- y con títulos que gozan de una amplia liquidez. Sin ir más lejos, según el FMI la composición monetaria de las reservas internacionales está dominada en un 62,70% del total por dicha moneda. Esto le ha permitido a los estadounidenses tener un nivel de vida estimativamente 20% superior a lo que tendrían de no darse estas condiciones. Sin embargo, actualmente Alemania, Francia, China y Rusia promueven activamente la sustitución del dólar por una canasta de monedas del FMI -los llamados Derechos Especiales de Giro- como moneda de reserva mundial. De igual manera, algunos bancos centrales de América Latina y principalmente Asia han optado por diversificarse fuera del dólar y aumentar sus compras en otros activos como, por ejemplo, bonos del gobierno del Japón.

Pero abarcando la lógica de conflicto entre estas dos grandes potencias desde otra perspectiva, cabe indicar que existen diversas formas metodológicas de medir el PIB de un país. Si utilizamos la metodología y los datos del FMI, veremos que Estados Unidos tiene 20 billones de dólares de PIB mientras China tiene 13 billones. Pese a que la diferencia entre ambos países aún es importante, Estados Unidos crece a tasas del 2% al 3% mientras que China crece a más del doble de este indicador. De seguir así, en la próxima década Estados Unidos perdería su hegemonía desde el punto de vista del PIB nominal. Pero si utilizamos la metodología del PIB (PPA) -valores de paridad de poder adquisitivo- China hoy ya es la primera potencia mundial con 25 billones de dólares sobre los 20,5 billones de los Estados Unidos.

El objetivo de la guerra comercial lanzada por Donald Trump contra China no es otro que intentar evitar que el país asiático siga avanzando al ritmo al que va en el marco de la hegemonía mundial frente un Estados Unidos en franco deterioro. Esta lógica se mueve bajo la siguiente estrategia: ralentizar la expansión comercial china esperando que su pirámide poblacional -los chinos envejecen más rápidamente de lo que se enriquecen- termine generando un enorme desequilibrio que explote en forma crisis económica y estabilidad social en territorio asiático. De hecho, la misma Academia de Ciencias Sociales de China alertó a principios de este año que si no se toman medidas urgentes en elevar la tasa media de fertilidad de 1,6 hijos por mujer, la disminución poblacional será imparable desde el 2027. El brusco descenso de la natalidad -la población china comenzó a reducirse en el 2015- lleva aparejado el rápido envejecimiento de la sociedad, lo que tendrá un fuerte impacto sobre un sistema de Seguridad Social que de momento amortigua la presión por la reducción de la población activa y el enorme gasto que esto supone para las arcas estatales en materia de salud y cuidados a largo plazo de los mayores.

Por último, el mega proyecto intercontinental denominado The Belt and Road Initiative (BRI) o Nueva Ruta de la Seda, un plan de transporte e infraestructura auxiliar titánico que pretende transformar la economía mundial tanto por tierra como por mar y que comunicará Asia con Europa, África y América Latina, involucrará a 65 países y el 70% de la población mundial. 

Desde el punto de vista económico, para China los beneficios son evidentes: ampliar vías hacia el oeste, desarrollar nuevos mercados para sus productos en áreas hoy empobrecidas, estimular sus sectores industriales en momentos en que su economía está en una etapa de ralentización y facilitar que otros países adopten sus estándares tecnológicos (entre ellos su tecnología 5G). 

¿Pero alguien piensa que esto es solo una iniciativa económica? Con esta dimensionalmente hablando brutal iniciativa, China termina de cerrar su estrategia de juego go mediante lo que técnicamente se denomina “carrera de captura” –semeai en japones-, mediante la cual terminará de convertir a Estados Unidos en “piedras muertas” -aquellas que quedan rodeadas por el adversario en el tablero go– desarrollando un cambio de visión respecto a China en todos los países en los que se hagan mega inversiones, dominando también así la nueva diplomacia internacional.

Resumidas así las cosas y aunque la partida aún esta en juego, todo parece indicar que la próxima década apunta a un claro ganador en la lucha por la dominación mundial. Uno por cierto, culturalmente muy lejano a las lógicas del sistema semi-democrático liberal hegemónico en Occidente y con poca sensibilidad hacia los derechos humanos y el medio ambiente.