Spinoza: tercer género de conocimiento y escritura en la crisis

Por Roque Farrán

    I La crisis en todos sus géneros

¿Por qué el malestar reinante, la crisis agudizada y cronificada a más no poder, no precipitan en sublevaciones? Solo un racionalismo de los afectos puede dar cuenta de la situación actual y permitirnos entender así por dónde pasan los vectores de cambio, con paciencia, rigor y oportunidad para intervenir. Lordon cita a Spinoza para explicarnos la diversidad afectiva que nos constituye: “‘Diversos hombres pueden ser afectados de diversos modos por un solo y mismo objeto, y un solo y mismo hombre puede ser afectado por un solo y mismo objeto de diversos modos en diversos tiempos’ (Ética, III, 51). Esto es así porque las afecciones son por así decir refractadas a través de la complexión afectiva de los individuos (que Spinoza llama su ingenium). Sin embargo, la exposición de los mecanismos fundamentales de formación del ingenium individual, como huellas sedimentadas de experiencias afectivas pasadas, convoca sus prolongaciones bajo la especie de una sociología que da cuenta de los reagrupamientos de los individuos por clases de experiencias semejantes, de donde resulta la formación de ingenia (parcialmente) semejantes. A través del espesor de la estratificación social, las afecciones de la crisis económica son entonces refractadas de diferentes maneras según las diferentes clases de ingenia para producir allí sus ideas-afectos variados -es decir, sus efectos políticos-. De esta forma, la situación de crisis no está por completo constituida hasta el momento en el cual el estado de las cosas determina, a través del ingeniumdiferenciado del cuerpo social, afectos comunes de rechazo. Por una tautología creadora que es propia del mundo social, hay (plenamente) crisis cuando, de una afección económica dada, se forma la idea-afecto mayoritaria de que hay crisis.” (Frederic Lordon, La sociedad de los afectos)

Es excelente esta explicación de la crisis y sus afecciones, sobre todo si la comparamos con las tautologías pseudo-racionalistas que circulan en las argumentaciones socio-económicas más habituales. Sin embargo, uno presiente que le falta algo a la lectura lordiana de Spinoza; no solo la ontología que él mismo asume dejar en el fondo, por el momento, sino la teorización de los distintos géneros de conocimiento para pensar lo que acontece y cómo podría darse una transformación efectiva -y afectiva, claro.

Últimamente insisto mucho en esto: usemos a Spinoza para pensar la coyuntura. No hay quien haya pensado el orden de los afectos y las inercias pasionales con tanta justeza y rigor para entender el presente como el filósofo holandés (quizás Freud también, en un orden más restringido, y luego Lacan). Pero es necesario atravesar todo su pensamiento material hasta el final, y la teoría de los géneros de conocimiento resulta clave para despejar los nudos donde nos enredamos habitualmente. Vaya pues una somera actualización de dicha teoría:

  1. El primer género de conocimiento, hoy, lo representan y explotan hasta la náusea los medios masivos, pues se basan en discursos de impacto, cosas dichas u oídas, chismes y malentendidos, operaciones y fakes; en fin, es el reino de la opinión, de habladurías y maledicencias, dimes y diretes. Es por tanto un conocimiento inadecuado que reproduce lo peor.
  2. El segundo género de conocimiento funciona en cambio pensando relaciones y correlaciones, variaciones, cálculos y algoritmos, incluso axiomas y teoremas; allí, por más que estudiemos y estudiemos estadísticas y archivos a más no poder, las máquinas siempre nos llevarán la delantera, y está bien que así sea: podemos usarlas. Es un conocimiento adecuado, pero le falta captar la singularidad de las cosas y la coyuntura en que se inscriben.
  3. El tercer género del conocimiento hace entrar con todo rigor e invención la consideración de la verdadera potencia del pensamiento, la conexión con el infinito de infinitos que sitúa los asuntos humanos en su justo lugar y nos da la templanza y agudeza necesarias para captar cada cosa singular, cada modo. Hoy más que nunca, no se trata de ser especialistas en filosofía, sino de ejercer toda la potencia del pensamiento de la que somos capaces. Porque estamos en un instante de peligro extremo, acuciante por donde se lo mire. Alimentar el debate inútil en la lógica de dimes y diretes es prácticamente suicida.

La idea de Dios o de lo Real, absolutamente racional en Spinoza, nos salva de la realidad fantasmática que nos consume a diario. Tenemos que llegar cuanto antes a captar esa idea crucial y pensar así cada cosa singular desde el tercer género de conocimiento; ejercitarnos en esa potencia del alma para ordenar nuestras afecciones corporales. No tiene nada de místico ni de discusión erudita, es un asunto práctico; clave además para sostener la vida en las peores circunstancias y atisbar por dónde lo singular deja de ser una mónada individual condenada a la estupidez eterna de las regulaciones y valoraciones trascendentales. Tres citas bien anudadas de la Ética nos orientan al respecto:

  1. “Cuanto más conocemos las cosas singulares, tanto más conocemos a Dios” (Prop. XXIV).
  2. “Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una substancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita” (Def. VI).
  3. “El supremo esfuerzo del alma, y su virtud suprema, consiste en conocer las cosas según el tercer género de conocimiento” (Prop. XXV). Demostración: El tercer género de conocimiento progresa, a partir de la idea adecuada de ciertos atributos de Dios, hacia el conocimiento adecuado de la esencia de las cosas. Cuanto más entendemos las cosas de este modo, tanto más entendemos a Dios y, por ende, la suprema virtud del alma, esto es, su potencia o naturaleza suprema, o sea, su supremo esfuerzo, consiste en conocer las cosas según el tercer género de conocimiento. Q.E.D.

Por eso sostengo que hasta el más mínimo gesto, si se inscribe en el tercer género de conocimiento, puede conectarse con la potencia infinita que somos y movilizar algún cambio real.

   II Gestos de escritura

Propongo entonces, a continuación, una serie de gestos de escritura que podrían leerse como tesis o condensaciones precipitadas de aquel género tercero. Pero antes, una proposición de la Ética que da sentido a ello:

“El contento de sí mismo puede nacer de la razón, y naciendo de ella, es el mayor contento que puede darse” (Ética, Parte IV, Prop. LII). Demostración: El contento de sí mismo es una alegría que surge de la consideración que el hombre efectúa de sí mismo, y de su potencia de obrar. Ahora bien, la verdadera potencia de obrar del hombre, o sea, su virtud, es la razón misma, que el hombre considera clara y distintamente. Por consiguiente, el contento de sí mismo nace de la razón. Además, el hombre, en tanto se considera a sí mismo, no percibe clara y distintamente, o sea, adecuadamente, nada más que lo que se sigue de su propia potencia de obrar, esto es, lo que se sigue de su propia potencia de entender; y así, de esta sola consideración brota el mayor contento que darse puede. Q.E.D.

Sin contento de sí mismo y sin una investidura afectiva de la propia razón, sería imposible conectar con la potencia infinita que nos constituye y nos liga a los otros, al mundo y a las cosas.

  1. Me desperté en medio de la noche y tuve un sentimiento oceánico: yo era real. Estaba en el mundo, era parte de él, ineluctablemente. La conexión no era mística sino material, extensiva, concreta. No primaba la dilución sino la concreción. El afecto prevalente era el de cierta alegría espiritual, sin temor ni esperanza. Jamás había tenido esa experiencia. Constato al pasar que ha sido demasiado largo y tortuoso el camino para llegar hasta aquí. Sin embargo, la escritura ha sido mi guía.
  2. Siempre me fascinó la historia del aleph, el infinito matemático y el cuento de Borges en él basado: que en un cuarto insignificante y oscuro pudiera vislumbrarse el universo entero, que en cada porción de la materia existe el infinito en acto. Por eso me gusta imaginar que en un simple post también puede caber toda la sabiduría de los siglos, la condensación de bibliotecas halladas, quemadas o perdidas. Nadie sabe lo que puede un gesto de escritura.
  3. Escribo, luego existo. Ese podría ser el cogito que me singulariza. Claro que se podría interpolar, también, el pienso: escribo para pensar, luego existo. O incluso, en rigor, formularlo en su simultaneidad anudada: escribo = pienso = existo. Por eso no puedo aconsejar a nadie sobre la escritura y sus formas, sus tiempos y modos. No hay reglas. Así que solo diría esto: escribe, no importa qué ni cómo, escribe y algo empezará a tomar forma, existencia, vida, materia. Donde sea, confía en la escritura, ella te sacará del pozo infame de la significación.
  4. La verdadera partición de lo sensible divide la mirada en dos: pone un ojo en el infinito que somos, en cada porción de la materia extendida hacia el universo entero, y otro ojo en el inconsciente que habremos sido, puntual y evanescente, en lo que nos duele de cada parte de nuestro cuerpo presente. A veces siento con intensidad esas dos fuerzas tirando para cada lado; lo escribo para no dejarme arrastrar por ellas, para no petrificarme. Y diría también, al revés de Lacan: Si no pueden hacer un lugar al infinito, tener una experiencia de la eternidad que los atraviese en cuerpo y alma, ¿cómo diablos podrían soportar la vida que llevan?
  5. Hay dos modos de asumir la muerte de Dios y sus correlatos trascendentes; dos modos, digo: el vacío y el infinito. Nadie soporta demasiado tiempo el vacío, por eso quienes montan allí su escena privilegiada terminan volviéndose cínicos o canallas. Pero el infinito es aun más aterrador, allí nos encuentra el espacio abierto hacia la locura o la libertad (no son lo mismo: la primera es una creencia absoluta, la segunda una práctica concreta). Entre uno mismo y los otros, hay infinito; entre las cosas y uno mismo, hay infinito; entre uno y mismo, hay infinito. Sólo un nudo bien hecho entre esos términos, al menos tres, permite sostenernos con coraje y cierta liviandad, cierta alegría que adviene en el ejercicio del tiempo y la eternidad.
  6. El intelecto material implica desindividualizar la función de la inteligencia, pero no suprimir el modo singular de asumirla. Por eso, se puede decir que no hay intelectuales, sólo hay nudos y algunos les ponemos la firma, el cuerpo, el pensamiento y además afrontamos las violencias institucionales que ello conlleva: asumirlos. Porque a un nudo real, después de todo, hay que hacerlo y re-anudarlo incesantemente con otros, en distintos lugares, tiempos y niveles. Entre el infinito y el inconsciente, la vida y la muerte, la apertura y la repetición, la convalecencia y la excomunión, lo que nos desvela y nos duerme, gestos de amor y amistad nos sostienen, deseos de deseos, tramas y desenlaces, nudos que se multiplican, con falta o sin ella, con acuerdos y desacuerdos, aciertos y errores, risas y temblores, porque la materialidad de esos gestos nos hace en cada momento, y nos salva. Así nos vamos haciendo y deshaciendo, en el tiempo, aunque hay puntos decisivos…
  7. Propongo el siguiente ejercicio espiritual o ejercicio de imaginación materialista: Haz cada cosa que tengas que hacer o quieras hacer, producción, intervención o comunicación, como si fuese la última vez que la harías sobre la faz de la tierra, con ese ánimo, con esa actitud, con esa apertura y osadía. Porque probablemente, sea en verdad la última. Lo decisivo, siempre, no es convencer a los indecisos de tomar partido, sino poder tocar con un gesto cualquiera ese infinito o potencia que se nos sustrae, antes de que la pobreza más extrema nos convenza que nunca estuvo en realidad a nuestro alcance.

Soluciones para el “capitalismo democrático”

El autor, Nobel de Economía, aboga por reducir las desigualdades para salvar el sistema económico
Por Angus Deaton
Estamos a punto de comenzar a elaborar un informe significativo, ambicioso y sin plazo definido sobre las desigualdades. Reuniremos a un distinguido grupo de académicos y escritores procedentes de diversas disciplinas, cada uno reflexionará sobre la desigualdad de una manera diferente y, entre todos, cubriremos un amplio abanico de perspectivas metodológicas, políticas y filosóficas. En una primera etapa, que ya está en curso, el panel de coordinación ha pedido a cada miembro de ese amplio grupo que escriba sobre un aspecto u otro del asunto que nos ocupa; ese esfuerzo colectivo será uno de nuestros productos principales. En una segunda etapa, el panel escribirá un volumen de síntesis. Reflexionaremos sobre las desigualdades de manera general (adviertan el uso que hago del plural “desigualdades”, en lugar del singular “desigualdad”) y no nos limitaremos a las habituales preocupaciones económicas que se expresan mediante medidas de distribución de los ingresos y la riqueza, por importantes que estas sean. El foco principal se situará en el Reino Unido, aunque existe una gran cantidad de opiniones y pruebas recientes sobre otros países, en particular de Estados Unidos, Escandinavia y otros países europeos. Tendremos que determinar su relevancia de forma constante, aunque a menudo también pediremos a los autores o a una combinación de ellos que establezcan vínculos.

Como nunca antes en lo que llevo de vida, la gente se muestra inquieta por la desigualdad. En 2016, Theresa May, en su primer discurso como primera ministra, afirmó: “Creemos en una unión no solo de las naciones del Reino Unido, sino de todos nuestros ciudadanos, de cada uno de nosotros, seamos quienes seamos y vengamos de donde vengamos. Eso significa luchar contra la ardiente injusticia según la cual, si naces pobre, morirás nueve años de media antes que los demás”. Jeremy Corbyn realizó un llamamiento a favor de una nueva economía que aborde lo que él denominó “la repulsiva desigualdad de Gran Bretaña”. El presidente Obama afirmó que el reto definitivo de nuestra era, en su opinión, era asegurarnos de que la economía de Estados Unidos funciona para todos los estadounidenses. En todo el mundo rico, no solo en EE.UU., grandes grupos de personas están cuestionándose en la actualidad si sus economías funcionan para ellos. Lo mismo se puede decir de la política. Dos tercios de los estadounidenses sin estudios universitarios creen que votar no sirve para nada porque las elecciones están amañadas para favorecer a las grandes empresas y a los ricos. El Reino Unido está más dividido que nunca y, también allí, muchas personas creen que su voz no cuenta ni en Bruselas ni en Westminster. Además, uno de los grandes milagros del siglo XX, el de la mortalidad decreciente y una mayor esperanza de vida ya no llega a todo el mundo y hoy en día está perdiendo fuelle o invirtiendo su tendencia.

Sin embargo, cuando la gente dice que está preocupada por la desigualdad, con frecuencia no queda claro a qué se refiere o por qué le importa. Los economistas creen estar seguros de lo que dicen cuando hablan de desigualdad, y elaboran gráficos con coeficientes de Gini sobre ingresos y riqueza. Y cuando otros científicos sociales afirman que sus preocupaciones son más amplias, los economistas (entre los que me incluyo) a menudo nos hemos mostrado demasiado dispuestos a decirles que no saben de lo que hablan. Lo que nos gustaría hacer con este informe, a pesar del numeroso contingente de economistas, es hacernos una idea más clara de qué es exactamente lo que preocupa a la gente en relación con la desigualdad.

También reflexionaremos sobre cómo se podrían abordar las preocupaciones sobre desigualdad y qué preocupaciones tienen que ser abordadas. Si la preocupación por la desigualdad se debe sencillamente a la envidia (como afirma con frecuencia la derecha) quizá sea mejor abordar la preocupación que la desigualdad. Si la desigualdad proviene de unos incentivos que funcionan para unos pocos, pero que benefician a muchos, entonces puede que tengamos que documentar mejor la necesidad de los incentivos y qué es lo que hacen por la economía en su conjunto. Si la gente trabajadora sale perdiendo porque la gobernanza corporativa está configurada para favorecer a los accionistas en lugar de a los trabajadores, o porque la reducción en el número de sindicatos ha favorecido al capital más que al trabajo y está mermando los sueldos de los trabajadores para favorecer a los accionistas y los ejecutivos, entonces tenemos que cambiar las reglas. ¿Por qué son las innumerables diferencias entre hombres y mujeres tan persistentes y tan difíciles de eliminar?

Si tenemos en cuenta que este es solo el principio, quizá resulte presuntuoso por mi parte decir algo sustancial a estas alturas. Pero lo que voy a decir es lo que personalmente pienso, o al menos lo que pienso ahora mismo, aunque espero poder cambiar de opinión conforme avancemos, ya que no coordinaría este informe si no esperara que eso sucediera. También puede que esté demasiado influenciado por mi propio trabajo, en particular mi reciente trabajo con Anne Case que versa principalmente sobre Estados Unidos, aunque hemos reflexionado bastante sobre cómo afecta también al Reino Unido.

Aun a riesgo de sonar grandilocuente, creo que las desigualdades actuales son una señal de que el capitalismo democrático está amenazado y no solo en Estados Unidos, donde los nubarrones son más negros, sino en una gran parte del mundo rico, en el que la política, la economía y la sanidad están cambiando de maneras inquietantes. No creo que el capitalismo democrático sea irreparable, ni que deba ser sustituido; creo firmemente en lo que el capitalismo ha hecho, no solo con los habitualmente citados miles de millones que han salido de la pobreza en el último medio siglo, sino con el resto de nosotros que hemos salido de la pobreza y la privación en los últimos dos siglos y medio. El capitalismo democrático también nos proporciona nuestros trabajos y la cornucopia de bienes y servicios que damos por sentados. Y Milton Friedman, cuya visión soñadora del capitalismo es principalmente responsable, no estaba totalmente equivocado cuando ensalzó la libertad que pueden brindar los libres mercados. No obstante, la historia no ha sido amable con su visión de que la igualdad estaba garantizada si se utilizaban los mercados para conseguir la libertad.

Pero tenemos que reflexionar sobre posibles soluciones para el capitalismo democrático, ya sea arreglando lo que está roto, o realizando cambios para ahuyentar las amenazas; de hecho, creo que aquellos de nosotros que creemos en el capitalismo democrático deberíamos tomar la iniciativa a la hora de hacer reparaciones. Tal como está, el capitalismo no está cumpliendo con lo prometido para grandes sectores de la población; en Estados Unidos, donde las desigualdades son más nítidas, los salarios reales para los hombres sin licenciaturas llevan bajando desde hace medio siglo, incluso cuando el PIB per cápita ha crecido de manera sólida. Las tasas de mortalidad han crecido entre las personas con niveles educativos más bajos y con edades comprendidas entre 25 y 64 años y, en gran parte como consecuencia de ello, la esperanza de vida para la población en su conjunto lleva disminuyendo tres años consecutivos. Es la primera vez que se produce un retroceso de ese tipo desde el fin de la Primera Guerra Mundial y la gran epidemia de gripe. Los estadounidenses con un menor nivel de estudios están muriendo por su propia mano, ya sea por suicidio, por enfermedades hepáticas alcohólicas o por sobredosis de drogas. La morbilidad también está creciendo y también están sufriendo una epidemia de dolor crónico que, para muchas personas, convierte el día a día en una miseria.

En el Reino Unido, estas desigualdades no son tan patentes, al menos no todavía, aunque el salario real promedio no ha subido desde hace más de una década. Una década es mucho mejor que cinco décadas, pero seguramente no queramos esperar para saber si se reproducirá en el Reino Unido la experiencia estadounidense. En los últimos años, también se han producido prolongados períodos de estancamiento de los salarios reales en Italia y Alemania. En esos países, la creciente y generalizada prosperidad tampoco está llegando a todo el mundo. Como ya he mencionado con anterioridad, la democracia no parece que esté funcionando para todos. La sensación de estar quedándose atrás, de no estar representado en Westminster, es muy parecida a la sensación de no estar representado en Washington.

En el consejo de ministros de Clement Attlee en 1945 (el gabinete que sacó adelante el informe Beveridge y que desarrolló el primer Estado del bienestar moderno), había siete hombres que habían comenzado su vida laboral trabajando con las manos. Cuando los diputados laboristas de Glasgow viajaron hacia Londres, se reunieron bandas de música y coros para despedirlos como si partieran a la guerra, puesto que a eso iban. Solo un 3% de los diputados elegidos en 2015 había sido en alguna ocasión un obrero manual, en comparación con un 16% tan solo en 1979. El movimiento sindical, que llegó a engendrar talentos como los que formaron parte del gabinete de Attlee, ha sido desmantelado como consecuencia del éxito de la meritocracia de posguerra. Hoy en día, los guerreros de Attlee habrían ido a la universidad y se habrían convertido en otro tipo de profesionales; nunca habrían bajado a las trincheras laborales, ni habrían pertenecido a un sindicato. La meritocracia tiene muchas virtudes, pero como predijo Michael Young en 1958, ha privado a los que no aprobaron los exámenes no solo del estatus social y de los mayores ingresos que proporcionan los títulos universitarios, sino hasta del tipo de representación política que se obtiene teniendo gente como ellos en el Parlamento. Young escribió: “La negociación sobre la distribución del gasto nacional es una batalla de ingenios, y la derrota acaecerá sobre aquellos cuyos hijos más inteligentes se hayan pasado al enemigo”. Al grupo con un nivel educativo más bajo los denominaba “los populistas”, mientras que estos, a su vez, denominaban a las élites “la hipocresía”.

¿Qué nos dice la historia sobre esto? Como es lógico, esto ya lo hemos vivido. Hubo otros episodios en los que el capitalismo parecía estar roto, pero se reparó, ya fuera por sí solo, con políticas intencionales o con una combinación de ambos métodos.

A comienzos del siglo XIX en el Reino Unido, la desigualdad era inmensa si la comparamos con la que existe en la actualidad. Los terratenientes hereditarios no solo eran ricos, sino que también controlaban el Parlamento mediante un sufragio rigurosamente limitado. Después de 1815, las famosas Leyes de los cereales prohibieron la importación de grano hasta que el precio interno subió tanto que la gente corrió el riesgo de morir de hambre; los elevados precios del trigo, aunque perjudicaran a la gente corriente, beneficiaban claramente a la aristocracia terrateniente, que vivía de las rentas que generaba la restricción a las importaciones. La Revolución Industrial había comenzado, era un caldo de innovación e invención y la renta nacional estaba creciendo. Así y todo, la gente trabajadora no se estaba beneficiando. Las tasas de mortalidad aumentaron a medida que la gente se desplazaba de un relativamente saludable campo a unas ciudades apestosas e insalubres. Cada generación de reclutas militares era más baja que la anterior al empeorar la nutrición que recibían durante su infancia, por no tener lo suficiente para comer y por los insultos nutricionales que suponían las condiciones insalubres. Cayó la asistencia a la iglesia y esto eliminó una de las principales fuentes de comunidad y apoyo para la gente trabajadora, aunque solo fuera porque las iglesias se encontraban en el campo y no en las nuevas ciudades industriales. Los salarios se estancaron y así permanecieron durante medio siglo. Las ganancias crecieron y la proporción de los beneficios en relación con la renta nacional creció a costa del trabajo. Habría sido difícil pronosticar un resultado positivo de todo este proceso.

Sin embargo, a finales de siglo, las Leyes de los cereales quedaron abolidas, las rentas y las fortunas de los aristócratas se desplomaron junto con el precio mundial del trigo. Las Actas de Reforma ampliaron el sufragio, que pasó de incluir a uno de cada diez hombres a principios de siglo a más de la mitad a finales del mismo; aunque el sufragio femenino tendría que esperar hasta 1918. Los salarios comenzaron a subir en 1850, y comenzó la disminución de la mortalidad que duraría más de cien años. Todo esto sucedió sin que el Estado se desintegrara, sin una guerra, ni una pandemia, sino mediante un cambio gradual en las instituciones que dio paso poco a poco a las exigencias de aquellos que se habían quedado rezagados.

La Edad Dorada de Estados Unidos es otro ejemplo que también demuestra que se pueden cambiar las reglas fundamentales del juego. En la época progresista se aprobaron cuatro enmiendas constitucionales, y todas se diseñaron para reducir un tipo u otro de desigualdad. Una de ellas estableció el impuesto sobre la renta, otra otorgó el voto a las mujeres, otra prohibió el alcohol (algo que apoyaban firmemente las mujeres, que consideraban que el abuso de alcohol era un instrumento de opresión en su contra) y otra estableció una reforma electoral que instauró la elección directa de los senadores, en lugar de que los órganos legislativos de cada estado los nombraran, como se hacía con anterioridad, ya que por lo general las empresas dominaban esos organismos.

He mencionado anteriormente el ejemplo que me viene a la cabeza con mayor facilidad: el Estado de bienestar moderno que construyó el gobierno de Attlee tras la Segunda Guerra Mundial. La Gran Depresión, al igual que el estancamiento de los salarios a principios de la década de 1800, dio pie a una amplia literatura sobre cómo modificar o abolir el capitalismo y, según una de las versiones de la historia, fue el gobierno de Attlee el que domesticó a la bestia para poder suministrar el crecimiento compartido sin precedentes en el que crecimos la mayoría de nosotros. Hace poco, Joe Stiglitz escribió que él creció en la edad dorada del capitalismo aunque, como señalaba de forma irónica, solo tiempo después se dio cuenta de que había sido una edad dorada. Y, lógicamente, no fue una edad dorada (al menos en términos de estándares de vida materiales o en términos de salud), aunque quizá sí lo fuera en términos de las reglas del juego que permitieron que la creciente prosperidad se compartiera de forma generalizada. No creo que nadie pueda afirmar que la parte final de la década de 1940 fuera una edad dorada en el Reino Unido. Había racionamiento del pan, racionamiento del petróleo y para un joven Angus Deaton, la terrible privación del dulce, pero la red de protección que se construyó en aquellos años desempeñó un papel muy importante en el reparto equitativo y quizá incluso a la hora de ayudar a generar la prosperidad que estaba por venir.

Esa red de protección hace la misma falta hoy en día. La globalización y la automatización suponen un reto tan grande en la actualidad como el que suponían a principios del siglo XIX. Las redes de protección hacen más falta cuando los cambios se producen rápidamente y esta es una de las razones de que a Estados Unidos le esté yendo mucho peor que a los países ricos europeos (de forma más evidente en cuanto a muertes por desesperación), pero lo que sucede en la actualidad también representa una amenaza real para el Reino Unido y para Europa.

Lo que sostenemos Anne Case y yo en nuestro nuevo libro es que los hombres y mujeres blancos de Estados Unidos con menor nivel educativo han sufrido una creciente merma de su calidad de vida que comenzó en la década de 1970, y que se hace patente desde 1990 en el mayor número de muertes por suicidio, enfermedades hepáticas alcohólicas y sobredosis de fármacos. Los afroamericanos experimentaron una catástrofe similar 30 años antes y la mejora que se produjo en sus vidas desde entonces les ha protegido en cierto modo. Frente a la globalización y la innovación, muchos de nosotros alegaríamos que las políticas estadounidenses, en lugar de amortiguar el daño causado a la gente trabajadora, han contribuido a empeorar sus vidas al permitir que prolifere la búsqueda de rentas, que disminuya la participación del trabajo, que empeoren las condiciones de trabajo y remuneración y que cambie el marco legal para que las empresas salgan ganando más que los trabajadores. La desigualdad ha crecido no solo como consecuencia de la riqueza que generan la innovación o la creación, sino también por las cesiones que han hecho los trabajadores. No es la desigualdad en sí la que está perjudicando a las personas, sino los mecanismos de enriquecimiento.

¿Cuán amenazante es esto para el Reino Unido? Algunos de estos mecanismos de enriquecimiento no están operativos en este país. Estados Unidos malgasta aproximadamente un billón de dólares al año en un sistema de atención sanitaria que es muy bueno a la hora de enriquecer a los proveedores, a los hospitales, a los fabricantes de dispositivos y a las empresas farmacéuticas, pero muy malo a la hora de proporcionar atención médica. El Reino Unido no tiene ese problema. Estados Unidos ha autorizado a las empresas farmacéuticas a vender opioides al gran público, también para el dolor crónico, lo que ha resultado en una epidemia de adicciones cuyo número de víctimas mortales supera el número de fallecimientos de estadounidenses que hubo durante las dos guerras mundiales juntas. En el Reino Unido también se consumen opioides, pero normalmente en los hospitales, y no por parte del público en general. Sin embargo, los productores de opioides están siguiendo el modelo de los fabricantes de tabaco y se están esforzando, tras el bloqueo que han sufrido en Estados Unidos, por expandirse hacia el exterior. Purdue Pharma tiene una filial, Mundipharma, que hace campaña en público a favor del gran alivio del dolor que según ellos los opioides pueden aportar. Mientras escribo esto, Matt Hancock, el ministro de Salud, ha declarado: “Las cosas en el Reino Unido no están tan mal como en Estados Unidos, pero debemos actuar con prontitud para proteger a la gente del lado oscuro de los analgésicos”. El reportaje que realizó la BBC sobre este asunto mostró un gráfico en el que se apreciaba la tremenda desigualdad geográfica en cuanto a recetas de opioides en Inglaterra, y se veía como su número era cinco veces superior en Cumbria y en el noreste que en Londres. Como demuestra la nota informativa que acompañaba a su presentación, las muertes por desesperación están aumentando en el Reino Unido, en particular en las zonas menos prósperas, al igual que sucede en otros países de habla inglesa, aunque los números (y las tasas de mortalidad) son pequeños en comparación con los de Estados Unidos.

¿Y qué sucede con los salarios? Estados Unidos posee una industria de cabildeo muy poderosa, que en el Reino Unido no es tan voluminosa, o al menos no de forma tan visible. (En Estados Unidos esa industria tampoco era tan poderosa antes de 1970, así que en el Reino Unido todavía podría suceder). Al igual que en Estados Unidos, los sindicatos en el Reino Unido han perdido mucha influencia, un menoscabo que muchas personas han aplaudido, aunque el poder compensatorio que tenían en las juntas empresariales habría protegido los salarios y las condiciones laborales. Los sindicatos proporcionaron una vida social y un poder político para muchas personas que tienen menos de ambas en la actualidad. La sustitución del capitalismo de accionistas por la maximización del valor accionarial está ampliamente extendida en Estados Unidos y también se puede observar en el Reino Unido. Paul Collier señaló que Imperial Chemical Industries, antaño la joya de la corona de la industria británica, solía presumir de que “nuestro objetivo es ser la mejor empresa química del mundo”, aunque, después de que se perdiera en 2006 por adquisiciones y fusiones, el eslogan ya había cambiado a “nuestro objetivo es maximizar el valor de nuestras acciones”.

En el Reino Unido, al igual que en Estados Unidos, a algunas ciudades y zonas urbanas les está yendo mejor que a otras, y la facilidad de movimiento que solía mantener estas diferencias bajo control parece haberse reducido significativamente. No hay en Estados Unidos ninguna ciudad que sea tan dominante ni tan singularmente próspera como Londres en el Reino Unido.

La disfunción política en el Reino Unido es diferente, pero existe un denominador común según el cual muchos votantes creen que no están bien representados. Asimismo, existen claras diferencias entre los diversos grupos, siendo la edad, la educación, la etnia, el sexo y la geografía factores importantes en ambos países.

Creo que la existencia de gente haciéndose rica es una cosa positiva, sobre todo cuando eso aporta prosperidad a los demás. Pero el otro tipo de enriquecimiento, el de “apropiación” en lugar de “creación”, las prácticas rentistas en lugar de crear algo, el enriquecimiento de unos pocos a costa de la mayoría y eliminar la libertad del libre mercado es burlarse de la democracia. En ese mundo, la desigualdad y la miseria son amigos íntimos.

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Angus Stewart Deaton es un economista y académico angloestadounidense. En 2015 recibió el Premio Nobel de Economía e ingresó en la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. @DeatonAngus

Este discurso, pronunciado en la presentación del futuro informe IFS Deaton sobre inequidad económica y social en Reino Unido, se publicó originalmente en ProMarket y The Institute for Fiscal Studies

Politica del síntoma: leer y escribir como política

Por Lila María Feldman // Psicoanalista y escritora.

A les psicoanalistas, Freud nos enseñó a leer, inventó un nuevo modo de leer, leyendo síntomas y sueños. Inventó un método para leer y escribir, para escuchar y narrar,  creó esa extraña conversación hecha de silencios y palabras, que se produce entre la asociación libre y la atención flotante. Para crear esa conversación tuvo que desprenderse del discurso médico, de la hipnosis y la sugestión, y nutrirse de lecturas literarias y filosóficas, que lo llevaron a desplegar un escritura cercana a lo ensayístico-poético.
Introducir el uso del diván como propuesta para correr la mirada, y sacar la mano con la que presionaba la frente de los pacientes (para propiciar el surgimiento de recuerdos y posibilitar la “abreacción” del afecto ligado al trauma), fueron hitos fundantes de la terapia psicoanalítica como territorio hecho fundamentalmente de palabras. La cura psicoanalítica no es pastoral, no tiene que ver con convencer ni encarrilar, ni con producir “confesiones”. La verdad del inconsciente tampoco es propiedad del analista, ni existe a priori como un tesoro escondido a descubrir. La verdad se trabaja, se construye, aparece, nos sorprende, no se la puede anticipar ni dominar.
El síntoma, dije en un texto anterior, es mensaje. Mensaje pero no oráculo, no es destino. Es retorno de lo reprimido pero también es creación. Ser capaces de “leer” síntomas implica poder desviarnos de los saberes instituidos, de recortar esa lectura del discurso médico, religioso, académico o escolar,  de cualquier orden hegemónico y normativizante, o incluso del ‘sentido común’.
No hay lectura universal, y entonces leer es también una operación subjetivante. Leer y escribir es extraer de un enigma su potencia, sin agotarlo, es transformar el “percibir” en “concebir” (leyendo a Spinoza).
Leer, a partir del psicoanálisis, enseña que lo auténtico es en principio lo más extraño, extranjero, a la vez propio y ajeno.
Leemos en los márgenes, en los olvidos, en lo confuso, en el error, en el sueño, en el síntoma, en el cuerpo, leemos sus inscripciones pulsionales y deseantes. Pero leemos mejor si nos atrevemos a escribir una experiencia.
Dije también en otro lugar que el sueño “escribe bien con lo que recuerda mal”. Toda escritura es una mala lectura (escribe Eduardo Müller leyendo a Harold Bloom), una lectura no textual, no fiel ni servil, no obediente ni dogmática, de aquello que hemos leído y ha sabido tocarnos. Escribir es convertirse en autor de lo que se ha leído. El síntoma requiere también malas lecturas, fecundas, para poder mutar a otras escrituras, menos sufrientes.
Leer es romper los encantamientos hipnóticos y la obediencia de la sugestión. Ésta última, es una lectura impropia, vaciada, impuesta. Espejismo. Una lectura inútil. Un poder inútil, porque no nos toca, no deviene escritura, a lo sumo produce ecolalias.
Leer es subvertir la temporalidad cronológica y lineal, el tiempo de los relojes. Leemos el pasado como si fuera un texto que nunca ha sido escrito. La historia no es acumulación, porque “el pasado es el lugar donde siguen pasando cosas” (Rodrigo Fresan). La historia demanda interminables lecturas y (re)escrituras. Leer entonces restituye el tiempo a la historia, a cada historia singular, y a la Historia con mayúscula también.  La bella paradoja de que el pasado existe, adquiere existencia, cuando encontramos un modo de leerlo. Por eso, una vez más, afirmamos que leer es un acto político.
Walter Benjamin decía que “vidente” es quien, en relación al pasado, puede recuperar algo que no está historizado. Una reserva heredada que se actualiza y que moviliza estrategias nuevas. Pasado, presente y futuro, agrego, no están cerrados, porque leemos. Leer amplia lo que somos capaces de ver, en todas esas direcciones.

Tanto en el campo de lo singular como en lo colectivo, nunca leemos ni escribimos solos. Siempre es con otros. Pero leer, en suma, si nos lleva a escribir, otorga y devueve derechos  -y responsabilidad- de autor.

Fuente: http://lobosuelto.com/politica-del-sintoma-leer-y-escribir-como-politica-lila-maria-feldman/

¿Una recesión de beneficios?

Por Michael Roberts

Esta semana, se publican los primeros informes de beneficios de las empresas estadounidenses para el segundo trimestre de 2019. Y parece que habrá la primera caída de ingresos totales desde la mini-recesión de 2016. Para las empresas del índice S & P 500 se espera una caída promedio de ganancias del 2,8 por ciento en el segundo trimestre, según la consultora FactSet, tras una caída de 0,3 por ciento en los primeros tres meses del año. 

 

Mucho se ha hablado de los grandes beneficios que las empresas de alta tecnología, las llamadas FAANGS. Pero esto oculta la situación de la mayoría de las empresas estadounidenses. Las que tienen un valor de mercado de 300 a 2 mil millones de dólares parece que van a experimentar una caída del 12% en las ganancias en comparación con hace un año después de una caída del 17% en el primer trimestre de 2019. Las pequeñas y medianas compañías estadounidenses están sufriendo una fuerte caída de ganancias.

E incluso para las grandes empresas los beneficios no son tan buenos como parece. Esto se debe a que las ganancias por acción han sido impulsadas por las grandes empresas, que compran sus propias acciones (mismos ingresos pero con menos acciones disponibles). Se espera que la recompra de acciones netas contribuya 2,1 puntos porcentuales al crecimiento de los beneficios  por acción en el segundo trimestre, según los analistas de Credit Suisse. Las empresas de EE.UU. invirtieron más de 1 billón de dólares en la compra de sus propias acciones el año pasado, una cifra récord, impulsada por las medidas fiscales de Trump.

Lo que subyace en esta disminución de los beneficios son los costes salariales más altos, en la medida en que un mayor empleo obliga a las empresas a conceder aumentos salariales para mantener a sus trabajadores cualificados – otra cosa es lo que ocurre con los trabajadores menos cualificados fuera del sector tecnológico. También aumenta el coste de otros insumos no laborales (energía, materias primas, etc.). Así que los márgenes de beneficios (ganancias por unidad producida) están cayendo. Los analistas esperan que las empresas no financieras informen de unos márgenes netos de 10,8 por ciento en el segundo trimestre, por debajo del 11,5 por ciento del trimestre del año anterior, según cifras citadas por los analistas de Bank of America: “Hemos puesto de relieve los riesgos a los márgenes de beneficio por el aumento de los costes de insumos para las empresas que no tienen poder para fijar precios, así como para aquellas empresas y sectores intensivos en mano de obra por el aumento de los salarios, y esperamos que los márgenes netos anuales se contraigan un 11,2 por ciento en 2019, fuera de  financieros ,desde el 11,7 por ciento en 2018 “.

La fortaleza del dólar estadounidense también implica que las compañías de exportación de Estados Unidos están encontrando más difícil sostener el crecimiento de sus ventas. Se pronostica que las empresas del índice S & P 500 declaren un aumento del 3,7 por ciento en sus ingresos, lo que sería el crecimiento más bajo desde el tercer trimestre de 2016.

 

 

Se cree que las empresas de materiales, el sector más expuesto a la competencia con China y las secuelas de la guerra comercial en curso entre Washington y Beijing, son las más perjudicadas en el segundo trimestre. Se espera que DuPont y Freeport-McMoRan sean los mayores contribuyentes a la caída de los ingresos del sector, según FactSet. Las expectativas para el sector son una caída del 16 por ciento anual en sus ingresos y una caída del 14,9 por ciento en sus beneficios.

incluso el sector tecnológico experimentará una caída del 11,9 por ciento en sus ingresos y una caída de 1,1 por ciento en sus beneficios. Esto es importante, porque es este sector el que ha impulsado el crecimiento de las ganancias de las empresas estadounidenses tras la Gran Recesión. Si las FAANGS muestran una disminución de sus beneficios, entonces capital estadounidense tiene problemas.

Como James Montier, el economista poskeynesiano de GMO, la gran gestora de fondos de activos, señala, el crecimiento de los ingresos reales en el sector empresarial ha estado por debajo de la tasa de crecimiento del PIB real, incluso después del importante impulso proporcionado por la ingeniería financiera de recompra de acciones. De acuerdo con Montier, cuando se miran los entresijos  del mercado, un asombroso 25-30 por ciento de las empresas tienen realmente pérdidas.

 

 

En opinión de Montier, “los EE.UU. están experimentando el surgimiento de una ‘economía dual’-, donde el crecimiento de la productividad es razonable en algunos sectores, y está totalmente ausentes en otros. Incluso en los sectores con un buen crecimiento de la productividad, los salarios reales se están quedando atrás (hay un frenazo de los salarios).  Todo el crecimiento del empleo proviene de los sectores de baja productividad. Además, las ganancias insignificantes de ingresos existentes van todas al 10% superior. Este no es el escenario de una economía en auge“.

Hay una segregación de la economía de Estados Unidos en sectores con un crecimiento de la productividad razonable y los que no lo tienen en absoluto. El mayor impulsor de la productividad es el sector manufacturero, son la información y el comercio también con resultados respetables. En el lado menos productiva está el transporte, el alojamiento, la educación y la sanidad. Es más, en el grupo más rezagado, el crecimiento de la productividad cero ha ido de la mano de un crecimiento de salarios reales cero.

 

 

No es que esta falta de rentabilidad histórica haya impedido que los inversores acumulen aún más oportunidades de pérdidas. Según Montier, alrededor del 83 por ciento de las nuevas salidas a bolsa (nuevas emisiones de acciones) de este año han llegado al mercado con resultados negativos. Y subraya: “¡Este es un porcentaje superior incluso al apogeo de la burbuja tecnológica!”

Así que las bolsas están en alza hasta niveles récord, impulsadas por la expectativa de dinero todavía más barato o a coste casi cero de la Reserva Federal. Pero detrás de este auge, la realidad es que las ganancias de muchas empresas estadounidenses están cayendo, y más de un cuarto de ellas están en pérdidas – de hecho, son ‘empresas’ zombi.

Es la misma historia en Europa y Japón. Si la crisis de beneficios se materializa y se mantiene durante todo el año, habrá una fuerte caída en la inversión y, finalmente, del empleo y el gasto, a pesar del auge del mercado de valores: es decir, una nueva recesión.

es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente:

https://thenextrecession.wordpress.com

Traducción:G. Buster / sinpermiso.info

 

Suely Rolnik: “Hay que hacer todo un trabajo de descolonización del deseo”

La pensadora brasileña Suely Rolnik busca más allá del sujeto para apuntar a las “fuerzas del vivo” que pugnan por fecundar semillas de otros mundos. Advierte que si no cambian las subjetividades será imposible avanzar en el ámbito de la macropolítica.

Por Sarah Babiker

Suely Rolnik (Sao Paolo, Brasil, 1948) es psicoterapeuta, doctorada en Psicología Social en la Universidad Pontificia de Sao Paolo, con una tesis sobre la producción del deseo. Esta brasileña que pasó varios años de exilio en Francia lleva una vida indagando en la subjetivación, explorando también, de la mano de Félix Guattari, las micropolíticas.

Esferas de Insurrección: Apuntes para descolonizar el subconsciente (Tinta y Limón, 2019), es su último libro. Hace unos meses vino a presentarlo a Madrid y mantuvo una larga conversación con El Salto durante la cual expuso su original mirada sobre la micropolítica, la colonización del deseo o la politización del malestar. El Brasil de Bolsonaro, la continuidad de la Ingobernable, la naturaleza de los nuevos movimientos sociales o los comunes, fueron algunos de los temas que emergieron durante nuestro encuentro.

Antes de empezar esta entrevista querría aclararte que no tengo formación en teoría psicoanalítica y que no estoy segura de haber entendido del todo tus textos a los que he intentado acercarme desde una mirada intuitiva.

Pues qué suerte que no tengas formación psicoanalítica, tendrías más dificultades para entender. Para leerme no hay que tener una formación en psicoanálisis, filosofía o ciencias sociales, sino vivir las experiencias de las que hablo y autorizarse a reconocer que eso está ahí, que quien escribe es alguien que vive la misma experiencia y que ha intentado ponerla en palabras. Entonces es desde esa resonancia que se leen mis textos.

El hecho es que produces un montón de conceptos con los que creo que hay que ser respetuosa, tener cierto cuidado al retomarlos para no pervertirlos.

Pero en cierto modo, si tú dices “oh, lo capté por intuición”, precisamente es la intuición lo que yo uso para escribir estos textos. Por eso digo que no depende tanto de la formación que una tiene poder leer, entender lo que yo escribo. Claro que distintas formaciones pueden alimentar de formas diversas el pensamiento, generar otras resonancias, palabras que una tiene en cuenta, que pueden servir. Pero yo trabajo desde la intuición y es la intuición la que yo defiendo como origen primero y privilegiado del pensamiento.

Bien, pues abordemos lo que has pensado desde la intuición: hablas de la necesidad de descolonizar y desneoliberalizar el subconsciente ¿qué implica la colonización de nuestras subjetividades?

A cada régimen, a cada contexto histórico, a cada tipo de sociedad corresponde un modo de funcionamiento de la subjetividad. Es la subjetividad lo que da la carne, la consistencia a ese régimen. Lo que intento demostrar, primero, es que este funcionamiento subjetivo es político, ¿por qué es político? Porque es la base existencial de un sistema epistemológico, histórico, cultural.

No se puede transformar, por ejemplo, la distribución de derechos dentro de este sistema, que es el objetivo de la macropolítica, sin transformar también el tipo de subjetividad que le corresponde: pues si las cosas se mueven solo en un nivel sin que se desplacen en el otro, acaban por volver al mismo lugar.

Hablamos de los fracasos de la izquierda y eso me irrita, no es que me deje triste, es que me irrita pues no se trata de fracaso: no hay cómo no volver al mismo lugar si no se interviene en la esfera de las subjetividades. Las experiencias que empezaron hace un siglo y medio — si ponemos la fecha del inicio de estas luchas en el plano macropolítico en la Comuna de París, o en la revolución de Haití— nos mostraron eso: lo que llamamos fracaso no lo es, nos ha permitido tomar conciencia de que hay que avanzar en la esfera de las subjetividades sin dejar la macropolítica, ambas son fundamentales. Se trata de dar pasos, no para llegar al final feliz de una revolución comunista donde todos somos hermanos que se aman, sino avanzar para la efectiva transformación de de este tipo de sistema económico, político y social.

También urges a desapegarse del sujeto

Claro, tiene que ver con qué significa descolonizar el subconsciente, desde dónde podemos definir qué tipo de subjetividad domina en un determinado momento. Por supuesto que debe haber muchas otras cosas para elaborar, pero yo me centré en lo que tiene que ver más directamente con nuestro modo de vivir. Así, las experiencias subjetivas son experiencias muy complejas, pero hay dos esferas de esa experiencia.

El capitalismo está logrando colonizar el conjunto del planeta, es un régimen en el que ya no conseguimos reconocernos. En nuestra experiencia colectiva como sujetos, que tiene que ver con el yo, con la voluntad, con la conciencia, con la experiencia que está estructurada según un repertorio cultural: se trata de la experiencia del mundo como un conjunto de formas, de códigos, de escenarios, de personajes, de una cierta distribución del acceso a derechos… ahí utilizamos la percepción. Pero la percepción, la mirada, no es virgen. Yo te veo y te asocio con una serie de representaciones en mi memoria: me fijo en el color de tu piel, el cabello, la ropa que llevas, tengo en cuenta tu profesión, te relaciono con la editorial que me invitó, con tu periódico que no es cualquier periódico… con este conjunto de cosas puedo ubicarme frente a ti, situarme. Es una herramienta muy importante que nos sirve para vivir socialmente, comunicar. Es lo que podemos llamar cognición y es muy necesaria, pero hay otra experiencia que estamos haciendo al mismo tiempo que ésta, una segunda experiencia que para nosotros —blancos modernos occidentales en el régimen colonial capitalista antropocéntrico logocéntrico— es menos conocida.

Y esa experiencia tiene que ver con entender el mundo en su dimensión de cuerpo viviente. En la biosfera hay muchos elementos entre los cuales están los humanos, como están las cucarachas o las palmeras. En esta experiencia aprendemos la alteridad del mundo no como conjunto de formas si no como un conjunto de fuerzas vivas en disputa formando distintas composiciones que nos producen efectos, como si nos fecundaran.

Para entenderlo uso la imagen guaraní para la garganta, que se dice “nido de palabras alma”. Y si es un nido es porque tiene embriones y si tiene embriones es por que ha sido fecundado. ¿Por qué? Por el aire de los tiempos. No lo ves, pero es eso, esa imagen del mundo como cuerpo vivo que produce en tu cuerpo estados muy fuertes, muy precisos, pero que no tienen palabra, no tienen imagen ni tienen texto. No tienen nada. No es que no sean reales, son absolutamente reales.

Cuando los guaraníes dicen que son semillas de las palabras alma, es porque saben que esos efectos del mundo vivo, esos estados se producen ahí, generan afectos, no en el sentido de cariño o amor, si no en el sentido de estar afectado, son como embriones de otros mundos, de otros futuros, porque son situaciones del vivo, que permiten que la vida se afirme, porque la vida quiere seguir perseverando. Yo digo que esta experiencia es una experiencia fuera del sujeto, no es la mejor forma de llamarlo porque se acaba refiriendo al sujeto, pero la uso estratégicamente, como un concepto que se usa en esta perspectiva filosófica que es extrapersonal, que no sucede dentro del persona.

Entonces, ¿qué pasa? Cuando tú estás habitado por mil semillas del mundo, semillas de futuro, y por otro lado estás formateada según un cierto repertorio cultural, hay una tensión entre estas dos experiencias, en esta tensión hay dos movimientos que se desencadenan, un movimiento que es el movimiento de la vida que tiene que germinar, y el otro movimiento que es un movimiento desde el sujeto que tiene que conservar esta forma porque da mucho miedo la desagregación.

Y ahí, como la vida tiene que eliminar esos estados que producen una especie de mareo, de desestabilización, de malestar, se activa como una señal de alarma brutal, cuando esto te toca, que es la vida que está ahí gritando, dando señales, eso pone a la persona en movimiento, convoca el deseo de actuar, para que la vida recobre un equilibrio. Y que en el caso de la vida humana se trata de un equilibrio emocional, existencial. Es ahí que se definen las distintas políticas del deseo o micropolíticas.

Es decir, la micropolítica no es la política de la experiencia fuera del sujeto. Es la experiencia entre una forma de existencia y lo que está por nacer que transforma esa forma de existencia cuando esa forma de existencia está sofocando la vida. La vida tiene que encontrar otros cuerpos donde estar, donde corporizarse. Y ahí se definen las distintas micropolíticas. En el plano macropolítico, coexisten distintas macropolíticas: desde las más revolucionarias a las más reaccionarias, es decir desde la máxima voluntad de igualdad de derechos hasta la máxima voluntad de mantener los privilegios y la máxima capacidad para no dejar que se muevan. En el plano micropolítico es distinto, las micropolíticas van de las más activas, las que logran estar a la altura de lo que la vida pide y dejar que esa germinación se haga hasta que se cree el deseo de un cuerpo, de un modo de existencia, donde eso que está buscando paz encuentre su lugar. Eso transforma la realidad.

Luego está lo más reactivo, que es cuando el deseo actúa en la dirección de interrumpir esta germinación porque es una subjetividad que no tolera ningún tipo de cambio, de este modo todo el tiempo se está interrumpiendo un proceso de germinación para reproducir el status quo.

Entonces, lo que define la micropolítica dominante en el régimen colonial capitalista, desde el inicio, con distintos despliegues —ahora estamos en el despliegue financiero-neoliberal— es primero, que estamos reducidos a una experiencia de sujeto, donde la subjetividad está tomada por la desubicación porque ya hay semillas ahí presionando para germinar y porque hay un descontento en la salud, la vida quiere más, quiere distinto, porque así como está no es posible.

Eso se interpreta como algo malo, una enfermedad o una inferioridad, o como algo terrible que viene de fuera, y así uno proyecta hacia fuera la causa de su malestar. Si la culpa de la desestabilización está en mi, si viene de mi inferioridad, voy a intentar mimetizarme, construyendo discursos, objetos, gestos, para mantener la ilusión de que logré organizarme, para equilibrarme. Si mi opción es atribuir el malestar a otro la manera de recuperar el equilibrio es proyectar sobre el otro todo el mal y actuar contra el otro, que es en gran parte lo que está convirtiéndose en micropolítica predominante en este momento: Todo lo que se distancia de un tipo de existencia hegemónica tiene que ser etiquetado como cosa del mal y para erradicar el mal uno lo ataca, primero quizás con un golpe pequeño y así hasta el asesinato.

En base a la disociación del sujeto, frente al miedo que tengo ante la desubicación, ¿qué pasa? Cuando la alarma vital actúa sea cual sea la micropolítica, la función vital se pone en movimiento y el deseo es convocado. Esta potencia vital en su esencia, es una esencia de actuar para crear. Es de este momento de la pulsión vital que el capital se alimenta, en lo más básico, lo más esencial. Es decir, el capital no se alimenta solo de la fuerza vital en su expresión del trabajo, como pensaba el marxismo sino también de la vida misma, del propio desencadenamiento del movimiento vital cuando es necesario crear algo. Es ese movimiento que es desviado del curso de crear algo, de su sino ético, y su fuerza es dirigida en otra dirección que es producir escenarios para inversión de capital y para alimentar el consumo.

Entonces el deseo es pervertido desde el momento de su desencadenamiento. Es como si el deseo estuviera “prostituido”. No es que alguien llegue desde afuera y te diga, ve para allá. Es que tu propio deseo produce esta realidad capitalista sin que te des cuenta. Incluso cuando eres alguien de izquierdas, máximo grado de revolucionario, por eso el deseo o la pulsión vital misma, está colonizada, hay que hacer todo un trabajo de descolonización del deseo.

Suely Rolnik durante la entrevista
Suely Rolnik durante la entrevista. ÁLVARO MINGUITO

 

¿De qué manera una mirada sobre la micropolítica puede ayudar a entender el fenómeno Bolsonaro?

En Brasil, en un un primer momento, yo pensé que el neoliberalismo necesitaba conservadores en el poder, estrategias macropolíticas hechas por conservadores, estrategias micropolíticas de una subjetividad super conservadora, ¿por qué?, para destruir totalmente el Estado de manera que sirva solamente al mercado sin ningún estorbo ni barrera, era necesario mantener en el poder del Estado, conservadores totales, políticos a la antigua, para que hiciesen el trabajo sucio de privatización de todo, de destrozo de la legislación laboral. Diría que esos políticos serían como los sicarios del neoliberalismo, expulsados después de la escena. Por ejemplo, alguien como Temer.

Pero después lo que se ha ubicado en torno a estos conservadores es un ciclo de conservadurismo mucho más bruto, evidente, psicópata, puedes decir casi psicótico. Hoy veo que para que el neoliberalismo pueda consumar su poder global, globalitario, como dice un pensador brasileño, es necesario producir una subjetividad identitaria, conservadora. Es necesario mantener una mayoría totalmente tomada, con la subjetividad totalmente disociada de la experiencia vital, totalmente reducida al sujeto.

Como una de las soluciones que asume el sujeto para actuar cuando la vida está desequilibrada, está en crisis, es proyectar sobre el otro la causa, es muy necesario construir ese chivo expiatorio, pero permanentemente. Al principio el chivo expiatorio eran los gobernantes del Partido de los Trabajadores, mucho antes de la candidatura de Bolsonaro, en el segundo episodio se empiezan a perseguir elementos en la sociedad, todo modo de existencia que se distinga mínimamente de este modo hegemónico familiarista, paternalista, patriarcal, heteronormativo, nacionalista.

Sin embargo, el neoconservadurismo vino para quedarse

En mi libro yo explico el golpe como una serie televisiva que empezó a ser pensada a partir del momento en que los gobiernos progresistas toman el poder en varios países de América Latina después del fin de las dictaduras.  Ahí comienza toda una estrategia que se desarrolla en muchísimos capítulos. Todavía estamos en la serie. Por ejemplo, en Brasil, podemos fechar en la elección de Lula cuando empiezan a pensar cómo destruir eso eficazmente, eran necesarios conservadores en el poder, como Temer [bajo arresto] uno más de los políticos más corruptos, más horribles, que tiene una mentalidad colonialista conservadora total, para hacer el trabajo sucio. Y ahí se instalarían los Chicago Boys, los economistas neoliberales y los técnicos del neoliberalismo.

Pero después lo que se ha ubicado en torno a estos conservadores es un ciclo de conservadurismo mucho más bruto, evidente, psicópata, puedes decir casi psicótico. Por ejemplo Bolsonaro, parece que su candidatura empezó a ser construida en 2014 cuando a Dilma la echan, que ha sido una parte de las fuerzas armadas quienes lo han llamado para construir su candidatura. Esa parte de las fuerzas armadas, es la más terriblemente conservadora y violenta, son sectores que incluso durante la dictadura constituían el ala más violenta. Y no es que la dictadura fuera blanda, fue bien dura.

Hoy veo que para que el neoliberalismo pueda consumar su poder global, globalitario, como dice un pensador brasileño, es necesario producir una subjetividad identitaria, conservadora. Es necesario mantener una parte de la sociedad, una mayoría totalmente tomada, con la subjetividad totalmente disociada de la experiencia vital, totalmente reducida al sujeto. Como una de las soluciones que asume el sujeto para actuar cuando la vida está desequilibrada, está en crisis, es proyectar sobre el otro la causa, es muy necesario construir ese chivo expiatorio pero permanentemente. Al principio el chivo expiatorio eran los gobernantes del Partido de los Trabajadores, mucho antes de la candidatura de Bolsonaro, en el segundo episodio se empiezan a perseguir elementos en la sociedad, todo modo de existencia que se distinga mínimamente de este modo hegemónico familiarista, paternalista, patriarcal, heteronormativo, nacionalista.

¿Qué implica esto para la sociedad brasileña?

Más allá de proyectar sobre el otro un proceso de malestar, lo que se está autorizando ahora es el pasaje al acto, como se dice en psicoanálisis. Es decir, que no solamente puedes odiar al otro, o decirlo o decírselo, sino que puedes pasar el acto del modo más violento. Dos de las primeras decisiones propuestas por Bolsonaro al entrar como presidente han sido permitir tener armas en casa y dar permiso a la policía para matar. No es que alguien te mande actuar. Desde tu propio deseo, tú lo haces. Entonces, en paralelo, mientras esto pasa como si fuera una especie de momento “hombre de las cavernas” en la sociedad, el capital puede manejar todos los estados, liberar totalmente el terreno para la especulación. Así, lo que en un principio yo pensaba que sería momentáneo, una alianza para limpiar el terreno sin que fuese necesario que se mantuviera en el tiempo, al final no se sabe hasta cuándo durará ni hacia dónde va.

Me has hecho pensar en dos autoras: En Naomi Klein y su doctrina del shock sembrando un campo de desconcierto e indefensión donde el capital puede saquearlo todo sin cortapisa, a la pedagogía de la crueldad de la que habla Rita Segato, apuntando a una fase del capitalismo donde es necesario romper toda empatía, todo vínculo con las personas.

En Brasil el shock fue cuando empieza el proceso contra Lula y el PT, que es el 2012, hace mucho tiempo. Había habido una identificación de gran parte de la sociedad brasileña que está debajo de la clase media con el PT, porque con todas las críticas que podamos tener, es la primera vez en toda la historia de Brasil que realmente las políticas sociales han sacado a una parte de la población de la miseria y eso es incontestable.

La gente ha vivido eso, no es que haya escuchado una ideología sobre eso, ha vivido eso, algo que ha permitido cosas extraordinarias, el acceso a la educación, poder vivir en una casa, comer. Había mucha identificación con el PT y un cierto confort subjetivo: la vida encontró un lugar mejor. Entonces, empiezan a demonizar a Lula, con horas y horas de Glovo hablando de corrupción: eso produce un shock. Fuera de la élite y la clase media, en el resto de la población esto ha producido una crisis subjetiva tan fuerte que, después de un tiempo de esta propaganda, de esta narrativa que se ha estado construyendo, la gente ya no tenía capacidad de memoria de su propia experiencia, de lo que ha sido, y se reorganizaba a partir de la narrativa de la televisión, no reconocía lo que su propio cuerpo ha vivido.

Se produce también la idea —es el momento de la crisis económica internacional— de que desde el 2005 al 2016 todo es atribuible al PT, en la televisión no hay ninguna noticia sobre la crisis internacional, toda la crisis económica, la culpa era del PT. Eso produce una gran crisis subjetiva, tu pierdes totalmente tu suelo, tus parámetros.

Respecto a Segato, yo preferí no usar empatía, pensé en otra palabra y me quedé con resonancia que no es el ideal. No es una resonancia entre ideologías o modos de pensar, sino una resonancia entre experiencias, resonar entre frecuencias de vibración, es algo que habría que conquistar, que no son experiencias del sujeto. Yo más que de empatía hablaría de reconocer el efecto del otro en tu cuerpo, no como una cosa mala sino como una cosa esencial y hacerse cargo de eso, dejar que eso te transforme.

Hablas del saber del cuerpo. ¿Cómo se relaciona la micropolítica activa con esto del saber del cuerpo? ¿En dónde su ubica la resonancia?

Primero, saber del cuerpo: Yo decía que la forma de conocimiento del sujeto es lo que llamamos cognición, la forma de conocimiento desde tu experiencia fuera del sujeto, eso que no tiene palabra, no tiene imagen, podríamos llamarlo intuición. Pero la palabra intuición está tan marcada de inferioridad, como tú cuando dices, “ay disculpa, he leído tu obra desde la intuición”.

Sí, ese saber desde afuera del sujeto siempre está marcado de inferioridad e ignorancia, es por eso también que las mujeres han sido quemadas como brujas, porque tenían eso más desarrollado, —no biológicamente sino culturalmente—. Si yo digo intuición los machos intelectuales dirán: esta mujercita dice pura tontería, no sabe nada. Entonces ¿cómo llamarlo? yo lo llamé saber del vivo o saber del cuerpo o saber etológico porque la etología, que es la ciencia del comportamiento humano y animal, nos enseña mucho de estas otras esferas de nuestra experiencia.

En la macropolítica la gente se junta para cooperar. Parten de una misma posición en la jerarquía social, una cuestión de identidad de clase, o de género, o una posición subalterna en las relaciones de poder. Y se juntan ya con palabras para describir lo que no está bien, con un programa para cambiarlo, inclusive en el marco del estado. En la micropolítica una se junta con los otros, se coopera distinto porque es desde una resonancia, desde el saber del cuerpo, de una resonancia entre los cuerpos, de las subjetividades en resistencia. Lo que está empezando a germinar, frente a un ahogo de las fuerzas, de la vida.

Si digo resonancia esto implica que si nos juntamos un colectivo o nosotras, no sabemos hacia dónde vamos pero sabemos que hay algo muy genial que compartimos, el hecho de ir juntas actualiza este movimiento de resistencia. Lo que yo estaba intentando hacer salió como texto, lo que tú estabas intentando hacer, salió como un tipo de periódico, pero estamos juntas en el mismo colectivo. El texto que sale de mi boca viene de la experiencia de muchos pueblos. No es una experiencia del yo, lo que sale de ahí tampoco es mío porque es mi manera de dar cuerpo a algo que ya son todos los cuerpos. Y es transindividual, no es que sea intersubjetivo, es algo que atraviesa a todas.

Por ejemplo si usamos mi libro y nada más, no sirve para nada. Pero si estoy usando este libro en este contexto, tú el periódico, la Segato habla de la pedagogía de la crueldad, la otra de la doctrina del shock, la cosa va ganando cuerpo. Estaba muy de moda la palabra “común”:  para mi el común se basa en este plano que es muy distinto de la idea de comunismo (se ríe). No pasa en una esfera macro, aún cuando la esfera macro es muy importante, es algo que pasa en esta esfera micro de un campo común de germinación y que también tiene su experiencia común que se hace posible en la construcción para que la germinación se complete.

Hablas de que los nuevos movimientos sociales crean una innovación prometedora: la capacidad de integrar micropolítica y macropolítica en sí mismos.

Sí, y lo digo teniendo en mente una imagen muy precisa, una experiencia que me lleva a pensar así y que viene de las periferias de las grandes ciudades en Brasil, aunque yo me refiero específicamente a Sao Paolo porque lo conozco mucho más pero es así en todo el país. Está protagonizado por jóvenes de 14 a 20 años, principalmente mujeres, principalmente implicadas en el movimiento LGTBIQ+ y principalmente negras. Ahí hay un buen ejemplo: desde hace dos o tres años ha habido un movimiento enorme de ocupación de escuelas públicas. Hoy en Brasil la escuela pública es de pobres, total, la clase media va a escuelas privadas. Antes no era así: Yo que vengo de una familia de clase media, inicialmente baja, estudié en la escuela pública y era una excelente escuela.

He ido varias veces a estas escuelas ocupadas, me llamaban para conversar y era impresionante, primero porque hay una invención del modo de existencia, de la sexualidad, de la relación con el género, de la relación con las personas, una corriente de transformación radical, radical en el sentido de ir hasta donde se pueda, sin miedo. Por otro lado había también una forma de organización interna —y eso tiene que ver también con lo micro: cómo se establecen las relaciones, cómo se distribuyen las tareas, cómo se cuida el espacio,— y una inteligencia en sentido macro más tradicional de cómo provocar, cómo responder a las actitudes del Estado, incluso ante la policía en el caso de que intentase desalojar.

Así, tenían una macro conciencia política muy clara, pero también tenían una inventividad para salirse de la cosa heteronormativa, patriarcal, familiarista, increible. Yo me sentía como si estuviese ante otra especie humana. Y eso lo veo como invencible, incluso cuando en medio del proceso desisten y se paralizan, incluso algunos mueren, pero hay algo ahí que es irreversible.

¿Por qué digo irreversible? Porque yo creo que cuando hay un verdadero cambio en las herramientas políticas ya no funcionan como modelo único, por ejemplo, la heteronormatividad, que es un ejemplo bien simple. Entonces, ¿qué es una relación afectivo erótica? ¿Cómo se construye? Cuando te afirmas y vives de maneras muy múltiples, lo que hasta entonces se limitaba a un solo modelo, en el ámbito de la subjetividad no hay vuelta atrás. La realidad puede demorar mucho más tiempo para cambiar, pero si la carne existencial de un régimen pasa por ahí, y si algo se metamorfoseó totalmente, ya no hay vuelta atrás.

Recuerdo justamente que en la Ingobernable te preguntaron por cómo defenderla y contestaste que en realidad esto era un momento, que la Ingobernable seguramente acabaría de alguna forma, pero que habría una continuidad, que algo quedaría para materializarse en otra cosa, como siempre. Era triste y esperanzadora como respuesta. Sin embargo ¿cómo sobrellevar el que nada nos parezca sólido en esta época de incertidumbre?

Estos días conocí a una chica, tras una charla que di en una universidad. Cuando terminé, vino a hablar conmigo y me dijo: “tengo que preguntarte algo muy íntimo, ¿puedo?”. Me habló de suicidio. “¿Me preguntas si he intentado suicidarme?”, le dije. Yo intenté suicidarme una vez, y es porque no morí que estoy acá, en el modo en el que estoy viviendo ahora. Porque desarrollé una creencia en la vida. “¿Fe?”, me preguntó. Sí, fe en la vida. La vida es mucho más experta que el yo.

A partir del momento que tuve la certeza de que la vida persevera y por eso siempre encuentra la manera de seguir, fui desarrollando también esta confianza, y esta paciencia cuando la vida está en peligro. Tenemos que desplazarnos de una confianza en una cierta ideología, una cierta manera de explicar las cosas o una confianza en el yo, —también el yo colectivo— y pasar a una confianza en la vida.

Hablas de brújula ética de la vida (o vital) y brújula moral, ¿qué diferencias hay y qué aportan estos matices?

El sujeto se conduce desde una brújula moral, la brújula tiene la aguja que apunta el camino, y ese camino está formado por un cierto repertorio cultural con el cual nos identificamos y que elegimos para guiarnos. Por ejemplo, nosotras tenemos la brújula moral del pensamiento de izquierdas o feminista. Moral no en el mal sentido de moralista. Es un sistema de valores, lo necesito, me guía en ciertas esferas de la vida, en la toma de decisiones.

Pero fuera del sujeto la brújula no es moral, no se compone de un sistema de valores, palabras, ideas, la brújula es vital en el sentido que es la vida que te alerta de hasta qué punto está sofocada, violentada. O hasta qué punto, al contrario, está floreciendo, pudiendo respirar.

Ese es un criterio de evaluación de las situaciones distinto al criterio del sistema de valores en el que vivimos. Los dos son muy importantes. Yo en África, solo fui a Senegal y hablé con mucha gente. Ellos vivieron una experiencia socialista, pero en su cultura el fuera del sujeto está muy presente. Me dijeron que para ellos la brújula ética es la primera, y después la otra. Si esto hubiese sido así en la URSS, el stalinismo nunca hubiera ocurrido, porque desde la brújula ética nunca se podría asumir eso. Bye bye Stalin.

¿Cómo politizar la vida sofocada? ¿el malestar?

Ay qué linda idea, politizar el malestar. Podemos decir que de un lado está politizar el malestar, del otro lado está patologizar el malestar. Politizar el malestar lo podemos hacer para el mal, que de eso venimos hablando, hay que politizar para el bien. Sabemos que el malestar no es señal de algo malo en el sentido de falta de algo, sino al contrario, es una señal de una salud vital que está reconociendo el malestar para que tengamos la posibilidad de tomar conciencia de que hay que ponerse en lucha, porque la vida está gritando que está siendo sofocada.

Desde el yo, desde el sujeto, uno entiende eso como falta de algo, pero la verdad es que es un exceso de la vida que está siendo sofocada en la forma del presente. Que puede ser la forma de tu propia subjetividad, la forma de tu relación amorosa, no es solo una situación social amplia.

Un ejemplo: desde el punto de vista de la brújula moral el feminismo consiste en luchar contra la desigualdad de derechos, la violencia machista. Desde el punto de vista de una brújula ética, micropolítico, la resistencia a esta relación de género es darse cuenta que existe un malestar, y es porque esta forma de expresión de la feminidad es mortífera. Esa imagen de la novia sobre la tarta, es completamente sofocante, entonces cuál va a ser mi acción —es distinto de la lucha por la igualdad— mi acción va a ser abandonar este personaje, esforzarme para producir otro personaje porque este ya no es posible.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-suely-rolnik-descolonizar-deseo

La ética rentista y el espíritu del extractivismo

por Eduardo Gudynas

En el marco de las polémicas que retornan ante el proyecto minero de Tía María, un grupo de personalidades subscribió en Lima un “Acuerdo por el Desarrollo”. En ese texto apoyan una minería que llaman “moderna” y  que serviría para el “desarrollo”, compartiendo una serie de recomendaciones para el Estado, la empresa y las comunidades locales, a las que les piden abandonar “discursos polarizantes”.

El politólogo Martín Tanaka, uno de los firmantes del “Acuerdo”, en twitter defendió ese Acuerdo ante una aguda crítica de Mirtha Vázquez, insistiendo en que compartía el “espíritu” de la declaración.

El uso de esa palabra, “espíritu”, en este contexto, inmediatamente me recordó a Max Weber con su clásico “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, publicado en 1905. En esa obra, el sociólogo alemán retrataba el profundo cambio cultural de la pérdida de trascendencia que antes se buscaba en la religión, para ser suplantada por una moralidad impersonal e individualista. Perseguir el éxito económico, ganar dinero y más dinero, se volvió un fin en sí mismo que pasó a ser aceptado socialmente. Allí está el “espíritu” al que se refiere Weber, y que se lo adjudica al “capitalismo”, aunque su uso de dicha palabra correspondería mejor a lo que hoy llamamos cultura o modernización.

Apelando a esa perspectiva, ¿cuál sería el “espíritu” del Acuerdo por el Desarrollo enfocado en Tía María? Para responder esto comencemos por precisar que aquella idea de “espíritu” no tiene un sentido religioso o metafísico, sino que sirve para entender los valores (ética) y los sentidos de lo correcto e incorrecto en la sociedad (moral). Hoy estamos frente a extractivismos mineros y petroleros que tienen por detrás una ética y una moral. En ellos, la valoración económica reemplaza otros valores, y por ello ya no interesa ni importa si se “matan” o “amputan” a los apus, ya que se los ha despojado de cualquier trascendencia. El objetivo es el éxito económico y captar la mayor proporción posible de renta económica. Esto no se esconde, sino que ahora goza de legitimidad moral. Lo moralmente correcto es ganarse los billetes como sea. Es más, la moral comenzó a actuar en sentido invertido ya que sería “inmoral” no aprovechar las riquezas minerales y petroleras del país, según dicen empresarios, gobiernos y buena parte de la academia.

A mi modo de ver, el “Acuerdo por el Desarrollo – a propósito del proyecto Tía María”, está embebido de ese espíritu de la cultura capitalista o moderna aunque con algunas particularidades contemporáneas y criollas. Alrededor de cincuenta personas adhirieron al Acuerdo, y ciertamente hay variedad entre ellas, pero todos coincidieron en dos cuestiones básicas: alentar la minería y no advertir que lo que proponen es imposible. Para decirlo con más precisión: el punto de partida del Acuerdo son unas metas incompatibles entre sí. Es como si los que lo firmaron no hubiesen analizado con rigurosidad lo que allí estaba escrito. Esas incongruencias se disimulan por el llamado una y otra vez al “desarrollo”, y en ello reaparece otro aspecto del “espíritu” del documento: invocar una difusa idea del desarrollo como justificación de una moral que genera beneficio para algunos mientras se daña a otros y al ambiente.

Me explico: el Acuerdo comienza postulando que es posible una minería -un extractivismo- que atienda cuatro condiciones. Estas son cumplir con estándares globales, proteger el ambiente, dinamizar el desarrollo nacional y beneficiar a las poblaciones locales. Habría una minería, que ellos llaman “moderna” que debería cumplir los cuatro objetivos al mismo tiempo, lo cual es imposible. Y hay que decirlo con toda claridad y énfasis: no se pueden cumplir todas esas condiciones a la vez. Además, algunas de ellas ni siquiera existen en los términos en los que se plantean en el Acuerdo.

Para evaluar si es posible alcanzar las cuatro metas, comencemos por una de ellas. Supongamos  que un emprendimiento como Tía María realmente promueva el desarrollo nacional, dejando en suspenso que quieren decir los firmantes del Acuerdo con conceptos como “dinamizar” y “desarrollo”. Pero, si se implanta esa minera enseguida se incumple otra meta del Acuerdo, la de la protección ambiental. Es evidente que un megaproyecto como Tía María acarrea alteraciones ecológicas de tal magnitud que no es posible asegurar que habrá una “protección” de la Naturaleza. Por su propia dimensión y operación, ese proyecto conlleva un impacto ambiental severo, y las opciones de amortiguación y remediación son limitadas.

La discusión real es si se aceptarán o no, ese tipo de amputaciones ecológicas bajo el supuesto de un beneficio económico (entendido como ingreso de dinero por la exportación de materias primas). Es una falacia afirmar que se alcanzará a la vez una ventaja económica y una protección de la Naturaleza. Si hay lo segundo no habría beneficio económico tal como lo han planteado, y si se busca el provecho de la renta será necesario perforar, horadar y extraer el mineral con todos sus impactos ecológicos.

Algo similar ocurre con la meta de “estándares globales” que plantea el Acuerdo, ya que no existen requisitos internacionales acordados por ejemplo para lidiar con los impactos de la minería. En realidad, los países compiten por rebajar sus controles ambientales para atraer a los inversores, y ese propósito estaba detrás de los defensores del “paquetazo ambiental” (y no escapa a nadie que algunos de los firmantes apoyaban esas rebajas ecológicas). Si por “estándares globales” los firmantes del Acuerdo se refieren a algunas reglas de desempeño que se sigue, pongamos por caso en la Unión Europea o las que promueve Naciones Unidas, ya se sabe que la anterior evaluación ambiental recibió 138 observaciones de los veedores de UNOPS, y la más reciente padece de serios problemas como se reveló en la prensa. Estamos ante otro objetivo violado.

Los extractivismos de tercera generación, que corresponden a actividades como la megaminería a cielo abierto o la explotación petrolera en selvas tropicales, por sus impactos y las resistencias que generan, son rechazados por comunidades locales en Perú y en todos los países del continente. En todas ellas hay grupos locales que los consideran perjudiciales. Esto hace que se viole otra de las metas de los firmantes del Acuerdo, la que se refiere al “beneficio” de las comunidades locales. La imposición de los emprendimientos, muchas veces por medio de la policía o la criminalización, muestra cristalinamente la facilidad con que se abandonan objetivos de ese tipo.

Por todo esto, lo más impactante del texto de ese Acuerdo no es tanto que repita el mito de una minería moderna que sería mejor y más provechosa, sino que sus firmantes ni siquiera se dan cuenta que sus propias contradicciones, que lo hacen imposible. Si se cumplen una o dos de sus metas, inmediatamente se están violando sus otros objetivos. El Acuerdo tiene un vicio de nacimiento y es carecer de coherencia interna. Las referencias a los estándares globales o la protección ambiental quedan convertidos en una retórica justificativa.

Como hay una ceguera radical en advertir esto, el Acuerdo da unas curiosas vueltas basadas en recomendaciones, tales como impulsar programas de desarrollo de la agricultura, salud y educación, o crear un fondo de desarrollo. A tono con las clásicas defensas extractivistas, en el Acuerdo no hay pudor en concluir pidiéndole a las comunidades locales que dejen los “discursos polarizantes” y tomen a la minería como “una oportunidad de desarrollo”. Habría que ver si cuando una comunidad local reclama proteger el ambiente -una de las metas de los firmantes del Acuerdo- será respaldada desde Lima como paladines de la justica ecológica o los estigmatizara como actores atrapados en discursos polarizantes que impiden el desarrollo.

Por esto concluyo que el contenido del Acuerdo sí tiene un espíritu, y siguiendo la inspiración de Max Weber de hace más de un siglo atrás, me pregunto si no estamos ante algo así como “La ética rentista y el espíritu del extractivismo”.

Si por el contrario, el objetivo de los que firmaron el “Acuerdo por el Desarrollo” es como indican, “evitar una confrontación con posibles consecuencias lamentables”, deberían comenzar por sopesar que tal vez la primera línea de su documento debería haber sido un llamado a detener todo ese proceso.