Ante la guerra. Sobre La crisis de los veinte años (1919-1939) de E. H. Carr.

Las similitudes de la situación que describe Carr y la actual son sorprendentes, sobre todo en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy.
No hay mejor momento que este para leer La crisis de los veinte años (Catarata), de E. H. Carr. Podría haberse escrito el mes pasado. Las similitudes de la situación que describe Carr (la primera edición del libro se publicó en 1939) y la actual son sorprendentes. No solo en los acontecimientos más recientes, incluido el desprecio del derecho internacional por parte de los signatarios del Estatuto de Roma, lo que no habría sorprendido a Carr puesto que creía que tal derecho no puede existir, o solo puede existir cuando se apoya en la fuerza, sino sobre todo y de forma más ominosa en las características estructurales del sistema internacional de entonces y de hoy: las que han conducido a la Segunda Guerra Mundial y las que parecen conducirnos a una nueva guerra.

Ambos sistemas estaban mal estructurados en sus inicios (Versalles y el final de la Guerra Fría). Ambos contenían las semillas de la destrucción. El sistema de Versalles comenzó como una empresa utópica y aparentemente basada en principios. Carr y muchos otros (como Keynes en Las consecuencias económicas de la paz) atribuyen con razón la mayor responsabilidad a Woodrow Wilson. Cuando decimos “responsabilidad” parece extraño culpar a alguien de las formas utópicas o aparentemente idealistas en que debería organizarse el sistema internacional. Pero en el primer paso la aplicación al mundo de los principios traídos de Princeton y Washington D.C. tropezó. Puso de manifiesto la hipocresía con más fuerza que si los principios hubieran sido menos idealistas. El derecho de autodeterminación se repartió de forma incoherente entre algunas naciones y se negó a otras. Como escribe Harold Nicolson en su hermoso The Peace-Making 1919:

El más ardiente defensor británico del principio de autodeterminación se encontraba, tarde o temprano, en una posición falsa. Por muy ferviente que fuera nuestra indignación ante las pretensiones italianas sobre Dalmacia y el Dodecaneso, podía enfriarse con una referencia, no solo a Chipre, sino a Irlanda, Egipto y la India. Habíamos aceptado para los demás un sistema que, si llegaba a la práctica, nos negaríamos a aplicarnos a nosotros mismos (p. 193).

Se concedieron colonias, protectorados, fideicomisos (con un periodo de duración indefinida) a las naciones menores. La igualdad racial fue rechazada incluso como un principio formal bastante benigno, a pesar de la retórica grandilocuente sobre la igualdad de los hombres. Ese rechazo, malo en sí mismo, fue acompañado de la transferencia más cínica de las posesiones controladas por Alemania en China a Japón, lo que condujo al movimiento del 4 de mayo y al inicio del nacionalismo chino moderno.

Según Carr, la paz cartaginesa de Versalles creó dos tipos de naciones. Las satisfechas naciones anglosajonas y, hasta cierto punto, Francia (aunque esta, al no sentirse lo bastante fuerte, siempre tuvo dudas sobre su estatus) y el trío de grandes Estados insatisfechos de Alemania, Italia y Japón. Estos dos últimos eran aliados occidentales descontentos con el reparto del botín en Versalles. Alemania intentó en los años veinte cambiar o invalidar algunos de los pactos del Tratado eximiéndose de la obligación de pagar las desorbitantes sumas en concepto de reparaciones (que, de hecho, nunca pagó en su totalidad) e inició subrepticiamente una cooperación militar con la Rusia soviética, intentando evitar los límites al tipo y tamaño de su ejército. Pero, en general, apenas obtuvo beneficios y el descontento creció. Cuando Alemania empezó a revocar, con entusiasmo, la letra y el espíritu de Versalles, lo hizo mediante la fuerza militar y la intimidación. “Nuestros enemigos son pequeños gusanos”, opinaba Hitler. La paradoja, como señala Carr, es que cuanto más lograba Alemania anular las normas que se le habían impuesto, y cuanto más pensaban que esto la satisfaría aquellos que, como Carr, no estaban de acuerdo con la falta de equidad del Tratado en primer lugar, más se enfadaba Alemania. Así, el enfado alemán (por entonces nazi) aumentó en proporción a su éxito en derribar Versalles. Lo que podría haberse concedido pacíficamente y se habría recibido con gratitud ahora se daba bajo la amenaza de las armas y se recibía con desprecio.

Al contar esta conocida historia, aunque nunca asigna de manera directa la culpa del colapso del sistema, Carr divide implícitamente la responsabilidad entre las dos partes. Culpa a las naciones satisfechas por no estar dispuestas a compartir parte de las ganancias obtenidas por haber ganado la guerra. Compara a menudo las relaciones internacionales con las domésticas. Para que las relaciones domésticas sean estables, los ricos deben ceder algo más que en proporción a lo que tienen. En otras palabras, para que un sistema político sea estable –ya sea a nivel nacional o internacional– los fuertes tienen que estar dispuestos a hacer sacrificios, a aceptar “algún toma y daca”, en palabras de Carr. Para crear un sistema internacional sostenible, las potencias satisfechas tienen que compartir el botín con otras potencias o imponer una paz relativamente equitativa (“equilibrio de poder”) para que los demás participen en el sistema. Si no lo hacen, las potencias insatisfechas no tendrán ningún interés. Esto es exactamente, escribe Carr, lo que ocurrió entre 1919 y 1939.

Todo orden internacional debe apoyarse en una hegemonía de poder. Pero esta hegemonía, como la supremacía de una clase dominante dentro del Estado, es en sí misma un desafío para quienes no la comparten; y debe, si quiere sobrevivir, contener un elemento de toma y daca, de sacrificio propio por parte de quienes lo tienen, que lo haga tolerable para los demás miembros de la comunidad mundial.

Carr explica incluso la pacificación del poder satisfecho por analogía con la política interior. Los ricos promueven la paz doméstica porque el mantenimiento del orden actual es beneficioso para ellos. “Del mismo modo que la clase dominante en una comunidad reza por la paz doméstica, que garantiza su propia seguridad y predominio, y denuncia la guerra de clases, que podría amenazarle, la paz internacional se convierte en un interés especial de las Potencias predominantes”.

Los llamamientos a la paz no se explican por la diferente moralidad de las potencias o clases, sino por la diferencia de sus posiciones. Pedir la paz no es per se algo que pueda considerarse moralmente superior. ¿Deberían haber seguido los revolucionarios americanos de 1776 los llamamientos a la paz?, se pregunta Carr. La moralización, que a veces observamos en las potencias que quieren mantener la paz, carece de superioridad ética. Simplemente se basa en el interés de dichas potencias por mantener el statu quo.

Como deja claro esta breve descripción, las similitudes con la situación actual son muchas. Mientras que la conclusión de la Guerra Fría no tuvo un final oficial similar al de Versalles, sus contornos principales reprodujeron los de Versalles. Las potencias satisfechas, las vencedoras de la Guerra Fría, fueron Estados Unidos, Reino Unido, Francia y, sobre todo, Alemania, que recuperó la unidad. Por otra parte, el “Nuevo Orden Mundial” produjo una gran potencia (Rusia) que desde el principio se mostró insatisfecha con el resultado, especialmente porque Rusia, como Alemania en 1918, no se sintió en absoluto derrotada. Desde el principio, cuando bajo Yeltsin el país estaba medio destruido y se comportaba internacionalmente más o menos como un vasallo de Estados Unidos, a Rusia le molestaba un aspecto de la política de los vencedores: la extensión de su alianza militar a las fronteras rusas. Como en el colapso del sistema de Versalles, aquí vemos la misma dinámica. Rusia se opuso a la ampliación en todo momento, incluso cuando se reconcilió a regañadientes con la adhesión a la OTAN de sus antiguos satélites de Europa Oriental y la inclusión de las repúblicas bálticas, pero no pudo, o no quiso, aceptar más.

Las quejas, como en el caso alemán, duraron mucho tiempo. Empezaron con Yeltsin, continuaron durante el primer y el segundo gobierno de Putin y no produjeron nada. El ya famoso discurso de Putin en Múnich en 2007 no generó ningún resultado. El mensaje era muy similar al que absorbió Alemania en la década de 1930: las características estructurales del sistema no pueden cambiarse pacíficamente y no pueden modificarse mediante ruegos o quejas del poder descontento. La potencia insatisfecha adoptó más o menos el mismo curso de acción que Alemania en los años treinta: las desigualdades, en su opinión, no podían corregirse mediante conversaciones, discusiones y negociaciones, sino solo mediante el puro ejercicio del poder militar. La guerra con Ucrania fue una forma de anular algunos de los pactos implícitos del final de la Guerra Fría, del mismo modo que para Alemania el Anschluss y la ocupación y la división de Checoslovaquia fueron las formas en que Alemania se encargó de aplicar los principios de autodeterminación proclamados por Wilson pero negados a Alemania.

A pesar de estas similitudes, cabría esperar que el resultado no fuera el mismo. No obstante, es interesante reflexionar sobre el hecho de que el libro fue escrito en 1938 y publicado en septiembre de 1939. Esperemos que no nos encontremos ahora en el mismo punto histórico que Carr entonces.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.

Publicado originalmente en el Substack del autor.

Lugares ya no comunes: “Izquierda”

Por Paolo Virno / Il Manifesto

Entre las ideas, o palabras talismán, de las que es bueno y justo despedirse, hay algunas que se han vuelto patéticas (‘derechos’, ‘pueblo’, ‘refundación’, por ejemplo), que merecen la sonrisa reservada a las cosas viejas de pésimo gusto, botín de chamarileros y del Partido Democrático (PD). Pero hay otras, entre las palabras talismán, tenaces como la mala hierba, pomposas y petulantes, capaces de obstaculizar durante mucho tiempo la reanudación de la lucha de clases en el seno de un capitalismo que ha barrido los talleres de Ford y Taylor. En este segundo grupo de conceptos no sólo vacuos, sino también nocivos, destaca el de «izquierda».Herencia de la Revolución Francesa, la noción de izquierda se ajusta a la plebe, no al trabajo asalariado; se refiere a los excluidos y a los parias, no a los obreros de las fábricas. La alineación política, pero también y sobre todo sentimental, denominada «izquierda» se ha batido siempre por el «desarrollo de las fuerzas productivas», ignorando con ánimo sereno la guerra civil latente que anida en el seno de ese desarrollo (basta pensar en el mors tua vita mea a cuenta de las horas extraordinarias y los ritmos de trabajo). Ha invocado, la cultura de la izquierda, la «unidad nacional» y el respeto a las prerrogativas del Estado soberano, aunque esa unidad no haya excluido el voto a favor de la guerra mundial (voto concedido en 1914 por todas las socialdemocracias europeas) y ese respeto puede implicar el asentimiento a leyes especiales y cárceles de máxima seguridad (como ocurrió en los años del «compromiso histórico»).

La necesidad de abandonar sin vacilaciones el territorio desolado marcado en los mapas con el nombre de izquierda se advierte echando la vista atrás, a los años 70 del siglo pasado. Fueron los años en los que tuvo lugar el primer y único intento de revolución comunista en el seno del capitalismo maduro. Ni rastro de lucha contra el atraso; ninguna «cuestión campesina» que dirimir luchando contra el hambre y la pelagra; rápido abandono del empalagoso amor por los últimos y los marginados, tan querido por los primeros y los bien conectados (todos de izquierdas, of course). El catálogo era el siguiente: ralentizar los ritmos de producción, reducir al frenesí a quienes se arrogaban el derecho de fijarlo, segar las horas extraordinarias, arrancar aumentos iguales del salario base para todos, arrinconar a la dirección de las empresas, discernir en todas las articulaciones de la vida asociada (escuelas, transportes, aparatos de comunicación, organización de los lugares de residencia, etc.) dos intereses opuestos entre los que un compromiso es tan probable como la conversión de los gorriones a la castidad. Ninguna de las voces de este catálogo goza de la simpatía del progresismo encaprichado con los derechos civiles; todas, de hecho, suscitan su repugnancia.

Mal visto por la izquierda fue entonces el muy descortés poder obrero que se había afirmado en el interior de los talleres y luego también en la esfera pública metropolitana. Mientras los reformadores contagiados por Pasolini execraban las «necesidades inducidas» por la sociedad de consumo en los lugareños hasta entonces entregados a una admirable sobriedad, los obreros de las fábricas, deseosos de consumir rápidamente los bienes de este mundo, hacían todo lo posible (un posible convertido en tal, es decir, es decir posible sólo por el hecho de que a menudo era ilegal) para sacudirse esa horrible necesidad inducida que es el trabajo asalariado. Para nada de izquierdas, el deseo de disfrutar hasta el fondo del propio aquí y del propio ahora remitía, si acaso, a un razonable significado de la palabrita «comunismo».

El éxodo de ese lugar insalubre donde se oficia el culto al progreso, comenzado en el curso de los años 70 gracias al intento de revolución comunista entonces escenificado, es ahora un hecho consumado, una realidad empírica de enorme relieve, a pesar del clamoroso fracaso de esa revolución. La multitud que produce con el  lenguaje y con jirones de saber, para la que no existe una frontera fiable entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, ha metabolizado una ruptura irreversible con la izquierda, con su claudicante doctrina y su praxis tan benéfica como un gas urticante. Nada que ver con la adoración del Estado, la exaltación del pleno empleo, la idea de ciudadanía de la que el progresismo reformador ha hecho ostentación a modo de carné de identidad a lo largo de todo un siglo.

Tres me parecen los principios constitucionales que podrían inspirar, hoy más que nunca, una práctica política alejada de la izquierda, pero sin lugar a dudas comunista (comunistas, y por tanto, no de izquierdas: he aquí una inferencia irrefutable, siempre a tener en cuenta). El primer principio es la plena actualidad de la abolición del trabajo asalariado. Escribe Marx que no hay que liberarlo, puesto que en todos los países modernos ya es libre, sino abolirlo como una desgracia intolerable. Además de constituir desde el principio una calamidad, el trabajo asalariado se ha convertido en las últimas décadas en un coste social excesivo. Hay algo de superfluo, incluso de parasitario, en el rendimiento bajo patrón cuando el pensamiento y el lenguaje se muestran como el recurso público, es decir, el bien común, que más contribuye a satisfacer necesidades y deseos. Para quien tenga necesidad de frasecitas marxianas: hay algo parasitario en el trabajo asalariado cuando el proceso de reproducción de la vida se confía al general intellect, al intelecto general de una multitud.

El segundo principio constitucional que sanciona la definitiva despedida de los defensores de los derechos de ciudadanía es la destrucción de la soberanía del Estado. A condición de que adoptemos al menos por un momento la definición de esta última propuesta por un jurista nazi, vejada sin freno por los filósofos de izquierda desde hace treinta años. Según Carl Schmitt, la soberanía del Estado consiste enteramente en el «monopolio de la decisión política». Pues bien, escapan de la jaulita del reformismo progresista quienes, lejos de proyectar su transferencia a un sujeto social distinto, pretenden socavar y extinguir tal monopolio. Rehuyendo la «toma del poder», el antimonopolismo de los muy jóvenes y de los declinantes que detestan el socialismo por comunistas se vale de todo tipo de tácticas: cautelosos compromisos e invención de instituciones acreditadas precisamente por ilegales, secesión y participación. La palabra clave a la que se recurrirá después de la era del reformismo estatal, es decir, del éxodo, indica ante todo el muy variopinto conjunto de decisiones políticas que permiten dejar atrás el Egipto en el que prevalece el monopolio de la toma de decisiones políticas.

El tercer principio de una política que ya no es de izquierdas estriba en la meticulosa apreciación de todo lo que hay de único e irrepetible en la existencia de cada miembro de nuestra especie. Se podría decir que se saborea, en nuestra época, la posibilidad de un individualismo por fin no caricaturizado. De un individualismo, por tanto, en el que la singularidad del individuo es el resultado complejo de la relación con lo que es máximamente común, compartido, impersonal. El pronombre «yo» desciende del infame y sin embargo muy digno «se» (se habla, se juega, se ama, etc.). A esta descendencia ha aludido Marx con el sintagma ‘individuo social’. Es la trama colectiva de la experiencia («social») la que finalmente alumbra una incomparable variación («individual»).

Estos principios constitucionales, lejos de apuntar a un melancólico sol del porvenir, forman parte de nuestra experiencia inmediata. Definen el lugar de la posible lucha anticapitalista, lo circunscriben y la amueblan, substrayéndola con serena resolución a esa historia de un loco contada por un borracho en que se ha convertido la izquierda política y cultural de los últimos años.

Paolo Virno
Filósofo y semiólogo napolitano, fue militante de Potere Operaio en los años 70. Encarcelado en 1979, acusado de pertenencia a las Brigadas Rojas, quedó finalmente absuelto después de tres años en prisión. Ha sido profesor en las universidades de Urbino, Cosenza y Montreal, y enseña actualmente Filosofía del Lenguaje en la Universidad de Roma III.

 

Infinito de la comunicación / finitud del deseo

Por Toni Negri

Nunca como hoy la relación media-espectador ha estado tan demonizada, y no hace más que empeorar. Es más, se ha querido dar del mensaje mediático la imagen de una ráfaga de metralleta incrustrándose en el espectador– blanco miserable de un poder omnipresente– y aniquilándole. Este moralismo obtuso y deprimente ha cobrado el porte de un ritual, más en particular para una izquierda incapaz ya de análisis y propuestas positivas y que continúa acantonada en inútiles lamentaciones. Se nos representa una vida cotidiana dominada por el monstruo mediático como una escena poblada de fantasmas, de zombis prisioneros de un destino de pasividad, de frustraciones e impotencias. Esta demonización no es la única componente de la relación media-público-vida cotidiana. La “ciencia de la comunicación” le es un buen soporte. Porque, en efecto, la comunicación es abatida permanentemente sobre la información, y los media se conciben como funciones lineales que prolongan en la sociedad mensajes de una eficacia completamente pavloviana. Como ocurre ya en la lingüística, en las ciencias de la comunicación (o más bien en las “sedicentes” ciencias de la comunicación), hoy el lenguaje es disecado y su subjetividad evacuada. Todo lo que es ético, político, poético, interactivo, no inmediatamente discursivo, en la relación media/público (tal y como lo es ya en la relación sujeto/lenguaje), es eliminado. En esta reducción científica (¡si se la puede llamar así!) se apoyan las concepciones terroristas de los media, las lamentaciones de los moralistas y sobre todo una visión reificada e intransitiva de la vida política que se traduce en: ¡no hay nada que hacer! ¡Imposible escapar a esta esclavitud!” Aquí se confirma la sacralidad del poder, en toda esta nueva modernidad. La izquierda no propone más que la teoría de la manipulación y siente lástima por los desgraciados espectadores a los que se reduce a receptores pasivos. Desde luego, no es nuestra intención negar los efectos regresivos que provoca en sus usuarios el mundo actual de los media. No somos insensibles a la degradación del gusto y del saber colectivo, tampoco a la colonización de los universos de lo vivido. Además, nos parece absolutamente evidente que la máquina mediática actual en absoluto produce esos efectos inocentemente. En el sistema de poder actual produce conscientemente códigos infectados y epidémicos, destinados a impedir y cortocircuitar los mecanismos de producción simbólica. Selección estratégica e instrumental de los contenidos informáticos, inversión sistemática de los sentidos y los valores, reducción extrema de la información a mercancía, y de la comunicación a la enalidad y la futilidad: ¡adelante, con alegría! Pero, una vez reconocido todo esto, ¿es verdad entonces la teoría de la manipulación, podemos seguir sosteniéndola? ¿Siguen de actualidad el catastrofismo y las invocaciones líricas a liberarse de la dominación de los media productores de mercancías de las últimas críticas de la Escuela de Frankfurt? No, el ser humano no es unidimensional, y es preciso rechazar resueltamente las concepciones de las que hemos hablado hasta ahora, y que la izquierda moralizante y pesimista ha hecho suyas. En primer lugar, porque son falsas, y a continuación porque producen como resultado impotencia ética y derrotismo político. Son falsas, pues. No es este el lugar para retomar las largas discusiones, siempre interesantes por otra parte, que han acompañado al desarrollo de las ciencias lingüísticas y la superación de un estructuralismo mecánico y mezquino que han operado. Basta traer a la memoria cómo de Bajtín a Hjelmslev, de Benjamin a Deleuze, por no citar más que a algunos autores esenciales, fue reparada la grave distorsión objetivista y funcional que había sufrido la lingüística, al menos en parte. Por tanto, si hoy es posible empezar a hablar de nuevo de las ciencias de la comunicación, lo es sobre la base de un teoría que reintroduce dimensiones ontológicas y subjetivistas, elementos autopoiéticos y creativos en la descripción de los agenciamientos colectivos que se constituyen en el tejido mediático y comunicativo. La operatividad colectiva, ético-política, emotiva y creativa que actúa en el mundo de la comunicación es un elemento irreductible, una resistencia que se abre a otros caminos: está esencialmente en la base de nuevas constituciones de los sujetos y nuevas interrelaciones que no dejan de producirse. El conjunto “maquínico” de la comunicación mediática es un mundo de transformación y constitución, como el resto de los mundos “maquínicos” en los que se ve inserta la vida del ser humano. Marx había mostrado cómo la acumulación capitalista, al transformar progresivamente al ser humano, es decir, al trabajador, desarrolla al máximo su productividad, haciendo de esta una fuerza productiva capaz de autovalorizarse y por tanto de ser una fuerza revolucionaria.Mediante la acumulación de la comunicación, la consciencia del ser humano se transforma y se vuelve apta para un reconocimiento colectivo de esa ampliación de las posibilidades de saber y de las capacidades de transformación que, sólo ellas, pueden asegurarle más libertad. Entonces, aquí estamos en el corazón del problema, es decir, que hay que considerar el mundo de la comunicación como el lugar en el que las grandes fuerzas sociales del saber y la comunicación se colocan como las únicas fuerzas productivas. El trabajo colectivo de la humanidad toma consistencia en la comunicación y el paradigma comunicativo se identifica poco a poco, pero con una evidencia cada vez mayor, con el del trabajo social, con el de la productividad social. La comunicación se vuelve la forma en la que se organiza el mundo de la vida con toda su riqueza. La nueva subjetividad se constituye en el interior de este contexto de máquinas y trabajo, de instrumentos cognitivos y autoconsciencia poiética, de nuevo medio ambiente y nueva cooperación. El trabajo humano de producción de una nueva subjetividad cobra toda su consistencia en el horizonte virtual que abren cada vez más las tecnologías de la comunicación. Nos es preciso volver una vez más al análisis y la crítica marxianas del trabajo para encontrar en este proceso el mecanismo de la explotación y las razones de la revolución. Volvemos en el caso presente: es decir, en el estadio en el que, de ahora en adelante, la comunicación nos aparece como la máquina que domina a toda la sociedad, pero en cuyo interior la cooperación de las consciencias y las prácticas individuales alcanza su nivel de productividad más elevado– productividad del sujeto, cooperación de los sujetos, producción de un nuevo horizonte de riquezas y al mismo tiempo de liberación. En el seno mismo de este trabajo comunicativo, las resistencias últimas de un mundo capitalista reificado, apresado en las determinaciones fetichistas del horizonte de la mercancía, se debilitan: la realidad, la naturaleza, la sociedad se ven apresadas en la consistencia del flujo de los acontecimientos; entonces la actividad comunicativa de la fuerza de trabajo, de las consciencias comunicantes, de los sujetos cooperantes se vuelve capaz de poner en acción, radicalmente, la transformación social, sin otro límite que la finitud de nuestro deseo. Una finitud que tiene como único obstáculo lo infinito de la tarea. Entramos en una era posmediática. La segunda crítica que podemos hacer a las teorías de la comunicación que hoy nos ofrece el poder se apoya en esta constatación.

A partir de ahí podemos desmistificar la perspectiva de una esclavitud política ineluctable (y de la prosecución de la explotación del trabajo). Es decir, conscientemente, que el triunfo del paradigma comunicativo y la consolidación del horizonte mediático, por su virtualidad, su productividad, la extensión de sus efectos, lejos de determinar un mundo apresado en la necesidad y la reificación, abren espacios de lucha por la transformación social y la democracia radical. Es preciso llevar el combate al interior de este nuevo campo. Combate para reducir a todos los elementos y los agentes que repiten, en el nuevo modo de producción de la subjetividad, las viejas normas, los códigos y los paradigmas miserables del antiguo arte de reinar: lucha de reapropiación de los media y de todas las articulaciones de la comunicación. Las destrucciones que hay que operar en este campo son innumerables: ¿cómo destruir el sistema privado y/o estatal, el monopolio capitalista de la comunicación? ¿Cómo anular la intervención de los profesionales de la comunicación y de todo el sistema de códigos de poder que vehiculan? ¿Cómo minar el terreno en el que descansa ese centro de producción de los aparatos ideológicos? Pero si las destrucciones que hay que operar son amplias y arduas, mucho más importantes aún y más acaparantes son las operaciones positivas que hay que pensar. Se trata de imaginar y construir un sistema colectivo de comunicación en el que estarían excluidos lo privado y lo estatal. Se trata de construir un sistema de comunicación público basado en la interrelación activa y cooperante de los sujetos. Se trata de unir comunicación / producción / vida social en formas de proximidad y cooperación cada vez más intensas. En fin, se trata de contemplar una democracia radical tanto en la sociedad como en la producción, que ha de cobrar forma en las condiciones del horizonte posmediático. 

Publicado en francés en Futur Antérieur, nº 11, 1992/3.

Teorías de las crisis y los ciclos Kondratiev, ¿qué balance 1974-2024?

Por Rolando Astarita

En notas anteriores hemos criticado la idea de que la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia (LTDTG) explica las crisis cíclicas (o sea, propias del ciclo de negocios). Entre otros argumentos, dijimos que la LTDTG, en caso de verificarse, solo explicaría movimientos de largo plazo de la tasa de ganancia y de la acumulación. Lo cual es difícil de encajar en crisis y recesiones que ocurren cada, aproximadamente, 10, 12 o 15 años a lo sumo. Por esta razón, sostuvimos, Marx y Engels no recurrieron a la LTDTG cuando se refirieron a las crisis de 1836, 1847, 1857, 1866, 1873, 1882-1884, 1890. De hecho, las explicaron por la tendencia del capital a la sobreproducción (lo que supone la libre competencia).

Hemos presentado evidencia acerca de estas cuestiones. Entre otros elementos, la correspondencia de Marx y Engels referida a las crisis; lo planteado por Marx en Teorías de la plusvalía, en crítica a quienes negaban la posibilidad misma de la sobreproducción; o lo que escribió Engels sobre las crisis en el Anti-Dühring (texto que indudablemente Marx conoció). En ninguno de estos escritos la ley tendencial de la tasa de ganancia juega un rol que pueda considerarse más o menos significativo para la comprensión de las crisis. Lo cual no impide que muchos marxistas sigan sosteniendo que Marx y Engels explicaron las crisis por la LTDTG. Llegado este punto, nuestros argumentos se agotan.

Sin embargo, un segundo argumento posible sería reconocer que Marx y Engels explicaron las crisis por el impulso a la sobreproducción, y que al hacerlo cometieron un error. En ese caso habría que demostrar que las crisis del siglo XIX no ocurrieron de la manera y por las causas que barajaron.

Una variante de esta postura sería sostener que las explicaciones de las crisis por sobreproducción eran correctas para el siglo XIX, pero no lo son para las crisis de los siglos XX o XXI. Por caso, en comunicación personal un compañero me ha objetado que la teoría de las crisis por sobreproducción es “anticuada”. O sea, explicaciones como la de Engels en el Anti-Dühring, o Marx en Teorías…, estarían desactualizadas, ya que a partir de determinado momento (¿la crisis de 1900? ¿la de 1907? ¿1920-21? ¿1929-33?), la crisis habría dejado de explicarse por la tendencia a la sobreproducción, y habría pasado explicarse por la acción de la LTDTG. Un análisis que debería combinarse con los cambios ocurridos en el capitalismo. El más nombrado, la eventual supresión de la libre competencia por el monopolio. A pesar del argumento, no vemos sin embargo que los que sostienen que la explicación de Marx y Engels quedó “anticuada” hayan encarado esa eventual revisión teórico-empírica.

LTDTG y ciclos Kondratiev

A lo planteado en el apartado anterior podemos sumar un tercer argumento. Se trataría de conectar la LTDTG con los llamados ciclos largos, o Kondratiev.

Como es conocido, Ernest Mandel es el marxista de referencia de esta tesis (véase El capitalismo tardío, México, Era, 1979; Las ondas largas del desarrollo capitalista, Madrid, Siglo XXI, 1986). En su visión, las fases A, de auge y prosperidad están caracterizadas por un ascenso de las expectativas de las ganancias y de la realización de las ganancias, acompañadas del ascenso de la tasa de acumulación del capital productivo. Las fases B, de crisis y depresión, están determinadas por el descenso de la tasa de ganancia realizada y de la expectativa de ganancia, acompañada de una caída de la tasa de acumulación de capital productivo.

Siempre según Mandel, el análisis marxista había situado los movimientos de la tasa de ganancia en dos marcos temporales diferentes: a) el ciclo industrial; b) la perspectiva de largo plazo, relacionada con la vida del capitalismo (la discusión sobre el derrumbe). Mandel propuso incorporar al análisis un tercer marco temporal, el de las ondas largas de 20 a 25 años de duración. Sostuvo que después de 1848, después de 1893 y después de 1940 en EEUU y 1948 en Europa Occidental y Japón se produjeron cambios a largo plazo de ascensos de la tasa media de crecimiento económico. Ese ascenso estuvo determinado por un ascenso de la tasa de ganancia,  a pesar del descenso cíclico de la tasa media de ganancia al final de cada ciclo industrial y a pesar del declive secular que señalaría el límite histórico del capitalismo. O sea, ubicada entre las dos presiones bajistas de la tasa de ganancia (la que ocurre al final del ciclo y la secular) había lugar para un ascenso de la tasa de ganancia que determinaría una fase ascendente, de unos 25 años de duración, de la economía capitalista. Seguida por una caída de la tasa de ganancia, que estaría en la base de la fase descendente, de unos 25 años. Así, en total, tendríamos las ondas de 50 años, aproximadamente.

De manera que los “marcados ascensos” de la tasa media de ganancia explicarían los ascensos de la tasa media de producción industrial y del comercio mundial después de 1848, 1893 y 1940-1948. A la inversa, la caída de la tasa media de ganancia explicaría la baja del crecimiento económico que hubo hacia 1823, 1873, en el período de entreguerras, y hacia finales de la década de 1960. Como puede verse, la LTDTG tendría importancia para, por un lado, explicar las ondas largas; y por el otro, porque determinaría la tendencia de largo plazo al estancamiento de las fuerzas productivas capitalistas.

Más específicamente, los ascensos de la tasa de ganancia se explicarían por aumentos bruscos de la tasa de plusvalía; por la disminución de la tasa a la que crece la composición orgánica del capital; por la aceleración de la circulación del capital; o una combinación de algunos, o todos, estos factores, que contrarrestan la tendencia de largo plazo a la caída de la tasa de ganancia. Si, por el contrario, estas fuerzas contra-restantes son débiles, o solo opera alguna de ellas, se manifiesta plenamente y caracteriza un largo período depresivo, con una baja tasa media de crecimiento e incluso una tendencia al estancamiento. Esto no excluye ascensos cíclicos de la tasa de ganancia y de la acumulación del capital – o sea, un ciclo comercial “normal”- pero los períodos de recuperación son efímeros y débiles.

Mandel enfatizó que los puntos de inflexión ascendente de la tasa media de ganancia no podían explicarse sobre todo por causas económicas endógenas, sino por causas exógenas, políticas y sociales. Por ejemplo, nuevas conquistas geográficas del capitalismo; guerras; revoluciones y contrarrevoluciones, podían ser factores determinantes. Aunque, una vez iniciada la onda larga expansiva, la lógica interna del capitalismo tendía a regir el curso subsiguiente. Específicamente, la tendencia al aumento de la composición orgánica del capital, y la consecuente presión bajista sobre la tasa de ganancia. En este marco, introducía los cambios tecnológicos y las grandes innovaciones tecnológicas con repercusiones sobre todas las ramas (cuando la innovación cambia toda la tecnología básica de la producción).

Mandel consideraba, como la mayoría de los marxistas, que a partir del estallido de la Primera Guerra y el triunfo de la Revolución de Octubre, había llegado a su fin el período histórico de auge y expansión del modo de producción capitalista. Entonces el capitalismo había entrado en un período de crisis estructural. “… hemos entrado en un nuevo período histórico que implica tanto el declive como la contracción geográfica de ese modo de producción”. La prueba era la extensión a la tercera parte de la humanidad de los “Estados obreros” (URSS; Europa del Este; Yugoslavia; China, Vietnam, Corea). Las ondas largas se ubicarían por lo tanto en una tendencia de muy largo plazo al estancamiento.

Las condiciones para la recuperación de la fase larga recesiva del cuarto Kondratiev

De acuerdo a Mandel, en los 1970 se estaba entonces en la transición desde una onda larga expansiva a una onda larga depresiva. ¿Podía recuperarse el capitalismo? Mandel (1986) pensaba que la primera condición para esa recuperación era que el capital lograra “quebrantar decisivamente la fuerza organizativa y la combatividad de la clase obrera en los países industrializados más importantes” (p. 99). Debería atacar las libertades democráticas; integrar plenamente a la URSS y China en el mercado mundial: y cambiar la estructura de los países atrasados derrotando a los movimientos nacionales. Pero había pocos indicios de que cambios “tan trascendentales” estuvieran a punto de producirse (p. 101). La clase obrera y los pueblos oprimidos del mundo entraban en este período en condiciones mucho más favorables que a fines de la década de 1920 y durante la década de 1930, aunque no lo hicieran “en condiciones ideales” (p. 104). La conclusión era que la “posibilidad técnica” de un nuevo y fuerte ascenso a largo plazo de la tasa de crecimiento del capitalismo dependería de los resultados de batallas cruciales entre el capital y el trabajo en Occidente y en algunos países semi-industrializados del Tercer Mundo; entre los movimientos de liberación nacional y el imperialismo; y entre los países no capitalistas y el imperialismo (pp. 103-104).

Los ciclos Kondratiev no se verifican

La realidad es que el capitalismo se recuperó de la crisis de los años 1970, y la tesis de las ondas largas no se verificó. La discusión sobre la incidencia de la tasa de ganancia en los ciclos Kondratiev se ha convertido en abstracta por la sencilla razón que tales ciclos no existen. La mejor forma de verlo es con lo que ocurrió en los últimos 50 años. Si los ciclos largos fueran propios del capitalismo, su existencia debería haber sido más acusada a medida que el modo de producción capitalista se hizo más universal. Pero eso no es lo que ocurrió.

Según la tesis de las ondas largas entre aproximadamente 1975 y 2000 debería haber ocurrido una fase B, depresiva; seguida de una onda ascendente (fase A de un nuevo Kondratiev) hasta, aproximadamente, 2025. Sin embargo, entre 1974 y 1999 el crecimiento fue del 3,03% anual (datos Banco Mundial, precios constantes en dólares 2015). Prácticamente el mismo que en los 20 años que van de 2000 a 2020. En los 50 años comprendidos entre 1974 y 2024 el producto global creció a una tasa del 3% anual promedio. ¿Dónde están pues las ondas ascendentes y descendentes? Además, ¿cómo se puede sostener que un crecimiento promedio del 3% anual durante 25 años (1974-1999) sea “de tonalidad depresiva”? ¿Qué sentido tiene esto?

En cuento al producto per cápita, entre 1974 y 1999 aumentó a un promedio de 1,32% anual. Y entre 2000 y 2023 creció al 1,68% anual. De conjunto, entre 1974-2023 aumentó a una tasa promedio anual de 1,49%. De nuevo, ¿cómo se puede sostener que un crecimiento del producto por habitante del 1,3% anual, durante 25 años sea propio de una fase recesiva?

Por otra parte, según Mandel la fase B del Kondratiev se caracterizaría por la contracción del mercado mundial. Pero la realidad fue que entre 1974 y 1999 las exportaciones de bienes y servicios crecieron a una tasa promedio anual del 5,2%. El capitalismo penetró en China, los países de la ex URSS, de los regímenes del “socialismo real” del Este de Europa, en Vietnam, en las regiones de la ex Yugoslavia, en Albania. ¿Cómo se podían entender estos fenómenos con la tesis “el mercado mundial se contrae en concordancia con la fase depresiva larga del Kondratiev? Más en general, entre 1974 y 2023 las exportaciones mundiales de bienes y servicios crecieron al 3,8% anual promedio. ¿Contracción del mercado mundial?

Distinguir grises y matices

El hecho de que las ondas largas Kondratiev no tengan verificación empírica no niega que existen períodos –de duración variable- de elevado crecimiento (como fueron los años del boom de la segunda posguerra); períodos de crecimiento débil o tendencia al estancamiento (ejemplo Japón post 1992; zona del euro en los últimos 25 años); y períodos de crecimiento más bien débil, sin llegar a conformar por ello estancamiento. Situaciones como las que observó Engels en la década de 1890 – sobreproducción crónica- podrían ser la causa de estos períodos más bien intermedios, esto es, no de boom y no de depresión. En este respecto, en Valor, mercado mundial y globalización escribimos: “… nos parece necesario superar la visión dicotómica de, o bien crecimiento a tasas doradas del 5 o 6%, o bien depresión. Una visión rígida que se advierte en muchos análisis de heterodoxos y críticos que toman como punto de referencia las tasas excepcionalmente altas de crecimiento económico de las décadas de 1950 y 1960 para “demostrar” que desde hace 25 años (estábamos a principios de los 2000) el capitalismo está en crisis o, por lo menos, en una fase larga depresiva”.

A modo de conclusión

Hacemos un punteo de temas que deberían tratarse, en la medida que están en el meollo de mucho de lo que se discute.

*Sostener que la LTDTG no explica las crisis cíclicas no implica negar que la tasa de ganancia, y la ganancia, no sean las claves de la acumulación capitalista. El impulso del capital a aumentar al máximo la producción de plusvalía tiene su origen en el objetivo de la producción capitalista, la valorización del valor adelantado.

*Es necesario distinguir las teorías de las crisis por subconsumo de las crisis por sobreproducción. La crisis de sobreproducción ocurre porque la oferta supera la demanda, aunque aumente la demanda. Las teorías subconsumistas –en sus versiones más populares- explican las crisis por la debilidad de los salarios, o la pobreza de las masas.

*La sobreproducción precede a la caída de los precios, y por lo tanto también a la caída de las ganancias (o de la tasa de ganancia).

*Marx y Engels explicaron las crisis del siglo XIX por la sobreproducción.

*Los pronósticos sobre el ciclo Kondratiev no se verificaron en el último medio siglo. En los últimos 50 años el producto mundial creció a una tasa anual promedio del 3%; y el mercado mundial a una tasa aproximada del 4% anual. Es necesario preguntarse cuál de las explicaciones de las crisis que están en disputa se ajusta a esta realidad.

 

Profesor de economía de la Universidad Nacional de Quilmes y de la Universidad de Buenos Aires.

La desintegración del mundo occidental

Sólo calibrando el abismo del inconsciente estadounidense podremos descifrar las raíces de la ferocidad social que ahora está en plena manifestación

Por Franco ‘Bifo’ Berardi

La revolución Trump en dos movimientos

¿Recuerdas lo que dijo Joe Biden hace unos meses sobre la posibilidad de una victoria de Trump en las elecciones?

Más o menos dijo que la victoria de Trump destruiría la democracia estadounidense. Creo que no se equivocó: suponiendo que alguna vez existió la democracia estadounidense (cosa que no creo), la llegada de la pandilla Trump-Bannon-Musk representa su liquidación total.

Técnicamente hablando, la llegada de Trump pretende ser una revolución, aunque sea reaccionaria. La revolución trumpista se producirá en dos movimientos: el primero lo anuncia Steve Bannon, el estratega diabólico, el más lúcido de ese gracioso grupo.

En una charla en la Universidad de Nueva York, durante el primer triunfo de Donald, declaró: “Soy leninista”.

A un asombrado académico que pidió explicaciones, Bannon respondió: “Lenin quería destruir el Estado y ese es también mi objetivo”.

De hecho, la designación de locos incompetentes y conocidos violadores para los puestos más altos de la Administración tiende a convertir las instituciones estatales en una broma de carnaval para destruir la esfera pública.

Sin embargo, si para Lenin destruir el Estado era la premisa para construir la dictadura proletaria en nombre de una justicia futura que nunca llegó, para Bannon destruir el Estado significa permitir que se desate la dinámica profunda de la sociedad estadounidense.

Aquí viene el segundo movimiento, cuyo proponente sería Elon Musk: desatar los espíritus animales de la sociedad estadounidense, a partir de una reactivación de las dinámicas salvajes de esta sociedad, nacida de un genocidio y enriquecida por las deportaciones y la esclavitud.

El proyecto de Musk es la creación de un sistema esclavista de alta tecnología, la abolición de las protecciones sociales residuales y el uso sistemático del terror contra las minorías y los inmigrantes. La implementación de este marco programático se vislumbra en declaraciones y en los primeros pasos del proyecto DOGE [Departamento de eficiencia gubernamental y clara referencia con Dogecoin, una criptomoneda apadrinada por Musk].

Pretender que Estados Unidos es una democracia (si la palabra significa algo) implica un estado de negación sistemática, una eliminación obstinada (en el sentido freudiano de Verdrangung) de la psicogénesis del inconsciente estadounidense.

Antes de morir, hace apenas unos meses, Paul Auster escribió un libro (Bloodbath Nation) que intenta comprender la realidad (y el Inconsciente) de la entidad americana.

Auster remarca que en Berlín hay un monumento dedicado a la memoria del Holocausto. En Washington no hay nada dedicado a siglos de esclavitud.

El racismo es el núcleo del inconsciente estadounidense. Por eso Trump es el alma de Estados Unidos.

Mejor dicho: Trump es la erupción psicótica del Inconsciente blanco senescente, incapaz de conciliarse con la cantidad de violencia que acecha a la autopercepción colectiva, y con el declive (declive demográfico, declive mental, declive político).  Trump es la extroversión agresiva del autodesprecio de la cultura blanca.

El Imperio de Augusto a Calígula 

Hace veinticinco años dos eminentes filósofos escribieron, en un libro que recibió amplia atención:

“El Imperio es el poder soberano que gobierna el mundo… El Imperio está emergiendo hoy como el centro que apoya la globalización de las redes productivas y lanza su red ampliamente inclusiva para tratar de envolver todas las relaciones de poder dentro de su orden mundial… Debemos entender la sociedad de control como sociedad en la que los mecanismos de mando se vuelven cada vez más “democráticos”, cada vez más inmanentes al campo social, distribuidos en los cerebros y cuerpos de los ciudadanos…”, (Hardt, Negri: Empire, Harvard, 2000, págs. 20-23).

Deslumbrados por la luz de la era Clinton, Hardt y Negri extrañaban la sustancia nihilista del poder global de Estados Unidos y la naturaleza destructiva de las nuevas tecnologías, dependientes del modelo neoliberal. Ese libro proponía ver el Imperio posmoderno como el equivalente de la tendencia progresista implícita en la utopía de la revolución en red.

“El proyecto imperial, un proyecto global de poder en red, define la cuarta fase o régimen de la historia constitucional de Estados Unidos”. (179).

Hardt y Negri esperaban paz y prosperidad basadas en el principio peer to peer porque no vieron la duplicidad de ese principio y también porque no captaron el abismo irremediable del inconsciente estadounidense.

En el mismo año 2000, Salman Rushdie publicó un libro muy profético, titulado Fury. Leamos algunas líneas:

“…esta Metrópolis construida en Kryptonita en la que ningún Superman se atrevió a poner un pie, donde la riqueza se confundía con riquezas y el gozo de la posesión con felicidad, donde la gente vivía vidas tan pulidas que la gran y dura verdad de la existencia cruda había sido borrada y pulida, y en el que las almas humanas habían vagado tan separadas durante tanto tiempo que apenas recordaban cómo tocarse. […] Esta ciudad cuya legendaria electricidad alimentaba las vallas eléctricas que se estaban erigiendo entre hombres y hombres, y entre hombres y mujeres también”. (Salman Rushdie: Fury, Jonathan Cape, 2001, pág. 86)

La tensión que corría bajo la superficie del globalismo a principios de siglo no es percibida por los autores de Empire, quienes en cambio escribieron:

“El Imperio sólo puede concebirse como una república universal, una red de poderes y contrapoderes estructurados en una arquitectura ilimitada e inclusiva. La expansión imperial no tiene nada que ver con el imperialismo ni con aquellos organismos estatales diseñados para la conquista, el saqueo, el genocidio, la colonización y la esclavitud. Contra tales imperialismos, el Imperio extiende y consolida el modelo de poder en red”. (166-7)

En la misma página del libro, Hardt y Negri citan a Virgilio:

“Ha llegado la edad final que predijo el oráculo,

El gran orden de los siglos renace”. (167)

Poco después de la publicación de este libro, la historia del mundo tomó una dirección totalmente diferente. El golpe de escena del 11 de septiembre provocó una inversión del sentimiento predominante de invencibilidad de la hegemonía occidental.

La interminable expansión pacífica de la democracia dio paso al colapso de la hegemonía global de Estados Unidos.

Después de una década de guerras inconclusas, de decadencia social y de resentimiento creciente, la aparición de Donald Trump marcó el comienzo de una especie de guerra civil caótica en el mismo centro del Imperio.

Ahora, veinticinco años después, la guerra civil en Estados Unidos ha terminado provisionalmente y es fácil entender quién es el ganador (provisional). El ganador no es Augusto, el glorioso y pacífico Emperador glorificado por Virgilio, sino una interesante mezcla de Calígula y Nerón.

El problema de Hard y Negri, la razón por la cual su libro no logró captar el proceso inminente, radica en su indiferencia hacia la dimensión antropológica en la que se despliega la política estadounidense.

Sólo calibrando el abismo del inconsciente estadounidense podremos descifrar las raíces de la ferocidad social que ahora está en plena manifestación.

Inconcebible

Mucho más interesante que el libro de Hardt y Negri es Unthinkable: Trauma, Truth, and the Trials of American Democracy, de Jamie Raskin.

Publicado en 2022, en el primer aniversario de la ridícula insurrección que llevó a miles de seguidores de Trump al corazón político de Estados Unidos, el libro adquiere hoy un nuevo significado, tras el regreso del líder de esa manifestación subversiva.

El autor es miembro del Congreso estadounidense, elegido por el distrito electoral de Maryland, en las filas del Partido Demócrata. Jamie Raskin también es profesor de Derecho Constitucional, autoproclamado liberal y padre de tres hijos. Uno de sus hijos, Tommy, de 25 años, activista político, partidario de causas progresistas, un joven compasivo y empático, falleció el último día del año 2020.

Para ser más precisos, Tommy se suicidó debido a una depresión duradera y también –no hace falta decirlo– a la larga humillación moral de sus valores humanitarios durante los años del primer mandato de Trump.

Este libro ha sido importante para mí porque contiene una reflexión radical sobre el racismo arraigado en la democracia estadounidense (un detalle que se les escapó por completo a los autores del libro de los autoproclamados marxistas que escribieron Empire).

Para Jamie Raskin la decisión final de Tommy no es sólo una catástrofe afectiva, sino el detonante de una reflexión radical sobre la profundidad de la crisis que está desgarrando la democracia liberal.

Leí el libro justo después de su publicación y lo estoy leyendo de nuevo ahora que la vuelta de Trump a la Casa Blanca entierra para siempre la credibilidad de la democracia de ese país y cuestiona la credibilidad misma del concepto de democracia en sí.

Raskin escribe que siempre se ha considerado “radicalmente optimista acerca de cómo la Constitución de la nación misma puede mejorar nuestra condición social, política e intelectual”.

Sin embargo, tras la muerte de su hijo, su percepción de sí mismo cambió. Escribe que su optimismo constitucional se hace añicos por el predominio de la fuerza brutal sobre la fuerza de la Razón y por la propagación de la depresión.

“De repente, este optimismo constitucional me avergüenza y me avergüenza. Temo que mi alegre optimismo político, lo que muchos de mis amigos han atesorado más en mí, se haya convertido en una trampa para el autoengaño masivo, una debilidad que nuestros enemigos pueden explotar. Sin embargo, también me aterroriza pensar en lo que significaría vivir sin este optimismo y también sin mi amado e irremplazable hijo. Los dos siempre fueron de la mano y ahora puedo estar vivo en la tierra sin ninguno de ellos”.

El optimismo político de este generoso profesor de Derecho se ve sacudido por la repentina comprensión de que la democracia liberal se asienta en una base frágil. De hecho, escribe:

“Siete de nuestros primeros diez presidentes eran dueños de esclavos. Estos hechos no son accidentales sino que surgen de la arquitectura misma de nuestras instituciones políticas”.

La esclavitud forma parte del patrimonio cultural de la nación americana, al igual que el genocidio de los primeros habitantes del territorio.

¿Cómo puede esta nación pretender ser vista como un ejemplo para otra persona?

¿Cómo podemos evitar pensar que esta nación es un peligro para la supervivencia de la humanidad?

Se vuelve imposible persistir en el estado de negación: la memoria estadounidense está tan cargada de horror que ninguna evolución política puede borrar esta verdad elemental del inconsciente colectivo de un país cuyo destino manifiesto es la destrucción de toda la humanidad.

En el discurso que Biden pronunció el 6 de enero de 2022, un año después de la funky insurrección, hablando de la necesidad de rechazar la violencia, dijo: “Debemos decidir qué tipo de nación queremos ser”.

¿Decidir qué?

¿Puede Estados Unidos decidir descartar la violencia, si la historia estadounidense se basa en la violencia, la esclavitud y el genocidio?

La irredimibilidad de ese pasado es una fuente de depresión sistémica para Occidente y, por tanto, una fuente sistémica de violencia. Pero ahora, si miramos el panorama geopolítico, si miramos el panorama interno de la cultura occidental, la desintegración parece irreversible.

¿La decadencia y la desintegración del mundo occidental desencadenarán la destrucción final de lo que solíamos llamar civilización?

Desintegración

La desintegración es la tendencia que está surgiendo en todo el mundo occidental.

En los países europeos, como en Estados Unidos, por no hablar de Israel, la población está irreconciliablemente dividida por la alternativa entre democracia liberal y tiranía autoritaria. Así como la democracia liberal siempre ha sido falsa, la alternativa también lo es, pero la desintegración es real.

En mi humilde opinión, la elección de Trump acelerará la desintegración occidental. No creo que habrá una guerra civil como ocurrió durante la guerra española, con multitudes armadas enfrentándose en un frente más o menos definido. No es así como se desarrolla la guerra civil de una población demente. Tendremos una multiplicación de tiroteos racistas, de masacres, simplemente tendremos lo que ya existe, pero cada vez más generalizado, duro y violento.

La deportación masiva prometida por los vencedores resultará más bien en una reaparición del Ku Klux Klan en muchas zonas del país que en una operación real de repatriación imposible de inmigrantes indocumentados. La violencia, el miedo y la agresividad acabarán persuadiendo a muchos inmigrantes a marcharse, pero el proceso difícilmente será pacífico.

La desesperación será la fuerza impulsora de la desintegración estadounidense.

En el libro de investigación de 2020 Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo, Anne Case y Angus Deaton describen la desesperación en términos estadísticos. Aumento de la mortalidad, particularmente entre los blancos de entre 45 y 54 años: alcoholismo, suicidio, uso de armas de fuego, obesidad y adicción a opioides (como fentanilo). Disminución general de la esperanza de vida (única entre los países avanzados): de 78,8 años en 2014 a 76,3 años en 2021. Todo esto en presencia del gasto sanitario más alto del mundo (equivalente al 18,8% del PIB).

Sin embargo, no podemos esperar una desintegración pacífica del poder estadounidense. Así como Polifemo, cegado por Ulises, corta a quienes se le acercan, el coloso está destinado a reaccionar con furia imprudente.

En un artículo publicado por e-flux, Slavoj Žižek relativiza el triunfo trumpiano e intenta verlo en perspectiva: la fórmula MAGA podría describirse de manera invertida. Después de décadas de derrotas militares, la superpotencia reconoce que no puede continuar con la política de hegemonía global y debe retirarse antes de tiempo, aceptando, sin admitirlo, una posición de poder local que debe competir en igualdad de condiciones con otras potencias locales, como Rusia, China, India.

La opinión de Žižek está bien fundada, pero mi pregunta es: ¿el bastión del supremacismo blanco aceptará su decadencia sin una reacción que pueda ser nada menos que apocalíptica?

Además, Žižek cree que Europa podría salir fortalecida de la reducción del papel geopolítico estadounidense. Europa, según Žižek, ya no será la “hermana pequeña” del gigante.

Aquí también tengo algunas dudas. La hipótesis de Žižek sólo sería cierta si la UE existiera realmente. Pero la guerra de Ucrania ha llevado a la Unión Europea a una posición de irrelevancia, debilidad y rápida desintegración.

El gobierno francés se ha derrumbado, el gobierno alemán se está derrumbando, mientras la recesión económica está destinada a empeorar.

La derrota estratégica en la guerra contra la Rusia de Putin (el legado de Biden) empuja a la Unión hacia la desintegración, mientras los aliados de Putin, elección tras elección, ganan la mayoría de los parlamentos del continente.

Para concluir este breve ensayo citaré nuevamente a Salman Rushdie:

“No puedo mirar hacia arriba. Allá arriba, ¿qué es eso? Como si un coloso con un enorme desintegrador hiciera un agujero en el aire. Lo miras y quieres morir.

Esto no se puede arreglar. No creo que haya nadie en DC o Cañaveral que sepa qué carajo hacer al respecto”. (Quichotte, Random House, 2020, pág. 374).

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Biografía:

Hardt Negri: Empire, Harvard, 2000.

Paul Auster: Bloodbath Nation, 2024.

Jamie Raskin: The Unthinkable.  Trauma, Truth, and the Trials of American Democracy, 2022.

Salman Rushdie: Fury, Jonathan Cape, 2000.

Salman Rushdie: Quichotte, Random House, 2020.

Slavoj Zizek: After Trump’s Victory: From MAGA to MEGA, e-flux, November 2024.

Felix Guattari, The Three ecologies, 1989.

 

“Las redes sociales son máquinas de subjetivación especialmente útiles a la extrema derecha”

El profesor brasileño analiza en su último libro los rasgos de la extrema derecha emergente en diversos contextos, especialmente a partir de los liderazgos de Bolsonaro, Trump y Milei.

Por Alberto Azcárate / elsaltodiario.com

Con motivo de la presentación en España de su libro Bolsonarismo y extrema derecha global. Una gramática de la desintegración, hemos entrevistado por vía telemática a Rodrigo Nunes, profesor de filosofía moderna y contemporánea en la Pontificia Universidad Católica (PUC) de Río de Janeiro, y de Teoría Política y Organización en la Essex Business School. Ha sido también profesor invitado en las universidades de Londres (2007-8), de East London (2008-2009), de Westminster (2008) y de la Jan Van Eyck Academie (2010), así como académico visitante en la Universidad de Brown (2018-2019).

Sus respuestas aportan un repertorio de singular lucidez y contundencia conceptual, desde una gestualidad política que trasciende la impotencia del progresismo.

Se respiran aires de fin del mundo conocido. Y por primera vez desde la posguerra no es la izquierda sino la extrema derecha la que cuestiona -sin inhibiciones- la democracia liberal como modelo de convivencia. ¿Se trataría simplemente de la farsa que -según el conocido aserto marxista- sucedería a la tragedia de la versión original, o estaríamos ante una crisis de época inédita, atravesada por nuevos paradigmas?
El triunfo reciente de Trump sugiere que el avance continuo de la extrema derecha quizás nos obligue a invertir el dicho: si su primera victoria tenía algo de farsa, la segunda se anuncia como tragedia. Su crecimiento entre los votantes, y particularmente la caída de los demócratas, comprueban que no estamos frente a un mero hipo, sino a tendencias de largo plazo. Hablamos de cosas como la estagnación económica, el aumento del subempleo y de la precarización, la concentración de riqueza y de poder político –muy claramente ejemplificado por la figura de Elon Musk–, el calentamiento global.

Está claro que la extrema derecha no tiene ni diagnósticos ni soluciones reales para ellas; de hecho, sus políticas solo tienden a intensificarlas. Pero ella responde a los sentimientos antisistémicos que estos problemas despiertan con la promesa de una ruptura radical, mientras que el centrismo de izquierda y derecha se dedica a la defensa de pequeños cambios incrementales, de una democracia vaciada, de instituciones sin credibilidad, de un crecimiento económico que ya no puede atender a todos.

Aunque pueda puntualmente ganar elecciones, este tipo de reacción logra como mucho retardar el avance de la extrema derecha, haciendo con que vuelva más fuerte después de un tiempo. Ha sido así en EEUU, será luego en Francia, quizás también en Alemania, y probablemente también en Brasil y el Reino Unido en unos años.

¿Esta extrema derecha emergente en países centrales y periféricos, podría tener algunos trazos comunes en los perfiles de sus liderazgos y en sus abordajes y estrategias? Pienso en personajes como Trump, Bolsonaro, Milei…
Los rasgos comunes tienen mucho que decir sobre el momento de crisis en que vivimos. Estos son en general personajes que vienen de fuera o de los márgenes de la política, y con eso se benefician de una percepción de que las fuerzas políticas tradicionales se han vuelto indistintas. Saben utilizar bien las plataformas digitales para sobrepasar los medios tradicionales y tienen algo de la figura del troll, combinando una extrema desensibilización frente al sufrimiento del otro con una comunicación que escapa a las convenciones de la política profesional y juega con una ambigüedad constante entre la sinceridad y la broma.

Aunque sean a menudo asociados a la fuerza y la autoridad, su apelo viene antes de la combinación de la disciplina y permisividad que representan: permisividad para los que “se la merecen”, los ciudadanos de bien, los que “son como nosotros”; y disciplina para los demás. De este modo, encarnan una concepción de mundo en que el orden –las relaciones de poder que están codificadas en los valores tradicionales, pero también en las relaciones de mercado– está por encima de la igualdad formal frente a la ley. Estos últimos factores no son accesorios, sino esenciales: es lo que explica que ni los intentos de desestabilización de la democracia ni las eventuales condenas criminales acaban por debilitar estas figuras frente a sus apoyadores.

Además de estas semejanzas estructurales, hay mucha emulación y colaboración directa entre estos líderes, y por ende bastante intercambio de técnicas, tácticas y estrategias.

¿Qué es lo que está agotado para esos amplios sectores, de la realidad construida bajo el orden liberal, que esta ultra derecha sabe interpretar y traducir en políticas activas?

Las políticas efectivamente implementadas no traen soluciones a ese agotamiento sino la radicalización de sus condiciones. Pero esto no importa porque la extrema derecha logra desplazar hacia los otros jugadores un rechazo que podría estar dirigido contra las reglas del juego.

Más de cuatro décadas de hegemonía neoliberal han producido una explosión de la desigualdad, y por lo tanto una gran cantidad de perdedores. Hubo, sin embargo, un momento en los años 90 y 2000 en que una sucesión de burbujas financieras creó en muchas partes una ilusión de expansión y las condiciones para políticas de reconocimiento que favorecieron a sectores de grupos históricamente marginalizados como mujeres, personas LGBTQIA, negros etc. Es lo que Nancy Fraser nombró “neoliberalismo progresista”, frecuentemente patrocinado por una vieja socialdemocracia que se había vuelto, en términos económicos, ardientemente neoliberal.

La crisis de 2008, cuyos efectos siguieron propagándose por el mundo durante los años siguientes, y que en algún sentido nunca se acabó, pone fin a este momento. De cierto modo, es la plausibilidad de las promesas de buena vida del neoliberalismo que se acaba ahí, porque la economía nunca volvió a ser lo que era, y porque queda claro que, en horas de crisis, será la gente común que pagará para mantener las ganancias de los más ricos. Lo que resta, entonces, es una disputa cada vez más feroz por migajas cada vez menores, una perspectiva que la sombra del cambio climático vuelve aún más siniestra. La naturalización de esta idea de que, en la base de la pirámide social, hay un conflicto inevitable de todos contra todos, facilita la operación retórica elemental de la extrema derecha, que consiste en promover la confusión de derechos con privilegios y viceversa.