La izquierda ucraniana se construye en varios frentes

Por CATHERINE SAMARY

El 17 de septiembre, la ONG socialista ucraniana Sotsialny Rukh (SR-Movimiento Social)[01] celebró una conferencia nacional en Kiev. Lejos de un simple informe fáctico y puntual, el objetivo aquí es arrojar luz sobre el perfil específico de esta joven izquierda basado en su práctica militante en el corazón de la sociedad ucraniana y en ruptura con las interpretaciones contradictorias dominantes del Euromaidán (2013-2014) que dividen a la izquierda y son explotadas por Putin. Al hacerlo, también se tratará de volver a las antiguas divergencias entre las izquierdas marxistas sobre el alcance de una Ucrania soberana en la construcción y el desmantelamiento de la URSS, también movilizadas por Putin para legitimar su operación militar. En el contexto actual de una guerra con intereses globalizados, veremos que las cuestiones a las que se enfrenta el RS están lejos de ser sólo ucranianas.

Acudí a la conferencia de la Sotsialny Rukh (SR) con una doble representación[02], pero con un único objetivo, coherente con las posiciones defendidas en las distintas redes en las que participo: consolidar los vínculos internacionalistas desde abajo con esta joven izquierda ucraniana. Vínculos que se forjaron en el seno de la crisis ucraniana de 2013-2014 y se renovaron contra la guerra de agresión imperial rusa. Y vínculos fundamentales, porque es una preciosa y frágil resistencia a las políticas e ideologías dominantes que se enfrentan en la guerra y en el actual orden mundial imperialista.

Vista desde Kiev a mediados de septiembre, esta guerra es a la vez lejana y presente: como sabemos y vemos en las calles de la ciudad, se han reanudado las actividades y desde la retirada estratégica de las tropas rusas al sur y al este del país parecen normales. Sin embargo, la guerra sigue ahí en muchos aspectos, aparte de la caída del nivel de vida (con un salario medio de unos 400 euros), están los millones de desplazados o refugiados, la pérdida de puestos de trabajo, la muerte, destrucción y las múltiples formas de violencia, especialmente para las mujeres. Con frecuencia, la guerra se hace presente por las sirenas de alarma cuando las fuerzas rusas lanzan misiles sin que se sepa qué lugares estratégicos del país son el objetivo. Así ocurrió, por ejemplo, en varias ocasiones a mediados de septiembre, cuando los misiles apuntaron a la central hidroeléctrica de Krivih Rih y a sus presas, provocando unas catastróficas inundaciones. Esta fue la causa de la alarma que sonó en Kiev en pleno día del 16 de septiembre, obligando a cerrar el banco donde queríamos cambiar dinero. Sin embargo, nos dijeron que los servicios de intercambio, que debían estar cerrados en la calle, funcionaban en la gran galería del sótano, con varias tiendas y oficinas para garantizar el desarrollo de las actividades.

En el momento de la conferencia, las alertas formaban parte de una cierta normalidad en Kiev: las conversaciones en las terrazas que nos rodeaban continuaban pacíficamente ese día, al igual que la mayoría de las actividades en la capital.

En la ciudad, persisten otras dos huellas de la guerra: por un lado, todas las estatuas están protegidas por sus propios refugios permanentes que las cubren, a veces con un dibujo o un cartel que indica la naturaleza de la obra camuflada. Por último, aquí y allá quedaron disponibles, pero colocadas a los lados de las calles estratégicas, las barricadas antitanques establecidas al comienzo de la ofensiva rusa hacia Kiev a finales de febrero.

Si la evolución de la guerra hace ahora improbable la entrada de tanques y el envío de tropas a la capital, las autoridades del país planean proteger ciertas ceremonias de los  posibles disparos de misiles (o para recordar a algunas personalidades internacionales la realidad de la guerra), organizándolas en el sótano del profundo y bello metro de Kiev (que se asemeja al metro de Moscú), para gran disgusto de la población, que se ve así obstaculizada en sus movimientos. Desgraciadamente, los propios fracasos del ejército de Putin suponen –sobre todo tras los reveses de Moscú en el Dombás y en el puente que une Crimea con Rusia– nuevas amenazas reales de disparos de misiles hacia todas las ciudades importantes del país y sus puntos estratégicos.

De una conferencia a otra – El arraigo social de RS
Pero en general, a mediados de septiembre, la capital se desenvolvía con normalidad en el séptimo mes de guerra, cuando el pasado mes de mayo y tras el inicio de la ofensiva el 24 de febrero, las fuerzas políticas, sindicales y asociativas del país –así como las oficinas diplomáticas– desertaron de Kiev y trasladaron su sede a Lviv (cerca de la frontera polaca). Por ello, el primer encuentro coorganizado de militantes de la SR y la red ENSU el 8 de mayo se organizó allí[03].

En Lviv, las y los activistas ucranianos miembros o cercanos a la RS presentaron sus actividades (políticas, sindicales, feministas, LGTB, medioambientales…) en tiempo de guerra (añadiendo a sus actividades normales de formación y defensa de los derechos, todas las impuestas por la urgencia de la solidaridad desde abajo ante la destrucción y los daños sociales de la guerra); los delegados de la red ENSU trataron de darles a conocer[04] y de organizar conjuntamente acciones que combinan la defensa de los derechos y la ayuda humanitaria autoorganizada. La organización de convoyes sindicales es la forma emblemática de este tipo de acción[05].

Se trataba de ayudar a que la izquierda política, sindical y feminista[06] eche raíces en la resistencia global de la sociedad ucraniana a la guerra, mientras que una de las principales características de los desacuerdos dentro de la izquierda occidental es precisamente es hacer abstracción esta sociedad ucraniana, ya sea ignorándola (en favor de análisis puramente geoestratégicos), o reduciéndola a ser víctima y carne de cañón de los programas imperialistas, o incluso identificándola con las corrientes reaccionarias dominantes de la derecha y la extrema derecha.

La conferencia celebrada en Kiev el 17 de septiembre estuvo abierta para dar a conocer la izquierda ucraniana en el seno de la resistencia popular a las y los miembros de las redes internacionales de la izquierda occidental solidaria (ya sea a través de nuestra presencia física o de los enlaces por zoom). Pero esta conferencia tenía ante todo un objetivo interno para la RS: sin poder ser un congreso (dadas las dificultades de funcionamiento y de preparación en el contexto de la guerra), se trataba de que la organización evaluara conjuntamente sus progresos, sus fragilidades y cómo hacer frente a los retos tanto generales como específicos de la sociedad ucraniana postsoviética,  para dotarse de los medios necesarios que aseguren mejor y expresen colectivamente su identidad política en una sociedad en la que ser de izquierdas se asimila al pasado estalinista y al apoyo a la guerra y al régimen de Putin.

Sin embargo, los propios discursos de Putin en vísperas del lanzamiento de su operación militarse referían explícitamente a dos grandes cuestiones que dividen a la izquierda y marcan la identidad política de la RS: por un lado, la caracterización de lo que fue la caída del último presidente llamado prorruso de Ucrania en 2013-2014, Víktor Yanukovich; por otro lado, la razón de ser de la independencia de Ucrania.

Un breve repaso de estos dos puntos pretende aclarar el perfil de Sotsialny Rukh. Esta ONG socialista fue creada en 2015 a partir de delinitaciones políticas clave que atravesaban a la izquierda postsoviética ante Maidán y contra-Maidán.

La izquierda y Maidán
La crisis ucraniana de 2013/2014 se refiere a lo que se ha llamado la revuelta del Maidán por la gran plaza de Kiev donde tuvieron lugar las manifestaciones, enfrentamientos y ocupaciones de lugares y edificios públicos que acompañaron la caída del presidente Yanukovich. Este último, como nos recuerdan siempre los defensores de la tesis de un golpe de Estado fascista apoyado por Occidente, había sido reelegido democráticamente en 2010 al frente de Ucrania[07]. Lo que fue el régimen de Yanukovich desde 2010, y lo que fue la evolución de la sociedad ucraniana[08]y de Rusia desde entonces están en el centro de las diferencias que han dividido a la izquierda ucraniana e internacional en ese momento y desde entonces.

No puedo extenderme aquí[09] sobre las fases anteriores y el trasfondo de lo que condujo a la crisis de 2013, que tuvo un impacto duradero en la sociedad ucraniana, enfrentada a sus oligarcas y su Troika (FMI, UE y Rusia). Resumamos lo que a menudo se omite en los recuentos: por un lado, la elección de Yanukovich en 2010 se produjo tras la gravísima crisis financiera y bancaria de 2008-2009, que produjo una huida masiva de capitales occidentales de Ucrania (que fueron atraídos por el cambio de régimen de la Revolución Naranja en 2004), la caída drástica de su PIB y un importante endeudamiento externo. Así, el país se vio sometido a una doble presión: la del FMI y las condiciones derivadas por los criterios neoliberales de la asociaciónofrecida por la UE (aumento de las tarifas energéticas para la población, desmantelamiento de los servicios públicos, etc.); y las relaciones de dominación que Rusia intentaba imponer explotando el arma del gas (cantidad y tarifas que pesan en una Ucrania que es un punto de tránsito esencial para el gas ruso hacia la UE). La elección de Yanukovich en 2010 expresó una especie de mandato de neutralidad militar y equilibrio en las relaciones internacionales. Incluso los oligarcas, incluidos Yanukovich y su familia, utilizaron todos los recursos disponibles, rusos u occidentales, para obtener beneficios. La elección democrática de Yanukovich no dice nada sobre sus prácticas posteriores. Básicamente, fue su impopularidad junto con la corrupción, las políticas antisociales y la represión… (¡así como la de sus predecesores y sucesores!) lo que produjo su caída,

Fue en este contexto en el que la izquierda ucraniana e internacional vio cristalizar (tras el calvario de la guerra de la OTAN contra Kosovo en 1999) las contradictorias visiones políticas y geoestratégicas de lo que podría llamarse neocampismo[10], que se prolongaron, recompusieron o radicalizaron ante la invasión de Ucrania por Putin el 24 de febrero de 2022.

Así, la crisis ucraniana de 2013-2014 se describió, por un lado, como una revolución democráticadel Euromaidán, haciendo hincapié en las protestas contra la decisión de Yanukovich de no firmar el acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE).  En el extremo opuesto del espectro, una parte de la izquierda radical de Ucrania y Europa también se refirió al Euromaidán, pero lo rechazó de plano. En ambos casos (alegrándose o lamentándose), se trataba de reducir las manifestaciones a un movimiento proeuropeo, y asimilar las posibles esperanzas de apertura hacia la UE a las posiciones antirrusas. Reducciones todas ellas simplistas, que borran la dimensión autoorganizativa y popular de las movilizaciones, su rechazo a un régimen oligárquico corrupto y la represión. Sin embargo, las protestas iniciales contra la ruptura de la asociación con la UE fueron débiles, aunque violentamente reprimidas. Y fue esta represión la que desencadenó el carácter masivo de la ocupación de la plaza Maidán y exasperó a los manifestantes a favor de la caída del presidente y en contra de las medidas de compromiso. Fueron estas movilizaciones de masas las que produjeron la caída del régimen mediante un profundo rechazo a la oligarquía familiar de Yanukovich, que se extendió a su propia región (hasta el punto de que tuvo que huir a Rusia).

Entonces vimos que una parte de la izquierda antiestalinista y las corrientes neoestalinistas o aliadas del Partido de las Regiones del ex presidente Yanukovich convergieron en el análisis del Euromaidán como un simple instrumento de las instituciones capitalistas occidentales. Hay que destacar hasta qué punto este tipo de enfoque conspirativo ha penetrado en los análisis antiimperialistas en la fase postsoviética; con su parte de verdad, por supuesto: está probada la corrupción desplegada por las instituciones de la CIA hacia los sindicalistas en Rusia o Polonia –durante la fase crucial de los años ochenta– o incluso, más tarde, hacia los blogueros u organizaciones activas en las revoluciones árabes. Pero, ¿debería esto llevar a negar la autenticidad de los levantamientos populares y la posibilidad de que aprendan de la experiencia? Así ocurrió en Ucrania, con la evolución de la percepción popular sobre los partidos entre 2004 y 2014, con el descubrimiento de que los llamados partidos democráticos de la Revolución Naranja que denunciaron la corrupción en 2004 eran, a su vez, profundamente corruptos… Y de forma más general, como en todo el mundo, aumentó la abstención y la desconfianza en los partidos institucionales.

La tragedia de la izquierda ha sido y sigue siendo, por un lado, la acumulación de grandes divisiones sobre cómo analizar el pasado soviético, con un fuerte desconocimiento de lo que fueron los escenarios y las transformaciones radicales de los países que se reivindicaban como socialistas[11]; esto reforzó aún más la convergencia de hecho de una parte de esta izquierda conspirativa con la propaganda de los poderes autocráticos de Rusia y de otras antiguas repúblicas postsoviéticas, que tenían un verdadero terror a las aspiraciones de autodeterminación (como en Chechenia) o el verdadero dégagisme [que se vayan todos] de los movimientos de protesta de masas, especialmente en la década de 2000. Este interpretación conspirativa legitimó su giro represivo (como en la época de Stalin): toda oposición se equiparó a la infiltración de agentes extranjeros. Cuando este extranjero es, además, el principal enemigo (el imperialiamo), la lógica el enemigo de mi enemigo es mi amigo reforzó el apoyo a la política del Kremlin contra las revoluciones de colores[12](considerada como manipulada por Occidente), de Ucrania en 2004 o de Georgia en 2003, y de nuevo en Ucrania en 2014.

El Euromaidán de 2013/2014 se trató en el marco de este tipo de enfoque, añadiendo la denuncia del papel activo (real pero sobredimensionado en los análisis) de las milicias de extrema derecha en las movilizaciones populares. La sobrerrepresentación de estas corrientes y su influencia en el gobierno de transición establecido en Ucrania (antes de las nuevas elecciones) tras la caída y huida de Yanukovich se utilizó como prueba de un golpe de Estado fascista antirruso apoyado por Occidente, lo que se refleja en el discurso de Putin que precedió a la operación militar del 24 de febrero de 2022. La glorificación oficial del héroe nacionalista Stepán Bandera (que optó por aliarse con los nazis contra la URSS estalinista) o el cuestionamiento de la ley de 2012 sobre las lenguas (que se había aprobado bajo la presidencia de Yanukovich y que otorgaba de hecho el estatus de lengua cooficial al ruso y a las lenguas dominantes en la región), así como la afirmación de la lengua ucraniana como única lengua oficial[13], reforzaron esta narrativa y las preocupaciones populares en las regiones más rusoparlantes, al menos en 2014[14].

Pero esto no implicaba el separatismo[15], y mucho menos la guerra. Incluso en 2014, en el contexto de las movilizaciones anti-Maidán y de desconfianza real hacia Kiev, la población agrupada en las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Luhansk, dominadas (sin libertad de expresión) por las fuerzas separatistas, no abarcaba más del 20-30% del Dombás. En cuanto al referéndum celebrado en Crimea (que tenía un estatus autónomo dentro de Ucrania) en presencia de las fuerzas armadas rusas, ofreció la opción de unirse a Rusia o a Ucrania, pero esta última fue presentada como fascista (y antirrusa). En realidad, la cuestión fundamental para Putin era recuperar Crimea para consolidar la base militar de Sebastopol (con la Flota del Mar Negro en ella). Al anexionarse Crimea, Rusia violaba el protocolo que había firmado con Ucrania en 1994 en Budapest (en presencia de Estados Unidos y Gran Bretaña) en el que se comprometía a respetar las fronteras de Ucrania a cambio de que recuperar todas las armas nucleares[16]

Al mismo tiempo, si el país hubiera sufrido realmente este golpe fascista controlado por Occidente, la sociedad ucraniana habría llevado al poder a una fuerza nazi en las elecciones de 2014, apoyada por una consolidación de partidos pro-UE. Sin embargo, esta tesis se contradice con la dificultad recurrente de todos los partidos institucionales (especialmente la derecha y la extrema derecha) para formar mayorías o incluso para entrar en el parlamento, así como con los sucesivos escándalos y crisis que afectan a la presidencia de Poroshenko (2014-2019). La elección por sorpresa del actor judío de habla rusa Volodimir Zelenski en 2019, que fue elegido con la promesa de acabar con la corrupción y negociar una solución pacífica de los conflictos del Dombás con Putin, es un ejemplo de ello sin necesidad de investigar mucho.

Las corrientes que formaron Sotsialny Rukh en 2015 se distanciaron de estas posturas, que disponían de poderosos apoyos de propaganda estatal. Independientemente de cualquier poder –de Kiev o de Moscú– el enfoque de la RS, por muy marginal y frágil que fuera, es valiosa para cualquier visión crítica y de resistencia internacionalista por abajo.

Una nueva izquierda en la revolución de la dignidad
En 2014, esta izquierda en construcción optó por insertarse en lo que prefiere llamar la revolución de la dignidad con sus aspiraciones de justicia social y su dégagisme, entonces imposible en Rusia en ese momento. Por supuesto, esta dinámica revolucionaria no había sido capaz de desafiar a un sistema oligárquico y el movimiento estaba atravesado de ideologías reaccionarias. La corriente que se había formado con el nombre de Oposición de Izquierda luchó contra ellos, tratando de convertir las aspiraciones populares igualitarias en respuestas progresistas, críticas con las políticas neoliberales del FMI y la UE –sobre todo en relación a la deuda ucraniana, que se agravó tras la crisis financiera mundial y europea de 2008/2009- y antifascistas.

Reunió a activistas de diferentes regiones de Ucrania y de diferentes culturas políticas (anarquistas, trotskistas y posestalinistas en particular), y también valoró las razones de la desconfianza popular hacia el nuevo gobierno de Kiev expresada en el anti-Maidán del este y el sur de Ucrania. Sin duda, la política de Putin en 2014 –y desde 2022– ha reforzado los sentimientos antirrusos, pero también la defensa de una Ucrania plural[17]. Esto también es cierto en la izquierda, en el seno de las corrientes anarquistas que se reconocen en la lucha del líder anarquista Makhno, pero también del lado de los marxistas antiestalinistas que se reivindican de Roman Rosdolsky, fundadores del Partido Comunista en el oeste de Ucrania, y cercanos a la Oposición de Izquierda trotskista contra Stalin[18]. Putin denunció (en su discurso de febrero de 2022) que una Ucrania independiente era una creación de Lenín. La centralidad de la cuestión de la autodeterminación de los pueblos en la constitución de una unión socialista libre e igualitaria fue reconocida por Lenin, sobre todo, frente a la afirmación de una Ucrania popular independiente, inicialmente contra los bolcheviques[19]. Pero esto entraba obviamente en tensión con varias dimensiones del proyecto revolucionario socialista: ¿cómo combinar los derechos soberanos de los pueblos con una planificación redistributiva de las regiones más ricas a las menos desarrolladas? ¿Qué forma de democracia inventar, combinando los derechos individuales y colectivos, sociales y nacionales?[20]

Ahora bien, todo este pasado y sus fuentes han sido enterrados en gran medida y necesitan la paz y la democracia para ser puestos en común. En el contexto posMaidán, los anarquistas y, en general, los antifascistas y antiimperialistas se encontraron a ambos lados de los enfrentamientos en los que actuaban corrientes de extrema derecha prorrusas o, por el contrario, visceralmente antirrusas, también en ambos lados. Había (como ocurre en todo el mundo) una gran opacidad de etiquetas y conceptos políticos heredados del siglo pasado[21]. Si una parte de la izquierda apoyaba a Putin por ser el enemigo de mi principal enemigo (la OTAN dominada por EE UU), el rumbo antioccidental de Putin combina la puesta en cuestión de todas las dimensiones revolucionarias de la URSS surgida de octubre de 1917, el apoyo a la lógica de gran potencia de Stalin, el desprecio a cualquier estatus social protegido e igualitario de los trabajadores, las mujeres y las personas LGBT. Y, como declaró explícitamente en su discurso antes de la invasión de febrero de 2022[22], una Ucrania independiente es para él una creación artificial y aberrante de Lenin y su deseo de crear la URSS en 1922 sobre la base de estados soberanos. Las corrientes globales de la extrema derecha se encuentran en el enfoque etnicista de la nación y en el rechazo de un Occidente decadente, lo que debería preocupar a esa parte de la izquierda que las ve como un apoyo contra el imperialismo occidental.

Por lo tanto, la izquierda de Maidán, que iba a fundar Sotsialny Rukh, estaba obligada a estar en contradicción con estos diversos frentes, y por lo tanto era muy marginal. Fue básicamente la expresión de una nueva generación de activistas (la media de edad es de unos 30 años) que quería apropiarse de la herencia revolucionaria del siglo XX de forma crítica, integrando las aportaciones de los movimientos de emancipación (y de las lógicas interseccionales que cruzan las opresiones de clase, género, raza, sexualidad…) y de la protección del medio ambiente. Por tanto, su voluntad de insertarse en una sociedad y unos movimientos impuros, así como sus referencias intelectuales la sitúan en las antípodas de los planteamientos librescos y dogmáticos, sin dar, por supuesto, respuestas prefabricadas sobre temas abiertos a múltiples controversias.

Sus convicciones anticapitalistas, su análisis concreto y crítico de la sociedad ucraniana y un conocimiento marxista crítico del pasado soviético protegió a RS de las posturas campistas: impugnó como contraproducentes (desde el punto de vista de la lucha contra las fuerzas secesionistas) las operaciones antiterroristas del gobierno de Kiev contra las poblaciones del Dombás, y denunció al mismo tiempo el papel de Moscú y del aparato burocrático-militar ucraniano en crisis trás del pseudo referéndum de Crimea contra una Ucrania fascista, y, después, la autoproclamación de las pseudo repúblicas populares de Donetsk y Luhansk (DPR y LPR). RS Intentó identificar las aspiraciones populares comunes a toda Ucrania y esperaba un alto el fuego bajo el control de la OSCE o de la ONU, el desmantelamiento de todas las fuerzas paramilitares y el rechazo de toda injerencia rusa como condición previa para actualizar la constitución ucraniana sobre una base democrática y para controlar sus opciones y conflictos, en contra de cualquier lógica de reparto de zonas de influencia entre Moscú y Washington sobre la sociedad ucraniana[23].

Conocí a esta joven izquierda en Kiev en 2013 y 2014, participando en los debates de la conferencia que organizó sobre «La izquierda y Maidán». Estoy en deuda con ella en mis propios artículos sobre estos acontecimientos[24] por una mirada asociada a su inserción a contracorriente en varios frentes en el corazón de la revolución de la dignidad, una revolución inacabada e impura que abrió una fase de guerra híbrida que se ha transformado radicalmente en guerra absoluta en 2022.

Las tres muñecas rusos de la guerra de Putin
La postura de la RS ante esta guerra es coherente. Por un lado, con su desmarque analítico y militante en la fase 2013-2022, pero también con su compromiso con una Ucrania soberana como parte de una lucha socialista.

Es la agresión de Putin la que ha hecho que se planteen muchas preguntas y vacilaciones en relación a la construcción de una Ucrania plural, que tendrá que asumir democráticamente (pluralmente) y superar sus propios conflictos internos y las lecturas contradictorias de las oscuras páginas del pasado[25].

En su discurso del 22 de febrero[26], el propio Putin dio las claves de la interpretación de su ofensiva bélica, cuyas inciertas modalidades de aplicación se han hecho más claras desde 2014 tras la anexión de Crimea. Se pueden resumir en tres muñecas rusas entrelazadas.

La primera se basa explícitamente en el discurso de la Gran Rusia del siglo XIX sobre un pueblo ruso en tres dimensiones (Rusia, Bielorrusia y Ucrania). Putin lo opone a la elección de Lenin de fundar la URSS sobre la base de un desafío al Imperio Ruso (y a sus relaciones de opresión), por tanto sobre un acto de libre unión firmado sobre una base igualitaria entre repúblicas (de Rusia, Bielorrusia y Ucrania) reconocidas como soberanas.

Al igual que la primera, la segunda muñeca rusa no tiene nada que ver con la OTAN y se alimenta de ideologías de extrema derecha sobre el mundo ruso de Eurasia (contra la decadencia feminista, LGTB y atea del resto del mundo). Putin encaja varias ideologías a su manera. Los apoya pragmáticamente con dos construcciones que respetan las nuevas soberanías de las repúblicas postsoviéticas no rusas (autocráticas y antisociales): la Unión Económica Euroasiática, que quiere contrarrestar los proyectos de Asociación Oriental de la UE, y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una mini-OTAN, que demostró su eficacia ante las revueltas sociales que desestabilizaron el poder autocrático en Kazajistán el año pasado[27].

Así, reconfortado en su propio espacio de dominación, Putin esperaba ampliar las dimensiones de la tercera muñeca: su lugar en la Corte de las Grandes Potencias y frente a la OTAN para negociar en posición de fuerza el reparto de las «esferas de influencia. La audacia de la ofensiva rusa (en defensa de los intereses imperiales e imperialistas de estos proyectos) fue catalizada por el estado de muerte cerebral de la OTAN tras la penosa retirada de Afganistán y en vista de los flagrantes desacuerdos entre EE UU, Francia y Alemania en cuestiones energéticas y en las relaciones con Rusia: Por tanto, no fue una amenaza de la OTAN, sino más bien lo contrario, su crisis, lo que constituyó la base del escenario ofensivo de Putin a principios de 2022, reforzado por su evaluación de la situación en Ucrania. Esperaba ganar una popularidad interna similar a la que había obtenido con la anexión de Crimea.

Los intentos de Zelenski para negociar con Putin sobre el destino del Dombás fueron recibidos con desprecio por el autócrata ruso. Pero el presidente ucraniano también se vio enfrentado a las amenazas de su extrema derecha. Dirigiéndose a Biden, recibió de él una negativa explícita a defender a Ucrania contra las amenazas de intervención rusa. En definitiva, la popularidad del presidente ucraniano había caído a finales de 2021. Esto reforzó la creencia de Putin en un escenario de caída/huida de Zelenski y su sustitución por un Pétain ucraniano como parte de un despliegue de fuerza a nivel nacional, especialmente hacia la capital, con el mismo tipo de narrativa que para el referéndum de Crimea: contra una Ucrania nazificada, de vuelta a la casa rusa«.

Sotsialny Rukh ante la guerra
Desde el principio, al igual que la gran masa de la población ucraniana, encabezada por el presidente Zelenski, los miembros de la RS optaron por resistir la invasión y negarse a desaparecer en la camisa de fuerza de la muñeca rusa. Este perfil nunca suprimió su perfil anarcocomunista anticapitalista y, por tanto, su independencia crítica respecto al gobierno de Zelenski. Este último es visto como el menos malo posible en la escena política ucraniana, ya que es y tiene una fuerte legitimidad popular como expresión de la defensa de la soberanía ucraniana, lo que implica, en la fase de guerra, que la crítica que formula la izquierda ha de ser (también) popular, concreta y no contradictoria con el compromiso contra esta guerra.

La violencia de la invasión rusa ha impuesto a los más pacifistas la evidencia del derecho a defenderse, a negarse a poner al mismo nivel las armas del agresor y las necesarias para el pueblo que decide resistir y defender su dignidad, sus derechos, su vida. Los antiguos vínculos con el Movimiento Socialista Ruso le permitieron definir una posición común el 7 de abril de 2022[28], que se enfrentó a los argumentos de la izquierda occidental:

Queremos abordar una reivindicación muy controvertida, la de la ayuda militar a Ucrania. Comprendemos el impacto de la militarización en el movimiento de la izquierda progresista en todo el mundo y la resistencia de la izquierda a la expansión de la OTAN o a la intervención occidental. Sin embargo, es necesario un contexto más amplio para dar una imagen más completa.

En primer lugar, los países de la OTAN suministraron armas a Rusia sin tener en cuenta el embargo de 2014 (Francia, Alemania, Italia, Austria, Bulgaria, República Checa, Croacia, Eslovaquia y España). Por tanto, el debate sobre si las armas enviadas a la región acaban en buenas o malas manos parece un poco tardío. Ya están en malas manos y los países de la UE sólo estarían compensando sus errores anteriores al suministrar armas a Ucrania. Además, las garantías de seguridad alternativas propuestas por el gobierno ucraniano requieren la participación de una serie de países, y probablemente sólo puedan lograrse con su participación.

En segundo lugar, como han señalado muchos artículos, el regimiento Azov es un problema. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió en 2014, la extrema derecha no está desempeñando un papel principal en la guerra actual, que se ha convertido en una guerra popular, y nuestros compañeros de la izquierda antiautoritaria de Ucrania, Rusia y Bielorrusia están luchando juntos contra el imperialismo. Como ha quedado claro en los últimos días, Rusia está intentando compensar su fracaso en tierra con ataques aéreos. La defensa aérea no dará a Azov un poder adicional, pero ayudará a Ucrania a mantener el control de su territorio y a reducir el número de muertes de civiles, incluso si las negociaciones fracasan.

Todas las demandas de ayuda (militar, material, financiera) expresadas por la RS fueron acompañadas con el rechazo de cualquier condicionamiento neoliberal y antisocial; una posición que también recoge la plataforma de la red de solidaridad ENSU. Esto queda ilustrado por las consignas y la aplicación concreta de dos campañas de la RS (apoyadas por la ENSU), que ilustran la realidad de este frente de resistencia social dentro de la lucha contra la agresión rusa: por un lado, la denuncia de las causas y el contenido de la deuda ucraniana (que perdona a los oligarcas y pesa sobre los presupuestos sociales del país), acompañada de la exigencia de su anulación, en particular frente a los desastres infligidos por la guerra. Pero también la campaña lanzada más concretamente a nivel sindical contra el gobierno de Zelenski y las leyes que atacan los derechos sociales heredados de la época soviética. Como telón de fondo permanente, se planteó la cuestión de qué Ucrania construir y reconstruir ante la destrucción de la guerra. Este tema se abordará en la conferencia de tres días, del 21 al 23 de octubre[29]: «¿Cómo debe ser la nueva Ucrania? ¿Hay alguna posibilidad de construir una sociedad basada en la solidaridad, la justicia y el desarrollo sostenible? ¿Qué hacer con las ruinas del sistema de seguridad mundial? ¿Cuál es el papel de los movimientos progresistas globales en su restauración?

Estas mismas preguntas -que desafían a la izquierda internacional sin respuestas sencillas- estaban en el centro de la resolución adoptada[30] por la conferencia del 17 de septiembre en Kiev, que comienza así:

El pueblo ucraniano se ha visto confrontado a retos difíciles, pero ha demostrado su capacidad de luchar por el derecho a decidir su propio destino, y su determinación de defender el país y poner fin a la guerra lo antes posible. Las autoridades y los representantes de la ideología fundamentalista del mercado, así como las grandes empresas, siguen impulsando un modelo económico basado en el beneficio de unos pocos a costa del bienestar de la mayoría absoluta. En este modelo, los trabajadores y trabajadoras están completamente sometidos a la voluntad de sus empleadores, mientras que las funciones sociales y reguladoras del Estado se suprimen en nombre de las necesidades de las empresas, la competencia y el libre mercado.

De los tres textos sometidos a votación, el que se aprobó es el que más desarrolla la identidad de la RS. Pero el tiempo para el debate fue corto. El objetivo de esta conferencia era proporcionar tesis básicas y directrices para la formación y el desarrollo colectivo del próximo periodo.  A continuación exponemos las prioridades que plantea el texto para las reflexiones y acciones de Sotsialnyi Rukh en la lucha en curso:

  1. La victoria completa y la seguridad de Ucrania.

El ejército ruso debe ser derrotado como condición previa para el desarrollo democrático y social de nuestro país y del mundo.

Preservar la independencia y la democracia requiere en primer lugar el desarrollo de sus propias capacidades de defensa. Sobre esta base, debe construirse un nuevo sistema de seguridad internacional para contrarrestar eficazmente cualquier manifestación de agresión imperialista en el mundo (…)

  1. Una reconstrucción de Ucrania con orientación social.

Las fuerzas neoliberales intentan imponer su visión de la Ucrania de posguerra como un país propiedad de las grandes empresas y no de su pueblo, sin protección ni garantías sociales. Por el contrario, creemos que es necesario abogar por una reconstrucción que se centre en el desarrollo progresivo del nivel de vida de la mayoría de la población y de nuestra infraestructura social, así como la provisión de garantías económicas. La reconstrucción debe ser ecológica, social, descentralizada y democrática, inclusiva y feminista (…)

  1. La democratización social.

La democratización a todos los niveles de la vida, eliminando la influencia en el poder del dinero y las grandes empresas en la política y aumentando la representación y la importancia de los sindicatos, las minorías nacionales y las comunidades y su plena participación en la toma de decisiones.  (…)

  1. Identidad e inclusión.

La nueva identidad ucraniana, que está surgiendo ante nuestros ojos, es multiétnica y multicultural, ya que la mayoría de los ucranianos, que ahora defienden nuestro país, son al menos bilingües. Hay que preservar y desarrollar el multilingüismo y la diversidad de la cultura nacional ucraniana, haciendo hincapié en que la lengua ucraniana debe convertirse en un medio universal de intercambio y producción de conocimientos en todos los ámbitos de la vida pública, la cultura, la ciencia y la tecnología. Todo el patrimonio cultural de la humanidad no sólo debería estar disponible en ucraniano, sino que el ucraniano también debería utilizarse para producir obras literarias y artísticas avanzadas, así como conocimientos científicos y técnicos a nivel mundial.

Es necesario garantizar el desarrollo de la cultura y la lengua ucranianas en toda su diversidad, una ucranización orientada a la sociedad, basada en una financiación pública decente y competente de la educación, la edición, la ciencia popular, los festivales, los proyectos culturales, el cine, etc.

  1. Solidaridad internacional contra el imperialismo y la catástrofe climática.

Aunque Ucrania es el país más grande del continente europeo, se encuentra en la periferia de la política regional. Al no tener influencia en la toma de decisiones, se reduce a un mercado para los Estados europeos.

Las crecientes contradicciones entre los centros de acumulación de capital en el sistema capitalista mundial no se detendrán, incluso después de la completa destrucción del poder imperialista ruso. (…)

La catástrofe climática que se desarrolla ante nuestros ojos exige una acción urgente. La humanidad debe movilizar recursos para el rechazo inmediato y completo de los hidrocarburos (…).

  1. Un mundo libre para la creatividad y el conocimiento.

El acceso al conocimiento debe ser libre y disponible para todos. Todo el mundo debe tener las mejores condiciones posibles para aprender y perseguir sus propios intereses creativos y de investigación.  (…)

¡Protejamos la victoria del pueblo ucraniano contra su privatización por los oligarcas!

El objetivo de la conferencia también fue abordar las tareas de organización asociadas a este programa.

El informe introductorio del presidente de la RS, el abogado de derechos laborales Vitalyi Dudin, señaló que en seis meses la RS había duplicado su número de miembros[31], lo que no la sacaba de la marginalidad, pero planteaba nuevos retos: tiene que encontrar los medios para funcionar de forma adaptada a un mayor número de miembros en sus distintos ámbitos de intervención: organizaciones sindicales, feministas, juventud, investigación sociopolítica, revista Commons, medios de comunicación sociales e internacionales… Y, al hacerlo, también tiene que hacer frente a las responsabilidades que planteaba su creciente influencia.

De hecho, la RS surgió como la izquierda que se opuso tanto a la guerra de agresión rusa contra Ucrania como a la política neoliberal[32] y antidemocrática (ley de descomunización) del gobierno Zelenski[33]. Esto significa que la cuestión de la representación política de los trabajadores está cruelmente planteada en la escena política ucraniana, como suele ocurrir en otros lugares. En respuesta a esta cuestión, la tarea de construir un partido se planteó de dos formas. Por un lado, dicho objetivo está incorporado en la resolución política adoptada por la conferencia, que afirma en su introducción:

Se necesita un partido que ponga en práctica una visión alternativa de Ucrania: democrática, social y socialista. Un partido así protegería y uniría a la clase trabajadora y a las personas desfavorecidas, a quienes hoy carecen de representación política y sufren constantes abusos. Un partido así debe proteger a la mayoría absoluta de la población trabajadora del dictado de la patronal.

El objetivo último de esa fuerza política debe ser la emancipación de la humanidad y la democratización radical de la vida económica, política, nacional y social.

Además, la cuestión de los vínculos entre la actividad sindical actual (o los movimientos sociales) y el partido se abordó de forma concreta, tras el informe introductorio sobre el balance de actividades. Precisamente sobre este tema, el presidente de la RS invitó a Vasili Andreev, presidente del sindicato de la construcción, a dirigirse a la conferencia y presentar su experiencia actual: había comenzado a sentar las bases legales para el reconocimiento de un partido político, que consideraba una extensión de su sindicato. A este respecto, la RS se ha propuesto evaluar más de cerca la proximidad programática entre las dos organizaciones en diálogo con Vasilii Andreev, y analizar las posibilidades de funcionamiento conjunto en las distintas ramas y regiones.

Para el seguimiento de las distintas tareas, la conferencia eligió un nuevo Consejo colectivo (o Rada) de siete miembros –tres de ellos vinculados al trabajo sindical (incluido el muy aclamado presidente Vitalyi Dudin), tres mujeres implicadas en redes feministas y una de las líderes de las redes juveniles de Acción Directa en el ámbito estudiantil–. En todos los sectores, la conferencia es un paso hacia una mejor prosecución conjunta de todas las actividades en un clima de confianza, subrayado por Vitalyi Dudin: las desarrolladas antes de la guerra, asociadas a la defensa de los derechos (incluida la educación popular), pero también las distintas formas de autoorganización amplia que se esfuerzan por responder solidariamente a los daños y desastres de la guerra: la destrucción de puestos de trabajo y, por tanto, la pérdida de recursos y a menudo de techos, pero también la insuficiencia de los servicios colectivos y las múltiples formas de violencia, especialmente para las mujeres[34].

El propio informe de Vitalyi Dudin subrayaba dos tareas que la RS se esforzará por llevar a cabo: la de traducir las convicciones socialistas expresadas en la resolución en formulaciones concretas que sean comprensibles, movilizadoras y que conduzcan a la ruptura con el orden existente (una lógica de transición, podríamos decir). Y la de consolidar la confianza necesaria para el funcionamiento de un intelectual colectivo que lleve a cabo este tipo de proyecto. Son tareas que desafían a todas las organizaciones de izquierda del mundo. Tareas difíciles cuando uno se expande: SR es una organización que, aunque todavía es pequeña, ya es muy diversa (¡afortunadamente!) en cuanto a las culturas políticas de sus miembros; predominantemente eco-anarco-comunista, feminista, LGTB, antifascista. Una riqueza.

Pero, ¿qué significa, como dicen los textos de la RS, estar a favor del «socialismo democrático»? La cuestión fue planteada por uno de los camaradas presentes en la conferencia. Y al examinarlo más de cerca, resultó que era el contenido de la noción de «democrático» lo que más le cuestionaba. La crítica al pasado estalinista no resolvió las cuestiones que, de hecho, se le plantean no sólo a la izquierda ucraniana, sino a todas las corrientes anticapitalistas: cómo organizar la nueva sociedad (¿qué formas de democracia, por tanto, qué instituciones tras la socialización de la planificación, el mercado, la propiedad?) Además, ¿cómo pasamos de la lucha dentro/contra el sistema existente a la construcción de otros poderes de decisión y otros derechos y prioridades ecocomunistas, y a qué niveles debemos organizarnos territorialmente para ser creíbles y eficaces? ¿Qué esperar de la UE? La población ucraniana ha sufrido los efectos de una periferización radical en el orden capitalista y se ha enfrentado a los criterios neoliberales de la UE en la relación de asociación desde 2009. La gran masa de la población aspira a tener el estatus, los derechos y, con suerte, las protecciones (desde todos los puntos de vista) de un miembro de pleno derecho. Este es un debate que la RS no ha tenido, pero que ha comenzado y que está dividiendo (también) a la izquierda europea. Forma parte de los problemas globales que plantea la guerra. La resolución adoptada por el RE subraya:

La izquierda en Europa y en el mundo se mostró impotente y confusa cuando se produjo la agresión rusa en Ucrania. A menos que el movimiento socialista internacional se dé cuenta de los errores que ha cometido y construya una nueva cooperación y coordinación verdaderamente internacionalista, no tendremos ninguna posibilidad de impedir el crecimiento de la lucha interimperialista en el futuro.

La única perspectiva que abre márgenes a la resistencia progresista contra todos los imperialismos es que la resistencia popular ucraniana (que hace efectivas las armas recibidas) conduzca a la caída de Putin, generando, sobre todo en la Federación Rusa y en las antiguas repúblicas soviéticas, una identificación de las naciones no rusas con la causa decolonial ucraniana y más ampliamente un rechazo masivo a morir por una guerra sucia. Corresponde a la izquierda internacionalista dar a conocer la proximidad de las apuestas decoloniales de la izquierda ucraniana y rusa con las de los pueblos del Sur global, como señala la feminista y comunista india Kavita Krish-nan. La descolonización de la Federación Rusa es la clave para hacer creíble la agenda de una disolución de la OTAN y la OTSC y los debates (iniciados por Taras Bilous en el seno de Sotsialny Rukh) sobre otra arquitectura de seguridad mundial rechazando cualquier lógica de «bloque» y reparto de esferas de influencia.

 

Toni Negri en la multitud productiva

Las fuertes sacudidas del 68 italiano, que se prolongó durante 10 años más, dieron paso al agotamiento, la represión y la desaparición política de una generación entera. Toni Negri forma parte de esa ola y es de los pocos que mantuvo algo de clarividencia política y que nunca renunció a su pasado.

Por Montserrat Galcerán / Catedrática de Filosofía

No es fácil reseñar una biografía como la de Toni Negri, un texto escrito en dos volúmenes y varios cientos de páginas. Empezaré por el vol. 2, que recoge los años más duros de su biografía, desde su ingreso en prisión, el 7 de abril de 1979, hasta su vuelta a Italia en 1997.

Su autor tiene ahora casi 90 años y ha pasado gran parte de su vida adulta en el epicentro de los últimos movimientos revolucionarios en Europa, en particular en el movimiento italiano de los 60/70, posteriormente en el exilio en Francia y de vuelta a Italia ya en los 2000. Actualmente tenemos ya la suficiente distancia de aquellos trágicos acontecimientos para poder juzgarlos con mayor serenidad, al menos eso espero, aunque la Italia actual sigue debatiéndose en una falta de futuro que no augura nada bueno. Las fuertes sacudidas del 68 italiano, que se prolongó durante 10 años más, dieron paso al agotamiento, la represión y la desaparición política de una generación entera. Negri forma parte de esa ola y es de los pocos que mantuvo algo de clarividencia política y que nunca renunció a su pasado.

Como digo, el segundo volumen empieza por la detención preventiva el 7 de abril de 1979, junto a muchos otros compañeros, acusado de insurrección contra el Estado. La detención se prolongó varios años. Luego los juicios, la condena, la campaña electoral para ser elegido diputado, la huida.

Tras la conmoción inicial nos cuenta cómo va siendo consciente de que la detención forma parte de una puesta en escena que persigue criminalizar la subversión política en sus diversas modalidades, desde los grupos ligados a las Brigadas rojas, autores del secuestro de Aldo Moro y posteriormente de su asesinato, hasta los sectores adyacentes cuyos vínculos con la violencia armada son más lejanos o incluso no existen. Se trata de unificarlos a todos en un solo bloque y poner a su frente a un intelectual de prestigio como es Negri. Se construye así la figura de El gran Viejo, último responsable de la deriva armada y animador intelectual de la misma.

No importa que esa construcción se revele a la postre como ficticia. Negri se convierte en una especie de rehén para la defensa del Estado. Tampoco importan las prácticas de disociación que llevaron a cabo los miembros de la Autonomía y que fueron a su vez respondidas en ocasiones con agresiones personales en las cárceles por los brigadistas. Las autoridades carcelarias lo presentaban como riñas internas de un mismo entorno. La siniestra colaboración de tantos arrepentidos, que acumulaban culpas sobre sus antiguos compañeros para salvarse ellos, daba pábulo a esas historias y añadía mayor miseria a unos hechos ya por sí mismos suficientemente tremebundos.

No importó tampoco la falta de pruebas ni los detalles exculpatorios de los diferentes casos. La justicia quería sus reos, de modo que las penas impuestas alcanzaban decenas de años. Para Negri en concreto la condena será de 30 años, reducida a 17 en segunda instancia.

De ahí que salvar su vida y recuperar la libertad, de modo que pudiera convertirse en un altavoz de denuncia tenía su importancia. Aunque del otro lado, huir implicaba también dejar en la estacada a amigos y compañeros que seguirían en los penales y en las prisiones durante muchos años más. Aunque racionalmente fuera la mejor salida, eso no amortiguaba el sentimiento de culpa que el autor reconoce haber sentido más de una vez.

Exiliados  en Francia, Negri y sus compañeros, algunos escapados como él, prosiguieron en su búsqueda de nuevos caminos para el conflicto social. Siguieron en una incesante marcha hacia adelante. Descubrieron los nuevos “talleres” del trabajo vivo, ahora ya no las viejas concentraciones obreras de su Italia natal, sino los barrios periféricos donde crecía una nueva multitud productiva, integrada por tantos trabajadores/as que llamará inmateriales: trabajadores del diseño, de la publicidad, de la logística. Trabajadores/as de los cuidados como enfermeras y cuidadoras en general. Trabajadores/as del espectáculo y de los eventos ciudadanos, por lo general de gran precariedad. Trabajadores/as de los servicios. Una gran variedad de personas que trabajan en mantenerse a sí mismos y a la ciudad con vida, con gran variedad de situaciones y salarios pero que componen el rostro productivo de la sociedad actual.

A partir de esas ideas y del encuentro virtuoso con los grandes intelectuales franceses de la década, entre otros Deleuze y Guattari, y con un joven norteamericano, Michael Hardt, surgen los últimos libros de nuestro autor: Imperio (2000), Multitud (2005), Commonwealth (2009) y finalmente Asamblea (2019). Con otros textos más cortos que se intercalan entre esos y la Autobiografía a la que va dedicada esta reseña, componen sus últimas contribuciones intelectuales.

Hacia un nuevo comunismo

Negri subtitula su libro como Historia de un comunista. ¿Qué sentido tiene seguir llamándose comunista, por qué comunista?

Podemos perseguir el hilo de esta declaración en las páginas del libro, en el relato sobre los nuevos movimientos de los 60 y 70 y en su relación con los comunistas oficiales, el viejo Partido comunista italiano.

La crítica contra el PCI es constante en el pensamiento de Negri, no sólo por haber abandonado la idea de una revolución posible sino por haber tomado partido tajantemente en defensa del terror de Estado en el momento álgido de la muerte de Moro y de la feroz represión que la siguió.

Pero, aun tomándose en serio esas críticas, cabe preguntarse, ¿es causa o efecto? ¿La falta de empuje revolucionario de los trabajadores/as europeos/as durante todo el siglo XX fue resultado de la falta de unos partidos vigorosos y decididos, como sostuvieron los comunistas en su crítica de los socialdemócratas durante los años 20 y 30 y Negri y sus compañeros de la Autonomía obrera durante los 60 y 70, o el predominio de los partidos socialdemócratas se debió a que eran los que mejor interpretaban la falta de ganas y el miedo de sus votantes? A su vez, es curioso que tanta gente se dejara arrastrar por el discurso nacionalista belicista y fuera a morir en el frente en las dos guerras mundiales y en cambio, no quisiera saber nada de una revolución (la relación entre dirigentes y dirigidos, líderes y masas sigue siendo un problema no resuelto de los movimientos políticos. Negri vuelve también a esta cuestión en Asamblea, Madrid, Akal,2019)

O tal vez cabe plantearlo de otro modo: ¿durante el siglo XX fueron los trabajadores/as europeos/as los que dieron la espalda a la revolución social o fueron los partidos obreros los que no supieron hacerse cargo de las nuevas formas en que emergía el deseo de revolución y de cambio? La tesis de muchos sociólogos e historiadores es la primera, incluso en autores como Castoriadis o Marcuse; la de Negri es la segunda. Para defender la primera posición se utilizan argumentos como las ventajas de la dominación colonial para aumentar el nivel de vida de los trabajadores autóctonos en el primer mundo; el consumismo de los trabajadores (la oferta de bienes de media duración como electrodomésticos, coches,…); la financiarización de la vida con financiación de bienes de consumo; la extensión universal de sanidad y educación que permiten cierta movilidad social; el auge de la espectacularización de la vida, incluida la política; el apoyo a un individualismo extremo que destruye lo colectivo y aniquila antiguas formas de comunidad obrera; últimamente la destrucción de la propia “clase obrera” con la introducción de nuevas tecnologías, el desmantelamiento de las fábricas y la transformación de las nuevas generaciones de trabajadores/as en clase media precarizada. Actualmente casi toda la población activa en edad de trabajar o está trabajando o está en paro, pero nadie se siente trabajador, todo el mundo se considera clase media. Todo ello en el marco de una conciencia de derrota, dado el amargo final no sólo de la revolución soviética sino de otras tentativas durante el siglo XX. Negri por el contrario atisba en estas transformaciones el surgimiento de nuevas contradicciones y nuevos conflictos que hablan de ese nuevo sujeto anticapitalista, que él denomina “multitud productiva” y que abre nuevas posibilidades.

Esa nueva figura, o ese nuevo sujeto, está animado por el mismo deseo de cambiar su vida y de eliminar el poder del capital que nos oprime; es el agente de los conflictos del presente, lo que nos permite hablar de otro tipo de subjetividad en lucha y de otro comunismo, ya no centrado en la clase obrera de fábrica sino que abarca al conjunto de las personas trabajadoras, el trabajo vivo que mantiene en pie una sociedad y que podría oponerse en bloque al dominio del capital, inaugurando otras formas productivas basadas en los bienes comunes y la cooperación productiva, de modo análogo a como los cerebros cooperan en la producción de conocimiento a través de la información y la comunicación y los cuerpos lo hacen en los encuentros y redes interpersonales. Podemos vislumbrar cómo la sociedad se mantiene y se renueva a través de todos esos lazos que, sin embargo, son rentabilizados por la red de capital que se superpone a ellos y extrae de ellos poder y riqueza. La transformación de toda esa red productiva en riqueza común o riqueza del común, sería la base de un nuevo comunismo.

Filosofía y política

El pulso de la autobiografía lo marca la pasión política de su autor. Pero éste es más que su acción política en sentido estricto. Es un eminente pensador que, sobre todo en el primer volumen, va dando cuenta de su evolución intelectual: de joven católico a europeísta (laico) convencido, de socialista a operaísta, desde la Autonomía a la defensa de la multitud-contra-el-Imperio y su poder constituyente. En esta secuencia se alinean sus escritos filosóficos: Descartes político (1970), la Anomalía salvaje, dedicado a Spinoza (1981), Marx más allá de Marx (1979), El poder constituyente (1994), aparte de muchos otros textos, en especial los de los años 70.

En sus memorias Negri no nos escamotea sus reflexiones ni diversas peripecias vitales. Pero encuentra un recurso singular: se desdobla entre quien escribe y la persona de quien está escribiendo, o sea él mismo. Mientras que unas veces utiliza la primera persona del singular, otras se refiere a sí mismo en tercera, como Toni. Eso genera una sensación extraña, como si quisiera alejarse de su propia biografía, como si quisiera dejar constancia de que la está mirando desde la memoria y la escritura. En vez de acercarnos a él, produce un efecto de extrañamiento. El que el texto se organice en apartados numerados, como si escribiera en fichas que luego ordena en los correspondientes capítulos, impide también leerlo como una novela. Rompe la tradición de la narrativa del sí mismo e inaugura una escritura a trazos fugaces de un decurso con muchas interrupciones. Lo más alejada posible de una novela del yo en la que no prima la evolución sino la discontinuidad. O tal vez lo que nos está diciendo es que toda biografía no es más que eso, un conjunto más o menos deshilachado de vivencias, encuentros y pensamientos y que la idea del yo no es más que una ficción de un relato novelado. El libro presenta un mosaico de personajes, el mismo Negri como uno más, intercalados con conflictos, eventos, luchas e intervenciones teóricas y políticas. El tejido mismo de la vida de un militante.

En la primera parte del libro primero, en la que narra su infancia y juventud, destaca su esfuerzo por huir del dolor y el sufrimiento provocado por la guerra –su padre y su hermano habían muerto en ella– y las desgracias familiares. La búsqueda de un lugar seguro desde el que hacer política, pasando por las juventudes católicas y la corriente de izquierda del Partido socialista. Nunca fue miembro del PCI.

El periodo más intenso de su militancia se sitúa en los 60 y 70 en la larga ola del sesentayocho italiano, cuando, junto con Panzieri, Tronti y tantos otros crean las revistas Quaderni Rossi, luego Classe operaia. De ahí surgirá el núcleo organizativo de Potere operaio. Las páginas centrales del primer volumen son una presentación detallada de todos esos acontecimientos en los que un movimiento obrero de masas, centrado en el puerto de Venecia y las fábricas de toda aquella zona, desafía activamente el poder patronal y estatal, extendiéndose por toda Italia.

Negri, que en aquellos años se convierte en Profesor de ciencia política en la Universidad de Padua, es militante activo del movimiento. El 68 representa la prueba de fuego de toda la generación: estudiantes y obreros unidos en una serie de luchas que prefiguraban una arremetida de consecuencias incalculables para el bloque en el poder en el marco de lo que Chris Marker denominó tercera guerra mundial. Una guerra de los Estados contra sus poblaciones y de al menos una parte de éstas contra sus Estados. Los/as insurgentes, por llamarles así, no eran una minoría: abarcaban a gran parte de la clase obrera, a un sector fuerte del estudiantado y a parte de la clase media y profesional. Tenían enfrente claramente a los aparatos de los Partidos y en especial, aunque pudiera resultar chocante, de los partidos de izquierda, PCI incluido.

La Autonomía, en la que militaba Negri, constituida como organización en 1973, se diferenciaba también del nuevo partido de Lotta continua y posteriormente de las Brigadas Rojas. Por la misma época o tal vez un poco antes Lotta continua, creada en 1969 y que llegaría a contar con una organización política y un periódico bastante influyente, se entendía como expresión política y comunicativa del “movimiento” y como una vanguardia que buscaba la hegemonía sobre el movimiento de masas. Por su parte los operaístas sostenían que la dirección política correspondía a la clase obrera y al movimiento y no a una organización más o menos externa a ella. El “movimiento”, a su vez, estaba formado por una red amplia de comités de base y organizaciones articuladas de una forma relativamente laxa. En el decenio de los setenta avanza un fuerte proceso de radicalización que dará lugar a las organizaciones armadas, tanto en Italia como en otros países europeos, en especial Alemania con la Rote Armée Fraktion (RAF).

Desde mitad de los setenta las posiciones de la Autonomía ya organizada se movían en el estrecho margen que hay entre los movimientos de masas radicales de la izquierda extraparlamentaria italiana con sus distintas organizaciones políticas, y los grupos militarizados. A semejanza de otros países europeos había un espacio que rechazaba la lucha armada, pero defendía las luchas de masas y la utilización de medios ilegales o alegales. Sin embargo, al decir del propio autor, la tendencia militar se daba en el propio seno de la organización y acabó arrastrándola si no en la acción, sí en la represión.

La hipótesis represiva de policías, jueces y fiscales amalgamó todo e hizo de las Brigadas el brazo armado de la Autonomia y de Negri el cerebro de todo ello. A partir de 1980 la dureza de la represión y el alcance de los arrepentidos había acabado con ella. Mientras tanto las acciones de los brigadistas en el exterior continuaban, razón por la cual se impuso una disociación crítica frente a ellas, “rompiendo de manera definitiva […] con el terrorismo y con todas las desviaciones militaristas del movimiento” (vol.2, p. 81). Este paso conecta con viejas disensiones de años anteriores pero, en ese momento, la disociación, tal vez inevitable, será a su vez fuertemente criticada. Para Negri representa la posibilidad de un nuevo comienzo.

Con todo se echa de menos un mayor balance crítico de todos aquellos años. Negri defiende la actuación de su grupo como un intento de mantener la fuerza y el empuje del movimiento de masas que desde las fábricas se había extendido a todo el territorio y que ponía en jaque el poder institucional. Su crítica se dirige contra los partidos de izquierda, especialmente el PCI, que lo bloquearon, y contra las derivas militaristas armadas. Pero no quedan claras las causas de tan dura derrota: ¿tal vez no había condiciones en la Italia y la Europa del momento?, ¿el bloque de la Democracia cristiana, apoyada por el compromiso histórico era más fuerte de lo que habían previsto?, ¿por qué el movimiento obrero se repliega ante el avance de la deriva armada?, ¿había empezado ya el desmantelamiento del tejido industrial italiano que se prolongaría en los años siguientes y que impediría nuevas movilizaciones obreras?, ¿los conflictos de los 2000 retomarán los hilos de esa experiencia? Con todo el entusiasmo militante que rezuma el libro, falta a mi modo de ver, una mayor profundidad en el análisis político.

En resumen, se trata de un libro imprescindible para todos aquellos para quienes el comunismo no es una idea muerta ni una experiencia histórica definitivamente enterrada. Un libro esperanzador, a pesar de todo el dolor que trasluce y de la derrota de toda una generación. Un libro que llama a seguir pensando, luchando y resistiendo como ha hecho el autor durante toda su vida.

Tal vez con una ausencia de notable importancia: las luchas de las mujeres. Ni una sola mujer entre tantos protagonistas. ¿De verdad era tan masculino ese movimiento?, ¿no había mujeres en las fábricas, ni entre los sindicalistas, ni entre las militantes? Me resulta algo difícil de entender, especialmente cuando la lucha se traslada desde el interior de las fábricas al entorno social, ¿no había mujeres ahí que cogieran el testigo? ¿O acaso la memoria del autor resulta sesgada? Preguntas y más preguntas que rodean la experiencia innovadora de la extrema izquierda italiana, vivida directamente y narrada desde dentro por nuestro autor.

Ricardo Antunes: «El desafío es qué va a hacer Lula para conservar los votos, y qué hará para ganar un poquito más»

Por Mario Hernandez

Entrevista a Ricardo Antunes, profesor de Sociología del Trabajo en la Universidad Estadual de Campinas.

Mario Hernandez.- Nos costó la comunicación con Ricardo Antunes en la ciudad de Campinas, en Sao Paulo, Brasil, con quien queremos hacer un primer balance de esta primera vuelta electoral. Un 48.37% a favor de Lula contra un 43.25% de Bolsonaro, una votación que ha sido sorprendente de Bolsonaro que salió reforzado en el Congreso y en el Senado, sin mencionar que extendió su base en los gobiernos de los Estados de la Federación. En el Senado los candidatos afines al presidente tuvieron 15 de los 27 cargos en disputa. En Sao Paulo el ex ministro de Minas y Energía de Bolsonaro, Tarcisio Gomes de Freitas, dio la sorpresa, obtuvo un 42% de votos frente al 35.6% del candidato del PT, Fernando Haddad, los dos se medirán en la segunda vuelta el 30 de octubre. Y en los dos otros estados más importantes la derecha ganó en Río de Janeiro, el bolsonarista Claudio Castro se impuso al representante de izquierda, Marcelo Freixo, por 52% frente a 27%. En Minas Gerais el conservador, Romeu Zema, se impuso al lulista Alexandre Kalil por 57% frente a 34.5%, varios ex ministros del mandatario ultraderechista lograron sus bancas legislativas. Bien, Ricardo. Buenas noches. ¿Qué nos podés comentar al respecto? 

Ricardo Antunes.- Buenas noches, Mario. Es un placer hablar con ustedes ahí en Argentina, Buenos Aires. La primera cosa es esta, los resultados fueron un poco diferentes a lo que estábamos esperando. Había un sentimiento más o menos generalizado de que la diferencia entre Lula y Bolsonaro sería más amplia de 5%, claro que en una diferencia expresiva porque son más de 6 millones de votos. Es una votación expresiva, pero como bien decís Bolsonaro consiguió algunas victorias en algunas partes del país, especialmente en Sao Paulo y Río de Janeiro, el sur del país y algunos estados como Santa Catarina que fueron muy fuertes en comparación a lo que los institutos de encuestas indicaban. Es verdad también que el noreste brasileño y algunos estados del norte, y también Minas Gerais apoyaron y la votación fue más amplia para Lula.

¿Qué pasa ahora? ¿Bolsonaro conseguirá unir fuerzas para suplantar estos 6 millones de votos, lo que significa retirar votos de Lula y llevarlos consigo o Lula conseguirá mantenerlos? Ninguno de nosotros sabe la respuesta. Es una incógnita. Lo que sabemos es que el MDB hoy ya declaró su apoyo a Lula, el PDT también, pero el gobernador del PSDB de Sao Paulo declaró el apoyo al candidato de Bolsonaro para la gobernación y también determinó su apoyo a Bolsonaro para la presidencia. El gobernador de derecha radical neoliberal terminó de definir su apoyo, que ya sabíamos, pero ahora es explícito a Bolsonaro.

¿Cuál es la cuestión entonces? Primero, Lula tiene que ampliar un poco la votación en Sao Paulo y en Río de Janeiro para aumentar 2 o 3 millones de votos y tener una victoria capaz de darle la fuerza para enfrentar un Congreso muy conservador, en la Cámara de Diputados y el Senado. Es verdad, también, que tuvo candidaturas importantes, por ejemplo, Guilherme Boulos en Sao Paulo fue el candidato más votado con un millón de votos para diputado, pero también la extrema derecha, Eduardo Bolsonaro y otros que son bolsonaristas tuvieron 600, 700, 800.000 votos o más. Está todo muy dividido. La cuestión es quien va a poder conseguir traer los votos en duda de Simone Tebet y Ciro. ¿Será Bolsonaro, o será Lula? Eso nosotros no lo sabemos.

Hay un sector liberal que puede apoyar a Lula, pero hace cosas que son inaceptables. Pueden ayudar a Lula a ganar, pero tiene que ser un gobierno liberal. Esto no es posible de aceptar. Por otra parte, es preciso preservar la magnífica votación que Lula ha tenido en el noreste, más del 70% que garantizó la elección de Lula. La parte política más importante hoy de Brasil es el noreste.

Mario Hernandez.- ¿Podríamos decir que la sociedad brasileña se ha posicionado hacia el centro y la centroderecha? 

Ricardo Antunes.- No, es peor. Deberíamos decir que 44%, 43% de la población está apoyando una candidatura de extrema derecha, es más grave. Esta elección demostró que el centro y los liberales no fascistas perdieron la fuerza. Hoy hay una centroizquierda con Lula, Lula no es una candidatura de izquierda, es de centroizquierda, su vicepresidente es uno de los hombres más fuertes del PSDB…

Mario Hernandez.- El Macri brasileño. Tengo entendido que lo denominan como el Macri brasileño. 

Ricardo Antunes.- Exactamente, alguna cosa así. Por tanto, Lula no es de izquierda, es de centroizquierda y Bolsonaro es de extrema derecha porque la centroderecha desapareció. Es la derrota fragorosa de la centroderecha. Hay un segundo punto importante, Bolsonaro tuvo una votación expresiva son 6 millones de votos menos que Lula, pero son más de 51 millones de votos en el primer turno, pero no todos ellos son fascistas. Hay un núcleo duro fascista, el núcleo bolsonarista es fascista, pero esta elección demostró que hay un sentimiento fuerte en la población que Bolsonaro sabe explotar mucho que es el anti-Lula y el anti-PT. Esto explica por qué en las encuestas parecía una victoria por más de 10 puntos a favor de Haddad (PT) en Sao Paulo y los resultados fueron distintos. Tarsicio de Freitas, un ex ministro de Bolsonaro, ganó por 8 puntos. ¿Por qué? Porque esto se puede comprender como en la Argentina, una cosa es Buenos Aires, otra cosa es el interior del país que algunas ciudades y pueblos son prisioneros del voto de derecha.

En Brasil no hay derecha, hay extrema derecha. Es una situación muy preocupante porque está como en Hungría, la semana pasada Italia y ya es una fuerza importante en Suecia. Hay un crecimiento importante de la extrema derecha en el mundo, Bolsonaro es uno de los principales portadores de esta propuesta que podríamos decir que es neofascista.

Mario Hernandez.- Te comento que la semana pasada conversando con nuestro común amigo Antonino Infranca, luego del triunfo de Meloni, me preguntaba si lo recibiríamos en la Argentina o en Brasil. Yo le sugerí Brasil ahora, por supuesto, tengo mis serias dudas.

Ricardo Antunes.- Exactamente, mejor Uruguay.

Mario Hernandez.- ¿La corrupción sigue siendo un punto débil de Lula? 

Ricardo Antunes.- Sí, por dos motivos. Primero, la corrupción siempre es la bandera de la derecha contra la izquierda, la derecha hace corrupción desde que nació, pero habla que no existe corrupción en su gobierno. Los gobiernos de derecha son muy corruptos, pero dicen que no hay corrupción. En el gobierno de Bolsonaro hubo una sucesión de corrupciones en todos los sectores, pero dice que no hay ningún caso de corrupción. El gobierno del PT nosotros sabemos que era un gobierno de frente amplio con partidos como el PT y otros partidos de centroderecha y hubo corrupción en el gobierno. En este punto Lula no consigue dar una respuesta categórica y en la campaña ahora afirma que hubo corrupción en el gobierno porque es imposible controlar qué hacen los aliados.

Bolsonaro habla del fin de la corrupción del gobierno más corrupto de los últimos 40 años. En ese punto Lula está al frente de Bolsonaro. Lula dice que la cuestión es el hambre, la miseria, el desempleo, la informalidad, es la situación donde los niños, los hombres, las mujeres pobres, los indígenas están siendo traicionados por una política. Hay un último punto para comprender, en los últimos cuatro meses del gobierno de modo que sería una ilegalidad, el Parlamento, que es el único que tiene la potestad de cambiar la Constitución, permitió que Bolsonaro abriera los cofres y el dinero público para intentar revertir la situación en la que se encuentra. Lula tiene como promesa dar a los trabajadores dos salarios mínimos, pero Bolsonaro tiene como recurso, ilegal, para reconquistar este voto de modo de conseguir los 5 o 6 millones de votos que son necesarios para ganarle a Lula.

Mario Hernandez.- Lula se mostró con frecuencia con los empresarios más importantes de Brasil reivindicando la responsabilidad fiscal y el respeto al libre mercado como uno de los lemas de su gobierno. ¿Este corrimiento a la derecha que se expresa con la elección de Alckmin como su compañero de fórmula lo perjudicó?

Ricardo Antunes.- Alckmin fue muy importante si pensamos en el plano estrictamente electoral porque consiguió apoyo de sectores del centro que no iban a votar por Lula. Esto fue importante. El problema es que Bolsonaro con sus medidas en los últimos cuatro meses, los apoyos a los camioneros, la reducción del precio de petróleo, etc., hizo que hubiera una recuperación del voto de Bolsonaro en las camadas más pobres de la población. En este punto el apoyo de Alckmin y los liberales no lo benefició, pero sí lo hizo en el sentido que muchos de los partidos ahora votan por Lula, esto influye en las clases medias que tienden a ser anti-PT y más bolsonaristas, así como también en algunas ciudades del interior del país ayudó a disminuir la presencia de Bolsonaro. En Sao Paulo, las ciudades del interior de Sao Paulo tienen votos predominantemente bolsonaristas porque el alcalde local es conservador y apoya a Bolsonaro. Este es el desafío, como va a hacer Lula para conservar los votos y como hará para ganar un poquito más. Es difícil la situación. Es una guerra que se va a definir en las próximas semanas.

Mario Hernandez.- Para finalizar te hago una pregunta profesional como sociólogo ¿en qué fallaron las encuestadoras? 

Ricardo Antunes.- Las encuestas es una discusión compleja. Hubo una migración muy fuerte de votos de Simone Tebet y de Ciro Gomes en las últimas 24 horas del día de la elección que fueron para Bolsonaro. Hay una política explícita de los bolsonaristas, que es muy organizada, de no responder encuestas o hablar mentiras en las encuestas para generar una confusión, como está pasando ahora, o incluso algunos intentan prohibir las encuestas. Presta atención porque son encuestas, no es el resultado de las elecciones. La tendencia esta vez fue errada, por limitaciones, por ejemplo, Brasil no realiza un censo nacional hace muchos años, ahora lo están intentando hacer. El gobierno bolsonarista aplazó el censo, no sabemos cuántos pentecostales o evangélicos tenemos en Brasil y es muy amplio este continente. Todo esto causó confusión.

Mario Hernandez.- Acá estaba viendo que hace doce años que no se realiza un censo.

Ricardo Antunes.- Sí, es una política deliberada de no tener información que pueda beneficiar el ejercicio democrático.

Mario Hernandez.- Bien, Ricardo, muy completo. Seguramente nos comunicaremos en un par de semanas para ver ya esta segunda vuelta el próximo 30 de octubre. Te mando un fuerte abrazo.

Ricardo Antunes.- Para usted también y para todos sus compañeros de la Argentina. Vamos a luchar para cambiar. Un abrazo.

Favelas contra Bolsonaro

Por Raúl Zibechi

Entre las imágenes que trasmiten los medios y la intelectualidad de izquierdas y la realidad concreta de los sectores populares, suele haber serias distancias. En el caso de las favelas de Rio de Janeiro, media un abismo poblado de prejuicios y de racismo.

Las imágenes hegemónicas dicen que las favelas, donde viven más de dos millones de personas, son reductos del narcotráfico, de las milicias paramilitares y que su población es despolitizada y apoya a la ultraderecha de Jair Bolsonaro. Es cierto que entre la población favelada no predominan los mismos hábitos políticos que en los barrios de clases medias, ya que no acostumbran exteriorizar sus preferencias por partidos políticos, ni participar en manifestaciones, ni formar parte de movimientos sociales.

Sin embargo, en el principal conjunto de favelas de Rio de Janeiro, la Maré, integrada por 16 favelas y casi 150 mil habitantes, los resultados electorales del 2 de octubre señalan un claro rechazo a Bolsonaro y un nítido triunfo de Lula. Según el portal Maré, en esa región el actual presidente obtuvo apenas el 37% de los votos frente al 54% de Lula, o sea 17 puntos más mientras a escala nacional la diferencia fue de sólo cinco puntos (https://bit.ly/3EsURLG).

Es cierto que caminando por sus calles sólo se observa propaganda de la derecha y en muy raras ocasiones se pueden ver panfletos de la izquierda. Que predominan los locales de las grandes y pequeñas iglesias evangélicas y que no se distinguen espacios de los movimientos populares. Que la mayoría de la población muestra un nada sorprendente desprecio por la política electoral. Pero los datos duros hablan de un rechazo contundente a la ultraderecha, mucho mayor que en otros barrios de la ciudad.

Las razones del rechazo a Bolsonaro son claras. Durante su gobierno hubo tres grandes masacres en favelas con 72 muertos. El asesinato de la concejal negra, feminista y de izquierda, Marielle Franco, por las milicias, tuvo su papel en el rechazo a la política de seguridad del gobernador de Rio. De hecho, el candidato bolsonarista Claudio Castro, que gobierna Rio y es responsable de las últimas masacres, obtuvo en la Maré 43% de los votos, cuando en el conjunto de la ciudad alcanzó el 58%.

Desde siempre se respira en las favelas un rotundo repudio a la Policía Militar, principal instrumento de control de las poblaciones pobres y negras. No se puede detectar similar actitud hacia las milicias, porque el miedo que impone la violencia paramilitar consigue acallar las voces en el espacio público. Estamos por lo tanto ante una actitud mucho más sutil, de rechazo abierto pero que no es posible expresarlo del mismo modo que en los barrios de clases medias.

La segunda razón que encuentro es que desde la revuela de Junio de 2013, el activismo en la Maré, así como en otras favelas, no ha dejado de crecer y de expresarse en la creación de multitud de espacios donde miles de jóvenes practican capoeira o funk, formas corporales propias de la cultura negra en Brasil.

La educación juega un papel importante en este sentido. En todas las favelas hay diversos “vestibulares”, espacios donde las personas jóvenes se preparan para el examen de ingreso a la universidad. El que funciona en Timbau (Maré), donde las clases están abarrotadas, ha sido construido en la década de 1990 por la comunidad, con amplia participación de las y los estudiantes.

La educación es una preocupación de las familias pobres y a la formación dedican enormes esfuerzos económicos. Aunque existen muchos “vestibulares” privados o de las derechas, también hay otros formados por educadores populares que trasmiten otros valores y formas de aprender.

El Instituto Enraizados en Morro Agudo, en Nueva Iguazú en la Baixada Fluminense (periferia urbana de Rio), fue creado por el rapero Dudú con el objetivo de “utilizar las artes integradas del hip hop como herramienta de transformación social”. Ahora montaron un “vestibular” que ya fue desbordado por jóvenes, mayoría mujeres, de la favela.

Algo similar sucede en el Morro de Chapadao, en la región Pavuna al norte de Rio, donde el Movimiento de las Comunidades Populares (MCP) mantiene una escuela comunitaria dedicada al apoyo escolar con 63 niñas y niños. “Cuando llegan a cuarto o quinto grado, son analfabetos”, comenta la educadora Inessa. La escuela estatal no tiene voluntad de enseñar a las personas faveladas, por lo que el movimiento puso en pie una escuela totalmente autónoma, sostenida por las familias y comunidad.

En tercer lugar, la pandemia movilizó a la población de las favelas en sentido opuesto a lo sucedido en los barrios “nobles”, como llaman en Rio a la ciudad formal para distinguirla de la favela. En Chapadao las familias pasaban el día entero en la calle, donde hacían fiestas y se relacionaban con sus vecinos. La precariedad de las viviendas y la certeza de que la policía no puede ingresar al Morro (totalmente cercado por barricadas de los comandos del narcotráfico), hizo que se sintieran muy seguras.

Durante la pandemia las favelas montaron espacios para la distribución de alimentos y cuidados en salud, con apoyo exterior pero sobre todo con una gran movilización interna, cuyos frutos veremos en los próximos años. En las favelas los procesos políticos no tienen resultados inmediatos, se sumergen y luego aparecen con otras características.

La expresión electoral fue apenas un reflejo de los cambios en curso en el mundo de las periferias urbanas. Aunque es imposible predecir cuándo, tenemos la certeza de que ese mundo en movimiento va a seguir creando, más allá de la indiferencia de las izquierdas electorales y de los planes genocidas de los Estados.

Brasil: por una fenomenología de la destrucción

Por Renato Lessa

“O nome do destruidor é Destruidor, é o nome do destruidor”. Arnaldo Antunes, A face do destruidor

 

Lo que llamamos “bolsonarismo” es un fenómeno sin concepto. La obsesión por atribuirle uno – fascismo, populismo, autoritarismo, necropolítica, lo que sea – surge de la perturbación que sentimos ante objetos sin forma, dotados de una concentración insólita de negatividad, expresiones de un insoportable “absolutismo de lo real”. La propensión humana a las fabricaciones de conceptos es, de hecho, un recurso de autoprotección que proporciona un sentimiento de familiaridad ante lo inaudito. Es un sentimiento que resulta de tener un nombre para todo, sin importar lo aterrador que sea.

Es una cuestión arcaica, ya inscrita en el diálogo platónico del Fedón, y retomada en nuestra contemporaneidad por el filósofo alemán Hans Blumenberg (1920-1996), cuando abordó los temas de la «no-conceptualidad», los regímenes metafóricos y el «absolutismo de lo real»[1]. Además, la lógica de la autoprotección, a través de la atribución conceptual, sigue el modelo de cumplir con una expectativa: el concepto, aplicado a la cosa es inductor de predictibilidad. Nos brinda la sensación de “saber de qué se trata”; el valor psicológico del concepto excede en ocasiones su supuesto alcance cognitivo. En la relación entre el cumplir y la expectativa, esta última se encarga de configurar la primera.

De todos modos, movido por una sensación de inutilidad del concepto, pienso en la posibilidad -y el imperativo- de una fenomenología de la destrucción, sustentada en la siguiente intuición: el “bolsonarismo” no posee una historia intelectual ni siquiera una historia política que lo explique. Debe mostrarse, en mi entender, mediante una historia natural o una historia de sus efectos destructivos. El objeto – o el nombre – en cuestión no se declina aquí como un «concepto»: tiene más que ver con la etiqueta colocada en el cajón para indicar que allí se alberga colección de cosas extremas y abyectas. Un tipo de colección que, en condiciones normales, revelaría a su coleccionista como sujeto de especial cuidado. Para eso sirven los nombres: conceptos que no están precedidos ni comandados por intuiciones no son más que delirios positivistas; las intuiciones sin nombre para las cosas son como mapas genéricos de ciudades, desprovistos de rutas.

En los tiempos que corren, el negocio es no involucrarse mucho en eso y seguir la máxima de la gran antropóloga británica Mary Douglas (1921-2007): “poner la inmundicia en foco”[2]. Algo que, como bien advertía, afectará a nuestros modos habituales de cognición, generalmente concentrados en buscar una elucidación de las cosas, a través de la detección de causas y una precisa determinación conceptual. En el diálogo del Fedón platónico, Sócrates “vio” en el concepto del Sol lo que no podía ver en la cosa misma, a riesgo de quemar sus retinas. Me temo que para proceder con el ajuste del ojo, tendremos que quemar las nuestras.

 

Hacer del país un ejemplo

En el estado actual de la situación, el interés cognitivo por Brasil por parte de la comunidad científica internacional, parece ser directamente proporcional al éxito de la proyección del país como un paria planetario. Un interés, por supuesto, impulsado por la abyección y el asombro generalizados, dado el factor de riesgo de salud global involucrado: el término “Brasil”, en una reinterpretación desastrosa, merece una invitación a la profilaxis. Cuius culpa? Mérito exclusivo de un consulado que, aunque contrario a la idea misma de la globalización, globalizó a Brasil como un paria. Una proyección que resulta del proceso más extremo de “desfiguración de la democracia”[3]en marcha en el planeta. Un proceso cuyas señales son detectables a una escala igualmente global, pero que en las plagas brasileiras incide con mayor radicalidad. Un noble efecto de la colusión dirigida por el amigo-de-la-muerte, expresión que es válida como el sustrato real de la marca de fantasía “Jefe de Estado”.

Hechas las cuentas, se trata de un desastre marcado por un paroxismo doble: pandemia y pandemónium. Nos superamos en estas dos dimensiones, algo digno de grandes huestes de desgracias. Esto no es para cualquiera. El país, con más de noventa variaciones virales, se convirtió en un laboratorio privilegiado para la investigación de la pandemia. También califica como una excelente oportunidad para estudios de caso sobre  la deconstrucción civilizatoria. En cualquier caso, se trata de ocupar la vanguardia y tener mucho que enseñar al mundo: seguimos con el mote de país notable, pero en la pendiente de los infinitos negativos. Si se sigue de ese modo, habrá que temer el futuro en el que supuestamente seríamos, según Stefan Zweig, “el país”.

En el resto del mundo, sin embargo, persisten fragmentos de difusa simpatía. En clave menor y personal, es lo que pude constatar con el gesto de Monsieur Mayer, un veterano farmacéutico parisino de la Avenue de Saxe, no lejos del Instituto Pasteur. Al inocularme con la primera dosis de la vacuna contra la Covid19, me dijo: «c’est pour l’amitié franco-brésilienne«. Vacunado, salí tocado por el gesto discreto y desprovisto de solemnidad, y pensé: Monsieur Mayer debe ser de la cepa de los franceses que se comportaron bien durante la ocupación alemana (1940-1944). Sin heroísmo armado, pero de alguna manera observando una regla tan básica como obsoleta: alucinar a toda la humanidad en cada individuo; tratar a cada uno como un fin, nunca como un medio.

Monsieur Mayer no sabe nada sobre este inoculado, excepto la distinción de la declinación cortés “Monsieur Lessa «. Bastó un minuto efímero y el espacio exiguo del cubículo, además del líquido y la aguja, para que una curiosa mezcla de impersonalidad y de espíritu solidario compusieran el momento. Monsieur Mayer es parte de la miríada de operadores solidarios en acción en todo el mundo. Como los que persisten en Brasil en el combate a la enfermedad y las emanaciones sulfurosas del amigo-de-la-muerte, así como en el cuidado del inmenso contingente de víctimas.

 

Dimensión tácita

Esa no solemnidad en los actos practicados por los operadores solidarios conlleva una pregunta intrigante: la ausencia de la declinación impostada de lo que sería el fundamento del acto solidario hace que éste adopte la forma de un gesto automático e irreflexivo. Lo contrario sería un tanto absurdo y ridículo: suponer que cualquier acto o gesto ordinario debe ir precedido de un extenso y ruidoso exordio, como justificación y condición de inteligibilidad. En otras palabras, la boutade de Monsieur Mayer, recién referida – “c’est pour l’amitié franco-brésilienne” – vale por lo que vale: simplemente una fórmula pulida, que que encierra la implicación particular de algo no declarado, dotado de un carácter general y de incidencia menos específica: vacunar a todos, sin importar quién. Esa fue, creo, la pequeña y silenciosa metafísica que sostuvo el acto solidario del farmacéutico kantiano – sans le savoir – de la Avenue de Saxe.

Lo que parece subyacer a los gestos y acciones simples y comunes de la solidaridad y el cuidado es algo emparentado con lo que el filósofo y químico húngaro Michael Polanyi (1891-1976) llamó “conocimiento tácito”[4]. Polanyi, por cierto, habló de algo inherente a cada ser humano, en cuanto a la práctica de un «conocimiento personal»: cada uno sabe más de lo que es capaz de decir y es poseedor y practicante de conocimientos que sustentan una determinada capacidad para actuar. Algo, por tanto, que no se traduce en las palabras, sino que emerge en la acción misma, una facultad que no está basada en saber decir, sino en saber hacer.

La intuición de Polanyi, aunque se centra específicamente en el proceso de conocimiento, puede extenderse a otros aspectos de la experiencia humana. Así como existe el “conocimiento tácito”, es posible imaginar la presencia de dimensiones tácitas en las que se fijan sentimientos morales y creencias de reciprocidad. Claro está que no se trata de suponer que sean naturales e innatas, ya que resultan de acumulaciones culturales que se fijan -quién sabe cómo- a lo largo del tiempo, tanto a escala individual como intersubjetiva y compartida. Hablo de un complejo invisible de expectativas conductuales y creencias de reciprocidad y pertenencia que, aunque presentes, no exigen de una enunciación explícita cuando producen sus efectos.

También está claro que esa esfera subyacente y tácita no es el refugio exclusivo de creencias y sentimientos de empatía. Esta no se mide según los indicadores excluyentes de ausencia o presencia, sino observando su alcance e incidencia: cuándo y dónde está, con cuáles implicaciones, a quién va dirigida, a quién se le niega. La esfera tácita a la que me refiero está presente de un modo más difuso, en la variedad de nuestros juicios y acciones dotadas de implicaciones prácticas y morales. Cumple la función de un indicador primario de lo que nos parece aceptable o no. Su consistencia expresa el establecimiento de límites de lo razonable y lo esperado: es lo que se evidencia en frases tan sencillas como cotidianas como “esto ha cruzado la línea” o “no es posible que esto haya sucedido”.

Parece razonable suponer que tales sentencias surgen de un sentimiento de que algo ya declarado y establecido tácitamente ha sido agredido por algún tipo de acción o acto declarativo. La generalización de un lenguaje político en el que todo puede decirse, asociado a exhortaciones escatológicas y eliminatorias, supone la rarefacción -o incluso desfiguración- de una dimensión tácita.

La declaración de un fidedigno representante del nuevo grupo de ocupación en el Palácio da Alvorada (Brasilia), en enero de 2019, marca el tono: “… nosotros no reconocemos límites”. Aquí tenemos una cristalina vocalización del deseo de traspasar una dimensión tácita, cuya mínima consistencia se deriva del principio mismo de la existencia de límites. Tal vez ese fue la declaración  más radical proferida por los elementos del nuevo orden, ya que enuncia el principio trascendental -o la metafísica- de los actos singulares de destrucción que se sucedieron en el orden del tiempo. No tener límite es tomarse a sí mismo como un límite; es establecerlo en cada acción, para ir más allá en la siguiente. Es un situacionismo puro: en ese paraíso tan libertario, cada acto fija su propio límite, solo para ser superado inmediatamente. El posible efecto final es la reconfiguración radical de la dimensión tácita a partir de la naturalización del anti-regla de que “no hay límites”.

 

La palabra podrida

 

O velho abutre é sábio e alisa as suas penas
A podridão lhe agrada e seus discursos
Têm o dom de tornar as almas mais pequenas.
Sophia de Mello Andersen, Livro Sexto, 1962

 

No es novedoso. La destrucción se da en las palabras y en los actos. El modo de destrucción radica en la posibilidad de pasar directamente al acto: no hay ninguna mediación entre la brutal palabra del preámbulo y su más pura consecuencia. Además, el uso del lenguaje de amenaza y ofensa parece seguir el modelo de una peste, atendiendo una lógica de infestación análoga a la actual expansión viral incontrolada. La analogía ayuda a comprender las razones, digamos, más profundas de la percepción de la pandemia como un hecho de la naturaleza: “nada se puede hacer”; «¿y qué?[5]«. Existe, al menos, una analogía formal entre los modos de plaga lingüística y los modos de contaminación viral. Desde ese ángulo, el horror del amigo-de-la-muerte a la vacuna y su defensa de la «libertad» cobran un perfecto sentido.

El filósofo y psicólogo escocés Alexander Bain (1818-1903) en su libro más importante, The Emotions and the Will, de 1859, definió la creencia como un “hábito de acción”. Dotadas de un contenido propio, las creencias se alimentan de su capacidad práctica para fijar hábitos y modelos de acción. Una fijación que de ninguna manera prescinde del uso del en tanto  describe como prescribe formas de actuar. En el mismo acto de nombrar las cosas, la palabra sirve como preámbulo de pasar al acto como de futuros posibles. El lenguaje, al mismo tiempo que se mueve dentro de una alucinación compartida de vivir dentro de límites -la dimensión tácita-, puede dar paso y cobijo a la palabra podrida, una fórmula que al ser pronunciada destruye el propio entorno sobre el cual incide.

La palabra podrida destruye, antes que otra cosa, los límites tácitos. Como modelo de acción, se hace un prototipo del hábito de destruir hábitos. En sentido contrario, el modelo de destrucción resulta del poder y el sendero de la palabra podrida, y es a través de la palabra que surge la cosa. El sujeto de la palabra podrida, más que el verdugo de la gramática, es enemigo de la semántica y de la forma de vida asociada a ella.

Hay palabras que caen en el vacío, disueltas por la inercia de lo que ya fue hecho y está establecido. El rasgo distintivo de la palabra podrida es que no hay mediación entre ella y su consecuencia práctica. Incluso si no tiene sentido, causa estragos. Aún si es repudiada, ya fue dicha. Su emisor, además, es un sujeto dotado de una consistencia notable: es capaz de hacer todo lo que dice, sin ninguna reserva mental. Incluso si no logra completar el acto, debido a impedimentos externos, el emisor de la palabra podrida cree que lo puede hacer y que eso significa libertad. Esto es suficiente para hacerlo muy peligroso, como operador de una imaginación eliminadora. Es un obcecado en el deseo de matar el lenguaje, lo hace cosa, suprime cualquier contenido metafórico o figurativo para la palabra «muerte». El emisor de la palabra podrida es, ante todo, un sujeto dotado de aires proféticos: anticipa en todo momento el escenario distópico de una forma de vida adornada por excrementos y cuerpos sin vida.

Es posible suponer que la relación entre la dimensión tácita, a la cual aludo, y la emisión de la palabra podrida no sea de exterioridad. Lo que la distinguiría, en este caso, sería el carácter enfático y brutal de la emisión, pero no el contenido, un núcleo de sentido ya contenido por patrones de subjetividad en formas habituales de expresión. Un escenario un tanto trágico, de disolución de la propia lógica de la dimensión tácita, que trae consigo un indicador de límite y señalización, aunque impreciso, de patrones de previsibilidad, mientras que la palabra podrida se sustenta en la premisa del no-límite.

Al mismo tiempo, no puede dejarse de considerar que tal dimensión tácita alberga una extensa zona de indiferencia. En lugar de la percepción de infestación, presuponer a la indiferencia como principio tácito se basa en no aceptar la capacidad performativa de la palabra podrida, como algo que no debe tomarse en serio. En cierto sentido, la persona indiferente cree en la consistencia de la dimensión tácita, hasta tal punto que considera improbable la contaminación, o supone que a su debido tiempo la inercia y amnesia de la vida-tal-como-es eventualmente neutralizaría el efecto de podredumbre.

Ambas hipótesis tienen sentido y, de hecho, no llegan a ser excluyentes. Nada impide  imaginar la dimensión tácita como un espacio irregular y heterogéneo, dotado de contenidos y actitudes distintas a lo tácito. En otras palabras, la palabra podrida puede aceptarse como un nombre apropiado para lo que ya es familiar, y por lo tanto podrido, o puede tomarse con indiferencia y diluirse en muchas formas de apaciguamiento.

De hecho, comprender las razones y formas de adoptar y de indiferencia ante la palabra podrida, requiere una prehistoria y una etnografía de la dimensión tácita: ¿cómo se llenó?, ¿qué variedad de actitudes puede albergar? En notación directa, se trataría de reflexionar sobre la tortuosa pregunta: ¿cómo llegamos aquí?

La complejidad de la dimensión tácita revela, sin embargo, la posibilidad de una actitud distinta. Esto es lo que muestra la percepción de la difusión de la palabra podrida como algo que, además de la indignación política, produce un sentimiento de perplejidad, a la vez existencial y cognitiva. En este caso, en lugar de preguntar «¿cómo llegamos aquí?», la pregunta resultante es «¿qué es esto a lo que llegamos?». En otras palabras, nos faltaría la inteligibilidad de este aquí al que arribamos: ¿qué es esto? ¿qué es este aquí?

 

El sentimiento de perplejidad

El sentimiento de perplejidad no conduce necesariamente a la parálisis política. Por el contrario, tiene mucho sentido que en la acción cívica y política, y en compartir el espanto, buscar recursos para lidiar con eventos extremos e inauditos. El hecho básico y originador de la perplejidad es la ocupación del gobierno, por la vía electoral, por un extremista, tras una extensa campaña en la cual, de modo constante y explícito, diseminó la podredumbre por todo el país: valores y expresiones en total discordancia con la acumulación civilizatoria que creíamos haber logrado a partir de la década de 1980. El deseo de eliminar al adversario y a lo diverso se exhibió sin reservas, junto con el obstinado elogio de los torturadores de la dictadura militar de 1964. El paroxismo se alcanzó con lo que puede designarse como el Pronunciamiento de Ponta da Praia, pocos días antes de las elecciones, y en la cual el jefe de la extrema derecha brasileña preanunció el exilio, el encarcelamiento y la muerte de los opositores de izquierda, sin que hubiera alguna reacción de las autoridades electorales[6]. No se trata de reconstituir una historia tristemente conocida y vivida. Lo que más importa aquí es enfatizar y explorar la dimensión de la perplejidad cognitiva: ¿de qué se trata?, ¿qué es esto?, ¿cómo decir que es esto?

Foto en IHU Unisinos y Agencia Brasil

El filósofo francés Jean-François Lyotard, en su libro Le Différend, de 1984, comparó la Shoah[7] con un terremoto que no solo destruyó vidas, edificios u objetos, sino los propios instrumentos para detectar y medir terremotos[8]. No se trata de sugerir una posible comparación entre la magnitud de la desgracia impuesta a Brasil por el actual ocupante del gobierno de la República y la que estuvo presente en el contexto de la Shoah. Solo señalo la probable fisonomía de un sentimiento de desamparo cognitivo, que no impide ni elimina la necesaria certeza de repulsión política y civilizadora frente a configuraciones insólitas.

Nuestro terremoto tomó la forma de un acelerado proceso de desfiguración de la democracia. La excelente imagen es obra de la filósofa política Nadia Urbinati, en un libro luminoso, bajo el mismo título. Dado que la democracia no es un «modelo» estático, sino una figuración móvil, sus principales elementos internos – las formas de soberanía popular, los mecanismos legales e institucionales para el control del poder político y el universo de la opinión – tienen sus propios movimientos y tiempos, y son afectados al mismo tiempo por dinámicas sociales más amplias. La idea de desfiguración indica la posibilidad de un deterioro progresivo de esos elementos: la reducción de la soberanía popular a una dimensión puramente mayoritaria, el impulso para neutralizar los factores que controlan el ejercicio del poder y la infestación orquestada de la esfera de opinión, facilitada por la ocupación que ejercen las “medios sociales” en el campo de la (des)información y difusión de valores.

La dirección de la desfiguración, ya sea una etapa de algo por venir o como una forma política propia, alimentada por su propia excepcionalidad, no tiene contornos claros: todo sugiere que se nutre de su propio proceso, lo hace que su “espíritu” -en el sentido que le da Montesquieu al término- esté ocupado por una voluntad de destruir lo estaba ya configurado. En pocas palabras, el hecho de la destrucción, además del desastre implícito que conlleva, es perturbador como objeto de conocimiento. ¿Cómo lidiar con eso?

Los tiempos que precedieron a la aceleración de la desfiguración recibieron, entre los especialistas en el estudio de la política, un modo de conocimiento bastante optimista. El mantra de la “democracia consolidada” y el “funcionamiento de las instituciones”, con pocas islas de reserva y escepticismo, constituyó el trasfondo y el sentido común de las evaluaciones especializadas sobre el tema. En la jerga adoptada por la ciencia política conservadora, el sistema político en su conjunto se ha percibido durante mucho tiempo como una dinámica de ajustes y desajustes entre «incentivos» y «preferencias», como en un gran parque temático conductista. El horizonte del mejor de los mundos posibles se fijó en el buen “diseño de las instituciones”, en la santificación de la accountability, en la calidad técnica de los procesos de toma de decisiones y en las políticas públicas, en la sabiduría de los evaluadores y en la consagración de “buenas prácticas”. Los programas de investigación serios tenían que, por fuerza mayor, centrarse en la «desfiguración» en lugar de la «consolidación». Como resultado, una de las ventajas del redireccionamiento, y para nada menor, fue poder reevaluar el conocimiento común sobre lo que puede significar la “consolidación” de una democracia.

 

El nombre del destructor

A pesar que la perplejidad nos invadió, persiste el impulso inevitable de dar un nombre a lo inaudito: el surgimiento de la cosa exige la atribución de un nombre. El nombre, así dicho, no deja de ser un efecto sonoro o gráfico de nuestro propio espanto. Hecho de lenguaje y asombro, el sentimiento de desconocimiento del mundo nos suena como la marea creciente de la distopía.

Dar un nombre o un concepto a algo, para el filósofo alemán Hans Blumenberg, supone un acto de tomar distancia. Substituye un presente inmediato – extraño y, en cierto modo, imposibilitado- por el recurso a un «ausente disponible”. En esta clave, tanto el acto de nombrar como la elaboración metafórica pueden verse como provocados por un insoportable “absolutismo de lo real”. La “audacia de la conjetura” – como acto original de desprendimiento – se convierte en un elemento inherente al esfuerzo por comprender, de hecho en una forma de evitar el enfrentamiento directo con los “medios físicos”. El camino, también según Blumenberg, resulta de una demanda de autoconservación por parte del sujeto humano, presente en la lógica de la elaboración conceptual. Un efecto de familiaridad surge de este acto imaginario de apaciguamiento de los “medios físicos”: cuando digo el nombre y el concepto, afirmo que sé qué es la cosa; lo re-presento en forma de nombre, y de ese modo, lo hago familiar integrándolo en un complejo de significados ya establecidos.

Los términos de Blumenberg, además de formidables, son útiles para iluminar lo que busco enfocar: “absolutismo de lo real”, “medios físicos”, “ausente disponible”, “osadía de la conjetura”.

La aplicación del concepto de “autoritarismo” para enmarcar los fenómenos que conforman la actual situación de ocupación del gobierno brasileño, ejemplifica bien la proyección de un término familiar sobre algo sin precedentes. Sin embargo, son evidentes los problemas por desajustes. El término «autoritarismo» es una idea confusa y difusa, diluida y aplicable a un conjunto variado de fenómenos, como efecto de una inercia epistemológica. Parece tener ventajas en señalizar su contenido negativo, aunque no siempre ha sido así. Basta recordar la significativa producción de ensayos, en Brasil y en otros lugares, en los que los términos “autoritario” y “autoritarismo” indicaban alternativas positivas a la democracia liberal[9].

En Brasil, durante la década de 1970, “autoritarismo” fue un prudente eufemismo movilizado para nombrar el hecho de la dictadura, destacándose el importante libro publicado en 1977 por el brasilianista Alfred Stepan, titulado Brasil Autoritário[10]. En la década siguiente, el concepto sobrevivió a través de una abundante literatura sobre las “transiciones del autoritarismo a la democracia”, con numerosos “estudios de caso” de países en ese momento ocupados por dictaduras. De hecho, el nombre autoritarismo en una medida nada despreciable contenía uno de los atributos señalados por Blumenberg, presente en la lógica conceptual, el de otorgar el nombre en base a una expectativa.

Dicho de otro modo, “autoritarismo”, a partir de aquellos años 70, fue sobre todo el nombre de la ausencia de democracia. Su simple declinación trajo consigo la imaginación de la urgencia de recuperar – o construir – la democracia. Además, los fenómenos autoritarios y democráticos eran entendidos como excluyentes: la incidencia del primero sobre el segundo tiene la forma de una intervención exógena, según la criminología política y criminal de los golpes de Estado. Los procesos de desfiguración de la democracia son, por el contrario, endógenos, ya que son promovidos por el surgimiento electoral de la extrema derecha, a través de los mecanismos regulares de la democracia y el estado de derecho.

Una posible refutación consistiría en decir que nada de esto impide que una de las posibles trayectorias del proceso de desfiguración de la democracia en curso en Brasil sea la implementación de un “régimen autoritario”. Con todo, eso dependerá de un acuerdo semántico, dotado de la siguiente premisa: cualquier configuración política no democrática debe tener en la palabra “autoritarismo” su sello de inteligibilidad. Aunque en una clave sombría, el concepto nos hace suponer que sabemos lo que nos espera. El término también trae como efecto diluir la desfiguración actual en algo similar a una tradición. El llamado “bolsonarismo” sería, en realidad, un capítulo de una “tradición autoritaria”, aunque el más escaleno, lo que semánticamente le atribuye un lugar a una reiteración, y no a una novedad.

El recurso al término “fascismo” como “ausente disponible”, como la noción de “autoritarismo”, tiene un doble valor: exprimir la abyección y al mismo tiempo decir de qué se trata. De hecho, en el centro de todo concepto hay una aversión, lo que en el caso del “fascismo” es evidente. Aprendemos de Primo Levi que el fascismo es polimórfico y no se limita a su experiencia como régimen político. Veamos lo que dice:

“Cada época tiene su fascismo; sus signos premonitorios se advierten allí donde la concentración de poder niega al ciudadano la posibilidad y la capacidad de expresar y realizar su voluntad. Esto se logra de muchas maneras, no necesariamente con el terror de la intimidación policial, sino también negando o distorsionando la información, corrompiendo la justicia, paralizando la educación, difundiendo de muchas formas sutiles la nostalgia por un mundo en el que reinaba el orden supremo y la seguridad de unos pocos privilegiados. se basaba en el trabajo forzoso y el silencio forzado de la mayoría”[11].

El pasaje de Levi es elocuente en su advertencia sobre la supervivencia del fascismo por medio  de la desfiguración de aspectos inherentes a las sociedades democráticas: la justicia, la educación y el mundo de la opinión. De todos modos, o el fascismo es un régimen o es un conjunto polimorfo de prácticas, insertado en un régimen no fascista. En este último caso, si bien el término “fascista” puede ser utilizado como signo de prácticas específicas – distorsionar informaciones, paralizar la educación o corromper la justicia – no le corresponde a éste designar el espacio más amplio en el cual están presentes las prácticas fascistas. Lo que más se puede decir es “hay fascismo”. Pero la naturaleza del régimen que sufre o tolera sus prácticas permanece indeterminada, a la luz de la polimorfa definición de fascismo.

Si optamos por la idea del fascismo como régimen o, digamos, como un «proyecto» para nombrar nuestras penurias actuales, los problemas no son menores. El fascismo histórico estuvo marcado por la obsesión por incluir al conjunto de la sociedad en la órbita del Estado[12]. Su ejecución se llevó a cabo a través de un modelo de organización corporativa de la sociedad, cuyo elemento central estaba constituido por el trabajo y las profesiones, y no por el ciudadano liberal-democrático, sujeto a derechos universales. El fascismo opuso esto a la idea de un derecho concreto, basado en la división social del trabajo. El horizonte de la arquitectura institucional corporativista apuntaba a incluir toda la dinámica social en los espacios estatales y eliminar toda la energía cívica y política asociada a la indeterminación liberal y democrática.

El panorama que se presenta hoy en Brasil es bastante diferente: no se trata de poner la sociedad dentro del Estado, sino de devolver la sociedad al estado de la naturaleza, de remover de la sociedad los grados de “estatalidad” y normatividad que contiene, para acercarla cada vez más a un ideal de un estado espontáneo de naturaleza. Un escenario en el que las interacciones humanas se rigen por voluntades, instintos, pulsiones y lo que sea, y en el cual la mediación artificial es mínima, o incluso inexistente. Tal es el trasfondo de la idea de destrucción, que indica algo más amplio que la naturaleza de los regímenes políticos.

Hace unos tres años, cuando comencé a reflexionar (más) y escribir (menos), sobre la destrucción en curso del país, comencé por negarme a nombrar a su principal operador. Le he dado, de hecho, un no-nombre: el innombrable[13]. Ciertamente es un acto ficticio de colocarlo por fuera del lenguaje o, al menos, de ubicarlo en el lugar reservado por los sistemas lingüísticos a lo que no se puede decir y aceptar en el horizonte semántico común: el espacio prelingüístico de lo indiscernible. Pero no se trata de eso. Negar la perspectiva de la diccionarización a la cosa, bien vale como una señal y náusea ética, aunque los “medios físicos” permanecen activos e indiferentes al rechazo del refugio conceptual.

Sin embargo, hay más que idiosincrasia y tontería en este rechazo. De hecho, hay espanto ante la enorme dificultad de lidiar con algo que se muestra exactamente como lo que es. El llamado “bolsonarismo” no tiene nada que ocultar, desde el punto de vista de sus elementos constitutivos, aunque sí, desde el punto de vista penal. Se exhibe como es: ante la muerte, no la escamotea: transforma en evidencia ineludible del curso natural de la vida. Nuestros patrones habituales de conocimiento, por el contrario, presuponen siempre una opacidad en las cosas, un principio según el cual lo que parece ser nunca es lo que es, siendo el elemento velado lo que le da sentido. Se trata, en efecto, de un atavismo gnóstico presente en una atracción por el velo. En sentido contrario, la lógica conceptual consiste en revelar aquello que el fenómeno esconde y no manifiesta como descripción de sí mismo o en su modo de aparición.

Mostrarse como sé es consiste algo extremadamente perturbador. Algo que se valora en experimentar los afectos: espontaneidad, vergüenza, corporeidad, un fácil abrigo para las ocurrencias sin nombre y perturbadoras de su propio sentido, instantáneas y situacionales. En otra temática, siguiendo la perspectiva abierta por la filósofa estadounidense Elaine Scarry[14] en una obra memorable, aprendemos sobre la no opacidad presente en la experiencia con el dolor, cuánto es incontestable, cuánto se alberga en el más hondo sentimiento posible de certeza.

El modelo del dolor constituye una dinámica de eventos disruptivos, cuyo verdadero efecto reside de un modo directo en sus impactos inmediatos. El nombre dado, como distante ausente, no lidia con la verdad inscrita en el acto y sus efectos. Pero además, arriba con atraso: no puede dejar de ser una adición post-fáctica. Cuando llega, los efectos ya están ahí: topografía de ruinas, escombros y expectativas destruidas.

 

Fenomenología de la destrucción

Cuando Hans Erich Nossack (1901-1977), en junio de 1943, regresó a su ciudad, Hamburgo, literalmente borrada del mapa por 1800 bombardeos británicos durante ocho días consecutivos, no llevó consigo el concepto de lo que vio. Caminó atónito por las ruinas, entre restos orgánicos sin forma, efectos de lo que podríamos llamar como los paroxismos de los “medios físicos”: la destrucción de toda una ciudad. Grabó imágenes del untergang: destrucción, hundimiento, abismo. Un fondo mineralizado, que consiste en escombros y restos humanos derretidos o carbonizados. Cuando escribió su libro principal, Untergang, en 1948, registró cosas como esta: “las ratas, osadas y gordas, que jugaban en las calles, pero aún más repugnantes eran las moscas, enormes e iridiscentes verdes, moscas como nunca se vieran antes»[15].

La descripción de Nossack fue considerada por W.G. Sebald como un modelo de una historia natural de destrucción[16]. En una aproximación con los términos de Blumenberg, tal historia puede tomarse como la narrativa más directa posible del predominio de los “medios físicos”. Es necesario reconocer la ventaja epistemológica de la observación de la destrucción. La sensibilidad analítica que resulta de observar y reportar eventos extremos es un excelente entrenamiento para hablar sobre destrucción. Deben incluirse como lecturas obligatorias en los cursos de “Metodología”.

Los actos de destrucción valen por lo que son: actos de destrucción. Sus operadores hacen lo que dicen, y dicen lo que hacen: síntoma de un vínculo directo entre los “medios físicos” y la aplicación de la palabra podrida. Primo Levi en esto vería una cierta lógica de ofensa: producir dolor y castigo, por cierto, pero además también destruir por medio de la palabra precisa. Otra imagen de Primo Levi permite pasar a un ejercicio final de observación de la destrucción, el de “ir a fondo”[17].

Lo que pretendo es indicar que se abren los abismos, a través de los cuales la destrucción hace su obra de daño. No se trata de darle a la destrucción una dimensión metafísica o sublime. El término vale aquí como una señal -una flecha- que apunta a circunstancias de desfiguración del tejido normativo que, desde la Constitución de 1988, prefiguraba un modo de vida. «Destrucción» es el nombre que se le da a esa tal destrucción. Más que revelar un nombre codificado, capaz de mostrar su núcleo más profundo o sus “proyectos”, es apropiado mostrar sus circunstancias y áreas de incidencia. Los hechos primarios son una legión.

Lo que haré a continuación no es tanto registrarlos, sino proceder una presentación no exhaustiva de configuraciones más generales sobre las que los operadores de destrucción ejercen sus efectos. En orden, dichas configuraciones pueden ser presentadas de la siguiente manera: (i) Lengua, (ii) Vida, (iii) Territorio y poblaciones Originarias y (iv) Complejo Imaginario-Normativo.

 

  1. Lengua

Uno de los textos más notables sobre la experiencia del Tercer Reich fue escrito por Victor Klemperer, un judío convertido al protestantismo y profesor de literatura románica en la Universidad de Dresde. Conversión de escaso valor, ya que habiendo permanecido en Alemania después de 1933, sufrió todo tipo de persecuciones e interdicciones. Finalmente escapó del exterminio gracias al devastador bombardeo de Dresde en febrero de 1945, que interrumpió el sistema de transporte a los campos de exterminio. Klemperer dejó como legado un valioso diario y una obra maestra, a la que dio título en latín: Lingua Tertii Imperii, más conocida como LTI o Lengua del Tercer Reich, según las ediciones en portugués y en castellano[18]. Allí, su autor recogió diligentemente, durante los 12 años de vida bajo el nazismo, los impactos del lenguaje podrido nazista sobre el idioma alemán, que inventó su propia variante del idioma, practicado por adherentes y por quienes se vieron obligados a hacerlo.

Klemperer se preocupó por los nuevos términos, eufemismos y distorsiones de significado. Juzgó de gran importancia recopilar registros del habla podrida, generado por los operadores de la destrucción actualmente en curso en Brasil. Sin embargo, en este caso, se trata menos de una innovación de vocabulario que de una consagración del lenguaje como portador inmediato de sus efectos de violencia. Esto es lo que he tratado de designar aquí con la expresión palabra podrida: un acto de habla que cuando se pronuncia degrada el espacio semántico.

Confieso que tengo pudor en brindar ejemplos directos, pero vamos hacia allí: basta recordar lo que dijo uno de los más destacados operadores de destrucción, un diputado federal e hijo del actual ocupante de la presidencia de la República, al referirse a las compañeras diputadas como «portadoras de vaginas”. Es, de hecho, una metonimia podrida, cuya emisión contiene fuertes elementos de infestación: deshumanización, misoginia, sexismo, brutalidad inaudita. Este terrible ejemplo basta para aclarar el alcance de la palabra podrida. Como toda palabra o expresión, siempre está precedida de intuiciones genéricas, y por ello se puede imaginar el espectro de podredumbre que alberga.

De manera más abstracta, la palabra podrida es una forma de expresión que produce un efecto inmediato, ya sea como preámbulo de una acción violenta, como aviso previo de una acción deletérea o como una potencial infestación del campo simbólico. Por supuesto, no inventó sus términos ni muchas de sus fórmulas. Es obligatorio reconocer que éstas están entre nosotros. La novedad en esta materia es la ocupación que hace ese tipo de lenguaje de los espacios de emisión dotados de gran capacidad de difusión. El jefe del consulado, por supuesto, no inventó al tipo violento que usa las palabras como preámbulo del golpe físico y doloroso. Lo que trajo de perturbador fue el sistemático uso de la palabra podrida y su entronización en los discursos de la República. Son válidas como declaraciones sobre el «estado de la nación». Espero que todos estos actos de habla estén siendo recopilados por investigadores diligentes. Será devastador el día que publiquemos, en edición crítica, anotados y comentados, las obras completas del Destructor.

No se debe confundir la palabra podrida con la mentira. Esta, más humana, es inherente a la política. En última instancia, es vulnerable a la refutación fáctica. Este no es el caso de la palabra podrida que, en este sentido, es invulnerable al desenmascaramiento. Esto se debe a que los operadores capaces de juzgarla y medirla están ellos mismos, y de modo creciente, delimitados por la semántica de la podredumbre. Hay, por tanto, un halo de podredumbre trascendental que acoge y justifica proposiciones podridas específicas. Así se forma un repertorio explícito e implícito, según el cual la palabra podrida contagia el lenguaje cotidiano y delimita los contornos de la facultad de juicio.

 

  1. Vida

En el horizonte de la filosofía política moderna, la centralidad del tema de la vida fue indicada de modo definitivo por Thomas Hobbes en el siglo XVII. A él le debemos la constatación de que el Estado es un animal artificial, instituido por el ingenio humano, dotado de la justificación básica de brindar protección a la vida. Lejos de ser vaga y genérica, esa protección surge del horror de la posibilidad de una muerte prematura y violenta, un galardón a ser conquistado por los practicantes y seguidores de una vida absolutamente libre y desprovista de factores de contención, tanto externos como internos a los sujetos humanos. Considerada como absolutista, lo cual fue por razones circunstanciales, para Hobbes, la adhesión a un pacto común para la protección de la vida debe ser absoluta.

Cementerio de indígenas Yanomami en Roraima; foto T. Merlino, Reporter Brasil, 2021.

Lo que conviene retener de este breve resumen es la idea de que la cuestión de la vida supera la dimensión biológica y se inscribe en el fundamento de la legitimidad misma del poder político. En otras palabras, la vida se convierte en una figura de derecho público y no solo en algo restringido a la naturaleza, la providencia y a cada cuerpo biológico.

El argumento hobbesiano, fijado en la prosodia de la filosofía política, puede tomarse como la metafísica política de un doble proceso, errático e involuntariamente configurado en el experimento del mundo moderno: el largo proceso civilizador, como lo describe Norbert Elias, con sus múltiples mecanismos de mediación y reducción de la letalidad violenta en las relaciones sociales – y el experimento del Estado de Bienestar, cuyo carácter imperioso fue finamente ponderado por Karl Polanyi[19]. En una fórmula más precisa: el tema de la vida se asocia con el control de la violencia – o el predominio de los “medios físicos”, en las palabras de Blumenberg – y con la minimización del sufrimiento, el desamparo y la insolidaridad.

Creo que no es difícil vislumbrar en qué medida la perspectiva de reducir la letalidad violenta es afectada por el elogio abierto del armamentismo y las medidas administrativas para concretarlo. La destrucción inducida por la palabra podrida cuenta cada vez más con su retaguardia armada, con potencia de fuego expansiva, asociada también a la consolidación y expansión de un poder miliciano, una de las retaguardias de apoyo al proceso más general de desfiguración de la democracia. Asimismo, la dimensión del Estado de Bienestar se vuelve más vulnerable que nunca. Su peso inercial, por cierto, dificulta derrumbes abruptos, pero el proceso de desfiguración está en la agenda.

El ámbito del ataque a la perspectiva de la vida como valor e indicador básico de la legitimidad del Estado, tiene su escenario noble en la “gestión” de la pandemia. Es un campo privilegiado para observar la destrucción de lo común. La pandemia nos proporciona la imagen y la realidad de la presencia de un espacio común. Un dominio, por supuesto, marcado por la negatividad, como en las “comunidades de aflicción”, según la sagaz expresión del antropólogo británico Victor Turner[20]. Albert Camus, en su clásico libro La peste, de 1947, escribió sobre la plaga que asoló la ciudad de Orán, en la entonces Argelia francesa[21]. A través de la acción de su personaje principal, el Dr. Rieux, la desgracia colectiva brinda su propia traducción como una oportunidad para la solidaridad. El común negativo de la enfermedad y el positivo común del cuidadomantienen relaciones de complementariedad.

El negacionismo representa, más que una actitud sanitariamente letal, una negación de lo común. Negar la enfermedad es una forma directa de negar la relevancia de un ámbito marcado por la interdependencia de los sujetos y la posibilidad de establecer amplios lazos de solidaridad y reciprocidad. La libertad del “homo bolsanarus» la negación de lo común[22]. La circunstancia de la muerte, regresando el carácter perecedero de los cuerpos individuales, hace que la vida deje de ser un asunto de Derecho Público.

Tristemente, la diseminación de la letalidad es mensurable, al igual que la escala de los que sufren secuelas y fueron traumatizados. Pero la disolución de lo común y la difusión oficial de la insolidaridad son difíciles de medir. Subsisten como factores silenciosos y constantes, esenciales para la buena obra de la desfiguración.

 

  1. Territorio y pueblos originarios

Hay un significado inequívoco en el tratamiento del territorio y el tema ambiental que implica una redefinición normativa del espacio brasileño. Se desplaza la idea de país, como experimento cultural denso y duradero, en dirección a la imagen de lugar, una categoría espacial que trae consigo la posibilidad de apropiación física. La idea de país es una abstracción, la de lugar es un punto geográfico realmente existente. El alcance de la diferencia entre país y lugar puede medirse por el grado en que la naturaleza está incluida en un entramado normativo, que comprende tanto las dimensiones del derecho formal como los modos tradicionales de conocimiento y gestión de los recursos naturales. La idea aséptica de lugar prescinde de la larga y lenta precipitación de significados sobre el espacio a lo largo del tiempo, que define la idea siempre confusa e impura de país.

El genial artista plástico sudafricano William Kentridge, en su obra fuertemente marcada por la observación de la territorialidad de su país durante el apartheid, desarrolló una fina teoría del paisaje que presenta como experiencia espacial y sensorial en la que las formas de vida están ocultas. Kentridge nos dice: hay muchas cosas en el paisaje: cuerpos descompuestos, incorporados a la tierra; una tierra que es lugar de combate, disputa, segregación racial. En suma, el paisaje como lugar en el cual las memorias permanecen como depósitos coagulados; conjunto de experiencias arraigadas como entremezcladas con la tierra[23].

La devastación ambiental va en la dirección opuesta a esta teoría del paisaje. El predominio del lugar, sin el encanto que despertó a partir del siglo XVI en los primeros extranjeros, exige la posibilidad de un territorio abierto al mayor aprovechamiento posible, según las lógicas dictadas por sus propios usuarios, en un acto de pura libertad. Expulsar al territorio del Derecho, para no hablar de la supresión de los modos tradicionales de ocupación; devolver la tierra a la naturaleza, entendiendo por el término su disponibilidad absoluta para la explotación económica. En este sentido, la deforestación desenfrenada es imparable, ya que cuenta con una miríada de operadores de destrucción, alentados por la promoción de sus valores e intereses en el ámbito de razones de Estado.

Los pueblos originarios se encuentran entre los principales enemigos de los ocupantes del gobierno de la República, síntoma, sobre todo, de la negativa a admitir una pluralidad de formas de vida en el territorio común del país, y bajo la creencia etnocida del imperativo de su «aculturación». Entre invasores de reservas -como sujetos de libertad natural- y pueblos indígenas -sujetos de Derecho como legítimos ocupantes de las reservas, reconocidos en su especificidad cultural y, por ello, beneficiarios de la protección estatal-, la opción tomada no deja lugar a dudas. Al igual que ocurre con el territorio, los pueblos indígenas deben ser expulsados ​​del entramado normativo que, en cierta medida, contiene mecanismos y normas de protección y regulación.

El tratamiento del territorio y las poblaciones originarias por parte de los actuales ocupantes de la República está marcado por una inclinación distópica y atávica: hacer de la defensa de la libertad una restitución de las condiciones originales de la colonización: exploración del territorio y la «preacción»[24] para apresar indígenas. La nostalgia por lo que hubiera sido una libertad irrestricta para lidiar con la tierra, la naturaleza y los seres humanos constituye el núcleo arcaico del programa de desfiguración.

 

  1. Complejo imaginario y normativo

En este último apartado reúno un vasto conjunto de dimensiones dotadas de una propiedad común: representan el peso de la abstracción en la configuración del país. En otras palabras, nuestra “abstractófera” y reserva de negación ante el predominio de los “medios físicos”. Aquí inscribo tanto la dimensión de los derechos constitucionales, que definen un piso normativo para la figuración de lo social, como nuevos derechos expansivos en el ámbito de los derechos civiles. Las características de la Constitución de 1988, concebida como una imagen de lo que debería ser el país, y no acotada a establecer reglas para un juego definido en sentido ascendente, devolvieron la preeminencia del Derecho Público para el diseño general del país[25]. En términos más específicos, esa Carta representó la plena constitucionalización de los derechos sociales, políticos e individuales, en torno a la idea de “Estado democrático de derecho”. A pesar del gran número de enmiendas, la Carta contiene importantes barreras para contener el ímpetu de la desfiguración, aunque está lejos de ser invencible. La ocupación por la extrema derecha de cargos importantes en el ámbito de la justicia y en el campo de los derechos humanos indica hasta qué punto el ordenamiento abstracto de los derechos fundamentales constituye un adversario a derrotar.

La esfera abstracta también incluye los ámbitos de la cultura y la educación. Más allá de las evidencias en las declaraciones, la primera fue neutralizada por una inmovilización institucional sin precedentes. En la segunda, uno de los principales proyectos del ministerio de esa área aborda  la “educación en el hogar”, basándose también en el principio de “libertad”, lo que en este caso significa el control total de la familia sobre la educación de sus hijos. Las familias, así como las iglesias, se definen como lugares privilegiados para la socialización, componiendo así un marco general de desfiguración de lo común.

El ámbito laboral, aunque duro como una piedra, tampoco está completamente exento de la presencia de factores aquí presentados como abstractos. Así como existe una diferencia entre país y lugar, es posible imaginar la misma lógica de oposición para las ideas de trabajo y empleo. La primera, más que limitada al dominio ocupacional, es una categoría cultural y cívica; la segunda pertenece al espacio semántico de la economía y el mercado.

El “trabajo” fue una categoría central en la experiencia del país a partir de la década de 1930. Desde aquel entonces, el tema nunca estuvo ausente del marco constitucional brasileño: todas las Constituciones lo acogieron y ampliaron el alcance de los derechos sociales instituidos durante aquella década. De igual forma, a partir de la creación del Ministerio de Trabajo, el asunto tuvo un lugar permanente en el ámbito del Poder Ejecutivo. Su extinción, en el actual consulado, fue precedida por un laborioso trabajo de preparación, realizado por el gobierno de Temer, que alteró aspectos importantes de la justicia del trabajo e hizo inviable la sostenibilidad de la mayor parte de la red sindical brasileña al anular el impuesto sindical.

En nombre de la libertad, el derecho a organizar sindicatos fue severamente mitigado. La perspectiva de la desfiguración del derecho laboral, a pesar de la iniciativa del consulado anterior, fue asumida plenamente por la actual. La libertad natural celebrada por los actuales ocupantes acoge, en el ámbito de la cuestión laboral, los dictados de la libertad ultra-neo-liberal, tradicional cláusula petrificada de los que vinieron al mundo por negocios.

La posible desfiguración de la democracia se puede detectar en varios espacios no considerados aquí. De hecho, hay una ardua tarea por hacer, que es sistematizar todas las acciones que, en sus ámbitos específicos, realizan la labor de destruir lo mejor del país, aceptando todo lo que fue y es peor. Eso es lo que hay que hacer, para que podamos llevar a cabo la imperiosa deconstrucción de la destrucción.

Las desfiguraciones son móviles. Es muy difícil prever su fijación en alguna forma permanente. Tal como está ahora, se alimenta de su capacidad diaria de producir efectos destructivos, tanto en sus actos como en sus palabras. No hay necesidad de un concepto mágico y esclarecedor de la cosa. Lo que importa es seguir las señales de destrucción y mostrarlas tan implacable como sistemáticamente. Quizás el concepto de la cosa sea el rostro del Destructor, el «lugar de habla» por excelencia de la palabra podrida.

 

Notas

[1] Ver de H. Blumenberg, Paradigmes pour une métaphorologie, Vrin, París, 2006; Descripción del Ser Humano, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010; y Teoria da não conceitualidade, Editora UFMG, Belo Horizonte, 2013.

[2] Pureza e Perigo, M. Douglas, Perspectiva, São Paulo, 2010; Pureza y peligro, Siglo XXI, Madrid, 1973 [edición original 1966].

[3] La expresión “desfiguración de la democracia” es de la filósofa política Nadie Urbinati en su libro tan brillante como imposible de ignorar, Democracy disfigured: opinión, truth, and the people, Harvard University Press, Cambridge, 2014.

[4] El tema fue desarrollado por M. Polanyi en obras ejemplares, como Personal knowledge, Routledge, Londres, 1958, y en The tacit dimension, Doubleday, New York, 1966.

[5] Dichos del ocupante del Poder Ejecutivo de Brasil, frente a los cuestionamientos sobre la escalada de víctimas por la pandemia.

[6] La expresión “ponta da praia” (punta de la playa) fue usada por los agentes de represión política durante la dictadura militar (1964-195), para referirse a un establecimiento militar, en la costa de Marambaia, próximo a la ciudad de Rio d Janeiro, base logistíca para la desaparición de presos políticos.

[7] Shoha, derivado del hebreo, remite al concepto de catástrofe [nota de los traductores]

[8] Le Différend, Minuit, Paris, 1984.

[9] Vale citar, entre otros, para el caso de Brasil al libro de Azevedo Amaral, Estado autoritário e realidade nacional, J. Olympio, Rio de Janeiro, 1938, uno de los más importantes para comprender el giro autoritario de los años 1930. También un óptimo análisis en: Azevedo Amaral e o século do corporativismo, de Michael Manoilesco, no Brasil de Vargas, A. de Castro Gomes, Sociologia & Antropologia 2 (4): 185-209, 2012.

[10] Authoritarian Brazil: Origins, Policies, and Future, A. Stepan (ed.), Yale University Press, New Haven, 1977.

[11] p 56, “Um passado que acreditávamos não mais voltar”, en: Primo Levi, A Assimetria e a Vida: artigos e ensaios, 1955-1987, (M. Belpoliti, org.), Editora UNESP, São Paulo, 2016.

[12] Un análisis más detallado de esta cuestión en “Presidencialismo de Assombração: autocracia, estado de natureza, dissolução do social (notas sobre o experimento político-social-cultural brasileiro em curso)”, R. Lessa, pp 187-209, en Ainda sob a tempestade (A. Novaes, org.), Edições SESC, São Paulo. 2020.

[13] O inominável e o abjeto, R. Lessa, Carta Capital, 3 agosto 2018.

[14] The body in pain: the making and unmaking of the world, E. Scarry, Oxford University Press, Oxford, 1985; y también A dor física: ima teoria psicoanalítica da dor corporal, J.-D. Nasio, Jorge Zahar, Rio de Janeiro, 2008.

[15] The end: Hamburg, 1943, H.E. Nossack, University Chicago Press, Chicago, 2006.

[16] Guerra aérea e literatura, W.G. Sebald, Companjia das Letras, São Paulo, 2011.

[17] Sobre la idea de “ofensa”, ver Os afogados e os sobreviventes, P. Levi, Paz e Terra, Rio de Janeiro, 2004, especialmente el capítulo “A memória da ofensa”. Sobre la expresión de “ir a fondo”, la referencia es É isto um homem?, P. Levi, Rocco, São Paulo, 1988, en particular el capítulo “No fundo”.

[18] LTI: Linguagem do Terceiro Reich, V. Klemperer, Contraponto, Rio de Janeiro, 2009; LTI: La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Minúscula, Barcelona, 2001; sobre sus diarios hay una edición brasileña abreviada, Os diários de Victor Klemperer, Companhia das Letras, São Paulo, 1999; en castellano, los diarios completos en dos volúmenes: Quiero dar testimonio hasta el final I: Diarios 1933-1941, y II: 1942-1945, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003 y 2004.

[19] Ver respectivamente O Processo Civilizador, N. Elias, Jorge Zahar, Rio de Janeiro, 1990; El proceso de la civilización: Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, Fondo Cultura Económica, Madrid, 1987 [edición original 1939], y A Grande Transformação, K. Polanyi, Campus, Rio de Janeiro, 2011; La gran transformación, Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo Cultura Económica, México, 1992 [1ª ed. 1944].

[20] Ver The Drums of Affliction, V. Turner, Routledge, Londres, 1968.

[21] Ver La Peste, A. Camus, Gallimard, Paris, 1947.

[22] Sobre esta categoría, véase Homo Bolsonarus, R. Lessa, Serrote 27, julio 2020, https://revistaserrote.com.br/2020/07/serrote-edicao-especial/

[23] “Felix in Exile: Geography of Memory», p 122, In: William Kentridge (C. Dan, et al., eds), Phaidon Press, Londres, 2003.

[24] Preacción corresponde al término portugués preação que se refiere a expediciones para capturar y apresar indígenas, para esclavizarlos, y que ocurrieron bajo la colonia portuguesa desde el siglo XVI [nota de los traductores].

[25] Un óptimo análisis del aspecto programático de la Constitución de 1988 en Pluralismo, Direito e Justiça Distributiva, G. Citadito, Lumen Juris, Rio de Janeiro,  1999.

 

Renato Lessa es profesor de filosofía política en la Pontificia Universidade Catolica Rio Janeiro, investigador visitante en el Centre Roland Mousnier (Lettres Sorbonne Université, Paris) en 2021, e investigador asociado del Instituto de Ciências Sociais da Universidade de Lisboa; integrante del CNPq.

Texto basado en una conferencia brindada en la École des Hautes Études in Sciences Sociales (París, 29 marzo 2021), titulado “Brésil: pour une phenoménologie de la destroyer”. Una versión resumida se publicó en la revista Piauí (número 178, julio 2021), bajo el título “A destrucción”.

El texto es una traducción de Palabra Salvaje, desde donde agradecemos el permiso de la revista Piauí sobre el artículo publicado, y al autor por acceder a esta versión original.

Publicado en la web Palabra Salvaje el 25 octubre de 2021.La versión completa, con todas las imágenes en la revista Palabra Salvaje No 2 (octubre 2021) que se descarga aquí…

El cierre de la tijera y los beneficios

Por Michael Roberts

El crecimiento de los beneficios corporativos globales se dirige hacia el sur, según el análisis de los economistas de JP Morgan. JP Morgan estima que, después de aumentar un enorme 89 % (promedio móvil del 4T) en 2021, las ganancias corporativas globales se moderaron a un 24 % aún sólido anualizado hasta el 2T de 2022. Y estiman que “el nivel de ganancias netas está un 17% por encima de su tendencia previa a la pandemia, pero aún así compensa la pérdida de ganancias por la pandemia”. Sin embargo, JP Morgan espera “una desaceleración en el crecimiento de las ganancias en los próximos trimestres a medida que la inflación disminuya mientras los mercados laborales permanecen ajustados. La presión adicional proviene del aumento de las tasas de endeudamiento corporativo a medida que los bancos centrales presionan con el ciclo de ajuste más pronunciado en décadas”. Las tijeras de una futura recesión (caída de ganancias y aumento de las tasas de interés) están comenzando a cerrarse.

Durante la recuperación posterior a la pandemia, los márgenes de ganancias corporativas (la diferencia entre los ingresos y los costes por unidad de producción) alcanzaron máximos de varias décadas a medida que el aumento de la inflación impulsó el poder de fijación de los precios de las empresas mientras los salarios languidecían.

Pero las cosas están cambiando en 2022. Los márgenes de beneficio se reducen a medida que aumentan los costes de producción y se ralentiza el crecimiento de los ingresos.

Cuando desglosa por sectores, JP Morgan encuentra que cada uno de los 10 sectores que componen la economía total muestra una desaceleración en el crecimiento de las ganancias desde los máximos de varias décadas alcanzados en 2021, aunque solo cuatro han experimentado una contracción total desde principios de año. Aunque el auge de las ganancias en 2021 fue generalizado en todos los sectores, los datos dejan claro que la mayor parte de las ganancias se produjeron en energía y materias primas, incluidos los alimentos. Y ahí es donde se producen las caídas más grandes.

En el pasado, he construido un índice para medir las ganancias corporativas globales. Mi índice es un promedio ponderado por el PIB de las ganancias corporativas interanuales de cinco países (EEUU, Japón, China, Alemania y el Reino Unido). Este es un universo más pequeño que el compilado por los economistas de JP Morgan, que realizan un seguimiento de las ganancias corporativas de MSCI de 29 países. Eso suena mejor, pero hay algunas advertencias serias a tener en cuenta en el índice de JP Morgan. Primero, se basa en las ganancias declaradas en las cuentas de la empresa que siempre exageran las ganancias. Mi índice se basa en mediciones de ganancias más precisas del gobierno nacional. Y segundo, JP Morgan mide el cambio en esas ganancias en un promedio móvil de 4 trimestres, no año tras año para cada trimestre. Eso tiende a hacer que los cambios hacia arriba y hacia abajo sean más exagerados que las mediciones año tras año.

En mi modelo, el cambio en las ganancias corporativas globales hasta el primer semestre de 2022 se ve así:

Varias cosas emergen de este cuadro. Primero, el crecimiento de las ganancias corporativas globales se detuvo incluso antes de que estallara la pandemia de COVID y se produjeran los bloqueos y el colapso del comercio internacional (-2.1% interanual en el cuarto trimestre de 2019). En segundo lugar, la enorme recuperación estadística en 2021 (que alcanzó un máximo del 54,4 % en el segundo trimestre de 2021) ahora ha dado paso a una rápida desaceleración de las ganancias interanuales en 2022 (a solo el 6,2 % en el primer semestre de 2022).

¿Cómo se compara el modelo de JP Morgan con el mío?

Teniendo en cuenta las diferencias en los datos entre los dos modelos, todavía es visible una tendencia bastante similar. Hubo un auge en las ganancias después de la mini recesión de 2016, luego una caída en 2019 (anunciando una nueva caída en la inversión y el PIB en las principales economías) y luego la caída de la pandemia (aunque mis cifras muestran un pequeño aumento). La recuperación de 2021 es más moderada con mis datos que con los de JP Morgan. La primera mitad de 2022 es comparable.

Ambos índices muestran lo que concluye JP Morgan, «en relación con su tendencia previa a la pandemia, las ganancias globales acumuladas desde la pandemia todavía están deprimidas en más del 20%». Y ahora el crecimiento de las ganancias está desapareciendo. JP Morgan pronostica que “se espera que el poder de fijación de precios disminuya, particularmente en energía, mientras que es poco probable que las presiones salariales se moderen tan rápido. Combinado con el aumento de las tasas de interés, los márgenes de ganancia caerán, lo que afectará las ganancias en general”. Lo que he llamado en el pasado, las tijeras de la depresión (aumento de las tasas de interés y caída de las ganancias), están comenzando a cerrarse.

¿Por qué es importante seguir el cambio en los beneficios del sector capitalista a nivel mundial? Como he argumentado en numerosos lugares, los beneficios son la fuerza motriz de la inversión capitalista y, por lo tanto, del crecimiento del empleo y los ingresos. Si la rentabilidad de la inversión capitalista cae y eventualmente conduce a una caída de los beneficios totales, es el indicador más fuerte de una caída inminente en la producción capitalista.  La relación cercana (aunque retrasada) entre los beneficios y la inversión está bien establecida por varios estudios, incluido el mío. 

JP Morgan está ciertamente convencido de la relación entre los beneficios y la inversión, con los primeros liderando a los segundos: esperamos que el crecimiento de los beneficios corporativos se desacelere aún más en los próximos trimestres. Esta debilidad se reflejará negativamente en el gasto de capital empresarial”.

 

habitual colaborador de Sin Permiso, es un economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com/2022/09/14/the-closing-scissors-and-profits/

Traducción:G. Buster