Por Michel Foucault


Por Michel Foucault

Por Koldo Unceta
Llevamos tiempo discutiendo sobre la degradación paulatina del lenguaje. Mucho se ha dicho sobre como la cultura digital dominante ha ido generando un léxico crecientemente empobrecido frente a aquel, mucho más matizado, que imperaba en la cultura anterior basada en medios impresos. Sin embargo, parece que, en algunos aspectos, el empobrecimiento y la confusión en el uso del lenguaje son independientes del medio de expresión. Así, durante los meses transcurridos desde que empezó la pandemia, se ha venido produciendo una notable degradación o trivialización en la utilización de algunos términos, como «economía», cuyo uso ha derivado en expresiones, vacías y/o carentes por completo de significado.
En efecto, venimos asistiendo -en mi caso con estupor- al uso de expresiones que reducen y limitan constantemente el ámbito de lo económico, que en los últimos tiempos han llegado a cristalizar en términos como «abrir» o «cerrar» la economía para referir la apertura o cierre temporal de algunos negocios.
Como es sabido, la economía no es otra cosa que la administración o la gestión de los bienes y servicios que precisa la existencia social a lo largo del tiempo para hacer posible la reproducción de la vida humana. En la medida en que hablamos de administrar, de organizar -lo cual se puede hacer de diferentes maneras-, hablamos de un ámbito de debate, de análisis, o de una ciencia social –la economía- que se ocupa de estudiar esas diferentes maneras de administrar los bienes y servicios disponibles, tratando de identificar aquellas que son más eficientes.
De acuerdo a todo ello, es importante tener en cuenta dos aspectos clave a la hora de pensar en términos económicos, o de delimitar el ámbito de lo económico. El primero de ellos tiene que ver con el hecho de que el mundo económico no se reduce a la esfera de lo mercantil. El mercado es una parte de la economía – sin duda muy importante-, pero la economía no se reduce al mercado, pues hay un sinfín de actividades económicas que no se canalizan a través del mismo.
Como ya señalara Polanyi hace casi 80 años, en esa magnífica obra que fue La gran transformación (1), los seres humanos han venido relacionándose e integrándose socialmente mediante tres formas principales que, a lo largo de la historia, han servido para vertebrar y organizar la sociedad de cara a lograr su sustento y su reproducción mediante algún tipo de interacción institucionalizada: la reciprocidad (colaboración mutua, trabajo comunitario, economía familiar, etc.); la redistribución (basada en el reconocimiento de un tercero -el estado u otro tipo de institución- con capacidad de centralizar y repartir con arreglo a algún patrón redistributivo sustentado en la costumbre o en la Ley); y el intercambio a través del mercado (que ha adoptado muy diferentes formas a lo largo de la historia en unos y otros tipos de sociedades, y que supone la posibilidad de una relación entre puntos dispersos o fortuitos del sistema, a partir de un sistema basado en los precios).
Todas estas formas de integración social, de vertebrar u organizar la sociedad mediante una interacción institucionalizada, no se plantean de manera aislada, sino que han coexistido en el seno de casi todas las sociedades. Ciertamente, en la actual economía de mercado, esta última institución –al revés de lo ocurrido en otros contextos históricos y culturales– es claramente hegemónica, y condiciona el funciona- miento social en su conjunto. Pese a ello, y aunque en franca desigualdad, hoy persisten muchas formas de relación no mercantiles cuyo funcionamiento sigue siendo fundamental para la reproducción social. En con- secuencia, es completamente absurdo decir que se cierra o se abre la economía cuando las autoridades deciden limitar el funcionamiento de negocios, comercios o empresas, pues la economía es mucho más que el mercado.
En cualquier caso, el paulatino reduccionismo en el uso del lenguaje económico no es algo nuevo. Se trata de un asunto que viene de lejos y que, de algún modo, tiene relación con un segundo tema que, aunque se encuentra bastante relacionado con el ya apuntado del mercado, merece la pena ser señalado específicamente. Me refiero a la necesidad de contemplar no solo la dimensión productiva de la economía, sino también sus aspectos relacionados con la reproducción. Economía productiva y economía reproductiva son, en efecto, dos universos inseparables e interrelacionados, aunque las corrientes económicas dominantes prescindan de ello, reduciendo todas sus consideraciones y prescripciones al ámbito de la producción. De ese modo, queda sistemáticamente fuera del análisis una gran parte de la economía relacionada con los cuidados y otros aspectos relativos a la reproducción social.
Una de los elementos que, a lo largo de las últimas décadas, más han contribuido a esa marginación de la economía reproductiva es la centralidad adquirida en la elaboración del discurso económico por la noción de crecimiento y su consideración como sinónimo de bienestar. El argumento, sin duda atractivo para el pensamiento económico, es bastante simple: se parte de que el bienestar de las personas se encuentra vinculado a la satisfacción de sus necesidades. A partir de ahí se considera que, aunque el conjunto de necesidades humanas puede ser muy amplio, solo las que son de tipo material son objetivables y cuantificables, medibles. De acuerdo a ello, cuantificar su capacidad productiva nos daría una idea del bienestar alcanzado por una sociedad. Finalmente, como la producción, para poder ser sumada, no puede medirse en toneladas, en litros o en otro tipo de magnitud semejante, la única manera de saber cuánto se produce es medirlo en dinero. De esa forma, el valor monetario de las cosas es lo que acabó, hace ya muchos años, moldeando la noción de producción, y definiendo la idea de crecimiento económico como incremento del PIB/hab.
Desde entonces, nos hemos acostumbrado a oír que «la economía crece», o que «la economía mejora», como sinónimo de un incremento del valor de la producción mercantil (pues sólo lo que adquiere valor en el mercado puede expresarse en dinero). No importa que, paralelamente a ese incremento de la producción, puedan estar empeorando datos fundamentales para evaluar la marcha del sistema económico como la desigualdad, el desempleo, la precariedad, o la calidad de los servicios públicos. La economía «mejora» si se incrementa el valor de lo que produce.
Todo este despropósito tiene mucho que ver con el constante reduccionismo que se ha producido en la consideración de la economía, confundiéndola muchas veces con la crematística, y desprendiéndole de gran parte de su significado original. Los objetivos de la economía (de la correcta administración de los recursos) parecen haberse reducido a la búsqueda del crecimiento económico -como varita mágica que todo lo soluciona, aunque aumente el deterioro social y ambiental-, o a un aumento de la rentabilidad financiera, aunque todo ello se produzca a costa de una menor eficiencia social o ecológica.
Pero lo que resulta ya completamente extravagante es esta nueva expresión según la cual un gobierno puede «abrir» o «cerrar» la economía, en vez de señalar que se permiten o se prohíben temporalmente algunas actividades económicas. La cosa podría pasar por anecdótica si no fuera porque tal expresión tiene un efecto perverso sobre la consideración general de los problemas y las necesidades sociales. Al decir que se abre o se cierra «la economía», para señalar que se regula el funcionamiento de distintas empresas o de determinados negocios, se está, de hecho, desconsiderando la importancia económica de una enorme cantidad de actividades que contribuyen decisivamente al funcionamiento social y a la reproducción de la vida humana.
La realidad es que el hecho de que se cierre un bar o un restaurante no implica que la gente deje de beber o de comer. Significa simplemente que no lo hace a través del mercado, pagando un plus porque le sirvan una bebida o le cocinen la comida. El hecho de que cierren una lavandería, no quiere decir que la gente deje de lavar su ropa. Significa simplemente que debe lavarla en su casa. Y así podríamos poner miles de ejemplos de actividades económicas, fundamentales para el funcionamiento social, que no desaparecen porque se cierren ciertos negocios. Desde el punto de vista económico, tanto significado tiene producir lechugas para autoconsumo que comprarlas en la tienda de comestibles; cobrar una pensión de la Seguridad Social que un salario proveniente de una empresa; o colaborar para el cuidado de un anciano en el hogar que pagar para que lo cuiden en una residencia gestionada por un fondo de inversión…
Y es que la gestión y administración de los recursos no tiene que ver únicamente con el ámbito productivo, ni se reduce a las actividades mercantiles. La vida económica es mucho más que aquella que fluye a través del mercado. Hay mucha gente que cultiva su huerta, que cuida a su familia o a sus amigos, que comparte su tiempo en actividades de voluntariado, que realiza todo tipo de trabajos domésticos o de otra índole, que, en definitiva, aporta un enorme valor desde el punto de vista económico y social, sin que ello tenga necesariamente un componente mercantil. Hay también muchos servicios públicos, que no se rigen por las leyes del mercado, y cuya existencia es fundamental para el sistema económico. El mercado representa una parte de la actividad económica -ciertamente cada vez mayor, dado el acelerado proceso de mercantilización de nuestras sociedades-, pero no es «la economía» en su conjunto. Es absurdo por tanto hablar de que la economía «se abre» o «se cierra» porque se supriman, se abran, o se cierren unos u otros negocios o empresas. Lo lógico sería hablar del cese o del cierre de determinadas actividades, pero no del cese o el cierre de «la economía», pues decir eso es una barbaridad carente por completo de sentido.
El proceso de acelerada mercantilización al que asistimos necesita de, y se basa en, una ideología de mercado, a la vez que la desconsideración de la esfera reproductiva de la economía requiere poner la producción en el centro de todo el análisis. Y para este propósito, el lenguaje resulta fundamental y constituye un arma poderosa para afirmar esa ideología. Por ello, lo que hemos observado en los últimos meses no es sino una vuelta de tuerca más en la misma dirección.
La izquierda, incluidos la mayoría de sus economistas, fue ya seducida en su momento por el poderoso atractivo intelectual de una consideración de lo económico reducida al ámbito de lo cuantificable en términos monetarios, dejando fuera del análisis aspectos fundamentales de la economía indispensables para la reproducción social. Las consecuencias de todo ello no han dejado de manifestarse negativamente en las últimas décadas. Por ello, sorprende que, de nuevo, esa misma izquierda, permanezca otra vez ajena a esta extravagante degradación del lenguaje que permite, como si tal cosa, hablar de economías que «se abren» y que «se cierran». De esa forma, la izquierda vuelve a abandonar un terreno fundamental de confrontación ideológica, como es el del lenguaje, favoreciendo la ausencia de rigor, y contribuyendo al desconcierto general.
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(1) Karl Polanyi (1944), La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. Hay ediciones recientes, como la de Fondo de Cultura Económica, 2018, con Prólogo de Joseph E. Stiglitz e Introducción de Fred Block.

Negro soy, negro me quedo (La Vorágine, 2020) nos muestra un Césaire contemporáneo y vivo. Un intelectual honesto, que asume sus decisiones políticas —sus luces y sombras—, invitándonos a recuperar lo mejor de su legado.
Una de sus obras más importantes y conocidas, el Discurso sobre el colonialismo (1950), no dejaba de apelar a lo que sucedería en Bandung cinco años después de su publicación: “Precisamos crear una sociedad nueva, con la ayuda de todos nuestros hermanos esclavos, enriquecida por toda la potencia productiva moderna, cálida por toda la fraternidad antigua”. Aquella conferencia alumbrará el Movimiento de los países no alineados, impulsado por los líderes Gamal Abdel Nasser (Egipto), Jawaharlal Nehru (India) y Sukarno (Indonesia). Un espacio que federaba de forma conjunta las actividades de muchas ex colonias que acababan de lograr la independencia, y entre cuyos objetivos estaba oponerse al racismo, el imperialismo y el neocolonialismo de las potencias occidentales. El movimiento tomará cuerpo en la Conferencia de Belgrado (1961) y alcanzará su zenit a mediados de los 70. Después irá configurándose como un influyente foro internacional, pero ya lejos del impulso utópico con el que lo vio nacer Césaire.
Probablemente el Césaire que más conozcamos sea el de este período: el padre del movimiento de la negritud, el intelectual crítico que puso a Europa frente al espejo de su propia barbarie e hipocresía. “Una civilización que le hace trampas a sus principios es una civilización moribunda” —escribió en su discurso—, mostrando que la Europa imperial y capitalista era un proyecto “moral y espiritualmente indefendible”. Que Hitler hubiese nacido en su seno no era ninguna sorpresa: sólo hacía falta mirar la violencia del colonialismo en África, Asia o América Latina. La solidaridad entre el fascismo y la empresa colonial era profunda.
Hoy aquel manifiesto anticolonial de Césaire sigue siendo más que actual. Especialmente en medio de una pandemia que ha hecho saltar por los aires las costuras del norte y el sur globales, visibilizando de manera cruda la desigualdad y el racismo que sostienen un capitalismo cada vez más decadente y depredador. Y es que las imágenes de la muerte del afroamericano George Floyd, asfixiado en Minneápolis bajo la rodilla de un policía blanco, o los cientos de muertes en el mar Mediterráneo que sacuden las costas españolas, revelan una siniestra continuidad con la realidad colonial que denunciara el pensador martiniqués.
Pero más allá de este Césaire épico y reconocible, hay otro al que no se le ha prestado demasiada atención. Es el hombre que aparece en Negro soy, negro me quedo (La Vorágine, 2020) en conversación con Françoise Vergès, feminista y militante decolonial. Un intelectual y político en la recta final de su vida —todo pasión contenida— que revive el pasado gracias al don de la memoria. En este diálogo con Vergès, mantenido en 2004, traza un itinerario biográfico por toda su vida, por sus etapas de formación, su obra y papel como diputado y alcalde de Fort-de-France. A través de las idas y venidas del intercambio, descubrimos nuevas facetas del trabajo crítico de un pensador netamente contemporáneo e incólume en sus posiciones antirracistas. Ello llevará a Vergès a proponernos una lectura poscolonial de su discurso en el apéndice que cierra el libro.
Salpicado de política, poesía y teatro, el diálogo entre Césaire y Vergès se despliega página tras página como una breve autobiografía. El pensador martiniqués rememora sus primeros pasos en la isla antillana, su formación en el Liceo Schoelcher y su temprano rechazo hacia la cultura pequeñoburguesa local. Aquel entorno, vivido como asfixiante por un joven Césaire, pronto sería abandonado por una promesa de liberación intelectual en Francia. Ya en París, en el Liceo Louis-le-Grand, trabará una duradera amistad con Léopold Sedar Senghor, poeta y futuro presidente de la República de Senegal. “¿Qué somos en este mundo blanco?”, se preguntaban ambos mientras leían a Victor Hugo y Rimbaud junto a la obras de Langston Hughes y Claude McKay. Fue gracias a estos poetas de la Harlem Renaissance que el joven martiniqués comenzó a dar respuestas a sus preguntas iniciales, afirmando junto a ellos su pertenencia a una cultura negra.
Césaire buscará una identidad negra por debajo de las capas de la civilización europea, rompiendo con las jerarquías de reconocimiento cultural establecidas. Había que buscar al negro y preguntarse radicalmente por la identidad y lo específico de una cultura —una cultura marcada por la esclavitud—. Esta posición, que puede ilustrarse con la expresión “Negro soy, negro me quedo”, cuestionaba la doctrina de la asimilación promovida por Francia en relación con los habitantes de sus colonias. Para el intelectual martiniqués, encontrarse a uno mismo era algo previo a mantener cualquier diálogo con la cultura de la metrópoli. Y es que para Césaire, asimilación siempre fue sinónimo de alienación. Algo ya claro en sus textos de 1935, como Negrerías: juventud negra y asimilación: “Servidumbre y asimilación se parecen: son dos formas de pasividad […] Emancipación es, por el contrario, acción y creación. La juventud negra quiere actuar y crear”. La negritud era también dignidad, combate y revuelta.
Militante comunista, Césaire abandonará el Partido Comunista Francés (PCF) en 1956 debido a las posiciones asimilacionistas y nacionalistas del partido. Preocupado por alinearse con la URSS en política exterior, el PCF no sólo relegaba la cuestión colonial a un segundo plano, sino que su papel en la Guerra de Argelia (1954 – 1962) y su apoyo a Guy Mollet, enfrentado al Frente de Liberación Nacional de Argelia, demostraron que estaba preso del imaginario colonial francés. En su conocida Carta a Maurice Thorez (1956), el militante e intelectual reivindica la negritud y denuncia el chovinismo inveterado del partido comunista, que lo llevaba a situar la cuestión colonial como algo subordinado al conflicto entre burgueses y proletarios en la metrópoli. Césaire no abandonará los ideales socialistas, pero asumirá que la liberación de los colonizados y el objetivo de la emancipación universal no podía provenir de un universalismo blanco y eurocéntrico. Por muy de izquierdas que pretendiese ser.
En medio de la conversación, Vergès trata un punto delicado en la vida política del intelectual martiniqués. Una cuestión paradójica: su papel en la ley de “departamentalización” de la Martinica actual. Como diputado, Césaire defendió en 1946 una vía intermedia entre la independencia y la asimilación de Martinica a la República Francesa. Desde un punto de vista pragmático, el político martiniqués pretendía conservar la autonomía del territorio —que tendría representación propia en la República y un modelo de autogobierno— al tiempo que buscaba equiparar los derechos de los martiniqueses a los de los franceses de la metrópoli. Césaire consideró que la independencia era imposible dada la difícil situación económica y social de Martinica, y entendió que era preferible forzar legalmente a la metrópoli a tratarles como ciudadanos europeos. Ese reconocimiento les serviría para obtener ayudas, recursos y presionar por los derechos que les habían sido negados durante la época colonial. Este “pecado” —así lo denomina Vergès— costó a Césaire varias críticas a lo largo de su vida. No sólo por la promesas incumplidas de parte de la República francesa, sino por las tensiones que introdujo esta apuesta en su compromiso militante.
En uno de los momentos más interesantes del diálogo, Vergès pregunta a Césaire por la revolución haitiana y los procesos de descolonización. También por la soledad del líder de los movimientos de emancipación colonial tras el momento épico de la independencia. Estas cuestiones, abordadas en su biografía de Toussaint Louverture y en la obra teatral del dramaturgo antillano —La tragedia del rey Cristophe y Una temporada en el Congo—, esbozan la difícil situación política de las “poscolonias”. Un momento marcado por la separación cada vez mayor de las élites, los intelectuales y el pueblo, así como por las terribles circunstancias sociales tras el triunfo de la liberación nacional. Cristophe expresa la figura del dirigente que quiere llegar lejos demasiado rápido, revirtiendo la desigualdad de los colonizados a través de una exigencia sobrehumana a los suyos. Cabe recordar, siguiendo a Frantz Fanon, la problemática que aquella coyuntura planteaba a los nuevos Estados poscoloniales: o una autarquía regresiva en un contexto de miseria, o una renovada dependencia de las viejas metrópolis a través del mercado, la deuda y los planes de ajuste. De ahí la importancia de las luchas por la reparación y la unidad de los pueblos liberados –una unidad que Césaire expresa como anhelo en la entrevista–.
Vergès insta a desarrollar una relectura de Césaire desde el contexto actual, desde un horizonte poscolonial. Su “apéndice” a la entrevista resulta interesante en muchos sentidos. Para empezar, es una soberbia introducción a la poscolonialidad como teoría, crítica y situación histórica. Lo poscolonial emerge como cuestionamiento de dos promesas: las de la Ilustración y la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad) y el nacionalismo tercermundista de los movimientos anticoloniales —con su nuevo humanismo y reparación de la dignidad—. Su crítica se dirige tanto a las formas de exclusión y violencia de la situación colonial, como a las desplegadas en el momento nacional. Ambas temporalidades se entrecruzan y proyectan hacia el presente a través de diversas relaciones de poder —en la República francesa, en los Estados poscoloniales—. En este sentido, la crítica poscolonial lo es también de las nuevas formas de disciplinamiento, racismo y sumisión provocadas por el capitalismo globalizado. Un discurso que toma como eje los sujetos subalternos en las ex colonias y las viejas metrópolis europeas. Y lo hace sin nostalgia por las viejas identidades “puras” de un pasado ancestral, sino más bien afrontando el irreversible mestizaje y la criollización contemporáneos. Un paisaje que lejos de ser armónico, se revela como conflictivo.
Césaire —dirá Vergès— es un autor poscolonial en la medida en que cuestiona el universalismo blanco y visibiliza la violencia que instituyó lo colonial, situando la matriz del colonialismo en Europa. Su mirada permite mostrar los relieves desiguales de las cartografías sociales que atraviesan las viejas metrópolis y las antiguas colonias, descifrando los fracasos de un universalismo formal que perpetúa exclusión, estigmatización, violencia y miseria sobre los cuerpos racializados. Su pensamiento ayuda a desvelar los sistemas de clasificación social actuales, amplificados por el neoliberalismo y por una pandemia que entiende de raza, género y clase. Por otro lado, Vergès sitúa el legado de Césaire frente a la memoria francesa sobre la esclavitud y las propias prácticas coloniales de la República en las Antillas. La historia francesa pasa por encima de la esclavitud, borrando sus huellas y sus efectos. De modo que al final la abolición de la esclavitud (1848) no forma parte de los grandes relatos que constituyen la identidad francesa. Sin embargo, el racismo y las consecuencias de la misma perseveran por debajo del relato oficial. El pensamiento moderno repudiará reconocer al esclavo y al colonizado como figuras propias, pero no dejan de ser “el doble monstruoso del hombre moderno y civilizado, pero su doble al fin y al cabo” —dirá Vergès—.
Al igual que con la esclavitud, el debate sobre la ley sobre la departamentalización de las Antillas (1946) pasó desapercibido en Francia, sólo quedó reflejado de manera parcial por algunos medios. Como señala Vergès, la cuestión planteada en los debates por la departamentalización sigue siendo muy actual: ¿Cómo combinar igualdad y alteridad en un mismo territorio? ¿Cómo integrar ambas dimensiones en una ciudadanía plena para todo el mundo? Es decir ¿puede la República ser diversa? La memoria también es selectiva aquí, incluso a la hora de abordar los procesos de emancipación, iluminando los más épicos (Argelia) frente a otros poco románticos, como la transformación de las Antillas en Distritos y Territorios de Ultramar. El fondo no cuestionado que imposibilita el lazo entre igualdad y alteridad en Europa es la cuestión racial, el racismo y la pervivencia de las jerarquías raciales tras la descolonización —algo que otros autores, como Aníbal Quijano, han denominado como colonialidad del poder—.
Negro soy, negro me quedo nos muestra un Césaire contemporáneo y vivo. Un intelectual honesto, que asume sus decisiones políticas —sus luces y sombras—, invitándonos a recuperar lo mejor de su legado. Françoise Vergès hace una excelente labor proyectando el discurso del martiniqués sobre un presente lleno de incertidumbres, atravesado por un racismo cada vez más crudo. Brilla también su reflexión original sobre las violentas asimetrías de la era poscolonial. Un mundo en el que miles de migrantes son discriminados o mueren en las costas de Europa tras un trayecto inhumano (”Y el África gigantescamente reptando hasta el pie hispánico de Europa, con su desnudez donde la Muerte siega a grandes hozadas”, escribió Césaire en su primer poemario). Resta por llevar a cabo el proyecto que Césaire siempre acarició, el de un humanismo integral, el de un universalismo radicalmente diferente: “Mi concepción de lo universal es la de un universal depositario de todo lo particular, depositario de todos los particulares, profundización y coexistencia de todos los particulares”. Un universal que sólo podrá realizarse desde abajo: tejiendo alianzas subalternas, solidaridades diversas que luchen por abolir el racismo y la barbarie que produce el capitalismo racial en que vivimos. Toda una tarea. Pero tal y como están las cosas, parece cuestión de supervivencia.
https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/negritud-es-revuelta-aime-cesaire-hoy

Por Peter Pál Pelbart
1 / Cambiar de vida
Circula hoy el alerta de que después de la pandemia nada será como antes, de que tendremos que cambiar nuestra vida. Has de cambiar tu vida es un verso de Rilke que Peter Sloterdijk transformó en título de uno de sus libros. Según él, has de cambiar tu vida es un imperativo de elevación moral que atravesó la historia de Occidente en su conjunto, de Sócrates a Foucault, pasando por el estoicismo y por el cristianismo.[1] Pero después de Nietzsche, y de la muerte de Dios por él denunciada, ningún anhelo ascensional podría apoyarse en un ideal de trascendencia. El autor de Zaratustra persistió en la búsqueda de una autosuperación, pero impulsada por algo diferente de un “atractor” superior. Aquí es donde entra la imaginación filosófica de Sloterdijk, nada ajena a los días actuales: solo la Catástrofe, la climática, entre otras, en su dimensión sublime (inaprensible e irrepresentable), estaría en condiciones de ofrecer a los hombres un imperativo ético a la altura de su inconmensurabilidad. Finalmente, “mi vida” está ligada a la vida de todos los seres de la Tierra, humanos y no-humanos, inclusive los murciélagos y los pangolines comercializados en Wuhan: de aquí la propuesta de un “co-inmunismo” y una “co-inmunidad”. La resonancia con “comunismo” y “comunidad” salta a la vista, pero no es seguro que ella se justifique. Pues es poco probable que el verso de Rilke sea utilizado hoy en el sentido dado por el poeta, o luego por el filósofo. Por el contrario, la fórmula será usada para propalar la reactivación económica bajo exigencias aún más draconianas, preservando grosso modo la forma de vida vigente antes de la pandemia, en versión empeorada.
Es el peligro que Alain Brossat y Alain Naze[2] denominaron Restauración. La historia de las revoluciones muestra que a su agotamiento le sigue, en general, no un retorno al status quo anterior sino un avance doblemente agresivo y regresivo. Hoy, una Restauración significaría la reanudación del tren del progreso a una velocidad redoblada, inclusive para compensar esta interrupción “accidental”, pero siempre según el axioma de la productividad y del lucro, a favor de las corporaciones y del sistema financiero, en un ataque todavía más brutal contra los derechos de los trabajadores, la protección social, la preservación del medio ambiente, etc. Equivale, por lo menos en nuestro caso, en Brasil, a la profundización de lo que Vladimir Safatle llamó “desafección”, el afecto predominante en un contexto fascista.
2 / Destitución
En Guerra y paz de Tolstói, hay dos personajes contrastantes en medio de la invasión a Moscú por el ejército napoleónico y la catástrofe que la situación representa. El primero es el gobernador Rastopchin. Hace de todo con gran alborozo, y toma las decisiones más extravagantes en medio del caos: “bien repartía entre la chusma de borrachos armas inservibles, bien hacía salir en procesión las imágenes sagradas, bien prohibía al metropolitano Agustín que sacara las reliquias e iconos […] tan pronto insinuaba que incendiaría la ciudad, contando cómo prendió fuego a su propia casa, como escribía una proclama a los franceses para reprocharles solemnemente el saqueo de un hospicio”.[3]
El segundo personaje es el comandante del ejército ruso Kutúzov. Como dicen Stéphane Hervé y Luca Salza: “Kutúzov es presentado justamente como lo opuesto a Rastopchin. Si el gobernador predica la acción, Kutúzov se distingue por la inacción. Si Rastopchin es vivaz, enérgico, Kutúzov se adormece durante los consejos de guerra, marcha con paso incierto, no tiene ningún dominio sobre el caballo, no ve casi nada con su único ojo. Está siempre distraído, cansado. Un mariscal de campo inactivo es una figura, hay que admitirlo, inhabitual. Tolstói parece disfrutar de un placer particular al describir a este viejo hombre. A través de él quiere sobre todo llevarnos a reflexionar sobre las actitudes a tomar de cara al acontecimiento. Cuando un gran acontecimiento se produce, cuando la Historia se materializa, cuando se la ve pasar delante de nosotros, para retomar las palabras de un célebre alemán [Hegel viendo pasar a Napoleón], ¿qué hacer? En este caso, se trata de saber quién, entre Rastopchin y Kutúzov, aferra el acontecimiento. El narrador plantea la pregunta y da una respuesta. El activismo del conde Rastopchin no está a la altura de lo que allí sucede: el conde se piensa como un hombre que puede actuar en la historia, que puede intervenir en la historia, que puede hacer, mientras que el abandono, la deserción, el no-hacer que ‘personifica’ Kutúzov, en este caso preciso, son, según el narrador, la única respuesta posible de cara a la Historia. ‘Paciencia y tiempo’: es respondiendo en estos términos ‘inoperantes’ [désœuvrés] a la pregunta ‘¿qué hacer?’ que Kutúzov elabora una estrategia victoriosa frente a Napoleón”. [4]
Extraña teoría sobre la inoperancia. A primera vista, parece del orden de la mera pasividad, o de la renuncia. Blanchot fue uno de los que nos enseñó a ver en la “pasividad” algo totalmente diferente: una atención otra y distinta en relación con el Desastre. Sabemos que la interrupción, la detención, la suspensión, el freno del tren del progreso es, para muchos, la condición de posibilidad de un desplazamiento real frente al atropello ciego de lo que Jünger ya llamaba “movilización infinita”. Eso que es verdad para una guerra, un terremoto, un accidente atómico, ¿por qué no lo sería para una pandemia?
Svetlana Aleksiévitch describe así el mundo de Chernóbil: “¿qué es lo que realmente había sucedido? No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar; así es como podemos definir hoy nuestro estado de entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos; aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía”. De ahí nuestro balbuceo, hoy, a pesar de la proliferación inaudita de palabras justas y análisis pertinentes. Es una “atmósfera” aún inabarcable.
La autora confiesa que la medida del horror en la antigua Unión Soviética siempre habían sido las guerras, pero era preciso distinguir guerra de catástrofe. En Chernóbil, la presencia de soldados, la evacuación, la destrucción del rumbo de la vida dificultaba el entendimiento de que “nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes”. Las vacas se apartaban del agua, los gatos dejaron de comer ratones muertos. “El hombre no estaba preparado como especie biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar […] los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida luchando o preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto! Ha cambiado la imagen del enemigo […] Ingresamos en un mundo opaco en el que el mal no da explicación alguna, no se pone al descubierto e ignora toda ley”.[5]
Salvando las distancias, y los contextos singulares, no podemos dejar de ver semejanzas y paralelos. Como dicen los autores del comentario a Tolstói: “La epidemia en curso nos enseña de una manera irreversible: vivimos en la catástrofe. La catástrofe no es para mañana, como nos repiten nuestros dirigentes para exigir de nuestra parte lo que llaman “adaptaciones” (ganar menos, trabajar más) o para culpabilizarnos por nuestros hábitos. Ya llegamos a ella. Esta vez, es un virus el que revela el desastre. En realidad, es todo un sistema, social, político, económico, moral, que está en una crisis profunda, que nos ‘sofoca’”.
En un contexto de aceleración total, detenerse equivale a una catástrofe mucho mayor que la epidemia y su montaña de muertos. No es de extrañar que cualquier interrupción de la producción sea vivida como un desastre, puesto que el único criterio universal de validación, supuestamente objetivo y mensurable, es la relación entre tiempo y lucro. Pero ¿y si todavía fuera posible alterar esa ecuación? ¿Y si solo a partir de una detención brusca nos fuera dado escrutar el montón de posibles aún disponible, o imaginar otras salidas hasta ahora impensables?
Sabemos cuán lejos estamos, con esta pregunta, del tablero político en el que nos movemos. Véase esta afirmación de Stéphane Hervé y Luca Salza, que suscitará, seguramente, las más variadas acusaciones, del derrotismo al escapismo. “No luchamos por un contrapoder, sino para afirmar el vacío del poder. Como Kutúzov, nos retiramos. Nos retiramos pues el capitalismo continuará avanzando y los mercados a distancia (enseñanza a distancia, medicina a distancia, consultoría a distancia, etc… a distancia) están abriéndose debido a esta epidemia. Pero no nos refugiamos en cabañas en el bosque, como eremitas o utopistas. Desaparecemos del juego, pero estamos acá, listos para no hacer nada. Retirarse es parte de la guerra, como aprendemos con otro gran general desertor, Espartaco. Fue porque no dejó de retirarse en su errancia inoperante, no queriendo nada pero exigiendo todo, que el poder de la oligarquía romana vaciló, y es porque fue convencido por sus compañeros de llevar adelante la lucha frontal que fue vencido, nos enseña Plutarco. La inacción es peligrosa, puesto que no es privativa, ya que hace sentir la pulsación infinita del mundo. En la inacción se percibe la multitud de las formas de existencia, se inventan otros mundos”.
3 / Movimiento
Tal margen de maniobra vital no parecer ser deseado ni tolerado por la cronopolítica vigente. Es lo que subraya André Lepecki en un artículo reciente, al establecer una diferencia entre interrupción, por un lado, y retirada por otro. Lo que ocurrió con la pandemia en la mayoría de los países fue una interrupción impuesta desde arriba. Otra cosa habría sido, si hubiese ocurrido, una retirada “movida por el deseo de actuar en ayuda mutua y una desaceleración del ritmo público de la vida cotidiana de modo de expresar el respeto fundamental y absoluto por la vida del otro”.[6] Desafortunadamente, no fue este principio ético el que triunfó, ni aquí ni en otras partes.
Según Lepecki, el inconsciente político cinético impone una coreografía social a la población en general. Cualquier suspensión o detención o pausa hacen que el capitalismo se asuste. Pero, como recuerda, el capital compensa la paralización física a través de una hiperactividad digital, y a favor de una aceleración mental productiva. O sea, todo paró, pero nada paró. No solo nada paró, sino que incluso, en cierto sentido, todo se aceleró. La cinética neoliberal, agrega Lepecki, ya no impone el movimiento desde afuera o desde arriba, sino que lo coloniza desde adentro, conduciéndolo según sus propios fines. Son, como dice el autor, “actividades extractivas totales sobre experiencias de movimiento individuales. No hay límite para esa colonización y monetización de lo cinético del individuo neoliberal”.
Si la tiranía de la velocidad moldeó la política como actividad, nada impide que lo político sea redefinido en función de una dimensión del movimiento diferente: a partir de la pausa. Como lo formula el autor: “La tarea pasa a ser encontrar otra física para el movimiento; encontrar, en la pausa, las fuentes para un movimiento colectivo no-condicionado e inmanente. Un movimiento en el cual la quietud sea simultáneamente rechazo, potencialidad y acción. Una coreopolítica diferente, un anti-coreovigilancia, donde la elección entre moverse y no moverse se vuelve secundaria, terciaria, irrelevante. Un movimiento que sabe desde dentro que, en la no-ley no-universal de la microfísica de la “pequeña danza” [en referencia a la contact improvisation, de Steve Paxton], el movimiento se funde con la inmanencia como la intensidad total de la sociabilidad contactual. Un movimiento lento que mueve la fugacidad y efectúa la amplificación de la movilización social contactual”.
4 / Toxicidad
Para esto, sin embargo, es preciso poder respirar. Y es lo que está cada vez menos garantizado. En Brutalismo,[7] Achille Mbembe describe la reconfiguración de la especie humana, efectuada, entre otras razones, por los cambios en la biosfera y en la tecnosfera. En última instancia, dice el autor, el proyecto del “brutalismo” consiste en transformar a los seres humanos en materia y energía disponibles para la extracción, tal como sucedió con el descubrimiento del gas de esquisto, en los Estados Unidos: perforación, creación de fisuras, extracción. Como si reactualizáramos lo que caracterizó un periodo de la colonización, “recrear lo viviente a partir de lo invivible”. Lo invivible actual, sin embargo, tiene nuevas características: tóxicas, neuronales, moleculares, dado el estado de “combustión del mundo” al que habríamos llegado.
Cabe retomar las sugerencias de Sloterdijk respecto de la misma cuestión, en el tercer tomo de Esferas. “El siglo XX se abrió espectacularmente revelador el 22 de abril de 1915 con la primera gran utilización de gases de cloro como medio de combate por un ‘regimiento de gas’ –creado expresamente para ello– de los ejércitos alemanes del Oeste contra posiciones franco-canadienses de infantería en el arco norte de Ieper [en Bélgica]. Durante las semanas precedentes en ese sector del frente soldados alemanes, sin que el enemigo se diera cuenta, habían instalado en batería al borde de las trincheras alemanas miles de botellas de gas escondidas de tipo desconocido hasta entonces. A las 18 horas en punto pioneros del nuevo regimiento, bajo el mando del coronel Max Peterson, con viento dominante del norte y nordeste, abrieron 1600 botellas llenas de cloro grandes (40 kg) y 4130 más pequeñas (20 kg). Mediante ese ‘escape’ de la substancia licuefactada unas 150 toneladas de cloro se desplegaron convertidas en una nube de gas de aproximadamente 6 kilómetros de anchura y 600 a 900 metros de profundidad. Una toma aérea conservó para la memoria el desarrollo de esa primera nube tóxica de guerra sobre el frente de Ieper. El viento favorable impulsó la nube a una velocidad de 2 hasta 3 metros por segundo contra las posiciones francesas; la concentración del gas tóxico se calculó en un 0,5 por ciento aproximadamente: durante un tiempo de exposición prolongado ello produjo daños gravísimos en vías respiratorias y pulmones”.[8]
El autor establece así una distinción entre esta lógica de exterminio y todas las técnicas anteriores. Se trata de volver imposible la supervivencia del enemigo “sumergiéndolo durante el tiempo suficiente en un medio sin condiciones de vida”. El objetivo es atacar las funciones vitales, sobre todo la respiración, regulaciones nerviosas centrales, condiciones de temperatura o de radiación insustentables para el cuerpo humano. Se trata de modificar las condiciones ambientales de vida del enemigo. Es una guerra de “atmósferas” (atmoterrorismo), en la que se muere por la mera “acción de respirar”: esto llevó a algunos a hacer del enemigo el responsable por su propia muerte, ya que quien activa la respiración es la propia víctima (!). Los respirantes se vuelven cómplices involuntarios de su propia extinción; como sí, en última instancia, cometiesen un atentado contra sí mismos al respirar, lo que exoneraría a los verdugos, inclusive del campo de concentración, de cualquier responsabilidad.
De allí deriva toda una climatología militar, una ciencia sobre las nubes tóxicas y, por extensión, estudios científicos sobre el uso de los gases tóxicos en la desratización de edificios públicos, en la eliminación de insectos y ácaros en escuelas, barracas, navíos, etc. En 1924 sale al mercado el Zyklon B, un producto ampliamente comercializado, dadas sus ventajas en espacios cerrados, su letalidad, su carácter inodoro, en suma, su eficacia antiparasitaria. ¿Cómo no ver que la extensión de esas técnicas en el contexto del nacional-socialismo desembocó en la eliminación de aquellos a quienes se comenzó a considerar como insectos a ser diezmados o parásitos del pueblo alemán, o portadores naturales de epidemias? El camino para las cámaras de gas estaba abierto.
La creación artificial de “microclimas”, la experimentación a gran escala del “aire acondicionado negativo”, se volvió entonces una verdadera industria de la muerte. Hasta entonces, recuerda Sloterdijk, el ser-en-el-mundo era un ser-al-aire-libre o, más exactamente, un ser-en-medio-de-lo-respirable: de allí surge toda una “aerología”, a veces de cuño poético o filosófico. Para el autor, esto apenas prefiguraba el “atmoterrorismo” por venir, y la cesura histórica allí presente. De allí en más, y también luego de Hiroshima y Nagasaki, la cuestión podría ser traducida de la siguiente manera: ¿cuáles son las condiciones de respirabilidad del aire? Investigaciones militares estadounidenses se concentraron, en los años noventa, en la “dominación del clima” como condición de una futura superioridad militar. El control del campo de batalla se daría por la producción de condiciones meteorológicas: armas ionosféricas. En todo caso, como dice el autor, el aire perdió su inocencia.
En un discurso pronunciado en 1936 sobre la obra de Broch, ya entreviendo lo que estaba por venir, Elias Canetti escribe: “El mayor de todos los peligros que haya surgido jamás en la historia de la humanidad ha elegido a nuestra generación como víctima. Y es de este desamparo de la respiración del que aún deseo hablar […] Es difícil hacerse una idea demasiado grande de él. A nada se halla el hombre tan abierto como al aire. En él sigue moviéndose como Adán en el Paraíso […] El aire es la última propiedad comunal. Les corresponde a todos los miembros. No ha sido previamente repartida: incluso el más pobre puede hacer uso de ella. […] Y este bien último que ha sido propiedad de todos, ha de envenenarnos a todos juntos. La obra de Hermann Broch se halla entre guerra y guerra, entre guerra química y guerra química. Es posible que aun descubra hoy día en más de un sitio las partículas venenosas de la última guerra […] Lo seguro es que él, que sabe respirar mejor que nosotros, se empieza a ahogar ahora con el gas que quién sabe cuándo nos impedirá respirar a todos los demás”.[9]
Claro está que no respiramos solo el aire, y mucho menos el aire puro, sino también el gas tóxico que exhalamos, en las comunicaciones, en la política, en el odio. La asfixia generalizada tiene la marca de lo crepuscular. Karl Kraus, en la misma época, decía: “Por todos los rincones penetran los gases provenientes del estiércol del cerebro del mundo, la cultura ya no puede respirar”.
Y es lo que nos ocurre hoy, que respiramos el veneno que nosotros mismos diseminamos, o aquel que nos viene de bandos políticos, milicias mediáticas, poderes económicos más o menos ocultos, además del contagio propiamente viral.
5 / Catástrofe
Finalmente podemos plantearnos la pregunta de manera más directa. ¿En qué consiste la catástrofe que hoy enfrentamos? ¿Es la pandemia, con sus muertos apilados? ¿Son las medidas de confinamiento, vigilancia y monitoreo tomadas por algunos gobiernos, con sus efectos probables sobre nuestros modos de vida? ¿Es la negligencia asumida como política oficial en Brasil, con sus consecuencias? ¿Es, en nuestro caso, el gobierno que está a cargo? ¿Son el sistema tecnocapitalista y la monocultura, que invaden ecosistemas protegidos, multiplicando los riesgos de zoonosis? ¿O incluso, retrocediendo un poco, el propio Antropoceno es ya la Catástrofe? ¿O la Colonización? ¿U Occidente en cuanto tal? ¿O, en el otro extremo del tiempo, el resultado inevitable del desastre climático?
Es muy probable que lo que produce nuestra inmensa perturbación sea la confluencia, en simultáneo, de estas diversas imágenes de la Catástrofe. La más visible, excepcional y espectacular, recientísima, sanitaria: la pandemia. La más naturalizada y cotidiana, que nos viene de lejos: la máquina del mundo girando aceitadamente, por lo menos desde la revolución industrial. Pero también es el riesgo de que, a partir de este contexto cruzado, de excepcionalidad y normalidad, las oportunidades de desvío se nos escapen de las manos: “la catástrofe: haber desaprovechado la oportunidad”, escribió Benjamin.[10] En otros términos, lo más desastroso sería que no aprovecháramos las brechas que se vislumbran. Tan confinados en el presentismo,[11] mal imaginamos cómo contrarrestarlo. Pues no basta con querer ir para adelante en lugar de ir para atrás. Todo presente está siempre compuesto de líneas procesuales cruzadas, no solo temporalidades singulares, sino también direcciones discordantes y, por lo tanto, desvíos posibles. A pesar del discurso hegemónico, es necesario sustentar ese rizoma temporal, en lugar de obstinarse en encajar los múltiples modos de existencia que pueblan Brasil en una única línea evolutiva y acumulativa, y recaer en los falsos dilemas que contraponen modernidad y arcaísmo. Son los antropólogos quienes mejor lo muestran. Nos ayudan así a pensar umbrales de ebullición bifurcantes que no dependen de una supuesta línea del tiempo.
En cuanto a un acontecimiento catastrófico, los psicoanalistas gustan de comparar el terror que suscita una catástrofe futura, temida, por venir, siempre amenazante, y el alivio que produce constatar que la catástrofe ya aconteció. Desafortunadamente, esto no nos es dado. Probablemente debido a lo que Benjamin intuyó: “Ella [la catástrofe] no es lo inminente en cada caso, sino lo que en cada caso está dado”.[12] Tal vez sea lo más difícil de captar, lo que está bajo nuestra nariz, o debajo de nuestros pies, o en marcha en nuestro presente más vivo/muerto.
Nietzsche consideraba el nihilismo “el más siniestro de los huéspedes”. No era una catástrofe que vendría a abatirnos desde afuera, y en un futuro distante, sino parte de la historia más íntima de Occidente, y desde su origen. Es lo que un pensamiento de la Catástrofe no podría dejar de constatar: ella no es solo nuestro futuro, sino el contenido de nuestro propio presente, y nos llega desde lejos. En otros términos, la Catástrofe no es solo la súbita Hecatombe, natural o histórica, sino la banalidad cotidiana (Arendt). El mismo razonamiento valdría para nuestro fascismo nacional. Catastrófica no es solo la elección, sino la banalidad cotidiana de cuño colonial y esclavista que la precedió por mucho y que persiste intacta.
“Que esto «siga sucediendo», es la catástrofe”, recuerda Benjamin.[13]
Pero ¿y entonces? ¿De nuevo saldremos con las manos vacías, llevando en el corazón nuestra agonía, en el rostro nuestro barbijo, en la mano nuestro alcohol en gel, en los sueños nuestras pesadillas? ¿Para qué nos sirven ahora los filosofemas, por más lúcidos y sutiles que parezcan? ¿Para mapear nuestra miseria, en la denuncia y en el lloriqueo? ¿O para profetizar por fin el inminente fin del capitalismo? Tal vez estamos condenados a movernos entre los dos extremos, en la escala de las tonalidades afectivas que nos ofrece el presente. El psiquiatra catalán Tosquelles notaba que, en las crisis psicóticas, al sentimiento de fin de mundo, crepuscular, donde nada más parecía posible, le seguía un giro en que súbitamente todo parece posible: una aurora radiante. No es muy diferente nuestro estado, en el que oscilamos entre el sentimiento de un colapso terminal y un resquicio de euforia. Del nada es posible al todo es posible y viceversa. La sensación del fin del mundo, por un lado, y la del fin de un mundo, por otro, junto con un eventual destello de un mundo otro.
En medio de todo esto, la pregunta que no deja de volver: ¿cuál es el tamaño del estrago que las diferentes medidas tomadas durante la pandemia provocarán sobre la afectividad individual y colectiva? ¿Sobre la relación con la muerte y el luto? ¿Qué efectos tendrán sobre el papel vital atribuido a las mujeres, dada la carga indiscutiblemente mayor que sobre ellas recae en el confinamiento doméstico, desde el cuidado de las criaturas, la preparación de la comida, las tareas de limpieza, sin contar con el trabajo eventual a distancia, esto último cuando es posible? ¿No se reveló aberrante todavía la naturalización de esta “función”? Un cuidado que consiste en la creación y la manutención de la propia vida ¿no debería ser de todas y de todos? ¿Y qué consecuencias tendrán sobre la vida estudiantil, cuya desaparición Agamben no dudó en decretar categóricamente, dado el predominio creciente y galopante de la educación a distancia? ¿Y qué efectos producirán sobre las formas de transmisión cultural, de formación ética, de sociabilización, dado el dominio de los algoritmos y de la teledistancia en prácticamente todas las esferas de la actividad humana? En resumen, ¿qué quedará de los modos de existencia múltiples, que ya antes de la pandemia mal conseguían una supervivencia, dado el predominio de una hegemónica y ya separada vida-para-el-mercado?
Pero también en la otra punta surge la pregunta: ¿cuál es el tamaño del estrago que, en nuestro caso, las medidas no tomadas durante la pandemia tendrán sobre nosotros? Puesto que, si en algunos países, toda suerte de regulación, control, monitoreo, vigilancia digital, policía y militar fue llevada a cabo, en lo que por algunos puede ser considerado una especie de ensayo general de las nuevas formas de ejercicio del poder o de exacerbación del estado de excepción que están por venir, a escala planetaria, en una sociedad de control elevada a la enésima potencia, lo inverso también es verdadero: allí donde la desregulación de las conductas, la oposición sistemática de las instancias federales a todo tipo de cuidado, individual o social, la alegada preservación de la libertad de ir y venir, de trabajar, de aglomerarse, de usar o no el barbijo, todo esto configura, bajo la excusa de la preservación de la libertad, no solo la más cínica desresponsabilización del poder público en relación a la salud de lo que aún se llama “la población”, sino simultáneamente una intoxicación mortífera que incide sobre el más elemental afecto social.
Entonces, ¿qué tipo de movilización convendría frente a tal contexto catastrófico? O, por el contrario, ¿qué tipo de desmovilización, deserción, abandono, inmovilidad, huelga humana, conjugada con una reinvención de la sociabilidad, cabrían frente al imperativo de la removilización generalizada que nos llega de todas partes?
6 / Un poco de posible
Nos referíamos, con Sloterdijk, a la verticalidad ascensional que caracteriza la historia de la antropotécnica occidental –aquellas tecnologías de “hominización” aplicadas por los humanos a sí mismos. Por ejemplo, los diversos ejercicios que desde los griegos, por lo menos, permitían a un individuo o minoría un repliegue, o una retirada, de cualquier modo un apartamiento de la vida mundana o del espíritu de rebaño, a favor de una elevación, filosófica, espiritual, contemplativa, del orden del desprendimiento entre los estoicos, del espíritu religioso en el cristianismo, humanista en el Renacimiento, revolucionario luego, o artístico más cerca de nosotros. Pero la generalización de esa acrobacia ascensional desembocó, en nuestro contexto, en su opuesto. Un emprendedurismo competitivo dejó de caracterizar a seres de excepción (los ejercitantes de otrora) para convertirse en el imperativo de una época: el atletismo planetario. Es una situación que recuerda a Alicia en el país de las maravillas: es preciso correr para permanecer en el mismo lugar, y correr cada vez más para conseguirlo.[14] Con la particularidad, en la huella de Lewis Carroll, de que la supuesta elevación, en el fondo, es descenso, degradación. En verdad, cuanto más alto uno piensa estar subiendo (por ejemplo, en dirección al progreso, o en una “escala social”), más bajo se está descendiendo: oportunismo, impostura, engaño, embotamiento, fragmentación social, blindaje sensorial. Alto y bajo, por lo tanto, se confunden, alcanzando lo que más temía Nietzsche: la chatura, la indiferenciación: cuando “nada vale”, entonces “todo equivale”, y “nada más vale la pena”, por lo que “vale todo y cualquier cosa”: nihilismo. ¿O posmodernidad? ¿O ultraneoliberalismo? ¿O capitalismo algorítmico? ¿O solo un episodio más de un largo arco histórico-filosófico, o político-metafísico, de desapego respecto de la Tierra? En este caso –¿será un irónico avatar de la trascendencia?– el desapego virtual de una plutocracia mundial, que deja en la carencia y en el pantano social a la mayor parte de la población, como dice Mbembe. Es el planeta Exit, como lo define Latour, y que tiene en la figura del multibillonario Elon Musk, que financia la colonización del espacio pero también, por lo visto, el golpe en Bolivia, su símbolo mayor.[15]
Al lado de tantos diagnósticos nada alentadores, aunque necesarios, cabría pensar a partir de las brechas, allí donde aparecen las fracturas, donde el barco cruje, como diría Kafka: “No vivimos en un mundo destruido, vivimos en un mundo trastornado. Todo se raja y estalla como en el material de un velero destrozado”.[16] Como recuerdan Deleuze y Guattari, a veces es a partir de fisuras, incluso moleculares, que un conjunto molar se derrumba. Potencia de lo micro, de lo menor, del desvío (clinamen).
El hecho es que muchas modalidades de desvío y de deserción hoy nos llaman. Espontáneas (como en las protestas recientes a partir del asesinato por asfixia de George Floyd) u organizadas (autoorganización de las favelas, asentamientos, ocupaciones, agrupamientos que se desdoblan en redes de distribución de alimentos para personas en situación de calle, por ejemplo), de fuga colectiva (aldeas que se refugian en la selva, lejos de cualquier posibilidad de contagio) o atentados aislados (Glenn Greenwald y su bomba sobre el Lava Jato, Krenak y sus palabras nunca antes tan oídas y finalmente encontrando interlocutores) o zonas de autonomía temporaria (Notre-Dame-des-Landes era un territorio destinado a volverse aeropuerto, y fue ocupado por mucha gente con sus métodos alternativos de vida y producción). Para no mencionar experimentos a otra escala, como el de las y los zapatistas (¡cuánto tendríamos que aprender de ellos y de ellas!): la deserción del capitalismo, la desmonetización de la existencia, la desacralización del trabajo o de la productividad, la no-propiedad privada de la tierra, la evitación del enfrentamiento armado aliado a la disuasión militar en la defensa de un inmenso territorio “liberado”, el rechazo a “tomar el poder”, el subliderazgo no personalista, la democracia como conversación infinita, la imaginación performática en la conexión con la población mexicana o con las redes planetarias, la convivencia de las comunidades con sus diversas camadas temporales –en suma, una gramática política, social, subjetiva, ecológica, comunicacional, histórica, totalmente original.[17]
Salvando las distancias, es también lo que intenta decir Guattari a través de su triple ecología, social, mental, ambiental. A mi entender, ella no perdió para nada su actualidad. “Se necesita una inmensa reconstrucción de los mecanismos sociales para hacer frente a los estragos del CMI [Capitalismo Mundial Integrado]. Ahora bien, esta reconstrucción no depende tanto de reformas desde arriba, leyes, decretos, programas burocráticos como de la promoción de prácticas innovadoras, la proliferación de experiencias alternativas, centradas en el respeto de la singularidad y en un trabajo permanente de producción de subjetividad”.[18] Este giro ecosófico invita a la creación de territorios existenciales de lo más disensuales. Para conceptualizar este tipo de prácticas, el autor de La revolución molecular usó o inventó expresiones poco usuales –Eros de grupo, animismo maquínico, focos autopoiéticos, universos incorporales, báscula caósmica, aprehensión pática, lógica de las intensidades no discursivas, líneas de fuga procesuales– y reivindicó “un inconsciente cuya trama no sería más que lo precisamente posible, lo posible a flor de piel, a flor de socius, a flor de cosmos…”.[19] De este modo se deja ver todo un paisaje del pensamiento, a favor de un inconsciente desterritorializado, de una ontología constructivista, a través de una cartografía intensiva y afirmativa, apuntando siempre a la proliferación de diferencias: heterogénesis.[20] Esta terminología inusitada puede parecer de difícil digestión. Sin embargo es a tal punto inusitado nuestro contexto que no deberíamos tener miedo de nociones también inusitadas, en la medida que puedan enfrentar uno de los desafíos más urgentes: conjurar “el crecimiento entrópico de la subjetividad dominante”: la monocultura mental, subjetiva, axiológica.
Todo esto extrapola en buena medida aquello que le quedó a la izquierda como tarea. Cuán conservadora y tímida parece ella ante el fascismo: defender la institucionalidad de una tal “democracia” formal, o mitigar los efectos de un capitalismo creativo-destructivo. Es poco, es muy poco. Contra el caos producido por la extrema derecha, ¡nos convertimos en el partido del orden y el progreso! ¡Es necesario más, mucho más! ¡¡Y otra cosa!! Más invención táctica, más insubordinación efectiva, más dispositivos aptos para fabricar valores diferentes, más cuerpo a cuerpo, más máquinas de guerra artísticas, comunitarias, éticas, más arrojo en el pensamiento, más irreverencia filosófica, política, erótica, más pies-en-la-tierra, más pies-en-la-calle, más pies-en-las-estrellas, más asociación libre, más disociación asumida, menos normopatía y servilismo y cobardía, otra suavidad (Guattari), otra sensibilidad, otra afectibilidad, otra recepción de los traumas y colapsos, más espacios comunes, más hibridación, sexual, racial, generacional, otras formas de cuidado para con los enfermos, las criaturas, los locos, los animales, las plantas, las piedras, las montañas, las aguas, toda la corteza terrestre, la piel de la Tierra. Y, también, más creencia en la fuerza de las cosas y de los vivos, de la libido y de la palabra, de la levedad y del arrobo. ¿Cómo no ver que esta lista es infinita, y que, con las alianzas favorables, ella es capaz de modular la afectividad social, de redistribuir las cartas, tal vez de dar vuelta el juego, quién sabe si hasta de ayudar a dar vuelta la mesa? Precisamos un nuevo tablero donde otro juego pueda agenciar de modos diferentes las fuerzas vivas disponibles. Porque en la guerra entre formas de vida que ahora se explicita como nunca antes, en medio del culto a la fuerza bruta, del ímpetu viril y del resentimiento tóxico que disemina el fascismo, lo que intentan secuestrarnos cotidianamente es la fuente de lo posible: “el eterno retorno del estado naciente” (Guattari).
Contra la mandíbula trascendental que todo devora (el capital, decía Mbembe), una potencia pide paso, así como, en medio de la catástrofe y de la asfixia, el susurro de un negro afecta al mundo, a pesar de todo, diciendo simplemente, y de ese modo volviéndose portavoz de una época: “no puedo respirar”. ¿No será esta una de las figuras de la catástrofe –y de su envés–, alguien que, privado de su aliento vital, y en el límite de su existencia, suscita un tornado multitudinario de dimensiones planetarias? Hablamos de George Floyd, pero lo mismo debería valer para João Pedro y Ágatha Felix y miles de otras y de otros, que ni siquiera tuvieron el tiempo para decir, mientras jugaban o dormían, que perdían la respiración.
Contra la desafección que crece pavorosamente, ¡una defección generalizada! Desertemos de las guerras que no son nuestras, masquemos nuestra coca en las subidas lentas, y como el rebelde aymara que se sienta en el medio del camino, esperemos a que lleguen nuestras almas.
[Revisión afectiva de Mariana Lacerda – Este texto sería impensable sin todos los que lo antecedieron en esta serie “pandemia crítica”. A sus autoras y autores y autories, mi agradecimiento.]
NOTAS
[1] Peter Sloterdijk, Has de cambiar tu vida: sobre antropotécnica, Pre-Textos, Valencia, 2012.
[2] Alain Brossat y Alain Naze, “L’épouvantable restauration globale”, en https://ici-et-ailleurs.org/contributions/actualite/article/l-epouvantable-restauration.
[3] Liev Tolstói, Guerra y paz, trad. Lydia Kúper, El Aleph Editores/Muchnik, 2010.
[4] Stéphane Hervé y Luca Salza, “Kutuzov: pour une estratégie destituante aujourd’hui”, en https://lundi.am/Koutouzov-pour-une-strategie-destituante-aujourd-hui (trad. port. en https://n-1edicoes.org/122).
[5] Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, DeBolsillo, Barcelona, 2015, pp. 41-46.
[6] André Lepecki, “Movimento na pausa”, en https://n-1edicoes.org/114.
[7] Achille Mbembe, Brutalisme, París, La Découverte, 2020 (Brutalismo, en prensa en portugués por n-1edições).
[8] Peter Sloterdijk, Esferas III, trad. Isidoro Reguera, Madrid, Siruela, 2006, p.76 y ss.
[9] Elias Canetti, “Herman Broch. Discurso pronunciado en su quincuagésimo aniversario: Viena, noviembre de 1936”, en La conciencia de las palabras, trad. Juan José del Solar, México, Fondo de Cultura Económica, 1981.
[10] Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Madrid, Akal, N 10, 2, p. 477.
[11] Jerôme Baschet, Défaire la tyrannie du présent, París, La Découverte, 2018.
[12] Walter Benjamin, Libro de los pasajes, cit., N 9a, 1, p. 476.
[13] Ibíd.
[14] Nurit Bensusan, “Alice no país da pandemia”, en https://n-1edicoes.org/121.
[15] “Conflicts of planetary propositions – A conversation between Bruno Latour and Dipesh Chakrabarty”, en http://bruno-latour.fr/article.html.
[16] Gustav Janoush, Conversas com Kafka, Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 2008.
[17] Jerôme Baschet, A experiencia zapatista: rebeldia, resistência e autonomia, y Mariana Lacerda y P.P. Pelbart (org.), Uma baleia na montanha, recopilación de textos y documentos zapatistas, ambos en prensa por n-1 edições.
[18] Félix Guattari, Las tres ecologías, trad. José Vásquez Pérez y Umbelina Larraceleta, Valencia, Pre-Textos, 2000, p. 61.
[19] Félix Guattari, O Inconsciente maquinico, Campinas, Papirus, 1988, pp. 10-11.
[20] Félix Guattari, Cartographies Schizoanalytiques, París, Galilée, 1989 [Cartografías esquizoanalíticas, trad. Dardo Scavino, Buenos Aires, Manantial, 2000]. Véase también Guillaume Sibertin-Blanc, Direito de sequência esquizoanalítica contra-antropologia e descolonização do inconsciente, por n-1 edições (en prensa).
Traducción: Emilio Sadier
Fuente: https://sangrre.com.ar/2020/08/14/espectros-de-la-catastrofe/

Entrevista especial a Giuseppe Cocco
Por: Patricia Fachin y João Vitor Santos
para IHU-Unisinos
En un intento de proponer una salida, una tercera vía al debate polarizado sobre el papel del dinero y el dinero en períodos de crisis económica, social y política, Giuseppe Cocco y Bruno Cava publicaron recientemente el libro La vida de la moneda. Crédito, imágenes, confianza (Río de Janeiro: MAUAD X, 2020). En el trabajo, ambos se oponen a la «polarización» entre dos «posiciones dogmáticas: la del equilibrio fiscal neoliberal y la del déficit presupuestario neokeynesiano». Es decir, buscan alternativas a los discursos de que “el dinero puede hacer de todo, pero es escaso y no puedes gastar más de lo que tienes (o cobrar)” o “que hay dinero para todo y eso resuelve automáticamente los problemas de salud, educación, desigualdad, etc.”
Según Cocco, estos dos puntos de vista se basan en supuestos cliché. Por un lado, señala, existe una visión moralista que entiende el dinero «como un producto del mal» y, por otro, una visión que «atribuye el dinero a la capacidad de resolver todos y cada uno de los problemas».
IHU On-Line – Ante una situación de crisis económicas y financieras recurrentes, cuál es la importancia de reflexionar sobre la moneda, el tema de su nuevo libro, La vida de la moneda. Crédito, imágenes, confianza?
Giuseppe Cocco – Me parece la única forma de tratar de entender qué hacer en la crisis del capitalismo global. Nadie más niega esta crisis que se prolonga desde 2008. La pandemia la ha amplificado y acelerado al mismo tiempo, llevando las políticas monetarias y presupuestarias de los estados a otro nivel.
La crisis financiera de 2008 marcó el fin de las fluctuaciones cíclicas del capitalismo cognitivo en la globalización. Desde 2011, un ciclo revolucionario se abrió en Túnez y se extendió por el mundo hasta que, como en los años 20 y 30 del siglo pasado, surgió una ola reaccionaria, algo así como una nueva forma de fascismo. Por un lado, el nuevo tipo de fascismo (generalmente llamado populismo) transmite un mensaje que, a los efectos de nuestra presentación, podríamos resumir de esta manera: “si no estás disfrutando de la gobernanza neoliberal de la globalización, implementaremos otra, ¡peor!”. En Brasil funciona así: “¿Quieres la protección de los Derechos Humanos frente a la violencia y la corrupción policial? Incluso vamos a excluir a la policía de la posibilidad misma de ser acusados de cualquier ilegalidad e institucionalizar a las milicias”.
Por otro lado, este nuevo tipo de fascismo se afianza electoral y socialmente debido a un verdadero impasse: la gobernabilidad neoliberal está agotada, pero no hay nada que poner en su lugar.
POLARIZACIÓN
La polarización entre la defensa y la crítica del neoliberalismo tiene efectos paradojales, que la trayectoria de los gobiernos federales hegemonizados por el PT y el fenómeno más generalizado del lulismo dejan muy claro: lejos de construir una alternativa al neoliberalismo, solo promovieron una hibridación entre dogmáticas neoliberales (reformas, ajustes) y desarrollismo sin otro proyecto que las ‘operaciones estructuradas’ en los departamentos de soborno de grandes contratistas. El resultado fue un escaparate bien representado por la ruina de Río de Janeiro, que nuevamente se convirtió en la capital, precisamente, de este legado hecho de ruinas, llegando incluso a convertirse en la base electoral del fascismo bolsonarista.
Cuanto más se enfoca la crítica al neoliberalismo (o ‘extractivismo’), menos salimos de él y, peor, más se afirma un tercer camino perverso que es el de las milicias fascistas que hoy está en el poder.
El debate y los enfrentamientos sobre la moneda y el dinero me parecen fundamentales en los esfuerzos por encontrar una salida a la polarización entre dos dogmáticas: la neoliberal del equilibrio fiscal y la neokeynesiana del déficit presupuestario.
IHU On-Line – En el libro, mencionas que para tener una mejor comprensión del concepto de dinero, es necesario considerar los diversos campos del conocimiento, como la sociología, la antropología, la teoría de la literatura, el cine y la comunicación, y no solo la historia económica. , economía política o filosofía de la economía. ¿Cómo estas últimas áreas limitan nuestra comprensión del concepto y cómo las primeras amplían esta noción? ¿Qué concepto saca de todas estas suposiciones?
Giuseppe Cocco – La convergencia transdisciplinaria es una de las principales tendencias de la ciencia en las últimas dos o tres décadas. Paradójicamente, se habla mucho de Inteligencia Artificial precisamente en el momento en que las neurociencias multiplican la investigación sobre Inteligencia ‘natural’ y esta basada en el descubrimiento de la plasticidad del cerebro humano. El dinero siempre ha sido producto de esta convergencia: es información producida por interacciones sociales al mismo tiempo que las sustenta y las reproduce. Es una fría matemática contable al mismo tiempo que el misterio de su valía. Durante mucho tiempo, fue el ‘lastre’ el que resolvió la angustia ante el misterio, y esto a través del mecanismo de atribuir al soporte material del dinero el valor que trasmitiría.
La historia de la moneda podría escribirse como una secuencia de transformaciones de sus soportes: desde las frágiles tablillas de arcilla donde encontramos la escritura cuneiforme sumeria hasta los bits encriptados de las monedas digitales, pasando evidentemente por el oro y la plata. Pero el apoyo siempre ha sido precisamente «apoyo» para algo: imágenes y escritos que transmiten información general sobre una moneda en particular y las cifras que significan información específica para una «fracción» de esa moneda. Lo que transmite el soporte, por tanto, son dos informaciones diferentes y complementarias: su aura trascendental de moneda, que concierne a su autoridad comercial y / o soberana, y su mortífera existencia de unidad de cuenta.
Pero entonces, ¿qué sería esa «cosa» que el soporte vehicula? En realidad, el soporte no vehicula «nada», ningún «objeto», sino una relación social. La circulación del dinero es la circulación de una relación: una relación de relación. Por tanto, no hay forma de aprehender la moneda sin movilizar un enfoque transdisciplinario. Una forma de entender este desafío es recordar la evolución de la moneda a lo largo de su historia: cuanto más se moderniza la moneda, más se ‘deshace’ de todo tipo de lastre, hasta el punto de que se desmaterializa. Pero cuanto más pierde la moneda su lastre, más se buscan otras formas de reafirmarla. Recuerde, fue recién en 1956, ya dentro de este proceso de pérdida de lastre y desmaterialización, que a las imágenes tradicionales de soberanía estatal se unió el lema “In God We Trust” en el dólar estadounidense. El Real, introducido en Brasil en 1994, repite esta operación, escribiendo: “Alabado sea Dios”. Cuanto más parece la moneda por lo que es, una mera creación ex nihilo sin lastre, más fuerte es la tentación de atarla a alguna trascendencia: la promesa soberana de pagar al poseedor la cantidad estipulada en el anverso se desarrolla así a partir de una profesión de fe. Mezcla de crédito y creencias.
En este sentido, la austeridad neoliberal, con su equilibrio fiscal y la dogmática que conlleva (por ejemplo, el ‘techo de gasto’ o la necesidad de que la deuda pública se mantenga por debajo del 100% del PIB), no deja de ser solo un intento de vincular la moneda a alguna trascendencia y así conjurar su dimensión inmaterial: relación de relación.
IHU On-Line – ¿Cuáles son los principales clichés y confusiones entre quienes critican el mundo financiero y el dinero?
Giuseppe Cocco – En mi opinión, hay dos clichés que están particularmente arraigados y actúan como obstáculos increíbles para la crítica material de la moneda. El primero es de origen moral y religioso: el dinero se convierte en algo parecido al producto del mal; en la Edad Media se decía que era el «estiércol del diablo». A raíz de este moralismo, la crítica a la explotación (y al neoliberalismo) se mezcla con la crítica al dinero en sí, como si fuera algo que debería ser ‘eliminado’. Vaya, el dinero se inventó con la propia invención de la sociedad, incluso antes de sus formas escritas (como las tablillas sumerias). Cualquier libro de antropología nos habla de los fenómenos primordiales de invención de socius, como la prohibición del incesto. Ahora bien, ¿qué sería esta prohibición sino una intensa promoción – por exogamia – de las redes de intercambio que ahora llamamos comercio internacional? No es casualidad que la investigación en antropología, desde Marcel Mauss hasta David Graeber, se encuentre entre las más interesantes para comprender el fenómeno monetario, cambiario y de la deuda.
El otro tópico que más circula es el que atribuye al dinero la capacidad de resolver todos y cada uno de los problemas. La realidad de este cliché es más compleja porque contiene dos actitudes contrapuestas: la que dice que ‘no hay dinero para todo y, por tanto, hay que ser estricto en el gasto’ y la otra, simétrica, que dice que ‘hay dinero, basta decidir gastarlo ‘y eso resuelve cualquier problema. Irónicamente, son las dos caras de la misma moneda las que otorgan todos los poderes al dinero. Una cara es aquella que dice que el dinero puede hacer todo, pero es escaso y no puedes gastar más de lo que tienes (o cobras). La otra cara es la que dice que hay dinero para todo y que automáticamente resuelve los problemas de salud, educación, desigualdad etc. Esta polarización es uno de los dispositivos más difíciles de desarmar para afirmar las dimensiones comunes de la moneda.
IHU On-Line – Por otro lado, ¿cuáles son sus críticas a la división que algunos teóricos hacen entre dinero y producción, o economía real y economía ficticia, refiriéndose al mundo productivo y financiero? ¿Qué problemas crea este tipo de lectura?
Giuseppe Cocco – Esta lectura, latamente mayoritaria en el campo general de la izquierda y también del desarrollismo, se deriva directamente de los enfoques moralistas del dinero mencionados anteriormente. El dinero y las finanzas son «malos», mientras que el mundo de la producción sería «bueno»: para algunos crea puestos de trabajo, para otros porque solo generaría riqueza «real». Son solo prejuicios, pero muy fuertes. También es una serie de ambigüedades en los análisis marxistas (y no solo marxistas) del dinero, la acumulación y el fetichismo. ¿Cómo podemos decir que en las sociedades humanas hay algo real que se opondría a lo «ficticio»?
La antropología nos explicó que en las llamadas sociedades primitivas existe la producción de artefactos tan sofisticados que son incomprensibles para el racionalismo colonial. Por eso, en la perspectiva occidental, son vistos como ‘inútiles’, ficticios: tótems, tocados o tatuajes, sin mencionar el uso ritual y no solo el uso médico de sustancias alucinógenas. Lo interesante del «pensamiento salvaje» es precisamente que sus ficciones y los soportes que las transmiten están por todas partes. Las epistemologías del sur no son interesantes porque proporcionan otras sustancias para las mismas prácticas (por ejemplo, médicas), sino porque producen otras relaciones entre forma y contenido: la distinción entre ficticio y real es irrelevante. Lo que importa es la producción de significados.
Pero, para volver al debate sobre la separación del ámbito financiero que sería la principal característica del capitalismo neoliberal, es necesario enfatizar que no se trata solo de decir que la lucha entre lo real y lo ficticio no nos lleva a ninguna parte (porque todo lo que es real para nosotros porque pasa por nuestra percepción y, por tanto, siempre tiene cierto grado de ficción), pero sobre todo nos impide aprehender que las finanzas hoy están en el centro (y no en un desvío) del actual régimen de acumulación.
En la medida en que producción y circulación se mezclan, como quedó claro en las formas empresariales más recientes como las plataformas, lo explícito es la transformación del trabajo, es decir, el hecho de que ocurre completamente al margen de la relación salarial. No hace falta buscar la Uber californiana que hoy moviliza a cientos de miles de conductores y autos en las ciudades brasileñas, solo piense en los camioneros autónomos producidos por la expansión del crédito en el gobierno de Dilma, esos que llevaron a cabo el mayor paro del sector en 2018, y estaban pidiendo un ‘intervención militar’, la que aconteció con la victoria del capitán en las elecciones de 2018.
RELACIÓN DE DEUDA Y CRÉDITO
Lo que importa es que la relación débito y crédito es hoy la nueva relación social de producción, la que sustituye a la relación salarial. En este contexto, no tiene sentido pensar en suprimir -o reducir- la ámbito financiero y moralizar todo lo que sería ficticio. Es necesario hacer lo que antes se hacía con el trabajo asalariado. El conjunto de derechos que llamamos «laborales» fueron producidos por luchas y revoluciones y terminaron por afirmarse como un vasto sistema de protección social. Hoy, la protección social ya no puede ser la del trabajo asalariado y sus «derechos laborales». Por el contrario, tiene que ser el de un trabajo movilizado sin remuneración, es decir, una ciudadanía que debe nacer por sí misma y determinar, por el ‘trabajo de los derechos’, las condiciones de esta movilización productiva dentro de la circulación. En la pandemia, esto se hizo aún más claro y dramático: así como tener derecho a una vivienda digna es fundamental para poder protegerse y proteger a los demás, tener derecho a la conexión a Internet y tener conectividad (computadora, etc.) es fundamental para seguir circulando. a pesar de las diferentes formas de confinamiento.
El trabajo precario y fragmentado solo puede ser productivo en la medida en que exista una sociedad que proteja a estos ‘precarios’. La lucha por mejorar esta protección es el paso decisivo para ir más allá del neoliberalismo y también de sus críticas ideológicas.
IHU On-Line – Afirmas también que “lo que en la época de Nixon era el discurso del capital, hoy, medio siglo después, se presenta en el debate público con un aire de crítica radical. Lo peor no es la ironía de este hallazgo, sino el hecho de que, con eso, la crítica no llega a deslizarse en los problemas económicos y monetarios de 2020”. ¿Cuáles son los problemas económicos y monetarios de nuestro siglo?
Giuseppe Cocco – Creo que existe una debilidad generalizada en el análisis de la globalización en todos los diferentes aspectos de la izquierda teórica. Incluso el enfoque salvaje, el del posoperaismo italiano de Antonio Negri, ha sido domesticado y debe, antes de hablar, mostrar lealtad a la doxa anti neoliberal.
Más o menos el mundo entero atribuyó a la globalización la caída del muro de Berlín y la consiguiente unificación del mundo bajo el dogma universal del «mercado» y el neoliberalismo. De esta manera no es posible aprehender sus determinantes, mucho antes: las luchas sociales que atravesaron el mundo industrial desde la década de 1960 y alcanzaron su apogeo en 1968. Lo que para los neokeynesianos y la izquierda socialista fue el paraíso de los grandes industriales, fue el infierno para una clase trabajadora que -como dice el título del clásico de Elio Petri- quería ir “al paraíso”, más allá de los muros de la fábrica y la sociedad disciplinaria y siempre luchaba por desconectar sus ingresos del trabajo en la fábrica. La respuesta a esta ofensiva revolucionaria la dio la administración Nixon con tres medidas tomadas durante los dos primeros años de la década de 1970. En 1971, ‘declaró la guerra a las drogas’, es decir, la militarización al mismo tiempo de los guetos estadounidenses y De América Latina. Ese mismo año, Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar. Finalmente, en 1972, visitó China y formalizó las hasta entonces secretas relaciones que Estados Unidos y la China maoísta habían tenido desde el conflicto entre China y la URSS (en 1969 en la frontera trazada por el río Ussuri).
El rompecabezas de la salida del neoliberalismo tiene un nombre, se llama China. Hay una dimensión «china» de la moneda que detiene la inflexión en otros países y esto concierne a las colosales masas de trabajadores movilizadas por esta colosal fábrica del mundo que no permite que persista la libertad sindical. Cualquier recomposición monetaria de la lucha contra la desigualdad y por una nueva protección social choca con esta presión salarial (a la baja) de los trabajadores chinos bajo la mano de hierro del Partido Comunista Chino. Sin embargo, el gobierno chino sabe muy bien que esto no puede continuar: no hay forma de seguir destruyendo externalidades (el medio ambiente, el aire en las ciudades) y ya no hay forma de no reconocer la presión desde abajo. El avance chino en el campo de la innovación, desde el farmacéutico (como en el caso de las vacunas) al digital (por ejemplo, con 5G o con el sistema de vigilancia llamado ‘crédito social’), viene a raíz de esta inflexión. Será interesante ver si este reciclaje hacia una economía de innovación puede volverse compatible con la restricción de la libertad (como indica la represión en Hong Kong).
IHU On-Line – ¿Qué constituiría una crítica efectiva al neoliberalismo, en su opinión? ¿Cómo es posible avanzar en la crítica del neoliberalismo para que la crítica actual se salga de sí misma?
Giuseppe Cocco – El terreno de la moneda es fundamental. Cuando miramos el debate difundido por la prensa paulista entre dos facultades (Insper y USP), la cosa está clara. Por un lado, incluso después de la increíble creación monetaria planetaria que todos los países implementaron para enfrentar la crisis del covid-19, tenemos la reproducción del dogma monetario fiscal que repite: «no se puede gastar más de lo que se recauda». Por otro lado, el viejo discurso neokeynesiano que se convirtió en el mantra de los economistas de «izquierda»: es necesario y se puede «gastar» más y no hay límites para eso. Este campo recibió recientemente dos importantes traspasos: los economistas André Lara Resende y Monica de Bolle. Lara Resende fue la primera integrante del establishment del Plan Real en romper el consenso y presentar la Nueva Teoría Monetaria como base para una nueva técnica monetaria que ya no estaría anclada en el equilibrio fiscal.
Pero la pregunta sigue siendo otra: ¿cómo cortar por la diagonal esta polarización?
No se trata de incrementar el gasto ni de mantener la austeridad. Se trata de implementar una política social y económica que cree una moneda real: una moneda que, en lugar de ‘alabar a Dios’, ‘alabe a los pobres’, en el espíritu de la encíclica Fratelli tutti: la vida de la moneda, para que sea verdadera , necesita afirmar su relación como amor, ser en ese sentido una relación de relación. Para ello, lo más importante es el apalancamiento social del proyecto y no el cambio de hombro de las armas monetarias y presupuestarias. Esta palanca es la Renta Básica, es decir, una política económica anclada en la movilización productiva y democrática de los pobres. Lula, con Bolsa Familia, y Bolsonaro, con ayuda de emergencia, fueron en esa dirección, pero la usaron de manera antidemocrática: chantajear a los pobres y exigir apoyo electoral. En lugar de instituir un ingreso para los pobres, lo vinculan a su futuro político y así buscan mantener la subordinación de los pobres. La migración del apoyo popular de la lulista al bolsonarismo en estos meses de pandemia confirma la dimensión oportunista de este mecanismo.
Los pobres, a su vez, actúan como defensores del equilibrio fiscal. Estos últimos predican reformas que pretenden lograr independientemente del gobierno: sea Dilma, Temer y ahora Bolsonaro. Los pobres hacen lo mismo y dan su apoyo, solo en términos de encuestas de opinión, a cualquiera que le ofrezca un tipo de ingreso diferente, ya sea Lula o Bolsonaro.
La política y la moneda de la Renta Básica ya existen, pero de forma fragmentada. Necesitan afirmarse como una política de lo común. La Renta Básica no es solo una política para combatir la desigualdad (a la Piketty), ni alguna cosa que se tornaria posible una vez que la dogmática neoliberal fuera reemplazada por la Nueva Teoría Monetaria (o el viejo neokeynesianismo). Menos aún sería el resultado de una reforma tributaria que reasignaría recursos escasos en función de esta nueva prioridad.
Todo lo contrario: la Renta Básica y la nueva protección social – adecuada a las nuevas formas de movilización productiva y democrática – nos llevarán más allá de la polarización estéril entre las dos posiciones ideológicas, entre algunas facultades de São Paulo, o entre Faria Lima y Vila Madalena.
Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton
*publicado originalmente en IHU-Unisinos 07-01-2021: http://www.ihu.unisinos.br/

Por Brian Kreschuk
Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes» de Silvia Federici nos propone un camino de salida, una contrafigura al imperio de las mercancías a través del principio político de lo común y el feminismo. Es por ello, que analizar estos textos implica sobre todo, un compromiso militante.
“Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes” de Silvia Federici, merecería un poco más que la simple descripción de sus contenidos o el formato clásico de una reseña. Nos enfrentamos a un documento abierto que tiene como intención cardinal presentarnos una serie de coordenadas programáticas y estratégicas, apoyadas en más de 30 años de estudios sobre las transformaciones generales del capital, la tierra, el trabajo, y las mujeres, desde su experiencia en África, América Latina y los Estados Unidos. Los artículos de este libro nos proponen un camino de salida, una contrafigura al imperio de las mercancías a través del principio político de lo común y el feminismo. Es por ello, que analizar estos textos implica sobre todo, un compromiso militante.
El libro está dividido en dos partes. La primera, “Sobre los nuevos cercamientos” y la segunda, “Sobre los comunes”. Esta elección no es arbitraria. No es posible comprender ni la emergencia de lo común como principio político ni su riqueza revolucionaria sino se presentan primero las condiciones históricas particulares que dieron lugar a su nacimiento.
Sobre los nuevos cercamientos
El libro parte del reconocimiento de que el mundo del bienestar se había acabado. La época dorada de la redistribución y los pactos sociales ya no constituirían la estrategia central de la burguesía. Es así que vería la luz una nueva etapa de expansión del capital apoyada en su receta más efectiva: El disciplinamiento de los trabajadores y las trabajadoras.
Silvia comienza su exposición en “introducción a los nuevos cercamientos” desde la categoría marxiana de acumulación primitiva para mostrarnos que el capital no ha utilizado el despojo, la violencia y los cercamientos de tierras comunales como un elemento expansivo solo en la primera etapa de su desarrollo, sino que como piensan muchos teóricos contemporáneos, la acumulación originaria es la actividad perpetua del capital para activar sus ciclos de crecimiento.
Tomando el ejemplo desde su experiencia en Nigeria, y a través del artículo llamado “La crisis de la deuda, África y los nuevos cercamientos”, Federici nos presenta con claridad que el avance de los Estados africanos con la colaboración del FMI y el Banco Mundial sobre los poderes comunales a través del cercamiento de tierras, implicó un abrupto disciplinamiento de la vida en las comunidades, privando a los pobladores de sus antiguas formas de subsistencia y desordenando su cotidianidad en el marco de lo comunal. “Los nuevos cercamientos suponen una reorganización a gran escala del proceso de acumulación que lleva desarrollándose desde mediados de la década de los setenta, cuyo objetivo principal es desarraigar a los trabajadores del terreno en el que se ha construido su poder organizativo de modo que, al igual que los esclavos africanos trasplantados a América, se vean obligados a trabajar y luchar en un entorno ajeno en el que ya no dispongan de las formas de resistencia que eran posibles en casa” (Federici, 2020:54)[i]
En este proceso, Federici muestra cómo el avance sobre las condiciones de vida de las mujeres será aún más violento. El libro presenta en incontables oportunidades el papel central de la mujer en la actividad de reproducción de la vida y la riqueza comunal, y en la cual a través del útil división para el capital y el dominio patriarcal, entre vida publica y privada, se esconden las prácticas de regalo, en términos de trabajo, al sistema. El trabajo gratuito de cuidado físico, espiritual y ecológico que ejercen las mujeres en las comunidades, se verá re-configurado en el proceso de implementación de los nuevos cercamientos, ya que el despojo de la tierra, principal elemento para la subsistencia económica las mujeres, las empujó a buscarse la vida en el mercado formal. Lo que dio como resultado, el disputar en un mercado laboral profundamente masculino la porción más indigna y ver casi como un imposible el sueño propietario. Por lo tanto serán estas las grandes perdedoras de la apertura neoliberal de los países africanos.
Desterrar la lucha de clases de los cuerpos, la autonomía de la experiencia política y quebrar la institucionalidad comunal no solo se iba a hacer desde el despojo de la tierra. En el capítulo que analiza el proceso que va desde la comunalización a la deuda, Federici nos va a regalar un extraordinario pasaje, que podría levantar desde la indignación que provoca al mismísimo Lucio Urtubia[1] de su tumba para volver a las andadas, acerca del papel de la crisis de deuda en los países africanos, es decir, las consecuencias de tener que pagar con tierras, autonomía y sangre las “ayudas” de las entidades de crédito internacional. Y agrega la utilización de los microcréditos como forma de transferencia individual de recursos, disciplinamiento de los cuerpos y división entre los propios habitantes de las comunas. Las mujeres sufrirán los peores golpes, ya que serán las primeras “beneficiarias” de los programas de microcrédito y llevarán el peso de tener que hacer hasta lo imposible por pagar y en el caso de no poder hacerlo, verse sometidas a la vergüenza y la persecución por “deudoras”. La conclusión de este apartado es que “la crisis de la deuda proporcionó al capital nacional e internacional una oportunidad inigualable para emprender una reestructuración amplia de las relaciones de clase con el propósito de reducir el costo del trabajo, aumentar la productividad social, revertir las expectativas sociales y abrir el continente para que las relaciones capitalistas lo penetren por completo basándose en el uso capitalista de la tierra” (P:70) y a través de los microcréditos se pudo “explotar directamente al proletariado global al eludir la mediación de los Estados nacionales, asegurándose así de que todos los beneficios vayan a parar directamente a los bancos” (P:113)
Por último, la primera mitad del libro también analiza el proceso de incorporación de China al mercado mundial, y la importancia de esto para la reestructuración capitalista global. A través de la idea de “ruptura del Cuenco de Arroz de hierro” que recupera Federici, se sintetiza el cambio de paradigma desde la seguridad y el bienestar a la precariedad y súper-explotación de los trabajadores chinos. En retrospectiva podríamos decir que ese cuenco ya es completamente de plástico.
En esta primera parte el objetivo central pasa por mostrar cómo se desarrolló el neoliberalismo y la globalización a través de un nuevo proceso de acumulación originaria. La violencia contra la organización de los pueblos, los nuevos cercamientos, el uso disciplinador de la deuda individual, la incorporación de china a la lógica expansiva neoliberal y el trabajo específico de dominio sobre las mujeres permitieron activar un nuevo periodo para la acumulación capitalista.
La contracara de este proceso será que los pueblos iban a dar muestra de su capacidad de resistencia y de su creatividad organizativa para generar formas de lucha que por extensión de sus prácticas, atravesaban todos los universos de la cotidianidad en donde se vive la opresión. Y por lo tanto, configurarían las características de un anticapitalismo radical en la defensa y creación de lo común.
Así como el sistema se revitalizó en el despojo, los pueblos se activarían en un nuevo ciclo de luchas para responder a un escenario diferente en la experiencia de vivir juntos.
Sobre los comunes
En la segunda parte del libro, Silvia expone sobre el surgimiento de lo común en las luchas actuales. Ella entiende que son las batallas comunales, por los comunes o por lo común con una perspectiva feminista las que marcan el pulso de los procesos populares contemporáneos.
A partir del estudio de formas de resistencia y organización comunal de los pueblos nativos de EEUU y de luchas contra el neoliberalismo, pero más precisamente aquellas llevadas por las mujeres contra los nuevos cercamientos y la crisis de deuda en África y América Latina, y también desde combates recientes en Europa y Estados Unidos como los movimientos de mujeres o los que surgieron desde la ocupación de plazas, Federici da una serie de precisiones en relación a las características que comparten estos movimientos a partir de las cuales podría definirse un principio político de lo común. Para ella, lo común es “un camino para transformar nuestra subjetividad y adquirir la capacidad de reconocer el mundo que nos rodea –la naturaleza, otras personas, el mundo animal– como una fuente de riqueza y conocimiento, no como un peligro”(P:121). Estos deben entenderse desde la existencia de una propiedad compartida en el marco de una comunidad, y dirigirse hacia la creación de sistemas de conocimiento, de nuevas formas de producción a largo plazo, con aptitudes para el cuidado y la reproducción colectiva. Los comunes son relaciones sociales que deben nacer desde la solidaridad, la cooperación y la responsabilidad mutua. De todas formas Silvia tiene claro que no existen recetas. Incluso un matiz importante del libro a la hora de pensar lo Común, pasa comprender que las prácticas de solidaridad y cooperación que encierran los comunes, corren siempre el riesgo de una captura capitalista de lo común. Federici ha podido ver esto en experiencias colectivas como las que giraron alrededor del software libre que ingresaron sin pausa a las lógicas de valorización mercantil.
Feminismo, comunes y reproducción social
La última porción del libro se meterá de lleno en mostrar cómo las mujeres están a la cabeza de las luchas por lo comunes. Tanto en “La lucha de las mujeres africanas por la tierra y la reconstrucción de los comunes”como en **“La lucha de las mujeres por la tierra y el común en América Latina”**, Federici explica cómo son estas quienes han llevado las banderas de la resistencia contra el neoliberalismo. A través de diferentes luchas de reproducción colectiva como cocinas populares o casas cooperativas, la defensa de experiencias económicas basadas en la agricultura familiar, todo el bagaje político-organizativo del feminismo popular, el reconocimiento del propio cuerpo, la capacidad reproductiva y de romper con los velos de la división entre lo público y lo privado que somete a las mujeres en la gratuidad del trabajo doméstico, se han generado las formas organizativas más radicales de los últimos treinta años.
La tesis que sostendrá el cierre del libro luego de una serie de debates con algunas ideas del Marxismo, especialmente aquellos pasajes en donde le atribuye a la tecnología un papel liberador, es que las luchas comunes por la reproducción de la vida serán el terreno central de nuestro futuro inmediato, la zona cero de la revolución. Reconociendo una crisis de reproducción expresada en el deterioro ecológico, el dominio sobre los cuerpos y el desencantamiento, son lo comunes los que pueden construir un nuevo escenario para la reproducción, resignificando la experiencia de vivir, la relación con los otros y el vínculo con la naturaleza. Y no desde la nostalgia o la búsqueda de un retorno a la ancestralidad comunal, sino en la búsqueda de un destino diferente para la humanidad desde la solidaridad, la cooperación y el autogobierno.
A modo de cierre
Existen tres elementos con los cuales podríamos aportar al debate con Federici: Sobre los significados de lo “común”, sobre el principio específico de lo común y sobre la idea de propiedad comunal.
En primer lugar el uso indiscriminado de lo común, bienes comunes, el bien común y lo comunal como partes de una visión integrada en el principio político confunde al lector dificultando diferenciar entre el aspecto político en términos de principio, el aspecto moral con la idea de “el bien común”, el aspecto económico mercantil con la idea de “bienes comunes” y la forma institucional de lo común en lo “comunal”. Podríamos preguntarnos ¿En qué momento pasamos desde la defensa del “bien” a la creación del común? Y en esta misma reflexión ¿Es la categoría de “bien” heredada de la visión mercantil de las cosas apropiada para describir lo que es común?
En segundo lugar, a la hora de explicarnos lo que se entiende por principio político de lo común encontramos pocas definiciones.
Federici apoyada en las recomendaciones de Massimo de Angelis establece una serie de criterios para definir los comunes. Lo central pasa por la generación de prácticas de autogobierno, en el marco de una comunidad compartida, que se basen en la cooperación y el beneficio sobre la propiedad compartida, que toma la forma de riqueza social. Luego da una serie de coordenadas como el acceso equitativo de los medios, contribuir a la generación de nuevos modos de (re)producción o la generación de códigos de derechos y obligaciones de los comuneros. Sin embargo, no encontramos en ningún momento una definición clara de lo que se afirma por principio político. Si entendemos por principio aquello hace existir desde el momento cero a lo común Silvia solo nos arroja un conjunto de características que hacen a lo común y a los comunes que ya han sido establecidos. Sin embargo, la cooperación y la coobligación en el marco de una comunidad compartida garantizando el derecho de uso a los comuneros podría destilarse para pensar el principio de la actividad de institución.
Por último, el problema más profundo que nos arroja el estudio del libro y que nos empaña a la hora de pensar lo común como forma organizativa diferente a las lógicas del capital, es la idea de propiedad comunal que tiene Federici.
Si algo ha logrado el neoliberalismo es establecer un modo vida basado en la posesión individual como elemento característico de la existencia. Tener cosas, o la noción de poder tenerlas guía la lógica expansiva de la propiedad. El mundo y sus riquezas medidas en términos de bienes o cosas adquiribles que pueden ser apropiables actúa como razón de base.
Silvia cuando debe hacer la diferencia entre propiedad privada y propiedad estatal lo tiene claro. La propiedad Estatal es un tipo especial de dominio privado, sin embargo la propiedad comunal pareciera tener una naturaleza diferente. La pregunta ante esto es ¿Es la propiedad comunal de Federici el resultado de la delegación individual de un tipo de propiedad privada o es la propia inexistencia de la propiedad individual en las comunidades lo que constituye el común? Si es la segunda, ¿Porque seguir hablando de propiedad, que guarda en su lógica la posesión individual, y no darle paso a un común desde lo inapropiable y el derecho de uso?
Para terminar, nada parece más acertado en estos tiempos de desesperanza y donde algunos nos sentencian un destino irrevocable de extinción, que Reencantar el Mundo. Reencantarlo en la solidaridad, en la negación de la propiedad, en el cuidado del humano, de los animales y de la naturaleza en su conjunto. Recuperar de esos movimientos en curso donde la vida se reconcilia diariamente con la existencia de una nueva institucionalidad, los motivos para seguir, la imaginación radical para crear y las armas para luchar por un mundo Común. Ese mundo que muchos llevamos dentro de nuestros corazones y que sin duda está creciendo en este instante.
[1]Lucio Urtubia fue un albañil español, estafador y ladrón de bancos que colaboró financiado múltiples movimientos sociales en el mundo. Su robo mas emblemático fue al City Bank.
[i]Silvia Federici (2020). Reencantar el mundo: Feminismo y la política de lo comunes. Buenos Aires. Tinta Limón, 320 páginas.
