Cathy O’Neil: «La próxima revolución política será por el control de los algoritmos»

«Solo sabemos que funcionan bien para quien los diseña, pero pueden ser tremendamente injustos para las personas objetivo», defiende la matemática Cathy O’Neil

Palabra de dios. Por mandato real. Es la economía, estúpido. La historia ofrece constantemente ejemplos de cómo las personas recurrimos al mito de la autoridad superior para revestir de una supuesta justicia objetiva nuestras decisiones. Para Cathy O’Neil, los algoritmos son el siguiente mito en esa lista.

¿Qué prejuicios tienen los robots sin prejuicios?

O’Neil, matemática doctorada en Harvard, posdoctorada en el MIT, fue una de las primeras en señalar que nuestro nuevo emperador también está desnudo. Un algoritmo (o la celebrada Inteligencia Artificial, que «no es más que un término de marketing para nombrar a los algoritmos») es tan machista, racista o discriminador como aquel que lo diseña. Mal programados, pueden llegar a ser Armas de Destrucción Matemática (Capitán Swing), como detalla en su libro sobre el peligro que representan para la democracia.

Defiende que existe una diferencia entre lo que la gente piensa que es un algoritmo y lo que realmente es un algoritmo. ¿Cuál es?

La gente piensa que un algoritmo es un método para tratar de llegar a una verdad objetiva. Hemos desarrollado una fe ciega en ellos porque pensamos que hay una autoridad científica detrás.

En realidad un algoritmo es algo tonto, básicamente un sistema de perfiles demográficos generado a partir del big data. Averigua si eres un cliente que paga o cuáles son tus posibilidades para comprar una casa en base a pistas que has ido dejando, como cuál es tu clase social, tu riqueza, tu raza o tu etnia.

¿Qué es un arma de destrucción matemática?

Es un algoritmo importante, secreto y destructivo. Injusto para los individuos que evalúa.

Normalmente son un sistema de puntuación. Si tienes una puntuación lo suficientemente elevada se te da una opción, pero si no la consigues se te deniega. Puede ser un puesto de trabajo o la admisión en la universidad, una tarjeta de crédito o una póliza de seguros. El algoritmo te asigna una puntuación de manera secreta, no puedes entenderla, no puedes plantear un recurso. Utiliza un método de decisión injusto.

Sin embargo, no solo es algo injusto para el individuo, sino que normalmente este sistema de decisión es algo destructivo también para la sociedad. Con los algoritmos estamos tratando de trascender el prejuicio humano, estamos tratando de poner en marcha una herramienta científica. Si fracasan, provocan que la sociedad entre un bucle destructivo, porque aumentan la desigualdad progresivamente.

Pero también puede ser algo más preciso. Puede ser un algoritmo para decidir quién accede a la libertad condicional racista, uno que determina qué barrios sufren una mayor presión policial en función de la presencia de minorías…

¿A quién le pedimos cuentas cuando un algoritmo es injusto?

Es una buena pregunta. La semana pasada salió a la luz que luz que Amazon tenía un algoritmo de selección de personal sexista. Cada vez que ocurre algo así, las empresas se muestran sorprendidas, toda la comunidad tecnológica se muestra sorprendida. En realidad es una reacción fingida, hay ejemplos de algoritmos discriminatorios por todas partes.

Si admitieran que los algoritmos son imperfectos y que potencialmente pueden ser racistas o sexistas, ilegales, entonces tendrían que abordar este problema para todos los algoritmos que están utilizando. Si hacen como si nadie supiera nada pueden seguir promulgando esta fe ciega en los algoritmos, que ellos en realidad no tienen, pero que saben que el resto del público tiene.

Por eso escribí el libro, para que la gente deje de estar intimidada por los modelos matemáticos. No hay que abandonar la automatización ni dejar de confiar en los algoritmos, pero sí exigir que rindan cuentas. Sobre todo cuando actúan en un campo en el que no hay una definición clara de qué es «éxito». Ese es el tipo de algoritmo que me preocupa. Quien controle el algoritmo controla la definición de éxito. Los algoritmos siempre funcionan bien para la gente que los diseña, pero no sabemos si funcionan bien para la gente objetivo de esos algoritmos. Pueden ser tremendamente injustos para ellos.

¿La próxima revolución política será por el control de los algoritmos?

En cierto sentido, sí. Creo que los algoritmos reemplazarán todos los procesos burocráticos humanos porque son más baratos, más fáciles de mantener y mucho más fáciles de controlar. Así que, sí: la cuestión sobre quién tiene el control está relacionada con quién despliega ese algoritmo. Espero que nosotros tengamos un control con rendición de cuentas sobre ellos.

Pero si nos fijamos en un lugar como China, donde hay sistemas de puntuaciones sociales que son intentos explícitos de controlar a los ciudadanos, no tengo tanta esperanza sobre que los ciudadanos chinos puedan ser los propietarios de esos algoritmos. En estos casos estamos hablando de una distopía, una sociedad de vigilancia en la que el Gobierno controla a los ciudadanos con los algoritmos, como una amenaza real. Es algo que puede pasar.

De momento el poder político no ha hecho mucho por mejorar la transparencia de los algoritmos.

Sí, es un problema real. Los políticos piensan que desde su posición tendrán en su mano controlar los algoritmos, así que no quieren renunciar a este poder, aunque sea malo para la democracia.

Es una consideración muy seria. Como digo en el libro, Obama fue adorado por la izquierda por su uso del big data para aumentar las donaciones o mejorar la segmentación de mensajes. Pero eso fue un precedente muy peligroso: en las últimas elecciones hemos visto como la campaña de Trump logró suprimir el voto de los afroamericanos gracias a esa misma segmentación de mensajes a través de los algoritmos de Facebook.

Publicó su libro en 2016. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Cuando escribí el libro yo no conocía a nadie preocupado por este tema. Eso sí ha cambiado. Vengo de Barcelona, donde he visto a 300 personas, mayoritariamente jóvenes, preocupadas por este tema. Es un fenómeno emergente a nivel mundial, la gente está empezando a ver el daño, el mal que hay aquí. La mayor parte de este daño algorítmico no se ve, no es visible. Que la gente sea más consciente hace que podamos esperar que haya una demanda para que los algoritmos rindan cuentas. Espero que eso ocurra.

 @cdelcastillom

Fuente: https://www.eldiario.es/tecnologia/proxima-revolucion-politica-control-algoritmos_128_1864351.amp.html

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Estudio sobre el concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas

Por Enrique Sandoval

En este trabajo tenemos la intención de realizar un análisis a profundidad del concepto de clases medias en la obra de Nicos Poulantzas.

Vamos a sostener la hipótesis de que en la teoría poulantziana las clases no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos sobre las “abstractas” clases sociales. Nuestro supuesto parte de que lo político y lo ideológico se transforman en aquella determinación estructural que constituye su propia identidad. Para ello explicaremos la constitución de las mismas en cuanto atravesadas por: 1) el trabajo improductivo que no añade ninguna magnitud de valor; 2) la jerarquía de dominación política al exterior de los aparatos de Estado; 3) la ritualización de los saberes de autoridad que se legitiman como excluyentes respecto de otras clases. Esto nos llevará a señalar la crítica de las nociones de “clases medias” y “sectores privilegiados”, en los marcos de una lectura poco usual sobre la crítica de la economía política.

Alcances y límites de la noción de privilegios

Es cierto que la pandemia en curso ha evidenciado las condiciones ventajosas o desfavorables que se han perpetuado en nuestras sociedades. Los cuestionaminetos y denuncias contra las desigualdades han avanzado de la mano de diversas luchas contra la discriminación racial, de género o de clase. Sobre este marco, el privilegio surge como un discurso indicativo de posiciones de exención respecto de la otra normalidad que viven sectores distintos. Estas exenciones refieren a las contradicciones entre la igualdad formal establecida en el derecho y la realidad de ciertas relaciones económicas de tipo centro-periferia, por las cuales atraviesan el machismo, la precariedad y la violencia sistemática. La identificación de ciertos “privilegios” ha permitido combatir algunos sentidos comunes nocivos que atribuyen al mérito individual el acceso a condiciones de disponibilidad económica, social y cultural que son opuestas a la pobreza del grueso de la población. No todos tienen acceso a una vivienda digna, seguridad social, servicios de salud, o bienes de consumo más allá de los de primera necesidad (vacaciones, autos, alimentos no nocivos, tablet, laptop, etc.).

Efectivamente, en el neoliberalismo actual asistimos a una agudización de las desigualdades en los niveles de consumo de la población. Los resultados de la encuesta nacional de ocupación y empleo del INEGI muestran que sólo el 30 por ciento de la población económicamente activa (PEA) percibe ingresos en el hogar por encima de los 13,000 pesos al mes, los cuales se estiman como el costo medio de la manutención básica familiar. La misma encuesta revela que cerca del 70 por ciento de los empleos se encuentran en el sector económico terciario (comercio y servicios,) y que 16 de los 56 millones de la PEA trabajan en la informalidad. Por otro lado, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) señala que las personas con discapacidad, VIH/SIDA, mujeres, indígenas y personas con sobrepeso son los principales discriminados en el país.

Sin embargo, la visibilización de estas desigualdades por la vía de noción “privilegios” encuentra sus límites con rapidez. Decenas de artículos se han escrito para reconocer las “posiciones privilegiadas” de diverso tipo: 1) no ser discapacitado; 2) acceso a infraestructura básica; 3) ser blanco; 4) hablar la lengua nacional; 5) carrera superior; 6) libros en casa; 7) internet; 8) viajes a otros países; 9) ser hombre; 10) heterosexual; 11) empleo estable; 12) prestaciones, etc. Por lo regular siempre se invita a reconocer los “privilegios” propios e incluso se llega a inducir un recuento cuasi-religioso que conduce a la culpa: “mira lo que tienes y agradece por ello”. Uno siempre puede agradecer a Dios o a uno mismo. No obstante, ya desde aquí debemos notar que ciertos privilegios provienen de situaciones distintas: los artículos “patrimoniales” se pueden obtener por actos de corrupción o por décadas de endeudamiento; el tiempo libre se puede ligar al desempleo o al beneficio de puestos empresariales altos; incluso, aunque el ingreso supere los tres salarios mínimos, algunos estarán por encima únicamente por unos cuantos pesos, mientras que otros estarán tan arriba que ni siquiera medirán sus ingresos en salarios. Si lo pensamos bien, Carlos Slim y algunos estudiantes de la UNAM podrían estar bien homologados bajo el discurso de los “privilegios”. ¿Qué sentido tiene esto? Aquí, para retirar el foco de los privilegios particulares, entra en escena otra perspectiva: la teorización de las clases medias.

Burguesía, proletariado y eso tan difícil de asir entre los polos

Como sabemos la teoría marxista es una referencia obligada en relación al tema de las clases sociales. Según Marx, la piedra angular del capitalismo es la explotación de los propietarios de los medios de producción respecto de los que venden su fuerza de trabajo a cambio de un salario que no es equivalente al valor que producen durante el proceso de trabajo. El excedente que se genera, y que permite la ampliación de este sistema, es la plusvalía. Por otra parte, Lenin teorizó el imperialismo como una forma particular del desarrollo capitalista caracterizado por el dominio del capital financiero, exportación de capitales, reparto del mundo, producción de una aristocracia obrera e intensificación de la lógica de las naciones oprimidas y opresoras. El imperialismo tiene cuatro etapas: 1) fase de transición de la competencia al monopolismo, que se extiende de finales del siglo XIX hasta el periodo entre las dos guerras; 2) fase de consolidación de lo estatal sobre las formaciones sociales, a partir de 1930; 3) fase de desarrollo de la lógica de las metrópolis inducida al interior de esas formaciones, a partir de 1945; 4) fase neoliberal destructora de las victorias nacional-populares en el seno del Estado, a partir de 1980. La clase media es producto de: a) la segunda fase por cuanto a la consolidación de los “Estados benefactores” y el aumento de los niveles de vida para los trabajadores; b) el desarrollo de la complejidad administrativa y comercial de la tercera fase; c) la expansión de las comunicaciones de la cuarta fase. Entonces ¿las “clases medias” son algo que Marx no pudo prever?

En realidad, Marx reconoció siempre la existencia de clases sociales distintas a las fundamentales (pequeña burguesía, campesinado, lumpenproletariado). Pero lo importante es que el desarrollo de las “clases medias” tiene todo que ver con la historia. Sin embargo, aunque se reconozcan estas vicisitudes históricas, no siempre se traducen en un desarrollo de la teoría marxista de las clases sociales: se describen particularidades sin teoría o se remite a la vieja teoría sin particularidades. Tales son los casos que analizan “las clases medias” como problema de identidad, prácticas culturales o consumo. Veamos esto más de cerca.

  1. El abordaje identitario ha sido reproducido por algunos sectores trotskistas. Esta perspectiva considera que las clases medias son sinónimo de pequeña burguesía, en cuanto ocupan un lugar “intermedio” en la estructura productiva, o sea, en todo el espectro inespecífico de las posiciones que no son estrictamente obreras (trabajadores productivos) ni estrictamente burgueses (dueños de medios de producción). Ser de clase media es, sobre todo, una “construcción ideológica” producida por las clases dominantes para fracturar la identidad legítima de la clase obrera. La pequeña burguesía que posee  una “soltura” económica —también inespecífica—, participa de una aspiración al ascenso social virtualmente inalcanzable, sumado al rechazo abierto a descender en la escala social. Como su condición de clase no es más que un “engaño”, los trabajadores han renunciado a su “orgullo” por la clase a la que verdaderamente pertenecen. Aceptarse como lo que son ayudaría a “robustecer” las filas de la clase obrera para una acción revolucionaria.
  2. El segundo abordaje se refiere al constructivismo tipo Pierre Bourdieu. En su obra Las estrategias de la reproducción social estudia la dinámica de “luchas y apuestas” que son llevadas a cabo por grupos e individuos (agentes) pertenecientes a las clases. Primero distingue a las clases: populares, medias y burguesas; y luego a las fracciones de clase: pequeña burguesía y pequeña burguesía ascendente. Bourdieu afirma que la relativa estabilidad de las clases se debe al habitus, que indica la vinculación de la práctica subjetiva respecto de las regularidades objetivas de la realidad estructurada; es decir, el papel de las clases dominantes consiste en aprovechar su situación de poder para mantener activamente el orden del que son beneficiarios. La diferencia entre las clases dominantes y las populares estriba en que las primeras tienen posibilidades reales de cumplir sus intereses, hacerlos institucionales y materia de derecho. En cambio, las clases populares son desposeídas porque manejan parte de sus intereses como imaginación y anhelo. Bourdieu señala que la pequeña burguesía ascendente se conforma por grandes comerciantes, profesores, técnicos y profesionistas liberales que viven un constante conflicto interno por tratar de ser parte de la clase superior. La pequeña burguesía vive reduciéndose para conseguir una acumulación de capitales (económico, social, cultural y simbólico) mediante la educación, el pago de rentas elevadas o la restricción reproductiva. Pero en este caso es la realidad estructural (y no la identidad aspiracionista) la que las dota de ventajas sociales para proyectar una trayectoria que no podrán realizar sino, tal vez, en generaciones posteriores. Una vez más los intereses de clase se presentan como engaño, aunque en este caso no se remite su verdad a las clases populares.
  3. Un último criterio remite a la definición de las clases medias por su nivel de consumo o intereses inmediatos a nivel económico. Este criterio constituye el sentido común de innumerables instituciones gubernamentales y encuestadoras. Sin embargo, resulta interesante que el abuelo de esta concepción sea Max Weber: “corresponde siempre al concepto de clase el hecho de que las probabilidades que se tienen en el mercado constituye el resorte que condiciona el destino del individuo.” Este criterio se halla profundamente difundido en la Sociología moderna debido a la popularización elaborada por Anthony Giddens en su libro La estructura de las clases sociales en las sociedades avanzadas. Según el Índice de Desarrollo Social de Evalúa de Ciudad de México, sólo es clase media la población cuyos ingresos ascienden por encima de los 16 mil pesos mensuales, o sea, sólo el 12% de la población pertenecería a la clase media. Aquí la estadística prescinde de las relaciones sociales de producción y de hecho no se nos dice nada sobre las jerarquías efectivas al interior de los procesos laborales.

Todos estos criterios informan sobre ciertos hechos que es necesario identificar. No obstante, su límite aparece cuando se proponen determinar las fronteras reales con la clase obrera y la burguesía efectiva. No se trata sólo de un problema conceptual, sino de un asunto concerniente a la identidad propia de las clases trabajadoras en cuanto construyen su conciencia organizativa, producen sus alianzas y reconocen a los enemigos. A partir de aquí desarrollaremos una perspectiva crítica sobre estos sectores que no son “ni obreros ni burgueses”. Nos apoyaremos en la Crítica de la Economía Política de Marx y en los importantes avances que el sociólogo francés Nicos Poulantzas ha realizado en este campo.

Planteamiento efectivo del problema

En el 18 Brumario de Luis Bonaparte, Marx dice que en la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquellas forman una clase. Por cuanto existe entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.

Aquí, es evidente que el criterio para definir a las clases sociales resulta de una estructuración histórica que liga 1) las condiciones económicas, 2) la unión nacional, la organización política; 3) su cultura y modo de vivir. Es importante notar que en la primera parte del texto las condiciones económicas, culturales y los intereses que de ello derivan, sólo existen como oposición respecto de otras clases; vale decir, independientemente de los antagonismos vivos, la existencia de las clases tiene un fundamento en la propia lucha de clases. Si hay clases entonces hay lucha de clases. Ésta no es un resultado de la conciencia para sí (organización y voluntad), sino una relación objetiva sobre la que se estructura la conciencia. Por otra parte, es obvio que en Marx la relación clases-medios de producción es fundamental, pero el criterio para definir el poder político de éstas se encuentra en el lugar que ocupan en las relaciones socio-políticas de producción. En el caso de los campesinos franceses, el autoconsumo periférico les impidió la intersubjetividad o interdiscursividad. Sólo la negación del resto de la sociedad los hizo sentirse clase. Pero ese sentir, anudado a la incapacidad de autorepresentarse, les condujo a la irresistibilidad del Estado autoritario. Lo importante aquí es que la política y la cultura no son epifenómenos (esto lo desarrollaremos después). En todo caso, si el criterio económico es predominante, es porque comprende la determinación de las clases fundamentales (burguesía y clase obrera) de la sociedad moderna en cuanto que el modo de producción capitalista (MPC) se convierte en hegemónico. El criterio no sirve en sí, sino cuando conviene a la realidad hegemónica de este modo de producción.

No obstante, no podemos seguir hablando del capitalismo en general, sino de formaciones sociales en las que se interfieren diversas modalidades productivas que, finalmente, domina el MPC. Incluso en nuestras sociedades dependientes, puede hablarse de un centro y de una periferia interna. Y si la imagen de las periferias internas ha estado asociada sobre todo con formas de producción precapitalistas, la imagen del centro no puede agotarse en el tema de la clase obrera y la marginalidad informal, sino que exige el reconocimiento de asalariados no productivos: empleados del comercio, bancos, administración, oficinistas, publicistas, profesiones liberales (médicos, abogados, profesores, consultores, analistas de sistemas), pequeños propietarios, servidores públicos, y hasta cuellos blancos o azules (Wright Mills), etc.

Históricamente han existido dos abordajes teóricos erróneos sobre el tema de  los asalariados no productivos: 1) entenderlos como parte de la clase burguesa en cuanto que ejercen funciones de autoridad jerárquica; 2) entenderlos como parte de la clase obrera en cuanto que no poseen medios de producción y pertenecen a una supuesta clase salarial. En el primer criterio se renuncia al criterio económico, y en el segundo se atiende exclusivamente a él. Si se continúa por esta vía dualista, se diluyen los conceptos de clase obrera y burguesía. Si todos somos burgueses o si todos somos clase obrera, entonces no existe lucha de clases.

Es en este punto ciego donde probablemente aparezca la estrategia discursiva de las “clases medias”. Como hemos visto, el criterio indicativo de las clases medias muestra un hecho real: la comunidad identitaria definida por niveles de consumo, actitudes psicológicas, rasgos físicos, gustos, etc. El criterio no se refiere a ninguna clase, incluso parece indicar un supuesto “aburguesamiento” de la clase obrera o un desclasamiento de la burguesía. Si el criterio “clase media” sustituye a la categoría de clase, entonces las clases y la lucha de clases dejan de existir. El peligro particular, como hemos visto, es que ciertas actitudes identitarias de las clases medias corresponden efectivamente a diversas clases: burguesía, pequeña burguesía y clase obrera. De esta manera se pierde el juicio para identificar las divergencias de clase y las posibles alianzas populares. Sólo una teoría de las clases sociales puede orientarnos en el escalonamiento efectivo de las diversificaciones sociales.

Teoría de las clases sociales: actualidad de Nicos Poulantzas

Las clases sociales no son modelos sobre los que puedan construirse conjuntos externos “concretos” sobre las “abstractas” clases sociales. En el marxismo crítico se admiten fracciones, capas y categorías, pero todas éstas tienen una adscripción de clase. La categoría de clase designa, como dice Poulantzas, el conjunto de los efectos de la estructura en el campo de las relaciones sociales. En las sociedades donde domina el MPC se desarrolla una polarización entre la burguesía y la clase obrera. Como hemos visto, aquí la propiedad y el mando sobre las fuerzas productivas son determinantes; mientras que lo político e ideológico son decisivos para el ejercicio del poder. En cambio, para conceptuar a los asalariados no productivos, que ahora llamaremos nueva pequeña burguesía, lo político y lo ideológico se transforman en determinantes. Lo estructural de la pequeña burguesía corresponde a lo político y a lo ideológico. La pequeña burguesía se compone de: 1) pequeña burguesía tradicional (pequeña producción y pequeña propiedad) y; 2) nueva pequeña burguesía (asalariados no productivos). En la pequeña burguesía tradicional el trabajador directo es a la vez propietario, mismo que se desarrolla sobre la forma mercantil simple. En cambio, la nueva pequeña burguesía se constituye por sectores asalariados que no poseen medios de producción. Si la clase obrera es asalariada, no todo asalariado pertenece a la clase obrera: “todo trabajador productivo es un asalariado, pero no todo asalariado es un trabajador productivo.” De la misma manera, no toda clase que no posea medios de producción es clase obrera. El criterio fundamental para definir a la clase obrera refiere al trabajo productivo.

Digresión necesaria sobre el trabajo productivo: la economía

El trabajo productivo se efectúa siempre en condiciones históricas de explotación determinadas. En realidad, un trabajo con idéntico contenido en el resultado puede ser productivo o improductivo. Es trabajo productivo, en primer lugar, aquel que se cambia contra capital variable y produce plusvalor que valoriza al capital: “es productivo aquel trabajo -y sólo es un trabajador productivo aquel ejercitador de la capacidad de trabajo- que directamente produzca plusvalía.” De esta manera, aquel trabajo que dependa fundamentalmente de la esfera de la circulación (marketing, seguros, banca, contabilidad, vendedores telefónicos o de almacén, etc.) no es productivo, o sea, no produce valor ni crea plusvalía, aunque sí contribuye a la realización de ésta. “Puesto que el comerciante, en cuanto mero agente de la circulación, no produce valor ni plusvalor […] también es imposible que los trabajadores de comercio a los que ocupa en las mismas funciones puedan crear directamente plusvalor para él.” Sin embargo, la mayoría de esos trabajadores no productivos asalariados son explotados en tanto que su salario corresponde a la reproducción de su fuerza de trabajo y en cuanto contribuyen a disminuir los gastos de circulación del plusvalor.

Esto último no significa que todo trabajo que se realice en la esfera de la circulación sea improductivo. En realidad, aquellos trabajos que acrecientan el valor de cambio de la mercancía sobre la base de su valor de uso capitalista (transporte, almacenamiento, distribución, reparación, etc.), pueden ser considerados como procesos de producción dentro de la esfera de la circulación. “Ya hemos expuesto (libro II, capítulo vi, Los costos de circulación, 2 y 3) hasta dónde deben considerarse la industria del transporte, conservación y distribución de las mercancías —bajo una forma adecuada a dicha distribu­ción— como procesos de producción que persisten dentro del proceso de circulación.” De esta manera, esos trabajadores deben ser considerados como parte de la clase obrera.

Por otra parte, es verdad que algunos de los trabajos improductivos contribuyen a la reproducción de las relaciones sociales capitalistas (profesores, médicos, funcionarios de Estado), pero la utilidad de estos servicios no modifica en nada la relación económica. No debemos confundir lo necesario como condición, con lo productivo. Si así fuera, entonces deberíamos decir que todos los trabajos que contribuyen indirectamente a la reproducción de la fuerza de trabajo directamente productiva, son productivos. Con esto, la distinción trabajo productivo-improductivo quedaría diluida: “de esta suerte un bribón también es un trabajador productivo, ya que indirectamente produce libros de derecho penal.” En realidad, el trabajo productivo debe producir los elementos materiales que son el sustrato propio de la explotación; o sea, intervenir en la producción material y el aumento de los valores de uso materiales. Por una parte “es productivo aquel trabajo que se representa en mercancías.” Ello no significa que sólo las “cosas útiles” sean resultado del trabajo productivo, pues los artículos de lujo pueden ser el resultado de un verdadero trabajo productivo. Es productivo el trabajo que se representa en mercancías y produce plusvalor. Pero aquí debemos tener mucho cuidado: no todo trabajo cuyo resultado adopte la forma mercancía produce valor. En el caso de los artistas (pintores, escritores, etc.), el producto de su trabajo (libros, pinturas), aunque posea un precio y adopte la forma mercancía, no tiene valor. Lo mismo puede decirse del trabajo científico (investigadores), pues a pesar de que sus resultados pueden ser incorporados al capital, el trabajo propiamente científico no interviene de manera directa en el proceso de producción del plusvalor. Aunque las patentes tengan precio, no tienen valor (no son reproducibles). No toda mercancía proviene del trabajo productivo.

Varios trabajos de servicios (peluqueros, cosmetólogas, taxistas, etc.) son improductivos en cuanto que no se cambian por capital, sino por renta. Ese trabajo no se incorpora como factor vivo para valorizar el capital, “por ese trabajo intercambia su dinero como rédito, no como capital.” Su trabajo no se cambia contra capital variable. De manera que desde la perspectiva del capital social, la retribución se trata de un gasto improductivo. Si ese trabajo está sometido a un capitalista individual, constituye un beneficio; pero desde el punto de vista del capital social tal beneficio es parte de la transferencia de plusvalor que sólo puede crear el capital productivo. Aún así, la gran mayoría de los trabajadores del sector servicios son explotados y de hecho se encuentran en la precariedad informal. Es verdad que el intercambio de valores contra renta supone el intercambio de equivalentes que no podría dar lugar a la explotación. Pero en el marco de la hegemonía del MPC, el capital somete incluso al sector de servicios con más calificaciones (profesores, arquitectos, abogados, informáticos, incluso gran parte del sector de espectáculos, etc.) que suministran trabajo no pagado o plustrabajo para economizar los ingresos acumulados del capital que desembolsa al principio. En el caso particular de los trabajadores sociales no productivos del sector público (trabajadores sociales en barrios, promotores de cultura, etc.), aunque los capitalistas no intervienen directamente como capitalistas sino como compradores de servicios, la relación de explotación se sustenta en el intercambio desigual sobre el que se obtiene ventaja. En términos generales, aunque un agente venda sus servicios sin ser asalariado, la desigualdad de los términos de intercambio evidencia la situación de explotación (trabajadoras domésticas no reconocidas).

Sólo en algunos casos excepcionales los trabajadores improductivos no son explotados. Por ejemplo, a los grandes abogados de las multinacionales (que no llegan todavía a la categoría de asociados) no se les arrebata plustrabajo, pues la relación salarial se establece sobre un verdadero intercambio de equivalentes en cuanto se cubre el costo efectivo del pago por el servicio bajo un tiempo de trabajo socialmente necesario. Sin embargo, si esos agentes se vuelven verdaderos asociados, no deberíamos hablar más de trabajadores improductivos, sino de clases burguesas por medio del rodeo de la sociedad de acciones.

Segmento vigilante y directivo: la política

En el MPC las relaciones sociales de producción determinan las relaciones técnicas de producción. Es el criterio de dominación de las relaciones de producción sobre el trabajo, en cuanto remite a la determinación de las relaciones políticas e ideológicas, lo que permite identificar las fronteras con la clase obrera. Esto quiere decir que el puro criterio del trabajo productivo no lo es todo, pues las funciones de dirección, control y vigilancia constituyen también un trabajo productivo en cuanto se integran al proceso laboral colectivo. “Si se considera al trabajador colectivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente y de una manera en el producto total que al mismo tiempo es una masa total de mercancías, y aquí es absolutamente indiferente el que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o más distante de trabajo manual directo.” Pero la dirección, el control y la vigilancia no son funciones técnicas, sino resultado de la configuración de las relaciones socio-políticas en la producción, mismas que no se identifican de inmediato con las relaciones políticas en el seno del Estado. Recordemos que en el Sexto inédito Marx habla de la hegemonía y la subordinación al interior del proceso productivo: “la relación de hegemonía y subordinación ocupa en el proceso de producción el lugar de la antigua autonomía anterior.”

La cualidad política de la dominación en el seno de la producción no se agota en la figura de los propietarios económicos reales de los medios de producción que controlan las inversiones y los medios del proceso de acumulación (grandes capitalistas, altos directivos y ciertos miembros del consejo de administración). En realidad, estas funciones son ejercidas por directivos medios, altos gerentes, ejecutivos y tecnócratas que no son propietarios directos, pero sí poseedores de los medios de producción que controlan los medios físicos de producción (capital constante) o la fuerza de trabajo (capital variable), y por ello deben ser considerados como parte de la clase capitalista. La propiedad real se refiere al control del flujo de inversiones en la producción (qué se produce), y la posesión remite al control del proceso productivo (cómo se produce). Esta diferencia no se trata de algo que Marx “no previó”: “La propia producción capitalista ha hecho que el trabajo de dirección superior, totalmente separado de la propiedad del capital, ande deambulando por la calle. De ahí que se haya tornado inútil que el propio capitalista desempeñe esta tarea de dirección superior. Un director musical no tiene por qué ser, en absoluto, propietario de los instrumentos de la orquesta, ni pertenece a sus funciones como director el que tenga algo que ver con el `salario´ de los músicos restantes.”

La función de vigilancia sobre la fuerza de trabajo se transmite a bajos directivos, capataces y supervisores explotados que ejecutan órdenes precedentes. “Así como el capitalista, no bien el capital ha alcanzado esa magnitud mínima con la cual comienza la producción verdaderamente capitalista, se desliga primero del trabajo manual, ahora, a su vez, abandona la función de vigilar directa y constantemente a los diversos obreros y grupos de obreros, transfiriéndola a un tipo especial de asalariados.” Aunque esta función pierda algunos rasgos despóticos y adopte la forma de administración de reglas impersonales, no debemos perder de vista que su empleo político continúa siendo la vigilancia para la extracción y la recaudación del plusvalor como encarnación de los poderes del capital, por lo que estos sectores tampoco pertenecen a la clase obrera. Si esto es así, entonces la diferencia trabajo productivo-improductivo no coincide con la de trabajo manual-intelectual. El General intellect constituye también el trabajo productivo: “La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferro­carriles, electric telegraphs, selfacting mules, etc. Son éstos productos de la industria humana; material natural, transfor­mado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana, fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha con­vertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo.” Esto nos lleva al abordaje de la cuestión de la ideología.

La ciencia dominante: la ideología técnica

La división trabajo manual-trabajo intelectual es el resultado fundamental del proceso de subsunción real del proceso de trabajo al proceso de valorización en su aspecto de escisión del productor respecto de los medios de producción. Al separar a los diversos trabajos, se escinde como autónomo al trabajo espiritual. El saber científico es una fuerza productiva del capital y por ello mismo no es un saber neutral, sino ideologizado como ciencia dominante. Aunque Althusser ha reaccionado contra los excesos de la diferencia “ciencia proletaria-ciencia burguesa”, lo cierto es que es innegable que por su constitución la ciencia lleva el signo de la modernidad capitalista. Ahora bien, si sólo después de la revolución industrial podemos diferenciar ciencia y técnica, es claro que las aplicaciones tecnológicas sobre el proceso de producción, dominado por las relaciones sociales capitalistas, constituyen las prácticas fundamentales del saber ideológico dominante. Son los técnicos y los ingenieros los portadores de la reproducción de estas relaciones ideológicas (no neutrales ni técnicas en sí) sobre las que se funda la división trabajo manual-trabajo intelectual. La división consagra el monopolio del saber técnico respecto de aquellos que “no saben”, y al mismo tiempo legitima el trabajo de dirección y vigilancia que realizan aquellos técnicos e ingenieros sobre la clase obrera.

No obstante, dentro del trabajo intelectual técnico existe una subdivisión trabajo manual-trabajo intelectual que explica la existencia de algunos ingenieros subalternos que no ejercen la dirección y cuyo trabajo se halla constantemente descalificado: estos sectores forman parte de la clase obrera. En el capitalismo contemporáneo las antiguas brechas entre el ingeniero y el obrero tienden a disminuir y hasta se diluyen. “Asistimos a un cuestionamiento de las separaciones entre el capataz, el encargado de métodos y el obrero profesional. El encargado de métodos prepara su programa de fabricación con el obrero profesional, a la vez que éste debe usar el microprocesador, y aún la terminal de computadora del departamento de métodos, para efectuar sobre la marcha las modificaciones necesarias al ciclo de fabricación. El capataz es menos el agente de autoridad, que un ´supertécnico´ capaz de intervenir en caso de diagnóstico complejo de avería, y sobre todo, de coordinar los grupos de trabajo en función de la productividad.” Sin embargo, los centros de decisión estratégicos continúan perteneciendo al capital. Los trabajos de mantenimiento, optimización y control sobre la máquina-herramienta, con la mediación de la máquina informática, son prácticamente insustituibles. La intervención humana nunca ha sido tan importante como ahora.

Por último, debemos precisar que el trabajo intelectual no se agota en el trabajo técnico. Los administradores, la burocracia empresarial y hasta los psicólogos laborales con formación clásica (y su degradación actual en el couching), reproducen la figura de saberes intelectuales en función de estas relaciones. Esto nos lleva al análisis del trabajo intelectual que no se identifica con la portación científica.

El nuevo godinato pequeñoburgués: la ideología-ritual

El trabajo intelectual implica trabajos que nada tienen que ver con la ciencia. En la medida que los aparatos de Estado (administrativo, represivo e ideológico) y los aparatos de empresa (oficinas) desarrollan sus funciones burocráticas sobre la sociedad, se reproduce una gradación de funciones ajenas a la dirección y la organización, pero incorporadas a la instrumentación semi-mecánica que es ocupada sobre todo por los oficinistas (funcionarios menores de Estado, secretarias, etc.). La burocratización es un índice de la axiomatización de sistemas de reglas, impersonalidad de las funciones, ocultación del saber, jerarquización y centralización. Pero los puestos efectivos que ocupa esta nueva pequeña burguesía se encuentran en el grueso de la subordinación jerárquica en cuanto ejecutores. No ejercen poder, sino autoridad. Es una clase explotada en diversas medidas y articulada a una serie de mecanismos parcelados de estandarización racional. Estos trabajos son intelectuales sólo en la medida que se encuentran investidos de una serie de rituales culturales y elementos sociales que los distinguen de la clase obrera. Se trata de elementos poco relacionados con la ciencia, pero cuyo ejercicio se legitima como si estuviera fundado sobre ella: escribir bien, tener elocuencia, capacidad de trato social noble, buena presentación física, manejo de computación básico y cultura general.

En realidad, el aparato escolar superior es insustancial para la asignación de puestos en el sector de la burguesía y la clase obrera; pero resulta un aparato determinante para la formación de esta pequeña nueva burguesía, sobre todo porque, al excluir el trabajo manual, reproduce la división trabajo manual-trabajo intelectual que es externa a ella (y que a la vez le asigna su papel), y además establece el ambiente de la estimación social del trabajo intelectual sobre un sistema de promociones que por lo regular se encuentra sobresaturado. La formación de esta clase es general; o sea, aunque el mercado no ofrezca salidas laborales correspondientes a la carreras particulares, sitúa aún así las jerarquías en el campo del trabajo intelectual y sus gradaciones que ascienden siempre por el carril de la estimación constante del trabajo intelectual, mismo que se aleja cada vez más de la clase obrera. Claro que aquí el padecimiento de las frustraciones es más constante que en el sector directamente productivo.

En términos históricos estos sectores pueden llegar a ser hostiles a la “gran riqueza”. Y sin cuestionar el sistema jerárquico y la división del trabajo, reivindican una racionalización “más justa” y “rectificadora del sistema corrompido”, para que surja un auténtica distribución de un poder político y una verdadera meritocracia cimentada finalmente sobre el individualismo pequeñoburgués. Se encuentra en ellos el temor a la proletarización efectiva, que instintivamente ligan a la transformación revolucionaria. La mayoría de las veces se trata de sectores educados y ordenados en la masa silenciosa que, mediante su neutralidad, participa de la indiferencia. Se trata de la “buena gente”. Como dice el Che Guevara: “para ser buena gente, hay que dejar hacer y deshacer. Los que no exigen, los que no discuten los problemas, los que no controlan, los que no depuran responsabilidades, a los que les importa lo mismo cumplir que no cumplir, a los que no les duelen los problemas, los que no tienen hígado y les importa poco todo, son los buena gente.”

Es cierto que históricamente esta clase ha constituido un clase-apoyo de los fascismos y de la derecha en coyunturas donde siente amenazada su posición. Pero también es verdad que ha acompañado algunas de las luchas obreras cuando la correlación de fuerzas es favorable para ésta. La pequeña nueva burguesía puede ser auténtica fuerza social a la izquierda y hasta una necesidad para la clase obrera. Esto nos conduce al examen general de las posibles alianzas con el sector de los asalariados no productivos.

El bloque histórico clase obrera-nueva pequeña-burguesía

Según Poulantzas la nueva pequeña burguesía “no puede unificarse sino uniéndose a la clase obrera bajo la hegemonía y la dirección de ésta.” Sin embargo, es necesario distinguir a las fracciones específicas que todavía podrían ser componentes de una alianza histórica particular con la clase obrera. En primer lugar, los asalariados del sector comercial de los grandes establecimientos, afectados por la mecanización del trabajo, sobre los que se carga el peso del trabajo manual (empleados del restaurante, fast food, cines, almacenes, supermercados, conserjes, etc.). Como ya decíamos, el trabajo improductivo no es sinónimo de trabajo intelectual. En estos sectores el aparato escolar y la burocracia interna casi no tienen importancia, pero la promoción y la seguridad se cargan hacia la precariedad de un trabajo repetitivo hasta el extremo.

En segundo lugar, los trabajadores estatales improductivos sobre los que se reproduce la subdivisión de un trabajo manual verdaderamente precarizado (mantenimiento, limpieza y recolección de desechos, etc.); o los trabajadores estatales legitimados sobre cierto saber profesionalizado (personal médico, profesores, etc.), y hasta los trabajadores sociales, muchas veces auxiliares o eventuales, que no requieren un título para conocer la inestabilidad. En tercer lugar, los oficinistas (de la circulación o realización del capital, o aparatos de Estado) que realizan un trabajo improductivo cargado sobre lo intelectual, y cuya descalificación y mecanización es patente (formularios y archivación). En nuestro marco histórico, el mito de la promoción ha devenido en verdadero mito.

En general se trata de construir el bloque histórico de los trabajadores. Decimos trabajadores porque el concepto de clase obrera, estructurado sobre la base del trabajo manual, especializado y cerrado sobre sí mismo, no debe conducirnos a excluir a los demás trabajadores que somete el capital. Esto no significa que la clase obrera haya dejado de existir (tesis post-althusseriana). Es necesario que las funciones, la movilidad y las divisiones profesionales, no bloqueen la expresión organizativa y programática de estos trabajadores en sindicatos y organizaciones autónomas con agendas direccionadas hacia la solidaridad, la cooperación y la autogestión. Por otra parte, si regresamos al tema de los privilegios, es verdad que los niveles culturales, de consumo, salud, esparcimiento, explotación y precarización, son desiguales; pero no debemos entender este proceso por la vía del “privilegiado”. Cierto es que en nuestros países dependientes estas desigualdades son más exorbitantes de lo que Poulantzas podría imaginar, pues la uberización, el sicariado, la feminización del trabajo productivo, el outsourcing, la tercerización, la informalidad, el subtrabajo, el ambulantaje, el desempleo camuflado y hasta la mendicidad, son cada vez más cotidianos (la improductividad prescinde del salario). En realidad, un privilegio no es estar mejor que otros, sino estar mejor a costa de los otros; vale decir, a costa de la explotación y las desigualdades generadas por la burguesía en el MPC. El poder real de un privilegio consiste en apropiarse, de manera duradera, del porvenir de los demás. Es el poder de la posibilidad monopolizada. Al plus-goce de este poder sólo se accede por la plusvalía del capital. Entonces, no hay privilegio donde se hipoteca el futuro, donde se paga en abonos pequeños, donde la estabilidad es pasajera y donde a corto plazo nos aguarda el terror. Porque la seguridad real la sostiene una sola clase y no más. En este sentido, el discurso del privilegiado, usado sólo para entender la diversidad de las condiciones de los trabajadores, enciende la guerra de los pobres contra los pobres. Pero el discurso del privilegiado, utilizado para comprender la configuración de las clases sociales en el MPC, nos permite entender que sólo la burguesía es privilegiada.

Enrique Sandoval Castro es licenciado y maestro en Filosofía por la UNAM.

 

China: Tan distante del imperialismo como del Sur Global

Las controversias sobre el status geopolítico de China se han intensificado. Su presentación como imperio se basa en erróneas analogías

Por Claudio Katz

Estas ignoran cómo la expansión productiva se combina con la prudencia geopolítica. El perfil imperial se define por acciones internacionales de dominación y no por parámetros económicos.

China incuba en forma sólo embrionaria los rasgos de un imperio en formación. Los límites de la restauración capitalista inciden sobre su inmadurez imperial. Lucra con la primarización de América Latina, pero se ubica lejos del intervencionismo estadounidense.

Las tensiones que genera el capitalismo en China son enmascaradas con miradas indulgentes, que desconocen la incompatibilidad de ese sistema con una mundialización inclusiva. Los negocios en curso contradicen las convocatorias a la cooperación. El país no forma parte del Sur Global.

Afronta los desequilibrios de una economía desarrollada y las tensiones de un acreedor. Tres escenarios se avizoran en el mediano plazo.

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Subjetividad y composición de clase: Notas del método sobre Krahl y Negri

por Elia Zaru

“¿Por qué esos que no lo necesitan se han pasado a la bandera roja?” “Es la humanidad la que se comprende a sí misma en la actividad” (1). Con esta cita de Bloch, Hans-Jürgen Krahl concluye su autobiografía política durante el juicio en el que se ve involucrado, junto a otros compañeros, por las acciones de protesta contra la entrega del premio de la paz de 1968 de la Deutscher Buchhandel al presidente senegalés Senghor. Se trata de páginas llenas de intensidad política vívida, que exponen «el trasfondo de vivencias a partir de las cuales el proceso de politización «de un hombre que, nacido en un contexto lleno de «ideologías de sangre y tierra», “logró pasar del estado feudal de una economía agrícola a la sociedad industrial capitalista moderna»(2). Y desde las posiciones conservadoras-demócrata-cristianas de la CDU al movimiento antiautoritario, anticapitalista y, más en general, al marxismo. Pero, ¿cómo sucedió esta transición, cómo fue posible que Krahl fuera “a la bandera roja”?

No es el simple duelo por la muerte del individuo burgués, sino la experiencia intelectual inmediata de lo que en esta sociedad significa explotación, la destrucción total y radical, es decir, el desarrollo de las necesidades en la dimensión de la conciencia humana. Es el encadenamiento de las masas a las formas más elementales de satisfacción de necesidades, aun cuando las necesidades materiales estén sustancialmente satisfechas, por temor a que el Estado y el capital eliminen las garantías de seguridad (3).

Experiencia intelectual inmediata: teoría y praxis, íntimamente ligadas, descendiendo la primera de la segunda y viceversa. La reflexión de Krahl nace de la contingencia, y aún más, por la contingencia. Hay una necesidad política inmediata: pensar la revolución en el «capitalismo tardío», plantear el problema del derrocamiento del capitalismo. Esta es, con toda probabilidad, su mayor fortaleza. También es el punto de mayor fricción con la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, en la que también se había formado. En varias ocasiones arremete contra un saber que ha abandonado la posibilidad de cualquier intervención práctica, tanto que «el vicio inmediatamente práctico de la Teoría Crítica» resulta ser «la ausencia teórica, en la formación de esta teoría misma, de antagonismo de clases «, que» la miseria de la Teoría Crítica consiste simplemente en la ausencia de la cuestión organizativa «(4). Emblemática, en este sentido, la anécdota de 1968 en la que Krahl relata el asedio estudiantil al consejo de la Universidad de Frankfurt: “como el único entre los profesores, el Sr. Adorno se acercó a los estudiantes en la sentada. Se llenó de ovaciones, caminó directamente hacia el micrófono y, a poca distancia de él, se desvió hacia el seminario de filosofía; a un paso de la praxis, volvió a la teoría”(5).

Esta característica, pensar dentro y fuera de la contingencia, es también característica de otra gran experiencia del marxismo herético. En otras latitudes, el obrerismo italiano experimentó la misma necesidad teórica y práctica. Y, en plena continuidad, un obrerista como Toni Negri ha seguido reproduciendo ese método, buscando constantemente una teoría de la revolución capaz de adaptarse a la coyuntura. También en este caso, nos encontramos ante un pensamiento que se nutre y que nutre la experiencia, como lo demuestra la autobiografía del propio Negri (6). También en este caso, la herejía comunista debe, en primer lugar, despejar el campo de la ortodoxia, deshacerse de aquellos a quienes les gustaría aplicar recetas empaquetadas que serían buenas (quizás) para la teoría, pero que no tienen nada que decir en la práctica, en la contingencia. Partir de la práctica, por tanto, para volver a la práctica. Para la teoría, por tanto, el punto de partida y de llegada es la práctica política.

De esta intención común surge un método, también común, que representa quizás uno de los mayores legados de estas reflexiones. La intención de esta intervención es precisamente investigar ese método y su herejía en dos líneas fundamentales: la subjetividad y la composición de clase.

SUBJETIVIDAD

La cuestión de la subjetividad aparece, inmediatamente, central. Atraviesa toda la reflexión de Negri, pero creemos que adquiere un significado particular, especialmente en los escritos de la década de 1970, debido a la situación política en la que Negri se encontraba pensando y actuando políticamente. A partir de la primera de las catorce tesis que componen Proletarios y Estado, Negri afirma que «la insurgencia subjetiva de la lucha obrera y proletaria»(7) se presenta como el elemento capaz por un lado de multiplicar el declive tendencial de la tasa de lucro, por otro lado para frenar (ralentizar) la reacción capitalista (reestructuración), incluso para determinar la «crisis del compromiso histórico»(8) y realizar la «transición» al comunismo, posible cuando la clase obrera, en lugar de ser movida por el capital, se mueve y subordina el capital a su propio comportamiento. Esta dictadura, material y objetiva, de la clase sobre el capital es el primer y fundamental paso de la transición: cuando, obviamente, la relación no termina en la mediación capitalista del desarrollo sino en la mediación obrera de la crisis del capital (9).

En Dominio y sabotaje, Negri expone una teoría revolucionaria que se mueve desde el punto de vista de la «autovalorización proletaria», es decir, de la necesidad del proletariado de desprenderse de la relación capitalista mediante la «autovalorización», y que de esta manera – destruyendo esa relación- determina la «catástrofe capitalista» (10). La crítica del reformismo se basa precisamente en este supuesto: la política reformista niega el nexo autovalorización-desestructuración capitalista porque cree que la única valorización posible es la capitalista, y por lo tanto el único problema es el gobierno (capitalista) de esto, en lugar de su explosión contra el capital: «por autovalorización entendemos la alternativa que la clase obrera pone en acción en el terreno de la producción y reproducción mediante la apropiación del poder y la reapropiación de la riqueza, contra los mecanismos capitalistas de acumulación y desarrollo» (11). En este texto aparece una referencia a Krahl, en las primeras notas del segundo párrafo, como era de esperar, titulada “Un primer paréntesis (de método)”. Negri escribe:

Como ya habia intuido H.J. Krahl, la totalidad de la conciencia de clase es ante todo una condición intensiva, un retroceso sobre la totalidad de un ser productivo, que elimina la relación con la totalidad del sistema capitalista. La autovalorización de clase es ante todo la deconstrucción de la totalidad enemiga, empujada a la exclusividad del autoreconocimiento de la propia independencia colectiva. La historia de la conciencia de clase no se me representa en términos lukácsianos como un destino de recomposición que lo abarca todo, sino, por el contrario, como un momento de enraizamiento intensivo en mi separación. Son otra cosa, otro es el movimiento de práctica colectiva en el que estoy inserto (12).

Por un lado, por tanto, el Lukács de Historia y Conciencia de Clase presenta un esquema dialéctico que podríamos definir como «clásico», en el que el tránsito a la síntesis se «resuelve» la contradicción antitética (la clase obrera), es decir, se recompone en una totalidad (comunista, pero aun así, recompuesta en su totalidad). Por otro lado, Negri se refiere a la reflexión de Krahl sobre la contraposición (más que recomposición) entre la totalidad proletaria y la totalidad capitalista para reclamar la alteridad de la contradicción (clase obrera) no solo en ausencia de la necesidad del momento decisivo de síntesis, sino más bien en su capacidad para romper con precisión el esquema dialéctico presentándose no tanto como una contradicción negativa, sino más bien como una subjetividad autónoma.

Mi relación con la totalidad del desarrollo capitalista, con la totalidad del desarrollo histórico, está garantizada exclusivamente por la fuerza de deconstrucción que determina el movimiento, por el sabotaje general de la historia del capital que opera el movimiento. […] Me defino apartándome de la totalidad, defino la totalidad como otro que yo, como una red que se extiende sobre la continuidad del sabotaje histórico que la clase obrera.(13)

La constitución autónoma de la clase ocurre por su separación de la totalidad capitalista, y no solo por conflicto. La existencia del conflicto, de hecho, no excluye la presencia de una relación (aunque, de hecho, conflictiva), mientras que, por el contrario, la separación implica necesariamente su disolución. Es por esto que en el primer caso la clase obrera todavía puede ser concebida como un «objeto dialéctico» que ocupa la posición de contradicción negativa, mientras que en el segundo caso debe ser concebida como un «sujeto antagónico» capaz de romper – por sí mismo – la relación del capital: “No quiero al otro, al contrario quiero destruirlo, mi existencia es su desestructuración; por otro lado, quiero tener un método para profundizar mi separación, para conquistar el mundo apropiándome de la propia red de autovalorización de clase”(14).

La crítica de Krahl a Lukács expone el mismo rechazo de un enfoque «trascendental» a la clase obrera, y la necesidad de bajar la revolución en la inmanencia (contingencia) de los proletarios en cuanto sujetos. Por el contrario, el principal problema del autor de Historia y conciencia de clase radica tanto en la hipostatización de una «identidad de la revolución» ahistórica de estilo leninista (15), así como en el desarrollo de un concepto de «conciencia de clase» que, después de todo, asume rasgos idealizadores que de ninguna manera están relacionados con «la experiencia de la lucha»: «su manera [de Lukács] de abordar la cuestión organizacional y la conciencia de clase implica un concepto de totalidad que no llega a la conciencia psicológica empírica de proletarios individuales. Sólo pueden ejecutar, post festum, las decisiones del comité central que es la única instancia que se refiere al conjunto» (16). Y nuevamente, “para que la conciencia de clase se forme verdaderamente como una conciencia partidaria de la totalidad, el momento teórico del socialismo científico, aunque transformado y mediado, debe traducirse en la conciencia de las masas y entrar en su experiencia. Este momento de traducción Lukács no puede indicarlo» (17) porque contra la subjetividad de la clase obrera opone aquello que debería ser la objetividad de su posición dialéctica. Frente a las interpretaciones ahistóricas e idealizadas de la Revolución de Octubre «y del partido leninista de cuadros, que sugiere modelos organizativos mecanicistas» (18), Krahl opone, en cambio, la necesidad de considerar el materialismo histórico como una «teoría inacabada», imposible de identificar sólo con un partido, o una nación. Por el contrario, el materialismo histórico es una teoría fluida y, por tanto, también debe serlo la praxis. De lo contrario, no es posible desarrollar una teoría revolucionaria para las metrópolis capitalistas tardías. No es posible volver a caer en los errores de los «seguidores de Marx de la Segunda Internacional, que utilizaron la imagen de un progreso natural y continuo del género humano para dispensar al proletariado y a ellos mismos de la tarea revolucionaria de liberación y racionalizar su propia traición reformista»(19). La revolución no es la cuestión objetiva de la dialéctica, sino la tarea subjetiva del proletariado.

COMPOSICION DE CLASE

“Sólo el 17 de abril se pueden escribir las Tesis de abril» (20). Negri lo escribió, pero es muy posible que Krahl lo hubiese hecho también. Para ambos, de hecho, la cuestión de la subjetividad, del rechazo de una idea mecanicista de revolución descansa sobre un fundamento que se convierte en teoría a partir de la praxis: la variabilidad de la composición de clase, tanto técnica como política, y específicamente las mutaciones que ocurren en la clase obrera de las metrópolis afectadas por la reestructuración capitalista, o más bien por la extensión de la fábrica – o más bien, de la relación capitalista típica de la fábrica fordista – al conjunto de la sociedad(21). Sobre este aspecto es interesante recuperar el análisis de Tronti en La fábrica y la sociedad (1962). El punto de partida de Tronti es la contradicción entre la sociabilidad del proceso de producción y la apropiación privada del producto, explicada como la contradicción entre el «capitalista único» que intenta romper la sociabilidad del proceso y el «trabajador colectivo» que lo recompone ante el capitalista, entre “el intento patronal de integración económica y la respuesta política del antagonismo obrero”. Según Tronti, esta contradicción sale de la fábrica, se extiende a la sociedad – tanto es así que «fábrica-estado-sociedad es el punto donde coinciden la teoría científica y la práctica subversiva, el análisis del capitalismo y la revolución obrera» – y «en el más alto nivel de desarrollo capitalista, la relación social se convierte en un momento de la relación de producción, la sociedad se convierte en una articulación de la producción, es decir, toda la sociedad vive en función de la fábrica y la fábrica extiende su dominio exclusivo sobre toda la sociedad «(M. Tronti, La fabbrica e la società, en “Quaderni Rossi”, 2, 1962, p. 20). Añade que «cuando la fábrica se apodera de la sociedad en su conjunto, toda la producción social se convierte en producción industrial, las características específicas de la fábrica se pierden dentro de las características genéricas de la sociedad. Cuando toda la sociedad se reduce a una fábrica, la fábrica, como tal, parece desaparecer”(22). Evidentemente, esto no significa que las relaciones sociales de la fábrica fordista desaparezcan, sino que se extienden por todo el cuerpo social, mistificadas como procesos de subcontratación cuando, en realidad, son procesos de proletarización. Frente a la ideología que quiere mistificar estos procesos, Tronti reivindica la necesidad de observar la distribución, el intercambio y el consumo desde el punto de vista de la producción (y la producción desde el punto de vista de la valorización), o la necesidad de observar la sociedad a partir de la fábrica. Se mantiene la extensión de la fábrica a toda la sociedad. Sin embargo, a diferencia de Krahl, esta extensión marca para Tronti la pérdida de centralidad de la posibilidad inmediatamente revolucionaria, y manifiesta en embrión su giro hacia la autonomía de lo político). De ahí la necesidad de cambiar -nuevamente – el punto de vista, para enfocarse en la clase y su parcialidad, con el fin de desarrollar métodos organizativos válidos y funcionales. Si, como escribe Negri, «toda la sociedad está unida en subordinación al mando corporativo» y «la forma de producción empresarial se convierte en la forma hegemónica de la relación social global»(23), entonces la única operación posible es la de descentralizar el concepto de «clase trabajadora» desde marcos fordistas, o más bien desde identidades identificativas del movimiento obrero tradicional. En palabras de Krahl, es necesario extender la categoría de «clase trabajadora» más allá de la clase trabajadora industrial, para identificar un «trabajador en general» que también integre el trabajo intelectual y, diríamos, «relacional» en el trabajo productivo. En este sentido, la crítica de Krahl a Habermas y su concepto de «producción»(24) es magistral. El materialismo histórico, reitera Krahl, debe considerarse como una «teoría inconclusa», imposible de identificar únicamente con un partido o una nación. Imposible incluso identificarse con un lugar concreto, agregamos, que es la fábrica fordista dentro de sus límites.

Por eso es necesario que Krahl amplíe el concepto de clase más allá del «proletariado industrial»:

el segundo hecho -que se refiere más bien a la elaboración de una estrategia revolucionaria por parte de la SDS- reside en el concepto de clase de la SDS : un concepto limitado, porque, de hecho, solo incluye al proletariado industrial. Si discutimos hasta qué punto la ciencia y la tecnología se han convertido ahora en una fuerza productiva social y económica universal, incluso sin avanzar hacia la teoría del valor, entonces, según el enfoque marxista, es necesario pasar de la expansión del trabajo productivo. […] En otras palabras: si el trabajo intelectual se incorpora cada vez más al trabajo productivo, entonces el proletariado industrial, el ejército de trabajadores mecánicos que realizan trabajo físico, ya no podrá desarrollar la totalidad de la conciencia de clase proletaria por sí solo. (25)

Este es un pasaje que se vuelve aún más claro en las Tesis sobre la relación general de la intelectualidad científica y la conciencia de clase proletaria:

Si las ciencias, según su grado de aplicabilidad técnica, y sus portadores, los trabajadores intelectuales, se integran ahora en el trabajador productivo total, ya no es admisible que las estrategias revolucionarias sociales sigan refiriéndose casi exclusivamente al proletariado industrial. La posibilidad de que la intelectualidad científica desarrolle una conciencia de clase proletaria en el sentido tradicional no está en duda; por el contrario, debemos preguntarnos qué modificación se ha producido en el concepto de productor inmediato, y por tanto, de clase trabajadora. (26)

Comprender esta modificación es fundamental para elaborar una estrategia revolucionaria que no se limite a una reafirmación estéril de prácticas políticas mecanicistas, identitarias y, en última instancia, idealizadas. Pero, ¿cuál es el contexto, la coyuntura diríamos, dentro de la cual Krahl llega a estas conclusiones? En palabras de Marco Bascetta, en medio de lo que él define como «capitalismo tardío» y las protestas del 68, Krahl se encuentra ante «por un lado, un movimiento estudiantil cada vez más hipnotizado por los modelos organizativos del pasado y ávido de certezas dogmáticas, por otro lado, una intelectualidad crítica asustada por sus propias predicciones catastróficas y dividida entre la ética trágica y los ajustes reformistas y la Realpolitik del movimiento obrero organizado, que ahora ha incluido la compatibilidad de la economía de mercado en los parámetros de su Doctrina teleológico-objetivista»(27). Una SDS que «agoniza entre reflujo y esclerosis marxista-leninista» mientras «las organizaciones obreras, seguidas de gran parte de la opinión pública democrática, digieren discretamente medidas muy duras para restringir la democracia en la República Federal»(28). Es en esta coyuntura que Krahl plantea la cuestión de la revolución en el «capitalismo tardío», «el problema del comunismo como problema de su presente»(29).

Un problema similar y una reflexión similar se pueden encontrar en Negri. De hecho, ¿qué representa la figura del trabajador social en la crisis de los años setenta, sino el intento de identificar una nueva figura antagonista en la metrópoli reestructurada, imposible de comprender en la determinación objetivista del concepto de clase obrera industrial? El terreno en el que la subjetividad proletaria juega su batalla antagónica a través de la autovalorización es el conjunto de la sociedad. «El mecanismo de ataque de los trabajadores, la reestructuración capitalista, la reconfiguración de la composición de clase»(30) conduce del obrero calificado al obrero masa y, posteriormente, al obrero social en el sentido krahliano: «disolver el segundo concepto internacionalista de clase obrera es responder a la necesidad de la teoría, es decir, de identificar las características de un sujeto resultante de las disposiciones conjuntas de las luchas obreras y la reestructuración capitalista en este período histórico»(31). ¿Qué es este período histórico? Aquel en el que, tanto para Negri como para Krahl, «la categoría de «clase obrera» entra en crisis pero sigue produciendo todos los efectos que le son propios en todo el terreno social, como proletariado». Por ello, el camino que ambos presentan se puede resumir en una trayectoria que va de la objetividad de la clase obrera a la subjetividad del proletariado. Cuando, a principios del nuevo siglo, en el pensamiento de Negri el obrero social se convierte en «multitud», no pierde sus características de antagonismo, ni cesa la posibilidad de acercarse a Krahl. Tanto en la «multitud» como en el «trabajador en general» es necesario ampliar el concepto de producción a lo inmaterial; no es sorprendente que Krahl se refiera a la Universidad como una «fábrica de producción científica»(32).

En el Preámbulo de la edición italiana de Constitución y lucha de clases, Detlev Claussen escribe que «tres años después de la muerte de Krahl, ha quedado más claro cuáles son los dos momentos que debe afrontar una política radical de izquierda en el capitalismo tardío: la politización de las necesidades espontáneas de las masas y la necesidad de volver esta acción contra un enemigo concreto33. ¿Qué recogemos hoy de todo esto? En primer lugar, un método -tan herético como potencialmente eficaz- de análisis, pero, sobre todo, de intervención política. Un método que, a partir de estos dos elementos, composición de clase y subjetividad, es tanto táctico como estratégico. Tácticamente, el análisis de la composición de clase permite politizar las «necesidades espontáneas de las masas», al menos porque permite que se conozcan: en la coyuntura, fuera de la identidad y pretensiones sociológicas de estas «masas», permite la Identificación microfísica de aquellos puntos en los que es posible que la relación capitalista se rompa. Estratégicamente, la subjetividad nos recuerda que no es posible ninguna receta revolucionaria preestablecida, que no hay ningún mecanismo detrás de la revolución, que, en definitiva, por otro lado hay un enemigo concreto que vencer. Y que esta tarea es de los proletarios, poco importa si trabajan en la producción material o inmaterial.

Traducción del italiano, Santiago de Arcos-Halyburton

(Publicado en https://operavivamagazine.org/soggettivita-e-composizione-di-classe/)

Elia Zaru, es estudiante de doctorado en Culturas y Sociedad de la Europa Contemporánea en la Scuola Normale Superiore de Pisa; en la Universidad de Milán colabora con la cátedra de Historia de las Doctrinas Políticas. Junto con otros, organiza el curso de posgrado en Teoría Crítica de la Sociedad en la Universidad de Milán-Bicocca. Forma parte de la redacción de las revistas Glocalism: Journal of culture, politics and innovation y de Quaderni Materialisti. Desde 2009 participa en el colectivo editorial de Radio Onda d’Urto.

NOTAS

1. E. Bloch, Il principio speranza, citado en H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, Milán 1973, p. 38.

2. Ibíd., p. 28.

3. Ibíd., p. 38.

4. Ibíd., p. 322.

5. Ibíd., p. 281.

6. A. Negri, Storia di un comunista, Ponte alle Grazie, 2015.

7. A. Negri, Proletari e Stato, en A. Negri, I libri del rogo, DeriveApprodi, 2006 p. 142.

8. Tesis 8. Il soggetto della crisi del compromesso storico.

9. Ibíd. p. 180.

10. Contra las lecturas mecanicistas del «catastrofismo marxista», Negri opone la existencia en Marx de un vínculo entre la teoría de la crisis y la teoría de la composición de clases: «continuidad del proceso de recomposición del proletariado, que aquí determina los tiempos y formas de la crisis. Hay más: en este punto el análisis de la crisis lleva al análisis de la composición de la clase obrera como única explicación de la crisis misma; pero en segundo lugar esta explicación analítica se convierte en prescripción de comportamiento, indicación y definición de tareas ”(A. Negri, Partito operaio contro il lavoro, en A. Negri, I libri del rogo, cit., p. 71). Negri añade que «sólo Lenin puede leer en términos marxistas adecuados la relación entre la composición política de clase y organización» (Ibid. p. 72), pero sus seguidores, por el contrario, han hecho «del leninismo una llave para abrir todas las puertas, por lo tanto una llave falsa, después de haber impuesto la identidad de un modelo revolucionario y la calidad de la formación social descrita por Lenin como un patrón que se puede observar en todo momento y en todas las latitudes ”(Ibid. pp. 72-73).

11. A. Negri, Il dominio e il sabotaggio, en A. Negri, I libri del rogo, DeriveApprodi, 2006 p. 270.

12. Ibíd., p. 252.

13. Ibíd., p. 253.

14. Ibíd., p. 276

15. Por ejemplo Estratti da una discussione su Lukacs, en H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, pp. 229-233.

16. H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, p. 367.

17. Ibíd., p. 368.

18. Ibíd., p. 362.

19. Ibíd., p. 240.

20. A. Negri, Crisi dello Stato-piano, en A. Negri, I libri del rogo, DeriveApprodi, 2006 p. 32.

21. “El estado autoritario puede ejercer la dominación económica dentro de la empresa capitalista solo a través de los falsos límites constitucionales de la soberanía capitalista, es decir, solo con la extensión de la disciplina de fábrica a toda la sociedad » H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, p. 142

22. Ibid, p. 21

23. Negri, Partito operaio contro il lavoro, en A. Negri, I libri del rogo, DeriveApprodi, 2006 p. 91.

24. H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, p. 354

25. Ibíd., pp. 347-348.

26. Ibíd., p. 366

27. M. Bascetta, Prefazione a H.J. Krahl, Attualità della rivoluzione. Teoria Critica e Capitalismo maturo, Manifestolibri, 1998, pp. 8-9.

28. Ibíd., p. 9.

29. Ibíd., p. 8

30. A. Negri, Dall’operaio massa all’operaio sociale. Entrevista sobre el “operaismo”, Ombre Corte, 2007, p. 21.

31. A. Negri, Proletari e Stato. Per una discussione su autonomia operaia e compromesso storico, en A. Negri, I libri del rogo, DeriveApprodi, 2006 p. 145.

32. H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, p. 237. Cabe señalar que en estos pasajes tanto Krahl como Negri se refieren a un Marx «heterodoxo»: el de los Grundrisse y el del  «general intellect» para Negri, el del sexto capítulo inédito de El capital para Krahl.

33. D. Claussen, Premessa all’edizione italiana, en H.J. Krahl, Costituzione e lotta di classe, Jaca Book, 1973, p. 11.

Dosier Wolfgang Harich

El filósofo alemán Wolfgang Harich sería uno de los mayores y mejores representantes de cierto giro ecológico en la tradición socialista

Por Contra el diluvio

Podemos empezar esta presentación violentando analíticamente los conceptos de socialismo y ecologismo para oponerlos de la siguiente manera: el ecologismo plantea que existen unos límites físicos absolutos al crecimiento de las sociedades humanas; el socialismo plantea que estos límites no se pueden conocer de antemano de forma absoluta y que, en cualquier caso, interactúan de formas complejas con límites históricos, sociales, coyunturales. Aceptada esta división, hasta cierto punto artificial, Wolfgang Harich sería uno de los mayores y mejores representantes de cierto giro ecológico en la tradición socialista. Ya solo por eso merecería la pena leerle y no tendríamos más que decir; ya estaría justificado este modesto dosier sobre él y su obra. Sin embargo, no nos resistiremos a resaltar algunos aspectos de su trayectoria que lo hacen, creemos, especialmente relevante hoy en día.

Harich fue siempre un pensador liminal, en tensión constante y a menudo precaria entre la fidelidad a un proyecto político y la lucha por superar sus limitaciones, algunas veces gigantescas, de hecho, en el caso que nos ocupa fueron en última instancia fatales. En este sentido se parece mucho a otros nombres que aparecen a lo largo de este dosier: György Lukács, Ernst Bloch, Bertolt Brecht, Manuel Sacristán. Puede que haya algo en los pensadores liminales que genere una atracción casi irresistible entre ellos. Con ellos, y otros, compartió Harich su dedicación a un marxismo emancipador, a una tradición comunista que tratase de evitar los abismos de la impotencia y la petrificación. Aunque en esta introducción pasaremos por encima de este problema, central en su vida, en los textos recopilados se puede apreciar rápidamente esa dimensión de Harich.

El motivo fundamental para que desde Contra el diluvio publiquemos este dosier, como decíamos, es el de la relación entre socialismo y ecologismo. Harich convierte en problema inmediato algo que para el socialismo clásico había sido un problema a futuro, un punto límite más o menos teórico. Citado en el texto de Manuel Sacristán, nos dice: «A partir de ahora el proceso de acumulación de capital choca con el límite último, absoluto, detrás del cual están ya al acecho los demonios de la aniquilación de la vida, de la autoaniquilación de toda vida humana». A partir de ahora. Esto ya no es una consideración teórica, un apartado menor, es un problema urgente que requiere una revisión urgente de nuestros presupuestos. Quizás a Harich se le pudiese achacar cierta anticipación excesiva, otros dirían un sentido común demasiado anticipado a su tiempo. Hoy, en 2020, es evidente que sus preocupaciones son ya las nuestras en todos los sentidos.

El recorrido que hace Harich por la tradición marxista es exhaustivo y no queda prácticamente cuestión a la que no le dé la vuelta en su misión de conceptualizar un comunismo homeostático, de la escasez, quizás hoy podríamos llamarle un comunismo del antropoceno. Las tensiones entre abundancia, libertad, escasez, autoritarismo; el papel del estado como regulador más o menos eterno del metabolismo humano-natural, radicalmente en contra de la veta libertaria nunca abandonada del marxismo clásico; la igualación por abajo del nivel de vida de la humanidad, con el límite teórico de los «valores de uso anticomunistas», esto es, aquellos no universalizables; el problema todavía no resuelto, como cualquiera de los demás, de la desigualdad internacional y los problemas para la cooperación mundial ante la amenaza de una crisis ecológica que por fuerza será mundial. Es una lista larga que no termina aquí, una mina conceptual de la que hoy podemos y debemos hacer uso.

La lucha de Harich por hacer de este problema, el ecológico, un problema central en los países del socialismo no alcanzó los objetivos que él mismo se propuso. Las cuestiones ecológicas vistas por Harich siempre se mantuvieron supeditadas a la supervivencia política de esos países y a su competencia con el conglomerado capitalista. En última instancia la supuesta Nueva Arca socialista naufragó por completo. ¿Qué queda de su legado? Se podría, de forma provocadora, barruntar sobre el posible papel de China como Nueva Arca para la humanidad. Así lo hace Àngel Ferrero en la elocuente introducción biográfica y teórica que también reproducimos aquí. Como mínimo, nos atrevemos a decir, nos queda el legado de recuperar su papel como un clásico por derecho propio, en el sentido de ser un autor al que cada lectura en momentos históricos diferentes dará claves diferentes, siempre relevantes. Hoy, insistimos, no son solo relevantes sino también urgentes.

* * *

Este Dosier Wolfgang Harich incluye, primeramente, la mencionada biografía del autor escrita por Àngel Ferrero con motivo del vigésimo aniversario de la muerte del pensador alemán. A Àngel Ferrero también le agradecemos la traducción de la entrevista realizada a Harich por el diario alemán Der Spiegel en 1979, cuando ya había salido de la RDA, y la carta abierta que le remite Carl Amery en la que establece una comparación entre las posiciones del propio Harich y las de Rudolf Bahro. Finalmente, incluimos en el dosier el prólogo de Manuel Sacristán a la traducción de ¿Comunismo sin crecimiento?, en la que analiza igualmente las particularidades del pensamiento ecologista de Wolfgang Harich, desarrolladas en dicho libro.

La extinción de la mente critica

Franco Bifo Berardi

No niego que el volumen de información falsa esté aumentando dentro del discurso político, ni que ello resulte perjudicial para la democracia y sirva a los malos. Pero la información falsa en el discurso público no es nada nuevo.

Periodistas y políticos manifiestan su indignación porque hackers rusos están influenciando elecciones en los países democráticos occidentales. Esto es malo, pero cuesta ver en ello algo novedoso, ya que durante los últimos setenta años el sistema de medios y los servicios secretos estadounidenses han influenciado elecciones sistemáticamente en numerosos países, no solo en Occidente, sino en casi todas partes del mundo.

El dinero estadounidense influenció las elecciones generales de Italia del año 1948, y los servicios secretos estuvieron involucrados en el derrocamiento de Mohammad Mosaddegh en Irán en 1953, por nombrar tan solo dos ejemplos. Los medios de comunicación estadounidenses, por su parte, jugaron un claro papel incitando a la gente a rebelarse (por supuesto, con buenas razones) durante las manifestaciones antisoviéticas de 1989 y en la insurrección ucraniana de 2014.

Así que no hay nada nuevo en las fake news.

Lo que es nuevo son la velocidad y la intensidad de la infoestimulación, y por consiguiente la enorme cantidad de atención que es absorbida por la información (falsa o no).

La saturación de la atención social pone en peligro nuestras habilidades críticas.

Las habilidades críticas no son algo naturalmente dado, sino un producto de la evolución intelectual a lo largo de la historia. La facultad cognitiva que llamamos “crítica” es la capacidad del individuo para distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, así como entre actos buenos y malos, y solo se desarrolla bajo condiciones especiales. De hecho, para ser capaz de distinguir críticamente, nuestra mente necesita procesar información, sopesar y luego decidir. La capacidad crítica implica una relación rítmica entre estímulo informativo y tiempo de elaboración.

Por encima de determinado nivel de intensidad, la información ya no es recibida e interpretada como un conjunto complejo de proposiciones. Pasa a ser percibida como un flujo de estimulación nerviosa, un asalto emocional al cerebro.

La facultad crítica que fue crucial para la formación de la opinión pública en la era burguesa moderna fue el efecto de una relación especial entre la mente individual y la infoesfera, en particular la esfera constituida por medios impresos, libros y discusión pública.

La mente alfabética estaba engranada para elaborar un lento flujo de palabras dispuestas sobre la página de manera secuencial, lo que hacía que el discurso público funcionara como espacio de evaluación consciente y discriminación crítica, y que la elección política estuviera basada en la evaluación crítica y el discernimiento ideológico.

La aceleración de los infoflujos llevó a la saturación de la atención, por lo que nuestra capacidad para discriminar entre lo que es verdadero y lo que es falso se ve confundida y perturbada; la tormenta de infoestimulación nubla la vista, y las personas terminan por envolverse en redes de autoconfirmación.

La segunda venida, el nuevo libro de Franco Bifo Berardi, es nuestro lanzamiento de abril.

Hace veinticinco años, nuestra imaginación de la Internet naciente se basó en la idea de que esta nueva  dimensión estaba destinada a tirar abajo todas las fronteras y hacer posible un proceso de confrontación abierta y libre.

Pero tuvimos razón solo en parte: Internet se convirtió en un espacio donde reverberan incontables cámaras de eco, repitiendo siempre un idéntico mensaje: competencia, identidad, agresividad.

Hasta donde alcanzo a entender, el principal problema del paisaje de medios contemporáneo no es la propagación de fake news, sino la descomposición de la mente crítica, cuyos efectos incluyen la credulidad entre las muchedumbres y la agresividad autoconfirmatoria de la multitud.

En la entrevista con el Washington Post mencionada más arriba, Paul Horner ofrece la siguiente explicación del éxito de Trump: “Honestamente, la gente es decididamente más estúpida. Hace circular cualquier cosa. Nadie se toma ya el trabajo de verificar nada. O sea, así es como fue elegido Trump”.

La regresión cultural de nuestro tiempo no tiene su raíz en el mayor número de mentiras que circulan en la infoesfera. Antes bien, es un efecto de la inhabilidad de la mente social para elaborar distinciones críticas, de la incapacidad de las personas para priorizar su propia experiencia social y crear un camino común para una subjetivación autónoma. Por eso la gente vota por manipuladores de los medios de comunicación que a su vez explotan su credibilidad.

En la Unión Europea se está debatiendo introducir regulaciones contra las fake news. Pero ¿quién va a decidir dónde está el límite entre lo falso y lo verdadero? ¿Debemos luchar por el restablecimiento de la verdad para restaurar la democracia?

La lucha por desenmascarar las mentiras de los medios oficiales ha sido siempre un punto esencial en la agenda de los movimientos sociales, pero no creo que la tarea principal de un movimiento social sea la lucha por la verdad.

A pesar de las complicaciones del discurso público y de las incontables mentiras que circulan en boca de los políticos, no es tan difícil saber la verdad, y la mayoría de las personas son conscientes de lo que es verdad: sabemos por experiencia que el capitalismo explota nuestro trabajo y que la dinámica financiera está empobreciendo la sociedad. Después de dos décadas de engatusamiento neoliberal, cada vez más personas han llegado a darse cuenta de que el capitalismo es una trampa. Lo que no sabemos es cómo salir de la trampa. No sabemos cómo reactivar la autonomía del cuerpo social. No necesitamos alguien que denuncie la realidad de la explotación: necesitamos alguien que nos diga cómo librarnos de la explotación.

Por eso tengo sentimientos encontrados acerca de la extraordinaria aventura de WikiLeaks. Cuando WikiLeaks reveló que el Ejército estadounidense había matado a civiles desarmados en Afganistán y otros lugares, le hizo un favor al mundo del periodismo, pero no agregó mucho a lo que ya sabíamos. Es sabido prácticamente por todos que un ejército hipermoderno mata inocentes en forma rutinaria. Solo el 9% de las víctimas de la Primera Guerra Mundial fueron civiles. En las guerras que se libraron desde fines del siglo XX, más del 90% de las víctimas han sido civiles. Por sí solo, estar al tanto de la depredación y la vio- lencia no ayuda a las personas a organizarse y a liberarse de las garras del poder. Y puede ser desalentador.

No es la verdad, sino la imaginación de líneas de escape lo que ayuda a las personas a vivir una vida autónoma y a rebelarse con éxito.

Pienso que Julian Assange hizo un gran trabajo al fortalecer el poder de la información independiente, pero su contribución al movimiento emancipatorio no consiste en haber revelado una verdad. Más interesante me resulta un costado diferente, acaso menos visible: WikiLeaks ha sido una importante experiencia de solidaridad entre periodistas, informáticos y personal militar que se rebelaron contra la hipocresía y la inhumanidad de la guerra. Ese es el mérito invalorable de WikiLeaks y otros actores hacktivistas. Pero la obsesión con la verdad que es propia de la cultura puritana ha producido efectos ambiguos, a tal punto de que algunas revelaciones han jugado en beneficio de Trump y de Putin.

La filosofía de WikiLeaks se basa en la descripción del poder en términos de secreto: los secretos son vistos como la fuente de autoridad y de mando.

Si uno devela el secreto, la verdad puede ser establecida.

Pero la verdad es inefectiva en sí misma, porque el juego de la enunciación es infinito. Una vez que descubres el contenido secreto, te enfrentas al enigma de la interpretación. La interpretación es la que decide en última instancia y hace posible la acción, y es un juego infinito que solo puede ser decidido por un acto de voluntad o por un acto de inclinación estética.

Más que secretos, los signos del poder son enigmáticos.

La fuente del poder es un enigma: nunca dejamos de buscar una autentificación, y no la encontramos porque el poder carece de autenticidad.

El secreto es un contenido oculto a la mirada del público. Necesitas la llave que abra la caja fuerte y sabrás la verdad oculta.

Sin embargo, el proceso de subjetivación social no se basa en develar el secreto; se basa en el proceso de interpretación y de imaginación.

El enigma es un enunciado abierto que puede ser interpretado de infinitas maneras, y los enunciados del poder se asemejan más a enigmas que a secretos. Constantemente tienes que estar interpretando los signos del poder establecido para descubrir líneas de escape y de subjetivación.

El conflicto entre WikiLeaks y el establishment occidental se desarrolla dentro de la esfera del puritanismo anglosajón. Como captó con perspicacia Jonathan Franzen en Pureza, la cultura digital es el punto de llegada de la binarización epistemológica y de la purificación del lenguaje y el comportamiento social.

Lo que tenemos aquí es un conflicto entre dos formas diferentes de la cultura puritana: el culto de la centroizquierda de la corrección política versus el culto de WikiLeaks de una verdad ética que la corrección política enmascara a menudo con hipocresía.

Pero al final de la contienda, el ganador fue el barroco de Trump: el emperador de lo fake que surgió de las ruinas de la solidaridad social y el entendimiento crítico.

El caos le gana al orden, y el ruido artificial les gana a las voces humanas

Caja Negra Editora 

Foto:  Julieta Colomer