Hacia un institucionalismo salvaje (Parte-1)

De momento, quisiera tan sólo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder que el que se le otorga, que no tiene más poder para causar perjuicios que el que se quiera soportar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se prefiera sufrir a contradecirlo. Es realmente sorprendente –y, sin embargo, tan corriente que deberíamos más bien deplorarlo que sorprendernos– ver cómo millones y millones de hombres son miserablemente sometidos y son juzgados, la cabeza gacha, a un deplorable yugo.

Étienne de la Boétie, El discurso de la servidumbre voluntaria 1

La ficción de la ley

Atendida en su forma inmediata, la pregunta de Étienne de la Boétie podría ser perfectamente reformulada así: ¿porqué los hombres, muchos hombres, casi todos, deciden obedecer a uno? La actualidad indesmentible de la pregunta, elaborada por un joven de la Boétie en 1577, consiste en aproximarse al fenómeno del poder de una manera diametralmente opuesta a como se aproximaría un teórico o un estudioso; para él, no se trata de describir el funcionamiento, las reglas o las normas que aseguran el vínculo de obediencia y subordinación, vínculo que asociamos con la soberanía, la legitimidad o la autoridad; sino, por el contrario, su pregunta apunta al carácter inverosímil de la dominación y la obediencia. Haber hecho posible esta pregunta como pregunta constituye, en sí mismo, un acto instituyente y radical, pues suspende la petitio principii de la autoridad, exponiéndola a la cuestión misma de su (falta de) fundamento. En efecto, la autoridad no podría exigir obediencia sin que ella fuese, desde antes, percibida como autoridad, ya sea como producto de la imposición (la fuerza), la convicción (la fe) o de la ley (la razón y la fuerza). Pero ¿qué le otorga a la autoridad su condición de autoridad?, ¿a qué tiempo inmemorial se refiere ese “antes” que hace posible la demanda de obediencia? El estatuto de ese tiempo inmemorial, de ese “antes”, es precisamente el núcleo de lo que podemos llamar “la ficción soberana”, y sería esa ficción la que queda expuesta con la pregunta formulada por de la Boétie. 

En otras palabras, la pregunta interroga la misma producción de una relación de sujeción legitimada, retro-proyectivamente, por una narrativa contractual que apela a un contrato social firmado in illo tempore; un tiempo inverosímil que se ubica justo antes del comienzo del tiempo histórico, haciéndolo posible como tiempo de la ley, del Estado y de la política 2. Nunca nadie asistió a ese momento inmemorial, pero es él el que determina la historicidad de la ley y del poder. Romper con esa determinación, con esa ficción, pareciera ser lo que el Discurso de la servidumbre voluntaria sutilmente siguiere como posibilidad de un institucionalismo radical o salvaje. Es más, de la Boétie anticipa el contractualismo hobbesiano y lo radicaliza, mostrando que la retirada del fundamento teológico del poder solo nos deja, como diría Lefort, con un vacío que la práctica instituyente de los hombres intentara suturar. El nombre de esa sutura, siempre momentánea, es, precisamente, política y no derecho 3. 

Dicho institucionalismo salvaje, por lo tanto, no implica la simple cancelación del orden, del Estado o de las instituciones, sino la historización radical de toda narrativa que funcione como ficción soberana de la autoridad, es decir, de toda narrativa que pretenda un acceso privilegiado a aquel “origen absoluto” e inverosímil que determina el recorte temporal en el que se inscribiría el tiempo de la historia y de la política. Tal institucionalismo, pensado en términos genealógicos, se opone a la filosofía normativa de la historia y del derecho preguntándose no por la verdad de ese pasado originario, sino por el pasado de nuestras verdades, para mostrarlas como lo que son: elaboraciones ficticias (aunque no falsas), prostéticas, que nos damos como leyes y normas, para con-vivir y ser en común. Este mismo institucionalismo, pensado ahora en términos políticos, se opone a la llamada indivisibilidad de la soberanía (la que necesita del “uno” como principio estructurador de la fuerza y del derecho, bajo las formas del substrato natural, del Dios, del sujeto o de la razón) 4, para pensar lo múltiple, lo singular-plural, como forma a-principial de un ser-en-común, de un comunismo sucio, mundano, exiliado de las formas mayúsculas de la Historia y la Redención 5. Sería precisamente ahí, en la convergencia entre genealogía y anarquía (ambas entendidas como derogación del archē o principio de autoridad) donde mejor se aprecia la relación constitutiva entre historicidad y democracia, la que no puede sino oponerse, permanentemente, a la ficción soberana convertida en dogma, herencia o tradición 6. Y sería ahí mismo donde la ley, el derecho, la Constitución y las instituciones se muestran como prótesis que suplementan la vida colectiva y que pueden ser potencialmente alteradas de acuerdo con las forma de ser en común. 

En este sentido, la pregunta del Discurso es, sin necesariamente proponérselo, la pregunta por el poder y su legitimidad, por la ficción de la soberanía, y por los límites de dicha ficción. Y su actualidad deriva de su extraordinaria pertinencia: ¿cómo es posible que los hombres, las mujeres, todos, todas y todes, no se rebelen contra un poder que no se cansa de exponer su falta final de fundamento y su arbitrariedad constitutiva? En efecto, más allá de que el Discurso se ha convertido en un texto importante para varias constelaciones de pensamiento radical 7, nos interesa retomar la simpleza abismal de su interrogación para pensar no solo la insubordinación creciente de las sociedades contemporáneas frente a la gobernabilidad neoliberal, sino, y atendiendo al caso chileno, para denunciar las diversas estratagemas de contención y subordinación con las que se pretende seguir manteniendo la servidumbre de la mayoría al servicio de una elite que no se cansa de ejercer una tiranía avalada en la expropiación de la política y del derecho para su propio beneficio. 

En última instancia, lo que está en juego con las recientes revueltas, en Chile y en el resto del mundo, pero también con los diversos mecanismos de neutralización y contención empleados por el Estado y los partidos políticos para contener su potencial instituyente, es precisamente el develamiento de la profunda crisis de autoridad de la gobernabilidad neoliberal; crisis que no por casualidad se expresa como necesidad de un nuevo pacto social. Las revueltas refutan el consentimiento espontáneo de la servidumbre voluntaria, profanan el carácter sagrado del vínculo que la autoridad pretende fundar en la Constitución, dejando abierta la pregunta por la forma misma de un nuevo contrato social, el que más allá de su condición jurídica, debería suponer una relación profana con la ley y su autoridad. 

En este ensayo, intentamos una lectura tanto de la crisis de la gobernabilidad neoliberal como de la singularidad de las revueltas chilenas, las que han sido capaces de poner en el centro del debate político nacional la necesidad de una nueva Constitución, más allá de las limitaciones jurídicas e institucionales que configuran en Chile una verdadera cultura juristocrática. Hacia el final de nuestra reflexión, intentamos un comentario crítico de lo que bien podría denominarse “un nuevo constitucionalismo espiritual” que, basado en un “criollismo tardío” y advertido de la “falta” estructural de programa en la administración neoliberal, pretende volver a pensar el sustrato profundo de la ley, recurriendo a una tradición de pensamiento nacional e identitario de carácter hermenéutico-cultural. No intentamos desacreditar ni denunciar ideológicamente dicho “constitucionalismo espiritual”, sino confrontarlo reflexivamente, siempre que en este se hacen explícitas las ambivalencias del pensamiento político contemporáneo.

Revueltas y crisis

Con la serie de protestas sociales que comenzaron el mes de octubre del año 2019, Chile ingresó en un proceso de cambio en el que todavía estamos domiciliados. El viernes 18 de octubre, los estudiantes secundarios se manifestaron contra la administración de Sebastián Piñera mediante la evasión del pasaje de metro, gatillando una nefasta reacción del gobierno que, escandalizado ante “tamaña fechoría”, decidió sacar el ejército a la calle, declarando un innecesario estado de emergencia que resultó absolutamente contraproducente. La presencia del ejército en la vida cívica rememoraba la excepcionalidad del año 2010, cuando la primera administración de Piñera no supo cómo responder a la crisis de abastecimiento generada por el terremoto del 27 de febrero de dicho año, teniendo que recurrir al ejército para frenar los desfalcos masivos de supermercados y proteger la propiedad privada y la seguridad pública (en ese mismo orden de prioridades). A pesar de que este recurso contemplado en la Constitución para situaciones extraordinarias se muestra como una herramienta habitual de las administraciones de derechas en momentos de crisis, La decisión de Piñera no pudo evitar reposicionar, en el golpeado imaginario nacional, la sospecha insuperable de la población civil con respecto a la institución castrense, vinculada con la violación sistemática de los derechos humanos y la suspensión de todas las garantías democráticas durante el régimen dictatorial de Augusto Pinochet.

En menos de una semana, las manifestaciones estudiantiles se habían convertido en una revuelta popular a nivel nacional, articulando el rechazo al alza de los pasajes del metro con el sostenido rechazo a la serie de abusos e injusticias que han caracterizado a la gobernabilidad neoliberal desde su violenta instauración, bajo el régimen dictatorial: desfalco y colusión empresarial para el manejo de precios; corrupción y financiamiento secreto de los partidos políticos; acuerdos palaciegos para frenar procesos de democratización y mantener el sistema electoral anti-democrático; institucionalización del robo y la expoliación gracias a los sistemas de pensiones y de salud vigentes; la “ejemplar” ley de pesca que sanciona un reparto del mar entre los mismos grupos económicos que se han adueñado sistemáticamente del país; la impunidad notoria para los criminales condenados después de la dictadura; el carácter selectivo de la justicia y las diferencias de penas o castigos según el estatus socio-económico de los inculpados; el alza sostenida del costo de la vida gracias una política de impuestos orientada a gravar el consumo y no la riqueza; la precarización constante de las condiciones de trabajo mediante la perpetuación de un código laboral basado en criterios de flexibilidad y sub-contratación; el crecimiento sostenido de la deuda privada como mecanismo de contención del descontento social; el fracaso notorio de la “movilidad social” como resultado de un sistema educacional privatizado y orientado al lucro; etc 8. Todos estos fenómenos pueden ser vistos como los síntomas más evidentes de una crisis sostenida de la gobernabilidad neoliberal que hasta hoy persevera, de espaldas al pueblo, apelando a múltiples mecanismos anti-democráticos. Las revueltas, empero, han dejado claro que la gobernabilidad neoliberal carece de toda compostura y no puede limitar su insaciable apetito, a pesar de que es ella misma la que esta devastando al país, cuestión que expone a sus ideólogos y funcionarios políticos a una pérdida generalizada de legitimidad, acompañada por un cinismo casi criminal que la aleja del viejo proyecto conservador de la derecha histórica chilena 9. 

Esta crisis de gobernabilidad, en efecto, no es solo el resultado de los abusos institucionalizados en el estado de derecho, sino que, más allá de las especificidades del caso nacional, habría que considerar la situación chilena en el contexto de las revueltas sociales que desde comienzos del año 2018 han venido ocurriendo en Medio Oriente, Europa, y en otros países latinoamericanos. En este sentido, no estamos ante lo que los sociólogos suelen llamar una “crisis de legitimidad” acotada al Estado nacional y sus órdenes institucionales, sino que estamos frente a una crisis tendencial y constitutiva de la acumulación capitalista desregulada y flexible, que ya no opera según los criterios de estabilidad que definían el patrón de acumulación vinculado con el predomino del Estado nacional como marco soberano y regulativo de los mercados. En tal caso, la precarización de la vida, la híper-explotación del trabajo y la devastación de los recursos naturales (características del llamado “consenso de las mercancías”), no son ni fenómenos puntuales o pasajeros, ni se explican por problemas técnicos de implementación o “malas” políticas públicas, sino que responden a la condición axiomática e impredecible de la llamada economía globalizada. Las revueltas chilenas se inscriben entonces en un deterioro progresivo de la gobernabilidad neoliberal que, orientada a la intensificación de los procesos de acumulación, no pareciera tener como límite el viejo horizonte reformista burgués relativo al Estado de derecho 11.

Tampoco debemos  descontextualizar las revueltas inauguradas en octubre del 2019, como si se tratara de un fenómeno puntual o espontáneo, pues estas luchas estudiantiles y populares se inscriben en una serie de reacciones contra la gobernabilidad neoliberal desencadenadas desde fines del siglo pasado, cuestión patente en los diversos ciclos de protestas estudiantiles (desde las movilizaciones contra la “racionalización” implementada por Federici en la Universidad de Chile, el año 1987, hasta las manifestaciones del 2006 denominadas “La revolución de los pingüinos”; incluyendo el masivo movimiento del 2011 y las más cercanas manifestaciones feministas del 2018), y en las jornadas de protestas populares, como aquellas de los años 1982-1986 (que produjeron la crisis del mando dictatorial, para ser luego disciplinadas por la retórica transicional), hasta los levantamientos sectoriales (vivienda, profesores, salud, empelados públicos) y regionales (Calama, Aysén, Lota, Coronel. etc.) de las últimas décadas. En este contexto histórico, podemos comprender las revueltas (chilenas e internacionales) como manifestaciones de una crisis de la gobernabilidad neoliberal producida por la misma intensificación de los procesos de extracción y acumulación que definen al neoliberalismo. La consecuencia fundamental de esta crisis tendencial y constitutiva es el agotamiento del imaginario político y jurídico moderno, cuestión que nos demanda una nueva imaginación instituyente capaz de producir nuevas prótesis institucionales para un mundo cuya complejidad ha desbordado las hormas tradicionales definidas por la arquitectura política moderna (Estado, nación, Constitución, clase, sujeto, representación, ideología, hegemonía, etc.). 

A esto se debe, sin duda, el que las diversas protestas y manifestaciones populares de estos últimos años no se agoten ni reduzcan a simples reivindicaciones económicas puntuales o demandas identitarias de reconocimiento. Por el contrario, dado el nivel de frustración social con respecto a las gestiones gubernamentales de los dos bloques de poder que se han turnado en el gobierno durante los últimos treinta años 12, estas manifestaciones pueden ser asociadas con un proceso destituyente y radical que tiene como finalidad, paradójicamente, la de darse a sí mismo una nueva Constitución 13. En efecto, más allá de la aparente contradicción entre el carácter destituyente de las revueltas y sus aspiraciones a una nueva Constitución, lo que resulta relevante en el caso chileno es el hecho de que la misma posibilidad de una nueva Constitución exige la destitución de un modelo duopólico y juristocrático, consagrado en la Constitución vigente desde 1980, su sistema electoral y su sistema de partidos, los que han resultado cruciales en la prolongación de la administración dictatorial en tiempos de gobierno civil. En otras palabras, haber hecho patente la necesidad, inverosímil y compleja, de una nueva Constitución, ajustada a las condiciones materiales y demográficas efectivas de la sociedad chilena, lejos de ser parte de un reformismo jurídico convencional, representa el horizonte más radical del proceso destituyente en curso, y constituye su objetivo inaplazable. Todo esto, siempre y cuando la lucha por una nueva Constitución no se reduzca a la producción de un nuevo pacto jurídico a cargo de expertos y funcionarios, sino que en ella se exprese la incongruencia constitutiva entre las formas de vida realmente existentes en el territorio y los modelos identitarios e ideológicos que el derecho impone sobre lo social 14. 

En este sentido, más allá de las intenciones, a esta altura nefastas, de la administración de Piñera y de los partidos políticos de gobierno y oposición por desechar el debate constituyente, parece muy poco probable que la discusión sobre esta nueva Constitución pueda aplazarse de manera definitiva, a pesar del manejo oportunista de la actual crisis sanitaria abierta con la propagación del Covid-19 y la obvia instrumentalización de dicha crisis por parte del gobierno, que ha utilizado una retórica inmunitaria para suspender no solo la conformación de los procesos constituyentes necesarios para una nueva Constitución, sino que ha aprovechado la ocasión para desmovilizar a la sociedad civil, desactivar las persistentes protestas sociales, criminalizar la participación ciudadana e imponer un ilegítimo plebiscito (relativo a la necesidad o no del cambio constitucional), plebiscito que ha sido, a su vez, postergado, en nombre del mismo “bienestar” ciudadano 15.

Efectivamente, los argumentos relativos al virus y su propagación han neutralizado, en los meses de marzo, abril y lo que va de mayo, los procesos políticos de democratización, pero no han cristalizado en una política coherente de gobierno frente a la situación de potencial contagio masivo, pues sin esconder su ambivalencia y oportunismo, la actual administración afirma, por un lado, la prohibición de las manifestaciones políticas, mientras que, por otro lado, llama a restablecer la normalidad del ‘desarrollo económico’. Poco podemos esperar de esta falta de política coherente en un país caracterizado por la crudeza de sus inviernos, la precariedad de la infraestructura de salud pública y la negligencia criminal de sus autoridades sectoriales. No obstante, el ciclo de revueltas inaugurado en octubre del 2019 ha dejado claro que la gobernabilidad neoliberal chilena carece no solo de legitimidad, sino de programa e imaginación política, mostrándose como lo que siempre fue, una prolongación civil de la gobernabilidad militar. Ninguno de los bloques constituidos en torno al duopolio electoral tiene realmente algo que ofrecer frente a esta crisis, que lejos de ser una crisis convencional, se muestra como el agotamiento del aparato total del desarrollismo neoliberal contemporáneo 16.

Es aquí, en este contexto de desarticulación y agotamiento, donde nos atrevemos a afirmar que el debate sobre la nueva Constitución constituye el horizonte irrenunciable para una política democrática capaz de articular la convergencia entre la historicidad de las revueltas y la anarquía de la ley, cuestión que hemos referido mediante la apelación a un institucionalismo salvaje que le restituye a todos el poder y la potencia de hacer la ley y de imaginar un mundo mejor. El gobierno lo intuye e intenta neutralizarlo mediante el uso de la fuerza, movilizando el ejército bajo el pretexto del orden y la seguridad, pero orden y seguridad no son categorías neutras, representan la imagen ideológicamente invertida de la destrucción capitalista contemporánea. 

 1. 2008, páginas 45-46.

 2. Sería desde ese tiempo del “después” producido por la postulación hipotética de un “antes”, desde donde hacemos la experiencia de la ley como si siempre estuviésemos ante ella, en la media en que ella está ya ahí, antes que nosotros. Más allá de la serie de referencias contemporáneas, véase el famoso relato de Kafka, “Ante la ley” (1999) como parábola de esta auto-fundamentación del derecho moderno.

3. Claude Lefort, La invención democrática, 1996.

 4. Reiner Schürmann, El principio de anarquía, 2017.

 5. Nancy, Ser singular-plural, 2006; Carlos Casanova, Comunismo de los sentidos, 2017.

 6. La cuestión de la historia, como relato y reconstrucción, pero también en relación con la cuestión más compleja de la historicidad está en el centro de la problematización de la soberanía. Más allá de la crítica de los usos de la historia (Nietzsche), interesa pensar cómo, aún cuando la cuestión de la historicidad parece estar en el centro de las preocupaciones heideggerianas relativas a la destrucción de la metafísica, en la medida en que dicha destrucción depende todavía de una determinada “historia del ser”, sigue presa de una inadvertida complicidad o co-pertenencia ontológica entre soberanía, decisión y auto-referencialidad (el autos de la autarquía). Es esto precisamente lo que Derrida interroga en la destrucción heideggeriana de la metafísica, y lo que le sirve de hilo conductor para interrogar la misma cuestión de la soberanía en el pensamiento contemporáneo. Jacques Derrida, La bestia y el soberano, 2010.  

7. Entre las que destaca aquella que va desde Claude Lefort y Cornelius Castoriadis hasta Pierre Clastres y Miguel Abensour, para no mencionar la estrecha relación que la pregunta misma tiene con la llamada “hipótesis represiva”, aquella que, desde Wilhelm Reich hasta Michel Foucault, interroga el cómo y el porqué de la complicidad de los hombres con su propia dominación.

8 Más allá de los informes del PNUD y de varios otros organismos nacionales e internacionales, véase esta serie acotada de trabajos informativos: de María Olivia Mönckeberg, El saqueo de los grupos económicos al Estado de Chile, 2015. También de ella, La máquina para defraudar: Los casos Penta y Soquimich, 2015. De Ernesto Carmona Ulloa, Los dueños de Chile, 2002. De Daniel Matamala, Poderoso caballero. El peso del dinero en la política chilena, 2015. Y de Hugo Fazio, Mapa actual de la extrema riqueza en Chile, 1997; y su más reciente volumen, Los mecanismos fraudulentos de hacer fortuna: Mapa de la extrema riqueza, 2015.

9 Este es, por supuesto, el reclamo del mismo Mario Góngora contra la dictadura y su disolución del Estado nacional soberano (Ensayo histórico sobre la noción de estado en Chile, 1986), eje de una tradición conservadora que tiene como horizonte la imbricación soberana entre Estado y nación, territorio e identidad. La desregulación o desmontaje del contrato social nacional ejercido por la instauración, manu militari, del neoliberalismo en tiempos dictatoriales, sería lo que nos permite comprender, a su vez, el pasaje desde el moderno empresario de tipo weberiano (sacrificial y ahorrativo), al nuevo businessman, orientado a la ganancia y la gratificación, y abocado ya no a un proyecto de desarrollo nacional, sino a la ubicua especulación financiera. Entender esta transición en el mismo proceso de acumulación permite comprender el carácter estructural de la llamada corrupción empresarial en Chile, ya no como producto de una falla moral o de carácter, sino como efecto de una liberalización general de la misma acumulación.  Véase también el ensayo más comprensivo sobre la crisis de la derecha de Hugo Herrera, La derecha en la crisis del Bicentenario, 2014, que dio paso a un debate acotado, pero que merece ser revisado.

10 Maristella Svampa, “‘Consenso de los Commodities’ y lenguajes de valoración en América Latina”, 2013.

11. Conclusión a la que llega, entre otros, Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI, 2014), a partir de constatar como la brecha salarial, el aumento de las desigualdades sociales, la sostenida pauperización de la población y la tendencia creciente a la concentración de la propiedad y de la riqueza en pocas manos, junto con la mínima movilidad social y la falta creciente de políticas públicas en áreas tales como la educación, la salud, los recursos naturales, etc., nos llevan a indicadores socio-económicos similares a aquellos que, desde fines del siglo XIX y comienzos del XX, derivaron en la emergencia de la llamada cuestión social y, eventualmente, en la revolución y las guerras. Más que progresar, el capitalismo intensifica sus procesos de devastación.

12. Por un lado, La Concertación de Partidos por la Democracia, que luego se cambió el nombre a Nueva Mayoría; por otro lado, La alianza por Chile que también se cambió el nombre a Chile vamos. Ambos conglomerados han configurado el llamado duopolio nacional, el que se turna en el poder administrando más o menos la misma agenda social y bajo el  mismo marco jurídico y constitucional.

13. En efecto, las revueltas pueden ser leídas como una verdadera irrupción demótica, en el sentido en que Rancière piensa la lógica de la política como forma del desacuerdo y como suspensión del consentimiento espontáneo al poder (El desacuerdo. Filosofía y política, 1996), y, en ese sentido, no como expresiones de una voluntad programática o de clase, al modo de una práctica política organizada estratégicamente (Furio Jesi, Spartakus, 2015), sino como respuestas existenciales ante la amenaza creciente y radical del poder devastador contemporáneo (Giorgio Agamben, “Para una teoría de la potencia destituyente”, 2017). Lo que está en juego en las revueltas, en otras palabras, no se reduce ni a reivindicaciones económicas puntuales ni a reformas políticas, sino que se trata de la destitución de los elementos constitutivos de la dominación contemporánea que amenazan con devastar formas completas de vida.

14. En efecto, no basta con la apelación genérica a la idea de “pueblo” para dar cuenta de la heterogeneidad material de lo social: ¿cómo pensar una Constitución abierta a los derechos de los inmigrantes, de las minorías étnicas y sexuales, etc.?, ¿cómo pensar lo popular más allá de los modelos ideológicos de identidad nacional y su organización hegemónica en torno al Estado? Estas preguntas deberían hacer temblar nuestras nociones de identidad y pertenencia, de comunidad y nación, de política y estrategia.

15. Entre las múltiples referencias a la problemática biopolítica abierta por Michel Foucault y la definición del poder como capacidad de hacer vivir, más que de dejar morir, referimos acá el panorámico y esclarecedor trabajo de Roberto Esposito, Inmunitas. Protección y negación de la vida, 2005.

16. El actual debate en torno al posible retiro del 10% desde los fondos previsionales no solo ha generado una desvergonzada campaña de amedrentamiento, desde el ejecutivo, incluyendo a la derecha en pleno, los empresarios y los administradores de las AFP, los que incluso han mandado cartas amenazantes a sus cotizantes, sino que ha develado la fragilidad del desarrollo chileno. Recordemos solo tres cosas relativas a este sistema: 1) que se impuso durante el gobierno dictatorial y en base a mentiras. 2) Que falla en la actualidad porque perpetua un reparto desigual y genera o intensifica la miseria de los jubilados. 3) Que es esencialmente una estrategia de apropiación de recursos individuales para ser capitalizados corporativamente, con reparto restringido de beneficios, cuestión que explica porqué las fuerzas armadas y carabineros fueron estratégicamente derivados hacia sistemas más equitativos. Después de todo, el pacto dictatorial y su infinita prolongación post-dictatorial descansa, en última instancia, en la posibilidad de hacer uso efectivo de los aparatos represivos para mantener sus tasas de acumulación y ganancia. El sistema previsional, en este sentido, no es solo el orgullo de José Piñera, sino el fetiche que oculta la verdad del golpe, a saber: la de haber usado el ejército no para extirpar el cáncer marxista –esa fue la excusa—, sino para favorecer un proceso rigurosamente diseñado de reconcentración de la propiedad, el poder y la riqueza, en manos de una elite financiera que, en estos últimos 50 años, no solo se lleva el salario difícilmente ganado de los trabajadores, y no solo lo usa para especular en la bolsa o en los mercados de valores internacionales, sino que ha usado y usa este dinero para financiar y solventar el aparato bancario y especulativo con el que esta misma derecha neoliberal chilena juega a hacerse la liberal y emprendedora, pero con plata ajena. El robo y la negligencia criminal de políticos y empresarios, secundados por la indignidad de todos los uniformados, están inscritos en el corazón de la democracia nacional que no es sino un cerrojo de captura que tiene atrapado a sus ciudadanos en una narrativa que nadie comparte, pero que se sostiene con el poder y la fuerza. No olvidemos que los mismos miembros del  gobierno o dl parlamento, se turnan también como miembros de las mesas directivas de las AFP, de las mesas directivas de los bancos y de las mesas directivas de los medios de comunicación y prensa. 

Ecosocialismo versus Colapsismo. Una conversación con Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel

Parte I

Algunos elementos de la crítica del Colapsismo Marxista al Ecosocialismo

 

Presentamos a continuación un material de discusión en torno a la relación entre la crisis ecológica-energética contemporánea, la posible perspectiva de un colapso civilizatorio cercano y la reciente polémica que ha estallado entre las posturas ecosocialistas y las nuevas posiciones teórico-ideológicas del llamado “Marxismo Colapsista”. Se ofrece aquí una contextualización de algunos aspectos de la crítica colapsista al Ecosocialismo, reproduciéndose en la segunda parte de este material una conversación con el intelectual Michael Lowy en donde aquel realiza una replica a dicha crítica.

Algunos elementos de la crítica del colapsismo marxista al Ecosocialismo

Desde hace algunos meses diversas organizaciones ecosocialistas de Chile, Argentina y otros países de América Latina vienen siendo objeto de una potente campaña de ataque ideológico en redes sociales por parte de un nuevo referente comunicacional que actúa bajo el nombre de “Marxismo y Colapso”. Uno de los objetivos centrales de este referente ha sido polemizar con algunas de las figuras y posturas centrales del Ecosocialismo, por ejemplo aquellas representadas por el intelectual marxista Michael Lowy. Una de las posiciones centrales de este grupo ha sido negar reiteradamente varios de los preceptos centrales de los programas marxistas tradicionales y de la estrategia ecosocialista; esto es, por ejemplo, la idea de que un cambio revolucionario en las relaciones sociales de producción y el establecimiento de un nuevo régimen productivo orientado a la satisfacción de las necesidades sociales sería capaz tanto de “frenar” (o “revertir”) los efectos de la actual crisis ecológica-energética, así como también de “evitar” un fenómeno de colapso civilizatorio cercano.

Por el contrario, “Marxismo y Colapso” defendería la necesidad de un nuevo marco teórico y estratégico al interior de la izquierda mundial para dar cuenta del fenómeno de colapso civilizatorio y extinción humana que, como producto de la combinación entre los efectos destructivos de la crisis ecológica-energética actual y las contradicciones tradicionales del sistema capitalista decadente, sería ya imposible de detener. Según este planteamiento, lo anterior pondría al conjunto de las fuerzas socialistas ante un escenario inédito en la historia revolucionaria moderna que se caracterizaría, entre otras cosas, por la “irrupción práctica” (a diferencia de los siglos pasados) del “horizonte de barbarie” anticipado teóricamente por una serie de pensadores marxistas tales como Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin.

De acuerdo con Miguel Fuentes, uno de los ideólogos principales de estas posiciones, un escenario como el anterior implicaría no sólo una diferencia fundamental con el siglo pasado en el cual dicho horizonte se habría mantenido en un terreno aún “hipotético”, sino que obligaría además a las organizaciones de izquierda anti-capitalista a pensar la situación histórica actual en el marco de una “dinámica de cierre” (o clausura) del horizonte socialista moderno. La razón de lo anterior sería que estaríamos (o estaríamos muy cerca de estarlo) ante las puertas de un tipo de “resolución negativa” de la lucha de clases moderna como aquella anticipada teóricamente por Marx en el Manifiesto Comunista, esto al referirse a la posibilidad de una “autodestrucción” de las dos clases fundamentales del sistema capitalista.

 

Uno de los ejemplos de este “escenario inédito” al cual estaríamos a punto de enfrentarnos sería la perspectiva de un derrumbe generalizado (inminente) de las fuerzas productivas a nivel planetario, aquello como efecto de un avance imparable del calentamiento global y la crisis ecológica. Según las concepciones de “Marxismo y Colapso”, una situación de derrumbe económico de este tipo poseería, potencialmente, una gravedad mayor a cualquiera de las crisis económicas experimentadas durante la historia del capitalismo, asociándose desde aquí a un escenario mucho más destructivo al que tuvieron algunas de las peores catástrofes históricas de los últimos siglos: por ejemplo, las guerras mundiales. La explicación de esto sería que, a pesar de los niveles de destrucción masiva que experimentó Europa durante estos conflictos bélicos, las bases de la economía capitalista habrían podido mantenerse sólidas en el resto del planeta (por ejemplo en Estados Unidos), constituyendo lo anterior, en consecuencia, una situación radicalmente diferente al escenario potencial de derrumbe global “sincronizado” que estaría pronto a producir la crisis ecológica-energética en ciernes. Igualmente, a diferencia del costo en vidas que tuvieron las guerras mundiales, el cual ascendió en su conjunto a una cifra alrededor de los cien millones de personas, la crisis ecológica actual, ligada a una pronta crisis de subsistencia planetaria generalizada, podría cobrarse durante este siglo un número de víctimas que llegue a los billones (esto sin descartarse la posibilidad de una extinción completa de nuestra especie).

Otro planteamiento colapsista que puede destacarse aquí sería la supuesta existencia de un “déficit tecnológico” estructural que, debido a la extrema gravedad que tendría la crisis ecológica-energética actual y el nivel de descomposición de las bases eco-sociales del desarrollo histórico contemporáneo, incapacitaría hoy no sólo al capitalismo, sino que también a un hipotético proyecto socialista, para “contener”, “frenar” o bien “revertir” los efectos catastróficos de la crisis mundial que se aproxima. Esto último, por lo menos, en el poco tiempo que nos quedaría antes de que esta crisis se descontrole de manera absoluta, precipitando con ello un derrumbe ecosistémico planetario total que se asociaría, de manera inevitable, no a una pretendida “superación revolucionaria” del sistema capitalista, sino que a su colapso.

 

Un argumento adicional en esta línea sería que la crisis ecológica y energética en ciernes plantearía hoy, acorde con el posible derrumbe inminente del desarrollo de las fuerzas productivas que se asociaría a aquella, un horizonte de escasez crónica de recursos que terminaría por “bloquear” y volver pronto en inviable una gran parte del programa marxista revolucionario de los siglos pasados. La razón de lo anterior se encontraría en el hecho de que, a diferencia del contexto característico de abundancia de recursos de los siglos XIX y XX, un escenario de escasez global implicaría una perdida de efectividad (y posterior caducidad) de una serie de consignas revolucionarias clásicas que habrían sido entendidas hasta hoy como las vías principales para la aseguración íntegra y efectiva de las necesidades materiales y espirituales de la población mundial. Algunas de estas medidas serían, entre otras, la expropiación y el control obrero de los medios de producción y la redistribución socialista de las riquezas sociales.

En pocas palabras, la situación de escasez crónica de recursos que se avecinaría en el futuro cercano implicaría, liza y llanamente, que un sector importante de la población mundial se encontraría ya, literalmente, perdida (muerta), esto incluso en un contexto futuro cercano de reorganización socialista del sistema económico. Para los referentes de “Marxismo y Colapso”, aquello tendría una serie de repercusiones (todavía no estudiadas) sobre las futuras dinámicas de la lucha de clases internacional, esto por ejemplo al nivel de las “fracturas inevitables” que el avance progresivo de un marco de escasez de recursos podría producir, inexorablemente, al interior de las filas de los explotados. Lo anterior constituiría así un escenario radicalmente distinto a los vistos durante los siglos XIX y XX en los cuales el desarrollo de las fuerzas productivas (y la abundancia mundial de recursos) representó la base objetiva de una potencial alianza revolucionaria internacional del conjunto de los oprimidos por el capitalismo. Un ejemplo de estas posibles “fracturas internas” futuras al nivel del campo de los explotados, gatilladas por un derrumbe global de las fuerzas productivas y un contexto de escasez aguda, podría encontrarse en una potencial división entre los sectores de la sociedad aptos para asegurar su sobrevivencia por sus propios medios y aquellos sectores (remanentes) que sólo podrían hacerlo obteniéndolos (de forma pacífica o violenta) de los primeros.

 

La perspectiva ecosocialista y la ecología marxista se caracterizarían por presentar, por lo tanto, una serie de “puntos ciegos” que afectarían su capacidad para una evaluación realista de la verdadera gravedad de la crisis ecológica-energética en curso y de sus potenciales proyecciones durante las próximas décadas. Una muestra de lo anterior serían tanto la escasa reflexión dada por estas corrientes en torno a la ya referida posibilidad (objetiva) de un fenómeno de colapso civilizatorio como resultado del avance de los procesos ya activados (e irreversibles) de destrucción ecosistémica, así como también la incomprensión de aquellas de las “limitaciones estructurales” que, tal como se indicó más arriba, tendría una potencial revolución mundial para hacer frente (tanto en el ámbito tecnológico como social) a este escenario de ruptura ecológica planetaria.

Un ejemplo supuestamente evidente de esto último se hallaría en la consigna ecosocialista de una posible “regeneración” del “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, aquello nada menos que en un contexto en el cual los niveles de alteración antrópica del medio-ambiente ya habrían destruido no sólo los últimos restos de dicho equilibrio (ya pulverizado por el avance del capitalismo), sino que, asimismo, hecho “saltar por los aires” los delicados y complejos pilares climáticos del periodo holocénico establecidos en la Tierra a lo largo de decenas de miles de años. De acuerdo con la perspectiva colapsista, estos equilibrios serían así ya no sólo imposibles de “recomponer” durante un largo periodo de tiempo en escala geológica, sino que, además, tal como en el caso del resto de “equilibrios medioambientales” rotos en el pasado terrestre con motivo de otras graves alteraciones paleo-climáticas (entre otras las cinco extinciones masivas que enfrentó la vida sobre nuestro planeta previamente al origen de la humanidad), aquellos habrían sido destruidos, muy probablemente, para siempre. Sería justamente en consignas como éstas en torno a una posible “restauración” del equilibrio metabólico hombre-naturaleza, compartida incluso por sectores “ecológicos” del industrialismo marxista (por ejemplo los representados por la sección medioambiental de la revista democrático-ciudadana “La Izquierda Diario”), en donde una parte importante del programa eco-socialista se presentaría, según la postura colapsista, como una verdadera “utopía verde”.

 

 

Debe considerarse aquí, asimismo, la incapacidad del desarrollo tecnológico actual para siquiera detener (y menos “revertir”) la trayectoria destructiva de lo que ha sido denominado ya por la ciencia como el inicio de la VI extinción masiva de la vida terrestre, la cual se encontraría hoy, aquello sin siquiera haberse alcanzado la barrera catastrófica de los 1.5 grados centígrados de aumento del calentamiento global fijada por la ONU, en pleno desarrollo. Lejos de cualquier posible “restauración” de ningún “equilibrio metabólico” entre el hombre y la naturaleza, no existiría hoy, por lo tanto, esto si se consideran por ejemplo los actuales niveles de gases de efecto invernadero en la atmósfera que asegurarían un aumento cercano probablemente incontrolable de las temperaturas globales, otro escenario más que el de una “ruptura geológica” imparable que, con o sin la aplicación de un “programa ecológico socialista”, no hará más que empeorar durante este siglo. Una de las críticas esgrimidas al Ecosocialismo y al pensamiento ecológico marxista en este punto es que, tal como se dijo anteriormente, dichos referentes defenderían una perspectiva simplista (y en gran medida utópica) respecto a las capacidades que tendría el proyecto revolucionario socialista moderno para enfrentar esta crisis planetaria.

De acuerdo con las posiciones colapsistas, las tareas de la izquierda y la revolución hoy serían así, asumiendo la perspectiva cercana de un cambio climático y una crisis energética súper-catastrófica imparable, dar pasos en la discusión de un programa político coherente con este escenario de derrumbe global inminente. Una de las razones de lo anterior sería que solamente discutiendo esta perspectiva, de una manera realista, sería posible en el futuro la mantención de un proyecto comunista que, debiendo ser esta vez asegurado “en la barbarie misma”, pueda constituir una alternativa de sobrevivencia y civilización para aquel sector de la humanidad que estaría capacitado para superar (de la manera que sea) los desafíos de la gran crisis geológica-civilizatoria que se abalanza sobre nosotros.

 

Parte 2

Algunos elementos de la crítica del Colapsismo Marxista al Ecosocialismo

Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista (II)

Una conversación con Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel

 

Presentamos a continuación una conversación con el intelectual marxista Michael Lowy en donde aquel responde a una serie de críticas realizadas desde el ámbito del llamado marxismo colapsista hacia el Ecosocialismo. Se integran a esta conversación las replicas de Miguel Fuentes (exponente del pensamiento colapsista), esto con el objetivo de dejar sentadas las diferencias y similitudes que existen entre ambas tendencias. Un tercer participante de esta conversación es Antonio Turiel, referente de la teoría del decrecimiento y quien se posiciona en este debate desarrollando algunas de sus ideas provenientes del terreno de los estudios sobre la crisis energética. La primera sección de esta discusión gira alrededor del carácter (y posible inevitabilidad) de la crisis ecológica actual y su relación con un posible fenómeno cercano de colapso civilizatorio y extinción humana. Se invita a los lectores a revisar el artículo de contextualización de las posturas del colapsismo marxista ofrecido en la primera parte de esta serie. Artículos adicionales en los cuales pueden leerse algunas de las posiciones centrales del Ecosocialismo y la teoría del decrecimiento se entregan al final de este debate.

-Sección Debate
Crisis ecológica catastrófica, colapso civilizatorio y extinción humana

 

1. ¿Qué opina respecto a la posibilidad de una crisis ecológica súper catastrófica durante este siglo?

-Michael Lowy:
¡Se trata de una posibilidad muy real! Si se sigue con la trayectoria actual de “business as usual” por algunas décadas más, entonces la catástrofe será inevitable. Es un peligro sin precedentes en la historia humana.

-Miguel Fuentes:
La ciencia es clara al respecto y las perspectivas de un calentamiento global que sobrepasen los 2 o 3 grados centígrados implicaría que una gran parte de la Tierra pueda transformarse en inhabitable.

 

-Antonio Turiel:
La crisis ecológica (en sus diversas vertientes) ya está aquí. Es el problema ambiental (del que ahora lo que más se destaca es el cambio climático), el de los recursos, el de la biodiversidad, el del agua potable… ¿Se resolverán todas estas crisis de manera catastrófica? Si no se hace nada, evidentemente. E incluso haciendo lo mejor posible será un momento bastante traumático.

2. ¿Qué piensa respecto a la posibilidad de un fenómeno de colapso civilizatorio cercano? ¿Puede el capitalismo autodestruirse durante las próximas décadas?

-Michael Lowy:
Como lo decía, la perspectiva de un colapso civilizatorio en las próximas décadas es una amenaza muy concreta. No lo definiría, en todo caso, como una “autodestrucción del capitalismo”. Podríamos quizás imaginar un escenario distópico en el cual comiencen a producirse los primeros efectos de la catástrofe, pero esto último sin que deje de existir el capitalismo. Como decía Walter Benjamin: “el capitalismo nunca va a morir de muerte natural”.

-Miguel Fuentes:
¿Qué tiene de especial el capitalismo en comparación con otras sociedades complejas tales como el Imperio Romano, la Sociedad Maya Clásica, la Dinastía Han, el Imperio Gupta y muchas otras a lo largo de la historia como para ser totalmente “inmune” a un fenómeno de colapso? ¿Quizás su avance tecnológico? ¿Se olvida acaso Lowy que, más allá de los fenomenales avances técnicos del capitalismo en una serie de esferas, aquel sigue poseyendo prácticamente la misma base productiva-energética que aquella que tenía hace dos siglos? ¡La misma vieja locomotora de hace dos siglos que, a pesar de poseer en sus compartimientos superiores laboratorios de nanotecnología, satélites y tecnología de GPS, sigue necesitando de los mismos “productos de plantas” de hace doscientos años (entre otros el carbón, el gas y el petróleo) para moverse! Y pueden mencionarse aquí, asimismo, los resultados de un reciente estudio financiado parcialmente por la NASA y liderado por el matemático Safa Motesharrei en el cual, realizándose una proyección del curso de la sociedad industrial actual a partir de la aplicación de un modelo predictivo HANDY, se muestra como esta última se estaría dirigiendo, aceleradamente, al colapso. La razón de esto se encontraría en la combinación de algunos factores tales como la sobreexplotación de recursos, el cambio climático, la existencia de una elite demasiado rígida y la desigualdad extrema. Es prácticamente imposible que la sociedad capitalista actual, tecnológica y económicamente atrasada para enfrentar los peligros de envergadura geológica-planetaria que se nos avecinan, siga subsistiendo ante un escenario de crisis ecosistémica generalizada como aquella que estaría a punto de producirse. Debemos tener en cuenta aquí, asimismo, que una vez que las defensas que tiene el sistema capitalista para sostenerse ante una crisis comiencen a fallar, será la propia complejidad de este sistema la cual podría volverlo mucho más vulnerable ante un potencial fenómeno de colapso. El caso de la caída del Imperio Romano es un ejemplo de lo anterior.

-Antonio Turiel:
Todas las civilizaciones atraviesan crisis históricas a lo largo de su existencia, y el colapso completo no es sólo una posibilidad, sino que algo muy repetido a lo largo de la historia. Sabemos de 26 civilizaciones antes de la nuestra que colapsaron completamente. ¿Por qué la nuestra habría de ser la excepción? Las civilizaciones colapsan como fruto de presiones internas y externas suficientemente intensas, y los retos a los que deberemos hacer frente (fundamentalmente, cambio ambiental y escasez de recursos) han acabado ya con otras civilizaciones en el pasado. En realidad, muy a menudo nos creemos más especiales de lo que somos, pero nuestro dilema es muy parecido al que otras sociedades sufrieron con anterioridad. Somos de hecho a veces tan arrogantes que no leemos las lecciones de la historia y no aprendemos de ella. Una cuestión importante a saber aquí con respecto al colapso es que aquel siempre es un daño auto-infligido: las sociedades colapsan porque, en su fuero interno, han decidido colapsar, esto porque ya sea por razones políticas, religiosas, filosóficas o directamente por terquedad, han querido colapsar. El colapso siempre es algo evitable, pero uno tiene que trabajar activamente para evitarlo, y cuando sucede es porque, simplemente, no se quiere evitar, y porque se rechaza neciamente la idea o la posibilidad misma del colapso. En este sentido, el capitalismo global del siglo XXI tiene todos los ingredientes para colapsar: ha desencadenado las crisis que ponen su existencia en entredicho y se niega, además, a aceptar la necesidad de cambiar de paradigma. Así pues, nos lleva inexorablemente al colapso. Yo no puedo predecir sí, cuando empiece al colapso, existirá algún tipo de reacción por parte de este sistema y si aquel logrará adaptarse, pero lo más lógico sería esperar un colapso completo del capitalismo y probablemente de nuestra civilización. Cabe destacar, asimismo, que el colapso no es algo necesariamente malo; al final, es una especie de jubileo de todas esas deudas que tenemos aplazadas con la naturaleza. Colapsar te da la oportunidad de empezar desde cero.

3. ¿Existe un peligro real de extinción humana durante el siglo XXI, esto tal como plantea la perspectiva colapsista y algunos movimientos tales como Extincion Rebellion en Europa?

Michael Lowy:
Es difícil contestar a esta pregunta. ¿A partir de que nivel de calentamiento global la existencia humana estaría amenazada? Pero no se puede excluir esta hipótesis.

Miguel Fuentes:
No se trata de discutir aquí cual es el nivel de calentamiento global que los humanos pueden soportar en tanto individuos. Es más simple que eso, se trata de saber a partir de que rangos del calentamiento global que se espera durante este siglo la agricultura se vuelve imposible en condiciones naturales y los recursos planetarios comienzan a venirse abajo. Sabemos, por ejemplo, que todo calentamiento global igual o superior a los 2 o 3 grados centígrados por encima de la línea de base del siglo XIX (un nivel alcanzable durante las próximas décadas) significaría que, producto de su impacto sobre la producción mundial de recursos, una parte significativa de la humanidad morirá de manera inevitable. Pero no deberemos esperar mucho tiempo para presenciar el comienzo de esta mortandad en masa, aquello si tenemos en cuenta que el límite catastrófico del calentamiento global (el cual rebasaremos durante la próxima década) es de tan sólo 1.5 grados centígrados. La cuestión aquí es empezar a pensar no en como “detenemos” este fenómeno de extinción humana (ya imparable), sino que, en realidad, en como podemos evitar la desaparición total de nuestra especie, esto incluso si aquello sólo sea posible en el 50%, 10% o 1% de la población humana actual capacitada para sobrevivir. Y es justamente aquí, en esta lucha por la sobrevivencia y por la preservación de nuestra evolución genética y los mejores logros del desarrollo civilizatorio de eras pasadas, en donde la perspectiva comunista adquiere una importancia redoblada para el futuro.

-Antonio Turiel:
En las respuestas anteriores veo una visión de la Tierra como un sistema demasiado lineal, lo cual es congruente con los modelos climáticos que manejamos (que hacen predicciones de acuerdo con un horizonte muy limitado de factores). La Tierra tiene muchos mecanismos de homeostasis, muchos de los cuales no conocemos, y lo más probable es que la situación del planeta no degenere tanto tal como las peores previsiones científicas indican. Lo que acabo de decir no debería tomarse, sin embargo, como una invitación a relajarse o ser interpretado como un consuelo: la continuidad de la humanidad sigue estando en un peligro crítico, esto porque el hecho de que el planeta no degenere hasta convertirse en el infierno que muestran los modelos climáticos no quiere decir que continúe siendo habitable para nuestra especie, y en todo caso lo más probable es que la capacidad de carga de humanos disminuya drásticamente. Pareciera que si no está en peligro el planeta entero no comprendemos que estamos en peligro nosotros mismos. “Salvemos el planeta”, dicen ciertos eslóganes de algunos grupos ecologistas; pues no, el planeta no está, ni ha estado nunca, en peligro, ni siquiera está en peligro la biosfera. Lo que realmente está en peligro es la humanidad; no pretendamos, por lo tanto, salvar el planeta, lo que debemos hacer es preservar el hábitat que hace posible nuestra existencia y que, éste sí, es lo que precisamente se encuentra en peligro. Es además un error pensar que el cambio climático es el único factor que compromete la vida humana en el planeta. La escasez de recursos es otro factor tremendamente terminante, aquello porque la vida de miles de millones de personas depende de que se mantenga el actual sistema de agricultura industrial y las redes de distribución internacionales. Cuando comience a escasear el petróleo, ¿quién moverá los tractores y los camiones, y de dónde saldrán los pesticidas? Cuando escasee el gas natural, ¿cómo sintetizaremos los abonos nitrogenados? Cuando escaseen los fosfatos, ¿cómo abonaremos nuestros campos? La propia estabilidad de la red eléctrica está en compromiso, y sin fluido eléctrico hay muchos sistemas de control que dejarían de ser operativos. Además, faltando combustible la gente se lanzará a cortar árboles (lo hemos visto en muchos países), disminuyendo esto aún más la capacidad de carga del territorio. Lo cierto es que sin una adecuada gestión de las próximas décadas la especie humana podría acabar extinguiéndose en un plazo de un par de siglos. E incluso con una gestión correcta lo esperable es que su población disminuya drásticamente.

4. ¿Qué opina respecto de la crítica colapsista a una supuesta “superficialidad” del análisis ecosocialista en su evaluación de los peligros de la crisis ecológica y la posibilidad de un colapso civilizatorio cercano?

Michael Lowy:
No todos los ecosocialistas tienen el mismo juicio, pero en mi caso, y creo que también en el de la mayoría de los ecosocialistas, nosotros no subestimamos de ninguna manera la gravedad de la crisis ecológica y la posibilidad de un colapso civilizatorio. Al revés, esta posibilidad es uno de nuestros principales argumentos para destacar la urgencia y la necesidad de movilizar fuerzas sociales en contra del sistema responsable de la crisis: el capitalismo.

 

Miguel Fuentes:
Michael Lowy y otros exponentes del Ecosocialismo y de la ecología marxista tales como Bellamy Foster o Ian Agnus fueron algunos de los primeros que integraron el peligro de un colapso civilizatorio y un ecocidio en su análisis de la actual crisis ecológica capitalista. Esto cobra más fuerza cuando partimos del hecho de que a muchos de nosotros nos tomó más de una década de militancia en las filas de la izquierda comenzar a integrar estas problemáticas. Pero la crisis ecológica y el peligro de un colapso civilizatorio, que Lowy y los ecosocialistas anticiparon de manera visionaria y que antes de aquellos intuyeron otros referentes de izquierda tales como Nahuel Moreno (Argentina), Luis Vitale (Chile) o incluso Fidel Castro, ha avanzado mucho más rápido de lo que nadie pensó. Lo que a fines de los 90’s y los 2000’s era nada más que una “sombra amenazante” (la posibilidad de un ecocidio), ha adquirido en el presente una fisonomía histórica mucho más clara. Es quizás la rapidez con que se ha desenvuelto este peligro una de las causas principales de que la teoría ecosocialista haya quedado hoy definitivamente rezagada en su evaluación respecto al avance de estas amenazas, haciéndose necesario, por lo tanto, la elaboración de un nuevo marco teórico-político marxista de contenido propiamente colapsista; en otras palabras, uno que tome el proceso de crisis ecológica súper-catastrófica y el avance de un fenómeno de colapso planetario inicial ya en marcha en tanto “desafíos prácticos” (inminentes) y no, tal como se acostumbra frecuentemente al interior de la izquierda, al modo de meras intuiciones teóricas o discusiones filosóficas. Este punto se encuentra mejormente desarrollado en la contextualización de las posiciones colapsistas entregada en la primera parte de esta serie.

-Antonio Turiel:
Yo no soy un estudioso de las teorías políticas, aunque sí veo repetidamente el mismo problema en el pensamiento político contemporáneo. Este problema consiste en que la mayoría de los pensadores no vienen del ámbito de las ciencias naturales y tienden a simplificar y linearizar demasiado el comportamiento de los sistemas naturales, los cuales son mucho más complejos y con muchas más ramificaciones de lo que generalmente se quiere aceptar. Por este motivo, los planteamientos políticos suelen pecar de maximalistas y reduccionistas. Desde mi punto de vista, dada la complejidad de los sistemas naturales y el conocimiento limitado que tenemos de sus mecanismos de funcionamiento, creo que la mejor estrategia sería aquí seguir una metodología de pruebas sucesivas acompañadas de una auditoría constante y honesta de los cambios y de sus efectos. Creo además que esto último debiera comenzar a realizarse desde ahora porque se necesitará de mucho tiempo antes de poder articular una respuesta eficaz a los retos planteados. Entiendo que para el Ecosocialismo o cualquier movimiento político actual es quizás imposible hacer totalmente públicos sus planteamientos en torno a lo que realmente se necesita para enfrentar la crisis, esto ya que dichos planteamientos tienen que enfrentarse y debatir en contra del pensamiento político dominante, el cual obviamente va a ridiculizar la “obsesión” por problemas que, a su entender, son inexistentes – y que tiene especial interés por ningunear. Por este motivo, yo creo que la acción política debe centrarse en un ámbito mucho más local y menos institucional, rescatando a aquellos que van quedando excluidos del sistema, y esto no sólo en nuestros propios países. Es un cambio total con respecto a la praxis política de las últimas décadas, la cual siempre ha intentado abordar los cambios desde las instituciones. Para mí, por el contrario, dado que las instituciones están al servicio de una cierta manera de hacer ya que fueron diseñadas para eso, sería por lo tanto contraproducente intentar controlarlas porque, al final, aquellas te controlan a ti. La vida institucional te acaba cambiando la agenda y fijando una serie de prioridades que realmente no son las tuyas; peor aún, acabas creyendo que las únicas respuestas posibles a los problemas son aquellas que el marco institucional te posibilita o te deja ver.

Una serie de referentes del colapsismo, activistas medio-ambientales y militantes de izquierda tales como Miguel Fuentes (Chile), Lucho Fierro (Argentina), Demián Morassi (Argentina), Manuel Casal Lodeiro (España), Matías Herrera (Argentina), Alek Zvop (Chile), Miguel Sankara (Chile), Carlos Petroni (Argentina), Albino Rivas (Argentina), Charly Pincharrata (Argentina), Yain Llanos (Argentina) y Lucas Miranda (Chile), reconocen que el Ecosocialismo y las elaboraciones de la ecología marxista constituyeron un aporte clave para una problematización anti-capitalista inicial de la crisis climática. Paralelamente, algunos de estos referentes plantean que la debilidad de los postulados ecosocialistas consistiría hoy no sólo en una evaluación a veces “superficial” de la gravedad y dinámica (ya imparable) de dicha crisis, sino que, asimismo, en su negativa de integrar la perspectiva de un colapso civilizatorio cercano en su análisis de la dinámica revolucionaria durante el presente siglo. Se dice aquí que las concepciones ecosocialistas “fallarían” al momento de integrar las implicancias “prácticas” de un escenario de ecocidio ya en marcha, reemplazándose con ello la discusión en torno a las proyecciones catastróficas reales del mismo por una replicación (acrítica) del proyecto socialista tradicional de los siglos pasados, aunque esta vez “adornado” (aggiornado) con “fraseología ecológica” y “medidas verdes”. ¿Qué piensa respecto de estas críticas?

Michael Lowy:
Éstas criticas me parecen sencillamente fuera de la realidad. No veo como se puede decretar, como un dogma religioso, que el colapso civilizatorio sea ya “inevitable” o “imparable”. El consenso científico (GIEC) es que, si no se toman medidas enérgicas para reducir dramáticamente las emisiones de gases de efecto invernadero en las próximas décadas, entonces ya no será posible evitar que la temperatura del planeta suba de 1.5° a 2° centígrados, lo que representaría un salto irreversible. Un discurso “colapsista” que pone en duda este consenso científico es puro oscurantismo. Declarar, de forma dogmática, intolerante y sectaria que la única verdad es la “inevitabilidad” del colapso sólo tiene un resultado político: desmovilizar o sabotear la necesaria lucha por evitar el colapso.

5. ¿Será posible crear una relación de fuerzas anticapitalistas que pueda acabar con las energías fósiles en las próximas décadas? ¡No es para nada seguro! Pero como lo decía Bertolt Brecht, quien lucha puede perder, quien no lucha, ya perdió… El combate para evitar el colapso es la gran tarea de nuestra época, un imperativo moral y político categórico. El Ecosocialismo no es una replica acrítica del socialismo del siglo pasado (¿cuál? ¿el socialdemócrata? ¿el estalinista?) con “fraseología verde”. Es una nueva concepción del socialismo, en la cual la relación con la naturaleza y el respeto a los equilibrios ecológicos es un tema central. En varios puntos (por ejemplo, en el de la concepción marxista tradicional de un “desarrollo sin límites de las fuerzas productivas”), el Ecosocialismo incluso se disocia de algunos escritos “clásicos” de Marx y Engels.

Miguel Fuentes:
Michael Lowy afirma que un calentamiento global catastrófico superior a los 1.5 grados centígrados sería todavía evitable, esto último apelando al llamado “consenso científico”. Lowy cierra este debate, sin embargo, demasiado rápido, aquello cuando lo que aquel debería hacer es precisamente abrirlo. Este intelectual parece olvidar aquí que los “consensos científicos” no han existido nunca (desde el origen de la concepción moderna de ciencia) al modo de cuerpos homogéneos y totalmente coherentes, escondiéndose con frecuencia en los mismos no sólo la ideología de las clases dominantes, sino que además las propias visiones particulares de mundo y los prejuicios de una comunidad científica determinada. Un ejemplo de lo anterior puede encontrarse en el caso de Copérnico y sus profundas creencias religiosas. Se hace así necesario, por lo tanto, una evaluación mínimamente crítica del consenso científico al cual Lowy hace referencia, esto para reconocer que aspectos de aquel vamos efectivamente a tomar como válidos y cuales deberíamos dejar, en el marco de una evaluación verdaderamente científica del asunto, de lado.

Una primera limitante que puede identificarse en el tipo de consenso científico existente hoy en torno a los estudios sobre cambio climático se encuentra, entre otras cosas, en las concepciones políticas hegemónicas de la comunidad científica que le sirve de sustento. Resalta aquí el hecho de que prácticamente la totalidad de los estudios sobre los que se basa este consenso no hayan ido más allá, en sus respectivas propuestas de solución ante la “problemática ambiental”, de una serie de tímidas “reformas ecológicas” de la sociedad capitalista. Un ejemplo evidente de lo anterior se encontraría en James Hansen, el llamado “padre del calentamiento global” y cuya “solución” ante la crisis ecológica no pasaría de un mero “impuesto verde” al uso de los combustibles fósiles. ¿Habrá considerado Lowy el hecho de que el consenso científico al cual apela, caracterizado por una confianza casi ciega en las posibles “soluciones tecnológicas” que supuestamente podría brindar el capitalismo para “detener” el avance de la crisis climática, se encontraría así, al menos en este punto, en directa contradicción con sus propios postulados anticapitalistas?

Al no preguntarse en que medida la idea de una supuesta “reversibilidad” de la actual dinámica catastrófica de calentamiento global no responde, en realidad, a un reflejo de la perspectiva tecno-optimista vulgar característica de la ideología capitalista, Lowy parece olvidar esos “otros” consensos científicos (esta vez en el ámbito de la investigación científica propiamente tal) que nos mostrarían una imagen mucho más sombría de aquella que suele acompañar a las promesas tecnológicas del “capitalismo verde”. ¿Qué acaso Lowy no toma en cuenta el consenso científico que nos muestra el carácter inédito que tendrían los actuales 415 ppm de CO2 atmosférico, un nivel no visto en los últimos 14 millones de años? ¿Integra Lowy en su evaluación de la gravedad del cambio climático el hecho de que, si consideramos el aumento anual (en aceleración) de alrededor de 2 ppm de CO2 atmosférico, estaríamos a menos de una década de alcanzar los 425 ppm necesarios para asegurar la ruptura de la barrera catastrófica de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global fijada por la ONU? ¿Tendrá en mente Lowy que, de acuerdo con este escenario, no quedarían asimismo más de 15 años para alcanzar los niveles de CO2 atmosféricos suficientes para asegurar el quiebre de la todavía más catastrófica barrera de los 2 grados? ¿Tendrá presente Lowy el creciente consenso científico en torno a una posiblemente mucha mayor sensitividad climática a los niveles actuales de CO2 atmosférico, esto si se toman en cuenta, por ejemplo, las condiciones medioambientales imperantes durante el Plioceno, una época geológica caracterizada por niveles de CO2 semejantes a los de hoy y cuyas temperaturas habrían sido entre 2 a 3 grados centígrados superiores a las del siglo pasado?

Más todavía… ¿tendrá en consideración Lowy en su postura “anti- catastrófica” los estudios que indican que, de detenerse incluso de manera inmediata las emisiones contaminantes a nivel mundial en el corto plazo, la temperatura terrestre podría dispararse, de manera fulminante, entre 0.5 a 1 grados centígrados adicionales, poniéndonos así ante las puertas de los 2 grados de calentamiento global de manera casi inmediata, esto como producto de la remoción del efecto “enfriante” que ejerce sobre el clima global la presencia de los aerosoles industriales? ¿Integra Lowy en su análisis el creciente papel que están comenzando a tener una serie de “feedbacks” (o retroalimentadores) en el avance del calentamiento global: por ejemplo, la progresiva reducción del efecto albedo o la cada vez mayor descomposición del permafrost ártico y el consecuente aumento de las emisiones naturales de metano (un potente gas de efecto invernadero), existiendo en los hechos una alta posibilidad de que estos fenómenos se descontrolen rápidamente y se transformen en imparables (esto incluso en el caso de una disminución sustancial de las emisiones humanas en el corto plazo)? ¿Olvidará acaso Lowy que hoy, cuando todavía quedarían algunos años para la superación de la barrera de los 1.5 grados de calentamiento global, la situación medioambiental ya ha devenido en catastrófica, aquello tal como indica el creciente consenso científico en torno al inicio de la VI extinción masiva de la vida terrestre, la cual se caracterizaría actualmente por presentar tasas de desaparición de especies entre un 100% a un 1000% superiores a los rangos naturales?

Sería justamente integrando estos ámbitos del consenso científico en torno al cambio climático desde donde podemos afirmar que, lejos de los lugares comunes a los cuales nos tiene acostumbrado el “optimismo verde” ecosocialista, sería ya la propia “química terrestre” la que daría por asegurada, de manera inevitable, el comienzo de una pronta fase catastrófica de la crisis ecológica. Sería además precisamente desde aquí, si integramos asimismo a este escenario tanto el escaso periodo de tiempo que nos quedaría antes del inicio de dicha fase catastrófica, así como también la inexistencia de tecnologías en la escala y niveles necesarios para hacer frente a esta crisis durante las próximas décadas y los prontos golpes de la crisis energética mundial en ciernes, desde donde la perspectiva de un colapso civilizatorio se presentaría, por lo tanto, como la alternativa histórica más viable en el corto y mediano plazo. Deben considerarse aquí, igualmente, las propias características decadentes (putrefactas) del sistema capitalista y los modelos democráticos actuales, las cuales deberían producir un empeoramiento aún mayor, esto al menos durante la próxima década, de la ya gravísima situación ecológica-energética planetaria. Todo lo anterior en momentos en los cuales los próximos veinte a treinta años constituirían, de acuerdo con una serie de estudios, el límite definitivo para el inicio de un colapso social a escala global y de un posible fenómeno de extinción de nuestra especie. Un ejemplo de lo anterior puede encontrarse en un reciente informe del Breakthrough Centre de Australia que indicó la década de 2050 como una de las fechas límites para la preservación de la civilización contemporánea en el caso de un empeoramiento agudo de la crisis ecológica.

¿Pero quiere decir que asumir la inevitabilidad de la catástrofe ecológica y de un posible colapso civilizatorio sea lo mismo, en palabras de Lowy, a “abandonar la lucha”? ¡Para nada! Reconocer el carácter inevitable de la catástrofe, esto tal como en muchas otras ocasiones en la historia de la lucha de clases, aunque esta vez teniendo dicha catástrofe una escala histórico-social y “geológica” muchísimo mayor a cualquier otra a la cual nos hemos enfrentado, es en realidad la única manera de preparar la resistencia futura ante la misma. ¡Es necesario un análisis realista de nuestra situación… y no una perspectiva eco-dulzona (agradable para los oídos socialistas) que, negando la catástrofe inevitable, lo que hace es condenarnos, por la vía de la estupidez, a una derrota doble: una por la magnitud de la amenaza y la otra por ceguera! ¡No! Reconocer la catástrofe universal que se aproxima es el verdadero imperativo político, moral y ético de nuestro tiempo, esto porque sólo reconociendo dicha catástrofe inminente (y mirándola fijamente a los ojos) es que podremos aspirar a comprender de mejor manera los peligros que nos amenazan, esos peligros mortales (de escala titánica) que deberemos derrotar, tal como todo indica… en el infierno mismo. ¡Esa es nuestra tarea! ¡Mirar a los ojos a la catástrofe… aquello para lanzarnos al centro de la misma y, siendo devorados por ésta, abrirle luego el estómago de un tajo desde su interior para hacerla caer rendida y abrir con ello, bañados en su sangre, a cualquier precio, las puertas del futuro comunista!

-Antonio Turiel:
La respuesta crítica de Miguel Fuentes a Michel Lowy es completamente acertada. Michel Lowy parece confundir el consenso científico con el consenso político del IPCC (Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático). En general, los estudios científicos suelen proyectar una imagen bastante más sombría del futuro que lo que reflejan los acuerdos de “mínimos” con los que siempre se cierran los informes del IPCC. Y en ocasiones el IPCC introduce incluso criterios sin base técnica real. Miguel Fuentes ya ha hecho una glosa bastante detallada, así que yo solo añadiré unos pocos más. Por ejemplo, cuando se fija la barrera de los 2ºC de calentamiento global, lo que se está diciendo es que, de acuerdo con la predicción por conjuntos de modelos climáticos (“ensemble forecast”) existe un 50% de probabilidades de que la temperatura del planeta no supere ese umbral. Eso quiere decir, por lo tanto, que existe un 50% de probabilidades de que SÍ supere ese umbral, lo cual es poco tranquilizador: ¿alguien se jugaría la vida de sus hijos en un cara o cruz? Está por supuesto la cuestión de que, a medida que se mejoran los modelos climáticos, las tendencias siempre empeoran (lo cual es lógico debido a cuestiones bastante técnicas sobre teoría de la turbulencia), con lo cual la probabilidad real de no superar los 2ºC seguramente está muy por debajo del 50%. Además, existen muchos aspectos oscuros en los modelos de la IPCC, introducidos en realidad para evitar dar un mensaje demasiado alarmante (eufemismo para decir que el mensaje debe ser aceptable por el actual -establishment- político). Un detalle: todos los modelos del IPCC asumen una gran disminución de las emisiones netas de CO2 gracias a la implantación masiva de sistemas de captura y secuestro de carbono. En los modelos del IPCC con menor uso de dichos sistemas se supone, de hecho, que aquellos serán capaces de absorber hasta el 40% de las emisiones. Pero los sistemas de captura y secuestro de carbono son termodinámicamente absurdos y geológicamente dudosos, por lo que es seguro que no se van a implementar nunca a dichas escalas.

Es curioso que en la argumentación de mis contertulios la cuestión de la escasez de recursos, y particularmente la del petróleo, pasa completamente desapercibida. Llevamos años de desinversión en el sector del petróleo a escala mundial, excepto en Estados Unidos por razones que sólo Trump comprende, aquello porque –como se reconoce públicamente- no quedan yacimientos rentables. La Agencia Internacional de la Energía, en su informe del año 2018, avisaba que ya hemos superado el “peak oil” y que de aquí a 2025 podría faltarnos hasta el 34% de todo el petróleo que esperan que se demande dicho año, esperándose además que lo anterior produzca recurrentes picos (subidas) de precio desde hoy hasta ese entonces… y sin embargo no lo comentan. Hace diez años, con el pico de precios de petróleo, mucha gente habló del “peak oil” y seguramente también mis contertulios, pero aquella crisis pareció superada para el observador superficial, considerándose ahora posiblemente demodé hablar de ello. Pues no. La raíz del problema con el suministro de petróleo no se solucionó, esto a pesar del balón de oxígeno del fracking que, en los hechos, se ha convertido en una verdadera ruina económica (todas las empresas que se dedican al fracking pierden dinero desde el año 2011, manteniéndose solamente gracias a una enorme burbuja de crédito). El fracking está ya llegando a su cenit, mientras que en el resto del mundo la situación se agrava. ¿Creen ustedes que los problemas en Venezuela o México son casuales? ¿O que la tensión en el Golfo Pérsico responde realmente a los pérfidos designios de Irán? Tenemos una grave crisis energética literalmente planeando sobre nuestras cabezas y, aún así, es justamente en este momento cuando más ignoramos el dilema que nos plantea.

El hecho de ignorar la crisis de los recursos hace que los análisis de mis contertulios pequen un poco de simplistas y que no tengan toda la perspectiva para ver la profundidad del problema. Tenemos que luchar contra el cambio climático porque, sí, es muy grave y de hecho es tan grave que a pesar del obligado descenso de emisiones que imponen el “peak oil”, el “peak coal” y el “peak natural gas”, aún así las previsiones son catastróficas. Pero tendremos que luchar en contra de aquel en un mundo en el que dispondremos de menos energía para hacer frente a dicho reto. Asimismo, tendremos que hacer frente a ambos retos (la crisis ecológica y la crisis energética) apoyándonos en unas energías renovables que, contrariamente a lo que se quiere hacer creer desde los postulados del capitalismo verde, no tienen un potencial tan grande como se plantea, pudiendo de hecho cubrir en el futuro sólo una parte de nuestro actual consumo energético… y eso con suerte.

Por tanto, es cierto, yo me adhiero a las críticas que se mencionan en el enunciado de la pregunta: es completamente acertado que el discurso ecosocialista más oficialista lo que hace es adornar con elementos “verdes” o “ecologistas” un discurso de izquierda más tradicional. Es justamente lo contrario de lo que debería hacerse: la sostenibilidad – mucho mejor que hablar simplemente de ecologismo – debería ser el puntal central ideológico, y todo nuestro discurso tendría que construirse alrededor de este aspecto, el cual pasaría a ser no sólo un “elemento más”, sino que, en realidad, la verdadera razón de ser de todo lo demás. No puede haber justicia social sin justicia ecológica, no puede discutirse un modelo de repartición de la riqueza sin primero cambiar el sistema productivo para que aquel sea sostenible, máxime cuando nuestro principal problema actualmente es la falta de sostenibilidad y el riesgo de colapso.

Parte 3

Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista (III)
Una conversación con Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel

 

Continuamos en esta sección de la serie “Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista” con la conversación entre Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel, representantes del Ecosocialismo, el Colapsismo Marxista y la Teoría del decrecimiento. La discusión en esta sección se centra alrededor de la naturaleza de los peligros asociados a la crisis ecológica y el problema de la viabilidad o imposibilidad de un restablecimiento socialista del llamado equilibrio metabólico del hombre y la naturaleza. Se invita a los lectores a revisar las secciones anteriores de este debate.

 

-Sección Debate
La crisis ecológica y la recomposición socialista del equilibrio metabólico hombre-naturaleza

 

6. ¿Podría una revolución socialista “detener” el curso de la crisis ecológica planetaria actual? ¿En que condiciones podría un proyecto socialista “revertir” esta última?

-Michael Lowy:
Partiendo del consenso científico de que sería todavía posible detener el cambio climático si se toman en las próximas décadas medidas enérgicas y radicales, nosotros planteamos que dichas medidas urgentes y necesarias serían incompatibles con el propio capitalismo. Sólo en un proceso de transición ecosocialista se podrían implementar los profundos cambios que son requeridos para lograr este cometido; por ejemplo, entre otros, la supresión de las energías fósiles, del agronegocio destructor de los bosques, de la producción de mercancías inútiles, etc.

-Miguel Fuentes:
Nada puede detener ya el desarrollo de una crisis ecológica planetaria catastrófica. Ni el capitalismo y su desarrollo tecnológico, pero tampoco la revolución socialista y la serie de reformas de reorganización de la producción y la sociedad supuestamente asociadas a esta última. Los prontos golpes de la catástrofe climática, agravados por el avance de la inminente crisis energética, la escasez de recursos y la sobrepoblación, son totalmente inevitables.

En el caso de las posibilidades que tendría todavía, teóricamente, el sistema capitalista para evitar este escenario, no hace basta agregar más argumentos a los defendidos en cualquier publicación ecosocialista (o marxista tradicional) de polémica con el “capitalismo verde”. Tal como se plantea en aquellas, serían la propia existencia del mercado y la competencia capitalista, así como también la mantención en el escenario histórico de una clase social (la burguesía) cuyo interés fundamental es la generación de ganancia, algunos de los obstáculos (insalvables) más importantes que impedirían que el capitalismo pueda ofrecer una solución real ante el problema climático. Un ejemplo de esto puede encontrarse en el rotundo fracaso de prácticamente la totalidad de las conferencias climáticas organizadas por la ONU en las últimas décadas, constituyendo el retiro de Estados Unidos del llamado acuerdo de París y las políticas anti-ecológicas que está aplicando hoy Bolsonaro en Brasil una muestra evidente de aquello. Igualmente, ya me referí en una respuesta anterior a los impedimentos que tendrían los avances tecnológicos en el marco de la actual sociedad capitalista para lograr una efectiva solución al tipo de crisis ecológica-energética que está comenzando a dar sus primeros pasos a nivel internacional. Sobre este último punto, que desarrollaré más ampliamente en una de mis siguientes respuestas (ver pregunta 8), es posible consultar, asimismo, los debates de polémica de diversos referentes ecosocialistas en contra del marcado “optimismo tecnológico” que caracterizaría no sólo a una gran parte de las corrientes ecologistas y medioambientalistas alrededor del mundo, sino que, a la vez, a una porción significativa de la propia comunidad científica internacional. Es importante destacar aquí que son justamente estos debates, críticos de la confianza ciega que depositan ciertos sectores sociales, políticos, ambientalistas y del ámbito científico e intelectual en el desarrollo científico y tecnológico como una vía de solución efectiva y supuestamente infalible de la crisis ecológica planetaria, uno de los aportes teóricos y políticos más significativos del Ecosocialismo y la ecología marxista.

Ahora bien, si tenemos en cuenta la escala y gravedad que ha alcanzado la crisis ecológica en la actualidad, puede afirmarse que ni siquiera una gran transformación social como la que podría representar, por ejemplo, el triunfo de una hipotética revolución socialista mundial estaría hoy capacitada para “detener” o “evitar” el avance (cercano) de una crisis ecológica y energética global de naturaleza catastrófica. Esto último, de hecho, incluso en el caso de asumirse la viabilidad de una ciertamente poco creíble “implantación exprés” (es decir, en nada más que una década o dos) de una serie de importantes medidas globales de reorganización socialista de la sociedad tales como, entre otras, la expropiación de los medios de producción, la planificación de la economía a manos de los trabajadores o una redistribución mundial de las riquezas. Quizás hace veinte o treinta años, de haberse comenzado en ese entonces un agresivo plan de reorganización socialista internacional de la producción y la sociedad caracterizado por un drástico enfoque de protección medioambiental (aunque improbable dado el escaso papel que ha tenido históricamente la problemática ecológica en el seno de las organizaciones marxistas tradicionales), quizás en ese contexto la implementación de medidas tales como una hipotética expropiación socialista de los medios de producción a nivel mundial, efectivamente, podrían haber constituido palancas esenciales para conseguir un eventual “freno” o “detención” de una dinámica de crisis ecológica global catastrófica. Quizás entonces, como digo, si dichas medidas hubieran comenzado a ser aplicadas hacia comienzos de las décadas de 1970 o 1980, esto en el marco del desarrollo de un (poco creíble) programa de transición socialista de aplicación “súper rápida” no sólo al nivel de uno que otro hipotético estado socialista “ecológico” (algo así como una versión verde de la ex URSS o Cuba), sino que de forma casi inmediata (instantánea) en todo el globo y con un contenido, asimismo, “amigable” con el medioambiente, quizás en dicho escenario, sí, podría haber sido concebible que aquellas medidas de reorganización socialista nos hubieran permitido evitar la catástrofe… pero no hoy cuando ya estamos por empezar la tercera década del siglo XXI. Lo anterior queda claro si tomamos en cuenta, por ejemplo, tal como planteé en una respuesta anterior, el hecho de que nos encontraríamos a menos de una década (¡menos de una década!) de alcanzar los niveles de CO2 atmosféricos suficientes para asegurar, sin ninguna duda posible, la ruptura del límite catastrófico de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global. Y el asunto se vuelve todavía peor si recordamos que no faltarían ni siquiera veinte años para que dichas concentraciones alcancen niveles que darían ya por asegurado, no importa lo que hagamos en el futuro, el rebasamiento de la mucho más catastrófica barrera de los 2 grados centígrados.

 

¿Cómo piensan Lowy y otros ecosocialistas tales como Daniel Tanuro que rechazan la idea de un colapso ecosocial inevitable (idea que aquellos descartan bajo el término de “colapsología”), entonces, que la revolución socialista sería capaz de “frenar” el desarrollo de una crisis ecológica catastrófica en, repitámoslo, nada más que una década? ¿Como concebiría, por lo tanto, el Ecosocialismo de Lowy, Tanuro y compañía la resolución de este problema? ¿Acaso nada más que impulsando pintorescas marchas ambientalistas caracterizadas esencialmente por su pacifismo, sus demostraciones “alternativas” de lucha ciudadana y sus muchas pancartas multicolores en pro de un “socialismo ecológico” o una todavía más abstracta “justicia climática”? ¿Quizás de la mano de propuestas eco-liberales encubiertas tales como las de Ocasio-Cortez o Naomi Klein? ¿Quizás gracias a la difusión de aquellas discusiones marxistas de tono “sensible” con los problemas ambientales en las cuales abundan las imágenes de ese “Marx ecológico” que, al modo de un “Santa Claus de los bosques”, gustan representar frecuentemente los círculos de amigos del Ecosocialismo… ese Marx “amigo de la naturaleza” que destacaría en sus ingeniosas representaciones, entre otras cosas, por una profusa y ciertamente bonachona barba verde que asemejaría el follaje de los árboles y en donde hasta los pájaros podrían construir sus nidos? ¿Sí? ¿Pero se habrán acaso olvidado nuestros ecosocialistas (o algunos de sus repetidores vulgares en el ámbito del marxismo industrialista tradicional: por ejemplo, los clubs de amigos de los permacultivos que impulsan las secciones de “noticias verdes” de La Izquierda Diario en Argentina o Chile) que los actuales casi 415 ppm de CO2 ya se encontrarían en gran medida “fijados” en la atmósfera terrestre no sólo por varias generaciones en el futuro, sino que, además, por un largo periodo de tiempo en escala geológica? ¿Recordarán estos exponentes de la “ecosocialismología”, otra vez, que durante ese largo periodo de tiempo en el cual las concentraciones de CO2 terrestre no caerán por debajo de los 400 ppm (esto incluso en el caso de que las emisiones de gases de efecto invernadero bajaran sustancialmente de forma inmediata), las temperaturas globales seguirán subiendo inexorablemente (esto último, por ejemplo, en el caso de los océanos), siendo asimismo imposible disminuir en el corto y mediano plazo estas concentraciones, aquello simplemente porque no contamos con la tecnología (hoy y en muchas décadas en el futuro) para lograr dicho cometido?

 

Más aún, incluso poniéndonos en el caso de que sea posible hoy una revolución socialista que, imponiéndose a nivel mundial mediante la violencia de las masas explotadas, sea capaz de acabar de raíz con las clases capitalistas ecocidas y dar paso, en un plazo no mayor a los 15 o 20 años, a la implementación de una “transición ecosocialista global” tal como la planteada por Lowy y otros referentes del Ecosocialismo, ¡aún así!… dicha forma de transición socialista (“súper rápida”) en pos de la construcción de un nuevo tipo de “socialismo verde” a escala planetaria no podría hacer nada, tampoco, para evitar el desarrollo de una crisis ecológica y energética global catastrófica. Esto último, entre otras cosas, como ya dijimos, por la sencilla razón de que dicha sociedad socialista “ideal” (ecológica) tampoco contaría durante las próximas décadas (es decir, el límite de tiempo que nos quedaría antes del inicio de una dinámica -absolutamente catastrófica- de la crisis climática) con las tecnologías necesarias para hacer frente a los impactos que producirá sobre el clima terrestre y los sistemas de producción de recursos los niveles de calentamiento global ya asegurados (activados) por las actuales concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera.

De hecho, como profundizaré en una respuesta siguiente (ver pregunta 8), uno de los únicos campos del desarrollo tecnológico contemporáneo que podría llegar a tener alguna injerencia real en el avance de la crisis ecológica en el corto plazo sería el de la llamada geoingeniería, requiriendo sin embargo aquella todavía de muchas décadas de desarrollo, tal como señalan una serie de científicos a nivel internacional, para que pueda transformarse en una herramienta efectiva en el combate del cambio climático. En otras palabras, un periodo de tiempo mucho mayor a los diez o veinte años que, como hemos repetido, nos quedarían (¡si es que todavía nos queda alguno!) antes del inicio de una fase catastrófica “abierta” de la crisis ecológica mundial. Y todo esto sin siquiera integrarse, además, el pequeño “detalle” de la imposibilidad de dar pie a un proyecto de transición ecosocialista global en tan sólo un par de décadas, aquello si consideramos el hecho de que la burguesía internacional no saldrá de la escena histórica sin antes intentar aferrarse con todas sus fuerzas (probablemente por varias décadas y utilizando todos los medios a su disposición) al poder global. Todo esto… sin siquiera considerarse, igualmente, el propio desafío (quizás imposible de resolver sin seguir reproduciendo algunos de los actuales indicadores de destrucción medioambiental globales asociados al sistema industrial) que tendría una hipotética sociedad socialista “ecológica” para asegurar los alimentos, el agua, la ropa, la vivienda, la salud, la educación, los derechos sociales, las opciones de género, las preferencias identitarias, los gustos individuales… para una población mundial que ya ronda los ocho mil millones y que podría dispararse durante las próximas décadas a los nueve, diez, once, ¡doce mil millones de habitantes!

Todo esto, asimismo, en el contexto de una incipiente crisis energética internacional como resultado de un fenómeno inicial de agotamiento de los combustibles fósiles que, habiendo comenzado ya a manifestarse con fuerza en diversos países, haría necesaria un tipo de transición energética global tan sólo alcanzable, de acuerdo con una serie de estudios técnicos y asumiéndose un nivel de cooperación económica y política internacional no alcanzado jamás durante la historia moderna, en un periodo no menor, con suerte, a las tres o cuatro décadas. Esto último en un escenario condicionado, además, por la creciente incapacidad, tal como señaló Antonio Turiel anteriormente, de las llamadas energías renovables para satisfacer en el futuro próximo las actuales necesidades energéticas mundiales. Todo esto, para empeorar las cosas, en el marco de una inminente crisis planetaria de recursos como producto no sólo del cercano rebasamiento de los 1.5 y 2 grados centígrados de calentamiento global, sino que, asimismo, de un aumento potencial de la temperatura global que podría llegar durante este siglo, tal como hemos dicho, hasta los tres, cuatro, cinco o incluso seis grados centígrados. Y sumemos a todo lo anterior, finalmente, el desarrollo del inminente y explosivo problema súper migratorio que se asociará, necesariamente, no sólo a la aguda crisis alimentaria internacional que acompañará el avance (ya irrefrenable) del calentamiento global y la crisis climática, sino que, además, a un contexto internacional en el cual cualquier medida que pueda tomarse para lidiar con estos problemas se enfrentará a un escenario cada vez más desesperado y caótico.

Tal como señaló Turiel previamente, Lowy en realidad confundiría en sus planteamientos el creciente consenso científico en torno a la magnitud del cambio climático actual y sus posibles proyecciones durante este siglo, las cuales darían en gran medida por asegurado el desarrollo de un tipo de calentamiento global catastrófico en el corto plazo y, por otro lado, la serie de “consensos políticos” (configurados de acuerdo a criterios eminentemente institucionales) del IPCC en sus respectivos diagnósticos (conservadores) de la gravedad de la crisis climática global, estos últimos basados a menudo en un tipo de discurso de tono interesadamente consensuado, artificialmente moderado y digerible para las elites capitalistas y los gobiernos alrededor del mundo. Una de las características de este discurso sería, precisamente, hacer hincapié en un conveniente relato con respecto a la oportunidad que tendrían todavía, supuestamente, las burocracias gubernamentales capitalistas para “detener”, mediante la aplicación de los llamados “acuerdos climáticos internacionales”, el curso catastrófico de la actual crisis ecológica. Serían de hecho justamente estos “consensos institucionales”, sostenidos sobre la base tanto de una serie de fantasiosas proyecciones en torno a la factibilidad de unas ultra drásticas disminuciones de las emisiones industriales durante la próxima década, así como también de las fabulosas capacidades, igualmente imaginativas, que debería adquirir la geoingeniería durante este siglo para el impulso de un vasto programa de “emisiones negativas” (esto en el caso, por ejemplo, de una también fantasiosa implementación en gran escala de una serie de tecnologías de extracción de carbono atmosférico), lo que sería erróneamente entendido por Lowy al modo de, tal como aquel afirma, un importante “consenso científico” con respecto a la posibilidad que la humanidad aún tendría para “evitar” la catástrofe. Esto último, claro, con la condición -sine qua non- de que la solución para “detener” esta catástrofe no se quede solamente ni en la esfera exclusiva de las reformas tecnológicas del sistema productivo, así como tampoco en el terreno de los meros planes gubernamentales de reducción de las emisiones de invernadero, sino que de paso, además, a una completa “refundación ecosocialista” de nuestra civilización.

Una refundación socialista (color verde bosque) de la civilización industrial basada, tal como se le olvida señalar a Lowy y sus amigos, en los cuentos de hadas de los ya referidos “consensos institucionales” (¡no científicos!) del IPCC, esos mismos cuentos de hadas alrededor de los cuales la gran diplomacia mundial se dedica a charlar cada año, por ejemplo en el marco de las inservibles conferencias climáticas, en torno a las posibilidades que tendría aún, supuestamente, nuestra monstruosa sociedad industrial (y sus pronto 8 mil millones de habitantes) para “frenar” la catástrofe que se avecina. Cuentos de hadas que luego se encargan de repetir, como loros, aunque esta vez de manera mucha más burda que en los casos de Lowy, Tanuro o Foster, los repetidores vulgares del Ecosocialismo en el ámbito del marxismo industrial-contaminante tradicional; por ejemplo, entre otros, los ya mencionados círculos de militantes “verdes” (de sensibilidad vegana y grandes admiradores de Greta Thunberg) que impulsan las “secciones medioambientales” de La Izquierda Diario o la Red Ecosocialista del MST argentino en algunos países tales como Argentina, Chile, México o España.

Una supuesta refundación “eco-amigable” de nuestra civilización basada, entre otras estupideces, en las mismas “golosinas ideológicas” elaboradas por la ONU en torno a las capacidades, como ya dijimos fantasiosas, que tendría nuestra absolutamente destructiva sociedad de masas para torcer “a cero”, mágicamente, en un par de décadas, las millones de toneladas de gases de invernadero necesarias para alimentar al “monstruo industrialista”… esas “golosinas” o “chupetes” ideológicos que se encargan igualmente de masticar, esta vez de manera incluso todavía más patética que en los casos ya mencionados de La Izquierda Diario o el MST argentino, los estafadores ideológicos de la LIT-CI trotskista en las incipientes reflexiones “ecológicas”, casi inexistentes, que vienen llevando adelante algunos militantes aislados al interior de sus secciones nacionales. Esos mismos “chupetes” ideológicos, en definitiva, que succionan cada tanto, repitiendo al modo de una canción de cuna la frase de Gramsci en torno al “pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”, todo aquel arco de “intelectuales eco-marxistas” que (desde Michael Lowy hasta los embaucadores eco-verdes “amigos” de Greta Thunberg de Roberto Andrés, Diego Lotito, Valeria Foglia o Domingo Lara de La Izquierda Diario) se empeñan en discutir ocasionalmente, lamiendo una y otra vez dichas golosinas medioambientalistas, su serie de muy esperanzadoras “soluciones” socialistas y asimismo “verdes” (algo así como una pegotina media mal hecha entre la consigna socialista tradicional de control obrero de la producción y la exigencia Greenpeace de “Salvemos a Willy”) al problema de un pronto colapso medioambiental planetario. Esto último, claro, en el caso de que las organizaciones marxistas tradicionales tengan, al menos, uno que otro “eco-activista” que se digne siquiera a impulsar algún espacio (siempre marginal) en las publicaciones, usualmente los domingos, de su partido “obrero”, publicaciones en las cuales dicho militante pretenderá que su respectiva organización “obrera” sí tiene, en realidad, algo que decir, aunque sea de vez en cuando, ante el “problema climático”.

 

 

¡No! ¡Es necesario ser claros y explícitos! ¡La posibilidad de un horizonte de salvación comunista durante este siglo requiere de ello! ¡La construcción de un proyecto de redención socialista, en la muerte misma si es necesario, lo necesita! Debemos decir, claramente, en contra de la perspectiva “verde-optimista” simplona del Ecosocialismo y sus secuaces ideológicos, perspectiva que se ha transformado en un obstáculo, mortal, para una real comprensión de la amenaza a la que nos enfrentamos… ¡que el avance de una crisis ecológica catastrófica es ya imparable! Es precisamente sobre esta situación de “emergencia climática global” (y pronta catástrofe mundial de envergadura geológica) a partir de donde la revolución socialista debe comenzar a discutir, tal como hiciera Lenin y sus hermanos bolcheviques a principios del siglo pasado, aunque ahora de cara al apocalipsis… ¿qué hacer?

-Antonio Turiel:
Mi posición sobre este tema es un tanto intermedia, aunque mucho más cercana a la de Fuentes que a la de Lowy. Primero que nada, no es verdad que no podamos mitigar significativamente el proceso que está en marcha, e incluso es aún posible evitar las peores consecuencias. Pero en ese “podemos” estamos considerando la cuestión meramente técnica, física si quieren. Si consideramos el factor social, la inercia social es tan grande que hace albergar pocas esperanzas de que se vayan a hacer los cambios necesarios en el escaso tiempo disponible, entre otras cosas porque aún se está jugando sobre todo a la ceremonia de la confusión. ¿Cuánta gente cree que la cosa es cuestión de reciclar los envases, no utilizar bolsas de plástico, producir más energía renovable, aumentar la eficiencia y el ahorro, y pasarse al coche eléctrico? Son esas cuestiones las que ocupan prácticamente todo el espacio de debate no sólo político, sino también público, cuando todo eso no son más que, en realidad, falsas soluciones. Falsas soluciones que en el mejor de los casos tan sólo tratan los síntomas y nunca las causas profundas, esto cuando no directamente las confunden.

Hay que ir, en realidad, mucho más lejos que una revolución socialista: hay que hacer un cambio tremendamente profundo. Hay que abolir el interés compuesto, hay que cambiar por completo el sistema productivo, las relaciones laborales, las relaciones sociales, la relación con la Tierra. Los cambios necesarios, imprescindibles en realidad, son tan grandes que su mera enumeración causa hoy un rechazo absoluto, esto en un contexto en donde el capitalismo tiene la hegemonía total del discurso, aquello al punto de que dicha hegemonía no sólo limita el pensamiento de las personas sobre qué futuros podemos imaginar, sino que también sobre cómo puede ser su colapso. Aparentemente, un colapso al estilo de -Mad Max- o -Apocalipsis Zombie- serían las únicas opciones, esto aún cuando a lo largo de la historia los colapsos no se han dado nunca de esa manera. Tal es el triunfo del discurso del capitalismo que la mayoría de la población no entiende que se pueda hacer un discurso por fuera de él. En estas condiciones, si no se produce una revolución global y radical, efectivamente no podemos esperar nada bueno. El clima se acabará de desestabilizar y para cuando se intente reaccionar haciendo algo en la dirección correcta faltarán los recursos.

7. Considerando la actual ruptura de los equilibrios ecológicos del periodo holocénico que han primado desde hace aproximadamente diez mil años en nuestro planeta (un ejemplo de lo anterior serían los más de 410 ppm de CO2 presentes hoy en la atmósfera, un cifra no vista en la Tierra en varios millones de años): ¿es realista plantear que el socialismo podría “restablecer” el llamado “equilibrio metabólico hombre-naturaleza”, esto tal como plantea el Ecosocialismo y los principales referentes de la ecología marxista? ¿Es esta consigna una fantasía o una potencial realidad?

-Michael Lowy:
Francamente, no sé sí sea posible algo así como “restablecer” el equilibrio ecológico tal como existió en el holoceno. Pero por lo menos deberíamos (y podemos hacerlo) tomar medidas enérgicas que nos permitan superar la ruptura metabólica que representa el capitalismo. Lo anterior serviría así para crear condiciones para un nuevo equilibrio entre el hombre y la naturaleza, uno que pueda evitar la catástrofe.

A partir de aquí, la recomposición de este equilibrio no sería una fantasía, pero tampoco (todavía) una realidad. Ahora bien, es la única propuesta racional para superar el callejón sin salida capitalista. Sólo una reorganización ecosocialista de la vida económica, social y política podría restablecer, por lo menos en parte, el equilibrio metabólico entre las sociedades humanas y la naturaleza. No hay ninguna garantía, sin embargo, que se logre imponer una alternativa ecosocialista al colapso civilizatorio. ¡Esto dependerá de todos nosotros!

-Miguel Fuentes:
Michael Lowy plantea, literalmente, que no sabe si podamos ser capaces de reestablecer el equilibrio ecológico que primó en la Tierra durante el periodo holocénico. Reglón seguido, aquel afirma que, sin embargo, sería todavía posible tomar una serie de medidas para superar la actual ruptura metabólica entre el hombre y la naturaleza, asegurando con ello las condiciones para la creación de un “nuevo equilibrio ecológico” que nos permita, entre otras cosas, “evitar” la catástrofe. ¡Bien! ¡Crear un nuevo “equilibrio ecológico” que reemplace al del holoceno!… ¿cómo no se nos ocurrió antes? Y es que sólo bastaría con que integremos al programa de la revolución socialista la consigna de la creación de este “nuevo equilibrio”, esto por ejemplo gracias a una reorganización racional del sistema económico internacional y la redistribución de las riquezas mundiales, para que dicha revolución pueda estar capacitada para generar, nada menos, que un nuevo equilibrio ecológico sobre nuestro planeta. Un nuevo equilibrio ecológico configurado no a lo largo de decenas o cientos de miles de años tal como ocurriera en el caso de algunos de los anteriores equilibrios geológicos que primaron en la Tierra en eras pasadas, sino que, esta vez, tan sólo en décadas. Y no sólo esto, sino que además un tipo de equilibrio medioambiental con la capacidad de, no importa cuanto hayan avanzado hasta ahora las condiciones de degeneración medioambiental inducidas por el capitalismo, permitir a los siete mil millones de habitantes que constituyen la actual población mundial no sólo seguir satisfaciendo sus necesidades materiales de subsistencia, sino que, de la mano de la imposición del socialismo mundial, comenzar a disfrutar de unas condiciones de vida “realmente dignas”.

¡Maravilloso! La idea ecosocialista en torno a la creación de un nuevo “equilibrio metabólico” (un término que nuestros ecosocialistas usan a menudo para dar prueba de la gran profundidad teórica-práctica de sus propuestas) suena bastante bien. Por un lado, aquella integraría tanto los beneficios propios de los programas revolucionarios industrialistas de los siglos pasados (esto en lo que respecta, por ejemplo, a la aseguración íntegra y efectiva de las necesidades materiales del conjunto de la población mundial), así como también, por otro lado, las ventajas inherentes a la creación de un nuevo marco armónico de relación entre la sociedad y el medioambiente. En otras palabras, algo así como los sueños de Lenin y Greenpeace unificados. ¿Se podría entonces, realmente, pedir más? Si hasta pareciera que la fenomenal crisis ecológica y de recursos que se aproxima fuera una especie de oportunidad (-in extremis-) para una “refundación verde” de nuestra civilización y no lo que realmente es; es decir, no soló uno de los productos más nefastos de las derrotas de la revolución socialista en los últimos dos siglos, sino que, además, una amenaza existencial inminente de la cual, probablemente, no salgamos vivos.

Hagamos por lo tanto un alto y discutamos porqué la sin duda atractiva idea ecosocialista de una restauración del llamado equilibrio metabólico ha pasado a ser, en nuestras condiciones históricas, o bien una utopía, o bien una estafa ideológica. Partamos aquí por preguntarnos si es realmente factible defender la creación, tal como sugiere Lowy, de un “nuevo” equilibrio ecológico distinto al que imperara durante el periodo holocénico y que, ante la imposibilidad de una restauración completa de las condiciones de este último, nos permitiría “evitar” el desarrollo de un cambio climático catastrófico. ¿Es consciente Lowy en esta afirmación de que literalmente todo lo que hemos conocido no sólo como civilización, sino que, además, las propias bases del desarrollo de la primeras sociedades agrícolas-ganaderas y la vida sedentaria fue en gran medida viable, justamente, por la existencia de los rangos de variabilidad climática que caracterizaron al hoy agonizante periodo holocénico? ¿Tiene presente este intelectual ecosocialista el hecho de que los pilares climáticos de dicho periodo geológico fueron los que hicieron posible, en gran medida, el desarrollo de todas las sociedades estatales desde las polis griegas hasta los grandes imperios coloniales de los siglos XIX y XX? ¿Considera aquel que el mismo desarrollo del capitalismo, basado en una lógica de crecimiento infinito, fue también posible, precisamente, por las condiciones medioambientales generales del periodo holocénico que, en combinación con los adelantos tecnológicos y productivos de la economía capitalista, confirieron a esta última la abundancia de recursos agrícolas y naturales necesaria para su funcionamiento y expansión? ¿Tiene en cuenta Lowy, en su al parecer total subvaluación de la importancia fundamental que tendría el marco medioambiental holocénico para la sobrevivencia de nuestra propia sociedad, que ni siquiera sabemos si sería dable preservar aquello que hemos denominado hasta ahora como civilización en un contexto geológico “distinto” al del Holoceno… esto último ya que, por lo menos hasta hoy, la civilización misma ha sido, en los hechos, un fenómeno eminentemente holocénico?

Más aún… ¿tendrá presente Lowy que cualquier otro tipo de equilibrio ecológico que no esté basado en la preservación de las condiciones holocénicas sería muy probablemente incompatible con la sobrevivencia de una gran parte de la actual población mundial, esto si se consideran, por ejemplo, las condiciones climáticas imperantes durante el Plioceno, un periodo geológico que, caracterizándose por una temperatura global ligeramente superior a la de los últimos milenios, era demasiado caliente para la preservación de los sistemas agrícolas actuales? ¿De que estamos hablando, por lo tanto, cuando se afirma, ligeramente, que sería posible crear las condiciones para la configuración de un “nuevo” equilibrio ecológico que, distinto al holocénico, nos permitiría “evitar” la catástrofe? ¿Son conscientes los exponentes ecosocialistas al realizar estas afirmaciones de que la mayor parte de los periodos geológicos que han existido sobre la Tierra, salvo el Holoceno, se han caracterizado por condiciones mucho más hostiles para la sobrevivencia de nuestra especie? ¿Tienen en cuenta los ecosocialistas, otra vez, que la diferencia de tan soló unos grados en la temperatura global media durante este siglo nos pondría ante un contexto climático demasiado caliente o demasiado frío para la preservación de la humanidad sobre una gran parte del planeta, siendo un ejemplo de lo anterior el difícil escenario paleoclimático que las sociedades humanas debieron enfrentar durante el Pleistoceno (o edad glacial); es decir, un periodo geológico que con sólo unos cuantos grados centígrados de temperatura por debajo de la línea de base del siglo XIX era tan frío que una porción significativa de la Tierra era totalmente inhabitable?

 

 

¡No! Contrariamente a lo que plantea Lowy, no existiría ningún tipo de equilibrio ecológico “alternativo” con el cual simplemente “reemplazar” las condiciones medioambientales (inusualmente estables) existentes durante el Holoceno. Esas condiciones climáticas que imperaron durante los últimos diez mil años en la Tierra y cuyo marco geológico base ya habría sido volado en pedazos por el avance de la destrucción capitalista, esto tal como muestra, por ejemplo, el reciente rebasamiento del límite de los 400 ppm de CO2 atmosférico, un nivel no visto sobre nuestro planeta en varios millones de años. Esa destrucción ambiental capitalista responsable, asimismo, de los actuales ritmos de acidificación marina (sin precedente en los últimos 300 millones de años) y las inéditas tasas de desaparición de las especies, las cuales han alcanzado ya niveles entre un 100% y un 1000% superiores a las tasas naturales. ¡No! El equilibrio medioambiental holocénico; es decir, el único equilibrio geológico que la civilización ha conocido hasta hoy, ya ha sido pulverizado… ¡esto incluso antes de haberse rebasado la barrera catastrófica de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global fijada por la ONU!

 

 

Y resulta que este equilibrio medioambiental, deshecho ya por el frenesí destructivo de la sociedad industrial, no puede ser ni “reparado”, esto tal como tampoco puede ser reparada (¡aún con todo nuestro desarrollo tecnológico!) una botella de vidrio al estrellarse a toda velocidad en contra de un muro, así como tampoco, tal como dijimos, “reemplazado”. Esto último, precisamente, porque los equilibrios geológicos no son simplemente botellas que puedan ser intercambiadas luego de que alguna de aquellas se haya “roto” (o “fracturado”), sino que, por el contrario, el resultado de una compleja interacción de ecosistemas y factores climáticos a lo largo de miles de años de la cual, en muchos casos… no conoceríamos prácticamente nada.

Un ejemplo de lo anterior puede encontrarse en el caso del estado del conocimiento científico sobre los océanos, los cuales a pesar de la importancia vital que poseen para la reproducción de las cadenas tróficas del planeta, serían hasta hoy incluso más desconocidos para la humanidad que el espacio exterior (hasta el año 2016, por ejemplo, sólo el 5% del suelo marino había sido incluido en registros topográficos). Otra muestra de lo mismo se hallaría en nuestra comprensión (incomprensión, mejor dicho) del funcionamiento y carácter de otro de los componentes esenciales de la vida natural: los sistemas arbóreos. Dando cuenta de las importantes lagunas del pensamiento científico moderno en torno al funcionamiento de los ecosistemas terrestres, recientes investigaciones han dejado en evidencia el casi completo desconocimiento que caracterizaba a las ciencias naturales, hasta hace sólo algunos años, en torno a la existencia de una vasta red de comunicación entre una gran parte de las comunidades arbóreas del planeta. La complejidad de esta red sería de tal envergadura que aquella destacaría, de hecho, por la presencia de importantes fenómenos de cooperación y competencia social entre árboles, teniendo estos últimos incluso la capacidad no sólo de comunicarse entre sí potenciales peligros, sino que además de conformar extensas “comunidades” en las cuales una determinada “familia” podría llegar en ciertos casos, sorprendentemente, a transferir nutrientes a sus miembros más necesitados.

Lo anterior son solamente dos ejemplos ilustrativos, en dos sectores neurálgicos de los ecosistemas terrestres, de las tremendas limitaciones (insalvables de acuerdo con varios pensadores) que tendría el desarrollo científico actual (y probablemente el de muchas décadas en el futuro) para pensar en asumir, seriamente, cualquier tipo de “reparación” o “reemplazo” (ecosocialista) de los ya definitivamente “fracturados” (o mejor dicho deshechos) equilibrios holocénicos. Agreguemos a esto que ni siquiera hemos mencionado todavía, tal como desarrollaré en una de mis siguientes respuestas (ver pregunta 8), las enormes limitaciones que tendrían los avances tecnológicos contemporáneos (y tal vez los de las próximas centurias) para llegar incluso a imaginar una restauración no traumática (es decir, que no se cobre la vida de cientos o miles de millones de personas) de tan sólo una parte de dichos equilibrios, esto último, claro, si es que algo así como la restauración de una “parte” de un todo tan complejo como el ciclo de la vida terrestre pueda ser posible.

 

 

Lo que nos estaría mostrando la evidencia científica como perspectiva más probable sería así, con cada vez más fuerza, la apertura de un nuevo periodo geológico marcado por un progresivo desequilibrio estructural y degradación terminal del conjunto de los ecosistemas terrestres. Sería justamente a esto a lo que apuntaría un creciente número de investigadores al defender la idea del comienzo de un nuevo periodo geológico caracterizado por el inicio de la VI extinción masiva de la vida terrestre. Otro término para este nuevo periodo geológico sería el de Antropoceno. Lo importante que se debe tener aquí en cuenta es que ambos conceptos aludirían al desarrollo de un marco medioambiental definido no sólo por un empeoramiento progresivo (e irreversible) de las condiciones de habitabilidad humana sobre el planeta, sino que, además, por plantear la posibilidad de un salto todavía más catastrófico de la crisis climática, esta vez con la capacidad de amenazar durante este siglo o los siguientes el conjunto de la vida compleja existente en la Tierra. Una de las perspectivas más temidas por algunos científicos que mostraría dicha posibilidad sería la del inicio de una dinámica de súper-aceleración del calentamiento global (perspectiva definida bajo el concepto de Runaway Global Warming), esto por ejemplo en el caso de producirse la liberación (potencialmente cercana) de las masivas reservas naturales de metano almacenadas en el permafrost o los lechos marinos en las zonas árticas. Dicho de otro modo, un escenario medioambiental en gran medida impredecible, asociado a un contexto planetario no necesariamente moldeado por la acción de aquellos mecanismos de homeostasis terrestre a los que hiciera alusión Turiel previamente, sino que, por el contrario, a uno que sea testigo de una re-edición (o de algo tal vez peor) de algunos de los fenómenos más destructivos de la historia geológica: por ejemplo, de alcanzarse un calentamiento global entre 5 y 6 grados centígrados durante este siglo, la extinción pérmica.

Todo apuntaría así, como dijimos, a un escenario objetivo incompatible con la restauración de ningún “equilibrio metabólico”, esto por lo menos durante este siglo y, probablemente, los venideros. El escenario más coherente con la evidencia científica disponible parecería ser, por el contrario, uno en el cual la humanidad no contaría ya con la posibilidad ni de detener la dinámica de degradación terminal de las condiciones geológicas del expirante periodo holocénico, así como tampoco de reeditar otras condiciones naturales “alternativas” (similares) a aquellas. Habiéndose ya perdido irremediablemente durante el siglo pasado la posibilidad de una superación revolucionaria del capitalismo que nos hubiera permitido enfrentar probablemente en mejor pie la situación (abismal) de quiebre ecosistémico en que nos encontramos hoy, lo que nos quedaría ahora sería un escenario (inevitablemente traumático) en el cual mientras un segmento importante de la humanidad estaría ya condenado, literalmente, a la desaparición (es decir, a la muerte), el otro estaría por hacer frente a un empeoramiento progresivo, irreversible y sistemático de sus condiciones de vida. Esto último, tal como ya dijimos, con o sin socialismo mundial… y sin poder descartarse el avance de un potencial fenómeno de extinción humana total en el mediano o largo plazo, aquello en el caso de que la sociedad capitalista declinante o sus posibles derivaciones post-colapsistas, que serán seguramente monstruosas, tampoco logren ser “superadas” a tiempo. De hecho, sería sólo esta forma “sui generis” de superación (senil) del capitalismo; esto es, un tipo de “superación” del mismo que estaría ya incapacitada para detener o frenar el fenómeno ya activado de colapso civilizatorio, la única “superación” posible de este sistema o de las potenciales sociedades post-capitalistas que podrían sucederle en el escenario histórico durante este siglo o en los próximos.

¡Este es el precio nuestros fracasos! ¡Este es el resultado de nuestra incompetencia para cumplir con la tarea de eliminar, de raíz, al capitalismo! ¡Esta es nuestra recompensa! ¡No la posibilidad de una reedición “verde” (ecosocialista) de nuestros proyectos revolucionarios ya fracasados, sino que, por el contrario, la exterminación segura, inevitable, de una gran parte de nuestra especie! A todas luces, el proceso histórico futuro no se nos presenta al modo de esa amable consejera a la cual parecería apelar el discurso ecosocialista en sus arengas medioambientales, esa “consejera ecosocialista” que, oscilando siempre entre las apelaciones a la revolución social y el reformismo académico más grotesco (la propia organización de Lowy, la LCR, es un ejemplo perfecto de esto último), pareciera invitarnos a cada momento a que intentemos avanzar, por enésima vez, aunque ahora en un plazo de tan sólo unas cuantas décadas, por el camino de esa misma transición socialista que hemos sido incapaces de atravesar en más de dos siglos, sino que, en realidad… como una hiena de ojos de sangre que, sabiéndonos acorralados, se dispone a destriparnos. Este es el precio de las derrotas de la revolución: ¡la muerte!

 

 

¿Pero quiere decir esto que ya no pueda hacerse nada para enfrentar la crisis que se avecina y que debemos, entonces, simplemente sentarnos a esperar nuestra extinción? No necesariamente. Lo que quiere decir lo anterior, en realidad, es que, precisamente para que podamos hacer algo ante esta crisis, una de las primeras cuestiones que debemos hacer es reajustar nuestras expectativas con respecto a lo que, de acuerdo a un criterio realista, podremos llegar (o no) a hacer durante este siglo para enfrentar el derrumbe. Esto último para intentar resistir, de la mejor manera posible, aquello que, si tenemos en cuenta la verdadera gravedad y magnitud de los fenómenos de destrucción ecosistémica que hemos desencadenado, se presenta ya como uno de los desafíos evolutivos más importantes a los que se ha enfrentado (y enfrentará) la especie humana.

¿Pero cómo es posible que Lowy y una gran parte de los referentes del Ecosocialismo pasen por alto (o, al menos, no integren plenamente) el cúmulo de evidencias científicas disponibles con respecto al carácter y las proyecciones catastróficas -reales- de la actual crisis ecológica y energética? Dado el protagonismo que han tenido estos referentes durante las últimas décadas en el avance de la discusión anticapitalista en torno al problema medioambiental, es imposible explicar lo anterior como el producto de un mero desconocimiento de dichas evidencias. La razón del quiebre, cada vez más agudo, entre las concepciones ecosocialistas, por un lado, y las proyecciones crecientemente catastróficas de la crisis climática-energética, por otro, hunde sus raíces, a mi juicio, en el ámbito de la propia matriz teórica con la cual el Ecosocialismo ha tendido a comprender no sólo el concepto de “fractura metabólica”, sino que, además, las propias capacidades que tendría, supuestamente, un proyecto anticapitalista para revertirla.

En el caso de Bellamy Foster, por ejemplo, uno de los teóricos marxistas más importantes del concepto de “fractura metabólica” en Marx y cuyas elaboraciones constituyen una especie de piedra angular del pensamiento ecológico marxista contemporáneo, lo que existiría es, a mi parecer, un doble problema cuyo origen podría rastrearse en el propio Marx. El primero de estos problemas sería, tal como he mencionado al pasar anteriormente, una marcada subvaluación en las concepciones de este autor tanto del verdadero carácter catastrófico que tendría hoy la crisis ecológica, así como también de sus potenciales efectos disruptivos al nivel del desarrollo histórico y la lucha de clases. Esta subvaluación se expresaría, entre otras cosas, en una escasa integración en la reflexión ecosocialista de las implicancias teórico-programáticas y prácticas de los peligros (cercanos) de un derrumbe ecosistémico global y un fenómeno inminente de colapso civilizatorio y extinción humana. En el ámbito de las organizaciones marxistas influenciadas en mayor o menor grado por las ideas de Foster y la ecología marxista, lo anterior tomaría la forma de una mantención, en gran medida incólume, de los mismos marcos programáticos marxistas tradicionales del siglo pasado, aunque ahora adornados (-aggiornados-) con una serie de discusiones filosófica-políticas de tono ecológico y una gama variopinta de consignas medioambientales cuya finalidad sería actuar, no como el catalizador de una profunda reformulación estratégica revolucionaria capaz de integrar el horizonte de un colapso ecológico planetario, sino que, por el contrario, al modo de un tipo de “complemento verde” (ecológico) de los viejos programas marxistas industriales.

Con todo, lejos de constituir esto último, al decir de Bellamy Foster, el producto de una supuesta “escasa comprensión” por parte de las organizaciones marxistas tradicionales de los postulados ecológicos presentes en la obra de Marx y Engels, la raíz de este problema podría detectarse, como ya mencioné, en las reflexiones del propio Marx quien, a pesar de haber sido uno de los primeros pensadores socialistas en describir la dinámica disruptiva que ejerce el capitalismo sobre los ciclos naturales (de ahí su definición en “El capital” de “fractura metabólica”), no llegó nunca a concebir, posiblemente por los propios condicionantes históricos y culturales del conocimiento científico de su tiempo, ni los ritmos ni la magnitud (geológicamente inéditos) que podría alcanzar esta “dinámica de fractura”. En otras palabras, la definición que hiciera Marx en “El capital” en torno a la “fractura metabólica” (una designación, como dijimos, para representar el impacto ecológico disruptivo asociado al modo de producción capitalista) constituye la “intuición teórica” de un fenómeno que debía, todavía, materializarse históricamente. Habría sido recién durante la segunda mitad del siglo pasado cuando este fenómeno habría terminado, de hecho, no sólo de desplegar toda su potencia destructiva, sino que, además, de manera imprevista para el propio marco teórico marxista tradicional, de constituirse en uno de los factores potenciales de colapso más importantes del sistema capitalista.

La evaluación que hacen Foster, Lowy y otros referentes del Ecosocialismo con respecto al peligro que representaría hoy el empeoramiento (a niveles nunca vistos) de la “fractura metabólica”, se quedaría así, por lo tanto, a medio camino (atrapada) entre la definición “intuitiva” (eminentemente teórica-hipotética) de la misma que hiciera Marx durante el siglo XIX, por un lado, y el estado de la discusión científica actual en torno al problema de la crisis ecológica, por otro. Sería justamente este “aprisionamiento teórico” entre la insuficiente (y en algunos aspectos caduca) reflexión de Marx con respecto a la definición de “fractura metabólica” y el estado actual de la discusión científica en torno a la crisis climática lo que impediría al Ecosocialismo, entre otras cosas, avanzar hacia un verdadera reflexión teórico-programática (actualizada) del peligro de un ecocidio planetario. Es justo mencionar aquí, sin embargo, que fue ya el propio Marx quien sugiriera en distintos pasajes de su obra, tal como ha desarrollado extensamente el mismo Bellamy Foster y otros ecólogos marxistas, el peligro de un potencial fenómeno de extinción de nuestra especie como resultado de, por un lado, una intensificación del fenómeno de alienación del capital respecto al medio natural y, por otro lado, de una exacerbación de los desbarajustes medioambientales de los que aquel era testigo.

John Bellamy Foster

 

 

El segundo problema asociado a la lectura ecosocialista del concepto de “ruptura metabólica” se relacionaría, tal como es posible advertir en los trabajos de Foster y en algunas de las respuestas anteriores de Lowy, a la existencia de un marcado sobreoptimismo con respecto a las capacidades que, supuestamente, tendría el socialismo para implementar las respuestas sociales y tecnológicas requeridas para superar la actual crisis ecológica (como hemos dicho, de una magnitud que ni siquiera el propio Marx llegó a concebir). Este tipo de exacerbado “optimismo sociológico” (o “socio-tecnológico”) se expresaría, asimismo, en una tácita sobrevaloración en el marco interpretativo ecosocialista de las capacidades atribuidas al capitalismo para evitar, o al menos para aplazar indefinidamente, un fenómeno de colapso social (autoinducido) como resultado del agravamiento de la crisis ecológica y su combinación con los efectos de un potencial derrumbe energético y de recursos a nivel planetario. Debe destacarse aquí, con todo, que esta sobreestimación de las capacidades del sistema capitalista para evitar su propio colapso no se daría en el ámbito ecosocialista de manera explícita, sino que, por el contrario, de un modo vergonzante. Esto quiere decir que mientras la mayoría de los referentes ecosocialistas aceptarían (teóricamente) la posibilidad de un colapso capitalista (esto último apelando, por ejemplo, a los planteamientos de ciertos pensadores marxistas tales como Rosa Luxemburgo o Walter Benjamin), aquellos terminarían siempre por aplazar esta posibilidad para un futuro indefinido y abstracto; esto es, sin realizar una integración real de la misma en el análisis histórico. Una muestra de este tipo de posiciones vergonzantes puede verse, otra vez, tanto en algunas de las respuestas anteriores de Lowy, así como también en varias de las posturas defendidas por otros referentes ecosocialistas tales como Daniel Tanuro o Ian Agnus. Muestras adicionales de lo mismo pueden encontrarse en el ámbito de los ya mencionados repetidores vulgares del Ecosocialismo en el terreno del marxismo industrialista latinoamericano: por ejemplo, en el caso de los ya referidos “círculos verdes” de ciertas organizaciones filo-socialdemócratas y trotkystas tales como como el PTS, el PTR o la Red Ecosocialista del MST en Argentina y Chile. Otra muestra de lo anterior puede hallarse, esta vez a un nivel que rayaría en lo grotesco, en algunas de las escasas (y pobrísimas) reflexiones de la LIT-CI sobre la problemática ambiental.

La existencia de esta forma de sobreoptimismo sociológico, el cual constituiría uno de los sellos teóricos de la ecología marxista clásica y el pensamiento ecosocialista, tendría también sus raíces en otras de las posiciones, de tono industrial-productivistas, defendidas por Marx y Engels a lo largo de sus vidas. Una de aquellas puede encontrarse en los argumentos de Marx en su acalorada (y posiblemente exacerbada) refutación de las ideas de Malthus en torno a un posible derrumbe poblacional como efecto de la tendencia al agotamiento de los suelos agrícolas. Contrariamente a la perspectiva catastrofista de Malthus, Marx defendió en ese entonces el postulado de que el avance del desarrollo tecnológico característico del sistema industrial sería, de hecho, lo suficientemente dinámico como para evitar, de manera permanente, un escenario de colapso demográfico como el planteado por la hipótesis malthusiana, determinada por la combinación entre una población humana en continuo aumento, por un lado, y una situación de escasez alimentaria creciente, por otro. Si bien las posiciones de Marx constituyeron en su momento una correcta refutación de las ideas malthusianas, aquellas tuvieron el límite de no reconocer la posible validez futura de algunas de las previsiones elaboradas por Malthus, esto por ejemplo en el caso de producirse un salto (imprevisto) de las condiciones de degradación ecológica planetaria. La importancia de esto último queda de manifiesto si se consideran los desafíos estructurales que estaría comenzando a enfrentar hoy la producción agrícola mundial como efecto tanto del agotamiento de la pasada “revolución verde” (la que habría terminado por generar graves desbarajustes al nivel de las bases de la producción agrícola), así como también de los impactos iniciales del cambio climático sobre aquella.

Ahora bien, aunque no es posible achacar a Marx la responsabilidad de no haber predicho el cambio que tendrían las condiciones objetivas del desarrollo histórico tomadas en cuenta por aquel en la elaboración de su respuesta a la hipótesis de la catástrofe malthusiana, sí es posible detectar en sus posturas, al menos, una confianza posiblemente excesiva, explicable sin duda por el apogeo en dichos momentos de la mayor transformación tecno-científica que haya experimentado la humanidad hasta ese entonces: la revolución industrial, en las capacidades de un desarrollo tecnológico supuestamente continuo, unilineal y, posiblemente en las concepciones de Marx, “perpetuo”. Sería precisamente la existencia de dicha impronta desarrollista industrial existente en varios de los postulados fundacionales no sólo de la obra de Marx y Engels, sino que, además, en la de algunos de los principales exponentes del Marxismo clásico (por ejemplo, Lenin, Trotsky, Luxemburgo o Gramsci), lo que se encontraría en la base del ya referido desmesurado “optimismo sociológico” que impregnaría mucha de las posiciones del Ecosocialismo.

Otros aspectos del exacerbado optimismo socio-tecnológico que caracterizaría los planteamientos ecosocialistas se alimentarían, asimismo, de las posturas tradicionales del marxismo tradicional en torno a las pretendidas capacidades que tendría la clase obrera para liderar una transición socialista supuestamente apta, incluso ante la perspectiva del desarrollo de una crisis ecológica súper catastrófica, para satisfacer íntegra y efectivamente las necesidades sociales de la humanidad. Se presupone aquí que, gracias a la ubicación objetiva de esta clase en el sistema productivo (perspectiva sociológica), aquella se vería facultada automáticamente (al menos en el plano objetivo) para asegurar, por ejemplo, mediante la instauración de un sistema de economía planificada, una transición al socialismo plenamente “armónica” con la naturaleza. Una de las características de estas posiciones, las cuales dan muchas veces por sentada, de manera acrítica, dicha supuesta facultad que tendría el proletariado para lograr una “reorganización socio-ecológica” efectiva de las relaciones productivas, sería en muchas ocasiones rehuir, tal como hemos mencionado en diversos lugares anteriormente, no sólo de una verdadera problematización científica, teórica, política y programática de la crisis ambiental contemporánea, sino que, además, de cualquier consideración de las posibles “distorsiones estructurales” que un fenómeno de crisis ecológica y colapso civilizatorio inicial podrían comenzar a generar en la dinámica de la lucha de clases contemporánea, esto incluso antes de una fase abierta (o plena) de crisis ecosocial catastrófica mundial. Una muestra extrema (“maestra”) del exacerbado optimismo socio-tecnológico presente en la tradición marxista industrialista con respecto a las capacidades que tendría el proletariado, pretendidamente, para la generación de un nuevo marco “socio-natural” de desarrollo civilizatorio puede encontrarse, aunque elaboradas en otro contexto histórico, en algunas de las ideas de Trotsky defendidas en “Literatura y Revolución” en torno a la supuesta posibilidad de un dominio casi total de la naturaleza por parte del “nuevo hombre socialista”. Esta discusión será retomada en algunas de mis siguientes respuestas en este debate. Por el momento puedo recomendar a los lectores con respecto a este tema el muy interesante artículo de Daniel Tanuro “La pesada herencia de León Trotsky”.

 

-Antonio Turiel:
Tiene razón Fuentes cuando tan detalladamente explica que volver al equilibrio del Holoceno, ese paraíso perdido, es a estas alturas imposible; en primer lugar, porque el propio Holoceno representa una anomalía geológica, una que hizo posible la proliferación de la vida humana y que, probablemente, tendríamos que haber hecho lo imposible por preservar – tarea que ya era difícil de por sí. Sabemos que incluso la propia agricultura tradicional, por ejemplo, tiende a deteriorar la capa fértil del suelo con el arado repetido de la tierra. Igualmente, al eliminarse los bosques para ganar terreno para cultivar se eliminan los cortavientos naturales, produciendo esto último un tipo de desequilibrio de estos terrenos que termina causando fenómenos como el -Dust Bowl- de los años 30 en los EE.UU. Seguramente algo parecido, combinado con un cambio climático a escala regional (posiblemente agravado por los cambios en la cobertura vegetal que modificó la evaporatranspiración de dicha zona) convirtió el Creciente Fértil en la zona desértica que es ahora mismo.
Lo cierto es que nuestro conocimiento científico actual es muy limitado y por eso la pretensión de que somos capaces de “restablecer ecosistemas” es bastante ilusoria. Estamos lejísimos de poder hacer tal cosa, entre otras cosas porque los ecosistemas experimentan procesos de histéresis y una vez que los alejas mucho de su punto de equilibrio, aquellos simplemente no pueden volver al estado anterior, acabando así forzosamente en un nuevo estado, el cual puede ser para nuestros intereses poco conveniente. En general, los nuevos ecosistemas, que son muy estables, son de baja biodiversidad y bastante áridos. Desde aquí es que, esencialmente, convertimos lo que alteramos en desiertos, los cuales son muy estables y difíciles de revertir. Y a la Naturaleza le lleva decenas de miles de años convertir un desierto en un terreno fértil, y nosotros, en nuestra prepotencia, creemos poder hacerlo en cuestión de décadas. ¡Qué va!

Dado que no entendemos todos los engranajes del equilibro ecosistémico, deberíamos seguir un principio de elemental precaución y simplemente intentar disminuir nuestra huella, alterando tan poco como sea posible estos ecosistemas. No intentemos remediar nada: simplemente, intentemos no fastidiarla más.

 

Parte IV

Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista (IV)
Comentarios de Jorge Altamira (Argentina), Jaime Vindel (España) y Paul Walder (Chile)

 

En esta cuarta sección de la serie “Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista” se integran a la discusión el dirigente de la izquierda trotskista argentina Jorge Altamira, el académico del Estado español Jaime Vindel y el periodista chileno Paul Walder. Algunos de los aportes de estos nuevos participantes de este debate radican tanto en el tratamiento que hace cada uno de las diversas problemáticas relacionadas a la actual crisis ecológica planetaria y la perspectiva de un posible fenómeno de colapso civilizatorio cercano, así como también en sus respectivas posturas frente a los argumentos defendidos en las secciones anteriores de este debate por parte del intelectual ecosocialista Michael Lowy y los representantes del pensamiento colapsista Miguel Fuentes (Colapsismo Marxista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento). Otro de los aportes de las intervenciones del argentino Altamira, el español Vindel y el chileno Walder puede encontrarse en el propio marco teórico-político y práctico desde el cual articulan sus reflexiones: uno desde el ámbito de la izquierda latinoamericana militante (Altamira), otro desde la esfera de la academia europea crítica (Vindel) y el último desde el terreno del periodismo y los medios de comunicación chilenos (Walder). Es precisamente la diversidad de ubicaciones de estos referentes lo que constituye una importante ampliación de la discusión dada en las secciones previas de esta serie.

En el caso de Jorge Altamira, desarrollando con maestría una perspectiva marxista tradicional crítica tanto del enfoque ecosocialista, así como también de las diversas variantes del pensamiento colapsista, se trata aquí de las opiniones de uno de los principales referentes de la izquierda revolucionaria y la lucha de clases de América Latina durante las últimas décadas. Enfrentando hoy en carne propia el avance de un agudo proceso de degeneración socialdemócrata en las filas del Trotskysmo a nivel internacional (su alevosa expulsión del Partido Obrero es una muestra de esto último), el análisis de Altamira da cuenta así, como veremos, de la vitalidad del pensamiento y la práctica política de este dirigente revolucionario. Adicionalmente, es interesante conocer, de primera fuente, el posicionamiento que tiene con respecto a las discusiones dadas en esta serie el que podría ser catalogado, si tenemos en cuenta el agudo proceso de adaptación parlamentarista que viene caracterizando en Argentina a los principales partidos del llamado Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT), como el último gran dirigente del Trotskysmo histórico a nivel mundial. Basta con recordar aquí, como caso opuesto, el nefasto papel jugado en el pasado por otros referentes del Trotskysmo argentino en el terreno de la denuncia de la crisis ecológica mundial que, tal como en el caso de la ex diputada del PTS Myriam Bregman, llegaron incluso a alinearse en el parlamento con la derecha y el peronismo al negarse a votar en contra de los acuerdos pro imperialistas de la Cumbre Climática de París (COP21), lo anterior a pesar de que sus propios compañeros de coalición en el congreso (por ejemplo, Pablo López del PO) la hayan conminado a manifestar su rechazo. Otro ejemplo semejante ha sido la complicidad de Nicolás del Caño (también militante del PTS) con la política brutal-industrialista de apoyo a la existencia de la mega-minería del cobre y el litio que sigue en Chile el PTR, una de las organizaciones satélites de su partido en ese país.

De gran interés son también las intervenciones de Jaime Vindel, académico especialista en temáticas de ecología marxista que, desarrollando una posición más cercana a la tendencia ecosocialista, intenta dar cuenta de algunos de los que serían los principales “vicios” que presentaría, a su juicio, el discurso colapsista defendido por Miguel Fuentes (Marxismo Colapsista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento). Las posiciones de Vindel representan, de este modo, un importante contrapunto (en gran medida polémico) con las críticas realizadas en secciones anteriores por Fuentes y Turiel a los planteamientos ecosocialistas de Michael Lowy. Al mismo tiempo, dando cuenta de un importante manejo de la teoría ecosocialista y del tratamiento de la problemática ecológica al nivel de la izquierda mundial, Vindel no deja la oportunidad de deslizar una serie críticas con respecto al estado actual del pensamiento y la práctica ecosocialista, esto último llegando a manifestar su acuerdo (aunque de manera más bien tácita) con algunos de los razonamientos colapsistas alrededor de la imposibilidad que tendría hoy una revolución socialista para “detener” o “revertir” el inicio de una dinámica de cambio climático catastrófico. Otra de las posturas colapsistas con las cuales Vindel parece tener acuerdo se refiere a su rechazo al planteamiento de una posible “recomposición” del “equilibrio metabólico” entre la humanidad y la naturaleza, idea que constituye, como sabemos, uno de los pilares fundamentales del pensamiento ecosocialista. Es precisamente el nivel de flexibilidad teórica y discursiva que demuestra Vindel al momento de calibrar y sopesar las posiciones ecosocialistas y colapsistas, uno de los atributos más importantes de sus reflexiones, esto sobre todo ante un escenario ideológico caracterizado entre los partidos de izquierda tradicional que exhiben algún tipo de “sensibilidad ecológica” por una reproducción muchas veces acrítica (y en gran medida vulgar) de las posturas ecosocialistas. Una muestra clara de lo anterior en el ámbito latinoamericano puede encontrarse, por ejemplo, en el tipo de adaptación mecánica del ideario ecosocialista noventero que vienen intentando (aunque todavía de manera marginal) algunos espacios de izquierda parlamentarista de cuño industrialista tales como la red de diarios digitales La Izquierda Diario, la Red Ecosocialista del MST argentino o algunas de las escasas (y prácticamente inexistentes) instancias de discusión ecológica de la LIT-CI en América Latina. Ejemplos en Chile de estos intentos de reproducción vulgar del ideario ecosocialista pueden encontrarse, sobre todo, en el seno de ciertas organizaciones tales como el llamado Movimiento Anticapitalista (LIS–ISL) y el MST (UIT-CI).

Las intervenciones de Paul Walder, impulsor del portal de noticias Politika.cl y ex director del medio de prensa digital chileno El Ciudadano, ofrecen el interés suplementario de referirse no sólo al conjunto de temáticas desarrolladas por los demás participantes de este debate, sino que, asimismo, al problema de la escasa cobertura dada por los grandes medios de comunicación a los desafíos de un posiblemente cercano colapso eco-social planetario. Es precisamente desde aquí que los planteamientos de Walder, uno de los principales promotores de la discusión en torno a los problemas del cambio climático y el horizonte de un derrumbe eco-social en el ámbito de los medios de prensa en Chile, otorgan a este debate una dimensión no presente hasta ahora en las posiciones de los demás participantes del mismo. Adicionalmente, los puntos de vista de este periodista destacan por poseer un manejo de la crisis ecológica y sus posibles implicaciones internacionales que contrasta con la ignorancia (y virtual desconocimiento) que existe respecto a estas temáticas no sólo al nivel de una gran parte de la prensa latinoamericana, sino que, además, en el de los sectores dirigentes de la mayoría de las organizaciones del arco político chileno, esto desde el terreno de la derecha pinochetista y la corrupta ex Concertación hasta el de los partidos neo-concertacionistas agrupados en el Frente Amplio y los del ámbito de las llamadas izquierdas ciudadano-parlamentarias o anti-capitalistas radicales.

-Sección Debate
Comentarios al debate de Jorge Altamira, Jaime Vindel y Paul Walder

En la primera parte de este documento se integran los comentarios generales de dos de los nuevos participantes de este debate (Paul Walder y Jaime Vindel). Posteriormente, se adjuntan a la discusión las respuestas de estos últimos a la serie de preguntas ya desarrolladas en secciones anteriores por Michael Lowy (Ecosocialismo), Miguel Fuentes (Marxismo Colapsista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento). La parte final de esta cuarta entrega de la serie “Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista” consiste en la intervención de Jorge Altamira. Por motivos de fuerza mayor, este último no pudo enviarnos sus respuestas al cuestionario de preguntas completado por lo demás participantes. Con todo, Altamira se comprometió a enviarnos dichas respuestas para futuras secciones de esta serie.

 

Comentarios generales

Paul Walder. Periodista chileno. Impulsor del portal de noticias Politika.cl. Ex director del medio digital El Ciudadano.

 

a. ¿Cuál es su impresión desde el ámbito de la comunicación social y el periodismo chileno y latinoamericano respecto a las posiciones vertidas hasta el momento en el debate “Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista” por parte de Michael Lowy (Ecosocialismo), Miguel Fuentes (Colapsismo Marxista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento)?

Creo que es necesario hacer una breve contextualización del periodismo regional y local respecto a estas temáticas. No existe este debate en los medios, los que carecen incluso de información más o menos general sobre cambio climático y sus efectos y sin ahondar en sus causas. Ante esta falencia informativa, cuando hablamos de “Ecosocialismo” o “Colapsismo” nos referimos a materias propias de una discusión acotada con presencia en medios muy especializados, y básicamente digitales.

Por otro lado, aunque sin presencia en los grandes medios, existe con intensidad un debate ambiental en pleno desarrollo, el que está hoy en día incorporado como importante espacio de lucha política. La defensa de los territorios, de los recursos naturales ante el extractivismo y los procesos industriales, es un lugar de luchas intensas de organizaciones sociales en Latinoamérica y en Chile. Las decenas de asesinatos de activistas ambientales sólo en Colombia durante estas dos primeras semanas del año dan cuenta de hasta dónde se atreven a llegar los gobiernos liberales y el capital extractivo e industrial.

b. ¿Comparte las críticas realizadas por Miguel Fuentes (Marxismo Colapsista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento) al Ecosocialismo con respecto a las supuestas carencias de esta corriente respecto a su evaluación de la gravedad de la crisis climática y la posibilidad de un colapso ecosocial inminente? ¿Qué opina de los cuestionamientos realizados desde el ámbito ecosocialista a las posiciones colapsistas?

Las proyecciones sobre un aumento de la temperatura global del planeta se han ido cumpliendo en sus rangos más extremos. Los informes que presenta el panel de expertos de la ONU, el IPCC, constatan una situación gravísima. Por un lado, las emisiones de gases de efectos invernadero (GEI) siguen en plena expansión. Por otro lado, la temperatura de la atmósfera y los océanos se mantienen en ascenso. Paralelamente, hemos sido testigos del fracaso de todas las Conferencias de Cambio Climático. Desde la Cumbre del Clima en Río a Kioto hasta el desastre de Madrid el 2019, el único resultado de aquellas ha sido, de hecho, un aumento dramático de las emisiones y la temperatura.

No sabemos si durante este siglo la temperatura subirá tres, cuatro o seis grados. Pero la tendencia apunta hacia los peores escenarios previstos. Una temperatura que conduce a efectos climáticos destructivos en todos los aspectos imaginables, desde las siembras, los bosques, el deshielo de los polos y los glaciares, el aumento de los niveles del mar, las sequías extremas y la desertificación con sus consecuencias sobre la vida humana y animal. Una catástrofe ambiental y humanitaria que tendrá efectos enormes sobre las formas de organización social, sobre la economía y la política.

El debate político presente y futuro ha de considerar estos escenarios, que se instalarán con fuerza en los próximos años y que se caracterizarán por una tendencia a un deterioro generalizado en las áreas mencionadas. Antonio Turiel ha trabajado sobre la creciente escasez y agotamiento de las reservas de petróleo, aunque el problema no es precisamente su agotamiento, sino que su uso como alimento del sistema económico. Miguel Fuentes sobre el colapso ambiental y social en las próximas décadas. Michael Lowy, a diferencia de ellos, no considera estos condicionantes como base y núcleo de su análisis, los que de acuerdo con aquel podrían convivir con el sistema capitalista durante este siglo. Desde mi punto de vista, creo que en el futuro no sólo veremos una tensión extrema en el clima, sino que también en las formas de organización social y política, esto tal como ya lo estamos observando. No sé si el Ecosocialismo puede hacerse cargo de este desastre.

c. Usted viene realizando, desde su labor como periodista, un importante trabajo de difusión con respecto a los problemas asociados a la crisis ecológica mundial y la posibilidad de un pronto colapso civilizatorio. ¿Cuál es la importancia de difundir estos debates al nivel de los medios de comunicación masiva en Chile y otros países?

El cambio climático es sin duda el problema más grave que enfrenta la civilización. Un proceso que puede conducir al término no sólo de esta última, sino que de la propia especie humana junto a todos o la gran mayoría de los seres vivientes en el planeta. Si esto no es lo más importante, no sé qué lo es. Este no es un problema que resolverán las elites gobernantes ni financieras. Ellos están ocupados en mantener su poder y estiman, supongo, que sus privilegios los salvarán de los desastres ambientales. Que los efectos del cambio climático afectarán a los pobres del mundo constituye una realidad cierta, aunque no absoluta. La devastación en la Tierra les llegará a todos tarde o temprano. Y en esta locura hay millonarios que ya piensan en Marte.

Jaime Vindel (Académico de la Unidad Departamental de Historia del Arte (Universidad Complutense de Madrid)

 

a. ¿Cuál es su impresión respecto a las posiciones vertidas hasta el momento en el debate “Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista” por parte de Michael Lowy (Ecosocialismo), Miguel Fuentes (Colapsismo Marxista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento)?

Aunque con matices, me posiciono del lado de las tesis ecosocialistas. En mi opinión, el efecto del discurso colapsista puede ser interesante en la medida en que ayude a que el Ecosocialismo se deshaga de sus inercias modernistas. Estoy de acuerdo en que, al menos en el plano material (otra cosa es el moral), hemos de abandonar la idea de progreso. También comparto que, en ocasiones, no se ha hecho el esfuerzo suficiente para dejar a un lado las proyecciones productivistas y no se ha cuestionado del modo adecuado la cosmovisión que restringe el socialismo a las políticas redistributivas y a la socialización de los medios de producción. Al margen de eso, el colapsismo semeja una suerte de agujero negro que tiene el atractivo de las tesis visionarias sobre el decurso de la historia, pero que no plantea alternativas concretas ni entra en los matices que atañen a cualquier proceso de transformación sociopolítica. En contraste, pienso que las teorizaciones de autores tales como John Bellamy Foster, Andreas Malm o Daniel Tanuro, pese a sus puntos de fricción, son mucho más complejas en términos de lectura concreta del periodo histórico, así como también en relación al papel no salvífico pero útil que la ciencia o la política revolucionaria pueden jugar en él. Con todo, también al Ecosocialismo le queda mucho camino por recorrer en lo relativo a la implementación de un proyecto teórico-práctico factible, especialmente en lo que concierne a la necesidad de constituir el sujeto o los sujetos de la transición ecosocial. El Ecosocialismo aguarda aún, en ese sentido, su traducción en una filosofía de la praxis, sus tesis sobre Feuerbach.

b. ¿Comparte las críticas realizadas por Miguel Fuentes (Marxismo Colapsista) y Antonio Turiel (Teoría del Decrecimiento) al Ecosocialismo con respecto a las supuestas carencias de esta corriente respecto a su evaluación de la gravedad de la crisis climática y la posibilidad de un colapso ecosocial global inminente? ¿Qué opina de los cuestionamientos realizados desde el ámbito ecosocialista a las posiciones colapsistas?

En términos generales, no creo que el Ecosocialismo, al menos en sus planteamientos actuales, minusvalore la gravedad de la crisis climática, ecológica y social. Lo que pienso es que trata de hacerse cargo de la irreductibilidad de las diversas dimensiones de la realidad histórica (la técnica, la social, la cultural, la política, la económica) a la cuestión ecológica entendida de modo estrecho. En los términos del debate que he podido leer, el colapsismo se presenta como una forma de cientificismo encubierto, que por momentos replica la vieja descalificación marxista de la ciencia como un saber burgués y en otras ocasiones toma esa verdad como una suerte de dogma determinista que succiona el conjunto de las posibilidades históricas de evolución de la crisis ecosocial. Es un nuevo paradigma escatológico, una suerte de reverso negativo y apocalíptico de las proyecciones productivistas del paraíso terrenal. En definitiva, es una cosmovisión no materialista. Antonio Turiel señala con acierto el modo en que ese tipo de interpretaciones pasan por alto la complejidad y el margen de indeterminación en el comportamiento de los sistemas naturales, que cuestionan cualquier aproximación de tipo lineal. Yo añadiría algo más: es un error comprender aspectos como el declive energético de modo aislado. Es obvio que el sobrepasamiento biofísico provocado por el metabolismo socioambiental capitalista representa un límite absoluto, pero también sabemos que la energía no es sólo una magnitud física, sino que su uso está social, histórica y culturalmente configurado. Eso introduce un margen de imprevisibilidad y de contingencia que es el campo mismo de la disputa política. Por poner tan sólo un ejemplo, aunque el recurso al fracking por la administración Trump tenga un recorrido relativamente corto, es un síntoma de esa variabilidad. Es algo que el Ecosocialismo, e incluso las posiciones más elaboradas del “Green New Deal”, tienen más claro que los colapsistas. En realidad, en algunas de sus versiones se presenta como un paradigma apolítico, desde el cual es imposible activar una imaginación estratégica que no pase por el derrumbe civilizatorio. Y es absolutamente iluso que tal derrumbe se produzca de modo súbito, o que a él le suceda la posibilidad redentora de hacer tabula rasa. Históricamente los procesos de colapso o revolucionarios no se han producido así, y en eso la crisis ecosocial no representa una novedad.

En su reciente texto “El Marxismo Ecológico ante la crisis ecosocial” publicado en Viento Sur usted ha enumerado una serie de puntos ciegos y debilidades que caracterizarían tanto a la perspectiva colapsista como a la ecosocialista. ¿Cuales serían estos puntos ciegos que, de acuerdo a usted, afectarían a ambos marcos de análisis?

En el texto que mencionáis subrayo que me parece interesante la crítica que el colapsismo realiza respecto a lo que perdura en el Ecosocialismo del imaginario de una modernidad verde. Me parece que eso podría ayudar a que el Ecosocialismo se deshaga de los restos del mesianismo productivista (la transformación social como la redistribución de una riqueza material exponencial), el paradigma que atravesó buena parte de los procesos revolucionarios de signo comunista del siglo XX. Lo que sucede es que ciertos planteamientos colapsistas no hacen más que sustituir un mesianismo por otro, en este caso de signo oscurantista, como dice Michael Lowy. Pienso que eso nos impide plantear soluciones concretas a la dimensión de la crisis ecosocial, dirimiendo qué aspectos de la ciencia y el progreso modernos son rescatables y cuáles no; de qué manera podemos articular las políticas públicas y la creación de nuevos prototipos de vida comunitaria, etc. Por otra parte, tengo la impresión de que ese mesianismo es ante todo una muestra de impotencia política, que evidencia el modo en que hemos renunciado de antemano a dar la batalla cultural en el contexto hegemónico que nos ha tocado vivir. De la apelación a una objetividad histórica absoluta (ya sean las leyes de la historia humana y sus modos de producción; ya la inercia potencialmente catastrófica de la crisis ecológica) no se deriva la constitución de sujetos políticos antagonistas. Esta es también una lección teórica que deberíamos aprender. Miguel Fuentes, a mi modo de ver de modo absolutamente gratuito, asegura que la debacle de las fuerzas de izquierda en países como Argentina o Francia se deriva de no asumir el paradigma colapsista. ¿De veras está en disposición de afirmar que haberlo hecho hubiera garantizado a esas fuerzas un mejor resultado? Me temo que esta es una expresión más del dogmatismo que caracteriza a cierta izquierda sedicentemente radical. Otro aspecto que subrayaba en el texto es el problema de la fijación de fechas concretas para el colapso civilizatorio, que en la medida en que no se ven cumplidas desacreditan socialmente a los discursos ecologistas. Es una cuestión sobre la que ha reflexionado, a mi modo de ver de modo muy preciso, Emilio Santiago Muíño, con el que sin embargo disiento en otros aspectos.

 

Debate (Secciones I a III)

1. ¿Qué opina respecto a la posibilidad de una crisis ecológica súper catastrófica durante este siglo?

Paul Walder:
La posibilidad tiende a ser una proyección que apunta hacia una certeza. Todas las investigaciones nos describen un siglo en el cual la temperatura promedio del planeta podría llegar a alzas por sobre los tres grados centígrados de calentamiento global. Este aumento es claramente conservador y es probable que el calentamiento del planeta alcance mucho antes esos tres grados y que para fines de este siglo, que es el horizonte con el cual trabajan las proyecciones científicas (lo que no significa que las temperaturas no continúen aumentando posteriormente), se llegue a los seis grados de incremento. Con los aumentos graduales de la temperatura global podemos ver consecuencias crecientemente catastróficas, aquello tal como las señaladas por Mark Lynas en su libro “Seis Grados”. Estas consecuencias impactarán sobre toda la vida en el planeta, incluyéndose aquí, por cierto, a los humanos. Cuando los científicos se refieren a la Sexta Extinción, provocada esta vez por la propia humanidad y explicada con detalle por la estadounidense Elizabeth Kolbert, podemos imaginar el mundo que nos espera. Los mil millones de animales muertos en Australia este verano meridional, es un adelanto de temporada. A Australia, investigada por no pocos científicos interesados en el clima, se le puede considerar como el canario en la mina.

En cuanto a las posiciones de Lowy, Fuentes y Turiel sobre el colapso climático y civilizatorio durante este siglo, estimo que es necesario trabajar con los escenarios más extremos, los cuales apuntan también a convertirse en los más probables y reales. Lowy, al relativizar estas hipótesis, creo que también relativiza la magnitud de la crisis y la urgencia de las acciones. Es necesario emprender un trabajo intensivo para comenzar a difundir los escenarios futuros relacionados con esta crisis y las propuestas de acción ante los mismos. ¿Las hay?

Jaime Vindel:
Me parece que no es de ningún modo descartable. Incluso probable si seguimos instalados en la dinámica del -business as usual-. Pero eso no nos dice nada sobre cómo encarar políticamente la coyuntura actual.

¿Qué piensa respecto a la posibilidad de un fenómeno de colapso civilizatorio cercano? ¿Puede el capitalismo autodestruirse durante las próximas décadas?

Paul Walder:
Es muy probable que estemos en rumbo de colisión. El capitalismo en su versión neoliberal extrema se encuentra en una encrucijada al haber demostrado de manera evidente su capacidad de concentración sin límites de la riqueza y de llevar los niveles de desigualdad a niveles inéditos. Sobre el capitalismo y sus tendencias de desarrollo se han escrito numerosos volúmenes desde el siglo XIX y se sigue escribiendo y reflexionando. En el siglo XXI podemos ver que, nuevamente, este sistema se enfrenta, tal como en tantos otros momentos históricos desde la revolución industrial hasta la revuelta de Mayo de 1968, con sus propias contradicciones y con las presiones propias de los movimientos de las clases trabajadoras y subalternas. Francia, Hong Kong, Chile, Colombia, por nombrar algunos lugares, expresan que el sistema vive contradicciones insolubles. Son meses de revueltas, las que tenderán a masificarse y radicalizarse como resultado de que el sistema ya no tiene nada más que ofrecer. La respuesta es así una mayor tensión y violencia por parte de los estados para mantener el orden y una tendencia a la instalación de regímenes autoritarios que restringen los derechos civiles. Este escenario, junto con el deterioro de las democracias liberales representativas, nos pone ante una situación de enfrentamientos y espirales de violencia crecientes. Si a esto le agregamos los efectos cada vez más agudos del cambio climático, tendremos una escena muy compleja a partir de esta misma década.
Pero hay otros factores que sin duda golpearán al capitalismo durante lo que queda de este siglo. Los desastres ambientales en todo el planeta, con consecuencias no sólo en los aumentos generalizados de los costos de consumo, sino que, además, en el terreno de la producción de alimentos, el transporte y en el de sus impactos nefastos sobre las sociedades humanas, son algunos de aquellos factores. Y existe además otro problema que debiera tal vez considerarse en un primer lugar: el agotamiento del petróleo, tema que viene desarrollando Antonio Turiel. Hay que recodar aquí que el capitalismo moderno se ha encontrado ligado desde sus inicios a los combustibles fósiles (capitalismo fósil) y que, hasta ahora, no existe ningún sustituto que pueda reproducir los niveles de crecimiento que estos combustibles garantizaron para este sistema económico durante los últimos dos siglos.

Jaime Vindel:
Pienso que en este terreno caemos a veces en debates estériles. Hablar en singular de un “colapso civilizatorio” redunda en las visiones escatológicas de la historia que acabo de cuestionar. Mi impresión es que sería más adecuado hablar de colapsos parciales e interconectados, pero que no responderán a un acontecimiento único, absoluto y definitivo. De hecho, situar ese “Gran Acontecimiento” en el futuro me parece una muestra de eurocentrismo por parte de los discursos colapsistas. Hay sociedades y comunidades humanas que ya están colapsando o que colapsaron hace mucho tiempo, como han destacado Deborah Danowski y Eduardo Viveiros de Castro a propósito de los pueblos amerindios. Quizás debiéramos fijarnos en las soluciones concretas que se están planteando a esos colapsos específicos, en lugar de seguir alimentando retóricas infernales de la historia como las que he podido leer en el intercambio anterior. En cuanto a la pervivencia del capitalismo, es dudoso que éste persista de acuerdo a una matriz global como la que hemos conocido durante las últimas décadas. Pero nuevamente me preocupa el uso de términos tan gravemente connotados como «autodestrucción». Creo que esa imaginación apocalíptica nos impide atender al modo en que las mutaciones se producirán en las diferentes escalas del sistema-mundo (un fenómeno ya visible), así como identificar las nuevas formas de dominación y explotación que están surgiendo en diversas regiones del planeta. Ese trabajo es imprescindible si queremos ser efectivos en la lucha social y política. Por contraste, el colapsismo parece más interesado en el vaticinio y el milenarismo, algo que le lleva a minusvalorar la capacidad del capitalismo para adaptarse a situaciones de emergencia como las que se puedan derivar de la evolución de la crisis ecosocial o para mutar hacia regímenes de gobernanza que dejen aún menos margen para la emancipación.

¿Existe un peligro real de extinción humana durante el siglo XXI, esto tal como plantea la perspectiva colapsista y algunos movimientos tales como Extinction Rebellion en Europa?

Paul Walder:
Existe el peligro real. Pero es un tema tabú, silenciado por los partidos políticos y gobernantes. Al tratarse de un peligro que trasciende sus capacidades de análisis y acción, al ser todavía un escenario supuestamente lejano que todavía permite una vida cotidiana ordinaria, los políticos y las elites parecen haber optado por ignorar ese oscuro futuro. Es por cierto la consecuencia de los fracasos de las cumbres climáticas y el retraso de acciones de contención del calentamiento global, lo que nos coloca en un rumbo que ya no tiene vuelta atrás. Si hoy mismo esta civilización apoyada en la liberación de CO2 a la atmósfera dejara de hacerlo, el calentamiento ya en curso se mantendría por siglos.

Existe el peligro de extinción humana, el cual también acecharía a las especies que aún no han desaparecido. Pero en medio de este espacio temporal, que es el fin de todo, está la agonía de la civilización, que es la gran pesadilla, la barbarie con los restos del capitalismo y lo peor de nuestra cultura. Mad Max, La Carretera (Cormac Mc Carty), Elysium, por recordar algunas obras distópicas, describen los pantanos en los que podría hundirse la civilización y el ser humano. Una sociedad infernal en que los vivos envidiarán a los muertos.

Esta proyección tiene en estos precisos momentos múltiples antecedentes de degradación social y política en prácticamente todo el mundo. Concentración del capital, corrupción política y social, fascismos, narcotráfico, bandas armadas, tráfico de personas, son todos antecedentes de un posible horizonte de barbarie que en un futuro cruzado con las amenazas climáticas nos haría recordar con nostalgia cualquier momento pasado.

Jaime Vindel:
No es descartable, pero la importancia de movimientos como los que mencionáis no se mide en lo acertado de sus presagios respecto a una posible extinción de la especie humana. En mi opinión, su fuerza reside en convocar una imagen que nos pone ante un espejo histórico que deshace el espejismo de eternidad (la negación de la muerte) característico de la cultura mercantil. En ese sentido, actúan política y metafóricamente en el imaginario colectivo, algo a lo que parecen renunciar los discursos colapsistas más alarmistas.

¿Qué opina respecto de la crítica colapsista a una supuesta “superficialidad” del análisis ecosocialista en su evaluación de los peligros de la crisis ecológica y la posibilidad de un colapso civilizatorio cercano?

Paul Walder:
Si somos realistas, que no es lo mismo que fatalistas, no podemos en estos momentos creer en utopías que nos salvarán del colapso. Aquellas mismas utopías que no pudieron liberarnos de las garras del capitalismo durante largos siglos, no tendrían por qué tener ahora su oportunidad. Vivimos una pospolítica, un deterioro terminal, diría, de las democracias liberales representativas, todas corruptas y compradas por el gran capital, de los partidos políticos de izquierda y de todos los relatos. Tal vez el Ecosocialismo sea la única propuesta socialista que considere el ambiente, pero no se ha instalado de forma sólida en los debates. En el caso latinoamericano todas las experiencias progresistas de las décadas pasadas se apoyaron en la explotación desmedida y la comercialización sin límites de los recursos naturales, las materias primas y los combustibles fósiles, todo esto en el marco de economías nacionales altamente dependientes de las demandas del gran capital.

Jaime Vindel:
No comparto esa caracterización de los análisis ecosocialistas. Bien al contrario, pienso que el Ecosocialismo ha de jugar un rol político fundamental en nuestro tiempo, alejado de corrientes tales como el catastrofismo colapsista, la docilidad reformista del “Green New Deal” o los delirios tecnofílicos del aceleracionismo. Pienso que en la medida en que el Ecosocialismo complementa la crítica marxiana del valor (la producción de plusvalía a través de la explotación de la fuerza de trabajo) con la crítica ecológica del sostenimiento de las condiciones de producción (la apropiación de la energía, los recursos materiales, la tierra y la fuerza de trabajo), encuentra su punto de conexión con el Ecofeminismo, que viene planteando una apelación política sumamente consistente frente a la crisis de los cuidados y otras facetas de la vida reproductiva, tradicionalmente asumidas por mujeres y que presentan además un componente racial muy acentuado. Esa articulación entre Ecosocialismo y Ecofeminismo me parece mucho más relevante y realista en términos políticos que el sesgo apocalíptico de los discursos colapsistas. Por cierto: el catastrofismo es una pasión bastante masculina. No hace falta más que repasar la lista de nombres que aparecen en la siguiente de sus preguntas.

Una serie de referentes del colapsismo, activistas medio-ambientales y militantes de izquierda tales como Miguel Fuentes (Chile), Lucho Fierro (Argentina), Demián Morassi (Argentina), Manuel Casal Lodeiro (España), Matías Herrera (Argentina), Alek Zvop (Chile), Miguel Sankara (Chile), Carlos Petroni (Argentina), Albino Rivas (Argentina), Charly Pincharrata (Argentina), Yain Llanos (Argentina) y Lucas Miranda (Chile), reconocen que el Ecosocialismo y las elaboraciones de la ecología marxista constituyeron un aporte clave para una problematización anticapitalista inicial de la crisis climática. Paralelamente, algunos de estos referentes plantean que la debilidad de los postulados ecosocialistas consistiría hoy no sólo en una evaluación a veces “superficial” de la gravedad y dinámica (ya imparable) de dicha crisis, sino que, asimismo, en su negativa de integrar la perspectiva de un colapso civilizatorio cercano en su análisis de la dinámica revolucionaria durante el presente siglo. Se dice aquí que las concepciones ecosocialistas fallarían al momento de integrar las implicancias prácticas de un escenario de ecocidio ya en marcha, reemplazándose con ello la discusión en torno a las proyecciones catastróficas reales del mismo por una replicación (acrítica) del proyecto socialista tradicional de los siglos pasados, aunque esta vez “adornado” (aggiornado) con “fraseología ecológica” y “medidas verdes”. ¿Qué piensa respecto de estas críticas?

Paul Walder:
Creo que son críticas acertadas. En un mundo post-colapso posiblemente nada o muy poco de los sistemas o estructuras económicas y políticas actuales funcionarán. Todo lo que está hoy arriba, desde el estado al mercado, estará en el suelo o con un nivel operacional mínimo. ¿Los ecosocialistas plantean tomarse el estado? Y si es así, ¿para qué? Pensar en un mundo post-colapsista es imaginar todo en el suelo, desde la idea de estado a la nación hasta las estructuras productivas y financieras, los sistemas de transportes o de salud. No así, las comunidades y sus organizaciones, con economías, territorios y sistemas políticos propios. Si hay socialismo, creo que este será el espacio, tal vez el único lugar posible de sobrevivencia.

Jaime Vindel:
Pienso que aún representando una alerta que el Ecosocialismo debe atender, no podemos pasar por alto lo que señalaba anteriormente. Tan reales son las limitaciones que impone la acentuación de la crisis ecológica como la existencia de contextos culturales, sociales, económicos, políticos e institucionales sumamente diversos a lo largo y ancho del planeta. Que también tienen su consistencia material. Que forman parte de la red de la biósfera y de la -physis- y que, por tanto, deben ser objeto de cualquier ecología política digna de tal nombre. La ecología política requiere por igual de la dinámica de sistemas y de una crítica afinada (no dogmática) del estado neoliberal. La persistencia de las inercias adquiridas (imaginarios culturales, expectativas vitales, hábitos de consumo) no se van a esfumar por convocar de manera apocalíptica la materialidad última de la catástrofe ecológica. Es más: se pueden ver exacerbadas. Mientras no admitamos este hecho, estaremos girando en círculo en torno a una posición política residual.

¿Podría una revolución socialista “detener” el curso de la crisis ecológica planetaria actual? ¿En que condiciones podría un proyecto socialista “revertir” esta última?

Paul Walder:
Sin la intención de caer en el fatalismo, creo que definitivamente no. No es posible porque no hay tiempo. Ya es tarde. El poder económico y político está en manos del gran capital y en su agenda está continuar con el modelo de crecimiento económico basado en los combustibles fósiles. La transición hacia otras energías, si es que hay alguna, no logrará detener el proceso de calentamiento global con todas las consecuencias ya esbozadas. El otro motivo es que desde la izquierda anticapitalista no hay tampoco un proyecto revolucionario en marcha como sí lo hubo durante el siglo pasado y el ecologismo es demasiado transversal como para mutar de urgencia en un movimiento revolucionario anticapitalista. En el caso hipotético de que surgieran verdaderos movimientos de masas capaces de poner en jaque a los gobiernos y al capital, la verdad es que los tiempos ante el colapso también estarán muy ajustados y las medidas a considerar deberían ser extremas.

Jaime Vindel:
No creo que lo pudiera detener y mucho menos revertir. Pero en la ambición de «paliar», que es a lo que debemos aspirar (una política del mal menor) caben una gama muy amplia de propuestas, programas y estrategias políticas. Esto es lo que el colapsismo ciega con su teleología negativa y oscurantista.

Considerando la actual ruptura de los equilibrios ecológicos del periodo holocénico que han primado desde hace aproximadamente diez mil años en nuestro planeta (un ejemplo de lo anterior serían los más de 410 ppm de CO2 presentes hoy en la atmósfera, un cifra no vista en la Tierra en varios millones de años): ¿es realista plantear que el socialismo podría “restablecer” el llamado “equilibrio metabólico hombre-naturaleza”, esto tal como plantea el Ecosocialismo y los principales referentes de la ecología marxista? ¿Es esta consigna una fantasía o una potencial realidad?

Paul Walder:
Quisiera pensar que sí es posible. No nos podemos resignar a desaparecer como especie. En cualquier caso, será necesario que los humanos de finales de siglo y en medio o después del colapso instalen sistemas de vida comunitarios, igualitarios e integrados con la naturaleza o lo que quede de ella. Respecto al restablecimiento de los equilibrios que se conocieron en el Holoceno, si esto llegara a suceder tardaría no cientos, sino miles de años. Esa sería nuestra contribución hoy como generación a nuestra especie, en caso de que no sea todavía tarde. Si el capitalismo negacionista y extremo consigue mantener como sea su curso, el colapso sería también el fin de todo.

Jaime Vindel:
No creo que se pueda restablecer un equilibrio metabólico entre el hombre y la naturaleza. Me parece que aunque apele a un concepto termodinámico, se trata de una imagen idealista y dualista de la relación entre sociedad y naturaleza. En primer lugar, porque es probable que nunca haya existido ese equilibrio, no al menos desde la fundación de los estados agrarios, como se encargaron de demostrar Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes. Considero que en la idea misma de civilización reside una cierta tendencia a la desmesura, a la hybris, que no podemos dejar de considerar. El problema es que la automatización de los procesos económicos que caracteriza al sistema capitalista ensancha esa fractura metabólica hasta convertirla en una amenaza para la supervivencia de la idea misma de civilización. Por tanto, a lo que debería de aspirar cualquier proyecto ecosocialista es a atenuar esa fractura en la medida de lo posible, mediante un amplio espectro de políticas, que vayan desde la escala micro de una relocalización radical de los flujos energéticos y de materiales de la vida social, a una política concertada e internacionalista de contención de la crisis ecosocial en las dimensiones intra y supraestatal. Con todo, hemos de ser conscientes de que, según revela la ciencia climática, la inestabilidad de Gaia se prolongará durante siglos y tal vez milenios.

Jorge Altamira – Intervención

 

Cambio climático, Colapso civilizatorio, Ecosocialismo y Marxismo
(Por Jorge Altamira)

 

El tema del cambio climático ha venido ocupando la primera plana de la agenda política internacional. El énfasis está puesto en el calentamiento global, relegándose a un segundo plano otros aspectos del mismo como, por ejemplo, el envenenamiento de la agricultura y la alimentación o la depredación de las especies por parte de la industria farmacéutica.

En el campo de la izquierda, la cuestión del clima ha dado paso a la formación de distintas corrientes. Una de ellas señala que la crisis climática ha ingresado a un punto sin retorno, lo cual replantearía la vigencia del ‘paradigma’ marxista que sustenta la lucha de clases y la revolución socialista mundial. La descomposición progresiva del sustrato natural de la sociedad habría terminado por quebrar, por lo tanto, la posibilidad de una sociedad sin clases. Lejos de la premisa socialista de la abundancia y el horizonte comunista de un cese de la lucha por la existencia, la humanidad habría entrado así en un mundo con recursos menguantes como consecuencia de la destrucción del medio ambiente. El socialismo o el marxismo deberían, desde aquí, asumir este cambio radical de las condiciones históricas y postularse para gestionar el “derrumbe civilizatorio”. En otras palabras, nos encontraríamos, con las debidas diferencias, ante un retorno del malthusianismo en la época de la decadencia capitalista. De otro lado, se encuentra una corriente “ecosocialista” que pretende llenar el vacío ecológico que exhibiría el pensamiento marxista y, como ocurre con el “feminismo anticapitalista”, abrir el camino al pluriclasismo y al frente popular. Se trata en este caso de un aporte curioso al marxismo, como si éste no partiera en sus concepciones de la noción de alienación; es decir, del análisis de la separación del ser humano de su propio medio (natural o no) que es consustancial al capitalismo. Cabe recordar aquí, sin embargo, que el comunismo no sólo significa la conquista de una sociedad sin clases, sino que, asimismo, la reconciliación de la sociedad con la naturaleza, incluida la suya propia.

Se advierte así que la cuestión del cambio climático es el pretexto o el argumento para un nuevo tipo de revisionismo, el cual hace siempre aparición, por lo demás, en coyunturas de ruptura de la sociedad capitalista. Estas posiciones enfatizan, por ejemplo, que la cuestión climática no habría sido advertida por la izquierda mundial en sus implicancias catastróficas durante los famosos “treinta años gloriosos” de la posguerra (caracterizados por una expansión sin precedentes de la productividad capitalista), habiendo sido dichas décadas, por el contrario, celebradas por una gran parte de ésta, lo anterior precisamente cuando se desarrollaba como nunca antes la explotación de los recursos fósiles que producen el calentamiento global.

La cuestión del cambio climático no puede ser abordada por fuera del contexto histórico y su correlato –la lucha de clases y la lucha política. Una de las razones de lo anterior es que la destrucción de las fuerzas productivas y el medio ambiente se encuentra en los genes mismos del capitalismo, cuya base es la cosificación de las relaciones sociales y la explotación mercantil de la fuerza de trabajo (y de unas naciones por otras). La barbarie se encuentra, por lo tanto, en la propia genética del capital; desde su fase de ascenso desarrolla su labor creativa mediante la destrucción de la fuerza de trabajo y el medio natural de existencia. La época de su decadencia despliega esa tendencia destructiva de forma potencialmente ilimitada. Se trata de un movimiento histórico contradictorio, mediado por el avance de una lucha de clases de alcances más revolucionarios, guerras e insurrecciones nacionales.

La barbarie y el colapso civilizatorio aparecen como cuestiones concretas antes de las advertencias sobre el cambio climático por parte de la comunidad científica. Las guerras imperialistas (que Lenin caracterizó en su momento como expresiones de “un cambio de época”) pusieron en vigencia el slogan “socialismo o barbarie” e inauguraron los debates sobre la posibilidad de un “derrumbe civilizatorio”. Hoy dichas guerras son presentadas como una amenaza menor a la que representaría el cambio climático, aunque esto solamente por los reveses que sufrió el imperialismo en aquellas: la revolución de octubre, en un caso, la derrota del nazismo y las revoluciones de posguerra, en el otro. Ahora bien, una victoria del nazismo, como resultado alternativo de la última gran guerra imperialista, habría convertido al mundo en un campo de concentración gigantesco, por supuesto que con cámaras de gas incluidas. La naturaleza hubiera sido devastada por el pillaje hitleriano, en paralelo al avance de la esclavización humana. La derrota (relativa) de dicha barbarie fue alcanzada por medio de guerras revolucionarias y revoluciones sociales. Estas guerras y revoluciones siguen siendo hoy las únicas barreras concretas contra la barbarie capitalista.

La amenaza a la civilización que representa la destrucción del clima, o del “equilibrio” o “metabolismo” climático, ha sido precedida y se encuentra todavía acompañada por otra amenaza de alcance apocalíptico: una guerra nuclear. Hiroshima, Chernobyl o Fukushima han tenido un efecto devastador sobre el medio ambiente, esto más allá del crimen de lesa humanidad que significó el lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón (o los bombardeos de napalm sobre Vietnam). Una guerra nuclear, observemos al pasar, aceleraría el ‘cambio climático’ en una forma que desafiaría la imaginación de cualquier ‘colapsista’. El derrumbe civilizatorio acompaña a la decadencia capitalista como la sombra al cuerpo, y no puede ser separada de ella sin caer en operaciones ideológicas. Un ejemplo de este peligro puede verse en el hecho de que, luego de la integración de China y Rusia a la economía mundial, el mundo vive actualmente una espiral de guerras y conflictos, esto sin que nunca haya dejado de estar amenazado por un apocalipsis atómico.

La crítica a la tendencia a la catástrofe climática no puede ignorar las experiencias del llamado ‘socialismo en un sólo país’, por ejemplo, los casos de China o Rusia, los cuales se cobraron, en el contexto de una supuesta “acumulación primitiva”, un precio elevado de vidas. Cabe destacar aquí, igualmente, que las burocracias contrarrevolucionarias de dichos estados no inventaron un modo de producción propio, lo cual solamente habría sido posible gracias a la existencia de un sistema socialista a escala mundial, sino que adaptaron, a su modo, bajo la presión del capitalismo, los métodos más bárbaros de este último. Ulteriormente, el triunfo de la restauración capitalista en dichos países alineó las prácticas productivas de esas sociedades con aquellas que, tal como hemos visto con motivo del desarrollo del modelo capitalista neoliberal, acentúan al máximo la perspectiva de una catástrofe climática. En resumen, la posibilidad del colapso, la barbarie y la catástrofe de la humanidad deben colocarse en el marco de la historia y la política. Fuera de ellas, sólo existe la nada.

El cambio climático y el agotamiento de recursos que lo acompaña son consecuencias del mismo tipo de “metabolismo social” que es consustancial a la acumulación de la riqueza bajo el capitalismo. No se puede proceder a un cambio de rumbo del primero sin la abolición del segundo. Los recursos planetarios menguantes engendran, en primer lugar, nuevas guerras por el control de materias primas tales como el petróleo, el gas natural o el litio. La guerra, armamentismo mediante, es el principal factor de succión de recursos contaminantes y en declive. La voracidad capitalista por dichos recursos altera negativamente (de manera catastrófica) las condiciones de vida de amplias masas como resultado, entre otras cosas, de la contaminación de ríos y otras fuentes de agua, esto cuando no genera la completa privación de estas últimas. Es justamente por esta y otras razones que se han venido desarrollando en todo el mundo inmensos procesos de lucha en favor de una serie de demandas medioambientales tales como la preservación de glaciares, la defensa de las fuentes de agua y por la denuncia de la minería contaminante. La cuestión del cambio climático desata así procesos de luchas de clases que tienen como referencia las condiciones de vida de las masas, esto tal como ocurre en las empresas y lugares de trabajo en las cuales los trabajadores protestan en contra de la insalubridad laboral. Desde aquí, la cuestión del cambio climático desata, en consecuencia, crisis sociales, políticas y revoluciones. Ahora bien, esta enunciación (correcta) no remite a un cierto “ecosocialismo”, sino que, por el contrario, al marxismo revolucionario ‘tout court’.

La política climática de los gobiernos imperialistas se encuentra asociada indisolublemente a la guerra por un nuevo reparto del mundo y no puede ser entendida como ajena a esa disputa. No se puede discutir una política socialista acerca del clima ignorando las guerras que el conflicto inter-imperialista por el mercado mundial engendra. El autoabastecimiento de petróleo por parte de Estados Unidos, por medio del fracking (o hidrofracturación), no trajo por consecuencia una ‘política de paz’ del imperialismo norteamericano en Medio Oriente, esto por una razón muy simple: nadie entrega recursos que pueden caer en manos rivales. Por otra parte, China, el rival designado por Trump y el partido demócrata, importa petróleo desde Irán. Cabe mencionar aquí que el propio fracking estadounidense se encuentra ya en crisis, siendo esto visible en el hecho de que las principales empresas en este campo se han presentado a concursos de acreedores. Señalar una perspectiva de colapso climático inminente sin relacionarlo con el imperialismo y las guerras; y sin relacionarlo con las guerras revolucionarias y revoluciones que éstas engendran, se convierte así en un mero torneo ideológico para cuestionar la vigencia del programa de la dictadura del proletariado y la revolución proletaria internacional.

El cambio climático no se reduce al calentamiento global, sino que se expresa, además, en otras esferas tales como la depredación de especies naturales y la infiltración química de la agricultura, fenómenos que ya habían sido señalados por Marx, digamos de paso, en 1848 (véanse las notas de Riázanov en la Biografía del Manifiesto). Se trata por lo tanto de una agresión en gran escala en contra del metabolismo de la naturaleza y la alimentación humana y animal, una agresión que ha despertado ya grandes luchas en diversos campos productivos tales como las que han venido enfrentando al capital químico en la agricultura y sus financistas. Recordemos aquí que una de las primeras grandes reivindicaciones de la lucha de clases moderna en contra el capital ha sido históricamente, de hecho, la nacionalización de la tierra, reivindicación que no aparece, sin embargo, en la agenda del ecologismo, esto tal como tampoco aparece la demanda por la nacionalización de la banca y el capital financiero. La crítica ecologista al planteo de expropiar a las empresas contaminantes parte de la idea de que estas expropiaciones estarían intentando, simplemente, dar un uso “socialista” a las mismas, aunque esto sin buscarse un reemplazo del llamado “modelo extractivista” del cual dichas empresas son parte. Ahora bien, tal como parece olvidársele al ecologismo, la expropiación del capital no es un mero acto jurídico, sino que, por el contrario, la premisa de la emancipación de la explotación social y de la reconversión de las fuerzas productivas existentes para ponerlas al servicio de objetivos sociales, esto en oposición a la producción de plusvalía y los intereses mercantiles. Como se ve, no se trata aquí de que los comunistas se transformen en ecologistas sino que, al revés, que el ecologismo se convierta en comunista.

Para algunas corrientes ecologistas, colapsistas o no, las luchas sociales que han venido estallando en diversos países en contra de los tarifazos que afectan a los sectores populares serían vistas, entre otras cosas, como una manifestación de la espantosa falta de conciencia de las masas acerca de un inminente “derrumbe civilizatorio”. Según esto, al parecer, los trabajadores deberían estar dispuestos a financiar de sus bolsillos la reconversión de un sistema energético basado en el uso de los combustibles fósiles a uno que tenga en su base la utilización de energías limpias. No obstante, sabemos que dicho método (los impuestos al petróleo y las bencinas) no sólo es totalmente insuficiente para alcanzar el propósito de una pretendida reconversión energética, sino que tampoco existe la certeza de que ese sea el verdadero propósito de los tarifazos impulsados por los gobiernos neoliberales. Por el contrario, aquellos podrían estar siendo utilizados para reforzar el presupuesto de los estados capitalistas para financiar guerras y otras actividades contaminantes. En otras palabras, algo así como desatar una ofensiva en contra las condiciones de vida de los trabajadores en nombre de la “defensa del clima”, esto tal como pudimos ver en el caso de Macron cuando, al momento de establecer su “impuesto ecológico” a las naftas en Francia, se peleaba en contra de Trump para que Total (la principal empresa privada petrolera francesa) pueda desarrollar actividades de explotación de petróleo en Irán.

El fracaso de los acuerdos climáticos obedecería así, por un lado, a la imposibilidad de financiar una reconversión energética sobre las espaldas de los trabajadores y, por otro lado, a la competencia y la lucha entre las potencias capitalistas por el control de los recursos contaminantes. Una de las razones de lo anterior es que la cuestión climática es internacional por naturaleza y no puede ser abordada por un régimen social caracterizado por los enfrentamientos entre estados y la opresión nacional. La agenda del clima es indisociable, por lo tanto, de las tareas del internacionalismo proletario. La tarea de los socialistas debe ser enfrentar la agresión del capital a los trabajadores y la naturaleza por medio de la lucha de clases, la revolución y la acción revolucionaria internacional. Replantear el lugar histórico del socialismo para gestionar una supuesta “sociedad post colapso”, es asignarle una función de sepulturero. A su vez, sostener la posibilidad de detener o “administrar” el cambio climático mediante el ‘decrecimiento’ es una idea que, en el marco del sistema capitalista, no puede más que estar basada en un hipotético control extendido de la natalidad, un planteamiento ahora en desuso, pero repetidamente defendido por los ideólogos del capitalismo. Cabe tenerse en cuenta aquí que el llamado “techo” del hijo único aplicado por China en décadas anteriores ha concluido no ya en un fracaso, sino que en una deformación poblacional que impulsa, entre otras cosas, a un todavía mayor ‘productivismo’ y pillaje sobre la naturaleza.

El socialismo no consiste simplemente en transformar al estado en propietario colectivo de los medios de producción, una suerte de capitalismo de estado, sino que en emancipar la fuerza de trabajo de su condición de mercancía asalariada. Sin la ruptura de esta atadura, ni el proletariado puede emanciparse del yugo de la explotación ni la naturaleza de la usurpación por parte de una potencia extraña, el capital. Solamente la prevalencia del tiempo libre sobre el tiempo necesario para la supervivencia habilita la posibilidad de una relación histórica-natural armónica del ser humano con su ambiente. El capital se eleva como potencia enajenante no solamente frente a la fuerza del trabajo, sino que ante todo frente al medio social y natural que incesantemente busca absorber. La primera medida de una revolución socialista internacional debe ser, por lo tanto, reducir las horas de trabajo y separar la producción del despilfarro capitalista, lo cual constituiría, en los hechos, una forma de ‘decrecimiento’, aunque socialmente útil. El trabajo libre es así la condición primera de la reconciliación del ser humano con su medio natural.

“El colapso civilizatorio y la extinción humana ya serían imposibles de detener.” “Dinámica de cierre o clausura del horizonte socialista moderno”. “Derrumbe generalizado inminente de las fuerzas productivas”. “Colapso civilizatorio como resultado de procesos irreversibles y ya avanzados”. “Los equilibrios ya no se pueden recomponer”. “El punto de no retorno de la barbarie en desarrollo”. ¡Todos estos espantajos dan por consumada una lucha que tenemos por delante! “Repensar” el socialismo, sobre la base de estas premisas, es apuntarlo para una gestión de dicha barbarie, que no será socialista sino que capitalista. En definitiva, un colapso civilizatorio no constituiría, bajo ningún aspecto, un sinónimo de “derrumbe (o auto-destrucción) del capitalismo”, sino que, en realidad, de una posible metamorfosis de adaptación del mismo a un tipo de barbarie de su propio cuño. La fatalidad de dicho colapso, justificada en cuestiones climáticas, al margen de la lucha de clases que el capitalismo declinante potencia cada vez más, sólo puede ser sostenida como ideología, o sea como un tipo de justificación que empalma en toda la línea con la reacción. Esta tendencia aparece en la izquierda como expresión del escepticismo frente a rebeliones crecientes y procesos revolucionarios que buscan abrirse paso. Es un contra-espejo de los brotes fascistas que genera la ruina de la sociedad capitalista. La integración de la crisis climática a “la crisis de la humanidad”, nos devuelve así a la cuestión, candente, de la crisis de dirección del proletariado. Esta es la verdadera agenda política en la situación histórica presente.

 


Próxima sección debate

 

-Ecosocialismo versus Marxismo Colapsista (V)
Discutiendo las capacidades de la tecnología y el socialismo para “frenar” un cambio climático catastrófico

-Las secciones anteriores de este debate pueden leerse en el siguiente enlace:
https://www.scribd.com/document/441112422/Michael-Lowy-Ecosocialismo-versus-Colapsismo

Materiales adicionales (online)

1. Ecosocialismo

-Manifiesto Ecosocialista
https://www.rebelion.org/hemeroteca/sociales/lowy090602.htm

-Ecosocialismo y Crisis Civilizatoria
https://razonyrevolucion.org/crisis-ecologica-crisis-capitalista-crisis-civilizatoria-la-alternativa-ecosocialista/

-Michael Lowy, la Crisis Ecológica y el Colapso
https://www.elmostrador.cl/noticias/mundo/2017/05/28/michael-lowy-advierte-sobre-la-crisis-ecologica-es-un-tren-suicida-que-avanza-con-una-rapidez-creciente-hacia-un-abismo/

2. Marxismo Colapsista

-Presentación de “Marxismo y Colapso”:
https://www.eldesconcierto.cl/2019/03/09/marxismo-y-colapso-la-ultima-frontera-teorica-y-politica-de-la-revolucion/

-Marxismo y Colapso Web:
https://www.marxismoycolapso.com

-Marxismo y Colapso Facebook Fanpage:
https://www.facebook.com/Marxismo-y-Colapso-Redes-104267944397619/

3. Teoría del Decrecimiento

-El agotamiento del petróleo (Antonio Turiel)
https://www.comillas.edu/images/catedraBP/Presentacion%20Antonio%20Turiel.pdf

-Antonio Turiel (Entrevista)

Turiel: «La transición a las energías renovables implica el fin del crecimiento y, por tanto, el fin del capitalismo»

-The Oil Crash Blog:
http://crashoil.blogspot.com/

 

Enlaces nuevos integrantes del debate

Jorge Altamira
Sitio web
https://altamiraresponde.com/

Jaime Vindel
Artículo “El Marxismo ecológico ante la crisis ecosocial” (Viento Sur)
https://vientosur.info/spip.php?article15059

Paul Walder
Portal digital Politika.cl
http://politika.cl/

 

Lecturas complementarias

-Debate Colapsista

1. La Senilidad Estratégica del Trotskymo y la tradición marxista-industrialista. El caso de Emilio Albamonte (1)

Enlace:
https://issuu.com/collapseandmarxism/docs/la_senilidad_del_trotskysmo_1

-Especial Crisis Mundial por el Coronavirus

1. ¡El Comienzo del Derrumbe! La Pandemia, el Colapso y el fracaso del Marxismo Industrialista (I)

Enlace:
https://issuu.com/collapseandmarxism/docs/el_comienzo_del_derrumbe__i_

2. Coronavirus: ¡Última Advertencia!

Enlace:
https://www.scribd.com/document/454545647/Coronavirus-Emergencia-colapsista-Caracterizacion

3. Coronavirus de Wuhan, Cambio Climático y Crisis Civilizatoria
Notas para un Marxismo Colapsista (Palabras iniciales)

Enlace:
https://www.scribd.com/document/451654082/Coronavirus-de-Wuhan-Cambio-Climatico-y-Crisis-Civilizatoria

4. El Calentamiento Global como horizonte cataclísmico de la historia
Grado 1: La antesala del infierno
(con sección introductoria en torno a la crisis del coronavirus)

Enlace:
https://www.scribd.com/document/453635428/El-Calentamiento-Global-como-Horizonte-Cataclismico-de-la-Historia-I

-Especial Aniversario 80 años de la muerte de León Trotsky

-El Segundo Asesinato de Trotsky
Parte I: Los héroes malditos

Enlace:
https://issuu.com/collapseandmarxism/docs/el_segundo_asesinato_de_trotsky

 

Algunos materiales anteriores destacados

1. El Horizonte de un colapso civilizatorio inminente.
Entrevista de Paul Walder a Miguel Fuentes (I)

Enlace:
http://www.politika.cl/2019/12/14/parte-i-el-horizonte-de-un-colapso-civilizatorio-inminente-conversacion-entre-paul-walder-y-miguel-fuentes/

2. La Inevitabilidad de la catástrofe.
Entrevista de Paul Walder a Miguel Fuentes (II)

Enlace:
http://www.politika.cl/2019/12/22/conversacion-con-miguel-fuentes-parte-ii-la-inevitabilidad-de-la-catastrofe-eco-social-planetaria/

 

*COMPILACIÓN ACTUALIZADA OCTUBRE 2020
(Debate publicado entre los años 2018 y 2020)

Sentidos de la elección boliviana

Por Salvador Schavelzon

El binomio de Luis Arce y David Choquehuanca se impuso en las elecciones bolivianas del 18 de octubre con el 55,1% de los votos y una distancia suficiente con el segundo candidato, Carlos Mesa, que con el 28,8% no alcanzó el ballotage. El resultado supera el porcentaje que el MAS (Movimiento Al Socialismo) obtuvo en la elección anulada de octubre de 2019 (47,08%), y se acerca al 53,7% que llevó a Evo Morales al gobierno en la elección de diciembre de 2005, primera en que el MAS accedió a la presidencia. Para muchos el resultado puede leerse como un nuevo comienzo, para otros, lo que sobresale es la continuidad.

La recuperación de caudal de voto por parte del MAS muestra la debilidad de dos fantasmas que el evismo incentivó en el último periodo: el de la inexistencia de alternativas a la candidatura presidencial de Evo Morales, insistiendo de forma atropelladora para obtenerla; y el de la interpretación de un golpe imperialista, entendido como acción drástica frente a la que Evo Morales había sido víctima pasiva, generando una ruptura del orden democrático, que sería difícil recuperar. También las voces de oposición que acusan al MAS de antidemocrático quedan atrás con este fuerte apoyo electoral. La acusación y contra acusación de fraude, por la dificultad técnica de comprobarla, tiende a quedar irresuelta como tema del pasado.

Más allá del golpe, el fraude y la reelección, aparece el desafío de entender la inteligencia de un voto masivo que deja interrogantes: ¿Es un voto cortoplacista, conformista, resignado y de poca memoria?, ¿o es un mensaje que puede dar lugar a una renovación, a la recuperación de la iniciativa popular a la que se debe la propia posibilidad de la experiencia del MAS en el poder?

El triunfo del MAS por una diferencia mayor que la obtenida en 2019 es un dato significativo que todavía no fue evaluado a fondo. Influyó ciertamente que, en ausencia del MAS, el gobierno transitorio se mostró autoritario, racista y sin capacidad de administrar la pandemia y la economía. La mala gestión de Jeanine Áñez aminoró el descontento acumulado con el MAS recuperando la identificación primera de una buena cantidad de votantes que muestran al partido de Evo Morales como una opción que continúa siendo preferible, como en 2005.

El MAS también aprovechó la coyuntura desde una posición crítica al seguimiento estricto de las medidas sanitarias, posición de la derecha en la mayoría de los países, pero que ayudó en Bolivia a referenciar en Luis Arce la candidatura de la estabilidad en un momento de crisis y dudas sobre el futuro. Con una base electoral fuerte que no se perdió en 2019, lo que debe ser entendido no es tanto una nueva victoria, sino cómo con tanto apoyo un año atrás el país se convulsionó llevando a la caída de Evo Morales. Para eso es necesario volver a la crisis de la reelección, el fraude y el golpe.

La búsqueda de una nueva candidatura de Evo Morales era la prioridad política del MAS desde que se impuso en la elección de 2014. Además grandes cantidades de recursos destinados a obras con visibilidad política que Evo Morales entregaba en actos cotidianos, y que siempre fue su estilo de gobernar, se debía sortear el impedimento constitucional para una nueva reelección. Para eso en 2016 se realizó un referéndum para reformar la Constitución en que Evo Morales fue derrotado, y se presionó la justicia para obtener el aval de la candidatura con un fallo estrambótico que habilitaría la postulación de 2019. Los hechos mostraron que esa insistencia no sería un buen camino.

La victoria del MAS crea una paradójica situación de que el triunfo político de Evo Morales legaliza y pacífica dentro del MAS su desplazamiento. Pero sería un error girar la página sin volver sobre la concepción de poder político en que radica el fracaso del plan político que guió al MAS en los últimos años. En un mundo político donde el caudillismo se presenta como forma recurrente, no puede pensarse que la reelección sea solamente un camino para la permanencia del MAS, y debe verse también como herencia conservadora de la política latinoamericana.

En trece años de gobierno la tendencia había sido una centralización que fue anulando la vitalidad de las organizaciones sociales en la base de la estructura del partido, incorporados en la máquina estatal a partir de cargos y entrega de recursos, desarmando su lugar de poder decisorio autónomo que marcase el rumbo, incluso más allá del Estado, como movimiento social.

Es probable que Evo Morales no tenga dificultades en enfrentar juicios como otros ex mandatarios, y mantiene un lugar de jefatura dentro del MAS, pero aún así no está libre de la derrota política infringida por las calles un año atrás. Las verdades que lo acompañaban se empañan o pierden valor de circulación y su lugar ya no es el de único centro del poder. Desde esta lectura que ve ambiguedad en el triunfo de Morales, no puede pasarse por alto que la ausencia del líder del MAS en la candidatura electa ayudó antes que perjudicó la victoria; pudiendo ver entonces que las prioridades políticas reeleccionistas fueron lo que permitieron un año de gobierno de derecha, al contrario de lo que se proponía.

La derrota también alcanza a García Linera, que perderá su papel de vocería política e influencia en el gobierno, alejado del entorno de Evo Morales por decisión del propio ex primer mandatario. La derrota de 2019 no se borra totalmente con el triunfo electoral tanto para quien apostó caro por reelegirse a toda costa, como para quien en carácter de “invitado” en las distintas candidaturas del MAS asiste hoy como sectores del MAS que antes enfrentaba internamente y no contaban con su simpatía, pasan a ocupar su lugar.

Evo Morales no sale de escena, pero es otro el MAS que gobierna. La forma en que una nueva ingeniería relacione al MAS con Evo Morales, dirá si todo el partido vuelve por el camino que lo llevó a la derrota de 2019, o si de la eventual ausencia del líder se encuentra una virtud para repensar la forma de construcción política y funcionamiento del MAS. Desde un lugar retirado el poder legítimo de Evo podrá alimentar disputas, crear espacios o contribuir en giros conservadores “desde arriba”, como fue con Paz Estenssoro y Perón.

La sucesión, que inicialmente fue apenas una formalidad obligada por los hechos, todavía no está garantizada. En Brasil, la designación de Dilma Rousseff como sucesora de Lula mostraba al Partido de los Trabajadores en 2010 y 2014 con capacidad de generar una delegación del poder sin crisis, escapando de la insistencia en la reelección a toda costa. La incapacidad de responder a las jornadas de junio de 2013, y la debilidad política que facilitó la destitución de 2016, dejan dudas sobre la renovación presidencial en contextos de estructuras de poder centralizado, como también muestran los problemas enfrentados con la sucesión de Chávez, Correa y la familia Kirchner, en las candidaturas de Nicolás Maduro, Lenin Moreno y Daniel Scioli.

La justicia electoral durante el gobierno de Jeanine Áñez impidió que Evo Morales postulara como candidato al senado, desde donde podría haber vuelto a la presidencia. Además del cálculo electoral que también abre una discusión sobre el destino político de Lula, Cristina y Rafael Correa, entre el alto rechazo y el fuerte apoyo, en Bolivia la discusión sobre la sucesión de Evo Morales debe tener en cuenta la forma “partido-movimiento” del MAS, de lo que se presentaba como “gobierno de los movimiento sociales”. Nuevas dirigencias que se deben a sí mismas o a sus territorios, y mostraron en el último año manejarse con dinámica propia, también parecen apuntar para un cambio de época irreversible.

Un poder más distribuido y nuevos administradores estatales, sin embargo, no garantiza una reconducción de un proceso político nacido desde las luchas sociales, ni tampoco anticipa que lógicas de burocratización, caudillismo y desconexión con las bases no continuarán reproduciéndose. No es posible asegurar que la salida de Evo Morales significará una refundación del proyecto político, o que las organizaciones indígenas alejadas del proceso por diferencias políticas de fondo, como el modelo de desarrollo predatorio adoptado para los territorios, se revertirán.

Si bien es cierto que la presencia de David Choquehuanca empodera un sector político indígena que fue perdiendo espacio dentro del gobierno, y que a través del voto se habría reaproximado en la última elección, también es cierto que el nuevo vicepresidente no representa hasta ahora algo como una corriente política que pretenda disputar el rumbo del gobierno, y que la imposición de la figura de Luis Arce, más bien señala la opción por la moderación política. La intervención de Evo Morales fue en esa dirección, impugnando a Choquehuanca como candidato a presidente, contradiciendo la decisión de las organizaciones de la base del MAS, supuestamente autoridad política del partido.

El lugar de Luis Arce en la fórmula del MAS remite a la estrategia adoptada por el kirchnerismo en Argentina para contrarrestar el alto nivel de rechazo electoral de Cristina. Como Alberto Fernández, como Fernando Haddad en el PT de Lula, como Lenin Moreno en la sucesión de Rafael Correa, aunque sin ruptura, el rumbo político señalado por el perfil del nuevo presidente parece renunciar al camino de la confrontación política que, en definitiva, existía y continúa existiendo mucho más en el plano de la comunicación política y definición ideológica, que en la práctica política, donde al igual que en otros gobiernos sudamericanos, el gobierno del MAS optó claramente por la negociación y el no enfrentamiento con los sectores tradicionales del poder.

Pero no puede dejar de observarse que la opción del MAS y Evo Morales, no es el de la profundización de un proceso de cambios a partir de reformas, tampoco una vuelta a las bases, como partido movimiento o retorno a las banderas de lo plurinacional, lo comunitario, la autonomía. El gobierno, y también el voto de la mayoría, consagra un MAS que asume su lugar de administrador de la sociedad actual. En la confrontación discursiva con la derecha boliviana y regional, el MAS se presenta como buen gestor, garante de estabilidad para que inversiones, negocios y emprendedorismo prolifere.

También en este sentido, de sinceramiento que deja de lado la retórica y simbología tan presente en los primeros años de gobiernos del MAS, la elección del 20 de octubre desarma también la narrativa del golpe, al menos del modo como fue presentada, como analogía con la forma de las dictaduras -y los gobiernos populares- que están grabadas en la memoria de la colectividad. La dificultad que tendrá el MAS para mantener desde el poder un discurso victimizante y de apelo emocional por este camino no implica negar que la política está llena de golpes bajos, jugadas sucias, conspiraciones y articulaciones destituyentes.

Dejando de lado el relato político que preponderó en el último año, especialmente fuera de Bolivia, se trata de destacar elementos importantes de una realidad compleja, que siguen operando sobre la realidad política, como la fragilidad institucional del país, donde las soluciones improvisadas o políticas son comunes; los errores del MAS en la respuesta a la crisis de octubre-noviembre de 2019; y la acumulación de rechazo contra una reelección no permitida constitucionalmente. El rumbo político real, expresado por la presencia de Luis Arce, de un MAS más institucionalizado y que busca abandonar su imagen externa a la máquina estatal, también apuntan para eso.

A diferencia de las destituciones de gobiernos más o menos controversiales en Brasil (2016), Honduras (2009), Paraguay (2012) y Argentina (2001), con la victoria del MAS y su vuelta al gobierno se debilita el cuadro de complot golpista alimentado por una secuencia limitada a imágenes de la biblia entrando al Palacio, wiphalas siendo quemadas, los militares sublevados y la derecha ocupando el poder. La épica de la resistencia, la necesidad de asilo, la denuncia de persecución que lo sustentaban se desvanecen al igual que la idea de que el poder golpeador no permitiría un retorno del MAS.

La asunción de Jeanine Áñez fue irregular por no existir mecanismos previstos en la Constitución ante la ausencia de toda la línea sucesoria, que había renunciado junto con Evo Morales por orden salida del propio gobierno. La legitimidad del nuevo gobierno fue dada de la misma manera que la propia candidatura de Evo Morales: en los hechos, y por un fallo del Tribunal Constitucional. Pero también fue convalidada por el MAS, con mayoría en la Asamblea Legislativa Plurinacional, con la aceptación de la presidencia del senado para la que Áñez fue constituida como máxima autoridad de gobierno. La bancada mayoritaria del MAS facilitó la formación del gobierno de Jeanine Áñez, apostando a la espera de elecciones y haciendo un papel institucional que distó del discurso de rechazo a un golpe de Estado.

Cuando Jeanine Áñez asume, Evo Morales ya había presentado su renuncia y se encontraba fuera del país. Las causas inmediatas de la renuncia deben buscarse en las tres semanas de movilizaciones contra el resultado oficial de la elección de octubre de 2019, todavía envueltas en el rechazo de la nueva postulación y las denuncias de fraude. Aparición de servidores fantasma, interrupción del sistema rápido de conteo cuando Evo Morales no obtenía la diferencia necesaria para evitar una segunda vuelta, cambios de tendencia en el resultado final que despertó dudas en análisis estadísticos, no fueron esclarecidos con las explicaciones surgidas del gobierno, como la que atribuía la variación a la tardanza de información sobre comunidades rurales.

El verdadero conflicto no era el de sustituir un gobierno por otro, en cuyo caso la confabulación de fuerzas continentales contra el MAS mostrarían una ingenuidad y falta de preparación de antología, “devolviendo” el poder sin intentos de maniobras, como podría haber sido la inhabilitación de la candidatura del MAS, como el MAS hizo con contrincantes en el pasado.

La llegada al gobierno de la derecha fue una derivación del enfrentamiento central, de la población movilizada contra la reelección de Evo Morales, y el supuesto fraude. En estas circunstancias la oposición de la Media Luna reactivó en 2019 una modalidad de acción desestabilizadora y contra las instituciones ya ensayada en 2007 y 2008, cuando buscó impedir el funcionamiento de la Asamblea Constituyente. Pero este procedimiento no fue una acción coordinada con el resto de la oposición, que como primera minoría, buscaba llegar a la presidencia por vía de elecciones.

En 2008, la crisis que también sumaba el reclamo de capitalía de los chuquisaqueños -donde era la sede de la Asamblea- fue superada por el MAS a fuerza de votos, movilización, creatividad para encontrar salidas legítimas en los vacíos de las normas, o en su límite, y con la incorporación de las demandas de los departamentos en la nueva Constitución. En Octubre de 2019 la movilización contra el gobierno tuvo mayor magnitud y la reacción defensiva de las bases del MAS fue menor. De ahí la derrota, que hoy queda atrás pero que parece ser de interés del propio MAS no olvidarla.

Un amotinamiento policial, con negativa de continuar con la represión de masivas protestas, abrieron un escenario inesperado con la posibilidad de acorralar al gobierno y forzarlo a ceder. Lo que se buscaba era que el triunfo electoral no sea confirmado. Después quedaría claro que ceder en esto implicaría dejar el gobierno, ya que no era viable convocar inmediatamente otra elección. Además de una extrema derecha anti indígena, hubo transversalidad sociológica en las manifestaciones contra el gobierno, con sectores sociales que se habían ido alejando del MAS, y un contingente importante de jóvenes, entre ellos los ecologistas que se habían movilizado contra incendios incentivados por el gobierno con decretos que reflejaban la alianza existente con los empresarios agrarios del Oriente. Esta coalición que ganó las calles era de composición más plural que la que se opuso al gobierno durante la Constituyente.

Las protestas que no cesaban pusieron al gobierno contra las cuerdas y derivaron en la convocatoria de Evo Morales a la misión de observación electoral de la OEA para auditar el resultado de la elección. Este informe, presentado de forma apresurada, señaló irregularidades y recomendó la anulación de las elecciones, también contribuyendo con el escenario destituyente, por la legitimidad de la auditoria dada por el propio gobierno. La Central Obrera Boliviana, que había sido aliada del MAS, sugiere la renuncia al igual que distintos sectores sociales. La acción que terminó por desestabilizar y llevó a la caída de Morales fue la posición del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, William Kaliman, también considerado hasta entonces un aliado. Los militares se negaron a enfrentar a la policía, y a asumir la represión de las protestas sin garantías legales, atentos al antecedente de la guerra del gas de 2003, que derivó en procesos contra jefes militares.

Con ese escenario consumado, sólo una fuerte movilización popular que contrarrestase las fuertes protestas urbanas podía llevar a Evo Morales de vuelta al poder, como ocurrió con Chávez en el golpe de 2002 en Venezuela. Pero esa movilización de masas no ocurrió. Esa fue la derrota del MAS, que la elección actual revierte en parte, con un poder electoral que podrá confirmarse o reducirse nuevamente, y que no parece asociarse a una búsqueda plebeya de retomar las banderas de lucha que llevaron el MAS al gobierno en 2005.

El voto que repone al MAS en el gobierno sigue una identificación étnica y política genérica, de origen indígena pero identidad nacional boliviana consolidada, que debe buscarse en el MAS del consumo popular, del imaginario de clase media, de la migración a la ciudad y la asimilación de valores acordes al capitalismo periférico. Eso no excluye el ADN rebelde y preocupado políticamente de los bolivianos, pero lo aleja de la lógica militante, de la ritualidad de los movimientos sociales y de la simbología que adorna la Constitución Plurinacional con términos cargados, alejados del día a día de la mayoría, como Vivir Bien, y “superación del pasado colonial y neoliberal”.

La orden de renuncia colectiva de asambleístas que acompañó a la salida de Morales, no ocurrió más allá de la cabeza del órgano parlamentario, quedando como estrategia trunca que abrió las puertas para la rápida formación de un gobierno con cuadros de la oposición al MAS. Hubo movilización y represión letal en dos de los mayores bastiones del MAS, con las masacres en El Alto (Senkata) y Cochabamba (Sacaba), operadas por la policía y el ejército los días posteriores a la asunción de Jeanine, quien otorgó a las fuerzas armadas la garantía de eximición de responsabilidad penal que el gobierno de Evo había negado.

En 2008, la masacre de campesinos partidarios del MAS en Pando había sido un factor que aisló la derecha más radical de las bases en el propio Oriente, abriendo las puertas para la negociación. En 2003 la muerte en el Alto desencadenó la renuncia y fuga de Sánchez de Lozada, el Goni. En 2019 se leía en una plaza paceña la pintada “Evo Sánchez de Lozada” y el país parecía escindido entre denuncias de fraude y de golpe de Estado. Es la elección del día 20 que concluye una crisis política con aire de restauración legítima, por derivar del voto mayoritario.

Al mismo tiempo, la victoria del MAS debe ser leída con consecuencias derivadas del camino por el que el partido actuó en los hechos, dejando atrás el discurso del golpe y la búsqueda de reelección, desprendiéndose así también de la expectativa de la izquierda internacional, y en especial latinoamericana, interesada en movilizar sus propios fantasmas y héroes a través del enfrentamiento político que Bolivia presentaba de forma teatral.

Esta izquierda se había sumado en la denuncia del interés imperialista por los recursos naturales de Bolivia a partir de un tweet provocativo de Elon Musk, sin observar que en el conflicto por el Litio en Bolivia era Evo Morales el que recientemente había cedido soberanía sobre los recursos frente a una empresa alemana, con protestas de los potosinos. La izquierda también negó el fraude a partir de un estudio estadístico levantado por el New York Times, que no se refiere a la elección sino al informe de la OEA, y que no hecha luz sobre las irregularidades registradas en la elección de 2019.

El triunfo reciente del MAS parece poner las cosas en su sitio. Al menos en el sitio de la correlación de fuerzas que vive el país desde 2005. El MAS muestra su carácter de partido nacional de gobierno con raigambre popular, como fuera el MNR en Bolivia o el peronismo en la Argentina, que también pasaron por problemas relacionados con la dificultad de encontrar un lugar para el principal referente, cuando está fuera del poder. La oposición también recupera su lugar minoritario, que fuera de condiciones excepcionales no tiene suficiente fuerza para constituir un gobierno.

El triunfo del MAS restaura una situación acorde con la correlación de fuerzas real, con lo que es el MAS y también la oposición. El gobierno de Áñez es así una anomalía producto de la crisis política. La salida de Morales, en cambio, no parece anómala sino resultado de una crisis del MAS, expresada electoralmente con la derrota en el referéndum de 2016 y en las fuertes movilizaciones en todo el país después de la elección de octubre de 2019. Esta crisis se origina por una evidente deshidratación política del MAS, que retrocede 20 puntos porcentuales respecto a los triunfos electorales de 2009 y 2014, pero parece dar cuenta de una crisis no electoral, que el marketing o la buena gestión podría corregir, sino política. Del funcionamiento político de una fuerza de cambio y hoy se encuentra abierta a redefinición.

La restauración de cierta normalidad, así, no clausura una crisis política del MAS, que ya no es depositario natural de una agenda de luchas como era en 2005 o 2009, con la Constitución como proyecto o recién aprobada. El MAS de Evo Morales mostró también fracturas con dirigencias jóvenes y urbanas que mostraron en el último año que apuntan a protagonizar un periodo nuevo, desde posturas pragmáticas y desvinculadas del evismo.

La oposición enfrenta también su crisis, con imposibilidad de unificación de tendencias compuestas por liberales de aspecto republicano y hasta progresistas (con más fuerza en el sur y occidente del país), y la derecha del Oriente y los valles, con expresiones racistas y hasta separatistas, además de sin líderes de peso. La polarización electoral y la centralidad que el destino de Evo Morales marcaron la política boliviana, quizás esconde una crisis política más general, contra toda la clase y forma política estatal, con instituciones caducas, que incluso cambios constitucionales que postulaban el horizonte de su superación, no pudieron modificar.

Si ponemos en esta perspectiva un resultado electoral que significa un gobierno sin Evo Morales, como liderazgo que no es eterno y mostró sus límites aún cuando se decida dar continuidad al gobierno del MAS, podemos ver que la elección de Arce y Choquehuanca es también la derrota de una forma de gobernar. Esta crisis, general a la política republicana moderna en la fase actual del capitalismo y la modernidad, se traduce en Bolivia como oportunidad de discusión dentro del movimiento político que gobierna, preferido por la gente frente a una oposición que por limitarse a ser un anti evismo, queda fuera de juego en el momento que se concreta la salida del primer presidente elegido por el MAS.

“La dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder”

por Constanza Michelson

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”.

En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.

En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?

Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”.

Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…

Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia liberal capitalista.

¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales? 

Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles. Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto, conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por supuesto, distópica.

¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?

Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?

Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición. 

Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción “completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.

La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.

Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.

¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?

Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la diferencia entre una violencia física o mental necesaria para reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas. La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a romper sus propias reglas.

En El coraje de la desesperanza, decía que había que abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?

Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo.

¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?

Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente. Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden. Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.

Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI? 

El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental.

Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.

Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad.

Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta liberar, sigue siendo complicado. 

La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí: ¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”, pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción (sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando tenga en sus manos la “cosa en sí”.

¿Es feminista?

Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.

A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca? 

Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía.

Achille Mbembe, tras los pasos de Fanon…

Por Ignacio Navarro

En los orígenes del capitalismo lo que encontramos es un barco: un barco cargado de esclavos negros. Engranaje central y originario de un proceso de acumulación sin precedentes, a partir del siglo XV, bajo el prisma de la mercancía, África y sus habitantes se convierten en stock, en reserva de mano de obra disponible para el comercio europeo. Nunca dejará de ser paradójico que, más tarde, hacia el siglo XVIII, el apogeo de este sistema esclavista y de trata humana haya coincidido en tiempo y espacio con el esplendor de la Ilustración y sus ideales. Mientras que el discurso de la libertad echaba raíces en el continente europeo, la práctica de la esclavitud se extendía a través del Atlántico. Se decretaban los derechos del hombre y, al mismo tiempo, se consolidaba una campaña de depredación sin antecedentes. Tal vez la “paradoja del liberalismo” –tal como la acuñó Foucault en sus cursos–, esconda en su capricho el rostro delirante de la modernidad, su raíz neurótica, el filoso punto en donde asegurar la libertad implica detonarla. O, como denunciaba Franz Fanon: “Esta Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra”.

Así, volviendo sobre los perturbadores primeros pasos de la modernidad, el ensayo del filósofo camerunés Achille Mbembe se remonta a los orígenes de la razón negra, a la génesis de ese sistema de prácticas y discursos que permitieron elaborar al negro como sujeto de raza. A partir del siglo XV, con el esquema de trata esclavista en el Atlántico, luego en América, a través del sistema de plantocracias y, después, mediante la colonización de los países usurpados. “La trasnacionalización de la condición negra es, entonces, un momento constitutivo de la modernidad, mientras que el Océano Atlántico es su lugar de incubación”, apunta el autor. Una maquinaria sin precedentes de extracción de plusvalía en donde el negro esclavizado era el engranaje principal de un proceso de acumulación primitiva del capital a escala planetaria. “Las ideas modernas de libertad, igualdad, incluso de democracia son, desde esta perspectiva, históricamente inseparables de la realidad de la esclavitud”. “El capitalismo racial es el equivalente de una vasta necrópolis que descansa en el tráfico de muertos y osamentas humanas”, sentencia el autor.

Expropiación material y empobrecimiento ontológico son las señas de este proceso. Como resultado, el negro, disperso por el mundo, exento de pasado, no se reconoce a sí mismo sino a través de lo que le dijeron que era. Dialoga con la imagen de sí mismo que le dejaron los colonos al marcharse y que lo constituye en una alteridad sin reconocimiento a través de la esclavitud, la colonización y el apartheid.

Mbembe analiza el doble resultado del proceso de racialización. Al convertir al negro en un verdadero hombre-mercancía, como espacio de extracción de energía viviente sin precio ni límite, también constituyó en él un “yacimiento de fantasías” bajo el exotismo, la compasión y la supuesta misión civilizadora. La producción de sujetos de raza conduce al autor a incorporar una comprensión amplificada del excedente: el excedente económico y el excedente de sentido. Porque si por un lado el negro, esclavizado y extraído de su lugar de origen, será el excedente energético necesario para solventar la empresa que asumirá el capitalismo en su fase colonial, también, de manera paralela, se convertirá en el resto excesivo que la razón occidental moderna nunca podrá incorporar a su concepción de mundo. En su lugar florecerán todo tipo de fantasías. Una inmensa arquitectura imaginaria que, disfrazada de exotismo, colocará al negro atrapado entre la pereza y la lujuria, o, en el mejor de los casos, “tomado en adopción por el imperio de la alegría, pero abandonado por la inteligencia”.

El extractivismo colonial funciona así sobre dos planos: como plusvalor económico y como excedente de sentido. Guiado por la fabulación y el mito, el europeo monta una relación imaginaria sobre el subsidio racial mientras intenta dar cuenta de esa otredad de forma objetiva, a través del discurso de la biología política. Por eso la razón negra constituye, ante todo, una actividad primaria de fabulación: “el trabajo cotidiano que consistió en inventar, contar, y hacer circular fórmulas, textos y rituales para lograr el advenimiento del negro como sujeto de raza y exterioridad salvaje; trabajo cotidiano cuyo fin era hacer del negro un sujeto susceptible de descalificación moral y de instrumentalización práctica”.

Siguiendo a Fanon, Mbembe agrega que el racismo colonial también encontraría su respaldo fantasmático en el plano sexual: el ensañamiento sobre el cuerpo de los esclavos confirmaría un miedo primigenio a la “supuesta y alucinante potencia sexual del negro”. Así, el negro es, ante todo, su miembro. Neurosis que en realidad pondría en evidencia “el trastorno incestuoso que anida en toda conciencia racista”. Mbembe advierte que “al proyectar sus fantasías sexuales en el negro, el racista se comporta como si el negro, cuyo imago él mismo construye, existiera realmente”. Y, finalmente, la alienación surte el efecto deseado cuando las apariencias maquinadas por la raza comienzan a desempeñarse por sí mismas en el cuerpo de los condenados, como si ellos fueran los propios autores. De esa manera, el esclavo negro no solo sería una hombre-moneda, hombre-cosa, sino que también encarnaría, en ese atormentado sistema de compensación psíquica, al hombre-falo. Reducido a un pene, seguiría atrapado en una conversación ajena que nada tiene que ver con su humanidad.

El contrapunto de esta voz es la declaración autoafirmativa de una identidad que se resiste a ser nombrada desde lo ajeno: “¿Soy, en realidad, aquel qué dicen que soy?”. La cura apuntaría a poner fin a esa fisura psíquica, aquella provocada por el reflejo colonial que promovió un yo ajeno que se habría convertido en un otro. El ensayo de Mbembe propone analizar el actual “devenir negro del mundo” e interrogar el presente meditando en medio de los restos humeantes de la poscolonia. Como Fanon, que apesadumbrado pero alerta, se desengañaba: “Yo sólo quería ser un hombre entre otros hombres, y resulta que me descubrí siendo un objeto en medio de otros objetos”.

Fuente: http://lobosuelto.com/achille-mbembe-tras-los-pasos-de-fanon-ignacio-navarro/

Bolivia: Una nueva oportunidad para el progresismo latinoamericano

Por Decio Machado / Miembro del Consejo Editorial de Ecuador Today y Director Ejecutivo de la Fundación Nómada

Con más de dieciséis puntos de diferencia el Movimiento al Socialismo (MAS) recuperó su hegemonía política en Bolivia tras la jornada electoral del pasado 18 de octubre. La votación alcanzada por el binomio Lucho Arce y David Choquehuanca se sitúa ocho puntos por encima del cuestionado resultado obtenido por Evo Morales un año antes y que desencadenó la instalación de un gobierno de facto.

El resultado electoral del MAS pondría en cuestión la tesis del fraude electoral posicionada un año atrás desde la Organización de Estados Americanos (OEA), al igual que lleva al traste la estrategia diseñada entre élites económicas nacionales y el Departamento de Estado norteamericano de instaurar un período de cuatro años de estabilidad política postmasista con el ex presidente Carlos Mesa a la cabeza.

Queda por ver si realmente el nuevo Ejecutivo, que será encabezado por Arce y Choquehanca, serácapaz de implementar lógicas de renovación al interior del Gabinete tal y como se comprometieron con el pueblo boliviano, así como sacar al país de la crisis en la que se hundió tras la breve instancia del gobierno transitorio en el poder. Ni David Choquehuanca es Evo Morales, de hecho cuestionó la repostulación de este en 2019, ni Luis Arce tiene la intención de someterse al líder carismático de su movimiento. El MAS actual es un espacio en disputa y habrá que ver como se reparten las nuevas posiciones de poder para entender el pulso interno de estas nuevas corrientes.

De igual manera, el actual triunfo del MAS se da en condiciones distintas a las del 2005. Hay múltiples errores durante las gestiones gubernamentales anteriores que deben ser subsanados. De hecho, han sido múltiples los voceros de organizaciones sociales y campesinas, indígenas y no indígenas, que han manifestado profundas críticas respecto al accionar de la izquierda tradicional en el gobierno y a sus lógicas de cooptación del poder. Según muchas organizaciones del tejido social que han apoyado con el voto la candidatura de Arce y Choquehuanca, la clave de la revitalización para un nuevo proceso de cambio viene de la mano de lograr reimpulsar la capacidad de autogestión y autonomía perdida desde el frente popular durante los últimos años bajo lógicas clientelares, retomando viejas propuestas alternativas y articulando otras nuevas tanto en el ámbito político participativo como productivo, organizativo y cultural.

Pero hagamos memoria…

El 20 de octubre de 2019 se habían realizado los anteriores comicios presidenciales y legislativos en Bolivia. Aquel proceso venía cuestionado desde que Evo Morales perdiera dos años y medio antes el referéndum por una modificación constitucional mediante la cual pretendía aspirar a una nueva reelección, siendo posteriormente habilitado -bajo una lectura sumamente forzada del artículo 23 de la Convención Americana de Derechos Humanos- como candidato presidencial por el Tribunal Supremo Electoral en diciembre de 2018.

El proceso electoral del año pasado fue cuestionado bajo acusaciones de fraude electoral tanto por partidos de oposición como por diversas organizaciones del tejido social boliviano. Este hecho tiene su origen en la interrupción abrupta por casi 24 horas de la transmisión de resultados rápidos cuando el recuento alcanzaba ya el 83,76 pro ciento de los votos y Morales, pese a liderar la votación, no alcanzaba la diferencia porcentual necesaria para ganar en primera vuelta. Cuatro días después, el mismo Tribunal Supremo Electoral que había validado la candidatura de Evo Morales y Álvaro García Linera como binomio presidencial, pese a los resultados del referéndum de 2016, anunciaba con el total de votos escrutados que el MAS se imponía sin necesidad de segunda vuelta con el 47,08 por ciento de los votos frente al 36,51 por ciento de su principal opositor (en Bolivia se gana en primera vuelta si se alcanza el 40 por ciento de los votos con una diferencia del 10 por ciento sobre el segundo más votado). En paralelo, grupos opositores liderados por el líder ultraconservador santacruceño Luis Fernando Camacho se tomaban las calles y protagonizaban choques con simpatizantes del MAS que pretendían defender la legitimidad del proceso. A primeros de noviembre, ya sin el apoyo de las Fuerzas Armadas, Evo Morales se veía obligado a renunciar y abandonaba el país.

Sería a mediados de ese mismo mes cuando la vicepresidenta segunda del Senado, la abogada Jeanine Añez, asumiría -biblia en mano- la poltrona presidencial tras la renuncia de los masistas Evo Morales como presidente de la República, de Álvaro García Linera como vicepresidente, de Adriana Salvatierra como presidenta del Senado y de Victor Borda como presidente de la Cámara de Diputados. Los parlamentarios del MAS, bloque legislativo mayoritario, no participarían de aquella votación significando su rechazo a esta sucesión. Quince días después quedaban restablecidas las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Bolivia, suspendidas por once años tras la expulsión -en septiembre de 2008- del embajador estadounidense en La Paz, Philip Golberg, por conspirar junto a la oposición política nacional contra Evo Morales.

La resistencia desde sectores populares a la investidura de Añez no se mantuvo por mucho tiempo, lo que fue interpretado como un debilitamiento del músculo movilizador del MAS tras catorce años de gobierno ininterrumpido. Sin embargo, en la algarabía inicial se produjeron las masacres de Sacaba y Senkata (15 y 19 de noviembre respectivamente) protagonizadas por efectivos policiales y militares sobre la población civil y respecto a las cuales Jeanine Añez tiene responsabilidad por delitos de lesa humanidad según reciente informe de la Defensoría del Pueblo de Bolivia.

Durante su gestión, el gobierno dirigido por la conservadora Añez no pudo conducir el país de forma más desastrosa durante estos once meses de mandato. Si bien es cierto que la pandemia agravó una crisis económica que ya estaba en curso debido a la inestabilidad política generada en el país, el gobierno transitorio fue incapaz de impulsar políticas que amortiguasen el impacto de dicha crisis sobre los sectores más humildes de la población. En ese contexto, las grandes mayorías de la sociedad boliviana llegaron a las recientes elecciones añorando el crecimiento y bonanza económica que tuvo lugar durante los catorce años consecutivos de gobierno masista y especificamente bajo la gestión de Luis Arce en el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. Durante este período el PIB nacional pasó de 11.520 millones de dólares a 41.196 millones de dólares, habiéndose conseguido reducir la pobreza del 60 al 34 por ciento según datos del Banco Mundial.

En paralelo, durante los actuales once meses de gestión del gobierno de facto estallaron múltiples casos de corrupción y nepotismo en medio de la crisis sanitaria derivada por la Covid-19, lo que hizo que las denuncias de corrupción que se habían vuelto permanentes en la prensa y los juzgados contra el gobierno del MAS perdiesen valor negativo ante la ciudadanía boliviana. Tanto la gestión de la pandemia como la gestión económica del gobierno transitorio fueron en extremo deficientes. En medio del sufrimiento de la gente, con oficialmente cerca de nueve mil fallecidos por la pandemia en una población de 11.6 millones de habitantes, la vieja política retornada al poder no escatimó en escándalos de corrupción, siendo el entorno inicialmente más cercano a Jeanine Añez destituido y estando en la actualidad investigado Arturo Murillo, ministro del Interior y hombre duro del gobierno.

De igual manera, la persecución política emprendida desde el gobierno transitorio sobre altos funcionarios del gobierno de Evo Morales, líderes populares y cuadros dirigenciales del MAS convirtieron al hasta entonces partido hegemónico boliviano en víctimas y generaron inquietud y solidaridad entre el sector fundamental indígena y las clases más empobrecidas. La vuelta a las políticas neoliberales, a la inestabilidad económica y a gobiernos de corte racista existente en Bolivia antes de la llegada de Evo Morales al Palacio Quemado determinó que un amplio voto indeciso y oculto, todavía existente días antes de la jornada electoral, se inclinara definitivamente por el MAS.

Aciertos estratégicos de campaña

Frente a los analistas políticos de los grandes medios hegemónicos, quienes teorizaban un triunfo insuficiente del MAS en primera vuelta para posteriormente ser derrotados en la segunda frente a toda la oposición unida bajo el clivaje anti-Evo vs MAS, la campaña de Arce-Choquehuanca apostó por consolidar su voto fidelizado y rural. Esto implicó un modelo de campaña muy vinculado a organizaciones sociales y sindicales y con claro corte movilizador y popular. Algo que no había hecho Evo Morales en 2019 y mucho menos las oligarquías conservadoras bolivianas desde su histórica posición de desprecio a todo aquello que les pareciese indígena y/o plebeyo.

Además, Arce marcó diferencias y llegó a cuestionar en sus discursos de campaña determinadas decisiones tomadas en el gobierno de Evo Morales. Prometió un gobierno de renovación y no mantenerse en el poder por más de una legislatura, lo que a la postre implica una hoja de ruta marcadamente diferente a la de su predecesor. Lucho Arce, quien tiene más de tecnócrata que de líder caudillista, habló de conciliación nacional y desterró cualquier posibilidad de revanchismo -incluso contra quienes diseñaron el supuesto golpe de estado- durante su gestión de gobierno.

Su discurso estuvo dirigido a los fuertemente golpeados actores de la economía informal y a las clases medias bajas en riesgo de volver a caer en la pobreza, fruto del impacto económico de la pandemia. De igual manera, se azuzó en redes sociales el conflicto existente entre las tres principales candidaturas antagonistas encabezadas por Carlos Mesa, Jeanine Añez y Luis Fernando Camacho, agudizándose la división del voto conservador. La tardía retirada de la candidatura de Añez no implicó un crecimiento del voto de Mesa, el principal opositor, sino que más bien fue rentabilizado por Camacho. El Departamento de Santa Cruz, segundo bolsón más importante de votos en Bolivia y de perfil político claramente antimasista, nunca apoyó la candidatura de Carlos Mesa.

Retos inmediatos

El retroceso económico de Bolivia durante este último año, sumado al impacto en materia de salud y economía de la pandemia, el desmantelamiento de las empresas estatales, la paralización de las plantas industriales creadas por el MAS, así como la disminución de las reservas internacionales implican la necesidad de medidas inmediatas en materia económica que permitan rearticular la senda de crecimiento estable en la que estaba anteriormente el país. Bolivia está obligada a dotar de recursos al erario público para atender las múltiples demandas incumplidas en los últimos meses provenientes desde la sociedad. Se desfondaron las arcas públicas durante la gestión del gobierno transitorio y está por ver la capacidad de atracción de recursos externos por parte del nuevo gobierno masista en la próxima etapa. Replantear una política de corte neokeynesiano, sin por ello caer en las viejas lógicas hiperextractivistas  que generan conflicto social propias del pasado ciclo progresista, implica medidas creativas con ciertas dosis de pragmatismo que han de ser diseñadas por el nuevo gobierno.

A diferencia de los gobiernos de Evo y de Añez, ambos aliados tácticamente al sector del agronegocio, el Ejecutivo que encabecerá Luis Arce debe dar fin a los repetidos ecocidios de 2019 y 2020 que significaron la quema de millones de hectáreas de bosque en Bolivia. Esto implica control sobre las plantaciones comerciales destinadas a la exportación y el control sobre el cultivo de transgénicos, pese a que Arce ha planteado como pilar estratégico de su economía la producción masiva de biocombustibles.

El respeto a la autonomía de las organizaciones sociales mediante la no cooptación clientelar de estas implica una dinámica social popular democrática no existente durante la pasada gestión del poder por parte del MAS. En paralelo, desde el ámbito de la democracia formal, la independencia y separación de poderes del Estado debe ser respetada, siendo su incumplimiento uno de los pilares sobre los que armó la oposición su estrategia de desestabilización política.

Por último, es un deber de las izquierdas recuperar el discurso de la ética y la lucha contra la corrupción. Durante el ciclo progresista estas banderas se perdieron y fueron captadas de forma mentirosa por una derecha sin trayectoria histórica en este sentido. Los nuevos gobiernos progresistas en el subcontinente, Bolivia no es una excepción, deben gestionar de forma transparente y estar prestos a no caer en nuevos idilios tanto con grupos de capital nacional como internacional.

En definitiva, el progresismo latinoamericano tiene una segunda oportunidad en Bolivia. Si bien es cierto que lo que más ayudó al MAS a recuperar el poder fue la desastrosa gestión del Estado implementada durante casi once meses de gobierno transitorio, hecho que hizo que la sociedad boliviana perdonara antiguos errores en la gestión de Evo, hoy la izquierda boliviana tiene una segunda oportunidad. Dependerá de sus aprendizajes y de la capacidad de presión que se ejerza desde el tejido social organizado que esta segunda etapa de gestión masista del poder vaya a buen fin.

Fuente: https://vientosur.info/una-nueva-oportunidad-para-el-progresismo-latinoamericano/