Naomi Klein: “Solo una renuncia de Biden puede frenar a Trump. Ha enfurecido a los jóvenes al apoyar el genocidio en Gaza”

La ensayista, referente de los descontentos con la globalización, reflexiona en su nuevo libro sobre las realidades paralelas catapultadas por internet y recreadas en la política, en los medios y por la inteligencia artificial

Por Iker Seisdedos

La primera vez fue en 2011, en un baño público próximo a la acampada de Occupy Wall Street.

―“¿Has oído lo que ha dicho Naomi Klein?”, le preguntó una mujer a otra, indignada por unas críticas a la manifestación de ese día.

Klein, que las escuchó tras la puerta de uno de los cubículos y no había dicho nada al respecto, las corrigió al salir: “Me parece que estáis hablando de Naomi Wolf”.

Entonces, la confusión aún tenía cierto sentido. Ambas se llamaban Naomi y eran escritoras de izquierdas “de libros de grandes ideas”: feminismo, en el caso de Wolf, autora del éxito El mito de la belleza; los descontentos de la globalización, en el de Klein. Las dos eran judías de pelo largo moreno. Hasta sus parejas compartían nombre: Avram. Pero, después, Wolf se deslizó por el abismo de las conspiraciones, se hizo antivacunas, negacionista electoral, y empezó a aparecer en el programa de Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y líder de la internacional nacionalpopulista. Cayó, como la Alicia de Lewis Carroll, en la madriguera, y la confusión trascendió el mero incordio hasta inspirar un poemilla que se hizo viral: “Si la Naomi es Klein / todo bien / si la Naomi es Wolf [pronúnciese Wulf] / uuuuf”.

Así que Klein (Montreal, 53 años) decidió durante la pandemia que debía escribir un libro a partir de “La otra Naomi”. Se titula Doppelganger, como cierto arquetipo de la literatura, no solo fantástica, que resulta de combinar en alemán Doppel (doble) y Gänger (caminante) y que Freud describió como “esa especie de miedo que parte de lo que antaño conocíamos bien, pero que de pronto se torna ajeno”. Editado por Paidós y traducido por Ana Pedrero e Ignacio Villoro, llega en español a las librerías.

Gracias a sus exitosos ensayos No Logo (1999), manifiesto contra la globalización corporativa, y La doctrina del shock (2007), sobre Milton Friedman y su recetas para el (capitalismo del) desastre, Klein se erigió en una de las voces más influyentes de la generación altermundialista del cambio de siglo, la que salió a las calles en Seattle, Génova y Porto Alegre, y volvió a hacerlo una década después para acampar en las plazas de Madrid a Nueva York. A la lucha contra la negación del futuro que trajo el cambio climático a los hijos de aquellos manifestantes dedicó Klein su activismo de la década siguiente (y los libros Esto lo cambia todo y En llamas, también en Paidós).

Doppelganger es otra cosa: una memoria personal e intelectual de la pandemia, una historia cultural sobre la idea del doble (de Doctor Jekyll y Mister Hyde a Vértigo o la magistral novela de Philip Roth Operación Shylock) y un tratado sobre la desinformación y cómo internet nos incita a crear nuestros propios clones para alimentar una cierta identidad de marca personal. Trata sobre ver cómo personas a las que creías conocer regresan radicalmente cambiadas de un día para otro de los rincones más oscuros de las redes sociales, y sobre quedarse “sin palabras” ante las teorías de la conspiración. El resultado es un brillante artefacto sobre el mundo en el que vivimos, con su difusión de la realidad y su abono para el extremismo, que no escatima críticas a la suficiencia de la izquierda y a la dialéctica del “nosotros contra ellos”.

La auténtica Naomi Klein estaba el jueves pasado poco después del amanecer esperando en el pintoresco puerto de Sechelt la llegada del único pasajero del hidroavión de línea que cubre el trayecto desde Vancouver. Estaba previsto que la entrevista se celebrara en la universidad de la ciudad canadiense, donde imparte una asignatura sobre justicia climática, pero hubo que reprogramar el encuentro debido a una tormenta de nieve.

Klein se mudó desde Estados Unidos junto a su esposo y su hijo a este remoto rincón de la costa sur del Pacífico canadiense durante la pandemia para “estar cerca de sus padres”. Fue entonces cuando empezó a obsesionarse con su doble, y a recibir clases de escritura. “Doppelganger”, explicó al volante de su 4X4, que condujo por carreteras nevadas, “surgió del deseo de escribir diferente. Estaba aburrida de la no ficción tradicional y deprimida de lo que esta era capaz de lograr. No me veía con fuerzas para hacer otro libro-alerta sobre que solo nos quedan cinco años para evitar la catástrofe climática”.

PREGUNTA. De la creadora de eslóganes como “no logo” o “capitalismo del desastre”, llega ahora el “mundo del espejo”. ¿Cómo lo define?

RESPUESTA. Tiene que ver con el concepto del doppelganger. Hemos creado una suerte de partición de la sociedad, una línea divisoria entre “ellos y nosotros”. El mundo del espejo no es solo donde Bannon y Wolf viven con sus teorías de la conspiración, es también una dinámica que se ha establecido entre el centro-izquierda y la derecha alternativa. Son como realidades paralelas, con medios, editoriales, redes y discusiones que discurren sin tocarse. Se reflejan, pero no se cruzan.

P. ¿Como uno de esos espejos de la comisaría para ver sin ser visto?

R. En cierto modo. Bannon y los suyos observan a la izquierda, estudian a quién dejan atrás y qué argumentos conviene absorber para su proyecto político. Es parecido a lo que hace Georgia Meloni, en Italia.

P. O Vox, en España.

R. Son todos parte de la red internacional de Bannon. Vengo de los movimientos antiglobalización, y me llama mucho la atención cómo ciertas ideas nuestras han sido absorbidas por esa extrema derecha para retorcerlas. Señalan entre sus enemigos a los globalistas, los bancos o las compañías tecnológicas, pero no desde la crítica anticorporativa, sino para atacar a los migrantes, a los vulnerables. Recogen argumentos abandonados por el centro y la izquierda para absorberlos en provecho de la agenda fascista. Bannon me interesa como síntoma de un cambio sísmico en la derecha del que forma parte Trump. Como cerebro de una operación internacional, ha superado a la izquierda estadounidense, tan provinciana. No saben mirar más allá de la frontera.

P. Todos conocemos a alguien que cayó por la madriguera y que vuelve irreconocible, atiborrado de teorías conspirativas.

R. Hay un cierto engreimiento de la izquierda cuando recurre a esa imagen. Dicen: “No, nosotros no hemos caído por la madriguera, la realidad está de nuestra parte, estamos comprometidos con la libertad, con la ciencia”. En el fondo, es una distracción pensar que se está en el lado correcto del espejo. Por eso también hablo en el libro de las “zonas de sombra”, a las que preferimos no mirar, pero que demuestran que vivimos en un mundo basado en la explotación, la contaminación y el colonialismo, y que nadie es inocente. En los días de No logo, se trataba de llamar la atención sobre algo inadvertido. Ya no podemos fingir que no tenemos toda la información.

P. ¿Y qué demonios pasó con la realidad?

R. Me hace gracia la pregunta de qué es la realidad. Se la hice al escritor ojibwe Jesse Wente. Me dijo: “La realidad es una montaña”. Tal vez necesitemos volver a lo básico, porque ya no estoy segura de que Canadá sea real o de que el dinero lo sea. No sé lo que es la realidad, pero sé que las montañas son reales.

P. En su investigación, viajó a las catacumbas de internet. Escribe: “Los teóricos de la conspiración se confunden en los hechos, pero aciertan con las emociones”. ¿Entendió por qué la gente acaba absorbida por el agujero? ¿Le tentó dejarse caer?

R. Las teorías de la conspiración satisfacen un impulso de entender, aunque las razones sean incoherentes. Es natural que la gente busque respuestas. Yo misma las busco, dibujo mapas para explicar el mundo a partir de sistemas como el capitalismo o el colonialismo, porque esos sistemas lo explican mucho mejor que una conspiración que dice que los judíos, los chinos o los miembros del Club Bilderberg se reunieron en Davos para urdir una pandemia para enriquecer a las farmacéuticas. Ojalá fuera culpa de Bill Gates: sería más fácil resolver los problemas deshaciéndonos de él. Cuanto más estudias el capitalismo, más resistente te haces a las conspiranoias. La única forma de contrarrestar la cultura de la conspiración es reconocer que la gente tiene buenas razones para sospechar y sentirse traicionada. Necesitan un chivo expiatorio, y eso es peligroso. En momentos de gran quebranto colectivo, como los años treinta o ahora, la gente quiere explicaciones a por qué se torcieron las cosas. Si no llegan a un análisis que invite a buscar juntos una solución, empiezan los conflictos. Y la cosa se puede poner muy fea. Me parece que estamos en ese punto.

P. Cuando alguien como Wolf se pasa al otro lado… ¿busca recuperar lo que perdió en este? John Milton decía: “Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

R. Hay algo perverso en saber constantemente qué de lo que vendes funciona. Todos estamos pendientes de esa retroalimentación inmediata en las redes sociales. En el caso de Wolf, creo que fue esencial el oprobio al que fue sometida tras la publicación de su libro de 2019 [Outrages, en el que interpretó erróneamente archivos sobre supuestas ejecuciones por sodomía en la Inglaterra victoriana]. Le quedó muy claro que nunca más iba a colocar otro ensayo en los cauces tradicionales. Pero lo cierto es que ha escrito dos más, más uno a medias con Bannon. Tal vez no te enteraste, porque sucedió en el mundo del espejo. No creo, con todo, que lo haga por dinero. Tiene que ser porque piensa que es lo correcto, aunque sea como parte de un delirio increíble.

P. ¿Cómo reaccionó a la publicación de Doppelganger?

R. Lo achacó a una conspiración para destruir su reputación, como si ella misma no la hubiera destruido sola. La conspiración es la siguiente: mi marido [el cineasta y periodista Avi Lewis, que en 2021 se presentó a las elecciones federales en Canadá] trabaja para empresas farmacéuticas, cuando en realidad se limitó a hablar en unos eventos para extender la cobertura de la sanidad universal en Canadá, que no es exactamente lo que las farmacéuticas desean. También descubrió que mi suegro fue el embajador de la ONU para el sida en África. Eso aparentemente lo convierte en agente de las farmacéuticas. Según esa teoría, ambos me pidieron que escribiera este libro para atacarla. No le hago mucho caso, aunque su marido me preocupa más: tiene más armas.

P. ¿Cree que es buena idea proscribir a gente de las redes sociales o que eso los hace más fuertes? Wolf se presenta a sí misma en X como “la que ha sido expulsada ocho veces y sigue teniendo razón”.

R. No es verdad que se pueda desplataformizar a alguien. No existe el poder de expulsarlos de todas las redes que existen. La derecha ha sabido cómo convertir esos vanos intentos en condecoraciones.

P. En el libro define las redes sociales como un “baño global asqueroso y poblado de gente”. En el caso de Twitter, el retrete es además propiedad de Elon Musk.

R. Desde que lo compró, es mucho peor. Parte del problema es que hemos dejado de confiar en los medios. Cuanto más nos fiamos de esas plataformas corporativas para obtener información, más se agrava ese problema.

P. Parece que una parte de la juventud ve la extrema derecha como algo excitante frente a la izquierda, aburrida y mojigata. Como quien disfruta más con un monólogo bestia de Ricky Gervais que con chistes políticamente correctos.

R. Es cierto, y es peligroso. Tiene que ver con la pasión censora de la izquierda, esa vigilancia del discurso y la crueldad que despliega cuando alguien se pasa de la raya. Podríamos hablar de la cultura de la cancelación, si no fuera un concepto tan cargado. No tengo duda de que a veces incorpora un cierto elemento de matonismo, que tiende a orillar a cualquiera que se salga de la raya. No soy la única persona en la izquierda a la que eso le preocupa. Puede que a esos jóvenes la izquierda les resulte asfixiante, un lugar en el que un error puede hacer que tus amigos se vuelvan contra ti, y que crean que la derecha es ese ámbito en el que es posible estar en desacuerdo, aunque no sea verdad. En ambos lados del espejo hay control, pero creo que la derecha aprovecha mejor esa estrategia para sumar gente a su causa. Ojalá en la izquierda pensáramos más en cómo engordar nuestras filas en lugar de en cómo depurarlas. Ese es parte del problema de las universidades, donde se ha normalizado cancelar discursos de personas con las que no estás de acuerdo. El discurso sobre Palestina está ahora siendo severamente restringido. Y libramos esa batalla por la libertad de expresión con una mano atada, porque las mismas personas que dicen que no se censure ese discurso intentaron cancelar a [el pensador conservador canadiense] Jordan Peterson hace unos meses. Hoy basta que alguien que se considere una víctima se sienta mal para que algo ya no se pueda decir. Esa política de la diferencia está sirviendo para censurar cantos como “Desde el río hasta el mar” o la exhibición de banderas palestinas en los campus.

P. Visto en perspectiva, el principio de la pandemia fue una ilusión para quienes creían que íbamos a salir mejores de ella. Mientras, en el otro lado del espejo se iban cargando de odio por las mascarillas o las vacunas. Total: salimos peores.

R. Hubo algo de belleza, y al mismo tiempo destapó nuestras contradicciones: aplaudíamos a los sanitarios, pero acumulábamos papel higiénico. El problema con el capitalismo es que nos mantiene en un estado de pánico, escasez e inseguridad, y alienta nuestro egoísmo. Por eso creo en trabajar para cambiar ese sistema. No hay un futuro si mantenemos el statu quo; las cosas tendrán que cambiar, y están cambiando. A diferencia de mis libros anteriores, Doppelganger no tiene tan claro su enemigo; podría ser yo misma. Es un ensayo más íntimo. Es una amenaza tanto o más grave que la de cualquiera de mis otros libros o incluso que todos ellos juntos. Y es una historia de terror.

P. La pandemia fue el shock definitivo, y, al mismo tiempo, ese momento en el que la extrema derecha se apropió de sus teorías de La doctrina del shock para afirmar que, como en Chile en los 70 o tras el huracán Katrina, el poder se estaba aprovechando de nuestros miedos para introducir cambios de calado…

R. Fue como vivir una experiencia extracorpórea. Pero la doctrina del shock continúa. En la Argentina de Milei o tras los incendios de Maui de este verano, que se usaron para engordar el mercado inmobiliario. Y pasa ante nuestros ojos en Israel.

P. ¿Se está cometiendo un genocidio en Gaza, como defiende Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia?

R. Me parece que manejan un caso muy robusto. El mayor argumento son esos funcionarios israelíes hablando públicamente de despoblar Gaza y de la necesidad de reasentar a cientos de miles, si no millones, de palestinos. Si eso no es una limpieza étnica, no sé lo que es. Lo que está haciendo Israel es el ejemplo más claro y violento de la doctrina del shock que quepa imaginar: tenemos a un gobierno de extrema derecha con planes explícitos y esperanzas de despoblar Cisjordania y específicamente Gaza, que siempre ha sido la mayor amenaza demográfica para la idea de una mayoría judía. Emplearon inmediatamente el 7 de octubre para impulsar sus sueños y ambiciones más radicales. Ojo, no estoy diciendo que fuera una conspiración, sino una oportunidad para un grupo de personas extremadamente oportunistas. Y sí, creo que toda esa operación se ajusta a la definición de genocidio.

P. En Doppelganger cuenta una vista suya a Gaza, en la que fue hostigada por el ejército israelí. ¿Le sorprendió el ataque del 7 de octubre?

R. Fue una sorpresa para todos, también para Netanyahu. Porque había estado allí y conozco la arquitectura [de la ocupación], entendí por qué hubo quien lo equiparó con la fuga de una prisión. Por supuesto, me horrorizó ver el alcance de la masacre de Hamás. Como alguien que ha sido parte de los movimientos de solidaridad palestina durante mucho tiempo, sé lo importante que es para Palestina que el derecho internacional signifique algo; de eso trata el caso de Sudáfrica. Esas convenciones son tan poderosas como la fuerza moral tras ellas. Por eso me preocupó también en esos días ver a algunas personas de izquierda hablar con indiferencia sobre las violaciones del derecho internacional [de Israel]. Escribí sobre eso, y me atacaron. No era la primera vez, pero sí la primera en que esos ataques provenían también de la izquierda.

P. ¿Está creciendo el antisemitismo en Norteamérica?

R. Crecen todos los discursos del odio. La derecha usa el verdadero antisemitismo como arma, para justificarse. Escucho a judíos mayores convencidos de que tienen a la turba a la puerta de casa. Creo que les meten ese miedo para que apoyen a Israel acríticamente.

P. Trump ha firmado una victoria aplastante en el inicio de las primarias. ¿Hay algo que pueda interponerse en su camino hacia la Casa Blanca?

R. Honestamente, solo una renuncia de Joe Biden. Ha enfurecido tanto a los votantes jóvenes al apoyar el genocidio de Israel en Gaza, que dudo de que pueda ganar. Por no hablar de los electores árabes en Estados clave como Míchigan y Pensilvania.

P. Al releer No logo, hay ideas que ahora suenan naíf. No tanto por culpa del libro como de la brutal evolución del turbocapitalismo. Escribió sobre el poder de las marcas, pero no vio que todos acabaríamos convertidos en una.

R. Era algo que les empezaba a pasar a los famosos. Entonces parecía ridículo pensar que todos podríamos cultivar nuestra marca. ¿Cómo? ¿Poniendo anuncios en el periódico? No existían Instagram o TikTok. Y míranos ahora: no conozco a nadie que no se sienta frustrado por lo que tiene que hacer para alimentar su imagen en la Red. Esto está teniendo un impacto profundo en nuestra comprensión de lo que es la vida o para qué sirven las amistades.

P. Lo que era imposible de prever es el auge de películas sobre marcas, de Air a Tetris, y que una de ellas, Barbie, se colocara en el centro de un debate cultural de aparente calado sobre feminismo.

R. Barbie es como un subidón de azúcar. A todos nos gusta mientras sucede. Pero luego te sientes mal, avergonzada, con una resaca Barbie. Todas esas películas que planea hacer Mattel… me recuerdan a la inteligencia artificial, otra expresión de nuestra era de doppelgangers: es una máquina de duplicación y mimetismo, que remezcla la cultura de una manera que puede parecer innovadora, pero no lo es.

Elpais.com

Mis prisiones y el futuro de Rusia

Por Yurii Colombo

Boris Kagarlitsky, sociólogo, politólogo y activista de izquierda ruso de renombre internacional, salió de prisión después de cuatro meses. Afortunadamente, sólo fue condenado a una multa por “respaldar el terrorismo”. Sin embargo, ya no puede enseñar ni ejercer actividades profesionales en Rusia.

La oposición respiró aliviada pues el disidente se enfrentaba hasta a seis años de prisión a pesar de tener 65 años. Si bien no podemos entrar en detalles sobre el caso, hablamos con Boris sobre su experiencia en prisión y su opinión sobre el estado general del país.

Se trata de la primera entrevista de Boris dese su salida de la prisión de Siktyvkar (República de Komis), situada a 1.300 km de Moscú, y estamos contentos de poderla publicar en Naufraghi/e, que ya le había entrevistado el año pasado. En italiano está publicado su libro  L’impero della periferia. Storia critica della Russia dalle origini a Putin y en la próxima primavera se publicará su nuevo libro, La lunga ritirata una amplia reflexión sobre la derrota de la izquierda europea y sus perspectivas.

Resumamos, para las y los lectores que no pudieron seguir tu historia de cerca, los motivos que llevaron a tu detención.

Oficialmente fui acusado de haber “aprobado el terrorismo”. Como prueba de mi presunto delito utilizaron un fragmento de un vídeo en el que comentaba el ataque ucraniano al puente de Crimea en octubre de 2022. El título del vídeo era «El saludo explosivo del gato del puente». Me refería a un gato que vive en este puente y del que todos los blogueros hablaron cuando Putin llegó a Crimea el día antes de la explosión. Fue sólo una broma sarcástica, nada más. Ante esto, incluso el juez tuvo que reconocer que no había ninguna aprobación del terrorismo por mi parte, aunque obviamente no podía absolverme. De hecho, los motivos de mi arresto fueron diferentes a los declarados oficialmente. En efecto, a mediados del año pasado se puso en marcha una campaña para cerrar la boca a todas las personas más o menos conocidas que criticaban al gobierno, ya fueran de izquierdas o de derechas. No sólo fui arrestado yo, sino también una figura reaccionaria como Igor Strelkov, por ejemplo.

De todos modos, terminaste pasando cuatro meses y medio en prisión

Sí, pero no era la primera vez. Fui encarcelado durante la era soviética, bajo Brezhnev, cuando formé “clubes socialistas”, luego en 1993 y nuevamente en 2001. Debo decir que algo ha cambiado para mejor desde entonces….

Cuéntanos cómo son las prisiones rusas. En Occidente tenemos la idea de que pueden parecerse a algo lúgubre, a medio camino entre las celdas del imperio zarista y los barracones de los gulags

Hay que decir de entrada que en Rusia existen diferentes formas de detención, más o menos duras. Afortunadamente me encontré en una de las celdas mejor equipadas. Éramos cuatro y al que, por así decirlo, le iba mejor era a un detenido que llevaba más de seis años en espera de juicio. Ya estaba muy bien organizado y tenía su propio televisor y frigorífico, que obviamente había comprado de su propio bolsillo. Era muy respetado en la prisión. Así, por ejemplo, los guardias no podían meter en su celda a un preso que no fuera de su agrado. Pero es, recordemos, una prisión para presos en espera de juicio. Luego están los campos de detención, es decir los lugares donde cumples tu condena si eres declarado culpable, que son mucho peores. Se trata a menudo de establecimientos aislados en el bosque y en los que existe la obligación de trabajar. Pero siempre hay subterfugios: a un preso que estuvo allí conmigo aunque ya había sido condenado se le permitió quedarse como cocinero. Esto era una ventaja porque, como conocido, siempre te garantizaba una ración mayor. También se podía comprar comida en el economato (que de todos modos era muy cara) y pedir pizzas fuera, pero llegaban al día siguiente, frías, por supuesto.

¿Cómo era tu relación con los otros prisioneros? En Rusia estamos acostumbrados a que todo el mundo tenga miedo de hablar de temas “prohibidos” como la guerra o la corrupción del poder

En prisión nadie tiene miedo de hablar. Después de todo, ¿a qué más te podrían condenar? Desde este punto de vista, es paradójicamente un oasis de libertad. En general, los presos tienen una actitud muy crítica ante lo que sucede en el país. No he conocido a nadie que estuviera entusiasmado con la guerra en Ucrania. Pero hay que hacer una observación: la persona que se declara contra la guerra puede, al mismo tiempo, estar dispuesta a ir a luchar porque eso le permite salir de la cárcel. Especialmente los presos que deben cumplir una pena de más de cinco años intentan aprovechar esta posibilidad. Si la sentencia es más corta, prefieren quedarse en prisión y no arriesgar su pellejo. También conocí a un prisionero que había ido a Ucrania como voluntario y fue arrestado nuevamente a su regreso. Sin embargo, él también estaba en contra de la guerra.

En Rusia, ¿están separados los presos de derecho común de los presos políticos?

En la época soviética existía esta separación, hoy ya no es así. Hoy la división en las prisiones rusas es diferente. Se separa a los que crean problemas de los que no, a los que son de “baja calidad” de los que son de “alta calidad”. Violadores, narcotraficantes, etc. obviamente se consideran de “baja calidad” y ciertamente no llevan una buena vida tras las rejas. Dos de las personas que estaban conmigo en la celda fueron acusadas de asesinato, pero provenían de «capas sociales respetables», eran antiguos empresarios y, por lo tanto, todavía se les consideraba de «alta calidad».

¿En cuanto a las relaciones con el mundo exterior, por ejemplo la correspondencia?

Yo recibía correspondencia. Por supuesto, pasaba por la censura. Se bloquearon dos cartas porque me informaban que había un rumor sobre la muerte de Putin. También podía escribir. Podía escribir cuatro artículos, que obviamente no tenían nada que ver con “temas candentes”. Alguien empezó a animarme a escribir “diarios de prisión”, pero ¡me negué y respondí que no tenía intención de permanecer en prisión mucho tiempo como Gramsci!.

¿Es posible recibir libros en prisión?

Para los libros, la cosa está complicada. Está la biblioteca interna, pero sólo contiene literatura, no obras documentales. Incluso desde fuera sólo podemos recibir literatura. Otro problema es que no existe un catálogo de la biblioteca de la prisión. Entonces tienes que solicitar un título al azar y después de un tiempo el bibliotecario te dice si el título está disponible o no. Solía preguntar a mis compañeros de celda qué habían leído, lo que me daba una idea de qué pedir. Leemos mucho en prisión para pasar el tiempo. Ninguna obra de no ficción, peor que en Italia durante el fascismo. El primer mes y medio la bibliotecaria estuvo enferma y no pude pedir nada. Luego me apañé.

Como sociólogo, ¿qué has aprendido sobre la composición social de los presos? ¿Son estos principalmente proletarios o subproletarios?

Sí, muchos proletarios, pero también muchos funcionarios en prisión por corrupción. También estaba el ex teniente de alcalde de un pequeño pueblo. Estuvo en prisión por asesinato. Había matado a alguien sin querer durante una pelea de borrachos que siguió a una fiesta en la ciudad. También se encontraban varios empresarios vinculados a organizaciones criminales. Por supuesto, muchos trabajadores, parados, jóvenes. Un caleidoscopio de toda la sociedad rusa. Muchos delitos están relacionados con los ingresos. A ingresos inexistentes o insuficientes para vivir.

Al vivir en Moscú, casi se tiene la impresión de que en Rusia no existe la delincuencia y de que el régimen se esfuerza por dar una imagen de tranquilidad y seguridad. Incluso los periódicos “principales” no informan sobre casos de delitos.

Ese no es realmente el caso. Todas las noches se emite por televisión el programa «Dejurnaja Cast» (Estación de servicio), muy seguido por los reclusos, en el que se habla de criminalidad. Luego hay un programa policial diario de una hora de duración en la televisión local en el que muchos reclusos reconocen a amigos y familiares involucrados en algún mal asunto…

¿Qué pasa con los inmigrantes?

Por supuesto, hay muchos inmigrantes en prisión. La mayoría son uzbekos, y mucho menos kazajos. Representan aproximadamente entre el 15 y el 20% de la población penitenciaria. Luego están los elementos de la diáspora postsoviética, principalmente de origen azerí.

¿Esta condición, digamos “extrema”, te ha llevado a reflexionar sobre la sociedad rusa en general? 

En prisión tienes la oportunidad de conocer gente que normalmente no conocerías. En mi opinión, a muchas personas encarceladas no se les puede llamar criminales. No tienen esta “tendencia intrínseca” hacia la criminalidad. Se trata en su mayoría de personas que cruzan los límites de la legalidad con relativa facilidad. Personas para las que las pequeñas infracciones a la ley son habituales y que tarde o temprano acaban arrestadas. Por ejemplo, hubo un joven que se peleó con sus vecinos porque ponían música muy alta. No era un criminal, sino una persona a la que le resultaba fácil resolver sus diferencias de esta manera. Para estas personas, cruzar ciertos límites no es tan grave.

Te conozco como una persona optimista, tanto a nivel individual como político. Después de esta experiencia, ¿todavía lo sigues siendo?

Sí, soy optimista por naturaleza. Estaba convencido de que no permanecería mucho tiempo en prisión y así fue. Tengo motivos para ser optimista. Si crees que te sucederán cosas buenas, aumentan las posibilidades de que realmente sucedan.

¿Sabes que alguien incluso bromeó sobre tu encarcelamiento en las redes sociales: “El poder no sabe lo que significa arrestar a Kagarlitsky”? ¡Durante la URSS Brezhnev murió casi inmediatamente después de que te detuvieran!

…¡e pensad que después de mi último arresto comenzó a correr el rumor de que Putin estaba muerto y que el que vimos en la televisión era solo un doble!

Incluso Gorbachov, antes de morir, tituló su autobiografía “Sigo siendo optimista”.

Sinceramente, historias como la mía no suelen acabar bien. Me ayudó mucho el hecho de ser profesor universitario, politólogo y sociólogo, conocido en el extranjero. Y eso no es todo, me ayudó la campaña de opinión pública a mi favor. Incluso algunas personalidades del poder pensaron que era mejor dejarme ir, que mi caso les estaba perjudicando más que beneficiándolos. Pero si a un activista provincial de izquierdas o de derechos civiles le hubiera pasado lo mismo, nadie le habría ayudado. Por ejemplo, había un activista en prisión que había criticado al gobierno en su blog y que cumplía una condena de cinco años y medio de prisión por el mismo delito.

En mi caso la cosa fue bien y estoy feliz, pero la injusticia sigue siendo evidente. Desde un punto de vista político, puedo decir lo siguiente: en las elecciones presidenciales de marzo, Putin seguramente será reelegido, pero el simple hecho de que una parte de la opinión pública piense que está muerto y que está siendo sustituido por un doble dice mucho sobre la credibilidad de estas elecciones. La gente cree en el sistema mucho menos que hace seis años. Por primera vez la gente piensa en el fondo que estas elecciones no son legítimas. La situación también es diferente para la nomenklatura burocrática. La burocracia está cansada de tener que resolver los problemas que crea constantemente el Kremlin. Por ejemplo, mucha gente piensa que estas elecciones son inútiles cuando tienen otros problemas que afrontar. En las provincias, este malestar es aún más evidente que en Moscú. Se trata de un fenómeno nuevo.

Rusia está al borde de una crisis en la que el mayor peligro no proviene del pueblo sino de la burocracia. Esta última tiende cada vez más a sabotear los proyectos gubernamentales, a frenarlos. Más adelante el pueblo también se movilizará, pero por ahora el principal factor desestabilizador es la burocracia. El poder es incapaz de resolver los problemas. Continúa por el camino de la represión y la propaganda y acumula problemas. Como dice un proverbio ruso: “para curar a los enfermos, rompen el termómetro”. Piensan que si no los abordan, los problemas se resolverán solos. La oposición no puede conocer el nivel de los problemas acumulados, pero lo más interesante es que el gobierno tampoco lo conoce. Nadie sabe cuándo y cómo esto se convertirá en protesta social. Pero lo cierto es que, por diferentes razones, todas las clases en Rusia hoy están descontentas e indecisas.

Yurii Colombo

https://naufraghi.ch/le-mie-prigioni-e-il-futuro-della-russia/

Traducción al francés (CS revisada en profundidad) de la entrevista con B. Kagarlitsky en italiano http://www.europesolidaire.org/spip.php?article69293

https://entreleslignesentrelesmots.wordpress.com/2024/01/13/mes-prisons-et-le-futur-de-la-russie/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Raúl Zibechi: “Cuando tomamos conciencia de que la vida corre peligro no podemos seguir como si nada hubiera cambiado”

Para el pensador uruguayo, en este mundo inestable de disputas individualistas cada vez más feroces, la guerra puede volverse cada vez más común en todo el mundo.

Por João Vitor Santos / Instituto Humanitas Unisinos do Brasil

Traducción: Decio Machado

Es como si el mal existiera y, fecundado por otras cuestiones y especialmente por el capitalismo, provocara fisuras, las crisis de nuestro tiempo. Para el pensador uruguayo Raúl Zibechi, lo que se ve en estas huellas es un oscuro horizonte de guerras. “Debemos ser conscientes de la proliferación de guerras, incluso en América Latina”, señala en entrevista por correo electrónico con el Instituto Humanitas Unisinos – IHU. Y continúa: “las guerras entre naciones pueden convertirse en una realidad, como en el caso de Venezuela y Guyana por culpa del Esequibo. Pero también hay guerras no declaradas bajo la excusa del narcotráfico o la inseguridad, algo que se está extendiendo por todo el continente”.

Preguntado sobre cómo entiende el mal en nuestros tiempos de crisis, Zibechi habla de la ausencia de espiritualidad como “el triunfo del individualismo y el consumismo, es considerar a la naturaleza como un insumo y a los demás seres humanos como medios u obstáculos para la realización personal”. Es la base del patriarcado y del colonialismo y, por tanto, del capitalismo”. Esto se ha vuelto cada vez más claro para él después del tiempo que vivió entre los indígenas aquí en Brasil. “El mal es la destrucción y la cosificación de la vida, la conversión de la vida en un medio de acumulación de riqueza. El mal es la ausencia de comunidad, que es la que protege lo común”, añade.

En la entrevista destaca algunos puntos sobre la situación latinoamericana, detallando también situaciones específicas en países como Argentina y Ecuador, que esta semana viven otra ola de violencia. Respecto a Ecuador, el entrevistado es enfático: “el tema central ya no es el neoliberalismo y pasa a ser la seguridad. Ahí es donde estamos hoy. El narcotráfico es la excusa perfecta para militarizar y prevenir nuevas revueltas”.

Respecto a Brasil, además de situar al país en el contexto latinoamericano, Zibechi revela cierta decepción. “Desafortunadamente, Lula practica un progresismo de baja intensidad, sin promover cambios fundamentales, mucho menos audaces que sus dos gobiernos anteriores. Es cierto que tiene serias limitaciones debido a los aliados que eligió y al clima social e institucional imperante, pero es tan moderado, tan posibilista, que ya no despierta entusiasmo”, revela.

El pensador uruguayo participará del Ciclo de Estudios América Latina en tiempos de oscuridad. Incertidumbres y posibles rutas, realizadas por el IHU desde el 27 de marzo hasta al menos el 22 de mayo. Su conferencia, titulada Descolonización del pensamiento crítico. Crisis política y prácticas emancipadoras en América Latina, será el 4 de abril, a partir de las 10 am. Obtenga más información en la página de eventos del sitio web de IHU.

Raúl Zibechi es periodista, escritor y activista, centrando sus áreas de estudio y reflexión en los movimientos sociales en América Latina. Ha publicado varios libros, entre los que destacamos: Dispersar el Poder: los movimientos como poderes antiestatales (Tinta Limón, 2006), Territorios en resistencia: cartografía política de las periferias latinoamericanas (Lavaca, 2008), Brasil Potencia (Consequência, 2012), Los flujos desde abajo: 1968 en América Latina (Desdeabajo, 2018) y Otros mundos y pueblos en movimiento: debates sobre anticolonialismo y transición en América Latina (Desdeabajo, 2022). De los títulos más recientes en portugués destacamos: Territorios en rebelión (Elefante, 2022).

Lee la entrevista.

¿Cómo describe la actual situación política, económica y social en América Latina?

Desde el fin del ciclo progresista, que se puede fechar en junio de 2013 en Brasil, y próximamente en otros países, ningún gobierno logró hegemonía para su proyecto. Ni progresistas ni conservadores. Entonces, vemos una oscilación, un péndulo a derecha e izquierda sin que nadie logre una gobernabilidad estable. Esto se debe en gran medida a que bajo gobiernos progresistas los sectores populares ganaron dignidad y autoestima, no siempre “gracias” a los gobiernos, sino siguiendo sus propios caminos y procesos.

La derecha y las clases dominantes se radicalizaron al sentir que sus privilegios simbólicos y espacios casi exclusivos estaban “ocupados” por la población negra, indígena y popular. En rigor, no es una polarización de la dirección del partido, sino de la base social (ciudades y clases medias altas) lo que se refleja en los líderes políticos. La polarización social es lo que da forma y da forma a la polarización política.

En cuanto a la economía, lo que vemos en todo el mundo es una aceleración y profundización de la acumulación por desposesión (David Harvey), que también fue denominada por los zapatistas como la “cuarta guerra mundial” contra el pueblo. Nada de lo que sucede en el mundo puede entenderse fuera del modelo de despojo, porque se acelera como consecuencia de la tremenda disputa hegemónica entre la potencia declinante, Estados Unidos, y la ascendente, China.

Las guerras en Ucrania y Siria, así como la guerra contra el pueblo palestino por parte de Israel, responden a esta transición geopolítica que sólo puede desembocar en guerras locales, primero, y guerras globales, después, con un gran riesgo de uso de armas atómicas.

¿Cómo entender lo que está pasando en Ecuador en estos primeros días de enero?

Creo que hay que hacer una secuencia cronológica. En 2019, el movimiento indígena y popular derrotó el paquete de medidas de ajuste del gobierno de Lenín Moreno. Luego de 13 días de combates en el centro histórico de Quito, la policía fue completamente derrotada, el pueblo organizado arrestó a más de 200 policías que los entregaron a la Cruz Roja y el gobierno tuvo que huir a Guayaquil. Algo totalmente inaceptable para un Estado.

Posteriormente, el Estado se sumó a la propuesta yanqui de guerra contra las drogas. A partir de entonces el narcotráfico se disparó, tanto en las cárceles con masacres con cientos de muertos como en las calles. Por tanto, el tema central dejó de ser el neoliberalismo y pasó a ser la seguridad. Ahí es donde estamos hoy. El narcotráfico es la excusa perfecta para militarizar e impedir nuevas revueltas. Creo que no hay diferencia entre el narcotráfico y el Estado, porque éste controla la justicia, la policía, los alcaldes y las provincias.

También creo que la política antidrogas de Estados Unidos no pretende eliminar el narcotráfico, sino controlarlo, por un lado, y utilizar grupos ilegales contra los movimientos y la población en general.

¿Qué se necesita en esencia para entender la elección de Javier Milei?

La sociedad argentina está destruida, el vínculo social se ha roto tan gravemente que cuesta imaginar cómo repararlo. Estamos ante una grave división entre las clases medias/altas y los sectores populares, entre jóvenes y ancianos, entre mujeres y hombres. La contradicción es muy grave entre los jóvenes. La fuerte base social de Milei son los jóvenes antifeministas. En sus eventos casi no hay mujeres y predominan chicos de entre 15 y 25 años que no tienen futuro en la sociedad actual. En este sentido, es similar a lo que ocurrió en Brasil con el ascenso de Bolsonaro.

Además, después de cuatro gobiernos progresistas, hay un 45% de la población en situación de pobreza y un 140% de inflación, lo que hizo muy difícil la elección de [Alberto] Massa, que fue el último ministro de Economía de Alberto Fernández. Ambos hechos, una sociedad destruida y desmoralizada y una inflación galopante con una economía en crisis permanente, llevaron a gran parte de los sectores populares a apoyar a un candidato que no hará más que empeorar su situación.

A todo esto hay que sumarle la corrupción y las políticas sociales. Estos no lograron sacar a millones de argentinos de la pobreza, pero tuvieron dos tremendos efectos negativos: transformaron los poderosos movimientos populares que derrocaron a De la Rúa en 2001, como los piqueteros, en clientela de gobernadores, alcaldes y “ponteiros”, que Son quienes deciden en cada territorio es quien recibe los planes y compensaciones que deben ofrecer, como asistir a mítines, manifestaciones y convertirse en votante de los partidos a los que pertenece.

En segundo lugar, las políticas sociales aplicadas a lo largo de dos décadas o más han tenido un efecto desmoralizador y a veces humillante en quienes se encuentran en el lado receptor, de modo que se ha acumulado mucha ira entre quienes están en la base. Hasta el punto que se sienten identificados con el discurso de Milei, con sus amenazas, su desprecio a los políticos y toda esa gritería infernal.

Por supuesto, la derecha hizo su juego apoyando a Milei, al igual que gran parte de la prensa, pero creo que el punto central es el fracaso del kirchnerismo y del progresismo.

El extractivismo como cultura

Milei representa lo que yo llamo “extractivismo como cultura”, la forma de vida y consumo propia del modelo extractivo que no es sólo económico, sino que abarca a toda la sociedad. Por ejemplo, sueños de éxito individual, de progresar a pesar del aplastamiento de amigos y familiares.

Cuando se les pregunta sobre sus deseos, los jóvenes responden que quieren ser influencers y un número importante de hombres quiere ser narcotraficantes. Milei los bendice haciendo de la motosierra un símbolo de su política, que no se trata sólo de derribar al Estado, sino también de un medio para triunfar en la jungla social.

¿Cómo analiza estos primeros momentos del gobierno de Milei y las reacciones a sus medidas?

Aún es pronto para saber qué podría pasar. Lo que es destacable es que los sindicatos y la izquierda se están movilizando con bastante éxito, ya que las primeras medidas anunciadas son tremendamente perjudiciales para la población. No me queda claro si las protestas aumentarán y dependerá en gran medida de lo que suceda con la inflación. Si llegamos a una hiperinflación de tres o cuatro dígitos, podría haber un estallido. Pero si logra reducirlo, entonces Milei podrá estabilizar su gobierno.

Lo que me sorprende es la velocidad con la que inició el enfrentamiento con algunos polos de poder, como el diario Clarín y los sectores agroexportadores. Pero, insisto, habrá que esperar un tiempo para saber dónde estamos.

Por otro lado, las recientes decisiones del sistema de justicia de poner límites a sus reformas pueden limitar su gobierno, pero son modificables y no creo que el sistema de justicia pueda ser un freno a los errores de Milei.

¿Cómo debería impactar esta elección en Argentina en otros países latinoamericanos? ¿Y cómo se ve Brasil en este escenario?

Puede contribuir al fortalecimiento de la derecha chilena y brasileña. El primero tiene grandes posibilidades ya que Gabriel Boric tiene poco más del 30% de aprobación y 2/3 tercios de rechazo. En Brasil el bolsonarismo no fue derrotado como proyecto social y político, y en otros países de la región la derecha se esconde, como en Colombia, con grandes posibilidades de regresar al gobierno. En unos años podríamos tener un subcontinente teñido por la extrema derecha.

Bolivia

La situación más dramática es la de Bolivia, debido a la división del MAS provocada por el ataque de Evo Morales al gobierno de Luis Arce, que podría llevar a la derrota de ambos. La decisión judicial de bloquear la nueva candidatura de Morales lo beneficia, porque su papel ideal es el de víctima, cuando en realidad jugó un papel en la destrucción de los movimientos sociales y la división de su partido. Esto no es por razones ideológicas, sino por ambición de poder y de volver al gobierno.

Aquí encontramos el drama de que los líderes progresistas no crearon las condiciones para el surgimiento de nuevos liderazgos colectivos, insistiendo en la profundización del caudillismo, que es una forma colonial y patriarcal de gobernar.

BRICS

Sin embargo, la negativa de Milei a unirse a los BRICS es un punto a favor de EEUU, lo que puede estar creando un importante aislamiento para Brasil en la región. Bolsonaro estaba en contra de China, pero nunca propuso abandonar los BRICS. Ahora que las condiciones globales han cambiado, la ofensiva de Occidente contra China es muy poderosa y Milei puede ser un punto de apoyo en este sentido, aunque también necesitaba moderar su impulso antichino y antiLula. Si Milei se dolariza, sería un grave problema para Brasil y para los sectores populares de Argentina, porque estos procesos son difíciles de revertir.

Aquí en Brasil, el gobierno celebra el fortalecimiento y la resiliencia de la democracia el 8 de enero, un año después del vandalismo contra edificios públicos en Brasilia. La idea es mostrar que, a partir de las reacciones del 01/08/2023, la democracia resiste. Teniendo en cuenta el año pasado y la situación actual, ¿podemos ser tan optimistas?

La verdad es que no hay mucho lugar para el optimismo. La democracia es limitada en todo el mundo y, por supuesto, en nuestra región. Los crímenes del gobierno de Dina Boluarte siguen impunes. La militarización del Muro Mapu por parte de Boric es impresionante. La situación de seguridad en Ecuador, como en otros países, es la excusa para la militarización, lo que lógicamente representa un límite al ejercicio de los derechos democráticos.

Con Decio Machado publiqué el libro “Estados para el expolio: del Estado de bienestar al Estado extractivo neoliberal”, publicado recientemente por Consequência, donde analizamos la transformación de los antiguos Estados-nación en instrumentos de acumulación a través del expolio. Este es el verdadero telón de fondo de la crisis de las democracias, digamos que es la razón estructural de la conversión de las democracias en sistemas electorales para legitimar el modelo.

Para Brasil, la cuestión central es el protectorado militar de la Amazonía, porque es allí donde está el eje de la expropiación. Esto viene de lejos, de la dictadura militar, pero lo que llama la atención es cómo los gobiernos de Lula bendicen el papel de las Fuerzas Armadas en la región con mayor biodiversidad del mundo. Está muy claro que los militares no dejarán de controlar la Amazonía, porque para ellos es un punto crucial que también justifica su papel ante las clases dominantes que son quienes realmente se benefician de los bienes comunes que encierra el bosque.

La izquierda brasileña, si todavía podemos usar este concepto, no propone nada diferente en relación a las Fuerzas Armadas, pero tampoco hace nada diferente de lo que el gran capital quiere en relación a la Amazonía, es decir, insertarla en las cadenas globales. .La izquierda se limita a judicializar a Bolsonaro, dejando de lado la disputa territorial, material y simbólica con la extrema derecha y sus aliados, desde los pentecostales hasta las milicias y el narcotráfico. Evitar el conflicto es uno de los mayores pecados de esta izquierda institucional, porque sin conflicto no podremos convertir la crisis civilizatoria en una oportunidad para transformar el mundo hacia la fraternidad y la libertad.

¿Qué señales le envía este tercer gobierno de Lula?

Lamentablemente, Lula practica un progresismo de baja intensidad, sin promover cambios fundamentales, mucho menos audaces que sus dos gobiernos anteriores. Es cierto que tiene serias limitaciones debido a los aliados que ha elegido y al clima social e institucional imperante, pero es tan moderado, tan posibilista, que ya no despierta entusiasmo.

Creo que con su actual política de compromisos y acuerdos con los partidos de centro y derecha, Lula está enviando señales de que la relación de fuerzas impide audacias y cambios, aunque sean pequeños. De hecho, está reforzando una vez más el extractivismo, pero ahora con mayor intensidad, enviando el mensaje de que no se puede hacer nada contra unas fuerzas armadas que sabe que son bolsonaristas y un capital cada vez más intransigente.

En un año en el que hay al menos dos grandes guerras, una en Gaza y otra en Ucrania, una crisis medioambiental que avanza sobre la humanidad, que, a su vez, se enfrenta a una desfragmentación política, cultural, social y económica, ¿qué horizonte se plantea? ver para 2024?

Sin duda, un horizonte de guerras entre estados con arsenales atómicos y guerras asimétricas contra los pueblos. Estamos ante el peor escenario desde el triunfo del nazismo hace casi un siglo. El año 2023 ya ha sido terrible con dos guerras declaradas (Ucrania y Gaza) y varias guerras no declaradas, especialmente en África. En 2024, veo una aceleración y multiplicación de las guerras. Occidente no permitirá que Rusia gane en Ucrania, ni tiene la más mínima intención de impedir la continuación del genocidio palestino.

Como las clases dominantes de Occidente, especialmente Estados Unidos, han decidido frenar la transición a un mundo multipolar mediante la violencia, no hay forma de evitar las guerras. En la historia, fueron las guerras las que delinearon las transiciones. Sin las dos guerras mundiales, Estados Unidos no se habría vuelto hegemónico, y sin las guerras de independencia en América Latina no se habría producido la decadencia de España y Portugal y el ascenso de Inglaterra.

Marx y Engels fueron muy claros sobre el papel de la violencia y la guerra en la historia, incluso como potencia económica. Es de destacar que el salario comenzó en los ejércitos. Pero hoy, la izquierda y los movimientos no tienen otra política respecto a la guerra que el apoyo a las fuerzas armadas de los Estados-nación, lo que limita seriamente su potencial transformador.

Creo que en 2024 podríamos presenciar nuevas guerras, ciertamente en Oriente Medio, pero también en otras regiones del mundo. Creo que la guerra será cada vez más parte del día a día de las personas, con lo que asistiremos a una notable expansión de los feminicidios, la violencia contra las mujeres, los niños, contra las personas más vulnerables y con el riesgo de exterminio de los pueblos originarios.

¿Qué conexión podemos hacer entre la lógica del genocidio y la existencia del capitalismo?

Como señala una entrevista reciente con el sociólogo venezolano Emiliano Terán Mantovani, “es contra la gente común y corriente a quien se le declara la guerra”. Esto es para la vida misma. Ésta es la barbarie del capitalismo actual, que a través de las tecnologías que ha desarrollado es capaz de “explotar la vida”, lo común, todo lo que nos hace humanos, además de seguir explotando a las personas.

Estamos, por tanto, ante un capitalismo genocida, pero también ecocida, y comprenderlo en todas sus dimensiones nos llevaría a otro lugar, a reconocer que las viejas formas de hacer política han caducado, que ya no basta con ganar elecciones o hacer una revolución, porque las cosas van en dirección contraria. La manifestación, la marcha, toda acción política pública para concienciar a la población y presionar a los políticos ya no tienen la importancia que antes tenían. Esto no significa que tengamos que renunciar a estas manifestaciones.

La mutación del capitalismo nos obliga a repensarnos colectivamente. Creo que esta es una de las razones por las que el zapatismo puso en el centro la cuestión de lo común, disolviendo los municipios autónomos y las juntas de buen gobierno para dar paso a otros caminos, para sembrar como semillas, como dicen. Allí definen una política de largo plazo, hablan de 120 años y siete generaciones, porque estos tiempos son los que necesita la vida para seguir siendo. Cuando tomamos conciencia de que la vida está en peligro no podemos seguir como si nada hubiera cambiado.

¿Cómo conceptualizas el mal y cómo se revela en la política de nuestro tiempo?

El año pasado tuve la oportunidad de estar en una comunidad guaraní mbya en la Tierra Indígena Tenondé Porá, en el sur del estado de São Paulo, en la Mata Atlántica. Allí pude comprender la importancia de la espiritualidad para la existencia misma de las comunidades y los pueblos. Su espiritualidad no tiene nada que ver con el misticismo que hacemos en los movimientos: una práctica de 20 minutos para facilitar los debates que son el tema central.

Entre los guaraníes Mbya, y supongo que entre muchas personas, la espiritualidad es el centro de sus vidas, por eso pasan horas y horas en casas de oración bailando, cantando, atendiendo el fuego… No es algo instrumental, sino el centro. de sus vidas, aquello que les permite existir como personas y como comunidades. Por eso los terratenientes queman casas de oración cuando quieren destruir comunidades, porque son el corazón de la vida.

Entonces, creo que el mal es la ausencia de espiritualidad, es el triunfo del individualismo y del consumismo, es considerar a la naturaleza como un insumo y a los demás seres humanos como medios u obstáculos para la realización personal. Es la base del patriarcado y del colonialismo y, por tanto, del capitalismo. Por eso, entre otras razones, la opresión no se puede eliminar desde arriba, a través de leyes o decretos estatales, sino en la cotidianidad colectiva, de abajo hacia arriba y desde la fraternidad, el hermanamiento.

Eric Hobsbawm decía que no había nada más ritual que el antiguo movimiento obrero de los artesanos y la industria, con sus reuniones y prácticas profundamente espirituales, algo que también comparten los análisis de E. P. Thompson. Su maravilloso libro “Formación de la clase trabajadora inglesa” (Peace and Land, 2008) comienza con una reunión de trabajadores en un pub de Londres compartiendo queso y cerveza (si mal no recuerdo), de una manera muy ceremonial, porque insistía en que la clase no es una cosa, sino una relación, moldeada por la vida en común.

Bueno, todo esto para decir que el mal es la destrucción y cosificación de la vida, la conversión de la vida en un medio de acumulación de riqueza. El mal es la ausencia de comunidad, que es la que protege lo común.

Usted habló de los BRICS. Me gustaría volver a este punto: en este momento cada vez menos sólido, ¿cómo analiza la entrada de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos en los BRICS y los movimientos de China? ¿Estamos viviendo una occidentalización del Este o un gran ataque del Este contra Occidente?

La expansión de los BRICS es un claro movimiento geopolítico impulsado principalmente por China y Rusia. Tenga en cuenta que los cinco nuevos países BRICS (Arabia Saudita, Emiratos, Egipto, Irán y Etiopía) están todos relacionados con Oriente Medio. Lo que indica que esta región será, y lo es desde el 7 de octubre, la clave de la transición hacia un mundo multipolar. Por eso Estados Unidos traslada nada menos que dos portaaviones y decenas de barcos a esa región. Por eso hay tantas bases militares en esta parte del mundo, que violan las normas internacionales, ya que no tienen nada que ver con Siria o Irak.

Desde el punto de vista de los grupos sociales, diría que son cinco países donde el autoritarismo estatal persigue cruelmente a los movimientos o simplemente no les permite expresarse. En realidad, entre los diez países BRICS, sólo en Brasil y Sudáfrica la gente puede movilizarse, incluso con las limitaciones que conocemos. Esto nos dice que los BRICS pueden ser una alternativa a la dominación yanqui, pero de ninguna manera representan un paso adelante para liberar a la humanidad de sus cadenas.

Me entristece cuando la gente de izquierda dice que China es la alternativa a Estados Unidos, que existe el socialismo y cosas así, porque confunden geopolítica con lucha social, o eligen la primera sobre la segunda.

¿A qué debemos prestar atención este año que recién comienza?

Debemos ser conscientes de la proliferación de guerras, incluso en América Latina. Las guerras entre naciones pueden convertirse en realidad, como en el caso de Venezuela y Guyana por el Esequibo. Pero también hay guerras no declaradas bajo la excusa del narcotráfico o la inseguridad, algo que se está extendiendo por todo el continente en una escalada que recuerda a lo ocurrido en Colombia en los años 80.

Hay algunos hechos que me sorprenden y no quiero caer en una posición de “conspiración”. En 2019, el movimiento indígena ecuatoriano derrotó en las calles al gobierno de Lenín Moreno y lo obligó a revertir su paquete de medidas de ajuste. En los años siguientes “aparecieron” grupos de narcotraficantes, extendiendo una impresionante ola de violencia por todos los rincones del país. A partir de entonces, las revueltas que marcaron la historia reciente serán mucho más complejas y quizás imposibles. Moreno se unió a la guerra de Estados Unidos contra las drogas.

Algo similar ocurrió en México. Cuando el escenario indicaba que podía ocurrir un gran levantamiento popular, en 2006 se declaró la guerra contra el narcotráfico, lo que aumentó exponencialmente la violencia, afectando particularmente a los movimientos sociales y a los pueblos indígenas. Mucho antes, en Colombia, la guerra contra las drogas fue una excusa para crear grupos paramilitares y detener movimientos. En Río de Janeiro, ya saben, el verdadero Estado son las milicias, como señala José Claudio Alves.

Por eso debemos estar atentos a esta transformación del poder del capital y adaptarnos a los cambios que se están produciendo.

¿Quieres agregar algo?

Creo que los movimientos que no tienen respuesta a una política de guerra pueden colapsar como fuerzas emancipadoras. Si la guerra es la política de la vida cotidiana, habrá que hacer algo al respecto para que no nos dobleguemos ante Estados como la izquierda europea que se ha asociado con Estados Unidos y la OTAN, o como los movimientos del viejo mundo que se limitan a declaraciones pacifistas sin hacer nada más.

Hasta ahora, la izquierda ha mantenido dos posiciones: el apoyo irrestricto a sus estados y sus fuerzas armadas y, por otro lado, la estrategia leninista de convertir la guerra imperialista en una guerra de clases. Otros sectores apoyan el pacifismo, que es éticamente positivo pero no parece capaz de influir en los acontecimientos. Pero ahora tenemos la posición zapatista y la de muchos pueblos indígenas que me parece muy pertinente: la autodefensa comunitaria.

Entre los pueblos indígenas es común encontrar guardias de autodefensa armadas simbólicamente con estados mayores, como la Guardia Indígena Nasa en Colombia o las patrullas campesinas en Perú; otros con armas de fuego, como la Policía Comunitaria de Guerrero; y finalmente, otros casos, como el caso zapatista, en los que están armados pero no hacen la guerra y la utilizan como elemento disuasorio. La autodefensa se ha convertido en el sentido común de los pueblos indígenas y cada vez más de los pueblos negros, los campesinos y todas las poblaciones que resisten el extractivismo y el capitalismo.

 

Democracia y «acumulación por desposesión»

Por Macarena Marey

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora

Colegas de la teoría política, la sociología, el análisis del discurso y la historia argentina reciente han estado poniendo el foco en analizar el voto (los votos) a Javier Milei. ¿Se trata de un voto ideológico de un pueblo con una ciudadanía abiertamente antidemocrática y pro-dictadura? ¿Es un voto gorila, de odio al peronismo? ¿Se explica por el impacto sobre el ánimo del votante de la carestía, los niveles de pobreza y la serie continua de errores del gobierno anterior? ¿Es que «la gente», ese actor político inasible e inhallable, esa nube de doxa que flota sobre todas nuestras cabezas, entiende muy poco de economía o de política y entonces compra cualquier ilusión que quieran venderle?

Como filósofa política, sólo puedo decir que no podemos acceder con una certeza apodíctica a la subjetividad del votante. Quizás podamos arrimarnos con algunas hipótesis de trabajo para analizar la coyuntura presente con la mirada puesta en lo que vendrá, pero el punto es que no existe una «subjetividad votante» homogénea que explique los resultados electorales con un modelo de relación de causa-efecto. No podemos saber por qué «la gente» votó a Milei en realidad.

Pero sí hay algo más estructural que coyuntural para decir al respecto. Se trata de algo que parece una verdad trivial pero que tiene un poder explicativo muy profundo. En una democracia capitalista en la que la participación política se reduce ideológicamente al simple voto, esta herramienta tiene un único objetivo: echar funcionarios. Esta es la visión de la democracia que ganó la partida ideológica en casi todo el mundo cuando durante el siglo pasado el número de las democracias constitucionales crecía, las elites políticas y económicas temían el avance del pueblo («las masas») sobre sus privilegios pero ya no podían mantener esos privilegios quitándoles los derechos políticos a las mayorías numéricas de trabajadores sacrificados en las trincheras europeas. Los teóricos economistas de la democracia liberal-capitalista vieron a la así llamada «democracia de masas» como una amenaza inminente que podía instaurar múltiples Estados de bienestar en los que los derechos sociales, la libertad universal (no ya la de unos pocos) y la dignidad valieran más que las ganancias del capital.

Así es como los padres de la democracia agregativa (Schumpeter, Arrow y Hayek, principalmente) se pusieron a desarrollar sus teorías teniendo como enemigos no precisamente al comunismo y a la planificación estatal sino al mismo Estado liberal-republicano de bienestar. En esta visión de la democracia que hoy viene ganando la disputa por el sentido, la soberanía popular está domesticada por medio del voto esporádico para remover funcionarios. La estatalidad queda reservada a unos pocos que deciden, sin consulta ni participación popular. Este esquema político de la democracia agregativa es el Leviatán hobbesiano: un Poder Ejecutivo superpoderoso que tiene una injerencia desbalanceada sobre el Poder Legislativo y el Poder Judicial y que actúa sólo para defender al capital. (Dicho al pasar, esta es la razón por la que Carl Schmitt no es útil contra el neoliberalismo en particular y el capitalismo en general; él no ataca lo más definitorio del contendiente liberal, que no es el consenso ni la supuesta tensión entre soberanía popular y derechos humanos). Claro que no se trata de un Estado pequeño sino de uno descomunal que se mete en todo lo que no salga como planea, con la asistencia especial de un aparato represivo gigantesco.

Esta es la visión de la democracia que triunfa una y otra vez en la Argentina, a pesar de las luchas materiales y simbólicas por el sentido de libertad, igualdad y fraternidad que se vienen dando desde que Argentina es Argentina. Y esto no pasa exclusivamente en nuestro país sino que es una realidad global que afecta a todas las democracias constitucionales desde antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, por lo que insistir con el nacionalismo explicativo y con la idea de una supuesta excepcionalidad argentina no ayuda demasiado para entender esas «nuevas derechas» de las que se puso de moda hablar.

En resumen: ganó Milei porque esta democracia está tan capturada por la lógica del capital que votamos para sacar funcionarios del gobierno, poco importa qué digan o hagan los candidatos. Ahora bien, el problema grave es que este tipo de voto es síntoma de un régimen político determinado que tiende a intensificar la desposesión de lo público, la privatización de los bienes comunes. En una palabra, hay un rasgo estructural de nuestra democracia por la cual la tendencia a la acumulación por desposesión, la carestía, la baja salarial y el desempleo se mantienen constantes, no como una eventualidad bajo gobiernos determinados.

Se escribe «ajuste», se pronuncia «acumulación por desposesión»

En 1625 Hugo Grocio, un autor central de la tradición moderna del contrato social —que todavía moldea la filosofía política—, hizo un movimiento conceptual muy característico de los dogmas capitalistas: tomó la noción de posesión común de la Tierra de la filosofía política medieval, que a su vez la extrajo de la Biblia, y la reformuló para justificar el régimen de propiedad privada de la tierra que daría inicio al desarrollo del capitalismo planetario. La movida básica del argumento es que Dios nos dio (a toda la humanidad) la Tierra y todo lo que existe en ella con el fin explícito de que nos beneficiemos.

En la última década del siglo XVII, John Locke (el verdadero patriarca del liberalismo capitalista) tomó esta misma senda para justificar no sólo la propiedad privada, sino además la distribución desigual de la propiedad agraria y la superioridad de un modo de producción determinado por sobre otros. Este es el inicio filosófico político de la doctrina del capital.

En el capítulo quinto del Ensayo sobre el gobierno civil Locke escribió su famosa teoría de la propiedad privada. Se trata de una argumentación que explica la génesis de la propiedad privada legítima, esto es, aprobada por la ley natural, desde un inicio bastante problemático. Es la idea de una posesión común originaria que haría a toda la humanidad inicialmente poseedora en común de la entera creación.

Pero, ¿cómo apropiarnos legítimamente de algo si todos compartimos la misma tierra? Célebremente, Locke nos explica que esto ocurre por medio del trabajo. Trabajando vamos convirtiendo lo natural común en lo privado nuestro y, si lo hacemos bien, respetando la regla de no desperdiciar ni derrochar para dejarle a los demás tanto como agarramos y de la misma calidad, adquirimos inmediatamente derechos de propiedad privada con independencia de la ley positiva y del consentimiento de las demás personas. Esto, agrega Locke, funciona para todo tipo de propiedades privadas: desde una manzana que un hombre en el estadio «primitivo» de la historia tomaba de un manzano salvaje hasta un latifundio. Como nota marginal, nótese que este es el mismo deslizamiento por el cual una persona que sólo tiene en propiedad privada objetos de consumo (ni siquiera una casa o un auto, por ejemplo) está convencida de que su «propiedad» sobre su celular es del mismo tipo que la que tiene Benetton sobre vastos territorios en la Patagonia, lo que la vuelve incapaz de percibir su propia situación en el marco de las condiciones materiales en que vive. Es algo ridículo de pensar, pero el capitalismo produce subjetividades ridículas.

Los deslizamientos de sentido de la manzana que tomamos del árbol salvaje a las plantaciones en ultramar y la producción protocapitalista en talleres en Europa son, como es evidente a primera vista, bastante profundos. Locke desplaza el sentido inicial de «trabajo», que pasaba por procurarse los bienes necesarios para la vida sin arruinar los recursos y pensando en las demás personas, hacia el sentido específico de agregarle valor a la tierra. Aquí «agregarle valor a la tierra» no significa hacerla más rica en nutrientes y no agotarla, sino sacar de ella todas las ganancias económicas posibles, incluso si eso implica arruinarla para el futuro. Se trata, antes que nada, de generar riqueza, no de la preservación de uno mismo y de la humanidad en general, como prometía el inicio de la argumentación iusnaturalista de la mayoría de los autores de la tradición del contrato. Ellen Meiksins Wood lo explica muy bien en Los orígenes agrarios del capitalismo.

Locke intenta convencernos de que esa riqueza tiene como destinataria a toda la humanidad. Esa parte del texto es la menos creíble, pues se trata simplemente de riquezas para el propietario privado de la plantación, del taller, del latifundio. Esta riqueza no se reparte ni comparte «con la humanidad», se vende en el mercado capitalista y será una pena si no alcanza para todos, lo mismo que si alguien no puede comprar su parte. Lo central, para Locke, es insistir en que todo este régimen de propiedad es absolutamente moral y legítimo, que nadie está siendo dañado en lo suyo mientras se desarrolla históricamente y que el hecho de que alguien se quede sin su parte no constituye una injusticia sino, en todo caso, una tragedia inevitable.

Esta teoría compleja de la propiedad tenía principalmente cuatro objetivos: justificar la colonización de América, justificar el cercamiento y privatización de los commons y la separación de los trabajadores de los medios de la producción para producir masas asalariadas que no tienen más para vender que su fuerza de trabajo, justificar la superioridad moral de un modo de producción orientado a las ganancias y no a las necesidades y justificar un Estado destinado solamente a proteger a este régimen de propiedad de la tierra y de la producción, un sistema que existe, para Locke, independientemente de las leyes positivas, sancionado por las etéreas leyes naturales (las del cielo). Los «indios» americanos, quería establecer Locke, no son propietarios de sus tierras porque no las trabajan como deberían trabajarlas (es decir, no apuntando a una reproducción digna de la vida sino a generar ganancias en el mercado).

En el famoso capítulo 24 de El Capital, Marx desnudó la verdadera historia de violencia de la así llamada «acumulación originaria» (la teoría de la propiedad privada) que permitió que el capitalismo echara a andar. Los teóricos del capitalismo siempre ponen este momento «primitivo» de violencia, genocidio y robo por fuera de la historia, en una prehistoria en la que el derecho moderno todavía no había nacido dado que el derecho moderno nace para resguardar el resultado de esa acumulación. El Estado moderno es la pasada en limpio de la apropiación privada por medio del ocultamiento, vía derecho privado, de las violencias perpetradas por quienes se robaron las posesiones y propiedades comunes. Toda apropiación capitalista es producto de un proceso de desposesión, el resultado de un robo a un colectivo comunitario que se intenta hacer pasar por no-propietario, por mero «poseedor» común originario, allá lejos y hace tiempo en el libro del Génesis, constituido por gente que no aprovechó bien las cosas que les dio Dios.

Ahora bien, el punto es que el capitalismo siempre depende de los procesos de desposesión (como muy bien lo explica David Harvey), no sólo en el siglo XVII en Inglaterra o durante las eras coloniales. Lo hace todo el tiempo, sobre todo cuando se siente en crisis. La estrategia teórica (ideológica) es siempre la misma: afirmar que cualquier régimen de propiedad que no sea capitalista no es, en rigor, un régimen de propiedad, sino que esas cosas, por ejemplo, las cosas públicas, no son de nadie. Si no son de nadie, alguien se las puede apropiar «por medio de su trabajo».

Pero esto es ampliamente falso: lo público sí es de alguien, no está disponible cual bellota en el suelo del bosque para ser «apropiado» por el primer recolector que pase. Y esto vale no sólo para las empresas públicas de servicios, de extracción de recursos o de producción de conocimiento. Vale para todo lo público, incluyendo el acceso a la salud, a la educación y a los bienes y servicios imprescindibles para la vida. No es el caso de que no sean de nadie, sino que tienen dueño. Son propiedad nuestra, compartida (así que tampoco son del Estado). El Estado, como insiste siempre la filósofa argentina María Julia Bertomeu, es un agente fiduciario que, en todo caso, tiene la responsabilidad de administrar lo nuestro para nuestro beneficio y no para el del capital.

Privatizar medios públicos, hospitales, escuelas, empresas de extracción de recursos, el transporte público y demás no redunda, por definición, en un manejo más ágil y racional de estas cosas públicas. Simplemente se trata de dos lógicas diferentes de decisión y administración. Lo público es del pueblo y tiene que ser administrado para el pueblo, es decir que tiene que generar sus beneficios al pueblo y no a propietarios privados. Entre otras cosas, no puede usarse para pagar deudas externas tomadas irresponsablemente en contra del pueblo. No puede usarse para que los amigos de un expresidente hagan negocios. Y esto no es ideología «zurda» sino el ABC de la estatalidad capitalista más desarrollada. No implica socializar los medios de la producción sino entender que no sólo existe la propiedad privada capitalista.

La adicción a la privatización sólo se explica por el objetivo de hacer negociados entre privados con lo nuestro. Se trata de la mayor perversión de la idea misma de propiedad: es robo, nada más y nada menos. No responde a ninguna «ley» económica que dicte que privatizar es mejor para todos, porque no existe ninguna ley semejante por fuera de la ideología capitalista. No es real.

¿El pueblo dónde está?

En contextos capitalistas, las democracias siempre verán sus conquistas de igualdad y libertad limitadas por los embates de la desposesión privatizadora que ataca frontalmente la libertad universal (la de todos, no la de unos pocos). Importa mucho, entonces, estar siempre alerta contra los procesos privatizadores, cualesquiera que estos sean. Ahí es donde ocurre la desdemocratización, ahí es donde la democracia entra en crisis, porque allí es donde ocurre una privatización sin la cual el capitalismo no sobreviviría tan fácil: la reducción de lo político.

Más que dedicarnos a pensar en las razones del apoyo electoral a un esquema ideológico que reduce la participación popular en las decisiones sobre la producción y que vino a sacar de las manos públicas (populares o no) el control de aquello que es público por definición, tenemos que enfocarnos en las razones y los motivos por los cuales las personas durante los gobiernos y no sólo cuando hay que ir a votar o bien se organizan para luchar contra el ajuste, la carestía y la baja de salarios o bien bajan la cabeza y esperan a que llegue la oportunidad de votar a otro. Tenemos que darle prioridad, hoy, a lo que hace la ciudadanía por proteger lo suyo entre una fecha electoral y la próxima.

Esto implica entender que la participación ciudadana es un asunto constante, no un mero trámite comicial para echar funcionarios que no nos gustan. Es decir, implica analizar si no será que acaso los gobiernos de derecha son una tendencia estructural de las democracias contemporáneas en las que la democracia agregativa, liberal y capitalista ganó la batalla por el sentido. Hasta tal punto la ha ganado esto que la doxa, «la gente», la misma masa explotada por salarios a la baja y carestía, realmente le cree a la derecha que un corte de ruta y una huelga general son métodos antidemocráticos. De nuevo, la subjetividad que produce el capital es ridícula, porque el derecho a la protesta es el derecho eminente de la soberanía popular (esto es casi analítico).

No podemos seguir normalizando ciudadanías dóciles frente a las decisiones económico-políticas de los añejos gobiernos de la derecha (la última dictadura, los de Menem, De la Rúa, Macri o Milei). Para desnormalizar la docilidad no hay que estudiar solamente fenómenos subjetivantes de gubernamentalidad sino pensar también en la condición estructural y materialmente capitalista de nuestras democracias.

Las ciudadanías que se retiraran de lo político dejan que les roben todo, constituyen un pueblo que no cuida lo suyo y deja al zorro a cargo de la custodia de sus gallinas. La privatización es parte de un proceso continuo del capitalismo frente a cualquier avance de lo público que no se deja domar por su lógica de ganancias para unos pocos. No es un modo de hacer que las cuentas públicas cierren mejor, no es un modo de manejar más eficazmente los servicios públicos.

Privatizar es, para que se entienda en términos de razón instrumental y por volver a usar aves de corral en las metáforas, matar a la gallina de los huevos de oro. Es una decisión irracional. Y la responsabilidad de evitarlo recae en el pueblo o en la ciudadanía, como quieran llamarnos, todos los días de nuestras vidas. Esta es la única posibilidad que tenemos de que la democracia no siga siendo cooptada por proyectos hambreadores. Sería bueno reencauzar el debate público en este sentido y centrarnos en las condiciones materiales y estructurales de nuestra democracia para que la coyuntura no nos deje debatiendo sobre apariencias.

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Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/democracia-y-acumulacion-por-desposesion

Proyecciones económicas globales y su impacto en el Ecuador

Por Decio Machado / Revista Enfoque Aduanero

Contexto económico internacional y regional

Según informe Balance Preliminar de las Economía de América Latina y el Caribe, publicado por CEPAL en diciembre de 2023, la actividad económica de la región latinoamericana continúa exhibiendo una trayectoria de bajo crecimiento. Todas las subregiones registrán un crecimiento menor en 2023 que en 2022 y para el 2024 se espera una tasa de crecimiento inferior aun a la de 2023, lo que acentúa la dinámica de desaceleración del crecimiento del PIB, de la creación de empleo y del volumen del comercio internacional.

Estaríamos entonces ante la primera de las “D” que posiblemente caracterice el ejercicio 2024, de D de “desaceleración”.

En el ámbito de lo global, según ese mismo informe, se espera que la economía mundial experimente un crecimiento del 3,0% en 2023 y del 2,9% en 2024, estimaciones que continúan por debajo del promedio histórico del 3,8% mantenido entre 2000 y 2019 (ver Gráfico 1). En otras palabras, sigue la tendencia al estacancamiento prolongado (1) desde la crisis del 2008-2009, con la salvedad del “efecto rebote” (2) posterior a la pandemia del Covid-19, lo que implica escaso dinamismo respecto a la tasa de crecimiento del PIB (ver Gráfico 2) y del comercio mundial.

En ese contexto, se espera que las economías avanzadas desaceleren su crecimiento del 2,6% en 2022 al 1,5% en 2023 y al 1,4% en 2024, en un contexto marcado por un desempeño mejor del esperado a mediados de año en el caso de los Estados Unidos. Queda en duda que sucederá en la economía estadounidense el presente año 2024, dados los interrogantes existentes respecto a si habrá solf landing o sufrirá recesión como resultado de las políticas monetarias emprendidas por la Reserva Federal (FED, por sus siglas en ingles) en los últimos casi veintidos meses (3); pero en todo caso asistimos a un resultado peor que el previsto en el caso de la Unión Europea, primer y tercer socio comercial respectivamente de la región latinoamericana.

En lo que respecta a las economías de mercados emergentes y en desarrollo, se prevé que su crecimiento registrará una ligera disminución, al pasar del 4,1% en 2022 al 4% tanto en 2023 como en 2024.

Como podemos apreciar en el gráfico anterior, el crecimiento de China -el segundo socio comercial de la región latinoamericana- ha sido revisado a la baja por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) dada la crisis de su sector inmobiliario y los altos de niveles de endeudamiento interno, lo que más temprano que tarde tendrá implicaciones para la economía global. Se espera, para el gigante asiático, un crecimiento del 5,0% para 2023 y del 4,2% para 2024, apreciablemente por encima del 3% de crecimiento en 2022, cuando la economía sufría los efectos del lockdown derivado de sus políticas “COVID Cero”, pero por debajo del 6,1% del 2019 y 6,7% del 2018, años previos a la pandemia.

En principio, todo parece indicar que los niveles de crecimiento asombrosos de la economía china antes de la pandemia son cosa del pasado (ver Gráfico 3), algo que el Partido Comunista de China confirmó en su último con congreso (ver Gráfico 4).

Inflación en caída, endeudamiento disparado y restricciones de liquidez

Aunque la inflación se ha moderado a nivel mundial, las tasas de interés de las principales economías desarrolladas aun no se han reducido debido a que los principales bancos centrales todavía mantienen políticas monetarias restrictivas, por lo que los costos de financiamiento se han mantenido en niveles elevados todo el año y se espera que continúen así, al menos, a medio plazo (ver Gráfico 5).

Aquí asistiríamos a una segunda “D”, la D de desinflación.

Según diversas agencias de inversión en el mercado bursátil (brokers), pese a que el elevado ahorro de los hogares y las medidas de apoyo al sector privado han derivado en tensionar las cuentas públicas, una evolución de la oferta mejor de lo previsto ha permitido moderar las presiones inflacionarias durante el ejercicio 2023.

La caída de los precios de los productos básicos desde mediados de 2022 ha sido uno de los principales factores que explican la reducción de la inflación, lo que está en vilo debido a que dos pasajes de navegación continentales estratégicos en la economía global, los canales de Suez y Panamá, están sufriendo obstrucciones continuadas de su tráfico comercial, generando presiones periódicas en las cadenas de suministro globales.

En todo caso, se espera que la inflación promedio mundial disminuya del 8,7% en 2022 al 6,9% al cierre de 2023 y las multilaterales proyectan un 5,8% para el 2024, cifra que aún se ubica por encima del promedio del 3,6% registrado en la década previa a la pandemia (2010-2019).

Todo ello siempre y cuando no escale el conflicto ahora mismo latente en la Franja Gaza y que amenaza al Mar Rojo (4), el estrecho de Bab el-Mandeb y el estrecho de Ormuz (ver Mapa 1) -ruta potencial para el comercio internacional, especialmente en el caso del crudo y el gas natural-, lo que podría involucrar a varios petroestados de forma directa en la contienda.

Entre tanto y en lo que respecta a la región latinoamericana, los espacios de política fiscal y monetaria continúan siendo limitados, debido a que los niveles de deuda soberana, si bien se han reducido, son aún muy elevados, lo que, sumado al aumento del costo del financiamiento externo e interno, restringe el espacio fiscal. En el ámbito monetario, la inflación continúa a la baja, pero la política monetaria mantiene todavía un sesgo restrictivo, debido a los efectos que la reducción de tasas podría tener sobre los flujos de capital y el tipo de cambio, considerando que, en los países desarrollados, se mantienen todavía vigentes las altas tasas de interés.

En el ámbito financiero, podría decirse que aunque la volatilidad financiera mundial ha sido menor este año 2023 que en 2022, las condiciones de financiamiento continúan siendo significativamente restrictivas si se consideran los indicadores que incorporan los costos de acceso. De hecho y según el Índice de Condiciones Financieras del Capital Economics, el nivel actual de restricción no se había visto desde la crisis financiera mundial de 2008-2009, como resultante de políticas que buscan disminuir la gran tasa monetaria actualmente circulante. La evolución de la liquidez responde no solo a las operaciones de mercado abierto, que han constituido el principal instrumento para el control del nivel de las reservas del sistema financiero, sino también a la política monetaria no convencional, instrumentada a través del manejo de las hojas de balance. Al respecto, vale indicar que el 93% de capital circulante en estos momentos es deuda y apuntes contables.

Lo anterior desemboca en una tercera “D”, la D de deuda e incrementos notables de los servicios que de esta derivan.

Tanto países económicamente desarrollados -Japón, Grecia, Singapur, Italia o el mismo Estados Unidos entre otros- como países empobrecidos como -Zambia, Ghana, Etiopía, Sudán, Angola, Mozambique, Líbano, Argentina o Sri Lanka como casos destacados-, aunque aun sin riesgo todavía de asistir a una escalada de defaults, se encuentran con dificultados para cumplir con sus obligaciones financieras debido a sus altos niveles de endeudamiento en relación a sus índices de PIB (ver Gráfico 6).

El Banco Mundial señala en su reciente informe anual sobre deuda, la preocupante tendencia a una reducción de la financiación internacional dirigida a los países más pobres. Estas caídas han sido particularmente intensas en los fondos provenientes del sector privado, los cuales menguaron un 33% y se han situado en mínimos no vistos desde 2011.

Este sobreendeudamiento implica, más allá del desvio de capitales que deberían destinarse a educación, salud e infraestructuras, la imposibilidad para los países afectados de cumplir con las inversiones necesaria para la transición energética y ponen en riesgo los principios sobre los que se asienta el llamado orden internacional. Se acrecienta así la brecha entre Occidente y el resto del sistema mundo.

Como ya se indicó con anterioridad, a partir de 2022, en el caso de la Reserva Federal de los Estados Unidos, y de 2023, en el del Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Inglaterra, las políticas de expansión cuantitativa (5) han dado paso a la puesta en marcha de políticas de restricción cuantitativa.

En consonancia con esta postura monetaria, las tasas de política monetaria de los Estados Unidos, el Reino Unido y los países de la zona del euro han alcanzado niveles que no se habían registrado en aproximadamente dos décadas. La restricción de la liquidez también está teniendo gran incidencia en las tasas de interés a largo plazo. Estas se han incrementado a la par que las tasas a corto plazo, que se sitúan en su nivel más elevado desde 2007.

Este alza de los tipos de interés, tanto a corto como a largo plazo, ha debilitado los balances bancarios comerciales, resultando en una cada vez más visible disminución del crédito al sector productivo y encareciendo los costos de endeudamiento para dicho sector. Esta situación, al momento, se traduce en un notable aumento de quiebras en el sector empresarial en Estados Unidos y Europa.

Sobre esto último, un apunte más. El nivel de la deuda mundial alcanza ya máximos históricos, especialmente en las economías desarrolladas, elevándose a nivel internacional a la friolera de 307 billones de dólares en 2023 según el Instituto de Finanzas Internacionales, monto que engloba el endeudamiento de los gobiernos, empresas y hogares. Esto, a su vez, ha contribuido a incrementar el costo del endeudamiento para los países en desarrollo, incluidos los de América Latina y el Caribe (ver Gráfico 7). De hecho, el servicio de la deuda en las economías -tanto emergentes como en desarrollo- se encuentra en su nivel más elevado desde 2010.

En paralelo, los flujos de capitales hacia mercados emergentes mantienen niveles bajos. De hecho, más bien asistimos a salidas netas de capital durante el segundo semestre el 2023, lo que coincide con una mayor demanda y apreciación de la divisa dólar en los mercados financieros.

En los tres primeros trimestres del año 2023, las emisiones de deuda de América Latina y el Caribe en mercados internacionales alcanzaron los 76.276 millones de dólares, mostrado hasta ese momento un crecimiento del 31% respecto al mismo período del año anterior. Este indicador incremental es engañoso, dado que la base comparativa respecto al ejercicio 2022 es muy baja. Al respecto, cabe indicar la cada vez mayor emisión bonos en ámbitos como el medio ambiente, género y aspectos sociales: 39% del total de emisiones de deuda soberana latinoamericana en 1T, 2T y 3T del 2023. Por su parte, el riesgo promedio regional se situa en 410 puntos básicos medidos por el índice de bonos de mercados emergentes EMBI global diversificado (EMBIGD) de J.P. Morgan.

La cuenta corriente de la balanza de pagos de América Latina cerró el ejercicio 2023 con un déficit estimado del 1,4% del PIB, reflejando cierta mejoría en la balanza de bienes respecto al año anterior.

Los términos de intercambio en el subcontinente, enmarcados en la caída de un 5% en el precio de las exportaciones y el 3% en el precio de las importaciones, denotan una reducción del 2,6% (4,4% en América del Sur) al cierre del ejercicio 2023.

En estas condiciones, el entorno macrofinanciero se ha complejizado en el transcurso del año 2023, lo que dificulta la política fiscal en los diferentes países de la región latinoamericana. La desaceleración de la actividad económica y la disminución de los precios internacionales de los recursos naturales no renovables han afectado los ingresos públicos, particularmente la recaudación tributaria; todo ello mientras las demandas sociales con su incidencia en el gasto público van en aumento.

Todo esto se da en una coyuntura en la cual las elevadas tasas de interés en los mercados financieros -tanto internacionales como internos- implican sobreendeudamiento en relación a mayor pago de intereses, de manera especial respecto al servicio de deuda. Así las cosas, el balance fiscal presenta un déficit global mayor en 2023 y el resultado primario será deficitario por deuda pública elevada, caída de ingresos tributarios e incremento de las tasas de interés.

Reducción del Comercio Global

En línea con esta desaceleración económica general, se hace visible indicadores de bajo crecimiento en el volumen del comercio global (ver Gráfico 8). La demanda de importaciones está afectada por el alza de los costos de endeudamiento en varias economías avanzadas, lo que, junto con al “ralentización” económica en la República Popular China y las crecientes tensiones geopolíticas -Ucrania y Gaza, está última con riesgo de convertirse en 2024 en un conflicto regional- está afectando el comercio internacional.

Los analistas de los organismos multilaterales BM y FMI auspician para el ejercicio 2024 un cierto repunte en este ámbito, pero no deja de ser una visión amable y optimista con el futuro inmediato, pues todo está en función de como escalen ambos conflictos bélicos, con mayor riesgo el de Oriente Medio.

En cuanto a los precios de las materias primas, los de los bienes no energéticos han mantenido durante el año 2023 la tendencia a la baja que se venía observando desde la segunda mitad de 2022. En contraste, los bienes energéticos, especialmente el petróleo, han experimentado un aumento desde la mitad del año como respuesta a los recortes de suministro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo Plus (OPEP+), aunque amortiguado por la innundación de shale oil estadounidenses en los mercados globales (ver Gráfico 9).

A pesar de este incremento, los precios de los bienes energéticos y los de los productos básicos se ubicarán el año 2023 un 21% y un 11%, respectivamente, por debajo de los niveles promedio del 2022. Esto, más allá de la alta base de comparación que representa el ejercicio 2022 por el impacto de la invasión rusa a Ucrania a principios de año, tiene que ver con la desaceleración de la actividad económica a nivel global.

Para 2024, se pronostican variaciones de menor magnitud en la mayoría de los casos y, en promedio, se espera que los niveles de precios sean un 1% menores al 2023. Todo ello, claro está, sujeto a los ya habituales “cisnes negros” (6) de la tensionada geopolítica global del momento.

Cabe destacar al respecto que, a pesar de las disminuciones de precios registradas en el ejercicio 2023 y proyectadas para el 2024, el coste de los productos básicos siguen estando más de un 30% por encima de los niveles promedio de 2019, momento previo al inicio de la pandemia Covid-19.

En línea con la desaceleración prevista de la actividad económica general, la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que el crecimiento del volumen de comercio mundial en 2023 aumente tan solo un 0,8% al cierre del 2023, proyectando, no sin cierta alegría, un crecimiento del 3,3% para el 2024.

El dato anterior es contradictorio respecto al último Informe Global Trade Update de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), publicado el pasado 11 de diciembre, el cual vendría a indicar al cierre del año 2023 un descenso del 5% respecto al nivel récord de 2022, generándose una contracción de aproximadamente 1,5 billones de dólares, hasta situarse por debajo de los 31 billones de dólares.

Para la UNCTAD, más realista en sus previsiones que la OMC, las perspectivas para 2024 siguen siendo “muy inciertas y, en general, pesimistas”, en base a las actuales tensiones geopolíticas en el sistema mundo, la escalada de la deuda ya enunciada con anterioridad y la fragilidad económica generalizada a nivel global.

De hecho, pesan sobre el comercio internacional la menor demanda en los países desarrollados, el reducido nivel de comercio en Asia Oriental, el repunte de las medidas restrictiva para el comercio, la volatilidad de los precios de las materias primas y el hecho de que las cadenas de suministros se están haciendo más largas y complejas, especialmente entre China y Estados Unidos (ver Gráfico 10).

Lo anterior se plasma en que las medidas comerciales introducidas incluso por las economías del G20 se hayan vuelto más restrictivas estos últimos meses del 2023, según se indica en el último Informe de Vigilancia del Comercio de la OMC publicado el pasado 18 de diciembre. En dicho documento se indica que desde mediados de mayo, las economías del G20 introdujeron más medidas restrictivas que medidas de facilitación del comercio de mercancías, aunque el valor de las mercancías objeto de comercio cubiertas por las medidas de facilitación del comercio seguía superando al de las mercancías cubiertas por las restricciones.

Según la UNCTAD, los patrones del comercio mundial están cada más influenciados por la geopolítica, señalando a su vez que vivimos momentos en que los países prefieren socios comerciales que estén alineados políticamente, una tendencia denominada “friend-shoring”. Esto implica una disminución general en la diversificación de los socios comerciales, lo que indica concentración del comercio mundial en las principales relaciones comerciales (ver Gráfico 11).

Fragmentación del mercado global

Cabe añadir a todo lo anterior que el término “reducción de riesgos” -cada vez más utilizado en el mundo de los negocios y la geopolítica a partir de que la Casa Blanca lo incluyera en un comunicado del G7 en mayo de 2023- terminará de afianzarse en este 2024 como un eufemismo frente a lo que hasta ahora hemos definido como decoupling o desacoplamiento.

Estamos ante una estrategia de guerra comercial que busca aislar a la República Popular China, particularmente en los sectores vinculados a la alta tecnología, con el objetivo por parte de Estados Unidos y sus países aliados de frenar el ascenso económico del gigante asiático. En definitiva, se trata de impedir que China se convierta en el nuevo hegemón global en sustitución del rol ejercido por Estados Unidos durante prácticamente todo el pasado siglo y lo que llevamos de este.

Si bien las estrategias estadounidenses durante las administraciones Bush y Obama siguieron lógicas principalmente aplicadas a la política exterior y militar, centrándose en controlar el “grifo del petróleo” en el Pacífico Occidental -pivote hacia Asia-, sería la administración Trump y posteriormente la actual encabezada por Joe Biden quienes la convertirían en una lógica de guerra comercial sistemática.

Desde 2018, el gobierno norteamericano viene aplicando sanciones y aranceles punitivos a China. Estas sanciones se han centrado principalmente en empresas tecnológicas como Huawei, ZTE, Tencent o Bytedance, entre otras. Por su parte, la administración Biden continuó por esa misma línea pero ha desarrollado también nuevos enfoques aplicados a la política industrial, tal y como la Ley de Innovación y Competencia del año 2021 o la Ley CHIPS y Ciencia del año 2022 a modo de ejemplos (7). De igual manera han procedido con posterioridad los bloques y países aliados a Washington, tales como Unión Europea, Australia o Japón entre otros (ver Gráfico 12).

Las empresas chinas están a la vanguardia en el desarrollo de trenes de alta velocidad, sistemas fotovoltaicos, turbinas eólicas, baterías eléctricas y otras tecnologías medioambientales. Sin embargo, en sectores específicos como lo es la fabricación de microchips de alta gama, China sigue dependiendo de las importaciones occidentales. Al respecto, vale señalar que ha sido la industria de semiconductores la que llevó el concepto globalización a su máxima expresión en el pasado (ver Gráfico 13) y que la actual tendencia a localizar los chips y romper la globalización conlleva costos altos. Se estima una inversión inicial de 1 billón de dólares, un mantenimiento anual de entre 50 y 125 millones de dólares y un incremento del precio de los semiconductores de entre un 40% y unn 65% de su valor actual (ver Gráfico 14). Sin embargo hoy, tras que la guerra en Ucrania haya puesto de manifiesto la importancia estratégia de esta industria, nadie quiere depender de terceros en la industria de semiconductores (ver Gráfico 15).

La política de “eliminación de riesgos”, que en la práctica implica la desvinculación estratégica de la economía china, apunta precisamente a este ámbito: la guerra comercial es, ante todo, una guerra de chips, pero va tomando forma en otros sectores de la economía global y en la conformación de mercados estratégicos.

Toda acción conlleva su reacción, así que Beijing responde también con aranceles putinivos ante tales políticas de bloqueo comercial a sus empresas e importación de productos tecnológicos.

Aquí nos encontramos con una cuarta “D”, la D de decoupling o desglobalización.

Así vamos viendo que el PIB de los BRICS, término que inicialmente se acuñó en 2001 para referirse a Brasil, Rusia, India y China, añadiendo después a Sudáfrica, es ya superior al de un G7 pro estadounidense (ver Gráfico 16).

En este contexto, el peso económico de los países emergentes seguirá incrementándose a lo largo del 2024 y a futuro. Mientras en la actualidad un tercio de la riqueza mundial se genera ya en los llamados países “no libres” (ver Gráfico 17), se estima que estos tengan un peso del 80% en la economía global en 2050 (ver Gráfico 18).

Los indicadores generales de la economía global apuntan hacia una merma en el proceso de globalización (ver Gráfico 19), pasando “del Just in time al Just in case”, teniendo a las clases medias de los países económicamente desarrollados como el sector más perjudicado en esta transición.

Tras la llegada de la pandemia en 2020 con la consiguiente implosión de las cadenas de suministro, el agudizamiento de la guerra arancelaria inaugurada por Trump en 2018 y las tensiones geopolíticas derivadas del conflicto en Ucrania a partir de 2022, lo que nos encontramos en la actualidad es con cada vez es mayor nacionalismo económico. Al menos, es creciente el número de corporaciones empresariales que hablan de esto en sus presentaciones de resultados y cuentas anuales (ver Gráfico 20).

Comercio Exterior entre países de América Latina: una asignatura pendiente

Las relaciones comerciales existentes entre los 19 países de la región latinoamericana son muy escasas, siendo alianzas como el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Comunidad Andina (CAN) los ejes principales de los escasos esfuerzos aplicados en esa materia.

Según la CAN, el ejercicio 2023 no ha sido un año favorable para el comercio en general para la región y en específico para los países andinos (Colombia, Perú, Ecuador y Bolivia). En este sentido, el comercio de las naciones andinas con sus socios comerciales en el resto del mundo ha caído más de un 12% durante este pasado año y todavía más, un 16%, entre países asociados a la CAN.

La escasas relaciones comerciales de perfil intraregional es una muestra de la falta de capacidad por parte de los países de la región por generar vías de desarrollo conjunto para el subcontinente latinoamericano.

Ecuador

Al cierre del año 2023, Ecuador registra menos consumo y la falta de creación de empleos de calidad. El año termina marcado por dos características que han afectado el desempeño económico de Ecuador: la inseguridad que afronta el país (40 muertes violentas por cada 100.000 habitantes y más de 7.500 homicidios en 2023) y que ha afectado al sector productivo y comercial, especialmente los pequeños negocios, y el desplome de ya escasa atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) al país.

A esto hemos de adicionar el problema fiscal, dado que el gobierno nacional no cuenta con recursos y afronta en estos momentos un grave problema de liquidez que, aunque viene desde atrás, se complicó en el transcurso del 2023 y también lo hará más aún en 2024. La actual administración de Daniel Noboa recibió el país con un saldo en caja de USD 187 millones de disponible, cuando el flujo diario de gastos en el país oscila el promedio de USD 100 millones diarios.

Así las cosas, el déficit fiscal se cierra el ejercicio 2023 en unos USD 6.000 millones. Esto hizo que el gobierno haya tenido que recurrir a medidas como tomar recursos de la Corporación Financiera Nacional (CFN) para hacer frente al pago de sueldos y salarios del sector público.

El panorama se complica aun más por el elevado riesgo país existente al cierre del ejercicio pasado, durante todo el 2023 los bonos ecuatorianos se vienen posicionando como los terceros más malos de Latinoamérica. El riesgo país ecuatoriano casi que se duplicó durante en 2023, pasando de 1.502 a 2.062 puntos. El motivo fue primero político, la crisis institucional y pugna entre poderes del Estado que terminó con la salida del expresidente Guillermo Lasso del Palacio de Carondelet, y luego financiero, existen muchas dudas en el mercado especulativo financiero sobre la sostenibilidad de la deuda nacional actualmente existente. En definitiva, el país tiene serios obstáculos para poder acceder a préstamos necesarios a la hora de atender las necesidades que tenemos como país.

Si bien la reforma tributaria aprobada recientemente en la Asamblea Nacional, que rige desde primeros del presente año, dará un respiro de USD 832 millones por recaudación tras incentivos a los contribuyentes morosos derivado de una amnistía fiscal, el Gobierno Central deberá tomar medidas urgentes, como la revisión de los subsidios a los combustibles, lo que podría significar movilizaciones de calle e inestabilidad política en el país. Pendiente todavía de validarse la cifra exacta, se estima que los subsidios a los combustibles importados -limitado el monto a gas de uso doméstico, diésel y gasolina- podría estar en torno a los 2.293 millones de dólares al cierre del pasado año 2023.

Las empresas no solo afrontan retos respecto a sus necesidades de situar sus productos en el mercado y comercializarlos, dada la caída de la demanda interna -solo el 4,7% de los hogares mueven la economía-, sino que ahora están haciendo frente también a problemas relacionados con las extorsiones y la protección de sus equipos de trabajo e infraestructura -Ecuador se convirtió en el país más violento de la región-.

Esto implica un incremento de los costos operativos de las compañías, que deben incurrir en más gastos relacionados con la seguridad y la mejora de sus sistemas logísticos para salvaguardarse del crimen organizado.

Por si fuera poco, a lo anterior debemos sumar el hecho de que los apagones o cortes de luz complican aún más la actividad económica -comercial y productiva- del país. El sector productivo ha calculado pérdidas de USD 4.500 millones si los cortes de energía eléctrica se extienden hasta febrero del 2024, tal y como está anunciado oficialmente.

La situación laboral en el país sigue siendo un problema sin resolver. Tanto solo 35 de cada 100 trabajadores en Ecuador tienen un empleo adecuado (ver Gráfico 21), cifra que no ha tenido mayor variación en los últimos dos años. En paralelo, la informalidad se ha incrementado, en noviembre del pasado año, 54 de cada 100 trabajadores están en el mercado laboral informal (ver Gráfico 22).

Por su parte, los ahorros del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) se debilitan por momentos en medio de esta profunda crisis económica que vive el país. Para lograr atender las jubilaciones de los pensionistas en 2023, el IESS tuvo que desinvertir más de USD 1.100 millones de sus ahorros del Fondo de Pensiones -administrado por el BIESS-, dejando un saldo en dicho fondo de tan solo 5.500 millones de dólares, lo que solo alcanzaría para pagar las pensiones correspondientes al año 2024 en curso.

Por último, debe considerarse la afectación que sobre la economía nacional tendrá el cierre este año 2024 del bloque petrolero en producción en el ITT, fruto de la consulta popular realizada el pasado 20 de agosto. Este área produce 56.362 barriles diarios de petróleo a noviembre de 2023, es decir, un 14% de la producción nacional y el gobierno tiene un año desde dicha consulta para cerrar las instalaciones de extracción de crudo existente en dicho bloque petrolero.

En estas condiciones, la administración Noboa se ha visto obligada a plantear la venda de oro perteneciente a las reservas internacionales, buscando optimizar las inversiones del Banco Central del Ecuador (BCE).

En definitiva, la deuda total del Estado ha superado los USD 60.000 millones, representando el 60% del PIB, lo que incluye compromisos con el Banco del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (BIESS), el Banco Central, organismos multilaterales y gobiernos aliados, como China por poner tan solo un ejemplo. Además hay USD 5.000 millones en atrasos con proveedores y otro monto similar como déficit adicional.

Comercio Exterior Ecuatoriano

En un clima económico y social tan complejo como este, la afectación sobre el comercio exterior del país era inevitable. Si bien la Balanza Comercio Total se mantiene positiva, lejos quedaron los indicadores de pospandemia.

Al cierre de los tres primeros trimestres del 2023, dicha balanza comercio arrojaba un saldo positivo de USD 1.777,6 millones, muy lejos de lo que se registraba en el mismo período en 2021, USD 2.326 millones, o los del ejercicio 2022, un monto USD 200 millones inferior a los del año anterior (ver Gráfico 23).

De esta manera, pendiente aún de determinarse los resultados definitivos al 31 de diciembre de 2023, lo que resulta evidente es que las exportaciones totales del país han caído. El dato confirmado es visible al cierre del septiembre (ver Gráfico 24) pudiéndose apreciarse ya en aquel momento una caída del -5,8% respecto al mismo período del 2022.

En estas condiciones de volatilidad tan grande, las proyecciones para el 2024 están abiertas y sujetas a todo tipo de oscilaciones y especulaciones.

Lo que está claro es que persiste la desaceleración en Europa por los elevados costos energéticos, lo cual contrasta con una mayor resistencia de Estados Unidos y economías vinculadas a materias primas. Entretanto, los países emergentes mantienen tasas de crecimiento similares a las de prepandemia con excepción de China, que parece haber entrado en un nuevo ciclo económico que marca los límites del modelo de crecimiento que hasta ahora habían llevado adelante.

Este 2024 será el momento en que comenzará en serio la adopción de tecnologías, especialmente Inteligencia Artificial y otras innovaciones, que serán inductoras de la transformación económica global. Se proyecta una desaceleración de la economía mundial, tal y como ya indicamos en la primera parte del documento, lo cual afectará al posicionamiento de los productos ecuatorianos y del conjunto de la región en el resto del planeta.

Esta por ver si el comercio global podría registrar algún improbable crecimiento, aunque sea muy moderado para el próximo año, aunque parece difícil dado el actual alineamiento al comportamiento de la demanda. En todo caso, las políticas comerciales internas, las tensiones geopolíticas existentes al momento y la menor intensidad de importación en Estados Unidos y China apuntan a mantener los indicadores de desaceleración en curso.

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Notas:

1. El análisis de la tendencia de la economía capitalista moderna hacia el estancamiento -temporal o prolongado- se remonta a la hipótesis del estado estacionario de los economistas clásicos del siglo XIX. David Ricardo y John Stuart Mill explicaron de manera mecánica las causas del estado estacionario como una condición de equilibrio donde el stock de capital está fijo y la inversión neta es igual a cero. Posteriormente, en el siglo XX varios autores discutieron la cuestión del estancamiento económico como un problema asociado: a la abundancia de capital y, en consecuencia, a una tasa de retorno del capital muy baja que facilitaría la eutanasia del rentista como premisa para reanudar la acumulación de capital mediante la intervención del Estado (Keynes, 1936); al efecto combinado de una disminución de la población, exceso de ahorro y una insuficiente tasa de inversión (Hansen, 1939); o al crecimiento de los oligopolios y la subutilización del potencial productivo existente (Steindl, 1952). Y en un discurso dado en el Fondo Monetario Internacional (Summer, 2013), afirmó que el estancamiento prolongado podría ser la situación “normal nueva” de la economía de Estados Unidos y por ende global.
2. Conocemos como “efecto rebote” al fenómeno económico que consiste en un incremento exponencial de la demanda luego de un periodo donde la producción se redujo o se paralizó.
3. Desde marzo del 2022 la Reserva Federal estadounidense ha aumentando las tasas de interés 11 veces buscando frenar la economía y reducir la inflación. Cuando es más costoso pedir dinero prestado, las empresas y los consumidores por igual tienen menos probabilidades de gastar. Eso, a su vez, ralentiza el crecimiento y la demanda. Hasta ahora, la estrategia de la Reserva Federal para mantener la inflación baja y la economía en marcha ha funcionado: la inflación fue del 3.1% en noviembre, frente al 9.1% en junio de 2022.
4. Los ataques de la milicia yemení de los Huthi en solidaridad con la causa palestina en la guerra de Gaza empuja cada vez más empresas de transporte a desviar sus buques por una ruta más larga y costosa, aumentando también el riesgo de subida de precios.
5. La expansión cuantitativa es una herramienta de política monetaria que los bancos centrales usan para aumentar el dinero en circulación en el mercado y así estimular la economía.
6. La teoría del cisne negro o teoría de los sucesos del cisne negro es una metáfoca que describe un suceso sorpresivo, de gran impacto socioeconómico y que, una vez pasado el hecho, es racionaliza por retrospección, haciendo que parezca predecible o explicable y dando la impresión de que se esperaba que ocurriera.
7. Desde la crisis financiera mundial del 2007, China venía haciendo esfuerzos cada vez mayores para ascender en la cadena de valor, fortalecer el mercado interno y romper con el modelo exportador unilateral que con anterioridad había caracterizado su desarrollo nacional. Desde 2019, China superó a Estados Unidos como mayor nación exportadora y se convirtió en el segundo mayor inversor del mundo. China ha pasado de ser el “banco de trabajo del mundo” a una potencia económica hipercompetitiva, cuyas empresas son líderes en diversas áreas clave como la tecnología 5G, la inteligencia artificial, la computación en la nube o los big data.

Adela Cortina: «La postverdad es una banalización de la mentira»

Por Esther Peñas

Con la palabra siempre templada y dispuesta al diálogo, Adela Cortina (Valencia, 1947) construye espacios de entendimiento en territorios donde la cooperación se hace necesaria, aunque los últimos acontecimientos y sus reacciones –como la guerra en Ucrania, la polarización política o el auge de los populismos– se empeñen en dinamitarla. Cortina ha analizado los grandes temas que han marcado las últimas décadas –ella es quien acuñó el término aporofobia, el rechazo al pobre– sin renunciar a encontrar una vía ética para enfrentarse a ellos. Como se desprende de su conversación con Ethic, construir una sociedad más justa es posible.


Existe la sensación, ciertamente extendida en algunos sectores, de que esto se acaba. El miedo en nuestras sociedades ¿dinamita la ética?

El miedo es una de las emociones que necesitamos para sobrevivir, porque nos pone en guardia ante los peligros. No es como el odio, que resulta innecesario para vivir y, sin embargo, hay quienes se empeñan en cultivarlo para generar guerras, polarizaciones y conflictos. Aun así, el miedo puede apoderarse de nosotros hasta llevar a la parálisis, lo cual es nefasto, o, por el contrario, a tratar de analizar sus causas y a buscar salidas viables y justas. La opción más ética es la segunda, la que nos insta a buscar los mejores caminos en cooperación con otros. La ética es un motor que nos incita a no quedarnos atenazados, impotentes ante el sufrimiento, a no conformarnos con lo que parece un destino implacable, sino a buscar caminos que aumenten la libertad.

¿Cómo se construye la confianza, esa creencia en que la conducta del otro será buena?

La confianza no se construye unilateralmente, sino desde la experiencia vivida de que el otro ha dado muestras palpables de merecerla. Es verdad que las personas tendemos a confiar en que nuestros interlocutores son veraces. En caso contrario, hubiera sido imposible la cooperación, que es la que nos ha permitido hacer ciencia, tecnología, la vida política y la vida ética. Pero esa disposición a confiar tiene que venir refrendada por los hechos. Por eso es tan difícil construirla y tan fácil dilapidarla. Hay que ganársela, se construye día a día y exige crear instituciones que den cierta estabilidad a las relaciones sociales, aunque tampoco estas son fiables si no lo demuestran.

Cuando esa confianza se rompe –como ha demostrado el caso de Rusia–, ¿es posible restablecerla?

En enero, Putin dijo que no tenía intención de invadir Ucrania; y el 24 de febrero la invadió con que pretendía «desnazificarla», con la patraña de que el intento ucranio de entrar en la Unión Europea ponía en peligro la seguridad de Rusia. No entabló ningún diálogo con Naciones Unidas y quebró todos los posibles pactos del derecho internacional. Por el momento, las espadas siguen en alto, pero el daño causado es irreparable y el futuro es angustioso para todos los países, no solo para Ucrania, para la Unión Europea o para Occidente. Es un ejemplo más, particularmente sangriento, de la vileza de lo que ha dado en llamarse «posverdad» y que en lo que ha venido a recalar es en una banalización de la mentira. Quien tiene el poder suficiente se permite el lujo de mentir, además de dañar. Con ello retrocedemos a un mundo que creíamos haber superado: el del poder absoluto, el del triunfo de los autócratas. En la guerra de Rusia contra Ucrania, restablecer la confianza me parece difícil, por no decir imposible. Es más eficaz y humano ayudar a los ucranios a ganar la guerra y, a partir de este punto, negociar una paz y empezar a construir confianza desde la justicia.

¿Es ético que la Unión Europea se comprometa a ayudar a Ucrania, mientras que no se ha mostrado tan predispuesta cuando se ha tratado de otros conflictos bélicos?

Desgraciadamente, la Unión Europea no se ha sentido desde su nacimiento como una comunidad de ciudadanos, preocupada por defender sus valores fundacionales. Empezamos por la unión económica, continuamos a duras penas por la política y más tarde llegó la ciudadana, que es todavía muy endeble. Justamente, una de las pocas ganancias de esta guerra inadmisible es que los países de la Unión han estrechado lazos entre sí como no lo habían hecho antes, porque han experimentado muy de cerca la barbarie, aunque siga habiendo discrepancias. Sin embargo, porque no se haya mostrado tan predispuesta a la ayuda en conflictos anteriores no vamos a dejar de hacerlo ahora. Lo importante es aprender que debemos apoyar a los débiles, unirnos para hacerlo con los países dispuestos a cooperar e ir estableciendo vínculos con los demás para poder defender los valores irrenunciables. Esta es una lección que debemos sacar de esta guerra injusta y destructiva.

Asegura que en estos tiempos el género humano tiene que enfrentar los retos universales desde la ética, una para el macronivel. Sin embargo, parece que solo establecemos alianzas cuando existe un adversario común. ¿Por qué?

La predisposición tribal que fuimos generando a lo largo de la etapa de formación del cerebro continúa alimentando la tendencia a actuar bajo el esquema simplista «amigo/enemigo», que afecta a las relaciones internacionales y también a las del propio país. El actual retroceso a los nacionalismos cerrados –como el ruso, el chino o los de España– es una prueba fehaciente de que esas relaciones grupales siguen funcionando y generando polarizaciones. Por desgracia, después de la primacía de Estados Unidos posterior a la extinción de la Unión Soviética, no ha venido el esperado multilateralismo, el protagonismo de los distintos países y de las relaciones entre ellos. Tampoco, por el momento, un enfrentamiento claro entre dos bloques –como en la Guerra Fría–, aunque parece que algo semejante se va gestando. Por ahora, existen relaciones multipolares; relaciones entre distintos polos que sellan alianzas bilaterales en proyectos que les convienen puntualmente, sin comprometerse en todos los aspectos. Con todo, como los problemas son globales, es preciso seguir intentando construir una sociedad cosmopolita, porque los afectados por la globalización tienen que poder ser de algún modo quienes decidan hacia dónde debe orientarse. El proyecto cosmopolita sigue siendo irrenunciable.

En este sentido, ¿es posible establecer una ética cívica, esos mínimos de justicia de los que habla, sin cambiar de raíz el modelo económico por el que nos regimos?

Claro que es posible, entre otras razones porque no hay un modelo económico único, sino muy diversos según las peculiaridades de cada país. El modelo social-demócrata –si sus representantes se lo toman en serio– defiende claramente unos mínimos de justicia referidos a derechos civiles y políticos, económicos, sociales y culturales, como también el derecho a la paz, al desarrollo de los pueblos y a un medio ambiente sano. Son derechos que deben ir ampliándose al ir descubriendo nuevas necesidades. En este sentido, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a pesar de las críticas que han recibido, son una buena brújula. Y en cuanto a los valores, la libertad, la igualdad, la solidaridad y el respeto activo pertenecen también a la entraña de este modelo.

Según el barómetro de confianza de la consultora Edelman, los españoles confían actualmente más en las empresas que en las oenegés, los medios e incluso el propio Gobierno. ¿Qué papel juega el sector empresarial en la salud de la ética?

Las empresas tienen en estos momentos una especial responsabilidad para hacer posible una sociedad más justa, local y global. Son ellas las que pueden generar mayor riqueza, proveernos de productos y servicios en un momento tan complicado como este, crear puestos de trabajo dignamente remunerados o cumplir con ese deber de influencia que solo las grandes compañías tienen para cambiar legislaciones injustas en países en desarrollo y también en los desarrollados. Pero, además, pueden incrementar ese capital social –que es el cemento que cohesiona a las sociedades– precisamente porque ha aumentado el nivel de confianza en ellas y no deben defraudarla, como bien señala Domingo García-Marzá. En esta línea ha venido trabajando nuestra fundación Étnor («Para la ética de los negocios y las organizaciones») desde hace más de tres décadas, porque estamos convencidos de que –como bien decía el premio nobel de Economía, Amartya Sen– el fin de la economía consiste en ayudar a crear buenas sociedades. Por eso, para una sociedad es óptimo contar con buenas empresas y para las compañías también lo es actuar éticamente. Es preciso acabar con esa perniciosa ideología que se empeña en enfrentar a la ciudadanía con las empresas, cuando lo cierto es que empresarios, trabajadores, consumidores y proveedores son sociedad civil. Y es esencial ir construyendo un «nosotros».

De las propias empresas afirma que deben buscar la perspectiva social, especialmente en el terreno tecnológico, que marcará el futuro de nuestras sociedades. Pero ¿dónde situamos los afectos en un mundo cada vez más virtual?

En efecto, es preciso decir muy claramente que «la empresa del futuro será social o no será». Y estas afirmaciones no proceden de una razón lógica, ajena a los afectos, sino de una humana que cuenta con afectos, emociones y sentimientos. Sin ellos no hay razón humana. Existe una tendencia –muy errada– a creer que la racionalidad económica –que debería ejercerse en la vida empresarial– es la que tiene como motor la maximización del beneficio a toda costa, pero esto es falso. Esto vale para la vida y para la televida, que nunca debe intentar sustituir a la primera, sino servirle de instrumento para alcanzar mejor las metas de las distintas actividades humanas.

Usted aboga por la ética del diálogo en un momento en el que hemos regresado a los maniqueísmos más absolutos, en donde hasta los movimientos más sólidos se resquebrajan. ¿Cómo integrar la diferencia sin alimentar los populismos?

Apostando por la tradición cosmopolita, según la cual todas las personas tenemos el mismo estatus moral, todas tenemos igual dignidad. En eso nos identificamos y nos hace acreedoras al respeto y al cuidado. Pero precisamente porque las personas tenemos algo en común esencial –y es que estamos dotadas de razón y corazón, precisamente porque tenemos dignidad y no un simple precio– hemos de integrar las diferencias personales, siempre que esa integración no provoque desigualdades injustas. Los populismos no tienen ninguna opción en este proceso.

Para el Banco Mundial, los pobres son los que perciben menos de 1,25 dólares. Pero la pobreza es evitable y uno de los primeros ODS. ¿Por qué existe todavía la aporofobia?

A mi juicio, las medidas cuantitativas de la pobreza son necesarias, pero es preciso complementarlas con las cualitativas. Acabar con la pobreza extrema es el primer ODS pero no solo es un objetivo, sino sobre todo un deber moral, político, económico y social que tenemos que cumplir ya. Al menos por dos razones: porque las personas tienen derecho a no ser pobres y porque hay medios más que suficientes para que nadie lo sea. Si no cumplimos con esa obligación, estamos bajo mínimos de humanidad. En cuanto a la aporofobia, es la tendencia que tenemos los seres humanos a rechazar a quienes no parecen tener nada interesante que ofrecernos, sino solo problemas. Vivimos en la sociedad del intercambio, que puede ser de mercancías, de votos, de dinero, de favores. Y cuando damos con alguien que, al parecer, no puede devolvernos nada a cambio, lo rechazamos. Por eso siempre hay excluidos: los que nos parece que no tienen nada que ofrecer. La aporofobia es un atentado contra la dignidad humana y pone en peligro la democracia. Para combatirla es preciso educar desde la familia, la escuela, los medios de comunicación y la vida pública, para cultivar la capacidad de apreciar el valor de dignidad de todas las personas.

¿Cómo educamos a futuros ciudadanos críticos, responsables y dialogantes?

Como mínimo, introduciendo en la ESO una asignatura de ética en la que los alumnos conozcan las principales propuestas éticas y los fundamentos filosóficos que les dan sentido y legitimidad, que sepan también de los valores que priorizamos en las democracias y que puedan dialogar abiertamente sobre todo esto. Pero siempre conviene recordar que no solo educan la escuela y la familia, sino también los medios de comunicación y la ejemplaridad de los personajes públicos y de los políticos. Si la vida pública está colonizada por los tribalismos y las polarizaciones, mal lo tiene la escuela para educar a una ciudadanía madura, con capacidad de discernir y dialogar.


Esta entrevista tuvo lugar en las Jornadas de Sostenibilidad 2022 de Redeia.