Trump, MAGA, desregulación y «pequeñas perturbaciones» arancelarias

Por Michael Roberts

Trump ve a los Estados Unidos como una gran corporación capitalista de la que es el director ejecutivo. Al igual que hizo cuando era el jefe del programa de televisión, The Apprentice, cree que está dirigiendo una empresa y, por lo tanto, puede emplear y despedir a la gente a voluntad. Tiene una junta directiva que asesora y/o cumple sus órdenes (los oligarcas estadounidenses y los ex presentadores de televisión). Pero las instituciones del estado son un obstáculo. Por lo tanto, el Congreso, los tribunales, los gobiernos estatales, etc. deben ser ignorados y/o obligados a llevar a cabo las instrucciones del CEO.

Como buen capitalista (sic), Trump quiere liberar a EEUU sociedad anónima de cualquier restricción para obtener ganancias. Para Trump, la empresa y sus accionistas, el único objetivo son las ganancias, no las necesidades de la sociedad en general, ni salarios más altos para los empleados de la empresa de Trump. Eso significa recortar cualquier gasto superfluo para mitigar el calentamiento global y evitar daños al medio ambiente. La empresa estadounidense debería obtener más ganancias y no preocuparse por tales «externalidades».

Como agente inmobiliario, Trump cree que la forma de aumentar las ganancias de su empresa es hacer acuerdos para adquirir otras empresas o llegar a acuerdos sobre precios y costes para garantizar las máximas ganancias para su empresa. Como cualquier granempresa, Trump no quiere que ningún competidor gane cuota de mercado a su costa. Así que quiere aumentar los costes de las corporaciones nacionales rivales, como Europa, Canadá y China. Lo está haciendo aumentando los aranceles a sus exportaciones. También está tratando de conseguir que otras empresas menos poderosas lleguen a acuerdos comerciales en los que acepten más bienes y servicios de corporaciones estadounidenses (empresas de salud, alimentos transgénicos, etc, por ejemplo, el Reino Unido). Y su objetivo es aumentar las inversiones de la empresas estadounidense en sectores rentables como la producción de combustibles fósiles (Alaska, fracking, perforación), tecnología patentada (Nvidia, AI) y, sobre todo, en bienes raíces (Groenlandia, Panamá, Canadá, Gaza).

Cualquier empresa quiere pagar menos impuestos sobre sus ingresos y ganancias, y Trump tiene como objetivo lograrlo para su empresa estadounidense. Así que Trump y su «asesor» Musk han utilizado una bola de demolición contra los departamentos gubernamentales, sus empleados y cualquier gasto en servicios públicos (incluso defensa) para «ahorrar dinero», para que Trump pueda reducir costes, es decir, reducir los impuestos sobre las ganancias corporativas y las personas súper ricas bien pagadas que se sientan en su junta empresarial de EEUU SA y ejecutan sus órdenes ejecutivas.

Pero no son solo los impuestos y los costes del gobierno los que deben ser recortados. La empresa EEUU SA debe liberarse de «pequeñas» regulaciones sobre actividades comerciales como: reglas de seguridad y condiciones de trabajo en la producción; leyes anticorrupción y leyes contra medidas comerciales desleales; protección del consumidor contra estafas y robos; y controles sobre especulación financiera y activos peligrosos como bitcoin y criptomonedas. No debería haber restricciones para la empresa estadounidense de Trump para hacer lo que quiera. La desregulación es clave para hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande (MAGA).

Trump ha ordenado que el Departamento de Justicia abandone todos los procedimientos en curso bajo la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (una legislación contra el soborno y prácticas contables destinada a mantener la integridad de las transacciones comerciales), durante 180 días. Trump tiene como objetivo eliminar diez regulaciones por cada nueva regulación existente para «desatar la prosperidad a través de la desregulación». Ha despedido al jefe de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor (CFPB) y ha ordenado a todos los empleados que «cesen toda actividad de supervisión y examen». El CFPB se creó a raíz de la crisis financiera de 2007-08 y tiene como tarea redactar y hacer cumplir las normas aplicables a las empresas de servicios financieros y a los bancos, priorizando la protección del consumidor en las operaciones de crédito.

Trump quiere más tokens especulativos, más proyectos cripto (como los iniciados por sus hijos) y ha comenzado su propia mememoneda. Los cambios recién propuestos en la regulación contable harían mucho más fácil a los bancos y los administradores de activos mantener tokens cripto, una medida que acerca este activo altamente volátil al corazón del sistema financiero.

Sin embargo, solo han pasado dos años desde que Estados Unidos estuvo al borde de su crisis más grave de quiebras bancarias desde la tormenta financiera de 2008. Un puñado de bancos regionales, algunos del tamaño de los prestamistas más grandes de Europa, se topó con sus límites, incluido Silicon Valley Bank, cuya desaparición estuvo a punto de desencadenar una crisis en toda regla. El accidente de SVB tuvo varias causas inmediatas. Sus tenencias de bonos se estaban desmoronando en valor a medida que las tasas de interés de EEUU aumentaban. Con solo unos pocos golpes de tecla en una aplicación app, la base de clientes tecnológicos asustados e interconectados del banco retiró los depósitos a un ritmo insostenible, dejando a los multimillonarios pidiendo a gritos asistencia federal. Esta desregulación es «un gran error y será peligrosa», dijo Ken Wilcox, quien fue director ejecutivo de SVB durante una década hasta 2011. «Sin buenos reguladores bancarios, los bancos enloquecerán», dijo a la publicación hermana del FT, The Banker.

El mantra de la desregulación de Trump para su empresa estadounidense está teniendo eco entre los ejecutivos de la UE y el Reino Unido. La UE y el Reino Unido ya han abandonado los nuevos requisitos bancarios para el capital internacional acordados en Basilea III, siguiendo el ejemplo de los Estados Unidos. El ex jefe del BCE y banquero de Goldman Sachs, Mario Draghi, está pidiendo ahora el fin de las regulaciones operadas por los estados miembros de la UE, que según él «son mucho más perjudiciales para el crecimiento que cualquier arancel que pueda imponer los Estados Unidos, y sus efectos nocivos están aumentando con el tiempo. La UE ha permitido que la regulación alcance a la parte más innovadora de los servicios, la digital, obstaculizando el crecimiento de las empresas tecnológicas europeas y evitando que la economía desbloquee grandes ganancias de productividad».

En el Reino Unido, la canciller (ministra de finanzas) Rachel Reeves pidió que los reguladores financieros «derriben las barreras regulatorias» que frenan el crecimiento económico, lo que sugiere que la regulación posterior al colapso financiero ha «ido demasiado lejos». ¡El presidente del organismo regulador del mercado de valores del Reino Unido, la Autoridad de Competencia y Mercados, ha sido reemplazado por el ex jefe del Reino Unido de Amazon! El defensor del pueblo para las finanzas del Reino Unido también ha dimitido recientemente, debido a los enfrentamientos sobre el enfoque pro-empresas del gobierno. Reeves quiere una auditoría completa de los 130 reguladores de Gran Bretaña para saber si algunos deberían ser disueltos. Reeves dijo a una serie de importantes banqueros que «durante demasiado tiempo, hemos regulado el riesgo en lugar del crecimiento, y por eso estamos trabajando con los reguladores para entender cómo una reforma general puede impulsar el crecimiento económico». Eso significa que la desregulación y la asunción de riesgos están a la orden del día.

El Pacto Verde de la UE, políticas supuestamente destinadas a descarbonizar la economía, se están dilatando para competir con la empresa estadounidense de Trump. El comisionado responsable de la UE, Teresa Ribera, ya ha «pospuesto» una ley contra la deforestación por un año. Ahora quiere reducir el número de pequeñas y medianas empresas afectadas por las regulaciones ambientales existentes y reducir los requisitos de presentación de informes, ahorrando así aparentemente el 20% del coste de la regulación. Bruselas ha estimado el coste de cumplir con las normas de la UE en 150 mil millones de euros al año, una cantidad que quiere recortar en 37,5 mil millones de euros para 2029. «Lo que tenemos que evitar es usar la palabra simplificación para significar desregulación», dijo Ribera. «Creo que la simplificación puede ser muy necesaria… para ver cómo podemos hacer las cosas más fáciles». Pero como dice Heather Grabbe, principal consejero del grupo de expertos económicos Bruegel, estos cambios propuestos «parecen ir mucho más allá de la simplificación, lo que facilitaría la presentación de informes, y parecen estar alejándose de la transparencia, que es lo que los inversores han estado pidiendo».

En cuanto a controlar la producción de combustibles fósiles, olvídelo. Karen McKee, directora del departamento de soluciones de productos de ExxonMobil, importante empresa petrolera y gaseista, declaró al FT que las inversiones futuras en Europa dependerían de la claridad regulatoria de Bruselas. «Lo que realmente estamos buscando ahora es acción» y que Bruselas reforme su regulación «bien intencionada» y permita que la industria innove, dijo. «La competitividad es el foco en este momento porque estamos simplemente en una crisis. Estamos logrando la descarbonización en Europa a través de la desindustrialización«, se quejó McKee. Aparentemente, el fracaso del capital europeo para invertir y crecer se debe a las regulaciones sobre la producción de combustibles fósiles y a que impiden que las corporaciones puedan competir.

Parece que todos los gobiernos se están tragando la estrategia de Trump para su empresa estadounidense. Puede maximizar las ganancias si elimina todas las restricciones y llega a acuerdos. Lo que Trump, la UE y el Reino Unido ignoran es que la desregulación nunca ha proportado crecimiento económico y una mayor prosperidad. Por el contrario, simplemente ha aumentado el riesgo de caos y colapso. Y eso significa que, eventualmente, perjudica la rentabilidad.

Solo tenemos que recordar la ridícula posición adoptada por el gobierno laborista británico antes del colapso financiero mundial a principios de la década de 2000 sobre lo que llamaron «regulación ligera» de los bancos. Ed Balls, entonces Ministro de la City (ahora presentador de un programa de entrevistas) en su primer discurso a la City de Londres dijo: «El éxito de Londres se ha basado en tres grandes fortalezas: las habilidades, la experiencia y la flexibilidad de la fuerza laboral; un compromiso claro con los mercados globales, abiertos y competitivos; y una regulación ligera basada en principios». El entonces canciller y que pronto sería primer ministro, Gordon Brown, habló con los banqueros y dijo: «Hoy en día, nuestro sistema de regulación ligera y basada en el riesgo se cita regularmente, junto con el internacionalismo de la City y las cualificaciones de quienes trabajan aquí, como una de nuestras principales atracciones. Nos ha proporcionado una gran ventaja competitiva y es considerado como el mejor centro financiero del mundo». ¿Qué pasó después y dónde está Gran Bretaña ahora?

Rachel Reeves no ha aprendido nada de la crisis de 2008. En su primer discurso en Mansion House como canciller del Reino Unido en noviembre pasado, se hizo eco del llamamiento a la desregulación. Pero como señaló Mariana Mazzucato, según la OCDE, el Reino Unido es el segundo país menos regulado en productos financieros y el cuarto en su mercado laboral. Y el Banco Mundial sigue calificando al Reino Unido como uno de los páises mejor situado en términos de «facilidad para hacer negocios».

Pero ahora parece que, para competir con la empresa estadounidense de Trump, Europa y el Reino Unido no solo deben participar en una «carrera hacia abajo» fiscal (Reeves se niega a financiar los servicios públicos con un impuesto sobre el patrimonio o un impuesto sobre las ganancias corporativas, por el contrario, quiere reducir este último), Europa y el Reino Unido también deben participar en una carrera hacia abajo de desregulación. Incluso los economistas del Banco de Inglaterra están preocupados por la «desregulación competitiva», ya que inevitablemente aumentaría el riesgo de un colapso financiero.

Cualquiera que haya leído mis artículos a lo largo de los años sabe que creo que la regulación sobre las empresas capitalistas no funciona, como lo demuestra el colapso financiero mundial de 2008, la implosión de los bancos regionales de EEUU en 2023 y muchos otros ejemplos en finanzas, negocios y servicios. No puede haber una «regulación» efectiva real sin la propiedad pública controlada por organizaciones democráticas de trabajadores. La desregulación puede no aumentar el riesgo de crisis financieras, o más accidentes industriales o estafas a consumidores y más corrupción, pero suceden de todos modos. Pero no proporcionará más crecimiento económico y mejores niveles de vida y servicios públicos.

De hecho, por eso la estrategia corporativa de Trump está a punto de fracasar. El aumento de los aranceles a otras corporaciones puede dar a la empresa estadounidense de Trump una ventaja temporal de precios, pero pronto podría ser devorada por los costes más altos de los bienes y servicios proporcionados por corporaciones nacionales rivales que la empresa de Trump todavía necesita y a las que debe comprar. El riesgo es acelerar la inflación. Y eso no les conviene a los empleados de la empresa. Además, llegar a acuerdos sobre el comercio y los bienes raíces o reducir los impuestos sobre las ganancias nunca ha llevado a aumentos significativos en el crecimiento económico. Eso depende de la inversión en los sectores productivos. Es más probable que la mayoría de los recortes de impuestos terminen en la especulación financiera por parte de las corporaciones y los súper ricos.

Si una estrategia corporativa falla, el CEO normalmente tiene que asumir la responsabilidad y los directores y accionistas de la empresa pueden volverse contra el CEO. Y si la corporación no puede ofrecer mejores salarios y condiciones para sus trabajadores, sino solo una inflación más alta y servicios públicos colapsados, eso podría llevar a serios problemas dentro de la empresa. Atentos.

En su intervención en el Congreso de los Estados Unidos ayer después de 100 días en el cargo, el presidente Donald Trump afirmó que los nuevos aranceles sobre las importaciones de los mayores socios comerciales de los Estados Unidos causarían «un poco de perturbación». Pero pronto terminaría y «los aranceles tratan de hacer que Estados Unidos vuelva a ser rico y que Estados Unidos vuelva a ser grande», dijo. «Está sucediendo, y sucederá bastante rápido».

De hecho, muy rápido. Ayer, Trump ordenó aranceles del 25 % a los bienes importados de Canadá y México a los Estados Unidos y un arancel adicional del 10 % a las importaciones chinas, imponiendo a los tres principales socios comerciales de Estados Unidos barreras significativamente más altas. Las medidas provocaron una respuesta inmediata de Beijing, que dijo que impondría un arancel del 10-15% a los productos agrícolas estadounidenses, que van desde soja y carne de res hasta maíz y trigo a partir del 10 de marzo. Canadá también dio a conocer los aranceles sobre 107 mil millones de dólares de importaciones estadounidenses, comenzando con 21 mil millones de dólares de importaciones inmediatamente. «Canadá no dejará que esta decisión injustificada quede sin respuesta», dijo el primer ministro Justin Trudeau. Los gravámenes contra Ottawa se fijan en el 25 %, excepto para los productos petrolíferos y energéticos canadienses, que se enfrentan a un arancel del 10 %. Canadá representa alrededor del 60% de las importaciones de crudo de los Estados Unidos.

China también apuntó a empresas estadounidenses, colocando a diez empresas en una lista negra de seguridad nacional y reforzando los controles de exportación a otras 15. También prohibió a la empresa de biotecnología estadounidense Illumina exportar su equipo de secuenciación genética a China. Beijing había añadido a Illumina a su lista de «entidades poco confiables» el mes pasado en respuesta al aluvión inicial de aranceles de Trump.

Todos los aranceles previstos llevarían la tasa arancelaria de los Estados Unidos a más del 20% en solo unas pocas semanas, el más alto desde antes de la Primera Guerra Mundial. Como señala Joseph Politano, los costes de estas acciones son enormes, cubriendo 1.300 millones de dólares en importaciones estadounidenses o aproximadamente el 42 % de todos los bienes importados por los Estados Unidos, o el mayor aumento arancelario desde la infame Ley Smoot-Hawley de hace casi un siglo.

Los aranceles harán subir los precios de EEUU para materias primas clave como gasolina, fertilizantes, acero, aluminio, madera, plástico y otras. Los comestibles, especialmente las frutas y verduras frescas de México, serán más difíciles de encontrar. Las industrias manufactureras que dependen de complejas cadenas de suministro integradas de América del Norte (vehículos, computadoras, productos químicos, aviones y más) podrían detenerse si esos vínculos se cortan por la fuerza. Los costes podrían aumentar para teléfonos, computadoras portátiles y electrodomésticos cuya producción está particularmente concentrada en China y México. Los exportadores se verán perjudicados por el aumento de los costes de las materias primas, la apreciación de la moneda y los próximos aranceles de represalia, todos los cuales reducirán la actividad económica de los Estados Unidos.

Los costes totales de estos aranceles recaudarían 160 mil millones de dólares de los consumidores y empresas estadounidenses que pagarían más por sus compras de bienes importados, y más por venir. Las medidas del martes de Trump son solo el 40% de sus medidas propuestas. Si se implementa el próximo lote, aumentaría el coste de las importaciones a más de 600 mil millones de dólares, o el 1,6 % del PIB.

Un argumento económico para imponer aranceles a los bienes importados es proteger a las empresas nacionales de la competencia extranjera. Al gravar las importaciones, los precios nacionales se vuelven relativamente más baratos y los ciudadanos cambian el gasto de bienes extranjeros a bienes nacionales, expandiendo así la industria nacional. Pero este argumento tiene poco apoyo empírico. La Reserva Federal de Nueva York analizó recientemente el impacto del aumento de los aranceles en las empresas nacionales. Concluyó que «extraer ganancias de la imposición de aranceles es difícil porque las cadenas de suministro globales son complejas y los países extranjeros toman represalias. Usando los rendimientos del mercado de valores en los días de anuncio de la guerra comercial, nuestros resultados muestran que las empresas experimentaron grandes pérdidas en los flujos de efectivo esperados y los resultados reales. Estas pérdidas fueron de base amplia, con empresas expuestas a China experimentando las mayores pérdidas».

Además, como muestra el economista danés, Jesper Rangvid, Trump solo mira el comercio bilateral de bienes, ignorando el comercio de servicios y las ganancias del capital y el trabajo. Da la casualidad de que los ingresos que los Estados Unidos obtienen de sus exportaciones de servicios al menos a la zona euro y los rendimientos del capital y los salarios del trabajo que han exportado allí compensan sus déficits bilaterales en bienes. El saldo general de la cuenta corriente bilateral de la zona euro con los Estados Unidos está cerca de cero.

Lejos del aluvión arancelario de Trump para «hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande», tiene todas las perspectivas de llevar a la economía estadounidense a una recesión y arrastrar a las otras economías importantes con él. El Instituto Kiel considera que las exportaciones de la UE a los Estados Unidos caerían en un 15-17 %, lo que llevaría a una contracción «significativa» del 0,4 % en el tamaño de la economía de la UE, mientras que el PIB de los Estados Unidos se reduciría en un 0,17 %. Si hay aranceles recíprocos por parte de la UE, eso duplicaría el daño económico y aumentaría la inflación en 1,5 puntos porcentuales. Las exportaciones manufactureras alemanas a los Estados Unidos serían las más golpeadas, con una caída de casi un 20 %. Si bien la magnitud exacta de las exportaciones perdidas a lo largo del tiempo no está clara (dado que tomará tiempo para que las cadenas de suministro se restablezcan), si estos gravámenes persisten, es probable que cree un arrastre sustancial en el PIB de las principales economías que comercian con los Estados Unidos.

El impacto general en la fabricación estadounidense podría sumar casi el 1% del PIB en exportaciones perdidas.

Esa es una estimación. Los economistas de la Universidad de Yale van más allá. Modelaron el efecto de los aranceles previstos del 25 % para Canadá y México y los aranceles del 10 % de China, así como los aranceles del 10 % de China ya vigentes. Calcularon que estos aranceles llevarían la tasa arancelaria promedio efectiva a su nivel más alto desde 1943. Los precios internos aumentarían en más del 1% la tasa de inflación actual, el equivalente a una pérdida promedio por hogar de consumidores de 1.600 a 2.000 dólares en 2024. Bajarían el crecimiento del PIB real de EEUU en un 0,6% este año y reducirían un 03-0,4% las futuras tasas de crecimiento anual, borrando las ganancias esperadas en productividad de la IA.

La Cámara de Comercio Internacional de los Estados Unidos está tan preocupada que calculó que la economía mundial podría enfrentar un colapso similar a la Gran Depresión de la década de 1930 a menos que Trump revierta sus planes. «Nuestra profunda preocupación es que este podría ser el comienzo de una espiral descendente que nos sitúe en el escenario de la guerra comercial de la década de 1930», dijo Andrew Wilson, subsecretario general de la CCI. Así que las medidas de Trump pueden ir mucho más allá de «una pequeña perturbación».

Incluso antes del anuncio de los nuevos aranceles, había señales significativas de que la economía estadounidense se estaba desacelerando a cierto ritmo. El impacto del aumento de los aranceles de importación podría ser un punto de inflexión para una recesión. Así lo pensaba Wall Street. Cuando Trump anunció las medidas arancelarias, todas las ganancias en el mercado de valores de EEUU obtenidas desde la victoria electoral de Trump desaparecieron.

En cuestión de semanas, la narrativa sobre la economía estadounidense ha pasado del «excepcionalismo» de su economía a alarmar sobre una repentina recesión de su crecimiento. Las ventas minoristas, la producción manufacturera, el gasto real de los consumidores, las ventas de viviendas y los indicadores de confianza del consumidor han bajado en el último mes o dos. Las previsiones de consenso para el crecimiento real del PIB para el primer trimestre de 2025 son ahora solo un 1,2 % anualizado.

El rastreador GDP NOW de la Reserva Federal de Atlanta, seguido de cerca, pronostica una contracción absoluta.

La manufactura estadounidense ha estado en recesión desde hace un año o más, pero lo que también es preocupante en los últimos indicadores de actividad manufacturera fue un aumento significativo en los costes: «la demanda se redujo, la producción se estabilizó y los despidos de personal continuaron mientras las empresas experimentaban el primer choque operativo de la política arancelaria de la nueva administración. El crecimiento de los precios se aceleró debido a los aranceles, causando nuevos retrasos en la colocación de pedidos, interrupciones en las entregas de los proveedores e impactos en el inventario producido», dijo Timothy Fiore, presidente del ISM. Los nuevos pedidos cayeron más desde marzo de 2022 en el terreno de la contracción y la producción se desaceleró bruscamente. Además, las presiones de los precios se aceleraron a su nivel más alto desde junio de 2022.

El llamado excepcionalismo de la economía estadounidense desde el final de la pandemia siempre fue una ilusión estadística. Un estudio revela la verdadera historia para muchos hogares estadounidenses sobre el empleo, los salarios y la inflación. En primer lugar, está el bajo desempleo casi récord en las cifras oficiales, solo el 4,2 %. Pero esta cifra incluye a las personas sin hogar que trabajan ocasionalmente como empleadas. Si los desempleados incluyeran a aquellos que no pueden encontrar nada más que trabajo a tiempo parcial o que reciben un salario de pobreza (aproximadamente 25.000 dólares), el porcentaje es en realidad del 23,7 %. En otras palabras, casi uno de cada cuatro trabajadores está funcionalmente desempleado en Estados Unidos hoy en día. El salario medio oficial es de 61.900 dólares. Pero si rastreas a todos en la fuerza de trabajo, es decir, si incluyes a los trabajadores a tiempo parcial y a los solicitantes de empleo desempleados, el salario medio es en realidad de poco más de 52.300 dólares al año. «Los trabajadores estadounidenses en la mediana están ganando un 16 % menos de lo que indicarían las estadísticas vigentes». En 2023, la tasa de inflación oficial fue del 4,1 %. Pero el verdadero coste de la vida aumentó más del doble, un 9,4 %. Eso significa que el poder adquisitivo cayó en la mediana en un 4,3 % en 2023.

La respuesta de los líderes europeos a los movimientos arancelarios de Trump y su aparente fin del apoyo a Ucrania en su guerra contra Rusia parecen ser preparativos para más guerra. El gasto mundial en defensa alcanzó un récord de 2,2 billones de dólares el año pasado y en Europa aumentó a 388 mil millones de dólares, niveles no vistos desde la «guerra fría», según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Martin Wolf, el gurú económico keynesiano liberal del Financial Times, dice que «el gasto en defensa tendrá que aumentar sustancialmente. Tenga en cuenta que era del 5 por ciento del PIB del Reino Unido, o más, en las décadas de 1970 y 1980. Puede que no sea necesario estar en esos niveles a largo plazo: la Rusia moderna no es la Unión Soviética. Sin embargo, puede que tenga que ser tan alto como eso durante la acumulación de fuerzas, especialmente si Estados Unidos se retira».

¿Cómo pagar esto? «Si el gasto en defensa va a ser permanentemente más alto, los impuestos deben aumentar, a menos que el gobierno pueda encontrar suficientes recortes de gasto, lo cual es dudoso». Pero no se preocupe, gastar en tanques, tropas y misiles es realmente beneficioso para la economía, dice Wolf. «El Reino Unido también puede esperar de forma realista rendimientos económicos de sus inversiones en defensa. Históricamente, las guerras han sido la madre de la innovación». Luego cita los maravillosos ejemplos de las ganancias que Israel y Ucrania han hecho gracias a la guerra: «La «economía start up» de Israel comenzó en su ejército. Los ucranianos ahora han revolucionado la guerra con drones». No menciona el coste humano involucrado en obtener innovación mediante la guerra. Wolf: «El punto crucial, sin embargo, es que la necesidad de gastar significativamente más en defensa debe verse como algo más que una necesidad y también más que un coste, aunque ambos son ciertos. Si se hace de manera correcta, también es una oportunidad económica». Así que la guerra es la salida al estancamiento económico.

El futuro canciller de Alemania, Friedrich Merz (después de ganar las recientes elecciones) ha adoptado la misma historia. En un giro completo de su campaña electoral, cuando se opuso a cualquier gasto fiscal adicional para «equilibrar» las cuentas del gobierno, ahora está promoviendo un plan para inyectar cientos de miles de millones en fondos adicionales para el ejército y la infraestructura de Alemania, diseñados para revivir y rearmar la economía más grande de Europa. Una nueva disposición eximiría el gasto en defensa por encima del 1 por ciento del PIB del «freno de la deuda» que limita los préstamos del gobierno, permitiendo a Alemania recaudar una cantidad ilimitada de deuda para financiar sus fuerzas armadas y proporcionar asistencia militar a Ucrania. Y planea introducir una enmienda constitucional para establecer un fondo de 500 mil millones de euros para infraestructura, que se ejecutaría durante diez años. De repente, hay mucho dinero en efectivo y préstamos disponibles para armas y empresas militares.

El plan del Reino Unido es duplicar su gasto de «defensa» recortando su programa de ayuda a los países pobres del mundo. Trump también ha congelado la ayuda al desarrollo estadounidense. La deuda mundial ha llegado a los 318 billones de dólares con un aumento de 7 billones de dólares en 2024. La deuda global con respecto al PIB mundial aumentó por primera vez en cuatro años, por lo que la deuda aumentó más rápido que el PIB nominal para alcanzar el 328 % del PIB. El Instituto de Finanzas Internacionales (IIF) advirtió que los países pobres están bajo una inmensa presión a medida que sus cargas de deuda continúan creciendo. La deuda total en estas economías aumentó en 4,5 billones de dólares en 2024, llevando la deuda total de los mercados emergentes a un máximo histórico del 245% del PIB. Muchas de estas economías pobres ahora tienen que pagar una deuda récord de 8,2 billones de dólares este año, con alrededor del 10% de ella nominada en monedas extranjeras, una situación que podría ser peligrosa rápidamente si la financiación se seca. Así que más guerra y más pobreza por delante.

El tecnofeudalismo digital y sus sombras

Por Andrés David Arana Gutiérrez

En un mundo que se presume moderno, progresista y tecnológicamente avanzado, lo irónico es que terminemos evocando conceptos medievales para entender la estructura de poder que nos rige. Si Cédric Durand tiene razón en su libro Tecnofeudalismo, critica de la economía digital; estamos en una era de capitalismo digital, sino en un tecnofeudalismo, donde las corporaciones tecnológicas han convertido el ciberespacio en su feudo, y a nosotros, sus usuarios, en vasallos de datos.

De manera acertada, Durand trae a colación un análisis realizado por Indy johar respecto de la dominación digital en contraste con el tiempo de la conquista, un artículo publicado por Financial Times que suscribe lo siguiente:

Las plataformas digitales a menudo son descritas como bienes inmobiliarios virtuales; de ahí la comparación con el descubrimiento de una frontera nuevas y lujuriante […] las rentas van a los pioneros, que sabrán vigilar y proteger despiadadamente esos territorios […] todo esto suena terriblemente medieval, porque lo que está en ejecución precisamente da cuenta de esa época de la historia. La única diferencia verdadera es la característica digital del paisaje. En cambio, la naturaleza de los señores que perciben los tributos es la misma.  

La tesis de Durand se fundamenta en cómo la digitalización de la economía ha transformado las formas tradicionales de acumulación de riqueza. Anteriormente, el capital se construía sobre la explotación de recursos tangibles; hoy, se sustenta en la captura y control de intangibles: datos, información y conocimiento. Lo que parece innovación y progreso es, en realidad, un retorno a una estructura de dominación donde pocos ejercen un control absoluto sobre muchos. Empresas como Google, Amazon y Facebook no venden productos, sino acceso a territorios digitales que han monopolizado, estableciendo peajes invisibles para quienes transitan por ellos.

Uno de los puntos clave que expone Durand es la concentración del poder en las plataformas digitales, lo que ha desplazado la lógica clásica de la producción. No se trata ya de fabricar más o de mejorar la eficiencia del trabajo, sino de extraer rentas sobre el flujo de información. Esto no solo genera desigualdades económicas, sino que moldea nuestras subjetividades: lo que leemos, compramos y hasta pensamos está mediado por algoritmos que buscan la maximización de beneficios para estos nuevos señores feudales.

En América Latina, la situación es aún más preocupante. La región es hogar de aproximadamente 300 millones de compradores digitales, una cifra que se prevé crezca más del 15% para 2027. Sin embargo, no somos dueños de la infraestructura digital y dependemos de plataformas extranjeras. En Colombia, por ejemplo, casi la mitad de las empresas digitales son extranjeras, y solo el 7,1% de las empresas basadas en plataformas logran una salida exitosa en términos de fusiones y adquisiciones, en comparación con otros modelos de negocio. Nuestra participación en esta economía tecnofeudal se reduce, en gran parte, a ser proveedores de datos. Consumimos, generamos contenido, pero no controlamos ni las reglas del juego ni los beneficios que produce.

Ante este panorama, la pregunta no es si el tecnofeudalismo ha llegado, sino qué podemos hacer para contrarrestarlo. La respuesta no es sencilla, pero pasa, al menos, por una regulación más estricta del poder digital, una mayor alfabetización tecnológica, (he insisto permanentemente en varias columnas de opinión), y en la que ya deberían estar varios gobiernos de la región trabajando para que permita a los ciudadanos entender y desafiar estos mecanismos de dominación, y la construcción de plataformas propias que no repliquen las mismas lógicas de explotación. Si no actuamos ahora, corremos el riesgo de seguir siendo siervos en un mundo donde los castillos no están hechos de piedra, sino de código.

Matthew Hongoltz-Hetling: La desinformación ha reemplazado a la realidad, y esto es un triunfo para las élites del capital”

Por Aldo Conway

Pasa mucho más de lo que uno pueda imaginarse, y la secuencia varía un poco, aunque siempre es la misma: el gobierno te oprime, o eso dices tú; te fríen a impuestos, cuatrocientos euros tienen la culpa; miras el mapa y buscas un remoto lugar en la costa noreste de Estados Unidos para emprender una utopía libertaria que pondría a Juan Ramón Rallo a probarse monos de granjero; el tiempo pasa y eres feliz, todo lo feliz que puede ser alguien que no paga impuestos y lava su ropa en un riachuelo; todo lo feliz que puede vivir alguien sin servicios públicos. En otros lugares lo llamarían infravivienda, o chabolismo, pero aquí no. Aquí cada vecino es amo de su destino. Aquí no hay farolas porque no queremos. Pasa más tiempo. Resulta que todos querían ser bomberos o policías voluntarios, y nadie dijo nada de hacer algo con la basura. Luego llegaron los osos y, donde antes todo eran risas, ahora, bueno…

Ahora hay un libro de Matthew Hongoltz-Hetling (Nueva York, 1973) editado y traducido al español por Capitán Swing: Un libertario se encuentra con un oso: el utópico plan para liberar a un pueblo (y a sus osos). El periodista estadounidense, finalista del premio Pulitzer en 2012 y ganador del Premio George Polk, trabaja en el diario local Valleys News de Lebanon, New Hampshire.

La historia del pequeño pueblo de Grafton, en New Hampshire, es tan antigua como el propio Estado, y su recorrido por el tiempo es tan singular como la culminación de sus más de doscientos años de tradición libertaria en una invasión de osos negros. En 2004, cerca de 200 espíritus rebeldes se lanzaron a la aventura de establecerse en la localidad para llevar a cabo su utopía anarcocapitalista: nada de impuestos, nada de normas; laissez faire. Al principio, la anarquía se mostró en sus formas más pintorescas –socavones sin reparar, incendios descontrolados y hasta un asesinato vecinal– como preludio de lo que vendría. En el año 2010, unos osos negros, seducidos por el embriagador aroma de la basura, se colaron en el territorio, multiplicándose y volviéndose cada vez más salvajes, transformando el sueño de autogestión en una verdadera pesadilla de osos devoradores –porque se lo pusieron fácil– de carne humana. Finalmente, en 2014, la locura libertaria llegó a su fin: algunos se fueron y otros permanecieron, pero el pueblo, ya cansado de su insólito despropósito de destruirse a sí mismo, acordó restaurar un presupuesto municipal que superaba en un 50% el original, como triste epílogo a un experimento que pretendía ser la encarnación de la “arcadia de la libertad”.

¿Entienden lo mismo por libertad un europeo y un estadounidense? Un europeo podría ver algunas percepciones estadounidenses de la libertad como antagónicas a las propias, y viceversa. ¿Cuáles cree que son las diferencias fundamentales entre estas concepciones culturales de la libertad?

Esa pregunta va de lleno al corazón del asunto. Cuando los estadounidenses hablan de “libertad”, casi siempre se refieren al derecho [o derechos] del individuo sobre el colectivo. Se refieren con libertad a la libertad de expresión, de portar armas, a la libertad económica y, de un tiempo a esta parte, libertad médica [un movimiento anarcocapitalista que aboga por una laxa –por no decir nula– regulación en competencias sanitarias]. Y, por supuesto, [también creen en] el ejercicio irresponsable de esas libertades, que puede resultar en problemas para la salud y en riesgos para la integridad de otras personas. Desde mi perspectiva, los europeos tienden a creer que un entorno seguro y regulado garantiza el ejercicio de las libertades con más eficacia. Hace apenas diez años en Estados Unidos, el candidato libertario a la presidencia era un firme defensor de las vacunas; hoy día se ha convertido en un grupo extremista muy a la derecha de lo que ya era una ideología extremista.

Cuando los estadounidenses hablan de “libertad”, casi siempre se refieren al derecho del individuo sobre el colectivo

Hace poco leí [a Jorge Dioni] decir: “La burocracia quiere decir que el aceite no te mate”.

¡Ja! Esa es buena, y muy cierto. Creo que tanto la extrema izquierda como la extrema derecha se oponen a la imposición de unas élites sobre el pueblo llano. Lo que pasa es que para la derecha esas élites son el gobierno, y para la izquierda son las élites capitalistas. Por supuesto, creo que la izquierda tiene razón: ¿por qué deberíamos reemplazar un poder gubernamental que es imperfectamente responsable y transparente con una estructura de poder que no tiene responsabilidad y ninguna transparencia?

¿Realmente nos referimos a ‘libertad’ cuando pedimos libertad? La era de la posverdad ha despojado a cada concepto de sus atributos.

A veces parece que lo que quieren decir los estadounidenses es “déjame en paz”, y se me hace irónico que la actual derecha populista de Estados Unidos se haya alineado detrás de Donald Trump, cuya presidencia autoritaria es la antítesis misma de la libertad. Desde que escribí este libro [en 2018], mi forma de pensar ha evolucionado mucho y, para mí, lo que llamas posverdad es, en gran medida, un rechazo a la experiencia y la sabiduría compartida en favor de la experiencia y el saber individual. Cuando contamos con instituciones que se fundamentan en una verdad basada en la evidencia, mientras que la sociedad se orienta por la experiencia individual, ese desajuste genera todo tipo de problemas.

¿Se ha convertido la libertad en una obsesión en los países occidentales? ¿No caemos demasiado en el falso dilema de la libertad frente a un enemigo de paja?

Occidente ciertamente está obsesionado con algo, pero no estoy seguro de que “libertad” sea el término correcto para ello. La libertad se ha convertido en una marca de la derecha que quizás se refiere más al poder, la identidad personal y la lucha contra molinos de viento comunistas.

¿Crees que estos experimentos a pequeña escala sirven para concluir que una ideología es fallida? ¿Qué lecciones positivas podemos extraer de Grafton?

Creo que el ejemplo de Grafton es instructivo, aunque solo sea porque no hay otro ejemplo de una sociedad, grande o pequeña, que emplee métodos libertarios, aunque ahora también tenemos a Argentina para observar lo que ocurre. Aunque Grafton fue único en muchos aspectos, representa uno de al menos una docena de intentos fallidos de fundar una sociedad utópica y libertaria; y se ha intentado de todo: islas, ciudades flotantes, otros que se van al desierto… Pero creo que la verdadera lección es quizás más amplia que el libertarismo: fundar cualquier sociedad sobre un conjunto puro y restringido de principios políticos es poco probable que funcione, porque siempre dependes de que los ciudadanos se adhieran a una filosofía particular. Y la única forma de hacer cumplir esa uniformidad de pensamiento es reprimir al pueblo, lo cual es insostenible e indefendible. En cuanto a las lecciones positivas de Grafton, supongo que podemos aprender de sus errores: solo una pequeña inversión en gastos comunitarios merece mucho la pena.

La acumulación no regulada de capital conduce predeciblemente a monopolios. ¿Mueren los libertarios a los pies de un señor feudal?

¡Sí! Al menos, en algunos sectores. En una sociedad libertaria inmadura, el poder podría residir quizás en los miembros de la población local que pudieran reunir más recursos. Pero a largo plazo, esos monopolios se apoderan de todo, como lo han hecho en varios momentos de la historia cuando no se les controla ni regula.

¿Qué aspectos del libertarismo crees que deberían revisarse o matizarse para evitar que las contradicciones observadas en este caso se repitan en la práctica?

Existen argumentos libertarios en favor de las vacunas y de las regulaciones sanitarias u otras medidas de salud pública, y creo que esos argumentos deberían situarse en un punto más central de su discurso. Pero, sinceramente, creo que toda su idea en sí es inviable como principio rector de una sociedad, por lo que no creo que haya solución que les pueda permitir gobernar con éxito. Sí creo, sin embargo, que tienen una perspectiva única de las cosas, y en algunos casos es hasta válida, y tienen derecho a formar parte del debate público.

En los últimos años, el anarcocapitalismo ha ganado mucha popularidad, pero sorprende que el anarquismo de izquierda no haya recibido el mismo nivel de atención. ¿Qué cree que explica esta diferencia en la percepción y aceptación de estas dos corrientes dentro del pensamiento anarquista? ¿Por qué Milei y no Durruti?

En Estados Unidos al menos, los sindicatos y los colectivos laborales han sido completamente incapaces de abogar por sí mismos políticamente. Los afiliados de los sindicatos más grandes de Estados Unidos están convencidos de que la amenaza a su bienestar radica en personas de piel morena y en los universitarios, en lugar de en la muy obvia causa de sus problemas que son las ganancias exorbitadas de las grandes empresas. Creo que esto nos lleva de nuevo a lo que dijimos al principio: en la era de la posverdad, la desinformación y las percepciones erróneas han reemplazado completamente a la realidad, y esto representa un triunfo para las élites del capital.

Steven Forti: El tsunami reaccionario, comprenderlo para hacerle frente

Por Laura Camargo Fernández | Manuel Garí

La expansión de los proyectos de la ultraderecha que conforman la ola reaccionaria global y su consolidación en Europa, el proceso de radicalización de las derechas tradicionales y la transformación de las democracias liberales en autocracias electorales son los temas que vertebran el nuevo libro de Steven Forti, Democracias en extinción. El espectro de las autocracias electorales, publicado por Akal. En este trabajo, el profesor del Departamento de Historia Contemporánea de la Universitat Autònoma de Barcelona traza un minucioso panorama de las extremas derechas actuales, sus alianzas y sus efectos en la configuración de un modelo autocrático con suspensión de libertades fundamentales, prestando especial atención a su articulación en Europa con el paradigma húngaro de Viktor Orbán como modelo fundamental. Con motivo de esta publicación, y con las convulsiones del nuevo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca como telón de fondo, enviamos a Steven Forti una serie de preguntas sobre varias de las cuestiones que aborda en este libro y sobre su visión con respecto a los retos que se plantean para este nuevo ciclo.

Laura Camargo y Manuel Garí: Analizas la historia en tiempo real o la del pasado cercano. En tu obra se ve algo de la intención de Tucídides de no solo narrar eventos, sino de ofrecer lecciones o pistas para el futuro. ¿Cuál es la labor del historiador/cronista del tiempo presente y cómo se diferencia del periodismo?

Steven Forti: Es una tarea apasionante, pero extremadamente compleja. El conocimiento del pasado nos puede ayudar para comprender mejor el presente, aunque todos somos conscientes que el futuro no está escrito, así que nadie tiene una bola de cristal y es imposible prever lo que pasará. También porqué la historia, a diferencia de lo que algunos piensan, no es ni una línea recta ni es cíclica. Ahora bien, creo que el historiador puede ayudar -aún más en un periodo de infocracia, como la ha definido Byung-Chul Han, como el actual- en poner las luces largas y explicar cómo las cosas no nacen de la nada, es decir, mostrar cómo hay dinámicas y procesos -sean estos políticos, sociales, culturales, económicos…- que se han ido desarrollando en el tiempo. Por otro lado, estoy convencido también que el historiador debería ser un ciudadano comprometido con la sociedad en la cual vive. Así que hago mías las palabras de Timothy Snyder, “la historia es y debe ser pensamiento político, en el sentido de que abre una brecha entre la inevitabilidad y la eternidad, impide que oscilemos entre una y otra, y nos ayuda a ver el instante en el que podemos cambiar la situación”.

C. y M. G.: Insistes a lo largo de tu libro en la importancia del modelo autocrático del que denominas “déspota de Budapest”, Viktor Orbán, para el resto de extremas derechas europeas. ¿Hasta qué punto crees que puede darse un proceso como el que describes de “vaciamiento de la democracia desde dentro” en países como Italia, Austria o incluso en Francia, en donde la inestabilidad macronista puede acabar con el régimen de la Vª República, o en Alemania y –mirando hacia futuras próximas legislaturas– en España, para virar hacia autocracias electorales? Y en todo caso, ¿sería el mismo tipo de “adelgazamiento democrático”, tal y como lo denominas en tu libro, en todos ellos o ves diferencias y límites dependiendo de los distintos países? ¿Qué elementos y factores pueden influir en las distintas evoluciones?

F.: Este proceso se está dando ya donde la extrema derecha ha llegado al poder. Basta mirar el caso de El Salvador con Bukele o Israel con Netanyahu, sin contar lo que estamos viendo en Estados Unidos tras la vuelta de Trump a la Casa Blanca. No olvidemos lo que pasó en Polonia durante los ejecutivos de Ley y Justicia: el camino a la orbanización ha sido evidente en Varsovia y aún no está claro que Tusk consiga desmontar el andamiaje construido por Kaczyński. ¿Por qué esto no podría pasar en la Europa occidental? No podemos escondernos detrás de la supuesta “fortaleza” de las instituciones democráticas o en la también supuesta existencia de “anticuerpos” democráticos en nuestras sociedades. De hecho, en Italia Meloni está aplicando la receta húngara, aunque muchos no quieran darse cuenta y sigan creyendo que la líder de Hermanos de Italia se habría “moderado”, como por arte de birlibirloque, una vez entró en el Palacio Chigi: ataque al pluralismo informativo, criminalización de las voces críticas -inclusive intelectuales de renombres como Scurati o Saviano, atacados y censurados-, cercenamiento de los derechos de las minorías, una reforma constitucional que reforzaría sobremanera el ejecutivo, el debilitamiento de la separación de poderes con ataques constantes a los jueces, el proyecto de contrarreforma de la justicia… Si la extrema derecha llega al poder en Francia, Alemania, Austria o España, pasará lo mismo. Obviamente, habrá peculiaridades nacionales, dependiendo del contexto político y de la correlación de fuerzas existente. Los límites dependerán de lo que hagan los demás: las instituciones, la sociedad civil, los sindicatos, la izquierda… y, no se pierda de vista, la derecha democrática. ¿Sabrá esta evitar el abrazo del oso de los ultras, algo que es cada vez más común en todas las latitudes? ¿Habrá “demócratas leales” en el campo de la derecha o seguiremos viendo solo demócratas “semileales”, para citar a Juan José Linz? El éxito de los procesos de autocratización llevados a cabo por la ultraderecha depende principalmente de esto.

C. y M. G.: ¿Cómo y por qué se ha producido el giro pragmático desde sus originales posiciones antieuropeístas en la mayoría de los partidos de la extrema derecha? Le Pen y Abascal siempre que pueden siguen manifestándose en contra de las “élites europeas”, pero prefieren estar a no estar, por el momento, en la UE. ¿Cómo es compatible este nuevo pragmatismo con sus repliegues identitarios en los distintos estados-nación?

F.: De entrada, aclaremos una cuestión: la extrema derecha sigue siendo euroescéptica como hace unos años. La diferencia es que ha dejado de pedir la salida del euro y de la UE: ahora apuesta por tocar poder en Bruselas, pero no para fortalecer el proyecto europeo o para seguir adelante con la integración política. Al contrario, pide que se devuelvan competencias a los Estados nacionales. Su modelo, de hecho, es el de una Confederación de Estados soberanos que deberían ponerse de acuerdo solo en pocas cuestiones, como la defensa de las fronteras o la economía. Las razones de este giro son esencialmente cuatro. Por un lado, tras el Brexit todos se han dado cuenta que fuera de la UE hace mucho frío. Por otro, las encuestas les han mostrado que el euroescepticismo “duro” ha tocado techo: respecto a 2010-2015, las opiniones favorables a la UE han crecido en todos los países miembros. Asimismo, con el NGEU [Next Generation European Union] han entendido que Bruselas, si quiere, tiene una potencia de fuego notable. Por último, la correlación de fuerzas les es cada vez más favorable: no olvidemos que en las elecciones de junio de 2024 la extrema derecha en su conjunto ha obtenido algo más del 25% de los votos. Bastaría pues con convencer a los populares -algo que han conseguido en la mayoría de los Estados miembros- y ya podrían mandar en la UE. Aquí también el que ha marcado el camino es una vez más Orbán. El premier magiar jamás se planteó abandonar la UE: los fondos de cohesión europeos han sido fundamentales para montar su sistema cleptocrático. Cuando Salvini, Meloni y Le Pen pedían el Italexit y el Frexit, Orbán, por aquel entonces aún miembro del PPE, pedía a la CDU mirar a su derecha y desvincularse de socialistas y liberales.

C. y M. G.: ¿Qué supuso la presidencia europea de Hungría con su lema MEGA (Make Europe Great Again) y su “Ocupar Bruselas”? ¿Cómo es compatible el MAGA trumpista con el MEGA orbanista? ¿Ves previsibles choques inminentes en esta legislatura ultranacionalista, expansionista y a la par proteccionista de Trump?

F.: Es difícil predecir el futuro, aún más en estos tiempos de cambio de época. MAGA y MEGA son compatibles por dos razones. Ideológicamente, todos ellos -desde Trump, Milei y Bolsonaro a Orbán, Le Pen, Meloni, Abascal y Netanyahu- se sienten parte de una misma familia global que lucha contra unos enemigos comunes: la cultura “woke”, la izquierda, los progres, el liberalismo, el “globalismo”… Ahora bien, esto puede comportar contradicciones evidentes, algo que es más que habitual entre nacionalistas. Metaxas admiraba a la Italia fascista, pero tuvo que plantarse y movilizar al ejército cuando Mussolini invadió Grecia. De fondo, y aquí está la segunda razón, los autodenominados Patriotas por Europa son unos vasallos de Trump. Manteniendo el paralelismo con la Europa de entreguerras, hubo los Metaxas, es cierto, pero, sobre todo, entre los fascistas de todo pelaje hubo los colaboracionistas que se sumaron a los nazis tras que estos invadieron sus países e implantaron Estados títeres. Al igual que el presidente de EE UU, los ultraderechistas europeos de este comienzo de siglo XXI quieren debilitar a la UE. Esencialmente, el lema MEGA ha sido un guiño a Trump. A Orbán, Abascal, Meloni, Morawiecki y Weidel no les interesa hacer grande Europa, sino sus naciones. Eso sí, como explicaba antes, entienden que para poderlo hacer necesitan tocar poder en la UE, es decir “ocupar” Bruselas.

C. y M. G.: El caso de Israel lo describes como paradigmático de la repetición de la historia por quienes, torticeramente, se proclaman herederos del sufrimiento del genocidio judío a manos de los nazis. ¿Hasta qué punto el genocidio en Gaza perpetrado por Israel supone un antes y un después para las Naciones Unidas nacidas de la post Segunda Guerra Mundial y, en general, para la ampliación de soluciones supremacistas y aniquiladoras en la resolución de conflictos?

F.: No sé hasta qué punto puede ser un antes y un después para las Naciones Unidas. En el pasado la ONU ha dejado mucho que desear -para utilizar un eufemismo- en otros conflictos, como el de la exYugoslavia, o en crisis internacionales, como el asesinato de Lumumba en el Congo de 1960. El genocidio en Gaza se enmarca en -y refuerza- una tendencia global en que la utilización de la fuerza bruta ha vuelto a ser un camino practicable por parte de algunos gobiernos y Estados. Lo de Putin, con sus diferencias, va en la misma línea y las declaraciones de Trump de estos últimos meses también. Hemos entrado en una nueva etapa donde ya no existen líneas rojas: Netanyahu, Putin y Trump nos están devolviendo al homo homini lupus hobbesiano, es decir, la ley del más fuerte, la ley de la jungla. Seguramente, el genocidio de Gaza marca un antes y un después en cómo el mundo verá en el futuro al Estado de Israel: aunque lo sigue intentando de forma vil y chabacana, Tel Aviv no podrá ya vivir de renta del Holocausto, presentándose como víctima. El rey está desnudo. Lo que es preocupante o, directamente, dramático, sin embargo, es cómo la memoria del Holocausto podrá cambiar en el futuro, al reforzarse discursos negacionistas y explícitamente antisemitas.

C. y M. G.: A raíz de la invasión por Putin de Ucrania y la guerra en curso, tanto en la OTAN como en la Comisión y Consejo europeos se generó un discurso del miedo a nuevos riesgos y contribuido a la creación de un nuevo “enemigo” común que ha originado no sólo un lenguaje militarista sino también una presión por el aumento del gasto militar y por reforzar y poner en marcha la inversión en la industria bélica. ¿Cómo puede ello influir en el avance de las extremas derechas europeas? ¿Qué consecuencias pueden preverse?

F.: Nada positivo, diría. El lenguaje militarista es el lenguaje de las extremas derechas: el culto a la fuerza, el nosotros versus ellos, el nacionalismo exacerbado…, conectado a la demanda de un líder fuerte que sepa, supuestamente, lidiar con una situación de este tipo. Miel sobre hojuelas para los ultras. Lo mismo dígase del aumento del gasto militar que, por lo que estamos viendo, es el único importante paso adelante que parece haber tomado la UE frente a Trump. Si ese es el enfoque, vamos muy mal. La UE tiene que dar un salto en la integración política y reforzar, sobre todo, y en primer lugar, su autonomía estratégica, industrial, tecnológica. El informe Draghi se debería leer con atención. Ahora bien, creo que desde la izquierda también debemos sentarnos y razonar sin eslóganes al respecto. Me explico: si queremos una UE más integrada y fuerte, y si no queremos la que con atino el presidente italiano Sergio Mattarella llamó la posible “vasallización feliz” de nuestro continente, ¿qué debemos hacer? Vista la dependencia de Estados Unidos en lo militar y en la defensa, en el contexto actual, marcado por dos guerras, ¿debemos estar a favor o en contra de una mayor inversión bélica? Y si es así, ¿hasta qué punto?

C. y M. G.: ¿Cuál es el papel que juega la inmigración como chivo expiatorio y dentro de los cierres identitarios de las extremas derechas europeas y cómo se está utilizando ya de excusa para una remilitarización de las fronteras?

F.: La inmigración es uno de los principales estandartes de la extrema derecha desde hace décadas. No olvidemos el famoso cartel del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen que decía: “Un millón de desempleados = un millón de inmigrantes de más. ¡Francia y los franceses primero!”. Era finales de los setenta. Desde entonces, en un contexto marcado por un crecimiento de la población de origen extranjero en la mayoría de los países occidentales, la extrema derecha no ha parado ni un solo día de utilizar esta retórica xenófoba, no solo vinculándola a temas de prioridad o preferencia nacional, sino también en una perspectiva explícitamente identitaria con paranoias como las de la sustitución étnica. Los bulos, las mentiras y las teorías de la conspiración son constantes. El objetivo es el de crear pánico y miedo, y transformarlo en odio hacia el Otro. No es nada nuevo bajo el sol: la existencia de una amenaza -real o solo percibida- ha sido siempre la palanca para unir una comunidad nacional. Los nazis hicieron lo mismo con los judíos. La paulatina normalización de la extrema derecha, la mainstreamización de sus ideas y sus discursos ha comportado que el tema de la inmigración se haya convertido en una verdadera paranoia en Europa, incluso en países, como los del Este, en que hay porcentajes irrelevantes de población de origen extranjero. Los medios de comunicación tienen su parte de responsabilidad. Y ahora incluso la UE y gobiernos liberales o de centro-izquierda, como el de Starmer en el Reino Unido, el de Scholz en Alemania o el de Frederiksen en Dinamarca, han comprado el mismo marco y buena parte del relato de los ultras sobre la inmigración. No hablemos luego de propuestas directamente rojipardas, como las de Sahra Wagenknecht en Alemania, que no solo desde la izquierda se deben rechazar, sino condenar firmemente, ya que, además de un error estratégico, son un suicidio ético y político para la izquierda que, no lo olvidemos, es hija de los valores de la Ilustración. La militarización de las fronteras no es, lamentablemente, algo nuevo… pero cada vez va a más, hasta una deshumanización de los migrantes que ningún ser humano debería poder aceptar.

C. y M. G.: Hablas del caso de Polonia como un aviso a navegantes. Por un lado, puede salirse del giro autoritario, algo que se vio cuando el PiS no pudo volver a formar gobierno, pero avisas de que con Tusk en el gobierno se corre el riesgo de no llegar a deshacer el camino andado por la extrema derecha. ¿Qué hacer para que, como dice la frase de Leonard Cohen con la que acabas el libro, el futuro que tenemos a la vista en Europa no sea un crimen (a murder)?

F.: Luchar, luchar, luchar. Utilizo este lema por dos razones. La primera es obvia: debemos luchar desde todos los niveles posibles, es decir, el institucional, el político, el social, el digital, el del día a día… La extrema derecha ahora está envalentonada, se siente fuerte, con el viento en popa. La comprobación son los saludos nazis de Musk y Bannon: ya no tienen vergüenza de nada. Ahora pues, hay que parar inmediatamente su embestida, evitar ser atropellados y vencidos porque luego será demasiado tarde. Hay que pararles los pies cuanto antes. Y no hay que desanimarse, pensar que todo está perdido. En suma, citando nuevamente a Gramsci, juntar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad. Para esto, hay que desarrollar un antifascismo del día a día -un antifascismo actualizado al siglo XXI, para que me entiendan-, forjando amplias alianzas con todos los que podamos sumar. No podemos cederle ni una persona, ni una asociación, ni una empresa, ni un colegio profesional. Mientras tanto, sin embargo, hay que empezar ya a construir la alternativa. La segunda razón por la cual utilizo el lema “luchar, luchar, luchar” es porque fueron las palabras que dijo Trump tras el atentado que sufrió el verano pasado. También Bannon cerró con este lema su intervención en la reciente CPAC de Washington. No podemos dejar que se apropien de estos lemas: tenemos que combatir por cada palabra y reconquistarlas una a una. Sigamos luego con libertad y democracia. La Hungría de Orbán no es una democracia iliberal, como gusta repetir el déspota magiar, sino una autocracia electoral. La libertad de Milei, Musk o Ayuso no es libertad: es una trampa, además de mal gusto. La libertad no puede no ir asociada a la palabra igualdad.

C. y M. G.: ¿Cómo ves la alianza Meloni/Trump? ¿Será nuevamente tal como dices “el laboratorio italiano” un modelo para el tipo de nueva relación de Europa con EE UU?

F.: Veremos. Todo se está moviendo muy rápido. Si bien ha metido un pie en la Comisión Europea con la vicepresidencia ejecutiva para Raffaele Fitto, Meloni está en dificultad con la llegada de Trump a la Casa Blanca. En el último bienio había conseguido con éxito ser aceptada no solo en Bruselas, sino también en Washington. Su postura atlantista con la defensa del envío de armas a Ucrania le había valido un beso en la frente de parte de Biden. Después del 5 de noviembre, Meloni ha intentado resituarse y hacerse perdonar por Trump la buena relación con la administración demócrata. En parte lo ha conseguido. El precio ha sido el de arrodillarse frente el nuevo presidente de EE UU entre un viaje a Mar-a-Lago a principios de año y la asistencia a la toma de posesión en Washington del 20 de enero. De hecho, el apoyo a Ucrania ha casi desaparecido de la boca de Meloni que ni se plantea contradecir a Trump: en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) que se celebró en Washington en febrero llegó a elogiar el discurso que el vicepresidente estadounidense J. D. Vance dio en Múnich. Ojito. Meloni es la más titubeante y silenciosa entre los líderes europeos estas semanas. La cuestión es que se encuentra entre la espada y la pared: ¿quiere estar del lado de Bruselas o de Washington? Parece difícil poder mantener el pie en los dos zapatos. Deberá decidirlo pronto y ahí veremos quién es Meloni.

C. y M. G: ¿Qué contradicciones pueden aparecer entre estos oligarcas en EE UU y con respecto a los homólogos de otras latitudes? ¿Qué papel juegan y van a jugar los oligarcas del conjunto del mundo de la economía digital en el gobierno Trump? ¿Qué repercusiones pueden tener sobre la UE?

F.: La impresión que tengo es que, estableciendo nuevamente un paralelismo con los años de entreguerras, lo que se está forjando es un nuevo compromiso autoritario. En aquel entonces se dio entre los movimientos y partidos fascistas y las élites tradicionales, tanto políticas como económicas. El historiador Robert Paxton habló de “una colaboración incómoda pero eficaz”. Ahora está pasando algo similar con las extremas derechas. La declinación política está representada por la ultraderechización de la derecha tradicional -que ve en los ultras un animal de compañía aceptable- y la aplicación de políticas posfascistas -retomando la definición que ofreció hace tiempo el filósofo húngaro Gáspár Miklós Tamás- incluso por otros actores políticos, como en el caso de la inmigración. La declinación económica de este nuevo compromiso autoritario la representaría la alianza que se está forjando en Estados Unidos entre el trumpismo y los tecno-oligarcas de Silicon Valley que han abandonado la faceta “progresista” de su neoliberalismo -la defensa de la sociedad abierta y de los derechos de las minorías- para reivindicar explícitamente posiciones antidemocráticas, siguiendo las ideas de pensadores como los neoreaccionarios Curtis Yarvin y Nick Land. Según estos, la democracia es un estorbo y un sistema fallido que debería ser sustituido por una especie de nueva monarquía absoluta en cuyo vértice debería estar, en lugar del rey, el CEO de una empresa. Esto entronca perfectamente con el paleolibertarismo de Milei. Peter Thiel lo viene defendiendo desde hace quince años, Elon Musk desde hace un lustro. Ahora también los Bezos y los Zuckerberg se han quitado la máscara. No es, pues, que están cuidando sus intereses, como siempre ha pasado en la historia: ahora están apostando por un cambio de régimen y sistema político. El papel que juegan, las repercusiones que esto tendrá en la UE y las contradicciones que esto podrá comportar son aún muy difíciles de prever porque estamos entrando en una nueva época. Nos falta perspectiva. Lo que me parece claro es que se está delineando un nuevo tipo de neoliberalismo autoritario: algunos lo han llamado tecnofeudalismo, otros turbothatcherismo. Llevamos desde 2008 diciendo que el neoliberalismo es un modelo en profunda crisis o directamente herido de muerte y nos despertamos de golpe en 2025 dándonos cuenta que, mientras tanto, se ha ido desarrollando un nuevo tipo de neoliberalismo mucho más radical que puede llegar a ser hegemónico. Hay que entender que aquí nos jugamos la supervivencia de nuestras democracias. Debemos dar la batalla cuanto antes, empezando por la democratización del espacio digital y la limitación por ley de estos Estados dentro de los Estados que son las multinacionales.

C. y M. G.: Tras el tiempo transcurrido desde la aparición de tu obra Extrema derecha 2.0. Qué es y como combatirla, una vez iniciada la despótica y convulsa segunda  presidencia de Trump y reforzada la ola ultraderechista con el consentimiento –y, en sangrantes casos, con el apoyo práctico– de los principales gobiernos occidentales a la política colonialista de Netanyahu… ¿qué balance haces del resultado de tu “Manual de instrucciones para combatir la extrema derecha”? Particularmente nos interesa que desarrolles los ítems relacionados con la respuesta desde abajo, la juventud y la izquierda.

F.: El balance no puede ser muy positivo, es indudable. Podríamos decir que no se han hecho los deberes. Considero que lo que ahí apuntaba sigue siendo central, es decir, dar la batalla cultural y reconstruir los lazos comunitarios que se han roto en las últimas décadas. Con lo primero se entiende tanto lo de influir en el debate público -marcando la agenda mediática y escogiendo el campo de juego-, así como lo de crear un proyecto inclusivo e incluyente que ofrezca un horizonte de esperanza. La izquierda debe volver a ser capaz de apasionar, sustituyendo las pasiones tristes -el miedo y el odio- con el coraje y el amor. Con lo segundo se hace referencia a la atomización de nuestras sociedades, fruto de la larga hegemonía neoliberal, el debilitamiento de los cuerpos intermedios y el impacto de las nuevas tecnologías. Yendo a lo práctico, hay dos vertientes que se deben implementar. Por un lado, fortalecer las organizaciones, sean estos partidos, sindicatos o movimientos sociales: sin organización, no hay relato que valga ni vídeo en TikTok con tropecientos “me gusta” que pueda realmente funcionar. Por otro, reconstruir los lazos comunitarios entre vecinos, en los barrios, en los pueblos, en el mundo rural, entre este y el mundo urbano. Soy consciente de que el reto es hercúleo, pero o avanzamos en estas dos cuestiones o de esta no saldremos.

C. y M. G.: Volviendo a casa, en un hipotético gobierno PP/Vox en España, ¿ves factible un giro de ese ejecutivo en las políticas europeas para caminar hacia la confederación de estados soberanos basada en la defensa de los intereses nacionales que plantea Orban?

F.: Es muy difícil, pero dependerá, por un lado, de la correlación de fuerzas del hipotético ejecutivo y, por otro, y sobre todo, del contexto europeo e internacional. ¿Qué será de la UE y la OTAN dentro de un año o dos? ¿Le Pen gobernará en Francia en 2027? La política internacional es como la kriptonita para Feijóo: si puede quedarse lejos, mejor. En suma, seguirá la corriente internacional. De momento, el apoyo, si bien a veces retórico, al proyecto europeo sigue siendo la línea del PP. Ni la FAES ve con buenos ojos a Trump. Si Vox será el junior partner, como pronostican las encuestas en caso de una victoria del bloque de derechas, Abascal hará ruido, criticará la UE e intentará mover el PP hacia sus posiciones. Las dos posturas pueden coincidir: Meloni y Salvini gobiernan con Tajani, líder de Forza Italia y expresidente del Parlamento Europeo.

C. y M. G.: ¿Hasta qué punto ves al PP como parte del grupo de los llamados por Juan J. Linz “demócratas semileales” que actúan como facilitadores autoritarios? ¿Qué quiso demostrar el PP con los pactos con Vox y qué quiso demostrar Vox rompiéndolos?

F.: Como gran parte de la derecha mainstream, el PP encaja perfectamente en esa definición. Como la citada Forza Italia berlusconiana, como los republicanos que están siguiendo a Trump, como los macristas que han ido al gobierno con Milei…, la lista es muy larga. Son responsables del debilitamiento o destrucción de las democracias porque por razones partidistas, tácticas o por meros intereses personales no se enfrentan a los ultras, sino que se alían con ellos. El PP ni se planteó un cordón sanitario frente a Vox: no olvidemos que cuando el partido de Abascal no tenía aún representación en el Congreso, PP y Ciudadanos lo legitimaron con la tristemente famosa foto de Colón. Lo que le interesa a Feijóo es “echar al sanchismo” y volver al poder. A cualquier precio y con cualquier compañero de viaje. Rompiendo los pactos, Vox quiso poner contra las cuerdas al PP. Pero una vez más ese giro no se entiende si no tenemos en cuenta el contexto internacional: fue justo después de las europeas cuando Vox dejó los Conservadores y Reformistas Europeos de Meloni y se sumó a los Patriotas por Europa de Orbán y Le Pen. Como apuntó de forma acertada Enric Juliana, Abascal compró acciones Trump. Esa fue la jugada.

C. y M. G.: Con el inicio del segundo mandato de Trump se ha constatado el final de un modelo de globalización económica armoniosa, lo que conlleva un recrudecimiento de la competencia intracapitalista e interimperialista. Probablemente, ello forma parte del intento del presidente norteamericano por detener y evitar el declive relativo de la hegemonía de los Estados Unidos de América. A su vez, esto anuncia un esfuerzo redoblado por otros aspirantes a determinar el curso de la economía mundial, como sucede en el caso de China. Al hilo de esta situación, cabe hacerse una pregunta directa y de importancia central: ¿cuánta democracia aguanta el capitalismo realmente existente?

F.: Parecería que cada vez menos. Deja que pensar que incluso una persona como Martin Wolf llegue a hablar del posible fin del capitalismo democrático. Parece que haya pasado una era geológica desde los Treinta gloriosos (1945-1975) cuando se consiguió domesticar parcialmente al capitalismo. De fondo, el problema es que el capitalismo es destructor y autodestructivo: o volvemos a limitar su lado salvaje o no solo se extinguirán nuestras democracias, sino que nos cargaremos el planeta.

C. y M. G.: Muchas gracias por tu tiempo y por tus reflexiones.

F.: Muchas gracias a vosotros por las interesantes preguntas.

Una introducción a la vida no fascista (Prefacio a la edición estadounidense de El Anti-Edipo)

Por Michel Foucault

Durante los años 1945-1965 (me estoy refiriendo a Europa), había una forma determinada de pensar correctamente, un estilo de discurso político determinado, y una ética del intelectual determinada. Uno tenía que estar familiarizado con Marx, y no dejar que los propios sueños se aparten demasiado de Freud. Y uno debía tratar los sistemas de signos –el significante– con el mayor de los respetos. Estos eran los tres requisitos que hacían aceptable la extraña ocupación de escribir y enunciar una cuota de verdad sobre uno mismo y sobre su tiempo.

Luego vinieron los breves, apasionados, jubilosos y enigmáticos cinco años. A las puertas de nuestro mundo, allí estaba Vietnam, por supuesto, y el primer gran golpe a los poderes establecidos. Pero aquí, al interior de nuestros muros, ¿qué era exactamente lo que estaba ocurriendo? ¿Una amalgama de políticas revolucionarias y antirrepresivas? ¿Una guerra librada en dos frentes: contra la explotación social y la represión psíquica? ¿Una oleada de libido modulada por la lucha de clases? Tal vez. En cualquier caso, fue esta interpretación dualística tan familiar la que se arrogó los eventos de aquellos años. El sueño que, entre la Primera Guerra Mundial y el fascismo, lanzó su hechizo sobre las partes más soñadoras de Europa –la Alemania de Wilhelm Reich, y la Francia de los surrealistas– había vuelto y prendido fuego la realidad misma: Marx y Freud en la misma luz incandescente.

¿Pero, fue realmente eso lo que ocurrió? ¿Se retomó el proyecto utópico de los treinta, esta vez a nivel de la práctica histórica? ¿O hubo, por el contrario, un movimiento hacia luchas políticas que ya no se conformaban al modelo prescrito por la tradición marxista? Hacia una experiencia y una tecnología del deseo que ya no eran freudianas. Es verdad que se levantaron las viejas pancartas, pero el combate viró y se expandió hacia nuevas zonas.

El Anti-Edipo muestra, primero que todo, cuánto terreno ha sido cubierto. Pero hace mucho más que eso. No pierde tiempo desacreditando viejos ídolos, aunque sí se divierte mucho con Freud. Lo más importante, nos motiva a ir más lejos.

Sería un error leer El Anti-Edipo como la nueva referencia teórica (ustedes saben, esa tan anunciada teoría que finalmente abarca todo, que por fin totaliza y nos devuelve la confianza, aquella que nos han dicho “necesitamos desesperadamente” en nuestros tiempos de dispersión y especialización en los que falta la “esperanza”). Uno no debe buscar una “filosofía” entre la extraordinaria profusión de nociones nuevas y conceptos sorpresa: El Anti-Edipo no es un Hegel relumbrón. Creo que El Anti-Edipo puede ser leído mejor como un “arte,” en el sentido implicado, por ejemplo, en el término “arte erótico.” Informado por las nociones aparentemente abstractas de multiplicidades, flujos, arreglos, conexiones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista brinda respuestas a preguntas concretas. Preguntas que no tienen tanto que ver con por qué esto o aquello, sino con cómo proceder. ¿Cómo introducir el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿Cómo el deseo puede y debe desarrollar sus fuerzas dentro del dominio político y crecer en intensidad en el proceso de desbaratar el orden establecido? Ars eroticaars theoreticaars politica.

De ahí los tres adversarios afrontados por El Anti-Edipo. Tres adversarios que no tienen la misma fuerza, que representan grados distintos de peligro, y que el libro combate de maneras diferentes:

(1) Los ascetas políticos, los militantes tristes, los terroristas de la teoría, aquellos que quieren preservar el orden puro de la política y del discurso político. Burócratas de la revolución y funcionarios civiles de La Verdad.

(2) Los pobres técnicos del deseo—psicoanalistas y semiólogos de cada signo y síntoma—que quieren subyugar la multiplicidad del deseo a la ley doble de estructura y carencia.

(3) Por último pero no menos importante, el gran enemigo, el adversario estratégico es el fascismo (mientras que la oposición de El Anti-Edipo a los anteriores es más bien un compromiso táctico). Y no solamente el fascismo histórico, el fascismo de Hitler y Mussolini—que fue capaz de movilizar y utilizar tan efectivamente el deseo de las masas—sino también el fascismo en todos nosotros, en nuestra cabeza y en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar al poder, desear aquello mismo que nos domina y nos explota.

Diría que El Anti-Edipo (y sus autores me perdonarán) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia en mucho tiempo (tal vez eso explique por qué su éxito no estuvo limitado a una “audiencia” particular: ser anti-edípico se ha convertido en un estilo de vida, una manera de pensar y de vivir). ¿Cómo evitar ser fascista, aun (especialmente) cuando uno cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo librar nuestros dichos y nuestros actos, nuestros corazones y nuestros placeres, del fascismo? ¿Cómo revelar y poner en evidencia el fascismo arraigado en nuestra conducta? Los moralistas cristianos buscaban las huellas de la carne alojadas en lo más profundo del alma. Deleuze y Guattari, por su parte, persiguen los rastros más tenues de fascismo en el cuerpo.

Ofreciendo un modesto tributo a San Francisco de Sales**, uno podría decir que El Anti-Edipo es unaIntroducción a la Vida No-Fascista.

Este arte de vivir contra toda forma de fascismo, ya sea actual o inminente, conlleva cierto número de principios esenciales que sintetizaría de la siguiente manera si fuera a hacer de este gran libro un manual o guía para la vida cotidiana:

  • Libera la acción política de toda paranoia unitarista y totalizante.
  • Desarrolla la acción, el pensamiento y los deseos por proliferación, yuxtaposición y disyunción, y no por subdivisión y jerarquización piramidal.
  • Deja de creer en las viejas categorías de lo Negativo (ley, límite, castración, falta, carencia), que el pensamiento occidental sacralizó durante tanto tiempo como una forma del poder y un acceso a la realidad. Prefiere lo que es positivo y múltiple, diferencia en vez de uniformidad, flujos en vez de unidades, arreglos móviles en vez de sistemas. Cree que lo que es productivo no es sedentario sino nómade.
  • No pienses que uno tiene que estar triste para ser militante, incluso si aquello contra lo que uno está luchando es abominable. Es la conexión del deseo con la realidad (y no su retirada hacia formas de representación) lo que posee fuerza revolucionaria.
  • No utilices el pensamiento para fundamentar una práctica política en La Verdad; ni utilices la acción política para desacreditar, como mera especulación, una línea de pensamiento. Utiliza la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como multiplicador de las formas y dominios para la intervención de la acción política.
  • No le demandes a la política que restituya los “derechos” del individuo, tal como los ha definido la filosofía. El individuo es producto del poder. Lo que hace falta es “des-individualizar” por medio de la multiplicación y el desplazamiento, combinaciones diversas. El grupo no debe ser un lazo orgánico que una individuos jerarquizados, sino un constante generador de des-individualización.
  • No te enamores del poder.

Incluso podría decirse que a Deleuze y Guattari les importa tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos de poder ligados a su propio discurso. De ahí los juegos y trampas desparramados a lo largo del libro, que hacen de su traducción una verdadera proeza. Pero no son las trampas tan familiares de la retórica: ésta se dedica a influenciar al lector sin que él sea consciente de la manipulación, y en última instancia a persuadirlo en contra de su voluntad. Las trampas del El Anti-Edipo son las del humor: tantas invitaciones para que uno se fastidie, para que deje el texto a un lado y se vaya dando un portazo. A menudo el libro lo lleva a uno a creer que todo es diversión y juegos, mientras algo esencial está ocurriendo, algo de extrema seriedad: la localización de todas las formas de fascismo, desde las más enormes que nos rodean y nos aplastan hasta las más diminutas que constituyen la tiránica amargura de nuestras vidas diarias.

Notas:

* Extraído de Anti-Œdipus. Capitalism and Schizophrenia, traducción del francés al inglés realizada por Robert Hurley, Mark Seem y Helen R. Lane, Minneapolis, University of Minessota Press, 1983, pp. 11-4. Este prefacio fue escrito por Foucault directamente en inglés.

** Sacerdote del s. xvii y obispo de Ginebra, conocido por su Introducción a la Vida Devota.

Spinoza y las tres ‘Éticas’

Por Gilles Deleuze

No soy un Spinoza cualquiera para hacer malabarismos.

Chéjov, La boda

En la primera lectura puede ocurrir que la Ética parezca un largo movimiento continuo que va casi en línea recta, de una potencia y de una serenidad incomparables, que pasa una y otra vez por definiciones, axiomas, postulados, proposiciones, demostraciones, corolarios y escolios, arrastrándolo todo en su fluir tan grandioso. Es como un río que ora se extiende, ora se divide en mil brazos; ora aumenta y ora reduce su velocidad, pero siempre afirmando su unidad radical. Y parece que el latín de Spinoza, de apariencia escolar, constituye la nave que sigue el río eterno por la que no pasan los años. Pero, a medida que las emociones van invadiendo al lector, o bien al calor de una segunda lectura, estas dos impresiones resultan erróneas. Este libro, uno de los más importantes del mundo, no es como se creía en un principio: no es homogéneo, rectilíneo, continuo, sereno, navegable, lenguaje puro y carente de estilo.

La Ética presenta tres elementos que no son sólo contenidos sino formas de expresión: los Signos o afectos; las Nociones o conceptos; las Esencias o perceptos. Corresponden a los tres géneros de conocimiento, que asimismo son modos de existencia y de expresión.

Un signo, según Spinoza, puede tener varios sentidos. Pero siempre es un efecto. Un efecto es, en primer lugar, la huella de un cuerpo sobre otro, el estado de un cuerpo en tanto que padece la acción de otro cuerpo: es una affectio, por  ejemplo el efecto del sol sobre nuestro cuerpo, que «indica» la naturaleza del cuerpo afectado y «envuelve» sólo la naturaleza del cuerpo afectante. Conocemos nuestras afecciones por las ideas que tenemos, sensaciones o percepciones, sensaciones de calor, de color, percepción de forma y de distancia (el sol está arriba, es un disco de oro, está a doscientos pies…). Cabría llamarlos, por comodidad, signos escalares, puesto que expresan nuestro estado en un momento del tiempo y se distinguen de este modo de otro tipo de signos: el estado actual es siempre una sección de nuestra duración, y determina en este sentido un aumento o una disminución, una expansión o una restricción de nuestra existencia en la duración, respecto al estado precedente por muy próximo que éste se halle. No es que comparemos ambos estados en una operación reflexiva, sino que cada estado de afección determina un paso a un «más» o a un «menos»: el calor del sol me llena, o bien por el contrario su quemadura me repele. La afección no es por lo tanto sólo el efecto instantáneo de un cuerpo sobre el mío, también tiene un efecto sobre mi propia duración, placer o dolor, dicha o tristeza. Se trata de pasos, de devenires, de subidas y de caídas, de variaciones continuas de potencia, que van de un estado a otro: se los llamará afectos, hablando con propiedad, y no afecciones. Son signos de crecimiento y de disminución, signos vectoriales (del tipo dicha–tristeza), y no ya escalares como las afecciones, sensaciones o percepciones.

De hecho, hay un número mayor de tipo de signos. Los signos escalares tienen cuatro tipos principales: unos, efectos físicos sensoriales o perceptivos que no hacen más que envolver la naturaleza de su causa, son esencialmente indicativos, e indican nuestra propia naturaleza más que otra cosa. En segundo lugar, nuestra naturaleza, siendo finita, retiene únicamente lo que la afecta, tal o cual carácter seleccionado (el hombre animal vertical, o razonable, o que ríe). Así son los signos abstractivos. En tercer lugar, siendo el signo siempre efecto, tomamos el efecto por un fin, o la idea del efecto por la causa (puesto que el sol calienta, creemos que está hecho «para» calentarnos; puesto que la fruta tiene un sabor amargo, Adán cree que no «debería» ser comida). En este caso, se trata de efectos morales, o de signos imperativos: ¡No comas esa fruta! ¡Ponte al sol! Los últimos signos escalares, por último, son efectos imaginarios: nuestras sensaciones y percepciones nos hacen pensar en seres suprasensibles que serían su causa última, e inversamente nos figuramos a esos seres a la imagen desmesuradamente engrandecida de lo que nos afecta (Dios como sol infinito, o bien como Príncipe o Legislador). Se trata de signos hermenéuticos o interpretativos. Los profetas, que son los mayores especialistas de los signos, combinan a las mil maravillas los abstractivos, los imperativos y los interpretativos. Un capítulo famoso del Tratado teológico–político aúna al respecto la potencia de lo cómico y la profundidad del análisis. Hay por lo tanto cuatro signos escalares de afección que cabría llamar los índices sensibles, los iconos lógicos, los símbolos morales, los ídolos metafísicos.

Hay todavía dos tipos de signos vectoriales de afecto, según que el vector sea de aumento o de disminución, de crecimiento o de decrecimiento, de dicha o de tristeza. Esas dos especies de signos se llamarían potencias aumentativas y servidumbres diminutivas. Cabría añadir una tercera especie, los símbolos ambiguos o fluctuantes, cuando una afección aumenta y merma a la vez nuestra potencia, o nos afecta a la vez llenándonos de dicha y de tristeza. Hay así, pues, seis signos, o siete, que se combinan sin cesar. Particularmente los escalares se combinan necesariamente con signos vectoriales. Los afectos suponen siempre unas afecciones de las que resultan, pese a que no se reducen a ellas.

Los caracteres comunes de todos estos signos son la asociabilidad, la variabilidad, y la equivocidad o la analogía. Las afecciones varían según las cadenas de asociación entre los cuerpos (el sol endurece la arcilla y funde la cera, el caballo no es lo mismo para el guerrero que para el campesino). Los propios efectos morales varían según los pueblos; y los profetas poseen cada uno unos signos personales a los que su imaginación responde. En cuanto a las interpretaciones, son fundamentalmente equívocas según la asociación variable que se efectúa entre un dato y algo que no viene dado. Se trata de un lenguaje equívoco o de analogía que presta a Dios un entendimiento y una voluntad infinitos, a imagen agrandada de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad: se trata de un equívoco similar al que se da entre el perro animal ladrador y el Perro constelación celeste. Si unos signos como las palabras son convencionales, es precisamente porque actúan sobre los signos naturales, y sólo clasifican su variabilidad y equivocidad: los signos convencionales son unos Abstractos que fijan una constante relativa para unas cadenas de asociación variables. Así pues, la distinción convencional–natural no es determinante para los signos, como tampoco Estado social–estado de naturaleza; hasta los signos vectoriales pueden depender de convenciones, como las recompensas (aumento) y los castigos (merma). Los signos vectoriales en general, es decir los afectos, entran en unas asociaciones variables tanto como las afecciones: lo que es crecimiento para una parte del cuerpo puede ser disminución para otra parte, lo que es servidumbre de uno es poder del otro, y una subida puede ir seguida de una caída y a la inversa.

Los signos no tienen objetos como referente directo. Son estados de cuerpos (afecciones) y variaciones de potencia (afectos) que remiten unos a otros. Los signos remiten a los signos. Tienen como referente mezclas confusas de cuerpos y variaciones oscuras de potencia, siguiendo un orden que es el del Azar o del encuentro fortuito entre los cuerpos. Los signos son efectos: efecto de un cuerpo sobre otro en el espacio, o afección; efecto de una afección sobre una duración, o afecto. Tras los estoicos, Spinoza rompe la causalidad en dos cadenas bien distintas: los efectos entre ellos, a condición de aprehender a su vez las causas entre ellas. Los efectos remiten a los efectos como los signos a los signos: consecuencias separadas de sus premisas. Así, no sólo hay que comprender «efecto» causalmente, sino también ópticamente. Los efectos o los signos son sombras que actúan en la superficie de los cuerpos, siempre entre dos cuerpos. La sombra siempre está en la linde. Siempre es un cuerpo el que hace sombra a otro. Así que conocemos los cuerpos por su sombra sobre nosotros, y nos conocemos a nosotros mismos y nuestro cuerpo por nuestra sombra. Los signos son efectos de luz en un espacio atestado de cosas que van chocando al azar. Si Spinoza se distingue esencialmente de Leibniz es porque éste, cercano a una inspiración barroca, ve en lo Oscuro («fuscum sub nigrum») una matriz, una premisa, de donde saldrán el claroscuro, los colores y hasta la luz. En Spinoza, por el contrario, todo es luz, y lo Oscuro no es más que sombra, un mero efecto de luz, un límite de la luz sobre unos cuerpos que la reflejan (afección) o la absorben (afecto): estamos más cerca de Bizancio que del Barroco. En vez de una luz que sale de los grados de sombra por acumulación del rojo, tenemos una luz que crea grados de sombra azul. El propio claroscuro es un efecto de esclarecimiento o de oscurecimiento de la sombra: son las variaciones de potencia o los signos vectoriales los que constituyen los grados de claroscuro, pues el aumento de potencia es un esclarecimiento, y la merma de potencia un oscurecimiento.

Si consideramos el segundo elemento de la Ética, vemos que surge una oposición determinante con los signos: las nociones comunes son conceptos de objetos, y los objetos son causas. La luz ya no es reflejada o absorbida por unos cuerpos que producen sombra, sino que vuelve los cuerpos transparentes al revelar su «estructura» íntima (fabrica). Es el segundo aspecto de la luz: y el entendimiento es la aprehensión verdadera de las estructuras de cuerpo, mientras que la imaginación sólo era la captación de la sombra de un cuerpo sobre otro. En este caso también, se trata de óptica, pero de una geometría óptica. La estructura en efecto es geométrica, y consiste en líneas sólidas, pero que se forman y se deforman, actuando como causa. Lo que constituye la estructura es una relación compuesta, de movimiento y de reposo, de velocidad y de lentitud, que se establece entre las partes infinitamente pequeñas de un cuerpo transparente. Como las partes van siempre por infinidades más o menos grandes, hay en cada cuerpo una infinidad de relaciones que se componen y se descomponen, de tal modo que el cuerpo a su vez penetra en un cuerpo más amplio, bajo una nueva relación compuesta, o por el contrario hace resaltar los cuerpos más pequeños bajo sus relaciones componedoras. Los modos son estructuras geométricas, pero fluyentes, que se transforman y se deforman en la luz, a velocidades variables. La estructura es ritmo, es decir concatenación de figuras que componen y descomponen sus relaciones. Es la causa de desacuerdos entre cuerpos, cuando las relaciones se descomponen, y de acuerdos cuando las relaciones componen alguna nueva relación. Pero se trata de una doble dirección simultánea. El quilo y la linfa son dos cuerpos tomados bajo dos relaciones que constituyen la sangre bajo una relación compuesta, aun a costa de que un veneno descomponga la sangre. Si aprendo a nadar, o a bailar, es preciso que mis movimientos y mis pausas, mis velocidades y mis lentitudes adquieran un ritmo común con los del mar, o de la pareja, siguiendo un ajuste más o menos duradero. La estructura posee siempre varios cuerpos en común, y remite a un concepto de objeto, es decir a una noción común. La estructura o el objeto está formado por dos cuerpos cuanto menos, cada uno de ellos formado por dos o más cuerpos hasta el infinito, que se unen en el otro sentido en cuerpos cada vez más amplios y compuestos, hasta el objeto único de la Naturaleza entera, estructura infinitamente transformable y deformable, ritmo universal, Facies totius Naturae, modo infinito. Las nociones comunes son universales, pero lo son «más o menos», en función de que formen el concepto de dos cuerpos cuando menos, o el de todos los cuerpos posibles (estar en el espacio, estar en movimiento y en reposo…).

Entendidos así, los modos son proyecciones. O mejor dicho las variaciones de un objeto son las proyecciones que envuelven una relación de movimiento y de reposo como su invariante (involución). Y, como cada relación se completa con todas las demás hasta el infinito en un orden cada vez variable, este orden es el perfil o la proyección que envuelve cada vez la faz de la Naturaleza entera, o la relación de todas las relaciones [1].

Los modos como proyección de luz son asimismo colores, causas colorantes. Los colores entran en unas relaciones de complementariedad y de contraste que hacen que cada una en última instancia reconstituya la totalidad y que todas se junten en el blanco (modo infinito) según un orden de composición, o salgan de él en el orden de descomposición. De cada color hay que decir lo que dice Goethe del blanco: es la opacidad propia de lo transparente puro [2]. La estructura sólida y rectilínea está necesariamente coloreada, porque es la opacidad que se revela cuando la luz hace que el cuerpo se vuelva transparente. De este modo queda afirmada una diferencia de naturaleza entre el color y la sombra, la causa colorante y el efecto de sombra, una que «termina» adecuadamente la luz, la otra que la abole en lo inadecuado. De Vermeer se ha podido decir que sustituía el claroscuro por la complementariedad y el contraste de colores. No es que la sombra desaparezca, pero permanece como un efecto aislable de su causa, una consecuencia separada, un signo extrínseco distinto de los colores y de sus relaciones [3]. Vemos en Vermeer la sombra que destaca y sobresale para enmarcar o perfilar el fondo luminoso de donde procede («La lechera», «El collar de perlas», «La carta de amor»). En esto se opone Vermeer a la tradición del claroscuro; y respecto a todas estas cosas Spinoza permanece infinitamente más cercano a Vermeer que a Rembrandt.

Entre los signos y los conceptos, la distinción parece pues irreductible, insuperable, tanto como en Esquilo: «Ya no es mediante un lenguaje mudo, ni mediante el humo de un fuego que arde en una cima como va a expresarse, sino en términos claros…» [4]. Los signos o afectos son ideas inadecuadas y pasiones; las nociones comunes o conceptos son ideas adecuadas de las que resultan verdaderas acciones. Si nos referimos a la separación por capas de la causalidad, los signos remiten a los signos como los efectos a los efectos, siguiendo un eslabonamiento asociativo que depende de un orden como mero encuentro al azar de los cuerpos físicos. Pero, en tanto que los conceptos remiten a los conceptos, o las causas a las causas, ocurre siguiendo un eslabonamiento llamado automático, determinado por el orden necesario de las relaciones o proporciones, por la sucesión determinada de sus transformaciones y deformaciones. Así pues, contrariamente a lo que creíamos, parece que los signos o los afectos no son ni pueden ser un elemento positivo de la Ética, menos aún una forma de expresión. El género de conocimiento que constituyen no es un conocimiento, sino más bien una experiencia en la que se encuentran al azar ideas confusas de mezclas entre cuerpos, imperativos bruscos para evitar tal mezcla o buscar tal otra, interpretaciones más o menos delirantes de esas situaciones. Es un lenguaje material afectivo más que una forma de expresión, y que se parece más a los gritos que al discurso del concepto. Parece pues que, si los signos–afectos intervienen en la Ética, será únicamente para acabar severamente criticados, denunciados, devueltos a su noche sobre la cual la luz rebota o en la cual perece.

Sin embargo no puede ser así. El libro II de la Ética expone las nociones comunes empezando por «las más universales» (las que convienen a todos los cuerpos): supone que los conceptos han sido ya dados, de ahí la impresión de que nada le deben a los signos. Pero cuando se pregunta cómo llegamos a formar un concepto, o cómo vamos de los efectos a las causas, bien es verdad que necesitamos que algunos signos nos sirvan cuando menos de trampolín y que algunos afectos nos proporcionen el impulso necesario (libro V). En el encuentro al azar entre cuerpos podemos seleccionar la idea de algunos cuerpos que convienen al nuestro, y que nos producen alegría, es decir aumentan nuestro poder. Y sólo cuando nuestro poder ha aumentado lo suficiente, hasta un punto determinado, sin duda variable para cada cual, entramos en posesión de este poder y nos volvemos capaces de formar un concepto, empezando por el menos universal (acuerdo de nuestro cuerpo con algún otro), aun a costa de tener que alcanzar después conceptos cada vez más amplios siguiendo el orden de composición de las relaciones. Hay por lo tanto una selección de los afectos pasionales, y de las ideas de las que éstos dependen, que debe despejar las dichas, signos vectoriales de crecimiento de poder, y rechazar las tristezas, signo de merma: esta selección de los afectos es la condición misma para salir del primer género de conocimiento, y alcanzar el concepto adquiriendo un poder suficiente. Los signos de crecimiento siguen siendo pasiones, y las ideas que éstos suponen siguen siendo inadecuadas: no por ello dejan de ser los precursores de las nociones, los oscuros precursores. Más aún, cuando se hayan alcanzado las nociones comunes, y de ello resulten unas acciones como afectos activos de un nuevo tipo, las ideas inadecuadas y los afectos pasionales, es decir los signos, no desaparecerán por ello, ni siquiera las tristezas inevitables. Subsistirán, reiterarán las nociones, pero perderán su carácter exclusivo y tiránico en beneficio de las nociones y de las acciones. Hay así pues en los signos algo que a la vez prepara y reitera los conceptos. Los rayos de luz están a la vez preparados y van acompañados por esos procesos que continúan actuando en la sombra. Los valores del claroscuro se reintroducen en Spinoza, puesto que la dicha como pasión es un signo de ilustración que nos lleva a la luz de las nociones. Y la Ética no puede prescindir de una forma de expresión pasional y mediante signos, la única capaz de llevar a cabo la imprescindible selección sin la cual permaneceríamos condenados al primer género.

Esta selección es muy dura, muy difícil. Es que las dichas y las tristezas, los crecimientos y las mermas, los esclarecimientos y los oscurecimientos suelen ser ambiguos, parciales, cambiantes, mezclados unos con otros. Y sobre todo son muchas las personas que sólo pueden asentar su Poder sobre la tristeza y la aflicción, sobre la merma de poder de los demás, sobre el ensombrecimiento del mundo: hacen como si la tristeza fuera una promesa de dicha, y ya una dicha por sí misma. Instauran el culto de la tristeza, de la servidumbre o de la impotencia, de la muerte. No paran de emitir y de imponer señales de tristeza, que presentan como ideales y dichas a las almas que ellas han hecho enfermar. Como la pareja infernal, el Déspota y el Sacerdote, terribles «jueces» de la vida. La selección de los signos o de los afectos, como primera condición del nacimiento del concepto, no implica por lo tanto únicamente el esfuerzo personal que cada cual ha de efectuar sobre sí mismo (Razón), sino una lucha pasional, un combate afectivo inexpiable, aun a costa de la muerte, en el que los signos se enfrentan a los signos y los afectos chocan con los afectos, para que un poco de dicha que nos haga salir de la sombra y cambiar de género sea salvada. Los gritos del lenguaje de los signos marcan esta lucha de pasiones, de dichas y de tristezas, de aumentos y mermas de poder.

La Ética, cuando menos casi toda la Ética, está escrita con nociones comunes, empezando por las más generales y desarrollando sin cesar sus consecuencias. Supone las nociones comunes ya adquiridas o dadas. La Ética es el discurso del concepto. Es un sistema discursivo y deductivo. De ahí su aspecto de largo río tranquilo y poderoso. Las definiciones, los axiomas, los postulados, las proposiciones, demostraciones y corolarios forman un flujo grandioso. Y cuando uno u otro de estos elementos trata de las ideas inadecuadas y de las pasiones es para poner de manifiesto su insuficiencia, para rechazarlas en la medida de lo posible como otros tantos posos en las orillas. Pero hay otro elemento que sólo en apariencia es de la misma naturaleza que los anteriores. Son los «escolios», que sin embargo se insertan en la cadena demostrativa, y respecto a los cuales el lector no tarda en percatarse de que tienen un tono completamente diferente. Es otro estilo, casi otra lengua. Actúan en la sombra, tratan de desentrañar lo que nos impide acceder a las nociones comunes y lo que por el contrario nos los permite, lo que merma y lo que aumenta nuestro poder, los tristes signos de nuestra servidumbre y los signos dichosos de nuestras liberaciones. Denuncian los personajes que se ocultan detrás de nuestras mermas de poder, aquellos a quienes interesa mantener y propagar la tristeza, el déspota y el sacerdote. Anuncian el signo o la condición de un hombre nuevo, aquel que ha incrementado suficientemente su poder para formar conceptos y convertir los afectos en acciones.

Los escolios son ostensivos y polémicos. Aunque sea cierto que los escolios remiten a los escolios, vemos, las más de las veces, que constituyen por sí mismos una cadena específica, distinta de la de los elementos demostrativos y discursivos. A la inversa, las demostraciones no remiten a los escolios, sino a otras demostraciones, definiciones, axiomas y postulados. Si los escolios se insertan en la cadena demostrativa, se debe menos pues a que forman parte de ella que a que irrumpen en ella y la interrumpen, en virtud de su propia naturaleza. Es como una cadena rota, discontinua, subterránea, volcánica, que a intervalos regulares quiebra la cadena de los elementos demostrativos, la gran cadena fluvial y continua. Cada escolio es como un faro que intercambia sus señales con otros, a distancia y a través del flujo de las demostraciones. Es como una lengua de fuego que se distingue del lenguaje de las aguas. Se trata sin duda del mismo latín en apariencia, pero en los escolios diríase que se trata de un latín traducido del hebreo. Los escolios forman ellos solos un libro de la Ira y de la Risa, como si fuera la contra–Biblia de Spinoza. Es el libro de los Signos, que acompaña sin cesar a la Ética más visible, el libro del Concepto, y que tan sólo surge por su cuenta en unos puntos de explosión. No por ello deja de ser un elemento perfectamente positivo, y una forma de expresión autónoma en la composición de la doble Ética. Ambos libros, las dos Éticas, coexisten, una desarrollando las nociones libres conquistadas a la luz de las transparencias, mientras que la otra, en lo más [203] profundo de la mezcla oscura de los cuerpos, prosigue el combate entre las servidumbres y las liberaciones. Dos Éticas por lo menos, que tienen un único y mismo sentido pero no la misma lengua, como dos versiones del lenguaje de Dios.

Robert Sasso acepta el principio de una diferencia de naturaleza entre la cadena de los escolios y el eslabonamiento demostrativo. Pero observa que no ha lugar a considerar el eslabonamiento demostrativo en sí como un flujo homogéneo, continuo y rectilíneo, que se desarrollaría a cubierto de las turbulencias y de los accidentes. No sólo porque los escolios, al irrumpir en la sucesión de las demostraciones, interrumpen su flujo aquí o allá. En sí mismo, dice Sasso, el concepto pasa por momentos muy variables: definiciones, axiomas, postulados, demostraciones más o menos lentas o rápidas [5]. E indudablemente Sasso tiene razón. Cabría distinguir estaciones, brazos, recodos, meandros, precipitaciones y reducciones de la velocidad, etc. Los prefacios y apéndices, que indican el inicio y el final de las partes importantes, son como estaciones donde el barco que navega por el río permite que suban a bordo nuevos viajeros y desembarquen otros antiguos; en ellos suele llevarse a cabo la confluencia de las demostraciones y de los escolios. Los brazos surgen cuando cabe demostrar de varias maneras una misma proposición. Y los recodos, cuando se produce un cambio de orientación del río: aprovechando un recodo se plantea una sustancia única para todos los atributos, mientras que río arriba cada atributo podía tener una sustancia y sólo una. Del mismo modo, un recodo introduce la física de los cuerpos. Los corolarios por su parte constituyen derivaciones que retornan dibujando meandros a la proposición demostrada. Por último, las series de demostraciones ponen de manifiesto velocidades y lentitudes relativas, según que el río ensanche su cauce o lo estreche: por ejemplo, Spinoza afirmará siempre que no se puede partir de Dios, de la idea de Dios, pero hay que llegar a ella lo más rápidamente posible. Habría que distinguir muchas figuras demostrativas más. No obstante, fueren cuales fueren estas variedades, se trata del mismo río que perdura a través de todos sus estados, y que forma la Ética del concepto o del segundo género de conocimiento. Debido a ello creemos que la diferencia de los escolios con los demás elementos es más importante, porque ella es en última instancia la que da cuenta de las diferencias entre elementos demostrativos. El río no correría tantos avatares sin la acción subterránea de los escolios. Ellos son los que puntúan las demostraciones, los que garantizan los giros. Toda la Ética del concepto, en su variedad, requiere una Ética de los signos en su especificidad. La variedad del flujo de las demostraciones no corresponde término a término a las sacudidas y a los impulsos de los escolios, y no obstante los supone, los envuelve.

Pero tal vez haya asimismo una tercera Ética, representada por el libro V, encarnada por el libro V, o por lo menos en una gran parte del libro V. No es por lo tanto como las dos otras, que coexisten en todo el cauce; ocupa un lugar preciso, el último. No por ello dejaba de ser, desde el inicio, como el crisol, el punto–crisol que actuaba ya antes de aparecer. Hay que concebir el libro V como coextensivo a todos los demás; da la impresión de que llegamos a él, pero siempre ha estado ahí, desde siempre. Es el tercer elemento de la lógica de Spinoza: no ya los signos o los afectos, ni los conceptos, sino las Esencias o Singularidades, los Perceptos. Es el tercer estado de la luz. No ya los signos de sombra ni la luz como color, sino la luz en sí misma y para sí misma. Las nociones comunes (conceptos) son revelados por la luz que atraviesa los cuerpos y los vuelve transparentes; remiten pues a unas figuras o estructuras geométricas (fabrica), tanto más vivas cuanto que son transformables y deformables en un espacio proyectivo, sometidas a las exigencias de una geometría proyectiva a la manera de Desargues. Pero las esencias son de una naturaleza del todo diferente: puras figuras de luz producidas por lo Luminoso sustancial (y no ya figuras geométricas reveladas por la luz) [6]. Con frecuencia se ha hecho hincapié en que las ideas platónicas, e incluso cartesianas, seguían siendo «dáctilo–ópticas»: corresponde a Plotinio, respecto a Platón, y a Spinoza, respecto a Descartes, elevarse a un mundo óptico puro. Las nociones comunes, en tanto en cuanto se refieren a relaciones de proyección, ya son figuras ópticas (pese a que conservan todavía un mínimo de referencias táctiles). Pero las esencias son meras figuras de luz: son en sí mismas «contemplaciones», es decir que contemplan tanto como son contempladas, en una unidad de Dios, del sujeto o del objeto (perceptos). Las nociones comunes remiten a unas relaciones de movimiento y de reposo que constituyen velocidades relativas; las esencias por el contrario son velocidades absolutas que no componen el espacio por proyección, sino que lo llenan de una sola vez, de un solo golpe [7]. Una de las aportaciones más considerables de Jules Lagneau reduce la velocidad absoluta a una velocidad relativa [8]. Constituyen no obstante los dos caracteres de las esencias: velocidad absoluta y no ya relativa, figuras de luz y no ya figuras geométricas reveladas por la luz. La velocidad relativa es la de las afecciones y los afectos: velocidad de acción de un cuerpo sobre otro en el espacio, velocidad de paso de un estado a otro en el tiempo. Lo que las nociones captan son las relaciones entre velocidades relativas. Pero la velocidad absoluta es el modo en el cual una esencia sobrevuela en la eternidad sus afectos y sus afecciones (velocidad de potencia).

Para que el libro V constituya por sí solo una tercera Ética no basta con que haya un objeto específico, tendría además que emplear un método distinto de los otros dos. No parece que sea éste el caso, puesto que sólo presenta elementos demostrativos y escolios. Sin embargo el lector tiene la impresión de que el método geométrico adquiere aquí un tinte salvaje e inusitado, que casi le impulsaría a creer que el libro V no es más que una versión provisional, un borrador: las proposiciones y las demostraciones están atravesadas por hiatos tan violentos, comportan tantas elipses y contracciones, que los silogismos parecen estar reemplazados por meros «entimemas» [9]. Y cuanto más leemos el libro V, más nos decimos que esos rasgos no constituyen imperfecciones en el ejercicio del método, ni atajos, sino que se adecúan perfectamente a las esencias en tanto que superan todo orden de discursividad y de deducción. No son meros procedimientos de hecho, sino todo un proceso de derecho. El método geométrico en el campo de los conceptos es un método de exposición que exige completud y saturación: por eso las nociones comunes se exponen por sí mismas, a partir de las más universales, como en una axiomática, sin que uno tenga que preguntarse cómo se llega efectivamente a una noción común. Pero el método geométrico del libro V es un método de invención que procederá por intervalos y por saltos, hiatos y contracciones, más como un perro que busca que como un hombre razonable que expone. Tal vez supere toda demostración, en tanto en cuanto actúa dentro de lo «indecidible».

Cuando los matemáticos no se dedican a la constitución de una axiomática, su estilo de invención presenta extraños poderes, y los eslabonamientos deductivos aparecen rotos por amplias discontinuidades, o por el contrario contraídos violentamente. Nadie negaba la genialidad de Desargues, pero matemáticos como Huyghens o Descartes tenían dificultades para comprenderle. La demostración de que todo plano es «polar» de un punto y todo punto «polo» de un plano es tan rápida que hay que suplir todo lo que se salta. Nadie ha descrito mejor que Évariste Galois, que a su vez también se topó con la misma incomprensión por parte de sus pares, este pensamiento trastabillado, saltarín, chocante, que capta esencias singulares en matemáticas: los analistas «no deducen, combinan, componen; cuando llegan a la verdad, caen en ella después de haberse ido dando golpes por un lado y otro» [10]. Y, una vez más, estos caracteres no surgen como meras imperfecciones en la exposición, para dar la impresión de «ir más rápido», sino como las potencias de un nuevo orden de pensamiento que conquista una velocidad absoluta. Opinamos que el libro V da fe de este pensamiento, irreductible al que se desarrolla por nociones comunes en el decurso de los cuatro primeros libros. Si los libros, como dice Blanchot, tienen como correlato «la ausencia de libro» (o un libro más secreto, compuesto de carne y de sangre), el libro V puede ser esta ausencia o este secreto en el que los signos y los conceptos se desvanecen, y las cosas se ponen a escribir por sí mismas y para sí mismas, atravesando intervalos de espacio.

Sea la proposición 10: «Mientras no estemos atormentados por afectos contrarios a nuestra naturaleza, tenemos el poder de ordenar y de concatenar las afecciones del cuerpo siguiendo un orden relativo al entendimiento.» Se trata de una inmensa falla, de un intervalo que aparece entre la subordinada y la principal; pues los afectos contrarios a nuestra naturaleza nos impiden antes que nada formar nociones comunes, puesto que aquéllos dependen de cuerpos que disienten con el nuestro; por el contrario, cada vez que un cuerpo coincide con el nuestro, y aumenta nuestra potencia (dicha), puede formarse una noción común a ambos cuerpos, de la que resultarán un orden y una concatenación activos de las afecciones. En esta falla voluntariamente excavada, las ideas de coincidencia entre dos cuerpos, y de noción común restringida, sólo tienen presencia implícita, y sólo aparecen ambas si se reconstituye una cadena que falta: intervalo doble. Si no se lleva a cabo esta reconstitución, si no se llena ese hueco, no sólo la demostración no es concluyente, sino que seguiremos para siempre indecisos sobre la cuestión fundamental: ¿cómo llegamos a formar una noción común, la que sea?, ¿y por qué se trata de una noción menos universal (común a nuestro cuerpo y a algún otro)? El intervalo, el hiato, tiene como función aproximar al máximo términos distantes como tales, y garantizar así una velocidad de sobrevuelo absoluto. Las velocidades pueden ser absolutas y no obstante más o menos grandes. La grandeza de una velocidad absoluta se mide precisamente por la distancia que supera de una sola vez, es decir por el número de intermediarios que envuelve, sobrevuela o sobreentiende (en este caso, dos por lo menos). Siempre hay saltos, lagunas y cortes como caracteres positivos del tercer género.

Otro ejemplo podrían aportarlo las proposiciones 14 y 22, en las que se pasa, esta vez por contracción, de la idea de Dios como noción común más universal a la idea de Dios como esencia más singular. Es como si se saltara de la velocidad relativa (la mayor) a la velocidad absoluta. En fin, para limitarnos a un pequeño número de ejemplos, la demostración 30 traza, pero en punteado, una especie de triángulo sublime cuyos vértices son figuras de luz (el propio yo, el Mundo y Dios), y cuyos lados como distancias son recorridos a una velocidad absoluta que a su vez se revela como la mayor. Los caracteres especiales del libro V, su manera de superar el método de los libros anteriores, remiten siempre a lo mismo: la velocidad absoluta de las figuras de luz.

La Ética de las definiciones, axiomas y postulados, demostraciones y corolarios, es un libro–río que desarrolla su cauce. Pero la Ética de los escolios es un libro de fuego, subterráneo. La Ética del libro V es un libro aéreo, luminoso, que procede por destellos. Una lógica del signo, una lógica del concepto, una lógica de la esencia: la Sombra, el Color, la Luz. Cada una de las tres Éticas coexiste con las otras y se prolonga en las otras, pese a sus diferencias de naturaleza. Se trata de un único y mismo mundo. Cada una tiende pasarelas para cruzar el vacío que las separa.

Notas

  1. Yvonne Toros (Spinoza et l’espace projectif, tesis París–VIII) esgrime diversos argumentos para mostrar que la geometría que inspira a Spinoza no es la de Descartes o ni siquiera la de Hobbes, sino una geometría proyectiva óptica a la manera de Desargues. Esos argumentos parecen decisivos, e implican como veremos una nueva comprensión del spinozismo. En una publicación anterior (Espace et transformation: Spinoza, París–I) Y. Toros confrontaba a Spinoza y Vermeer, y esbozaba una teoría proyectiva del color en función delTratado del arco iris.
  1. Goethe,Traité des couleurs, Triades, apartado 494. Y sobre la tendencia de cada color a reconstituir la totalidad, vid. apartados 803–815 (Goethe:Obras completas, Aguilar, 1974).
  1. Vid. Ungaretti (Vermeer, Éd. de L’Echoppe): «color que ve como un color en sí, como luz, y cuya sombra también ve, y aisla, cuando la ve…». El lector remitirá también a la obra de teatro de Gilíes Aillaud,Vermeer et Spinoza, Bourgois.
  1. Esquilo,Agamenón, 495–500.
  1. Vid. Robert Sasso, «Discurso y no–discurso de la Ética»,Revue de synthèse, n.° 89, enero de 1978.
  1. La ciencia se topa con este problema de las figuras geométricas y de las figuras de luz (así enDurée et simultanéité, cap. V, Bergson puede decir que la teoría de la relatividad invierte la subordinación tradicional de las figuras de la luz a las figuras geométricas sólidas). En arte, el pintor Delaunay opone las figuras de luz tanto a las figuras geométricas como a las del arte abstracto.
  1. Yvonne Toros (cap. VI) señala precisamente dos aspectos o dos principios de la geometría de Desargues: uno, de homología, referido a las proyecciones; otro, que será llamado de «dualidad», referido a la correspondencia de la línea con el punto, del punto con el plano. Ahí el paralelismo adquiere una nueva comprensión, puesto que se establece entre un punto en el pensamiento (idea de Dios) y un desarrollo infinito en la extensión.
  1. Jules Lagneau,Célèbres leçons et fragments, PUF, págs.67–68 (la «rapidez del pensamiento», cuyo equivalente sólo se encuentra en la música, y que se basa menos en lo absoluto que en lo relativo).
  1. Vid. Aristóteles,Primeros analíticos, II, 27: el entimema es un silogismo cuyas premisas están sobreentendidas, ocultadas, suprimidas, elididas. Leibniz retoma la cuestión (Nuevos ensayos, I, cap. 1, apartados 4 y 19), y demuestra que el hiato no sólo se produce en la exposición, sino en nuestro propio pensamiento, y que «la fuerza de la conclusión consiste en parte en lo que se suprime».
  1. Vid. textos de Galois en André Dalmas,Évariste Galois, Fasquelle, pág. 121. Y pág. 112 («hay que ir indicando sin cesar la marcha de los cálculos y previendo los resultados sin poderlos efectuar jamás…»), pág. 132 («así pues, en esas dos memorias, y sobre todo en la segunda, el lector encontrará a menudo la fórmula yo no sé…»). Existiría un estilo pues, incluso en matemáticas, que se definiría por los modos de hiatos, de elisión o de contracción en el pensamiento como tal. El lector encontrará al respecto valiosas indicaciones en G. G. Granger, Essai d’une philosophie du style, Odile Jacob, pese a que el autor tenga del estilo en matemáticas un concepto harto diferente (págs. 20–21).

Gilles Deleuze, ‘Spinoza y las tres ‘Éticas’, en Crítica y clínica, trad. Thomas Kauf, Anagrama, Barcelona, 1996, pp. 193-210.