Pandemia y colapso civilizatorio

por Raúl Zibechi

En sus efectos y consecuencias, la pandemia es la gran guerra de nuestros días. Como sucedió con las dos conflagraciones del siglo XX o con la peste negra del siglo XIV, la pandemia es el cierre de un periodo de nuestra historia que, resumiendo, podemos denominar como el de la civilización moderna, occidental y capitalista, que abarca todo el planeta.

La globalización neoliberal ha encarnado el cénit y el comienzo de la decadencia de esta civilización. Las pandemias, como las guerras, no suceden en cualquier periodo, sino en la fase terminal de lo que el profesor de historia económica Stephen Davies (de la Universidad Metropolitana de Manchester) define como una ecúmene, una parte del mundo que tiene «una economía integrada y una división del trabajo, unidas y producidas por el comercio y el intercambio» (https://bit.ly/2y1spAg).

Las pandemias se verifican, en su análisis, cuando un periodo de «creciente integración económica y comercial sobre gran parte de la superficie del planeta» llega a su fin. Son posibles por dos fenómenos complementarios: un elevado movimiento humano y un incremento de la urbanización, potenciadas por un modo de vida al que llamamos globalización y por «la cría intensiva de ganado».

En rigor, la pandemia acelera tendencias prexistentes. Son básicamente tres: la interrupción de la integración económica; debilitamiento político que provoca crisis de las clases dominantes; y profundas mutaciones sicológicas y culturales. Las tres se están acelerando hasta desembocar en la desarticulación del sistema-mundo capitalista, en el que está anclada nuestra civilización.

La primera se manifiesta en la interrupción de las cadenas de suministro de larga distancia, que conducen a la desglobalización y la multiplicación de emprendimientos locales y regionales.

América Latina está en pésimas condiciones para encarar este desafío, toda vez que sus economías están completamente volcadas hacia el mercado global. Nuestros países compiten entre sí para colocar los mismos productos en los mismos mercados, al revés de lo que sucede en Europa, por ejemplo. La estrechez de los mercados internos juega en contra, mientras el poder del uno por ciento tiende a dificultar la salida de este modelo neoliberal extractivo.

En segundo lugar, las pandemias, dice Davies, suelen «debilitar la legitimidad de los estados y de los gobiernos», mientras se multiplican las rebeliones populares. Las pandemias afectan sobre todo a las grandes ciudades, que conforman el núcleo del sistema, como es el caso de Nueva York y Milán. Las clases dominantes habitan las metrópolis y tienen una edad superior a la media, por lo que serán también afectadas por las epidemias, como puede observarse ahora.

Pero las pandemias suelen, también, arrasar con buena parte de la riqueza de las élites. Al igual que las guerras, las grandes catástrofes «producen una gran reducción de la desigualdad». Así sucedió con la peste negra y con las guerras del siglo XX.

El tercer punto de Davies, los cambios culturales y sicológicos, son tan evidentes que nadie debería ignorarlos: el activismo de las mujeres y de los pueblos originarios, con la tremenda crisis que han producido en el patriarcado y el colonialismo, son el aspecto central del colapso de nuestra civilización estadocéntrica.

El líder kurdo Abdullah Öcalan, en el segundo volumen de la monumental obra de su defensa ante la Corte Europea de Derechos Humanos, contrapone la «civilización estatal» con la «civilización democrática», y concluye que ambas no pueden coexistir*.

Para Öcalan, el Estado «se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer» (p. 451). Con el tiempo, el Estado se convirtió en el núcleo de la civilización estatal, existiendo una «estricta relación entre guerra, violencia, civilización, Estado y justicia-Derecho» (p. 453).

Por el contrario, la civilización democrática se diferencia de la estatal, en que busca satisfacer al conjunto de la sociedad por medio de la «gestión común de los asuntos comunes» (p. 455). Su base material y su genealogía deben buscarse en las formas sociales previas al Estado y en aquellas que, luego de su aparición, quedaron al margen del Estado.

«Cuando las comunidades alcancen la capacidad de decidir y actuar sobre los asuntos que les conciernen, entonces se podrá hablar de sociedad democrática», escribe Öcalan.

Ese tipo de sociedades ya existen. Conforman los modos de vida en los que podemos inspirarnos para construir las arcas que nos permitan sobrevivir en la tormenta sistémica, que ahora se presenta en forma de pandemia, pero que en el futuro se combinará con caos climático, guerras entre potencias y contra los pueblos.

Conozco algunas sociedades democráticas, sobre todo en nuestro continente. La mayor y más desarrollada cuenta ya con 12 caracoles de resistencia y rebeldía donde construyen mundos nuevos.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

Más allá del colapso: tres meditaciones sobre las condiciones resultantes posibles

Por Franco “Bifo” Berardi

De repente, lo que hemos estado pensando durante los últimos cincuenta años tiene que ser repensado desde cero. Gracias a Dios (¿es Dios un virus?) que tenemos una gran cantidad de tiempo extra ahora porque las viejas empresas están hoy fuera de juego.

Voy a decir algo sobre tres temas distintos. Uno: el fin de la historia humana, que se desarrolla claramente ante nuestros ojos. Dos: la emancipación en curso del capitalismo, y/ o el peligro inminente del tecno-totalitarismo. Tres: el regreso de la muerte (por fin) a la escena del discurso filosófico, después de su larga negación moderna, y la revitalización del cuerpo como disipación.

1.-Bichos

La filósofa que mejor anticipó el apocalipsis viral en curso es Donna Haraway. En Seguir con el problema, ella sugiere que el agente de la evolución ya no es el Hombre, sujeto de la historia.

El humano está perdiendo su centralidad en este proceso caótico, y no debemos desesperarnos por esto, como hacen los nostálgicos del humanismo moderno. Al mismo tiempo, no deberíamos buscar consuelo en los delirios de un tecno-arreglo, como lo hacen los tecno-maníacos transhumanistas contemporáneos.

La historia humana ha terminado, y los nuevos agentes de la historia son los ‘bichos’ [critters], en la jerga de Haraway. La palabra ‘bicho’ refiere a pequeñas criaturas, criaturas pequeñas y juguetonas que hacen cosas extrañas, como provocar mutaciones.

Bien: los virus. Burroughs habla de los virus como agentes de mutación: mutación biológica, cultural, lingüística.

Los bichos s no existen como individuos. Se propagan colectivamente, como un proceso de proliferación.

El año 2020 debería ser visto como el año en que la historia humana se disolvió, no porque los seres humanos desaparezcan del planeta Tierra, sino porque el planeta Tierra, cansado de su arrogancia, lanzó una microcampaña para destruir su Will zur Macht.

La Tierra se está rebelando contra el mundo, y los agentes del planeta Tierra son inundaciones, incendios y, sobre todo, bichos.

Por lo tanto, el agente de la evolución ya no es el ser humano consciente, agresivo y de voluntad fuerte, sino la materia molecular, los microflujos de criaturas incontrolables que invaden el espacio de producción y el espacio del discurso, reemplazando la historia por la herstoria, la época en que la Razón teleológica es reemplazada por la Sensibilidad y el devenir sensual y caótico.

El humanismo se basó en la libertad ontológica que los filósofos italianos del Renacimiento temprano identificaron con la ausencia de determinismo teológico. El determinismo teológico ha terminado y el virus ha tomado el lugar de un dios teleológico.

El fin de la subjetividad como motor del proceso histórico implica el fin de lo que hemos llamado “Historia” con h mayúscula, e implica el comienzo de un proceso en el que la teleología consciente es reemplazada por múltiples estrategias de proliferación.

La proliferación, la diseminación de los procesos moleculares, reemplaza la historia como macroproyecto.

El pensamiento, el arte y la política ya no deben verse como proyectos de totalización (Totalizierung, en el sentido de Hegel), sino como procesos de proliferación sin totalidad.

2.-El uso, lo útil

Después de cuarenta años de aceleración neoliberal, la carrera del capitalismo financiero se detuvo de repente. Uno, dos, tres meses de bloqueo global, una larga interrupción del proceso de producción y de la circulación global de personas y bienes, un largo período de aislamiento, la tragedia de la pandemia … todo esto va a quebrar la dinámica capitalista en un manera que puede ser irremediable, irreversible. Los poderes que administran el capital global a nivel político y financiero están tratando desesperadamente de salvar la economía, inyectando enormes cantidades de dinero en ella. Miles de millones, miles de millones … cifras, números que ahora tienden a significar: cero.

De repente, el dinero no significa nada, o muy poco.

¿Por qué le están dando dinero a un cadáver? ¿Puedes revivir el cuerpo de la economía global inyectando dinero en él? No puedes. El punto es que tanto el lado de la oferta como el de la demanda son inmunes al estímulo monetario, porque la caída no ocurre por razones financieras (como en 2008), sino por el colapso de los cuerpos, y los cuerpos no tienen nada que ver con el estímulo financiero.

Estamos pasando el umbral que lleva más allá del ciclo de labor-dinero-consumo.

Cuando, un día, el cuerpo salga del confinamiento de la cuarentena, el problema no será reequilibrar la relación entre tiempo, labor y dinero, reequilibrar la deuda y el reembolso. La Unión Europea se ha fracturado y debilitado por su obsesión con la deuda y el equilibrio, pero la gente está muriendo, los hospitales se están quedando sin ventiladores y los médicos están abrumados por la fatiga, la ansiedad y el miedo a las infecciones. En este momento esto no se puede cambiar con dinero, porque el dinero no es el problema. El problema es: ¿cuáles son nuestras necesidades concretas? ¿Qué es útil para la vida humana, para la colectividad, para la terapia?

El valor de uso, expulsado por mucho tiempo del campo de la economía, ha vuelto, y lo útil ahora es el rey.

El dinero no puede comprar la vacuna que no tenemos, no puede comprar las máscaras protectoras que no se han producido, no puede comprar los departamentos de cuidados intensivos que han sido destruidos por la reforma neoliberal del sistema de salud de Europa. No, el dinero no puede comprar lo que no existe. Solo el conocimiento, solo el trabajo inteligente puede comprar lo que no existe.

Así el dinero es impotente ahora. Solo la solidaridad social y la inteligencia científica están vivas, y pueden volverse políticamente poderosas. Por eso creo que al final de la cuarentena global, no volveremos a la normalidad. Lo normal nunca volverá. Lo que sucederá después aún no se ha determinado, y no es predecible.

Nos enfrentamos a dos alternativas políticas: un sistema tecno-totalitario que relanzará la economía capitalista mediante la violencia, o la liberación de la actividad humana de la abstracción capitalista y la creación de una sociedad molecular basada en el uso.

El gobierno chino ya está experimentando a gran escala con el capitalismo tecno-totalitario. Esta solución tecno-totalitaria, anticipada por la abolición provisional de la libertad individual, puede convertirse en el sistema dominante del tiempo venidero, como Agamben ha señalado correctamente en sus recientes y controvertidos textos.

Pero lo que dice Agamben es solo una descripción obvia de la emergencia actual y del futuro probable. Quiero ir más allá de lo probable, porque lo posible es más interesante para mí. Y lo posible está contenido en la ruptura de la abstracción y en el dramático retorno del cuerpo concreto como portador de necesidades concretas.

Aquello con alto valor de uso está de vuelta en el campo social. El uso, olvidado y negado por el proceso capitalista de valorización abstracta, es ahora el rey de la escena.

El cielo está despejado en estos días de cuarentena, la atmósfera está libre de partículas contaminantes, ya que las fábricas están cerradas y los automóviles no pueden circular. ¿Volveremos a la economía extractiva contaminante? ¿Volveremos al frenesí normal de destrucción por acumulación y de aceleración inútil por el valor de cambio? No, debemos avanzar hacia la creación de una sociedad basada en la producción de lo útil.

¿Qué necesitamos ahora? Ahora, en el momento inmediato, necesitamos una vacuna contra la enfermedad, necesitamos máscaras protectoras y necesitamos equipos de cuidados intensivos. Y a la larga necesitamos comida, necesitamos afecto y placer. Y una nueva cultura de ternura, solidaridad y frugalidad.

Lo que queda del poder capitalista intentará imponer un sistema de control tecno-totalitario en la sociedad, esto es obvio. Pero la alternativa está aquí ahora: una sociedad libre de las compulsiones de acumulación y crecimiento económico.

3.-Placer

El tercer punto sobre el que me gustaría reflexionar es el retorno de la mortalidad como la característica definitoria de la vida humana. El capitalismo ha sido un intento fantástico de superar la muerte. La acumulación es el Ersatz que reemplaza la muerte con la abstracción del valor, la continuidad artificial de la vida en el mercado.

El cambio de la producción industrial al trabajo de información, el cambio de la conjunción a la conexión en la esfera de la comunicación, es el punto final de la carrera hacia la abstracción, que es el hilo principal de la evolución capitalista.

En una pandemia, la conjunción está prohibida: quédese en casa, no visite a amigos, mantenga su distancia, no toque a nadie. Es inevitable una enorme expansión del tiempo que se pasa en línea, y todas las relaciones sociales (trabajo, producción, educación) se han desplazado a esta esfera que prohíbe la conjunción. El intercambio social offline ya no es posible. ¿Qué pasará después de semanas y meses de esto?

Tal vez, como predice Agamben, ingresaremos al infierno totalitario de un estilo de vida plenamente conectado. Pero un escenario diferente es posible.

¿Y qué si la sobrecarga de la conexión rompe el hechizo? Cuando la pandemia finalmente se disipe (suponiendo que lo haga), es posible que se haya impuesto una nueva identificación psicológica: online equivale a enfermedad. Tenemos también que imaginar y crear un movimiento de caricias que obligue a los jóvenes a apagar sus pantallas conectivas como recordatorios de un momento solitario y temeroso. Esto no significa que debamos volver a la fatiga física del capitalismo industrial; más bien significa que debemos aprovechar la riqueza del tiempo que la automatización emancipa del trabajo físico, y dedicar nuestro tiempo al placer físico y mental.

La propagación masiva de la muerte que estamos presenciando en esta pandemia puede reactivar nuestro sentido del tiempo como disfrute, en lugar de como un aplazamiento de la alegría.

Al final de la pandemia, al final del largo período de aislamiento, la gente simplemente puede continuar hundiéndose en la nada eterna de la conexión virtual, del distanciamiento y la integración tecno-totalitaria. Esto es posible, incluso probable. Pero no deberíamos estar limitados por lo probable. Deberíamos descubrir la posibilidad oculta en el presente.

Puede ser que después de meses de constante conectividad en línea, las personas salgan de sus casas y apartamentos en busca de conjunción. Puede surgir un movimiento de solidaridad y ternura que lleve a las personas hacia una emancipación de la dictadura conectiva.

La muerte está de vuelta en el centro del paisaje: la mortalidad negada desde hace mucho tiempo, la misma que hace que los humanos estén vivos.


Publicado originalmente como “Beyond the Breakdown: Three Meditations on a Possible Aftermath” en E-flux.

Fuente: Calderon094

 

Vigilar y Castigar

POR MICHEL FOUCAULT

Según una orden publicada a fines del siglo XVII, estas fueron las medidas a tomar cuando la peste apareció en una ciudad:

Primero, una separación espacial estricta: el cierre de la ciudad y sus distritos periféricos, la prohibición de abandonar la ciudad bajo pena de muerte, la matanza de todos los animales callejeros; La división de la ciudad en barrios distintos, cada uno gobernado por un intendente. Cada calle se coloca bajo la autoridad de un síndico, que la mantiene bajo vigilancia; si deja su calle, será condenado a muerte. En el día señalado, a todos se les ordena permanecer en el interior de las viviendas: está prohibido salir bajo pena de muerte. El síndico en persona viene a cerrar la puerta de cada casa desde afuera; se lleva la llave y se la entrega al intendente del barrio; el intendente lo guarda hasta el final de la cuarentena. Cada familia habrá hecho sus propias provisiones; pero, para el pan y el vino, se instalan pequeños canales de madera entre la calle y el interior de las casas, permitiendo así que cada persona reciba su ración sin comunicarse con los proveedores y otros residentes; carne, pescado y hierbas serán subidos a las casas con poleas y cestas. Si es absolutamente necesario salir de la casa, se hará de a uno por vez, evitando cualquier reunión. Solo los intendentes, síndicos y guardias se moverán por las calles y también, entre las casas infectadas, de un cadáver a otro, los «cuervos», a quienes puede dejarse morir: estas son «personas de poca sustancia que trasladan a los enfermos, entierran a los muertos, limpian y desempeñan muchas tareas viles y abyectas”. Es un espacio segmentado, inmóvil, congelado. Cada individuo está fijo en su lugar. Y, si se mueve, lo hace a riesgo de su vida, contagio o castigo.

La inspección funciona sin cesar. La mirada está alerta en todas partes: «Un cuerpo considerable de milicianos, comandados por buenos oficiales y hombres acaudalados», montan guardia en las puertas, en el ayuntamiento y en cada barrio para garantizar la pronta obediencia de la gente y el acatamiento más absoluto a los magistrados, «como también para observar todo desorden, robo y extorsión». En cada una de las puertas de la ciudad habrá un puesto de observación; al final de cada calle, los centinelas. Todos los días, el intendente visita el barrio a su cargo, pregunta si los síndicos han llevado a cabo sus tareas, si los habitantes tienen algo de qué quejarse; ellos «observan sus acciones». Todos los días, también, el síndico sale a la calle de la que es responsable; se detiene frente a cada casa: hace que todos los habitantes salgan a las ventanas (a los que viven con vistas al patio se les asignará una ventana que da a la calle en la que nadie más que ellos puedn mostrarse); él llama a cada uno por su nombre; se informa sobre el estado de todos y cada uno de los habitantes, que “están obligados a decir la verdad bajo pena de muerte».

Si alguien no aparece en la ventana, el síndico debe preguntar por qué: «De esta manera descubrirá con facilidad si se ocultan muertos o enfermos». Todos encerrados en su jaula, todos en su ventana, respondiendo a su nombre y mostrándose cuando se les preguntó: es la gran revista de los vivos y los muertos.

Esta vigilancia se basa en un sistema de registro permanente: informes de los síndicos a los intendentes, de los intendentes a los magistrados o alcaldes. Al comienzo del «encierro», se establece el papel de cada uno de los habitantes presentes en la ciudad, uno por uno. Este documento contiene «el nombre, la edad y el sexo de cada uno, cualquiera sea su condición». Se envía una copia al intendente del barrio, otra a la oficina del ayuntamiento, otra para que el síndico pueda pasar lista. Todo lo que se puede observar durante el curso de las visitas (muertes, enfermedades, quejas, irregularidades) se anota y se transmite a los intendentes y magistrados. Los magistrados tienen control completo sobre el tratamiento médico; han nombrado un médico a cargo; ningún otro practicante puede atender, ningún boticario prepara medicamentos, ningún confesor visita a una persona enferma sin haber recibido de él una nota escrita «para evitar que alguien oculte y trate con aquellos enfermo, desconocidos para los magistrados». El registro de lo patológico debe estar constantemente centralizado. La relación de cada individuo con su enfermedad y con su muerte pasa por los representantes del poder, el registro que llevan, las decisiones que toman.

Cinco o seis días después del comienzo de la cuarentena, se inicia el proceso de purificación de las casas una por una. Todos los habitantes están obligados a irse; en cada habitación, «los muebles y los bienes» se levantan del suelo o se suspenden en el aire; se vierte láudano en la habitación. Después de sellar cuidadosamente con cera ventanas, puertas e incluso cerraduras, el láudano se enciende. Finalmente, se cierra el laúdano se consume y la casa se cierra; los que han realizado el trabajo son registrados, igual que lo fueron al entrar, «en presencia de los residentes de la casa, para ver que no se llevaban algo que no tenían al entrar». Cuatro horas después, los residentes pueden regresar a sus hogares.

Este espacio cerrado y segmentado, observado en cada punto, en el que los individuos se insertan en un lugar fijo, en el que se supervisan los movimientos más leves, se registran todos los eventos, en los que un trabajo ininterrumpido de escritura vincula el centro y la periferia , en el que el poder se ejerce sin división, de acuerdo con una figura jerárquica continua, en la que cada individuo se ubica, examina y distribuye constantemente entre los vivos, los enfermos y los muertos; todo esto constituye un compacto mecanismo disciplinario. La peste se enfrenta con orden; su función es resolver cada posible confusión: la de la enfermedad, que se transmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal, que aumenta cuando el miedo y la muerte superan las prohibiciones. Establece para cada individuo su lugar, su cuerpo, su enfermedad y su muerte, su bienestar, por medio de un poder omnipresente y omnisciente que se subdivide de manera regular e ininterrumpida incluso para la determinación final del individuo, de lo que lo caracteriza, lo que le pertenece, lo que le sucede.

Contra la peste, que es una mezcla, la disciplina pone en juego su poder de análisis. Toda una ficción literaria creció en torno a la peste: leyes suspendidas, prohibiciones levantadas, el frenesí del paso del tiempo, cuerpos relacionándose sin sentido, individuos desenmascarados, abandonando su identidad legal y la figura bajo la cual eran reconocidos, permitiendo aparecer un verdad muy diferente. Pero también había un sueño político de la peste, que era exactamente lo contrario: no el festival colectivo, sino las divisiones estrictas; no la transgresión de las leyes, sino la regulación hasta en los menores detalles de la vida cotidiana a través de la mediación de toda la jerarquía que aseguraba el funcionamiento capilar del poder; no máscaras que fueron puestas y quitadas, sino la asignación a cada individuo de su nombre «verdadero», su lugar «verdadero», su cuerpo «verdadero», su enfermedad «verdadera». La peste como forma, a la vez real e imaginaria, del desorden, tenía su correlativa disciplina médica y política. Detrás de los mecanismos disciplinarios se puede leer la memoria inquietante de «contagios», de la peste, de rebeliones, crímenes, vagabundeo, deserciones, de personas que aparecen, desaparecen, viven y mueren en desorden.

Es cierto que el leproso dio lugar a rituales de exclusión, que en cierta medida proporcionaron el modelo y la forma general del gran Confinamiento, pero la peste dio lugar a proyectos disciplinarios. En lugar de la división masiva y binaria entre un grupo de personas y otro, exigía separaciones múltiples, distribuciones individualizadas, una organización en profundidad de vigilancia y control, una intensificación y una ramificación del poder.

El leproso quedó atrapado en una práctica de rechazo, de encierro en el exilio; fue abandonado en una masa indiferenciada; los enfermos de la peste se vieron atrapados en una minuciosa división táctica en la que las diferenciaciones individuales eran los efectos restrictivos de un poder que se multiplicaba, articulaba y subdividía. El gran confinamiento por un lado; el entrenamiento correcto en el otro.

El leproso y su separación; la peste y sus segmentaciones. El primero está marcado; el segundo analizado y distribuido. El exilio del leproso y la detención de la peste no traen consigo el mismo sueño político. El primero es el de una comunidad pura, el segundo el de una sociedad disciplinada. Dos formas de ejercer poder sobre los hombres, de controlar sus relaciones, de separar sus mezclas peligrosas. La ciudad afectada por la peste, atravesada por jerarquía, vigilancia, observación, escritura; la ciudad inmovilizada por el funcionamiento de un poder extenso que se aplica de manera distinta a todos los cuerpos individuales: esta es la utopía de la ciudad perfectamente gobernada. La peste (prevista como una posibilidad al menos) es el juicio en el cual se puede definir idealmente el ejercicio del poder disciplinario. Para que los derechos y las leyes funcionen de acuerdo con la teoría pura, los juristas se colocan imaginariamente en el estado de naturaleza. Para ver el funcionamiento perfecto de las disciplinas, los gobernantes soñaban con la peste. Proyectos disciplinarios subyacentes, la imagen de la peste representa todas las formas de confusión y desorden; así como la imagen del leproso, separada de todo contacto humano, subyace en proyectos de exclusión.

 

CORONAVÍRUS: Apocalipsis, continuidad y efectos en América del Sur

por Salvador Schavelzon

 

Sorprende la fuerza del Corona virus para cerrar tiendas, interrumpir la producción industrial -en algunos países – imponer un aislamiento social con un considerable daño económico ponderable. El Corona virus hizo realidad el sueño de muchos militantes revolucionarios al interrumpir la circulación de bienes, estableciendo una pausa indefinida en la opresión del trabajo y la realización de ganancias basadas en el modelo de producción. También hizo realidad, en Brasil y en otros lugares, lo que muchos economistas progresistas propusieron en foros de debate o cátedras universitarias, la aprobación de un ingreso básico con 100 millones de destinatarios, en un congreso conservador que hace unos días hubiera ignorado la propuesta, o la habría considerado «comunista». El Corona puede incluso derrocar a los presidentes y exigir la confiscación de la infraestructura privada, alineando a toda la sociedad en función de su restricción. Muestra, como una fuerza de la naturaleza-sociedad, que el capitalismo no es eterno sino frágil, producto de relaciones, como la vida humana misma y los acuerdos con los que funciona y se organiza.

En este impulso movilizador, hasta hace poco impensable, las personas sienten la presencia del temor a infectarse o de infectar a sus seres queridos, pero también responden a algo de un orden diferente, como una responsabilidad colectiva, como si el mundo de repente se convirtiera en un solo cuerpo, una verdadera comunidad, una sociedad en el sentido sociológico clásico, donde se comparte una moral y, a partir de ella, también encontramos un sentido y un derecho que surge de este consenso de lo común. Los trabajadores de la salud, los productores de alimentos y otros, corren riesgos, como si fueran a la guerra. Ir al mercado, para algunos, se experimenta como una excursión militar. Para otros, la guerra es la continuidad del trabajo, la búsqueda del sustento, que no se detiene. Esta cohesión social, también nacional, de la ciudad, el barrio, la familia, se impone contra la enfermedad y contra cualquier opción individual que vaya en la dirección opuesta, independientemente del interés de cualquier capitalista en particular, o de cualquier libertad que no haya sido previamente cuestionada. Esta repentina «sociedad» no es general, pero existe con una fuerza inusual entre muchos de nosotros. El rechazo social contra los empresarios que mantienen sus lugares de trabajo en funcionamiento es significativo, así como el rechazo general, en algunos espacios sociales, contra aquellos que no cumplen con la recomendación de no circular, u otras precauciones. Este consenso corporativo voluntario atrae mucha atención en una sociedad donde la acción colectiva y la lucha social contra la explotación, la injusticia, contra las precarias condiciones de trabajo que organizan la vida económica, disminuyeron mucho o prácticamente no existían en una escala significativa.

La pandemia logró una movilización que parecía imposible, y tal vez lo parezca, si su objetivo era acabar con el capitalismo, la explotación abusiva y un modelo social que reduce la esperanza de vida de las clases trabajadoras y también mata, si vemos las consecuencias y el efecto de la depredación de los bosques y los entornos naturales, los modos contaminantes de producción y devastación, y las muertes invisibles e inconmensurables que resultan de la depresión, el aburrimiento, el riesgo en el trabajo o en la vida metropolitana, ya sea para disciplinarse o no a lo que se les da.

El capitalismo también muestra su fuerza en este contexto, y se las arregla para reabrir tiendas en algunos lugares, aún se las arregla para beneficiarse de la pandemia y mantener formas activas de producción de valor, o descubrir nuevas, convirtiendo a la pandemia en su laboratorio para probar nuevas formas de expansión. Su fuerza radica principalmente en su aceptación, donde no se cuentan sus muertes. Creemos en el hechizo de los productos básicos como creemos en la letalidad de un virus, pero no nos organizamos colectivamente contra ellos -aunque marginalmente – sino que a favor de ellos, porque el sistema ha logrado poner a su favor la continuidad de la supervivencia. Creemos que trabajamos para vivir, no para morir.

No tenemos un social organizado con su moral y ley contra el capitalismo y el modelo actual de organización de la vida, en una verdadera naturalización de su funcionamiento. Los corazones sensibles que hoy invocan las prácticas colectivas de buena higiene, quedarse en casa para frenar el contagio, dando lugar, de ese modo, a una sociedad cohesiva, se romperán por la lógica individualizadora de la vida bajo el régimen mercantil, diluyendo el vínculo común que hoy aparece, circunstancialmente, en la protección de la vida biológica amenazada por un virus. Poco después de enterrar a los muertos, el mundo volverá a unirse a las filas organizadas por capital, en la posición que toca a cada uno.

La efectividad del fenómeno Coronavirus para movilizar a una sociedad, incluso si esa movilización resulta ser incompleta y, en Brasil, incluso desafiada por el gobierno, es la efectividad del miedo. Miedo instintivo frente a una amenaza invisible, que no discrimina a nadie, aunque los medios de tratamiento están determinados por la condición social y económica, de una manera diferente. El miedo muestra que la sociedad, la existencia biológica y social de sus miembros, puede existir como una acción común que se superpone al interés del capital, al menos momentáneamente. Esto no fue tan fácil de imaginar como posible, lejos de las revoluciones del pasado, sin futuras revoluciones prefiguradas, en un momento en que el concepto de «programa» es obsoleto, tanto como cualquier imaginación teleológica en el camino del cambio social.

Como ejercicio epistemológico y político, la reacción al coronavirus nos permite imaginar que otros desafíos colectivos serán posibles. Sin estar motivados por el curso de un proceso revolucionario, la máquina social que es fuente de mucha injusticia se ha detenido. E incluso esto no se puede celebrar, ya que de inmediato resulta en impotencia y dificultades materiales más pesadas para los más pobres, debe tenerse en cuenta la reflexión sobre la posibilidad concreta de esta máquina sin la detención centralizada del comando. Su fuerza, necesidad, inexorabilidad pueden cuestionarse de otra manera, y sus límites, visibles también en tiempos de crisis social, pueden llevarnos a pensar en la posibilidad de alternativas al orden que ella impone.

El orden social continúa imponiéndose incluso cuando se suspende su funcionamiento normal. No nos enfrentamos al final de la máquina que organiza el mundo social, económico y cultural, pero hay transformaciones en curso, y es necesario pensar en una posición autónoma y anticapitalista que al menos pueda hacer su propia lectura del proceso de reorganización que viviremos en cuanto la pandemia sea enfrentada. Este problema, que se pierde cuando el enfrentamiento de la pandemia nos impone hacerlo con las estructuras actuales de poder político y organización económica y social que, en realidad, no son ajenas al escenario antropocéntrico, o del capitaloceno(1), que nos condujo a él.

Ciertamente, el capitalismo sabrá, como siempre, hasta ahora, metamorfosearse y mutar para continuar su continua expansión y valorización. De hecho, la pandemia también muestra la capacidad de acelerar las tendencias en un escenario de RENTA BÁSICA para los pobres, capitalismo de plataforma, mayor monitoreo y control, crecimiento del mercado en línea, incluidos servicios básicos como educación y salud, y con descentralización de funciones en todos los niveles, incluyendo la desaparición de estructuras edilicias para operaciones empresariales. Las formas de consumo que algunos sectores del capital habían estado proyectando durante mucho tiempo se concretan.

En la movilización social, escuchamos las voces necesarias que, con cierta inocencia, confirman que no hay preparación estatal para enfrentar una pandemia. La destrucción del sistema de salud pública estatal, la mercantilización de los servicios, muestra que el desarrollo del capitalismo sin responsabilidad por la reproducción de las personas que lo producen y lo consumen, no permite enfrentar un problema de salud pública como el actual. La consecuencia de estas voces es el llamado a crear algo que, preocupantemente, el modelo actual de sociedad no puede proporcionar.

De hecho, la idea de que una sociedad organizada por el trabajo creará un sistema de seguridad social, educación, salud y bienestar ya ha expirado. Lo mismo no es factible ni deseable, si pensamos en los problemas asociados con este modelo en sociedades que estaban cerca de lograrlo. Fue contra esta sociedad que se produjeron las rebeliones estudiantiles y obreras de los años sesenta y setenta en Europa, o el colapso interno de la Unión Soviética. El capitalismo que vemos hoy es la reacción a las luchas y transformaciones que vinieron después de la interrupción de un modelo más rígido y localizado, relacionado con una cultura, jerarquizada y burocratizada de funcionamiento, y una estética árida y autoritaria de marco disciplinario.

¿Qué capitalismo tendremos luego de la pandemia? Nacerá del apocalipsis de los cuerpos apilados y ya estaba aquí, porque no es de la nada que nace y se reproduce una pandemia. Aprovecha los canales de circulación de la sociedad mundial, y estos fueron construidos por el desarrollo capitalista. La pregunta al mismo tiempo es sobre el lugar de la revuelta, en este capitalismo transformado, y sobre los contornos para componer con él, buscando mejorar su fuerza y capacidad para enfrentar la máquina no solo movilizada por miedo a la muerte, sino también por la búsqueda de otras formas de vida además del capital y la destrucción autoritaria y domesticadora que trae con él. Al leer el post-coronavirus se puede ver fácilmente la expansión de China, el retroceso Europa, los actores en un mundo interconectado. Pero estos poderes también se organizan de acuerdo con lógicas externas a ellos, que lo cruzan todo, en las determinaciones de un mundo social donde la sociedad y el Estado desaparecen o son funcionalizados por el peso de formas precarias de sustento, formas concretas de usurpación del tiempo de trabajo, formas cada vez más omnipresentes de creación de valor y subordinación de la vida. La pandemia no interrumpe sin que acelera, de hecho, las nuevas formas de lucro con vidas a merced del trabajo precario para sobrevivir, en un desierto de individuos endeudados, dopados, violentados por las autoridades y, al mismo tiempo, sin que la autorganización o la organización social tenga condiciones para existir.

 

PANDEMIA EN SUDAMÉRICA

En nuestro mundo político latinoamericano, la pandemia de coronavirus tendrá un efecto en la política que administrara el nuevo capitalismo naciente. El acuerdo neoliberal, producto de las transformaciones de la segunda mitad del siglo XX, y que los progresistas, conservadores y neoliberales manejaron en la región, configurando un régimen estable entre 1990 y 2010, con signos de cuestionamiento y crisis anteriores a la pandemia, será transformado.

Los trabajadores, los precarios, los invisibles de hoy no tienen representación política en este juego de élites gobernantes. Pero su fuerza sigue siendo fundamental para el progreso de todo, como hemos confirmado en estos días, en la incapacidad del capitalismo para prescindir del trabajo, no solo en términos productivos sino también en términos subjetivos. Es importante comprender, por lo tanto, dónde morirán los sectores más vulnerables, porque dependen de sistemas de salud precarios y porque las condiciones los obligan a continuar exponiéndose al virus en el transporte y las viviendas superpobladas. La derecha política ha interactuado e incluso movilizado a estos sectores mejor que nadie, pero fomentando una convivencia violenta, la eliminación de aquellos considerados débiles y, en el contexto de la pandemia, con una sacrificial falta de simplicidad.

En Chile, donde había un proceso de movilización antiliberal en curso, la movilización producida por el efecto coronavirus muestra un carácter ambiguo, al mismo tiempo que revela una lucha compartida para frenar una amenaza viral, en un alineamiento momentáneo entre el estado y la sociedad que fue interrumpida recientemente. pero también como un empoderamiento del estado previamente cuestionado, ejecutando con sus brazos autoritarios el control de las ciudades, garantizando, ahora en el mismo sentido que los corazones buenos y cuidadosos, el cierre de la circulación, castigando la desobediencia con las recomendaciones sanitarias transformadas en normas estatales.

Vemos en Chile un poder estatal clásico, garante del orden público, aprovechando el coronavirus contra la reciente movilización y recuperando el poder de iniciativa, tanto para posponer el referéndum constituyente como para presentarse como un estado padre curativo, defendiendo la salud de la población, cierra fronteras y desinfecta plazas y calles. Las advertencias de Agamben (2) sobre el reemplazo del terrorismo por la pandemia, funcionan para comprender cómo un estado cuestionado recupera credibilidad. Las brigadas autónomas de salud que atendieron a los heridos en el enfrentamiento con la policía, en la Plaza de la Dignidad, hoy luchan junto con las instituciones estatales [como individuos licuados en el común] (3) contra el coronavirus o se desmovilizan.

En Argentina encontramos un poder estatal restableciendo la unidad con la mayor legitimidad posible, de la mano de la oposición y cerrando «la grieta» de antagonismo político que el Kirchnerismo de Néstor y Cristina tenían como eje central en su comunicación diaria. El nuevo peronismo de Alberto Fernández, definido por él mismo como «progresismo liberal», tiene fuerza política para gobernar, controlar e incluso errar, en una sociedad cohesionada para la lucha contra la pandemia que está políticamente alineada con el gobierno.

En Brasil la situación es completamente diferente. Las actitudes de Bolsonaro lo colocaron en el lugar del caos y la confrontación con el consenso colectivo contra el Coronavirus. Su papel ha sido amplificar el desorden, con irresponsabilidad y omisión que causará muertes y que ha recibido el rechazo de la situación, la oposición, los actores externos. El 26 de marzo, un mes después del primer caso detectado oficialmente, cuando se espera un aumento vertiginoso entre los casos contados, la comunicación oficial lanzó la campaña «Brasil no puede parar», pidiendo el regreso al trabajo, mientras el presidente refuerza la idea de que la gripe no debe tomarse en serio, y estimula la realización de caravanas de automóviles, en todo el país, a favor de la reapertura de los comercios.

Burlado por la sociedad ilustrada, que está en cuarentena, Bolsonaro logra varios objetivos, sin que los cacerolazos de esta sociedad urbana, ex votante del PT y otros partidos, «civilizada», y consciente de los peligros del coronavirus que la afecta. Bolsonaro ocupa el centro de atención, por un lado, y por otro, llega a miles de trabajadores precarios y desempleados, aquellos que viven en trabajos y trabajan sin ningún tipo de vínculo, sin la capacidad de cuarentena y, por lo tanto, preocupados por la necesidad de continuar trabajando.

Bolsonaro se las arregla, al mismo tiempo, alineándose con el virus, y no con la lucha contra él, para representar la fuerza de un capitalismo de bajo clero que se siente incómodo con cerrar sus puertas y con una multitud inmanejable de trabajadores que, dado el régimen de la vida al que están sometidos, no tiene el coronavirus como la principal preocupación. López Obrador, en México, y Ortega, en Nicaragua, explotan un papel similar, subestimando el riesgo y apostando por el misticismo.

La izquierda revolucionaria se siente a gusto en este escenario, donde el cambio social se respira en todas partes, pero está perdida y sin lenguaje para entender y actuar en un mundo nuevo. También está en casa, aislada, con repertorios de respuestas que no dialogan con el momento actual. Bolsonaro, por el contrario, interpela a los trabajadores que no pueden parar, de hecho, y que no lo han hecho. Una huelga general por un período indefinido, que en otro contexto sería un objetivo para abrir formas de empoderar a los de abajo, hoy prácticamente existe, paralizando la esclavitud laboral, pero mediada por la prevención del contagio, sin orientación o perspectivas favorables para los trabajadores. No es un hecho menor que esa paralización sea impuesta por el aparato de seguridad y la legislación estatal, buscando en cada lugar del territorio nacional que se cumpla la ley. Una huelga total que afecta a sectores estratégicos, hoy encontraría oposición incluso de sectores empresariales que apoyan la lucha contra el contagio. La paralización actual tiene un carácter de pausa, y no de organización distributiva o reorganización de la producción y la organización económica de la vida.

En el contexto de la contención de la pandemia, la izquierda no tiene la fuerza política para exigir medidas importantes, cuidar el virus, monitorear a las personas infectadas, prevención generalizada, como sería la descontaminación de los suministros de consumo y los medicamentos necesarios, sin privilegios y diferenciaciones en el  servicio, sentando las bases para un sistema más justo que se implementa con un control abierto bajo y completo.

Si, en Chile, el coronavirus con su fuerza puso fin a las movilizaciones, las asambleas territoriales, mientras el Estado continúa persiguiendo a los manifestantes de primera línea con demandas judiciales; También en Argentina, el Estado, que estaba en crisis debido a la dificultad de controlar las variables económicas, recupera su aura de responsabilidad, liderando con la ley en la mano, aquella que todos los argentinos se encargarán de cumplir y hacer cumplir a sus familiares y vecinos, y cualquier persona que pase frente a ellos, en algunos casos como vigías desde las ventanas, o internamente de cada uno para sí mismo, siendo llamado a obedecer, tal vez por un período muy largo por ver, y que siempre será prorrogado.

Colocado en el lugar del mal gobierno, en Brasil, el liderazgo estatal propuso participar en un movimiento perverso, donde el colapso del sistema y el disparo de las muertes los destruiría, pero una situación más controlada permitirá aumentar la popularidad, en un comando irresponsable que cede a una crisis permanente de gobierno y mala gestión. Este movimiento arroja a Bolsonaro a una existencia inestable y le recuerda a esos millones que, por necesidad y no como una opción política, corren riesgos en motocicletas, depósitos mineros o trabajos mal pagados. Aquellos que no pueden parar por el coronavirus e incluso enfrentan situaciones de mayor acoso, no solo para continuar trabajando, sino también obligados a vivir en situaciones de riesgo de muerte y enfermedad en la situación de pandemia actual.

Hoy enfrentamos una emergencia de salud donde la prioridad es salvar vidas. Pero vale la pena preguntar, ¿a dónde vamos? ¿Cómo nace el nuevo capitalismo de la destrucción del anterior, o en la reorganización de sus sectores más dinámicos, y cómo se desarrolla la revuelta, la lucha de los de abajo y la disputa contra la comercialización continua de todos los espacios de vida y muerte? En América Latina, los presidentes hacen sus cálculos y juegos polarizando contra el coronavirus o encontrándose con el cuerpo social en contra. En ambos casos, vale la pena preguntar, ¿cuál es el lugar que aún tenemos para  desobedecer, inventar y construir espacios de libertad y autocontrol de la vida?

Traducción del portugués: Santiago De Arcos-Halyburton

 

NOTAS

[1] cf. Jason W. Moore Anthropocene or Capitalocene? Nature, History and the Crisis of Capitalism, 2016, PM Press.

[2] Agamben, G. O estado de exceção provocado por uma emergência imotivada. Disponívem em: http://www.ihu.unisinos.br/78-noticias/596584-o-estado-de-excecao-provocado-por-uma-emergencia-imotivada.

[3] Corchetes son del traductor.

 

 

Covid-19 o la emergencia del smart-working

por Giorgio Moroni

 

Durante varios meses he querido escribir sobre una revolución progresiva que afecta a la organización del trabajo de algunos, en realidad es un nuevo paradigma que se forma a partir de la desconexión del trabajo del lugar (del «lugar de trabajo») y del tiempo (del » día del contrato «). Ahora nos enfrentamos, repentinamente, a las pruebas técnicas de una gran revolución desde arriba, globalmente, como una «guerra mundial», que transforma las formas de vida fácilmente y sin resistencia, introduce nuevas formas de disciplina social y también conduce, aunque simbólicamente, la anulación de una transformación epocal del trabajo, haciéndolo -de lo tímidamente experimental que era- obligatorio e ineludible.

Algunas premisas son inevitables, dado el contexto en el que se está inmerso y dentro del cual la reflexión debe continuar desarrollándose imperturbablemente. El objeto de estudio no es el coronavirus: por lo tanto, no se tienen en cuenta cuestiones como la validez, la oportunidad o la inevitabilidad de las medidas tomadas en este país como en otros para hacer frente a la pandemia, ya que no pueden hacerlo, y es muy probable que hoy no haya nadie (el sentimiento predominante es que muchos andan a tientas en la oscuridad sin admitirlo y que la discusión apenas surge en la pausa para tomar café). Tampoco es interesante investigar el daño colateral de la infección, en particular la revuelta repugnante de los sentimientos nacionalistas evocados para alimentar y glorificar una resistencia «italiana» (por el momento) al virus, o la comunicación obtusa con una invitación a «quedarse en casa». Dirigido a todos, pero en presencia de un alto porcentaje de la población que, hasta que comenzó el encierro, continuó trabajando por decenas de millones por día y, finalmente, la psicosis mortal masiva mistificada por Sentido de responsabilidad en apoyo de la demandante búsqueda de infectados. Del mismo modo que aquí no se abordan temas como los nuevos dispositivos gubernamentales en el estado de excepción, como el uso casual del decreto -incluido el nivel más bajo, como el Decreto del Primer Ministro- o la visualización en tiempo real de los números de infectados y de los muertos y la amenaza de multas para los delincuentes, con el fin de infundir terror y obtener obediencia incondicional, todos los argumentos que, sin embargo, deberán hacernos reflexionar, una vez que la pandemia haya retrocedido, sobre esta primera y absoluta epifanía de una «economía de guerra» sin guerra; y por lo demás global. Son tantos los temas que es necesario  pasarse por alto, aunque con dificultad y molestia mientras tratamos de salvarnos con aislamiento, para ir directamente al grano -volveremos cuando el análisis pueda volver para intentar este giro histórico, no necesariamente el único o el último de la era en la que entramos.

El punto en el que queremos insistir es otro. El capital, el modo de producción capitalista, ya está trabajando dentro del virus y más allá del virus. El virus como un «cisne negro» ha generado una crisis mundial, de la cual el capital no es causa ni razón, porque cualquier hipótesis de conspiración engañosa está excluida desde el principio (esto también y sobre todo si surgiera después de alguna investigación algún laboratorio de guerra bacteriológico o viral dirigido por terroristas o agentes secretos); Y para que la contaminación y partículas finas, así como las Big farms con sus ganaderías intensivas, queden oportunamente el trasfondo, donde deben estar, más propiamente consideradas como co-factores. Pero el general intellect del capital, o si lo queremos su «comité de negocios», ya está trabajando para mejorar los aspectos «higiénicos» de esta crisis, para asegurar que esta crisis, posiblemente con mayor efectividad que las anteriores, pueda  usarse para superar el estancamiento en los procesos de valoración del capital, para identificar cómo, en resumen, permanecer dentro de la metáfora digital, aprovechando este reset general para reiniciar un programa que ha estado congelado o bloqueado («impallato«).

Las áreas de intervención del capital, en esta imagen fija que captura una versión de su semblante que durante mucho tiempo no fue tan antropomórfica, es decir, tan áspera, sin los sombreros de copa tradicionales pero con diferentes cabezas para cortar, son dos. El primero es el tradicional, uno de los recursos masivos para la deuda. La «economía del virus» ya hace uso del dinero, a juzgar por las maniobras financieras cada vez más sorprendentes lanzadas, reservándose el derecho de programar gradualmente la selección de actividades elegibles, aquellas con un coeficiente de «margen» más alto, y de inyectarles combustible nuevo garantizando consenso social a través de nuevas modalidades de bienestar de emergencia. Todos nos encontraremos en contextos económicos y sociales completamente nuevos, en cuya planificación y realización no habremos participado, excepto como testigos pasivos o súbditos. Con la «economía del virus», en una de las situaciones de emergencia absoluta que más le convienen, el capital redescubrirá su vocación de planificación del siglo XX, sacudiéndose las incertidumbres diarias y la riesgosa volatilidad de la fase financiera. Pero no quiero y no puedo lidiar con esto porque está más allá de mi fuerza, excepto para notar que, después de todo, no hay nada particularmente nuevo o sorprendente aquí, que detenga el poder habitual y la posible efectividad del acuerdo, pero que el nuevo y extremo plan de capital, que en cualquier caso se configurará como una fase de transición hacia una nueva era, se enfrentará a una humanidad trastornada, tendencialmente disciplinada a regirse por las reglas obligatorias de la emergencia total y adicta a su fiel observancia; así será, al menos, al principio.

La segunda área de intervención se refiere al trabajo, y esta vez en el regreso a lo viejo está la novedad. Poco después de la segunda mitad del siglo pasado, en todo el Occidente capitalista, las luchas de los trabajadores con su dinámica de demandas habían extenuado y deconstruido el fordismo, lo que condujo a una expansión de las garantías de bienestar más allá de los límites de compatibilidad  haciendo que el logro de ganancias se volviese crítico a partir de la fabrica tradicional. La búsqueda consecuente de margen, de nuevas formas de acumulación fuera de la fábrica, a través de los procesos de globalización de la producción gobernados en las últimas décadas por el capital financiero, fuera de cualquier racionalidad económica, se ha movido básicamente hacia la bancarrota, y ahora es el factor de trabajo que puede volver al centro de interés. Al final de un largo período en el que solo la terrible explotación del trabajo de las periferias del mundo (periferias en comparación con lo «occidental») ha garantizado la remuneración del capital invertido, se vuelve a invertir centralmente en el trabajo. ¿De qué trabajo estamos hablando? Después de que las máquinas absorbieron la mayor parte del trabajo manual, incluso grandes porciones de este se digitalizaron, mientras que el trabajo manual residual no digitalizable (la construcción, o los transportes, o lo relativo al mantenimiento de los cuerpos incluso las entregas a domicilio, por ejemplo) ha estado muy involucrado en los procesos de migración y, por lo tanto, utiliza una fuerza de trabajo de reserva que aún puede ser chantajeada y comprimida. El trabajo cognitivo, que tuvo su premisa en la crisis del régimen de acumulación fordista/industrial y se ha establecido independientemente en el agotamiento progresivo de la racionalidad económica del capital, en la crisis de la relación entre el beneficio y la riqueza social, hoy impone su modalidad a toda la sociedad a través del trabajo ágil o smart, mediante el smart-working.

De un tiempo a esta parte, algunas empresas de servicios, a menudo multinacionales, se habían equipado con las tecnologías necesarias para introducir gradualmente formas de trabajo inteligente internamente, imponiendo a sus gerentes objetivos iniciales para todos los empleados hasta al menos una semana laboral por mes. Quizás sea apropiado en este punto salir de un malentendido. El smart-working no es teletrabajo, como el que rige la legislación vigente en Italia, por ejemplo. La condición previa para el smart-working no es, de hecho, que se trabaje en casa exactamente como si estuviera en la oficina, por lo tanto, con el mismo horario de oficina. Con el smart-working,  aplicable indiferentemente a los empleados consultores o los «números de IVA», el escenario cambia completamente y el desempeño se libera del cronograma para articularse en el objetivo comercial, en la producción de ingresos. El smart-working es, de hecho, una filosofía de gestión que se basa en la «restitución» de la flexibilidad y la autonomía a las personas en la elección de espacios, tiempos y herramientas a utilizar, con responsabilidad por los resultados. La fase preliminar y esencial del nuevo curso es, por lo tanto, el establecimiento de objetivos, la identificación, a principios de año, de los objetivos que se alcanzarán en el año laboral; pueden ser objetivos económicos vinculados al logro de un presupuesto, pero con mayor frecuencia son objetivos de gestión, desde la desmaterialización de documentos en papel, hasta la digitalización de procesos administrativos, la creación de productos, la eficiencia de nuevos procesos de distribución, la atención al cliente, etc. La aceptación de los objetivos obviamente implica la introducción de formas crecientes de remuneración variable cuyo volumen puede alcanzar o exceder el salario básico y la remuneración fija. Estos objetivos se desconectarán principalmente de la presencia de un horario de trabajo, o más bien sólo en el caso en que el smart-worker realice un servicio de asistencia al público, y en este caso no podrá ejercerse un cambio riguroso. Pero en todos los demás casos, el logro del rendimiento se obtendrá independientemente de la existencia de un horario de trabajo. De hecho, la aceptación de objetivos necesariamente desafiantes, dada la perspectiva de la bonificación, nos lleva a ir más allá de la dimensión clásica de la jornada laboral, la contractual, trabajando desde las primeras horas de la madrugada y, a veces, hasta la noche; y a menudo incluso en vacaciones. El trabajo a destajo, sustancialmente desaparecido en la industria manufacturera, reaparece, se vuelve a proponer mágicamente al trabajo cognitivo de masa y, a partir de ahí, vuelve a invadir la sociedad.

¿Cómo se hace posible y aceptable la transición a nuevas formas alienantes de trabajo a destajo? Inicialmente, las formas de disuasión de la permanencia de la obsoleto «forma de oficina» se crean mediante la introducción de espacios abiertos con escritorios despersonalizados precedidos por la obligación de utilizar métodos de trabajo completamente sin papel y llevar la PC a casa. Los viejos escritorios con fotos y baratijas personales, por lo tanto, desaparecerán, y cada día será un escritorio nuevo y diferente, sin que esto pueda volver al trabajo esa patética atracción constituida por el propio «asiento» con objetos y prácticas personales, o por la ceremonia del café y bromas después del partido con un colega al lado. Sigue la invitación explícita de «quedarse en casa» (así como así, y hoy tenemos que decir: una invitación ante litteram) durante al menos dos días durante la semana, destacando los beneficios de la serenidad: sin el estrés de los viajes de ida y vuelta -, del tiempo ahorrado (para llegar al lugar de trabajo), del ahorro económico (aún el viaje, pero también de la niñera en algunos casos) y, finalmente, de la mejora del equilibrio entre la vida laboral y personal, que presenta la solución propuesta. Esta presentación lleva al trabajador a pensar que, en la oferta de «no presentarse en el lugar de trabajo» sin timbrar la tarjeta de asistencia, no hay un deseo oculto de marginarlo y, a la larga, reestructurarlo o despedirlo; también porque parte de la bonificación está relacionada con la cantidad de trabajo realizado en modo smart. Al hacerlo, las oficinas se vacían constantemente de al menos un tercio de los puestos de trabajo, y en esta perspectiva, las instalaciones se renuevan rápidamente para que no puedan acomodar a más de dos tercios de los empleados, lo que corta los puentes detrás de ellos sobre el retorno al canon de trabajo anterior; mientras que el resto del espacio se utiliza para salas de reuniones. Está claro que esta solución en sí misma permite ahorros en los costos de alquiler de las instalaciones, en caso de mudanza, pero esta no es la razón principal de la nueva estrategia.

Las primeras estadísticas sobre las horas de uso del PC conectado al servidor de la compañía, así como la cantidad y calidad del trabajo realizado, muestran un aumento récord en el porcentaje de productividad, con referencia al tiempo de trabajo en modo smart. La tasa de ausentismo desaparece, la ausencia por enfermedad desaparece. El smart-working se puede activar con flexibilidad y, por lo tanto, en presencia de un malestar, un trabajador cambia fácilmente una posible ausencia debido a una enfermedad con la solicitud de uno o más días de smart-working en los que el trabajo se proporcionará igualmente. Debido a que nada cambia los efectos del desempeño, el logro de la meta, cuyo logro debe perseguirse independientemente de las ausencias debido a una enfermedad, ya sea que uno esté «en común» o no. Luego, el smart-worker comienza a convertirse gradualmente en un gerente, más precisamente un microgerente, un gerente de sí mismo. Su objetivo vital, porque en el smart-working, la jornada laboral se extiende para coincidir con la existencial, integra y refleja la de la empresa. Es una parte consciente del ciclo general, incluso sin facultad y capacidad para determinarlo, mientras que el control de la alta dirección sobre las condiciones de producción está implícitamente garantizado por las nuevas reglas de compromiso. El trabajo cognitivo, considerado durante mucho tiempo por los empresarios y gerentes, como poco productivo, a través del uso extremo de la digitalización aplicada al trabajo a destajo, se ha transformado en una nueva palanca de riqueza. Aquí estamos, por lo tanto, en esa situación en la que en la producción el capital fijo principal se convierte en el hombre mismo. Su excedente de comportamiento es extraído y valorado. El aumento de la productividad alcanza niveles que preocupan a la alta dirección por la resistencia y envían advertencias a sus empleados con recomendaciones para seguir reglas como identificar un horario de trabajo, vestirse como si fuera a trabajar, tomar descansos. Examinado desde un punto de vista operacional, este es el demonio supremo del capital cognitivo. Donde había una tarjeta que debía ser marcada rigurosamente y el control del tiempo, ahora tenemos la invitación de trabajar desde casa, quedarnos en casa, no venir a la oficina. La provisión de dispositivos altamente avanzados, conectados a los servidores de la empresa, le permite trabajar de forma remota (desde su hogar) como y mejor, muchos más, que en la oficina. Además, la cibernetización obsesiva y meticulosa de cada función provoca la desaparición del tomador de decisiones, tanto intermedio como apical: el procedimiento o el manual decide, mientras que los altos directivos ahora deciden solo operaciones extraordinarias.

En la era industrial, el tiempo se convierte en una moneda de cambio, pero la organización del trabajo está dominada y preordenada por factores científicos de división del trabajo que lo hacen totalmente predecible en tamaño y calidad. A partir de aquí llegaron las horas máximas laborables, descansos y vacaciones, horas extras; La organización supervisa y preside las actividades del trabajador, pero al mismo tiempo lo exime de cualquier responsabilidad por el objetivo final. En los modelos de smart-working, el tiempo se vuelve líquido, como el espacio, se comparte entre la organización y el «recurso», pero su administrador absoluto es el smart-worker, él es quien toma las medidas necesarias para lograr el objetivo, del cual es responsable. En consecuencia, surge la segregación fordista entre el tiempo laboral y el no laboral, que no estaba presente en los sistemas rurales y artesanales que precedieron a la revolución industrial. En el modo smart, el espacio y el tiempo colapsan, y la percepción del trabajador es la de poder estar presente en diferentes contextos y en un tiempo que se aproxima continuamente al presente. Las tecnologías de conexión han producido un sistema de relaciones capaz de trascender las dos dimensiones, y smart es trabajar en diferentes momentos y lugares. Poco a poco, el smart-worker se da cuenta de que está operando en un contexto organizacional que ha cambiado en sus fundamentos, moviéndose en busca de un equilibrio entre las solicitudes organizacionales y sus propias habilidades y actitudes personales: por lo tanto, la experiencia laboral conducirá a una nueva definición de sí mismo, y Su identidad personal se construirá a través de la dimensión profesional. Al practicar su papel, lo recrea continuamente (job crafting) y, esclavizado por el budget, encarna el ideal de la empresa. Como se ha dicho varias veces, lejos de entrar en la era del «fin del trabajo», estamos en presencia de la era del «trabajo sin fin», donde la separación cada vez más total de los cuerpos corresponde a la creciente cerebro interconectado.

Millones y millones de trabajadores cognitivos en todo el planeta están masivamente a punto de ingresar a este nuevo mundo, que en este momento no se percibe como distópico u horrible, como ictu oculi puede parecer al viejo trabajador. Porque el experimento de rastreo se ha convertido en una revolución a través de la aparición del virus. Hoy en día, el smart-working es salvífico, protege contra las infecciones, revela el ahorro de energía, cura la adicción al viaje en automóvil, la obsesión por ser propietario de un automóvil, reduce la contaminación, devuelve a la sugerente dimensión del taller artesanal aumentado por potencia de la conexión. Y hoy el «trabajo en casa» se está extendiendo de una manera imparable; en los albores de la post pandemia, de la primera pandemia interconectada y mundial, ya nada será como antes; y el «nuevo mundo», disciplinario y smart juntos, tratará de imponerse como el mejor y el único de los mundos posibles, llevando sus beneficios a los extremos hasta transformarlos en sus límites; Necesitamos urgentemente un nuevo paradigma de crítica.

Traducción del italiano: Santiago De Arcos-Halyburton

La política anticapitalista en la época del COVID-19

Por David Harvey

Cuando trato de interpretar, entender y analizar el flujo diario de las noticias, tiendo a ubicar lo que está sucediendo en el contexto de dos maneras un tanto distintas (y cruzados) que aspiran a explicar como funciona el capitalismo.

El primer nivel es un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación del capital como flujos de valor monetario en busca de ganancias a través de los diferentes «momentos» (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este modelo de la economía capitalista como una espiral de expansión y crecimiento sin fin, se complica bastante a medida que se elabora a través de, por ejemplo, los lentes de las rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficos desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y un red siempre cambiante de las divisiones del trabajo y de las relaciones sociales.

Sin embargo, también creo que este modelo debe inscribirse en un contexto más amplio de reproducción social (en los hogares y las comunidades), en una relación metabólica permanente y en constante evolución con la naturaleza (incluida la «segunda naturaleza» de la urbanización y el entorno construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y sociales contingentes, que las poblaciones humanas suelen crear a través del espacio y el tiempo.

Estos últimos «momentos» incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y anhelos humanos, el ansia de conocimiento y significado y la búsqueda evolutiva de la satisfacción en un contexto de arreglos institucionales cambiantes, disputas políticas, enfrentamientos ideológicos, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones, todo ello en un mundo de marcada diversidad geográfica, cultural, social y política.

Este segunda manera constituye, por así decirlo, mi comprensión de trabajo del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata de las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertos caminos de su evolución histórica y geográfica.

En espiral

Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez acerca de un coronavirus – que ganaba terreno en China– pensé inmediatamente en las repercusiones para la dinámica mundial de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos (encierros) y las interrupciones en la continuidad del flujo de capital provocarían devaluaciones y que si las devaluaciones se generalizaban y se hacían profundas, eso indicaría el inicio de una crisis.

También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que fue la potencia que rescató al capitalismo mundial tras el período 2007-2008. Por tanto cualquier golpe a la economía de China estaba destinado a tener graves consecuencias para una economía global que, en cualquier caso, ya se encontraba en una situación lamentable.

El modo existente de acumulación de capital está en muchos problemas. Se estaban produciendo movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchos de los cuales se centraban en que un modelo económico dominante que no funciona para la mayoría de la población.

Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una gran expansión de la oferta monetaria y en la creación masiva de deuda. Este modelo ya estaba enfrentando una insuficiente “demanda efectiva” para “realizar” los valores que el capital es capaz de producir.

Entonces, ¿cómo podría el sistema económico dominante, con su legitimidad decadente y su delicada salud, absorber y sobrevivir al inevitable impacto de una pandemia de la magnitud que enfrentamos ?

La respuesta depende en gran medida del tiempo que dure la perturbación, ya que, como señaló Marx, la devaluación no se produce porque los productos básicos no se puedan vender, sino porque no se pueden vender a tiempo.

Durante mucho tiempo había rechazado la idea de que la «naturaleza» estuviera fuera y separada de la cultura, la economía y la vida cotidiana. He adoptado un punto de vista más dialéctico de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están reconfigurando perpetuamente las condiciones ambientales.

Desde este punto de vista, no existe un verdadero desastre “natural”. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros. Pero las circunstancias en las que una mutación se convierte en una amenaza para la vida dependen de las acciones humanas.

Hay dos aspectos relevantes en esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones poderosas. Por ejemplo, es plausible esperar que el suministro de alimentos intensivos (o caprichosos) en los sub-trópicos húmedos puedan contribuir a ello. Tales sistemas existen en muchos lugares, incluyendo la China al sur del Yangtsé y todo el Sudeste Asiático.

En segundo lugar, las condiciones que favorecen la rápida transmisión varían considerablemente. Las poblaciones humanas de alta densidad parecen ser un blanco fácil para los huéspedes. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, sólo florecen en los grandes centros de población urbana pero mueren rápidamente en las regiones poco pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta a la forma en que se transmiten las enfermedades.

En los últimos tiempos el SRAS, la gripe aviar y la gripe porcina parecen haber salido del sudeste asiático. China también ha sufrido mucho con la peste porcina en el último año, obligando a una matanza masiva de cerdos y al consiguiente aumento de los precios de la carne de cerdo. No digo todo esto para acusar a China.

Hay muchos otros lugares donde los riesgos ambientales de mutación y difusión viral son altos. La Gripe Española de 1918 puede haber salido de Kansas. El VIH puede haber incubado en Africa, el Ébola se inició en el Nilo Occidental y el Dengue parece haber florecido en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación de los virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el sistema económico hegemónico.

No me sorprendió demasiado que COVID-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque todavía se desconoce si se originó allí). Claramente los efectos locales pueden llegar a ser importantes . Pero dado que este es un gran centro de producción, su impacto puede tener repercusiones económicas globales.

La gran pregunta es cómo ocurre el contagio y su difusión y cuánto tiempo durará (hasta que se pudiera encontrar una vacuna). La experiencia anterior ha demostrado que uno de los inconvenientes de la creciente globalización es lo imposible que es detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todo el mundo viaja. Las redes humanas de difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción dure un año o más.

Si bien hubo un descenso inmediato en los mercados de valores mundiales cuando se dio la noticia, fue sorprendentemente seguido por alza de los mercados. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China.

La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SRAS, que fue rápidamente contenido y tuvo un bajo impacto mundial, a pesar de su alta tasa de mortalidad.

Después nos dimos cuenta que el SRAS creó un pánico innecesario en los mercados financieros. Entonces, cuando apareció COVID-19, la reacción fue presentarlo como una repetición del SRAS, y por lo tanto ahora la preocupación era injustificada.

El hecho de que la epidemia hiciera estragos en China, movió rápida y despiadadamente al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurría «allá» y, por lo tanto, fuera de la vista y de la mente de nosotros los occidentales (acompañado de signos de xenofobia contra los chinos).

El virus que teóricamente habría detenido  del crecimiento histórico de China fue incluso recibido con alegría en ciertos círculos de la administración Trump.

Sin embargo, en pocos días, se produjo una interrupción de las cadenas de suministros mundiales , muchas de las cuales pasan por Wuhan. Estas noticias fueron ignoradas o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o de algunas corporaciones (como Apple). Las devaluaciones eran locales y particulares y no sistémicas.

También se minimizó, la caída de la demanda de los consumidores – aunque algunas corporaciones, como McDonald’s y Starbucks, que tenían operaciones dentro del mercado interno chino tuvieron que cerrar sus puertas -. La coincidencia del Año Nuevo Chino con el brote del virus enmascaró los impactos a lo largo de todo el mes de enero. Y la autocomplacencia de occidente se ha demostrado escandalosamente fuera de lugar.

Las primeras noticias de la propagación internacional del virus fueron ocasionales y episódicas, con un grave brote en Corea del Sur y en algunos otros puntos calientes como Irán. Fue el brote italiano el que provocó la primera reacción violenta. La caída del mercado de valores a mediados de febrero osciló un poco, pero a mediados de marzo había llevado a una devaluación neta de casi el 30% en los mercados de valores de todo el mundo.

La escalada exponencial de las infecciones provocó una serie de respuestas a menudo incoherentes y a veces de pánico. El Presidente Trump realizó una imitación del Rey Canuto frente a una potencial marea de enfermedades y muertes.

Algunas de las respuestas han sido extrañas. El hecho de que la Reserva Federal bajara los tipos de interés ante un virus parecía insólito, incluso cuando se reconocía que la medida tenía por objeto aliviar el impacto en los mercado en lugar de frenar el progreso del virus.

Las autoridades públicas y los sistemas de atención de la salud fueron sorprendidos en casi en todas partes por la escasez de mano de obra. Cuarenta años de neoliberalismo en toda América del Norte y del Sur y en Europa han dejado a la población totalmente expuesta y mal preparada para hacer frente a una crisis de salud pública de este tipo, esto a pesar que anteriores epidemias -provocadas por el SRAS y el Ébola – proporcionaron abundantes advertencias y lecciones sobre lo que se deberíamos hacer.

En muchas partes del mundo supuestamente «civilizado», los gobiernos locales y las autoridades estatales – que invariablemente constituyen la primera línea de defensa en las emergencias de salud pública-  se habían visto privados de fondos gracias a una política de austeridad destinada a financiar recortes de impuestos y subsidios a las empresas y a los ricos.

Las grandes farmacéuticas tiene poco o ningún interés en la investigación no remunerada de enfermedades infecciosas (como los coronavirus que se conocen desde los años 60). La “Gran Farma” rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir ante una crisis de salud pública. Solo se dedica a diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no es una fuente de ingresos para sus accionistas.

El modelo de negocio aplicado a la salud pública eliminó la capacidad que se requeriría para enfrentar una emergencia. La prevención no era ni siquiera un campo de trabajo lo suficientemente atractivo como para justificar las asociaciones público-privadas.

El Presidente Trump había recortado el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades y disuelto el grupo de trabajo sobre pandemia del Consejo de Seguridad Nacional, con el mismo espíritu con el que había recortado toda la financiación de la investigación, incluida la relativa al cambio climático.

Si quisiera ser antropomórfico y metafórico, concluiría que el COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años de maltrato burdo y abusivo del medio ambiente, a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado.

Tal vez sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado hasta ahora la pandemia en mejor forma que Italia.

Hay  muchas pruebas de que China manejó inicialmente mal la pasada epidemia del SARS. Pero esta vez con el CONVI-19 el Presidente Xi se apresuró en ordenar total transparencia; tanto en la presentación de informes como en las pruebas.

Aun así, China perdió un tiempo valioso ( fueron sólo unos pocos días, pero importantes). Sin embargo , lo que ha sido notable en que China, logro  confinar la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en su centro. La epidemia no se trasladó a Beijing ni al Oeste, ni más al Sur.

Las medidas tomadas para confinar el virus geográficamente fueron draconianas. Sería difícil replicarlas en otro lugar por razones políticas, económicas y culturales. China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal. Al parecer han sido extremadamente eficaces, aunque si estas medidas se hubieran puesto en marcha sólo unos días antes, se podrían haber evitado muchas muertes.

Esta es una información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión más allá del cual la masa ascendente se descontrola totalmente (obsérvese aquí, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas puede resultar costoso en muchas vidas humanas.

Los efectos económicos están ahora fuera de control sobre todo fuera de China. Las perturbaciones que se produjeron en las cadenas de valor de las empresas y en ciertos sectores resultaron más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente.

El efecto a largo plazo puede consistir en acortar o diversificar las cadenas de suministros y, al mismo tiempo, avanzar hacia formas de producción que requieran menos mano de obra (con enormes repercusiones en el empleo) y a una mayor dependencia de los sistemas de producción con inteligencia artificial.

La interrupción de las cadenas de producción conllevan el despido o la cesantía de muchos trabajadores, lo que disminuirá la demanda final, mientras que la demanda de materias primas está disminuyendo el consumo productivo. Estos impactos por el lado de la demanda producirán por sí mismos una recesión.

Pero la mayor vulnerabilidad del sistema esta enquistada en otro lugar. Los modos de consumismo que explotaron después de 2007-8 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaban en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca del cero.

La avalancha de inversiones en estas formas de consumismo tuvo todo que ver con la máxima absorción de volúmenes de capital mediante el aumento exponencial  de las  formas de consumismo, que tienen , a su vez , el menor tiempo de rotación posible.

En este sentido turismo internacional es emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requería inversiones masivas de infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc.

Esta plaza de acumulación de capital ahora está muerto: las aerolíneas están cerca de la quiebra, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias de la hospitalidad es inminente. Comer fuera no es una buena idea. Los restaurantes y bares han sido cerrados en muchos lugares. Incluso la comida para llevar parece arriesgada.

El vasto ejército de trabajadores de la economía del trabajo autónomo y del trabajo precario está siendo destruido sin ningún medio visible de apoyo gubernamental. Eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales, e incluso reuniones políticas y elecciones son canceladas. Estas formas de consumismo vivencial «basadas en eventos» están prácticamente suprimidas . Los ingresos de los gobiernos locales se han reducido. Las universidades y escuelas están cerrando.

Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo es inoperante en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que André Gorz describe como «consumismo compensatorio» ha sido aplastado. ( un recurso que suponía que los trabajadores alienados podrían recuperar su espíritu a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical)

Pero las economías capitalistas contemporáneas están impulsadas en un 70 o incluso 80 por ciento por el consumismo. En los últimos cuarenta años, los sentidos básicos  del consumidor se han convertido en la clave para la movilización de la demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más dependiente de estas demandas, artificiales en muchos casos.

Esta fuente de energía económica no había estado sujeta a fluctuaciones repentinas – como la erupción volcánica de Islandia que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas. Pero el COVID-19 no es una fluctuación repentina. Es un shock verdaderamente poderoso en el corazón del consumismo que domina en los países más prósperos.

La forma en espiral de acumulación de capital sin fin se está colapsando hacia adentro desde una parte del mundo a la otra. Lo único que puede salvarla es un consumismo masivo financiado por el gobierno, conjurado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía de los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo por supuesto.

Las líneas del frente

Existe un conveniente mitología de que “las enfermedades infecciosas no reconocen barreras y límites de clase”. Como muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la horizontalidad de la enfermedad entre clase sociales fue lo suficientemente dramática como para dar lugar al nacimiento de un movimiento por una sanidad pública (que más tarde se profesionalizó) y, que ha perdurado hasta hoy en día.

No ha quedado claro si este movimiento estuvo destinado a proteger a todos o sólo a las clases altas. Pero hoy las diferencias de clase y los efectos sociales son una historia muy diferente.

Ahora, el impacto económico y social se cuelan a través de las discriminaciones «consuetudinarias» , que están instaladas en todas partes. Para empezar, la fuerza de trabajo que trata a un creciente número de enfermos es típicamente sexista, y racializada en la mayor parte del mundo occidental .  Estos trabajadoras y trabajadores se aprecian fácilmente, por ejemplo, en los servicios más despreciados, en los aeropuertos y otros sectores logísticos.

Esta «nueva clase trabajadora» está en la vanguardia y soporta el peso de ser la fuerza de trabajo que más riesgo corre de contraer el virus por el carácter de sus empleos.  Si tienen la suerte de no contraer la enfermedad a probablemente serán despedidos más tarde debido a la crisis económica que traerá la pandemia.

Está, también, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social. No todos pueden permitirse el lujo de aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin remuneración) en caso de contacto o infección.

En los terremotos de Nicaragua (1973) y México D.F. (1995), aprendí en terreno que los sismos fueron en realidad «un terremoto para los  trabajadores y los pobres” .

Por tanto, la pandemia del COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que «todos estamos juntos en esta guerra», las prácticas, en particular por parte de los gobiernos nacionales, sugieren motivaciones más aciagas.

La clase obrera contemporánea de los Estados Unidos (compuesta predominantemente por afroamericanos, latinos y mujeres asalariadas) se enfrenta a una horrible elección : la contaminación por el cuidado de los enfermos  y el mantenimiento de la subsistencia (repartidores de tiendas de comestibles, por ejemplo ) o el desempleo sin beneficios atención sanitaria adecuada.

El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y cobra su salario como antes, mientras los directores generales se trasladan en jets privados y helicópteros.

Las fuerzas de trabajo en la mayor parte del mundo han sido socializadas durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema).

Pero incluso los buenos sujetos neoliberales pueden apreciar hoy que hay algo muy malo en la forma en que se está respondiendo a la pandemia.

La gran pregunta es: ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más tiempo pase, más devaluación habrá , incluso para la fuerza de trabajo. Es casi seguro que los niveles de desempleo se elevarán a niveles comparables a los de la década de 1930, en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrían que ir en contra de la lógica neoliberal.

Las ramificaciones inmediatas para la economía así como para la vida social diaria son múltiples y complejas. Pero no todas son malas. El consumismo contemporáneo sin lugar a dudas es excesivo, Marx lo describió como » consumo excesivo e insano, monstruoso y bizarro”.

La imprudencia del consumo excesivo ha desempeñado un papel importante en la degradación del medio ambiente. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte – y del movimiento- han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero.

La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de los Estados Unidos. Los sitios eco-turísticos tendrán un tiempo para recuperarse del pisoteo de los viajeros. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia. En la medida en que se frene el gusto por el sobreconsumo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. (Menos muertes en el Monte Everest podría ser algo bueno).

Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus podría terminar afectando las pirámides de edad con efectos a largo plazo para la Seguridad Social y para el futuro de la «industria del cuidado”.

La vida diaria se ralentizará y, para algunas personas, eso será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia se prolonga lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que casi con seguridad se beneficiará es lo que yo llamo la economía «Netflix», que atiende a los » consumidores compulsivos».

En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma en que se ha producido la salida de la crisis de 2007-8. Esto ha supuesto una política monetaria ultra laxa , el rescate de los bancos y un aumento espectacular del consumo productivo mediante una expansión masiva de la inversión en infraestructuras ( incluso en China).

Esto no puede repetirse en la escala requerida. Los planes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos, pero también entrañaron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que, ante el descontento de los trabajadores y el colapso de la demanda, las tres grandes empresas automovilísticas de Detroit estén cerrando, al menos temporalmente.

Si China no puede repetir el papel que jugó en 2007-8, entonces la carga de la salida de la actual crisis económica se trasladará a los Estados Unidos y he aquí la gran ironía: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que cualquier cosa que pueda propone Bernie Sanders. Los programas de rescate tendrán que iniciarse bajo la égida de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de «Making América Great Again».

Todos los republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que comerse el cuervo o desafiar a Donald Trump. Este personaje podría llegar a cancelar las elecciones “por la emergencia” e imponer una presidencia autoritaria del Imperio para salvar al capital y al mundo de «los disturbios y de la revolución».