Tres momentos en la relación con el libro (lectura/escritura)

Por Amador Fernández Savater

–El rechazo del libro. Como representación, como mentira, como alejamiento de la vida. Salir del Libro, ir a las cosas mismas, sin mediaciones. La mejor lectura es la acción misma. “Los filósofos hasta ahora se han limitado a interpretar…”. La palabra como traición a la intensidad, “la poesía es el cementerio de los instantes vividos”. Los libros más inspiradores son los que denuncian la insuficiencia de todos los libros, los que llaman a ir más allá, como el “Tratado del saber vivir” de Vaneigem o “Do it” de Jerry Rubin.

–El libro como herramienta. Leer, sí, pero para intensificar las prácticas, contribuyendo a darles nombres. La verdad del libro está fuera del libro, en las experiencias colectivas, leer desde ellas, juzgar desde ellas la pertinencia o no de los libros. Contra el fetichismo del libro, contra la lectura en circuito cerrado, el libro como instrumento o caja de herramientas. Las luchas organizando el sentido, leer en función de algo que está más allá del libro, mapa y territorio. Prácticas de escucha de lo social y de intensificación a través de la palabra, como en Socialismo o Barbarie o la Izquierda Proletaria.

–El libro como práctica. “Pensar no sirve para luchar, sino que él mismo es ya lucha”. Horizontalidad de los libros y de la vida, ni son una mentira ni detentan la verdad. Leer con la misma atención e intensidad con la que se está en la plaza. Con la misma escucha. No como mapa, sino como acción, otro trozo más de territorio, acontecimiento. No como instrumento de, sino como otra práctica más. Práctica de transformación. Para leer hay que activar el cuerpo, para entender hay que movilizar los afectos. Salir del libro como circuito cerrado sin salir del libro, sino saliendo de cierta forma de leer. La que repite, la que no prolonga. Leer como otra aventura más, igual de apasionada o perturbadora que las otras. ¿Qué tipo de intervención política es la que se abre desde ahí?

Sheila Fitzpatrick: Una vida entre los archivos soviéticos

Por Mariano Schuster

Sheila Fitzpatrick (Melbourne, 1941) es una de las historiadoras más importantes e influyentes de la actualidad. Dedicada al estudio de la historia de la Rusia soviética desde hace más de 50 años, ha hecho grandes contribuciones a la comprensión de la vida del campesinado y de la población industrial durante el estalinismo, a la vez que ha abordado cuestiones asociadas a la clase y la movilidad social en la Unión Soviética.

Profesora de Historia en la Universidad de Sídney y profesora emérita de la Universidad de Chicago, Fitzpatrick se ha destacado por la puesta en práctica de una «historia desde abajo» que permite ver aspectos decisivos y particulares de la vida cotidiana en la urss. En contraste con el modelo propuesto por la «escuela del totalitarismo» –que tendía a analizar el mundo soviético «desde arriba», considerando que alcanzaba con conocer las decisiones del Estado, los líderes y el Partido–, Fitzpatrick centró sus estudios en las relaciones sociales de los ciudadanos y en las complejas interacciones de estos con las instancias gubernamentales, incluidos los resquicios en los que las órdenes estatales eran desafiadas de distintos modos.

Reconocida internacionalmente por libros como Lunacharski y la organización soviética de la educación y de las artes (1917-1921), La Revolución Rusa, La vida cotidiana durante el estalinismo y El equipo de Stalin, acaba de publicar The Shortest History of the Soviet Union [Brevísima historia de la Unión Soviética], que será publicado próximamente en español y portugués. En esta entrevista de Mariano Schuster del verano de 2022, Fitzpatrick repasa su obra y su vida entre archivos soviéticos, comenta sus influencias y sus modos de hacer historia, y se adentra en algunos de los grandes debates contemporáneos que tienen como eje a la Rusia de Vladímir Putin.

Su último libro, The Shortest History of the Soviet Union, fue publicado a 30 años de la caída de la Unión Soviética y en un contexto en el que Rusia y sus vecinos vuelven a estar en el centro de los debates sobre la política global. ¿Por qué es importante volver sobre la historia soviética?

Si quisiera entender el presente, lo primero que abordaría como lectora de este libro serían, de hecho, los últimos capítulos. En ellos relato y analizo la ruptura y la caída de la URSS. Entender la desintegración de la URSS, así como las formas y las causas por las que se produjo ese proceso, resulta muy relevante para comprender el presente.

Desde mi punto de vista, la importancia de este libro es diferente, dado que yo, obviamente, no soy su lectora sino su autora. Me lo encargaron en 2020 y lo escribí en 2021. Y lo que me resultó realmente interesante fue el hecho de que, con el colapso de la URSS, esa historia tuvo un principio y un final. Normalmente, escribimos historia y no hay un final, se trata de un proceso continuo que se sostiene en el tiempo. Pero en esta historia contamos con un principio y un final que puede delimitarse con nitidez. Eso impone una perspectiva distinta a la de otros episodios históricos. Y ese es el interés para mí: dar un paso atrás y ver esa historia como algo finito y no como un proyecto en curso.

Su padre, Brian Fitzpatrick, fue un destacado activista por los derechos civiles, además de un socialista democrático que, como usted misma ha dicho, gustaba de escandalizar a la burguesía. ¿Cuánto influyó en usted el contexto familiar a la hora de definir la historia soviética como su campo de estudio?

Me influyó, aunque no siempre de forma directa. Yo identificaría dos cuestiones muy particulares. Una es que, siendo una adolescente, en la década de 1950, desarrollé el tipo de crítica que realizan los jóvenes de esa edad a todos los aspectos posibles de la vida de sus padres. En ese sentido, comencé a desafiar a mi padre, no tanto en sus creencias políticas fundamentales –que estaban asociadas y vinculadas profundamente a la lucha por las libertades civiles–, sino en relación con algo bastante periférico para él: su admiración por la URSS. O al menos su esperanza de que la URSS fuera en algún momento digna de un sentimiento de ese tipo. No sabía mucho sobre esa experiencia, pero al igual que otras personas de izquierda sentía que probablemente la URSS estaba siendo calumniada por la prensa capitalista y eso lo llevaba a algún tipo de apoyo. Yo consideraba que él no tenía suficiente información y por eso lo acribillé un poco con mis cuestionamientos. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era extremadamente difícil formarse una opinión sobre la URSS porque la bibliografía disponible no solo era escasa, sino completamente contradictoria. Se trataba de libros partidistas a favor o en contra, y resultaba imposible comprender lo que realmente había ocurrido o estaba ocurriendo allí. Y ese me pareció un reto interesante.

La segunda cuestión que influyó en mi decisión de dedicarme a la historia rusa es que, en la Universidad de Melbourne, donde yo cursaba Historia, había que estudiar una lengua extranjera. Yo quería aprender alemán, pero no me dejaron hacerlo porque no tenía una base previa –dado que no lo ofrecían como parte del currículo en mi escuela secundaria–. Así que mis padres me sugirieron que estudiara ruso. El motivo que estuvo detrás fue el emblemático episodio de la Guerra Fría en Australia: la deserción del diplomático soviético Vladímir Petrov, que llevó a la creación en 1954 de una Comisión Real de Espionaje [Royal Commission on Espionage]. En el ambiente de histeria que siguió, algunos miembros del Parlamento empezaron a cuestionar la lealtad de la persona que dirigía el Departamento de Lengua y Literatura Rusa de la Universidad de Melbourne. Se trataba de una especie de campaña de difamación legalmente permitida. Era una rusa llamada Nina Mikhailovna Christesen, casada con el director de una revista literaria que era amigo de mi padre. Mis padres, como otros miembros de la intelectualidad de izquierdas con hijos en edad universitaria, me sugirieron que estudiara ruso para que el número de alumnos de Nina aumentara y las cosas fueran más fáciles para ella. Así que eso hice. Hice el primer curso de ruso, que era todo lo que se requería. Pero después de terminar ese curso, pensé: «No sé lo suficiente del idioma para que sea útil. Haré también el segundo año». Y, de hecho, cursé el segundo año en ruso, lo que me proporcionó suficientes conocimientos de lectura como para arriesgarme a tratar un tema utilizando fuentes rusas para mi ensayo de investigación de cuarto año en Historia. Y eso me llevó a convertirme en una historiadora de Rusia.

Pese a que usted es muy reconocida por sus trabajos sobre el estalinismo, y también por su libro La Revolución Rusa, su primer trabajo estuvo dedicado a la figura de Anatoli Lunacharsky, el Comisario del Pueblo para la Educación tras la Revolución de Octubre. ¿Por qué la atrajo ese personaje tan particular?

No fue exactamente porque fuera mi héroe, aunque lo miraba con interés y, en general, con benevolencia. Pero sí había algunas buenas razones para abordar un estudio sobre Lunacharsky. En primer lugar, en la URSS acababan de empezar a publicar sus obras completas. Es decir, estaban publicando el material necesario para desarrollar una biografía intelectual, que es lo que yo inicialmente pensaba escribir. En las bibliotecas de Oxford podía encontrar buena parte del material prerrevolucionario, pero entonces los soviéticos estaban publicando una colección bastante completa de sus escritos posteriores a la Revolución. A medida que me adentré en el tema, me alejé bastante de Lunacharsky como intelectual y, por lo tanto, de mi proyecto biográfico inicial. Se trataba de un divulgador, básicamente muy ecléctico, que recogía muchas ideas y las entrelazaba muy rápidamente en una especie de narración que no solía ser muy profunda. Sin embargo, su actividad como Comisario del Pueblo para la Educación (una suerte de comisario de la Ilustración), me resultó profundamente interesante, especialmente después de mi llegada a la URSS para investigar. Y terminé escribiendo mi disertación sobre eso.

Había otro aspecto que me interesó en Lunacharsky y era el que se vinculaba con su papel de autoproclamado mediador entre la intelectualidad y el Partido Comunista. Creo que esto tenía algo que ver con mi padre, quien, de hecho, había desarrollado un papel político informal en Australia como mediador de trastienda, alguien que no era miembro de ningún partido político pero que mantenía contactos con comunistas, así como con figuras del Partido Laborista e incluso con algunos liberales. Hoy en día no estoy segura de si admiraba el papel de mediador de mi padre o lo criticaba, pero me interesaba como autodefinición y modus operandi.

En 1966 fui a la URSS para un año de investigación como estudiante de intercambio británica, con la esperanza de que me permitieran trabajar en los documentos personales de Lunacharsky, que estaban en los archivos del Partido Comunista. A los soviéticos no les gustaba dar acceso a los archivos de la época soviética a los extranjeros y me negaron la consulta. Sin embargo, tras algunos meses de lucha, me permitieron ingresar en los Archivos Estatales, considerados menos sensibles políticamente, para trabajar en los archivos del ministerio de Lunacharsky (Narkompros) de la década de 1920. Esos materiales del Narkompros eran absolutamente fascinantes. A través de ellos aprendí sobre Lunacharsky, pero sobre todo empecé a entender cómo funcionaba la política en la URSS. La idea predominante sobre la urss, encapsulada en el modelo totalitario, sostenía que toda la política se formulaba en el Politburó y luego se transmitía hacia abajo. Pero lo que descubrí en los archivos fue que el Ministerio de Educación formulaba políticas (al igual que otros ministerios, departamentos del Comité Central del Partido, etc.) y luego intentaba presionar al Politburó, al gobierno, al Consejo de Ministros y a las personas que lo integraban para que sus políticas fueran aprobadas. A veces tenían éxito y otras no, pero yo estaba viendo un proceso político que el modelo totalitario simplemente no permitía ver.

Cuando usted comenzó sus estudios historiográficos sobre el comunismo soviético, esa perspectiva de la «escuela del totalitarismo» era predominante en la sovietología. Sin embargo, usted adoptó una postura diferente, enfocándose en una «historia desde abajo», que atendía y hacía eje en la vida cotidiana. ¿Cuáles eran sus críticas o sus reparos hacia ese paradigma y por qué eligió abordar la historia soviética desde un enfoque societal?

Mis primeros encuentros negativos con el «modelo del totalitarismo» se produjeron a partir de mi trabajo de archivo en la URSS. Eso sucedió antes de que me fuera a Estados Unidos, a principios de la década de 1970. Sin embargo, cuando me afinqué allí, la cuestión se volvió más importante para mí porque los estudios soviéticos en EE.UU. estaban entonces dominados por politólogos cuyo modelo favorito era el del totalitarismo. Era un campo muy politizado en la Guerra Fría, y el «modelo del totalitarismo» –basado en la idea de la similitud esencial entre el sistema soviético y el de la Alemania nazi– no solo servía a los fines académicos, sino también políticos.

Mi decisión de hacer «historia desde abajo» no se produjo durante mi primer periodo de investigación en la Unión Soviética, sino después de mudarme a EE.UU.. Eso reflejaba, en primer lugar, lo que estaba sucediendo en la historiografía profesional en su conjunto. Todos se dirigían hacia la historia social, que había sido cuantitativa, pero en ese momento estaba pasando a ser más cualitativa. Hacer historia social entonces era como hacer historia cultural en los años 90: todo el mundo se sentía atraído por ella. En el caso soviético, existía una cuestión adicional. Si la historia se escribía considerando que todo venía «desde arriba», hacer historia era muy fácil: se podían leer todas las declaraciones oficiales, las resoluciones del Comité Central, las leyes del Consejo de Ministros y decir: «Perfecto, esto es lo que ha pasado». Si, por ejemplo, alguien estaba interesado en el campesinado, podía leer todas las leyes y resoluciones relativas al campesinado y deducir la situación real. Pero las cosas no funcionaban de ese modo en la URSS. Como percibí más tarde con bastante cinismo, las leyes y las instrucciones eran a menudo más útiles para el historiador social por una especie de lectura inversa: te decían cómo las autoridades querían que fueran las cosas, no cómo eran; y sus listas de prohibiciones eran a menudo una excelente guía de los tipos de prácticas que eran habituales en la vida real.

Pensé que hacer historia desde abajo también era un reto especialmente interesante en la historia soviética porque nadie había intentado hacerlo antes. No estaba muy claro cuáles serían las fuentes, aunque era evidente que eran inadecuadas, especialmente para los años 30 y 40. Pero ¿era posible o no? Me gustan bastante los retos, así que pensé que podría ser factible. Pensé que podría ser factible incluso en lo que se refería a los archivos soviéticos, a pesar de todos los problemas de acceso a los archivos para los extranjeros, que incluían no poder ver nunca los catálogos o inventarios y, por tanto, tener que adivinar qué tipo de material podían contener los archivos. Sin embargo, a mediados de los años 70 yo era al menos una persona conocida, así que supuse que no iba a ser tan difícil. Ciertamente, los soviéticos estaban mucho más dispuestos a entregar el material relacionado con cuestiones sociales que políticas. Les preocupaba mucho que la gente buscara información sobre Trotsky o sobre Bujarin. Esas eran sus obsesiones. También podía ser un problema si se buscaba material sobre el campesinado en la época de la colectivización. Pero obtuve una buena cantidad de material, en particular sobre los sindicatos y la industria pesada a finales de los años 20 y 30. Lo que yo buscaba, en realidad, era analizar y comprender los procesos de interacción entre los trabajadores de base y la administración de las empresas. Y pude conseguirlo con esos materiales.

A la vez, descubrí que me interesaba la cuestión de la movilidad social ascendente. Cuando trabajé por primera vez sobre la educación en torno de Lunacharsky, se me hizo evidente que la cuestión de dar «preferencia a los proletarios» ocupaba un lugar muy destacado y nadie tenía un marco teórico en el que colocar esta cuestión. Lo que los soviéticos decían era que estaban dando poder a la clase obrera a través del partido. Pero lo que hacían en realidad, y que tenía cierta resonancia en los trabajadores reales, era ofrecer oportunidades de movilidad ascendente a los trabajadores pero, sobre todo, a sus hijos. Les daban preferencia en la admisión a la educación superior, por ejemplo. Pensé que era un fenómeno realmente interesante y que merecía la pena estudiarlo, y que era viable hacerlo pese a las limitaciones de acceso a los archivos.

Los soviéticos, por supuesto, habrían rechazado el término «movilidad social ascendente». No reconocían esa noción y, seguramente, no habrían estado a gusto con esa interpretación de las «reglas de preferencia proletaria». Sin embargo, tenían su propio enfoque que sus historiadores llamaban «formación de la intelligentsia soviética». Ahora bien, la «formación de la intelligentsia soviética» significa, entre otras cosas, el ascenso social de gente de origen obrero y campesino. Por lo tanto, bajo ese título de formación de la intelligentsia soviética pude conseguir material de archivo sobre la movilidad social ascendente.

En «New Perspectives on Stalinism» [Nuevas perspectivas sobre el estalinismo], un artículo publicado en The Russian Review en 1986, usted planteó, en consonancia con su crítica al modelo propuesto por la escuela del totalitarismo, que era posible pensar el estalinismo «desde abajo». Luego, efectivamente, fue lo que usted misma hizo y plasmó en su libro La vida cotidiana durante el estalinismo. ¿Qué modificaciones concretas implicó ese estudio sobre el estalinismo para comprender las formas del régimen? ¿Qué cuestiones salieron a la luz que no habían sido atendidas hasta entonces?

Como historiadora, siempre dudo de los modelos. Por lo tanto, lo que yo pretendía no era desarrollar uno alternativo al del totalitarismo, sino evidenciar y dar cuenta de aquellos aspectos que ese enfoque no permitía ver. En ese sentido, tampoco expresé mis ideas y mis análisis sobre el funcionamiento de la política soviética en términos de modelo. Al abordar la cuestión del funcionamiento de la sociedad, la imagen que ofrecí fue la de una amplia estructura institucional creada y controlada por el Estado, y la de individuos que no solo operaban dentro de esa estructura, sino en sus intersticios. En otras palabras, pretendí reflejar que para conseguir lo que necesitaban para la vida, las personas debían tener en cuenta esa estructura oficial y utilizarla de manera voluntaria o involuntaria. Para todo tipo de cosas necesitaban de esa estructura: para conseguir bienes de consumo, para hacer que los hijos recibieran una educación adecuada, etc. Allí operaban en los intersticios por medio de conexiones personalistas.

Es importante destacar la importancia del término soviético «blat». Blat es un sistema de intercambio recíproco de favores: yo tengo la oportunidad de hacer ciertas cosas por ti debido a mi posición; tú, en cambio, tienes otras oportunidades y puedes hacer otras cosas por mí. Pero no es una relación cruda que se pueda monetizar y tampoco la contrapartida tiene que ser inmediata. No, es un balance continuo. De hecho, en esa economía de favores nos consideramos amigos, aunque hasta cierto punto se trate de una amistad instrumental. Esa forma de operar, de la que me di cuenta porque estuve en la URSS en los años 60 y la observé de manera directa, fue muy importante, en mi opinión, desde el principio. Es interesante que, en China, donde se utiliza el término «guānxi» para definir este tipo de economía de favores, el sistema prevalece y muchos lo remontan a las raíces tradicionales chinas. Lo cierto es que allí tienen una estructura institucional y unas respuestas similares, formas análogas de lidiar con ella y de evadirla para desarrollarse.

Usted escribió un libro sobre la cúspide de poder del estalinismo. Me refiero a El equipo de Stalin, que usted misma definió como «una especie de etnografía del Politburó». ¿Por qué decidió, luego de trabajar la vida cotidiana, desarrollar un estudio sobre la estructura de poder en el estalinismo?

Nuevamente hay una serie de razones, pero quizás podría mencionar simplemente la principal: me gusta hacer cosas que no he hecho antes y no me gusta que me encasillen. Yo ya había pasado de ser historiadora cultural –o, más bien, historiadora de instituciones culturales– a trabajar en el campo de la historia social. Es decir, no me había mantenido en un solo campo.

Pero sobre esta cuestión específica, siempre había sabido algo sobre el Politburó en los años 20 debido a que, durante décadas, había cultivado una estrecha amistad con Igor Sats, el secretario de Lunacharsky. Sats había conocido a Trotsky, a Stalin, a Bujarin y solía hablarme de ellos, por lo que yo tenía una imagen de aquellos personajes y de sus interacciones personales que no estaba plasmada en la bibliografía de entonces. En particular, solía conversar sobre ello con el politólogo Jerry Hough, con quien entonces estaba casada. Jerry siempre me decía: «Deberías escribir esto porque da una imagen de la política soviética que simplemente no tenemos». Pero no lo hice porque quería hacer historia social. Mucho después de que Jerry y yo nos divorciáramos –de manera muy amistosa–, pensé: «¿Por qué no hacerlo?». Pero también pensé que algo de lo que había comprendido, a partir de mi trabajo sobre la vida cotidiana bajo el estalinismo, sobre la forma de hacer las cosas era, de hecho, perfectamente aplicable, por lo que me dije: «Si miro al Politburó, si aporto al Politburó soviético un cierto grado de conocimiento de segunda mano de las personalidades y un buen sentido de cómo operaba la gente en la URSS, podría hacer un trabajo de historia política realmente interesante». Y consideré que quizás esto podía aportar algo a la forma en que vemos y pensamos al propio Stalin. Porque ha habido una gran cantidad de estudios sobre Stalin, pero casi todos son biográficos. Yo no pretendía anular ese trabajo, ni decir «No, es el Politburó el que dirige todo, no Stalin». Intentaba ver cómo encajaba el Politburó en el sistema estalinista.

Stalin se reunía con los miembros de su Politburó (o a veces con un órgano ad hoc que se solapaba con el Politburó formal) prácticamente todos los días durante varias horas. Eso significa que el Politburó tenía una función que Stalin consideraba importante. Stalin era un hombre muy trabajador y era imposible pensar que fuera a pasar tiempo con ellos a menos que el Politburó tuviera un objetivo y una tarea definidos. Ese fue mi punto de partida: que el Politburó debía tener funciones y tareas de gobierno porque, de otra manera, Stalin no habría pasado tiempo dialogando a diario con sus miembros. Y estaba muy claro que pasaba tiempo allí porque los registros de su oficina estaban disponibles. Cada hora de su día en la oficina quedó registrada. Eso me permitió desarrollar mi trabajo, sobre todo porque esos registros estaban también publicados en Australia, y cuando comencé a trabajar el tema, me encontraba allí y viajaba periódicamente a la URSS.

Permítame preguntarle sobre su propia historia como investigadora. ¿Cómo fue trabajar en los archivos soviéticos?

Era difícil. Lo fue especialmente en los años 60 y 70 porque no entregaban catálogos ni guías. No decían qué material tenían. Tampoco lo publicaban. Así que había que hablar con un empleado de los archivos y decirle: «Mi tema es tal y tal, y quiero tal y tal material». Entonces, por supuesto, podían entenderte mejor o peor, y podían ser más o menos colaborativos. Era realmente complicado conseguir material de esa manera, a punto tal que, en el proceso, aprendí mucho sobre la burocracia y los archivos. Si pedías, por ejemplo, las actas de las reuniones de una determinada institución, pero las actas se llamaban protocolos, puede que no las trajeran a no ser que les cayeras bien. Pero si decías «Quiero protocolos» y tenían protocolos, a menudo se sentían obligados a traerlos. Y una vez que tenías los protocolos o las actas, entonces podías continuar mejor el trabajo, fecha por fecha. Ahora bien, muchos de los archivistas, esos funcionarios subalternos con los que traté, fueron de una enorme ayuda. Hicieron lo que pudieron por mí y, a menudo, con muy buena predisposición. Puede que tuvieran la sospecha de que, en los intercambios académicos, las potencias occidentales enviaban espías que se hacían pasar por historiadores. Sin embargo, si te veían trabajar regularmente durante un largo tiempo, se convencían de que realmente estabas escribiendo sobre historia. Veían que estabas haciendo tu trabajo y que no estabas simplemente sentada ahí. En mi caso, evidentemente, decidieron que yo era una verdadera historiadora.

Me gustaría contar una historia curiosa sobre esta cuestión. Algo que me sucedió ya en los años 80, una época en que durante bastante tiempo viajé a la URSS casi cada año. Un día, en el paquete de carpetas que recibí, había una sobre el uso de mano de obra de convictos en la industria pesada, un tema tabú. Yo estaba entonces trabajando sobre la industria pesada. Miré ese archivo y me dije: «Es increíble. Yo no pedí esto». Pero me senté, lo leí y tomé notas detalladas. Y luego volví y dije: «¿Puedo tener el siguiente año de la misma serie?». Pero, ciertamente, nunca obtuve más. En definitiva, parecía una cosa extraña que me había llegado y que me permitía llenar un vacío porque, por supuesto, el material sobre el uso de la mano de obra de convictos no era parte del archivo de acceso abierto. Muchos años más tarde, ya a finales de los 80, en tiempos de la perestroika, me encontré en una ocasión social con la subdirectora del archivo. Entonces, ella me dice: «¿Le gustó el regalo que le envié?». Y yo le pregunté: «¿Qué regalo?». Y ella respondió: «Le envié unas cositas sobre el trabajo de los convictos». Y mientras la miraba sorprendida, ella me explicó: «Lo hice porque vi que era muy trabajadora, siempre estaba trabajando. Pensé que eso merecía un reconocimiento».

En su autobiografía A Spy in the Archives: A Memoir of Cold War Russia [Una espía en los archivos. Memorias de la Rusia de la Guerra Fría], narra el momento que da título al libro: el de la acusación en 1968 en el periódico Sovetskaya Rossiya de ser una «saboteadora ideológica», una espía para Occidente disfrazada de académica. ¿Qué supuso para usted esa acusación y cómo transitó ese periodo?

No fue tan malo como parece o, en realidad, como podría haber sido. La realidad es que se equivocaron con mi nombre o, más bien, no sabían que yo era la persona de la que estaban hablando. Esto necesita un poco de explicación. Yo nací Fitzpatrick y publiqué mis artículos utilizando ese apellido. Pero me casé en Gran Bretaña con un hombre llamado Alex Bruce. Y pese a que yo hubiese deseado mantener mi apellido en el pasaporte británico, los británicos no lo permitían. Dijeron: «Usted es la señora Bruce». Así que conseguí un pasaporte que decía Sheila Bruce o, en ruso, Sheyla Brius. Mientras tanto, publicaba como Fitzpatrick. Solo tenía un artículo en aquella época, en una revista que seguía la vieja convención británica de utilizar las iniciales en lugar del nombre. Así que me llamaba S. Fitzpatrick. El periódico Sovetskaya Rossiya evidentemente tenía a alguien asignado para leer la prensa occidental con el fin de escribir artículos diciendo que esa gente era saboteadora y falsificadora. Tal vez la kgb le dijo que buscara a Fitzpatrick o, más probablemente, simplemente esa persona estaba leyendo la revista buscando algunos potenciales «falsificadores burgueses» para atacar, encontró ese artículo y pensó: «Bueno, esto encaja». Supuso que Fitzpatrick era un hombre, porque el apellido no da el género. Escribió en su artículo que Fitzpatrick era lo más parecido a un espía. Mientras tanto, yo seguía en Moscú como Sheyla Brius. Pero yo no leí ese periódico, y mis amigos tampoco. Cuando volví a Oxford, la gente de allí que estaba al tanto de la prensa soviética dijo: «Dios mío, te han denunciado como espía. ¿Pasó algo?». Así fue como me enteré. Supongo que después de un tiempo la KGB descubrió que Fitzpatrick y Brius eran la misma persona. Pero creo que en ese momento no sabían eso. En los archivos, la persona con la que trataban era Bruce (Brius), y no había nada contra nadie con ese apellido.

Acaba de mencionar su estancia en Oxford, donde se doctoró con su tesis sobre Lunacharsky. Mientras tanto, en Cambridge estaba E.H. Carr, el prolífico escritor, diplomático e historiador, cuyos estudios sobre la URSS habían adquirido gran relevancia. ¿Tuvo usted contacto con Carr? ¿Qué impresión le causó su obra?

Cuando fui a Oxford, la historia soviética no era considerada un objeto de estudio muy legítimo. Entre otras cosas, era vista como demasiado contemporánea y se asumía que no se podía conseguir material de archivo. Yo la veía como un campo más o menos virgen en la década de 1960. Había apenas algunas personas estudiando esos temas, pero yo los consideraba esencialmente como politólogos que se habían desviado hacia el campo de la historia. En definitiva, no había nadie cuyo trabajo sobre la historia soviética me pareciera de gran interés en Oxford.

Las dos personas que tenían un trabajo que sí me resultaba serio e interesante eran Leonard Schapiro, en la London School of Economics, y E.H. Carr, en Cambridge. Y tuve relación con ambos. Hasta el momento en que Leonard decidió que no le gustaba ideológicamente, me apoyó mucho y fue un gran patrocinador. En el caso de Carr, las cosas se dieron de otro modo y muchas veces me he preguntado por qué no fui en primer lugar a Cambridge a estudiar con él. Es uno de los misterios de la vida, pero lo cierto es que no lo hice. De hecho, tampoco me puse en contacto con Carr, aunque admiraba mucho su trabajo. Sin embargo, fue él quien un día se puso en contacto conmigo y entonces apareció la misma cuestión del apellido. Fue hacia 1968 o 1969. Carr me escribió una carta a mi dirección de Oxford dirigida a la «Sra. Bruce». Decía algo así como: «Querida Sra. Bruce, me pregunto si se ha dado cuenta de que una persona llamada Fitzpatrick está trabajando en su tema y ha publicado este artículo…». Así que le respondí: «Esa soy yo» (estoy segura de que él lo sabía y de que la carta era su pequeña broma). Me invitó a ir a Cambridge y visitarlo. Me apresuré a ir y nos hicimos, creo, amigos. Fue bastante curioso. Su oficina estaba en el Trinity College de Cambridge. Recuerdo que subí muchas escaleras oscuras para llegar allí y que las propias habitaciones estaban a oscuras, y allí estaba él: un hombre alto, mayor, de aspecto impresionante, sentado detrás de su escritorio. Entonces entré yo, una mujer joven y menuda. Gracias a nuestras conversaciones descubrí por qué se interesaba en mi trabajo. Aunque no se dedicaba básicamente a la historia cultural, tenía una sección sobre política cultural en el libro que estaba escribiendo. Creo que era el segundo volumen de Bases de una economía planificada. Era evidente, por mi artículo publicado sobre Lunacharsky, que yo sabía algo al respecto, y él quería informarse.

Carr siguió en contacto incluso después de que yo me fuera a EE.UU.. En cierto modo, él se mantuvo más presente conmigo que yo con él. No porque yo no hubiera querido, sino más bien porque pensé: «Él es un gran hombre, ¿y quién soy yo?». En 1971, cuando ya no estaba casada con Alex, y vivía en Londres, en una relación con un periodista que trabajaba para el Financial Times, Carr me escribió a la casa de esa persona, a quien nunca le había mencionado, en lugar de escribir a mi dirección de Oxford. Esa era otra de sus pequeñas bromas, supongo, una forma de decir: «Mis espías saben dónde estás».

Quisiera preguntarle ahora por algunas cuestiones vinculadas a la actualidad de Rusia y, en particular, por el modo en que se piensa desde la política contemporánea el proceso soviético. Vladímir Putin suele defender algunos aspectos de la URSS, pero desprecia la Revolución de Octubre (a punto tal que no se celebró su 100o aniversario en 2017). Parece ver la Revolución y a Lenin como generadores de caos y desintegración. ¿Dónde ubicaría a Putin desde el punto de vista ideológico y de su lectura de la historia rusa?

En cierta ocasión Putin se definió como un «producto puro y completamente exitoso de la educación patriótica soviética». Aun con la dosis de ironía de la expresión, hay mucho de cierto en ella. Por supuesto, es evidente que sobre Lenin se apartó bastante de aquello que le enseñaron, pero sobre Stalin se mantuvo en el mismo eje.

Para tener una perspectiva de las ideas de Putin sobre la Revolución Rusa conviene, efectivamente, observar sus opiniones en los debates de cara a las celebraciones del centenario de la Revolución –celebraciones que finalmente no se produjeron–. En aquel contexto de 2017, Putin dijo que con seguridad Lenin había hecho algunas cosas buenas, pero que hubo aspectos negativos muy claramente destacables para él. Lo definió, lisa y llanamente, como un destructor de naciones. En ese contexto, lanzó su crítica favorita a Lenin, considerando como una de sus peores medidas el otorgamiento del derecho de secesión a las repúblicas de la URSS. Putin lo llamó «una bomba de tiempo». Se trata de un recurso que, por supuesto, ninguna de las repúblicas usó durante 70 años, hasta que finalmente lo hicieron.

En contraste con su mirada sobre Lenin, Putin ve a Stalin como un constructor de la nación. Y la construcción de la nación es algo por lo que Putin manifiesta una enorme simpatía. Él siente que está dedicado a ello. Piensa su propio papel como el del hombre que tiene la misión de construir una nación después de una fuerte agitación que ha producido una gran erosión y malestar dentro de la sociedad. Es en ese sentido en el que admira a Stalin.

Varios académicos han sugerido que, en cuestiones como el trato a Ucrania, Putin remonta su perspectiva al tiempo de la consolidación del control ruso del siglo XVIII sobre aquellas tierras, entonces rusas, que ahora son parte de Ucrania. Simon Montefiore afirma que Putin ha leído su libro sobre Catalina la Grande y la creación de la Gran Rusia y que le gustaría situarse en la tradición de los constructores de la nación y el imperio rusos, empezando por Pedro el Grande y pasando por Catalina. Estoy abierta a ese punto de vista, pero no he visto ninguna evidencia concreta que me convenza de que eso sea más importante para Putin que el aspecto soviético, que, después de todo, está más cerca de él. Pero es ciertamente una hipótesis bastante plausible.

¿Qué aspectos de la historia rusa nos dan pistas para analizar la invasión a Ucrania?

El propio Putin nos ha dado una pista en sus comentarios sobre la inseparabilidad histórica de Rusia y Ucrania. Considera que los orígenes del actual Estado ucraniano están en la República Socialista Soviética de Ucrania, formada como miembro fundador de la URSS en la década de 1920. Esto implica que una estrecha relación con Rusia (en la época soviética, la República Socialista Federativa Soviética de Rusia) está incorporada a la identidad ucraniana.

La cuestión del destino de Ucrania dentro de la URSS es complicada. Es la URSS la que reconoce a Ucrania como entidad nacional a principios de la década de 1920, en contraste con los aliados occidentales después de la Primera Guerra Mundial, que se negaron a hacerlo. En la década de 1920 hubo conflictos por el «nacionalismo burgués» en Ucrania. En la hambruna de principios de la década de 1930 (llamada «Holodomor» por los ucranianos, y una parte clave de la historia nacional del Estado ucraniano postsoviético), los campesinos ucranianos fueron los principales afectados (aunque los campesinos de otras regiones productoras de grano, como el sur de Rusia y Kazajistán, también sufrieron mucho); y los líderes del Partido ucraniano, junto con los de otras repúblicas y regiones nacionales, fueron víctimas de las Grandes Purgas a finales de la década.

Este es un terreno relativamente conocido, pero también está la cuestión del papel de Ucrania en la política y el gobierno soviéticos en el periodo posterior a Stalin. Durante la redacción de mi último libro, The Shortest History of the Soviet Union, me interesé bastante por este tema. El periodo posterior a Stalin, especialmente a partir de los años 60, fue mucho más fácil para Ucrania. Nikita Jruschov, un ruso nacido en Ucrania, había sido el jefe del Partido en esa región a finales del periodo de Stalin, y cuando pasó a esferas más altas en Moscú conservó muchos amigos ucranianos, a los que por supuesto les fue muy bien bajo su mandato. Por aquel entonces, los líderes del Partido ucraniano, si bien nombrados por Moscú, eran siempre ucranianos étnicos; y la representación ucraniana en el Politburó aumentó y siguió siendo importante durante el periodo de Leonid Brezhnev. Durante el último periodo soviético, Ucrania parecía una de las repúblicas más exitosas, le iba bastante bien y, en comparación con otras repúblicas de la URSS, se sentía bastante satisfecha consigo misma. Aunque existía un movimiento nacionalista disidente, era relativamente pequeño en aquella época.

Esto hace que sea más fácil comprender el hecho de que, cuando se produjo el fracaso de la perestroika de Mijaíl Gorbachov y la cuestión de la soberanía republicana y la separación ingresó en la agenda de los líderes de las repúblicas soviéticas, Ucrania no se encontrara en la primera línea. Los Estados bálticos eran los que realmente querían salir más rápido y los que contaban con una opinión popular que apoyaba firmemente a los líderes separatistas. Los líderes de Georgia y Armenia también estaban avanzando hacia la salida en 1990-1991, con el apoyo de la opinión pública de sus repúblicas. Pero ese no fue el caso de Ucrania. Ucrania abandonó la URSS en el último momento, junto con Rusia (bajo el mando de Boris Yeltsin), y en gran medida siguiendo el ejemplo de Rusia. El golpe mortal para la URSS se produjo cuando Yeltsin, el líder ucraniano Leonid Kravchuk y los bielorrusos comunicaron al presidente soviético Gorbachov que las tres repúblicas eslavas se marchaban, dejando a Gorbachov presidiendo el cascarón vacío de la URSS.

¿Cree que Putin puede estar buscando para Ucrania un régimen similar al de Lukashenko en Bielorrusia?

Si eso es lo que pretende, no creo que lo consiga. Lo que ha provocado, de hecho, es lo contrario. Ha conseguido una suerte de consolidación de un sentido de la nacionalidad ucraniana separada y hostil a Rusia. Y ese sentido de pertenencia a esa nacionalidad ucraniana tiene que incluir a los numerosos ciudadanos étnicamente rusos que viven en Ucrania. Uno de los aspectos más llamativos de la cobertura mediática sobre la invasión de Ucrania es que nadie haya mencionado, al tratar la destrucción y el brutal bombardeo de Mariupol, que la mitad de la gente que vive allí es de origen ruso. Según el último censo, en Mariupol vivía 44% de personas de origen ruso. Así que se trata de rusos que, junto con los ucranianos, están sufriendo el trauma de la guerra y que, presumiblemente, en respuesta en gran medida a esta invasión y a la hostilidad, se identifican con el proyecto del Estado ucraniano. Incluso antes de la invasión, yo hubiera sido muy escéptica de que a Putin se le pasara por la cabeza la idea de que podía conducir a toda Ucrania a una posición como la bielorrusa. Ya lo intentó antes, de forma más o menos democrática, pero no funcionó. Ahora, la invasión ha dificultado aún más su consecución. No está claro cuáles eran los objetivos concretos de Putin al invadir y, en cualquier caso, probablemente hayan cambiado tras el desastre del primer avance hacia Kiev. Pero en este momento parece mucho más probable que los futuros historiadores vean la invasión de 2022 como parte de la involuntaria «fabricación de una nación ucraniana» (de orientación occidental, hostil a Rusia) que a la de un Estado que funcione como un cliente obediente de Rusia.

A menudo se dice que existe una nostalgia de los tiempos soviéticos, pero se habla poco de una nostalgia de los tiempos revolucionarios, de los tiempos creativos del proceso de 1917. ¿Cómo cree que piensan los ciudadanos rusos sobre la revolución bolchevique? ¿Tienen una idea similar a la de Putin? ¿Qué valoración pueden llegar a tener hoy de un personaje como Lenin?

Por lo que recuerdo de las encuestas de opinión en 2017, en el centenario de la Revolución, cuando se le pedía a la gente que evaluara los diferentes periodos de la historia soviética, la mirada sobre la Revolución y sobre Lenin era más positiva que la que sostiene Putin. Ahora bien, en las encuestas de opinión, aquella gente que valoraba positivamente a Stalin era la que afirmaba normalmente que también le gustaba Lenin, mientras que a Putin solo le gustaba uno de ellos. En ese momento, este parecía ser un tema de discusión, pero no de discusión apasionada. En otras palabras, a la gente le interesaba pensar en ello, pero no parecía tener una gran relevancia.

En cuanto a la nostalgia soviética, ciertamente fue muy fuerte entre la población rusa durante las primeras décadas posteriores a la caída de la URSS. Sin embargo, supongo que el cambio generacional la ha ido desvaneciendo. En otras palabras, ahora tenemos a una generación completa que no se crio ni se educó en la URSS. Y uno podría suponer que eso reducirá ese sentimiento de nostalgia. Sin embargo, no estoy segura de poder confirmarlo directamente mediante la investigación o la observación. Es, sencillamente, una suposición.

¿Cómo cambiaron los estudios rusos desde los comienzos de su carrera y cuáles son hoy los niveles de colaboración con los historiadores rusos?

Ahora esas relaciones son habituales y hay contactos completamente normales. Existen colaboraciones intelectuales realmente productivas, como la del historiador británico Yoram Gorlizki con Oleg Khlevniuk en Moscú. En mi caso, no tengo ninguna colaboración estrecha como la que acabo de mencionar, pero, por supuesto, mantengo una conversación profesional continua con varios rusos que son expertos en diversos temas en los que trabajo. Hasta ahora, este tipo de comunicación ha continuado. Pero si la guerra se prolonga, es probable que esto cambie: habrá más sospechas de los occidentales por parte de los rusos (y viceversa) y las relaciones intelectuales y profesionales se verán afectadas.

Sheila Fitzpatrick. Sovietóloga desde hace más de 50 años, catedrática de la Australian Catholic University, es una de las historiadoras más influyente en la actualidad.

Fuente: https://nuso.org/articulo/archivos-sovieticos-entrevista-sheila-fitzpatrick/

Charles C. Mann: “Los pueblos indígenas pensaban en la construcción de paisajes futuros”

Periodista científico y autor del libro ‘1491: Una historia de las Américas antes de Colón’, Charles C. Mann da una visión radicalmente distinta a la oficial sobre cómo eran los pueblos originarios de América antes de la invasión europea.

Por Alejandro Pedregal

Hasta hace unos meses, el periodista científico y autor Charles C. Mann no podía imaginarse hasta qué punto la traducción de su obra 1491: Una historia de las Américas antes de Colón despertaría las iras de la extrema derecha en España. La publicación de este voluminoso libro por la editorial Capitán Swing, traducido por Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente, abrió la particular caja de truenos del fanatismo contra el rigor y el humanismo de Mann.

Sin embargo, 1491 ofrece un armado metodológico demasiado sólido y complejo como para reducirse a los debates espurios que propone el supremacismo victimista patrio. Gracias a la combinación de descubrimientos recientes en campos como la arqueología y la antropología, Mann acerca con gran habilidad aspectos relativos a la datación de carbono, la genética, la lingüística, la epidemiología o la geografía que permiten desmontar los principales paradigmas, aún dominantes, sobre la vida en las Américas antes de su conquista y colonización. La complejidad civilizatoria de los pueblos indígenas, las verdaderas dimensiones de su población, el intrincado desarrollo de sus infraestructuras, su capacidad para intervenir de forma determinante sobre la naturaleza al tiempo que participaban de su equilibrio metabólico, son algunas de las cuestiones fundamentales que esta obra problematiza. 1491 representa así una contribución clave para aproximarse a una historiografía científica de la historia de las Américas. Pero además se trata de un trabajo que trasciende ese ámbito, para aportar lecturas más que relevantes de presente y de futuro.

¿Cómo empezaste a pensar en hacer tu libro?

Crecí en el Noroeste [de EE UU], no muy lejos de la reserva Tulalip, y había una gran disputa cuando yo era niño por el derecho a la pesca. El salmón es muy, muy importante en el Noroeste para todos, y aún hay una gran lucha por los derechos del Tratado [de Point Elliott]. Así que crecí viendo cómo los padres de los niños tulalip de mi escuela eran arrestados por hacer cosas por las que los padres blancos no lo eran. Ya de niño, pensaba que eso era muy extraño y estaba mal. Eso allí era más evidente porque era una de las regiones a las que la colonización llegó más tarde. Por eso también hay mucho más arte y monumentos intactos. Supongo que crecí pensando que los nativos eran importantes y, después de ir a la universidad, fui a México por primera vez, fui a Yucatán y descubrí el mundo maya, que es increíble. Toda esa península era básicamente una ciudad gigantesca. Había estado en Europa y había vivido en Roma durante algo más de un año, pero las ruinas de Yucatán, a mi parecer, eran igual de impresionantes y mucho más grandes que las ruinas de Roma. Entonces pensé: “Esto es realmente extraño. Quiero decir, ¡esto está en mi propio hemisferio!”.

En la escuela había aprendido sobre Grecia y Roma, que son muy importantes para la tradición occidental, obviamente, pero aquello estaba mucho más cerca y me resultaba muy extraño no saber nada. No estoy ni siquiera seguro de que la palabra “maya” fuera mencionada en la escuela. Luego me convertí en un escritor para Science y, poco a poco, me di cuenta de que había nuevos hallazgos arqueológicos en todo el hemisferio. Sin embargo, la forma en que los arqueólogos hablaban de lo que encontraban y el modo en que la gente que yo conocía pensaba en el pasado era muy diferente. Pensé que alguien debería escribir un libro. Tardé mucho tiempo en pensar que tal vez yo debería ser la persona que escribiera ese libro, porque estaba seguro de que alguien más lo había hecho. Esto es hace 20 años e internet apenas existía, por lo que si iba a una librería y decía “estoy buscando un libro sobre esto”, me respondían: “Parece una buena idea, pero no, no conozco ningún libro así”. Por eso finalmente decidí intentar hacerlo yo mismo.

¿Qué métodos utilizaste y cómo afectaron a tu escritura? Entiendo que tu formación científica hace que tu trabajo difiera de otros escritos historiográficos sobre el tema.
Supongo que tuve suerte. Por la razón que sea, nunca me han dado miedo los números. Puedo mirar fijamente un documento científico y encontrarle cierto sentido, entender cómo hacer preguntas sobre él. No hay documentos escritos sobre gran parte de esta historia, y los historiadores están entrenados para utilizar, en buena medida, documentos escritos, por lo que les ha sido bastante difícil expandirse hacia áreas donde se necesitan otro tipo de evidencias. Para mí, eso no resultaba tan complicado porque soy de fuera. Además, me lo planteo como periodista y los periodistas, afortunadamente, no se preocupan de si es arqueología o antropología o sociología o ecología. Hay todas estas divisiones, pero a los periodistas no nos importa. Estoy muy agradecido de que la gente del mundo académico no hable entre sí [ríe]. Es un poco como me gano la vida [ríe].

Las divisiones disciplinarias…
Sí. Hay todo tipo de razones para ello. Si eres un miembro joven de una facultad, tienes que ser aceptado por los miembros más veteranos de ella y tienes que hacer cosas que ellos entiendan. Mientras que si te vas y empiezas a colaborar con alguien de otra disciplina, ambas partes acaban un poco diciendo: “¡No sé qué hacer con esto!”. En realidad es malo para tu carrera. Pero a los periodistas no les importa. Tenemos una carrera terrible en cualquier caso, así que del mismo modo podríamos también divertirnos.

Volviendo a tu libro, ¿por qué los datos sobre el tamaño de la población indígena y la sofisticación de sus civilizaciones ha sido algo tradicionalmente marginado en los registros históricos? Esto incluye también a las contribuciones que se han dado en la interacción con las sociedades occidentales. ¿Cómo han contribuido la historia y la ciencia a eso?

Déjame recurrir a algo que acabo de leer. Charles Darwin, el cocreador de la teoría de la evolución, obtuvo muchas de sus ideas en un largo viaje que hizo en el Beagle, en la década de 1830, en la parte austral de América del Sur. Allí se encontró con los pueblos que vivían en Tierra del Fuego y llamó fueguinos. En realidad, había cuatro grupos diferentes de cuatro naciones diferentes, pero él nunca fue muy claro en la distinción entre ellos, por lo que los agrupó a todos y concluyó: “¡Dios mío! ¡Esta gente es tan pobre y miserable! Deben ser como eran nuestros ancestros: pobres y miserables”. Era completamente inconsciente de que cuando los vio, en la década de 1830, hacía un siglo y medio que estaban en guerra con los mapuches, al norte, y eso les había empujado hacia el sur para, a su vez, empujar a los kawésqar, que era el pueblo que había visto más al sur, en ese mismo área. Además habían sido golpeados por la enfermedad. Por tanto, lo que estaba viendo, básicamente, eran los refugiados, personas que huían de eso. Y claro, los refugiados tienden a ser verdaderamente pobres, porque han perdido su hogar, pero él no sabía nada de eso. Darwin estaba escribiendo El origen del hombre, que es la segunda parte de El origen de las especies, centrado en los cazadores-recolectores, los pueblos nativos y lo pobre y miserable que eran sus vidas, sin entender ese tremendo proceso histórico. En realidad se trataba de gente moderna que había sido tratada terriblemente.

Este tipo de cosas sucedieron una y otra vez: veían a los nativos ignorando su historia y los efectos de la colonización, la enfermedad, el maltrato, para concluir: “Siempre han debido ser así”. Entonces, cuando la mayoría de los grandes libros de texto en los Estados Unidos empezaron a escribirse, alrededor del 1900, y la población nativa era de unas 250.000 personas (una pequeña porción de lo que había sido), pensaron que aquí apenas había habido gente antes. Solo ha sido en los últimos 30, 40 o 50 años que arqueólogos y antropólogos han hecho dos cosas. En primer lugar, fueron a las crónicas españolas originales y, bueno… [ríe] como me dijo un historiador: “Los españoles del siglo XVI sabían contar”. Si decían que allí había 50.000 personas, probablemente allí había 50.000 personas. Sí, sus cuentas eran etnocéntricas, pero no eran estúpidos. La segunda cosa que ha sucedido es que han aparecido un número increíble de herramientas científicas, como el lídar [LiDAR, Light Detection and Ranging o Laser Imaging Detection and Ranging]. Así que, hace solo unos años, comenzaron a hacer estos grandes estudios lídar en Guatemala y el sur de México y encontraron, bajo el bosque, un gran número de ruinas que no conocíamos. Empiezas entonces a pensar que debió haber mucha gente allí. ¿Por qué habría kilómetros y kilómetros de ciudad si no hubiera habido gente? Por último, también es muy importante que la gente comience a escuchar a los propios nativos, y si dicen “mis bisabuelos vivieron aquí e hicieron esto”, probablemente deberías darles algo de credibilidad. Esas tres cosas han cambiado realmente la imagen del pasado, y yo diría que también del presente y del futuro.

Quería preguntarte sobre el papel de las epidemias en la conquista de las Américas. Es algo que está en tu libro y es parte de la historia de la conquista, pero a veces se ha utilizado como un instrumento narrativo para mirar el pasado desde el presente.
Hay un libro famoso de Jared Diamond que se llama Armas, gérmenes y acero. Esas tres cosas, según él, hicieron que la conquista tuviera éxito. A veces bromeo diciendo que creo que debería haber llamado a ese libro Gérmenes, gérmenes y gérmenes, porque el papel de las enfermedades fue muy grande. Esto nos lo ha recordado recientemente el covid, que ha matado a un 1% de la población de los Estados Unidos. Ahora imagina una epidemia que matara, porcentualmente, cien veces más. Es absolutamente devastadora la pérdida que sentirías. Mi tía y mi madre murieron de covid y fue un año horrible para todos nosotros. Mi madre tenía 91 años, pero ahora imagina que eso le ocurre a toda una sociedad. Sería simplemente devastador. Quería que la gente entendiera lo que significaba.

Y lo que sucedió es que, una y otra vez, los europeos llegaban a las Américas y los nativos los alejaban o los contenían, hasta que las enfermedades llegaron y se afianzaron. De hecho, hubo más de 20 intentos de establecer colonias en América del Norte antes de la primera epidemia. Después de esas primeras epidemias, alrededor de 1616, todos los esfuerzos europeos tuvieron éxito. Es como un horrible experimento natural. Lo mismo sucede con Hernán Cortés. Primero ataca Tenochtitlán y fracasa. Le echan. Es la Noche Triste, en que pierde dos tercios de sus hombres y casi todos sus caballos. Entonces se alía con un grupo de nativos, aumenta este enorme ejército, fomenta una guerra, llega una epidemia de viruela y acaba con toda la estructura militar y la mayoría de los gobernantes de Tenochtitlán, así como con un gran número de personas. Y entonces triunfa. Por tanto, sin enfermedad, pierde; con enfermedad, gana. ¿Era el factor esencial? Muchas otras cosas intervienen, por lo que no es el único factor, pero es esencial. Pero de ahí a concluir que fueron las enfermedades las que mataron a toda esta gente y, entonces, los europeos no fuimos tan malos…

Sí, creo que notaste la reacción de la extrema derecha en España cuando tu libro se publicó, porque hiciste un hilo en Twitter…
Es que piensa en ese argumento, en términos de argumentación lógica. Parecen querer decir que, como la enfermedad mató a la mayoría de esa gente, en España o en Inglaterra o en cualquier otra potencia colonial no actuamos tan mal. Sin embargo, igualmente podrías observar que, sí, la enfermedad llegó, pero tomamos todo lo que quedó de los sobrevivientes. Quizá no mataron a tus padres, pero se llevaron tu casa cuando estabas en muy mal estado. No creo que eso sea un argumento de peso sobre la gran persona que eres. Esa gente seguro que dice que España no quería matar a todos los nativos, y es absolutamente cierto, pero eso es porque los querían como esclavos. No parece un gran argumento en el frente moral. También dicen que todo esto es la leyenda negra, pero no, esta es la forma en que todos los europeos buscaban fuerza de trabajo.

España llegó primero y por eso hizo las cosas primero, pero no era muy diferente de lo que hacían los ingleses o los holandeses y demás. Pero si eres de España y quieres tratar este tema, podrías hablar más de Bartolomé de la Casas, que fue quizá la primera persona en hablar, en el sentido moderno, de todos los seres humanos como hermanos, para referirse específicamente a los nativos americanos y a los africanos. Ciertamente se había dicho antes en el cristianismo, con Agustín y demás, pero su marco de referencia solo incluía a los europeos. Pero Las Casas es el primero en decirlo con un sentido real del tamaño del mundo y de la diversidad de pueblos que hay en él, una visión filosófica fundamental para el movimiento de los derechos humanos. Era un tipo extraordinario. Así que, si buscas una justificación de lo que la gente de tu país hizo hace 400 años, mejor mira a Las Casas. Si realmente necesitas eso, ahí le tienes a él.

Quería preguntarte sobre la intervención y gestión indígena del paisaje. En tu libro hablas del uso del fuego, y también de la agricultura en el Amazonas. ¿Qué podemos aprender de estas prácticas en relación con la actual emergencia climática, cuando tenemos que repensar y reimaginar formas alternativas en nuestra relación con el medio natural?
Aquí hay dos cosas. Una es lo que hicieron y otra es lo que significa para nosotros. Lo que hicieron es un hecho, algo que aprendemos. Lo que significa es, por supuesto, mi opinión. Lo que hicieron los pueblos indígenas en América del Norte en general, la parte austral de América del Sur y las tierras bajas de Bolivia fue una tremenda cantidad de gestión del paisaje por medio del fuego. Especialmente en las pampas y las Grandes Llanuras, despejaron árboles que pudieran invadir para tener praderas para el bisonte, el búfalo y el guanaco. Tenían un papel muy activo en mantener ese paisaje y extender su tamaño. Las Grandes Llanuras son probablemente un 30% más grandes de lo que habrían sido sin la quema. Pero en bosques como los de las montañas del Oeste, el fuego no solo creó los paisajes que deseaban, sino que sus quemas controladas los mantuvieron más abiertos, más accesibles y mucho menos vulnerables a los grandes incendios que tenemos ahora.

En el Amazonas fue ligeramente diferente, porque despejaron igual que se hace para una granja, pero luego plantaron en lugar de dejarlo al azar. En lugar de permitir que entrara cualquier árbol, daban acceso a árboles frutales o de nueces. Existe una razón por la que si vas a cualquier lugar en el Amazonas y te alojas en un hotel, hay como diez tipos diferentes de zumo de frutas, y es porque estás viviendo en medio de esos antiguos huertos que crearon. Esos son los hechos. Lo que creo que significan es que desarrollaron muchas formas alternativas de gestión de paisajes, que son muy diferentes de lo que hicieron los europeos. La tecnología europea, desde mi punto de vista, se especializó en cosas como engranajes, relojes, bombas y cosas por el estilo, lo cual es genial. La tecnología indígena americana se especializó en este manejo ecológico y eran mucho más sofisticados que los europeos, que básicamente talaban los bosques y plantaban trigo. Y hay muchas alternativas a eso.

En tiempos de cambio climático cuando, por ejemplo, en partes de España va a ser cada vez más difícil cultivar trigo, hay que pensar en paisajes saludables y productivos que también puedan actuar enfriando la tierra bajo su dosel. Esto es algo que los pueblos indígenas han desarrollado en lugares como México. Así que creo, personalmente, que hay mucho que aprender de estas prácticas, igual que con el fuego. Hay toda una experiencia acerca de cómo vivir en un paisaje al que también aplicas fuego. Y una de las formas de minimizar el impacto del cambio climático sería reducir la carga de combustible en el suelo, lo que nos llevaría a retomar las quemas que hacían en California, Oregón, Arizona y demás hace cientos de años. Pero eso se ha mantenido ilegal hasta hace poco.

En California lo prohibieron los españoles…
Sí, y ha ido realmente a peor. Arrestaban a la gente por mantener el paisaje. Ciertamente no soy un experto en el paisaje español, pero creo que habéis tenido más incendios también, al igual que nosotros.

Así es, ha sido uno de los peores veranos en cuanto al tamaño de territorio afectado por los incendios.
Entiendo que hay mucho combustible en el suelo, que es parte de lo que causa eso. Un amigo en Barcelona me decía que necesitaban traer a algunos karok de California para que enseñan qué hacer. Luego están los monocultivos, y la fractura entre campo y ciudad convergiendo allí. Marx escribió sobre eso, al referirse a la “fractura metabólica”. ¡Y es cierto!

Quería preguntarse sobre los alimentos, en particular sobre su vínculo con la intervención indígena de la naturaleza. ¿Qué significación adquiere esa interacción frente a nociones como la de los terrenos baldíos o la terra nullius [tierra de nadie], que sirvieron de legitimación para el colonialismo durante siglos?
Si bien en España era la evangelización el principal motor de la colonización, en Inglaterra efectivamente la idea de terra nullius fue su principal justificación. Ahora sabemos que es absurdo, pero en parte lo que ocurrió fue que los ingleses simplemente no podían reconocer lo que estaban viendo. Cuando pensaban en la agricultura, pensaban en cuadrados de tierra con vallas alrededor y trigo aquí, ganado aquí bosque allí, y así sucesivamente. Por supuesto, la gestión indígena era completamente diferente. Tenían el policultivo, con múltiples cultivos que crecían en el mismo lugar. En realidad, con ese tipo de tecnología disponible, el policultivo es muy productivo. De hecho, ha habido algunos experimentos muy interesantes realizados por la profesora Jane Mount Pleasant, de la Universidad Cornell y que es haudenosaunee. En estos, usó los métodos del siglo XVIII para cultivar trigo y para cultivar jardines haudenosaunee, y luego contabilizó el número de calorías producidas por cada uno. Resultó que los jardines haudenosaunee eran en realidad más productivos. Producían menos trigo o cualquier otro cultivo individual, por supuesto, pero el total era más productivo que los métodos europeos.

El problema es que, aunque eran altamente productivos, se veían como un caos. Desde una perspectiva europea, se pensaba: “¡Dios mío! ¡Hay que cuidar esos jardines!”. Pero no tenían ningún problema en absoluto. Por otro lado, no tenían vallas alrededor porque, a diferencia de los europeos, querían usarlos como cebo, que los ciervos entraran para cazarlos. Tenían todo este paisaje que se utiliza de una manera completamente diferente, mientras mis ancestros ingleses llegaron diciendo: “Esta gente no hace nada aquí, tienen estos pequeños jardines desordenados y encima queman la tierra todo el tiempo”. Simplemente eran incapaces de reconocer cómo se utilizaban.

A este respecto, quería preguntarte por el cultivo del maíz. ¿Cómo puede su caso servirnos para repensar los paradigmas establecidos, tan dominantes en el pensamiento occidental, que menosprecian el carácter civilizatorio de los pueblos indígenas?

De nuevo, debemos diferenciar el hecho de la opinión. El hecho es que el maíz es una especie construida por el ser humano. Eso no es lo que ocurre, por ejemplo, con el trigo. Quiero decir, existe el trigo doméstico y el trigo salvaje. Si vas al sur de Turquía, verás campos de trigo salvaje y parece trigo. Es un poco más alto, pero lo reconoces como trigo. Lo cambiamos por medio de procesos como la fragmentación [shattering], donde se libera todo el grano al mismo tiempo y otra serie de elementos que no afectan a que se vea más corto, que en realidad es una innovación del siglo XX. Pero en el caso del maíz, hay plantas silvestres que se le parecen, pero no tiene ningún ancestro silvestre. Se necesitaron décadas de investigación por parte de los biólogos para descubrir que, de alguna manera, había sido desarrollado a partir de una hierba llamada teosinte.

Si observas el maíz, ves que tiene un gran tallo central grueso y luego, adjuntas a sus lados, tienes las espigas, que son pesadas. El conjunto mide dos o tres metros de altura. Pero el teosinte mide metro y medio y tiene muchos tallos, que al final tienen un pequeño racimo de granos. Cuando lo ves, no te puedes creer que esto haya producido eso. No hay ningún parecido en absoluto. De hecho, la mazorca es una estructura biológica única. No existe en ninguna otra especie. Es un cambio fundamental en la arquitectura de la planta que está más allá de cualquier tipo de ingeniería genética que se haya intentado. Se trata de un reordenamiento completo de la gama genética para crear una especie completamente nueva. Representa una acción muy contundente sobre la naturaleza, y siento que, una vez más, aquella gente no tenía miedo de meterse allí y jugar con las cosas. Por tanto, creo que hay algo para nuestro aprendizaje, que tiene que ver con que las acciones humanas no son necesariamente malas, que se puede intervenir en la naturaleza para bien. El maíz organizó toda la economía alimentaria de las Américas y es algo francamente productivo. Tenían esas plantas con pequeñas semillas y, de repente, pudieron cosechar muchísimo más gracias a ese nuevo cultivo gigantesco. Es realmente increíble.

¿Qué nos dice esto de la agencia histórica de los pueblos indígenas? Me refiero al registro social de sus civilizaciones, pero también a esa idea prístina y romántica que a veces se promueve de ellos de forma condescendiente, de equilibrio estático con la naturaleza, como si pudiéramos hablar de un paraíso en el que nada ha sido alterado, del que se pueden tomar los frutos de los árboles sin hacer absolutamente nada.
Creo que ahí debemos hablar de la concepción cristiana del pecado original, que está detrás de esa noción: es decir, la idea de que tocar algo es malo porque la gente lleva consigo el pecado original, que es malo en sí. Por eso un paisaje prístino, una “naturaleza salvaje”, entre comillas, es mejor que una con gente, porque la gente arruina todo lo que toca. Y eso es algo que está muy interiorizado en parte del movimiento ambientalista. Responde a la concepción cristiana de que la gente es horrible y se alaba a los nativos porque supuestamente no tocan nada. Pero eso implicaría que son diferentes a cualquier otro tipo de gente en cualquier otro lugar. Y no, la gente sí toca las cosas. Estamos hablando de una gama increíblemente amplia y diversa de grupos de personas, así que esta es una generalización que es terrible, ya que todos estos pueblos son diferentes. Pero muy a menudo, cuando se habla con ellos, se entiende lo que estaban pensando: en lo que pensaban era en la construcción de paisajes futuros. Pensaban: “¿A dónde queremos ir?”. Sin embargo, con frecuencia, los europeos lo que querían era volver al pasado, literalmente al Jardín del Edén. En lugar de mirar hacia adelante para ver lo que quieres hacer, construir en una dirección positiva y crear un futuro en el que quieres vivir, esa mirada lleva a eliminar la presencia humana. Es verdaderamente raro. Robert Musil, que escribió El hombre sin atributos, tiene una sección en ese libro sobre cómo existe este extraño romanticismo en el que la civilización europea se siente periódicamente horrible sobre sí misma, se golpea y se dice que sería mejor si no existiéramos, si la gente no existiera. Esto está muy ligado a eso.

Mencionas al principio de tu libro cómo te diste cuenta de lo poco que había cambiado la educación desde los tiempos en que ibas la escuela cuando tus hijos empezaron también a ir a ella. ¿Sientes que ha cambiado algo en los últimos años? ¿Ha tenido tu libro, junto a otros, algún impacto en los programas escolares de historia?
En parte sí y en parte no. Para explicar por qué no necesito contar algo sobre cómo funciona la educación en los Estados Unidos, que es muy singular y defectuoso. Los libros de texto son muy importantes, porque eso es lo que se supone que la gente debe aprender. Por ello, tenemos una tradición en los Estados Unidos de control local, donde los Estados y los pequeños pueblos deciden lo que pasa con la educación. Hacer un libro de texto resulta muy caro para los editores por todos los derechos de las imágenes y demás, y hay agencias en el Gobierno estatal que tienen que aprobar tu libro. De esas agencias, las más grandes e importantes son las de los Estados más grandes, Nueva York, Texas y California, porque están muy poblados. Entonces, si no vendes tus libros de texto a Nueva York, California y Texas, vas a perder dinero. El problema es que la junta que aprueba los libros de texto en Nueva York es más progresista, la de Texas es muy de derechas y la de California está muy loca. Mi editor me dijo que había estado a cargo de un libro de texto una vez, tuvo que pasar por estas tres instancias y que nunca más lo haría. Por lo tanto, cuando tienes un libro de texto y ha sido aprobado, lo último que quieres hacer es modificarlo, porque eso significa que tienes que volver a pasar por todo este proceso de aprobación. Así que resulta muy, muy difícil cambiar la educación. Sí tienes profesores individuales que complementan esos libros. He conocido muchos que van más allá del plan de estudios y dedican un poco de tiempo a esto, y eso sí ha cambiado. Pero en el sentido institucional, nada, ni un poco.

Fuente: El Salto

¿Ecuador un país fracturado? Es la economía, estúpidos…

Por Decio Machado / Director de la Fundación Nómada 

Ecuador es un país con un mercado interno pequeño y que históricamente ha desarrollado, en el marco de la división de trabajo internacional, el rol histórico de proveedor de materias primas al mercado global de commodities. Lo anterior implica que el dinamismo económico del país se ha caracterizado por una serie de fases cíclicas de exportación de bienes primarios como cacao (1866-1925), banano (1946-1968) y petróleo (con arranque en 1972), a la que sigue supeditado.

Debido a lo anterior la economía ecuatoriana se define como altamente dependiente del comercio internacional, de escaso dinamismo interno y fuertemente inequitativa.

Antecedentes

En los años noventa Ecuador se caracterizó por una persistente inestabilidad económica y, por ende, política. Al respecto, vale mencionar que tan solo entre 1992 y el año 2000 el país asistió a la sucesión de siete presidentes de la República diferentes.

Así las cosas, del 7,3% de crecimiento promedio anual durante la década de 1970 fruto del boom petrolero en la economía nacional pasó a un crecimiento promedio del 2,6% en la década de 1980 para disminuir aun más, 2,0% promedio, en la década de 1990.

A finales del pasado siglo, Ecuador experimentaría la mayor crisis de su historia económica. El impacto del fenómeno de El Niño (1993-1997) sumado a un precio del barril de crudo que en dicha década nunca llegó a superar los USD 15 y la crisis financiera global iniciada en el sudeste asiático en 1997, desembocó en el feriado bancario de 1999. Previo a este y tras la captura del Estado por parte de sectores vinculados al sistema financiero nacional, se habían implementado a partir de 1992 -Gobierno de Sixto Durán Ballén y Alberto Dahik- políticas de liberalización del sistema bancario que, entre otras cuestiones, habían despojado a la Superintendencia de Bancos de su capacidad de control sobre las instituciones financieras y permitieron otorgar créditos públicos millonarios a la banca, a la par que la generaciones de leyes para que el Estado asumiera el pago de las deudas millonarias de los principales bancos del país. En resumidas cuentas, se le permitió a los bancos privados que se auto-dotasen de préstamos -muchos de ellos con dinero de los depositantes- sin las garantías pertinentes.

En este contexto, en 1999 cerrarían dieciocho entidades financieras entre las que estaban los bancos más importantes del país. La asunción de los costes por parte del Estado derivó en que estos fueran asumidos por la ciudadanía ecuatoriana mediante la reducción del gasto social y la elevación del costo de los servicios públicos, sin que los responsables máximos de la crisis respondieran con su patrimonio ante semejante estafa.

La crisis significó para la sociedad ecuatoriana pérdidas por más de 8.000 millones de dólares, lo que equivalía a una tercera parte del Producto Interior Bruto (PIB) nacional de entonces, generando un masivo exilio económico estimado en más/menos un millón de personas -según datos del INEC- fruto del incremento desmedido del desempleo y la pobreza.

La reducción del PIB en el año 1999 fue la mayor registrada hasta aquel momento, -4,7%, fruto de la caída de la inversión -formación bruta de capital fijo-, la notable reducción en el consumo de los hogares y del Estado, la devaluación del tipo de cambio nominal, la inflación anual y la caída del PIB per cápita real.

Consecuencia de todo lo anterior, el 7 de enero del año 2000 el país quedaba dolarizado perdiendo su soberanía monetaria pese a que a la postre esto implicara menor volatilidad de la economía nacional y, por lo tanto, mayor crecimiento económico en comparación al período anterior. Este desempeño fue favorecido además por mejores condiciones externas como el precio del petróleo, el flujo de remesas provenientes de los migrantes y la construcción del Oleoducto de Crudos Pesados (OCP).

Lo anterior conllevó a que el crecimiento promedio de la economía ecuatoriana para el período comprendido entre los años 2000 y 2019 haya sido del 3,4%, un indicador superior al ritmo de aumento de la población y por lo tanto haya permitido un incremento promedio anual de 1,7% del PIB per cápita.

Sin embargo, los parciales beneficios de la dolarización no significaron estabilidad política. En los siete años transcurridos entre el año 2000 y el 2007, la sociedad ecuatoriana volvió a asistir a la paulatina sucesión en el Palacio de Carondelet de otros cinco distintos mandatarios.

La etapa correísta

Con la llegada del Rafael Correa a la Presidencia de la República (2007), el proceso de tardo-modernización capitalista en el país se aceleró impulsado desde la planificación estatal y la reprimarización de la economía nacional. El populismo progresista ecuatoriano, al igual que el de otros países de la región, es fruto de la reciente etapa económica global definida popularmente como el boom de los commodities, es decir, gran parte de los logros económicos y sociales alcanzados durante dicha década se sostuvieron gracias a los elevados ingresos derivados de la exportación petrolera y estimados, tras descontar los costos de los combustibles derivados, en unos 57.000 millones de dólares durante los primeros ocho años de la década correísta.

Este contexto económico se acompañó por una visión política de gobierno modernizadora y socialmente más equilibrada que permitió, entre 2006 y 2014 -momento de la caída de los precios del crudo fruto del fin de de la “década dorada” de los commodities– que la pobreza nacional disminuyese del 37,6% al 22,5% y el coeficiente de desigualdad de Gini pasará de 0,54 a 0,47, debido a que los ingresos de los segmentos más pobres de la población crecieron más rápido que el ingreso promedio. Lo anterior lejos estuvo de implicar un cambio en el modelo de acumulación neoliberal heredado por el correísmo, más bien lo contrario, fue nuevamente el sistema financiero -especialmente los grandes bancos- los que más se beneficiaron de la democratización del acceso al consumo, obteniendo beneficios muy superiores a los contabilizados durante los diez años anteriores a la llegada de Rafael Correa a la poltrona presidencial.

Sin embargo, en el año 2015 las condiciones externas desfavorables anteriormente referenciadas afectarían a las exportaciones -petroleras y no petroleras- generando un casi nulo crecimiento económico (0,1%) para el país. De esta manera, Ecuador asistió al fin del auge económico que permitió mayores ingresos fiscales y el impulso del PIB a través de políticas de inversión pública.

La situación externa no fue muy diferente en 2016, a lo que debe sumarse el choque interno provocado por un terremoto en la costa ecuatoriana que -más allá de casi setecientas víctimas mortales-  causó una afectación negativa para el sector productivo de algo más de mil millones de dólares. La contracción económica del año 2016 fue de -1,2%, viéndose una tasa negativa tras diecisiete años de crecimiento irregular pero ininterrumpido.

Conscientes de que los ciclos políticos vienen determinados por los ciclos económicos, el fin del boom de los commodities derivó en el fin del consenso político, social y económico implementado a partir del triunfo del entonces llamado Movimiento Alianza PAIS en las elecciones presidenciales del 2006, e institucionalizado a través del pacto social propiciado por la Constitución de 2008.

Fue en ese contexto en el que se produjo el levantamiento indígena de agosto de 2015, al cual el Estado respondió con el mayor nivel de represión expresado durante la etapa correísta contra las organizaciones sociales. En paralelo, la nueva coyuntura socioeconómica conllevó un cambio de las políticas públicas articuladas hasta entonces por el presidente Correa, volviendo al país las misiones de observación/vigilancia económica del Fondo Monetario Internacional (FMI) y las políticas de endeudamiento agresivo.Tras haber saneado las finanzas públicas durante la primera mitad de su gestión de gobierno, la década correísta se cerró con el dramatismo derivado de que las reservas existentes en el Banco Central del Ecuador eran notablemente insuficientes para afrontar los pasivos a corto plazo contraídos por el Gobierno Nacional. Siguiendo con esa línea de cambios políticos, el Gobierno del presidente Correa firmaría un Tratado de Libre Comercio (TLC) con la Unión Europea mientras llegaba incluso a anunciar su predisposición a extender este tipo de acuerdos con otros países, entre ellos Estados Unidos. A la par, se anunciaba también la puesta en venta de parte de las empresas públicas, múltiples bienes patrimoniales del Estado y algunos proyectos considerados emblemáticos en el ámbito energético -caso de la entonces recientemente inaugurada hidroeléctrica Sopladora-. En materia fiscal, y tras veintidós reformas en diez años, el Servicio de Rentas Internas (SRI) terminó situando el pago de impuestos a la renta para los sectores más privilegiados de la sociedad por debajo del 3%, unos trece puntos menos que la tasa de presión fiscal que enfrentaba el ciudadano ecuatoriano medio.

En estas condiciones de desgaste, Rafael Correa decidiría no presentarse a las elecciones del 2017 posicionando una singular disposición transitoria entre las enmiendas constitucionales aprobadas en diciembre de 2015 por su mayoría legislativa. Mediante dichas enmiendas se eliminó toda restricción para la reelección de cargos sometidos al voto popular, pero se incluyó la disposición de que dichas reformas no se aplicaran en las elecciones de 2017 sino a partir de las siguientes. Entender dicho encuadre pasa, a su vez, por entender una coyuntura económica en la cual ya no era posible garantizar las condiciones de acumulación a corto y medio plazo de los sectores del capital emergente con los que el correísmo se había hasta entonces identificado. En la decisión del presidente Correa pesó más lo político que lo legal, todo ello enmarcado en el ámbito de una estrategia superadora del habitual cortoplacismo político nacional y con visión de medio/largo plazo.

La vuelta del neoliberalismo

Sin embargo, a partir de mayo de 2017 -momento de la asunción del nuevo gobierno- dicha estrategia comenzó a tambalearse fruto del reposicionamiento político de Lenín Moreno, elegido por el oficialismo verdeflex para encabezar un supuesto gobierno transitorio de continuidad junto a Jorge Glas (ambos vicepresidentes de la República durante la década correísta).

Ya desde los primeros días de gestión de Gobierno morenista la ruptura al interior de un cada vez más deteriorado partido de gobierno Alianza PAIS, se hizo evidente.

Inicialmente el Gobierno de Lenín Moreno se compuso de un mix entre dirigentes y ministros reciclados  que en los últimos tiempos habían quedado apartados del anillo de poder correísta y nuevas caras vinculadas principalmente al sector empresarial. Paulatinamente los primeros fueron perdiendo espacio hasta desaparecer frente a los segundos que tomarían fuerza en el Ejecutivo de la mano de personajes como María Paula Romo, Juan Sebastián Roldán y Andrés Michelena. Los dos primeros, pertenecientes al desaparecido grupúsculo político Ruptura de los 25, llegarían al Gobierno Nacional de la mano de los sectores históricamente más siniestros del sistema financiero nacional. 

La estrategia inicial del gobierno morenista se basó en impulsar un llamado al diálogo, buscando un consenso nacional que permitiera amortiguar la reacción social que pudiera desencadenar el plan de ajuste económico ha implementarse en un país inmerso en una profunda crisis. A la par, se habrían expedientes judiciales por corrupción contra los altos funcionarios del gobierno anterior, lo que en la actualidad mantiene de forma dudosamente legal a Jorge Glas en la cárcel.

La retórica de la austeridad impuesta como política de Estado en Ecuador a partir del 2017 devino en la ruptura del ya muy deteriorado pacto social alcanzado a través de la Constitución del 2008, generalizándose el descontento ciudadano respecto a las políticas económicas impulsadas por el Gobierno Nacional y la merma de la capacidad adquisitiva de la población. La incapacidad de la administración Moreno para lograr crecimiento económico sostenido, estabilidad de precios, favorecer el empleo y estructurar un marco de justicia económica y social para las grandes mayorías en el país, supuso el paulatino incremento de la conflictividad social. Dicha situación alcanzaría su climax en la ola de movilizaciones a nivel nacional que tendría lugar entre el 2 y el 13 de octubre de 2019, durante las cuales se darían 132 bloqueos de carreteras, 1.330 detenciones y la muerte de 11 manifestantes. Al frente de dicha represión, superadora de la ya ejercida por los cuerpos de seguridad del Estado en 2015, se encontraban la ministra de Gobierno María Paula Romo y el entonces comandante general de la Policía Patricio Carrillo. 

En todo caso, tras la ya referida recesión en la que se vio inmerso el país en los últimos años el período correísta y pese a las debilidades estructurales existentes en dicha economía, a partir del segundo trimestre del 2017 Ecuador experimentó cierta recuperación. Esta estuvo liderada por el consumo privado debido a la expansión del crédito y, en menor grado, por el gasto del Gobierno -la colocación de 5.500 millones de dólares en bonos soberanos en el mercado internacional sostuvo una moderada expansión del gasto público- y las exportaciones debido al alza de los precios de petróleo. 

Durante 2018 y 2019 el crecimiento de la economía del Ecuador volvería a desacelerarse fruto de las políticas de consolidación fiscal que conllevaron una disminución del gasto público, la ralentización de todos los componentes de la demanda agregada -en particular de la inversión y el consumo privado-  y una contracción moderada de la producción petrolera. En el sector monetario y financiero, la liquidez se incrementó mediante los desembolsos del FMI y el acceso a los mercados financieros, aunque con costos elevados. Paralelo a todo ello, y en parte como consecuencia de la reducción del tamaño del Estado realizada durante el régimen morenista, los indicadores del mercado laboral reflejaron un alza de la tasa de subempleo y un creciente número de empleados en el sector informal.

Mientras en el plano de lo institucional la oposición correísta se las prometía muy felices de cara a las elecciones presidenciales del 2021, dado el bajísimo nivel de popularidad con el que Lenín Moreno terminaría su mandato; los sectores políticos que habían apoyado al presidente saliente se rearticulaban conformando una nueva alianza político electoral en apoyo a Guillermo Lasso, propietario del segundo banco más importante del país y quien multiplicara sustancialmente su fortuna fruto de especular con los certificados de depósitos reprogramables durante el feriado bancario.

El mundo financiero ecuatoriano, que más allá de improperios no había sufrido grandes problemas durante la gestión correísta y que había vuelto a tomar el control del Banco Central bajo la nueva agenda fondomonetarista, presentaba a su candidato ganador para las elecciones del 2021. Todo ello con el apoyo ya no solo de los sectores conservadores durante la primera vuelta, sino también con gran parte de los sectores de izquierda que habían conflictuado con el correísmo durante su estancia en el poder.

Todo ello transcurría tras que la emergencia sanitaria causada por el COVID-19 agudizara la crisis económica ecuatoriana, provocando una profunda recesión que influyó en el repunte de la pobreza, amplificando los desequilibrios macroeconómicos existentes en el país.

La gestión de Moreno,  que durante la segunda mitad de su mandato fue más bien la gestión de María Paula Romo, dejó agotada a la sociedad ecuatoriana. Conllevó el deterioro generalizado de prácticamente todos los indicadores sociales, macro y micro económicos, así como de la credibilidad de las instituciones públicas. En el marco de un divorcio cada vez mayor entre el establishment político y la sociedad ecuatoriana, creció de forma acelerada la pobreza, la mendicidad infantil, el absentismo escolar, los suicidios, el endeudamiento familiar, la inseguridad ciudadana, el deterioro del mercado laboral y el desempleo, el endeudamiento externo y el desprestigio de la institucionalidad. El impacto de la pandemia dramatizó aún más el proceso de derrumbe que venía de antes. 

Quizás la consecuencia más brutal de todo esto fueron los cerca de cuarenta mil fallecidos durante el año 2020 por encima del promedio de muertes correspondientes a años anteriores. Este total de muertos por COVID-19, sean o no reconocidos oficialmente por el Estado, son el fruto del desmantelamiento del sistema de salud público derivado de las políticas de austeridad impuestas por el FMI al país a cambio de financiamiento internacional.

Tras las elecciones de 2021

Es en ese contexto en el que se establecieron las dos principales tendencias políticas entre dieciséis binomios electorales que se presentaron a las últimas elecciones presidenciales en 2021: por un lado el correísmo con Andrés Arauz a la cabeza -impedido legalmente Rafael Correa de ser candidato- y por otro el tradicionalismo conservador con un Guillermo Lasso apoyado en primera estancia por Jaime Nebot y su Partido Social Cristiano.

Más allá de lo anterior un amplio sector de la población ecuatoriana, principalmente joven y no identificada en el clásico clivaje “correísmo vs anticorreísmo” que ha marcado la política nacional en los últimos años, optó por opciones alternativas como Yaku Pérez (Pachakutik) y Xavier Hervas (Izquierda Democrática), en una plasmación semi-gramsciana de lo “nuevo” frente a lo “viejo”. Ambos a la postre terminarían, de forma directa o indirecta, siendo cómplices del triunfo de Guillermo Lasso en la segunda vuelta en abril del 2021. En resumen, la simpleza existente en el análisis político nacional no les permitió ver que el mejor escenario posible para pasar página respecto al liderazgo hegemónico de Rafael Correa en la izquierda ecuatoriana -mantenido vivo políticamente a través de la persecución judicial y mediática a su persona- pasaba por abrir paso a lo que hubiera sido un relevo político más democrático, más ideológicamente sintonizado con la nueva época y menos autoritario en las filas de la autodenominada Revolución Ciudadana.

Los errores políticos se pagan y hoy tanto Yaku Pérez como Xavier Hervas caminan en las sombras y dejaron de liderar a los respectivos partidos políticos con los que se presentaron a las elecciones hace menos de dos años. De igual manera y más allá del paulatino debilitamiento político correísta y sus notorias divisiones internas, la estrategia electoral llevada a cabo por la candidatura de Arauz en 2021 se basó en un enorme error de cálculo que desconsideró las fracturas de nuevo orden existentes en el país, las cuales ya no responden al pasado reciente que dió el triunfo electoral de forma permanente al correísmo a lo largo de los últimos quince años (incluido entre estos el agónico triunfo de Lenín Moreno en 2017).

Así las cosas y pese a que Guillermo Lasso perdiera cerca de un 30% de votos respecto a sus resultados obtenidos en la primera vuelta de las presidenciales de 2017, se investiría como presidente de la República en mayo del 2021, abriendo un nuevo y todavía más caótico ciclo político en el país.

Los compromisos electorales esbozados por Guillermo Lasso durante la campaña fueron muy básicos y concretos: dinamizar la economía nacional mediante la vacunación masiva y generar dos millones de empleos incrementado la inversión extranjera; revitalizar el sector agrícola mediante préstamos a largo plazo y bajo interés; así como aumentar la producción petrolera y ampliar agresivamente la frontera extractiva en general. Lo demás, aquello que fue ampliamente halagado por analistas y medios de comunicación hegemónicos, tenía que ver con falsas adhesiones a determinadas causas ambientales y de género que consistieron en meras florituras derivadas del reduccionista marketing político.

Pero más allá de las promesas gubernamentales, los datos empíricos vienen a demostrar que la economía ecuatoriana está en el grupo de los países que todavía no han logrado revertir el embate de la crisis económica causada por la pandemia de COVID-19. Es decir, el PIB ecuatoriano al cierre del ejercicio 2022 habrá crecido -en el mejor de los casos- unos 7 puntos en dos años tras el desplome de -7,6% de 2020. En definitiva, la inversión es prácticamente inexistente y el sector privado no ha tomado la posta como dinamizador de la economía nacional; consecuencia de lo anterior, no se están creando fuentes de empleo reales en el mercado laboral; se carece de políticas apropiadas en materia de infraestructura, educación, salud, seguridad e innovación tecnológica y de gestión; mientras la inestabilidad política y la conflictividad social se mantienen como una constante.

De hecho y relacionado a esto último, sería la mediación de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana en el conflicto lo que evitó una masacre social durante el paro nacional que tuvo lugar entre el 13 y el 30 de junio del presente año, el cual se articuló en rechazo a la política económica del presidente Lasso. La implementación del uso progresivo de la fuerza letal, una vez más encabezada por Patricio Carrillo -en esta ocasión en calidad de ministro del Interior- dejaría nuevamente un rastro de sangre con seis víctimas mortales entre los manifestantes y más de 600 heridos. Pese a que el conflicto finalizase mediante la firma de un “Acta por la paz”, logro alcanzado gracias al buen trabajo desarrollado por las universidades Central, PUCE y Politécnica Salesiana en labores de facilitación y relatoría -coordinado todo ello por el rector Fernando Ponce- en las 10 mesas temáticas de diálogo establecidas entre manifestantes y el Gobierno Nacional, la percepción generalizada en el país es que el Ejecutivo no dará cumplimiento real a la mayoría de los acuerdos en estas establecidos.

El escenario político actual refleja un país fracturado y a todas luces desestructurado, un presidente de la República con una popularidad inferior al 15% y un Gobierno Nacional incompetente y carente de legitimidad social. En paralelo, la oposición política -conformada en un pacto antinatura entre correístas y socialcristianos- visibiliza también sus carencias mediante el reiterativo fracaso de sus iniciativas legislativas destinadas a derrocar al Presidente de la República y provocar elecciones anticipadas. Por último y en medio de esta línea de fuego navegan a la deriva Pachakutik e Izquierda Democrática, quienes incapaces de administrar políticamente el respaldo popular obtenido en febrero del 2021, hoy defraudan cada día más a sus electores.

El Gobierno Nacional sabe que el 2023 será un año difícil. Las complicaciones de salud por las que atraviesa el presidente Lasso limitan ostensiblemente su capacidad para gobernar un país con una coyuntura tan compleja, es por ello que de forma discreta se esté buscando como posicionar en la Vicepresidencia de la República a alguien más joven y políticamente más confiable para el entorno lassista que Alfredo Borrero. Mientras, tras telones, lo más rancio del mundo conservador piensa ya en futuras opciones electorales para sustituir a un Guillermo Lasso, barajándose en primera instancia nombres tan patéticos como el del asambleísta Fernando Villavicencio o incluso los del binomio represor.

En todo caso el futuro político del país es un incógnita dado que ni el correísmo -aunque internamente piensen lo contrario- parece tener la fuerza para ganar de forma contundente unas elecciones presidenciales en el país, ni los nombres que se barajan hasta el momento desde el mundo conservador tiene la capacidad de generar el más mínimo consenso ni confianza.

Los grupos de interés que conforman el anillo presidencial buscan, conscientes de que la deslegitimación social gubernamental crece de forma acelerada y la indignación popular va en aumento, aguantar aunque sea un año más en el Palacio de Carondelet con el objetivo de implementar al menos parte de su programa económico. Ya ni el viejo pacto entre Estado y medios de comunicación que durante el gobierno anterior habría blindado mediáticamente a Lenín Moreno funciona en este.

La banca, una vez más la banca…, consciente de que el tiempo les juega en contra y que el descontento ciudadano tensará el ejercicio 2023, desencadena una serie de acciones coordinadas a través de sus pivotes institucionales estratégicamente situados. Por poner tan solo un ejemplo, llama la atención como la Junta de Política y Regulación Monetaria y la Junta de Política y Regulación Financiera -ambas tomadas por el sector financiero privado desde el anterior gobierno- atacan en la actualidad de forma sistemática al sector financiero popular y solidario. El objetivo en este momento de ambas juntas es regular la tasa pasiva y ajustar la normativa buscando exigir a las cooperativas de ahorro y crédito las mismas condiciones que a los bancos privados, lo cual supondría el exterminio de la economía popular y solidaria en el país. En paralelo, el asambleísta Rodrigo Fajardo, fiel a la banca y recientemente expulsado de Izquierda Democrática, presenta en la Asamblea Nacional el proyecto de Ley Orgánica para la Reestructuración del Sistema Financiero, mediante el cual se plantea incorporar a la Superintendencia de Bancos -institución que desde el gobierno de Lenín Moreno también pasó a estar al servicio de la banca privada- el control de valores y seguros hasta ahora en manos de la Superintendencia de Compañías.

En definitiva, los amos del sistema financiero privado tienen prisa y buscan en este momento con desesperación golpear al sistema financiero popular y solidario a fin de generar las condiciones pertinentes que les permitan ganar su cuota de mercado. Para ello buscan derribar el ecosistema diferenciado que ha permitido que las cooperativas de ahorro y crédito y las mutualistas hayan crecido sólida y conjuntamente un 504% en activos, 537% en depósitos y 442% en cartera de crédito según datos de la Superintendencia de Economía Popular y Solidaria.

Como diría James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton en 1992, “es la economía, estúpidos”…

¿Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de Putin?

por Bruno Cava – Giuseppe Cocco

La paz no es la ausencia de guerra, sino una virtud que brota de la fuerza del alma.                                                                                                                                                                                   Baruch de Spinosa

 

El mejor Occidente está fuera del Occidente. La mejor Europa está en las jóvenes iraníes que se sueltan el cabello y son asesinadas por ello, en los jóvenes ucranianos que ondean la bandera de Europa…                                                                                                                                                                                  Adriano Sofri

 

 

Escuchando el verso de Eurípides: «Cuando yo muera, que todo arda»[1], Nerón retruco: «¡Que todo se queme mientras yo esté vivo!» A Nerón le resultó más fácil imaginar el fin del mundo que su fin. Ante la guerra de alta intensidad librada por Putin contra las ciudades de Ucrania, es más fácil para la izquierda occidental –con raras y valientes excepciones– imaginar el fin del mundo que el fin del dictador ruso.

Los críticos de izquierda de la guerra de Rusia contra Ucrania se pueden dividir en tres grandes grupos: los que consideran legítima la agresión rusa, los que defienden la paz y, por último, los que siguen al pie de la letra el libro de jugadas de los juegos infantiles del realismo en las relaciones internacionales. La izquierda que defiende la guerra neocolonial rusa [2] no duda en movilizar argumentos antiimperialistas para la peor guerra imperialista en curso: las intervenciones estadounidenses pasadas justificarían la intervención rusa actual.

Luego vienen los diferentes matices de «pacifismo» que se oponen al envío de armas a Ucrania. En la década de 1980, los pacifistas abogaron por el desarme de sus estados nacionales; ahora quieren que otros estén desarmados, incluso aquellos bajo la invasión y el terror de estados más poderosos.

Finalmente -tercer momento- asistimos a la increíble conversión de una parte de la izquierda al realismo geopolítico: se debería haber evitado el apoyo de Occidente porque Ucrania presionaría para un enfrentamiento entre potencias nucleares: es decir, defender a los que resisten la invasión rusa. significa favorecer el apocalipsis.

El hilo conductor que une a los tres grupos de la izquierda occidental es el hecho de que concentran la crítica contra la resistencia ucraniana, reducida a un no sujeto o depositario de los prejuicios coloniales, y transformada en una “pequeña república” en la antesala de la historia [3], y de bendecir suavemente la agresión rusa en nombre del antiamericanismo ontológico y el miedo, generalmente una mezcla de ambos en proporciones variables.

En el terreno del pastiche antimperialista también se exaltó la alternativa neo-leninista entre “guerra y revolución” [4]. Una extraña revolución que se pone del lado de la narrativa neocolonial rusa y archiva el ciclo de luchas y levantamientos ucranianos de las últimas décadas, por ejemplo, el levantamiento de Maidan de 2013-14. En el mix son, entonces, arbitrariamente mezclados la inversión de la lógica y la colocación de Rusia en la posición del mal menor en relación con los Estados Unidos, América Latina y el Sur global. Para ellos, Estados Unidos es en realidad el peor de los males en comparación con Rusia. Sin embargo, nada de esto explica por qué Rusia sería un mal menor que Occidente para los ucranianos, que son tanto las víctimas como el principal núcleo de resistencia en este conflicto armado. Después de presenciar las corrientes negacionistas de la pandemia, ahora estamos presenciando el negacionismo de los pacifistas anti ucranianos. Solamente la resistencia y las poblaciones ucranianas deben sufrir las “consecuencias económicas de la paz”, invirtiendo la famosa fórmula de Keynes. ¿Cómo olvidar que una de las causas de esta guerra es que los ucranianos estaban desarmados, habiendo entregado su arsenal nuclear poco después de la implosión de la URSS, unión en la que, como una de las repúblicas, participaban al igual que Rusia? Y luego está el fenómeno por el cual quienes, tropezando en el pedregoso camino de Damasco, se han convertido a la trascendencia de las teorías realistas, como la de J. Mearsheimer [5], abandonando la religión cívica de las luchas de un pueblo por la libertad y la democracia, como la del Maquiavelo de las pequeñas repúblicas italianas [6].

La defensa maquiavéliana del pueblo en armas, que crea su libertad a través de la acción entre la multitud y el príncipe, se convierte en la nueva apología hobbesiana del miedo al servicio de la paz con la sumisión de los ucranianos. Tal paz es, de hecho, el nombre desconcertante de la normalización de la guerra. Esta supuesta complejidad esconde una simple realidad afectiva: la pasión por el poder estatal [7], representado por el régimen de Vladimir Putin.

En un artículo publicado en New Left Review, Antonio Negri y Nicholas Guilhot [8] escribieron que nada sería más peligroso que confundir una guerra de poder entre potencias nucleares con un conflicto asimétrico contra un «estado terrorista» en nombre de «altos ideales», como «democracia» o «derechos humanos». Desde el principio, Negri y Guilhot convierten los hechos en una nube de confusión. El comportamiento del Estado ruso es en realidad el de un Estado terrorista: en las zonas ucranianas, ocupadas o no, bombardea, tortura y mata indiscriminadamente; a nivel internacional, convierte el trigo, el gas e incluso los refugiados en armas, un acto terrorista dentro de un discurso genocida. [9] Sobre la base del revisionismo del historiador-jefe del Kremlin, el objetivo declarado de Putin es negar a Ucrania y a sus habitantes el derecho a existir como ciudadanos ucranianos, es decir, libres de su metrópolis histórica. El slogan de la «desnazificación» no tiene otro propósito que el de purgar a las poblaciones multilingües y multiculturales de Ucrania de todos los elementos étnicos, lingüísticos y nacionales. Por eso los ocupantes deportan a miles de niños ucranianos: para rusificarlos. Finalmente, el conflicto es en realidad asimétrico, ya que se desarrolla entre un estado militarmente nuclear y el estado ucraniano más reciente, cuya capacidad de respuesta es limitada y no equivalente en términos de medios y métodos, como las armas y los recursos para una defensa efectiva, que en el inicio eran insuficientes.

Negri y Guilhot valorizan la propaganda de Putin promoviendo una guerra entre Rusia y el «Occidente colectivo». Como podéis ver, en ocho meses de guerra murieron en combate decenas de miles de soldados y paramilitares rusos, muchos de ellos pertenecientes a minorías étnicas del antiguo imperio soviético, mientras que la OTAN no perdió ni un solo soldado. Durante los primeros meses de la guerra, los ucranianos solo tenían una asistencia militar defensiva limitada y sobrevivieron al ataque frontal lo mejor que pudieron. Una vez más, la virtud maquiavéliana se burla de los cálculos de realistas y pseudopolíticos de todos los países. Los ucranianos bloquearon la invasión inicial y ganaron la Batalla de Kiev, a pesar de la asimetría y la falta de apoyo sustancial de la OTAN. La resistencia nacional y militar en Ucrania fue y sigue siendo una resistencia popular [10]; una guerra del pueblo contra un ejército de ocupación, como en Vietnam (1950-70) o Afganistán (1979), que también derrotaron a las potencias nucleares.

Espejearse en la propaganda neocolonial de Putin y esconderse detrás de una América Latina inexistente o de un Sur global [11] sentimental y culturalmente relativista solo resulta en profundizar la catástrofe ética y política en la que se encontraba la izquierda putinista, una fracción mayoritaria de la izquierda que piensa en el tema de la globalización, aunque con la discreta fascinación del antiimperialismo y las teorías sobre el sistema mundial.

Como dice Étienne Balibar [12], es necesario estar del lado de la guerra justa que libran los ucranianos.

Después de todo, el realismo es irrealista, ya que no logra comprender el espacio impredecible que revela la resistencia. El sorprendente comportamiento colectivo de la resistencia ucraniana ha reabierto el escenario de la globalización más allá de la discusión entre bloques geopolíticos y relaciones de poder, aunque solo haya creado una pequeña grieta o una leve desviación de la tendencia. Pero es una desviación cualitativa, un clinamen. Esto no se lo esperaban los invasores, ni tampoco los aliados, que sólo tras el éxito de la defensa inicial comenzaron a incrementar la ayuda militar, aunque con muchas limitaciones en cuanto a medios y elección de objetivos.

De hecho, Negri y Guilhot no temen una confusión peligrosa; lo que realmente temen son las verdades peligrosas. Como su análisis opta por no tener en cuenta las tensiones que se entrelazan en la situación concreta, deben rodearse de instrumentos de defensa, como hablar en nombre de la paz mundial y la salvación de la humanidad ante el horror nuclear (evocado apenas por el lado putinista como guerra psicológica). La lucha eficaz de los que luchan por la vida, la independencia y la dignidad es más temida que el triunfo de lo intolerable. No parecen temer la victoria de Putin y lo que significaría para los ucranianos y otras poblaciones de Europa del Este. Nada podría ser más obsceno que eso.

Reafirmar el apoyo a la resistencia ucraniana y brindar toda la ayuda posible, ya sea desde la OTAN, la Unión Europea o los países del Sur global, es ahora una tarea internacionalista fundamental, capaz de mantener vivo el deseo de otro mundo posible, como en las luchas del ciclo por una globalización otra. Este mundo ya está emergiendo, a pesar de las terribles brutalidades aceptadas por la izquierda putinista, en los campos y ciudades de Ucrania.

 NOTAS

[1] Suetônio Tranquilo, The lives of twelve Ceasars. Book 6: XXXVIII – The Great Fire of Rome. 120 AD.

[2] Yaroslav Trofimov, Russia’s long disdain for ukrainian nationhood. The Wall Street Journal, Apr 28, 2022. Taras Bilous, Self-determination and the war in Ukraine. Dissent, May 4, 2022. Taras Bilous, The war in Ukraine and the Global South, The commons.ua, March 13, 2022.

[3] A modo de suplemento, para complementar en la guerra de propaganda del lado invasor es reducir quien es invadido a un detalle menor, mencionado en las notas al pie de página de él Gran Diseño de las Cosas. Un ejemplo sobre el tema: Toni Negri e Sandro Mezzadra. Join the Global Fight against the Regime of War. Transl. Geert Lovik. Network cultures, Aug 9, 2022.

 

[4] El último libro de Maurizio Lazzarato sobre la guerra rusa en Ucrania – Guerra o rivoluzione; perchè la pace non è una alternativa, DeriveApprodi: Roma, 2022 – es un alegato solemne contra el pensamiento débil para revolcarse en abstracciones débiles y totalizaciones intermitentes sin tener en cuenta la realidad de las fuerzas involucradas en la invasión y la resistencia a ella.

[5] El pastiche pacifista mixtura de realismo de las grandes potencias con el materialismo de la abstracción determinada, dos perspectivas o metodologías incompatibles.

[6] Nicolas Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 1532.

[7] “Hay que decir que los comunistas franceses tuvieron un buen maestro: Stalin. De hecho, fue Stalin quien reintrodujo la noción de pueblos «avanzados» y «atrasados» en el pensamiento socialista. Y si hablas del deber de un pueblo avanzado (en este caso los grandes rusos) de ayudar a los pueblos que se quedan atrás a ponerse al día y superar su atraso, no conozco paternalismo colonial que proclame una intención diferente”. Aimé Césaire, Letter to Maurice Thorez. Oct 1956.

[8] Toni Negri e Nicolas Guilhot, New Reality?, 19 de agosto de 2022. Guilhot es el traductor francés del segundo libro de la trilogía Negri & Hardt Empire, titulado Multitude: War and Democracy in the Age of Empire, Penguin: 2004. Ambos autores del articulo parecen haber evitado el capítulo inicial sobre Simplicius Simplicissimus (p. 3) de la novela picaresca de Hans Grimmelshausen del 1668.

[9] Cuando, con suerte, la guerra termine y las investigaciones internacionales se lleven a cabo adecuadamente (por ejemplo, en relación a las masacres, como la de Bucha), también será posible un veredicto sobre la naturaleza genocida de la invasión. Que el discurso de los invasores es genocida es indiscutible.

[10] Mehri Druckman, Generation UA: Young Ukrainians are driving the resistance to Russia’s war, Atlantic Council, Aug 11, 2022. David Patrikarakos, Inside the Ukrainian resistance, Unherd, Jul 9, 2022.

 

[11] Edward P. Thompson criticó la forma en que la izquierda occidental y europea se refirió de manera abstracta a la idea del Tercer Mundo, negándose a ver aspectos constructivos en las luchas de Europa del Este contra la URSS y los regímenes satélites (luchas que solo serían ‘contra’ algo). Para ella, la salida del bipolarismo de la guerra fría siempre estaría en otro lado, nunca del lado de los que se rebelaron dentro del socialismo real de forma creativa. The ends of Cold War. New Left Review n. 182, Aug 1990.

[12] Étienne Balibar, In the War: Nationalism, Imperialism, Cosmopolitics, The Commons.ua, 29 de Junio de 2022.

Publicado originalmente en https://www.ihu.unisinos.br

Traducción del portugués: Santiago Arcos-Halyburton

Ser diferentes, para cambiar el mundo

Por Raúl Zibechi

Todo el empeño de la clase dominante está puesto en eliminar o achatar las diferencias en los modos de vida, en las prácticas cotidianas de los pueblos, las clases y las personas, respecto de la cultura dominante. Para eso se militarizan regiones enteras, se producen genocidios y exterminios de poblaciones, desde hace cinco siglos.

La evangelización forzada promovida por los conquistadores se propuso destruir la autonomía política y cultural de los pueblos originarios, anclada en modos de vida comunitarios y en espiritualidades diversas pero irreductibles al despojo del naciente capitalismo. No se trataba de una cuestión de religiones, de dioses verdaderos o falsos, sino de que los pueblos no debían seguir viviendo a su modo, según sus costumbres.

La destrucción de los modos de vida de los campesinos ingleses fue clave para la implantación y expansión del capitalismo, como analiza Karl Polanyi en La gran transformación. Para eso se aplicó la violencia de arriba, despojando a los campesinos de las tierras comunales para convertirlos en vagabundos que terminarían como trabajadores encarcelados en los satanic mills (molinos del diablo), piezas claves de la revolución industrial.

La ofensiva contra las tabernas y otros espacios de los trabajadores a comienzos del siglo XX persiguió destruir los espacios donde los obreros utilizaban su tiempo libre para relacionarse de modos distintos a los que imponía la lógica capitalista, convirtiéndolos también en territorios de autonomía cultural y de organización de sus resistencias, como explica James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia.

Podemos remontarnos a los días de la esclavitud (cuando quilombos y palenques eran espacios de libertad y revuelta), o aterrizar en nuestros días (cuando los estadios de futbol, que fueron espacios diferenciados de la clase obrera, se convierten en mecanismos de acumulación por despojo y de la especulación financiera), para comprobar que la historia de las luchas es, también, la de la destrucción y la reproducción de las diferencias de clase, color de piel, géneros y diversidades sexuales.

La guerra que hoy sufren los pueblos originarios y negros de todo el continente, los campesinos, las mujeres y los jóvenes que luchan, tiene por objetivo despojarlos de sus modos de vida y convertirlos en dependientes del capital. Para forzarnos a servir. Para convertirnos en esclavos asalariados, que por menos de un salario mínimo dedicamos nuestras vidas a lubricar la acumulación capitalista.

La brutal ofensiva contra los pueblos originarios, desde Chiapas y la sierra Tarahumara hasta el sur de Chile, se propone expulsarlos de sus tierras para convertirlas en mercancías, ciertamente; pero también porque en sus territorios los pueblos viven de modo heterogéneo respecto del capitalismo. En este caso, territorio y diferencia están anudados, y son los que permiten la continuidad de la resistencia.

En su último trabajo ( Ir más allá de la piel, Tinta Limón, p. 51), la feminista Silvia Federici destaca que durante la Gran Depresión “se esterilizaba a mujeres blancas de clase obrera cuando se las consideraba débiles mentales, categoría que empleaban los trabajadores sociales y los médicos para etiquetar a las mujeres consideradas promiscuas y propensas a tener hijos fuera del matrimonio”. O sea, por ser diferentes respecto al modelo capitalista de mujer.

La diferencia, las diferencias, son potencialmente anticapitalistas, pero no de forma mecánica. En el mismo sentido, podemos asegurar que si no existen modos de vida, culturas y cosmovisiones diferentes a los hegemónicos, es imposible cualquier resistencia duradera, toda aspiración a cambiar el mundo y superar el capitalismo construyendo mundos-otros, nuevos y, sobre todo, diferentes. Este punto ha sido enfatizado suficientemente por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

La segunda cuestión es que la diferencia no cae del cielo, no es un dato de la realidad, heredado o inamovible. Debe ser cultivada, defendida, profundizada, cada día, cada hora, en resistencia contra quienes quieren eliminarla. El sistema lo hace de varios modos. Uno de ellos es la violencia y el cerco, como el que sufren tantas comunidades y bases de apoyo, como pudimos comprobar en Nuevo San Gregorio, en territorio del caracol 10.

De modo más sutil, el capitalismo suele neutralizarnos con la tentación del consumo, que es una poderosa fuerza de atracción de los jóvenes. El impulso a la migración, a dejar que de ser quienes somos, es un modo de suprimir las diferencias de abajo, complementario de la violencia descarnada.

Por todo esto, la lucha se produce en múltiples frentes: en la defensa del territorio, en la afirmación de la cultura propia, en el empeño por no dejarnos arrastrar a modos de vida que nos quieren imponer para desfigurarnos como pueblos y como personas.

A mi modo de ver, la diferencia es el fuego sagrado que debemos proteger, cuidar, profundizar y multiplicar, cada día de nuestras vidas.