Santiago Cadena: Los retos del gobierno de Ecuador en materia de software libre

Por: Santiago Cadena Montaluisa

 

Nuestra sociedad está enferma y necesita ser curada,

la cura es un cambio en el sistema.

 -Manifiesto Cyberpunk

 

Una de las tantas herencias que ha dejado el legado de Rafael Correa Delgado en su paso por la presidencia del Ecuador, es —sin duda— el reglamento que fue emitido a pocos días de salir del poder, concretamente el 22 de mayo de 2017, Correa firmó el Decreto Ejecutivo No. 1425,  para la adquisición de Software por parte del Sector Público, este en resumidas cuentas deroga de un plumazo el Decreto Ejecutivo No. 1014 mediante el cual se pretendía poner a Ecuador en la lista de los países que adoptaron el Software Libre como política de Estado.

 

Lenín Moreno la tiene difícil, y es que la firma desesperada de este reglamento a días de salir del poder retrata de cuerpo entero lo que fue la política dentro de los diez años de correísmo (2007-2017), una desfase entre la palabra y el hecho. Hoy el Ejecutivo, además de no poseer recursos para administrar el Estado, por esa descomunal deuda que heredó de Correa, que según cifras oficiales asciende a $ 41.893 millones. (Telégrafo, 2017), detenta una masa de burócratas resistentes al cambio. Por tanto los ajustados recursos que quedan deben canalizarse en una adecuada política de gasto público, entre la que figura la contratación de software.

 

Es un hecho que las cosas materiales generadas en una sociedad capitalista, entran a la vorágine del libre mercado y las competencias. Pero esto no pasa con el conocimiento y la información, el uso y disfrute de estos no disminuyen su valor, en el caso del Software Libre y su filosofía el compartir conocimiento no es robar como lo han pretendido hacer valer el lobby del software propietario y los defensores de los derechos de autor. Los bienes de conocimiento  —por ejemplo un libro—, no tienen competencia en su tema, de ahí que el artilugio que se usa es el de “escasez” o edición limitada, para asegurar que el precio de mercado tenga sustento.

 

Con la necesidad de Software Libre no hablamos de dos máquinas instaladas Ubuntu o “ampliar el acceso a Internet móvil” como fue uno de los ofrecimientos de campaña del hoy Primer Mandatario. Campaña en la que además hablaba de la importancia de democratizar el acceso al conocimiento, poniendo a disposición de la sociedad las infraestructuras que hacen posible el uso libre y gratuito de Internet, impulsar el uso del software libre en el Estado y sociedad (Universo, 2017). Palabras más, palabras menos, lo que importa ahora es que no queden en simples propuestas.

 

Recordemos que en esta década (2007-2017) se ha mantenido intacto el modelo de adjudicación, a las grandes corporaciones y sus representantes en Ecuador, Microsoft y otros emporios tecnológicos siguen llevándose grandes “tajadas” de los contratos públicos en las principales carteras de Estado, así como también en la educación pública. Un informe realizado por Fundación Aldhea en conjunto con la Asociación de Software Libre del Ecuador (ASLE) titulado “Software Libre en Ecuador: la necesidad de pasar del discurso a la práctica” arroja una cifra preocupante —por usar un término suave— entre 2009 y 2016 sumaron 683 millones de dólares, es decir 84.77% del total de compras en software del Estado (Aldhea, 2017), y de esta cantidad fueron beneficiadas solamente 12 empresas. Sí, es una cifra impresentable y escandalosa.

 

Pese a que la Ley Orgánica de Educación Superior en 2010, estableció como obligatorio el uso de programas y licencias Open Source para todas las universidades públicas, en estas se sigue usando software privativo, son pocos los casos que en estos diez años, han migrado al uso de Software Libre. Según cifras de la ex Secretaria de la Administración Pública estas entidades mencionadas a continuación bordean el 80% del porcentaje de migración. El Ministerio del Trabajo, el Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades, El Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador, Ministerio de Educación, el ex Ministerio Coordinador de Talento Humano y Conocimiento, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Agencia de Regulación y Control del Agua, Secretaría Nacional del Agua, Instituto Antártico Ecuatoriano, Ministerio del Interior. (SNAP, 2016). En estos casos las personas que han presionado para que se de esta migración han demostrado su compromiso con la cultura del Software Libre y, sobre todo, con el país, ahorrándole al Estado miles de dólares. ¿Pero y las demás instituciones? ¿Es mucho más cómodo esperar sentado la “asistencia” técnica de una multinacional? Comprar máquinas HP que incluyan licencias del sistema operativo Windows o usar Microsoft Exchange en lugar de Zimbra, esas prácticas distan mucho de estar en una época de austeridad.

 

Tensionando el pasado

 

En Ecuador existen acuerdos no escritos entre las grandes empresas que se reparten el mercado de ser proveedor del Estado, ejerciendo monopolios sectoriales, en un espejismo de falsa competencia que impide que las nuevas empresas, principalmente PyMES entren a disputar nuevos mercados con Software Libre.

 

Para Lenín Moreno una buena forma de desmarcarse de su predecesor es abrir el debate, obligar a las instituciones a fortalecer el repositorio de código fuente minka.gob.ec, que incluye foros de discusión y mecanismos de versionamiento. Proponer consultas vinculantes en materia de Economía Colaborativa[1]. El Estado como instrumento de reorganización social es una arma demasiado potente como para privarla de todo componente participativo que permita trazar la cancha de lo que es público, común y privado.

 

El actual momento político que vive el país, abre un horizonte en que se pueda modificar estas viejas estructuras, promover el uso e implementación de Software Libre en los sistemas y equipamientos informáticos de la administración pública, definir una normativa de utilización de estándares abiertos, la reutilización del software y el uso preferencial de programas navegadores como medios de acceso. Fortalecer el Gobierno Abierto para que las/los jóvenes puedan participar y hacer sus propuestas de gobierno y mejorar así las instituciones.

 

En otras palabras, la apuesta por la descentralización del Estado en materia de software y TICs, nos compete a todas/os; el software y las nuevas tecnologías de la información deben estar para el beneficio social y no al revés. El apoyo mutuo como consigna que nos obligue a replantear la socialización de los medios de producción, analógicos y digitales, por una verdadera revolución que reivindique las cuatro libertades esenciales (Stallman, 2004)

  • Libertad de usar el programa como desees.
  • Libertad de estudiar el código fuente del programa y realizar cambios.
  • Libertad de distribuir
  • Libertad de mejorar el programa, hacer públicas esas mejoras.

 

El conocimiento debe ser libre, abierto, horizontal y accesible a todas las personas, en ese sentido, El Ecuador debe devenir en una nueva restructuración y normativa en cuanto al uso y cumplimiento del Software Libre que defina estrategias y planes de acción que permitan la emancipación de los mismos proveedores de siempre, apoyarse en las asociaciones y grupos de que han venido trabajando en el tema, la experiencia de otras latitudes es primordial para la ejecución. En la región, Argentina es un buen referente. Leandro Monk, Presidente de la Federación Argentina de Cooperativas de Trabajo de Tecnología, Innovación y conocimiento (Facttic) que está formada por 22 cooperativas de trabajo tecnológicas, asegura que su país ha tenido un giro en la lógica del funcionamiento de la economía, ya que no se busca maximizar el capital privado a costa del Estado, por el contrario se busca resolver necesidades comunes. (Mok, 2017)

 

El desafío es decretar de manera urgente el uso de plataformas libres y de esa manera reducir considerablemente los gastos del Estado en materia de licenciamiento; generando además encadenamientos productivos que beneficien las economías locales.

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Bibliografía

-Aldhea. (10 de Julio de 2017). La necesidad de pasar del discurso a la práctica. Retrieved 06 de Agosto de 2017 from Fundación Alternativas Latinoamericanas de Desarrollo Humano y Estudios Antropológicos (ALDHEA): http://aldhea.org/software-libre-en-ecuador-la-necesidad-de-pasar-del-discurso-a-la-practica/

-Universo. (15 de enero de 2017). El Universo. Retrieved domingo 6 de agosto de 2017 from ¿Qué proponen los candidatos en Ecuador sobre Internet y TICs?: www.eluniverso.com/noticias/2017/01/15/nota/6000490/que-proponen-candidatos-ecuador-sobre-internet-tics

-Telégrafo. (28 de julio de 2017). El Telégrafo. Retrieved 06 de agosto de 2017 from Presidente: “Tenemos que mirar hacia adelante y superar la crisis” : http://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/economia/8/lenin-moreno-transparenta-las-finanzas-publicas

-SNAP. (2016). Secreatría de la Administración Pública. From Software Libre y Software Público: http://www.administracionpublica.gob.ec/software-libre-y-software-publico/

-Stallman, R. (2004). Software libre para una sociedad libre. Madrid: Traficantes de Sueños.

-Mok. (29 de mayo de 2017). Cooperativismo y software libre experiencia en Argentina. Retrieved 05 de agosto de 2017 from https://www.youtube.com/watch?v=Sqeq1nIUvxY

[1] Este nuevo concepto es usado para englobar una serie de aspectos como son: Cultura Libre, Software Libre, Creative Commons, Consumo Alternativo, P2P, etc.

Jean-Claude Michéa, intelectual de los «chalecos amarillos

Por Yoann Duval

Le loup dans la bergerie. Droit, liberalismo et vie commune (Ed. Climats, 2018)

[El lobo en el aprisco. Derecho, liberalismo y vida común]

Los «cuerpos constituidos» [denominación en Francia de los organismos constitucionales] no son los únicos que se han estremecido a causa de los  chalecos amarillos. En los círculos serenos de las justas intelectuales, la consternación se debate con el júbilo tras cinco semanas de movilización, y este juego de pendencias le encanta, tal parece, al filósofo Jean-Claude Michéa. El ensayista recluido hoy en su granja de las Landas se ha convertido – a imagen de la filósofa belga Chantal Mouffe para «Nuit debout» – en el pensador de un movimiento tan heteróclito como contradictorio. Nacido en 1950, catedrático de Filosofía, gran lector de George Orwell, Jean-Claude Michéa fustiga de libro en libro a la «intelligentsia» progresista que, desde hace una treintena de años se ha alejado del pueblo. De Impasse Adam Smith a Complexe d’Orphée, su obra exalta la «decencia común» de las clases populares. .

Su última obra, escrita antes de la insurrección de los «chalecos amarillos», recoge los discursos dispersos  – dirán algunos que desde las franjas más reaccionarias de la derecha hasta sus amigos de antaño de la izquierda revolucionaria – y analiza las derivas de un sistema que no pisa tierra, alejado de «los que no son nada». Como admirador de George Orwell, Michéa se hace eco de reividicaciones concretas a golpe de referencias eruditas que tienen todas por objeto señalar la lenta y, según él, según él, inexorable deriva de la izquierda hacia el liberalismo e incluso hacia el macronismo.

De libro en libro, Michéa denuncia invariablemente la traición de la izquierda a sí misma. Esta traición se habría llevado a cabo, en su opinión, a partir del momento en que los «progresistas», apartándose del «pueblo», se preocuparon exclusivamente de las «minorías», identificándose con los «derechos humanos».

La adhesión de la izquierda a la vertiente política del liberalismo equivale por otro lado para Michéa a una rendición ante el liberalismo económico. Las reivindicaciones que el pensador de inamovible gorrito de lana plantea en este nuevo libro son sencillas: alimentarse, tener un techo, circular, ejercer una profesión … con toda «libertad». Todo se sucede hoy como si la «República de las pasiones tristes» no permitiera ya el ejercicio pleno de los derechos elementales.

Jean-Claude Michéa establece una doble conclusión con apariencia de profecía. Por un lado, apela al despertar de un movimiento que se diga «autónomo»: este despertar debería llevarse a cabo en oposición a los partidos progresistas que habrían olvidado la lucha social en beneficio del combate en favor de las minorías, para que se actúe por fin respondiendo a los apremios de las clases populares. Por otro lado, ofrece una llamada de atención a las élites globalizadas con el fin de que no descuiden más la angustia que carcome a esos ciudadanos olvidados. En otros términos, Michéa, como libertario decepcionado, acaricia la esperanza de que el «aprisco humano» se defienda finalmente de las garras del lobo, que para él es el capitalismo sin control.

¿Son precisamente los «chalecos amarillos» los salvadores del «aprisco humano»? Han sorprendido a todos los comentaristas, pues han surgido de la «base». Su indignación y su «inventiva», comme la califica Michéa a propósito del movimiento en una carta abierta a la página digital de Les Amis de Bartlebyy Les Crises, han encontrado un relevo en los canales no institucionalizados, las redes sociales. Sin duda se trata, en Francia, de la primera  insurrección Facebook.

Sin embargo, atempera enseguida el autor, «los lazos débiles sobre los que se apoyan estas redes hacen difícil, por no decir imposible, la institutionalización de nuevos valores o de formas políticamente duraderas». Hay que tener en cuenta asimismo la ambigúedad constitutiva del uso político de Internet que «pertenece con mayor frecuencia a las nuevas clases medias de las metrópolis». Entonces, ¿no está ya la izquierda en condiciones de concebir el sufrimiento y traducirlo en reformas concretas?

De este libro de Michéa surgen varias cuestiones esenciales, que van a sobrevivir a la probable desecación del movimiento de los «chalecos amarillos»: ¿Cómo rehacer Francia? ¿Cómo apagar los fuegos de la cólera, que por todas partes parpadean sobre las barricadas y en las rotondas ?¿Cómo volver a insuflar «subjetividad humana», como dice el autor, en un mundo en el que las decisiones las toman máquinas «axiológicamente neutras», dicho de otro modo, neutras desde el punto de vista de los valores?

Nuestra civilización, que el cineasta denomina «cibernética», reinaría sin compartir sobre nuestras economías mercantiles, privando totalmente de espacio político a un auténtico proyecto de alternativa por la izquierda. Bien conocido por su sensibilidad anarquista, Michéa propone aquí, pues, una lectura solidaria de un movimiento ambiguo. Su libre se asemeja, en resumidas cuentas, a la pira de un hombre de izquierda contra la izquierda, lo que vuelve el conjunto del empeño algo tan equívoco como las fuerzas que exalta.

periodista y fundador de la agencia Troisième Heure, ha trabajado en diarios como ‘Libération’, ‘Le Point’ y ‘Le Journal du Dimanche’, y colabora en diversos medios franceses.

Fuente: L´Express

Traducción: Lucas Antón / sinpermiso.info

Christophe Guilluy: «Con los chalecos amarillos, parece que las élites descubren a una tribu del Amazonas»

Por Eric Bonet

Entrevistamos al geógrafo Christophe Guilluy, teórico de la Francia periférica y de la fractura entre las élites y las clases populares.

 

El movimiento de los chalecos amarillos marcará un antes y un después en el mandato de Emmanuel Macron. Surgida a mediados de noviembre, esta movilización transversal mantiene su pulso con el joven presidente francés tras un aumento en el número de manifestantes el pasado 5 de enero. Y este sábado tendrá lugar el noveno fin de semana de protestas. Los chalecos amarillos sorprendieron por su carácter espontáneo y conflictivo. No obstante, la profunda fractura entre las élites francesas y las clases populares había sido descrita desde hacía años por el geógrafo y sociólogo Christophe Guilluy (Montreuil, 1964).

Curiosamente, la publicación del último libro de este polémico ensayista, No society. El fin de la clase media occidental, coincidió con la emergencia del movimiento de los chalecos amarillos. Fracturas francesas, Francia periférica, Crepúsculo de los de arriba… Los títulos de los anteriores ensayos de Guilluy ya habían fijado los conceptos que explican la crisis social y política en Francia y en otras democracias occidentales.

«Los chalecos amarillos representan el grito del pueblo que clama: existimos. No hemos desaparecidos», asegura Guilluy a Público. Durante una extensa entrevista de más de una hora y media en un café en la Plaza de la República, en el corazón del París antaño popular, ahora víctima de la gentrificación, reivindica la victoria cultural de los chalecos amarillos: «Han conseguido que muchos entiendan que el pueblo existe en Francia, de la misma forma que hay un pueblo en Reino Unido, España o Estados Unidos».

Mientras que los sindicatos y partidos de izquierda no lograron frenar las reformas neoliberales de Macron, la marea amarilla sí que obligó al joven dirigente a ceder por primera vez en su mandato. El gobierno francés renunció a aumentar los impuestos sobre el combustible y aprobó una serie de medidas, valoradas en 10.000 millones de euros, para calmar el malestar, como un aumento de 100 euros de los ingresos de aquellos que cobran los salarios más bajos o una disminución de las cotizaciones sociales para las pensiones de menos de 2.000 euros.

Sin embargo, según Guilluy, «los logros sociales no son lo más importante, sino que hemos comprendido que el pueblo no ha desaparecido y que este ya no vive en las grandes ciudades ni en el mismo lugar que las instituciones. Por primera vez en la historia, las clases populares ya no residen allí donde se crea la riqueza y los puestos de trabajo». En definitiva, los chalecos amarillos son la cristalización de la Francia periférica.

El espejo de la Francia periférica

Según este mediático geógrafo francés, hay una dicotomía entre la Francia periférica y las metrópolis francesas (París, Lyon, Toulouse, Marsella, Burdeos, etc). Mientras que las grandes ciudades concentran la creación de la riqueza y son las zonas mejor integradas en la economía global, los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas resultan las principales perjudicadas de la desindustrialización y del modelo de la globalización neoliberal. «Los habitantes de estos territorios (jóvenes, empleados, campesinos, autónomos o pensionistas) quizás no comparten una consciencia de clase, pero sí la misma percepción de los efectos negativos de la globalización», afirma Guilluy en su obra La France périphérique.

Criticado por simplista y oponer las poblaciones modestas de las grandes ciudades con la de los territorios rurales y periurbanos, el concepto de Francia periférica se ha visto, en cierta forma, corroborado con la emergencia de los chalecos amarillos. Durante la primera jornada de protestas del 17 de noviembre —la más numerosa de todas con cerca de 300.000 manifestantes—, estuvieron más movilizados los territorios rurales menos poblados en contraposición con una movilización claramente inferior en las grandes ciudades.

No obstante, la Francia periférica no es solo el reflejo de las zonas más despobladas, a diferencia de la España vacía descrita por el escritor Sergio del Molino. El concepto de Guilluy aglutina pueblos, ciudades pequeñas y medianas en las que reside el 60% de la población francesa. Tres cuartas partes de los habitantes de estos territorios pertenecen a las clases trabajadoras y populares.

«La población modesta ya no vive en grandes ciudades»

Procedente del departamento de Seine-Saint-Denis, donde se encuentran buena parte de los suburbios en el norte de París, este geógrafo empezó estudiando los barrios más pobres de esta zona. «Entonces, me di cuenta que la mayoría de la población modesta no vive en las grandes ciudades, donde los habitantes pobres de las banlieues solo representan el 7%, sino en pequeñas y medianas ciudades. Constaté que no eran ni campesinos ni habitantes urbanos, más bien una mezcla de los dos», explica Guilluy, que militó en el pasado en el Partido Comunista Francés.

Según Guilluy, los bajos precios inmobiliarios y las escasas oportunidades laborales caracterizan los territorios de la Francia periférica: «Los precios de los inmuebles nos indican quién es importante para el sistema». «El gran problema de los habitantes de estas zonas periféricas es que cuando uno tiene un trabajo en una fábrica o empresa, tendrá grandes dificultades para encontrar otro en el caso en que lo pierda. Las lógicas económicas y sociales hacen que uno ya no pueda desplazarse allí donde se crean los puestos de trabajo», añade.

Secesión de las élites

«Uno de los grandes problemas ahora en Francia es que este país puede vivir únicamente con la riqueza que se crea en París, Lyon, Toulouse, etc. De la misma forma que en España se podría vivir únicamente con la riqueza que se crea en las áreas metropolitanas de Barcelona y Madrid», defiende Guilluy. Este sociólogo lamenta que las élites creyeran que el pueblo iba a desaparecer porque había dejado de vivir en las grandes ciudades globalizadas. «Estas metrópolis se han convertido en las nuevas ciudadelas del siglo XXI, cuyos habitantes no ven lo que sucede allí afuera», señala.

«Cuando apareció el movimiento de los chalecos amarillos tuve la impresión de que las élites (económicas, políticas, mediáticas y culturales) estaban descubriendo a una tribu perdida del Amazonas», asegura Guilluy. Defiende que la virulencia con la que la clase dirigente reaccionó ante la emergencia de este movimiento, tachándolo de racista, homófobo y antidemocrático, se debe a la escisión entre las élites y las clases populares. «Año tras año, las lógicas económicas y geográficas permitieron a las élites separarse del pueblo», explica Guillluy, quien cita al historiador estadounidense Christopher Lasch (autor de La rebelión de las élites y la traición a la democracia), que a finales de los setenta ya empezó a alertar ante la revuelta de las élites.

Esta secesión no es solo el fruto de haber situado a las clases populares en la periferia económica y geográfica, sino también «cultural e intelectual», asevera. Según Guilluy, «No society —esta famosa afirmación de Margaret Thatcher con la que titula su último libro— significa que el pueblo no se ve representado ni por los intelectuales ni universitarios». «Resulta simbólico que los chalecos amarillos hayan recibido un apoyo marginal de las élites de la cultura y del sector del espectáculo», afirma Guilluy, quien recuerda que «una sociedad no es viable sin vínculos entre las clases intelectuales y el pueblo».

El bipartidismo representa «a una clase media que ya no existe»

Casi dos meses después de la emergencia de este movimiento de contestación, Macron sigue sin encontrar la solución a la crisis de los chalecos amarillos. «No hay una toma de consciencia del profundo malestar. Es como si no encontrara ni siquiera el lenguaje para hablar al pueblo», lamenta Guilluy. Este geógrafo explica que se reunió con el actual presidente cuando este ejercía como ministro de Economía. Le mostró el mapa de la Francia periférica y de aquellas zonas con una mayor fragilidad económica. «Me respondió: Tiene usted razón. Pero mi método consiste en mejorar el crecimiento de las grandes ciudades y de las grandes empresas. Si progresan los primeros de la cordada, lo hará el resto», explica.

«Toda la tecnocracia francesa y europea defiende esta misma idea», lamenta Guilluy respecto al apoyo de las élites a la teoría neoliberal del goteo. «¿Por qué? Porque ellos han sacralizado la economía y piensan que todo depende de ella». Según Guilluy, que apuesta por favorecer el desarrollo de la economía y las instituciones locales e introducir algunas medidas proteccionistas, «es evidente que el modelo neoliberal es insostenible desde un punto de vista social y político».

Una inestabilidad política que se ve reflejada en la crisis de los partidos tradicionales. «Las formaciones políticas fueron concebidas para representar a una clase media que ya no existe. Resulta bastante simbólico ver que el electorado que le queda a la derecha republicana o al Partido Socialista en Francia son los herederos de esta clase media. Por un lado, los jubilados (derecha); por el otro, los funcionarios (PS)», explica.

Dificultades de Podemos

Guilluy también responsabiliza a la izquierda de esta fractura entre las élites y el pueblo. «Seguí con gran interés la aparición de Podemos y creí que había una profunda reflexión sobre la necesidad de restablecer un vínculo entre las clases intelectuales y el pueblo. Pero no lo han conseguido», lamenta. Según este geógrafo, en el partido morado se ha producido un «encierre cultural y geográfico, lo que nos muestra la dificultad de la reconciliación».

«Pienso que muchos de los responsables de Podemos no supieron abandonar sus reflejos de intelectuales de izquierdas y entender que hacía falta restablecer vínculos con las clases populares en lugar de apostar por el eje izquierda-derecha», afirma Guilluy. Considera que la formación morada ha caído prisionera de sus propios votantes: «Uno de los motivos de las dificultades de la izquierda es que se ha vuelto demasiado caricatural respecto a su electorado, formado por estudiantes universitarios, intelectuales y clases medias superiores. Mayoritariamente son personas que viven en las grandes ciudades y al final uno necesita hablar a sus votantes para existir».

No obstante, según Guilluy, «no tenemos que realizar un trabajo de reeducación del pueblo, sino de las élites. Debemos acercarnos al pueblo».

Ernesto Castro: “El capital más valorado y escaso hoy en día es la atención”

Provocador, original y heterodoxo, el filósofo Ernesto Castro parece entender bien cómo articular un discurso crítico y constructivo digerible para la juventud.

Por Kike Oñate

Ernesto Castro (Madrid, 1990) es doctor y profesor de Filosofía en la Universidad Complutense. Autor de Un palo al agua: ensayos de estética(Micromegas, 2016) y Contra la postmodernidad (Alpha Decay, 2011), su amplia producción intelectual se puede consultar en YouTube, pues a través de un formato conferencial comparte sus clases y charlas en vídeo. Desde el trap a los fundamentos filosóficos de Marine Le Pen o la figura del humorista Chiquito de la Calzada, con Castro se puede hablar de casi todo.

Provocador, original y heterodoxo. Con un pie en el submundo de internet y otro en el conocimiento académico más clásico, este profesor parece entender bien cómo articular un discurso crítico y constructivo digerible para la juventud, en un momento en que el simple hecho de escuchar o debatir se encuentra en riesgo. Prueba de ello son los más de 25.400 seguidores de su canal. En esta ocasión conversamos sobre los grandes debates de la izquierda, la consolidación de las derechas ‘iliberales’ y la contribución del ecologismo político, el feminismo y el antiespecismo dentro de la tradición progresista. Además de intentar revisar la idea del Estado —ahora que este se encuentra en crisis— mediante el viejo ideario anarquista, liberal y anarcocapitalista.

En el vídeo ¿Contra la pedagogía? explicabas cómo funciona tu método de enseñanza en la universidad, caracterizada por difundir las clases a través de Youtube y exponerlas como una conferencia magistral ¿Cómo lo definirías?

Nunca repito las conferencias que ya he dado, lo cual tiene un cierto punto de osadía, y en ocasiones las hago a petición de terceras personas. Esto me supone un desafío constante por el hecho de tener que formarme para hablar de cosas nuevas. De esta manera, diría que mi proceso de producción intelectual va de la mano de mi formación intelectual. Decía Hegel —burlándose de Schelling— que realizó su formación en público, porque escribió según iba leyendo. Yo hago algo parecido, ya que doy las conferencias según voy interesándome por las temáticas o las ideas que me suscita la gente. Además, todo esto lo entiendo como un proceso de autoformación por medio de la conferencia y la rueda de preguntas, que considero el método más participativo, pues requiere un mayor esfuerzo por parte del público. Es más, el capital cognitivo más valorado y escaso hoy en día es la atención, el desarrollo de esas dos virtudes no las paga nadie. Una persona capaz de ser paciente y tolerante incluso consigo mismo —y lo que está escuchando— ha ganado bastante la batalla contra el capitalismo acelerado.

En este sentido, ¿es el feminismo el último fenómeno de masas que consigue politizar conciencias?

Estoy de acuerdo con Íñigo Errejón cuando dijo que es el único movimiento social en España. Si bien no es el más hegemónico, su transversalidad le permite imponer temas que no se habían contemplado hasta entonces. Antes del 8M, partidos como Ciudadanos consideraban que no había que acudir a la manifestación o huelga porque era de izquierdas. Al día siguiente salieron vestidos de morado. El feminismo es un constructor de hegemonía y catalizador de debates y luchas que no tienen por qué partir del núcleo del conflicto de género. Con todos los replanteamientos raciales, la interseccionalidad, incluso la forma de abordar el fenómeno migratorio, el feminismo está siento la punta de lanza de muchos planteamientos de izquierdas actuales. No hay forma más coherente de ser obrerista que ser precisamente feminista, por la feminización de la fuerza de trabajo.

Respecto a tu formación, en alguna ocasión has manifestado la influencia filosófica del conocido profesor Jorge Riechmann ¿Qué aporta el ecologismo político a la tradición izquierdista?

Hay muchos que entienden el ecologismo y el feminismo como una extravagancia de la izquierda posterior al mayo del 68. Esto me parece superficial, pues la irrupción de estos movimientos supuso el replanteamiento de lo que iba a ser el fracaso del marxismo occidental, así como de la Unión Soviética. Cuando Manuel Sacristán descubre que el PCE carecía de un proyecto interesante para España, reformuló inteligentemente el ideario comunista entendiendo que el sueño del aumento indefinido de los medios de producción no es posible en un mundo finito. De este modo, se replanteaba el crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas, tan presentes en Marx y otros economistas clásicos.

Comprender la economía como una parte de la ecología, es decir, como una estructura social encuadrada en otras previas de orden biológico: ese es uno de los retos de la izquierda. Por otro lado, destacaría el pacifismo como actitud ética con una dimensión internacional. En mi opinión, el ecologismo —junto al feminismo— supuso una de las revisiones más coherentes y sistemáticas del proyecto ilustrado marxista, siendo consciente de las limitaciones tanto biológicas como ecológicas de la especie humana.

Las referencias sobre antiespecismo se repiten en tus vídeos ¿Por qué este interés?
La causa antiespecista tiene un valor independiente de si es vehiculada por la derecha o por la izquierda. Me parece una hipocresía por parte de los individualistas metodológicos que presumen ser los liberales el defender solamente a ciertos individuos y no a todos los individuos sintientes. Si la derecha liberal quiere ser coherente debe ser antiespecista. De hecho, la gran diferencia entre estos últimos y los ecologistas es el individualismo, pues el ecologismo valora el zorro porque está en peligro de extinción y participa de un conjunto holístico que es el equilibrio ecosistémico. Por el contrario, en un caso límite, al antiespecista no le importaría exterminar a las especies carnívoras para maximizar la utilidad de otras.

¿Y qué extraes de cada razonamiento?
El conflicto entre estos dos pensamientos no es tal, ya que a largo plazo los intereses de un individuo pueden coincidir con los de la especie. Lo mismo ocurriría con las personas y el Estado. De esta manera, veo compatibles los dos principios clásicos de la tradición de izquierdas como son la igualdad y la libertad, es decir, lo colectivo y lo individual.

Tras el ascenso de la extrema derecha internacional, cierta izquierda trata ahora de construir un nuevo relato basado en ideas como el nacionalismo económico, la soberanía estatal y el control de las fronteras. Todo ello recordando una suerte de Estado del Bienestar idealizado con la pretensión de hacer frente a la ola conservadora ¿A qué se debe?

Es una expresión más de la clásica tensión que ha existido dentro de la izquierda entre el internacionalismo y el soberanismo desde la Revolución francesa. En el presente, muchos creen que el nuevo eje político es esa antítesis entre globalistas y nacionalistas, más allá del arriba-abajo que supuestamente iba a desbancar el eje izquierda-derecha. Si bien es cierto que esa retórica fue muy utilizada durante la crisis económica, no sé hasta qué punto ha beneficiado a los partidos de extrema izquierda hacer pasar lo que han sido posiciones de izquierdas de toda la vida por otras ‘populares’. Hubo victorias muy esperanzadoras como la del partido Syriza, pero que gestionando el gobierno se vio obligado a hacer un arreglo de tipo nacionalista, a través diversos acuerdos y estableciendo una fuerte inversión económica en defensa por la paranoia acerca de Turquía. Y eso sin contar la traición posterior al “oxi”.

¿Y cómo crees que se articulan estas ideas en España?

Cuando se habla de soberanía económica o nacionalismo económico se pretende exportar a España un modelo político que es de difícil aplicación, precisamente porque no sabemos cuál es la unidad de soberanía a la que estamos apelando. Si previamente no se reconstruye un discurso sobre qué ha sido la nación española —o la catalana, o la vasca, en caso de querer ir por alguna de esas vías— no se puede apostar fuerte por dicha idea estatal. Muchos intelectuales de derechas subrayan la contradicción que existe dentro de Podemos en que por un lado se declaren patriotas, pero estén dispuestos a destruir la patria levantando una frontera con Catalunya. A juicio de muchos, la mayor traición a los principios igualitarios de izquierdas consiste, básicamente, en considerar a ciertos sectores de la población como ajenos e ignorarlos a la hora de tomar decisiones colectivas.

¿Por ejemplo?

El antiguo militante del PSUC Félix Ovejero, que ha sido uno de los fundadores de Ciudadanos, se sigue reivindicando dentro de la tradición socialista y es un teórico importante de la renta básica. Sin embargo, entiende que el núcleo de aplicación de las políticas de izquierdas es, a poder ser, el conjunto de la humanidad, siendo los Estados realmente existentes una aproximación a tal cosa. En ese sentido, por suerte o por desgracia, todos los partidos que existen en España son necesariamente europeístas y no existe una extrema derecha antieuropea, salvo la que se pudiera articular entorno a Vox.

Y recuerdas algo más.

La razón por la cual algunos teorizan que no existe una extrema derecha xenófoba en España —salvo, insisto, la que se pueda articular entorno a Vox— es porque no se requiere una alteridad amenazadora fuera del Estado que se convierta en el enemigo simbólico de la nación. De esta manera, no es necesario demonizar al árabe o al emigrante latinoamericano porque existe el demonio catalán, vasco o gallego.

Vivimos en sociedades tan estatalizadas que pese a haber una clara falta de credibilidad respecto a los mecanismos de representatividad de las democracias liberales uno no llega a cuestionarse la posibilidad de no delegar sus responsabilidades políticas y gobernar junto a otros individuos “emancipados”. Es más, se prefiere optar por candidatos autoritarios ¿Por qué se escoge esta vía?

Rouba mas faz, (“Roba pero hace”) fue uno de los lemas de la derecha brasileña de siempre. Se suele decir que los países más blasfemos son también los más religiosos y en este sentido hay un chiste que dice: los españoles creen tanto en Dios que se cagan en él. La relación amor-odio que tenían los súbditos del Antiguo Régimen respecto a la Iglesia, puede ser la misma que siente el español respecto de España como nación y Estado.

Se parte de la premisa por la cual el Estado es una institución confiscatoria, de manera que la única diferencia entre una banda de ladrones y los cuerpos de seguridad es que son reconocidos por otras bandas que constituyen todo el sistema interestatal. La vieja visión agustiniana —que más adelante seria adoptada por los anarquistas— del Estado como algo ilegítimo y, a su vez, el sustituto de la religión por la ideología, genera una permanente tensión por no reconocerse en ciertas instituciones, pero al mismo tiempo preferir lo malo conocido a lo peor por conocer.

¿Qué otros factores destacarías?

Evidentemente la manipulación mediática influye mucho e incluso los políticos más demagógicos suelen vender la carta del orden y el establecimiento de una paz social perturbada por la gente políticamente correcta, las ‘feminazis’, los comunistas e incluso los fascistas. Desde la izquierda radical se está magnificando la emergencia de la extrema derecha porque el único signo distintivo que existe entre la izquierda progre heredera de la socialdemocracia y la izquierda radical es el compromiso fuerte de esta última con el antifascismo. En la era de Pedro Sánchez, con un “gobierno de ministras”, Podemos solamente se puede mostrar como una marca independiente combatiendo el otro extremo del arco parlamentario.

Habiendo participado activamente en el mundo de la comunicación cultural, ¿qué piensas sobre el formato digital de los nuevos medios?

Los medios que mejor conocen la viralidad son conscientes de que lo más atractivo es el contenido banal y superficial combinado con investigaciones originales. Interviú fue un modelo que te atraía por los ojos y te cautivaba con los textos. Hoy en día, otros periódicos digitales como El Confidencial juegan la doble baza de apostar por la derecha económica y la izquierda cultural. Por lo tanto, si existe verdaderamente un pensamiento único ese es una fusión perversa —denunciada por la derecha iliberal y la alt right—, entre el liberalismo económico y el izquierdismo cultural. De este modo, consideran hipócritas, por ejemplo, a Rosalía y a cierto feminismo asociado a grandes empresas. Según ellos, no se puede denunciar el “mal querer” al mismo tiempo que se hace negocio con Inditex.

Algo que también se critica desde la izquierda. La trampa de la diversidad del escritor Daniel Bernabé ya va por su séptima edición. Plantea un debate que ha generado muchas críticas, pero también alabanzas ¿Qué opinión te merece?

Las críticas que se han hecho a la posmodernidad desde un punto de vista político son un clásico de la izquierda radical desde mediados de los años ochenta. De hecho, hay un giro dentro debate sobre el posmodernismo desde las cuestiones más filosóficas, tratadas por autores como Lyotard o Habermas, a las cuestiones más sociopolíticas, como las tratadas por Fredric Jameson: el posmodernismo como lógica cultural del capitalismo tardío, en el que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. En ese sentido, la crítica de Bernabé es interna a ese paradigma de pensamiento, porque él mismo no tiene las herramientas filosóficas, sociológicas o económicas —ni siquiera periodísticas— para verdaderamente plantear una alternativa a esa forma de pensamiento. Lo único que hace es criticar, con toda la razón, cómo ciertos movimientos identitarios de la izquierda pueden ser instrumentalizados por el capital, como pasó con los movimientos contraculturales que se convirtieron en la conquista de lo cool y los nichos de mercado de los años 80.

Por lo tanto, ¿cuáles son para ti los aspectos más débiles del libro?

Existen tantas obras sobre esta temática que el libro de Bernabé es el típico panfleto que genera debate por su propio título, más que otra cosa. Me pareció interesante la reseña que hizo Alberto Garzón, sobre cómo la falta de documentación y el hecho de haber sido escrito en pocos meses influye mucho en que no haya un conocimiento profundo de los autores. Así, la crítica al filósofo Jean-François Lyotard y las observaciones sobre antiespecismo son totalmente superficiales. Aun así, es un libro necesario para generar estos debates, y la crítica que hace a esos movimientos son legítimas, pese a no ir más allá de su marco de pensamiento, ni entender hasta qué punto la llamada lucha de clases de toda la vida, tal y como fue articulada por la tradición marxista, fue concebida como una lucha identitaria en la que una clase en sí se convertía en una clase para sí, al transformar un elemento sociológico, como la diferencia de renta o la relación respecto a los medios de producción, en un signo diferencial que le permitiera producir un antagonismo frente a la burguesía, el patrón o el terrateniente.

Y añades un elemento más.

Aunque las clases preexistan sociológicamente no se articulan políticamente sino a través de discursos necesariamente identitarios, con una diferencia entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. En esa construcción siempre hay bandos, pues una de las grandes objeciones que plantea el libro es que, ¿acaso no existía la misma división entre trostskistas, estalinistas o maoístas dentro de los partidos que hay a día de hoy entre el feminismo radical o liberal, antiespecismo o ecologismo? No se puede apostar al mismo tiempo por una izquierda que sea plural y que esa unidad se cree de arriba a bajo, de manera jerárquica, como una cadena de mando militar.

En Saló o 120 días de Sodoma, Pier Paolo Pasolini recrea una escena donde una pareja heterosexual hace el amor con ternura, después de sufrir interminables torturas grupales. Cuando sus verdugos fascistas les descubren, la chica huye —en un acto de debilidad patriarcal— y el joven, desnudo, levanta simbólicamente el puño antes de ser acribillado entre risas ¿Los diversos socialismos actuales siguen ofreciendo una clara alternativa ante la barbarie?

La izquierda a día de hoy tiene una alternativa moral a lo que es el individualismo, el consumismo, el ecocidio y el austericidio. Identifica lo que es la barbarie, pero no sé hasta qué punto tiene verdaderamente idea de cómo construir un modelo que no incurra en la barbarie socialista sin rostro humano del siglo XX. Yendo un poco más allá, esta escena de Saló también puede representar la desnudez de la propia izquierda durante la Segunda Guerra Mundial, ya que especialmente en el caso italiano tuvo que asociarse con los que hasta entonces habían sido sus verdugos, EE UU y Gran Bretaña, que habían permitido que Europa central cayera en la órbita nazi-fascista. Sin embargo, hay una gran fetichización del antifascismo que obvia los ajustes de cuentas de los aliados tras la caída de Francia e Italia.

Frente a la descordinación entre las izquierdas, al otro lado del espectro político parece que las cosas se encaminan solas, pues movimientos diversos y adaptados a las particularidades de cada país, llegan a establecer acuerdos de mínimos. Propones un nuevo término, derecha iliberal, ¿qué significa?

Es la forma en la que la extrema derecha se rearticula después de la Segunda Guerra Mundial, reconstruyendo una memoria histórica benévola con su propio pasado y retomando ciertos principios del liberalismo como la libertad y la igualdad aplicada al concepto de Estado, familia y clero. Se vende a sí misma como la última trinchera del Estado nación frente a las fuerzas de un capitalismo que consideran marcadamente socialista —e incluso sionista— donde la izquierda y la derechas apostarían por lo mismo, es decir, la globalización. Frente a estos dos movimientos de desterritorialización, utilizando la terminología de Gilles Deleuze y Félix Guattari, la derecha iliberal sería un fenómeno de territorialización.

Aquí también se podría recurrir a Karl Polanyi, ya que hablaba de tres pseudomercancias: la fuerza de trabajo, la tierra y la moneda. En el momento que estas se privatizan, de manera natural se generan contramovimientos cuya posición ideológica no está definida. De este modo, ante la mercantilización del Estado nación, la derecha iliberal sería una respuesta contrarevolucionaria a esa revolución concreta, asumiendo algunos de los principios tradicionales de la izquierda.

¿Cómo se situaría en el terreno de las ideas?

La derecha iliberal parte de la ética del liberalismo, que básicamente desconfía del propio concepto de política o la existencia de la sociedad y el pueblo. “No existe la sociedad tan solo los individuos y sus familias”, decía Margaret Thatcher. Esto es importante, pues marca la división entre una derecha completamente liberal que defiende el individualismo, y otra que se apoya en instituciones feudales o premodernas como la familia, el clero o la nación, esta última entendida desde una perspectiva étnica. Yo hablo de “derecha iliberal” por la eufonía de no saber si estás escuchando “liberalismo” o “iliberalismo”, pues la relación de continuidad y discontinuidad que existe entre ambas derechas es similar a la que hay entre el marxismo y el posmarxismo.

Sobre las peculiaridades adaptativas de las nuevas derechas, ¿qué dirías?

En Hungría, Jobbik, el partido de extrema derecha que ha obligado al actual presidente Viktor Orbán a escorarse todavía más hacia este concepto del que hablamos, es islamófilo. Entienden que el húngaro pertenece a la familia lingüística de las lenguas turcomanas de Asia central. De esta manera, Hungría sería la puerta a Occidente de países como Irán. Por esa razón, Jobbik pidió que la guardia de la revolución iraní garantizara que las elecciones fueran realizadas conforme al procedimiento internacional. Esto muestra la pluralidad que existe dentro de las derechas iliberales, ya que, dependiendo de las características culturales y ideológicas de cada país, se construyen de manera distinta.

¿Y qué ocurre en el contexto español?

Para empezar, aquí no es posible una derecha xenófoba, porque el proyecto imperial del cual se tiene nostalgia no tuvo un racismo étnico sino religioso. El ‘otro’ y el antagonista del Imperio Español no fue el negro o el indio, sino el infiel y el hereje. A pesar de los intentos de algunos psiquiatras franquistas como Juan José López Ibor o Antonio Vallejo-Nájera por construir una tipología del antiespañol fundamentada en la genética, a la búsqueda de lo que ellos llamaron “el gen rojo”, la derecha iliberal española ha asumido que los antiespañoles (ese mito) no nacen sino que se hacen. En este sentido, Foucault teorizó muy sobre cómo el Estado construye un concepto de ciudadano que en última instancia es racista, porque siempre tiene que excluir a alguien. Esto me recuerda a una frase muy bonita de Paul Preciado donde señala que la raza es una tecnología del poder.

Has entrevistado a conocidos anarcocapitalistas como el profesor Miguel Anxo Bastos y acudiste al ya extinto canal del mismo espectro político Bailando con Lobos. Siendo abiertamente de izquierdas, ¿qué es lo que te seduce de este movimiento intelectual?

El liberalismo siempre se ha mostrado como una ética, no como una política. La defensa del individuo y la mayoría de edad intelectual que tiene este para tomar decisiones por sí mismo sin ser asesorado de manera paternalista o incluso de forma impuesta a través de una institución coercitiva, esto es, el Estado. A mí lo que me interesa del liberalismo es esa apelación a la mayoría de edad intelectual del individuo frente al colectivo. Por lo demás, sus agenda política y económica me parece profundamente utópica, cuando no directamente sociópata.

La crítica de Bastos hacia el Estado la toma principalmente de la tradición marxista y siempre reitera que el liberalismo carece de un buen análisis al respecto. Para empezar porque en España y otros países, los liberales son los que construyen el Estado nación moderno, que expropian a la Iglesia y privatizan esos bienes creando las bases del capitalismo y el nacionalismo. Si se puede hablar de neoliberalismo, como dijo Herbert Spencer, el liberalismo antiguo combatía el derecho sagrado del altar, mientras que el nuevo liberalismo debe hacerlo contra el derecho sagrado de los parlamentos y la idea de que lo decidido allí por mayoría es bueno.

Sorprende la falta de referencias a la extensa tradición anarquista –o libertaria– ibérica en tus conferencias ¿A qué se debe?

La tengo en cuenta y diría que ha sido precisamente esta la que ha incorporado de una manera pionera todas las problemáticas ecologistas que ya estaban en Piotr Kropotkin o Élisée Reclus, la idea de apoyo mutuo. Por el contrario, aunque también hay muchos textos dispersos, el marxismo clásico se articuló mediante obras que dan gusto leer, como pasa con Georg Lukács, Louis Althusser o Theodor Adorno. Es difícil encontrar el equivalente a El Capital en el anarquismo, aunque haya panfletos y ensayos, cuesta tener una imagen de un libro donde se recopile una idea muy concreta. Pese a esto, todas las ideas libertarias están en el aire y son el verdadero socialismo que debería oponerse a la barbarie. Volviendo a Sacristán, en su reformulación durante los años ochenta, lo que hace es retomar muchas cosas que ya habían planteado los anarquistas y anarcocomunistas anteriores.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/entrevista-filosofo-ernesto-castro-trap-antiespecismo

Reflexiones sobre impunidad, punitivismo y justicia en los feminismos en movimiento

Por Cristina Vega

En los últimos meses, a medida que avanzaban las denuncias públicas de agresiones y acosos machistas en distintos entornos se deslizaba, a veces de forma sutil, otra abierta, la idea de que el feminismo en movimiento se decantaba peligrosamente hacia una línea punitivista. Me gustaría abordar esto, como siempre, pensando desde los distintos espacios que me sirven de referencia. En España y en América Latina, la emergencia de fuerzas conservadora que hacen del feminismo y la cuestión de la violencia un nuevo terreno para la contra-ofensiva, y en lo más inmediato, en Ecuador, pero también en otros países latinoamericanos, la aparición de declaraciones, textos y eventos, que desde la izquierda, cuestionan el modo en que se denuncian casos y se realizan escraches en entornos próximos[1].

 

Debate “clásico” sobre punitivismo

 

Hasta hace poco, el debate “clásico” sobre punitivismo se refería a la crítica que la izquierda realizaba al aumento de las penas como solución a los problemas sociales, incluido éste, tradicionalmente auspiciado por sectores conservadores. Como sabemos, la cárcel no sólo no reinserta sino que acrecienta la violencia, incluida la de género. En España, el reciente asesinado de Laura Luelmo a manos de Bernardo Montoya, encarcelado durante 17 años y libre desde hacía dos meses, no hace sino verificar este hecho. Las derechas en ese país, haciendo rapiña del clima anti-violencia propiciado por las masivas movilizaciones feministas se afanan entonces en pedir cadena perpetua o prisión permanente revisable al tiempo que atacan al movimiento y las políticas públicas logradas en este terreno.

Mientras, muchas feministas ofrecen visiones ricas y complejas acerca de la violencia y la justicia patriarcal que emana del Estado[2] y comienzan a reflexionar sobre cómo sería una justicia feminista. Llaman primeramente la atención sobre la impunidad (tan sólo si se aplicaran mejor las penas existentes y se hiciera una interpretación no patriarcal de las mismas habríamos avanzado algo). Redimensionan, una vez más, el problema de la justicia más allá del aparato punitivo[3], y plantean cómo la cultura de la violación (en un sentido amplio), permea el Estado, las instituciones, y el conjunto de las relaciones sociales normalizando comportamientos de violencia y desprecio hacia los cuerpos feminizados. Desmantelar la justicia patriarcal en el Estado es una tarea urgente y no puede reducirse al siempre popular, socorrido y reaccionario reclamo del encierro de por vida y el recorte de derechos. En este debate en el que leo una parte de los recientes y polémicos cometarios de Rita Segato. Luchar contra la impunidad no sólo no es incompatible con la crítica al punitivismo y sus connivencias patriarcales, sino que se erige en una pieza fundamental para ampliar el debate, interpelar a toda la sociedad en los entornos cotidianos y deslindarse de la ofensiva de los sectores más reaccionarios que aprovechan nuestro impulso para retomar su proyecto criminalizador y autoritario.

Este marco “clásico” del debate se solapa con otros dos, componiendo todos ellos un entorno particularmente paradójico.

 

Denuncias y escraches en los feminismos en movimiento

 

El segundo marco se refiere a cómo ciertos sectores, digamos progresistas, que apenas sí pueden ocultar la sorpresa que les produce el protagonismo del feminismo en la política actual y hacia el que no les resta sino aproximarse desde un profundo (y arrongante) desconocimiento, procesan las denuncias públicas de las agresiones que se han popularizado en entornos sociales próximos.

Al calor de la ola Mi primer acoso, Me too y demás, muchas mujeres han revisitado su pasado para entender mejor su presente y han hablado públicamente de sus violaciones, de las agresiones que han recibido y de las formas de acoso normalizadas a las que se han visto expuestas. Algunos se inquietan al constatar el volumen de estas formas de violencia y lo extendidas que están en ambientes muy diversos, incluidos los de la izquierda (“no pueden ser tantas y en todas partes!”). La incredulidad y la sorpresa, en el mejor de los casos, ha sido mucha y la complicidad, en otros, mayor.  Tanto es así que el feminismo ha tenido que recurrir al Yo sí te creo y al Mira cómo nos ponemospara resguardar estas denuncias, que por otro lado no siempre han encontrado los entornos de contención, interpretación y acompañamiento más favorables (cuestión sobre la que debemos seguir pensando). La denuncia pública en redes se ha desbordado, los grupos de apoyo locales se ido constituyendo, se han creado y aplicado (a veces) protocolos y el escrache ha continuado siendo un modo de justicia desde abajo con el que quebrar el victimismo y decir fuerte y claro: aquí estamos como cuerpo colectivo visible que afirma frente al descrédito. Estas acciones no siempre han sido exitosas o no siempre se han hecho de la mejor manera pero esto no les resta ni una pizca de pertinencia y de legitimidad. Tan sólo nos obligan, como en todo (la estrategia legal, la relación con familiares, etc.), a afinarlas.

La denuncia y rechazo público de los agresores, que en sí misma es una medida preventiva, no es nueva y tiene una larga historia en el feminismo que se remonta a la década de 1970, momento en el que en distintos países además de patrullas de acompañamiento y dispositivos de acogimiento, se utilizaban carteles con el rostro de violadores en entornos barriales, laborales y organizativos, así como marchas locales contra agresiones y agresores concretos en las que se hacían marcajes y se rompía el anonimato.

Lo que la prensa amarilla contemplaba como crímenes pasionales o contra el honor, fue re-enmarcado por este tipo de actuaciones, que más tarde pasarían nuevamente a ser carnaza para los realities recodificando de este modo la energía de la acción directa feminista. Estas formas de exhibición eran en sí mismas una forma sanción muy ligada a la autoconciencia y una sobreexposición de los violentadores en la comunidad. En algunos casos se acompañaba de denuncias legales, por aquel entonces desconsideradas, y en otros de formas de expulsión, amenaza o de mediación (de parte de familiares o amigos que llamaban a los agresores al orden ante la presión de las organizaciones de mujeres).

Si establecemos un paralelismo con la experiencia de justicia indígena, cuando ésta se aplica para casos de violencia, invitación que tomo de una compañera ecuatoriana, podemos identificar algunas diferencias pero también importantes puntos en común. Lo que vemos es una cadena de eventos que van desde la denuncia, la exposición pública, la deliberación en asamblea, la sanción (a veces expulsión), la reparación y la restitución/sanación (cuando la falta no es muy grave). La exposición y sanción comunitaria cuando se aplican tiene un peso tan fuerte que el juicio moral pasa a un segundo término y es el ostracismo y el castigo lo que lo condensan en un evento: cavar la zanja, no poder entrar en el espacio compartido o ser ortigado a los ojos de todos. La reincorporación, como la reparación, es posible pero esto no resta fuerza al momento de la exposición y la pena. Esto también sucede en la denuncia pública feminista, en la que, aunque algunos se afanen en ignorarlo, también se produce un proceso de deliberación tanto interno como con otros, donde la falta se interpreta en relación al contexto en la que se produce y donde el escrache más que un caso sumarísimo hace parte de un trayecto más amplio (escucha, contención, acompañamiento de la víctima y la familia, reinterpretación colectiva, denuncia, seguimiento, estrategia jurídica, recursos… y a veces búsqueda de reparación), cada uno de ellos con sus dolores, obstáculos y reflexiones[4]. Existen varias diferencias, pero una de ellas, que no conviene olvidar, es que mientras en unos ámbitos esta forma de proceder está comúnmente legitimada, en la sociedad en general puede resultar peligrosa. No pocas víctimas y/o activistas se han expuesto a amenazas o han sido agredidas por hacer este tipo de acciones. También el peso de la denuncia ante la ley (patriarcal) se ha hecho valer contra quienes se han atrevido a romper el silencio.

En entornos militantes, este tipo de analogías prefieren no considerarse y lo que resulta bueno, heroico incluso para otras luchas, en ésta se convierte en abusivo, vengativo e inhumano. La denuncia pública de los agresores sigue siendo muy mal vista y despertando reacciones; a veces de maternaje, otras de exculpación y otras de complicidad por temor a que uno pueda verse salpicado en las íntimas complicidades que mantiene con un orden de privilegios que si bien no siempre entraña violencia está atravesado por la asimetría[5]. La reflexividad, como la autocrítica, ha brillado por su ausencia y la apropiación y simplificación de los argumentos y experiencias feministas a veces resultan francamente patéticos.

 

Los hombres tienen un problema

El feminismo, en su multiciplicidad y en sus diálogos tensos y productivos, más que pensamientos dogmáticos y dicotómicos, como algunas personas afirman, ha sostenido con frecuencia posiciones “impropias” o impuras. Eso es justamente lo que permite no juzgar a quien ha sido víctima sino entenderse en relación y en continuidad con ella al compartir lugares afines y contradictorios en sistemas de dominación múltiple, también en el patriarcal, que nos tocan a todas de distintas maneras. Sin duda, también ha tenido que establecer fronteras allí donde reinaban las ambigüedades deliberadas que siempre han rodeado a estas formas de violencia, demasiado salpicadas por fuertes dosis de amor, dependencia e intimidad. Personas sin experiencia en el acompañamiento de estos casos en el sistema de justicia o en entornos de proximidad con víctimas o con escasa reflexión organizativa en este terreno evitan la singularidad de estos casos. Se han mostrado particularmente críticas desconociendo una larga historia, tanto en el plano político como en el legal, que tiene sus razones de ser aunque no siempre nos ponga a todas en acuerdo.

Es duro entenderse, como partícipe o como cómplice, en casos de violencia machista. Es duro ver sufrir a los compañeros que uno consideraba ejemplares en muchos aspectos y que resultan demasiado comunes en tantos otros. Por desgracia, esta aspereza, poco comparable a la que sufren quienes están del otro lado, se evade y, como se suele decir, la mejor defensa es un ataque (ataque a quién ha sido atacada!).

Creo que la respuesta a esta dificultad no puede ser el desconocimiento o la connivencia, como tampoco puede ser la negativa a deliberar y escuchar diferentes visiones, sin que esto nos transforme de buenas a primeras en escrupulosos liberales que sólo ven poder y desigualdad en el ojo ajeno.

Yo no he tenido que criar niños, me ha tocado más bien conjurar las amenazas de imaginar que mi hija algún día podría no llegar a casa o vese en situaciones no deseadas y de indefensión. Pero tengo cerca a algunos hombres que en modo alguno siento como antagonistas, mucho menos naturales, pero sí sujetos con privilegios. Me gusta pensar que el terreno de las masculinidades es un lugar fértil desde el que renombrar las paradojas y avanzar para construir otras paternidades, otras homosexualidades, diferentes maneras de ser niños, otros modos de vivir con mujeres y niñes libres. Siempre lo hemos dicho con algunas compañeras: si más y más hombres se sintieran interpelados e interpelaran desde y junto al feminismo, como de hecho creo que comienza a suceder en algunos lugares, entonces avanzaríamos en la tarea de quebrar la masculinidad dominante. Por eso me parece absurdo pensar que los interlocutores son “algunos hombres”, los violentos; los interlocutores, como recordaba una provocadora carta[6], son los hombres, los hombres de la masculinidad hegemónica, los que se ubican en ese lugar y construyen antagonismos desde ahí, porque su falta de acción sigue recordando a la sociedad que el “problema” de la violencia es de ellas y no ellos, de todos ellos.

Lo que me preocupa realmente de algunas críticas de la izquierda es que se traduzcan en una deslegitimación del feminismo, que ahora (justo ahora!) es vengativo, promueve el linchamiento o, como se presume en algún texto, no debería ser “anti hombre”, como si el feminismo hubiera sido en algún momento algo semejante (y las feministas hubieran dejado de convivir, dialogar u organizarnse con sus semejantes buscando condiciones más justas en distintos terrenos de la vida). Hablar aquí de violencia y fascismo aviva, a mi juicio, un fantasma que cuando ponemos pié a tierra se revela como eso, un fantasma. No deja de ser curioso que los que en otros escenarios se presentan como radicales, en éste se muestren tan a favor de la igualdad de oportunidades, el humanismo y cosas por el estilo. Como hace poco decía Claudia Korol desde Argentina replicando el lema “Si no hay justicia hay escrache”, “nos ponemos así, porque en el camino de los buenos modales perdimos muchas vidas”[7]. Este horizonte, que entrelaza violencia, dominación y genealogía política en nombre propio no podemos ignorarlo, no podemos dejar que otros lo ignoren o tergiversen. La nuestra es una historia de violencia, autoconciencia y resistencia, una historia de reconocimiento colectivo, autodefensa y afirmación de la libertad, y por si acaso, una historia de diálogos, acompañamientos y construcción de una mejor vida en común donde el cuidado pueda situarse en el centro[8].

 

El género (y el feminismo) bajo ataque

Si en el primer marco de debate, el “clásico”, la actual potencia feminista se convierte en una excusa para fomentar el punitivismo patriarcal enarbolado por la derecha al tiempo que se deslegitima el movimiento, en el segundo, el “progresista”, es en sí misma una fuerza punitiva cuyo acumulado de experiencias y formas de actuación se ponen bajo sospecha. A pesar de la pluralidad de voces y estrategias, el feminismo que hoy politiza la violencia en las calles se convierte en una amenaza peligrosamente decantada hacia convertir el ni una menos y el vivas nos queremos en el extremismo.

Un tercer marco para el debate sobre punitivismo, con el que habrán de medirse los anteriores, se consolida. Me refiero al del “ataque al género” de parte de (nuevas) fuerzas ultraconservadoras y fundamentalistas que hoy, más que nunca, hablan el “lenguaje del género y la sexualidad” contra el feminismo y los movimientos de la libertad sexual. Sus discursos y estrategias concurren en el mismo campo de juego; se trata de una onda global cuya potencia no podemos desestimar, mucho menos en América Latina.

Acudiendo a instrumentos como “la ideología de género” y su plasmación en campañas como “Con mis hijos no te metas” y otras afines en temas de educación sexual, aborto y reconocimiento y derechos de las diversidades sexo-genéricas, estos sectores, liberados de las constricciones de un feminismo que ha conquistado, supuestamente, la institucionalidad estatal a través de los organismos internacionales, están presentándose y ganando elecciones y sumando adeptos en iglesias y congregaciones. Como en todos los periodos de crisis, la restauración del orden patriarcal resulta particularmente eficaz y Jahir Bolsonaro es la expresión más acabada de esta onda. En ella, el feminismo se torna en un enemigo a combatir, aquí sí, de manera directa y bélica, tanto en lo que haya podido acumular en el Estado, como en lo que hoy expresa con fuerza en las calles. La violencia machista, ¡todo bien! Y, por si acaso, los hombres como víctimas de la violencia de parte de las mujeres, ¡pues también!

Buena parte del debate clásico de la derecha tradicional respecto al aumento de penas se está reciclando en el presente con esta nueva onda fundamentalista. Del punitivismo “clásico” se toma el ímpetu criminalizador y anti-derechos. A esto se añade en el presente la tergiversación y demonización del “género” y el feminismo, que se traduce cada vez más en aplaudir la justicia patriarcal, las sentencias que exculpan a los agresores, así como los comportamientos cotidianos aleccionadores y correctivos para con las mujeres y la infancia. La potencia movilizadora del feminismo, que poco tiene que ver con las Naciones Unidas y mucho con la acción cotidiana y callejera, con la reorganización de sentidos y normalidades en centros educativos, colectivos sociales, familias, universidades…, resulta un enemigo a combatir, a veces, el enemigo a combatir o mediante el que se combate en un sentido amplio (como vimos en el caso colombiano durante el plebiscito sobre los acuerdos de paz).

En este escenario, de rearme patriarcal neoliberal, reaccionario y fundamentalista, las acusaciones de punitivismo cobran vuelo. Resultaría muy lamentable que siendo el feminista uno de los movimientos más activos y propositivos a escala mundial y latinoamericana, contribuyéramos, desde frentes supuestamente afines, a lo mismo. Buena es la reflexión cómplice que nos empuja a avanzar al hilo de las experiencias diversas que se van acumulando, mala cuando lo que en realidad se busca, en la intimidad social que habitamos, es no ver cuestionados los privilegios en el injusto orden de cosas existente.

Verdaderamente, toca seguir pensando.



[1]          Querría resaltar aquí dos referencias recientes: distintas declaraciones de Rita Segato en entrevistas realizadas durante el 12/2018 alertando contra la idea de un “feminismo del enemigo” o un “feminismo punitivista”, que ella misma ha ido matizando. http://www.agenciapacourondo.com.ar/generos/rita-segato-el-feminismo-punitivista-puede-hacer-caer-por-tierra-una-gran-cantidad-de y http://www.eldesconcierto.cl/2018/12/17/rita-segato-el-feminismo-no-puede-y-no-debe-construir-a-los-hombres-como-sus-enemigos-naturales/. Y en Ecuador, un texto firmado a cuatro bandas por Natalia Sierra, Paz Guarderas, Erika Arteaga y Alejandra Delgado el 17/12/2018, titulado “¿Culpable por ser hombre? Feminismos en una sociedad patriarcal” http://www.planv.com.ec/culturas/debate/culpable-ser-hombre-feminismos-una-sociedad-patriarcal

[2]          Ver, en este sentido, el texto de Violeta Assiego, “Ellos piden cárcel, nosotras justicia”, 20/12/2018, El Diario. https://www.eldiario.es/zonacritica/piden-carcel_6_848375169.html

[3]          Posición crítica que estuvo presente de forma temprana, y a la que aportamos en los 2000, cuando se comenzaba a popularizar la ecuación entre femicidio y terrorismo en España.

[4]   Creo que Rita Segato, al llamar la atención sobre el linchamiento, difumina el hecho de que lo común en los procesos de denuncia pública, al menos los que yo he podido ver o participar, se han acompañado de vivas y ricas deliberaciones situadas donde la mujer agredida ha sido una pieza fundamental.

[5] A mí no me gusta equiparar discriminación y desigualdad con violencia. Aunque formen parte de un mismo orden patriarcal creo que es conveniente, también políticamente, distinguirlas y no convertir cualquier forma de abuso de poder en violencia. Las relaciones de dominación son tóxicas, generan dependencias en las que mujeres y hombres participan, y pueden resultar en agresiones en un orden sin duda jerárquico pero si hacemos colapsar todas bajo una única denominación disminuimos nuestras posibilidades de encontrar formas de intervención acordes con sus diferencias. Se acrecienta también, por el camino, el colapso entre víctima y victimismo.

[6]          Cristina Fallarás, “Carta a los hombres”, Público, 20/12/2018. https://blogs.publico.es/otrasmiradas/17424/carta-a-los-hombres/

[7]          “No hables de punitivismo para garantizar la impunidad. Mira como nos ponemos”, 20/12/2018, Marcha. http://www.marcha.org.ar/no-hables-de-punitivismo-para-garantizar-la-impunidad-mira-como-nos-ponemos/

[8]          Sigue Korol, “Justicia no es punitivismo. No nos interesa castigar. Nos interesa sí, defender nuestros cuerpos y vidas de las agresiones. Eso puede significar, cuando no hay otros modos, visibilizar a los violentos, para que no puedan gozar de la impunidad que les ofreció el sistema de justicia patriarcal, y para que sus víctimas no vivan aterradas, para que no haya nuevas víctimas. Quienes por eso nos dicen punitivistas, tienen que hacer propuestas concretas para garantizarnos la vida, y una vida sin miedo. Si no tienen esa respuesta, respeten por favor las formas de lucha colectiva que la marea feminista, que la revolución feminista va encontrando. Escuchar, acompañar, creer en nosotras mismas.»

 

Profesora investigadora en el programa de género de FLACSO-Ecuador y parte de la Revista Feminista Flor del Guanto.

Fuente:

www.sinpermiso.info

Gleichheit. Rosa Luxemburgo y las mujeres

Por María Julia Bertomeu

Si las luchas del presente se alimentan de los combates del pasado, encuentro oportuno comenzar mi breve texto en homenaje a Rosa Luxemburgo con algunas reflexiones de Nancy Fraser –la activista y profesora de filosofía política de la New School for Social Research de New York- sobre la segunda ola del feminismo y su relación con el actual capitalismo, destructor del estado de bienestar de post-guerra.

En el año 2013, Fraser redactó un artículo para The Guardian, manifestando su profunda preocupación por los posibles usos –por parte del capitalismo neoliberal- de ciertas consignas históricas enarboladas por las luchas feministas. Se confesaba atemorizada ante la posibilidad de que por un ‘cruel giro del destino’, el movimiento de liberación de las mujeres se hubiera enredado peligrosamente  junto a los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado. No sin razón decía la feminista norteamericana que tal cruel destino explicaría “por qué y cómo sucedió que las ideas feministas que formaron parte de una cosmovisión radical ahora se expresan mayoritariamente en términos individualistas… y también cómo sucedió que un movimiento que antaño priorizó la solidaridad social, ahora celebra a las empresarias exitosas… o que un movimiento que antes valoraba el cuidado y la interdependencia, ahora aliente el avance individual y la meritocracia. Según Fraser, se trata de una segunda ola del feminismo, que se corresponde con un capitalismo desorganizado, globalizado, neoliberal, y acaba mudando en la doncella de ese capitalismo contra-reformado, para decirlo con la certera expresión que acuñó Toni Domènech.

En un artículo de 2017 -a propósito de las marchas masivas y globalizadas de mujeres – Fraser se reveló menos temerosa y más optimista ante lo que denomina el comienzo de una nueva ola de luchas feministas militantes (¿la tercera?). En su opinión, ya no es suficiente con oponerse a Trump y a sus políticas agresivamente misóginas, transfóbicas y racistas, también se debería apuntar al ataque neoliberal en curso en contra de la previsión social y derechos laborales. Una agenda feminista internacionalista ampliada, nos decía Fraser, que conjugue el anti-racismo, anti-imperialismo, anti-heterosexismo y anti-liberalismo. En este punto generosamente reconoció que su “feminismo para el 99 %” se inspira en el potente movimiento argentino Ni una menos, cuya consigna es denunciar la violencia contra las mujeres en sus múltiples facetas: violencia doméstica, del mercado, de la deuda, de las relaciones capitalistas de propiedad y del Estado. (http://www.sinpermiso.info/textos/un-feminismo-para-el-99-por-eso-las-mujeres-haremos-huelga-este-ano)

Como he dicho al comienzo, los artículos de la perspicaz filósofa política norteamericana son oportunos para volver a traer la palabra de Rosa Luxemburgo, a modo de recuerdo en el centenario de ese 15 de enero de hace ya cien años, en el que el culetazo del rifle de un soldado destrozó su cráneo, y también asesinó a su camarada Karl Liebknecht junto a miles de trabajadores y trabajadoras.

Sabemos de una discusión teórica presente –no saldada ni posiblemente saldable- sobre la relación entre marxismo y feminismo, entre capitalismo y opresión de las mujeres, entre la clase social y el género. Es posible que la contundencia característica de la Rosa roja –en la lucha, en sus escritos, en la polémica y en el amor-, no contribuirá a disipar los ánimos de la contienda académica, aunque sin duda alguna sus textos nos recuerdan que la disputa tiene una historia escrita con sangre, y que si el presente se nutre del pasado, sus obras son un suelo nutricio para una mirada socialista sobre las luchas de las mujeres.

Rosa nunca habló del patriarcado, mucho menos -y por obvias razones- de género, pero tampoco habló de las mujeres  como una categoría abstracta, transhistórica, por encima de las clases. Hablaba sí, al mismo tiempo, de la revolución de las mujeres proletarias, de la revolución rusa y de las mujeres en las huelgas de masas. Ella misma, en una carta enviada a Louise Kautsky invitándola a concurrir a la celebración del Primer día Internacional de las mujeres, manifestaba su asombro porque había recibido una credencial feminista por parte de los organizadores de la Conferencia en Jena, y preguntaba a Louise -en esa misma carta- ¿es que acaso ahora somos feministas?. Su camarada Clara Zetkin –la directora del periódico Die Gleichheit,el principal órgano de difusión de los panfletos de Rosa en contra de la guerra y a favor de las mujeres (proletarias) – fue la impulsora de tal evento ante el Comité ejecutivo de la Segunda Internacional. Rosa bien supo y dijo que Clara cargaba con ‘tal cantidad de trabajo’… y siempre la acompañó con sus escritos y discursos, interviniendo públicamente en la disputa abierta entre los camaradas ‘reformistas’. Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin y Alexandra Kollontai lucharon –teórica, práctica y tácticamente- en contra de las alianzas oportunistas propuestas por los “políticos realistas” de la socialdemocracia alemana que en 1912 votaron en Bruselas a favor de ‘un hombre un voto’ y rechazaron otorgar la extensión del voto a las mujeres – sugiriendo fantasiosamente que la defensa de los principios políticos habría privado a la socialdemocracia de logros concretos-.

Es oportuno también recordar el texto de Rosa: “La huelga de masas, partido y sindicatos”, sobre los acontecimientos alemanes de 1905-1906 y las discusiones teóricas en torno a la conveniencia de tal tipo de medidas, en el que recordaba Rosa –la activista y teórica- que las huelgas de masas no se ‘fabrican artificialmente’, ni se deciden al azar, ni se propagan como una peste, son un fenómeno histórico que en un momento dado surge de las condiciones sociales con una inevitable necesidad histórica. El escrito es un manifiesto en contra de los sindicatos socialdemócratas alemanes, al decir de Rosa conservadores, cobardes y reformistas, pero también es una certera refutación de la vieja retórica conservadora sobre la ‘falta de madurez o sobre la debilidad’ de los grupos y las clases revolucionarias, en ese momento en boca de los dirigentes socialistas y parlamentarios alemanes. Salvando muchas distancias, el éxito de las convocatorias de los movimientos feministas de la nueva ola –Fraser dixit- tampoco ha sido producto del azar, ni la acción de los sindicatos conservadores, lo que más sorprende es que son una respuesta a condiciones sociales y económicas que causan los fenómenos de violencia sobre las mujeres y la desigualdad real, y muy especialmente de las mujeres pobres.

El movimiento “feminista” era para Rosa -en su tiempo y lugar- el de las sufragistas inglesas y el de las mujeres burguesas. Su juicio sobre tales movimientos es duro, implacable y consecuente con su posición política socialista revolucionaria: la reivindicación de los derechos iguales para la mujer es -en las feministas burguesas- pura ideología de grupos aislados sin raíces materiales, es un fantasma del antagonismo hombre-mujer, es un capricho (Luxemburgo (1914) ‘La proletaria’). La preocupación de Rosa -y de sus camaradas de lucha – era separar el voto femenino entendido como el objetivo de las luchas de mujeres en general, de la táctica para lograrlo, y esa táctica no era sólo tarea de mujeres, sino una responsabilidad común de clase de las mujeres y los hombres del proletariado. Según Rosa, en efecto

El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque tras él están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior, es decir, a la socialdemocracia. Si se tratara del voto de las damas burguesas, el Estado capitalista lo considerará como un apoyo para la reacción. La mayoría de estas mujeres burguesas, que actúan como leonas en la lucha contra los «privilegios masculinos», se alinearían como dóciles corderitos en las filas de la reacción conservadora y clerical si tuvieran derecho al voto. Serían incluso mucho más reaccionarias que la parte masculina de su clase. A excepción de las pocas que tienen alguna profesión o trabajo, las mujeres de la burguesía no participan en la producción social. No son más que co-consumidoras de la plusvalía que sus hombres extraen del proletariado. Son los parásitos de los parásitos del cuerpo social. Y los consumidores son a menudo mucho más crueles que los agentes directos de la dominación y la explotación de clase a la hora de defender su «derecho» a una vida parasitaria. (Luxemburgo, 1912)

Rosa habla de proletarias y burguesas, de sexo y clase social; nunca se le ocurrió hablar de sexo sin clase social, y mucho menos hablar del trabajo doméstico en abstracto, independientemente de la clase social. Rosa nunca pensó en una marcha de sólo mujeres e interclasista, e incluso confesó que toda su vida había luchado en contra de la idea de la “la unión de las mujeres”.

La pregunta queda planteada: ¿será posible cumplir con la ambiciosa agenda del movimiento Ni una menos o con la propia agenda de Fraser en contra del capitalismo contra-reformado, pero sin hablar de clases sociales? ¿marcharán juntas -las pobres y las ricas, las empresarias y las trabajadoras domésticas feministas- en contra de las políticas económicas neoliberales y la conculcación de derechos económicos de todos por parte de Trump y de Macri? El tiempo lo dirá y Rosa siempre será quien fue: una grande, defensora socialista y revolucionaria de los derechos de mujeres y hombres proletarios, desposeídos y condenados a emigrar en busca de pan y trabajo.

Bibliografía

Ciriza, Alejandra (2017) “Tras los pasos de mujeres en tiempos de revolución. Alexandra Kollontai, Rosa Luxemburg y Clara Zetkin”. En Caminos de revolución, reflexiones sobre el proyecto socialista y su vigencia. Buenos Aires,  Ediciones La llamarada.

Dunayevskaya, Raya (2017). Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución. Cuba, filosofí@.cu.

Fraser, Nancy https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/jan/27/we-need-a-feminism-for-the-99-thats-why-women-will-strike-this-year

https://www.theguardian.com/commentisfree/2017/feb/06/women-strike-trump-resistance-power.

Luxemburgo, Rosa.

En archivo https://www.marxistsfr.org/espanol/luxem/index.htm

1912: El voto femenino y la lucha de clases

1913: Proyecto de Resolucion presentada en el congreso de Jena de 1913

1914: La proletaria

Nota: Agradezco  a Julie Wark que me haya sugerido nombrar a otras voces feministas que comparten la posición de Fraser, entre ellas a Linda Alcoff, Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya, Rosa Clemente, Angela Davis, Zillah Eisenstein, Liza Featherstone, Nancy Fraser, Barbara Smith y Keeanga-Yamahtta Taylor.

Es miembro del comité de redacción de Sin Permiso.

Fuente:

www.sinpermiso.info