El chavismo y la izquierda monárquica

Por Jeudiel Martínez

…resulta difícil creer que haya algo público en un gobierno en el que todo es de uno.

La Boetie

 

EL SECRETO DEL RÉGIMEN MONÁRQUICO

El chavismo comenzó en 1998 como una coalición cívico militar que aprovechó la crisis política para tomar el poder por la vía electoral: giraba en torno a una facción de militares retirados liderados de forma caudillista por Hugo Chávez líder del golpe del año 2002 contra el corrupto gobierno de Carlos Andrés Perez.

Desde 2005 se convirtió –con la pequeña gran ayuda de la “oposición”[1]– en un proyecto totalitario, de partido único, parecido al peronismo o los gobiernos cívico-militares del norte de África (Egipto, Argelia, Libia) y se emprendió un proceso continuo de des democratización  y Desrepublicanización que, en la práctica, convirtió al estado venezolano en un monopolio de la parcialidad chavista. A diferencia del crudo y anacrónico golpe de la oposición en 2002 el del chavismo fue una ocupación sistemática del estado: las elecciones se degradaron en plebiscitos, la constitución en un repertorio de consignas vacías,  la poca división de poderes desapareció y toda organización popular o ciudadana fue desmovilizada o cooptada ya por el chavismo ya por la oposición antichavista: las consignas y derechos eran decididas y programadas desde el palacio de gobierno.

El signo mayor de esa captura del estado por el chavismo fue la transformación de las fuerzas armadas venezolanas en “Chavistas y socialistas” es decir, que perdieran su carácter de servicio público y se convirtieran en extensiones de la personalidad del jefe de estado, leales a su persona y no a la república. Esto se expresó en una suerte de culto supersticioso a la personalidad de  Hugo Chávez, en una suerte de religiosidad cívico-militar que daba risa a los ajenos pero fascinaba a los propios.

Sin límites externos o internos las facciones que componen al chavismo y este en su conjunto  iniciaron un proceso de apropiación de riqueza pública y privada mediante políticas de nacionalizaciones y controles: nacionalizada o tomada una institución, la facción al mando procedía a controlarla, a extraer sus recursos sistemáticamente y solo respondía, por subordinación, al gobierno central y al caudillo. Divisiones de poderes, controles democráticos todos habían cesado.

En su forma paradigmática esto ocurrió en el sector eléctrico, las cárceles  (privatizadas al crimen organizado), la industria petrolera,  las empresas nacionalizadas, Cadivi, el órgano que gestionaba el monopolio estatal del dólar,  y la misma Tesorería Nacional que fue entregada a los guardaespaldas y enfermeras de Hugo Chávez. Estas  instituciones se convirtieron en medios para esquemas de extracción de recursos del estado y de la sociedad y, de facto, privatizadas.

Desde 2013, fallado ese proyecto, el chavismo se convirtió en una gestión de ese mismo fracaso aunque la coalición se convirtió en una red de intereses mucho más fragmentaria. En estas tres fases, pero sobre todo en las dos últimas, el discurso y las prácticas de izquierda han sido esenciales.

En el primer periodo se habló de «democracia participativa» porque, al ser una facción militar que venía de dar un golpe de estado, tenía que ofrecer de sobra lo que se temía que nos iba a quitar y que de hecho nos quitó. Pero luego, desde 2002 pero especialmente desde 2005, la conexión con el estado cubano y todo el discurso izquierdista se hizo esencial: sólo el discurso y las prácticas organizativas de la izquierda ofrecían, a principios de este siglo, el marco en que podía ser expresado y legitimado una toma totalitaria del poder en América Latina: para el chavismo la izquierda fue un silabario y una enorme caja de herramientas.

Entonces el problema de si el chavismo es izquierda verdadera o falsa es completamente secundario: solo la izquierda le daba los medios para organizarse y expresarse tal como solo el wahabismo se los dio al estado islámico y el aislacionismo o el nativismo americanos a Trump: si Chávez se hizo de izquierda es porque nada le convenía y nada le expresaba tanto y tan bien como las ideas del partido único y toda una larga tradición de militarismo “comandantista” centrada en el culto y la obediencia a los jefes militares.

En efecto, la ideas de  que existe gente con consciencia y gente inconsciente, masas que obedecen  y vanguardias que mandan, la obsesión con la centralización y las jerarquías eran ya propicias para un proyecto autoritario sin contar todas las décadas en que, en el seno del castrismo y el peronismo, el militarismo y el caudillismo tradicionales de américa latina entraron en aleaciones de distinto tipo con el leninismo y el estalinismo un proyecto practica y conceptualmente monárquico cuyo principio era la unidad de los poderes y el poder de uno solo.

¿PARTICIPATIVO, NO-OFICIAL, POPULAR, COMUNAL, BRAVÍO, CRITICO?… ¿O SOLO CLASE-MEDIA?

De todas estas influencias y en las condiciones venezolanas, donde el estado monopoliza la renta petrolera que es casi la única fuente de riqueza, se dio la tormenta perfecta para que surgiera un proyecto prácticamente metafísico de búsqueda de la “Unidad, Unidad, Unidad” que obsesionaba a Hugo Chávez quien exportó el esquema militar de la subordinación y la lealtad a toda la esfera pública: atravesando lo público y lo privado, el barrio pobre y la ciudad el chavismo no solo se hizo un enorme mecanismo de control sino que empezó a ser materializado en un enorme monolito que no era otra cosa sino la extensión del cuerpo y la personalidad de Hugo Chávez. Un poco como esos robots gigantes o naves espaciales que obsesionan la cultura popular japonesa el chavismo se convirtió en un enorme aparato pilotado por el caudillo, una extensión de su personalidad.  Y la materia prima para fabricar ese monolito viviente era no solo el estado sino todo el país que fue descompuesto para componerlo.

El proyecto fracasó, ya en vida del caudillo, y por eso, al contrario de lo que creen los liberales y la Alt Right venezolana el chavismo  no “planificó” esta crisis sino que la causó al descomponer el país y, desde 2013 se ha dedicado a administrarla sin intención alguna de superarla.

Sin embargo hay un chavismo que se considera representante o heredero de las expresiones menos autoritarias o más contraculturales y “criticas” de la izquierda. Estos sectores han tratado de legitimar una distinción binaria dentro del chavismo: lo habría oficialista y no oficial, burocrático y popular, conformista y crítico, habría una conexión del chavismo con las gestas nacional populares y las corrientes heterodoxas de la izquierda…

Por eso, desde  hace muchos años los elementos del chavismo que se consideran “críticos” rechazan la caracterización del chavismo como un proyecto totalitario y monárquico   señalando que “subestima al pueblo chavista” y su capacidad de actuar. En realidad este argumento, que viene los funcionarios, contratistas y rentistas profesionales del estado que constituyen la clase media del chavismo, es extremadamente cínico pues, justamente, lo que le quita a ese pueblo la capacidad de actuar es la misma identidad chavista, un medio de control, que impone un conjunto de deudas, lealtades, subordinaciones y obligaciones incompatibles con una vida democrática.

Y los chavistas críticos, bravíos y “no oficiales” lo demuestran al evitar oponerse al gobierno.

Pero lo que tenemos que preguntarnos es cuales eran los temas de discusión del chavismo “critico” entre 2007 y 2012 ¿hablaban de las cárceles privatizadas a mafias, de la corrupción masiva, los apagones, la caída de la producción industrial, la violencia, el tráfico de oro en el sur del país,  la burocracia y el autoritarismo?. Hay una sola línea de verdadera “critica” de los críticos al culto a la personalidad y el caudillismo a consignas reaccionarias y grotescas como “Chávez somos todos” o “Chávez es el pueblo”?.¿O más bien estaban pendientes de que decían los políticos de oposición, de hacer imágenes pintorescas de las “comunas”, de que tarea había puesto Chávez o de si alguien lo quería matar?

Tenemos que preguntarnos como puede haber un chavismo no oficial en estructuras como el PSUV y los Consejos Comunales que son organizadas desde arriba, que solo sirven para cumplir órdenes, que no tienen espacios de deliberación o disenso y que no tienen poder o autoridad alguna. O si es relevante si el chavismo es “popular” o no cuando es parte de los grupos parapoliciales o las estructuras clientelares.

En realidad la imagen costumbrista de las viejitas cultivando yucas o criando gallinas (porque los de clase media creen que todos los pobres son un poco campesinos) fue siempre tan funcional al régimen monárquico como lo fue la idea de que existía un “chavismo crítico”: la comuna y lo popular se convirtieron en la distracción y la excusa para el hecho de que los militares se hubieran hecho chavistas, miles de millones de dólares se fugaran, los datos más simples de la administración pública se volvieran secreto de estado y el gobierno se convirtiera en una instancia suprema e inapelable tal como los temibles “pranes” los señores de la vida y la muerte en las cárceles y las minas venezolanas.

INCAPACES DE LUCHAR

Así,  la invocación del pueblo emplazado en la comuna ha servido desde hace años para trampear distrayendo de los graves problemas de Venezuela: hablar de las “comunas” pero no del crecimiento de un crimen organizado con poderes feudales en varias partes del país,  sobre la comuna pero no sobre el saqueo de la riqueza pública y privada, el culto a la personalidad y el autoritarismo.

Pero en la práctica los consejos comunales no son más que asambleas vecinales sin poder o autoridad alguna. Diseñados desde el palacio de gobierno, organizados por el estado y subordinados a él no pueden más que recibir órdenes y a cambio de hacer  solicitudes de recursos  sin tener poder alguno sobre las alcaldías, los ministerios o las gobernaciones. La poca autonomía que tenían en el periodo de Chávez la perdieron en el de Maduro

Pero lo que hace casi criminal la mentira mil veces repetida de la existencia de unas “comunas” que construyen un mundo nuevo o de un chavismo no oficial o popular es que los miembros de los consejos comunales, especialmente mujeres,  regalan miles de horas de trabajo gratuito: sea resolviendo cuestiones administrativas, asistiendo a movilizaciones políticas, haciendo trabajo similar al que hacen trabajadores sociales en otros países y en los últimos años como trabajadores  impagos del sistema Clap, la red estatal para repartir alimentos.

Y no hay ni un solo reclamo contra eso ni el toda la literatura del chavismo critico ni de las feministas chavistas, únicas del mundo que le deben todo a un hombre.

Los chavistas de clase media, cobran por respirar, por ser amigos de un directivo y en general, solo por ser chavistas tienen sus razones para guardar silencio.

En realidad la población que no es chavista ni es parte de las estructuras y organizaciones chavistas puede protestar, cerrar calles, presionar, reclamar y en general, luchar aún en las terribles condiciones de la Venezuela actual con todos los riesgos que eso conlleva. Es libre de mandar al gobierno al carajo cuando le exige jurar lealtad a cambio de una caja con comida.

Más para los chavistas esto es imposible pues, en una larga tradición de pensamiento autoritario, no concibe la política más que identidad entre el gobernante y el gobernado, es decir, como poner a uno de los nuestros en el poder para que haga lo que nosotros haríamos si pudiéramos hacer algo o nos deje “participar” en el gobierno en la misma manera en que el público participa en los talk shows.

Los chavistas no protestan, no cierran calles, no hacen marchas, no hacen huelgas, no presionan, no denuncian, no boicotean, y en general, no tienen autonomía alguna para hacer nada pues todo el repertorio de formas de lucha democrática les está vedado pues, por supuesto, tienen que ser leales al estado y no les queda otra más que “interpelarlo”. Los que lo han tratado han terminado, sin excepciones, como disidentes o en la oposición. A veces en la cárcel.

Por eso el cierre anticlimático, trágicamente cómico de la “marcha campesina” Chavista del año pasado fue que los manifestantes gritaran, patéticamente: “Maduro, escucha, esta es también tu lucha” ejerciendo en la práctica esa “interpelación” de la que habla la burocracia chavista y no es más que ruego, petición y  búsqueda sumisa de identidad entre los que siempre están mandando y los que no les queda otra que obedecer,  no porque sea su destino sino porque han escogido ser chavistas y no pueden dejar de serlo.

En la práctica el chavismo nunca ha dejado de cerrar el camino al modo democrático que no es ni identidad, representación o participación sino aquel en que todos ejercen poder sobre todos  y el todo no está más allá de las partes que la constituyen,  personificado en un hombre o  u oficina que le asigna a cada cual la parte que le corresponde.

Tal modo, que está más allá de la paz y la guerra,  se basa en la desunión y la división de elementos que, en medio de lucha y tensión continuas, encuentran la manera de coordinarse sin unificarse y de enfrentarse sin aniquilarse. Se basa no en la unidad, sino en la división y no en la lealtad –o la enemistad- sino en la rivalidad y la amistad y con ellas, en la  libertad de buscar la alianza y la coalición más conveniente en el seno de una cosa pública que nunca está cerrada sobre sí misma y no tiene fines propios.

Imperfecta, tendencial, siempre oscilando entre la chusma y los tiranos, no es un ideal o una ilusión sino un problema no una forma sino un contenido cuya expresión es la republica, es decir, un comunidad política cuyo principio ordenador es la división y la cooperación.

El chavismo, por el contrario, supone una Unidad que no puede ser rota, personificada en un ser que decide sobre el todo, al que todos se subordinan y quien asigna las partes. Al que se le debe lealtad aun cuando no nos sea conveniente en el seno de un estado que ya no tiene nada de público porque “todo es de uno” o de unos pocos incluidas las comunas, los “batallones” y todas las organizaciones de la base chavista  que no saben lo que es elegir la directivas de su partido o sus candidatos presidenciales: en tanto que chavistas todo es decidido por ellos y se habla en nombre de ellos.

Mal podrían, desde allí, ejercer poder alguno sobre los alcaldes, gobernadores, ministros o militares. Como las niñas de antes la “comuna” es más bonita cuando está calladita o cuando hace los mandados.

Pero así como la contrapartida de la obediencia de las comunidades populares al estado eran los consejos comunales y comunas, esa parcelita del mundo donde se podía jugar a la autodeterminación cuando no se estaba cumpliendo órdenes, más arriba en la cadena alimentaria  la contrapartida de la unidad metafísica, monolítica, monárquica que se quiso imponer al país durante Hugo Chávez fuese la corrupción y en particular la fragmentación de la república  en feudos y dominios donde los esquemas de negocios de las facciones convertían la cosa pública en cosa privada y luego en capital circulante depositado en cuentas de Andorra y  Suiza o transmutado  en haciendas en  España.

Fue ese comercio entre venalidad y sumisión y esa indiferencia a todo lo que no fuera confeccionar el monolito lo que permitió que se hiciera tal saqueo de la riqueza pública y que se asistiera con tal indiferencia a la degradación de la vida común.

Y así como estos chavismos “críticos”, “bravíos”, “no oficiales” y “populares” ignoraron u ocultaron la apropiación y el saqueo e hicieron interminables excusas y legitimaciones para la degradación queda claro para el que quiera verlo que están más allá de toda redención, privados de toda virtud y, como todas las otras expresiones del chavismo –y de la corrupta oposición antichavista- funcionales a la necrocracia y ocupadas en su propia preservación.

Monárquica casi siempre y autoritaria en la mayoría de los casos a la izquierda latinoamericana, envilecida hace mucho por el culto abyecto a comandantes, presidentes, secretarios generales y otros monarcas, mal le sale cuestionar al chavismo pues  termina o solicitando su reforma o maldiciendo los malos usos para bendecir las funciones.

No extrañe Arantxa, Teruggi y todos sus embajadores vengan de cuando en cuando a Venezuela para poder asegurar que acá no pasa nada y todos viven felices, tanto como los chavistas profesionales  que comen y beben con ellos dentro de una burbuja donde no llega el colapso y la crisis.

Desechar a esa izquierda, junto al chavismo incluido el “critico”, no es hacerle el juego a la derecha, ni botar al niño y al agua a la vez,  es sacar ese niño de los miasmas que, desde hace décadas, le están ahogando. Es darles la espalda a los cómplices de uno de los más grandes crímenes de la historia de este continente y a los abogados de rebeliones que se hacen no para ser libres más sino para mejor obedecer.

 

[1] Del golpe de Abril a la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005 pasando por el paro petrolero el antichavismo no hizo nada más que destruir todo aquello que podía oponerse al poder total del chavismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *