Los nacimientos de la oposición venezolana

“Los padres monstruosos regresan a toda prisa mientras los hijos sin padre continúan muriendo”

I

La oposición venezolana tiene varios linajes y varias genealogías. La primera remonta a los años noventa con la política neoliberal, la ola “anti política” y una mayor beligerancia de las clases medias hasta entonces “representadas” por los partidos. La distingue la idea del ciudadano-propietario distinguido del habitante-parásito de los barrios, marginal y no ciudadano. El viejo tema civilización-barbarie se repetirá hasta hoy constantemente.

Esta corriente, que verá frustradas por Chávez sus expectativas de elegir un candidato pro-empresarial  pero no hay que pensar que la diferencia era tan grande: también se trataba de un liderazgo personalista y anti político. Chávez interpreta mejor esa demanda de un nuevo caudillismo esta reaparición neoarcaica del cesarismo democrático de Vallenilla. El diferendo aquí es cuál es el venezolano que tienen que representar los nuevos “cesares” o estrellas: si al de la no-ciudad, el marginal del barrio, o a las clases medias. La estafa está garantizada porque ni Chávez es el símbolo del pobre –es de la corporación militar aliándose con cierta izquierda- ni Salas Romer o Sáez del profesional o del laborioso pequeño propietario –solo de las élites empresariales.

Aunque gobernados por los mismos estafadores,  explotados por los mismos saqueadores y asaltados por los mismos criminales,  divididos quedarán los del barrio y los de la ciudad, separados por la desconfianza durante casi 20 años.

Agotado el partido político burocrático los venezolanos no encuentran formas nuevas de consistencia (más allá de la invocación folclórica al asambleísmo o el proyecto de modelar todo según analogía con la empresa o la ONG) y parece haber un retorno generalizado a un liderazgo personal que no es ya jefatura operativa, predominio de los más capaces, conducción en medio de la cooperación, sino la convocatoria a través de una figura trascendente, siempre idealizada en alguna medida que hace posible el encuentro de una gente que siempre espera ser convocada por alguien más y que no invierte su confianza en sus pares sino en dirigentes que son, de una forma u otra, sus “mayores”.

De Irene Sáez a Guaidó la idealización de las figuras políticas y la falta de confianza horizontal son los signos de un “caudillismo” cada vez más complejo como mecanismo indispensable de la política venezolana. Guaidó, el joven cesar cooptado por los EEUU que convoca a una gente que no se convoca a sí misma y queda a la expectativa de la ejecución de un plan providencial mediante una agenda que los políticos venezolanos no han formulado parece ser la culminación de esta larga evolución.

La corriente de la primera oposición a Hugo Chávez que se nutre de muchas cosas: desde la conciencia de la evidente incompetencia y autoritarismo del caudillo de Barinas hasta el rechazo “racial” –es uno de los otros, de los marginales, de los no-venezolanos, los desechables-  pasando por las primeras  e inevitables decepciones  entre los que depositaron esperanzas en él.

La oposición de 2001-2005 era predominantemente de clase media pero no necesariamente anti-comunista o liberal. En todo caso el sector propiamente “derechista” tomó el control en Abril de 2002 y políticos sensatos como Petkoff encontraron que la patronal había dado un golpe, no solo a Chávez, sino a los otros sectores que fueron excluidos como los sindicatos.

Sin esa oposición antichavista Chávez como lo conocemos no habría sido posible: en 2002 le entrega las Fuerzas Armadas a Chávez, en 2003 a PDVSA y en 2005 se abstiene en las elecciones y deja a Chávez solo, durante 5 años sin ningún contrapeso. El destino tiene mecanismos más precisos que cualquier plan.

Hay un gran paréntesis entre 2004 y 2010. Cuando se hace evidente que Chávez no solo está en control de la situación sino que es inmensamente popular  en antichavismo se divide en un bando negociador y en otro “irredentista”. Lo que  distingue a los primeros no es meramente la propensión a negocios y negociados –en un estado patrimonialista que nadie cuestiona ambos incurren en ellos- sino en la idea de si se  puede negociar con el Chavismo para alcanzar distintos grados de participación en el poder político o si hay que destruirlo.

Los negociantes lograran parcialmente su objetivo: políticos oportunistas que se lanzan para cargos públicos y que nos dieron algunas de los gobiernos regionales más corruptos de la historia nacional. Las idas y venidas de políticos entre el chavismo y el antichavismo, la coexistencia, los constantes negociados,  crean un continuo en la dividida clase política.

Los “irredentistas” siempre quisieron destruir o des-hacer al chavismo, la repetición de una imaginería sobre el pasado  (sea la época de Perez Jiménez o los años ochenta y setentas) es signo de una intención de des-hacer el paso del tiempo de la que nacerá el proyecto de la “transición” como excepción civilizada a la excepción barbárica del chavismo.  La compone gente de inclinación liberal o de derechas que honestamente se opone al gobierno o que es víctima de sus atropellos  y   también grupúsculos de extrema derecha que heredan el proyecto del golpe y que son o muy puntuales o muy discontinuos y que operan sólo en el ambiente de cierta clase media conservadora. Pero tanto los EEUU como los partidos de oposición ya están coexistiendo con el chavismo y como Chávez hace todo para hacer posible esa coexistencia están aislados.

La polarización se revela enormemente beneficiosa para los dirigentes políticos: no tienen que estar preparados, no tienen que tener propuestas, no tienen que ser honestos o competentes, les basta con ser del bando correcto. Un plebiscito continuo va borrando la política y la democracia como trasfondo de la emergencia de Chávez como Rey Sol. Pequeños solecitos como Lapi, Rosales, Capriles, innumerables alcaldes corruptos o incompetentes delatan la comunidad de sustancia entre los dos bandos.

Es en este periodo, con las protestas de 2007, muy tarde para dar un golpe y muy temprano para invocar una invasión, emergen políticos que empiezan a hablar de “desobediencia civil” y rebelión, no porque les interese sino porque necesitan desesperadamente ese disruptor. Ya la oposición no puede verse como la gente de bien que viene a restituir el orden pues hay una nueva oligarquía roja en el poder. Ante el ascenso de la boliburguesía conviene más verse como insurgencia y crear una semiótica insurgente. Pero de la misma manera que el imperialismo de Chávez es hueco y en la práctica EEUU es su principal socio comercial, la invocación a la insurrección también lo es.  Es que la idea de desobediencia civil (que se invoca más de lo que se practica) y la de rebelión prometen ofrecer a políticos como María Corina Machado el C4 que necesitan para desestabilizar al chavismo y movilizar contra él  fuerzas militares e internacionales.

Como se puede ver no hay oposición en sentido estricto ni lucha democrática.  Hay actos de oposición o de resistencia, de todo tipo de gente pero son muy desconectados y discontinuos sea en el tiempo sea en el espacio. Fragmentación como modo de operar, como racionalidad incluso que también comparten con ese gran productor de fragmentos que es el chavismo.

Los políticos negociantes no cumplen su trabajo de limitar el papel del ejecutivo ni gobiernan mejor que el chavismo cuando llegan al poder en las regiones o las ciudades (único campo que les está permitido), en 2010, con el nuevo parlamento, se veían  las sillas vacías, los que revisaban el teléfono mientras estallan refinerías, Derwick y Alejandro Andrade saqueaban el tesoro público y le privatizan las cárceles a mafias. Una descomposición acelerada contra la que nadie sabe hacer nada y ante la que ningún político dice nada coherente.

Los irredentos buscan el putsch pero no tienen condiciones para ello, los negociantes buscan mejorar su posición con las elecciones. Eso es lo que les une: su búsqueda de un momento privilegiado en que se pueden voltear todo y tomar el poder por la fuerza u obligar al chavismo a negociar y repartirlo con ellos. Por eso, en 2013, Capriles hablará de la parte que les corresponde al movilizar la mitad del electorado. Por eso, en cada elección presidencial hasta 2013 los irredentos trataran de participar. A falta de putsch buenas son elecciones: es la misma idea izquierdista de la toma de poder pero invertida.

II

Discontinua en el tiempo, incapaz de pensar más allá del futuro inmediato, fragmentada en el espacio, incapaz de componer lo heterogéneo esa es la oposición antichavista y eso es lo que heredará el país en los difíciles años por venir. Pero tal vez no sea correcto hablar de oposición propiamente dicha entre 2004 y  2014, y tal vez, entre 1998 y 2014 porque lo que existe es la búsqueda de momentos privilegiados en que se puede sacar una ventaja y no acción continúa o extensa de ningún tipo sea para hacer política convencional de contrapesos y negociaciones sea para hacer posible un derrocamiento.

Los antichavistas se harán motivo de burla por la manera en que se ilusionan con un día final o una batalla final en que Chávez desaparecerá del mapa: una vez el caudillo salió a un congreso de la FAO y hubo celebraciones en el Este de Caracas entre quienes pensaban que había renunciado y se había ido.

Pero no es que los antichavistas sean completamente ineptos o que no tengan éxitos: las protestas de 2007 si desestabilizaron un poco al chavismo, los medios y periodistas empiezan a mostrar su incompetencia y corrupción, las dos campañas de Capriles corrigen los errores de las de Rosales, Chávez, atemorizado, saca del juego político a Leopoldo López que es justamente el único capaz de ser su equivalente en el otro campo y de articular un caudillismo antichavista…pero la “oposición” nunca cuaja, no se compone: o es discontinua en el tiempo o en el espacio: en 2010 cuando el país empieza a colapsar entre apagones y explosiones de refinerías no se ve a los irredentos poder capitalizar la situación o intervenir en ella  de ninguna manera , en 2013 Capriles no haya que hacer con el liderazgo que había adquirido…

Así, una nueva oposición venezolana nace –o renace-cuando ocurren dos cosas: cuando muere el Rey Sol y cuando  el elemento antichavista se empieza a diluir.  No puede ser de otra manera: en el chavismo el caudillismo es a la vez macro, en la organización masiva del estado y la grey chavista y micro en los afectos e imaginaciones de la gente. Los chavistas son siervos de Chávez, sus prisioneros, para poder cuestionarle, criticarle, protestarle presionarle tienen que romper con él. Muerto Chávez los chavistas, finalmente, son libres. Puede surgir una oposición chavista.

El antichavismo, por otro lado, es como el chavismo: una identidad. Tiene su jerga, sus colores, sus gestos, sus hábitos, es toda una subcultura de compromiso político limitado, de cacería del momento privilegiado, de repugnancia al barrio e, incluso, de demanda una pureza infinita. Incapaz de tomar el poder el antichavismo se vierte en una cultura de la sospecha: ¿Quién trabajó en un ministerio, quien votó por Chávez, quien es suficientemente puro? Como tal el irredentismo realmente no tiene más sentido que el linchamiento metafórico o literal de la gente de mala raza, incivilizada. En esos años surge la idea de la transición. Pero la transición la hace el chavismo a su manera brutal y mafiosa sin consultarle a nadie. Incontables veces negociantes e irredentos hablan de transición sin tener control alguno de que pueda ocurrir

Así, llega 2014. Y  2014 es antichavismo puro: inmediatista, improvisado, brutal, cortoplacista sin consciencia de que haya  un mañana sin vocación de perdurar: fracasará y le seguirán dos años de desmovilización.  Pero 2014 también demuestra los niveles casi insurreccionales que alcanza el descontento. Plaza Tahrir, la rebelión de Túnez, las protestas brasileras contra el Mundial -incluso la Revolución de Terciopelo- no están en el mismo mundo del antichavismo. No es que carezcan de consignas, partidos políticos y figuras que ordenen el espacio público: es que no requieren de la palabra de orden para ser convocados ni de la figura política trascendente para tener consistencia.

Y allí donde los brasileños tienen todo un discurso sobre la ciudad, sobre sus derechos, los jóvenes venezolanos solo tienen la demanda de destruir al chavismo. Allí donde los jóvenes tunecinos o egipcios se convocaron solos los venezolanos requirieron a Leopoldo López y María Corina Machado.  Prueba, ciertamente, de cómo el chavismo deformó y degradó la vida pública pero también de como la “oposición” en tanto que es antichavista  es algo puramente negativo, potencial para destruir al chavismo  y no potencial  de producir alternativas, libertad.

Es allí donde entra la enorme fuerza de un gran descontento y de un gran rechazo. No solo al chavismo sino a todo un estado de cosas, a un modo de vivir a una racionalidad incluso que, basada en la apropiación y el saqueo, tiene en el malandro y el Pran sus figuras y  en la brutalidad y la vulgaridad su expresión. No en balde el caudillo trató de cederle feudos a los grupos criminales y Ávila TV gastó millones en presentar al malandro como héroe del pueblo, al Pran como líder popular y al barrio como la comuna de los malandros, es decir, tal como le veia la clase media chavista.

El chavismo es tan incapaz de enfrentar los problemas, de enfrentar la realidad que Misión Verdad, amaneció el 7 de diciembre de 2015 con titulares que anunciaban que la oposición iba a “cantar fraude”: en realidad sacó el 56% de los escaños y el 45% de los votos más de siete millones superando por dos al chavismo. Los chavistas no habrían debido de sorprenderse: el caudillo que había sido votado por 63 de cada 100 venezolanos en 2006 recibió el 55% de los votos en 2012 y Maduro 50 al año siguiente. El avance del antichavismo en los barrios puede verse en las estadísticas del CNE así como el retroceso del chavismo.

Por supuesto el chavismo no asimila eso: Perez Pírela, bufón nocturno, habló de “victoria perfecta” y la menor participación en elecciones posteriores y la decepción con el antichavismo les dio la idea de que podían recuperar esos votos idos.

Pero la de 2015 fue la última elección real y también el momento en que el elemento antichavista, idiosincrático y pernicioso,  empezó a disolverse en un descontento general. A todo esto contribuye la emergencia  de un chavismo disidente o “critico”: libres de la presencia del Amo los chavistas empiezan a distanciarse de Maduro y la ruptura se da primero entre bases que siempre pidieron, legítimamente, democratización y entre el mismo grupo gobernante. Surge así la Plataforma de la Defensa de la Constitución con la que aparece una oposición chavista y luego de la salida de Rodríguez Torres del gobierno el chavismo opuesto a Maduro obtiene su figura más conspicua.

Producto de la misma incapacidad del chavismo de tener democracia interna, espacios de disenso, tendencias, de la descomposición de un liderazgo calcado del militar convertido en configuración mafiosa, el chavismo disidente tratará de que sea posible la diferencia en el chavismo. Hasta entonces la débil noción de “interpelación” usada por algunos chavistas definía bien la actitud adoptada por los inconformes: el chavista no protesta, no presiona, no lucha, no maniobra, no se opone: solo interpela, es decir, jala la manga del padre y pide. Puede pedir de  nuevo, hasta reclamar, pero –amarrado por su propia lealtad-  nunca protestar. Por eso las feministas solo hablan del aborto cuando la constituyente las llama. Por eso no se denunciaba la corrupción, por eso aunque se lamentaban de la muerte de dirigentes campesinos nadie se atrevía a reclamarle   al caudillo su silencio, a protestarle, a presionarle para que actuara, a denunciarle: solo se le interpelaba, lo que quiere decir, se le pedía o se le rogaba.

El chavismo siempre fue el tejido entre un vínculo entre el amor y la lealtad y otro entre el amor y la ilusión. Por ellos el chavista tenía siempre pre-definido el rango de su libertad: cuanto podía actuar sin dejar de ser leal y que podía creer sin dejar de creer en Chávez.  Pero con la muerte de Chávez ocurre un giro: ese Chávez imaginario que anida en el cuerpo de cada chavista puede ser usado contra Maduro. No el Chávez real que dejó privatizar las cárceles a mafias o que miraba para otro lado cuando mataban a sus militantes. No el que ocultaba las cifras de homicidios, no el que dejó hacer a Alejandro Andrade y negociaba negocios turbios con Kirchner. No el que no terminaba las obras que iniciaba y arruinó los servicios públicos imponiéndoles una administración arcaica sino ese Chávez mítico que es Bolívar y es Cristo, que era honesto y eficiente y que se equivocaba solo por ser demasiado bueno para este mundo.

Y así, libres de oponerse a Maduro siendo leales a Chávez, hace una disidencia chavista en el momento en que surge una nueva oposición –u oposiciones-  nuevas pero no tanto. Que arrastraba un rechazo gigantesco a la necropolitica chavista, que abarcaba ahora a sectores chavistas y de izquierda pero –y esto se revelaría fatídico- todavía dependía de la clase política emergida con el triunfo de Hugo Chávez.

II

La nueva oposición u oposiciones tienen entonces ese problema: es un caso de lo nuevo que no puede nacer oprimido por lo viejo.  Mesa de la Unidad Democrática había surgido años atrás como un esfuerzo para coordinar a estos fragmentos y se convirtió en la entidad que capitalizó –no hay otra palabra- el descontento expresado en las elecciones de 2015 y las manifestaciones de 2016 y 2017.

Y la MUD aunque  engloba, sobre todo a los negociantes también abarca a los irredentos. Queriendo elogiarla Mires dirá que esos políticos tienen que dedicarse a las elecciones que es lo que saben hacer, es decir: postularse para cargos y ocuparlos. Está confesando, sin quererlo, que estos no son cuadros profesionales, intelectuales u organizadores el espacio público muchísimo menos gente preparada para la lucha democrática contra un gobierno no solo autoritario sino necropolítico.

Se entiende que muy pocos en Venezuela tienen esa preparación, que la oposición ha nacido al menos 10 años tarde y está en las manos de los que la han hecho imposible. Ramos Allup, el más chavista de los antichavistas hablaba de sacar a Maduro en 6 meses en un país donde no existe impeachment y donde ya el chavismo había colonizado al Poder Judicial. Gente cercana a políticos de Alianza Bravo Pueblo comenta que los diputados decían “no hay apuro en derrocar a Maduro” “que se viva su crisis”.

Y como siempre el Chavismo huye hacia adelante: en enero de 2016 declara la emergencia económica, es decir, el estado de excepción y el TSJ convalida cada una de sus decisiones. Tribunales le quitan la mayoría calificada acusando a diputados electos de fraude sin jamás repetir las elecciones, los ministros y militares  son eximidos de ser interpelados por el legislativo, es decir, nace una tiranía que será consumada por la Constituyente mientras los políticos fantasean con candidaturas presidenciales para 2018 y Ramos Allup, el más vil de todos, se convierte en la nueva estrella del antichavismo.

Había que diseñar una respuesta inmediata, aprovechar la coyuntura del revocatorio, no desmovilizarse. Pero las movilizaciones no se dan hasta Abril y luego continúan en la segunda parte del año, y en la MUD parecen entender muy poco la gravedad de la situación: los antichavistas, como siempre, fantasean con que ahora si saldrá Maduro pero eso no ocurre.

Es en 2017, con las protestas contra las decisiones del Tribunal Supremo que amplían todavía más los poderes del ejecutivo es cuando realmente termina de nacer, finalmente, la nueva oposición venezolana. En si el chavismo ha arrinconado a los negociantes en el lugar de los irredentos y ya existen también oposiciones chavistas y de izquierda.  Pero es un nacimiento triste porque de la nueva oposición su madrastra es la MUD y su hermanastra el antichavismo.  El descontento y el rechazo están allí, la capacidad para superar la política del negociado, del putsch y del linchamiento. Y la gente sale a veces en paz a veces enfrentando a la policía, se para frente a las tanquetas, se desnuda frente a los policías armados con perdigones, escupe la cara de los policías que la golpean y sale una y otra vez,  armada con escudos o con las manos vacías y parece que los viejos modos quedaran atrás.

Es la democracia que nace pero tiene delante de ella al chavismo que no solo le envía la represión sino que la somete a la lotería de la muerte bajo el ataque de pistoleros, que la ahoga en gas lacrimógena, que la empuja en un rio pútrido…¿no son estos todos los dolores de crecimiento?. Ya es bastante problema esa enorme represión, las detenciones indiscriminadas destinadas a que la gente no tome la calle, es un gran problema que la oposición y la lucha democrática han nacido al menos 10 años tarde…pero no es el único problema.

Es la MUD la que convoca, es ella la que organiza. Y sus políticos no entienden los ritmos. Agotan, sobresaturan, no le dan a la gente tiempo para descansar, no entienden que el chavismo juega a elevar los costos de salir a protestar. No entienden que la lucha podría tener que prolongarse por meses.  ¿Cómo podrían entender? ¿Cómo podrían saber? Allup habla de volar Drones y su esposa aparece en la portada de una revista del corazón, ellos no trabajan para vivir, no pasan hambre y muchos ni siquiera se arriesgan en las marchas.

Era necesario, evidentemente, un cambio de ritmo, de táctica. Pero la mentalidad antichavista lo prevenía: podían convocar a más gente pero creían que no podía haber más. Tenían que entender, sin desalentarse, que no iba a ocurrir un cambio o un quiebre inmediato en el gobierno, que había que buscar la forma de garantizar persistencia y duración. No era una situación fácil y no había respuesta sencilla.  Pero es ahí donde entra el “trancazo” o “guarimba” el cierre forzado de calles.

La protesta siempre tiende a la violencia y esta es parte de aquella. En toda protesta masiva siempre llega el punto en que el tumulto y la violencia exceden a la movilización misma. Pero en  Venezuela descompuesta, desorganizada, oclocratica es peor: la tendencia es que la violencia tome la forma del saqueo y del linchamiento. Ya estaban ocurriendo los saqueos en todas partes, a la par de las protestas contribuyendo a un clima general de miedo pues en 2017 había miedo y rabia pero muy poca esperanza y los muchos todavía se convocan al llamado de la MUD es decir, de la lumpenpolítica.

Pero cuando se impone la política de los cierres de calle ya no se trata de si los manifestantes combaten a la policía o levantan barricadas. No solo la acción deja de ser expansiva, de extenderse por la ciudad sino que  se encierra en lo idiosincrático, en el patio, en la calle de enfrente. Las calles son cerradas y donde había miles de personas quedan unos pocos manifestantes. El objeto es forzar por dentro el bloqueo que no se puede hacer fuera, forzar el paro nacional, político pensado por una dirigencia que no entiende que un gobierno que depende de enclaves mineros no es perjudicado por un paro y más bien se beneficia del colapso del comercio.

Pero ese no es el único problema. Es que el antichavismo, hermanastro vil, ha terminado una vez más con la democracia. Y el antichavismo es el oklos: la chusma, la venganza, la turba y el linchamiento, el odio sin fin del otro chavismo, del otro cesarismo, que nunca llegó a ser: el resentimiento de un mundo perdido para siempre. Si a finales de Abril la imagen de la movilización era una señora parándose delante de un blindado de la GN a principios de Junio era la de un joven prendido en llamas –por ser chavista o malandro, es lo mismo. No es solo que el linchamiento y el saqueo: siempre paralelos a la protesta pacífica y violenta, se haya impuesto lo que demuestra  que la racionalidad típicamente oclocratica, se ha impuesto es que el ciudadano común pasa a ser un enemigo: ya no se quiere que la gente esté en la calle. Edificios son sellados con cadenas el transeúnte se vuelve un enemigo, alguien que no está siguiendo la línea, que no hace lo que se espera de él. Y así, si al frente de la multitud  estaba la PNB y la GN, las balas de los colectivos, en la retaguardia estaba el “trancazo” la guarimba.   La calle fue despoblada, la gente desmovilizada y la constituyente llegó con su horror y su tiranía.

Así, el largo plazo del chavismo resulta equivalente a la sumatoria de todos los cortos plazos y las dilaciones del antichavismo y el área de su expansión a las contracciones que la oposición antichavista le impone a la democracia.  En 2018, durante la reelección forzada de Maduro que, como sabíamos, iba a llevar al país a una crisis todavía peor solo los sindicatos solitarios mantuvieron la resistencia y la desobediencia civil de la que los políticos hablan.

En Chile, “acerofuerte” -estalinista o trotskista vaya uno a saber- se burla de que los trabajadores opuestos a Maduro son tan ficticios como la oposición democrática en Siria, mientras Rubén Gonzales languidece en La Pica. En Venezuela un irredento –neoliberal o Alt-Right- se burla de las enfermeras y los obreros de ferrominera que piden dádivas y no luchan por un cambio mientras el Sebin asedia a las enfermeras, los obreros y los médicos. Un secreto hilo los une y no lo saben.

IV

Tal vez no haya muchos precedentes para lo que ha pasado en Venezuela desde el 10 de enero. En esencia, la dirigencia de oposición ha sido objeto de un take over empresarial: el gobierno de los Estados Unidos ha tomado control de su agenda, de sus operaciones y de todas sus actividades. Guaidó se ha convertido, para todos los efectos, en su representante y operativo local. Y esto no tiene ninguna intención peyorativa: solo por ese inmenso poder Guaidó no es irrisorio como la Fiscal paralela, el TSJ paralelo, y la misma Asamblea Nacional de la que es parte. Y es un agente que el pasado 2 de Febrero, convocó una de las movilizaciones más grandes vistas en este país.

Entre los mismos antichavistas hay quien se alegra y esperanza por esa toma de poder: los venezolanos ya no están a cargo. Y si se ve bien, tienen razones para estar alegre: la dirigencia antichavista es torpe, cortoplacista, manipuladora, corrupta y en general ineficiente. Que haya estrategia calculadas desde hace tiempo por operadores competentes debe generarles un enorme alivio.  Pero esto también significa que la tendencia venezolana a la trascendencia está llegando a su extremo: ya no es solo la base de la oposición la que no se convoca o constituye por sí misma, sino la dirigencia la que ha sido subsumida la que no puede convocarse o constituirse.

Con el chavismo había pasado ya algo parecido. Un proyecto totalitario no es la mera captura de una sociedad por el estado, es la captura del estado por un supra estado (usualmente un partido único). Pero como el chavismo es una red caudillista y clientelar de relaciones personales trazadas en torno a Chávez no un partido con una racionalidad para-estatal como el PRI, el fascista o un Partido Comunista al componerse el chavismo tomó al mismo estado como material y lo descompuso al tiempo que descomponía al país: el soldado y el funcionario público ya no estaban unidos por vínculos jerárquicos sino personales al Rey-Sol. La riqueza pública en sí, pasó a ser el patrimonio personal del caudillo como propietario privado del estado lo que explica la impunidad con que operó Alejandro Andrade y que, según el mismo Lula, el brasilero tuviera que decirle a Chávez “tú no eres dueño de Venezuela”.

Más para el chavismo no es posible que un supra-poder todavía superior recomponga al estado chavista. Chávez y Maduro buscaron sus aliados en Eurasia, y lejos de las áreas de influencia ni Rusia ni China pueden comprometerse en una alianza como la que se ha dado en Siria y mucho menos en un plan como el que está haciendo el gobierno de Trump. Si la descomposición de la oposición favoreció la intervención Atlántica la del chavismo dificulta mucho la de Eurasia.

En un país con una aversión tal a la inmanencia, con tal tendencia “natural” hacia la trascendencia es de esperarse que abunden las figuras crísticas o cuasi crísticas pues cristo es la cruz y la cruz es el cruce entre la inmanencia y la trascendencia, el más acá y el más allá. Ya entre el antichavismo, sobre todo el irrendentista, se habla de los EEUU no como una entidad geopolítica concreta sino como un Ideal y  como una suerte de providencia que, ironía de ironías,  ha reemplazado a la del estado y Guaidó aparece ya un poco como cristo, como la cruz viviente que presenta esa providencia ante los venezolanos y a estos ante  ella. No importa si su papel en nuestra historia es corto o desafortunado o lo contrario: ahora personifica la aparición de una fuerza poderosa y buena que brinda la salvación. Y el salvado ¿no es un dominado siempre?

La salvación emancipa del dominio puro y endeudado con el salvador, cosa que ya había ocurrido de otra manera con Chávez, que reemplazó la deuda financiera del neoliberalismo con la deuda  caudillista y clientelar. En la medida en que la crisis venezolana se hace más difícil de resolver se pasa del campo del rescate –que es cooperación- al de la salvación. Los modos y consecuencias de la misma quedan en manos del salvador y no extraña que los venezolanos, en esta hora critica, estén más beligerantes que a la expectativa y si pasan nuevamente a la beligerancia será, una vez más, gracias a una palabra de orden.

Esto es un problema pues, en la medida en que el chavismo se atrinchera en el poder, y que no sabemos que harán los EEUU haría falta una presión interna continuada y bien aplicada que, combinada con la externa, pudiera crear la ruptura que crease las posibilidades –las libertades- que en la presente situación están negadas. No es expectativa sino beligerancia lo que deberían demostrar los venezolanos. No ingenua alegría en que “todo está resuelto” sino prudencia y serenidad que impida que, ante la complicación y la adversidad, la desmovilización de dos años que ocurrió en 2014 y la de año y medio desde 2017 no se repita.

Si en años anteriores la confianza ni pudo fluir entre los iguales, entre los hijos, si no pudieron convocarse unos a otros sino parcialmente o para cosas viles –el linchamiento, el trancazo- ahora ya no puede fluir siquiera entre los mismos venezolanos: los padres tienen padres y los superiores superiores. Se confía en Guaidó porque ofrece una salida, una posibilidad pero también porque  moviliza fuerzas que ya no son las de los venezolanos. Semejante ruptura no puede quedar sin consecuencias incluso si el futuro nos niega nuevas amarguras.

 

(1) Jeudiel Martínez es profesor del Departamento de Teoría Social de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (Faces-UCV) e investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, como integrante del Programa de Becas de Apoyo a la Investigación José Carlos Mariátegui 2016 que otorga la Fundación Celarg, al cual fue seleccionado mediante concurso presentando el proyecto “Las historias como hachas de guerra: mitopoiesis y acción política en el cómic latinoamericano”

Nuevo Orden Energético: la Volatilidad Incierta del Mercado Petrolero durante el 2019

Por Decio Machado (Universidad Nómada del Sur)  y Mauro Baquero (Equilicuá) / Ambos investigadores de Prospectiva Ecuador

Una constante en el mercado energético es el cambio. Las empresas y Estados constantemente tienen que adaptarse principalmente a las variaciones en los precios del petróleo, gas natural y sus derivados. 

Previo al 2008, las fluctuaciones del precio del crudo estaban asociadas a los eventos políticos de los países miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) -ultimo suceso 2011: Primavera Árabe y amenazas sobre el suministro-. Sin embargo, desde que el barril se ubicó por sobre USD 100 en abril del 2008, el precio del oro negro ha sufrido variaciones que para muchos expertos ya no son atribuibles exclusivamente a factores políticos que afecten a países del cartel. Desde entonces se ha buscado explicar –con mayor solidez– que las fluctuaciones y expectativas del crudo también tienen que ver con elementos de carácter geopolitico, pero también con los cambios en los niveles de inventarios reales de petróleo de las grandes empresas de la industria de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD).

La burbuja especulativa

En mayo de 2008 el barril se ubicó en USD 135 debido a cuatro causas: a factores especulativos en los niveles de inventario de las refinerías estadunidenses en el golfo de México afectadas por el huracán Katrina, a la debilidad del dólar de EE.UU, al acelerado crecimiento de la demanda China e India, y la elevada oferta de petróleo de algunos países productores. 

De estas cuatro causas, la más influyente para la Agencia Internacional de Energía (AEI) fue el nivel de inventarios estadunidense; el cual se ubicó en 993 millones de barriles al día (mbd) el 30 de mayo de 2008, y representó una reducción del 3.3% respecto al 29 de junio de 2007 (1,027 mbd el máximo histórico entre 2004-2008). Esta importante reducción motivó a la AEI a iniciar una investigación ante la posibilidad de que el mundo comenzará a no tener suficiente petróleo a partir del año 2012. Dicha investigación tiene su origen en el viejo debate impulsado en 1956 por el geólogo estadounidense Martin King Hubbert, quien había pronosticado el “peak oil” global para el 2016.

Los miembros de la OPEP – mientras tanto – aseguraron en el mismo mes de mayo 2008 que “no había escasez de petróleo en el mercado”, recordando que los inventarios de los países de la OECD cuentan con niveles por encima de la media de los últimos cinco años. Además, los miembros del cartel poseen una capacidad de bombeo extraordinaria de 3 millones de barriles diarios (mb/d) para poner en circulación en caso de necesidad. Motivo de lo anterior, el grupo pronóstico para el 2008 un equilibrio entre la oferta y la demanda de petróleo, esperando que la demanda China e India compensara la desaceleración de la economía de EE.UU

Contrastando, la AEI alertaba una posible escasez mientras que la OPEP preveía un mercado estable con buenas expectativas; todo ello a pesar de las presiones de los países desarrollados por los altos precios en junio de 2008. El cartel no aumentó su producción de petróleo para estabilizar los precios, sosteniendo que el mercado estaba bien abastecido y segaron a los inventarios como la causa especulativa del incremento de precios. 

Mientras los inventarios estadunidenses continuaron reduciéndose hasta bordear los niveles mínimos históricos de 2004 (932 mbd), la producción mundial superó la demanda de crudo en 0.4 mb/d. Adicionalmente, la ratio de crecimiento de reservas probadas para producción (R/P), medida por la cual se cuantifica los años de petróleo que quedan a futuro se ubicaba en 45.3 años (3.7 años más que en 2007) de acuerdo con la empresa British Petroleum (BP).

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Estas cifras desestimaban las preocupaciones de la AEI, y lo cierto es que se produjo una burbuja especulativa en torno al inventario estadunidense y la desaceleración de su economía debido a la crisis financiera 2008. De acuerdo con un estudio de Morgan Stanley (enero 2009) la burbuja fue causada porque el petróleo se consideró con un nuevo activo financiero debido a la interacción del mercado financiero y el de commodities. Tanto inventarios como reservas se consideraron inversiones a futuro con expectativas de mayores alzas en el precio. Esto viabilizó la especulación produciéndose un gran incremento de la demanda por petróleo – lo que sostenía la preocupación de la AEI –, y cuando esta demanda alcanzó su límite se produjo el proceso inverso, es decir estalla la burbuja y por consiguiente el descenso continuado de los precios hasta fines de diciembre 2008. 

Aunque la OPEP estuvo siempre preocupada por la especulación no fue hasta el desplome del mercado en el ultimo trimestre de 2008 que tomó la decisión de recortar en 2.2 mb/d la producción del petróleo. Esto permitió, juntamente con inventarios reales cerca de los mínimos históricos de 2004, apuntalar los precios del barril al alza y estabilizarlos entre los USD 70 – 80 durante el periodo de 2010 – 2014 de la mano de la reactivación de las economías postcrisis financiera de 2008 y el incesante aumento por parte de las economías emergentes lideradas por China.

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La sobreoferta petrolera

Lo cierto es que los precios altos, desde el shock de 2008 hasta el 2014, permitió que se beneficiasen tanto productores convencionales de petróleo como de shale oil; y aunque existieron preocupaciones por parte de la OPEP en junio de 2011 de que el suministro mundial de crudo comenzará a escasear y que los inventarios se drenarían -momento en el que el consumo superó la producción con una cifra récord de 5.53 mb/d- la realidad fue distinta.

El R/P se ubicó en 54.2 años en 2011 frente a los 45.3 años del 2008. Las reservas de inventario estadunidense empezaron a crecer por sobre los 1,000 mbd, mientras Estados Unidos, la Federación Rusa y Arabia Saudita (quienes consolidan el 40% de la producción mundial) empezaban a incrementar sus niveles de producción.

Es importante mencionar que hasta el 2013 el shale oil estadunidense tenía costos de producción por sobre los USD 60 el barril. Sin embargo, el gobierno de EE.UU ha logrado paulatinamente reducir estos costos hasta bordear los USD 40 en 2016 dentro de un criterio de autoabastecimiento energético, reduciendo su demanda por petróleo extranjero. Esto llevó a los miembros de la OPEP –liderados por Arabia Saudita– a reestructurar al alza sus cuotas de producción (2014), buscando producir más y bajar el precio del barril, lo cual convertía en inviable las cuotas de producción alcanzadas por el mercado del shale oil.

Sin embargo, esta inyección de crudo causó un desplome en los precios en diciembre del 2014 fruto de la desaceleración de la demanda por parte de economías emergentes asiáticas, y niveles de reservas e inventarios estables con un R/P de 52.5 años y 1,043 mbd (dentro de los máximos históricos). Lo anterior viene a demostrar que las preocupaciones respecto a un posible déficit mundial carecían de fundamento tanto en mayo de 2008 por parte de la AEI, como en junio de 2011 por parte de la OPEP. 

El año 2015 se inaugura con un precio de USD 50 barril, lo que sepulta el debate sobre el “peak oil” pasándolo a el ámbito de la sobreoferta de crudo dentro de un mercado marcado por dos elementos: la carrera de producción que tiene lugar desde el año 2009 entre Rusia, Estados Unidos y Arabia Saudita; y la desaceleración de la economía global, la cual vuelve a mostrar indicadores preocupantes ya en el marco de la actual guerra comercial entre EE.UU y China.

La carrera petrolera geopolítica de EE.UU y Rusia

Estados Unidos y Rusia mantienen una guerra abierta en la producción de crudo que ha ido escalando año a año, tanto en sus niveles de bombeo como en el ámbito de su influencia en materia de política exterior (Ucrania, Siria, Venezuela…). 

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Estados Unidos, desde abril de 2015 bajo la administración de Obama, inició una estrategia política – petrolera en el Caribe que buscó quebrar el apoyo de determinados países de la Comunidad del Caribe (CARICOM) hacia Venezuela y consolidar las sanciones estadounidenses al régimen de Nicolás Maduro. 

La estrategia impulsada desde la Casa Blanca a través de la Iniciativa de Seguridad Energética para el Caribe (CESI) tenía como objetivo competir con Petrocaribe, organización puesta en marcha por los entonces mandatarios Hugo Chavez y Fidel Castro en 2005, y de esta manera reducir la dependencia que las pequeñas islas de la región caribeña tienen del crudo venezolano. 

Sin embargo, desde la llegada de la administración Trump y la agudización de la grave crisis económica y política venezolana, los países caribeños han visto menguar el apoyo tanto estadounidense como bolivariano. En el marco del actual recorte a programas de ayuda a países extranjeros, Washington redujo a 4.3 millones de dólares el monto destinado a potenciar nuevas fuentes de energía en el Caribe. En paralelo, las cada vez más reducidas finanzas de PDVSA han obligado al régimen de Maduro a recortar los gastos de la diplomacia petrolera venezolana. 

En cualquier caso, el espacio energético que antes llenaba Venezuela está siendo ocupado desde 2015 por otros actores como la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNUDI) y Rusia, quien ha realizado varios envíos de combustible a Cuba supliendo suministros que Venezuela no pudo cubrir.

De esta manera Rusia ha expandido su influencia por el mundo utilizando el petróleo como herramienta geopolítica y desafiando los intereses de Estados Unidos. Sin embargo, es una estrategia que también pone en riesgo a la misma Rusia pues presta dinero y hace acuerdos en economías turbulentas y climas políticos inestables. Un ejemplo de esto es el caso de Venezuela, donde Rusia y sus empresas estatales de petróleo ya han prestado e inyectado, desde la llegada del Comandante Hugo Chávez al gobierno, más de 17.000 millones de dólares en los últimos 20 años. Gran parte de los préstamos e inversiones de Rusia se han canalizado a través de Rosneft, el gigante estatal de petróleo y gas dirigido por el aliado de Putin, Igor Sechin, muy conectado con el establishment bolivariano. 

Rosneft, además de en Venezuela, se ha involucrado en varios países con situaciones políticas algo delicadas a nivel internacional. Casos como Cuba, Egipto o Vietnam, entre otros países de importancia estratégica al este del Mediterráneo y en África, son claros ejemplo de sus lógicas de inversión. Sin ir más lejos, Rosneft está operando e influyendo económica y políticamente en el norte de Irak por medio de grandes transacciones de petróleo y gas natural en territorio kurdo. Además, busca competir por el control de los yacimientos petroleros de Irán mientras asistimos a nivel internacional a una escalada de tensiones entre Teherán y Washington.

Dentro de esta contienda geopolítica se suma la decisión del presidente Donald Trump de retirar las tropas estadounidenses de Siria y Afganistán. El vacío de poder resultante con gobiernos claramente mantenidos con el apoyo externo estadounidense seguramente conducirá a una escala de tensión en la zona, incrementado por los intereses geopolíticos israelitas en Oriente Medio. Sin duda, los bloqueos económicos sobre Irán, las amenazas bélicas sionistas, el conflicto interno en Siria y las agresiones sobre territorio kurdo en distintos países podrían conllevar que los precios del petróleo se disparen, especialmente si Irán procediese con su amenaza de bloquear en algún momento el Estrecho de Ormuz.

Mientras que Rusia lleva mucho dependiendo de Rosneft y Gazprom para financiar sus programas gubernamentales y sociales, los Estados Unidos reestructuran su economía buscando impulsar el sector privado y su independencia energética del cartel de la OPEP y cualquier otra nación que afecte a sus intereses.

El “shale oil” estadounidense, el rival de la OPEP+

A esta carrera se suma el reimpulso a los proyectos de shale oil apoyados principalmente por el gobierno de Donald Trump, lo cual ha frenado las pretensiones de la OPEP de impulsar un alza de los precios. El shale oil estadounidense – en términos de producción – ha aplastado las expectativas del mercado, ubicando al gigante norteamericano en el primer lugar a nivel mundial en 2018 con casi 12 mb/d.

El shale oil estadounidense ya no es tan costoso como hace cinco años. En 2018 representó alrededor del 60% de la producción total de EE.UU con un costo de producción por barril entre USD 43 – 48 de acuerdo con la empresa noruega Rystad Energy. Esto ha permitido: mantener precios bajos en sus derivados de petróleo para el consumo impulsando la industria refinadora de EEUU, aunque los márgenes de ganancia en la venta del shale no poseen los mismos niveles de beneficio como hasta el 2014. Las empresas aun se benefician al incrementar sus niveles de inventarios con petróleo importado (como el venezolano) a bajo precio y posteriormente venderlo en el mercado de futuros.

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Sin embargo, esta estrategia del gobierno de Trump ha llegado a su punto máximo. Según la empresa texana Anadarko y la anglo-neerlandesa Royal Dutch Shell, después de años de inversiones en shale es momento de congelar o recortar presupuestos y transferir las ganancias a los inversores. La razón principal es que recortar los costos de producción del shale requieren una nueva inversión que tomaría entre 12 a 18 meses ver a sus beneficios. Este periodo de tiempo para muchos inversores no es atractivo, pues implica esperar y genera dudas tomando en cuenta la guerra de precios entre la OPEP y productores de shale que sucedió entre 2014-2016.

Fruto de lo anterior, la OPEP y Rusia acordaron una reducción de la producción petrolera de 1.2 mb/d desde enero de 2019 por seis meses, buscando hacer sufrir a la industria del shale con un periodo de bajos ingresos, al reducir sus ganancias por ventas de petróleo importado en el mercado de futuros durante el primer semestre.

Aunque muchos analistas piensan que disminuir la producción de los países de la OPEP+ (incluye Rusia) es suficiente para aumentar los precios en el corto plazo; para otros como es el caso de Forbes en enero 2019, opinan que el shale va a crecer a un ritmo exorbitante beneficiándose del recorte de la OPEP+ en el corto plazo con precios altos como entre 2008-2014, lo que permitirá una nueva reducción de sus costos de producción en el mediano plazo. Lo anterior iniciaría nuevamente una guerra de precios entre el shale oil y la OPEP, que para Arabia Saudita y Rusia sería una ronda interminable de recortes en sus cuotas, mientras la producción crece fuera de su control a un ritmo mayor del que crece la demanda global por petróleo.

Morgan Stanley y Goldman Sachs (enero 2019) estiman que de mantenerse los niveles de producción de shale oil es poco probable que los precios en el 2019 lleguen a niveles de USD 70 por barril (escenario no deseado para los miembros de la OPEP). Aunque habrá que esperar a finales del primer semestre del año y ver si EEUU endurece las sanciones contra Irán, si la OPEP+ realiza una extensión a su acuerdo temporal o si los Estados Unidos excede la capacidad productiva saudí (infraestructura industrial de explotación petrolera).

La situación ideal para la mayoría de los miembros de la OPEP es un precio estable de mercado en el rango de USD 70 – USD 90 el barril. Esto implica la posibilidad cubrir las obligaciones fiscales nacionales, pero no tan alto como para estimular la inversión en fuentes de combustible y tecnologías que compiten entre sí, especialmente los renovables y los automóviles eléctricos de acuerdo con British Petroleum. Sin embargo, durante el año pasado las sanciones a Irán, la crisis económica de Venezuela y la repentina salida de Qatar de la OPEP han servido para socavar la capacidad de fijación de precios del cartel.

La OPEP+, que representa el 55% de la producción mundial de petróleo, ha tenido dificultades para cumplir con sus responsabilidades como “estabilizador de mercado”. Arabia Saudita en particular, siendo el productor mundial de “swing”, es quien puede aumentar o disminuir el suministro con costos mínimos de producción, pero no ha logrado implementar los recortes necesarios para mantener el petróleo alrededor de USD 70 barril desde el 2015.

Si bien Arabia Saudita está decidida a proteger sus aspiraciones de precios al realizar recortes sustanciales de producción, no hay claridad respecto a sus aliados en el ámbito político y productivo. A nivel político, la OPEP eximió a Venezuela, Libia e Irán de realizar recortes de producción dentro del acuerdo de Viena en diciembre 2018. La decisión en el caso de Venezuela y Libia obedece a los problemas que ambos países atraviesan para mantener sus niveles de producción. En cuanto a Irán, la exclusión se da por el peso de las sanciones ya impuestas por Estados Unidos para obligarla a frenar sus supuestos programas nucleares y de misiles, así como su apoyo a determinadas facciones políticas en Yemen, Líbano y otros territorios del Medio Oriente. 

En el ámbito productivo los socios no OPEP –principalmente Rusia y México– muestran poca claridad respecto a su posición productiva. Los datos muestran que en el caso de Rusia se aumentó la producción de petróleo en diciembre a un récord cercano a los 11.5 mb / d, y no está claro ni cuándo ni cuánto se reducirá.

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En este contexto, el 2019 arranca con tres macro productores (Estados Unidos, Arabia Saudita y Rusia) con una oferta que se reajustará de manera gradual debido a que la demanda está afectada por un esquema mixto: los consumidores esperan que se mantenga la caída de los precios del cuarto trimestre del 2018 y la economía global vuelve a mostrar claros signos de desaceleración.

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Arrancamos el año 2019 con un mercado con exceso de oferta petrolífera. El 2018 cerró con una producción de 100.87 mb/d y los niveles de inventario mundial  se ubicaron en 3,948 mbd (segun la AEI) que se ve agravado por la desaceleración económica y el riesgo de una recesión mundial. Las importaciones de China e India no han sido suficientes para compensar la caída del consumo en otras economías emergentes, esto implica que aún más presión a la baja sobre los precios. Lo único que puede aliviar un poco estás tensiones es la firma de un acuerdo entre EEUU y China que ponga fin a la guerra de aranceles, lo que permitiría suavizar las alertas sobre el grado de desaceleración de la economía y, por extensión, sobre su impacto en las cifras de demanda de crudo. Se estima que en 2018 el consumo de petróleo cerró en 100 mb/d de acuerdo con la OPEP, y que el crecimiento de la demanda en el 2019 será – según la AEI – ligeramente mayor a 1.4 mb/d, principalmente debido a que se presume que los precios promedio estarán por debajo de los niveles del año anterior. 

Mientras tanto, los refinadores se enfrentan a un año difícil. La capacidad de procesamiento aumentará en 2.6 mb/d, el mayor crecimiento de las últimas cuatro décadas, mientras que los márgenes ya están presionados por este supuesto exceso de oferta ante una débil demanda. 

Los cambios en las regulaciones de combustibles marinos con los que procederá la Organización Marítima Internacional en 2020, el cual limitará a un 0.5% la presencia de azufre en los combustibles marinos (actualmente se limita a 4.5%) son otro gran problema para algunas compañías que refinan principalmente crudos pesados que tienen normalmente un alto contenido de azufre. Estas compañías refinadoras y productoras deberán encontrar puntos de venta para el combustible no deseado con alto contenido de azufre y para el crudo deseado.

Para todos los players de la industria -en sentido ascendente y descendente- se prevé un año 2019 duro y de reacoplamiento de la industria para el siguiente ejercicio. 

En conclusión, el mercado del crudo se consolida con tres eventos para el 2019:

  • El primero es que el peak oil pronosticado en algún momento para el 2016 ha quedado desestimado principalmente por los hallazgos de nuevos yacimientos y la producción del shale oil. 
  • El segundo es que las afectaciones al precio del petróleo por eventos políticos de países miembros de la OPEP no en todos los casos tienen efectos sostenidos de corto plazo, pero si en el mercado de futuros. Esto es debido a que no todos los países OPEP cuentan con la capacidad instalada para aumentar sus niveles de explotación de forma inmediata. Un ejemplo de esta realidad es Venezuela, quien posee el 17.9% de reservas probadas de crudo (las mayores del planeta) y explota actualmente alrededor de 1.3 mb/d (1% del suministro mundial) pese a contar con una capacidad instalada de 4 mb/d. Un cambio de gobierno en dicho país no implicará que se recupere la capacidad de producción de manera inmediata. Sin embargo, un cambio en la política de compra del crudo venezolano por parte de EEUU claramente afectará el mercado de futuros.
  • El ultimo evento es el auge de la producción shale oil en EEUU, lo cual hará que los precios del petróleo continúen en una montaña rusa volátil como durante el 2018. Los precios futuros del barril WTI (mercado de futuros) probablemente se mantendrán por debajo de USD 45 el barril mientras que el Brent se cotizará en el rango de USD 50 – USD 60. En lo que va del 2019 los precios del petróleo fluctúan en un 5% día a día lo que refleja un nivel sin precedentes de volatilidad. 

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Estos tres eventos serán fundamentales junto con las expectativas de oferta basada en proyectos financiados en años anteriores de los tres macro productores, además de la demanda basada en el desempeño económico y los factores geopolíticos definirán los precios del petróleo para el 2019. 

La pregunta que se abre a partir de aquí es si es probable que los fundamentos económicos, tecnológicos y geopolíticos detrás de estas tendencias de precios cambien dramáticamente en los próximos 12 meses. En todo caso lo que hasta ahora esta claro claro es el factor influyente de la agitación geopolítica entre EE.UU, Rusia y Arabia Saudita. En este sentido, los mercados petroleros de 2019 deberían parecerse mucho a los de 2018: volátiles, cíclicos e impredecibles, con una tendencia a la baja si la recesión mundial golpea.

 

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Darío Sztajnszrajber: “Un docente es alguien que inspira a que el otro se transforme”

“A mí me gusta pensar a la filosofía más que nada desde su faceta deconstructiva, vendría a ser un arte que tiene como objetivo la pregunta perturbadora, provocativa que busca desestructurar el sentido común. Sirve para cuestionar el sentido común vigente y para eso echa mano a toda una serie de cuestionamientos que en general en las sociedades son vistos en su carácter de inútil”, dice el filósofo y más conocido por los argentinos ante la tan simple y compleja consulta de para qué sirve la filosofía.

El multifacético pensador contemporáneo del apellido difícil señala también que la filosofía viene a poner en cuestión también la idea de que todo en el mundo que vivimos tenga que servir para algo y rescata el rol transformador de la educación. “El criterio de la utilidad se ha vuelto un valor hegemónico, un valor que nadie visualiza como tal, que se da por supuesto. Y la filosofía busca sacar a luz qué hay detrás de ese supuesto”. Desde Universidad lo interrogamos por el significado del nombre de su espectáculo (que se presenta en Resistencia, Chaco el 13/04 y en Posadas, Misiones el 14/04) y si de alguna manera interpela al lugar que ocupa la educación.

¿Qué implica salir de la caverna hoy? ¿Cuál es el rol de la educación y la Universidad?

Salir de la caverna hoy para mí tiene que ver con una relectura de la alegoría platónica, en no pensar en que uno alcanza una realidad verdadera sino que hoy salir de la caverna sería despojarte de aquella cotidianeidad que das por supuesta y entonces entrar en una caverna mayor, una caverna mayor que al principio se te presenta con toda su diferencia con respecto a la anterior y te brinda respuestas nuevas, pero que lentamente también vas entendiendo que se trata de otro dispositivo, por eso creo que una pedagogía emancipatoria hoy en el mundo de la educación tendría que tener que ver más con inspirar a los estudiantes a estar saliendo permanentemente de cavernas, salir de la caverna es un ejercicio permanente, una revolución permanente.

Ahí cobra gran importancia el docente y su relación de poder con el alumno…

La docencia es una figura de la amistad. Me gusta esa idea de amistad nietzscheana donde Nietzsche invoca a acercarnos al extraño y no al prójimo, al próximo, o sea al propio. Entonces entiendo que están cambiando mucho los tiempos a nivel material, tecnológico y que el aula tradicional ha muerto y no se sostiene hoy un vínculo docente – alumno como en el siglo pasado. Sobre todo porque cualquier estudiante nuestro de enseñanza media ya sabe más que un profesor porque tiene mayor capacidad de acceso a la información que circula, con lo cual obliga a repensar cuál es la función docente. Creo que cada vez menos tiene que ver con los contenidos y cada vez más con provocar un acontecimiento educativo que es otra cosa, que es inspirar a que los estudiantes busquen su propia transformación. Yo lo resumiría así: un docente es alguien que inspira a que el otro se transforme. Un docente y un estudiante mantienen una relación de poder y esa relación de poder por suerte genera la mutua transformación y de alguna manera de lo que se trata es de que esa diferencia se sostenga porque si no, el poder se vuelve abusivo y entonces el docente termina disolviendo la otredad del alumno para conformarlo de acuerdo a su propia expectativa.

Tomamos aire luego de la reflexión para meternos en su parte histriónica. Sus libros, la televisión, el teatro, en definitiva: la masividad, algo impensado para un filósofo.

Estás por sacar un nuevo libro que se llama “Filosofía en 11 frases”: ¿por qué 11? Si tuvieses que elegir alguna frase para describir la coyuntura (aunque no esté entre las del libro) ¿cuál sería?

Sí, salgo con un libro en mayo que se llama Filosofía en 11 frases, lo presentamos en la Feria del Libro el domingo 13 de mayo. Son las 11 frases que a mí más me han interesado a lo largo de la historia de la filosofía y con la contundencia y el cliché que tienen esas frases trato de generar una deconstrucción de las mismas e ir trabajándolas, asociándolas con otros conceptos filosóficos pero también atravesado el texto con ficción, que va haciendo de las frases una especie de postas para la historia de un personaje que anda pululando por la Argentina de hoy, en el marco de una fuerte crecida de violencia política.

Si tuviera que elegir una, elegiría la última de las 11 frases que analizo que es “Donde hay poder, hay resistencia” de Michel Foucault y me parece fundamental que hoy repensemos esa frase y leamos el texto de Foucault histórico “Historia de la sexualidad, volumen 1” para entender por fuera de cómo se presentan los medios de comunicación sobre todo la cuestión del poder en la Argentina de hoy, nuevas lecturas que nos ayuden a mover un poco las piezas que parecen tan firmes y entender por dónde pasa hoy el poder, qué es hoy resistir al poder, si sigue teniendo sentido la palabra resistencia, si no es la resistencia una necesidad del poder, etc.

¿Cuándo te diste cuenta que te habías vuelto un personaje masivo?

Para nosotros, hacer Mentira la verdad que fue el programa que hicimos a partir del 2011 en Canal Encuentro fue un placer y nos dio mucha satisfacción porque veíamos que podíamos ir pergeñando nuevas formas de hacer filosofía poniendo allí mucho de lo que veníamos experimentando en el aula, era un desafío que cuando empezamos a terminar de editar los programas los veíamos muy logrados. No sabíamos cómo iba a pegar y la verdad que excedió todas nuestras expectativas porque siempre pensamos que iban a ser programas que iban a circular en las aulas, en los colegios y sobrepasó ese primer objetivo. Después de Mentira la verdad los distintos proyectos donde nos fuimos metiendo de divulgación de la filosofía empezaron a tener otra llegada.

Sobre el aborto y el feminismo

¿Cuál es tu postura frente al aborto?

Estoy a favor de la despenalización del aborto. El cuerpo de la mujer es una de las principales víctimas del poder patriarcal y la prohibición del aborto se inscribe en gran parte de estas políticas que se asocian a toda una serie de consecuencias sociales de las cuales, sobre todo, la más importante obviamente es la fuerte diferencia social que aqueja a las mujeres que no tienen la capacidad de acceso que sí tienen otras.

¿Qué es el feminismo?

El feminismo postula dos cuestiones que para mí son claves: no solo cambia nuestra idea de lo sexual, de la identidad y del género sino que además cambia nuestra idea de hacer política porque me parece que los movimientos feministas están de algún modo siendo una muy interesante respuesta a la crisis de la política tradicional. Lo que propone el feminismo es repolitizarlo todo, entender que detrás de los lugares donde menos se supone que circula el poder es donde más se hace política.

Arte, Sociedad y Política: Otras formas de protesta

Juan-Ramón Barbancho

Facultad de Artes. Universidad Central del Ecuador


Resumen:
            El arte, en la sociedad actual, debe ser una poderoso llamamiento a la acción, donde los/as creadores/as se impliquen de manera activa y efectiva en y con los problemas de afectan a sus conciudadanos/as. Ha pasado el tiempo del artista –genio romántico- encerrado en su estudio esperando a que llegue la inspiración: la inspiración está en la calle. El arte verdaderamente social debe ser un intersticio que abra brechas por donde los asuntos sociales y políticos pasen a primer nivel, porque el arte, en el siglo XXI, será social o no será.
En las últimas décadas del siglo XX, especialmente en América Latina, las especiales circunstancias políticas hicieron que artistas, tanto individuales como organizados en colectivos, se implicaran, del brazo de los/as demás ciudadanos/as en la lucha política.

* * * * *

“El mundo de la expresión artística es el mundo de la belleza,
pero también el mundo de la reflexión, la experimentación,
la denuncia, la provocación, la innovación” 1

Acciones de arte y política, o donde el arte ha intentado interferir en la política convirtiéndose en una herramienta de lucha social, se han dado y se dan en muy diferentes puntos del planeta. Allí donde se dan situaciones de injusticia y opresión y donde hay artistas conscientes de ser una parte más de la sociedad y de su valor para traducir en imágenes y/o acciones esa lucha, aparecen este tipo de trabajos.

En algunos casos esos/as creadores/as se han agrupado en colectivos que ha tenido una vida más o menos efímera, en otros lo han hecho y lo hacen de forma individual. Las manifestaciones han sido y son, unas, más llamativas, ampliándose al ámbito urbano y congregando a numerosos grupos de personas. Otras son menos provocadoras pero pueden ser igualmente eficaces.

Como digo, se dan en muchas partes del mundo, pero tal vez en América Latina, por su “particular” devenir político y social, por su historia de colonialismo, descolonización y neocolonización se provoque un caldo de cultivo especial para este tipo de situaciones. También podría aventurarme a decir que la conciencia social y política de los/as artistas latinoamericanos/as está más despierta, pero esto podría entenderse como un agravio comparativo para los/as creadores/as de otros lugares y no es mi intención, porque, además, estas situaciones de dan –o se pueden dar- en todos lados. Pero sí que es cierto que en el “nuevo continente” se han dado de una manera especial, y como prueba de ello hay ejemplos más que significativos de la lucha de los/as artistas contra sus respectivas dictaduras, cosa que, por ejemplo, en Europa no se ha dado con “nuestros” regímenes autoritarios y antidemocráticos, al menos hasta el momento presente.

Este activismo artístico en América Latina se ha manifestado en modos de producción de formas estéticas y de relacionalidad que anteponen la acción social a la tradicional exigencia de la autonomía del arte, y desde luego totalmente alejado de aquel “arte por el arte”. De hecho, todas estas experiencias cuestionan la institución artística, en muchos casos controlada por el poder, y diluyen el concepto de autor/a en un hecho colectivo de acción social/política/artística, pero poco importa que sea considerado arte o no. No diferencia a artistas de no artistas. Muchos/as ya no quieren “ser artistas”, no en el sentido que tradicionalmente se le ha ido dando, más bien se sienten cómodos/as con el papel de mediadores/as o posibilitadores/as. Lo “artístico” está en que provienen del mundo de la creación estética y se aprovechan de su capacidad y experiencia como organizadores/as visuales para buscar información, documentarla y comunicarla, para hacer del arte una práctica ubicada en el intersticio de otros territorios. El ser artista es una función y los/as artistas buscan socializar esa función y su experiencia. Su finalidad es social/política de concienciación, no la producción de “objetos”, más bien lo que se produce es la acción, más claramente que nunca, de un “estar juntos” que diría Bourriaud y el activismo artístico busca una transformación social/política.

Como ejemplo de esto, Tucumán Arde, realizado a principios de 1968, fue una acción artístico/política de denuncia, donde un grupo de artistas, periodistas y sociólogos de Buenos Aires y Rosario, se propusieron, como otros grupos del mismo tipo en América Latina, sacar el arte de las instituciones, que estaban controladas por los medios de la Dictadura y la censura hacia todo “arte revolucionario”, denunciar la situación de la cultura y, sobre todo, poner su trabajo como artistas y pensadores al servicio de la sociedad. En este caso de la sociedad y el pueblo de Tucumán, donde el poder y la burguesía industrial estaban cerrando los molinos de azúcar, bajo el plan “Operativo Tucumán” única fuente de trabajo y supervivencia de los obreros y sus familias, obligando a estos a una emigración forzosa hacia zonas urbanas, donde sólo podrían encontrar un trabajo inseguro y mal pagado.

Los/as integrantes del grupo, compuesto por Eduardo Favario, León Ferrari, Juan Pablo Renzi, Roberto Jacoby, Graciela Carnevale, María Teresa Gramuglio y Nicolás Rosa, entre otros, firmantes del manifiesto “Tucumán arde”, buscaban una forma de integrar el arte y la sociedad y de buscar una salida útil a su trabajo. A finales de los años cincuenta las vanguardias se habían consolidado y muchos artistas ya habían abandonado los soportes tradicionales eligiendo el conceptualismo como la forma más óptima de enfrentarse al “arte oficial” y dirigirlo hacia una actividad intelectual crítica, bajo la consigna de “el arte pasa a la acción”.

Para eludir la censura organizaron el I Encuentro Nacional de Arte de Vanguardia, cuya primera acción fue “Tucumán arde” y así denunciar ese plan del Gobierno, “Operativo Tucumán”, puesto en marcha en 1966.

El proceso de la obra fue laborioso, al tener que viajar varias veces a Tucumán para, allí y con los protagonistas, recoger toda la información posible sobre lo que estaba ocurriendo y sus nefastas consecuencias, para conformar lo que ha sido uno de los ejemplos más destacados de arte político y de investigación de América Latina. Constituyeron los que se llamó un circuito sobreinformacional, recogiendo los testimonios de los afectados en documentos, fotografías y filmaciones, para después llevarlos, con el formato de exposición, a diferentes lugares del país, algo que no se puedo llevar a cabo por los impedimentos del Gobierno y de la censura.

Sí que se pudo efectuar una parte del proyecto, la recogida de información, y realizar la primera exposición. El trabajo tenía tres etapas: la primera la recogida de la información en el lugar mismo de los hechos, para lo que contaron con la colaboración de grupos estudiantiles y obreros que se integraron así a la manifestación de la obra.

En un segundo lugar elaboraron esa información que serviría para la organización de la exhibición en las Centrales Obreras.

La segunda parte fue la exposición de esta información. En noviembre de ese mismo año se realizó la muestra en la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT) de Rosario, que se convirtió en un espacio asombroso, con el suelo cubierto con los nombres de los terratenientes de los molinos de azúcar, evidenciando sus relaciones con el poder político local. Los/as visitantes tenían que pisar aquellos nombres para entrar.

Sobre las paredes se podían leer los informes y ver los reportajes sobre la situación en Tucumán, además de películas, audiovisuales y fotografías, un hecho curioso es que las luces se apagaban intermitentemente cada dos minutos, como una alusión al tiempo promedio en que se producían muertes infantiles en Tucumán, debido a la crisis y la pobreza de las familias que se habían quedado sin trabajo. A los/as visitantes se les ofrecía café sin azúcar.

Esta misma exposición se realizó el  25 de noviembre en Buenos Aires, con el lema, colocado a la entrada, de “Visite Tucumán, jardín de la miseria”, en contraposición al lema del Gobierno “Tucumán, jardín de la República”. No pudo tener el éxito de la muestra de Rosario, ya que a pocas horas de su inauguración se ordenó su clausura y las previstas para Santa Fe y Córdoba no se pudieron realizar, sin que tuviera lugar la tercera parte del proyecto con la recogida y publicación de toda la información, síntesis y evaluación de lo ocurrido.

En un contexto parecido y con una situación política similar, en 1979, en plena dictadura de Pinochet, surgió en Chile, por parte de algunos/as creadores/as, la necesidad de tomar una postura frente al poder, manifestarse como artistas y como ciudadanos/as y realizar una serie de acciones que pusieran de manifiesto no sólo su oposición al régimen sino también su compromiso como creadores/as. En una situación así era fácil jugarse la libertad, e incluso la vida, pero también era necesario poder expresarse, tuviera las consecuencias que tuviera.

En este contexto y con esta necesidad, el sociólogo Fernando Balcells, la escritora Damiela Eltit y los artistas Raúl Zurita, Lotty Rosenfeld y Juan Castillo crearon el Colectivo de Acciones de Arte (CADA), a través del que llevaron a cabo una serie de acciones artísticas que denunciaron los abusos de la dictadura y evidenciaran su oposición, que no era otra que la de la mayoría de los/as chilenos/as.

Estas acciones fueron maniobras teatrales y de performance, acciones e intervenciones en las calles. Además de un compromiso social y político, ponían de manifiesto que el arte no era una actividad encerrada en los centros de arte para un público elitista, sino que, más bien, debía ser una práctica social necesaria, eliminando así la tradicional distancia que parecía habitual entre el/a artista y el/a espectador/a. No sólo ponían en evidencia su compromiso, sino que invitaban a todos/as los ciudadanos/a a participar en sus protestas, a salir de una situación pasiva de resignación. La dimensión de estos trabajos, invadiendo la esfera de lo social/ciudadano, se salía así de lo “institucional” llegando a todos los ámbitos.

Fueron muchas las acciones que llevaron a cabo durante los años que funcionó el grupo, y algunas de ellas aún siguen vigentes. Todavía hoy, el CADA se mantiene como un referente en lo que a formas de protesta política desde el arte se refiere, no sólo en América Latina, sino a nivel internacional.

Uno de sus primeros trabajos fue Inversión de escena, el 17 de octubre de 1979, donde ocho camiones de la fábrica de leche Soprole recorrieron la ciudad hasta pararse frente al Museo Nacional de Bellas Artes. Encerró una metáfora interesante, una denuncia del sistema del arte, al ir desde una conservera a “otra”, la del arte apartado de la sociedad por la dictadura, a la vez que se ponía de manifiesto la censura cultural del régimen.

La fachada del museo fue cubierta con una gran tela blanca, enmascarando la institución, invirtiendo la escena, y evidenciando que el arte no estaba dentro sino en la calle: “el arte es la ciudad y el cuerpo de los ciudadanos desnutridos”.

Uno de sus trabajos más impactantes fue Ay Sudamérica, en 1981, en el que desde seis aviones lanzaron sobre Santiago cuatrocientos mil panfletos en los que explicaban la relación entre el arte y la sociedad y la necesidad de que ambos estuvieran unidos. A través de esto, como decía antes, el arte era sacado de las instituciones y de los salones de la burguesía y demandaba que cada persona tuviera el derecho a llevar una vida de libertad. Fue el 12 de julio. Este “bombardeo” sobre la ciudad tenía otra intención, al recordar el ataque aéreo sobre la Casa de la Moneda, que dio inicio a la dictadura militar.

            El fulgor de la huelga, llevada a cabo en 1981, se realizó en una fábrica de metales y fue la puesta en escena de una huelga de hambre en la que se denunciaba la situación de desempleo de obreros, debido a la crisis en la que se encontraba el país.

            A la hora señalada (1982) fue una acción de Juan Castillo y Raúl Zurita, llevada a cabo en una fábrica de luces, en la que, retomando escenas de la película High Noom, los artistas se enlazaron en un duelo, creando una situación tensa, un duelo pacífico, rodeados por una línea de neón, donde denunciaban la violencia de la dictadura, y jugando con la doble acepción de la palabra duelo, como lucha y como luto, en este caso por los derechos civiles de la población chilena.

Acciones colectivas, donde formaron parte otros/as artistas, agentes sociales y público en general, como NO +, que se llevó a cabo desde 1983 hasta 1988, fue una protesta llevada a cabo por el grupo, pero donde se invitaba a todos/as a completar la frase.  Se extendió por todo Chile, hasta llegar a interferir en el plebiscito del 88, donde la población votó no a la dictadura.

En septiembre de 1985 Viuda se propuso dar relieve a la situación de las mujeres cuyos maridos habían sido asesinados por la represión del régimen. Era el retrato de una mujer, que se podía extrapolar al de muchas, con el texto, más que explícito, “Mirar su gesto extremo y popular. Prestar atención a su viudez y sobrevivencia. Entender a un pueblo”. Con ella se ponía de manifiesto, también, la situación de miles de familias que habían quedado al cuidado de las mujeres, la fortaleza de ellas y la brutalidad de la dictadura.

Como estás comentadas, todas las acciones del CADA pusieron de manifiesto, como digo, tanto el compromiso de sus integrantes con la sociedad, como la capacidad del arte para convertirse en una eficaz herramienta de denuncia y lucha política.

Otros/as artistas, algunos/as también en colectivos pero muchos/as de forma individual, también han hecho de su trabajo un constructo social/político. Sin duda las acciones del CADA son un referente, como digo, de lucha política en primer plano, pero igualmente hay otras formas de hacer, otras formas de crear desde el compromiso. Tal vez podamos pensar que algunas, por más poéticas quizá, sean menos impactantes, aunque no por eso menos eficaces. De lo que se trata, en el fondo, es de ser conscientes de que el arte ya no puede continuar encerrado en su propia excelencia, tiene que ser un arma de combate, una herramienta social, y que todos/as tenemos que estar comprometidos en el deseo de hacer una sociedad más justa, cada uno/a desde nuestra posición.

El Silueteazo (Argentina, 21 de septiembre de1983) fue una acción colectiva de protesta y reivindicación con la que Rodolfo Aguerreberry (1942/1997, docente y artista), Guillermo Kexel (1953, diseñador, serígrafo y artista) y Julio Flores (1950, docente y artista) se plantearon que el arte, ante la situación que se vivía en su país, con la dictadura militar, debía convertirse más en una acción social/política que en la producción de “objetos”. Debían sacarlo de las instituciones, caducas y dominadas desde el poder, para enfrentarse con éste desde la calle. Además, como otros muchos grupos y artistas del mismo pensamiento, abogaban por la disolución de la “obra de arte” y del concepto de autor, si acaso éste debería ser el colectivo. Un planteamiento de lucha frente al Estado que había censurado toda oposición, incluso condenando al exilio a algunos artistas.

Las manifestaciones de las “Marchas de resistencia” y el movimiento de “Las madres de la Plaza de Mayo” alentaron a los miembros del colectivo a tomar partido y unirse a ellas desde la acción artística. Pero fue mucho más allá, al convertirse en un referente de acción social/política en toda Argentina.

Originalmente, el Silueteazo fue una iniciativa de estos artistas para participar en el Premio Objeto y Experiencias de la Fundación Esso, convocado en 1982. La propuesta fue mucho más allá de los límites institucionales y se convirtió en una acción colectiva, con la que quisieron abordar la realidad política en la que se encontraba el país y, así, demostrar que el arte, convertido en acción pública, era mucho más de lo que se estaba haciendo, demostrar su compromiso con la sociedad.

La idea surge de un cartel del artista polaco Jerzy Spasky que había sido publicado en el Correo de la UNESCO unos años antes, y que venía perfectamente para denunciar los desaparecidos por la dictadura. La obra de Spasky hacía referencia a los muertos en Auschwiz, con el lema “Cada día en Auschwitz morían 2.370 personas, justo el número de figuras que aquí se reproducen”. Se ajustaba perfectamente a su idea de denuncia por los desaparecidos y fue apoyado por las Madres de la plaza de Mayo. La acción ocurrió desde la plaza hasta las calles de la ciudad. Consistió en realizar una silueta, de ahí su nombre, por cada desaparecido. Fueron muchas las personas que se prestaron para que su cuerpo fuera la silueta de los desaparecidos, convirtiéndose así la obra en una acción verdaderamente social, colectiva. Miles de siluetas ocuparon calles y edificios.

El trabajo de estos colectivos es claramente social/político, pero también hay en América Latina otros y otras artistas que trabajan a título individual y que, como los casos anteriormente citados, hacen de su trabajo una manifestación plástica y evidente de su compromiso social/político y de la necesidad que tienen, no ya como creadores y creadoras sino como personas, de implicarse de una manera activa con/en la vida de los/as demás.

Como digo, todos los trabajos citados en este artículo dan cuenta del compromiso social/político de sus autores/as, tanto individualmente como integrados en diferentes colectivos, y, además, evidencian que el arte tiene —debe tener— esa responsabilidad, cuando las circunstancias así lo exigen. No podemos quedarnos encerrados en esa “torre de marfil”, hay que salir a la calle, hay que interactuar con los/as demás ciudadanos/as, tenemos que hacer de nuestro trabajo un verdadero constructo social.

BIBLIOGRAFÍA

Ardenne, Paul (2006). Un arte contextual. Creación artística en medio urbano, en situación, de intervención, de participación. CENDEAC, MURCIA.
Barbancho, Juan-Ramón (2012). El elogio de la locura. Cuando los compromisos devienen en imágenes. Fundación Chirivella Soriano. Valencia.
Barbancho, Juan-Ramón Ed (2013). Conversaciones sobre arte, política y sociedad. Publidisa, Sevilla.
Bourriaud, Nicolas (2008). Estética relacional. Los sentidos/artes visuales. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, Argentina. 2ª edición.
Brea, José Luis (2002). La era postmedia. Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y dispositivos neomediales. Argumentos, Centro de Arte de Salamanca. Salamanca.
Fischer, Ernst (1993). La necesidad del Arte. Nexos. Madrid.

Méndez, Lourdes (1995), Antropología de la producción artística, Síntesis, Madrid.

NOTAS:

1 Varela, J. y  Álvarez Uría, F. (2000): “Materiales de sociología del arte”. Siglo XXI. Madrid, p. X

La conciencia de los ex-comunistas

Por Isaac Deutscher

Texto publicado en abril de 1950. El ensayo apareció como reseña de The God that Failed [El Dios que cayó] en The Reporter (Nueva York), abril de 1950

Ignazio Silone cuenta que una vez dijo jocosamente a Togliatti, el líder comunista italiano: ”La lucha final será entre los comunistas y los ex-comunistas”. Hay en esa broma una amarga gota de verdad. En las escaramuzas de propaganda contra la U.R.S.S. y el comunismo, los ex-comunistas o los ex-compañeros de viaje son los tiradores más activos. Con la displicencia que le distingue de Silone, Arthur Koestler hace una observación similar: ”A todos los comodones insulares anticomunistas anglosajones os pasa lo mismo. Odiáis nuestros lamentos de Casandra y os resentís de tenernos por aliados; pero, en fin de cuentas, nosotros, los ex-comunistas, somos las únicas personas de vuestro bando que saben de qué se trata”.

El ex-comunista es el enfant terrible de la política contemporánea. Aflora en los lugares y los rincones más singulares. Nos aborda y nos obliga a escucharle en Berlín, para contar la historia de su ”batalla de Stalin-grado”, librada allí, en Berlín, contra Stalin. Se le puede encontrar junto a de Gaulle: nada menos que André Malraux, el autor de La condición humana. En el más extraño proceso político de los Estados Unidos, los ex-comunistas han apuntado con el dedo, durante meses, a Alger Hiss. Otra ex-comunista, Ruth Fischer, denuncia a su hermano, Gerhart Eisler, y echa en cara a los británicos que no le entregasen a los Estados Unidos. Un ex-trotskista, James Burnham flagela a los hombres de negocios norteamericanos por su verdadera o supuesta falta de conciencia de clase capitalista, y esboza un programa de acción para nada menos que la derrota universal del comunismo. Y, ahora, seis escritores — Koestler, Silone, André Gide, Louis Fischer, Richard Wright y Stephen Spender — se reúnen para exhibir y destruir al Dios que cayó.

La ”legión” de los ex-comunistas no marcha en estrecha formación. Está desperdigada y ofrece un espectro amplio y prolongado. Sus miembros se parecen mucho los unos a los otros, pero también difieren. Tienen rasgos comunes y características individuales. Todos han abandonado un ejército y un campamento: algunos como objetores de conciencia, algunos como desertores, y otros como merodeadores. Unos cuantos se aferran serenamente a sus objeciones de conciencia, mientras que otros reclaman vociferantemente comisiones en un ejército al que se han opuesto de un modo encarnizado. Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos. Y todos llevan dentro de sí sus comunes resentimientos y sus reminiscencias individuales.

Algunos se unieron al partido en un cierto momento y otros en un momento distinto; la fecha de su incorporación es de gran interés para comprender sus experiencias ulteriores. Por ejemplo, aquellos que entraron en el partido en los años veinte llegaron a un movimiento en el que el idealismo revolucionario encontraba muchas oportunidades. La estructura del partido era todavía fluida; no había entrado aún en el molde totalitario. La integridad intelectual se valoraba aún en un comunista; aún no se había rendido al bien de la raison d’état de Moscú. Los que se unieron al partido en la década de 1930 comenzaron su experiencia a un nivel mucho más bajo. Desde el principio fueron manipulados como reclutas en los cuarteles del partido por los sargentos mayores del partido.

Esa diferencia es significativa para la cualidad de las reminiscencias de los ex-comunistas. Silone, que se unió al partido en 1921, recuerda su primer contacto con verdadero entusiasmo; sus recuerdos transmiten plenamente la excitación intelectual y el entusiasmo moral que latían en aquellos tempranos días. Los recuerdos de Koestler y Spender, que llegaron al partido después de 1930, revelan la completa esterilidad moral e intelectual de su primer contacto. Silone y sus camaradas se ocuparon intensamente de ideas fundamentales, antes y después de ser absorbidos por los afanes del deber cotidiano. En la historia de Koestler, su encuadramiento y cometido en el partido dejan desde el primer momento en la sombra toda cuestión de ideal y convicción personal. El comunista de primera hora era un revolucionario antes de convertirse, o de que se supusiese que debía convertirse, en una marioneta. El comunista de alistamiento tardío apenas tuvo la oportunidad de respirar el genuino aire de la revolución.

No obstante, los motivos originarios para su incorporación al partido fueron similares, si no idénticos, en casi todos los casos: la experiencia de la injusticia o de la degradación social; el sentimiento de inseguridad fomentado por crisis sociales o económicas; y el anhelo de un gran ideal u objetivo, o de una guía intelectual digna de confianza, para moverse en el difícil laberinto de la sociedad moderna. Los neófitos del comunismo sentían que las miserias del viejo orden capitalista eran insoportables; y la luz brillante de la revolución rusa iluminaba con una extraordinaria nitidez aquellas miserias.

El socialismo, la sociedad sin clases, la desaparición del estado: todo eso parecía a la vuelta de la esquina. Pocos neófitos sospechaban la sangre, el sudor y las lágrimas que vendrían más tarde. El intelectual convertido al comunismo parecía a sus propios ojos un nuevo Prometeo, excepto que no estaba encadenado a la roca por la ira de Júpiter. ”A partir de aquel momento [así recuerda ahora Koestler su propio estado de ánimo en aquellos días] nada podía perturbar la serenidad y la paz interior del converso, a no ser el miedo ocasional a perder de nuevo la fe…”

Nuestro ex-comunista denuncia ahora amargamente la traición de sus esperanzas. Y le parece que tal cosa casi no ha tenido precedentes. No obstante, cuando describe con elocuencia sus primeras esperanzas e ilusiones, detectamos un tono extrañamente familiar. Exactamente de la misma manera rememoraban el desilusionado Wordsworth y sus contemporáneos sus primeros entusiasmos juveniles por la revolución francesa:

Bliss was it in that dawn to be alive,
But to be young was very heaven! [1]

El comunista intelectual que se aparta emocionalmente de su partido puede pretender para sí una noble ascendencia. Beethoven hizo pedazos la primera página de su Heroica, en la que había puesto la dedicatoria de su sinfonía a Napoleón, tan pronto como supo que el primer cónsul se disponía a subir a un trono. Wordsworth llamó a la coronación de Napoleón ”un triste revés para toda la humanidad”. En toda Europa los entusiastas de la revolución francesa quedaron aturdidos al descubrir que el corso liberador de los pueblos y enemigo de los tiranos era a su vez un tirano y un opresor.

Del mismo modo, los Wordsworth de nuestros días se disgustaron al ver a Stalin fraternizar con Hitler y Ribbentrop. Aunque en nuestros días no se habían creado nuevas Heroicas, las páginas con dedicatorias de sinfonías no escritas fueron rotas igualmente con grandes alardes.

En The God that Failed, Louis Fischer trata de explicar, con unos ciertos aires de remordimiento y no muy convincentemente, por qué se adhirió tanto tiempo al culto de Stalin. Analiza la variedad de motivos, unos de acción lenta y otros de acción rápida, que determinan el momento en que la persona se recobra de su apasionamiento por el stalinismo. La fuerza de la desilusión europea ante Napoleón fue casi igualmente irregular y caprichosa. Un gran poeta italiano, Ugo Fos-colo, que habla sido soldado de Napoleón y había compuesto una Oda a Bonaparte, el liberador, se revolvió contra su ídolo después del tratado de Campoformio, que debió pasmar a un ”jacobino” de Venecia más o menos como el pacto nazi-soviético pasmó a los comunistas polacos. Pero un hombre como Beethoven permaneció bajo el hechizo de Bonaparte durante siete años más, hasta que vio al déspota quitarse la máscara republicana, un hecho que abrió los ojos de los hombres de un modo comparable al de las purgas stalinianas de los años treinta.

No puede haber tragedia mayor que la de una gran revolución que sucumbe al puño que tenía que defenderla de sus enemigos. No puede haber espectáculo tan repugnante como el de una tiranía post-revolucionaria vestida con las banderas de la libertad. El ex-comunista está moralmente tan justificado como lo estaba el jacobino al denunciar el espectáculo y revolverse contra él.

Pero ¿es verdad, como Koestler pretende, que ”los ex-comunistas son las únicas personas … que saben de qué se trata”? Puede aventurarse la afirmación de que la verdad es exactamente lo contrario: de todas las personas, las que menos saben de qué se trata son los ex-comunistas.

En cualquier caso, las pretensiones pedagógicas de los escritores ex-comunistas parecen groseramente exageradas. La mayoría de ellos (Silone es una notable excepción) no han estado nunca dentro del verdadero movimiento comunista, en el meollo de su organización clandestina o abierta. Por regla general, se han movido en la orla literaria o periodística del partido. Sus nociones de la doctrina y la ideología comunista han solido brotar de su propia intuición literaria, que es a veces aguda, pero frecuentemente desorientadora.

Aún peor es la característica incapacidad del ex-comunista para la imparcialidad. Su reacción emocional contra su anterior milieu no le suelta de su garra mortal y le impide la comprensión del drama en que se vio implicado o medio implicado. El cuadro del comunismo y del stalinismo que pinta el ex-comunista es el cuadro de una gigantesca cámara de horrores intelectuales y morales. Al contemplarlo, el no iniciado se siente transportado de la política a la demonología. A veces el efecto artístico puede ser vigoroso: horrores y demonios entran en muchas obras maestras; pero es políticamente indigno de confianza, e incluso peligroso. Desde luego, la historia del stalinismo abunda en horrores. Pero ése no es más que uno de sus elementos; e incluso ése, el demoníaco, tiene que traducirse en términos de motivos e intereses humanos. Y el ex-comunista ni siquiera intenta esa traducción.

En un raro relámpago de auténtica autocrítica, Koestler hace esta admisión:

”Por regla general, nuestros recuerdos representan románticamente el pasado. Pero cuando uno ha renunciado a un credo o ha sido traicionado por un amigo, lo que funciona es el mecanismo opuesto. A la luz del conocimiento posterior, la experiencia original pierde su inocencia, se macula y se vuelve agria en el recuerdo. En estas páginas he tratado de recobrar el estado de ánimo en que viví originariamente las experiencias [en el partido comunista] relatadas, y sé que no lo he conseguido. No he podido evitar la intrusión de ironía, cólera y vergüenza; las pasiones de entonces parecen transformadas en perversiones; su certidumbre interior, en el universo cerrado en sí mismo del drogado; la sombra del alambre de espinos atraviesa el campo de la memoria. Aquellos que fueron cautivados por la gran ilusión de nuestro tiempo y han vivido su orgía moral e intelectual, o se entregan a una nueva droga de tipo opuesto, o están condenados a pagar su entrega a la primera con dolores de cabeza que les durarán hasta el final de sus vidas.”

Ese no es necesariamente el caso de todos los ex-comunistas. Es posible que algunos sientan que su experiencia ha estado libre de los mórbidos armónicos descritos por Koestler. Sin embargo, éste ha dado en ese pasaje una caracterización veraz y honrada del tipo de ex-comunista al que él mismo pertenece. Pero es difícil concordar ese autorretrato con su otra pretensión de que la cofradía en cuyo nombre habla sean ”las únicas personas … que saben de qué se trata”. Con el mismo derecho, quien haya sufrido un shock traumático puede pretender que es él el único que realmente entiende de heridas y de cirugía. Lo único que el intelectual ex-comunista sabe, o, mejor dicho, siente, es la naturaleza de su propia enfermedad; pero ignora el carácter de la violencia externa que la ha producido y su posible terapéutica.

Ese emocionalismo irracional domina la evolución de muchos ex-comunistas. ”La lógica de la oposición a toda costa — dice Silone — ha llevado a muchos ex-comunistas muy lejos de sus puntos de partida; en algunos casos, hasta el fascismo.” ¿Cuáles fueron aquellos puntos de partida? Casi todos los ex-comunistas rompieron con el partido en nombre del comunismo. Casi todos ellos se propusieron defender el ideal del socialismo de los abusos de una burocracia sometida a Moscú. Casi todos empezaron por vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño que se estaba bañando en ella.

Más pronto o más tarde, aquellas intenciones se olvidan o se abandonan. Después de romper con una burocracia de partido en nombre del comunismo, el hereje rompe con el comunismo. Pretende haber descubierto que la raíz del mal alcanza una profundidad mucho mayor de lo que él imaginó al principio, aun cuando es posible que su ahondamiento en busca de aquella raíz haya sido muy perezosa y superficial. El ex-comunista no defiende ya el socialismo de los abusos poco escrupulosos; lo que ahora hace es defender a la humanidad de la falacia del socialismo. Ya no trata de vaciar el agua sucia de la revolución rusa para proteger al niño del baño: descubre que el niño es un monstruo al que hay que estrangular. El hereje se convierte así en renegado.

En qué medida se aparte de su punto de partida, y, como dice Silone, se convierta en fascista o no, depende de las inclinaciones y gustos del ex-comunista: una estúpida caza de herejes stalinistas lleva a menudo a extremos al ex-comunista. Pero, cualesquiera que sean los matices de las distintas actitudes individuales, generalmente el intelectual ex-comunista deja de oponerse al capitalismo. A menudo une sus fuerzas a los defensores de éste, y aporta a esa tarea la falta de escrúpulos, la estrechez mental, el desprecio a la verdad y el odio intenso que le fue imbuido por el stalinismo. Continúa siendo un sectario. Es un stalinista vuelto del revés. Sigue viendo el mundo en blanco y negro, sólo que ahora los colores se distribuyen de modo distinto. Como comunista, no ve diferencia entre los fascistas y los socialdemócratas. Como anticomunista, no ve diferencia entre el nazismo y el comunismo. En otro tiempo aceptó la infalibilidad del partido; ahora se cree infalible a sí mismo. Después de haber sido arrebatado por la ”mayor ilusión”, está ahora obsesionado por la mayor desilusión de nuestro tiempo.

Su anterior ilusión suponía al menos un ideal positivo. Su desilusión actual es enteramente negativa. En consecuencia, su papel es intelectual y políticamente infecundo. También en eso se parece al amargado ex-jacobino de la época napoleónica. Wordsworth y Coleridge estaban fatalmente obsesionados por el ”peligro jacobino”; su miedo amortiguó incluso su genio poético. Fue Coleridge quien denunció en la Cámara de los Comunes un proyecto de ley de prevención de la crueldad contra los animales como ”el mejor ejemplo de jacobinismo legislativo”. El ex-jacobino pasó a ser el apuntador de la reacción antijacobina en Inglaterra. Directa o indirectamente, su influencia se encuentra detrás de las leyes contra los escritos sediciosos y la correspondencia traidora, de prácticas traidoras y de reuniones sediciosas (1792-94), detrás de la derrota de las reformas parlamentarias, detrás de la suspensión del acta de habeas corpus, y del aplazamiento, durante toda una generación, de la emancipación de las minorías religiosas de Inglaterra. Y, en vista de que el conflicto con la Francia revolucionaria ”no era ocasión de hacer experimentos azarosos”, también al mercado de esclavos se le concedió derecho a la vida … en nombre de la libertad.

Exactamente de la misma manera, nuestros ex-comunistas, por la mejor de las razones, hacen las cosas más execrables. El ex-comunista avanza brevemente en primera línea en toda caza de brujas. Su ciego odio hacia su anterior ideal es una levadura para el conservadurismo contemporáneo. No es raro que los ex-comunistas denuncien la más suave tendencia del ”estado benefactor” como ”bolchevismo legislativo”. El ex-comunista hace una contribución de peso al clima moral en que se incuba la contrapartida moderna de la reacción anti-jacobina inglesa.

La grotesca actuación del ex-comunista es un reflejo de la situación sin salida en que él mismo se encuentra. La situación sin salida no es exclusivamente suya; él se encuentra en el mismo callejón en que toda una generación lleva una vida incoherente y perpleja.

El paralelo histórico aquí trazado se extiende al paisaje general de las dos épocas. El mundo está escindido entre el stalinismo y la alianza anti-stalinista de modo muy parecido a como estuvo escindido entre la Francia napoleónica y la Santa Alianza. Es una escisión entre una revolución ”degenerada”, explotada por un déspota, y una agrupación de intereses conservadores predominantes, aunque no exclusivos. En términos de política práctica, la elección parece estar ahora, como lo estuvo entonces, limitada a esas alternativas. Sin embargo, los aspectos buenos y malos de esa controversia están tan desesperadamente confundidos que, cualquiera que sea la elección que se haga, y cualesquiera que sean los motivos prácticos de la misma, es casi seguro que a la larga, y en el sentido más ampliamente histórico, esté equivocada.

Un hombre honrado y de mente crítica podría reconciliarse tan poco con Napoleón como con Stalin. Pero, a pesar de la violencia y engaños de Napoleón, el mensaje de la revolución francesa sobrevivió para resonar poderosamente durante todo el siglo XIX. La Santa Alianza liberó a Europa de la opresión napoleónica y, por algún momento, su victoria fue aclamada por la mayoría de los europeos. No obstante, lo que Castlereagh, Metternich y Alejandro I tenían que ofrecer a la Europa ”liberada” era meramente la conservación de un viejo orden en descomposición. Así, los abusos y la agresividad de un imperio engendrado por la revolución permitieron seguir viviendo al feudalismo europeo. Ése fue el más inesperado triunfo de los ex-jacobinos. Pero el precio que pagaron fue que ellos mismos, y su causa antijacobina, aparecieron como anacronismos viciosos y ridículos. En el año de la derrota de Napoleón, Shelley escribió a Wordsworth:

In honoured poverty thy voice did weave
Songs consecrate to truth and liberty —
Deserting these, thou leavest me to grieve,
Thus having been, that thou shouldst cease to be.[2]

Si nuestros ex-comunistas tuviesen algún sentido histórico, harían bien en ponderar esa lección.

Algunos de los animadores ex-jacobinos de la reacción antijacobina tenían tan pocos escrúpulos ante su cambio de chaqueta como los Burnhams y los Ruth Fischers de hoy. Otros sentían remordimientos, y se excusaban mediante el recurso al sentimiento patriótico, o a una filosofía del mal menor, o a ambas cosas, para explicar por qué habían tomado el partido de las viejas dinastías contra un emperador advenedizo. Aunque no negasen los vicios de las cortes y de los gobiernos que en otro tiempo habían denunciado, alegaban que aquellos gobiernos eran más liberales que Napoleón. Eso era sin duda verdad en el caso del gobierno de Pitt, aunque a la larga la influencia social y política de la Francia napoleónica en la civilización europea fuese más permanente y fecunda que la de la Inglaterra de Pitt; y no hay ni que hablar de la Austria de Metternich o la Rusia del zar Alejandro. ”¡Qué pena que todas las mejores esperanzas de la tierra estén puestas en ti!”: ése fue el suspiro de resignación con que Wordsworth se reconcilió con la Inglaterra de Pitt. ”Mucho más abyecto es tu enemigo”, era su fórmula de reconciliación.

”Muchísimo más abyecto es tu enemigo”, podría haber sido el lema de The God that Failed y de la filosofía del mal menor expuesta en sus páginas. El ardor con que los escritores de ese libro defienden al Occidente contra Rusia y el comunismo es a veces enfriado por la incertidumbre o por una inhibición ideológica residual. La incertidumbre aparece entre líneas de sus confesiones, o en curiosos apartes.

Silone, por ejemplo, describe aún la Italia pre-mussoliniana contra la que, en su condición de comunista, se había rebelado, como ”pseudodemocrática”. Apenas cree que la Italia post-mussoliniana sea mejor, pero ve a su enemigo staliniano como ”más, mucho más abyecto”. En mayor medida que los demás coautores del libro que comentamos, Silone tiene conciencia del precio que los europeos de su generación han pagado ya por la aceptación de filosofías de mal menor. Louis Fischer aboga por la ”doble repulsa” del comunismo y del capitalismo, pero su repulsa de este último suena a débil fórmula para salvar la cara; y su culto recién descubierto del gandhismo no hace otra impresión que la de un escapismo embarazoso. Pero es Koestler quien, ocasionalmente, en medio de toda su afectación de frenesí anticomunista, revela algunas curiosas reservas mentales: ”…si revisamos la historia — dice — y comparamos los fines elevados en cuyo nombre empiezan las revoluciones, con el triste final al que conducen, vemos una y otra vez cómo una civilización corrompida corrompe a sus propios productos revolucionarios” (el subrayado es mío). ¿Ha meditado Koestler las implicaciones de sus propias palabras, o no hace otra cosa que acuñar un bon mot? Si el ”producto revolucionario”, el comunismo, ha sido realmente ”corrompido” por la civilización contra la que se ha rebelado, entonces, por repulsivo que el producto pueda ser, la fuente del mal no está en el mismo, sino en aquella civilización. Y eso será así con independencia del celo con que el propio

Koestler pueda hacer de abogado de los ”defensores” de la civilización a lo Chambers.

Aún más sorprendente es otro pensamiento — ¿o quizás es también solamente un bon mot? — con el que Koestler pone inesperadamente fin a su confesión:

”Serví al partido comunista durante siete años, el mismo tiempo que Jacob pastoreó las ovejas de Labán para conseguir a Raquel. Cuando el tiempo estuvo cumplido, la novia fue conducida a la oscura tienda de Jacob; hasta la mañana siguiente no descubrió éste que sus ardores se habían dirigido no a la amable Raquel, sino a la desagradable Lía.

Me pregunto si Jacob se recuperó alguna vez de la conmoción emocional de haber dormido con una ilusión. Me pregunto si después creyó haber creído alguna vez en aquélla. Me pregunto si el final feliz de la leyenda se repetirá; porque, al precio de otros siete años de esfuerzos, Jacob obtuvo también a Raquel, y la ilusión se hizo carne.

Y los siete años no le parecieron más que unos pocos días, por el amor que le tenía.”

Uno puede pensar que Jacob-Koestler se entrega a la ingrata reflexión de si no habrá dejado demasiado precipitadamente de pastorear las ovejas de Labán-Stalin, en vez de esperar con paciencia a que su ”ilusión se hiciese carne”.

Mis palabras no pretenden censurar, ni menos castigar, a nadie. Mi propósito, conviene repetirlo, es poner de relieve una confusión de ideas que el intelectual ex-comunista no es el único en padecer.

En uno de sus artículos recientes, Koestler desahoga su irritación contra aquellos buenos viejos liberales que se escandalizaron por el exceso de celo anticomunista en un antiguo comunista y le vieron con el disgusto con que la gente ordinaria ve al ”sacerdote que cuelga la sotana y se lleva a una muchacha al baile”.

Bueno, los buenos viejos liberales pueden tener razón, después de todo: es posible que ese tipo peculiar de anticomunista les parezca como un cura que cuelga la sotana y se ”lleva al baile” no precisamente una muchacha, sino una ramera. La completa confusión intelectual y emocional del ex-comunista le hace inadecuado para toda actividad política. Está acosado por una vaga sensación de haber traicionado o sus ideales anteriores o los ideales de la sociedad burguesa; como Koestler, puede incluso tener una noción ambivalente de haber traicionado unos y otros. Entonces intenta suprimir su sentimiento de culpabilidad e incertidumbre, o esconderlo con una manifestación de extraordinaria certidumbre y frenética agresividad. Insiste en que el mundo debería ver la incómoda conciencia que él padece como la más clara de las conciencias. Es posible que el ex-comunista deje de interesarse por toda causa que no sea ésta: la de su propia autojustificación. Y, para cualquier actividad política, ése es el más peligroso de los motivos.

Parece que la única actitud digna que el intelectual ex-comunista puede adoptar es la de elevarse au-dessus de la mêlée. No puede unirse al campo stalinista, ni a la Santa Alianza anti-stalinista, sin hacer violencia a lo mejor de sí mismo. Dejémosle, pues, que se mantenga aparte de ambos campos. Dejémosle que trate de recuperar el sentido crítico y la imparcialidad intelectual. Dejémosle superar la pequeña ambición de meter un dedo en el pastel político. Dejémosle en paz al menos con su propio yo, si el precio que ha de pagar por una falsa paz con el mundo es la renuncia de sí mismo y la denuncia de sí mismo.

Eso no quiere decir que el ex-comunista que sea escritor, o intelectual en general, deba retirarse a la torre de marfil. (De su pasado le queda un desprecio por la torre de marfil.) Pero sí puede retirarse a una torre de observación, a una atalaya. Observar alerta y con im parcialidad este inquieto caos de mundo, estar al acecho de lo que pueda brotar del mismo e interpretarlo sine ira et studio; ése es ahora el único servicio honorable que el intelectual ex-comunista puede ofrecer a una generación en la que la observación escrupulosa y la interpretación honrada se han hecho tan tristemente raras. (¿No es chocante lo poco que se encuentra de observación e interpretación, y lo mucho de íilosofismos y sermoneos, en los libros de la pléyade de los escritores ex-comunistas de talento?)

Pero, ¿puede ahora verdaderamente el intelectual ser un observador imparcial de este mundo? Aunque el tomar partido le haga identificarse con causas que no son la suya, ¿no tiene igualmente que tomar partido? Bien, podemos recordar a algunos grandes ”intelectuales” del pasado que, en una situación similar, se negaron a identificarse con ninguna causa establecida. Su actitud parecía incomprensible a muchos de sus contemporáneos: pero la historia ha probado que su juicio había sido mejor que las fobias y odios de su tiempo. Podemos mencionar aquí tres nombres: Jefferson, Goethe y Shelley. Los tres, cada uno de ellos de una manera diferente, tuvieron que enfrentarse a la opción entre la idea napoleónica y la Santa Alianza. Los tres, cada uno de ellos de manera diferente, se negaron a elegir.

Jefferson fue el más leal de los amigos de la revolución francesa en el período heroico de sus comienzos. Estaba dispuesto a perdonar incluso el terror, pero se apartó con disgusto del ”despotismo militar” de Napoleón. Sin embargo, no tuvo trato alguno con los enemigos de Bonaparte, los ”hipócritas liberadores” de Europa, como él les llamaba. Su imparcialidad no era meramente lo que convenía al interés diplomático de una república joven y neutral; brotaba naturalmente de las convicciones republicanas y de la pasión democrática del propio Jefferson.

A diferencia de Jefferson, Goethe vivió en el mismo centro de la tormenta. Las tropas de Napoleón y los soldados de Alejandro, por turno, establecieron sus cuarteles en Weimar. Como ministro de su príncipe, Goethe se inclinó de modo oportunista ante uno y otro invasor; pero como pensador y como hombre se mantuvo no comprometido y apartado. Era consciente de la grandeza de la revolución francesa y estaba impresionado por sus horrores. Saludó el sonido de los cañones franceses en Valmy, como la obertura de una época nueva y mejor, y supo ver a través de las locuras de Napoleón. Aclamó el momento en que Alemania se liberó de Napoleón, y tuvo una aguda conciencia de la miseria de aquella ”liberación”. Su alejamiento, en ese y en otros asuntos, le valieron el sobrenombre de ”el olímpico”; y no siempre se pretendía que esa etiqueta fuese enaltecedora. Pero su aspecto olímpico no se debía a su indiferencia por el destino de sus contemporáneos. Velaba su drama personal: su incapacidad y falta de ganas de identificarse con causas que eran un inextricable revoltijo de elementos buenos y malos.

Finalmente, Shelley contempló el choque de los dos mundos con toda la ardiente pasión, ira y esperanza de que era capaz su gran alma joven: indudablemente él no era un ”olímpico”. Aun así, ni por un momento aceptó las pretensiones santurronas de ninguno de los beligerantes. A diferencia de los ex-jacobinos, más viejos que él, fue fiel a la idea republicana jacobina. En su condición de republicano, y no como patriota de la Inglaterra de Jorge III, dio la bienvenida a la caída de Napoleón, aquel ”esclavo sin verdaderas ambiciones” que ”bailó e hizo cabriolas sobre el sepulcro de la libertad”. Pero, como republicano, sabía también que ”la virtud tiene un enemigo más eterno” que las violencias y los fraudes bonapartistas: ”la vieja costumbre, el crimen legal y la fe sanguinaria”, encarnados en la Santa Alianza.

Los tres — Jefferson, Goethe y Shelley — fueron en cierto sentido ajenos al gran conflicto de su época, y por eso la interpretaron con mayor verdad y penetración que los asustados y odiadores partidistas de uno y otro lado.

Es una lástima y una vergüenza que la mayor parte de los intelectuales ex-comunistas se inclinen a seguir la tradición de Wordsworth y Coleridge mejor que la de Goethe y Shelley.


Notas:

[1] En aquella aurora era una felicidad estar vivo;
¡pero ser joven era el cielo mismo!

[2] En una honrada pobreza tu voz tejió / cantos consagrados a la verdad y la libertad. / Al abandonarlos, me haces que lamente / que, habiendo sido así, hayas dejado de serlo.


Un análisis de la situación en Venezuela más allá de los lugares comunes

Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios, apoyado por unas potencias que continúan con una línea de injerencia y reproducen una historia de siglos de dependencia.

Por Decio Machado / Universidad Nómada del Sur (Centro de Estudios de Geopolítica Crítica en América Latina)

El pasado 23 de enero el legislador Juan Guaidó se autoproclamó presidente encargado de la República Bolivariana de Venezuela. Este joven diputado por el Estado de Vargas, desconocido hasta hace apenas unos días por la mayoría de los venezolanos y especialmente por la comunidad internacional, pertenece al partido Voluntad Popular —organización política fundada en diciembre del 2009 bajo el liderazgo de Leopoldo López— y fue nombrado como presidente de la Asamblea Nacional tan solo 18 días antes de su autoproclamación presidencial.

Guaidó, de apenas 35 años, comenzó a incursionar en política en su etapa universitaria. Fue uno de los dirigentes estudiantiles de la llamada “generación de 2007”, movimiento opositor del entonces presidente Hugo Chávez. De ahí pasó a la política institucional ganando su curul en las elecciones legislativas de 2011 y siendo reelegido en 2016.

El rol asumido por Juan Guaidó implica un cambio en las estrategias de una oposición que, pese a las debilidades del régimen, se ha caracterizado por su fragmentación interna y la pugna entre los distintos líderes. A la postre, esta situación es la que permitió la supervivencia de Nicolás Maduro en el poder pese a su escasa legitimidad política y social. Sin embargo, con gran parte de los liderazgos opositores en condición de exiliados o inhabilitados por la “justicia” bolivariana —caso de Leopoldo López, Antonio Ledezma, Julio Borges o Henrique Capriles entre otros—, una figura como Guaidó, relegada al segundo plano político en la oposición hasta hace escasos días, ha pasado a tomar un rol protagónico y posiblemente decisivo en la actual coyuntura política del país.

Apenas segundos después de que Juan Guaidó expresara la frase de la autoproclamación —“Juro asumir formalmente las competencias del Ejecutivo Nacional como el presidente encargado”—, el mandatario estadounidense, Donald Trump, y el secretario general de la OEA, Luís Almagro, entraban en escena cumpliendo un rol estratégicamente preasignado. De esta manera, se inauguraba una cada vez más amplia lista de países y organismos internacionales que han ido paulatinamente reconociendo al nuevo líder opositor en desmedro de Nicolás Maduro.

Analizar el resultado del reciente movimiento de piezas realizado por un sector de la oposición en el tablero político venezolano requiere una objetividad de la que lamentablemente la mayoría de opinadores andan escasos.

En este sentido haremos un esfuerzo aplicado sobre los siguientes cuatro ejes de esta crisis: legitimidad o no de la autoproclamación presidencial de Guaidó; cuál es la realidad tras la injerencia extranjera en el país; cuáles son las estrategias de los actores en conflicto y los escenarios más factibles que podrían generarse; y, por último, cuál sería la resolución más adecuada para los interés populares.

ILEGITIMIDAD DEMOCRÁTICA DE LOS PODERES EN PUGNA

En primer lugar, se debe indicar que el proceso electoral del pasado 20 de mayo, por el cual Nicolás Maduro fue elegido —con el 67,84% de los votos emitidos— por segunda vez como presidente de Venezuela para el período 2019-2025—, se dio en el marco de amplias irregularidades tanto en su convocatoria como durante el proceso electoral. Lo anterior incluye la inhabilitación de diversos candidatos, el impedimento de participación de múltiples partidos opositores, la falta de competencias constitucionales de la Asamblea Constituyente para convocar a elecciones, la falta de tiempo para los lapsos establecidos en la normativa electoral y las múltiples denuncias por compra de votos.

Fueron varios los organismos internacionales que denunciaron la carencia de garantías democracias y transparencia en el proceso electoral, lo que conllevó a que incluso Nacional Unidas desestimara su participación con observadores electorales.

Este cuestionamiento también se dio en el interior de Venezuela, registrándose la abstención más alta en la historia de los comicios presidenciales desde la llegada de la democracia al país en 1958. Mientras la participación electoral en 2006 había sido del 74,7%; en 2012, del 80,5% y en 2013, del 79,6; en 2018, apenas alcanzó el 46% de los electores, es decir, votó menos de la mitad de la población convocada. De un censo electoral de 20,5 millones de ciudadanos tanto solo 9,4 millones se personaron ante las urnas, respaldando al régimen del Nicolás Maduro tan solo 6,2 millones de ellos.

Sin embargo y más allá de lo anterior, la aplicación del artículo 233 del Constitución (en el cual se estable que si un presidente electo no puede juramentar para iniciar su mandato, la presidencia debe encargarse al presidente de la Asamblea Nacional hasta que se designe un nuevo mandatario) no es aplicable en las actuales circunstancias.

Dicho artículo fue diseñado ante la posibilidad de que un presidente electo no pudiera asumir el mando del país, situación muy lejana a la realidad que vive en la actualidad Venezuela. Lo que existe en este momento es un mandatario que no ha sido reconocido por la mayor parte de la sociedad de su país, pero no un vacío de poder.

Así las cosas, la autoproclamación de Guaidó y su reconocimiento internacional obedece a lógicas políticas nacionales e internacionales, pero carece de fundamento jurídico. En lo que respecta al ámbito regional y más allá de la vergonzosa actuación de la OEA, la actual coyuntura se da con una Unasur absolutamente desactivada tras la implementación de una nueva hegemonía neoliberal en Sudamérica.

Lamentablemente quedan en el olvido los precedentes instaurados por este organismo de integración ante la crisis política en Bolivia en 2008, el golpe de Estado contra el presidente Zelaya en Honduras en junio del 2009, la instalación de bases militares de EE UU en Colombia en agosto de 2009, la tensiones fronterizas y geopolíticas fruto de la ruptura de relaciones entre Colombia y Venezuela en agosto del 2010, la crisis en Ecuador tras el amotinamiento policial en septiembre de 2010, el derrocamiento del presidente Fernando Lugo en Paraguay en junio del 2012 o los intentos de desestabilización en Venezuela entre abril del 2013 y marzo del 2015, momento en el cual los mandatarios suramericanos convocados en cumbre presidencial reconocieron al presidente Maduro y la legitimidad del proceso electoral de abril del 2013.

INJERENCIA EXTRANJERA EN ASUNTOS INTERNOS DE VENEZUELA

Pese a las dos décadas de gobierno chavista en Venezuela, Estados Unidos sigue siendo el principal importador de petróleo venezolano y también el primer proveedor de divisas a Venezuela. Sin embargo, y pese a los ríos de tinta expresados en sentido contrario por analistas de la izquierda tradicional, el interés estadounidense sobre el petróleo venezolano está estrictamente enmarcado en las actividades de sus compañías transnacionales.

La dependencia estadounidense del petróleo extranjero se ha reducido drásticamente en los últimos años, pasando a ser un país casi autosuficiente fruto del brutal desarrollo de su industria del fracking. Lo anterior no quita que, tal y como ya ha anunciado John Bolton, asesor de Trump en la Casa Blanca, exista un interés de las empresas petroleras estadounidenses en invertir y producir petróleo en Venezuela, condición atada a la salida de Nicolás Maduro del palacio presidencial de Miraflores.

Estados Unidos se ha despreocupado sistemáticamente de Venezuela y del resto del subcontinente desde el año 2001, momento en que la Administración Bush procedió con sus guerras en el Golfo Pérsico y Afganistán. Desde la llegada de Donald Trump al despacho oval, lo que se visualiza en Washington es un fuerte desinterés por diseñar una política estratégicamente bien pensada, ambiciosa, sistemática y enfocada a la defensa de los intereses de los Estados Unidos y el de sus aliados.

La pasada semana incluso el Senado estadounidense votó —con mayoritario apoyo de demócratas y republicanos— en contra de lo que definió como “precipitada retirada” de tropas de Siria y la reducción de sus soldados en Afganistán. En este sentido, parecería que los beligerantes discursos de Trump y las presiones diplomáticas estadounidenses tendrían como objetivo real el resintonizar con el electorado republicano más ideológicamente radical, condición necesaria tras el estancamiento de la propuesta presidencial respecto a construir un gigantesco muro en su frontera con México.

En el lado contrario de la barricada aparecen Rusia y China, quienes son los principales proveedores de armas de Venezuela. El apoyo político ruso a Maduro es meramente pecuniario, pues más allá de los intereses políticos —Venezuela ha expresado su apoyo a Rusia en temas como el reconocimiento de Abjasia, Osetia del Sur y la situación en Ucrania—, soportan en torno al 5% de la deuda pública externa del país, la cual tuvo como finalidad financiar la compra de aviones de combate y un par de submarinos.

En este sentido y ante un cambio de régimen, Vladimir Putin corre el riesgo de perder más de 17.000 millones de dólares invertidos en el país caribeño durante las últimas dos décadas. La mayor parte de estos a través de adjudicaciones poco transparentes por parte del establishment bolivariano a la petrolera estatal rusa Rosneft.

En el caso de China, su relación con Venezuela deviene del plan del presidente Xi Jinping para extender la influencia de Beijing a nivel internacional. Pese a que varios países se han ido retirando de hacer negocios con Caracas en los últimos años, la República Popular China ha duplicado su apoyo. Durante la última década, Venezuela ha recibido más de 62.000 millones de dólares de China, principalmente en créditos, lo que representa el 53% del total de montos prestados por el gigante asiático en América Latina.

China posee en la actualidad un valor de 23.000 millones de dólares de la deuda externa de Venezuela, lo que les convierte en el mayor acreedor del país y el actor que hace todavía sostenible —gracias a su billetera— al régimen de Nicolás Maduro. Un cambio de gobierno con tendencia pro-estadounidense podría complicar los mecanismos de pagos de la deuda externa venezolana.

ESTRATEGIA DE LOS ACTORES EN CONFLICTO Y ESCENARIOS PREVISIBLES

El escenario político abierto tras la autoproclamación presidencial de Juan Guaidó tiene objetivos claros y concretos: incrementar aun más el actual desgaste y deslegitimación política a la que está sometido Nicolás Maduro y su camarilla al interior de Venezuela; posicionar un nuevo liderazgo político en el país buscando unificar a los partidos opositores bajo una misma estrategia; terminar de aislar globalmente al régimen bolivariano mediante la implementación de sanciones internacionales; y, ante la potencialidad del actual envite, resquebrajar el apoyo de las Fuerzas Armadas a Nicolás Maduro.

En este sentido, Donald Trump ya articuló medidas que van directamente al punto más frágil de la economía venezolana sancionando a la petrolera estatal PDVSA y bloqueando sus activos y cuentas. Citgo, una empresa venezolana que opera en Estados Unidos con miles de instalaciones, refinerías y gasolineras será entregada a la oposición política. A partir de ahora los fondos que debe pagar Estados Unidos al gobierno venezolano serán abonados a un pretendido Gobierno de Juan Guaidó. Se busca terminar de colapsar económicamente al régimen de Maduro —el FMI proyecta para este año una hiperinflación del 10.000.000%— sin importar el impacto que dicho tipo de acciones tienen sobre una sociedad venezolana, la cual vive inmersa en la escasez de alimentos y medicinas.

Esta condición se da con una PDVSA en condición de default y una producción petrolera —fruto de la ineficiencia gubernamental y la corrupción institucional— al nivel más bajo de las últimas tres décadas: 1,3 millones de barriles diarios.

Lo anterior se hace posicionando un liderazgo nuevo, buscando superar la frustración que sintió una parte de la población venezolana tras los cuatro meses de protestas desarrollados en 2017 y que se saldaron con 125 muertos. De momento, líderes opositores tradicionales como Henrique Capriles o Henry Ramos Allup no están apareciendo en busca de protagonismo y tampoco cuestionan la nueva estrategia opositora, lo que parece indicar un pacto transitorio pese a que hay descontento por el apoyo explícito de Estados Unidos a la estrategia diseñada desde Voluntad Popular.

Por su parte, Nicolás Maduro y la boliburguesía instalada en el poder no parece tener una estrategia que vaya más allá de buscar una lógica de estancamiento en la resolución del conflicto. Para ello es posible que se opte por una opción de dialogo con la oposición bajo el objetivo de ganar tiempo.

Una vez agotado la estrategia del culto a la personalidad de Hugo Chávez, al régimen de Maduro tan solo le queda dotar de instrucción militar a los sectores de la población más incondicionales con su régimen. Con el objetivo anunciado de llegar a dos millones de milicianos reclutados y armados para defender su gobierno, el régimen busca hacer una demostración de fuerza que atemorice la iniciativa política opositora y desmovilice, bajo la estrategia del miedo, las presumibles y permanentes movilizaciones en las calles que se avecinan. De hecho, un estudio de la firma Torino Capital —un banco de inversiones y broker de bolsa con sede en Nueva York y amplias inversiones en América Latina— asigna tan sólo el 40% de probabilidades y el 30% de posibilidades a un escenario donde el Gobierno de Maduro se vea obligado a convocar elecciones presidenciales anticipadas.

En paralelo, Maduro busca diminuir el impacto de las sanciones estadounidenses sobre PVDSA incrementando la venta de petróleo a intermediarios que luego revenderían los barriles en Estados Unidos u otros países, así como mediante el aumento de la exportación de crudo a China e India. En paralelo, se ha lanzado una iniciativa que busca nuevos proveedores para adquirir los diluyentes que permiten comercializar los crudos pesados de la Faja del Orinoco y los combustibles que compran en el exterior por las fallas permanentes en las refinerías del país.

Proyectando al corto plazo, el gobierno de Maduro debe gastar de forma inmediata unos 3.000 millones de dólares para poder atender las necesidades en importación de productos básicos —buena parte de ellas han sido reorientadas hacia México, Rusia y Turquía— como harina, arroz, pasta y leche en polvo que vende a precios subsidiados a la población de menos ingresos y la compra de combustible para evitar fallas en las bombas de gasolina e interrupciones en el servicio eléctrico. En todo caso, se prevé que baje el suministro de alimentos, que haya problemas con el abastecimiento de gasolina y es muy probable que aumenten los apagones y otro tipo de fallas eléctricas.

Por último, ante la inminente caída en el ingreso de divisas, el Banco Central de Venezuela implementa medidas de emergencia para evitar la escalada del dólar y una mayor devaluación del bolívar. En este sentido, se pretende recortar severamente el crédito y aumentar de manera sustancial la porción del dinero que las entidades financieras tienen que congelar como reservas. En todo caso, es previsible que la hiperinflación no se vaya a detener, dado que la causa fundamental de esta es que el Gobierno crea dinero sin respaldo para cubrir en grandes cantidades sus gastos. Incluso lo más probable es que la contracción del crédito profundice la actual recesión económica que tuvo su punto de arranque en 2013 y se agudizó a partir del 2015.

Si la oposición política venezolana no lograra resquebrajar el apoyo militar a Maduro, condición inevitable para sacarle del poder, lo previsible es que la reducción en el ingreso de divisas obligue a recortar severamente las importaciones de materia prima e insumos en el país. Un reciente análisis de compañía Credit Suisse sentencia que las sanciones estadounidenses sobre Venezuela, debido a la restricción en divisas empujará al tipo de cambio y la inflación, traerá una mayor recesión.

En todo caso, pudiera ocurrir que la estrategia estadounidense y opositora convierta al gobierno de Nicolás Maduro en una especie de big brother que lo mantenga en el poder con un país aún más empobrecido donde el único que tenga algo que repartir sea él gracias a sus negociaciones con China, Rusia, Turquía y México.

LA MEJOR SOLUCIÓN POSIBLE

Lo primero que hay que entender es que ya no se trata de una disputa ideológica o de clase. El Gobierno actual en Venezuela tiene más que ver con prácticas fujimoristas que con las implementadas por el chavismo durante sus momentos de mayor legitimidad político-social. Ser chavista hoy en Venezuela no tiene por qué significar el apoyo al régimen de Nicolás Maduro. A la par, han sido los barrios populares de Caracas los que han protagonizado las movilizaciones populares durante estas últimas noches, precisamente aquellos anteriormente bajo control del régimen.

Venezuela se ha convertido en un Estado mafioso en el cual su cúpula dirigente se enfrenta con una oposición que también responde a intereses claramente espurios. Lo ideal, pero poco factible, sería que en este contexto se constituyera una tercera fuerza, en este caso de carácter social y con protagonismo de la sociedad civil, con el fin de imponer la voluntad mayoría que implicaría una salida política alejada del derramamiento del sangre y el intervencionismo extranjero.

En la práctica, la salida política más adecuada es la convocatoria de unas elecciones libres, lo que implica cuestiones colaterales como la implementación inmediata de un nuevo Consejo Nacional Electoral —órgano rector de la democracia actualmente en manos del partido de gobierno— conformado estrictamente para este momento por académicos y figuras con reconocimiento nacional no vinculados a intereses partidistas.

No cabe duda que Nicolás Maduro debe marcharse del país, posiblemente con destino a algún país aliado que le brinde —al menos inicialmente— protección. En paralelo, los militares de tropa deberían entender que pese a los actuales privilegios de los que gozan sus mandos no deben ejercer la represión sobre la mayoría disidente de su sociedad, y tampoco deben ser cómplices de la represión que en la actualidad ejercen los grupos paramilitares que responden al régimen. De acuerdo a los registros levantados por Provea —organización social dedicada a la defensa de los derechos humanos en Venezuela—, las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) de la Policía Nacional Bolivariana son responsables del asesinato de 205 ciudadanos entre los meses de enero y diciembre de 2018.

Una escenario de guerra al interior de Venezuela fruto de una hipotética invasión extranjera al país, escenario poco probable, pero argumento sobre el cual se ha intentado legitimar desde hace años el régimen, no le daría la más mínima posibilidad de victoria a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) pese a las importantes inversiones en armamento realizadas en los últimos años.

Más allá de los enardecidos discursos pretendidamente heroicos y patrióticos de Nicolás Maduro, Estados Unidos sigue siendo la primera potencia militar del planeta y dispone de una amplia capacidad para realizar operaciones militares quirúrgicas con menor exposición que en sus contiendas durante el pasado siglo, mientras Venezuela ocupa el puesto 45 del ránking militar entre 131 países. Una guerra en Venezuela se parecería más a lo sucedido en Iraq y Libia que al tan recurrido ejemplo de Vietnam.

Lo más probable es que los hoy valientes y patrióticos mandos del ejército bolivariano busquen mecanismos por los cuales negocien amnistías y sobreseimientos en las investigaciones que pudieran iniciarse sobre ellos por casos de corrupción y acciones represivas contra la población civil, momento en el cual podrían abandonar a Maduro a su suerte si es que lo consideran como el perdedor de la actual disputa.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/la-ruta-del-jaguar/analisis-de-la-situacion-en-venezuela-maduro-guaido-lugares-comunes