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Autor: admin

Movimientos en la pandemia: un nuevo comienzo rebosante de dignidad y autonomía

25abr-20
Publicada el 25 abril, 202025 abril, 2020
por admin

Por Raúl Zibechi

“No queremos tus donaciones. No queremos tus víveres disfrazados de intenciones de exploración”, dice el comunicado de comuneros y autoridades de rondas campesinas de las provincias de Huancabamba y Ayabaca, en la región Piura, norte del Perú.

De ese modo, el 21 de abril las comunidades afectadas por la empresa minera Río Blanco Cooper SA, rechazaron la maniobra de la minera que desde hace años pretende ingresar en esa zona y que ahora se aprovecha de las necesidades para dividir a la población.

El comunicado destaca que la empresa “disfraza sus verdaderas intenciones a través de donaciones”, ya que “desde que llegó a nuestra provincia solo ha traído muerte y ahora viene tendiendo actos de persecución y juicios iniciados contra nuestros dirigentes”. Les dicen que las medicinas que dona “no servirán cuando contamines nuestro medio ambiente y nuestras aguas” y que la ropa que quieren donar “no servirá cuando destruyas nuestros bosques de neblina”.

Además responsabiliza a la minera Rio Blanco “de las acciones que tome cada base o central de rondas contra sus promotores en la zona quienes deben estar en su casa y no dividiendo a nuestra población”.

Raphael Hoetmer, que ha acompañado las resistencias y marchas de los comuneros de Ayabaca, reflexiona por teléfono sobre la importancia del páramo y de los bosques de neblinas para el abastecimiento de agua de Piura y Cajamarca. “Es una zona de fuerte organización campesina, con rondas autónomas y autogestión de la vida. Rechazan la minería porque, aunque se saben pobres, quieren conservar un modo de vida que les ofrece bienestar y libertad, que empeoraría con la minería”.

Otra muestra de dignidad la ofrecen las comunidades de Morona Santiago (Ecuador), que son denunciadas por la minera Explorcobres, por haber atacado el campamento La Esperanza el 28 de marzo. Siempre según la empresa, los comuneros —a los que tilda de “delincuentes”—, tomaron el campamentos , “quemaron varias instalaciones, equipos y un vehículo”.

También en Ecuador, la comunidad San Pedro Yumate, que resiste a la minera Río Blanco en el macizo de Cajas, a una hora de Cuenca, instaló el lunes la tercera pluma (barrera) frente a la vía Cuenca-Molleturo-Naranjal, en una minga para impedir el paso a carros y personas no autorizadas por la asamblea comunitaria, nos escribe Paul desde su momentáneo confinamiento entre los shuar, en la Amazonía.

Mientras las mineras destruyen vidas, contaminan aguas y montes poniendo en riesgo la continuidad de las comunidades, los campesinos e indígenas no golpearon ni atacaron a ninguna persona, solo las instalaciones de las empresas multinacionales.

Seguimos en la región andina. El compañero y antropólogo Rodrigo Montoya nos envía un texto maravilloso, titulado “Aquí termina Lima”. Relata que miles de pobladores de Lima, que migraron años atrás desde diferentes provincias andinas, emprendieron una marcha de retorno a sus pueblos. “No se trataba de manifestante camino a una plaza pública para protestar”. Tenían en común su deseo de irse de la mega ciudad.

“La mayoría de caminantes era joven y tenía rostro andino”, escribe Rodrigo, que a sus casi 70 años fue alumno de la escuelita zapatista. Traigo este recuerdo porque es un compañero que ha hecho de su compromiso una forma vida. Aunque no sabe si desean irse de la capital para siempre, constata que se trata de un hecho “tal vez, demasiado importante”.

Se van de Lima porque no tienen trabajo, pasan hambre, y porque el individualismo de la gran ciudad golpea sus corazones. “A los viajeros de regreso les queda la reciprocidad del ayni —un día de trabajo por un día de trabajo, una carga de leña por una carga de leña— y la minga —un día de trabajo por una comida, con música, bebida y baile— entre familiares de un mismo ayllu o comunidad, como el último recurso en las tierras altas, allí donde los retornantes sin virus esperan llegar y ser bien recibidos”.

Tal vez estamos ante el comienzo de un ciclo inverso, la migración de la ciudad al campo, como nos proponen estos días los rebeldes de Rojava, “volver a la tierra” para “repoblar aldeas rurales”, como reza el comunicado del Comité de Solidaridad con Kurdistán de Ciudad de México. Siento que lo que están haciendo unos cuantos andinos, es todo un programa para enfrentar el colapso del sistema.

Desde la región andina vamos hasta Montevideo (Uruguay). Allí se produjo lo que un jerarca del gobierno municipal definió como “la ocupación urbana más grande de los últimos 50 años”. Se trata de unas mil familias que ocupan un enorme predio de una empresa de servicios portuarios, abandonado desde hacia 50 años, cuyos dueños tienen una elevada deuda con el Estado..

La ocupación comenzó en enero con apenas 28 familias, en Santa Catalina, la periferia pobre del oeste de Montevideo. La necesidad provocó un estallido de familias que decidieron correr el riesgo de tomar un terreno privado, para superar el hacinamiento en el que viven. El jueves 16 de abril el Ministerio del Interior desplegó un fuerte operativo con decenas de policías, helicópteros y drones, deteniendo a cinco vecinos. Dos de ellas fueron procesadas con prisión domiciliaria.

El lunes 20 de abril, desafiando la cuarentena, entre 50 y cien ocupantes se manifestaron frente a la casa de Gobierno. Resistieron el desalojo, tomaron la iniciativa y desafiaron la cuarentena. Se trata de trabajadores empobrecidos, desocupados, empleadas domésticas, changarines, pescadores y hasta algunos policías, que no pueden siquiera pagar un modesto alquiler en una zona que fue cuna del movimiento obrero.

El abogado Pablo Ghirardo, que representa sindicatos y trabajó durante varios meses con los ocupantes del barrio que bautizaron Nuevo Comienzo, asegura que lo hicieron “por el hacinamiento, ya que viven hasta siete personas en un mono-ambiente que se llueve, además de la fuerte especulación inmobiliaria que hace impagables los alquileres”. En la concentraciónportaban pancartas donde se leía: “Tierra para quienes la habitan” y “No nos condenen por ser pobres”.

En el barrio funciona un merendero con donaciones de varios sindicatos y de vecinos solidarios. Trazaron las futuras calles y dejaron lugares libres para espacios colectivos y el salón comunal. Están tan bien organizados que la policía no pudo desalojados. La estaca que un día de enero colocó una vecina para marcar su espacio en un terreno baldío, se multiplicó hasta convertirse en barrio.

Jorge Zabalza califica la masiva ocupación como “una explosión social como la que iniciaron aquellos estudiantes que saltaron los controles en el metro de Santiago de Chile”. Cientos de miles son expulsados por el modelo extractivo a los márgenes de la ciudad. Para Zabalza, “la iniciativa individual que se volvió alud colectivo permite adivinar la existencia de un imaginario que anticipa futuras rebeldías populares”.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/movimientos-en-la-pandemia-nuevo-comienzo-rebosante-dignidad-autonomia

Una mirada burguesa a la primera sublevación proletaria

25abr-20
Publicada el 25 abril, 2020
por admin

Por Jesus Aller Manrique

Los hermanos Edmond y Jules de Goncourt, nacidos respectivamente en 1822 y 1830 en la familia de un rentista, antiguo oficial del ejército napoleónico, trabajaron en colaboración en numerosos volúmenes de historia, crítica literaria y artística, y cinco novelas adscritas a la escuela naturalista. Además de estas obras, publicaron también tres entregas de un Diario en el que presentan un retrato agudo y entrometido de la vida intelectual de su tiempo. Hay que decir que son estas páginas de su producción conjunta, debidas sobre todo a Jules, las que han tenido una pervivencia mayor en el interés de los lectores. De ellas Renacimiento ha puesto hace poco en circulación una versión en castellano (2017, edición y traducción de José Havel)

Tras la temprana muerte de Jules en 1870, Edmond prosiguió los trabajos literarios hasta su fallecimiento en 1896, y el cuarto volumen del Diario (primero en solitario) arranca, así, en la época convulsa de la guerra franco-prusiana, el sitio de París y la comuna subsiguiente. Este cuarto tomo lo acaba de traducir José Havel completo para Renacimiento, mientras que, por su parte, Julio Monteverde ha preparado para Pepitas de calabaza una edición que prescinde de las entradas finales, posteriores a las perturbaciones de la Comuna. Los dos libros vienen con estudios liminares de sus traductores e índices onomásticos, y el de Renacimiento trae además profusas y provechosas notas a pie de página

Prusia contra París

Las anotaciones comienzan el 26 de junio de 1870, sólo seis días después de la muerte de Jules, y transmiten un duelo desgarrado por la desaparición del hermano menor, amigo y compañero entrañable, que representaba el polo amable y sensible en la compenetrada pareja. El 6 de agosto llegan a París rumores de una gran victoria francesa que resultan ser falsos, y para fin de mes la capital se apresta a la batalla y el Louvre es evacuado a Bretaña. “Vivir rodeado de esta extrañeza amplia y aterradora, que nos envuelve y abraza, no es vivir”, escribe Edmond el 3 de septiembre, al conocer la noticia de la captura del emperador. Ese mismo día se proclama una República que él recibe con agrado, pero también con la desconfianza de un propietario que teme excesos de la chusma.

El 19 de septiembre truena el cañón toda la mañana y después arriban a la ciudad tropas en retirada. El 23 Edmond anota: “Y siguen abiertas las puertas de los cafés, por las que brota el ruido de las conversaciones divertidas; y sigue la vida despreocupada de la capital, que subsiste junto con todo el horror de la guerra a nuestro alrededor.” Los días siguientes, sin embargo, se instala ya la escasez: “Ayer comimos las últimas ostras, y no hay más pescado que anguilas y gobio”. Los guisos de los ricos llevan carne de caballo y somos testigos de la ira contra los acaparadores que se lucran con la penuria. Compartimos ruidos y olores del París popular y burgués a punto de convertirse en campo de batalla, que el autor describe con amoroso detalle. El día 30, “en los cabarets no se bebe y casi no se conversa.”

La belleza del otoño se despliega indiferente a los rituales bélicos. Ya en octubre, los izquierdistas apuestan en animadas reuniones por declarar la Comuna en la capital sitiada. Las semanas que siguen no traen grandes cambios, aunque la comida, casi reducida a patatas y queso, escasea cada vez más. En enero de 1871 arrecian los bombardeos y explotan obuses cerca de la casa de Edmond en Auteuil. El 20 de enero se consuma la derrota. Los soldados regresan y son insultados por los guardias nacionales en las calles. Es la hora de la capitulación.

Versalles contra París

En febrero “comienza a haber carne y otras cosas de comer. Pero los parisinos carecen completamente del carbón con que cocinarlas.”  Los alemanes ocupan la capital por unos días, y tras su retirada, a mediados de marzo, la insurrección triunfante toma el control: “Los guardias nacionales se multiplican, y se levantan barricadas por todas partes coronadas por bravos chiquillos.” Cuando los militares Clément-Thomas y Lecomte, verdugos del pueblo, son fusilados, Edmond, abatido, clama por una existencia tranquila, entregado al arte, sin soportar la brutalidad de una “turba destructiva” que, armada y prepotente, le encorajina; en lo que ocurre ve los estragos del sufragio universal y la libertad de prensa. En seguida París es cañoneado de nuevo, y desde las mismas posiciones fortificadas de los prusianos, pero ahora por el gobierno provisional francés, presidido por Thiers y establecido en Versalles.

La visita a un hospital de campaña nos muestra el espanto de los cuerpos rotos, rédito de la guerra, y después asistimos a un desfile de féretros con banderas rojas. Edmond reconoce “una profunda tristeza por la suerte de estos brutos.” El 15 de abril los obuses causan estragos en torno a su casa, y ha de refugiarse en el sótano. Son jornadas en las que proliferan barricadas y desconcierto en las avenidas de una capital bajo el signo de la guerra. Ante el decreto que enrola a todos los varones entre diecinueve y cincuenta y cinco años para la lucha contra Versalles, nuestro rentista decide esconderse, pero los días que siguen no deja de vagabundear por París. El 25 de abril reflexiona que la Comuna encarna en realidad el patriotismo de las masas defraudadas por el tratado de capitulación, y rompiendo éste se habría hecho imposible el ataque de Versalles.

A finales de abril, Thiers rechaza cualquier conciliación y el 22 de mayo los versalleses entran en la capital. Es una jornada caótica en la que Edmond nos describe sus experiencias recorriendo plazas y avenidas. En breve caen las últimas posiciones de los federados, y mientras cadenas de prisioneros atados parten hacia Versalles, se empieza a oír el tableteo de los fusilamientos, coronado por detonaciones sueltas de tiros de gracia para los moribundos. Así, poco a poco, la ciudad de la luz vuelve a la normalidad. La última anotación recogida en la edición de Pepitas es la del 20 de junio, aniversario de la muerte de Jules: “Paso el día reuniendo los artículos necrológicos que se le han dedicado.”

Un documento extraordinario

La edición original se publicó en 1890, y fue recibida fríamente, llegándose a acusar a su autor de falta de patriotismo. Seguramente su descripción no fue considerada suficientemente aplicada en la bestialización de los insurrectos, tarea en la que enseguida se volcaron algunas de las mejores plumas del país. El retrato del natural, bien trazado y colorista, pero casi como de pasada, de un movimiento revolucionario de enorme trascendencia, es probablemente el mayor atractivo del relato. Por su parte, las anotaciones de los meses previos y el asedio prusiano nos ponen ante otro episodio decisivo de la historia de la ciudad, que además aporta las claves para comprender lo que ocurrió después.

El censo de grandes escritores que hacen cameos en las páginas del libro es realmente impactante. Ahí tenemos a Zola, que en una comida con Edmond le esboza su plan para los Rougon-Macquart. Renan aparece a menudo, y una vez lo vemos gesticular histérico defendiendo la superioridad intelectual de los alemanes sobre los franceses, causa en su opinión de todo lo que acontece. No faltan tampoco Verlaine, Gautier, Saint Victor, Flaubert, o el mismísimo “dios” Víctor Hugo, recién llegado de su exilio al París de Haussmann y sus grandes arterias, que declara preferir las viejas calles: “Este gobierno no hizo nada por la defensa contra los extranjeros, ¡todo fue hecho para la defensa contra el pueblo!”Él trata de infundir coraje a su amigo para superar el dolor: “Yo creo en la presencia de los muertos. Los llamo los invisibles.”

La pasión por el retrato fiel y minucioso de Edmond de Goncourt nos acerca a los rostros de un París insólito, con escenarios de guerra y revolución como nubes plomizas arrastrándose sobre la gran urbe. Los detalles de la vida cotidiana son un retablo palpitante y lleno de color que enriquece, con la mirada inquieta de un sensible y talentoso enemigo de clase, la historiografía más conocida sobre la primera sublevación proletaria.

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/

El virus o la paradoja de la democracia I: La preparación que no existió

24abr-20
Publicada el 24 abril, 202023 mayo, 2020
por admin

 

Texto colectivo MultiNômade

El primer consenso que podemos extraer de la pandemia del COVID-19 es el fracaso de todos los gobiernos del mundo, con la excepción de algunos países pequeños de Asia, de anticipar y organizar una respuesta al problema. Desde la represión, en el caso chino, al primer médico que advirtió sobre la aparición del nuevo virus, hasta la indiferencia e inercia de los países europeos, el apego a la normalidad llevó a los gobiernos a perder un tiempo precioso que costó y costará decenas de miles de vidas. Del otro lado del Atlántico (o Pacífico), la situación es peor. En los casos de Trump (EE. UU.), López Obrador (México) y Bolsonaro (Brasil), la incredulidad se ha convertido en acción política, convirtiendo la postura antisistema en un verdadero desdén organizado contra la sociedad. Frente a una realidad que se ha impuesto, el caso brasileño es aún más grave, representando hoy al único país (con la excepción de Bielorrusia), cuya máxima autoridad no solo minimiza el problema, sino que defiende que las muertes deberían ser parte de la rutina del país, cueste lo que cueste.

Pero sería un error centrarse solo en esta manifestación abiertamente mortal. Necesitamos poner nuestra reflexión en la línea de tiempo. Durante el último ciclo político-económico anterior al bolsonarismo, en el período comprendido entre la crisis mundial de 2008 y junio de 2013, que culminó con la crisis brasileña de 2015, Brasil vivió bajo la retórica de la preparación. Era necesario prepararse para la aceleración de Brasil Maior con la construcción de grandes represas en la Amazonia, grandes obras de infraestructura vinculadas a la extracción y grandes préstamos y subsidios para una supuesta «industria nacional». Fue necesario preparar mega eventos deportivos con intervenciones urbanas impactantes, con la construcción de equipamientos deportivos, estadios carísimos y apartamentos minúsculos para concentrar a las miles de familias que fueron removidas de sus hogares.

Mientras Brasil ensayaba un salto que, en verdad, apuntaba al abismo actual, las condiciones de vida experimentaban un cambio silencioso: el aumento de las tarifas de transporte llegando a un 60% por encima de la inflación; el porcentaje de familias endeudadas que alcanzó el 45% en 2014 (escalando al 61,2% en 2018); una triplicación del número de trabajadores tercerizados (12 millones), un quíntuple del número de personas encarceladas (715 mil prisioneros); los gastos de las familias representando el 60% de los gastos totales en salud del país, la red de hospitales convirtiéndose en un 70% privada y apenas el 50% de los fondos para saneamiento básico siendo aplicados, con una tasa inaceptable de solo el 48% de las casas con alcantarillado

Junio de 2013 fue el movimiento que, de forma inesperada y avasalladora, suspendió el móvil-perpetuo de esta falsa preparación y planteó problemas concretos a todos los gobiernos: «menos estadios y más hospitales», «escuelas y hospitales estándar FIFA», «saneamiento sí, teleférico no», «todos contra el aumento», «más libros, menos lacrimógeno», «fin de la corrupción y más salud», «democracia real ahora», en fin. Como sabemos, el breve intervalo se vio sofocado por las represiones, capturas, crisis políticas, económicas y de polarizaciones, posponiendo la posibilidad de que otra preparación pudiese enfrentar los problemas colectivos y urgentes de Brasil.

En 2020, con la mirada atemorizada por el COVID-19, nos enfrentamos nuevamente a las mismas preguntas: ¿cómo movilizarnos ante un problema real y concreto? ¿Cómo garantizar las condiciones básicas de vida? ¿Cómo construir un nuevo pacto social y democrático en Brasil?

 

La nueva movilización social y una necropolítica über alles

Incluso antes de que hubiera claridad sobre qué medidas tomar para reducir el impacto de COVID-19 en el país, el nuevo hecho que surgió fue la rápida construcción de una movilización real y transversal que activó a toda la sociedad. Inspirada en los ejemplos que vinieron de Italia, pronto se formó una red de solidaridad para apoyar a los trabajadores de la salud, reforzar la necesidad de quedarse en casa, compartir información correcta, evitar la escasez en los supermercados y crear campañas para recolectar y distribuir recursos e insumos básicos. En las favelas y periferias, los colectivos de residentes y comunicadores se convirtieron en los protagonistas de las campañas para difundir recomendaciones de salud, pero también recuerdan que no se ha hecho nada en los últimos años para mejorar el acceso a los servicios básicos, como el agua y el alcantarillado. Estos gestos están creando algo impensable en una sociedad tan fragmentada y ya acostumbrada a la multiplicación de controversias y disputas vacías: las bases de una nueva cooperación social y una nueva confianza horizontal fueron lanzadas, movidas por el desafío real y sin precedentes de enfrentar los dramas de una pandemia.

Para el clan que nos gobierna, esta alianza es insoportable. Se escapa de la gestión de la política que se estaba llevando a cabo a través de las redes sociales, de las redes de intriga y mentiras, de la producción continua de chivos expiatorios y enemigos, de la normalización a través de la ignorancia y el fomento del caos y la fragmentación social. Por el contrario, la nueva movilización obliga a todo el país a pensar en nuevas políticas sociales, en medidas para valorar la vida, la importancia de los bienes comunes, la necesidad de compartir información segura, el papel de la ciencia y las universidades y la urgencia de un sindicato. de esfuerzos más allá del sectarismo. Este nuevo momento puede iniciar un mundo totalmente contrario al ruido performativo del populismo, si la movilización encuentra resonancias democráticas y no autoritarias. El hecho es que, ante la catástrofe, el coraje de decir la verdad nuevamente adquirió un sentido práctico y relevante.

No por casualidad, atrapado en un mundo que ya terminó, Bolsonaro intenta romper esta confianza emergente estimulando una revuelta contra las medidas implementadas en los estados y por su propio gobierno. Incapaz de soportar un movimiento que crece fuera de sus corrales digitales y círculos de fanatismo, el presidente canaliza la energía antisistémica para exponer a la población a la muerte, al mismo tiempo que busca multiplicar las constantes amenazas y las viejas disputas improductivas. Contraponiendo cínicamente economía y salud, y confrontado con los límites de su propia ineptitud, toma la necropolítica (la movilización de la política para la muerte) como la única forma de recuperar el control de una realidad que ya está en otra parte.

El cambio que estamos presenciando también explica los límites del comando económico del país. Es suficiente recordar que, cuando el virus ya había pasado a la fase de transmisión comunitaria, el Ministro de Economía dijo que el aislamiento era una oportunidad para pensar en… «reformas». Después de darse cuenta del carácter inevitable de la pandemia, el mismo ministro afirmó que Brasil debe atravesar la crisis rápidamente antes de poder retornar a… «las reformas». Esta insistencia explica, por un lado, la lentitud en la concepción e implementación de los programas de apoyo financiero, solo ahora implementados, y muestra, por otro lado, la falta de capacidad para enfrentar los efectos permanentes de la pandemia en el país y en la globalización en general.

Todo nos lleva a creer, por lo tanto, que es la movilización actual por la vida la que crea una resonancia positiva entre la dinámica de la cooperación social y las decisiones que se toman a nivel institucional y en los diferentes poderes, como lo demuestra la confrontación actual en torno al Ministerio de Salud. Es esta movilización la que nos impide ingresar al juego utilitario que trata de equiparar a los vivos y a los muertos basándose en la falsa racionalidad de los balances económicos y las tablas contables. En la etapa actual de la pandemia, está claro que esta lógica no es más que una lógica de la fosa común, una política de muerte contra la cual debemos, urgentemente, oponer una política de vida.

 

La paradoja de la democracia: medidas para aislar y ampliar la circulación

Frente a las curvas ascendentes de los infectados y los muertos, la necropolítica asume la contradicción entre economía y vida como una condición para su juego mortal, mientras que la democracia aparece en toda su forma paradojal. Para que el aislamiento funcione es necesaria la circulación, para que la pandemia no destruya la circulación, es necesario aislarla y distanciarla. La catástrofe sería imaginar que la propagación del virus impone necesariamente una lógica de contradicción y, por lo tanto, naturaliza una de las peores marcas de la sociedad brasileña: el gran y rutinario sacrificio de vidas (precarias, pobres, negras) en favor del funcionamiento de una máquina fundada en la desigualdad y la injusticia.

Por lo tanto, paradojalmente, enfrentar la pandemia y proteger vidas significa pensar en otra lógica de la circulación y de funcionamiento de la propia máquina, movilizando:

(1) La circulación de la riqueza, con políticas de Renta Garantizada, apoyo a pequeños y microempresarios, expansión de la asistencia social, donaciones masivas por parte de bancos y grandes empresas, etc.;

(2) La circulación de infraestructura, con la distribución de equipos de protección, kits de pruebas en todo el país, con el mantenimiento de un transporte público seguro, con acceso de todos al agua, electricidad y productos de limpieza, con logística para mantener y expandir servicios esenciales, con la construcción de hospitales de campaña y la expansión de camas de UCI, etc.;

(3) La circulación de tecnología, con acceso de todos a Internet, con inclusión digital gratuita en barrios marginales y periferias, con la fabricación de respiradores, equipos de protección y kits de pruebas, con la movilización de laboratorios universitarios, con una inversión masiva en ciencia y tecnología, etc .;

(4) La circulación de información, con la lucha contra el subregistro, con la garantía de publicidad de los datos, con el intercambio de métodos y protocolos de higiene para los infectados, con la lucha contra las fake news, con la difusión del debate científico, la publicación de artículos académicos, la movilización de redes de aprendizaje, producción, difusión y circulación de conocimiento territorial, etc.;

(5) La circulación de la protección, con equipos que pueden aumentar la protección de todos los trabajadores que están en la primera línea, enfermeras, médicos, agentes públicos, trabajadores de logística y entrega, comunicadores, líderes comunitarios, etc.;

(6) La circulación de las libertades, con medidas de restricción y control que son el resultado de la libertad y la movilización democrática, con el veto de imposiciones administrativas autoritarias, prisiones o leyes marciales para garantizar la cuarentena, con medidas responsables para la mayor cantidad de excarcelación, posible, de prisioneros provisionales, prisioneros con enfermedades crónicas, ancianos, mujeres embarazadas y mujeres lactantes, con la substitución de las medidas de internación de jóvenes por medidas de seguimiento en régimen abierto, etc. (Ver CNJ Recomendación No. 62);

(7) La circulación del apoyo psíquico, con la proliferación de diversas iniciativas comunitarias e institucionales para acoger el malestar y el sufrimiento que surgen de la no disociación entre la vida, salud mental, realidad social y económica, con atención gratuita en línea para profesionales de la salud, con el reconocimiento de que es tarea de todo trabajador de salud detectar el sufrimiento psicológico en emergencias humanitarias, etc.;

(8) La circulación de la biodiversidad, con la promoción de la diversidad biológica como un medio de protección contra la aparición de nuevos virus (cinturones vivos), el fortalecimiento de los organismos de inspección ambiental y el monitoreo de unidades de conservación y de los territorios indígenas, el enfrentamiento de las quemas en la Amazonia, la construcción de una nueva relación ética entre todos los seres vivos, etc.

Todas estas iniciativas de circulación de la cooperación social e institucional, además de conformar una agenda urgente para el período de contagio, pueden formar una línea de acción sólida después de la crisis. El fortalecimiento de este nuevo pacto social, ecológico y democrático, basado en la recualificación de la circulación, debería permitir que la movilización continúe por otros medios y a través de otras medidas que serán necesarias. A nivel global, es una oportunidad para pensar en una globalización basada en la solidaridad y la cooperación internacional, en oposición a la crisis de los bloques regionales y las tentaciones nacionalistas y reaccionarias que, a  derecha o izquierda, sueñan con una arcaica desglobalización . En el caso del decrépito gobierno brasileño, es lo que puede evitar un intento rápido de restablecer los cotos electorales basados en mentiras, la reanudación de una austeridad no relacionada con la realidad, o una solución militarista «por arriba», lanzada para enfrentar la ineptitud del propio presidente y la inestabilidad provocada por la pandemia.

Que la experiencia colectiva de solidaridad y movilización transversal sirva, por lo tanto, como una vacuna para estas trampas y componga el terreno concreto para una democracia adecuada al mundo que emerge ante nosotros.

 

Traducción del portugués: Santiago de Arcos-Halyburton

Estas son las razones por las que debemos oponernos a la Cuarentena General

22abr-20
Publicada el 22 abril, 2020 1
por admin

por Jeudiel Martínez

La ilusión  de la Cuarentena General es que todos nos metemos en pijama en la casa, pasamos tiempo con la familia y nos lavamos las manos todo el tiempo mientras dejamos que el virus se muera: hasta agosto dicen algunos o más tiempo. Luego saldremos, como los animales del Arca de Noé, a un nuevo mundo donde ya no se puede abrazar o dar la mano, las citas son online y los niños se fabrican in vitro…

Es el fetichismo en el poder del confinamiento que no es menor que el fetichismo de Trump o Bolsonaro con la hidroxicloroquina, pero tambíen es la convicción de que, colectivamente,  no podemos hacer otra cosa que escondernos debajo de la mesa hasta que pase el diluvio. El “bravo nuevo mundo” que nos anuncia una nueva raza de profetas no está hecho de posibilidades sino de inhibiciones, limitaciones y tristezas.

 En torno de aquella ilusión y de esta profecía ha nacido algo que podríamos llamar “cuarentenismo” una moral basada en la fé absoluta en el confinamiento y en la certeza de que quienes no lo defienden son irresponsables o partidarios de la muerte. 

Pero que pasa si el cuarentenismo es la ilusión de los que tienen la opción de confinarse??.

Que pasa si la cuarentena indefinida es imposible para buena parte, si no la mayoría, de la población mundial?:

Qué pasa con los que no pueden quedarse en casa por razones económicas o no tienen un espacio adecuado para hacerlo??

Que ocurre si el confinamiento general, no es suficiente para contener el virus?.

Que pasa si  en varios países no ha sido necesario para derrotarlo?.

Que pasa si la cuarentena general es imposible, inefectiva e indeseable??.

Y para creer todo esto tenemos buenas razones.

Las razones

1. LA CUARENTENA GENERAL NO ES LO QUE ESTÁ CONTENIENDO LA EPIDEMIA.

Suecia, Hong-Kong, Taiwan, Alemania, Singapur y  Japón han contenido la epidemia sin cuarentena general, solo con  la detección y aislamiento sistemático de los contagiados.. Nueva Zelanda tiene una cuarentena severísima pero “ENFATIZA EL AISLAMIENTO DE CASOS Y LA CUARENTENA DE CONTACTOS PARA ‘ELIMINAR’ LAS CADENAS DE TRANSMISIÓN”  algo parecido a lo hecho en China.

Lo que tienen en común los países que contuvieron la epidemia, hayan impuesto o no una cuarentena general, es la aplicación de test masivos, la detección sistemática de los contagiados  y de los que han tenido contacto con ellos seguida de  su aislamiento total.

Como la clave no está en la reclusión forzada de la población no debe extrañar que en Alemania y Nueva Zelanda se deje que la gente salga a hacer ejercicio y en Japón, donde recientemente se declaró la emergencia, el primer ministro ha dicho que “aunque declaremos el estado de emergencia, NO CERRAREMOS CIUDADES COMO SE VE EN OTROS PAÍSES. Los expertos nos han dicho que no hay necesidad de tal paso“.

2. EN LA CUARENTENA GENERAL EL CONTAGIO NO SE DETIENE, CONTINUA DENTRO DE LAS CASAS ( Y AHÍ ES TODAVÍA PEOR).

“¿Alguien se plantea el problema de por qué, A PESAR DE TODAS ESTAS MEDIDAS RESTRICTIVAS, SEGUIMOS VIENDO INFECCIONES? ¿si toda esta gente que está enferma en casa está infectando a otros miembros de su familia? le dijo a Al Jazeera el micro-biólogo italiano Andrea Crisanti, miembro del Imperial College.

En la misma entrevista  agregó : “en lugar de decir a las personas con síntomas leves que se aislaran en casa, las autoridades DEBERÍAN HABER ESTABLECIDO CENTROS PARA SEPARARLAS DE SUS FAMILIAS, como se hizo en China, donde la epidemia se originó en diciembre”.  

En efecto para hoy,  13 de Abril, Italia está estancada en una meseta de unos 4000 casos nuevos al día. A diferencia de China, Nueva Zelanda, Singapur, Corea, etc. donde el contagio disminuyó dramáticamente en Italia  la tasa de contagio se mantiene estable.  Por contraste en  el pequeño pueblo de  Vo’ Euganeo Crisanti logró que las autoridades aplicaran otra estrategia: le hizo test a todos los habitantes, aisló a todos los contagiados, y erradicó la enfermedad en un par de semanas.

Sergio Romana, el maestro de Crisanti ,  comparte con su alumno la impresión de que en Vo Euganeo “FUE EL AISLAMIENTO DE LOS ASINTOMÁTICOS POSITIVOS lo que frenó la epidemia”  pero agrega algo inquietante:  “creemos que CUANDO EL VIRUS CIRCULA MUCHAS VECES POR EL MISMO AMBIENTE, POTENCIA SU ACCIÓN...” 

En pocas palabras: sin una estrategia para detectar los infectados dentro de las casas la Cuarentena General solo reemplaza el contagio puertas afuera en uno puertas adentro, más reducido si, pero persistente y más potente y dañino. Recientemente estudios en China mostraron que el virus se esparce hasta 4 metros al lado de los contagiados…es fácil imaginarse el efecto que un contagiado asintomático tiene sobre sus parientes a lo largo de los días…

3. La Cuarentena General no es para todos incluso si quieren hacerla. 

Millones de personas no pueden confinarse sea porque tienen que salir a trabajar, sea porque no tienen el espacio para hacerlo: “La idea es que todos tengamos una casa individual, un poco burguesa, en la que podamos refugiarnos cuando haya una pandemia o un desastre natural” (…) “pero lo que veo en los barrios pobres no es para nada eso. Existe una realidad rodeada de condiciones insalubres, pero no solo eso. EN ESTE TIPO DE BARRIOS, HAY CASAS EN LAS QUE VIVEN CUATRO O CINCO PERSONAS POR HABITACIÓN, POR EJEMPLO“.

Esto es lo que dice el sociólogo Hamza Esmili sobre los banlieue los suburbios franceses 

Ahora hagamos un ejercicio  e imaginemos    el alcance del contagio puertas adentro en las favelas, barrios  y “villas” de América Latina  donde las condiciones sanitarias son todavía peores que las de cualquier barriada europea:   hectáreas de casas apenas separadas,  llenas de familias que comparten el mismo espacio muchas veces sin agua corriente.  Si todavía falta bastante para que se agote la capacidad del virus de seguir contagiando en las bien urbanizadas Italia y España, cuándo se agotará  en los titánicos complejos de favelas de Río y São Paulo o incluso en los de Antímano y  Petare en Venezuela??.

Además ningún estado latinoamericano (o del mundo) tiene la capacidad de mantener  el confinamiento en esas inmensas barriadas populares  (y por eso los poderes establecidos de la favela están intentando sus propias regulaciones más inteligentes que las de los gobiernos).

Pero incluso si, invocando algún poder milagroso,  los gobiernos lograrán confinar millones de favelados y precarios y, por otro a milagro todavía más grande aún, ellos no se siguieran contagiando en el encierro: qué sería de la vida de esas personas durante esos largos, larguísimos meses? que comerían, de que vivirían??.

4. LA CUARENTENA GENERAL EXACERBA LAS DESIGUALDADES 

Pero la vivienda  no es la única razón por la que  el lockdown  solo abarca a una parte de la población. Hay otro problema:  los que prestan los “servicios esenciales” no son grupos reducidos,  son millones,  no solo se trata de  los trabajadores de la circulación y los servicios públicos sino los agricultores, obreros, etc., que siguen sometidos al riesgo del contagio.

Los pobres quedan divididos por la Cuarentena General entre trabajadores autónomos que se quedan sin ingresos y empleados precarios que siguen expuestos al virus.  De hecho hay  segmentos de la población que tienen que estar expuestos para que otras puedan resguardarse -y no se trata solo de los trabajadores sanitarios.

Que no toda la población puede estar en cuarentena y que toda la que está en cuarentena no está protegida contra el contagio es la muestra más clara de las limitaciones de la Cuarentena General.

Pero el problema no es solo ese sino el daño masivo que el confinamiento forzado es capaz de hacer…

5. EN EL TERCER MUNDO LA CUARENTENA GENERAL ES COMO UN ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA.

Para los más pobres un lockdown es devastador instantáneamente y  solo es cuestión de semanas o meses para que esa bomba caiga sobre la clase media.  En realidad la gran masa de la población está aprisionada entre el contagio y el  hambre.  En América Latina la mayoría de los trabajadores son autónomos, precarios o trabajan en el sector servicios y no tienen reservas para más de una semana. En general los migrantes de todo tipo son las primeras víctimas de la cuarentena como los hindúes y los venezolanos expulsados de sus viviendas por no poder pagar alquiler  y porque, con las calles vacías, no pueden hacer dinero.

Los gobiernos parecen tomar las medidas improvisadamente, imponiendo la cuarentena antes de saber qué hacer: Maduro decretó un paquete de medidas que no puede cumplir pues la economía venezolana está arruinada  y Alberto Fernández algunas bastante insuficientes o problemáticas. En Colombia no se ha hecho casi nada y en América Latina muchos países son gobiernos regionales, locales u organizaciones civiles o comunitarias las que tratan de contener el desastre repartiendo alimentos.

Dado el tamaño de la población pobre y precaria haría falta una política muy bien pensada para acompañar una Cuarentena General y nadie en América Latina parece tenerla.

6. ES UNA AMENAZA CONTRA  LAS LIBERTADES.

El gobierno de Venezuela anuncia que la gasolina está racionada por tiempo indefinido, Orbán acaba con los restos del estado de derecho en Hungría, y Duterte decreta la muerte para el que viola la cuarentena.  Los cuarentenistas denuncian, con razón, el negacionismo de Trump y Bolsonaro pero frecuentemente olvidan mencionar que muchos gobiernos, todaṽía más autoritarios que esos, han visto en la cuarentena  la clave no sólo para permanecer en el poder por tiempo indefinido sino para tomar  un control total o casi total sobre la vida de la población.

En este momento Venezuela, un caso extremo, no se diferencia mucho de Corea del Norte y no está claro cuándo será levantada la cuarentena pues el propósito de la misma es racionar la gasolina y restringir los movimientos de la población. Que el que es probablemente el gobierno más necropolítico del mundo (es decir que se beneficia de dejar morir o exponer a la muerte a la población)  sea radicalmente cuarentenista es algo que se ha discutido muy poco…

Otro aspecto sistemáticamente ignorado por los cuarentenistas es el enorme poder que policías y militares adquieren con la Cuarentena: en la India palizas y en Venezuela le entregó a la siniestra Guardia Nacional el control total de la gasolina. Además la policía tiene la autoridad de encarcelar al que no lleve máscaras. En todo el Sur Global la cuarentena trajo un aumento de la brutalidad policial .

Pero, en realidad,  el encerrar a la población en países como estos es tan  difícil de lograr y tan dañino cuando se logra que, en la práctica, la cuarentena muchas veces es relajada  o ignorada: Alberto Fernández anunció flexibilizaciones de la cuarentena y en Venezuela muchas veces  no se cumple. Algunos medios hablan de una situación caótica en Manila.  Parece que, incapaces de concebir o de aplicar medidas coherentes, muchos países van a aprisionar a la población entre órdenes contradictorias y, en general, entre los males de la cuarentena y los del contagio.

Memorias del Tercermundismo.

Alberto Fernández resumió muy bien la posición cuarentenista:  el contagio masivo “va a ocurrir” pero “Si nos quedamos en casa va a ser más lento” y: Cuanto más lento sea el contagio, más posibilidades de atención a la gente y menos posibilidades de que el virus mate” .

Este es el estándar de la posición cuarententista, completamente reactiva, y opuesta a la proactiva de los países que han  buscado formas o de suprimir la curva de contagio radicalmente o trabajando activamente para achatarla lo más rápido posible.

Pero, nos dicen, eso no es lo que nos toca a nosotros: esto no es Singapur ni Corea, ni Alemania ni Nueva Zelanda, a nosotros, sudamericanos, la cuarentena es lo que nos toca.

“es lo que nos toca” tiene una larga historia en el esperpento latinoamericano: nos tocaban dictaduras militares porque no estamos listos para las elecciones, nos tocaban gendarmes necesarios para protegernos de nuestros propios impulsos raciales….nos tocaban periodos especiales y dictaduras de partido por el cerco imperialista y  resignarnos a “democracias imperfectas” (corruptas y elitistas) para no retroceder a las dictaduras. Ahora nos dicen que una lucha pro-activa y efectiva contra el corona virus tampoco nos toca porque no somos coreanos…en fin, siempre se nos pide paciencia  para lo menos malo en medio de una lenta transición a lo bueno.

En esa perspectiva, derechos humanos, presidentes que no sean saqueadores y policías que no sean ladrones y asesinos entran en el terreno de lo utópico porque no somos Suizos, Suecos o Coreanos.

En realidad las elecciones, los sindicatos, los derechos laborales y las libertades básicas nos tocaron gracias a la gente que no aceptó que esas cosas estuvieran fuera de nuestro alcance… y eso aplica también para la lucha contra esta  pandemia  (y todas las que China seguirá disparándonos en los próximos años).

Como hemos visto, combatir el Corona virus no tiene nada que ver con aplicar una cuarentena general y el encierro forzado de toda la población, un encierro  a la vez imposible, inútil e indeseable que mientras más tiempo se trate de mantener será más desastroso.

El problema no son las normas de distanciamiento social, la prohibición de eventos deportivos y conciertos o incluso la disminución de la actividad económica: todo esto es necesario para eliminar las aglomeraciones. El problema, como señalan repetidamente epidemiólogos chinos e italianos es aplicar una política pro-activa de detectar los contagiados y aislarlos…en ese contexto si se puede esperar a que aparezca, primero algún fármaco que combata al virus y luego una vacuna.

Pero la condición de eso sería la aplicación del test masivo que es muy raro en América Latina y todo el Tercer Mundo.

Las razones no son solo materiales, de falta de equipos: hay resistencia de doctores que todavía creen que es una herramienta clínica y no de seguridad, burocracias sanitarias  y pura y llana incomprensión de su importancia pese a que expertos chinos, que combatieron el virus en Wuhan, han dicho claramente que : «SI UN PAÍS PRIORIZA A LOS PACIENTES GRAVES EN LAS PRUEBAS Y TRATAMIENTO, SU TASA DE LETALIDAD SERÁ MÁS ALTA. En un país donde las pruebas son más comunes y hay muchos pacientes leves detectados y puestos bajo cuarentena, LA TASA SERÁ MÁS BAJA»

Así o más claro??

Un cuarentenista más sutil podría decir que el “quédate en casa” es una “idea reguladora” o un estándar, es decir, todo el mundo no va a hacerlo pero la idea es que la mayor cantidad posible lo haga…en realidad incluso como idea reguladora el Cuarentenismo es deficiente porque no separa contagiados y saludables.   “Máximo de circulación con el mínimo de aglomeración” o “Detectar el máximo de contagiados, aislar al máximo de detectados” serian estándares o ideas mucho mejores pues derivan de experiencias exitosas.

Entonces, es falso que en América Latina no se pueda hacer otra cosa que encerrar a la gente en la casa, lavarse las manos, y declara enemigo público número uno al que sale a estirar las piernas:  de hecho la mayoría de los países del continente tienen todavía alguna capacidad de actuar decisivamente en tres áreas:

  1. Implementando progresivamente los test masivos, no solo para tener una imagen del contagio y su evolución sino para que cada quien pueda tomar las medidas necesarias (no solo aislarse en su casa sino de sus familiares, por ejemplo). especialmente necesario es ir  a las zonas más pobres y vulnerables y aplicarlo masivamente eligiendo algún método de muestreo.
  2. Crear la infraestructura sanitaria para que los contagiados, incluso los asintomáticos,  puedan confinarse sin esparcir el virus, eso incluye entrar activamente en favelas y barriadas no solo a hacer test y sacar a los contagiados sino a llevar agua e infraestructura sanitaria.
  3. Tomar decisivamente medidas económicas, especialmente a. Una renta básica para la mayoría de la población que equivalga a un salario mínimo b. Subsidio de alquileres y servicios públicos c. producción local de insumos y equipos sanitarios.

Es cierto que todo esto es difícil y que hay grandes obstáculos -incluidas nuevas formas de rapiña y piratería que hacen difícil adquirir insumos sanitarios- pero es falso que no se pueda hacer nada, por ejemplo:

  • En periodos de contracción en que la circulación de dinero ha disminuido  medidas de expansión controlada del gasto que aumentan  la circulación de dinero no generan inflación,
  • Se pueden empezar a aplicar progresivamente  más test y chequeos  mientras se construyen infraestructuras para la cuarentena (hoteles y posadas podrían ser usados si son adaptados adecuadamente dándole un impulso al empleo)
  • Los gobiernos pueden combinarse con los grupos de profesionales y las comunidades populares que se están organizando para combatir el virus.

En general es necesaria una actitud mucho más pro-activa en la salud pública. La salud, como todos los servicios públicos, no son gastos sino producción. Y ea producción de salud debe  llegar a donde no ha estado nunca antes. Esa era la virtud de las Misiones Sociales de Chávez, virtud  que es independiente de que fueran usadas para el  clientelismo y el control social o de que se usara la salud preventiva como muleta para un sistema de salud decadente y quebrado en vez de renovarlo.

Nada impide que se hagan experiencias parecidas sacando el componente clientelar y caudillista y fortaleciendo áreas en que las Misiones siempre fueron muy débiles (tecnología, comunicaciones, etc)

Pero el cuarentenismo que espera que el virus desaparezca si la gente se mete en su casa y se lava las manos no es más que la continuación de una lógica sanitaria, “biopolítica” que ya era reactiva: no llevar la salud, hacerla fluir sino esperar a la enfermedad para contenerla (cuando se puede) pero no se le puede apostar al “quédate en casa” la lucha contra el corona virus mientras se mata de hambre los pobres, los precarios y los inmigrantes: no solo tenemos derecho a saber si estamos contagiados y a poder aislarnos sin perjudicar a nadie en condiciones sanitarias sino que ningún gobierno tiene derecho a decirle “quédate en casa” a una persona que no tiene dinero para comer o pagar el alquiler…

No olvidemos que tanto los que niegan la epidemia como los que imponen las cuarentenas no pasan hambre e, incluso si el virus los alcanza, siempre tienen siempre trato preferencial: el virus es democrático pero nuestro mundo no lo es, no todavía.

Entre tanto:

‘Tem que se mover, não pode ficar sentado‘

Infectados entre nosotros

22abr-20
Publicada el 22 abril, 202022 abril, 2020 1
por admin

por Samuel Pulido

“Se tendrán que imponer controles globales/
y un órgano de gobierno mundial, para hacerlos cumplir/
Las crisis precipitan el cambio

Quiero idear un virus/
Para traer graves dificultades a tu entorno/
Aplastar tus corporaciones con un toque suave 
(…)

Los últimos punkies deambulan como monjes enmascarados”
Virus (2000) — Deltron 3030

En la segunda semana de marzo de 2020, los mapas digitales que visualizan el número acumulado de casos confirmados de personas afectadas por la infección respiratoria aguda COVID-19 todavía mostraban tres grandes círculos, que destacaban sobre todos los demás: China, Irán y e Italia. De alguna manera, el coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave (SARS-CoV-2), el virus causante del COVID-19, estaba dibujando una estela irregular a lo largo de la antigua ruta de la seda, por la que desde antiguo transitaron caravanas comerciales en una globalización temprana. Los italianos importaron seda de Persia y de China hasta aproximadamente mediados del siglo XIV, cuando se desintegró el último iljanato mongol, por luchas intestinas y como consecuencia de otro microorganismo letal (yersinia pestis) que luego arrasaría Europa, donde se conoció como la Peste Negra. Según una teoría muy difundida hasta hace tiempos recientes, su origen también se situaría en China. Hubei, epicentro del COVID-19 en 2020, ya fue devastada en 1331 por una epidemia que algunos autores identificaron con la misma Peste que llegó a Italia en 1348. Sin embargo, investigaciones recientes descartan esta conexión y sugieren que el foco de la Peste Negra se sitúa más bien entre Asia Central, el Cáucaso y la Crimea asediada por la Horda de Oro mongola.

Sea como fuere, lo cierto es que los imperios mongoles habían unificado temporalmente una significativa porción de Eurasia y que a partir de ahí las ciudades-Estado italianas como Génova y Venecia, que mantenían estrechas relaciones comerciales con aquéllos, actuaron como focos de transmisión del virus en Europa occidental. Así pues, se calcula que entre el 30 y el 50% de la población europea falleció en Europa por la enfermedad (hasta dos tercios en algunas urbes), dislocando las relaciones de clase y acelerando de paso el fin del feudalismo. En su declive, el hundimiento demográfico provocó escasez de mano de obra en muchas zonas, incrementos salariales (allí donde se trabajaba con jornales), y estrategias institucionales de control de la movilidad rural-urbana. Las ciudades-Estado del norte y centro de Italia (Venecia, Florencia, Génova y Milán) llegaron a conformar el primer sub-sistema regional capitalista, no sin conflictos que no pueden entenderse sin los estragos causados por la Peste Negra. En 1355 una revuelta antioligárquica derribó el Régimen de los Nueve en Siena y en Florencia, afectada además por el crash financiero de 1340, se produjo la primera rebelión de trabajadores manufactureros de la historia, la revuelta de los ciompi (1378), de corto recorrido.

La Peste Negra, junto con sus réplicas cíclicas en plagas sucesivas durante los siglos posteriores, marcó en Europa una auténtica cesura histórica entre el Medievo y el Renacimiento. Obviamente, no fue la causa de la transición pero sí un factor clave. Desde entonces, ninguna otra plaga ha tenido un impacto sistémico comparable. Podríamos mencionar también la “Gran Mortandad” en Canarias, Caribe y América, tras la conquista por parte de los colonizadores europeos, que entre otras cosas trajeron consigo enfermedades y plagas, como la propia peste bubónica, desconocidas para las poblaciones indígenas. Sin embargo, en el caso de la expansión ibérica en el Atlántico, el descenso demográfico obedece a un conjunto de factores entre los que figuran también la guerra y la servidumbre. Por sí sola, la Peste Negra marcó profundamente la economía, la sociedad y la cultura europeas, en definitiva, la propia psique de los europeos de entonces, como quedó reflejado en el arte. La Peste coincidió además con el inicio de un período de temperaturas relativamente frescas en el hemisferio norte entre los siglos XV a XIX (la “pequeña edad de hielo”), a la que según un estudio reciente (2019) habría contribuido también la citada desaparición de buena parte de la población indígena americana durante el siglo XV.

La enfermedad

Conforme pasan los días arraiga la sensación, reforzada por las medidas extraordinarias adoptadas por prácticamente todos los gobiernos del mundo, de que con el COVID-19 nos encontramos ante un acontecimiento con unas implicaciones sistémicas comparables a las de la vieja Peste, en un contexto de cambio climático diferente, uno que está derivando en un calentamiento global del planeta. Las alusiones a la Segunda Guerra Mundial o a Chernóbil (de China, del neoliberalismo) nos remiten a conmociones conocidas que sin embargo no parece que ayuden mucho para aprehender lo que estamos viviendo. El Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, habló de una crisis humana sin precedentes, para dar cuenta de la escala de su repercusión. Pero, ¿en qué medida es así? Y, sobre todo, ¿de qué manera las respuestas que estamos dando ahora determinarán el futuro?

En principio, se supone que el coronavirus SARS-CoV-2 tiene una capacidad de propagación menor que otros virus, como el del sarampión. A pesar de ello, el SARS-CoV-2 se ha difundido a gran velocidad por todo el globo, por una intensa movilidad humana facilitada por las modernas redes de transporte y de comunicación. Si la Peste Negra tardó unos siete años en extenderse por Europa, y la gripe española unos dos años en propagarse por buena parte del mundo, en apenas tres meses el COVID-19 ha hecho su aparición oficial en la práctica totalidad de las jurisdicciones que forman parte de las Naciones Unidas. Por lo que vamos aprendiendo, este coronavirus puede aguantar hasta 72 horas en determinadas superficies si ha habido contacto, y sus síntomas no aparecen de inmediato, de modo que una persona puede transmitirlo inadvertidamente antes de sentir dichos síntomas e incluso días después de que desaparezcan los mismos. Personas que no muestran síntomas también pueden transmitirlo. Asimismo, un reciente estudio muestra que, a diferencia del SARS-CoV (2003), se pueden alcanzar altas concentraciones del virus en la garganta, no solo en los pulmones, lo que facilita su transmisión por vía aérea.

Asimismo, aunque el SARS-CoV-2 sea de por sí menos letal que la bacteria que provoca la Peste, el síndrome respiratorio agudo severo que provoca en los pacientes puede tener consecuencias graves en un gran número de personas de edad avanzada o con afecciones previas y que por ello requieren hospitalización. También conocemos casos de personas más jovenes que, aún sin afecciones conocidas, han desarrollado neumonías. Es decir, podemos llegar a tener un número lo suficientemente significativo de pacientes como para provocar el colapso de aquellos sistemas sanitarios que carezcan de la organización y de los recursos adecuados, y la correlativa desatención de otros problemas de salud pública. En su comparecencia pública del pasado 30 de enero, hace ya una eternidad, el Director General de la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertaba: “nuestra mayor preocupación es que el virus se propague en países con sistemas de salud menos robustos y poco preparados para enfrentarse a esta amenaza”. Entonces todavía se pensaba que la transmisión por parte de personas asintomáticas era rara y pocos en Europa o en Estados Unidos pensaron en aquel momento que sus propios países se encontraban en esa lista potencial. Un día después de dicha comparecencia la Comisión Europea preguntó a los 27 Estados miembros de la Unión Europea si necesitaban mascarillas y otros equipamientos sanitarios. Ninguno respondió. Salvo notables excepciones, el principio de precaución cedió en muchos casos ante una arrogancia neocolonial y en otros ante posiciones eugenésicas de mercado. Según fuimos conociendo más acerca del nuevo coronavirus, parecía cada vez más claro que la combinación de sociedades con un importante porcentaje de población de más de sesenta y cinco años de edad -entre el 18 y el 22% en Europa-, y de unos sistemas públicos de salud basados en una red de atención primaria importante y una alta rotación hospitalaria, poco preparados para epidemias de esta dimensión, sobre todo si han sido degradados tras años de recortes, privatizaciones y precarización, podían generar un cóctel explosivo. Como así ha sido en muchos casos.

Esta es una gran novedad con respecto a las epidemias de siglos anteriores: lo que hasta ahora ha evitado que aquéllas pudieran volver a reproducirse como en el pasado se encuentra bajo amenaza, en un período en el que el capitalismo depende, más que nunca, de la producción y reproducción de la vida social. O dicho de otro modo, está en juego lo que asegura las vidas productivas de quienes con su trabajo, su cooperación y su consumo contribuyen a la acumulación de capital, bajo el comando de las finanzas. La robotización y la informatización no han eliminado esta realidad. Por más que excluya, el capitalismo primero necesita incorporar vidas en su proceso productivo. La otra gran novedad, vinculada con la anterior, ha sido la reacción de los Estados.

El remedio

En general, los gobiernos han intervenido a regañadientes, abordando una pandemia de manera gradual, sin anticipar problemas de suministros sanitarios ni coordinarse entre ellos, con un ojo puesto en los países competidores, resistiéndose a tomar decisiones que pudieran comprometer el crecimiento del producto interior bruto, de los beneficios empresariales y, en su caso, el apoyo electoral. La propia China demoró inicialmente su respuesta al tardar dos meses en cerrar la metrópolis de Wuhan desde que se detectó el nuevo virus, aunque en su descargo cabe agregar que inicialmente no se conocía su funcionamiento y solo a mediados de enero se confirmó su transmisión entre humanos. En cualquier caso, la reacción china y la de otros países asiáticos como Corea del Sur parece que ha sido relativamente efectiva, al menos en comparación con lo sucedido en Europa o Estados Unidos. Políticos con un proyecto soberanista como Donald Trump o Boris Johnson, se opusieron en un principio a intervenir activamente para atajar la difusión del virus. No obstante, una vez que se constató el incremento del número de afectados y de hospitalizaciones, la saturación de los servicios sanitarios, junto con la presión social (y monetaria, como se evidenció en el caso británico), es cuando los gobiernos, uno tras otro, terminaron por decretar -y esto es lo novedoso- medidas restrictivas en un grado, extensión y simultaneidad jamás vistas antes en la historia de la humanidad.

El repertorio de medidas gubernamentales destinadas a frenar la propagación del SARS-CoV-2 incluye: el aseguramiento de la distancia física (incluyendo el cierre de escuelas y otros servicios públicos); restricciones de la movilidad humana (controles fronterizos e internos, suspensión de vuelos); cuarentenas; confinamiento, y el cierre de sectores económicos enteros. Aunque la implementación efectiva ha sido desigual, lo cierto es que a principios de abril más de la mitad de la población mundial vivía en países en los que los gobiernos habían promovido o impuesto diferentes medidas restrictivas o de confinamiento. 166 Estados han cerrado sus fronteras (77 de manera completa y unos 89 de manera parcial). La organización ACAPS estima que más o menos por las mismas fechas unos 57 Estados habían decretado estados de emergencia, de alarma o similares, de los cuales 22 en Europa. Según UNESCO, los cierres de las escuelas afectan al 91% de los estudiantes de primaria y secundaria de todo el mundo, recurriendo a métodos de enseñanza virtual cuando ello es posible.

La consecuencia inmediata de todo ello ha sido un doble shock económico de demanda y de oferta que ha desplomado la actividad productiva en todo el mundo, a partir de sus principales centros económicos: China, la Eurozona y Estados Unidos. Lo cual ha disparado los niveles de desempleo y provocado una fuerte contracción del crédito. Para mitigar las consecuencias económicas de la lucha contra la pandemia, a finales de marzo más de 65 países habían adoptado diferentes paquetes de medidas fiscales. Entre las herramientas más comunes, figuran esquemas de préstamos para empresas y avales públicos para aumentar la liquidez, moratorias hipotecarias y fiscales, subsidios temporales de desempleo (incluyendo ERTEs), transferencias monetarias directas a grupos vulnerables, cambios en prácticas y reglamentaciones laborales (teletrabajo), regularizaciones provisionales de la población migrante en situación irregular (Portugal), limitaciones en la exportación de suministros médicos y productos esenciales, etc.

Todo ello con la cobertura de la compra masiva de bonos por parte de los bancos centrales, que ha evitado por ahora el desplome financiero, y, por lo que a la UE se refiere, con la flexibilización del Pacto de Estabilidad y del régimen de ayudas de Estado para permitir un mayor gasto público y un mayor endeudamiento. El problema es que países como Italia, España o Grecia, parten de niveles altos de deuda pública, como resultado de las transferencias intraeuropeas de los pobres hacia los ricos por medio de ese mecanismo de “tortura” social conocido como “austeridad”. De todos los gobiernos de la UE es Alemania, país central de la eurozona, quien ha llevado a cabo la intervención pública más contundente, con un paquete que, entre gasto público inmediato, aplazamiento de impuestos y contribuciones, más créditos, avales y garantías, se elevará en 2020 a unos 750 mil millones de euros. Claro que Alemania, por aquello de las asimetrías de la Eurozona, continúa cobrando por emitir deuda (sus bonos tienen rendimiento negativo). Por su parte, Estados Unidos aprobó un paquete de ayudas de unos 2.200 mil millones de dólares, el mayor de su historia, mientras que la Reserva Federal recientemente anunció otros 2.300 mil millones de dólares en préstamos a hogares y empresas. Cifras mareantes que sin embargo comprenden más crédito que gasto público efectivo y que no acaban de aportar ni estabilidad ni certeza.

Los gobiernos que han impuesto los patrones más duros, como el italiano o el español, esperan que la cuarentena sea limitada en el tiempo, que el bloqueo económico vaya aliviándose poco a poco y que finalmente haya un rebote en forma de V de victoria. Algunos países europeos ya están levantando varias restricciones antes de que termine el mes de abril, lo que quizás sea precipitado sin una inmunización amplia en las respectivas poblaciones. Este deseo de reactivación no parece tener muy en cuenta las disrupciones en las cadenas globales de valor ni el hecho de que la progresiva reactivación de un país no irá a la par con la situación en países de los que se depende en términos de comercio de mercancías y servicios. España, tan dependiente del turismo y de la construcción, con un mercado laboral flexibilizado y una elevada tasa de mortalidad empresarial, sufrirá en todo caso un golpe terrible. En el caso de la UE, su futuro inmediato dependerá de la preservación del mercado único, hoy cuarteado con la reintroducción de restricciones fronterizas al interior de la zona Schengen, de la cobertura que pueda continuar prestando el Banco Central Europeo para evitar que se ensanche el diferencial de rentabilidad de las primas de riesgo, y de las políticas fiscales que finalmente lleven a cabo los gobiernos nacionales a falta de una intervención comunitaria potente, imposible con un presupuesto que apenas alcanza el 1% de la Renta Nacional Bruta europea. Tampoco está claro con qué intensidad China, que durante el primer trimestre de 2020 habrá sufrido su primera contracción económica desde el final de la revolución cultural en 1976, recuperará la senda del crecimiento y cuándo, teniendo en cuenta el descenso de la demanda mundial. La Organización Mundial del Comercio (OMC) calcula que el comercio mundial puede caer hasta un 32% en 2020.

La doble crisis sanitaria y económica puede tener también un fuerte impacto en los denominados países “emergentes” o “en desarrollo” y en los países más pobres, que hoy dependen más de China que hace diez años. Los primeros han sufrido en lo que llevamos de año una fuga de capitales de más de 90.000 millones de dólares, mayor que la de la crisis financiera de 2008–2009 según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI). Habrá que seguir lo que sucede en cuatro potencias sub-regionales: Brasil, Turquía, India y Sudáfrica. Para poder afrontar la pandemia y la depresión económica, estos países deberán incrementar aún más sus déficits, sus niveles de deuda y aprobar estímulos monetarios, lo que complicará la defensa del valor de sus monedas locales, que han venido cayendo en las últimas semanas. Aunque la pobreza en términos absolutos y relativos -incluyendo la pobreza extrema- aumentará en todo el mundo, se estima que las regiones más afectadas por dichos incrementos serán África (tanto al norte como al sur del Sáhara), Oriente Medio y el sur de Asia. Muchos de esos países son exportadores de materias primas cuyos precios -al menos en hidrocarburos y metales- ya están cayendo, primero por la guerra de precios del petróleo y ahora por el descenso de la demanda, lo que debilita sus monedas y encarece su deuda externa. Los países más pobres carecen de espacio fiscal para llevar a cabo políticas propias de estímulo o para permitirse cuarentenas prolongadas. A ello que se añade la interrupción del envío de remesas, vitales en muchos países, por parte de millones de trabajadores migrantes. Por lo pronto, aunque la relativa menor incidencia estadística del COVID-19 en dichos países puede estar relacionada con la aparición tardía de la enfermedad y con la ausencia de diagnósticos en gran número, la tendencia en abril es inequívocamente al alza. La UE, preocupada por una extensión de la pandemia en su periferia sur y suroriental, ya ha propuesto una reasignación presupuestaria de los vigentes programas de ayuda.

Pese a los llamamientos a la unidad nacional o de la humanidad, estos no pueden ocultar los sesgos de clase, de raza y de género sobre los que se estructura el sistema en el que ha nacido el SARS-CoV-2. Ni las restricciones, ni el acceso a los servicios sanitarios o educativos, ni las ayudas económicas, se aplican a todos por igual. Mientras las elites políticas y económicas no han tenido problemas para ser diagnosticados o priorizados en la atención médica, muchos trabajadores han tenido que conformarse con recurrir a consultas telefónicas, cuando no se han visto obligados a acudir a sus puestos, sin la suficiente protección, a los pocos días de que se disipen los síntomas. En Nueva York, la letalidad es incomparablemente mayor entre hispanos y afroamericanos. El teletrabajo puede servir para determinados medios profesionales, pero no para los trabajadores sanitarios o para muchos trabajos de los que dependen los sectores populares, incluyendo la población migrante. Tampoco todas las familias disponen de los mismos recursos digitales para la educación a distancia. El encierro domiciliario facilita además la violencia machista.

El bloqueo económico está incrementando el número de hogares sin ingresos provenientes del empleo formal, muchos de los cuales se verán excluidos de las magras transferencias económicas condicionadas que se vienen anunciando. Una cosa son los anuncios, otra lo que se publica en los diarios oficiales, y otra muy distinta será la implementación. En España empezamos a comprobar cómo el coronavirus se ceba en los barrios con menos recursos. Las personas migrantes y refugiadas, que han visto aún más restringida su movilidad y que en los lugares donde se encuentran carecen de todos los derechos de que disponen los ciudadanos “plenos”, son especialmente vulnerables. Por no hablar del potencial incremento del contagio y de la mortalidad en los campos de refugiados, ya sea en las islas griegas o en el mayor campo del mundo, el que alberga a los rohinyá en Cox’s Bazar, Bangladesh. En fin, mucha gente trabaja en la llamada “economía informal” -a nivel mundial, son de hecho la mayoría– y vive al día en áreas urbanas densamente pobladas, sin protección social y sin acceso a servicios adecuados de salud, sobre todo en los países más pobres.

Convalecencia

Así pues, 2020 será el año del hundimiento de la economía mundial, una gran recesión que en esta ocasión no tiene origen financiero sino biopolítico, pero que en el corto-medio plazo puede tener importantes repercusiones financieras, pese al optimismo que venden grupos financieros como BlackRock. Desde hace un tiempo diversos inversores y analistas venían esperando una recesión que las últimas previsiones situaban a finales de 2020, aunque por motivos diferentes y sobre la base de un contagio financiero desde Estados Unidos o quizás desde China. Desde el crash de 2008-2009 la “recuperación” de la economía mundial había dependido, por un lado, de las continuas transfusiones financieras de los bancos centrales, que cobraron nuevo impulso en 2019 en Estados Unidos y en la Eurozona precisamente por los nubarrones que se avistaban en el horizonte. El año pasado el declive de la producción manufacturera en Alemania o la abultada deuda china transmitían señales preocupantes. Por otro lado, y relacionado con lo anterior, la recuperación de la pasada década vino también de la mano de una intensificación de diversas formas de extractivismo: desde la explotación agroindustrial o minera que está convirtiendo la selva amazónica en una sabana hasta el desarrollo oligopolístico de las plataformas digitales (las FAANG o Big Tech).

La nueva gran recesión mundial tendrá la particularidad de haber sido inducida por los propios gobiernos, de manera caótica y casi simultánea, para aplicar una auténtica cura de caballo al capitalismo. Todo ello con el beneplácito de las finanzas, principales beneficiarias de los diferentes planes de estímulo y que encarnan los intereses del capital colectivo, y no tanto de los capitalistas nacionales o individuales, que presionan para que se retomen las actividades “no esenciales”. Este peculiar cierre patronal, esto es, ordenado desde arriba, aunque con una cooperación necesaria desde abajo, en una acción colectiva global inédita, tiene lugar después de tres años de reducción de las tasas de crecimiento del PIB mundial (3,2% en 2017, 3% en 2018, 2,9% en 2019), en parte debido a la guerra comercial instigada por Donald Trump para reajustar las cadenas globales de valor en términos neosoberanistas, en un contexto de desaceleración continuada de la economía china que viene de más lejos y a la que ha contribuido también la reducción del consumo interno (6,1% de crecimiento del PIB en 2019, el ritmo más bajo de los últimos 29 años, frente al 10,6% alcanzado en 2010).

El desplome será de los que hacen época. Desde 1950 se han producido cuatro recesiones mundiales: en 1976, en 1982, en 1991 y en 2009. Este período básicamente coincide con el desarrollo del neoliberalismo, como respuesta a la dificultad de mantener elevadas tasas de beneficio por parte del capital. De las cuatro, la de 2009 fue la más intensa de todas ellas y afectó especialmente a las economías avanzadas del norte, Estados Unidos y Europa, poniendo fin al tipo de globalización intensa que se desarrolló desde la implosión del bloque soviético. La gravedad de la nueva recesión económica que apenas comienza vendrá determinada por la dislocación de las cadenas de producción, del transporte, del comercio, por la retroalimentación de su impacto en las finanzas públicas, y por la caprichosa multiplicación de un virus que ignora todo lo anterior. Es, además, cualitativamente distinta de las anteriores, por enmarcarse dentro de una crisis más amplia y profunda, la de la creciente vulnerabilidad de la especie humana ante la degradación capitalista de los ecosistemas en los que se desenvuelve. Dicha degradación, que en los últimos años ha alcanzado cotas realmente alarmantes, es la que facilita la transmisión zoonótica de nuevos virus y la aceleración del calentamiento global. En este juego de muñecas rusas que es la prolongada crisis del sistema-mundo capitalista, en el que una crisis destapa otra crisis, el virus ha vuelto a poner en evidencia una crisis irresuelta de gobernanza global y supranacional, agravada por la irremediable incertidumbre en la que nos deja el coronavirus.

Aparte de la liquidez masiva que están inyectando los principales bancos centrales, el peso de la gestión de toda esta situación está en manos de unos gobiernos nacionales que afrontaron el advenimiento del SARS-CoV-2 frágiles fiscalmente y debilitados políticamente. A la creciente fragmentación y volatilidad política en cada país, fenómeno que en los países occidentales se agudizó especialmente desde la última recesión, se unió en 2019 un espectacular incremento de las protestas y revueltas populares por todo el mundo, con demandas sociales, de libertades o contra la corrupción, según los países. Esta tendencia se esperaba que se intensificase en 2020, pero las reacciones gubernamentales para atajar el virus la han parado en seco, al menos por el momento. No debería sorprender por tanto la desconfianza generalizada hacia las autoridades, que por lo general se han parapetado detrás de los expertos sanitarios para justificar sus decisiones, en especial las medidas más autoritarias destinadas a asegurar el confinamiento. Con todo, los gobiernos tratan de hacer de la necesidad virtud, tratando de reforzar su legitimidad y la de sus instituciones de seguridad mediante una épica de la movilización en torno a la “guerra contra el virus”. Pero la gobernanza científica, depolíticas racionales basadas en la evidencia (evidence-based policies), tiene sus límites.

De un tiempo a esta parte, toda política termina siendo política de crisis, de urgencia, de emergencia, como si solo así fuera posible lograr consensos y saltarse límites constitucionales: crisis migratoria, urgencia antiterrorista, emergencia climática. Los movimientos sociales no han sido ajenos a este marco mental. Para declarar una emergencia más clásica, como la de una epidemia, se necesitan datos con los que operar. Pero si la estadística es un saber consustancial al Estado moderno y a su capacidad para legitimarse y ejercer el control sobre una determinada población, sabemos que los datos oficiales sobre el coronavirus no reflejan toda la realidad de su expansión o la tasa real de letalidad, lo que no facilita la confianza. El número real de afectados -con síntomas o sin ellos- podría ser cinco, diez o veinte veces superior, según los lugares, al número de casos confirmados que actualizan diariamente la OMS o la John Hopkins University, lo que complica la comparación entre países que emplean criterios diferentes o simplemente no disponen de las mismas capacidades estadísticas. Algo parecido sucede con el número de muertes: si la tasa de letalidad debe ser menor que la calculada a partir de los casos confirmados, teniendo en cuenta el número de casos asintomáticos no contabilizados, los datos disponibles necesitarán complementarse con los datos de exceso de mortalidad cuando estén disponibles.

Momentos tambaleantes, abiertos e inciertos como éste nos muestran al emperador en toda su desnudez. “No podemos volver a la normalidad porque la normalidad era el problema”, “la economía del mundo se tambalea porque estamos comprando solo lo que necesitamos”, podemos leer estos días. Muchas cosas que nos parecían normales de pronto se nos vuelven obsoletas, ajenas. Incluyendo nuestro lenguaje, que vuelve a oscilar entre un tono apocalíptico y uno cínico, atrapado en las gramáticas del siglo XX. El énfasis en una interpretación estereotipada del neoliberalismo, manifiesta en el regocijo por la intervención estatal, como si el aquél no hubiera consistido en una reorientación de las funciones del Estado desde el Estado, con cambios significativos desde 2009, dificulta la comprensión del capitalismo actual y la elaboración de estrategias políticas emancipadoras. Las recientes derrotas de los veteranos candidatos de la izquierda neokeynesiana en Reino Unido (Corbyn) y en Estados Unidos (Sanders), con los respectivos aparatos partidistas funcionando como auténticos sumideros de movilización activista, abren nuevos escenarios que tardarán un tiempo en madurar. Y allí donde la izquierda gobierna, como en España, apenas puede aportar un barniz social que no va a compensar la detracción de recursos por la vía financiera, y ello pese a contar con condiciones europeas algo más favorables, en comparación con 2015.

La alteración de nuestra rutina cotidiana también genera otras formas de habitar y sentir el mundo, lo que puede tomar diferentes direcciones. Por un lado, se desarrollan prácticas creativas de conversación, de cooperación y de apoyo mutuo -económico, psicológico- que permean nuestras subjetividades. Algunas luchas democratizadoras continúan por otros medios, aunque afectadas por el disciplinamiento sanitario y, en el caso español, aún bajo el influjo de la restauración partitocrática, entre un gobierno socialmente “sensible” al que se interpela y la amenaza ultraderechista. Esto es, lejos de constituir contrapoderes autónomos. El rechazo de muchos a una vuelta al trabajo sin garantías de seguridad hace que algunos negocios mantengan el cierre o el teletrabajo: en este caso se trataría de cierres desde abajo, forzados por la presión de sus trabajadores y trabajadoras (lo que anticipó la hibernación económica total decretada por el gobierno español durante unos días, antes de semana santa). Muchos presos se han amotinado en cárceles de diferentes países, hasta que algunos gobiernos han comenzado a facilitar la libertad de algunos reclusos. Las personas migrantes reclaman regularización de derechos, el fin de los centros de detención y de las deportaciones. Las huelgas de alquileres, si bien de alcance limitado, así como la renovada discusión sobre una renta básica universal (o de cuarentena), prefiguran un conflicto más amplio en torno a la renta financiera y la desigualdad del ingreso. Y, atravesando todo lo anterior, ¿cómo nos concebiremos a nosotros mismos y a nuestro entorno después de haber vivido y respirado otra ciudad?

Otra dirección, menos esperanzadora, es la que se apoya en afectos como el miedo y el resentimiento, que pueden llegar a expresarse con un lenguaje de odio. Del miedo se sirven tanto el neoliberalismo como el neofascismo, pero en el segundo caso el miedo a un otro percibido como amenaza es lo que, al crear una particular forma de identidad y pertenencia, reconduce la ansiedad por el posible descenso social, por el reemplazo cultural, o por una hipotética eliminación física. Y el coronavirus convierte a cualquiera en una amenaza vital, no solo a los sospechosos habituales, lo cual no deja de ser una paradójica y perversa democratización. La actitud policial de muchos vecinos y vecinas en las situaciones de cuarentena nos da una idea de lo que puede fermentarse. Si a ello unimos la prevalencia de una cultura del resentimiento en las redes sociales, no es de extrañar que sean las derechas radicales las que, con sus contenidos, sean bulos o no, vayan ganando terreno en todo tipo de plataformas digitales. “El neofascismo cosecha la acumulación algorítmica de los sentimientos en forma de identificación por medio de tormentas de comentarios”, sostiene Richard Seymour en su último libro antes del coronavirus. El distanciamiento físico, el confinamiento y el teletrabajo nos vuelve aún más adictos a la máquina algorítmica y cronófaga. Una máquina controlada por unas plataformas corporativas que pueden acabar siendo las grandes ganadoras de la crisis en curso, alejándonos de la ruptura ludita que propone el citado autor. ¿Cómo nos percibiremos a nosotros mismos y a los demás, después de haber vivido la militarización de nuestras calles y de nuestros cuerpos?

El futuro

De un modo u otro, tanto la enfermedad como el remedio nos dejarán cicatrices, cuya profundidad dependerá de la duración y virulencia de la pandemia y sus nuevas oleadas; del tiempo de prolongación, o de reiteración, de los recortes de derechos y libertades; del impacto desigual de la recesión económica y del futuro reembolso de la deuda pública que se infla. Al progresivo relajamiento del actual confinamiento, nos preparan las autoridades, seguirá una panoplia de medidas disciplinarias y de control, con ciclos de cierre y apertura según vuelvan a producirse picos de contagio o para evitarlos, al menos hasta que haya una vacuna disponible. Tarde o temprano los acreedores reclamarán el ajuste para asegurarse el cobro de los títulos adquiridos hoy. Desde un punto de vista estrictamente sanitario, la relajación de las restricciones requiere un aumento sustancial de la capacidad de realización de diagnósticos (de detección del virus, de inmunidad) y el aislamiento de los casos que se detecten, así como el refuerzo de los equipamientos, de respiradores, de material de protección, lo que depende de cierta reindustrialización local de la oferta de estos productos.

Nuestra futura convivencia con las diferentes cepas del coronavirus y con sus estragos socioeconómicos, mientras aumenta la temperatura del planeta, está llena de incógnitas que solo se podrán resolver con el tiempo. Si el COVID-19 contribuye a una transición sistémica como hizo la Peste Negra hace casi siete siglos, o a una nueva gran transformación del capitalismo, será porque exacerba y altera elementos de una crisis sistémica que ya estaba en marcha, superponiéndose a ellos o desvelándolos, en todo caso sacudiendo nuestras coordenadas políticas. ¿Serán las sociedades envejecidas de los antiguos polos occidentales del capitalismo neoliberal las principales afectadas, social y demográficamente, desplazando aún más el centro de gravedad económico hacia oriente y hacia el sur? Contrariamente al modelo propuesto por Giovanni Arrighi, el fin de la hegemonía global de Estados Unidos no ha terminado de consagrar la entronización de China con un papel equivalente, pero quizás sea cuestión de tiempo. A pesar de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, es improbable que vuelva a producirse un desacoplamiento este-oeste como en el siglo XX durante la guerra fría, básicamente porque China está integrada en la economía mundial como nunca lo hizo la Unión Soviética.

Las funciones del Estado pueden volver a mutar, al compás de las exigencias de prevención y de control epidémico, del tratamiento de sus efectos secundarios económicos. Habrá que ver de qué manera, teniendo en cuenta la actual correlación de las citadas debilidades, de gobiernos como de las propias organizaciones sociales y populares, en muchos países. Tampoco está claro que un reforzamiento social (o social-policial) del Estado implique necesariamente su desgajamiento de marcos supranacionales, habida cuenta de que la descoordinación entre Estados contribuye tanto a la propagación del virus como al agravamiento de la recesión. En este sentido, no deja de resultar irónico que la secretaria británica de comercio reclame mayor coordinación internacional y apertura comercial. De hecho, históricamente a las plagas de la Modernidad no les sucedieron procesos de “desglobalización”, sino más bien lo contrario. ¿Forzará esta crisis la articulación de algún nuevo tipo de multilateralismo, se profundizará la integración política europea, y si es así podrán ser estos marcos de gobernanza más democráticos que las actuales o más autoritarios? ¿O por el contrario se acentuará la disgregación nacional, con reagrupaciones dinámicas en torno a potencias hegemónicas regionales?

Creo que esta reflexión macro es necesaria, pero reconozco que por sí sola abruma y no tiene por qué ayudar a la acción colectiva en estos momentos de cambio. Debe complementarse con otras preguntas -algunas incómodas- que nos conciernen directamente. ¿Podremos en estas condiciones relanzar movimientos políticos, redes u organizaciones que puedan conectar a la escala de las transformaciones planetarias, a partir de las lecciones del pasado reciente? Frente a la previsible proliferación de conflictos, de baja y alta intensidad, sobre la redistribución del ingreso pero también sobre la propiedad, la producción y lo común ¿cómo encauzarlos en sentido emancipador?

A diferencia del siglo XIV, hoy somos capaces de compartir información de forma masiva, de mantener una conversación global y de reproducir repertorios de protesta. Y, sin embargo, resulta notable cómo en el momento de la historia en el que estamos más conectados globalmente, sea tan difícil la articulación de movimientos transformadores transnacionales. Pienso que algo tiene que ver con el nacional-soberanismo que predomina entre las izquierdas institucionales y con el fin del monopolio euroamericano como foco de irradiación cultural mundial. En la década pasada, la principal explosión política con una onda expansiva global provino de los países árabes en 2011, pero no fue posible realizar una traducción apropiada que pudiera componer vínculos políticos de alcance regional o mundial, si excluimos la excepción yihadista.

Pero también tiene que ver con las persistentes problemáticas de la estrategia y de la organización, maltrechas en España tras las agridulces experiencias del pasado ciclo político, y que adquieren nuevos matices en tiempos de confinamiento, de control digital de nuestra intimidad y de nuestros movimientos, de justificación de abusos policiales por nuestro bien. Debemos reconocer las fuertes divergencias que existen en un campo político que solo se unifica, y cada vez con más problemas, por vía electoral. Aquí todos interpretamos el acontecimiento desde nuestros respectivos bagajes, que no deberían convertirse en anteojeras. ¿Qué desgarros políticos -y personales- viviremos cuando llegue el momento de tomar decisiones, de preferir unos caminos y no otros? ¿Qué alianzas serán viables? ¿Podremos consolidar la pluralidad de iniciativas solidarias que surjan para sobrevivir, en formas organizativas democráticas que adquieran cierta autonomía y puedan perdurar en el tiempo?

¿Cómo reorganizaremos nuestras vidas, nosotros, los infectados de hoy y de mañana?

Fotografía: Un hombre con mascarilla viaja solo en el metro de Bruselas (marzo de 2020). Francisco Seco/AP

Publicado originalmente en: https://medium.com/@quilombosfera/infectados-entre-nosotros-7748f8e632a6

Una pregunta

21abr-20
Publicada el 21 abril, 2020
por admin

Por Giorgio Agamben

La plaga marcó para la ciudad el comienzo de la corrupción… Nadie estaba dispuesto a perseverar en lo que antes consideraba bueno, porque creía que tal vez podría morir antes de llegar a él.
Tucídides, La Guerra del Peloponeso, II, 53.

Me gustaría compartir con los que quieran una pregunta en la que no he dejado de pensar desde hace más de un mes. ¿Cómo puede ser que un país entero se haya derrumbado ética y políticamente ante una enfermedad sin darse cuenta? Las palabras que utilicé para formular esta pregunta fueron consideradas cuidadosamente una por una. La medida de la abdicación a los propios principios éticos y políticos es, de hecho, muy simple: se trata de cuál es el límite más allá del cual uno no está dispuesto a renunciar a ellos. Creo que el lector que se tome la molestia de considerar los siguientes puntos tendrá que estar de acuerdo en que -sin darse cuenta o pretender no darse cuenta- el umbral que separa a la humanidad de la barbarie ha sido cruzado.

1) El primer punto, quizás el más serio, se refiere a los cuerpos de las personas muertas. ¿Cómo podíamos aceptar, sólo en nombre de un riesgo que no se podía especificar, que nuestros seres queridos y los seres humanos en general no sólo murieran solos, sino -algo que nunca había sucedido antes en la historia, desde Antígona hasta hoy- que sus cuerpos fueran quemados sin un funeral?

2) Entonces aceptamos sin demasiados problemas, sólo en nombre de un riesgo que no se podía especificar, limitar nuestra libertad de movimiento a un grado que nunca antes había ocurrido en la historia del país, ni siquiera durante las dos guerras mundiales (el toque de queda durante la guerra estaba limitado a ciertas horas). Por lo tanto, aceptamos, sólo en nombre de un riesgo que no podía ser especificado, suspender nuestra amistad y amor, porque nuestro prójimo se había convertido en una posible fuente de contagio.

3) Esto podría suceder -y aquí tocamos la raíz del fenómeno- porque hemos dividido la unidad de nuestra experiencia vital, que es siempre inseparablemente corpórea y espiritual a la vez, en una entidad puramente biológica por un lado y una vida afectiva y cultural por el otro. Ivan Illich mostró, y David Cayley lo recordó recientemente, las responsabilidades de la medicina moderna en esta escisión, que se da por sentada y que es en cambio la mayor de las abstracciones. Soy muy consciente de que esta abstracción ha sido lograda por la ciencia moderna a través de dispositivos de reanimación, que pueden mantener un cuerpo en un estado de vida vegetativa pura.

Pero si esta condición se extiende más allá de los límites espaciales y temporales que le son propios, como se intenta hacer hoy, y se convierte en una especie de principio de comportamiento social, caemos en contradicciones de las que no hay salida.

Sé que alguien se apresurará a responder que se trata de una condición limitada de tiempo, después de la cual todo volverá como antes. Es verdaderamente singular que esto sólo pueda repetirse de mala fe, ya que las mismas autoridades que proclamaron la emergencia no dejan de recordarnos que cuando la emergencia termine, las mismas directivas deben seguir siendo observadas y que el “distanciamiento social”, como se ha llamado con un eufemismo significativo, será el nuevo principio de organización de la sociedad. Y, en cualquier caso, lo que, de buena o mala fe, uno ha aceptado sufrir no podrá ser cancelado.

No puedo en este punto, ya que he acusado a las responsabilidades de cada uno de nosotros, dejar de mencionar las responsabilidades aún más graves de aquellos que habrían tenido la tarea de velar por la dignidad humana. En primer lugar, la Iglesia, que al convertirse en la sierva de la ciencia, que se ha convertido en la verdadera religión de nuestro tiempo, ha renunciado radicalmente a sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazó a los leprosos. Ha olvidado que una de las obras de misericordia es visitar a los enfermos. Ha olvidado que los mártires enseñan que uno debe estar dispuesto a sacrificar su vida antes que la fe y que renunciar al prójimo significa renunciar a la fe. Otra categoría que ha fallado en sus deberes es la de los juristas. Hace tiempo que estamos acostumbrados al uso imprudente de los decretos de emergencia mediante los cuales el poder ejecutivo sustituye al legislativo, aboliendo ese principio de separación de poderes que define la democracia. Pero en este caso se han superado todos los límites y se tiene la impresión de que las palabras del Primer Ministro y del Jefe de Protección Civil se han convertido inmediatamente en ley, como se decía para las del Führer. Y no vemos cómo, habiendo agotado el plazo de validez de los decretos de emergencia, las limitaciones de la libertad pueden ser, como se anuncia, mantenidas. ¿Por qué medios legales? ¿Con un estado de excepción permanente? Es tarea de los juristas verificar que se respeten las reglas de la constitución, pero los juristas permanecen en silencio. Quare silete iuristae in munere vestro?

Sé que invariablemente habrá alguien que responda que el grave sacrificio se hizo en nombre de los principios morales. Me gustaría recordarles que Eichmann, aparentemente de buena fe, nunca se cansó de repetir que había hecho lo que había hecho según su conciencia, para obedecer lo que creía que eran los preceptos de la moralidad kantiana. Una norma que establece que hay que renunciar al bien para salvar el bien es tan falsa y contradictoria como una que, para proteger la libertad, requiere que se renuncie a ella.

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