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Se tensa la disputa entre Estados Unidos y la República Popular China por la hegemonía mundial
Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada
Desde 2013, momento en que Xi Jinping sustituyó como presidente de la República Popular China a Hu Jintao, los objetivos del gigante asiático quedaron claramente determinados. En palabras del propio Xi Jinping, “China busca convertirse en la primera economía mundial en 2028” y “ser la primera potencia global en 2049”, fecha en la que se celebrará el primer centenario de la toma del poder por parte del Partido Comunista Chino.
En pocas palabras, vivimos un momento de transformaciones geopolíticas en el cual la República Popular China busca convertirse en el nuevo hegemón global, lo que implica posicionar sus empresas, tecnología, sociedad, valores, fuerza militar, finanzas y demografía en posiciones dominantes a escala mundial. Lo mismo que hemos vivido con Estados Unidos durante los últimos cien años pero reubicando la centralidad político-económica mundial en el eje geográfico Asia-Pacífico-Nueva Ruta de la Seda (red comercial en construcción entre Asia, África y Europa).
Diversos analistas internacionales preveían que la guerra comercial entre China y Estados Unidos, inaugurada en marzo de 2018 cuando el ex presidente Donald Trump anunció su intención de imponer aranceles por 50.000 millones de dólares a los productos chinos, bajaría de nivel con la nueva administración Biden. Sin embargo esto no ha sido así.
El pasado 3 de mayo el actual Secretario de Estado de la administración Biden, Anthony Blinken, definiría la relación de Estados Unidos respecto a China como una relación de “competencia en todos los ámbitos”, diciendo, “mantendremos nuestra ventaja tecnológica y las innovaciones científicas, sin apoyar las prácticas malignas de China y trabajaremos con nuestros aliados para derrotar las prácticas abusivas y coercitivas de Beijing en comercio, tecnología y derechos humanos”. De hecho, las sanciones impuestas sobre China por parte de la administración Trump no han sido levantadas por Biden y la guerra comercial entre ambos países se mantiene e incluso se agrava. Recientemente el presidente Joe Biden declaró públicamente que “China nos ha robado billones de dólares en propiedad intelectual”, reafirmando que empresas como Huawei, Xiaomi, Alibaba, Tencent, Baidu y TikTok son enemigas de los intereses estadounidenses por ejercer espionaje industrial y militar.
El pasado 29 de abril, Biden en su primera intervención ante el Congreso declararía: “mientras yo sea presidente, en la guerra por la primacía del mundo, no permitiré que China nos sobrepase como el país más poderoso del mundo, not on my watch”.
Pero entendamos bien que hay detrás de todo esto…
Estamos inmersos en la Cuarta Revolución Industrial, también conocida como Industria 4.0, la cual se caracteriza por la fusión de tecnologías actualmente en desarrollo en los ámbitos de la robótica, inteligencia artificial, cadena de bloques, nanotecnología, computación cuántica, biotecnología, internet de las cosas, impresión 3D y vehículos autónomos.
Esta Industria 4.0 es la tendencia actual de automatización e intercambio de datos, particularmente en el ámbito de las tecnologías de manufactura y desarrollo, lo que nos encamina hacia la creación de lo que se ha venido en llamar “fábricas inteligentes”. Es decir, procesos de producción donde los sistemas ciberfísicos controlarán los
procesos físicos.

En ese contexto quien domine la innovación y el desarrollo tecnológico en la etapa actual tendrá condiciones de imponer su hegemonía en los futuros mercados globales. Es así que la red 5G se convirtió en uno de los principales terrenos de disputa si bien no el único, lo derivó en la detención de Meng Wanzhou -directora financiera e hija del presidente de Huawei Technologies Corporation- en el aeropuerto de Vancouver el 1 de diciembre de 2018 bajo la acusación de conspirar contra múltiples instituciones y empresas estadounidenses. Meng fue posteriormente liberada y se mantiene bajo arresto domiciliario después de pagar una fianza de 10 millones de dólares en un proceso que todavía está en marcha y pendiente de resolución judicial. Por su parte, Estados Unidos ha solicitado a Canadá la extradición de dicha ejecutiva.
El 19 de mayo de 2019 y siguiendo instrucciones de la administración Trump, Google anunció que dejaría de proporcionar actualizaciones de su sistema operativo Android para los usuarios de telefonía Huawei y ZTE (empresa china sancionada por Washington por exportar celulares a Irán y Corea del Norte). Con ello buscaban desmantelar la línea de producción de las principales compañías fabricantes de celulares chinos cerrándoles la entrada al mercado global de smartphone. En el fondo y más allá de la competencia por los mercados, se encuentra la disputa por el control de la información que circula en las redes. Algo fundamental para la implementación eficiente de la Inteligencia Artificial.
Pero más allá del conflicto con Huawei y ZTE, es un hecho que China lleva ventaja sobre Estados Unidos no sólo en la tecnología 5G, sino también en la Inteligencia Artificial, la biotecnología y los desarrollos misilísticos. Todo ello bajo una política muy planificada que desde 2015 fue denominada como “Made in China” y cuyo objetivo consiste en convertir al gigante asiático en una potencia relativamente autosuficiente y en una economía cuyo foco esté puesto en la innovación.
Beijing elaboró un programa gubernamental conocido como Artificial Intelligence Development Plan en la cual destacan mayor financiación a empresas chinas, apoyo político y coordinación nacional para el avance en materia de desarrollo de la Inteligencia Artificial, buscando que China se convierta en el mayor centro de innovación global en 2030.
De hecho China desarrolla en la actualidad una agresiva estrategia de fomento de startups, mediante la cual las pymes digitales reciben exenciones de impuestos, contratos estatales y oficinas ya equipadas para el desarrollo de Inteligencia Artificial. De esta manera, China se convirtió en el mercado de startups de Inteligencia Artificial más grande del mundo, publicando la mayor cantidad de papers sobre el tema a nivel mundial y carente de regulación por normativas de privacidad respecto a la recolección de datos personales de los usuarios de sus sistemas.
Pero en paralelo, Beijing lleva desarrollando desde el año 2013 una estrategia de perfil geopolítico destinada a implementar lo que se ha venido en llamar la nueva ruta de seda. Un megaproyecto que pretende unir mediante rutas marítimas y ferroviarias China con Europa pasando por África e integrando a 15 países que suman una población total de 2.200 millones de personas, un producto interior bruto de 22.14 billones de dólares y el 28% del comercio mundial. A este proyecto se suma la ruta digital de la seda, que se extiende más allá de Europa y con el que China avanza con el tendido de cables submarinos a nivel mundial.
La reacción estadounidense fue incorporar a más de 40 entidades y empresas chinas en su Entity List, una lista de empresas, centros de investigación, gobiernos e incluso individuos a los que Washington considera que atentan contra la seguridad nacional o la política exterior de Estados Unidos. Esta política de bloqueos y sanciones busca ser exportada por Washington hacia los países aliados, condición que ha hecho que países como Australia, Japón y Reino Unido traten de evitar también que Huawei participe en el desarrollo de la red 5G en dichas naciones. De igual manera, en la actualidad se desarrollan acciones diplomáticas estadounidenses en los países de América Latina bajo este mismo fin.
En la actualidad y ante la fuerte demanda en el mercado de mundial de los chips -sector en el cual Taiwan ejerce una posición protagónica en la fabricación de los chips más avanzados-, Estados Unidos busca bloquear el suministro de estos a la República Popular China con el fin de generarles un colapso en su fabricación de semiconductores. Estas operaciones de bloqueo están incentivando la producción nacional de chips al interior del gigante asiático, aunque el proceso será largo y complejo. Sin embargo, desde 2019 Beijing lleva invertidos 100.000 millones de dólares y se están generación de nuevas plantas de producción para microprocesadores al interior del país.
En la actualidad, los conflictos armados en el mundo se encuentran en mínimos históricos. Del tradicional uso de acciones militares entre países por el control territorial y sus riquezas hemos pasado a acciones más centradas en la desestabilización política y la disrupción económica. En resumen, las disputas entre potencias ya no se dirimen en el campo de batalla, sino en los centros de investigación, en los laboratorios de alta tecnología y en los mercados, pero esto no exime que el desenlace final por la hegemonía mundial no desemboque en un conflicto bélico tal como ha sucedido históricamente hasta el momento.
Ahora bien, los conflictos armados en los que se han visto involucradas las grandes potencias en el presente siglo vendrían a demostrar que los países más poderosos del planeta buscan evitar el desplazamiento e involucración de grandes contingentes militares al extranjero para defender sus intereses. En definitiva, buscan ahorrarse el costo logístico, humano e incluso político que se daban en las grandes guerras del pasado.
Esto ha hecho que en la actualidad asistamos más a operaciones de carácter quirúrgico que a grandes desplazamientos de tropas de infantería, tanques o artillería pesada. De esta manera el protagonismo militar pasa a estar más bien en equipos de operaciones especiales, quedando el ejercito convencional relegado a un rol de soporte para asistir o evacuar a estos cuerpos de intervención rápida sumamente especializados.
Es así que para hacer frente a los grupos de operaciones especiales estadounidenses bajo el mando del USSOCOM (United States Special Operations Command) y que controla unas 70.000 unidades de estas características -entre ellas los famosos Navy SEAL o los Delta Force- que se hayan desplegados en diferentes partes del mundo, la República Popular China también ha puesto en marcha -aunque de forma embrionaria- los suyos.
Desde la década de 1990, China está desarrollando una fuerte inversión en su aparato militar. El Ejercito Popular de Liberación, así se denominan las fuerzas armadas chinas, ya gozan de cuerpos de operaciones especiales en cada una de sus ramas militares. Entre los quince grupos especiales de los que disponen las fuerzas armadas chinas destacan la unidad Jiaolong (dragón de mar) creada en 2002 por la marina y cuya acción más espectacular fue la recuperación de un buque de carga secuestrado por piratas somalíes en el Golfo de Adén; así como la unidad Leishen, un cuerpo de élite paracaidista perteneciente a sus fuerzas aéreas. Lejos aún de alcanzar la capacidad militar de las operaciones rápidas estadounidenses, las fuerzas especiales chinas suman entre 10.000 y 14.000 miembros y siguen en expansión.
Esta rápida modernización del músculo militar chino, propio de toda potencia en ascenso, se plasmó en un informe publicado en 2019 por el Centro de Estudios de Estados Unidos de la Universidad de Sídney en Australia. En este se indica que pese a que Washington todavía supera notablemente la capacidad militar de Beijing, la estrategia de defensa norteamericana en la región Indo-Pacífico “está sumida en una crisis sin precedentes” y señala como China ha desarrollado en los últimos años un impresionante arsenal de misiles que estratégicamente apostados amenazan las bases militares claves de Estados Unidos en la zona.
Este es el área territorial de mayor tensión geopolítica entre ambas potencias. Concretamente en el Mar de la China Meridional se ubican una amalgama de islotes y archipiélagos que son reclamados tanto por la República Popular China como por Taiwán, Vietnam, Filipinas, Malasia e incluso Brunéi. Para reafirmar su posición dominante en la zona de disputa, Xi Jinping puso en marcha un plan estratégico mediante el cual se están construyendo islas artificiales, ciudades en los islotes, pistas aéreas, instalaciones turísticas e infraestructura militar aérea y marítima. Todo ello pese a que en 2016 la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya resolviese que no había “base legal” para las reclamaciones territoriales chinas en la zona.
En la actualidad y tras un informe publicado hace unos años atrás en el cual se indica la existencia de importantes yacimientos marítimos en la zona, las islas Spratly (a las que Beijing denomina Nansha), el banco Macclesfield (denominado por los chinos como Zhongsha), el archipiélago Paracel (para China el archipiélago Xisha) y sus alrededores se han convertido en un abra estratégica de alta tensión donde incluso algún pesquero vietnamita ha sido hundido por la guardia costera china.

En paralelo, Estados Unidos -país sin reivindicaciones en la zona- promueve “misiones militares rutinarias” de incursión tanto aéreas como navales de su VII Flota en las aguas en disputa, buscando posicionar demostraciones de fuerza ante las demandas territoriales chinas. Todo ello mientras Beijing prosigue con su plan de modernización militar por el cual se calcula que para el año 2030 la República Popular China dispondrá de 450 buques de guerra y 99 submarinos operativos.

Mark Fisher: “Tenemos que inventar el futuro”
Extraemos de la revista digital El Salto esta exclusiva de una entrevista al crítico cultural Mark Fisher, uno de los textos incluidos en el tercer volumen de K-Punk que la editorial Caja Negra pone a la venta el 10 de junio.
Apenas diez días después del fallecimiento del pensador Mark Fisher, en enero de 2017, la página web The Quietus publicó una entrevista realizada en 2012 por el periodista Tim Burrows que hasta entonces había permanecido inédita. La entrevista, más bien una conversación entre Fisher, Burrows y el poeta Sam Berkson, es uno de los textos que componen la tercera entrega de K-Punk, con el subtítulo “Escritos reunidos e inéditos (reflexiones, comunismo ácido y entrevistas)”, que esta semana llega a librerías de la mano de la editorial Caja Negra. El Salto publica en adelanto exclusivo este contenido.
Mark Fisher: ¿Andas en coche?
Sam Berkson: No.
M.F.: Yo tampoco, y por eso me identifico tanto con los poemas [de Life In Transit], porque pasé mucho tiempo en el transporte público. Hay algo que dijo la señora Thatcher: “Si eres mayor de 30 años y estás en el transporte público, has fracasado”. Me parece muy elocuente. Los hombres que conozco no tienen coche, y muchas mujeres sí. Con ellas, pienso que su deseo de conducir puede deberse a la seguridad. Estar en el coche siempre me pareció una pérdida de tiempo. En el tren, en cambio, se puede leer, escribir, hacer otra cosa, y se puede escuchar.
Aunque, con la cantidad de auriculares, etc., ya casi nadie se escucha. Creo que algo que emerge con mucha fuerza de tus poemas es que el transporte es solo público en su nombre, puesto que 1) no es propiedad pública, sino de operadores privados horrendos, y 2) el espacio tampoco es público porque, tal como muestran tus poemas, la gente está mucho más metida en sus conversaciones privadas en los teléfonos móviles. A veces, a un nivel humillante y vergonzoso.
S.B.: En general pocas personas escuchan. Es irónico hablar de transporte público, porque todo el mundo está en su propio mundo, y lo que hace es llevar un mundo privado a la esfera pública. A nadie, ni en la derecha ni en la izquierda, le gusta la idea de que la gente escuche sus conversaciones privadas. Y, sin embargo, estamos en una época en que las conversaciones son muy escuchadas, con toda la tecnología artera. Además, somos cómplices, con cosas como Facebook, como si estuviéramos felices de contar sin parar lo que hacemos todo el tiempo.
M.F.: Se da un proceso doble: hay cada vez más gente preocupada por Facebook y su erosión de la privacidad, o lo que sea. Y me parece que hay una contradicción interesante ahí. En un sentido, la gente habla por sus teléfonos móviles, asumiendo que otros no los escuchan, pero sabiendo, hasta cierto punto, que al menos alguien lo hará. Y después está el fenómeno de Facebook, donde la gente publica cosas esperando que otras personas lo vean, en una búsqueda desesperada de un público que quizá no tengas. Para después chequear de manera neurótica cuántos “me gusta” y cuántos “comentarios” recibiste.
S.B.: Como si en lugar de importarte el público que ya está ahí, necesitaras desesperadamente una audiencia mayor.
M.F.: La celebridad me parece importante en muchos niveles… Es como una intimidad falsa, ¿no? Hay una generalización de revistas de cotilleos orientadas a mujeres, esa forma general de la cultura, la TV, etc. Este fenómeno de referirse a la gente por su nombre de pila, como hacen en las portadas de estas revistas, como si uno conociera a esas personas.
Tim Burrows: La gente lee revistas en el tren que hablan sobre dietas.
M.F.: Es un biocontrol cuyo modelo es la revista para mujeres. Se trata de reducir cierta ansiedad, no tanto de decir que hay que hacer esto o esto otro, sino de poner en una página que Geri Halliwell está feliz con sus curvas, y al mes siguiente que se siente mucho mejor porque bajó de peso. Esas revistas te ponen todo el tiempo en situaciones de doble vínculo. La función es desestabilizar a la gente, mantenerla en un estado de ansiedad, y agregar soluciones para todos los problemas basadas en objetos de consumo. Las dietas son biopoder, una forma de control del cuerpo. Con esta cultura digital de hoy lo que tenemos es una forma extraña de hipervulgaridad. Hay personas que están todas vestidas y operadas, pero no es como David Bowie, donde había un juego con una estetización abstracta. Hay gente que tiene una vulgaridad extrema, y es un modelo normativo: dientes perfectos, el tono correcto en la piel. Una artificialidad absolutamente conservadora.
S.B.: La gente dice que la simetría es el ideal de la belleza humana, y a mí me gusta pensar que la simetría es algo que está solo OK. Pero negar que haya cualquier tipo de belleza a los ojos de quien observa, que hay algo original y único en las cosas y que a todos nos parecen bellas cosas diferentes es volver a llevar el poder hacia una esfera muy conservadora, una forma de conformarse con ser bello. Y por supuesto no es para nada normal, es un estilo muyfreak.
M.F.: Es una influencia de lo digital, mucha gente se photoshopea. La normalización de la cirugía estética, el botox, etc., es parte de este régimen de biopoder y de la ansiedad constante por las apariencias, etc. La cirugía estética no está bien, ¡no está bien! A la gente le preocupa su apariencia, pero la miden según los estándares de una normatividad deprimente. Las neurosis son muy productivas, y muy útiles para el capitalismo. ¿Qué es mejor que una insatisfacción inherente? La satisfacción inherente se puede vender infinitas veces. Por eso el modelo de la revista de mujeres es tan útil para el capitalismo de consumo.
S.B.: Uno lo ve en la televisión: ahora hay una publicidad sobre el deseo de que tus amigos sean más bellos, creo que es la publicidad de una cámara, y la idea es que uno quiere ser exhibido como que es bello, y esto lo da el hecho de que pasa tiempo con gente bella.
T.B.: Esa siempre ha sido la paradoja de la televisión: es donde se puede encontrar a las personas más profesionales de Londres en un determinado momento, pero también el lugar con menos retoques en el que puedas estar. Estás muy pegado al rostro de alguien, se pueden ver todas las imperfecciones.
S.B.: Sí, la iluminación es terrible. La luz en la televisión es deliberadamente incómoda porque la gente tiene menos probabilidades de pelearse si se siente incómoda y expuesta. Si estuviera diseñando la televisión, y quisiera hacerla cómoda, no lo haría como ahora. Piensen en los pubs; entendieron que los pubs no son atractivos para los consumidores si no se puede ver lo que hay adentro. Esa idea de un rincón oscuro donde uno se puede esconder… Lo que todos quieren es una ventana grande en el frente. Que se pueda entrar y sentirse a gusto.
Ya no hay ningún espacio público al que la gente pueda ir. De lo que se trata es de insertarse en un balbuceo, el balbuceo de las voces al teléfono o el balbuceo del capital que te grita que compres algo
M.F.: Eso no es un pub, es un bar.
S.B.: Se siente cómodo porque uno se siente observado. Es como el panóptico.
M.F.: Es el Foucault de la segunda fase, una suerte de autopanóptico. Me acuerdo que alguien dijo que, en la época en que todavía valía la pena pensar sobre Big Brother [Gran Hermano], la diferencia entre Big Brother y el panóptico de Foucault era que en el caso de Foucault no sabías si te estaban mirando o no, mientras que los participantes de Big Brother están seguros de que sí. Ahora hay una fase de Facebook como un autopanóptico, como dijimos antes, donde la gente se vuelve objeto de vigilancia, y se vigila a sí misma de una manera extraña.
S.B.: Podemos dar batalla. Y también está el otro problema con la televisión y los buses, que es que hay demasiada publicidad en ellos.
M.F.: Yo lo llamo polución semiótica.
S.B.: Sí. ¿Y cuál sería la respuesta sensata? Ponerse auriculares, no mirar alrededor, básicamente apagar los sentidos, bloquear el ambiente. Es una posición terrible para la gente. El consejo que te da todo el mundo es vivir en el presente, mirar alrededor, experimentar las cosas, etc. Pero si uno hace eso, lo único que ve son publicidades y anuncios.
M.F: Es impactante. Lo noté en Suecia, en Estocolmo, donde no había publicidades. Pensé: “¿Qué está pasando?”. Incluso el metro de Nueva York no tiene tantos. Hay algo especial en el enorme ataque cibernético de anuncios en Londres. No es que la gente se desconecte del espacio público, sino que ya no hay ningún espacio público al que pueda ir. De lo que se trata es de insertarse en un balbuceo, el balbuceo de las voces al teléfono o el balbuceo del capital que te grita que compres algo.
S.B.: Puedes enterrarte en tu propia caja de arena, apagarte. Este parece ser el modo en que mucha gente elige viajar, literalmente se desconectan del mundo a su alrededor. En algún punto tiene sentido, pero al mismo tiempo estás desconectado del mundo que te rodea.
El aburrimiento es un lujo que ya no podemos darnos, porque nuestros teléfonos no nos lo permiten: incluso cuando uno está esperando un bus o un tren, hay un flujo constante de estímulos de baja intensidad
M.F.: Lo que se necesita son formas de desconexión. Desenchufarse de ciertas redes. El otro día hablaba con mis estudiantes sobre tratar de desenchufarse; considero que estamos en una nueva fase de la vida humana. En los años 70, el aburrimiento era un gran problema. El aburrimiento era un vacío existencial, se lo podía tirar a la industria del entretenimiento y la cultura mainstream, y era un desafío para todos nosotros: ¿por qué nos permitimos aburrirnos? Considerando que somos animales finitos, que vamos a morir, aburrirse era un escándalo moral de proporciones descomunales. Pero ahora el aburrimiento es un lujo que ya no podemos darnos, porque nuestros teléfonos no nos lo permiten: incluso cuando uno está esperando un bus o un tren, hay un flujo constante de estímulos de baja intensidad. El aburrimiento y la fascinación están mezclados, para volver a las revistas de famosos. Y un ejemplo de esto serían esos periódicos gratuitos de Londres que por suerte desaparecieron: The London Paper, en una palabra, y el London Lite, cuyo nombre es muy elocuente. El Evening Standard y el Metro, en comparación, son periodismo serio.
Cuando aparecieron, esos periódicos eran aterradores. Eran un ejemplo de polución semiótica que también contaminaba las calles de manera literal. Además, había inmigrantes pobres cuya tarea era irritar a la gente: pararse en el camino de los trabajadores que iban al transporte, y ponerles estas cosas en las manos. Pero también estaba la total obediencia de los lectores, porque operaban absolutamente exhaustos. Si observabas el vagón, todo el mundo leía estos periódicos. Podías sentir cómo se hundía el nivel intelectual y cultural. El viaje al trabajo es probablemente el momento en que la gente está prestando más atención a la cultura. Yo no era inmune a esto; yo leía los titulares, muchas veces sobre celebridades que apenas conocía y no me interesaban, y aun así quería saber más. Era una forma de curiosidad sin interés. Así que leía todo el periódico, aunque no estuviera interesado, porque al mismo tiempo me había absorbido. A eso me refiero con el aburrimiento y la fascinación. Me imagino que mucha gente, como yo, tenía libros serios en los bolsos, y los habrían leído si no hubiera sido por estos periódicos. Eso dice mucho sobre la manera en la que el capitalismo se aprovecha del cansancio y los peores instintos.
T.B.: Y es por eso que Boris Johnson es tan popular. Es el héroe de la generación de los periódicos gratuitos como ShortList.
M.F.: El tema con Boris es similar a lo que dijo Franco ‘Bifo’ Berardi sobre Berlusconi: la persona que se burla del poder mientras lo ocupa. Eso es igual a Boris, ¿no? Alguien extrañamente popular para la gente joven, de una manera deprimente, porque no se toma la política en serio, o eso parece. Por supuesto, lo que sí se toma muy en serio es favorecer su propia posición y su propia clase. Esta forma de falsa bonhomía y de negación cínica, a través de la cual el poder de clase se naturaliza, es un problema extremadamente peligroso. Creo que Cameron representa una versión apenas distinta de esto, y no es que él sea tan popular, sino que es bueno para parecer un tipo amigable con el que se puede hablar.
Mi sensación del gobierno de Cameron es que quieren romper todo lo que puedan. Saben que probablemente no vuelvan a tener esta oportunidad, pero también saben que si cambian algunas cosas fundamentales, entonces ningún gobierno laborista que no realice antes una transformación enorme en la cima de la cultura del partido va a poder volver a cambiarlas.
S.B.: Hace poco leí algo, que no sé si era un cita, pero le preguntaron a Thatcher cuál había sido su mayor logro y ella dijo el Nuevo Laborismo.
M.F.: No sé si es una cita, pero eso es cierto. Yo me afilié al Partido Laborista. Nunca antes me había afiliado a un partido, pero hay que tener la misma ambición que el Nuevo Laborismo, y pensar con cinco años de planificación. Si hay más gente avanzando con una agenda fuerte, quizá se pueda cambiar la dirección del partido.
S.B.: Yo pensé lo mismo, y me afilié al Partido Verde.
M.F.: Está bien. No hay que ceder ningún territorio. Tampoco quiero jugarlo todo en una sola carta. En los años 90 no tenía sentido afiliarse al Partido Laborista. Iban en dirección al Nuevo Laborismo, la neoliberalización, no había forma de que hicieran otra cosa. Pero ahora, no sé a dónde va. Tal vez siga con este neoliberalismo suave desesperadamente banal, o quizá se convierta en otra cosa. Hace dos años, la University of East London estaba plagada de banderas revolucionarias y todo eso; era la época de los recortes, y hubo una efervescencia increíble de militancia, que parecía salir de la nada. Ahora, cuando vas a la UEL y caminas por el pasillo central donde estaban los carteles, es puro Costa y Starbucks, el letrero más grande que se puede ver es una oficina que dice “Credit Control”. Hay una parábola de lo que pasa con los espacios públicos allí. El espacio público que se afirmaba fracasó, y ahora tenemos unos monolitos corporativos y letreros de Credit Control en el medio del pasillo.
T.B.: Hay sucursales de la cafetería Costa en todas las salas de espera de los hospitales del Servicio Nacional de Salud.
Que puedas tener negocios en los hospitales me hace pensar en un mundo de Philip K. Dick. No me opongo al cambio de manera intrínseca; me opongo al hecho de que el cambio que hay es una mierda
M.F.: Mi esposa es de Gravesend, y en un hospital cerca de Dartford, McDonald’s intentó ganar la licitación del restaurante. Que puedas tener negocios en los hospitales me hace pensar en un mundo de Philip K. Dick. No me opongo al cambio de manera intrínseca; me opongo al hecho de que el cambio que hay es una mierda. El tema con el capitalismo es que provee cosas que no le gustan a nadie. Cuando la gente habla de la libertad de elección y el capitalismo… Microsoft lo resume todo. Nadie lo quiere, todo el mundo debe tenerlo. Con las cadenas es igual. ¿Quién es fan de las cadenas? Casi nadie, pero todos debemos ir a ellas.
S.B.: La gente solía quejarse de que los ferrocarriles de la British Rail llegaban siempre tarde, porque creíamos que éramos sus dueños. Ahora aceptamos que nos cobren demasiado, porque pueden, y que sean una porquería, porque no tenemos otra opción. Antes los sentíamos más cerca.
M.F.: Había un punto en modernizar esas industrias públicas, que eran dirigidas con una enorme ineficiencia, pero en realidad era un pretexto para privatizarlas. Deberían haberlas mejorado mientras eran públicas. Ahora que son privadas cuestan mucho más. Es una tarifa ridícula, el metro es muchísimo más caro que antes de la privatización. Es la destrucción de un ethos con sus propios trabajadores; lo mismo con los hospitales, ¿por qué no los limpian bien? Porque se usan contratistas privados cuyo único incentivo es hacer las cosas de la forma más barata posible, pagar a los empleados lo menos posible. Si no se tiene el ethos del servicio público, entonces se vuelve aún más lamentable. Es mala calidad pero con brillo. Es la realidad.
S.B.: Una vez más, uno se topa con la misma paradoja. Es casi lo contrario de lo que se dice. Hay más opciones; pero en realidad no hay elección. Tiene más brillo, es mejor; pero no, es peor. Es más barato; es más caro. No creo que volvamos a la nacionalización, quizá no sea una buena idea.
M.F.: El poema que más me atrajo fue uno que aparece al comienzo, sobre la gente que no tiene billete. Me pareció muy potente en muchos niveles. La dinámica de clases. Estuve en muchas de esas posiciones, tanto la de la persona que observa como la de quien no tiene el billete.
T.B.: Me recordó a cuando sorprendieron al Canciller de Hacienda George Osborne en primera clase sin un billete de primera clase. Dijo que no quería malgastar el dinero de los impuestos de la gente en un billete de primera clase.
M.F.: ¡Bien! Hay que respetar la desfachatez improvisada de esa excusa ridícula. Nada resume al capitalismo mejor que eso, el hecho de que aún exista la primera clase. El otro día fui a Liverpool, y parecía que había que caminar interminablemente hasta llegar a la primera clase. Y, por supuesto, no había nadie en primera clase. ¿Resulta económico tenerla, o existe porque el sistema de clases lo requiere?
S.B.: Esa es la atracción de la primera clase, que no haya nadie ahí. La idea de la competencia en el tren era por completo defectuosa. No se puede ir a otra línea, en otro tren que salga a la misma hora, porque no lo hay.
M.F.: Lo único que la gente nacionalizaría sin pensarlo creo que son los trenes.
S.B.: Es caro para el gobierno hacerse cargo de los trenes, porque dan un montón de dinero público a las compañías privadas que luego aun así nos cobran un montón de dinero. No liberó las cosas, no nos dio libertad. Yo quiero renacionalizar el espacio público, no necesariamente para el Estado.
Lo que el comunismo ofrecería sería tener estos espacios genéricos donde la gente pueda entrar sin necesidad de pagar por un café de mierda. Es el espacio público que necesitamos en el futuro
M.F.: Creo que hay que distinguir entre el espacio público y el Estado. El Estado es legítimo, diría yo, siempre y cuando facilite un espacio público, pero lo público debe ser pensado por separado. El Estado es una condición previa para lo público, pero no son lo mismo. La gente quiere espacios públicos, por eso Starbucks es popular, porque ofrece una socialización genérica. Es un espacio anónimo y genérico, incluso algo como el programa de talentos X-Factor, a la gente le gusta porque así participa de manera pública y colectiva en algo. Muestra que incluso en estas condiciones, donde ideológicamente todo va en contra de lo público, sigue habiendo un deseo de lo público, que solo recibimos de forma degradada. Lo que el comunismo ofrecería sería tener estos espacios genéricos donde la gente pueda entrar sin necesidad de pagar por un café de mierda. Es el espacio público que necesitamos en el futuro, en el que la gente se pueda reunir sin los agregados parasitarios del capital.
S.B.: Es como el tema de los medios y los fines. Ya decir esto me gusta. Yo voy hacia allá porque me gusta. Me parece difícil imaginar cómo sería el futuro ideal, pero pienso: ¿qué cosas funcionan? Hagamos más de esas cosas que funcionan.
M.F.: Creo que la tarea para nuestra imaginación hoy es pensar: ¿cuál es el futuro de lo público? Necesitamos aceptar que el cuento neoliberal que dice que lo público ya no existe se terminó. Si lo público no van a ser industrias estatizadas a la vieja usanza, centralización estatal y todo eso, ¿cómo va a ser en el futuro? No lo sabemos, tenemos que inventarlo.

“Desarrollo” vs. Sustentabilidad, los desafíos desde América Latina
Por Horacio Machado Aráoz*
El 21 de febrero de 1972, meses antes de que la ONU convocara la I Cumbre sobre el Medio Ambiente Humano (Estocolmo), un líder político del Sur global advertía que “ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biósfera, la dilapidación de los recursos naturales, y la sobreestimación de la tecnología […] El ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente […] si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, solo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas” (Perón, 1972).
Hoy, casi 50 años después, vivimos la catástrofe. Somos habitantes de un mundo de
destrucciones socialmente producidas, pero políticamente naturalizadas. El año que pasó –junto a temperaturas récord en el Ártico y la Antártida; descomunales incendios en la Amazonía, en el Oeste norteamericano, en Siberia y en Australia– los humanos sufrimos la primera pandemia verdaderamente global. Por primera vez, un virus –un elemento básico del planeta– puso a toda la humanidad bajo la circunstancia de poder experimentar-nos como comunidad biótica: integrantes de una misma especie que comparten iguales requerimientos vitales e idénticos padecimientos y riesgos biológicos.
Irónicamente, en pleno siglo XXI, en la cumbre de una fenomenal carrera científico- tecnológica, las sociedades más avanzadas se han visto igualmente vulnerables; forzadas a recurrir a una tecnología medieval como único paliativo. Pero más irónico aún es “el origen industrial del virus”, vinculado a la producción agroalimentaria global y su expansión desproporcionada sobre los hábitats naturales que, a fuerza de monocultivos y mega granjas, han operado como una aplanadora biológica, generando las condiciones de esta y otras enfermedades zoonóticas (Wallace, 2016).
Vista en su etiología, la pandemia es fiel expresión del carácter contradictorio de nuestro curso civilizatorio: un modelo de “desarrollo” que, procurando construir las condiciones del bienestar humano, legitimándose en ideales que dicen querer poner fin a la escasez, al hambre y a la desprotección humana ante los riesgos naturales, ha pasado a funcionar como dispositivo estructural de degradación sistemática de la biósfera terrestre, justamente la que provee las condiciones fundamentales de nuestra existencia.
Desde (por lo menos) 1970 a esta parte, las advertencias ambientalistas han sido desechadas; de Estocolmo a Madrid (2020), las sucesivas cumbres de la Tierra han trazado un sarcástico camino: de la negación a la oficialización e institucionalización de la crisis ecológica global; y de allí, a la fase actual de banalización y naturalización. Hoy, a diferencia de décadas atrás, “todo el mundo sabe” y, al mismo tiempo, “nadie hace nada” (realmente conducente).
Las preocupaciones ambientales siempre han terminado sucumbiendo ante la prioridad
política excluyente del “desarrollo”. Y el problema del “desarrollo” es que, bajo la retórica “bienintencionada” de sus promesas, subyace una maquinaria de “destrucción creativa” (Joseph Schumpeter) diseñada para no parar; una maquinaria que no solo no tiene freno de emergencia (Walter Benjamin), sino que además entra en crisis cuando apenas se desacelera.
La idea de desarrollo supone, subrepticiamente, una dinámica inmanente de crecimiento
incesante (de la producción y el consumo de mercancías) como condición sine qua non para el (supuesto) logro de todos los objetivos políticamente deseables (de allí que el PBI sea considerado acríticamente el medidor universal del grado de “desarrollo” de los países; acaso también, de “felicidad” de las poblaciones). Incluso el “cuidado del ambiente” implicaría como requisito la necesidad primero de “desarrollarse”.
Así, “el desarrollo ha llegado a ser una cuestión de vida o muerte”, pues “el crecimiento
industrial tiene un carácter fatal si continúa su curso exponencial, […] tiende a aniquilar el ecosistema por una explotación insensata” (Morin, 1972: 61). En términos estrictamente racionales, sabemos que no es posible el crecimiento indefinido en un planeta con taxativos límites biofísicos. Crecimiento (ilimitado) y sustentabilidad son incompatibles; por tanto, “desarrollo sustentable” es un oxímoron. Sin embargo, siendo una idea absurda, el “desarrollo sustentable” sigue actuando como una política indiscutible. El crecimiento funciona en nuestras sociedades como dogma sagrado y la acumulación de riquezas (financieras), como su verdadera religión: lo que inmensas mayorías asumen y lo que determina el sentido de sus vidas.
Ahora bien, tal credo solo resulta eficaz a condición de restringir la noción de “riqueza” a
meras formas abstractas, pues únicamente los valores financieros podrían crecer de forma indefinida. El economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen (también a inicios de los 70) señaló como un error grave confundir riqueza con dinero y pensar la economía abstraída por completo de los flujos de materiales y energía provenientes de los ecosistemas. Pues, el velo del dinero encubre el empobrecimiento real que supone la destrucción y agotamiento de recursos bajo la fachada del crecimiento del PBI. Para el fundador de la economía ecológica, una economía centrada en el dinero no solo ocluye el costo ambiental del crecimiento, sino también su costo social: el hecho de que la expansión económica se logra a expensas del aumento de la tasa de explotación, de la naturaleza externa (suelo, agua, energía, minerales, etcétera) y de la interna (cuerpos de trabajadores).1
Para ser más precisos, el crecimiento de la economía supone no solo el aumento de la tasa de explotación de los recursos, sino también la profundización de las desigualdades históricas en la apropiación diferencial de la naturaleza (incluido el trabajo humano). Esto es clave para nuestro país y para toda América Latina. El patrón de división internacional del trabajo (y de la naturaleza) que venimos arrastrando desde la época colonial funciona como un mecanismo estructural de transferencia sistemática de riquezas naturales hacia los países “industrializados”. Solo a condición de ese fenomenal subsidio ecológico, la maquinaria industrial del mundo ha podido seguir funcionando (hasta ahora).
Desde hace por lo menos 50 años sabemos que “las mal llamadas ‘sociedades de consumo’ son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo” que funcionan en “los paísestecnológicamente más avanzados mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo” (Perón, 1972). Cada ciclo de crecimiento de la economía mundial ha estado basado en lo que el historiador ambiental Jason Moore llama “apropiaciones de frontera”: mecanismos político-económicos a través de los cuales los países periféricos “envían vastas reservas de trabajo, alimento, energía y materias primas a las fauces de la acumulación global del capital” (Moore, 2013: 13).
Desde que iniciamos como pueblos nuestro camino en busca de la independencia, a principios del siglo XIX, lo hicimos por la senda equivocada de suplir el gobierno externo con élites internas, pero manteniendo y profundizando la misma plantilla económica y socioterritorial impuesta. Las ciencias sociales en América Latina nacieron de la crítica a esa historia, la de la conformación de sociedades fundadas en la apropiación oligárquica de la tierra para la organización y administración de economías primario-exportadoras. Para lxs economistas fue la causa de nuestro subdesarrollo y dependencia; para lxs sociólogxs, las raíces de las desigualdades extremas y el autoritarismo.
La ecología política ve en ese modelo un esquema insustentable de depredación creciente, de injusticia y violencia (económica, política y socioambiental) estructural. Eso que llamamos “extractivismo” no es solo una cuestión ambiental; es un concepto político que da cuenta de las interrelaciones existentes entre sobreexplotación de recursos, concentración económica y autoritarismo político. Así, reconocer las ineludibles conexiones entre sustentabilidad, equidad y democracia implica que, si queremos apuntar a ellas, debemos empezar por abandonar el extractivismo.
Desde esa óptica, como región y como país, tenemos un gran desafío y oportunidad para hacer una contribución crucial al principal problema político que afrontamos como especie: salirnos de la matriz extractivista heredada de la colonia es reducir nuestra cuota de subsidio ecológico a los sistemas sociales de despilfarro masivo. Es la base para buscar otras alternativas al desarrollo; procurar matrices socioeconómicas, políticas y ecológicas donde sea posible conjugar salud de la Tierra, salud de los cuerpos y de la sociedad.
En esa dirección parece oportuno retomar viejos consejos: “Debemos cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros […] De nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos aferrados a métodos de desarrollo, preconizados por esos mismos monopolios, que significan la negación de un uso racional de aquellos recursos. […] El problema básico de la mayor parte de los países del Tercer Mundo es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular […] La humanidad debe ponerse en pie de guerra en defensa de sí misma”. En pleno siglo XXI no nos está permitido recaer en las necedades del XIX: no podemos seguir buscando la independencia ni profundizando lo que nos hace esclavos. No podemos continuar pensando el bienestar humano de espaldas a la Madre Tierra.
*Investigador del Conicet, coordinador del Grupo de Ecología Política del Sur (CITCA), director
del Doctorado en Ciencias Humanas de la UNCa.
Notas:
1. El planteo de la economía ecológica no supone oponerse absolutamente al crecimiento de la producción, ni a la innovación tecnológica, sino que plantea la necesidad de establecer límites y regular el ritmo y sentido de los procesos productivos, tanto para adecuar las tasas de extracción y consumo de materia y energía a las condiciones ecosistémicas, como para orientarlos prioritariamente a la satisfacción universal e igualitaria de las necesidades vitales.
Bibliografía:
– Moore, J. (2013), “El auge de la ecología-mundo capitalista”. Laberinto N° 38.
– Morin, E. (1972), “Conciencia ecológica”. En Ecología y Revolución. Nueva Visión, Bs. As.
– Perón, J. D. (1972), “Mensaje ambiental a los pueblos y gobiernos del mundo”.
– Wallace, R. (2016), “Big farms make big flu”. En Monthly Review Press.

China: ¿crisis demográfica?
Por Michael Roberts
Recientemente se ha hablado mucho de la desaceleración del crecimiento demográfico en China. La población de China creció a su ritmo más lento en décadas en los diez años anteriores a 2020, según los datos del último censo, que también demuestran que los nacimientos disminuyeron drásticamente el año pasado. El censo nacional decenal, que se finalizó en diciembre, muestra que la población china aumentó hasta los 1.410 millones en 2020 en comparación con los 1.400 millones del año anterior. La población creció solo un 5,4%, desde los 1.340 millones de 2010, la tasa de aumento más baja entre dos censos desde que la República Popular de China comenzó a recopilar datos en 1953. Los mayores de 65 años representan ahora el 13,5% de la población, en comparación con el 8,9% en 2010, cuando se llevó a cabo el último censo.
Esto ha llevado a muchos estudiosos de China y economistas occidentales a argumentar que la fenomenal tasa de crecimiento de China, que ha sacado a más de 850 millones de chinos de la pobreza (definida oficialmente) se ha agotado. El argumento es que los niveles de vida han aumentado para el chino medio porque China desplazó su enorme fuerza laboral del campo a las fábricas en las ciudades para producir bienes para la exportación a precios bajos. Ahora, con una población que envejece y una población en edad laboral que disminuye, la economía de China se debilitará. Dada la caída de la población activa, junto con la intensificación de la campaña de Estados Unidos y sus aliados occidentales para aislar económica y técnicamente a China, la historia del crecimiento de China ha terminado.

Bifo: «Hay una crisis de la mente crítica»
por Dolores Curia
Franco «Bifo» Berardi, activista emblemático del movimiento insurreccional italiano del 68
En La segunda venida, su libro que acaba de editar en Argentina, si bien habla del fin del mundo, en un sentido más o menos metafórico, también se pregunta si es posible cambiarlo para mejor.
La de Franco Berardi –teórico y activista emblemático del movimiento insurreccional italiano del 68, mejor conocido como “Bifo”– es una filosofía en llamas. Un pensamiento que por su pretensión de hablar de las cosas mientras pasan a veces lo pone en peligro de pecar de filósofo-pitonisa, o de agorero. Dice que falta desacelerar y pensar. Parafrasea a Marx a contramano: pide que volvamos a interpretar el mundo, antes de transformarlo. Ejercer la crítica es, dice Bifo, un desafío en tiempos en los que la información va más rápido que la capacidad de procesarla. Hace tiempo que se preocupa por los modos en los que la aceleración informática está cambiando la sensibilidad y la capacidad de deliberación.
En La segunda venida, su libro que Caja Negra acaba de editar en Argentina, si bien habla del fin del mundo, en un sentido más o menos metafórico, también se pregunta si es posible cambiarlo para mejor. ¿Es todavía viable la convivencia y la empatía en un contexto de guerra civil global, de efervescencia neofascista y de lo que Berardi llama “apagón de la sensibilidad”, una ola de “idiotez propagada por el mundo” en forma de “rebeldía contra la ciencia y la razón”? El estado de situación que describe es la caída de “la ilusión neoliberal” que arrastra hacia “una obsesión con la política indentitaria” (los neonacionalismos, los racismos). “¿Cómo podemos pensar en recomponer un cuerpo tan disgregado, una mente tan miedosa?”, se pregunta Berardi en diálogo con Página12.
En los 70 Berardi participó de la creación de la pirata Radio Alice, una de las más famosas experiencias europeas de comunicación cooperativa. Hacia finales de los años 70 fue arrestado, en el contexto de las persecuciones contra militantes de la autonomía obrera, la radio fue clausurada y Bifo terminó exiliado en París, donde se vinculó con Félix Guattari y a Michel Foucault. Durante los 80 vivió en Estados Unidos, empezó a investigar sobre el cyberpunk. En 2002 fundó TV Orfeo, la primera televisión comunitaria italiana. Hoy, trabaja como maestro de escuela media en el Instituto Aldini Valeriani, en Bolonia. Este libro es la aventura de un diagnóstico. Y también un manual de instrucciones para lidiar con un mundo zombi, que Berardi describe como el ejército de autómatas –que somos todxs– sin tiempo ni capacidades cognitivas suficientes para elaborar la complejidad del mundo contemporáneo. Berardi tiene 68 años y en La segunda venida, relata que vive en el mismo barrio donde vivía cuando era estudiante, hace 50 años. “Prácticamente nada ha cambiado en el paisaje excepto los estudiantes. Los veo desde mi ventana: solitarios, mirando las pantallas de sus smartphone, apurándose nerviosamente para no llegar tarde a clase, volviendo con caras tristes a los costosos cuartos que les alquilan sus familias. Siento su melancolía, siento su agresividad latente en su depresión. Sé que esa agresividad puede brotar y expresarse bajo el estandarte del fascismo. No del viejo fascismo que explotó de energía futurista, sino del nuevo fascismo que resulta de la implosión del deseo, del intento de mantener bajo control el pánico y de la rabia depresiva de la impotencia”.
–La anterior es una cita que sin duda lleva a la pregunta: ¿No hay en esos modos de conexión –por su globalidad, por su velocidad– posibilidades emancipadoras?
–Claro que sí, claro que hay enormes potencialidades de emancipación tanto en los medios digitales como en el progreso técnico en general. Pero la transformación técnica y mediática implica una mutación antropológica, y particularmente psíquica, que tenemos que valorar. Seguramente yo me pierdo mucho del potencial de la nueva tecnoesfera, pero la generación que más sufre es la nueva. Hay toda una literatura (pienso en el libro de Jean Twenge sobre la generación hiperconectada, por ejemplo) que muestra cómo la mutación conectiva está produciendo una ola de psicopatía que golpea sobre todo a la generación que aprendió a decir más palabras gracias a una máquina que a la voz de la madre.
–Dice que a la humanidad no le queda alternativa: comunismo o extinción. Nos invita a prepararnos a cuando acontezca lo imprevisto, la irrupción de un neocomunismo que poco tiene que ver con el de 1917. Pero no dice cómo llegaremos a él…
–Marx ha dicho, no me acuerdo cuándo, que no le interesaba escribir recetas para el restaurante del porvenir. Y, de hecho, no se puede encontrar una descripción utópica del futuro comunista en su obra. ¿Por qué? Porque el comunismo no es un estado futuro, es la tendencia posible. No la necesaria –cuidado–, la posible. Hoy, en el agujero negro que se va revelando con la pandemia, y sobre todo después de cuarenta años de devastación sistemática de tipo nazi-liberal, me parece que la perspectiva más probable es un proceso caótico de autodestrucción del género humano. Pero también veo una tendencia hacia la formación de comunidades igualitarias y frugales. Igualdad y frugalidad son los caracteres esenciales del comunismo posible y urgente (pero a nivel mayoritario, no muy probable). Frugalidad no significa sacrificio, ni pobreza. Al contrario, significa una relación concreta con lo útil. Una autonomía en la relación de intercambio abstracto de valor, y autoproducción comunitaria del concreto útil. No hay una tercera alternativa. O la frugalidad igualitaria o la barbarie desencadenada, la violencia totalitaria, la guerra global, la devastación mortífera. Comunismo o extinción.
–Sobre el concepto de conciencia de clase hoy: ¿Existe todavía? ¿Dónde reside hoy la conciencia de clase? ¿Qué formas toma?
–“Conciencia de clase” es un concepto que tenemos que precisar. ¿Qué es? ¿El efecto intelectual de la pertenencia a una clase social? ¿Un efecto determinista? ¿La posibilidad de compartir formas de pensamiento, de comportamiento? No lo sé. Yo prefiero pensar en términos de composición de clase para referirme a la estructura material del trabajo y de la sociedad, y de subjetivación para referirme al proceso de formación de un movimiento fundado sobre la condición material pero cargado de inconsciencia, de mitologías comunes, de imaginación, de deseo. Tenemos que investigar el inconsciente colectivo más que la conciencia de clase. El proceso de subjetivación contemporáneo es el resultado de una larga época de agresión mediática al cerebro colectivo, de disgregación del trabajo, de concurrencia entre trabajadores provocada por la precariedad, y, como si esto fuera poco, el resultado de un largo tiempo de aislamiento, de distanciamiento.
–La pandemia produjo una desaceleración del flujo de información y estimulación permanente. Por lo menos, durante los primeros momentos. ¿Se puede hablar de una desaceleración hoy, un año después?
–La deflación del ritmo cognitivo, psíquico y social es un aspecto que se manifestó claramente al comienzo de la pandemia pero que después nunca desapareció. La mayoría de los trabajadores, y sobre todo de las trabajadoras, no han podido relajarse mucho en la fase pandémica. A pesar del peligro de contagio, han sido obligados y obligadas a continuar con su trabajo. El efecto deflaciónsigue siendo dominante en la mente colectiva, no solo porque hay muchas cosas que no se pueden hacer, sino sobre todo porque las expectativas de la época neoliberal (crecimiento constante, competencia ininterrumpida, mitología de la energía competitiva y agresiva, mitologías publicitarias) se han visto disueltas. La euforia agresiva producida por la ideología neoliberal no volverá, creo. Solo puede regresar la tristeza agresiva, la rabia depresiva que se manifiesta como histeria de la libertad individualista. La fuerza de la derecha hoy se funda sobre esta tristeza: el fascismo como reacción histérica a la depresión.
–Hablando de subjetivación contemporánea y mitologías… el filósofo francés Jacques Rancière dice que se ha exagerado con respecto al efecto que tienen en ésta las fake news. Que éstas no representan necesariamente un engaño. Dice: “No creo que la gente que adhiere a las teorías conspirativas haya sido engañada. Adhieren porque están de acuerdo, su problema no es si es cierto o no, sino si les gusta o no”. ¿Qué opina usted?
–Coincido. La noción de fake news está vacía. Siempre ha habido noticias falsas en el discurso público. Hoy hay muchas más porque el volumen de información se ha ampliado. Lo que ha cambiado no es la falsedad del discurso: hay es una crisis de la mente crítica. La crítica no es una facultad natural de la mente humana, se manifiesta cuando la comunicación pública se convierte en comunicación escrita. La crítica deviene una modalidad del discurso público cuando una parte amplia de la población puede leer y releer textos escritos. La crítica necesita del ritmo de la comunicación. Cuando el ritmo de la comunicación se acelera hasta el ruido blanco, la mente pierde su capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. No podemos contar mucho con la mente crítica. En el futuro, la capacidad crítica habrá desaparecido de la mente humana, será solo el privilegio de una minoría que pueda leer y abstraerse del ruido.
–Entonces, ¿cómo podemos pensar en producir efectos de solidaridad, de emancipación, si no hay crítica?
–Este es un punto… En el pasado, la mente crítica era la condición de la subjetivación progresiva y solidaria. Hoy creo que solo puede serlo la sensibilidad, un tipo de sentimiento mucho más sutil, que no concierne a la razón, que sobre todo concierne a la emoción, al sufrimiento, al placer. Por eso, me parece que la comunicación política tiene que transformarse en comunicación esencialmente estética, en un sentido más amplio de la dimensión del arte. Estética no es solo la facultad de entendimiento del arte, es también la facultad de entendimiento de la percepción psíquica, del dolor, del deseo…
–Hay una sensación de que la rebeldía y la irreverencia se volvieron de derecha y que la izquierda quedó ligada a la corrección política. O como se ha dicho por ahí: que las izquierdas no aprendieron a hacer memes. ¿Cómo lo ve usted?
–¡No estoy de acuerdo! Todo lo contrario, en los últimos cincuenta años, desde el Mayo Francés hasta al black power, desde el Movimiento Antiglobalización hasta Occupy Wall Street, los memes más poderosos y más significativos han sido el producto del progresismo. La derecha no es ni más inventiva ni más inteligente.
–¿Pero no cree que hay algo de los modos de convocar que está fallando?
–Creo que hoy la derecha puede fundar su comunicación sobre una verdad profunda que la izquierda no sabe interpretar: la impotencia, la agresividad que nace de la impotencia. La derecha habla directamente del sufrimiento de los hombres blancos envejecidos, y de los hombres blancos que son jóvenes pero que están deprimidos y furiosos por su impotencia política, psíquica y sexual. No habla de manera sincera, naturalmente. Habla a los impotentes exaltando la potencia infinita de la raza, de la violencia, del trabajo, de la competencia. La izquierda sigue repitiendo palabras cada vez más vacías sobre la democracia. La democracia está muerta, es un ritual ineficaz cooptado por automatismos técnicos y financieros. Es un ritual inútil porque las condiciones de formación del pensamiento colectivo y de la decisión colectiva son manipuladas por el predominio mediático del capital. La democracia es una condición política buenísima y favorable al progreso social cuando hay fuerza cultural para imponer los intereses de los explotados. Es una metodología. La izquierda transformó la democracia en un valor. Y la democracia no es un valor: es una condición de posibilidad. Y ahora esta condición ha sido destrozada.
–En La segunda venida ha escrito que “en los 60 los partidos de izquierda y los sindicatos vieron en la tecnología un peligro, en lugar de una oportunidad de la cual adueñarse para volcarla en el interés de la sociedad”. ¿Cuál es la actualida-d de este problema?
–El movimiento obrero y progresista percibió a las tecnologías conectivas como un peligro. Lo eran, pero al mismo tiempo eran la condición para entender la nueva composición social. Ahora ya es tarde para entenderlo, porque las nuevas tecnologías ya se han consolidado como infraestructuras de un poder transpolítico. La fuerza y la pertinencia misma de la política se han disuelto. Hoy el problema de la subjetividad social se mide en términos psicoanalíticos, no políticos. No existirá en el futuro el objetivo de gobernar el conjunto de la sociedad. Se pondrá el foco en el problema de proteger comunidades autónomas capaces de vivir en condiciones de aislamiento, pero al mismo tiempo, capaces de interactuar en condiciones de autosuficiencia alimentaria, educacional, tecnológica.
–También dice que la humillación, como concepto, no ha sido tematizadalo suficiente por la teoría política. ¿Por qué es clave hoy? ¿Cómo hacer para ofrecerle a los humillados otras vías de escape que no sean el fascismo?
–Gunther Anders, un judío de Alemania que se casó con Hannah Arendt, ha sido el pensador que mejor entendió estos temas de la humillación como efectos de la omnipotencia de los automatismos técnicos y como causas del fascismo. En los años 60, bajo el influjo de lo que sucedió en Hiroshima y de la proliferación de las armas nucleares, Anders publicó un libro que se titula Die Antiquiert der Menschen. Ahí dice que los hombres perciben la omnipotencia de la máquina (que es un producto de la inteligencia humana) como algo que supera y aniquila la inteligencia humana misma. Ahí hay un núcleo profundo de la humillación como concepto político. A la intuición de Anders hoy debemos añadir una nueva dimensión de la humillación masculina: la impotencia psíquica y sexual vinculada al envejecimiento de la población blanca en el planeta.
